Venid a Cristo

Venid a Cristo

Henry B. Eyring
Del Obispado Presidente
en una charla fogonera en la Universidad Brigham Young, el 29 de octubre de 1989.



Les doy mi testimonio de que Dios vive. Él es su Padre. Ustedes desean regresar a casa. Desean estar con Él. La única manera de estar con Él como desean es llegar a ser limpios y sin mancha.

Hay momentos en los que desean ser mejores de lo que jamás han sido. Esos sentimientos pueden surgir al ver a una persona o a una familia que vive de una manera que eleva su corazón y despierta en ustedes el anhelo de vivir así también. El deseo de ser mejores puede provenir de la lectura de las palabras de un libro o incluso de escuchar unos pocos compases de música. En mi caso, ha surgido de todas esas maneras y de muchas más.

Un hogar futuro

Uno de mis primeros recuerdos es el de leer las Escrituras en un salón de clases. La ley del país todavía no lo prohibía, por lo que las escuelas públicas de Princeton, Nueva Jersey, comenzaban cada jornada escolar con un ritual establecido. No recuerdo la secuencia, pero sí recuerdo el contenido. En nuestro salón de clases, recitábamos al unísono el juramento de lealtad a la bandera, de pie y con la mano sobre el corazón. Un alumno diferente cada día leía los versículos que había elegido de la Biblia, y después recitábamos juntos y en voz alta el Padrenuestro.

Así que, aproximadamente cada veinticinco días de clases, llegaba mi turno de escoger el pasaje de las Escrituras. Siempre elegía el mismo, de modo que mis compañeros debían saber lo que venía cuando era mi día. No recuerdo cuándo escuché esas palabras por primera vez; eso se ha perdido entre las brumas de la infancia. Sin embargo, todavía puedo recitárselas, y con ellas regresan también los sentimientos. Sucedía cada vez, y todavía sucede:

Aunque yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.

Y aunque tuviese el don de profecía, y entendiese todos los misterios y todo conocimiento, y aunque tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo caridad, nada soy. [1 Corintios 13:1–2]

Ustedes recuerdan el resto de aquel capítulo 13 de 1 Corintios. Cuando leía las primeras palabras, el sentimiento regresaba. No era simplemente la sensación de que las palabras eran verdaderas, sino de que hablaban de un mundo mejor en el que yo deseaba vivir con todo mi corazón. Para mí, el sentimiento era aún más específico, y sabía que no provenía de mi interior. Sentía que habría, o que podría haber, una vida mejor y que estaría en una familia que algún día tendría. En aquel futuro entonces lejano, podría vivir con otras personas de una manera mejor y más bondadosa, superior incluso al mejor y más bondadoso de los mundos que había conocido cuando era niño.

Ahora bien, los niños pequeños no hablan de esas cosas con nadie. Tal vez le confiarían a alguien que algún día deseaban jugar en las Grandes Ligas de Béisbol. Pero no dirían que sabían que algún día tendrían un hogar en el que sentirían lo mismo que experimentaban al escuchar el capítulo 13 de 1 Corintios. Por eso nunca hablé con nadie acerca de aquellos sentimientos.

Cuando tenía once años, mis padres me dejaron en la casa de mi tío abuelo Gaskell Romney, en Salt Lake City. Él era patriarca y, debido a que era tío de mi padre, podía darme a mí, un niño procedente del campo misional, una bendición patriarcal. No creo que siquiera se sentara a conversar conmigo. No me conocía, salvo como el hijo de mi padre. Simplemente me condujo a través de la casa hasta una habitación donde había un aparato de grabación sobre una mesa. Me sentó frente a una chimenea, colocó las manos sobre mi cabeza y comenzó a declarar primero mi linaje y después a pronunciar una bendición.

Comenzó a hablarme del hogar en el que algún día yo sería el padre. Fue entonces cuando abrí los ojos. Sé que las piedras de la chimenea estaban allí porque comencé a mirarlas fijamente. Me pregunté: “¿Cómo puede este hombre saber lo que solamente está en mi corazón?”. Describió con detalles concretos lo que hasta entonces había sido únicamente un anhelo; pero yo podía reconocerlo. Era el deseo de mi corazón: aquel hogar y aquella familia futuros que yo creía que eran secretos. Pero no eran un secreto, porque Dios lo sabía.

