Fruto para hacer a uno feliz

Conferencia General Octubre 2026

Fruto para hacer a uno feliz

Por el élder Gary E. Stevenson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Las verdades del Evangelio se vuelven dulces para nosotros a medida que las vivimos, brindándonos felicidad y gozo.



Introducción

He llegado a esperar algo cuando estoy en la obra del Señor. ¿Por qué? Porque sucede cada vez que viajo. Conozco a personas sobresalientes y extraordinarias, tanto Santos de los Últimos Días como amigos. Siempre me impresionan los niños que conozco. ¡Niños de la Primaria! En todas partes, más recientemente en Australia, Nueva Caledonia, Samoa, Colombia y Perú. A veces incluso hacen dibujos de nosotros ¡y siempre me hacen lucir mejor!

Cuando hablamos en la conferencia, nos dirigimos a todos, pero parte de mi mensaje de hoy irá dirigido más directamente a ustedes, los niños en edad de la Primaria. Ustedes saben quiénes son: algunos están mirando desde su casa y otros en un edificio de la Iglesia. Como esta es la última sesión de la conferencia, es posible que estén cansados o inquietos. Recuerdo que, cuando tenía su edad, mi madre me decía muchas veces: “Gary, presta atención y escucha. Solo un discurso más”.

Sé que ustedes tienen un propósito. “[Su] Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo [los] conocen y [los] aman”. Aunque sean jóvenes, “[son] una parte importante de Su obra”. Ustedes son algunos de los miembros más valiosos y fieles de toda la Iglesia. Ustedes pueden ayudar a mejorar sus hogares, sus comunidades e incluso el mundo. Ustedes son nuestro futuro. Me siento muy feliz cuando asisto a la Primaria y escucho sus discursos, sus respuestas a preguntas sobre el Evangelio y los oigo cantar. “El Padre Celestial [les] ha dado talentos y dones espirituales. Él desea que use[n] esos dones y talentos para ser feli[ces] y bendecir a otros”.

Fruto para hacer a uno feliz

Cuando era joven como ustedes, me encantaban la fruta y nuestra tradición familiar de comprar fruta fresca en los puestos de las granjas durante la cosecha. Había un puesto que era bien conocido por sus deliciosos duraznos. Eran muy dulces y jugosos. De alguna manera, las manzanas, las cerezas y los albaricoques comprados directamente al agricultor que los cultivaba parecían más dulces. Aquí estoy con mi papá junto a un mostrador de frutas. Incluso hoy en día me encanta ver y probar frutas deliciosas y únicas de sus países.

Ahora que a todos se nos ha abierto el apetito, leamos un relato del Libro de Mormón. ¿Recuerdan la visión del profeta Lehi? Se sintió atraído por un árbol magnífico y su fruto. Lehi reflexionó: “Vi un árbol cuyo fruto era deseable para hacer a uno feliz”. Exclamó que “era de lo más dulce, superior a todo cuanto yo había probado antes”. Llenó su “alma […] de un gozo inmenso”.

El árbol representa el amor de Dios, incluidas las manifestaciones más grandes de ese amor: el nacimiento, la vida y el sacrificio expiatorio de Jesucristo. El fruto simboliza las bendiciones que se reciben por medio de la Expiación de Jesucristo, entre ellas las ordenanzas, los convenios y las verdades del Evangelio restaurado y, finalmente, la vida eterna.

Piensen por un momento en sus frutas preferidas. ¿Son las piñas [ananás], las bananas y las uvas? ¿O los mangos, las fresas [frutillas] y los cocos? Podemos sostener el fruto, palparlo y mirarlo. Podríamos olerlo y adivinar lo dulce que es. Pero una vez que lo hemos probado, sabemos cuánto nos gusta. Lo mismo sucede con las verdades del Evangelio. Las aprendemos en casa, en la Primaria y por medio de las Escrituras. Se vuelven dulces para nosotros a medida que las vivimos, y nos traen felicidad y gozo. Permítanme contarles de tres frutos del Evangelio que me encantan.

