Isaías 58–66 “Vendrá el Redentor a Sion”

Isaías 58–66
“Vendrá el Redentor a Sion”


Los capítulos 58–66 de Isaías constituyen una poderosa invitación a prepararnos para la venida del Redentor. En ellos, el profeta contempla a un pueblo que necesita ser sanado, liberado, recogido y restaurado. Aunque abundan el pecado, la injusticia y el sufrimiento, Isaías anuncia una promesa llena de esperanza: “Vendrá el Redentor a Sion” (Isaías 59:20). Jesucristo no viene solamente para juzgar al mundo, sino también para rescatar a quienes se arrepienten, vendar a los quebrantados de corazón y conducirlos nuevamente a la presencia de Dios.

Esta profecía comenzó a cumplirse de manera visible cuando Jesucristo inició Su ministerio terrenal. En la sinagoga de Nazaret, el Salvador leyó las palabras de Isaías: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová” (Isaías 61:1). Después declaró que aquella Escritura se había cumplido en presencia de quienes lo escuchaban. Con esas palabras, Jesús se identificó como el Mesías prometido: el Ungido enviado para anunciar buenas nuevas, sanar corazones heridos, liberar a los cautivos y consolar a los que lloran.

Sin embargo, la misión del Redentor no terminó al concluir Su ministerio mortal. Jesucristo continúa realizando esa misma obra en nuestros días. Mediante Su Expiación, libera del cautiverio del pecado, sana las heridas que nadie más puede ver, fortalece a los afligidos y ofrece esperanza a quienes sienten que su vida ha quedado en ruinas. Él puede sustituir las “cenizas” por belleza, el luto por gozo y el espíritu angustiado por un manto de alabanza (véase Isaías 61:3). La redención que ofrece no es solamente futura; puede comenzar ahora en la vida de toda persona que se vuelva sinceramente a Él.

Isaías también enseña que prepararnos para el Redentor exige una religión verdadera y transformadora. No basta con realizar actos externos de adoración mientras ignoramos el sufrimiento de los demás. El ayuno que agrada al Señor incluye romper las ligaduras de la maldad, aliviar al oprimido, compartir el pan con el hambriento y atender al necesitado (véase Isaías 58:6–7). La verdadera conversión une la adoración a Dios con la misericordia hacia Sus hijos. Cuando vivimos de esa manera, nuestra luz nace “como el alba”, y el Señor promete guiarnos y fortalecernos continuamente (véase Isaías 58:8–11).

Estos capítulos también anuncian el recogimiento y la glorificación de Sion. El Señor llama a Su pueblo: “Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz” (Isaías 60:1). Sion no representa únicamente un lugar geográfico; también describe a un pueblo puro de corazón, unido por convenios y dispuesto a reflejar la luz de Jesucristo. Cada persona que recibe al Salvador, guarda Sus mandamientos, sirve a los necesitados y ayuda a recoger a Israel participa en la preparación de Sion para Su regreso.

Finalmente, Isaías dirige nuestra mirada hacia el glorioso futuro que Jesucristo establecerá. El Señor promete crear “nuevos cielos y nueva tierra”, transformar el dolor de Su pueblo en gozo y hacer brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones (véanse Isaías 61:11; 65:17–19). La historia humana no terminará en oscuridad, violencia ni desolación, sino con el triunfo del Redentor. Él vendrá para purificar la tierra, reunir a los fieles y establecer una creación renovada en la que prevalecerán la paz y la justicia.

Por tanto, “Vendrá el Redentor a Sion” es más que una profecía acerca de la Segunda Venida; es una invitación personal. El Redentor viene a cada corazón que se abre para recibirlo. Viene para perdonar, sanar, liberar y restaurar. Al estudiar Isaías 58–66, podremos reconocer lo que Jesucristo ya hizo mediante Su sacrificio expiatorio, lo que continúa haciendo en nuestra vida y lo que todavía hará cuando regrese con poder y gloria. Nuestra responsabilidad es volvernos a Él, vivir nuestra adoración con sinceridad y ayudar a preparar un pueblo dispuesto a recibir a su Rey.


Isaías 58:3–12
El ayuno cultiva el poder espiritual y bendice a las personas necesitadas


¿Por qué alguien se abstendría voluntariamente de comer y beber cuando tiene alimentos disponibles? Desde una perspectiva puramente física, el ayuno podría parecer una privación innecesaria. Sin embargo, desde la perspectiva del Evangelio, es una expresión de fe, humildad y amor. Ayunar significa colocar temporalmente los deseos del cuerpo en segundo plano para dar mayor atención a las necesidades del espíritu y del prójimo.

Isaías 58 enseña que el ayuno verdadero no consiste únicamente en soportar hambre. Su propósito es acercarnos a Dios, fortalecer nuestro dominio propio, obtener poder espiritual y convertir nuestro sacrificio en ayuda para quienes sufren. Cuando está acompañado por la oración, un propósito sincero y una ofrenda generosa, el ayuno se transforma en una experiencia de comunión con Jesucristo y de servicio a Sus hijos.

Cuando el ayuno se percibe como una carga
El pueblo preguntaba al Señor: “¿Por qué ayunamos, y no hiciste caso? ¿Por qué afligimos nuestras almas, y no te diste por entendido?” —Isaías 58:3

Aquellas personas habían cumplido exteriormente con la práctica del ayuno, pero esperaban que Dios las recompensara automáticamente. Consideraban su sacrificio como una forma de reclamar bendiciones. Al mismo tiempo, continuaban buscando sus propios intereses, tratando duramente a sus trabajadores, participando en contiendas y actuando con injusticia.

El problema no era que se abstuvieran de alimentos, sino que esa abstinencia no estaba produciendo ningún cambio en su corazón. Inclinaban la cabeza “como junco” y se vestían de cilicio, pero su aparente humildad no estaba acompañada de arrepentimiento, misericordia ni rectitud. Su adoración exterior ocultaba una vida interior que todavía necesitaba ser transformada.

El ayuno puede parecernos una carga cuando lo reducimos a contar las horas que faltan para comer. También puede perder su significado cuando ayunamos solamente por costumbre, por presión social o con la idea de que Dios está obligado a concedernos aquello que pedimos. Si toda nuestra atención permanece en el hambre, no llegamos a descubrir el alimento espiritual que el Señor desea ofrecernos.

Las palabras de Isaías cambian esa percepción porque muestran que el ayuno no es un castigo ni una prueba de resistencia. Es una invitación a acercarnos al Señor, examinar nuestro corazón y desarrollar compasión. El verdadero ayuno no procura únicamente cambiar nuestras circunstancias; procura cambiarnos a nosotros.

El ayuno fortalece el espíritu
Al ayunar, renunciamos temporalmente a una necesidad física legítima. Este acto enseña a nuestro cuerpo que no tiene que controlar todas nuestras decisiones. Así cultivamos disciplina, paciencia y dominio propio. Si podemos abstenernos voluntariamente de algo bueno por un propósito espiritual, también podemos recibir fortaleza para resistir deseos, hábitos o tentaciones que nos alejan de Dios.

El hambre que sentimos puede convertirse en un recordatorio de nuestro propósito. Cada vez que aparece, podemos renovar nuestra oración y decir interiormente: “Señor, necesito Tu ayuda”, “bendice a esta persona” o “ayúdame a conocer Tu voluntad”. De esta manera, el hambre deja de ser solamente una molestia y se convierte en una oración silenciosa y constante.

No obstante, el poder espiritual no procede del hambre en sí misma. Procede de Jesucristo. El ayuno nos ayuda a humillarnos, reconocer nuestra dependencia del Salvador y preparar el corazón para recibir Su gracia. No utilizamos el ayuno para obligar a Dios a aceptar nuestra voluntad, sino para estar mejor preparados para conocer y aceptar la Suya.

“Desatar las ligaduras de la maldad”
El Señor describe el ayuno que Él escogió: “¿No consiste, más bien, el ayuno que yo escogí en desatar las ligaduras de la maldad, en soltar las cargas de opresión, y en dejar ir libres a los quebrantados y en romper todo yugo?” —Isaías 58:6

Las “ligaduras de la maldad” pueden representar pecados, adicciones, resentimientos, pensamientos destructivos y hábitos que disminuyen nuestra libertad espiritual. Mediante el ayuno y la oración podemos pedir fortaleza para arrepentirnos, perdonar, dominar nuestras pasiones y abandonar aquello que nos mantiene atados.

El ayuno no sustituye el arrepentimiento, pero puede acompañarlo y fortalecerlo. Tampoco produce automáticamente la liberación de una adicción o enfermedad; en algunos casos será necesario recibir ayuda médica, psicológica, familiar o eclesiástica. Sin embargo, puede aumentar nuestra determinación, sensibilidad espiritual y disposición para recibir la ayuda que el Señor nos proporciona.

“Romper todo yugo” también implica mirar más allá de nuestras propias cargas. Un yugo es aquello que oprime, limita o hace sufrir a una persona. Puede ser el hambre, la pobreza, la soledad, la injusticia, la enfermedad, el temor o la falta de oportunidades. El Señor espera que quienes ayunan se conviertan en instrumentos para aliviar esas cargas.

Por eso, una pregunta importante durante el ayuno es: ¿Qué yugo puedo ayudar a romper en la vida de otra persona?

Compartir el pan con el hambriento
El Señor continúa explicando: “¿No consiste en que compartas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas de tu propia carne?” —Isaías 58:7

El verdadero ayuno conduce a la caridad. Al experimentar voluntariamente el hambre, recordamos que muchas personas la padecen sin haberla elegido. Esta experiencia puede ayudarnos a sentir mayor gratitud por nuestros alimentos y mayor responsabilidad hacia quienes carecen de lo indispensable.

La ofrenda de ayuno permite que aquello que no consumimos se convierta en alimento y asistencia para otras personas. Así, nuestro sacrificio privado produce una bendición comunitaria. El ayuno deja de ser solamente una relación entre nosotros y Dios, porque incorpora a nuestro prójimo.

