Conferencia General Octubre 2026
Soy un hijo de Dios
Por el élder Hutch U. Fale
De los Setenta
Comprender el amor de nuestro Padre y nuestra verdadera identidad como Sus hijos es esencial para nuestra felicidad diaria y eterna.
Soy un hijo de Dios y Él me ama. Esta declaración es poderosa y fortalecedora. Y lo que es más importante, es verdadera, no solo para mí, sino para todos y cada uno de nosotros.
“Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos. […]
“En el mundo premortal, hijos e hijas, procreados como espíritus, conocieron a Dios y lo adoraron como su Padre Eterno, y aceptaron Su plan”.
Doy solemne testimonio de la realidad de esta verdad “clara y preciosa”, poderosa y sencilla. Comprender el amor de nuestro Padre y nuestra verdadera identidad como Sus hijos es esencial para nuestra felicidad diaria y eterna. Evita el engaño y da propósito a esta vida terrenal.
El modelo divino de las familias nos enseña acerca del amor de nuestro Padre y de nuestra relación con Él. De hecho, “nuestra relación con Dios […] se [explica] en términos de la familia”. Las Santas Escrituras también nos enseñan en términos de la familia. El Nuevo Testamento comienza con una familia joven y un bebé nacido en Belén. El Libro de Mormón comienza con el trayecto de fe de una familia y el Antiguo Testamento nos enseña cómo la Creación no estuvo completa hasta que Dios organizó una familia. A menudo es por medio de la familia, a pesar de todas sus imperfecciones, que nuestro Padre nos enseña acerca de Su amor.
Mientras estaba en una reunión de la Iglesia el año pasado, recibí la impresión de hacer lo que el maestro estaba haciendo. Por medio de un mensaje de texto, le pedí a mi esposa que buscara una fotografía de bebé de cada uno de nuestros hijos. Cuando llegué a casa, nos sentamos y les mostramos a mis hijos sus fotografías. Les dije que no hay palabras para expresar plenamente el amor que sentimos cuando nacieron, incluido el día en que se tomó cada fotografía. Entonces les pregunté: “Para la fecha de esta fotografía, ¿qué habían hecho para ganarse nuestro amor?”. Bajaron la mirada y dijeron: “Nada”. Les pedí que levantaran la mirada y les dije: “Tienen razón. No hicieron nada para ganarse nuestro amor. De la misma manera, no hay nada que jamás puedan hacer para dejar de merecer o hacer que se desvanezca ese amor por ustedes. No se lo ganaron; pero no pueden perderlo. Es de ustedes para siempre”.
Continué diciéndoles: “Necesitamos que siempre recuerden que lo que nosotros sentimos es tan solo una pequeña fracción de lo que su Padre Celestial siente por ustedes. Son un hijo o una hija de Dios y Él los ama. Él los amaba antes de que nacieran, los ama hoy y los amará mañana. Él desea que se preparen para ser como Él es. Nunca deben olvidar esto. Esperamos que esta comprensión les dé valor para hacer lo mejor que puedan, para confiar en Él y para vivir a la altura de su potencial. También esperamos que les dé la fortaleza y la humildad para volver a casa cuando lo necesiten, porque no importa lo que haya pasado, siempre pueden volver a casa, así como siempre pueden volverse a su Padre Celestial”. Hubo lágrimas y corazones conmovidos mientras el Espíritu Santo daba testimonio de que esto era verdad.
Me he referido a mis hijos, pero para ustedes podría tratarse de un amor especial por hermanos, padres, cónyuge, tías, tíos, un abuelo al que nunca han conocido. O tal vez todo lo que haya es el deseo de tener una familia o de mantener relaciones cercanas saludables. Las familias son la evidencia de un modelo divino y eterno que nos conecta con nuestro Padre Eterno y con Su familia eterna. Aun si una familia amorosa no forma parte de nuestra experiencia terrenal, el saber que nuestro Padre Celestial nos ama puede brindar poder, paz y consuelo, especialmente al recordar las bendiciones eternas que esperan a todos los que hacen y guardan convenios sagrados, que incluyen todas las bendiciones de una familia eterna.
