El Libro de Abraham

Abraham 2


Abraham 2:1 — el Señor hizo que el hambre se agravara en la tierra de Ur


El hecho de que “el Señor hizo que el hambre se agravara en la tierra de Ur” enseña que Dios, en Su soberanía, puede permitir circunstancias de escasez como medio para cumplir propósitos redentores. La hambruna no fue una bendición, sino una consecuencia del pecado colectivo de una sociedad profundamente idólatra que había rechazado al Dios viviente. Al ofrecer sacrificios humanos a ídolos mudos, los caldeos esperaban prosperidad; en cambio, recibieron esterilidad. Doctrinalmente, esto afirma que la idolatría no solo corrompe la adoración, sino que destruye el orden espiritual y temporal, y que Jehová, como Dios justo y celoso, no puede sostener con bendiciones un sistema que degrada la vida humana.

Al mismo tiempo, la hambruna actuó como un instrumento selectivo de liberación para Abraham. Lo que para los idólatras fue juicio, para el justo fue una señal de que no podía permanecer espiritualmente en Ur. Así, el Señor usó una crisis temporal para impulsar a Su siervo hacia el convenio, enseñando que las pruebas no siempre indican abandono divino, sino a menudo dirección divina. Abraham aprendió desde el inicio que el Dios que lo llamaba también gobernaba la tierra y sus frutos, y que confiar en Él implicaba salir de lo conocido, aun cuando el camino comenzara con escasez antes de conducir a promesas eternas.

¿Cuál fue el resultado de que los idólatras caldeos ofrecieran mujeres y niños a sus ídolos mudos? ¿Fueron bendecidos por sus dioses ídolos? ¿Se enriquecieron, engordaron y disfrutaron del fruto de sus labores? En lugar de una bendición, recibieron una maldición, pues el celoso y ofendido Jehová enviaría una severa hambruna como pago.


Abraham 2:3 — Abraham, sal de tu tierra


El mandato divino “Abraham, sal de tu tierra” representa uno de los actos más exigentes de fe en las Escrituras: obedecer sin conocer plenamente el destino. Doctrinalmente, este llamamiento enseña que el convenio con Dios comienza con la separación espiritual y, a menudo, física de aquello que ata al hombre a sistemas corruptos. “Tu tierra”, “tu parentela” y “la casa de tu padre” simbolizan no solo un lugar geográfico, sino una cultura, una herencia espiritual y una forma de vida profundamente marcadas por la idolatría. El Señor no reformó Ur; llamó a Abraham a salir de ella. Así se establece un principio eterno: Dios no edifica Su reino sobre cimientos espiritualmente contaminados, sino que llama a Sus siervos a apartarse para comenzar de nuevo con Él.

Este versículo también revela que la obediencia precede a la plenitud de las promesas. Abraham no recibió primero la tierra, la posteridad ni el engrandecimiento de su nombre; recibió primero una instrucción clara y costosa. Doctrinalmente, “sal de tu tierra” es un patrón que se repite en toda dispensación: Lehi sale de Jerusalén, Israel sale de Egipto, los santos salen de Babilonia espiritual. En cada caso, el Señor prueba si Sus hijos confían más en Él que en la seguridad de lo conocido. Abraham 2:3 enseña que el camino del convenio comienza con el desprendimiento, y que solo quienes están dispuestos a dejar atrás lo que Dios les pide pueden llegar a recibir lo que Dios ha prometido.

Élder John W. Taylor

El Señor mandó a Abraham que saliera de la casa de su padre, porque su padre, Taré, se estaba preparando para ofrecerlo como sacrificio a su dios.

Aquí hay otro ejemplo en el que se puede ver la necesidad de que el Señor se revele a sí mismo y levante a un profeta, porque todos los hijos de los hombres habían caído en la idolatría y se habían apartado del plan de vida y salvación que el Señor les había revelado anteriormente. No obstante, tenían la palabra escrita entre ellos. ¿Los salvó la palabra escrita? No. ¿Habría logrado la palabra escrita el objetivo de apartar a aquel gran pueblo de la idolatría? No. ¿Qué era necesario? Era necesario hacer exactamente lo que se hizo: que nuestro Padre Celestial viniera y visitara personalmente a Abraham. Después, el Señor dijo, refiriéndose a Abraham: “Porque yo sé que él mandará a sus hijos y a su casa después de sí, y que guardarán el camino del Señor, haciendo justicia y juicio”. Por tanto, pronunció sobre él la gran bendición de que su posteridad sería tan innumerable como las estrellas del cielo y tan incontable como la arena a la orilla del mar. (Conference Report, octubre de 1897, Primer día—Sesión matutina)


Abraham 2:4 — Por tanto, salí de la tierra de Ur, de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán


Se marca el momento en que la fe se traduce en acción. Abraham no solo oyó el mandato divino, sino que actuó conforme a él, aun cuando el destino prometido era incierto. Doctrinalmente, este versículo enseña que la obediencia verdadera se manifiesta en decisiones concretas, no únicamente en creencias internas. Abraham salió de un lugar de seguridad relativa, cultura conocida y vínculos familiares para dirigirse a una tierra que el Señor describió como “extraña”. Así, el convenio comienza no con la posesión de la promesa, sino con el movimiento hacia ella.

Este pasaje también establece el patrón del discipulado como peregrinaje. Abraham salió “no sabiendo adónde iba”, aceptando que Dios fuera su guía en cada etapa del trayecto. Doctrinalmente, Canaán simboliza más que una ubicación geográfica: representa una vida orientada por la revelación, donde el justo aprende a depender del Señor paso a paso. Abraham 2:4 enseña que el pueblo del convenio es, por naturaleza, un pueblo en marcha; extranjeros y peregrinos en el mundo, pero firmes en la certeza de que cada salida por obediencia conduce, finalmente, a una herencia preparada por Dios.

“El relato de Abraham comienza con su obediente respuesta al mandato de Dios al salir de Ur de los caldeos. A Abraham el Señor le dijo: ‘Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré’ (Abraham 2:3). Así que Abraham salió de su tierra, de su parentela y de los honores de la casa de su padre, ‘sin saber a dónde iba’, pero dispuesto a que Dios fuera su guía (Hebreos 11:8). Finalmente, esto y los sacrificios que aún habrían de seguir serían recompensados con una patria mejor, una posteridad fiel y la plenitud de los honores de la casa de su Padre divino. Sin embargo, el viaje sería largo, las pruebas abundantes, y por el momento de su vida mortal no sería más que un extranjero y peregrino sobre la tierra.”
(Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism [Salt Lake City: Bookcraft, 1999], 151)


Abraham 2:6 — una tierra extraña que daré a tu descendencia después de ti como posesión eterna


La promesa de “una tierra extraña que daré a tu descendencia después de ti como posesión eterna” enseña que Dios transforma lo desconocido en herencia mediante el convenio. Canaán era “extraña” porque Abraham no tenía derecho previo, arraigo cultural ni control político sobre ella. Doctrinalmente, esto revela que las bendiciones del convenio no se basan en mérito humano ni en posesión anticipada, sino en la palabra divina. El Señor promete una tierra que primero debe recorrerse por fe y habitarse como extranjero antes de recibirse como herencia, mostrando que la fe precede a la posesión y que las promesas eternas suelen comenzar como realidades ajenas y aparentemente inalcanzables.

Este versículo también amplía el significado de “posesión eterna”. Doctrinalmente, la tierra prometida no es solo geografía; es un símbolo del reposo del convenio, del orden divino donde Dios habita con Su pueblo. Al prometerla a la descendencia de Abraham, el Señor vincula lo temporal con lo eterno: la herencia terrenal apunta a una herencia celestial. Abraham 2:6 enseña que Dios prepara a Sus siervos para recibir lo eterno haciéndolos primero fieles en lo extraño, lo provisional y lo incierto, y que toda promesa eterna comienza con la disposición a confiar en Dios en tierra ajena.

Con esta promesa comienza la lucha por la tierra santa. No tenía nada de especial antes de Abraham. El Señor incluso la llamó “una tierra extraña”, pero llegaría a ser la porción de tierra más codiciada de todo el planeta. Ninguna otra tierra ha provocado más guerras, contiendas, reclamaciones o conflictos. Abraham la honraría y Jesucristo santificaría el pequeño territorio que llamamos “la Tierra Santa”.