Pero compartir el pan significa más que entregar recursos materiales. También podemos compartir nuestro tiempo, escuchar a quien se siente solo, acompañar al enfermo, consolar al afligido y prestar atención a una familia que atraviesa dificultades. La generosidad económica es fundamental, pero el Señor también desea que entreguemos el corazón.

La doctrina de Isaías es clara: no podemos buscar mayor comunión con Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de Sus hijos. El ayuno que eleva nuestras oraciones es también el ayuno que abre nuestros ojos y nuestras manos.

“Entonces nacerá tu luz como el alba”
Después de enseñar cómo debe ayunar Su pueblo, el Señor presenta una serie de promesas: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu sanidad brotará pronto”. —Isaías 58:8

La luz representa revelación, esperanza y dirección. Cuando ayunamos con sinceridad, podemos recibir mayor claridad para tomar decisiones, comprender una dificultad o reconocer la manera en que debemos servir. Quizá no recibamos inmediatamente una respuesta completa, pero el Señor puede iluminar el siguiente paso.

La promesa de sanidad puede tener aplicaciones físicas, emocionales y espirituales. Esto no significa que todo ayuno producirá automáticamente una curación inmediata. Las bendiciones siempre llegan de acuerdo con la sabiduría y la voluntad del Señor. Sin embargo, el ayuno puede acercarnos al poder sanador de Jesucristo, darnos fortaleza para sobrellevar una prueba y llenar nuestro corazón de paz mientras esperamos.

“Entonces invocarás, y te oirá Jehová”
Isaías declara: “Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí”. —Isaías 58:9

Esta es una de las promesas más tiernas del capítulo. El ayuno sincero puede profundizar nuestras oraciones porque demuestra que aquello por lo cual oramos es suficientemente importante como para ofrecer un sacrificio. Nuestro cuerpo participa en la súplica de nuestro espíritu.

Sin embargo, el Señor relaciona esta promesa con nuestra disposición a retirar la opresión, dejar de acusar y abandonar las palabras maliciosas. No podemos pedir que Dios escuche nuestro clamor mientras nos negamos a escuchar el clamor de quienes necesitan nuestra ayuda.

Cuando el ayuno produce arrepentimiento, reconciliación y caridad, nuestra relación con el Señor se vuelve más profunda. Entonces podemos reconocer espiritualmente Su respuesta: “Heme aquí”. Dios no siempre responderá de la manera que esperábamos, pero nos asegurará que está presente, que escucha y que no nos ha abandonado.

“Jehová te pastoreará siempre”
Otra promesa declara: “Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma y fortalecerá tus huesos”. —Isaías 58:11

Ser pastoreados por el Señor significa recibir orientación, protección y sustento espiritual. Las “sequías” pueden representar temporadas de pérdida, incertidumbre, soledad o aparente silencio de Dios. El Señor no promete que nunca atravesaremos esos lugares, pero sí que puede saciar nuestra alma aun cuando las circunstancias externas sean difíciles.

Isaías agrega que seremos “como huerto bien regado y como manantial de aguas cuyas aguas nunca faltan”. La persona que ayuna, ora y sirve puede convertirse en una fuente de esperanza para otras. Al recibir fortaleza de Jesucristo, queda mejor preparada para fortalecer a quienes la rodean.

Esta es una hermosa paradoja del Evangelio: cuando entregamos algo al Señor y al prójimo, no quedamos espiritualmente empobrecidos. El Señor ensancha nuestra capacidad de amar, servir y perseverar.

Isaías concluye esta sección diciendo: “Serás llamado reparador de brechas, restaurador de sendas para habitar”. —Isaías 58:12

Una brecha es una abertura que deja una ciudad expuesta al peligro. En sentido espiritual, puede representar relaciones rotas, familias heridas, personas abandonadas o comunidades divididas. El Señor invita a Sus discípulos a convertirse en reparadores: personas que restauran la confianza, llevan esperanza y ayudan a reconstruir lo que parecía perdido.

El ayuno puede prepararnos para esta obra porque disminuye nuestro egoísmo y aumenta nuestra sensibilidad hacia los demás. Puede inspirarnos a pedir perdón, perdonar a alguien, visitar a una persona olvidada o prestar ayuda sin esperar reconocimiento. De este modo, el ayuno no termina cuando volvemos a comer; continúa mediante las acciones que nacieron de la inspiración recibida.

Cómo hacer que el ayuno sea una bendición
Para que el ayuno cultive verdaderamente el poder espiritual, podemos prepararnos de manera intencional:

  1. Escoger un propósito espiritual concreto.
  2. Comenzar y terminar con oración.
  3. Recordar el propósito cada vez que sintamos hambre.
  4. Estudiar las Escrituras y escuchar al Espíritu.
  5. Entregar una ofrenda generosa según nuestras posibilidades.
  6. Buscar una manera específica de aliviar la carga de alguien.
  7. Aceptar la respuesta y el tiempo del Señor.

Quienes por motivos de edad, embarazo, salud, tratamiento médico u otras circunstancias no puedan abstenerse de alimentos pueden consultar las indicaciones apropiadas y buscar otras maneras de expresar sacrificio, oración y servicio. El valor espiritual no está en poner en riesgo la salud, sino en ofrecer al Señor un corazón humilde y dispuesto.

Isaías 58:3–12 transforma nuestra comprensión del ayuno. Ayunar no consiste solamente en dejar de comer; significa dejar espacio para que Dios actúe en nuestro corazón. Es sustituir temporalmente el alimento físico por oración, arrepentimiento, revelación y caridad.

El ayuno cultiva poder espiritual porque nos enseña a depender de Jesucristo, fortalece el dominio propio y vuelve nuestro corazón más receptivo al Espíritu. Al mismo tiempo, bendice a las personas necesitadas porque convierte nuestro sacrificio en alimento, alivio, compañía y esperanza.

El ayuno que el Señor ha escogido comienza con una necesidad personal, pero no termina en nosotros. Nos conduce hacia quien tiene hambre, está solo, lleva una carga o necesita ser restaurado. Cuando ayunamos de esta manera, nuestra luz nace como el alba, el Señor escucha nuestras oraciones, guía nuestros pasos y nos convierte en reparadores de brechas y en instrumentos de Su amor.


Isaías 58:13–14
Honrar al Señor en el día de reposo brinda gozo


Isaías presenta el día de reposo como una “delicia”, no como una carga ni como una simple lista de restricciones. Es un regalo sagrado que Dios nos concede para descansar de las preocupaciones cotidianas, renovar nuestros convenios, fortalecer nuestras relaciones familiares y centrar nuevamente la vida en Jesucristo. El propósito del día de reposo no es limitar nuestra felicidad, sino ayudarnos a descubrir una clase de gozo más profunda, espiritual y duradera.

“Si retraes del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas delicia, santo, glorioso de Jehová […] entonces te deleitarás en Jehová”. —Isaías 58:13–14

“Retraer del día de reposo tu pie”
Esta expresión transmite la imagen de una persona que se abstiene de pisar o tratar descuidadamente algo sagrado. El día de reposo pertenece al Señor y, por tanto, debe distinguirse de los demás días de la semana. No se trata solamente de interrumpir el trabajo, sino de entrar en un tiempo apartado para Dios.

Retratar nuestro pie también puede significar detener voluntariamente el ritmo acelerado de la vida. Durante la semana solemos caminar detrás de responsabilidades, compromisos, entretenimiento y metas personales. En el día del Señor hacemos una pausa para preguntarnos: “¿Hacia dónde está caminando mi vida?”, “¿Estoy siguiendo a Jesucristo?” y “¿Qué necesita cambiar en mi corazón?”.

Santificar el día de reposo requiere una decisión consciente. Si no reservamos ese tiempo para el Señor, las actividades ordinarias ocuparán naturalmente cada espacio disponible. Por eso, la preparación previa puede ayudarnos a proteger su carácter sagrado.

“De hacer tu voluntad en mi día santo”
Retraernos de hacer nuestra voluntad no significa que todo aquello que deseamos o disfrutamos sea incorrecto. Significa que durante el día de reposo elegimos colocar la voluntad de Dios por encima de nuestras preferencias habituales. Suspendemos ciertas actividades cotidianas para dedicar mayor atención a lo que fortalece nuestra relación con Él.

Esta enseñanza nos invita a superar una visión basada exclusivamente en reglas. En lugar de preguntar solamente: “¿Puedo hacer esto el domingo?”, podríamos preguntarnos:

  • ¿Esta actividad demuestra mi amor por el Señor?
  • ¿Me ayuda a recordar a Jesucristo y Su Expiación?
  • ¿Contribuye a que el día sea diferente y sagrado?
  • ¿Fortalece mi fe y la de mi familia?
  • ¿Me ayuda a servir o bendecir a otra persona?
  • ¿Invita al Espíritu a permanecer conmigo?

Estas preguntas reconocen que las circunstancias personales pueden ser diferentes. Algunas personas deben trabajar por necesidad, atender emergencias, cuidar enfermos o cumplir responsabilidades esenciales. El Señor conoce cada situación y contempla tanto nuestras acciones como los deseos de nuestro corazón.

“Deleitarse en Jehová” y andar en nuestros propios caminos
“Andar en nuestros propios caminos” significa organizar el día principalmente alrededor de nuestros deseos, intereses y entretenimientos. En ese caso, Dios recibe solo el tiempo que queda después de hacer todo lo que nosotros queríamos realizar.

“Deleitarse en Jehová”, en cambio, significa permitir que Él sea el centro del día. Es encontrar gozo en Su presencia, Su palabra, Sus ordenanzas, Sus convenios y el servicio a Sus hijos. No consiste únicamente en evitar actividades inapropiadas, sino en llenar el día con experiencias que acerquen nuestro corazón a Jesucristo.

La diferencia principal está en la dirección del corazón. Podemos asistir a las reuniones de la Iglesia y, aun así, mantener nuestros pensamientos completamente absorbidos por asuntos personales. También podemos realizar una actividad sencilla en casa y convertirla en adoración si la hacemos con gratitud, amor y el deseo de acercarnos al Señor.