Hijos de un amoroso Padre Celestial

Primero, somos hijos de un amoroso Padre Celestial. Los Santos de los Últimos Días saben que “una vez vivi[mos] con el Padre Celestial; Él lo sabe todo y ama a todos”. Somos Sus hijos. El Padre Celestial nos conoce personalmente. Esa es la identidad más importante de ustedes. Él “¡desea que sea[n] como Él es! [Les] dio un cuerpo, habilidades y dones espirituales. Desea que [ustedes] y todos Sus hijos descubran y desarrollen esos dones. Él nos dio un plan para ayudarnos a ser felices y que podamos bendecir a los demás”. Tener ese conocimiento nos hace más fuertes. Ese conocimiento también nos hace más bondadosos con los demás, al saber que todos los que nos rodean son nuestros hermanos o hermanas.

Estoy muy agradecido de que compartan este fruto con los demás cuando cantan nuestra querida canción que se encuentra en Canciones para los niños: “Soy un hijo de Dios”. Hace poco, dirigí un devocional con miembros de Sudamérica. Muchos estaban sufriendo a causa de un fuerte terremoto que habían padecido. Mientras invitaba a los niños de la Primaria a pararse y a todos a cantar “Soy un hijo de Dios”, un niño increíblemente pequeño de la Primaria se separó de sus padres y corrió hacia el estrado, poniéndose a mi lado. Cuando lo alcé en brazos, cantó cada palabra de la canción de la Primaria con su voz dulce, fuerte y joven. Ese testimonio fue muy importante y poderoso, e invitó al Espíritu a consolar y testificar a todos de que somos hijos de un amoroso Padre Celestial, incluso en los momentos más difíciles.

El apóstol Pablo enseñó en el Nuevo Testamento: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.

El gran plan de felicidad por medio de Jesucristo

Segundo, el gran plan de felicidad por medio de Jesucristo. Cuando vivía en Japón, me hice amigo de un sacerdote de un templo budista. Era un hombre feliz, pero cuando su esposa murió, dejándolo solo, se puso increíblemente triste, incluso deprimido. Una noche, un amigo y yo lo visitamos en su templo para ministrarle. Al principio, se mostraba reacio a hablar, por estar tan afligido y desconsolado. Cuando le pregunté si sabía dónde estaba su esposa, inmediatamente levantó la cabeza, sorprendido por la pregunta. “¿Qué quieres decir?”.

Le dijimos que los espíritus de todos los hombres y las mujeres, cuando fallecen, “son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida” y que en el amoroso plan de Dios para Sus hijos, el espíritu de la amada esposa de ese hombre, una mujer honorable, fue recibido en un lugar llamado el mundo de los espíritus, donde podía entrar en un estado de descanso, felicidad y paz. Su semblante cambió en ese instante. Fue como si lo hubiéramos visto comer del fruto del árbol de la vida y su alma se hubiera llenado “de un gozo inmenso”. Fuimos testigos de una transformación milagrosa: paz en lugar de desesperación, gozo en lugar de tristeza, esperanza en lugar de cenizas.

En el Libro de Mormón se lo describe como “el gran plan de felicidad”. La parte central de ese plan es la Expiación de Jesucristo.

Es por eso que Jesucristo es la fortaleza de la juventud. “Él ha hecho todo lo necesario para que tenga[n]” —para que tengamos— “gozo en esta vida y para siempre”. Incluso cuando cometemos errores y nos sentimos desanimados, o nos preguntamos si alguna vez seremos lo suficientemente buenos, “¡hay buenas noticias! ¡Noticias maravillosas y esperanzadoras! Debido a que Dios [nos] ama, envió a Su Hijo, Jesucristo, quien tomó sobre sí [nuestros] pecados para que [podamos] arrepentir[nos], ser perdonado[s] y seguir progresando”.

