Conferencia General Abril 1946
Contenido
Viernes por la mañana
- George Albert Smith — Nuestras bendiciones y privilegios.
- John A. Widtsoe — El camino hacia la paz.
Viernes por la tarde
- Joseph F. Merrill — Algunos problemas actuales.
- Levi Edgar Young — José Smith.
- Marion G. Romney — La Santa Cena y la compañía del Espíritu Santo.
- Antoine R. Ivins — Vencer el egoísmo para amar a nuestro prójimo.
- Spencer W. Kimball — El modelo del martirio.
Sábado por la mañana
- Richard L. Evans — Actuar por voluntad propia conforme a principios correctos.
- Joseph F. Smith — Confíen en el Señor.
- Harold B. Lee — Vivir unidos por los lazos de la hermandad.
- J. Reuben Clark, Jr. — Los frutos de una vida recta.
Sábado por la tarde
- LeGrand Richards — El camino de la vida.
- Clifford E. Young — José Smith, profeta del Dios viviente.
- Marvin O. Ashton — El equilibrio entre lo espiritual y lo temporal
- George F. Richards — La verdad prevalecerá.
Sesión del sacerdocio
- S. Dilworth Young — El deseo de servir en una misión.
- Alma Sonne — Por sus frutos los conoceréis.
- David O. McKay — La Santa Cena del Señor.
- J. Reuben Clark, Jr. — La primera gran causa.
- George Albert Smith — El valor del testimonio.
- John A. Widtsoe — La fe bajo la bomba atómica.
Domingo por la mañana
- Milton R. Hunter — La responsabilidad de proclamar el Evangelio.
- Charles A. Callis — Seguridad espiritual
- Thomas E. McKay — Mantener encendida la luz del Evangelio.
- Joseph Fielding Smith — «El campo blanco está ya para la siega».
Domingo por la tarde
- Joseph L. Wirthlin — Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo.
- Mark E. Petersen — En defensa de la libertad.
- Albert E. Bowen — El valor de los grandes hombres.
- George Albert Smith — Discurso de clausura.
Nuestras bendiciones y privilegios
Presidente George Albert Smith
Reconocer con gratitud las bendiciones del Evangelio restaurado y vivir en obediencia a los mandamientos de Dios para recibir Su guía y paz y bendecir a los demás.
Esta congregación de esta mañana sería una inspiración para cualquier persona reflexiva del mundo. Al estar aquí de pie, mirar sus rostros y darme cuenta de que el recinto está lleno a su máxima capacidad (al menos hay personas de pie en diversas partes del edificio que aún no han conseguido asiento), y esto en un ajetreado día de semana, cuando tantas personas están ocupadas en otros asuntos y no pueden salir de sus hogares, sé que esta gran asistencia indica una fe digna de elogio.
LA INSPIRACIÓN DE LA MÚSICA
Estoy seguro de que nos hemos sentido elevados por la gloriosa música de nuestras Madres Cantoras esta mañana, que representan a la organización de mujeres más grande de todo el mundo dedicada a la obra de caridad y a elevar a la mujer. Este grupo que acaba de cantarnos esta mañana representa a esta región en particular; y si ustedes viajaran a diferentes partes del mundo, incluso a los mares del Sur, encontrarían un grupo de Madres Cantoras en las diversas misiones de la Iglesia, que cantan la misma música que cantamos aquí, pero cuyos himnos se han traducido a sus propios idiomas, y se regocijan al cantar alabanzas a nuestro Padre Celestial.
Me pregunto si hay personas en todo el mundo que tengan tantos motivos para estar agradecidas como este grupo reunido aquí esta mañana. Entre quienes se han congregado para la conferencia hay personas procedentes de diversas partes del mundo que representan a distintos campos misionales; muchos de ustedes han recorrido un largo camino para estar presentes esta mañana.
LA SEGURIDAD DE LOS MISIONEROS EN HAWÁI
Para tranquilidad de quienes están aquí o puedan estar escuchando y tengan familiares sirviendo como misioneros en las islas de Hawái, nos complace informarles que esta mañana recibimos un cablegrama de Hawái en el que se comunica que, aunque el reciente maremoto ha causado daños considerables, mucha destrucción de propiedades y algunas pérdidas de vidas entre nuestros miembros, se informa que todos los misioneros están a salvo.
EL CAMINO HACIA LA PAZ
Ante la confusión y la incertidumbre que existen por todas partes, ciertamente somos bendecidos quienes podemos congregarnos esta mañana bajo este espacioso techo para adorar. ¡Qué privilegio es vivir en una época de la historia del mundo en la que sabemos que Dios vive, en la que sabemos que Jesucristo es el Salvador del mundo y nuestro Redentor, y en la que sabemos que el Señor continúa manifestándose a Sus hijos que se han preparado para recibir Sus bendiciones! Esta mañana contemplo los rostros de una gran congregación, cuyos integrantes, en su mayoría, disfrutan de la inspiración del Todopoderoso y, cuando oran, oran a su Padre que está en los cielos sabiendo que sus oraciones serán contestadas con bendiciones sobre ellos. Vivimos en una época en la que se está cumpliendo entre las naciones el pasaje de las Escrituras en el que el Señor dijo, por medio de uno de Sus profetas, que en los últimos días «[…] perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus entendidos» Isa. 29:14 Con toda la sabiduría del mundo, hasta ahora ningún grupo ha podido señalar el camino hacia la paz con la certeza de que ese sea el camino. Quienes estamos reunidos aquí esta mañana somos afortunados de saber que hay un camino hacia la paz que es el único que dará resultado, y ese camino consiste en guardar los mandamientos de Dios tal como se revelaron a los hijos de los hombres en la antigüedad y en nuestros días. Si se siguiera ese camino, podrían resolverse todos los problemas tan graves que hay en el mundo, y la paz llegaría a esta desdichada tierra.
EL CUIDADO DIVINO
Así pues, esta mañana, bajo la influencia de la oración, habiendo venido como lo hemos hecho para esperar en el Señor Isa. 40:31 ciertamente se cumplirá para nosotros Su promesa de que, cuando aun dos o tres se reúnan en Su nombre, Él estará allí para bendecirlos Mateo 18:20 Qué consuelo es comprender que no hay duda alguna al respecto: que somos hijos de nuestro Padre Celestial, que Él sí nos ama y que, debido a Su afán por nuestra paz y bienestar, envió en nuestros días a otro profeta para restaurar el Evangelio de Jesucristo y establecer en la Iglesia la autoridad divina, a fin de que los hombres, como en la antigüedad, puedan poseer el sacerdocio y oficiar en las ordenanzas del Evangelio de nuestro Señor. Ningún otro pueblo tiene esa certeza como la tenemos nosotros. No lo digo con jactancia, sino con gratitud: sabemos que hay un Dios en los cielos, que Él es nuestro Padre, que sí se interesa en nuestros asuntos y que lo ha hecho desde el principio del mundo, cuando Sus primeros hijos fueron puestos sobre la tierra.
Hace mucho tiempo, uno de Sus profetas hizo esta declaración, que se ha cumplido literalmente: «Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas» Amós 3:7 Todas las cosas importantes que han sucedido en el mundo hasta ahora han sido predichas por los siervos del Señor, y las cosas importantes que están ocurriendo y que ocurrirán serán reveladas, si no lo han sido ya, antes de que sucedan. Creo que es maravilloso saber cuán cerca estamos de nuestro Padre Celestial, y también creo que es lamentable que algunos de nosotros no apreciemos cuán cerca está Él, debido a que en muchos casos no hemos vivido a la altura de Sus sabios consejos.
UNA TIERRA ESCOGIDA
Vivimos en la tierra más maravillosa de todo el mundo, «[…] una tierra escogida sobre todas las demás» Éter 2:10 así lo declaró un profeta. Los habitantes de este gran hemisferio occidental, y en particular de los Estados Unidos de América y Canadá, disfrutan de ventajas: oportunidades y bendiciones que no se conocen en muchas partes del mundo. Se nos permite adorar a Dios conforme a los dictados de nuestra conciencia A. de F. 1:11 Podemos ajustar nuestra vida de acuerdo con Sus reglas y disposiciones sin que interfieran quienes no creen en Dios y tienen una actitud contraria a Cristo hacia la familia humana. Por eso, esta mañana siento que estoy hablando a una gran familia. Todos somos hermanos y hermanas. Estamos aquí para adorar. Esta no es simplemente una convención. Esta es una conferencia de los representantes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que han venido de sus hogares a este edificio, que ha sido santificado por quienes han hablado desde este mismo púlpito y se han congregado aquí desde que se construyó. Fue erigido en medio de la pobreza del pueblo, y no se encuentra otro lugar semejante en todo el mundo. A menudo, cuando está vacío, hay aquí un espíritu que encontrarán en pocos lugares del mundo. Muchas personas han venido aquí como turistas en un ajetreado día de semana y, al entrar bajo la sombra de este techo, contemplar el interior del edificio y ver este gran órgano, estando todo en silencio, muchas de ellas se han conmovido hasta las lágrimas por la inspiración y la influencia que han encontrado aquí.
LA BENDICIÓN DE LA VIDA
Estamos aquí como hijos e hijas del Dios viviente, procurando avanzar por la vida hasta que seamos dignos de la exaltación en el Reino Celestial. ¡Qué privilegio es! ¡Cuánto espero que lo apreciemos esta mañana y que continuemos apreciándolo mientras vivamos sobre la tierra! Espero que durante las sesiones de la conferencia todos vengamos preparados para alimentarnos del pan de vida Juan 6:48 Espero que vengamos con una oración en el corazón para que quienes nos dirijan la palabra sean inspirados, para que puedan recibir de nuestro Padre Celestial la inspiración necesaria para apacentar Su rebaño. Si lo hacemos, cuando la conferencia haya concluido y se haya ofrecido la última oración, regresarán a nuestros hogares, en los valles de estas colinas sempiternas y en los demás estados, territorios y misiones aquí representados, hombres y mujeres que hayan comprendido plena y cabalmente que esperamos en nuestro Padre Celestial y que Él no nos defraudó.
ORACIÓN Y BENDICIÓN
No es mi propósito hablar mucho esta mañana. Los saludo y les doy la bienvenida en nombre de la Iglesia, y les digo que es un gozo contemplar sus rostros y estar con ustedes para adorar y esperar en el Señor, con la certeza de que Él escuchará y contestará las oraciones que ya se han ofrecido y que seguirán ofreciéndose, no solo por quienes hablan en voz alta, sino también por quienes vienen aquí con una oración en el corazón. Ruego que el Espíritu del Señor esté en nuestros hogares y moradas, que de esta gran conferencia emanen influencias que enriquezcan la vida de los presentes y de los ausentes, para que día tras día hagamos brillar nuestra luz de tal manera que otros, al ver nuestras buenas obras, se sientan impulsados a glorificar el nombre de nuestro Padre Celestial Mateo 5:16
Ruego que Su Espíritu esté aquí en gran abundancia este día, para que podamos participar de Su influencia y ser instruidos e informados bajo ese poder que enriquecerá nuestra vida y nos dará un sentimiento de gratitud por poder estar aquí esta mañana, y que el Señor añada Su bendición y Su paz sobre ustedes y sobre los hijos y las hijas de nuestro Padre en todas partes.
Cuánto ruego en mi alma esta mañana, ante ustedes, que el presidente de los Estados Unidos y quienes trabajan con él vivan de tal manera que el poder del Señor esté con ellos, que no sean descarriados, sino que dirijan los asuntos en la sede del gobierno de tal forma que los habitantes de esta nación sean bendecidos por su deseo de honrar a Dios y guardar Sus mandamientos, y que estas y todas las demás bendiciones sean nuestras.
Esta mañana pienso en nuestros hermanos necesitados de los diversos países devastados por la guerra. Casi a diario recibimos noticias, de una u otra fuente, de personas que no tienen suficiente alimento para nutrir su cuerpo como deberían, personas que llevan puesta la misma ropa que usaban cuando estalló la guerra y no tienen manera de reemplazarla, personas cuyos hogares han quedado hechos pedazos por las bombas y han sido destruidos por la gran guerra. Muchas de esas personas, esta mañana, sabiendo dónde estamos, están orando para que ellas también sean inspiradas. Somos bendecidos, hermanos y hermanas, y ruego que apreciemos nuestras bendiciones y vivamos de manera que seamos dignos de ellas, en el nombre de Jesucristo. Amén.
El camino hacia la paz
Élder John A. Widtsoe<
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La certeza espiritual que nace de la fe en Jesucristo y en Su Evangelio restaurado nos permite hallar paz, afrontar las dificultades con valor y seguir la guía de los profetas, como lo hicieron los pioneros.
Mis hermanos y hermanas: Hasta ahora, esta ha sido una sesión de la conferencia muy conmovedora. Hemos oído la voz del profeta de Dios. Es lamentable que un pueblo no tenga un profeta que lo guíe. Estamos profundamente agradecidos por contar con la guía de un profeta. También debemos habernos sentido muy agradecidos al escuchar las estadísticas que se leyeron sobre el progreso de la Iglesia.
ACONTECIMIENTOS DE HACE UN SIGLO
Durante esta hora, mi mente ha pasado de la Iglesia de hoy a la Iglesia de ayer para compararlas. Hace cien años comenzó la evacuación de Nauvoo. John R. Young escribe en su autobiografía que una mañana de febrero de 1846 —tenía entonces unos nueve años— se despertó, se vistió y salió al patio; allí vio a algunas personas, unas de su familia y otras desconocidas, que cargaban los muebles de la casa en dos grandes carromatos. Fue a su madre y le dijo: «Mamá, ¿qué significa todo esto?». Ella lo tomó entre sus brazos y le dijo: «Hijo, vamos a dejar nuestro hogar y nunca volveremos a verlo».
Si recuerdo bien la fecha, fue alrededor del 4 de febrero cuando las dos primeras familias cruzaron el río Misisipí entre los bloques de hielo flotantes. Una de esas familias —a menos que esté muy equivocado— estaba encabezada por el bisabuelo del actual Presidente de la Iglesia, John Smith, célebre en la historia de la Iglesia. Poco después, en medio de un período de frío intenso, las aguas del Misisipí se congelaron; entonces las personas pudieron llevar sus carromatos y sus caballos, y cruzar ellas mismas a pie sobre el hielo rumbo al oeste. Comenzaron lo que, en la historia del mundo, es la mayor aventura de su clase que se haya conocido. Entre quince y veinte mil personas se trasladaron, de manera ordenada, desde una ciudad bien establecida hacia el oeste, a un destino desconocido. Hubo penurias en aquel viaje; hubo enfermedades; hubo muertes; nacieron bebés; pero la caravana siguió adelante. Compárenlo con las felices circunstancias que nos rodean aquí hoy: un gran pueblo, reunido por millares en paz. Este extraordinario éxodo —único en la historia del mundo— nos hace sentir orgullosos de nuestro legado. En esta congregación hay hoy cientos de descendientes de las personas que hicieron aquel viaje; y todos nosotros somos descendientes espirituales de aquel grupo. Todos hemos aceptado la fe que ellos tenían. Los logros de aquellas personas, hace cien años, nos conmueven al recordar el pasado.
Sabían de antemano, desde algunos meses antes, que la evacuación debía realizarse en ese momento. Por eso, en Nauvoo todos estaban ocupados. Se construían carromatos; se daba forma a los aros de las ruedas; era una época de intensa preparación para el viaje hacia el desconocido oeste. Sin embargo, en medio de aquel trabajo y aquella ansiedad, mis hermanos y hermanas, esas personas terminaron, lo mejor que pudieron, la construcción del templo de Nauvoo. Con anhelo y a cualquier costo, mediante cualquier sacrificio, había que terminar el templo de Dios, al menos lo suficiente para que quienes pronto emprenderían su peregrinación pudieran recibir sus investiduras en el santo templo del Dios Todopoderoso. De hecho, primero se vieron obligados a dedicar aquel templo parcialmente. La planta superior se dedicó primero, en noviembre, antes de aquel febrero del éxodo. Allí, entonces, muchos cientos recibieron sus investiduras. Más adelante, justo antes de que los hermanos que presidían partieran en abril, se reunieron discretamente, en privado, en el templo y lo dedicaron al Dios Todopoderoso. Hecho esto, lo dejaron en manos del Dios Todopoderoso. Pero trajeron consigo hasta nosotros, hasta estos valles de las montañas y hasta toda la Iglesia desde entonces, como fruto de sus labores, todas las bendiciones del templo, de las cuales participamos hoy.
Estos son los pensamientos que acudieron a mi mente mientras escuchábamos el magnífico discurso de nuestro Presidente y el gran informe sobre la situación actual de la Iglesia.
SE CUMPLE UNA PROFECÍA DE JOSÉ SMITH
Por lo menos una profecía del profeta José Smith se ha cumplido literalmente. Cuando apenas había dejado de ser un muchacho, en los primeros años de su edad adulta, antes de que se organizara la Iglesia, el Señor le dijo:
Una obra grande y maravillosa está a punto de aparecer entre los hijos de los hombres D. y C. 6:1
Desconocido, sin instrucción, sin reputación, debería haber quedado en el olvido en una pequeña aldea, casi sin nombre, en una región apartada de un gran estado; pero se atrevió a decir que la obra que estaba realizando, bajo la dirección de Dios, llegaría a ser una obra maravillosa y un prodigio en el mundo. Sabemos, mis hermanos y hermanas, que, ya sea un amigo o un enemigo quien hable de nosotros, si es un hombre reflexivo y honrado, declarará que, sean cuales sean en su opinión los fundamentos de esta obra —nosotros conocemos esos fundamentos—, es una obra maravillosa y un prodigio, sin igual en la larga historia del mundo. Las verdades que dio a conocer el profeta José Smith han influido en toda persona de fe de todo el mundo civilizado y han cambiado sus creencias para bien en una medida apreciable.
Así pues, aquellas personas de Nauvoo siguieron su peregrinación. Finalmente llegaron a este lugar. Su establecimiento aquí no es el tema de nuestro relato de hoy.
LOS PIONEROS TENÍAN CERTEZA DE SUS CREENCIAS
Uno no puede evitar preguntarse por qué, en medio de toda clase de dificultades, emprendieron aquel peligroso viaje por desiertos y llanuras. Habría sido tan fácil decir, como lo hicieron unos pocos: «Esto es pagar un precio demasiado alto. Nos quedaremos aquí. Les diremos a estos enemigos: “Adiós a José Smith, adiós a la Iglesia”. ¿Por qué afrontar esta extraordinaria petición que se nos hace de trasladarnos de la civilización al desierto?».
Debió de haber una buena razón para decidir seguir adelante. Sabemos cuál fue esa razón. Se atrevieron a hacer lo que hicieron, a afrontar la persecución, a afrontar las dificultades, a enfrentarse a la muerte si era necesario, porque tenían certeza de sus creencias. No había duda alguna en su mente. La certeza había eliminado toda vacilación. Sabían adónde iban: no al lugar preciso, al valle del Gran Lago Salado, donde se construiría Salt Lake City, sino que sabían que Dios estaba a la cabeza y que los estaba guiando al lugar correcto. No tenían ninguna duda al respecto. Sabían que Dios vive, un Dios que desea ayudar a Sus hijos en esta tierra. Sabían de la realidad de la misión, el origen y el linaje de Jesucristo. No tenían ninguna duda sobre la misión divina del profeta José Smith. La duda y el temor habían desaparecido. Quienes tenían dudas se quedaron atrás, pero quienes vivían con un espíritu de certeza siguieron adelante.
EL MUNDO NECESITA CERTEZA HOY
Me pregunto, si se me permite expresar mi conclusión en pocas palabras, si la certeza no es la gran necesidad del mundo actual. Lean los periódicos de hoy, que nos transmiten las noticias del mundo. Lean los artículos sobre filosofía o religión, o las propuestas para poner en orden las cosas en el mundo actual. En ellos no hay certeza. Unos dicen: «Esto servirá», y otros dicen: «Aquello servirá». No hay unidad de entendimiento, no hay certeza.
El presidente Smith habló hoy del camino hacia la paz. Dijo: «Conocemos el camino hacia la paz». Fueron las palabras más importantes que se pronunciaron en esta sesión de la conferencia, o que podrían pronunciarse: que conocemos el camino hacia la paz. Los Santos de los Últimos Días que han buscado la luz, que han procurado encontrar la verdad, que se han dedicado al estudio y a la práctica del Evangelio restaurado de Jesucristo, conocen la manera correcta de vivir. No hay duda ni vacilación en cuanto a las cuestiones de la vida. Esas cosas han desaparecido. La certeza es la gran necesidad del mundo. Desde los recintos de los congresos o parlamentos, desde los recintos de quienes dirigen en todas partes del mundo, se eleva este gran clamor: «Enséñennos a tener la certeza de que lo que hacemos es correcto y favorece la causa que representamos».
La voz de la certeza, quizá la mayor necesidad del mundo, es el gran mensaje del mormonismo para todos los pueblos. En el Evangelio de Jesucristo hay unos pocos fundamentos sencillos, verdades eternas que, si se aceptan, pueden servir como piedras fundamentales de toda estructura que conduzca al bien permanente y eterno del ser humano.
LA FE DE LOS PIONEROS
Aquellas personas que cruzaban Iowa, avanzando hacia Winter Quarters, habían perdido a un profeta. Les habían arrebatado al hombre al que amaban, que había conversado con Dios, que había sido un instrumento en la organización de la Iglesia y por medio de quien habían sido guiados. Fue una pérdida terrible; pero ¿tuvieron temor? Conocían la veracidad del Evangelio del Señor Jesús. Tenían certeza de su origen. Tenían certeza del sacerdocio, con su poder y autoridad. Allí había otro hombre, un hombre sencillo y común, pintor, vidriero y carpintero, un hombre muy dotado por naturaleza, aunque había otros igualmente dotados. A este hombre se le había conferido la autoridad para dirigir, tal como la había tenido el profeta José. Los seguidores no vacilaron ni un momento. La obra de Dios es continua, eterna, y siguieron al nuevo líder como habían seguido a José en los días anteriores y como espero que nosotros sigamos a nuestros líderes hoy. Permítanme intercalar aquí este pensamiento: No ha habido disminución alguna del poder ni de la capacidad para dirigir en esta Iglesia desde los días del profeta José. Hoy se posee la misma autoridad que entonces; y los hombres que poseen esa autoridad en nuestros días son tan capaces como los del pasado de llevar adelante la obra del Señor.
Tales son las lecciones del pasado. La historia es algo muerto a menos que se utilice para enseñarnos lecciones a quienes vivimos en una época posterior. Pensamos en los acontecimientos de hace cien años. Al contrastarlos con las condiciones de la Iglesia hoy, encontramos lecciones de valor y fe que nos ayudan en nuestro diario andar ante el Señor y ante nuestros semejantes.
Para concluir, nuestra gran necesidad es aprender a estar seguros y tener certeza de las cosas que pertenecen al Evangelio del Señor Jesucristo, y ser valientes al seguirlas. La certeza no es sino otro nombre para una parte de la fe. Sin fe no podemos hacer nada; con fe se puede lograr cualquier cosa. En este, el gran reino del Señor en los últimos días, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro propio ser en la fe. Nuestros antepasados, hace cien años, cruzaron penosamente las llanuras de Iowa y más allá, sabiendo que estaban destinados, si obedecían la verdad, a ayudar a edificar el reino de Dios sobre la tierra. Sigamos adelante hoy con la misma fe y certeza. Que sintamos tanta certeza como ellos de que nosotros, en esta época de muchos problemas, tenemos el mismo gran destino: ayudar a edificar el reino de Dios sobre la tierra. Haznos fuertes en nuestras labores para cumplir nuestro destino. Lo ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
Algunos problemas actuales
Élder Joseph F. Merrill
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Vivir con lealtad las enseñanzas del Evangelio mediante el arrepentimiento, el fortalecimiento del matrimonio y la familia, la enseñanza de los hijos y la obediencia a la Palabra de Sabiduría, dando un ejemplo de rectitud ante las influencias del mundo.
Las condiciones del mundo actual son tales que todo Santo de los Últimos Días afronta un desafío: un desafío de lealtad a los líderes de la Iglesia y a sus enseñanzas y normas. Quizá nunca las fuerzas del mal hayan estado tan desatadas ni su influencia tan extendida como ahora. Echemos un breve vistazo a esta sombría situación.
La prevalencia del mal
A los ojos de un Santo de los Últimos Días, y juzgando según las normas que profesa, nunca antes la gente del mundo en general se había entregado tanto a sus prácticas pecaminosas como hoy. ¿Han sido alguna vez más bajas las normas de moralidad sexual? ¿Han estado alguna vez más desatados el egoísmo, la codicia y la delincuencia? ¿Ha sido alguna vez más fría la fe religiosa? ¿Ha sido alguna vez más fuerte el deseo de obtener algo a cambio de nada? ¿Ha sido alguna vez más encarnizada la lucha por los cargos y el poder? ¿Han sido alguna vez más débiles los lazos familiares? ¿Se han quebrantado alguna vez con más frecuencia los votos matrimoniales? En cuanto a los Estados Unidos, ¿no es una respuesta negativa a estas preguntas la correcta? ¿Acaso no expresaba hechos Alexander Pope cuando escribió:
El vicio es un monstruo de aspecto tan espantoso,
que basta verlo para aborrecerlo;
pero, visto tan a menudo que su rostro se vuelve familiar,
primero lo toleramos, luego lo compadecemos y finalmente lo abrazamos.
Juzgadas según las enseñanzas y las normas de los Santos de los Últimos Días, las condiciones morales del país son sumamente deplorables. Y, sin embargo, es triste decirlo, nuestro pueblo no está en absoluto plenamente justificado para asumir una actitud de «soy más santo que tú». Entre nosotros existen pecados mundanos de toda clase. Es insensato cerrar los ojos y negar la presencia de estas cosas. Por eso sugiero que afrontemos la situación con franqueza y hagamos algo al respecto. ¿Qué?, preguntará alguien. Respondo: arrepentirnos sinceramente y ayudar a nuestros semejantes a hacer lo mismo. Una investigación mostrará que fumar, beber, los juegos de azar, la delincuencia juvenil, la fornicación, el quebrantamiento de los votos matrimoniales, los hogares deshechos y los divorcios —por mencionar solo algunas cosas— son males que van en aumento entre nosotros. Para quienes tienen una mentalidad mundana, la mayoría de estas cosas son asuntos menores, carentes de aspectos pecaminosos. Pero para los Santos de los Últimos Días el caso es completamente distinto. No podemos entregarnos a ninguna de estas cosas con la conciencia libre de culpa, porque se nos ha enseñado de otra manera. Tenemos revelaciones divinas al respecto; la Palabra de Sabiduría, por ejemplo. Por lo tanto, sabemos que fumar y beber desagradan al Señor. Todo código moral considera que los juegos de azar son algo incorrecto. El matrimonio es una condición sagrada que requiere votos solemnes e impone obligaciones vinculantes. Si todos estos se cumplen fielmente, entonces, dentro del hogar, puede haber un cielo en la tierra: un lugar donde vivan niños inocentes y alegres, padres felices y una familia cristiana unida.
La delincuencia juvenil
Según informes fidedignos, la delincuencia juvenil, tanto entre los muchachos como entre las muchachas, ha aumentado considerablemente en los últimos años hasta alcanzar proporciones alarmantes. Se señalan como causas principales los hogares deshechos y la ausencia de las madres de sus hogares. Para los Santos de los Últimos Días, la vida familiar, el hogar y los hijos son requisitos para alcanzar la mayor felicidad y gloria, tanto en esta vida como en la venidera. Los hijos son las joyas más resplandecientes de la diadema de cualquier mujer. Bien podría esta verdad quedar grabada de manera indeleble en la mente de toda esposa.
En cuanto al deber de los padres para con sus hijos, el Señor dijo por medio de Su profeta José Smith:
Y además, si hay padres que tengan hijos en Sion o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres […] Y también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor D. y C. 68:25, 28
Además, en Doctrina y Convenios leemos:
Todos los niños tienen el derecho de recibir el sostén de sus padres hasta que sean mayores de edad D. y C. 83:4
Así pues, tanto la ley divina como la ley civil hacen responsables a los padres de sus hijos. Ningún Santo de los Últimos Días lleva una vida digna a los ojos del Señor si descuida hacer todo lo que esté a su alcance para criar a sus hijos de acuerdo con las normas del Evangelio. Que todo padre y toda madre presten atención a estos requisitos. El sabio Salomón declaró:
Instruye al niño en su camino; y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él Prov. 22:6
Sin embargo, hay padres que errónea e insensatamente dicen que deben dejar que sus hijos crezcan sin enseñanza ni formación religiosa para que sean libres de elegir por sí mismos cuando sean adultos. Esta es una doctrina de Satanás. No puede eximir en lo más mínimo a los padres de la responsabilidad para con sus hijos que el Señor les impone: una verdad que ciertamente aprenderán algún día y, si la han desatendido, será para su pesar.
Que todos los Santos de los Últimos Días sean fieles a sus deberes como padres, para que sus hijos sean una alegría para ellos y una honra para la comunidad donde viven.
El aumento de los divorcios
Hace un año, desde este púlpito, el presidente David O. McKay analizó la cuestión del divorcio y afirmó que, en los Estados Unidos, los divorcios habían aumentado tanto que uno de cada seis matrimonios terminaba en los tribunales de divorcio. Recientemente se ha dicho públicamente que alrededor del cincuenta por ciento de los matrimonios contraídos durante la guerra por jóvenes estadounidenses que prestaban servicio militar están terminando en divorcio. El panorama que presentan estas cifras es triste y deplorable. Es indicativo de condiciones inestables, pecaminosas y desmoralizadoras, que destruyen los ideales del matrimonio, la familia y el hogar, y constituyen una clara plaga sobre la vida feliz que toda pareja casada puede lograr si es fiel a sus votos matrimoniales. Entonces, ¿no refleja necesariamente el fracaso de un matrimonio algo desfavorable de una o de ambas partes, las responsables de ese fracaso? Ciertamente indica un grave incumplimiento, pues no se han satisfecho las condiciones de una unión feliz.
¿Cuáles son esas condiciones?, podría preguntar quien no tiene experiencia. Puesto que no reúno los requisitos para considerarme experto en estos asuntos, no me aventuraré a responder la pregunta, salvo para decir que, si cada una de las partes del contrato matrimonial vive fielmente la Regla de Oro en todas sus relaciones con su cónyuge, entonces el matrimonio sin duda tendrá éxito. Un matrimonio entre Santos de los Últimos Días es una unión de dos compañeros en igualdad de condiciones, obligados a edificar un hogar donde el amor mutuo, el respeto, la confianza, la fidelidad, la tolerancia, la paciencia y la bondad sean algunos de los factores esenciales que lo rijan. Y en el hogar donde estos prevalezcan jamás entrará el horrible espectro del divorcio.
[…] existen los hombres para que tengan gozo 2 Ne. 2:25
El matrimonio es esencial para una plenitud de gozo. Que todo Santo de los Últimos Días que entre en el sagrado estado del matrimonio lo haga con la firme determinación de vivir de tal manera que pueda experimentar todo el gozo y la felicidad que allí se pueden obtener. El matrimonio fue instituido por Dios mismo. Nadie puede quebrantar sus convenios impunemente.
Se condena el consumo de tabaco y alcohol
Y ahora, unas palabras acerca de fumar y beber. Me dirijo a los Santos de los Últimos Días, a personas que aceptan la Palabra de Sabiduría como una revelación divina. Siendo así, no pueden entregarse al consumo de bebidas alcohólicas o tabaco sin experimentar, al menos hasta cierto punto, un sentimiento de culpa, porque el Señor ha dicho que las bebidas alcohólicas y el tabaco no son buenos para el ser humano y, por lo tanto, su consumo es contrario a Su voluntad y a las enseñanzas de la Iglesia. Así pues, en lo que respecta a fumar y beber, un Santo de los Últimos Días y un incrédulo no se encuentran en el mismo plano moral. El segundo no tiene conciencia de estar pecando; el primero sí. ¿Por qué, entonces, lo hacen los Santos de los Últimos Días? Hay diversas razones, pero quizá la principal sea que otras personas lo hacen. En mayor o menor medida nos influyen las acciones de los demás. Una mujer usa vestidos cortos porque es la moda, no porque eso realce la belleza de su apariencia. Pero el Señor dijo:
[…] los que no conocieron ninguna ley tendrán parte en la primera resurrección; y les será tolerable D. y C. 45:54
También:
Porque de aquel a quien mucho se da, mucho se requiere; y el que peque contra mayor luz, mayor condenación recibirá D. y C. 82:3
¿No es esta una norma misericordiosa y justa por la cual ser juzgados? Repito: los miembros de la Iglesia no pueden justificarse por quebrantar las leyes y los mandamientos del Señor porque quienes no son miembros lo hagan. De hecho, en cualquier caso, cada persona será responsable de lo que haga, pues se le ha dado su albedrío. Pero llamo la atención sobre el hecho de que toda persona es responsable del ejemplo que da y de la influencia que ejerce en los demás. Por humilde que sea, sus palabras y sus actos afectarán a uno o más de sus semejantes. Por lo tanto, deberá rendir cuentas de esas palabras y esos actos. Que su ejemplo sea bueno, particularmente para los jóvenes, es una de las razones por las que somos tan persistentes en procurar que todas nuestras personas mayores que consumen sustancias narcóticas adopten la abstinencia.
Pero permítanme advertirles que fumar y beber van en aumento entre la gente, al igual que otros males, como la delincuencia juvenil, los juegos de azar, la profanación del día de reposo, el lenguaje profano, la fornicación y otras clases de iniquidad.
Una iniciativa para aumentar la venta de bebidas alcohólicas
Ante toda esta situación, es necesario que cada Santo de los Últimos Días se ciña la armadura de la rectitud y siga adelante, luchando valientemente por la causa de lo correcto, la moral cristiana, la justicia y la verdad, conforme a los ojos que el Señor nos ha dado para ver y al entendimiento para comprender estas cosas. Satanás y sus huestes están atentos para extender su dominio y aumentar su poder. Por ejemplo, a pesar de los testimonios y los hechos que demuestran que el consumo de bebidas alcohólicas produce males físicos, mentales, morales y espirituales de muchas clases, y que el negocio de las bebidas alcohólicas es siempre, en mayor o menor grado, contrario a la ley y corruptor, actualmente hay en marcha una iniciativa en Utah para ampliar este negocio, multiplicar los canales de venta de bebidas alcohólicas y facilitar su adquisición.
Los promotores oficiales de la derogación en 1933 proclamaron a viva voz que jamás se permitiría el regreso de la cantina. Aquel antro de mala reputación era un hedor para las personas de mente limpia. Las mujeres decentes jamás cruzaban su umbral. Pero ahora se propone multiplicar muchas veces en Utah los lugares donde se pueden servir legalmente bebidas alcohólicas y convertir innumerables restaurantes y mostradores de comida en tabernas. Además, se nos pide que legalicemos la venta de bebidas alcohólicas en clubes sociales y nocturnos. Todo esto convertiría, en la práctica, cada club social y cada establecimiento público de comidas en una cantina. ¿Hay alguien que crea que esos clubes nocturnos serían lugares limpios, respetables y respetuosos de la ley? Las personas con experiencia saben que muchos de ellos serían antros de embriaguez, juegos de azar, fornicación y otras cosas viles.
Se necesitan mejores leyes y una mejor aplicación de estas
¿Permitirá la buena gente de Utah que se abran las puertas del infierno más de lo que están ahora? Por el contrario, ¿no deberían unirse para conseguir mejores leyes, una mejor aplicación de estas y más restricciones, todo ello en beneficio de un entorno mejor y más limpio? Mil novecientos cuarenta y siete es el año del centenario. Millones de turistas entrarán en este estado. ¿Se marcharán con la impresión de que Utah ha imitado a Reno? ¡Por supuesto que no!
«Utah, te amamos» es el título de una canción que cantamos con alegría. Demostremos nuestro amor de una manera que satisfaga a quienes nos visiten con motivo del centenario, limpiando, arreglando y pintando, no solo en lo material, sino también en lo moral y espiritual. Como preparación, comencemos de inmediato a vivir una vida cristiana más auténtica, absteniéndonos de hacer el mal, viviendo más plenamente la Regla de Oro e intensificando nuestros esfuerzos por ser equitativos, honrados, dignos de confianza y justos en todos nuestros tratos con nuestros semejantes.
Datos sobre el consumo de bebidas alcohólicas
Y ahora, algunos datos más sobre las bebidas alcohólicas. Se han tomado de un artículo escrito por M. E. Lazenby y publicado en The Christian Advocate el 21 de febrero:
Cincuenta millones de personas en los Estados Unidos consumen bebidas alcohólicas: la mitad de todas las personas mayores de quince años. Tres millones de ellas beben en exceso, y 750 000 son alcohólicos crónicos. ¿Se ha convertido el consumo de alcohol en el enemigo público número uno? Antes de la Ley Seca, este país tenía 177 000 establecimientos autorizados para vender bebidas alcohólicas; ahora hay 360 000, más del doble. En 1944, el pueblo estadounidense gastó más de siete mil millones de dólares en bebidas alcohólicas, una suma aproximadamente igual a la que se gastó en todas las actividades educativas, religiosas y benéficas combinadas durante un período similar, como lo demuestra lo siguiente:
Súmese todo el dinero gastado en los Estados Unidos durante el año escolar 1941–1942 con fines educativos, incluido lo gastado en todas las escuelas públicas y privadas, instituciones de educación superior y universidades, escuelas profesionales y especiales de todo tipo, así como bibliotecas públicas y salas de lectura de todas clases. A esta suma agréguense todos los gastos, las donaciones y los legados destinados a las organizaciones religiosas en 1942; luego agréguense todos los gastos de los fondos de la Cruz Roja Estadounidense efectuados por la organización nacional y sus secciones locales desde enero de 1942 hasta marzo de 1945. A esto añádanse los ingresos totales de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil durante el período de ocho meses que terminó en mayo de 1944; agréguense los gastos del Servicio de Salud de los Estados Unidos; agréguense los gastos de los gobiernos de los cuarenta y ocho estados en prestaciones durante 1941, tales como seguridad pública, salud, hospitales, instituciones para personas con discapacidad, asistencia social, servicios penitenciarios y recreación; agréguense todos los gastos del gobierno federal durante el año fiscal 1944 en virtud de la Ley del Seguro Social, incluidos la asistencia a las personas mayores, la ayuda a los niños dependientes, la ayuda a las personas ciegas y la administración de las prestaciones por desempleo; agréguense los gastos del Departamento de Trabajo en servicios de salud maternoinfantil y para niños con discapacidades físicas; agréguense, finalmente, los gastos de la Administración de Veteranos de los Estados Unidos durante el año fiscal 1944. La suma total de todo ello es de 7 039 914 950 dólares, aproximadamente la misma cantidad que se gastó en bebidas alcohólicas durante 1944. ¿Podemos creerlo? Los siete mil millones de dólares gastados en bebidas alcohólicas en 1944 sustrajeron esa asombrosa cantidad de las cajas registradoras de los negocios legítimos. Además, en los Estados Unidos se utilizaron cuatro mil ciento cuarenta y siete millones de libras de cereales y doscientos treinta y ocho millones seiscientas cincuenta y cinco mil (238 655 000) libras de azúcar, jarabe y melaza en la fabricación de bebidas alcohólicas destiladas y fermentadas. Sin embargo, en el extranjero millones de personas están muriendo por falta de alimento.
Las estadísticas muestran que durante 1942 hubo 28 309 muertes en accidentes de tránsito, y que en el 25,1 por ciento de esos casos las personas involucradas habían estado bebiendo. Hay algunos datos significativos sobre el alcohol y la delincuencia que son esclarecedores. Los informes del FBI correspondientes a 1932 muestran que, en 596 ciudades con una población de 21 660 000 habitantes, hubo 831 detenciones por embriaguez por cada 100 000 habitantes. En 1944, en esas ciudades hubo 1726 detenciones por embriaguez por cada 100 000 habitantes: más del doble. Se cita al FBI afirmando que el costo de la delincuencia asciende a 16 000 000 000 de dólares al año y que «el veintitrés por ciento de esa cantidad se debe a la bebida».
Además, un directivo de la Distillers Produce Corporation, al hablar ante un Club Rotario en octubre de 1945, dijo que la industria de las bebidas alcohólicas está gastando casi 50 000 000 de dólares al año en publicidad, cuyo propósito, por supuesto, es conseguir que más hombres, mujeres y jóvenes beban. ¿Hacia dónde vamos?
¿Pueden los Santos de los Últimos Días, dondequiera que estén, en Utah o en cualquier otro lugar, apoyar alguna iniciativa que facilite la adquisición de bebidas alcohólicas o que extienda su consumo? ¡Que el Señor no lo permita!
Ruego que el Señor nos dé a todos un mayor deseo y una voluntad más firme de vivir rectamente, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.
José Smith
Presidente Levi Edgar Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Por medio de José Smith, Dios restauró el conocimiento de Su naturaleza y del potencial divino del ser humano, así como la Iglesia de Jesucristo, para que Sus hijos progresen en pureza, verdad y rectitud y edifiquen Su reino en la tierra.
José Smith era descendiente de Robert Smith, quien emigró de Inglaterra a América en 1638. Robert Smith había vivido en Boston, Lincolnshire, Inglaterra, el hogar ancestral del gobernador Bradford y de los célebres hombres de la colonia de Plymouth. También era el hogar ancestral del presidente George Washington. Aquel antiguo linaje era profundamente religioso, y sus formas de creencia cristiana poseían una fortaleza admirable. Es posible que Robert Smith conociera a John Winthrop, pues cuando desembarcó en Boston, Massachusetts, Winthrop se encontraba allí y había escrito a su pueblo:
Será un servicio de gran trascendencia para la iglesia llevar el Evangelio a estas partes del mundo para contribuir a la llegada de la plenitud de los gentiles.
De tal ascendencia provenía José Smith.
José Smith restauró el conocimiento del Dios viviente
Una nueva idea religiosa se dio a conocer aquel día en que el Padre y el Hijo se aparecieron a José. La doctrina de la «gracia», fruto de la Reforma protestante desde los días de Lutero y Juan Calvino, se encontró nuevamente ante la verdad divina de que el hombre es a imagen de Dios y es libre de labrar su salvación. Se destacó de nuevo la naturaleza divina del hombre. Parte de la grandeza de cualquier hombre, una señal de su valía, se manifiesta en la reverencia sin límites con que permanece de pie o se arrodilla ante su Hacedor. Uno de los grandes problemas de hoy es que el hombre no se ha valorado lo suficiente. El hombre ha olvidado el mandato divino del Maestro cuando dijo:
Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto Mateo 5:48
En lo que respecta al Evangelio, hoy se necesitan la misma energía y las mismas aspiraciones que hace dos mil años. Siempre que los seguidores del Maestro han vivido en los niveles más elevados, han luchado por un objetivo grandioso: la regeneración del mundo a la luz de lo divino. Cuando se pierde el conocimiento del Dios viviente, el cristianismo se convierte en un mero nombre. José Smith se vio obligado a recurrir a una sola cosa: preguntar. Un mundo espiritual amaneció en lo más íntimo de su alma. Desde su juventud procuró comprender la voluntad de Dios y la manera de alcanzar el reino de Dios. Esto significaba poseer el sacerdocio, y poseer esta luz y este poder significaba llevar una vida fiel a su Dios. El hombre nunca procura alcanzar lo divino a menos que lo divino obre y sea reconocido en su propia vida.
Por su vida, sus escritos y sus revelaciones, el Profeta tenía en el corazón solo dos ideas principales: primero, establecer en la mente de los hombres el espíritu y el conocimiento de la santa palabra de Dios; segundo, el sueño de preservar el gobierno de los Estados Unidos y su divina Constitución, para que el hombre pudiera hallar vida y paz en sus leyes. En otras palabras, la religión solo puede nacer en el alma del hombre mediante la conquista del mundo ordinario y natural que lo rodea.
Las divisiones de la cristiandad
Las terribles persecuciones que había sido llamado a soportar habían hecho de él un hombre de Dios. Él y su pueblo habían sido expulsados de un lugar a otro, se les habían arrebatado sus tierras y sus familias habían sido dispersadas y sometidas al dolor y a la necesidad. No había reparación alguna. En su corazón permanecía una esperanza inextinguible, que subsistió a través de todas las adversidades y tragedias que él y su pueblo soportaron. Su esperanza se fundaba en la nueva visión, y fueron bendecidos con una perspectiva orientada hacia el futuro. Su pueblo permaneció unido a él. Ni una sola vez pronunció una palabra de desaliento, sino que mantuvo la mirada en la meta que aún habría de alcanzarse. Había llegado a la edad adulta en una nueva época de la historia del mundo. Había observado las divisiones de la cristiandad. Para él, aquello era su motivo de reproche más evidente y la causa principal de su ineficacia. ¿Cómo podía enseñarse la palabra pura de Dios, si las diversas divisiones negaban Su espíritu de amor y hermandad? Todo el mundo cristiano se encontraba desmembrado en grupos y sectas. Grocio, el historiador neerlandés, había dicho en el siglo XVII que las enseñanzas de Cristo estaban desapareciendo del mundo, y Leibniz, el científico alemán, declaró que las enseñanzas de Cristo se habían perdido entre las diversas enseñanzas de hombres como Lutero, Calvino y Erasmo. Hoy, pensadores como Stanley Jones, Adolph Deissman, T. Z. Koo, Karl Barth, Ivan Lee Holt y muchos otros líderes del pensamiento se han visto llevados a preguntarse cuáles son, en realidad, las doctrinas puras de Cristo. Herbert L. Willett, profesor emérito de lenguas orientales de la Universidad de Chicago, hizo esta declaración en 1939:
La iglesia, aunque debilitada por las divisiones, ha prestado importantes servicios a otras generaciones, pero hoy afronta problemas tan graves que se ve obligada a reconocer la enorme desventaja que supone su condición dividida.