¿Cómo puede convertirse en una delicia?
El día de reposo se vuelve una delicia cuando dejamos de verlo exclusivamente como aquello que no podemos hacer y comenzamos a reconocer todo lo que el Señor nos permite recibir. Es una oportunidad para descansar espiritualmente, ordenar nuestras prioridades y recordar nuestra identidad eterna.

Podemos hallar mayor deleite mediante acciones como:

  • Participar de la Santa Cena con preparación y reflexión.
  • Estudiar las Escrituras de manera personal o familiar.
  • Escuchar música que invite al Espíritu.
  • Orar con más calma y expresar gratitud.
  • Visitar o llamar a una persona enferma, sola o desanimada.
  • Ministrar a una familia que necesite apoyo.
  • Trabajar en la historia familiar.
  • Leer mensajes de los profetas.
  • Conversar en familia sobre experiencias espirituales.
  • Escribir impresiones, bendiciones o metas.
  • Disfrutar de la creación de Dios con una actitud reverente.
  • Descansar de manera que renueve el cuerpo y el espíritu.

Estas actividades no deben convertirse en una nueva lista de obligaciones. Cada persona y familia puede buscar inspiración para descubrir aquello que le permita sentir paz, renovar sus convenios y servir con amor.

La Santa Cena: el centro del día de reposo
La Santa Cena ocupa un lugar central en nuestra observancia del día del Señor. Al participar de ella, recordamos el cuerpo y la sangre de Jesucristo, renovamos nuestros convenios y expresamos nuestra disposición a tomar Su nombre sobre nosotros.

La preparación para la Santa Cena puede comenzar antes del domingo. Podemos procurar resolver conflictos, arrepentirnos, leer acerca de la Expiación y llegar a la reunión con tiempo suficiente para meditar. Así, la Santa Cena deja de ser una práctica rutinaria y se convierte en un encuentro personal con la gracia del Salvador.

El día de reposo es una delicia porque nos recuerda que no dependemos únicamente de nuestra propia fuerza. Cada semana podemos volver a Jesucristo, recibir perdón y comenzar nuevamente.

El día de reposo como señal
El presidente Russell M. Nelson enseñó que nuestra conducta y actitud durante el día de reposo constituyen una señal entre nosotros y Dios. Esa señal expresa lo que sentimos por Él. Nuestras decisiones pueden comunicarle: “Te recuerdo”, “Te pertenezco”, “Confío en Ti” y “Deseo guardar mis convenios”.

Esta perspectiva cambia la manera de evaluar nuestras actividades. La cuestión no es solamente determinar si algo está prohibido, sino considerar qué señal enviamos al Señor. Cuando escogemos adorarlo, servir y dejar de lado intereses menos importantes, le ofrecemos nuestro tiempo como una expresión de amor.

El valor del día de reposo no depende de una observancia exterior perfecta, sino de la orientación sincera de nuestro corazón. El Señor puede ayudarnos a mejorar gradualmente la manera en que honramos Su día.

“Entonces te deleitarás en Jehová”
El Señor promete que, si honramos Su día, llegaremos a deleitarnos en Él. Al principio, algunas renuncias podrían parecernos difíciles; sin embargo, a medida que aprendemos a disfrutar la adoración y el servicio, nuestro corazón comienza a cambiar. Ya no obedecemos solamente porque es un mandamiento, sino porque hemos llegado a amar al Señor y valoramos el tiempo que pasamos con Él.

Este deleite no significa que cada domingo estará libre de cansancio, responsabilidades familiares o dificultades. Para los padres de niños pequeños, quienes cuidan enfermos o quienes tienen llamamientos exigentes, el día puede ser muy activo. Aun así, es posible experimentar momentos de comunión, propósito y gozo en medio del servicio.

El verdadero descanso del día de reposo no consiste necesariamente en la ausencia de actividad. Consiste en descansar espiritualmente en Jesucristo, depositar nuestras cargas ante Él y permitir que renueve nuestra alma.

“Te haré subir sobre las alturas de la tierra”
Isaías también registra esta promesa: “Yo te haré subir sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de Jacob, tu padre”. —Isaías 58:14

“Subir sobre las alturas” puede representar protección, fortaleza y una perspectiva espiritual más elevada. Al apartarnos temporalmente del ruido del mundo, el Señor nos permite contemplar nuestra vida desde una perspectiva eterna. Los problemas quizá no desaparezcan, pero podemos regresar a ellos con mayor fe y claridad.

La “heredad de Jacob” se relaciona con las bendiciones del convenio. Al honrar al Señor, demostramos que deseamos pertenecer a Su pueblo y recibir las promesas que Él ha hecho a quienes guardan sus convenios. Estas bendiciones incluyen dirección espiritual, fortaleza familiar, paz en Jesucristo y esperanza en la vida eterna.

Esto no significa que guardar el día de reposo garantiza automáticamente prosperidad material. Las promesas del Señor son principalmente espirituales y eternas. Él nos eleva por encima de las influencias degradantes del mundo, fortalece nuestra capacidad de resistir la tentación y alimenta nuestra alma con las bendiciones del convenio.

Para hallar más deleite en el día del Señor, cada uno podría identificar un pequeño cambio inspirado. Quizá necesitemos prepararnos mejor el sábado, reducir alguna distracción, participar más conscientemente de la Santa Cena, dedicar tiempo a una persona necesitada o reservar unos minutos para escuchar al Señor.

Podríamos preguntarnos:

  • ¿Qué actividad me impide sentir plenamente el espíritu del día de reposo?
  • ¿Qué podría comenzar a hacer para acercarme más a Jesucristo?
  • ¿Quién necesita recibir mi atención o servicio este domingo?
  • ¿Qué señal deseo enviarle al Señor mediante mis decisiones?

No es necesario cambiar todo de una sola vez. Un ajuste sincero puede abrir espacio para experiencias espirituales significativas.

Isaías 58:13–14 enseña que el día de reposo se convierte en una delicia cuando deja de girar alrededor de nuestra voluntad y comienza a centrarse en Jesucristo. Santificarlo no significa pasar el día pensando en todo lo que no podemos hacer, sino descubrir el gozo de recordar al Salvador, renovar nuestros convenios y bendecir a otras personas.

Retratarnos de nuestros propios caminos es hacer una pausa en nuestra rutina para caminar con el Señor. Deleitarnos en Él es encontrar satisfacción en Su palabra, Su gracia y Su servicio. Al ofrecerle nuestro tiempo y nuestro corazón, Él nos eleva por encima de las preocupaciones temporales y nos ayuda a contemplar la vida desde una perspectiva eterna.

El día de reposo es una invitación semanal de Jesucristo: “Venid a mí […] y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Cuando aceptamos esa invitación, el domingo deja de ser solamente un día en el calendario y se convierte en un refugio espiritual, una señal de nuestro amor por Dios y un anticipo del descanso y del gozo eternos que Él ha prometido.


Isaías 59:9–21; 61:1–3; 63:7–9
Jesucristo es mi Salvador y Redentor


Estos pasajes presentan tres dimensiones complementarias de la misión de Jesucristo. Isaías 59 lo muestra como el Intercesor y Redentor que viene a rescatarnos del pecado; Isaías 61 lo identifica como el Ungido que sana, libera y consuela; e Isaías 63 recuerda que Él es el Salvador lleno de misericordia que participa personalmente en las aflicciones de Su pueblo.

En conjunto, estos capítulos enseñan que la redención no es solamente la liberación futura de la muerte. Es también la obra que Jesucristo realiza ahora al iluminar nuestra oscuridad, perdonar nuestros pecados, sanar nuestros corazones y transformar las experiencias dolorosas de nuestra vida.

La condición humana sin el Redentor
Isaías 59:9–15

Isaías describe primero la condición espiritual del pueblo: “Esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad”. —Isaías 59:9

El pueblo deseaba justicia, paz y liberación, pero vivía en tinieblas. Buscaba una salida, pero avanzaba “como ciegos junto a la pared”. La imagen representa la desorientación espiritual que produce el pecado. Sin la luz de Dios, podemos caminar, tomar decisiones y perseguir objetivos, pero no vemos con claridad hacia dónde nos dirigimos.

Isaías reconoce que el problema no se encontraba solamente en las circunstancias externas. El pueblo debía admitir: “Nuestras transgresiones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han testificado contra nosotros”. —Isaías 59:12

El pecado había afectado tanto la relación del pueblo con Dios como su convivencia social. La verdad había tropezado en la plaza, la justicia estaba lejos y quienes procuraban apartarse del mal se convertían en víctimas. La oscuridad espiritual se manifestaba mediante la mentira, la opresión, la violencia y la ausencia de justicia.

Esta descripción también representa la condición de toda la humanidad sin Jesucristo. Podemos reconocer el bien y aun así ser incapaces de alcanzarlo perfectamente. Podemos desear corregir nuestros errores, pero no tenemos poder para borrar por nosotros mismos la culpa del pecado ni para vencer la muerte. Necesitamos a alguien que haga por nosotros lo que no podemos hacer solos.

“No hubo quien intercediese”
Isaías 59:16–21

Isaías declara: “Y vio que no había nadie, y se maravilló de que no hubiese quien intercediese; y lo salvó su brazo, y su propia justicia lo sostuvo”. —Isaías 59:16

Un intercesor es alguien que interviene a favor de otra persona. Se coloca entre quien necesita ayuda y las consecuencias que no puede superar por sí mismo. Isaías enseña que ningún ser humano podía reparar completamente la separación producida por el pecado. Por eso, el propio Señor extendió Su brazo para salvar.

Jesucristo es ese Intercesor. Él se colocó voluntariamente entre la humanidad caída y las consecuencias eternas del pecado y de la muerte. Mediante Su sacrificio expiatorio, tomó sobre Sí nuestros pecados, dolores, enfermedades y aflicciones. Satisfizo las demandas de la justicia y abrió el camino para que pudiéramos recibir misericordia mediante la fe, el arrepentimiento y los convenios.

