¿Hasta cuándo no me han de creer?

Conferencia General Octubre 2026

“¿Hasta cuándo no me han de creer?”

por Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Podemos experimentar gozo en nuestro aquí y ahora gracias a Jesucristo y a través de nuestra relación por convenio con Él.


A finales de la década de 1980, el Sr. Martin desarrolló una insuficiencia cardíaca grave. A pesar de los medicamentos más avanzados disponibles, su corazón no podía mantener adecuadamente la circulación sanguínea. Moriría si no se le practicaba un trasplante de corazón. Se convirtió en el paciente de mi equipo y comenzó la espera de un donante de corazón. Su estado empeoró y se le implantaron unas bombas mecánicas para mantenerlo con vida.

A los pocos días, el hígado, los riñones y los pulmones del Sr. Martin comenzaron a fallar. Si no se encontraba el corazón de un donante en breve, seguramente moriría. Hubo uno disponible y el Sr. Martin recibió un trasplante. Sorprendentemente, este corazón nuevo no funcionó bien y su condición era ahora incluso peor. Después de un par de días, la situación parecía desesperada y nos estábamos preparando para retirarle el soporte vital. Mientras analizaba las limitadas opciones con la Sra. Martin, se me notificó que había otro corazón de donante disponible. Este corazón se consideraba marginal y no se iba a utilizar para ningún otro receptor en el país. Con el consentimiento de la Sra. Martin, decidimos utilizarlo para un segundo trasplante.

Afortunadamente, el corazón marginal funcionó de maravilla. En cuestión de horas, el hígado, los riñones y los pulmones del Sr. Martin comenzaron a recuperarse y se le retiraron las bombas mecánicas. Diez días después entré en la habitación de hospital del Sr. Martin sabiendo que al día siguiente le darían el alta. Él estaba sentado en la cama, sujetando la bandeja del desayuno y claramente irritado. Pregunté qué pasaba. Con los dientes apretados, el Sr. Martin respondió: “¡La avena no está caliente y la leche no está fría!”.

Durante las últimas tres semanas, Sr. Martin había estado al borde de la muerte, ¡pero ahora se quejaba de la comida del hospital! (Creo que cuando uno pasa por algo como lo que le sucedió al Sr. Martin, se agotan todas las reservas de tolerancia. También creo que a nadie se le debe torturar con avena, independientemente de la temperatura). Pero en aquel momento, el Sr. Martin se centró en la avena fría que tenía ante él y aparentemente desestimó el milagro que había experimentado. Perdió de vista el panorama general, tanto aquello por lo que había pasado como la promesa que ahora le deparaba el futuro.

También nosotros podemos caer fácilmente en la misma trampa en la que cayó el Sr. Martin aquella mañana en el hospital, especialmente cuando se presentan los desafíos cotidianos. Nos centramos en el aquí y ahora —en la “avena fría”— y perdemos de vista el panorama general, tanto dónde hemos estado como las promesas que Dios nos ha hecho.

Este no es solamente un fenómeno moderno. Como se registra en el Antiguo Testamento, el Señor libró a los hijos de Israel de la esclavitud en Egipto. Dios los salvó cuando quedaron atrapados en el mar Rojo y les proporcionó lo necesario cuando les faltaron alimentos y agua. Incluso cuando se quejaron de una dieta monótona, el Señor milagrosamente los ayudó. Sobrevivieron gracias a los milagros de Dios, pero ellos se centraron repetidamente en la avena fría. Al pasar por alto tanto las bendiciones del Señor como Sus promesas, se erosionó la confianza de ellos en Dios y en el profeta de Dios, Moisés.

Cuando los hijos de Israel llegaron a la tierra prometida, se sintieron intimidados por los desafíos que les aguardaban. De nuevo se lamentaron de su situación, diciendo: “¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto!”. En otras palabras, pensaban que las cosas eran mejores antes y que este desafío seguramente era demasiado, incluso para el Señor.

En las Escrituras está registrada la respuesta del Señor: “Y Jehová dijo a Moisés: […] ¿Hasta cuándo no me han de creer con todas las señales que he hecho en medio de ellos?”. En otras palabras, el Señor estaba preguntando: “¿Por qué no confían en mí? A pesar de todo lo que he hecho, ¿por qué no me creen?”. Con cuánta frecuencia el Señor afirmó ante los hijos de Israel, y nos afirma a nosotros, Su constancia, al declarar: “No quebrantaré jamás mi convenio con vosotros”.

