«El don del testimonio»
Por el élder Gérald Caussé
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La responsabilidad y el privilegio de dar testimonio de Jesucristo mediante nuestras palabras y acciones. El testimonio es un don personal de Dios que crece por la fe, la vivencia del Evangelio y la influencia del Espíritu Santo. Al compartirlo con sencillez, humildad y amor, honramos nuestro convenio de ser testigos de Dios, fortalecemos nuestra propia fe y podemos ayudar a otras personas a encontrar esperanza en el Salvador.
Hace 18 años, Valerie y yo recibimos una llamada del presidente Thomas S. Monson, en la cual me llamó a servir como Setenta Autoridad General. Aceptamos con fe, sabiendo que ese llamamiento cambiaría profundamente el curso de nuestras vidas. La mañana siguiente, mientras oraba por consuelo y guía, sentí la impresión de abrir la revista Liahona que estaba sobre la mesa de la cocina. Casi de inmediato, mis ojos hallaron esta promesa tranquilizadora del Señor: «Sed de buen ánimo y no temáis, porque el Señor, yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé, y testificaréis de mí». Sí, Jesucristo. Esa escritura trajo paz a mi corazón. Me di cuenta de que mi responsabilidad principalmente era de dar testimonio del Salvador. Todo lo demás estaría en sus manos.
Hace 11 meses se me recordó esa misma promesa en circunstancias extraordinarias. Acababa de ser llamado a servir como uno de los apóstoles del Señor, y se me invitó a unirme a la Primera Presidencia y al Cuórum de los Doce en su sagrada sala de reuniones. Imagínense cómo me sentí: asombrado, lleno de humildad y profundamente conmovido. El presidente Dallin H. Oaks me invitó a dar testimonio de Jesucristo. Al prepararme para hablar, un sentimiento de paz llenó de nuevo mi corazón y aquellas palabras familiares regresaron con poder: «Sed de buen ánimo y no temáis, y testificaréis de mí». Sí, Jesucristo. En ese momento sagrado supe que nada sería más significativo que, en mi primer acto como recién ordenado apóstol, diera testimonio del Redentor del mundo.
Tal como se registra en el Nuevo Testamento, antes de ascender a su Padre, el Salvador resucitado dio a sus apóstoles esta responsabilidad inequívoca: «Me seréis testigos». Hoy, en la Iglesia Restaurada de Jesucristo, el testimonio apostólico sigue siendo fundamental para nuestra doctrina y es evidencia convincente de su veracidad. Tal como enseñó el profeta José Smith: «Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo». Cada apóstol es llamado por Dios y está investido con las llaves del sacerdocio para ser un testigo especial del nombre de Cristo en todo el mundo. Con poder divino, los apóstoles dan un testimonio único y autorizado del Cristo viviente, de su realidad divina, su evangelio, su expiación y su resurrección.
Sin embargo, la sagrada responsabilidad de dar testimonio de Jesucristo no se limita a los profetas y apóstoles, sino que se extiende a todos sus discípulos. La verdad del evangelio restaurado de Jesucristo se manifiesta en la vida de millones de sus seguidores en todo el mundo. Por sus testimonios, tanto en palabra como en obras, ustedes demuestran la realidad de un Salvador amoroso y de las bendiciones que se reciben por medio de su evangelio. Dar testimonio es una responsabilidad fundamental del discipulado. Como miembros de la Iglesia que hemos hecho convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, compartir nuestro testimonio de Dios y de su Hijo es una manera esencial de guardar ese sagrado convenio. Como se enseña en el Libro de Mormón, los discípulos del convenio son testigos de Dios «en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar».
El don del testimonio es profundamente personal. Se recibe en la intimidad de nuestra relación con Dios y se moldea de acuerdo con nuestras experiencias, circunstancias y necesidades únicas. Crece mediante la fe, la búsqueda diligente, el vivir el evangelio y la apacible influencia del Espíritu Santo. En verdad, saber que Jesucristo es el Hijo de Dios es una de las bendiciones más grandes de la vida y un don preciado de Dios. Su testimonio tal vez sea diferente al mío o al de otros familiares o santos. Por favor, confíen en él, nútranlo y exprésenlo, porque es exclusivamente de ustedes.
Como muchos de ustedes, a menudo me he preguntado: ¿por qué yo? ¿Por qué fui tan privilegiado de recibir un testimonio del evangelio restaurado? Ninguna respuesta me fue satisfactoria. Sin embargo, con el tiempo me hacía una pregunta mejor: ¿qué espera el Señor que haga con ese don? Su testimonio no es un talento que debe esconderse. Es un don que debe compartirse con corazones agradecidos y con un espíritu de humildad y amor.