La intercesión de Cristo no significa que Él procure convencer a un Padre Celestial renuente a amarnos. El Padre envió al Hijo precisamente porque nos ama. Ambos están unidos en el propósito de llevar a cabo nuestra inmortalidad y vida eterna. Jesucristo intercede presentando ante el Padre Su sacrificio perfecto y reclamando las bendiciones de la misericordia para quienes se vuelven a Él.

La armadura del Redentor
Isaías describe al Salvador como un guerrero divino: “Pues de justicia se vistió como de una coraza, y puso yelmo de salvación sobre su cabeza; y se vistió con vestiduras de venganza por vestidura y se cubrió de celo como con un manto”. —Isaías 59:17

Esta imagen enseña que Jesucristo no es un observador pasivo frente al pecado, la injusticia y el sufrimiento. Él entra en el conflicto para defender, liberar y salvar. Su coraza es la justicia; Su yelmo es la salvación; Su manto es el celo por la obra del Padre.

La venganza mencionada por Isaías no representa una reacción impulsiva o cruel. Es la justicia perfecta de Dios contra aquello que destruye a Sus hijos. El Salvador es misericordioso con el arrepentido, pero también pondrá fin al mal, la opresión y la violencia. Su victoria significa que el pecado y la muerte no tendrán la última palabra.

“Vendrá el Redentor a Sion”
Isaías anuncia: “Y vendrá el Redentor a Sion y a los que se vuelvan de la transgresión en Jacob”. —Isaías 59:20

El título Redentor se relaciona con la idea de rescatar algo o a alguien mediante el pago de un precio. Jesucristo pagó el precio de nuestra redención con Su sufrimiento, Su sangre, Su muerte y Su resurrección. Nosotros no podíamos redimirnos del pecado ni levantarnos de la tumba por nuestro propio poder; Él hizo ambas cosas por nosotros.

La frase “a los que se vuelvan de la transgresión” destaca el papel del arrepentimiento. Cristo efectuó una Expiación infinita y universal, pero debemos volvernos hacia Él para recibir personalmente sus bendiciones. Arrepentirse no significa simplemente sentirse culpable; significa cambiar de dirección, abandonar el pecado y caminar hacia el Redentor.

Sion puede entenderse como un lugar de recogimiento, pero también como un pueblo puro de corazón. El Redentor viene a establecer Sion al transformar a las personas desde el interior. Cada corazón arrepentido, cada familia que vive sus convenios y cada comunidad que practica la justicia ayuda a preparar un pueblo dispuesto a recibir al Señor.

El Ungido enviado por Dios
Isaías 61:1–3

Isaías profetizó: “El espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová para proclamar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y apertura de la cárcel a los presos”. —Isaías 61:1

Siglos después, Jesús leyó estas palabras en la sinagoga de Nazaret y declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos”. —Lucas 4:21

Esta fue una declaración directa de Su identidad mesiánica. La palabra Mesías significa “el Ungido”. Jesús afirmó que Él era aquel sobre quien reposaba el Espíritu del Señor y que había sido enviado para cumplir la misión anunciada por Isaías.

Proclamar buenas nuevas a los mansos
Las buenas nuevas son que el pecado puede ser perdonado, la muerte será vencida y todo hijo de Dios puede reconciliarse con Él mediante Jesucristo. Son especialmente recibidas por los mansos porque estos reconocen su necesidad del Salvador y están dispuestos a dejarse enseñar.

Jesucristo trae esperanza a quienes creen que sus errores han definido para siempre su identidad. Su evangelio declara que el arrepentimiento es posible, que la gracia puede transformar el corazón y que nuestro futuro no tiene que quedar encadenado al pasado.

Vendar a los quebrantados de corazón
Un corazón quebrantado puede ser el resultado del pecado, el rechazo, la pérdida, la enfermedad, la traición o muchas otras formas de sufrimiento. Jesucristo no promete que Sus discípulos nunca experimentarán dolor; promete que no tendrán que enfrentarlo solos.

Vendar una herida implica cuidado, cercanía y tiempo. El Salvador no siempre elimina instantáneamente nuestras aflicciones, pero puede sostenernos durante el proceso de sanación. Mediante el Espíritu Santo, las Escrituras, las ordenanzas y el servicio de otras personas, nos recuerda que nuestro dolor es conocido y que nuestra vida todavía tiene valor y propósito.

Mosíah 3:7 enseña que Jesucristo padecería dolores, hambre, sed, fatiga y angustia en beneficio de Su pueblo. Él puede socorrernos perfectamente porque descendió por debajo de todas las cosas y conoce nuestra experiencia no solo por observación, sino también por Su sufrimiento expiatorio.

Proclamar libertad a los cautivos
El cautiverio descrito por Isaías puede incluir tanto la opresión física como la esclavitud espiritual. El pecado promete libertad, pero finalmente limita nuestra capacidad de sentir paz, reconocer la verdad y actuar conforme a nuestros deseos más justos.

Jesucristo abre la prisión del pecado mediante el arrepentimiento. También puede liberarnos gradualmente del resentimiento, el temor, la vergüenza destructiva y los hábitos que dominan nuestra voluntad. Esta liberación puede requerir fe perseverante y, en algunos casos, ayuda profesional o apoyo de otras personas. Acudir a esos recursos no demuestra falta de fe; puede ser una de las maneras en que el Salvador extiende Su poder sanador.

Además, por medio de Su muerte y resurrección, Cristo abrió la prisión de la muerte para toda la humanidad. Debido a Él, la tumba es temporal y toda persona resucitará.

“Gloria en lugar de ceniza”
Isaías describe la transformación que el Mesías produce: “A ordenar que a los que están de duelo en Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado”. —Isaías 61:3

En la antigüedad, las cenizas eran una señal de duelo, humillación y profunda tristeza. La gloria, o adorno hermoso, representa dignidad, restauración y una nueva identidad. Jesucristo puede tomar aquello que parece quemado, destruido o irrecuperable y convertirlo en el comienzo de algo santo.

Dar gloria en lugar de ceniza no significa borrar nuestra historia como si el sufrimiento nunca hubiera ocurrido. Significa redimirla. El Salvador puede transformar una experiencia dolorosa en compasión, un fracaso en humildad, una pérdida en una esperanza más profunda y el arrepentimiento en un testimonio de Su misericordia.

Quizá Él nos haya dado gloria en lugar de ceniza cuando:

  • Sentimos perdón después de arrepentirnos sinceramente.
  • Recibimos paz en medio de una pérdida.
  • Encontramos propósito después de una experiencia dolorosa.
  • Pudimos perdonar a alguien que nos hirió.
  • Recibimos fuerzas para continuar cuando pensábamos rendirnos.
  • Una prueba nos permitió acercarnos más a Dios y comprender mejor a los demás.

La transformación no siempre ocurre rápidamente. Algunas cenizas permanecen durante mucho tiempo. Pero la promesa de Isaías asegura que ninguna pérdida entregada a Jesucristo tiene que quedar sin redención.

“Árboles de justicia”
El Señor desea que las personas sanadas lleguen a ser “árboles de justicia, plantío de Jehová, para que él sea glorificado” (Isaías 61:3). Un árbol crece lentamente, desarrolla raíces y llega a proporcionar fruto, sombra y refugio.

Del mismo modo, Cristo no solamente nos rescata de algo; nos redime para algo. Nos sana para que podamos fortalecer a otros. Nos consuela para que aprendamos a consolar. Nos libera para que ayudemos a quienes todavía se encuentran cautivos. Nuestra vida transformada se convierte en testimonio del poder del Redentor.

Hacer memoria de las misericordias del Señor
Isaías 63:7–9

Isaías declara: “De las misericordias de Jehová haré memoria, de las alabanzas de Jehová, conforme a todo lo que Jehová nos ha dado”. —Isaías 63:7

Hacer memoria es una disciplina espiritual. En medio de una prueba podemos concentrarnos tanto en aquello que nos falta que olvidamos las ocasiones en que Dios ya nos sostuvo. Recordar Sus misericordias fortalece la fe porque nos permite reconocer un patrón de bondad divina en nuestra historia.

Podemos hacer memoria de momentos en los que recibimos:

  • Perdón después del arrepentimiento.
  • Paz durante una crisis.
  • Inspiración para tomar una decisión.
  • Fortaleza superior a nuestra capacidad natural.
  • Ayuda por medio de un familiar, amigo o líder.
  • Protección física o espiritual.
  • Consuelo tras una pérdida.
  • Una segunda oportunidad.
  • La confirmación del Espíritu de que Dios nos conoce.
  • Esperanza cuando no veíamos una solución.

Registrar estas experiencias puede ayudarnos a no olvidarlas. Un diario, una conversación familiar o una oración de gratitud pueden convertirse en testimonios de que el Señor ha estado presente incluso cuando no lo reconocimos inmediatamente.

“En todas las angustias de ellos, él fue angustiado”
Isaías explica: “En todas las angustias de ellos, él fue angustiado, y el ángel de su presencia los salvó; en su amor y en su compasión los redimió”. —Isaías 63:9

Esta descripción revela el carácter profundamente compasivo de Jesucristo. Él no contempla nuestro sufrimiento desde una distancia indiferente. Se acerca, participa de nuestro dolor y nos lleva sobre Sus hombros. El Salvador no solo conoce los hechos de nuestra aflicción; comprende perfectamente cómo la experimentamos.

Doctrina y Convenios 133:46–53 presenta al Redentor recordando Su sacrificio y declarando que Él estuvo solo cuando efectuó la obra de salvación. Debido a que caminó solo por Getsemaní y el Calvario, nosotros nunca tenemos que estar completamente solos en nuestras aflicciones.

La expresión “en su amor y en su compasión los redimió” enseña que la redención nace del amor. Jesucristo no realizó la Expiación de manera fría o distante. Nos redimió porque nos conoce, nos ama y desea llevarnos de regreso a la presencia del Padre.

