Las ordenanzas de salvación nos darán una luz maravillosa

Conferencia General Abril 2018

Las ordenanzas de salvación nos darán una luz maravillosa

Por el élder Taniela B. Wakolo
De los Setenta

Participar en ordenanzas y honrar los convenios que se relacionan con ellas les dará una luz maravillosa y protección en este mundo cada vez más oscuro.

Hermanos y hermanas, me regocijo con ustedes en el Evangelio, o la doctrina de Cristo.

Una vez un amigo le preguntó al élder Neil L. Andersen, entonces de los Setenta, qué se sentía al hablar frente a 21 000 personas en el Centro de Conferencias. El élder Andersen respondió: “Lo que a uno lo pone nervioso no son las 21 000 personas, sino las 15 Autoridades Generales que están sentadas detrás de uno”. En ese momento me reí, pero ahora siento lo mismo. ¡Cuánto amo y sostengo a estos 15 hombres como profetas, videntes y reveladores!

El Señor le dijo a Abraham que por medio de su posteridad y del sacerdocio todas las familias de la tierra serían bendecidas “… con las bendiciones del evangelio… sí, de vida eterna” (Abraham 2:11; véanse también los versículos 2–10).

Estas bendiciones prometidas del Evangelio y el sacerdocio fueron restaurados a la tierra, y luego, en 1842, el profeta José Smith administró la investidura a un número reducido de hombres y mujeres. Mercy Fielding Thompson era una de ellas. El Profeta le dijo: “[Esta investidura] la sacará de las tinieblas a una luz maravillosa”1.

Hoy deseo centrarme en las ordenanzas de salvación, las cuales nos darán a ustedes y a mí una luz maravillosa.

Las ordenanzas y los convenios

En Leales a la Fe dice: “… una ordenanza es un acto sagrado y formal realizado por la autoridad del sacerdocio. [Las] ordenanzas [que] son esenciales para la exaltación… se llaman ordenanzas de salvación y comprenden el bautismo, la confirmación, la ordenación al Sacerdocio de Melquisedec (para los varones), la investidura del templo y el sellamiento del matrimonio”2.

El élder David A. Bednar enseñó: “Las ordenanzas de salvación y exaltación que se administran en la Iglesia restaurada del Señor… constituyen canales autorizados por medio de los cuales pueden fluir las bendiciones y los poderes del cielo en la vida de cada persona”3.

Como una moneda con dos caras, todas las ordenanzas salvadoras van acompañadas de convenios con Dios. Dios nos ha prometido bendiciones si honramos fielmente dichos convenios.

El profeta Amulek declaró: “… esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios…” (Alma 34:32). ¿Cómo nos preparamos? Al recibir ordenanzas dignamente. Además, debemos, en palabras del presidente Russell M. Nelson, “[mantenernos] en la senda del convenio”. El presidente Nelson prosiguió: “Su compromiso de seguir al Salvador, haciendo convenios con Él y luego guardando esos convenios, abrirá la puerta a cada privilegio y bendición espirituales que están disponibles para las mujeres, los hombres y los niños en todas partes”4.

Como muchos de ustedes, John y Bonnie Newman han recibido las bendiciones espirituales que prometió el presidente Nelson. Un domingo, después de asistir a la Iglesia con sus tres niños pequeños, Bonnie le dijo a John, quien no era miembro de la Iglesia: “No puedo hacer esto sola; debes decidir si vienes a mi Iglesia con nosotros o si eliges una iglesia a la que podamos ir juntos, pero los niños necesitan saber que su papá también ama a Dios”. El domingo siguiente y cada domingo a partir de entonces, John no solo asistió, sino que a lo largo de los años también prestó servicio tocando el piano en muchos barrios, ramas y Primarias. Tuve el privilegio de reunirme con John en abril de 2015, y en esa reunión comentamos que la mejor manera en que él podía manifestar su amor por Bonnie era que la llevase al templo, pero eso no era posible a menos que él se bautizara.

Después de asistir a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días por 39 años, John se bautizó en 2015. Un año más tarde, John y Bonnie fueron sellados en el Templo de Memphis, Tennessee, 20 años después de que ella había recibido su propia investidura. Su hijo de 47 años, Robert, dijo sobre su papá: “Papá realmente ha progresado desde que recibió el sacerdocio”. Bonnie agregó: “John siempre ha sido una persona feliz y alegre, pero recibir las ordenanzas y honrar sus convenios ha aumentado su benignidad”.

La expiación de Cristo y Su ejemplo

Hace muchos años, el presidente Boyd K. Packer advirtió: “Un buen comportamiento sin las ordenanzas del Evangelio no redimirá ni exaltará a la humanidad”5. De hecho, necesitamos no solo las ordenanzas y los convenios para regresar a nuestro Padre, sino también a Su Hijo Jesucristo y Su expiación.

El rey Benjamín enseñó que solo en el nombre de Cristo y por medio de él puede llegar la salvación a los hijos de los hombres (véase Mosíah 3:17; véase también Artículos de Fe 1:3).

Mediante Su expiación, Jesucristo nos redimió de las consecuencias de la caída de Adán e hizo posible nuestro arrepentimiento y futura exaltación. Por medio de Su vida, Él nos dio el ejemplo para que recibamos las ordenanzas de salvación, en las cuales “se manifiesta el poder de la divinidad” (D. y C. 84:20).

Después de que el Salvador recibió la ordenanza del bautismo “para cumplir con toda justicia” (véase 2 Nefi 31:5–6), Satanás lo tentó. De igual modo, nuestras tentaciones no terminan luego del bautismo o el sellamiento, pero recibir las sagradas ordenanzas y honrar los convenios relacionados con ellas nos llena de una luz maravillosa y nos da fortaleza para resistir y superar las tentaciones.

Advertencia

Isaías profetizó que en los últimos días “… la tierra se contaminó… porque… cambiaron la ordenanza…” (Isaías 24:5; véase también D. y C. 1:15).

Una advertencia relacionada, revelada al profeta José Smith, fue que algunos “… con sus labios…honran [al Señor], pero… enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando el poder de ella” (José Smith—Historia 1:19).

Pablo también advirtió que muchos tendrían “… apariencia de piedad, pero [negarían] la eficacia de ella; a estos evita” (2 Timoteo 3:5). Repito: a estos evita.

Las muchas distracciones y tentaciones de la vida son como “lobos rapaces” (Mateo 7:15). El verdadero pastor es aquel que prepara, protege y advierte a las ovejas y al rebaño cuando se acercan los lobos (véase Juan 10:11–12). Como siervos que procuramos emular la vida perfecta del Buen Pastor, ¿no somos pastores de nuestra propia alma, así como también de otras? Con el consejo de los profetas, videntes y reveladores, a quienes acabamos de sostener, y con el poder y el don del Espíritu Santo, podemos ver venir a los lobos si estamos alertas y preparados. Por el contrario, cuando pastoreamos nuestra alma y la de otras personas de forma descuidada, podemos esperar que haya víctimas. El descuido produce víctimas. Invito a cada uno de nosotros a ser un pastor fiel.

Experiencia y testimonio

La Santa Cena es una ordenanza que nos ayuda a permanecer en la senda, y tomarla dignamente es evidencia de que estamos guardando los convenios relacionados con todas las demás ordenanzas. Hace algunos años, mientras mi esposa Anita y yo prestábamos servicio en la Misión Arkansas Little Rock, salí a enseñar con dos jóvenes misioneros. Durante la lección, el buen hermano al que estábamos enseñando dijo: “He ido a su iglesia; ¿por qué tienen que comer pan y beber agua cada domingo? En nuestra iglesia, lo hacemos dos veces al año, en Pascua y en Navidad, y eso es muy significativo”.

Compartimos con él que se nos manda “[reunirnos] con frecuencia para participar del pan y vino” (Moroni 6:6; véase también D. y C. 20:75). Leímos en voz alta Mateo 26 y 3 Nefi 18. Respondió que aun así no veía la necesidad.

Entonces compartimos la siguiente comparación: “Imagine que sufre un accidente de tráfico muy grave; se encuentra herido e inconsciente. Alguien pasa por allí, ve que usted está inconsciente, y llama al número de emergencias, 911. Lo atienden y recupera la consciencia”.

Le preguntamos a este hermano: “Cuando usted pudiera reconocer su entorno, ¿qué preguntas tendría?”.

Respondió: “Desearía saber cómo llegué allí y quién me encontró. Querría agradecerle todos los días por haberme salvado la vida”.

¡Compartimos con este buen hermano que el Salvador nos salvó la vida y que debemos agradecerle cada día, todos los días!

Luego le preguntamos: “Al saber que Él dio Su vida por usted y por nosotros, ¿cuán a menudo desea comer el pan y beber el agua como emblemas de Su cuerpo y sangre?”.

Dijo: “Lo entiendo, lo entiendo. Pero hay algo más: Su iglesia no es alegre como la nuestra”.

A lo que respondimos: “¿Qué haría si el Salvador Jesucristo entrara por su puerta?”.

Respondió: “Me pondría de rodillas de inmediato”.

Le preguntamos: “¿No es eso lo que siente cuando entra en las capillas Santo de los Últimos Días: reverencia por el Salvador?”.

