ALMA

Alma, de H. B. Moore, es una novela de ficción histórica que recrea la transformación de Alma, de sacerdote en la corte del rey Noé a discípulo de Jesucristo y guía de un pueblo perseguido. Uno de sus mayores aciertos es mostrar que su conversión sigue poniéndose a prueba mucho después de escuchar a Abinadí. Alma tiene que aprender a dirigir sin buscar el poder, a sostener la fe de los demás cuando él mismo está preocupado por su familia y a confiar en el Señor cuando todavía ignora cómo llegará la liberación.

La novela también da espacio a quienes viven las consecuencias de esas decisiones. Raquel intenta abrirse de nuevo al amor sin dejar de honrar la memoria de Abinadí. Maia lucha por conservar su fe y su dignidad en medio del abuso y el cautiverio. Y Helam, con su paciencia y su cariño por Abe, muestra cuánto puede hacer por una familia alguien que decide estar presente. Estas historias, desarrolladas por la autora a partir del marco de Mosíah 18–24, le dan al relato una dimensión íntima que se aprecia especialmente en los momentos de oración, duelo y reencuentro.

La escena que mejor recoge el mensaje de la novela ocurre mientras el pueblo todavía está en servidumbre. Antes de que se abra un camino de escape, el Señor promete aliviar las cargas que llevan sobre sus espaldas. La liberación vendrá después. Entre tanto, la ayuda divina se manifiesta en las fuerzas para seguir trabajando, en las oraciones que nadie puede impedirles ofrecer en el corazón y en el cuidado que se brindan unos a otros. Esa espera le da al desenlace su peso espiritual y deja una pregunta para el lector: ¿de qué maneras nos está sosteniendo el Señor mientras todavía esperamos que cambien nuestras circunstancias?

2009 por H. B. Moore


Elogios a los libros de H. B. Moore

«H. B. Moore lleva al lector por el extraordinario recorrido de un hombre que hace el sacrificio supremo. Abinadí es un relato conmovedor, rico en detalles históricos y bien documentado, sobre uno de los profetas más influyentes del Libro de Mormón. La creatividad de Moore, unida a la esencia de la cultura mesoamericana, ofrece nuevas perspectivas sobre la influencia que el profeta Abinadí ejerció en las generaciones posteriores».

—Dian Thomas
Autora que ocupó el primer lugar en la lista de libros más vendidos de The New York Times

«Heather Moore vuelve a consolidarse como la mejor escritora de ficción basada en el Libro de Mormón. Ha creado un Abinadí de carne y hueso que cambiará para siempre mi manera de ver a este hombre extraordinario, su influencia en Alma y la importancia de su misión en la historia del Libro de Mormón».

—Charlene Hirschi
The Herald Journal

«Las Escrituras invitan a pensar con una mirada nueva, y eso es precisamente lo que ha hecho H. B. Moore. Su relato sobre Abinadí, el primer mártir, retrata un mundo de relaciones humanas en el que cada persona lucha por comprender qué es lo que más importa en su vida. En una palabra, su relato es real. Da vida a la rutina de personas que vivieron hace miles de años y pone de relieve los momentos dramáticos que debieron de ocurrir en la vida de algunos de ellos: Abinadí, su familia, el rey y sus sacerdotes, y aquel hombre llamado Alma. El estilo ágil y lleno de vida de Moore hace de este libro una lectura deliciosa e instructiva».

—S. Kent Brown
Director del Centro Laura F. Willes de Estudios del Libro de Mormón, Universidad Brigham Young

«Este libro combina de manera encantadora una investigación cuidadosa con la capacidad de adentrarse en la vida de un personaje inspirador. Aunque H. B. Moore no se considera una erudita, su Abinadí vive y respira, y resulta auténtico para el tiempo y el lugar en que vivió. Al ofrecer un retrato más completo de un personaje fascinante del Libro de Mormón, se mantiene fiel a los hechos tal como se presentan en ese libro».

—Ann Madsen
Departamento de Escrituras Antiguas, Universidad Brigham Young

«[Abinadí] ofrece drama y emoción, y revela una investigación seria, una comprensión de lo que significa un compromiso maduro con Dios y la capacidad de hablar con franqueza de los pecados y excesos de la corte del rey Noé».

—Jennie Hansen
Meridian Magazine

«Moore aborda con imaginación la vida de tres hombres de las Escrituras: Abinadí, el rey Noé y, en especial, Alma. ¿Quiénes eran realmente estos hombres? ¿Qué pensaban, qué deseaban y qué metas tenían en la vida? H. B. Moore explora esas preguntas y da forma a aspectos relativamente desconocidos de su mundo interior».

—C. S. Bezas
BellaOnline

«En Tierra de herencia […] Moore convierte con acierto el abundante y creciente conjunto de investigaciones sobre la vida en la antigua Mesoamérica en una obra de ficción histórica de lectura imprescindible. Recomiendo vivamente esta novela emocionante y bien escrita, centrada en la fe y capaz de fortalecerla».

—Richard H. Cracroft
BYU Magazine

«En los tres primeros volúmenes de su serie de ficción histórica basada en el Libro de Mormón [La salida de Jerusalén], H. B. Moore demostró que podía recrear un mundo antiguo combinando lo mejor de la investigación académica con una imaginación vivaz. Logra mantener el difícil equilibrio entre la fidelidad a las Escrituras y la libertad creativa del relato. Nos permitió conocer el corazón de sus personajes de una manera conmovedora y auténtica. En este cuarto y último volumen consigue todo eso y, además, escribe uno de los relatos de aventuras más emocionantes que he leído en mucho tiempo».

—Andrew Hall
Association of Mormon Letters

«H. B. Moore quizá sea la nueva escritora más prometedora de la literatura de los Santos de los Últimos Días. En La salida de Jerusalén, Moore toma a personajes de hace miles de años y les da vida. Espero con interés leer más obras suyas».

—Richard Paul Evans
Autor que ocupó el primer lugar en la lista de libros más vendidos de The New York Times

«Moore nos lleva al emocionante mundo de Lehi y Nefi y pone a las mujeres en el centro de la historia con un efecto extraordinario».

—Peter Johnson


Contenido

Agradecimientos.
Prefacio.
Capítulo 1.
Capítulo 2.
Capítulo 3.
Capítulo 4.
Capítulo 5.
Capítulo 6.
Capítulo 7.
Capítulo 8.
Capítulo 9.
Capítulo 10.
Capítulo 11.
Capítulo 12.
Capítulo 13.
Capítulo 14.
Capítulo 15.
Capítulo 16.
Capítulo 17.
Capítulo 18. 
Capítulo 19.
Capítulo 20.
Capítulo 21.
Capítulo 22.
Capítulo 23.
Capítulo 24.
Capítulo 25.
Capítulo 26.
Capítulo 27.
Notas de los capítulos.


Agradecimientos


Todo escritor cuenta con una amplia red de apoyo que lo ayuda a mantenerse motivado, pues escribir suele ser una tarea solitaria y, con frecuencia, mentalmente agotadora. Este año hubo un pequeño cambio entre mis lectores. Mis dos hijos mayores leyeron mis libros y, para mi sorpresa, les gustaron. Quizá ahora entiendan mejor que mamá no se limita a «jugar con la computadora». Gracias en especial a mis hijos por ser la roca que me sostiene y a mi esposo, Chris, que me ha apoyado desde el primer día.

Mi gratitud eterna también va para mis padres, Kent y Gayle Brown, que siempre son mis conejillos de Indias como lectores. A ellos les toca abrirse paso entre los primeros esbozos de la trama y de los personajes. Cuando termino y reviso el primer borrador, se lo paso a varios lectores beta. No hay que confundirlos con los peces betta, aunque a veces me parece que nadan en círculos alrededor de mi manuscrito, mordisqueando cada frase. Lu Ann Staheli, Annette Lyon y Michele Paige Holmes, gracias por su ayuda inestimable. Y a J. Scott Savage y Robison Wells, las escenas de acción no habrían salido adelante sin sus aportes.

Gracias también a mi suegro, Lester Moore, por su lectura atenta y su apoyo constante. Muchas gracias a Phill Babbitt, administrador del sitio web, a Andy Livingston, diseñador de los mapas, a Karen Christoffersen, amiga y asesora, y a mi familia de escritores, los LDStorymakers.

También quiero dar un enorme agradecimiento a quienes llevan el manuscrito de la computadora a los estantes de las librerías: mi editorial, Covenant Communications, y su maravilloso equipo de edición, diseño y mercadotecnia. Mil gracias a mi editora, Noelle Perner, y a la directora editorial, Kathy Jenkins. ¡Es un privilegio trabajar con mujeres tan extraordinarias!


Prefacio


Después de la muerte de Abinadí, un sacerdote llamado Alma se escondió y puso por escrito las enseñanzas del profeta fallecido. Esas enseñanzas lo impulsaron a regresar a la ciudad de Nefi al amparo de la oscuridad para comunicar en secreto el mensaje del Señor a sus amigos. En los capítulos 18 a 24 de Mosíah se desarrolla un extraordinario recorrido físico y espiritual, centrado en Alma y en quienes deciden seguirlo. Es una travesía marcada por el temor y la muerte, en la que al final logran sobrevivir.

Hugh Nibley, estudioso del Libro de Mormón, describe a Alma como descendiente directo de Nefi. Alma había nacido con el derecho de poseer el sacerdocio (Teachings of the Book of Mormon—Part Two, pág. 77). Aunque sirvió como sacerdote en la corte del rey Noé, quizá no hubiera desempeñado en el templo local las funciones del sacerdocio de la manera en que debían ejercerse. Una vez libre del rey Noé, Alma pudo efectuar las ordenanzas necesarias para establecer una iglesia y bautizar a los creyentes.

Nibley hace una observación interesante. Alma no bautizaba al pueblo para la remisión de los pecados. En aquella época anterior a Cristo, todavía se exigía el deber sagrado de guardar la ley de Moisés. Alma bautizaba al pueblo como «testimonio», para que quienes se bautizaban pudieran hacer «un convenio con [el Señor]» y para que Él derramara «su Espíritu más abundantemente» sobre ellos (véanse Mosíah 18:10, 13 y Teachings, págs. 88–89).

Alma estableció un asentamiento en un lugar llamado las aguas de Mormón. La mayoría de los estudiosos coincide en que el lago de Atitlán es la ubicación más probable. Joseph Allen señala que el lago se encuentra a noventa millas al oeste de la ciudad de Guatemala, en cuyas inmediaciones se cree que estuvo la ciudad de Nefi. La cerámica y otros hallazgos arqueológicos de la región se han fechado en los períodos Preclásico Medio y Tardío (Sacred Sites, pág. 34).

Como aprendemos en el Libro de Mormón, cuando los lamanitas invadieron la ciudad de Nefi después de la partida de Alma, el rey Noé huyó con sus sacerdotes y algunos de sus hombres, dejando atrás a las mujeres y a los niños. Los hombres nefitas empezaron a arrepentirse de lo que habían hecho y acabaron volviéndose contra el rey Noé y dándole muerte. Los sacerdotes huyeron otra vez, dirigidos por Amulón, quien ejercía entre ellos, en la práctica, las funciones de un sacerdote principal. Por increíble que parezca, años después él y sus hombres raptaron a veinticuatro hijas de los lamanitas y se casaron con ellas. Cuando los lamanitas descubrieron su asentamiento, la tierra de Amulón, tuvieron compasión de aquellos nefitas renegados. Amulón ascendió al poder y fue nombrado rey de la tierra de Helam, donde gobernó sobre Alma y su pueblo.

Nibley nos recuerda que Amulón fue uno de los hombres más peligrosos del Libro de Mormón y que conviene tomarlo en serio. A lo largo de la historia ha sido común que un rey designe gobernantes, o reyes de menor rango, para dirigir distintas comunidades. Cuando nombraron a Amulón rey de la tierra de Helam, llevó su autoridad al extremo, siguiendo los pasos de su predecesor, el rey Noé (Teachings, pág. 125). En Doctrina y Convenios 121:39 aprendemos que «es la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad […] inmediatamente empiezan a ejercer injusto dominio».

Al investigar la cultura mesoamericana, he encontrado muchas semejanzas entre lo que sabemos de los nefitas y lamanitas y lo que se conoce de la historia de los pueblos mayas durante el período Preclásico Tardío (300 a. C.–250 d. C.). He documentado algunos de estos detalles en las notas de los capítulos al final del libro.

Diversos estudiosos sostienen opiniones distintas acerca de la cronología del Libro de Mormón. En el apéndice de Voices from the Dust, S. Kent Brown sugiere que el martirio de Abinadí ocurrió alrededor del año 128 a. C. Por ello, este relato comienza poco después de la muerte del profeta.

Escribir un relato sobre la vida de Alma, o novelar de algún modo una parte de ella, impone respeto. Ha sido, sin duda, uno de los profetas que más han influido en mi vida. Sus enseñanzas me han marcado como pocas otras. Al estudiar en el libro de Mosíah los capítulos sobre Alma, me sorprendieron una y otra vez los paralelismos con los desafíos de nuestros días. Alma fue el único sacerdote dispuesto a enfrentarse al rey Noé. Solo huyó cuando su vida estuvo en peligro. Cuando se vio obligado a escapar por segunda vez del ejército de Noé, su confianza en el Señor fue completa. Años después, al verse obligado a vivir bajo el gobierno tiránico de Amulón, Alma debió de preguntarse si alguna vez volvería a ser libre. Y, sin embargo, en lo más profundo de su alma era verdaderamente libre. Se mantuvo fiel a sus convicciones, a su fe y a su Señor. Sus cargas, cada vez mayores, se hicieron ligeras, y al fin llegó la liberación.

Al leer la historia de Alma, recordé las cargas que cada uno lleva a lo largo de la vida. Algunas son pruebas breves y otras pueden durar toda la vida. El Señor no quitó las cargas que habían puesto sobre las espaldas de Alma, pero, mediante la oración y una vida recta, esas cargas se hicieron ligeras. Y a pesar de todas las dificultades del camino, Alma pudo continuar la obra de Abinadí y llevar a innumerables personas a Cristo.

Personajes

Personaje Descripción
Alma Antiguo sumo sacerdote de la corte del rey Noé.
Helam Hermano de Abinadí.
Amulón Sumo sacerdote de la corte del rey Noé. Esposo de Itzel y padre de Raquel.
Maia Esposa del rey Noé e hija de Jachin y Lael.
Raquel Viuda de Abinadí y madre de Abe.
Gedeón Antiguo sumo sacerdote de la corte del rey Zeniff.

Capítulo 1

Como aquel a quien su madre consuela, así os consolaré yo a vosotros.
— Isaías 66:13.


128 a. C.

Amulón miró el rostro enrojecido del rey y se preguntó si alguna vez había odiado tanto a un hombre.

—¿Cómo que no puedes encontrarlo? —gritó el rey Noé. Se arrancó de un tirón el elaborado tocado de ave que llevaba y se lo arrojó a Amulón.

Esquivar el tocado que volaba hacia él fue fácil, pero humillante. Toda la corte había dejado lo que hacía para ver a Amulón dar la mala noticia, la misma de semana tras semana. Alma, el antiguo sumo sacerdote, había desaparecido, y cada noche más personas abandonaban la ciudad. Habían apostado guardias en todos los caminos por donde podían salir, pero, de algún modo, los «creyentes» lograban escapar. Mujeres, niños, hombres. Humillante.

Amulón se irguió en toda su estatura. Aunque no era el rey, todavía infundía temor y respeto. Si el rey lo reprendía delante de la corte, se convertiría en el hazmerreír de todos. Ya lo veía en los ojos de los otros sacerdotes. Por un instante, para su propia sorpresa, deseó que su viejo amigo Alma estuviera allí para aconsejarlo. Pero eso ya era imposible. Alma era un traidor.

Amulón bajó la vista, esperando que el rey interpretara la inclinación de su cabeza como un gesto de sumisión.

—Juro que no descansaré hasta que encontremos a Alma y a sus seguidores.

El rey ya se había puesto en pie. Le ardían los ojillos.

—La corte ha oído tu promesa, y ahora oirá la mía. Si para la próxima luna no has entregado a Alma en mis manos, sufrirás un castigo que te hará suplicar la muerte.

Cerró en puños sus manos regordetas, cubiertas de joyas.

Amulón alzó la vista y asintió ante la furia de Noé.

—Sí, oh rey.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada por un momento. Habían compartido todos los lujos, todas las conquistas, todas las victorias y hasta algunas mujeres. Los dos vivían para alcanzar el poder a cualquier precio. Amulón miró al rey a los ojos y vio su futuro, un futuro en el que aquel rey ridículo ya no tenía cabida.

Un futuro en el que él tendría el poder.

Disimuló una sonrisa, dio media vuelta y se dirigió a grandes pasos hacia el fondo de la sala. Un muchacho pasó a su lado con los ojos desorbitados por el miedo. Amulón se detuvo y lo vio inclinarse ante el rey y pedir permiso para hablar.

—Oh rey, otra familia ha abandonado su hogar —dijo el muchacho con voz temblorosa—. Jachin y Lael, del barrio bajo. Dejaron atrás todos sus animales y sus bienes.

Amulón se marchó sin interés en oír el estallido de ira que seguramente seguiría. Salió de la sala y se encaminó hacia la entrada principal del palacio. No tenía adónde ir, al menos dentro del palacio. Las rameras vivían prácticamente recluidas en sus aposentos. Apenas había ocasión de divertirse o celebrar cuando el rey estaba furioso día y noche. Así que Amulón salió del palacio y se fue a su casa. Allí por lo menos encontraría algo de sosiego, aunque solo fuera porque la casa estaba vacía.

No tardó mucho en recorrer las calles oscuras y silenciosas. Estaban desiertas por los nuevos toques de queda. Al llegar a casa, cruzó el patio y entró en la sala de reuniones, donde uno de los sirvientes había dejado encendida una lámpara de aceite. Se dejó caer sobre los cojines amontonados junto a la pared y miró a su alrededor. Había tapetes, jarrones e ídolos tallados. ¿De verdad había pasado tanto tiempo desde que su esposa y su hija vivían con él bajo el mismo techo?

No había vuelto a ver a su hija Raquel desde aquel día en la plaza en que su esposo, el traidor Abinadí, había sido ejecutado.

Trató de apartar de su mente los pensamientos sobre la hija a la que había repudiado, pero las preguntas volvieron a insinuarse. ¿En qué me equivoqué?, pensó Amulón. ¿Cómo pasó mi hija de ser una niña hermosa a convertirse en una mujer desafiante que huía para no casarse con un rey? ¿Y qué le dio por casarse con un pobre labrador que se hacía llamar profeta?

Le había desgarrado el corazón verla en la plaza durante los últimos instantes de Abinadí. Pero al oírla suplicar por su esposo fanático, dejó de sentir compasión por ella de una vez por todas. Al parecer, Itzel, su esposa, se había compadecido de su hija y había desaparecido aquel mismo día. Corría el rumor de que había seguido a Raquel hasta el asentamiento oculto de los ancianos.

Si los otros rumores también eran ciertos e Itzel se había marchado con los creyentes de Alma, para él era como si estuviera muerta.

¡Muerta!

Amulón se puso en pie con dificultad y fue a la cocina. Vio una jarra de vino y bebió un largo trago. Pensar que su esposa lo había desobedecido para seguir al hombre que tan gravemente lo había traicionado lo enfurecía como pocas cosas.

Alma. Parece que he encontrado a un hombre al que odio más que al rey.

Amulón bebió otro trago, tratando de decidir cómo vengarse de los agravios que había sufrido. Todo había comenzado con aquel predicador, Abinadí. Pero, como ya estaba muerto, Amulón tenía que encontrar a otro a quien llevar a juicio. El siguiente, naturalmente, era Alma, el sumo sacerdote que siempre se le escabullía. Amulón se devanó los sesos. Tenía que haber alguna manera de descubrir el paradero de Alma. Los creyentes que aún quedaban en la ciudad debían de saber dónde estaba. Averiguar quiénes eran resultaba casi imposible, pero tenía que haber una forma.

Algo empezó a rondarle por la cabeza. ¿Qué había dicho el muchacho antes? Los últimos desertores eran Jachin y Lael. Los nombres le sonaban… Eran los padres de Maia, la propia esposa del rey. Y Maia era la mujer a la que Alma había defendido a riesgo de su propia vida.

Amulón bebió otro largo trago, esta vez para celebrar. Si los padres de Maia eran creyentes, era razonable suponer que ella también lo fuera. Sabía que había regresado por un breve tiempo a la casa de sus padres tras la muerte de su hijo, pero desde entonces le habían concedido una residencia propia, aunque no recordaba dónde. Bastaría con hacer unas cuantas averiguaciones.

Se limpió el vino de los labios y sonrió. Acababa de encontrar una manera de reivindicarse a los ojos del rey y, quizá, de cobrarse también su propia venganza.

Había sido un buen día, aunque duro. A Alma le dolían la espalda y los hombros de tanto construir refugios para las dos docenas de familias que vivían ahora en la región agreste de las aguas de Mormón. Cada día llegaban más nefitas, agotados por el viaje, pero gozosos de reunirse con los demás creyentes. Y Alma los recibía a todos.

El sol descendía hacia el horizonte y derramaba sus rayos sobre el lago. Alma se detuvo unos instantes más a contemplar cómo la última luz iluminaba el agua ondulante con tonos azules, verdes, anaranjados y violetas. Los ibis y los jabirúes se habían retirado hacía rato, pero volverían en gran número para recibir la mañana.

Oyó pasos que se acercaban por detrás y se volvió.

Con la luz menguante le costaba distinguir el rostro, pero reconoció la figura encapuchada.

—Hola, Helam.

El hombre asintió una vez.

—Ha llegado una familia.

Alma sonrió.

—Llévame adonde están.

Volvió a mirar el lago. El sol había desaparecido y el agua había quedado teñida de un violeta intenso. Luego siguió en silencio a Helam por la orilla y se desvió con él hacia el manantial. Más allá de los matorrales se alzaban las rudimentarias construcciones donde se alojaban las familias. Los niños jugaban en grupos con una pelota de caucho, usando solo los codos y las caderas, mientras sus padres y madres los miraban. En sus rostros, la alegría iba tomando el lugar del cansancio que les había dejado la dura jornada.

Alma saludó por su nombre a quienes encontraba a su paso. Conocía a cada persona, a cada niño. Un muchachito se acercó corriendo y le tiró del brazo.

—¿Jugarás a la pelota con nosotros?

Alma le acarició la cabeza.

—En otra ocasión. Esta noche tengo que recibir a unos recién llegados.

Una sombra de decepción cruzó el rostro del niño, pero se desvaneció en cuanto echó a correr hacia sus amigos.

Helam se rio.

—Eres el tío favorito de todos.

Alma sonrió al oírlo reír, agradecido de que aquel hombre reservado hubiera llegado a tomarle afecto. Helam era hermano de Abinadí.

Y yo formé parte de la corte que condenó a Abinadí.

Aunque ya lo habían expulsado cuando se dictó la sentencia, Alma había servido muchos años en la corte corrupta de Noé. Todavía se estremecía al pensarlo.

Si Helam advirtió el repentino cambio de ánimo de Alma, guardó silencio. Mientras seguían bordeando los refugios improvisados, Alma pensó en todo lo que Helam debió de haber soportado, tanto de joven, cuando sufrió graves quemaduras en un incendio en los cultivos, como después, al vivir con sus cicatrices en la ciudad de Nefi. En cuestiones de apariencia, el rey Noé era un perfeccionista. Su palacio, su comida, sus mujeres y, sobre todo, su ciudad eran impecables, al menos en la superficie. A quienes tenían alguna discapacidad física o llevaban cicatrices sencillamente los expulsaban. Helam había pasado la mayor parte de su vida en el exilio, en un asentamiento de ancianos que lo habían acogido. Entre ellos estaba Gedeón, antiguo sacerdote de los tiempos del rey Zeniff, cuando un rey justo gobernaba la tierra y se veneraba la ley de Moisés.

Aquellos tiempos habían pasado. El templo original, que se había ido deteriorando, había dado paso a templos más nuevos, más altos y más elaborados. Ídolos tallados custodiaban las puertas y en los altares se ofrecían sacrificios ilícitos de toda clase de animales y hasta de seres humanos.

A Alma le escocieron los ojos al borde de las lágrimas y sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos sombríos. Esa vida había quedado atrás, pero no podía olvidarla. Tenía veintitrés años y todavía le costaba aceptar su papel de líder entre los creyentes. Dedicaba cada instante a tratar de reparar el daño que había causado. A tratar de deshacer todo lo que había hecho. A tratar de hacer tanto bien como mal había hecho, con la esperanza de que algún día el bien fuera mayor.

Rodearon la última choza y Helam se detuvo para dejar pasar a Alma. Solo había dos personas, sentadas sobre sus fardos, con comida y bebida en las manos. A Alma se le cortó el aliento cuando el hombre y la mujer levantaron la vista. Habían llegado Jachin y Lael, los padres de Maia.

El hombre se puso en pie con las piernas temblorosas y sonrió de oreja a oreja.

—Hemos venido a unirnos al redil del Señor.

A Alma se le apretó el nudo en la garganta mientras se acercaba a la pareja y estrechaba al hombre entre sus brazos.

—Bienvenido, Jachin.

Se volvió hacia la mujer, que se había puesto en pie, y la abrazó también.

—Bienvenida, Lael.

Ella se apartó y se secó las lágrimas de alegría.

—Temíamos no llegar antes de que anocheciera.

Jachin rodeó con el brazo los hombros de su esposa.

—Cada noche parecía que las fieras se oían más cerca.

Alma dejó escapar un suspiro de alivio. Había pasado más de un mes desde la última vez que había estado en su humilde hogar, compartiendo con ellos las enseñanzas del Señor.

—Hemos estado orando por ustedes. Cada día que pasaba sin que llegaran…

Sin poder evitarlo, miró más allá de ellos, buscando a alguien.

—Solo venimos nosotros dos —dijo Jachin con una mirada que dejaba ver que entendía.

Alma volvió de golpe la atención a la pareja. Las preguntas le quemaban en la lengua, pero podían esperar. Ahora los dos necesitaban comer y descansar.

Lael le tocó el brazo.

—Ella está bien.

Alma asintió y sintió cierto alivio. Tal vez Maia había logrado encontrar algo parecido a la paz como una de las esposas del rey Noé, aun después de todo lo sucedido. De ser así, podría dormir con una carga menos.

—Muy bien. Por la mañana podrán contarle al resto de la comunidad las últimas noticias. Sé que todos estarán deseosos de oírlos. Pueden dormir en mi choza hasta que podamos construirles un refugio.

—No queremos incomodar —comenzó Jachin.

—No incomodan en absoluto —dijo Alma sonriendo—. Tengo un lugar favorito para dormir cerca del lago.

Hizo un gesto hacia Helam, que estaba a unos pasos de distancia.

—Él es hermano de Abinadí. Los llevará a mi choza.

Al oír el nombre del profeta, Lael y Jachin miraron a Helam por un momento antes de recoger sus fardos. Él se inclinó ligeramente.

—Bienvenidos a Mormón.

Tomó el fardo de Lael y los guio hacia las chozas.

Alma los vio marcharse con una mezcla de alivio y pesadumbre. Los padres de Maia habían llegado sanos y salvos, y ella estaba bien. Pero seguía en la ciudad, todavía a merced de un rey inicuo. Alma sabía por experiencia propia el tormento que suponía ocultar su conversión. Temía por la vida de Maia si descubrían que ella también se había convertido. El rey no había vacilado en llevarla a juicio por la muerte del hijo de ambos, un niño que había nacido demasiado pronto para sobrevivir. Los malos tratos del rey a su esposa habían sido casi con toda seguridad la causa del parto prematuro. ¿Qué pasaría si Maia volvía a provocar la ira del rey?

Las palabras de ella le volvieron a la mente como un susurro. Ya no podía seguir viviendo con el rey cuando amo a otro hombre. Sacudió la cabeza ante aquel recuerdo tan vívido. Ella había querido pedirle el divorcio al rey, pero Alma sabía que eso equivaldría a una sentencia de muerte. Le había suplicado que desistiera y, finalmente, ella había accedido a dejar las cosas como estaban.

No te estoy pidiendo que me ames, le había dicho. Ya entonces él sabía que era demasiado tarde para eso. Pero había cambiado. Había vencido los sentimientos indebidos que albergaba hacia una mujer casada. Se había arrepentido y el Señor lo había perdonado.

Aun así, seguía preocupado por ella. Las últimas palabras que Maia le había dicho habían sido: De alguna manera, llegaré a Mormón.

Durante las últimas semanas había orado por la seguridad de todos los que deseaban unirse a los creyentes. También por Maia. Pero si el precio era demasiado alto, solo podía orar para que se le perdonara la vida.

Alma rodeó el manantial y volvió al lago. El agua estaba ya casi negra, apacible y silenciosa. Las tres montañas que rodeaban el lago se habían fundido con el cielo, pero, aun sin verlas, él sentía su fuerza protectora. Se internó en una pequeña arboleda y desenrolló el petate que guardaba allí para ocasiones como aquella. Todavía era temprano para dormir, pero se sentó sobre él para dar descanso a su cuerpo fatigado. Juntó las manos, en las que ya habían aparecido callos por el arduo trabajo, y pensó en las tareas del día siguiente: empezar a construir la pequeña casa de Jachin, terminar de cultivar los modestos campos y prepararse para la víspera del día de reposo.

El mensaje de la noche siguiente sería sobre la redención y el arrepentimiento. A la mayoría de los nuevos creyentes les costaba dejar atrás su antigua vida y aceptar de veras que el Señor los había perdonado. Alma los entendía perfectamente. Él había pasado por la misma lucha.

Pero ahora sé que el Señor me ha perdonado, pensó. Por medio de Abinadí, el Señor me ha enseñado un nuevo camino. Y dedicaré mi vida a enseñar a los demás lo que sé en mi corazón que es verdad. Pero ¿cómo puedo ayudar a los creyentes a comprender el verdadero alcance del perdón del Señor y el significado de la redención?

Alma se arrodilló e inclinó la cabeza. Tenía tanto por lo cual orar, tanto que pedirle al Señor. Pero primero debía darle gracias por la llegada de los padres de Maia sanos y salvos.

Mientras oraba, un calor familiar se extendió por su cuerpo, como si se le ensanchara el pecho. Apretó las manos y su oración susurrada se apagó mientras escuchaba. Entonces oyó la voz del Señor, apacible como un cordero, pero más fuerte que un león.

Organiza mi Iglesia e invita a mi pueblo a entrar en mi redil. Si están dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros y a llorar con los que lloran, podrán ser redimidos. Si están dispuestos a consolar a los que necesitan de consuelo y a ser mis testigos, serán bautizados, a fin de que sean contados entre los de la primera resurrección y tengan vida eterna.

Las palabras fluían por el interior de Alma mientras el Señor seguía instruyéndolo sobre la manera de bautizar al pueblo para que se integrara en la Iglesia de Dios. El corazón de Alma rebosó de gozo. Los creyentes tendrían su propia iglesia, organizada por el Señor mismo. Esa era la clave de su redención y los pondría en el camino hacia la vida eterna.

Las lágrimas le corrieron por el rostro mientras la gratitud florecía en su corazón. Por medio de él y por obra del Señor, los creyentes serían contados entre los del redil de Dios. Llegarían a ser uno, unidos de corazón y propósito, como testigos del Señor en todo tiempo y en todas las cosas.

Cuando la voz del Señor se apagó, Alma se dio cuenta de que estaba temblando. La humildad y el gozo se mezclaban en él hasta tal punto que no sabía si lograría recobrar el aliento.

Al cabo de unos instantes, su respiración volvió a la normalidad y se tendió sobre el petate, agotado y lleno de gozo. Cerró los ojos en el silencio de la noche, sabiendo que su camino como instrumento en la mano del Señor apenas comenzaba.


Capítulo 2

Por esto se enlutará la tierra, y los cielos arriba se oscurecerán…
— Jeremías 4:28


Un insecto zumbó junto al oído de Raquel y la despertó. Después de lanzar un manotazo al molesto intruso, abrió los ojos de mala gana. Últimamente, la mañana parecía llegar demasiado pronto. Podía seguir durmiendo hasta mucho después del amanecer, incluso hasta después del desayuno, si el pequeño Abe se lo permitía. Pero hoy sería distinto.

Miró al niño, que dormía junto a su estera. Cada uno parecía encontrar consuelo en el otro, un consuelo que apenas les llegaba en pequeñas dosis.

Al otro lado de la habitación, detrás de una cortina, dormía la madre de Raquel. Traerla hasta allí había sido difícil, pues no estaba acostumbrada a un trabajo tan pesado, pero se había mantenido firme en su decisión. Y ahora Raquel jamás la había visto tan en paz. Las otras mujeres habían tenido paciencia para enseñarle lo que aún no sabía hacer.

Raquel se levantó y se alejó de Abe. Cuanto más durmiera el pequeño de un año, mejor humor tendría. Desde que había perdido a su padre y ahora que su tío favorito también se había marchado, parecía haberse vuelto quisquilloso.

¿Cuándo vas a volver, Helam?, se preguntó. Tras la muerte de su esposo, Helam había sido su apoyo más firme. Pero había viajado a Mormón para ayudar a establecer un asentamiento para los creyentes. Había prometido volver a la comunidad de los ancianos para llevarse a Raquel y a Abe, junto con su propia madre, Ester, y, con un poco de suerte, también con la madre de Raquel.

Raquel cruzó la choza hasta la pequeña ventana del fondo. Desde allí se veía una extensión de campos cultivados con esmero. Había llegado a amar aquel valle estrecho donde los ancianos se habían establecido al ser desterrados de la ciudad de Nefi. Pero desde la muerte de su esposo, el lugar ya no se sentía igual. Todo le recordaba a Abinadí. La arboleda donde se habían casado, el paraje apartado del bosque donde habían acampado las primeras noches de su matrimonio y, por supuesto, aquella choza. Paseó la vista por la sencilla habitación. Abinadí la había construido con sus propias manos mientras hacía planes para levantar otra más grande, a medida que creciera la familia.

Pero ahora que él ya no estaba, ¿qué falta hacía una choza más grande?

Le tembló la barbilla y las inevitables lágrimas le asomaron a los ojos. Aunque solo tenía veinte años, se preguntaba si pasaría el resto de su vida sintiendo tanto dolor. Las mañanas eran lo más difícil. En el segundo o dos que tardaba en pasar del sueño a la vigilia, volvía a recordarlo todo, y el dolor le estrujaba el corazón. Necesitaba un día entero de trabajo duro para sentirse mejor. Al caer la noche, el cansancio le permitía aceptar una vez más lo sucedido. En cuanto se acurrucaba junto a su hijo, se quedaba dormida.

Raquel se abrazó a sí misma y se dejó caer al suelo. El pecho se le agitaba mientras lloraba en silencio. Por eso detestaba despertar antes de que el asentamiento cobrara vida. La quietud la desasosegaba y la soledad se hacía más intensa en cada rincón de su hogar. Estuvo a punto de despertar a Abe o a su madre, pero se permitió sentir el dolor a solas.

Cerró los ojos con fuerza y oró para que Helam regresara pronto. Aunque solo fuera por su hijo, aunque solo fuera para dejar aquel asentamiento, aunque solo fuera para empezar de nuevo.

—¿Mamá?

Raquel levantó la cabeza. Dos ojos castaños parpadearon al mirarla. Abe se puso de pie de un salto y se acercó con pasos vacilantes, los brazos extendidos. Ella lo estrechó con fuerza, esperando que aún hubiera suficiente penumbra en la choza para que su hijo no le viera las lágrimas. Era demasiado pequeño para expresar lo que observaba, pero Raquel sabía que percibía su tristeza. Al fin y al cabo, ambos habían sufrido la misma pérdida, aunque con el tiempo el recuerdo se iría desvaneciendo para su hijo. Ya empezaba a olvidar. Cada vez preguntaba menos por «papá».

Llegaron ruidos de afuera. Raquel se levantó con Abe aún en brazos y salió de la choza. Ester estaba en cuclillas junto al fogón, avivando las brasas de la noche anterior.

Raquel observó a su suegra por un momento. Ella también había sufrido. Primero, cuando su esposo la abandonó hacía tantos años, y ahora, con la muerte de su hijo.

—Mamá —dijo Abe, tendiendo las manos hacia su abuela.

Con las pocas palabras que sabía, todavía llamaba igual a las dos mujeres.

Ester se volvió, se protegió los ojos del sol naciente y sonrió de oreja a oreja.

—Buenos días, cariño. Ven con tu abuela.

Raquel sonrió y dejó a Abe en el suelo. El niño se tambaleó un poco hasta recobrar el equilibrio y luego caminó hacia Ester. Raquel lo siguió de cerca, lista para sujetarlo si tropezaba con alguna piedra.

—Mamá —volvió a llamar.

Ester lo alzó en brazos y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Por encima de la cabeza de Abe, se cruzó con la mirada de Raquel.

Raquel esperaba que ya se le hubiera borrado todo rastro de lágrimas. Su suegra guardó silencio y se limitó a mecer a Abe unos minutos hasta hacerlo reír.

Raquel fue hasta la piedra de moler y empezó a triturar los granos para hacer la harina de las tortas. Pronto Ester se sentó a su lado, tomó su propia piedra y, entre las dos, el trabajo avanzó el doble de rápido. Raquel no le quitaba los ojos de encima a Abe, que recogió una piedrecita y se la llevó a la boca.

—No, Abe —dijo.

Él la miró de frente y se la metió en la boca.

—No, no.

Raquel se incorporó, sujetó a su hijo y le sacó la piedra de la boca.

—Te puedes atragantar.

Al niño le temblaron los labios y se echó a llorar.

Ella suspiró y negó con la cabeza.

—Ya se prepara para otro día de mal humor.

Ester se enderezó con una sonrisa comprensiva.

—Ven, déjame llevarlo a dar una vueltecita. Así puedes terminar de moler el maíz.

Raquel le entregó a su hijo y volvió a inclinarse sobre la piedra de moler. No sabía qué haría sin su suegra. Cosas tan sencillas como hacerse cargo de Abe unos minutos significaban mucho para ella. Al poco rato había molido suficiente harina para preparar las dos primeras tortas. Mezcló la harina con un poco de agua en un cuenco y formó una bola pegajosa. Aquella tarea cotidiana la tranquilizó.

De pronto tuvo la clara impresión de que alguien la observaba. Alzó la vista justo cuando una figura encapuchada entraba en el claro.

—¡Helam! —exclamó, poniéndose de pie de un salto.

Corrió hacia él y le echó los brazos al cuello. Él se rio, le devolvió el abrazo y luego se apartó. Tenía los hombros cubiertos de masa pegajosa, pero ni se dio cuenta.

—Por fin has vuelto —dijo Raquel, algo cohibida por aquella muestra de afecto. Era su cuñado, pero aun así…

Él la miró desde debajo de la capucha, que dejaba su sonrisa en sombra.

—Tardé más de lo previsto. Cada día llegan nuevas familias y el trabajo nunca se acaba.

Ella asintió.

—Cuando nos lleves allá, podré ayudar.

—Todavía hay mucha incertidumbre, Raquel. —Helam vaciló—. Los soldados siguen buscando y el rey está presionando a sus comandantes.

Ella enderezó los hombros y procuró contener sus temores.

—Tenemos que ir a Mormón. No sé cuánto tiempo más podré soportar vivir aquí.

Miró las chozas que la rodeaban. Le había encantado vivir allí con Abinadí, pero ahora los recuerdos eran demasiado dolorosos. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Es difícil… Veo a Abinadí por todas partes. Cada mañana me despierto en nuestra casa y siento que no puedo respirar.

Enseguida se sintió avergonzada. No había hablado con tanta franqueza con nadie del asentamiento. Bajó la cabeza, convencida de que su dolor la hacía egoísta. Todos habían querido a Abinadí y todos lloraban su muerte.

—Lo sé —dijo Helam, tocándole el brazo—. Yo también lo extraño.

Apartó la mirada un momento y luego añadió:

—Deberías ver lo rápido que crece la comunidad de Mormón. Trabajar con Alma me llena de ánimo. Enseñar a personas que tienen tantas preguntas. Formar una comunidad de personas que desean vivir con rectitud y ver cómo cada día son más y cómo crece su fe.

Raquel volvió a levantar la vista.

—Eso es lo que necesito. Otro lugar. Trabajo duro. Una nueva vida.

En ese momento se oyó la voz de Ester.

—¿Helam?

Ella y Abe acababan de volver de su paseo. Helam se acercó a su madre y la abrazó. Luego alzó a Abe y lo hizo girar en el aire. El niño chilló de alegría y se echó a reír.

Raquel los observó sonriendo. Los dos habían forjado un fuerte vínculo durante el viaje que emprendieron al salir de la ciudad después de la muerte de Abinadí. Abe tiró de la capucha de su tío y Raquel preguntó:

—¿Cuántas personas hay en Mormón y cuánto dura el viaje?

Helam se volvió con una sonrisa en el rostro ensombrecido.

—Cuántas preguntas.

Raquel se puso las manos en las caderas.

Él se rio.

—Unos cincuenta creyentes y cinco días de viaje.

En ese momento, varias personas salieron de sus chozas y se reunieron con ellos junto al fogón. Eran Itzel, la madre de Raquel, Gedeón y su esposa, Tia, y otro de los ancianos, Esdras. Ben, un muchacho de once años, también salió corriendo de su choza. Había llorado amargamente la muerte de Abinadí y durante semanas apenas se había apartado de Raquel. Últimamente pasaba casi todo su tiempo haciendo espadas. Parecía que el dolor había dado paso a la obsesión de fabricar la espada perfecta, la que le permitiría defender a sus seres queridos de cualquier amenaza futura.

Pronto Helam quedó rodeado de gente que lo saludaba y le hacía preguntas. Raquel no tuvo ocasión de preguntarle nada más.

El día pasó con desesperante lentitud mientras Raquel esperaba la oportunidad de hablar a solas con Helam. Ya le había planteado una vez a su madre la idea de viajar a Mormón, pero ella parecía reacia a tomar una decisión. Entonces tendré que decidir por las dos, pensó Raquel.

Tampoco ayudaba mucho que Ben siguiera haciéndole preguntas. Si tal cosa era posible, él tenía aún más ganas que ella de viajar a Mormón.

—Tengo que probar mis espadas —le dijo Ben aquella tarde.

Llevaba dos espadas, cada una labrada con motivos angulosos que parecían crestas de montañas.

Raquel tuvo que sujetar a Abe para impedir que alargara la mano y agarrara la afilada obsidiana.

—Tal vez alguno de los hombres pueda practicar contigo.

Ben arrugó la nariz.

—Siempre están demasiado ocupados.

—Está bien —dijo Raquel.

Dejó a Abe en el suelo y le dio un cordón con plumas de ave para entretenerlo. Luego tomó una de las espadas de Ben y la sostuvo recta delante de ella.

—No —dijo Ben—. Así.

Se puso la espada delante del rostro y entrecerró los ojos.

—Todo está en la mirada.

Raquel trató de ocultar la sonrisa.

—¿Así?

Inclinó la espada cerca del cuerpo y también entrecerró los ojos. Al poco rato, los dos daban saltitos de un lado a otro, haciendo chocar suavemente las espadas.

—¿Crees que a Abinadí le habrían gustado mis diseños?

Raquel se detuvo y dio vuelta a su espada.

—Estoy segura de que le habrían encantado. ¿Qué representan?

Ben también se detuvo y señaló el horizonte.

—Tracé el contorno del paisaje. ¿Lo ves?

Raquel lo vio y quedó impresionada.

—Así podremos recordar siempre este lugar.

—Sí, y si alguna vez tenemos que volver, tendremos un mapa para orientarnos —dijo Ben, mirándola—. ¿Cuándo nos iremos a Mormón?

—Yo me pregunto lo mismo —respondió—. Quizá esta noche pueda hablar con Helam de eso.

Una vez que Abe se durmió y su madre se recogió en la choza, Raquel salió en busca de Helam. Lo encontró reunido con los ancianos cerca del fuego. Tendría que seguir esperando. Como los demás ancianos no parecían deseosos de dejar aquel lugar, Helam era probablemente su única oportunidad. Había estado en Mormón y había disfrutado del trabajo allí. El consejo no se disolvió hasta que la luna estuvo alta en el cielo. Raquel esperó a que los otros hombres se marcharan y, agradecida de que Helam se quedara, se acercó a él.

Él apartó la vista del fuego.

—¿Qué haces fuera a estas horas?

Ella disimuló su fastidio. Cuando Abinadí pasaba temporadas predicando en la ciudad, Helam solía seguirla como una sombra. Parecía haber recobrado su antiguo afán de protegerla.

Se acercó al fuego y sintió en las piernas el calor de las llamas que se extinguían.

—Quiero regresar contigo.

Helam negó con la cabeza.

—Es una región agreste, con fieras por todas partes. Ni siquiera cincuenta personas bastan para mantener seguro el asentamiento. Las madres tienen que tener a sus hijos cerca en todo momento.

Raquel estaba preparada para ese argumento.

—Este valle también era agreste cuando llegaron los ancianos. Entonces no le esquivé al trabajo duro y tampoco lo haré ahora. Sé que hay riesgos. —Clavó la vista en las llamas que se agitaban—. Creo que nos hará bien a todos, también a tu madre y a la mía.

Él guardó silencio un momento y Raquel esperó haber logrado que la escuchara.

—Hablamos de eso esta noche en el consejo de los ancianos. Un par de hombres se mostraron interesados, pero Gedeón señaló algo que les quitó a todos las ganas de irse.

Raquel miró a Helam con curiosidad. Gedeón era uno de los hombres más valientes que conocía. Una región agreste no lo habría preocupado.

—Los soldados de Noé siguen recorriendo la región de cabo a rabo. Se rumorea que han empezado a irrumpir en las casas sin aviso, buscando pruebas de que algún ciudadano planea marcharse. Después llevan a juicio a esos ciudadanos.

Ella se encogió de hombros.

—Eso es lo que cabría esperar del rey, pero durante el viaje nos mantendremos lejos de la ciudad.

—¿No lo ves, Raquel? —dijo Helam en voz baja—. A la derecha tenemos a los soldados del rey Noé y a la izquierda, a los lamanitas. Delante de nosotros está lo desconocido. Pero si nos quedamos aquí, estaremos a salvo. —La miró fijamente a los ojos—. Y eso es lo único que me importa. Que tú y Abe estén a salvo.

—Pero, Helam, seguro que…

—Eres la mujer más terca que conozco —la interrumpió—. No me sorprendería encontrarte haciendo un fardo antes del amanecer.

Raquel se encogió de hombros con gesto de disculpa. Cuando había intentado salir a escondidas de la aldea para ir tras Abinadí, Helam la había descubierto y luego la había acompañado. Era tan terco como ella. Pero ¿adentrarse en la región agreste de Mormón? Ni ella se atrevía a emprender sola aquel viaje.

—¿Y si simplemente nos vamos? Si pasado un tiempo resulta demasiado difícil, podríamos regresar —dijo Raquel.

—¿Solo tú, Abe y yo? —preguntó él.

—No, estoy segura de que Ester y mi madre… —empezó ella.

—Así que debo escoltar y proteger como pueda a tres mujeres y a un niño pequeño, guiarlos por un territorio peligroso donde hay conflictos, verlas trabajar arduamente en un asentamiento provisional y luego ayudarlos a huir cada vez que se acerquen los soldados del rey.

Raquel lo miró fijamente durante varios segundos.

—Exactamente.

La mañana amaneció entre brumas, al menos para Amulón. Gimió al incorporarse y parpadeó mientras miraba a su alrededor. Se había quedado dormido sobre los cojines de la sala de reuniones, con una jarra de vino vacía cerca. Entonces recordó que había estado celebrando.

Una sonrisa se le dibujó en los labios al recordar su plan. Encontrar a Maia. Obligarla a admitir que era creyente. Llevarla a juicio. El rey haría de ella un escarmiento para el pueblo y después lo recompensaría a él. Sería casi como entregarle a Alma. Casi.

Amulón se puso una de sus mejores capas de plumas y comió unas tortas de maíz y unas cerezas deshuesadas que le había preparado su sirviente. A media mañana salió hacia el barrio bajo. Aunque los padres de Maia habían recibido del rey una generosa dote por su hija, había oído que no se habían mudado a una casa mejor. Quizá los vecinos pudieran indicarle dónde encontrar a Maia. Mientras recorría las calles, casi todos inclinaban la cabeza al verlo. Un par de personas incluso corrieron a entregarle una vasija de cerámica pintada. Amulón les sonrió con aire magnánimo y siguió su camino. Le encantaba que lo reverenciaran. La calle se estrechó hasta dividirse en varios senderos que partían en distintas direcciones. Se detuvo al llegar a un grupo de tres chozas. Todas eran sencillas, de solo dos o tres habitaciones cada una, pero los patios estaban bien cuidados.

Amulón vaciló, preguntándose cuál pertenecería a los padres de Maia. Oyó cantar a alguien. Se acercó al borde del patio de la choza del medio y, para su sorpresa, se dio cuenta de que la voz era de Maia. La había oído cantar muchas veces en la corte y su voz era inconfundible. Debía de haber regresado allí en cuanto se supo que sus padres habían huido. Sonrió complacido. Aquello sería todavía más fácil de lo que había pensado. Escuchó con atención la letra de la canción. Era una melodía tradicional que ya conocía, ajena a cualquier creencia nueva.

Examinó las dos chozas contiguas. Necesitaría un motivo para llevarla a juicio. Tendría que encontrar algo de lo que pudiera acusarla.

Mientras iba tomando forma un plan en su mente, se alejó de la casa de Maia. Recorrió las calles a toda prisa, sin apenas prestar atención a quienes le rendían homenaje. Al llegar a su propiedad, reunió algunas provisiones: comida, vino y ropa de sirviente. De su hija había aprendido una cosa, cómo disfrazarse.

Antes de poner en marcha su plan, pasó parte del día trazando una estrategia con el capitán de los guardias fronterizos. Se duplicaría el número de hombres y se reforzarían las patrullas nocturnas.

Cuando el sol atravesó el cielo y comenzó a descender, Amulón se dirigió a casa. Una vez allí, se puso la túnica de sirviente y envolvió su capa de plumas en un fardo de ropa. Al caer el crepúsculo, se ató a la espalda un bulto con comida y vino, en el que había metido también una bolsa de ontíes de plata. Luego se puso en camino.

Faltaba poco para el toque de queda. Si se daba prisa, nadie lo detendría ni lo interrogaría. Siempre podía revelar su identidad y seguir con su cometido, pero prefería pasar inadvertido.

No tardó en llegar al grupo de tres chozas. De las tres salía el resplandor de las lámparas de aceite. Ahora solo tenía que decidir a cuál de las dos chozas contiguas a la de Maia acercarse. Fue primero a la izquierda y espió por la ventana. Dentro había una mujer sentada con un bebé y un niño pequeño que jugaba en el suelo. Amulón se alejó sigilosamente, bordeó la choza de Maia y se asomó por la ventana de la choza de la derecha. Dentro estaban sentados un hombre y una mujer, cenando. No se veía ningún niño.

Amulón sonrió y rodeó la choza. Sacó del fardo la capa de plumas, se la echó sobre los hombros y llamó a la puerta.

Cuando el hombre abrió, Amulón le tendió la bolsa de plata.

—Por orden de Su Alteza, el rey Noé, deben desalojar esta casa de inmediato.

El hombre abrió mucho los ojos y miró primero a Amulón y luego a la bolsa.

Amulón se la acercó más.

—Cuéntela, si lo cree necesario. —Hizo un ademán con la mano—. Con esto se paga de sobra este lugar.

La mujer se puso al lado de su esposo e inclinó la cabeza.

—¿Vive alguien más aquí? —preguntó Amulón.

Ambos negaron con la cabeza.

—Muy bien —dijo Amulón—. Esperaré afuera mientras recogen lo que puedan llevarse. —Los miró con intención—. No le hablen a nadie de esta orden.

La mujer se aferró al brazo de su esposo, con miedo en los ojos. Sin decir palabra, los dos se volvieron y empezaron a recoger sus cosas.

Satisfecho, Amulón se apartó de la entrada. Examinó las otras dos chozas. No se veía ningún movimiento afuera.

La pareja salió antes de lo que esperaba, y Amulón les entregó la bolsa de plata. Los dos se alejaron apresuradamente en la oscuridad. Amulón los vio desaparecer, entró en la choza y cerró la puerta con satisfacción. La primera parte del plan había salido a la perfección. Se quitó la capa y volvió a guardarla en el fardo. La reservaría para el momento oportuno.

Luego apagó de un soplo la lámpara de aceite y salió de la choza. Trepó por el muro bajo que separaba su nueva vivienda de la de Maia, eligió un árbol desde el que tendría buena vista y se aupó hasta la primera rama. Desde allí podía ver directamente por la ventana de Maia.

Se acomodó en la rama, disfrutando del aire nocturno y de lo que tenía ante los ojos. Había olvidado lo hermosa que era. Su cabello oscuro brillaba a la luz de la lámpara. Sus facciones seguían siendo perfectas, aunque ya habían pasado los días en que era una novia de dieciséis años. Qué exquisita. Si era posible que una mujer se volviera más hermosa con la edad, Maia, a sus diecinueve años, era prueba de ello.

Estaba sentada junto a la lámpara de aceite, cuya llama parpadeaba, inclinada sobre una labor. Su cabello de un cobrizo oscuro se le había soltado de las trenzas y, de vez en cuando, se lo apartaba del rostro. Luego empezó a cantar en voz baja. Amulón se sorprendió inclinándose hacia delante para oír cada frase de la melodía. No entendía cómo el rey había permitido que aquella esposa viviera separada de él. Comprendía muy bien el interés de Alma por ella, aunque le estuviera vedada por ser esposa del rey.

Una sonrisa asomó a los labios de Amulón. Tal vez el hecho de estarle vedada la hacía aún más tentadora. Los veinticinco años que los separaban tampoco le restaban atractivo. Siguió observándola varios minutos antes de recordarse que debía buscar algo en su casa que pudiera incriminarla. Desde donde estaba podía ver casi toda la sala, salvo un par de rincones. Buscó algún ídolo que demostrara que ella todavía adoraba al dios del sol o a la diosa de la luna. No vio ninguno. Tal vez eso bastara como prueba.

De pronto, Maia se puso de pie y bostezó. Amulón se aferró a la rama bajo su cuerpo, listo para ponerse a cubierto. Pero ella no se acercó a la ventana. Se volvió y pasó a la habitación contigua. Amulón bajó de la rama y avanzó por el costado de la choza, sin apartarse de la hilera de árboles, siguiendo el resplandor.

Maia estaba en su dormitorio. Amulón trepó al siguiente árbol y mantuvo el equilibrio con algo más de dificultad que antes. Maia bostezó de nuevo y luego se soltó el cabello. Tal vez la sorprendería orando. El corazón empezó a golpearle con fuerza. Ella se quitó la túnica de los hombros y Amulón contuvo el aliento. Antes de quitarse nada más, apagó de un soplo la lámpara de aceite.

Amulón soltó el aire y parpadeó en la repentina oscuridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, descendió en silencio de la rama y se acercó sigilosamente a la ventana. Espió hacia dentro, tratando de distinguir la silueta de Maia, acurrucada bajo una manta en el lecho. Ella guardaba silencio. Ni una palabra, ni una oración, ni un canto. La observó unos instantes más, con la decepción latiéndole en el pecho, antes de apartarse por fin.

Mañana sería otro día. Otra oportunidad.


Capítulo 3

Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno…
— Malaquías 4:1


Una semana después del regreso de Helam, Raquel comprendió que tenía que volver a hablar con él. Cuanto más tiempo pasara, más difícil sería convencerlo de que la llevara a Mormón. Todos habían retomado su tranquila rutina, como si Helam nunca se hubiera marchado, como si Abinadí…

La mirada de Raquel se cruzó con la de Helam al otro lado de la fogata, pero él enseguida apartó la vista. Gedeón, el principal de los ancianos, a quien llamaban el Maestro, seguía explicando las enseñanzas del Señor y Sus Diez Mandamientos, que Raquel ya conocía bastante bien. Recordó las preguntas que le había hecho a Abinadí sobre las leyes de Dios, en especial sobre aquellas que el rey Noé había decidido pasar por alto.

Raquel se cruzó de brazos. Le entraba sueño al oír la voz apacible de Gedeón, que subía y bajaba en la noche. Su hijo ya dormía en la choza. Su madre estaba con él, probablemente dormida también. Raquel ahogó un bostezo y entonces notó que Helam volvía a mirarla. Tal vez había cambiado de parecer. Se ciñó a los hombros el manto gastado y recorrió con la vista el asentamiento en penumbra, las chozas en hileras ordenadas y los campos más allá. De allí solo se llevaría los recuerdos.

Gedeón terminó de hablar y ofreció una oración. La reunión había concluido. A su lado, Ester se puso de pie y se desperezó.

—Buenas noches.

Raquel vio a su suegra despedirse de varias personas y encaminarse hacia su choza. Cuando Raquel se levantó, casi todos se habían marchado. Solo quedaban Helam, Gedeón y Esdras. Se acercó a los tres y se cruzó de brazos.

Gedeón arqueó una ceja y su expresión se volvió seria antes de que ella pudiera hablar.

—Lo siento, Raquel, pero nuestra decisión sigue siendo la misma.

Esdras asintió junto a él, pero Raquel fijó la mirada en Helam.

—Está bien —dijo—. Se salen con la suya… por ahora.

Él asintió con el rostro oculto en la sombra de la capucha. A veces Raquel tenía ganas de quitársela de un tirón. ¿De qué se escondía? ¿A quién protegía? Todos lo conocían y sabían de las quemaduras que había sufrido de niño. Nadie allí se apartaría de él ni lo trataría de manera distinta.

—Por ahora —repitió. Luego miró a Gedeón y a Esdras.

Gedeón le puso una mano en el hombro con expresión de preocupación paternal.

—Sabemos lo difícil que ha sido para ti quedarte aquí, con tantos recuerdos de Abinadí. Si tuviéramos otra opción, alguno de nosotros te llevaría a Mormón.

A Raquel le escocieron los ojos. Ahora no. Había contenido sus emociones todo el día. Le resultaba más fácil enojarse con los ancianos que pensar en cómo había acabado dependiendo de otros hombres para su bienestar, cuando antes podía contar con su esposo.

Dio un paso atrás y la mano de Gedeón se deslizó de su hombro. No quería que nadie se compadeciera de ella. Solo quería dejar de vivir allí. Se volvió antes de que le asomaran las lágrimas, les deseó buenas noches por encima del hombro y se encaminó a su choza. No sabía si los hombres hablaron de ella después de que se marchara, pero de pronto sintió vergüenza. Había sido ingrata y egoísta. Las lágrimas ardientes le quemaban los párpados. Tenía que pensar en su madre, en su suegra y en su hijo. ¿Cómo podía siquiera pensar en poner en peligro a alguno de ellos solo porque extrañaba a su esposo con cada respiro?

Siempre lo extrañaría, unos días con más intensidad que otros, pero él siempre estaría presente en su corazón. Entonces se detuvo en seco, estremecida por lo que acababa de comprender. Había otras mujeres allí que vivían sin sus esposos. A Ester la había abandonado el suyo hacía años, y su propia madre había dejado a su esposo y su hogar. A Raquel se le escapó medio sollozo. Echó una última mirada al fuego que se apagaba y se refugió en la choza.

Una vez dentro, se apretó los ojos con el dorso de las manos y respiró hondo varias veces, tratando de serenarse ante aquella oleada de dolor.

—Esta noche no —susurró.

Avanzó a tientas en la oscuridad hasta llegar a Abe. Se acostó junto a él y se arrimó un poco más, percibiendo el olor de su cuello ligeramente húmedo. El niño respiraba con calma, casi sin hacer ruido. Raquel le besó el cabello y cerró los ojos. Por la única ventana se filtraba la luz de la luna, mezclada con el resplandor de la fogata.

Debió de quedarse dormida, porque lo siguiente que advirtió fue que la habitación se había iluminado. Algo andaba mal. Abrió los ojos con un sabor acre en la boca. El sabor le llegó a la garganta y le provocó arcadas. Humo. Se le erizó el vello de la nuca al incorporarse.

La puerta de la choza se abrió de golpe y entró una bocanada de humo. Helam irrumpió en la habitación.

—¡Tenemos que salir, ahora mismo! —gritó.

Raquel se puso de pie a toda prisa, con el miedo clavado en el corazón.

—¿Qué sucede?

—Los lamanitas —dijo él entre dientes—. La choza de Gedeón ya está ardiendo.

—¡Oh, no! —exclamó la madre de Raquel desde un rincón.

Empezó a recoger cosas para empacarlas.

—No hay tiempo —dijo Helam.

El pánico se apoderó de Raquel mientras alzaba a su hijo.

—¿Dónde están tu madre y Ben? —le preguntó a Helam.

—¡Aquí! —respondió Ben desde la puerta, con el humo entrando detrás de él.

Ester y Ben estaban juntos. Se veían tan pequeños y vulnerables que daba miedo. Ester se llevó una mano a la boca y tosió violentamente.

—¡Vamos! —dijo Helam, guiando al pequeño grupo fuera de la choza.

Las mujeres salieron tras él, muy juntas.

Raquel contempló horrorizada la aldea en llamas. Varias chozas habían prendido. Se le cortó el aliento al ver que unos lamanitas irrumpían en una choza a solo tres de distancia. De dentro brotaron gritos. La imagen de Abinadí azotado con palos encendidos le pasó por la mente como un relámpago y se quedó paralizada de miedo. Pero alguien tiró de su brazo y ella lo siguió, aturdida.

—¡Corre! ¡Corre! ¡No te detengas, oigas lo que oigas y veas lo que veas!

Debía de haber sido Helam, porque al instante siguiente le quitó a Abe de los brazos y la tomó de la mano.

Raquel avanzó a trompicones junto a él, con los ojos irritados por el humo. Los gritos que salían de la aldea se confundieron con los suyos hasta que ya no pudo distinguirlos.

Le dolían las piernas cuando se internó en el sembradío más cercano, aferrada a la mano de Helam y siguiendo a los demás. Detrás de ella, un hombre gritó algo que no entendió. Luego volvió a gritar, con un sonido terrible y penetrante. Un grito de guerra. Raquel se estremeció de terror.

Delante de ella, Ben tropezó. Raquel estuvo a punto de caer sobre él, pero Helam la sostuvo justo a tiempo. Luego ayudó a Ben a levantarse.

—¡Vamos, vamos! ¡Vienen tras nosotros!

Le bastó mirar atrás para que la recorriera una sacudida de terror. Al menos media docena de guerreros lamanitas venían saltando por encima del maíz, que les llegaba a la cintura. Lanzaban alaridos mientras se acercaban.

—¡Al suelo! —ordenó Helam en un susurro apremiante—. Vayan hacia la izquierda y arrástrense lo más rápido que puedan.

Abe gimoteó en brazos de Helam y Raquel sintió unas ganas inmensas de consolarlo. Delante de ella, Ester, Itzel y Ben se pusieron a gatas y se alejaron deprisa.

Raquel lanzó a Helam una mirada de miedo.

—Si se acercan demasiado —dijo él—, toma a Abe y corre lo más rápido que puedas. Solo podré contenerlos un rato.

Ella asintió, tratando de contener las lágrimas. Empezó a avanzar a gatas, sin hacer caso de las piedrecillas que se le clavaban en las manos y las rodillas. A ratos contenía el aliento para escuchar los gritos de guerra, cada vez más cercanos. De pronto amainaron. Cuando le pareció que se alejaban, se volvió hacia Helam, que venía detrás.

—¿Los perdimos?

—Eso espero. Seguiremos hasta llegar al otro lado del sembradío.

Siguieron a gatas, pero un poco más despacio, como si no se atrevieran a mover los tallos entre los que pasaban.

Por fin llegaron al otro extremo del sembradío y se dirigieron a un grupo de árboles al pie de una colina. Raquel se puso de pie y ayudó a Itzel y a Ester a levantarse. Las dos se sostenían con dificultad y jadeaban. A Raquel le temblaba todo el cuerpo. Miró a Helam, que todavía llevaba a su hijo en brazos. Abe tenía los ojos muy abiertos, fijos en el asentamiento en llamas.

Tomó a su hijo en brazos y lo acunó contra su pecho. Gracias al cielo, todos estamos a salvo. Se volvió y vio que ardía al menos la mitad de las chozas. Contra el resplandor anaranjado se movían las siluetas oscuras de los lamanitas.

—Miren allá —susurró Ben.

Por un lado del sembradío apareció un grupo de personas que pareció desvanecerse entre los árboles.

—Debe de ser el grupo de Gedeón, que va hacia la ciudad —dijo Ester.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Ben con voz asustada.

—Algunos escaparon antes que nosotros —dijo Helam—. Seguramente ya van lejos.

Miró a Raquel.

—¿Todavía quieres ir a Mormón?

Ella se le quedó mirando.

—Parece que al fin vas a conseguir lo que querías.

Raquel negó con la cabeza al sentir que una lágrima le corría por la mejilla.

—Esto no era lo que yo quería.

—Lo sé. —Helam se acercó y le puso una mano en el hombro—. Creo que será mejor que ir a la ciudad. Aunque Gedeón y los demás vayan allá, nadie puede garantizar que estemos a salvo. —Vaciló—. Sobre todo tú. Si creyera que podemos refugiarnos en casa de tu padre o en algún otro lugar… Pero me temo que a algunos les resultaría demasiado tentador entregarte.

Ella asintió. En la ciudad no sería precisamente bienvenida. El rey Noé había amenazado con quitarle la vida y su padre obedecería las órdenes del rey, fueran cuales fueran.

Helam seguía mirando a Raquel cuando se dirigió al pequeño grupo, que permanecía apiñado.

—Lo mejor que podemos hacer es ir a Mormón.

Raquel soltó el aire y estrechó a su hijo, sabiendo que tenía en brazos todo lo que deseaba. Su madre estaba con ella y, si Ben, Ester y Helam estaban a salvo, ¿qué más podía pedir? Se estremeció. Había querido dejar el asentamiento y empezar una vida nueva, pero no así. No de aquella manera tan horrible.

—¡Miren! ¡Están quemando otra! —dijo Ben en un susurro demasiado alto.

Raquel y Helam lo hicieron callar al mismo tiempo, pero también ellos volvieron la vista hacia la aldea. Las llamas anaranjadas se alzaban hacia el cielo.

—¡Están entrando en tu choza! —dijo Ben.

Raquel se quedó sin habla. Veía claramente la luz de las antorchas derramarse por la ventana y la puerta. Se le revolvió el estómago al imaginar a sus enemigos revolviendo sus pertenencias. Entonces los lamanitas salieron de la choza. Raquel contuvo el aliento.

—Está ardiendo —susurró en medio de aquel silencio sepulcral.

Nadie habló mientras veían las llamas asomar por la ventana y la puerta y consumir lentamente la casa.

Raquel acarició el cabello de Abe mientras el niño escondía la cabeza contra su pecho. Vagamente se dio cuenta de que Helam la había rodeado con un brazo. Entonces sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas.

Como si pudiera oír su angustia, Helam dijo:

—Quieren que no nos quede ningún motivo para volver.

La estrechó con más fuerza.

Raquel contempló las llamas que se alzaban. A pesar de la distancia, le parecía sentir el calor abrasándole el rostro. Pronto el resto de las chozas quedó envuelto en llamas. No supo cuánto tiempo pasó allí de pie, mirando. El espectáculo le revolvía el estómago y, aun así, no podía apartar la vista. El fuego se había llevado casi todo lo que tenía.

Por fin, la voz suave de Helam rompió el silencio.

—Vámonos.

Extendió los brazos y tomó a Abe.

Raquel siguió a los demás, aturdida, volviendo la vista atrás una y otra vez. Ben se acercó a su lado y le tomó la mano. Ella se la apretó con fuerza.

—Traje mis espadas —susurró él.

Raquel asintió. Sabía exactamente lo que quería decir. Al menos les quedaba una parte del valle que los lamanitas no podían quemar.

Amulón vigilaba a Maia día y noche y cada día perdía un poco más la paciencia. Parecía una ciudadana ejemplar. Incluso se había acercado a ver cómo estaban sus vecinos y había llamado a la puerta. Por fortuna, no había intentado entrar.

Se sabía de memoria su rutina. Se levantaba y preparaba el desayuno temprano. Daba de comer a los pavos, iba por agua, quitaba las hierbas del huerto, iba al mercado y cambiaba algunos de sus mantos bordados por otras mercancías. Al anochecer volvía a casa y se sentaba a bordar junto a la lámpara de aceite.

Aquella rutina no era propia de la esposa de un rey, pero nunca cambiaba. Era predecible.

Estaba perdiendo el tiempo. Mandaría a un soldado a vigilar la casa en su lugar. Aquella sería su última noche.

Desde donde vigilaba, Amulón veía el resplandor que salía de la casa de Maia. La veía inclinada sobre su bordado. Estaba medio dormido cuando ella levantó la cabeza, sobresaltada.

Amulón se enderezó y aguzó el oído. ¿Qué había oído ella? Entonces él también lo oyó. Alguien llamaba suavemente a la puerta.

Maia se levantó y caminó despacio hacia la entrada. Amulón tuvo que cambiar de posición para ver quién era el visitante.

En el umbral estaba un hombre al que Amulón creía que jamás volvería a ver.

Gedeón. El hombre al que habían desterrado de la ciudad años atrás. El hombre al que los ancianos debían su fortaleza. El hombre que seguramente había enviado a Abinadí a predicar en la ciudad.

Amulón se esforzó por oír la conversación. Parecía que Maia no lo conocía y que Gedeón se estaba presentando.

¿Por qué está aquí?, se preguntó Amulón. Le ardía el pecho mientras consideraba todas las posibilidades. Fuera cual fuera la razón, la ley le prohibía a Maia tratar con aquel hombre. Ahora podían juzgarla por traición contra su propio esposo.

Contuvo el aliento mientras Gedeón hablaba con Maia en voz baja. Ella parecía estar de acuerdo con lo que él decía, pues asentía una y otra vez. Entonces Gedeón se apartó de la entrada y media docena de personas entraron en la choza.

Amulón se quedó mirando. Vestían como… creyentes. Llevaban túnicas sencillas de lino, con pocos adornos. Sus capas eran de tela tejida, sin una sola pluma a la vista.

¡La casa de Maia está llena de creyentes! Amulón estuvo a punto de gritar de triunfo. Necesitaba más hombres. Gedeón opondría resistencia.

Sin perder más tiempo, agarró su capa y se alejó a toda prisa por calles secundarias, evitando que lo viera cualquiera que anduviera fuera pese al toque de queda. Al llegar al mercado central, se puso la capa de plumas. Ahora nadie dudaría de quién era. Dos soldados holgazaneaban cerca de una esquina. Cuando lo vieron acercarse, se cuadraron.

Amulón dio una sola orden.

—Síganme.

Recorrió la ciudad hasta reunir a una docena de hombres más. Todos sentían curiosidad, pero obedecieron. Nadie hizo preguntas.

Cuando por fin llegaron al camino que llevaba a la choza de Maia, Amulón se detuvo y señaló la casa.

—Ahí dentro hay un grupo de traidores al rey. Algunos podrían oponer resistencia, así que estén preparados para usar las armas. Una de las traidoras es la propia esposa del rey. Asegúrense de que no sufra daño alguno. Debe comparecer ante el rey.

Los soldados asintieron con los ojos muy abiertos.

—Avancen —dijo Amulón.

Los condujo hasta la puerta y ordenó a uno de los soldados que la derribara de una patada.

Los soldados irrumpieron en la choza a gritos. Entonces se detuvieron y callaron.

Amulón entró en la choza. Estaba vacía.


Capítulo 4

…el juicio y la justicia te alcanzarán.
— Job 36:17


Amulón dio una lenta vuelta sobre sí mismo, sin dar crédito a sus ojos. La choza estaba vacía, salvo por unas tazas apiladas sobre la mesa baja. Hacía apenas un momento había estado llena de gente. ¿Adónde podían haber ido tan deprisa?

—No pueden estar lejos —les dijo Amulón a los soldados que abarrotaban la habitación—. ¿Cuántos de ustedes reconocerían a Maia o a Gedeón si los vieran?

Cuando la mayoría de los soldados levantó la mano, Amulón asintió con aprobación.

—Excelente. Ahora sepárense y registren los caminos y las casas de los alrededores. Busquen a Maia, a Gedeón o a cualquiera de sus seguidores.

Amulón señaló a dos de los soldados.

—Ustedes se quedarán conmigo. Esperaremos un rato a ver si vuelven.

Ordenó a los demás que salieran de la choza y recorrió el lugar con la vista una última vez, sintiendo cómo le crecía la furia por dentro. Había estado tan cerca.

—Vamos —dijo al salir.

Los soldados lo siguieron hasta la choza donde se había instalado.

Las horas pasaron lentamente, una tras otra, mientras Amulón vigilaba la choza de Maia. Al fin lo venció el sueño y ordenó a los soldados que lo despertaran si veían algún movimiento.

Cuando las primeras luces del alba surcaron el cielo, Amulón se despertó sobresaltado. Lo primero que notó fue que los soldados estaban dormidos. Lo segundo, que alguien cantaba. Se levantó y se asomó por la ventana, dando una patada al soldado más cercano al pasar.

Maia estaba arrodillada en la tierra blanda detrás de su casa, cavando o plantando algo. ¿Cuánto tiempo hacía que había vuelto? Despertó a los otros soldados y les hizo señas para que guardaran silencio. Se echó la capa sobre los hombros, respiró hondo y salió de la choza. Bordeó el muro bajo y entró por la puerta trasera del patio.

Maia advirtió enseguida su presencia y alzó los ojos para observarlo. Luego se puso de pie y se sacudió las manos. Sin duda lo había reconocido, pero no dijo nada.

Amulón se cruzó de brazos.

—El rey ha mandado vigilarte.

Maia no se movió. Solo entrecerró un poco los ojos, como si tratara de decidir si debía creerle. Miró a los soldados y luego volvió a mirar a Amulón.

—Anoche recibiste en tu casa a un grupo de rebeldes —dijo él.

La expresión de Maia cambió. Abrió mucho los ojos y apretó los labios.

—¿Hace falta que te enumere los cargos?

Ella negó con la cabeza.

Por un instante, Amulón sintió una punzada de pesar, pero la apartó enseguida.

—Ven con nosotros. Creo que a tu esposo le interesará saber lo que has estado haciendo.

Maia lo miró con expresión desafiante.

—No he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme. —Hizo una pausa y lo observó con atención—. Al menos yo puedo decir eso.

—¡Llévensela! —ordenó Amulón, casi con un gruñido.

Recorrió las calles con el ceño fruncido. Era tan temprano que pocas personas los vieron, pero la noticia del arresto se difundiría muy pronto. De hecho, a Amulón no le habría sorprendido que el rey se enterara antes de que él llegara al palacio.

Los guardias del palacio se cuadraron al ver acercarse al pequeño séquito, con los ojos encendidos de curiosidad. A todos les gustaba presenciar un juicio.

—Avisa al rey —le dijo Amulón a uno de los guardias.

El hombre corpulento se alejó tan deprisa como se lo permitían sus cortas piernas. Amulón hizo una seña a los soldados que custodiaban a Maia y los condujo a la sala del trono. No había nadie dentro. Sobre las mesas bajas quedaban esparcidas las sobras de la noche anterior. Un par de sirvientes entraron apresuradamente, intercambiaron miradas de complicidad y se pusieron a retirar la comida y a acomodar los cojines.

Entró un hombre bajo y delgado, con un manojo de pieles e instrumentos de escritura. Era Elí, el escriba que había estado a punto de pedir la mano de la hija de Amulón. Elí se inclinó y su mirada se posó un instante en Maia. Aunque arqueó una ceja, ocupó su lugar sin hacer preguntas.

Tal vez el rey ordenaría un juicio formal ante la corte y mandaría que todos se reunieran más tarde en la sala de audiencias. Pero Amulón esperaba que el asunto pudiera resolverse de inmediato, allí mismo, en la sala del trono.

Amulón iba de un lado a otro mientras esperaba al rey. De vez en cuando miraba a Maia. Ella no oponía resistencia a los soldados que la rodeaban y permanecía de pie, con la vista fija en el suelo. Su ropa era sencilla. Seguía siendo de lino finamente tejido, pero no se parecía en nada a la que llevaban las otras mujeres del palacio. ¿Le habría reducido el rey su asignación? Tal vez era algo más que el aburrimiento lo que la llevaba a trocar sus bordados en el mercado. Quizá había caído tanto en desgracia que aquella nueva transgresión apenas despertaría el interés de Noé.

A Amulón empezaron a sudarle las palmas de las manos. No quería importunar al rey con aquel asunto. Por un instante, dudó del gran plan con el que esperaba recobrar su favor. ¿Y si al rey le disgustaba?

Un guardia anunció al rey y todos se pusieron de pie para rendirle sus respetos.

Amulón se volvió de golpe y se inclinó justo cuando el rey entraba. Lo acompañaban dos mujeres a las que Amulón no reconoció. Debían de ser nuevas rameras. Las mujeres miraron a Maia con indiferencia y enseguida volvieron a dedicarle toda su atención a Noé.

Cuando el rey se hubo acomodado, con las mujeres sentadas sobre cojines a sus pies, por fin miró directamente a su esposa.

Maia mantuvo la cabeza baja. El rey la miraba fijamente, pero ella seguía sin levantar los ojos. El rostro de Noé se enrojeció y, por fin, se volvió hacia Amulón.

—¿Qué significa esto?

—Alteza —dijo Amulón con la voz impregnada de lealtad—, hace unos días, sus padres desaparecieron con los creyentes… ¿Recuerda al muchacho que le trajo la noticia de Jachin y Lael?

El rey asintió, con impaciencia en los ojos.

—Continúa.

—Decidí hacerla vigilar, por si se había hecho creyente como sus padres.

El rey comprendió y apartó la mano de la mujer que le acariciaba el brazo.

—Anoche —continuó Amulón, despacio y con deliberación— recibió a un visitante bastante peculiar en casa de sus padres.

Las pocas personas que había en la sala del trono empezaron a murmurar. Maia alzó por fin los ojos y miró a su esposo. En su rostro no había rastro de ruego ni de súplica.