Otros títulos y referencias al Salvador en Isaías 58–66
En estos capítulos encontramos diversos títulos, símbolos y descripciones de Jesucristo:

  • La luz que nace como el alba (Isaías 58:8): Cristo ilumina nuestra oscuridad y guía nuestros pasos.
  • El que responde: “Heme aquí” (Isaías 58:9): escucha el clamor sincero de Su pueblo.
  • El Pastor que guía continuamente (Isaías 58:11): sustenta nuestra alma aun en tiempos de sequía.
  • El Intercesor (Isaías 59:16): actúa en favor de quienes no pueden salvarse por sí mismos.
  • El Guerrero vestido de justicia (Isaías 59:17–19): vence el pecado, la injusticia y a los enemigos de Su pueblo.
  • El Redentor que viene a Sion (Isaías 59:20): rescata a quienes se apartan de la transgresión.
  • La Luz de Sion (Isaías 60:1–3, 19–20): reemplaza las tinieblas y llega a ser luz perpetua para Su pueblo.
  • El Ungido (Isaías 61:1): es enviado por el Padre y actúa con el poder del Espíritu.
  • El Sanador de los quebrantados (Isaías 61:1–3): consuela y transforma el duelo en esperanza.
  • El Esposo (Isaías 62:5): se regocija en Su pueblo y establece con él una relación de convenio.
  • El Salvador y Redentor (Isaías 63:8–9): salva por amor y compasión.
  • El Padre y Alfarero (Isaías 64:8): forma, corrige y transforma a quienes se entregan en Sus manos.
  • El Creador de nuevos cielos y nueva tierra (Isaías 65:17): renovará finalmente toda la creación.
  • El Juez que vendrá con fuego (Isaías 66:15–16): pondrá fin al mal y establecerá justicia.
  • El que reúne a todas las naciones (Isaías 66:18–22): extiende Su invitación redentora a todos los pueblos.

Estos pasajes nos invitan a dejar de pensar en Jesucristo solamente como el Salvador del mundo en un sentido general. Isaías testifica que Él desea ser mi Salvador y mi Redentor. Su misión adquiere un significado personal cuando reconozco las tinieblas de las que me ha sacado, las heridas que ha vendado, los cautiverios de los que me ha liberado y las cenizas que está transformando.

Podemos meditar en preguntas como estas:

  • ¿De qué oscuridad necesito que Jesucristo me rescate?
  • ¿Qué herida de mi corazón necesito permitirle vendar?
  • ¿Existe algún pecado, temor o resentimiento que me mantiene cautivo?
  • ¿Qué cenizas podría entregar al Salvador para que Él las redima?
  • ¿Qué misericordias del Señor necesito recordar hoy?
  • ¿Cómo puedo llevar a otra persona las buenas nuevas, el consuelo y la libertad que he recibido?

Isaías presenta a Jesucristo como el Intercesor que se levanta cuando nadie más puede salvarnos, el Ungido que sana a los quebrantados y el Redentor que nos lleva en Su amor. Él vence las tinieblas descritas en Isaías 59 convirtiéndose en nuestra luz; vence el pecado mediante Su sacrificio; vence el cautiverio mediante el arrepentimiento; y vence la muerte mediante Su resurrección.

Su obra consiste en transformar: oscuridad en luz, cautiverio en libertad, heridas en sanidad, cenizas en gloria, luto en gozo y angustia en alabanza. Esto no significa que la vida quedará libre de dolor, sino que ningún dolor entregado a Cristo tiene que carecer de propósito o esperanza.

Por ello, hacer memoria de las misericordias del Señor es también recordar quién ha sido Jesucristo para nosotros. Él no es únicamente el Mesías anunciado por Isaías ni el Salvador de una humanidad distante. Es el Redentor que conoce nuestras angustias, escucha nuestro clamor, intercede por nosotros y continúa diciéndonos: “Heme aquí”.


Isaías 60; 62
“Jehová te será luz eterna”


Isaías 60 y 62 presentan una visión gloriosa de Sion en los últimos días. Después de describir períodos de oscuridad, dispersión y sufrimiento, Isaías contempla el momento en que el pueblo del convenio se levanta, recibe la luz de Jesucristo y llega a ser un instrumentovalgo para señalar el camino a las demás naciones.

La luz representa la presencia, la verdad y la gloria de Dios. Las tinieblas simbolizan el pecado, el engaño, la confusión y el alejamiento del Señor. El mensaje central de estos capítulos es que las tinieblas no prevalecerán para siempre. Jesucristo vendrá como la luz eterna de Sion y reunirá a quienes estén dispuestos a caminar hacia Él.

“Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti”. —Isaías 60:1

“Levántate, resplandece”
La invitación comienza con dos mandamientos: levantarse y resplandecer. Levantarse implica abandonar una condición anterior de desánimo, pecado o inactividad. Resplandecer significa reflejar la luz que hemos recibido de Jesucristo.

Sion no produce su propia luz. La luz pertenece al Señor: “Ha venido tu luz”. Del mismo modo que la luna refleja la luz del sol, los discípulos no son la fuente de la verdad ni de la salvación. Jesucristo es la fuente, y nosotros reflejamos Su luz mediante nuestras palabras, decisiones y obras.

Antes de poder resplandecer, debemos levantarnos. A veces tendremos que levantarnos del pecado mediante el arrepentimiento; del desaliento mediante la esperanza; de la indiferencia mediante el servicio; o del temor mediante la fe. La invitación de Isaías enseña que, por medio de Cristo, no tenemos que permanecer espiritualmente caídos.

Resplandecer tampoco significa llamar la atención sobre nosotros mismos. Significa vivir de tal manera que otras personas puedan reconocer la bondad, la esperanza y el poder del Salvador. La luz del discípulo no declara: “Mírenme”, sino: “Miren hacia Cristo”.

Luz en medio de las tinieblas
Isaías describe el contraste: “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra y oscuridad los pueblos; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria”. —Isaías 60:2

Las tinieblas pueden representar épocas en las que la verdad queda oscurecida, las personas pierden orientación moral y el temor parece dominar. También pueden manifestarse de manera personal mediante la culpa, la tristeza, la soledad, la duda o la confusión.

Isaías no enseña que los discípulos estarán exentos de esas condiciones. Afirma que, aun cuando la oscuridad cubra la tierra, la luz del Señor puede amanecer sobre Su pueblo. La luz de Cristo no depende de que las circunstancias sean favorables. Puede manifestarse precisamente en medio de la noche espiritual.

El amanecer suele producirse gradualmente. Primero aparece una claridad tenue y después la luz crece. De manera semejante, algunas respuestas, procesos de conversión y experiencias de sanación llegan poco a poco. Que todavía no veamos toda la luz no significa que el amanecer no haya comenzado.

“Andarán las naciones a tu luz”
Isaías continúa: “Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu amanecer”. —Isaías 60:3

Esta profecía anuncia que el Evangelio de Jesucristo llegaría a todas las naciones. Sion no recibe luz para guardarla de manera exclusiva. La recibe para bendecir al mundo y señalar a todos los pueblos el camino hacia el Redentor.

El recogimiento de Israel es una labor universal. Consiste en ayudar a los hijos de Dios a reconocer a Jesucristo, aceptar Su evangelio, recibir ordenanzas, guardar convenios y encontrar seguridad espiritual en Él. Ese recogimiento sucede en numerosos países, idiomas y culturas.

La imagen de las naciones caminando hacia la luz no significa que los discípulos deban imponer sus creencias. La verdadera luz invita, orienta y permite ver; no obliga. Nuestro ejemplo puede despertar preguntas, ofrecer esperanza y crear oportunidades para que otras personas conozcan al Salvador.

“Alza tus ojos alrededor y mira”
Isaías invita: “Alza tus ojos alrededor y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti”. —Isaías 60:4

Alzar los ojos significa dejar de mirar únicamente nuestras propias limitaciones y contemplar la obra que Dios está realizando. Quien permanece con la mirada baja puede ver solamente problemas, debilidades y obstáculos. El Señor invita a Sion a levantar la vista y reconocer que Sus promesas se están cumpliendo.

Los ojos también simbolizan discernimiento espiritual. Dos personas pueden observar las mismas circunstancias y entenderlas de manera diferente. Una puede ver únicamente confusión; otra, mediante el Espíritu, puede reconocer oportunidades para amar, enseñar y recoger.

La invitación a mirar alrededor también nos dirige hacia las personas. ¿Quién está buscando luz? ¿Quién se siente olvidado? ¿Quién necesita pertenecer? Participar en el recogimiento comienza cuando dejamos de mirar solamente nuestras propias preocupaciones y aprendemos a ver a los demás como el Salvador los ve.

El recogimiento produce gozo
Isaías describe la reacción de Sion: “Entonces verás y resplandecerás; y se maravillará y ensanchará tu corazón”. —Isaías 60:5

El recogimiento ensancha el corazón porque nos permite comprender que la familia de Dios es mucho más grande que nuestro entorno inmediato. Al conocer, servir y adorar junto a personas de diferentes culturas y experiencias, aprendemos que el Evangelio no pertenece a una sola nación o grupo. Pertenece a todos los hijos de Dios.

El corazón también se ensancha cuando participamos en la conversión o el regreso de una persona. Ver a alguien recibir esperanza, arrepentirse, efectuar convenios o volver a sentir el amor del Señor produce un gozo que supera la satisfacción individual. Es el gozo de participar con Jesucristo en Su obra redentora.

El recogimiento de los hijos de Dios
Primera Nefi 22:3–12 enseña que Israel sería dispersado entre todas las naciones y posteriormente recogido por medio del conocimiento del Redentor. Por tanto, el recogimiento es principalmente una obra de conversión a Jesucristo.