Exclamó: “¡Lo entiendo, lo entiendo, lo entiendo!”.

Vino a la Iglesia ese domingo de Pascua de Resurrección y siguió asistiendo.

Invito a cada uno de nosotros a preguntarse: “¿Qué ordenanzas, entre ellas la Santa Cena, necesito recibir, y qué convenios necesito hacer, guardar y honrar?”. Les prometo que participar en ordenanzas y honrar los convenios que se relacionan con ellas les dará una luz maravillosa y protección en este mundo cada vez más oscuro. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith 2007, pág. 441.
  2. Leales a la Fe: Una referencia del Evangelio,2004, pág. 134; véase también Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 2.1.2.
  3. David A. Bednar, “Siempre retendréis la remisión de vuestros pecados”, Liahona, mayo de 2016, pág. 60.
  4. Russell M. Nelson, “Al avanzar juntos”, Liahona,abril de 2018, pág. 7.
  5. Boyd K. Packer, “La única Iglesia verdadera”, Liahona, enero de 1986, pág. 64.

 

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Mujeres Jóvenes en acción

Conferencia General Abril 2018

Mujeres Jóvenes en acción

Por Bonnie L. Oscarson
Relevada recientemente como Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Cada jovencita de la Iglesia debe sentirse valorada, tener oportunidades de prestar servicio y sentir que tiene algo valioso que aportar a esta obra.

Hace un año, en la sesión general del sacerdocio de la conferencia, el obispo Gérald Caussé habló a los hombres de la Iglesia y describió cómo los poseedores del Sacerdocio Aarónico y de Melquisedec son compañeros inseparables al llevar a cabo la obra de salvación1. Ese mensaje ha sido una gran bendición para ayudar a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico a entender el papel que juegan en la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Su servicio conjunto fortalece a la Iglesia y profundiza la conversión y el compromiso en los corazones de nuestros jóvenes a medida que comprenden cuán valiosa es su contribución y cuán gloriosa es esta obra.

Hoy deseo que mis palabras se sumen a ese mensaje al hablar de las mujeres jóvenes, quienes son igualmente necesarias e imprescindibles para llevar a cabo la obra del Señor en sus familias y en Su Iglesia.

Al igual que el obispo Caussé, durante buena parte de mi adolescencia viví en una pequeña rama de la Iglesia, y a menudo me pedían que cumpliera asignaciones y llamamientos que normalmente se habrían dado a los adultos. Por ejemplo, quienes estábamos en el programa de los jóvenes solíamos tomar la iniciativa para ayudar a organizar y llevar a cabo nuestras actividades y eventos especiales. Escribíamos obras de teatro, formábamos un grupo de canto para amenizar las actividades de la rama y participábamos plenamente en todas las reuniones. Fui llamada como directora de música de la rama, y cada semana dirigía la música en la reunión sacramental. Fue una gran experiencia para una joven de dieciséis años ponerse cada domingo frente a todos los miembros de la rama y dirigir el canto de los himnos. Sentía que era necesaria, y sabía que tenía algo que ofrecer. Las personas confiaban en que yo estaría allí, y me encantaba sentirme útil. Aquella experiencia me ayudó a edificar mi testimonio de Jesucristo y, al igual que le sucedió al obispo Caussé, ancló mi vida al servicio del Evangelio.

Cada miembro debe saber lo mucho que se le necesita. Cada persona tiene algo importante que aportar y posee talentos y habilidades singulares que ayudan a que avance esta importante obra. Nuestros jóvenes tienen deberes del Sacerdocio Aarónico descritos en Doctrina y Convenios que son más bien visibles. Para las jovencitas de la Iglesia, sus padres y sus líderes, puede resultar menos evidente que, desde el día en que se bautizan, ellas tienen responsabilidades adquiridas por convenio de “llorar con los que lloran; sí, y… consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estuvieren], aun hasta la muerte”2. Las jóvenes tienen oportunidades de cumplir con estas responsabilidades en sus barrios y ramas, y cuando prestan servicio en presidencias de clase, consejos de la juventud y otros llamamientos. Cada jovencita de la Iglesia debe sentirse valorada, tener oportunidades de prestar servicio y sentir que tiene algo de valor con lo que contribuir a esta obra.

En el Manual 2, aprendemos que la obra de salvación dentro de nuestros barrios incluye “la obra misional de los miembros, la retención de conversos, la activación de los miembros menos activos, la obra del templo y de historia familiar, y la enseñanza del Evangelio”3. Esa obra la dirigen nuestros fieles obispos, quienes poseen las llaves del sacerdocio para su barrio. Durante muchos años, nuestra presidencia se ha estado haciendo esta pregunta: “¿En cuáles de las áreas que se mencionan no deberían participar nuestras jovencitas?”. La respuesta es que ellas tienen algo que aportar en todas las áreas de esta obra.

Por ejemplo, hace poco conocí a varias jovencitas del área de Las Vegas que han sido llamadas a servir como consultoras de templo e historia familiar de barrio. Estaban radiantes de entusiasmo por poder enseñar y ayudar a los miembros de su barrio a encontrar a sus antepasados. Tenían valiosas habilidades informáticas, habían aprendido a utilizar FamilySearch y estaban entusiasmadas por compartir ese conocimiento con otras personas. Era evidente que tenían un testimonio y comprendían la importancia de buscar los nombres de nuestros antepasados fallecidos para que las imprescindibles ordenanzas de salvación pudieran efectuarse por ellos en el templo.

Hace unos meses tuve la oportunidad de poner a prueba una idea con dos jovencitas de catorce años. Hice copias de dos agendas reales de un consejo de barrio y se las di a Emma y a Maggie. Les pedí que leyeran las agendas y vieran si había algún punto de acción en los consejos de barrio en los que ellas podrían ayudar. Emma vio que una nueva familia iba a mudarse al barrio y dijo que podía ayudarles a trasladarse y desempacar. Pensó que podía hacerse amiga de los hijos de la familia y enseñarles su nueva escuela. Ella vio que pronto se celebraría una cena de barrio, y sintió que había diversas maneras en las que podía prestar servicio.

Maggie observó que había varias personas mayores en el barrio que necesitaban recibir visitas y hermanamiento. Dijo que le encantaría visitar y ser una ayuda a esos maravillosos miembros mayores. También sintió que podía ayudar a los miembros del barrio a aprender a configurar y utilizar las redes sociales. ¡En realidad no había nada en las agendas en lo que estas dos jovencitas no pudieran ayudar!

Quienes se sientan en consejo y tienen llamamientos en el barrio, ¿ven a las jovencitas como recursos valiosos para ayudar a cubrir las muchas necesidades que hay en sus barrios? Por lo general hay una larga lista de situaciones que requieren algún servicio y a menudo solo pensamos en los adultos del barrio para satisfacer esas necesidades. Así como se ha invitado a nuestros poseedores del Sacerdocio Aarónico a trabajar con sus padres y otros hombres del Sacerdocio de Melquisedec, nuestras jovencitas pueden ser llamadas a prestar servicio y atender las necesidades de los miembros del barrio con sus madres y otras hermanas fieles. ¡Ellas son capaces y están ansiosas y dispuestas a hacer mucho más que simplemente asistir a la Iglesia los domingos!

Al considerar las funciones que se espera que nuestras jovencitas asuman en un futuro próximo, podemos preguntarnos qué clase de experiencias podríamos proporcionarles ahora para ayudarlas a prepararse para ser misioneras, eruditas del Evangelio, líderes en las organizaciones auxiliares de la Iglesia, obreras del templo, esposas, madres, mentoras y amigas. Ellas pueden comenzar ahora a desempeñar muchas de esas funciones. A menudo se les pide a los jóvenes que ayuden a dar las lecciones en sus clases dominicales. Hoy día nuestras jóvenes tienen a su alcance oportunidades de prestar un servicio, que antes realizaban los obreros de ordenanzas o voluntarios, cuando ellas van al templo con otros jóvenes para efectuar bautismos por los muertos. Actualmente se invita a las niñas en edad de Primaria a asistir a las reuniones de preparación para el templo y el sacerdocio, que las ayudarán a entender que ellas también son participantes importantes en la obra dirigida por el sacerdocio. Ellas están aprendiendo que todos, tanto hombres, como mujeres, jóvenes y niños son receptores de las bendiciones del sacerdocio, y que todos pueden asumir un papel activo en el avance de la obra dirigida por el sacerdocio.

Obispos, sabemos que sus responsabilidades a menudo son agobiantes, pero de igual forma que una de sus más altas prioridades es presidir los cuórums del Sacerdocio Aarónico, el Manual 2 indica que “el obispo y sus consejeros brindan liderazgo del sacerdocio a la organización de las Mujeres Jóvenes. Velan por cada una de las mujeres jóvenes y las fortalecen, trabajando estrechamente con los padres y las líderes de las Mujeres Jóvenes en este esfuerzo”. También dice: “El obispo y sus consejeros participan regularmente en reuniones, proyectos de servicio y actividades de las Mujeres Jóvenes”4. Estamos agradecidas por los obispos que dedican su tiempo a visitar las clases de las Mujeres Jóvenes y brindan a las jovencitas oportunidades de ser más que meras espectadoras de esta obra. ¡Gracias por asegurarse de que sus jovencitas sean participantes valiosas al atender las necesidades de los miembros del barrio! Esas oportunidades de servir de maneras significativas las bendicen mucho más que las actividades en las que solo se las entretiene.

