Conferencia General Octubre 2026
La inmunidad espiritual
Por el élder Christian C. Chigbundu
De los Setenta
A medida que reforzamos nuestra inmunidad espiritual, desarrollamos la fortaleza y el valor para superar los desafíos de la vida.
En el año 2020 el mundo experimentó una crisis sanitaria mundial que no solo paralizó las actividades económicas, sino que también se cobró millones de vidas en todo el mundo. Durante ese tiempo, los ejecutivos de mi lugar de trabajo, en un intento por crear conciencia y brindar seguridad, invitaron a profesionales de la salud a ofrecer educación sanitaria sobre el COVID-19 y las formas de prevenir el contagio. A lo largo de esas sesiones sobre la salud, hubo una palabra que se repetía: inmunidad.
Aprendí que la inmunidad es la capacidad biológica inherente del cuerpo para defenderse y protegerse contra las enfermedades infecciosas, las sustancias nocivas y los invasores extraños.
Durante ese período no reflexioné sobre mi inmunidad física, sino sobre lo que llamo “inmunidad espiritual”. Ruego que el Espíritu Santo nos ayude al considerar algunas de las maneras de desarrollar nuestra inmunidad espiritual.
Vivimos en tiempos difíciles marcados por guerras, desafíos familiares e incertidumbre económica. Sin embargo, por muy aterradores que sean estos desafíos, ¡no tenemos por qué temer! A medida que reforzamos nuestra inmunidad espiritual, desarrollamos la fortaleza y el valor para superar los desafíos de la vida.
El presidente Henry B. Eyring dijo: “[Los] momentos [de pruebas] no son evidencias de que el Señor los haya abandonado; más bien, son evidencias de que Él los ama lo suficiente como para refinarlos y fortalecerlos” (“Probados y fortalecidos en Cristo”, Liahona, noviembre de 2025, pág. 95).
Mientras escuchan hoy, piensen por un momento: ¿Qué les quita el sueño por la noche o qué les preocupa? Sepan que el Señor nos ha proporcionado una brújula espiritual para ayudarnos a navegar por los desafíos de la vida. A esto lo llamo las “cosas pequeñas y sencillas”. En el Libro de Mormón, Alma enseñó a su hijo Helamán que “por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6).
¿Me permiten mencionarles algunas de estas cosas pequeñas y sencillas?
Primero, el estudio de las Escrituras. Cuando estudiamos las Escrituras, adquirimos conocimiento, pero lo más importante es que llegamos a conocer al Señor. A medida que ponemos en práctica lo que aprendemos, Sus palabras comienzan a moldear la forma en que pensamos y la manera en que respondemos a los desafíos de la vida. El consejo del rey Benjamín a sus hijos sigue siendo acertado:
“¡Oh hijos míos, quisiera que recordaseis que estas palabras son verdaderas, y también que estos anales son verdaderos! […]
“Y ahora bien, hijos míos, quisiera que os acordaseis de escudriñarlas diligentemente, para que en esto os beneficiéis” (Mosíah 1:6, 7).
El estudio diario y significativo de las Escrituras propicia la guía del Espíritu Santo y edifica nuestra fe para enfrentar las tentaciones y las dificultades del mundo.
Mientras servía como líder de misión, recibí a un nuevo misionero. En nuestra entrevista de bienvenida, este joven misionero comenzó a llorar y pidió que se le enviara a casa. Cuando le pregunté por qué, no encontraba las palabras adecuadas para explicarlo. Entonces le pregunté si tenía un testimonio del Libro de Mormón. Me dijo: “No, presidente”.
Expresé mi testimonio del Libro de Mormón y luego lo animé a comenzar a estudiar las Escrituras, especialmente el Libro de Mormón. Él y su entrenador elaboraron un plan de estudio de las Escrituras. Más tarde recibí una carta de este misionero en la que testificaba de que el estudio diario de las Escrituras le había ayudado a entender su objetivo como misionero. Decía: “Ahora soy feliz y ya no quiero que me envíen a casa”.
Mis queridos amigos, los invito a escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de que conozcan la palabra de Dios (véase Alma 17:2). Al hacerlo, poco a poco aprendemos cómo llegar a ser discípulos de Jesucristo para toda la vida.
Segundo, la oración. Nuestro Salvador nos extendió una extraordinaria invitación a todos nosotros cuando dijo: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis” (Doctrina y Convenios 88:63).
Cuando oramos a nuestro Padre Celestial, nos acercamos a Él y buscamos Su ayuda, guía y bendiciones.