“Estrabón, geógrafo griego del primer siglo después de Cristo, consideró a Jerusalén como algo inconsecuente, describiéndola como un lugar que ‘no sería envidiado, uno por el cual nadie pelearía’. Esa evaluación ciertamente no ha sido confirmada por los gritos de guerra de la historia; Jerusalén siempre ha sido una zona codiciada y de alta tensión… Saul B. Cohen escribió: ‘Ninguna otra ciudad del mundo ha estado sujeta a una competencia tan intensa por su control como Jerusalén durante sus 4,000 años de historia registrada’. Contrario a la opinión de Estrabón, la historia concluye que pocas, si es que alguna, ciudades del mundo han visto tanto conflicto armado y destrucción como Jerusalén. El presagio de Isaías de que ‘todos ellos se juntarán y vendrán a ti’ (Isaías 60:4) ciertamente ha visto tanto su cumplimiento negativo como positivo.

“Thomas Idinopulos observó que ‘nada sacraliza las piedras como la sangre, y Jerusalén es una ciudad fundada sobre santidad, sacrificio y sangre. Mucha sangre’. De hecho, como afirmó Barbara Tuchman en Bible and Sword, ‘se ha derramado más sangre por Jerusalén que por cualquier otro lugar de la tierra’. ‘Con la santificación de Jerusalén’, escribió Norman Kotker, ‘ha venido el derramamiento de sangre: el sacrificio de animales en el templo, el sacrificio de Cristo, el sacrificio interminable de sus ciudadanos que luchan por defender la ciudad santa contra los ataques de los enemigos… Abraham sacrificó allí, siendo la víctima su propio hijo Isaac, hasta que Dios salvó al muchacho enviando un carnero como sustituto. Y luego, se dice, Dios mismo realizó un sacrificio en Jerusalén, a sí mismo, de sí mismo, siendo la víctima su propio Hijo, Jesús’.” (David B. Galbraith, D. Kelly Ogden, Andrew C. Skinner, Jerusalem: The Eternal City [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], 3–4)


Tanto la Biblia como el libro de Abraham indican que la tierra extraña es la tierra de Canaán (véase Génesis 17:8; Abraham 2:15). No es la misma tierra que, según se registra en Moisés 7.6–8, poseyó el pueblo de Canaán. La Canaán de Abraham adquirió su nombre de Canaán, el cuarto hijo de Cam (véase Génesis 9:22; 10:6). Canaán y los de su casa habitaron originalmente en la región que se encuentra en las tierras bajas hacia la costa del Mediterráneo, en Palestina. En ocasiones se habla de Canaán como de todo el territorio al oeste del Río Jordán, desde Dan al norte hasta Beerseba en el sur. Ése es el mismo territorio que Josué dividió entre las doce tribus de Israel (véase Josué 14–21). Con el fin de aprender más acerca de la tierra y el pueblo de Canaán, véase Génesis 15:18–21; 24:1–4; 28:1–2, 8–9; y Josué 24:11.

Muchos de los descendientes de Abraham han vivido en la tierra de Canaán, aunque de tanto en tanto, algunos de ellos han sido expulsados de esa tierra prometida (véase Abraham 2:6). El presidente Joseph Fielding Smith explicó: “Los descendientes de Abraham, las tribus de Israel, vinieron a ser el pueblo elegido del Señor de acuerdo con la promesa. El Señor los honró, los alimentó, los cuidó con gran celo, hasta que llegaron a ser una gran nación en la tierra que el Señor había dado a sus padres. A pesar de este tierno cuidado y de las instrucciones y advertencias que este pueblo recibía de tiempo en tiempo a través de sus profetas, no pudo comprender la bondad del Señor y se apartó de Él. Por causa de su rebelión fue expulsado de su tierra y esparcido entre las naciones” (Doctrina de Salvación, tomo I, págs. 158–159).


Abraham 2:6. — Una posesión perpetua.


La expresión “una posesión perpetua” eleva la promesa de la tierra más allá de un simple territorio temporal y la sitúa en el marco del convenio eterno. Doctrinalmente, el Señor no habla solo de ocupación política o herencia material, sino de una relación permanente entre Dios, Su pueblo y la tierra, sellada por el convenio. La perpetuidad de la promesa no depende de la fidelidad constante de cada generación —pues la historia muestra interrupciones y dispersiones— sino de la fidelidad inmutable de Dios a Su palabra. Así, la tierra prometida se convierte en un testimonio de que los convenios del Señor trascienden el tiempo, las caídas humanas y las dispensaciones.

Al mismo tiempo, “posesión perpetua” apunta a una realidad aún más elevada: la herencia eterna de los fieles en el reino de Dios. Doctrinalmente, la tierra es tipo y sombra de una posesión mayor: la vida eterna y la exaltación. Abraham 2:6 enseña que las promesas de Dios comienzan en lo terrenal pero culminan en lo celestial, y que la verdadera perpetuidad no se mide por siglos de historia, sino por la permanencia del convenio en la eternidad. De este modo, el Señor instruye a Abraham —y a su descendencia— a mirar más allá de la tierra visible hacia una herencia eterna preparada para quienes permanecen fieles al convenio.

El élder Bruce R. McConkie enseñó que “la herencia de Abraham en Canaán, para él y para su simiente, es una herencia eterna, una herencia que perdurará en el tiempo y en la eternidad. Esa promesa es la esperanza de Israel, la esperanza de que los mansos heredarán la tierra, primero durante la era milenaria y finalmente en ese estado inmortal, cuando la tierra se convierta en una esfera celestial” (Doctrinal New Testament Commentary, tomo II, pág. 71).


Abraham 2:8 — Mi nombre es Jehová, y conozco el fin desde el principio


Cuando el Señor declara: “Mi nombre es Jehová, y conozco el fin desde el principio”, revela tanto Su identidad como Su atributo divino fundamental. Jehová no es un dios tribal ni una deidad limitada al presente; es el Dios eterno que ve simultáneamente el origen y el desenlace de todas las cosas. Doctrinalmente, este conocimiento total del fin desde el principio establece la base de la confianza del convenio: Abraham puede obedecer sin comprender todos los detalles porque el Dios que lo guía ya conoce el resultado final. La fe del patriarca descansa, no en su propia previsión, sino en la omnisciencia del Señor del convenio.

Este versículo también enseña que las pruebas presentes deben interpretarse a la luz del propósito eterno. Abraham se hallaba en un contexto de hambre, desplazamiento e incertidumbre, pero Jehová afirma que Su mano está sobre él precisamente porque el plan ya está completo desde la perspectiva divina. Doctrinalmente, esto corrige la tendencia humana a juzgar a Dios solo por las circunstancias inmediatas. El Señor no improvisa con Sus siervos; cada llamado, cada prueba y cada demora forman parte de un diseño eterno perfectamente conocido por Él. Abraham 2:8 nos invita a vivir el discipulado con una confianza más profunda: aunque nosotros caminemos por fe, Jehová ya ve el cumplimiento de Sus promesas desde el principio.

Una traducción interesante del Éxodo registra: “Y habló Dios a Moisés, y le dijo: Yo soy Jehová; y me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob; mas en mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos” (Éxodo 6:2–3). Sin embargo, aquí tenemos el registro de Abraham declarando claramente el nombre de Jehová. Éxodo dice que Abraham nunca conoció el nombre Jehová; el libro de Abraham dice que sí lo conoció.

Como de costumbre, la Traducción de José Smith de Éxodo 6:2–3 resuelve el conflicto: “Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob. Yo soy el Señor Dios Todopoderoso; el Señor JEHOVÁ. ¿Y no fue mi nombre conocido por ellos?”

Abraham adoró humildemente al Señor Jehová y lo conoció por nombre. ¡Qué irónica resulta entonces la pregunta hecha a Jesús, el Jehová premortal: “¿Eres tú mayor que nuestro padre Abraham…?” (Juan 8:53). La respuesta es un inequívoco ¡SÍ! El Salvador podría haber respondido: “Soy mayor que Abraham; hablé con él antes de que saliera de Harán hacia la tierra de Canaán. Le prometí que todas las bendiciones del evangelio vendrían por medio de él y de su descendencia. Ustedes me llaman Jesús de Nazaret, pero antes me llamaban ‘Jehová, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Señor Dios Todopoderoso’”.

La respuesta real del Salvador fue más sutil y más humilde: “Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Juan 8:58; mayúsculas añadidas).


