Conferencia General — abril de 1947
Cómo alcanzar la salvación
Élder Harold B. Lee
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Elegir mediante nuestras obras y deseos el destino eterno; obedecer a Jesucristo; hallar gozo mediante el sacrificio y el servicio.
El plan de salvación / Sacrificio y servicio cristiano
Hace poco conversé con una hermana que había escuchado un discurso en un funeral. Le había parecido que allí se enseñó que era posible saber qué lugar ocuparía una persona en los mundos eternos incluso antes del día del juicio del que habló Juan el Revelador, cuando dijo que vio a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante Dios para ser juzgados, cada uno según las obras que había hecho en la carne (Apocalipsis 20:12). Entonces ella preguntó: «¿Cómo es posible saber cuál será el lugar de una persona antes de que ocurra la resurrección?».
Una pregunta sobre la vida después de la muerte
Aquella pregunta me hizo pensar en algunos pasajes importantes de las Escrituras. Al reflexionar sobre lo que ella había preguntado, encontré que, al parecer, se le había planteado una pregunta semejante a Alma, pues dio esta explicación a su hijo Coriantón:
Y es necesario, según la justicia de Dios, que los hombres sean juzgados según sus obras; y si sus obras fueron buenas en esta vida, y buenos los deseos de sus corazones, sean también restaurados a lo que es bueno en el postrer día.
Y si sus obras son malas, les serán restauradas para mal.
[…] pues así como él ha deseado hacer lo malo todo el día, así también recibirá su galardón de mal cuando venga la noche.
Y así es por otra parte. Si se ha arrepentido de sus pecados y deseado la rectitud hasta el fin de sus días, así también será recompensado con la rectitud.
[…] y así quedan para levantarse o caer; porque he aquí, ellos son sus propios jueces (Alma 41:3–7; cursiva del autor).
De acuerdo con esa explicación del profeta Alma, el Señor, al revelar el lugar que ocupará la tierra en el día de la redención de la humanidad, dijo:
Para que los cuerpos que son del reino celestial la posean para siempre jamás; porque para este fin fue hecha y creada, y para este fin son santificados.
Y los que no son santificados por la ley que os he dado, sí, la ley de Cristo, han de heredar otro reino, ya sea un reino terrestre o un reino telestial.
Porque el que no es capaz de obedecer la ley de un reino celestial, no puede soportar una gloria celestial.
Y el que no puede obedecer la ley de un reino terrestre, no puede soportar una gloria terrestre.
Y el que no puede obedecer la ley de un reino telestial, no puede soportar una gloria telestial; por tanto, no es digno de un reino de gloria. Por consiguiente, debe soportar un reino que no es de gloria (Doctrina y Convenios 88:20–24).
Y, por último, tenemos el testimonio de Amulek:
No podéis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré, me volveré a mi Dios. No, no podéis decir esto; porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno.
Porque he aquí, si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo, y él os sella como cosa suya; por tanto, el Espíritu del Señor se ha retirado de vosotros y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y este es el estado final de los malvados (Alma 34:34–35).
Mientras meditaba en esos pasajes, que vinieron a mi mente al conversar sobre la pregunta de aquella hermana, estas conclusiones me parecieron claras. En primer lugar, somos nuestros propios jueces en cuanto al lugar que ocuparemos en el mundo eterno. Aquí y ahora, durante la vida terrenal, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de escoger las leyes que decide obedecer. En este momento vivimos y obedecemos leyes celestiales que nos harán candidatos a la gloria celestial, o vivimos leyes terrestres que nos harán candidatos a la gloria terrestre, o bien leyes telestiales. El lugar que ocuparemos en los mundos eternos estará determinado por la obediencia que prestemos a las leyes de esos distintos reinos durante el tiempo que pasemos aquí, en la tierra.
Jesús, la luz del mundo
El Señor se describió a Sí mismo como «la luz del mundo» (Juan 8:12). En ese testimonio declaró además que quienes lo siguieran no andarían en tinieblas, sino que tendrían la luz de la vida en el mundo celestial, en la presencia del Señor.
El Maestro, en Su Sermón del Monte, nos dio una elevada norma a la cual aspirar:
Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48).
Y las Escrituras nos declaran que uno de los propósitos principales de la organización de la Iglesia era «perfeccionar a los santos» (Efesios 4:12). Se nos ha enseñado el camino por el cual el Maestro alcanzó la plenitud de Su poder. El apóstol Pablo dijo:
Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;
y habiendo sido perfeccionado, vino a ser el autor de eterna salvación para todos los que le obedecen (Hebreos 5:8–9).
