Necesitamos que se nos recuerde que estas cosas aparentemente pequeñas y sencillas, a lo largo de un período de tiempo significativo, hacen que se realicen grandes cosas.
I.
Mis queridos hermanos y hermanas, al igual que ustedes, he sido profundamente conmovido, edificado e inspirado por los mensajes, la música y los sentimientos de esta ocasión al estar juntos. Estoy seguro de que hablo en nombre de ustedes al expresar agradecimiento a nuestros hermanos y hermanas que, como instrumentos en las manos del Señor, nos han dado el efecto fortalecedor de este rato juntos.
Me siento agradecido de hablar a esta audiencia el domingo de Pascua de Resurrección. Hoy nos unimos a otros cristianos para celebrar la resurrección del Señor Jesucristo. Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la resurrección literal de Jesucristo constituye un pilar de nuestra fe.
Debido a que creemos en los relatos de la Biblia y del Libro de Mormón acerca de la resurrección literal de Jesucristo, también creemos, por las numerosas enseñanzas de las Escrituras, que una resurrección similar vendrá a todos los seres mortales que hayan vivido en esta tierra. Esa resurrección nos concede lo que el apóstol Pedro llamó “una esperanza viva” (1 Pedro 1:3). Esa esperanza viva es nuestra convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad sino tan solo un paso necesario dentro del misericordioso plan de nuestro Padre Celestial para la salvación de Sus hijos. Ese plan requiere que haya una transición de la mortalidad a la inmortalidad. Para tal transición es fundamental el ocaso de la muerte y la gloriosa mañana hecha posible por la resurrección de nuestro Señor y Salvador, que celebramos en este domingo de Pascua de Resurrección.
II.
En un gran himno escrito por Eliza R. Snow, nosotros cantamos:
Oh cuán glorioso y cabal el plan de redención: merced, justicia y amor en celestial unión1
Para el fomento de ese plan y esa unión celestiales, nos congregamos en reuniones, incluyendo esta conferencia, con el fin de enseñarnos y alentarnos unos a otros.
Esta mañana, he sentido que para el tema de mi mensaje debo usar la enseñanza de Alma a su hijo Helamán, cual se registra en el Libro de Mormón: “Por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6). Seguir leyendo →
Ruego con todo mi corazón que escuchen la voz del Espíritu, el cual se envía a ustedes muy generosamente,
Mis hermanos y hermanas, estoy agradecido por la oportunidad de hablarles en el día de reposo del Señor, en la conferencia general de Su Iglesia, en esta época de Pascua de Resurrección. Doy gracias a nuestro Padre Celestial por el don de Su Amado Hijo, quien vino de forma voluntaria a la tierra para ser nuestro Redentor. Estoy agradecido por saber que Él expió nuestros pecados y se levantó en la Resurrección. Todos los días tengo la bendición de saber que, gracias a Su expiación, algún día resucitaré para vivir para siempre en una familia amorosa.
Sé estas cosas de la única manera en que cualquiera de nosotros puede saberlas. El Espíritu Santo me ha dicho en la mente y el corazón que son verdaderas; no solo una vez, sino con frecuencia. He necesitado ese consuelo continuo. Todos experimentamos tragedias durante las cuales necesitamos el consuelo del Espíritu. Lo sentí un día mientras estaba de pie junto a mi padre en un hospital. Observamos a mi madre dar algunas respiraciones cortas, y luego cesó de respirar. Al contemplar su rostro, ella sonreía a medida que el dolor se alejaba. Después de un momento de silencio, mi padre habló primero. Dijo: “Una niña pequeña ha vuelto a casa”.
Lo dijo suavemente. Parecía tener paz. Estaba informando algo que él sabía que era verdad. En silencio, comenzó a recoger los efectos personales de mi madre. Salió al pasillo del hospital para agradecer a cada una de las enfermeras y doctores que la habían atendido durante días.
Mi padre tenía la compañía del Espíritu Santo en ese momento para sentir, saber y hacer lo que hizo aquel día. Había recibido la promesa, tal como muchos la han recibido: “para que puedan tener su Espíritu consigo” (D. y C. 20:79).
Mi esperanza hoy es aumentar el deseo y la capacidad de ustedes de recibir el Espíritu Santo. Recuerden: Él es el tercer miembro de la Trinidad. El Padre y el Hijo son seres resucitados; el Espíritu Santo es un personaje de espíritu. (Véase D. y C. 130:22). Ustedes deciden si lo reciben y le dan la bienvenida en su corazón y mente.
Las condiciones bajo las cuales podemos recibir esa bendición suprema quedan claras con las palabras que se pronuncian cada semana, pero tal vez no siempre nos entren en el corazón y la mente. Para que se nos dé el Espíritu debemos “[recordar] siempre” al Salvador y “guardar sus mandamientos” (D. y C. 20:77). Seguir leyendo →
Queridos hermanos y hermanas, agradezco mucho poder expresarles algunos de mis sentimientos.
Hace algunos años, mi esposa y yo estuvimos presentes en la ceremonia inaugural de la exhibición interactiva para los niños, en el Museo de Historia de la Iglesia en Salt Lake City. Al terminar la misma, el presidente Monson pasó a nuestro lado y mientras nos daba la mano nos dijo: “perseveren y triunfarán”. Una enseñanza muy profunda que seguramente todos compartimos su veracidad.
Jesucristo nos asegura que “el que persevere hasta el fin, este será salvo”1.
Perseverar significa “permanecer firme en el compromiso de ser fiel a los mandamientos de Dios a pesar de la tentación, la oposición o la adversidad”2.
Aunque una persona haya tenido experiencias espirituales poderosas y prestado servicio fiel, podría, algún día, desviarse, o caer en la inactividad si no persevera hasta el fin. Ojalá que, en todo momento y en forma enfática, pongamos en nuestras mentes y corazones la frase: “ese no será mi caso”.
Cuando Jesucristo enseñó en Capernaúm, “muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”.
“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis iros?”3.
Creo que también hoy, a todos los que hemos hecho convenios sagrados con Jesucristo, Él nos pregunta: “¿También vosotros queréis iros?”.
Ruego que todos, con una reflexión profunda sobre lo que nos deparan las eternidades, respondamos como Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”4. Seguir leyendo →
El evangelio de Jesucristo se centra en el amor del Padre y del Salvador por nosotros, en nuestro amor por Ellos y en el de los unos por los otros.
Amamos y extrañamos al presidente Thomas S. Monson, y amamos y sostenemos al presidente Russell M. Nelson. El presidente Nelson ocupa un lugar especial en mi corazón.
Cuando era un padre joven, nuestro hijo pequeño, que tenía cinco años, llegó un día de la escuela y preguntó a su mamá: “¿Qué clase de trabajo hace papá?”. Luego explicó que sus nuevos compañeros de clase comenzaron a hablar sobre los trabajos de sus padres. Uno dijo que su padre era el jefe de la policía municipal, mientras que otro declaró con orgullo que su padre era jefe de una gran empresa.
Cuando le preguntaron sobre su padre, mi hijo simplemente dijo: “Mi papá trabaja en una oficina con una computadora”. Entonces, al ver que su respuesta no impresionó a sus nuevos amiguitos, añadió: “Y, por cierto, mi padre es el jefe del universo”.
Supongo que ahí terminó la conversación.
Le dije a mi esposa: “Es hora de que le enseñemos algunos detalles más del Plan de Salvación y de quién está realmente al mando”.
Al enseñar a nuestros hijos el Plan de Salvación, su amor por el Padre Celestial y por el Salvador aumentaba al darse cuenta de que es un plan de amor. El evangelio de Jesucristo se centra en el amor del Padre y del Salvador por nosotros, y en nuestro amor por Ellos y en el de los unos por los otros.
El élder Jeffrey R. Holland dijo: “… el primer gran mandamiento de toda la eternidad es amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Ese es el primer gran mandamiento; pero la primera gran verdad de toda la eternidad es que Dios nos ama con todo Su corazón, alma, mente y fuerza; ese amor es la piedra fundamental de la eternidad y debe ser la piedra fundamental de nuestra vida diaria”1. Seguir leyendo →
Por Reyna I. Aburto
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Para llegar a nuestro sublime destino, nos necesitamos el uno al otro y debemos unirnos.
Una de las criaturas más excepcionales del mundo es la mariposa monarca. En un viaje que hicimos a México para pasar Navidad con la familia de mi esposo, visitamos un santuario donde millones de mariposas monarca pasan el invierno. Fue fascinante contemplar esa impresionante escena y reflexionar en el ejemplo de unidad y obediencia a las leyes divinas que demuestran las creaciones de Dios1.
Las mariposas monarca tienen un gran sentido de orientación y se valen de la posición del sol para saber hacia dónde ir. Cada primavera, viajan miles de kilómetros desde México hasta Canadá, y en el otoño regresan a los mismos bosques de oyamel en México2. Lo hacen año tras año, un diminuto aleteo a la vez. En el trayecto, se agrupan en árboles por la noche para protegerse del frío y de los depredadores3.
En inglés, a un grupo de mariposas se le llama caleidoscopio4. ¿Acaso no es linda esa imagen? Cada mariposa del caleidoscopio es única y distinta. A estas aparentemente frágiles criaturas las diseñó un Creador amoroso que les dio capacidad para sobrevivir, trasladarse, multiplicarse y diseminar vida de una flor a otra, esparciendo polen. Aunque cada una es diferente, trabajan juntas para hacer del mundo un lugar más hermoso y fructífero.
Como las mariposas monarcas, nosotros estamos en un viaje de vuelta al hogar celestial donde nos reuniremos con nuestros Padres Celestiales5. Al igual que ellas, hemos recibido atributos divinos que nos permiten navegar por la vida para que “[cumplamos] la medida de [nuestra] creación”6. Como ellas, si entrelazamos los corazones7, el Señor nos protegerá “como la gallina junta sus polluelos bajo las alas”8 y hará de nosotros un bello caleidoscopio.
Niñas y niños, jovencitas y jovencitos, hermanas y hermanos: estamos todos juntos en este viaje. Para llegar a nuestro sublime destino, nos necesitamos el uno al otro y debemos unirnos. El Señor nos ha mandado: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos”9.
Jesucristo es el ejemplo máximo de unidad con Su Padre. Ellos son uno en propósito, en amor y en obras, con “la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”10.
¿Cómo podemos seguir el ejemplo perfecto de unidad del Señor con Su Padre y ser más unidos con Ellos y entre nosotros? Seguir leyendo →
¡Qué don incomparable reciben quienes depositan su fe en Jesucristo! Dicho don es el Santo Espíritu.
En este domingo de Pascua de Resurrección, nuestros pensamientos se dirigen a la resurrección del Señor Jesucristo y a la tumba vacía, que brinda, a todo creyente, esperanza en el triunfo de Cristo sobre lo que de otro modo sería una derrota segura. Yo creo, como el apóstol Pablo, que tal como Dios “levantó a Cristo Jesús de los muertos [así] vivificará también [nuestros] cuerpos mortales por su Espíritu que mora en [nosotros]”1.
Vivificar significa dar vida. Tal como Cristo trae nuestro cuerpo de vuelta a la vida tras la muerte física mediante el poder de Su resurrección, así también puede vivificarnos, o darnos vida, tras la muerte espiritual2. En el libro de Moisés, leemos que Adán recibió esa clase de vivificación: “[Adán] fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior”3.
¡Qué don incomparable reciben quienes depositan su fe en Jesucristo! Dicho don es el Santo Espíritu, que nos da lo que el Nuevo Testamento llama “vida en Cristo”4. No obstante, ¿damos por sentado en ocasiones ese don?
Hermanos y hermanas, es un privilegio extraordinario tener el “Santo Espíritu por guía”5, tal como lo demuestra la siguiente experiencia:
Durante la Guerra de Corea, el alférez Frank Blair prestó servicio en un buque de transporte de tropas con base en Japón6. El barco no era lo bastante grande para tener un capellán oficial, de modo que el capitán pidió al hermano Blair que fuera el capellán extraoficial de la nave, pues había observado que el joven era una persona de fe y principios, y muy respetado por toda la tripulación.
El alférez Blair escribió: “Nuestro buque quedó atrapado en medio de un enorme tifón. Las olas eran de unos catorce metros de altura. Yo estaba de guardia… en el momento en que uno de nuestros tres motores dejó de funcionar y se reportó una grieta en el eje de eslora del barco. Nos quedaban dos motores, uno de los cuales funcionaba solo a media máquina. Estábamos en serio peligro”.
El alférez Blair terminó la guardia y se estaba por ir a dormir cuando el capitán tocó a su puerta. Preguntó: “¿Podría orar por el barco, por favor?”. Por supuesto, el alférez Blair dijo que sí.
En ese momento, el alférez Blair podría haber rogado simplemente: “Padre Celestial, por favor, bendice nuestro barco y protégenos”, y luego haberse ido a dormir. En cambio, oró para saber si había algo que él pudiera hacer para ayudar a garantizar la seguridad del buque. En respuesta a la oración del hermano Blair, el Espíritu Santo lo inspiró a dirigirse al puente de mando, hablar con el capitán y averiguar más. Encontró al capitán tratando de determinar la velocidad en que debía hacer funcionar los motores restantes del barco. El alférez Blair regresó al camarote para orar de nuevo. Seguir leyendo →
Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.
Mis amados hermanos, gracias por su dedicación al Señor y Su santa obra. Es un verdadero gozo estar con ustedes. Como nueva Primera Presidencia, les agradecemos sus oraciones y sus esfuerzos para sostenernos. Estamos agradecidos por sus vidas y su servicio al Señor. Su dedicación al deber y su servicio desinteresado son igual de importantes en sus llamamientos que los nuestros en nuestros llamamientos. A través de una vida de servicio en la Iglesia, he aprendido que en verdad no importa dónde servimos; lo que le importa al Señor es cómo servimos.
Expreso una profunda gratitud por el presidente Thomas S. Monson, quien fue un ejemplo para mí durante más de cincuenta años. Y expreso una honda admiración por sus consejeros, el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf. Los felicito por su servicio al Señor y a Sus profetas. Estos dos dedicados siervos han recibido nuevas asignaciones; y continúan sirviendo con energía y empeño; les rindo honor y los amo.
Prestar servicio en la Iglesia verdadera y viviente del Señor con Su autoridad y poder es una bendición extraordinaria. La restauración del sacerdocio de Dios, incluso la de las llaves del sacerdocio, pone a disposición de los Santos de los Últimos Días dignos la mayor de todas las bendiciones espirituales. Vemos cómo esas bendiciones se derraman sobre mujeres, hombres y niños de todo el mundo.