El testimonio y el amor son dones profundamente relacionados que se amplifican y fortalecen mutuamente. Decir «yo sé» es una tierna expresión de amor hacia nuestro prójimo. Debido a que amamos a los demás, deseamos de manera natural compartir con ellos el don más preciado que hemos recibido: nuestro testimonio de Jesucristo y su evangelio. A su vez, decir «te amo» con un corazón puro y sincero es una manera de dar testimonio de Jesucristo. Cada vez que expresamos amor cristiano a quienes nos rodean, damos testimonio de él, la fuente de todo amor perfecto. Hermanos y hermanas, espero que llenen su vida y la de los demás de muchos «yo sé» sinceros, así como espero que ya la estén llenando de muchos «te amo». A medida que esas expresiones de fe y amor se unan, contribuirán a crear un ambiente en el que el Espíritu del Señor pueda morar y llevar gozo a sus corazones.
Hace poco, una de nuestras sobrinas relató una experiencia de su juventud. Ella dijo: «Hace unos años, cuando comenzaba a obtener un testimonio, lo compartí en un campamento de las Mujeres Jóvenes. Estaba tan nerviosa que solo logré decir dos frases sencillas: ‘Sé que Dios me ama y sé que Dios tiene un plan para mí’. En los días siguientes me sentí desanimada porque deseaba poder hablar como las otras jóvenes. Hablé con mi mamá y ella me preguntó: ‘¿Crees lo que dijiste?’. ‘Sí’, le respondí. ‘Entonces, eso es todo lo que importa’, dijo ella». Su madre tenía razón. Hay poder en un testimonio sincero, humilde y genuino. No tiene que ser largo, elocuente ni dramático; solo tiene que ser verdadero. Cada uno de nosotros puede dar ese tipo de testimonio porque es el Espíritu, y no las palabras, el que testifica la verdad. Como prometió el Señor, cuando hablamos por el poder del Espíritu Santo, el Espíritu Santo testificará de todas las cosas de que hablemos.
A lo largo de la historia, innumerables personas que buscaban la verdad han sido transformadas por los testimonios de los humildes siervos del Señor, aquellos a quienes él llama los débiles y sencillos, desde Enoc y Moisés hasta José Smith y los más de 90,000 misioneros que hoy sirven en todo el mundo. El modelo es el mismo: dan un paso al frente y declaran lo que saben que es verdad. Tal vez sus palabras sean sencillas y su hablar imperfecto, pero su testimonio posee poder divino porque el Espíritu Santo lo confirma.
Hermanos y hermanas, ¿se dan cuenta de que su testimonio puede literalmente cambiar vidas, tanto la suya como la de los demás? Al compartirlo generosamente, su propio testimonio se fortalecerá. Se acercarán más al Señor, sentirán más profundamente el poder de su redención. A su vez, se convertirán en instrumentos en sus manos para bendecir y ministrar a quienes los rodean. En un momento de profunda angustia, el joven Alma recordó haber oído a su padre profetizar concerniente a la venida de Jesucristo para expiar los pecados del mundo. Ese testimonio de su padre que él recordó se convirtió en la chispa de esperanza que lo llevó a arrepentirse y a cambiar su vida por completo. ¿Cuántas almas hay a su alrededor esperando escuchar su testimonio y descubrir o redescubrir la esperanza que se halla en Jesucristo?
Si han recibido el don de un testimonio, aunque sea solo el comienzo de uno, es su deber y privilegio compartirlo. Los invito a buscar cada día, según lo indica el Espíritu Santo, oportunidades de dar testimonio de Jesucristo y de su evangelio restaurado, aunque sea solo por un minuto. Una expresión breve y sincera de fe puede marcar una profunda diferencia, ya sea en casa con su familia, en reuniones de testimonios, en visitas de ministración y lecciones misionales, en las redes sociales o en interacciones sencillas y cotidianas con otras personas. Pueden compartir sus creencias de manera sencilla y natural, tales como: «Amo a nuestro Salvador Jesucristo» o «El evangelio trae gozo a mi corazón». Imaginen lo que sucedería si todos nosotros, millones de discípulos de Jesucristo, compartiéramos constantemente nuestro testimonio: serían bendecidas innumerables vidas. La fe crecería y el amor de Cristo se extendería más abundantemente por todo el mundo.
Como siervo del Señor y uno de sus testigos especiales, estoy profundamente agradecido por el poder, por el don del testimonio que he recibido por medio del poder de Dios. Declaro solemnemente que tenemos un Padre Celestial amoroso y que su Hijo Jesucristo es el Salvador del mundo y la fuente de toda buena dádiva. Expreso mi sincero deseo de servirles y de dar testimonio de ellos continuamente, todos los días de mi vida. En el nombre de Jesucristo, amén.


