Hay muchos ejemplos en las Escrituras de personas que experimentaron el poder habilitador y el milagro de las oraciones: Enós, Nefi, el profeta José Smith y el Salvador Jesucristo. Ellos nos recuerdan el poder que recibimos cuando acudimos al Padre Celestial en oración.
Mientras servía como Setenta de Área, asistí a una conferencia de estaca en Costa de Marfil. Después de la sesión para adultos del sábado, el presidente de estaca y yo decidimos visitar a una hermana que está luchando contra el cáncer. Cuando le preguntamos cómo se sentía, dijo algo que permanece conmigo hasta el día de hoy: “Al orar a diario, me doy cuenta de que el Salvador me ama. Veo Su mano por todas partes a mi alrededor diciéndome: ‘Hija mía, todo está bien’”.
Al orar con fe, nuestra inmunidad espiritual se fortalecerá. Es posible que no siempre se nos quite la carga que llevamos, pero nuestras espaldas serán fortalecidas para llevar la carga que se coloque sobre ellas (véase Mosíah 24:14–15).
Tercero, la Santa Cena. La Santa Cena es una ordenanza sagrada que fortalece nuestra relación con el Salvador.
Durante la Santa Cena hacemos promesas de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de recordarle siempre y de guardar Sus mandamientos (véase Doctrina y Convenios 20:77, 79). Al participar de la Santa Cena, podemos preguntarnos: “¿Qué desea Él que haga?”. A medida que recordamos a Jesucristo a lo largo de la semana y nos esforzamos por guardar Sus mandamientos, nuestra vida gradualmente se refina y transforma. Las preguntas de “¿Por qué yo?” serán reemplazadas por “¿Qué puedo aprender y qué puedo cambiar?”.
Cuarto, los convenios. Hacer convenios y permanecer en la senda de los convenios son compañeros inseparables. Los convenios crean un vínculo entre nosotros y Dios, y permanecer en la senda de los convenios trae consigo las bendiciones prometidas que provienen de ese vínculo. Adorar en la Casa del Señor —el templo— es vital para permanecer en la senda de los convenios.
El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “Cuando honramos esos convenios al guardar [los] mandamientos [del Padre Celestial y Jesucristo] y [al] seguir Su plan de redención, las bendiciones que Ellos nos prometen nos permiten elevarnos a alturas celestiales” (“Seguir a Cristo”, Liahona, noviembre de 2024, pág. 24).
¡Qué promesa, mis amigos! Recuerden que las pruebas pueden venir; sin embargo, al adorar en el templo y recordar nuestros convenios, recibimos dirección personal del Señor que nos guiará a lo largo de la senda de los convenios.
Mis amados hermanos y hermanas, los invito a recordar siempre las Escrituras, las oraciones, la Santa Cena y los convenios. Aunque parezcan cosas pequeñas y sencillas, ¡en verdad son la armadura de Dios que nos ayudará a hacer frente a las tácticas del diablo!
Les doy mi testimonio de que tenemos un amoroso Padre Celestial y de que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. El presidente Dallin H. Oaks es, en verdad, el portavoz de Dios en la tierra hoy en día. En el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.
Un comentario
En este discurso “La inmunidad espiritual”, del élder Christian C. Chigbundu, de los Setenta, podemos considerar una pregunta cercana a nuestra vida: ¿cómo fortalecernos espiritualmente para afrontar las preocupaciones, las tentaciones y las pruebas? A partir de lo aprendido durante la crisis sanitaria de 2020, el orador utiliza la inmunidad como una metáfora de la fortaleza que desarrollamos al acercarnos a Jesucristo y vivir Su evangelio.
Esta metáfora nos invita a comprender que la preparación espiritual necesita cuidado constante. Las dificultades pueden llegar aun cuando procuramos ser fieles. El discurso reconoce esa realidad y dirige nuestra atención hacia la ayuda que podemos recibir del Señor: orientación para tomar decisiones, valor para perseverar y fortaleza para llevar cargas que quizá no desaparezcan de inmediato.
El élder Chigbundu presenta cuatro prácticas fundamentales: el estudio de las Escrituras, la oración, la Santa Cena y los convenios. Al describirlas como cosas pequeñas y sencillas, destaca el efecto profundo que pueden tener cuando forman parte de nuestra vida. Las Escrituras nos ayudan a conocer al Señor; la oración nos acerca al Padre Celestial; la Santa Cena fortalece nuestro compromiso con el Salvador; y los convenios establecen un vínculo con Dios que orienta nuestro camino.