Dios está recogiendo a Sus hijos de muchas maneras:

  • Mediante la predicación del Evangelio en todo el mundo.
  • Por medio del Libro de Mormón y las demás Escrituras.
  • Mediante el testimonio de discípulos fieles.
  • A través de las ordenanzas y los convenios.
  • Mediante la edificación y adoración en los templos.
  • Por medio de la obra de historia familiar.
  • Al traer de regreso a quienes se han alejado.
  • Mediante actos de servicio que permiten sentir el amor de Dios.
  • Al fortalecer hogares centrados en Jesucristo.
  • Por medio de la tecnología utilizada con un propósito recto.

Ser recogido no significa solamente aparecer en los registros de la Iglesia o asistir ocasionalmente a una reunión. Significa volverse interiormente hacia Jesucristo, permitir que Él transforme nuestro corazón y entrar en una relación de convenio con Dios.

“Jehová te será por luz eterna”
Isaías contempla una Sion completamente redimida: “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz eterna, y el Dios tuyo será tu gloria”. —Isaías 60:19

Esta profecía utiliza lenguaje poético para enseñar que la presencia de Dios superará toda fuente terrenal de luz. El sol y la luna son temporales y externos; la luz de Jehová es eterna y espiritual. Cuando Dios habite plenamente con Su pueblo, ninguna otra fuente de orientación o gloria podrá compararse con Él.

En un sentido personal, este pasaje nos invita a considerar qué fuentes utilizamos para definir nuestra identidad y determinar nuestro valor. La aprobación social, el éxito, la popularidad, las posesiones y los logros pueden ofrecer una luz temporal, pero cambian o desaparecen. Jesucristo ofrece una luz permanente que nos permite comprender quiénes somos, por qué estamos aquí y hacia dónde vamos.

Permitir que Jehová sea nuestra luz eterna significa buscar en Él nuestra dirección principal. Las opiniones del mundo pueden variar, pero Su verdad permanece. Las circunstancias pueden oscurecer nuestro camino, pero Su luz puede guiarnos paso a paso.

“Los días de tu duelo terminarán”

El Señor promete: “No se pondrá jamás tu sol ni menguará tu luna, porque Jehová te será por luz eterna, y los días de tu duelo terminarán”. —Isaías 60:20
Esta promesa no significa que los fieles nunca sufrirán durante la vida mortal. Isaías reconoce ampliamente el duelo, el cautiverio y el quebranto. La promesa es que el dolor no será eterno. Por medio de la Expiación y la Resurrección de Jesucristo, toda pérdida fielmente soportada será finalmente reparada.

Algunas heridas reciben alivio durante esta vida; otras esperan una restauración futura. En ambos casos, Cristo asegura que el duelo tiene un límite. La oscuridad puede durar una noche, pero no puede impedir el amanecer eterno preparado por Dios.

Esta promesa ofrece consuelo a quienes atraviesan pérdidas, enfermedades o separaciones. La fe no siempre elimina inmediatamente la tristeza, pero nos permite llorar con esperanza. Debido a Jesucristo, ningún adiós fiel tiene que ser definitivo y ninguna noche durará para siempre.

Sion no guardará silencio
Isaías 62:1–2

Isaías declara: “Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga su justicia como resplandor y su salvación se encienda como una antorcha”. —Isaías 62:1

La salvación es comparada con una antorcha encendida. Una antorcha cumple su propósito cuando es levantada y puede iluminar el camino. Del mismo modo, el testimonio de Jesucristo debe compartirse mediante palabras y obras.

“No callaré” no significa hablar de manera insistente, agresiva o insensible. Significa no avergonzarnos del Evangelio y estar dispuestos a expresar nuestra esperanza cuando el Espíritu y las circunstancias lo indiquen. Podemos compartir la luz respetando la libertad, las preguntas y el proceso de cada persona.

Tampoco debemos permanecer en silencio ante el sufrimiento y la injusticia. Isaías relaciona repetidamente la luz con la justicia. Resplandecer como discípulos incluye defender al vulnerable, alimentar al hambriento, recibir al extranjero y tratar a todos con dignidad.

“Te será puesto un nombre nuevo”
Isaías anuncia: “Entonces verán las naciones tu justicia y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová designará”. —Isaías 62:2

En las Escrituras, recibir un nombre nuevo representa una nueva identidad, una relación de convenio y una misión transformada. Sion había sido conocida por su desolación y abandono, pero el Señor le daría un nombre que reflejaría restauración, dignidad y pertenencia.

Jesucristo también puede darnos una nueva identidad. El arrepentimiento permite que dejemos de definirnos exclusivamente por nuestros errores. La sanación permite que no seamos conocidos solamente por nuestras heridas. Los convenios nos recuerdan que somos hijos e hijas de Dios y discípulos de Jesucristo.

El mundo puede asignarnos etiquetas basadas en nuestras debilidades, antecedentes o fracasos. El Señor nos llama por un nombre que expresa lo que podemos llegar a ser mediante Su gracia.

“Alzad vuestra luz”
3 Nefi 18:24

Jesucristo enseñó: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto”.

Este versículo aclara que no levantamos nuestra propia grandeza. La luz que sostenemos en alto es Jesucristo. Nuestra función consiste en vivir de tal manera que otras personas puedan reconocerlo por medio de nosotros.

Alzamos Su luz cuando:

  • Tratamos a los demás con bondad y respeto.
  • Guardamos nuestros convenios incluso cuando resulta difícil.
  • Hablamos de Jesucristo con naturalidad y sinceridad.
  • Invitamos sin presionar.
  • Perdonamos en lugar de alimentar resentimientos.
  • Prestamos ayuda sin buscar reconocimiento.
  • Incluimos a quienes se sienten solos o diferentes.
  • Defendemos la verdad con mansedumbre.
  • Mostramos esperanza durante las pruebas.
  • Reconocemos humildemente que nuestra fortaleza proviene del Salvador.

La hermana Bonnie H. Cordon enseñó que debemos vivir “de modo que vean”. Esto no es una invitación a exhibir nuestra religiosidad, sino a permitir que nuestra vida haga visible el amor de Cristo. Las personas quizá no recuerden todo lo que dijimos, pero pueden recordar cómo se sintieron cuando fueron tratadas con dignidad y compasión.

Nuestra función en el recogimiento: Participar en el recogimiento de Israel no está reservado únicamente para misioneros de tiempo completo o líderes de la Iglesia. Todo discípulo puede ayudar a alguien a avanzar de las tinieblas hacia la luz.

Nuestra función puede incluir:
Recibir primero la luz: No podemos reflejar una luz que continuamente rechazamos. Necesitamos acercarnos a Jesucristo mediante la oración, las Escrituras, la Santa Cena, el templo y el arrepentimiento. La conversión personal es el fundamento de nuestra capacidad para ayudar a los demás.

Mirar a nuestro alrededor: Isaías dice: “Alza tus ojos alrededor y mira”. Debemos aprender a reconocer a quienes buscan amistad, respuestas o esperanza. Muchas oportunidades para recoger comienzan con una conversación sincera, una invitación sencilla o un acto de servicio.

Vivir el Evangelio con autenticidad: Un ejemplo coherente puede despertar el deseo de conocer la fuente de nuestra paz. Esto no exige perfección. De hecho, reconocer humildemente nuestras debilidades y testificar de cómo Cristo nos ayuda puede ser más poderoso que aparentar que nunca tenemos dificultades.

Compartir nuestro testimonio: Podemos explicar cómo el Evangelio nos ha dado dirección, consuelo o fortaleza. Un testimonio sencillo y personal suele ser más eficaz que una explicación extensa. Compartimos lo que sabemos y sentimos, y permitimos que el Espíritu realice la obra de conversión.

Invitar con amor: Podemos invitar a alguien a asistir a una reunión, estudiar un pasaje, escuchar un mensaje, realizar una actividad familiar o aprender acerca del templo. La invitación debe respetar siempre la libertad y el ritmo de la persona.

Ayudar a permanecer: El recogimiento no termina con la primera invitación o con el bautismo. Todos necesitamos amistad, oportunidades para servir y apoyo para permanecer firmes. Recoger también significa acompañar, integrar y recordar a quienes comienzan a alejarse.

Participar en la obra del templo: La obra de historia familiar y del templo permite extender las bendiciones del recogimiento a quienes murieron sin recibir las ordenanzas del Evangelio. Así, la promesa de reunir a Israel atraviesa las fronteras de las naciones y también el velo de la muerte.

La luz como una responsabilidad compartida: Doctrina y Convenios 14:9 declara que Jesucristo es “la luz y la vida del mundo”. Si Él es la fuente de la luz, nuestra responsabilidad es mantenernos cerca de Él y permitir que Su vida se manifieste en la nuestra.

Una sola luz puede parecer pequeña frente a una gran oscuridad, pero no necesita disipar todas las tinieblas del mundo. Solo necesita alumbrar el espacio que la rodea. Del mismo modo, quizá no podamos resolver todos los problemas, pero podemos iluminar nuestro hogar, nuestro barrio, nuestra congregación y nuestras relaciones.

No debemos esperar una oportunidad extraordinaria para resplandecer. El recogimiento suele avanzar mediante acciones pequeñas y constantes: escuchar, incluir, servir, invitar, testificar y permanecer fieles.

Isaías 60 y 62 anuncian que las tinieblas no tendrán la última palabra. Aunque la oscuridad cubra la tierra, la gloria del Señor amanecerá sobre Sion. Jesucristo recogerá a Sus hijos, consolará a quienes lloran y llegará a ser la luz eterna de Su pueblo.

La invitación “Levántate, resplandece” está dirigida a cada discípulo. Levantarnos significa acudir a Cristo para ser restaurados; resplandecer significa reflejar Su amor después de haber recibido Su luz. No se nos pide crear una luz propia ni atraer la atención hacia nosotros, sino sostener en alto al Salvador.

Nuestra función en el recogimiento comienza al permitir que Jesucristo disipe nuestras propias tinieblas. Después podemos alzar los ojos, reconocer a quienes buscan luz y acompañarlos hacia Él. Cada testimonio sincero, cada invitación respetuosa, cada acto de misericordia y cada convenio guardado puede convertirse en una pequeña antorcha en las manos del Señor.