Las impresiones de ustedes no habrán sido exactamente como las mías, pero han sentido un impulso, quizás muchos impulsos, de llegar a ser mejores. Lo que distingue esos anhelos de todas sus fantasías es que no se relacionaban con ser más ricos, más inteligentes o más atractivos, sino con ser mejores. Estoy seguro de que han tenido momentos semejantes, no solamente por mi experiencia, sino por algo que el presidente David O. McKay dijo en una ocasión. Escuchen con mucha atención:

El hombre es un ser espiritual, un alma, y en algún período de su vida toda persona siente un deseo irresistible de conocer su relación con el Infinito […]. Hay algo en su interior que lo impulsa a elevarse por encima de sí mismo, a controlar su entorno, a dominar el cuerpo y todas las cosas físicas, y a vivir en un mundo más elevado y hermoso. [David O. McKay, True to the Faith, comp. Llewelyn R. McKay, Salt Lake City: Bookcraft, 1966, pág. 244]

Ese impulso ascendente va mucho más allá de lo que ustedes llamarían un deseo de superación personal. Cuando yo lo sentí, supe que se me instaba a vivir tan por encima de mí mismo que jamás podría lograrlo por mi propia cuenta. El presidente McKay tenía razón. Ustedes sienten el impulso de elevarse por encima de su naturaleza. Lo que han sentido es una invitación de su Padre Celestial a aceptar este llamado:

Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad; y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de Dios.

Y además, si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo y no negáis su poder, entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, que está en el convenio del Padre para la remisión de vuestros pecados, a fin de que lleguéis a ser santos, sin mancha. [Moroni 10:32–33]

Ese impulso de elevarse por encima de ustedes mismos es un reconocimiento de la necesidad que tienen de que la Expiación actúe en su vida, así como de la necesidad de asegurarse de que realmente esté actuando. Después de todo lo que puedan hacer, después de todo su esfuerzo, necesitan tener la confianza de que la Expiación está obrando a favor de ustedes y dentro de ustedes.

Algo mejor que nos eleva

Quizás esta noche sientan ese impulso ascendente. Yo lo sentí una tarde cuando llegué a comprender, como nunca antes, cuánto necesitaba la Expiación, qué podía hacer para que actuara en mi vida y qué evidencias podía recibir de que estaba obrando.

Ocurrió en un lugar parecido a este, aunque no tan grande. Era la hora de un devocional en Ricks College. Yo no era el orador; estaba sentado allí, justo detrás y a la derecha de quien hablaba. Todavía conservo el libro que sostenía aquel día; lo tengo aquí en la mano. Aún contiene las palabras que entonces escribí en los márgenes, aunque tanto la página como el libro muestran señales del uso.

En mi recuerdo, aquella tarde el salón estaba casi tan iluminado y cálido como la luz del sol. El orador era el élder A. Theodore Tuttle. Supongo que había un reflector sobre su rostro. Los escenarios siempre parecen estar iluminados cuando uno se encuentra en ellos. Pero el resplandor no estaba solamente en lo que yo veía. Aquel día estaba dentro de mí. Creo que sucedió porque entré en aquel salón con el anhelo que el presidente McKay dijo que todas las personas experimentarían. En mi caso, aquel día fue irresistible; me encontraba en el lugar correcto y con la preparación adecuada.

Me había estado esforzando mucho, pero aun así quería saber: “¿No hay algo más que pueda hacer?”. El élder Tuttle me dijo que sí lo había y que necesitaría que la Expiación de Jesucristo actuara en mi vida para poder llegar adonde deseaba ir. Por eso aquella tarde permanece viva en las páginas de este libro y en mi vida. En caso de que ustedes estén experimentando uno de aquellos días que el presidente McKay dijo que tendrían, pensé que debía transmitírselo.

Así fue como el élder Tuttle comenzó. Habló de cómo alguien se lo había transmitido a él. Dijo que había viajado a Sudamérica por asignación con Joseph Fielding Smith, quien entonces era miembro del Consejo de los Doce. Eso ocurrió en la época en que se viajaba a Sudamérica en barco. El élder Smith podría haber aprovechado el tiempo para descansar. También podría haber permitido que el élder Tuttle descansara. Pero no lo hizo. Organizó un estudio diario de las Escrituras, sentados en la cubierta, en aquellas sillas de listones de madera que la mayoría de ustedes solamente ha visto en películas antiguas. Leían juntos las Escrituras, las analizaban y las marcaban. Así que lo que tengo escrito en los márgenes de esta página fue anotado por el élder Tuttle en su ejemplar de Doctrina y Convenios, sobre la cubierta del barco, mientras el élder Smith se lo enseñaba. Solo puedo imaginar quién se lo transmitió al élder Smith. Y ahora yo se lo transmito a ustedes.