Vemos mujeres fieles que entienden el poder inherente a sus llamamientos, así como de su investidura y otras ordenanzas del templo. Dichas mujeres saben cómo invocar los poderes del cielo para proteger y fortalecer a sus esposos, a sus hijos y a otras personas que aman. ¡Son mujeres espiritualmente fuertes que lideran, enseñan y ministran sin temor en sus llamamientos, con poder y autoridad de Dios!1 ¡Cuán agradecido estoy por ellas!
Asimismo, vemos hombres fieles que viven a la altura de sus privilegios como poseedores del sacerdocio. Lideran y prestan servicio con sacrificio, a la manera del Señor, con amor, bondad y paciencia. Bendicen, guían, protegen y fortalecen a otras personas mediante el poder del sacerdocio que poseen. Brindan milagros a quienes sirven, al tiempo que mantienen a salvo su propio matrimonio y familia. Evitan el mal y son poderosos élderes de Israel2. ¡Estoy muy agradecido por ellos!
Ahora bien, me gustaría expresar una inquietud. Es esta: Demasiados de nuestros hermanos y hermanas no entienden plenamente el concepto del poder y la autoridad del sacerdocio. Actúan como si prefirieran satisfacer sus propios deseos y apetitos egoístas en vez de usar el poder de Dios para bendecir a Sus hijos.
Me temo que demasiados de nuestros hermanos y hermanas no comprenden los privilegios que podrían tener3. Por ejemplo, algunos de nuestros hermanos, actúan como si no entendieran lo que es el sacerdocio y lo que les permite hacer. Déjenme darles algunos ejemplos específicos.
No hace mucho, asistí a una reunión sacramental en la que se había de dar nombre y una bendición de padre a una bebé recién nacida. El joven padre sostuvo a su preciada bebé en brazos, le dio un nombre y luego ofreció una hermosa oración; pero no le dio una bendición a la niña. Esa dulce bebé recibió un nombre, ¡pero ninguna bendición! Aquel querido élder no conocía la diferencia entre una oración y una bendición del sacerdocio; con su autoridad y poder del sacerdocio, podría haber bendecido a la bebé, pero no lo hizo; y yo pensé: “¡Qué oportunidad perdida!”
Permítanme citar otros ejemplos. Sabemos de hermanos que apartan a hermanas como líderes y maestras de la Primaria, de las Mujeres Jóvenes o de la Sociedad de Socorro, pero no las bendicen con el poder para cumplir con sus llamamientos; solo imparten amonestaciones e instrucciones. Vemos que algún padre digno no da bendiciones del sacerdocio a su esposa ni a sus hijos cuando es exactamente lo que ellos necesitan. El poder del sacerdocio ha sido restaurado en esta tierra; no obstante, hay demasiados hermanos y hermanas que atraviesan terribles pruebas en la vida sin recibir jamás una verdadera bendición del sacerdocio. ¡Qué tragedia! Esa es una tragedia que podemos eliminar.
Hermanos, poseemos el santo sacerdocio de Dios. Tenemos Su autoridad para bendecir a Su pueblo. Tan solo piensen en la extraordinaria promesa que nos ha dado el Señor cuando dijo: “… a quien bendigas yo bendeciré”4. Tenemos el privilegio de actuar en nombre de Jesucristo para bendecir a los hijos de Dios, de acuerdo con Su voluntad con respecto a ellos. Presidentes de estaca y obispos, por favor, asegúrense de que todos los miembros de los cuórums bajo su mayordomía entiendan cómo dar una bendición del sacerdocio, incluyendo la dignidad personal y la preparación espiritual que se requieren para invocar el poder de Dios plenamente5.
A todos los hermanos que poseen el sacerdocio: los invito a inspirar a los miembros a guardar sus convenios, ayunar y orar, estudiar las Escrituras, adorar en el templo, y servir con fe como hombres y mujeres de Dios. ¡Podemos ayudar a todos a ver, con el ojo de la fe, que la obediencia y la rectitud los acercarán más a Jesucristo, les permitirán disfrutar de la compañía del Espíritu Santo y experimentar gozo en la vida!
Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor será siempre un esfuerzo organizado y dirigido a ministrar a los hijos de Dios individualmente y a sus familias6. Puesto que esta es Su iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo7. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.
Una experiencia que tuve hace más de sesenta años en Boston me enseñó cuán potente puede ser el privilegio de ministrar a las personas individualmente. Por entonces, era cirujano residente en el Hospital General de Massachusetts; estaba de guardia todos los días, cada dos noches y cada dos fines de semana. Tenía un limitado tiempo para mi esposa, para nuestros cuatro hijos y para la actividad en la Iglesia. No obstante, nuestro presidente de rama me asignó visitar la casa de Wilbur y Leonora Cox, con la esperanza de que el hermano Cox volviera a la actividad en la iglesia. Él y Leonora se habían sellado en el templo8. Sin embargo, Wilbur no había participado durante muchos años.
Mi compañero y yo fuimos a su casa; al entrar, la hermana Cox nos recibió con entusiasmo9, pero el hermano Cox se retiró abruptamente a otra sala y cerró la puerta.
Me dirigí a la puerta cerrada y toqué. Tras un momento, oí un resignado: “Entre”. Abrí la puerta y hallé al hermano Cox sentado junto a una serie de equipos de radioaficionado. En ese pequeño cuarto, encendió un cigarro; claramente, mi visita no era para nada bienvenida.
Observé la sala con asombro y dije: “Hermano Cox, siempre he querido aprender más sobre la tarea de los radioaficionados. ¿Quisiera enseñarme? Lamento no poder quedarme más tiempo esta noche, pero ¿podría regresar en otra ocasión?”.
Él titubeó un momento y luego dijo que sí. Aquel fue el comienzo de lo que llegó a ser una gran amistad. Regresé y me enseñó. Yo comencé a quererlo y respetarlo. A través de las visitas subsiguientes, la grandeza de aquel hombre se dejó entrever. Nos hicimos muy buenos amigos, al igual que nuestras queridas compañeras eternas. Luego, con el paso del tiempo, nuestra familia se mudó. Los líderes locales continuaron apoyando a la familia Cox10.
Unos ocho años después de aquella primera visita, se creó la Estaca Boston11. Adivinen quién fue su primer presidente de estaca. ¡Sí! ¡El hermano Cox! Durante los años subsiguientes, también prestó servicio como presidente de misión y presidente de templo.
Años después, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, se me asignó crear una nueva estaca en el condado de Sanpete, Utah. Durante las entrevistas habituales, me sorprendió gratamente encontrarme de nuevo con mi querido amigo, el hermano Cox. Sentí la inspiración de llamarlo como el nuevo patriarca de estaca. Después de ordenarlo, nos abrazamos y lloramos. Las personas presentes en la sala se preguntaban por qué lloraban aquellos dos hombres adultos. Pero nosotros lo sabíamos; y la hermana Cox también. ¡Nuestras lágrimas eran de gozo! En silencio, recordamos la increíble travesía de amor y arrepentimiento que había empezado una noche en su casa, hacía más de treinta años.
La historia no termina allí; la familia del hermano y la hermana Cox creció hasta estar compuesta por tres hijos, veinte nietos y cincuenta y cuatro bisnietos. Añadan a aquello su influencia en cientos de misioneros, en miles de personas más en el templo, y en cientos de personas más que han recibido bendiciones patriarcales de manos de Wilbur Cox. Su influencia y la de Leonora Cox seguirán repercutiendo a través de muchas generaciones en todo el mundo.
Experiencias tales como esta, de Wilbur y Leonora Cox, ocurren cada semana —ojalá que cada día— dentro de esta Iglesia. Hay dedicados siervos del Señor Jesucristo que llevan a cabo Su obra, con Su poder y autoridad.
Hermanos, hay puertas que podemos abrir, bendiciones del sacerdocio que podemos dar, corazones que podemos sanar, cargas que podemos aligerar, testimonios que podemos fortalecer, vidas que podemos salvar, y gozo que podemos llevar a los hogares de los Santos de los Últimos Días; todo ello porque poseemos el sacerdocio de Dios. Somos los hombres que han sido “llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de [nuestra] fe excepcional” para hacer esta obra12.
Esta noche los invito a literalmente levantarse conmigo en nuestra gran hermandad eterna. Cuando mencione el nombre de su oficio del sacerdocio, por favor, pónganse de pie y permanezcan parados. Diáconos, ¡pónganse de pie! Maestros, ¡levántense! ¡Presbíteros! ¡Obispos! ¡Élderes! ¡Sumos sacerdotes! ¡Patriarcas! ¡Setentas! ¡Apóstoles!
Ahora bien, hermanos, permanezcan de pie y acompañen a nuestro coro para cantar las tres estrofas de “Rise Up, O Men of God” [Levantaos, hombres de Dios]?13. Mientras canten, piensen en su deber como las huestes poderosas de Dios a fin de ayudar a preparar el mundo para la segunda venida del Señor. Ese es nuestro cometido; ese es nuestro privilegio. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.
Los ayunos y oraciones de Leonora de cada lunes durante años seguramente ejercieron una poderosa influencia para bien.
En 1954, el presidente de rama Ira Terry llamó a Wilbur como superintendente de la Escuela Dominical de la rama. Wilbur aceptó el llamamiento y abandonó para siempre todos los hábitos contrarios a la Palabra de Sabiduría. Dedicó el resto de su vida al servicio de la obra del Salvador.
Magnificar el santo sacerdocio que tienen es vital para la obra del Señor con sus familias y con sus llamamientos eclesiásticos.
Mis queridos hermanos, hemos oído un anuncio revelador del presidente Russell M. Nelson; hemos oído importantes explicaciones de los élderes Christofferson y Rasband, y del presidente Eyring. Lo que se dirá luego, incluso más de parte del presidente Nelson, explicará lo que ustedes —los líderes del Señor y poseedores del sacerdocio— harán ahora en sus responsabilidades. Para ayudarles en esto, repasaré algunos principios fundamentales que rigen el sacerdocio que poseen.
I. El sacerdocio
El Sacerdocio de Melquisedec es la autoridad divina que Dios ha delegado para efectuar Su obra de “llevar a cabo… la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39); en 1829, los apóstoles del Salvador, Pedro, Santiago y Juan lo confirieron a José Smith y a Oliver Cowdery (véase D. y C. 27:12). Es sagrado y poderoso, más allá de nuestra capacidad de descripción.
Las llaves del sacerdocio son los poderes para dirigir el ejercicio de la autoridad del sacerdocio. Por lo tanto, cuando los apóstoles confirieron el Sacerdocio de Melquisedec a José y a Oliver, también les dieron las llaves para dirigir su uso (véase D. y C. 27:12–13). No obstante, no se confirieron todas las llaves del sacerdocio en ese momento. Todas las llaves y conocimiento necesarios para esta “dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 128:18) se dan “línea sobre línea” (versículo 21). Siete años después, se entregaron más llaves en el Templo de Kirtland (véase D. y C. 110:11–16). Esas llaves se entregaron para dirigir la autoridad del sacerdocio en las asignaciones adicionales que se dieron en aquel momento, tal como el bautismo por los muertos.
El Sacerdocio de Melquisedec no es un rango ni un título. Es un poder divino que se nos confía para su uso en beneficio de la obra de Dios para Sus hijos. Debemos recordar siempre que los hombres que poseen el sacerdocio no son “el sacerdocio”. No es apropiado decir “el sacerdocio y las mujeres”. Deberíamos decir “los poseedores del sacerdocio y las mujeres”.
II. Un ministerio de servicio
Ahora consideremos lo que el Señor Jesucristo espera de quienes poseen Su sacerdocio; el modo en que hemos de traer almas a Él.
El presidente Joseph F. Smith enseñó: “Se ha dicho, y es verdad, que la Iglesia está perfectamente organizada; el único problema es que esas organizaciones no están completamente al tanto de las obligaciones que tienen. Cuando se den cuenta por completo de lo que se requiere de ellas, cumplirán sus deberes más fielmente y la obra del Señor será mucho más fuerte, más potente e influyente en el mundo”1.
El presidente Smith también advirtió:
“Los títulos dados por Dios, de honor…, que se relacionan con los diversos oficios y órdenes del Santo Sacerdocio, no deben emplearse ni considerarse de la misma manera que los que se originan en el hombre; no son una condecoración ni una indicación de dominio, sino más bien de un nombramiento al servicio humilde en la obra del único Maestro al que profesamos servir…
“Estamos obrando en bien de la salvación de las almas y debemos sentir que este es el deber más grandioso que se nos ha encomendado. Por lo tanto, debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo, si fuese necesario, por amor a Dios, por la salvación del hombre y el triunfo del reino de Dios en la tierra”2.
III. Los oficios del sacerdocio
En la Iglesia del Señor, los oficios del Sacerdocio de Melquisedec tienen funciones diferentes. Doctrina y Convenios se refiere a los sumos sacerdotes como “presidentes residentes o siervos sobre diversas estacas esparcidas fuera de aquí” (D. y C. 124:134). Se refiere a los élderes como “ministros residentes de [la iglesia del Señor]” (D. y C. 124:137). Las siguientes son otras enseñanzas sobre estas funciones separadas.
Los sumos sacerdotes ofician y administran las cosas espirituales (véase D. y C. 107:10, 12). Además, como enseñó el presidente Joseph F. Smith, “en tanto al que ha sido ordenado sumo sacerdote, debe sentir que tiene la obligación… de dar un ejemplo digno de emulación a los mayores y a los jóvenes; y de asumir una posición tal de ser un maestro de rectitud, no solo por precepto, sino más particularmente mediante el ejemplo, al dar a los más jóvenes el beneficio de la experiencia de la edad, llegando así a ser en lo individual un poder en medio de la comunidad en la que resida”3.
Sobre los deberes de los élderes, el élder Bruce R. McConkie, del Cuórum de los Doce, enseñó: “Un élder es un ministro del Señor Jesucristo… Está comisionado para actuar como lo haría su Maestro y en nombre de Él… al ejercer su ministerio entre sus semejantes; es el agente del Señor”4.
El élder McConkie criticó la idea de que alguien sea “solamente un élder”: “Cada élder de la Iglesia posee tanto sacerdocio como el Presidente de esta…”, dijo. “¿Qué es un élder? Es un pastor; es un pastor que presta servicio en el redil del Buen Pastor”5.
En esa importante función de ministrar en el redil del Buen Pastor no hay ninguna distinción entre los oficios de sumo sacerdote y de élder del Sacerdocio de Melquisedec. En la maravillosa sección 107 de Doctrina y Convenios, el Señor declara: “Los sumos sacerdotes según el orden del Sacerdocio de Melquisedec tienen el derecho de oficiar en su propio puesto, bajo la dirección de la presidencia, para administrar las cosas espirituales, y también en el oficio de élder [u oficios del Sacerdocio Aarónico]” (véase D. y C. 107:10; véase también el versículo 12).