Abraham 2:9 — Te bendeciré en gran manera y engrandeceré tu nombre


La promesa divina “Te bendeciré en gran manera y engrandeceré tu nombre” revela que las bendiciones del convenio abrahámico no eran meramente personales ni temporales, sino misionales y eternas. Doctrinalmente, el “engrandecimiento” del nombre de Abraham no se refiere a fama mundana, sino a que su nombre quedaría ligado para siempre a la obra redentora de Dios. Sería engrandecido porque por medio de él vendrían el sacerdocio, el evangelio y las ordenanzas que bendicen a todas las generaciones. Así, el Señor enseña que el verdadero engrandecimiento procede del servicio fiel en Su obra, no de la exaltación personal.

Este versículo también establece un principio clave del convenio: Dios engrandece a quienes Él puede usar para bendecir a otros. Abraham fue bendecido “en gran manera” porque estuvo dispuesto a salir, a obedecer y a confiar cuando aún no veía el cumplimiento. Doctrinalmente, esto aclara que las promesas del Señor no están desconectadas de la responsabilidad; la abundancia espiritual que recibe Abraham está inseparablemente unida a la misión de llevar esas bendiciones a su posteridad y, por medio de ella, a todas las naciones. Abraham 2:9 enseña que el nombre que Dios engrandece es el nombre de aquel que se somete al convenio y permite que su vida se convierta en un instrumento para la salvación de otros.

Joseph Fielding Smith

Ya hemos mencionado el hecho de que el Señor habría conferido con gusto las bendiciones del evangelio y el poder del sacerdocio a todos los pueblos, si lo hubieran recibido; pero al no hacerlo, llamó a Abraham y puso sobre él esta maravillosa bendición debido a su fidelidad. Este honor y bendición colocan a Abraham como el padre de todos los que reciben el evangelio desde su día hasta el fin del tiempo. Ninguna persona puede recibir el evangelio y el sacerdocio sin llegar a ser de la simiente de Abraham. El esparcimiento de Israel, que vino a causa de la rebelión, el Señor lo convirtió en una bendición a favor de todas las demás naciones al infundir la sangre de Abraham entre todos los pueblos. No obstante que los pueblos de la tierra en la antigüedad se apartaron de la verdad para adorar a dioses falsos, el Señor continuó buscándolos y extendiéndoles las bendiciones de la salvación. Esto se ha hecho tanto por el esparcimiento de la sangre de Israel como por adopción. En todo caso, cuando una persona, aun hoy, recibe el evangelio, tiene que entrar en el redil de Israel y así llegar a ser hijo de Abraham. (The Progress of Man [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1964], 117–118)


Abraham 2:9 — tu descendencia… llevará este ministerio y sacerdocio a todas las naciones


La declaración de que la descendencia de Abraham “llevará este ministerio y sacerdocio a todas las naciones” revela que el convenio abrahámico es, en esencia, un convenio de comisión misional. Las bendiciones prometidas a Abraham no terminan en su familia, sino que lo convierten en un canal por medio del cual Dios extiende Su sacerdocio y Su evangelio al mundo entero. Doctrinalmente, esto enseña que la elección de Abraham y de su descendencia no fue un privilegio exclusivo, sino una asignación sagrada de responsabilidad: ser portadores de la autoridad divina y ministros de salvación para toda la humanidad.

Este versículo también define la identidad del pueblo del convenio en todas las dispensaciones. Ser “la descendencia de Abraham” implica más que linaje; implica participación activa en la obra de Dios. Doctrinalmente, quienes reciben el evangelio y el sacerdocio —ya sea por nacimiento o por adopción— heredan la obligación de llevar esas mismas bendiciones a otros. Abraham 2:9 enseña que el sacerdocio no existe para la exaltación privada, sino para la bendición universal, y que el Señor confía Su poder a aquellos que están dispuestos a emplearlo en la proclamación del evangelio y en la redención de todas las naciones.

“Observarán que [el convenio abrahámico] es ampliado y desarrollado [en el libro de Abraham] y se le ha dado un contexto; manifiesta una sabiduría y entendimiento que nadie en el mundo supondría simplemente al leer el relato de Génesis. En Abraham dice: ‘Mi nombre es Jehová’. Este es el Señor Jesucristo. ‘Y conozco el fin desde el principio; por tanto, mi mano estará sobre ti. Y haré de ti una gran nación, y te bendeciré en gran manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones’ (Abraham 2:8–9). Ese es casi el lenguaje de Génesis. ‘Y serás bendición a tu descendencia después de ti, que en sus manos llevarán este ministerio y sacerdocio a todas las naciones’ (Abraham 2:9). Y sucede que nosotros, como la simiente de Abraham en nuestro día, estamos ahora intentando, en la medida de nuestras fuerzas, hacer precisamente eso. Estamos llevando el ministerio aquí implicado a todas las naciones, llevando este mismo sacerdocio y este mismo ministerio a todo lugar adonde actualmente tenemos la oportunidad de ir. Eso es la obra misional.” (Kent P. Jackson y Robert L. Millet, eds., Studies in Scripture, Vol. 3: Genesis to 2 Samuel [Salt Lake City: Randall Book, 1985], 53)

J. Richard Clarke

Los hijos del convenio de Abraham debían distinguirse por su sagrada obligación de declarar al mundo el Dios verdadero y viviente. No solo debían ser creyentes y adoradores, sino también Sus testigos, dando testimonio de Él con valentía entre los incrédulos.

Dios ha vuelto a hablar desde los cielos y ha restaurado la plenitud del evangelio por medio de Su profeta escogido. Hemos llegado a ser los hijos del convenio de Abraham, una nueva generación de testigos llamados a dar testimonio de que Dios vive y de que Jesús es el Cristo. Debemos ser un pueblo puro, un pueblo santo, plenamente comprometido y celoso en la proclamación del evangelio en palabra y en obra. Esta es una responsabilidad imponente.

En el Libro de Mormón se nos dice que “para ser llamados Su pueblo” debemos estar dispuestos a “testificar de Dios en todo tiempo y en todas las cosas y en todo lugar… aun hasta la muerte” (Mosíah 18:8–9). Como miembros individuales de la Iglesia, es en el contexto cotidiano de nuestras vidas donde el testimonio que ejemplificamos queda bajo constante escrutinio. (Ensign, mayo de 1985, 73–74)


Abraham 2:6, 9–11. — El convenio abrahámico.


En Abraham 2:6, 9–11 el Señor establece lo que las Escrituras llaman el convenio abrahámico, un convenio eterno que integra tierra, posteridad, sacerdocio y evangelio en un solo propósito redentor. La promesa de “una posesión perpetua” (v. 6) sitúa el convenio en una perspectiva eterna: la tierra prometida no es solo un territorio físico, sino un símbolo de herencia divina, reposo del convenio y finalmente exaltación. A esto se añade la promesa de que Abraham sería bendecido “en gran manera” y que su nombre sería engrandecido (v. 9), no como fama personal, sino porque quedaría ligado para siempre a la obra salvadora de Dios. Doctrinalmente, el convenio muestra que el Señor obra en la historia por medio de familias reales y generaciones sucesivas, preparando un linaje mediante el cual Su plan sería preservado y transmitido.

Los versículos 9–11 revelan que el corazón del convenio es misional y universal. La descendencia de Abraham recibiría el sacerdocio y el ministerio con el propósito explícito de llevar las bendiciones del evangelio “a todas las naciones”, y todos los que lo recibieran serían “llamados por [su] nombre” y contados como su descendencia. Doctrinalmente, esto enseña que el convenio abrahámico no es exclusivo ni étnico, sino inclusivo mediante el evangelio: cualquiera que acepte a Cristo entra en la familia del convenio, ya sea por linaje o por adopción espiritual. Así, Abraham 2:6, 9–11 declara que Dios bendice a un pueblo para que ese pueblo bendiga al mundo, y que la exaltación personal está inseparablemente unida a la responsabilidad de llevar el evangelio y el sacerdocio a todas las familias de la tierra.

El élder Bruce R. McConkie explicó:
“En lo que concierne a las bendiciones eternas, Abraham posee la misma posición que Noé en relación con todos aquellos que han vivido desde su época. Aun quienes no sean su simiente literal recibirán sus bendiciones eternas por intermedio de él y del convenio que Dios hizo con él. Reiteradamente el Señor hizo promesas a Abraham de que él llegaría a ser una nación grande y también de que en él ‘serán benditas… todas las familias de la tierra’ (Génesis 12:2–3). A él se le prometió la tierra de Canaán como una herencia eterna para él y para su simiente. ‘Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada’ (Génesis 13:16). Eso se refiere al aumento eterno, ya que es imposible que la descendencia de un hombre exceda en número al polvo de la tierra. ‘Mira ahora los cielos’ le dijo el Señor, ‘y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia’. Y Abraham ‘creyó a Jehová, y le fue contado por justicia’. (Génesis 15:5–6.) Todas esas cosas son parte del convenio abrahámico.