Esta página es la segunda hoja de la antigua edición de la combinación triple, en la sección 19 de Doctrina y Convenios. En la parte inferior está escrita, con letras mayúsculas, la palabra: ARREPENTIMIENTO. Después, una flecha conduce a una anotación que dice: “Palabra griega. Tener una mente nueva”.

En la parte posterior de mi libro ya había escrito una lista de palabras y conceptos del Evangelio y, junto a cada uno, un pasaje clave de las Escrituras. La sección 19 de Doctrina y Convenios se convirtió en el pasaje al que acudiría desde entonces para encontrar la red de Escrituras sobre el arrepentimiento que recibí de los días en que el élder Tuttle fue instruido en la cubierta del barco mientras navegaban hacia el sur. Eso ocurrió antes de que se inventara la Guía para el Estudio de las Escrituras, y supongo que por eso ya no construyo esas redes de referencias. Pero él lo hizo por mí y, por consiguiente, alrededor de los márgenes de aquella segunda página de la sección 19 tengo anotadas diez referencias de las Escrituras que recibí aquella tarde, junto con su breve descripción de por qué son importantes. De alguna manera, logró enseñarlas todas en menos de una hora e introducirlas en mi corazón. Era un maestro extraordinario. Yo no intentaré hacer lo mismo. Sin embargo, les presentaré los pocos pasajes que han producido la mayor diferencia —toda la diferencia para mí— al permitirme saber cómo alcanzar ese algo mejor que ustedes y yo sentimos algunas veces que nos eleva.

El primero no está en el margen, sino que se encuentra en la sección misma. Aquel día lo escuché con un significado nuevo. Comienza en el versículo 15:

Por tanto, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean graves tus padecimientos; cuán graves no sabes, cuán intensos no sabes, sí, cuán difíciles de aguantar no sabes.

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo. [Doctrina y Convenios 19:15–17]

Cuando aquel día leyó esas palabras, sentí el sufrimiento abrumador del Salvador. Entonces comprendí dos cosas. Primero, que si no podía arrepentirme para cumplir con los requisitos de Su expiación por mis pecados, tendría que sufrir hasta el límite de mi capacidad para hacerlo. Segundo, que a pesar de todo el sufrimiento que yo pudiera padecer, a pesar de todo lo que pudiera soportar, todavía no sería suficiente. Quedaría excluido para siempre del único lugar donde existirá el calor de una familia: la familia de mi Padre Celestial, a quien he amado y extraño, y mi familia aquí. De algún modo, había adquirido la idea de que la elección consistía en arrepentirme o no hacerlo. Entonces comprendí que cualquier dolor que el arrepentimiento pudiera producir en esta vida no sería mayor que el dolor que afrontaría si no me arrepentía aquí; pero ese dolor posterior no podría elevarme de regreso al hogar. No podría brindarme la misericordia que necesitaba.

En mi interior surgió la determinación de mantenerme tan alejado del pecado como me fuera posible y de adquirir la confianza de que mis pecados estaban siendo remitidos. En aquel momento, las consecuencias de arriesgarme con el pecado o con el perdón se volvieron más grandes de lo que jamás había imaginado. Con todo mi corazón deseaba saber que la Expiación estaba sanando en mí los efectos del pecado y que estaba siendo fortalecido contra los pecados futuros. Deseaba tener confianza, mientras que antes me había conformado con la esperanza.

Lo que deseaba entonces era saber qué podía hacer para obtener la seguridad de que me encontraba en el camino de regreso al hogar. Los pasos específicos que demuestran que la Expiación está actuando en la vida de ustedes no siempre serán los mismos. Para algunas personas, en determinado momento, significará acudir a un obispo, un juez en Israel, para confesar un pecado grave y procurar ayuda. Para otras, significará aceptar el bautismo. Sin embargo, para todos y en cada etapa del proceso de purificación existen ciertos elementos constantes. Uno de ellos es este: recibir el Espíritu Santo es el agente purificador mediante el cual la Expiación los limpia.