El principio más importante para todos los poseedores del sacerdocio es el principio que ha enseñado Jacob, el profeta del Libro de Mormón. Después de que él y su hermano José fueron consagrados sacerdotes y maestros del pueblo, declaró: “Y magnificamos nuestro oficio ante el Señor, tomando sobre nosotros la responsabilidad, trayendo sobre nuestra propia cabeza los pecados del pueblo si no le enseñábamos la palabra de Dios con toda diligencia” (Jacob 1:19).
Hermanos, nuestras responsabilidades como poseedores del sacerdocio son un asunto muy serio. Otras organizaciones podrían sentirse satisfechas con las normas del mundo sobre la forma de dar mensajes y de cumplir con sus otras funciones; pero nosotros, los que poseemos el sacerdocio de Dios, tenemos el poder divino que rige incluso la entrada al Reino Celestial de Dios. Tenemos el propósito y la responsabilidad que el Señor definió en el prefacio revelado de Doctrina y Convenios. Debemos proclamar al mundo:
“… que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;
“para que también la fe aumente en la tierra;
“para que se establezca mi convenio sempiterno;
“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra” (D. y C. 1:20–23).
Para cumplir con ese mandato divino, debemos ser fieles en “magnificar” nuestros llamamientos y responsabilidades del sacerdocio (véase D. y C. 84:33). El presidente Harold B. Lee explicó lo que significa magnificar el sacerdocio: “Cuando uno se convierte en poseedor del sacerdocio, se convierte en agente del Señor. Uno debe considerar su llamamiento con la perspectiva de que está en la obra del Señor. Eso es lo que significa magnificar el sacerdocio”6.
Por lo tanto, hermanos, si el Señor mismo les pidiera que ayudaran a uno de Sus hijos o hijas —lo cual ha hecho por medio de Sus siervos— ¿lo harían? Y si lo hicieran, ¿actuarían como agentes de Él, “en la obra del Señor”, confiando en la ayuda que ha prometido?
El presidente Lee impartió otra enseñanza sobre magnificar el sacerdocio: “Cuando colocan una lupa por encima de algo, aquello se ve más grande de lo que puede verse a simple vista; la lupa es una lente de aumento. Ahora bien,… cuando cualquier hombre magnifica su sacerdocio —es decir, cuando lo engrandece más de lo que él creía que este era primeramente y lo hace más importante de lo que cualquier otro hombre haya creído que fuera— ese es el modo de magnificar el sacerdocio”7.
El siguiente es un ejemplo de cómo un poseedor de sacerdocio magnificó sus responsabilidades del sacerdocio. Lo oí de boca del élder Jeffrey D. Erekson, que fue mi compañero en una conferencia de estaca en Idaho. Mientras era un joven élder casado y desesperadamente pobre que se sentía incapaz de terminar su último año de la universidad, Jeffrey decidió abandonarla y aceptar una atractiva oferta laboral. Algunos días después, el presidente del cuórum de élderes fue a su casa. “¿Entiendes la importancia de las llaves del sacerdocio que poseo?”, preguntó el presidente del cuórum de élderes. Cuando Jeffrey dijo que sí, este le dijo que desde que se había enterado de sus intenciones de abandonar la universidad, el Señor lo había importunado durante noches de insomnio para que diera a Jeffrey este mensaje: “Como tu presidente de cuórum de élderes, te aconsejo que no dejes la universidad. Este es un mensaje del Señor para ti”. Jeffrey continuó en la universidad. Años después, me encontré con él cuando era ya un próspero hombre de negocios, y oí que decía a una congregación de poseedores del sacerdocio: “Aquel [consejo] ha marcado toda la diferencia en mi vida”.
Un poseedor del sacerdocio magnificó su sacerdocio y su llamamiento, y aquello marcó “toda la diferencia” en la vida de otro hijo de Dios.
IV. El sacerdocio en la familia
Hasta aquí, he hablado de las funciones del sacerdocio en la Iglesia. Ahora hablaré del sacerdocio en la familia. Empezaré refiriéndome a las llaves. El principio de que la autoridad del sacerdocio solo puede ejercerse bajo la dirección de alguien que posea las llaves para dicha función es fundamental en la Iglesia, pero no se aplica al ejercicio de la autoridad del sacerdocio en la familia8. Los padres que poseen el sacerdocio presiden en sus familias por la autoridad del sacerdocio que poseen; no tienen necesidad de tener la dirección ni la aprobación de las llaves del sacerdocio a fin de aconsejar a los miembros de su familia, organizar reuniones familiares, dar bendiciones del sacerdocio a su esposa e hijos, o dar bendiciones de salud a los miembros de la familia u otras personas.
Si los padres magnificaran su sacerdocio en su propia familia, esto haría avanzar la misión de la Iglesia más que cualquier otra cosa que pudieran hacer. Los padres que poseen el Sacerdocio de Melquisedec deben guardar los mandamientos a fin de tener el poder del sacerdocio para dar bendiciones a los miembros de la familia; también deben cultivar lazos familiares de amor para que los miembros de la familia quieran pedir bendiciones a sus padres. Y el padre y la madre deben fomentar que se den más bendiciones del sacerdocio en la familia.
Padres, actúen como “compañeros iguales” de sus esposas, tal como enseña la Proclamación para la Familia9. Y, padres, cuando tengan el privilegio de ejercer el poder y la influencia de la autoridad de su sacerdocio, háganlo “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41). Esa elevada norma para el ejercicio de la autoridad del sacerdocio es de suma importancia en la familia. El presidente Harold B. Lee extendió esta promesa apenas llegó a ser Presidente de la Iglesia: “El poder del sacerdocio, que ustedes poseen, nunca es más extraordinario que cuando hay una crisis en su hogar, una enfermedad grave, o cuando hay que tomar alguna decisión trascendental… Comprendido en el poder del sacerdocio, que es el poder de Dios Todopoderoso, está el poder de efectuar milagros, si así es la voluntad del Señor, pero para que nosotros utilicemos ese sacerdocio, debemos ser dignos de ejercerlo. No comprender ese principio equivale a no recibir las bendiciones de poseer ese gran sacerdocio”10.
Mis amados hermanos, el que magnifiquen el santo sacerdocio que poseen es crucial para la obra del Señor con sus familias y llamamientos de la Iglesia.
Testifico de Aquel a quien pertenece el sacerdocio; mediante Su sufrimiento y sacrificio expiatorios, y Su resurrección, todos los hombres y mujeres tenemos la seguridad de la inmortalidad y la oportunidad de alcanzar la vida eterna. Todos nosotros debemos ser fieles y diligentes al hacer nuestra parte en esta gran obra de Dios, nuestro Padre Eterno. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Recibimos el Santo Espíritu más plenamente cuando nos centramos en servir a los demás. Esa es la razón por la que tenemos la responsabilidad del sacerdocio de servir en nombre del Salvador.
Mis queridos hermanos, estoy agradecido por el privilegio de hablarles en esta histórica conferencia general. Hemos sostenido al presidente Russell M. Nelson como decimoséptimo Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Tras haber tenido la bendición de trabajar con él todos los días, he sentido la confirmación del Espíritu de que el presidente Nelson ha sido llamado por Dios para dirigir la Iglesia verdadera del Señor.
También tengo un testimonio de que el Señor ha llamado al élder Gerrit W. Gong y al élder Ulisses Soares a prestar servicio como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles. Los amo y los sostengo. Mediante su ministerio, ellos bendecirán vidas en todo el mundo y en todas las generaciones.
Esta conferencia es además histórica por otra razón. El presidente Nelson ha anunciado un inspirado avance en el plan organizado que el Señor tiene para Su Iglesia. Dicho plan incluye una nueva estructura para los cuórums del sacerdocio en los barrios y las estacas a fin de que podamos cumplir mejor nuestras responsabilidades del sacerdocio. Todas esas responsabilidades tienen que ver con la forma en que los poseedores del sacerdocio cuidamos de los hijos de nuestro Padre.
El plan del Señor para que Sus santos proporcionen un cuidado amoroso se ha llevado a cabo de muchas maneras a lo largo de los años. En los primeros días de Nauvoo, el profeta José Smith necesitaba una forma organizada de cuidar del gran número de conversos, en su mayoría pobres, que llegaban a la ciudad. Cuatro de mis bisabuelos estaban entre ellos: los Eyring, los Bennion, los Romney y los Smith. El Profeta organizó el cuidado de esos santos de forma geográfica. En Illinois, esas divisiones de la ciudad se llamaban “barrios”.
Cuando los santos cruzaron las llanuras, el cuidado de los unos por los otros se organizó en “compañías”. Uno de mis bisabuelos paternos regresaba de su misión en lo que ahora es Oklahoma cuando se encontró con una compañía en el camino. Estaba tan débil debido a una enfermedad que él y su compañero se hallaban recostados en un pequeño carromato.
El líder de la compañía envió a dos mujeres jóvenes para que ayudaran a quienquiera que estuviese en ese triste carromato. Una de ellas, una hermana joven que se había convertido en Suiza, miró a uno de los misioneros y sintió compasión. Él se salvó gracias a esa compañía de santos. Se recuperó lo suficiente para caminar el resto del trayecto hasta el Valle del Lago Salado con la joven que lo rescató a su lado. Se enamoraron y se casaron. Él llegó a ser mi bisabuelo Henry Eyring, y ella mi bisabuela Maria Bommeli Eyring.
Años después, cuando la gente comentaba la gran dificultad de cruzar un continente, ella decía: “Oh no, no fue difícil. Mientras caminábamos, hablábamos durante todo el trayecto del milagro que era el que ambos hubiésemos hallado el evangelio verdadero de Jesucristo. Fue la época más feliz que recuerdo”.
Desde entonces, el Señor ha utilizado varias maneras para ayudar a Sus santos a cuidar el uno del otro. Ahora, Él nos ha bendecido con cuórums fortalecidos y unificados en los barrios y las estacas; cuórums que trabajan en coordinación con todas las organizaciones del barrio.
Tanto los barrios municipales como las compañías y los cuórums fortalecidos han necesitado al menos dos cosas para tener éxito en cumplir el propósito del Señor de que Sus hijos cuiden unos de otros de la manera en que Él cuida de ellos. Tienen éxito cuando los santos sienten el amor de Cristo el uno por el otro por encima de su interés personal. Las Escrituras lo llaman “caridad… el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47). Y tienen éxito cuando el Espíritu Santo guía a aquel que cuida de otro a fin de que sepa lo que el Señor sabe que es mejor para la persona a la que está tratando de ayudar.
Una y otra vez durante las últimas semanas, los miembros de la Iglesia han actuado en mi presencia como si, de alguna manera, hubiesen anticipado lo que el Señor iba a hacer, como se ha anunciado aquí hoy. Permítanme darles solo dos ejemplos. El primero, un sencillo discurso en una reunión sacramental que dio un maestro en el Sacerdocio Aarónico que tiene catorce años y quien comprende lo que los poseedores del sacerdocio pueden lograr mediante su servicio al Señor. El segundo, un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que, con el amor de Cristo, sintió la inspiración de servir a una familia.
Primero, permítanme compartir las palabras del joven que discursó en la reunión sacramental. Yo estuve allí. Traten de recordar cómo eran ustedes cuando tenían catorce años y escuchen para oírle decir más de lo que es razonable que sepa un hombre tan joven:
“Realmente me ha gustado ser miembro del cuórum de maestros de nuestro barrio desde que cumplí catorce años el año pasado. El maestro sigue teniendo todas las responsabilidades de un diácono, además de otras nuevas.
“Ya que algunos de nosotros somos maestros, otros lo serán algún día y todos en la Iglesia son bendecidos por el sacerdocio, es importante que todos nosotros sepamos más acerca de los deberes del maestro.
“Antes que nada, Doctrina y Convenios 20:53 dice: ‘El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos’.
“‘y cuidar de que no haya iniquidad en la Iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias;
“‘y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos los miembros cumplan con sus deberes’”.
El joven continuó:
“El Señor nos está diciendo que es nuestra responsabilidad no tan solo cuidar de la Iglesia, sino también cuidar de las personas dentro de la Iglesia de la forma en que Cristo lo haría, porque esta es Su Iglesia. Si estamos tratando de guardar los mandamientos, ser amables unos con otros, ser honestos, ser buenos amigos y disfrutar de estar juntos, entonces podremos tener el Espíritu con nosotros y saber lo que el Padre Celestial desea que hagamos. Si no lo hacemos, entonces no podemos cumplir con nuestro llamamiento”.
Luego prosiguió diciendo:
“Cuando un maestro decide dar el ejemplo correcto al ser un buen maestro orientador, dar la bienvenida a los miembros en la capilla, preparar la Santa Cena, ayudar en casa y ser un pacificador, decide honrar su sacerdocio y cumplir con su llamamiento.
“Ser un buen maestro no solo significa ser responsable cuando estamos en la capilla o en actividades de la Iglesia. El apóstol Pablo enseñó: ‘… sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza’ (1 Timoteo 4:12)”.
Luego el joven dijo:
“No importa dónde estemos ni qué estemos haciendo, podemos ser un buen ejemplo de rectitud en todo momento y en todo lugar.
“Mi papá y yo somos maestros orientadores de la familia Brown1. Cada vez que vamos allá, disfruto mucho la visita y de llegar a conocerlos. Algo que realmente me gusta de los Brown es que cada vez que los visitamos, todos están dispuestos a escuchar y siempre tienen buenas historias para compartir.
“Cuando conocemos bien a las personas del barrio por medio de la orientación familiar, es más fácil hacer el siguiente deber de un maestro, que es saludar a los miembros en la capilla. Ayudar a la gente a sentirse bienvenida e integrada en la Iglesia permite que todos los miembros del barrio se sientan amados y preparados para tomar la Santa Cena.
“Después de dar la bienvenida a los miembros que han venido a la Iglesia, los maestros ayudan cada domingo al preparar la Santa Cena. Realmente disfruto de repartir y preparar la Santa Cena en este barrio porque todos son muy reverentes. Siempre siento el Espíritu cuando preparo y reparto la Santa Cena; es una verdadera bendición para mí poder hacerlo cada domingo.
“Algunos servicios, como repartir la Santa Cena, son algo que las personas ven y nos agradecen por hacerlo; pero otros servicios, como preparar la Santa Cena, por lo general se hacen sin que nadie lo note. No es importante que la gente veaque prestamos servicio; lo que importa es que el Señor sabe que le hemos prestado servicio a Él.
“Como maestros, siempre debemos tratar de fortalecer a la Iglesia, a nuestros amigos y a nuestra familia al cumplir con nuestras responsabilidades del sacerdocio. No siempre es fácil, pero el Señor no nos da mandamientos ‘sin [prepararnos] una vía para que [cumplamos] lo que [nos] ha mandado’ (1 Nefi 3:7)”.