Al testificar de la profundidad y de la naturaleza eternas del amor de nuestro Padre, también hago esta advertencia: cuídense de la mentira engañosa del adversario que tergiversa esta preciada verdad; él trata de engañar a los hijos de Dios para que crean que, debido a que Dios nos ama, podemos ser salvos sin importar nuestro orgullo, sin importar nuestra rebelión, sin importar nuestros pecados y sin importar nuestro rechazo a Su Hijo y a los siervos de Su Hijo. Recibir a Cristo mediante las ordenanzas y los convenios del sacerdocio, y luego ser fieles a esos convenios, es la única manera de que comprendamos plenamente Su amor, así como el único camino hacia la exaltación.
Conocer y comprender el amor de nuestro Padre es importante por muchas razones. Compartiré solamente tres.
En primer lugar, comprender el amor de nuestro Padre nos ayuda a entender mejor a Jesucristo. Comprendemos mejor por qué Él hizo lo que hizo y por qué nos ama de la manera en que lo hace. Reconocemos por qué Él está anhelosamente consagrado a tratar de salvar y bendecir a todos los hijos de Su Padre. Ese entendimiento nos inspira a unirnos a Él rápida y sinceramente en la obra de Su Padre. Al estar anhelosamente consagrados a esta obra, podemos llegar a ser más como Él.
En segundo lugar, cuando comprendemos el amor de Dios por nosotros y por el resto de Sus hijos, nos volvemos inmunes a las etiquetas de nuestro mundo caído que buscan dividirnos o engañarnos, tanto las etiquetas que las personas tratan de ponernos a nosotros como aquellas que el mundo trata de poner a los demás. Nos vemos a nosotros mismos y a todos los hijos de Dios como seres amados y divinos. Nos volvemos prontos para arrepentirnos, lentos para juzgar y siempre con la esperanza de que lo mejor está aún por venir. Siempre estamos dispuestos a amar y a asegurarnos de que nadie esté sentado, de pie o caminando solo.
En tercer lugar, comprender el amor de nuestro Padre nos protege de la mentira maliciosa de que es demasiado tarde para que alguien cambie, demasiado tarde para volverse a Cristo o demasiado tarde para recibir Su gracia redentora. Desde el hijo pródigo hasta el hecho de dejar a las noventa y nueve ovejas para encontrar a la que se había perdido, el mensaje de nuestro Padre, por medio de Su Hijo, siempre ha sido que aún hay tiempo si nos volvemos a Cristo hoy.
El amor de Dios es real y Jesucristo es evidencia de ese amor. Para cumplir con Su responsabilidad divina de ayudar a los hijos de Su Padre, Él venció el pecado y la tumba. Mientras aún era un Ser mortal, Él nos enseñó a orar a “nuestro Padre”. No se trata solo de Su Padre, ni del padre de otra persona, sino de nuestro Padre, un Padre Celestial amoroso que da a Sus hijos dádivas mejores que las que cualquier padre terrenal da a los suyos. Jesucristo, a través de Su ministerio preterrenal, terrenal y actual, nos guía a la vida eterna y personifica el amor profundo, duradero y eterno de nuestro Padre.
Hoy en día, Cristo nos muestra el amor de nuestro Padre por medio de las llaves del sacerdocio que poseen los profetas y apóstoles vivientes. Esas llaves del sacerdocio permiten tener acceso a ordenanzas y a convenios sagrados que nos preparan para regresar a nuestro Padre. Los profetas y apóstoles vivientes son testigos de que el Cristo resucitado pone de manifiesto el amor continuo e incalculable de nuestro Padre Eterno.