Mientras las luces del mundo aparecen y desaparecen, la promesa de Isaías permanece: “Jehová te será por luz eterna, y los días de tu duelo terminarán”. Jesucristo es una luz que no se apaga, una esperanza que no depende de las circunstancias y el centro glorioso hacia el cual serán recogidos todos los que estén dispuestos a venir a Él.


Isaías 64:1–5; 65:17–25; 66
Cristo reinará en la tierra durante el Milenio


Isaías concluye su libro dirigiendo la mirada hacia uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia: la Segunda Venida de Jesucristo y Su reinado milenario. Después de describir guerras, cautiverios, apostasía y sufrimiento, el profeta anuncia que las tinieblas no durarán para siempre. El Redentor regresará con poder, purificará la tierra, reunirá a Su pueblo y establecerá una época de justicia, paz y regocijo.

El Milenio será un período de mil años durante el cual Jesucristo reinará personalmente sobre la tierra. Satanás será atado, la justicia prevalecerá y la creación experimentará una renovación. Por eso Isaías utiliza repetidamente palabras como alegría, gozo, regocijo y regocijarse. La venida del Señor será solemne y purificadora, pero para quienes lo aman y procuran seguirlo será el cumplimiento de una esperanza largamente esperada.

“¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras!”
Isaías 64:1–5

Isaías expresa el clamor de un pueblo que anhela la intervención divina: “¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras, y ante tu presencia se escurriesen los montes!”. —Isaías 64:1

Esta súplica nace en un contexto de aflicción y aparente silencio. El pueblo desea que Dios abra los cielos, se manifieste con poder y ponga fin a la maldad. Es el clamor de quienes observan injusticia, violencia y sufrimiento y preguntan: “¿Cuándo intervendrá el Señor?”.

“Rasgar los cielos” comunica la idea de eliminar toda separación entre Dios y Su pueblo. Isaías no pide una señal pequeña, sino una manifestación inconfundible. En la Segunda Venida, Jesucristo ya no será visto únicamente por unos pocos discípulos; Su gloria y autoridad serán manifestadas ante las naciones.

Los montes que tiemblan o se derriten representan la incapacidad de los poderes terrenales para permanecer ante Él. Reinos, sistemas y filosofías que parecen inamovibles no podrán resistir la presencia del Rey de reyes. Todo aquello que haya sido edificado sobre el orgullo, la opresión y la mentira quedará expuesto y finalmente caerá.

El fuego de la presencia divina
Isaías compara la manifestación del Señor con un fuego: “Como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hagas notorio tu nombre a tus enemigos”. —Isaías 64:2

En las Escrituras, el fuego puede representar juicio y destrucción, pero también purificación, santidad y gloria. La presencia de Cristo consumirá la maldad, pero purificará y santificará a quienes se hayan vuelto hacia Él.

La diferencia no está en que existan dos Salvadores, uno misericordioso y otro severo. Es el mismo Cristo perfecto. Su luz trae consuelo a quienes aman la verdad, pero resulta insoportable para aquello que depende de las tinieblas. Su venida revelará la verdadera naturaleza de las personas y de las obras humanas.

Esta profecía nos invita a permitir que el fuego refinador del Salvador actúe ahora en nosotros mediante el arrepentimiento. Todo lo que entregamos voluntariamente a Cristo puede ser purificado antes de Su venida. Prepararnos no significa alcanzar la perfección por nosotros mismos, sino vivir arrepintiéndonos y permitir que Su gracia nos transforme.

Un Dios que obra por quienes esperan en Él
Isaías declara: “Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que obrase por el que en él espera”. —Isaías 64:4

El futuro preparado por Dios supera la capacidad de la imaginación humana. Podemos estudiar las profecías y recibir visiones parciales, pero la plenitud de la paz, la justicia y el gozo del reino de Cristo será mayor de lo que ahora podemos comprender.

Esperar en el Señor no significa permanecer inactivos. Es confiar en Sus promesas mientras obedecemos, servimos y perseveramos. Quien espera en Cristo continúa actuando con fe aun cuando todavía no ve el cumplimiento. La espera del discípulo está llena de preparación.

El Señor “obra” por quienes esperan en Él. Aun antes de la Segunda Venida, puede intervenir en nuestra vida, fortalecernos durante las pruebas y preparar circunstancias que todavía no comprendemos. Si aprendemos a reconocer Su mano ahora, tendremos mayor confianza para esperar Su futura manifestación.

Recordar a Dios en Sus caminos
Isaías añade: “Saliste al encuentro del que con alegría hacía justicia, de los que se acordaban de ti en tus caminos”. —Isaías 64:5

El Señor sale al encuentro de quienes hacen justicia con alegría. Esta expresión enseña que la preparación para Su venida no consiste solamente en evitar el pecado por temor. Incluye aprender a amar lo bueno y hallar gozo en vivir como discípulos.

Recordar al Señor “en Sus caminos” significa tenerlo presente en nuestras decisiones cotidianas: cómo tratamos a nuestra familia, cómo administramos nuestros recursos, cómo cumplimos nuestros compromisos y cómo respondemos ante las necesidades ajenas. La preparación para la Segunda Venida sucede principalmente en la vida diaria.

“He aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra”
Isaías 65:17–19

El Señor declara: “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria ni vendrá más al pensamiento”. —Isaías 65:17

Los “nuevos cielos” y la “nueva tierra” describen una creación renovada y santificada. Esto no significa necesariamente que Dios abandonará completamente Su creación anterior; indica que la tierra será transformada y liberada de las condiciones degradadas que actualmente produce la Caída.

La renovación será tan profunda que “las angustias primeras” dejarán de dominar la memoria y la experiencia del pueblo. Esto no significa que desaparecerá nuestra identidad ni que olvidaremos toda experiencia mortal. Más bien, el sufrimiento dejará de definirnos. La sanidad y el gozo de Cristo serán tan completos que el dolor ya no tendrá poder para atormentarnos.

El Señor continúa: “Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo haré de Jerusalén alegría y de su pueblo gozo”. —Isaías 65:18

Jerusalén había conocido destrucción, cautiverio y lágrimas. Sin embargo, Dios promete convertirla en alegría. Esta transformación demuestra el poder restaurador de Jesucristo. Él no se limita a devolver lo que se perdió; puede crear algo nuevo, santo y glorioso.

Dios se regocijará con Su pueblo
El Señor dice: “Y me alegraré con Jerusalén y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro ni voz de clamor”. —Isaías 65:19

Resulta significativo que Dios no solo haga que Su pueblo se regocije; Él mismo se regocija con ellos. Nuestro Padre Celestial y Jesucristo encuentran gozo en la redención, la sanación y la felicidad de Sus hijos.

La ausencia de lloro y clamor señala el fin de muchas condiciones que actualmente producen sufrimiento: violencia, opresión, injusticia y muerte prematura. Durante el Milenio, la humanidad vivirá bajo el gobierno justo de Jesucristo, y las condiciones de la tierra serán transformadas.

Esta promesa también ofrece esperanza personal. El Señor no es indiferente ante nuestras lágrimas actuales. Él trabaja para conducirnos hacia un futuro en el que la tristeza será vencida. Toda lágrima que hoy derramamos es conocida por Él.

Una vida prolongada y llena de propósito
Isaías 65:20–23

Isaías describe condiciones extraordinarias de longevidad: “No habrá más allí niño que viva pocos días, ni anciano que sus días no cumpla”. —Isaías 65:20

Durante el Milenio, la vida estará libre de muchas de las enfermedades, tragedias y condiciones destructivas que actualmente la acortan. Las personas vivirán hasta una edad avanzada y el paso a la condición resucitada se efectuará de una manera diferente de la muerte que conocemos ahora.

Isaías también describe una sociedad en la que las personas disfrutarán justamente del fruto de su trabajo: “Edificarán casas y morarán en ellas; plantarán viñas y comerán el fruto de ellas”.
—Isaías 65:21

En el mundo actual, algunas personas construyen mientras otras se apoderan de lo construido; algunas trabajan mientras otras las oprimen y obtienen injustamente el beneficio. Durante el reinado de Cristo, esas condiciones serán corregidas. El trabajo tendrá dignidad, seguridad y propósito.

“No trabajarán en vano ni darán a luz para calamidad”. —Isaías 65:23

Esta promesa representa el fin de la frustración producida por sistemas injustos. El esfuerzo honrado no será inútil ni sus frutos serán destruidos por la guerra, la corrupción o la explotación. Las familias podrán vivir con seguridad bajo la protección del Señor.

El Milenio no será una existencia vacía o inactiva. Las personas continuarán edificando, plantando, aprendiendo, sirviendo y formando familias. La diferencia será que esas labores se realizarán bajo condiciones de justicia, paz y armonía.

El Señor responderá antes que clamemos
Isaías 65:24

“Y acontecerá que antes que clamen, yo responderé; mientras aún estén ellos hablando, yo habré oído”.
Esta promesa describe una relación cercana y continua entre Dios y Su pueblo. Durante el Milenio, la revelación será abundante y el conocimiento del Señor llenará la tierra. La distancia espiritual que ahora muchas personas experimentan dará paso a una comunión más directa.

Dios ya conoce nuestras necesidades antes de que oremos. Sin embargo, desea que oremos porque la oración transforma nuestra relación con Él. En el Milenio, la voluntad del pueblo estará tan armonizada con la voluntad divina que sus peticiones reflejarán naturalmente los propósitos del Señor.

Podemos comenzar a experimentar esta bendición ahora. A medida que buscamos la voluntad de Dios, nuestras oraciones dejan de concentrarse exclusivamente en convencerlo de hacer lo que queremos y comienzan a ayudarnos a descubrir lo que Él desea que hagamos.

Paz en toda la creación
Isaías 65:25

Isaías concluye esta visión: “El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey […]. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte, dijo Jehová”.