A ustedes, jovencitas de la Iglesia: sus años de adolescencia pueden ser intensos y a menudo desafiantes. Hemos observado que un mayor número de ustedes luchan con problemas de autoestima, ansiedad, niveles altos de estrés e incluso depresión. Mirar hacia afuera en lugar de preocuparnos por nuestros propios problemas tal vez no resuelva todos esos temas, pero el servicio a menudo aligera la carga y hace que los desafíos no parezcan tan duros. Una de las mejores maneras de aumentar los sentimientos de autoestima es mostrar, a través de nuestro interés y nuestro servicio a los demás, que tenemos mucho de valor que ofrecer5. Les insto, mujeres jóvenes, a levantar las manos y a servir voluntariamente cuando noten necesidades a su alrededor. Al cumplir con las responsabilidades que han adquirido por convenio y participar en la edificación del reino de Dios, las bendiciones fluirán en su vida, y descubrirán el profundo y duradero gozo del discipulado.

Hermanos y hermanas, nuestras jovencitas son asombrosas. Tienen talentos, un entusiasmo ilimitado y energía, y son compasivas y afectuosas. Ellas desean prestar servicio. Necesitan saber que son valiosas e imprescindibles en la obra de salvación. Igual que el Sacerdocio Aarónico prepara a los jóvenes varones para un servicio mayor a medida que avanzan al Sacerdocio de Melquisedec, nuestras jovencitas se están preparando para ser miembros de la organización de mujeres más grandiosa de la tierra: la Sociedad de Socorro. Juntos, esos bellos, fuertes y fieles hombres y mujeres jóvenes se están preparando para ser esposas y esposos, madres y padres que criarán familias dignas del reino celestial de Dios.

Testifico que la obra de nuestro Padre Celestial es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos6. Nuestras preciosas jovencitas tienen un importante papel que desempeñar en ayudar a cumplir esta gran obra. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase Gérald Caussé, “Preparen la vía”,Liahona, mayo de 2017, págs. 75–78.
  2. Mosíah 18:9.
  3. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, pág. 24.
  4. Manual 2,3.1.
  5. VéaseMateo 10:39.
  6. VéaseMoisés 1:39.

 

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Un día más

Conferencia General Abril 2018

Un día más

Por el élder Taylor G. Godoy
De los Setenta

Todos tenemos un “hoy” para vivir, y la clave para que ese día sea de éxito es estar dispuestos a sacrificar.

Hace unos años, mis amigos tuvieron un bello bebé a quien le dieron el nombre de Brigham. Después de su nacimiento, se le diagnosticó una rara afección llamada síndrome de Hunter, que tristemente significaba que Brigham tendría una vida corta. Un día, mientras él y su familia visitaban los terrenos del templo, Brigham pronunció una frase particular; dos veces dijo: “Un día más”. Brigham falleció precisamente al día siguiente.

He visitado varias veces la tumba de Brigham, y cada vez que lo hago, medito en la frase: “un día más”. Me pregunto qué significaría o qué efecto tendría para mí saber que solo me quedara un día más de vida. ¿Cómo trataría a mi esposa, a mis hijos y a los demás? ¿Cuán paciente y cortés sería? ¿Cómo cuidaría mi cuerpo? ¿Con cuánto fervor oraría y escudriñaría las Escrituras? Creo que, de una forma u otra, todos en algún momento reconoceremos que tenemos “un día más”, reconocimiento que debemos utilizar con prudencia el tiempo que tenemos.

En el Antiguo Testamento leemos la historia de Ezequías, rey de Judá. El profeta Isaías le anunció a Ezequías que la vida de este estaba a punto de terminar. Cuando oyó las palabras del profeta, Ezequías comenzó a orar, a suplicar y a llorar penosamente. En aquella ocasión, Jehová añadió quince años a la vida de Ezequías. (Véase Isaías 38:1–5).

Si nos dijeran que nos queda poco tiempo de vida, tal vez también suplicaríamos tener más días para realizar las cosas que deberíamos haber hecho o que habríamos hecho de manera diferente.

Independientemente del tiempo que el Señor, en Su sabiduría, determine otorgarnos, de una cosa podemos estar seguros: todos tenemos un “hoy” para vivir, y la clave para que ese día sea de éxito es estar dispuestos a sacrificar.

El Señor dijo: “He aquí, el tiempo presente es llamado hoy hasta la venida del Hijo del Hombre; y en verdad es un día de sacrificio (D. y C. 64:23; cursiva agregada).

La palabra sacrificio se deriva de las palabras latinas sacer, que significa “sagrado”, y facere, que significa “hacer”, en otras palabras, hacer las cosas sagradas, rendirles honor.

“Por sacrificios se dan bendiciones” (“Loor al Profeta,” Himnos, nro. 15).

¿De qué manera hará el sacrificio que nuestros días sean significativos y benditos?

Primero, el sacrificio personal nos fortalece y da valor a las cosas por las que nos sacrificamos.

Hace algunos años, en un domingo de ayuno, una hermana mayor se acercó al púlpito para dar su testimonio. Vivía en la ciudad de Iquitos, en la Amazonía peruana. Relató que desde el momento de su bautismo, siempre había tenido la meta de recibir las ordenanzas del templo en Lima, Perú. Durante años pagó fielmente un diezmo íntegro y ahorró sus escasos ingresos.

Su alegría al ir al templo y recibir allí las ordenanzas sagradas la expresó con estas palabras: “Hoy puedo decir que por fin estoy lista para pasar a través del velo. Soy la mujer más feliz del mundo; he ahorrado dinero, no tienen idea de cuánto tiempo, para visitar el templo, y después de siete días en el río y 18 horas en autobús, por fin me encontraba en la Casa del Señor. Al salir de ese lugar sagrado, me dije a mí misma que después de todo el sacrificio que se me había requerido para ir al templo, no dejaría que nada me hiciera tomar a la ligera todos los convenios que hice; sería un desperdicio. ¡Este es un compromiso muy importante!”

De esa dulce hermana aprendí que el sacrificio personal es una fuerza inestimable que impulsa nuestras decisiones y resoluciones. El sacrificio personal impulsa nuestras acciones, nuestras promesas y nuestros convenios, y da significado a las cosas sagradas.

Segundo, los sacrificios que hacemos por los demás, y que los demás hacen por nosotros, resulta en bendiciones para todos.

Cuando estudiaba en la facultad de odontología, el panorama económico de la economía local no era muy alentador. La inflación disminuía drásticamente el valor de la moneda de un día para otro.

Recuerdo el año en que debía matricularme en las prácticas de cirugía; necesitaba tener todo el equipo quirúrgico necesario antes de inscribirme ese semestre. Mis padres ahorraron los fondos suficientes, pero una noche ocurrió algo inesperado. Fuimos a comprar el equipo, solo para descubrir que la cantidad de dinero que teníamos para comprar todo el equipo solo alcanzaba para comprar un par de pinzas quirúrgicas, y nada más. Regresamos a casa con las manos vacías y apesadumbrados ante la idea de perder un semestre de estudios universitarios. Sin embargo, de pronto mi madre dijo: “Taylor, ven conmigo; vamos a salir”.

Fuimos al centro de la ciudad, donde había muchos lugares donde se compran y venden joyas. Cuando llegamos a una tienda, mi madre sacó de su cartera una bolsita de terciopelo azul en la que había un hermoso brazalete de oro con una inscripción que decía: “A mi querida hija, de tu padre”. Era un brazalete que mi abuelo le había regalado en uno de sus cumpleaños. Y allí, ante mis propios ojos, lo vendió.

Cuando recibió el dinero, me dijo: “Si hay algo de lo que estoy segura, es que vas a ser dentista. Ve y compra todo el equipo que necesitas”. Ahora, ¿se imaginan la clase de estudiante en que me convertí a partir de ese momento? Quería ser el mejor y terminar mis estudios lo más pronto posible porque sabía el alto costo del sacrificio que ella estaba haciendo.

Aprendí que los sacrificios que hacen nuestros seres queridos nos reaniman como el agua fresca en medio del desierto. Esa clase de sacrificio brinda esperanza y motivación.

Tercero, cualquier sacrificio que hagamos es pequeño en comparación con el sacrificio del Hijo de Dios.

¿Cuál es el valor de incluso un preciado brazalete de oro comparado con el sacrificio del mismo Hijo de Dios? ¿Cómo podemos honrar ese sacrificio infinito? Cada día podemos recordar que tenemos “un día más” de vida y ser fieles. Amulek enseñó: “Sí, quisiera que vinieseis y no endurecieseis más vuestros corazones; porque he aquí, hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis vuestros corazones, inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención” (Alma 34:31). En otras palabras, si le brindamos al Señor el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito, inmediatamente se manifestarán en nuestras vidas las bendiciones del gran plan de felicidad.

El plan de redención es posible gracias al sacrificio de Jesucristo. Tal como Él mismo lo describió, el sacrificio “hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18).

