Conferencia General Octubre 2026
El poder infinito de Dios en nuestros convenios
Por el élder Jeremiah J. Morgan
De los Setenta
Los convenios con Dios se extienden por todo el tiempo y todo el espacio.
Cuando era adolescente y me preparaba para ir a la escuela, mi madre me leía el Libro de Mormón en voz alta, cada día, ya sea que yo la escuchara o no.
Por lo tanto, podrían suponer que me crie en una familia que pertenecía a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, no fue así. Mi familia era miembro de otra iglesia que también cree en el Libro de Mormón y en la misión profética de José Smith. Estoy profundamente agradecido por ese legado, un legado que comenzó con mis tataratatarabuelos, Francis y Mary Ann Case, quienes fueron bautizados por Oliver Cowdery en 1831 y ayudaron a establecer Nauvoo y a edificar la Casa del Señor.
No viajaron al oeste con los santos; sin embargo, fui criado con el conocimiento y testimonio del profeta José Smith. De hecho, mi madre me puso mi segundo nombre, Joseph, en honor al Profeta de la Restauración. Y me dio mucho más que eso. Ella me enseñó acerca del Evangelio restaurado y del Libro de Mormón.
Solo hay dos cosas que recuerdo de esa lectura del Libro de Mormón que me hacía mi madre: “Y aconteció que” y “guerras y rumores de guerras”. Solamente eso.
Pero más allá de las palabras que escuchara o no escuchara, sabía que el Libro de Mormón era importante para mi madre. Y sabía que ella sabía que era verdad. A pesar de ser madre soltera, ella hizo un esfuerzo extraordinario por leerme el Libro de Mormón todos los días hasta terminarlo. Al hacerlo, ella estaba cumpliendo la admonición del Señor, quien dijo: “Recuerden el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón”.
La lección que aprendí es esta: Nunca se desperdicia tiempo ni esfuerzo al leer el Libro de Mormón. Ni para ti, ni para tus hijos, ni para tu familia, ni para nadie.
Gracias a los extraordinarios esfuerzos de mi madre, supe que el Libro de Mormón era verdadero y que José Smith era un profeta de Dios. Aun así, me sentía confundido e inseguro en cuanto a dónde estaba la verdadera Iglesia de Jesucristo. Cuando tenía catorce años, comencé a cuestionar la iglesia de mi infancia. Conocía a miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; eran mis amigos.
Todo eso me llevó a buscar sinceramente la verdad. Así que, durante dos meses, asistí a la congregación de mi familia y, en secreto —escondido entre las cortinas plegables del área de extensión del salón sacramental— asistí a una congregación de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. No puedo expresar completamente la gratitud que siento por la educación y el conocimiento que recibí durante mi crianza; aun así, llegué a saber que esta es la Iglesia del Señor.
Pasaría algún tiempo antes de que pudiera unirme a la Iglesia y, aunque enfrenté preguntas y desilusiones por parte de mi familia, se me había dado un don: un testimonio. Y en las palabras del profeta José Smith: “Yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo”.
Yo estaba contando esta experiencia y reflexionando sobre cómo un joven como yo podría haber tenido interés en la religión. Hubo muchas buenas influencias en mi vida, de seguro, pero eso no parecía explicarlo todo. Mientras reflexionaba en voz alta sobre este tema, mi esposa, Rebecca, dijo: “¡Ya sé lo que fue! Fueron los convenios”.
Verán, mis antepasados hicieron convenios en el templo durante el tiempo que ellos estuvieron reunidos con los santos en Nauvoo. Entonces, Rebecca leyó algunas de las hermosas y reconfortantes enseñanzas proféticas sobre este tema, las cuales indican que gracias al “sellamiento eterno de padres fieles y las divinas promesas que se les hayan hecho […], aunque algunas ovejas se descarríen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán los brazos de la Divina Providencia que se extienden hacia ellas y las traen de nuevo al rebaño”.
Eran los convenios; lo sentí en ese momento. Y en esas palabras, comenzamos a sentir el asombroso poder de Dios en nuestros convenios.
El presidente Dallin H. Oaks ha dicho que para los convenios “no ‘hay días libres’”.
Aunque la fidelidad a los convenios de padres y abuelos no altera el albedrío de los hijos y nietos, hay un impacto perceptible de esos convenios en toda nuestra posteridad.