Los animales que actualmente son enemigos naturales vivirán en armonía. Esta imagen representa una transformación literal de la creación, pero también simboliza la paz que existirá entre pueblos, culturas y naciones anteriormente enfrentados.

La paz milenaria no será simplemente la ausencia de guerra. Será el resultado de la presencia y del gobierno de Jesucristo. Las causas profundas del conflicto —orgullo, codicia, odio y deseo de dominio— serán sometidas a Su ley.

La profecía también nos invita a comenzar a vivir de acuerdo con ese futuro. Si esperamos un reino donde nadie haga daño, debemos procurar ahora rechazar la violencia, resolver conflictos, perdonar, defender al vulnerable y tratar a los demás como hijos de Dios. Los discípulos no esperan pasivamente la paz de Cristo; practican Sus principios antes de que Él venga.

Una adoración aceptable
Isaías 66:1–4

Isaías 66 comienza recordándonos que ninguna construcción humana puede contener la gloria de Dios: “El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies”. —Isaías 66:1

El Señor no queda impresionado solamente por edificios, ceremonias o apariencias religiosas. Él contempla el corazón: “Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu y que tiembla ante mi palabra”. —Isaías 66:2
Prepararnos para el reinado de Cristo requiere humildad espiritual. “Temblar” ante Su palabra significa recibirla con profundo respeto, permitir que corrija nuestra conducta y obedecer incluso cuando contradiga nuestras preferencias.

Isaías advierte que las ordenanzas realizadas sin un corazón recto pueden convertirse en formas vacías. La adoración verdadera une las acciones externas con la fe, el arrepentimiento y la obediencia. El Señor no desea solamente que asistamos a lugares santos; desea que lleguemos a ser personas santas.

El nacimiento de Sion

Isaías 66:7–9
Isaías utiliza la imagen de una mujer que da a luz: “¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz a sus hijos”. —Isaías 66:8

La restauración y el recogimiento de Israel pueden parecer repentinos desde una perspectiva profética, aunque estén precedidos por largos períodos de preparación. Sion experimentará dolores y oposición, pero finalmente surgirá como un pueblo preparado para recibir al Salvador.

El nacimiento simboliza algo nuevo: una sociedad centrada en Cristo, formada por personas de diferentes naciones que han entrado en convenios con Dios. El Señor asegura que no iniciará el proceso sin completarlo:

“Yo, que hago dar a luz, ¿no haré nacer?”. —Isaías 66:9
Dios llevará adelante Su obra. Los obstáculos no podrán frustrar definitivamente Sus propósitos. Esta promesa nos ayuda a confiar incluso cuando el crecimiento de Sion parezca lento o cuando la oposición parezca poderosa.

“Alegraos con Jerusalén”

Isaías 66:10–14
Isaías invita repetidamente al regocijo: “Alegraos con Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis”. —Isaías 66:10

La restauración de Sion será motivo de alegría porque significará el fin del cautiverio, la reunión del pueblo del convenio y la presencia del Señor. Quienes anteriormente lloraron por ella se regocijarán al contemplar su redención.

El Señor compara Su consuelo con el cuidado de una madre:
“Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros”. —Isaías 66:13

Esta es una de las imágenes más tiernas de Dios en las Escrituras. El Ser que hará temblar las naciones es también quien consuela personalmente a Sus hijos. Su poder no disminuye Su ternura, y Su justicia no elimina Su compasión.

La Segunda Venida será gloriosa no solo porque Cristo derrotará a Sus enemigos, sino porque consolará a quienes han sufrido fielmente. El Rey que gobernará las naciones es también el Salvador que conoce cada lágrima.

Justicia y purificación
Isaías 66:15–17
Isaías declara que el Señor vendrá “con fuego” y con carros “como torbellino”. Estas imágenes describen la majestad, rapidez y poder de Sus juicios. La Segunda Venida no será únicamente un acontecimiento de celebración; también será un día de separación y purificación.

Esto explica por qué el mismo acontecimiento puede producir alegría en algunas personas y temor en otras. Para quienes aman al Señor, Su venida representa liberación y cumplimiento. Para quienes se aferran deliberadamente a la maldad, significa comparecer ante una justicia que ya no podrá ser ignorada.

Sin embargo, el propósito de las advertencias proféticas no es llevarnos a una ansiedad paralizante. El Señor revela estas cosas para invitarnos al arrepentimiento. Mientras permanecemos en la mortalidad, la puerta de la misericordia está abierta. La mejor preparación para Su venida no es especular sobre fechas, sino arrepentirnos hoy.

El recogimiento de todas las naciones
Isaías 66:18–21
El Señor declara: “Vendré para reunir a todas las naciones y lenguas; y vendrán y verán mi gloria”. —Isaías 66:18

El recogimiento de Israel tiene un alcance universal. Personas de toda nación, cultura e idioma serán invitadas a venir a Cristo. El Señor enviará mensajeros para declarar Su gloria entre quienes todavía no han oído Su nombre.

Esta profecía se cumple mediante la predicación del Evangelio, la traducción de las Escrituras, la edificación de templos y el testimonio de discípulos en todo el mundo. La diversidad de los pueblos no será destruida; será reunida en unidad bajo Jesucristo.

Isaías incluso anuncia que el Señor escogerá sacerdotes y levitas entre las naciones. Esto enseña que las bendiciones del convenio y las responsabilidades de servir a Dios no estarán limitadas a un solo origen étnico. Todos los que reciben al Redentor y entran en Su convenio pueden llegar a formar parte de Su pueblo.

Una adoración universal
Isaías 66:22–23
Isaías relaciona los nuevos cielos y la nueva tierra con la permanencia del pueblo del convenio: “Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí […], así permanecerán vuestra descendencia y vuestro nombre”. —Isaías 66:22

El reino de Cristo no será temporal como los imperios humanos. Permanecerá porque estará edificado sobre la verdad, la justicia y los convenios eternos.

El profeta añade que “vendrá toda carne a adorar delante de mí”. El Milenio será una época en que el conocimiento de Dios se extenderá por toda la tierra y Jesucristo será reconocido como Rey. La adoración ya no estará relegada a los márgenes de la sociedad; ocupará el centro de la vida humana.

¿Por qué Su regreso será un momento de alegría?
La Segunda Venida será motivo de regocijo porque Jesucristo:

  • Pondrá fin al dominio del pecado y de la injusticia.
  • Derrotará definitivamente los sistemas que oprimen a los hijos de Dios.
  • Atará el poder de Satanás.
  • Reunirá a Israel y cumplirá Sus convenios.
  • Consolará a quienes han llorado y sufrido.
  • Establecerá una paz que las naciones no han podido producir.
  • Renovará la tierra y restaurará la armonía de la creación.
  • Gobernará con justicia y perfecta misericordia.
  • Permitirá que el conocimiento de Dios llene la tierra.
  • Preparará a la humanidad para etapas posteriores del plan de salvación.

Para nosotros, la alegría puede ser profundamente personal. Será el regreso de Aquel que nos amó, sufrió por nosotros, perdonó nuestros pecados y nos sostuvo durante las pruebas. No recibiremos a un desconocido, sino al Salvador con quien hemos procurado establecer una relación de convenio.

¿Cómo podemos prepararnos?
Venir a Jesucristo: La preparación comienza con la fe en Él. Debemos conocerlo mediante las Escrituras, la oración, las ordenanzas y la obediencia. Cuanto más cercana sea nuestra relación con Cristo, mayor será nuestro deseo de recibirlo.

Arrepentirnos continuamente: No necesitamos ser perfectos hoy, pero sí estar orientados hacia el Salvador. El arrepentimiento diario nos permite abandonar aquello que no podría permanecer en Su presencia y recibir Su poder santificador.

Hacer y guardar convenios: Los convenios nos unen a Jesucristo y nos conceden acceso a Su poder. La Santa Cena y la adoración en el templo nos ayudan a recordar quiénes somos y a quién pertenecemos.

Recoger a Israel: Ayudamos a preparar el mundo cuando compartimos el Evangelio, fortalecemos a quienes se han alejado, ministramos a los necesitados y participamos en la historia familiar y en la obra del templo.

Edificar Sion en el hogar: Un hogar donde se ora, se perdona, se estudia el Evangelio y se sirve es una pequeña anticipación del Milenio. No tenemos que esperar el regreso del Salvador para comenzar a vivir Sus leyes.

Buscar la paz: Si esperamos un reino sin daño ni destrucción, debemos aprender ahora a resolver conflictos, abandonar prejuicios, controlar la ira y tratar a cada persona con dignidad.

Vivir con alegría y esperanza: Prepararnos para la Segunda Venida no significa vivir dominados por el miedo. Significa trabajar, servir y perseverar con la confianza de que el futuro pertenece a Jesucristo.

Las profecías de Isaías no concluyen con la destrucción, sino con la renovación; no terminan con el llanto, sino con el regocijo; no culminan en las tinieblas, sino en la presencia gloriosa del Redentor. Jesucristo regresará, renovará la tierra y reinará con justicia durante el Milenio.

El clamor “¡Oh, si rasgases los cielos y descendieras!” expresa el anhelo de todos los que desean el fin del sufrimiento y el triunfo de la justicia. La respuesta del Señor es segura: Él vendrá. Creará nuevos cielos y una nueva tierra, consolará a Su pueblo como una madre consuela a su hijo y reunirá a todas las naciones para contemplar Su gloria.

Mientras esperamos, nuestra responsabilidad es comenzar a vivir hoy los principios del mundo que vendrá. Podemos arrepentirnos, edificar Sion, guardar nuestros convenios, buscar la paz y ayudar a otros a venir a Cristo. Así, la Segunda Venida no será únicamente un acontecimiento futuro que aguardamos, sino la esperanza que transforma nuestra forma de vivir en el presente.

Para quienes aman al Salvador, Su regreso será un momento de inmensa alegría porque significará que el Rey justo finalmente ha venido, que las antiguas angustias han quedado atrás y que la promesa de Dios se ha cumplido: Jesucristo reinará, la tierra descansará y el gozo de Su pueblo no tendrá fin.

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