El sacrificio y el servicio son principios de salvación
El núcleo mismo de lo que llamamos cristianismo se encuentra en el relato del Evangelio de Juan, donde se cita el testimonio que el Maestro dio de Su propia misión divina como Salvador del mundo. Estas fueron Sus palabras:
Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).
Así se ha expresado el servicio más elevado que podemos prestar en la vida terrenal: estar dispuestos a sacrificarnos por el bienestar de los demás. El profeta José Smith explicó el lugar que ocupan el sacrificio y el servicio en este proceso de santificación de la vida:
Una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene poder suficiente para producir la fe necesaria para la vida y la salvación.
Es por medio del sacrificio, y solo de este, que Dios ha dispuesto que los hombres disfruten de la vida eterna…
Si pudiéramos aplicar a nosotros mismos y a nuestra vida ese principio mediante el cual podemos aferrarnos a ese precioso don (Helamán 5:8), seríamos verdaderamente sabios. Fue el rey Benjamín quien enseñó a su pueblo en su discurso final:
[…] cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios (Mosíah 2:17).
Ese gran principio del sacrificio y el servicio quedó ejemplificado en la declaración del Hijo de Dios que ya he citado:
Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado (Juan 3:16; cursiva del autor).
Dar, por tanto, es una expresión del amor; y cuando una persona se entrega verdaderamente, da prueba del amor perdurable que hay en ella. El Maestro amó tanto a la humanidad que dio Su vida. Fue Él quien dijo:
Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen […] y pongo mi vida por las ovejas.
Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo (Juan 10:14–15, 18).
El profeta José Smith amaba tanto la verdad que le había sido revelada que estuvo dispuesto a sacrificar todo cuanto poseía en el mundo, sin reservar siquiera su vida, para dar ese testimonio y hacer que las naciones de la tierra lo escucharan. En los últimos años, describió su vida con estas palabras:
Soy como una enorme piedra áspera que rueda desde una alta montaña; y el único pulimento que recibo es cuando alguna esquina se desgasta al chocar con algo más […] todo el infierno me desprende una esquina aquí y otra allá. Así llegaré a ser una saeta lisa y pulida en la aljaba del Todopoderoso (Enseñanzas del Profeta José Smith, edición de 1940, pág. 304).
Los pioneros, a quienes honramos en este año del centenario, amaban tanto la libertad de adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su propia conciencia que renunciaron a sus hogares, tierras y posesiones. Dejaron a sus amigos en el este y vinieron a este inhóspito desierto entre montañas para hacer realidad sus justos deseos.
La experiencia de un militar
Hace algunos meses visité una estaca y se me pidió entrevistar a varios jóvenes que podrían servir como misioneros. El presidente de estaca me había dicho que uno de ellos se había recuperado, después de una larga hospitalización, de una grave conmoción causada por las explosiones que había sufrido durante el servicio militar. Cuando me senté frente a él para entrevistarlo, le pregunté: «¿Por qué deseas ir a esta misión?».
Permaneció pensativo unos momentos y luego respondió: «Cuando ingresé en el ejército, fue la primera vez que estuve lejos de mi hogar. Todo me parecía extraño. Había tentaciones por todas partes e invitaciones a pecar. Necesitaba fortaleza para no pecar, así que acudí a mi Padre Celestial y le pedí con fe que me diera fuerzas para resistir el mal. Dios escuchó mi oración y me dio esa fortaleza. Cuando terminó el período de entrenamiento y nos acercábamos a la zona de combate, oímos el estruendo de los cañones, que anunciaba la muerte que llegaba constantemente. Tenía miedo y temblaba de pies a cabeza. Le pedí valor a Dios; Él me lo dio, y sentí una paz que nunca antes había experimentado. Cuando llegamos a Filipinas, me asignaron como explorador de avanzada. Eso significaba que iba delante de las fuerzas de combate y que, a veces, el enemigo casi me rodeaba. Sabía que solo había un poder en la tierra capaz de salvarme. Le pedí a ese poder que me protegiera y preservara mi vida. Dios escuchó mi oración y me permitió regresar a mi compañía».
Entonces me dijo: «Hermano Lee, tengo mucho por lo cual estar agradecido. Lo menos que puedo hacer ahora es salir como embajador de Jesucristo para enseñar a la humanidad estas verdades benditas que aprendí de niño en mi hogar».
Al escuchar aquella expresión de fe del joven, pensé en otros a quienes había oído decir que creían que, al ir al campo misional, recibirían preparación, conocerían el mundo y adquirirían experiencias valiosas que los beneficiarían personalmente. Desearía que nuestros misioneros siguieran en su servicio el ejemplo de los grandes misioneros del pasado. Uno de ellos partió de entre nosotros desde la última conferencia general. El hermano Charles A. Callis vivió y murió como un gran misionero; sí, entregó su vida y estuvo dispuesto a sacrificar cuanto poseía para enseñar la verdad que tan preciosa era para su alma.