Fueron los convenios los que habían influido en mí, no mis propios convenios, sino los convenios que habían hecho quienes me precedieron. El poder de Dios en esos convenios se extendió hasta mí. Como ha enseñado el élder Patrick Kearon: “[Él] emplea toda medida posible para llevar[nos] de regreso”.
Es exactamente como el Señor se lo reveló al profeta José Smith: “Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá hacia sus padres”.
Podemos ver que esa promesa se cumple en nuestros días. En el Libro de Mormón, el Señor hizo un convenio con Enós de que el resto del pueblo que vivía en ese momento recibiría algún día sus palabras y la plenitud del Evangelio de Jesucristo. ¿Tenía ese convenio un plazo límite? Ese convenio tardaría más de 2000 años en cumplirse. Por lo tanto, no, no hay límite para el poder de Dios en nuestros convenios.
Los convenios con Dios están llenos de un poder incalculable. No solo bendicen al que hace el convenio, sino que tienen un impacto generacional. ¡Todos somos los beneficiarios previstos de innumerables convenios! Al igual que el gran poder vinculante de la gravedad que se extiende por todo el universo, los convenios con Dios se extienden por todo el tiempo y todo el espacio.
Si se preguntan si ustedes o un ser querido se han alejado tanto que el amor de Dios y el poder de Su convenio no pueden llegar a ustedes, les digo que no es así. Como dijo el presidente Jeffrey R. Holland de manera tan hermosa: “No han viajado más allá del alcance del amor divino. No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la Expiación de Cristo”.
La Expiación de Jesucristo es el cumplimiento de la mayor promesa que Dios hizo: que Jesucristo sería nuestro Salvador y Redentor. El poder y el alcance de ese convenio son infinitos y eternos.
Puede que algunos estén clamando ahora mismo con palabras como estas: “Oh Dios, ¿en dónde estás? Mi hijo está pasando por dificultades”. Consuélense, Dios los escucha y contestará sus oraciones en Su propio tiempo y a Su propia manera. Guarden sus convenios, esfuércense por ser fieles y “ha[gan] con buen ánimo cuanta cosa esté a [su] alcance; y entonces podr[án] permanecer tranquilos, con la más completa seguridad, para ver la salvación de Dios y que se revele su brazo”.
Testifico que el poder infinito de Dios está en nuestros convenios. Nunca se den por vencidos. Su historia, la historia de su familia, no se ha escrito completamente. Dios es el autor y el consumador de todo ello. Soy una demostración viva, real y creyente del amor de Dios y del poder de Dios en los convenios. Bendito sea el nombre del Señor, de quien testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.
Un comentario
Al comenzar el estudio del discurso “El poder infinito de Dios en nuestros convenios”, del élder Jeremiah J. Morgan, de los Setenta, podemos reconocer que nuestra fe a veces viene acompañada de preguntas que nacen del amor por nuestra familia: si nuestros esfuerzos por enseñar el Evangelio están dando fruto, si nuestras oraciones son escuchadas o si alguien querido que se ha alejado volverá a acercarse al Señor. El élder Morgan comienza con su propia historia. Su madre, a pesar de ser madre soltera, le leyó el Libro de Mormón en voz alta todos los días hasta terminarlo, lo escuchara él o no. Hoy solo recuerda dos expresiones de esas lecturas, pero sabía que el libro era importante para ella y que ella sabía que era verdadero. Esa constancia preparó su corazón aun cuando él no comprendía plenamente lo que recibía, y nos invita a pensar en el valor de una lectura compartida, una oración familiar o un ejemplo de fidelidad.
El mensaje adquiere una dimensión más amplia cuando el élder Morgan relaciona su búsqueda espiritual con los convenios que sus antepasados hicieron en el templo, en Nauvoo. Su esposa, Rebecca, lo ayudó a ver que su testimonio no se explicaba solo por las buenas influencias, sino por los convenios que hicieron quienes lo precedieron. Nuestras decisiones de hoy pueden contribuir a un legado espiritual que bendiga a quienes vendrán después de nosotros. Al mismo tiempo, el discurso aclara que esa influencia no altera el albedrío: cada persona conserva la responsabilidad de responder a las invitaciones de Dios. En el centro de esta esperanza está Jesucristo, cuya Expiación hace posible el arrepentimiento, la reconciliación y el regreso. Por eso podemos seguir amando y acompañando a nuestros seres queridos, sin considerar su situación actual como el desenlace definitivo de su vida.
