Resuelvan esto en sus corazones

«Resuelvan esto en sus corazones»

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Devocional en BYU, 15 de septiembre de 2026

Con tantas opciones y caminos seductores ante ustedes, necesitarán fortaleza de corazón y de mente para, con valentía y sin distracción ni engaño, «resolver esto en su corazón» y recorrer el camino menos transitado que conduce hacia el Salvador.


Es un privilegio especial para mí dirigirme a ustedes. Son inteligentes, creyentes y valientes en su devoción al Salvador Jesucristo y a Su Evangelio restaurado. Están aquí, en la Universidad Brigham Young, para aprender y progresar tanto intelectual como espiritualmente. Ruego que mi mensaje de hoy sea significativo para el progreso espiritual que procuran alcanzar.

Esta es nuestra palabra de hoy: «resolver». ¿Quieren decirla conmigo? Uno, dos, tres: «resolver». Muy, muy fuerte. Gracias.

Dependiendo de cómo se utilice la palabra, puede tener varias definiciones. Para nuestro análisis de hoy, propongo esta definición del verbo resolver: decidir algo de manera definitiva y concluyente; calmar o llevar al reposo; hacer algo estable y permanente.

Estas son tres expresiones que les recordarán cómo podría utilizarse la palabra:

  • «He decidido cuál será mi especialización».
  • «Si el élder Andersen se apresura, calmaré mi creciente hambre en el Cougar Eat».
  • O: «Después de aquella cita de anoche, estoy completamente desconcertado».

En marzo de 1831, según consta en la sección 45 de Doctrina y Convenios, el Señor instruyó a José Smith para que tradujera el Nuevo Testamento. Durante el año siguiente, utilizando la versión del rey Santiago, el profeta José hizo modificaciones y adiciones inspiradas al Nuevo Testamento.

Consideremos dos versículos de la Biblia del rey Santiago. Lucas 14:27:

«Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí no puede ser mi discípulo».

Y luego, en el versículo 28:

«Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, para ver si tiene lo que necesita para acabarla?».

Nos encantan estos dos pasajes de las Escrituras. El profeta José fue inspirado a agregar un versículo entre ellos. Ese versículo constituye nuestro tema de hoy:

«Por tanto, resolved esto en vuestros corazones: que haréis las cosas que yo os enseñe y os mande».

«Resolved esto en vuestros corazones». Recuerden nuestra definición: decidir algo de manera definitiva y concluyente; calmar o llevar al reposo; hacerlo estable y permanente.

Como Santos de los Últimos Días, ¿qué significa tener asentadas en el corazón la fe en Jesucristo y la devoción al Evangelio restaurado?

Para mí, significa que hemos sopesado espiritualmente las bendiciones y los sacrificios que supone seguir a Jesucristo y ejercer nuestra preciada voluntad y nuestro albedrío. Hemos determinado y elegido, en nuestra mente y en nuestro espíritu, que este será definitivamente el camino que seguirá nuestra vida. Avanzamos sin continuar dudando de nuestra decisión.

Como Santos de los Últimos Días, hemos recibido un testimonio del profeta José Smith, del Libro de Mormón y de que, actualmente, la mano del Señor y el sacerdocio de Dios se encuentran en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hemos aceptado con plena confianza los convenios de la Casa del Señor. Hemos resuelto que, como dijo el Salvador, haremos las cosas que Él nos enseñe y nos mande.

Sé que muchos de ustedes ya han establecido firmemente su fe en Jesucristo, su deseo de ser verdaderamente Sus discípulos y su determinación de permanecer fieles a los convenios y al poder del sacerdocio del Evangelio restaurado.

Para muchos de nosotros, esto no es algo que suceda repentinamente. Más bien, ocurre a medida que nuestra fe en Cristo y nuestra sensibilidad espiritual crecen paso a paso, mientras al mismo tiempo experimentamos lo desagradables y vacías que son las seducciones del mundo.

Mi propia determinación de resolver esto en mi corazón aumentó considerablemente mientras estudiaba aquí, en BYU —aunque les parezca difícil creerlo—, hace cincuenta y tres años.

Para quienes aún se encuentran en el proceso de decidir definitiva y concluyentemente su compromiso con la fe, analicemos cómo recibir la dirección divina y tomar las importantes decisiones que procuran tomar.

La decisión de seguir permanentemente a Jesucristo se fortalece considerablemente mediante las impresiones, las inspiraciones y los inolvidables momentos espirituales que experimentamos durante nuestra vida.

Muchos de ustedes han servido en misiones y, al igual que mi misión en Francia, una misión ayuda a establecer los cimientos para que esa resolución encuentre un lugar en el corazón.