Cuando el joven finalizó su discurso, yo seguí asombrándome de su madurez y sabiduría. Para resumir, dijo: “Sé que llegaremos a ser mejores si elegimos seguir a [Jesucristo]”.
Otra historia de servicio en el sacerdocio se relató hace un mes en una reunión sacramental de barrio. Yo estuve allí. En ese caso, el experimentado poseedor del sacerdocio no sabía que, mientras hablaba, estaba describiendo exactamente lo que el Señor desea que suceda con los cuórums fortalecidos del sacerdocio. Esta es la esencia de su relato:
A él y a su compañero de orientación familiar se les asignó prestar servicio a siete familias. Casi todas ellas no querían ser visitadas. Cuando los maestros orientadores iban a sus apartamentos, se negaban a abrir la puerta; cuando llamaban por teléfono, no respondían; cuando dejaban un mensaje, no les devolvían la llamada. Este compañero mayor finalmente recurrió a ministrar escribiendo cartas; hasta comenzó a utilizar sobres de color amarillo brillante con la esperanza de obtener una respuesta.
Una de las siete familias estaba compuesta por una hermana soltera menos activa que había emigrado de Europa; ella tenía dos hijos pequeños.
Tras numerosos intentos de contactarla, él recibió un mensaje de texto. Con brusquedad ella le hizo saber que estaba demasiado ocupada para recibir a los maestros orientadores. Tenía dos empleos y además estaba en las fuerzas armadas. Su empleo principal era el de oficial de policía y su meta profesional era convertirse en detective para regresar a su país natal y continuar trabajando allí.
El maestro orientador nunca pudo visitarla en su hogar. Periódicamente le enviaba mensajes de texto; cada mes le enviaba una carta escrita a mano, acompañada de tarjetas festivas para cada niño.
Nunca recibía respuesta; sin embargo, ella sabía quiénes eran sus maestros orientadores, cómo comunicarse con ellos y que persistirían en su servicio del sacerdocio.
Entonces, un día, él recibió un mensaje de texto urgente de ella; necesitaba ayuda desesperadamente. No sabía quién era el obispo, pero sí conocía a sus maestros orientadores.
En pocos días debía viajar fuera del estado para un entrenamiento militar de un mes, y no podía llevar a sus hijos. Su madre, que iba a cuidar de ellos, acababa de viajar a Europa para cuidar de su esposo, quien había tenido una emergencia médica.
Esa hermana soltera menos activa tenía suficiente dinero para comprar un pasaje a Europa para su hijo menor, pero no para su hijo de doce años, Eric2. ¡Le preguntó a su maestro orientador si podía encontrar una buena familia Santo de los Últimos Días que recibiera a Eric en su hogar durante los siguientes treinta días!
El maestro orientador le respondió que haría todo lo que le fuera posible. Luego se comunicó con sus líderes del sacerdocio. El obispo, quien era el sumo sacerdote presidente, le dio permiso para acudir a los miembros del consejo de barrio, entre ellos la presidenta de la Sociedad de Socorro.
La presidenta de la Sociedad de Socorro pronto halló a cuatro buenas familias SUD que tenían hijos más o menos de la edad de Eric y que lo recibirían en su hogar una semana cada una. A lo largo del siguiente mes, esas familias dieron de comer a Eric, hicieron lugar para él en sus apartamentos o pequeñas casas ya abarrotadas, lo llevaron a sus actividades de verano previamente planificadas, lo llevaron a la Iglesia, lo incluyeron en sus noches de hogar, y demás.
Las familias que tenían jovencitos de la edad de Eric lo incluyeron en sus reuniones y actividades del cuórum de diáconos. Durante ese período de treinta días, por primera vez en su vida, Eric fue a la capilla todos los domingos.
Después de que su madre regresó del entrenamiento, Eric continuó asistiendo a la Iglesia, por lo general con una de las cuatro familias SUD que se habían ofrecido de voluntarias u otros miembros con quienes había hecho amistad, entre ellos los maestros orientadores de su madre. Con el tiempo, fue ordenado diácono y comenzó a repartir la Santa Cena en forma regular.
Ahora imaginemos el futuro de Eric. No nos sorprenderá si llega a ser un líder de la Iglesia en el país natal de su madre cuando su familia regrese allí, todo gracias a santos que trabajaron en unidad, bajo la dirección del obispo, de servir por la caridad que hay en sus corazones y por el poder del Espíritu Santo.
Sabemos que la caridad es esencial para que seamos salvos en el Reino de Dios. Moroni escribió: “… a menos que tengáis caridad, de ningún modo seréis salvos en el reino de Dios…” (Moroni 10:21; véase también Éter 12:34).
Sabemos, además, que la caridad es un don que se nos otorga después de hacer cuanto podamos. Debemos “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo” (Moroni 7:48).
Tengo la impresión de que recibimos el Santo Espíritu más plenamente cuando nos centramos en servir a los demás. Esa es la razón por la que tenemos la responsabilidad del sacerdocio de servir en nombre del Salvador. Cuando estamos consagrados al servicio de los demás, pensamos menos en nosotros mismos y el Espíritu Santo puede influir en nosotros más fácilmente y ayudarnos en nuestro esfuerzo de toda la vida para tener el don de la caridad.
Les testifico que el Señor ya ha dado un gran paso adelante en Su plan para que recibamos todavía más inspiración y seamos más caritativos en nuestro servicio de ministrar en el sacerdocio. Estoy agradecido por Su amor, el cual Él nos da tan generosamente. De ello testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Qué gozo será que todos los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec tengan la bendición de enseñar, aprender y prestar servicio hombro a hombro.
Mis queridos hermanos del sacerdocio, me presento ante ustedes con gran humildad en esta histórica ocasión, por asignación de nuestro amado profeta y presidente, Russell M. Nelson. ¡Cuánto quiero y sostengo a este magnífico hombre de Dios y a nuestra nueva Primera Presidencia! Añado mi testimonio al del élder D. Todd Christofferson y al de mis otros hermanos del Cuórum de los Doce Apóstoles de que los cambios que se han anunciado esta tarde son la voluntad del Señor.
Como ha dicho el presidente Nelson, este es un asunto que los apóstoles de mayor antigüedad de la Iglesia han tratado y considerado con espíritu de oración durante mucho tiempo. El deseo era procurar la voluntad del Señor y fortalecer los cuórums del Sacerdocio de Melquisedec. Se recibió inspiración, y esta tarde nuestro profeta dio a conocer la voluntad del Señor. ¡“Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”!1. ¡Cuán bendecidos somos por tener un profeta viviente hoy en día!
A lo largo de nuestra vida, la hermana Rasband y yo hemos viajado por el mundo en diversas asignaciones eclesiásticas y profesionales. He visto casi todo tipo de configuración de unidades de la Iglesia: una pequeña rama en Rusia en la que el número de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec se contaba con los dedos de una mano; un barrio nuevo en crecimiento en África en que los sumos sacerdotes y los élderes se reunían en conjunto porque la cantidad total de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec era baja; y barrios bien establecidos, en los que el número de élderes requería que el cuórum se dividiera en dos.
Dondequiera que hayamos ido, hemos visto cómo la mano del Señor iba delante de Sus siervos, preparando a las personas y el camino por delante para que todos Sus hijos fueran bendecidos de acuerdo con todas sus necesidades. ¿No ha prometido Él que “[irá] delante de [nuestra] faz” y que [estará] a [nuestra] diestra y a [nuestra siniestra]”, y que Su “Espíritu estará en [nuestro] corazón, y [Sus] ángeles alrededor de [nosotros]”?2.
Al pensar en todos ustedes, recuerdo el himno “¡Mirad! Reales huestes”.
¡Mirad! Reales huestes ya entran a luchar con armas y banderas, el mal a conquistar. Sus filas ya rebosan con hombres de valor que siguen al Caudillo y cantan con vigor3.
El élder Christofferson ha contestado varias preguntas que ciertamente surgirán por el anuncio de que se combinarán los grupos de sumos sacerdotes y los cuórums de élderes —a nivel de barrio— para formar un ejército unificado y poderoso de hermanos del Sacerdocio de Melquisedec.
Esos cambios contribuirán a que los cuórums de élderes y las Sociedades de Socorro armonicen su labor; también simplificarán la coordinación del cuórum con el obispado y el consejo de barrio; permitirán que el obispo delegue más responsabilidades al presidente del cuórum de élderes y la presidenta de la Sociedad de Socorro, de modo que el obispo y sus consejeros puedan centrarse en sus deberes primordiales; en particular, presidir las Mujeres Jóvenes y los Hombres Jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico.
Los cambios en las organizaciones y en las funciones de la Iglesia no son poco comunes. En 1883, el Señor dijo al presidente John Taylor: “[En lo concerniente] a la administración y organización de Mi Iglesia y Sacerdocio… os revelaré, de cuando en cuando, por los medios que he señalado, todo lo que será menester para el futuro progreso y perfección de Mi Iglesia, para la adecuación y el avance de Mi reino”4.
Dirijo ahora algunas palabras a ustedes, hermanos, que son sumos sacerdotes: sepan que los amamos. ¡Nuestro Padre Celestial los ama! Ustedes son una gran parte de este ejército real del sacerdocio y no podemos llevar adelante esta obra sin su bondad, servicio, experiencia y rectitud. Alma enseñó que se llama a los hombres a ser sumos sacerdotes por causa de su fe excepcional y buenas obras, para enseñar y ministrar a los demás5. Dicha experiencia se necesita ahora quizás más que nunca.
En muchos barrios, tal vez tengamos sumos sacerdotes que ahora tendrán la oportunidad de que un élder los presida como presidente de cuórum. Tenemos un antecedente de élderes que presiden a los sumos sacerdotes: élderes que sirven como presidentes de rama en algunas regiones del mundo donde residen sumos sacerdotes en la rama; y existen ramas en las que solo está organizado el cuórum de élderes y hay sumos sacerdotes presentes.
Qué gozo será que todos los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec tengan la bendición de enseñar, aprender y prestar servicio hombro a hombro con todos los miembros del barrio. Dondequiera que estén y cualesquiera que sean sus circunstancias, los invitamos a aceptar con espíritu de oración, fidelidad y gozo las nuevas oportunidades de dirigir o ser dirigidos, y de servir de manera unida como grupo de hermanos del sacerdocio.
Ahora trataré otros asuntos que quizás necesiten aclaraciones al avanzar para implementar la voluntad del Señor sobre la organización de Sus cuórums del Santo Sacerdocio.
¿Cuáles son los ajustes para el cuórum de sumos sacerdotes de la estaca? Los cuórums de sumos sacerdotes de la estaca continuarán funcionando. Las presidencias de estaca continuarán sirviendo como presidencia del cuórum de sumos sacerdotes de la estaca. Sin embargo, tal como lo mencionó el élder Christofferson, los miembros del cuórum de sumos sacerdotes de la estaca ahora serán los sumos sacerdotes que actualmente presten servicio en la presidencia de estaca, como miembros de un obispado de barrio, miembros del sumo consejo de la estaca, y el patriarca en funciones. Los secretarios y secretarios ejecutivos de barrio y de estaca no son miembros del cuórum de sumos sacerdotes de la estaca. Cuando alguien que preste servicio activamente como sumo sacerdote, patriarca, Setenta o Apóstol visite algún barrio y desee asistir a la reunión del sacerdocio, se reunirá con el cuórum de élderes.
Conforme se releve a su debido tiempo a los hermanos en esos llamamientos, volverán a su unidad de origen como miembros del cuórum de élderes.
¿Cuál es la función del cuórum de sumos sacerdotes de la estaca? La presidencia de estaca se reúne con los miembros del cuórum de sumos sacerdotes para deliberar en consejo, testificar y brindar capacitación. Las reuniones de estaca, tal como se explica en nuestros manuales, continuarán con dos ajustes:
Uno: Los barrios y las estacas ya no tendrán reuniones de comité ejecutivo del sacerdocio. Si surgiera algún problema especial en el barrio, tal como algún asunto delicado sobre alguna familia o alguna dificultad inusual tocante a bienestar, podría tratarse en una reunión de obispado ampliada. Otros asuntos menos confidenciales pueden tratarse en el consejo de barrio. Lo que se ha conocido como la reunión de comité ejecutivo del sacerdocio de la estaca ahora se llamará la “reunión del sumo consejo”.
Dos: Ya no se realizará la reunión anual de todos los sumos sacerdotes ordenados en la estaca. No obstante, la presidencia de estaca continuará efectuando una reunión anual para el cuórum de sumos sacerdotes de la estaca como se ha anunciado hoy.
¿Puede el barrio tener más de un cuórum de élderes? La respuesta es sí. En consonancia con el versículo 89 de la sección 107 de Doctrina y Convenios, cuando un barrio tenga un número inusualmente grande de poseedores del Sacerdocio de Melquisedec activos, los líderes pueden organizar más de un cuórum de élderes. En tales casos, cada cuórum debe guardar un equilibrio razonable con el otro en cuanto a edades, experiencia, y oficios y fortaleza del sacerdocio.
Testifico que conforme avancemos con esta inspirada reestructuración de cuórums en nuestros barrios y estacas, veremos una multitud de bendiciones. Permítanme citarles algunos ejemplos.
Bajo la dirección del obispo, habrá más recursos del sacerdocio que podrán contribuir a la obra de salvación. Esto incluye el recogimiento de Israel mediante la obra del templo e historia familiar, trabajar con personas y familias que pasan necesidades, y ayudar a los misioneros a traer almas a Jesucristo.
Cuando los líderes que antes presidían regresen para compartir su experiencia con el cuórum de élderes, el resultado será miembros de cuórum más fuertes.
Habrá una mayor diversidad de dones y capacidades dentro del cuórum.
Habrá más flexibilidad y disponibilidad para satisfacer las necesidades actuales y urgentes dentro del barrio y del cuórum, y para cumplir con nuestras diversas asignaciones de ministrar.
Habrá más orientación y unidad conforme el nuevo élder y el experimentado sumo sacerdote compartan experiencias, lado a lado, en las reuniones y asignaciones del cuórum.
Esperamos que los obispos y presidentes de rama estén más libres para magnificar su llamamiento de apacentar su redil y ministrar a los necesitados.
Entendemos que cada barrio y estaca es diferente. Aunque entendemos dichas diferencias, esperamos que pongan en práctica estos cambios sin demora tras la conferencia general. ¡Hemos recibidos instrucciones de un profeta de Dios! ¡Qué tremenda bendición y responsabilidad! ¡Cumplámosla con toda rectitud y diligencia!
Les recuerdo: la autoridad del sacerdocio viene mediante el apartamiento y la ordenación; pero el poder del sacerdocio real, el poder de actuar en el nombre del Señor Jesucristo, solo puede venir al vivir de manera recta.