Entre estos se encuentran los odios de clase que prevalecen, la explotación de la juventud mediante las diversiones comercializadas, el atractivo de la literatura perniciosa y el problema aún no resuelto de la bebida. Estos son los problemas actuales que la «iglesia desmembrada no puede afrontar con éxito». «Divide y vencerás» fueron las palabras que Milton puso en boca de Satanás en la asamblea de los ángeles rebeldes.
Las recompensas de las dificultades
Soportaron sus sufrimientos con el sentimiento de que la recompensa sería una amplia difusión del mensaje de Dios. Con ánimo alegre aceptaron el llamamiento celestial sin murmurar, e «hicieron de los cantos su cena». Lo que nos asombra aún más es su resignación, su respeto por el gobierno. Con mansedumbre, paciencia y bondad, dejaron sus hogares para dar las buenas nuevas de un nuevo día.
Por eso nuestra historia ha sido trágica. Lo ilustra la célebre marcha de los setenta de la Iglesia desde Kirtland hasta Misuri en 1838, cuando seiscientos hombres, mujeres y niños emprendieron el camino en medio de las tormentas de la persecución, avanzando penosamente día tras día entre nubes y sol, y acampando juntos por la noche con sus oraciones a Dios en busca de protección y descanso para poder continuar su marcha al día siguiente. Como dijo el presidente Joseph Young cuando terminaron las largas semanas de agotador viaje:
Nuestros hijos algún día verán y comprenderán la recompensa de este viaje hacia el oeste.
Dios era su sol y su escudo Sal. 84:11 Como dijo el salmista, Él era la salvación de su semblante Sal. 42:11 y Su presencia ponía alegría en sus corazones Sal. 4:7
Sublimes enseñanzas morales
Al leer Doctrina y Convenios, las revelaciones de Dios al Profeta, uno queda sobrecogido ante las sublimes enseñanzas concernientes a la vida moral del hombre. «El espíritu y el cuerpo son el alma del hombre» D. y C. 88:15 y el alma será purificada al vivir las leyes éticas más elevadas que se han dado al hombre: los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte, las parábolas de Jesús y los muchos ejemplos de la manera en que Jesús trató a los hombres. La sección cuatro de Doctrina y Convenios D. y C. 4:1–7 describe las características de un alma pura. El espíritu debe ser purificado; el cuerpo debe ser purificado. Se deben vencer el mal y el pecado. Es imposible encerrar las enseñanzas del Profeta dentro de los límites de un simple ensayo. Hay una majestad en sus enseñanzas que requiere fe en Dios, oración y una comprensión del poder del Santo Sacerdocio que ustedes y yo, aquí presentes, reconocemos en nuestra propia vida. Para él, el Evangelio era belleza, verdad y bondad. Las granjas, las ciudades y los hogares que los santos construyeron en la frontera dan testimonio de su conocimiento de las instituciones de la civilización. Alrededor de sus templos plantaron césped y flores; sus hogares eran purificados por la vida que llevaban. La perfección moral se basaba en la perfección espiritual y corporal. Al alcanzar una apreciación más justa de sus necesidades humanas, el interés por un cuerpo y un espíritu puros ocupó su lugar como uno de los tres requisitos del carácter humano, junto con el amor a la verdad y el amor a la bondad.
El idealismo cívico del Profeta
El Profeta dirigió a su pueblo en la construcción de sus templos, y en aquel grandioso y antiguo edificio —el Templo de Kirtland, y más tarde en aquel otro majestuoso templo de Nauvoo— se hicieron realidad sus esperanzas. Fueron erigidos para Dios y requirieron las constantes humanas del pueblo que los construyó; el hambre y el trabajo, la siembra y la cosecha, el amor y la muerte, todo contribuyó a edificar aquellas nobles y sagradas casas. No es de extrañar que pudieran decir:
Oh Dios, en cada templo veo personas que te ven a Ti.
Y en cada idioma que oigo, te alaban.
El idealismo cívico del Profeta de Dios se manifiesta en las hermosas y antiguas ciudades de Kirtland y Nauvoo, que pasaron de gobiernos municipales a centros cívicos. Ejemplificaron las palabras del antiguo Isaías:
[…] Fuerte ciudad tenemos; salvación pondrá Dios por muros y antemuro.
Abrid las puertas, y entrará la nación justa, guardadora de verdades Isa. 26:1–2
Al estudiar sus campos y jardines, uno recuerda el relato del hermoso jardín que se encuentra en la Odisea de Homero, que, según algunos, es un reflejo de la tradición del Jardín de Edén. Ciertamente ilustran lo que Goethe dijo en la última escena de Fausto:
Encontré a Dios al tratar de embellecer la tierra.
El reino de Dios es una realidad concreta
Y ahora, para concluir. El Profeta estableció la Iglesia de Cristo tal como la había concebido el Maestro. Así como Jesús presentó la realidad del reino de Dios como espiritual y subjetiva Juan 18:36 como «justicia, y paz y gozo en el Espíritu Santo» Rom. 14:7 también es cierto que presentó el establecimiento de este reino como una realidad concreta y orgánica, ciertamente pequeña en sus comienzos. Así también hoy la Iglesia está separada del gobierno civil y político y se compone de las personas que siguen Sus enseñanzas. Esta es una parte gloriosa de mi tema que el tiempo no me permite ampliar. Leemos en el Evangelio de Lucas cómo Jesús escogió a doce apóstoles Lucas 6:13 que estaban dispuestos a actuar como Sus heraldos del reino; y, junto con los setenta Lucas 10:1 estos fueron enviados al mundo a enseñar el Evangelio. Así también en nuestros días, después de que se organizó la Iglesia, los Doce y los setenta fueron enviados a evangelizar el mundo. La Iglesia es una organización coherente que puede abarcar una nación o el mundo entero, pero que no depende de las formas existentes de civilización ni se deriva de ellas. Es la expresión concreta y organizada del reino de Dios.
El apóstol Pablo dejó claro este punto, según consta en el primer capítulo de Colosenses:
Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten;
y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia; él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia Col. 1:17–18
La Santa Cena y la compañía del Espíritu Santo
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Participar dignamente de la Santa Cena y renovar nuestros convenios nos permite tener la compañía del Espíritu Santo para permanecer firmes y sin mancha del mundo.
Esta mañana escuchamos al profeta del Señor decir que vivimos en la época en que la profecía:
[…] perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá el entendimiento de sus entendidos Isa. 29:14
se está cumpliendo. Esta tarde escuchamos al élder Joseph F. Merrill, del Consejo de los Doce, describir con palabras algunos de los males que proliferan en el mundo actual. Tengo la firme convicción de que, si los Santos de los Últimos Días han de atravesar con éxito la crisis en la que ahora se encuentra el mundo, deben tener en su corazón la certeza que tenían los primeros pioneros, a la cual se refirió el élder Widtsoe esta mañana. Podemos tener esa certeza porque tenemos el derecho de ser instruidos por el mismo poder que los instruyó a ellos.
«Tenemos el Espíritu Santo»
En una ocasión, el profeta José Smith se encontraba en Washington hablando con un presidente de los Estados Unidos. Creo que era el presidente Van Buren. El presidente de los Estados Unidos le preguntó al profeta del Dios viviente: «¿Cuál es la diferencia entre ustedes —refiriéndose a la Iglesia que él había fundado bajo la inspiración de Dios— y el resto del mundo cristiano?». Y el profeta José respondió a esa pregunta con una sola frase: «Tenemos el Espíritu Santo».
Los santos que cruzaron las llanuras hace casi cien años obtuvieron su certeza mediante el poder al que se refirió José Smith: el Espíritu Santo. Él nos enseña directamente de parte de Dios.
Algunas personas han dicho que José Smith era un hombre sin instrucción. Era un hombre sin instrucción en las cosas del mundo, pero el día en que salió de la arboleda, después de la Primera Visión JS—H 1:17 era la persona más instruida del mundo en las cosas que realmente importan. Cuando salió de aquella arboleda, sabía más que todo el mundo junto acerca de la gran cuestión de la resurrección, sobre la cual se había debatido desde que el hombre comenzó a pensar seriamente, porque había visto ante él al Cristo resucitado. Cuando salió de aquella arboleda, sabía más acerca de la naturaleza de Dios que todo el mundo. Se habían escrito muchos libros; los filósofos habían dedicado su vida a tratar de descubrir la naturaleza de Dios, pero cuando Dios tomó a José a Su cargo para enseñarle, dejó de lado todas las cosas materiales y le enseñó la verdad acerca de estas y muchas otras cosas importantes.
Ahora bien, a todo miembro de esta Iglesia se le han impuesto las manos sobre la cabeza y ha escuchado palabras semejantes a estas: «Recibe el Espíritu Santo» D. y C. 49:14 Y todo Santo de los Últimos Días tiene el derecho de recibir el Espíritu Santo y de ser guiado por ese Espíritu durante estos tiempos peligrosos en que vivimos.
Hay dos fuentes, y hasta donde sé, solo dos, de las cuales podemos esperar obtener la guía que nos permita salir adelante a salvo. Una es vivir rectamente, de modo que podamos recibir las indicaciones del Santo Espíritu, y la otra son las palabras pronunciadas por los hombres a quienes sostendremos como profetas, videntes y reveladores aquí en esta conferencia.
La importancia de asistir a las reuniones sacramentales
Hay dos o tres cosas que es muy necesario que hagan los Santos de los Últimos Días para tener el Santo Espíritu, y esta tarde quiero hablar de una de ellas. Se trata de participar de la Santa Cena. En la sección cincuenta y nueve de Doctrina y Convenios, donde el Señor especifica ciertos mandamientos especialmente aplicables a la tierra de Sion, dice, entre otras cosas:
Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo D. y C. 59:9
Se pide a las presidencias de los cuórums del Sacerdocio de Melquisedec de toda la Iglesia que informen al comité general del sacerdocio del Consejo de los Doce sobre el cumplimiento de los miembros de sus cuórums en diversas actividades de la Iglesia. Una de las actividades sobre las que se informa es la asistencia a las reuniones sacramentales; otra es la observancia del día de reposo.
Al revisar algunos de estos informes, me ha llamado la atención el gran número de personas de quienes se informa que santifican el día de reposo, pero que no asisten a las reuniones sacramentales. Ahora bien, por supuesto, reconozco que hay circunstancias en las que los miembros de la Iglesia pueden santificar el día de reposo, y de hecho lo hacen, sin asistir a estas reuniones; pero, a falta de circunstancias de fuerza mayor, considero que la debida observancia del día de reposo requiere asistir a las reuniones sacramentales.
Desearía que más miembros de la Iglesia asistieran regularmente a ellas. Sería para su propio bienestar espiritual, y busco fervientemente el poder sustentador del Santo Espíritu mientras intento explicarles por qué.
En primer lugar, tenemos la solemne obligación de asistir a las reuniones sacramentales, pues el Señor ha requerido que lo hagan todos los que crean y sean bautizados en Su nombre. Es evidente que también instruyó a los Doce originales cuando instituyó por primera vez la Santa Cena, pues leemos que, después del gran sermón de Pedro en Pentecostés:
[…] los que recibieron su palabra fueron bautizados […] Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan y en las oraciones Hechos 2:41–42
Aprendemos en el Libro de Mormón, donde el relato es más completo, que el Señor resucitado dio instrucciones específicas a Sus discípulos entre los nefitas de que administraran la Santa Cena a todos los que creyeran y fueran bautizados en Su nombre, y les amonestó: «[…] siempre procuraréis hacer esto» 3 Ne. 18:6 «[…] He aquí, os reuniréis con frecuencia», dijo a la multitud 3 Ne. 18:22 y está escrito que «[…] se reunían con frecuencia para participar del pan y vino, en memoria del Señor Jesús» Moro. 6:6
En esta dispensación, en la revelación en la que el Señor señaló el día en que había de organizarse la Iglesia, también dijo:
Es conveniente que la iglesia se reúna a menudo para participar del pan y vino en memoria del Señor Jesús D. y C. 20:75
Poco después estableció el momento y la frecuencia de esas reuniones con esta instrucción:
[…] irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo D. y C. 59:9
La obediencia a los mandamientos produce crecimiento
Creo que cada vez que actuamos de conformidad con un mandamiento del Señor, cumplimos algunos principios fundamentales del crecimiento, pues Él nunca nos exige hacer algo inútil. Sin embargo, rara vez se exponen con tanta claridad los propósitos por los cuales se da un mandamiento y los resultados beneficiosos que siguen a la obediencia a este como en el caso de este mandamiento.
Para explicarlo, se nos enseña que el pan se come en memoria del cuerpo del Salvador y que el agua se bebe en memoria de Su sangre, que fue derramada por nosotros. De ello se desprende, entonces, que esta sagrada ordenanza tiene por objeto dirigir nuestros pensamientos hacia los acontecimientos centrales y más importantes de la historia de la tierra: el sufrimiento, la muerte y la resurrección del Señor Jesús.
Siempre me ha parecido significativo que, desde los tiempos más remotos hasta hoy, haya existido entre todos los pueblos que han creído en el Evangelio y lo han aceptado una ordenanza que se repite con frecuencia y dirige sus pensamientos hacia estos grandes acontecimientos. En los albores de la existencia temporal de la tierra, por mandato del Señor, Adán edificó un altar y ofreció sacrificios, aunque en ese momento no sabía por qué. Como consecuencia de su obediencia y para darle entendimiento, se le apareció un ángel Moisés 5:5–6 y
[…] habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad Moisés 5:7
El sacrificio de los primogénitos de sus rebaños por parte de los verdaderos creyentes en Cristo, en anticipación de Su gran sacrificio, entonces futuro, continuó hasta Su muerte. De este modo, los pensamientos de Su pueblo se dirigían repetidamente hacia Su gran Expiación venidera. Desde Su muerte, los pensamientos de Sus seguidores han vuelto a aquel acontecimiento mediante la Santa Cena.
Participar de la Santa Cena es una experiencia que fortalece la espiritualidad
Ahora bien, participar de la Santa Cena no debe ser una experiencia meramente pasiva. No debemos recordar el sufrimiento y la muerte del Señor solo como recordaríamos algún acontecimiento histórico puramente secular. La participación en el servicio de la Santa Cena tiene por objeto ser una experiencia vital que fortalezca nuestra espiritualidad. Al hablar de ello, el Salvador dijo:
[…] Y será un testimonio al Padre de que siempre os acordáis de mí 3 Ne. 18:7
Para testificar, la mente debe estar activa y concentrada en aquello de lo que se va a dar testimonio. Y no solo debemos participar de los emblemas de la Santa Cena en memoria del Redentor, testificando que siempre nos acordamos de Él, sino que también debemos, mediante ello, testificar al Padre que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Su Hijo y que guardaremos Sus mandamientos. Esto equivale, en efecto, a renovar el convenio bautismal, pues recordarán que los candidatos al bautismo deben, entre otras cosas:
[…] testifiquen ante la iglesia que […] están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo, con la determinación de servirle hasta el fin D. y C. 20:37
Ahora bien, hay una doctrina difundida en el mundo actual que enseña que los emblemas materiales de la Santa Cena se transforman en la carne y la sangre de Jesús. Nosotros no enseñamos tal doctrina, pues sabemos que cualquier transformación que resulte de la administración de la Santa Cena ocurre en el alma de quienes participan de ella con entendimiento. Son las personas que participan quienes reciben su efecto, y lo reciben de una manera sumamente maravillosa, pues se les concede que el Espíritu del Señor esté con ellas. Esto se promete en las oraciones sacramentales. El carácter sagrado y la importancia de estas oraciones se evidencian en el hecho de que siempre se han dado a la Iglesia palabra por palabra. En esta dispensación fueron dictadas al profeta José Smith mediante revelación directa del cielo. En ellas, además de la promesa, se expone todo el propósito de la Santa Cena. Permítanme repetirles la bendición del pan:
Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, te pedimos que bendigas y santifiques este pan para las almas de todos los que participen de él, para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo, y testifiquen ante ti, oh Dios, Padre Eterno, que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que él les ha dado, para que siempre puedan tener su Espíritu consigo. Amén D. y C. 20:77
Se promete la compañía del Santo Espíritu
Mientras instruía a Sus discípulos nefitas en cuanto a la Santa Cena, Jesús les repitió dos veces la promesa:
[…] Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros 3 Ne. 18:7, 11
Es la inmensa importancia de hacer realidad esta gran promesa lo que vuelve tan imprescindible la asistencia regular a las reuniones sacramentales, pues, si tan solo podemos tener la compañía de Su Santo Espíritu, podremos, como nos amonesta el Señor, conservarnos más íntegramente sin mancha del mundo D. y C. 59:9 y, además, los males que nos rodean no nos engañarán ni perturbarán nuestra fe.
Ahora bien, mis hermanos y hermanas, que el Señor nos sacuda hasta hacernos apreciar lo que significa asistir regularmente a las reuniones sacramentales y participar de manera aceptable en el servicio de la Santa Cena. Si aumentamos nuestra asistencia de alrededor del veinte por ciento al cuarenta por ciento, duplicaremos nuestro poder espiritual para promover la rectitud en el mundo. Que el Señor nos ayude a hacerlo, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
Vencer el egoísmo para amar a nuestro prójimo
Élder Antoine R. Ivins
Del Primer Consejo de los Setenta
Al vencer el egoísmo y buscar la guía del Espíritu de Dios, podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y contribuir a la paz y al bienestar de todos.
Mis amados hermanos y hermanas, les ruego que me sostengan con su fe y sus oraciones durante el breve tiempo que estaré ante ustedes. Siento que, sin ese apoyo y sin el Espíritu de Dios, sería inútil que intentara decir una palabra de consuelo a cualquiera de nosotros.
Hasta ahora he disfrutado muchísimo de lo que se ha hecho y dicho en esta conferencia. Asimismo, disfruto mucho del privilegio que he tenido de estrechar la mano de tantos hombres y mujeres a quienes considero mis amigos, y desearía que fuera posible estrecharles la mano a todos y conocerlos bien. Nos brinda gran consuelo estar entre ustedes cuando visitamos las estacas y procuramos transmitir un mensaje que les sea de ayuda.
Los dos grandes mandamientos
Estos son tiempos muy difíciles, difíciles para todos nosotros, supongo, y ya se ha dicho en esta conferencia que ningún hombre parece ser lo suficientemente sabio como para decirnos exactamente qué hacer para solucionar nuestros problemas. Desearía saber la respuesta. Sin embargo, creo que el Salvador nos dijo lo que debíamos hacer si queríamos vivir en paz y felicidad y llevar una vida de éxito. Anoche escuchamos un informe sobre la labor que está realizando nuestra organización de bienestar de la Iglesia, una expresión de devoción abnegada a un ideal. Cristo dijo que el gran mandamiento es amar a Dios y que el segundo es amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos Mateo 22:37–40 Veo en ello la sencilla declaración de que debemos desterrar de nuestro corazón todo egoísmo, porque, hasta que nos deshagamos del egoísmo, difícilmente podremos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Se necesita el Espíritu de Dios en los asuntos de los hombres
Al estudiar la historia, creo ver que toda gran guerra de agresión que el mundo ha sufrido ha sido motivada por la avaricia, la codicia y los deseos egoístas, a veces no por parte de todo el pueblo, pero al menos por parte de quienes tienen el poder de llevar a los demás a emprender acciones agresivas contra sus vecinos; y creo que la guerra que acabamos de vivir y la que la precedió fueron desatadas sobre el mundo únicamente por la codicia, la avaricia y el egoísmo. No espero vivir para ver el tiempo en que las personas dejen de hacer esas cosas, pero quizá llegue algún día en que se pueda alcanzar un acuerdo que impida la agresión de una nación contra otra, de una nación fuerte contra una indefensa. Si ese tiempo llega alguna vez, será porque el Espíritu de Dios inspirará a los hombres a formular políticas para impedirlo.
No solo tenemos problemas internacionales de esa índole, sino también problemas entre estados que surgen de los mismos motivos y que a veces nos afectan de manera muy directa y personal. Creo que estos también desaparecerían si las personas pudieran obtener el Espíritu de Dios y actuar bajo Su inspiración. Si nuestros legisladores pudieran dedicarse a los deberes de su cargo, si nunca hubiera un motivo egoísta en lo que hacen, quizá se pudieran elaborar mejores leyes. Si los hombres que controlan las grandes empresas de la nación comprendieran que su propio bienestar depende del bienestar de las personas a quienes emplean, quizá podrían ayudar de esa manera. Y si, a su vez, el empleado comprendiera que su bienestar depende del de su empleador, quizá podrían llegar a un entendimiento con un espíritu de mayor colaboración y se podrían erradicar algunos de estos males.
La abnegación es esencial en el servicio en la Iglesia
Entonces, si nosotros, en las estacas y los barrios, pudiéramos desterrar de nuestro corazón y de nuestra alma el espíritu de egoísmo, podríamos cumplir con nuestro deber pensando únicamente en ayudar a la gran organización de la que formamos parte. Asimismo, podríamos contribuir a que llegara ese día; pero somos humanos, profundamente humanos, y se nos dice que la conservación de uno mismo es la primera ley de la naturaleza. Hay egoísmo en ello, y es debido a la tremenda lucha que se requerirá para desterrarlo de nuestra alma que el amor al prójimo adquirió tanta prominencia en las enseñanzas de Cristo. Probablemente, llegar a ser completamente abnegados sea la mayor lucha que tengamos que librar con nosotros mismos. Pero esperamos que las cosas que hacemos redunden en nuestra propia honra y nuestra propia gloria, y con frecuencia medimos nuestra disposición a hacerlas según ese criterio. Eso no está bien.
Una vez escuché a un joven que, al dirigirse a una convención de los setenta en Barratt Hall, dijo: «No hay límite para el bien que un hombre puede hacer si no le preocupa quién recibe el reconocimiento». Ese es un gran y glorioso principio de acción. Creo que, si las naciones trabajaran por el bienestar del conjunto, y si los sectores gobernantes dentro de las naciones pudieran trabajar por el bienestar del conjunto; si quienes trabajan pudieran hacerlo por el bienestar de todos, el Espíritu de Dios tendría la oportunidad de obrar en sus almas y hacer de ellos mejores hombres y mejores mujeres, trayendo paz, prosperidad y alivio a todo sufrimiento. Es una tarea maravillosa; quizá sea la mayor de todas, y nunca se llevará a cabo sin que el Espíritu de Dios la impulse. Nunca obtendremos ese Espíritu hasta que desarraiguemos de nuestros hábitos los vicios de los que ha hablado el hermano Merrill esta tarde. Quizá, si llegáramos a llevar una vida casta y recta, tendríamos entonces derecho a pedir a Dios Su Espíritu; y recibir Su Espíritu nos ayudaría a llegar a ser abnegados; y, al llegar a ser abnegados, podríamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Me imagino a este grupo de hombres y mujeres saliendo de este edificio con la firme resolución de desterrar de su corazón todo vestigio de egoísmo y de dedicarse con mayor sacrificio al bienestar de sus hermanos y hermanas, de sus padres y madres, de sus vecinos y de toda la nación. Desearía que Dios nos concediera este Espíritu. Si todos los que estamos aquí y todos los que escuchan el sonido que transmiten las ondas de radio se dedicaran a ese único propósito, entonces esta conferencia cumpliría el propósito para el cual fue convocada. El mundo sería mejor y Dios reinaría en el corazón de los hombres. Que Él nos ayude a hacerlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
El modelo del martirio
Élder Spencer W. Kimball
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Los mártires sellan con su sangre su testimonio del Evangelio de Jesucristo, y su fidelidad continúa dando testimonio de la verdad después de su muerte.
Mis hermanos y hermanas: Esta es una experiencia inspiradora. He escuchado con gran interés los testimonios y las palabras de mis hermanos. Estoy seguro de que hoy hay muchos cientos de miles de Santos de los Últimos Días por todo el mundo, representados por ustedes, que, junto con ustedes y con nosotros, están dando testimonio de la divinidad de esta gran obra.
Algunos de los hermanos han mencionado nuestro gran legado y a nuestros antepasados que nos lo dejaron. El hermano Widtsoe mencionó a los muchos miles de miembros que cruzaron las llanuras a costa de grandes sacrificios personales. Miles de ellos murieron entre Nauvoo y el valle del Lago Salado y sellaron sus testimonios con su sangre. Fueron mártires de una gran causa, como lo fue su profeta, vidente y revelador.
Mártires de una gran causa
Deseo decir unas palabras acerca de los mártires. Webster dice que un mártir es alguien que sufre voluntariamente la muerte por negarse a renunciar a su religión.
Unos ciento cincuenta años antes del nacimiento de Cristo, apareció entre los descendientes de Lehi un profeta llamado Abinadí Mosíah 11:20–25 Sin temor predicó el arrepentimiento al rey Noé y a su pueblo infiel, culpables de todos los crímenes conocidos por los hombres. Denunció con valentía sus inmoralidades y los llamó al arrepentimiento. «[…] Llevaos a este hombre», había mandado el rey, «y matadlo; porque, ¿qué tenemos que ver con él? Pues está loco» Mosíah 13:1 Intentaron ponerle las manos encima, pero él les advirtió que Dios no permitiría que le hicieran daño hasta que hubiera comunicado su mensaje Mosíah 13:4–5
Y habló con poder y autoridad de Dios Mosíah 13:6
Entonces Abinadí profetizó la venida del Mesías, Su vida, Su ministerio y Su muerte. El rey mandó que lo ataran y lo echaran en la cárcel, y lo amenazó:
[…] serás ejecutado, a menos que te retractes de todas las palabras que has hablado de mal concernientes a mí y a mi pueblo Mosíah 17:8
Abinadí respondió que no se retractaría de nada y que, habiendo sido enviado por Dios para comunicar un mensaje, continuaría hasta que su misión hubiera terminado. Cuando hubo dado plenamente su testimonio, lo golpearon y lo quemaron en la hoguera, mártir de una gran causa.
Luego estuvo Esteban, uno de los siete hombres llamados por los apóstoles para atender la obra de bienestar de la iglesia. Y estaba «lleno de fe y de poder, [y] hacía grandes prodigios y milagros entre el pueblo» Hechos 6:8 Pero fue arrestado. «Y pusieron testigos falsos» Hechos 6:13 que testificaron contra él con toda clase de acusaciones. Pronunció una extensa advertencia, citando las Escrituras, llamándolos al arrepentimiento y testificando de su Redentor y Señor, recordándoles la participación que habían tenido en Su traición y crucifixión. Los hombres no soportan que se denuncien sus pecados. Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon Hechos 7:1–60
Estuvo Pablo, quien había consentido en el martirio de Esteban Hechos 8:1 y quien también habría de sellar su testimonio con su sangre, pues, según la tradición, fue atacado por una turba en Iconio Hechos 14:1–5 apedreado en Listra, arrastrado por las calles y abandonado como muerto Hechos 14:19–21 encarcelado y azotado en Filipos Hechos 16:12–24 maltratado en Tesalónica Hechos 17:1–5 arrestado en Jerusalén Hechos 21:17–38 y enviado a Roma, donde estuvo preso durante dos años. En la cárcel Mamertina languideció durante nueve meses junto con Pedro y, finalmente, fue decapitado con la espada por orden de Nerón.
Pedro, quien presenció gran parte del ministerio del Señor, Su transfiguración, Su muerte y resurrección, y llegó a ser el líder de la iglesia, también habría de sellar su testimonio con su sangre. Encarcelado muchas veces y sometido a muchos maltratos físicos, según los escritores fue crucificado en Roma después de nueve meses de prisión allí, y escogió ser crucificado cabeza abajo porque se consideraba indigno de afrontar la muerte en la misma posición que su Señor.
El martirio de Jesús el Cristo
El martirio de Jesús el Cristo está bien documentado: siguió de cerca el modelo. Su vida fue perfecta. Sus enemigos, al no encontrar culpa alguna en Él, recurrieron a la violencia de las turbas para acabar con Su vida. Respondió a todas sus preguntas, realizó milagros que los asombraron e hizo el bien por todas partes, pero los reprendió y amonestó por su adulterio, falta de sinceridad y embriaguez. Amenazaba su vanagloriosa manera de vivir; los llamó hipócritas, víboras y asesinos de profetas. Había restaurado el Evangelio y establecido Su reino. Era inevitable que muriera para testificar eternamente de su divinidad. Se criticaba cada una de Sus palabras; se le acusó de ser un engañador, un comilón, un bebedor de vino, una persona común que se relacionaba con publicanos y pecadores. Lo llamaron profanador del día de reposo, usurpador de autoridad y evasor de impuestos. Lo acusaron de herejía y sedición. Se decía que era un ignorante, un blasfemo, y se le acusó de haber nacido de fornicación. Fue arrestado, escupido, herido con espinas, escarnecido y golpeado. Fue apresado por una turba vil, encabezada por uno de Su círculo íntimo que había planeado maliciosamente traicionarlo. Los principales sacerdotes y los ancianos «deliberaron contra Jesús para entregarle a la muerte» Mateo 27:1 Los magistrados no hallaron culpa alguna. El gobernador interrogó al prisionero, pero se lavó las manos, diciendo:
[…] Inocente soy yo de la sangre de este justo. ¡Allá vosotros! Mateo 27:24
Y Judas finalmente se había arrepentido y había exclamado:
[…] Yo he pecado entregando sangre inocente Mateo 27:4
El Salvador había hablado a Sus seguidores de Su próxima muerte. Debía morir por los pecados del mundo y para sellar Su testimonio. Él lo sabía. Su hora había llegado. Lo crucificaron a Él, el Hijo de Dios, en el Calvario.
El testimonio de José Smith sellado con su sangre
Amanece otro día: una nueva dispensación; los cielos se abren. El Padre y el Hijo dan testimonio nuevamente a la tierra. Otros visitantes celestiales restauran bendiciones inestimables a los hombres, y otro mártir entrega su preciosa vida para testificar a un mundo sin fe, escéptico e incrédulo que vive un Dios personal; que Jesús, Su Hijo, es el Redentor; y que la verdad ha sido restaurada de nuevo. Los detalles de la vida de José Smith nos son familiares. Dio a conocer de inmediato su gloriosa visión del Padre y del Hijo y enseguida fue oprimido y perseguido. Los escribas y fariseos modernos han publicado cientos de libros y artículos difamatorios, lo encarcelaron unas cuarenta y tantas veces, lo cubrieron de brea y plumas, le dispararon e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para destruirlo. A pesar de todos sus esfuerzos por quitarle la vida, sobrevivió a más de veinte años de persecución encarnizada y violenta para cumplir su misión, hasta que llegara su hora.
¡Sufrió veinticuatro años de infierno, pero también disfrutó de veinticuatro años de éxtasis al conversar con Dioses y otros seres inmortales! Su misión había terminado: el cielo y la tierra estaban unidos de nuevo; la Iglesia estaba organizada; Brigham Young y otros grandes líderes habían sido preparados para continuar; y él había conferido sobre los Doce toda llave y poder pertenecientes al apostolado que él mismo poseía, y les había dicho:
He puesto los cimientos y ustedes deben edificar sobre ellos, porque sobre sus hombros descansa el reino.
Y había llegado su hora de sellar con su sangre su testimonio, que tantas veces había dado ante multitudes de amigos y enemigos. Su Judas salió de su propio círculo: el gobernador Ford fue su Poncio Pilato; Nauvoo, su Getsemaní; y Carthage, su Calvario. También hubo fariseos modernos que instigaron a las turbas, y otro mártir dio testimonio.
Los mártires vivieron hasta completar su obra
Alguien ha dicho: «Cualquiera puede fundar una religión», y Talleyrand respondió: «Sí, si está dispuesto a morir por ella». Y el mártir está dispuesto a hacer precisamente eso. Pero los poderes de la tierra y del infierno no pueden arrebatarle la vida hasta que «la hora ha llegado» Juan 12:23
Abinadí, cuando fue amenazado por los soldados de Noé, exclamó:
No me toquéis, porque Dios os herirá si me echáis mano, porque no he comunicado el mensaje que el Señor me mandó que diera […] por tanto, Dios no permitirá que yo sea destruido en esta ocasión Mosíah 13:3
Veis que no tenéis poder para matarme, por tanto, concluyo mi mensaje […] y entonces no importa a dónde vaya, con tal de que yo sea salvo Mosíah 13:7–9 (cursiva del autor).
La vida había sido agradable, pero ni siquiera la muerte era amarga, pues, como Dios ha dicho:
[…] los que mueran en mí no gustarán la muerte, porque les será dulce D. y C. 42:46
Se recordará que Pedro fue liberado de la cárcel por un ángel y protegido de muchas maneras hasta que terminó su obra Hechos 5:18–19 Hechos 12:1–11 Y Pablo también Hechos 16:23–40 Ningún acto de violencia podía quitarle la vida hasta que hubiera dado su testimonio en Roma, Grecia y otras tierras. Pero finalmente hizo esta declaración profética a Timoteo:
Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe 2 Tim. 4:6–7
No había temor en su aproximación a la eternidad, sino únicamente certeza y serena resignación ante el inevitable martirio que afrontaba. No quería morir, pero estaba dispuesto a sellar así su testimonio del Redentor.
Aunque el Salvador había estado numerosas veces en situaciones sumamente peligrosas, era evidente que no se le podía quitar la vida hasta que Su obra hubiera terminado. Una gran multitud lo había rodeado, y había mucho alboroto en el templo.
[…] procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora Juan 7:30
Y nuevamente:
[…] andaba Jesús en Galilea, pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle Juan 7:1
Sus hermanos intentaron disuadirlo y le dijeron:
[…] Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces […] Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Pues ni aun sus hermanos creían en él. Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado Juan 7:3–6
Pero cuando la obra estuvo establecida, la Iglesia organizada, las llaves entregadas y los apóstoles preparados, había dicho a Sus hermanos:
[…] Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos Mateo 26:18
Entonces el Señor había ido a Getsemaní para derramar Su corazón ante Dios. Allí había dicho nuevamente a Sus amados Pedro, Santiago y Juan, quienes habían permanecido sentados, somnolientos, mientras Él oraba:
[…] Dormid ya y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores Mateo 26:45
José Smith también había reconocido la incapacidad de sus enemigos para poner fin prematuramente a su ministerio. Dijo:
Todos los enemigos sobre la faz de la tierra pueden rugir y ejercer todo su poder para causar mi muerte, y nada podrán lograr, a menos que algunos de entre nosotros, que han disfrutado de nuestra compañía —que nos han llamado hermanos y nos han saludado con un beso—, mediante la falsedad y el engaño susciten la ira y la indignación contra nosotros; tenemos un Judas entre nosotros.
Su hora había llegado, su ministerio había terminado. Ahora sus enemigos podían prevalecer.
Los mártires entregaron su vida voluntariamente
En el modelo del martirio aparece el aspecto voluntario. En cada caso, el mártir podría haber salvado su vida renunciando a su causa. A Abinadí se le había dicho que sería ejecutado. Pero respondió:
[…] no me retractaré de las palabras que os he hablado […] porque son verdaderas; y para que sepáis que son ciertas, he permitido que yo caiga en vuestras manos. Sí, y sufriré aun hasta la muerte, y no me retractaré de mis palabras; y quedarán como testimonio contra vosotros. Y si me matáis, derramaréis sangre inocente; y esto también quedará como testimonio contra vosotros en el postrer día Mosíah 17:9–10
El Salvador había dicho:
[…] pongo mi vida por las ovejas […] Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar Juan 10:15, 18
Cuando Pedro, en el huerto, le cortó la oreja a uno de los siervos del sumo sacerdote, Jesús le dijo:
[…] Vuelve tu espada a su lugar […] ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? Mateo 26:52–53
Los últimos acontecimientos de la vida de José Smith
José Smith no quería morir. Tenía tanto por lo cual vivir: su familia, sus amigos, su interés en el reino que se expandía; y todavía era un hombre joven. Pero, aunque esperaba y oraba para que la copa pudiera pasar, sabía que era inevitable. Dijo:
Voy como cordero al matadero; pero me siento tan sereno como una mañana veraniega; tengo la conciencia libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres. Moriré inocente, y aún se dirá de mí: Fue asesinado a sangre fría D. y C. 135:4
¡Cuánto deseaba vivir! Se detuvo al pasar por su granja y dijo con tristeza:
Si algunos de ustedes tuvieran una granja como esta y supieran que no volverían a verla, ¿no querrían contemplarla detenidamente por última vez?
Y al salir de Nauvoo, sus ojos llenos de añoranza contemplaron la hermosa ciudad.
Este es el lugar más hermoso y el mejor pueblo bajo los cielos; poco saben de las pruebas que les esperan.
Su despedida del hermano Wells estuvo llena de conmovedora tristeza: «Deseo que atesore mi recuerdo». Y mientras esperaba el infame golpe en la cárcel de Carthage, había dicho:
Apoye la cabeza sobre mi brazo a modo de almohada, hermano Fullmer; sí quisiera volver a ver a mi familia; quiera Dios que pudiera predicar a los santos en Nauvoo una vez más.
Este era su Gólgota; parecía saberlo. Había dicho:
Muchachos, si no regreso, cuídense. Voy como cordero al matadero.
¡Y fue una matanza! ¡Resonaron los disparos! Y corrió libremente la sangre de los mártires, pues Hyrum, su hermano mayor, había escogido permanecer con él. Esa preciosa sangre empapó la tierra, sellando un testimonio imperecedero e irrefutable que continuó resonando en mentes y corazones.
Él dio testimonio:
Efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron […] He visto una visión; y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo JS—H 1:25
Se acercó a su tragedia y la afrontó de hecho. Sus últimas palabras fueron: «¡Oh Señor, Dios mío!».
El testamento entra en vigor por la muerte del testador
En las últimas horas de la vida del mártir llega una calma serena que desconcierta toda explicación humana. Es un desafío irrefutable para quienes quisieran racionalizarlo todo y restarle significado mediante explicaciones.
Abinadí afrontó triunfalmente a sus enemigos:
[…] no se atrevieron a echarle mano, porque el Espíritu del Señor estaba sobre él; y su rostro resplandecía con un fulgor extraordinario, así como el de Moisés en el monte de Sinaí mientras hablaba con el Señor Mosíah 13:5
Lo ataron y «le azotaron la piel con haces de leña encendidos»; y cuando las llamas comenzaron a quemarlo, profetizó acerca de ellos y exclamó:
«¡Oh Dios, recibe mi alma!». Murió y selló la verdad de sus palabras con su muerte Mosíah 17:13–20
Y cuando la sentencia de muerte cayó sobre Esteban:
[…] todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel Hechos 6:15
Mientras la brutal turba arrojaba piedras con saña para arrebatar aquella vida inocente, el joven mártir alzó la vista, vio los cielos abiertos y contempló:
[…] la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios Hechos 7:55
y cuando su cuerpo golpeado y ensangrentado había llegado al límite de su resistencia física, cayó de rodillas y clamó a gran voz: «¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!» Hechos 7:60 y otra alma había sellado su testimonio con sangre.
El Salvador soportó la humillación, las burlas y el dolor físico con paciencia y tolerancia, pero no quería morir. Amaba la vida a pesar de Sus persecuciones. Oró:
[…] Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú Mateo 26:39
Y luego habían llegado Su traición, Sus juicios, aunque no fueron más que una farsa, y Su ejecución.
Aunque aquellos degenerados sin escrúpulos le estaban arrebatando Su preciosa vida:
[…] Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen Lucas 23:34
Mientras Su vida se extinguía, clamó a gran voz:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu Lucas 23:46
Pablo dijo después:
Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma, pues no es válido entre tanto que el testador vive. De donde ni aun el primer convenio fue instituido sin sangre Heb. 9:16–18
Pero habían dado testimonio; la verdad había quedado establecida; se había derramado sangre; y el testimonio permanecería eternamente contra quienes rechazaron la verdad y fueron los malvados de aquellas tragedias.
La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia
Pero los mártires no mueren. Siguen viviendo sin cesar. Cuando el Salvador dijo: «¡Consumado es!» Juan 19:30 se refería a Su experiencia mortal, pues Su crucifixión no fue más que un hito en Su poder siempre creciente. Cientos de millones de personas han recibido una influencia para bien de aquella vida perfecta y aquella muerte de mártir. Él mismo había dicho:
Y el que pierda su vida en mi causa, por amor de mi nombre, la hallará otra vez D. y C. 98:13
Su obra continúa extendiéndose hasta el día de hoy.
La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.
Esteban muerto es más grande que Esteban vivo. Sus sermones continúan inspirando a sus lectores.
Se dice que, cuando Nerón envió a los otros cristianos a los leones, envió a Pablo, el ciudadano romano, al verdugo y al tajo. Quizá, pero carece de importancia. Pablo camina y habla en cada hogar de la cristiandad. (Libro del valor).
Y José Smith, nuestro Profeta:
Podría haber cedido y perecido, pero, al mantenerse firme, vive para siempre.
Su obra no se perdió. Su testimonio sigue avanzando constantemente, hasta el infinito. Así como Alma había llevado la antorcha de Abinadí y los apóstoles la del Salvador, ahora llegaron Brigham Young y los Doce para continuar la obra de la Restauración.
Los hombres no entregan la vida para perpetuar falsedades. El martirio disipa toda duda en cuanto a la sinceridad del mártir. Las personalidades no sobreviven a los siglos. Surgen como una estrella fugaz, brillan intensamente por un momento y desaparecen de la vista, pero un mártir de una causa viva, como el sol, sigue brillando para siempre. Grandes personalidades, estudiantes, hombres de negocios y científicos siguieron al joven profeta hasta su muerte. No fueron engañados. Lo perdieron en el martirio, pero, inspirados por la divinidad de la Causa, siguieron adelante sin vacilar. Miles entregaron vidas que podrían haber salvado, en Misuri, Illinois y al cruzar las llanuras; y hoy un gran pueblo, reconocido por su educación, su sentido práctico y su virtud, se levanta para dar testimonio de que el martirio de José Smith, al igual que el de los mártires que lo precedieron, es otra de las pruebas infalibles de la divinidad del Evangelio de Jesucristo, restaurado en su plenitud por medio de aquel humilde profeta.
Actuar por voluntad propia conforme a principios correctos
Élder Richard L. Evans
Del Primer Consejo de los Setenta
El Señor espera que usemos nuestro albedrío para asumir responsabilidades y hacer mucho bien por voluntad propia, guiados por principios correctos, sin esperar que se nos mande en todas las cosas.
Ante todo, quisiera expresar mi gratitud a mi Padre Celestial por ser miembro de esta Iglesia y por mi hermandad con ustedes, que están aquí, y con aquellos a quienes representan por todo el mundo.
Ha estado acudiendo a mi mente una frase de Doctrina y Convenios, resaltada por algunos aspectos del informe estadístico presentado aquí ayer por la mañana, al cual me referiré en un momento. Esta frase aparece en varios lugares:
[…] no me importunes más sobre este asunto D. y C. 130:15
Y en un lugar va seguida de este recordatorio adicional:
Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero D. y C. 59:22–23
Esta frase, «no me importunes más sobre este asunto», que, como se ha dicho, aparece en varios lugares, parecería haber sido una indicación del Señor al profeta José Smith y a sus colaboradores de que, una vez que se habían dado los principios y se habían dado a conocer al Profeta la disposición y la voluntad del Señor, él y su pueblo debían proceder de acuerdo con esos principios, sin buscar innecesariamente más instrucciones ni seguir importunando al Señor acerca de cosas que ya sabían.
Este pensamiento se relaciona con otra serie de versículos de Doctrina y Convenios que se cita con frecuencia:
Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno. De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia; porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa. Mas el que no hace nada hasta que se le manda, y recibe un mandamiento con corazón dudoso y lo cumple desidiosamente, ya es condenado D. y C. 58:26–29
«Estar anhelosamente consagrados a una causa buena»
Es una gran satisfacción para los padres, y es una gran satisfacción para quienes ocupan puestos de liderazgo, cuando nuestros hijos, o quienes trabajan en alguna asignación de la que somos responsables, hacen exactamente lo que se les pide, de la manera en que se les pide hacerlo. Pero hay un gozo aún mayor que experimentan los padres y quienes ocupan puestos de liderazgo: cuando nuestros hijos o nuestros colaboradores hacen algo bueno por su propia voluntad, algo que no se les ha pedido específicamente, pero que emprenden de acuerdo con los principios que se les han enseñado y que saben que son verdaderos. Ese es uno de los grandes gozos de ser padre o madre: cuando un hijo a quien se le han enseñado principios correctos procede a actuar por sí mismo de acuerdo con esos principios y a realizar buenas obras y efectuar justicia.
Creo que, si preguntáramos a los líderes de la industria y del comercio, y a quienes son responsables del bienestar económico y de otras actividades de nuestra nación, cuál es una de las cosas más difíciles de encontrar, entre las que ocuparían los primeros lugares de la lista, si no el primero, estaría la dificultad de encontrar jóvenes, y también personas mayores, dispuestos a asumir el liderazgo y la responsabilidad, a tomar decisiones y a llevar los asuntos hasta su conclusión y resolución definitivas con integridad, con capacidad y de acuerdo con principios previamente establecidos y convenidos. Y creo, además, que cualquier joven que asuma el liderazgo y la responsabilidad con integridad e inteligencia puede conseguir casi todo lo que desee.
La obligación de gobernarnos mediante principios correctos
Ahora, como siempre, hay dos fuerzas que obran en este mundo, como las había en los cielos antes de que comenzara el tiempo. Está la fuerza que procuraría acostumbrar a los hombres al servilismo y al control rígido, que los disuadiría de pensar y actuar por sí mismos. Y luego está la fuerza que, habiendo establecido principios sólidos de conducta, haría posible que los hombres actuaran como agentes libres y los alentaría a hacerlo, y a utilizar su inteligencia y las energías que Dios les ha dado para realizar buenas obras y cumplir propósitos rectos.