El presidente Marion G. Romney lo enseñó de esta manera: “Recibir el Espíritu Santo es la terapia que produce el perdón y sana el alma enferma por el pecado” (“The Holy Ghost”, Ensign, mayo de 1974, pág. 92). El Salvador lo expresó así: “Y este es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha” (3 Nefi 27:20). Moroni también habló de ser transformados y limpiados por el poder del Espíritu Santo después del bautismo.

Ese es un hecho sobre el cual pueden actuar con confianza. Pueden invitar la compañía del Espíritu Santo a su vida. Pueden saber cuándo está presente y cuándo se retira. Cuando Él sea su compañero, podrán tener la confianza de que la Expiación está actuando en su vida.

Esta noche pueden tomar algunas decisiones que harán que el Espíritu Santo venga a ustedes como su compañero.

Todos ustedes han sido llamados por Dios para servir a Sus hijos. Tal vez sean llamados como secretarios, maestros orientadores o maestras visitantes. Todos son hijos, hijas, hermanos o hermanas. Ninguno de esos llamamientos es accidental. Cada uno los coloca en una posición de servicio para invitar a alguien a escoger lo correcto y venir a Cristo. Ninguna de las personas por quienes son responsables puede ser verdaderamente atendida sin que ustedes den testimonio, de alguna manera, de la misión de Jesucristo.

Ustedes saben que la misión del Espíritu Santo es dar testimonio del Salvador. Cuando salen con fe y bajo asignación para hacerlo, el Espíritu Santo es su aliado. El Salvador dijo: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Juan 15:26).

En este mismo momento podrían comenzar a pensar en las personas por quienes tienen responsabilidad. Si lo hacen con la intención de servirlas, un rostro o un nombre acudirá a su mente. Si esta noche hacen algo e intentan ayudar a esa persona a venir a Cristo, no puedo prometerles un milagro, pero sí puedo prometerles lo siguiente: sentirán la influencia del Espíritu Santo ayudándolos y sentirán Su aprobación. Sabrán que, al menos durante esos minutos, el poder del Espíritu Santo estuvo con ustedes. También sabrán que se produjo cierta sanación en su alma, porque el Espíritu no mora en un tabernáculo impuro. Su influencia purifica.

Sentir la influencia del Espíritu Santo no solamente es una señal de que la Expiación, la cura para el pecado, está actuando en su vida; también les permitirá saber que está obrando una protección preventiva contra el pecado.

Protección contra el pecado

Los efectos de la Expiación —la ausencia de orgullo, envidia y malicia— constituyen un escudo contra la tentación. El Salvador enseñó esto en otra de las referencias escritas en el margen de mi ejemplar de la sección 19 de Doctrina y Convenios. La anotación me dirige al primer versículo de la sección 95 de Doctrina y Convenios, el cual dice:

De cierto, así os dice el Señor a vosotros a quienes amo, y a quienes amo también disciplino para que les sean perdonados sus pecados, porque con el castigo preparo un medio para librarlos de la tentación en todas las cosas, y yo os he amado. [Doctrina y Convenios 95:1]

Les doy mi testimonio de que Dios los ama y de que ha preparado un camino para librarlos de la tentación en todas las cosas. En aquel versículo, el Señor anunciaba una reprensión porque Su pueblo no había construido Su casa como Él lo había mandado. Él calificó aquello como un pecado grave. Sin embargo, el Señor enseñó que la reprensión que los prepararía para ser perdonados también produciría un escudo contra la tentación.

Les doy mi testimonio de que el corazón quebrantado y el espíritu contrito, que son requisitos para el perdón, también son frutos de este. La misma humildad que constituye una señal de haber sido perdonados es una protección contra los pecados futuros. Al evitar los pecados futuros, conservamos la remisión de los pecados pasados.

Tal vez no sepan cuándo han sido plenamente bautizados con fuego y con el Espíritu Santo, pero pueden saber cuándo están invitando Su presencia. También saben cuándo hacen imposible Su presencia. Aunque salgan de este salón decididos a servir al Salvador esta noche y, de ese modo, inviten al Espíritu, algunos serán tentados por un pensamiento semejante a este: “Mira, mientras no cometas un pecado grave, el arrepentimiento no es tan difícil. Solamente tienes que confesarlo, pasar un poco de vergüenza y volverás a estar limpio”. Esa es una mentira, al menos por dos razones.