Durante este análisis examinaremos cómo estas prácticas pueden transformar nuestra manera de responder a las pruebas. La experiencia del joven misionero muestra cómo el estudio de las Escrituras puede fortalecer el testimonio y dar sentido al servicio. El relato de la hermana que afrontaba el cáncer nos permitirá reflexionar sobre la paz que surge al reconocer el amor del Salvador mientras continúa una dificultad.
Con estas enseñanzas como punto de partida, buscaremos comprender cómo cultivar una fe constante y una relación más profunda con Jesucristo. La invitación es a mirar nuestros hábitos cotidianos y reconocer qué podemos fortalecer para recibir Su guía y afrontar la vida con mayor esperanza.
Enseñanzas principales
La inmunidad espiritual se fortalece con prácticas pequeñas y constantes
El élder Christian C. Chigbundu utiliza la expresión “inmunidad espiritual” para explicar cómo podemos prepararnos para afrontar las tentaciones y los desafíos de la vida. Su mensaje nos invita a cuidar nuestra relación con Dios mediante prácticas constantes que alimenten la fe y nos ayuden a reconocer Su dirección.
Esta preparación se desarrolla en decisiones cotidianas: dedicar tiempo a las Escrituras, orar con sinceridad, participar de la Santa Cena y vivir nuestros convenios. Aunque sus efectos no siempre sean inmediatos, estas prácticas pueden fortalecer nuestra capacidad de responder con fe cuando llegan las dificultades. La metáfora de la inmunidad describe esa fortaleza interior; no implica que una persona fiel quede libre del sufrimiento.
Al recordar la enseñanza de Alma de que “por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas”, el orador destaca el valor de la constancia. Una oración sincera, un pasaje meditado o una decisión de obedecer pueden parecer pequeños actos. Sin embargo, cuando se repiten con intención, van formando nuestros deseos y nuestra manera de actuar. Esta enseñanza nos anima a comenzar con lo que podemos hacer hoy y a confiar en que el crecimiento espiritual suele ocurrir poco a poco.
Estudiar las Escrituras nos ayuda a conocer al Señor
El élder Chigbundu explica que el estudio de las Escrituras permite adquirir conocimiento y, especialmente, conocer al Señor. Al aprender sobre Su carácter, Sus enseñanzas y Su trato con las personas, encontramos razones para confiar en Él. Cuando ponemos en práctica lo aprendido, Su palabra comienza a influir en nuestra manera de pensar y de responder a los problemas.
La experiencia del joven misionero muestra ese proceso. El estudio diario del Libro de Mormón lo ayudó a comprender su propósito y encontrar gozo en su servicio. Su historia nos invita a estudiar con una intención personal: buscar qué aprendemos de Jesucristo y cómo podemos seguirlo. El beneficio espiritual crece cuando la lectura se convierte en reflexión y acción.
La oración puede fortalecernos mientras seguimos llevando una carga
La hermana que afrontaba el cáncer expresó que, al orar diariamente, reconocía el amor del Salvador y Su mano a su alrededor. Su experiencia muestra que la oración puede ayudarnos a sentir cercanía con Dios incluso mientras una enfermedad o una preocupación continúa.
El discurso enseña que no siempre se nos quitará la carga, pero podemos recibir fortaleza para llevarla. Orar nos permite expresar nuestros temores, pedir dirección y buscar ayuda. A veces esa ayuda se manifiesta en paz; otras veces, en una idea, en la compañía de alguien o en la capacidad de dar el siguiente paso. La oración sostiene una relación en la que aprendemos a confiar y a escuchar.
La Santa Cena y los convenios nos ayudan a vivir lo que hemos prometido
El élder Chigbundu presenta la Santa Cena como una ordenanza que fortalece nuestra relación con Jesucristo. Recordar Su sacrificio y renovar nuestro compromiso de seguirlo nos ofrece una oportunidad para examinar la vida y preguntarnos: “¿Qué desea Él que haga?”.
Esa pregunta puede acompañarnos después de la reunión sacramental. Recordar al Salvador influye en cómo hablamos, cómo tratamos a otras personas y cómo respondemos a una dificultad. El orador propone pasar de “¿Por qué yo?” a “¿Qué puedo aprender y qué puedo cambiar?”. Este cambio de enfoque puede ayudarnos a actuar con esperanza, sin exigir que dejemos de sentir dolor o que comprendamos de inmediato el propósito de cada prueba.