Para llevar esto a su aplicación en la Iglesia de hoy, ayer escuchamos en el informe estadístico que hay ciento cincuenta y cinco estacas, treinta y ocho misiones, más de mil doscientos barrios y ramas independientes, y casi un millón de personas; y sabemos que ya ha llegado el momento —y llegó hace mucho— en que los hombres que ocupan cargos en los barrios y las estacas deben, más que nunca, asumir responsabilidades, tomar decisiones, llevar sus asignaciones hasta una conclusión satisfactoria, proceder a realizar buenas obras y efectuar muchas cosas con rectitud por su propia voluntad, de acuerdo con los planes que se han establecido y sin importunar demasiado acerca de principios que ya han sido establecidos y convenidos.
Así como el Señor instruyó al Profeta en varias ocasiones que no lo importunara más acerca de ciertos asuntos, el Profeta, a su vez, aun siendo la Iglesia tan pequeña como lo era en su época, hizo prácticamente lo mismo con sus colaboradores. Explicó que enseñaba a su pueblo principios correctos y dejaba que se gobernara a sí mismo. Y con frecuencia, como consta en la Historia documental de la Iglesia, cuando alguien de otra rama o de otra parte de la Iglesia, algo distante del lugar donde se encontrara el Profeta en aquel momento, le escribía y le preguntaba cómo proceder ante cierto problema o situación —y tenían muchos problemas graves y situaciones difíciles—, él a menudo respondía recordándoles los principios por los cuales debían guiarse, contestando directamente algunas de sus preguntas cuando consideraba que necesitaban respuesta y aconsejándoles después que procedieran según su mejor criterio y que resolvieran la situación por sí mismos.
El uso del albedrío
Esta generación, en muchos lugares del mundo, ha sido deliberadamente condicionada para someterse a un control rígido, y estoy seguro de que las fuerzas comprometidas con el principio del albedrío del hombre y de su acción inteligente y responsabilidad por sí mismo deben ser más vigorosas que nunca para contrarrestar esa influencia opuesta. No conozco nada, por ejemplo, que haga perder más tiempo o que sea más destructivo para la individualidad que obligar a las personas a esperar largas horas en largas filas. No diría que siempre pueda evitarse, pero ciertamente no debe convertirse en nuestra manera de vivir. Sin duda, no debe permitirse que estas cosas se perpetúen más allá de lo realmente necesario, para que nuestra vida no quede reducida a un patrón inflexible.
Quisiera suplicarles, mis hermanos y hermanas, y rogar a nuestro Padre Celestial, que, como individuos, como pueblo y como nación, dediquemos todas nuestras energías a efectuar mucha justicia; que no retengamos nuestro trabajo; que pongamos manos a la obra y hagamos lo que se necesita hacer, y que trabajemos y aportemos nuestras fuerzas de manera constructiva a la creación y producción de las cosas que el mundo tanto necesita; que procedamos con íntegro propósito de corazón de acuerdo con los principios que sabemos que son verdaderos; y que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones y efectuemos mucha justicia por nuestra propia voluntad, sin esperar que se nos mande en todas las cosas, pues el camino está claro ante nosotros, y nuestros deberes, obligaciones y responsabilidades no nos están ocultos. Que Dios nos ayude a proceder así, lo pido en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
Confíen en el Señor
Élder Joseph F. Smith
Patriarca de la Iglesia
Debemos confiar en el Señor y guardar Sus mandamientos en nuestra vida personal y cívica, defendiendo los principios constitucionales que protegen la libertad y el albedrío.
Mis hermanos y hermanas, ¿me sostendrán con su fe y se unirán a mí en oración para que pueda estar a la altura de esta asignación?
Anteanoche, en la reunión de bienestar, el Presidente de la Iglesia señaló que nosotros, como pueblo, habíamos sufrido relativamente poco durante la guerra y sugirió que reflexionáramos sobre ello. He estado pensando en ello desde que nos lo hizo notar. Este país ha sufrido relativamente poco. Por dolorosas que hayan sido nuestras pérdidas de seres queridos, la gente de este país no ha carecido de alimentos; no ha sufrido privaciones. Es bueno que pensemos en estas cosas y en las razones de ello.
La clave de la verdadera educación
En la gran revelación que contiene aquel célebre axioma «mormón», «La gloria de Dios es la inteligencia» D. y C. 93:36 leemos lo siguiente:
El Espíritu de verdad es de Dios. Yo soy el Espíritu de verdad, y Juan dio testimonio de mí, diciendo: Él recibió la plenitud de la verdad, sí, de toda la verdad; y ningún hombre recibe la plenitud, a menos que guarde sus mandamientos D. y C. 93:26–27
Esa, me parece, es la clave de la verdadera educación. Ningún hombre puede recibir una plenitud de la verdad a menos que guarde los mandamientos de nuestro Padre Celestial. El conocimiento no es sabiduría. Se nos ha inducido erróneamente a pensar que la adquisición de conocimientos es el fin supremo de la educación. La verdadera educación debe dar como resultado la sabiduría. El conocimiento que hay en el mundo es grande. Nos quedamos sin aliento ante la multitud de maravillas de la ciencia. La sabiduría del mundo es insignificante. Basta ver la devastación de la guerra. ¿Me permiten tomar un momento para leer un versículo de Segundo Nefi que he citado a menudo con respecto a este asunto del conocimiento? En esta conferencia se ha hecho referencia a la insensatez de los llamados sabios.
[…] ¡Oh las vanidades, y las flaquezas, y las necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán 2 Ne. 9:28
En medio del mayor conocimiento que el mundo jamás haya visto, hemos presenciado la mayor destrucción de vidas que el mundo jamás haya visto, y nuestro mayor conocimiento se ha utilizado para destruir a los hijos de Dios. «Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios» 2 Ne. 9:29 Una vez más, ningún hombre recibe la plenitud de la verdad —ningún hombre puede ser verdaderamente educado— a menos que guarde los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Esta gran revelación concluye con esta declaración:
Y de cierto os digo que es mi voluntad que os deis prisa para traducir mis Escrituras y para adquirir conocimiento de la historia, de los países, de los reinos, de las leyes de Dios y de los hombres, y todo esto para la salvación de Sion. Amén D. y C. 93:53
Acontecimientos históricos
Quisiera dedicar unos momentos esta mañana a considerar algunos acontecimientos históricos. Al tratar con los jóvenes, encuentro, lamentablemente, que entre los estudiantes de secundaria las dos materias que más desagradan al mayor número de alumnos son, primero, el inglés y, segundo, la historia. Nuestro sistema educativo haría bien en reflexionar sobre ello. Si queremos ser sabios, debemos saber cómo hemos llegado a ser lo que somos. Solo un estudio genuino de la historia real puede lograrlo. Este país, una tierra escogida sobre todas las demás, y sus habitantes han disfrutado de bendiciones inmensas. Este país requirió una larga preparación. No puedo esbozar toda la historia. Quisiera mencionar solo uno o dos acontecimientos importantes.
Allá por 1215, cuando los barones arrancaron al rey Juan la Carta Magna, tuvimos el comienzo moderno de la verdadera democracia. Tiempo después, en 1517, Lutero clavó sus célebres tesis en la puerta de su iglesia en Wittenberg y, no mucho después, en 1555, la célebre Paz de Augsburgo otorgó libertad de culto a los protestantes, quebrantando la tiranía de Roma. Más adelante, un grupo de puritanos, al verse perseguidos en Inglaterra por sus creencias religiosas, fue a Holanda y, después de doce años en tierra extranjera, entre personas de lengua extranjera, decidió partir hacia el Nuevo Mundo, en busca de verdadera libertad religiosa; y en 1620 se dirigió hacia el oeste, cruzando el océano Atlántico. El gran gobernador William Bradford dijo de ellos:
Así dejaron aquella buena y agradable ciudad que había sido su lugar de descanso durante doce años; pero sabían que eran peregrinos y no fijaron demasiado la mirada en aquellas cosas, sino que alzaron los ojos a los cielos, su patria más querida, y serenaron sus espíritus.
Su confianza en el Señor fue su mayor salvaguarda.
El Pacto del Mayflower
Después de aquel memorable y fatigoso viaje a través del océano, mientras su pequeño barco permanecía anclado en la bahía de Cabo Cod, se enfrentaron a una insurrección. Se enfrentaron a una posible anarquía, porque entre ellos había quienes estaban decididos a que hubiera anarquía. Los más sabios comprendían que la anarquía conduciría inevitablemente al caos. Pero se reunieron en el camarote del barco y, confiando en su Padre Celestial, redactaron aquel célebre documento, el Pacto del Mayflower, «el comienzo de la democracia estadounidense». Quisiera tomar un minuto para leérselo. Fíjense bien en las primeras palabras:
En el nombre de Dios. Amén. Nosotros, cuyos nombres figuran al pie, leales súbditos de nuestro venerado señor soberano, el rey Jacobo, por la gracia de Dios rey de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, defensor de la fe, etc., habiendo emprendido, para la gloria de Dios, el progreso de la fe cristiana y el honor de nuestro rey y nuestra patria, un viaje para establecer la primera colonia en las regiones septentrionales de Virginia, por la presente, solemne y mutuamente, en presencia de Dios y unos de otros, pactamos y nos unimos en un cuerpo político civil para nuestro mejor ordenamiento y conservación y para promover los fines antes mencionados; y en virtud de ello, promulgar, establecer y formular, cuando sea necesario, aquellas leyes, ordenanzas, disposiciones, constituciones y cargos justos y equitativos que se consideren más apropiados y convenientes para el bien general de la colonia, a los cuales prometemos toda la debida sumisión y obediencia. En testimonio de lo cual hemos firmado nuestros nombres al pie, en Cabo Cod, el 11 de noviembre, en el año decimoctavo del reinado de nuestro señor soberano, el rey Jacobo, de Inglaterra, Francia e Irlanda, y el quincuagésimo cuarto de Escocia. Año del Señor de 1620
La Declaración de Independencia
Ahí tienen los comienzos de un gobierno verdaderamente democrático: personas unidas para formular leyes justas que ellas mismas observarían, bajo la guía del Señor. Y más adelante se redactó la Declaración de Independencia. Después de exponer las razones de la separación, enumerando sus agravios, Jefferson, hablando en nombre de las colonias, concluye así:
Por lo tanto, nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso General, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por autoridad del buen pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos solemnemente que estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes; que quedan absueltas de toda lealtad a la Corona británica, y que toda conexión política entre ellas y el Estado de Gran Bretaña queda, y debe quedar, totalmente disuelta; y que, como estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, contraer alianzas, establecer el comercio y realizar todos los demás actos y cosas que los estados independientes pueden hacer por derecho. Y en apoyo de esta Declaración, con firme confianza en la protección de la Divina Providencia, comprometemos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.
«Dios gobierna en los asuntos de los hombres»
Este país ha disfrutado de las bendiciones que tiene por haber confiado en el Señor. Solo un año después —1787— se redactó nuestra gran Constitución. Me pregunto cuántos de esta congregación han leído la Constitución en los últimos diez años. Quiero decirles, hermanos y hermanas, que es la carta fundamental que se interpone entre nosotros y la esclavitud, y sería bueno que reflexionáramos sobre ello. Permítanme leer lo que Benjamin Franklin dijo al respecto. Lo dijo en un momento en que el debate era acalorado y había disensión en el Congreso:
He vivido, señor, mucho tiempo, y cuanto más vivo, más pruebas convincentes veo de esta verdad: que Dios gobierna en los asuntos de los hombres. Y si un gorrión no puede caer a tierra sin que Él lo advierta Mateo 10:29–31 ¿es probable que un imperio pueda surgir sin Su ayuda?
Se nos ha asegurado, señor, en las Sagradas Escrituras, que «Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» Sal. 127:1 Creo firmemente en esto; y también creo que, sin Su ayuda, no tendremos más éxito en esta edificación política que los constructores de Babel. Nos dividiremos por nuestros pequeños intereses locales y parciales; nuestros proyectos quedarán confundidos, y nosotros mismos nos convertiremos en motivo de reproche y escarnio para las generaciones futuras. Y, lo que es peor, a partir de este desafortunado ejemplo, la humanidad podría perder en lo sucesivo la esperanza de establecer gobiernos mediante la sabiduría humana y dejarlo al azar, a la guerra y a la conquista.
Por lo tanto, solicito permiso para proponer que, de ahora en adelante, todas las mañanas, antes de proceder a nuestros asuntos, se ofrezcan en esta asamblea oraciones implorando la ayuda del Cielo y Sus bendiciones sobre nuestras deliberaciones, y que se pida a uno o más clérigos de esta ciudad que oficien en ese servicio
La valoración que hace el Señor de la Constitución
Ahora bien, hay quienes en el país nos dicen, y en particular a nuestros hijos, que la Constitución era muy buena en su época, pero que está anticuada. «Hemos dejado atrás “los días del caballo y el carruaje”; es hora de que nos modernicemos». Quisiera tomar un momento para leer lo que el Señor dice acerca de la Constitución de los Estados Unidos:
[…] de nuevo os digo, los que habéis sido esparcidos por vuestros enemigos, es mi voluntad que sigáis insistiendo en que se os haga justicia y se os redima, por mano de aquellos que os son puestos por gobernantes y tienen autoridad sobre vosotros,
de acuerdo con las leyes y la constitución del pueblo, las cuales he permitido que se establecieran, y que deben preservarse para los derechos y la protección de toda carne, conforme a principios justos y santos; a fin de que todo hombre obre en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que todo hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio D. y C. 101:76–78
Cuando el Profeta ofreció la oración dedicatoria del templo de Kirtland, una oración que le fue dada por revelación, dijo lo siguiente:
Ten misericordia, oh Señor, de todas las naciones de la tierra; ten misericordia de los gobernantes de nuestra tierra; que aquellos principios que nuestros padres defendieron tan honorable y noblemente, a saber, la Constitución de nuestra tierra, sean establecidos para siempre D. y C. 109:54 Historia de la Iglesia, tomo II, pág. 424).
Y en la sección noventa y ocho de Doctrina y Convenios, el Señor dice lo siguiente acerca de la Constitución:
Y la ley del país que es constitucional, que apoya ese principio de libertad en la preservación de derechos y privilegios, pertenece a toda la humanidad, y es justificable ante mí.
Por tanto, yo, el Señor, os justifico a vosotros y a vuestros hermanos de mi iglesia en apoyar la que fuere la ley constitucional del país;
y en cuanto a la ley del hombre, lo que sea más o menos que esto, del mal proviene D. y C. 98:5–7
Apoyen a los hombres que protegerán la Constitución
Ahora bien, esas son las palabras del Señor. Entre algunos Santos de los Últimos Días ha habido una tendencia a decir, incluso cuando se menciona la Constitución: «Ahí está otra vez hablando de política». No estoy hablando de política. Estoy citando las palabras del Señor. Ciertamente, no es apropiado que introduzcamos la política en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; pero, con igual certeza, es apropiado que todo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleve la doctrina de Cristo a su actividad política y que evalúe a todo candidato y todo programa, bajo cualquier bandera política, a la luz del Evangelio de Jesucristo. Si hay alguien que quiera destruir o debilitar la Constitución de los Estados Unidos, ¡opónganse a él hasta el límite de sus derechos constitucionales! Por el contrario, debemos apoyar a los candidatos y promover los programas de cualquier partido que protejan la sagrada Constitución de los Estados Unidos: ese justo documento de gobierno que fue inspirado por Dios.
Me pregunto con qué frecuencia se pide ayuda al Señor en nuestros diversos consejos de hoy. Quisiera saber si ha habido un solo caso en toda la historia de los conflictos laborales estadounidenses en que los industriales y los líderes sindicales, al reunirse para resolver sus problemas, hayan pedido al Señor que los guiara. Quisiera saber si ha habido un solo caso. Bien sabemos que las oraciones son poco frecuentes en las conferencias cívicas y nacionales. Es hora de que aprendamos que la sabiduría de los hombres es insensatez cuando piensan que saben por sí mismos y se niegan a confiar en el Señor.
¿Me permiten recurrir al segundo discurso inaugural de Abraham Lincoln? Leo hacia el final:
[…] «¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos; pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!» Mateo 18:7 Si suponemos que la esclavitud en los Estados Unidos es uno de esos tropiezos que, en la providencia de Dios, necesariamente debían venir, pero que, habiendo continuado durante el tiempo que Él determinó, ahora es Su voluntad eliminar, y que Él da tanto al Norte como al Sur esta terrible guerra como el sufrimiento que corresponde a quienes causaron el tropiezo, ¿discerniremos en ello alguna desviación de aquellos atributos divinos que los creyentes en un Dios viviente siempre le atribuyen? Con profundo anhelo esperamos y fervientemente oramos para que este poderoso azote de la guerra pase pronto. Sin embargo, si Dios quiere que continúe hasta que se haya consumido toda la riqueza acumulada por los doscientos cincuenta años de trabajo no remunerado del esclavo, y hasta que cada gota de sangre derramada por el látigo sea pagada con otra derramada por la espada, como se dijo hace tres mil años, todavía habrá que decir: «los juicios de Jehová son verdad, todos justos» Sal. 19:9
Confíen en el Señor
La Guerra Civil se libró para preservar la Constitución, para abolir la esclavitud; y, sin embargo, la esclavitud se va apoderando de nosotros en este día, en el año del Señor de 1946. Durante las guerras no padecimos necesidad, pero ahora comienza a haber verdadera necesidad en este país. En los últimos dos o tres días he escuchado varios relatos de personas indigentes, sin ropa y sin alimentos, porque están sufriendo esclavitud económica. Ahora bien, hermanos y hermanas, ciertamente, como Santos de los Últimos Días, es hora de que cada uno de nosotros, en toda su labor —en su ocupación, en el ejercicio de sus derechos cívicos, al presidir su familia, en todo lo que haga—, confíe en el Señor. Es hora de que las organizaciones cívicas, económicas y nacionales comiencen a confiar en el Señor, tal como lo hicieron nuestros antepasados. Permítanme concluir con aquellas célebres palabras de Abraham Lincoln, particularmente apropiadas en este momento:
Sin malicia hacia nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, según Dios nos permita discernir lo correcto, esforcémonos por terminar la obra en la que estamos empeñados, por vendar las heridas de la nación, por cuidar de quien haya soportado la batalla, y de su viuda y de su huérfano, por hacer todo lo que pueda lograr y preservar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones. (Segundo discurso inaugural).
Ruego que, ciertamente, al menos los Santos de los Últimos Días hagan todo lo que esté a su alcance para preservar esa clase de gobierno, esa clase de confianza del gobierno en la Providencia que hasta este momento nos ha asegurado nuestras bendiciones y que, si abandonamos, nos llevará a una esclavitud cada vez mayor, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Vivir unidos por los lazos de la hermandad
Élder Harold B. Lee
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Al seguir la revelación, cuidar de nuestra familia y socorrer a los necesitados mediante el trabajo y la unidad, vivimos como hermanos y nos preparamos para recibir la protección del Señor.
No podría pedir un preámbulo más apropiado para lo que deseo decir esta mañana que el canto de ese magnífico himno, «¡Oh, está todo bien!». Al asistir a las conferencias año tras año, contemplo el gran esfuerzo y sacrificio que han hecho para venir a estas conferencias, así como la seriedad con que asisten, regular y fielmente, y escuchan todo lo que se dice y las medidas que se toman. Me he preguntado cuál es, después de todo, el propósito de una conferencia general, y recuerdo las palabras del Señor cuando nos dio, en una revelación, el modelo conforme al cual debían presentarse al pueblo los asuntos importantes relacionados con Su Iglesia. Esto es lo que dijo:
[…] hágase según lo que aconsejen los élderes de la iglesia en las conferencias, conforme al conocimiento que reciban de cuando en cuando D. y C. 58:56
La voluntad del Señor se revela de nuevo
Como en la antigüedad, también en nuestros días los santos hombres de Dios hablan siendo inspirados por el Espíritu Santo 2 Pedro 1:21 y cuanto hablan cuando son inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la voz del Señor, y la palabra del Señor y el poder de Dios para salvación D. y C. 68:4 Debería ser un gran consuelo para los Santos de los Últimos Días, en este tiempo que el Señor predijo, cuando la paz sería quitada de la tierra y el diablo tendría poder sobre su propio dominio, escuchar al Señor decir en una revelación que en ese día reinaría en medio de Su pueblo y tendría poder sobre Sus santos D. y C. 1:35–36 Pero en este día en que el brazo del Señor será revelado, quienes no escuchen la voz del Señor, ni la voz de Sus siervos, ni presten atención a los apóstoles y profetas, serán desarraigados de entre el pueblo D. y C. 1:14 Algunos de los pensadores más profundos de nuestra generación, que no son miembros de la Iglesia, han reconocido la necesidad de revelaciones del Señor para dar vitalidad a las enseñanzas de una iglesia. Fue Ralph Waldo Emerson quien dijo:
Las Escrituras hebreas y griegas contienen frases inmortales que han sido el pan de vida para millones, pero carecen de integridad épica, son fragmentarias y no se presentan al intelecto en su debido orden. […]
Tampoco puede cerrarse la Biblia hasta que nazca el último gran hombre. […] Los hombres han llegado a hablar de la revelación como algo dado y concluido hace mucho tiempo, como si Dios estuviera muerto. Ese daño a la fe ahoga a los predicadores, y las instituciones más nobles se convierten en una voz incierta e incapaz de expresarse. Nunca ha sido mayor la necesidad de revelación que hoy.
El propósito de la revelación
En nuestros días, el Señor nos ha dado la razón y el propósito por los cuales se dan las revelaciones. Nos dijo en una de las primeras revelaciones de esta época de la Iglesia restaurada:
Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, […] y le di mandamientos; y también a otros di mandamientos de que […] lo débil del mundo […] derrib[e] a los fuertes y poderosos, para que el hombre no aconseje a su prójimo, ni ponga su confianza en el brazo de la carne, sino para que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, […] para que también la fe aumente en la tierra; para que se establezca mi convenio sempiterno; para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada […] He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen entendimiento. Y para que, si erraban, fuese manifestado; y si buscaban sabiduría, fuesen instruidos; […] y para que, si eran humildes, fuesen fortalecidos y bendecidos de lo alto, y recibieran conocimiento de cuando en cuando D. y C. 1:17–28
Y así, en obediencia a ese propósito, ha habido en este día, en nuestros días, hombres comisionados por el Señor con poder y autoridad, y Él les ha dado la inspiración para enseñar y proclamar estas cosas al mundo con el propósito que ha expuesto. Lo ha hecho aquí en esta conferencia y continuará haciéndolo hasta que termine, para que los élderes de la Iglesia aconsejen a este pueblo acerca de los asuntos importantes, conforme a la inspiración y revelación que reciban de cuando en cuando. Cuando los Santos de los Últimos Días regresen a casa después de esta conferencia, sería bueno que consideraran seriamente la importancia de llevar consigo el informe de esta conferencia y permitir que sea la guía de su conducta y sus palabras durante los próximos seis meses. Estos son los asuntos importantes que el Señor considera oportuno revelar a este pueblo en este día del año 1946.
La previsión de los líderes de la Iglesia
La naturaleza divina de las actividades de esta Iglesia nunca ha quedado más demostrada que en los acontecimientos de esta última década, cuando, bajo la inspiración del cielo, nuestros líderes han procurado preparar a este pueblo para las calamidades que pronto sobrevendrían a los habitantes de la tierra. Mientras las naciones del mundo fomentaban el odio y los prejuicios raciales, esta, la Iglesia de Jesucristo, enviaba misioneros a muchas de esas naciones, predicando la hermandad del hombre y la paternidad de Dios. Aquí, en nuestra propia tierra, dábamos ejemplo de esa hermandad mediante el trabajo en equipo de los cuórums del sacerdocio y de los grupos de barrios y estacas que trabajaban en proyectos de bienestar y en actividades misionales. Cuando una prosperidad falsa e inflada se extendía por el país, causada por las exigencias de la reciente guerra, este pueblo, en gran medida mediante trabajo voluntario, llenaba almacenes con excedentes que de otro modo se habrían desperdiciado. Construían un silo y almacenaban grano cuando se destruía trigo porque no se necesitaba. En obediencia al consejo de los líderes de la Iglesia, llenaban sus propias despensas y sótanos con los productos necesarios para satisfacer las necesidades que se preveían para un día futuro, y para reducir la demanda de las existencias destinadas al público que, de otro modo, se necesitarían para llevar adelante los propósitos de este gobierno. Me parece que lo que más necesitamos en el mundo actual es, primero, reconocer a los «Josés modernos» representados en los líderes de la Iglesia de hoy, por la visión profética que han ejercido al prever este día de escasez y destrucción; y segundo, necesitamos «faraones modernos» en esta y otras naciones, que reconozcan las declaraciones de estos líderes de la Iglesia como la intención del Señor y la palabra del Señor al mundo en este día.
Recientemente, en la capital de la nación, un alto funcionario del gobierno nos dio un testimonio involuntario cuando, después de que le explicáramos las actividades de bienestar de la Iglesia, dijo: «Ustedes han hecho en su Iglesia precisamente lo que el gobierno está tratando de hacer ahora con su programa actual de proporcionar alimentos a las naciones hambrientas de Europa».
Mientras los vagones cargados de alimentos, ropa y ropa de cama se dirigen a los puertos para ser transportados al otro lado del océano a fin de alimentar a nuestros hermanos necesitados, y mientras los camiones cargados de nuestro país se dirigen a satisfacer necesidades semejantes en aquella región afligida, he sentido en mi corazón que, sin duda, esto es prueba suficiente de que la mano del Señor se manifiesta en favor de Su pueblo.
Décimo aniversario del programa de bienestar de la Iglesia
Hoy se cumple el décimo aniversario de la inauguración o del anuncio de la actividad de toda la Iglesia conocida como el programa de bienestar de la Iglesia. No puedo llegar a este día sin volver la mirada a los días que han pasado. He recordado a algunos de quienes impulsaron esta obra desde sus comienzos y que han sido llamados a su hogar eterno: el presidente Heber J. Grant, Melvin J. Ballard, Nicholas G. Smith, Campbell M. Brown, J. Frank Ward, Robert L. Judd, Elias S. Woodruff y Byron D. Anderson. Al pensar en su partida, no puedo evitar reflexionar sobre el interés que tendrán en el programa de bienestar dondequiera que se encuentren hoy. No puedo creer que sea menor del que tenían aquí; y si el Señor les da la oportunidad de ejercer esa influencia, estoy seguro de que la estarán ejerciendo. ¿Qué hay de nosotros aquí? Al rendir el debido honor a lo que procuraron edificar, me pregunto si hemos recordado sus palabras. Hemos repetido a menudo la declaración que nos dio el presidente Grant cuando se puso en marcha este programa. Estas fueron sus palabras, y ustedes las escucharon repetidas una y otra vez cuando dijo:
Nuestro propósito principal es establecer, en la medida de lo posible, un sistema mediante el cual se elimine la maldición de la ociosidad, se supriman los males de la limosna y se restablezcan una vez más entre nuestro pueblo la independencia, la laboriosidad, la economía y el respeto por uno mismo. El objetivo de la Iglesia es ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas. El trabajo debe volver a ocupar su lugar como principio rector de la vida de los miembros de nuestra Iglesia. (The Improvement Era, abril de 1946, pág. 209).
Las piedras fundamentales de la obra de bienestar
En los primeros días del programa de bienestar, por petición de la Primera Presidencia, viajé por la Iglesia con el élder Melvin J. Ballard para analizar con los líderes locales los detalles esenciales para su comienzo. Había tres pasajes predilectos de las Escrituras que él citaba con frecuencia al pueblo. Una declaración que repetía a menudo era esta: «Debemos cuidar de nuestro propio pueblo, pues el Señor ha dicho que todo esto debe hacerse para que:
[…] la iglesia se sostenga independiente de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial» D. y C. 78:14
Y también enseñaba, después de citar la sección ciento quince de Doctrina y Convenios:
De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones D. y C. 115:5
Este es el día de demostrar el poder del Señor en favor de Su pueblo. Y citaba nuevamente la sección ciento cuatro:
Por tanto, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, alzará con los malvados los ojos en el infierno, estando en tormento D. y C. 104:18
Hoy les leo estas citas para recordarles las piedras fundamentales sobre las cuales se ha establecido la obra de bienestar de la Iglesia.
La obligación de cuidar de los nuestros
Al recordar las experiencias de los últimos diez años, he pensado en la obra de bienestar como una especie de acercamiento, en lo temporal, del corazón de los padres hacia los hijos y del corazón de los hijos hacia los padres Mal. 4:6
A quienes puedan considerar que esta declaración es exagerada, ¿me permiten recordarles uno o dos pasajes de las Escrituras? El apóstol Pablo le dijo a Timoteo:
Pero si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo 1 Tim. 5:8
Y también el mandamiento del monte Sinaí que, como recordarán, el Maestro interpretó que significaba que los hijos debían cuidar de sus padres ancianos:
Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da Éx. 20:12
De estos dos pasajes saco estas dos conclusiones: En primer lugar, quienes se niegan a cuidar de los suyos están sujetos a un juicio más severo que el que recibiría alguien que hubiera perdido la fe y se hubiera vuelto como un incrédulo; y segundo, quienes se niegan a honrar a su padre y a su madre de la manera que explicó el Maestro están poniendo en peligro su permanencia en esta tierra que el Señor nos ha dado. He pensado mucho en ello. Me pregunto si esa permanencia se verá amenazada por los gravosos impuestos que aumentarán y crecerán hasta que prácticamente se nos despoje de nuestras propiedades, si no cuidamos de los nuestros; o me pregunto si el Señor retirará Sus bendiciones, como declaró Amulek en el capítulo treinta y cuatro de Alma Alma 34:28–29 si nos negamos a socorrer a quienes necesitan ayuda Alma 4:13
Y, por otra parte, en lo que respecta a los hijos, he recordado lo que dijo el apóstol Pablo al respecto: Predijo un tiempo que vendría en los últimos días, un tiempo peligroso en el que los hombres serían amadores de sí mismos, avaros, desobedientes, ingratos, sin santidad y sin afecto natural 2 Tim. 3:1–4 Eso resulta extrañamente parecido al lenguaje del Señor en nuestros días, cuando declaró:
Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sion, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia. Estas cosas no deberían ser, y deben desecharse de entre ellos D. y C. 68:31–32
Me he preguntado si el que los hijos no cuiden de sus padres ancianos, cuando estos llegan a una época de escasez y necesitan sustento, se debe a que los padres, en días pasados, no enseñaron a esos mismos hijos a evitar la maldición de la ociosidad y a ser responsables y rectos ante nuestro Padre Celestial. A menos que enseñemos hoy principios correctos a nuestros hijos, ellos, como algunos hijos de hoy, serán ingratos y carecerán del afecto natural 2 Tim. 3:3 necesario para cimentar esta sociedad sobre una base firme y resuelta. Sí, me parece que, en verdad, el plan de bienestar ha sido una especie de acercamiento del corazón de los hijos hacia los padres y del corazón de los padres hacia los hijos Mal. 4:6 para que nuestros días se alarguen en esta tierra que el Señor nuestro Dios nos ha dado Éx. 20:12
El plan del Señor para la seguridad
El Señor nos ha dado en nuestros días la organización más grande sobre la faz de la tierra, con Su poder y Su autoridad para dirigirla. Nos ha dado principios sólidos; nos ha mostrado el plan y la manera de eliminar la necesidad y la aflicción de entre nosotros. Nos ha mostrado el camino del amor fraternal. Si las aflicciones que se han predicho llegan sobre nosotros, será porque no hemos guardado la fe, porque hemos sido desobedientes y hemos desperdiciado las oportunidades que nuestro Padre Celestial nos ha dado para prepararnos para el día de calamidades que Él predijo D. y C. 1:17 D. y C. 45:49–50 D. y C. 136:35 hace más de cien años que vendría en esta generación.
Recuerdo haber escuchado al presidente McKay, durante la dedicación del silo en 1940, pronunciar estas palabras en una oración inspirada y profética:
Que este sea un edificio de servicio, una contribución de amor; y, como tal, te lo dedicamos y pedimos que Tus bendiciones acompañen a todos los que han contribuido a su construcción y a todos los que contribuyan a mantener estos depósitos llenos del trigo que se considera necesario conservar en preparación para los juicios que esperan a las naciones de la tierra.
Mi oración hoy es que tanto quienes contribuyen como quienes reciben vivan de tal manera unidos por los lazos de la hermandad, la unidad y la concordia, que el Señor pueda reinar en medio de Sus santos, ejercer Su poder sobre ellos y serles un escudo, como prometió en la sección noventa y siete de Doctrina y Convenios D. y C. 97:18–28 que lo sería si nosotros, Sus santos, guardábamos Sus mandamientos en el día en que los juicios estaban a punto de descender sobre la tierra D. y C. 109:38 JS—H 1:45
Que Dios nos ayude a vivir así y a mantenernos en armonía con Su Espíritu para que estas cosas acompañen a los santos en nuestros días, lo ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
Los frutos de una vida recta
Presidente J. Reuben Clark, hijo
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Una vida recta nos permite recibir por medio del Espíritu Santo un testimonio de Jesucristo que nos brinda paz, consuelo y confianza en medio de las pruebas.
Mis hermanos y hermanas, sinceramente espero contar con el sostén de su fe y sus oraciones para que lo que diga hoy nos eleve, nos edifique y nos aliente. Si no puedo lograrlo, como instrumento en las manos del Señor, entonces el tiempo que dedique habrá sido en vano.
EL TESTIMONIO DE JOB
Estos son tiempos difíciles, tiempos que ponen a prueba el alma de todos nosotros. Todos necesitamos ayuda, aun los más felices de nosotros. Un manto de tristeza, temor e inquietud nos ensombrece, y solo hay una manera de encontrar alivio. Job, en la antigüedad, al responder a las crueles acusaciones de sus tres amigos, dijo:
Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo.
Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios,
a quien yo veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón se consume dentro de mí Job 19:25–27
En esa gran declaración, Job nos dio una imagen completa de Jesús el Cristo, el Mesías, el Redentor, de Su muerte, de Su Expiación mediante ella y de Su resurrección, todo lo cual tuvo plena vigencia para Job y, al igual que para Job, para todo el resto de la humanidad. Todos morirán, todos yacerán en la tumba; todos resucitarán, salvo únicamente quienes sean «arrebatados» 1 Tes. 4:17 a Su venida. Ese es el mensaje; ese conocimiento de Job es el conocimiento que en estos días de tristeza nos dará paz y consuelo. Como dijo el Salvador:
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo Juan 14:27
Todos podemos tener el conocimiento que tenía Job. En verdad, los Santos de los Últimos Días no solo tienen el derecho, sino también el deber de obtener ese conocimiento. Cuando no obtenemos ese conocimiento, dejamos de cosechar los frutos y de disfrutar de las bendiciones que el Evangelio tiene para nosotros; y esa bendición, esos frutos, nos llegarán si vivimos como debemos.
LOS TESTIMONIOS DE LOS SANTOS DE LA ANTIGÜEDAD
A menudo he pensado en varios casos que indican que se poseía aquel testimonio de Job, casos relacionados con la vida del Salvador en el Viejo Mundo; casos en los que hombres y mujeres sabían quién era Jesús y cuál era Su misión. Uno de los primeros, después de Su nacimiento y tras la visión y la visita de los pastores, fue lo que ocurrió en el templo cuando llevaron allí a Jesús para cumplir los requisitos de la ley de Moisés. En aquel momento llegó al templo un hombre llamado Simeón, a quien el Espíritu Santo había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor Lucas 2:25–26 Y cuando llegó al templo y vio al niño Jesús, lo tomó
[…] en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra,
porque han visto mis ojos tu salvación,
la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel Lucas 2:28–32
Así recibió un testimonio semejante al de Job.
Ana, en aquella misma ocasión, aquella buena mujer que había permanecido durante años en el templo y sus alrededores, se acercó y declaró que veía la redención que vendría al mundo Lucas 2:36–38
Poco después de que Jesús comenzara Su misión, recordarán que escogió a algunos de Sus apóstoles, entre ellos a Simón, llamado después Pedro, y a Andrés, su hermano. Los había conocido antes de escogerlos. Pero aquel día pasó junto a ellos mientras echaban sus redes al mar, porque eran pescadores, y les dijo, al parecer mientras se adentraban en el agua:
[…] Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres Mateo 4:19
Y sin cuestionar, llenos del mismo testimonio que tenía Job, dejaron sus redes y siguieron a Jesús, hasta aquel día, después de Su muerte, en que Pedro y otros, pensando que la obra había concluido, fueron a pescar Juan 21:3
LA FE DEL CENTURIÓN
Pienso en la experiencia del centurión cuyo siervo estaba enfermo. Al parecer, apenas conocía al Salvador; sin embargo, envió a buscarlo y, por medio de los judíos a quienes mandó a llevar el mensaje, le dijo que su siervo estaba enfermo y que deseaba que fuera sanado. Jesús se dirigió hacia la casa, pero el centurión le envió este mensaje Lucas 7:1–5
Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo;
por lo que ni aun me tuve por digno de ir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sanado.
Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
y Jesús dijo a quienes lo rodeaban:
Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe Lucas 7:6–9
El siervo fue sanado Lucas 7:10 ¡Otro testimonio que contenía los elementos del de Job!
Recuerdo también el relato de la mujer griega, la sirofenicia cuya hija estaba afligida. El diálogo entre el Salvador y esta mujer constituye, creo, el único caso en que se le planteó al Salvador una pregunta para la cual no tuvo alguna respuesta. Ella le pidió que sanara a su hija. Al principio, Él no le respondió palabra. Entonces ella lo adoró Mateo 15:21–25 y Él dijo:
[…] No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.
Ella respondió:
[…] Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Y Jesús dijo:
[…] Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres Mateo 15:26–28
Ella también tenía un testimonio semejante al de Job.
EL TESTIMONIO DE PEDRO EN CESAREA DE FILIPO
Y después viene el episodio de Pedro, el gran Pedro, como yo lo considero, a quien el Salvador dio el nombre de Cefas. Después de que Jesús y los apóstoles habían recorrido Galilea visitando lugares, llegaron a la región de Cesarea de Filipo y, al parecer, se detuvieron a descansar. Jesús les dijo, aparentemente dirigiéndose a Pedro:
[…] ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron:
Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.
Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro, al parecer sin vacilar ni expresarse de manera ambigua, respondió y dijo:
[…] Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos Mateo 16:13–17
LAS BENDICIONES DE UN TESTIMONIO
Desde entonces hasta ahora, ese mensaje ha resonado a través de los siglos, indicándonos cómo podemos obtener ese consuelo y ese alivio a los que tiene derecho cada hijo de Dios, y sin los cuales no podemos ser felices ni alcanzar nuestra exaltación. Ese fue el testimonio que sostuvo a quienes fundaron esta Iglesia, desde el profeta José en adelante, y a todos los que creen, hasta el último que haya sido ordenado entre nosotros. Es el testimonio que sostuvo a los santos mientras atravesaban el desierto para llegar a este lugar desértico, a lo largo de sus pruebas, tribulaciones y persecuciones en Ohio, Illinois y Misuri; es el testimonio que sostiene hoy a nuestros santos en Europa en medio de todas sus penurias y desolación, tan graves como las que hayan sobrevenido a cualquiera de los hijos de los hombres, en lo que respecta al sufrimiento y al dolor físicos. Nuestros informes indican que muchos, y en algunas regiones la mayoría, carecen de hogar. Muchos, de hecho todos en algunas regiones, padecen hambre y carecen de ropa. Sin embargo, se han aferrado a sus testimonios, de los cuales han surgido el buen ánimo, la resignación y la fidelidad. Han adorado al Señor; han guardado Sus mandamientos, aun en las circunstancias más terribles.
LAS COSAS DE DIOS SE CONOCEN POR EL ESPÍRITU DE DIOS
Es nuestro derecho, como ya he dicho, y en verdad nuestro deber, obtener ese testimonio por nosotros mismos. Algunos podrán burlarse, algunos podrán dudar, algunos podrán declarar que nuestros principios son falsos, pero la verdad nunca se convierte en error porque alguien la niegue. Les recomiendo leer lo que yo había pensado leerles, pero no hay tiempo: el versículo once y los siguientes del segundo capítulo de Primera Corintios, en los cuales Pablo dice:
Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios 1 Cor. 2:11
Debemos estar preparados, como Pablo indica allí a los corintios, para que se nos considere insensatos, pues nos dice que las cosas de Dios son locura para los hombres 1 Cor. 2:12–16 Pero nosotros, que tenemos el testimonio del Espíritu, sabemos que lo que para los hombres es locura puede ser la mayor sabiduría para Dios; y sabemos que podemos disfrutar de esa bendición y conocimiento espirituales si tan solo vivimos de tal manera que el Espíritu Santo pueda revelarnos al Padre y al Hijo, y el testimonio de Ellos, y traernos aquella paz a la que ya me he referido y que Jesús prometió:
EL CONOCIMIENTO DE DIOS TRAE PAZ
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo Juan 14:27
Que el Señor nos conceda este testimonio, que les declaro que es mi testimonio, para que podamos vivir en paz y felicidad, para que nuestro corazón cobre ánimo en este tiempo de tensión y dificultades, para que podamos mirar hacia el futuro con confianza, serenos y seguros al saber que Dios nos conoce, que somos Sus hijos y que nos bendecirá si guardamos Sus mandamientos, lo ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.
El camino de la vida
Obispo LeGrand Richards
Obispo Presidente de la Iglesia
Quienes tienen hambre y sed de rectitud reciben mediante el Evangelio restaurado conocimiento de su identidad divina, del propósito de la vida y del camino hacia la gloria celestial.
Me siento muy feliz, mis hermanos y hermanas, de tener el privilegio de asistir a esta conferencia. Creo que el Señor nos ha bendecido maravillosamente con el derramamiento de Su Espíritu y, por encima de todas las demás cosas de este mundo, le agradezco al Señor el ser miembro de esta Iglesia y la hermandad con los Santos de los Últimos Días.
EL GOZO DE LA OBRA MISIONAL
Este mes se cumplen cuarenta y un años desde que salí de Salt Lake para servir en mi primera misión en Holanda, y mientras estaba sentado aquí he estado pensando que, desde entonces hasta ahora, el Evangelio lo ha significado todo para mí. Recuerdo cuando di mi informe al concluir mi primera misión en el barrio al que pertenecía entonces. Dije que esperaba que el Señor me enviara a una misión con suficiente frecuencia para poder conservar el espíritu del que había disfrutado en el campo misional. El Evangelio, con todas sus enseñanzas, sus promesas y sus bendiciones, ha llegado a ser una realidad en mi vida; y con todo mi corazón sé que es verdadero, y espero hacer todo lo que pueda, mientras viva, para ayudar a fomentar la fe en el corazón de mis semejantes.
Jesús dijo en aquel maravilloso Sermón del Monte:
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados Mateo 5:6
Y quiero darles mi testimonio de que sé que esa promesa está al alcance de todo hombre y de toda mujer que tenga hambre y sed de justicia.
FRAGMENTO DE UNA CARTA
Hace unos diez años, mientras era presidente de la Misión de los Estados del Sur, recibí una carta de una mujer del sur que me contaba cuántos libros y folletos había leído sobre el mormonismo desde que los élderes llamaron a su puerta. (Por cierto, ella está aquí en Salt Lake; es la primera vez que ha tenido la oportunidad de visitar la sede de la Iglesia, e imagino que está presente en esta reunión). En esa carta decía:
Puesto que he llegado a la conclusión de que el «mormonismo» es lo más maravilloso de lo que jamás he oído hablar —y siempre había pensado que nunca podría ser otra cosa que bautista—, quisiera saber qué leen los miembros de su Iglesia. He leído libros de filosofía, psicología, psiquiatría, Ciencia Cristiana, etc., en busca de respuestas a los problemas de mi propia vida y, huelga decirlo, los problemas seguían sin respuesta; pero ahora tengo esperanza.
Y estoy agradecido al Señor porque en el Evangelio que enseñamos hay una respuesta a los problemas de la vida. Me he preguntado qué podría realmente desear saber una persona que no pudiera encontrar respuesta en este glorioso Evangelio, y me pregunto si quienes estamos aquí hoy sentimos que el «mormonismo» es lo más maravilloso de lo que jamás hemos oído hablar. Me pregunto si tenemos la fe que tenían los primeros miembros de la Iglesia cuando hicieron tantos sacrificios para que la causa misional de esta Iglesia pudiera seguir adelante en el mundo. Sus corazones fueron conmovidos; fueron sacados de las tinieblas; y comprendieron las gloriosas verdades que el Señor había revelado al profeta José Smith.
A ADÁN SE LE ENSEÑÓ EL BAUTISMO
Hubo otro, en los primeros días de la historia de los habitantes de esta tierra, que tuvo hambre y sed de justicia. Fue nuestro padre Adán, y él acudió al Señor. Quería saber del Señor por qué los hombres debían ser bautizados en agua y recibir la remisión de sus pecados. Y quisiera leerles la declaración del Señor a Adán en respuesta a su pregunta. Él dijo:
[…] por cuanto habéis nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, así igualmente tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito; para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal; […] Por tanto, te es dado que permanezca en ti: el testimonio del cielo; el Consolador; las cosas pacíficas de la gloria inmortal; la verdad de todas las cosas; lo que vivifica todas las cosas, que da vida a todas las cosas; lo que conoce todas las cosas y tiene todo poder de acuerdo con la sabiduría, la misericordia, la verdad, la justicia y el juicio Moisés 6:59, 61
Ahora bien, el Señor dio a entender a Adán que era mediante el nacer de nuevo del agua y del Espíritu que se le concedía que el testimonio del cielo permaneciera en él. Me pregunto qué quiso decir exactamente el Señor con el «testimonio del cielo», y he pensado que significaba que nos revela quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí, adónde vamos y aquella gran verdad eterna de que somos, en verdad, hijos e hijas de Dios, el Padre Eterno. ¿Hay alguna verdad que los hombres pudieran adquirir mediante su fe y su obediencia que significara más que saber que todo hombre que nace en este mundo tiene la posibilidad de crecer, desarrollarse y llegar a ser semejante a nuestro Padre Celestial?