Lo que hoy testifico ante ustedes lo sentí por primera vez por medio del Espíritu Santo cuando, siendo niño, viajaba desde Nuku‘alofa hasta mi pueblo natal de Mu‘a. Estaba leyendo un ejemplar del Nuevo Testamento que hacía referencia a Juan 3:16 en varios idiomas: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Supe que eso era verdad en ese momento y sé que es verdad ahora.
Jesús es el Cristo. Él, Su Iglesia restaurada y el modelo divino de las familias son un testimonio del amor de nuestro Padre.
Yo, Hutch ‘Ungapapalangi Fale, soy un hijo de Dios. Él me ama y los ama a cada uno de ustedes. Que esta verdad nunca abandone nuestra mente ni nuestro corazón y que nos transforme para siempre. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Un Comentario
Comprender quiénes somos puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir. En un mundo donde con frecuencia se nos valora por nuestros logros, nuestra apariencia o nuestros errores, el discurso “Soy un hijo de Dios”, del élder Hutch U. Fale, nos invita a reconocer una verdad esencial: somos hijos e hijas de un Padre Celestial que nos conoce y nos ama. Esta identidad divina nos ayuda a encontrar propósito, a afrontar las dificultades y a reconocer nuestro potencial eterno.
Mediante una experiencia con sus hijos y sus fotografías de bebés, el élder Fale plantea una pregunta significativa: ¿qué habían hecho aquellos pequeños para ganarse el amor de sus padres? La respuesta permite comprender que ese amor ya estaba presente antes de cualquier logro. Con esta comparación, nos invita a reflexionar sobre el amor de nuestro Padre Celestial, que precede a nuestro nacimiento y permanece durante nuestra vida. Saberlo puede darnos valor para avanzar y humildad para volver a Él cuando necesitamos arrepentirnos.
El discurso también reconoce que no todos han experimentado un hogar lleno de afecto y seguridad. Para quienes llevan heridas familiares o anhelan relaciones saludables, la enseñanza de nuestra identidad divina ofrece un fundamento de esperanza: nuestras circunstancias terrenales no disminuyen nuestro valor como hijos de Dios. Podemos aprender a confiar en Su amor y acercarnos a Jesucristo para recibir fortaleza, paz y dirección.
A la vez, el élder Fale nos invita a responder a ese amor mediante la fe, el arrepentimiento y la fidelidad a las ordenanzas y los convenios. El amor de Dios nos ofrece una razón para cambiar y nos sostiene en ese proceso. Jesucristo revela ese amor mediante Su vida y Su sacrificio redentor, y nos muestra el camino para regresar a nuestro Padre.
Al comenzar este estudio, consideremos cuánto influye esta verdad en nuestra conducta diaria. ¿Nos ayuda a reconocer nuestro propio valor? ¿Nos lleva a juzgar con menos dureza y a tratar a los demás con mayor respeto? ¿Nos anima a volver a Cristo hoy? El mensaje del élder Fale nos invita a permitir que la declaración “Soy un hijo de Dios y Él me ama” transforme nuestra manera de pensar, nuestras relaciones y nuestras decisiones.
Enseñanzas principales
1. Somos hijos de Dios, y Su amor precede a nuestros logros
La declaración “Soy un hijo de Dios y Él me ama” expresa una verdad que da sentido a nuestra existencia. El élder Fale nos invita a comprender que nuestro valor tiene un fundamento eterno: nuestra relación con el Padre Celestial. Recordar esa relación puede ayudarnos a afrontar la inseguridad, el desánimo y las presiones del mundo.
Esta enseñanza también implica responsabilidad. Reconocer nuestra naturaleza divina nos anima a desarrollar nuestras capacidades y a tomar decisiones que correspondan a nuestro potencial. Podemos preguntarnos si la manera en que nos hablamos a nosotros mismos y conducimos nuestra vida refleja esa comprensión.
Ese valor no depende de lo que logremos. La experiencia de las fotografías de sus hijos recién nacidos permite al élder Fale explicar que el amor de los padres por sus hijos estaba presente antes de que estos pudieran hacer algo para merecerlo. Mediante esta comparación, enseña que el Padre Celestial nos amaba antes de nuestro nacimiento y continúa amándonos.