Amulón se preparó para el efecto de sus siguientes palabras.

—Era Gedeón.

El rey alzó las cejas, se enderezó y apartó la pierna que una de las mujeres le acariciaba.

—Lo desterré hace años.

Amulón ni siquiera tuvo que asentir. El rey miraba directamente a Maia y ninguno de los dos apartaba la vista.

—¡Habla, mujer! —rugió Noé.

Ella se estremeció, con expresión dolida.

—Amulón dice la verdad.

Noé se puso de pie, con el rostro enrojecido. Pero, en vez de gritar, habló en un tono mesurado.

—¿Por qué?

—Vino a buscar refugio en la ciudad. Los lamanitas han incendiado su asentamiento.

El rey levantó las cejas.

—¿Los lamanitas?

Amulón observó atentamente al rey. ¡No!, quiso gritar. Tu esposa es una traidora. De eso se trata todo esto.

Noé se acercó a Maia. Le prestaba toda su atención y ya se había olvidado de Amulón.

—Dime exactamente lo que dijo Gedeón.

Las mujeres que estaban junto al trono hicieron un mohín al ver alejarse al rey. En su rincón, Elí escribía a toda prisa.

A Amulón se le secó la boca. Esto no puede estar pasándome.

—Dijo que todos tuvieron que huir del asentamiento —explicó Maia—. Solo llevaba consigo a una parte de ellos, unas familias. Deberían llegar más a la ciudad. Calcula que son unos cuarenta en total.

—¿Por qué te buscó Gedeón?

—Creía que la casa de mis padres estaba vacía. Alguien le dijo que eran creyentes y que se habían marchado para seguir a… —Miró directamente a Amulón—. Hace poco que me instalé en la casa. Él no esperaba encontrarme viviendo allí.

El rey también miró a Amulón.

—¿Es cierto?

Amulón extendió las manos.

—No interrogué a la mujer. La traje directamente aquí para que usted mismo juzgara sus actos. Lo cierto es que lo recibió en su casa, aun sabiendo que era un traidor.

Noé sopesó la respuesta de Amulón por un momento.

—Puede haber sido un error de buena fe. —Volvió a mirar a Maia—. O quizá no.

Ella le sostuvo la mirada sin acobardarse, como Amulón habría esperado. Él no podía dejar que el asunto se torciera, así que intervino.

—¿Y sus padres? Han estado infringiendo sus leyes. Seguramente su hija ha tomado parte en sus actividades.

Noé fulminó a Amulón con la mirada.

—¿Seguramente?

Miró a Maia y dio un paso hacia ella.

—¿Eres creyente?

Maia lo miró como si se hubiera quedado clavada en el suelo.

Noé se cruzó de brazos.

—¿Mi propia esposa es creyente? ¿Va a traicionar a su propio esposo, a su propio rey? ¿Al hombre que le ha dado todo?

Amulón contuvo el aliento, mirando alternativamente a Maia y a Noé. Hasta el escriba había dejado de escribir.

Maia palideció y cerró las manos en puños.

—Sí —susurró.

Noé se inclinó hacia ella y habló entre dientes, separando cada palabra.

—¿Qué acabas de decir?

—Sí. —Su voz era apenas un susurro—. Soy creyente. Creo que Abinadí fue un verdadero profeta del Señor. Que lo condenaron y le dieron muerte injustamente. Que sus profecías se cumplirán. Que debemos dejar de adorar ídolos y de ofrecer sacrificios impuros. Y creo que un hombre debe tener una sola esposa.

El rostro de Noé se contrajo de rabia. Pero, en vez de gritar, cerró los ojos con fuerza y respiró hondo varias veces.

Amulón retrocedió con el corazón golpeándole el pecho. El silencio del rey era peor que sus gritos.

Al cabo de un momento, Noé abrió los ojos. Su rostro estaba sorprendentemente sereno. Frío, en realidad.

—¡Llévenla a prisión!

Los soldados condujeron a Maia hacia la puerta. Ella ni siquiera dirigió una mirada a Amulón.

El rey clavó en él sus ojos fríos y calculadores.

—Tú mismo reunirás a un grupo de hombres para encontrar a Alma, aunque sea lo último que hagas en esta vida. No quiero que mandes exploradores. Quiero que tú lo encuentres.

Le dio la espalda.

—¡Ahora!

A Alma le tocaba montar guardia aquella noche. Aunque pasaba los días trabajando con las manos y las tardes enseñando lo que se había puesto por escrito de las palabras de Abinadí, insistía en hacer su parte en todo. Dos días antes habían avistado a un grupo de lamanitas, pero estos habían cambiado de rumbo antes de llegar a las aguas de Mormón. Toda la comunidad había respirado aliviada, aunque los lamanitas no eran lo que más temían.

Al menos, la muerte a manos de los lamanitas sería rápida. En cambio, a manos de los nefitas sería lenta y dolorosa, quizá como la de Abinadí. Alma procuró no hacer caso del hambre mientras observaba el juego de la luz de la luna sobre el terreno. Parecía tener hambre todo el tiempo, pero apenas se daba cuenta hasta la noche, cuando no estaba tan ocupado. Un grupo de hombres traía con regularidad animales para comer, pero aún tenían poco más con que complementar su alimentación.

Estaba sentado en lo alto de una colina, desde donde podía ver bien a cualquiera que intentara emboscar a su pueblo. Otro vigía estaba apostado varias decenas de pasos más abajo. Bastaría una señal de Alma para que el vigía diera la alarma.

Oyó un crujido en algún punto de la ladera. Apretó el puño en torno a la empuñadura de su espada, cuyas puntas de obsidiana brillaban a la luz de la luna.

—¿Quién va? —preguntó entre dientes.

—Jachin —respondió una voz en un susurro fuerte.

Alma se relajó de inmediato. Aquel hombre era casi tan incansable como él.

—¿Algún movimiento? —preguntó Jachin, jadeando al llegar a su lado.

—Nada.

Alma suspiró y volvió la vista hacia el terreno. Se preocupaba todas las noches y, a decir verdad, también todos los días. El viaje de tres días desde la ciudad hasta las aguas de Mormón era peligroso. Los guardias del rey seguían buscándolo y los lamanitas parecían estar siempre al acecho, justo al otro lado de las fronteras.

—Mira allí —susurró Jachin, señalando.

Alma miró más allá de un grupo de árboles espesos y alcanzó a distinguir varias figuras.

—¿Crees que sean lamanitas? —preguntó Jachin.

Alma observó un momento más.

—No.

—¿Guardias?

Alma escudriñó la oscuridad. Una de las figuras era baja, del tamaño de un niño.

—Creo que son nuevos creyentes. Bajemos a ayudarlos.

Los dos bajaron por la otra ladera de la colina, aún atentos a la presencia de otros intrusos. Cuando estuvieron lo bastante cerca para que los oyeran, Alma llamó:

—¡Hola!

El grupo aminoró el paso de inmediato y una persona se adelantó. Era alta y llevaba capucha.

Antes de que el hombre hablara, Alma supo que era Helam.

—¿Alma?

—Sí. Sígannos. Los guiaremos el resto del camino.

Alma esperó a que el pequeño grupo llegara hasta él. Le sorprendió ver a tantas mujeres. Aparte de Helam y los dos niños, todos eran mujeres. Entonces abrió mucho los ojos al reconocer a Itzel, la esposa de Amulón. Y… Inclinó la cabeza al ver a Raquel, la viuda de Abinadí. Llevaba en brazos a Abe, el hijo pequeño del profeta.

—Bienvenida —dijo mirándola.

Había olvidado lo joven que era.

Ella sonrió con una mirada franca. Su hijo parpadeó al mirar a Alma, pero no pareció sentir mucha curiosidad.

—Ya conoces a mi madre, Itzel —dijo Raquel—. Y esta es mi suegra, Ester.

Alma inclinó la cabeza hacia las dos mujeres.

—Bienvenidas a Mormón. Él es Jachin.

—Y yo soy Ben —dijo el muchacho que estaba junto a Helam.

Alma se volvió hacia él con una sonrisa e iba a darle también la bienvenida cuando se le cortó el aliento. Era el muchacho al que habían azotado en el palacio del rey. El muchacho que se había negado a entregar a Raquel cuando el rey se lo exigió.

Alma respiró hondo.

—Es un honor tenerte aquí.

Su mirada pasó por las mujeres y se detuvo en Helam. Se sintió humilde al tenerlos allí a todos.

Helam se adelantó y le dio una palmada en el hombro.

—Vamos a mostrarles el lugar.

Alma y Jachin tomaron los fardos de las mujeres mientras subían la colina. Alma se preguntó por qué Helam habría traído a un grupo tan vulnerable siendo él el único hombre.

—¿Cómo les fue en el viaje?

Helam guardó silencio un momento mientras subían. Ahora llevaba a Abe en brazos y el niño parecía dormido.

—Los lamanitas incendiaron nuestra aldea.

Alma se volvió y lo miró fijamente.

—¿Pudieron salir todos a salvo?

Helam asintió.

—Creo que sí. Gedeón llevó a un grupo de vuelta a la ciudad. Allí tratarán de encontrar refugio.

Eso apenas alivió la preocupación de Alma. Sabía que no era la mejor opción, aunque quizá fuera preferible a quedar a merced de los lamanitas.

Llegaron a lo alto de la colina y empezaron a bajar hacia el grupo de refugios.

—Me alegra que hayan llegado sanos y salvos —dijo Alma—. Esta semana he estado enseñando a los creyentes el principio del bautismo. El Señor me ha dado a conocer que desea que Su pueblo sea purificado y haga un convenio con Él.

—¿Cuántos quieren bautizarse? —preguntó Helam.

Alma sonrió de oreja a oreja.

—Todos.

—Es asombroso. Una verdadera congregación reunida conforme a la voluntad de Dios.

Con Abe profundamente dormido y las otras mujeres casi dormidas también, Raquel salió de la tienda de puntillas. Las voces de los hombres se habían apagado. Alma y Jachin ya se habían ido. Solo quedaba Helam, sentado sobre una roca. Había insistido en dormir afuera.

Raquel apretó la bolsita que llevaba y se ciñó la capa a los hombros. Cerca de aquel lago tan grande, el aire era más fresco de lo que acostumbraba. Helam levantó la vista cuando ella se acercó.

Al ver la bolsita, negó con la cabeza.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Durante las últimas noches del viaje, ella había insistido en aplicarle ungüento de curaiao en el rostro y en los brazos. Por supuesto, él solo se lo permitía de noche, cuando los demás no podían verlo.

Helam se quitó obedientemente la capucha. Raquel abrió la bolsita y sacó la concha en la que guardaba el ungüento. A la luz de la luna, las cicatrices apenas se notaban. Solo eran unos cuantos bultos y surcos. Raquel sabía que no le dolía cuando le tocaba la piel, pero él se removía de todos modos.

—Quédate quieto —dijo Raquel entre dientes—. Te estás portando como un niño.

Helam dejó escapar un suspiro profundo y cerró los ojos.

—De verdad que esto no hace falta.

—Claro que sí. Ya se nota la diferencia.

—¿De veras? —Levantó la mano.

—No te toques —dijo Raquel—. Tiene que penetrar en la piel.

Helam bajó la mano.

—Mañana, nada de capucha —dijo ella.

Él se le quedó mirando y luego empezó a subirse la capucha de nuevo.

—Hablo en serio, Helam. —Raquel lo detuvo con la mano—. Aquí vamos a empezar de nuevo. Esta es una vida nueva para ti. Desde el principio tienes que mostrarte tal como eres.

Dejó caer la mano.

—Ya soy quien soy.

Helam se puso de pie y se alejó, con irritación en la voz.

Raquel negó con la cabeza.

—¿Quieres seguir escondiéndote el resto de tu vida? Si la gente te trata de manera distinta es porque tú te comportas de manera distinta.

—No lo entiendes. He visto el horror en los ojos de la gente al ver mi rostro.

—También he visto el cariño en sus ojos cuando llegan a conocerte. —Hizo una pausa para ver su reacción—. Además, aquí habrá muchas jóvenes, jóvenes fieles. Si alguna vez quieres casarte, tendrás que dejar que te conozcan.

Raquel esperó. Helam no hizo nada y ella se preguntó si siquiera la había oído.

Por fin, él bajó la cabeza y se quitó la capucha.

—Bien. Y ni se te ocurra ponértela otra vez. —Raquel sonrió y creyó ver un destello de diversión en sus ojos—. O una de estas mañanas podrías descubrir que ha desaparecido.

Se dio media vuelta antes de que él pudiera responder y entró en la tienda, donde todos dormían.

Una vez dentro, se rio para sus adentros. Sabía que su suegra, Ester, aprobaría que lograra convencer a Helam de dejar de usar aquella capucha. Con ella puesta resultaba más intimidante que sin ella.

Raquel se acomodó junto a su hijo dormido. Ben estaba al otro lado, roncando suavemente. Cerró los ojos y dio gracias al Señor por haberlos conducido sanos y salvos hasta aquella nueva tierra. También oró por la seguridad de Gedeón, de los otros ancianos y de sus familias. Después de un viaje tan agotador de tres días, el sueño no tardó en vencerla. Antes de dormirse, aún tuvo tiempo de desear que, al despertar, las pesadillas por fin hubieran desaparecido.


Capítulo 5

Un Señor, una fe, un bautismo.
— Efesios 4:5


Alma contempló a la multitud que llenaba toda la ladera. A sus espaldas, las aguas de Mormón reflejaban la luz de la mañana. Calculó que habría unos doscientos creyentes reunidos.

Se le cortó el aliento al verlos. Era increíble que, en tan poco tiempo, tantas personas hubieran dejado la ciudad y venido allí para adorar juntas. Tantas habían aceptado las enseñanzas del Señor y se habían convertido, como si siempre hubieran estado preparadas y solo les hubiera faltado que alguien les enseñara, que alguien les diera a conocer la verdad.

Recordó las protestas de los habitantes de la ciudad cuando Abinadí había predicado en el mercado. Bastaban unas pocas personas enfurecidas para disuadir de escuchar la verdad a quienes podrían haber creído. Y ahora tenía delante a una multitud muy distinta, una multitud de creyentes, de personas que habían abrazado la verdad. Se le encogió el corazón al preguntarse qué pensaría Abinadí si pudiera verlos ahora. Estaban allí, como creyentes, gracias a su sacrificio.

A la derecha de Alma, Helam estaba sentado sobre una roca, con los hombros encorvados y la cabeza descubierta. Se había quitado la capucha al día siguiente de llegar con Raquel y los demás. Alma sospechaba que Raquel había tenido algo que ver. En el poco tiempo que llevaba de conocerla, ya le había impresionado su valor. Parecía temer muy pocas cosas y era natural que esperara lo mismo de un hombre como Helam.

Las cicatrices de Helam eran pronunciadas, pero después de unos días de mirarlo fijamente, nadie parecía prestarles mucha atención. Su rostro se había vuelto familiar en la comunidad. La gente respetaba sus enseñanzas y apreciaba su sentido del humor. Alma sentía una profunda gratitud por la amistad que crecía entre ellos. Deseaba de todo corazón que a Abinadí se le hubiera perdonado la vida, pero el bien que había hecho su testimonio jamás se olvidaría.

Alma extendió los brazos hacia la multitud.

—Aquí estamos, frente a las hermosas aguas de Mormón.

Entre los presentes, su mirada se cruzó con la de Raquel. Ella estaba sentada cerca del frente con su hijo, su madre y su suegra. Tenía una expresión franca y atenta, y sonrió al encontrarse con sus ojos. Detrás de la sonrisa, Alma percibió que todavía lloraba la pérdida de su querido esposo. Pero tenía un corazón fuerte y estaba decidida a honrar el nombre de Abinadí.

—Han venido a este lugar con el deseo de entrar en el redil de Dios y ser llamados Su pueblo —continuó, recordando las tiernas palabras que el Señor le había comunicado hacía poco.

Los presentes asintieron.

—Han estado dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros, y así esas cargas se han hecho ligeras.

—Hemos dejado atrás a familiares y amigos, y los hogares que amamos —dijo Alma—. Han llorado con los que lloran y han consolado a los que necesitan de consuelo.

Miró a un niño pequeño que se aferraba a su madre.

—Y en medio de todo ello, son testigos de Dios en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar.

Sonrió con el corazón palpitante. Había vuelto a sentir aquel calor, como si el Señor estuviera observando y le hiciera sentir Su aprobación.

Alma respiró hondo y continuó.

—El Señor ha prometido que, si hacemos estas cosas, Él nos redimirá y seremos contados con los de la primera resurrección.

Los hombres y las mujeres le devolvieron la sonrisa y acercaron a sus hijos.

—Si la vida eterna es el deseo de su corazón, ¿qué tienen en contra de ser bautizados en el nombre del Señor?

Varias personas expresaron en voz baja su deseo de bautizarse, pero la mayoría se quedó mirando a Alma con lágrimas en los ojos.

—Ser bautizados en Su nombre significa que hacemos un convenio y llegamos a ser Sus testigos. Prometemos servirle y guardar Sus mandamientos. Por medio del bautismo tendremos el privilegio de que Su Espíritu se derrame sobre nosotros.

La gente empezó a aplaudir. Una mujer se secó las lágrimas del rostro y exclamó:

—Este es el deseo de mi corazón.

Un hombre se puso de pie y expresó el mismo sentir. Pronto toda la multitud estaba de pie, repitiendo que ellos también deseaban bautizarse.

Alma sonrió, con los ojos llenos de lágrimas. Al cabo de unos momentos, la gente guardó silencio y la mayoría volvió a sentarse.

—Muy bien —dijo Alma, con el corazón acelerado.

Miró brevemente a Raquel y luego se volvió hacia Helam, que seguía de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada. Alma se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Helam, ¿te gustaría ser el primero en bautizarte?

Helam lo miró sorprendido. Luego, al mirar a la multitud, se puso serio.

—Yo no…

—Para mí sería un honor que fueras el primero —dijo Alma.

A Helam se le humedecieron los ojos y asintió. Bajaron juntos por la ladera mientras la multitud les abría paso.

La gente volvió a reunirse junto al manantial de agua dulce que desembocaba en el lago. Todos guardaron silencio mientras Alma guiaba a Helam al agua, haciendo que las garzas de la orilla alzaran el vuelo.

Alma miró a los que se habían congregado en la ribera y sintió que el corazón se le henchía de gozo. Aquel día se cumpliría el deseo de sus corazones. Aquel día él también sería bautizado, junto con los creyentes. Se volvió hacia Helam, lo tomó del brazo y le indicó:

—Sujétate de mi brazo con la otra mano.

Cuando Helam estuvo listo, Alma alzó la vista al cielo y sintió que la paz lo inundaba. Las palabras que el Señor le había dado brotaron sin esfuerzo.

—¡Oh Señor! —exclamó—. Te ruego que derrames tu Espíritu sobre tu siervo, para que haga esta obra con santidad de corazón.

Respiró hondo. Reinaba un silencio absoluto, salvo por el suave chapoteo del agua.

—Helam, yo te bautizo, teniendo autoridad del Dios Todopoderoso, como testimonio de que has hecho convenio de servirle hasta que mueras en cuanto al cuerpo mortal.

Helam le apretó el brazo con más fuerza.

—Y sea derramado sobre ti el Espíritu del Señor —dijo Alma.

Respiró hondo y entrecortadamente. La voz le tembló de emoción al continuar.

—Y que Él te conceda la vida eterna, por medio de la redención de Cristo, a quien ha preparado desde la fundación del mundo.

Helam se mantuvo bien aferrado mientras Alma los sumergía a ambos en el agua fresca. El agua los envolvió y, después de ayudar a Helam a salir a la superficie, Alma lo abrazó. Aunque estaba empapado, sentía como si lo envolviera una calidez suave y asombrosa. Los dos hombres permanecieron abrazados por un momento. Alma pensó en el giro extraordinario que habían dado las cosas desde la primera aparición de Abinadí ante la corte del rey Noé hasta aquel bautismo en el que ambos se habían sumergido juntos. Luego se soltaron y se secaron los ojos.

—Gracias —dijo Helam con la voz embargada por la emoción.

Alma respondió en un susurro.

—Gracias a ti, amigo mío.

Caminaron juntos hasta la orilla, donde ya se había formado una fila. A Alma no le sorprendió ver a Ben al frente, con una sonrisa de oreja a oreja. El muchacho corrió hacia Helam y le rodeó la cintura con los brazos. Luego se volvió hacia Alma, expectante.

A Alma le escocieron los ojos al borde de las lágrimas.

—Ven, hijo. Puedes ser el siguiente.

Amulón recorrió la fila de soldados. Había pedido a ocho de los mejores hombres, curtidos en combate y hábiles para advertir hasta el más mínimo detalle. Aquellos hombres no dejarían una sola hoja ni una sola rama sin examinar.

—Necesitamos víveres para cuatro días y toda el agua que podamos cargar a la espalda —dijo Amulón con su voz más autoritaria—. Prepárense para viajar de día y de noche. Dormiremos poco.

Los soldados asintieron al unísono. Sabían que, si la misión tenía éxito, recibirían una buena recompensa.

El rey había pedido que su hijo mayor, Limhi, los acompañara en la búsqueda. Amulón se había opuesto. El joven distaba mucho de ser un cazador experimentado. De hecho, Amulón tenía sus recelos acerca de cómo pasaba el tiempo Limhi, dedicado en su mayor parte a estudiar los registros antiguos en la biblioteca real.

Para cuando el sol llegó a su punto más alto, habían terminado todos los preparativos. Cada soldado llevaba a la espalda un fardo con lo indispensable. Con las armas en la mano, emprendieron la marcha.

Unas cuantas personas se apostaron en las calles y los despidieron con la mano mientras salían por el lado norte de la ciudad. Varias mujeres se adelantaron e invocaron en voz alta las bendiciones de los dioses y las diosas. Una vez fuera de la ciudad, Amulón impuso al grupo un paso rápido. Sonrió para sus adentros al pensar en Maia encarcelada, como escarmiento para quienes osaran desafiar al rey. Ahora solo le faltaba llevar a Alma ante la justicia. Se volvió hacia los soldados.

—Vamos hacia el norte. Justo antes de llegar a las fronteras de Shilom, giraremos hacia el oeste.

Los soldados parecieron sorprendidos. Probablemente pensaban que la región al oeste de las montañas era demasiado agreste para mujeres y niños. Pero lo más probable era que Alma hubiera ido a un lugar conocido. Cuando servía en la corte del rey Noé, habían salido varias veces de cacería por el lado occidental de la montaña.

Llegaron al paso al anochecer, y Amulón ordenó a los soldados que acamparan. Después de comer carne seca y una guayaba, se tendió sobre su estera y pensó en su esposa, Itzel. Cuando oyó que habían incendiado el asentamiento de los ancianos, dio por sentado que su esposa se contaba entre quienes habían huido a la ciudad. ¿Habría regresado con Gedeón? ¿Intentaría volver a casa?

Si aparecía, era mejor que él no estuviera en la ciudad. Tendría que denunciarla públicamente y pedir el divorcio para impedir que volviera a su casa. La única manera de conservar su posición de sumo sacerdote favorecido por el rey era apartarse de todo lo que oliera a traición y de cualquiera sobre quien recayera esa sospecha. Cerró los ojos a medida que avanzaba la noche. Un par de soldados montaban guardia y todo estaba en calma. Los soldados habían dejado de conversar y la mayoría ya dormía.

El rey nunca le había preguntado a Amulón por su esposa. Sin embargo, estaba seguro de que Noé había oído los mismos rumores que todos los demás. Eso demostraba que el rey no le echaba en cara ni la deserción de su esposa ni la traición de su hija Raquel. La lealtad del rey Noé era otra razón por la que Amulón no podía permitirse fracasar en aquella misión.

Dio vueltas en la estera hasta que al fin lo venció el sueño. Cuando el alba iluminó la montaña, ya estaba listo para partir. Los soldados levantaron el campamento y comenzó la segunda jornada de viaje. Una hora después de ponerse en marcha, uno de los soldados se detuvo.

Se agachó y examinó algo en el suelo.

—Excrementos de animal.

Amulón llegó a su lado y también se agachó.

—De cabra.

Tomó un trozo y lo hizo rodar entre los dedos. Todavía estaba bastante blando.

—Los creyentes deben de haber pasado por aquí hace poco.

Los soldados avanzaron despacio hasta dar con un sendero muy transitado. A Amulón le dio un vuelco el corazón. La prueba era indiscutible. No sabía cuánto más tendrían que avanzar, pero, al menos por el momento, iban por buen camino.

Se mantuvieron dentro del bosque siempre que pudieron para pasar inadvertidos si se cruzaban con algún grupo de lamanitas. De vez en cuando, un soldado volvía al sendero y encontraba más rastros de viajeros. A última hora de la tarde atravesaron el paso de montaña y se detuvieron a contemplar el valle. Lo rodeaban montañas imponentes y un gran lago ocupaba buena parte de la extensa depresión.

Las aguas de Mormón. Ya he estado aquí.

Amulón ordenó a sus hombres que se pusieran a cubierto. Se quedarían a observar. Aquella región seguía siendo agreste, pero tenía agua de sobra para que una comunidad se estableciera y prosperara. También abundaba la caza. Tenía sentido que Alma hubiera pensado en detenerse allí. A los soldados solo les llevaba un día y medio llegar. A una familia que cargara grano y tiendas y arreara sus rebaños podía llevarle dos o tres días. Aun así, quedaba relativamente cerca de la ciudad de Nefi.

Alma tenía que darse cuenta de que tarde o temprano lo descubrirían. Amulón sonrió para sus adentros al pensar que quizá Alma no había tomado la decisión más acertada. Sí, era hábil en el arte de trabajar la madera, pero quizá no tanto en asuntos de guerra o en la elección de posiciones estratégicas.

Como yo.

Llevaba tanto tiempo inmóvil que uno de los soldados se le acercó.

—¿Seguimos por aquí?

Amulón se volvió.

—Todavía no. Esperaremos a que anochezca y dejaremos que sus fogatas nos guíen.

El soldado asintió.

Amulón miró a los demás.

—Levantemos el campamento y pongámonos cómodos. La noche nos mostrará exactamente lo que buscamos.

La oscuridad tardó en llegar, pero Amulón no tuvo que esperar tanto. Justo antes de la puesta del sol, una columna de humo se alzó al norte del lago. Luego se levantó otra, y después otra más. ¿Cuánta gente habrá allá abajo?, se preguntó Amulón. El rey calculaba que eran por lo menos cien. Pero, a juzgar por el número de fogones, bien podían ser el doble.

Los soldados aguardaban, listos para recibir nuevas instrucciones. Amulón habló con gran deleite.

—Vamos a visitar a Alma.

Avanzaron guiados solo por la luz de la luna. El terreno era pedregoso en algunos tramos del valle que cruzaron en dirección al lago. No les hizo falta hablar. Amulón pensaba encontrar un buen escondite antes del amanecer. Desde allí podrían observar a la gente y preparar el ataque durante el día sin que los descubrieran. Se le aceleró el pulso al pensar en sorprender a Alma desprevenido y arrastrarlo de vuelta ante el rey Noé. No se le ocurría un prisionero al que tuviera más ganas de capturar.

—Los fuegos se están apagando —susurró un soldado a su lado.

Amulón se detuvo y vio que los resplandores anaranjados empezaban a desaparecer. Quizá Alma era más listo de lo que él pensaba. O quizá los habían visto.

Un escalofrío le recorrió la nuca mientras forzaba la vista en la oscuridad para ver si alguien los espiaba. Sin decir palabra, indicó a los soldados que se internaran entre los árboles más cercanos. Allí se agazaparon, atentos a cualquier ruido o movimiento. Entonces oyó pasos entre la maleza.

Dirigió a los soldados una mirada de advertencia y se llevó un dedo a los labios.

Alguien caminaba por el sendero que acababan de abandonar. Amulón se agachó un poco más y aferró su espada. Una silueta apareció a la luz de la luna, luego otra. Contuvo el aliento y contó. Ocho personas. Varios adultos y unos cuantos niños.

Se oyó la voz de un niño.

—Ya no veo las fogatas.

—Calla —respondió la voz de un hombre—. Todavía vamos en la dirección correcta.

Amulón se quedó boquiabierto. Más creyentes. Más desertores. Los vio pasar y se preguntó si sabrían lo cerca que estaban de morir. No llevaban animales, solo los fardos que cargaban a la espalda. Debían de haber dejado atrás casi todo. Igual que Jachin y Lael. Amulón hizo una seña a sus soldados para que los dejaran pasar.

Cuanto más tiempo observaba aquellas siluetas en movimiento, más se enfurecía. Aquella gente desafiaba abiertamente a su rey. ¿Cómo podían pensar que la vida sería mejor fuera del reino? ¿Por qué elegirían venir a aquel lugar para empezar de cero y pasar sus días trabajando tan duro?

Cuando ya no podían oírlos, uno de los soldados preguntó:

—¿Por qué los dejamos escapar?

—No tenemos suficientes hombres para llevar de vuelta a tantos prisioneros —dijo Amulón—. Reservemos nuestras fuerzas para el único que de veras importa.

—¿El sumo sacerdote Alma? —preguntó el soldado.

—El antiguo sumo sacerdote —dijo Amulón.

Escupió en el suelo.

—No tendrá idea de lo que le espera. Acampemos.

Los soldados se acomodaron para pasar la noche y se turnaron para montar guardia. Poco antes del alba, Amulón se volvió hacia los soldados que esperaban. Quería ver el rostro de Alma a plena luz del día antes de capturarlo.

—Vamos. Tenemos que encontrar a un traidor.

Levantaron el campamento y avanzaron en silencio por encima del sendero apenas marcado que habían tomado los creyentes la noche anterior. A medida que se disipaba la oscuridad, se abrieron paso entre los árboles y los matorrales, sobresaltando a algunas aves. Al atravesar la espesura, Amulón sintió que le palpitaba el corazón. Estaban cerca. Lo presentía. Se humedeció los labios resecos y aferró la espada. Qué dulce sería el momento en que por fin se encontrara cara a cara con Alma. El miedo en sus ojos y las inevitables súplicas harían que el viaje valiera la pena.

El grupo aminoró el paso cuando los árboles empezaron a escasear y la luz de la mañana iluminó el valle que tenían abajo. Ante ellos se extendía, como un rebaño ajeno al peligro, el asentamiento que tan bien había logrado eludir al rey. Habían levantado hileras de cobertizos y chozas toscas. Al oeste del asentamiento habían despejado una gran extensión de terreno que parecía casi lista para la siembra. En la primera luz del día, Amulón distinguió a un grupo de hombres que trabajaba en la construcción de otro refugio. Pero lo que más le sorprendió fue el tamaño del asentamiento. Había calculado bien al ver los fogones. Allí había refugios suficientes para alojar a unas doscientas personas, quizá más.

Soltó el aire por la nariz. Los soldados a su lado parecían igualmente atónitos.

—¿De dónde salieron todos? —preguntó uno.

Amulón negó con la cabeza, demasiado absorto en lo que veía para responder.

Cuanto más miraba, más detalles advertía. La gente salía de las chozas y se ocupaba de sus quehaceres. Amulón observó unos momentos mientras comían algo deprisa. Luego los hombres salían a acarrear leña, cuidar los rebaños o pescar, y las mujeres se quedaban tejiendo y moliendo grano. Estudió a los hombres. Alma tenía que estar entre ellos. Pero todos se parecían. Iban de prisa, con la cabeza gacha y vestidos de manera similar.

—Viene alguien —murmuró un soldado.

Amulón se agachó de inmediato. Estaban fuera del sendero, pero la vegetación era poco densa. Los soldados aguardaron en silencio mientras otro grupo de creyentes subía la colina y pasaba a unos cuantos pasos de ellos.

Amulón los contó. Dieciocho personas más habían escapado de la ciudad de Nefi. Era increíble. Hombres, mujeres y niños, y aquel grupo llevaba además unas doce cabras. Cerró los puños mientras la ira crecía dentro de él.

Vio al grupo llegar al asentamiento. La gente corrió a saludarlos, a quitarles de encima los fardos y a traerles comida y agua. Entonces ocurrió algo sorprendente. Todos dejaron su trabajo y se congregaron en la orilla. Dos hombres se pusieron delante de la multitud. Su cálculo de doscientas personas se había quedado corto. Ya se habían reunido más de trescientas.

Por un momento se preguntó si su esposa, Itzel, estaría entre la multitud. ¿Habría escapado con la comunidad de los ancianos? ¿Habría dejado atrás con tanta facilidad sus años de matrimonio? Entre los que estaban junto al lago había muchos que lo habían traicionado.

Uno de los dos hombres levantó los brazos y Amulón tuvo la impresión de que la multitud guardaba silencio. Entonces se fijó bien. El hombre que tenía los brazos alzados era Alma. Amulón estaba seguro. Al cabo de varios minutos, algunas personas se adelantaron y entraron en el agua con él. Con una mano, Alma sujetó del brazo a la persona más cercana. Luego levantó la otra e inclinó la cabeza hacia arriba por un momento. Después bajó la mano libre, la puso detrás de aquella persona y la sumergió en el agua.

—¿Qué están haciendo? —susurró, incrédulo, el soldado que estaba a su lado.

A Amulón le ardió el rostro al responder.

—Está celebrando el rito de la inmersión.

Negó con la cabeza. La ira le revolvía el estómago.

—Se está burlando del sacerdocio.

Como si tuviera el permiso del rey.

—El rey se pondrá furioso cuando se entere.

Se enderezó, harto de mirar. Ya había tomado una decisión. Poco podría hacer con ocho soldados contra un asentamiento de trescientas personas. Tendría que regresar y reunir más fuerzas. Podría llevarle varios días, quizá hasta una semana, pero la espera valdría la pena.

Se volvió hacia los soldados.

—Regresaremos a la ciudad y reuniremos un ejército. Luego acabaremos con todos ellos.


Capítulo 6

…sanaré tus heridas, dice Jehová.
— Jeremías 30:17


Mientras la comunidad se afanaba en construir más refugios y ampliar el asentamiento para acoger a los recién llegados, Raquel solo encontraba tiempo para buscar plantas medicinales cuando Abe dormía la siesta. Aquella tarde su madre se ofreció a cuidar de él, y Raquel agradeció aquel respiro mientras caminaba entre los árboles que rodeaban el terreno que habían despejado.

—Buenas tardes, Raquel.

Volvió la vista y vio a Alma cruzar el claro.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó él.

—Muy bien.

Alma ladeó la cabeza, con el sol iluminándole de soslayo el rostro.

—¿Y tu madre y tu hijo?

—También están muy bien, gracias.

—Si necesitas algo, avísame —dijo con una sonrisa.

Raquel lo siguió con la mirada al verlo marcharse, admirada por la bondad sincera de Alma. Solo podía imaginar las dificultades por las que había pasado. Había visto el verdadero cambio en su corazón y había sido testigo de su humildad junto a la tumba de su esposo. Lo había oído orar por su pueblo y lo había visto bendecir, bautizar y guiar a los creyentes. No, ella no lo culpaba por la muerte de su esposo.

Cuando notaba la inquietud que a veces mostraba en presencia de ella y de Abe, deseaba poder decirle cuánto lo admiraba y respetaba. Quizá él también seguía pensando en Abinadí, como ella. Y Raquel veía el gozo y el amor que llenaban a Alma cuando hablaba del Señor.

Igual que Abinadí.

Se le hizo un nudo en la garganta. Se inclinó y cortó varias flores de hibisco. La infusión de hibisco ayudaba a aliviarle a Abe el goteo de la nariz. Ojalá pudiera sanar también un corazón. Venir a las aguas de Mormón no había aliviado su dolor como esperaba. Seguía rodeada de quienes mejor habían conocido a Abinadí y aún sentía el vacío que él había dejado. Pero cada día le resultaba un poco más llevadero, y cada día su hijo crecía y aprendía. La hacía feliz ver el entusiasmo de Abe al descubrir cosas nuevas. También le sorprendía lo fácilmente que Ben se había adaptado. Enseguida había encontrado a un herrero que examinó sus espadas y le dio consejos.

Mientras Alma bautizaba a los creyentes, y a ella entre ellos, Raquel había sentido que el corazón se le henchía de gozo. El Espíritu del Señor la había consolado. Estaba en el lugar indicado y hacía lo correcto. La muerte de Abinadí no había sido en vano.

Unos días después de los bautismos, Alma había organizado la Iglesia de Dios, o la Iglesia de Cristo. Con la autoridad de Dios, había ordenado sacerdotes, entre ellos a Helam. Cada sacerdote tenía la responsabilidad de enseñar y ministrar al pueblo. Las exhortaciones de Alma resonaban con fuerza en el corazón de Raquel. «No enseñen sino lo que han hablado los santos profetas». Alma también había mandado a los sacerdotes que predicaran el arrepentimiento y la fe en el Señor.

«No debe haber contenciones entre ustedes», había enseñado Alma. «Miren hacia adelante con la mira puesta en un solo fin, con los corazones entrelazados con unidad y amor». Había mandado a los sacerdotes que trabajaran con sus propias manos. Y un día de cada semana, el día de reposo, el pueblo se reunía para enseñar y adorar.

A Raquel le asombraba lo distintas que eran las verdaderas enseñanzas del Señor de las del rey Noé y de la forma en que este dirigía su corte. Sus sacerdotes jamás trabajaban con sus propias manos. Llevaban una vida de ociosidad e idolatría a costa de los pesados tributos que pagaba el pueblo.

Alma, en cambio, solo pedía a los miembros de la Iglesia que compartieran de sus bienes para que se atendiera a todos los necesitados.

Aquello tenía todo el sentido. Por mucho que todos trabajaran y se esforzaran, siempre había quienes necesitaban un poco más de ayuda. Cada día llegaban al asentamiento nuevas familias que solo traían lo que podían cargar a la espalda. Muchas contaban cómo habían escapado por poco, pero todas llevaban fe en el corazón y esperanza en los ojos.

Una de las mejores cosas de haber ido a Mormón era ver que Helam por fin se había quitado la capucha. Al cabo de un par de días, Raquel ya ni reparaba en las cicatrices de su rostro y estaba segura de que los demás apenas les prestaban atención. Incluso había visto a algunas mujeres solteras fijarse en él. Tal vez, después de todo, podría casarse. Sabía que eso haría feliz a su madre.

Llegó a una pequeña arboleda y recogió varias hojas de anona. Con ellas podría preparar una excelente cataplasma para torceduras o fracturas.

—Aquí estás.

Raquel se volvió y vio que su suegra se acercaba.

—¿Viste los bautismos de esta mañana? —preguntó Ester.

—Sí. Era una familia que conocía de la ciudad.

Raquel puso las hojas encima de lo que ya llevaba en el canasto.

—Me cuesta creer cuánto hemos crecido en estas últimas semanas —dijo Ester—. Oí a Alma y a Helam hablar de cuántos somos. Cerca de cuatrocientos en total.

Raquel alzó una ceja. Cuatrocientos creyentes. Si Abinadí lo hubiera sabido…

Ester debió de notar la sombra que le cruzó el rostro. Le puso una mano en el brazo.

—¿Cómo estás, querida?

Raquel sonrió. Su suegra nunca tardaba en hacer las preguntas que de verdad importaban.

—Me alegra estar aquí. Abe está creciendo muy bien y mi madre ha hecho muchas amigas. Parece otra mujer. No creo haberla visto nunca tan contenta. Y Helam… Es increíble que nadie se fije siquiera en sus cicatrices. Pensar en todos los años que pasó escondiéndose…

—Raquel…

—Lo sé. —Bajó la cabeza—. Eso no fue lo que me preguntaste.

Miró de reojo a Ester y respiró hondo.

—Estoy mejor.

Ester asintió, al parecer satisfecha, y le dio unas palmaditas en la mano.

—Te está volviendo el brillo a los ojos —dijo—. Me he fijado más de lo que crees.

Raquel se rio mientras se volvía para arrancar unas cuantas hojas más.

—¿Ves? Hace un mes no te habrías reído de nada de lo que yo dijera.

—¿Tan mal he estado? —preguntó Raquel, volviéndose hacia ella.

Ester la rodeó con un brazo.

—Eres una mujer extraordinaria y estás criando a un hijo maravilloso. Abinadí habría estado orgulloso de él.

A Raquel le escocieron los ojos, pero esta vez no tuvo miedo de dejar caer las lágrimas.

—Y hay otros que también se han fijado en ti —prosiguió Ester.

—¿Qué quieres decir?

—Hay algunos hombres solteros de la comunidad que se han fijado en ti.

Raquel volvió a reírse.

—¿Quién se fijaría en una viuda con un hijo que se pasa el día sorbiéndose la nariz?

—Todo es posible —dijo Ester con suavidad—. También para Helam. De hecho, un hombre vino a hablarme de su hija y de él.

—Es maravilloso —dijo Raquel, levantando la cabeza con una sonrisa.

Por fin había alguien para su cuñado. Había hecho bien en insistirle en que se quitara la capucha. Ya estaba dando resultado. No tardaría en casarse y tener su propia familia.

—Es maravilloso, claro. Pero él ya ha hecho saber que no acepta —dijo Ester, desanimada.

Raquel la miró sorprendida.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo la mujer?

—Nada que yo sepa, al menos por parte de ella —dijo Ester—. No creo que Helam se haya hecho todavía a la idea de casarse. Por sus cicatrices, nunca pensó que fuera posible.

—Pues ya es hora de que cambie. Puede ser tan terco… —Negó con la cabeza—. ¿De verdad la rechazó?

Ester asintió.

—Espero que pronto comprenda su deber y encuentre una buena mujer. Tener una familia le daría mucha felicidad. —Hizo una pausa y luego añadió con suavidad—. Como madre de Abinadí, quizá sea yo quien deba decírtelo…

—¿Decirme qué?

—Tampoco es bueno que estés sola.

Raquel se puso tensa.

—Estoy lejos de estar sola.

—Abe necesita un padre.

A Raquel le latió con fuerza el corazón, incrédula ante lo que acababa de oír.

—Mi hijo tiene un padre, uno que lo amó más que a su propia vida. ¡Jamás lo reemplazaré!

Dio un paso hacia el árbol.

Ester le puso una mano en el brazo.

—Raquel… No le estás siendo desleal. Te lo digo yo, que soy su madre. Está bien. Sé que es difícil oírlo, pero tienes que mirar dentro de ti. Abinadí ya no está. Tienes un hijo maravilloso, un niño precioso, pero él ya ha olvidado a su padre.

—De todas las personas, habría pensado que tú me entenderías —dijo Raquel con voz temblorosa—. Solo han pasado unos meses desde que murió.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Tú saliste adelante sola. Crió sola a dos hijos extraordinarios.

Ester bajó la mirada.

—No fue por elección. Su padre probablemente sigue vivo, en alguna parte.

Levantó la vista, ahora con los ojos llenos de lágrimas.

—Sé de lo que eres capaz. Tampoco quiero apresurarte. Solo deseo que puedas compartir tu vida con alguien. Todavía eres muy joven. Tienes toda una vida por delante, una vida en la que puedes amar y ser amada. Quiero que puedas vivir todo eso.

Raquel apretó el canasto entre las manos.

—No me he perdido de nada —dijo en tono mesurado—. El amor de mi esposo me sostendrá el resto de mi vida. No necesito nada ni a nadie más.

Se volvió, con los ojos ardiéndole otra vez. Amaba a Ester con todo el corazón, pero nadie comprendía su dolor. Algunos días apenas podía respirar, y mucho menos mirar a otro hombre de aquella manera.

—Lo siento —empezó Ester—. No quise…

Raquel negó con la cabeza.

—Volver a amar no sería traicionar a Abinadí. Sé que él querría que fueras feliz.

—Soy feliz —dijo Raquel, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

Ester la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Lo sé, querida. Lo sé.

Se apartó un poco.

—Con el tiempo comprenderás lo que quiero decir. Tal vez no mañana, ni el próximo mes, ni siquiera el próximo año. Pero quizá con el tiempo.

Amulón observó la figura menuda acurrucada en el rincón. Incluso en aquella celda inmunda, rodeada de paredes húmedas y suciedad, Maia seguía siendo hermosa.

—Maia —dijo otra vez.

Por fin levantó la cabeza. Tenía el rostro surcado de tierra seca y manchado de lágrimas. Los ojos, enrojecidos e hinchados. El cabello, enmarañado. Aun así, algo en ella resplandecía, como si aquella prisión no pudiera tocarla de verdad.

—Sé que puedes oírme.

Habló en voz baja para que los otros presos no lo oyeran. No quería escuchar sus súplicas.

Hacía apenas unos meses, se había parado en ese mismo lugar para abrir la puerta y llevar a Abinadí a juicio.

Maia lo miró a los ojos con una firmeza sorprendente. Seguía sin hablar.

—El rey ha sido misericordioso —dijo Amulón—. Ha declarado que, si te retractas de haber dicho que eres creyente, te perdonará. Podrás volver a tu vida en la corte, entre sus otras esposas.

Hizo una pausa, esperando que el alivio se le reflejara en el rostro. Maia solo parpadeó.

—Es un gran favor, uno que no se concede a la ligera —continuó—. Si valoras tu vida, pedirás perdón a tu esposo y rey.

Al oírlo, Maia se puso de pie.

—No he hecho nada malo.

Amulón se rio en voz alta, olvidándose de su propósito de hablar en voz baja.

—Eres una necia por hablar así. Todo lo que has hecho está mal.

Apretó el pestillo de la puerta.

—Has abandonado a tu esposo, a tu rey. Has recibido traidores en tu casa y le has creído al hombre que blasfemó contra el rey.

Maia le sostuvo la mirada.

—He seguido a mi corazón.

Una sonrisa torcida apareció en el rostro de Amulón.

—Desde luego. Sé a quién le has entregado el corazón.

Por fin obtuvo la reacción que buscaba. Maia se ruborizó y extendió la mano para apoyarse en la pared que tenía detrás.

—Sí —siseó Amulón—. Recuerda que en la corte nada se mantiene en secreto. El hombre por el que suspiras sabe engañar a los demás y descarriarlos. Hasta hace dos días seguía escondido.

Maia retrocedió, con el miedo en los ojos.

—Pero lo he encontrado a él y a sus seguidores. Son varios centenares. Mañana llevaré un gran ejército a Mormón y acabaremos con todos ellos.

Se cruzó de brazos.

—Entonces veremos a quién pertenece de verdad tu corazón, si a un rey vivo o a un traidor muerto.

Maia se llevó las manos al vientre y respiró hondo.

—Estás mintiendo.

Amulón sonrió.

—¿Qué razón tendría para mentirle a una ramera?

Maia bajó las manos y cerró los puños.

—No soy una ramera. Jamás he traicionado a mi esposo. Le he sido fiel, digan lo que digan…

La voz se le quebró y bajó la mirada.

—Tenía razón —dijo Amulón en voz baja—. Vaya creyente. Una mujer con un corazón adúltero.

Hizo una pausa, saboreando lo que iba a decir.

—Cuando vuelva después de matar a Alma y a tus padres, me dará gusto presentarte ante el rey como traidora…

—¡Amulón! —gritó una voz desde el pasillo.

Amulón hizo una mueca y se volvió justo cuando aparecía un guardia.

—Hay una rebelión en las calles. El rey solicita tu consejo de inmediato.

—Ya voy.

Amulón se ajustó la capa y dirigió una última mirada a Maia. No pudo descifrar su expresión, pero se recreó imaginándola suplicándole clemencia al cabo de unos días.

Se apresuró tras el guardia, pasando junto a las otras celdas. Unas manos se alargaron para agarrarlo de la capa.

—¡Suéltame! ¡Lucharé por el rey!

Amulón liberó la capa de un tirón y apresuró el paso. Siguió al guardia escaleras arriba hasta salir al aire fresco. Parpadeó, deslumbrado por la claridad de la mañana.

Los soldados ya se habían reunido delante del palacio. Uno de los otros sumos sacerdotes daba órdenes a gritos por encima del tumulto.

En lo alto de la escalinata estaba el rey Noé, ataviado con toda su pompa. Amulón echó a correr, pasó junto a los guardias de la entrada del palacio y cruzó el patio.

—¡Ahí estás! —rugió Noé.

Amulón no tenía tiempo para formalidades.

—¿Cuántos revoltosos hay?

—Por lo menos cien —dijo el rey—. Al norte del mercado.

Amulón pensó deprisa. Del mercado salían varios callejones hacia los grupos de chozas vecinas. Con suficientes soldados, podría rodear a los rebeldes antes de que se dieran cuenta.

—Necesito cincuenta soldados. El resto se quedará aquí para custodiar el palacio.

Se apartó del rey sin esperar respuesta. Repartió las tareas rápidamente y, en cuestión de minutos, iba completamente armado al frente de los cincuenta hombres, que avanzaban al trote por las calles. La demora lo frustraba. Tendría que aplazar la partida a Mormón prevista para el día siguiente. Al acercarse al mercado, dividió a los hombres en cuatro grupos, que tomaron caminos distintos.

—Nada de prisioneros —dijo al dar sus últimas instrucciones—. Les haremos ver la gravedad de sus delitos.

Amulón condujo a sus doce soldados por varios patios y por encima de las cercas bajas que rodeaban las casas. Pronto se oyeron gritos. Estaban cerca. La siguiente esquina lo confirmó. Un puñado de soldados y dos sumos sacerdotes estaban en medio de una multitud de rebeldes.

—¡No somos esclavos! —gritó uno de los habitantes—. Si decidimos irnos de la ciudad, tenemos derecho a hacerlo.

Uno de los sumos sacerdotes levantó las manos.

—Han jurado lealtad al rey Noé. Si abandonan la ciudad, se declaran enemigos, iguales a los lamanitas.

—Entonces el rey tendrá que cambiar las leyes de la ciudad —dijo otro hombre.

Amulón se puso rígido. Reconocía aquella voz. En efecto, el hombre alto se volvió un poco. Era Gedeón. Amulón sintió que le ardía el rostro de ira. ¿Cómo se atrevía aquel hombre a mostrarse en público y desafiar al rey? Amulón avanzó hasta el borde de la multitud e hizo señas a los soldados que salían de los callejones para que hicieran lo mismo. En cuestión de segundos, la multitud quedó rodeada de hombres armados.

—¡Silencio! —gritó Amulón.

La multitud se volvió y calló.

—El rey ha enviado a sus soldados para sofocar esta rebelión. Todos los traidores serán ejecutados de inmediato, sin juicio ni comparecencia ante la corte.

La gente enmudeció y pareció apiñarse aún más. Gedeón, sin embargo, se adelantó con paso firme y los ojos encendidos.

—El pueblo está cansado de la opresión del rey.

Amulón sacó pecho y empuñó la espada delante de sí.

—¿Estás dispuesto a desafiar al rey y arriesgar la vida de toda esta gente?

Gedeón le sostuvo la mirada.

—El rey ya ha dado muerte a un hombre de más. Las profecías de Abinadí se cumplirán y el rey…

—¡Silencio! —gritó Amulón—. ¡Préndanlo!

Cundió la confusión. La gente echó a correr, levantó polvo y se abrió paso a empujones entre los soldados de Amulón. En medio del tumulto, Gedeón desapareció entre la multitud. Amulón miró frenéticamente a su alrededor en busca del cabecilla de los rebeldes. Dio órdenes a gritos y los soldados se dispersaron entre la gente. Cuando la mayor parte de la multitud se había esfumado y Gedeón seguía sin aparecer, Amulón les gritó a sus soldados:

—¡Encuéntrenlo!

Regresó furioso al palacio. Habían dispersado a los rebeldes, pero no tardarían en reunirse otra vez. Tenía que hacer un escarmiento con alguien. Gedeón… Alma… Maia… Le daba igual quién fuera. Estaba harto de esperar.

Entró en la sala del trono e hizo una reverencia ante el rey, que aguardaba su informe.

—Los rebeldes han huido. Entre ellos, su líder, Gedeón.

Noé bajó del trono y dio varios pasos hacia él.

—¿Gedeón? ¿El que desterré junto con los demás ancianos?

—El mismo —dijo Amulón, observando cómo la ira se apoderaba del rostro del rey.

Se apresuró a continuar.

—Un grupo de soldados lo traerá pronto. Entretanto, tenemos que emprender la marcha hacia Mormón.

Noé soltó un suspiro de frustración y volvió a dejarse caer en el trono.

—Ve. Tráelo de vuelta.

A él. A Alma.

Amulón hizo una última reverencia y salió de la sala de espaldas. Por fin se ponía en marcha.


Capítulo 7

¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan?
— Jeremías 6:10


Alma se quedó mirando a Jachin mientras este le daba la temida noticia.

—Maia está en prisión. El rey, su propio esposo, la ha encerrado allí —dijo Jachin.

A su lado, su esposa, Lael, dejó escapar un grito y hundió el rostro en el hombro de su marido.

—¿Estás seguro? —preguntó Alma, apretando las manos.

Ya casi había oscurecido. La mayoría de los habitantes del asentamiento se disponía a descansar cuando un grupo de creyentes llegó y rompió la calma con la noticia.

Jachin asintió.

—Los recién llegados no sabían muchos detalles, pero lo que me contaron fue suficiente. También hay levantamientos por toda la ciudad de Nefi, encabezados por Gedeón.

Lael alzó el rostro surcado de lágrimas.

—Tenemos que volver. Tenemos que rescatar a mi niña.

Jachin se volvió hacia su esposa y la abrazó, tratando de consolarla.

Con los ojos ardiéndole, Alma apartó la vista y contempló el lago tranquilo mientras la luna comenzaba a elevarse. Venir a las aguas de Mormón había sido una bendición en todos los sentidos, salvo por saber que ya no podía proteger a Maia.

—Solo tardaría unos días en llegar a la ciudad de Nefi. Podría estar de vuelta en menos de una semana —murmuró Alma.

—Entonces, ¿irás? —La voz de Lael resonó en el silencio que los separaba.

Alma se volvió y clavó los ojos en Jachin.

—No confío en el rey ni por un instante. Quién sabe qué hará falta para detenerlo. Pero tengo que intentarlo.

Jachin soltó a su esposa y se acercó a Alma.

—No —susurró con voz abatida—. Más que nada en el mundo, quiero tener a mi hija a mi lado. Pero si alguno de nosotros vuelve a la ciudad de Nefi e intenta rescatarla, se condenará a muerte en el acto. No podría cargar con eso.

Detrás de él, Lael se cubrió el rostro con las manos y sollozó.

Jachin la miró y luego volvió la vista hacia Alma. Tenía los ojos enrojecidos.

—A todos se nos parte el corazón, pero tienes que entenderlo. —Le puso una mano en el hombro—. Aquí te necesitamos más de lo que ella te necesita.

Bajó la cabeza.

—El sacrificio será grande para su madre y para mí, pero ya lo sabíamos cuando dejamos todo atrás en la ciudad para venir aquí.

—Puedo llevar a varios hombres conmigo… —empezó Alma.

—No —repitió Jachin—. Si te pasara algo, todos estaríamos perdidos. Tú eres nuestro líder. Por ti nos atrevimos a correr el riesgo de venir hasta aquí.

Alma soltó el aire. Sabía que Jachin tenía razón. Pero ¿cómo podía quedarse sin hacer nada?

—La oración es nuestra arma —dijo Jachin en voz baja.

Luego volvió junto a su esposa, que seguía llorando, y se alejó con ella.

Alma recorrió de un lado a otro la orilla fangosa. Las olas oscuras lamían la ribera con una calma que contrastaba con su agitación. Se detuvo, dio media vuelta y echó a andar otra vez. Maia estaba en prisión, en un lugar inmundo, oscuro y húmedo, lleno de ratas y delincuentes.

Yo huí y ella se quedó, pensó Alma. Y ahora mira lo que le ha pasado. Se estremeció al pensar en todo lo que Maia había sufrido bajo el reinado de terror de Noé. Su propio esposo no se detendría ante nada. Y yo ya no estoy allí para protegerla.

Sin embargo, sabía que el Señor quería que estuviera en Mormón, recibiendo a los creyentes, enseñándoles más verdades y bautizándolos. Había tomado la decisión correcta, pero eso no aliviaba el dolor que sentía por Maia.

Suspiró profundamente. Ojalá pudiera salvar la distancia y traer de algún modo a todos los creyentes a Mormón, donde estarían a salvo. Pero eso les quitaría la posibilidad de elegir. Les costaba dejar su tierra natal y, si las profecías de Abinadí sobre la caída del rey se cumplían pronto, quizá no tendrían que hacerlo. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más peligrosa se volvía la situación dentro de la ciudad.

Aunque sabía que dormiría poco aquella noche, Alma buscó la estera que guardaba cerca de la orilla y la desenrolló. Se tendió sobre ella y entrelazó las manos detrás de la cabeza. La noche estaba despejada y el aire era agradablemente fresco. Los insectos zumbaban junto al lago, pero no se acercaban lo suficiente para molestarlo. Lo atormentaba pensar en Maia en prisión. También le preocupaban Gedeón y los levantamientos, y toda aquella gente inocente que solo quería conocer la verdad. Al fin, el suave rumor del agua le aflojó la tensión del cuerpo y los párpados empezaron a pesarle.

Debió de quedarse dormido, porque de pronto se despertó. Algo anda mal. El corazón le martilleaba y una oleada de miedo lo recorrió. Se incorporó, miró a su alrededor y escuchó. Nada. Pero la inquietud persistía. Es más, se hacía cada vez más intensa. Sabía que el Señor le estaba advirtiendo de algo.

Se puso de pie y caminó hacia el grupo de cobertizos más cercano, con todos los sentidos alerta. ¿Qué sucede?

Alma se abrió paso entre las tiendas y los refugios. La comunidad estaba en silencio. Entonces lo invadió una sensación apremiante y echó a correr hacia la colina del sur. Los vigías estarían allí, atentos, pero Alma siguió corriendo y subió la ladera a toda prisa.

En cuanto vio a Helam y a Jachin, los llamó en un susurro enérgico.

—¡Helam! ¡Jachin!

Al llegar junto a ellos, se tomó unos segundos para recobrar el aliento mientras examinaba el terreno.

—¿Ven algo?

—No. ¿Qué pasa? —preguntó Jachin.

Alma se llevó una mano al pecho.

—Algo anda mal. Lo siento.

Respiró hondo otra vez.

—¿Han ido a ver los rebaños hace poco?

Jachin asintió y señaló hacia el oeste.

—Ben está con ellos, justo detrás de esa loma.

Alma miró en la dirección que señalaba y distinguió las formas abultadas a la luz de la luna. Procuró calmar aún más la respiración.

—¿Y qué hay de…?

—¡Chist! —siseó Helam, poniéndole una mano en el brazo—. Mira allá.

Un escalofrío le subió por la nuca a Alma al volverse. De la colina siguiente se alzó un tenue resplandor de fuego. De pronto se apagó. Era como si alguien hubiera encendido una llama y enseguida la hubiera sofocado. Entonces se vio otro destello.

—¿Más gente que viene a unirse a nosotros? —preguntó Jachin.

Alma y Helam negaron con la cabeza e intercambiaron una mirada. Los tres hombres observaron en silencio la colina distante. Al cabo de un momento, tal como temían, hubo otro destello.

—Una señal —dijo Jachin.

—¿Para quién?

A Alma se le oprimió el pecho. Observaron en silencio cómo, cada pocos minutos, una llamarada iluminaba la oscuridad.

—¿Crees que sea un grupo de exploradores? —preguntó Helam en un susurro.

Alma asintió y sintió un escalofrío a lo largo del brazo. Había recibido una advertencia a orillas del lago. Ahora, al ver los destellos, la advertencia resonaba con mucha más fuerza en su mente.

—Creo que esos exploradores le hacen señales a alguien, o a un grupo más numeroso.

—¿Avisamos a la gente? —preguntó Helam.

Alma vaciló. Quería evacuar el lugar cuanto antes, pero si huían de Mormón, dejarían atrás a los creyentes que aún venían en camino.

Helam pareció leerle el pensamiento.

—Un pequeño grupo puede quedarse y esperar a los que todavía vengan de la ciudad.

Alma sintió la advertencia en todo el cuerpo.

—Es demasiado peligroso. Además, ni siquiera sé dónde acabaremos.

Jachin intervino.

—Seguramente la gente de la ciudad sabe que el ejército del rey viene a buscarnos. Si alcanzó a algún creyente que venía a Mormón, ya es demasiado tarde para él.

Con pesar, Alma comprendió que Jachin tenía razón.

—Despierten a los hombres. Que reúnan a sus familias, recojan sus tiendas y preparen sus pertenencias. Nos iremos antes del amanecer. Volveré antes de esa hora.

Helam lo miró fijamente.

—¿Adónde vas?

—A ver cuántos son.

—Déjame ir contigo.

—No —dijo Alma.

Necesitaba que Helam se hiciera cargo de organizar a la comunidad mientras se preparaba.

—Avanzaré más deprisa solo y te necesito aquí.

Helam abrió la boca, pero volvió a cerrarla. En sus ojos se veía que comprendía.

—Llévate esto.

Le entregó la espada que llevaba para montar guardia.

Alma aferró el arma y se volvió hacia Jachin.

—Avísale a Ben que reúna los rebaños. No sé cuánto tiempo nos queda.

Mientras Helam y Jachin se separaban para cumplir sus tareas, Alma miró la luna. Esperaba que el cielo siguiera despejado y que la luz le alumbrara el camino.

Luego echó a correr hacia donde aparecían los destellos. Trabajar día y noche en la construcción del asentamiento le había fortalecido los músculos mucho más que sus años como sumo sacerdote. Le gustó poder estirar las piernas y correr por aquel terreno. Después de varios minutos, encontró un ritmo rápido y sostenido. Las señales de fuego seguían guiándolo. Al acercarse, aminoró el paso para evitar hacer ruido.

Aún faltaban horas para el amanecer, pero el cielo había pasado del negro de tinta a un púrpura oscuro. Se detuvo unos minutos, tratando de calmar la respiración. Luego se agachó y avanzó.

En lo alto de la colina había tres tiendas bastante pequeñas. Los soldados solían dormir a la intemperie, así que le sorprendió encontrar tiendas.

Se alzaron unas llamaradas breves y, en aquella luz fugaz, Alma vio que las tiendas parecían propias de la realeza, con las entradas ribeteadas de piel de jaguar.

Cuatro hombres estaban sentados muy juntos, ocupados en hacer las señales de fuego. A Alma se le humedecieron las manos. La capa de plumas de uno de los hombres era inconfundible. Era la de un sumo sacerdote.

Amulón.

Tenía que ser él. Alma esperó a que el hombre se volviera. Aunque el fuego se apagó de nuevo, reconoció a su antiguo amigo a la clara luz de la luna.

Se le secó la boca. En aquel instante se confirmó todo lo que había temido. El rey iba tras su pueblo. Había enviado a su comandante y a sus soldados, o, peor aún, a su ejército, para capturar a los creyentes.

Cuando Amulón volvió a mirar a sus hombres, Alma se alejó con suma lentitud, sin hacer ruido. ¿A quién le hacía señales Amulón?

Alma siguió hacia el este y subió por una cresta y luego por otra. Desde la segunda se veía mejor el sendero que su pueblo había abierto.

Examinó los alrededores a la luz de la luna y fijó la vista donde el sendero se perdía al bordear una colina. Entonces vio sombras que se movían por la ladera. Horrorizado, comprendió que eran hombres. Soldados. Calculó que habría al menos cien.

Mientras las estrellas empezaban a desvanecerse con la proximidad del alba, algo le llamó la atención en otra ladera. Otro grupo de soldados. Otros cien. ¿Cuántos más vendrían? ¿Cuánto esperarían antes de atacar?

Alma bajó una ladera medio corriendo, medio deslizándose, y subió la siguiente. Esquivó los árboles y se mantuvo oculto mientras corría hacia el lago. Al coronar la última cresta, el cielo había pasado del púrpura al gris. La noche se desvanecía deprisa. Los rebaños estaban reunidos, las tiendas desmontadas y la mayoría de la gente parecía estar lista y a la espera. Helam y Jachin habían cumplido bien su cometido.

Al ver acercarse a Alma, la gente guardó silencio. Algunos bebés se quejaban, pero casi todos se mantenían callados y atentos. Mientras recobraba el aliento, Alma se puso una mano sobre el corazón, que le latía con fuerza. Veía el miedo reflejado en los ojos de aquella gente. Su gente. Tragó saliva para vencer el nudo que tenía en la garganta y cruzó la mirada con varios de ellos, entre ellos Raquel, Itzel, Ester y Ben.

—El rey Noé ha enviado un ejército.

Un sobresalto recorrió a la multitud.

—Son al menos doscientos, pero sospecho que vienen más. Amulón está al mando.

Al frente de la multitud, Itzel, que estaba junto a Raquel, escondió el rostro en el hombro de su hija. Alma echó un vistazo al cielo, que cambiaba a cada momento.

—Amanecerá en menos de dos horas. Quiero que ya estemos lejos cuando la primera luz llegue a su campamento.

La gente asintió y las madres atrajeron a sus hijos hacia sí. Alma miró a Helam, que tenía el semblante endurecido.

Alma levantó la mano y señaló hacia el noroeste.

—Cruzaremos ese paso de montaña tan deprisa y en tanto silencio como podamos. Cuando ya no se nos vea desde el lago, podremos aminorar el paso.

Su mirada se cruzó con la de Raquel, que trataba de consolar a Itzel.

—Hombres, estén pendientes de las mujeres que viajan solas.

Recorrió con la vista los rostros de quienes habían llegado a significar tanto para él.

—Iremos en los grupos pequeños que organizamos antes. Por favor, permanezcan juntos y procuren que sus hijos guarden silencio. Quiero que hasta el último de nosotros haya entrado en el paso antes de que el sol asome por el horizonte.

Alma dirigió la vista a varios hombres de la primera fila, entre ellos Helam y Jachin.

—¿Los exploradores?

Una docena de hombres dio un paso al frente.

—Tres de ustedes irán a la cabeza. Cuatro se quedarán aquí, observando los movimientos del ejército hasta que hayamos cruzado el paso sanos y salvos. Los demás se apostarán en las rocas que dominan el paso.

Helam asintió hacia Jachin.

—Vamos.

Se acercó a Alma y le tendió un fardo.

—Nos encontraremos contigo al otro lado.

—Gracias —dijo Alma, agradecido de que Helam hubiera recogido sus pertenencias.

Mientras los exploradores se dirigían a sus puestos, la multitud se puso en movimiento. Hombres, mujeres y niños se echaron sus bultos al hombro y tomaron rumbo al noroeste.

Alma se unió a la marcha y avanzó por un costado, instando a la gente a seguir adelante. Ben caminó junto a él con su inseparable espada.

—Yo te protegeré —dijo con gran seriedad.

—Gracias —respondió Alma en un tono igualmente solemne—. Pero necesito que protejas a las mujeres y a los niños.

Ben sonrió radiante al oír la palabra «niños». Alma acababa de dejar claro que ya no lo consideraba uno de ellos. Asintió y se perdió entre la gente. Para ser un grupo tan numeroso, avanzaban a buen paso. El rocío de la mañana aún era abundante cuando se internaron en la vegetación. Pronto se le mojó a Alma la parte baja de la túnica, pero el sol acabaría calentando la tierra y la ropa se le secaría.

Justo cuando el sol asomó por encima de las colinas del este, Alma llegó al paso, donde los altos riscos ocultaban a todos. Sabía, sin embargo, que los soldados del rey no tardarían en descubrir la ruta.

Amulón se pondría furioso. Con más razón debían mantener el paso. Pronto todos sentirían el peso de la noche en vela, pero todavía no era momento de descansar.

Helam y Jachin no tardaron en reunirse con él.

—¿Vienen? —preguntó Alma.

—Todavía no, pero supongo que pronto se pondrán en marcha hacia el lago —dijo Helam con gesto sombrío—. Quizá estén desayunando primero.

—Que se tomen su tiempo —dijo Alma.

Los dos hombres se internaron en el paso y Alma miró el lago por última vez. La brisa que se había levantado rizaba suavemente la superficie. La belleza del valle seguía quitándole el aliento, aunque ya no podía ofrecerles un refugio seguro. Con un poco de suerte, el ejército se retrasaría y los cuatrocientos cincuenta creyentes estarían ya muy lejos de su alcance.

Susurró una oración de gratitud por haber llegado hasta allí sanos y salvos. Luego se volvió hacia su pueblo y tomó de nuevo la delantera. Con el corazón apesadumbrado, dejó atrás el hermoso lago y cuanto lo había ligado a la ciudad de Nefi.

En silencio se despidió de sus padres en sus tumbas, de Maia en prisión y de Gedeón, que estaba levantando una rebelión.

Amulón estaba de pie cerca de la orilla del lago, mirando incrédulo el asentamiento abandonado. Habían registrado cada choza, cada cobertizo y hasta cada retazo de tela que quedaba. Estaba disgustado consigo mismo.

Reprendió al soldado más cercano y luego ordenó que dos grupos de hombres recorrieran la orilla del lago en direcciones opuestas. Al examinar las montañas circundantes, se asombró de su tamaño. El viaje de Alma sería difícil. Encontrarlo tampoco sería fácil.

Pero no pienso rendirme, decidió.

Su mirada se posó en el paso de montaña más cercano. Estaba seguro de que se habían ido por allí.

—Al paso —ordenó Amulón.

Él y los soldados que quedaban atravesaron el asentamiento abandonado y subieron deprisa por la ladera que llevaba a la entrada.

—Más despacio —ordenó a sus hombres cuando la abertura se alzó ante ellos.

La advertencia llegó demasiado tarde. Una flecha surcó el aire e hirió al hombre que estaba junto a él.

Entonces cayó otro soldado a la izquierda de Amulón. Amulón se arrojó al suelo y alzó la vista en busca de los atacantes. Sus hombres se dispersaron enseguida para ponerse a cubierto.

Tres soldados más fueron alcanzados antes de que Amulón pudiera contar a los creyentes. Solo veía a cuatro, apostados en distintas hendiduras de la pared del risco. Uno estaba a por lo menos doce pies del suelo.

Después de observar un poco más, Amulón decidió que sus soldados podían imponerse con facilidad. Tal vez perdieran a uno o dos, pero necesitaban romper la primera línea de ataque para entrar en el desfiladero.

—A mi señal —dijo entre dientes—. Prepárense para correr… ¡Ahora!

Los hombres se lanzaron hacia el paso a gritos, disparando flecha tras flecha mientras corrían. Amulón iba apenas unos segundos detrás.

Cinco soldados cayeron de inmediato, y luego otros dos. Amulón miró frenéticamente a su alrededor. Tenía que haber más creyentes de los que había contado al principio. Una flecha le pasó silbando junto a la cabeza y se clavó en otro soldado. Tres hombres más se desplomaron delante de él.

Amulón alzó el arco y disparó contra el hombre de la cornisa. La flecha se desvió apenas a la derecha. Falló. Aminoró el paso y volvió a apuntar. De pronto, un ardor le abrasó el hombro. Bajó la vista y vio que una flecha lo había rozado. Sin hacer caso de la sangre que brotaba de la herida, disparó otra flecha.

A su derecha se oyó un grito agudo. Otro soldado había caído.

Un dolor estalló en el muslo de Amulón. Otra flecha. Se la arrancó de un tirón y avanzó a trompicones. Siguió adelante hasta perder la cuenta de los soldados que caían a su alrededor.

—¡Al paso! —gritó.

Solo le faltaba una docena de pasos.

Entonces, de golpe, cesó la lluvia de flechas. Amulón corrió el último trecho hasta la entrada del desfiladero y se detuvo. Estaba vacío.

—¡Por aquí! —gritó—. ¡No pueden haber ido lejos!

Los soldados pasaron corriendo a su lado y se adelantaron. Entonces volvieron a caer flechas desde lo alto. Los hombres fueron cayendo uno tras otro.

Amulón sintió otra punzada de dolor, esta vez en el costado. Un soldado se volvió y vio la flecha clavada entre sus costillas.

—No te muevas —dijo el soldado.

Agarró la flecha con las dos manos y se la arrancó de un tirón.

Amulón gritó cuando el dolor lo atravesó. Le flaquearon las rodillas y luchó por mantener el equilibrio. Se quedó mirando la flecha empapada en sangre en manos del soldado.

Alguien lo agarró del brazo y tiró de él hacia atrás.

—¡No! —gritó, forcejeando para soltarse—. ¡Tenemos que alcanzarlos!

Estaba gritando, pero su voz le sonaba extrañamente apagada. Le palpitaba la cabeza y parpadeaba para mantener la vista enfocada. Los soldados, las rocas y las flechas parecían confundirse en una sola imagen.

—Estás herido —dijo un hombre mientras lo arrastraba hacia atrás.

Amulón intentó soltarse de un tirón, pero lo dominó el mareo y se desplomó en brazos del hombre.

—¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!

Amulón trató de ver quién había dado la orden, pero todos se le confundían en un borrón. Antes de que pudiera darse cuenta, los soldados ya corrían a su lado en dirección contraria.

—¡No! —intentó gritar, pero apenas se le oyó—. ¡Les ordeno que se queden y peleen!

Nadie le hacía caso. Entonces el mareo dio paso a la oscuridad.


Capítulo 8

Si […] guardáis mis mandamientos […] yo os daré lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos.
— Levítico 26:3–4


Un mes después

Alma recorrió el asentamiento a primera hora de la mañana del día de reposo, observando las chozas recién construidas. Habían escapado por poco del ejército del rey en la región agreste y habían avanzado lo más deprisa posible por si Amulón encontraba su rastro. Ocho días después de dejar las aguas de Mormón, habían llegado allí. Aquel lugar carecía del lago de aguas cristalinas que tenían en Mormón, pero era hermoso. Por el valle corrían varios arroyos de agua pura y deliciosa. Siguiendo la inspiración del Señor, Alma había declarado que vivirían allí.

Habían dedicado las últimas semanas a despejar terrenos para sembrar maíz y frijoles, hacer la siembra, reparar las tiendas y construir refugios. Varios grupos de cazadores se turnaban para traer carne para toda la comunidad.

Mientras avanzaba por el camino, Alma vio que habían dejado a un lado las herramientas y la madera en preparación para el día santo. Los huertos quedarían sin atender, y por ese día habían cesado las labores de tejido, herrería y alfarería. Alma había esperado con ilusión el día de reposo toda la semana. Además de descansar del duro trabajo, iba a consagrar a los sacerdotes recién designados. También le entusiasmaba hacer un anuncio especial y estaba deseoso de ver la reacción de la gente.

Llegó primero al edificio del consejo. Todavía estaba en construcción y servía de centro para los asuntos civiles y la adoración hasta que pudieran trazar los planos del templo. Por el momento, el edificio daba sombra de sobra a las congregaciones reunidas.

Alma dejó los materiales de escritura que había llevado para registrar las ordenaciones de aquel día: tinta, un pincel y papel de corteza. Miró la posición del sol. Apenas había amanecido, así que tendría un par de horas de tranquilidad antes de que se reuniera la congregación. Un par de horas para repasar lo que había escrito de las palabras de Abinadí. Perfecto.

Dejó sus cosas sobre una mesa baja y abrió con cuidado la cartera de cuero que guardaba las hojas de papel de corteza en las que había escrito por primera vez después de ser expulsado de la ciudad de Nefi. ¿De verdad habían pasado solo unos meses desde que huyó de la ciudad y se fue a Mormón?

Cerró los ojos un instante y recordó su escondite en la colina y cómo, con la ciudad a sus pies, había escrito todo lo que recordaba de las enseñanzas de Abinadí. Pasó la mano sobre el papel de corteza, como si al tocarlo pudiera recobrar aquellos recuerdos. El solo contacto con los escritos le llenó los ojos de lágrimas.

Recorrió las palabras con la vista y pronto se enfrascó en la lectura de los Diez Mandamientos.

Ese será el tema central de mi enseñanza esta mañana, decidió. Y, al igual que Abinadí, enseñaría al pueblo que la sola observancia de los mandamientos no los salvaría. Toda la ley de Moisés señala hacia Cristo, pensó Alma. Si el pueblo comprendía el propósito más elevado de guardar los mandamientos, estaría más dispuesto a observar también las leyes menores.

Sabía que el pueblo seguiría creciendo en número y que el Señor quería que a todos se les enseñaran principios correctos. Pero soy un solo hombre, pensó Alma. Necesito sacerdotes y maestros fieles que fortalezcan al pueblo.

Al oír que se acercaban unos pasos, Alma levantó la vista. Helam apareció por la esquina del edificio.

—Gracias por venir temprano —dijo Alma al ponerse de pie.

Empezó a guardar los escritos.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó Helam.

Alma bajó la vista. Aunque aludía a ellos con frecuencia, a nadie le había mostrado sus escritos.

—Esto es lo que escribí después de huir de la ciudad. Anoté todo lo que recordaba de las enseñanzas de Abinadí.

Helam se acercó a la mesa y lo miró a los ojos.

—¿Puedo verlos?

Alma deslizó las hojas hacia Helam, que las tomó con cuidado. Poco después estaba sentado a la mesa, leyendo detenidamente cada página.

Alma lo observó mientras leía y vio pasar por su rostro distintas emociones, desde la alegría hasta la tristeza. Al cabo de un rato, Helam alzó la vista con los ojos húmedos.

—Solo decía la verdad, y ellos no pudieron verla.

—No —dijo Alma en voz baja—. Pero ahora depende de nosotros.

Helam asintió y volvió a leer en silencio.

—Hoy voy a ordenar formalmente a sacerdotes y maestros para que me ayuden a enseñar la palabra del Señor —dijo Alma—. Te pedí que vinieras temprano porque quiero que seas uno de esos maestros.

Helam alzó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—Cuanto más crece nuestra comunidad, más difícil es enseñarles a todos al mismo tiempo —continuó Alma—. Y tú eres precisamente el hombre que puede ayudarme.

Helam negó con la cabeza.

—Nunca he hablado en público.

—Te he oído participar en el consejo y sé lo bien cimentado que estás en las enseñanzas del Señor —dijo Alma—. Además, es la voluntad del Señor. Él preparará la manera.

Helam se cruzó de brazos y bajó la mirada.

—Pero ¿me aceptará la gente en tu lugar?

—Esta mañana organizaré las congregaciones y verán que es la voluntad del Señor.

Helam alzó la cabeza con confianza en los ojos.