“Y nuevamente el Señor le dijo a Abraham: ‘He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes… Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi pacto entre mi y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos’ (Génesis 17:4–8). Abraham hizo entonces convenios tanto por él mismo como por su descendencia de que tanto él como ellos servirían al Señor Jehová, que a Su vez les prometió aumento eterno.

“Y así se expone el convenio abrahámico en su forma mejor y más pura, en lo que a la antigua palabra respecta: [y cita Abraham 2:9–11].

“¿Qué es entonces el convenio abrahámico? Es que tanto Abraham como su descendencia (incluso los adoptados a su familia) tendrán todas las bendiciones del Evangelio, del sacerdocio y de la vida eterna. La puerta para la vida eterna es el matrimonio celestial; ese santo orden del matrimonio permite a la unidad familiar continuar en la eternidad, para que de ese modo las personas que la integran tengan posteridad tan numerosa como las arenas de la playa o las estrellas del cielo. El convenio abrahámico permite a los hombres crear unidades familiares eternas a semejanza de la familia de Dios, nuestro Padre Celestial. Una parte menor
del convenio es que la descendencia de Abraham tiene el destino milenario de heredar como posesión eterna la misma tierra de Canaán, por donde los pies de los justos han andado en tiempos pasados” (A New Witness for the Articles of Faith, págs. 503–504; véase también “El convenio abrahámico”, págs. 96–101 de este manual).


Abraham 2:10 — cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre


La promesa de que “cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre” enseña que el convenio abrahámico trasciende el linaje biológico y se fundamenta en la aceptación del evangelio. Doctrinalmente, ser “llamados por el nombre” de Abraham significa ser identificados como parte de su familia del convenio, herederos de las mismas promesas, responsabilidades y bendiciones. El nombre, en el contexto bíblico, representa pertenencia, autoridad e identidad. Así, quienes reciben el evangelio no solo creen en las promesas hechas a Abraham, sino que entran formalmente en su herencia espiritual, llegando a ser contados como su descendencia ante Dios.

Este versículo también redefine el concepto de pueblo escogido. No se trata de exclusividad, sino de inclusión mediante el convenio. Doctrinalmente, el Señor enseña que cualquiera —sin importar nación, cultura o genealogía— puede llegar a ser de la simiente de Abraham al recibir a Cristo y Su evangelio. Ser llamado por el nombre de Abraham implica asumir su misión: vivir por fe, obedecer la voz de Dios y bendecir a otros con el evangelio. Abraham 2:10 declara que la identidad del pueblo del convenio no se hereda pasivamente, sino que se recibe activamente al aceptar el evangelio y vivir conforme a él.

“Desde los días de Abraham, Isaac y Jacob, cuando las bendiciones del evangelio han estado sobre la tierra, se han hecho disponibles por medio de la casa de Israel. Así, los descendientes de Abraham y de Sara son un pueblo escogido. Son escogidos no porque tengan un camino más fácil hacia la salvación, ni porque Dios los ame más que a otras personas. Son escogidos para servir, en el mismo sentido en que los Santos de los Últimos Días individuales son escogidos para llamamientos en la Iglesia. Si consideramos la condición de pueblo escogido de la casa de Israel como un llamamiento para servir —como cualquier otro llamamiento en el evangelio— entonces podemos mantener ese llamamiento en la perspectiva correcta.

“El convenio abrahámico bendice de manera muy directa a quienes no son del linaje literal de Abraham. La casa de Israel es la familia de los santos del Señor. Según las Escrituras, aquellos que aceptan el evangelio y entran en el convenio abrahámico llegan a ser miembros de la familia de Israel, aun cuando no sean descendientes literales de Abraham. El Señor enseñó a Abraham acerca de las naciones de la tierra que no serían su descendencia física:

‘Yo los bendeciré por medio de tu nombre; porque cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre, y serán contados como tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como a su padre’ (Abraham 2:10).

“Pablo enseñó la misma doctrina acerca de los no israelitas que son adoptados en la familia de Abraham:

‘Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.
Ya no hay judío ni griego [en otras palabras, ni israelita ni no israelita]; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.
Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente descendencia de Abraham sois, y herederos según la promesa’ (Gálatas 3:27–29).

“El principio de la adopción lleva a aquellos que no son descendientes de Abraham, pero que aceptan el evangelio, a entrar en su familia. El Señor los considera herederos del convenio, con sus bendiciones y responsabilidades; llegan a ser miembros de la casa de Israel. (Aprendemos acerca de nuestro linaje por medio de una bendición patriarcal). Por tanto, no hacemos distinción entre la descendencia literal de Abraham y sus herederos por adopción, porque todos son ‘uno en Cristo Jesús’”. (Kent P. Jackson, “The Abrahamic Covenant: A Blessing for All People”, Ensign, febrero de 1990, 53)

El élder John A. Widtsoe declaró: “Todos los que aceptan el Evangelio se convierten en miembros adoptivos de la familia de Abraham” (Evidences and Reconciliations, pág. 399). El profeta José Smith enseñó: “Al descender el Espíritu Santo sobre uno que es de la descendencia literal de Abraham, viene con calma y serenidad, y toda su alma y cuerpo sienten tan solamente el espíritu puro de la inteligencia; mientras que el efecto del Espíritu Santo en un gentil es purgar la sangre vieja y convertirlo efectivamente en descendiente de Abraham. El hombre en quien no hay (físicamente) la sangre de Abraham, debe sufrir una creación nueva por medio del Espíritu Santo” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 177).


Abraham 2:11 — este derecho continuará en ti y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal del cuerpo)


La afirmación “este derecho continuará en ti y en tu descendencia después de ti (es decir, la descendencia literal del cuerpo)” establece que el convenio abrahámico incluye una continuidad histórica real y ordenada. Doctrinalmente, el “derecho” al que se refiere el Señor no es un privilegio automático de salvación, sino el derecho a portar el sacerdocio, a custodiar el evangelio y a ser instrumentos escogidos en la obra redentora de Dios. Este derecho se transmite a través del linaje literal como parte del orden divino, mostrando que Dios obra en la historia mediante familias reales, generaciones sucesivas y responsabilidades heredadas. Así, la descendencia literal de Abraham fue preparada para servir como depositaria del sacerdocio y de las promesas del convenio.

Sin embargo, este versículo no enseña favoritismo espiritual, sino mayor responsabilidad. La continuidad del derecho implica que cada generación debe responder fielmente al llamamiento recibido, o el privilegio puede perderse temporalmente, aunque el convenio permanezca vigente en el plan eterno de Dios. Doctrinalmente, Abraham 2:11 enseña que el linaje no garantiza bendición sin obediencia, pero sí garantiza que Dios preservará una línea autorizada mediante la cual Su obra avanzará en la tierra. El Señor vincula así lo eterno con lo terrenal: Su evangelio se extiende a todas las naciones, pero lo hace a través de una descendencia escogida que debe vivir digna del derecho que se le ha confiado.