No encuentro mayor testimonio que refleje el gran plan de felicidad que cuando los niños de la Primaria de todo el mundo cantan: “¡Getsemaní! Él me ama a mí”, un himno nuevo que nos encanta.

El don del Espíritu Santo

Por último, uno de los frutos más deliciosos para los Santos de los Últimos Días es el don del Espíritu Santo, Su compañía constante. Cuando cumplen ocho años, después de su bautismo, reciben este don por la imposición de manos. Cientos de miles de conversos recientes también han sido confirmados y han recibido el Espíritu Santo.

Sabemos por revelación que el Espíritu Santo “es un personaje de Espíritu” y un miembro de la Trinidad. Entre sus funciones más importantes se encuentran advertir, consolar y testificar. Una canción de la Primaria que cantan a menudo, “Dios vive”, enseña lo siguiente: “Dios vive y sé que es mi Padre Celestial, y el Espíritu me dice que esto es verdad; me dice que es verdad”.

Conclusión

Mis jóvenes amigos, ustedes han escuchado excepcionalmente bien mientras yo describía tres deliciosos frutos del Evangelio: somos hijos de un amoroso Padre Celestial, el gran plan de felicidad por medio de Jesucristo y el don del Espíritu Santo.

Finalizaré haciéndoles una invitación. Cuando Lehi comió del fruto en su sueño, dijo: “Mi alma se llenó de un gozo inmenso; por lo que deseé que participara también de él mi familia”. Invitó a su familia a que comiera el delicioso fruto con él. Del mismo modo, piensen en cómo su familia, amigos y seres queridos serán bendecidos al comer del fruto que los bendice a ustedes.

Los invito a hacer algo tan sencillo como delicioso es el fruto del Evangelio: amar, compartir e invitar. Háganlo con palabras y acciones. Si lo hacen, les prometo que no solo sentirán el gozo y la felicidad que se reciben al saborear el fruto del Evangelio, sino que sentirán un gozo aún mayor cuando los seres queridos a su alrededor también lo saboreen.

Concluyo con mi testimonio de Dios el Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo, y de Jesucristo como nuestro Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.

 


Comentario introductorio

Las verdades del Evangelio de Jesucristo se vuelven dulces al vivirlas y producen un gozo que deseamos compartir con los demás.
Identidad, esperanza y gozo.

El élder Gary E. Stevenson nos invita a pasar del conocimiento de las verdades del Evangelio a la experiencia de sus bendiciones. Mediante la imagen del fruto del árbol de la vida, presenta tres verdades fundamentales que dan forma a su mensaje: la identidad, porque somos hijos de un amoroso Padre Celestial; la esperanza, porque podemos hallarla en Su plan de felicidad por medio de Jesucristo; y el gozo, porque podemos recibir el don del Espíritu Santo. Su propósito es ayudarnos a reconocer el valor de estas bendiciones, vivir de acuerdo con ellas y acercarlas a nuestros familiares y amigos mediante palabras y acciones de amor.

Hay verdades que repetimos con facilidad, pero cuyo significado seguimos descubriendo durante toda la vida. Saber que somos hijos de Dios, que Jesucristo hace posible nuestro arrepentimiento y que el Espíritu Santo puede acompañarnos parece sencillo. Sin embargo, estas enseñanzas adquieren una profundidad distinta cuando necesitamos consuelo, cuando debemos corregir nuestro camino o cuando buscamos cómo ayudar a alguien que sufre.

En el discurso Fruto para hacer a uno feliz, el élder Stevenson nos invita a considerar la diferencia entre conocer una verdad y experimentar sus bendiciones. Para ello, utiliza una imagen cercana: podemos observar una fruta, sostenerla y admirar su apariencia, pero solo conoceremos su dulzura si la probamos. De manera semejante, aprender el Evangelio nos prepara para recibir algo que se comprende más plenamente al vivirlo.