—Entonces lo haré.

Alma sonrió, se inclinó sobre la mesa y le estrechó la mano.

—Tengo la impresión de que a Abinadí le complacería.

Se oyeron un par de voces fuera del edificio.

—Ah. Deben de ser los otros hombres que servirán contigo como maestros —dijo Alma, apartándose de la mesa.

En menos de una hora se había formado una gran congregación. Alma observó aquellos rostros que ya le eran tan familiares. Había llegado a conocerlos y a quererlos a todos como si fueran de su propia familia. Y comprendió que aquella era su nueva familia.

Los hombres que pronto serían ordenados maestros estaban de pie frente a la multitud. Alma levantó las manos para pedir silencio.

—Antes de comenzar el sermón —dijo—, quiero presentarles a un grupo de hombres fieles y justos que han sido escogidos. Estos hombres llevarán mi palabra, la palabra del Señor, a todos y cada uno de ustedes cuando nos dividamos en congregaciones más pequeñas y fáciles de atender.

Hizo una pausa para respirar y sonrió.

—Hemos sido bendecidos al encontrar esta hermosa tierra. Cada día somos más y seguimos prosperando. Pero, para llegar a ser una nación justa, debemos seguir aprendiendo y estudiando la palabra de Dios.

Un murmullo de aprobación recorrió la multitud.

—Por eso hoy les presento a diez hombres que cumplirán los llamamientos de sacerdotes y maestros al frente de nuestras congregaciones de cincuenta personas.

Alma miró hacia la primera fila.

—Por favor, acérquense.

Helam, Jachin y otros ocho hombres dieron un paso al frente. Uno por uno, Alma pronunció una bendición sobre la cabeza de cada uno y los consagró para sus nuevas responsabilidades.

Cuando terminó con los diez, ellos ocuparon su lugar al lado de Alma.

—Y ahora, un anuncio más antes de adentrarnos en las enseñanzas del Señor.

Alma recorrió con la vista a la multitud y esperó a tener la atención de todos.

—Necesitamos un nombre para esta tierra escogida. Propongo que la llamemos la tierra de Helam.

—La tierra de Helam. ¡Hum!

—No seas tan gruñón, Helam —dijo Raquel, tratando de contener la risa—. Es un honor.

Abe jugaba cerca mientras ella tejía un trozo de tela de ceiba en un telar de cintura. El niño trepó por una roca grande y volvió a bajar por donde había subido.

Helam la miró, desconcertado.

—Alma ni siquiera me pidió permiso. Ayer anunció el nombre delante de todos, así que no pude convencerlo de que cambiara de parecer.

—Porque sabía cómo ibas a reaccionar.

Raquel sonrió al verlo refunfuñar y luego miró alrededor del lugar donde habían acampado. Cerca de allí, Abe se rio al descubrir un escarabajo que corría sobre la roca. Raquel observó a su hijo un momento y se volvió hacia Helam. Su boca había adoptado aquel gesto de disgusto que ella conocía tan bien.

—Es un honor —repitió—. Por favor, no dejes que Alma te oiga quejarte.

Helam pareció arrepentido de haberse quejado.

—Sé que es un honor. Solo digo que no lo merezco. El lugar debería llevar el nombre de Alma.

Raquel se encogió de hombros.

—Quizá el próximo lugar lleve su nombre.

Aunque esperaba que no hubiera un próximo lugar. Eso significaría que tendrían que recoger sus cosas y huir otra vez.

La tierra de Helam es un nombre apropiado, pensó, aunque a él no se lo parecía.

Helam se puso de pie.

—Se está haciendo tarde. Mi madre seguramente me está buscando.

—Seguramente han vuelto a pedirle tu mano —dijo Raquel en tono de broma.

Como Helam seguía igual de serio, volvió a intentarlo.

—¿Alguna vez has oído de un hombre que reciba tantas propuestas?

—Mi padre no está aquí para encargarse de eso. No quedaría bien que mi madre fuera a hablar con otro hombre acerca de su hija.

—Claro que no —dijo Raquel, preguntándose si Helam desearía que su madre se acercara a alguna familia en particular—. Pero por aquí hay otros hombres solteros. Debe de haber sido la capucha lo que mantuvo alejadas a todas al principio.

Se puso una mano en la cadera y siguió bromeando.

—En serio, Helam, todos quisiéramos que te decidieras y dejaras que las mujeres se disputaran a otro.

Cuando sus miradas se encontraron, Raquel contuvo el aliento. No esperaba ver dolor en los ojos de Helam. Desconcertada, soltó el telar y se puso de pie.

—Perdóname. No quise decir que tengas que casarte enseguida…

Pero él dio un paso atrás y, de pronto, su mirada volvió a ser la de siempre. Quizá Raquel se lo había imaginado.

—¿Qué prisa hay? —preguntó él, forzando una sonrisa.

Ella abrió la boca, pero no supo qué responder. ¿Qué prisa hay? Helam tenía veintinueve años, más de los que tenía Abinadí cuando se casaron, aunque de todos modos los hombres solían casarse a una edad más avanzada. Helam se despidió de Abe con la mano mientras se alejaba. Raquel volvió a sentarse ante el telar y tiró de él con demasiada fuerza. Ahora tendría que volver a colocar el hilo de la trama.

Casi sintió alivio cuando Abe corrió hacia ella y se agarró a su pierna.

—¿Papá?

—No —dijo ella, acariciándole la cabeza—. El tío Helam no es tu papá. Es tu tío. ¿Puedes decir «tí-o»?

—Tí-o —balbuceó Abe, mirándola en espera de su aprobación.

Raquel sonrió y lo alzó en brazos.

—Cada día estás más listo.

Igual que tu padre, pensó. Hundió el rostro en sus rizos y le besó la coronilla.

—Ven. Tu abuela seguramente se pregunta por qué no estamos ayudando con la comida.

Recogió el telar y los husos de hilo y se apresuró a ir a la tienda de su madre. Aquella noche comerían con Ester y Helam, y también vendría Alma.

Últimamente, Abe le había tomado cariño a Alma, quien se había alegrado mucho cuando el niño aprendió a decir su nombre: «Am-ma».

Raquel llegó a la tienda y encontró a su madre avivando el fuego. Le dio a Abe una bolsita de piedras brillantes para que jugara mientras ella y su madre cortaban aguacates silvestres para acompañar las tortas de maíz. Era una comida sencilla, sobre todo para recibir a un invitado, pero nadie más en el asentamiento tenía nada distinto para comer.

Las dos trabajaron casi todo el tiempo en silencio, hasta que Itzel habló.

—Ester está preocupada por ti.

Raquel soltó un suspiro profundo y se esforzó por no poner los ojos en blanco.

—Me lo ha insinuado muchas veces. Creo que está tratando de organizar una boda doble. Helam también está perdiendo la paciencia con tanta insistencia de su madre.

Itzel asintió y guardó silencio un momento.

—Raquel, nadie espera que críes a tu hijo sin un padre. Abe está creciendo ante nuestros ojos y pronto tendrá que aprender cosas que solo un padre puede enseñarle.

A Raquel le ardieron las mejillas.

—Primero Ester me dice que vuelva a casarme, y ahora tú. ¿Cómo pueden olvidarse tan pronto de Abinadí?

Itzel le tocó el brazo.

—Nadie se ha olvidado de él, querida. Y nadie se ha olvidado de ti.

A Raquel empezaron a arderle los ojos y trató de contener el enojo. Parecía que todos tenían demasiada prisa por seguir adelante y olvidar. Pero ella jamás olvidaría. Y tampoco quería hacerlo.

—¿Y tú? Has sido perfectamente feliz sin mi padre.

En cuanto lo dijo, se arrepintió. Si su madre hubiera sido una mujer más impetuosa, Raquel habría esperado una bofetada.

Pero Itzel se limitó a volver hacia su hija el rostro entristecido.

—Tú tienes opciones que yo nunca tuve.

Raquel bajó la mirada. Las palabras le dolieron como si la hubieran golpeado.

—Esta noche —dijo Itzel—, trata de ser más amable con Alma. Ester dice que parece interesado en ti.

—¿Alma? Soy amable con él. Pero… las cosas no son así…

Miró a su madre, atónita.

—Ester tiene que dejar de entrometerse. Ya casi ha vuelto loco a Helam, y ahora esto. Alma no está interesado…

—Ester parece creer que sí —la interrumpió su madre.

Abe empezó a chillar y a tirar las piedras. Raquel se acercó y lo alzó, con las mejillas todavía encendidas. Le susurró al oído:

—A ti te gusta tener a tu mamá solo para ti, ¿verdad?

El niño se retorció para que lo bajara. Raquel lo dejó en el suelo y lo vio recoger las piedras brillantes y moverlas por la tierra. Al parecer, había inventado un juego nuevo.

Se cruzó de brazos y pensó en Alma, aunque tenía pocas ganas de hacerlo. Era un buen hombre, desde luego. Un líder. Muy bondadoso y apuesto. También tenía un pasado terrible, como el de su padre, pero había logrado dejarlo atrás y cambiar por completo. Jamás se lo echaría en cara, pero… ¿ella y Alma? No. Había algo que no encajaba y que no sabía precisar. Había visto la mirada de admiración de muchos hombres cuando hablaba con ellos. En los ojos de Alma solo había visto interés sincero por su bienestar y amistad. O estaba concentrado en su nueva responsabilidad de dirigir al pueblo o su corazón pertenecía a otra persona.

Eso era. Tendría que prestar más atención para averiguar a quién quería de verdad Alma. Entonces conseguiría que Ester dejara de hablar del asunto.

Raquel no le dijo nada más a su madre mientras terminaban de servir la comida en los platos. Justo al ponerse el sol llegaron Ester y Helam. Ben se unió a ellos, todavía sudoroso después de trabajar todo el día con el herrero.

Raquel saludó a Ben y se puso una sonrisa forzada para recibir a Ester, aunque ganas no le faltaban de darle una buena reprimenda. Tendré que demostrarle que se equivoca, decidió. Trató de cruzar la mirada con Helam para ver si la había perdonado por su comentario sobre las propuestas de matrimonio, pero Alma llegó antes de que pudiera averiguarlo. Saludó cordialmente a todos.

No se detiene conmigo ni me dedica más tiempo que a los demás, observó Raquel. Aunque eso por sí solo no demostraría gran cosa.

Mientras los hombres comían, Raquel escuchó su conversación con escaso interés. Entonces Alma dijo algo que le llamó la atención.

—Helam, me han dicho que no te gusta el nombre de nuestro asentamiento.

Helam se quedó a medio movimiento y bajó el plato.

—Yo, eh…

Le lanzó a Raquel una mirada furiosa, pero ella negó levemente con la cabeza, esperando que Alma no lo notara.

Alma se rio entre dientes.

—No te preocupes. No me lo ha dicho nadie de los que están aquí.

Raquel suspiró al ver que Helam se tranquilizaba. Ya estaba molesto con ella por el comentario sobre el matrimonio y no quería darle otra razón para enojarse.

Helam mantuvo la mirada fija en Alma.

—Si este lugar debe llevar el nombre de alguien, que lleve el tuyo.

Alma se recostó y asintió con una sonrisa divertida.

—Algunos lo propusieron.

Helam lo miró sorprendido.

—Entonces, ¿por qué no lo llamaste la tierra de Alma?

Alma se encogió de hombros.

—No me parecía lo indicado. La sugerencia me honró, pero sabía que debía llevar tu nombre.

Miró a Raquel en busca de apoyo. Ella asintió y sorprendió a Ester observando cómo Alma la miraba. Ay, no, pensó. Ester ya está sacando conclusiones otra vez.

—Debiste haber escuchado a la gente —prosiguió Helam—. Todos te admiran y te respetan. Quieren mostrarte su gratitud de alguna manera.

Alma se encogió de hombros con naturalidad y comió un trozo de aguacate.

—La gente también habla de hacerte rey —dijo Helam.

Alma alzó la cabeza de golpe y abrió mucho los ojos.

—Lo sé.

Negó enérgicamente con la cabeza.

—Jamás.

Raquel lo observó con interés. La mayoría de los hombres, sobre todo uno como su padre, habría aceptado la oferta sin pensarlo dos veces.

Helam se cruzó de brazos.

—El pueblo te ve como su gobernante. Es natural que lo pida, sobre todo después de que dividiste la congregación en grupos. Quieren saber que sigues al frente.

Alma dejó el plato y extendió las manos.

—Jamás seré rey de este pueblo ni de ningún otro. Mañana reuniré a todos los sacerdotes y enviaré un mensaje a cada congregación. Hay que poner fin a este rumor de inmediato.

Raquel le sonrió, complacida por la firmeza de su postura. Era admirable. La gente lo querría aún más por ello, si acaso era posible. Miró a los demás y volvió a sorprender a Ester observándola. Raquel ahogó un gemido. Acababa de darle a Ester más motivos para hacerse ilusiones. Se levantó enseguida y empezó a recoger los platos.

Las otras mujeres hicieron lo mismo.

—Yo acostaré a Abe —dijo Ester, tomando al niño y dirigiéndole a Raquel una mirada significativa.

—Gracias —respondió Raquel cortésmente, aunque le daban ganas de reírse a carcajadas.

Si no podía disuadir a su suegra, al menos podía tomarse con humor sus insinuaciones. Cuando su madre les dio las buenas noches a los hombres, Raquel decidió que quedarse allí solo le daría a Ester más motivos para sacar conclusiones. Salió del claro para lavar los platos.

Siguió el sendero oscuro que llevaba al río cercano. Dejó los platos en la orilla, corriente abajo del lugar donde las mujeres recogían agua. Lavó los platos a la luz de la luna, disfrutando de cómo el agua fresca le salpicaba los brazos. Después de beber largamente con las manos ahuecadas, apiló los platos y emprendió el regreso.

Al acercarse al campamento, aminoró el paso. Helam y Alma seguían allí, conversando.

Decidió dar un rodeo por una arboleda para no interrumpirlos, cuando oyó decir a Alma:

—¿No puedes decidirte por alguna de las mujeres que ya andan detrás de ti?

Raquel se quedó inmóvil. Hacía falta valor para hablarle a Helam de eso, pensó, recordando cómo había reaccionado con ella. Pero quizá entre hombres fuera distinto.

—Lo he intentado —dijo Helam.

Eso sorprendió aún más a Raquel. Parecía que sí quería casarse.

—En estos dos últimos meses no he podido librarme de este sentimiento —continuó Helam—. Al principio pensé que solo quería protegerla, pero ahora me doy cuenta de que es mucho más que eso.

¿De quién está hablando?

—¿Y no crees que ella te corresponda? —preguntó Alma.

—Sé que no —dijo Helam en voz baja y dolida.

Raquel frunció el ceño. No se le había ocurrido que Helam estuviera enamorado de alguien. Qué triste que la mujer no sintiera lo mismo. Repasó mentalmente a las mujeres solteras de la comunidad. ¿Había notado que Helam le prestara especial atención a alguna de ellas?

—Quizá necesite más tiempo —sugirió Alma.

—Eso diría mi madre —respondió Helam.

Raquel esbozó una sonrisa irónica.

Hubo un momento de silencio. Luego Alma preguntó:

—¿Tan terrible sería preguntárselo?

Raquel oyó un resoplido.

—No se me ocurre nada que me dé más miedo —dijo Helam.

Raquel ahogó una risa. Resultaba gracioso que algo asustara a Helam. Por lo general, era él quien asustaba a los demás. Luego se puso seria de inmediato. Claro, le preocupaban sus cicatrices. Seguramente eso explicaba sus reservas. Pero si otras mujeres de la comunidad buscaban su atención, ¿no debería eso darle más confianza para acercarse a la mujer que le interesaba?

—Quizá yo podría hablar con ella del asunto —dijo Alma.

Helam soltó una risa amarga.

—Ya me imagino el horror en sus ojos. Luego tendría que vivir sabiendo que me desprecia. No soportaría verla todos los días.

A Raquel le daba vueltas la cabeza. ¿A qué mujer veía todos los días? ¿A alguna que trabajaba en los campos?

—Tal vez podría hablar con su madre —dijo Alma.

—No —respondió Helam—. De todos modos, dudo que su madre sepa lo que siente. He llegado a la conclusión de que no tengo ninguna posibilidad. Sigue enamorada de su esposo.

Raquel apretó los dedos alrededor de los platos. ¿Helam estaba enamorado de una mujer casada?

—Además, no quiero que piense que lo hago solo para cuidar de su hijo —dijo Helam.

A Raquel se le contrajo el estómago. Se mareó al pensar en otra posibilidad.

—Ella siempre amará a su esposo —dijo Alma—. La pregunta es si en su corazón hay lugar para otro hombre.

Raquel dejó escapar un grito ahogado y se le cayeron los platos. Sintió que le ardía el rostro al darse cuenta de que, sin duda, los hombres la habían oído. Dio media vuelta y echó a correr. Helam estaba hablando de ella. Estaba segura.

—No —susurró al llegar a la orilla del río y detenerse justo antes de meterse en el agua.

Helam es como un hermano.

—Por favor, que me equivoque —susurró Raquel.

Se dejó caer al suelo y se abrazó las rodillas. No podía creerlo. Se llevó el puño a la boca para no gritar. No sabía si estaba enojada o destrozada. Aquello era demasiado increíble siquiera para considerarlo.

Cerró los ojos y deseó no haber oído jamás aquella conversación. Deseó haber seguido pasando los días y las semanas pensando en Helam como el cuñado en quien podía confiar. Un hombre que la había protegido y había velado por su hijo. Un hombre que había enterrado a su propio hermano. Un hombre honorable, fiel, justo, bondadoso y generoso…

Se le revolvió el estómago. No tenía sentido. ¿Cómo había podido suceder? ¿Habría hecho ella algo para alentarlo? Siempre lo había tratado con cortesía y, sin embargo…

—¿Raquel?

Se volvió, sobresaltada al oír su nombre. Ni siquiera había oído acercarse a nadie. Helam. Se quedó mirándolo a la luz de la luna. Él había oído caer los platos, y ahora ella iba a escuchar su apasionada confesión.

—Vete —dijo con un nudo en la garganta—. Ya he oído bastante.

Pero Helam dio un paso hacia ella.

—Solo déjame explicarte. Después te dejaré en paz.

Raquel se puso de pie, temblando de pies a cabeza.

—Soy tu cuñada. Le prometiste a Abinadí que cuidarías de mí, pero eso no quería decir…

Trató de recobrar el aliento.

—Él confiaba en ti. Yo confiaba en ti. ¿Cómo puedes insultar así su memoria?

Helam parecía conmocionado.

—Lo siento —dijo en un susurro—. Pensé que podrías reaccionar así. Por eso no quería decírtelo.

—¿Decírmelo? ¿Y tu madre? ¿Qué pensaría ella?

—No lo sé —dijo Helam, sosteniéndole la mirada—. Lamento que me hayas oído hablar con Alma. Debí habértelo dicho a ti. Por favor, perdóname.

A Raquel se le cortó el aliento. Retrocedió mientras se le atropellaban los pensamientos. Era imposible, todo aquello. Y, sin embargo, los ojos de Helam le confirmaban que era verdad. Él la observaba con atención, esperando una respuesta, pero a ella no se le ocurría una sola palabra.

Helam la miró con aire suplicante.

—Nunca pensé que esto sucedería… No me lo esperaba.

Raquel se apretó las manos y tensó todo el cuerpo. No creía querer oír su explicación.

—Sucedió poco a poco.

Helam apartó la vista.

—Si Abinadí no hubiera muerto, esto no habría pasado. Jamás me habría permitido abrir el corazón a esa posibilidad.

Raquel negó con la cabeza, incapaz de creer lo que estaba sucediendo.

—Siempre te he querido. Bueno, siempre me he preocupado por ti, por supuesto —dijo él, volviendo a mirarla con una sonrisa débil—. Cuando dejé de usar la capucha, me di cuenta de que tú eras la única persona de la que realmente quería que me aceptara. Mi madre me presentó a una mujer tras otra, pero, al mirarlas, solo veía tus ojos, tu sonrisa…

Raquel parpadeó para contener las lágrimas que le ardían en los ojos. Entre ella y Helam no había esperanza. Jamás podría imaginarse reemplazando a Abinadí. Y Helam estaba enamorado de ella, una mujer que no podía corresponderle.

Las lágrimas se le escaparon. Se volvió hacia el río y se quedó mirando la corriente sin verla. Todavía le daba vueltas todo lo que había creído acerca de Helam… Y ahora todo era tan distinto. Todo lo contrario, en realidad.

—No te culpo si me odias —dijo él—. Tienes todo el derecho.

Ella no respondió. Varios minutos después lo oyó alejarse.

—No te odio, Helam —susurró Raquel mientras él se alejaba.


Capítulo 9

…el Señor es vengador de todo esto…
— 1 Tesalonicenses 4:6


Amulón se recostó sobre un montón de cojines en la sala del trono y se examinó la rodilla herida. El chamán acababa de orar por él y ahora le cosía el corte profundo que había sufrido en una reciente escaramuza en las calles. La rodilla le latía de dolor, así que tomó otro trago de vino de agave directamente de la jarra, aunque probablemente tendría que bebérsela entera antes de sentir algún alivio. Las heridas de flecha del mes anterior por fin habían sanado, y ahora esto.

Al menos la lesión le permitiría seguir tramando cómo capturar a Gedeón, en vez de salir corriendo a cada escaramuza que estallara en la ciudad. Planear la captura de Gedeón era casi lo único que conseguía apartar a Alma de sus pensamientos. Todavía le escocía pensar que la victoria se le había escapado. Se le revolvía el estómago al recordar la humillación de volver para rendir cuentas al rey y todo lo que había tenido que encubrir para explicar cómo había dejado que aquel hombre se le escapara de las manos otra vez.

Con un gemido de frustración, Amulón apoyó con cuidado la pierna sobre otro cojín y echó un vistazo a la sala. Unas cuantas mujeres rodeaban a Noé mientras él les contaba alguna historia disparatada. Dos escribas, sentados en un rincón, se afanaban más en beber que en poner por escrito las palabras del rey. Junto a la puerta, un hombre delgado intentaba ofrecerle un pavo a un guardia para conseguir audiencia con el rey, pero lo rechazaron enseguida. Otro día cualquiera en el palacio.

Desde el fracaso de su misión en Mormón, Amulón había volcado la rabia de haber perdido a Alma en la búsqueda de Gedeón. Sobornaba o amenazaba a los habitantes para que le dieran información sobre su paradero. A algunos incluso los habían condenado a muerte por no hacerlo. En cuanto dejara de latirle la rodilla, reuniría a sus mejores soldados y les asignaría sus tareas para aquella noche.

Un grupo de bailarinas entró en la sala del trono. Las ajorcas y los brazaletes tintineaban al caminar. Amulón las observó y reparó en dos a las que nunca había visto. Eran bastante jóvenes y hermosas. Vestían túnicas de lino fino de varios colores y llevaban el largo cabello oscuro bien peinado y suelto. Amulón suspiró al darse cuenta de que aquella noche no podría bailar por la lesión. Además, lo más urgente era encontrar a Gedeón. Las mujeres charlaban y reían como si más allá de los muros del palacio no hubiera problema alguno. Una de ellas le recordó a Maia y lo bien que solía vestir. Con una sonrisa de satisfacción, pensó en cómo se consumía en la prisión.

Observó a las bailarinas para ver si alguna despertaba más su interés que las demás. Una de ellas se acercó, chasqueando la lengua.

—¿Qué te pasó, cariño?

Amulón se ruborizó de gusto al verse tan atendido. Otras mujeres se acercaron y exclamaron al ver su herida. En algún lugar de la sala empezó a sonar la música y trajeron más comida. El rey celebraría su banquete, por mucha tensión que reinara en sus dominios.

Todavía era temprano para bailar, pero una de las mujeres le trajo un bastón a Amulón e insistió en que bailara con ella. Él se puso de pie y cargó un poco de peso sobre la rodilla, pero el dolor seguía siendo demasiado intenso. Se excusó, y la mujer se quedó con él y le trajo un plato de tamalitos picantes, una fuente de peras bañadas en miel y más vino de agave.

Justo cuando el vino empezaba a hacerle olvidar la rodilla, estallaron gritos al otro lado de las puertas. El sonido lúgubre de una caracola se alzó por encima de la música alegre. Un guardia con el rostro encendido irrumpió en la sala del trono. Tenía el frente de la túnica manchado de sangre.

—¡Han forzado la entrada de la prisión!

Amulón aferró el bastón y se puso de pie con dificultad, al mismo tiempo que Noé bramaba:

—¡Detengan a los fugitivos!

El guardia se inclinó, respirando a bocanadas.

—Los prisioneros ya se han ido.

El rostro de Noé se ensombreció de ira.

—¿Cómo?

—Gedeón los liberó. Ha desenvainado la espada y ha jurado matar al rey.

—Tráiganmelo —rugió el rey—. Me da igual si está vivo o muerto.

Amulón dio un paso al frente. Maia. Debía de haber escapado con los demás. La ira que sentía igualaba a la del rey.

Sin esperar a que le ordenaran salir, Amulón pasó a trompicones entre las bailarinas y abandonó la sala del trono. Antes de alejarse lo suficiente, oyó al rey volver a gritar. El monarca acababa de comprender que una de sus esposas estaba entre los prisioneros liberados.

Amulón se dirigió cojeando, tan deprisa como pudo, a la prisión subterránea. En la entrada yacía un guardia con heridas de espada en ambas piernas. Alzó la vista y negó con la cabeza, haciendo una mueca.

—¿Cómo pudiste dejar que ocurriera esto? —gruñó Amulón—. Y encima, dejar escapar a la esposa del rey.

El guardia se apoyó en un codo para incorporarse.

—Eran al menos una docena de hombres, dirigidos por ese… Gedeón.

Amulón asintió y cruzó la entrada. Una rápida inspección le confirmó que las celdas estaban vacías. Se preguntó hasta dónde podrían llegar aquellos prisioneros desnutridos y golpeados, aun con la ayuda de Gedeón. Dio media vuelta y, apoyándose pesadamente en el bastón, recorrió los pasillos húmedos y oscuros hasta llegar a la escalera. Cerca de lo alto oyó la voz de Noé. En cuanto salió, se quedó inmóvil.

Gedeón estaba allí.

—Saludos.

Amulón se le quedó mirando. El cabello y la barba de Gedeón se enredaban en una masa oscura de rizos. Llevaba la túnica desgarrada y manchada, probablemente de sangre, y le brillaban el rostro y los brazos de sudor. Amulón se estremeció al ver la cicatriz que recorría todo el brazo derecho del hombre. Aquel guerrero había comandado a muchos soldados en tiempos del rey Zeniff. Sus campañas victoriosas eran legendarias.

Noé estaba al otro lado de la entrada, jadeando, con el pecho y el abdomen agitándose a cada respiración. Amulón se acercó a él. ¿Dónde están los demás soldados? ¿Cómo se había atrevido el rey a venir hasta allí sin guardias?

Noé mantuvo los ojos fijos en Gedeón.

—¿Dónde está mi esposa?

Gedeón se pasó el arma de una mano a la otra y luego volvió a cambiarla de mano.

—Maia fue encarcelada injustamente. Igual que los demás.

Noé se encrespó y levantó la barbilla.

—Blasfeman contra su rey. De no ser por mi misericordia, mi esposa habría muerto hace un mes.

Gedeón escupió en el suelo y entrecerró los ojos.

—¿Misericordia?

El rey se estremeció. Amulón notó que tenía un cuchillo largo en las manos. Ni siquiera llevaba espada. Necio.

Amulón esperó a que el rey le ordenara atacar a Gedeón, aunque sabía que, con aquella lesión, tendría pocas posibilidades de vencerlo.

Gedeón levantó la espada y dio un paso al frente.

—Tú eres quien merece la muerte.

—Déjame encargarme de él.

Amulón se acercó a Noé, que levantó el cuchillo para defenderse.

—No —dijo el rey entre dientes—. Este hombre es solo mío.

Gedeón se abalanzó sobre Amulón y le hizo un corte en la muñeca derecha con la espada.

Amulón gritó, sorprendido por el dolor. Se pasó la espada a la mano izquierda para atacar, pero Gedeón arremetió contra el rey. Los dos se batieron, con clara ventaja para Gedeón.

El rey se defendió sorprendentemente bien de las estocadas, pero no podría resistir mucho tiempo frente a un guerrero tan experimentado.

Amulón se lanzó contra Gedeón.

—¡Tú eres quien va a morir hoy!

Gedeón se volvió y desvió la espada. Retrocedió, alzó la suya con ambas manos y volvió a la carga.

Amulón saltó a un lado y por poco evitó recibir de lleno el golpe, pero la espada le alcanzó de refilón en el brazo. Gritó cuando la hoja de obsidiana volvió a cortarle la carne. El dolor abrasador le nubló la vista, pero consiguió mantenerse en pie. Se volvió despacio y aferró la espada con ambas manos.

—¡Estás acabado, traidor!

Por el rabillo del ojo, Amulón vio que el rey bajaba el cuchillo, daba media vuelta y echaba a correr.

Por un instante, Gedeón y Amulón se quedaron mirando al rey sin dar crédito a lo que veían. Amulón mantuvo el arma en alto, listo para desviar la espada del rebelde, mientras la sangre le corría por el brazo.

Gedeón miró a Amulón, negó con la cabeza con gesto de repugnancia y luego dio media vuelta y corrió tras el rey.

—¡Detente! —gritó Amulón.

Arrancó una tira de su capa y se vendó el brazo palpitante. La tela ya estaba empapada antes de que pudiera echar a correr a trompicones tras Gedeón y el rey.

Amulón los siguió mientras el rey rodeaba el recinto de la prisión y se dirigía al norte del palacio. Noé bordeó los patios y atravesó varios jardines. Amulón se iba quedando atrás, pero veía que Gedeón acortaba la distancia que lo separaba del rey. El sonido de una caracola hendió el aire, más fuerte y urgente esta vez. Amulón se preguntó si habrían encontrado a alguno de los prisioneros. De lo contrario, la alarma era innecesaria. Todos los guardias del palacio sabían que había prisioneros sueltos.

Al acercarse al templo principal, Noé se desvió a la izquierda y empezó a subir la escalera de la torre.

—No —jadeó Amulón.

El rey quedaría acorralado.

—¡Date la vuelta y hazle frente hasta que yo llegue! —gritó.

Pero Noé siguió subiendo y Gedeón se acercó cada vez más a la torre.

Gedeón llegó al pie de la escalera justo cuando el rey alcanzó lo alto de la torre. Amulón apresuró el paso, aunque sentía como si la rodilla le ardiera. Le bastó una mirada para confirmar lo que temía. Los puntos se habían soltado.

Justo cuando otro toque de caracola cortó el aire, Noé gritó desde arriba:

—¡Perdóname la vida! ¡Vienen los lamanitas! ¡Nos destruirán!

Gedeón se detuvo en el primer escalón de la torre y miró hacia el sur. Amulón aminoró el paso y siguió su mirada hacia la tierra de Shemlón. Era verdad. Desde el pie de la torre se veía cómo el sol poniente iluminaba a las hordas de lamanitas que marchaban hacia la ciudad. Sus cuerpos oscuros brillaban como siluetas siniestras contra el cielo surcado de naranja. Los guerreros iban desnudos, salvo por los taparrabos. Llevaban las armas en alto y parecían avanzar con más ímpetu a cada instante.

Solo han podido atravesar las fronteras matando a todas las patrullas de avanzada, comprendió Amulón con horror. La primera línea de defensa nefita había caído.

La caracola había dado la alarma por la llegada de los lamanitas. La fuga de los prisioneros era otra cosa.

—¡Destruirán a mi pueblo! —clamó el rey con angustia.

Su voz hizo que Amulón y Gedeón volvieran en sí. Amulón se detuvo por completo. Gedeón seguía bloqueando la escalera. Sus miradas se cruzaron por un instante y Amulón creyó ver en los ojos de Gedeón un destello de compasión.

Sin apartar la vista de Amulón, Gedeón gritó para que Noé lo oyera:

—¡Arroja el cuchillo desde la torre y te perdonaré la vida!

Segundos después, el puñal de Noé cayó al suelo con un golpe seco. Gedeón seguía con los ojos fijos en Amulón.

—Necesito esta espada para defender al rey de los lamanitas —dijo Amulón, apretando la empuñadura.

Retrocedió unos pasos para mostrarle a Gedeón que había dejado de amenazarlo.

Tras un largo momento, Gedeón apartó por fin la mirada y asintió levemente.

Ambos volvieron la vista hacia la tierra de Shemlón y los lamanitas que avanzaban. Amulón sintió que el miedo le recorría el cuerpo. Gedeón era ahora la menor de sus preocupaciones. Toda la ciudad estaba a punto de ser atacada.

—¡Arroja tu espada hacia mí! —dijo Gedeón—. Cuando me haya ido, podrás recogerla.

Amulón arrojó el arma. Desde lo alto de la torre no se oía nada.

Gedeón asintió, satisfecho.

—Hoy te perdonaré la vida, aunque solo sea para que dirijas a tu ejército y defiendas esta ciudad de un enemigo apenas mejor que tú o que tu rey.

Retrocedió, y Amulón dejó escapar un suspiro de alivio.

Gedeón bajó de la escalera y desapareció tras la torre antes de que Amulón pudiera lanzarse sobre él para arrebatarle la espada.

—Déjalo ir —dijo Noé con voz ronca desde arriba.

Apareció en lo alto de la escalera, respirando hondo. Se volvió hacia los guerreros que se acercaban, con los ojos desorbitados por el miedo.

—Son demasiados… No tenemos tiempo para preparar la defensa.

Negó con la cabeza y cerró las manos en puños.

—Tenemos que huir.

Raquel permaneció sentada a orillas del río hasta que le dolieron el cuello y la espalda de estar tanto tiempo en la misma posición. Había llorado, se había desahogado y había quedado como aturdida, pero las palabras de Helam seguían resonando en su mente. Y ella seguía rechazándolas. Todo había estado bien mientras creía que a Helam le interesaba otra mujer. Pero ahora… no sabía qué pensar.

¿Qué pensaría su madre? ¿Y su suegra? ¿Y su hijo, cuando tuviera edad para entenderlo? Que una viuda se casara con su cuñado no era algo inaudito. De hecho, según la historia de sus antepasados, era bastante común y, en algunos casos, casi se daba por sentado. Era sencillamente un acuerdo para cuidar de la viuda y de sus hijos. Una especie de deber. Un matrimonio sin amor.

Pero Helam había dicho que estaba enamorado de ella. Eso era muy distinto de cumplir un deber.

—Completamente distinto —susurró.

Respiró hondo y se admitió que Helam había sido para ella más que un pariente, más que un cuñado. En los últimos meses había sido un verdadero amigo. Quizá su único amigo de verdad. Alguien que parecía comprender por completo lo que ella sentía. Alguien que parecía querer a Abe tanto como lo había querido Abinadí.

Y ahora Helam acababa de destruir aquella amistad. Nunca volvería a ser la misma. Y ella ya la echaba de menos. ¿Cómo podría mirarlo a los ojos ahora que sabía lo que en verdad sentía?

Le pesaban la cabeza y el corazón. En su aturdimiento, no se había dado cuenta de que estaba amaneciendo. Al fin se levantó y regresó a su tienda, donde encontró a su madre y a su hijo durmiendo tranquilamente. Se acostó junto al niño y cerró los ojos.

El calor de la tarde, ya avanzada, la despertó. Raquel tardó un momento en recordar por qué dormía a esas horas. Entonces todo le volvió a la memoria. Se incorporó y respiró hondo. En algún lugar fuera de la tienda, Abe parloteaba. Se preguntó por qué su madre no la había despertado. Tal vez ya sabía lo de Helam. Raquel respiró hondo un par de veces más para serenarse y salió a la luz del sol.

Itzel estaba sentada cerca de Abe, trabajando en un bordado.

—Buenos días, Raquel —dijo sin levantar la vista.

—Hola, mamá —respondió Raquel.

Luego se volvió hacia Abe. El niño chilló de alegría y corrió hacia ella. Raquel lo alzó y lo abrazó con fuerza, disfrutando del olor de sus rizos calentados por el sol.

Itzel volvió a ocuparse del bordado. Le lanzó una mirada inquisitiva a Raquel, pero no le preguntó nada.

Raquel bajó a Abe cuando empezó a retorcerse. Él le agarró un dedo y tiró de ella hacia un árbol.

—¿Adónde vamos? —preguntó Raquel.

Abe la guio unos pasos, luego se detuvo y se puso en cuclillas ante una roca, señalando una hilera de hormigas.

—¡Oooh! ¿Encontraste unas hormigas?

Abe sonrió y puso un dedo sobre la roca hasta que una hormiga se le subió. Se rio encantado.

Raquel sonrió al sentir que empezaba a cederle la opresión en el pecho. Podía hacer eso. Concentrarse en Abe y en todo lo que lo fascinaba. Olvidar la confesión de Helam. Quizá nunca había ocurrido. Quizá solo había tenido un sueño inquietante. Pero el cansancio del cuerpo le decía lo contrario. Se sentía agotada por dentro. Pasó la hora siguiente con Abe y, cuando al niño empezó a darle sueño, su madre se ofreció a acostarlo para la siesta.

—¿Por qué no vas a trabajar un rato en el telar? —sugirió Itzel con una mirada comprensiva.

Raquel le dio las gracias y emprendió la breve caminata hasta el lugar donde tejían. Cada pocas semanas se turnaban las tareas de la comunidad. Ella había pasado las dos primeras preparando los campos para la siembra. Ahora otros grupos se encargaban de atender los cultivos, mientras ella se turnaba entre hilar, tejer y recoger plantas medicinales. Hasta había ayudado en dos partos preparando remedios para el dolor y cataplasmas calmantes.

En el camino se cruzó con Ester. Decenas de pensamientos le pasaron por la cabeza al ver acercarse a su suegra. Seguramente ya sabía lo de Helam y venía a pedirle cuentas. ¿Se enojaría con Raquel por haber rechazado a su hijo o la comprendería?

—Raquel —dijo Ester, acercándose deprisa.

Tenía el rostro sonrojado. A Raquel se le contrajo el estómago. Se preparó para lo peor.

—¿Has visto a Helam?

El rostro de Ester reflejaba una preocupación sincera.

—No desde…

Raquel la observó con atención. Quizá Helam no le había dicho nada.

—Otra familia nos ha invitado a cenar en su campamento —dijo Ester con una sonrisa apresurada—. Tienen una hija soltera muy agradable…

Raquel no pudo evitar mirarla con la boca abierta mientras hablaba. Ester no sabía nada.

—No lo he visto —la interrumpió Raquel, más que dispuesta a seguir su camino.

Pero Ester continuó:

—No sé qué le pasa. Esta mañana apenas me habló y me dijo que se negaba a ir a más cenas «arregladas». Pero voy a insistir en que venga esta noche, porque acepté la invitación hace días. Sería una descortesía…

—Lo siento —dijo Raquel, apartándose.

Tragó saliva para contener la angustia que le cerraba la garganta.

—Espero que lo encuentres, pero llevo un poco de prisa. Me he atrasado con el tejido y Abe no dormirá mucho rato.

Ester la observó un momento.

—Perdona, querida. Si ves a Helam, dile que no debe faltar esta noche.

Raquel asintió, sin saber si reírse o sentarse a llorar.

Se alejó de Ester casi corriendo para evitar ambas cosas. Aminoró el paso al llegar al lugar donde tejían. Entre los árboles vio que ya había alguien allí. Se le cayó el alma a los pies. Aquel día no tenía ganas de compañía. Al acercarse un poco más, vio que era un hombre.

Helam.

Raquel se quedó inmóvil, preguntándose si era demasiado tarde para dar media vuelta. Probablemente él no la había oído. Si la hubiera oído, se habría vuelto, ¿verdad? Pero ¿y si la estaba esperando? Antes de que pudiera seguir haciéndose preguntas, Helam se puso de pie y se volvió.

—¿Raquel?

Ya no tenía escapatoria. Tendría que hacerle frente, aunque solo fuera para repetirle lo que le había dicho la noche anterior.

Caminó despacio entre los árboles y se detuvo a media docena de pasos de él.

Helam le sostuvo la mirada un momento. Tenía los ojos cansados y apagados.

—Te estaba esperando.

Ella asintió, sin saber qué decir.

—Quería pedirte perdón y decirte que no te preocupes por lo que dije.

Una leve sonrisa le rozó los labios, aunque no le llegó a los ojos.

—Mi madre ya se preocupa bastante por todos nosotros.

Raquel entrelazó las manos y bajó la mirada.

—Alma es la única persona a la que se lo he confiado. —Helam vaciló—. No quiero que esto se interponga entre nuestras madres… ni que arruine nuestra amistad, ni la que tengo con Abe.

Raquel levantó la vista y notó que tenía los ojos enrojecidos.

—Quiero que seamos amigos —dijo él en tono suplicante—. Solo amigos. Sé que las cosas no serán exactamente como antes, pero…

Apartó la mirada, como si le costara encontrar las palabras.

—Eres demasiado importante para mí. No quiero perderte. Encontraré la manera de olvidar lo de anoche. Espero que tú también puedas olvidarlo.

Raquel le sostuvo la mirada un largo rato. Conocía cada cicatriz de su rostro, cada expresión de sus ojos, cada una de sus risas y de sus ceños fruncidos. Sí lo quería, como a un hermano. Respiró hondo y respondió:

—Está bien. Olvidado.


Capítulo 10

Y la tierra lamentará, cada linaje aparte…
— Zacarías 12:12


—¿Quieres que huyamos? Nuestro ejército debería tener la oportunidad de defender la ciudad —dijo Amulón, mirando al rey sin dar crédito a lo que oía.

Noé negó con la cabeza.

—No hay tiempo. —Señaló con un ademán a los lamanitas que se acercaban—. Desde que subimos a esta torre, ya han recorrido la mitad de la distancia que los separaba de la ciudad.

Amulón volvió la vista hacia la frontera de Shemlón y sintió que el miedo le recorría el cuerpo. En efecto, la enorme multitud de lamanitas estaba más cerca, tan cerca que Amulón casi se imaginaba viendo el blanco de sus ojos.

—Entonces huyamos.

Los dos hombres bajaron deprisa por la escalera. Amulón apretaba los dientes por el dolor que le recorría la pierna y el brazo. Recogió la espada que había soltado y encontró el cuchillo del rey.

Corrieron hacia el palacio. Al llegar a la entrada se separaron y fueron gritando por los pasillos.

—¡Vienen los lamanitas! —gritó Amulón—. ¡Huyan hacia el oeste!

Los sumos sacerdotes salieron corriendo de la sala del trono y de otras partes del palacio. Varios se unieron a Amulón para evacuar el edificio. Él ordenó a los soldados que recorrieran las calles a la carrera para avisar a los habitantes.

Las mujeres y los niños salieron en tropel del palacio. Algunos llevaban fardos de ropa.

—¡Huyan hacia el oeste! —gritó Noé a la multitud reunida en el patio.

Limhi, el hijo mayor del rey, corrió hacia su padre.

—Los hombres deberían quedarse a luchar y defender lo que es nuestro.

El rey negó con la cabeza.

—Son demasiados.

A Limhi se le hundieron los hombros.

—¿Así que les entregamos la ciudad sin más? —Hizo un ademán hacia la entrada del palacio—. ¿Dejamos que se apoderen de todo?

—Si quieres salvar la vida, sí —dijo Noé con los ojos encendidos—. No podemos perder más tiempo discutiendo.

Empezó a agitar los brazos frenéticamente.

—¡Corran todos!

Limhi se quedó mirando a su padre mientras cruzaba el patio y echaba a correr. Las mujeres y los sumos sacerdotes lo siguieron. Amulón fue uno de los últimos en salir del patio. Los pocos que quedaban agarraron cuanto pudieron cargar. Amulón sabía que la mayoría de aquellas cosas acabaría abandonada por el camino.

Maldiciendo sus heridas, salió a la calle y pasó junto al templo. La gente venía de todas direcciones y todos se dirigían al oeste. Amulón avanzaba a trompicones entre mujeres, niños y hombres que corrían con lo puesto.

Una vez fuera de las murallas interiores de la ciudad, echaron a correr por los sembradíos de maíz. Un grito se alzó entre la gente. Los lamanitas habían llegado al extremo sur de la ciudad. Avanzan demasiado rápido, pensó Amulón. Nuestros guerreros no pueden hacerles frente. Había soldados entre la gente, pero estaban dispersos y mal preparados. La mayoría solo llevaba un cuchillo.

Amulón pasó corriendo junto a las cosas que la gente iba dejando atrás: ropa, fardos de comida, odres de agua. Nada de eso importaba ya ante la amenaza de una destrucción inminente. La multitud por fin dejó atrás el último sembradío, en los límites del territorio, y se internó en la espesura. Muchos se quedaron rezagados y, agotados, se dieron por vencidos. Las mujeres lloraban, los niños sollozaban y los hombres gritaban. Amulón adelantó a Limhi, que llevaba a uno de sus hermanos a la espalda.

Al mirar atrás, vio que los lamanitas estaban a solo cien pasos de los últimos rezagados. Subió deprisa por una colina, zigzagueando entre los árboles en busca de un escondite, una cueva, una grieta, lo que fuera. Esperaba que los lamanitas no se tomaran el tiempo de perseguir a un solo hombre. El rey iba más adelante, con las dos piernas sanas para correr. Varios guardias se mantenían a su lado, listos para defenderlo.

Los primeros alaridos llegaron a oídos de Amulón cuando se acercaba a la cima de la segunda colina. Se volvió un instante, sin aliento, y observó horrorizado cómo los lamanitas se abalanzaban sobre los rezagados. Los guerreros abatían a todo hombre que les hiciera frente y dejaban de lado a las mujeres y a los niños.

—Mira eso —dijo una voz.

Amulón alzó la vista y vio al rey Noé. Se había detenido en lo alto de la cresta a contemplar la matanza.

—Dejan en paz a las mujeres y a los niños porque no se defienden. Qué nobleza.

La voz de Noé rebosaba sarcasmo. Luego rugió:

—¡Hombres! Dejen atrás a sus mujeres y a sus hijos. ¡Tenemos que huir ahora mismo o pereceremos!

Limhi acababa de llegar al pie de la colina cuando Noé dio la orden.

—¡Padre, no podemos abandonar a las mujeres y a los niños! —le gritó desde abajo.

Noé enrojeció y abrió y cerró los puños.

—Ya nos han retrasado demasiado. Tú decides.

Dio media vuelta y bajó deprisa por la otra ladera, gritando mientras corría:

—¡Los hombres tienen que huir o morirán a manos de los lamanitas!

Por un instante, Amulón observó el desconcierto en el rostro de Limhi. Varios hombres se apiñaron en torno al príncipe y juraron quedarse con él para proteger a las mujeres y a los niños.

Amulón vaciló un momento. Luego decidió que su primer deber era proteger al rey. Observó brevemente a los lamanitas que se acercaban. Podía ver la furia en sus rostros y la determinación con que avanzaban para matar. Con aquella cojera, no podría hacer frente ni al más pequeño de sus guerreros.

Cada instante contaba.

Amulón dio la espalda al combate y bajó por la otra ladera de la colina tras su rey.

Maia estaba agachada contra la pared húmeda de la cueva. De algún lugar en el exterior llegaban gritos que hendían el aire, pero nadie entró en la cueva. Se estremeció al pensar en lo que ocurriría si los lamanitas la descubrían allí, sola y desarmada.

Estaba rendida. Había necesitado hasta la última pizca de sus fuerzas para llegar al lugar del que Gedeón le había hablado. Los otros prisioneros que habían huido con ella se habían ido separando uno tras otro al entrar los lamanitas en la ciudad. Presas del pánico, se habían dispersado en todas direcciones.

Los gritos se apagaron, pero Maia siguió en aquella postura incómoda. La verdad era que llevaba semanas sin sentirse tan cómoda. La humedad de la cueva era poca cosa comparada con la podredumbre de la prisión de Noé. El rey Noé, su propio esposo, la había condenado a morir lentamente, y todo por su orgullo. ¿Por qué habría de importarle que ella quisiera adorar al único Dios verdadero? Dependía tanto de sus ídolos y estaba tan ocupado en complacer a sus dioses de la naturaleza que ya no veía nada más allá de sí mismo.

Ya era así cuando se casó con él. Maia no había tenido elección en cuanto a casarse con el rey, pero siempre había sabido qué clase de hombre era. Cuando oyó a Alma enseñar a sus padres acerca del Señor, supo que ella tenía que cambiar. Desde la pérdida de su hijito, su propia vida le importaba poco. Pero si podía enseñar a otros lo que sabía en su corazón, entonces valía la pena esforzarse por vivir.

Un grito de guerra interrumpió sus pensamientos e hizo que un profundo escalofrío le recorriera el cuerpo magullado. Contuvo el aliento, atenta al menor ruido. Pasaron unos instantes y se relajó, aunque solo un poco. El cuerpo le temblaba y le pedía comida y agua. Entonces recordó que Gedeón le había dicho que la cueva estaba bien abastecida.

Cobrando valor, se puso de pie y avanzó sigilosamente por la cueva. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pero los retazos de luz que se filtraban por las estrechas grietas de arriba le facilitaban el paso por el suelo rocoso.

Llegó a una gruta donde brotaba un pequeño manantial. Se quedó mirándolo un momento, preguntándose si sería un espejismo. Luego se acercó con cautela y se arrodilló a su lado. Hundió las manos en el agua, las ahuecó y bebió. Cerró los ojos mientras el agua pura le corría por la garganta reseca. Bebió largamente, con avidez, hasta que tuvo que obligarse a parar.

Se alejó del manantial en busca de comida. Había provisiones apiladas junto a las paredes. Maia encontró ropa de cama, una jarra de miel, tiras de carne seca envueltas, un manojo de hierbas y una espada. Mientras masticaba la carne seca, se quedó mirando la espada. Se preguntó si podría llevar un arma tan pesada muy lejos, y mucho más si sería capaz de manejarla. En el palacio había visto muchos combates de exhibición, pero ella jamás había intentado usar un arma.

Sintiendo un alivio que no había experimentado en semanas, Maia se acurrucó sobre un tapete y trató de dormirse. Pero el pánico se le había metido demasiado hondo y el más leve ruido la sobresaltaba. Cuando dejó de intentar dormir, se dio cuenta de que ya debía de haber anochecido afuera, pues la gruta estaba todavía más oscura. Con algo de fuerza recobrada, volvió a beber y comió unos bocados más de carne seca.

¿Cuánto tiempo habrá pasado? No lo sabría hasta ver la posición de la luna. Salió de la cueva, mirando con cautela y escuchando por si oía a alguien. Todo parecía estar en calma. Al alzar la vista, calculó que había pasado una hora desde la medianoche. En menos de un día, todo su mundo había cambiado. ¿Quién sabía hasta dónde habían perseguido los lamanitas a su pueblo o cuánta destrucción habían causado?

Se alejó de la cueva, resuelta a no apartarse demasiado, aunque esperaba encontrar al menos a alguien a quien pudiera ayudar.

Atravesó un grupo de árboles y llegó a un pequeño claro iluminado por la luna. Lo primero que atrajo su mirada fue una figura oscura tendida en el suelo. Fuera lo que fuese que hubiera esperado encontrar, aquello la tomó por sorpresa.

Un hombre yacía en el suelo, con los brazos y las piernas torcidos en ángulos extraños. Maia miró la figura inmóvil y sintió una punzada de angustia. Dio un paso vacilante hacia él. Por la ropa supo que era nefita. Probablemente tendría unos veinte años. Apenas era mayor que ella.

Respiró hondo, dio otro paso y buscó alguna señal de vida, pero el pecho del hombre no se movía. Quiso volver corriendo a la cueva y esconderse de cualquier otra cosa que pudiera encontrar, pero algo la impulsó a seguir. Miró al otro extremo del claro y vio otro cuerpo. Otro nefita. Las lágrimas le rodaron por las mejillas mientras lamentaba la muerte absurda de aquellos desconocidos. ¿En qué habrían pensado en sus últimos instantes? ¿A qué seres queridos habían dejado atrás?

Aquellos hombres habían muerto defendiendo sus hogares y a sus familias. Maia alzó la cabeza de golpe. ¿Dónde estaban sus familias? Se internó entre los árboles, volvió al claro y repitió el recorrido varias veces. Encontró muertos a otros dos nefitas y a un lamanita, pero no vio mujeres ni niños. ¿Dónde estaban las familias? ¿Dónde estaban todas aquellas mujeres que guiaban a sus hijos? ¿Habrían logrado escapar mientras sus esposos y hermanos contenían al enemigo?

Maia volvió a detenerse en el claro, donde los dos nefitas dormían el sueño de la muerte bajo la luz de la luna. Era demasiado tarde para ayudarlos. Aun así, los envolvía una sensación de paz.

Lo menos que puedo hacer es honrar a estos hombres caídos, pensó.

Maia dio un par de pasos hacia el centro del claro y se detuvo entre los dos cuerpos. Entonces, en un susurro, entonó una canción de despedida.

Cuando terminó, regresó a la cueva y esperó hasta el amanecer. Consiguió dormir un poco. Al llegar la primera luz a la entrada, se levantó y se desperezó. Empacó el manojo de hierbas, con la esperanza de que pudiera servirle a alguien por el camino, y escogió unas tiras de carne para llevar. Quería observar la ciudad y averiguar si los lamanitas ya habían establecido allí su cuartel. Después partiría hacia las aguas de Mormón. Volvería a ver a Alma y sus padres estarían allí para recibirla con los brazos abiertos.

Aquella pequeña esperanza le aligeró el paso. Evitó atravesar el claro y se dirigió al primer sembradío, avanzando por el borde y ocultándose entre los árboles que lo rodeaban. Unas cuantas cabras vagaban sin rumbo, como si buscaran a su pastor. A Maia le sorprendió no ver más cuerpos en el sembradío. Entonces se detuvo. En el extremo opuesto salió de entre los árboles un grupo de hombres: cuatro nefitas y varios soldados lamanitas. Dos de los nefitas llevaban un cuerpo.

Están recogiendo a los muertos. Maia observó a los hombres mientras pasaban al siguiente sembradío. Los otros dos nefitas se detuvieron y se agacharon para levantar algo pesado. Otro cuerpo.

Así que los lamanitas se han apoderado de la ciudad, concluyó. Ahora estamos bajo su dominio. Soltó el aire que había estado conteniendo. Parece que nos dejan vivir, pero ¿a qué precio?

Retrocedió hacia los árboles y chocó con algo. Justo al volverse, una mano le tapó la boca. Intentó gritar, pero la mano apretó con más fuerza y a Maia le costó hasta respirar. Alzó la vista. Era uno de los hombres de piel más oscura que había visto en su vida. Y también uno de los más corpulentos.

Él sonrió y a Maia le sorprendió la blancura de sus dientes. Apenas tuvo tiempo de reparar en su cabeza rapada y en su cuerpo casi desnudo.

—Otra descarriada —dijo él con voz cortante, aunque en los ojos se le veía la diversión.

Maia se retorció para soltarse.

—De eso nada —dijo el lamanita. Miró a otro soldado que estaba a su lado—. Agárrala.

Cuando el lamanita la pasó al otro soldado, Maia logró darle una buena patada, pero el hombre corpulento solo se rio.

—No creas que eres la primera —dijo entre risas—. Ya he visto que las mujeres nefitas tienen mucho carácter.

Hizo señas a otro soldado para que se acercara.

—A esta habrá que atarla.

Antes de que Maia pudiera moverse, el soldado le amarró un trozo de tela sobre la boca y luego le ató las manos y los pies. De pronto la levantaron en el aire y quedó colgando como un animal ensartado en un asador.

Forcejeó con los dos soldados que la sostenían, pero un dolor agudo le atravesó los hombros.

—En un abrir y cerrar de ojos te dejaremos tan dócil como una lamanita —dijo el primer hombre.

Se echó a reír y los demás lo imitaron.

Maia intentó gritar, pero solo salió un sonido apagado. Sacudió la cabeza, tratando de que el miedo no la ahogara.

—Llévenla de vuelta a la ciudad.

—Sí, alteza —respondió uno de los soldados.

Maia lanzó una mirada al hombre que la había capturado. ¿Él era el rey? Le daba vueltas la cabeza. ¿El rey de los lamanitas había participado en la batalla? Iba vestido como cualquier soldado.

Los lamanitas se pusieron en marcha a paso rápido. Cada sacudida le causaba dolor a Maia. Cerró los ojos para evitar mirar a los dos lamanitas que la llevaban. ¿Qué sería de ella y de los otros nefitas capturados? ¿Los matarían o los quemarían en masa? ¿Haría el rey un espectáculo de ella, como había hecho su esposo? No esperaba menos del rey de los lamanitas.


Capítulo 11

Ciertamente la luz de los impíos será apagada…
— Job 18:5


Los creyentes se habían extendido por toda la región. Los campos, las viviendas y los huertos se habían multiplicado rápidamente desde que el pueblo llegó a la tierra de Helam. A Alma le gustaba subir de madrugada a la colina que quedaba detrás de su casa para observar todos aquellos cambios. Parecía que cada día había alguna mejora.

Aquella mañana no fue distinta. Mientras el rocío se evaporaba de las tiernas plantas de maíz y frijol, Alma subió a la colina y se volvió para ver salir el sol. Había sido bendecido. Todos habían sido bendecidos. Habían encontrado refugio en Mormón, bautizado a todos los creyentes, escapado por poco del ejército del rey Noé y, por último, hallado aquella tierra fértil y deshabitada… Alma respiró hondo mientras contemplaba los campos recién sembrados, el trazado de varios caminos y los grupos de viviendas rodeadas de huertos nuevos. Habían dispuesto un espacio común cerca del río más caudaloso. Allí construían un edificio abierto donde se podrían celebrar matrimonios y otras reuniones de la comunidad.

Pronto comenzaría también la construcción en la colina donde Alma estaba sentado. Allí levantarían un nuevo templo, un lugar donde adorar y ofrecer los sacrificios prescritos por la ley de Moisés. Alma había dedicado parte de cada noche a instruir a los sacerdotes recién ordenados, entre ellos a Helam.

Pensó en Helam y en lo que le había confesado acerca de Raquel. En los días que siguieron, Helam había cambiado y se había vuelto más retraído que nunca.

Alma comprendía algo de la angustia de Helam. Él también sabía lo que era enamorarse de la mujer equivocada. Mientras observaba cómo la comunidad despertaba allá abajo, no pudo evitar pensar en Maia y preguntarse qué habría sido de ella. ¿Estaría cuidando la casa y el huerto de sus padres? ¿Veía a menudo al rey Noé? ¿La trataba bien?

Alma respiró hondo y volvió a cerrarle el corazón a aquellos pensamientos. Le dolía demasiado pensar en esa parte de su vida que había dejado atrás y a la que había renunciado. Lo único que podía hacer ahora era orar por los creyentes que no habían logrado llegar a Mormón. Podía pedir que se les perdonara la vida si los descubrían y que llegaran a gozar de la plenitud del Evangelio, como quienes habían huido a Mormón.

Sacó los materiales de escritura que había llevado consigo y pensó en los hombres que servían como sacerdotes en la comunidad. Cuando vivían en Mormón, Alma les había enseñado la senda del Señor. Ahora quería poner por escrito las instrucciones que había dado a los primeros sacerdotes para facilitar la enseñanza de quienes fueran ordenados en el futuro.

Habrá un sacerdote por cada cincuenta personas, y predicará a su congregación.

El sacerdote enseñará únicamente lo que Alma haya enseñado o lo que hayan hablado los santos profetas.

El sacerdote predicará el arrepentimiento y la fe en el Señor.

El sacerdote enseñará que no debe haber contenciones entre los miembros de la congregación.

Se enseñará al pueblo a mirar hacia adelante con un mismo propósito, con una sola fe y un solo bautismo.

Se enseñará al pueblo a amarse unos a otros y a entrelazar sus corazones en unidad.

Se mandará al pueblo santificar el día de reposo y dar gracias cada día al Señor su Dios.

Cada sacerdote trabajará con sus propias manos para su sustento.

Después de repasar la lista de instrucciones, Alma añadió unas líneas más.

Los miembros de la Iglesia compartirán voluntariamente de sus bienes, según lo que tengan, con toda persona necesitada y sin ropa.

Se enseñará al pueblo a andar rectamente delante de Dios y a compartir unos con otros sus bendiciones temporales y espirituales.

Satisfecho, Alma se enderezó y se estiró. En aquellos meses se había fortalecido mucho, después de la vida ociosa que había llevado como sumo sacerdote en la corte de Noé. Era hora de ponerse a trabajar. Bajó deprisa por la colina, deseoso de empezar otra larga jornada y seguro de que avanzaría mucho. Al llegar al espacio común, saludó a los hombres que ya trabajaban con los troncos recién llegados. Alma se puso a quitar la corteza con un raspador de filo de obsidiana.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz grave.

Alma levantó la vista y vio a Helam, que volvía a llevar la capucha.

—¿Hoy no trabajas en los campos? —preguntó Alma.

—Demasiadas miradas curiosas.

Los dos trabajaron en silencio, uno al lado del otro, durante buena parte de la mañana, aunque Alma percibía que Helam quería hablar.

Por fin, cuando empezó a sentirse el calor del día, Helam se quitó la capucha y la capa. Se volvió hacia Alma.

—Gracias por escucharme la otra noche.

—Me temo que no te ayudé mucho. Si no hubiéramos estado hablando del asunto, Raquel no nos habría oído.

—Y yo seguiría atormentándome sin saber si debía confesárselo. Ahora ya no tengo que preocuparme por eso. —Soltó una risa amarga—. Ahora ya no tengo que preocuparme por ella en absoluto.

Alma dejó el raspador y observó a su amigo.

—¿Ha cambiado lo que sientes por ella?

—No —susurró Helam.

Volvió a tomar su raspador y durante unos minutos puso toda su fuerza en el trabajo.

Alma lo observó, tratando de encontrar la manera de consolarlo.

—Tal vez con el tiempo cambie lo que ella siente.

Helam hizo una mueca.

—Tal vez.

Pero no parecía convencido.

—Tal vez cambie lo suficiente para interesarse en otro hombre. —Dejó de raspar y miró a Alma a los ojos—. Mientras tanto, tengo que aguantar cada cena familiar y cada comentario de mi madre preguntándome por qué no encuentro esposa.

Alma disimuló una sonrisa.

—No muy distinto de antes, ¿eh?

—Sí es distinto. Raquel ni siquiera puede mirarme sin pensar en lo que pasó. Soy como un escarabajo molesto a sus pies, siempre ahí para recordarle algo que le causa repugnancia.

—Espera —dijo Alma, levantando una mano—. Ella jamás dijo eso.

—No hizo falta —respondió Helam con la mirada baja—. La he puesto en una situación en la que jamás debió verse. Soy su cuñado, por el amor de Dios. Debería protegerla, no causarle disgusto. Yo…

Respiró hondo.

—Le prometí a Abinadí que cuidaría de ella y ahora le he causado dolor.

Alma se inclinó hacia él y le puso una mano en el brazo.

—Quizá el tiempo también te ayude a ti. Puede que más adelante otra mujer despierte tu interés.

Helam se apartó como si se hubiera quemado.

—No lo entiendes. No es algo que yo elija. Tendré que intentar olvidarlo y seguir adelante, pero no es tan fácil.

—Lo entiendo más de lo que crees —dijo Alma en voz baja.

Se volvió y siguió raspando la corteza.

—¿Qué quieres decir?

Alma aminoró el ritmo y miró de reojo a su amigo. Había relegado su propio dilema a un pasado lejano, pero quizá contárselo a alguien aliviaría el dolor que, una y otra vez, volvía a insinuarse en su corazón.

—Estuve enamorado de una mujer de la corte del rey Noé, antes de cambiar mi manera de vivir y arrepentirme.

—¿Te rechazó? —preguntó Helam.

—No exactamente. Desde el principio no había esperanza. Estaba casada.

Si Helam se sorprendió, no lo demostró.

—¿Por eso no has elegido a otra?

Alma se encogió de hombros.

—Supongo que sí. También he estado muy ocupado con la obra.

Helam se limitó a asentir. Entre los dos llevaron el tronco hasta donde los hombres cepillaban la madera. Después empezaron a quitarle la corteza a otro tronco.

Alma estaba seguro de que Helam haría más preguntas, pero en cierto modo se sintió aliviado cuando no lo hizo.

Al cabo de un rato, Helam habló por fin.

—Supongo que lo nuestro no tiene remedio. Al menos tú no tienes que verla todos los días.

Alma se rio entre dientes.

—Es una manera de verlo.

Los dos se miraron por un momento, como tanteando lo que el otro pensaba.

—Aunque no sé si es mejor vivir sin saber cómo está o qué le ha pasado —añadió Alma.

Helam arqueó una ceja.

—¿Por qué te preocupa?

—Porque ella es creyente y su esposo no.

Helam guardó silencio y los dos siguieron trabajando. Poco antes del mediodía, un hombre se acercó a Alma.

—Te necesitan para resolver una disputa en la herrería.

Alma se secó el sudor de la frente y asintió.

—Llévame con ellos.

Mientras seguía al hombre, pensó en cuánto deseaba que terminaran el edificio del consejo para que él y los demás sacerdotes pudieran turnarse en las responsabilidades civiles. Por el momento, Alma solía ir adonde surgía cada conflicto.

Siguieron varios senderos hasta llegar a una pequeña choza que servía de herrería. Afuera estaba Ben, con los brazos cruzados y el rostro endurecido por la ira.

—¿Ben? —dijo Alma, sorprendido de verlo allí.

Detrás del muchacho salió de la choza un herrero llamado Gad, con el rostro enrojecido.

—El muchacho me está robando —gruñó.

Alma sabía que aquel hombre se enojaba con facilidad.

—Gad, ¿qué ha pasado?

Gad se cruzó sobre el vientre los brazos manchados de hollín.

—Le dije que podía usar los sobrantes para hacer sus propias espadas, pero lo encontré haciendo esto.

Mostró una espada larga y estrecha, hecha enteramente de metal.

Alma esperó a que el herrero continuara.

—¿Y qué tiene de malo?

—El metal es valioso y ha usado todo lo que tenía para hacer una sola espada. —Lanzó una mirada fulminante a Ben—. Es un desperdicio de necios.

Ben entrecerró los ojos, pero tuvo el buen juicio de quedarse callado.

Alma se acercó a Gad y tomó la espada. Era un arma de aspecto impresionante.

—Como las de nuestros padres de antaño —dijo en voz baja.

—¿Qué dijiste? —preguntó Gad.

—La espada se parece a las que hacía nuestro antepasado Nefi.

Gad lo miró desconcertado.

—Pues no sé lo que haría Nefi, pero aquí en Helam tenemos poco metal y no podemos gastarlo todo en una sola espada.

Alma le devolvió la espada y se volvió hacia Ben.

—Creo que todo esto ha sido un malentendido. ¿No te parece?

Ben asintió secamente, todavía con la mirada endurecida.

—Solo usé sobrantes. Era un experimento para ver si podía hacerla.

—Y te ha salido muy bien —dijo Alma, volviéndose hacia Gad—. No creo que el muchacho quisiera causar ningún daño. Estoy seguro de que te devolvería la espada si quisieras aprovechar el metal.

Gad soltó el aire y se rascó la cabeza.

—Supongo que puede quedársela, pero nada más de metal. Cuando dije «sobrantes», me refería a la madera o a los pedacitos de obsidiana.

—Me parece justo —dijo Alma, mirando a Ben, que asintió en señal de acuerdo—. Ven, caminemos un poco.

Ben siguió a Alma mientras Gad volvía a la herrería. Alma le puso una mano en el hombro.

—¿Cómo sabías fabricar una espada de metal?

Ben le dirigió una mirada de soslayo y respiró hondo.

—Porque una vez vi una.

—¿Una vez? ¿Dónde?

—Estaba bien escondida. Gedeón me la enseñó. Dijo que era la espada de Labán.

Alma se quedó mirando al muchacho.

—¿De verdad todavía existe?

Ben sonrió de oreja a oreja.

—Por supuesto.

Empujaron a Maia al interior de la sala del trono. Los soldados lamanitas se la pasaron de uno a otro hasta empujarla contra el grupo de mujeres apiñadas en un rincón. Miró los rostros asustados a su alrededor. Algunas lloraban y otras miraban la sala con los ojos vacíos. No había niños. Eso la inquietó aún más.

Se acercó a una mujer de su edad que le resultaba conocida.

—¿Qué está pasando? —susurró.

La mujer se volvió hacia ella.

—¿Maia?

Maia asintió.

—Me parecía conocerte.

—Soy Neriah, la hija de Gedeón.

—Es verdad —dijo Maia, tratando de sonreír.

Pero, en aquellas circunstancias, de poco le servía encontrar un rostro conocido.

—¿Dónde te capturaron? —preguntó Neriah.

Maia le habló de la cueva a la que Gedeón le había dicho que huyera y le contó cómo la habían sorprendido cuando apenas comenzaba su viaje a Mormón.

Neriah negó con la cabeza.

—Ya no queda nadie en Mormón. El ejército del rey los obligó a huir.

Maia se quedó mirándola. ¿Habría muerto alguien? ¿Adónde se habría ido el grupo de Alma? Miró a las mujeres asustadas.

—¿Dónde están tu madre y tu hermana? —preguntó.

Neriah se acercó más a ella.

—No las he visto desde que Limhi me mandó a suplicarles a los lamanitas.

—¿Qué quieres decir?

—El rey huyó con sus sacerdotes y sus hombres. Les ordenó que abandonaran a sus esposas e hijos. Limhi se quedó con los hombres que se negaron a abandonarnos. Cuando los lamanitas nos alcanzaron, nos envió a suplicar por nuestras vidas.

Emociones encontradas luchaban dentro de Maia. Le repugnaba la cobardía de su esposo. Y Limhi, el heredero del trono, se había quedado en contra de la voluntad de su propio padre. A Maia le escocieron los ojos al pensar que el joven príncipe era más rey que su padre.

—¿Y se ablandó el corazón de los lamanitas? —preguntó Maia.

—Mira a tu alrededor —susurró Neriah—. Limhi envió a las mujeres más hermosas a suplicarles. Los soldados parecían cautivados por nuestra belleza, pero quizá ahora estén tramando algo mucho peor que la muerte.

Dos mujeres más entraron casi a rastras en la sala y fueron empujadas al rincón con las demás.

—¿Qué están esperando? —susurró Maia, aferrándose al brazo de Neriah.

—Que regrese su rey.

Los ojos de Neriah reflejaban miedo.

El rey. Aquel hombre de aspecto tan rudo como cualquiera de sus soldados. Parecía divertirle que las mujeres opusieran resistencia, pero, al encontrarse con una sala llena de ellas, ¿mandaría matarlas a todas? ¿O se divertirían primero él y sus soldados a costa de ellas?

—Tenemos que salir de aquí —dijo Maia—. Si actuamos juntas, quizá tengamos alguna posibilidad. Somos más que los soldados. Podemos reducirlos.

Neriah la miró con severidad.

—Ellos tienen espadas. Sería condenarnos a muerte.

—Preferiría morir antes que…

—Chist —dijo Neriah, poniéndole una mano en el brazo.

Fuera de la sala del trono se oían gritos.

Maia no pudo distinguir las palabras. De pronto, Limhi entró en la sala, seguido por varios soldados lamanitas. A Maia se le cortó el aliento al mirar al joven príncipe. Parecía tan vulnerable, tan joven y desesperado. Ojalá pudiera protegerlo.

Entonces reconoció a uno de los soldados. Era el rey de los lamanitas. Observó a las mujeres un momento y se volvió hacia Limhi.

—Hemos tenido compasión de tu pueblo, pero siguen siendo nuestros enemigos. Los agravios de tu pueblo contra el nuestro se remontan a generaciones, generaciones de agravios imperdonables. Pero al que de verdad buscamos es a tu padre. Tiene que pagar por los ataques en la frontera.

Limhi enderezó los hombros.

—Mi padre ha huido con sus sacerdotes.

El rey se burló.

—¿Y a ese hombre llama rey tu pueblo?

Limhi se mostró avergonzado, pero sostuvo la mirada del rey.

Maia percibió la lucha interior del príncipe. Supuso que no sabía dónde estaba Noé, pero, si lo supiera, ¿revelaría al enemigo el paradero del rey nefita?

El rey lamanita empezó a caminar de un lado a otro con las manos a la espalda.

—Si tu padre no cae en nuestras manos antes de que termine la semana, tú ocuparás su lugar y morirás por los crímenes que él ha cometido contra mi pueblo.

—¡No! —exclamó Maia.

Sin detenerse a pensar en las consecuencias, se precipitó hacia delante.

—Este muchacho no ha hecho nada. No se parece a su padre, ni en sus palabras ni en sus hechos ni en su manera de actuar.

Dos soldados se abalanzaron sobre ella y la sujetaron por los brazos.

Maia se retorció y forcejeó con ellos.

—¡Quédense con nuestras casas, con nuestras posesiones, pero no hagan daño a los inocentes!

—¡Silencio! —gritó el rey—. O tendremos que atarte otra vez.

Se volvió hacia Limhi.

—¿Quién es esta mujer?

Limhi palideció, como si le costara responder.

—Una de las esposas de mi padre.

El rey volvió la vista hacia Maia.

—Vaya, vaya. Una reina nefita.

Se acercó y se detuvo justo delante de ella.

—No nos han presentado debidamente. Soy Lamán, rey de los lamanitas.

Maia casi podía oler en él la sangre de los nefitas. Quiso escupirle en la cara, pero la expresión de Limhi la contuvo.

El rey Lamán le tocó el rostro y Maia se estremeció. Él se rio.

—Sí, las mujeres nefitas son hermosas, pero es una lástima que se permita a un solo hombre tomar tantas para sí.

Hizo una pausa y la observó en el silencio sepulcral de la sala.

—Nacer mujer hermosa en esta tierra debe de parecer una maldición.

A Maia se le cortó el aliento. ¿Cómo podía aquel enemigo feroz ver con tanta claridad lo que llevaba en el corazón?

El rey Lamán miró a las demás mujeres, que se encogían de miedo.

—Temen a mi pueblo y a mis soldados, pero si pudieran ver cómo viven nuestras mujeres y con qué respeto tratamos a nuestras esposas e hijas, nos juzgarían con menos severidad.

Se volvió hacia Limhi.

—Entregarás la mitad de tus propiedades para alojar a mis hombres y la mitad de tu oro, tu plata y tus bienes preciosos para pagar por tu protección. Te someterás a mi dominio o recibirás un duro castigo.

Dirigió otra mirada a Maia.

—Y quiero al rey de los nefitas a mis pies dentro de siete días.

Amulón avanzaba cojeando, esforzándose por seguir el paso de Noé y los demás. Varias docenas de hombres habían seguido al rey y ahora el grupo había aminorado considerablemente la marcha. Pero caminar más despacio no aliviaba el dolor que Amulón sentía en la pierna y el brazo, aunque uno de los hombres le había vuelto a coser el corte de la rodilla. Habían caminado toda la noche y, ahora que llegaba la mañana, el agotamiento empezaba a vencerlos.

Por fin, Noé se detuvo, con el rostro y la ropa cubiertos de sudor y polvo.

—Descansaremos aquí —dijo.

Luego señaló a varios hombres.

—Ustedes cinco montarán guardia.

Todos asintieron, pero apenas se habló mientras los hombres se acomodaban en el suelo. Algunos se durmieron al instante.

Amulón cerró los ojos, agradecido por la tregua. No podía seguir mucho más en aquellas condiciones.

Le pareció que solo habían pasado unos segundos cuando lo despertaron unos gritos y el olor a humo. Se incorporó con dificultad. Le latía el brazo por más que cambiara de postura. Algunos hombres habían encendido una fogata y asaban sobre ella un animal pequeño.

Un hombre corpulento llamado Zacarías discutía con uno de los sumos sacerdotes.

—Juro por mi propio corazón que me llevaré a estos hombres y regresaré a Nefi. No debimos abandonar a nuestras mujeres y a nuestros hijos para que perecieran.

El sumo sacerdote intentó hacerlo callar. El rey aún dormía a poca distancia.

—Nos quedaremos con el rey para protegerlo. Cuando haya pasado suficiente tiempo, volveremos y recuperaremos la ciudad.

Zacarías negó con la cabeza.

—Si han matado a nuestras esposas y a nuestros hijos, los vengaremos y pereceremos también.

Otros hombres se habían despertado y empezaban a reunirse alrededor de Zacarías. Superaban con creces en número a los sumos sacerdotes. Amulón recogió su espada y se acercó cojeando hasta quedar frente a Zacarías.

—Si volvemos, perderemos la vida. ¿Qué será entonces de nuestras mujeres?

—¿Y dónde están ahora? ¿Esos salvajes estarán abusando de ellas? —espetó Zacarías—. ¿Las habrán esclavizado y sometido a toda clase de vilezas? ¿Estarán muertas?

—¡Nadie regresará a la ciudad! —La voz del rey Noé se alzó por encima de la multitud.

Zacarías se volvió y lo miró sin dar crédito a lo que oía.

—Ni siquiera el rey puede ordenarnos que abandonemos a nuestros hijos y esposas.

Amulón levantó la espada y la acercó a Zacarías.

—Desobedece al rey y morirás aquí mismo.

Zacarías se mantuvo inmóvil, pero los hombres que tenía detrás se abrieron paso hacia delante. De pronto estalló el tumulto. Los partidarios de Zacarías se abalanzaron sobre el rey.

—¡Al fuego! —gritó alguien.

Amulón blandió la espada a ciegas. Dos hombres se le echaron encima y se la arrancaron de un golpe. Retrocedió gritando:

—¡Ayuden al rey!

Mientras Noé se defendía a puñetazos de sus atacantes, los sumos sacerdotes intentaban llegar hasta él entre la multitud. Arrastrando la pierna, Amulón se abrió paso a empujones en medio de la refriega.

—¡Esto es traición! ¡Deténganse!

Alguien le dio una patada en la cara y Amulón cayó, sujetándose la nariz. Con la sangre corriéndole por el rostro, se puso de pie a trompicones, agarró al hombre más cercano y le dio un puñetazo. De pronto, una mano lo agarró del cabello por detrás y lo derribó.

Los gritos eran ensordecedores.