El Señor declaró al profeta José Smith, el profeta de la Restauración:
“He aquí, yo me encargaré de vuestros rebaños, y levantaré élderes y los enviaré a ellos.
“He aquí, apresuraré mi obra en su tiempo”6.
Ciertamente, esta es una época en la que el Señor apresura Su obra.
Ruego que cada uno de nosotros use esta oportunidad para reflexionar y mejorar nuestra vida a fin de adherirse mejor a Su voluntad, para que merezcamos las muchas bendiciones que Él ha prometido a los leales y fieles.
Hermanos, gracias por todo lo que hacen para ser parte de esta magnífica obra. Ruego que avancemos en esta causa grande y honorable.
Y cuando se acabe tan larga lucha cruel, y todos ya descansen con su Caudillo fiel, a Cristo Rey eterno, las huestes con amor le alzarán victorias, cantando con vigor: ¡A vencer, a vencer por Él que nos salva! ¡A vencer, a vencer por Cristo Rey Jesús! ¡A vencer, a vencer, a vencer por Cristo Rey Jesús!7.
Hoy todos somos testigos de cómo el Señor revela Su voluntad por medio de Su Profeta, el presidente Russell M. Nelson. Testifico que él es el profeta de Dios aquí en la tierra. Doy mi testimonio del Señor Jesucristo, quien es nuestro gran Redentor y Salvador; esta es Su obra y esta es Su voluntad. De ello doy solemne testimonio; en el nombre de Jesucristo. Amén.
Citado en la compilación de James R. Clark, Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints,1965, tomo II, pág. 354.
El tener un cuórum del Sacerdocio de Melquisedec en un barrio unifica a los poseedores del sacerdocio para llevar a cabo todos los aspectos de la obra de salvación.
Poco después de organizarse la Iglesia en esta última dispensación, el Señor declaró en una revelación: “… y por vuestra oración de fe recibiréis mi ley para que sepáis cómo gobernar mi iglesia y poner todas las cosas en orden delante de mí”1. Desde entonces, se ha seguido ese principio en la Iglesia y el Señor ha honrado esa promesa. De vez en cuando, se han revelado modelos para la organización y el servicio del sacerdocio, comenzando con el profeta José Smith, cuando se establecieron los oficios y los cuórums del sacerdocio en nuestra época. Durante la administración de los presidentes Brigham Young, John Taylor y Spencer W. Kimball, entre otros, se revelaron e implementaron ajustes significativos con respecto al Cuórum de los Doce, los Setenta, los sumos sacerdotes y otros oficios y cuórums tanto en el Sacerdocio de Melquisedec como en el Aarónico2. Ahora, en una declaración histórica, hace tan solo unos momentos, el presidente Russell M. Nelson anunció un ajuste crucial adicional.
Permítanme repetir parte de sus palabras: “Esta noche anunciamos una importante reestructuración de nuestros cuórums del Sacerdocio de Melquisedec para llevar a cabo la obra del Señor de manera más eficaz. En cada barrio, los sumos sacerdotes y los élderes se combinarán en un cuórum de élderes… [y] la composición [del] cuórum [de los sumos sacerdotes de estaca] se basará en los actuales llamamientos en el sacerdocio”.
El presidente Nelson agregó:
“Estas modificaciones se han estado estudiando desde hace muchos meses. Hemos sentido la urgente necesidad de mejorar la forma en que cuidamos de nuestros miembros… Para hacerlo mejor, necesitamos fortalecer nuestros cuórums del sacerdocio a fin de brindar mayor orientación a la ministración de amor y sostén que el Señor dispone para Sus santos.
“Estos ajustes son inspirados por el Señor. A medida que los implementemos, seremos aún más eficaces de lo que previamente hemos sido”3.
Bajo la dirección de la Primera Presidencia, el élder Ronald A. Rasband y yo agregaremos algunos detalles que confiamos darán respuesta a las preguntas que puedan tener.
Cuórums de élderes y de sumos sacerdotes
Primero, y para reiterar, ¿cuáles son los ajustes para los grupos de sumos sacerdotes y cuórums de élderes de barrio? En los barrios, los miembros de los cuórums de élderes y de los grupos de sumos sacerdotes ahora se combinarán en un cuórum del Sacerdocio de Melquisedec con una presidencia de cuórum. Ese cuórum, que aumentará en número y unidad, se llamará el “cuórum de élderes”. Los grupos de sumos sacerdotes se discontinúan. El cuórum de élderes incluirá a todos los élderes y futuros élderes del barrio, así como a sumos sacerdotes que no estén actualmente sirviendo en el obispado, en la presidencia de estaca, en el sumo consejo o como patriarcas en funciones. El cuórum de sumos sacerdotes de la estaca lo integrarán aquellos sumos sacerdotes que esténsirviendo en la presidencia de la estaca, en los obispados, en el sumo consejo y como patriarcas en funciones.
La presidencia del cuórum de élderes
¿Cómo se ha de organizar la presidencia del cuórum de élderes? La presidencia de estaca relevará a los actuales líderes de grupo de sumos sacerdotes y presidencias de cuórum de élderes, y llamará a un nuevo presidente y consejeros del cuórum de élderes en cada barrio. La nueva presidencia del cuórum de élderes podrá incluir a élderes y sumos sacerdotes, de diversas edades y experiencia, sirviendo juntos en una presidencia de cuórum. En la presidencia, un élder o un sumo sacerdote podrá servir como presidente del cuórum o como consejero. Eso no significa una “toma de poder” por parte de los sumos sacerdotes de los cuórums de élderes. Esperamos que los élderes y los sumos sacerdotes trabajen conjuntamente, en cualquier combinación, en la presidencia del cuórum y en el servicio que este presta. Estos ajustes en los cuórums se deberán implementar tan pronto como sea conveniente y posible.
Oficios del sacerdocio en el cuórum de élderes
¿Cambia este ajuste, en la estructura del cuórum, el oficio en el sacerdocio que poseían los miembros del cuórum? No; esa acción no anula ningún oficio en el sacerdocio al que cualquier miembro del cuórum haya sido ordenado en el pasado. Como saben, un hombre puede ser ordenado a diferentes oficios en el sacerdocio a lo largo de su vida, y no pierde ni abandona ninguna ordenación previa cuando recibe un nuevo oficio. Si bien en algunos casos un poseedor del sacerdocio puede servir en más de un oficio a la vez, como cuando un sumo sacerdote sirve como patriarca o como obispo, por lo general no funge en todos sus oficios del sacerdocio al mismo tiempo. Por ejemplo, los obispos y los Setentas no sirven de manera activa en esos oficios una vez que son relevados o se les nombra eméritos. Por tanto, cualquier otro oficio u oficios en el sacerdocio que pueda tener un hombre, mientras sea miembro del cuórum de élderes, sirve como élder.
Hace años, el presidente Boyd K. Packer dijo: “El sacerdocio es mayor que cualquiera de sus oficios… El sacerdocio no puede dividirse. Un élder posee tanto sacerdocio como un Apóstol (véase D. y C. 20:38). Cuando un hombre recibe el sacerdocio, lo recibe en su totalidad o plenamente. Sin embargo, dentro del sacerdocio hay oficios: divisiones de autoridad y responsabilidad… algunas veces tenemos la tendencia a considerar un oficio como ‘mayor’ o ‘menor’ que otro. En lugar de ser oficios de ‘mayor’ o ‘menor’ importancia en el Sacerdocio de Melquisedec, estos representan diferentes aspectos de servicio”4. Hermanos, espero fervientemente que dejemos de hablar en términos de ser “avanzados” a otro oficio en el Sacerdocio de Melquisedec.
Los élderes seguirán siendo ordenados sumos sacerdotes cuando se les llame a formar parte de una presidencia de estaca, un sumo consejo o un obispado, o en otras ocasiones, según lo determine el presidente de estaca mediante devota consideración e inspiración. Cuando se terminen sus periodos de servicio en una presidencia de estaca, un sumo consejo u obispado, los sumos sacerdotes volverán a integrarse al cuórum de élderes de su barrio.
Dirección para el presidente del cuórum de élderes
¿Quién dirige la obra del presidente del cuórum de élderes? El presidente de estaca preside el Sacerdocio de Melquisedec en su estaca; por tanto, el presidente del cuórum de élderes responde directamente al presidente de estaca, quien proporciona capacitación y orientación de parte de la presidencia de estaca y por medio del sumo consejo. El obispo, como sumo sacerdote presidente del barrio, también se reúne con regularidad con el presidente del cuórum de élderes. El obispo delibera en consejo con él y le brinda la debida orientación en cuanto a la mejor manera de servir y bendecir a los miembros del barrio, trabajando en armonía con todas las organizaciones del barrio5.
El propósito de estos cambios
¿Cuáles son los propósitos de los ajustes en los cuórums del Sacerdocio de Melquisedec? El tener un cuórum del Sacerdocio de Melquisedec en un barrio unifica a los poseedores del sacerdocio para llevar a cabo todos los aspectos de la obra de salvación, incluida la obra del templo y de historia familiar que previamente coordinaban los grupos de sumos sacerdotes. Permite que los miembros del cuórum, de todas las edades, procedencias y diferentes etapas de la vida, se beneficien los unos de los otros de sus perspectivas y experiencias. También brinda oportunidades adicionales para que los poseedores del sacerdocio con experiencia sirvan de mentores para los demás, entre ellos los futuros élderes, los miembros nuevos, los jóvenes adultos y aquellos que se vuelven a activar en la Iglesia. No puedo expresar adecuadamente lo entusiasmado que estoy de contemplar el papel cada vez más vital que desempeñarán los cuórums de élderes en el futuro. La sabiduría, experiencia, capacidad y fortaleza que se verán en esos cuórums auguran un nuevo día y un nuevo estándar de servicio del sacerdocio en toda la Iglesia.
Hace veinte años, en una conferencia general, relaté una historia que había contado el élder Vaughn J. Featherstone, de los Setenta, que considero que merece que se vuelva a repetir.
En 1918, el hermano George Goates era granjero y cultivaba remolacha azucarera en Lehi, Utah. Ese año el invierno empezó temprano y congeló gran parte de su cosecha de remolacha. La siega fue lenta y difícil para el hermano Goates y su pequeño hijo Francis. Entretanto, una epidemia de gripe se propagaba por todo el lugar. La terrible enfermedad ya había truncado la vida de un hijo de George, Charles, y de tres hijitos de este: dos niñitas y un varón. En el transcurso de solo seis días, el apesadumbrado George Goates había hecho tres viajes a Ogden, Utah, con el fin de llevar los cuerpos para sepultarlos. Al final de ese espantoso periodo, George y Francis Goates tomaron su carromato y se dirigieron al campo de remolachas.
“[En el camino] se cruzaron con muchas carretas conducidas por granjeros vecinos cargadas de remolachas que se dirigían a la fábrica azucarera. Al encontrarse, cada uno de los conductores lo saludaba con la mano y le decía: ‘¿Qué tal, tío George?’, ‘Lo lamento mucho, George’, ‘¡Qué pena, George!’, ‘¡Aquí estamos tus amigos, George!’.
“En la última carreta iba el pecoso Jasper Rolfe, que lo saludó alegremente, diciendo: ‘¡Aquí van todas, tío George!’.
“[El hermano Goates] se volvió hacia Francis y comentó: ‘¡Ojalá fueran todas las nuestras!’.
“Al llegar a la entrada de la granja, Francis bajó de un brinco y abrió el portón para que su padre entrara en el campo con el carromato. [George] entró, detuvo a los animales y miró a su alrededor… ¡No había una sola remolacha en todo el campo! Entonces se dio cuenta de lo que Jasper Rolfe había querido decir con sus palabras: ‘¡Aquí van todas, tío George!’.
“[George] bajó de su carromato, recogió un puñado de la fértil tierra oscura que tanto amaba, y otro de tallos, y contempló un momento esos símbolos de su labor sin poder creerlo.
“Después se sentó sobre una pila de tallos, y aquel hombre que en solo seis días había sepultado a cuatro seres queridos; que había hecho los féretros, había cavado los sepulcros e incluso ayudado a vestir a los muertos; aquel hombre sorprendente que no había flaqueado, ni se había acobardado, ni había desmayado en medio de esas penosas pruebas; aquel hombre, se sentó en una pila de tallos y sollozó como un niño.
“Luego se levantó, se secó los ojos, miró hacia el cielo y dijo: ‘Gracias, Padre, por los élderes de nuestro barrio’”6.
Sí, gracias sean dadas a Dios por los hombres del sacerdocio y por el servicio que aún prestarán al levantar a las personas, a las familias y al establecer Sion.
La Primera Presidencia, el Cuórum de los Doce Apóstoles y la Presidencia de los Setenta han considerado estos ajustes durante un período prolongado de tiempo. Con mucha oración, con el estudio minucioso de los fundamentos que se encuentran en las Escrituras sobre los cuórums del sacerdocio y la confirmación de que esta es la voluntad del Señor, avanzamos con unanimidad en lo que en realidad es un paso más en el desarrollo de la Restauración. La dirección del Señor queda manifestada, y me regocijo en ella al dar testimonio de Él, de Su sacerdocio y de las ordenaciones de ustedes en ese sacerdocio; en el nombre de Jesucristo. Amén.
Véanse, por ejemplo, William G. Hartley, “The Priesthood Reorganization of 1877: Brigham Young’s Last Achievement,” in My Fellow Servants: Essays on the History of the Priesthood(2010), 227–64; “To the Seventies,” en James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints (1965), 352–54; Hartley, “The Seventies in the 1880s: Revelations and Reorganizing,” in My Fellow Servants, 265–300; Edward L. Kimball, Lengthen Your Stride: The Presidency of Spencer W. Kimball (2005), 254–58; Susan Easton Black, “Early Quorums of the Seventies,” en David J. Whittaker and Arnold K. Garr, eds., A Firm Foundation: Church Organization and Administration (2011), 139–60; Richard O. Cowan, “The Seventies’ Role in the Worldwide Church Administration,” en A Firm Foundation, 573–93.
Boyd K. Packer, “Lo que todo élder debe saber; y toda hermana también: Un compendio de los principios de la administración del sacerdocio”,Liahona, noviembre de 1994, págs. 17, 19.
Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 7.3.1.
Todd Christofferson, “El [cuórum] del sacerdocio”, Liahona, enero de 1999, pág.47 ; véase también Vaughn J. Featherstone, “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor”, Liahona, noviembre de 1973, págs. 36–38.
Anunciamos una importante reestructuración de nuestros cuórums del Sacerdocio de Melquisedec para llevar a cabo la obra del Señor de manera más eficaz.
Gracias, hermano Holmes, por su importante mensaje.