Aunque una parte del mensaje se dirige a los niños de la Primaria, sus enseñanzas también invitan a los adultos a examinar su relación con Dios. Con los años, podemos familiarizarnos tanto con ciertas expresiones religiosas que dejemos de detenernos en lo que significan. Ser hijos de un Padre Celestial amoroso debería influir en la manera en que nos valoramos y tratamos a los demás. Confiar en Jesucristo debería dar dirección a nuestro arrepentimiento y esperanza ante la muerte. Apreciar el don del Espíritu Santo debería llevarnos a buscar Su guía.

Por eso, al comenzar este estudio, podemos plantearnos una pregunta: ¿qué diferencia hay entre saber que el Evangelio ofrece buenos frutos y permitir que esos frutos nutran nuestra vida diaria? Esa inquietud nos ayudará a considerar el mensaje con sinceridad y a observar nuestras decisiones, nuestra manera de acompañar a quienes sufren y la disposición que tenemos para compartir aquello que nos acerca al Salvador.


Enseñanzas principales

La dulzura del Evangelio se descubre al vivirlo
La comparación con la fruta organiza todo el discurso. El recuerdo de los puestos de las granjas despierta una experiencia reconocible: la expectativa de probar algo bueno. Desde esa escena familiar, el orador conduce al oyente hacia el relato de Lehi y, después, hacia su propia relación con el Evangelio.

La distinción entre mirar una fruta y comerla nos permite comprender que la familiaridad con las enseñanzas religiosas no equivale necesariamente a participar de sus bendiciones. Podemos explicar el arrepentimiento y, aun así, postergar un cambio necesario. Podemos hablar del amor de Dios y tratar con indiferencia a quienes nos rodean. El mensaje nos invita a que el conocimiento se exprese en nuestras decisiones.

Esta comparación tampoco debe llevarnos a pensar que toda experiencia espiritual será inmediata o emocionalmente intensa. El discurso afirma que las verdades se vuelven dulces a medida que las vivimos, y esa expresión sugiere un proceso: aprender, actuar, perseverar y comprender con mayor profundidad.

Aplicación: preguntarnos qué enseñanza conocida necesita convertirse en una práctica más constante, de modo que nos acerquemos a Dios con la confianza suficiente para actuar conforme a Su palabra.

Los niños participan en la obra de Dios desde ahora
El élder Stevenson comienza reconociendo a los niños como personas conocidas y amadas por el Padre y el Hijo. Aunque también los llama el futuro de la Iglesia, afirma que ya pueden bendecir sus hogares, sus comunidades y el mundo. Su capacidad de contribuir tiene valor en el presente.

El relato del niño que canta junto a él desarrolla esa afirmación. En una reunión marcada por el sufrimiento causado por un terremoto, un niño participa de una manera sencilla y contribuye al consuelo de toda la congregación. El orador presenta su canto como un testimonio poderoso que invitó al Espíritu.

Las canciones de la Primaria cumplen también una función importante: vinculan la doctrina con palabras que los niños pueden recordar y compartir. En los ejemplos del orador, esas verdades aprendidas llegan a ser recursos de testimonio y consuelo.

Alrevisar nuestra manera de escuchar a los niños. Podemos enseñarles y, al mismo tiempo, reconocer lo que ellos aportan mediante su fe, sus preguntas y sus expresiones de amor; por ejemplo, dándoles oportunidades reales de participar en el estudio familiar, sin exigirles que se expresen como adultos.

La identidad divina fortalece y conduce a la bondad
El primer fruto responde a una pregunta fundamental: quiénes somos. El élder Stevenson presenta nuestra condición de hijos de un amoroso Padre Celestial como la identidad más importante que poseemos.

A continuación explica dos consecuencias de ese conocimiento: nos hace más fuertes y más bondadosos. Ambas deben considerarse juntas. La identidad divina puede sostener nuestra dignidad en circunstancias difíciles y, a la vez, nos recuerda que quienes nos rodean pertenecen a la misma familia humana.