John Taylor

Volvemos a la promesa hecha a Abraham, la cual fue que en él y en su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra. Moisés, como he dicho, era de su descendencia, y fue el libertador de toda aquella nación. ¿Y quiénes fueron los profetas que existieron entre el antiguo Israel? Eran descendientes de Abraham; y a ellos vino la palabra de Dios y la luz de la revelación. ¿Quién fue Jesús? Según la carne, de la descendencia de Abraham. ¿Quiénes fueron Sus doce apóstoles? De la descendencia de Abraham. ¿Quiénes fueron las personas que vinieron a este continente —Lehi y su familia, alrededor del año 600 a. C.—? De la descendencia de Abraham. ¿Quiénes fueron los apóstoles que tuvieron entre ellos y que se difundieron entre los millones que entonces vivían en este continente? De la descendencia de Abraham. ¿Quién fue José Smith? De la descendencia de Abraham; y se nos dice que sería hijo de José, y que él mismo sería llamado José. ¿Y para qué propósito fue levantado? ¿Para dañar o destruir a la humanidad? No; sino para sacar a luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio. Él, como otros hombres prominentes de Dios, vino en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para hacer la obra que el Señor le había asignado, siendo llamado por Dios y enseñado por Dios; y al ser así enseñado, poseyó una inteligencia sin igual sobre la tierra. Introdujo principios que ningún filósofo, ni científico, ni toda la sabiduría del mundo combinada era capaz de desarrollar; ni era posible que nadie sacara a luz tales principios sino por medio de las revelaciones de Dios: principios de verdad, principios de inteligencia, principios que afectan al hombre en el tiempo y en la eternidad; principios que afectan al mundo en que vivimos; principios que afectan a miles y miríadas que han vivido antes; principios de salvación que se extienden a todas las naciones y a todos los pueblos, vivos o muertos, concernientes al tiempo y concernientes a la eternidad. (Journal of Discourses, 26 vols. [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], 20:225–226)


Abraham 2:11 — todas las familias de la tierra serán bendecidas, aun con las bendiciones del evangelio


La promesa de que “todas las familias de la tierra serán bendecidas, aun con las bendiciones del evangelio” declara el alcance universal del convenio abrahámico. Doctrinalmente, el Señor aclara que Su propósito nunca fue limitar el evangelio a un solo pueblo, sino usar a una familia escogida como medio para llevar la salvación a toda la humanidad. Las bendiciones del evangelio —fe en Cristo, ordenanzas salvadoras, sacerdocio y vida eterna— están destinadas a todas las familias, vivas y muertas. Así, el convenio con Abraham se convierte en el marco divino mediante el cual Dios extiende Su misericordia a cada nación, tribu y pueblo.

Este versículo también define la responsabilidad de quienes participan del convenio. Ser parte de la descendencia de Abraham no es solo recibir bendiciones, sino convertirse en instrumentos para bendecir a otros. Doctrinalmente, Abraham 2:11 enseña que el evangelio no puede permanecer estático ni privado; debe ser proclamado, compartido y administrado mediante el sacerdocio. El Señor vincula la exaltación personal con la obra misional y redentora, mostrando que el cumplimiento del convenio ocurre cuando el pueblo de Dios trabaja activamente para que todas las familias de la tierra tengan acceso a las bendiciones eternas del evangelio de Jesucristo.

“En resumen, entonces, por medio del convenio abrahámico, el Señor tiene un mensaje para todos nosotros que hemos recibido el evangelio y que, por tanto, somos la descendencia de Abraham. El mensaje podría expresarse así: Te prometo las bendiciones del sacerdocio que conducen a la exaltación con incremento eterno, pero a cambio debes llevar mi evangelio a cada familia, en cada nación, en todo el mundo, para que ellos también puedan recibir las mismas bendiciones del sacerdocio.” (S. Michael Wilcox, “The Abrahamic Covenant”, Ensign, enero de 1998, 46)

Henry B. Eyring

Creo que se nos permitió venir al mundo en un tiempo y en un lugar donde pudiéramos oír el evangelio, a cambio de nuestro convenio de que luego llevaríamos el evangelio a otros. Así interpreto este pasaje de las Escrituras, donde el Señor le dijo a Abraham (cita Abraham 2:9–11).

Tú y yo hemos sido bendecidos con ese evangelio. Ahora es nuestra obligación tratar de bendecir a todas las familias de la tierra. Una misión de tiempo completo es la mejor manera que conozco de hacerlo. Yo pondría la oportunidad de pagar deudas por delante de crear nuevas. Y, por supuesto, está esto acerca de una misión: cuanto más arduamente trabajas, más te bendice el Señor, y más grande se hace tu deuda con Él. El feliz problema en el reino es que el Señor mantiene Sus bendiciones muy por delante de nuestros pagos, mientras sigamos pagando. (“Q&A: Questions and Answers”, New Era, mayo de 1979, 40)

Bruce R. McConkie

En los casi cuatro mil años transcurridos desde Abraham, millones incontables de su descendencia literal han vivido en el mundo, la mayoría de ellos en épocas en que el evangelio, con sus ordenanzas salvadoras y verdades, no se hallaba entre los hombres. Sin embargo, el Señor prometió a Abraham, su padre, que estos millones que procedieron de él, estos millones que son su descendencia literal, estas multitudes de su posteridad que constituyen una parte principal de muchas naciones, todos ellos tienen derecho, por linaje y como un privilegio, a las bendiciones del sacerdocio, del evangelio, de la salvación y de la vida eterna.

Permítaseme señalar aquí que, para que los hombres obtengan la salvación en el reino de Dios, deben recibir las ordenanzas del bautismo y de la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo; y para que obtengan la vida eterna, que es la plenitud del reino del Padre, y sean coherederos con Su Hijo, deben además entrar en la ordenanza del matrimonio celestial.
(Conference Report, abril de 1959, Sesión de la tarde, 118)


Abraham 2:12 — tu siervo te ha buscado diligentemente; ahora te he hallado


La declaración “tu siervo te ha buscado diligentemente; ahora te he hallado” revela un principio doctrinal fundamental: Dios se deja hallar por quienes lo buscan con intención recta y esfuerzo sostenido. Abraham no recibe revelación por herencia cultural ni por casualidad espiritual; la recibe porque ha buscado activamente al Dios verdadero en medio de un mundo dominado por la idolatría. Doctrinalmente, esto enseña que la fe genuina comienza con iniciativa personal: antes de que el cielo se manifieste con poder, debe existir un corazón dispuesto a preguntar, a anhelar y a perseverar en la búsqueda de la verdad.

Este versículo también aclara la relación entre gracia divina y esfuerzo humano. Aunque es Dios quien se revela, el hallazgo ocurre después de la búsqueda diligente. Abraham 2:12 establece el patrón del discipulado en todas las dispensaciones: buscar precede a hallar, pedir precede a recibir, llamar precede a que se abra. Doctrinalmente, el Señor no fuerza Su presencia sobre el alma; responde a la fe activa. Así, Abraham aprende —y enseña— que el conocimiento salvador de Dios no se impone, sino que se concede a quienes perseveran fielmente hasta que la verdad se manifiesta.

“El corazón de los hombres y mujeres justos anhela tener un mayor contacto con su Salvador, y hallarlo es maná para el alma. Estar en Su favor es aún más refrescante que beber agua fresca en una tierra sedienta o encontrar abrigo del sol en tiempo de calor. El conocimiento y el testimonio de Cristo son alimento para el espíritu hambriento, así como la carne y las papas son alimento para el cuerpo hambriento.” (Robert J. Matthews, Selected Writings of Robert J. Matthews: Gospel Scholars Series [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1999], 237)

Hugh Nibley

Los estudiantes de Abraham quedan impresionados por la forma en que parece comenzar desde cero. Todo el mundo se había detenido, estaba completamente paralizado. ¿Quién podría ponerlo de nuevo en movimiento? Bueno, por supuesto, Dios podría enviar un ángel o algo semejante, pero en cuanto a Abraham existe el famoso dicho: “Debe haber un movimiento abajo antes de que pueda haber un movimiento arriba”. Uno tiene que dar el primer paso, como leemos en Abraham 2:12: “Tu siervo te ha buscado diligentemente; ahora te he hallado”. Pero primero tuvo que buscar con diligencia. Debes buscar antes de hallar. Debes pedir antes de recibir. Debes llamar antes de que se te abra. Así que Abraham parece comenzar desde cero. Mientras todo el mundo avanzaba en una sola dirección, él siguió firmemente su curso en la dirección opuesta. Esta maravillosa independencia de Abraham es extraordinaria. (Ancient Documents and the Pearl of Great Price, ed. Robert Smith y Robert Smythe [s. l., s. f.], 8)


Abraham 2:14 — yo, Abraham, tenía sesenta y dos años cuando salí de Harán


La afirmación “yo, Abraham, tenía sesenta y dos años cuando salí de Harán” subraya que el llamamiento divino no está limitado por la edad ni por la etapa de la vida. Doctrinalmente, este versículo enseña que el Señor puede requerir grandes actos de fe después de años de espera, preparación y experiencia. Abraham no era un joven comenzando su vida; ya había establecido hogar, relaciones y estabilidad. Sin embargo, el Señor le pidió que volviera a empezar, mostrando que la obediencia al convenio puede implicar dejar atrás seguridad acumulada, aun cuando la vida ya parece encaminada.