Al comenzar este estudio, consideremos qué significa vivir nuestros convenios con mayor constancia y cómo podemos sostener la esperanza durante la espera. Podemos confiar en que Dios escucha nuestras oraciones y las contestará en Su propio tiempo y a Su propia manera. El élder Morgan nos invita a hacer cuanto esté a nuestro alcance y a confiar en el Señor respecto de aquello que no podemos controlar. Su mensaje nos recuerda que la historia de nuestra familia aún no está completamente escrita, y que podemos contribuir a ella mediante nuestra fidelidad, nuestras oraciones y nuestro amor.
Enseñanzas principales
1. Nunca se desperdicia el tiempo ni el esfuerzo de leer el Libro de Mormón
La experiencia del élder Morgan con su madre demuestra que la enseñanza espiritual puede producir efectos que no se ven de inmediato. Su madre, a pesar de ser madre soltera, le leyó el Libro de Mormón en voz alta todos los días hasta terminarlo. Aunque él recordaba solo dos expresiones de esas lecturas, había comprendido algo fundamental: ella consideraba aquel libro verdadero y sagrado. Su constancia comunicó un testimonio que iba más allá de las palabras.
Esta enseñanza anima a padres, maestros y líderes a perseverar sin medir el valor de sus esfuerzos únicamente por las respuestas inmediatas. Quien escucha puede parecer distraído y, aun así, estar aprendiendo del ejemplo de quien enseña. Leer las Escrituras juntos permite transmitir conocimiento y mostrar que la palabra de Dios merece un lugar en nuestra vida.
2. La búsqueda sincera de la verdad requiere actuar
El élder Morgan agradecía la formación religiosa de su infancia, pero también tenía preguntas sobre dónde encontrar la Iglesia de Jesucristo. A los catorce años comenzó a cuestionar, y durante dos meses asistió a la congregación de su familia y, en secreto, a una congregación de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Su experiencia muestra que las preguntas pueden convertirse en una oportunidad de crecimiento cuando se abordan con sinceridad y disposición para recibir respuestas.
Buscar la verdad exige humildad para reconocer lo que todavía no comprendemos y valor para actuar conforme a la luz recibida. La fe se fortalece cuando damos pasos hacia Dios. También podemos honrar el bien que hemos recibido de nuestra familia mientras procuramos profundizar nuestro conocimiento del Evangelio.
3. Los convenios influyen a través de las generaciones y se viven cada día
Una de las enseñanzas centrales del discurso es que las bendiciones de los convenios pueden alcanzar a la posteridad. El élder Morgan reconoce en su propia historia la influencia de los convenios que sus antepasados hicieron en Nauvoo. Esa perspectiva le permite comprender su acercamiento al Evangelio dentro de una historia familiar más amplia.
Esto nos invita a considerar el alcance de nuestras decisiones espirituales. La fidelidad de hoy puede contribuir al bienestar de quienes vendrán después de nosotros. Tal influencia no significa que los descendientes recibirán automáticamente la salvación, sino que Dios puede obrar a través de las promesas, el ejemplo y el legado de quienes han sido fieles.
Esa influencia se sostiene en una fidelidad diaria. La afirmación de que para los convenios no hay días libres destaca que nuestra relación con Dios requiere constancia. Los convenios deben orientar nuestras decisiones en el hogar, en el trabajo, en nuestras relaciones y en los momentos de dificultad.
Ser fieles implica recordar al Señor y procurar vivir de acuerdo con lo que le hemos prometido. También incluye arrepentirnos cuando fallamos y volver a Él. La perseverancia cotidiana permite que los convenios sean una realidad que transforme nuestra conducta y fortalezca nuestra confianza en Jesucristo.
4. Nadie está fuera del alcance del amor de Dios, y podemos perseverar aunque las respuestas tarden
El discurso ofrece esperanza a quienes sienten que ellos o sus seres queridos se han alejado demasiado. El élder Morgan enseña que la distancia espiritual no coloca a una persona fuera del alcance del amor divino ni de la Expiación de Jesucristo.
Esta enseñanza nos ayuda a evitar juicios definitivos sobre la vida de los demás. Podemos reconocer la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, confiar en la posibilidad del arrepentimiento. En nuestras relaciones, esa esperanza se expresa mediante la paciencia, el respeto y un amor que continúa invitando a acercarse al Salvador.