Así, esta enseñanza tiene una dimensión personal y una dimensión moral. Si afirmamos que Dios nos conoce y nos ama, debemos considerar qué implica reconocer ese mismo vínculo en otras personas. El discurso lleva la doctrina hacia el trato cotidiano.

El episodio del terremoto sitúa esta verdad dentro de una experiencia de dolor. El conocimiento del amor del Padre ofrece consuelo en medio de la aflicción, aunque una lectura fiel del relato no supone que las pérdidas o las dificultades materiales hayan dejado de existir.

Jesucristo convierte el plan de felicidad en una esperanza personal
El segundo fruto se desarrolla mediante el encuentro con el sacerdote budista que había perdido a su esposa. El orador parte de una necesidad humana concreta: un hombre profundamente afligido recibe la visita de dos amigos que desean ministrarle.

Este contexto es significativo. La enseñanza sobre la vida después de la muerte surge dentro de una relación de amistad y cuidado, y el relato muestra cómo una verdad puede adquirir una importancia nueva cuando responde a una inquietud que pesa sobre el corazón.

El élder Stevenson describe un cambio inmediato en el semblante y en la esperanza de aquel hombre. Ese resultado pertenece al relato particular que comparte.

Al aprender a acompañar el duelo con presencia, escucha y verdades apropiadas, sin esperar que toda persona deje de sentir tristeza después de una conversación.

A continuación, el discurso relaciona el plan de felicidad con el arrepentimiento. Jesucristo ofrece esperanza ante la muerte y ante nuestros propios errores: gracias a Él, podemos ser perdonados y seguir progresando. De esa manera, el orador muestra que el plan del Padre es relevante tanto para nuestro destino eterno como para las decisiones que debemos tomar hoy.

El Espíritu Santo hace personal el conocimiento espiritual
El tercer fruto muestra cómo las verdades enseñadas pueden ser confirmadas a nuestro espíritu. El élder Stevenson destaca tres funciones del Espíritu Santo: advertir, consolar y testificar.

Estas funciones se relacionan con todo lo anterior. Necesitamos un testimonio de nuestra identidad divina, consuelo ante el sufrimiento y guía para vivir de acuerdo con el Evangelio. El Espíritu Santo participa en esa experiencia personal de la verdad.

La mención de los conversos recientes amplía el alcance del mensaje. Junto con los niños que se preparan para el bautismo, el orador reconoce a quienes han recibido estas ordenanzas en otra etapa de la vida. La invitación a apreciar este don se dirige a todos ellos y también a quienes lo recibieron hace muchos años.

Al revisar si damos espacio a la oración, al estudio y a la obediencia en nuestras decisiones, pues estas prácticas expresan nuestra disposición a buscar y seguir la guía divina.

El gozo recibido despierta el deseo de compartir
La conclusión vuelve a Lehi. Después de participar del fruto, él desea que su familia también lo haga. El discurso sigue ese mismo movimiento: recibir una bendición, reconocer su valor y desear que otros participen de ella.

Por eso, la invitación a amar, compartir e invitar está vinculada con el contenido entero del mensaje. Compartimos porque reconocemos a los demás como hijos de Dios y porque apreciamos lo que Jesucristo ofrece.

El élder Stevenson pide hacerlo mediante palabras y acciones. Esta combinación abarca tanto el testimonio verbal como la manera en que tratamos a las personas. La promesa del orador se refiere al gozo de participar del Evangelio y al gozo aún mayor de ver a nuestros seres queridos participar también. El texto no establece un plazo ni garantiza que toda invitación será aceptada de inmediato.

Al compartir una enseñanza que nos haya sostenido, ofrecer ayuda o extender una invitación apropiada, atendiendo a las circunstancias y a la disposición de quien la recibe.


Puntos doctrinales

El amor de Dios se manifiesta mediante Jesucristo
El fundamento doctrinal de la imagen del árbol es el amor de Dios. El élder Stevenson relaciona ese amor con el nacimiento, la vida y el sacrificio expiatorio de Jesucristo. Por tanto, la dulzura del fruto tiene su origen en lo que Dios ofrece por medio de Su Hijo.