Primero, jamás he olvidado la voz del élder Tuttle después de leer esta descripción del sufrimiento por el pecado que se encuentra en la sección 19 de Doctrina y Convenios:

Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. [Doctrina y Convenios 19:18]

Fue aproximadamente allí donde escribí estas palabras: “Enseñen al pueblo que el arrepentimiento duele”. Les doy mi testimonio de que nunca deben creer la mentira de que el pecado no produce dolor. Pueden ser perdonados. La Expiación es real. Sin embargo, el presidente Kimball enseñó: “Si una persona no ha sufrido, no se ha arrepentido” (TSWK, pág. 99). Por tanto, la verdadera fe en la Expiación de Jesucristo, en vez de llevarlos a probar un poco del pecado, los conducirá a mantenerse tan alejados de él como les sea posible.

Esto me lleva a una segunda falsedad: que, a medida que el mundo se vuelve más inicuo, es razonable esperar ser vencidos por la tentación. Eso tampoco es verdad. No afrontamos un panorama tan sombrío. Esto es lo que enseñó el presidente George Albert Smith. Lo dijo hace más de cincuenta años, pero todavía es verdad en nuestra época y lo seguirá siendo en el futuro, sin importar cuán oscuro llegue a ser. Él dijo:

Hay dos influencias siempre presentes en el mundo. Una es constructiva y edificante y procede de nuestro Padre Celestial; la otra es destructiva y degradante y procede de Lucifer. Poseemos nuestro albedrío y tomamos nuestras propias decisiones en la vida bajo la influencia de esos poderes invisibles. Existe una línea divisoria claramente definida que separa el territorio del Señor del territorio de Lucifer. Si vivimos del lado del Señor, Lucifer no puede venir allí para ejercer influencia sobre nosotros; pero si cruzamos la línea y entramos en su territorio, quedamos bajo su poder. Al guardar los mandamientos del Señor estamos seguros en Su lado de la línea; pero si desobedecemos Sus enseñanzas, cruzamos voluntariamente a la zona de la tentación e invitamos la destrucción que siempre está presente allí. Sabiendo esto, ¡cuán deseosos deberíamos estar siempre de vivir del lado del Señor! [George Albert Smith, Improvement Era, mayo de 1935, pág. 278]

La creciente iniquidad del mundo no debería hacerlos más propensos a arriesgarse, sino menos. Mediante la elección de lo que harán esta noche y de lo que no harán, pueden colocarse en el territorio donde el Espíritu Santo puede ser su compañero.

¿Cómo pueden saberlo?

Quizás sientan que solamente les he dado una esperanza modesta. Ustedes, al igual que todas las personas, desean saber y tener la certeza —si es posible, mediante alguna señal clara— de que sus pecados han sido remitidos. Yo también lo deseo. Sin embargo, ustedes y yo sabemos que el presidente Benson, en su artículo que muchos de ustedes ya han compartido como maestros orientadores, decía la verdad cuando afirmó:

Por cada Pablo, por cada Enós y por cada rey Lamoni, existen cientos y miles de personas para quienes el proceso del arrepentimiento es mucho más sutil y mucho más imperceptible. Día tras día se acercan más al Señor, apenas conscientes de que están edificando una vida semejante a la de Dios. Viven vidas tranquilas de bondad, servicio y compromiso. Son como los lamanitas, de quienes el Señor dijo que “fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo, y no lo supieron” (3 Nefi 9:20). [“Un poderoso cambio de corazón”, Ensign, octubre de 1989, pág. 5]

Como si conociera mi preocupación —y la de ustedes— por discernir si avanzábamos hacia Cristo, el élder Tuttle me condujo a un pasaje de las Escrituras. La referencia está escrita en el margen, junto al comienzo del versículo 15. Esto es todo lo que dice: “Alma 5:14, 15, 26–31”. Después aparecen estas palabras, escritas con letra muy pequeña: “Nacer de nuevo y retener la remisión. ¿Cómo lo sabes?”.

