Un ayuno más elevado y más santo

Conferencia General Octubre 2026

Un ayuno más elevado y más santo

Por el élder Ulisses Soares
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Cuando se observa con gozo y se combina con la oración y la generosidad, el ayuno brinda una comunión más dulce con el Señor y una conexión más profunda y personal con Él.


Mis amados hermanos y hermanas, he meditado con espíritu de oración en las sagradas bendiciones que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado, Jesucristo, nos ofrecen conforme nos acercamos más a Ellos mediante la observancia sincera y fiel de la ley del ayuno. Esta mañana testifico, desde lo más profundo de mi corazón, del poder espiritual santificador que fluye en nuestra vida al esforzarnos por vivir esta ley de una manera más elevada y más santa. Este divino modelo de devoción brinda fortaleza, guía, paz y ayuda divina para sostenernos a lo largo de nuestra travesía terrenal.

El llamado del Señor a ayunar en estos últimos días es un eco del mensaje que dio a través del profeta Isaías, del Antiguo Testamento: un mensaje de sanación, del poder de los convenios y de la bendición divina que se sigue ofreciendo a todos los hijos de Dios. En Isaías 58, el Señor elevó la visión de Su pueblo del convenio más allá de la observancia externa de esta ley. También reveló su propósito divino como un acto de adoración que forja y refina nuestro discipulado, y nos acerca más a Él.

Isaías registró de manera hermosa las bendiciones prometidas a quienes vivan fielmente esta ley:

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se manifestará pronto. […]

“Entonces invocarás, y te responderá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí”.

¡Qué tierna promesa! Luz después de la oscuridad, sanación después del cansancio y la consoladora certeza de que cuando invocamos al Señor, Él está cerca. El presidente Joseph F. Smith enseñó que el ayuno adecuado “hace que […] el cuerpo quede sujeto al espíritu y, de ese modo, promueve la comunión con el Espíritu Santo” y que “esta ley [nos] llevaría […] más cerca de Dios”.

El ayuno sincero y fiel va acompañado de oración ferviente y deliberada. Al elevar nuestro corazón al Señor con humildad, el ayuno se convierte en una expresión de nuestro deseo de acercarnos a Él, comunicar los verdaderos anhelos de nuestro corazón y comprender Su voluntad para nosotros. Mediante la unión del ayuno y de la oración se profundizan nuestra fe, amor y devoción a Él. Nos volvemos más humildes y más conscientes de nuestra completa dependencia del Señor. Nuestro corazón se ablanda, nuestra alma se vuelve más receptiva a la influencia del Espíritu Santo, y estamos mejor preparados para recibir revelación personal y avanzar por la senda de los convenios.

Este modelo divino halla su expresión más elevada y más santa en la vida de Jesucristo. Como en todas las cosas, el Salvador no se limitó a enseñar principios divinos, Él los ejemplificó a la perfección. Antes de que comenzara Su ministerio terrenal, se retiró al desierto y pasó cuarenta días en comunión con Su Padre. Él era el Hijo Unigénito de Dios en la carne y, de todas las cosas que podría haber hecho a fin de prepararse para Su sagrada misión, escogió procurar fortaleza espiritual y alinearse completamente con la voluntad de Su Padre mediante el ayuno y la oración fervientes. Espiritualmente fortalecido, el Salvador triunfó sobre las tentaciones del adversario, comenzó Su ministerio terrenal y cumplió Su divino destino como Redentor del mundo. Su ejemplo nos enseña que el ayuno y la oración quizás no quiten todas las cargas de nuestro camino, pero acercan el cielo y nos invisten con poder divino para vencer o sobrellevar cualquier circunstancia que afrontemos, dándonos la fortaleza espiritual para permanecer fieles a la voluntad del Padre.

Adoptar este santo modelo del ayuno es más que una prueba física de abstinencia o una petición de bendiciones específicas; es una edificadora expresión de fe y confianza en el Señor, mediante la cual nuestro corazón se llena de regocijo al tener una comunión más profunda con Él; es una manera de alinear nuestros deseos con Sus propósitos y nuestras expectativas con Su sabiduría. Incluso cuando las respuestas no llegan del modo que esperamos, el ayuno y la oración nos ayudan a desarrollar una mayor confianza en el Señor, en nuestros convenios con Él y en Su plan para nuestra vida, así como una mayor disposición a aceptar Su voluntad.

Mediante esta santa ley, el Señor también nos invita a mirar más allá de nosotros mismos y volver el corazón hacia Sus hijos. Isaías enseñó que un ayuno aceptable nos ayuda a “dejar libres a los quebrantados y romper todo yugo”. El profeta José Smith enseñó cierta vez que “un hombre lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo anheloso de bendecir a toda la raza humana”. Por tanto, nuestro ayuno se convierte no solo en un acto personal de devoción a Dios, sino también en una expresión externa de caridad y amor a la manera de Cristo.