Comprenderlo puede fortalecer a quienes sienten que sus errores han destruido su valor personal. El amor de Dios nos da confianza para reconocer nuestras faltas y buscar Su ayuda. Podemos acercarnos a Él con sinceridad, sabiendo que el arrepentimiento forma parte de una relación con un Padre que desea nuestro bienestar.
2. La familia puede ayudarnos a comprender el amor divino
El discurso muestra que las Escrituras presentan la relación con Dios en términos familiares. El afecto, el cuidado y la disposición a recibir a un ser querido pueden ayudarnos a comprender algo del amor del Padre Celestial. Por eso, nuestras relaciones familiares constituyen oportunidades para enseñar el Evangelio mediante acciones concretas.
El élder Fale también reconoce que algunas personas no han experimentado una familia amorosa. Esta consideración es esencial: una experiencia familiar dolorosa no define el carácter de Dios ni disminuye nuestra condición de hijos Suyos. Su amor puede brindar paz y consuelo mientras aprendemos a construir relaciones saludables.
3. Comprender el amor del Padre nos acerca a Jesucristo y nos lleva a mirar a los demás más allá de las etiquetas
El élder Fale enseña que conocer el amor de Dios nos permite comprender mejor la misión del Salvador. Jesucristo se dedica a salvar y bendecir a los hijos de Su Padre. Su ministerio y Su sacrificio muestran cuánto desea Dios que regresemos a Su presencia.
Esta comprensión nos invita a participar en esa obra. Al servir, compartir el Evangelio y acompañar a quienes necesitan ayuda, podemos aprender a amar como Cristo. Nuestro reconocimiento del amor divino debe expresarse en una disposición activa a bendecir a otras personas.
Ese amor también cambia la manera en que vemos a los demás. El discurso advierte sobre las etiquetas que dividen y engañan. Cuando reconocemos que cada persona es un hijo o una hija de Dios, procuramos verla con mayor profundidad que la que ofrecen su apariencia, su posición social o sus errores.
Esta enseñanza nos llama a ser lentos para juzgar y dispuestos a incluir. Su aplicación puede ser sencilla y concreta: escuchar antes de sacar conclusiones, acercarnos a quien está solo y tratar con dignidad a quienes piensan o viven de manera diferente. Reconocer el valor de una persona nos permite ayudarla con mayor comprensión.
4. Todavía podemos volver a Cristo, y el amor de Dios nos invita a vivir los convenios
El élder Fale rechaza la idea de que alguien ha llegado demasiado tarde para recibir la gracia redentora del Salvador. Las referencias al hijo pródigo y a la oveja perdida destacan la disposición divina a recibir y buscar a quienes se han alejado.
Esta esperanza contiene una invitación a actuar hoy. Podemos reconocer aquello que necesita cambiar, pedir perdón y comenzar a seguir al Salvador con mayor fidelidad. También debemos conservar la esperanza respecto de los demás, evitando reducir toda su historia a sus dificultades actuales.
Sin embargo, el discurso advierte que el amor del Padre no debe interpretarse como una aprobación del pecado ni como una garantía de exaltación independientemente de nuestras decisiones. Recibir a Jesucristo y ser fieles a los convenios forma parte de nuestra respuesta a ese amor.
Por tanto, comprender que somos amados debe impulsarnos a obedecer y arrepentirnos. Los convenios orientan nuestra vida hacia el Salvador y nos ayudan a desarrollar una relación más profunda con Él. El amor que recibimos se convierte así en una motivación para nuestra transformación espiritual.
Puntos doctrinales
1. Somos hijos e hijas espirituales de padres celestiales, con un origen, un propósito y un destino divinos
El discurso afirma que cada ser humano tiene un origen espiritual y una relación real con padres celestiales. Nuestra identidad como hijos de Dios es anterior a nuestra vida terrenal y constituye el fundamento de nuestra naturaleza y nuestro destino divinos.