“¿Cómo lo sabes?”. Una mujer me susurró esa pregunta después de una conferencia de estaca, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Me dijo: “Lo he intentado durante tanto tiempo. He hecho todo lo que sé hacer. ¿Por qué no siento la paz del perdón? Deseo sentirme perdonada. Deseo volver a sentirme limpia. Deseo sentir que puedo permanecer así. ¿Cómo puedo saberlo?”. Esa pregunta apareció en una carta que llegó recientemente a mi escritorio. También me la formularon la otra noche por teléfono, durante una llamada que había comenzado como una conversación de negocios. Con lágrimas en la voz, un joven preguntó: “Entonces, ¿cómo podré saberlo? ¿Cómo se sabe?”.

Alma, el sumo sacerdote, planteó exactamente esa pregunta y la contestó mientras enseñaba al pueblo de Zarahemla. Esta es la referencia, comenzando en Alma 5:14:

Y ahora os pregunto, hermanos míos de la iglesia: ¿Habéis nacido espiritualmente de Dios? ¿Habéis recibido su imagen en vuestros rostros? ¿Habéis experimentado este gran cambio en vuestros corazones?

¿Ejercéis la fe en la redención de aquel que os creó? ¿Miráis hacia adelante con el ojo de la fe y veis este cuerpo mortal levantado en inmortalidad, y esta corrupción levantada en incorrupción, para presentaros ante Dios y ser juzgados según las obras que se hayan hecho en el cuerpo mortal? [Alma 5:14–15]

Cuando el élder Tuttle leyó esas palabras aquel día, supe lo que deseaba. Quería tener la imagen del Maestro en mi rostro, quizás no de una manera visible para los demás, pero sí de modo que pudiera mirar hacia adelante con el ojo de la fe hacia aquella grandiosa reunión. Deseaba tener la confianza de que algún día y en algún lugar escucharía estas palabras: “Venid a mí, vosotros los benditos, pues he aquí, vuestras obras han sido obras de justicia sobre la faz de la tierra” (Alma 5:16).

Ahora bien, algunas veces, cuando leen las Escrituras, la mente puede divagar. De hecho, he estado observando a algunos de ustedes. Comprendo que los he estado poniendo a prueba. Han escuchado muchos pasajes de las Escrituras. Mi mente no divagó aquel día cuando el élder Tuttle pasó una página para leer el versículo 26. Deseaba escuchar cómo podría saber que la Expiación estaba actuando en mi vida. Quería saber cómo retener la remisión de mis pecados. Esto fue lo que comenzó a leer:

Y ahora os digo, hermanos míos, que si habéis experimentado un cambio en el corazón, y si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: ¿Podéis sentir esto ahora?

¿Habéis caminado, conservándoos irreprensibles delante de Dios? Si fueseis llamados a morir en este momento, ¿podríais decir, dentro de vosotros mismos, que habéis sido suficientemente humildes? ¿Que vuestros vestidos han sido limpiados y emblanquecidos mediante la sangre de Cristo, que vendrá para redimir a su pueblo de sus pecados?

He aquí, ¿os habéis despojado del orgullo? Os digo que si no, no estáis preparados para comparecer ante Dios. He aquí, debéis prepararos pronto; porque el reino de los cielos está cerca, y los que no se hayan despojado del orgullo no tienen vida eterna.

He aquí, os digo: ¿Hay entre vosotros quien no se haya despojado de la envidia? Os digo que tal persona no está preparada; y quisiera que se preparase pronto, porque la hora está cerca, y no sabe cuándo vendrá el tiempo; pues tal persona no es hallada sin culpa.

Y además os digo: ¿Hay entre vosotros quien se burle de su hermano, o que acumule persecuciones sobre él?

¡Ay de tal persona, porque no está preparada, y está cerca la hora en que debe arrepentirse, o no puede ser salva! [Alma 5:26–31]

Piensen en esas palabras: humildes, despojados del orgullo, despojados de la envidia, sin burlarse de sus hermanos, vestidos limpios. ¿Han experimentado el cambio de corazón?