—¡Suelten al rey! —gritó Amulón, forcejeando para levantarse.

A su alrededor, los hombres se empujaban y peleaban. De nuevo en pie, apartó a varios mientras se abría paso hacia el rey, que ya había dejado de defenderse. ¿Dónde estaban todos los sumos sacerdotes que debían proteger a Noé?

A Amulón se le revolvió el estómago. La cabeza del rey, con el rostro maltrecho, le caía hacia un lado mientras los hombres que lo rodeaban seguían golpeándolo.

—¡Átenlo! —gritó alguien.

Amulón intentó gritar que no, pero su voz se perdió en el estruendo.

Otro empujón lo arrojó al suelo. Cuando logró ponerse de pie, vio que habían atado al rey de pies y manos y que se lo llevaban a rastras.

Amulón observó horrorizado cómo arrojaban a Noé a las llamas.

—¡Deténganse! —gritó.

Sus gritos se mezclaron con los alaridos del rey, que de pronto había recobrado el sentido. Amulón se abrió paso como pudo por el círculo de hombres que rodeaba la fogata. Los gritos del rey se oían por encima del tumulto. Quizá aún no fuera demasiado tarde. Quizá…

—¡Ahora los sacerdotes! —gritó Zacarías—. ¡Échenlos al fuego!

Amulón retrocedió cuando los hombres se volvieron contra él. Miró frenéticamente a su alrededor en busca de su espada. Al no verla, se volvió para hacer frente a la multitud que se le venía encima.

—¡Ahí están! —gritó alguien, señalando hacia el bosque.

Los otros sumos sacerdotes se habían dado a la fuga. Amulón respiró hondo, dio media vuelta y corrió tras ellos.


Capítulo 12

Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.
— Jeremías 17:7


Este aposento del palacio es sofocante, pensó Maia, sobre todo con una docena de mujeres dentro. Al menos les daban de comer y atendían sus necesidades más básicas. El rey Lamán aún no había decidido qué hacer con ellas. Al parecer, todo dependía de si Limhi le entregaba al rey Noé. Ya habían pasado seis días y mañana vencía el plazo. Mañana, Limhi pagaría por los crímenes de su padre.

Maia se acercó a la ventana y observó cómo el sol poniente teñía el cielo de colores encendidos. Pensó en sus padres y en lo oportunamente que habían escapado de la ciudad. Cualquiera que fuese su suerte, esperaba que ellos estuvieran a salvo de todo aquello.

—Maia —dijo una voz a su espalda.

Se volvió y vio a Neriah. Su hermana y su madre seguían en libertad, y su padre, Gedeón, había acompañado a los lamanitas en la búsqueda del rey.

—¿Crees que le harán daño a mi padre si fracasa? —preguntó Neriah.

—No lo sé —dijo Maia, deseando poder consolar de algún modo a la joven asustada—. El rey Lamán señaló a Limhi.

Se estremeció al pensar que pudieran dar muerte al joven príncipe o a cualquier otra persona. Rodeó a Neriah con un brazo, sintiéndose impotente.

—Tenemos que orar —dijo. Luego se volvió hacia las demás mujeres del aposento—. Reunámonos y oremos al Dios verdadero.

Varias mujeres la miraron desconcertadas.

Neriah asintió.

—Sí. Le diremos a Dios lo que hay en nuestro corazón y luego nos someteremos a Su voluntad.

Maia tomó la mano de Neriah, que a su vez tomó la de la mujer que tenía al lado. Después de algunas vacilaciones, todas terminaron tomadas de la mano.

—Juntas, nuestras voces llegarán sin duda a los cielos —dijo Maia.

Inclinó la cabeza y oró por su pueblo. Rogó por la vida de Limhi y por la protección de todos los que aún vivían. Oró por las mujeres del círculo, para que se preservaran su vida y su virtud y pudieran reunirse con sus familias.

Al concluir la oración, Maia abrió los ojos y vio que la mayoría de las mujeres la miraban fijamente, unas con incredulidad, otras con reverencia. Estaba segura de que entre ellas había varias que acababan de creer. Les sonrió, y algunas le devolvieron la sonrisa.

Un guardia lamanita apareció en la puerta y las mujeres se separaron.

—El rey exige hablar con la mujer llamada Maia.

Ella se volvió y respiró hondo. Ya la habían interrogado varias veces acerca de los lugares donde su esposo podría esconderse, pero no tenía nada nuevo que decirle al rey.

Maia siguió al guardia fuera del aposento, acompañada por las miradas compasivas de las mujeres. Caminó con la cabeza en alto. Al fin y al cabo, era una reina. Tenía el mismo rango que el rey enemigo al que estaba a punto de enfrentarse otra vez.

Le sorprendió encontrar la sala del trono casi vacía. Por lo general, el rey Lamán tenía a docenas de soldados apostados en todos los rincones, a la espera de sus órdenes. Sobre las mesas bajas se amontonaban las sobras de la comida, pero parecía que todos se habían marchado. Solo dos guardias estaban junto al rey, y Limhi se hallaba sentado a varios pasos de distancia. Lo acompañaban dos nefitas, y un lamanita de aspecto muy aburrido parecía custodiarlos.

Limhi levantó la vista cuando ella entró. Sostenía una pila de libros plegados. ¿Qué hace con los anales de los nefitas?

Maia se atrevió a mirar al rey, que la observaba. Se detuvo a varios pasos de él y se negó a inclinarse o a mostrar sumisión. Después de todo, no era su rey.

Sintió sobre sí la mirada triste de Limhi y se preguntó a qué se debía.

El rey Lamán la observó un momento antes de hablar.

—Veo que te han atendido bien.

¿Atendido bien? Se había bañado, sí, aunque sin quitarse la ropa y bajo la atenta mirada de los lamanitas. Le habían dado de comer, sí, pero estar encerrada en una habitación pequeña y sofocante difícilmente era lo que ella llamaría estar bien atendida. Claro que era preferible a la prisión a la que su esposo la había condenado.

Se cruzó de brazos. Su mirada lo decía todo.

El rey se rio. Le brillaban los ojos, como si le divirtiera lo que ella estaba pensando.

—¿Siempre has sido tan difícil de complacer?

Maia abrió la boca para replicar, pero Limhi se puso de pie en su rincón y se aclaró la garganta.

—Ah, sí —dijo el rey, mirando al príncipe—. Tenemos mucho de qué hablar.

Le hizo señas para que se acercara. Fue entonces cuando Maia reconoció a uno de los nefitas que estaban sentados con él. Era Elí, el escriba.

—Hemos encontrado algo nuevo —dijo Limhi en voz baja.

—Habla más alto, muchacho. Tienes los minutos contados —dijo el rey.

Maia se puso tensa al oírlo.

—Hay una cámara que se usaba en tiempos del rey Zeniff. —Limhi levantó el registro que llevaba en la mano—. Aquí dice que allí se guardaban registros sagrados y objetos de la realeza. Solo los sacerdotes de Zeniff conocían su ubicación exacta.

A Maia se le humedeció la piel de los nervios. ¿Sería la cueva a la que Gedeón la había enviado? No se había fijado en todo lo que había dentro.

El rey sonrió y juntó las puntas de los dedos.

—Un escondite perfecto para un rey. —Miró a Maia—. ¿No te parece, querida reina?

Ella se encogió de hombros. Si les hablaba de la cueva, ¿los desviaría y le daría a Gedeón más tiempo para buscar a Noé?

El rey Lamán seguía mirándola.

—Pero no es por eso que estás aquí esta noche.

Maia no pudo evitar quedarse mirándolo. Su piel oscura le daba un aspecto feroz, y, sin embargo, había sido bastante justo para ser un enemigo. Más justo que su propio esposo con los suyos cuando quebrantaban alguna regla.

El rey se inclinó hacia delante en el trono de los nefitas.

—Háblame del lugar llamado Mormón y de los nefitas que huyeron allí.

Maia miró a Limhi. Su expresión era serena. ¿Significaba eso que había dicho que no sabía nada? ¿O les había hablado a los lamanitas de los centenares que habían huido de la ciudad?

Tragó saliva. Se le revolvía el estómago al pensar que podía decir algo indebido. ¿Y si los lamanitas iban a Mormón y encontraban allí a Alma y a los demás? Tal vez habían regresado después de que el ejército de Noé abandonara la búsqueda.

—Nunca he estado en ese lugar —dijo al fin.

El rey soltó una risita. Se levantó y se acercó a ella con expresión escéptica.

Maia se mantuvo firme y esperó la siguiente pregunta.

—Tu esposo tenía muchos enemigos dentro de su propia ciudad, por lo visto. —Caminó alrededor de ella, observándola con aire pensativo—. Parece que no todos los nefitas se entristecerían si lo capturaran y castigaran.

Maia permaneció inmóvil y en silencio.

El rey se detuvo delante de ella, tan cerca que Maia podía ver el sudor en su pecho.

—Háblame, querida reina, del sumo sacerdote Alma. Del hombre que encabezó esta insurrección y sacó a la gente de la ciudad. Del hombre a quien tu esposo detestaba.

Maia respiró hondo y sintió que le ardían los ojos.

—Era… era un hombre de convicciones firmes. Y lo habrían castigado por ellas.

Vaciló y miró de reojo a Limhi, pero él guardó silencio.

—Mi esposo no entendía cómo tantas personas podían burlar a sus guardias sin que nadie las viera. Cada día llegaban al palacio nuevos informes de familias desaparecidas.

Se atrevió a mirar al lamanita que se alzaba sobre ella.

—Familias desaparecidas… ¿Como la de tus padres?

Maia aspiró de golpe. ¿Adónde quería llegar aquel hombre?

El rey parecía complacido.

—Limhi calcula que más de cuatrocientas personas huyeron a la tierra de Mormón, siguiendo a ese Alma. Dice que el rey te encarceló, a ti, su propia esposa, por haberte hecho creyente.

Maia volvió a contener las lágrimas que le ardían en los ojos. Haría y diría cualquier cosa para proteger a Alma y a su pueblo. Levantó la barbilla.

—La gente huyó de Mormón cuando nuestro rey fue tras ellos.

Lamán asintió, como si diera por cierta su respuesta.

—Pero el hecho es que quizá haya por ahí cuatrocientos o quinientos nefitas que podrían intentar regresar y reclamar su herencia.

—Alma es un hombre pacífico, opuesto al rey Noé en todo —dijo Maia, rogando en su corazón que aquel rey no intentara perseguir a los seguidores de Alma.

El rey miró a Limhi.

—¿Es cierto?

—Sí —respondió Limhi—. Habló conmigo un par de días antes de partir hacia Mormón. Su única intención era enseñar a la gente lo que creía acerca de Dios.

Maia miró a Limhi. No sabía que hubiera hablado con Alma después de que Noé lo desterrara. Lo observó con otros ojos. Siempre había habido algo distinto en el príncipe. ¿Sería posible que él también fuera creyente?

Varios guardias entraron en la sala. Uno de ellos se apresuró a acercarse al rey e hizo una reverencia.

—Ha regresado el nefita llamado Gedeón. Trae noticias del rey de los nefitas.

—Que pase —ordenó el rey Lamán.

Maia retrocedió al entrar más guardias. Se acercó poco a poco a Limhi hasta quedar a unos pasos de él y se apoyó contra la pared. El corazón le martilleaba de miedo cuando entró Gedeón. ¿Por fin habían capturado los lamanitas a su esposo? ¿Presenciaría su ejecución allí mismo?

Pero Gedeón venía solo. Tenía un aspecto desaliñado, como si llevara mucho tiempo de viaje. Los guardias que lo rodeaban se apartaron respetuosamente para dejarlo pasar.

Gedeón avanzó con paso firme hasta el rey y se llevó una mano al corazón, en señal de que diría la verdad. Respiró hondo varias veces antes de comenzar.

—Nos encontramos con un grupo de nefitas que habían huido con el rey. Volvían a la ciudad para averiguar si habían matado a sus esposas y a sus hijos.

El rey Lamán apretó los labios.

—Se alegraron de saber que sus mujeres y sus hijos seguían con vida —continuó Gedeón—. Aceptaron pagar a los lamanitas la mitad de cuanto poseen a cambio de su protección. Tus guardias los reunieron y los trajeron dentro de los límites de la ciudad. Cuando interrogué a quien parecía dirigirlos, un hombre llamado Zacarías, me dijo que habían matado al rey.

Maia se tapó la boca con la mano, invadida por la incredulidad. ¿Su propia gente había matado al rey Noé? Se sostuvo contra la pared.

—También intentaron capturar a los sacerdotes del rey, pero estos huyeron más adentro de la región agreste —dijo Gedeón.

El rey guardó silencio un momento.

—¿Dice la verdad ese Zacarías? ¿De veras ha muerto el rey Noé?

Maia miró a Limhi, que mantenía los puños cerrados a los costados. Según la costumbre, Limhi era ahora el rey de los nefitas. Tenía los ojos enrojecidos y Maia casi podía ver cómo el dolor le iba cambiando el semblante. Su padre había sido un tirano, pero seguía siendo su padre.

—Traigan a Zacarías. Quiero oír de su propia boca lo que sucedió.

Gedeón se hizo a un lado. Entonces su mirada se cruzó con la de Maia. Negó con la cabeza con gesto de pesar.

Por mucho que Maia hubiera lamentado haberse casado con el rey Noé, apenas podía creer que en verdad hubiera muerto. Aunque él la había maltratado y había abusado de ella, la noticia le produjo una sacudida. Sintió conmoción, alivio y tristeza por una vida tan malgastada. Inclinó la cabeza al darse cuenta de que su oración por la vida de Limhi había sido contestada. Limhi se había salvado, aunque a un precio terrible para otro.

—¡Zacarías! —anunció un guardia.

Un hombre corpulento entró torpemente en la sala, pálido de miedo. Se inclinó ante el rey Lamán y luego alzó la vista.

—¿Ha muerto el rey Noé? —preguntó el rey.

—Sí —respondió Zacarías.

Miró al rey con curiosidad.

—¿Cómo puedes estar seguro? ¿Le diste muerte y esperaste a que dejara de respirar?

El rostro redondo de Zacarías se puso grave.

—Lo quemamos vivo.

Maia dejó escapar un grito ahogado. Cuando el profeta Abinadí había predicado contra el rey, había corrido en voz baja por la corte el rumor de que había profetizado que un día la vida del rey Noé valdría lo que un vestido en un horno ardiente. Miró a Limhi, con el estómago revuelto, mientras Zacarías describía los últimos instantes de la vida de Noé.

Limhi permaneció rígido y erguido mientras las palabras de Zacarías llenaban la sala.

—También intentamos acabar con sus sacerdotes, pero huyeron. Entonces regresamos y enterramos el cuerpo calcinado del rey Noé —continuó Zacarías.

Era verdad. Todo era verdad. A Maia le fallaron las rodillas y se desplomó en el suelo. Su esposo había muerto, tal como Abinadí había profetizado.

—Te ayudaré en todo lo que pueda —susurró Gedeón, de pie junto a Maia.

El rey Lamán estaba impartiendo órdenes. Había prometido perdonar la vida a todos los nefitas que aceptaran pagar tributo a los lamanitas. Por insistencia del monarca lamanita, que necesitaba un gobernante nefita con quien pactar las condiciones del tributo, se le había conferido el reino a Limhi, y este había prestado juramento ante el rey Lamán.

—Solo quiere la mitad de nuestras posesiones —le dijo Maia a Gedeón.

Lo único que poseía era la casa de sus padres y lo que aún quedaba dentro.

—Puede quedarse con todo lo mío.

Su mayor deseo era huir de la ciudad y encontrar a sus padres. Ahora que era viuda, nada la retenía allí.

Volvió a prestar atención a Limhi y al rey Lamán. Toda la corte escuchaba con atención al rey mientras declaraba las condiciones de la rendición.

—Apostaré guardias por toda la tierra para que nadie de tu pueblo pueda marcharse a la región agreste.

Limhi asintió. Ya parecía llevar sobre los hombros el peso de sus nuevas responsabilidades.

—El pueblo nefita mantendrá a mis soldados. Dentro de un día regresaré a mi tierra y dejaré aquí a la mayoría de ellos —continuó el rey.

Su mirada se desvió hacia Maia, y ella apartó deliberadamente la vista.

Había sido más que justo, al menos con las mujeres. Maia no pudo evitar admirar la lealtad que el rey parecía mostrar hacia las mujeres lamanitas de su tierra. Bien podría haberse llevado a muchas nefitas como parte del botín.

Volvió a alzar la vista al darse cuenta de que la corte había enmudecido. El rey iba directamente hacia ella. Maia se acercó un poco más a Gedeón. En una sala llena de lamanitas, él difícilmente podría protegerla, pero ella no dudaba de que estaría dispuesto a luchar.

El rey se detuvo frente a Maia y la miró fijamente. Ella no se atrevió a apartar la vista.

Después de un momento de tensión, él habló.

—Necesito una garantía de que los nefitas no matarán a mis soldados.

Maia se puso rígida mientras él seguía mirándola. También percibió la inquietud de Gedeón.

Por fin, el rey apartó la mirada y se volvió hacia la corte.

—La reina vendrá con nosotros.

A Maia se le cortó el aliento y se aferró al brazo de Gedeón para sostenerse.

—Tener con nosotros a una reina nefita nos asegurará que Limhi cumpla su palabra.

Maia abrió la boca para protestar, pero Gedeón le susurró:

—Encontraré la manera de rescatarte.

Ella lo miró con incredulidad. Por fuerte y hábil que fuera Gedeón, los lamanitas seguían siendo más numerosos. Un solo paso en falso de Maia y la guerra estallaría dentro de aquellas paredes y se extendería por la ciudad. Era imposible saber cuántas vidas se perderían si ella no hacía aquel sacrificio.

El rey se volvió a mirarla, como si esperara que se opusiera. Maia bajó la cabeza en señal de aceptación.

Cuando el rey se volvió, Gedeón empezó a hacerle más promesas en voz baja, pero Maia lo interrumpió.

—Quédate en la ciudad de Nefi, donde podrás proteger a nuestro nuevo rey —susurró—. Necesitará tu experiencia y tus sabios consejos. Soy una sola mujer. Nadie debe perder la vida por mí. En nombre de la paz de mi pueblo, acepto ir con él.

Gedeón negó con la cabeza.

—Es injusto. Ya han recibido un juramento solemne de nuestro rey. Eso debería bastar.

Maia le puso una mano en el brazo.

—Lo sé, pero cuando las naciones están en guerra se respetan pocas reglas. La seguridad y la libertad de mi pueblo importan más que el lugar donde yo viva.

Respiró hondo.

—¿No lo ves? Ahora soy viuda. No tengo familia aquí. No tengo a nadie a quien…

Gedeón le sostuvo la mirada durante un largo momento.

—Haces un sacrificio noble.

—No mayor que el de aquellos hombres que se negaron a seguir a mi esposo a la región agreste —respondió.

El rey miró hacia ella y Maia se apartó de Gedeón. No quería que el rey fijara su atención en aquel buen nefita. Al mirar a Limhi, vio tristeza y frustración en sus ojos. Quiso decirle que no se preocupara, que encontraría la manera de cuidarse sola. Al fin y al cabo, ¿qué era su humilde vida comparada con la de toda una nación? Una nación que al fin tenía una oportunidad con un nuevo rey.

El rey lamanita le hizo señas para que se acercara. De camino, Maia pasó junto a Limhi y se detuvo.

—Enseña la verdad al pueblo —le dijo.

Limhi parpadeó, sorprendido, y luego asintió.

—Por supuesto. Las palabras de Abinadí y de Alma se enseñarán en todos los hogares.

Maia sonrió con los ojos llenos de lágrimas, preguntándose si volvería a ver a Limhi o a Gedeón. Bajó la cabeza, se acercó a Lamán y se puso a su lado. Él sonrió y alzó las manos.

—Tu pueblo no tendrá nada que temer mientras acate nuestras reglas.

Se volvió hacia Maia.

—Y te prometo que en mi ciudad recibirás un trato mucho mejor que el que te dio tu propio esposo.


Capítulo 13

…creed a sus profetas, y seréis prosperados.
— 2 Crónicas 20:20


Dos años después

—Todo hombre debe amar a su prójimo como a sí mismo.

Alma recorrió con la mirada a la congregación reunida aquel día de reposo frente al templo recién terminado. Los sacerdotes y maestros que había designado llevarían el mensaje de ese día a las aldeas y granjas de los alrededores de la ciudad de Helam.

Los nefitas habían prosperado y la ciudad de Helam había crecido a medida que aumentaba la población. Pero, conforme prosperaba el pueblo, también surgían más contenciones.

—Si aman a su prójimo como a sí mismos, no habrá contenciones entre ustedes —continuó Alma.

Miró a los sacerdotes que tenía al lado. Dos de ellos ponían por escrito sus palabras mientras hablaba. Helam estaba sentado entre ellos. Seguía siendo reservado la mayor parte del tiempo, salvo cuando enseñaba. Entonces se valía de su don natural para comunicar los mensajes del Espíritu.

Helam se encontró con su mirada y asintió para animarlo. Seguía soltero, para pesar de su madre. Que Alma supiera, su relación con Raquel no había avanzado, pero Helam seguía muy unido a Abe. De hecho, el niño estaba ahora sentado en su regazo. Con la seriedad de sus tres años, escuchaba cada palabra.

Alma volvió la vista hacia la multitud congregada al pie de las escaleras del templo.

—El Señor nos ha bendecido con muchas cosas. Ha oído nuestros clamores y ha contestado nuestras oraciones. Nos ha concedido una tierra hermosa donde criar a nuestras familias y nos ha dado la libertad, que siempre debemos atesorar. Pero debemos permanecer fieles a nuestros convenios bautismales y recordarlo en todas las cosas.

Hizo una pausa para respirar, esperando que recibieran su mensaje.

—Si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, conservaremos la libertad que Dios nos ha dado.

Inclinó la cabeza y pronunció una bendición sobre la congregación. Cuando la gente empezó a dispersarse, Alma se volvió hacia Helam. Abe se bajó a toda prisa del regazo de su tío y corrió hacia su madre, que se acercaba.

Alma saludó a Raquel con una sonrisa. Detrás de ella venía su madre, Itzel. Las dos mujeres esperaron a que se dispersara la multitud. Entonces Itzel se acercó.

—¿Te gustaría cenar con nosotros esta noche?

—Me encantaría —respondió Alma.

—Maravilloso —dijo ella. Luego vaciló.

Raquel tomó a Abe de la mano y se alejó mientras hablaba con otra mujer. Alma volvió la vista hacia Itzel.

—¿Quieres que lleve algo para la cena?

Itzel negó con la cabeza y se inclinó hacia él.

—Quisiera hablar contigo en privado.

Alma esperaba que no hubiera ningún problema.

—Por supuesto. Podemos hablar en la sala del consejo.

La condujo al edificio donde estaba la sala, al pie de la colina del templo. Como no se usaba en el día de reposo, la encontraron vacía. Una vez dentro, al fresco, se volvió hacia Itzel.

Ella fue directamente al asunto.

—Mi hija necesita un esposo.

Se retorció las manos y se apresuró a continuar.

—Cree que su hijo está bien sin un padre, pero el niño va creciendo. De hecho, prefiere pasar más tiempo con su tío que con su madre o conmigo.

Alma asintió. Helam se llevaba al niño a pescar y dejaba que lo acompañara siempre que podía. Alma también sabía que Itzel ignoraba lo mal que había acabado la confesión de Helam a Raquel.

Itzel bajó la voz.

—Han pasado más de dos años desde la muerte de Abinadí. Si tú la aconsejaras al respecto, creo que quizá te escucharía.

—No creo que pueda obligar a nadie a elegir con quién casarse —dijo él.

Itzel se cruzó de brazos.

—Supongo que tampoco ayuda que tú mismo seas soltero.

—No —dijo Alma, sin saber bien cómo reaccionar al comentario—. Creo que cuando Raquel encuentre a un hombre al que pueda amar de verdad, como amó a su esposo, volverá a casarse.

Itzel dio un paso hacia él.

—Tú estás soltero, ella está soltera…

Alma retrocedió un poco.

—Yo… He tenido tantas responsabilidades organizando la Iglesia y edificando la comunidad que no me he puesto a pensar seriamente en buscar esposa. Créeme, tu hija es una mujer admirable, y cualquier hombre sería bendecido al casarse con ella. Pero sé que ella y yo no estamos destinados a casarnos.

Itzel se cubrió la boca, que le temblaba. A Alma le dolió rechazar una petición tan personal de una mujer a la que tanto quería y cuya fe tanto apreciaba.

—Por favor, no me malinterpretes. Tu propuesta me honra y, si Raquel también la hace suya, me conmueve profundamente. Pero no puedo darle el amor y la entrega que merece.

Itzel se volvió de golpe, con los hombros agitándose. Tras un momento de silencio, habló de cara a la pared del fondo.

—Raquel no sabe nada de esto. Fue idea mía. Ya no soporto verla sola.

—Te tiene a ti y tiene a Abe —dijo Alma—. Y cuenta con la amistad, el cariño y la admiración de muchas personas de la comunidad. No sabemos qué traerá el futuro, pero quizá, por ahora, esté haciendo lo correcto.

Itzel volvió a mirarlo con los ojos enrojecidos.

—Quizá tengas razón.

Apartó la vista por un instante.

—He orado todos los días para que esto suceda. ¿Por qué el Señor no escucha mis clamores?

Alma le puso una mano en el brazo.

—El Señor escucha tus clamores, pero un corazón tarda en sanar.

Respiró hondo. El corazón le latió con fuerza al darse cuenta de lo que acababa de decir.

—Cuando ella esté preparada, encontrará al hombre indicado.

El semblante de Itzel se iluminó.

—Tienes razón. Tengo que ser más paciente.

Esbozó una sonrisa mientras se secaba los ojos.

—Aunque yo había esperado…

Alma bajó la mano.

—No hay nada de malo en tener esperanza.

Ella asintió.

—Aun así, me gustaría que vinieras a cenar esta noche. Pero no te preocupes. No intentaré echarte a mi hija encima.

Alma se rio entre dientes.

—No creo que jamás tengas que preocuparte por echarle a Raquel encima a nadie.

Después de ver partir a Itzel, se quedó unos momentos en la sala vacía. Se había dicho que estaba demasiado ocupado para pensar en casarse. Sí quería ser esposo y padre. Había visto la tierna entrega mutua de sus propios padres. Pero aún lo acompañaban los recuerdos desagradables de la corte del rey Noé.

Tampoco ayudaba que pasara casi todos los días con Jachin, el padre de Maia. Cada día volvía a su memoria el recuerdo de ella y se preguntaba si alguna vez sentiría por otra mujer el mismo afecto que había sentido por Maia.

Al salir del edificio, Alma se encontró con Jachin.

—Que tengas un buen día de reposo —dijo Jachin con expresión seria.

—¿Pasa algo? —preguntó Alma, pensando en qué disputa tendría que resolver ahora.

—Es Lael.

Alma se preocupó enseguida.

—¿Qué sucede?

—Encontró unos ídolos de madera tallada escondidos en el cobertizo detrás de nuestra casa. Cree que son del muchacho que nos ayuda en el huerto una vez por semana. —Jachin negó con la cabeza—. No queremos causarle problemas con su familia, así que pensamos que quizá tú podrías hablar con él.

Alma ya estaba asintiendo.

—¿Cómo se llama el muchacho?

—Sam.

—Está bien. Te diré qué sucede.

—Gracias —dijo Jachin mientras Alma se alejaba.

Alma salió deprisa del edificio del consejo y dobló por una hilera de casas. La madre de Sam era viuda y hacía poco había perdido a su hijo menor por una enfermedad. Alma había llorado con ella y orado por ella, y sabía que aquello sería difícil para la mujer. A él mismo le dolía. Era probable que Sam hubiera tallado los ídolos por curiosidad, tal como Alma había hecho de niño. Pero era alarmante que hubiera ídolos en la ciudad de Helam, por inocente que hubiese sido la intención. Comprendía la inquietud de Lael y la renuencia de Jachin a abordar el asunto con la viuda.

Alma se detuvo al llegar a la modesta choza. La calle estaba en silencio por ser día de reposo, pero oyó a alguien tararear detrás de la casa. Cruzó el patio y rodeó la choza. Allí estaba Sam, tallando un trozo de madera.

El muchacho alzó la vista al oír a Alma. Se le iluminó el rostro, pero enseguida se puso en guardia.

—¿Cómo estás? —preguntó Alma.

Notó que Sam escondía una mano detrás de la espalda. En la otra sostenía un puñal pequeño.

—Bien, señor —respondió Sam, mirando a todas partes menos a Alma.

Alma se acercó y se sentó.

—Antes se me daba bien tallar.

Sam levantó el puñal.

—¿Con esto?

—Déjame ver lo que estás haciendo —dijo Alma con suavidad.

Después de vacilar un momento, Sam sacó la otra mano de detrás de la espalda y le entregó el trozo de madera.

—Ah —dijo Alma, dándole vueltas en la mano.

La figura se parecía bastante a un pájaro.

—Debo decir que está muy bien.

La levantó hacia la luz y luego tomó el puñal de Sam.

—Déjame mostrarte un truco que descubrí por mi cuenta.

Se inclinó sobre la pieza de madera, hizo varios cortes rápidos y la sostuvo para que Sam pudiera verla.

—Parecen plumas de verdad —dijo Sam, con los ojos muy abiertos de admiración.

—¿Quieres que te enseñe?

—Sí —dijo Sam. Luego frunció el ceño—. ¿No estoy en problemas?

Alma sonrió.

—Has adivinado por qué vine.

Respiró hondo, pensando en cómo enseñarle mejor al muchacho.

—No hay nada de malo en tallar animales para hacer figuritas o juguetes para los niños. Cuando empiezas a combinar animales, como una serpiente con un pájaro, es cuando debes tener cuidado.

Sam asintió, pero Alma se dio cuenta de que no acababa de entender.

—Mucha gente fabrica ídolos para adorarlos. —Alma levantó el pájaro de madera—. El ídolo se convierte en símbolo de algo que desean, y entonces acuden a él en vez de acudir al Dios verdadero. El Señor nos pidió que no tuviéramos otros dioses delante de Él.

Sam se cruzó de brazos y escuchó con atención.

—Todavía eres muy joven, pero debes confiar en mí cuando te digo que, si cruzas un poco la línea, con el tiempo se abrirá una brecha mucho mayor.

Alma señaló el pájaro de madera.

—Es un pedazo de madera inofensivo, pero representa algo que no lo es tanto.

Sam levantó la barbilla.

—¿Qué puedo tallar?

—Talla tus pájaros. Puedo enseñarte algunos trucos más. Pero elige con cuidado. Si tienes preguntas, puedes acudir a mí.

Alma le revolvió el cabello.

Sam agachó la cabeza y sonrió.

—¿Lael y Jachin están muy enojados conmigo?

—Más que enojo, sienten temor —dijo Alma—. Recuerdan bien cómo se adoraban ídolos en la ciudad de Nefi y cómo eso cegó a la gente hasta el punto de que ya no reconocía al Dios verdadero.

Sam soltó el aire y se le vio el alivio en el rostro.

—Está bien. No volveré a mezclar serpientes con otros animales.

Alma le dio unas palmaditas en el hombro y se levantó para irse. Sam se inclinó sobre el pájaro para intentar tallar por sí mismo unas plumas que parecieran de verdad. Al salir del patio, Alma recordó a otro muchacho que había disfrutado tallando en cada minuto libre. Sonrió para sus adentros mientras se alejaba deprisa por el sendero.

—Quiero nadar —dijo Abe, haciendo un puchero.

—No, hijo —dijo Raquel—. Esta tarde tengo que enseñarles a tejer a las muchachas. Necesito que te quedes con tu abuela, y ella no podrá ir tras de ti si te lleva la corriente.

—No me va a llevar la corriente.

Abe se cruzó de brazos en señal de desafío y Raquel tuvo que disimular una sonrisa.

—Mañana podrás nadar —dijo con un suspiro, acariciándole la cabeza.

Desde que había dejado que Helam llevara a su hijo a nadar, el niño no quería hacer otra cosa. Él y Helam pasaban casi todas las tardes nadando y pescando. Pero Abe ya se estaba pasando de la raya al exigir que ella lo llevara a cada rato.

—Quizá Helam te lleve a pescar esta noche.

—Dijo que no puede.

Conque por eso insiste tanto, pensó Raquel, preguntándose distraídamente qué otro compromiso tendría Helam aquella noche. Probablemente estaba cortejando a alguien. Hacía varias semanas, Ester había anunciado con orgullo que Helam por fin cortejaba a una mujer. Raquel se había preguntado si él también lo llamaría «cortejar». Pero ese era un tema del que no hablaban entre ellos.

Claro que la curiosidad había llevado a Raquel a averiguar cuanto pudo sobre aquella mujer. Le había complacido, de un modo que no acababa de entender, descubrir que era bastante corriente y que, en realidad, no destacaba por su belleza. Raquel sabía que Helam podía atraer a una mujer hermosa, pero le resultaba tranquilizador pensar que quizá se casara con una mujer sencilla.

Durante los primeros meses después de la confesión de Helam, apenas se habían hablado. Entonces, un día, Helam le pidió que lo dejara llevar a Abe a pescar. El niño aún no tenía dos años, pero Raquel sabía que probablemente Helam solo quería pasar un rato con él. Desde entonces habían retomado una amistad sencilla en la que jamás hablaban de nada que fuera más allá de lo superficial.

Raquel dejó a Abe al cuidado de su madre y se encaminó sin ganas por las calles para dar su clase de tejido. Cuánto había cambiado la ciudad de Helam, pensó con una sonrisa. A Helam no le había hecho mucha gracia que la tierra llevara su nombre y ahora tenía una tierra y una ciudad. Mucho más con que impresionar a las mujeres.

Llegó temprano al patio tranquilo de uno de los sacerdotes de Alma. Allí se reunían las jóvenes de la ciudad para aprender el arte de tejer. A Raquel le gustaba enseñarles y enterarse de las últimas novedades del asentamiento.

La primera en llegar fue Kesare. Era menudita, pero sociable y habladora. Saludó a Raquel con un abrazo.

—¿Cómo está tu pequeño?

Raquel sonrió ante la atención de Kesare y el sincero interés que parecía sentir por los demás.

—Está molesto porque vine. Quería ir a nadar.

Kesare sonrió de oreja a oreja y se apartó los rizos de la cara.

—Deberías traerlo a clase para que vea lo popular que es su madre.

—Ya da bastante trabajo cuando hace lo que le gusta. Tuve que prometerle que mañana podría nadar y pescar.

—Ah, ¿tú pescas? —preguntó Kesare con curiosidad.

A Raquel se le calentaron las mejillas.

—Eh, no. Casi siempre va con su tío, Helam. Yo suelo sentarme a mirar.

—¿Los miras pescar? —preguntó Kesare.

—Más que nada vigilo a Abe. Sé que su tío puede cuidarlo, pero siempre me preocupa tener a un niño de tres años cerca del agua.

Kesare tiró de un mechón de pelo con aire pensativo.

—Tengo que decirte que, desde que nos hicimos amigas, mucha gente me hace preguntas sobre ti.

Raquel se quedó mirando a la joven.

—¿Qué clase de preguntas?

Kesare se volvió y caminó hacia su telar con aire algo avergonzado.

—Ah, cosas que a nadie le incumben.

—Ahora que has sacado el tema, tienes que contármelo.

Raquel la siguió.

Kesare bajó la cabeza y se retorció las manos en el regazo.

—No debí decir nada, pero eso de que te sientas a mirar a Abe y a Helam me hizo acordarme.

Raquel se cruzó de brazos y esperó. Como Kesare seguía sin hablar, se aclaró la garganta.

—Creía que éramos amigas.

La joven alzó la vista y suspiró.

—Está bien. La gente se pregunta por qué tú y Helam pasan juntos casi todas las tardes si no están casados ni comprometidos.

Raquel dio un paso atrás. Sentía que le ardían las mejillas. ¿Cómo se atrevía la gente a hablar así de ella y de Helam?

Kesare se puso de pie y le tocó el brazo.

—No te enojes con ellos —dijo con suavidad—. Es evidente que Helam te ama. Solo necesitas más tiempo…

Raquel soltó un grito ahogado y se apartó bruscamente de Kesare justo cuando otras tres muchachas entraban al patio con fardos de algodón hilado.

—Perdón por llegar tarde —dijo una de ellas.

Las otras dos también se disculparon.

Raquel respiró hondo para serenarse. Esperaba que las muchachas no notaran lo rojas que tenía las mejillas. Por precaución, las saludó rápidamente y se volvió para ocuparse de uno de los telares, esperando que se le enfriara el rostro y se le calmara el corazón. La verdad era que quería salir corriendo del patio y huir de las palabras de Kesare. ¿Qué sabía aquella joven del amor? Raquel sí había estado enamorada. Profundamente enamorada de su esposo. Nada podría reemplazar jamás aquel amor.

Pero la tarde parecía destinada a convertirse en una pesadilla, peor de lo que habría imaginado. Después de las primeras instrucciones de Raquel, las jóvenes trabajaron en silencio unos minutos. Entonces una de ellas empezó a hablar de Helam.

A Raquel se le entrecortó la respiración. Kesare le dirigió varias miradas comprensivas mientras las otras seguían charlando, ajenas a todo.

—Toda la ciudad lleva su nombre. Con razón es tan exigente.

—Eso no es lo que dice mi madre. Anda suspirando por una mujer que lo rechazó.

Raquel sintió como si acabaran de darle una patada en el estómago.

—¿Quién rechazaría a Helam? Sus hijos seguramente serán grandes líderes y habrá ríos o montañas que lleven sus nombres. Quiero decir, tiene cicatrices por toda la cara, y algunos dicen que por todo el cuerpo, pero es tan…

Se oyó una risita.

—Perfecto en todo lo demás.

Otra risita.

Kesare intervino por fin.

—Helam es el cuñado de Raquel.

Las tres muchachas se volvieron y miraron fijamente a Raquel.

—Quizá puedas decirnos por qué es tan terco —dijo una.

A pesar suyo, Raquel se rio.

—Eso es exactamente lo que es. Terco.

Recordó la última conversación seria que habían tenido sobre… Casi se sonrojó solo de pensarlo. Él le había dicho que jamás volvería a importunarla con lo que sentía, y había cumplido. Al parecer, tampoco importunaba a ninguna otra mujer con sus sentimientos. Desde luego, era un hombre de palabra. Llamarlo terco era decir poco.

—Mi madre dice que pasa demasiado tiempo con su cuñada viuda… —empezó una de las muchachas.

La voz se le apagó y abrió mucho los ojos al darse cuenta de lo que acababa de decir.

Raquel se levantó despacio, tratando de mantener la sonrisa, pero esta se desvaneció y sintió que le ardían los ojos. La muchacha se disculpó. Raquel le quitó importancia y se mantuvo ocupada con el telar hasta el final de la clase. En cuanto salió la última muchacha, se apresuró a dejar el patio.

Evitó el camino principal y caminó junto a la hilera de árboles cercana. Respiró hondo, pensando qué podría haber hecho para cortar de raíz aquellos rumores. Pero, cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de reprender a quienes hablaban de ella. No sabían nada. No habían perdido al amor de su vida. No tenían que mirar a su hijo a los ojos cada día sabiendo que jamás llegaría a conocer a su padre.

Aminoró el paso y se secó las lágrimas. Volvió al camino y se apresuró a llegar a casa. Una vez allí, fue directamente a buscar a su madre.

Encontró a Itzel dándole los últimos retoques al dobladillo de una túnica nueva. Abe jugaba cerca con otro niño.

—Mamá —dijo Raquel en cuanto llegó junto a ella—. ¿Qué han estado diciendo de mí?

Itzel levantó la vista, desconcertada.

—¿A qué te refieres?

—De mí y de Helam. Por favor, cuéntamelo todo.

La mirada de su madre se ensombreció por un instante. Clavó la aguja de hueso en la tela y le tendió la mano.

—Ven a sentarte conmigo, querida.

Raquel se sentó como le pedía, aunque mantuvo cierta distancia.

Itzel bajó la vista hacia su regazo.

—La gente anda haciendo conjeturas sobre ti y Helam. Dicen que está enamorado de ti. —Alzó la vista con expresión suplicante—. Yo sabía que nada de eso era cierto, así que tomé una medida drástica.

A Raquel se le revolvió el estómago. ¿Habrá hablado con Helam?

—Hablé con Alma.

Raquel temió lo que su madre pudiera decir a continuación.

—Le pregunté a Alma por qué él no se había casado y le sugerí que quizá tú pudieras interesarle…

—¡No! —exclamó Raquel, ahogando un grito.

Miró horrorizada a su madre. ¿Qué habría pensado Alma?

—¿Qué te respondió?

—Él… —Itzel se llevó las manos al rostro—. Me dijo que le pareces una mujer maravillosa, pero…

—Ya me lo imagino —la interrumpió Raquel, sintiéndose físicamente indispuesta.

No quería oír cómo Alma la había rechazado con cortesía. Se preguntó cuántas propuestas recibiría cada mes. Ahora podría añadir la suya a la lista, que no dejaba de crecer.

—También me dijo algo muy sabio —dijo su madre en voz baja.

—¿Ah, sí?

—Que debía tener más paciencia. Dijo que, cuando tu corazón estuviera preparado de nuevo, encontrarías al hombre indicado.

Raquel no podía imaginar que su corazón llegara a estar preparado, pero respetaba el parecer de Alma. Negó con la cabeza.

—No puedo creer que le hayas pedido a Alma que pensara en casarse conmigo.

Itzel soltó un suspiro profundo.

—Estuvo mal. Solo quiero que seas feliz. Quería que mi nieto volviera a tener un padre. Pero, sobre todo, quería poner fin de algún modo a todas las habladurías sobre ti y Helam.

Hizo una pausa y observó a su hija.

—Los rumores son falsos, ¿verdad?

Raquel se miró las manos y sintió que empezaban a temblarle.

—Ay, mamá.

—¿Raquel? —susurró Itzel.

Raquel cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas.

—No te lo conté antes… Y ahora… Ahora no sé qué pensar. A veces me siento tan confundida.

—Ay, querida —dijo Itzel.

La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.

—Ay, hija mía.

Raquel se dejó abrazar por su madre y rompió a llorar.


Capítulo 14

…amad el bien y estableced el juicio en la puerta.
— Amós 5:15


—Dime si te gusta —dijo Maia, apartando las manos del cabello de Inda.

Acababa de trenzarle a ambos lados el cabello largo y espeso y de adornarle las trenzas con cintas.

Inda tomó la lámina de cobre pulido y se miró en ella. Esbozó una sonrisa torcida.

—Se ve un poco demasiado… nefita.

Maia soltó una carcajada.

—Tal vez, pero te queda muy bonito.

La joven siguió mirándose y al fin asintió, satisfecha.

—Por lo menos es diferente. —Sonrió—. Con tal de que sea diferente, todas las muchachas me envidiarán en la fiesta de la diosa de la luna. Hasta la diosa Ix Chel debería estar complacida.

Maia ladeó la cabeza, admirando su trabajo. A Inda le sentaban bien las trenzas, aunque poca ayuda necesitaba para verse hermosa. Como hija del rey Lamán, estaba bien consentida, pero por ser la hija de en medio quizá recibía menos atención que sus hermanas.

Dos años antes, Maia había sido llevada a Shemlón bajo la protección del rey. La mantuvieron varios días en un aposento privado hasta que Lamán decidió qué labor asignarle. Primero trabajó en las cocinas y luego consiguió que la trasladaran a los jardines. Le gustaba trabajar allí porque podía estar al aire libre. Fue allí donde conoció a Inda. La joven le tomó cariño enseguida y no tardó en suplicarle a su padre que le permitiera tener a Maia como su doncella. Él se negó rotundamente.

Pasaron las semanas e Inda siguió empeñada en ello. El rey por fin cambió de parecer después de que, una mañana, mientras Inda y Maia paseaban por el jardín, Inda sobresaltó a una víbora venenosa. Maia acudió en su ayuda sin vacilar. Se puso en peligro al agarrar a la serpiente por la cola y arrojarla lejos. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, quedó convencido de la lealtad de Maia y de que podía confiar en ella.

Desde entonces, Maia e Inda habían sido inseparables. Maia le tenía un cariño de hermana, incluso de madre, y disfrutaba atendiéndola. Aunque solo le llevaba cinco años, se sentía mucho mayor y, en muchas ocasiones, más sensata. Inda se tomaba a pecho hasta lo más pequeño y a menudo se dejaba llevar por sus emociones. A veces Maia tenía que explicarle que una contrariedad sin importancia no iba a traer consigo la muerte ni la destrucción. Tal vez algunos de sus temores se debían a que era hija de un rey que siempre parecía estar combatiendo en una frontera o en otra.

Inda se puso de pie y sacó a Maia de sus pensamientos.

—Ahora tengo que elegir qué ponerme —dijo, dando palmadas de entusiasmo.

Corrió hacia una hilera de túnicas hermosas. Maia sintió una punzada de envidia al verla devanarse los sesos para escoger la que tuviera el color preciso y le sentara mejor. Al fin, Inda eligió una de color rojo oscuro.

—Te verás hermosa con ese color —dijo Maia.

Inda alzó la túnica escarlata y dio una vuelta.

—¿De veras lo crees?

Maia sonrió.

—Déjame ayudarte a ponértela para que no se te deshaga el peinado.

Cuando Inda se hubo puesto sus galas, Maia le aplicó un polvo fino para oscurecerle los párpados y le pintó las uñas con henna.

—Ya está —dijo Maia al terminar—. Serás la envidia de todas las mujeres en la fiesta de la luna, y no habrá hombre que no vuelva la cabeza para mirarte cuando pases por la ciudad.

Una sombra de tristeza cruzó el rostro de Inda.

—¿Qué te pasa? —preguntó Maia.

—Quiero que vengas conmigo.

Maia sonrió con ternura.

—Mi lugar está aquí. Ya casi tienes diecisiete años. Eres demasiado grande para que tu doncella ande detrás de ti.

—Pero no encajo con las otras muchachas. Ponen los ojos en blanco cada vez que hablo.

Maia le tocó el hombro.

—Es que la mayoría son mayores que tú. Además, cuando empiece el baile, te divertirás tanto que no te importará.

Inda hizo un puchero.

—¿Vendrías conmigo, por favor?

—Aunque quisiera, dudo que el rey lo permitiera.

—Mi padre sabe que eres mi mejor amiga. Para mí eres más que una hermana. No le importará. De hecho, no creo que tengamos que pedir permiso. Con tal de que mi madre…

—Inda —dijo Maia en voz baja—, me alegra ayudarte en todo lo que pueda, pero esto no sería apropiado.

—Ah —dijo Inda, entrecerrando los ojos—. ¿Es porque antes eras reina y bailar con nosotras sería rebajarte?

Maia soltó el aire.

—No…

Apartó la vista de los ojos inquisitivos de Inda. No podía explicarle que, por mucho cariño que le hubiera tomado, en el fondo seguía siendo nefita. No se sentía capaz de ir a una fiesta lamanita y divertirse allí. Tampoco podía tomar parte en el ceremonial con que adoraban a Ix Chel, la diosa de la luna.

—No tendrías que bailar —insistió Inda—. Podrías quedarte mirando y comer algo.

Maia se rio.

—He conocido a pocas personas tan persuasivas como tú.

—¿Eso quiere decir que vendrás?

Maia negó con la cabeza.

—Me encantaría ver cómo haces que todas las demás te envidien, pero me temo que yo no encajaría allí. —Esbozó una sonrisa apagada—. No te preocupes. Tendré de sobra con qué entretenerme mientras estés fuera.

Inda, que de costumbre habría protestado como una niña, se limitó a asentir y se volvió.

Maia se sorprendió, pero le alegró que la joven por fin empezara a comportarse de acuerdo con su edad. Aun así, sintió una punzada de tristeza al verla salir airosamente del aposento para reunirse con sus hermanas. Maia pasaría otra velada sola.

Raquel estaba sentada en su lugar favorito junto al río. En la luz menguante, observaba el agua rodear las rocas y empujar contra la orilla. Le había contado todo a su madre. Le había hecho bien compartir aquella carga, sus dudas y la confusión que sentía acerca del hombre al que había rechazado de plano dos años antes.

¿Por qué no se había casado Helam? No podía dar por sentado que fuera por ella. Él siempre había sido cordial con ella y con Abe, atento como cualquier tío o pariente cercano. Tal vez temía perder el vínculo con el niño. Si tenía esposa e hijos propios, no le quedaría mucho tiempo para Abe. ¿Estaría esperando a que ella se casara primero, para asegurarse de que tanto ella como el niño quedaran bien atendidos antes de tomar una decisión?

Solo Helam sería tan considerado.

—¡Mamá! —chilló una voz—. ¡Ya llegó Helam!

Raquel se puso de pie, sorprendida de verlo. Se obligó a sonreír, agradecida de que al menos su hijo ya lo llamara Helam. Durante un tiempo lo había llamado papá, y ella había tenido que corregirlo una y otra vez.

Abe salió de entre los árboles tirando de Helam, que llevaba su habitual sonrisa ladeada. Al ver la mirada interrogante de Raquel, Helam dijo:

—Cambiaron mis planes y pensé aprovechar para pescar un rato.

Los dos se pusieron enseguida a atar los sedales a sus cañas de madera. Raquel se quedó un poco atrás y los observó mientras inclinaban juntos la cabeza, concentrados en lo que hacían. Abe dijo algo y Helam se rio a carcajadas.

Raquel sonrió. Al verlos juntos, sintió un dolor creciente en el pecho. Pensó en lo que su madre le había dicho acerca de abrir el corazón y averiguar si había sitio en él para Helam. Pero, aun si lo había, seguramente él ya habría cambiado de parecer respecto a ella.

Los siguió mientras caminaban junto al río, con la manita de Abe en la mano grande de Helam. Supuso que, a ojos de cualquiera que los viera, los tres parecerían una familia.

Helam se detuvo y alzó a Abe sobre sus hombros. El niño chilló de alegría.

—¡Ahora soy más grande que toditos! —gritó.

Helam se rio. Se volvió y le guiñó un ojo a Raquel.

Ella sonrió. Cuando él volvió la vista al frente, Raquel se concentró.

Abre tu corazón, se dijo. ¿Cómo te sientes ahora mismo? Tranquila. Feliz.

Pero ¿qué importa?, se objetó. Seguramente cambió de parecer hace mucho. Y aun así me siento a salvo. Segura.

Habían llegado al sitio donde pescaban y Helam bajó a Abe de sus hombros. Pronto los dos estaban absortos en colocar las cañas sobre las aguas más tranquilas.

Raquel se sentó en una roca a unos pasos de ellos y se quedó mirando. Pero, en lugar de disfrutar de la calma de la tarde, se le atropellaban los pensamientos. ¿Habrá oído Helam los rumores? ¿Y su madre? ¿Qué sabe ella? Él no había mencionado nada y probablemente no lo haría. Últimamente hablaba poco con Raquel, pero su relación con Abe era más estrecha que nunca.

Abre tu corazón, pensó otra vez. Observó a Helam de perfil y por primera vez intentó imaginar cómo sería estar casada con él. Que la saludara como un esposo saluda a su esposa. Besarlo.

Un cálido estremecimiento le recorrió los brazos y se dejó llevar por aquella sensación un instante. Reparó en la fuerza de sus brazos y hombros cuando lanzó el sedal sobre el agua, en la ternura con que le revolvió el cabello a Abe y en la seguridad con que le explicó por qué a los peces les gustaban las aguas más profundas y tranquilas.

Raquel se abrazó las rodillas, con el corazón acelerado. Abre tu corazón.

Cerró los ojos con fuerza. Era demasiado. No podía amar a Helam como a un esposo. Sencillamente, no le parecía… Abrió los ojos y miró al hombre que estaba en la orilla del río. Al hombre que había amado a Abinadí tanto como ella. Al hombre que quería a su hijo.

Pero ¿aún la amaba a ella?

Demasiado asustada para seguir pensando en ello, cerró el corazón. Así era más seguro.

En ese momento, Helam se volvió y la miró. Lo que vio en sus ojos le cortó el aliento por un instante, pero enseguida se reprendió. Quizá había tomado su dulzura por algo más. La mirada de Helam se desplazó hacia algo detrás de ella, y Raquel se volvió para ver qué era.

Ester venía por la orilla del río. Y parecía furiosa.

Se acercó a Helam con tanta prisa que casi iba dando pisotones. Raquel tuvo la impresión de que estaba a punto de ver cómo una madre anciana reprendía a su hijo adulto.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Ester al llegar junto a Helam.

Ni siquiera saludó a Raquel ni a Abe.

—Aquí mismo, pescando, madre —respondió Helam con una paciencia cansada.

—Sabes que tenemos una invitación a cenar. Si salimos ahora, llegaremos solo un poco tarde. —Lo miró de arriba abajo—. Esperaba que te vistieras un poco mejor.

Helam pasó por alto el comentario.

—Lo siento, madre, pero ya te dije que tenía otro compromiso esta noche.

Raquel sintió aún más curiosidad. Quizá Helam estaba viendo a alguna mujer por su cuenta, sin intervención de su madre. Eso tendría que alegrar a Ester.

—Hum. —Ester se puso las manos en las caderas—. ¿Pescar es tu otro compromiso?

Helam asintió con una sonrisa.

—Sé que te has esforzado por encontrarme esposa, pero de veras no hace falta.

Raquel se sintió incómoda. Hacía mucho que no oía a Helam hablar tan directamente de casarse o de otras mujeres. De pronto quiso estar en cualquier otro lugar.

—Abe, ven aquí —llamó, decidida a apartarlo antes de que quedara en medio de la discusión.

—Está bien donde está, Raquel —dijo Helam, todavía con la vista puesta en su madre.

Raquel se quedó inmóvil. Miró a Helam y luego a Ester. El rostro de la mujer se había enrojecido considerablemente.

—Si dejo que tú te encargues de buscar esposa, estarás en la tumba antes de que yo vea a mis nietos.

Helam ladeó la cabeza y volvió a sonreír de medio lado.

—Ya tienes un nieto.

—Sí, sí —dijo Ester, azorada—. Sabes a qué me refiero. No puedo seguir respondiendo las preguntas de todo el mundo. Deberías oír lo que dicen las mujeres. Hay cosas que ni siquiera puedo repetir.

Helam echó la cabeza hacia atrás y se rio. Raquel sonrió, pero se puso seria enseguida cuando Ester le dirigió una mirada desdeñosa.

—Quizá esas mujeres deberían ocuparse de asuntos más importantes que los rumores —dijo Helam, todavía con risa en la voz.

—Mírate —dijo Ester en tono cortante—. Pasas todo el tiempo con Abe y Raquel. Con razón habla todo el mundo.

Miró a Raquel como si acabara de ocurrírsele algo.

—Y para colmo, los dos están solteros.

Raquel se puso de pie, decidida a llevarse a Abe dijera lo que dijera Helam.

—Quizá deberían casarse ustedes dos —soltó Ester.

La sonrisa de Helam se quedó helada y a Raquel se le hundió el corazón. Esperaba que Abe no hubiera entendido.

—Quizá —repitió Helam en voz baja.

Sus ojos se encontraron con los de Raquel, y ella estuvo segura de que tenía la cara más roja que las brasas.

Ester abrió mucho los ojos al mirar de uno a otro. Raquel quiso esconder las mejillas encendidas, pero sabía que ya era tarde. Ester ya lo había visto.

Ester se llevó una mano al pecho.

—¿Quieren… quieren decir que…?

—Sí. Helam me pidió que me casara con él —logró decir Raquel en un susurro—. Y lo rechacé.

Ester miró a Raquel, atónita.

—No lo sabía. Nunca pensé…

Se volvió hacia Helam.

—Pero ella era la esposa de tu hermano.

Como él se limitó a asentir, continuó:

—¿Cuándo fue eso?

A Helam parecieron caérsele los hombros. Su voz apenas se oyó.

—Hace dos años.

—¿Dos años? —Su expresión era de incredulidad—. ¿Y después de tanto tiempo todavía no puedes elegir esposa?

Él apartó la mirada. Por un momento, Raquel deseó poder borrar con una caricia la vergüenza que le encendía el rostro.

—Dos años es tiempo de sobra para reponerse de un rechazo, Helam.

Ester entrecerró los ojos y luego arqueó las cejas.

—¿Hijo?

Él miró a su madre y después dejó que la mirada volviera a Raquel.

—No creo que me bastara ni el doble de tiempo.

El silencio se hizo palpable. A Raquel le pareció que el corazón le latía más despacio, tan fuerte que sentía cada latido en los oídos.

—Así que por eso no te casas —dijo Ester casi en un susurro—. Ya entiendo.

Apretó los labios un momento.

—Lo intenté —dijo Helam con voz tensa—. Traté de convencerme de que podía ser feliz con otra mujer. Pero fracasé. Rotundamente. No pude dejar atrás lo que sentía.

Miró a Raquel, y a ella casi se le paró el corazón al ver el dolor en sus ojos.

—Lo que todavía siento.

El fuego de su mirada la atravesó, y Raquel tuvo que apartar la vista. Se quedó aturdida al comprender que él aún la amaba. Aún quería casarse con ella.

—¿Dos años? —volvió a susurrar Ester, negando con la cabeza.

Helam asintió con una sonrisa triste.

—La vida no siempre resulta como uno cree.

Puso una mano en el hombro de su madre.

—Cada uno va saliendo adelante a su manera.

Pero Ester volvía a mirar fijamente a Raquel.

—¿Lo sabías desde hace tanto?

Raquel tragó saliva para vencer el nudo en la garganta y asintió.

De pronto, Ester soltó una risita. Helam, Abe y Raquel se quedaron mirándola, desconcertados.

—Hijo, si Raquel es tan terca como tú, quizá te lleve toda una vida convencerla.

Tomó a Abe y lo estrechó contra sí.

—Vamos, cariño. Muéstrale a tu abuela dónde se atrapan mejor esas mariposas transparentes.

Abe sonrió de oreja a oreja.

—¿Puedo ir, mamá?

Raquel asintió y vio al niño alejarse a saltitos con Ester. Cuando desaparecieron de su vista, se volvió y encontró a Helam mirándola.

El sol casi se había puesto y unas manchas anaranjadas teñían la superficie del río detrás de él. Por un instante, pensó que Helam era como el río: constante, paciente, perseverante. Su corazón nunca había cambiado de rumbo.

Abre tu corazón.

Raquel lo miró fijamente y él le sostuvo la mirada. Al fin, ella respiró hondo.

—No creo ser tan terca como piensa tu madre.

Un destello de esperanza asomó a los ojos de Helam.

Entonces Raquel sonrió despacio y la distancia entre ambos se hizo menos fría. Él le devolvió la sonrisa. Dio un paso hacia ella sin apartar la mirada, atento a su reacción. Como Raquel no se movió, dio otro paso y luego otro. Se acercó con una esperanza cautelosa en los ojos. Al llegar a su lado, se quedó allí un momento, mirándola.

Entonces, lentamente, ella alzó la mano. Él la tomó y se la llevó a los labios.

El calor del contacto se extendió por la mano de Raquel.

—Vas a faltar a la cena —dijo ella, tratando de mantener firme la voz.

Él siguió sosteniéndole la mano.

—Llevo dos años esquivando esas cenas. Faltar a una más no hará diferencia.

Su tono era ligero, pero sus ojos decían mucho más.

—Tengo miedo —susurró ella.

Él tiró suavemente de su mano y la atrajo hasta quedar a un suspiro de ella.

—Yo también.


Capítulo 15

Porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios, no te dejará ni te destruirá…
— Deuteronomio 4:31


Amulón se limpió de la boca la grasa de la carne y se volvió hacia los otros sacerdotes. La luna llena saldría en apenas un par de horas y ya iban tarde.

—Esta noche —dijo— nos las llevaremos a casa.

Los hombres se rieron con él, mostrando los dientes amarillentos. Les brillaban los ojos de impaciencia. Una vez al mes, en la noche de luna llena, las jóvenes lamanitas se reunían junto al lago y bailaban en honor de su diosa de la luna. Los sirvientes les llevaban comida y vino y luego las dejaban solas.

Qué necios son estos lamanitas, pensó Amulón, aunque aquello le convenía. Más de dos años en la región agreste habían hecho mella en su pequeño grupo. En varias ocasiones habían estado a punto de matarse unos a otros y, sin mujeres que aplacaran sus arrebatos o se ocuparan de ellos, se habían desesperado.

Amulón hacía tiempo que había renunciado a volver a la ciudad de Nefi. Con el rey muerto y los lamanitas en el poder, él y los otros sacerdotes eran hombres buscados. Así que habían pasado los últimos dos meses construyendo chozas en un valle apartado. Al menos eso les daba algo que hacer y un propósito. Desde el principio, Amulón se había puesto al mando y había dado al pequeño valle el nombre de ciudad de Amulón. ¿Y por qué no?

Se puso de pie y alzó los brazos para pedir silencio.

—Esta noche tendremos mujeres que nos calienten la cama. Por la mañana tendremos mujeres que nos preparen la comida. Por la tarde tendremos mujeres que nos tejan la ropa.

Los hombres se levantaron y lanzaron vítores.

—Vámonos.

Amulón se ató a la espalda un fardo como los que llevaban los demás. Apagaron la fogata y cargaron bastante cuerda y varios odres de agua adicionales. Las mujeres no estarían acostumbradas a recorrer tales distancias, aunque el lugar quedaba a solo unas horas de camino. Pero para cuando los sacerdotes regresaran con ellas a la ciudad de Amulón, ya estarían bien amansadas. De eso estaba seguro.

Los dieciocho hombres llegaron al bosque justo al ponerse el sol. Más allá estaba el lago apartado donde se reunían las jóvenes. Amulón hizo detener al grupo para que descansara antes de continuar. Observó sus rostros. Parecían cansados, pero el entusiasmo en sus ojos no había hecho más que crecer.

Amulón se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra un árbol.

—¿Cuántas crees que habrá? —preguntó Paan, uno de los sacerdotes.

—Al menos una docena. El mes pasado hubo más —respondió Amulón.

Todos asintieron, impacientes.

—¿Cómo decidiremos a quién le toca cada muchacha? —preguntó Paan.

Era uno de los sacerdotes más jóvenes. Había llegado a la corte de Noé después de la época de Alma.

Amulón se encogió de hombros.

—¿Echando suertes con piedras?

Un par de hombres protestaron. Uno propuso:

—¿Un concurso de baile?

—Eso me gusta.

Amulón se rio, pero enseguida se puso serio.

—Estas mujeres serán nuestras esposas y tendrán nuestros hijos. Quizá deberíamos dejar que ellas elijan.

Los hombres siguieron barajando posibilidades. Al fin, Paan preguntó:

—¿Puedo quedarme con dos?

Los hombres estallaron en carcajadas y se dieron codazos y palmadas en los hombros. Pero Amulón los hizo callar.

—Ya habrá tiempo de sobra para decidirlo después.

Miró hacia la luna que empezaba a salir.

—Primero tenemos trabajo que hacer.

Ya casi había oscurecido. Amulón hizo señas a los hombres para que lo siguieran. Avanzaron entre los árboles hasta que pudieron ver la orilla del lago. Amulón aspiró de golpe al ver a los sirvientes lamanitas recorrer la orilla y descargar las provisiones. Ya habían encendido varias antorchas y sobre los tapetes tejidos se amontonaba la comida. Se le hizo agua la boca ante aquel derroche. Las jóvenes no comerían ni la mitad de aquellos manjares: vino de agave, bebida de cacao, guayabas, peras, aguacates, carnes variadas y calabazas.

Amulón tuvo que ordenar a los hombres que no se abalanzaran sobre la comida. Las jóvenes sin duda llegarían muy pronto. No tuvieron que esperar mucho. Apenas terminaron los sirvientes de disponer la comida, las mujeres aparecieron en el sendero que salía de entre los árboles al otro lado del lago. Caminaban en una larga fila. Incluso a esa distancia, Amulón podía apreciar su belleza. A algunos nefitas quizá no les gustaran sus rasgos más oscuros, pero a Amulón le parecían exóticos… tentadores.

A su alrededor, los hombres empezaron a hacer comentarios en voz baja sobre las mujeres.

Amulón reconoció a algunas de cuando las habían espiado el mes anterior. Aquella noche parecía haber más de lo habitual. Al parecer, la fiesta del baile había ganado popularidad.

—¿Cuántas? —susurró Paan a su lado.

Mientras las mujeres bordeaban el lago y se dirigían hacia la comida, Amulón las contó.

—Veintitrés… veinticuatro.

La última llevaba un velo y tenía los brazos de un color más claro. Quizá uno de sus padres fuera un nefita que había pasado por aquellas tierras, pensó. Qué más daba. Mujeres eran mujeres.

Amulón sonrió al sentir que la expectativa le crecía en el pecho. En cuestión de horas, aquellas mujeres les pertenecerían. Se imaginó extendiendo la mano para tocar la piel suave y fresca de una de ellas.

—¡Mira! —dijo Paan.

Amulón se volvió. Cuatro jóvenes se habían apartado del grupo y habían empezado a bailar sin música. Se quedó mirando sus movimientos, extrañamente seductores, a pesar de que no había música que les marcara el compás. Era como si llevaran el ritmo dentro.

Entonces oyó cantar a alguien. Por encima de la charla de las que comían, escuchó la letra de aquella canción lamanita que no conocía. Entrecerró los ojos, concentrado. Había algo familiar en la voz de la cantante. Recorrió con la vista a las que bailaban y a las que comían, tratando de averiguar quién era. Al fin distinguió una figura en penumbra a unos pasos de las bailarinas. Era la mujer de piel clara que llevaba el velo.

Paan le dio un codazo.

—Yo quiero a esa.

—¿A cuál? —preguntó Amulón, fingiendo no ver a quién señalaba Paan.

—A la del velo. Solo una mujer hermosa podría cantar así.

Amulón asintió y soltó el aire despacio mientras se le atropellaban los pensamientos.

—Sin duda.

Paan le puso una mano en el hombro y apretó.

—¿Cuánto tiempo vamos a esperar?

—Hasta que se vayan los sirvientes y las mujeres empiecen a cansarse.

—No sé si aguantaré tanto —dijo Paan.

Amulón se volvió hacia su amigo con una amplia sonrisa.

—Te prometo que valdrá la pena esperar.

Maia sonrió a Inda desde detrás del velo mientras cantaba la segunda estrofa de la canción lamanita una octava más alta que la primera. Todavía no podía creer que hubiera dejado que Inda la convenciera de venir aquella noche. Cuando Inda se enteró de que sus hermanas no irían, sus ruegos se convirtieron en súplicas. Entonces la reina madre sugirió que lo mejor sería que Maia la acompañara. Inda era menor que la mayoría de las jóvenes y Maia podía cuidarla. Así que, cuando le prometieron que podría llevar un velo y que nadie la obligaría a bailar, Maia acabó por aceptar.

Inda estaba radiante con su túnica escarlata y el cabello trenzado. Las otras muchachas habían exclamado al verla y enseguida le pidieron a Maia que también las peinara para el baile del mes siguiente. Maia vio que dos jóvenes más se sumaban al baile. El grupo que se había reunido alrededor de la comida fue guardando silencio, y su voz pareció elevarse sobre el lago.

Maia ya no cantaba tanto como cuando vivía en la ciudad de Nefi, aunque Inda siempre le pedía que le cantara algo antes de acostarse. Aquella era, pues, la primera vez que cantaba delante de las demás. Entonó canciones tradicionales lamanitas que Inda le había enseñado con entusiasmo.

Algunas jóvenes empezaron a tocar suavemente una trompeta de caracola, siguiendo el ritmo de la canción de Maia.

Inda se acercó a ella con una gran sonrisa.

—¡Qué hermoso! Me alegra tanto que hayas venido. A todas les encantan tus canciones. La próxima vez tendremos que invitar a los hombres.

Maia sonrió con indulgencia, pero el corazón se le aceleró al pensar en cantar delante de hombres. Así había llamado la atención del rey Noé en un principio. Por mucha ternura que sintiera por la joven lamanita a su cuidado, Maia era, ante todo, nefita. Le aterraba la posibilidad de que el rey le ordenara casarse con un lamanita, aunque hasta entonces no había hecho ningún arreglo. Le convenía evitar llamar la atención sobre sí misma.

Otra muchacha se acercó y le pidió una canción más. Pronto Maia volvió a cantar y, para su sorpresa, lo estaba pasando bastante bien. A medida que avanzaba la noche, los sirvientes se retiraron de la orilla del lago. Volverían en unas horas a recogerlo todo.

—¡Reúnanse en el círculo de la luna! —exclamó una de las jóvenes.

Inda tiró de Maia para llevarla consigo.

—Ahora empieza la verdadera celebración.

Maia se dejó llevar y se sentó junto a Inda en el círculo. Habían juntado varias antorchas en el suelo y formado una hoguera. Ahora Maia podía ver los rostros de las jóvenes al otro lado del círculo, iluminados por las llamas.

—Esta noche me toca representar a Ix Chel —susurró Inda.

Se puso de pie con los ojos brillantes y el rostro sonrojado. Hizo como si tejiera una tela en el aire, un don divino de la diosa de la luna. Las mujeres empezaron a recitar al unísono la historia de cómo Ix Chel trató de atraer a su verdadero amor, el dios del sol. Cuando terminó de tejer su hermosa tela imaginaria, Inda fingió presentársela al dios del sol. Luego dio una vuelta de alegría. Las voces contaban cómo el dios del sol se enamoró de la diosa de la luna.

Las voces se hicieron más suaves y la copa de vino pasó de mano en mano para celebrar la unión. Cuando llegó a Maia, ella se la llevó bajo el velo, pero no bebió. La pasó a la siguiente joven, esperando que nadie hubiera notado que no había participado. En su corazón sabía que solo había un Dios verdadero y que Su Hijo era el Salvador. Se preguntó si algún día podría hablar con Inda o con alguna de las otras jóvenes de lo que realmente creía.

Una tras otra, las mujeres se levantaron y se tomaron de las manos. Se mecían juntas mientras alababan la destreza con que Ix Chel había conquistado a su amado. Maia se meció con ellas, pero no se unió al canto. Alzó la vista hacia la luna y pensó en su tierra natal y en lo distinta que era de aquel lugar. Pensó en sus padres y se preguntó dónde estarían en una noche tan luminosa. ¿Estarían a salvo con Alma? ¿Ya se habrían bautizado? Allí estaba ella, sintiéndose sola en medio de tantas mujeres. Parecía que el Señor le había preservado la vida y la había protegido por alguna razón, aunque todavía no sabía cuál.

El fuego fue menguando mientras continuaba el relato cantado. Los hilos de humo parecían seguir las voces de las mujeres al elevarse hacia el cielo. De pronto, una nube cubrió la luna. Las voces bajaron y alguien gritó.

Maia se volvió de golpe para ver qué ocurría, y una mano la agarró del brazo. La mano de un hombre.

Gritó y trató de alcanzar a Inda, pero ella también forcejeaba con un hombre. Había hombres por todas partes. Maia se resistió cuando otra mano la sujetó del otro brazo. Le juntaron las muñecas de un tirón y se las ataron con una cuerda. Luego la empujaron al suelo y le metieron un trozo de tela en la boca.

Una voz de hombre se alzó por encima de los gritos.

—¡Cállense o morirán!

Los gritos se apagaron hasta volverse gemidos. Maia giró la cabeza para ver lo que ocurría. Los hombres saltaban por encima de las mujeres que ya habían atado y agarraban a las que trataban de huir. Uno de ellos amenazaba con matar a una joven a punta de cuchillo.

¡Un nefita!

Horrorizada, Maia vio cómo los nefitas ataban a las mujeres una por una. ¿Por qué haría esto su propia gente? Cuando su esposo estaba en el poder, había oído rumores de soldados nefitas que atacaban a familias lamanitas. Pero ¿no se suponía que aquellos ataques eran en defensa propia?

A Maia se le cerró la garganta cuando la nube se apartó de la luna y la noche volvió a iluminarse. El nefita que sujetaba a Inda le resultaba familiar. Maia se volvió despacio de costado para ver mejor el rostro de los hombres. Reconoció a varios. Eran sumos sacerdotes de la corte de Noé.

Empezó a respirar deprisa, al borde del pánico. Los fue reconociendo uno por uno… Paan… Amulón. Tenían un aspecto distinto, más salvaje. Estaban delgados y se habían dejado crecer la barba, pero eran ellos, sin duda. ¿Cuánto tardarían en reconocerla? Tal vez pudiera suplicar por las mujeres lamanitas. O quizá solo empeoraría las cosas.

Agradecía tener el velo, pero no podría ocultarse mucho tiempo. Los hombres obligaron a las mujeres a levantarse y empezaron a atarlas unas a otras hasta formar una larga fila. ¿Qué van a hacer?

La voz inconfundible de Amulón se alzó por encima del tumulto.

—Escúchenme, mujeres, si quieren seguir con vida.

Hizo una pausa y recorrió la fila, mirando con avidez cada par de ojos asustados.

—Si una sola de ustedes intenta escapar, la cazaremos. Y luego verán morir a una de sus amigas ante sus propios ojos.

La mujer que tenía delante se encogió. Amulón soltó una risita.

—Sí, tienen razón para temer por sus vidas. Ya no hay nadie aquí que las proteja.

Miró la luna como si quisiera calcular la hora.

—Cualquiera que hable o haga el menor ruido morirá en el acto.

Amulón blandió el cuchillo delante de la siguiente mujer, que retrocedió. Sonrió, como si disfrutara de su poder.

Una de las muchachas más jóvenes rompió a llorar con sollozos fuertes y desgarradores. Amulón estuvo a su lado en un instante, apretándole el cuchillo contra la garganta.

La joven ahogó el sollozo y se quedó mirándolo, temblorosa.

—¡He dicho silencio! —siseó Amulón—. Esta ha sido tu última advertencia.

Miró a los sacerdotes que lo rodeaban.

—Véndenles los ojos.

Maia observó cómo los hombres iban vendando a las mujeres de la fila y se acercaban a ella. ¿Le levantarían el velo y la reconocerían? Paan era el nefita más cercano y pronto llegó a su lado. Se puso detrás de ella y, con un movimiento rápido, le ató una tira de tela alrededor de la cabeza. Había cambiado desde que ella lo conoció. Parecía más endurecido, más delgado, y llevaba la barba larga y desgreñada.

—Saludos, hermosa —susurró.

Un escalofrío le recorrió la nuca a Maia. ¿La habría reconocido?

—No te preocupes —continuó Paan—. Pronto estarás bajo mi cuidado.

Ella trató de apartarse de su aliento rancio. Si aquellas palabras pretendían tranquilizarla, consiguieron todo lo contrario.

Paan no se apartó como ella esperaba. Le pasó una mano por el brazo y luego la deslizó hasta su cintura. Por un instante se apretó contra ella. Después la soltó de golpe y pasó a la siguiente mujer.

Maia suspiró aliviada, aunque el corazón todavía le martilleaba. ¿Cuánto tardarían los sirvientes lamanitas en volver y descubrir que las mujeres habían desaparecido?

Caminaron durante lo que parecieron horas. Maia tropezó muchas veces y apenas logró recobrar el equilibrio antes de caer sobre Inda, que iba delante de ella. Se esforzó por ver a través de la tela áspera que le cubría los ojos, pero la oscuridad se lo impedía.

Ojalá supiera qué hacer, pensó Maia. En aquel momento, ella también odiaba a los nefitas. Al menos a aquellos.

Por fin, la fila se detuvo. Los sacerdotes les quitaron las vendas. Maia parpadeó y miró a su alrededor. Estaban en lo alto de una colina rocosa bañada por la luz de la luna. Abajo había unos refugios toscos y una hilera de chozas cerca de un río.

—¡Bienvenidas a la ciudad de Amulón! —dijo Amulón con voz triunfal.

Maia miró al hombre que se había proclamado jefe y se estremeció. Él recorrió brevemente con la vista a las mujeres atadas, pero se detuvo en Maia un instante más que en las otras. Parecía que él también se había fijado en su piel clara.

Amulón puso de nuevo en marcha la fila y condujo a las mujeres hasta una de las primeras chozas. Las dividió en dos grupos y permitió que las desataran. Por fortuna, Maia pudo quedarse con Inda. Una vez dentro de la choza oscura, Inda se aferró a ella. Agotadas, se dejaron caer juntas al suelo.

—¿Qué va a ser de nosotras? —susurró Inda.

Maia rodeó a la joven con los brazos y la estrechó con fuerza. También ella tenía miedo por lo que pudiera pasarle. ¿Debía confesarle a Inda que conocía a aquellos hombres? ¿Qué pensaría Inda de ella entonces?

Algunas mujeres empezaron a llorar, presas del pánico.

—¡Chist! —dijeron varias.

Maia aguzó el oído para escuchar a los hombres que hablaban fuera de la choza.

—Déjenlas dormir. Mañana celebraremos los matrimonios —dijo una voz.

—¿Para qué fingir que esto es un matrimonio? No deberíamos imponernos límites. Debería ser como en la corte del rey Noé…

—¡Silencio! —gritó Amulón—. No somos bienvenidos en la ciudad de Nefi y mucho menos entre los lamanitas. Tenemos que fundar nuestro propio asentamiento y formar nuestro propio pueblo. Así que se hará lo que dispuse desde el principio. Estas mujeres serán nuestras esposas y tendrán nuestros hijos.

¡No!, quiso gritar Maia.

Un hombre cuya voz sonaba como la de Paan dijo:

—Estoy de acuerdo. Amulón es el jefe que elegimos y debemos obedecer sus órdenes. Ahora la pregunta es cómo elegiremos a nuestras esposas.

—¿Y por qué tenemos que esperar hasta mañana? —gritó alguien.

—Hombres, ya les dije que valdría la pena esperar. Queremos que nuestras mujeres estén bien descansadas. Solo les pido paciencia. Por la mañana echaremos suertes para escogerlas.

—¡Y para decidir cuántas le tocan a cada uno!

Maia estrechó más a Inda. ¿Cómo podían siquiera pensar aquellos hombres en raptar a mujeres lamanitas y casarse con ellas? ¿No temían las consecuencias? El ejército lamanita podía acabar con ellos en cuestión de minutos.

—¿Crees que mi padre podrá seguirnos el rastro? —susurró Inda.