Tal vez a ustedes les hayan servido más avena fría de la que les corresponde. Quizás, al igual que los hijos de Israel, hayan dudado del cuidado que Dios les brinda, de Su disposición para socorrerlos o de Su capacidad para cumplir Sus promesas. Aun así, Dios nos invita a confiar en Él y en Sus promesas.

Durante Su ministerio terrenal, el Salvador dijo a Sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”. Jesús venció al mundo; no tenemos que hacerlo nosotros mismos. Cuando nuestra fe se centra en Jesucristo, Él promete paz espiritual sin importar nuestras circunstancias. Podemos experimentar gozo en nuestro aquí y ahora gracias a Él y a través de nuestra relación por convenio con Él.

La fe en Jesucristo nos libera de la incertidumbre porque nuestra esperanza descansa en Su fidelidad y rectitud, no en la nuestra. El profeta Lehi testificó a su hijo Jacob: “Por tanto, yo sé que tú estás redimido a causa de la justicia de tu Redentor”. Jacob era una persona buena y fiel. Sin embargo, su rectitud no sería la fuente de su redención. No, la redención de Jacob se llevaría a cabo mediante la rectitud de Jesucristo. Lo mismo sucede con cada uno de nosotros.

Uno de los propósitos del Libro de Mormón es mostrarnos “cuán grandes cosas el Señor ha hecho […] para que conozca[mos] los convenios del Señor y sepa[mos] que no [somos] desechados para siempre”. Moroni nos exhorta a “record[ar] cuán misericordioso ha sido el Señor con los hijos de los hombres [en todas las épocas] […], y [a] medit[arlo] en [n]uestros corazones”.

Al reflexionar sobre las grandes cosas que el Señor ya ha hecho y al recordar Su bondad y misericordia, estamos mejor posicionados para comprender el panorama completo y confiar en las promesas que Él nos hizo. Podemos confiar en Él.

Recuerdo haber aprendido una lección, una de muchas, de mi hermana menor, Linda. Ella dijo que leía las Escrituras y veía extraordinarias bendiciones prometidas por el Señor. Sin embargo, en su mente veía un gran asterisco que parecía decir: “Esas bendiciones son para todos, excepto para Linda”. Con el transcurso de los años, Linda se dio cuenta de algo diferente. Ella dijo: “No soy lo suficientemente extraordinaria como para justificar una excepción. Las bendiciones también se me prometieron a mí”. Linda es extraordinaria, pero aún no es una excepción. Ustedes tampoco, hermanos y hermanas; no hay un asterisco que los excluya de las bendiciones más abundantes de Dios. Si creen que lo hay, saquen un borrador grande y borren ese asterisco. Pueden confiar en las promesas de Dios.

El profeta José Smith enseñó que Jesucristo “conoce la situación tanto de los vivos como de los muertos y ha proporcionado todo lo necesario para su redención, según sus respectivas circunstancias y las leyes del reino de Dios, sea en este mundo o en el mundo venidero”.

“Todo lo necesario” significa que todas las circunstancias humanas están dentro del alcance redentor del Salvador. La Expiación de Jesucristo permitió que nuestro Padre Celestial diera al Salvador todo poder “en el cielo y en la tierra”. El poder del Mesías para salvar y exaltar es profundamente personal e infinito, más allá de la comprensión humana; hay más que suficiente para cubrir cualquier brecha, necesidad o déficit de todos y cada uno de nosotros.

Cuando considero lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, no creo que queramos que Él nos pregunte: “¿Hasta cuándo no me ha[béis] de creer?”. Esfuércense por recordar todas las veces que Él ha inclinado Su oído hacia ustedes, especialmente cuando se les dio avena fría. Junto con Moroni, declaro que “los eternos designios del Señor han de seguir adelante, hasta que se cumplan todas Sus promesas”. Podemos confiar en el Señor, especialmente en Sus promesas. Esas promesas se aplican a ustedes. Podemos cantar con gozo:

Firme en las promesas de Jesús, el Rey […].
Firme en las promesas, que no fallarán […].
Firme en las promesas, nunca caeré […];
firme en las promesas de mi Dios.

Sé que Dios vive y que Jesús es el Cristo. No solo eso, sino que también sé que Sus “preciosas y grandísimas promesas” son ciertas y “que por ellas [podemos] lleg[ar] a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo”. De esto testifico solemnemente en el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

Al comenzar el análisis del discurso “¿Hasta cuándo no me han de creer?”, del élder Dale G. Renlund, conviene detenernos en una pregunta que toca nuestra propia experiencia: ¿cómo conservar la confianza en Dios cuando las dificultades parecen ocupar todo nuestro horizonte? Es posible que hayamos sentido Su ayuda en otras ocasiones y, aun así, nos encontremos ante una nueva prueba que nos haga dudar. Este mensaje nos invita a comprender cómo la fe en Jesucristo y nuestra relación de convenio con Él pueden sostenernos en esos momentos.

