No temas, porque yo estoy contigo

Conferencia General Octubre 2026

“No temas, porque yo estoy contigo”

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El Señor consolará a todos los que traten de seguirlo.


Mis amados hermanos y hermanas, me siento agradecido de estar con ustedes en esta conferencia mundial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El himno que acabamos de escuchar al coro cantar habla de promesas que llegarán a ser más importantes y más preciadas para todos nosotros y para nuestros amados seres queridos en el futuro.

Mi mensaje hoy es que las promesas de ese himno son verdaderas. La letra, que se tomó del capítulo 41 de Isaías, se ha convertido en una guía reconfortante para mí y puede serlo también para ustedes y para sus amados seres queridos en las pruebas que enfrentamos individualmente.

Escuchemos de nuevo esas promesas:
En vida o muerte, salud o dolor,
a ricos y pobres que tengan Su luz,
en mar o en tierra, en todo lugar,
de todo peligro […] os libra Jesús.
Pues ya no temáis, y escudo seré,
que soy vuestro Dios y socorro tendréis;
y fuerza y vida y paz os daré,
y salvos de males […] vosotros seréis.

Esas promesas se vuelven más preciadas a medida que afrontamos los desafíos de nuestra vida y de la vida de nuestros amados seres queridos. Es importante darse cuenta de que la promesa no supone la eliminación de los desafíos. Mi sabia madre me enseñó eso cuando era niño. Yo le había preguntado: “Madre, ¿por qué la vida es tan difícil?”.

Ella sonrió y dijo con firmeza: “Hal, claro que es difícil. Así se supone que debe ser; la vida es una prueba”.

Años más tarde me di cuenta de que, mientras me decía esas palabras, ella estaba pasando por sus propias pruebas y abriéndose paso en una vida de terribles dificultades médicas. Cuando ella era niña, le diagnosticaron enfermedades que le causarían problemas de salud de por vida. Pero, debido a que ella sabía que las palabras “No temas, porque yo estoy contigo” eran verdaderas, la promesa del Señor se le cumplió.

Ustedes podrían preguntarse razonablemente por qué un amoroso y todopoderoso Dios permite que nuestra prueba terrenal sea tan difícil. Esto se debe a que Él sabe que debemos crecer en pureza y estatura espirituales para poder vivir en Su presencia. Para hacerlo posible, el Padre Celestial nos dio un Salvador y el poder para elegir por nosotros mismos, y por fe, guardar Sus mandamientos, arrepentirnos y venir a Él.

El Salvador no solo comprende y ha sentido pesar, sino que Él “llevó […] [las] enfermedades y sufrió [los] dolores [de ustedes]”. Él los conoce perfectamente; Él conoce su corazón.

La combinación de las pruebas y su duración son tan variadas como lo son los hijos de nuestro Padre Celestial. No hay dos exactamente iguales. Pero lo que está siendo probado es lo mismo en todo momento de nuestra vida y para cada persona: ¿Haremos todo lo que el Señor nuestro Dios nos mande?

Al pasar por los últimos días de su vida, mi madre quedó postrada en cama. El único cuadro que había en las paredes de su habitación era uno del Salvador. Colgaba donde ella podía verlo mientras yacía en su cama.

Mi padre tenía un catre junto a ella en la habitación del hospital para poder ayudarla de inmediato durante la noche. Después de que ella murió, mi padre recorrió toda la sala del hospital para agradecer y estrecharle la mano a cada enfermera que la había ayudado.

Ahora bien, cuento esa historia para ofrecer evidencia de que el Señor envía discípulos fieles para ayudarlo a cumplir Su promesa de socorrer a los demás en sus aflicciones. Como enseñó el presidente Spencer W. Kimball: “Dios nos tiene en cuenta y vela por nosotros; pero por lo general, es por medio de otra persona que atiende a nuestras necesidades”.

El resto de mi mensaje de hoy es para agradecer a quienes han respondido al llamado de ser los siervos del Señor para cumplir Sus promesas de estar junto a Sus hijos en los momentos difíciles. Deseo agradecer a quienes lo han ayudado y que animan a los demás a unirse a Él para cumplir Su promesa hoy y en los difíciles días venideros.

Me gustaría compartir ejemplos de lo que muchos de ustedes ya han hecho y están haciendo para ayudar al Señor a cumplir Su promesa de socorrer a los necesitados en Su reino terrenal. Muchos de ustedes ofrecen servicio consagrado de diversas maneras.