—Sí —respondió Maia, esperando que fuera cierto—. Si empiezan pronto, quizá nos encuentren al amanecer.

Inda se apretó más contra ella. Le temblaba el cuerpo.

—No quiero casarme con un nefita.

Maia le besó la coronilla.

—Lo sé —susurró.

Mientras el cielo clareaba afuera, la mayoría de las mujeres cayó en un sueño intranquilo. Maia contempló a las jóvenes tendidas en el suelo, vestidas con sus mejores túnicas de baile. Se puso de pie y caminó hasta la ventana tosca. Al asomarse vio a tres hombres custodiando la puerta. Otros tres vigilaban la choza contigua.

A Maia se le revolvió el estómago. Antes moriría que casarse con alguien como Amulón. Aquellos hombres habían abandonado a sus esposas e hijos y los habían dejado en manos de sus enemigos. Habían maltratado a sus esposas y se habían entregado al placer con rameras. Habían raptado a mujeres y muchachas inocentes…

No puedo soportar esto, pensó, mirando furtivamente alrededor de la choza. El silencio era peor que el llanto asustado de las mujeres o los gritos de los hombres. La dejaba a solas con sus pensamientos.

Por favor, líbrame, oh Señor, oró Maia. Líbranos a todas. Protégenos de estos hombres inicuos.

Cayó de rodillas, con los ojos ardiéndole. Y por fin, por primera vez desde que habían aparecido los nefitas, dejó correr las lágrimas. Oh Señor, ten misericordia de mi alma. Preserva nuestra dignidad.

Alzó su voz silenciosa al cielo y suplicó una y otra vez hasta que ya no pudo sostenerse de rodillas. Se dejó caer al suelo y se sumió en un sueño intranquilo.


Capítulo 16

Guardaos, no os olvidéis del convenio de Jehová vuestro Dios.
— Deuteronomio 4:23


Alma contempló los jardines del templo a la luz del atardecer. Los rojos, anaranjados y amarillos resaltaban sobre el fondo cada vez más oscuro. Las mujeres de la comunidad habían cultivado con esmero cada arbusto, cada planta florida y cada árbol. Al pasar junto a ellos, Alma casi podía sentir el cariño con que los habían cuidado. Pero aquella noche tenía el corazón apesadumbrado.

Las contenciones parecían multiplicarse día tras día. Ahora pasaba la mayor parte del tiempo en la sala del consejo, dictando un fallo tras otro. La tierra de Helam había prosperado sobremanera. El pueblo se había multiplicado y las construcciones de toda la región casi rivalizaban con las de la ciudad de Nefi. El mercado bullía de actividad desde el amanecer hasta el anochecer. Allí se vendían artículos hechos a mano y objetos preciosos desenterrados en las colinas cercanas.

Las mujeres vestían lino suave y lucían joyas finas. Los hombres llevaban puñales con empuñaduras enjoyadas, y las capas de plumas se habían puesto de moda.

Y las contenciones iban en aumento. En realidad, no era de extrañar, pensó Alma. Aun así, había esperado que las cosas fueran distintas. Había orado para que lo fueran. Los maestros que había ordenado trabajaban la jornada entera en sus respectivos oficios y luego dedicaban las noches a visitar a las familias que pasaban por dificultades y a ayudarlas a resolver disputas menores.

Las disputas más graves llegaban a Alma. Y le partían el corazón.

Subió las escaleras del templo pensando en quienes habían perdido la humildad que los había traído hasta allí. Una vez instalados y cómodos, habían empezado a desear algo más que la libertad de adorar a Dios. Se comparaban unos con otros, y las disputas surgían por pequeñeces. Una cabra perdida, un hijo desobediente, un vecino ruidoso. Todo se había convertido en motivo de contención.

Al llegar al último escalón, Alma entró en el silencio del templo. Era una construcción sencilla, levantada por manos fuertes y amorosas. Cruzó la sala y pasó las manos por el fino tapete que un grupo de mujeres había tardado dos meses en tejer. Una labor hecha con amor.

Se volvió y, en la penumbra, distinguió los marcos tallados de las ventanas. Algunos los había labrado con sus propias manos. Aquel silencio le infundía paz, y casi podía imaginar que todo fuera de los muros del templo gozaba de la misma tranquilidad.

Pero no era así.

Alma caminó hasta el centro del templo y permaneció unos minutos de pie ante el altar. Las piedras labradas formaban una estructura que le llegaba a la cintura. Encima había una losa lisa, destinada a las ofrendas por el pecado y de acción de gracias. Fuera había otros dos altares para uso del pueblo. El altar del interior estaba reservado para los sacerdotes y los maestros.

Alma se arrodilló, apoyó las manos juntas sobre el altar e inclinó la cabeza.

—Oh Señor, oh Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob —oró—. Nos has bendecido sobremanera. Eleva a Tu pueblo para que se acuerde de Ti en todas las cosas.

Mientras Alma oraba, pasó el tiempo hasta que afuera reinó la oscuridad. Por fin, agotado de mente y de alma, concluyó su oración y se puso de pie. Caminó hacia la luz de la luna que entraba por las puertas del templo. Se detuvo en el umbral y contempló la tierra de Helam. Veía varios fogones encendidos en distintos patios. Esperaba que las familias se estuvieran reuniendo para disfrutar de su mutua compañía.

Entonces apartó la vista del asentamiento y miró en dirección a la ciudad de Nefi. Habían pasado dos años desde que dejaron atrás la agitación y la iniquidad de aquel lugar. ¿Qué habría sido de los creyentes que no habían llegado a las aguas de Mormón? ¿Se habrían visto obligados a huir de la ciudad?

Se sentó en el último escalón y contempló la extensión iluminada por la luna. Entonces vio movimiento en los jardines. Alguien se dirigía al templo. Alma se puso de pie cuando la persona empezó a subir las escaleras.

Raquel.

Ella alzó la cabeza y, por su expresión, Alma vio que la había sorprendido encontrarlo allí. Raquel siguió subiendo y se detuvo dos escalones más abajo.

—Alma —dijo.

—¿Pasa algo?

—No —respondió Raquel.

Subió los últimos dos escalones y se detuvo junto a él.

—Solo esperaba que venir aquí me ayudara a pensar con más claridad.

Alma asintió.

—Yo también.

Permanecieron un momento en silencio, a gusto en compañía del otro.

—¿Alguna vez te preguntas qué estará pasando en la ciudad de Nefi? —dijo Raquel al fin.

—Todo el tiempo. —Alma se volvió hacia ella—. Pero eso no es lo que te preocupa, ¿verdad?

Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Raquel.

—Eres demasiado sabio.

Vaciló.

—He venido a orar para saber si debo casarme con Helam.

—Ah, eso…

—Seguro que lo he agotado con tanta demora —dijo, cruzándose de brazos—, pero quiero estar segura.

—Estás haciendo lo correcto —respondió él—. La decisión de casarse siempre debe tomarse con oración.

Sintió la mirada curiosa de Raquel y se preguntó si había dicho demasiado. Probablemente ya se hablaba bastante de por qué él aún no se había casado.

—¿Y qué te preocupa a ti? —preguntó ella.

Alma soltó el aire, aliviado. Raquel no iba a preguntarle por el matrimonio.

—Últimamente ha habido mucho trabajo en el consejo.

Ella asintió como si lo comprendiera del todo.

—No puedo imaginar lo difícil que debe de ser tomar esa clase de decisiones.

—Hago todo lo que está a mi alcance para que los fallos sean justos, pero siempre hay quienes no están de acuerdo.

—Eso le pasa a cualquiera que tenga que dirigir —dijo Raquel en voz baja—. Ahora que estamos más establecidos y vivimos con mayor prosperidad, algunas costumbres de antes han vuelto poco a poco.

—Sí, y parece casi imposible impedirlo —dijo Alma.

—No te rindas —dijo Raquel con apremio.

Se acercó y le tocó el brazo.

—Tienes que saber que oramos por ti todos los días. Aun cuando sientas que tienes demasiado trabajo y que nadie lo aprecia, recuerda que oramos por ti.

A Alma lo tomó por sorpresa aquella muestra repentina de afecto.

—Sé que, si Abinadí estuviera aquí hoy —añadió ella—, se sentiría muy conmovido por todo lo que estás haciendo por los creyentes.

—Unas cuantas disputas menores parecen poca cosa al lado de lo que Abinadí tuvo que soportar —dijo Alma.

Raquel bajó la mano.

—Aun así, puede ser difícil y frustrante. Recuerdo cuando Abinadí volvió después de predicar por primera vez. Pensaba que había fracasado. —Miró a Alma a los ojos—. Pero cuando le advertiste que venía la turba, supo que, de algún modo, lo que había hecho había servido de algo para alguien…

A Alma se le hizo un nudo en la garganta al recordar aquella noche de caos. El rey había condenado a muerte a Abinadí, y cuantos podían hacerlo andaban buscándolo. Cuando Alma se lo encontró en las calles, le pareció que Abinadí le miraba directamente el alma. Incluso entonces, después de tanto tiempo de rechazar al Espíritu de Dios, Alma supo que había algo de verdad en las palabras de Abinadí. Y aquello le había cambiado la vida para siempre.

—Después de semejante sacrificio, se convirtió un hombre —dijo Raquel en voz baja—. Solo uno. Pero ese hombre llevó a cientos a Cristo.

Lo miró con los ojos húmedos.

—Gracias. Ojalá Abinadí estuviera aquí para darte las gracias también. Sé que sentiría la misma gratitud por tu fidelidad y perseverancia.

Alma respiró hondo.

—Significa mucho para mí oírte decir eso.

Raquel se apartó un poco y se secó los ojos.

—Es increíble que hayamos llegado tan lejos. —Miró hacia el templo—. A pesar de todas las dificultades que hemos tenido, siempre siento paz cuando vengo al templo. Aquí siento que podemos sobreponernos a cualquier insensatez y que todo es posible.

—Yo también creo que todo es posible —dijo Alma.

De pronto, Raquel volvió a acercarse.

—¿Crees que debería casarme con Helam?

Alma sonrió.

—No creo que necesites que yo te responda.

Raquel cerró lentamente los ojos.

—Supongo que tienes razón.

Abrió los ojos y esbozó una sonrisa triste.

—Hay días más difíciles que otros, y a veces dudo. Otras veces…

Se interrumpió, mirando más allá de Alma.

—Como tú misma has dicho, estar cerca del templo te hace sentir que todo es posible. Y orar mucho también ayuda.

Alma observó su reacción y esperó a que ella lo mirara.

—La paz que sientes bien podría ser tu respuesta.

—Todavía necesito un poco de tiempo —susurró Raquel.

Helam le soltó la mano.

—Por supuesto.

Ella quiso volver a tomársela, pero ya era tarde. Llevaban semanas reuniéndose así, cada noche después de la puesta del sol. Raquel no tenía inconveniente en que los demás supieran de su nueva relación con Helam. De hecho, estaba segura de que todos lo sabían. Pero aún no se sentía preparada para decírselo a Abe. El niño veía en Helam a su mejor amigo, a su tío. ¿Qué pensaría cuando ella le dijera que Helam sería su padre? Las preguntas se volverían aún más difíciles a medida que creciera y comprendiera quién era su padre de nacimiento.

Raquel sostuvo la mirada de Helam. Odiaba pedirle que esperara más, pero…

—¿Raquel? —dijo Helam, con una voz tan queda como la noche—. Esperaré todo el tiempo que necesites.

Ella asintió, con un nudo en la garganta. Era propio de él decir algo así. Y eso la hizo sentirse aún peor.

—Además, ya sabes cómo se pone mi madre cuando hay una boda que preparar —añadió—. No me importa aplazarla un poco más.

A pesar suyo, Raquel sonrió.

Helam le tocó la barbilla y le levantó el rostro.

—Me basta con saber que sientes por mí lo mismo que yo por ti. Podría morir feliz sabiendo eso.

Raquel se estremeció.

Helam le tomó la mano.

—Perdóname. No quise decirlo así.

De pronto, Raquel estaba entre sus brazos, con la cabeza hundida contra su pecho.

—No quiero que me dejes nunca.

—No me voy a ninguna parte —dijo Helam, acariciándole el cabello.

—No creo que pudiera pasar por eso otra vez.

Las lágrimas le quemaron los ojos.

—No vas a perderme, Raquel.

Ella se aferró a él con más fuerza, deseando tener un poco más de aquella entereza y seguridad que él tenía.

—El Señor nos ha protegido hasta ahora —dijo Helam—. Nos ha guiado fuera del peligro una y otra vez. Tenemos que confiar en Él y seguir adelante conforme a lo que sentimos en el corazón.

Raquel asintió, sabiendo que tenía razón. ¿Qué había en su corazón? Sabía que quería casarse con Helam. Ninguna otra duda sobre volver a casarse pesaba tanto como el temor de perder a otro esposo.

—Está bien —susurró—. Me has convencido.

Helam aflojó el abrazo.

—No quiero que te cases conmigo porque yo te haya convencido.

—No es por eso.

Raquel se apartó un poco y levantó la vista hacia él. Lo miró de veras. En el fondo de sus ojos vio a un hombre que la amaba a ella y amaba a su hijo. Sabía que le sería fiel en todo. Y ella también lo amaba. Había llegado a contar con él y se sentía segura a su lado. Quería hacerlo feliz, cuidarlo y vivir con él como su esposa.

Helam se inclinó y la besó con ternura en la mejilla.

—Gracias —susurró.

Raquel sonrió al sentir que una calidez le recorría el cuerpo.

—Mañana lo anunciaremos.

—¿Tan pronto? —preguntó él.

Raquel amagó con darle un golpe, pero él se apartó riendo. Luego se puso serio y le tendió la mano.

—Mañana, entonces.

Ella tiró de él para acercarlo, se puso de puntillas y le besó la mejilla. Helam abrió mucho los ojos y se llevó una mano al rostro. Raquel dio media vuelta y se apresuró a volver a su choza. No pensaba darle la ventaja de ver que ella estaba aún más colorada que él.

Una vez dentro, respiró hondo. Los pensamientos le daban vueltas en todas direcciones y sentía que el corazón le iba a estallar de felicidad. Sabía que había tomado la decisión correcta. Quiso despertar a su madre de una sacudida para contárselo, pero se acercó de puntillas a Abe. El niño estaba acurrucado en la estera junto a la suya. Raquel se arrodilló, le tocó el hombro y lo despertó.

En cuanto abrió los ojos, Abe extendió los brazos por costumbre, y Raquel lo estrechó contra sí.

—¿Ya podemos jugar? —preguntó él, todavía con voz de sueño.

—No —dijo Raquel, sonriendo—. Solo quería decirte que vas a tener un nuevo papá.

—¿Helam?

A Raquel se le cortó el aliento.

—Sí. ¿Cómo lo sabías?

Abe se acurrucó más contra su cuello.

—Me dijo que eres la mejor mamá.

—¿Eso te dijo?

—Entonces a lo mejor él quiere ser el mejor papá.

—Sí —susurró Raquel—. Será un padre maravilloso. Eres muy bendecido.

—¿Puede llevarme a pescar mañana?

Raquel se rio en voz baja.

—Seguro que sí.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Amulón, contemplando con una sonrisa a las mujeres adormiladas.

Solo verlas apiñadas en la choza y aspirar su dulce fragancia le produjo una sacudida de placer. La mañana estaba ya avanzada. Era hora de ponerse en marcha.

—Sin duda tendrán que prepararse para la gran celebración.

Su mirada se posó en la mujer de piel clara que estaba al fondo de la choza. Permanecía sentada junto a una de las jóvenes lamanitas, con los ojos bajos.

Amulón se quedó mirándola, ajeno a las miradas hostiles de las demás.

—¿Maia?

Ella alzó el rostro. Tenía las mejillas manchadas de lágrimas y polvo, pero la mirada seguía firme. Era increíble. Después de tanto tiempo… ¿qué hacía con los lamanitas?

Entonces reparó en lo sencilla que era su ropa. Apenas una túnica lisa. Junto a las otras jóvenes, parecía una simple sirvienta. Asintió al comprenderlo.

—Qué sorpresa.

Maia le sostuvo la mirada en silencio. Ya habría tiempo de sobra para preguntas y respuestas. En ese momento tenía a diecisiete hombres inquietos esperando sus premios.

—Todas fuera de la choza —ordenó con voz cortante—. Estarán vigiladas mientras se preparan. Si alguna intenta escapar, morirá una de las otras.

Clavó los ojos en Maia.

—Piensen bien lo que hacen.

Salió de la choza y terminó de dar sus órdenes a los hombres. Las mujeres debían asearse y comer algo antes del sorteo.

El sol estaba en lo más alto cuando Amulón convocó la reunión. Las moscas zumbaban entre los hombres congregados bajo la tienda abierta. A pesar de la sombra, el calor parecía atravesar el techo de pieles.

—Bienvenidos —dijo Amulón, que permaneció de pie.

Sonrió al ver los rostros expectantes. Paan estaba sentado con las piernas cruzadas cerca del frente, tamborileando los dedos con impaciencia.

—Las mujeres se están preparando y se reunirán con nosotros en un momento.

Un murmullo de aprobación recorrió a los hombres.

—Les agradezco su paciencia —dijo Amulón, levantando las manos.

Hizo una seña a Paan, que se puso de pie y se volvió hacia los hombres.

—Hemos capturado a veinticuatro mujeres —dijo Paan—. Y nosotros solo somos dieciocho. Hemos decidido que algunas aún son demasiado jóvenes para casarse. Quedarán reservadas para más adelante.

—¿Cuán jóvenes? —gritó alguien.

Amulón se colocó junto a Paan.

—Demasiado jóvenes.

Un par de hombres refunfuñaron hasta que Amulón levantó una mano para pedir silencio.

Paan continuó.

—Hoy cada hombre escogerá una esposa. Las demás quedarán reservadas para después. Los jefes tendrán prioridad al escoger una segunda esposa.

Se alzó un murmullo de protesta.

Amulón volvió a adelantarse, empuñando un cuchillo de modo que todos pudieran verlo.

—Nuestra comunidad solo prosperará si todos aceptamos las reglas. Si alguno piensa desobedecer mis órdenes, puede marcharse ahora mismo.

Las quejas cesaron, aunque varios hombres siguieron mirándolo con el ceño fruncido.

—Si quieren gozar de los privilegios de mi ciudad, vivirán bajo mis reglas —dijo Amulón, blandiendo el cuchillo.

Un par de hombres bajaron la cabeza.

Amulón los miró a los ojos uno por uno. Algunos esquivaron su mirada y otros se la sostuvieron con aire desafiante. Ninguno se levantó para irse.

—Muy bien, entonces. Echaremos suertes para ver quién escoge primero después de mí.

Cuando los hombres asintieron, Amulón dejó de fruncir el ceño y sonrió. Hizo señas a Paan para que lo siguiera.

—Vayamos a buscar a las mujeres, estén listas o no.

Mientras caminaban hacia las chozas, le preguntó:

—¿Sabes quién es la mujer de piel clara?

—Conque esa es la que quieres —dijo Paan, mirándolo con decepción.

—Probablemente no la querrás cuando te diga su nombre —respondió Amulón—. ¿Te acuerdas de Maia?

—¿La esposa del rey Noé? ¿La que…? ¿Qué hace con los lamanitas?

—No he tenido ocasión de averiguarlo —dijo Amulón—. Pero ahora que es viuda, pensé que sería una buena elección para mí.

Paan negó con la cabeza.

—Tienes razón. No la quiero. Prefiero a una que no esté tan quebrantada.

Amulón echó la cabeza hacia atrás y se rio.

—Y la tendrás, amigo mío.

Los guardias se inclinaron cuando los dos hombres llegaron a la primera choza.

—Sáquenlas —ordenó Amulón.

Él y Paan desenvainaron sus cuchillos mientras sacaban a las mujeres de las dos chozas. Aún parecían cansadas, pero estaban menos sucias que antes. Amulón sonrió al ver que algunas lo miraban con hostilidad. Cuando pasó la última, se volvió hacia Paan.

—Será toda una experiencia amansarlas.

Paan asintió con una sonrisa.

—¿Vas a tomar una esposa o dos hoy?

—Dos. ¿Y tú?

Paan lo miró sorprendido.

—¿Puedo elegir?

—Por supuesto —dijo Amulón, poniéndole una mano en el hombro—. Eres mi hombre más leal.

—Está bien. Tomaré una por ahora y quizá a una de las más jóvenes más adelante.

Los dos rieron mientras seguían a las mujeres de túnicas multicolores hasta la reunión.

Para cuando las mujeres se acomodaron bajo el toldo, dos de ellas lloraban en silencio.

—No quiero a una llorona —le susurró Paan a Amulón.

Amulón asintió, pero estaba buscando a Maia. Lo primero que vio fue su cabello, de un cobrizo oscuro tan resplandeciente como siempre. Se había aseado bien. Tenía la piel tersa y unos ojos gris verdosos que llamaban la atención. Recordó la envidia de los hombres de la corte cuando la veían cantar para su esposo. Pronto él sería el objeto de esa misma envidia.

Su mirada se posó en la muchacha menuda que estaba junto a Maia. Parecían muy unidas, casi como hermanas.

—Quiero a la pequeña que está al lado de Maia —susurró Paan.

—Te la reservaré —respondió Amulón en voz baja.

Siguió mirando a las mujeres asustadas, buscando a una que pareciera lo bastante sana para darle hijos varones. Sus ojos volvieron a Maia. Le había dado un hijo al rey, pero lo había perdido poco después del parto. ¿Habría perdido el favor de los dioses? Una punzada de inquietud lo asaltó. Pero si él no la escogía, sin duda otro hombre lo haría…

Amulón se aclaró la garganta y se puso delante de los hombres, que lo miraban con curiosidad.

—Ha llegado el momento. Hombres, echen suertes.

Cada hombre se adelantó y arrojó un puñado de granos de maíz. Cuantos menos granos quedaban juntos, más atrás le tocaba en la fila. Paan los puso en fila según el orden del sorteo.

Amulón caminó alrededor del grupo de mujeres temblorosas.

—Hoy no serán escogidas todas. Las que queden vivirán en una choza vigilada y servirán a la comunidad preparando nuestras comidas y tejiendo nuestra ropa.

Señaló a una muchacha de túnica azul.

—Tú. Ponte de pie y pasa al otro lado. Serás cocinera.

La joven se levantó con dificultad, con la gratitud reflejada en el rostro. Se apresuró a cruzar al otro lado. Amulón señaló a otras cuatro muchachas que parecían demasiado jóvenes para casarse, sin hacer caso de las protestas de los hombres que esperaban en fila. Las muchachas se apresuraron a reunirse con la primera y se aferraron unas a otras.

Amulón se volvió hacia las demás.

—Cada una se pondrá de pie y nos dirá su nombre.

Las vio levantarse, con las túnicas arremolinándose a sus pies y los brazaletes y las ajorcas tintineando. Respiró hondo, complacido. Era maravilloso tener mujeres entre ellos otra vez.

Una a una, las mujeres se adelantaron y dijeron sus nombres. La mayoría le sonaban extraños a Amulón, pero estaba seguro de que no tardarían en conocerse todos.

Maia dio un paso al frente, y Amulón notó que todos los hombres la miraban. Sonrió para sus adentros, satisfecho de su astucia. La joven lamanita que estaba junto a Maia se adelantó.

—Me llamo Inda —dijo con los ojos encendidos—. ¡Y antes moriría que casarme con cualquiera de ustedes!

Maia la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás.

Amulón se rio.

—Lo sentimos, Inda. Hoy no se cumplirá tu deseo.

Inda le dirigió una mirada furiosa y él sonrió con indulgencia.

Cuando todas terminaron de presentarse, Amulón habló.

—Como ya saben, soy Amulón, jefe de esta comunidad.

Señaló a Paan.

—Este es Paan, mi segundo al mando. Será un honor especial para las mujeres escogidas como esposas nuestras. Esperamos que se comporten como corresponde a la esposa de uno de los jefes de la ciudad de Amulón.

Paan se adelantó y se puso junto a él.

—Juntos edificaremos una comunidad fuerte y formaremos familias fuertes.

Dos de las mujeres se cubrieron el rostro con las manos y gimieron.

—No nos teman —continuó Paan—. Las trataremos bien si se portan bien.

Amulón se llevó una mano al pecho.

—Yo seré el primero en escoger. Paan elegirá una esposa y yo elegiré dos.

Las mujeres lo miraron con horror. Amulón bajó la mano.

—Pronto aprenderán que las costumbres nefitas son distintas de las lamanitas.

Maia le sostuvo la mirada con gravedad, y Amulón sonrió. En sus ojos veía que ella sabía que iba a escogerla. También veía cuánto lo detestaba.

—Maia, acércate.

Ella tardó un instante en reaccionar. Amulón estaba a punto de repetir la orden cuando dio un paso. Inda le tomó la mano y se la apretó. Maia se soltó y pasó entre las mujeres con la cabeza en alto. Al llegar junto a Amulón, inclinó la cabeza y se quedó a su lado.

Amulón sintió una oleada de triunfo. Después de todo, no sería tan difícil doblegarla. Se tomó otro momento para recorrer despacio con la vista a las demás mujeres. Tenía que elegir bien. Una de ellas estaba sentada cerca del frente. Parecía mayor que algunas de las otras, algo rolliza, pero sana y llena de vigor.

Amulón la señaló, pues no recordaba su nombre. La mujer caminó hacia él un poco temblorosa, pero sin llorar. Se acercó a Maia y las dos se tomaron de la mano. Excelente, pensó Amulón. Ninguna de las dos era una llorona.

Amulón dejó que Paan hiciera su elección. Escogió a Inda, que lo miró con el ceño fruncido. Amulón se rio entre dientes. Con el carácter de Inda, Paan tendría las manos llenas.

Mientras los demás hombres escogían a sus esposas uno por uno, Amulón miró a Maia y a la otra mujer. Las dos mantenían la vista baja. Sin duda, una muy buena señal.


Capítulo 17

Jehová […] oye la oración de los justos.
— Proverbios 15:29


Maia oía a Inda gritarle a Paan en algún lugar detrás de la choza. Esperó lo inevitable y se estremeció al oír la bofetada. Inda dejó de gritar y ahora era Paan quien gritaba.

Maia se volvió hacia la pared para evitar la mirada dolida de Cochiti. Hasta entonces, la mujer se había mantenido fuerte, pero la expresión de su rostro delataba el horror que sentía al oír a Paan y a Inda.

La ceremonia de matrimonio había sido, en el mejor de los casos, una farsa. Al parecer, los hombres llevaban tiempo planeando raptar a las mujeres lamanitas. Habían preparado toda clase de carnes y habían puesto fruta silvestre a remojar en una mezcla de miel. Por supuesto, Amulón ofició en todos los matrimonios, salvo en el suyo. Los hombres hasta tenían para cada mujer un regalo de joyas de jade toscamente labradas. Paan había casado a Amulón con Cochiti, pero cuando llegó el turno de Maia, ella no pudo hablar. Literalmente.

Amulón la había agarrado por los hombros y la había sacudido, pero, por más que Maia intentó pronunciar las palabras, no le salieron. Al fin, Paan sugirió que bastaría con que asintiera, pero Amulón se cruzó de brazos.

—Será mi esposa cuando recobre la voz.

Maia se dio cuenta de cuánto le costaba contener la ira. Casi esperaba que la golpeara en público o, por lo menos, dentro de su choza. Pero cuando Amulón llevó a las dos mujeres a la choza, se limitó a empujarlas adentro y a decirles que volvería pronto.

Así que ahora esperaban. Al menos Inda y Paan habían dejado de gritarse. Maia solo podía imaginar lo que estaría ocurriendo. Una lágrima caliente le asomó al ojo y se la enjugó enseguida. Allí no había lugar para las lágrimas y se negaba a compadecerse de sí misma. De hecho, en aquel momento ella era la afortunada, aunque eso difícilmente detendría a Amulón si se le insinuaba esa noche. El antiguo sumo sacerdote había tomado a muchas rameras en sus días en la corte. Aquella noche no sería distinta.

En la penumbra, Cochiti se acercó a Maia.

—¿Quiénes son esos nefitas de tu pueblo? —susurró—. Toman más mujeres de las que les corresponden. Nos golpean. Nosotras siempre te hemos tratado con bondad y ahora…

Maia le tocó el brazo e intentó explicarse. Pero la voz seguía sin salirle. Bajó la cabeza, avergonzada de sí misma y de su pueblo. Quería explicarle que entre los nefitas también había hombres buenos. Que no todos se comportaban como bestias…

La puerta de cañas se abrió de golpe. Amulón entró con una pequeña antorcha. El resplandor anaranjado cegó a Maia por un instante, hasta que sus ojos se acostumbraron. Amulón también llevaba un gran trozo de tela.

—Mujer —dijo, mirando a Cochiti—. Cuelga esto de un lado al otro de la habitación.

Cochiti se puso de pie a toda prisa y ató una esquina a la pared. Luego extendió la tela de lado a lado de la choza y ató la otra esquina. La habitación quedó dividida en dos.

—Muy bien —dijo Amulón.

Se dirigió a la parte de atrás, donde estaban las dos mujeres. Miró brevemente a Cochiti y luego fijó la vista en Maia.

—¿Has recuperado la voz?

Maia negó con la cabeza. Cochiti le puso una mano en el brazo.

—Lo ha intentado —dijo Cochiti—. Quizá mañana pueda prepararle una infusión que la ayude.

Maia sintió una profunda gratitud hacia aquella mujer lamanita. No sabía por qué no le salía la voz, pero que Cochiti hablara por ella para apaciguar a Amulón era una verdadera bendición. Una bendición. Al pensarlo, se le cortó el aliento. ¿Estaba recibiendo una bendición? ¿La estaba protegiendo el Señor por alguna razón que ella desconocía? Sintió calor en la piel al pensarlo. ¿Y por qué a las demás mujeres no? ¿Por qué no enviar un ejército de lamanitas para rescatarlas de aquellos hombres nefitas?

Amulón observó a Cochiti con renovado interés y una sonrisa casi amable.

—Muy bien. Puedo esperar un día más.

Volvió la mirada hacia Maia.

—Tú te quedarás en la parte delantera de la choza. La parte de atrás queda reservada para mi esposa y para mí.

Maia miró a Cochiti, que pareció palidecer. Pero ella alzó la barbilla con expresión resuelta y asintió.

Al salir de la parte trasera de la habitación, Maia deseó poder impedir de algún modo lo inevitable. Pero sabía que era imposible.

A la mañana siguiente, Maia se levantó temprano y se puso a limpiar la choza. Parecía haber sufrido años de abandono, aunque sabía que la habían construido hacía apenas unos meses. Procuró hacer el menor ruido posible para no molestar a Amulón y a Cochiti. Parecía que los dos iban a dormir hasta tarde. Los ronquidos de Amulón se oían con toda claridad al otro lado de la cortina.

Maia trató de apartar el recuerdo de la noche anterior. Había visto a muchos hombres aprovecharse de las mujeres en la corte del rey Noé, así que se había preparado para lo peor. Pero no había oído queja alguna de Cochiti, lo cual fue un alivio. Se estremeció al pensar en lo que pasaría cuando le tocara a ella. Ya había recorrido aquel camino amargo en circunstancias en que ser esposa de un rey se consideraba un honor. Casarse con Amulón no le traería honor alguno.

Un bostezo interrumpió sus pensamientos y Maia se enderezó. Amulón estaba despierto. Se le erizó el vello de la nuca mientras esperaba el encuentro. Los pasos lentos de Amulón parecían retumbarle en los oídos. Él apartó la cortina, la buscó con la mirada y sonrió al encontrar sus ojos.

Maia apartó la vista, con las mejillas encendidas.

—Ya te llegará el turno, querida reina —dijo Amulón.

Ni se molestó en bajar la voz al reírse. Maia estaba segura de que Cochiti había oído cada palabra.

—¿Todavía no está listo el desayuno? —preguntó él, con un destello en los ojos.

Maia negó con la cabeza e hizo ademán de dirigirse a la puerta.

—Deja que tu esposa te prepare la comida —dijo una voz detrás de la cortina.

Amulón y Maia se volvieron, sorprendidos. Cochiti apareció con expresión serena.

—Buenos días, Maia —dijo. Luego miró a Amulón—. Dame un momento y tendrás lista la comida.

Amulón arqueó una ceja y se quedó mirando a Cochiti mientras salía de la choza. Luego volvió la vista hacia Maia, con aire triunfal.

—Bien —dijo—. Ve a ayudarla. Quizá aún no seas mi esposa, pero tienes que trabajar como si lo fueras.

Maia se apresuró a salir. Todavía era temprano, pero ya había varias mujeres de un lado a otro. Algunas se apiñaban alrededor de los fogones. Otras estaban de pie, conversando. Los hombres también hablaban en grupos, aunque mantenían a las mujeres bajo vigilancia mientras ellas trabajaban.

Parece casi… normal, pensó Maia. Se cruzó de brazos al acercarse a Cochiti, que estaba encendiendo su propio fogón. Quería poder hablar, pero esperaba que Cochiti comprendiera su preocupación.

Cochiti alzó la vista.

—Pensé que vendrías detrás de mí.

Se puso de pie y se acercó a Maia.

—Inda me dijo que todos estos hombres te reverenciaban en la corte de tu esposo, que tenían prohibido tocarte y te trataban con deferencia. Así que debe de ser… especialmente difícil para ti pensar en convertirte en esposa de uno de ellos.

Respiró hondo.

—Inda me hizo jurar que te protegería. Aunque recuperes la voz, finge que sigues sin ella.

Esbozó una sonrisa.

—Sé que me compadeces, pero a los ojos de los dioses ahora soy una mujer casada. Y cumpliré con mi deber.

Maia se quedó mirándola, atónita. Aquella mujer aceptaba su suerte con tanta facilidad. Asintió, esperando que Cochiti pudiera ver la gratitud en sus ojos.

—Necesitamos más yesca —dijo Cochiti con naturalidad.

Maia se alejó para buscar ramitas en el suelo. También estaba pendiente de si veía a Inda. Se preguntaba cómo habría pasado la noche.

Entonces la vio. Sus miradas se encontraron al mismo tiempo. Se apresuraron a acercarse y, en cuanto se encontraron, Inda le echó los brazos al cuello.

—¿Todavía no puedes hablar? —preguntó Inda.

Maia negó con la cabeza y le apretó el brazo.

—Se te nota que te has preocupado por mí toda la noche —dijo Inda con una sonrisa dulce—. Debes saber que Paan me dejó en paz —añadió en un susurro.

Maia abrió mucho los ojos.

—No sé por qué lo hizo. Desde luego, lo hice enojar bastante…

Inda lanzó una mirada furtiva hacia un par de hombres. Maia siguió su mirada y vio que Paan las observaba. No pudo descifrar su expresión, pero al menos no parecía enojado.

Rodeó a su amiga con un brazo y le besó la frente.

—Ya no tienes que protegerme —dijo Inda, sonriendo otra vez—. Creo que puedo arreglármelas con mi esposo.

Maia negó con la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Inda—. Míralo. Puede que en la corte de Noé haya sido un gran sacerdote, pero cuando dejé de gritarle se volvió bastante… amable.

Hizo una pausa.

—Cuando nos raptaron, nunca había tenido tanto miedo. Pero también sentí lástima por ellos. Paan me contó que todos los hombres perdieron a sus esposas y a sus hijos cuando los lamanitas invadieron la ciudad de Nefi. Dijo que el nuevo rey los mataría si regresaban. Están seguros de que sus esposas se han vuelto a casar y de que sus hijos los han olvidado.

Había mucho más en aquella historia, pensó Maia mientras miraba a Inda. Paan había omitido que ellos mismos habían abandonado a sus familias.

—¿Y si mi padre envía un ejército? —prosiguió Inda—. ¿No seguiremos casadas con estos nefitas?

Maia tenía ganas de sacudir a Inda para hacerla entrar en razón. Lo que habían hecho Paan y Amulón era un acto de guerra, de traición. El matrimonio no lo justificaba.

—Veo que estás molesta —susurró Inda—. Yo también lo estoy, en cierto modo. Pero después de que Paan me explicara las cosas con tanta delicadeza… y al ver que anoche no me tocó, supongo que se me ablandó el corazón.

Maia apartó la vista. Le costaba aceptar la conclusión de Inda. Miró a su alrededor. Las otras mujeres no podían estar tan conformes como ella. En ese momento, Amulón salió de la choza y se acercó a Cochiti. Le tocó el brazo y le dijo algo. Entonces ella le sonrió. ¡Le sonrió!

¿Qué les está pasando a estas mujeres?, se preguntó Maia. ¿Por qué no podía hablar justo cuando lo necesitaba? Volvió a mirar a Inda, que se encogió de hombros. Era como si las mujeres hubieran tomado alguna hierba potente y se hubieran olvidado de dónde venían.

¿Era esto, después de todo, lo que el Señor tenía reservado para ellas? ¿Y qué será de mí?, se preguntó Maia. Su voz no permanecería muda para siempre. Y cuando volviera, volvería a ser esposa.

Pasaron varias semanas antes de que Maia recuperara la voz. Ignoraba qué había hecho que la perdiera, pero sin duda había sido una bendición. La voz le volvió poco a poco. Aun dos meses después, seguía fingiendo que la había perdido. Inda era la única que conocía su secreto.

Amulón la dejaba en paz casi todo el tiempo mientras ella trabajaba. De vez en cuando hacía comentarios desagradables acerca de que sería su esposa, pero hasta entonces no la había tomado por la fuerza. Por eso tenía que estarle agradecida a Cochiti. La mujer era más que bondadosa y generosa con su nuevo esposo. Prácticamente consentía a Amulón, y él disfrutaba de sus atenciones.

En general, la comunidad vivía en relativa calma. La mayoría de las parejas se llevaba bien. Muchas mujeres estaban encintas y había gran expectación por los nacimientos que se acercaban.

Aquella mañana, Maia se había levantado temprano como de costumbre y había encendido el fogón. Desde que Cochiti anunció su embarazo, Maia la dejaba dormir un poco más cada mañana. No le molestaba el fresco de aquellas horas. De hecho, disfrutaba de la quietud y del silencio. Molía metódicamente los granos de maíz, y el raspado de la piedra llenaba el silencio.

Casi siempre que estaba sola, sus pensamientos volvían a su tierra y a su familia. Aunque sus padres ya no estaban en la ciudad de Nefi, Maia los imaginaba allí y recordaba lo que habían vivido juntos. Habían estado más que dispuestos a acoger a su hija desdichada, aun cuando estaba casada con el rey. Se preguntó qué pensarían de su silencio. Probablemente creerían que esta vez sí había perdido la razón.

Maia echó la harina de maíz en un cuenco de barro mientras sus pensamientos se desviaban hacia Alma. Parecía una figura lejana en su memoria. Había formado parte de su vida cuando ella era tan desdichada. Había sido la única luz en aquellos días, aun cuando no había esperanza de que pudieran estar juntos. Cerró los ojos e imaginó su rostro. Era apuesto, sin duda, pero lo que más amaba eran sus ojos, bondadosos y sinceros. Sobre todo la última vez que lo había visto en el patio de sus padres. Había parecido sorprendido cuando ella le confesó lo que sentía y tan preocupado cuando le dijo que quería pedirle el divorcio al rey.

Maia añadió agua a la harina y mezcló con las manos la masa pegajosa, pensando en la ironía de su viudez. Seguramente Alma ya estaría casado y tendría por lo menos dos hijos. Un hombre como él no tardaría en casarse.

¿Y yo qué soy, entonces? ¿Adónde ha ido a parar mi vida? Había retrocedido, decidió. Una vez estuve casada. Ya no. Una vez tuve un hijo. Por poco tiempo. Una vez tuve a mis padres. Ahora no sé dónde están. Hasta fui sirvienta de la familia real lamanita. Ahora soy sirvienta de unos nefitas proscritos.

Maia se mordió el labio, disgustada por aquella oleada de autocompasión. Terminó de dar forma a las tortas de maíz y las puso a cocer sobre el fuego. Al oír el chisporroteo de la masa, se dio cuenta de que se estaba dejando llevar por un mal camino. El Señor la había protegido. Había contestado sus oraciones. Quizá de una manera que jamás habría imaginado, pero al menos conservaba la fe, aunque era una fe que no podía compartir con nadie.

Al abrir los ojos, Maia parpadeó para contener las lágrimas que le escocían y vio que Inda se acercaba.

Sonrió y se puso de pie para recibir a su amiga. La relación entre Inda y Paan se había suavizado durante los últimos meses. Aquella mañana a Inda le brillaban los ojos de entusiasmo y tenía las mejillas radiantes.

Maia miró a su alrededor para asegurarse de que aún no hubiera nadie que pudiera verla hablar.

—¿Qué pasa? —susurró.

Inda le tomó las dos manos.

—Ha sucedido. Estoy encinta.

Sonrió.

—Oh, Maia. Nunca pensé…

Bajó la vista y se tocó el vientre.

—Voy a tener un hijo con un hombre del que me he enamorado.

Maia asintió lentamente. Había visto cómo Inda miraba a su esposo y ya se lo había imaginado. Pero oírlo de sus propios labios era verdaderamente asombroso. Una bendición, le susurró un pensamiento. Después de soportar tanto, había encontrado algo de felicidad al final de aquella prueba.

Maia le ofreció su sonrisa más radiante.

—Entonces hoy es un buen día de verdad y no hay nada de qué quejarse.

Inda se rio.

—De nada, en absoluto.

—¿Se lo has dicho a Paan?

—Todavía no —dijo Inda—. Por alguna razón, quería decírtelo primero a ti.

Le flaqueó la voz.

—Sé que todo esto ha sido difícil para ti y que detestas a estos nefitas. Pero quiero que sepas que los he perdonado y que ahora formo parte de su pueblo.

Maia se quedó atónita. No sabía qué decir.

Inda le tocó el brazo.

—No quiero que te preocupes por mí. Vamos a hacer de este lugar una comunidad fuerte y a criar a muchos hijos y nietos. Puedes guardar silencio mientras lo necesites. Tu secreto siempre estará a salvo conmigo. Quizá con el tiempo tú también encuentres la felicidad.

Maia abrazó a su amiga con el corazón acelerado. No podía creer que Inda hubiera perdonado a los hombres nefitas. Mientras la veía apresurarse hacia su choza y pensaba en la noticia que estaba a punto de darle a su esposo, Maia cayó de rodillas junto al fogón. Recordó lo que Alma les había enseñado a sus padres acerca de la redención, el arrepentimiento y el perdón. El Señor la había perdonado por sus faltas, pero ¿había perdonado ella de veras a quienes le habían hecho daño?

Sabía que jamás confiaría en Amulón, pero ¿podía perdonarlo? Había tanto que soltar. Demasiado. Lo único que le había permitido resistir aquellos últimos años de servidumbre había sido aferrarse a la ira. Le daba fuerzas. La impulsaba. Le daba un propósito.

Pero ¿y si se equivocaba en todo? ¿Y si Inda tenía razón y Maia todavía necesitaba perdonar? ¿A pesar de todo? ¿No la debilitaría eso y haría que fuera aún más fácil manejarla como a un peón?

—No.

Maia volvió la cabeza, preguntándose de dónde había venido la palabra. Juntó las manos para que no le temblaran. ¿Podría hallar la felicidad, como quienes la rodeaban, si decidía perdonar a aquellos viles nefitas? Retiró las tortas del fuego para que se enfriaran. Luego dejó el fogón, pasó entre las chozas y caminó hasta el borde del primer campo. El terreno se extendía llano hasta una colina por encima de la cual asomaba el sol.

Está bien, voy a intentarlo, pensó Maia. Voy a tratar de perdonar a mi difunto esposo. A una persona a la vez. Miró el campo que había ayudado a cultivar. Faltaban apenas unas semanas para la cosecha, y pronto el pueblo de Amulón recogería lo que había sembrado.

Estaba a punto de volver a terminar el desayuno cuando algo le llamó la atención. Cerca de la cima de la colina, en el extremo opuesto del campo, había varias sombras extrañas. Forzó la vista contra el resplandor del sol y se dio cuenta de que eran hombres.

¿Habría salido un grupo de cazadores la noche anterior? Esperó para ver si se acercaban, pero permanecieron en su sitio. Mientras observaba, aparecieron más hombres en la cima de la colina. Un escalofrío la recorrió al contarlos. Veinte, y a cada segundo aparecían más.

El sol subió un poco más y su luz se reflejó en los torsos desnudos de las decenas de hombres. De pronto Maia lo supo. Los lamanitas los habían encontrado.

Miró con incredulidad mientras más lamanitas coronaban la colina. Calculó que eran al menos cien y que seguían llegando. El corazón le dio un vuelco al pensar que aquellos guerreros por fin venían a rescatar a sus mujeres.

Dio media vuelta y corrió hacia las chozas para avisar a Inda y a Paan. Quizá pudieran huir antes de que empezara la inevitable matanza. Al menos debían tener una oportunidad. Varias personas ya se habían despertado, y Maia agitó los brazos frenéticamente y señaló la colina distante.

Llegó a la choza de Inda justo cuando Paan salía.

—¡Los lamanitas están aquí! —dijo, agarrándolo del brazo—. Tienes que llevarte a Inda y huir. Seguro que te matarán.

Paan la miró con expresión de asombro. Maia no sabía si lo sorprendía más oírla hablar o enterarse de que habían llegado los lamanitas.

Pero no había tiempo para explicaciones.

Inda apareció en la puerta con los ojos muy abiertos.

—Por favor —dijo Maia—. Tienen que huir ahora mismo. Viene un ejército de lamanitas. Matarán a tu esposo.

Inda se aferró al brazo de Paan y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Vaya, vaya —dijo una voz grave a espaldas de Maia.

Ella se volvió y vio a Amulón.

—Qué oportuno que hayas recuperado la voz.

Su mirada pasó del aspecto desaliñado de Maia al pánico que se extendía por el asentamiento. Todos corrían de un lado a otro, llamaban a las puertas de las chozas, gritaban instrucciones y recogían armas. Maia dio un paso para alejarse de Amulón, pero él la agarró del brazo y la sujetó con fuerza. La miró con los ojos entrecerrados y luego su rostro se torció en una sonrisa.

—¿Pensabas escapar mientras los lamanitas despedazan a tu pueblo? —preguntó, casi gruñendo.

Miró a Paan.

—Hoy nadie va a huir de los lamanitas. Ni yo, ni mi esposa, ni Maia. Ahora somos una comunidad y permaneceremos unidos, sea cual sea nuestra suerte.

Volvió a clavar la vista en Maia.

—Tú vienes conmigo.

Cochiti salió de su choza con dos cuchillos. Tenía el rostro tenso de miedo, pero caminó hacia ellos con paso decidido.

Maia se preguntó si Cochiti pensaba combatir contra los lamanitas.

Cochiti se detuvo y le tendió un cuchillo a Inda, que lo tomó con calma. Luego miró a Maia, que vio en sus ojos que se sentía traicionada. El secreto de Maia había quedado al descubierto.

—Vamos —dijo Amulón, sin soltar a Maia mientras atravesaban el centro del asentamiento—. ¡Reúnan a las mujeres y llévenlas al borde del campo! —gritó mientras se dirigía hacia allí.

Cochiti, Paan e Inda los siguieron de cerca.

Maia contempló el ejército que se iba reuniendo. Los guerreros habían bajado de la colina. Ya eran al menos trescientos.

Amulón se detuvo al borde del campo y le soltó el brazo. Maia se frotó la piel donde él la había apretado. A su lado, Cochiti se detuvo con la cabeza en alto y la mirada fija en los lamanitas que avanzaban.

Amulón se alejó dando más órdenes a gritos e Inda se acercó a Maia. Las dos se tomaron del brazo.

—¿Qué harán? —susurró Inda.

Observaron a los guerreros que se acercaban. Los lamanitas tenían un aspecto feroz, pero Maia sabía que probablemente su corazón era más compasivo que el de muchos nefitas, como Amulón.

—Quizá al menos les perdonen la vida a las mujeres.

Inda se aferró con más fuerza a su brazo y empezó a temblar.

—Les suplicaré que nos protejan. Les diré quién soy.

—Quizá no importe quién seas —dijo Maia, con el estómago revuelto de miedo.

Los lamanitas estaban ya tan cerca que podía distinguir sus expresiones feroces.

Amulón se puso delante de su pueblo y arrojó un terrón al aire en señal de paz. Por un instante, Maia admiró aquella muestra de respeto hacia el ejército lamanita. Pero quizá solo fuera parte de otro plan torcido.

El comandante lamanita se detuvo con todo su atuendo de gala. Llevaba un taparrabos sencillo como los demás, pero sobre los hombros lucía una capa de plumas. Tenía la cabeza rapada, salvo por una larga trenza a un lado, entretejida con una tira de cuero. Era más alto que la mayoría de sus guerreros y más bien delgado, pero su sola presencia imponía autoridad.

Maia había visto a aquel comandante en el palacio del rey lamanita. Dudaba de que él la reconociera, pero sin duda conocía a Inda.

Antes de que el comandante pudiera ordenar que los mataran, Amulón cayó de rodillas y se inclinó.

—¡Perdónennos! —exclamó—. ¡Perdónennos la vida! Pagaremos tributo a su pueblo y accederemos a cuanto nos pidan.

El comandante entrecerró los ojos al mirar al hombre postrado.

—¿Tú eres el jefe de esta gente?

Amulón alzó un poco la cabeza.

—Sí. Somos una comunidad pequeña.

—¿Nefitas? —preguntó el comandante lamanita, volviendo la vista hacia las mujeres.

Su mirada se detuvo en Inda. Ella dio un paso al frente.

—¿Inda? —dijo el comandante.

Ella asintió.

—Ustedes son los nefitas que se llevaron a nuestras mujeres —siseó el comandante, volviendo los ojos hacia Amulón.

Se volvió hacia sus hombres y levantó la mano. Los guerreros cerraron filas y blandieron las espadas.

Inda dio otro paso al frente.

—Por favor, perdone la vida a nuestros esposos, comandante Zorihor.

—¿Sus esposos?

El comandante se volvió bruscamente hacia ella y la miró con incredulidad.

—¿Quién es tu esposo?

Inda señaló a Paan, que inclinó la cabeza en señal de respeto. Luego volvió a mirar al comandante.

—Estoy encinta. Muchas de nosotras lo estamos.

Hizo un ademán y varias mujeres más se adelantaron.

—Pero tú eres una princesa lamanita.

Zorihor miró con gravedad a las mujeres, muchas de las cuales habían caído de rodillas.

—Por favor, comandante —intervino Cochiti—. Perdóneles la vida a nuestros esposos. Sabemos que nos raptaron. Pero son nuestros esposos y llevamos a sus hijos en el vientre.

—Por favor —repitió Inda—. Queremos honrar nuestros matrimonios ante los dioses que fueron testigos de ellos.

Le tembló la voz al continuar.

—No nos causen más dolor. Aquí hemos formado un hogar y encontrado una nueva vida.

Miró a Paan.

—Y amor.

El comandante miró a Inda, luego a Paan y después a Amulón, que seguía de rodillas. Los instantes de tenso silencio parecieron prolongarse durante horas.

Al fin, Zorihor habló.

—¿Estos nefitas raptan a nuestras mujeres, se casan con ellas y ahora ellas suplican que se les perdone la vida a nuestros enemigos?

Varias mujeres lamanitas más dieron un paso al frente con valentía y se unieron a la súplica.

Al cabo de unos minutos, el comandante alzó la mano para que guardaran silencio.

—No alcanzo a comprender todas las razones por las que desean quedarse con estos hombres nefitas. Pero respeto su voluntad y la tendré en cuenta.

Amulón se puso de pie e hizo una profunda reverencia.

—Nuestro propio pueblo nos ha repudiado. Ya no nos llamamos nefitas. Si nos perdonan la vida y nos permiten conservar nuestros matrimonios y nuestras nuevas familias, nos uniremos a ustedes como hermanos.

Maia respiró hondo mientras veía a Zorihor arquear una ceja y observar a Amulón. ¿Quiere hacerse lamanita? No debió de sorprenderle tanto. Amulón siempre había hecho cuanto le pedía el rey Noé, siempre y cuando pudiera sacar de ello la mayor ventaja, aun si eso significaba repudiar a su hija y abandonar su hogar.

Pero aquello le parecía la peor traición de todas. Unirse al enemigo.

Maia observó con atención al comandante mientras distintas expresiones pasaban por su rostro. La sorpresa dio paso a la curiosidad y luego a la reflexión. Se fijó sobre todo en Inda, como si se preguntara si la habían obligado a ella o a las demás mujeres a interceder por sus esposos.

Por fin, dijo:

—Daré a las mujeres la oportunidad de dejar a sus esposos nefitas. Les brindaremos toda nuestra protección hasta devolverlas a sus hogares.

Hizo un ademán hacia ellas.

—Den un paso al frente ahora.

Esperó. Los guerreros que lo rodeaban también miraron a las mujeres y aguardaron.

Pero ninguna se acercó a los soldados.

Llévenme a mí, quiso decir Maia. Quedarse allí con Amulón significaba que pronto la haría su esposa. Pero aquellos lamanitas no habían venido a rescatar a una mujer nefita. Quizá le iría peor con los lamanitas que allí.

Amulón volvió a inclinarse y las mujeres hicieron lo mismo. Pronto todos los hombres nefitas y sus esposas se inclinaban ante el comandante lamanita.

Todos excepto Maia. Bajó la vista y se retorció las manos. Si no había hecho reverencia al rey Lamán, ¿por qué habría de inclinarse ante aquel comandante? Era una reina viuda, sin hogar ni patria, pero tampoco podía desafiarlo abiertamente. Si iba a permitir que las mujeres se quedaran con sus esposos, Maia quería estar cerca de Inda para ayudarla cuando naciera su hijo.

—Tú —dijo Zorihor.

Maia alzó la cabeza de golpe. Él la miraba directamente.

Ella no sabía si esperaba una respuesta, así que se limitó a mirarlo.

—Te conozco —dijo él.

Inda se puso de pie enseguida.

—Fue mi sirvienta en Shemlón. Mi padre la trajo de la ciudad de Nefi.

Miró a Maia como si le pidiera permiso para contar tanto.

—Es una reina. Estuvo casada con Noé, el anterior rey de los nefitas.

—Sí —dijo el comandante, clavando los ojos en Maia—. Me parecía haberte visto antes.

No con este aspecto, pensó Maia. Estaba bastante desaliñada en comparación con el aspecto que tenía en Shemlón.

Zorihor seguía observándola cuando Amulón intervino:

—La mujer nefita me pertenece.

Zorihor volvió la mirada hacia Amulón.

—¿No tienes una esposa lamanita?

Amulón se enderezó.

—Tengo una, pero los nefitas a veces tienen más de una esposa.

El comandante entrecerró los ojos.

—¿Te casaste con las dos?

—Todavía no me he casado con la nefita —dijo Amulón.

—Si van a someterse a nuestro dominio, no podrán tomar más de una esposa.

Zorihor observó a los demás hombres.

—Que dé un paso al frente quien tenga más de una esposa.

Nadie se movió.

—Aquí hay más mujeres que hombres —observó el lamanita—. ¿Quién sigue soltera?

Las más jóvenes dieron un paso al frente.

Zorihor se cruzó de brazos.

—Pueden venir con nosotros o quedarse aquí.

Las jóvenes se miraron unas a otras y se apresuraron a colocarse detrás de Zorihor.

—Y tú —dijo el comandante, mirando directamente a Maia—, vendrás con nosotros.


Capítulo 18

No la dejes, y ella te guardará; ámala, y te conservará.
— Proverbios 4:6


El olor a carne chamuscada despertó a Maia. Era tan penetrante que la despejó de golpe. Tardó un momento en darse cuenta de dónde estaba. Volvió la cabeza y solo vio los paños negros de pelo de cabra que formaban la pequeña tienda en el campamento lamanita. Al menos estaría sola unos instantes, y lo agradecía. Desde que los lamanitas habían tomado el control, Amulón había dejado de amenazarla con casarse con ella. Aun así, Maia sabía que él no tendría reparo en llevársela a la cama como concubina a escondidas. No se le ocurría un hombre más vil.

Se incorporó con cuidado, procurando no agravar el dolor de espalda. La caminata de tantas horas del día anterior le había pasado factura. Pero lo que más le dolía era la cabeza. Había vuelto a sentir aquel latido y sabía que se debía a la falta de comida.

—¡Levántate, mujer! —gritó un hombre desde fuera de la tienda.

Por el acento reconoció a uno de los guerreros lamanitas que acompañaban a su pequeño grupo. Amulón iba guiando al comandante de regreso a la ciudad de Nefi. La mayoría de los demás se había quedado en la ciudad de Amulón, bajo la vigilancia de un destacamento lamanita. Maia ahogó un gemido, se puso de pie y apartó la lona de la entrada. La luz del sol de la mañana la deslumbró y tuvo que parpadear varias veces.

—Por aquí —dijo otra voz.

El comandante lamanita le señaló el fogón y la examinó con sus ojos negros.

Maia tragó saliva mientras miraba a Zorihor y sentía un escalofrío en la nuca. Con qué facilidad podría hacer con ella lo que quisiera. Era nefita y, por tanto, su enemiga. No sabía si podía confiar en él.

El olor a carne chamuscada se hizo más fuerte y a Maia se le hizo agua la boca de hambre. Cochiti atendía el fuego. Las dos mujeres no se habían hablado desde la llegada de los lamanitas.

Maia se acercó a ella y recogió los cuencos para servir a los soldados. Cuando Amulón saliera de su tienda, tendría que pasarse el día evitándolo, como de costumbre. Presentía que, si los lamanitas no tuvieran el mando, Amulón no habría vacilado en tomarla como segunda esposa.

De vez en cuando, Maia sentía sobre sí la mirada de Cochiti. Deseaba poder explicarle por qué había guardado silencio y no se lo había contado enseguida, si es que alguna vez tenían un momento a solas.

Zorihor se volvió para hablar con otro soldado. Como estaba demasiado lejos para oírlas y Amulón aún no aparecía, Maia aprovechó la ocasión.

—Cochiti —susurró—, sé que estás molesta conmigo por no haberte dicho que había recuperado la voz. Pero no podía arriesgarme a que alguien más se enterara. Preferiría cualquier cosa antes que convertirme en esposa de Amulón, sobre todo porque él formó parte de la corte de mi esposo.

Cochiti no le hizo caso y siguió dando vueltas a la carne en el asador.

—No quise traicionarte.

—No es eso. —Cochiti la miró con los ojos encendidos—. No quiero que te conviertas en la segunda esposa de Amulón.

Maia se quedó con la boca abierta.

—Pero yo creía…

—Sé lo que creías. Cuando me di cuenta de que habías recuperado la voz, supe que él cumpliría su promesa. —Respiró hondo y le tembló la voz al continuar—. No quiero compartir a mi esposo. —Su expresión se suavizó—. Entre los míos, un hombre y una mujer se unen el uno al otro y a nadie más.

—¿N-no quieres que me case con Amulón?

Cochiti negó con la cabeza.

En ese momento, Amulón salió de su tienda. Soltó un gran bostezo y estiró los brazos por encima de la cabeza. Enseguida se fijó en Maia y la miró con aire insinuante.

Maia miró de reojo a Cochiti y vio, con pesar, que se había ruborizado. Ahora comprendía.

Amulón se detuvo a hablar con Zorihor. Maia se acercó a Cochiti y le tocó brevemente el brazo.

—Haré todo lo que esté en mis manos para evitar casarme con Amulón.

Una leve sonrisa asomó al rostro de Cochiti.

La boda fue íntima, aunque Helam era conocido en toda la región. Raquel solo quería que asistieran sus familiares y sus amigos más cercanos. Al otro lado del pequeño círculo vio a su madre, Itzel, que sonreía, radiante a pesar del cansancio. Ella y Ester habían hecho todos los preparativos en unas pocas semanas. Una vez que Raquel se decidió, nadie quiso esperar más. Durante los días siguientes seguirían llegando obsequios y muestras de afecto para la pareja, pero por el momento solo había unos cuantos invitados.

Sentado a su lado, Helam le tenía la mano entre las suyas. A Raquel le hacía bien estar junto a él y sentirse acompañada. Helam observaba divertido a Alma y a Ben. El muchacho le describía a Alma su último diseño de empuñadura de espada y trataba de convencerlo de que todos en la ciudad debían comprarle una.

A sus trece años, Ben ya era un comerciante persuasivo.

Helam sorprendió a Raquel mirándolo y le apretó la mano. A ella se le calentaron las mejillas. Le costaba creer que al fin estuviera casada con él y que todavía se sonrojara.

Al otro lado de Raquel, Abe le tiró del brazo.

—¿Puedo ir a jugar?

Raquel se rio y lo sentó en su regazo.

—Ahora no. Esta es una comida especial.

Abe se acurrucó contra su cuello.

—Lo sé. Porque tengo un nuevo papá.

—Sí. Eres un niño afortunado —murmuró Raquel, besándole la coronilla.

Se encontró con la mirada de Helam y con su media sonrisa. La ternura que vio en sus ojos le aquietó el corazón.

Abe se removió y se volvió hacia Helam.

—¿Podemos ir a pescar esta noche?

Helam se rio y le revolvió el cabello.

—Esta noche no, pero quizá mañana.

Le apretó un poco más la mano a Raquel.

Ella trató de respirar con normalidad, aunque ahora el corazón le latía deprisa. Se sorprendió deseando que la comida terminara pronto y que todos desaparecieran por aquella noche, o incluso por unos días. Los nervios le revolvían el estómago. Estaba ilusionada e inquieta a la vez.

Al otro lado del círculo, Alma se puso de pie.

—Un último homenaje a los recién casados.

Raquel se volvió hacia él, expectante. La alegría que sentía y el cariño que les tenía a quienes la acompañaban en su boda le llenaron los ojos de lágrimas. Deseó que Alma encontrara una esposa con quien pudiera ser tan feliz como ella lo era con Helam.

—Todos hemos esperado mucho tiempo este día… muchísimo tiempo —dijo Alma—. Por fin ha terminado la espera y se ha formado una nueva familia.

Abe se bajó del regazo de Raquel.

—Tengo una nueva familia —dijo con toda seguridad.

—Sí —respondió Alma, riendo—. Y ya hemos visto las bendiciones que eso nos ha traído.

Hizo una pausa significativa.

—Ya no tengo que oír a Helam quejarse y andar abatido todo el día. Una gran bendición, sin duda.

Todos se rieron.

Entonces Helam soltó la mano de Raquel y se puso de pie.

—Gracias por tus amables palabras, Alma. —Sonrió—. Yo también agradezco que ahora tendré una mejor excusa para no pasar tiempo contigo.

Alma asintió entre risas y volvió a sentarse.

Helam se puso serio.

—Para llegar a este día han hecho falta años de paciencia.

Miró a su madre.

—Hubo alguien que nunca se dio por vencida, aunque las cosas no salieron exactamente como esperaba.

Ester se llevó una mano al pecho y se le humedecieron los ojos. Luego Helam miró a Itzel.

—He tenido la bendición de conocer y querer a mi nueva suegra desde mucho antes de que lo fuera oficialmente.

Itzel asintió y movió los labios sin emitir sonido.

—Gracias.

—¿Y yo? ¡También me conocías a mí! —intervino Abe.

Helam se rio y miró al niño.

—Sobre todo a ti.

Luego volvió los ojos hacia Raquel.

—No creo que un hombre pueda ser más feliz de lo que soy ahora.

Le tendió la mano. Raquel la tomó y dejó que él la ayudara a ponerse de pie. Entonces la sorprendió. Le puso las manos en la cintura, se inclinó y, delante de todos, la besó. La besó de veras, con un beso muy distinto del que apenas se habían dado durante la ceremonia.

Raquel le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, olvidando que todos los miraban. Cuando Helam se apartó, ella se llevó las manos al rostro encendido.

—Creo que se acabó la comida —dijo la voz de Alma, que pareció llegar desde muy lejos.

Las risas sonaron a su alrededor, pero Raquel no podía apartar los ojos de Helam. Él le devolvía la mirada con una sonrisa, sin el menor asomo de vergüenza.

Alguien se acercó por detrás.

—Hasta mañana, querida —dijo Itzel, abrazándola.

Raquel trató de prestarle atención a su madre, pero seguía distraída. Uno a uno, los invitados se despidieron. Por último, Itzel tomó a Abe de la mano y se lo llevó prometiéndole más cacahuates tostados con miel.

—Ven —dijo Helam, tomándola de la mano—. Quiero enseñarte un lugar.

—¿Dónde? —preguntó Raquel.

—Es una sorpresa. —Helam ladeó la cabeza—. Ven.

Raquel se dejó guiar por la orilla del río. Se preguntaba adónde la llevaría, pero él se negaba a responder. El sol estaba a punto de ponerse y, en el crepúsculo, el río se veía oscuro y profundo. Por fin, Helam se detuvo junto a la orilla.

—Cierra los ojos.

Raquel miró a su alrededor. En aquel tramo del río había unas cuantas chozas dispersas y poco más. Cerró los ojos.

—Sigue conmigo. Solo será un momento.

Se dejó guiar lejos del río, junto a unos arbustos cuyas ramas le rozaron la ropa.

Al cabo de unos instantes, Helam se detuvo y le soltó la mano.

—Ya puedes mirar.

Raquel abrió los ojos. En el claro se alzaba un edificio grande, hecho de troncos verticales y con techo de paja. El último resplandor del sol poniente iluminaba la construcción contra el fondo de árboles. Era el edificio más grande que había visto desde que salió de la ciudad de Nefi.

—¿Qué es este lugar? ¿Un nuevo edificio para el consejo?

Helam se rio.

—Es tu casa.

Raquel lo miró para ver si hablaba en serio.

—Es demasiado grande.

Helam le rodeó los hombros con un brazo.

—Piensa en una familia que va a crecer.

—Desde luego, eres ambicioso.

—Tal vez un poco —dijo él, atrayéndola más hacia sí—. Abe tendrá su propia habitación. Y hay dos habitaciones al fondo, por si mi madre o la tuya deciden vivir con nosotros.

—O las dos —dijo Raquel con una sonrisa tímida.

El corazón le latía deprisa al pensar que estarían tan lejos de todos. Ellos dos solos. Volvió a recordar con toda claridad el beso que Helam le había dado. Apartó la vista enseguida para que no volviera a notársele el rubor.

Helam la soltó.

—Ven, te la enseñaré.

Raquel respiró hondo y lo siguió. En aquel momento, lo que quería era que la besara otra vez. Aun así, lo acompañó por cada habitación y lo dejó explicarle los últimos detalles. La abrumó pensar en el trabajo que él habría invertido y se maravilló del tiempo que debió de llevarle. En el dintel de cada puerta habían tallado flores delicadas.

—Alma fue quien realmente ideó todo —dijo Helam—. ¿Sabías que era carpintero antes de que lo hicieran sumo sacerdote en la corte del rey Noé?

—No —respondió Raquel, siguiéndolo a la cocina.

Había pensado en todo. Una hilera de jarras de barro ocupaba una pared, y de unas clavijas de madera colgaban odres de agua. Sobre el fogón había una repisa bellamente tallada. En un rincón descansaban varias canastas llenas de grano.

—Es increíble.

Miró el taburete de madera junto al fogón y se imaginó sentada allí en una noche fresca, atendiendo el fuego.

—Ven a ver el patio de atrás —dijo él.

Raquel lo siguió afuera, se detuvo y se quedó mirando. Ya casi había oscurecido, pero alcanzó a ver que Helam había levantado un muro bajo de piedra alrededor de un terreno amplio para el huerto. Caminó despacio hacia la tierra recién sembrada. Ya asomaban los primeros brotes. Se agachó para distinguir las plantas. Había brotes de frijol y plantitas de calabaza.

—¿Curaiao?

Se enderezó, se puso las manos en las caderas y lo miró.

—Claro que lo plantarías.

—Claro que sí —repitió Helam.

—Creía que detestabas que te pusiera el ungüento en la cara.

Él dio un paso hacia ella sin apartar la vista.

—Nunca lo detesté.

Raquel se rio.

—Ahora lo dices. Así que quieres que lo cultive. Vaya cambio.

—Quiero que tengas todo lo que puedas llegar a necesitar. Aquí mismo.

Esta vez fue ella quien le tomó la mano.

—Ya lo tengo.

Y, tal como esperaba, él volvió a besarla.

Raquel suspiró mientras miraba, desde el otro lado de la habitación, la ventana iluminada por la luna. Estaba en su nuevo hogar con su nuevo esposo. Le parecía increíble. Tanto miedo que había tenido de permitirse amarlo, de casarse con él, y ahora…

Volvió la cabeza y miró a Helam, que dormía a su lado. Quiso despertarlo y decirle cuánto lamentaba haberlo hecho esperar tanto, pero se contentó con acurrucarse contra su pecho.

Él se movió y murmuró algo. Su brazo la atrajo instintivamente hacia sí. Raquel escuchó el latido de su corazón, que llevaba el mismo ritmo que el suyo. Por fin se sentía a salvo. Conocía el dolor, la pérdida y el duelo insoportable. Por eso aquel momento de ternura con su nuevo esposo le resultaba más precioso de lo que jamás habría imaginado.

Por la mañana volvería a sus tareas de madre, hija y maestra. Pero aquella noche era esposa de Helam. Alzó el rostro y lo besó en la mandíbula. Él abrió los ojos poco a poco.

—Supongo que esta noche no vamos a dormir —dijo con voz adormilada.

—Supongo que no.

Raquel sonrió y se volvió hacia el otro lado.

—Ah, no. Así no.

Helam la tomó del hombro y la volvió hacia él. Ella se rio y fingió querer escabullirse, pero él la sostuvo hasta que se relajó entre sus brazos.

—Así está mejor.

La besó hasta que ella creyó que iba a estallar en mil pedazos. Cuando él se apartó, sonreía.

—Así sí está mejor —dijo Raquel.

Helam se rio y la estrechó entre sus brazos. De pronto, la soltó y se incorporó.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Viene alguien.

Raquel se volvió hacia la ventana. Helam se echó una capa sobre los hombros.

—Espera aquí.

—¿Estás seguro?

Ella no había oído nada, pero no quería esperar sola. Se levantó, se envolvió en una túnica y salió del dormitorio con pasos suaves.

Al entrar en la cocina oyó un murmullo de voces. El visitante llevaba una antorcha.

—¿Ben?

El muchacho la miró con los ojos muy abiertos a la luz vacilante de la llama.

—Alma dice que debemos reunirnos de inmediato. No hay un momento que perder.

—¿Por qué? ¿Para qué? —preguntó Raquel, mirando de Ben a Helam.

—Han avistado un ejército —dijo Helam en voz baja—. Alma cree que podrían ser lamanitas.

Raquel aspiró de golpe.

—¿Cuántos?

Ben negó con la cabeza.

—Alma no lo dijo. Solo…

Helam le puso una mano en el hombro.

—Ve a terminar de dar el aviso. Nosotros reuniremos a nuestra familia y estaremos allí en breve.

Ben asintió y salió a toda prisa.

Helam se acercó a Raquel y le puso las manos en los hombros.

—Te llevaré con tu madre y con Abe.

Ella lo miró sin poder creer lo que estaba pasando. ¿Qué podían querer los lamanitas de ellos allí? El valle de Helam quedaba muy al norte de las fronteras de las tierras lamanitas.

—¿Y tú? —susurró, con un ardor en la garganta.

—Tendré que presentarme ante Alma para saber qué piensa hacer.

Raquel negó con la cabeza.

—No.

Helam la miró sorprendido.

—No tenemos tiempo para discutir esto, Raquel. Ni siquiera sé cuánto tiempo nos queda.

Ella retrocedió y sintió que empezaba a temblar.

—Ya perdí a un esposo.

En un solo paso, Helam llegó a su lado y la abrazó.

—No vas a perderme.

Raquel se apartó, parpadeando para contener las lágrimas.

—No puedes prometérmelo.

—Sí puedo. Y tampoco voy a perderte a ti —dijo él, tomándole las manos.

Raquel sintió que le flaqueaban las rodillas. Tenía que llegar hasta Abe y su madre, pero tampoco podía dejar que Helam se apartara de su lado.

—Raquel, mírame —dijo Helam con insistencia—. El Señor nos protegerá.

Ella negó con la cabeza y las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Yo… no puedo creerlo. Ya he pasado por esto.

Helam le tocó la barbilla y le levantó el rostro.

—No sé qué va a pasar esta noche, pero después seguiremos juntos. Lo sé.

Le tomó la mano y se la puso sobre el corazón.

—Lo siento aquí.

Raquel asintió despacio.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Helam le sostuvo la mirada sin vacilar. Luego le tomó el rostro entre las manos y la besó.

Raquel se aferró a él, desesperada por olvidar las palabras de Ben. Cuando Helam se apartó, ella ya no pudo seguir ignorando lo que ocurría.

—Vamos —dijo él, tomándola de la mano—. Quiero que estés en el centro de la ciudad, con los demás. Esta casa queda demasiado aislada.

Salieron de la casa recién estrenada sin llevarse nada. Raquel apretó la mano de Helam mientras se apresuraban por la orilla del río hacia la casa de su madre. Vieron a varias familias que avanzaban en la misma dirección. Al llegar al recodo, los grupos se desviaron hacia la ciudad.

Helam y Raquel tomaron el camino opuesto. Pronto llegaron a la choza de Itzel.

—Ahí están —dijo ella desde la entrada—. ¿Están bien los dos?

—Sí —respondió Raquel—. ¿Dónde está Abe?

—Todavía duerme. Estaba esperando a que vinieras por él.

Raquel se abrió paso junto a su madre y entró. Alzó a Abe en brazos y se encontró con Helam en la puerta.

—Déjame llevarlo.

Raquel se lo entregó y se volvió hacia su madre.

—¿Cuántos lamanitas vienen?

—No he oído nada.

—¡Aquí están! —dijo una voz detrás de ellos.

Raquel se volvió y vio a Ester. Se apresuró hacia ellos con una expresión de desesperación.

—Tenemos que darnos prisa. Ya casi todos se han ido.

—Vamos, entonces —dijo Helam.

Raquel se tomó del brazo de Ester y de Itzel.

—No puedo creer que estemos pasando por esto otra vez.

El recuerdo de los lamanitas atacando su pequeño asentamiento e incendiando sus chozas volvió con toda su fuerza.

—Ahora somos muchos más —dijo Ester, como si quisiera consolarla, aunque su tono distaba mucho de ser tranquilizador.

A Raquel se le revolvió el estómago. La preocupación la hacía sentirse enferma mientras miraba a su esposo caminar delante de ella. Sus hombros fuertes y su cuerpo vigoroso le permitirían hacer frente a cualquier lamanita, pero ella no quería que corriera riesgo alguno.

Al acercarse al centro de la ciudad, se les unieron varias familias que iban en la misma dirección. Llevaban esteras enrolladas y niños adormilados al mercado principal, que estaba atestado de gente. Para ser una reunión tan numerosa, reinaba bastante silencio, quizá por miedo, por la incertidumbre o por ambas cosas.

Helam se aseguró de que Abe quedara acomodado sobre una estera. Se inclinó para besarle la coronilla y luego se volvió hacia Raquel. Ella le rodeó la cintura con los brazos.

—No me dejes.

Él la abrazó un momento.

—Volveré.

Luego se alejó deprisa entre la gente hacia donde estaba Alma. Los dirigentes de la ciudad se habían congregado alrededor de él y recibieron a Helam en cuanto llegó.

Raquel aguzó el oído, pero el murmullo de la multitud no le permitía distinguir una sola palabra de la conversación. A su alrededor, la gente hacía conjeturas en voz baja.

Entonces un rumor recorrió la multitud. Varios herreros habían empezado a repartir armas. Un escalofrío recorrió a Raquel. Ya no había vuelta atrás. Estaba ocurriendo de verdad.


Capítulo 19

…[tengáis] paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis.
— 2 Tesalonicenses 1:4


Alma observó cómo el horizonte pasaba de un violeta apagado a un gris pálido. Estaba de pie junto a Helam y varios hombres más, tratando de calcular cuántos guerreros venían en el ejército que se acercaba. A una docena de pasos detrás de él, los hombres de la ciudad formaban filas, armados con espadas y lanzas. Treinta nefitas se habían quedado con las mujeres y los niños.

No tenían hombres suficientes para defender la ciudad de un ejército. El que se acercaba parecía contar con unos trescientos hombres. Aunque el número de soldados adiestrados probablemente era similar al de los hombres de la ciudad de Helam, la batalla sería feroz y se perderían demasiadas vidas.

A su lado, Helam expresó en voz alta lo que Alma estaba pensando.

—¿Qué nos costará esto? ¿La vida? ¿La libertad?

A Alma se le contrajo el estómago. Esperaba que aquellos lamanitas fueran más misericordiosos que los nefitas de la corte de Noé. Entonces notó algo extraño detrás de la primera fila de guerreros. Había dos figuras encapuchadas, mucho más pequeñas que cualquiera de los soldados.

—Mira detrás de esos soldados de la izquierda. ¿Son mujeres?

—¿Por qué traerían mujeres los lamanitas? —preguntó Helam.

Alma frunció el ceño mientras los veía acercarse. Su jefe marchaba con paso seguro en el centro, ataviado con una elaborada capa de plumas.

Alma respiró hondo y dio un paso al frente.

—Esperen aquí —les dijo a los hombres que lo rodeaban—. Si me acerco solo, sabrán que únicamente busco la paz.

Caminó despacio, con paso deliberado, sintiendo sobre sí cientos de miradas lamanitas. A medida que aclaraba, se veían sus torsos desnudos, brillantes de sudor, y la dureza de sus rostros.

Alma se detuvo a unos doce pasos de la primera fila. Levantó lentamente los brazos y dio una vuelta sobre sí mismo para mostrar que iba desarmado.

El comandante lamanita salió de entre los hombres que lo protegían y avanzó hasta detenerse a un par de pasos de Alma. Ambos se miraron de arriba abajo.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó el comandante lamanita.

—Somos nefitas. Nuestro rey nos expulsó de la ciudad de Nefi —dijo Alma—. Esta es la tierra de Helam. La hemos cultivado y hemos construido nuestra propia ciudad.

El jefe frunció el ceño.

—¿Acaso el rey Limhi no veía con buenos ojos a tu pueblo?

—¿El rey Limhi? ¿Qué le pasó al rey Noé?