Queridos hermanos, extrañamos profundamente al presidente Thomas S. Monson y al élder Robert D. Hales; No obstante, seguimos adelante “en la obra del Señor”1.
Estoy agradecido por cada hombre que posee el santo sacerdocio. Ustedes son la esperanza de nuestro Redentor, quien desea “que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo”2. Él desea que todos sus hijos ordenados lo representen, que hablen en nombre de Él, que actúen en Su nombre y bendigan la vida de los hijos de Dios en todo el mundo, “para que también la fe aumente en la [toda] la tierra.”3
Algunos de ustedes prestan servicio allá donde la Iglesia ha estado establecida desde generaciones; otros sirven donde la Iglesia es relativamente nueva. Para algunos de ustedes, sus barrios son grandes; para otros, sus ramas son pequeñas y las distancias son largas. Independientemente de sus circunstancias individuales, cada uno de ustedes es miembro de un cuórum del sacerdocio con el encargo divino de aprender y enseñar, de amar y de servir a los demás.
Esta noche anunciamos una importante reestructuración de nuestros cuórums del Sacerdocio de Melquisedec para llevar a cabo la obra del Señor de manera más eficaz. En cada barrio, los sumos sacerdotes y los élderes se combinarán en un cuórum de élderes. Estos ajustes aumentarán en gran manera la capacidad y la habilidad de los hombres que portan el sacerdocio a fin de servir a los demás. Los futuros élderes recibirán la bienvenida a dicho cuórum y serán hermanados por el mismo. En cada estaca, la presidencia de estaca seguirá presidiendo el cuórum de sumos sacerdotes de la estaca; pero la composición de dicho cuórum se basará en los actuales llamamientos en el sacerdocio, según se explicará luego.
El élder D. Todd Christofferson y el élder Ronald A. Rasband del Cuórum de los Doce Apóstoles nos enseñarán ahora más sobre estos importantes ajustes.
Estas modificaciones se han estado estudiando desde hace muchos meses. Hemos sentido la urgente necesidad de mejorar la forma en que cuidamos de nuestros miembros y damos informe de nuestros contactos con ellos. Para hacerlo mejor, necesitamos fortalecer nuestros cuórums del sacerdocio a fin de brindar mayor orientación a la ministración de amor y sostén que el Señor dispone para Sus santos.
Estos ajustes son inspirados por el Señor. A medida que los implementemos, seremos aún más eficaces de lo que previamente hemos sido.
Estamos embarcados en la obra de Dios Todopoderoso. ¡Jesús es el Cristo! ¡Somos Sus humildes siervos! Que Dios los bendiga, hermanos, a medida que aprendemos y realizamos nuestro deber; lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
Lo que todo poseedor del Sacerdocio Aarónico debe entender
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes
La ordenación al Sacerdocio Aarónico que han recibido es esencial para ayudar a los hijos de Dios a recibir el poder expiatorio de Cristo.
Hermanos, es un privilegio estar con ustedes en esta histórica conferencia. Cuando era un presidente de misión nuevo, me sentía emocionado porque íbamos a recibir a nuestro primer grupo de nuevos misioneros. Un grupo de misioneros más experimentados estaba preparando una breve reunión para ellos, cuando noté que habían colocado unas sillas de niños en semicírculo.
“¿Para quiénes son esas sillitas?”, pregunté.
Los misioneros, con cierta timidez, respondieron: “Para los nuevos misioneros”.
Creo que la forma en que vemos a los demás tiene un impacto significativo en su percepción de sí mismos, y de lo que pueden llegar a ser1. Ese día, nuestros nuevos misioneros se sentaron en sillas de adultos.
Hablando en sentido figurado, me temo que en ocasiones damos a nuestros jóvenes del Sacerdocio Aarónico sillas de niños para sentarse, en vez de ayudarles a ver que Dios les ha confiado una responsabilidad sagrada y una obra esencial para hacer.
El presidente Thomas S. Monson nos indicó que los hombres jóvenes deben comprender “lo que significa … tener el sacerdocio de Dios. Se les debe guiar a que perciban espiritualmente la santidad de su llamamiento al que han sido ordenados”2.
Hoy ruego que el Espíritu Santo nos guíe a un entendimiento mayor del poder y la santidad del Sacerdocio Aarónico y nos inspire a centrarnos más diligentemente en nuestros deberes del sacerdocio. Mi mensaje es para todos los poseedores del Sacerdocio Aarónico, incluidos los que poseen el Sacerdocio de Melquisedec.
El élder Dale G. Renlund enseñó que el propósito del sacerdocio es proveer a los hijos de Dios el acceso al poder expiatorio de Jesucristo3. Para recibir el poder expiatorio de Cristo en nuestras vidas, hemos de creer en Él, arrepentirnos de nuestros pecados, hacer y guardar convenios sagrados por medio de ordenanzas y recibir el Espíritu Santo4. No son cosas que hacemos solo una vez, ya que esos principios obran juntos, reforzándose mutuamente y edificándose uno sobre el otro en un proceso continuo de progresión ascendente para “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él”5.
¿Cuál es la función del Sacerdocio Aarónico en esto? ¿Cómo nos ayuda a tener acceso al poder expiatorio de Cristo? Yo creo que la respuesta se halla en las llaves del Sacerdocio Aarónico: las llaves del ministerio de ángeles y del evangelio preparatorio6.
El ministerio de ángeles
Comencemos con un aspecto del ministerio de ángeles. Antes de que los hijos de Dios puedan tener fe en Jesucristo, necesitan conocerle y que se les enseñe Su evangelio. Como dijo el apóstol Pablo:
“¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
“¿Y cómo predicarán si no son enviados?…
“Así que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios”7.
Desde el comienzo de los tiempos, Dios “envió ángeles para ministrar a los hijos de los hombres, para manifestar… la venida de Cristo”8. Los ángeles son seres celestiales que comunican el mensaje de Dios9. Tanto en hebreo como en griego, la raíz de la palabra ángel es “mensajero”10.
De la misma manera en que los ángeles son mensajeros autorizados enviados por Dios a declarar Su palabra y, de este modo, edificar la fe, a nosotros que poseemos el Sacerdocio Aarónico se nos ha ordenado para “enseñar e invitar a todos a venir a Cristo”11. Predicar el Evangelio es un deber del sacerdocio; y el poder asociado con este deber no es solo para los profetas, ni siquiera solo para misioneros. ¡Es para ustedes!12.
¿Cómo obtendremos ese poder? ¿Cómo lleva un diácono de 12 años —o cualquiera de nosotros— la fe en Cristo a los corazones de los hijos de los hombres? Empezamos atesorando Su palabra, para que el poder de ella esté en nosotros13. Él ha prometido que, si lo hacemos, tendremos “el poder de Dios para convencer a los hombres”14. Eso podría ocurrir al enseñar en una reunión del cuórum o durante una visita a un miembro en su casa. Podría ser en una situación más informal, como en una conversación con un amigo o un familiar. En todas esas situaciones, si estamos preparados, podremos enseñar el Evangelio de la forma en que lo hacen los ángeles: por el poder del Espíritu Santo15.
Hace poco escuché a Jacob, un poseedor del Sacerdocio Aarónico en Papúa Nueva Guinea, testificar del poder del Libro de Mormón y cómo le había ayudado a resistir el mal y seguir al Espíritu. Sus palabras aumentaron mi fe y la de otras personas. Mi fe también creció al escuchar a poseedores del Sacerdocio Aarónico enseñando y testificando en sus reuniones de cuórum.
Hombres jóvenes, ustedes son mensajeros autorizados. Mediante sus palabras y acciones, ustedes pueden traer la fe en Cristo a los corazones de los hijos de Dios16. Como dijo el presidente Russell M. Nelson: “Serán para [ellos] como ángeles ministrantes”17.
El evangelio preparatorio
El aumento de fe en Cristo siempre produce un deseo de cambiar y arrepentirse18. Es lógico, entonces, que la llave del ministerio de ángeles esté acompañada de la llave del evangelio preparatorio, “el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados”19.
A medida que estudien sus deberes en el Sacerdocio Aarónico, verán que tienen el claro cometido de invitar a los demás a arrepentirse y mejorar20. Eso no significa que nos pongamos en las esquinas de las calles a gritar: “¡Arrepentíos!”. Lo que suele significar es que nosotros nos arrepintamos, perdonemos y ministremos a los demás, les ofrezcamos la esperanza y la paz que trae consigo el arrepentimiento, porque nosotros mismos lo hemos experimentado.
He estado con poseedores del Sacerdocio Aarónico, mientras visitaban a otros miembros del cuórum. He sido testigo de cómo su interés por ellos ablandaba corazones y ayudaba a sus hermanos a sentir el amor de Dios. Escuché a un hombre joven que daba testimonio a sus compañeros sobre el poder del arrepentimiento. Al hacerlo, se ablandaron los corazones, se hicieron compromisos y se sintió el poder sanador de Cristo.
El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “Una cosa es arrepentirse y otra es que se nos perdonen nuestros pecados. El poder que hace esto posible está en el Sacerdocio Aarónico”21. Las ordenanzas del Sacerdocio Aarónico del bautismo y de la Santa Cena testifican y completan nuestro arrepentimiento para tener una remisión de pecados22. El presidente Dallin H. Oaks lo explicó de esta forma: “Se nos ha mandado arrepentimos de nuestros pecados y venir al Señor con el corazón quebrantado y el espíritu contrito, y participar de la Santa Cena… Al renovar nuestro convenio bautismal de esta forma, el Señor renueva el efecto limpiador de nuestro bautismo”23.
Hermanos, es un privilegio sagrado administrar las ordenanzas que traen la remisión de pecados a los corazones arrepentidos por medio del poder expiatorio del Salvador24.
Hace poco me hablaron de un presbítero, con dificultades para expresarse, que bendijo la Santa Cena por primera vez. Al hacerlo, un espíritu poderoso descendió sobre él y la congregación. Posteriormente en esa reunión, él dio su testimonio sencillo y claro del poder de Dios que había sentido durante la ordenanza.
En Sydney, Australia, cuatro miembros de un cuórum de presbíteros bautizaron a los miembros de la familia Mbuelongo. La madre de uno de esos presbíteros me contó el gran impacto que esa experiencia tuvo en su hijo. Esos presbíteros llegaron a entender lo que significa haber sido “comisionado por Jesucristo”25.
Como saben, los presbíteros pueden oficiar ahora en el templo para llevar a cabo bautismos vicarios. Mi hijo de 17 años me bautizó hace poco a favor de algunos de nuestros antepasados. Ambos nos sentimos profundamente agradecidos por el Sacerdocio Aarónico y por el privilegio de actuar para la salvación de los hijos de Dios.
Hombres jóvenes, al tomar parte diligentemente en sus deberes del sacerdocio, ustedes participan con Dios en Su obra de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”26. Este tipo de experiencias aumenta en ustedes el deseo, y los prepara para enseñar el arrepentimiento y bautizar conversos como misioneros. También los prepara para una vida de servicio en el Sacerdocio de Melquisedec.
Juan el Bautista, nuestro ejemplo
Poseedores del Sacerdocio Aarónico, tenemos el privilegio y el deber de ser consiervos de Juan el Bautista. Juan fue enviado como un mensajero autorizado para dar testimonio de Cristo e invitar a todos a arrepentirse y bautizarse; es decir, Juan ejerció las llaves del Sacerdocio Aarónico que hemos estado analizando. Juan declaró, entonces: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras mí… es más poderoso que yo; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”27.
De modo que el Sacerdocio Aarónico, con las llaves del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio, prepara el camino para que los hijos de Dios reciban, mediante el Sacerdocio de Melquisedec, el don del Espíritu Santo, que es el mayor don que podemos recibir en esta vida28.
¡Qué gran responsabilidad ha dado Dios a los poseedores del Sacerdocio Aarónico!
Una invitación y una promesa
Padres y líderes del sacerdocio, ¿pueden sentir la importancia del consejo que dio el presidente Monson de que ayudemos a los hombres jóvenes a comprender “lo que significa… ser portadores del sacerdocio de Dios”?29. Comprender y magnificar el Sacerdocio Aarónico los preparará para ser fieles poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, misioneros llenos de poder, y esposos y padres rectos. Al servir, ellos entenderán y sentirán la realidad del poder del sacerdocio, el poder de actuar en el nombre de Cristo para la salvación de los hijos de Dios.
Hombres jóvenes, Dios tiene una obra que ustedes han de llevar a cabo30. La ordenación al Sacerdocio Aarónico que han recibido es esencial para ayudar a Sus hijos a recibir el poder expiatorio de Cristo. Les prometo que al hacer que estos deberes sagrados sean algo preferente en sus vidas, ustedes sentirán el poder de Dios como nunca antes. Entenderán su identidad como hijos de Dios, llamados con un santo llamamiento para hacer Su obra; y, al igual que Juan el Bautista, ayudarán a preparar el camino para la venida de Su Hijo. De estas verdades doy testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
Esto fue lo que le sucedió a Moisés. Luego de su extraordinario encuentro con Dios, él comenzó a verse a sí mismo diferente: como un hijo de Dios. Esta perspectiva le ayudó a resistir a Satanás, quien lo llamó “hijo del hombre” (véase Moisés 1:1–20). Véase también Thomas S. Monson, “Ver a los demás como lo que pueden llegar a ser”,Liahona,noviembre de 2012, págs. 68–71; Dale G. Renlund, “A través de los ojos de Dios”, Liahona, noviembre de 2015, págs. 93–94.
Thomas S. Monson, Capacitación de la Conferencia General, marzo de 2011.
Véase George Q. Cannon, Gospel Truth,selecciones de Jerreld L. Newquist, 1987, pág. 54.
Véase James Strong, The New Strong’s Exhaustive Concordance of the Bible, 1984, sección Diccionario hebreo y caldeo, pág. 66, sección Diccionario griego, pág. 7.
Gordon B. Hinckley, “El Sacerdocio Aarónico: Un don de Dios”, Liahona,julio de 1988, pág. 48.
El élder D. Todd Christofferson explicó: “El bautismo de agua es el paso final o supremo en el proceso del arrepentimiento. El renunciar al pecado, junto con nuestro convenio de obediencia, completa nuestro arrepentimiento; de hecho, el arrepentimiento permanece incompleto sin ese convenio” (“Edificar la fe en Cristo”,Liahona,septiembre de 2012, págs. 14–15). Véanse también D. Todd Christofferson, “El divino don del arrepentimiento”,Liahona, noviembre de 2011, págs. 38–41; Traducción de José Smith, Mateo 26:24 (en el Apéndice de la Biblia). La ordenanza de la Santa Cena es “una oportunidad que tenemos semanalmente de renovar convenios sagrados que nos permiten ser partícipes de la gracia expiatoria del Salvador con el mismo efecto espiritualmente purificador del bautismo y de la confirmación” (“Entender nuestros convenios con Dios,” Liahona, julio de 2012, pág. 21). Véase también Dallin H. Oaks, “Para que siempre tengan su Espíritu”, Liahona,enero de 1997, págs. 65–68.