Han orado con fe constantemente para que los miembros de su familia o amigos sepan a quién desea el Señor que ayuden en Su nombre. Cuando les vino a la mente un rostro o un nombre, ustedes se comunicaron con esa persona. Incluso su simple atención brindó consuelo. El hecho de que ustedes se sintieran inspirados a comunicarse con ella fue evidencia de que el Señor conocía y amaba a esa persona.

Muchos de ustedes han reconocido en un misionero desanimado una oportunidad para elevar a un siervo de Jesucristo. Dondequiera que ellos sirvan, los misioneros están sobrecargados y están orando para recibir fortaleza. Sea lo que sea que a ellos se les asigne hacer, necesitan aliento.

La bondad de ustedes hacia ellos, aunque sea por unos segundos, o simplemente una cálida sonrisa, puede fortalecer su fe en que el Señor vela por ellos. Cuando les hablen, encontrarán palabras para edificar su fe en que el Señor los conoce y está al tanto de sus circunstancias.

Muchos de ustedes han orado regularmente por los siervos del Señor en Su Iglesia, en cualquier llamamiento que tengan. Cada uno de ellos ora cada día y cada noche para saber qué hacer para servir mejor a los demás y para tener fortaleza para seguir adelante.

Ustedes son una parte importante de las respuestas del Señor a las oraciones que ellos hacen pidiendo confianza. A medida que ustedes demuestren su agradecimiento y confianza en que han sido inspirados, ellos sentirán la evidencia de que Dios los ha llamado, los conoce, y los ha guiado y bendecido. Los fortalecerá el sentimiento de que cuentan con la aprobación del Señor.

Otra gran oportunidad puede surgir cuando invitan al Espíritu Santo a ayudarlos a encontrar maneras de ayudar al Señor para consolar a quienes están suplicando consuelo. El profeta Alma, del Libro de Mormón, enseña: “Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; […] y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo”.

Sabemos que el Señor consolará a todos los que traten de seguirlo. Y Él nos ofrece la gran bendición y responsabilidad de ayudarlo a cumplir Su promesa de socorrer a los hijos del Padre Celestial en sus pruebas a lo largo de su trayecto terrenal hacia casa.

Esa es una de las razones por las que derramamos lágrimas de gozo y cobramos valor cada vez que escuchamos las palabras: “No temas, porque yo estoy contigo”, y nos conmueve que Él nos ofrezca la responsabilidad de ayudar y amar a los demás.

Testifico que esta es Su Iglesia y que Él cumple Sus promesas, tanto por medio del Espíritu Santo como por medio de Sus discípulos amorosos, verdaderos y fieles. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

Las palabras “No temas, porque yo estoy contigo” pueden adquirir un significado muy personal cuando atravesamos una dificultad que supera nuestras fuerzas. En momentos de enfermedad, pérdida o preocupación por nuestros seres queridos, necesitamos saber que nuestro dolor es conocido y que podemos recibir ayuda para seguir adelante. En este discurso, el presidente Henry B. Eyring nos invita a encontrar esa seguridad en Jesucristo y a reconocer las distintas maneras en que Él cumple Su promesa de acompañarnos.

Una de las enseñanzas que orientan este mensaje es que las promesas del Señor permanecen vigentes aun cuando las dificultades continúan. Podemos estar esforzándonos por vivir el Evangelio y, al mismo tiempo, experimentar cansancio, incertidumbre y tristeza. Comprender esto nos ayuda a evitar que interpretemos cada aflicción como una señal de abandono. La fe nos permite acudir al Salvador en medio de esas experiencias y confiar en que Su conocimiento de nuestras necesidades es perfecto.

El presidente Eyring presenta esta enseñanza mediante el recuerdo de su madre, quien afrontó problemas de salud durante gran parte de su vida. Cuando él era niño y le preguntó por qué la vida era tan difícil, ella le explicó que la vida es una prueba. Con los años, él llegó a comprender mejor esas palabras al reconocer las dificultades que su madre había sobrellevado. Su ejemplo nos invita a considerar una fe que se expresa en la perseverancia cotidiana, en la confianza y en la decisión de seguir acercándonos a Dios aun cuando el sufrimiento se prolonga.