Hace mucho tiempo aprendí que es difícil saber cómo estamos progresando en el proceso de nacer de nuevo y por qué no resulta sencillo reconocerlo. En una ocasión, cuando era obispo de un barrio, trabajé con un joven que no era mucho mayor que muchos de ustedes. Había cometido errores graves y la fe en el Señor Jesucristo lo había impulsado a pasar por un arrepentimiento prolongado y doloroso. Estábamos a pocas semanas de que contrajera matrimonio en el templo. Mucho tiempo antes lo había perdonado en nombre de la Iglesia y le había entregado su recomendación para el templo. Sin embargo, él recordaba que yo le había dicho: “El Señor te perdonará en Su propio tiempo y a Su propia manera”. Ahora estaba profundamente preocupado. Fue a mi oficina y me dijo: “Usted me dijo que algún día el Señor me haría saber que he sido perdonado. Pero voy a ir al templo para casarme con una joven maravillosa. Quiero ser lo mejor que pueda para ella. Necesito saber que he sido perdonado, y necesito saberlo ahora. Dígame cómo averiguarlo”. Le dije que lo intentaría.

Me dio un plazo. Según lo recuerdo, disponía de menos de dos semanas. Afortunadamente, yo ya tenía programado un viaje. Durante ese período fui a Salt Lake City y allí me encontré con el élder Spencer W. Kimball, quien entonces era miembro del Cuórum de los Doce, durante una reunión social. Había mucha gente, pero de alguna manera él me encontró. Se acercó a mí entre la multitud y me dijo: “Hal, tengo entendido que ahora eres obispo. ¿Hay algo que quisieras preguntarme?”.

Le dije que sí, pero no creía que aquel fuera el lugar apropiado para hablar de ello. Él pensó que sí lo era. Era una fiesta al aire libre. Según lo recuerdo, fuimos detrás de unos arbustos y allí tuvimos nuestra entrevista. Sin revelar confidencias, como tampoco se las he revelado a ustedes, le expliqué las preocupaciones y la pregunta de aquel joven de mi barrio. Entonces le pregunté al élder Kimball: “¿Cómo puede recibir esa revelación? ¿Cómo puede saber si sus pecados han sido remitidos?”.

Pensé que el élder Kimball me hablaría del ayuno, de la oración o de escuchar la voz suave y apacible. Pero me sorprendió. En cambio, me dijo: “Cuéntame algo acerca del joven”.

Le pregunté: “¿Qué le gustaría saber?”.

Entonces comenzó a hacerme una serie de preguntas muy sencillas. Algunas de las que recuerdo fueron:

“¿Asiste a sus reuniones del sacerdocio?”.

Después de pensarlo un momento, respondí: “Sí”.

“¿Llega temprano?”.

“Sí”.

“¿Se sienta en la primera fila?”.

Lo pensé durante un momento y entonces comprendí, para mi asombro, que así era.

“¿Hace sus visitas de orientación familiar?”.

“Sí”.

“¿Las hace a comienzos del mes?”.

“Sí, así es”.

“¿Va más de una vez?”.

“Sí”.

No recuerdo las demás preguntas, pero todas eran semejantes: cosas pequeñas, actos sencillos de obediencia y sumisión. Con cada pregunta me sorprendía que mi respuesta siempre fuera afirmativa. Sí, no solamente asistía a todas sus reuniones: llegaba temprano, sonreía y se encontraba allí no solo con todo su corazón, sino con el corazón quebrantado de un niño pequeño, tal como sucedía cada vez que el Señor le pedía algo. Después de que respondí afirmativamente a cada una de sus preguntas, el élder Kimball me miró, hizo una pausa y entonces dijo en voz muy baja: “Ahí tienes tu revelación”.

Suficientemente humilde. Despojado del orgullo. Despojado de la envidia. Sin burlarse jamás de su hermano.

Cuando regresé y le comuniqué al joven lo que entonces sabía, él lo aceptó. Sin embargo, quizás sencillamente tuvo que confiar en mi palabra. Como pueden ver, es difícil sentir que somos suficientemente humildes. Si lo sintiéramos, quizás no lo seríamos. Él siguió adelante con su matrimonio. Lo he visto desde entonces. Para mí todavía luce como se veía sentado en la primera fila antes de una reunión del sacerdocio.