Y es a causa de ese sacrificio, después de seguir el proceso del arrepentimiento sincero, que podemos sentir que se nos quita el peso de nuestros errores y pecados. De hecho, la culpa, la vergüenza, el dolor, la tristeza y el degradarnos a nosotros mismos son reemplazados por una conciencia tranquila, felicidad, alegría y esperanza.

Al mismo tiempo, cuando honramos Su sacrificio y nos sentimos agradecidos por él, podemos recibir en gran medida el intenso deseo de ser mejores hijos de Dios, de permanecer alejados del pecado y de guardar los convenios como nunca antes.

Entonces, al igual que Enós después de recibir el perdón de sus pecados, sentiremos el deseo de sacrificarnos y de procurar el bienestar de nuestros hermanos y hermanas (véase Enós 1:9). Y estaremos más dispuestos, en todos los “un día más”, a seguir la invitación que nos hizo el presidente Howard W. Hunter cuando dijo: “… resuelvan una discrepancia. Busquen a un amigo olvidado; desechen una sospecha y reemplácenla con la confianza… den una respuesta amable; alienten a la juventud; manifiesten su lealtad de palabra y obra. Guarden una promesa; olviden una ofensa; perdonen a un enemigo; pidan disculpas; traten de comprender; examinen lo que exigen de los demás; piensen primero en alguien más. Sean bondadosos, amables; rían un poco más; expresen gratitud; den la bienvenida a un desconocido. Hagan feliz a un niño… Expresen su amor con palabras y vuelvan a hacerlo” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Howard W. Hunter, 2015, págs. 34–35 adaptación de “What We Think Christmas Is,” McCall’s, diciembre de 1959, 82–83).).

Ruego que llenemos nuestros días con ese impulso y con la fuerza que nos brinda el sacrificio personal y el sacrificio que nosotros hagamos por los demás, o que recibamos de ellos. Y de manera especial, ruego que disfrutemos de la paz y del regocijo que nos brinda el sacrificio del Unigénito; sí, esa paz que se menciona cuando leemos que Adán cayó para que los hombres existiesen, y que existen los hombres —ustedes— para que tengan gozo (véase 2 Nefi 2:25). Ese gozo es el verdadero gozo que solo el sacrificio y la expiación del Salvador Jesucristo pueden proporcionar.

Es mi oración que le sigamos a Él, que le creamos, que lo amemos, y que sintamos el amor que demostró en Su sacrificio cada vez que tengamos la oportunidad de vivir un día más. En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Mansos y humildes de corazón

Conferencia General Abril 2018

Mansos y humildes de corazón

Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

La mansedumbre es un atributo que caracteriza al Redentor y se distingue por una justa receptividad, una sumisión voluntaria y un firme autocontrol.

Me regocijo en la sagrada oportunidad de sostener a los líderes de nuestra Iglesia; y de todo corazón doy la bienvenida al élder Gong y al élder Soares al Cuórum de los Doce Apóstoles. El ministerio de estos hombres fieles bendecirá a las personas y a las familias de todo el mundo, y estoy ansioso por servir con ellos, y aprender de ellos.

Ruego que el Espíritu Santo nos enseñe e ilumine al aprender juntos acerca de un aspecto vital de la naturaleza divina del Salvador1 que cada uno de nosotros debería esforzarse por emular.

Presentaré varios ejemplos que destacan esa cualidad de Cristo antes de determinar el atributo específico más adelante en mi mensaje. Por favor presten atención a cada ejemplo y consideren junto conmigo las posibles respuestas a las preguntas que plantearé.

Ejemplo nro.1. El joven rico y Amulek

En el Nuevo Testamento, aprendemos acerca de un joven rico que le preguntó a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?”2. El Salvador le mandó primeramente que guardara los mandamientos. Enseguida, el Maestro dio al joven un requisito adicional que se adaptaba a sus necesidades y circunstancias específicas.

“Le dijo Jesús: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.

“Y al oír el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones”3.

Comparen la respuesta del joven rico con la experiencia de Amulek, tal como se describe en el Libro de Mormón. Amulek era un hombre trabajador y próspero que tenía muchos parientes y amigos4. Se describió a sí mismo como un hombre que fue llamado muchas veces y no quiso oír; un hombre que sabía acerca de las cosas de Dios mas no quiso saber5. Siendo un hombre básicamente bueno, a Amulek lo distraían las preocupaciones mundanas, al igual que al joven rico que se describe en el Nuevo Testamento.

Aunque previamente había endurecido el corazón, Amulek obedeció la voz de un ángel, recibió al profeta Alma en su casa y le proporcionó alimento. Despertó espiritualmente durante la visita de Alma y fue llamado a predicar el Evangelio. Amulek abandonó “todo su oro, su plata y sus objetos preciosos… por la palabra de Dios; y [fue] rechazado por los que antes eran sus amigos, y también por su padre y sus parientes”6.

¿A qué se debe la diferencia entre las respuestas del joven rico y la de Amulek?

Ejemplo nro. 2. Pahorán

Durante un peligroso periodo de guerra que se describe en el Libro de Mormón, se produjo un intercambio de epístolas entre Moroni, el capitán de los ejércitos nefitas, y Pahorán, el juez superior y gobernador de la tierra. Moroni, cuyo ejército padecía a causa del apoyo deficiente del gobierno, le escribió a Pahorán “por vía de reprobación”7 y lo acusó a él y a los otros líderes de desidia, pereza, negligencia e incluso de ser traidores8.

Pahorán fácilmente podría haberse molestado con Moroni por sus acusaciones incorrectas, pero no lo hizo. Respondió compasivamente y describió una rebelión contra el gobierno acerca de la cual Moroni no estaba al tanto; y luego Pahorán declaró:

He aquí, Moroni, te digo que no me regocijo por vuestras grandes aflicciones, sí, ello contrista mi alma.

“… me has censurado en tu epístola, pero no importa; no estoy enojado, antes bien, me regocijo en la grandeza de tu corazón”9.

¿A qué se debe la respuesta mesurada de Pahorán a las acusaciones de Moroni?

Ejemplo nro. 3. El presidente Russell M. Nelson y el presidente Henry B. Eyring

En la conferencia general hace seis meses, el presidente Russell M. Nelson describió su respuesta a la invitación del presidente Thomas S. Monson de estudiar, reflexionar y aplicar las verdades que se hallan en el Libro de Mormón. Dijo lo siguiente: “… he procurado seguir su consejo. Entre otras cosas, he hecho listas de lo que es el Libro de Mormón, lo que afirma, lo que refuta, lo que cumple, lo que aclara y lo que revela. ¡Contemplar el Libro de Mormón a través de esas lentes ha sido un ejercicio esclarecedor e inspirador! Se lo recomiendo a cada uno de ustedes”10.

De igual modo, el presidente Henry B. Eyring hizo hincapié en la importancia que la solicitud del presidente Monson tenía en su vida. Él observó:

“… he leído el Libro de Mormón todos los días durante más de 50 años, por lo que hubiera sido razonable pensar que las palabras del presidente Monson iban dirigidas a otra persona. Sin embargo, al igual que muchos de ustedes, sentí que la exhortación y la promesa del profeta me invitaban a hacer un esfuerzo mayor…

“El feliz resultado para mí, y para muchos de ustedes, ha sido lo que el profeta prometió”11.

¿A qué se deben las respuestas inmediatas y sinceras de esos dos líderes de la Iglesia del Señor a la invitación del presidente Monson?

No estoy sugiriendo que las respuestas espiritualmente potentes de Amulek, de Pahorán, del presidente Nelson y del presidente Eyring se deban a una sola cualidad de Cristo. Ciertamente, muchos atributos y experiencias interrelacionados condujeron a la madurez espiritual que se manifiesta en la vida de esos cuatro nobles siervos. No obstante, el Salvador y Sus profetas han destacado una cualidad esencial que todos nosotros necesitamos comprender más plenamente y esforzarnos por incorporar en nuestras vidas.

La mansedumbre

Fíjense por favor en la característica que el Señor utilizó para describirse a Sí mismo en el siguiente pasaje de las Escrituras: ‘, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas: “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas”12.

Es esclarecedor el hecho de que el Salvador eligió recalcar la mansedumbre entre todos los atributos y virtudes que potencialmente podría haber seleccionado.

Se percibe un modelo similar en una revelación que recibió el profeta José Smith en 1829. El Señor declaró: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz”13.

La mansedumbre es un atributo que caracteriza al Redentor y se distingue por una justa receptividad, una sumisión voluntaria y un firme autocontrol. Esa cualidad nos sirve para comprender más plenamente las reacciones respectivas de Amulek, de Pahorán, del presidente Nelson y del presidente Eyring.

Por ejemplo, el presidente Nelson y el presidente Eyring respondieron de manera justa y rápida a la invitación del presidente Monson de leer y estudiar el Libro de Mormón. Aunque ambos hombres servían en puestos importantes y visibles de la Iglesia y habían estudiado las Escrituras extensamente durante décadas, demostraron por sus respuestas que no vacilaban ni tenían un sentimiento de su propia importancia personal.