Desde esa perspectiva, el discurso nos ayuda a reflexionar sobre el propósito de nuestra experiencia terrenal. Afrontamos circunstancias diferentes, con desafíos cuya intensidad y duración no siempre podemos comprender. Sin embargo, en cada etapa tenemos oportunidades para aprender a confiar en el Señor, ejercer nuestro albedrío y responder a Su invitación de seguirlo. Jesucristo hace posible ese crecimiento porque conoce nuestros dolores y puede socorrernos de manera personal.

Junto con esta enseñanza, el presidente Eyring destaca una manera cercana y concreta en que recibimos ayuda divina: el servicio de otras personas. Al recordar a su padre cuidando de su madre y agradeciendo a las enfermeras que la atendieron, nos muestra el valor espiritual de acompañar a alguien en su aflicción. La presencia constante, el cuidado paciente y la atención a una necesidad pueden comunicar el amor de Dios de una manera que las palabras por sí solas no alcanzan.

Esta parte del mensaje nos invita a prestar atención a quienes nos rodean. Hay personas que continúan cumpliendo sus responsabilidades mientras llevan preocupaciones que pocos conocen. Una llamada, una visita, una palabra de aliento o una expresión sincera de gratitud pueden brindarles fortaleza. Cuando buscamos la guía del Espíritu Santo y actuamos conforme a ella, podemos participar en la respuesta a las oraciones de alguien.

Al acercarnos a este discurso, conviene mantener presentes sus dos invitaciones: confiar en el consuelo que Jesucristo ofrece y estar dispuestos a compartir ese consuelo mediante nuestro servicio. El convenio de llevar las cargas los unos de los otros cobra significado cuando escuchamos, acompañamos y respondemos con amor.

Así, este mensaje nos prepara para examinar nuestra relación con el Salvador y nuestra sensibilidad hacia las necesidades ajenas. Nos invita a reconocer Su compañía en nuestra propia historia y a preguntarnos cómo podemos ayudar a otra persona a sentir que también es conocida, amada y sostenida por Él.


Enseñanzas principales

1. El Señor promete acompañarnos en medio de las pruebas.
La promesa “No temas, porque yo estoy contigo” constituye el fundamento del discurso. El presidente Eyring explica que podemos confiar en la presencia del Señor aun cuando las dificultades persistan.Esta enseñanza nos ayuda a comprender qué podemos esperar de nuestra relación con Dios durante la adversidad. Si medimos Su amor únicamente por la solución inmediata de nuestros problemas, podemos sentirnos abandonados cuando el sufrimiento continúa. El discurso nos invita a reconocer Su ayuda también en la fortaleza para perseverar, la paz que recibimos y las personas que nos acompañan. Desde esta perspectiva, la confianza en Dios puede crecer mientras todavía esperamos alivio.

2. La vida terrenal ofrece oportunidades para crecer espiritualmente y ejercer nuestro albedrío.
Al recordar las palabras de su madre acerca de que la vida es una prueba, el presidente Eyring relaciona las dificultades con nuestra preparación para volver a la presencia del Padre Celestial. Destaca nuestra capacidad de elegir guardar los mandamientos, arrepentirnos y acercarnos al Salvador. El valor espiritual de una prueba está relacionado con la manera en que respondemos a ella. Las dificultades pueden brindarnos oportunidades para desarrollar paciencia, humildad y confianza, pero ese crecimiento requiere decisiones personales y ayuda divina. Esta enseñanza también exige sensibilidad: cada persona afronta circunstancias distintas, y desconocemos el esfuerzo que le supone seguir adelante. Comprender el propósito de la vida debe ayudarnos a acompañar con mayor compasión a quienes sufren.

3. Jesucristo conoce personalmente nuestros dolores y puede socorrernos.
El presidente Eyring enseña que el Salvador llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Por ello, Su conocimiento de nuestras aflicciones es perfecto y abarca lo que sucede en nuestro corazón. Esta enseñanza da un fundamento personal a la confianza en Jesucristo. Podemos acudir a Él incluso cuando nos resulta difícil explicar a otros lo que sentimos. Su comprensión permite que la oración sea un espacio de sinceridad, donde podemos expresar temor, cansancio y preguntas. Saber que somos conocidos por el Salvador puede sostener nuestra esperanza y ayudarnos a buscar Su guía para dar el siguiente paso.