—Su propio pueblo lo mató hace un par de años. Lo quemaron.

A Alma le dio vueltas la cabeza. Había sucedido tal como Abinadí había profetizado. Uno de los hombres salió de las filas lamanitas y se colocó junto al comandante. Alma se quedó mirándolo, incrédulo. Había adelgazado considerablemente, pero seguía siendo musculoso. A pesar de que se había afeitado la barba, Alma reconoció a su antiguo amigo.

—¿Amulón?

El hombre sonrió.

—Vaya, vaya. ¿Aquí te has estado escondiendo?

El comandante miró a Alma y luego a Amulón.

—¿Lo conoces?

—Muy bien, de hecho —respondió Amulón—. Servimos juntos bajo el rey Noé, pero este hombre se hizo traidor. El último deseo de nuestro rey fue llevarlo ante la justicia.

Alma entrecerró los ojos y miró al falso lamanita.

—¿Tú me llamas traidor?

Amulón se rio.

—Buen punto.

Miró a Zorihor.

—Comandante, nada tenemos que temer de este hombre ni de su pueblo.

Alma se indignó, pero se mordió la lengua. Amulón no estaba al mando, aunque debía de tener cierta influencia sobre el comandante. Era evidente que se llevaban bien.

—Ah, entonces estás de suerte —le dijo Zorihor a Alma.

—Somos un pueblo pacífico —dijo Alma—. Podemos ofrecerles comida y bebida mientras su ejército esté de paso.

Los ojos de Zorihor brillaron con diversión.

—Seguramente mis hombres lo agradecerán.

Miró a Amulón, que asintió, y volvió la vista hacia Alma.

—De hecho, como antes vivías en la ciudad de Nefi, te agradeceríamos que nos indicaras el camino.

—¿Otra conquista? —preguntó Alma.

—No exactamente —intervino Amulón—. Los lamanitas controlan la ciudad de Nefi desde que Noé salió al destierro.

—Con gusto les daré un mapa y las provisiones que necesiten —dijo Alma—, siempre que prometan dejar en paz a nuestro pueblo.

Zorihor se cruzó de brazos y recorrió el valle con la vista.

—Nos quedaremos unos días para reponernos.

Alma suspiró aliviado.

—Muy bien. El extremo norte es un buen lugar para acampar. Hay un río de agua dulce y bastantes árboles que dan sombra.

Zorihor asintió.

—Pronto les traeré el mapa —dijo Alma.

Al volverse hacia su pequeño grupo de soldados, vio el alivio en sus rostros. Les sonrió para infundirles ánimo mientras regresaba, aunque seguía intranquilo. Zorihor había sido demasiado complaciente. Y no confiaba en Amulón en absoluto. Todavía veía la codicia en sus ojos.

Alma se acercó a la fila central de los soldados que lo esperaban y les hizo señas para que se reunieran a su alrededor.

—Los lamanitas desean acampar aquí unos días. Les daremos algo de comida y provisiones antes de que sigan su viaje a la ciudad de Nefi. Al parecer, lleva algún tiempo bajo ocupación lamanita.

Miró a los ojos a los hombres que confiaban en él.

—No quiero inquietarlos sin motivo, pero mantengan a sus familias cerca hasta que los lamanitas se hayan marchado. Tengan también las armas a mano.

Se encontró con la mirada de Helam. Sabía que tendría que hablarle de Amulón.

Los hombres se fueron dispersando, contentos de que aquel día no hubiera batalla y esperanzados de que los lamanitas los dejaran en paz. Tal como Alma había previsto, Helam se quedó atrás.

—¿Qué pasa? —preguntó en cuanto se quedaron solos.

—Amulón está con ellos.

—¿El segundo al mando?

Alma asintió.

—No confío en él. Parece cercano al comandante lamanita. Quizá hasta pueda decirle qué hacer.

Helam soltó un silbido bajo.

—¿Ahora mi suegro es lamanita?

—Al parecer, sí —dijo Alma, preguntándose si Amulón sospecharía que su esposa y su hija estaban allí.

—¿Qué pensará Itzel? —dijo Helam—. Y a Raquel no le va a gustar nada.

—¿Quieres que te acompañe a hablar con ellas?

—No —dijo Helam en voz baja—. Yo lo haré.

—Antes, reúne al consejo. Hay mucho que hacer. Todo esto le viene demasiado bien a Amulón como para que no intente perseguirnos de alguna manera.

Alma miró en dirección a Amulón y luego se inclinó hacia Helam mientras caminaban.

—Quiero que organicen patrullas discretas y pongan guardias en todas las entradas posibles a la ciudad.

—Sí, señor.

Desde las filas de los soldados lamanitas, Maia vio a Alma alejarse hasta perderse entre sus hombres. No podía creer que fuera él. Era aún más apuesto e imponente de lo que recordaba, y conservaba la fortaleza serena y la convicción de un verdadero creyente. Un creyente que no había descuidado su fe en lo más mínimo.

Los hombres de Alma se apiñaron a su alrededor para escucharlo. Maia quería llamarlo, correr hacia él, decirle que estaba allí y preguntarle por sus padres. Pero, si lo hacía, Amulón encontraría la manera de castigarla.

Le reconfortaba verlo fuerte y sano. Quizá sus padres también estuvieran bien. Se le hizo un nudo en la garganta. Saber que estaban vivos y sanos era más de lo que podía pedir. Pensó en lo protegidos que habrían estado bajo el cuidado de un hombre como Alma. ¿Qué pensarían cuando la vieran?

Quizá no deba dejarme ver hasta que nos hayamos marchado de esta ciudad, pensó Maia, ciñéndose el manto. Pero ¿cómo iba a dejar de buscar a sus padres? Tenía que verlos. Miró de reojo a Cochiti y se preguntó hasta qué punto podía confiar en ella.

Los soldados lamanitas habían empezado a retirarse. Maia los siguió, avanzando lo más despacio posible. Si al menos pudiera ver de lejos a sus padres… Pero solo veía hombres jóvenes. Mientras los lamanitas cruzaban el campo, los soldados nefitas se dispersaron y solo quedaron Alma y otro hombre.

—¿Adónde vamos? —susurró Cochiti.

Maia apartó la mirada de Alma.

—Acamparemos aquí unos días. Después seguiremos hacia la ciudad de Nefi.

—Bien. Estoy agotada.

Maia le tocó el brazo distraídamente. Ella misma acababa rendida tras cada jornada de marcha, así que solo podía imaginar el malestar de Cochiti.

Avanzaron hacia el norte hasta el extremo del campo, donde el jefe lamanita ordenó que plantaran las tiendas. Maia y Cochiti las desenrollaron, aunque la mayoría de los hombres dormiría a la intemperie. Cumplieron con la tarea de costumbre, hablando poco entre ellas. Maia pensaba en si podría escabullirse al anochecer y preguntar por sus padres.

Una vez instalado el campamento, los hombres empezaron a quejarse de hambre. Varios nefitas llegaron con jarras de vino y fardos de frutas y verduras a la espalda. Amulón los saludó con efusión y los alivió de la carga. Bebió de inmediato de una de las jarras antes de pasársela a unos soldados que aguardaban.

Maia mantuvo el manto junto al rostro mientras examinaba las caras de los nefitas, pero no reconoció a ninguno.

Amulón la sorprendió mirando y ella se apartó, arrastrando uno de los fardos hacia el fogón. Evitó volver a mirar a los nefitas. Cuando estos se fueron, Amulón se acercó a ella mientras cortaba una calabaza y le sacaba las semillas.

—¿Buscas a Alma?

A Maia le ardió el rostro, pero evitó mirarlo.

—En realidad, me pregunto cómo estarán mis padres.

—Ah, Jachin y Lael. Siempre fueron buenos ciudadanos.

Maia le lanzó una mirada cortante y él soltó una carcajada.

—No te preocupes. Seguro que Alma podrá responder a todas tus preguntas esta noche.

—¿Esta noche? —preguntó ella casi en un susurro.

Él alargó la mano y le tocó el borde del manto que le enmarcaba la cara.

—Cuando Alma entregue el mapa, por supuesto. Nos va a enseñar cómo volver a la ciudad de Nefi. Pero te aseguro que yo no me voy a ninguna parte. Este valle me gusta bastante.

Sonrió cuando ella lo miró, clavándole los ojos.

—Aquí las cosas son demasiado interesantes. Y tendré el gusto de volver a presentarte a Alma.

Por un instante, Maia esperó que Amulón hablara en serio. Podría preguntarle a Alma por su esposa y sus hijos. Quería decirle cuánto le había enseñado en aquella única visita a casa de sus padres y que aún procuraba conservar la fe.

Pero cuando Amulón se acercó y le apartó el manto de la cabeza, supo que no sería fácil encontrarse con Alma en sus circunstancias, aun si él estaba casado y llevaba una vida feliz.

—Quizá podamos pedirle que nos case en secreto. Los lamanitas no tendrían por qué enterarse —susurró Amulón, tirando de un mechón de su cabello—. Después de todo, es un sumo sacerdote nefita. Sería de lo más apropiado, ¿no te parece?

Maia se apartó, asqueada por el contacto y por la sugerencia.

—Vamos, no vuelvas a quedarte muda conmigo —dijo Amulón en un tono meloso y desdeñoso—. De hecho, quizá te hagamos cantar esta noche para nuestros invitados.

Maia negó con la cabeza y parpadeó para contener las lágrimas que le escocían.

—Será un placer… para todos.

Amulón se apartó un poco, dejando que la mano le recorriera el brazo y se demorara en su cintura. Ella cerró los ojos cuando él volvió a inclinarse hacia ella.

—Me pasaré el día esperando ese momento.

Cuando abrió los ojos, él ya se había ido. Pero sus palabras seguían allí.

—Queremos ir contigo —le dijo Raquel a Alma.

—Es peligroso —respondió él, mirando a Raquel y luego a Itzel.

Helam estaba detrás de ellas, con el rostro preocupado. Ya casi había oscurecido y se acercaba la hora de la cena.

—No confío en Amulón. Tampoco sé bien cómo acabó con los lamanitas ni cuáles son las verdaderas intenciones de ellos.

Quería hablar con Zorihor cuanto antes y entregarle el mapa, con la esperanza de que eso animara a los lamanitas a marcharse pronto.

—¿Quieres decir que no crees que nos dejen en paz? —preguntó Itzel.

Alma se encontró con la mirada de Helam.

—Espero que nos dejen en paz.

Itzel se volvió, retorciéndose las manos con inquietud. Raquel se acercó a su madre y le rodeó los hombros con un brazo.

—Será mejor así —dijo Helam, apoyando las palabras de Alma—. Le diremos que las dos están aquí y veremos cómo reacciona. No queremos ponerlas en peligro.

—Está bien —dijo Raquel, con evidente renuencia.

Miró a Helam.

—Me preocupa más lo que te pase a ti que lo que me pase a mí.

Helam sonrió.

—Uno de tus defectos.

—Ten cuidado —dijo Raquel, sin seguirle la broma.

Se volvió hacia Alma.

—Tú también.

Alma asintió y Helam se reunió con él. Los esperaban otros tres hombres, entre ellos Jachin. Habían reunido algunos obsequios para llevar, con la esperanza de animar a los lamanitas a marcharse. Los hombres se pusieron en camino. Al ver la luz dorada que el sol poniente tendía sobre las casas de Helam, Alma sintió un estremecimiento. Cualquiera podía ver lo bien cuidados que estaban los edificios y los campos. A esa hora, su belleza rivalizaba con la de cualquier ciudad nefita o lamanita.

Algo que otros podían codiciar.

—Amulón juró una vez que te perseguiría hasta matarte, ¿verdad? —preguntó Helam en voz baja.

—Sí —dijo Alma con una mueca—. Y no creo que se le haya olvidado.

—Ahora que el rey Noé ha muerto y Amulón sirve a otros, quizá muestre más misericordia.

—Quizá —dijo Alma, aunque estaba lejos de creerlo.

Ver a Amulón le había devuelto todos los recuerdos. La vida en la corte del rey Noé. La ruina de hombre en que se había dejado convertir. La primera vez que oyó predicar a Abinadí y los años que le había tomado cambiar su alma. Y, por supuesto, Maia. Amulón sabría qué había sido de ella. ¿Se habría vuelto a casar tras la muerte del rey? ¿Seguiría siendo creyente? ¿Cómo le habría ido pagando tributo a los lamanitas, como el resto del pueblo de Limhi?

Se acercaron al río y siguieron su curso sinuoso hacia el campamento lamanita. En el crepúsculo, el color de las aguas revueltas parecía burlarse de Alma. Era exactamente el gris verdoso de los ojos de Maia. Como si ella lo mirara y le preguntara qué había sido de sus padres. ¿Dejaría que los soldados lamanitas se apoderaran de la ciudad y que sus padres quedaran bajo su dominio?

¿Era ese, entonces, su destino? ¿Huir cada par de años del enemigo, fuera nefita o lamanita?

Al acercarse al campamento, vieron el resplandor anaranjado del fogón reflejado en los árboles circundantes. Las tiendas parecían haberse levantado a toda prisa. Alma esperaba que eso significara que también podrían desmontarse deprisa.

—Hay mujeres —dijo Helam, incrédulo.

Alma siguió su mirada y vio dos figuras cubiertas al otro lado del fuego.

—¿Por qué traerían mujeres a una operación militar? —preguntó Jachin.

—¡Saludos! —retumbó una voz cerca de una de las tiendas.

El alto comandante lamanita salió a su encuentro.

Alma se detuvo y sus hombres hicieron lo mismo.

—Comandante Zorihor.

Las dos mujeres se levantaron y se retiraron detrás de una tienda.

De pronto, Amulón estaba delante de ellos, con la misma sonrisa ávida de siempre.

—Qué grata sorpresa.

Pero su expresión dejaba claro que los esperaba.

—¿Trajiste el mapa? —preguntó Zorihor.

—Lo tengo aquí —dijo Alma, dándose unas palmaditas en el costado de la túnica.

Pensaba obtener respuesta a algunas preguntas antes de entregarlo. Hizo un ademán hacia los hombres que lo acompañaban.

—También hemos traído unas muestras de paz.

—Muy bien —dijo el comandante—. Vengan a sentarse junto al fuego. Nuestras mujeres les servirán nuestro vino. En realidad, es el mismo vino que ustedes nos enviaron antes.

Amulón se rio y Alma sonrió por cortesía.

Una vez que los hombres se acomodaron alrededor del fuego, Alma fue directamente al asunto.

—Cuéntennos qué sucedió con la ciudad de Nefi y con el rey Noé.

Amulón bostezó y se cruzó de brazos.

—Bebamos primero el vino.

Casi de inmediato reaparecieron las dos mujeres. Aún llevaban la cabeza cubierta y sus rostros quedaban en sombra. Alma se sintió incómodo en el acto. Una era claramente lamanita. Sus manos oscuras asomaban de la túnica. Pero la otra tenía las manos claras. Cosas de Amulón, pensó Alma. Aquel hombre se juntaba con gente extraña, con quienquiera que le conviniera en el momento. Alma dio las gracias a la mujer de piel oscura que le tendió una copa del dulce néctar y tomó un sorbo. Quería mantener la mente despejada.

Las mujeres desaparecieron de nuevo y Amulón empezó su relato. Alma prestó atención a cada palabra. Al incendio del asentamiento de los ancianos, al ataque de Gedeón contra el rey, a las heridas de Amulón y a la llegada de los lamanitas. Estaba seguro de que Amulón tergiversaba la verdad al afirmar que el rey y los sumos sacerdotes no podían regresar a la ciudad sin que los lamanitas los mataran.

Todo aquel tiempo, Alma se moría de ganas de preguntar qué había sido de Maia. ¿Estaba a salvo en la ciudad? ¿Había huido con el pueblo?

Zorihor completó el relato sobre el gobierno de Limhi entre los nefitas y los dos años que habían vivido sometidos a los lamanitas.

—Entonces llegó aquel día terrible en que descubrimos que veinticuatro de nuestras hijas habían desaparecido. El rey Lamán estaba fuera de sí de dolor. Su hija Inda estaba entre las desaparecidas.

Miró de reojo a Amulón.

—Culpamos a Limhi y a su pueblo. Pero Limhi se defendió y le recordó al rey que los sumos sacerdotes habían escapado.

Zorihor continuó:

—El rey Lamán se calmó por un tiempo, pero las jóvenes seguían desaparecidas. Varios días después estalló una batalla. Cuando Limhi y su pueblo escaparon en plena noche, me enviaron en su persecución.

Zorihor le dio una palmada a Amulón en el hombro.

—Fue entonces cuando nos perdimos. De regreso a la ciudad de Nefi, dimos por casualidad con la ciudad de Amulón.

—Teníamos con nosotros a las hijas de los lamanitas —dijo Amulón en voz baja—. Habíamos tomado a algunas por esposas…

Zorihor se inclinó hacia delante y juntó las manos.

—Nunca he visto nada tan extraordinario. Muchas de nuestras mujeres habían llegado a amar a sus esposos nefitas y querían quedarse en la ciudad de Amulón.

Alma se quedó mirando a los dos hombres. Era increíble.

Zorihor volvió a recostarse y observó a los nefitas.

—Tienen aquí un asentamiento próspero.

—Es muy pequeño, pero estamos contentos con él —dijo Alma, mirando a Amulón, que le devolvía la mirada con aire divertido.

Alma se puso de pie, sacó el mapa de su túnica y se lo entregó a Zorihor. El lamanita lo examinó a la luz del fuego mientras Amulón miraba por encima de su hombro.

—¿Cuántos días de camino hay hasta la ciudad de Nefi? —preguntó Zorihor.

—Si viajan solo hombres, probablemente seis o siete.

Zorihor asintió.

—Gracias. Seguramente partiremos por la mañana.

Alzó la vista hacia Alma.

—Si pueden darnos más provisiones.

Alma trató de disimular su alivio.

—Por supuesto. Lo que necesiten.

—¿Lo que necesitemos? —preguntó Amulón con una sonrisita.

Los rostros de Helam y de Jachin se tensaron. Ambos se esforzaban por no provocar una pelea.

Alma volvió con calma a su sitio y se sentó.

—Tenemos a algunos de tus familiares en nuestra ciudad, Amulón.

Si Amulón se sorprendió, no lo demostró. Alma esperaba que la noticia moviera al comandante lamanita a tener aún más compasión de su pueblo.

—Ahora tengo una nueva familia —dijo Amulón, con un destello en los ojos.

—¿Con una de las hijas que raptaron a los lamanitas? —preguntó Alma, sintiendo crecer el asco.

A su lado, Helam cerró los puños.

Al otro lado del fuego crepitante, los ojos de Zorihor se iluminaron con interés.

—¿Quizá tus familiares quieran acompañarnos de regreso a la ciudad?

Alma contuvo una sonrisa al ver el sobresalto en el rostro de Amulón. Él sabía que los «familiares» de Amulón jamás harían tal cosa.

—No creo que sea prudente —dijo Amulón—. Me traicionaron hace mucho tiempo.

Clavó en Alma una mirada ardiente.

—¿No te importa saber cómo están?

—No —respondió Amulón en tono terminante—. Ahora tengo una nueva familia. Una que jamás me traicionará.

—¿Quieres decir que te has vuelto a casar? —preguntó Helam.

Todos lo miraron, sorprendidos de que aquel hombre corpulento hubiera intervenido. Amulón entrecerró los ojos.

—Sí, me he vuelto a casar. Pronto tendremos un hijo.

—¿Con una mujer lamanita? —preguntó Helam.

—¿Quién eres tú?

Amulón se puso de pie. Antes de que Alma pudiera sujetarlo del brazo, Helam también se levantó.

—Soy tu yerno.

Amulón se estremeció, pero enseguida se repuso y esbozó una sonrisa estudiada.

—Eso es imposible. Verás, para que seas mi yerno, tendría que tener una hija. Y yo no tengo hija.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada a través del fuego, con el mismo desprecio en los ojos. Tras un momento de tensión, Helam habló en voz baja.

—Y parece que tu hija no tiene padre.

Zorihor se puso de pie también y miró a uno y a otro.

—¿Damos comienzo al entretenimiento?

Amulón recuperó al instante su aire afable y dio una palmada.

—¡Sí! Es lo menos que podemos hacer para agradecer a nuestros generosos amigos.

Hizo caso omiso de Helam y miró directamente a Alma.

—Será un gran placer para todos.

Alma frunció el ceño. ¿Qué clase de entretenimiento tenían pensado? Tiró del brazo de Helam para obligarlo a sentarse.

—En cuanto termine esto —dijo Alma—, nos iremos lo más pronto posible. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

Helam apartó de Amulón su mirada furiosa y susurró:

—¿No quieres preguntarles por Maia?

—Sí, pero de todos modos no creo que pudiera creer nada de lo que saliera de esa boca vil.

—Entiendo —dijo Helam con expresión seria.

Zorihor gritó a uno de los soldados que trajera a quienes iban a actuar. Al cabo de unos instantes aparecieron las dos mujeres veladas.

Un lamanita empezó a tocar un tambor y varios soldados más se unieron al círculo para verlas bailar. Alma y sus hombres observaron por cortesía. De vez en cuando batían palmas al ritmo del tambor, mientras los lamanitas lanzaban vítores. Alma miró de reojo varias veces a la mujer de piel clara, preguntándose cómo habría acabado con aquellos soldados. Quizá fuera una esclava o incluso la esposa de uno de los lamanitas.

La música cesó y Amulón aplaudió con fuerza.

—Ahora escucharemos una canción.

La mujer lamanita retrocedió y la de piel clara se quedó en su sitio. Estaba en el borde del círculo, donde apenas le llegaba la luz del fuego. Un paso más atrás y quedaría en la sombra. Entonces Alma notó algo extraño. Le temblaban las manos.

Quizá esté tan incómoda como nosotros, pensó. Se sorprendió observando aquellas manos, primero fascinado y luego indignado. La mujer seguramente no estaba acostumbrada a actuar ante otros. Era cruel que los lamanitas la obligaran. Le revolvía el estómago pensar en qué otras cosas podrían haberla obligado a hacer.

La mujer empezó a cantar en voz baja. Pronto la voz subió de tono y la canción ganó velocidad. Alma se quedó mirando la figura velada y escuchó la hermosa melodía, pero lo que lo tenía absorto iba más allá de la música. Se puso de pie y, al hacerlo, se aferró al hombro de Helam.

Ahora entendía por qué le temblaban las manos.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Jachin exclamó:

—¿Maia?

El nombre sacudió a Alma de pies a cabeza. Las preguntas se le atropellaban en la mente mientras veía a Jachin apresurarse a rodear el fuego. La mujer dejó de cantar y retrocedió hacia las sombras.

¿De verdad era ella?

Alma contuvo el aliento mientras todos miraban a Jachin.

—¿Maia? —repitió él, esta vez en voz más baja.

Ella se apartó un poco. De pronto, dio un paso al frente y le echó los brazos al cuello.

—¡Padre!

—¡Eres tú! ¡De verdad eres tú! —dijo él, abrazándola y meciéndose de un lado a otro.

Todo pareció transcurrir con una lentitud exasperante. Alma vio a Amulón abrir la boca en una carcajada y dar palmadas de deleite. Los lamanitas murmuraban entre sí, atónitos ante lo que ocurría. Helam había agarrado a Alma del brazo, quizá para sostenerlo, quizá para contenerlo. Daba igual. Alma estaba demasiado aturdido para moverse o hablar.

¿Por qué está Maia con los lamanitas? ¿Con Amulón? La vio quitarse el velo. Su cabello oscuro cayó sobre los hombros y brilló a la luz del fuego. Se veía distinta y, al mismo tiempo, seguía siendo la misma.

—¿De verdad es ella? —dijo una voz a su lado.

Alma miró a Helam, todavía incapaz de hablar. Se limitó a asentir y volvió la vista hacia Maia y su padre. Ya se habían separado y Jachin le hacía preguntas. Como Alma no alcanzaba a oír las respuestas, dio un paso vacilante hacia ellos. Se quedó clavado en el sitio cuando Amulón habló.

—¿Sorprendido, Alma?

Miró a su antiguo amigo, sintiendo crecer la repugnancia.

—¿Qué has hecho?

—Dejaré que ella misma te lo cuente.

La sonrisa de Amulón se ensanchó.

Alma negó con la cabeza y apartó la vista, apretando los puños. Sus ojos se encontraron con los de Maia al otro lado del círculo. Ella seguía con una mano sobre el brazo de su padre, pero miraba a Alma.

—Por favor —dijo, apartando la vista de él para volverse hacia Zorihor—. Déjeme ir con mis padres.

Zorihor miró a Amulón, desconcertado.

—Podemos pagarle —dijo Jachin—. Lo que perdería por sus… servicios.

Amulón se rio.

—¿Servicios? ¿Así los llamas?

Dirigió la mirada hacia Alma.

—Poco placer me ha dado.

Hizo un ademán como si despidiera a Maia, pero ella no se movió.

—En el mejor de los casos, es una embustera. Y apenas sabe cocinar y servir.

Alma no pudo evitar volver a mirar a Maia. Ella tenía la cabeza baja, como si intentara esquivar las palabras hirientes de Amulón.

—Sin embargo, aún no estoy del todo dispuesto a dejarla ir —anunció Amulón.

Miró al comandante lamanita, que asintió en señal de aprobación.

—Mañana por la mañana podrá ir a su ciudad por su propia voluntad. Si así lo decide.

Luego añadió, casi demasiado bajo para que se le oyera:

—Y si todavía la quieren.

Dijo estas últimas palabras mirando directamente a Alma, que se estremeció de repugnancia.

Maia levantó la cabeza, pero guardó silencio. Amulón seguía con los ojos fijos en Alma.

—Gracias —dijo Jachin en voz alta—. Su madre y yo nos alegraremos mucho y se lo agradeceremos.

—Y nada me gusta tanto como complacer a los demás —dijo Amulón con la voz cargada de sarcasmo.

Alma sintió que Helam lo contenía con una mano en el brazo.

—Tenemos que irnos —susurró—. Antes de que sacrifiquemos a todo nuestro pueblo por una sola mujer.

Alma sabía que tenía razón, pero poco más lo contenía de atacar a Amulón allí mismo.

Se despidieron formalmente de Zorihor. Alma no se atrevió a mirar a Maia mientras se alejaban. Sabía que ella los observaba desde las sombras y se estremeció al pensar por qué Amulón insistía en que se quedara una noche más.

Mientras avanzaban pesadamente junto al río, a Alma se le hacía cada vez más pesado el corazón. Por fin se detuvo cuando estuvieron lo bastante lejos para que nadie en el campamento lamanita pudiera verlos ni oírlos.

—No puedo dejarla ahí, pero tampoco puedo poner en peligro a nuestro pueblo —dijo, procurando mantener firme la voz.

Helam fue el primero en responder.

—Organizaremos una guardia y nos mantendremos a la vista del campamento. Si Amulón intenta algo, seremos los primeros en saberlo.

—Quiero formar parte de esa guardia —dijo Jachin.

—Y tú tienes que volver al centro de la ciudad para que todos sepan que su líder está a salvo —continuó Helam, mirando a Alma.

Alma observó a sus dos buenos amigos.

—Está bien. Enviaré a seis hombres.

La gratitud se reflejó claramente en el rostro de Jachin.

—Démonos prisa.


Capítulo 20

…yo os sostendré, yo os llevaré y os libraré.
— Isaías 46:4


A Maia le temblaban las manos mientras doblaba el velo y lo dejaba junto a su estera. Sabía que Amulón vendría por ella. Lo había visto beber vino con Zorihor y emborracharlo deliberadamente hasta que el lamanita se quedó dormido junto al fuego. El comandante no se enteraría de nada hasta la mañana. Y, de todos modos, jamás le creería a ella antes que a Amulón. Eran demasiado amigos.

Miró las paredes de la tienda que hasta entonces la habían resguardado de las miradas lascivas de Amulón. Aquella noche la encerrarían con un destino terrible. Sabía desde hacía tiempo que ese momento llegaría, aunque había seguido negándoselo a sí misma.

No sabía si su padre o alguno de los otros hombres había comprendido por qué Amulón insistió en que esperara hasta la mañana para reunirse con sus padres. Pero ella sí lo sabía. Amulón solo la dejaría ir de una vez por todas después de hacer con ella lo que quisiera. Después de aquella noche, quedaría mancillada, arruinada. Ningún hombre, ni siquiera uno tan dispuesto a perdonar como Alma, la querría. Pasaría el resto de sus días sola y sin hijos, extinguida toda esperanza de que un hombre la amara.

Pero si se resistía, si intentaba defenderse de Amulón o si de algún modo escapaba, los habitantes de la ciudad de Helam pagarían el precio. Aquel sacrificio suyo los libraría de la ira de Amulón y de la influencia perniciosa que ejercía sobre Zorihor.

Solo tengo que hacer ese sacrificio, pensó Maia mientras le brotaban las lágrimas. Puedo hacerlo. Si sobreviví al rey Noé, puedo sobrevivir a Amulón.

Pero aquello era distinto. Amulón ni siquiera se casaría con ella primero. No haría nada que disgustara a Zorihor, pues los lamanitas desaprobaban que un hombre tuviera más de una esposa. Amulón haría cuanto daño pudiera para que, al salir el sol, ella quedara destrozada.

Maia cayó de rodillas, respirando a bocanadas. Tenía que dominarse. Tenía que calmarse. No quería darle a Amulón ningún motivo ni pretexto para matarla. A pesar de la repugnancia que sentía por él y del temor a lo que otros pudieran pensar de ella, todavía quería vivir. Pese a la sorpresa que había visto en el rostro de Alma cuando la reconoció, pese a creer que jamás llegaría a significar nada para él, todavía quería vivir.

Quizá fuera el simple instinto de supervivencia. Puedo aislar mi mente de lo que ocurra, se dijo. Puedo soportar una noche de tormento para recobrar mi libertad.

Maia juntó las manos y cerró los ojos.

—Oh Señor —susurró—, dame fuerzas para soportar lo que ahora me toca afrontar.

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas mientras procuraba contener los sollozos.

—Protege esta gran ciudad. Protege a mi familia, a mis padres…

—Ahí estás —dijo una voz de hombre.

A Maia casi se le paró el corazón al oír aquella voz grave.

Amulón entró en la tienda.

—¿Qué haces?

Ella se puso de pie a toda prisa, con el pulso acelerado. Se le cerró la garganta al verlo. Parecía haberse aseado. Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás con aceite y la cara bien afeitada, lo que le daba el aspecto de un lamanita. Pero sus ojos seguían siendo los mismos, llenos de codicia.

La cabeza casi le rozaba el techo de la tienda y parecía ocupar todo el espacio. Aunque Maia intentara huir, jamás conseguiría salir. No podía hacer frente a un hombre de su tamaño.

—Te he preguntado qué haces —repitió Amulón.

—Oro.

—¿Orando? —La voz de Amulón rebosaba rencor—. Así fue como empezó todo.

Maia lo miró, desconcertada.

—¿O ya olvidaste que fui yo quien hizo que te encerraran en prisión?

Dio un paso hacia ella y bajó la voz.

—Por insistir en el poder de tu dios.

Maia se puso rígida cuando él alargó la mano y le tocó el rostro.

—Qué desperdicio —dijo Amulón con voz áspera—. De nada le sirve a un hombre que una mentirosa tenga un rostro hermoso.

Las puntas de sus dedos recorrieron la mejilla de Maia hasta la mandíbula. Ella se apartó, pero apenas tenía adónde moverse sin encontrárselo.

—Jamás mentí.

Amulón ladeó la cabeza y sonrió como si hubiera previsto la respuesta.

—Eres de las mejores. Por eso me gustas tanto. Si lo piensas bien, tú y yo somos iguales, ¿no?

Maia abrió la boca para replicar, pero Amulón la agarró de los brazos y la atrajo hacia sí con brusquedad.

—Pero esta noche no mentí, querida mía —le siseó al oído—. Mañana irás a vivir con tus padres, suspirarás por Alma o harás lo que te dé la gana. Pero me aseguraré de que ningún hombre vuelva a mirarte sin sentir lástima por ti.

Le apretó la boca contra la suya, y Maia creyó que se desplomaría de terror. La sujetaba de los brazos con tanta fuerza que sabía que pronto se le amoratarían. Quería gritarle, arañarlo, patearlo, hacer cualquier cosa, pero sabía que no podía.

A medida que Amulón la besaba con más violencia, ella luchó contra las náuseas y trató de pensar en otra cosa. En lo que fuera. Pero le resultó imposible. Las lágrimas le quemaron los ojos y se derramaron por sus mejillas.

De pronto, él la derribó y la inmovilizó contra el suelo. Maia cerró los ojos y volvió el rostro mientras él empezaba a tirarle de la ropa.

Quizá la muerte sería preferible a esto. Al menos mi propia muerte. Se mordió el labio con fuerza, pensando en sus padres. Ellos le importaban más que cualquier otra cosa, más que aquella noche de agonía.

Los sollozos silenciosos le sacudían el cuerpo mientras trataba de convencerse de que podía soportar lo que aquel hombre le hiciera. Él cambió de posición y casi la aplastó con su peso. Maia apenas podía moverse. Entonces el pánico le oprimió el pecho y tuvo que luchar por respirar. Algo cedió en su interior. Ya no pudo razonar para calmarse ni quedarse quieta.

—No —jadeó, arañándolo.

Amulón le dio una bofetada. Fuerte.

—Haz otro ruido y haré que tus padres también paguen —le gruñó al oído—. Después le tocará a Alma.

Maia le clavó las uñas en los hombros e intentó quitárselo de encima, pero pesaba demasiado.

Sintió una ráfaga de aire en los pies, aunque apenas la notó. Entonces percibió que había alguien más en la tienda. Hubo otra ráfaga de aire y Amulón se desplomó sobre ella.

Maia sintió que se asfixiaba. Ni siquiera tenía aire suficiente para gritar. De pronto, Amulón rodó a un lado. Maia aspiró aire con desesperación y alzó la vista. Cochiti estaba de pie, mirándola, con una piedra ensangrentada en la mano.

Maia se aferró a su ropa desgarrada. Cochiti se inclinó y la ayudó a ponerse de pie.

—Toma esto —dijo, echándole una túnica sobre los hombros—. Huye a la ciudad. Amulón nunca sabrá lo que pasó.

Miró al hombre tendido en el suelo.

—Creerá que fue Zorihor o alguien que se negó a quedarse mirando mientras agredían a una mujer.

Maia se secó los ojos con una mano temblorosa y luego se refugió entre los brazos de Cochiti, sollozando.

—No hay tiempo para eso —dijo Cochiti con firmeza, acariciándole el cabello—. Tienes que irte ahora. Le diré que Zorihor te dejó marchar. No se atreverá a preguntarle al comandante por tu partida.

Maia sorbió por la nariz y se apartó un poco.

—¿Cómo puedo darte las gracias?

Cochiti negó con la cabeza.

—Con que estés a salvo me basta.

Maia abrió la boca para protestar, pero Cochiti levantó la mano.

—No deseo saber todo lo que ha sucedido entre ustedes, pero el pasado de mi esposo tiene que quedar atrás. Él y yo construiremos un futuro juntos con nuestro hijo.

Se tocó el vientre.

—Si alguna vez vuelves a ver a Inda, por favor, explícale lo que pasó —dijo Maia.

Se inclinó hacia Cochiti y le besó la mejilla.

—Nunca olvidaré tu bondad ni tu sacrificio.

Una última mirada a Amulón la hizo estremecerse.

Cochiti la apremió a salir, y Maia se adentró en la oscuridad de la noche. ¡Soy libre!, quiso gritar. Le temblaba todo el cuerpo. Había estado tan cerca de… Un escalofrío le recorrió los brazos y las piernas. Si Cochiti hubiera llegado apenas uno o dos instantes después…

Vete.

La palabra le atravesó el corazón. Maia miró una vez más la tienda, con Cochiti aún dentro, y se preguntó cuánto tiempo velaría aquella mujer junto a su esposo infiel. O qué mentiras tendría que urdir.

Maia se dirigió hacia el río, donde suponía que sería menos probable toparse con algún lamanita. Pensaba cruzarlo y seguir por la otra orilla hasta llegar a la ciudad. Se ciñó la túnica a los hombros y sintió una gratitud aún mayor por el valor de Cochiti.

Rodeó las tiendas deprisa, procurando no hacer ruido. El rumor del río se oía cada vez más cerca y le alivió un poco el miedo que sentía en el pecho. Aceleró el paso hasta casi correr por la orilla, buscando un lugar poco profundo por donde cruzar. Cuanto más se alejaba del campamento lamanita, más le costaba contener las lágrimas. Si no hubiera sido por Cochiti…

Pero llegó justo a tiempo, se dijo.

—Gracias, oh Señor —susurró mientras las lágrimas le brotaban calientes y precipitadas.

Una vez más había sido librada de Amulón. Al sentir que le faltaba el aliento, aminoró el paso y se secó las mejillas. Tenía que procurar mantener la calma hasta llegar a la ciudad de Helam y encontrar a sus padres. Si pensaba demasiado en lo cerca que había estado de sufrir aquella agresión, se desplomaría y no podría dar un paso más.

Le palpitaban los brazos y todavía le ardía la cara donde Amulón la había golpeado. Se llevó la mano fresca al rostro encendido, esperando que los moretones desaparecieran en unos días.

El río se ensanchaba y perdía velocidad al doblar junto a una arboleda. Mientras Maia pasaba entre los árboles, le pareció oír una voz. Se volvió de golpe y vio una figura que se acercaba.

—¿Maia?

Era un susurro fuerte. Una oleada de miedo la recorrió. ¿Ya habría descubierto alguien que se había ido?

—¿Maia?

La voz sonó más alta y más clara esta vez.

—Padre —dijo Maia, desbordada de alegría.

Corrió a su encuentro y se abandonó en aquellos brazos buenos, fuertes y conocidos. Él le dio unas palmaditas en la espalda y la estrechó contra sí.

—¿Te dejaron salir antes?

Ella asintió contra su pecho, luchando contra las ganas de llorar y reír al mismo tiempo.

—Amulón no sabe que me he ido, pero su esposa me protegerá.

Su padre se apartó un poco y examinó su rostro amoratado y surcado de lágrimas.

—¿Qué pasó? —preguntó en un susurro horrorizado.

—Él iba a… pero su esposa lo detuvo antes de que…

La voz se le quebró en un sollozo y su padre volvió a abrazarla.

—Te llevaremos con tu madre lo antes posible —murmuró contra su cabello—. ¿Puedes caminar hasta la ciudad?

—Sí —respondió Maia, apartándose un poco y mirando a su alrededor—. Pero debemos darnos prisa.

Jachin asintió, se llevó los dedos a los labios y dejó escapar un silbido bajo, parecido al canto de un pájaro. Un momento después, cinco hombres salieron de sus escondites. Uno de ellos cruzó el río desde la otra orilla. Maia lo reconoció como uno de los hombres que habían acompañado a Alma. Era el hombre de rostro marcado por cicatrices que había dicho ser yerno de Amulón. Eso significaba que Raquel se había casado con él después de la muerte de Abinadí. Maia se estremeció al pensar en lo que sentiría Raquel si supiera en qué se había convertido su padre.

—¿Maia? —dijo el hombre de las cicatrices.

Frunció el ceño al notar las marcas de los golpes. Ella asintió, todavía aferrada a su padre.

—Soy Helam —dijo él—. Estamos aquí para asegurarnos de que no vuelvan a hacerte daño.

El alivio inundó a Maia mientras miraba a Helam y a los otros cuatro. Aquellos hombres estaban allí para ayudarla a ella. Le costaba creerlo.

Le ofreció una sonrisa temblorosa.

—Gracias.

La palabra apenas salió en un susurro. Maia sentía que las fuerzas y el valor se le acababan deprisa.

Ya había pasado bastante de la medianoche cuando el pequeño grupo llegó a la ciudad. Maia intentó seguir el paso lo mejor que pudo, pero le dolía todo el cuerpo. Al llegar a la primera hilera de chozas, aminoró la marcha.

—¿Dónde está tu casa? —preguntó a su padre.

—Hacia el mercado. Ya no falta mucho —dijo Jachin.

La sostuvo con una mano y la miró con preocupación.

—Traeré a Raquel para que te atienda esos moretones —dijo Helam—. Ella sabrá qué cataplasma usar.

Raquel. La hija de Amulón. Maia se estremeció. No quería que Raquel la viera así. Se enteraría de lo que había hecho su padre.

—Quizá esta noche solo deba descansar —dijo Maia.

Helam negó con la cabeza.

—Nos vemos en tu casa, Jachin.

Antes de que Maia pudiera añadir algo, ya se había marchado.

Alma se detuvo junto a la entrada de la choza de Jachin y Lael. Luego volvió a apartarse y siguió caminando de un lado a otro. Era media mañana y habían pasado varias horas desde que le dieron noticias de Maia y de su estado. Jachin, y después Raquel, le habían asegurado que estaba bien, pero Alma no se quedaría tranquilo hasta verla con sus propios ojos.

Al amanecer, había ordenado a sus soldados que se apostaran en los límites de la ciudad para vigilar los movimientos del campamento lamanita. Recibía un informe cada hora y se había aliviado al saber que ya habían desmontado algunas tiendas. Esperaba que los lamanitas se marcharan antes de que terminara el día.

Alguien salió de la choza. Alma se volvió y vio a Raquel.

—¿Cómo está? —preguntó, observando atentamente su rostro.

Raquel sonrió con aire fatigado.

—Maia está durmiendo… por fin. Creí que nunca dejaría de llorar. En cuanto a los moretones, desaparecerán en unos días.

Alma soltó el aire y procuró contener la ira delante de Raquel. Ambos sabían lo que su padre había intentado hacerle a Maia. También sabían que, si buscaban represalias, pondrían en peligro a toda la ciudad.

—Jachin y Lael están agotados de velar por ella, pero se niegan a apartarse de su lado —dijo Raquel—. Dejé bastante curaiao para la próxima aplicación de cataplasmas y le enseñé a Lael a prepararlas.

—Gracias —dijo Alma—. Lamento que todo esto haya ocurrido tan poco después de tu boda.

—Solo doy gracias de que Maia esté a salvo y se haya reunido con sus padres —dijo ella con sinceridad—. Es muy afortunada.

—Sí —dijo Alma en voz baja, comprendiendo lo que había detrás de sus palabras—. Ojalá las cosas hubieran resultado mejor para ti y para tu madre.

—Yo también —dijo Raquel con los ojos brillantes de lágrimas—. Estoy convencida de que mi padre jamás cambiará. Ahora que tiene otra esposa, ha dejado claro lo que ha elegido.

Alma se acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Cómo está tu madre?

—Tan bien como cabe esperar. Creo que nunca imaginó que llegaría el día en que tendría que afrontar la posibilidad de volver a ver a su esposo.

—Dile que estoy orando por las dos.

Raquel se llevó una mano a los ojos y se enjugó una lágrima.

—Gracias. —Suspiró—. Necesitaba oír eso. Si necesitas cualquier otra cosa, avísame, por favor.

Alma asintió y la vio alejarse. Luego se acercó a la entrada de la choza y vaciló un momento. Del interior llegaba un murmullo de voces. Tal vez Maia se había despertado. Empujó la puerta de cañas y se asomó a la habitación en penumbra.

—Entra —dijo Lael.

Los padres estaban sentados uno a cada lado de Maia, que parecía dormida.

Jachin se levantó cuando Alma entró. Tenía ojeras, pero sonrió.

—¿Cómo está? —preguntó Alma en voz baja.

Lael soltó la mano de Maia y le acomodó la manta.

—Mejor.

La preocupación dominaba su expresión.

—Puedo quedarme con ella si les vendría bien descansar un poco —dijo Alma.

Lael miró a su esposo y él asintió.

—Está bien.

Se levantó, se acercó a Alma y lo besó en la mejilla.

—Gracias por preocuparte.

—Si necesita algo, no dejes de despertarnos —dijo Jachin.

—Por supuesto.

Los dos se retiraron a la habitación del fondo. Después de un par de frases murmuradas, todo quedó en silencio. Alma se acercó a Maia y se sentó en el cojín que su madre acababa de dejar.

Se le contrajo el estómago al ver los moretones. El lado izquierdo del rostro estaba hinchado. Era evidente que la habían golpeado con fuerza y probablemente más de una vez.

Alma tendió la mano para tomar la de ella, pero se detuvo. Sabía que estaba allí para consolar a quien sufría. Sin embargo, volver a ver a Maia le trajo a la memoria todo lo que había sentido por ella cuando vivían en la corte del rey Noé. Se había arrepentido de aquellos pensamientos indebidos, pero las circunstancias habían cambiado por completo.

Ella era viuda y él seguía soltero. Si Helam tenía razón, el motivo estaba allí mismo, tendido ante él.

¿Es posible, se preguntó Alma, que todavía la quiera de tal manera que me resulte imposible entregar mi corazón a otra mujer? Se quedó mirándola. Ni siquiera los moretones apagaban su belleza.

—¿Todavía tienes mi corazón? —susurró.

Maia se movió un poco y murmuró algo. Luego volvió la cara de modo que el lado amoratado quedó fuera de su vista. Alma la contempló. Aquella era la Maia que recordaba, hermosa, de una belleza casi etérea. Sin embargo, unas líneas finas habían aparecido cerca de sus ojos y de su boca, huellas de otras pruebas en su joven vida. Volvió a preguntarse cómo habría acabado con Amulón y los lamanitas. ¿Habría sido prisionera de Amulón todo aquel tiempo?

Según Helam, Maia había dicho que la mujer lamanita era la esposa de Amulón. Por la ropa que Maia llevaba, Alma había supuesto que ella no era su segunda esposa ni su concubina. No lucía joyas como las de la mujer lamanita. Ningún símbolo de pertenencia.

—¿Qué te pasó? —susurró Alma.

Había soportado tanto, y ahora esto. Al menos estaba allí y él podía protegerla. Reuniría a sus amigos y le construiría una casa cerca de sus padres para que tuviera quien velara por ella en su viudez.

Maia volvió a moverse y abrió los ojos poco a poco. Al verlo, los abrió de par en par y enseguida se le llenaron de lágrimas.

Por un instante, Alma se alarmó y pensó en llamar a sus padres. Pero, cuando se puso de pie, ella hizo un esfuerzo por incorporarse y le tomó el brazo.

—No. Quédate.

Alma volvió a sentarse en el cojín, incapaz de apartar la vista de su rostro amoratado.

—Parece que siempre vienes a rescatarme —dijo Maia con voz temblorosa.

—¿Estás bien?

—Oh, Alma —exclamó ella, tendiéndole los brazos.

Él la sostuvo unos momentos, hasta que dejaron de temblarle los hombros. Al fin, ella se apartó y se secó las lágrimas.

—Perdóname. No debí hacer eso.

—¿Hacer qué? —preguntó Alma, tratando de verle la expresión.

Ella tenía la mirada baja y se retorcía las manos.

—Echarme en tus brazos. Es que me alegra tanto verte… y ver a mis padres… y por fin estar lejos de él.

Alzó la vista, con los ojos enrojecidos.

—¿Podrá perdonarme tu esposa? Soy una pobre desdichada que solo se mete en problemas y te obliga a venir a rescatarla.

—Maia —dijo Alma, poniendo su mano sobre las de ella—. No tengo esposa.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—Pero…

El alivio le iluminó el rostro.

—Creí… di por sentado que te habías casado.

Se llevó una mano a la boca.

—Entonces debes de estar comprometido…

—Tampoco —dijo Alma sin apartar los ojos de los suyos.

Se fijó en el alivio de su rostro. ¿Qué significaba? ¿Solo le aliviaba saber que no había ofendido a nadie? ¿O todavía sentía lo mismo por él, a pesar de todo el tiempo transcurrido y de quién sabía cuántas cosas que habían pasado entre tanto?

—¿Tú estás casada?

Maia negó con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—No.

—¿Y Amulón?

Ella palideció visiblemente.

—Me amenazó muchas veces con hacerme su esposa, pero nunca lo hizo. El comandante lamanita lo habría desaprobado.

Apartó la vista.

—Y anoche…

—No tienes que explicarme nada —dijo Alma con suavidad.

—Quiero hacerlo.

Lo miró a los ojos y volvió a apartar la mirada.

—Quiero que sepas que no lo logró.

Se le quebró la voz y respiró hondo.

—Lo intentó, pero su esposa entró y lo dejó inconsciente.

—¿Su esposa hizo eso?

—Sí —respondió Maia con un hilo de voz—. Cochiti ama a su esposo, ¿sabes? Y me salvó… de él y del destino horrible de quedar convertida en una mujer arruinada.

Alma negó con la cabeza y le tendió la mano.

—Mírame, Maia.

Como ella no alzaba la vista, le tocó suavemente la barbilla y le levantó el rostro.

—Sea lo que sea que haya pasado, tú jamás serías una mujer arruinada.

A Maia se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.

—Pero no sabes lo que ha pasado.

—Sé lo suficiente.

—Fui esclava de los lamanitas durante dos años. Me trataron con bondad y llegué a servir a una princesa. Cuando Amulón y los sacerdotes raptaron a las hijas de los lamanitas, yo estaba entre ellas. Amulón quería tomarme por segunda esposa. Solo la mano de Dios me salvó al quitarme la voz, de modo que Amulón decidió esperar.

Maia retiró la mano.

—Pero ¿por qué no salvó Dios a las otras mujeres? También oré por ellas.

—Maia —dijo Alma—, si he entendido bien lo ocurrido, las otras mujeres llegaron a amar a sus esposos y se negaron a volver con su pueblo. Tú no tienes la culpa.

Pero ella negó con la cabeza.

—Debo de causarte repugnancia. Raquel me dijo que diriges esta ciudad y la nueva Iglesia. Todos te miran con respeto y admiración.

Bajó la vista y susurró:

—Soy todo lo contrario de lo que tú eres.

—¿Todavía crees? —preguntó él.

Maia asintió, y las lágrimas cayeron sobre su mano.

—Con todo mi corazón. El Señor ha contestado mis oraciones más veces de las que puedo contar. Solo quisiera poder proteger también a los demás, incluidas las mujeres lamanitas a las que he llegado a querer.

Se secó las mejillas.

—Dondequiera que voy, estorbo y causo más dolor a quienes me quieren. Es como si no tuviera un lugar en ninguna parte ni pudiera hacer ningún bien.

—Tu lugar está aquí. Créeme —dijo Alma—. Estamos edificando aquí una comunidad para el Señor. Estamos criando a una generación justa y necesitamos a todos los creyentes fieles que quieran unirse a nosotros.

Bajó la voz.

—Para mí sería un honor que formaras parte de la ciudad de Helam.

Ella lo miró un momento sin decir nada.

—Maia, nunca había visto a tu padre tan feliz como cuando te tuvo en sus brazos anoche.

Ella se mordió el labio y asintió con la mirada.

—Yo tampoco.

Luego ladeó la cabeza. Tenía los ojos claros y secos.

—¿Por qué un hombre como tú no se ha casado? Estaba segura de que a estas alturas tendrías esposa e hijos.

Alma la miró sorprendido, con el corazón palpitante. Aun con los moretones, era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Pero había algo más. Había pasado por tantas pruebas que habrían quebrantado el carácter de otra persona, y allí estaba, despierta, viva, haciéndole la pregunta que él mismo llevaba más meses de los que quería contar haciéndose.

Ahora fue él quien se retorció las manos.

—Es curioso que me lo preguntes. A Helam le gusta volver a sacar el tema cada pocos meses.

—¿Y qué le respondes?

Alma la observó. Aquella mujer había sido reina, esposa del hombre más poderoso de la región. ¿Qué pensaría si él le confesara que, desde el momento en que había entrado en aquella choza, había sabido que su corazón no podría apartarse de ella por segunda vez?

—Le digo lo de siempre —respondió Alma.

Maia lo miró con curiosidad.

Pero Alma aún no podía decírselo. Sabía que, una vez recuperada e integrada en la comunidad, los hombres acudirían en tropel a su puerta. Ella tenía derecho a elegir por sí misma.

—Entre otras razones, no he tenido tiempo.

Maia lo miró largamente y luego dijo:

—Comprendo.

Se recostó sobre los cojines y pareció apagársele la luz de los ojos. Se subió la manta hasta los hombros.

—A veces me pregunto si esto es un sueño, si despertaré por la mañana rodeada otra vez de lamanitas.

Alma negó con la cabeza.

—Esto es real.

Vaciló mientras ella cerraba los ojos con una leve sonrisa. Quería retirar lo que acababa de decirle y contarle el verdadero motivo por el que no se había casado. Un motivo que poco tenía que ver con el tiempo.

Maia volvió a abrir los ojos, y a Alma le pareció que su mirada le llegaba hasta el alma.

—Mis padres me dijeron que los bautizaste en las aguas de Mormón. ¿Me bautizarás a mí?

—Sí —respondió él.

—Llevo tanto tiempo esperando para entrar en el verdadero redil del Señor —dijo ella, con los párpados cada vez más pesados—. ¿Es demasiado pronto si lo hacemos mañana?

—No.

Al cabo de unos minutos, Maia cerró los ojos y se sumió en un sueño tranquilo. Alma supo que era hora de marcharse. Pero velaría por ella, la protegería y haría todo lo que estuviera en sus manos para que estuviera a salvo. Pasara lo que pasara.


Capítulo 21

Hice pacto con mi escogido.
— Salmos 89:3


A la mañana siguiente, Maia y sus padres se encontraron con Alma junto al río. Todavía era bastante temprano y el sol aún no había calentado el agua de la corriente. Pero Maia no quería esperar ni un día más, ni siquiera una hora. Su padre había logrado hablar con Alma antes de que saliera a dedicar otro día a ministrar a su pueblo. Y ahora estaba allí, conversando en voz baja con él.

Maia llevaba una sencilla túnica de lino. Se recogió el cabello en un moño y lo sujetó con un palillo tallado. Se cruzó de brazos para protegerse del fresco de la mañana y miró de reojo a Alma. Él se había quitado la túnica exterior y solo llevaba un faldellín sencillo. Maia tuvo que apartar la vista al sentir que le ardía el rostro y se le aceleraba el pulso.

Volvió a preguntarse cómo era posible que Alma no se hubiera casado. Le costaba creerlo. Cualquier mujer podía ver lo apuesto que era. Pero más que eso, le atraían su fortaleza serena y sus convicciones. Y su bondad inagotable. La manera en que siempre anteponía las necesidades de los demás a las suyas. El valor con que elegía siempre el camino correcto, sin echarse atrás aunque le costara la vida. Deseaba tener más fe y esperaba que, al bautizarse, pudiera participar más plenamente de la luz de la que sus padres y Alma parecían gozar cada día.

—¿Lista?

La voz de Alma interrumpió sus pensamientos y ella alzó la vista. Sus ojos oscuros transmitían seguridad y sinceridad. Maia se acercó al lugar donde él la esperaba en la orilla y le tomó la mano para que la ayudara a avanzar sobre el lecho pedregoso.

Al llegar al centro de la corriente mansa, Alma se detuvo y se volvió hacia ella.

—Solo tomará un minuto. Después, tu madre tiene una manta para abrigarte.

El agua estaba fresca, desde luego, pero no tanto como para que le castañetearan los dientes. Aun así, Maia se estremeció ante la perspectiva de bautizarse por fin.

—Está bien —dijo, mirándolo a los ojos.

La seguridad que vio en ellos la llenó de calma.

Alma la tomó del brazo.

—Sujétate de mi brazo con la otra mano.

Así lo hizo. Él le sonrió brevemente y luego alzó la vista al cielo.

—Oh Señor —dijo con voz firme—, derrama tu Espíritu sobre tu sierva para que haga esta obra con santidad de corazón.

Volvió a mirarla.

—Maia, yo te bautizo, teniendo autoridad del Dios Todopoderoso, como testimonio de que has hecho convenio de servirle hasta que mueras en cuanto al cuerpo mortal.

Su voz se hizo más suave, y sus palabras parecieron transmitirle tal calor que dejó de sentir el agua.

—Y sea derramado sobre ti el Espíritu del Señor.

En ese instante, Maia sintió como si la piel le ardiera desde dentro. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras Alma continuaba.

—Y que Dios te conceda la vida eterna, por medio de la redención de Cristo, a quien ha preparado desde la fundación del mundo.

Entonces Alma la bajó al agua. Ella contuvo el aliento mientras la corriente fría la cubría. Cuando Alma la sacó del agua, sintió que el corazón le iba a estallar. Se había bautizado. Por fin. Le echó los brazos al cuello y estuvo a punto de hacerlo perder el equilibrio. Pero Alma los sostuvo a ambos y la abrazó durante unos segundos.

—Gracias —susurró una y otra vez.

Cuando por fin se apartó, creyó ver lágrimas en los ojos de Alma, aunque quizá fuera solo agua del río.

—Felicidades —dijo él.

Maia se rio y se volvió para regresar a la orilla. Alma la sostuvo del codo hasta que llegó junto a su madre. Lael envolvió a su hija en la manta y la abrazó. Luego se acercó su padre y, con lágrimas en los ojos, la estrechó entre sus brazos.

—Por fin —dijo—, todos nos hemos bautizado en la fe verdadera.

Preocupado porque Amulón y la mayoría de los lamanitas seguían acampados a las afueras de la ciudad, Alma dio instrucciones estrictas a los padres de Maia para que ella no fuera sola a ninguna parte. Habían pasado varios días desde su bautismo y Alma esperaba que los lamanitas se marcharan pronto. Pero seguían allí. Había ordenado que les llevaran periódicamente obsequios de comida y vino de agave, mientras aguardaba con paciencia su partida. Hasta entonces solo se habían ido unos cuantos soldados, que habían vuelto por donde habían venido.

¿Y la ciudad de Nefi?, se preguntaba Alma. ¿Cuándo piensan ir allí los lamanitas?

No confiaba en Amulón, por muy bien que su esposa hubiera logrado hacerle creer que Maia se había marchado con el beneplácito de todos. Aquello lo inquietaba por las noches y dormía poco. Al fin, encargó a uno de sus maestros que siguiera a Maia a una distancia prudente cuando saliera en público.

Pero una y otra vez, Alma se sorprendía pasando cerca de la casa de sus padres para buscarla con la mirada y cerciorarse de que estaba bien. En el mercado alcanzaba a verla con Raquel o con Lael, siempre rodeada de gente y siempre con un guardia que la seguía.

Aun así, no conseguía estar tranquilo.

Jachin se fijó en sus profundas ojeras.

—La preocupación te está agotando —le dijo una tarde, cuando se disponían a salir del edificio del consejo.

Alma se encogió de hombros.

—Hasta que se vayan esos lamanitas, no descansaré.

—Ninguno de nosotros descansará —dijo Jachin—. Pero necesitamos que nuestro líder esté fuerte y descansado. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Alma se frotó la frente con una mano. El dolor de cabeza le decía que hacía ya un buen rato.

—¿Esta mañana?

—Eso me imaginaba —dijo Jachin—. Ven a casa esta noche y te daremos de comer.

—Con gusto —dijo Alma, tratando de disimular cuánto más le agradaba la invitación que de costumbre.

Quizá hablar con Maia y saber cómo estaba de verdad lo dejaría más tranquilo.

Al llegar a su casa, Alma se lavó con agua de una jarra y se puso una túnica limpia. Tenía el estómago hecho un nudo. Se rio para sus adentros. Estoy nervioso, pensó. De verdad estoy nervioso. Desde el bautismo de Maia, apenas había hablado con ella para saludarla.

Salió de su casa y emprendió el camino a la de Jachin. Por el camino saludó a quienes pasaban y hasta aconsejó a un hombre que tenía una disputa con un vecino. Pero cuanto más se acercaba a la choza de Jachin, más nervioso se ponía.

Alma negó con la cabeza, tratando de serenarse. Solo era una cena. Probablemente Maia ni siquiera sabía que iba a venir. Cuando llegó a la puerta, Jachin lo recibió y lo hizo pasar a la sala principal. Se sentaron a hablar de algunos de los casos que habían atendido aquel día en el consejo, mientras las mujeres preparaban la comida. Al menos, Alma supuso que Maia estaba con su madre. De vez en cuando oía risas en algún lugar al fondo de la casa.

—¿Cómo está tu hija? —preguntó Alma, como si no hubiera exigido al guardia un informe cada noche.

—Muy bien —respondió Jachin con una sonrisa, aunque todavía se le veía un dejo de tristeza en los ojos—. El bautismo era justo lo que necesitaba. Habla de él a cada rato. Ahora está haciendo nuevas amistades y hasta ha llamado la atención de uno o dos jóvenes.

Alma asintió, contento de que hubiera hecho nuevas amistades. Lo demás ya se lo esperaba.

Jachin se inclinó hacia delante.

—Pero no creo que esté preparada para tantos cambios todavía. Los hombres la tratan con mucha reverencia porque saben que fue reina. Quizá a algunos eso los intimide.

—Es comprensible —dijo Alma.

Se oyó un ruido al otro lado de la habitación y apareció Lael.

—Bienvenido, Alma. —Sonrió y miró a su esposo—. La comida está lista. Comerán en el patio de atrás.

Los dos hombres se levantaron y siguieron a Lael fuera de la sala y alrededor de la choza. Había llegado el crepúsculo y se guiaron por el resplandor de las antorchas del patio. Jachin y Lael habían dedicado mucho tiempo a cultivar las plantas y los árboles que rodeaban su casa, y ahora tenían un jardín hermoso.

En el centro del patio habían dispuesto una mesa baja con utensilios de hueso y platos humeantes de calabaza, camotes y tamalitos. Maia estaba de pie junto a la mesa, con el resplandor cálido de las antorchas reflejado en el rostro. Alma apenas podía apartar la vista de ella. Estaba radiante. No pudo evitar sonreírle, y ella le devolvió la sonrisa.

—Todo se ve delicioso —dijo Jachin—. Nuestro invitado ni se dará cuenta de que solo les avisé con una hora de anticipación.

Lael se ruborizó, y Alma intervino.

—Me habría alegrado comer cualquier cosa que hubieran preparado. Lo que sea es mejor que los frijoles remojados y los tomates demasiado maduros que tengo en casa.

—Seguro que cada noche te invitan a una casa distinta —dijo Maia.

Alma la miró sorprendido.

—Tienes razón. Así que no hay mucho motivo para guardar tanta comida en casa.

—Es un milagro que siquiera tengas cebada y tomates sin una mujer que te cocine —dijo Lael entre risas.

Esta vez le tocó a Maia ruborizarse. Alma apartó la vista de ella, temiendo que, si seguía allí de pie un poco más, ya no pudiera hacerlo.

Jachin le puso una mano en el hombro.

—¿Quieres bendecir los alimentos y nuestro hogar?

Alma accedió. Cuando terminó, insistió en que las mujeres comieran con ellos. Lael pareció encantada y pronto los cuatro estaban sentados a la mesa. No tardó en preguntar por Amulón y los lamanitas.

—Llevan aquí casi una semana —dijo—. Algunos aseguran haber visto soldados explorando las colinas de los alrededores.

—Es cierto —dijo Alma—. Aunque todavía no ha habido ningún acto de hostilidad.

Miró a Jachin.

—Con todo, debemos tomar todas las precauciones posibles. Ya les he ordenado a los herreros y a sus aprendices que redoblen sus esfuerzos.

Lael soltó un grito ahogado.

—Pero aunque armáramos a todas las mujeres y a todos los niños, no podríamos hacerles frente.

—No —intervino Jachin—. Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados, muertos de miedo. Es mejor actuar que esperar.

Alma asintió.

—Les dimos lo que pidieron y todavía siguen aquí. Estamos tratando de averiguar por qué demoran su partida.

Lael puso una mano sobre el brazo de Maia y asintió con aire de entender.

—Amulón no consiguió todo lo que quería.

Maia bajó la cabeza, pero no respondió.

—Alma está haciendo cuanto puede para proteger a nuestra hija, Lael —dijo Jachin.

—Todos sabemos de lo que es capaz Amulón. De lo peor que podamos imaginar —dijo Lael, negando con la cabeza.

Le dio unas palmaditas a Maia en la mano y pasó una fuente de aguacate cortado en rebanadas.

—¿Creen que Amulón se atrevería a cruzar nuestros límites y llevársela?

—Hay un guardia que la sigue durante el día —dijo Jachin, alzando un poco la voz—, y por la noche está con nosotros.

—Lo sé, querido esposo, pero sigue siendo una mujer soltera. Tuvo suerte de escapar de Amulón cuando lo hizo. Tiene que haber algo más que podamos hacer.

Con la esperanza de aliviar la tensión entre ambos, Alma intervino.

—¿Qué propones, Lael?

—Que se case de inmediato. —Agarró a Maia del brazo—. Mañana mismo, si es posible.

Jachin echó la cabeza hacia atrás y se rio. Luego se puso serio.

—Si crees que voy a permitir que mi hija vuelva a casarse por conveniencia, te equivocas.

Lael miró a Alma con expresión suplicante.

—Hazlo entrar en razón, Alma. Si a Amulón le llegara la noticia de que Maia se ha casado, tendría menos motivos para quedarse cerca y tratar de vengarse de una vez por todas. Al menos el comandante lamanita respeta el vínculo del matrimonio, y Amulón se somete a él.

Alma asintió mientras sopesaba su razonamiento. En cierto modo, Lael tenía razón.

—No estarás de acuerdo con ella, ¿verdad? —preguntó Jachin, inclinándose hacia él con expresión intensa.

Alma miró a su amigo.

—Solo intenta ponerse en el lugar de Amulón. Y su conclusión quizá sea más razonable de lo que piensas.

Jachin miró a su hija, que hasta entonces no había dicho nada.

—La has disgustado, Lael. Ella no quiere que la casemos con un desconocido.

—No, tú la has disgustado —replicó Lael—. Ella sabe que necesita protección. Cualquier mujer preferiría casarse con un desconocido, como dices tú, antes que sufrir un destino horrible.

Jachin se puso de pie con el rostro rojo oscuro, aunque mantuvo la voz bajo control.

—Ya ha sufrido un destino horrible, y no le pediré que se case de esa manera…

—No soporto verla tratada como una prisionera en nuestra propia ciudad —dijo Lael con voz temblorosa—. No tiene libertad para nada. Ni siquiera puede ir sola al mercado. Necesita la protección que solo un esposo puede darle.

—¡Yo la protejo! —gritó Jachin.

Lael abrió la boca y volvió a cerrarla, atónita.

Por el rabillo del ojo, Alma vio a Maia levantarse. Antes de que pudiera decir nada, ella salió del patio.

A Jachin se le descompuso el rostro de pesar. Se sentó con un suspiro.

—Nuestra hija es una mujer adulta —dijo en tono abatido—. Ha estado casada, ha tenido un hijo y ha soportado cosas inimaginables. Es hora de dejarla decidir por sí misma.

Lael se llevó una mano al rostro y se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Tienes razón —dijo en voz baja—. Dejaremos que Maia decida.

Alma hizo ademán de marcharse.

—Será mejor que me vaya. Sé que es un momento difícil para su familia. Gracias por la comida tan deliciosa.

Pero Jachin le puso una mano en el brazo.

—Gracias por venir, Alma. Por favor, discúlpanos.

Alma se despidió de la pareja, preocupado por Maia. Si tan solo Amulón y los lamanitas dejaran en paz a los nefitas, todo aquello podría resolverse pronto. Al rodear la casa, vio a Maia sentada debajo de un árbol en el patio delantero.

Ella mantuvo la vista apartada mientras él se acercaba.

—¿Te gustaría caminar un rato junto al río? —preguntó Alma.

Maia vaciló y luego asintió. Se puso de pie y tomó la delantera por el sendero que bordeaba una arboleda.

Alma esperó hasta que estuvieron a buena distancia de las chozas.

—¿Estás bien?

—Sí. Aunque mis padres suelen hablar de esto cuando creen que estoy dormida.

Se cruzó de brazos.

—Supongo que sabes lo que pienso del asunto.

En realidad, Alma no lo sabía, pero no la interrumpió. Agradecía que al menos quisiera hablar.

Maia se detuvo en el sendero. Al volverse hacia él, la luz de la luna dibujó suavemente sus facciones delicadas.

—¿Qué harías tú?

—¿Yo? Yo…

—¿Y si estuvieras en mi lugar?

Alma no pudo descifrar su expresión.

—Creo que, por un lado, la idea de tu madre tiene sentido. Por otro, casarte no impediría que Amulón llevara a cabo cualquier venganza que tenga en mente.

—Eso mismo pienso yo —dijo Maia, acomodándose detrás de la oreja un mechón de cabello que le había soltado la brisa—. No creo que Amulón piense marcharse.

Sus palabras estremecieron a Alma. No sabía si era por el mal presentimiento que le causaba lo que Maia acababa de decir o porque estaban solos, completamente solos, por primera vez que él recordara.

Ella se volvió hacia la luna.

—No fue tan horrible como todos piensan —dijo en voz baja.

Alma estaba a punto de preguntarle a qué se refería cuando ella continuó.

—Sí, Amulón siempre me miraba con lascivia, pero como el comandante lamanita no le permitía casarse conmigo, lo único que podía hacer era intentar deshonrarme una última vez.

—Maia…

—No, quiero contártelo. Tú, más que nadie, tienes que saber lo que ocurrió de verdad.

Se volvió para mirarlo y respiró hondo.

—Solo quería que se acabara el sufrimiento. Y quería que dejara en paz a la ciudad de Helam. Pensé que, si cedía, por fin se le pasaría la obsesión, la rabia o lo que fuera que lo movía. Yo quedaría libre y mis padres estarían a salvo. A un precio, claro, pero un precio que otras mujeres también han pagado por una razón u otra.

—No es posible que quisieras sacrificarte de esa manera —dijo Alma.

—Lo veía como algo necesario —respondió ella, con los ojos encendidos—. Sentía que no tenía otra opción.

Esta vez no había duda sobre lo que significaba su expresión. Estaba enojada.

—Quizá se habría marchado si hubiera conseguido lo que quería, y nada de esto estaría ocurriendo —dijo con un ademán—. Tu pueblo podría estar preparándose para cosechar en vez de fabricar espadas.

Alma le tomó la mano.

—No digas eso. No puedes saberlo. A un hombre como Amulón no se le puede apaciguar, y mucho menos a costa de sacrificarte. Antes vería a nuestros pueblos entrar en guerra que devolverte a él.

Le tomó la otra mano, con el corazón acelerado por tenerla tan cerca.

—Seguramente sabes cuánto me importas.

—Eres demasiado bondadoso conmigo —dijo Maia con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Eres demasiado bueno. A veces siento que voy a ahogarme de tanta generosidad.

Retiró las manos.

—No puedes protegerme para siempre, Alma —dijo con voz temblorosa—. Toda una ciudad depende de ti.

Él alargó la mano y le tocó el cabello.

—¿Y tú? ¿Dependes de mí?

—Ya has hecho suficiente. No tienes que seguir protegiéndome. Tengo a mis padres y no necesito que me compadezcas a cada paso que doy.

—¿Qué quieres decir?

Como ella no respondió, Alma respiró hondo.

—Quiero estar a tu lado. ¿No lo entiendes? Te amo.

—Por supuesto. Amas a todo el mundo.

—Maia —dijo Alma, inclinándose hacia ella—, te amo como un hombre ama a su esposa.

Ella abrió mucho los ojos.

—No puedes hablar en serio.

—Hablo en serio.

Alma vio la duda y la desconfianza en sus ojos.

—No puedo negarlo. No te lo digo por obligación. Cuando me hablaste de tus sentimientos hace tanto tiempo, tus palabras se me quedaron grabadas.

Le secó una lágrima de la mejilla. Esta vez ella no se apartó.

—He intentado encontrar una mujer con quien casarme. Una y otra vez he tratado de convencerme de hacerlo. Pero cuando volví a verte en el campamento lamanita, supe que jamás podría pensar en pedirle a otra mujer que se casara conmigo.

Ella se volvió.

—Maia, por favor.

Él le tocó el hombro y la volvió suavemente hacia sí. Ella quedó frente a él con la vista baja y la barbilla temblorosa.

—Cuando me senté junto a tu lecho y vi los moretones que te había dejado aquel hombre terrible, sentí rabia, sí. Quise protegerte, sí. Pero cuando entraste en el río para bautizarte…

Se le quebró la voz.

—Yo… cuando me abrazaste al salir del agua, fue como si hubiera recuperado una parte de mí. Una parte que me faltaba desde la muerte de mis padres. Una parte que ni siquiera sabía que podía recuperar.

Abrió los brazos.

—Sentí que por fin tenía mi futuro entre las manos y que podía verlo con toda claridad.

Una lágrima rodó por la mejilla de Maia mientras lo miraba.

—Pero, por encima de todo —susurró Alma—, supe que, si no podía casarme contigo, no quería casarme con nadie.

Esperó, pero ella guardó silencio. El corazón le retumbaba en los oídos y empezó a temer que lo rechazara. Después de tanto tiempo y de todo lo que había sucedido, ¿la perdería por fin para siempre? Quizá era demasiado pronto y sus insensatas declaraciones la habían abrumado.

Entonces, de pronto, ella le rodeó la cintura con los brazos y se apoyó contra él, acurrucándose debajo de su barbilla.

Alma rodeó con sus brazos los hombros temblorosos de Maia y la sostuvo, aguardando su respuesta, sin apenas atreverse a tener esperanza. Quizá era su manera de despedirse.

—¿Estoy soñando?

La voz de Maia fue apenas un susurro, y por un instante él se preguntó si de verdad había hablado.

—Espero que no —dijo Alma, sintiendo que se le aceleraba el pulso—. Eso significaría que yo también estoy soñando.

Las manos de Maia se deslizaron por su espalda y su abrazo se hizo más firme. Alma tuvo que contenerse para no estrecharla demasiado. Se contentó con acariciarle el cabello.

—¿Maia?

El «sí» de ella se apagó contra su pecho.

—¿Quieres ser mi esposa?

Maia se apartó y sonrió entre nuevas lágrimas.

—¿Es demasiado pronto si lo hacemos mañana?

Alma se quedó mirándola, sin dar crédito a su respuesta.

—¿Mañana?

—A menos que creas que a la ciudad le decepcionaría quedarse sin una gran celebración en honor de su estimado líder.

Alma la alzó y dio una vuelta con ella en brazos, sintiendo que el corazón le iba a estallar.

—Yo no me voy a casar con la ciudad —dijo entre risas al bajarla.

Le tomó el rostro entre las manos y sintió que el corazón se le derretía al encontrarse con su mirada.

—¿Estás segura? No quiero que sientas que tus padres te presionan para casarte con cualquiera.

—Oh, Alma —dijo Maia, llevándose también las manos al rostro de él—. Tú eres el hombre al que le entregué mi corazón hace tanto tiempo. Eso jamás ha cambiado.


Capítulo 22

Pues toleráis si alguno os esclaviza…
— 2 Corintios 11:20


Amulón se frotó la nuca. El chichón seguía allí, aun después de tantos días. Pero le sonrió al comandante, que lo observaba desde el otro lado del fogón donde preparaban el desayuno. Cuanto más tiempo pasaran en la tierra de Helam, más fácil le resultaría convencer a los lamanitas de que se quedaran.

Cochiti llegó por fin con un odre lleno de agua pura del río. Era el agua más deliciosa que Amulón había probado en su vida. Cuando la mezclaban con maíz molido, las tortas quedaban dulcísimas.

Amulón le indicó a Cochiti que sirviera primero al comandante. Cuando Zorihor tomó un sorbo, se le iluminaron los ojos.

—Cada vez que pruebo esta agua me parece mejor.

Amulón se limitó a sonreír e hizo señas a Cochiti para que le sirviera una torta caliente. Al primer bocado, el placer se dibujó en el rostro del comandante.

—No sería tan difícil, ¿sabes? —dijo Amulón con aire casual.

Zorihor alzó una ceja.

—¿Qué no sería tan difícil?

—Gobernar este lugar —dijo Amulón, haciendo un ademán—. Nuestros exploradores han encontrado más ríos de agua pura y abundante caza. Lo que Alma ha hecho para levantar una ciudad es apenas el principio. Aquí podríamos prosperar mucho.

Zorihor bebió otro trago del odre y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Cuéntame más.

Amulón disimuló la sonrisa que se le quería escapar. Le convenía aparentar el mayor desinterés posible.

—Sería un buen experimento. Déjame aquí para custodiar la tierra mientras visitas al rey Lamán en la ciudad de Nefi. Preséntale nuestro plan para gobernar esta tierra y a su pueblo. A cambio, por supuesto, recibiría un tributo cuantioso. Tú ni siquiera tendrías que ocuparte del gobierno. Con gusto gobernaría yo este valle y me encargaría de cualquier pequeño levantamiento.

Zorihor frunció el ceño.

—¿Te dejaría aquí solo?

—En absoluto —respondió Amulón entre risas—. Traeríamos a nuestros hombres y a nuestras esposas de la ciudad de Amulón, y podrías dejar tantos soldados como quisieras.

Zorihor se puso de pie.

—¿Cuánta gente dijiste que había en la ciudad de Helam?

—Diría que entre quinientas y seiscientas personas.

—¿Cuántos soldados?

—Ni de lejos los suficientes para igualar nuestras fuerzas —dijo Amulón.

—No parece una tarea difícil —reflexionó Zorihor.

—Nada difícil.

Amulón sonrió y se acercó al comandante. Le puso una mano en el hombro.

—Bebe cuanto quieras. Esta agua es solo uno de los muchos lujos que tu pueblo podría tener en este valle.

Zorihor sostuvo la mirada firme de Amulón.

—Mañana viajaré a la ciudad de Nefi con un grupo de soldados para presentarle la propuesta al rey Lamán. Quédate aquí y conserva este lugar para el pueblo lamanita. Tu lealtad será bien recompensada.

Amulón hizo una reverencia ceremoniosa.

—Tu orden es mi deber.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Maia, mirando fijamente a Alma.

Llevaba un vestido de novia de lino ligero al que su madre había añadido unos bordados delicados. Faltaba menos de una hora para la ceremonia. Alma llevaba una capa de tejido fino, pero parecía haber venido corriendo.

—Hay movimientos preocupantes en el campamento lamanita —dijo Alma entre jadeos.

A Maia se le encogió el corazón.

—¿Qué clase de movimientos?

Alma la tomó de los brazos.