Este pasaje también revela que la madurez espiritual se demuestra en la disposición a seguir adelante cuando el cambio resulta costoso. Abraham había obedecido previamente al salir de Ur y ahora debía obedecer nuevamente al salir de Harán. Doctrinalmente, esto enseña que la fe no es un acto único, sino un proceso continuo de confianza renovada. Abraham 2:14 testifica que el Señor espera constancia en el discipulado: no basta con haber obedecido una vez; el pueblo del convenio debe estar dispuesto a seguir al Señor tantas veces como Él vuelva a llamar, sin importar la edad, el cansancio o la comodidad alcanzada.

“Según Génesis 12:4, Abraham tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán, aunque Abraham 2:14 indica que tenía sesenta y dos. En Conflict of Adam and Eve IV, 1:4–6 (según la numeración de esta colección), tenía setenta años en ese momento. El Libro de Jaser lo presenta saliendo de Harán en más de una ocasión, siendo la última a los setenta y cinco años (Jaser 13:26). Al-Tayyib, cuyo relato se incluye en esta colección, también lo describe saliendo dos veces para ir a la tierra de Canaán.” (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 149, nota al pie 50)


Abraham 2:15 — habíamos reunido… las almas que habíamos ganado en Harán


La expresión “habíamos reunido… las almas que habíamos ganado en Harán” revela que el llamamiento de Abraham no fue únicamente migratorio, sino profundamente misional. Aun mientras vivía como extranjero y peregrino, Abraham se dedicó a enseñar el evangelio y a invitar a otros a conocer al Dios verdadero. Doctrinalmente, este versículo enseña que la obra del convenio siempre incluye la obra de recoger almas, y que la verdadera fe no permanece silenciosa ni aislada. Abraham no salió de Harán solo; salió acompañado por aquellos que habían aceptado la verdad y decidido unirse al camino del convenio.

Este pasaje también define el significado espiritual de “ganar almas”. No se trata de dominio ni de persuasión forzada, sino de invitar, enseñar y testificar con rectitud, de modo que otros elijan voluntariamente seguir al Señor. Doctrinalmente, Abraham 2:15 muestra que la obra misional no depende de estabilidad geográfica ni de condiciones ideales; se realiza en medio de desplazamientos, incertidumbre y pruebas. Así, el Señor enseña que quienes son parte del convenio están llamados a recoger a otros en cualquier lugar donde se encuentren, y que las almas ganadas por el evangelio llegan a ser compañeras de viaje en el sendero del discipulado.

“Hoy en día, solo aquellos que han recibido el evangelio, han entrado en convenios y han llegado a ser espiritualmente hijos de Abraham tienen la responsabilidad de realizar la obra misional y llevar las promesas de Abraham al resto de los hijos del Señor.”
(Robert L. Millet, ed., Studies in Scripture, Vol. 6: Acts to Revelation [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1987], 92)

Como hijos del convenio, sabemos que debemos ser misioneros. El propio Abraham fue un gran ejemplo de servicio misional. En Caldea enseñó a reyes, sacerdotes y a su familia acerca del único Dios verdadero, y casi perdió la vida. Sin desanimarse, también enseñó el evangelio al pueblo de Harán. Las enseñanzas rabínicas relatan que Sara estuvo igualmente involucrada en la predicación: “Abraham convirtió a los hombres a la fe en el Dios único y Sara convirtió a las mujeres”. (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 83)

El Libro de Jaser registra:

“Y el pueblo de la tierra de Harán vio que Abram era bueno y recto delante de Dios y de los hombres, y que el Señor su Dios estaba con él; y algunos del pueblo de la tierra de Harán vinieron y se unieron a Abram, y él les enseñó la instrucción del Señor y Sus caminos; y estos hombres permanecieron con Abram en su casa y se adhirieron a él…

“Abram habitó en Harán cinco años. Y muchos del pueblo de Harán, unos setenta y dos hombres, siguieron a Abram; y Abram les enseñó la instrucción del Señor y Sus caminos, y les enseñó a conocer al Señor.” (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 149–150)


Abraham 2:18 — pasamos desde Jersón por la tierra hasta el lugar de Siquem


La frase “pasamos desde Jersón por la tierra hasta el lugar de Siquem” parece un simple detalle geográfico, pero doctrinalmente enseña que el cumplimiento de las promesas de Dios ocurre mediante un proceso, no de manera instantánea. Abraham no llegó de inmediato al pleno disfrute de la tierra prometida; la recorrió paso a paso, como extranjero y peregrino. El Señor permitió que atravesara la tierra antes de poseerla, enseñándole que la herencia del convenio primero se conoce, se recorre y se prueba por la fe antes de ser plenamente recibida. Así, Siquem representa un punto inicial de contacto con la promesa, no su consumación.

Este versículo también subraya que el pueblo del convenio aprende mediante el andar obediente. Abraham no recibió una revelación estática; recibió dirección mientras caminaba. Doctrinalmente, Abraham 2:18 enseña que Dios revela Su voluntad con mayor claridad a quienes avanzan conforme a la luz que ya han recibido. El trayecto desde Jersón hasta Siquem simboliza la vida del discípulo: avanzar sin ver aún el final, confiando en que cada paso dado en obediencia acerca más al cumplimiento de las promesas divinas.


Abraham 2:21 — yo, Abraham, determiné descender a Egipto… porque el hambre se agravó mucho


La declaración “yo, Abraham, determiné descender a Egipto… porque el hambre se agravó mucho” enseña que la fe no excluye el uso responsable del juicio personal. Dios había mandado a Abraham a Canaán, pero no le prohibió actuar con prudencia ante una crisis inmediata. Doctrinalmente, este versículo muestra que el Señor permite a Sus siervos tomar decisiones dentro del marco del convenio, sin murmurar ni culpar a Dios cuando las circunstancias se vuelven difíciles. Abraham no interpreta el hambre como una señal de abandono divino; la enfrenta con acción humilde y responsable, reconociendo que la vida de fe incluye resolver problemas reales en un mundo caído.

Este pasaje también revela que las pruebas no se eliminan por la obediencia; a menudo se trasladan o se intensifican. Egipto ofrecía alivio temporal al hambre, pero introduciría nuevas pruebas, especialmente para Sara. Doctrinalmente, Abraham 2:21 enseña que el Señor a veces guía a Sus siervos por rutas que combinan provisión y refinamiento: una solución práctica puede convertirse, a la vez, en un escenario de mayor prueba espiritual. Así, el versículo afirma que el discipulado verdadero no consiste en evitar dificultades, sino en avanzar con confianza y rectitud cuando las decisiones deben tomarse en medio de la escasez.

Lo más probable es que Abraham y Sara estuvieran bien establecidos en Harán. Habían salido de Ur, se habían asentado en Harán, habían predicado el evangelio y habían obedecido al Señor. Justo cuando se habían acomodado, el Señor les pidió que se marcharan. ¿Cómo se habrá sentido Sara al ser Abraham mandado a salir de Harán? ¿Cómo se habrá sentido Saríah cuando Lehi fue mandado a salir de Jerusalén?

“El mundo al que Abraham se dirigió después de salir de Harán le trajo experiencias muy diferentes a las que había tenido cuando salió de Ur. Tanto Ur como Harán, aunque separadas por seiscientas millas, formaban parte de la misma cultura neo-sumeria. Al salir de Harán, Abraham pronto entró en tierras controladas por los egipcios, cananeos, fenicios y heteos.”
(“In the Steps of Abraham”, Stanley Kimball, Improvement Era, mayo de 1954, vol. LVII, núm. 5)

No solo estaban dejando su hogar conocido, su entorno y su cultura; la tierra estaba azotada por una hambruna. Aquí se presentaba la oportunidad de quejarse: “Muy bien, Señor, dijiste que cuidarías de nosotros. Nos pediste que saliéramos de Ur, y salimos de Ur. Ahora nos pides que salgamos de Harán, y salimos de Harán. Llegamos a esta tierra abandonada, de pueblos extraños, y en vez de bendecirnos, la tierra está maldita con hambre. Ni siquiera podemos sostenernos aquí. Nos estamos quedando sin agua y sin alimento, sin esperanza de continuar”.

¿Fue esa la reacción de Abraham? Dios le había dicho a Abraham que fuera a Canaán, pero en lugar de culpar a Dios, Abraham decidió cómo resolver su propio dilema: “Yo, Abraham, determiné descender a Egipto”. Abraham tomó la situación en sus propias manos sin quejarse. Cuando las cosas se pusieron difíciles, no culpó a Dios; hizo lo mejor que pudo. Pero las pruebas y dificultades no terminarían en Egipto. De hecho, la prueba más grande de Sara vendría cuando los egipcios contemplaran su hermosura.