4. Dios suele atender nuestras necesidades mediante otras personas.
El cuidado que recibió la madre del presidente Eyring ilustra cómo el amor del Señor puede manifestarse a través de familiares, profesionales y discípulos dispuestos a servir. El discurso también destaca el valor de una llamada, una sonrisa y una expresión de aliento. Esta enseñanza nos invita a reconocer la importancia de los actos cotidianos de bondad. Podemos pasar por alto una oportunidad de ayudar si suponemos que solo un gesto extraordinario tendrá valor. Sin embargo, la atención oportuna puede aliviar la soledad y devolver ánimo a alguien. También aprendemos a recibir ayuda con gratitud: permitir que otros nos acompañen abre espacio para experimentar el cuidado de Dios mediante una comunidad de personas que se apoyan mutuamente.

5. Llevar las cargas de los demás forma parte de nuestros convenios.
Al citar la enseñanza de Alma sobre llorar con quienes lloran y consolar a quienes necesitan consuelo, el presidente Eyring presenta el servicio como una responsabilidad sagrada. Invita a buscar la guía del Espíritu Santo para reconocer a quienes necesitan nuestra ayuda. El compromiso de seguir a Jesucristo adquiere una expresión concreta en nuestra disposición a compartir las cargas ajenas. Esto requiere escuchar, conocer las necesidades de la persona y ofrecer una ayuda que le resulte útil. A veces podremos resolver una dificultad práctica; en otras ocasiones, nuestra contribución será permanecer cerca durante un proceso doloroso. El discurso nos invita a convertir la sensibilidad espiritual en acciones, para que nuestra fe produzca consuelo en la vida de los demás.


Puntos doctrinales

1. La vida terrenal forma parte del plan de salvación.
El presidente Eyring enseña que nuestra experiencia terrenal nos permite crecer en pureza y estatura espirituales para prepararnos para vivir en la presencia del Padre Celestial. En ese proceso, tenemos albedrío para guardar los mandamientos, arrepentirnos y acercarnos a Jesucristo. Esta doctrina sitúa las pruebas dentro de una perspectiva eterna. Nuestra vida tiene un propósito que abarca tanto lo que experimentamos como aquello en lo que podemos convertirnos mediante nuestras decisiones y la ayuda del Salvador. Esto no significa que conozcamos la razón particular de cada sufrimiento. Nos permite, sin embargo, buscar crecimiento y dirección aun en circunstancias que todavía no comprendemos, respetando la dificultad y el ritmo de cada persona.

2. La Expiación de Jesucristo le permite socorrernos en nuestras aflicciones.
El discurso declara que el Salvador llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Su conocimiento de cada persona es perfecto: conoce sus circunstancias y su corazón. La Expiación fundamenta nuestra confianza en la capacidad de Jesucristo para ayudarnos. Su poder redentor comprende el perdón y también el socorro que necesitamos durante nuestra experiencia mortal. Podemos acudir a Él con nuestras debilidades, pérdidas y temores, confiando en Su comprensión. Esta doctrina nos invita a establecer una relación personal con el Salvador mediante la oración, el arrepentimiento y la decisión de seguirlo.

3. Dios cumple Sus promesas y brinda consuelo mediante el Espíritu Santo.
La declaración “No temas, porque yo estoy contigo” expresa la fidelidad del Señor. Al concluir su mensaje, el presidente Eyring testifica que Él cumple Sus promesas por medio del Espíritu Santo y de Sus discípulos fieles. Esta doctrina nos ayuda a reconocer el consuelo espiritual como una manifestación real del cuidado divino. La paz, la orientación y la fortaleza pueden sostenernos mientras una dificultad continúa. Por ello, conviene cultivar una disposición receptiva mediante la oración y la búsqueda de la guía del Espíritu. Al mismo tiempo, debemos evitar juzgar la fe de quienes atraviesan períodos en los que les resulta difícil percibir ese consuelo.

4. Los convenios bautismales incluyen llevar las cargas de los demás.
Al citar las palabras de Alma, el presidente Eyring recuerda la disposición de quienes desean entrar en el redil de Dios: llevar las cargas unos de otros, llorar con quienes lloran y consolar a quienes necesitan consuelo. El convenio bautismal establece un compromiso con Dios que también transforma nuestra relación con las personas. Pertenecer al pueblo del Señor implica asumir responsabilidades de cuidado y solidaridad. Esa disposición se expresa al escuchar sin apresurar respuestas, ofrecer ayuda práctica y acompañar durante procesos prolongados. La fidelidad a nuestros convenios se manifiesta así en la atención que prestamos a las necesidades ajenas.