Esta doctrina explica por qué toda persona posee dignidad. Nuestro valor no depende de la aprobación de otros. También nos invita a reconocer esa misma dignidad en los demás y a procurar vivir de acuerdo con nuestra relación con el Padre Celestial.
Esa relación tiene una historia anterior a nuestro nacimiento. El élder Fale recuerda que, en la vida premortal, conocimos y adoramos a Dios como nuestro Padre Eterno y aceptamos Su plan. La vida terrenal forma parte de ese propósito: aquí tenemos oportunidades para aprender, elegir y avanzar espiritualmente. Comprender nuestro origen premortal amplía nuestra perspectiva. Nuestra existencia tiene continuidad y propósito, incluso cuando atravesamos circunstancias que no entendemos. Esta enseñanza nos anima a buscar la dirección del Padre y a considerar nuestras decisiones dentro de Su plan eterno.
Nuestra condición de hijos de Dios implica también un potencial eterno. El discurso enseña que el Padre desea que nos preparemos para llegar a ser como Él. Ese potencial requiere crecimiento espiritual y una respuesta personal a las enseñanzas de Jesucristo. La naturaleza divina no significa que ya hayamos alcanzado la madurez espiritual. Nos invita a desarrollarla mediante la fe, el arrepentimiento y la fidelidad. La esperanza de llegar a ser más como nuestro Padre puede orientar nuestros esfuerzos cotidianos y fortalecer nuestra perseverancia.
2. Jesucristo revela el amor del Padre, y ese amor y las condiciones de la exaltación deben comprenderse juntos
El discurso relaciona el amor de Dios con la entrega de Su Hijo y con la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte. El Salvador manifiesta el carácter amoroso del Padre y proporciona el camino hacia la vida eterna.
Esta doctrina sitúa a Jesucristo en el centro de nuestra relación con Dios. Por medio de Él podemos arrepentirnos, recibir perdón y avanzar hacia nuestro destino eterno. Comprender el amor del Padre requiere considerar la misión de Su Hijo y responder a Su invitación a seguirlo.
El Padre Celestial ama a todos Sus hijos. A la vez, el discurso enseña que la exaltación requiere recibir a Cristo mediante las ordenanzas y los convenios del sacerdocio y permanecer fieles a ellos.
Estas enseñanzas se complementan. El amor de Dios explica Su deseo de ayudarnos; las condiciones del Evangelio orientan nuestra preparación para vivir con Él. Su amor permanece como una invitación al arrepentimiento, mientras nuestras decisiones influyen en las bendiciones que estamos dispuestos a recibir.
3. La familia, los convenios y las llaves del sacerdocio forman parte del plan de Dios
El élder Fale presenta la familia como un modelo divino que nos ayuda a comprender nuestra relación con el Padre y con Su familia eterna. También señala las bendiciones familiares eternas que esperan a quienes hacen y guardan convenios sagrados.
Esta doctrina ofrece esperanza a quienes viven situaciones familiares incompletas o dolorosas. El discurso invita a confiar en las promesas de Dios sin definir cómo ni cuándo se cumplirá cada circunstancia particular. Nuestra responsabilidad presente es honrar los convenios y cultivar relaciones basadas en el amor y el respeto.
Esas ordenanzas y esos convenios se reciben mediante la autoridad del sacerdocio. El discurso enseña que los profetas y apóstoles vivientes poseen llaves del sacerdocio mediante las cuales se administra el acceso a ordenanzas y convenios sagrados. Esas ordenanzas nos preparan para regresar al Padre Celestial.
La autoridad del sacerdocio aparece aquí vinculada a la obra redentora de Jesucristo. Su propósito es bendecir a los hijos de Dios y ayudarlos a acercarse a Él. Los profetas y apóstoles también actúan como testigos del Salvador resucitado y del amor continuo del Padre.