La felicidad por medio del servicio
Nuestros jóvenes llegan al altar del matrimonio después de haber aprendido en las escuelas públicas cuán importante es lograr cierta adaptación en la vida matrimonial, y muchos sienten gran temor ante ella. Si comprendieran que aplicar el principio del sacrificio y el servicio es la respuesta a ese desafío, sus temores disminuirían. Si desde el momento de casarse resolvieran hacer todo cuanto estuviera a su alcance para complacerse mutuamente en las cosas que son correctas, aun sacrificando sus propios placeres, apetitos y deseos, la adaptación a la vida matrimonial se produciría de manera natural y su hogar sería verdaderamente feliz. Un gran amor se edifica sobre un gran sacrificio. En el hogar donde cada día se manifiesta el sacrificio por el bienestar del otro, mora un gran amor.
La búsqueda egoísta del beneficio personal no proviene de las enseñanzas de la verdad, sino de las enseñanzas de quien es enemigo de ella. Se expresa en el pasaje de las Escrituras que relata la propuesta que Satanás hizo a nuestro Padre Celestial:
[…] Heme aquí, envíame a mí; seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra (Moisés 4:1).
Allí estaba el egoísmo, presentado como ejemplo ante el mundo.
El hombre que ambiciona la ganancia y la ventaja personal nunca es feliz, porque siempre ve ante sí horizontes que se alejan y se burlan de sus intentos de adquirir y conquistar. El hombre que sirve sin egoísmo es el hombre feliz.
En el servicio militar se concedían con frecuencia condecoraciones nacionales y certificados de mérito por logros sobresalientes. Las menciones incluían siempre estas palabras tan sugerentes: «Por servicios meritorios más allá del cumplimiento del deber».
En ello encontramos también la manera de alcanzar las metas más elevadas y recibir la merecida aprobación de nuestro Padre Celestial. Lo que hacemos más allá del deber, más allá de aquello por lo que recibimos una recompensa material, es lo que nos da la mayor alegría en la vida.
Al observar las experiencias de nuestros hermanos y escuchar sus testimonios, me convenzo de una gran verdad: siempre que el Señor tiene una gran bendición para uno de Sus hijos, coloca a ese hijo o hija en el camino que le permitirá hacer un gran sacrificio.
El camino se abrió por medio de la oración
Hace algunos años, una mañana de domingo, me senté en el templo con un miembro de mi sumo consejo mientras nos dirigíamos a nuestro círculo de oración. Me habló de las dificultades económicas que casi habían acabado con su patrimonio y dijo: «No tenía a quién acudir; estaba a punto de perder todo lo que poseía en el mundo. Finalmente, la semana pasada acudí a mi Padre Celestial y le dije: “Padre Celestial, si me abres un camino para refinanciar mis deudas, daré más que mis diezmos y ofrendas. Haré mayores sacrificios si me ayudas a conservar lo que tengo”». Y continuó: «Hermano Lee, me levanté después de orar y el camino se abrió de una manera extraordinaria. El Señor hizo Su parte y ahora quiero que usted me ayude a hacer la mía. ¿Me ayudará a encontrar una forma de hacer mayores sacrificios por esta Iglesia?».
De los planes de aquel hombre surgió una de las iniciativas que hoy caracterizan las actividades de bienestar de esa estaca. Hoy contamos con el programa de bienestar, que nos brinda una oportunidad de sacrificarnos y prestar mayor servicio. Hemos escuchado hoy los informes y los llamamientos relacionados con las necesidades de este programa. Ciertamente, no debemos hacer oídos sordos. Si en este día la Iglesia responde al llamado de la Primera Presidencia y sus miembros sacrifican sus recursos, su tiempo y sus talentos para edificar el reino de Dios, sin reservar siquiera la propia vida si fuera necesario, entonces este pueblo, y cada persona dispuesta a consagrarse de ese modo, recibirá la mayor alegría que puede experimentar el alma humana.
Que Dios nos bendiga para enseñar a nuestros jóvenes cómo se alcanza esa felicidad. Organicemos nuestros banquetes para los jóvenes de tal manera que ellos tengan la oportunidad de agasajar a sus líderes, en vez de que sean los líderes quienes hagan todos los sacrificios en beneficio de los jóvenes. Démosles la alegría de servir y esperemos de ellos los sacrificios necesarios para desarrollar la fe que permite aferrarse a la vida eterna (1 Timoteo 6:19). Lo ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