5. El Señor realiza parte de Su obra mediante Sus discípulos.
El presidente Eyring enseña que Dios envía personas para ayudar a cumplir Su promesa de socorrer a quienes sufren. Los discípulos pueden participar en esa obra al buscar inspiración y responder con amor. Esta doctrina concede un propósito sagrado al servicio cotidiano. Una impresión de llamar a alguien, una visita o una expresión de gratitud pueden convertirse en oportunidades para colaborar con el Señor. Nuestra responsabilidad consiste en estar disponibles y actuar con sensibilidad, reconociendo que la ayuda debe responder a las necesidades de la persona. De ese modo, el discipulado se convierte en una participación activa en la obra de consolar y fortalecer a los hijos del Padre Celestial.


Comentario final

Al concluir el análisis de “No temas, porque yo estoy contigo”, podemos reconocer que el presidente Henry B. Eyring relaciona dos aspectos fundamentales de la vida cristiana: la confianza en las promesas del Salvador y la responsabilidad de cuidar de los demás. Su mensaje nos ayuda a comprender cómo podemos recibir consuelo durante nuestras pruebas y participar en el consuelo que otras personas necesitan.

Una distinción esencial del discurso es que la compañía del Señor puede manifestarse mientras la dificultad permanece. La experiencia de la madre del presidente Eyring permite comprender esta enseñanza: sus problemas de salud continuaron durante su vida, y su confianza en Dios la sostuvo en medio de ellos. Esto nos invita a examinar nuestras expectativas. Cuando una oración no produce el cambio que esperamos, todavía podemos buscar la ayuda divina en la fortaleza para afrontar el día, en la orientación del Espíritu y en el cuidado de quienes permanecen cerca.

El discurso también sitúa las pruebas dentro del propósito de nuestra experiencia terrenal. El presidente Eyring destaca que debemos crecer espiritualmente y ejercer nuestro albedrío para acercarnos a Dios. Esta perspectiva nos permite buscar sentido y dirección en nuestras decisiones, aun cuando desconocemos la razón particular de una aflicción. Sin embargo, requiere humildad: comprender que la vida incluye pruebas no nos autoriza a explicar apresuradamente el dolor ajeno. El mismo mensaje nos conduce a una respuesta más compasiva: acompañar, escuchar y ayudar.

En este punto, la enseñanza sobre Jesucristo adquiere especial importancia. El Salvador conoce nuestros dolores porque los ha llevado sobre Sí. Esa comprensión perfecta fundamenta nuestra confianza en Él. Podemos expresarle lo que sentimos, incluso cuando nuestras palabras son incompletas o nuestras fuerzas escasas. La invitación a seguirlo incluye acudir a Su ayuda con sinceridad y permitir que Su gracia nos sostenga durante un proceso cuyo desenlace todavía no conocemos.

Otro elemento significativo es la manera en que el presidente Eyring utiliza sus recuerdos familiares. El cuadro del Salvador junto a la cama de su madre, la presencia de su padre durante la noche y el servicio de las enfermeras muestran cómo la confianza espiritual y el cuidado concreto pueden acompañarse. La gratitud de su padre reconoce el valor de quienes aliviaron una carga que él no podía llevar solo. Esta escena nos invita tanto a servir como a aceptar ayuda, reconociendo nuestra necesidad mutua.

Desde esa experiencia, el discurso amplía nuestra comprensión del discipulado. Una llamada oportuna, una expresión de gratitud o unas palabras de ánimo pueden ayudar a alguien a recuperar fuerzas. Los ejemplos de los misioneros y de quienes sirven en distintos llamamientos recuerdan que también necesitan apoyo las personas que habitualmente cuidan de otros. Prestar atención a su cansancio es una forma de fortalecer a toda la comunidad.

La referencia a los convenios bautismales da profundidad doctrinal a esta responsabilidad. Llevar las cargas y consolar a quienes necesitan consuelo supone una disposición constante a interesarnos por las personas. Para hacerlo, necesitamos buscar la guía del Espíritu y conocer sus necesidades, de modo que nuestra ayuda sea respetuosa y útil.

La conclusión práctica de este mensaje puede expresarse mediante una decisión personal: confiar en que el Señor conoce nuestra situación y estar disponibles para acompañar a alguien más. Al recibir Su consuelo y compartirlo mediante acciones concretas, la promesa “No temas, porque yo estoy contigo” encuentra expresión en nuestra vida cotidiana. Así aprendemos a caminar hacia el Padre Celestial sosteniéndonos unos a otros, con Jesucristo como fuente de nuestra esperanza.

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