Esa renovación nos lleva a los convenios. El discurso une dos responsabilidades: hacer convenios y permanecer en la senda de los convenios. Las promesas que hacemos a Dios deben encontrar expresión en nuestras decisiones. Honrarlas requiere recordar nuestros compromisos, procurar la obediencia y arrepentirnos cuando necesitamos corregir el rumbo.
El templo ocupa un lugar importante en esta enseñanza. Adorar en la Casa del Señor puede ayudarnos a recordar nuestro propósito eterno y buscar dirección personal. Esa orientación debe llevarse después al hogar y a la vida cotidiana. La relación de convenio se fortalece al vivir lo que hemos prometido.
Las pruebas no deben interpretarse automáticamente como abandono de Dios
El élder Chigbundu cita al presidente Henry B. Eyring para recordar que las pruebas pueden ser ocasiones de refinamiento y fortaleza. Esta enseñanza nos ayuda a evitar la conclusión de que una dificultad demuestra que el Señor se ha alejado de nosotros.
Podemos atravesar momentos dolorosos mientras seguimos siendo amados por Dios. No siempre conoceremos las razones de lo que ocurre, pero podemos buscar Su ayuda y permitir que nuestras respuestas desarrollen paciencia, humildad y compasión. El discurso nos invita a enfrentar las pruebas con confianza en la presencia y el cuidado del Señor.
Puntos doctrinales
La fe en Jesucristo como fundamento de la fortaleza espiritual
Las prácticas que presenta el discurso tienen un centro común: acercarnos a Jesucristo. La fortaleza espiritual surge al aprender a confiar en Él, recibir Su ayuda y responder a Sus enseñanzas.
Ejercer fe incluye actuar: estudiar, orar, arrepentirse y cumplir los convenios. También implica confiar cuando todavía no vemos cómo se resolverá una situación. La fe puede ayudarnos a avanzar con valor y a buscar la guía del Salvador en medio de nuestra incertidumbre.
Las Escrituras y el Espíritu Santo: conocer la palabra de Dios y recibir Su guía
El orador invita a escudriñar las Escrituras diligentemente para conocer la palabra de Dios. Estas conservan enseñanzas, testimonios y experiencias que nos permiten comprender mejor al Señor y Su plan.
El estudio significativo de las Escrituras propicia la guía del Espíritu Santo. Esa guía puede ayudarnos a reconocer una verdad, examinar una decisión o comprender qué debemos cambiar. Para recibir ese beneficio, necesitamos acompañar la lectura con reflexión y disposición a poner en práctica lo aprendido.
Desde el comienzo, el élder Chigbundu pide la ayuda del Espíritu Santo para comprender su mensaje. Después relaciona Su influencia con el estudio de las Escrituras y con las promesas de la Santa Cena. El Espíritu Santo nos ayuda a reconocer la verdad, recordar al Salvador y discernir cómo actuar. Cultivar esa compañía requiere procurar la obediencia, el arrepentimiento y la atención a Sus impresiones. La fortaleza espiritual incluye aprender a reconocer esa guía y responder a ella.
La oración y el poder del Señor para sostenernos en las pruebas
La invitación “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros” expresa la disposición del Señor a recibir a quienes lo buscan. La oración es una manera de cultivar esa cercanía y acudir al Padre Celestial con nuestras necesidades.
Orar con fe incluye pedir, agradecer y escuchar, procurando aceptar Su voluntad. Las respuestas pueden llegar de formas y en tiempos distintos de los que esperamos. El discurso destaca que la oración puede fortalecer nuestra confianza y ayudarnos a reconocer el amor de Dios aun durante una aflicción.
Esa cercanía con Dios también nos sostiene en las pruebas. La referencia a Mosíah 24:14–15 enseña que Dios puede aliviar la experiencia de una carga fortaleciendo a quienes la llevan. Su ayuda puede manifestarse antes de que cambien las circunstancias.
Esta doctrina nos permite buscar fortaleza además de pedir soluciones. Podemos necesitar paciencia, discernimiento, consuelo o capacidad para perseverar. Recibir esa ayuda no impide acudir también a personas y recursos que puedan acompañarnos; el cuidado del Señor puede llegar mediante ellos.
La Santa Cena, los convenios y el templo: vivir lo que hemos prometido
La Santa Cena dirige nuestra atención al sacrificio del Salvador. Las oraciones sacramentales expresan compromisos relacionados con tomar sobre nosotros Su nombre, recordarlo y guardar Sus mandamientos, junto con la promesa de la compañía de Su Espíritu.