En nuestra relación unos con otros somos, en verdad, hermanos y hermanas, y Cristo fue el Primogénito, el Hermano Mayor, que se ofreció a Sí mismo como rescate por los pecados de todos los habitantes de la tierra. Luego nos dice el propósito de nuestra creación: que estamos aquí para adquirir conocimiento, inteligencia y experiencia, y prepararnos para que podamos seguir adelante y llegar a ser como Él es.
LA SECCIÓN 76 DE DOCTRINA Y CONVENIOS ES UNA GUÍA
Me gusta leer la sección setenta y seis de Doctrina y Convenios, a la que acostumbramos referirnos como «La Visión». Para mí, es uno de los pasajes de las Escrituras más maravillosos que jamás se hayan revelado a los hombres y, hasta donde sabemos, nunca se había revelado hasta esta última dispensación; y cuando se dio al profeta José, se le dijo que era una transcripción de los anales del mundo eterno. Pablo tuvo el privilegio de verla, pues fue arrebatado hasta el tercer cielo 2 Cor. 12:1–4 y al paraíso de Dios, pero no se le permitió escribir las cosas que contempló. Esta revelación indica quiénes son dignos o serán dignos de obtener un lugar en cada uno de los tres grados de gloria que se describen en ella: uno semejante al sol, otro semejante a la luna y otro semejante a las estrellas D. y C. 76:96–98 ¿Hay algún hombre o mujer en todo Israel que ame al Señor, ame la verdad y tenga hambre y sed de justicia, que no desee esta información para guiar su vida e indicarle cómo debe vivir a fin de ser digno de la gloria que conocemos como gloria celestial D. y C. 76:50–70 semejante al sol?
Y luego se nos dice en el himno escrito por Eliza R. Snow, «Oh mi Padre»:
Por un sabio y glorioso propósito
me has puesto aquí en la tierra
y has retenido el recuerdo
de mis antiguos amigos y de mi nacimiento.
BENDICIONES PARA QUIENES LAS DESEAN
Cuando pienso en la información que nos llega individualmente como Santos de los Últimos Días por medio de los patriarcas de esta Iglesia, cuando pienso en lo que ha significado para mí la bendición que recibí de manos de mi padre cuando tenía ocho años, comprendo que ante los ojos del Todopoderoso somos, en verdad, personas individuales, cada una con un destino, un propósito y una misión que cumplir en la vida; y no puedo imaginar una decepción mayor para uno de los hijos de nuestro Padre que terminar su vida y luego escuchar que no cumplió las cosas para las cuales fue enviado a este mundo.
Luego se le dijo a Adán que se le concedería que permaneciera en él el Consolador Moisés 6:61 el Consolador que da a conocer todas las cosas: las presentes, las pasadas y las venideras Juan 16:13 Jesús explicó que era necesario que Él se fuera o el Consolador no podría venir Juan 16:7 que nos enseñaría todas las cosas y daría testimonio del Padre y del Hijo Juan 16:13–15 El presidente Clark relató esta mañana el testimonio de Pedro, que recibió gracias a ese testimonio del Espíritu.
A Adán se le dijo que se le concedería que permanecieran en él las cosas pacíficas de la gloria inmortal Moisés 6:61 y me pregunto si alguien puede comprender las cosas pacíficas de la gloria inmortal sin comprender la gloriosa promesa de la duración eterna del convenio matrimonial, de la unidad familiar y de nuestra relación unos con otros más allá del velo. El senador Beveridge dijo en su libro El joven y el mundo, en un capítulo dedicado a «El joven y el púlpito», que un destacado empresario ferroviario de los Estados Unidos dijo que saber que viviría de nuevo, con una identidad consciente, sabiendo quién era él y quiénes eran las demás personas, valdría para él más que toda la riqueza de los Estados Unidos. Este conocimiento lo adquirimos al tener hambre y sed de justicia Mateo 5:6 y también aprendemos que resucitaremos y que no perderemos nada mediante nuestra muerte, sino que esta será una ganancia para nosotros. En palabras de Pablo:
Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman 1 Cor. 2:9
Luego se le dijo que se le concedería que permaneciera en él la verdad de todas las cosas 1 Juan 2:27
No solo hemos de saber que José Smith fue un profeta de Dios; no solo hemos de saber que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, sino comprender las verdades del cielo, los principios conforme a los cuales podemos vivir, que nos guiarán en nuestros pensamientos, nos guiarán en nuestra manera de vivir y nos darán poder entre los hombres, porque se nos concede que permanezca en nosotros la verdad de todas las cosas.
«Lo que vivifica todas las cosas, que da vida a todas las cosas; lo que conoce todas las cosas» Moisés 6:61 el entendimiento de las Escrituras, el conocer la veracidad del Libro de Mormón, la veracidad de la Biblia, el conocer la veracidad de las revelaciones que Dios ha dado en estos últimos días. Les digo, hermanos y hermanas, que bien lo expresó Jesús cuando dijo:
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados Mateo 5:6
Adán recibió del Señor una respuesta a su pregunta, y la mujer del sur, al encontrar el «mormonismo», pudo decir que ahora tenía esperanza de encontrar respuesta a los problemas de su propia vida.
Cuando ven estos gloriosos templos, cuando ven esta gran asamblea de los santos de Dios, cuando ven el sacerdocio de Dios, cuando ven apóstoles y profetas como los que tenía la Iglesia primitiva, a quienes Dios puso en la Iglesia,
para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia las artimañas del error Efe. 4:14
pregunto: ¿hay algo más que pudiéramos desear saber? Si comprendiéramos todas estas cosas, entonces podríamos comprender por qué Isaías, cuando vio el templo de Dios edificado en lo alto de los montes en los últimos días, vio a personas de todo el mundo y las oyó decir:
[…] Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas Isa. 2:3
Y que Dios nos ayude a hacerlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
José Smith, profeta del Dios viviente
Élder Clifford E. Young
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Los testimonios de quienes conocieron personalmente a José Smith afirman su integridad y su llamamiento divino, pese a las acusaciones y los malentendidos acerca de sus motivos.
Siento la necesidad de su fe y sus oraciones, mis hermanos y hermanas, al presentarme ante ustedes esta tarde. Deseo agregar mi testimonio a los muchos testimonios contundentes de esta conferencia.
La historia del período de Nauvoo
Recientemente estaba leyendo una biografía publicada durante este año que abarca los años de guerra de Abraham Lincoln. Esta biografía fue escrita por J. G. Randall, profesor de historia de la Universidad de Illinois, y, al presentar los antecedentes del período de guerra de la vida de Lincoln, se remonta al Illinois de principios de la década de 1840, una época que conocieron los Santos de los Últimos Días de aquel entonces, y hace una o dos observaciones precisas:
En 1840, pocas poblaciones de Illinois tenían más de dos mil habitantes. Es un hecho curioso que, a mediados de la década de 1840, el asentamiento más grande de Illinois, con mucha diferencia, fuera la ciudad mormona de Nauvoo, situada en un hermoso paraje junto al ancho Misisipí, a unas cien millas al noroeste de Springfield. Aquí, en la década de 1840, cuando Chicago era una aldea incipiente de menos de cinco mil habitantes y Springfield un pequeño pueblo fangoso recientemente establecido en la pradera, se alzaba la ciudad más grande de Illinois, una comunidad de más de veinte mil habitantes. […] Centro del mormonismo, Nauvoo contaba con miles de viviendas y un gran templo en cuya construcción se había invertido un millón de dólares. (Lincoln, el presidente, J. G. Randall).
Describe además algunas de las condiciones que existían en aquella época y dice, citando a uno de los historiadores de Illinois, que este fue un período de anarquía en la historia de nuestra nación y que Illinois participaba de esa anarquía. El gobernador Ford, en su Historia de Illinois —escrita en la década de 1840—, trata extensamente el «espíritu de violencia de las turbas» en Illinois, y Lincoln habla de ello y advierte sobre sus peligros con estas palabras: «Que todo hombre recuerde que violar la ley es pisotear la sangre de sus padres y desgarrar la carta de su propia libertad y la de sus hijos». (Randall, página 22). Al leer esto pensé: sin duda, nuestro pueblo sabía lo que aquello significaba. Ellos también sufrieron a causa de esas condiciones.
Beveridge, en su biografía de Lincoln, describe algunas otras cosas interesantes que muestran que en aquel tiempo las normas no eran como las de hoy. Escribe:
Se consumían grandes cantidades de whisky; todos bebían, incluidas las mujeres y los predicadores. Los hombres se apresuraban a pelear, y las peleas eran brutales. El lenguaje profano era generalizado y enfático; sin embargo, un amor innato por la justicia, la veracidad y el trato equitativo impregnaba muchas de las comunidades, y la hospitalidad generosa y solícita era del más alto nivel. A pesar de estas cosas, la religión también era una parte vital de sus vidas. Se organizaban iglesias tan pronto como había suficientes colonos para formar pequeñas congregaciones. La predicación era rudimentaria, directa y vociferante, pero constituía una fuerza eficaz para el bien. Las escuelas, aunque rudimentarias, se establecían casi al mismo tiempo que las iglesias. De hecho, la iglesia y la escuela ejercían una influencia conjunta en favor de la decencia, el conocimiento y la moralidad en la vida de los pioneros. Muchas veces, las relaciones sociales eran poco estrictas y carecían de disciplina.
Y luego continúa hablando de los dialectos de la época, que eran sumamente rudimentarios. Beveridge hace referencia a una acusación que se hizo contra Lincoln mientras este debatía sobre los derechos de los estados con Stephen A. Douglas, según la cual Lincoln defendía el matrimonio entre blancos y negros. Lincoln, por supuesto, se sintió ofendido por ello y, en su respuesta, dijo que el hecho de que procurara la libertad de esas personas y defendiera que pudieran comer el pan que se ganaban no era razón para que se cuestionaran sus motivos.
Los motivos de José Smith fueron malinterpretados
Al leer esto, mis hermanos y hermanas, mi mente volvió al profeta José. Él también fue víctima del cuestionamiento de sus motivos. Era una época en que las personas cuestionaban los motivos de los demás, en que muchas veces eran maliciosas en sus imputaciones, y el Profeta y nuestro pueblo fueron víctimas de eso mismo; y, al mirar hoy hacia el pasado, no es de extrañar que la gente malinterpretara al profeta José. No supieron interpretar correctamente sus motivos; no supieron percibir el impulso de su vida recta, y cuando él defendía prácticas y doctrinas que contravenían lo aceptado en aquella época, los hombres cuestionaban lo que defendía y, en particular, el motivo que había detrás de ello. Así, el profeta José fue víctima de esta impugnación de sus motivos, y mucho de ello contribuyó a su martirio. Los hombres no lo conocieron entonces, y los hombres y las mujeres de nuestros días no se han esforzado por conocerlo. Eso es lamentable.
La valoración acertada de los primeros conversos
Si se me permite una referencia algo personal, mi abuelo, junto con sus cuatro hermanos y su padre, se unió a la Iglesia en 1832. Mi bisabuelo tenía entonces casi setenta años. Los cinco hermanos, con excepción de Lorenzo Young, eran mayores que José Smith y, sin embargo, cuando llegaron a Kirtland reconocieron en él a un profeta del Dios viviente. Eran hombres inteligentes; eran hombres capaces de analizar al profeta José Smith y valorar los principios que defendía. Creían plenamente en él y, después de aceptar la verdad tal como se la habían enseñado los primeros misioneros, nunca vacilaron hasta el día de su muerte. Todos fueron fieles a la fe. Eso fue característico de muchos. John Taylor se destaca como un faro de luz. Había venido de Inglaterra siendo joven. Es cierto que era menor que el Profeta, pues nació en 1808. Había llegado de Inglaterra en 1832 y se había establecido en Canadá. Y en 1836, Parley P. Pratt lo encontró y le predicó el Evangelio, que posteriormente aceptó. Más adelante fue a Kirtland para visitar al Profeta. Era un tiempo de apostasía; era un tiempo de persecución, pero nunca vaciló, porque el Señor le había testificado que aquel era un profeta del Dios viviente.
Después de esta visita, John Taylor regresó a Canadá y, posteriormente, José Smith lo visitó en compañía de otros. Más adelante, en el otoño de 1837, se le pidió e indicó a John Taylor que pusiera en orden sus asuntos y se uniera al conjunto de los santos. Al llegar a Kirtland, se enteró de que el Profeta estaba en Far West, por lo que continuó su viaje hacia Misuri. Bien pueden imaginar lo que significaría aquello en esa época, con viajes lentos y sin caminos, en condiciones rudimentarias y primitivas, semejantes a las que mencioné al principio, descritas por el profesor Randall. Sin embargo, al llegar a Far West, donde también había apostasía, eso no cambió nada para John Taylor. Él sabía, y eso era todo lo necesario; desde entonces consagró su vida a una devoción y un servicio casi sin igual en esta nueva dispensación. Estuvo con el Profeta en su martirio y nunca vaciló. Su vida se lee como una novela y, sin embargo, lleva el sello de la verdad por su lealtad y su fe.
Así pues, mis hermanos y hermanas, al leer acerca de estas condiciones primitivas, pensé en lo fácil que era cuestionar los motivos; en lo fácil que es hoy, cuando los hombres no conocen ni comprenden el alma humana, dejar de responder a esa alma cuando expresa su testimonio de la divinidad de esta gran obra.
El regreso de Oliver Cowdery a la Iglesia
Quisiera mencionar dos cosas más antes de concluir. Siempre me ha impresionado, como a ustedes, leer acerca de Oliver Cowdery y David Whitmer. Fue por medio de Phineas Young que Oliver Cowdery regresó a la Iglesia. Eran cuñados, pues Phineas se había casado con la hermana de Oliver. Oliver Cowdery dejó la Iglesia en 1838 y fue excomulgado junto con David Whitmer. Anduvo de un lugar a otro y finalmente regresó a Richmond, Misuri. Phineas Young le escribió a Oliver, rogándole que volviera a la Iglesia. Oliver respondió con sentimiento que se le había tratado injustamente y que los hermanos habían juzgado mal sus motivos. Nuestro pueblo en Misuri había sufrido persecución. Habían perdido sus tierras y, en muchos casos, sus hogares. Uno se maravilla, al leer sobre ello, de que no hubiera un alejamiento mayor de la Iglesia, porque aquella parte de la Iglesia estaba muy lejos de sus líderes y era fácil que los hombres se desviaran del camino.
Pues bien, Oliver Cowdery sentía que se habían cuestionado sus motivos, de modo que escribió a Phineas Young que creía que los santos no lo recibirían. Phineas respondió que Oliver debía volver a la Iglesia, que sabía que era verdadera y que allí era donde él pertenecía. En 1848, mientras se celebraba una conferencia en Council Bluffs, Oliver acudió a ella y, durante una de las reuniones, pidió hablar; ustedes conocen el relato. Proclamó nuevamente su testimonio del Libro de Mormón y su fe en el profeta José.
Después de la conferencia compareció ante el sumo consejo. «No pido que se me restituya a mi posición anterior», dijo. Había sido el segundo élder de la Iglesia. «Todo lo que pido es que se me permita volver a la Iglesia, porque sé que es verdadera». El sumo consejo que lo había excomulgado llevó a cabo una votación, lo cual se ajustaba al debido orden, y votó a favor de recibirlo en la Iglesia; posteriormente fue bautizado y ordenado élder. Se hicieron preparativos para que viniera a Utah, pero antes de que pudiera realizarse, enfermó gravemente y falleció. Pero murió, como dijo después David Whitmer, siendo el hombre más feliz que jamás había visto, porque estaba de nuevo en la Iglesia, donde pertenecía.
David Whitmer se mantuvo fiel a su testimonio
Y así fue también con David Whitmer. Entre los anuncios de fallecimientos que se leyeron aquí ayer figuraba el de James H. Moyle, padre de Henry Moyle, presidente del comité de bienestar. Tuve la buena fortuna, siendo muchacho, de recibir la influencia del hermano Moyle al trabajar con él en la Mutual, y desde entonces he sentido amor por él en mi corazón y aprecio por su devoción a la Iglesia. Recuerdo que relataba su entrevista con David Whitmer, cómo él, recién salido de la universidad, quería saber —era un joven y tenía ante sí aquel desafío—, quería saber. Sus padres se habían unido a la Iglesia en Inglaterra y habían emigrado a Sion, pero él mismo quería saber si había algo de verdad en aquello llamado «mormonismo». Al enterarse de que David Whitmer aún vivía, fue a Richmond para entrevistarlo, y el hermano Moyle escribe que jamás en su vida interrogó a nadie tan rigurosamente como a David Whitmer.
Cuando el hermano Moyle lo relató, fortaleció mi fe y, al reflexionar sobre ello desde entonces, he pensado en lo fácil que habría sido para David Whitmer decir: «Muchacho, eso fue hace cincuenta y dos años. Estábamos equivocados; éramos jóvenes. José Smith ejercía influencia sobre nosotros y estábamos equivocados». Pero no dijo eso. Podría haberlo dicho, porque anteriormente la Enciclopedia Británica lo había citado como alguien que había negado su testimonio. No dijo eso, pero sí dijo: «Quiero decirle de una vez por todas que el testimonio que di entonces es tan verdadero hoy como lo fue el día en que lo expresamos» L. de M., Testimonio de Tres Testigos. Eso ocurrió en la década de 1880, más de cincuenta años después de que el testimonio de los Tres Testigos se hubiera inscrito en una de las hojas iniciales del Libro de Mormón.
José Smith es un verdadero profeta
Mis hermanos y hermanas, mi tiempo ha terminado. El profeta José vive hoy y es un profeta viviente tan real como lo fue siempre. Sus motivos fueron malinterpretados entonces; se malinterpretan ahora, pero no hay duda en cuanto a su integridad ni a su llamamiento divino. Cuando hombres como John Taylor, los Young, los Kimball y otros acudieron a él y se relacionaron con él, Oliver Cowdery y David Whitmer, que fueron excomulgados de la Iglesia, que lo conocieron y se relacionaron íntimamente con él —repito—, cuando hombres como estos se relacionaron con él y reconocieron en él a un profeta del Dios viviente, entonces podemos decir que quienes critican al Profeta hoy también deben tener en cuenta estos testimonios, así como los de los hombres que cuestionaron sus motivos y lo difamaron y calumniaron, como lo hicieron los apóstatas de su época y como lo hacen en nuestros días quienes no tienen el espíritu del Evangelio.
Que Dios nos bendiga y nos ayude a comprender que él fue un profeta del Dios viviente, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
El equilibrio entre lo espiritual y lo temporal
Élder Marvin O. Ashton
Primer Consejero del Obispado Presidente
Debemos equilibrar nuestras responsabilidades espirituales y temporales, evitar la codicia y procurar el bienestar de los demás mediante el servicio y la bondad.
Algunos de ustedes nunca sabrán cuánta humildad nos invade a algunos de nosotros unas dos veces al año. Sinceramente espero que todo lo que diga esté en armonía con esta conferencia y con el espíritu que aquí se siente. Alguien ha hablado de que «se le pone a uno la piel de gallina». Me he sentido tan conmovido en esta conferencia que creo que esa expresión es acertada. Deseo expresar en este momento mi agradecimiento a mi Padre Celestial por el Evangelio y por la emoción que experimentamos al contemplarlo.
SUGERENCIAS DE LOS OBISPOS
En las últimas conferencias de estaca a las que he asistido, me he tomado la libertad, si me lo permiten, de pedir a cada obispo que participe en la reunión de líderes y plantearle esta pregunta: «Si usted estuviera en nuestra posición, es decir, en la de quienes estamos dirigiendo esta conferencia, ¿qué le gustaría que se tratara en las reuniones que siguen?».
Uno hizo una sugerencia y otro hizo otra. Un obispo dijo lo siguiente: «De vez en cuando creo que es bueno recordarles a los miembros cuánto aprecia la Iglesia lo que están haciendo». Ahora bien, supongo que eso no tiene nada de nuevo; pero es muy, muy oportuno.
ELOGIO A LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA
Todos hemos venido aquí para «recargar las baterías», como suele decirse. Quiero que ustedes, los de las estacas y los barrios, sepan que nosotros, quienes vamos a visitarlos, recargamos nuestras baterías gracias a ustedes. La inspiración sube por la escalera y también baja por ella. Recibimos inspiración de la vida de ustedes cuando vemos los diezmos que pagan, los centros de reuniones que construyen, las ofrendas de ayuno que dan, las donaciones al programa de bienestar y tantas y tantas otras cosas. La lista sigue y sigue. Pero permítanme decirles esto: No se preocupen nunca por ello. El otro día hablaba con un ferroviario. Me dijo: «Lo más peligroso sobre los rieles es una locomotora con un vagón de carbón». Con ello quería decir lo siguiente —supongo que se refería a la observación que ha hecho el hermano Callis—: a veces vamos con poca carga, y ahí está nuestro problema. Una locomotora y un vagón de carbón que intenten tomar una curva a cincuenta o sesenta millas por hora no podrán hacerlo y volcarán.
No se preocupen si llevan una carga demasiado pesada. Les hará bien. Eso es lo que el mundo necesita. Siempre encontrarán personas que se acerquen a compadecerlos, y muchas personas que no hacen nada, sino que van por ahí buscando motivos para ofenderse. Alguien ha dicho:
Pueden apostar que, cuando alguien lleva una astilla sobre el hombro, tiene más madera un poco más arriba.
MENSAJES DE LOS LÍDERES
La reunión de ayer por la mañana me impresionó profundamente de dos maneras: primero, el mensaje de nuestro querido Presidente, ese mensaje que suele dar. Él es su personificación. No intento colmarlo de elogios; no creo en esas cosas. Me refiero a su mensaje de buena voluntad: que este es un mundo inmenso, un gran escenario, y que todas las personas que lo habitan son hijos de Dios. Si tan solo pudiéramos grabarlo para siempre en nuestro interior, todos estaríamos mejor. Ese es el aspecto espiritual de las cosas.
Segundo, cuando escucharon al presidente Clark leer el informe financiero, lo leyó como alguien que sabía de lo que hablaba. Y así es. Su mensaje nos transmitió estabilidad. Indicó claramente una vigilancia cuidadosa del gasto de los fondos de la Iglesia. En los mensajes de nuestros dos líderes se nos recordó el equilibrio entre lo espiritual y lo temporal. Cuando esta Iglesia no piense más que en el dinero, estará «perdida». Cuando esta Iglesia piense solo en las cosas espirituales, sin tener los pies en la tierra ni una situación financiera sólida, estaremos en terreno peligroso. Demos gracias al Señor por ese equilibrio de esta Iglesia, y que siempre sea así.
ES NECESARIO UN EQUILIBRIO PRÁCTICO
Lo que es cierto para la Iglesia lo es también para una persona. ¿Son ustedes equilibrados? ¿Soy yo equilibrado? El hombre que no piensa más que en el más allá y tropieza con las cosas prácticas de la vida es todo un cuadro. Es triste. No hablo del hombre que tiene dificultades económicas; hablo del hombre que mira constantemente más allá del horizonte y nunca presta atención a dónde pisa. Ese individuo, en un caso extremo, es una sanguijuela. Es como el cuco, que pone sus huevos en el nido de otro pájaro. Sí, otros tienen que incubar los huevos y criar a esas crías adicionales. El sentido práctico del que carece ese individuo poco práctico tiene que aportarlo alguien más.
Saben, en los últimos dos meses nada me ha resultado tan interesante como esa cosa que llaman muérdago. El muérdago se encuentra sobre todo en Texas, Nuevo México y Arizona. Supongo que por aquí también se encuentra a veces. Pero se ven algunos árboles cubiertos de muérdago; ese muérdago es una sanguijuela. No sé por qué lo relacionaron con el afecto, porque cada vez que ese muérdago le da un beso al árbol, si hay suficientes muérdagos haciendo lo mismo, el árbol está «perdido». Sí, hablando en términos del muérdago, pueden despedirse del árbol con un beso. Y ese será el problema de nuestra nación si no tenemos mucho cuidado. Vi algunos árboles en Texas que no eran más que una masa de muérdago. Un árbol con semejante carga acabará fuera de combate. Esas cosas son sanguijuelas. Un hombre que carece de equilibrio práctico es como el muérdago; es como el cuco. Por otra parte, un hombre que no piensa más que en dinero, dinero y dinero también está «perdido».
CONSEJO CONTRA LA CODICIA DE RIQUEZAS
La observación que quisiera hacerles aquí es que muchas personas que ocupan cargos en nuestra Iglesia están contrayendo esa obsesión por el dinero. Me quito el sombrero ante el hombre que tiene un seguro y se prepara para los días difíciles. Un hombre es un cobarde si no lo hace. Hablo del hombre que ha acumulado abundancia y contrae esa enfermedad u obsesión, de modo que siempre anda tras más, más y más, y en esa búsqueda descuida sus deberes. Algunos hombres dedican la flor y nata de sus energías a ganar dinero, y cuando llegan a la obra del Señor no les queda más que leche descremada, y parte de ella está terriblemente aguada.
Quien anhela ser rico es como un hombre que bebe agua de mar: cuanto más bebe, más sed tiene, y no deja de beber hasta que perece.
Recuerdo un relato de las Escrituras. Fue una observación de Cristo. Cierto hombre construyó enormes graneros y los llenó hasta el tope de grano y de lo necesario para la vida. Tenía suficiente para muchos años. Se aisló del mundo, se sentó y se regocijó para sus adentros por tener tanto Lucas 12:16–19 Creo que fue entonces cuando Dios le dijo:
Necio, esta noche vienen a pedir tu alma Lucas 12:20
Saben, me gustan las caricaturas: dicen mucho sin hablar interminablemente. En Arizona vi esta caricatura:
Representaba a un caballero anciano en su lecho de muerte. Supongo que, para su consuelo, había colocado sus acciones, sus bonos y su dinero alrededor de la cama. Apenas se le veía entre todas sus posesiones. La imagen entera contaba que el fin estaba cerca. El médico, con el reloj en la mano, le tomaba el pulso al anciano, y la enfermera, por la expresión de su rostro, estaba preparada para el desenlace. En aquel momento de tensión, tan vívidamente representado, el anciano, con las manos sobre su oro, soltó con obstinación: «Doctor, no me iré hasta que pueda llevarme esto conmigo».
Ahora bien, cuando se vayan, lo dejarán todo. Algunos hombres concentran tanto su mente en el ganado, tanto en las acciones y los bonos, tanto en las ovejas, que no dejan espacio para nada más. Algunos de los líderes de nuestras organizaciones contraen esa enfermedad. Una vez oí de un hombre que llegó a encariñarse tanto con las ovejas que no hacía más que acaparar, acaparar y acaparar, hasta que finalmente se celebró un tribunal del obispo para determinar a quién pertenecía cierto rebaño. Y el tribunal falló en su contra. Cuando terminó el juicio, agitó el puño y dijo: «Bueno, ustedes tienen las ovejas, pero yo tendré esas ovejas en el otro mundo». Pues bien, no sé mucho de esas cosas, pero apostaría a que, si tiene esas ovejas en el otro mundo, tendrá que ponerles unas mantas de asbesto para que soporten el calor.
Algunas personas arraigan tanto en sí mismas este hábito de acaparar que se les vuelve una segunda naturaleza acaparar, acaparar y acaparar. Impregna de tal manera su ser que actúa en ellas como un reflejo. ¿Me perdonan una pequeña repetición? Permítanme ilustrar lo que quiero decir:
Un hombre con esa disposición a acaparar trabajaba con una sierra de corte longitudinal en un aserradero. Mientras cortaba una tabla de dos por cuatro pulgadas, «¡zas!», perdió un dedo. En vez de permitir que sus compañeros del aserradero lo llevaran rápidamente a recibir primeros auxilios, se empeñó en escarbar entre el aserrín para encontrar el dedo perdido. Pero, en sus esfuerzos por recuperar aquel dedo, «¡zas!», perdió otro. A pesar de los esfuerzos de sus compañeros por apartarlo para que no muriera desangrado, ahora se empeñaba con más afán que nunca en encontrar entre el aserrín los dos dedos perdidos.
En ese punto del relato llegó al lugar un trabajador que conocía las capacidades de su amigo acaparador. Les preguntó qué ocurría. Se lo dijeron. Él respondió: «Si eso es todo lo que les preocupa, puedo conseguirlo muy fácilmente». El recién llegado se metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de veinticinco centavos y la lanzó al aserrín; y los dos dedos perdidos salieron y agarraron la moneda. A eso lo llamo yo un acto reflejo.
Algunas organizaciones prosperan a pesar de los hombres que están al frente, a pesar de lo que hacen y de lo que dejan de hacer. Recuerdo una caricatura de un anciano negro pescando. A veces se dice que la labor del Evangelio es como la pesca. Estaba pescando, medio dormido. El sedal dio un tirón y el hombre negro se puso de pie por la tremenda sacudida. Sintió que la barca era arrastrada en dirección al gran pez que estaba al otro extremo del sedal. El pez era tan grande que nuestro pescador negro estaba dando realmente un vertiginoso paseo alrededor de aquel lago. En su desconcierto, miró el chapoteo que producía el pez y exclamó: «¿Estoy yo pescando, o estás tú arrastrando a este negro?». Algunos de ustedes que ocupan altos cargos no están pescando; simplemente se dejan arrastrar como aquel negro. Algunos quieren los títulos, el honor, pero se quedan dormidos sosteniendo el sedal.
AYUDAR ES UN DEBER
Quiero volver a este pensamiento: las cosas que cuentan en este mundo están escritas más allá del horizonte. Seamos bondadosos unos con otros y pensemos en algo además del dinero y la ambición. Ese es el problema del mundo.
Ike Eisenhower, el querido general, estaba dirigiendo unas palabras a los muchachos de la Marina el otro día e hizo esta observación:
Cultiven la comprensión mutua con toda persona con la que tengan que convivir.
Un buen escritor, al comentar al respecto —ojalá pudiera recordar su nombre para reconocer su autoría—, contó esta pequeña parábola que les dejo. La parábola dice así:
Un periodista entrevistó a un agricultor que había ganado muchos primeros premios por su cultivo de maíz. El periodista dijo: «Tengo entendido que usted ha ganado algunos primeros premios». «Sí». «Pero —dijo— lo que no entiendo es que, cuando gana un primer premio, toma su maíz selecto y lo reparte entre sus vecinos, que compiten contra usted por los premios. ¿Qué sentido tiene eso?». El anciano respondió: «Estos vecinos que me rodean han estado cultivando maíz, y si no les doy maíz selecto, su maíz malo va a polinizar mi maíz bueno».
Leí un curioso relato de un hombre llamado Pheister. Mientras experimentaba con el cultivo de maíz híbrido, cuando el maíz estaba en la etapa de floración o de formación de espigas, ató bolsas de papel alrededor de las espigas para poder controlar su polinización.
No se puede hacer eso en la vida. Sus vecinos están ahí esparciendo, por así decirlo, su polen, o su influencia, y ustedes también: viven con ellos. Al ayudarlos, ellos los ayudan a ustedes.
[…] den al mundo lo mejor que tengan, y lo mejor volverá a ustedes. (El espejo de la vida).
Hace un mes, mientras nos dirigíamos hacia la frontera mexicana, allá donde las lagartijas, como dice el muchacho, se acuestan de espaldas y se abanican, nos detuvimos en un pequeño local de comidas. No obtuvimos mucho alimento para el cuerpo, pero sí salimos con algo de alimento para la mente que estaba colgado en las paredes. Primero:
Qué maravilloso sería este mundo si yo amara a los demás como me amo a mí.
El que lo acompañaba decía:
Algunas personas piensan que, cuando echan su pan sobre las aguas, este debería volver tostado y con mantequilla.
Ahora, esperen un momento. Quizá les parezca algo bastante ridículo. Aquel hombre que enviaba su maíz, su maíz selecto, a sus vecinos estaba echando pan sobre las aguas, pero lo recuperaba tostado y con mantequilla.
Que el Señor nos ayude a ser bondadosos. Recordemos lo que tenemos por delante. No andemos sombríos en estos días. Afrontemos nuestros problemas. Nuestros abuelos lo hicieron. Mantengamos el rostro alzado hacia el sol y afrontemos lo que venga. Interpretamos nuestras mejores melodías en tiempos de dificultad, y ahí está el desafío. Cumplan ustedes con su deber; déjenme cumplir con el mío; y sonriamos: sonrían aunque les cueste la vida; y a algunas personas sonreír les costaría la vida.
Que el Señor nos bendiga. Amén.
La verdad prevalecerá
Presidente George F. Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Mediante el Espíritu Santo podemos conocer la verdad del Evangelio y, por la Expiación de Jesucristo, el arrepentimiento y la obediencia, hallar paz y avanzar hacia la perfección.
El domingo pasado fue día de ayuno. Asistí a la reunión de ayuno en uno de los barrios de esta ciudad y escuché algunos testimonios fieles. Una joven, al dar su testimonio, expresó que no sabía mucho acerca del Evangelio, pero que sí sabía una cosa: que el Evangelio trae paz al alma. Pensé que era un testimonio maravilloso y llegué a la conclusión de que aquella mujer estaba viviendo su religión, porque los Santos de los Últimos Días que viven su religión sí tienen paz en el alma Juan 14:27 y, en cuanto a quienes no viven su religión, me temo que sus almas con frecuencia se encuentran muy perturbadas. Esta es una de las grandes bendiciones que el Señor tiene para Sus hijos fieles: paz para el alma.
Cuando esta congregación se puso de pie para cantar, pensé en lo imponente de aquella escena. Es inspiradora cuando estamos sentados, pero al ponernos de pie parecía que éramos más; y entonces pensé: «Pero si no somos más que una pequeña parte de los miembros fieles de la Iglesia», y doy gracias al Señor por ellos, y ciertamente ruego que los bendiga y los recompense por su fidelidad. Y hay algunos que no son fieles, lo cual lamentamos. Que Dios los bendiga para que puedan ver sus errores; para que aprovechen las oportunidades de recibir las ordenanzas salvadoras del Evangelio que aún no han recibido; y para que lleguen a saber que el Señor los necesita a Su servicio y que, si viven de manera que Él pueda valerse de ellos, se les brinda la oportunidad de pagar en parte la deuda de gratitud que tienen con Él, algo que nunca podrán hacer plenamente.
Además, si estoy bien informado, hay algunos miembros de la Iglesia que no solo son indiferentes a su religión, sino que han cometido pecado y han quebrantado las normas de castidad. Siento compasión por ellos. Que Dios los bendiga para que comprendan su verdadera situación, se arrepientan de sus pecados y hagan las paces con el Señor mientras tengan la oportunidad. El Espíritu de Dios no contenderá para siempre con el hombre Gén. 6:3 D. y C. 1:33
ANIVERSARIO DE LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA
Esta es una obra maravillosa en la que estamos participando. La conferencia general anual de la Iglesia tiene un significado especial y un profundo interés para los Santos de los Últimos Días. Los miembros de la Iglesia, de cerca y de lejos, se han reunido en gran número en esta conferencia general de la Iglesia en el aniversario de su nacimiento, una manera sumamente apropiada de conmemorar aquel acontecimiento de extraordinaria importancia, que influye para bien y para salvación en la vida de muchos miles de hombres y mujeres de mente pura y vida limpia. La organización de la Iglesia y la restauración del Evangelio constituyen el «mormonismo», por el cual muchas almas fieles han sufrido persecución y muerte; pero la recompensa de todos ellos supera en gloria cualquier concepción que pueda tener el hombre mortal.
Hace hoy ciento dieciséis años se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, por mandato directo de Dios D. y C. 20:1 en Fayette, condado de Seneca, Nueva York, conforme a las leyes de aquel estado. Desde su organización, la Iglesia ha sido objeto de encarnizada oposición y persecución. Estas han llegado en distintas épocas, de diversas fuentes y en varias formas, pero siempre instigadas por Lucifer, el diablo, mediante emisarios dispuestos a servirle, con el objeto y la intención de destruir la Iglesia y frustrar el propósito de Dios en Sus planes para la salvación de los hijos de los hombres.
LA PERSECUCIÓN, UN LEGADO DE LOS SANTOS
Para consuelo de los santos, permítanme citarles algunas palabras de nuestro Salvador:
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros Mateo 5:10–12
La persecución es, y siempre ha sido, un legado de los santos de Dios. Hombres y mujeres han recorrido este país y otras tierras dando conferencias contra la Iglesia y sus líderes. Se han escrito, publicado y distribuido contra nosotros decenas de artículos de revistas y libros de carácter venenoso y difamatorio. Los apóstatas de la Iglesia se han opuesto a ella de diversas maneras, mientras que la obra del Señor, contra la cual han dirigido sus dardos encendidos, sigue avanzando constantemente.
Durante más de un siglo, el mormonismo ha sido blanco de tales insultos, engaños y falsedades, pero con cada ataque se ha dado a conocer más ampliamente. La obra del Señor prospera en medio de la oposición y la persecución. «La verdad es poderosa y prevalecerá».
No buscamos la oposición ni la persecución, pero cuando llegan no nos perturbamos demasiado, pues sabemos sobre qué terreno estamos: que esta es la obra del Señor y que Dios está al timón, guiando el buen barco hacia un puerto seguro.
DOS GRANDES PODERES EN ACCIÓN
Hay dos grandes poderes que obran sobre la mente y el corazón de los hijos de los hombres: uno para el bien y el otro para el mal.
Cito del Libro de Mormón:
Por tanto, todo lo que es bueno viene de Dios; y lo que es malo viene del diablo; porque el diablo es enemigo de Dios, y lucha contra él continuamente, e invita e induce a pecar y a hacer lo que es malo sin cesar Moro. 7:12
Cito de Doctrina y Convenios:
[…] porque vimos a Satanás, la serpiente antigua, sí, el diablo, que se rebeló contra Dios y procuró tomar el reino de nuestro Dios y su Cristo; por tanto, les hace la guerra a los santos de Dios D. y C. 76:28–29
El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad, un personaje de espíritu sin cuerpo físico. Lucifer también es un espíritu sin cuerpo físico. El Espíritu Santo inspira el bien. El diablo instiga el mal. Cada uno procura ganar las almas de los hombres: uno para salvarlas y el otro para destruirlas.
[…] escogeos hoy a quién sirváis Josué 24:15
El hombre tiene su albedrío y es responsable ante Dios, quien se lo dio, por la manera en que lo ejerce. Los susurros del Espíritu Santo disipan toda duda y temor y llevan convicción al alma, de modo que podemos decir, a conciencia, que conocemos la veracidad de lo que hemos recibido.
Dijo el Salvador:
[…] Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo Juan 7:16–17
NACER DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU
Veamos cómo funciona esto: Jesús enseñó la voluntad de Aquel que lo envió e hizo Su voluntad en todas las cosas. Le dijo a Nicodemo:
[…] el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios Juan 3:5
¿Qué sucede cuando alguien nace del agua y del Espíritu? Jesús nos ha dado un ejemplo digno en todas las cosas. Veamos lo que le sucedió a Él:
Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco Mateo 3:16–17
Es decir, fue sumergido en las aguas del Jordán por Juan el Bautista y salió inmediatamente del agua, y así nació del agua. Entonces se abrieron los cielos y el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, se posó sobre Él como una paloma, y así nació del Espíritu.
Ahora observen lo que siguió a Su nacimiento del agua y del Espíritu:
Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco Mateo 3:17
Esa es la aprobación que el Padre dio a Su Hijo. Toda persona digna que se bautiza como lo hizo Jesús, mediante la misma autoridad del sacerdocio, y que recibe el Espíritu Santo por la imposición de manos de los élderes de la Iglesia, recibe una aprobación semejante mediante el poder del Espíritu Santo. De esta manera los miembros de la Iglesia han recibido un testimonio de la verdad.
[…] nadie puede afirmar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo 1 Cor. 12:3
Después de que una persona ha recibido el Espíritu Santo por la imposición de manos, tiene el derecho y el privilegio, mediante la fidelidad, de contar con Su compañía constante, cuyo significado solo conocen los fieles.
EL ESPÍRITU SANTO OBRA PARA LA SALVACIÓN DEL HOMBRE
El Espíritu Santo obra de muchas maneras para la bendición y la salvación del hombre. Por ejemplo, cuando Jesús preguntó a Sus discípulos:
[…] Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos Mateo 16:15–17
¿Cómo se lo reveló el Padre a Pedro? Mediante el poder del Espíritu Santo, por medio de quien el Señor tiene contacto y comunicación con el hombre en la tierra.
Escuchen lo que Moroni, un profeta de Dios de los tiempos del Libro de Mormón, dice acerca de la manera en que obra el Espíritu Santo:
Y cuando recibáis estas cosas [los anales], quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas Moro. 10:4–5
Muchas personas han puesto a prueba esta promesa y han recibido el testimonio del Espíritu de que las cosas que contiene el Libro de Mormón son verdaderas.
Esta promesa es válida con respecto a todas las Escrituras. Al leer el relato de José Smith sobre la visita que le hicieron el Padre y el Hijo JS—H 1:17 cuando todavía era un muchacho de catorce años, el Espíritu Santo da testimonio a mi alma de que lo que él dice es verdadero, y me regocijo sobremanera en este testimonio. Siento que sé por las revelaciones de Dios, mediante la acción del Espíritu Santo, tan ciertamente como lo sabía Pedro, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente; y por ese mismo poder, que es el poder de Dios, sé que José Smith fue y es un verdadero profeta de Dios, como lo fueron todos sus sucesores en la presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hasta el presente, incluido el actual Presidente de la Iglesia, George Albert Smith. También sé que esta obra en la que estamos participando es la obra de Dios y que perdurará para siempre.
LA EFICACIA DE LA EXPIACIÓN
Cito aquí las palabras del Salvador:
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga Mateo 11:28–30
La carga del pecado y del remordimiento es algo que debe temerse y evitarse. Sin embargo, el Salvador ha proporcionado un medio por el cual pueden ser perdonados los pecados más graves, a saber, mediante el arrepentimiento y la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio, que adquieren eficacia mediante la Expiación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
El tercer artículo de nuestra fe dice:
Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio A. de F. 1:3
De esta manera nos libramos de nuestros pecados y nos preparamos para la salvación.
El bautismo es la consecuencia natural de la fe y del arrepentimiento. Es la puerta de entrada al reino.
[…] el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios Juan 3:5
[…] El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador Juan 10:1
El bautismo también es para el cumplimiento de la ley.
Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él.
Pero Juan se lo impedía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
Pero respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora, porque así nos conviene cumplir toda justicia Mateo 3:13–15
lo cual no podía cumplirse sin el bautismo.
El bautismo es para el perdón de los pecados de los que uno se ha arrepentido.
Y Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo Hechos 2:38
«VAMOS ADELANTE A LA PERFECCIÓN»
Por tanto, dejando ya los principios de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios,
de la doctrina de bautismos, y de la imposición de manos, y de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.
Y esto haremos, si Dios lo permite Heb. 6:1–3
Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; y a la virtud, conocimiento; y al conocimiento, templanza; y a la templanza, paciencia; y a la paciencia, piedad; y a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo 2 Pedro 1:5–8
a quien conocer es vida eterna.
Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos A. de F. 1:13
Que el Señor nos ayude a ser ortodoxos en nuestros pensamientos, en nuestras enseñanzas y en nuestra manera de vivir, y a ser a imagen y semejanza de Dios en todas las cosas Gén. 1:26–27 en el nombre de Jesucristo. Amén.
El deseo de servir en una misión
Élder S. Dilworth Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Los jóvenes pueden obtener un testimonio firme y responder con verdadero deseo al llamamiento del profeta de servir en una misión y llevar el Evangelio al mundo.
Al contemplar esta inmensa cantidad de Santos de los Últimos Días, comienzo a entender y a comprender un poco por qué no reconozco a las personas cuando camino por la calle durante una conferencia. He conocido a tantos de ustedes durante el año pasado y me han recibido con tanta amabilidad que me he esforzado, he luchado un poco, por reconocerlos cuando los veo. Es una tarea casi imposible. Permítanme agradecerles sus muchas bondades y expresar la esperanza de que comprendan si, al encontrarlos en la calle, no recuerdo su nombre. Si parezco un poco desconcertado, quisiera que hicieran como Earl J. Glade, quien dijo que nunca se acerca a un hombre a quien ha conocido sin saludarlo de esta manera: «Yo lo conozco. Lo conocí en tal lugar». Hagan lo mismo conmigo. Si me dicen: «Yo lo conozco. Aquí fue donde lo vi», entonces creo que podré recordar mejor.
Quisiera esta noche dar voz a algunos que no saben cómo expresarse; quisiera hablar en nombre de los muchachos de veinte, veintiuno, veintidós y veintitrés años. También quisiera hablarles a ellos, si me lo permiten y si el Señor me concede sabiduría, porque necesitan que se les hable, además de que se hable en su nombre.