Amulek se sometió voluntariamente a la voluntad de Dios, aceptó el llamado de predicar el Evangelio y dejó atrás sus cómodas circunstancias y relaciones familiares. Y Pahorán fue bendecido con perspectiva y un firme autocontrol para actuar en lugar de reaccionar mientras explicaba a Moroni los desafíos que surgían de una rebelión contra el gobierno.

En el mundo contemporáneo se suele malentender la cualidad de la mansedumbre que Cristo posee. La mansedumbre es fuerte, no débil; es activa, no pasiva; es valiente, no tímida; es controlada, no excesiva; es modesta, no engrandecida a sí misma; y es benévola, no jactanciosa. Una persona mansa no se ofende fácilmente, no es presumida ni dominante y reconoce fácilmente los logros de los demás.

Si bien la humildad generalmente denota dependencia en Dios y la constante necesidad de Su guía y apoyo, una característica distintiva de la mansedumbre es la receptividad espiritual particular para aprender del Espíritu Santo, así como de las personas que puedan parecer menos capaces, experimentadas o educadas, o que quizás no ocupen puestos importantes, o que de alguna manera no parezcan tener mucho que aportar. Recordarán cómo Naamán, capitán del ejército del rey de Siria, venció su orgullo y aceptó con mansedumbre el consejo de sus siervos de obedecer al profeta Eliseo y lavarse en el río Jordán siete veces14. La mansedumbre es la protección principal contra la orgullosa ceguera que suele surgir de la prominencia, de la posición, del poder, de la riqueza y de la adulación.

La mansedumbre, un atributo y un don espiritual de Cristo

La mansedumbre es un atributo que se logra mediante el deseo, el justo ejercicio del albedrío moral, y el constante esfuerzo por retener la remisión de nuestros pecados15. Es además un don espiritual el cual podemos apropiadamente buscar16. Sin embargo, debemos recordar los propósitos por los que se otorga tal bendición, o sea, para beneficiar y servir a los hijos de Dios17.

A medida que venimos al Salvador y le seguimos, cada vez estaremos más y más capacitados para llegar a ser más como Él. El Espíritu nos inviste de poder para tener un autocontrol disciplinado y una actitud firme y apacible. Por lo tanto, llegamos a ser mansos como discípulos del Maestro y no es solo algo que hacemos.

“Moisés fue instruido… en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en sus palabras y hechos”18, No obstante, “era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”19. Su conocimiento y capacidad podrían haberlo llenado de orgullo, pero en vez de ello, el atributo y el don espiritual de la mansedumbre con la que fue bendecido aminoraron la arrogancia en su vida y lo engrandecieron como un instrumento para lograr los propósitos de Dios.

El Maestro como un ejemplo de mansedumbre

Los ejemplos más majestuosos y significativos de la mansedumbre se encuentran en la vida del Salvador mismo.

El Grandioso Redentor, aquel que “descendió debajo de todo”20 y sufrió, sangró y falleció para “limpiarnos de toda maldad”21, tiernamente lavó los pies polvorientos de Sus discípulos22. Tal mansedumbre es una característica distintiva del Señor como siervo y líder.

Jesús proporciona el máximo ejemplo de receptividad justa y de sumisión voluntaria al sufrir intensa agonía en Getsemaní.

“Y cuando llegó a aquel lugar, les dijo [a Sus discípulos]: Orad para que no entréis en tentación.

“y puesto de rodillas oró,

“diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”23.

La mansedumbre del Salvador en esa experiencia eternamente esencial y sumamente dolorosa nos demuestra a cada uno la importancia de poner la sabiduría de Dios por encima de nuestra propia sabiduría.

La constancia de la sumisión voluntaria del Señor y el firme autocontrol son inspiradores e instructivos para todos nosotros. Cuando una compañía armada de guardias del templo y soldados romanos llegaron a Getsemaní para capturar y arrestar a Jesús, Pedro sacó su espada y le cortó la oreja derecha al siervo del sumo sacerdote24. El Salvador tocó entonces la oreja del siervo y lo sanó25. Tengan en cuenta que Él brindó ayuda y bendijo al hombre que lo había capturado y que utilizó el mismo poder celestial que podría haber evitado que fuese capturado y crucificado.

Consideren también cómo el Maestro fue acusado y condenado ante Pilato para ser crucificado26. Cuando fue entregado, Jesús declaró: “¿Acaso piensas que no puedo orar a mi Padre ahora, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?”27. Sin embargo, el “Juez Eterno de vivos y muertos”28 paradójicamente fue juzgado ante un político suplente provisional. “Pero Jesús no le respondió ni una palabra, de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho”29. La mansedumbre del Salvador se manifiesta en Su respuesta disciplinada, en Su firme autocontrol y al no estar dispuesto a ejercer Su poder infinito para beneficio personal.

Promesa y testimonio

Mormón menciona que la mansedumbre es el fundamento del cual surgen todas las aptitudes y los dones espirituales.

“De manera que si un hombre tiene fe, es necesario que tenga esperanza; porque sin fe no puede haber esperanza.

“Y además, he aquí os digo que el hombre no puede tener fe ni esperanza, a menos que sea manso y humilde de corazón.

“Porque si no, su fe y su esperanza son vanas, porque nadie es aceptable a Dios sino los mansos y humildes de corazón; y si un hombre es manso y humilde de corazón, y confiesa por el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo, es menester que tenga caridad; porque si no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad”30.

El Salvador declaró: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra como heredad”31. La mansedumbre es un aspecto esencial de la naturaleza divina y lo podemos recibir y cultivar en nuestras vidas a causa de la expiación del Salvador y mediante ella.

Testifico que Jesucristo es nuestro Redentor resucitado y viviente; y prometo que Él nos guiará, nos protegerá y fortalecerá a medida que caminemos en la mansedumbre de Su espíritu. Declaro mi testimonio firme de esas verdades y promesas en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase 2 Pedro 1:4.
  2. Mateo 19:16.
  3. Mateo 19:21–22.
  4. Véase Alma 10:4.
  5. Véase Alma 10:5–6.
  6. Alma 15:16.
  7. Alma 60:2.
  8. Véase Alma 60:5–33.
  9. Alma 61:2, 9.
  10. Russell M. Nelson, “El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él?”,Liahona, noviembre de 2017, pág. 61.
  11. Henry B. Eyring, “No tengáis miedo de hacer lo buenoLiahona,noviembre de 2017, pág. 100.
  12. Mateo 11:29; cursiva agregada.
  13. Doctrina y Convenios 19:23; cursiva agregada.
  14. Véase 2 Reyes 5:1–17.
  15. Véase Mosíah 4:12, 26Moroni 8:25–26.
  16. Véase Doctrina y Convenios 46:8.
  17. Véase Doctrina y Convenios 46:8–9, 26.
  18. Hechos 7:22.
  19. Números 12:3.
  20. Doctrina y Convenios 88:6.
  21. 1 Juan 1:9; cursiva agregada.
  22. Véase Juan 13:4–5.
  23. Lucas 22:40–42.
  24. Véase Juan 18:10.
  25. Véase Lucas 22:51.
  26. Véase Mateo 27:2, 11–26.
  27. Mateo 26:53.
  28. Moroni 10:34.
  29. Mateo 27:14.
  30. Moroni 7:42–44.
  31. Mateo 5:5.

 

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El profeta de Dios

Conferencia General Abril 2018

El profeta de Dios

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Un profeta no se interpone entre ustedes y el Salvador. Más bien, permanece a su lado y señala el camino hacia el Salvador.

Agrego mi bienvenida al élder Gerrit Gong y al élder Ulisses Soares a la incomparable fraternidad del Cuórum de los Doce.

Al sostener al presidente Russell M. Nelson como el profeta del Señor y como Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, formamos parte de una Asamblea solemne divinamente decretada —solemne porque los acontecimientos de esta última hora estaban previstos en los cielos desde antes que el mundo fuese. El Señor Jesucristo, quien dirige Su obra, ha presentado hoy, por medio del presidente Eyring, a Su profeta, Su líder ungido, ante nosotros, Su pueblo del convenio, permitiéndonos manifestar públicamente nuestra disposición de sostenerle y seguir su consejo.

A aquellos millones de miembros que no están aquí con nosotros en el Centro de Conferencias, quiero que sepan que el Espíritu del Señor en este edificio durante el sostenimiento del presidente Nelson fue exactamente como el que hubieran anticipado: lleno de poder espiritual; Pero nuestra asamblea dirigida por los cielos no se encuentra solamente en este Centro de Conferencias, sino por todo el mundo: en capillas de Asia, África y Norteamérica; en hogares de Centroamérica, Sudamérica y Europa; en patios cubiertos del Pacífico y en las islas del mar. Esta asamblea se encuentra en cualquier parte del mundo en que estén ustedes, incluso si su conexión no es más que una transmisión de audio por medio de su teléfono inteligente. Nuestras manos alzadas no fueron contadas por nuestros obispos, pero ciertamente fueron anotadas en los cielos, pues nuestro convenio es con Dios, y nuestro acto está registrado en el libro de la vida.

El Señor escoge a Sus líderes.