El élder David A. Bednar explicó: “Las ordenanzas de salvación y exaltación que se administran en la Iglesia restaurada del Señor son mucho más que rituales o representaciones simbólicas. Más bien, ellas constituyen canales autorizados por medio de los cuales pueden fluir las bendiciones y los poderes del cielo en la vida de cada persona” (“Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”,Liahona, mayo de 2016, pág. 60).
Muchos líderes de la Iglesia han señalado que el Espíritu Santo es el mayor don que recibimos en la vida terrenal. El presidente Dallin H. Oaks dijo: “El disfrutar de la compañía constante del Espíritu Santo es la posesión más preciosa que podemos tener en la vida mortal” (véase “El Sacerdocio Aarónico y la Santa Cena”, Liahona, enero de 1999, pág. 44). El élder Bruce R. McConkie enseñó: “Hablando desde la perspectiva de la eternidad, la vida eterna es el mayor de todos los dones de Dios. Pero si limitamos la perspectiva a solamente esta vida terrenal, el don del Espíritu Santo es el mayor de los dones que un ser mortal puede disfrutar” (“What Is Meant by ‘The Holy Spirit’?”, Instructor, febrero de 1965, pág. 57). El presidente Wilford Woodruff testificó: “Ahora bien, si ustedes tienen el Espíritu Santo —y cada uno debería tenerlo—, les puedo decir que no hay don más grandioso, no hay bendición más grande ni testimonio más fuerte que se hayan dado al hombre en la tierra. Pueden tener la ministración de ángeles; pueden ver muchos milagros; pueden contemplar muchas maravillas; pero afirmo que el don del Espíritu Santo es el don más grande que se pueda conferir al hombre” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 50). Y el élder David A. Bednar agregó: “Los mandamientos de Dios que obedecemos y el inspirado consejo de los líderes de la Iglesia que seguimos, se centran principalmente en obtener la compañía del Espíritu. Básicamente, todas las enseñanzas y actividades del Evangelio se centran en venir a Cristo al recibir el Espíritu Santo en nuestra vida” (véase “Recibe el Espíritu Santo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 97).
Thomas S. Monson, Capacitación de la Conferencia General, marzo de 2011.
Cuando reunimos nuestras historias familiares y vamos al templo por nuestros antepasados, Dios cumple bendiciones prometidas simultáneamente a ambos lados del velo.
Las relaciones familiares pueden formar parte de las experiencias más gratificantes y a la vez exigentes que tengamos. Muchos de nosotros hemos afrontado algún tipo de fractura en el seno de nuestra familia. Una fractura semejante surgió entre dos héroes de la restauración de la Iglesia de Jesucristo en estos últimos días. Parley y Orson Pratt eran hermanos, conversos de los primeros tiempos y apóstoles ordenados. Cada uno de ellos afrontó una prueba de fe, pero la superó con un testimonio inquebrantable. Ambos sacrificaron mucho y contribuyeron enormemente a la causa de la verdad.
Durante la época de Nauvoo, su relación se tornó tensa y culminó en una acalorada confrontación pública en 1846. Se produjo una ruptura profunda y prolongada. En un primer momento, Parley le escribió a Orson para resolver la disputa, pero Orson no contestó. Parley se dio por vencido, considerando que no volverían a comunicarse, a menos que Orson diera ese paso1.
Varios años más tarde, en marzo de 1853, Orson se enteró de un proyecto de publicar un libro sobre los descendientes de William Pratt, el primer antepasado americano de estos hermanos. Orson comenzó a llorar “como un bebé” al vislumbrar este tesoro escondido de historia familiar. Su corazón se enterneció y tomó la decisión de reparar la brecha con su hermano.
Orson le escribió a Parley: “Ahora, querido hermano, no hay nadie entre todos los descendientes de nuestro antepasado, el teniente William Pratt, que tenga un interés tan profundo en buscar sus descendientes como nosotros”. Orson fue uno de los primeros en comprender que los Santos de los Últimos Días tenemos la responsabilidad de buscar y compilar historias familiares para llevar a cabo las ordenanzas vicarias por nuestros antepasados. Su carta proseguía diciendo: “Sabemos que el Dios de nuestros padres ha puesto su mano en todo esto… Deseo pedir perdón por haber sido tan negligente en escribirte… Espero que me perdones”2. A pesar de sus testimonios inquebrantables, fue el amor por sus antepasados el catalizador para sanar una riña, curar una herida, y procurar y conceder perdón3.
Cuando Dios nos guía a hacer algo, con frecuencia tiene muchos propósitos en mente. La obra del templo y de historia familiar no es solo para los muertos, sino que también bendice a los vivos. Para Orson y Parley, tornó el corazón del uno al otro. La obra del templo y de historia familiar aportó el poder de sanar lo que requería ser sanado.
Como miembros de la Iglesia, verdaderamente tenemos la responsabilidad divina de buscar nuestros antepasados y compilar historias familiares. Esto es mucho más que una afición que se nos recomienda adoptar, ya que las ordenanzas de salvación son necesarias para todos los hijos de Dios4. Debemos identificar a nuestros antepasados que murieron sin recibir las ordenanzas de salvación. Podemos llevar a cabo las ordenanzas de manera vicaria en los templos, y nuestros antepasados pueden decidir aceptarlas5. También se nos alienta a ayudar a los miembros del barrio y de la estaca con los nombres de su familia. Es verdaderamente increíble poder contribuir a redimir a los muertos mediante la obra del templo y de historia familiar.
Pero, al participar en la obra del templo y de historia familiar hoy, también nos hacemos merecedores de las bendiciones de “sanación” prometidas por los profetas y apóstoles6. Estas bendiciones también son verdaderamente increíbles por su alcance, especificidad y consecuencias en la vida mortal. Esta larga lista incluye las siguientes bendiciones:
Más comprensión del Salvador y de Su sacrificio expiatorio.
Más influencia del Espíritu Santo en nuestra vida7para disfrutar de fortaleza y guía para nuestra propia vida.
Más fe, la cual hace que nuestra conversión a Él llegue a ser profunda y perdurable.
Más capacidad y motivación para aprender y arrepentirnos8, gracias a la comprensión de quiénes somos y de dónde venimos, así como una visión más clara de dónde vamos.
Más influencia refinadora, santificadora y moderadora en nuestro corazón.
Más gozo gracias a una capacidad superior de sentir el amor del Señor.
Más bendiciones para nuestra familia, independientemente de nuestra situación familiar actual, pasada o futura o de cuán imperfecto sea nuestro árbol familiar.
Más amor y aprecio por nuestros antepasados y familiares vivos, lo que hace que ya no nos sintamos solos.
Más poder para discernir lo que necesita ser sanado y así, con la ayuda del Señor, servir a los demás.
Más protección ante las tentaciones y la creciente influencia del adversario.
Más ayuda a la hora de aliviar corazones atribulados, quebrantados o angustiados y que las personas heridas sanen9.
Si ha orado para recibir cualquiera de estas bendiciones, participe en la obra del templo y de historia familiar. Al hacerlo, sus oraciones serán contestadas. Cuando se llevan a cabo ordenanzas a favor de personas fallecidas, los hijos de Dios sobre la Tierra son sanados. No en vano, el presidente Russell M. Nelson, en su primer mensaje como Presidente de la Iglesia, declaró: “Su adoración en el templo y el servicio que presten allí por sus antepasados los bendecirá con mayor revelación personal y paz, y los fortalecerá en su compromiso de mantenerse en la senda de los convenios”10.
Un profeta anterior también predijo bendiciones, tanto para los vivos como para los muertos11. Un mensajero celestial le mostró a Ezequiel la visión de un templo con agua saliendo de él a borbotones. A Ezequiel se le dijo:
“Estas aguas salen… y descenderán al desierto y entrarán en el mar [muerto]… [y] las aguas serán sanadas.
“Y acontecerá que toda alma viviente que nade por dondequiera que entren estos dos ríos, vivirá… pues serán sanadas; y vivirá todo lo que entre en este río”12.
Hay dos características destacables de esta agua. En primer lugar, aunque el pequeño arroyo no tenía afluentes, crecía hasta convertirse en un río caudaloso, ensanchándose y haciéndose más profundo según recorría su flujo. Sucede algo similar con las bendiciones que fluyen del templo a medida que las personas son selladas como familias. A medida que las ordenanzas de sellamiento fusionan las familias, se produce un crecimiento significativo hacia atrás y hacia delante a través de las generaciones.
En segundo lugar, el río renovaba todo lo que tocaba. Del mismo modo, las bendiciones del templo tienen una capacidad impresionante para sanar. Las bendiciones del templo pueden sanar corazones, vidas y familias.
Permítanme ilustrarlo: En 1999, un joven llamado Todd se desmayó por causa de la rotura de un vaso sanguíneo en su cerebro. Aunque Todd y su familia eran miembros de la Iglesia, su actividad en ella había sido esporádica, y ninguno de ellos había experimentado las bendiciones del templo. La última noche en la vida de Todd, su madre, Betty, se sentó en la cama junto a él acariciando su mano y le dijo: “Todd, si de verdad debes marcharte, te prometo que me aseguraré de que se lleve a cabo tu obra del templo”. Al día siguiente, los médicos declararon la muerte cerebral de Todd. Los cirujanos trasplantaron el corazón de Todd a mi paciente, una persona excepcional llamada Rod.
Pocos meses después del trasplante, Rod averiguó quién era la familia de la persona que le donó su corazón y comenzó a escribirse con ellos. Unos dos años más tarde, la madre de Todd, Betty, invitó a Rod a estar presente cuando ella fue al templo por primera vez. Rod y Betty se vieron por primera vez en persona en el salón celestial del Templo de St. George, Utah.
Algún tiempo después, el padre de Todd y esposo de Betty falleció. Un par de años más tarde, Betty invitó a Rod a representar vicariamente a su hijo fallecido para recibir sus ordenanzas del templo. Rod lo hizo con agradecimiento, y la obra vicaria culminó en una sala de sellamientos en el Templo de St. George, Utah. Betty fue sellada a su esposo fallecido, arrodillándose ante el altar frente a su nieto, quien sirvió como representante. Después, con lágrimas cayendo por sus mejillas, le hizo una señal a Rod para que se uniera a ellos ante el altar. Rod se arrodilló junto a ellos, actuando como representante del hijo de ella, Todd, cuyo corazón todavía latía en el pecho de Rod. El donante del corazón de Rod, Todd, fue entonces sellado a sus padres por toda la eternidad. La madre de Todd había cumplido la promesa que le hizo a su hijo moribundo años atrás.
Pero la historia no termina ahí. Quince años después de su trasplante de corazón, Rod se comprometió con una joven y me pidió que llevara a cabo el sellamiento en el Templo de Provo, Utah. El día de la boda, me reuní con Rod y su maravillosa prometida, Kim, en una sala adyacente a la sala de sellamientos, donde esperaban sus familiares y amigos más cercanos. Tras hablar brevemente con Rod y Kim, les pregunté si tenían alguna pregunta.
Rod dijo: “Sí. La familia de mi donante está presente y les encantaría conocerle”.
Esto me tomó por sorpresa y le pregunté: “¿Quiere decir que están aquí? ¿Ahora mismo?”
Rod contestó: “Sí”.
Doblé la esquina y llamé a la familia para que saliera de la sala de sellamientos. Betty, su hija, y su yerno se unieron a nosotros. Rod saludó a Betty con un abrazo, le dio las gracias por venir y después me la presentó. Rod dijo: “Betty, este es el élder Renlund. Es el médico que cuidó del corazón de tu hijo durante tantos años”. Ella cruzó la sala y me abrazó; durante unos cuantos minutos más, hubo abrazos y lágrimas de gozo por todas partes.
Una vez que nos recuperamos de la emoción, pasamos a la sala de sellamientos, donde Rod y Kim fueron sellados por el tiempo y por toda la eternidad. Rod, Kim, Betty y yo podemos testificar de que los cielos estaban muy cerca, que ese día había otras personas con nosotros que habían cruzado antes el velo de la vida mortal.
Dios, con Su capacidad infinita, sella y sana a personas y familias a pesar de las tragedias, pérdidas y adversidades. A veces comparamos los sentimientos que experimentamos en los templos con captar un destello de los cielos13. Aquel día en el Templo de Provo, Utah, me hice eco de esta afirmación de C. S. Lewis: “[Los seres mortales] dicen en cuanto a cierta medida de sufrimiento temporal: ‘Ninguna dicha futura puede compensarlo’, ignorando que los cielos, cuando los alcancemos, actuarán retrospectivamente y convertirán incluso esa agonía en una gloria… Los benditos dirán entonces: ‘Nunca hemos vivido en ningún otro lugar que no sean los cielos’”14.
Dios nos fortalecerá, ayudará y sostendrá15; y santificará para nosotros nuestra angustia más profunda16. Cuando reunimos nuestras historias familiares y vamos al templo por nuestros antepasados, Dios cumple muchas de estas bendiciones prometidas de manera simultánea a ambos lados del velo. De manera similar, somos bendecidos cuando ayudamos a otras personas en nuestros barrios y estacas a hacer lo mismo. Los miembros que no viven cerca de un templo también reciben estas bendiciones al participar en la obra de historia familiar, reuniendo los nombres de sus antepasados para que se lleven a cabo las ordenanzas del templo.
El presidente Nelson, no obstante, advirtió: “Podemos sentirnos inspirados durante todo el día sobre experiencias del templo y de historia familiar que otras personas hayan tenido. Sin embargo, debemos hacer algo para experimentar realmente la alegría por nosotros mismos”. Prosiguió diciendo: “Los invito a considerar con oración qué tipo de sacrificio —de preferencia un sacrificio de tiempo— pueden hacer para dedicarse más a la obra del templo y de historia familiar este año17. Al aceptar la invitación del presidente Nelson, descubrirán, reunirán y conectarán a su familia. Además, comenzarán a fluir bendiciones para ustedes y su familia como el río que mencionó Ezequiel. Hallarán sanación para aquello que requiera sanación.
Orson y Parley Pratt experimentaron los efectos sanadores y selladores de la obra del templo y de historia familiar en los primeros compases de esta dispensación. Betty, su familia y Rod lo experimentaron. Ustedes también pueden hacerlo. Mediante Su sacrificio expiatorio, Jesucristo ofrece estas bendiciones a todos, tanto muertos como vivos. Gracias a estas bendiciones, nos daremos cuenta de que, metafóricamente, “Nunca hemos vivido en ningún otro lugar que no sean los cielos”18. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
Véase Parley P. Pratt a Orson Pratt, 25 de mayo de 1853, Orson Pratt Family Collection, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; en Terryl L. Givens y Matthew J. Grow, Parley P. Pratt: The Apostle Paul of Mormonism, 2011, pág. 319.