UN SERMÓN INSPIRADOR
Hace muchos años leí algunas cosas que elevaron grandemente mi espíritu. Leí en un libro que un hombre llamado Wilford Woodruff decía que en una ocasión estuvo en una reunión en la que se encontraba Parley P. Pratt. El hermano Pratt dijo que había cabalgado una larga distancia para llegar al lugar de la reunión. Su tema era: «¿Se unirán a nosotros en el Campo de Sion para ir a rescatar a los santos de Misuri?». Cuando pidió el privilegio de hablar, indicó que solo hablaría unos minutos, pues estaba muy cansado. Comenzó a la hora de encender las primeras velas, como se decía en aquellos días, y habló hasta después de medianoche. El hermano Woodruff permaneció sentado durante todo aquel largo sermón, conmovido e inspirado. Dijo, aproximadamente, estas palabras:
Me sentí tan conmovido que todo el oro del mundo no habría podido impedirme ir con aquella compañía.
Pensé para mis adentros que a mí también me habría gustado sentirme conmovido de esa manera.
LA CONVERSIÓN DE WILFORD WOODRUFF Y LORENZO SNOW
Y también leí que un hombre llamado Lorenzo Snow asistía a la Universidad de Oberlin, en Ohio. Escribió a su hermana y le dijo:
Si no hay nada mejor que lo que se encuentra aquí en la Universidad de Oberlin, adiós a todas las religiones.
Le dijo que allí no había absolutamente nada para él; pero más adelante, cuando escuchó hablar a los élderes y reconoció en su testimonio las palabras de salvación, se sintió conmovido y deseó unirse a la Iglesia cuanto antes.
De muchacho miraba las fotografías de Wilford Woodruff y Lorenzo Snow, hombres de barba canosa en los últimos años de su vida, y pensaba para mis adentros: «Eso habría sido fácil para ellos. Sabían que el Evangelio es verdadero. Les habría resultado muy fácil aceptarlo». Cuando más adelante supe que Wilford Woodruff tenía solo veintiséis años cuando vivió aquella experiencia con Parley P. Pratt, y que Lorenzo Snow tenía solo veintidós, entonces comencé a vislumbrar alguna esperanza para los jóvenes.
Aquellos hombres tomaron sus decisiones cuando eran tan jóvenes como ustedes, muchachos. No se quedaron esperando a que les llegara un testimonio poco a poco. Desde muy jóvenes habían estado estudiando durante algunos años las palabras de Cristo en la Biblia y, cuando llegó el momento de escucharlo, estuvieron dispuestos a aceptarlo. Oraron fervientemente para recibir un testimonio, para recibir el Espíritu Santo, y lo recibieron. A Lorenzo Snow le llegó con tal ímpetu y poder que, según dijo, durante varias noches pudo oír susurros y sonidos suaves, y le parecía estar bañado en fuego. Su mente fue elevada y comprendió las Escrituras como nunca antes.
LA BÚSQUEDA DE UN TESTIMONIO
Eso me agrada, y les digo a ustedes, jóvenes, que pueden tener la misma experiencia si la desean. Todo lo que tienen que hacer es desearla con suficiente intensidad, porque no pueden estar oscilando de un lado a otro en esto; o es así o no lo es. Si se deciden a creer que es así y le piden al Señor que les dé un testimonio, si lo piden con sinceridad y de verdad, recibirán ese testimonio. Aquellos hombres obedecieron al profeta de Dios. Ustedes pueden obedecer al profeta de Dios de nuestros días y experimentar la misma emoción y felicidad al hacerlo. Él necesita valor para seguir adelante, al igual que ustedes, y también lo necesitan los hombres que han sido sostenidos en esta conferencia como profetas, videntes y reveladores, dieciséis en total. Tienen sus momentos de desaliento, pero lo que les da valor para seguir adelante es la fidelidad de ustedes.
UN TRIBUTO A MARK AUSTIN
Sentimos el mayor respeto por los ancianos. Nosotros, los jóvenes, sabemos que han sido probados y no han sido hallados faltos. Permanecerán firmes y sostendrán el tabernáculo mientras sea necesario sostenerlo.
He aprendido una lección durante el año pasado y voy a transmitírsela: Al ver al presidente Smith recorrer esta Iglesia, me ha parecido que hay hombres firmes, con los brazos extendidos, que mantienen tensas las cuerdas del tabernáculo para que los vientos no puedan llevárselo. Durante toda su vida han demostrado con sus obras que sostienen al Presidente y a la Iglesia. He visto a un hombre así y quisiera señalarlo. Voy a hacer una referencia personal, y espero que la persona de quien voy a hablar me perdone si la avergüenzo.
He observado al hermano Mark Austin desempeñarse en la obra de bienestar. Tiene más de ochenta años. Durante muchos, muchos años ha sido un baluarte para los hermanos que presiden esta Iglesia. Sin importar lo que le pidieran que hiciera, lo hacía. Al observarlo, yo, un hombre joven, he cobrado renovado ánimo para llegar, de alguna manera, a cumplir tan fielmente como él lo ha hecho y lo sigue haciendo. No permite que la edad sea un impedimento cuando el hermano Romney le asigna ir a una conferencia en una misión de fin de semana. Allí está, sin importar lo lejos que sea ni cuántas incomodidades tenga que soportar. Es un verdadero caballero. Nunca interfiere; nunca estorba a nadie, sino que cumple discretamente con lo que se le asigna, para la gloria de Dios y para honrar el sacerdocio de la Iglesia, en nombre del profeta de Dios.
Nosotros, los jóvenes, y ustedes, que tienen veinte, veintiuno y veintidós años, podemos aprender a imitar esa clase de ejemplo. No se logra fácilmente; se necesitan unos sesenta años para llegar a ese punto, pero, una vez que se llega, se tiene una serenidad de conciencia y una felicidad que no tienen igual sobre la tierra.
Estos dieciséis hombres a quienes sostenemos son honrados. Son sostenidos como profetas del Dios viviente. Ustedes también pueden ser honrados de igual manera si obedecen las palabras de los profetas de Dios. Como ven, un profeta no puede profetizar mucho sin alguien a quien dirigir sus palabras, y no puede pedir ayuda a menos que tenga a alguien a quien pedírsela. Esas personas son ustedes. Son ustedes quienes deben escuchar la palabra y luego salir a obedecerla.
LOS PRIMEROS MISIONEROS DIERON EL EJEMPLO
Mencionamos con mucha frecuencia a Brigham Young y a Heber C. Kimball, dos hombres tan unidos como hermanos. A menudo hablamos de Parley P. Pratt, Orson Pratt, David W. Patten, el primer gran mártir, y de otros como ejemplos de grandes hombres. Pero entre ustedes también hay quienes son grandes.
¿Han oído hablar de Zera Pulsipher? Muchos no; algunos quizá sí. Al leer la Historia de la Iglesia, aprendo acerca de muchos de los grandes hombres que se destacaron y cuyas biografías se han escrito; pero, si uno lee los libros con atención, verá que una gran proporción de ellos escuchó el Evangelio por primera vez por medio de Zera Pulsipher y que, muy probablemente, él fue quien los bautizó. Su nombre se menciona repetidamente en las historias como el de un hombre que andaba predicando el Evangelio. ¿Saben algo acerca de él? Nadie sabe. No le correspondía llegar a ser Presidente de la Iglesia; no era su prerrogativa presidir ninguno de los grandes consejos de la Iglesia; pero, siendo un joven de unos veintidós años, al escuchar la voz del Profeta, obedeció y salió a difundir las buenas nuevas entre los hijos de los hombres. Porque lo creía, porque era sincero en ello, el Señor lo bendijo y fue el instrumento por medio del cual muchos grandes hombres llegaron a la Iglesia.
Han oído decir en esta conferencia, y supongo que lo oirán varias veces más, que bendecido es aquel, y cuán feliz será, que logre un converso en el reino de nuestro Padre D. y C. 18:15 Si recuerdo bien, Heber C. Kimball y sus compañeros convirtieron a unas tres mil personas durante los primeros meses que estuvieron en Preston, Inglaterra. Pero ¿conocen los nombres de los cinco jóvenes que llevaron el Evangelio a Brigham Young y a Heber C. Kimball? Uno se llamaba Eliot Strong. Otro se llamaba Eleazer Miller. Los otros tres eran Alpheus Gifford, Enos Curtis y Daniel Bowen. Cuánto gozo tendrán en el reino de su Padre junto a los grandes profetas del Señor, los tres mil conversos de Preston y los muchos miles más de Inglaterra que aquellos conversos, a su vez, convirtieron. Esa es la posibilidad que tiene cada joven que está ante mí esta noche y cada joven de la Iglesia si escoge obedecer el llamamiento. Puede experimentar un gozo semejante al salir y, aunque nunca llegue a ser grande en la Iglesia como organizador, puede llegar a ser grande en ella por las personas a quienes convierta al Evangelio.
EL LLAMAMIENTO DE LOS JÓVENES A SERVIR EN MISIONES
Bendecido es el muchacho que, creyendo, sale al mundo por el llamamiento del profeta y busca a los de corazón sincero de la tierra. Apenas habrá un hombre en este recinto cuyos padres o abuelos no sean el resultado de esa labor. Quisiera hacer un llamado a los jóvenes, respaldando lo que escuché en la última conferencia. El presidente Smith hizo un llamado general para que los jóvenes de la Iglesia respondieran a los llamamientos misionales. A muchos de esos jóvenes sus padres y las autoridades de su barrio les han enseñado en el pasado que los llamamientos no suelen llegar mediante una invitación general. Con ello quiero decir que creen que deben permanecer tranquilamente en casa y esperar a que la inspiración del Señor impulse a los obispos a ir a visitarlos y llamarlos. Si lo entiendo correctamente, creo que el presidente Smith quiere que todo joven sienta que puede ir a su obispo y ofrecerse, diciendo: «Estoy dispuesto a ir». Creo que esa es la manera de interpretarlo. En cualquier caso, si algún joven no lo entiende así y piensa que debe esperar a que vaya el obispo, creo que el obispo debe ir a ver a todo joven del barrio que lleve una vida limpia y recta y haya regresado de la guerra, sin importar cuánto tiempo lleve en casa, y hablar con él al respecto, deliberando con él y con su familia.
Todo joven digno de esta Iglesia tiene derecho a ser llamado a una misión, todos y cada uno. Creo que ningún hombre que ocupe un cargo de presidencia en un barrio o una estaca tiene derecho a pasar por alto a ningún muchacho por las razones que solemos dar y hemos dado durante este año. He oído a muchos decir, en muchos lugares donde he estado: «Bueno, nuestros muchachos han estado fuera mucho tiempo; deberían estar en casa un tiempo. Denles un descanso. Permítanles pasar unos meses en casa antes de que se les vuelva a llamar a salir». Les digo que no quedarán muchos muchachos en casa, los llamen o no. No se van a quedar en casa. Han dejado el hogar para siempre. Volverán a visitarlo, es cierto, pero van a estudiar, o van a casarse, o van a hacer muchas otras cosas. Pero no se van a quedar en casa. Así que esa no es una razón. Si un muchacho puede servir en una misión, debe dársele la oportunidad. Que la rechace si quiere, pero no tomen la decisión por él. Asegúrense de que no quiere ir antes de dejar de invitarlo.
¿Creen que no hay necesidad? ¿Creen que no podemos emplearlos en la obra? En la misión en la que serví hace veinticinco años, un año después de la Primera Guerra Mundial, había doscientos misioneros. Ese número había salido al campo misional. Hoy, en esa misma misión, hay menos de cuarenta, un año después del fin de esta guerra. Es cierto que muchos muchachos están respondiendo, y en este momento algunas de nuestras instalaciones están al límite de su capacidad para atenderlos; pero no están respondiendo con suficiente rapidez y no se les está invitando con suficiente rapidez. Muchísimos muchachos siguen adelante con su vida sin que se les haya invitado a servir en una misión. Tienen en la mente y en el corazón el deseo de estudiar, y deben estudiar. Pueden estudiar, pero creo que no hay ninguna institución educativa sobre la tierra que no pueda esperar dos años mientras se lleva la palabra del Señor por toda la tierra. No conozco mejor escuela para ningún muchacho que salir al mundo en busca de los humildes, defender a su Iglesia, aprender a llevarse bien con las personas y enseñar las cosas del reino de Dios a su propio corazón y al de los demás. Regresará como un hombre más fuerte y mejor. Entonces podrá proseguir sus estudios y aprovecharlos mucho más, sabiendo que ha hecho la voluntad del Señor y ha actuado como Su siervo sobre la tierra a petición del profeta de Dios.
EL DESEO DE SERVIR EN UNA MISIÓN
Esa es la posibilidad que tiene cualquier joven que quiera hacerlo. No importa quién sea. Pero les diré una frase a ustedes, los jóvenes de toda esta Iglesia: Tienen que querer hacerlo. Lo repito: Tienen que querer hacerlo. El Señor puede poner en el corazón de la Presidencia de la Iglesia y del Cuórum de los Doce el llamarlos a una misión si están dispuestos a aceptarla, pero tienen que querer aceptarla.
Últimamente he hablado con muchos jóvenes que quieren aceptar el llamamiento. Wilford Woodruff quería aceptarlo. Quería unirse al Campo de Sion; se le advirtió que podía morir, que probablemente perdería la vida. Dijo: «No me importa. De todos modos quiero ir». Lorenzo Snow quería servir en una misión. En cuanto fue bautizado y confirmado y se le confirió el Sacerdocio Aarónico, preparó su maleta y fue a pie en busca de los misioneros; tienen que querer ir.
Mis jóvenes amigos, para que tengamos suficientes misioneros, ustedes también tienen que querer ir. No a medias, no con el sentimiento de: «Iré si me llaman; quizá lo disfrute, quizá no», sino más bien: «En el nombre del Dios viviente llevaré Su palabra y, con Su poder sobre mis hombros, iré por toda la tierra, adondequiera que se me envíe, y daré testimonio al mundo de que el Evangelio ha sido restaurado, de que José Smith fue un profeta, de que el presidente George Albert Smith es un profeta y de que esta Iglesia es el verdadero reino de Dios». Si lo hacen, nunca se arrepentirán mientras vivan, y la Iglesia crecerá a pasos agigantados. Antes de que se den cuenta, llenará toda la tierra. Que Dios conceda que eso suceda pronto. Lo pido en el nombre de Cristo. Amén.
Por sus frutos los conoceréis
Élder Alma Sonne
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Los frutos de la obra de José Smith, manifestados en la fe, los logros y las enseñanzas de la Iglesia, dan testimonio de su llamamiento como profeta de Dios.
Mis hermanos, nadie puede ponerse de pie en una ocasión como esta sin sentirse conmovido. Ayer me impresionó escuchar al presidente Clark leer el informe financiero y estadístico de la Iglesia. Fue una serena exposición de cifras, pero aquellas cifras contaban una historia de crecimiento y progreso. Unos minutos después me conmoví profundamente cuando el élder Widtsoe nos recordó que hacía exactamente cien años los Santos de los Últimos Días estaban abandonando la hermosa ciudad de Nauvoo. Se encontraban entonces esparcidos a lo largo del límite del gran desierto que se extendía hacia el oeste hasta las laderas de California. ¿Qué combinación de circunstancias permitiría a aquellos hombres y mujeres tener esperanza de sobrevivir? Se requería una gran fe y, ciertamente, un gran valor para emprender la enorme tarea que tenían por delante.
Los logros de la Iglesia durante el último siglo
Durante ese siglo, la Iglesia se ha afirmado y ha llevado adelante la verdad que el profeta José Smith trajo a la tierra. Desde aquel día se han puesto los cimientos de un gran imperio entre las montañas. Se han construido ciudades, pueblos, iglesias, templos y edificios públicos. Se han dominado los desiertos; se han establecido escuelas, instituciones de educación superior y seminarios. Se han abierto misiones en tierras extranjeras y en las islas del mar. Se han organizado ramas, barrios y estacas, y la obra misional ha seguido adelante tanto en nuestra tierra como en el extranjero. Se ha explicado el Evangelio y se ha proclamado a todo el mundo el nombre del profeta José Smith como restaurador de la verdad divina. Ciertamente se ha dado un buen comienzo a la «obra maravillosa y un prodigio» Isa. 29:14 de la que hablaron los antiguos profetas, y ciertamente los líderes del pasado han asegurado su lugar en las páginas de la historia. Todos estos líderes, a quienes se refirió el presidente S. Dilworth Young, fueron grandes en carácter y en buenas obras. Fueron grandes en su previsión y en sus logros. Fueron grandes en su perseverancia y poderosos en su fe. El llamado «mormonismo» no fue fruto del fraude y del engaño. Los Santos de los Últimos Días no han sido descarriados por un malvado farsante ni por un impostor sin escrúpulos. Pensamos en estas cosas siempre que se ataca el nombre y el carácter de José Smith. Fue Charles Francis Potter quien dijo:
Si hemos de aceptar la declaración de Jesús: «Por sus frutos los conoceréis» Mateo 7:16 debemos tener en alta estima al mormonismo.
La fe en Dios sostuvo a los pioneros
Se ha hecho referencia a los pioneros. ¿Cómo podemos explicar la fe constructiva de los firmes, intrépidos y valerosos pioneros de Utah y los estados vecinos, y el espíritu indomable que los animaba? ¿Qué motivos, qué impulsos los movían al dejar sus hogares en el este y dirigirse hacia el oeste por aquellas tierras desoladas y sin caminos? Aquellos hombres y mujeres, en la soledad del desierto, tenían tiempo para pensar, orar, meditar y sopesar cuidadosamente sus responsabilidades. ¿Qué poder los sostenía en sus penurias y dificultades? ¿Qué impulsó a cada uno de ellos a unir su destino al de un pueblo perseguido y expulsado? ¿No fue su fe en Dios y su convicción de que una nueva dispensación del Evangelio había sido confiada al hombre mediante el llamamiento divino de José Smith? Algún día la historia abordará estas cuestiones con justicia y entendimiento. El estudiante imparcial, el que busca la verdad, verá en el mormonismo el equivalente del cristianismo primitivo. Sus investigaciones descubrirán en él el mismo espíritu, las mismas energías y fortalezas, el mismo tipo de liderazgo y los mismos objetivos de largo alcance. Verá en José Smith las características de un verdadero profeta de Dios, como los profetas cuyos nombres y hechos dan gloria a las páginas de la historia bíblica. Descubrirá que no es fácil desplazar a José Smith de su posición como profeta de Dios. Las afirmaciones del Profeta nunca serán invalidadas por las declaraciones de traidores y blasfemos.
Leo de Doctrina y Convenios:
Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;
en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente.
Y tu pueblo nunca se volverá contra ti por el testimonio de traidores D. y C. 122:1–3
Un buen árbol da buenos frutos
Aquellas palabras fueron reconfortantes para el Profeta cuando las recibió. Son reconfortantes para nosotros hoy. No hay manera de explicar a José Smith fuera de su propia explicación. Alguien ha dicho: «La verdad es armoniosa». Es coherente consigo misma hoy y siempre. Jesús dijo:
[…] ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da malos frutos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego Mateo 7:16–19
Los hombres malvados y degradados no llevan luz, esperanza y gozo a sus semejantes. Una mente oscurecida por el mal no podría atraer a hombres y mujeres temerosos de Dios, de fe, integridad e inteligencia, cuyas vidas han reflejado buenas obras y logros dignos. ¿Saldría una iglesia fundada sobre el fraude y la falsedad con entusiasmo y determinación a elevar a la humanidad? ¿Se opondría semejante iglesia al mal en todas sus manifestaciones? ¿Enseñaría la fe en Dios y el arrepentimiento del pecado como requisitos previos para ser miembro de la Iglesia? ¿Adoptaría doctrinas, ordenanzas y normas establecidas por Jesucristo y Sus apóstoles? De ser así, ¿con qué propósito? Se nos dice que el mal engendra mal y que el bien engendra bien.
La obra de José Smith permanecerá para siempre
Por último, recuérdese que José Smith y Hyrum Smith, hermanos y compañeros en la causa de la verdad, dieron su vida como testimonio de su sinceridad. No solo ellos, sino también otros dejaron un testimonio semejante, sellado y certificado y, por lo tanto, vinculante para el mundo. Mientras vivió, José Smith desconcertó a sus semejantes con sus enseñanzas, que eran tan profundamente creadoras. Las mentes más agudas quedaban perplejas y desconcertadas ante su demostración de poder y liderazgo. Pero la furia de tantos contra él es prueba, aun hoy, de que no está muerto en el corazón de los hombres; de que su posición está sólidamente afianzada y seguirá destacándose con claridad y firmeza en el mundo religioso. Su figura se hará cada vez más grande en el horizonte humano con el paso de los años. La corrección de sus ideas y la solidez de sus principios y doctrinas serán vindicadas plena y completamente. No se le puede eliminar ni restar importancia mediante la calumnia o la difamación. Presentó un plan que contempla la exaltación de la persona, la perpetuidad y la cohesión de la familia, y la protección y la seguridad de la nación. Dio aprobación divina al establecimiento de nuestra república y proclamó la libertad y la igualdad de derechos como factores esenciales para el progreso y el adelanto del hombre. Declaró que los Estados Unidos eran una tierra de promisión, reservada por el Todopoderoso para el cumplimiento y la realización de los propósitos de Dios. Nadie ha expresado un patriotismo más elevado que José Smith. Por sus venas corría la sangre de los padres de la Revolución, y para él la Constitución era un instrumento de gobierno inspirado.
José Smith dio al mundo un fundamento para una fe inteligente, y también ha dado a quienes dudan con honradez y sinceridad una luz bondadosa que los guíe hacia adelante y hacia arriba, hacia una meta más elevada y una vida más satisfactoria. Su testimonio al mundo sigue en pie. Dios bendiga su memoria. Que sus palabras y enseñanzas sean preservadas para bendecir a la familia humana para siempre, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
La Santa Cena del Señor
Presidente David O. McKay
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
La Santa Cena nos brinda una oportunidad sagrada para examinarnos, renovar nuestros convenios y acercarnos a Dios mediante la reverencia, la meditación y la compañía del Espíritu Santo.
Cuando en una ocasión se le preguntó al profeta José Smith qué significaba la fuerza de Sion, respondió:
La fuerza de Sion consiste en vestirse con el poder del sacerdocio D. y C. 113:7–8
Ustedes, hermanos, irradian esa fuerza esta noche. Nadie puede estar en presencia de ustedes, que como poseedores del sacerdocio de la Iglesia llenan este edificio y representan a miles más, sin sentir profunda gratitud por el privilegio de contarse entre ustedes. ¡Que Dios los bendiga!
LA SANTA CENA
Deseo esta noche decir unas palabras acerca de la administración de la Santa Cena. Al hacerlo, no es mi propósito repetir el excelente sermón que el élder Marion G. Romney pronunció ayer sobre ese mismo tema; pero, si puedo ser bendecido con el espíritu de esta reunión y con la inspiración del Señor, deseo complementar aquel oportuno discurso.
El mayor consuelo en esta vida es la certeza de tener una relación estrecha con Dios. Me dirijo a hombres que saben en qué consiste esa experiencia. El momento de la Santa Cena debe contribuir a despertar ese sentimiento de cercanía.
[…] el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan;
y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebáis, en memoria de mí.
Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor.
Por tanto, examínese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa 1 Cor. 11:23–28
En la Iglesia de Cristo no se administra ninguna ordenanza más sagrada que la Santa Cena. Se instituyó inmediatamente después de que Jesús y los Doce hubieron participado de la última cena; y los santos de los primeros tiempos siguieron aquella costumbre. Es decir, comían antes de administrar la Santa Cena 1 Cor. 11:20–22 pero esa costumbre se suspendió más adelante por instrucciones de Pablo a los santos de que comieran en casa, para que, al reunirse para adorar, lo hicieran como un grupo de hermanos y hermanas en igualdad de condiciones, a fin de participar de la Santa Cena en memoria de la vida y de la muerte, particularmente de la muerte de su Señor 1 Cor. 11:33–34
EL PROPÓSITO DE LA SANTA CENA
Hay tres cosas de importancia fundamental relacionadas con la administración de la Santa Cena. La primera es el examen de uno mismo. Es la introspección. «Haced esto en memoria de mí» Lucas 22:19 pero debemos participar dignamente, examinándose cada uno en cuanto a su dignidad.
En segundo lugar, se hace un convenio; un convenio, que es aún más que una promesa. Algunos de ustedes han levantado la mano o, si estaban en Inglaterra al firmar un documento, han puesto la mano sobre la Biblia, indicando así el valor de su promesa o del juramento que hicieron. Todo esto indica el carácter sagrado de un convenio. No hay nada más importante en la vida. Hasta que las naciones reconozcan el valor de un convenio y de las promesas, y se comporten de acuerdo con ello, habrá poca confianza entre ellas. En cambio, habrá sospechas, dudas y acuerdos firmados que no serán más que «pedazos de papel», porque no valoran su palabra. Un convenio, una promesa, debe ser tan sagrado como la vida. Ese principio está presente cada domingo cuando participamos de la Santa Cena.
En tercer lugar, hay otra bendición: el sentimiento de una relación estrecha con el Señor. Hay una oportunidad de comunicarse con uno mismo y de entrar en comunión con el Señor. Nos reunimos en la casa que está dedicada a Él; se la hemos entregado; la llamamos Su casa. Pues bien, pueden tener la certeza de que Él estará allí para inspirarnos si venimos debidamente preparados y en armonía para encontrarnos con Él. No estamos preparados para encontrarnos con Él si llevamos a ese recinto nuestros pensamientos sobre los asuntos de nuestros negocios, y especialmente si llevamos a la casa de adoración sentimientos de odio hacia nuestro prójimo, o enemistad y celos hacia las autoridades de la Iglesia. Ciertamente, ninguna persona puede esperar entrar en comunión con el Padre si alberga tales sentimientos. Son tan ajenos a la adoración y, en particular, a la participación en la Santa Cena.
EL VALOR DE LA MEDITACIÓN
Creo que prestamos muy poca atención al valor de la meditación, un principio de devoción. En nuestra adoración hay dos elementos: uno es la comunión espiritual que surge de nuestra propia meditación; el otro es la instrucción que recibimos de otras personas, particularmente de quienes tienen autoridad para guiarnos e instruirnos. De los dos, el más provechoso para la introspección es la meditación. La meditación es el lenguaje del alma. Se define como «una forma de devoción privada, o ejercicio espiritual, que consiste en la reflexión profunda y continua sobre algún tema religioso». La meditación es una forma de oración. Podemos recitar oraciones sin experimentar ninguna respuesta espiritual. Podemos recitar oraciones como el rey inicuo de Hamlet, que dijo: «Mis palabras vuelan hacia lo alto, mis pensamientos permanecen abajo: las palabras sin pensamientos nunca llegan al cielo».
El poeta, al contrastar la forma exterior de la adoración con la oración del alma, dijo:
El Poder, indignado, abandonará el ceremonial,
el canto pomposo, la estola sacerdotal;
pero quizá, en alguna cabaña apartada,
escuche complacido el lenguaje del alma,
e inscriba en Su Libro de la Vida a sus pobres moradores.
(Burns, «La noche del sábado del campesino»).
La meditación es una de las puertas más íntimas y sagradas por las que entramos en la presencia del Señor. Jesús nos dio el ejemplo. En cuanto fue bautizado y recibió la aprobación del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» Mateo 3:17 Jesús se retiró a lo que hoy se conoce como el monte de la tentación. Me gusta pensar en él como el monte de la meditación, donde, durante los cuarenta días de ayuno, estuvo en comunión consigo mismo y con Su Padre, y meditó sobre la responsabilidad de Su gran misión. Uno de los resultados de esta comunión espiritual fue una fortaleza tal que le permitió decir al tentador:
Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solamente servirás Mateo 4:10
Antes de dar a los Doce el hermoso Sermón del Monte, estuvo a solas, en comunión. Hizo lo mismo después de aquel ajetreado día de reposo, cuando se levantó temprano por la mañana, tras haber sido huésped de Pedro. Sin duda, Pedro encontró vacía la habitación del huésped, y cuando lo buscaron lo encontraron solo. Fue aquella mañana cuando Pedro dijo:
[…] Todos te buscan Marcos 1:37
Una vez más, después de que Jesús hubo alimentado a los cinco mil, dijo a los Doce que despidieran a la multitud, pero Jesús se fue al monte para estar a solas. El historiador dice: «cuando llegó la noche, estaba allí solo» Mateo 14:23 ¡Meditación! ¡Oración!
Una vez leí un libro escrito por un hombre muy sabio, cuyo nombre no puedo recordar ahora, que contenía un importante capítulo sobre la oración. El autor no era miembro de la Iglesia, pero evidentemente deseaba mantenerse en estrecha comunión con Dios y quería encontrar la verdad. Entre otras cosas, dijo, en esencia:
Para orar en secreto, entren en la habitación, cierren la puerta, bajen las persianas y arrodíllense en el centro de la habitación. Durante unos cinco minutos no digan nada. Piensen simplemente en lo que Dios ha hecho por ustedes y en cuáles son sus mayores necesidades espirituales y temporales. Cuando sean conscientes de ello y sientan Su presencia, entonces derramen su alma ante Él en acción de gracias.
EL MOMENTO DE LA SANTA CENA ES PARA LA COMUNIÓN CON DIOS
Creo que el breve período de la administración de la Santa Cena es una de las mejores oportunidades que tenemos para esa meditación, y durante ese momento sagrado no debe haber nada que distraiga nuestra atención del propósito de esa ordenanza.
Uno de los servicios más conmovedores a los que he asistido fue con un grupo de más de ochocientas personas a quienes se administró la Santa Cena, y durante aquella administración no se oía sonido alguno, salvo el tictac del reloj: ochocientas almas, cada una de las cuales tenía, por lo menos, la oportunidad de entrar en comunión con el Señor. No había distracciones, ni orquesta, ni cantos, ni palabras. Cada uno tenía la oportunidad de examinarse introspectivamente y considerar su dignidad o indignidad para participar de la Santa Cena. Tenía el privilegio de acercarse más a su Padre Celestial. ¡Eso es lo ideal!
Hermanos, recomendamos que rodeemos esta sagrada ordenanza de mayor reverencia, de un orden perfecto, para que cada uno que venga a la casa de Dios pueda meditar en Su bondad y expresar en silencio y en oración su agradecimiento por la bondad de Dios. Que el momento de la Santa Cena sea una experiencia del día en la que quien adora procure, al menos, comprender en su interior que le es posible entrar en comunión con su Dios.
Han ocurrido grandes acontecimientos en esta Iglesia gracias a esa comunión, gracias a la receptividad del alma a la inspiración del Todopoderoso. Sé que es real. El presidente Wilford Woodruff poseía ese don en gran medida. Podía responder; conocía el «silbo apacible y delicado» 1 Reyes 19:12 que para algunos todavía es desconocido. Descubrirán que esos momentos de mayor inspiración les llegan cuando están a solas con ustedes mismos y con su Dios. Probablemente les lleguen cuando afronten una gran prueba, cuando un muro se interponga en su camino y parezca que se encuentran ante un obstáculo insuperable, o cuando su corazón esté apesadumbrado por alguna tragedia en su vida. Repito: el mayor consuelo que podemos recibir en esta vida es sentir la realidad de la comunión con Dios.
EL TESTIMONIO DE MI PADRE
En esos momentos se han recibido grandes testimonios. Fue precisamente una experiencia así la que tuvo mi padre en el norte de Escocia cuando, como ya he contado a algunos de ustedes, oró a Dios para que apartara de él un espíritu de tristeza y desaliento que lo abrumaba. Después de una noche de preocupación e inquietud, se levantó al amanecer y se dirigió a una cueva a orillas del mar del Norte. Ya había estado allí antes para orar. Allí, justo cuando los rayos de la luz de la mañana comenzaban a extenderse sobre el mar, derramó su alma ante Dios como un hijo que suplica a su padre. La respuesta llegó: «¡Testifica que José Smith es un profeta de Dios!». Al comprender de pronto la causa de su desaliento, dijo en voz alta: «¡Señor, es suficiente!».
Hay personas en esta congregación que conocieron a mi padre y pueden dar testimonio de su integridad y honradez. Un testimonio de esa clase tiene un valor del cien por ciento.
Esas oraciones secretas, esos momentos de meditación concienzuda, esos anhelos del alma por extenderse hasta sentir la presencia de Dios: tal es el privilegio de quienes poseen el Sacerdocio de Melquisedec.
ELIMINAR LOS PENSAMIENTOS QUE DISTRAEN
Ahora bien, sé que algunos de ustedes se están diciendo: «La música ayuda a intensificar ese sentimiento de comunión». Cuando se detienen a considerar el asunto, comprenden que durante la administración de la Santa Cena no hay nada ajeno a ella que sea tan importante como recordar a nuestro Señor y Salvador, nada tan digno de atención como considerar el valor de la promesa que estamos haciendo. ¿Por qué habría de distraernos algo? ¿Hay algo más sublime? Allí estamos testificando, en presencia unos de otros y ante Él, nuestro Padre, que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, que siempre lo recordaremos, siempre, y que guardaremos los mandamientos que Él nos ha dado D. y C. 20:77, 79 ¿Pueden ustedes, puede cualquier persona que viva, si reflexiona por un momento, presentarnos algo más sagrado o de mayor trascendencia en nuestra vida? Si participamos de ella mecánicamente, no somos sinceros o, digámoslo así, estamos permitiendo que nuestros pensamientos se distraigan de una ordenanza sumamente sagrada.
Hace poco hablaba con un hombre acerca de esto. Dijo: «Ah, pero la hermosa música del coro nos ayuda a concentrarnos». ¿Concentrarnos en qué? Cuanto más hermosa sea la música, más atraerá su atención hacia ella, hacia el intérprete o hacia el compositor. Si es música hermosa mal interpretada, entonces la disonancia desvía su atención. Que haya esa música como preparación hasta ese momento, sí; pero cuando se pronuncia la oración y ese joven presbítero habla en nuestro nombre, como lo hace, recuerden entonces que estamos asumiendo un convenio. Lo ideal sería que, durante esos quince minutos, todo hombre, mujer y niño pensara, lo mejor que pudiera, en el significado de esa sagrada ordenanza.
Hay otro punto que podría relacionarse con el reparto de la Santa Cena. Es algo hermoso y conmovedor que nuestros muchachos la administren. Son los siervos; están sirviéndonos a nosotros y sirviendo al Señor Isa. 40:31 y han venido allí porque son dignos de oficiar, si el obispo ha hablado con ellos debidamente.
[…] purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová Isa. 52:11
Si cada muchacho pudiera comprender esto, nos repartiría la Santa Cena en silencio y con dignidad. A veces se la llevan primero a la organista, como si no debiera perderse ni un momento antes de que ella comience a distraer nuestra atención. La música comienza de inmediato. Por buena que sea, los sonidos del órgano, si prestamos la debida atención a la organista, desvían nuestra atención de la oración que acaba de ofrecerse.
QUIENES PRESIDEN DEBEN RECIBIR PRIMERO LA SANTA CENA
Más bien, ese joven debe llevar la Santa Cena a quien preside, para honrar el cargo, así como ustedes honraron a nuestro Presidente esta noche. Quien preside puede ser el obispo del barrio; si es así, que el joven lleve la Santa Cena primero al obispo. Después, repártanla uno tras otro a quienes estén sentados a la izquierda o a la derecha de quien preside, sin volver para servir al primer consejero y al segundo, y luego al superintendente. La lección se enseña cuando se lleva la Santa Cena a quien preside. El domingo siguiente quizá esté presente el presidente de estaca, quien será entonces la máxima autoridad eclesiástica. ¿Ven cuál es la responsabilidad de los diáconos y de los presbíteros? Se enseña una lección de gobierno cada día. Es su deber saber quién preside esa reunión ese día. El domingo siguiente podría estar presente una de las Autoridades Generales. Esos jóvenes tendrán presente la pregunta: «¿Quién está hoy y quién es la autoridad que preside?».
LA COMPAÑÍA DEL SANTO ESPÍRITU
Pero la lección que deseo dejar esta noche es esta: Hagamos que ese momento de la Santa Cena sea uno de los medios más conmovedores para entrar en contacto con el Espíritu de Dios. Permitamos que el Espíritu Santo, a cuya compañía tenemos derecho, nos conduzca a Su presencia, y que sintamos esa cercanía y se eleve en nuestro corazón una oración que Él escuchará.
Mi pensamiento queda expresado en parte por Edwin Markham en los siguientes versos:
El constructor que primero tendió un puente sobre la garganta del Niágara,
antes de tender su cable de orilla a orilla,
lanzó sobre el abismo su osada cometa,
que llevaba un fino cordel para que unas manos invisibles
lo asieran en el acantilado opuesto y tiraran
de una cuerda mayor, y luego de otra aún mayor;
hasta que por fin quedó tendido sobre el abismo
el cable, ¡y después el poderoso puente en el aire!
Así podemos enviar nuestro pequeño y tímido pensamiento
a través del vacío, hacia las manos extendidas de Dios;
enviar nuestro amor y nuestra fe a atravesar las profundidades,
pensamiento tras pensamiento, hasta que el pequeño cordel
se haya convertido en una cadena que ningún azar pueda romper,
¡y estemos anclados a lo infinito!
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir de tal manera que podamos sentir esa realidad —y esta noche les doy mi testimonio de que es real— de que podemos entrar en comunión con nuestro Padre Celestial; y si vivimos de manera que seamos dignos de la compañía del Santo Espíritu, Él nos guiará a toda la verdad; nos hará saber las cosas que han de venir Juan 16:13 nos recordará todas las cosas Juan 14:26 y testificará de la divinidad del Señor Jesucristo, como lo hago yo esta noche, y de la restauración del Evangelio, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
La primera gran causa
Presidente J. Reuben Clark, hijo
Primer Consejero de la Primera Presidencia
La unidad del sacerdocio y la fidelidad a las verdades reveladas acerca de Dios, Jesucristo y la Restauración son esenciales para preservar la fe frente a las doctrinas que niegan su origen divino.
Hermanos, les expreso nuevamente un sentimiento que creo haber manifestado cada vez que me he reunido con este gran grupo de poseedores del sacerdocio desde que he tenido la oportunidad de dirigirles la palabra. Es un gran gozo estar con ustedes, sentir su espíritu y disfrutar de la inspiración que proviene de su presencia. Reitero el pensamiento que he expresado tan a menudo: si pudiéramos lograr una verdadera unidad, la unidad de un solo hombre, entre los poseedores del sacerdocio de esta Iglesia, ejerceríamos una influencia que afectaría el curso de los asuntos mundiales. No podemos hacerlo ni lo haremos hasta que estemos unidos de esa manera. Creo que no solo tenemos la oportunidad, sino también el deber y la responsabilidad de llegar, como decía la antigua expresión, «a la unidad de la fe» Efe. 4:13 No puedo creer que el Señor nos tenga por inocentes si no lo hacemos. Es la obligación de quienes poseen el Santo Sacerdocio de Dios.
UN PORCENTAJE INSIGNIFICANTE DE PÉRDIDAS FINANCIERAS
Ayer, en un comentario al margen mientras leía el informe financiero, cometí una injusticia con ustedes, hermanos. Creo que dije que nuestras pérdidas financieras, al efectuar todos estos enormes gastos y recaudaciones de fondos, no excederían de una décima del uno por ciento. En los últimos diez años, las pérdidas han ascendido apenas a un poco más de ocho diezmilésimas del uno por ciento, y entre todos los que manejan estos grandes fondos no hay un solo hombre que esté obligado a prestar fianza. No me gusta jactarme de nosotros mismos, pero creo que podemos desafiar al mundo a igualar ese historial. Les estoy agradecido, hermanos, por su integridad, su honradez y su veracidad, lo cual representa un gran paso hacia la unidad a la que ya me he referido.
PASAJES DE LAS ESCRITURAS QUE SE REFIEREN A UN SOLO EVANGELIO VERDADERO
Pensé que esta noche podría leerles algunos pasajes de las Escrituras y luego referirme a un asunto del que he hablado antes y que llevo muy dentro del corazón. Leo del capítulo 26 de Segundo Nefi, versículo 20:
Y los gentiles se ensalzan en el orgullo de sus ojos, y han tropezado a causa de lo grande de su tropiezo, por lo que han edificado muchas iglesias; sin embargo, menosprecian el poder y los milagros de Dios, y se predican a sí mismos su propia sabiduría y su propia instrucción, para obtener ganancia y oprimir a los pobres 2 Ne. 26:20
Pablo, al escribir a los gálatas, dijo en unos versículos que citamos con frecuencia:
Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.
Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia otro evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema.
Porque, ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Porque si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo Gál. 1:8–10
Ahora leeré de Segunda Juan:
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, los cuales no confiesan que Jesucristo ha venido en la carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.
Mirad por vosotros mismos, para que no perdamos las cosas que hemos logrado, sino que recibamos un galardón completo.
Cualquiera que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ese sí tiene al Padre y al Hijo.
Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis: ¡Bienvenido!
Porque el que le dice: ¡Bienvenido!, participa de sus malas obras 2 Juan 1:7–11
Cuando Pablo escribió a los corintios en su primera epístola, utilizó estas palabras:
Porque me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. […]
Y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder,
para que vuestra fe no estuviese fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios 1 Cor. 2:2, 4–5
Luego, pasando al versículo once, al que me referí brevemente esta mañana:
Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.
Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha dado;
lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por humana sabiduría, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
En cambio, el espiritual juzga todas las cosas, pero él no es juzgado por nadie.
Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo 1 Cor. 2:11–16
Esos pasajes son claros; no necesitan explicación de mi parte.
SE ESTÁN ENSEÑANDO DOCTRINAS DESTRUCTIVAS
He dicho en otras ocasiones, y ahora lo repito, que lamentablemente se están enseñando entre nosotros doctrinas que son completamente destructivas, no solo de Jesús el Cristo, sino incluso de Dios mismo, y debemos estar atentos para que ni nosotros ni nuestros hijos seamos influidos, corrompidos o contaminados por tales doctrinas.
Recientemente, un hombre instruido —posee un título académico de alto nivel—, un miembro digno de la Iglesia, me envió una exposición de algunas enseñanzas que ahora se debaten entre algunos de nuestros Santos de los Últimos Días; espero que solo entre unos pocos. Voy a leerles esta exposición y a comentar los puntos a medida que avance. Son unos diez puntos.
Deseo decirles, con toda la seriedad de que soy capaz, que, como verán cuando los haya leído, si llegan a ser aceptados entre nosotros, particularmente entre nuestros jóvenes, destruirán nuestra fe.
La primera de estas declaraciones dice:
«1. Dios no es un ser antropomórfico»;
es decir, no tiene manos, ni ojos, ni pies, ni oídos, ni voz;
«y no es un Dios personal ni un Dios viviente».
Recuerdo que el doctor Talmage solía decir algo no muy distinto de lo que voy a decir, pero él hacía una cita textual, según recuerdo, que después de tantos años solo puedo resumir. Decía aproximadamente así:
«Expulsen a Dios por la puerta trasera y entrará por la puerta delantera como la Primera Gran Causa. Expulsen a la Primera Gran Causa por la puerta trasera y Dios entrará por la puerta delantera como una Gran Fuerza. Expúlsenlo como una Gran Fuerza y volverá a entrar como una Gran Inteligencia».
Ningún hombre en su sano juicio, capaz de pensar en lo más mínimo, puede negar en su corazón la existencia de Dios, el Dios de la Biblia y del Nuevo Testamento,
y de la revelación moderna. El siguiente punto:
«2. El hombre es una criatura del Universo y obtiene inteligencia e ideas (inventos) del Universo al estar en armonía con él».
Esta declaración no solo es imprecisa, sino que carece de significado. Sin embargo, parece postular una Inteligencia Universal, con lo cual volvemos a nuestro gran concepto de Dios.
«3. No ha habido experiencias sobrenaturales entre los hombres en ningún momento de la historia. Ninguna revelación directamente de Dios».
Esto niega todas las Escrituras. Niega todas las manifestaciones divinas al hombre. Niega Su bondad, Su misericordia y Su amor. Desmiente la experiencia más común del hombre, reconocida desde el salvaje hasta el hombre más civilizado; de hecho, prácticamente desmiente nuestra propia existencia.
«4. Jesucristo fue un líder revolucionario, pero no divino».
Esto, por supuesto, niega la divinidad de Jesús. Se ajusta exactamente a la observación de Juan, quien declaró, como ya he leído:
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, los cuales no confiesan que Jesucristo ha venido en la carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo 2 Juan 1:7
«5. José Smith no vio a Dios ni experimentó realmente ningún fenómeno sobrenatural. Él escribió el Libro de Mormón sin ayuda divina. También dio revelaciones para satisfacer sus propósitos y las circunstancias, sin ayuda divina».
Ningún hombre puede leer honradamente el Libro de Mormón y luego decir que aquel joven Profeta lo escribió por sí mismo, y la investigación más persistente no ha logrado demostrar que lo robara. Hay demasiado en el libro para que lo haya escrito un muchacho a quien sus críticos hostiles califican de ignorante. Y debe decirse aquí que no tuvo oportunidad de consultar ni las fuentes poco conocidas que los críticos hostiles han desenterrado en sus intentos de destruirlo, ni las fuentes más conocidas de las que probablemente no sabía absolutamente nada porque le eran inaccesibles. Ningún hombre de su edad, por mucho que hubiera estudiado, podría haber tenido en su mente siquiera las alusiones a las Sagradas Escrituras que contiene el Libro de Mormón; y todo lo que conservamos de él, producto de su manera habitual de hablar o escribir, no ofrece ni siquiera un indicio de su capacidad para componer o expresar aquellas grandes joyas de majestuosa literatura que se encuentran con tanta abundancia en el Libro de Mormón y en Doctrina y Convenios.
«6. El valor del mormonismo está en su práctica y en su sistema. Su origen no tiene por qué ser fundamental para creer en el mormonismo o aceptarlo por su valor».