El élder Renlund introduce esta reflexión mediante la historia del señor Martin, quien, después de sobrevivir a una grave enfermedad y recibir dos trasplantes de corazón, se encuentra irritado por la temperatura de su desayuno. La “avena fría” representa esas molestias y preocupaciones inmediatas que pueden hacernos perder de vista las bendiciones recibidas. El relato también reconoce el agotamiento humano y nos permite abordar el tema con compasión. Desde allí surge una invitación a ampliar nuestra mirada: reconocer lo que nos duele y, al mismo tiempo, recordar las misericordias del Señor.

A lo largo de este análisis, examinaremos la experiencia de los hijos de Israel, la fidelidad de Dios a Sus convenios y la paz que Jesucristo promete en medio de la aflicción. Consideraremos también una enseñanza fundamental: nuestra redención descansa en la justicia y el poder del Salvador. Nuestros esfuerzos por creer, arrepentirnos y obedecer nos acercan a Él, y Su gracia hace posible nuestro progreso.

Finalmente, reflexionaremos sobre la dificultad que a veces tenemos para aceptar que las promesas de Dios también se dirigen a nosotros. La experiencia de Linda nos ayudará a reconocer ese “asterisco” imaginario con el que podemos excluirnos de Su amor y Sus bendiciones. Con estas enseñanzas como punto de partida, buscaremos comprender cómo recordar, confiar y perseverar, permitiendo que nuestra relación con Jesucristo dé esperanza y dirección a nuestra vida presente.


Enseñanzas principales

Recordar las misericordias del Señor amplía nuestra mirada y fortalece nuestra fe
La historia del señor Martin muestra cómo una molestia inmediata puede ocupar nuestra atención, incluso después de haber recibido una bendición extraordinaria. Tras sobrevivir a una situación médica desesperada, el señor Martin concentra su preocupación en el desayuno. El élder Renlund reconoce su agotamiento y utiliza esa experiencia para ayudarnos a examinar nuestra propia perspectiva. También nosotros podemos llegar a interpretar toda nuestra vida desde una preocupación actual. Cuando estamos cansados o sufrimos, resulta difícil recordar lo bueno que hemos recibido.

Algo semejante les ocurrió a los hijos de Israel. Habían presenciado grandes manifestaciones del poder de Dios, pero ante nuevos desafíos volvieron a sentir temor y a desconfiar. Su experiencia enseña que la fe necesita alimentarse continuamente: haber recibido ayuda en el pasado no elimina la necesidad de confiar nuevamente cuando aparece una dificultad.

Por eso, el élder Renlund nos invita a ampliar la mirada: reconocer el dolor presente y recordar las veces en que el Señor ha escuchado nuestras súplicas. Podemos hacerlo al estudiar las Escrituras, meditar en experiencias personales o reconocer la ayuda recibida mediante otras personas. Recordar con gratitud nos permite comprender mejor el carácter de Dios, conservar la esperanza en Sus promesas y encontrar razones para seguir confiando, aun cuando todavía esperamos una respuesta.

Jesucristo ofrece paz en medio de la aflicción
El Salvador declara: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”. Sus palabras reconocen que el sufrimiento forma parte de nuestra experiencia terrenal. La paz que ofrece puede acompañarnos mientras atravesamos problemas que aún no se han resuelto.

Por eso, el gozo del que habla el discurso puede coexistir con el duelo, la enfermedad o la incertidumbre. Una persona puede llorar y, al mismo tiempo, conservar la esperanza en Cristo. Nuestra relación con Él nos ayuda a recordar que las circunstancias presentes no determinan todo nuestro futuro y que Su poder redentor continúa actuando más allá de lo que hoy podemos comprender.

Nuestra esperanza descansa en el poder redentor de Jesucristo
Al citar las palabras de Lehi a Jacob, el élder Renlund explica que la redención es posible “a causa de la justicia de tu Redentor”. Jacob era una persona fiel, pero necesitaba a Jesucristo. Esta enseñanza nos ayuda a reconocer que nuestra esperanza tiene un fundamento más firme que nuestra capacidad de actuar siempre de manera perfecta.

La fe, el arrepentimiento y la obediencia siguen siendo esenciales, pues expresan nuestra respuesta al Salvador. Sin embargo, podemos avanzar sin vivir atrapados en la idea de que debemos merecer cada bendición mediante un desempeño impecable. Cristo conoce nuestras debilidades y nos invita a acudir a Él para recibir perdón, fortaleza y ayuda para cambiar.