Han sentido, y ahora sienten, al Espíritu Santo obrando en su vida. Han sentido la influencia del Señor al orar y abrir las Escrituras. Han sentido el gozo de olvidarse de ustedes mismos y pensar más en los demás.

¿Desean ahora aumentar esos sentimientos espirituales y experimentarlos con mayor poder? Aquí, en BYU, tienen una gran oportunidad de fortalecer esas experiencias.

Aun con las influencias espirituales que han experimentado, tomar la decisión firme de seguir a Jesucristo y guardar los convenios del Evangelio restaurado es una consideración sumamente seria. Es una decisión apremiante que espera reflexivamente una respuesta de cada discípulo que se encuentra progresando.

Ustedes viven en un mundo de información, desinformación y, actualmente, una sobrecarga de información artificial. Viven rodeados de una enorme cantidad de opciones: cientos de canales de entretenimiento, una fuente interminable de redes sociales, una cantidad ilimitada de pódcast y una inagotable profusión de opiniones publicadas.

Viven en un mundo de conmoción y de una confusión nada sorprendente. Ante la multitud de influencias que bombardean su vida, el adversario dispone de muchas tácticas engañosas.

Recordarán la advertencia que el presidente Dallin H. Oaks dio en febrero:

«Una de las muchas razones por las que necesitarán la influencia constante del Espíritu Santo es que viven en una época en la cual el adversario se ha vuelto tan eficaz para disfrazar la verdad que, si no tienen al Espíritu Santo, serán engañados».

Hay muchos obstáculos por delante. Las distracciones serán numerosas. Hacer que la fe en el Salvador ocupe un lugar central en todas sus motivaciones y decisiones importantes requiere una claridad de propósito poco común, humildad y firmeza mental.

El élder Neal A. Maxwell dijo:

«Sin una fe verdadera y la sumisión que la acompaña, tarde o temprano las personas encontrarán una cosa u otra con la cual tropezar».

Resolver esto en el corazón significa escoger valientemente el camino del discipulado con la determinación de no apartarse jamás de él.

Cuando era joven, descubrí por primera vez el poema de Robert Frost titulado El camino no elegido. Ustedes conocen estas palabras:

«Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
y lamenté no poder recorrer ambos
siendo un solo viajero. Largo tiempo permanecí allí
y contemplé uno de ellos hasta donde me fue posible,
hasta el lugar donde se perdía entre la maleza.

«Entonces tomé el otro, igualmente hermoso,
y quizá con mayores razones para elegirlo,
porque estaba cubierto de hierba y reclamaba ser transitado».

«Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
y yo tomé el menos transitado,
y eso marcó toda la diferencia».

En el complejo mundo en que viven, Robert Frost quizás reescribiría su poema de esta manera:

«Cien caminos se bifurcan en un bosque amarillo,
y lamento no poder recorrerlos todos.
Largo tiempo permanezco allí, rodeado de tantas opciones».

Con tantas opciones y caminos seductores ante ustedes, necesitarán fortaleza de corazón y de mente para, con valentía y sin distracción ni engaño, resolver esto en su corazón y recorrer el camino menos transitado que conduce hacia el Salvador.

El profeta Jacob dijo:

«Venid al Señor, el Santo. Recordad que sus sendas son justas. He aquí, la vía para el hombre es angosta, mas se halla en línea recta ante él, y el guardián de la puerta es el Santo de Israel».

Prepararse con confianza para resolver esto en el corazón es una obra tanto de la mente como del corazón. El Señor ha dicho:

«Te lo diré en tu mente y en tu corazón por medio del Espíritu Santo, el cual vendrá sobre ti y morará en tu corazón».

Este es un principio importante: resolver esto en el corazón no significa que tengamos que resolverlo todo en la mente.

En 1991, cuando prestaba servicio como presidente de misión en Francia —sí, ese soy yo; el presidente Oaks se ve igual, pero yo parezco cuarenta años más joven—, el presidente Oaks, que entonces era el élder Oaks, visitó la misión.

Él me habló de un libro que había escrito recientemente, titulado El camino del Señor. Permítanme compartir una lección muy valiosa que aprendí del capítulo 2, titulado «La razón y la revelación». Cito:

«La razón y la revelación son métodos de aprendizaje que están a disposición de quienes buscan cualquier clase de conocimiento».

Luego citó al presidente Boyd K. Packer, quien dijo:

«Cada uno de nosotros debe dar cabida en su vida a la combinación de la razón y la revelación. El Evangelio no solo lo permite, sino que lo requiere».

A continuación, el presidente Oaks explicó la naturaleza secuencial del aprendizaje espiritual. El estudio y la razón vienen primero, dijo él; la revelación viene después.