Abraham 2:22 — el Señor me dijo: He aquí, Sarai, tu esposa, es muy hermosa a la vista


La declaración “el Señor me dijo: He aquí, Sarai, tu esposa, es muy hermosa a la vista” revela que Dios conoce plenamente las circunstancias reales —sociales y culturales— en las que viven Sus siervos y las incorpora en Su trato con ellos. El Señor no ignora la vulnerabilidad de Sarai ni la maldad del entorno egipcio; al contrario, la anticipa. Doctrinalmente, este versículo enseña que el cuidado divino no siempre consiste en evitar la prueba, sino en advertir, preparar y acompañar a los justos cuando deben atravesarla. La hermosura de Sarai, que humanamente podría parecer una bendición, se convierte aquí en una fuente de peligro, mostrando que las bendiciones naturales pueden transformarse en pruebas espirituales según el contexto.

Este pasaje también destaca el papel de Sarai como participante activa del convenio, no como figura pasiva. La prueba que se avecina recae principalmente sobre ella, lo que enseña que el convenio abrahámico se vive en familia y exige sacrificios compartidos. Doctrinalmente, Abraham 2:22 afirma que el Señor confía responsabilidades sagradas tanto a hombres como a mujeres, y que la fe del convenio se manifiesta en la disposición a confiar en Dios aun cuando la obediencia expone a riesgos personales. Así, Sarai se presenta como ejemplo de rectitud silenciosa y valentía espiritual, y el versículo enseña que Dios ve, valora y protege la fidelidad de quienes sostienen Su obra en medio de circunstancias injustas y peligrosas.

“Esto puso la carga sobre Sara. ¿Arriesgaría ella sus propios derechos como esposa para preservar la vida de su esposo, tal como el Señor lo había pedido? Ciertamente, la visita de Sara a Egipto llegó a ser un período de intensa prueba para ella. Aunque el Señor la protegió de la intención del faraón de hacerla su esposa —y protegió su virtud—, al faraón se le permitió, no obstante, llevarla a su casa (Génesis 12:15–20). Vemos, entonces, que Egipto representó al mismo tiempo un refugio contra la hambruna y un lugar de prueba para Sara.” (S. Kent Brown, “Biblical Egypt: Land of Refuge, Land of Bondage”, Ensign, septiembre de 1980, 45, 47)

Fuentes no bíblicas relatan esta historia de muchas maneras diferentes y pintorescas. Uno de esos relatos se presenta a continuación, aunque existen muchos otros que describen terribles plagas que sobrevenían a Faraón cada vez que se acercaba a Sara. En un relato, cada vez que extendía la mano hacia ella, su brazo se marchitaba hasta el hombro. En otro, quedaba ciego; y en otro más, la plaga recaía sobre sus partes íntimas. (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 325, 367–368, 410, 472)

“Y Abram… tomó a Sarai y la colocó en un cofre, y la ocultó entre sus enseres, porque Abram estaba muy preocupado por Sarai a causa de la maldad de los egipcios.

“Y Abram y todo lo que le pertenecía se levantaron del arroyo de Mizraim y vinieron a Egipto; y apenas habían entrado por las puertas de la ciudad cuando los guardias se levantaron contra ellos diciendo: Dad el diezmo al rey de lo que tenéis, y entonces podréis entrar en la ciudad; y Abram y los que estaban con él así lo hicieron.

“Y Abram, con la gente que estaba con él, entró en Egipto; y cuando llegaron, trajeron el cofre en el que Sarai estaba oculta, y los egipcios vieron el cofre.

“Y los siervos del rey se acercaron a Abram diciendo: ¿Qué tienes en este cofre que no hemos visto? Ahora ábrelo y da al rey el diezmo de todo lo que contiene.

“Y Abram dijo: Este cofre no lo abriré, pero todo lo que exijáis sobre él os daré. Y los oficiales de Faraón respondieron a Abram diciendo: Es un cofre de piedras preciosas; dadnos la décima parte de ellas.

“Abram dijo: Todo lo que deseéis os daré, pero no debéis abrir el cofre.

“Y los oficiales del rey presionaron a Abram, y se acercaron al cofre y lo abrieron por la fuerza, y vieron, y he aquí que había en el cofre una mujer hermosa.

“Y cuando los oficiales del rey vieron a Sarai, quedaron maravillados de su hermosura, y todos los príncipes y siervos de Faraón se reunieron para ver a Sarai, porque era muy hermosa. Y los oficiales del rey corrieron y contaron a Faraón todo lo que habían visto, y alabaron a Sarai delante del rey; y Faraón ordenó que la llevaran, y la mujer fue llevada ante el rey.

“Y Faraón contempló a Sarai y ella le agradó en gran manera, y quedó impresionado por su hermosura; y el rey se regocijó mucho a causa de ella, e hizo regalos a quienes le trajeron la noticia.

“Y la mujer fue llevada a la casa de Faraón, y Abram se entristeció a causa de su esposa, y oró al Señor para que la librara de las manos de Faraón.

“Y Sarai también oró en ese tiempo y dijo: Oh Señor Dios, Tú dijiste a mi señor Abram que saliera de su tierra y de la casa de su padre a la tierra de Canaán, y le prometiste hacerle bien si cumplía Tus mandamientos; he aquí, ahora hemos hecho lo que Tú nos mandaste, y dejamos nuestra tierra y nuestras familias, y vinimos a una tierra extraña y a un pueblo que no conocíamos antes.

“Y vinimos a esta tierra para evitar la hambruna, y este mal suceso ha venido sobre mí; ahora, por tanto, oh Señor Dios, líbranos y sálvanos de la mano de este opresor, y haz conmigo conforme a Tu misericordia.

“Y el Señor escuchó la voz de Sarai, y el Señor envió un ángel para librar a Sarai del poder de Faraón.

“Y el rey vino y se sentó delante de Sarai, y he aquí un ángel del Señor estaba de pie sobre ellos; y se apareció a Sarai y le dijo: No temas, porque el Señor ha escuchado tu oración.

“Y el rey se acercó a Sarai y le dijo: ¿Qué es ese hombre para ti que te trajo aquí? Y ella respondió: Es mi hermano.

“Y el rey dijo: Nos incumbe engrandecerlo, exaltarlo y hacerle todo el bien que tú nos mandes. Y en ese momento el rey envió a Abram plata, oro y piedras preciosas en abundancia, junto con ganado, siervos y siervas; y el rey ordenó que trajeran a Abram, y él se sentó en el patio de la casa del rey, y el rey exaltó grandemente a Abram aquella noche.

“Y el rey se acercó para hablar con Sarai, y extendió su mano para tocarla, cuando el ángel lo hirió severamente, y él se aterrorizó y se abstuvo de acercarse a ella.

“Y cuando el rey volvió a acercarse a Sarai, el ángel lo derribó al suelo, y así actuó con él durante toda la noche, y el rey estaba aterrorizado.

“Y el ángel esa noche hirió severamente a todos los siervos del rey y a toda su casa, a causa de Sarai; y hubo gran lamentación aquella noche entre la gente de la casa de Faraón.

“Y Faraón, viendo el mal que le sobrevino, dijo: Ciertamente a causa de esta mujer me ha sucedido esto; y se apartó a cierta distancia de ella y le habló palabras agradables.

“Y el rey dijo a Sarai: Dime, te ruego, acerca del hombre con quien viniste aquí. Y Sarai respondió: Este hombre es mi esposo, y te dije que era mi hermano porque tuve miedo de que lo mataras a causa de tu maldad.

“Y el rey se mantuvo alejado de Sarai, y las plagas del ángel del Señor cesaron sobre él y sobre su casa; y Faraón supo que había sido herido a causa de Sarai, y el rey quedó grandemente asombrado.

“Y por la mañana el rey mandó llamar a Abram y le dijo: ¿Qué es esto que me has hecho? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, a causa de lo cual la tomé para mí por esposa, y por eso vino esta grave plaga sobre mí y sobre mi casa?

“Ahora, pues, aquí está tu esposa; tómala y sal de nuestra tierra, no sea que muramos todos a causa de ella. Y Faraón tomó más ganado, siervos y siervas, plata y oro, para dar a Abram, y le devolvió a Sarai su esposa.