1 Nefi 8:10–12 describe cómo Lehi ve el árbol, participa del fruto y desea compartirlo con su familia. 1 Nefi 11:21–25 vincula la explicación del árbol con el Hijo de Dios e identifica el árbol con el amor de Dios. Esta relación ayuda a mantener a Jesucristo en el centro del símbolo.

La doctrina se refiere al amor de Dios manifestado mediante el Salvador. El principio destacado en el discurso es que participamos de las bendiciones del Evangelio al vivirlo. Las acciones que propongamos para hacerlo son aplicaciones de ese principio y deben presentarse como tales.

Nuestra filiación divina fundamenta la dignidad y la fraternidad
El discurso enseña que somos hijos de Dios, que vivimos con Él antes de esta vida y que hemos recibido capacidades y dones. Esta doctrina sitúa nuestra existencia dentro de una relación con un Padre que nos conoce y tiene un propósito para nosotros.

Romanos 8:16 enseña que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Su uso en el discurso destaca que esta verdad puede recibir confirmación espiritual.

De esta doctrina, el élder Stevenson deriva un principio de conducta: reconocer nuestra filiación divina debe fortalecernos y hacernos más bondadosos. El respeto hacia los demás expresa una comprensión más profunda de nuestra relación común con Dios.

La Expiación es el fundamento del plan de felicidad
El orador declara que la Expiación de Jesucristo ocupa el lugar central en el plan de felicidad. Esta afirmación explica por qué podemos hablar de perdón, progreso y esperanza eterna: el plan depende del Salvador y de Su obra redentora.

La expresión «gran plan de felicidad» se encuentra en Alma 42:8. Alma 42:13–15 y 22–24 explica la relación entre la Expiación, la justicia, la misericordia y el arrepentimiento: gracias a la Expiación, la misericordia puede reclamar a quien se arrepiente.

Esta doctrina ayuda a comprender la esperanza ofrecida a quienes se preguntan si serán suficientemente buenos. El discurso dirige esa inquietud hacia Jesucristo: podemos acudir a Él, arrepentirnos, recibir perdón y continuar progresando. Nuestra respuesta al Salvador importa, y la posibilidad de esa respuesta descansa en Su poder redentor.

La vida continúa después de la muerte
Alma 40:11–12 enseña acerca del estado del espíritu después de la muerte y describe el descanso y la paz de los justos. Estos versículos se refieren al período entre la muerte y la resurrección; por tanto, el descanso descrito allí debe distinguirse del estado final después de la resurrección y el juicio.

El relato del sacerdote budista aplica esta enseñanza para comunicar esperanza acerca de su esposa. El propósito del episodio es mostrar el consuelo que puede brindar el conocimiento del plan de Dios; no desarrolla todos los aspectos doctrinales de la vida venidera.

Esta distinción permite conservar la fuerza espiritual del relato sin convertirlo en una explicación completa sobre la condición eterna de cada persona.

El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad y Su don se recibe mediante una ordenanza
Doctrina y Convenios 130:22 enseña que el Espíritu Santo es un personaje de Espíritu. Esto fundamenta la presentación que hace el discurso de Él como un miembro de la Trinidad que puede testificar, advertir y consolar.

El discurso distingue entre Su influencia, que puede experimentarse antes del bautismo, y el don que se confiere mediante la confirmación después del bautismo. También explica que el derecho a Su compañía constante está relacionado con guardar los mandamientos.

La doctrina incluye quién es el Espíritu Santo y cómo se recibe Su don. El principio de aplicación consiste en vivir de manera receptiva a Su influencia; dedicar un momento a la oración o actuar conforme a una impresión de hacer el bien son propuestas prácticas para responder a ese principio.