La razón puede autenticar la revelación y la inspiración al compararlas con las pruebas fundamentales de la edificación, la posición y la concordancia con los principios del Evangelio. Sin embargo, la razón no desempeña ninguna función en la evaluación del contenido de la revelación con el propósito de aceptarla o rechazarla según una supuesta norma de lo razonable.

La revelación tiene la última palabra. La razón examina la revelación, y esta confirma o invalida la razón.

La razón tiene la primera palabra; la revelación tiene la última.

Me gusta mucho esa combinación de frases: la razón tiene la primera palabra; la revelación tiene la última.

Ese principio me ayudó a comprender que no es necesario responder todas nuestras preguntas para resolver esto en el corazón. Siempre habrá preguntas que no podremos contestar plenamente.

Por ejemplo: ¿Qué función cumplió la inmensidad del universo en la creación de nuestro mundo por parte de Dios? ¿Cómo explicamos la peste negra de la Edad Media, la gripe española o incluso nuestra propia enfermedad del coronavirus?

La razón por sí sola no explicará plenamente los acontecimientos de la Iglesia en el siglo XIX, los métodos de traducción o las normas que actualmente nos parecen extrañas.

Si no somos prudentes al comprender el modo en que obra el Espíritu, internet está lleno de preguntas que pueden producir dudas y temor y convertirse en obstáculos para resolver esto en el corazón.

Vivimos en una época de gran conmoción. Necesitamos la paz y la seguridad reconfortante de que el rumbo de nuestra vida está anclado y permanece firme.

Permitan que las preguntas que todavía no tienen respuesta descansen pacientemente en una caja rotulada: «Respuestas futuras». Confíen en los sentimientos claros y poderosos de su corazón.

Recuerden la declaración de fe del apóstol Pablo:

«La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve».

Certeza. Convicción. El movimiento espiritual que ocurre en nuestro interior es real y perceptible.

La razón tiene la primera palabra, pero la revelación tiene la última.

¿Qué debemos resolver en nuestro corazón? El pasaje de las Escrituras dice:

«Resolved esto en vuestros corazones: que haréis las cosas que yo os enseñe y os mande».

Estas son diez verdades que el Señor Jesucristo o Sus profetas nos han enseñado y que se afirmarán en nuestro corazón a medida que consolidemos nuestra fe en Jesucristo. He seleccionado diez, pero ciertamente hay muchas más:

  1. Dios es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.
  2. Él escucha nuestras oraciones; necesitamos Sus respuestas.
  3. Estamos en la tierra con un propósito importante.
  4. Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios.
  5. Observar Sus enseñanzas produce felicidad, una vida más abundante y la promesa de la vida eterna.
  6. Su sufrimiento y Su resurrección nos permiten ser perdonados y vivir más allá de la tumba.
  7. Él restauró Su Evangelio y Su sacerdocio mediante el profeta José Smith.
  8. Su palabra sagrada en la Biblia y el Libro de Mormón nos guía.
  9. Recibir Sus ordenanzas y guardar nuestros convenios constituye el camino para regresar a nuestro hogar celestial.
  10. Necesitamos el don del Espíritu Santo en todo momento.

Naturalmente, no solo debemos creer en esas verdades. Nuestra vida debe abarcar las acciones que se desprenden de ellas. El rey Benjamín aconsejó:

«Si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis».

Permítanme hablarles de dos poderosas maneras de recibir la fortaleza espiritual necesaria para resolver esto en el corazón.

Primero, piensen más en el Salvador.

¿Recuerdan este pasaje de las Escrituras?

«Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis».

Profundicen en la misión divina, la vida perfecta, las enseñanzas transformadoras, la Expiación incomparable y las extraordinarias promesas que Él les ofrece.

Oren más en Su nombre. Lean Sus palabras. Apliquen Sus enseñanzas. Pronuncien Su nombre con reverencia y convicción. Crean en Su poder para perdonarlos y refinarlos.

Cuanto más incorporen al Salvador en cada día de su vida, más sabrán que Él es su Salvador y Redentor. Resolver esto en el corazón será la consecuencia natural de la renovada confianza que tengan en Él.

Segundo, acepten más plenamente el Libro de Mormón.

¿Cuándo fue la última vez que leyeron el Libro de Mormón desde la primera hasta la última página? ¿Fue cuando estaban en la misión? Si fue así, es momento de volver a leerlo.

Recuerden que el profeta José Smith declaró:

«Este libro los acercará más a Dios por seguir sus preceptos que cualquier otro libro».

A lo largo de mis muchos años de experiencia, he llegado a comprender que todos —sí, todos— los que han establecido firmemente en su corazón la veracidad del Evangelio restaurado poseen la convicción permanente de que el Libro de Mormón salió a luz mediante el profeta José Smith, por el don y el poder de Dios.