Muchos de nosotros hemos oído antes esta herejía. No puede adoptarse una visión del mormonismo más superficial que la que se expresa de ese modo. Los logros de nuestro pueblo, el crecimiento de la Iglesia y el que el pueblo soportara penurias, miseria, pobreza extrema, persecución e incluso el martirio mismo habrían sido completamente imposibles sin la espiritualidad que sustentaba y vivificaba toda su vida. Este pueblo nuestro tenía el Espíritu de Dios para guiarlo. Quítennos ese Espíritu, quiten la divinidad que sustenta el Evangelio, y no quedará nada. Si nuestra obra no hubiera tenido origen divino, no habríamos sobrevivido a nuestros primeros diez años de existencia.
«7. El relato de los tres grados de gloria es un mito».
Es decir, Pablo estaba equivocado 2 Cor. 12:2 el profeta José estaba equivocado D. y C. 131:1 todos los que han pensado y enseñado que la gloria podría llegar a quienes viven rectamente y mueren con un testimonio, algunos de ellos como mártires, estaban equivocados, y todo aquello en lo que creían era un mito. Tal concepto destruye las enseñanzas del Evangelio restaurado. Las palabras de Pablo y las palabras del profeta José fueron inspiradas por Dios y son la verdad eterna.
He aquí otra arremetida mezquina:
«8. La obra del templo puede mantener a las personas mayores ocupadas en un agradable pasatiempo, pero sus objetivos son absurdos e insensatos».
Así, estos anticristos no solo abandonarían a los vivos, sino que desecharían a los muertos, a sus antepasados y seres queridos; nada se salvaría y, de hecho, la salvación no sería una realidad para nadie. Todo instinto de justicia y misericordia, todo concepto verdaderamente racional del hombre y de su existencia, clama contra cualquier concepto semejante. La obra del templo forma parte del Evangelio restaurado.
«9. La creencia de que el hombre puede llegar a ser como Dios es igualmente insensata».
Esta doctrina, por supuesto, eliminaría la gran verdad de la progresión eterna. De ese modo privaría al hombre incluso de la esperanza de progresar en la vida venidera; contradice todo concepto del futuro que nos ha traído el Evangelio restaurado.
«10. Prácticamente toda idea teológica presentada por José Smith puede encontrarse en alguna religión antigua o en algunas creencias de su propia época».
Hay verdad en la idea de que el Evangelio restaurado contiene, entre sus verdades, creencias que han sostenido religiones antiguas y modernas. Sin embargo, el profeta José nunca tuvo la oportunidad, nunca tuvo los libros, nunca tuvo el tiempo de buscar en esas fuentes todas aquellas diversas verdades del paganismo y del cristianismo del pasado. No le era humanamente posible hacerlo a su edad y con los escasos medios de que disponía. Pero sabemos cómo llegaron a encontrarse esas verdades parciales en las enseñanzas paganas de las épocas anteriores al cristianismo: el Evangelio estuvo sobre la tierra desde los tiempos de Adán y, desde entonces, aparecieron aquí y allá en el mundo, entre uno y otro pueblo, recuerdos de las doctrinas y los principios del Evangelio tal como se enseñaron a Adán. Algunas de las verdades del Evangelio siempre han estado sobre la tierra.
AMONESTACIÓN A ENSEÑAR LA VERDAD
Hermanos, todo este conjunto de propaganda falsa es una maniobra insidiosa y un intento de destruir el plan del Evangelio y derribar la Iglesia. Debemos estar atentos para detectarlo. Debemos combatirlo dondequiera que lo encontremos. Busquen a quienes lo predican, procuren ganarlos para el conocimiento de la verdad, procuren traerlos realmente a la Iglesia, porque, en su situación actual y con lo que enseñan y creen, no tienen lugar entre nuestros miembros; al fingir ser miembros, son peores que lobos con vestidos de ovejas Mateo 7:15 son, por así decirlo, como Satanás tratando de aparecer como un ángel de luz 2 Cor. 11:14
Cuidemos de nuestra juventud. No participemos de ninguna manera en el paganismo, en el ateísmo que se extiende por el mundo y que se expresa en estas declaraciones que he leído, porque destruirán nuestra civilización si llegan a convertirse en la creencia de las personas y a dirigir sus vidas.
Que Dios nos dé el poder y la fortaleza para combatir estos males, lo ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.
El valor del testimonio
Presidente George Albert Smith
El testimonio de Jesucristo y de Su Evangelio restaurado nos fortalece y se conserva mediante la obediencia a los mandamientos de Dios y el cumplimiento de nuestros deberes.
Estoy seguro, mis hermanos, de que ha sido una experiencia gozosa para todos nosotros estar aquí, en la casa del Señor, y regocijarnos en Sus bendiciones. Quiero recalcar lo que ha dicho el presidente Clark: que este es el Evangelio de Jesucristo, que es el poder de Dios para salvación Rom. 1:16 que Jesucristo fue nuestro Hermano Mayor, que vivió sobre la tierra y murió para que pudiéramos vivir de nuevo, que hizo posible la resurrección y que desde entonces se ha aparecido a los hijos de los hombres. Me asombra que algunos de los nuestros puedan perder la fe y desviarse del camino cuando las pruebas de la veracidad del Evangelio son tan grandes.
LA DIVINIDAD DE LA IGLESIA
Entre las pruebas más contundentes de la divinidad de la obra en la que participamos y de la misión del profeta José Smith están los hechos de que la Iglesia existe hoy, más poderosa que nunca, y de que las predicciones que José Smith hizo como profeta se han cumplido y siguen cumpliéndose. No hay pueblo en ninguna parte del mundo que disfrute de las bendiciones que nosotros disfrutamos, tanto físicas como espirituales. La mayoría de las personas no conocen a Dios; no comprenden el propósito de la vida. Han sido desviadas por algunos hombres cuyas filosofías han ocupado el lugar de la verdad. Esa es la razón por la que el mundo se encuentra en su condición actual.
EL VALOR DE UN TESTIMONIO
Estoy agradecido de estar aquí. Contemplar sus rostros es para mí un testimonio de la divinidad de esta obra. Vayan adonde vayan, no encontrarán otro grupo reunido en el que cada uno tenga fe en Dios; y si les preguntáramos a todos ustedes cuántos tienen un testimonio, no una creencia porque alguien más lo haya dicho, sino cuántos tienen la certeza de que esta es la obra de Dios, de que Jesús es el Cristo, de que nuestra vida es eterna y de que José Smith es un profeta del Dios viviente, ustedes responderían que tienen ese testimonio que los sostiene, los fortalece y les brinda satisfacción al seguir adelante por el mundo. Y, para poner a prueba mi creencia al respecto, todos los que tengan ese testimonio, levanten la mano derecha. Gracias. Es evidente, por estas manos levantadas, que la mayoría de ustedes que están aquí esta noche han recibido un testimonio y saben que la verdad está sobre la tierra. Por supuesto, el adversario tratará de cegar a la familia humana. Tratará de conducirla por senderos desviados y prohibidos; esa es su ocupación. Sin embargo, si vivimos las enseñanzas de Jesús de Nazaret, si observamos los consejos y las recomendaciones de los profetas de Dios, si llevamos a cabo el programa que el Señor ha dado a la Iglesia a la que pertenecemos, estaremos a la vanguardia de todo el mundo en conocimiento, inteligencia y poder, porque podemos tener todo lo que tiene el mundo, además de la inspiración del Todopoderoso.
Sé que, en el curso natural de los acontecimientos, no pasará mucho tiempo antes de que mi obra haya concluido. He tenido muchas experiencias, he viajado por el mundo y he tratado con muchos hombres y mujeres maravillosos, y quisiera decir que aprendí cuando era muchacho que esta es la obra del Señor. Aprendí que había profetas vivientes sobre la tierra. Aprendí que la inspiración del Todopoderoso influiría en quienes vivieran de manera que pudieran disfrutar de ella, de modo que no dependemos de una o dos personas, ni de media docena. Hay miles de miembros de esta Iglesia que saben —no se trata en absoluto de imaginación—, saben que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que somos hijos de Dios. Él es el Padre de nuestros espíritus. No hemos venido de alguna forma inferior de vida, sino que Dios es el Padre de nuestros espíritus y pertenecemos a la familia real, porque Él es nuestro Padre.
LA ARISTOCRACIA DE LA RECTITUD
Hablamos de las filosofías de los hombres y a veces las presentamos como una hermosa imagen, pero cuando contradicen las enseñanzas de nuestro Padre Celestial contenidas en las Santas Escrituras, carecen de valor. Nunca conducirán a nadie a la felicidad eterna ni lo ayudarán a encontrar un lugar en el reino de nuestro Padre Celestial. No podemos conservar ese testimonio a menos que guardemos los mandamientos de Dios. El conocimiento de la verdad no permanecerá con nosotros a menos que vivamos como nuestro Padre Celestial desea y nos aconseja vivir.
A veces oímos a las personas hablar de las aristocracias del mundo, de las familias reales del mundo. Quiero decir que la única aristocracia verdadera del mundo es la aristocracia de la rectitud, y que las únicas familias que perdurarán son las que guarden los mandamientos de nuestro Padre Celestial.
NUESTRAS OBLIGACIONES MISIONALES
Así pues, permítanme decir esta noche, hermanos, que nuestro campo misional está ante nosotros. Los hijos y las hijas de nuestro Padre nos necesitan. Estamos agradecidos por las respuestas a la convocatoria de misioneros que se ha hecho. Algunos desean fervientemente ir, pero, debido a que no están físicamente capacitados o a que otras condiciones son desfavorables, no podemos aceptar su ofrecimiento. En esta Iglesia hay miles de hombres y mujeres capaces de enseñar el Evangelio y que pueden llegar a ser más capaces al cumplir con su deber en el campo misional. Serán bendecidos con medios suficientes para ir a realizar la obra que el Señor desea que realicemos. Quisiera decir a los hombres que prefieren retener sus recursos en vez de hacerse tesoros en el cielo Mateo 6:20 que sus riquezas se deteriorarán en sus manos y que dejarán pasar su oportunidad de alcanzar la vida eterna en el Reino Celestial.
LA PREPARACIÓN PARA EL REINO CELESTIAL
Esta es la obra del Señor. Es Su Iglesia. Es Su manera de prepararnos para la felicidad eterna en el Reino Celestial, y ciertamente ninguno de quienes han visto los resultados del Evangelio de Jesucristo en el mundo cuestionará su divinidad. Juzguen el árbol por sus frutos Mateo 7:16–20 y no encontrarán en todo el mundo otro árbol que se compare con el Evangelio de Jesucristo. No hay en todo el mundo otro plan que conduzca al Reino Celestial de nuestro Padre Celestial; sabiendo eso, ciertamente no nos dejaremos engañar por las filosofías y los sofismas de hombres que pretenden saber lo que no saben.
Para concluir, permítanme decir que estoy agradecido de estar aquí. Quiero agradecerles su bondad hacia mí, uno de los más débiles de todos los hijos de nuestro Padre. Conozco mis limitaciones. No estoy aquí con la idea de ser más que una persona común y corriente, pero les agradezco su fe y sus oraciones por mí, por mis colaboradores y por los hermanos que dirigen esta Iglesia. Les agradezco la manera en que defienden lo que es recto y dejan de lado lo que no lo es. Espero que, en un futuro cercano, cuando se dé otra oportunidad a los habitantes de este estado de manifestar su deseo de observar la Palabra de Sabiduría y guardar los mandamientos de Dios, este grupo de hombres aquí presentes no tema defender lo que nuestro Padre Celestial nos ha aconsejado hacer, independientemente de cuáles sean los hábitos del mundo.
LA DESOBEDIENCIA DESTRUYE LA FE
Quisiera decir que la pérdida de la fe en esta Iglesia, en muchos casos, puede atribuirse directamente a la profanación del día de reposo, a no observar la Palabra de Sabiduría, el consejo de nuestro Padre Celestial, a descuidar nuestras oraciones y no agradecerle las bendiciones que disfrutamos, y a negarnos a compartir nuestros bienes con quienes son menos afortunados que nosotros. Todas estas cosas que tienen por objeto elevarnos, si observamos las enseñanzas de nuestro Padre Celestial, se convierten en una trampa para nosotros si no guardamos Sus mandamientos.
Dios vive; Jesús es el Cristo; José Smith es un profeta del Dios viviente; y la autoridad del sacerdocio está hoy en esta Iglesia y continuará ministrando a quienes estén dispuestos a recibir sus ministraciones bajo la inspiración de nuestro Padre Celestial. Les doy este testimonio esta noche, consciente de la gravedad de expresarlo si no fuera verdadero, y lo doy con amor, bondad y gratitud a Dios; y digo que sé que estas cosas son verdaderas, y les doy ese testimonio en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
La fe bajo la bomba atómica
Élder John A. Widtsoe
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La fe en Dios y en la naturaleza y el destino divinos del ser humano, cultivada conjuntamente en el hogar, la escuela y la iglesia, puede vencer el temor y orientar la energía atómica hacia fines pacíficos.
Una nueva era comenzó cuando se lanzó la bomba atómica sobre los desiertos de Nuevo México. Desde entonces, el hombre podía liberar las fuerzas que, bajo el poder creador de Dios, forman nuestro mundo material. Por primera vez, se podía hacer que la tierra firme «cediera bajo nuestros pies». Un sueño aparentemente imposible se había hecho realidad.
UN PODER QUE DESCONCIERTA
Esto ocurrió en medio de la locura asesina que llamamos la Segunda Guerra Mundial. Los corazones de los hombres ya sangraban por las heridas de largos años de guerra. Ahora, el nuevo poder parecía un horror adicional e indescriptible que anunciaba una nueva forma de destrucción tan espantosa que los corazones de los hombres desfallecían. Las cenizas que se elevaban de Hiroshima y Nagasaki parecían holocaustos ofrecidos a la encarnación del mal del mundo.
Ante las posibles consecuencias de este poder, nos encontramos desconcertados. Nos imaginamos nuestras ciudades, nuestros hogares y nuestros seres queridos arrasados por una fuerza irresistible y despiadada. Una tristeza impotente y desesperanzada nubla el futuro. Un temor nunca antes conocido acecha los pasos de las personas reflexivas. Es cierto que no hay peligro de que el mundo entero estalle y quede reducido a la nada. Hasta ahora, solo el uranio 235 puede transformarse en fuerzas imponderables, pero la energía que puede liberarse de las cantidades limitadas disponibles basta, si se dirige a ese fin, para destruir a toda la humanidad. Se razona que, en las guerras futuras, puesto que el secreto de la bomba atómica pronto será de conocimiento general, la importancia de los ejércitos y los armamentos disminuirá. En toda contienda vencerá quien alcance primero al enemigo. En vista de la historia de la humanidad, llena de contención y derramamiento de sangre, ¿puede confiarse semejante poder al mundo de los hombres sin peligro? Esa es la pregunta persistente que hoy nos inquieta.
LOS TEMORES NACEN DE LA DESCONFIANZA EN EL HOMBRE
Tal pregunta y tales temores nacen de la desconfianza en el hombre. En realidad, nos tememos a nosotros mismos. Hemos perdido la fe en la humanidad y miramos con sospecha todo acto humano. Olvidamos que el hombre fue hecho a imagen de Dios, no solo en su forma corporal, sino en su naturaleza misma. Las chispas de la divinidad se encuentran en toda alma humana, a la espera de convertirse en llama. Recuerden las palabras de Jehová Dios: «[…] He aquí el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal» Gén. 3:22 Y, en lo más profundo de todos nosotros, preferimos vivir bajo la voluntad y la amorosa bondad de Dios. Si pudiéramos recuperar la fe en nosotros mismos, desaparecería el terror a la bomba atómica.
También hemos tendido a olvidar a Dios o a honrarlo solo de labios. Demasiados de nosotros lo aceptamos como una fuerza o figura misteriosa, distante de nosotros, que exige ser apaciguada un día a la semana, en competencia con nuestro golf y nuestro béisbol. No creemos que se interese por nuestras necesidades diarias ni por los asuntos constantes de nuestra vida. Si eso es fe, es una fe enclenque, sin vigor e inútil.
Sin embargo, nada es más cierto que el hecho de que Dios en los cielos vela por Sus hijos en la tierra y se interesa por cada uno de nuestros actos. Permite que ocurran acontecimientos, pero hay límites que la humanidad, con toda su insensatez, no puede traspasar. Dios sigue siendo el Gobernante del universo. Su obra en la tierra aún no ha terminado, y no permitirá que Sus hijos que están aquí perezcan, a pesar de cualquier descubrimiento o invento del hombre. La fe plena en Dios destierra todo temor.
LA NECESIDAD DE RESTABLECER LA FE
Nuestro problema, entonces, el mío y el de ustedes, es cómo restablecer la fe en Dios y en el hombre bajo la amenaza de la bomba atómica; y cómo reeducar, o regenerar, si lo prefieren, la voluntad del hombre para que el formidable poder del núcleo atómico desintegrado se utilice únicamente al servicio constructivo de la humanidad.
En realidad, deberíamos alegrarnos de que haya llegado la bomba atómica, de que sepamos cómo liberar las energías del universo para rivalizar con los relámpagos del cielo. Debería constituir un desafío para nosotros. Si ha surgido un nuevo peligro, debemos revestirnos de la fortaleza correspondiente para afrontarlo y obligarlo a servirnos. En realidad, la llegada de la bomba atómica simplemente exige, con mayor énfasis, una revisión de los ideales, la conducta y la fe de los seres humanos.
La reeducación o regeneración para la fe quizá no sea fácil. Hacer que la humanidad pase del mal al bien, del error a la verdad y del odio al amor implica una batalla contra muchas fuerzas contrarias. La batalla será a menudo contra tradiciones falsas, pero bien arraigadas y cubiertas por el musgo de los años, que ocultan u oscurecen la verdad eterna; y con igual frecuencia contra apetitos malsanos del cuerpo o de la mente que satisfacen placeres momentáneos o gratificaciones pasajeras, pero nos alejan de las realidades espirituales.
LA IMPORTANCIA DEL HOGAR
La obra de regenerar al mundo para la fe debe comenzar en el hogar. Todo hombre vive, en espíritu y en hechos, las enseñanzas de su niñez. En el hogar nace y cobra vida la fe, o se siembra la incredulidad. Como sean los hogares de una nación, así serán sus generaciones. Para bien o para mal, no hay un sustituto eficaz del hogar. La vida y su seguridad en la era de la energía atómica dependerán de que el hogar acepte plenamente sus responsabilidades y obligaciones. Que los hogares lo hagan es la clamorosa exigencia de un mundo hambriento de paz y del disfrute de la abundancia de la tierra.
Lamentablemente, hay que admitir que, en estos tiempos de inquietud, el hogar atraviesa días difíciles. Con demasiada frecuencia se olvida su propósito. Los padres recurren cada vez más a otros medios para que cumplan sus deberes naturales. El círculo familiar se ha reducido, por la limitación del número de hijos y la multiplicidad de actividades asumidas, hasta parecer incapaz de cumplir sus funciones naturales. Especialmente bajo la amenaza de la bomba atómica, asumir con descuido las obligaciones del hogar se vuelve peligroso.
En esto debemos cambiar de rumbo. En el hogar deben enseñarse las cosas más importantes de la vida: la fe en Dios, la confianza en uno mismo y nuestra debida conducta hacia los demás. Debe haber un acercamiento diario a Dios. Eso engendrará confianza en Él y el deseo de amarlo. Mediante la oración familiar diaria, con cada integrante de rodillas, se establecerá el hábito de entrar en comunión con los poderes del mundo invisible, a los cuales están sujetos la energía atómica y todos los demás poderes. Estar en contacto con el Autor de todas las cosas hará más que todos los gobiernos de la tierra para cambiar del mal al bien el corazón de los hombres y proteger a la débil humanidad. Quien piensa en Dios y acude a Él diariamente no tiene lugar para pensamientos de destrucción.
Pero no se puede amar a Dios sin amar a los hijos de Dios y confiar en ellos. Que un hogar adopte la práctica de hablar bien de los demás y de buscar sus virtudes. Pronto, esa familia descubrirá las virtudes de otras naciones y hablará bien de ellas. Inevitablemente, si esto se hiciera en todas partes, el sol de la buena voluntad calentaría los corazones de los hombres y la paz cubriría la tierra. Mediante personas así, y quizá solo mediante tales métodos, la bomba atómica será dominada para fines útiles.
LAS ESCUELAS DEBEN PREPARAR A LOS JÓVENES PARA UNA VIDA MÁS AMPLIA
Asimismo, la escuela, estrecha aliada del hogar, debe volver su rostro hacia una luz mayor. Debe preparar valientemente a nuestros hijos para una vida más amplia. Durante los largos años de la niñez y la juventud, a nuestros hijos se les ha enseñado toda clase de conocimientos, desde los átomos hasta los cúmulos de estrellas, desde las amebas hasta los monos. Pero su debida conducta entre sus semejantes y ante Dios se menciona, si acaso, de manera superficial en reuniones ocasionales. La geografía y la aritmética han sido elevadas a la calidez y dignidad de disciplinas obligatorias de la mente, pero la ética, por no hablar de la religión, que determinan la conducta humana y siempre actúan como freno al mal, permanecen, sin ser bienvenidas, temblando ante la puerta cerrada del aula. No se pretendía imponer semejante tabú peligroso cuando se acordó que, en nuestro país, no debía enseñarse religión confesional en las escuelas públicas. Con el método actual, nuestras escuelas están formando generaciones de hombres de poca fe, que no tienen presentes sus obligaciones eternas.
El hogar y la escuela, juntos, podrían eliminar pronto el temor del corazón de los hombres y establecer el día de paz sobre la tierra, frente a cualquier nuevo poder que el hombre pudiera descubrir.
LA IGLESIA COMPARTE LA RESPONSABILIDAD
La iglesia también tiene parte de la culpa. Podría habernos dado más valor para afrontar tiempos como estos si hubiera enseñado la verdadera dignidad del ser humano como auténtico hijo de Dios, con un destino divino. El orgullo por su ascendencia ha salvado a muchas almas de desviarse por senderos prohibidos.
¿Cuál es nuestra verdadera relación con Dios? Se nos dice, con cierta ligereza, que somos hijos de Dios, de Su imagen y de Su naturaleza. La divinidad se encuentra en cada uno de nosotros. Entonces, dice el hombre moderno, buscando en su propia alma respuestas eternas, debemos ser más que figuras moldeadas de barro; debemos ser de la sustancia misma de Dios. Nuestra historia debe remontarse a épocas incomprensibles para la mente humana, al ámbito de la existencia premortal. Nuestro cuerpo podrá ser del polvo, pero nuestra esencia es de Dios. Ese concepto explica la naturaleza divina del hombre. Eso cambia toda nuestra perspectiva de la vida. Como verdaderos hijos e hijas de Dios, sentimos una nueva cercanía a Él y una nueva responsabilidad por nuestros actos. Nuestras obras deben ser de carácter divino; de lo contrario, somos infieles a nuestro origen divino. Entonces, al contemplar la bomba atómica con mirada clara, sabemos qué hacer: debe utilizarse como Dios la utilizaría, porque somos Sus verdaderos hijos.
Quizá tampoco hayamos dado al hombre que se esfuerza y lucha con las profundas preguntas del alma una comprensión clara de su destino. Viviremos después de la muerte. ¿Y entonces? En aquel otro mundo poseeremos en mayor grado todos los poderes de los que hemos disfrutado en la tierra. Se utilizarán activamente en una existencia interminable y progresiva. Si los utilizamos debidamente en la tierra y en las eternidades de la vida venidera, mediante pequeños pasos, gracia sobre gracia, nos acercaremos cada vez más a la semejanza de Dios, nuestro propio Padre. Elevarnos hacia tales alturas, desde aquel remoto comienzo, siempre ha sido nuestro destino. Todo acto justo ha fomentado ese progreso; todo acto injusto lo ha retardado. El conocimiento de nuestro destino divino y de sus condiciones tendería a regular nuestro proceder en la tierra. Hemos de ser líderes contra todo mal, los vencedores finales de la tierra. No nos atrevemos a obstaculizar nuestro destino de progreso y ascenso. Por tanto, se encuentran respuestas sensatas a las preguntas de la vida. ¿Me ayudará este acto en mi existencia de progreso eterno? Entonces lo realizaré. ¿Me lo impedirá? Entonces no tendré nada que ver con él. No puedo utilizar la energía atómica para destruir o asesinar a los hombres, porque eso me haría retroceder en mi progreso eterno hacia la semejanza de Dios.
ES VITAL ACEPTAR LA PALABRA DE DIOS
Quizá todo pueda decirse en una sola frase. La aceptación de la palabra de Dios, tal como se expone en el Evangelio cristiano, convertirá el temor en gozo y hará de la bomba atómica nuestra humilde sierva.
Para ese fin, el hogar, la escuela y la iglesia deben colaborar.
Pero se objeta que no puede hacerse, que es un sueño vano. Esa es la respuesta de quienes no quieren aceptar la verdad y ponerla a prueba. El sincero deseo de hacer el bien que hay en todo corazón humano puede estar cubierto por la incertidumbre y la indiferencia que la sigue; pero está allí. Por mucho que nos hayamos desviado, en cada uno de nosotros hay un sentimiento de repulsión hacia el mal. Los verdaderos hijos de Dios no pueden sentir de otra manera. Si tan solo unos pocos viven la ley, harán fermentar toda la masa 1 Cor. 5:6
Tenemos derecho a creer que el hombre, que aprendió a liberar la energía atómica y fabricó la bomba atómica, la utilizará para nuestro beneficio. Nuestra tarea es enseñar la fe en Dios, en nosotros mismos y en nuestros semejantes, en el hogar, en la escuela y en la iglesia. Entonces transformaremos el mundo para la paz. Recordemos el sutil poder de las palabras. Dejemos de hablar de la guerra. Alcemos nuestras voces en todas partes con fe en favor de la paz. Entonces los corazones que ahora temen al futuro estarán tranquilos. Con el tiempo, la bomba atómica se convertirá en nuestra sierva para embellecer la vida del hombre en la tierra.
Que así sea, lo ruego en el nombre de Jesús el Cristo. Amén.
La responsabilidad de proclamar el Evangelio
Élder Milton R. Hunter
Del Primer Consejo de los Setenta
Todos los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad de contribuir a proclamar el Evangelio restaurado a todo el mundo y preparar a las personas para la venida de Jesucristo.
Mis queridos hermanos y hermanas, es verdaderamente inspirador contemplar los rostros de esta inmensa congregación de Santos de los Últimos Días que se han reunido aquí para adorar a Dios. Ruego humildemente que el Espíritu de nuestro Padre Celestial me acompañe en lo que diga esta mañana. También les pido que me sostengan con su fe y sus oraciones.
Expresiones de gratitud
Deseo expresar, en esta ocasión, mi gratitud a nuestro Padre Celestial por el privilegio que tengo de ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sé que todas las bendiciones que he recibido y que recibo, y todo lo bueno que llega a ustedes y a mí, proviene de nuestro Padre Celestial. Aprecio profundamente estas cosas. Estoy especialmente agradecido por la filosofía de vida que nos brinda el Evangelio, con su certeza de la inmortalidad, de la perpetuación de nuestros lazos familiares y de todas las cosas que nos son cercanas y queridas como Santos de los Últimos Días, que hemos recibido mediante la inspiración y la revelación de Dios, por medio de José Smith y otros profetas. Estoy agradecido por el privilegio que tengo de servir en esta Iglesia y ruego humildemente a Dios que me dé fortaleza para hacer mi parte en esta grande y poderosa causa a la que ustedes y yo nos hemos unido.
Anoche, en nuestra reunión del sacerdocio, el presidente S. Dilworth Young dio un excelente discurso sobre la obra misional, y el presidente George Albert Smith confirmó las buenas cosas que se dijeron. Puesto que es deber de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días predicar el Evangelio a todo el mundo, deseo esta mañana decir unas palabras sobre el grande e importante tema de la obra misional.
La importancia de la obra misional
Dios nos ha informado por medio de Sus santos profetas que una de las asignaciones más importantes que se han dado a los miembros de la Iglesia de Jesucristo es la de predicar el Evangelio. De hecho, José Smith declaró que:
[…] el deber más grande e importante es predicar el evangelio. (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 113).
A lo largo de la historia, los hombres más destacados que han vivido, como Adán, Enoc, Nefi, Alma, Pablo y —el más grande de todos— Jesucristo, fueron misioneros. Fue en esa obra donde cada uno de ellos contribuyó tan grandemente a cambiar la historia del mundo. Se nos dice que la obra y la gloria de Dios el Padre Eterno y de Su Hijo Unigénito es:
[…] llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre Moisés 1:39
Ciertamente, eso es obra misional. Por lo tanto, no es de extrañar que los profetas nos informen que predicar el Evangelio es nuestro deber más importante.
La última exhortación que el Hijo de Dios dio a Sus apóstoles antes de Su ascensión fue:
[…] Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado Marcos 16:15–16
Sin embargo, el Salvador comprendía plenamente que aquella no sería la última vez, antes de Su segunda venida, en que sería necesario que Sus misioneros recibieran una comisión divina de lo alto y fueran enviados a enseñar al mundo el plan de salvación. Señaló claramente a Sus apóstoles que, después de que hubieran predicado el Evangelio, se produciría una gran apostasía del plan divino que haría necesaria una restauración del Santo Sacerdocio y del Evangelio de Jesucristo. (Lean el capítulo veinticuatro de Mateo Mateo 24:1–51 para comprender la descripción que hizo Jesús de los acontecimientos que debían ocurrir antes de Su segunda venida). En el transcurso de estas instrucciones, el Hijo del Hombre señaló a Sus apóstoles que, como uno de los acontecimientos finales anteriores a Su advenimiento:
[…] será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin Mateo 24:14
La apostasía de la verdad
Quienes estudian la historia saben que, durante la Edad Media, el cristianismo fue adulterado con muchas creencias y prácticas paganas falsas, cumpliéndose las palabras de Isaías, quien había dicho:
Y la tierra se contaminó bajo sus moradores, porque traspasaron las leyes, falsearon la ordenanza, quebrantaron el convenio sempiterno Isa. 24:5
Por lo tanto, fue necesario que Dios retirara el Santo Sacerdocio de la Iglesia cristiana.
La Reforma protestante, que dio lugar al establecimiento de numerosas denominaciones cristianas —aproximadamente doscientas cincuenta de ellas existen hoy en los Estados Unidos—, constituye una prueba irrefutable de que sí ocurrió una gran apostasía, tal como el Maestro y los profetas de la antigüedad habían predicho. Martín Lutero, Juan Calvino, los hermanos Wesley y los demás que protestaron contra las doctrinas erróneas que habían corrompido al catolicismo no afirmaron haber recibido una restauración divina del Santo Sacerdocio ni de los principios y las ordenanzas del Evangelio.
La restauración del Evangelio
Sin embargo, Juan el Revelador había contemplado el transcurso del tiempo y había visto que se produciría una restauración divina desde los cielos. Declaró lo que había visto en visión de la siguiente manera:
Y vi a otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación, y tribu, y lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas Apoc. 14:6–7
Esta predicción se cumplió los días 21 y 22 de septiembre de 1823, cuando el ángel Moroni se apareció al profeta José Smith y le habló de unos anales sagrados enterrados en un cerro no muy lejos del hogar del muchacho. Esos anales, dijo el ángel, contenían el Evangelio eterno JS—H 1:34 tal como lo comprendían y practicaban los antiguos habitantes de América, los nefitas. A su debido tiempo, José recibió del ángel estas Santas Escrituras y, obrando bajo el poder y la inspiración de Dios, tradujo y publicó su contenido en un volumen conocido como el Libro de Mormón. Ningún acontecimiento de la historia cumple la profecía de Juan como lo hizo la publicación de aquel libro sagrado.
Sin embargo, además de esta manifestación celestial, otros ángeles vinieron de la presencia de Dios para restaurar a la tierra las llaves y bendiciones particulares del Evangelio que habían poseído en sus dispensaciones. Por ejemplo, Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan, confirieron sobre la cabeza de José Smith y Oliver Cowdery el Santo Sacerdocio, sin el cual ni la obra misional ni las ordenanzas del Evangelio podían realizarse oficialmente. Y, finalmente, el 3 de abril de 1836, Moisés se apareció a José y a Oliver en el Templo de Kirtland y les dio:
[…] las llaves del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra, y de la conducción de las diez tribus desde el país del norte D. y C. 110:11
Los misioneros son designados divinamente
Así pues, todo misionero que es llamado por la Primera Presidencia de la Iglesia de Jesucristo y apartado por alguien debidamente autorizado sale al campo misional para hablar y actuar en el nombre del Dios de Israel, y los actos que realiza son tan válidos como si Jesucristo efectuara personalmente la obra misional. Además, estos misioneros son los únicos siervos de Dios en todo el mundo que han sido divinamente designados, llamados, escogidos y apartados por los poderes del cielo para predicar el Evangelio al mundo.
A su debido tiempo, después de que se organizó la Iglesia, el Señor puso sobre los Doce Apóstoles la responsabilidad de abrir las puertas del Evangelio a todas las naciones de la tierra, y a los setenta se les comisionó edificar la Iglesia bajo la dirección de los apóstoles D. y C. 107:33–34 D. y C. 112:14, 21–22, 28–30
[…] purificad vuestros corazones ante mí; y entonces id por todo el mundo y predicad mi evangelio a toda criatura que no lo haya recibido; y el que creyere y fuere bautizado, será salvo; y el que no creyere y no fuere bautizado, será condenado D. y C. 112:28–29
La obra misional en medio de las dificultades
La historia no registra experiencias humanas más llenas de amor y de actos de sacrificio desinteresado que las relacionadas con la historia de la obra misional de los élderes Santos de los Últimos Días. Durante los últimos cien años, miles y miles de ellos han dejado sus hogares al ser llamados y han viajado por tierra y mar, pagando sus propios gastos, para predicar el Evangelio restaurado de Jesucristo. Han experimentado hambre y fatiga y, en ciertas ocasiones, incluso encarcelamiento y martirio; sin embargo, cada misionero Santo de los Últimos Días declara que su servicio al predicar el Evangelio le brindó las experiencias más felices de toda su vida.
Cada vez que ha surgido una crisis en la Iglesia, se la ha afrontado con una campaña misional renovada y ampliada. Por ejemplo, en 1837, el pánico financiero afectó a los miembros de la Iglesia al igual que al resto de los habitantes de los Estados Unidos. Muchos miembros apostataron. Las condiciones eran críticas. Sin embargo, el Señor, por medio del profeta José, afrontó la situación enviando a Heber C. Kimball y a otros élderes a Inglaterra para abrir un campo donde cientos de almas esperaban anhelosamente recibir el Evangelio. Una vez más, después de que los santos fueron expulsados de sus hogares en Illinois y se establecieron a más de mil millas hacia el oeste, en el corazón del desierto de Utah, Brigham Young inició una campaña misional mundial. Durante ese período, miles de personas se dirigían hacia el oeste, a los yacimientos de oro de California, pero los élderes de Israel volvieron la espalda al oro y orientaron su corazón a ganar almas para el reino de Dios.
Hoy hemos llegado a otro punto crucial en el programa misional del Salvador. Las armas han dejado de disparar y miles de corazones humanos anhelan paz, descanso, verdad y rectitud. Ciertamente, el campo blanco está ya para la siega D. y C. 4:4 y Dios va a darnos otra oportunidad de cumplir Su mandamiento de llevar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo Apoc. 14:6 en preparación para la venida del Hijo del Hombre a reinar sobre la tierra durante mil años.
Proclamar el Evangelio es responsabilidad de todos los Santos de los Últimos Días
Hermanos y hermanas, es nuestra responsabilidad predicar el Evangelio al mundo. Dios nos ha dado el sacerdocio y el verdadero Evangelio de Jesucristo, y nos hará responsables de enseñar el plan de salvación a todos los demás pueblos. Padres, envíen a sus hijos a servir en misiones. Infundan en sus corazones, durante su juventud, el deseo de proclamar al mundo los principios eternos de la verdad. Si aman a sus hijos y desean hacer cosas buenas por ellos, no podrían hacer una inversión mayor que enviarlos a servir en misiones. Mientras llevan almas a Dios, como resultado natural de su servicio misional aumentarán su amor, comprensión y testimonio del Evangelio. Por lo tanto, al enviarlos a servir en misiones, están salvando las almas de sus hijos mientras ellos trabajan para salvar las almas de otras personas, demostrando la declaración del Salvador de que «Más bienaventurado es dar que recibir» Hechos 20:35
Jóvenes y jovencitas, lleven una vida limpia, estudien los principios del Evangelio y prepárense cuidadosamente para servir en misiones, a fin de que Dios pueda valerse de ustedes para realizar Su gran obra. De ninguna otra manera pueden obtener mayor felicidad ni acumular mayores recompensas de gozo eterno en las mansiones de sus Padres Celestiales. El Hijo de Dios ha declarado:
Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios; porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él. Y ha resucitado de entre los muertos, para traer a todos los hombres a él, mediante las condiciones del arrepentimiento. ¡Y cuán grande es su gozo por el alma que se arrepiente!
Por tanto, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo. Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre! Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas! D. y C. 18:10–16
Recuerden que la obra misional no es la obra de ningún hombre. Es la obra de Dios, y se nos ha dado la oportunidad de ayudarlo a cumplir Sus santos propósitos. Él dirige hoy la obra misional de la Iglesia de Jesucristo por medio de Su profeta, el presidente George Albert Smith, tal como lo ha hecho siempre que Su Iglesia ha estado sobre la tierra. Así pues, se están enviando misioneros al mundo en números cada vez mayores. El mes pasado se enviaron ciento cincuenta a diversas partes de la tierra para llevar buenas nuevas a los de corazón sincero.
Ruego humildemente que Dios toque el corazón de todos los Santos de los Últimos Días para que unamos nuestros esfuerzos y recursos con el propósito de predicar el Evangelio a todo el mundo. El Evangelio debe ser predicado, y es nuestra responsabilidad.
Doy testimonio de que Dios vive y de que José Smith fue el instrumento en Sus manos para establecer nuevamente la Iglesia verdadera sobre la tierra. Que Dios nos bendiga en nuestros esfuerzos por proclamar el Evangelio de Jesucristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo, para que seamos hallados sin culpa en el gran día del juicio, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
Seguridad espiritual
Élder Charles A. Callis
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Nuestra seguridad espiritual se fortalece mediante el testimonio del Espíritu Santo, la fidelidad a las verdades fundamentales del Evangelio y el sostenimiento de los líderes de la Iglesia mientras nos preparamos para la segunda venida de Jesucristo.
Soy profundamente consciente de que sin la ayuda de Dios no puedo hacer nada. Volver con frecuencia a los principios fundamentales aumentará la fortaleza de la Iglesia.
Cuando hablo de volver a los principios fundamentales para aumentar la fortaleza de la Iglesia, creo que esto también se aplica al gobierno nacional y a los gobiernos estatales. Si volviéramos a los principios fundamentales de la Constitución de los Estados Unidos y los observáramos más fielmente, «nos libraría de muchos errores y de ideas insensatas».
La fortaleza de la Iglesia reside en los testimonios personales
El secreto de la fortaleza de esta gran Iglesia es el testimonio personal del que disfrutan sus miembros: el testimonio del Espíritu Santo.
Nuestra seguridad espiritual se afianza al permanecer en la corriente principal, esa corriente de verdad viviente que fluye junto al trono de Dios. Es triste ver a hombres naufragar espiritualmente al ser arrastrados a la orilla por corrientes secundarias sin importancia y pasar «todo el viaje de su vida atrapados en bajíos y miserias». Si permanecemos en la corriente principal, terminaremos nuestra misión en la tierra de una manera agradable al Señor.
Shakespeare dijo:
Pero es extraño:
y muchas veces, para atraernos hacia nuestro daño,
los instrumentos de las tinieblas nos dicen verdades,
nos ganan con pequeñeces sinceras, para traicionarnos
en asuntos de la mayor trascendencia.
¿Por qué han de ser los hombres tan inconstantes que corran tras cualquier fuego fatuo, tentados por teorías plausibles y engañosas? El diablo mismo resulta convincente; puede adoptar una apariencia agradable. Puede transformarse para parecer un ángel de luz 2 Cor. 11:14 y puede citar las Escrituras para sus propios fines.
El sostenimiento de la Primera Presidencia
Toda verdad esencial para la salvación del pueblo de Dios está profundamente arraigada y preservada en el glorioso plan de salvación. Los instrumentos de las tinieblas se acercan a nosotros mediante la adulación. Dirán: «Usted está bien; es un hombre bastante bueno y el Evangelio es verdadero». Luego dirán: «Pero la Primera Presidencia de la Iglesia está equivocada». Guardémonos de tales insinuaciones, no sea que seamos «traicionados en asuntos de la mayor trascendencia». Les testifico con humildad y con la certeza interior que da el Espíritu Santo que, desde los días de Adán, nunca ha habido una Primera Presidencia con más poder y autoridad para actuar en el nombre de Dios para la salvación del hombre que la actual Primera Presidencia, a la que amamos y sostenemos.
Amo al presidente George Albert Smith, un amigo de la humanidad. No se puede estar en su compañía sin sentirse inspirado por un sentimiento semejante al de Cristo. Amo al presidente J. Reuben Clark, hijo, un consejero sabio, un estadista y un hombre consagrado a la obra de Dios. Amo al presidente David O. McKay, un caballero cristiano, formado por su religión, lleno del espíritu de piedad y deseoso de ayudar a los hijos de Dios.
Repito: desde los días de Adán, ninguna Primera Presidencia de la Iglesia ha ejercido más autoridad ni mayor derecho de bendecir a los hijos de los hombres que la Presidencia que está sentada en este estrado.
La preparación para la segunda venida del Hijo de Dios
Hermanos y hermanas, ¿por qué queremos misioneros? Son enviados con un propósito. Es el de preparar el camino para la segunda venida del Hijo de Dios. Recuerdo la historia de aquella gran delegación apostólica que fue a Gran Bretaña: Brigham Young, Heber C. Kimball, Willard Richards, George A. Smith y otros. Fueron a aquel país extranjero sin bolsa ni alforja. Un hombre que los llevaba en su carromato fue abordado por un transeúnte que, al contemplar la apariencia espectral de aquellos misioneros, que estaban enfermos y dejaban a sus familias enfermas y en la pobreza, dijo: «Señor, ¿qué cementerio ha estado saqueando?».
Detengámonos aquí un momento para reflexionar.
Brigham Young, Heber C. Kimball, Willard Richards y George A. Smith no eran hombres débiles. Eran hombres de gran talla. ¿Piensan por un momento que aquellos hombres firmes, aquellos hombres de Dios, habrían emprendido ese largo y peligroso viaje si no hubieran sabido en lo profundo de su corazón, por el poder del Espíritu Santo, que esta Iglesia había sido fundada por el Señor?
Estamos llenos de esperanza y de fe. Esperamos y oramos por la gloriosa segunda venida del Hijo de Dios. Cuando los apóstoles miraban fijamente hacia el cielo mientras Jesús ascendía, dos varones con vestiduras blancas Hechos 1:10 dijeron:
[…] Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo Hechos 1:11
Él gobernará el mundo con verdad y gracia
y hará que las naciones comprueben
las glorias de Su justicia
y las maravillas de Su amor.
Esta promesa de un regreso visible y seguro del Mesías hizo felices a los apóstoles, y se regocijaron en el conocimiento de la Segunda Venida, así como nosotros nos regocijamos hoy.
Tennyson vislumbró la visión del reinado de Cristo como Rey de reyes y Señor de señores, desde los ríos hasta los confines de la tierra, cuando dijo:
Pues me adentré en el futuro hasta donde el ojo humano podía ver,
vi la visión del mundo y todas las maravillas que habrían de ser; […]
hasta que dejó de retumbar el tambor de guerra y se plegaron las banderas de batalla
en el Parlamento del Hombre, la Federación del mundo.
Allí el sentido común de la mayoría mantendrá a raya a un mundo inquieto,
y la tierra bondadosa dormirá, arropada por una ley universal.
Jesucristo inaugurará el Milenio
Cuando el Señor Jesucristo venga, inaugurará el Milenio. La guerra cesará; la enemistad desaparecerá; y el Rey de reyes reinará como solo Cristo puede reinar, en medio de un mundo de paz y sobre él. La guerra bárbara terminará para siempre. ¡Qué gozo celestial hay al contemplar y al disfrutar en el futuro de esta bendita condición! ¡Cuánta esperanza hay en este majestuoso acontecimiento! Ustedes, madres que lloran la pérdida de sus valientes hijos que fueron a salvar al mundo para la libertad, serán compensadas en la resurrección. Aun ahora, aunque saben que sus hijos han hecho el sacrificio supremo, siguen esperando oír los pasos de su regreso.
Sería lamentable que esta organización de las Naciones Unidas no lograra cosechar los frutos de esta victoria que se ganó mediante el derramamiento de ríos de sangre. Que el Señor les conceda sabiduría; que escuchen a la paz y su llamado. Que tengan siempre ante sus ojos la Regla de Oro y en sus corazones el temor del Señor, que vendrá a la tierra como el Príncipe de Paz.