La selección de un profeta la lleva a cabo el Señor mismo. No existen campañas, ni debates, ni postulaciones para hacerse con un cargo, ni disensión, desconfianza, confusión o conmoción. Yo también confirmo que el poder de los cielos estuvo con nosotros en la sala superior del templo cuando, en oración, rodeamos en círculo al presidente Nelson y sentimos la innegable aprobación del Señor sobre nosotros.

La elección del presidente Nelson para servir como el profeta de Dios se llevó a cabo hace mucho tiempo. Las palabras del Señor a Jeremías también se aplican al presidente Nelson: “Antes que te formase en el vientre te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones”1. Hace solamente tres años, el élder Nelson, con noventa años, era cuarto en antigüedad, y dos de los tres apóstoles que le precedían eran más jóvenes que él. El Señor, quien controla la vida y la muerte, selecciona a Su profeta. El presidente Nelson, a sus noventa y tres años, se encuentra con una salud impresionante. Esperamos que permanezca con nosotros durante diez o veinte años más, pero por el momento lo que estamos intentando es convencerle de que se abstenga de ir a las pistas de esquí.

Si bien sostenemos al profeta como el ungido del Señor, que quede claro que adoramos únicamente a Dios, nuestro Padre Celestial, y a Su divino Hijo. Es por medio de los méritos, y misericordia, y gracia de nuestro Salvador, Jesucristo, que podremos volver a Su presencia algún día2.

Por qué seguimos al Profeta

No obstante, Jesús también enseñó una importante verdad en cuanto a los siervos que nos envía. “El que os recibe a vosotros”, dijo Él, “a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió”3.

La función más importante del profeta del Señor es enseñarnos acerca del Salvador y guiarnos a Él.

Hay muchas razones lógicas para seguir al presidente Russell M. Nelson. Incluso personas que no son de nuestra fe lo calificarían como brillante. Era doctor médico a los veintidós años, un reputado cirujano cardíaco y un pionero de renombre en el desarrollo de la cirugía a corazón abierto.

La mayoría de las personas reconocerían su sabiduría y buen juicio: nueve décadas de aprendizaje sobre la vida y la muerte, viviendo altruistamente, amando y enseñando a los hijos de Dios en todos los rincones de la tierra, y madurar con las experiencias que aportan tener diez hijos, cincuenta y siete nietos y ciento dieciocho bisnietos (este último número aumenta con bastante frecuencia; un bisnieto nació este miércoles pasado).

President Russell M. Nelson with new great-grandson

Los que le conocen bien dirían que el presidente Nelson ha afrontado las dificultades de la vida con fe y valentía. Cuando el cáncer le arrebató la vida a su hija de treinta y siete años, Emily, dejando detrás de ella a un esposo amoroso y cinco niños pequeños, le escuché decir: “Yo era su padre, era médico y era Apóstol del Señor Jesucristo, pero tuve que inclinar mi cabeza y aceptar: ‘No se haga mi voluntad, sino la tuya’”4.

Un atalaya en la torre

Aunque admiramos todas estas nobles cualidades, ¿por qué seguimos al presidente Nelson? ¿Por qué seguimos al Salvador? Porque el Señor Jesucristo lo ha llamado y lo ha designado como Su atalaya en la torre.

Carcassonne, France

Carcasona es una imponente ciudad amurallada de Francia que se ha conservado desde la época medieval. Altas torres se yerguen desde sus murallas protegidas, construidas para atalayas que permanecían en aquellas torres día y noche, con la atención fija en la distancia para avistar al enemigo. Cuando los atalayas veían acercarse a un enemigo, su voz de advertencia protegía a la población de Carcasona del peligro inminente que no podían ver.

Un profeta es un atalaya en la torre y nos protege de los peligros espirituales que quizá no veamos.

El Señor le dijo a Ezequiel: “A ti, pues, oh hijo de hombre, te he puesto como atalaya de la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte”5.

Con frecuencia hablamos de la necesidad que tenemos de seguir al profeta, pero consideremos esa pesada carga que el Señor coloca sobre Su profeta: “Si tú no hablas para advertir al malvado… [y] ese malvado [muere] por su iniquidad… su sangre yo la demandaré de tu mano”6.

Un mayor testimonio personal

Apoyamos al presidente Nelson como habríamos apoyado a Pedro o a Moisés si hubiéramos vivido en sus días. Dios le dijo a Moisés: “Ahora pues, ve, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que has de decir”7. Escuchamos al profeta del Señor con la fe que sus palabras son “como si vinieran de [la] propia boca [del Señor]”8.

¿Es esto una fe ciega? No, no lo es. Todos tenemos un testimonio espiritual de la veracidad de la Restauración del evangelio de Jesucristo. Por nuestra propia voluntad y elección, levantamos la mano esta mañana, declarando nuestro deseo de sostener al profeta del Señor mediante nuestra “confianza, fe y oraciones”9 y seguir su consejo. Tenemos el privilegio como Santos de los Últimos Días de recibir un testimonio personal de que el llamado del presidente Nelson viene de Dios. Aunque mi esposa, Kathy, conoce al presidente Nelson personalmente desde hace casi treinta años y no tiene ninguna duda sobre su manto divino, tras su apartamiento ella comenzó a leer todos sus discursos de Conferencia General de los últimos treinta y cuatro años, orando para recibir una certeza aún más profunda de su cargo como profeta. Les prometo que este testimonio acrecentado les llegará a medida que lo busquen humilde y dignamente.

¿Por qué estamos tan dispuestos a seguir la voz de nuestro profeta? Para aquellos que buscan diligentemente la vida eterna, la voz del profeta brinda seguridad espiritual en tiempos muy turbulentos.

Vivimos en un planeta con clamores de un millón de voces. Internet, nuestros teléfonos inteligentes, nuestras cajas de entretenimiento tan recargadas, todo ello reclama nuestra atención y arroja su influencia sobre nosotros, con la esperanza de que compremos sus productos y adoptemos sus normas.

El aparentemente interminable despliegue de información y opinión nos recuerda las advertencias de las Escrituras de ser “llevados por doquiera”10, “[movidos] por el viento”11, y vencidos por la “estratagema” de aquellos que “emplean con astucia las artimañas del error”12.

Para anclar nuestra alma al Señor Jesucristo se requiere que escuchemos a aquellos a quienes Él envía. El seguir al profeta en un mundo en conmoción es como estar envueltos en una manta cálida y reconfortante en un día gélido.

Vivimos en un mundo de razón, debate, discusión, lógica y explicaciones. El cuestionar “¿por qué?” es positivo en muchísimos aspectos de nuestra vida, ya que permite que el poder de nuestro intelecto oriente una multitud de elecciones y decisiones que afrontamos cada día.

No obstante, la voz del Señor suele llegar sin explicaciones13. Mucho antes de que el mundo académico estudiara las repercusiones de la infidelidad en cónyuges e hijos llenos de confianza, el Señor declaró: “No cometerás adulterio”14. Más allá de contar solo con el intelecto, atesoramos el don del Espíritu Santo.

No se sorprendan

Noé predica

Aunque articulada con bondad, la voz del profeta con frecuencia será una voz que nos pedirá que cambiemos, que nos arrepintamos y que regresemos al Señor. Cuando se requiere corrección, no la demoremos; y no se alarmen cuando la voz de advertencia del profeta vaya en contra de las opiniones populares del momento. Las burlonas bolas de fuego de los irritados incrédulos siempre son lanzadas en el momento que el profeta comienza a hablar. A medida que sean humildes en seguir el consejo del profeta del Señor, les prometo una bendición adicional de seguridad y paz.

No se sorprendan si en ocasiones sus perspectivas personales no están inicialmente en armonía total con las enseñanzas del profeta del Señor. Estos son momentos de aprendizaje, de humildad, en los que nos arrodillamos en oración. Caminamos hacia delante con fe, sabiendo que con el tiempo recibiremos más claridad espiritual de nuestro Padre Celestial. Un profeta describió el don incomparable del Salvador como “la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”15. El sometimiento de nuestra voluntad a la de Dios es, de hecho, no un sometimiento, sino el comienzo de una victoria gloriosa.

Samuel el Lamanita profetiza

Algunos procurarán diseccionar en extremo las palabras del profeta, devanándose por determinar cuál es su voz profética y cuál es su opinión personal.

En 1982, dos años antes de ser llamado como Autoridad General, el hermano Russell M. Nelson dijo: “Nunca me pregunto: ‘¿Cuándo habla como profeta y cuándo no?’. Lo que me ha interesado es: ‘¿cómo puedo parecerme más a él?’”. A esto agregó: “Mi [filosofía consiste en] dejar de colocar signos de interrogación tras las declaraciones del profeta y más bien poner signos de exclamación”16. Esta es la manera en que un hombre humilde y espiritual eligió ordenar su vida. Ahora, treinta y seis años después, es el profeta del Señor.

Aumentar la fe en el Salvador.

En mi vida personal, he comprobado que a medida que estudio en oración las palabras del profeta de Dios y meticulosamente, con paciencia, alineo espiritualmente mi voluntad con sus enseñanzas inspiradas, mi fe en el Señor Jesucristo siempre aumenta.17 Si decidimos dejar de lado su consejo y determinamos que nuestro criterio es más acertado, nuestra fe queda mermada y nuestra perspectiva eterna se nubla. Les prometo que, en tanto permanezcan resueltos a seguir al profeta, su fe en el Salvador aumentará.