A veces la respuesta tarda. El élder Morgan recuerda el convenio del Señor con Enós para mostrar que los propósitos de Dios pueden cumplirse a lo largo de muchas generaciones. Nuestra perspectiva limitada no siempre nos permite reconocer cómo se están desarrollando Sus promesas.
Por eso, la espera requiere fe y acción. El discurso nos invita a guardar nuestros convenios y hacer con buen ánimo cuanto esté a nuestro alcance. Podemos orar, servir, enseñar y amar, mientras confiamos en el tiempo y la manera del Señor. La historia de una persona o de una familia no queda definida por su situación presente.
Puntos doctrinales
1. Los convenios establecen una relación sagrada con Dios, y el Libro de Mormón es el nuevo convenio
Un convenio es un acuerdo sagrado entre Dios y Sus hijos, cuyas condiciones Él establece. Al aceptarlo, nos comprometemos a obedecerle, y Él promete bendiciones conforme a Su voluntad y a nuestra fidelidad. En el discurso, los convenios aparecen como una expresión del compromiso de Dios con la redención de Sus hijos.
El poder de los convenios procede de Dios. Nuestra responsabilidad es honrarlos y confiar en Él. Comprender esto nos ayuda a vivir las ordenanzas y los compromisos del Evangelio con gratitud, reverencia y una disposición continua a seguir a Jesucristo.
La lectura del Libro de Mormón ocupa un lugar decisivo en la historia del élder Morgan. El discurso lo relaciona con el nuevo convenio y con el convenio del Señor con Enós de que el resto del pueblo recibiría algún día sus palabras y la plenitud del Evangelio. Ese convenio tardó más de dos mil años en cumplirse.
El Libro de Mormón invita a venir a Jesucristo y permite que personas de distintas épocas conozcan Sus enseñanzas. El cumplimiento de ese convenio muestra que Dios prepara medios para bendecir a Sus hijos mucho antes de que ellos puedan reconocerlos. Estudiarlo nos ayuda a recordar nuestras obligaciones con el Señor y a fortalecer nuestro testimonio del Salvador.
2. Las promesas de Dios pueden extenderse a la posteridad, sin anular el albedrío
El discurso enseña que los convenios tienen una dimensión familiar y generacional. El Señor puede bendecir a los descendientes de quienes han sido fieles, ofreciendo oportunidades e influencias que los inviten a recibir el Evangelio.
Esta doctrina debe entenderse junto con la responsabilidad personal. Los convenios de los antepasados no reemplazan la fe, el arrepentimiento ni las ordenanzas que cada persona necesita recibir. Nos dan motivos para confiar en la obra de Dios a favor de las familias y para perseverar en nuestra propia fidelidad.
Por eso el élder Morgan declara expresamente que la fidelidad de padres y abuelos no altera el albedrío de hijos y nietos. Dios invita, ilumina y ofrece ayuda, pero cada persona conserva la capacidad de aceptar o rechazar esas invitaciones. Esta verdad impide interpretar las promesas familiares como una garantía de salvación automática. También orienta nuestra manera de ayudar: podemos enseñar, testificar y acompañar, respetando las decisiones de los demás. La confianza en Dios debe ir unida al respeto por la libertad que Él concede a Sus hijos.
Los convenios del templo y la promesa de volver el corazón de los hijos hacia los padres muestran que la obra de salvación tiene una dimensión familiar. El Señor desea que las relaciones familiares puedan continuar eternamente mediante la autoridad y las ordenanzas que Él ha establecido. El discurso invita a contemplar los sellamientos con esperanza y responsabilidad. Las promesas eternas requieren fidelidad y no anulan el albedrío. Al honrar nuestros convenios y participar en la obra del templo, colaboramos en una obra que abarca tanto a nuestros antepasados como a las generaciones futuras.
3. Jesucristo y Su Expiación son el fundamento de nuestra esperanza
El discurso presenta la Expiación de Jesucristo como el cumplimiento de la promesa divina de proporcionar un Salvador y Redentor. Gracias a Él, el arrepentimiento y la reconciliación con Dios son posibles. Su poder redentor alcanza a todas las personas y generaciones.