—Nuestros exploradores los han estado vigilando día y noche. Esta mañana el comandante Zorihor se marchó con un grupo de hombres en dirección a la ciudad de Nefi. Pero Amulón y el resto de los soldados se quedaron.

—¿Crees que están reuniendo un ejército más grande para atacarnos?

—Ya tienen suficientes hombres para atacar si de veras quisieran hacerlo. Tiene que ser otra cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Maia.

No se le ocurría nada peor que la guerra, salvo verse separada de Alma.

—Aún no lo sé —dijo él—. Por eso vine. Tengo que salir ahora y hablar cara a cara con Amulón. Debemos saber qué nos espera… para qué debemos prepararnos.

Maia se aferró a sus brazos.

—¿Y nosotros?

Él le sostuvo la mirada.

—Haremos la ceremonia esta noche.

—Está bien —dijo ella, soltándolo. Sabía que la seguridad de la ciudad era lo primero—. Ve, entonces. Estaré bien.

De pronto, Alma la atrajo hacia sí y la besó. Sorprendida, Maia se aferró a él y le devolvió el beso. En aquel beso cabía todo. Los largos años de desesperación y soledad, la falta de afecto y de amor verdadero, y el miedo a lo que pudiera ocurrir cuando Alma fuera a ver al hombre al que más temía.

Cuando él la soltó, los dos estaban sin aliento. Se miraron un momento. Maia deseó que no tuviera que irse.

—¿Ya te dije que estás hermosa? —preguntó él.

Ella sonrió y le acarició la mejilla.

—De verdad tengo que irme ya —murmuró Alma, estrechándola otra vez.

—Te esperaré.

Alma se apartó y pareció a punto de decir algo más. En cambio, se inclinó y volvió a besarla con suavidad. Luego se volvió y salió de la choza.

Maia lo vio marcharse con el corazón acelerado por el miedo. Su primer beso había sido de despedida.

Tratando de contener las lágrimas, dobló con cuidado el velo que acababa de sacar. Luego se puso su túnica de todos los días y extendió el vestido de novia sobre el lecho. Se dejaría las flores en el cabello, con la esperanza de que no se marchitaran demasiado.

—¿Maia?

Era la voz de su madre.

—Estoy en el dormitorio.

Cuando su madre entró, Maia se dio cuenta de que ya estaba enterada.

—Tu padre y Helam se fueron con él —dijo Lael.

—¿Crees que bastará? —preguntó Maia.

Lael frunció el ceño.

—Creo que quisieron ir en un grupo pequeño para que no los tomaran por una amenaza.

Cruzó la habitación y tomó las manos de su hija.

—Lamento que tengan que aplazar la boda.

Maia se mordió el labio, procurando contener de nuevo la emoción.

—Si he esperado tanto, ¿qué son unas horas más?

Lael le acarició la espalda.

—Vayamos a casa de Raquel. Vive al otro lado de la ciudad, más lejos del campamento lamanita. Allí me sentiría más segura.

—Pero quiero enterarme en cuanto vuelva Alma. No quiero que tarde en encontrarme.

—Sabrá dónde encontrarte. Él mismo me lo sugirió antes de salir.

Siempre tiene un plan, pensó Maia.

—Está bien. Pero si se acerca la noche y todavía no ha vuelto, quiero regresar aquí.

Alma cerró las manos en puños. Cuanto más se acercaban al campamento lamanita, más se enfurecía. ¿Por qué Amulón y los lamanitas no podían volverse por donde habían venido? ¿Qué querían de la ciudad de Helam? A Alma le preocupaba cómo reaccionaría al volver a ver a Amulón. Helam, que caminaba a su lado, pareció advertir su inquietud.

—¿Quieres que hable yo? —preguntó Helam.

Alma lo miró de reojo y luego miró a Jachin. Aquellos dos hombres le serían fieles hasta el fin.

—No. Para cuando lleguemos a su campamento ya me habré calmado.

Helam se rio.

—Lo creeré cuando lo vea.

Alma hizo una mueca. Probablemente Helam tenía razón. La tarde estaba fresca, pero Alma no había dejado de sudar desde que había corrido a casa de Maia. Y el beso tampoco lo había refrescado. Sonrió al recordar cómo había besado a la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa. En aquel beso había sentido el amor de ella, algo que jamás había experimentado. Entonces volvió la ira. Haber tenido que aplazar la boda hacía aún más difícil aquella visita a Amulón.

Un movimiento en los límites del campamento le indicó a Alma que ya los habían visto. Le sorprendió ver que varios soldados se agrupaban y que Amulón aparecía entre ellos. Era como si los hubieran estado esperando.

Amulón se acercó sin prisa. Su aspecto le causó repugnancia a Alma. Los ojos oscuros, medio ocultos bajo los párpados, la sonrisa codiciosa y la piel grasienta.

—¡Felicidades por tu compromiso! —exclamó Amulón mientras se acercaba.

Alma arqueó una ceja. La noticia había corrido deprisa.

—Sabía que te casarías con ella, a pesar de su pasado manchado.

Amulón sonrió y se detuvo, levantando polvo con los pies.

Alma sintió a Helam muy cerca detrás de él, listo para intervenir si hacía falta. Respiró hondo y procuró conservar la calma. Inclinó la cabeza en respuesta a la felicitación burlona de Amulón.

—Vimos que Zorihor se marchó.

—Sí, así es —dijo Amulón en un tono irritante.

Juntó las manos y entrelazó los dedos.

—Te esperaba mucho antes.

Miró hacia el sol de la tarde.

—Mucho antes de esta hora. Zorihor salió temprano esta mañana.

—¿Adónde fue? —intervino Helam, incapaz de contener la curiosidad.

Amulón volvió la mirada hacia él.

—Qué curioso nos has salido. Digamos que está atendiendo asuntos oficiales de su pueblo.

—¿Querrás decir de tu pueblo? —dijo Jachin con sorna.

—Ah, ha vuelto el noble padre, siempre dispuesto a proteger a su hija.

Amulón se rio mientras Jachin enrojecía.

—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Alma.

Hizo caso omiso de las miradas cada vez más hostiles de los soldados que estaban detrás de Amulón. Era evidente que, en ausencia de Zorihor, Amulón estaba al mando.

—¿Qué quiero yo?

Amulón separó las manos y las llevó a la empuñadura de la espada.

—Todo.

Su voz era fría, sin vida, pero los ojos le ardían de codicia y deseo.

Con el corazón acelerado, Alma comprendió que Maia había tenido razón. Amulón no se daría por satisfecho tan fácilmente.

Amulón dio un paso al frente y le clavó un dedo en el pecho.

—Tú te quedarás con Maia, pero yo me quedaré con la ciudad de Helam.

Una mano se interpuso de golpe y apartó el dedo de Amulón.

—¡No lo toques! —dijo Helam.

Amulón ni se inmutó.

—¿Necesitas que tu perro te proteja, Alma?

—Puedo defenderme solo. Tú eres quien necesita un ejército para encubrir su traición —dijo Alma.

—¿Mi traición? Deberías morir en la hoguera por lo que le hiciste a tu rey.

El rostro de Amulón se contrajo en una mueca.

—Hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por llevarte ante la justicia y darte la muerte que merecías. Pero ahora veo que será mucho más placentero hacerte sufrir… muy despacio.

Alma entrecerró los ojos y se mantuvo firme.

—¿Y qué tienes pensado exactamente?

—Bien, amigo mío —dijo Amulón, poniéndole una mano en el hombro—. Digamos que Maia solo fue el aperitivo.

Alma y Helam se abalanzaron al mismo tiempo sobre Amulón y lo derribaron. Amulón gritó de sorpresa. Jachin se lanzó sobre los tres y forcejeó para alcanzar a Amulón. Uno de los lamanitas lo apartó sin dificultad y lo arrojó al suelo.

Alma sacó el cuchillo y se lo apretó a Amulón contra la garganta mientras Helam contenía a los otros soldados.

—Ya has dicho tu última mentira, Amulón —siseó Alma.

No tuvo tiempo de ver qué hacía Helam ni con quién peleaba. Pero, por un instante de tensión, miró a Amulón a los ojos. Eran de los más viles que había visto jamás. Podía acabar con todo aquello. Allí mismo. En aquel instante.

Alguien lo embistió por el costado y lo apartó de Amulón. Alma rodó con un gemido y se encontró frente a por lo menos una docena de lamanitas armados. Entonces algo le golpeó con fuerza un lado de la cara y todo se volvió negro.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó Alma, tratando de enfocar la vista en la luz que se filtraba por la tienda.

Parecía mediodía, pero la presión en las sienes le impedía distinguir con claridad.

—Tres días.

Helam estaba sentado cerca y tenía la voz áspera y ronca. A un par de pasos, Jachin roncaba suavemente.

—Maia me va a matar —dijo Alma.

—Bueno, si ella no lo hace, lo haré yo —replicó Helam con sequedad.

—¿Y qué te hice yo a ti? —preguntó Alma, parpadeando para aclararse la vista.

Se incorporó despacio, gimiendo por el dolor que parecía abarcarle todo el cuerpo.

—Nunca debimos dejarlos entrar en paz a nuestro valle. Debimos combatirlos desde el principio.

Alma guardó silencio, preguntándose si sería cierto. En aquel momento había querido evitar exponer a su pueblo a un peligro innecesario. Ahora estaban en peligro de todos modos.

—¿Y Maia?

Helam soltó el aire.

—En eso tienes razón. Aunque, si ahora va a matarte, quizá tampoco fue tan buena idea dejarla entrar en el valle.

Alma empezó a reírse, o al menos lo intentó, pero le dolió tanto que acabó con un ataque de tos.

—¿Qué me hicieron?

—Te patearon hasta dejarte inconsciente. Luego te fracturaron unos cuantos huesos.

—¿Y a ti? Se te oye bastante bien.

—Ja. Eso es porque tuve la sensatez de no sacar el cuchillo contra su querido jefe —dijo Helam.

—Pero estabas allí, peleando.

—Si te hace sentir mejor, puedes darme un puñetazo —dijo Helam.

Alma volvió la cabeza despacio, con dolor, para mirar a su amigo. Helam tenía un ojo hinchado y parecía faltarle un diente.

—No, no tengo fuerzas. Quizá mañana.

Helam resopló y negó con la cabeza.

—Ojalá estuviera aquí Raquel. Ya nos habría curado antes de que los lamanitas decidieran qué darnos de cenar.

—¿Comida? ¿Hay algo?

Helam negó con la cabeza.

—Jachin se comió tu ración. Dijo que, con lo mucho que dormías, no tenía sentido desperdiciarla.

—Ah, qué buenos amigos tengo —dijo Alma, intentando sonreír.

Hasta sonreír le dolía.

—¿Qué? —murmuró Jachin—. ¿Quién se comió mi comida?

Se incorporó con un gemido exagerado y se frotó la cabeza.

—Ah, ya despertaste —dijo al ver a Alma—. ¿Cómo te sientes?

—Hambriento —respondió Alma, con el ceño tan fruncido como pudo.

—Ah, eso… —dijo Jachin, algo avergonzado.

Luego miró a Helam.

—¿Hay noticias?

—No —respondió Helam—. La última vez que me asomé, Zorihor todavía hablaba con los soldados. Parece que los está organizando en grupos pequeños.

—¿Zorihor volvió? —preguntó Alma.

—Volvió ayer.

El rostro de Jachin se puso serio.

—Ha nombrado a Amulón rey de la ciudad de Helam.

Alma se quedó boquiabierto.

—¿Rey? ¿Cómo pudo hacerlo? No tiene autoridad…

—Zorihor obtuvo esa supuesta autoridad del rey Lamán.

Helam se acercó a Alma.

—Ya han apostado guardias alrededor de la ciudad.

Alma se quedó atónito. Se puso de rodillas e intentó levantarse, pero el dolor en la parte baja de la pierna era demasiado intenso. Se arrastró hasta la entrada de la tienda. Alcanzó a ver las piernas de los dos guardias apostados allí. También pudo entrever el cielo azul, el suelo y los soldados que iban de un lado a otro. Estaban armados.

—Tenemos que detenerlos de alguna manera —susurró Alma—. Avisar a la gente.

—No hay forma de detenerlos —dijo Helam en voz baja—. La gente se enterará muy pronto de lo de Amulón.

A Alma le ardió el rostro.

—Debí haber usado ese cuchillo cuando tuve la oportunidad.

Oyó un movimiento a su espalda y sintió una mano en el hombro.

—No —dijo Jachin—. Si lo hubieras hecho, no estarías aquí con nosotros.

Alma se dejó caer hacia atrás y se volvió hacia Jachin.

—¿En qué nos equivocamos? Pensé que, si les ofrecíamos ayuda…

—Solo era cuestión de tiempo —dijo Jachin con calma—. Ahora lo importante es seguir con vida y mantener a salvo a nuestras familias.

La voz se le cargó de emoción y apartó la vista.

—Tienes razón —dijo Alma, arrastrándose hacia el interior de la tienda—. Entonces, ¿esperamos?

—Por ahora —dijo Helam.

Pasó junto a Alma y se asomó por la entrada de la tienda.

—Ojalá nos dejaran volver a casa.

Alma asintió mientras contemplaba a sus dos amigos. Aquellos hombres habían luchado a su lado, habían arriesgado la vida con él y ahora estaban separados de sus familias. Solo lo consolaba pensar que, si Amulón seguía en el campamento lamanita, estaba lejos de Maia.


Capítulo 23

Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.
— Proverbios 29:2


Raquel trató de consolar a Maia, pero parecía servir de poco. Al segundo día, Maia había dejado de hablar. Era como si se hubiera refugiado en algún lugar donde no tuviera que enfrentarse al miedo. Raquel recurrió entonces a Itzel, Lael y Ester. Las mujeres mantenían una conversación ligera mientras procuraban seguir con sus labores habituales en el huerto, en la cocina y en el telar. Se turnaban para cuidar de Abe y visitar a los vecinos. Todos parecían estar en vilo, aunque Ben les traía noticias cada pocas horas.

Desde el regreso de Zorihor, habían apostado pequeños grupos de guardias lamanitas alrededor de la ciudad. Alma, Jachin y Helam seguían cautivos. Raquel esperaba que el comandante lamanita fuera más sensato que Amulón, pero estaba segura de que Amulón ejercía una influencia perniciosa sobre los lamanitas. Por irónico que pareciera.

Cada día llegaban más soldados lamanitas para reforzar la guardia. Los habitantes de la ciudad tenían demasiado miedo para actuar mientras ignoraran la suerte de Alma y sus compañeros.

Al llegar la tercera noche, las mujeres empezaron a orar cada hora. Abe se unió a ellas, alzando su dulce voz en súplica. Raquel se aferró a las oraciones, a la compañía de las mujeres y a sus palabras de consuelo. No podía pensar en lo que pudiera pasarle a Helam, ni en lo que quizá ya le estuviera pasando. Era insoportable. Hacía tan poco que se habían casado… No podía pensar en perder a otro esposo, y menos a manos del mismo hombre que había contribuido a la muerte de Abinadí. Su propio padre.

No podría soportarlo.

Conforme avanzaba la tercera noche, Raquel encendió todas las lámparas de aceite de su casa nueva. Al pasar por la habitación donde dormían Maia y Lael, vio que Maia ya estaba acostada bajo la manta. Entró sin hacer ruido. Maia se volvió al oírla y enseguida apartó la vista.

Raquel vaciló, pero decidió acercarse y sentarse junto a ella.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, sin esperar respuesta—. Vamos a sacarlos de allí, ya lo sabes. Tenemos que hacerlo.

Le tembló la voz.

—No dejaré que mi padre me arrebate a mi esposo.

De pronto, Maia se incorporó con un sollozo y le echó los brazos al cuello.

Raquel parpadeó, sorprendida, y la sostuvo mientras lloraba.

—Perdóname —dijo Maia—. Esto debe de ser más difícil para ti que para nadie.

Raquel negó con la cabeza.

—No pretendo estar sufriendo más que nadie en la ciudad. Todos estamos pasando por esto juntos.

Maia se apartó y se secó los ojos.

—Lo sé. Solo estoy pensando en mí misma.

Una sonrisa asomó a los labios de Raquel.

—No creo que sea egoísta estar triste porque aplazaron tu boda.

—La vida de esos hombres importa más que cualquier ceremonia.

Raquel le puso una mano en el hombro.

—No era una ceremonia cualquiera… Tú y Alma llevan mucho tiempo esperando. Si lo hubieras visto andando cabizbajo estos últimos dos años…

El rostro de Maia se iluminó.

—¿Cabizbajo?

—Bueno, cabizbajo no es la palabra exacta —admitió Raquel—. Pero trabajaba demasiado y apenas se daba tiempo para disfrutar de la vida. Cuando llegaste, fue como si por fin hubieran florecido las plantas.

—Eso ya se acabó —dijo Maia.

—Claro que no —respondió Raquel—. Seguramente está pensando en ti ahora mismo. Les haya pasado lo que les haya pasado, pensar en nosotras les dará fuerzas.

Nuevas lágrimas rodaron por las mejillas de Maia.

—Creo que tenemos que volver a orar.

Amulón irrumpió en la tienda y sobresaltó a los tres hombres, que estaban tendidos sobre sus esteras.

Helam fue el primero en ponerse de pie. Los otros dos lo siguieron.

Amulón examinó sus heridas y sus rostros demacrados con una sonrisa de satisfacción.

—¡Síganme!

Dio media vuelta y salió, pero alcanzó a oír un gemido ahogado de Alma. Era el que estaba en peor estado de los tres, como correspondía. Amulón había decidido que aquel hombre pagaría caro por haber sacado un cuchillo contra él.

De hecho, le sorprendería que Alma lograra salir de la tienda sin bastante ayuda.

Una vez afuera, Amulón condujo a los prisioneros hasta el centro de un círculo de soldados. Si intentaban algo, allí mismo acabarían sus vidas, decidió. Al ver el estado en que se encontraban, supo que lo entendían perfectamente.

—Inclínense ante mí —dijo con una sonrisa burlona.

Los tres hombres se quedaron mirándolo.

—Soy su nuevo rey. Hasta que aprendan a inclinarse ante mí, no verán de la ciudad de Helam más que su silueta.

Jachin fue el primero en inclinarse, luego Helam y, por último, Alma.

—Muy bien —dijo Amulón—. Aunque a los tres les vendría bien practicar un poco.

Se acercó a los prisioneros y caminó alrededor de ellos. Alma estaba en mal estado y Amulón se preguntó si podría caminar hasta la ciudad. Pero cualquier demora les daría a los nefitas demasiado tiempo para hacer planes. Después vendría una batalla y podrían morir algunos lamanitas. Un gran inconveniente.

—Muy bien —dijo Amulón—. Parecen estar lo bastante sanos.

Ordenó que trajeran agua y los tres hombres se turnaron para beberla con avidez.

—Ahora escúchenme —dijo Amulón—. Vamos a marchar sobre la ciudad. Daremos muerte a cualquiera que se interponga.

Clavó la mirada en Alma.

—En todo momento mostrarán sumisión y harán que quienes los rodeen hagan lo mismo. Si se niegan, pagarán con la vida. Sin advertencias. Sin juicios.

Se volvió hacia los soldados.

—Átenles las manos y nos pondremos en marcha.

Maia observó cómo se acercaban los hombres. Venían al menos cincuenta soldados lamanitas, con Amulón y Zorihor a la cabeza, y traían consigo a los tres prisioneros. Maia miró a las muchas personas que se habían reunido para verlos llegar. Los hombres estaban junto a sus familias, con la espada en la mano y el miedo en el rostro. Los niños, muy serios, se aferraban a sus madres con los ojos muy abiertos.

Maia oyó a Raquel aspirar de golpe y se descubrió conteniendo el aliento. Era fácil distinguir a Helam. Era alto y parecía caminar sin dificultad. Luego vio a su padre, el más bajo del grupo. Reconoció enseguida su capa azul oscuro. La multitud de soldados ocultaba al tercer hombre, pero Maia alcanzó a verlo un instante y supo que era Alma.

—Están vivos —susurró Raquel, aferrándose al brazo de Maia.

Maia asintió con lágrimas de gratitud en los ojos, pero el nudo en la garganta no la dejaba hablar. A Alma le pasaba algo. Caminaba cojeando y llevaba la cabeza baja.

Sintió una sacudida en todo el cuerpo y luchó contra el impulso de correr hacia él. Los hombres estaban a cien pasos de la muralla. A su lado, Raquel pareció advertir lo que pensaba hacer y la sujetó con más fuerza del brazo.

—A Alma le pasa algo —logró susurrar Maia.

Raquel le rodeó los hombros con un brazo.

—Está caminando. Sus heridas no deben de ser tan graves.

Justo entonces, Alma levantó la cabeza. Maia y Raquel ahogaron un grito. Tenía casi todo el rostro cubierto de moretones oscuros y un lado tan hinchado que el ojo izquierdo se le había cerrado. Maia observó horrorizada cómo se acercaban los hombres y se hacían visibles más detalles. A cincuenta pasos distinguió la ropa desgarrada. A treinta, la sangre seca junto al nacimiento del cabello y en la oreja de Alma. A veinte, el dolor en sus ojos. Cada pocas respiraciones se estremecía, como si el simple hecho de respirar fuera un tormento.

Lo asombroso era que caminara sin ayuda. Solo de imaginar lo que habría soportado, a Maia le flaquearon las rodillas. Dio un paso vacilante hacia él.

—Espera —dijo Raquel—. No queremos que los lamanitas saquen sus armas contra nosotros.

Maia asintió, con los ojos llenos de lágrimas. Procuró contenerlas. No quería que Alma la viera desmoronarse. Él necesitaba que se mantuviera fuerte y que lo apoyara, aunque ella no supiera bien cómo.

Zorihor detuvo la marcha y Maia miró a su alrededor con nerviosismo. La multitud de nefitas aguardaba en tenso silencio.

Zorihor se adelantó y alzó una lanza.

—Depongan las armas.

Nadie se movió. Todos tenían los ojos puestos en Alma.

—Depongan las armas —repitió Alma en voz alta desde donde estaba.

Maia se estremeció al oír su voz ronca.

La multitud se agitó. Hombres, mujeres y niños dejaron caer sus armas al suelo.

Zorihor asintió, satisfecho.

—Hoy comienza un nuevo día para los habitantes de la ciudad de Helam. Quedan bajo un nuevo gobierno, supervisado por el propio rey Lamán.

Alrededor de Maia se oyeron algunas exclamaciones ahogadas. Ella siguió mirando a Alma y vio en su rostro la resignación de quien ya sabía que era cierto. Oh, Alma, quiso decirle. ¿Qué será de nosotros?

—El rey Lamán —continuó Zorihor— ha declarado territorio lamanita la ciudad de Helam y el valle que la rodea. Si quieren evitar el derramamiento de sangre, hoy nos entregarán todas sus armas. Nuestros soldados registrarán cada choza, cada edificio y cada huerto en busca de armas de cualquier clase.

Sonrió con serenidad.

—Y ahora tengo el placer de presentarles a su nuevo rey.

Maia abrió mucho los ojos. Había supuesto que el rey sería Zorihor.

El comandante se aclaró la garganta.

—Por la autoridad suprema del rey Lamán, Amulón, que en otro tiempo fue compatriota de ustedes, ha sido nombrado rey de la tierra de Helam.

Amulón dio un paso al frente e hizo una reverencia exagerada. Sus ojos se encontraron brevemente con los de Raquel. Si alguna vez había habido cariño entre padre e hija, Maia ya no veía rastro de él en los ojos de Amulón. Su mirada era dura, calculadora.

A Raquel se le cortó el aliento y retrocedió un paso, como si quisiera esquivar la mirada cruel de su padre. Ella también lo vio, pensó Maia. Solo entonces reparó en lo fina que era la capa de plumas de Amulón. Era la capa de un gobernante, de un rey. Se llevó una mano temblorosa a la boca.

—Además —dijo Zorihor—, los hermanos de Amulón han sido nombrados reyes de otros territorios lamanitas, entre ellos la tierra de Amulón, la tierra de Shemlón y la tierra de Shilom.

Hizo una pausa y miró a Alma y a Helam.

—El rey Lamán consideró que los sacerdotes repudiados por su propio pueblo eran los más indicados para imponer el orden y castigar las faltas tanto entre los nefitas como entre los lamanitas. Estos antiguos nefitas le deben la vida al rey Lamán y lo servirán con lealtad.

Dirigió la mirada hacia los nefitas reunidos.

—Como pueden ver, los lamanitas han tomado posesión de todas estas tierras, incluso de su antiguo hogar en la tierra de Nefi.

Hizo una seña a Amulón, que se volvió hacia el pueblo.

—Por la mañana, Zorihor seguirá su camino hacia la ciudad de Nefi —dijo Amulón—. Esta noche celebraremos la ceremonia en que seré proclamado rey de su tierra.

Miró a la gente y luego fijó la vista en algo a lo lejos.

—Qué hermoso templo. El lugar perfecto para mi coronación.

Sonrió y se volvió hacia Alma.

—¿Puedo confiar en que la ciudad preparará una celebración y un banquete dignos de la ocasión?

Los ojos de Alma relampaguearon, pero su voz sonó apagada.

—La celebración será en el templo al ponerse el sol.

—Muy bien —dijo Amulón, complacido—. Ahora pueden llevarme a mi casa.

Para sorpresa de todos, Helam se adelantó.

—Sígueme.

Caminó directamente hacia Maia y Raquel. Se detuvo frente a su esposa, con dolor en los ojos.

—Te construiré otra casa.

Luego se volvió, se reunió con Amulón y los dos pasaron entre la multitud.

Raquel agarró a Maia del brazo.

—¿Quiere decir que…?

—Creo que… —Maia respiró hondo—. Amulón va a vivir en tu casa.

—¡No! —exclamó Raquel.

Con los ojos desorbitados, se quedó mirando a Helam y a Amulón. Varias docenas de lamanitas los siguieron, formando una especie de procesión.

—Chist —dijo Maia—. No debemos llamar la atención.

—No puedo permitirlo. ¡Es mi casa! ¡Ya me ha quitado bastante!

Maia la sujetó.

—Lo sé.

Itzel se acercó por el otro lado.

—No armes un alboroto. No queremos empeorar las cosas.

—Alguien tiene que hacer algo —dijo Raquel, tratando de soltarse de Maia y de Itzel, pero las dos la sujetaron con firmeza.

—Ahora no —susurró Maia.

Miró los rostros abatidos a su alrededor. Era como si todos se hubieran dado ya por vencidos. Entonces abrió mucho los ojos al ver que Alma se acercaba. Quería correr a sus brazos, pero no sabía cómo reaccionaría. ¿Qué habría soportado? ¿Cómo lo habría cambiado?

Él se detuvo justo delante de ella. Maia no podía apartar la vista de sus terribles heridas.

De pronto, Alma la abrazó. Ella le rodeó el cuello con los brazos.

—Me alegra tanto que estés a salvo —dijo.

Él se apartó un poco y le acarició el rostro.

—Lamento no haber vuelto aquella noche.

Maia negó con la cabeza, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

—Lamento que te hayan hecho esto.

—Son heridas que sanarán —dijo él, aunque sus palabras no resultaban muy convincentes—. Nos esperan días difíciles.

Ella se secó los ojos y asintió.

—¿Qué quieres que hagamos?

Todos a su alrededor habían guardado silencio para escuchar.

—Debemos hacer lo mejor que podamos en estas circunstancias —dijo Alma—. Por ahora estamos bajo el dominio lamanita. Quiero evitar que le hagan daño a nuestra gente, así que debemos acatar sus leyes.

—Está bien —dijo ella en voz baja.

Él le tomó la mano y se la apretó suavemente.

—No sabemos qué traerá el día de mañana. Después de la coronación de Amulón, celebremos nuestra propia ceremonia.

Maia se ruborizó al oírlo. Había tanta gente alrededor, escuchando. Pero no pudo evitar sonreír.

—¿En la oscuridad?

—Encenderemos unas antorchas.

El rostro hinchado de Alma se distendió en una sonrisa. Maia le apretó la mano con más fuerza.

Alma se volvió sin soltársela y recorrió la multitud con la vista.

—¿Ester?

Cuando ella se adelantó, le dijo:

—Tenemos que preparar un banquete.

—Sí —respondió Ester, inclinando la cabeza—. Me pondré a organizarlo de inmediato.

Se alejó y varias mujeres se reunieron para planear la comida.

Alma miró a Maia.

—Necesito que te mantengas fuera de la vista de Amulón. Ahora que es rey, no quiero que se le ocurran más ideas.

Aquello debió haber sido una gran ceremonia, pero dejaba mucho que desear, pensó Amulón, cruzándose de brazos sobre el pecho desnudo. Al menos la comida era aceptable. Eso sí se lo reconocería a las mujeres nefitas. Pero sabía que tendría que actuar con dureza para ganarse la lealtad que merecía. Para empezar, tendría que mandar hacer más obras en aquel edificio que llamaban templo. Alzó la vista. Nada interesante. Ni un ídolo tallado. Solo piedra desnuda. Qué lúgubre.

Cochiti estaba sentada a su lado. Distintas emociones le cruzaban el rostro, como si sintiera lástima por aquella gente.

—Sonríe —le ordenó Amulón varias veces.

Ella sonreía por reflejo, sin brillo ni entusiasmo.

—Ahora eres reina. Compórtate como tal.

Después de eso, Cochiti pareció esforzarse un poco más.

Satisfecho por el momento, Amulón siguió recorriendo la sala con la mirada. A un lado del templo, los nefitas permanecían de pie, esperando que les hicieran señas para servir. Los soldados lamanitas ocupaban las mesas bajas y comían como si llevaran días sin probar bocado. Como animales. Amulón se rio entre dientes, sintiendo el poder que ahora tenía. Podía ordenarles que dejaran de comer si quería. Con una sola orden podía hacer castigar a alguien o mandarlo matar.

Hasta Zorihor ocupaba el lugar que le correspondía entre los soldados. Al sentarse allí, había mostrado deferencia al nuevo rango de Amulón delante de todos. Tal como debía ser. Un grupo de músicos tocaba flautas de Pan, tambores y cuernos. La melodía era lenta y tenía algo de lastimera.

Amulón levantó la mano.

—¡Más rápido, toquen más rápido! ¡Algo alegre!

Los músicos aceleraron el ritmo y algunos lamanitas se levantaron, batiendo palmas y lanzando vítores. Amulón observó divertido cómo un par de soldados se acercaban tambaleándose a la fila de nefitas. Cada uno escogió a una muchacha y se puso a bailar con ella. Las jóvenes abrieron mucho los ojos, horrorizadas.

Amulón se rio en voz alta. Ahora sí empezaba a parecer una celebración. Sin perder la sonrisa, buscó con la mirada a Alma y a Helam. Los dos parecían inseparables. Estaban de pie al otro lado de la sala, observándolo todo.

A Amulón le recorrió un hormigueo por la nuca. No le gustaba que estuvieran allí como si lo estuvieran juzgando. Por un momento se preguntó si debía encarcelarlos a los dos. Al menos no tenía que temer una insurrección. Les había tomado casi todo el día recoger las armas de la ciudad, pero estaba satisfecho de que no quedaran armas en las casas y de que el miedo hubiera sometido al pueblo.

Al día siguiente empezaría a organizar las cuadrillas de trabajo.

Varios soldados más se pusieron a bailar y arrastraron consigo a las mujeres nefitas. Amulón batió palmas al ritmo de la música, disfrutando de estar sentado en aquel trono improvisado de madera. Pronto sería de piedra y metales preciosos. Tendría que diseñar su palacio y su sala del trono. Ah, cuánto trabajo por hacer. Se preguntó si así se habría sentido el rey Noé cuando heredó el reino. Aprendí del maestro.

Volvió la vista al lugar donde habían estado Alma y Helam. Ya no estaban allí. Hizo señas a un soldado para que se acercara.

—Sigue a Alma y a Helam. Averigua dónde vive Alma y en qué ocupa su tiempo.

Bajó la voz.

—A partir de ahora quiero informes periódicos.

El soldado hizo una reverencia y salió deprisa de la sala.

Amulón sonrió al verlo marcharse. Le gustaban las reverencias. Podía acostumbrarse a ellas enseguida. Por supuesto, había oído los rumores del compromiso de Alma y Maia. Su primer impulso había sido prohibir el matrimonio e inventar algún pretexto, aunque, como rey, ni siquiera lo necesitaba. Pero al final había decidido que el dolor de perder al otro, o quizá a un hijo que tuvieran, sería mucho mayor que cualquier daño que pudiera causarles ahora.

Miró a su esposa, esperando que el niño que llevaba en el vientre fuera un varón sano. Tendría que asegurar la continuidad de su linaje real en aquella tierra. Sus hijos gobernarían a los hijos de Alma y los someterían. Amulón aguardaba aquel día con inmenso placer. Primero tenía mucho trabajo por delante y muchos cambios que hacer. Disfrutaría de todos y cada uno.

Apenas salió de la celebración, Alma sintió que lo seguían. Probablemente era alguien enviado por Amulón. Con aquella cojera no podía dejar atrás a nadie.

Helam, que caminaba a su lado, también lo había notado.

—¿Uno de los hombres de Amulón?

Alma asintió brevemente. Tendrían que acostumbrarse.

—Cuanto antes nos casemos Maia y yo, mejor.

Había visto cómo Amulón no dejaba de observarlo durante el banquete. ¿Es que nunca tenía suficiente aquel hombre? Ahora era rey de la tierra. El mismo título que Alma había rechazado cuando su pueblo se lo ofreció.

Ahora los gobernaría un rey inicuo, como si nunca hubieran escapado de la ciudad de Nefi. Alma había visto la desesperación en los ojos de la gente. Sabía que debía fortalecer su fe y aconsejarles que no se dieran por vencidos. Tenían que seguir orando, adorando a Dios y haciendo buenas obras. Amarse y servirse unos a otros sería fundamental en aquellos días difíciles. Pero ¿cómo les enseñaría a amar a sus enemigos cuando ahora se los encontraban a cada paso?

Alma deseó poder caminar más deprisa. Aunque no lograra despistar al hombre que los seguía, ya había esperado bastante para casarse con Maia. Miró la luna y calculó que era casi medianoche. A aquel paso, los invitados a la boda quizá se dormirían antes de que él llegara.

Apenas le quedaban fuerzas y sabía que todavía tenía un aspecto lamentable. Aun así, no quería aplazar la boda ni una noche más. Esperaba que Maia no hubiera dejado de esperarlo. Seguramente ella comprendía que había tenido que quedarse un tiempo prudente en la celebración para no llamar demasiado la atención. Los pasos silenciosos seguían detrás de ellos cuando Alma entró en el camino que llevaba a casa de los padres de Maia. Que Amulón se entere de que esta noche hay una boda, pensó con ánimo desafiante. Que miren sus espías si tanto lo desean.

Entonces se detuvo. La casa estaba a oscuras.

—¿Crees que se acostaron? —susurró a Helam.

Los pasos detrás de ellos también se habían detenido.

—Llamemos de todos modos —dijo Helam—. Tal vez estén en otra casa.

La decepción se apoderó de Alma, aunque, en el fondo, lo único importante era que Maia estuviera a salvo.

—¿Alma? —susurró alguien a un lado del camino.

Alma se volvió hacia los árboles y distinguió una figura en la oscuridad. Dio un par de pasos.

—¿Lael?

Ella asintió.

—Síganme a la casa.

Alma echó una mirada rápida hacia atrás. Vio al lamanita apoyado contra un árbol más abajo, medio oculto. Luego él y Helam siguieron a Lael al interior de la casa.

Una vez dentro, Lael encendió una lámpara de aceite y siguió hablando en voz baja.

—Te espera cerca del río. Han vigilado nuestra casa todo el día, así que hemos hecho los preparativos en secreto.

Miró a Helam.

—Sal por la puerta principal y luego da un rodeo hacia el río. Cuando el lamanita vaya tras de ti, dejaré salir a Alma por detrás. ¿Crees que podrás despistarlo?

—Por supuesto —respondió Helam, con los ojos brillantes ante el desafío.

Después de asegurarse de que el lamanita había seguido a Helam, Alma y Lael salieron sigilosamente por la puerta trasera. Cruzaron el patio y siguieron por un sendero que llevaba al río. La noche se había enfriado y Alma notó que Lael se apretaba el manto contra los hombros.

Al cabo de un rato, vio un resplandor más adelante.

—¿Es allí? —susurró.

—Sí. Solo llevaron una antorcha. Hasta esa podría dar demasiada luz.

El corazón de Alma dio un salto de impaciencia.

—Esperaba que me aguardara.

Lael se rio en voz baja.

—Ni se le habría ocurrido hacer otra cosa. Hoy casi nos volvió locos con los últimos detalles.

—¿Los últimos detalles de qué?

—Ya verás —dijo ella.

Alma casi pudo oír la sonrisa en su voz.

Poco después llegaron al río. Un grupo de árboles brillaba en la otra orilla.

—Ven —dijo Lael—. Podemos cruzar por aquí.

Alma la siguió por un puente de troncos colocados con cuidado y avanzó hacia el resplandor.

Los árboles de la ribera daban paso a una pequeña arboleda. Alma vio primero a Jachin, que sostenía la antorcha. Su rostro se abrió en una sonrisa y, justo en ese momento, la figura que estaba a su lado se volvió.

A Alma se le cortó el aliento. Maia llevaba un velo, pero su belleza parecía resplandecer a través del fino lino blanco. Habían entretejido flores frescas en el borde del velo, y ella sostenía un ramo de orquídeas. Sonrió y le tendió la mano.

—Viniste.

Alma dio un par de pasos hasta quedar frente a ella y le tomó la mano.

—¿Llevas mucho tiempo esperando?

Ella se rio y Alma pensó que nunca había oído un sonido más hermoso. Después de todo lo que habían soportado, antes y ahora, oírla reír… Miró a su alrededor. Habían trenzado orquídeas e hibiscos en largas guirnaldas que pasaban entre las ramas. La fragancia lo cautivó. Y ella también. Su túnica de lino color marfil llevaba bordados delicados en el cuello y en el dobladillo.

—¿Viene Helam? —preguntó Jachin.

—Sí —respondió una voz grave.

Helam se abrió paso entre los árboles y entró en la pequeña arboleda. Tenía el cabello revuelto y estaba sin aliento.

—¿Solo están ustedes cuatro?

—Sí. No queríamos llamar más la atención —dijo Lael.

Jachin sacó unos mantos tejidos que llevaba bajo el brazo. Le dio uno a Alma y otro a Helam. Ambos se pusieron sobre los hombros las vestiduras del sacerdocio. Helam se volvió hacia los prometidos.

—¿Listos?

Los dos asintieron, y Helam comenzó a pronunciar las palabras y las bendiciones de la ceremonia de matrimonio.

Alma observaba a Maia, sin apenas atreverse a creer que aquello sucedía de verdad. Aunque se casaban al amparo de la noche, sentía como si fuera un día luminoso y glorioso. Cuando colocó su manto de oración sobre los hombros de Maia, un estremecimiento lo recorrió. La tenía tan cerca.

Helam pronunció con reverencia las palabras finales.

—Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

Entonces Jachin les tendió el rollo donde constaba el matrimonio y ambos lo firmaron. Helam siguió hablando y pronunció bendiciones sobre sus cabezas, pero Alma apenas oyó las palabras. Extendió las manos y tomó las de Maia. Sintió su suavidad y su calor.

Las manos de Maia eran ligeras como plumas entre las suyas, y la voz de Helam pareció desvanecerse. Entonces alguien le dio un codazo suave. Helam había concluido las últimas bendiciones. Alma se las sabía de memoria, pues había oficiado en muchas bodas. Y sabía de sobra lo que venía después.

Le levantó el velo con cuidado. Todo y todos parecieron desvanecerse a su alrededor. La mirada cálida de Maia se encontró con la suya, firme y serena. Él se inclinó y la besó suavemente en los labios. Ella cerró los ojos. Alma se apartó un poco, sonriendo, sin dejar de abrazarla.

Los demás los felicitaron. Luego Lael dijo:

—Deberíamos apagar la antorcha.

La oscuridad envolvió las flores que adornaban la arboleda y los ojos de Alma tardaron unos instantes en acostumbrarse.

Se oyó la voz queda de Jachin.

—Nosotros iremos regresando. Hasta luego.

Maia se apartó de Alma y abrazó a sus padres y luego a Helam. Los tres salieron de la arboleda. Poco después se apagó el rumor de sus pasos y todo quedó en silencio.

Alma buscó la mano de Maia en la oscuridad.

—Todo terminó demasiado pronto —dijo al atraerla hacia sí.

Aún le dolían las costillas al tocarlas, pero al abrazarla el dolor parecía disiparse. A la luz de la luna, el velo que le enmarcaba el cabello le daba un aire casi etéreo.

Ella se acurrucó contra él con un suspiro.

—Esto apenas comienza.

Alma sonrió, con la alegría y el temor enfrentados en su corazón. ¿Cómo sería su vida bajo el reinado de Amulón? Al menos tenemos esta noche, pensó. Sin saber qué traería la mañana, no quería desperdiciar ni olvidar un solo instante.

Se apartó un poco y la miró. Su esposa. Una oleada de emoción lo invadió al ver la ternura y el amor en sus ojos.

—Te amo.

Una sonrisa asomó a las comisuras de los labios de Maia.

—Me alegra.

Él frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Y yo también te amo —dijo ella, sonriendo aún más.

Alma se inclinó y rozó los labios de Maia con los suyos. Ya empezaba a apartarse cuando, para su sorpresa, ella le rodeó el cuello con los brazos y volvió a atraerlo hacia sí. Hundió los dedos en el cabello de su nuca mientras lo besaba, acercándolo aún más.

Alma le devolvió el beso, deseando abrazarla así para siempre, que aquel instante y aquella noche no acabaran jamás. Allí y en ese momento, ella estaba a salvo. Era suya.


Capítulo 24

Tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentar y tiempo de bailar.
— Eclesiastés 3:4


Maia sonrió antes de abrir los ojos. Alma tenía el brazo extendido sobre su vientre, y ella no quiso apartarlo. Jamás se había sentido tan segura ni tan amada como la noche anterior. Cuanto más prolongara aquella sensación, más podría aplazar el pensar en lo difícil que sería vivir bajo el reinado de Amulón.

Levantó la cabeza y recorrió el dormitorio con la mirada. Sin duda, le vendría bien algún adorno. La casa de Alma tenía el aire de un lugar donde había vivido demasiado tiempo un hombre soltero. Ni siquiera parecía tener más que unos cuantos platos y tazas. Pero, aunque escasamente amueblada, la casa estaba limpia. Maia sospechaba que alguna vecina se encargaba de barrerla y ventilarla, pues Alma pasaba casi todo el tiempo sirviendo a la comunidad.

Alma se movió y retiró el brazo. Maia se lo tomó y volvió a ponérselo encima, disfrutando de la fuerza y el calor que le transmitía. De pronto sintió su mirada. Volvió la cabeza y lo encontró observándola con aire divertido.

—Creo que me hiciste creer que eras recatada y dócil —dijo con la voz ronca, todavía adormilada.

—Jamás he sido recatada —respondió Maia, fingiendo sorpresa—. Solo he tenido cuidado al escoger a quién le muestro cómo soy de verdad.

—Pues me habría gustado saberlo antes —dijo Alma, mirándola con ternura.

A Maia le dio un vuelco el corazón. No sabía si él hablaba en broma.

—¿Habría cambiado algo?

Alma se acercó un poco más, con expresión cada vez más seria.

—Habría cambiado mucho.

A Maia se le contrajo el estómago.

—¿Cómo?

—No habría esperado tantos días para pedirte que te casaras conmigo.

Ella empezó a reírse, pero Alma se inclinó y le interrumpió la risa con un beso.

—Tú tampoco eres tan recatado —dijo ella entre besos.

Él se detuvo y entrecerró los ojos.

—Soy hombre.

Maia lo empujó por el pecho y se escabulló.

—¿Así que eso es todo? ¿Un hombre puede ser atrevido, pero una mujer no puede dejarse llevar por lo que siente?

Alma suspiró exageradamente y se tendió boca arriba.

—Tampoco me dijiste que eras impetuosa.

—¿Qué? —exclamó Maia, casi a gritos.

Intentó darle un manotazo, pero él le sujetó el brazo enseguida.

—No te preocupes —dijo él, reteniéndola con su peso—. Te quiero con todos tus defectos.

A Maia le ardieron las mejillas e intentó golpearlo otra vez, pero él solo se rio. Entonces volvió a besarla. Al cabo de un momento, sin aliento, le susurró:

—Nunca he sido tan feliz en toda mi vida. Eres una bendición en todos los sentidos.

Ella le rodeó el cuello con más fuerza.

—Quedémonos aquí todo el día. Mañana podemos ver cómo arreglar la casa.

—Lo que quieras.

Llamaron a la puerta de la casa.

Alma gimió.

—¿No saben que me casé ayer?

Maia lo soltó de mala gana, sabiendo que el momento había terminado. La situación en la ciudad era demasiado peligrosa para tener a su esposo solo para ella por mucho tiempo, aunque acabaran de casarse.

Se levantó cuando él salió de la habitación y se preparó en silencio para el día. Afuera se oía una conversación en voz baja. Maia alcanzó a distinguir varias veces el nombre de Amulón. Se estremeció al pensar en la pobre Raquel, obligada a entregar su hermosa casa nueva a su padre corrupto.

De pronto, Alma volvió al dormitorio. Se acercó y la rodeó por la cintura.

—Tengo que irme ya —dijo con pesar en los ojos—. Debo visitar a la gente y hablarles de cómo sobrellevar estas nuevas cargas. Quiero evitar que Amulón tenga motivo para castigar o encarcelar a alguien.

—Por supuesto —dijo Maia, tocándole la mejilla.

Él la levantó del suelo y la besó.

—No andes sola por las calles —dijo Alma, otra vez preocupado.

—No lo haré —respondió Maia mientras él se volvía para prepararse—. ¿Cuándo regresarás?

Alma volvió la cabeza mientras se ataba la faja sobre la túnica.

—A más tardar para la cena. Harán falta mucha paciencia y mucha oración para salir adelante.

Maia asintió con un nudo en la garganta. Se preguntó si tendría suficiente paciencia. Cuando Alma estuvo listo, le dio un beso rápido y se marchó.

Ella se sentó en la cama y se alisó la túnica sobre las piernas. Al mover los brazos, tintinearon sus brazaletes nuevos. Alma se los había dado la noche anterior. Un regalo de bodas, le había dicho. Para lo que se acostumbraba en la ciudad de Nefi, era poca cosa, pero ahora eran todas las joyas que poseía. Hasta había dormido con ellos puestos.

Aquel era su primer día como esposa de Alma y lo pasaría sin él, con aquellos brazaletes por único consuelo. Respiró hondo y se esforzó por apartar la creciente tentación de compadecerse de sí misma. Debería estar feliz. Alma regresó sano y salvo, estamos casados y pasaremos juntos el resto de nuestra vida. Puedo sobrellevar este día. Además, hay tanto que hacer.

Maia salió del dormitorio e hizo un cálculo mental de lo que necesitaba para el resto de la casa. Empezaría por unas cuantas cosas indispensables para cocinar. Estaba segura de que podría comprarlas a crédito en el mercado, a nombre de Alma. Con la lista en mente, se ató un pañuelo a la cabeza y lo bajó un poco sobre la frente para que Amulón no la reconociera de inmediato si llegaba a cruzarse con él. Se preguntó cuánto tiempo tendría que seguir andando con tanto cuidado. Ahora que estaba casada, esperaba tener más libertad.

Sin embargo, al recordar las palabras de Alma y pensar en los lamanitas que rondaban por allí, se decidió a ir primero a casa de su madre.

La encontró cortando y recogiendo calabazas tiernas en el pequeño huerto junto a la casa. Lael recibió a su hija con sorpresa.

—Vaya, no esperaba verte tan pronto.

Maia se ruborizó bajo la mirada de su madre.

—¿Quieres acompañarme al mercado?

Lael se repuso enseguida.

—Por supuesto. Deja que termine de recoger estas calabazas.

—Te ayudo —dijo Maia.

Encontró una piedra plana y se arrodilló en la tierra junto a su madre. Las dos trabajaron unos minutos en silencio. Maia sabía que su madre esperaba a que ella hablara primero.

—Alma fue a reunirse con sus maestros —dijo Maia—. Quiere hacerle saber a todo el pueblo que debe evitar cualquier cosa que pueda acarrearle un castigo de Amulón.

—Muy sensato —dijo Lael—. Creo que a todos nos sale rebelarnos contra cualquier cosa que los lamanitas nos manden hacer. Por el amor de Dios, esta es nuestra tierra y estas son nuestras casas. Es humillante, por decir lo menos.

—Sí —dijo Maia—. Pero nuestras vidas valen más que nuestras posesiones.

Lael suspiró hondo.

—Ya empiezas a hablar como tu esposo.

Maia se rio y rodeó a su madre con un brazo.

—Gracias por el cumplido. Ojalá pudiera aceptar la situación como él. Me dijo que no fuera sola a ninguna parte, y aun así tuve que convencerme de venir a pedirte que me acompañaras al mercado.

Lael puso las calabazas en su canasta.

—Voy a dejarlas dentro, donde no les dé el calor, y ya podré ir contigo.

Se puso de pie y se sacudió la tierra de las manos.

—Mujer —dijo una voz de hombre a sus espaldas.

Maia y su madre se volvieron. Tres soldados lamanitas estaban de pie al borde del huerto. A Maia se le cortó el aliento. ¿Qué podían querer, si el día anterior ya habían confiscado todas las armas de los nefitas?

Uno de los soldados se adelantó.

—Entreguen los pañuelos que llevan en la cabeza.

—¿Qué? —dijo Lael, llevándose la mano al pañuelo que la protegía del sol.

—El rey Amulón no quiere que ninguna mujer ande por ahí ocultándose. Solo los hombres que trabajan en los campos pueden llevar turbantes o algo parecido.

Lael miró a Maia, que asintió y empezó a desatarse el pañuelo. Cuando entregaron aquellos inocentes trozos de tela, el lamanita añadió:

—Y las joyas.

—Pero son regalos de nuestros esposos —dijo Maia con voz temblorosa.

El lamanita puso la mano en la empuñadura de la espada.

—El rey Amulón no quiere que las mujeres nefitas luzcan más galas que las lamanitas.

—¿Qué mujeres lamanitas? —preguntó Maia en tono cortante, y se arrepintió al instante.

El soldado blandió la espada con una mano y extendió la otra para recibir las joyas. Lael se quitó los pendientes y el collar. Maia se quitó los dos brazaletes que Alma acababa de regalarle.

—Y traigan lo que tengan dentro de la casa.

Lael suspiró y se volvió hacia la casa. El lamanita de la espada desenvainada entró detrás de ella.

Mientras Maia esperaba, uno de los otros soldados la observaba con recelo.

—¿De dónde vienen las mujeres lamanitas? —preguntó ella.

—De la ciudad de Amulón —respondió el soldado, pero se calló cuando el otro lo hizo guardar silencio.

Quizá vuelva a ver a Inda, pensó Maia. La idea le produjo sentimientos encontrados.

Itzel salió de la casa con un brazalete e insistió en que no poseía ninguna otra joya. Los lamanitas seguían mirándola con recelo, pero tomaron el brazalete y por fin se marcharon.

Cuando los hombres ya no podían oírlas, Lael preguntó:

—¿Qué será lo próximo?

Maia miró los lóbulos desnudos de su madre. Se tocó las muñecas, donde hasta hacía un momento habían estado sus brazaletes. Era como si le hubieran arrebatado una parte de sí misma. Ya no tenía el pañuelo que Raquel le había hecho ni las únicas joyas que había poseído en años.

—Vamos a ver si encontramos algo para tu casa en el mercado —dijo Lael con un ánimo que sonaba forzado.

Madre e hija se tomaron del brazo. Al pasar junto a las chozas vecinas, vieron repetirse la misma escena desalentadora. Los lamanitas parecían invadir todas las casas, exigiendo joyas y objetos de lujo. Lael y Maia apresuraron el paso. Cuando llegaron al mercado, las dos se detuvieron y se quedaron mirando.

Estaba desierto. Había carretas volcadas y mercancías esparcidas por todas partes. Parecía que todos se habían vuelto a casa o que aquel día ni siquiera habían acudido a vender sus artesanías o lo que habían recogido en sus huertos.

—¿Qué está pasando? —dijo Lael.

En ese momento apareció un grupo de lamanitas en el extremo opuesto del mercado desierto. Iban cantando y riéndose entre ellos. En cuanto vieron a las dos mujeres, se dirigieron hacia ellas.

—Vámonos, mamá —dijo Maia, tirando del brazo de Lael.

Se dieron media vuelta juntas y echaron a andar, mientras las risas de los hombres se hacían más fuertes.

—No mires atrás —añadió Maia—. Sigue caminando.

Lael se aferró con más fuerza al brazo de su hija cuando doblaron por una calle lateral que las alejaba del mercado. Las dos suspiraron aliviadas al ver que los soldados no las seguían.

Tomaron otro camino hacia la casa de Maia. Las calles estaban más silenciosas de lo habitual. No había niños jugando ni mujeres atendiendo sus huertos. De vez en cuando veían grupos de soldados entrar o salir de alguna casa cargados de objetos de valor.

—Nos están robando a todos —susurró Lael.

Maia asintió y tragó saliva. Al dar la última vuelta hacia su casa, alcanzó a ver los sembradíos de maíz y frijol en las afueras de la ciudad. El lugar estaba lleno de hombres.

—¿Qué pasa allí? —preguntó, señalando los campos.

Lael se protegió del sol con una mano sobre la frente.

—Parece que están recogiendo la cosecha.

—Es un poco temprano para eso.

—Espera… Están despejando el terreno.

Maia se quedó con la boca abierta.

—¿Y los cultivos?

Las dos se acercaron para ver mejor. Rodearon una casa y subieron por una pendiente. Desde allí Maia podía ver el extremo opuesto del campo, donde una docena de nefitas arrastraba un árbol derribado. Siguió con la vista el camino que iban abriendo y vio a otros hombres quitar las ramas y la corteza.

—¿Qué están construyendo?

Un soldado lamanita corrió hacia uno de los trabajadores nefitas. Por sus ademanes violentos, era evidente que le estaba gritando. Entonces lo empujó al suelo y a Maia se le hizo un nudo en el estómago. Estaban tratando a los hombres nefitas como esclavos.

—¿Dónde estarán Jachin y Alma? —dijo Lael con voz temblorosa.

—Volvamos a casa —respondió Maia—. Cuanto antes, mejor.

Bajaron deprisa por la pendiente y volvieron hacia las hileras de chozas. Una mujer se asomó por la ventana cuando pasaron.

—Un momento —dijo Maia, desviándose hacia el patio de la mujer.

—¡Hola! —llamó.

La mujer volvió a asomar la cabeza, con los ojos muy abiertos.

—¿Sabe qué están haciendo en el campo del norte? —preguntó Maia.

La mujer vaciló y luego respondió en voz baja:

—Están despejando el terreno para construir un palacio para el rey Amulón.

Maia apretó las manos. Un palacio. De pronto se sintió mal. Las imágenes de la corte del rey Noé volvieron de golpe a su mente. Como pudo, dio las gracias a la mujer y regresó junto a su madre.

—Están construyendo un palacio para Amulón.

En los ojos de Lael se reflejaba el mismo miedo que en los de Maia. Las dos habían escapado de la ciudad de Nefi, pero ahora la ciudad de Nefi las había encontrado.

Cuando llegaron a casa de Maia y Alma, Maia entró primero para ver si faltaba algo. Recorrió la sala con la vista. Sin duda, los soldados habían estado allí. Habían volcado un taburete y dejado un tapete arrugado en medio del suelo. Entró en el dormitorio, el último lugar donde había visto a Alma aquella mañana. Sus túnicas y sus capas habían desaparecido.

Maia se sentó en la cama y hundió la cabeza entre las manos. ¿Qué pensaría Alma al volver? Se habían llevado las joyas de ella, la ropa buena de él… La casa se sentía vacía.

Su madre entró en la habitación.

—¿Qué va a ser de nosotras?

Maia levantó la vista y vio que a su madre le corrían lágrimas por las mejillas.

—No lo sé.

Se levantó y la abrazó.

—Pero al menos estamos juntas.

Lael asintió y sorbió por la nariz.

—Busquemos algo que prepararles de cenar a nuestros hombres.

A Maia le asaltó un nuevo temor. ¿Dónde estaban sus hombres? ¿Cuándo volverían a casa?

—Está bien —dijo—. Creo que aquí hay un poco de maíz que podemos moler. Y vi un aguacatero atrás y unas plantas de tomate silvestre.

Lael sonrió débilmente.

—Desde luego, tienes trabajo por delante.

—Sí. Esperaba encontrar en el mercado algo con que empezar mejor.

Maia bajó la voz.

—Ahora solo espero que Alma vuelva sano y salvo. Todo lo demás puede esperar.

Las dos mujeres pasaron el resto del día limpiando la casa de Alma y quitando las hierbas del huerto que crecía sin cuidado en la parte de atrás. Avanzaron bastante, aunque trabajaron sin prisa, procurando ocupar el tiempo hasta que dejaran salir a los hombres del trabajo que les hubieran impuesto.

Jachin llegó a casa de Alma poco antes de la puesta del sol. Fue un alivio verlo, con el rostro cansado y cubierto de polvo. Maia dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia él, con Lael justo detrás. Madre e hija lo saludaron con un beso.

—Esperaba encontrarte aquí —le dijo Jachin a Lael—. Empecé a preocuparme cuando vi que no estabas en casa. Ya se dice que han encarcelado a varias personas y que se han llevado bienes de las casas.

—Los soldados han estado por todas partes.

Lael se señaló los lóbulos desnudos.

—Tus joyas —dijo Jachin con tristeza.

—Hasta se llevaron la ropa de Alma —dijo Maia.

El rostro de Jachin se enrojeció de ira.

—La codicia de los lamanitas parece no tener fin.

Negó con la cabeza.

—No sé cómo lo hace Alma. Pasó la mañana talando árboles y las últimas horas aconsejando y ayudando a la gente. No puedo creer que aún se mantenga en pie.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Maia.

—La última vez que lo vi, ayudaba a Raquel y a su madre a instalarse en la antigua casa de Ester. Van a estar apretados allí, pero Helam empezará a construir su nueva casa esta noche, después de haber trabajado todo el día.

Lael se apoyó en su esposo con el cansancio reflejado en el rostro.

—Al lado de eso, mi día parece fácil.

Jachin la abrazó y le besó la coronilla.

—Y el mío.

—Cuéntanos cómo te fue mientras cenamos —dijo Lael.

Los tres salieron al patio que acababan de limpiar. Maia sirvió la cena sencilla de tortas de maíz con rebanadas de aguacate.

—¿Ya oyeron hablar del nuevo palacio? —preguntó Jachin.

Las dos mujeres asintieron.

—Amulón ha ordenado que todas las joyas y los objetos de valor se guarden en una nueva tesorería, en el templo.

Maia se llevó una mano a la boca.

—Igual que el rey Noé.

—Casi —respondió Jachin con semblante grave—. Por irónico que parezca, el rey Lamán es más compasivo que Noé. Al menos no permitirá que haya rameras en la corte de Amulón.

Maia bajó la mano. Ya no tenía hambre. La oscuridad había descendido sobre el valle, así que se levantó y encendió una antorcha.

Cuando terminaron de cenar, Lael le preguntó:

—¿Quieres venir a casa con nosotros? Alma sabrá dónde encontrarte.

Maia miró el paisaje oscuro. No quería quedarse sola de noche con los lamanitas rondando.

—Me gustaría.

Recogió la mesa y entró a buscar unas cosas para llevarse. En ese momento oyó a sus padres saludar a alguien.

Se asomó por la puerta y vio a Alma entrar en el patio. El corazón le dio un vuelco al verlo. Todavía llevaba en el rostro los moretones del cautiverio y estaba cubierto de tierra. Intercambió unas palabras en voz baja con Jachin y entonces vio a Maia en la entrada.

Lael y Jachin se retiraron discretamente mientras Alma se acercaba a su esposa.

—¿Estás bien? —preguntó Maia.

Él asintió y le tomó la mano.

—Pero estoy cubierto de mugre.

Maia sonrió.

—Te traeré agua.

—Me bañaré en el río. No quiero causarte tanta molestia.

—Está bien —dijo Maia, un poco decepcionada.

Tendría que esperar para saber cómo le había ido.

—Ven conmigo —dijo Alma, sin soltarle la mano.

La acercó a él, deteniéndose justo antes de que su ropa pudiera ensuciarla.

—Te he echado de menos.

Maia soltó el aire.

—Yo también te he echado de menos.

Alma sonrió, con la cara todavía cubierta de polvo, y la guio de la mano por el patio.

—Espera —dijo Maia.

Lo soltó y volvió a la casa a buscar una túnica limpia para que se cambiara. Luego tomó otra para ella, para abrigarse del fresco de la noche.

—Gracias —dijo Alma cuando volvió.

Mientras caminaban hacia el río, Maia le contó lo que se habían llevado de su casa. Al menos, lo que sabía con certeza. Podían faltar más cosas.

A Alma se le hundieron los hombros.

—Casi todo eran regalos.

—Eso pensé —dijo Maia, mirándolo de reojo.

Incluso cubierto de tierra, seguía siendo apuesto.

—Iba a arreglar un poco la casa, pero el mercado estaba cerrado.

—Lo sé.

Alma suspiró hondo.

—Amulón ha actuado deprisa. Parece que llevaba tiempo planeando esta conquista y que no ha perdido un instante en hacer cambios. Habrá un nuevo impuesto sobre todo lo que se compre o se venda. Echaron a los vendedores porque no habían pagado el impuesto por su puesto.

—¿Qué harán?

—Creo que volverán poco a poco cuando vean que no tienen otra opción.

—Entonces, ¿no hay otra opción? —preguntó Maia en voz baja.

Alma se detuvo y se volvió hacia ella.

—Todavía no. He aconsejado a todos que obedezcan a los lamanitas. Por ahora no podemos hacerles frente. Nos superan con mucho en número. Hoy ya han encarcelado a varios hombres, y temo que habrá muchos más hasta que aprendamos a humillarnos.

Maia soltó un gruñido de exasperación.

—No podemos dejarnos llevar como animales al altar.

—Podemos —dijo Alma con insistencia—. Debemos hacerlo. Nuestras vidas son más importantes. Las cosas que poseemos no me importan. Tenemos nuestra fe y nos tenemos el uno al otro.

Maia se miró las muñecas desnudas y las levantó para que Alma las viera.

—Sé que tienes razón, pero cuando me exigieron los brazaletes que me diste, yo…

Bajó la vista, parpadeando para contener las lágrimas.

—Algún día —susurró Alma, tomándola por las muñecas—, tendrás todos los brazaletes que quieras.

Llevó las manos a su cintura y le desató la túnica exterior.

—Ven.

Ella sonrió y lo siguió al agua fresca. Alma desapareció un instante bajo la corriente y luego salió de golpe a la superficie. Le tomó la mano y la ayudó a avanzar hasta la parte más honda. Allí la abrazó.

—Estás empapado —protestó ella.

—Tú también.

La atrajo aún más hacia sí y la besó. Cuando se apartó un poco, tenía la mirada seria.

—Maia, tengo que pedirte algo.

Ella asintió, dispuesta a hacer cuanto él necesitara, aunque se le hizo un nudo en el estómago.

—Necesito que hables con las mujeres de la ciudad, una por una o en grupos pequeños. Puedes ir con tu madre o con Raquel. Necesitaremos que las mujeres ayuden a serenarse a sus esposos cuando vuelvan a casa después de largas jornadas de trabajo duro.

En su rostro, ya limpio, se dibujó la determinación.

—Necesito que el pueblo se humille y se someta al dominio de los lamanitas. Cuando seamos libres, quiero que sigamos todos aquí. Tenemos que elevar nuestras voces al Señor y suplicarle que nos libre. Tenemos que ser uno en nuestras oraciones.

Maia se estrechó contra él y lo abrazó con más fuerza.

—¿Algo más?

—Necesito que estés sana y a salvo —dijo él con vehemencia—. Si te pasa algo… Por favor, no vayas sola a ninguna parte. Prométemelo.

—No iré sola. Te lo prometo —dijo Maia.

Esta vez hablaba en serio.

Alma se relajó.

—Vámonos. Me muero de hambre.

La alzó en brazos.

—Bájame —dijo Maia—. Debes de estar agotado.

Alma sonrió de oreja a oreja mientras la llevaba fuera del río.

—Ya no.


Capítulo 25

Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.
— Amós 3:7


—Es tarde —dijo Raquel, mientras veía a Helam atar las ramas en un haz para cargarlas a la espalda.

Las últimas vetas del atardecer se desvanecían deprisa.

—Este es el último —dijo Helam con un gruñido al echarse la carga a la espalda. Luego hizo una mueca de dolor.

—¿Estás bien?

—No es nada.

Raquel caminó a su lado, deseando poder hacer más para ayudar a construir la casa. Recoger ramas durante el día no le parecía suficiente. Desde hacía varias semanas, Helam dedicaba todas las noches a construir su nueva choza, cerca de la casa de la madre de Raquel. Aunque Amulón estaba construyendo un palacio y desocuparía la casa de ellos en unos meses, era probable que se la quedaran los lamanitas.

A Raquel le dolía ver que Helam trabajaba, literalmente, día y noche. Cada noche venían otros hombres a ayudarlo, y Alma solía estar entre ellos, pero Helam siempre los mandaba a casa para que ayudaran a sus propias familias.

Llegaron al terreno de su nueva casa, encajado entre otras dos chozas. Cada vez quedaba menos espacio, pues a los nefitas que vivían en las afueras los obligaban a mudarse al interior de la ciudad.

La choza estaba terminada en unas tres cuartas partes. Sería sencilla, desde luego, con dos habitaciones y un patio pequeño. Raquel le había dicho a Helam que no necesitaba nada más. Desde que él había regresado del cautiverio entre los lamanitas, ella no quería perderlo de vista.

Helam se inclinó y Raquel lo ayudó a bajar el haz. Al enderezarse, él se estremeció.

—¿Helam?

—¿Mmm? —respondió él, alejándose para examinar la pared de ramas que acababa de montar.

Raquel ahogó un grito al ver unas manchas oscuras en la espalda de su túnica marrón.

—¿Qué te pasó en la espalda? ¿Te caíste en el barro?

Helam se detuvo y se volvió despacio. Por la expresión de su rostro, Raquel supo que no era barro.

—Oh, Helam —susurró.

Se acercó, hizo que se diera la vuelta y le bajó la túnica de un hombro. Tenía la espalda surcada de marcas de sangre. No necesitó ver más para saber lo que había pasado.

—¿Te azotaron?

Helam volvió a subirse la manga al hombro y se volvió hacia ella.

—No fue tan grave.

Raquel se quedó mirándolo, incrédula de que pudiera decirlo con tanta naturalidad.

—¿Que no fue tan grave?

—Es que ya no soy tan rápido como algunos de los más jóvenes. —Esbozó una sonrisa y se señaló el rostro—. Y, como sabes, no soy el nefita más apuesto de la ciudad.

A Raquel le ardieron los ojos.

—¿Se ensañan contigo por tus cicatrices?

Él le tocó la mejilla, con una chispa de humor en los ojos.

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Porque… porque…

Se mordió el labio. Sentía como si se le hubiera cerrado la garganta.

—Supongo que siempre puedo volver a ponerme la capucha.

—Ni se te ocurra —espetó ella—. Que nadie te haga esconder quién eres.

Ahogó un sollozo y le tomó el rostro entre las manos. Se puso de puntillas y le besó las dos mejillas.

—Eres perfecto.

Helam la estrechó con fuerza entre sus brazos.

—Eres la única que piensa así.

—Todos te quieren tal como eres —dijo ella—. Pero esto tiene que acabar. No sé cuánto más puedo soportar.

—Chist —dijo él, hundiendo el rostro en su cuello—. Acabará. Solo tenemos que confiar en el Señor.

Raquel se apartó, avergonzada de sus lágrimas.

—Odio a mi padre. Si no fuera por él, no estaríamos en esta situación.

Helam le puso una mano en el hombro.

—Eso no lo sabemos. Tarde o temprano los lamanitas nos habrían encontrado. No podíamos escondernos para siempre. Son demasiados.

Raquel se secó la cara, invadida por la desesperación.

—Quiero saber cuánto tiempo tendremos que soportar esto. ¿Cuántas veces van a robarnos? ¿Cuántas veces van a azotarte?

La voz se le quebró.

—Me gustaba más cuando eras tú la que me consolaba —dijo él.

Ella se volvió y le echó los brazos al cuello.

—Quizá podamos reunir a un grupo pequeño y escapar. Podríamos huir por las montañas.

Helam la abrazó con más fuerza.

—Podría funcionar, aunque no podríamos llevarnos a los niños ni a los ancianos. Nos retrasarían demasiado. —Aspiró el aroma de su cabello—. ¿Y qué harían las mujeres de la ciudad sin tus cataplasmas? ¿Quién enseñaría a tejer a las muchachas? ¿Y tu madre? Ahora te necesita más que nunca. Y mi madre solo me tiene a mí, así que, si me fuera…

—Supongo que tienes razón.

Raquel se apartó con un suspiro y lo observó a la luz de la luna que empezaba a alzarse.

—Vamos a ponerte algo en esas heridas.

Helam le guiñó un ojo.

—Esa es mi Raquel.

Le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—Lamento que nuestro primer mes de casados no haya sido como lo imaginábamos.

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, si no hubieras tardado tanto en pedirme que me casara contigo, habríamos tenido al menos unos cuantos meses buenos antes de todas estas dificultades.

—¿Yo? —dijo Helam, atónito—. Te dije lo que sentía hace años y tú no me hiciste el menor caso.

Ella se rio.

—Quizá quería que te esforzaras un poco más.

—¿Que me esforzara más? —Se rio, con los ojos llenos de diversión—. No creo haberme esforzado tanto en toda mi vida por impresionar a una mujer tan terca.

—Bueno —dijo ella con aire coqueto—, todavía podrías esforzarte un poco en algunas cosas.

Helam entrecerró los ojos.

—¿Cómo cuáles?

—Como… —Sopló para apartarse un mechón que le caía sobre la cara—. Podrías cargar menos ramas y besarme un poco más.

—Para eso cargo las ramas, para que tengamos nuestra propia casa —dijo él, tomándola entre sus brazos.

Entonces se inclinó y la besó hasta que a Raquel no se le ocurrió nada más en lo que él tuviera que esforzarse.

El tiempo pasaba despacio mientras los lamanitas apretaban su control sobre los habitantes de la ciudad de Helam. Habían pasado casi ocho meses desde que Amulón fue nombrado rey, y cada semana parecía traer una ley nueva que oprimía aún más a los nefitas. Alma dedicaba parte de cada día a exhortar a la gente a acordarse del Señor y a tener fe en que serían liberados. Mientras trabajaba junto a ellos, le dolía el corazón al ver cómo los trataban. Golpeaban o encarcelaban a los hombres por las faltas más leves. A las mujeres las obligaban a trabajar casi tantas horas y con tanta dureza como a sus esposos. Alma se regocijaba al ver que su pueblo volvía a buscar al Señor con humildad, y al mismo tiempo sufría por sus aflicciones.

Apenas unas semanas antes se había promulgado un nuevo edicto. Ya no podían orar a su Dios. Amulón había ordenado a los guardias que dieran muerte a cualquiera a quien encontraran orando. Pero los nefitas aceptaron el edicto con entereza y siguieron derramando su corazón al Señor en sus pensamientos. Era como si la orden de dejar de orar les hubiera hecho comprender cuán importante era la oración.

Alma se levantó de su banco de trabajo y se secó el sudor del rostro y del cuello con un paño sucio. Rara vez se quedaba solo en la tienda de trabajo, pero los guardias habían salido a tomar algo. Había pasado el día tallando unas puertas enormes para el nuevo palacio. Hizo una mueca mientras quitaba las virutas del relieve. Representaba al dios de la serpiente emplumada, una figura que conocía desde su juventud y que su padre le había prohibido tallar.

Antes de empezar la segunda puerta, Alma cerró los ojos y oró en su mente. Los guardias podían volver en cualquier momento, pero aquel día tenía más motivos para orar que de costumbre. Maia estaba encinta y se acercaba al séptimo mes. Solo de pensarlo, sentía que el corazón le iba a estallar.

Oh Señor, oró Alma en silencio, protege a mi pueblo mientras trabajamos día y noche. Ablanda hacia nosotros el corazón de los lamanitas. Bendícenos para que sigamos gozando de buena salud. Protege a Maia y a nuestro hijo que aún no ha nacido. Ampáralos de la persecución y fortalécelos contra la enfermedad. Oh Señor, dame fuerzas para seguir trabajando y para ayudar a los demás cuando lo necesiten.

Al concluir su oración, Alma sintió más calor de lo habitual. Afuera se había levantado una brisa, pero no lo refrescó. De pronto, una oleada de calor lo recorrió y cayó de rodillas, tratando de recobrar el aliento. En ese mismo instante, una voz habló a su mente.

Alzad vuestras cabezas y consolaos, porque sé del convenio que habéis hecho conmigo.

Alma se aferró al borde inferior de la puerta que tenía delante mientras la voz del Señor le penetraba hasta lo más hondo del alma.

Y haré convenio con mi pueblo, y lo libraré del cautiverio.

¡Serían liberados! A Alma le dio un vuelco el corazón.

Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no las sintáis sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre.

Las fuerzas volvieron a sus miembros y Alma se aferró con más firmeza a la puerta.

Y esto haré para que me seáis testigos en lo futuro, y para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones.

Las lágrimas le llenaron los ojos al sentir aquellas palabras en el corazón. El Señor los había oído y los libraría. Cuando la voz se apagó, Alma permaneció inmóvil un largo rato. Solo al oír el alboroto de los guardias que regresaban se secó los ojos y se puso de pie. Con manos temblorosas, tomó la herramienta de tallar y reanudó el trabajo.

—¡Ah, ahí está! —resonó la voz de Amulón, sobresaltando a Alma.

Al volverse, le impresionó el contraste entre lo que acababa de experimentar y el aspecto del hombre que tenía delante. Amulón lucía todas sus galas, con un tocado elaborado y un manto de piel de jaguar. No quería que nadie dudara de quién era el rey de la ciudad de Helam.

Amulón se acercó y examinó el trabajo de Alma.

—Veo que mi viejo amigo no ha perdido su talento.

Soltó una risa áspera.

Alma le sonrió, con el corazón rebosante de gozo mientras las promesas del Señor seguían resonando en su mente.

—Gracias, majestad.

El rey entrecerró los ojos.

—¿Tan alegre esta tarde? Cuéntame la buena noticia. ¿Por fin está encinta tu esposa?

Alma enrojeció y asintió. Luego se repuso.

—Y felicidades por el nacimiento de tu hijo.

Amulón arqueó una ceja.

—Sí, al fin tengo un hijo al que me enorgullece llamar mío.

Era un insulto directo a Raquel y a Itzel, pero Alma pasó por alto la intención de aquellas palabras.

—Mi esposa está preparando un regalo para tu hijo.

El rostro del rey se iluminó de inmediato.

—Muy bien.

Se quedó otro momento examinando la puerta y unos ídolos que Alma había tallado.

—Muy bien —repitió entre dientes.

Luego volvió a mirar a Alma con una sonrisa astuta.

—Trae a tu esposa al palacio esta noche. Quiero que conozca a alguien.

El temor atravesó a Alma, pero las palabras que acababa de oír del Señor parecieron escudarlo.

—Se lo diré.

Hizo una reverencia formal y respiró aliviado cuando Amulón por fin se marchó.

Alma volvió al trabajo, esperando terminar la puerta antes de que oscureciera. Así los guardias no tendrían excusa para retenerlo. Sabía que a Maia le inquietaría tener que ir al palacio, pero estaba deseando contarle la promesa del Señor de librarlos. Solo pensarlo le dio más fuerza en los brazos. Bajo sus manos hábiles, el relieve parecía tomar forma sin esfuerzo.

Cuando por fin terminó y alzó la vista, el sol ya se había puesto. Se frotó el cuello dolorido, flexionó los dedos entumecidos y se volvió hacia los guardias con una sonrisa.

—Confío en que al rey le agradará.

Los guardias se limitaron a gruñir y a mirarlo. No dijeron nada mientras se preparaba para salir.

Alma casi corrió a casa, con el corazón acelerado por la emoción y el alivio. Todavía sentía un calor que lo recorría al recordar las palabras del Señor. Encontró a Maia en el huerto de atrás, regando las plantas con cuidado.

—Maia.

—Ya casi termino.

Antes de que pudiera volverse, él le rodeó la cintura con los brazos, abrazándola a ella y al hijo que llevaba en el vientre, y le besó la coronilla.

—Has vuelto temprano —dijo ella.

Se volvió entre sus brazos, sonriendo mientras dejaba caer el odre al suelo. Alma se inclinó y la besó de nuevo, esta vez en los labios.

—¿Te ha ido mejor que ayer? —preguntó Maia.

Él sonrió de oreja a oreja y le tomó las manos.

—El Señor me habló.

Maia abrió mucho los ojos y le apretó los dedos.

—¿Qué dijo?

—Que nos librará —respondió en voz baja, aunque tenía ganas de gritarlo—. Ha oído nuestras oraciones y quiere que sepamos que se acuerda de nosotros.

—Oh, Alma —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Dijo cuándo?

—No. Solo dijo que aliviará nuestras cargas y que llegará el momento en que nos librará de los lamanitas.

Maia le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él. El niño se movió en su vientre, como si también hubiera oído la buena noticia. Sobresaltada, Maia se apartó y se tocó el vientre.

—¿Qué pasa? —preguntó Alma de inmediato.

—Nada —dijo ella con una sonrisa—. Creo que oyó hablar a su padre.

Él puso las manos sobre el vientre de Maia.

—¿Crees que es un niño?

Ella se encogió levemente de hombros.

—A veces una mujer sabe esas cosas.

Levantó la vista hacia Alma, con los ojos otra vez llenos de lágrimas.

—¿Crees que nacerá en libertad?

Él le tomó una mano y se la llevó a los labios.

—Solo podemos orar.

Maia soltó el aire.

—¿Se lo has contado a alguien más?