Participar de esta ordenanza con reverencia nos invita a renovar nuestra disposición a seguirlo. Recordarlo siempre significa procurar que Su ejemplo influya en nuestra vida más allá del momento de participar. La Santa Cena puede convertirse así en un punto de renovación espiritual que oriente nuestras decisiones durante la semana.
Esa renovación nos lleva a los convenios. El élder Chigbundu enseña que los convenios crean un vínculo entre nosotros y Dios. Dentro de esa relación hacemos compromisos y recibimos promesas del Señor. Honrar los convenios requiere fidelidad y arrepentimiento continuo. Las bendiciones prometidas se reciben conforme a las condiciones establecidas por Dios y a Su sabiduría. Esta relación nos ofrece un fundamento para perseverar y recordar a quién hemos elegido seguir cuando enfrentamos presiones o dificultades.
El discurso destaca la adoración en el templo como parte de permanecer en la senda de los convenios. En la Casa del Señor podemos recordar nuestras promesas y contemplar la vida desde una perspectiva eterna. La dirección personal que buscamos allí requiere atención y disposición para actuar. Esa influencia puede extenderse a nuestras relaciones familiares, nuestras prioridades y nuestro servicio. Adorar en el templo nos invita a llevar sus enseñanzas a la manera en que vivimos cada día.
La armadura de Dios y el discipulado como proceso de transformación
Al final, el orador describe las Escrituras, las oraciones, la Santa Cena y los convenios como parte de la armadura de Dios. Estas prácticas nos ayudan a reconocer y afrontar las influencias que buscan alejarnos del Señor.
La protección espiritual exige una participación activa. Necesitamos cuidar nuestras decisiones, atender las advertencias del Espíritu y volver a Cristo cuando fallamos. La imagen de la armadura destaca la importancia de una preparación constante y de nuestra dependencia del poder de Dios.
Esa preparación forma parte de un proceso más amplio. El discurso enseña que nuestra vida puede refinarse y transformarse al recordar a Jesucristo y esforzarnos por guardar Sus mandamientos. Ser discípulo implica un crecimiento que continúa durante toda la vida. Ese proceso ocurre mediante aprendizaje, arrepentimiento y decisiones repetidas de fidelidad. Las prácticas pequeñas y sencillas ofrecen oportunidades para recibir la influencia del Salvador y desarrollar cualidades cristianas. Así, la fortaleza espiritual se manifiesta en una mayor disposición para amar, servir y perseverar.
Comentario final
Al concluir este estudio del discurso “La inmunidad espiritual”, del élder Christian C. Chigbundu, comprendemos que nuestra fortaleza espiritual se cultiva en la relación diaria con Jesucristo. Las preocupaciones y las pruebas forman parte de la vida, pero podemos afrontarlas con mayor esperanza cuando damos espacio a Su palabra, buscamos Su ayuda y recordamos los compromisos que hemos hecho con Él.
Las enseñanzas del discurso nos llevan a valorar cuatro prácticas: el estudio de las Escrituras, la oración, la Santa Cena y los convenios. Cada una contribuye a acercarnos al Señor. Las Escrituras nos ayudan a conocerlo; la oración nos permite confiarle nuestras necesidades; la Santa Cena renueva nuestra disposición a seguirlo; y los convenios orientan nuestras decisiones hacia un propósito eterno. El efecto de estas prácticas crece cuando las vivimos con sinceridad y constancia.
Los puntos doctrinales que hemos considerado muestran que esta preparación depende de la fe en Jesucristo y de la guía del Espíritu Santo. El Señor puede fortalecernos mientras seguimos llevando una carga. Su ayuda puede llegar como consuelo, dirección o valor para dar el siguiente paso. Por eso, atravesar una dificultad no significa que hayamos sido abandonados. Podemos buscar Su presencia aun cuando todavía no comprendamos lo que estamos viviendo.
La invitación final es examinar nuestros hábitos con honestidad y elegir algo que podamos fortalecer. Quizás necesitemos estudiar las Escrituras con mayor atención, orar con más sinceridad o prepararnos mejor para participar de la Santa Cena. También podemos recordar un convenio y preguntarnos cómo honrarlo en el hogar, en el trabajo o en nuestras relaciones.
El cambio espiritual suele comenzar con una decisión pequeña. Al repetirla con fe, permitimos que las enseñanzas del Salvador formen nuestro carácter. Que este estudio nos anime a acercarnos a Él cada día, confiando en que Su gracia y Su dirección pueden ayudarnos a vivir con mayor paz, amar con más profundidad y perseverar en medio de los desafíos.


