Que la Expiación sea infinita no elimina la necesidad de responder al Salvador. Su Expiación nos invita a ejercer fe, arrepentirnos y seguirlo. Para quienes sufren por sus errores o por las decisiones de alguien amado, esta doctrina ofrece una esperanza firme: Jesucristo tiene poder para redimir, sanar y ayudar a comenzar de nuevo.
4. Dios escucha las oraciones y cumple Sus propósitos en Su tiempo
La invitación a hacer cuanto esté a nuestro alcance y después permanecer tranquilos expresa una relación entre esfuerzo y confianza. La fe nos mueve a actuar; la confianza nos permite entregar al Señor aquello que no podemos controlar.
Que una respuesta tarde no significa que Dios haya dejado de escuchar. Tampoco podemos asegurar cuándo o cómo cambiará una situación. Podemos, sin embargo, continuar viviendo el Evangelio con la certeza de que el Señor conoce a cada persona, escucha nuestras súplicas y obra con sabiduría y amor.
Comentario final
Al concluir este estudio del discurso “El poder infinito de Dios en nuestros convenios”, del élder Jeremiah J. Morgan, podemos reconocer que su mensaje nos invita a mirar nuestra vida desde una perspectiva eterna. Muchas veces evaluamos nuestros esfuerzos espirituales por lo que ocurre en el presente: si nuestros hijos escuchan, si una oración recibe respuesta o si alguien querido regresa al Evangelio. Sin embargo, el discurso muestra que los efectos de la fidelidad pueden manifestarse mucho después de lo que alcanzamos a observar. La experiencia de su madre lo ilustra: el joven Morgan recordaba pocas palabras de las lecturas del Libro de Mormón, pero había percibido la convicción de ella. Su constancia convirtió la lectura en una expresión visible de su testimonio, y nos recuerda que enseñamos tanto con lo que decimos como con aquello a lo que dedicamos tiempo y atención.
El centro del discurso está en la relación entre los convenios y las generaciones. Al reconocer la influencia de los convenios que hicieron sus antepasados, el élder Morgan interpreta su historia como parte de una obra divina que había comenzado mucho antes de su nacimiento. Esto amplía nuestra comprensión de la responsabilidad espiritual: las decisiones que tomamos pueden dejar un legado que ayude a otros a buscar a Jesucristo, con consecuencias que quizá nunca lleguemos a conocer en esta vida. Pero el propio discurso establece un límite esencial: esa influencia no altera el albedrío. Las promesas vinculadas a los convenios no son una garantía de que nuestros familiares serán salvos independientemente de sus decisiones. Cada persona necesita responder a las invitaciones del Señor. Esta distinción nos permite mantener una esperanza firme sin ignorar la responsabilidad individual, y nos enseña a acompañar a nuestros seres queridos con paciencia, sin convertir nuestra preocupación en presión ni en deseo de controlar su camino.
La afirmación de que nadie está fuera del alcance del amor divino adquiere su verdadero significado a la luz de la Expiación de Jesucristo. El Salvador hace posible el arrepentimiento y el regreso, incluso cuando una persona siente que ha perdido demasiadas oportunidades. Una etapa de alejamiento puede ser dolorosa y tener consecuencias reales, pero no nos permite concluir que toda posibilidad de cambio ha terminado, ni en nuestra propia vida ni en la de los demás.
El discurso ofrece también una respuesta práctica a la incertidumbre: guardar nuestros convenios y hacer con buen ánimo cuanto esté a nuestro alcance. Esta invitación nos ayuda a distinguir entre nuestras responsabilidades y aquello que debemos confiar al Señor. Podemos cuidar nuestra conducta, orar, escuchar, servir y mantener abiertas las puertas del afecto. El resultado de las decisiones ajenas, en cambio, no depende enteramente de nosotros. Reconocerlo puede aliviar la carga de quienes sienten que deben resolver por sí solos la vida espiritual de toda su familia.
Finalmente, este mensaje nos deja una esperanza que exige perseverancia. Confiar en el poder de Dios en nuestros convenios significa seguir siendo fieles aun cuando no vemos el desenlace. Significa valorar los pequeños esfuerzos, respetar el albedrío y mantener nuestra confianza en Jesucristo. La historia de nuestra familia aún no está completamente escrita, y nuestra tarea presente es contribuir a ella con fe y amor, dejando en las manos del Señor lo que todavía no podemos comprender.


