“Y el rey tomó a una joven que había engendrado de sus concubinas, y se la dio a Sarai como sierva.

“Y el rey dijo a su hija: Mejor te es, hija mía, ser sierva en la casa de este hombre que señora en mi casa, después de haber visto el mal que nos sobrevino a causa de esta mujer.

“Y Abram se levantó, y él y todo lo que le pertenecía salieron de Egipto; y Faraón ordenó a algunos de sus hombres que lo acompañaran a él y a todo lo que llevaba consigo.

“Y Abram regresó a la tierra de Canaán, al lugar donde había hecho el altar, donde al principio había plantado su tienda.” (El Libro de Jaser 15:7–34)


Abraham 2:24–25 — deja que diga a los egipcios: ella es tu hermana


El mandato “deja que diga a los egipcios: ella es tu hermana” plantea una enseñanza doctrinal exigente sobre la obediencia en situaciones moralmente complejas. Doctrinalmente, este pasaje muestra que el Señor, como dador de la ley, puede requerir excepciones específicas con un propósito mayor, aun cuando el mandato parezca entrar en tensión con una norma general. El contexto es clave: la vida de Abraham estaba en peligro real dentro de una cultura donde la violencia contra esposos era común. Así, el Señor no promueve el engaño como principio, sino que preserva la vida y el curso del convenio en una circunstancia extrema. La Escritura enseña aquí que la ética del convenio no se rige por fórmulas simplistas, sino por la voluntad revelada de Dios en contextos concretos, siempre orientada a la preservación de la vida y al cumplimiento de Sus promesas.

Este pasaje también subraya que la responsabilidad del convenio se comparte en el matrimonio. Sarai participa conscientemente en una estrategia revelada que pone a prueba su fe y su confianza en la protección divina. Doctrinalmente, Abraham 2:24–25 enseña que el Señor a veces permite a Sus siervos caminar por zonas grises del mundo caído, no para justificar la falta de integridad, sino para probar la lealtad, la confianza y la dependencia total en Él. El resultado confirma el principio: Dios interviene, protege a Sarai y preserva la pureza del convenio. Así, el pasaje enseña que cuando el Señor dirige, incluso decisiones difíciles quedan finalmente subordinadas a Su justicia, Su misericordia y Su propósito redentor.

Algunos se han preocupado por el hecho de que Dios pareciera decirle a Abraham que mintiera acerca de su esposa. Ciertamente parece engañoso; ciertamente implica una falsedad. ¿Cómo podemos reconciliar esto? Una justificación es que la vida de este gran profeta debía ser puesta en la balanza. Como enseñó José Smith: “Dios dijo: ‘No matarás’; en otro tiempo dijo: ‘Destruirás por completo’… Cualquier cosa que Dios requiera es correcta, no importa lo que sea, aunque no veamos la razón de ello sino hasta mucho después de que los hechos hayan ocurrido”. (Teachings of the Prophet Joseph Smith, 256)

¿Qué es peor: que Abraham dijera a Faraón que Sara era su hermana, o que Nefi cortara la cabeza de Labán? Ambos fueron excepciones a la regla. Si Dios hace las reglas, Él puede hacer excepciones a ellas.

Uno de los Diez Mandamientos es: “No darás falso testimonio” (Éxodo 20:16). A lo largo de los siglos, los rabinos reconocieron este conflicto y explicaron que Abraham no estaba mintiendo en absoluto:

“Pero en cuanto Abraham dijo: ‘Sara es mi hermana’, no mintió; puesto que Taré, su padre, se casó con dos esposas, una de las cuales se llamaba Tona, la madre de Abraham, quien murió poco después de que él naciera.

“Luego Taré volvió a casarse con otra esposa llamada Tahdif, quien le dio a luz a Sara, a quien Abraham tomó por esposa; y por esa razón dijo: ‘Ella es mi hermana’, por parte de mi padre, pero no por parte de mi madre.” (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 223)

Esto plantea otro asunto: ¿qué resulta más inquietante, que Abraham haya presentado de manera incompleta su relación con Sara, o que se haya casado con su media hermana?

“Las mujeres de la época de Sarai consideraban que viajar era la cosa más fatal para la belleza; sin embargo, cuando Sarai llegó a Egipto, su hermosura aún radiante fue suficiente para causar una pequeña sensación. En aquellos días era algo normal que un príncipe tomara para sí a cualquier mujer hermosa que llamara su atención, y que matara a su esposo si este se oponía. Sabiendo que la belleza de Sarai pondría en peligro a Abram, el Señor sugirió que ocultara su verdadera relación con ella (véase Abraham 2:22–25).

“Así instruida, Sarai accedió a llamarse a sí misma hermana de Abram. Era una verdad parcial, pues Sarai era en efecto la media hermana de Abram. Compartían el mismo padre.”
(Jerrie W. Hurd, Our Sisters in the Bible [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983], 8)


Abraham 2:24–25. — La obediencia de Sarai.


La instrucción relacionada con Abraham 2:24–25 pone de relieve la obediencia consciente y sacrificada de Sarai dentro del convenio. Aunque la revelación llega a Abraham, la prueba recae de manera directa sobre ella. Doctrinalmente, esto enseña que el convenio abrahámico no se vive de forma individual, sino en una asociación sagrada donde hombres y mujeres comparten riesgos, fe y responsabilidad. La obediencia de Sarai no es pasiva ni forzada; es una decisión de fe que confía en la palabra del Señor aun cuando el resultado inmediato implica vulnerabilidad personal. Así, Sarai se muestra como una verdadera heredera del convenio, dispuesta a sostener la obra de Dios incluso cuando ello exige renunciar a su propia seguridad.

Este pasaje también revela que Dios ve y honra la obediencia silenciosa, especialmente cuando proviene de quienes no ocupan el rol visible de liderazgo. Doctrinalmente, Abraham 2:24–25 enseña que el Señor no mide la fidelidad por la prominencia del llamamiento, sino por la disposición del corazón. La obediencia de Sarai se convierte en un acto de fe que preserva el curso del convenio y provoca la intervención protectora de Dios. Así, el relato afirma que el Señor es consciente de los sacrificios que Sus hijas realizan en Su obra y que ningún acto de obediencia fiel —aunque sea costoso e incomprendido— queda fuera de Su cuidado, Su justicia y Su poder redentor.

A Sarai se le indicó que dijera a los egipcios que ella era hermana de Abraham. Fue una prueba de su fe y al mismo tiempo, sin duda alguna, una difícil experiencia para Abraham. Todo lo que el Señor manda a una persona es recto y debemos obedecer (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 313). Abraham y Sarai comprendieron ese principio y pasaron la prueba divina que el Señor había puesto delante de ellos. El élder Mark E. Petersen escribió: “Con el fin de protegerse, Abraham dijo a Faraón que Sara era su hermana, lo cual era cierto. Si él hubiese revelado que ella era su esposa, es probable que lo hubiesen matado. Sin embargo, al pensar Faraón que Sara era hermana de Abraham, estuvo dispuesto a comprarla por un buen precio” (Abraham, Friend of God, pág. 69; véase también Génesis 20:12; con el fin de obtener información adicional sobre el tema, véase S. Kent Brown, “Biblical Egypt: Land of Refuge, Land of Bondage”, Ensign, septiembre de 1980, págs. 45, 47).

El nombre Sarai proviene de la raíz de una palabra que quiere decir “princesa” en hebreo y “reina” en el idioma acadio. No cabe la menor duda de que Sarai fue una mujer sumamente espiritual. El élder Bruce R. McConkie explicó: “El Señor nunca manda a apóstoles ni a profetas ni a hombres justos a ministrar a Su pueblo sin antes poner a su lado a mujeres tan espirituales como ellos. Bajo Cristo, Adán, el gran sumo sacerdote, gobierna sobre los hombres de todas las edades, pero él no puede hacerlo solo; Eva, su esposa, gobierna a su lado, poseyendo cualidades parecidas y logros propios. Abraham fue probado como muy pocos hombres lo han sido cuando el Señor le mandó ofrecer a Isaac sobre el altar (Génesis 22:1–19); y Sara tuvo que afrontar problemas similares cuando el Señor le mandó que ocultara de los egipcios que era la esposa de Abraham… De la misma forma, en todas las dispensaciones y en todas las épocas en las que ha habido hombres santos, ha habido también mujeres santas. Nadie está solo delante del Señor. La exaltación de uno depende de la del otro” (Doctrinal New Testament Commentary, tomo III, pág. 302).