Preguntas para el debate

¿Qué significa pasar de conocer una verdad del Evangelio a participar de su fruto?
Significa permitir que esa verdad influya en nuestra manera de decidir y de relacionarnos. Saber que somos hijos de Dios puede traducirse en mayor respeto hacia los demás; comprender el arrepentimiento puede conducirnos a corregir una conducta; apreciar el Espíritu Santo puede motivarnos a buscar Su guía. La comparación del élder Stevenson nos invita a reconocer que aprender y vivir están relacionados. La clase puede explorar también cómo perseverar cuando esa comprensión crece lentamente y las bendiciones no se perciben de inmediato.

¿Cómo podemos enseñar que el Evangelio brinda gozo y, al mismo tiempo, acompañar con sensibilidad a quienes continúan sufriendo?
Los relatos del terremoto y del sacerdote afligido muestran que el mensaje se dirige a personas que enfrentan un dolor real. El conocimiento de Dios puede brindar consuelo y esperanza dentro de esas circunstancias. Al acompañar a alguien, podemos escuchar, ayudar y compartir una verdad pertinente sin imponerle una reacción emocional. El cambio inmediato que describe el orador pertenece a aquella experiencia particular. La clase puede considerar cómo expresar confianza en Jesucristo y, al mismo tiempo, respetar el proceso de quien está afligido.

¿Cómo se relacionan amar, compartir e invitar, y qué dificultades aparecen cuando intentamos vivir esa invitación?
En el discurso, las tres acciones nacen del deseo de que otros reciban las bendiciones que valoramos. Amar nos ayuda a interesarnos por la persona; compartir nos permite expresar algo de nuestra fe; e invitar ofrece una oportunidad concreta de participar. Entre las dificultades pueden encontrarse el temor al rechazo o la incertidumbre sobre cómo hablar. Una posible aplicación es escuchar primero y luego extender una invitación sencilla y apropiada. Las aportaciones de la clase pueden ayudar a reconocer formas de hacerlo con sinceridad y respeto, manteniendo el afecto sin importar la respuesta.


Comentario final

El discurso del élder Gary E. Stevenson nos invita a considerar qué lugar ocupan las verdades del Evangelio en nuestra vida. Las hemos escuchado, las hemos enseñado y quizá podemos expresarlas con facilidad. Ahora podemos preguntarnos cómo están influyendo en nuestras decisiones y en nuestra manera de amar.

Somos hijos de un Padre Celestial que nos conoce. Recordarlo puede sostenernos cuando nos sentimos inseguros y ayudarnos a mirar con más paciencia a quienes nos rodean. Cada persona con la que convivimos tiene una dignidad que merece ser reconocida en nuestras palabras y en nuestros actos.

El Padre también ha preparado un plan de felicidad cuyo centro es Jesucristo. Gracias al Salvador, nuestros errores pueden conducirnos al arrepentimiento y al progreso, y ante la muerte, Su obra redentora ofrece esperanza. En las circunstancias difíciles, estas verdades pueden sostener nuestra confianza en Dios mientras seguimos atravesando el dolor.

El don del Espíritu Santo nos recuerda que podemos buscar ayuda divina durante ese camino. Su testimonio, Sus advertencias y Su consuelo son bendiciones que merecen nuestra atención. Apreciar ese don nos invita a escuchar y a responder con mayor fidelidad.

Después de participar del fruto, Lehi deseó que su familia también lo recibiera. El élder Stevenson nos invita a hacer lo mismo mediante el amor, las palabras y las acciones. Podemos comenzar con una decisión concreta: elegir esta semana a una persona y acercarnos a ella con un acto de amor que responda a una necesidad real. Al hacerlo, podemos buscar una oportunidad apropiada para compartir una verdad del Evangelio o extender una invitación sencilla.

La dulzura del Evangelio adquiere un significado más profundo cuando lo vivimos. Y al recibir sus bendiciones, podemos comprender mejor el deseo de Lehi: que las personas que amamos también conozcan el gozo que viene de Dios por medio de Jesucristo.

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