El apóstol Pablo dijo:
[…] el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, consolaos los unos a los otros con estas palabras 1 Tes. 4:16–18
La última oración de la Biblia dice así:
He aquí, yo vengo pronto Apoc. 3:11
Y Juan ora, como nosotros oramos hoy:
Así sea, [bendito Señor,] ven pronto Apoc. 22:20
Ven y detén esta carnicería y esta miseria. Que Dios conceda que este Evangelio sea predicado al gran pueblo ruso y a «toda nación, y tribu, y lengua y pueblo» Apoc. 14:6
Oh Padre, envía pronto a Jesucristo para que comience el reinado milenario, cuyos rayos dorados ya iluminan las colinas del tiempo venidero, y podamos descansar y reinar con Cristo sobre la tierra durante mil años Apoc. 20:6 Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
Mantener encendida la luz del Evangelio
Élder Thomas E. McKay
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
La obediencia a los mandamientos mantiene viva nuestra espiritualidad y nos permite recibir, mediante el Espíritu de Dios, un testimonio de Jesucristo y de Su Iglesia.
Presidente Smith y consejeros, y mis hermanos y hermanas: Amo la música. Quisiera aprovechar esta oportunidad para felicitar al comité de música, o a quienes hayan sido responsables de organizar la música inspiradora que hemos tenido durante esta conferencia. La hermosa y apropiada música que ofrecieron las Madres Cantoras el viernes nos acercó a todos a nuestro Padre Celestial, y ayer nos conmovieron aquellas más de cien voces jóvenes del distrito de Manti de la Estaca South Sanpete. Hace unas semanas asistí a una conferencia en esa estaca y quedé tan impresionado por el canto de aquella joven solista que pregunté por ella al presidente de estaca. Me informaron que es una de trece hijos; de hecho, es la decimotercera, un número muy afortunado en su caso, diría yo. Y luego está la inspiración que recibimos de este gran Coro del Tabernáculo, del órgano y de nuestro inigualable hermano Evans, a quien tanto queremos. Nadie puede calcular el bien que está haciendo esta gran organización. Me uno al hermano Kirkham para sugerir que demos mayor importancia a la música en nuestras organizaciones, barrios y estacas. Debería haber un coro en cada barrio, coros diversos, coros del Sacerdocio Aarónico, coros de jovencitas y otros. Sé cuán valiosos son nuestros coros en el campo misional. Decenas de familias están hoy en la Iglesia gracias a nuestros coros. Se invita a nuestros amigos que aman la música y saben cantar a unirse al coro y, después de cantar los cantos de Sion durante algún tiempo y relacionarse con los misioneros y los miembros, comienzan a estudiar el Evangelio y luego, con bastante frecuencia, solicitan el bautismo. Estos contactos cambian sus vidas. Como expresó un joven en una reunión de testimonios, en la que fue confirmado miembro de la Iglesia, el haber conocido a los misioneros y a los miembros, y especialmente el cantar los cantos de Sion, había cambiado por completo su perspectiva de la vida. Dijo: «Realmente es como salir de las tinieblas a la luz».
El Salvador declaró:
Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida Juan 8:12
RELEVADO COMO PRESIDENTE INTERINO DE LA MISIÓN EUROPEA
Con el nombramiento del élder Ezra Taft Benson como presidente de la Misión Europea, recibí una carta muy amable y elogiosa, firmada por la Primera Presidencia, en la que se me relevaba de mi muy interesante servicio al cuidado de la Misión Europea. Debido a la guerra, he tenido que llevar a cabo mi labor principalmente por correspondencia.
Quisiera aprovechar esta oportunidad para expresar públicamente mi sincero agradecimiento y aprecio por la maravillosa oportunidad que este nombramiento, y también, y especialmente, mis otras misiones en Europa, me han brindado. Estas misiones, por los intervalos entre ellas, me han dado una oportunidad excepcional de observar el funcionamiento práctico del Evangelio: ver qué bendición es realmente para todos los que aceptan y obedecen sus enseñanzas, verlos llegar a la luz después de andar en tinieblas.
LABORES EN LAS MISIONES EUROPEAS
Mi primera misión fue de 1900 a 1903. Estuve en casa seis años y luego fui honrado nuevamente con otro llamamiento, esta vez como presidente de la Misión Suizo-Alemana, que en aquel entonces —de 1909 a 1912— comprendía Suiza, Alemania, Austria-Hungría y Francia. Descubrí que una ausencia de seis años había producido una diferencia considerable; muchos de los niños que habían sido, por ejemplo, alumnos de la Escuela Dominical, eran ahora oficiales y maestros de ella. Vi el desarrollo de estos jóvenes, así como de todos los demás miembros que habían aceptado el Evangelio y lo estaban viviendo. La aceptación del Evangelio también había dado a estas personas una perspectiva completamente distinta de la vida.
Veinticinco años después de esta segunda misión, tuve nuevamente el privilegio de regresar a Europa, con mi sede otra vez en la hermosa Suiza. Los niños que eran alumnos de la Escuela Dominical en 1900, y oficiales y maestros de ella en 1909, ahora estaban casados, al menos muchos de ellos, y tenían sus propios hijos; algunos eran o habían sido misioneros; algunos habían emigrado. Como digo, estas tres misiones, por los intervalos entre ellas, me dieron una oportunidad maravillosa de ver lo que la obediencia al Evangelio de Jesucristo realmente puede hacer por las personas. Había influido en todos los aspectos de su vida. Sus actividades recreativas supervisadas habían influido en ellos socialmente; los cursos de estudio y los bosquejos para los cuórums del sacerdocio y las organizaciones auxiliares, especialmente la Escuela Dominical de la Iglesia, les habían brindado magníficas oportunidades educativas. Habían recibido una influencia en lo económico mediante el gran sistema de diezmos y las ofrendas de ayuno. Algunos que antes gastaban su dinero en tabaco, cerveza, vino y bebidas alcohólicas ahora lo utilizaban para comprar mejor ropa, más comodidades para el hogar y mejores diversiones, y, como resultado, había más amor en el hogar. El Evangelio también influía en ellos, y especialmente, en lo moral y espiritual. Por supuesto, algunos no tenían la fortaleza suficiente para cambiar su manera de vivir y vencer los hábitos de toda una vida; estos, como se ha dicho, por razones que ellos conocen mejor que nadie, habían encontrado demasiado exigentes los requisitos. Vemos que eso también ocurre aquí, en nuestra tierra, incluso más, creo yo, que en el campo misional. Es tan fácil, por ejemplo, encontrar otras cosas que hacer el domingo en vez de asistir a las reuniones. Esto parece haber sido siempre así; al menos encuentro la siguiente amonestación en uno de los sermones del presidente Brigham Young sobre el día de reposo:
Ahora bien, recuerden, mis hermanos, que quienes van a patinar, a pasear o de excursión en el día de reposo —y esto se practica mucho— son débiles en la fe. Gradualmente, poco a poco, poco a poco, el espíritu de su religión se va escapando de su corazón y de sus afectos y, con el tiempo, comienzan a ver faltas en sus hermanos, faltas en las doctrinas de la Iglesia, faltas en la organización y, por último, abandonan el reino de Dios y van a la destrucción. (Discursos, pág. 225, primera edición; pág. 165, edición de 1943).
Cuando leí esta frase: «Gradualmente, poco a poco, poco a poco, el espíritu de su religión se va escapando de su corazón y de sus afectos», pensé en una declaración que leí recientemente, que dice:
Nunca perdemos nuestra religión por un reventón; por lo general, es solo una fuga lenta.
Y también esta:
Muchos tratan su religión como una rueda de repuesto: nunca la usan salvo en casos de emergencia.
LOS MANDAMIENTOS SE DAN PARA NUESTRO DESARROLLO
Lo que el presidente Young dice con respecto a santificar el día de reposo es igualmente cierto con respecto a quebrantar la Palabra de Sabiduría, dejar de asistir a las reuniones sacramentales y del sacerdocio, tomar el nombre del Señor en vano y no pagar los diezmos y las ofrendas. Para muchos, el diezmo es uno de los ejercicios espirituales más difíciles que se nos pide realizar. ¿Y saben por qué? Porque ataca una de las armas más eficaces que utiliza Satanás para destruir a la humanidad, a saber, el amor al dinero. Una persona o una nación que pague un diezmo íntegro nunca adorará al oro en lugar de a Dios. Se nos dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males. En todo caso, todos sabemos que el amor al dinero, al poder y al dominio del mar, así como de la tierra y de las personas mismas, ha causado muchas de nuestras guerras; sí, el principio del diezmo, comprendido y vivido debidamente, contribuiría en gran medida a acabar con las guerras. Este mandamiento y todos los demás que ha dado nuestro Padre Celestial son para nuestro desarrollo espiritual, para nuestra felicidad y gozo en esta vida. Tienen por objeto mantenernos vivos y creciendo espiritualmente; son nuestras señales indicadoras. Son reflectores a lo largo del camino de la vida para evitar que nos perdamos o, para citar a una conocida voz de la radio:
Somos muy semejantes a viajeros que conducen de noche por una carretera. Allí se han colocado cuidadosamente señales reflectantes para advertir de curvas arriesgadas y cruces peligrosos. La luz de nuestros automóviles ilumina las señales, y estas nos reflejan su advertencia o indicación, ¡si tenemos luz! Pero, si nuestra luz está apagada, las señales están oscuras. No tienen significado alguno para los faros apagados.
Estos mandamientos a los que me he referido, y otros, se nos dan como medios para mantener encendida la luz y seguir vivos espiritualmente. Uno de los sermones en una frase del doctor Karl G. Maeser dice:
Quien ha perdido el Espíritu del Señor está espiritualmente muerto.
EL EVANGELIO ES APRECIADO EN LOS PAÍSES DEVASTADOS POR LA GUERRA
El Evangelio ciertamente ha sido una luz que brilla en las tinieblas para nuestros miembros de los países devastados por la guerra, y también, y especialmente, para nuestros hombres y mujeres de las fuerzas armadas durante los terribles años de guerra que acaban de terminar; al menos esperamos que hayan terminado. Se han recibido decenas de cartas que testifican del consuelo y de las bendiciones del Evangelio. Dedicaré tiempo a mencionar solo una o dos. He aquí un párrafo escrito por uno de nuestros capellanes mormones, dirigido al comité para miembros de las fuerzas armadas:
Hace pocos días tuve una experiencia profundamente espiritual que me dio una prueba adicional del poder del Evangelio para hacer de los hombres hermanos espirituales. Por casualidad leí en uno de los boletines de noticias del teatro de operaciones el informe de un programa navideño organizado por capellanes alemanes protestantes y católicos, prisioneros de guerra destinados en el Hospital de Campaña n.º 99, cerca de Pisa. La noticia indicaba que la música especial había sido presentada por la orquesta de prisioneros de guerra y un solista vocal «mormón». Al día siguiente fui en busca de aquel prisionero de guerra «mormón» y, con la ayuda de un capellán estadounidense, lo encontré: un antiguo misionero del Distrito de Dresde, que sirvió durante un año y medio bajo la dirección del presidente Rees en la Misión de Alemania Oriental, el élder Hans Karl Schade, con domicilio en la calle Sebnitzer 25, Dresde, Alemania. Unos días antes de nuestro encuentro, el capellán del teatro de operaciones, el coronel Frank Brown, había conocido al élder Schade en un servicio religioso y, al enterarse de que era Santo de los Últimos Días, le dio mi nombre. Por eso, cuando vi por primera vez al élder Schade en la clínica oftalmológica donde ahora trabaja, extendió la mano derecha y, mientras caminaba hacia mí, dijo: «Hermano Braithwaite, gracias a Dios por este encuentro». Nunca olvidaré aquella expresión, ni al élder Schade. En presencia de otro capellán y de mi intérprete, hablamos con completa libertad y con una comprensión que destruye la desconfianza, la venganza o el odio. Nos encontramos sobre un terreno común y dimos gracias a Dios por nuestra hermandad en el Evangelio. Fue cuando le pedí que cantara para mí y para nuestros hombres, y que asistiera a nuestros servicios de los Santos de los Últimos Días en Livorno, que me recordó que era prisionero de guerra. Sin embargo, ni siquiera las restricciones que ello implicaba parecieron crear barreras en nuestra relación. Un comandante comprensivo le dio permiso para cantar para nosotros y para que fuéramos a su oficina a visitarlo.
La labor del ejército de ocupación pone a prueba la entereza moral de nuestros hombres como quizá no fue puesta a prueba durante la guerra. Las tentaciones son grandes y numerosas. Se requiere comprender claramente por qué estamos aquí, y tener paciencia, autodisciplina y dominio propio. Nuestra tarea es importante y, en general, los hombres Santos de los Últimos Días están a la altura de lo que se les exige.
UNA CARTA DA TESTIMONIO DE LA FE DE LOS SANTOS EUROPEOS
Lo siguiente se cita de una carta del élder Ezra Taft Benson, presidente de la Misión Europea, fechada el 14 de marzo de 1946 en Basilea, Suiza. Espero que me perdonen por leer este primer párrafo; es bastante personal, pero lo aprecio muchísimo:
Estimado presidente McKay:
Como verá, estoy aquí, en el lugar que usted tanto amaba, con las personas que lo quieren tanto. Dondequiera que hemos estado, hemos encontrado a muchas personas que lo conocen y lo quieren, que han preguntado por usted y han mostrado su decepción porque no está aquí.
Como probablemente sepa, ya hemos hecho un viaje a Francia, Bélgica, Holanda, Noruega, Suecia y Dinamarca, y ahora estamos aquí, en Suiza, preparándonos para realizar un recorrido completo por las zonas ocupadas. El domingo pasado ya asistimos a la conferencia de distrito en Karlsruhe. Durante las próximas dos semanas y media estaremos en las zonas militares y en Checoslovaquia. Desde allí regresaremos a Basilea y luego continuaremos nuevamente hacia París, Bélgica y Holanda antes de regresar a Londres.
No comentaré las condiciones que encontramos, salvo para decir que la profunda fe de los santos de estas misiones ha sido una fuente de gozo y satisfacción. El servicio voluntario y la vida limpia y ejemplar de los muchos militares Santos de los Últimos Días que han estado entre los pueblos de Europa han dejado una magnífica impresión por aquí.
Sí, el Evangelio es una luz que brilla en este mundo devastado por la guerra, y también mostrará el camino hacia una paz permanente si los «hijos de nuestro Padre», como el presidente Smith se refiere con tanta bondad y tolerancia a sus semejantes, tan solo hicieran la voluntad del Padre. Él nos ama; Él es nuestro Padre y todos somos Sus hijos; y nos ha dado el Evangelio para nuestra felicidad y gozo en esta vida. Podríamos tener un cielo en la tierra si tan solo guardáramos los mandamientos de Dios.
[…] existen los hombres para que tengan gozo 2 Ne. 2:25
El Salvador dice:
El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo Juan 7:17
EL TESTIMONIO VIENE POR MEDIO DEL ESPÍRITU DE DIOS
Yo no puedo darles un testimonio de la divinidad de la obra; ustedes no pueden darme uno a mí: debe venir por medio del Espíritu de Dios. Hay leyes que rigen estos asuntos espirituales, así como los físicos y los mentales. El presidente Grant solía citar muy a menudo:
Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa D. y C. 130:20–21
Y el testimonio de la divinidad de la Iglesia se recibe únicamente mediante la obediencia a la ley espiritual: «El que quiera hacer la voluntad de él conocerá». Eso significa estudiar, trabajar, orar y guardar los mandamientos, y nuestro Padre Celestial nos revelará a cada uno de nosotros, como lo hizo con Pedro, la divinidad de Su Hijo. Cuando Jesús le preguntó a Pedro: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Fíjense en lo que respondió Jesús: «Porque no te lo reveló carne ni sangre» —Cristo era carne y sangre—, «sino mi Padre que está en los cielos» Mateo 16:15–17
Me siento muy humilde y sumamente agradecido de poder darles un testimonio semejante. Yo también sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que esta es Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no la iglesia de José Smith. Él fue, sin embargo, el siervo, el profeta llamado por Dios para establecer la Iglesia en esta dispensación, con la misma organización que existía en la época del Salvador; y está aquí por última vez, para nunca más ser quitada ni dada a otro pueblo Dan. 2:44 hasta que el Salvador venga a gobernar y reinar en persona. Que mantengamos aceite en nuestras lámparas, que mantengamos encendida la luz, para que otros, al ver nuestras buenas obras, nuestro ejemplo, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos Mateo 5:16 Lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.
«El campo blanco está ya para la siega»
Élder Joseph Fielding Smith
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Los siervos del Señor tienen la doble responsabilidad de proclamar el Evangelio restaurado para llevar a las personas a la verdad y advertir al mundo que se arrepienta antes de la venida de Jesucristo.
Mis amados hermanos y hermanas, siento que dependo mucho del Espíritu del Señor y de su fe al estar aquí ante ustedes. Hemos oído mucho acerca de la predicación del Evangelio y de la responsabilidad que tenemos de llevar este mensaje al mundo. Quisiera añadir unas palabras acerca de esta responsabilidad y también de la condición del mundo al que somos enviados.
EL EVANGELIO ENSEÑADO POR ADÁN
Nuestro Padre Celestial mandó a Adán que enseñara a sus hijos la verdad eterna. Leemos lo siguiente en las Escrituras:
Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas. Y Satanás vino entre ellos y dijo: Yo también soy un hijo de Dios; y les mandó, diciendo: No lo creáis; y no lo creyeron, y amaron a Satanás más que a Dios. Y desde ese tiempo los hombres empezaron a ser carnales, sensuales y diabólicos Moisés 5:12–13
LOS PROFETAS RECHAZADOS POR LOS HOMBRES
Así pues, se apartaron de la verdad para adorar toda clase de doctrinas y dioses falsos, negándose a escuchar a los profetas que eran enviados entre ellos, y fue necesario que el Señor enviara el Diluvio sobre ellos y limpiara la tierra de su iniquidad. Una vez más, el mundo comenzó con una sola familia y, a medida que los hombres empezaron a extenderse sobre la faz de la tierra, fueron instruidos por los profetas y recibieron revelación del Todopoderoso; pero también ellos, con el tiempo, se rebelaron, establecieron sus propias iglesias y adoraron a sus propios dioses e imágenes talladas. En esas condiciones, el Señor llamó a un hombre de la tierra de los caldeos y lo envió a la tierra de Canaán, prometiéndole grandes bendiciones, a él y a su posteridad después de él, mediante la obediencia a los mandamientos del Señor. Hoy llamamos Israel a ese pueblo. Pero, con el tiempo, Israel también se rebeló. No quiso escuchar a sus profetas, de modo que fue esparcido por toda la faz de la tierra a causa de su rebelión. Esta ha sido la historia a través de todas las épocas, porque los hombres se volvieron carnales, sensuales y diabólicos.
Uno de los antiguos profetas de este continente, al hablar de nuestros días, dijo:
Mas he aquí, en los últimos días, o en los días de los gentiles, sí, he aquí, todas las naciones de los gentiles, y también los judíos, tanto los que vengan a esta tierra como los que se hallen en otras tierras, sí, aun en todas las tierras de la tierra, he aquí, estarán ebrios de iniquidad y de toda clase de abominaciones;
y cuando llegue ese día, el Señor de los Ejércitos los visitará con truenos y con terremotos, y con un gran estruendo, y con tormenta, y con tempestad, y con la llama de fuego devorador 2 Ne. 27:1–2
EL EVANGELIO RESTAURADO POR MEDIO DE JOSÉ SMITH
Después de una gran apostasía, el Señor tuvo a bien restaurar la verdad del Evangelio por medio del profeta José Smith. Envió ángeles de Su presencia. De hecho, este gran profeta recibió la visita tanto del Padre como del Hijo, y se le dio autoridad para dar comienzo a esta gran dispensación del cumplimiento de los tiempos y enseñar la verdad del Evangelio eterno, porque una vez más los hombres se habían apartado de la verdad para adorar a sus ídolos y practicar doctrinas falsas. Han establecido sus propias iglesias, donde no se encuentra el Espíritu del Señor. Al comienzo de esta dispensación, el Señor envió a Sus misioneros a predicar el Evangelio restaurado y les dijo que los enviaba con este mensaje de verdad entre las «congregaciones de los inicuos» D. y C. 60:13 y esto lo repitió muchas veces. En una revelación dada en octubre de 1830, cuando hacía apenas seis meses que la Iglesia había sido restaurada, el Señor dijo lo siguiente:
Porque de cierto, de cierto os digo, que sois llamados a alzar vuestras voces como con el son de trompeta, para declarar mi evangelio a una generación perversa y rebelde.
Porque he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima y la última vez que llamaré obreros a mi viña D. y C. 33:2–3
ADVERTENCIA DE LAS CALAMIDADES VENIDERAS
Con «la última vez», el Señor se refería a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
El profeta José Smith instruyó a sus hermanos y les informó de las calamidades que habrían de venir. Advirtió al mundo acerca de su iniquidad y les dijo a estos buenos hombres del Consejo de los Doce, que estaban asociados con él, que, debido a la iniquidad y la corrupción del mundo, la destrucción vendría sobre él. Algunos de estos hermanos dicen que, al hablarles de estas cosas, lloró como lloró nuestro Salvador cuando contempló Jerusalén Lucas 19:41 El presidente Wilford Woodruff, al hablar de este testimonio y de esta advertencia al mundo acerca de las cosas que el Profeta había visto en visión que sobrevendrían a la tierra, dijo: «Oí al profeta José Smith dar su testimonio de estos acontecimientos que tendrían lugar en la tierra»; y, después de predecir que ya estaban a nuestras puertas, también dijo: «No podemos correr un velo sobre los acontecimientos que esperan a esta generación. Ningún hombre inspirado por el Espíritu y el poder de Dios puede cerrar sus oídos, sus ojos o sus labios ante estas cosas». Creo que no tenemos derecho a cerrar los oídos, ni a guardar silencio y cerrar los ojos ante las advertencias que el Señor nos ha dado y puesto ante nosotros, y que se nos manda declarar a las naciones de la tierra.
Nuevamente, el Señor dice:
Porque toda carne se ha corrompido delante de mí; y los poderes de las tinieblas prevalecen sobre la tierra, entre los hijos de los hombres, en presencia de todas las huestes de los cielos,
lo cual hace reinar el silencio, y toda la eternidad se duele, y los ángeles esperan el gran mandato para segar la tierra, para juntar la cizaña a fin de que sea quemada; y he aquí, el enemigo se ha combinado D. y C. 38:11–12
PROFECÍAS DE WILFORD WOODRUFF Y NEFI
Escuché al presidente Wilford Woodruff, en este estrado, en este mismo lugar donde me encuentro, dar testimonio, como lo había hecho en otros lugares, en 1893 y hasta el momento de su muerte, de que los ángeles que habían estado esperando salir a segar la tierra ya habían sido enviados a esa misión y estaban en la tierra. Por lo tanto, dijo que podíamos esperar calamidades, destrucción, plagas y derramamiento de sangre. Ahora permítanme leerles, a modo de advertencia, algo que se le dio por profecía a Nefi acerca de nuestros propios días. Hablando a las personas que viven ahora, dijo:
¡Oh los sabios, y los instruidos, y los ricos que se inflan con el orgullo de sus corazones, y todos los que predican doctrinas falsas, y todos los que cometen fornicaciones y pervierten la vía recta del Señor! ¡Ay, ay, ay de ellos!, dice el Señor Dios Todopoderoso, porque serán arrojados al infierno.
¡Ay de aquellos que por una pequeñez desechan al justo y vituperan lo que es bueno, y dicen que no vale nada! Porque vendrá el día en que el Señor Dios visitará repentinamente a los habitantes de la tierra; y en aquel día en que estén completamente maduros en la iniquidad, perecerán.
Mas he aquí, si los habitantes de la tierra se arrepienten de sus iniquidades y abominaciones, no serán destruidos, dice el Señor de los Ejércitos.
Mas he aquí, esa grande y abominable iglesia, la ramera de toda la tierra, tiene que caer a tierra, y grande ha de ser su caída.
Porque el reino del diablo debe temblar, y es preciso que los que a él pertenecen sean estimulados al arrepentimiento, o el diablo los prenderá con sus sempiternas cadenas, y serán agitados a la ira, y perecerán;
porque he aquí, en aquel día él enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitará a la ira contra lo que es bueno.
Y a otros los pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sion; sí, Sion prospera, todo va bien; y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno.
(Esto se refiere, tengan a bien observarlo, en gran medida a quienes están en Sion).
Y he aquí, a otros los lisonjea y les cuenta que no hay infierno; y les dice: Yo no soy el diablo, porque no lo hay; y así les susurra al oído, hasta que los prende con sus terribles cadenas, de las cuales no hay rescate.
Sí, son agarrados con muerte e infierno; y la muerte y el infierno, y el diablo y todos los que han sido prendidos con ellos, deben comparecer ante el trono de Dios, y ser juzgados según sus obras, de donde tendrán que ir al lugar preparado para ellos, sí, un lago de fuego y azufre, que es tormento sin fin 2 Ne. 28:15–23
LA INIQUIDAD AUMENTA EN EL MUNDO
Hay mucho más que quisiera presentar si el tiempo lo permitiera. Permítanme llamar su atención sobre el hecho de que este mundo no está mejorando. Si me permiten la expresión, no debemos «engañarnos» pensando que este mundo está mejorando. Si así fuera, las profecías habrían fallado. Este mundo está hoy lleno de iniquidad. Esa iniquidad va en aumento. Es cierto que hay muchas personas justas esparcidas por toda la tierra, y es nuestro deber buscarlas, darles el Evangelio de Jesucristo y sacarlas de Babilonia. El Señor les ha dicho: «Salid de Babilonia» D. y C. 133:5 que es el mundo.
Ahora bien, el Señor ha dicho que esta es la última vez que el Evangelio se daría a los hombres y que Sus siervos no deben predicar sino el arrepentimiento D. y C. 6:9 y ha dicho además:
Porque he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima y la última vez que llamaré obreros a mi viña.
Y mi viña se ha corrompido por completo; y no hay quien haga lo bueno salvo unos pocos; y estos yerran en muchos casos a causa de las supercherías sacerdotales, porque todos tienen mentes corruptas.
Y de cierto, de cierto os digo, que he establecido esta iglesia y la he llamado del desierto D. y C. 33:3–5
EL EVANGELIO SE PREDICA COMO TESTIMONIO
¿Y con qué propósito se predica el Evangelio? Para llevar a las personas al conocimiento de la verdad y como testimonio antes de que llegue el fin del mundo, o el fin de la iniquidad JS—M 1:4 Aun antes de la organización de la Iglesia, allá en 1829, el Señor llamó la atención mediante revelación sobre la predicación de Sus siervos, y dijo:
Y el testimonio de ellos también saldrá para condenar a esta generación, si esta endurece su corazón contra ellos D. y C. 5:18
Esto se dijo más particularmente con referencia a los testimonios de estos hombres que son testigos del Libro de Mormón, y su testimonio ha salido por todo el mundo. Pero esto también es cierto en cuanto a los testimonios de todos los demás que han salido a predicar el Evangelio. Luego el Señor añade:
Porque se desatará una plaga asoladora entre los habitantes de la tierra, y seguirá derramándose de cuando en cuando, si no se arrepienten, hasta que quede vacía la tierra, y sean consumidos y enteramente destruidos sus habitantes por el resplandor de mi venida.
He aquí, os digo estas cosas, así como también anuncié al pueblo la destrucción de Jerusalén; y se verificará mi palabra en esta ocasión, como se ha verificado hasta ahora D. y C. 5:19–20
LOS MISIONEROS DEBEN ADVERTIR AL PUEBLO
El Señor nos ha impuesto la responsabilidad de predicar el Evangelio, pero hay otra gran responsabilidad. Creo que algunos de nuestros misioneros han tenido la idea de que todo lo que debíamos hacer era entablar amistades y que, si las personas querían unirse a la Iglesia, muy bien; y los misioneros no han comprendido que tenían la obligación de dejar una advertencia, y es tan necesario que advirtamos al mundo como que declaremos el camino de la vida eterna. El Señor dijo a los misioneros que salieron en los primeros días:
A fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado, y la misión con la que os he comisionado. He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo. Por tanto, quedan sin excusa, y sus pecados descansan sobre su propia cabeza D. y C. 88:80–82
Todo misionero que salga debe asegurarse de dejar su testimonio, para quedar libre de culpa, tal como el Señor ha declarado que debe hacerlo en la sección cuatro de Doctrina y Convenios D. y C. 4:2 y para que todo hombre con quien entre en contacto sea amonestado y quede sin excusa, y así la sangre de cada hombre recaiga sobre su propia cabeza.
OPOSICIÓN AL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO
Si creen que el mundo está mejorando, tan solo observen y sean testigos de la vulgaridad y de lo cercano a la indecencia que encontramos publicado en algunas revistas ilustradas y, con tanta frecuencia, en la pantalla. Piensen en la corrupción y las condiciones degradantes debidas al consumo de bebidas alcohólicas, tabaco y otros narcóticos y drogas. Piensen en la inmoralidad tan extendida por todo el país. Nos enteramos de los males que existían en nuestros campamentos militares por los informes de los periódicos, las revistas y los relatos de nuestros propios muchachos que han regresado. Ahora se ejerce presión sobre nosotros para imponer la obligación a nuestros jóvenes, en los tiernos años en que son más impresionables, y forzarlos a ingresar en campamentos militares donde no tendrán protección, o tendrán muy poca, contra los vicios tan extendidos en esos campamentos. Quiero decirles, mis hermanos y hermanas, que yo, por mi parte, ¡me opongo a ello!
Ahora salgamos a predicar este Evangelio con el entendimiento de que tenemos la doble responsabilidad de dar testimonio y conducir a los justos, a los sinceros, al conocimiento de la verdad, y luego dejar a todos los demás sin excusa mediante el testimonio que les damos.
Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.
Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo
Élder Joseph L. Wirthlin
Segundo Consejero del Obispado Presidente
La salvación viene únicamente por medio de Jesucristo, cuyo nombre lleva Su Iglesia restaurada y cuyos discípulos deben honrar al vivir dignamente como Santos de los Últimos Días.
Siempre que se me llama, mis hermanos y hermanas, a cumplir esta gran tarea, pido al Señor que vivifique mi mente y desate mi lengua, y espero que hoy esa oración encuentre eco en sus corazones en favor mío.
MUCHAS EVIDENCIAS DE LA DIVINIDAD DE CRISTO
Con frecuencia oímos preguntar: «¿Qué encierra un nombre?». Y al pensar en los nombres, siempre pensamos primero en los apellidos. Pensamos en los grandes nombres de los campos de la educación, la industria y el gobierno, pero ¿qué hay de los nombres del vasto ámbito de la religión? Al mirar hacia el pasado, muchos acuden a nuestra mente: los nombres de Confucio, de Buda, de Mahoma y de Jesucristo. Al pensar en los tres primeros, sus nombres los identifican como hombres que procuraron enseñar a sus seguidores ciertas filosofías, filosofías de los hombres que contenían algunos elementos de verdad. Pero ¿qué hay de Jesucristo y Sus enseñanzas? Y, además, ¿qué encontramos en Su nombre? Al mencionar Su nombre, también se establece de inmediato una relación mental con la Trinidad. Sus seguidores proclamaron que Él era el Hijo de Dios, pues leemos:
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. […] Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan 1:1–5, 14
Para los primeros seguidores de Jesucristo, Él estaba con Dios en el principio. Él era Dios, y se le dio la gran comisión de crear la tierra y todas las cosas que ahora hay sobre ella. Además, debido a que Su plan de salvación fue aceptado en los concilios de los cielos durante la existencia preterrenal, se manifestó a la humanidad en la carne, como el Unigénito del Padre. Al analizar esta declaración y compararla con las teorías y enseñanzas de Confucio, Buda y Mahoma, encontramos una gran diferencia entre las afirmaciones de estos grandes maestros religiosos.
La declaración anterior de Juan debe necesariamente estar respaldada por evidencias tangibles de que Jesucristo era el Hijo de Dios, un miembro de la Trinidad que se manifestó a la humanidad en la carne con el propósito de redimirla del pecado de Adán. La gran evidencia que sustenta esas afirmaciones se encuentra en una promesa que hizo el Salvador, en la que declaró:
Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Juan 15:26
La gran diferencia entre Jesucristo, el Hijo de Dios, y los demás grandes maestros religiosos del mundo era que, después de que Él dejara la tierra, el tercer miembro de la Trinidad, el Espíritu Santo, testificaría a los pueblos de la tierra acerca de la misión divina del Señor Jesucristo.
Han transcurrido casi dos mil años desde que Cristo estuvo sobre la tierra, pero incontables miles de personas han recibido la revelación del Espíritu Santo de que Su misión era divina. Un profeta de nuestros días, Brigham Young, declara de la manera más enfática que cualquier persona que busque sinceramente la verdad puede saber que Jesús era el Cristo del mismo modo en que Pedro lo supo. Como recordarán, el Salvador viajaba por la región con Sus discípulos y, volviéndose hacia ellos, les hizo esta pregunta: «[…] ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Al imaginar aquella escena, veo a Sus seguidores atónitos, respondiendo con cierta vacilación: «Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». Por segunda vez, el Salvador hizo la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro, el humilde pescador, declaró sin reserva alguna: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!», y de inmediato llegó la respuesta del Salvador: «Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Mateo 16:13–17 ¿Cómo pudo Pedro responder a esta pregunta sin vacilación ni reserva alguna? Fue posible porque el Espíritu Santo le reveló esta gran verdad, y en este acontecimiento vemos que el Espíritu Santo sí revela el hecho de que Jesucristo es el Unigénito del Padre en la carne, el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.
Una vez más hacemos la pregunta: «¿Qué encierra un nombre?». En el nombre de Jesucristo hay salvación y exaltación para los hijos de nuestro Padre Celestial, pues leemos en los Hechos de los Apóstoles:
Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hechos 4:12
Durante Su ministerio, Cristo enseñó a las personas a aceptar Su nombre, a tomar Su nombre sobre sí. En cuanto a la oración, dijo:
Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Juan 14:13
PRINCIPIOS QUE ENSEÑÓ EL SALVADOR
En cuanto a la creencia y la fe, dijo:
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios. Juan 1:12
Enseñó el principio del arrepentimiento y declaró enérgicamente, según leemos en Lucas:
Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Lucas 24:47
Juan el Bautista, precursor de Cristo, enseñó el evangelio del arrepentimiento y el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y, en el curso de esos acontecimientos, el Salvador se presentó para solicitar el bautismo. La historia eclesiástica declara que, cuando salió del agua, los cielos fueron abiertos y el Espíritu Santo apareció en forma de paloma, y la multitud reunida oyó la voz del Padre que decía: «[…] Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Mateo 3:17 Así se proclamó nuevamente la gran verdad de que Jesucristo era el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.
[…] Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Mateo 28:19
La entrada en el reino mediante el bautismo, Juan 3:5 tal como el Salvador lo declaró a Nicodemo, se efectuaba en el nombre de la Trinidad, incluido el nombre del Salvador. Juan 3:18 Otras promesas que hizo en Su nombre fueron:
El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado. Y estas señales seguirán a los que crean: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos y, si beben cosa mortífera, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Marcos 16:16–18
LA VERDADERA IGLESIA DE CRISTO LLEVA SU NOMBRE
Al contemplar el gran ministerio de nuestro Señor, Su nombre se destaca de manera preeminente como el único nombre debajo del cielo por el cual los hijos de los hombres pueden disfrutar de las bendiciones de la salvación y la exaltación. De hecho, Su nombre es la contraseña de entrada al reino de nuestro Padre Celestial.
Pablo, al predicar a los efesios, declaró que Jesús constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y a otros maestros. Efesios 4:11 Permítanme señalarles también que en el Nuevo Testamento hay abundantes pasajes de las Escrituras que demuestran, sin lugar a dudas, que se escogió a sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros, diáconos y obispos, y que estos oficios se convirtieron en parte integral de la gran organización de la Iglesia. Después de la selección de los oficiales de la Iglesia y de su organización, ¿llevaba la Iglesia un nombre? Y, si lo llevaba, ¿cuál era su nombre hace dos mil años? ¿Llevaba el nombre de Pedro? ¿Era la iglesia de Juan o de Mateo? No lo era; llevaba el nombre de su gran organizador, el Señor Jesucristo. Lean, si lo desean:
Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia; él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia. Colosenses 1:18 Se deduce lógicamente que, si el Salvador había de tener la preeminencia en todas las cosas, lo más preeminente de todo ello sería esta gran organización llamada la Iglesia, la cual debía llevar Su nombre. Leemos:
Porque el marido es cabeza de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, y él es el Salvador del cuerpo. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Efesios 5:23–24
Vemos en esta comparación que la Iglesia debía tomar el nombre de Jesucristo, su cabeza, y sujetarse a Él, así como la esposa toma el apellido de su esposo y se sujeta a él. Por tanto, la Iglesia en los días de Jesucristo llevaba Su nombre.
Durante el juicio del Salvador, cuando compareció ante Poncio Pilato, el gobernante romano declaró que no encontraba engaño alguno en aquel hombre, pero, para apaciguar a los judíos, sus súbditos, ordenó la crucifixión. Hizo algo más para complacer a sus súbditos, pues Juan declaró:
Y escribió también Pilato un título que puso sobre la cruz; y el escrito era: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Juan 19:19
Poco comprendía Poncio Pilato, cuando por orden suya aquel nombre fue clavado en la cruz de la que pendía el Hijo de Dios, que ese nombre llegaría a ser el más conocido entre los hijos de los hombres, el único nombre debajo de los cielos por el cual podríamos disfrutar de un lugar en Su reino.
Mientras el cuerpo del Salvador yacía en el sepulcro, Pedro nos dice que Su espíritu visitó a los espíritus de quienes, en tiempos de Noé, habían sido un pueblo desobediente sobre la tierra y habían sido arrasados por el diluvio, 1 Pedro 3:20 y les enseñó la importancia de Su nombre y que, mediante la obediencia al Evangelio que Él había proclamado sobre la tierra, ellos también podrían disfrutar de la salvación.
APOSTASÍA DE LA IGLESIA DE CRISTO
Según los registros que se encuentran en Tercer Nefi, en el Libro de Mormón, Jesucristo, como ser resucitado, se apareció a los habitantes del continente americano y les enseñó a tomar sobre sí Su nombre y, además, que las ordenanzas del Evangelio debían efectuarse en Su nombre. 3 Nefi 27:7 Poco después de que el Salvador resucitado dejara la tierra, Pablo declaró a los santos de Galacia:
Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No es que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Gálatas 1:6–8
Esta declaración es una evidencia de que se estaban enseñando otros principios y doctrinas, de que la gran apostasía de la Iglesia de Cristo ya estaba en marcha y, además, de que, como resultado de la apostasía, el nombre de Jesucristo había perdido su significado entre los hombres. Se enseñó a las personas a orar en los nombres de hombres y mujeres que, a partir de las doctrinas alteradas del Salvador, llegaron a ser los llamados santos, quienes se interponían entre las personas de esta tierra y Dios, en lugar de Jesucristo. Durante este período ya no oímos hablar de apóstoles, profetas, pastores, maestros, sumos sacerdotes, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos, sino que nuevos oficiales con nuevos títulos ocuparon sus lugares. La eficacia de la fe se perdió al enseñarse a los hombres a creer que podían ser salvos por la fe y la gracia, en lugar de por la fe y las obras. El principio del arrepentimiento se convirtió en uno según el cual podía comprarse el perdón de los pecados. Se cambió la ordenanza del bautismo y la organización perdió su identidad al sustituirse su título original, «Jesucristo», por otro. A medida que las oscuras nubes de la apostasía se cernían sobre la tierra, hubo algunos grandes hombres que declararon que habría un cambio, una reforma. Entre ellos estaban Martín Lutero, Juan Calvino y Roger Williams, quienes declararon que la Iglesia de Dios ya no estaba sobre la tierra. Aunque fueron sinceros en sus declaraciones y en sus esfuerzos, no pudieron restaurar la organización de la Iglesia con su nombre, ordenanzas y principios tal como el Señor Jesucristo los había dado al mundo por primera vez.
LA VERDADERA IGLESIA RESTAURADA
En medio de la confusión y de las opiniones contrarias que había en el mundo, un joven que deseaba sinceramente saber cuál de todas las iglesias era la Iglesia de Cristo se arrodilló entre los gigantes del bosque e invocó a Dios para pedir guía divina, a fin de que se le revelara la Iglesia verdadera. En respuesta a la oración de aquel muchacho de catorce años, Dios, el Padre Eterno, y Jesucristo, Su Hijo, se aparecieron, y el Padre dijo a José Smith: «¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!». José Smith—Historia 1:17 Así se reafirmó al mundo que Jesucristo era el Hijo de Dios, un ser resucitado, y que el Padre y el Hijo eran dos personajes distintos, con cuerpos, partes y pasiones. José Smith recibió instrucciones del Padre y del Hijo, y después lo visitaron seres celestiales que indicaron que sus visitas se efectuaban en el nombre del Salvador, con lo cual se estableció nuevamente sobre la tierra que todas las cosas debían hacerse en Su nombre, tal como los apóstoles de la antigüedad enseñaron al pueblo.
La sección dieciocho de Doctrina y Convenios guarda un paralelo con los versículos del libro de Hechos, y en ella se restauraron a la tierra el significado y el poder del nombre del Señor Jesucristo. Dice así:
He aquí, Jesucristo es el nombre dado por el Padre, y no hay otro nombre dado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo; por tanto, todos los hombres deben tomar sobre sí el nombre que el Padre ha dado, porque por ese nombre serán llamados en el postrer día. Doctrina y Convenios 18:23–24
Es una verdad grandiosa y gloriosa contemplar que en estos días, los días de ustedes y los míos, Jesucristo ha hablado nuevamente al mundo y ha restaurado el Evangelio y todas sus ordenanzas de salvación, a fin de que los hijos de nuestro Padre Celestial puedan disfrutar de la salvación y la exaltación en Su reino.
Estas son palabras conocidas que se pronunciaron hace dos mil años y que se reiteraron en las palabras del Salvador al Profeta en cuanto a la oración, indicando nuevamente que Su nombre había de convertirse en la consigna de la salvación:
Y continuarás invocando a Dios en mi nombre, y escribiendo las cosas que te serán dadas por el Consolador, y explicando todas las Escrituras a la iglesia. Doctrina y Convenios 24:5
Y si sois purificados y limpiados de todo pecado, pediréis cuanto quisiereis en el nombre de Jesús y se cumplirá. Doctrina y Convenios 50:29
EL SACERDOCIO CONFERIDO AL HOMBRE
Juan el Bautista se apareció a José Smith y a Oliver Cowdery y les confirió el Sacerdocio Aarónico con estas palabras:
Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón. Doctrina y Convenios 13:1
Permítanme hacer esta pregunta: ¿Hubo alguna vez en la historia de los grandes reformadores, o de cualquier otro líder religioso, una ocasión en la que afirmaran que mensajeros divinos habían venido de los cielos en el nombre de Jesucristo o en el nombre del Mesías y les habían conferido el sacerdocio o alguna parte de él? La respuesta es no. La restauración de la ordenanza del bautismo trajo consigo el mandato de que los hombres y las mujeres fueran bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La confirmación de los miembros de la Iglesia y la promesa del don del Espíritu Santo debían efectuarse en el nombre de Jesucristo. Las bendiciones a los enfermos debían realizarse en Su nombre. Las oraciones reveladas para bendecir la Santa Cena debían comenzar con estas palabras: «Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, te pedimos», Doctrina y Convenios 20:77, 79 y así sucesivamente.
Sigan, si lo desean, el curso de la restauración del Evangelio. La importancia del nombre de Jesucristo es sumamente impresionante, pues se le devolvió el mismo lugar que tenía cuando Él enseñaba a los hombres sobre la tierra hace dos mil años. Con la restauración de las ordenanzas y los principios del Evangelio, el Señor volvió a constituir, como Pablo declaró una vez, apóstoles, profetas, evangelistas, maestros, pastores, sumos sacerdotes, setentas, élderes, obispos, presbíteros, maestros y diáconos, Efesios 4:11 y, con la restauración de estos oficios del sacerdocio de la Iglesia, esta volvió a organizarse de manera tan perfecta como en los días de Pedro y Juan. Era necesario algo más que la restauración del Evangelio, las ordenanzas, los principios y la organización. ¿Y qué era? El nombre por el cual pudiera ser identificada en el mundo, nombre que había sido quitado de la tierra cuando ocurrió la gran apostasía. ¿No es singular, entonces, que todos los grandes dirigentes religiosos no llamaran Iglesia de Jesucristo a las iglesias que organizaron? Pero, por la providencia de Dios, no había de ser así. Por tanto, el nombre quedó reservado para el día en que, por medio de José Smith, el instrumento del Señor, la Iglesia fuera restaurada nuevamente a la tierra. En una revelación conocida como la sección ciento quince de Doctrina y Convenios, leemos las palabras del Salvador al Profeta con respecto a este asunto:
De cierto, así os dice el Señor, mis siervos José Smith, hijo, y también Sidney Rigdon, y también Hyrum Smith, y vuestros consejeros que son y que serán nombrados más adelante; y también a ti, mi siervo Edward Partridge, y a tus consejeros; y también a mis siervos fieles que integran el sumo consejo de mi iglesia en Sion, porque así se llamará, y a todos los élderes y al pueblo de mi Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, esparcidos por todo el mundo; porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones. Doctrina y Convenios 115:1–5
SIGNIFICADO DEL NOMBRE SANTO DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
Con la restauración del nombre, la organización quedó completa, con el sacerdocio y todos sus oficiales, ordenanzas y principios que existían en la Iglesia antigua tal como Cristo los enseñó. La restauración del nombre es una de las mayores evidencias del llamamiento divino del profeta José, pues la Iglesia en los últimos días se conoce como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Los miembros de esta Iglesia llevan una gran y solemne responsabilidad al usar el título de Santos de los Últimos Días. Al pensar en mi propia vida, me pregunto si merezco el nombre de Santo de los Últimos Días. ¿Meditan ustedes en este título divino para determinar si su vida es compatible con el título de Santo de los Últimos Días? Solo llegamos a ser Santos de los Últimos Días en la medida en que vivimos el evangelio del Señor Jesucristo, y un verdadero Santo de los Últimos Días está dispuesto a tomar sobre sí el nombre completo del Señor Jesucristo y a guardar Sus mandamientos y Sus convenios. Esto exige una lealtad plena y devota a los ungidos del Señor que presiden Su Iglesia y, además, la pureza de vida es un requisito primordial, pues estoy convencido de que quien afirme ser Santo de los Últimos Días y beba un vaso de cerveza o fume un cigarrillo no tiene derecho al título divino de Santo de los Últimos Días.