En nuestros días, nuestro deseo de “dejar libres a los quebrantados y romper todo yugo”, como enseñó el Señor por medio del profeta Isaías, halla una expresión tangible en las ofrendas de ayuno generosas. Cada contribución refleja un corazón dispuesto, fe en el Señor Jesucristo y el deseo sincero de bendecir a los necesitados. Ese espíritu de generosidad también refleja el ejemplo del Salvador mismo. Él descendió del cielo, moró entre los hijos de los hombres y sufrió “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases […], a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos”. Conforme seguimos Su ejemplo perfecto al procurar socorrer a los hijos de Dios, nuestros corazones se tornan hacia las necesidades de los demás y llegamos a estar mejor preparados para ministrar de una manera más semejante a la de Cristo.

Aunque nuestras ofrendas de ayuno puedan parecer pequeñas y sencillas, se convierten en consagradas expresiones de compasión, preocupación y servicio. Al dar generosamente —no solo para el beneficio de los necesitados, sino también como expresión de nuestro amor por el Señor y nuestro compromiso para con Su obra— consagramos a Él tanto nuestros recursos como nuestro tiempo. Al hacerlo, damos más plenamente de nosotros mismos a la edificación del Reino de Dios. A medida que reconocemos ese espíritu de consagración, el Señor nos guía y fortalece para que lleguemos a ser instrumentos en Sus manos.

He sido testigo de cómo las bendiciones del ayuno a menudo llegan a la vida de las personas de forma silenciosa y tierna: ablandando corazones, fortaleciendo testimonios, santificando almas y transformando vidas. También he visto las sagradas bendiciones que reciben aquellos que vuelven su corazón hacia los hijos de Dios mediante ofrendas de ayuno generosas. En lo personal, he sentido más inspiración y revelación al haber procurado vivir esta ley con mayor sinceridad. Cuando se observa con gozo y se combina con la oración y la generosidad, el ayuno brinda una comunión más dulce con el Señor y una conexión más profunda y personal con Él.

Mis queridos hermanos y hermanas, los invito a meditar con espíritu de oración en las enseñanzas de Isaías y a reconocer con mayor intención el propósito divino de la ley del ayuno de una manera más elevada y más santa como parte de nuestra adoración. Conforme lo hagan, les prometo, en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo, que habrá milagros en su vida. Se acercarán más al Salvador, recibirán fortaleza para superar sus debilidades y serán más perceptivos ante las necesidades de los demás. Mediante esta práctica divinamente señalada, el Señor nos santificará y derramará Su Espíritu y Sus bendiciones más abundantemente en nuestra vida.

Doy mi solemne testimonio de que, conforme recordemos, restauremos y honremos más plenamente el sagrado propósito de la ley del ayuno con un corazón sincero, el Señor cumplirá las promesas declaradas por Isaías: “Nacerá [nuestra] luz como el alba”; nuestra “salud se manifestará pronto”; entonces “invocar[emos], y [nos] responderá Jehová; clamar[emos], y dirá él: Heme aquí”. De estas cosas doy mi testimonio en Su santo nombre, sí, Jesucristo. Amén.


Comentario

El élder Ulisses Soares invita a comprender el ayuno como un acto de adoración que une la oración, la confianza en Dios y la generosidad hacia los demás. Cuando se observa “con gozo”, el ayuno brinda una comunión más dulce con el Señor y una conexión más profunda y personal con Él.

Su mensaje se apoya en Isaías 58, donde el Señor elevó la visión de Su pueblo del convenio más allá de la observancia externa de esta ley. Vivir el ayuno de una manera “más elevada y más santa” significa atender su propósito divino: acercarnos a Dios y volver el corazón hacia Sus hijos.

Este discurso nos permite examinar nuestra manera de ayunar: qué buscamos, cómo oramos, cómo respondemos a la voluntad del Señor y qué lugar ocupan los necesitados en nuestra adoración.

Sus enseñanzas 

El ayuno es un acto de adoración que refina nuestro discipulado.
El élder Soares enseña que esta ley forja y refina nuestro discipulado y nos acerca más al Señor. Abstenernos de alimentos no basta; el ayuno cobra sentido cuando nos acerca a Dios y orienta nuestra conducta.
Antes de ayunar, preguntarnos qué deseamos aprender o cambiar, y al terminar, qué sentimos que el Señor nos enseñó.

La oración da dirección al ayuno.
El ayuno sincero va acompañado de oración “ferviente y deliberada”. Al unirlos, comunicamos los verdaderos anhelos de nuestro corazón, comprendemos mejor la voluntad del Señor y nos volvemos más conscientes de nuestra dependencia de Él.
Comenzar y concluir el ayuno con oración, y dedicar momentos intermedios a escuchar, no solo a pedir.

Jesucristo es el modelo perfecto.
Antes de comenzar Su ministerio, el Salvador pasó cuarenta días en comunión con Su Padre. Aunque era el Hijo Unigénito, escogió prepararse mediante el ayuno y la oración. El discurso aclara que esto quizás no quite todas las cargas, pero acerca el cielo y da poder para vencerlas o sobrellevarlas.
Ante una decisión o una prueba, no pedir solamente alivio, sino también fortaleza para permanecer fieles.