Orson Pratt a Parley P. Pratt, 10 de marzo de 1853, Parley P. Pratt Collection, Bibliotecas de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; en Givens y Grow, Parley P. Pratt, pág. 319.
Cabe destacar que Orson Pratt no solo ayudó a publicar el libro sobre los descendientes de William Pratt, sino que unos años más tarde, en 1870, él y su familia llevaron a cabo más de 2600 bautismos por los muertos, en la Casa de Investiduras de Salt Lake City, por los nombres recogidos en el libro, (véase Breck England, The Life and Thought of Orson Pratt, 1985, pág. 247).
Véase José Smith, History of the Church,tomo 6, páginas 312–313.
Véase “Names Submitted for Temple Ordinances,” First Presidency letter, Feb. 29, 2012. Los antepasados cuyos nombres se envíen para que se efectúen las ordenanzas vicarias del templo deben tener parentesco con quien haga el envío. Sin excepción, los miembros de la Iglesia no deben enviar nombres de ningún grupo no aprobado, como los de celebridades o de víctimas del Holocausto Judío.
La enseñanza en el hogar: Una responsabilidad sagrada y gozosa
Por Devin G. Durrant
Primer Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical
Suplico la ayuda del cielo en nuestro esfuerzo por enseñar como Cristo en nuestro hogar.
Mi querida esposa, Julie, y yo hemos criado seis hijos preciosos, y hace poco nos hemos quedado con “el nido vacío”. Cuánto echo de menos tener a los hijos en casa todo el tiempo; extraño aprender de ellos y enseñarles.
Hoy dirijo mis palabras a todos los padres y a todos los que desean serlo. Muchos de ustedes están criando a sus hijos en la actualidad; otros lo harán en breve. Aun así, para otros el ser padres tal vez sea una bendición futura. Ruego que reconozcamos la sagrada y gozosa responsabilidad que es enseñar a un niño1.
Como padres, damos a conocer al Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo, a nuestros hijos. Les ayudamos a decir su primera oración. Les brindamos guía y apoyo al entrar en el camino de los convenios2 a través del bautismo. Les enseñamos a obedecer los mandamientos de Dios. Les instruimos acerca del plan que Él tiene para Sus hijos y les ayudamos a reconocer los susurros del Espíritu Santo. Les contamos relatos de profetas antiguos y les animamos a seguir a los profetas vivientes. Oramos por sus triunfos y nos compadecemos de ellos durante sus pruebas. Testificamos a nuestros hijos de las bendiciones del templo y nos esforzamos por prepararlos bien para servir en misiones de tiempo completo. Les brindamos consejos amorosos cuando ellos mismos se convierten en padres, pero aun entonces jamás dejamos de ser sus padres ni sus maestros. Nunca se nos releva de esos llamamientos eternos.
Reflexionemos ahora en algunas de las maravillosas oportunidades que tenemos de enseñar a nuestros hijos en el hogar.
La enseñanza en la noche de hogar
Empecemos por la noche de hogar, que era una prioridad importantísima en el hogar fiel en el que me crie. No recuerdo lecciones específicas de la noche de hogar, pero sí recuerdo que nunca pasó una semana sin tenerla3. Yo sabía lo que era importante para mis padres4.
Recuerdo una de mis actividades favoritas de la noche de hogar: Papá invitaba a uno de sus hijos a pasar “La prueba”. Le daba al hijo una serie de instrucciones como: “Primero ve a la cocina y abre y cierra la nevera. Luego corre hasta mi cuarto y agarra un par de calcetines de mi armario. Entonces vuelve aquí, salta tres veces y di: ‘¡Lo hice, papá!’”.
Me encantaba cuando me tocaba a mí. Quería cumplir cada paso correctamente y apreciaba el momento cuando podía decir: “¡Lo hice, papá!”. Esa actividad me ayudó a desarrollar mi confianza y facilitó que un joven inquieto prestara atención cuando mamá o papá enseñaban un principio del Evangelio.
El presidente Gordon B. Hinckley aconsejó: “Si tienen alguna duda en cuanto a las virtudes de la noche de hogar, pónganla a prueba. Reúnan a sus hijos a su alrededor, enséñenles, compartan su testimonio con ellos, lean las Escrituras juntos y pasen un buen rato juntos”5.
Siempre va a haber oposición para que no hagamos la noche de hogar6. A pesar de ello, les invito a buscar una manera de sortear los obstáculos y hacer de la noche de hogar una prioridad donde la diversión sea un ingrediente clave.
La enseñanza mediante la oración familiar
La oración familiar es otra oportunidad primordial de enseñar.
Me encanta la manera en que el padre del presidente N. Eldon Tanner le enseñó durante la oración familiar. El presidente Tanner dijo lo siguiente:
“Recuerdo que una noche estábamos arrodillados en la oración familiar y mi padre le dijo al Señor: ‘Eldon hizo algo que no debería haber hecho; lo lamenta y, si le perdonas, no lo hará más’.
“Eso me ayudó a tener la determinación de no volver a hacerlo, mucho más de lo que habría logrado con un buen azote”7.
De pequeño a veces me irritaba lo que yo consideraba que era una cantidad excesiva de oraciones familiares, y pensaba para mí: “¿Pero no oramos hace unos minutos?”. Ahora que soy padre sé que una familia nunca ora demasiadas veces8.
Siempre me ha impresionado la manera en que el Padre Celestial presenta a Jesucristo como Su Hijo Amado9. Me encanta orar por mis hijos llamándolos por su nombre mientras oyen cómo le expreso al Padre Celestial lo preciados que son para mí. Parece que no hay una manera mejor de transmitir amor a nuestros hijos que cuando oramos con ellos o les damos una bendición. Se imparten lecciones poderosas y perdurables cuando las familias se unen en humilde oración.
La enseñanza a demanda
La enseñanza que brindamos los padres se parece a un médico que está de guardia. Siempre debemos estar listos para enseñar a los hijos porque nunca sabemos cuándo se presentará la ocasión.
Somos como el Salvador, cuyas enseñanzas a menudo “no ocurrieron en una sinagoga, sino en situaciones cotidianas e informales: mientras comía con Sus discípulos, sacaba agua de un pozo o pasaba cerca de una higuera”10.
Hace unos años, mi madre compartió que las dos mejores conversaciones que tuvo con mi hermano Matt sobre el Evangelio ocurrieron mientras ella doblaba la ropa lavada y cuando iban de camino al dentista. Una de las muchas cosas que admiraba de mi madre era su disposición para enseñar a sus hijos.
Su enseñanza jamás cesaba. Mientras servía como obispo, mi madre, que por entonces tenía 78 años, me dijo que yo necesitaba un corte de pelo. Ella sabía que yo debía ser un ejemplo y no dudaba en decírmelo. ¡Te quiero, mamá!
Por ser padre, tengo la motivación de estudiar las Escrituras personalmente y de meditar en ellas para ser capaz de reaccionar cuando se me presente una oportunidad de enseñar a mis hijos o nietos11. “Algunas de las mejores oportunidades para enseñar comienzan con una pregunta o una inquietud en el corazón de un integrante de la [familia]”12. ¿Prestamos atención durante esos momentos?13
Me encanta la invitación del apóstol Pablo: “Estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”14.
Siendo un adolescente, a mi padre y a mí nos encantaba retarnos para ver quién agarraba con más fuerza. Apretábamos la mano del contrario tan fuerte como nos era posible para que el otro hiciera muecas de dolor. Ahora no parece muy divertido pero, de algún modo, lo era entonces. Después de una de aquellas batallas, papá me miró a los ojos y me dijo: “Hijo, tienes manos fuertes. Espero que siempre tengan fuerza para nunca tocar a una jovencita de manera inapropiada”; y entonces me invitó a seguir siendo moralmente limpio y a ayudar a otras personas a hacer lo mismo.
El élder Douglas L. Callister compartió lo siguiente sobre su padre: “Mientras regresaba a casa del trabajo, mi padre dijo de manera espontánea: ‘Hoy pagué el diezmo. Escribí “gracias” en el cheque. Estoy muy agradecido al Señor por bendecir a nuestra familia’”.
Entonces el élder Callister rindió tributo a su padre y maestro: “Enseñó tanto actos como actitudes de obediencia”15.
Me parece sabio que de vez en cuando nos preguntemos: “¿Qué les enseño, o qué les estoy enseñando, a mis hijos a través de mis actos y actitudes de obediencia?”.
La enseñanza del estudio de las Escrituras en familia
El estudio de las Escrituras en familia es el momento idóneo para enseñar doctrina en el hogar.
El presidente Russell M. Nelson dijo: “Los padres no solo han de aferrarse a la palabra del Señor, sino que tienen el mandato divino de enseñarla a sus hijos”16.
Durante la crianza de nuestros hijos, Julie y yo procuramos ser coherentes y creativos. Un año decidimos leer el Libro de Mormón como familia en español. ¿Fue esa la razón por la que el Señor llamó a cada uno de nuestros hijos que fueron misioneros a servir en una misión de tiempo completo en español? Es posible.
Me emocioné profundamente cuando el hermano Brian K. Ashton compartió conmigo que él y su padre leyeron juntos cada página del Libro de Mormón durante su último año de secundaria. El hermano Ashton ama las Escrituras; las tiene escritas en la mente y en el corazón. Su padre plantó esa semilla cuando el hermano Ashton era un adolescente, una semilla17 que ha crecido hasta convertirse en un árbol arraigado profundamente en la verdad. El hermano Ashton ha hecho eso mismo con sus hijos mayores18. Su hijo de ocho años le preguntó hace poco: “Papá, ¿cuándo me toca leer el Libro de Mormón contigo?”.
La enseñanza mediante el ejemplo
Por último, el ejemplo es la enseñanza que más influencia tiene como padres. Se nos aconseja ser “ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”19.
Durante un viaje reciente, Julie y yo fuimos a la iglesia y vimos ese versículo en acción. Un joven que salía a la misión habló en la reunión sacramental.
El joven dijo: “Ustedes creen que mi padre es un hombre muy bueno en la capilla, pero…”. Hizo una pausa y me pregunté nervioso qué iba a decir a continuación. Entonces añadió: “Es un hombre mucho mejor en casa”.
Después le di las gracias al joven por el inspirado tributo que le había rendido a su padre y luego descubrí que su padre era el obispo del barrio. Aun cuando este obispo servía fielmente al barrio, su hijo consideraba que era en casa donde daba lo mejor de sí mismo20.
El élder D. Todd Christofferson nos aconseja: “Tenemos muchas oportunidades para enseñar… a la nueva generación y debemos dedicar nuestras mejores ideas y esfuerzo a sacarles el máximo partido. Sobre todo, debemos continuar alentando y ayudando a los padres a ser, como maestros, mejores y más constantes… en especial mediante el ejemplo”21.
Así es como enseña el Salvador22.
El año pasado, estando de vacaciones con nuestros hijos menores, Julie sugirió que hiciésemos bautismos vicarios en los templos de St. George y San Diego. Yo murmuré para mí: “Ya vamos al templo cuando estamos en casa, pero ahora estamos de vacaciones. ¿Por qué no hacer algo más típico de vacaciones?”. Después de los bautismos, Julie quería tomar unas fotos en los exteriores del templo, y yo volví a murmurar en silencio. Seguro que adivinan lo que sucedió entonces: tomamos las fotos.
Julie quiere que nuestros hijos tengan recuerdos de cómo ayudamos a nuestros antepasados; yo también. No fue necesario impartir una lección formal sobre la importancia de los templos. La estábamos viviendo gracias a una madre que ama el templo y quiere que sus hijos compartan ese amor.
Los hijos reciben bendiciones eternas cuando los padres se aprecian mutuamente y brindan ejemplos de rectitud.
Conclusión
Ruego que todos ustedes que se esfuerzan por dar lo mejor de sí mismos para enseñar en el hogar hallen paz y gozo en ello. Si creen que aún pueden mejorar o que necesitan prepararse más, por favor, respondan con humildad a las impresiones del Espíritu y comprométanse a actuar23.
El élder L. Tom Perry dijo: “La salud de cualquier sociedad, la felicidad, la prosperidad y la paz de su gente, todas tienen su raíz en la enseñanza de los hijos en el hogar”24.
Sí, mi hogar ahora es un “nido vacío”, pero yo sigo de guardia, listo y dispuesto a encontrar oportunidades adicionales y preciadas de enseñar a mis hijos ya adultos, a sus hijos y algún día, espero, a los hijos de estos.
Suplico la ayuda del cielo en nuestro esfuerzo por enseñar como Cristo en nuestro hogar. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
Véanse Doctrina y Convenios 68:25; 93:40. El élder L. Tom Perry enseñó: “…la influencia del adversario está tan extendida; y él ataca, intenta corroer y destruir la base misma de nuestra sociedad: la familia. Los padres deben decidir que la enseñanza en el hogar es la responsabilidad más importante y sagrada” (“Las madres enseñan a los hijos en el hogar”, Liahona, mayo de 2010, pág. 30). La Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles han enseñado: “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos. ‘…herencia de Jehová son los hijos’ (Salmos 127:3). Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, a observar los mandamientos de Dios y a ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, las madres y los padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, mayo de 2017, pág. 145).
Véase Russell M. Nelson, “Al avanzar juntos”, Liahona,abril de 2018, pág. 7.
El élder David A. Bednar dijo: “Si hoy les preguntaran a nuestros hijos adultos lo que recuerdan de la oración familiar, del estudio de las Escrituras y de la noche de hogar, creo que sé cómo contestarían. Seguramente no definirían una oración en particular ni una ocasión especial del estudio de las Escrituras ni una lección particularmente importante de la noche de hogar como el momento crucial de su desarrollo espiritual. Lo que dirían que recuerdan es que nuestra familia era constante” (“Más diligentes y atentos en el hogar”,Liahona, noviembre de 2009, pág. 19).
Véase “El hogar es como el cielo”, Himnos, nro. 193.
“Aproveche los momentos espontáneos de enseñanza”, Enseñar a la manera del Salvador,2016, pág. 16. Enseñar a la manera del Salvador contiene diversos consejos y herramientas para la enseñanza en el hogar.
El obispo Jeffrey L. Stewart presta servicio en el Barrio Southgate 2, St. George, Utah, EE. UU. Su hijo Samuel está sirviendo en la Misión Colombia Medellín.
Todd Christofferson, “Strengthening the Faith and Long-Term Conversion of the Rising Generation”, en Reunión de liderazgo de la conferencia general, septiembre de 2017.