El pueblo del Señor es un pueblo del convenio, que tiene la solemne obligación ante Él de vivir de tal manera que llegue a ser un estandarte a todas las naciones, como Él lo declaró al profeta José; y si alguna vez en la historia del mundo hubo un momento en que se necesitara un pueblo que manifestara en su vida todos los principios del Evangelio, ese momento es hoy.
José Smith declaró proféticamente a orillas del río Misisipi, el seis de agosto de 1842, casi dos años antes de ser asesinado, que este pueblo se trasladaría a las Montañas Rocosas y llegaría a ser un pueblo grande y poderoso. Me pregunto qué quiso decir con la palabra «poderoso». ¿Habíamos de llegar a ser poderosos en la política, en el mundo industrial, o habíamos de llegar a ser poderosos en rectitud? Mi interpretación de esta profecía es que habíamos de llegar a ser poderosos en rectitud y que, por nuestro poder en rectitud, daríamos un ejemplo al mundo. Llegaríamos a ser una luz, un estandarte para un mundo desorientado, engañado y sin fe. Así pues, en el análisis final de los planes del Señor, Él dio Su nombre a la Iglesia restaurada para distinguirnos del resto del mundo al ser llamados Santos de los Últimos Días.
LA IMPORTANCIA DE UN NOMBRE
Hay una gran distancia entre los días de Poncio Pilato, cuando ordenó que el nombre del Salvador fuera clavado en la cruz: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos», Juan 19:19 y el día en que Juan el Revelador vio en una visión y declaró:
Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. Apocalipsis 19:16
En Su nombre, el Señor prometió que se aparecería como Señor de señores y Rey de reyes a todos los que vivieran el evangelio de Jesucristo y merecieran el título de Santos de los Últimos Días, y que tendrían esta bendición:
Estos son los que son la iglesia del Primogénito. Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria; […] Son aquellos cuyos nombres están escritos en el cielo, donde Dios y Cristo son los jueces de todo. Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre. Son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento. Doctrina y Convenios 76:54–56, 68–70
Una vez más se plantea la pregunta: «¿Qué encierra un nombre?». ¿Qué encierra el nombre de Jesucristo?
He aquí, Jesucristo es el nombre dado por el Padre, y no hay otro nombre dado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo; por tanto, todos los hombres deben tomar sobre sí el nombre que el Padre ha dado, porque por ese nombre serán llamados en el postrer día. Doctrina y Convenios 18:23–24
Que Dios los bendiga y me bendiga a mí para que reverenciemos de tal manera el nombre del Señor Jesucristo que guardemos Sus mandamientos y disfrutemos de todas las bendiciones que ello conlleva, lo pido en Su nombre. Amén.
En defensa de la libertad
Élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Los Santos de los Últimos Días tienen la responsabilidad de defender el albedrío y las libertades constitucionales que permiten vivir y predicar el Evangelio.
Me regocijo con ustedes por el regreso de nuestros militares Santos de los Últimos Días de sus numerosas asignaciones en el extranjero. Estoy agradecido por la fortaleza que aportarán a nuestras diversas organizaciones de los barrios y las estacas. Espero sinceramente que todo militar Santo de los Últimos Días que regrese reanude sin demora su participación activa en la Iglesia.
CONTRIBUCIONES DE NUESTROS MILITARES
Estos militares han logrado grandes cosas durante los últimos años. Han prestado un gran servicio a la Iglesia y también a su país. En general, han sido fieles a las normas que se les han enseñado. Estoy seguro de que han sido leales y patrióticos al luchar en defensa de la libertad. Ha sido un gran sacrificio para nuestros cien mil militares que han servido bajo la bandera de las barras y las estrellas dejar sus hogares y sus estudios, su trabajo y sus familias. Pero ha sido un sacrificio mayor para quienes han soportado lo más duro de los combates, pues muchos de nuestros muchachos han resultado heridos, algunos de gravedad. Algunos han quedado ciegos; otros han sufrido graves daños nerviosos y mentales; y hay entre ellos quienes nunca volverán a caminar.
Muchos han muerto. En The Deseret News hemos procurado determinar aproximadamente cuántos militares Santos de los Últimos Días murieron en la guerra. Nuestro estudio aún está incompleto, pero, si calculáramos el total de toda la Iglesia basándonos en las cifras que se han recopilado hasta ahora, el número de militares Santos de los Últimos Días que han dado la vida en esta guerra superaría los cinco mil. Expresamos nuestra más profunda solidaridad a las familias que han sufrido estas pérdidas.
Aquellos muchachos lucharon y murieron para que sus familias pudieran disfrutar de paz y seguridad en sus hogares. Murieron también por la causa de la libertad, por la causa del albedrío, de la libertad de acción y de la libre empresa, si así lo quieren llamar. A pesar de los sacrificios que estos muchachos han hecho, junto con los miles de estadounidenses que han muerto en defensa de la libertad, todavía hay personas en nuestra tierra para quienes la libertad no significa nada. Hay influencias y movimientos, grupos y organizaciones dentro de las fronteras de los Estados Unidos que hoy, si pudieran, nos despojarían a todos de nuestro albedrío.
Los Santos de los Últimos Días, más que nadie, deben mantenerse firmes en defensa de la libertad. El albedrío tiene un significado especial para nosotros. Sabemos que sin albedrío no habría progreso. Todos sabemos que el Evangelio mismo se basa en el principio del albedrío. Sin embargo, hay algunos entre nosotros que se han dejado desviar hacia un lado u otro y necesitan volver a orientarse de acuerdo con las revelaciones divinas que hemos recibido acerca del principio de la libertad.
AMÉRICA, UNA TIERRA CON UN DESTINO
Consideremos por un momento uno o dos de los aspectos de la libertad que son tan importantes para nosotros. La mayoría creemos que América es una tierra prometida, una tierra con un destino, y así es. Pero ¿cuál es ese destino?
En la antigüedad, el Señor dio a conocer que el Evangelio sería restaurado en estos últimos días; que saldría a luz después de un período de apostasía y que saldría a luz en esta tierra de América. Era necesario que el Evangelio saliera a luz bajo una forma de gobierno libre, a fin de que el pueblo de Dios de nuestros días pudiera llevar adelante su obra sin imposiciones ni restricciones; por tanto, Dios consagró América a la libertad.
Cuando el Salvador estuvo entre los nefitas, predijo la llegada de los gentiles a esta tierra; habló de la salida a luz del Evangelio mismo y dijo: «Porque es según la sabiduría del Padre que sean establecidos [los gentiles] en esta tierra e instituidos como pueblo libre por el poder del Padre, para que estas cosas» —es decir, los principios del Evangelio— «procedan de ellos», esto es, de los gentiles creyentes, «a un resto de vuestra posteridad, a fin de que se cumpla el convenio que el Padre ha hecho con su pueblo, oh casa de Israel». 3 Nefi 21:4
LA LIBERTAD ES ESENCIAL PARA LA RESTAURACIÓN DEL EVANGELIO
Fíjense, si lo desean, en esas palabras. Los gentiles habrían de llegar a esta tierra de América. Habrían de ser instituidos como pueblo libre. Habrían de ser establecidos de ese modo por el poder del Padre, y el propósito de todo ello era que el Evangelio saliera a luz y se predicara a los hijos de los hombres, a fin de que Dios pudiera cumplir el convenio que había hecho «con su pueblo, oh casa de Israel». ¿Y por qué era tan necesaria la libertad en relación con la restauración del Evangelio y su difusión entre los hijos de los hombres? Para que aquellos a quienes se restaurara el Evangelio tuvieran libertad de expresión para predicarlo; libertad de prensa para publicarlo; libertad de reunión para congregarse y adorar al Señor; y libertad religiosa para adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia.
El presidente Joseph F. Smith trató este tema de la siguiente manera:
El Todopoderoso levantó esta gran nación estadounidense por el poder de Su mano omnipotente, para que en los últimos días fuera posible establecer el reino de Dios en la tierra. Si el Señor no hubiera preparado el camino al poner los cimientos de esta gloriosa nación, habría sido imposible —bajo las leyes rigurosas y la intolerancia de los gobiernos monárquicos del mundo— poner los cimientos para la venida de Su gran reino (Doctrina del Evangelio, pág. 409).
Y, en el mismo sentido, el presidente Brigham Young dijo:
Creemos que el Señor había estado preparando las cosas para que, cuando hiciera salir a luz Su obra y llegara plenamente el tiempo señalado, hubiera un lugar sobre el estrado de Sus pies donde existiera suficiente libertad de conciencia para que Sus santos pudieran morar en paz bajo la amplia protección de la ley constitucional y de la igualdad de derechos. Desde esta perspectiva, consideramos que los hombres de la Revolución fueron inspirados por el Todopoderoso para sacudirse las cadenas del gobierno de la metrópoli, con su religión oficial. Por esta causa, Adams, Jefferson, Franklin, Washington y muchos otros fueron inspirados a resistir las medidas del rey de Gran Bretaña (Discursos, pág. 359).
Así habló Brigham Young.
¿Sentían nuestros colonos estadounidenses que el Todopoderoso los había ayudado a obtener la independencia de su país de origen? Ciertamente que sí, y así lo expresaron. Entre ellos estaba George Washington, quien, en el discurso inaugural que pronunció el 30 de abril de 1789, dijo lo siguiente:
Ningún pueblo puede estar más obligado a reconocer y adorar la Mano Invisible que dirige los asuntos de los hombres que el de los Estados Unidos. Cada paso por el que han avanzado hasta alcanzar la condición de nación independiente parece haberse distinguido por alguna señal de la intervención de la Providencia.
LA CONSTITUCIÓN FUE ESCRITA BAJO INSPIRACIÓN
Pero el mero hecho de obtener la independencia no significaba que hubieran quedado constituidos como una nueva nación. Había que establecer un gobierno. ¿Prosiguió Dios Su obra y cumplió la profecía del Libro de Mormón que Su Hijo Amado había pronunciado a los nefitas? Sí, lo hizo al levantar e inspirar a los hombres que redactaron la forma de gobierno de esta tierra. Inspiró a esos hombres a escribir la Constitución de los Estados Unidos, y esa Constitución es el medio por el cual Dios incorporó los principios del albedrío a las leyes de esta tierra. Por eso el Señor dijo:
[…] no es justo que un hombre sea esclavo de otro. Y para este fin he establecido la Constitución de este país, por mano de hombres sabios que levanté para este propósito mismo. Doctrina y Convenios 101:79–80
Además, el Señor no solo levantó a esos hombres y los inspiró a incorporar el albedrío al gobierno de esta tierra, sino que declaró Su intención de que los élderes de esta Iglesia defendieran esa Constitución y las libertades y los derechos que nos concede ese gran documento. Por tanto, dijo: «esa ley del país que es constitucional», y les pido que presten atención a las palabras:
[…] esa ley del país que es constitucional, que apoya ese principio de libertad en la preservación de derechos y privilegios, pertenece a toda la humanidad y es justificable ante mí. Por tanto, yo, el Señor, os justifico, así como a vuestros hermanos de mi iglesia, en apoyar la que fuere la ley constitucional del país; y en cuanto a la ley del hombre, lo que sea más o menos que esto proviene del mal. Doctrina y Convenios 98:5–7
En cuanto a esa última oración, mi interpretación es que las leyes que no están en armonía con el principio del albedrío y, por tanto, tampoco con el espíritu de la Constitución, «proviene[n] del mal».
Luego el Señor continúa:
Yo, Dios el Señor, os hago libres; por consiguiente, sois verdaderamente libres; y la ley—
es decir, la ley constitucional—
también os hace libres. Sin embargo, cuando los inicuos gobiernan, el pueblo se lamenta. Doctrina y Convenios 98:8–9
NUESTRA OBLIGACIÓN DE DEFENDER LA CONSTITUCIÓN
Así pues, el Señor parece enseñarnos que es parte de nuestra religión preservar la Constitución de los Estados Unidos, luchar por ella y defenderla, con todos los derechos y libertades que establece. Con este pensamiento en mente, el presidente Heber J. Grant dijo:
Desde mi infancia he entendido que creemos de manera absoluta que la Constitución de nuestro país es un documento inspirado y que Dios dirigió a quienes la crearon y a quienes defendieron la independencia de esta nación. En cuanto a este asunto, con frecuencia tengo el placer de citar la declaración de José Smith referente a la Constitución: «La Constitución de los Estados Unidos es un glorioso estandarte; está fundada en la sabiduría de Dios. Es un pendón celestial; es, para todos los que tienen el privilegio de disfrutar de las dulzuras de la libertad, como la sombra fresca y las aguas refrescantes de una gran roca en una tierra fatigada y sedienta. Es como un gran árbol bajo cuyas ramas los hombres de todos los climas pueden resguardarse de los ardientes rayos del sol».
Luego, después de citar al Profeta, el presidente Grant continúa:
Y así debe ser la Constitución de los Estados Unidos para todo fiel Santo de los Últimos Días que viva bajo su protección (Normas del Evangelio, págs. 128–129).
Brigham Young también creía que defender la Constitución de los Estados Unidos era parte de nuestra religión. Dijo:
Nos proponemos sostener la Constitución de los Estados Unidos y todas las leyes justas. Nos aferraremos a la Constitución de nuestro país y al gobierno que venere esa carta sagrada de los derechos de los hombres libres; y, si es necesario, derramaremos nuestra mejor sangre en defensa de todo principio bueno y justo.
Continúa:
Acusarnos de ser contrarios al Gobierno es acusarnos de hostilidad hacia nuestra religión, pues no tenemos por más sagrado ningún precepto inspirado que la Constitución bajo la cual este actúa (Discursos, págs. 358–359).
En otra ocasión, con este mismo pensamiento en mente, Brigham Young volvió a hablar y dijo:
¿Cuánto tiempo pasará antes de que se cumplan las palabras del profeta José? Él dijo que, si la Constitución de los Estados Unidos llegara a salvarse, tendría que hacerlo este pueblo. No pasarán muchos años antes de que estas palabras se cumplan. Cuando la Constitución de los Estados Unidos penda, por así decirlo, de un solo hilo, tendrán que llamar a los élderes mormones para que la salven de la destrucción total; y ellos se presentarán y lo harán. […] Si se sostiene en esta tierra de José, será por nosotros y nuestra posteridad (Ibid., págs. 360–361).
EL PRINCIPIO DIVINO DEL ALBEDRÍO
Exhorto a todo Santo de los Últimos Días a aceptar el principio divino del albedrío y a adoptarlo en su vida. Les exhorto a recordar este principio cuando se encuentren ante organizaciones, grupos y movimientos de este país que ahora están surgiendo y adquiriendo gran poder. Antes de dejarse absorber por ellos, midan sus prácticas y sus propósitos con la vara del albedrío, y recuerden que Dios dijo que no es justo que un hombre sea esclavo de otro. Doctrina y Convenios 101:79 Recuerden también lo que Richard Evans les dijo ayer: que no es justo que seamos mandados en todas las cosas, Doctrina y Convenios 58:26 y no permitan que ningún grupo ni organismo les mande en todas las cosas. Preserven el albedrío que Dios les ha dado, porque, si no lo hacen, sufrirán todos los días de su vida.
Recuerden que deben ser fieles a la Constitución de los Estados Unidos. Les exhorto a aceptar como palabra de Dios la declaración que aparece en la revelación de la sección ciento uno de Doctrina y Convenios, en la que el Señor dice que levantó a hombres y los inspiró a escribir la Constitución. Doctrina y Convenios 101:80 Les exhorto a todos y cada uno a ser fieles a la responsabilidad que Dios les ha confiado de predicar el Evangelio por todo el mundo, como se ha declarado aquí hoy. Pero recuerden que no pueden predicar ese Evangelio sin libertad de expresión, ni pueden publicarlo sin libertad de prensa, ni pueden congregarse sin libertad de reunión, ni pueden adorar al Señor su Dios conforme a los dictados de su propia conciencia, Artículos de Fe 1:11 sin libertad de religión. Y recuerden que, cada vez que renuncian a alguna de sus libertades, ya sea ante algún grupo económico o político o ante cualquier otro grupo, ponen en peligro estas cuatro libertades de las que he hablado.
Les exhorto a aceptar como palabra de Dios lo que les he citado, que dice que ustedes, los élderes de Israel, son justificados por Dios al defender sus privilegios constitucionales. Les exhorto a ser fieles a sus cien mil hijos que han luchado por la libertad, a los ocho mil de sus hijos que han sido heridos y han derramado su sangre en la batalla. No traicionen a los cinco mil muchachos Santos de los Últimos Días que murieron para que la libertad viviera. Recuerden que tienen la responsabilidad de preservar la libertad en América. Recuerden siempre la gloriosa oración que está escrita en la última estrofa de «América», que el Coro del Tabernáculo cantó tan hermosamente esta mañana.
¡Dios de nuestros padres!, a Ti,
Autor de la libertad,
a Ti cantamos;
¡Que nuestra tierra resplandezca por mucho tiempo
con la santa luz de la libertad!
Protégenos con Tu poder, gran Dios, nuestro Rey.
Ruego que tengamos el valor y la sabiduría para aceptar la verdad, a fin de que la verdad nos mantenga libres, Juan 8:32 y lo pido en el nombre de Jesús. Amén.
El valor de los grandes hombres
Élder Albert E. Bowen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La fe en Jesucristo y en la veracidad de la Restauración brinda estabilidad frente al escepticismo y los ataques que buscan desacreditar los ideales y a los grandes hombres.
Durante los últimos tres días hemos oído muchas referencias al estado de agitación del mundo. El hermano Widtsoe señaló el punto neurálgico de todo ello. Nos dijo que se debe a un sentimiento de incertidumbre que aflige la mente de los hombres. Creo que esa incertidumbre se debe al quebrantamiento de la fe en los principios por los cuales los hombres han vivido hasta ahora. Ya no están seguros de que esos principios sean válidos y, al no tener nada que los sustituya, andan a la deriva, sin convicciones firmes. En tales circunstancias, la vida no puede ser estable, y la inestabilidad significa debilidad e inquietud. Para ser hombres fuertes, debemos tener fe en la solidez de algo. Colectivamente, los hombres deben tener esa fe si han de formar comunidades fuertes o naciones perdurables. Debido a la ausencia de convicciones profundas, tenemos inquietud, cambios constantes e incertidumbre, y esa condición se refleja en todos los asuntos de los hombres: sus asuntos políticos, morales y religiosos.
LA INESTABILIDAD DEL MUNDO
No hace falta demostrar que todas las naciones de hoy son, políticamente, una masa en ebullición de inquietud e inestabilidad. En lo moral, la situación es prácticamente la misma, y por la misma causa.
Al desaparecer las creencias y no haber nada que las reemplace, muchos han dado por sentado que todos los valores morales han desaparecido y que cada cual queda libre para fijar sus propias normas y vivir conforme a los deseos de su corazón. Eso significa anarquía moral. Es una idea demasiado extendida por la tierra en la actualidad.
Otros aceptan la falacia de que los hombres pueden vivir según códigos éticos y de que la llamada ética cristiana puede separarse de la religión cristiana en la cual se fundamenta. Vemos el resultado de seguir cualquiera de estas ideas falaces. La maldad y la corrupción se destruyen a sí mismas. Contienen en sí las semillas de su propia ruina. Envilecen y destruyen todo lo que tocan. Los códigos éticos, por su parte, deben obtener su fortaleza de la religión en la cual se han fundado. Intentar separarlos de ella es como separar la rama de la raíz de la que ha recibido su alimento. Eso es cierto en cuanto a la llamada ética cristiana, que se difundió, fue aceptada, echó raíces y dio fruto como parte de la religión que Cristo estableció.
Del quebrantamiento de la fe, con la consiguiente incertidumbre y el derrumbe de las convicciones, solo hay un pequeño paso hasta un cinismo que se burla de todos los ideales. Se prepara el camino para los destructores de ideales, y estos no han tardado en aprovechar su ventaja.
LOS CÍNICOS DESACREDITAN A LOS GRANDES HOMBRES
Solo de vez en cuando aparece un gran hombre en el escenario de este mundo o de una nación. Presta un servicio tan destacado que, después de que ha caído el telón de su vida y ha quedado lo suficientemente lejos en el pasado para que el tiempo haya suavizado algunas de las asperezas e imperfecciones que se manifestaron mientras desempeñaba su papel, sus agradecidos compatriotas, o tal vez el mundo, lo erigen como símbolo de los ideales que encarnó y le rinden homenaje. Quizás tejan algunas leyendas en torno a su nombre, pero ¿qué importa eso, puesto que, de todos modos, ha llegado a ser más un símbolo que una persona? Como ideal, se convierte en una inspiración para las generaciones venideras a lo largo del tiempo. En este país hemos tenido dos hombres así en el escenario político. Uno de ellos es George Washington. Era humano; por tanto, debió de haber tenido defectos, pero estos quedaron reducidos a la insignificancia ante la imponente majestad de sus virtudes y de su legado a la humanidad. Por etapas que conmueven el alma, fue pasando progresivamente por diversos puestos de mando hasta llegar a la elevada cumbre donde ocupa un lugar de honor intachable, digno de la reverencia de todos los hombres que valoran el patriotismo puro, aman la justicia y atesoran la libertad. Pero los cínicos han estado trabajando en su contra.
Hace cuatro o cinco años, un desconocido escribió lo que él llama una historia. Se dice que es profesor en una institución de enseñanza superior y que, por tanto, puede prescribir su libro como texto y asegurarse de que se lea. Ha descubierto que Washington era un hombre mediocre, vanidoso y ávido de gloria, que aparentaba una modestia que no era más que una pose para causar impresión, sin capacidad militar ni el menor indicio de aptitud para el gobierno. Dice que Washington «nunca tuvo una concepción clara de la fuerza dinámica de las ideas» y que «nunca formuló teorías coherentes de gobierno».
Este recién llegado al firmamento también ha dirigido su fría y luminosa mirada hacia Abraham Lincoln. Lo ha traspasado con su mirada penetrante y no ha encontrado sustancia alguna. Con un diestro giro de la muñeca, ha arrancado el manto al «honrado Abe» y lo ha dejado desnudo, expuesto a la mirada cruel del público. Su gran corazón comprensivo y humanitario se encoge, y queda reducido a un intelecto apenas suficiente para las necesidades de un rústico. Pues nuestro nuevo genio encuentra que los debates entre Lincoln y Douglas fueron «tediosos» y que «Lincoln mismo era poco sincero, cambiante, contradictorio, evasivo, oportunista, engañoso; con un intelecto propio de un campesino, incapaz de comprender un problema económico o constitucional complejo; sin capacidad para entender jamás las fuerzas que había detrás del partido que representaba; cuya prosa era lúcida y hermosa, pero cautivaba por su estilo más que por su contenido, y cuyas conclusiones eran inferencias ilógicas e indefendibles». Así, de manera sumaria, se despacha al hombre de quien un colega, al contemplar su cuerpo inmóvil en el ataúd, dijo: «Ahora pertenece a los siglos».
No conozco nada tan apropiado para aplicar aquí como la observación del presidente Coolidge. Unos hombres indignados le exigieron que hiciera algo para detener a los difamadores de Washington. Mirando por la ventana hacia donde la elegante columna se elevaba contra el azul del cielo, el presidente Coolidge dijo sencillamente: «Veo que el monumento sigue en pie».
SE ESTÁ ENSEÑANDO LA IRRELIGIÓN
Así será siempre con las reputaciones fundadas sobre la roca.
Pero, por atrevido que sea este historiador, queda empequeñecido en comparación con la ambición de otro que no vacila en alzar la mano y hacer descender a Dios mismo de Su trono. Este nos dice que «un mundo nuevo debe nacer del mundo muerto del pasado». Quiere un único Estado mundial que lo abarque todo, establecido mediante un contrato social, que asuma el control completo de la vida humana y en el cual los padres, los maestros y la iglesia sean meros agentes encargados de cumplir la voluntad suprema del Estado, donde el «mito de Dios, de la Biblia y de Jesucristo sea reemplazado por la realidad de la hermandad mediante el contrato social». ¿Ha oído alguien alguna vez que se critique el autoritarismo en la religión?
Otro de ellos nos dice:
No se descubrirán las cosas de mayor valor para la experiencia individual y para las normas éticas de los Estados Unidos mientras los líderes intelectuales mantengan una sensibilidad hacia el significado sobrenatural de la mitología cristiana, o un apego personal y sentimental a la figura de Jesús. Bien harían los educadores estadounidenses en reconocer francamente que los días de la cohesión cultural cristiana en los Estados Unidos han terminado.
Ahora conocemos lo peor. Los Estados Unidos ya no han de ser una nación cristiana.
Todo esto concuerda con la conducta de un maestro que, evidentemente decidido a contribuir a eliminar el «mito de Dios», con el pretexto de aplicar lo que llamó una «prueba de madurez», planteó dos preguntas: primera, «¿Cree usted en un Ser Supremo?»; segunda, «¿Recurre a Él en busca de ayuda?». El alumno respondió «sí» a ambas, y el maestro lo calificó de inmediato como lamentablemente inmaduro. Sin duda, este mismo maestro reaccionaría con gran indignación si alguien enseñara religión en la escuela, pero no tiene suficiente respeto por la ley, ya sea escrita o basada en un código de honor, para abstenerse de violar él mismo su espíritu al enseñar la irreligión, incluso hasta el punto de enseñar la incredulidad en la Deidad.
No puede demostrar que el alumno estuviera equivocado; sin embargo, sin vacilar, así lo califica y así lo declara. Luego algunas personas se quejan del autoritarismo en la religión. Ese maestro tampoco es muy inteligente, pues el alumno, cuya graduación depende de su capricho, pronto aprende qué clase de respuesta quiere el maestro y se la da, aunque no crea una sola palabra de ella.
Ahora bien, para que nadie piense que esto pretende ser una acusación general contra los maestros, me apresuro a aclarar que no es así. Sé que en las escuelas hay muchas personas sumamente honorables y escrupulosas, que reverencian a Dios y practican la religión verdadera; pero los casos aislados, como los que he mencionado, muestran a qué fuerzas deben hacer frente la iglesia, el hogar y la sociedad si desean preservar el poder estabilizador de la fe religiosa. Los padres, por lo menos, deben conocer la tarea que les corresponde.
LA IGLESIA SE FUNDAMENTA EN LO TRASCENDENTE
Desde hace dos mil años, los hombres han regido su vida por las enseñanzas de Jesús. Estas ejercen su influencia entre quinientos millones de personas civilizadas. ¿Suponen ustedes que quinientos millones de personas civilizadas se han mantenido unidas y han ordenado su vida por un mito? Los impostores no hacen historia. Lo trascendente puede estar más allá de nuestra plena comprensión, pero ningún hombre que haya vivido en este mundo puede cerrar los ojos ante el hecho de que diariamente debemos aceptar muchas, muchísimas cosas que no podemos explicar. El hecho de que una proposición no pueda analizarse, descomponerse, examinarse y reconstruirse a partir de sus partes no demuestra que no sea una realidad.
Esta Iglesia se fundamenta en lo trascendente; también se fundamentaba en ello la Iglesia cristiana primitiva. Jesús era el Mesías anunciado. Resucitó de entre los muertos. Ningún hombre puede explicar eso. Pablo tuvo una visión en el camino a Damasco. He leído que se dice que fue una visión espiritual, pero también oyó una voz. Hechos 9:4 ¿Qué fue aquello?
Que fuera espiritual o alguna otra forma de visión no cambia absolutamente nada para mí. ¡Tuvo una visión! Y esta Iglesia descansa en la declaración de que José Smith tuvo una visión del cielo, que seres celestiales lo visitaron y le enseñaron, y que, sobre la base de sus enseñanzas, estableció esta Iglesia. Tiene aproximadamente un millón de miembros. Otros cientos de miles han muerto. Quizás, en el transcurso del tiempo, cerca de dos millones de miembros hayan creído en la veracidad de sus declaraciones. Algo así no surge de una impostura. Los hombres pueden equivocarse, pueden ser engañados, pero esta Iglesia no podría crecer a partir de la falta de sinceridad.
ATAQUES INFUNDADOS CONTRA EL PROFETA JOSÉ SMITH
Durante el último medio siglo, quizás media docena de escritores hayan citado un acta judicial que supuestamente demuestra que José Smith hizo declaraciones que revelan su falta de sinceridad y su impostura. Y toda esa acusación se basa en esa presunta acta judicial. Cuando uno la examina, no se presenta acta judicial alguna. Lo que se presenta es un artículo de una enciclopedia, escrito por alguien cuya identidad nadie conoce y evidentemente lleno de malicia, o escrito por un autor lleno de malicia, y que incluye lo que pretende ser un acta judicial. ¿Por qué quien basa una acusación en un acta judicial no presenta el acta? Incluso esa enciclopedia eliminó, en una edición posterior, la parte del artículo que contenía la presunta acta judicial, presumiblemente porque no había fundamento suficiente para incluirla.
Hay otra cosa peculiar acerca de esa presunta acta. Pretende ser un acta de un tribunal de un juez de paz. Todo el que sabe algo de tribunales sabe que los tribunales de los jueces de paz no son tribunales de registro. Por lo general, no recogen ni conservan como parte del expediente el testimonio de los testigos. Hay ciertas cosas esenciales. Debe constar la acusación. Debe constar que los testigos prestaron juramento. Deben constar las conclusiones y la sentencia. Esta presunta acta contiene todo menos lo que debería contener. Contiene una formulación de la acusación que es objetable porque enuncia dos delitos, o intenta hacerlo. Es bien sabido que ningún hombre tiene que declarar contra sí mismo en una causa judicial. Ningún hombre acusado de un delito tiene que declarar antes de que se hayan presentado pruebas en su contra; pero esta presunta acta comienza con José Smith, como primer testigo, declarando en su propia defensa antes de que nadie haya declarado contra él.
No hay constancia de que algún testigo haya prestado juramento. Se anuncia que fue declarado culpable, pero no se dice de cuál de las acusaciones, y no hay sentencia alguna. Esa acta no pudo haberse redactado a medida que transcurría el supuesto juicio. El orden de los acontecimientos lo impide. No tiene mejor fundamento que las declaraciones juradas sin valor en cuyo apoyo se la saca a relucir; y así podríamos seguir y, poco a poco, hacer trizas los hilos de evidencia con los que se afirma demostrar que se perpetró la presunta impostura.
Dejemos de pensar que todo tiene que ser verdad porque está escrito en un libro. El hecho de que algo se imprima no lo hace sagrado. No tiene mayor validez que la honradez del pensamiento que lo sustenta.
Les pido disculpas por haberme extendido a costa de su tiempo, y ruego que las bendiciones de Dios descansen sobre ustedes, en el nombre de Jesús. Amén.
Discurso de clausura
Presidente George Albert Smith
El Evangelio de Jesucristo y las organizaciones de Su Iglesia nos bendicen, nos enseñan a amar y servir a los demás y nos preparan para la vida eterna.
Faltan exactamente cinco minutos para las tres… en San Francisco. (Risas). Ha sido una experiencia sumamente grata para mí estar en esta conferencia, a pesar de que algunos de los amigos más queridos que he tenido, que estaban aquí hace un año, hoy ya no están. Hemos escuchado a los miembros del Cuórum de los Doce, y me doy cuenta de que, por cada uno de los que ahora integran ese cuórum, ha fallecido un amigo muy querido y miembro de ese grupo. Sus lugares han sido bien ocupados. Estos hermanos son verdaderamente siervos del Señor, pero extraño a los hombres que se han ido. La tía Augusta Grant ha estado presente durante esta conferencia y ha asistido a la mayoría de las reuniones. Esa bendita mujer estuvo al lado del presidente Grant, lo ayudó a criar a su familia y bendijo a esta comunidad. Estoy agradecido de verla aquí hoy. Estoy seguro de que hay aquí bastantes personas de edad avanzada de cuya presencia algunos de nosotros no estamos enterados. Menciono a la tía Augusta Grant porque el presidente Grant estuvo aquí hace poco tiempo. La tía Mary, esposa del presidente Joseph F. Smith, también está aquí y siempre asiste a nuestras reuniones, al igual que muchas otras personas a quienes amamos. Estoy seguro de que son bendecidas por estar aquí, y nosotros somos bendecidos por su presencia. No pasará mucho tiempo antes de que muchos de nosotros partamos de esta vida. Probablemente no todos dejaremos una trayectoria tan admirable como algunas de las personas a quienes me he referido, pero es maravilloso contar con esa clase de compañía a lo largo de la vida.
El solo hecho de mirar sus rostros y ver la dedicación con que viven es un gozo, porque esa dedicación está escrita en sus semblantes. Quiero decir a muchos de ustedes, a quienes conozco personalmente, que nunca podré recompensar su bondad y la ayuda que me han brindado de tantas maneras. Digo nunca; mejor diré que no puedo hacerlo en esta vida, pero creo que nuestra vida es eterna y que quizás algunas de estas deudas pendientes de aquí puedan saldarse en el más allá.
LA GRANDEZA PERDURABLE DEL PROFETA JOSÉ SMITH
En esta conferencia se ha hablado mucho acerca del profeta José Smith. No hay mucho que yo pudiera decir de él que no fuera bueno. Muchos de los beneficios y las bendiciones que he recibido me han llegado por medio de aquel hombre que dio su vida por el evangelio de Jesucristo. Ha habido quienes lo han menospreciado, pero quisiera decir que quienes lo han hecho serán olvidados y sus restos volverán a la madre tierra, si es que aún no han vuelto, y el hedor de su infamia nunca desaparecerá, mientras que la gloria, el honor, la majestad, el valor y la fidelidad manifestados por el profeta José Smith estarán ligados a su nombre para siempre. Por tanto, no tenemos por qué disculparnos.
Es maravilloso vivir en una época como esta, en la que se están resolviendo tantos problemas. También es una época inquietante para vivir, cuando las personas se complacen en tratar con dureza y crueldad a quienes procuran bendecir a la humanidad.
AMISTADES SELECTAS EN LA IGLESIA
Me alegra pertenecer a una Iglesia que ha producido hombres y mujeres como los que esta Iglesia ha producido. He recorrido aproximadamente un millón de millas por el mundo en favor del evangelio de Jesucristo. He estado en muchos climas, en muchas tierras y en muchas naciones, y nunca he visto lugar alguno que me pareciera tan rico en las dulces relaciones de la vida como lo que he encontrado en los valles de estas grandes montañas y en las organizaciones de la Iglesia establecidas en otras partes del mundo. Es maravilloso tener tales amistades con hombres y mujeres buenos, veraces, honorables, bondadosos y fieles. A menudo he dicho que ningún hombre en el mundo ha sido más bendecido que yo. Desde mi infancia, desde que tengo memoria, nunca me he visto obligado a relacionarme con personas malvadas. He tenido la fortuna de que las circunstancias de mi vida me permitieran escoger como compañeros a los mejores hombres y mujeres que pudieran encontrarse en el mundo. Esto ha enriquecido mi vida, y estoy agradecido.
LA ASOCIACIÓN DE LA PRIMARIA
Pienso en mis primeras experiencias en la Asociación de la Primaria. Mencionar la Primaria me hace recordar que es una institución maravillosa. Fue el Salvador del mundo quien dijo: «[…] Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios». Marcos 10:14 En esta organización hay un programa para el desarrollo de los niños pequeños y para brindarles los beneficios de una educación, un refinamiento y una cultura iguales, si no superiores, a los de cualquier otro programa del mundo. Personalmente, hoy siento el deseo de agradecer a los líderes generales y a los líderes de estaca y de barrio de esta organización que dedican su tiempo al desarrollo de estos pequeños. Lo recuerdo porque ayer y hoy he visto a bastantes de estos niños sentados en los pasillos, en los escalones y en otros lugares, prestando atención y escuchando lo que ha sucedido. Es hermoso tener aquí a tantos niños pequeños, y me hace sentir a gusto tenerlos entre los presentes. El Señor los ama, y estoy seguro de que nosotros los amamos.
LA ESCUELA DOMINICAL
También tenemos nuestra gran organización de la Escuela Dominical. No hay en todo el mundo una organización de escuela dominical como la que tenemos en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es maravilloso lo que se ha logrado, y su enseñanza se ha adaptado de tal manera que cualquier persona, mayor o joven, puede encontrar en ella desarrollo y edificación. Por tanto, quisiera agradecer a quienes han hecho posible que, en la Primaria y en la Escuela Dominical, me relacione con hombres y mujeres cuyos ideales son verdaderos ideales cristianos, sin fingimiento, y que enseñan a quienes están bajo su cuidado a andar rectamente ante el Señor, a honrar a su padre y a su madre, a amarse unos a otros, a ser honrados, verídicos, castos y benevolentes. Estas son grandes organizaciones.
LAS ASOCIACIONES DE MEJORAMIENTO MUTUO
Pienso en lo que la Asociación de Mejoramiento Mutuo ha hecho por mí. Es una de las organizaciones más extraordinarias de todo el mundo, preparada y adaptada para los mayores de doce años. Me ha brindado, al igual que las otras organizaciones, la compañía de un grupo de un poco más de edad, pero de la misma excelente calidad, con fe en Dios, amor por sus padres y sus madres, y honra y respeto hacia quienes los presiden en la Iglesia y los gobiernan en el estado y la nación. ¡Qué maravillosa ayuda ha sido para mí la Asociación de Mejoramiento Mutuo! Siento el deseo de agradecer y bendecir a quienes hicieron posible que disfrutara de esas amistades. Hoy hay entre los presentes hombres y mujeres con quienes me he relacionado en ese gran grupo durante muchos, muchos años, y quisiera que supieran que agradezco su amor y su bondad.
LA SOCIEDAD DE SOCORRO
Hay otra excelente organización en la Iglesia, la Sociedad de Socorro, organizada bajo la dirección de un profeta de Dios para el desarrollo de las mujeres. Ninguna organización de mujeres en todo el mundo supera a esta. Qué maravilloso es tener en cada uno de nuestros barrios y ramas a estas madres de hombres y mujeres que dedican su vida a elevar y bendecir las comunidades donde viven. ¡Qué bendición son y han sido para esta Iglesia, y seguirán siéndolo!
LA SOCIEDAD GENEALÓGICA
La Sociedad Genealógica es otra organización maravillosa. Tiene la tarea de reunir los nombres de quienes fallecieron hace generaciones y llevarlos a un gran archivo donde puedan ordenarse y clasificarse, para que podamos rastrear nuestra ascendencia. Un día le dije a un hombre: «Puede averiguar todo acerca de sus antepasados si viene conmigo a la Biblioteca Genealógica». Él dijo: «No quiero saber nada de ellos». Yo tampoco querría si pensara que mi ascendencia pudiera remontarse a un orangután o a un babuino. Pero, al igual que William Jennings Bryan, no permitiré que quienes se enorgullezcan de esa clase de ascendencia me incluyan en su árbol genealógico. Quiero decir que no apreciamos debidamente lo que esta gran organización ha hecho al recopilar nuestra genealogía y al enlazar todas las líneas familiares que se habían interrumpido y perdido.
EL PROGRAMA DE BIENESTAR DE LA IGLESIA
Tenemos nuestro programa de bienestar. Hace poco tiempo que se organizó y, sin embargo, hoy está en condiciones de enviar vagones enteros de alimentos, ropa, ropa de cama y otros artículos, reunidos por esa gran organización, a hombres, mujeres y niños al otro lado del mar que están muriendo de hambre y de frío por carecer de las diversas cosas que nosotros tenemos en abundancia.
Si hay algo en este mundo que nos prepare para el reino de los cielos, es esta Iglesia y su organización. Por eso, hoy, al estar aquí y mirar sus rostros, comprendo lo que el evangelio de Jesucristo ha hecho por mí. No tengo palabras para expresar mi gratitud a Dios por el servicio de esta Iglesia y por las bendiciones que sus miembros me han brindado personalmente; luego multipliquen eso por lo que ha hecho por todos los demás.
Es maravilloso transitar por la vida de la mano del Maestro de los cielos y de la tierra, y esta Iglesia se acerca tanto a brindarme ese privilegio como cualquier cosa puede hacerlo en la vida terrenal. Estoy agradecido al contemplar a este grupo y ver lo que Dios ha hecho por nosotros, y doy gracias a estos hombres y mujeres de edad avanzada que han soportado la carga en el calor del día y han seguido adelante, para que quienes hemos venido después pudiéramos tener la bendición de conocer el propósito de la vida a fin de prepararnos para la felicidad eterna.
EL SISTEMA EDUCATIVO DE LA IGLESIA
Tenemos nuestras grandes instituciones educativas, nuestras escuelas y seminarios, donde nuestros hijos e hijas no solo pueden aprender los conocimientos básicos de la educación, sino también los fundamentos de la felicidad eterna. Estoy agradecido de que Karl G. Maeser, cuando yo era apenas un niño, incorporara a mi vida una parte de aquello que conforma la organización del gran sistema educativo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hay muchas cosas que podría mencionar, pero estas son solo algunas de las que me vienen a la mente mientras estoy aquí.
NUESTRAS OPORTUNIDADES MISIONALES
Al acercarnos a la conclusión de esta gran conferencia, solo tengo buena voluntad en mi corazón hacia la humanidad. No tengo animosidad en mi corazón hacia ningún ser humano viviente. Conozco a algunos que desearía que se comportaran un poco mejor de lo que lo hacen, pero son ellos quienes pierden, no yo. Si puedo rodearlos con mi brazo y ayudarlos a volver al camino de la felicidad al enseñarles el evangelio de Jesucristo, mi felicidad aumentará por ello. Ese es el propósito de la obra misional de esta gran Iglesia. Quisiera decir a los hermanos que son presidentes de misión que tienen una verdadera responsabilidad en sus respectivos campos de labor. Aún no tienen muchos misioneros de Sion, pero están llegando. Quiero decirles que tendrán bastante trabajo al atenderlos, capacitarlos y ayudarlos a desarrollarse, así como al ayudar a los miembros locales que han sido tan fieles y serviciales durante estos largos tiempos de prueba. La carta del hermano Benson que leímos hoy indica que muchas personas de allá están casi muriendo de hambre y de frío, pero, al parecer, según lo indica su carta, no están pensando en cómo tener un palacio en la tierra, sino en cómo ayudar a otras personas a disfrutar de una mansión en lo alto. Eso es lo que el Evangelio hace por nosotros. No es lo que tenemos lo que nos hace felices; no son las cosas materiales de la vida las que enriquecen nuestra existencia, sino lo que somos. Cuanto más nos asemejamos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Amado Jesucristo, más felices somos. Por tanto, seguramente ningún hombre ni ninguna mujer que escuche mi voz, ni nadie en el mundo que comprenda esto, vacilará en salir a enseñar a quienes no lo comprenden y en irradiar alegría. No se puede obligar a las personas a hacer lo correcto, pero sí se las puede conducir a hacerlo mediante el amor, si el ejemplo que ustedes dan les permite ver que son sinceros en lo que dicen.
GRATITUD POR LA AYUDA DE MIS COMPAÑEROS
Doy gracias a mis hermanos y a mis compañeros por su ayuda y su bondad. Cuando pienso en lo débil y frágil que soy para haber sido llamado a estar al frente de esta gran Iglesia, comprendo cuánto necesito la ayuda de cada alma que forma parte de ella para tener éxito; por eso doy gracias a mis hermanos, mis fieles consejeros, que me han ayudado en la singular experiencia de acostumbrarme a una gran responsabilidad. Estoy agradecido a mis hermanos del Cuórum de los Doce, al Patriarca, a los Ayudantes de los Doce, al Primer Consejo de los Setenta y al Obispado Presidente; a todos estos hombres que son siervos del Señor y que procuran guardar Sus mandamientos y enseñarnos el camino de la vida eterna. Estoy agradecido a ellos e invoco sobre ellos y sobre todos ustedes, los hijos de mi Padre, aquí o dondequiera que se encuentren, las bendiciones de paz, amor y gozo, la compañía del Espíritu de Dios y, al final, la vida eterna en el reino celestial. Ruego que ese sea nuestro privilegio. Cuando se abra el libro de la vida del Cordero y se registren los nombres de quienes han de heredar el reino celestial, espero y ruego que ustedes y todos sus seres queridos, todos estos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial que se relacionan con ustedes aquí, tengan sus nombres inscritos allí, sin que falte ninguno. Si así fuera, ¡qué felices seremos por las edades de la eternidad! Gracias a los profetas de la antigüedad, a nuestro Padre Celestial que los envió; gracias a Su Hijo Amado Jesucristo, que murió para que pudiéramos volver a vivir; gracias a José Smith, cuyo nombre ha sido menospreciado por algunos ignorantes del mundo; es decir, han procurado menospreciarlo, pero no pueden. Gracias a él, que estuvo dispuesto a dar su vida y sellar su testimonio con su sangre como evidencia de que sabía de lo que había hablado. Dios los bendiga, mis hermanos y hermanas; que la paz more en sus corazones y en sus hogares. Ámense unos a otros; amen a la humanidad; tiendan la mano a quienes los necesiten. Si lo hacemos, disfrutaremos de una felicidad que no puede encontrarse de ninguna otra manera.
Que Dios conceda que así sea, lo pido humildemente en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



