El Salvador dijo: “Todos los profetas… han testificado de mí”18.

Un profeta no se interpone entre ustedes y el Salvador; más bien, permanece a su lado y señala el camino hacia el Salvador. La mayor responsabilidad y el mayor don de un profeta para nosotros es su testimonio firme, su conocimiento certero, de que Jesús es el Cristo. Como Pedro en la antigüedad, nuestro profeta declara: “[Él es] el Cristo, el Hijo del Dios viviente”19.

En un día futuro, cuando reflexionemos sobre nuestra vida mortal anterior, nos regocijaremos de haber caminado por la tierra en la misma época que un profeta viviente. En aquel día, ruego que podamos decir:

Le escuchamos.
Le creímos.
Estudiamos sus palabras con paciencia y fe.
Oramos por él.
Le defendimos.
Fuimos lo suficientemente humildes para seguirle.
Le amamos.

Les doy mi solemne testimonio de que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor, y de que el presidente Russell M. Nelson es Su profeta ungido en la tierra. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Jeremías 1:5.
  2. Véase 2 Nefi 2:8.
  3. Mateo 10:40.
  4. Recuerdo personal; véase también Spencer J. Condie, Russell M. Nelson: Father, Surgeon, Apostle(2003), 235.
  5. Ezequiel 33:7.
  6. Ezequiel 33:8.
  7. Éxodo 4:12.
  8. Doctrina y Convenios 21:5.
  9. Doctrina y Convenios 107:22.
  10. Efesios 4:14.
  11. Santiago 1:6.
  12. Efesios 4:14.
  13. El presidente Dallin H. Oaks una vez dijo: “En una entrevista en 1988… expliqué mi actitud sobre los intentos de proporcionar razones mortales a la revelación divina: “‘Si leen las Escrituras considerando la pregunta: “¿Por qué el Señor mandó esto? o ¿Por qué mandó aquello?”, hallarán que el motivo se da en menos de uno entre cien mandamientos. Dar las razones no es el modelo del Señor. Nosotros [los mortales] podemos idear razones para las revelaciones; podemos conjeturar motivos para los mandamientos. Cuando lo hacemos, lo hacemos por nuestra propia cuenta. Algunas personas alegaron motivos para la [revelación]…y, al final, resultaron estar espectacularmente equivocadas. Hay una lección en ello… Yo resolví hace mucho tiempo que tenía fe en el mandamiento y que no tenía fe en las razones que se habían sugerido para este’… Todo el conjunto de razones [dadas] me parecieron asumir un riesgo innecesario… No cometamos el error que se ha cometido en el pasado… de tratar de alegar razones para la revelación. Los motivos terminan siendo, en gran medida, ideados por los hombres. Las revelaciones son lo que sostenemos como la voluntad del Señor, y ahí es donde yace la seguridad’” (Life’s Lessons Learned [2011], 68–69).
  14. Éxodo 20:14.
  15. Mosíah 15:7.
  16. Véase Russell M. Nelson, en Lane Johnson, “El Dr. Russell M. Nelson: Ejemplo de obediencia”, Liahona, abril de 1983, pág. 26.
  17. El presidente Henry B. Eyring dijo: “Otra falacia es creer que la elección de aceptar o no el consejo de los Profetas no es más que decidir entre aceptar el buen consejo y ser beneficiados por ello, o quedarnos donde estamos. Pero la elección de no aceptarlo sacude el mismo suelo que pisamos; este se torna más peligroso. El no seguir el consejo profético disminuye nuestro poder de aceptarlo en el futuro. El mejor momento para haberse decidido a ayudar a Noé a construir el arca fue la primera vez que él lo pidió; después, cada vez que él pedía ayuda, toda respuesta negativa disminuía la sensibilidad al Espíritu. Y así, cada vez que solicitaba ayuda, su petición parecía más insensata, hasta que descendió la lluvia; y luego era demasiado tarde” (“Finding Safety in Counsel,” Ensign,May 1997, 25).
  18. 3 Nefi 20:24.
  19. Mateo 16:16; véase también Juan 6:69.

 

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Hasta setenta veces siete

Conferencia General Abril 2018

Hasta setenta veces siete

Por el élder Lynn G Robbins
De la Presidencia de los Setenta

En una vida llena de obstáculos e imperfección, todos agradecemos las segundas oportunidades.

Los errores forman parte de la vida. Es prácticamente imposible aprender a tocar el piano con destreza sin cometer miles de errores, aun millones de ellos. Para aprender un idioma extranjero, uno debe sufrir la vergüenza de cometer miles de errores, puede que hasta un millón. Ni siquiera los mejores atletas del mundo dejan de cometer errores.

Se ha dicho que “el éxito no consiste en la ausencia del fracaso, sino en ir de fracaso en fracaso sin eliminar el entusiasmo”1.

Cuando Thomas Edison inventó la bombilla, supuestamente dijo: “No fracasé mil veces. La bombilla fue un invento en mil pasos”2. Charles F. Kettering llamaba a los fracasos “las señales hacia el camino del éxito”3. Con suerte, cada error que cometemos se convierte en una lección de sabiduría, transformando los obstáculos en peldaños.

La fe inquebrantable de Nefi le ayudó a ir de fracaso en fracaso hasta conseguir por fin las planchas de bronce. Moisés lo intentó diez veces antes de que finalmente lograra huir de Egipto con los israelitas.

Podríamos preguntarnos, si tanto Nefi como Moisés estaban en la obra del Señor, ¿por qué no intervino Él ni les ayudó a lograr el éxito en el primer intento? ¿Por qué les permitió que tropezaran y fracasaran, y que a nosotros nos pase lo mismo, en nuestros intentos por tener éxito? Entre las muchas respuestas importantes a esta pregunta, aquí hay algunas:

  • Primero, el Señor sabe que “todas estas cosas [nos] servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien”4.
  • Segundo, para permitirnos “[probar] lo amargo para saber apreciar lo bueno”5.
  • Tercero, para demostrar que “de Jehová es la batalla”6, y que solo por Su gracia podemos llevar a cabo Su obra y llegar a ser como Él7.
  • Cuarto, para ayudarnos a desarrollar y pulir numerosos atributos cristianos que no se pueden refinar sino por medio de la oposicióny “en el horno de la aflicción”9.

De modo que, en una vida llena de obstáculos e imperfección, todos agradecemos las segundas oportunidades.

En 1970, como estudiante de primer año en BYU, me inscribí en un curso básico sobre los fundamentos de la física impartido por Jae Ballif, un destacado profesor. Al final de cada unidad del curso nos hacía un examen. Si un alumno obtenía una C (una nota suficiente) para aprobar y deseaba mejorarla, el profesor Ballif le permitía tomar un examen modificado que abarcaba el mismo material. Si el alumno o la alumna mejoraba su calificación en el segundo intento, pero seguía sin estar conforme, podía tomar el examen una tercera vez, y una cuarta, etcétera. Al darme tantas segundas oportunidades, él me ayudó a sobresalir y al final obtener una A (una nota sobresaliente) en su clase.

Professor Jae Ballif

Era un profesor extraordinariamente sabio que inspiraba a sus alumnos a seguir intentándolo, a tomarse el fracaso como un maestro, no como una tragedia, y a no temer al fracaso sino a aprender de él.

Hace poco llamé a este gran hombre, cuarenta y siete años después de haber tomado su curso de física. Le pregunté por qué estuvo dispuesto a permitir que los alumnos hicieran intentos ilimitados para mejorar sus calificaciones. Su respuesta: “Quería estar del mismo lado de los alumnos”.

Si bien nos sentimos agradecidos por las segundas oportunidades después de nuestros errores, o fracasos intelectuales, asombro nos da la gracia del Salvador al darnos segundas oportunidades para vencer el pecado, o los fracasos del alma.

Nadie está más de nuestro lado que el Salvador. Él nos permite tomar y seguir tomando Sus exámenes. Llegar a ser como Él requerirá incontables segundas oportunidades en nuestras luchas diarias contra el hombre natural, como controlar los apetitos, aprender la paciencia y el perdón, vencer la pereza y evitar los pecados de omisión, solo para mencionar algunos. Si errar es humano, ¿cuántas veces fracasaremos hasta que nuestra naturaleza deje de ser humana y sea divina? ¿Miles? Muy probablemente un millón.

Sabiendo que el sendero estrecho y angosto estaría lleno de pruebas y que los fracasos serían una constante diaria en nuestra vida, el Salvador pagó un precio infinito a fin de darnos tantas oportunidades como fueran necesarias para superar con éxito nuestra prueba terrenal. La oposición que Él permite a menudo puede parecer insuperable y casi imposible de soportar, pero no nos deja sin esperanza.