4. El Espíritu Santo testifica de nuestra identidad y del amor de Dios
El élder Fale relata que recibió un testimonio del amor divino cuando era niño, al leer el mensaje de Juan 3:16. También describe cómo el Espíritu Santo confirmó esa verdad durante su conversación con sus hijos.
Esta doctrina enseña que el conocimiento espiritual puede llegar mediante el testimonio del Espíritu Santo. La afirmación “Soy un hijo de Dios” puede convertirse en una convicción personal que influya en nuestras decisiones. Al estudiar, orar y seguir a Jesucristo, podemos procurar comprender más profundamente esa verdad y permitir que transforme nuestra vida.
Comentario final
Al concluir este estudio del discurso “Soy un hijo de Dios”, del élder Hutch U. Fale, podemos reconocer que su mensaje relaciona nuestra identidad eterna con nuestra manera de vivir. Saber que somos hijos de un Padre Celestial amoroso influye en cómo afrontamos nuestros errores, cómo tratamos a los demás y cómo respondemos a Jesucristo. La experiencia de las fotografías de sus hijos ilustra una enseñanza central: el amor precede al mérito. Aquellos niños eran amados antes de poder demostrar capacidad, obediencia o éxito. Nuestro valor como hijos de Dios permanece incluso cuando necesitamos corregir nuestra conducta, y comprenderlo puede ayudarnos a reconocer nuestras faltas con sinceridad, sin confundir un error con la totalidad de lo que somos.
Sin embargo, el discurso también distingue entre ser amados por Dios y recibir todas las bendiciones de la exaltación. El amor del Padre no elimina nuestra responsabilidad de aceptar a Jesucristo, arrepentirnos y guardar los convenios. Por eso la seguridad espiritual y el crecimiento deben avanzar juntos: podemos confiar en el amor de Dios mientras reconocemos que hay aspectos de nuestra vida que necesitan cambiar. Ese amor es, de hecho, una razón profunda para responder a Sus invitaciones.
La familia ocupa un lugar importante en este razonamiento porque acerca una verdad eterna a experiencias humanas concretas. El cuidado, la paciencia y el afecto pueden ayudarnos a comprender algo del carácter de nuestro Padre Celestial. A la vez, el élder Fale reconoce que algunas personas carecen de esas experiencias. Una relación familiar dolorosa no disminuye nuestra dignidad ni determina cuánto nos ama el Padre. Y nos invita a procurar que nuestras propias relaciones reflejen mejor el respeto y la bondad que enseñamos.
El discurso desarrolla además tres consecuencias de esta identidad. Primero, comprender el amor del Padre nos ayuda a reconocer el propósito de la misión de Jesucristo y nos impulsa a participar en Su obra. Segundo, nos invita a superar las etiquetas que reducen a las personas a una condición, una diferencia o una equivocación. Tercero, fortalece nuestra esperanza en la posibilidad del arrepentimiento. Si afirmamos que todos somos hijos de Dios, debemos considerar qué lugar damos a quienes se sienten solos, a quienes han fallado y a quienes son diferentes de nosotros. Esa convicción se expresa en una conversación respetuosa, una invitación a participar o la disposición a escuchar antes de sacar conclusiones.
Finalmente, Jesucristo es el fundamento de todo el mensaje. Por medio de Su ministerio y Su sacrificio redentor conocemos el amor del Padre y encontramos el camino para regresar a Él. La invitación a volver a Cristo hoy une esperanza y responsabilidad: podemos comenzar de nuevo y debemos responder a esa oportunidad. Por eso, el discurso nos deja una pregunta que merece acompañarnos: ¿qué cambiaría en nuestra vida si recordáramos cada día que somos hijos de Dios y que quienes nos rodean también lo son? Permitir que esa verdad transforme nuestro corazón implica confiar más en el Padre, arrepentirnos con mayor sinceridad y amar con mayor comprensión. Así, la declaración “Soy un hijo de Dios y Él me ama” puede orientar nuestra vida y nuestra preparación para volver a Su presencia.


