—Todavía no. —Vaciló—. Hay algo más.

El semblante de Maia se ensombreció, pero esperó a que continuara.

—Amulón vino hoy a inspeccionar mis tallas. Dijo que esta noche quiere que conozcas a alguien en el palacio.

Ella se apartó y se llevó una mano al pecho.

—¿En el palacio? ¿Quién podría ser?

—No lo sé —dijo Alma, tan desconcertado como ella.

En el rostro de Maia se dibujó primero la preocupación y luego el miedo.

—Quizá sea alguien de la ciudad de Nefi. Alguien a quien yo conocía… a quien Amulón conocía.

Alma le puso una mano en el brazo.

—Iré contigo. No temas. Recuerda la promesa del Señor.

Ella asintió, aunque la inquietud no desapareció de sus ojos.

—Lo sé. Solo espero que el Señor se refiriera a todos nosotros cuando dijo que nos libraría.

—Pase lo que pase, estaremos juntos.

Maia procuró hacer caso omiso de la inquietud que sentía mientras se aferraba al brazo de Alma. Agradecía que él no se quejara, aunque se preguntaba si estaría tan nervioso como ella. Al mirarlo de reojo, vio que su rostro era una máscara de piedra.

Ya tenían el palacio a la vista, con las docenas de antorchas encendidas en el exterior para que los obreros pudieran trabajar hasta entrada la noche. El edificio aún no estaba terminado, pero Amulón ya se había instalado en los aposentos privados.

—Debería estar trabajando con ellos —dijo Alma a su lado—. La gente se preguntará qué pasa.

—Todos supondrán que Amulón te ha mandado llamar —respondió Maia—. Trabajas tanto como cualquiera, y más que la mayoría.

Al acercarse al palacio, los guardias de la entrada principal se levantaron y fueron a su encuentro. Uno de ellos dijo:

—Síganme.

Maia y Alma siguieron al guardia por la entrada abierta y pasaron junto a una hilera de vigas que aún no habían levantado. Había antorchas por todas partes para iluminar el gran vestíbulo. El salón estaba lleno de nefitas que trabajaban agachados, colocando en el piso losas finamente labradas. Algunos los vieron pasar y enseguida volvieron a su labor para evitar un castigo.

El guardia se detuvo ante dos puertas grandes y llamó con fuerza. Cuando las puertas se abrieron desde dentro, Maia reconoció el trabajo de su esposo en la madera tallada. Había oído que la sala del trono había sido la primera en terminarse, incluso antes que los dormitorios privados. Así el rey había podido celebrar audiencias y ordenar castigos de inmediato.

Maia se quedó mirando al entrar. La decoración era asombrosa. Apenas podía creer cuánto había conseguido Amulón en unos pocos meses. Tapetes elaborados cubrían las paredes y el suelo. Habían dispuesto cojines de bordado fino en pequeños grupos. El trono de Amulón era enorme, hecho de piedra con incrustaciones de oro.

El corazón le latía con fuerza mientras trataba de adivinar qué le tenía preparado Amulón. Recorrió la sala con la vista y reconoció a varias mujeres lamanitas de la tierra de Amulón. Iban bien vestidas y lucían muchas joyas, sin duda las que les habían quitado a las mujeres nefitas.

Amulón estaba al otro lado de la sala, conversando animadamente con uno de los guardias lamanitas. Cuando avanzaron, la mirada del rey se posó en Maia y a ella se le erizó la piel.

A su lado, Alma le tiró suavemente de la mano y ambos hicieron una reverencia ante el rey.

Sin levantar la cabeza, Alma dijo:

—Estamos aquí a petición vuestra, majestad.

Maia apretó los labios y mantuvo la mirada en el suelo. Le asombraba que Alma pudiera tratar con tanto respeto a semejante enemigo. Ella no había estado tan cerca de Amulón desde la noche en que huyó del campamento lamanita.

No había cambiado nada, salvo que, si era posible, ahora parecía más cruel.

Un escalofrío la recorrió. Alma no le soltó la mano. Maia casi podía sentir cómo se tensaba a su lado, aunque conservaba la calma.

—Bienvenidos —dijo Amulón, recorriendo despacio a Maia con la mirada—. ¿Puedo ofrecerles mis felicitaciones?

A Maia le ardió el rostro. Se le revolvió el estómago mientras Amulón seguía mirándola. Quiso dar media vuelta y huir de aquel lugar.

—Agradecemos vuestras felicitaciones —dijo Alma, colocándose un poco delante de ella.

—Ah, veo que has educado bien a tu esposa. Al fin se ha vuelto dócil —dijo Amulón con una risita inquietante—. ¿O es que, muy oportunamente, se ha quedado muda otra vez?

Se rio, y los que lo rodeaban le hicieron eco con risas huecas.

Amulón cruzó la sala y se sentó en el trono con ademán ceremonioso. Cuando volvió el silencio, llamó:

—¡Inda!

Una de las mujeres dio un paso al frente y se quitó el pañuelo bordado que le cubría el cabello.

—¿Inda? —susurró Maia.

La mujer sonrió. Porque ya era una mujer. Maia calculó que su hijo habría nacido un par de meses antes. El brillo de la maternidad reciente la hacía resplandecer.

Con todas las miradas puestas en ella, Inda cruzó la sala con las manos extendidas. Al llegar junto a Maia, le besó la mejilla.

—Hermana.

Maia la abrazó, olvidando que Amulón podía desaprobarlo.

—Muy bonito —retumbó la voz de Amulón, y las dos mujeres se separaron—. Tal como pensaba.

Se levantó del trono y se acercó a Maia. Ella se apartó de Inda y volvió al lado de Alma.

Amulón se detuvo justo delante de Maia, tan cerca que ella pudo olerle en el aliento las especias de la cena.

—Pensé que te alegrarías —dijo. Luego miró a Alma—. ¿No es grato ver contenta a tu esposa?

Alma respondió en voz baja y mesurada.

—Por supuesto.

Maia le apretó la mano con más fuerza, sin saber adónde iba a parar aquello.

—Inda me ha hecho una petición —dijo Amulón—. Y como me gusta conceder, siempre que puedo, lo que piden las mujeres lamanitas en la ciudad de Helam, debo acceder.

Sonrió y le guiñó un ojo a Inda.

Maia miró a Inda y luego a Amulón. Volvieron las náuseas. Nada bueno podía venir de un asunto en el que interviniera el rey.

—Inda quiere que seas su doncella mientras esté de visita en nuestra ciudad —anunció Amulón—. Y le he concedido su deseo. No hará falta que vuelvas a casa por tus cosas. Aquí te daremos todo lo que necesites. Atenderás a Inda y a su pequeño. Será como en los viejos tiempos.

Sonrió triunfante, y los que lo rodeaban sonrieron en señal de aprobación.

—Pero estoy casada y espero un hijo.

Amulón la recorrió con una mirada que de pronto parecía aburrida.

—Alma, creí que le habías enseñado modales a tu esposa.

—Oh, Maia —intervino Inda—. Te he echado tanto de menos. Yo… no sabía que te habías casado.

Maia dio un paso atrás, mirando a la joven lamanita por la que tanto cariño había sentido.

—Sí, ahora tengo mi propia familia. Ya no soy sirvienta…

—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas —dijo Amulón con sorna.

Como si aquella fuera la señal, varios lamanitas se acercaron y rodearon al pequeño grupo.

—No puedes exigirle a una mujer casada que sirva de esa manera —dijo Alma, interponiéndose entre Maia y el rey.

—Ah, pero ya lo he hecho —respondió Amulón, empujándolo por el hombro.

Alma no se movió.

—Como dije —repitió Amulón—, podemos hacerlo por las buenas o por las malas.

Alma se abalanzó hacia delante, pero los lamanitas se le echaron encima y lo inmovilizaron antes de que pudiera siquiera acercarse a Amulón.

El rey se rio.

—Todavía te queda brío, viejo amigo. Aprendiste bien… de mí. Por desgracia, otro movimiento como ese te costará la vida.

Alzó la mano.

—¡Guardias, échenlo de aquí!

Los soldados lamanitas parecieron sorprendidos por un instante. Luego empezaron a arrastrar a Alma fuera de la sala. Maia corrió tras él y le echó los brazos al cuello.

—Estaré bien —le susurró con vehemencia—. Amulón no se atreverá a hacer nada mientras esté encinta.

Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó caer.

—Recordaré lo que me dijiste esta tarde.

Sus miradas se encontraron y, de pronto, le arrancaron a Alma de los brazos.

Maia lo vio salir entre los soldados. Se mordió el labio. Se negaba a dejar que Amulón o nadie de aquella corte lamanita viera que acababan de destrozarle el corazón. Alzó la cabeza y se volvió hacia el rey.

Él lucía una sonrisa divertida.

Maia apartó la mirada y se acercó a Inda.

La joven madre le tomó las manos.

—Ven a mis aposentos.

Maia la siguió, agradecida de salir de la sala del trono y quedar lejos de la mirada escrutadora de Amulón.

—Lo siento, Maia. No sabía que te habías casado. Si lo hubiera sabido, no se lo habría pedido —susurró Inda mientras recorrían los pasillos, algunos todavía a cielo abierto—. Quizá tu esposo también pueda trabajar en el palacio.

—Me casé poco después de llegar aquí —dijo Maia con voz tensa.

No quería llamar más de lo necesario la atención sobre Alma, así que decidió no contarle mucho acerca de él.

Llegaron a una hilera de puertas e Inda abrió una.

—Aquí.

En la habitación espaciosa ardían dos lámparas de aceite. Una mujer se levantó de un cojín. Era nefita y se inclinó ante Inda.

—Ya puedes irte —dijo Inda—. Tengo una nueva doncella.

La mujer miró de reojo a Maia y abrió mucho los ojos al reconocerla. Maia no la conocía personalmente, pero la había visto varias veces en las reuniones de mujeres. Sintió que le ardían las mejillas. No tardaría en saberse por toda la ciudad de Helam que ahora servía en el palacio.

Cuando la otra sirvienta se marchó, Maia se acercó a un rincón donde dormía un niño.

—Este es Paan —susurró Inda—. Le pusimos el nombre de su padre, por supuesto.

Por supuesto, pensó Maia. Igual que mi hijo llevará el nombre del suyo. Pero ¿nacerá en el cautiverio?

—Es hermoso —dijo Maia, contemplando las pestañas oscuras que descansaban sobre aquel rostro angelical.

Los rizos negros del bebé se veían un poco húmedos junto a la frente.

—Así que estás encinta. —Inda sonrió—. Qué maravilla. Me preocupaba que, cuando recuperaras la voz, Amulón te tomara por segunda esposa. Sabía que eso no te gustaría.

Maia decidió que tenía que ser prudente. ¿Hasta qué punto podía confiar en Inda?

—Amulón me dejó ir cuando llegamos aquí. Poco después me casé con Alma.

Inda volvió la vista hacia su hijo dormido.

—Bueno, ahora puedes volver a vivir como la realeza aquí en el palacio, en vez de vivir en la choza de tu esposo.

Le sonrió a Maia.

—Mi esposo es ahora rey de la tierra de Amulón, así que soy reina. El rey Lamán parece tenerle mucho aprecio a Amulón y ha nombrado reyes a varios de sus hermanos en sus otras tierras. Vine para que Amulón le diera una bendición especial a mi hijo. Quizá cuando me vaya puedas quedarte en este palacio.

Soltó una risita.

—Por ahora puedes ser mi doncella y te daré todos mis vestidos viejos, como antes.

Maia trató de devolverle la sonrisa, pero no le salió de corazón. ¿Cómo había cambiado tanto aquella joven? Ahora era madre y reina, pero ni la maternidad ni el trono la habían hecho madurar un ápice. Todo lo contrario, al parecer. No quiero estar aquí, quiso decir Maia. Prefiero vivir en una choza diminuta con mi amado esposo que aquí, rodeada de lujos mal habidos.

—Seguramente dormirá el resto de la noche —dijo Inda, volviendo la atención al bebé—. Se ha portado tan bien.

Se volvió hacia Maia con el rostro radiante.

—¡Imagínate! Todo ha salido tan bien. Yo soy reina y tú vuelves a ser mi doncella.

Juntó las manos, encantada.

—¿Me peinarás y me trenzarás el cabello antes de acostarme, como hacías antes?

—Por supuesto —susurró Maia.

Lo que de veras quería era escapar de aquel aposento sofocante y correr hasta llegar a casa. A su verdadero hogar.


Capítulo 26

…he oído lo que me pediste en oración…
— 2 Reyes 19:20


Alma esperó todo lo que pudo soportar y luego emprendió el camino de regreso al palacio. A pesar de las palabras tranquilizadoras del Señor, no podía dormir, no podía descansar, no podía dejar de preocuparse por Maia.

Cuando los guardias lo habían escoltado a casa, había entrado en una choza de la que faltaban la dulzura y la alegría de su esposa. El lugar se sentía vacío. Quería despedirse de ella como era debido. La última vez, los guardias lo habían sacado a rastras de la sala del trono. Sabía que corría un gran riesgo al volver al palacio, pero también sabía que no dormiría aquella noche ni ninguna otra si no lo intentaba.

Casi todas las antorchas estaban apagadas cuando llegó a los terrenos del palacio. Había un nuevo turno de guardias en la entrada. Por su postura, parecían tranquilos, quizá medio dormidos. Alma dio un amplio rodeo alrededor del palacio, preguntándose cómo encontraría la habitación donde estaba Maia. Todas las ventanas altas estaban a oscuras, así que se sentó sobre una roca a observar y esperar.

—¿Quién anda ahí? —gritó alguien al cabo de un momento.

Alma se levantó y se volvió de golpe, tratando de ver quién había hablado. Dos guardias aparecieron por la esquina del edificio. Alma dio media vuelta y echó a correr, abriéndose paso entre la vegetación que crecía más allá del palacio. Cuando las voces de los guardias se apagaron, aminoró el paso. Esperó durante horas, hasta que el cielo negro se volvió azul oscuro.

Se mantuvo lo más lejos posible del palacio y encontró el camino de regreso a la ciudad. Necesitaba ayuda. Tenía que encontrar a Helam.

Cuando llegó a la choza recién terminada de Helam, le sorprendió verlo ya afuera, afilando sus herramientas.

—Saludos —dijo Helam con voz cálida. Luego se puso serio—. ¿Qué ha pasado?

Alma le contó de golpe lo que había sucedido con Maia.

Helam asintió con gravedad.

—Conozco a varios hombres que trabajan dentro del palacio. Por medio de ellos podemos averiguar más. De hecho, creo que Ben está colocando las losas del piso esta semana.

Alma soltó el aire. Sentía más ligera la carga después de compartirla con Helam. Luego le dio la buena noticia, la promesa que el Señor les había hecho de aliviar sus cargas.

—La carga de Maia será ligera en el palacio —observó Helam.

Alma suspiró.

—Lo que más me preocupa es que vuelva a estar bajo las órdenes de Amulón. ¿Cómo va a ser fácil para ella?

—¿No lo ves? —dijo Helam—. Por terrible que sea ahora estar separado de tu esposa, allí tendrá comida y la atenderán bien.

—Claro —dijo Alma—. Pero no creo que pueda quedarme en esa choza sin ella, sabiendo que podría estar en peligro.

—Puedes dormir en mi patio cuando quieras —dijo Helam con una sonrisa fugaz—. Averiguaremos dónde está y, cuando el Señor juzgue oportuno librarnos, la traeremos a casa.

—Está bien —dijo Alma—. Ora para que sea antes de que nazca nuestro hijo.

—Todavía no he dejado de orar —respondió Helam—. Ahora ve. Pronto tendré que darle la noticia a Raquel, y no le va a gustar.

Todavía era temprano cuando Alma se despidió de Helam. Recorrió la ciudad, llamó a las puertas de las chozas y comunicó a la gente el mensaje del Señor. Todos se alegraron sobremanera y muchos lo invitaron a entrar a comer algo. Pero la comida no llenaría el vacío que sentía en el estómago.

Alma llegó a la tienda de trabajo antes que los guardias. Ya habían llevado al palacio las puertas que había terminado la noche anterior y, en su lugar, habían puesto otras para que las tallara. Agotado, bebió un trago de agua estancada de un odre de piel de cabra y se puso a trabajar. De alguna manera encontraría el modo de comunicarse con su esposa.

Llegaron los guardias, y Alma siguió trabajando sin parar durante las horas de más calor. Comió poco y bebió agua solo cuando lo necesitó. Jachin pasó por la tienda y, después de una breve conversación, se enteró de lo que había sucedido con Maia.

Al caer la tarde, Alma estaba completamente rendido por lo poco que había dormido la noche anterior. Volvió a casa despacio, con las piernas tan cansadas que apenas lo sostenían. Esperaba que Helam o Jachin tuvieran noticias de Maia.

Le sorprendió encontrar a Raquel esperándolo en la puerta.

—Alma —dijo ella, mirando furtivamente a su alrededor—. Tengo algo que decirte.

Él le hizo señas para que entrara en la choza.

—Ben vino a verme esta tarde, después de trabajar en el palacio —comenzó Raquel—. Vio a Maia una o dos veces con Inda, la mujer lamanita. Maia parecía estar bien.

Raquel respiró hondo y se apresuró a continuar en voz baja.

—Ben dice que el rey suele retirarse poco después de la medianoche…

Alma asintió mientras la escuchaba, grabándose en la memoria cada detalle. Le dio las gracias efusivamente y, cuando ella se marchó, tomó un panecillo endurecido y lo engulló. Luego entró casi a trompicones en el dormitorio y se dejó caer sobre la cama. Necesitaba recobrar fuerzas. Solo esperaba despertarse antes de la medianoche.

Alma se despertó sobresaltado y volvió enseguida la cabeza hacia la ventana. Todavía era de noche. Se sentó en la cama y se frotó el cuello dolorido. Aún tenía los ojos empañados por la falta de sueño, pero, por la posición de la luna, supo que no tenía mucho tiempo que perder.

Se echó una capa gruesa sobre los hombros, se detuvo y ofreció una oración en silencio. Pidió que, siguiendo las indicaciones que Raquel le había transmitido, pudiera ver a su esposa aquella noche sin que nadie se interpusiera.

Alma salió de la choza sin hacer ruido. El toque de queda se aplicaba con rigor y los guardias patrullaban las calles con regularidad. Se mantuvo en las calles secundarias y tomó varios atajos por detrás de las casas. Por fin llegó al borde del campo del norte, convertido ahora en los terrenos del palacio. La luz de las antorchas de la entrada iluminaba a los dos guardias que permanecían allí toda la noche. Ninguno miró en su dirección.

Después de otra oración en silencio, Alma siguió adelante. Dio un amplio rodeo alrededor de los muros del palacio, avanzando agachado. Llegó a la parte trasera del enorme edificio, sin aliento, pero a salvo. A la luz de la luna, que se reflejaba en los muros, empezó a contar las ventanas. La octava correspondía a los aposentos de Inda y su familia. La pequeña ventana a un lado daba a la habitación que, según Ben le había contado a Raquel, ocupaba la sirvienta. Estaba lo bastante cerca de los aposentos de la familia para que pudieran llamarla de día o de noche.

Alma se acercó sigilosamente a las ventanas, contándolas mientras pasaba por debajo. Cuando por fin llegó a la novena, esperó unos minutos antes de asomarse. La ventana estaba alta, pero, dada su estatura, podía ver el interior sin dificultad. La habitación estaba bastante oscura, aunque alcanzó a distinguir los muebles: una cama, una mesa baja y dos taburetes. Volvió la vista hacia la cama. Estaba vacía.

Justo cuando iba a susurrar el nombre de su esposa, algo le golpeó con fuerza un lado de la cara. Echó la cabeza hacia atrás y se llevó la mano a la mandíbula.

—¿Alma? —susurró una voz.

Alzó la vista con los ojos llorosos por el golpe.

—¿Qué intentabas hacer? ¿Matarme?

El rostro de Maia se iluminó con una amplia sonrisa.

—¿Y tú qué intentabas hacer?

Él le devolvió la sonrisa, se inclinó otra vez por la ventana, le tomó el rostro entre las manos y la besó.

—Así está mucho mejor.

Al soltarla, movió la mandíbula para probarla.

—¿Con qué me golpeaste?

Ella levantó una copa.

—Tienes suerte de que fuera lo único que tenía a mano.

Alma se rio en voz baja y luego se puso serio.

—¿Cómo estás?

—Por lo visto, mejor que tú. —Maia bajó la vista hacia sus manos—. Estoy bien, aunque preferiría estar en casa contigo.

Lo miró a los ojos.

—Pero no quiero que hagas ninguna imprudencia que empeore las cosas. Ni siquiera deberías estar aquí.

—Lo sé —dijo Alma—. Pero no puedo dormir sin ti.

Ella se ruborizó.

—Hazte un poco hacia atrás —dijo él.

Se izó hasta el alféizar. Apenas cabía, pero en unos segundos estuvo dentro de la habitación de Maia sin hacer demasiado ruido.

—Alma, alguien va a oírte —dijo ella, aunque de todos modos se refugió entre sus brazos.

—No podía seguir lejos de ti —susurró él—. ¿Cómo está el bebé?

—Bien —dijo ella contra su pecho—. Pero no puedes quedarte.

—Lo sé.

—Deberías irte.

—Lo sé.

Sin embargo, la estrechó con más fuerza.

Por fin, de mala gana, Alma se apartó.

—Pronto —susurró—. Pronto nos librará el Señor.

—Eso espero —le susurró ella.

Alma le dio un beso suave en cada mejilla.

—Mantente preparada. No sé cuáles son los designios del Señor ni cuándo llegará el momento, pero no me iré sin ti.

Amulón abrió las manos y estiró los dedos. En cuatro de ellos llevaba anillos enjoyados, dignos del rey que era. Todavía era temprano y apenas tenía otra cosa que hacer que esperar el desayuno. Prefería comer solo en sus aposentos mientras pensaba en los planes del día. Sonrió para sus adentros, complacido con la marcha de las cosas en Helam. Solo una cosa lo molestaba. Los nefitas parecían demasiado contentos. Hacían todo lo que se les mandaba con una alegría irritante. Hasta había oído cantar a los trabajadores del palacio mientras trabajaban. Cuando les ordenó que dejaran de hacerlo, obedecieron sin vacilar, pero seguían pareciendo contentos.

Quizá por fin se estaban convirtiendo en los sirvientes obedientes que debían ser, pensó. Pero esperaba verlos encorvados, con semblantes sombríos y el ánimo quebrantado, sobre todo después del edicto que les prohibía orar a su dios o adorarlo. Hasta Alma, con su amada esposa en el palacio, seguía cumpliendo cada día una jornada completa de buen trabajo y saludaba a Amulón con cortesía.

Amulón no confiaba en Alma, aunque nada en sus actos ni en sus palabras indicaba traición alguna. Así que había duplicado la guardia para vigilar cada uno de sus movimientos, de día y de noche. Así había descubierto las visitas nocturnas de Alma a su esposa.

En lugar de encarcelarlo y darle muerte de inmediato, Amulón lo dejó continuar. Esperaría el momento preciso para librar a la ciudad de Helam de su querido Alma de una vez por todas. Pero primero tenía que asegurarse de que su dominio fuera absoluto.

Esa será mi venganza, decidió Amulón. Afianzaría su autoridad de una vez por todas, y el pueblo se olvidaría de su profeta y de su supuesto dios. Yo seré su dios. Cuanto más pensaba en la idea, más le gustaba. Tallarán ídolos a mi imagen y el pueblo me adorará. Por supuesto, seguiría rindiendo homenaje a los dioses de la naturaleza, pero él merecía más de aquel pueblo.

Alguien llamó suavemente a la puerta.

—Adelante —dijo.

Al rumor de unos pasos le siguió el olor del desayuno. Amulón se volvió, complacido de ver que era Maia quien llevaba la bandeja. Aunque era la doncella personal de Inda, él también solicitaba sus servicios de vez en cuando. Maia mantuvo la mirada baja, pero Amulón no tenía intención de dejarla marcharse tan pronto.

—¿Cómo estás de salud? —preguntó cuando Maia dejó la bandeja.

—Bien, señor —murmuró ella.

—Mírame —dijo él.

Sintió una sacudida de placer cuando ella alzó la vista.

—¿Qué te parece vivir en el palacio?

—Es… muy cómodo.

Él sonrió.

—Podría ser aún más cómodo si tú quisieras.

Observó cómo la expresión de Maia pasaba del temor a la curiosidad.

—Ah, ya he despertado tu interés. Puede que esté casado, pero puedo ofrecerte mucho más que cualquier otro hombre de esta tierra.

El semblante de Maia se ensombreció.

—Estoy casada.

—Por ahora estás casada, pero no olvides que perdiste a tu primer esposo de una manera trágica.

Maia abrió la boca, sorprendida.

—¿Quién puede asegurar que no perderás a tu segundo esposo de una manera parecida?

Ella apretó los labios, con los ojos encendidos.

—Que te quede claro que vigilo cada uno de tus movimientos y que lo sé todo.

Amulón se puso de pie y la tomó del brazo. Ella se estremeció, pero él la sujetó con firmeza.

—¿Qué tienes de especial? ¿Por qué solo te casas con los dirigentes de esta tierra? Primero Noé y luego Alma. ¿De veras eres una mujer a la que ningún hombre puede resistirse?

A Maia se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Amulón solo se rio.

—Una vez te me escapaste, pero no volverá a ocurrir.

La atrajo hacia sí hasta sentir el calor de su piel.

Maia soltó un grito ahogado y lo apartó de un empujón.

—¿Qué quieres de mí? Tienes esposa, un hijo, a todas las mujeres de la corte si así lo quieres, todo el poder de esta tierra… ¿Por qué yo?

Amulón la agarró de ambos brazos, se inclinó y le susurró con fiereza al oído:

—Solo quiero terminar lo que empecé hace tantos meses.

Entonces la apartó de un empujón violento.

Maia cayó contra una mesa y se puso de pie a trompicones. Se secó las lágrimas del rostro.

—Eres despreciable hasta la médula. Tienes una hija hermosa, un nieto y una esposa que te querían.

Amulón se quedó mirándola, incrédulo. ¿Cómo se atrevía a hablar de su antigua familia?

—¡Me abandonaron! —rugió—. Si hoy están vivos, es por mi misericordia. Su deserción podría castigarse con la muerte.

Maia empezó a temblar, pero le sostuvo la mirada.

—Por mucho poder que tengas y por muchos nefitas o lamanitas que mandes matar, sigues sin ser nada. Sigues sin ser digno del amor de ninguna mujer ni de ningún niño.

—¡Fuera! —gritó Amulón—. No volverás a ver la luz del día. Tu querido Alma no vivirá para ver nacer a su hijo. ¡Te lo aseguro!

Maia se dirigió a trompicones hacia la puerta, que un guardia abrió de golpe. Aparecieron varios guardias más. La apresaron de inmediato y la arrastraron a la prisión subterránea.

Cuando volvió a quedarse solo, Amulón se acercó a la mesa y, de un solo manotazo, arrojó todo al suelo.

—Oh Señor, por favor, perdona la vida de mi esposo. Protégelo de la mano de Amulón. Por favor, líbrame de este lugar —susurró Maia.

Solo llevaba unas horas en prisión, pero ya había empezado a desesperarse. ¿Cuánto tardaría Alma en enterarse? ¿Qué haría? ¿Y qué haría Inda? Sin duda, ya lo sabía. Quizá pudiera persuadir a Amulón de que la dejara salir.

Mientras contemplaba las paredes de piedra y el suelo de tierra, a Maia le pareció irónico que Amulón hubiera construido aquella prisión justo al lado de su palacio. Los guardias la habían llevado a través del palacio, a la vista de todos los trabajadores nefitas, y luego por el costado norte del edificio. Allí habían excavado varias celdas en la tierra y las habían revestido de piedra. La única forma de entrar era que la bajaran con una cuerda.

Cuando llegó, oyó a algunos de los otros presos, todos hombres, pedirles comida a gritos a los guardias. Ahora le rugía el estómago y se preguntó si le darían de comer.

Miró alrededor en la penumbra y no vio rastro de ratas. Eso quería decir que por aquella celda rara vez pasaban la comida y el agua. Luego alzó la vista hacia la luz que venía de arriba y volvió a orar en silencio. Recordó la seguridad que había visto en los ojos de Alma cuando le habló de la promesa del Señor de librarlos.

Estaba preparada para que se cumpliera.

A medida que avanzaba el día, oró sin cesar por Alma, por ella misma, por su hijo que aún no nacía, por los nefitas y hasta por Inda. Al fin se quedó dormida, debilitada por el hambre. Cuando abrió los ojos, la luz era más anaranjada y ella sentía un calor y una calma que le extrañaron.

Ya no tengo hambre, se dio cuenta. Le sorprendió que también se le hubieran pasado las náuseas. Se puso de pie y estiró las articulaciones entumecidas. Caminó un rato de un lado a otro por la pequeña celda y luego volvió a sentarse a esperar, sin saber qué esperaba.

Cayó la noche y seguía sin recibir comida. Tampoco había señales ni ruidos de los guardias o de los presos de las celdas cercanas. Maia hizo otra oración, extendió la capa en el suelo y trató de dormir.

Soñó que Inda había ido a rescatarla, pero que ella no alcanzaba la cuerda que colgaba por encima de su cabeza. De pronto, abrió los ojos y se dio cuenta de que alguien la llamaba por su nombre.

Se esforzó por ver en la oscuridad.

—¿Inda?

—Maia, ¿estás ahí abajo? —volvió a oírse la voz.

—¡Sí!

Sintió un profundo alivio. Quizá, después de todo, su sueño se haría realidad.

—Lo siento —dijo Inda. Su voz resonó entre las piedras que rodeaban a Maia—. Nunca debí insistir en que vinieras al palacio.

—¿Puedes sacarme de aquí? —preguntó Maia en voz alta.

Hubo un momento de silencio. Entonces Inda respondió:

—El rey dijo que puedo llevarte conmigo a la ciudad de Amulón. Nos vamos en dos días.

Un frío se apoderó de Maia.

—¿Y mi esposo?

—Él tiene que quedarse aquí —dijo Inda—. Pero si vienes conmigo, saldrás de este lugar. Si te quedas, morirás en esta prisión.

A Maia se le hundieron los hombros. Jamás abandonaría a Alma, aunque eso significara consumirse en aquella prisión. Se llevó las manos al vientre. Pero ¿podría vivir con una decisión que le hiciera daño a su hijo?

—Te traje un pan redondo y un poco de agua —dijo Inda.

Algo cayó cerca de los pies de Maia. Se agachó para recoger el odre y el pan envuelto.

—Gracias.

—Intentaré volver mañana por la noche.

Maia no respondió, pero asintió para sí misma mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Se sentó sobre la capa, bebió del odre y le dio un mordisco al pan. El sabor se le deshizo en la lengua y comió despacio, saboreando cada bocado.

Cuando terminó el pan, tomó el odre y bebió largamente, aunque guardó un poco de agua para la mañana.

—Alma —susurró—. Por favor, ven a buscarme.

Sin embargo, en el fondo no quería que él arriesgara la vida. Cerró los ojos e intentó imaginárselo, recordar su mirada amorosa y las palabras que le había susurrado apenas la noche anterior. Entonces volvió a sentir frío en todo el cuerpo. Si Alma decidía ir aquella noche, Amulón seguramente lo estaría esperando.

—Alma, no vengas. No vengas por nada del mundo. Oh Señor, por favor, protege a mi amado —susurró mientras le asomaban las lágrimas.

Se abrazó a sí misma y se tendió, sabiendo que aquella noche le costaría conciliar el sueño.


Capítulo 27

…a los fieles guarda Jehová…
— Salmos 31:23


Alma recorría su casa de un extremo al otro. Su esposa estaba en prisión. Ben acababa de confirmárselo al regresar del trabajo en el palacio aquella mañana. Su primer impulso había sido reunir a un grupo de hombres y darles una desagradable sorpresa a los guardias del rey. Sabía que aquello desencadenaría una serie de sucesos que podrían acabar en desastre, pero se sentía físicamente enfermo al pensar en su esposa, en su estado, tendida sobre el suelo frío de una prisión. Sin embargo, algo le había susurrado a la mente que debía esperar.

Y había esperado, cumpliendo penosamente con las labores del día. Durante toda la jornada había sentido que algo estaba a punto de cambiar. Había orado en su corazón todo el día para que la liberación de su pueblo llegara pronto. Mientras la noche oscurecía la choza, siguió caminando de un lado a otro, pensando en lo que supondría trasladar a tanta gente y preocupado por la seguridad de su esposa.

Por enésima vez, cayó de rodillas e inclinó la cabeza. Pero esta vez, en lugar de repetir las palabras que parecía tener siempre en los labios, oyó un susurro, el susurro del Señor.

Consuélate, porque mañana te libraré de la servidumbre.

Alma relajó los hombros y sintió que el gozo lo recorría. Apretó las manos y escuchó con atención cada palabra.

Irás delante de este pueblo, e iré contigo y libraré a este pueblo de la servidumbre.

Cuando se apagaron las palabras del Señor, Alma abrió los ojos y se puso de pie. Había llegado la hora. Mañana serían libres. Pero primero tenían que reunir los rebaños y preparar el grano y las demás provisiones que llevarían consigo. Aquella noche nadie dormiría.

—Ya hemos reunido los rebaños —dijo Helam.

Alma se volvió y se frotó las manos. Le dolían de cargar hasta el mercado los sacos de piel de cabra llenos de grano. Miró el cielo. Todavía estaba oscuro, pero el alba se acercaba deprisa.

—¿Tenemos que buscar armas también? —preguntó Helam.

—No —respondió Alma—. El Señor no nos librará por medio de la violencia.

No sabía exactamente cómo los libraría el Señor, pero sabía que no sería mediante el combate.

—Cuando todo esté listo, tengo que rescatar a Maia.

—Yo puedo encargarme de los últimos detalles —dijo Helam en voz baja—. ¿O quieres que vaya contigo?

Alma soltó el aire. Debería estar cayéndose de cansancio, pero de algún modo tenía tantas fuerzas como si hubiera dormido toda la noche en vez de pasarla trabajando con el pueblo para reunir los rebaños y las provisiones.

—Quédate aquí. No tardaré.

Contempló la plaza del mercado, donde se habían reunido las familias. Muchos niños dormían mientras los adultos hacían los preparativos. Era un milagro que los guardias lamanitas no los hubieran descubierto, un milagro que solo el Señor podía haber obrado.

Después de dirigirle a Helam una última mirada tranquilizadora, Alma salió del mercado y se apresuró hacia el palacio. Desde que se había enterado del encarcelamiento de Maia, no había dejado de orar. Al menos sabía que estaba lejos de Amulón, aunque temía por la salud del hijo que aún no había nacido. De algún modo encontraría la manera de rescatarla. Había llegado el momento en que el Señor los libraría.

Cuando tuvo el palacio a la vista, las antorchas todavía ardían en la entrada, pero le sorprendió no ver guardias. Se acercó sigilosamente, preguntándose si estarían patrullando y aparecerían por la esquina en cualquier momento. Entonces distinguió dos figuras en el suelo.

Se acercó despacio, mirando alrededor por si alguien lo observaba. Al llegar junto al primer lamanita, extendió la mano y le tocó el pecho. El hombre respiraba, pero parecía dormido. Miró al segundo guardia. También parecía dormir.

Una suave calidez lo recorrió. ¿Sería obra del Señor?

Alma se puso de pie y avanzó junto a los muros del palacio hacia el otro extremo, donde habían construido las celdas. Aminoró el paso al acercarse, atento a cualquier guardia que pudiera aparecer.

En la entrada yacían dos guardias dormidos. Alma los observó un par de minutos para cerciorarse y luego se acercó sigilosamente a la primera celda. Bajó la cuerda y llamó:

—¡Hola, ahí abajo!

Un hombre respondió enseguida.

—Agárrate de la cuerda —le indicó Alma.

Cuando sintió el tirón, lo sacó.

El nefita emergió del foso y parpadeó, sorprendido al ver a Alma.

—¿Qué pasa?

—Nos vamos —dijo Alma—. El Señor ha hecho que los lamanitas caigan en un profundo sueño. Hemos pasado toda la noche reuniendo los rebaños y el grano para el viaje.

El hombre abrazó a Alma.

—Déjame ayudarte a sacar a los demás.

Los dos trabajaron juntos hasta que sacaron a otros cinco hombres, que todavía parpadeaban aturdidos.

—La mujer debe de estar en esta —dijo uno de ellos.

Alma miró al fondo del foso y el corazón le dio un vuelco al pensar en su esposa.

—¿Maia? —llamó.

Esperó un momento con el aliento contenido, pero no hubo respuesta. Volvió a llamar. Nada.

—Voy a bajar.

Mientras dos hombres sujetaban la cuerda, descendió a la celda. Al tocar el suelo, escudriñó la oscuridad. Entonces la vio, acurrucada contra la pared. Se acercó y se arrodilló a su lado. Al tocarle el hombro, sintió alivio al comprobar que estaba tibia y respiraba.

—¿Maia?

Ella se movió y levantó la cabeza.

—Soy yo.

—¿Alma? —Su voz estaba ronca.

—Estoy aquí —dijo, recogiéndola entre sus brazos—. ¿Estás bien?

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Estás aquí?

Se aferró a él y respiró hondo.

—Estás a salvo. Eso es lo único que importa ahora.

—¿Puedes ponerte de pie? Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Maia asintió contra su pecho y él la ayudó a encontrar la cuerda. Se la aseguró por debajo de los brazos para darle más apoyo. Una vez que ella estuvo a salvo arriba, volvieron a echarle la cuerda y Alma trepó por ella.

El cielo empezaba a clarear cuando salió de la celda. Le bastó una mirada para comprobar que los guardias de la prisión seguían profundamente dormidos. Sonrió al ver a Maia, y ella volvió a abrazarlo.

—Creí que soñaba cuando me llamaste por mi nombre.

Alma la estrechó un momento antes de soltarla.

—Me alivia ver que estás bien.

Se volvió hacia los demás.

—Todavía hay gente de nuestro pueblo dentro del palacio. Tenemos que reunirlos deprisa y volver al mercado, donde todos nos esperan.

—¿Y los guardias del palacio y el rey? —preguntó uno de los nefitas.

—El Señor ha hecho caer un profundo sueño sobre todos los lamanitas. Deberíamos poder despertar a los nefitas y ayudarlos a salir.

Se volvió hacia Maia.

—¿Puedes caminar?

Ella asintió y le tomó la mano.

El pequeño grupo de nefitas se apresuró hacia el palacio y entró por la puerta principal sin que nadie se lo impidiera. Se separaron, tomaron antorchas para alumbrarse y recorrieron una habitación tras otra, despertando a los sirvientes nefitas.

Maia detuvo a Alma cuando iban por un pasillo.

—Aquí duermen Inda y su familia —dijo en voz baja.

Abrió la puerta despacio y se asomó. Luego volvió al pasillo.

—Inda quería llevarme con ella a la ciudad de Amulón, donde su esposo es rey.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana.

Alma la atrajo entre sus brazos.

—Entonces el Señor nos ha librado justo a tiempo.

Le besó la coronilla, estremecido al pensar que hubieran podido llevársela otra vez.

—¿Necesitas recoger algo de tu habitación?

—No.

Maia lo miró.

—Todo lo que necesito está aquí mismo.

Alma le tomó la mano.

—Entonces salgamos de aquí.

Se dirigieron a la entrada del palacio y se unieron a los nefitas que habían liberado. Había varias docenas de personas reunidas allí, con el asombro reflejado en el rostro.

Alma salió del palacio al frente del grupo, sin soltar la mano de Maia, y volvió al mercado. La multitud era casi el doble de numerosa que antes. Helam salió a su encuentro, con Raquel justo detrás.

—¿Estás bien? —le preguntó Helam a Maia.

Ella asintió mientras Raquel se acercaba y la tomaba del brazo.

—Déjame traerte algo de comer y agua —dijo Raquel, y se la llevó.

Alma las vio alejarse y se volvió hacia Helam.

—¿Cuánto falta para que podamos partir?

—Ya estamos todos —dijo Helam—. ¿Cómo sacaste a la gente del palacio?

—El Señor ha hecho caer un profundo sueño sobre los lamanitas.

Helam asintió.

—Ya nos han informado varias veces de que los guardias de los puestos de vigilancia también están dormidos. Parece que solo les ha sucedido a los lamanitas.

—Claro —dijo Alma con una sonrisa.

Helam le devolvió la sonrisa, aunque seguía mostrando el cansancio en el rostro.

—El sol saldrá en un par de horas. ¿Cuánto crees que durará el sueño?

—Hasta que seamos libres —dijo Alma en voz baja.

Le puso una mano en el hombro a Helam.

—La espera ha terminado. En este mismo instante emprenderemos una vez más el camino hacia la libertad.

Helam se volvió hacia la multitud y pasó aviso de que era hora de partir. La noticia corrió como el fuego. Se formaron grupos pequeños, que se organizaron en largas filas. Despertaron a los niños y repartieron algo de comer. Los hombres se echaron a la espalda pesados sacos de grano, y las mujeres cargaron ropa y tapetes enrollados en fardos.

Raquel y Maia aparecieron, y Alma tomó a su esposa de la mano.

—¿Lista?

—Sí —respondió ella con una sonrisa.

Él veía el agotamiento en sus ojos, pero esperaba que tuviera las fuerzas necesarias.

Alma se puso en marcha por las calles conocidas, apenas iluminadas por la luz menguante de la luna. Eran las calles que él y su pueblo fiel habían construido con sus propias manos. Pasaron junto a sus casas, sus patios y sus huertos, cultivados con esmero. Llegaron a los campos al oeste de la ciudad, fuera de la vista del palacio, donde varias docenas de hombres y muchachos guardaban los rebaños.

Los nefitas se reunieron y Alma tomó la delantera. Cuando el terreno se volvió más empinado, notó que a Maia le costaba respirar.

—¿Quieres que te lleve en brazos?

Ella le apretó la mano.

—No. No estoy tan cansada como parezco.

—Creo que hoy todos hemos sido bendecidos con más fuerzas.

Cuando coronaron la primera colina, los primeros vislumbres del alba tocaron la tierra. Alma se volvió y contempló a su pueblo mientras subía la ladera. Algunos niños corrían delante de sus padres, luego se detenían y esperaban a que los alcanzaran. Los ancianos se apoyaban en los brazos de los jóvenes. Los hombres llevaban a los niños pequeños sobre los hombros, además del peso de los sacos de grano. Por último, venían los rebaños, y sus balidos animaban el aire.

Y la ciudad de Helam seguía durmiendo.

—La voy a extrañar —dijo Maia junto a Alma.

—Yo también —respondió él con un nudo en la garganta.

Contempló la ciudad que los creyentes habían levantado con sus propias manos, con su sudor y con su amor por Dios. Jamás habría imaginado, cuando vivía en la corte del rey Noé, que acabaría llevando una vida de fugitivo. Pero si huir significaba vivir sin persecución y poder orar en voz alta al Señor, el sacrificio valía la pena.

—Nunca olvidaré el río —dijo Maia, acurrucándose junto a Alma—. Allí me bautizaste. Allí nos casamos.

Alma rodeó los hombros de su esposa con un brazo.

—Pronto tendremos nuevos recuerdos.

Bajó la vista hacia el vientre de Maia.

—Recuerdos que podremos compartir con nuestra pequeña familia.

Alma recorrió con la mirada el valle verde. El clima era más fresco que en la ciudad de Helam y había agua en abundancia. Vio un pequeño lago en el que desembocaban varios arroyos.

Helam se detuvo a su lado y siguió la dirección de su mirada.

—Es aquí.

—Sí —dijo Alma.

Respiró hondo mientras una cálida sensación se extendía por su interior. Sentía que aquel era el lugar indicado. No sabía por cuánto tiempo, pero su pueblo necesitaba descansar. Llevaban todo el día viajando y ya se acercaba la noche. Miró hacia Maia, que estaba con un grupo de mujeres, entre ellas Raquel.

Maia se encontró con su mirada y sonrió.

—¡Es hermoso! —exclamó.

Era como si le hubiera leído el pensamiento.

—Sí. Casi tan hermoso como tú.

Ella negó con la cabeza entre risas y se dio unas palmaditas en el vientre.

—¿Aunque esté tan grande como una alpaca?

—Jamás —dijo él.

—Ya basta, ustedes dos —intervino Helam—. Están haciendo sonrojar a Raquel.

Raquel abrió la boca para protestar, pero apretó los labios y le lanzó a Helam una mirada fulminante.

—Cuidado, Helam —dijo Alma—, o esta noche no tendrás tienda donde dormir.

Helam se rio.

—Supongo que entonces no tengo nada que perder. Ya que estamos diciendo lo que pensamos, tengo una sugerencia.

Se inclinó hacia Alma.

—A este lugar no vamos a llamarlo Helam ni nada parecido. Propongo que lo llamemos el valle de Alma.

—¡Muy bien! —exclamó Maia con los ojos brillantes.

Varias personas a su alrededor murmuraron su aprobación.

Alma se frotó la nuca.

—¿Qué tal el valle de Abe? ¿O de Raquel?

—Buen intento —dijo Helam, negando con firmeza—. He hecho todo lo que me has pedido. Ya es hora de que, por una vez, me escuches tú.

—¿Ah, sí? —dijo Alma con una sonrisa ladeada—. ¿Eso piensas?

—Eso pensamos todos —respondió Helam, cruzándose de brazos.

Se volvió hacia los demás y preguntó en voz alta:

—¿Quién está a favor de que este valle lleve el nombre de Alma?

Decenas de voces respondieron que sí. Helam volvió a mirar a Alma con una sonrisa triunfal.

—Ahí lo tienes.

—Está bien —dijo Alma, procurando aparentar indiferencia.

Por dentro, lo conmovían profundamente la sugerencia de Helam y el apoyo del pueblo.

—Pongámonos a trabajar, entonces. Solo falta una hora para que se ponga el sol.

Los nefitas entraron en el valle entre conversaciones animadas. Por fin trabajarían para su propio sustento, libres de servir a un rey codicioso y egoísta. Cuando la mayoría ya había pasado junto a él, Alma se volvió hacia Maia. Ella miraba al frente con una expresión extraña.

—¿Qué pasa? ¿Crees que deberíamos cambiar el nombre del valle?

Maia abrió mucho los ojos al volverse hacia él.

—¿Maia?

Alma se quedó mirándola. Tenía el rostro ceniciento.

—¿Qué pasa?

—Yo… —Se apretó el vientre—. Creo que…

Los ojos se le pusieron en blanco y Alma llegó justo a tiempo para impedir que cayera al suelo. Apretó los dientes y la levantó en brazos.

—¡Raquel!

No sabía cuánto se había adelantado, pero, si el dolor de Maia era lo que él temía, necesitaba que la atendiera una mujer.

Las personas más cercanas se volvieron mientras seguía llamando a Raquel. Intentó contener el pánico en la voz, pero lo invadió la desesperación.

Por fin Raquel respondió a su llamado. Llegó corriendo, con el rostro preocupado.

—¿Qué ha pasado?

Le tocó la frente a Maia y luego le pasó la mano por el rostro y el cuello.

—No lo sé —dijo Alma—. Se apretó el vientre y se desmayó.

Por un instante, el miedo asomó al rostro de Raquel. Luego recobró la calma.

—Creo que el niño puede estar por nacer.

—Es demasiado pronto —dijo Alma.

Recordó al primer hijo de Maia. También había nacido antes de tiempo y había vivido muy poco.

—Otros niños han sobrevivido al nacer tan pronto —dijo Raquel en voz baja—. Necesitaremos agua fresca. Llévala al río más cercano. Prepararemos una tienda para el parto.

Alma asintió, aturdido. Agradeció que alguien le dijera qué hacer. Maia se movió en sus brazos y a él lo invadió la esperanza.

—Está despertando.

Raquel caminaba a su lado, sosteniendo la mano de Maia.

—Tenemos que apartarla del calor cuanto antes. El viaje probablemente le ha costado más de lo que pensábamos.

Itzel, Lael y Ester pronto se reunieron con él. Helam se adelantó corriendo y empezó a levantar una tienda con los paños que ofrecieron varios nefitas. Cuando Alma llegó al río con Maia en brazos, la tienda ya estaba lista. Se agachó para pasar por la entrada y acostó a Maia sobre los tapetes que habían extendido.

Raquel y Lael entraron detrás de él. Enseguida empezaron a refrescarle la piel con paños húmedos.

—Dile a Ester que busque corteza de sauce y hojas de tabaco. Abe puede ayudarla —le dijo Raquel a Lael, que salió agachándose por la entrada.

—Déjame ayudarte —dijo Alma, tomando el paño que Itzel había dejado.

—Tenemos que quitarle algunas prendas —dijo Raquel.

Alma la ayudó, procurando mover a Maia lo menos posible. Ella gimió varias veces, pero siguió inconsciente. Entonces él notó que la falda que llevaba debajo estaba empapada.

Raquel lo vio al mismo tiempo.

—Parece que tendrá a su hijo pronto. Ojalá sea antes de que amanezca.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Alma.

—No necesariamente. Pero una vez que se rompe la fuente, el niño tiene que nacer pronto o…

No terminó la frase, y él se lo agradeció.

Raquel sacó una bolsita que llevaba atada a la cintura y tomó una pizca de hierbas secas. Miró a Alma.

—Quizá prefieras salir ahora. Esto debería despertarla y puede que sienta dolor.

Alma negó con la cabeza.

—Me quedaré mientras ella me lo permita.

Raquel acercó las hierbas a la nariz de Maia, y ella abrió los ojos de golpe.

Miró a su alrededor, sobresaltada, y Alma le tomó la mano.

—Tranquila. Te desmayaste.

Maia fijó la mirada en él y luego el rostro se le contrajo de dolor.

Raquel le puso una mano sobre el vientre.

—Las contracciones son más fuertes ahora —dijo justo cuando Maia gritó.

—¿Está bien? —preguntó Alma, con el rostro y el cuello ardiéndole de sudor.

Pero Raquel no le hizo caso. Se inclinó sobre Maia y la miró a los ojos.

—Tienes que mantenerte despierta, por mucho que te duela.

Maia gritó otra vez y retiró la mano de un tirón. Alma intentó tomársela de nuevo para darle algún consuelo, pero ella se la apartó de un manotazo. Respiraba deprisa y volvió a cerrar los ojos.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó él.

—Puedes traer bastante agua a la tienda y buscar más tapetes —respondió Raquel.

Alma apartó la vista con esfuerzo de Maia, que parecía mirar a través de él.

Raquel le puso una mano en el brazo.

—A partir de aquí, deja que nos ocupemos nosotras. Tenemos mucha experiencia en estas cosas.

Él asintió, pero le dolía el corazón por su esposa. ¿Qué sería de ella? ¿Y de su hijo?

Al salir de la tienda, Ester, Itzel y Lael lo abrumaron a preguntas. No pudo responder a ninguna.

—Raquel necesita que la ayuden.

Lael le apretó el brazo, con preocupación en los ojos.

—Te avisaremos en cuanto sepamos algo.

Alma asintió y vio entrar a las tres mujeres. Se frotó la nuca, dio media vuelta y recorrió los pocos pasos que lo separaban del grupo reunido junto al río. Allí estaban Helam, Jachin y Ben, que tenía a Abe de la mano. Al llegar junto a ellos, Alma levantó las manos.

—Así que se hicieron cargo, ¿eh? —dijo Helam en tono ligero, aunque su expresión era de preocupación.

—Me mandaron afuera enseguida.

Alma movió los pies con inquietud.

En ese momento llegó otro grito desde la tienda.

Abe abrió mucho los ojos.

—¿Qué le pasa?

Helam se agachó junto a él.

—Maia no se siente bien. Mañana estará mejor. ¿Qué te parece si probamos este río a ver si hay peces?

Abe sonrió y le tomó la mano. Helam se volvió hacia Alma.

—¿Quieres venir con nosotros?

—No —respondió Alma—. Tengo que traer agua. Además, quiero quedarme aquí por si hay… noticias.

Vio alejarse a Helam, Ben y Abe. Luego se volvió hacia Jachin al oír otro grito.

—¿Cómo voy a soportar esto?

Jachin se cruzó de brazos.

—Un momento a la vez, como lo está haciendo ella.

Miró más allá de Alma.

—Cuando nació Maia, su madre pasó por un parto difícil. Por eso no pudimos tener más hijos.

—¿También nació tan pronto?

—No. Si mal no recuerdo, nació un poco tarde.

—No me estás ayudando a sentirme mejor —dijo Alma, intentando sonreír.

—Poco puede ayudarte, salvo orar.

Jachin suspiró.

—Vamos, te ayudaré con el agua.

Los dos hombres tomaron varios odres de piel de cabra y se metieron juntos en el río para llenarlos uno por uno. Luego los dejaron junto a la tienda. Alma oyó el murmullo de voces que salía del interior. Por el momento habían cesado los gritos.

—¿Quieres caminar río abajo y alcanzar a los otros? Puedo ir a buscarte si hay alguna novedad —dijo Jachin.

—No —respondió Alma, mirando a su alrededor—. Esperaré aquí. Si hace falta algo, puedes decirles dónde encontrarme.

Volvió hacia el río y se sentó en una roca. Los minutos pasaban despacio mientras observaba cómo el agua ondulaba al rodear las piedras que sobresalían. Los árboles daban bastante sombra, pero el calor parecía filtrarse hasta por el follaje más espeso. Alma se secó el sudor de la frente y se aflojó la faja de la túnica.

Casi todos lo dejaron solo, salvo unas cuantas personas que se acercaron a ofrecerle palabras de consuelo. La luz del sol apenas empezaba a menguar cuando alguien lo llamó por su nombre.

Alma se volvió y vio a Raquel que venía hacia él.

Se puso de pie y le observó el rostro. ¿Estaba contenta? ¿Angustiada? Se apresuró a su encuentro.

—¿Cómo está?

Raquel dejó escapar un suspiro.

—No está bien. El niño no ha avanzado y Maia tiene fiebre. Está demasiado débil hasta para llorar.

El miedo recorrió a Alma.

—Llévame con ella.

—Alma, esto es asunto de mujeres. Solo te pido que ores por tu esposa.

—No —dijo él—. He estado orando y el Señor conoce mi corazón. Ahora mi esposa me necesita.

Pasó junto a Raquel, que parecía demasiado cansada para detenerlo.

Cuando entró en la tienda, las mujeres lo miraron con sorpresa. Buscó enseguida a Maia. Tenía peor aspecto que antes. La piel estaba pálida y tenía los ojos abiertos, fijos en el vacío.

—¿Maia? —dijo, esperando que respondiera al oír su voz.

Se acercó, se arrodilló a su lado y le tocó la frente. Estaba ardiendo.

Oyó movimiento a sus espaldas y tuvo la impresión de que una o dos de las mujeres habían salido. Cuando se volvió, solo quedaban Raquel y Lael.

—¿Se puede hacer algo?

Raquel le tendió un paño húmedo y él lo tomó. Se lo pasó a Maia por el rostro. Ella parpadeó, pero no reaccionó de otro modo.

—Aquí —dijo Raquel.

Le tomó la mano a Alma y se la guio hasta la parte alta del vientre de Maia. Estaba duro como una piedra.

—Es una contracción. Debería dolerle mucho, pero no reacciona.

—¿Qué significa eso?

—Temo que esté sangrando por dentro y que su cuerpo ya no tenga fuerzas para seguir.

—¿Para seguir? —dijo Alma, con la garganta seca.

Se volvió hacia Maia.

—No podemos dejar que se rinda. Maia, ¿me oyes?

Miró fijamente a su esposa, deseando que ella posara los ojos en él. Pero tenía la boca entreabierta y respiraba apenas.

Alma puso las manos sobre su cabeza y empezó a orar por ella.

—Oh Señor, Tú nos has librado de las manos de nuestros enemigos, el rey Amulón y los lamanitas. Si es Tu voluntad, te ruego que libres a Maia de esta dificultad. Preserva su vida y la de nuestro hijo. Dale fuerzas para traerlo al mundo.

Siguió orando hasta que la voz se le puso ronca. Cuando por fin se le agotaron las palabras, se acostó junto a Maia y le acunó la cabeza entre los brazos.

—No te dejaré —susurró—. Te dije que nunca te dejaría.

Oyó que una de las mujeres sollozaba, pero cerró los ojos y siguió susurrándole a Maia al oído, alternando palabras de aliento con sus propias súplicas al Señor. Apenas percibía los movimientos suaves de Raquel y Lael, que seguían refrescándole la piel con paños húmedos.

De pronto, el cuerpo de Maia se sacudió. Alma abrió los ojos de golpe y se incorporó sobre un codo.

Maia tenía los ojos muy abiertos.

—Ya viene el niño.

—¿Oyeron eso? —dijo Alma—. Dijo que ya viene el niño.

Raquel asintió y miró a Lael.

—Tenemos que ayudarla a ponerse de pie.

Volvió la vista hacia Alma.

—Puedes quedarte o…

—Me quedo.

—Está bien. Sostenla por detrás —dijo Raquel en un tono apagado—. Le quedan muy pocas fuerzas.

El tono de Raquel despertó nuevas inquietudes en Alma. ¿Habría perdido la esperanza?

Se puso de pie en la tienda baja y sostuvo a Maia mientras Raquel y Lael se colocaban frente a ella. Era como si Maia hubiera vuelto a la vida de repente. Se aferraba a los brazos de Alma y gritaba con cada pujo. Al menos sentía algo. Alma esperaba que fuera una buena señal.

Después de lo que le pareció una hora, Maia hizo un último esfuerzo y se desplomó. Alma la recostó con cuidado sobre el tapete. Mantuvo la vista fija en el rostro exhausto de su esposa, temeroso de mirar al bebé. Raquel y Lael hablaban en voz muy baja.

Cuando Alma volvió la vista hacia ellas, solo vio un bulto envuelto y unos cabellos oscuros que asomaban por la abertura de la manta. No se oía nada.

Raquel lo miró a los ojos.

—Es muy pequeño, pero parece estar bien.

Alma se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Preguntó de golpe:

—¿El bebé está bien?

Una sonrisa suave cruzó el rostro de Raquel.

—Quizá sea pronto para saberlo con certeza, aunque…

—¿Es un niño?

Al oír la voz de Maia, todos se volvieron hacia ella. Había recuperado el color y le brillaban los ojos.

—Déjenme verlo.

Raquel le entregó el bulto a Alma, que sintió como si sostuviera un huevo frágil. Con cuidado, puso al bebé en los brazos que Maia le tendía.

Ella lo desenvolvió despacio y Alma aspiró hondo. Quizá fuera la criatura más pequeña que había visto en su vida. Estaba rojo y arrugado, pero era hermoso. Maia se inclinó sobre él, le tocó el cabello suave como pelusa y le besó la mejilla.

En ese instante, el niño rompió a llorar con voz fuerte y clara.

Alma miró a Raquel con alarma.

—Eso quiere decir que será un niño sano y fuerte —dijo ella entre risas.

Alma extendió una mano y tocó el puñito del niño. Nunca había sentido nada tan suave. Al sentir su contacto, el bebé se calmó.

—Ya conoce a su padre —dijo Maia, mirando a Alma a los ojos por primera vez desde que habían empezado las contracciones.

Él se inclinó y le besó la frente.

—Estaba tan preocupado.

Ella asintió con una sonrisa débil.

—Gracias por quedarte conmigo.

Alma acunó al niño mientras Raquel y Lael seguían atendiendo a Maia. Al cabo de un rato, las dos parecieron satisfechas.

—Los dejaremos unos minutos con el bebé. Después tendrás que dejar que Maia descanse —dijo Lael, mirando a Alma.

Él le sonrió agradecido. Mientras Raquel y Lael salían discretamente de la tienda, Alma se acomodó al lado de su esposa. Le apartó de la mejilla un mechón húmedo, se acercó un poco más y le rodeó los hombros con el brazo.

—¿Qué nombre le pondremos? —preguntó en voz baja.

Maia acomodó la cabeza contra su hombro.

—¿Me vas a dejar decidir?

—Tú hiciste todo el trabajo.

—Está bien, entonces. Creo que deberíamos llamarlo Alma, por su padre y por el valle donde nació.

Alma acarició la mejilla del recién nacido.

—¿Cómo va a distinguirnos la gente?

—Tú serás Alma, el padre, y él será Alma, hijo.

Alma se rio y la estrechó un poco más.

—Eso ya me hace sentir viejo.

—Bueno, ahora eres padre —dijo Maia, volviendo el rostro para besarle la mejilla.

—Lo soy.

Alma contempló al bebé en brazos de su esposa. Soy padre, se dijo, preguntándose si su propio padre se habría sentido así cuando él nació. El gozo y la inquietud se mezclaban en una sola emoción desbordante. Mientras estudiaba cada rasgo de su hijo, nada deseaba más que verlo crecer fuerte, que supiera de dónde venía y que sintiera el amor del Señor.

—Nuestro hijo nació libre —dijo Maia en voz baja—. Imagínalo. Crecerá rodeado de las enseñanzas del verdadero Evangelio y llegará a conocer de cerca las sendas del Señor.

Alma asintió con los ojos húmedos.

—Conocerá de primera mano la fe de sus padres y el legado que ha recibido al nacer. Crecerá libre de persecución y gozará de todos los privilegios que el Señor considere oportuno concederle.

Con un dedo, acarició el rostro y el cuello del niño dormido hasta llegar al pecho, que subía y bajaba suavemente.

—Nuestro hijo será verdaderamente bendecido.

Se oyeron voces fuera de la tienda.

—Creo que esa es la señal de que debo dejar que vuelvan a entrar.

Alma volvió a besar a su esposa. Luego se inclinó sobre el niño y le besó la mejilla suave. De mala gana, dejó a su pequeña familia y salió de la tienda.

Las mujeres le sonrieron y pasaron deprisa junto a él, cargadas de tapetes y canastas de hierbas.

Se detuvo un momento a escuchar las exclamaciones que venían de la tienda y luego alzó la vista hacia el cielo violeta. El Señor en verdad los había librado. Tenía el corazón tan lleno que parecía a punto de estallar. Quería correr al campamento al otro lado del río y gritar la buena noticia. En cambio, caminó despacio, saboreando cada paso y cada bendición, y meditando en cada indicación que había recibido del Señor.

Las palabras no le bastaban para expresar toda su gratitud. Pero aquella noche se arrodillaría ante un altar de acción de gracias, un altar que él mismo levantaría para agradecer a Dios por la liberación de su pueblo, por la salud de su esposa…

Y por su hijo recién nacido, Alma, hijo.


Notas de los capítulos


Capítulo 1

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 18:4, 8–10.

Según Hugh Nibley, Alma era descendiente directo de Nefi. Esto significaba que poseía el sacerdocio y tenía derecho a servir en la corte del rey Noé. Cuando Alma se puso del lado de Abinadí, el rey Noé tuvo que deshacerse de él. Aquel joven tenía sangre real y se estaba pronunciando contra el rey. A Noé apenas le quedaba otra opción que eliminar a Alma (Teachings of the Book of Mormon—Part Two, pág. 77). Más adelante, cuando Alma efectuó bautismos, lo hizo por el poder del sacerdocio que ya poseía (pág. 90).

En la antigüedad se practicaban juegos por toda Mesoamérica, desde al menos el año 1300 a. C. No hay pruebas suficientes para determinar si el pueblo llano y las élites practicaban los mismos juegos, pero estos estaban muy difundidos y constituían una parte importante de la vida. John L. Sorenson señala que «el juego más conocido era una competencia con una pelota de caucho. Los aztecas lo llamaban tlachtli». Se jugaba en una cancha rectangular y la pelota se golpeaba únicamente con las caderas y los codos. Apostar por el ganador también formaba parte del juego. Entre los demás juegos antiguos estaba el patolli, parecido al parchís (Images of Ancient America, pág. 99).

Capítulo 2

Las espadas y las cimitarras eran armas comunes en Mesoamérica y las usaban tanto los nefitas como los lamanitas (véase Alma 43:17–18). Matthew Roper señala que la principal diferencia entre una espada y una cimitarra es que esta última tiene una hoja curva, parecida a la de un machete moderno («Swords and Cimeters in the Book of Mormon», Journal of Book of Mormon Studies, vol. 8, núm. 1, 1999, pág. 41). Los pueblos mesoamericanos utilizaban diversas espadas y cuchillos, entre ellos espadas de hoja de madera, espadas de acero y el macuahuitl (pág. 38). El macuahuitl, hecho de madera y obsidiana, era el más formidable de todos. Bernal Díaz refirió que «sus espadas, tan largas como los espadones, eran de pedernal [obsidiana], que cortaba peor que un cuchillo, y las hojas estaban tan bien encajadas que no se podían romper ni arrancar» (pág. 36).

Capítulo 4

Pasaje de las Escrituras citado
Mosíah 18:7.

Capítulo 5

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 18:8–14, 16, 34 y 23:1.

En Mosíah 18:11 se nos dice que el pueblo batió palmas de gozo cuando Alma les dijo que serían bautizados. Joseph L. Allen hace una observación interesante al respecto. Mientras él y su esposa viajaban por Guatemala, una mujer indígena maya quiché los guio en un recorrido por una iglesia y un museo. Cuando se entusiasmaba, se reía y batía palmas (Sacred Sites, pág. 38).

Según consta en Mosíah 18:16, Alma bautizó a doscientas cuatro personas. Más adelante se bautizarían otras, a medida que los creyentes siguieran llegando a las aguas de Mormón. En el relato del bautismo de Helam y del propio Alma, que comienza en Mosíah 18:13, advertimos que las palabras de la oración bautismal difieren de las que empleamos hoy. Debemos recordar que los bautismos que efectuó Alma tuvieron lugar antes de que Cristo viviera en la tierra y antes de Su expiación. Nibley señala que aquellos bautismos no eran para la remisión de los pecados, sino «únicamente como testimonio y convenio» (Teachings, pág. 89). Según Nibley, Alma «seguía estrictamente el orden anterior a la época de Cristo» (pág. 90). De ahí que la oración tenga una redacción distinta. Las personas se bautizan como «testimonio» y para «entrar en un convenio». En última instancia, para llegar a ser uno, con un solo corazón y una sola iglesia.

En este capítulo no especifico mucho qué clase de rebaños y manadas poseían y cuidaban los nefitas. Sorenson cree que probablemente se limitaban a cabras y aves de corral, como los pavos (Images, pág. 46). Se menciona que los lamanitas tenían ovejas, y parece lógico que, si ellos las tenían, los nefitas también. Entre los demás animales domesticados quizá hubiera codornices, patos, perros y tapires (págs. 47–49).

Capítulo 6

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 18:17–21, 23–25, 27–28.

Capítulo 8

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 13 y 23:3, 7, 17–18, 20.

Los estudiosos discrepan sobre dónde pudo estar la tierra de Helam. En realidad, no hay consenso. Joseph Allen señala que la localidad de Almolonga, cerca de la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, reúne las condiciones (Sacred Sites, pág. 28). Sabemos que el pueblo de Alma viajó ocho días desde las aguas de Mormón hasta Helam. En este libro he situado Helam al noreste del lugar que tradicionalmente se ha propuesto para las aguas de Mormón. Una de las cosas que me inspiraron esta idea fue lo que averigüé sobre la región de Los Cimentos, en Guatemala. La tierra allí es fértil y productiva, y cuenta con cinco ríos de agua pura. También es foco de controversia, pues sus habitantes indígenas han sido expulsados una y otra vez.

Sorenson señala que en Mesoamérica eran muy raras las construcciones de varios pisos. Lo más probable es que las casas se ampliaran horizontalmente. Las personas de las clases altas disponían de habitaciones adicionales para alojar a sus visitantes (Images, pág. 61). A veces, si una casa llegaba a ser lo bastante grande, se convertía en un edificio comunitario cuando la familia se mudaba. Las viviendas de los ricos tenían patio y jardines elaborados, mientras que las de las clases bajas quizá solo tuvieran una o dos habitaciones. En las zonas menos pobladas, los huertos y los árboles frutales se mantenían junto a la casa (pág. 60).

Desde tiempos antiguos, los hombres y las mujeres han comido por separado. Sorenson dice que «comían sentados o en cuclillas sobre una estera en el suelo». Probablemente también comían al aire libre, pues los pueblos de Mesoamérica pasaban la mayor parte del tiempo afuera (ibíd.).

Capítulo 9

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 19:4–7 y Alma 3:4.

En Mesoamérica había tres niveles de autoridad sacerdotal. Sorenson señala que había sumos sacerdotes, sacerdotes supervisores y sacerdotes ordinarios, todos bajo el «dominio del gobernante». Los sacerdotes se ocupaban, entre otras cosas, de llevar registros, estudiar astronomía, realizar obras de ingeniería, supervisar las ofrendas, orar, ayunar, enseñar y asegurarse de que «se cumpliera el elaborado calendario de ceremonias». Si una comunidad contaba con suficientes sacerdotes, el chamán del lugar se especializaba en «curación, adivinación y hechicería». Si la autoridad sacerdotal era insuficiente, el chamán asumía funciones adicionales (Images, pág. 148).

Las parteras eran una presencia habitual en la sociedad mesoamericana. Asistían y dirigían los partos. A cambio, recibían un obsequio o incluso un pago. Debían tener conocimientos de obstetricia y, por supuesto, de remedios a base de plantas. También pronunciaban bendiciones rituales y daban instrucciones a la madre para guiarla durante el parto (Images, pág. 70).

Cuando Noé subió a la torre para escapar de Gedeón, vio que se acercaba un ejército de lamanitas. Sorenson señala que una torre o una estructura semejante «quizá fuera el elemento más esencial» y daba testimonio de la importancia de una comunidad (An Ancient American Setting for the Book of Mormon, pág. 172). Las torres también tenían un significado religioso, pues «se consideraban montañas artificiales en cuyas cimas la deidad podía morar, o adonde podía descender para visitar a los hombres en un recogimiento sagrado» (ibíd.). Las torres de Noé probablemente tenían un significado tanto político como religioso.

Capítulo 10

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 19:9, 12.

Entre las prácticas funerarias de Mesoamérica figuraba la sepultura en fosas o tumbas. Sorenson indica que en algunas culturas se incineraba a los muertos. Esto podría explicar por qué los arqueólogos no han logrado «encontrar ni de lejos suficientes restos humanos para dar cuenta de una proporción considerable de los muertos de la antigüedad». Sin embargo, Sorenson cree que la escasez de restos se debe a que se enterraba a los muertos lejos de sus comunidades (Images, pág. 154). En cualquier caso, se reverenciaba a los muertos, sobre todo a los de rango elevado (ibíd.). En el Libro de Mormón, «el duelo por los muertos se caracterizaba por llanto intenso, lamentos, oración, ayuno y posiblemente el derramamiento ritual de la propia sangre» (pág. 156).

Capítulo 11

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 18:18–29 y 19:13–20.

En Mesoamérica, preparar la tierra para la siembra era tarea de los hombres. Sorenson dice que para despejar los campos se «cortaban a mano los árboles y arbustos y luego se quemaban los restos cuando se habían secado» (Images, pág. 32). La ceniza servía de fertilizante. Las semillas se depositaban en pequeños agujeros hechos con un palo puntiagudo (ibíd.).

El maíz era la base de la alimentación en toda Mesoamérica, aunque también se cultivaban y consumían otros granos, como el trigo, la cebada, el neas y el sheum (Mosíah 9:9). Allen señala que todos los cultivos mencionados en Mosíah 9:9 son originarios de Guatemala. Es interesante que se sembrara primero el maíz y luego el frijol, pues los tallos del maíz servían de soporte a las plantas de frijol (Sacred Sites, págs. 33–34). Además de las tortillas, se consumía pescado «donde era fácil conseguirlo». Allen también señala que se comían diversos insectos y hongos (ibíd.). Sin embargo, los alimentos básicos eran el maíz, el frijol y la calabaza (Images, pág. 36).

Sorenson señala que «la obsidiana era fundamental para la tecnología mesoamericana». Este vidrio volcánico duro se empleaba para fabricar armas, instrumentos de corte, cuchillos y herramientas para trabajar la madera. Con madera se hacían remos y palos para sembrar. El hueso era otro material útil, con el que se fabricaban agujas, raspadores y utensilios (Images, pág. 51).

Capítulo 12

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 12:3 y 19:22–23, 26, 28.

Capítulo 13

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 23:15, 19–20.

Capítulo 15

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 20:1–5.

Aunque en el relato las hijas de los lamanitas se sorprenden mucho al ser raptadas y obligadas a casarse con los sacerdotes nefitas, esta clase de incidente se remonta a costumbres antiguas. Según Hugh Nibley, unos antropólogos alemanes han explicado cómo funcionaba el Frauenraub, «el rapto de novias». Los hombres debían raptar a sus novias fuera de la tribu. Los indígenas hopi aún practican hasta cierto punto esta costumbre, pues no se casan dentro de sus propios clanes (Teachings of the Book of Mormon—Part Two, pág. 97). De hecho, en la Biblia (Jueces 21), los israelitas «indicaron a los benjaminitas que raptaran a las hijas de los israelitas que vivían en Silo mientras las jóvenes bailaban en las viñas» (Alan Goff, «The Stealing of the Daughters of the Lamanites», en Rediscovering the Book of Mormon, eds. John L. Sorenson y Melvin J. Thorne, pág. 68). Las vírgenes raptadas se convertían entonces en esposas de sus captores. Para un análisis de las implicaciones jurídicas de este rapto, véase S. Kent Brown, «Marriage and Treaty in the Book of Mormon: The Case of the Abducted Lamanite Daughters», en From Jerusalem to Zarahemla: Literary and Historical Studies of the Book of Mormon (Provo, Utah, BYU Religious Studies Center, 1998), págs. 99–112.

La música y la danza eran tradiciones antiguas en Mesoamérica. Los actos públicos y las ceremonias casi siempre incluían música y baile. Entre los instrumentos más comunes estaban los tambores, las sonajas y los raspadores para marcar el ritmo, y las flautas de Pan, los cuernos, los silbatos, las flautas y las trompetas de caracola para tocar melodías. Los murales mayas de Bonampak, del siglo IX d. C., muestran «largas trompetas de madera que se tocaban en una procesión de nobles». Sorenson señala que «no se ha conservado vestigio alguno de la música misma que podamos escuchar hoy» (Images, págs. 178–179).

En Mesoamérica se llamaba a la diosa de la luna Chak Chel o Ix Chel, o «Señora Arcoíris». Los mayas creían que ayudaba a asegurar la fertilidad y que se negaba a ser víctima de la opresión. El historiador Michael D. Coe dice que era la diosa «del tejido, la medicina y el parto […] Las serpientes de su cabello y las garras en que terminan sus manos y pies demuestran que era el equivalente de Coatlicue, la madre azteca de los dioses y los hombres» (The Maya, pág. 216).

Capítulo 16

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 23:19–23.

Echar suertes es una práctica tradicional desde tiempos antiguos. Un método empleado en Mesoamérica consistía en arrojar granos de maíz o frijoles a un recipiente con agua. Si los granos caían al agua y luego flotaban en grupos de dos, tres, cinco o trece, se podía tomar una decisión o hacer una predicción. Se echaban suertes para determinar la causa de una enfermedad, elegir el día de una boda o de la siembra, o escoger el nombre de un recién nacido (David C. Grove, Social Patterns in Pre-classic Mesoamerica, pág. 80).

Capítulo 18

No hay un plazo fijo para que una viuda vuelva a casarse. La historia muestra que algunas se han casado poco después de enviudar. Por ejemplo, cuando murió Nabal, el esposo de Abigail, David le propuso matrimonio (1 Samuel 25:3, 42). Betsabé también se casó con David poco después de la muerte de su esposo Urías (2 Samuel 11:3 y 12:24).

Capítulo 21

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 18:12–14.

Capítulo 22

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 23:27–29 y 24:12.

La historia de Amulón y su influencia en el Libro de Mormón merecen tomarse en serio. Lo conocemos como un personaje desagradable, pero Nibley señala que fue uno de los peores. Sus ambiciones lo llevaron a sobrevivir al asesinato del rey Noé, dar su nombre a un asentamiento, salir impune tras raptar a veinticuatro mujeres lamanitas y alcanzar el poder sobre quienes antes habían sido su pueblo, incluido Alma. Para colmo, el rey de los lamanitas lo nombró rey de la tierra de Helam (Teachings, pág. 123). Durante su reinado, Amulón tomó cuanto pudo y «empezó a perseguir al pueblo a gran escala» (pág. 124).

Capítulo 23

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 24:1–4, 8.

Capítulo 25

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 23:27 y 24:10–14.

Michael D. Coe señala que la Serpiente Emplumada, deidad maya, es «la forma temprana del posterior dios azteca Quetzalcóatl» (The Maya, pág. 89). Del período Clásico Temprano datan figuras en relieve hechas de estuco, entre ellas «un puma, un murciélago antropomorfo, aves de presa, una ardilla, un guerrero con ojos enmarcados como por anteojeras […] [y] la Serpiente Emplumada» (pág. 109).

Capítulo 27

Pasajes de las Escrituras citados
Mosíah 24:16–22.

He seguido bastante de cerca la cronología que S. Kent Brown presenta en Voices from the Dust. Brown sugiere que Abinadí murió en el año 128 a. C. y que al rey Noé lo mataron entre los años 128 y 125 a. C. Algunos estudiosos creen que el pueblo de Alma vivió en la tierra de Helam durante unos veinte años, pero, siguiendo la cronología de Brown, en este libro he situado allí su estancia en unos tres años (pág. 218).

Bibliografía selecta

  • Allen, Joseph L. Sacred Sites: Searching for Book of Mormon Lands. American Fork, Utah, Covenant Communications, 2003.
  • Brown, S. Kent. Voices from the Dust. American Fork, Utah, Covenant Communications, 2004.
  • Coe, Michael D. The Maya. Séptima edición. Nueva York, Thames & Hudson, 2005.
  • Nibley, Hugh. Teachings of the Book of Mormon—Part Two. Provo, Utah, FARMS, 2004.
  • Sorenson, John L. An Ancient American Setting for the Book of Mormon. Salt Lake City, Deseret Book, y Provo, Utah, FARMS, 1985.
  • Sorenson, John L. Images of Ancient America: Visualizing the Book of Mormon. Provo, Utah, FARMS, 1998.

 

 

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