Ese poder redentor alcanza también nuestras circunstancias personales. El discurso enseña que el Salvador ha proporcionado todo lo necesario para la redención de los vivos y de los muertos, según sus circunstancias y las leyes del reino de Dios. Esta afirmación ofrece esperanza frente a historias humanas complejas que no siempre sabemos cómo comprender. Jesucristo conoce lo que cada persona ha vivido, las oportunidades que ha tenido y las dificultades que enfrenta. Su conocimiento es perfecto y Su poder es suficiente. Podemos confiarle aquello que supera nuestra comprensión, mientras seguimos respondiendo con fe a lo que sí podemos hacer. Esta confianza también nos invita a tratar con mayor compasión las circunstancias de los demás.

Las promesas de Dios también son para nosotros y pueden transformar nuestra vida
Linda, la hermana del élder Renlund, imaginaba, junto a las promesas de las Escrituras, un asterisco que parecía excluirla. Su experiencia refleja un sentimiento que muchas personas conocen: confiar en que Dios bendice a los demás y tener dificultad para creer que también desea bendecirnos a nosotros.

La invitación a borrar ese asterisco nos anima a examinar las ideas que tenemos sobre nuestro propio valor. Los errores y las limitaciones pueden requerir arrepentimiento y crecimiento, pero no nos colocan fuera del alcance del amor de Dios. Podemos acercarnos a Él y confiar en Sus promesas, procurando comprender las condiciones que acompañan a esas promesas y respetando Su tiempo.

Esa confianza puede transformarnos. El élder Renlund concluye recordando que las promesas divinas nos permiten llegar a ser participantes de la naturaleza divina. La confianza en Cristo puede influir en nuestra manera de pensar, decidir y relacionarnos con otras personas. Cuando creemos que el Señor es fiel, encontramos motivos para perseverar, arrepentirnos y continuar haciendo el bien. Esa transformación suele desarrollarse mediante decisiones cotidianas. La fe en Sus promesas nos ayuda a vivir el presente con esperanza y a permitir que Su influencia forme nuestro carácter.


Puntos doctrinales

La fe en Jesucristo y la importancia de recordar Sus misericordias
La fe presentada en el discurso consiste en confiar en el Salvador, en Su carácter y en Su capacidad para cumplir lo que ha prometido. La pregunta “¿Hasta cuándo no me han de creer?” muestra que el problema de los hijos de Israel era su dificultad para confiar en Dios ante una nueva prueba, a pesar de las manifestaciones que habían recibido.

Ejercer fe implica recordar Sus obras y actuar conforme a Sus enseñanzas, incluso cuando no conocemos el resultado inmediato. Esta confianza puede convivir con preguntas y sentimientos de temor. Al acudir al Señor con sinceridad, permitimos que nuestra fe crezca en medio de una comprensión todavía incompleta.

Por eso, la memoria espiritual forma parte del desarrollo de la fe. La exhortación de Moroni a recordar y meditar en la misericordia del Señor lo muestra: las Escrituras conservan testimonios de Su trato con generaciones anteriores para ayudarnos a conocerlo. Al recordar esas experiencias y reconocer las nuestras, podemos comprender mejor Sus convenios y Su disposición para socorrer. El Libro de Mormón también afirma que no somos desechados para siempre. Esta enseñanza abre espacio para el regreso, el arrepentimiento y la renovación de nuestra esperanza.

Los convenios: la fidelidad de Dios y la paz en nuestra relación con Cristo
La declaración “No quebrantaré jamás mi convenio con vosotros” revela la constancia del Señor. Los convenios establecen una relación sagrada con Él, dentro de la cual recibimos promesas y asumimos compromisos.

Nuestra confianza se apoya en que Dios cumple Su palabra. Al mismo tiempo, vivir esa relación requiere procurar la fidelidad mediante la obediencia y el arrepentimiento. Las pruebas no significan por sí mismas que el convenio haya dejado de tener valor. Podemos seguir buscando al Señor y confiando en Él mientras esperamos el cumplimiento de Sus promesas.

Esa relación de convenio también es fuente de paz. El discurso vincula la paz espiritual con la relación de convenio que tenemos con Jesucristo. Él promete paz en Sí mismo, aun cuando el mundo continúe siendo un lugar de aflicción. Esta doctrina permite distinguir entre la comodidad de las circunstancias y la esperanza espiritual. El gozo puede surgir de saber que pertenecemos a Cristo, que podemos recibir Su ayuda y que existe un futuro más amplio que nuestra dificultad actual. Ese gozo no exige negar la tristeza; nos permite atravesarla sostenidos por una esperanza eterna.