Literalmente existen millones de relatos acerca de cómo el Libro de Mormón ha cambiado la vida de una persona. Este es uno de mis favoritos.

Robert E. Sackley, quien posteriormente prestó servicio como Autoridad General, resultó gravemente herido mientras servía como comando de élite australiano durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras se encontraba hospitalizado en Australia, recibió un ejemplar del Libro de Mormón.

Él atribuyó una parte importante de su conversión al Evangelio restaurado a un pasaje del Libro de Mormón que memorizó mientras se recuperaba en el hospital.

Este es el versículo que ustedes reconocerán. Piensen en la belleza de este extraordinario pasaje escrito por el rey Benjamín:

«Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre».

Ese solo pasaje abrió su corazón a este libro sagrado y transformó su vida.

El Libro de Mormón ha transformado mi vida. Ha transformado la vida de muchos de ustedes.

Les prometo que el Libro de Mormón tiene el poder, si ustedes lo desean, de consolidar su fe en Jesucristo y su compromiso personal con el Evangelio restaurado. Es absoluta y verdaderamente Escritura sagrada.

Ahora llego a la parte de mi mensaje que más deseo compartir.

¿Qué sucede después de que hemos resuelto esto en nuestro corazón? ¿Cómo nos eleva, enriquece y ayuda esta extraordinaria elección y decisión a convertirnos en quienes deseamos ser?

Muchos de los que están aquí podrían responder esta pregunta. Gracias por permitirme hablar en nombre de todos nosotros.

Cuando resolvemos esto en nuestro corazón, confiamos plenamente en nuestro Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo.

Utilizamos el don de elegir, nuestro preciado albedrío —un don cuyo valor es superado únicamente por el de la vida misma—, para decirle a nuestro Padre:

«Soy totalmente Tuyo, completa e incondicionalmente. Seguiré a Tu Hijo, no solo porque Tú me has pedido que lo siga, sino porque deseo hacerlo. Deseo ser Su verdadero discípulo. Mi deseo es completo. Por mi propia voluntad, te amaré a Ti, Padre mío, y a Tu Hijo por encima de todo lo demás. Guardaré Tus mandamientos y utilizaré mis talentos para ayudar a los demás, mis hermanos y hermanas, y para fortalecer Tu reino sobre la tierra».

Este es el espíritu de consagración: cuando el corazón se vuelve hacia Dios voluntaria y completamente, sin compulsión alguna, y hace girar la llave de la consagración.

Entonces se abre la puerta de la verdadera libertad y del poder espiritual. Se nos concede una investidura celestial: una visión más amplia de nuestro propósito en la tierra, una capacidad constante para sentir y saber, y una abundancia adicional de dones espirituales.

Las tentaciones que anteriormente parecían seductoras pierden su atractivo cuando las vemos como realmente son. Se desvanecen las voces burlonas de quienes se encuentran en el edificio grande y espacioso. Reconocemos y rechazamos más rápidamente las numerosas distracciones y los engaños del adversario.

Nuestra atención se concentra en aquello que es bueno, que produce felicidad a los demás y que es más duradero y justamente satisfactorio.

Continuamos nutriendo libremente la dirección espiritual que hemos elegido. Esa dirección se vuelve cada vez más gratificante y natural. Después de ello recibimos un testimonio aún más profundo del Salvador.

Mi recorrido personal para resolver esto en mi corazón ha sido fortalecido y prolongado eternamente gracias a mi angelical esposa, Kathy.

Cuando la conocí aquí, en BYU, en 1974, la resolución de su corazón estaba más desarrollada que la mía. Hemos recorrido juntos el camino del discipulado, y su ejemplo y amor por el Salvador han iluminado mi propio recorrido.

Ahora, al dirigirme a ustedes en los últimos años de mi vida y como testigo especial del Señor Jesucristo, declaro con certeza y conocimiento que Aquel a quien adoramos y veneramos, Jesucristo, es la Luz y la Vida del mundo.

Él vive. Él es el Ser central de toda la historia de la humanidad. Él es nuestro Salvador y Redentor. Lo amo y le agradezco la confirmación que he recibido.

Al comenzar este importantísimo año académico, los bendigo para que su profundo deseo de resolver esto en su corazón —su fe en Jesucristo y su compromiso personal con su Padre Celestial, Su Hijo Amado y el Evangelio restaurado— los guíe y dirija.

Los bendigo para que su comprensión espiritual florezca, sus dones espirituales se multipliquen y su vida esté llena de mayor propósito y felicidad.

Expreso mi amor por todos y cada uno de ustedes, y les dejo mi bendición en el nombre de Jesucristo. Amén.

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