El ayuno nos ayuda a confiar en la voluntad del Señor.
No es solo una petición de bendiciones específicas. Es una manera de alinear nuestros deseos con Sus propósitos y nuestras expectativas con Su sabiduría. Aun cuando las respuestas no llegan como esperamos, aumenta nuestra confianza en el Señor y en Su plan.
Expresar con sinceridad lo que deseamos, pero mantenernos dispuestos a recibir una respuesta distinta.

La generosidad forma parte de un ayuno aceptable.
Por medio del ayuno, el Señor nos invita a mirar más allá de nosotros mismos. Las ofrendas de ayuno son una expresión tangible del deseo de “dejar libres a los quebrantados y romper todo yugo”. Aunque parezcan pequeñas, se convierten en expresiones consagradas de compasión y servicio.
Dar con generosidad conforme a nuestras posibilidades y buscar también la manera de servir personalmente.

Las bendiciones llegan a menudo de forma silenciosa.
El élder Soares ha visto cómo el ayuno ablanda corazones, fortalece testimonios, santifica almas y transforma vidas. También testifica de la inspiración y la revelación que ha recibido al vivir esta ley con mayor sinceridad.
Reconocer y agradecer los cambios graduales: más paciencia, más confianza en Dios, más sensibilidad hacia los demás.

Los puntos doctrinales

El ayuno acerca nuestro espíritu a Dios y lo fortalece.
El discurso cita al presidente Joseph F. Smith: el ayuno adecuado hace que el cuerpo quede sujeto al espíritu y promueve la comunión con el Espíritu Santo. Al ayunar aprendemos a gobernar nuestros apetitos y a dar prioridad a lo espiritual. Así, esta ley nos lleva “más cerca de Dios” y nos prepara para que el Señor nos santifique.

El ayuno y la oración preparan para la revelación personal.
La humildad y la dependencia del Señor ablandan el corazón y hacen el alma más receptiva al Espíritu Santo. Ayunar no nos da control sobre la respuesta; nos prepara para procurarla y reconocerla, y para avanzar por la senda de los convenios.

La verdadera confianza acepta la voluntad de Dios.
El ayuno es una expresión de fe que no exige resultados específicos. Jesucristo es el ejemplo central: alineó Su voluntad por completo con la del Padre. Esta confianza permite perseverar cuando la respuesta tarda o es distinta de la que esperábamos.

La adoración a Dios se expresa en el amor a Sus hijos.
Isaías 58 muestra que el ayuno aceptable tiene una dimensión social. El discurso añade la enseñanza del profeta José Smith: quien está lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solo a su familia, sino que anhela bendecir a toda la humanidad. Así, el ayuno es a la vez un acto de devoción a Dios y una expresión de caridad “a la manera de Cristo”.

Seguir el ejemplo del Salvador nos prepara para ministrar.
El élder Soares recuerda que el Salvador sufrió “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases” (Alma 7:11) para saber cómo socorrer a Su pueblo. Al seguir Su ejemplo y volver el corazón hacia las necesidades de otros, llegamos a ministrar de una manera más semejante a la de Cristo.

La consagración incluye recursos, tiempo y a nosotros mismos.
Dar generosamente expresa amor al Señor y compromiso con Su obra. Al consagrar nuestros recursos y nuestro tiempo, damos más plenamente de nosotros mismos para edificar el Reino de Dios, y el Señor nos fortalece para ser instrumentos en Sus manos.

Las promesas de Isaías se cumplen según la sabiduría del Señor.
Luz después de la oscuridad, sanación y la certeza de que el Señor responde: “Heme aquí”. El discurso también enseña que la ayuda divina puede manifestarse como una solución, como orientación o como fortaleza para perseverar. El élder Soares promete “milagros” en la vida de quienes honren esta ley: mayor cercanía al Salvador, fortaleza para superar debilidades y mayor sensibilidad ante las necesidades ajenas.

Comentario final 

“Un ayuno más elevado y más santo” nos invita a revisar el corazón con el que observamos esta ley. Podemos preguntarnos si nuestro ayuno está acompañado de oración sincera, de disposición para aceptar la voluntad de Dios y de atención a quienes necesitan ayuda.

El ejemplo de Jesucristo nos enseña a procurar fortaleza espiritual para permanecer fieles, incluso cuando las cargas no desaparecen. Isaías nos recuerda que la adoración verdadera nos vuelve hacia los quebrantados. Y el élder Soares añade un matiz que no conviene pasar por alto: este ayuno debe vivirse con gozo.

Al unir estas enseñanzas, comprendemos que acercarnos al Señor también nos acerca a Sus hijos. La próxima vez que ayunemos, podemos hacerlo con un propósito más consciente: escuchar, confiar y servir. Quizás reconozcamos las bendiciones en una respuesta esperada, pero también las encontraremos en un corazón más paciente, una voluntad más humilde o una mayor capacidad para aliviar las cargas de otra persona.

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