La Expiación y la redención: un poder universal y personal
La enseñanza de Lehi a Jacob identifica al Redentor como la fuente de la redención. La justicia de Jesucristo y Su sacrificio expiatorio hacen posible que seamos liberados del pecado y de la muerte.

Nuestros esfuerzos tienen valor como respuesta a Su invitación, pero dependemos de Su poder para recibir perdón y alcanzar la vida eterna. Esta doctrina nos llama a una humildad esperanzada: reconocer nuestra necesidad del Salvador y acudir a Él con confianza. El arrepentimiento encuentra sentido porque Cristo ha preparado un camino verdadero de reconciliación con Dios.

El alcance de esa redención es universal y, a la vez, profundamente personal. La enseñanza citada de José Smith declara que Jesucristo conoce la situación de los vivos y de los muertos y ha preparado lo necesario para su redención. Su obra abarca a toda la familia humana y considera las circunstancias de cada persona. El Salvador conoce las necesidades que nosotros no sabemos explicar y las diferencias entre las experiencias humanas. Podemos confiar en Su justicia y misericordia sin pretender conocer todos los detalles de cómo se resolverá cada situación.

Las promesas divinas: nuestra respuesta personal y su propósito transformador
La historia del asterisco imaginario enseña que debemos recibir las promesas de Dios como invitaciones que también nos conciernen. Nadie debe considerarse excluido de antemano del alcance redentor del Salvador.

Recibir esas promesas requiere responder a las condiciones que el Señor establece. La aplicación personal de esas promesas no significa que todos recibirán las mismas bendiciones en el mismo momento. Significa que podemos confiar en Su palabra y acercarnos a Él con esperanza, en lugar de asumir que nuestra historia nos convierte en una excepción a Su misericordia.

El cierre del discurso presenta el propósito transformador de esas promesas. Mediante Jesucristo podemos crecer espiritualmente y desarrollar cualidades que reflejen Su carácter, como la caridad, la paciencia, la humildad y la santidad. Este crecimiento se relaciona con la fe, el arrepentimiento y la fidelidad a los convenios. El Señor nos ofrece ayuda para avanzar hacia lo que podemos llegar a ser. Así, confiar en Sus promesas influye tanto en nuestra esperanza de vida eterna como en la forma en que vivimos y servimos hoy.


Comentario final

Al concluir el discurso “¿Hasta cuándo no me han de creer?”, del élder Dale G. Renlund, queda una invitación que podemos llevar a nuestra propia vida: recordar la bondad del Señor cuando las dificultades amenazan con ocupar toda nuestra atención. Todos podemos tener días de “avena fría”, momentos en que el cansancio, la decepción o una preocupación nos impiden ver más allá de lo inmediato. El élder Renlund nos invita a reconocer esas experiencias y, al mismo tiempo, recordar que nuestra historia también contiene misericordias, respuestas y oportunidades de volver a empezar.

La confianza en Jesucristo puede sostenernos mientras todavía esperamos soluciones. Él conoce nuestras circunstancias y comprende aquello que nos cuesta expresar. Su promesa de paz tiene valor precisamente porque fue dada a personas que enfrentarían aflicción. Podemos acudir a Él con nuestras preguntas, reconocer nuestros temores y seguir caminando con la esperanza de que Su poder redentor alcance también nuestra situación.

La experiencia de Linda nos deja otra reflexión importante: ¿hemos colocado un asterisco junto a las promesas de Dios, como si fueran para todos menos para nosotros? A veces nuestras debilidades nos hacen sentir indignos de recibir ayuda. Sin embargo, el Salvador nos invita a arrepentirnos y acercarnos a Él. Nuestra esperanza descansa en Su justicia, Su misericordia y Su capacidad para ayudarnos a cambiar. Podemos confiar en Sus promesas mientras procuramos vivir conforme a ellas, aun cuando su cumplimiento llegue en un tiempo o de una manera que no habíamos imaginado.

Este mensaje nos anima a mirar el presente desde una perspectiva más amplia. Quizás hoy no comprendamos todo lo que estamos viviendo, pero podemos recordar una ocasión en que fuimos sostenidos, reconocer una bendición que habíamos pasado por alto y dar un nuevo paso de fe. Que la pregunta “¿Hasta cuándo no me han de creer?” nos lleve a responder con sinceridad: “Señor, quiero confiar en Ti. Ayúdame a recordar Tu bondad y a seguirte en medio de mis dificultades”. Esa disposición puede abrir nuestro corazón a la paz y al gozo que encontramos en nuestra relación con Jesucristo.

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