Supongo que ha retenido la remisión de sus pecados. No sé si entonces lo sabía ni si ahora lo sabe con la certeza que deseaba, pero estoy seguro de algo. Cuando ese cambio de corazón llegue a mí y a ustedes, cuando seamos limpios e irreprensibles delante de Dios, será porque hemos sido purificados mediante la sangre de Cristo. Sé lo que puedo y debo hacer. Debo ser bautizado por un siervo de Dios que posea el sacerdocio verdadero; debo recibir el don del Espíritu Santo mediante ese mismo poder; y después debo ejercer fe en el Salvador durante el tiempo suficiente y con el cuidado necesario para que Su gracia sea suficiente para mí. También conozco, al menos, una manera de saber que eso está sucediendo en la vida de ustedes o en la mía. Se habrán dedicado tan frecuentemente al servicio del Maestro, llevando consigo la compañía purificadora del Espíritu Santo, que estarán en la primera fila y llegarán temprano siempre y dondequiera que el Maestro los llame. Será un proceso tan gradual que quizás no lo adviertan. Serán tan humildes que podrían mostrarse reacios a creer que está sucediendo. Sin embargo, quienes tengan discernimiento espiritual y los amen lo sabrán. El Salvador y nuestro Padre Celestial también lo sabrán. Y eso es suficiente.

Inviten al Espíritu Santo a su vida

Aquí tienen otro de aquellos pasajes del élder Tuttle, señalado en el margen. Describe una evidencia que ustedes y yo podemos recibir de que estamos avanzando hacia aquella vida mejor y más elevada:

Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, se despoje del hombre natural y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre. [Mosíah 3:19]

Cuando leo ese pasaje, veo el rostro de aquel joven sentado en la primera fila, después de haber llegado temprano a su reunión.

Les doy mi testimonio de que pueden invitar al Espíritu Santo a su vida y de que, puesto que siervos autorizados de Dios les han prometido ese don, Él vendrá. Les testifico que pueden ser limpiados mediante el poder de la Expiación de Jesucristo. Les testifico que el anhelo que han sentido por algo mejor es el deseo de venir a Cristo. También les testifico que es verdadera esta promesa que se encuentra en el versículo 23 de la sección 19 de Doctrina y Convenios: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz”.

Ruego que ustedes y yo tomemos, esta noche, mañana y durante toda nuestra vida, las decisiones que atraerán a nuestra vida la influencia del Espíritu Santo mediante el servicio al Maestro. Testifico que, al hacerlo, sentiremos la purificación que proviene de la Expiación de Jesucristo y, con ella, la confianza de que estamos viniendo a Él. Cuando estemos allí, con Él y santificados, nunca más tendremos hambre ni sed.

Mi esperanza es que esta noche se coloquen en un lugar donde el Espíritu Santo pueda acompañarlos. Una llamada telefónica, una visita o una carta que pudieran escribir a alguien a quien Dios les ha pedido servir produciría ese resultado. Les he prometido un milagro: sentirán la compañía del Espíritu Santo. Sin embargo, debo advertirles que no esperen necesariamente otro milagro. Incluso con esa ayuda, la ayuda del Espíritu Santo, quizás no digan las palabras ni presten el servicio que produzca un gran cambio en la vida de esas personas. Recuerden que el presidente McKay dijo que, “en algún momento” de su vida, sentirán un deseo irresistible de elevarse hacia un mundo más sublime y hermoso.

Puede que ese momento no sea esta noche. Pero vayan de todos modos. Y vuelvan a ir. Entonces, cuando llegue ese momento, ustedes estarán allí, serán sus amigos y podrán testificarles que el anhelo que sienten por algo mejor es el deseo de venir a Cristo. Podrán decirles cómo hacerlo. Y ya les habrán estado mostrando el camino.

Tengo una petición y una esperanza más para ustedes: no ignoren los impulsos que reciban de elevarse por encima de ustedes mismos hacia un mundo más sublime y hermoso. Crecer, adquirir educación, conocer el mundo y casi todo cuanto les ocurra los impulsará a decirse: “Oh, eso solamente fue un sueño. No es posible. Nunca podría cambiar tanto”.

Sí pueden hacerlo. El Salvador prometió: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Él puede hacerlo y lo hará. Les doy mi testimonio de que Dios vive. Él es su Padre. Ustedes desean regresar a casa. Desean estar con Él. La única manera de estar con Él como desean es llegar a ser limpios y sin mancha. Les doy mi testimonio de que Jesús es el Cristo. La Expiación es real. Les doy mi testimonio de que el Espíritu Santo vendrá a ustedes mientras sirvan a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo y den testimonio de Ellos.

Les doy mi testimonio de que José Smith fue un profeta de Dios. Testifico que el sacerdocio se encuentra sobre la tierra. Las llaves están aquí. El presidente Benson es un profeta de Dios. Ruego que puedan avanzar sin temor y con confianza para servir. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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