Para mantener nuestra esperanza resiliente en medio de las pruebas de la vida, la gracia del Señor siempre está lista y presente. Su gracia es “un medio divino de ayuda y fortaleza… un poder habilitador que permite que los hombres y las mujeres alcancen la vida eterna y la exaltación después de haber realizado su máximo esfuerzo”10. Su gracia y Su amoroso ojo están sobre nosotros durante todo el recorrido a medida que nos inspira, aligera nuestras cargas, nos fortalece, alivia, protege, sana y de otros modos “[socorre] a los de su pueblo”, aun cuando tropecemos por el sendero estrecho y angosto11.

El arrepentimiento es un don de Dios siempre a nuestro alcance que nos permite y nos habilita para ir de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo. El arrepentimiento no es Su plan B por si fallamos. El arrepentimiento es Su plan. Este es el Evangelio de arrepentimiento y, como señaló el presidente Russell M. Nelson, será “un curso de estudio para toda la vida”12.

En este curso de estudio para toda la vida, la Santa Cena es la manera que el Señor ha dispuesto para proporcionar un acceso continuo a Su perdón. Si participamos con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, Él nos provee cada semana el perdón mientras avanzamos de fracaso en fracaso a lo largo del sendero del convenio. Porque “no obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos”13.

Pero ¿cuántas veces nos perdonará Él? ¿Cuán vasta es Su longanimidad? En una ocasión, Pedro preguntó al Salvador: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”14.

Peter and Jesus

Al parecer, Pedro pensaba que siete era un número lo suficientemente alto para hacer hincapié en la insensatez de perdonar tantas veces, y que la benevolencia debía tener sus límites. En respuesta, el Salvador básicamente le dijo a Pedro que no contase siquiera; que no pusiera límites al perdón.

“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”15.

Obviamente el Salvador no estaba fijando un tope de 490 veces. Eso habría sido lo mismo que decir que participar de la Santa Cena tiene un límite de 490 veces, y en la 491 un auditor celestial intercede y dice: “Lo siento mucho, pero su carta de arrepentimiento ha expirado; de ahora en adelante usted está solo”.

El Señor usó el cálculo de setenta veces siete como metáfora de Su expiación infinita, Su amor inagotable y Su gracia sin límites. “Sí, y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí”16.

Eso no significa que la Santa Cena se convierta en una licencia para pecar. Esa es una razón por la que el Señor incluyó esta frase en el libro de Moroni: “Mas cuantas veces se arrepentían y pedían perdón, con verdadera intención, se les perdonaba”17.

La verdadera intención implica verdadero esfuerzo y un cambio real. “Cambio” es la palabra principal que la Guía para el Estudio de las Escrituras utiliza para definir arrepentimiento: “Un cambio que se efectúa en el corazón y en el modo de pensar, lo cual significa adoptar una nueva actitud en cuanto a Dios, en cuanto a uno mismo y en cuanto a la vida en general”18. Esa clase de cambio conduce al progreso espiritual. Así pues, nuestro éxito no consiste en ir de fracaso en fracaso, sino en progresar de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo.

En cuanto al cambio, consideren este sencillo pensamiento: “Las cosas que no cambian permanecen igual”. Esta verdad evidente no pretende ofender su inteligencia, pero es la profunda sabiduría del presidente Boyd K. Packer, que luego añadió: “… y cuando hemos acabado de cambiar, estamos acabados”19.

Debido a que no queremos estar acabados hasta que lleguemos a ser como nuestro Salvador,20 debemos seguir levantándonos cada vez que caemos, con el deseo de seguir creciendo y progresando a pesar de nuestras debilidades. En nuestra debilidad, Él nos asegura: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”21.

Solo mediante la fotografía secuencial o las gráficas de crecimiento podemos percatarnos de nuestro crecimiento físico. Nuestro crecimiento espiritual suele ser igualmente imperceptible si no es a través de las lentes retrospectivas del tiempo. Sería prudente hacer a menudo una introspección a través de esas lentes para reconocer nuestro progreso e inspirarnos a “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza”22.

Estoy eternamente agradecido por la amorosa bondad, la paciencia y longanimidad de Padres Celestiales y del Salvador, que nos dan innumerables segundas oportunidades en nuestro viaje de regreso a Su presencia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Esta cita se ha atribuido a diferentes autores, entre ellos Abraham Lincoln y Winston Churchill.
  2. Thomas Edison, en Zorian Rotenberg, “To Succeed, You Must Fail, and Fail More,” Nov. 13, 2013, insightsquared.com.
  3. Charles F. Kettering, en Thomas Alvin Boyd, Charles F. Kettering: A Biography(1957), 40. Esta cita también ha sido atribuida a C. S. Lewis.
  4. Doctrina y Convenios 122:7. Incluso el Salvador “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Aunque estos pasajes de las Escrituras se refieren a la tribulación y el sufrimiento por causa de nuestro entorno y condiciones desfavorables, los errores que cometemos son también para nuestro bien si aprendemos de ellos.
  5. Moisés 6:55.
  6. 1 Samuel 17:47; véase también 1 Nefi 3:29.
  7. VéaseJacob 4:7.
  8. Véase2 Nefi 2:11.
  9. Isaías 48:101 Nefi 20:10.
  10. Véase Bible Dictionary (en inglés), “Grace”; cursiva agregada.
  11. Alma 7:12.
  12. Russell M. Nelson, en Dallin H. Oaks y Neil L. Andersen, “Arrepentimiento” (discurso pronunciado en un seminario para nuevos presidentes de misión, 26 de junio de 2015), pág. 11.
  13. Doctrina y Convenios 101:9.
  14. Mateo 18:21.
  15. Mateo 18:22.
  16. Mosíah 26:30; cursiva agregada.
  17. Moroni 6:8; cursiva agregada.
  18. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Arrepentimiento, arrepentirse”, scriptures.lds.org.
  19. Boyd K. Packer, conferencia de la Estaca Kingsland, Georgia, agosto de 1997.
  20. Véase 3 Nefi 27:27.
  21. 2 Corintios 12:9; véase también Éter 12:27.
  22. 2 Nefi 31:20.

 

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El corazón de un Profeta

Conferencia General Abril 2018

El corazón de un Profeta

Por el élder Gary E. Stevenson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Podemos regocijarnos en que el profeta del Señor ha entrado en funciones y que la obra del Señor se esté haciendo de la forma que Él ha prescrito divinamente.

He orado con fervor pidiendo que el Espíritu Santo esté hoy con cada uno de nosotros en esta ocasión celestial. Lo que hemos presenciado juntos ha sido admirable: el 17.º profeta de esta dispensación ha sido sostenido en Asamblea solemne.

Mientras procuraba recibir guía para conocer el tema que el Señor quería que yo abordara hoy, recordé una conversación reciente con un miembro de la nueva Primera Presidencia. En esa conversación, uno de los consejeros expresó estas palabras: “Albergo la profunda esperanza de que los miembros de la Iglesia puedan comprender la magnitud de lo sucedido al haber sido llamado un nuevo profeta, el presidente Russell M. Nelson, y la importancia y santidad de la Asamblea solemne que se llevará a cabo en la conferencia general”. Agregó: “Han pasado 10 años y muchos, en especial los jóvenes de la Iglesia, no lo recuerdan ni lo han experimentado antes”.

Presidente David O. McKay

Esto me llevó a reflexionar en las experiencias que yo he tenido. El primer profeta que recuerdo es el presidente David O. McKay. Yo tenía 14 años cuando él falleció. Recuerdo el sentimiento de pérdida que acompañó a su muerte, las lágrimas en los ojos de mi madre y la pena que sintió toda mi familia. Recuerdo cómo las palabras “Por favor, bendice al presidente David O. McKay” salían tan naturalmente de mis labios en mis oraciones que, si yo no estaba atento, aun después de su muerte, me encontraba utilizando esas mismas palabras. Me preguntaba si mi corazón y mi mente podrían albergar el mismo sentimiento y la misma convicción por los profetas que vendrían después de él. Pero, casi como los padres que aman a cada uno de sus hijos, yo llegué a sentir amor, conexión y testimonio por el presidente Joseph Fielding Smith, quien sucedió al presidente McKay, y por cada profeta que vino después: Harold B. Lee, Spencer W. Kimball, Ezra Taft Benson, Howard W. Hunter, Gordon B. Hinckley, Thomas S. Monson y, actualmente, por el presidente Russell M. Nelson. He sostenido a cada profeta con todo mi ser, con la mano y el corazón en alto.

Cada vez que fallece uno de nuestros amados profetas, es natural experimentar tristeza y una sensación de pérdida. Mas la tristeza es mitigada por el gozo y la esperanza que recibimos al experimentar una de las grandes bendiciones de la Restauración: el llamamiento y sostenimiento de un nuevo profeta viviente sobre la tierra.

Por tal motivo, hablaré acerca de este proceso divino que se ha seguido en los últimos 90 días. Lo dividiré en cuatro segmentos: primero, la muerte de nuestro profeta y la disolución de la Primera Presidencia; segundo, el período de tiempo de espera para la reorganización de la Primera Presidencia; tercero, el llamamiento del nuevo profeta; y cuarto, el sostenimiento de un nuevo profeta y de la Primera Presidencia en Asamblea solemne.

La muerte de un Profeta

President Thomas S. Monson’s funeral

El 2 de enero de 2018, nuestro querido profeta, Thomas S. Monson, pasó al otro lado del velo. Él tendrá para siempre un lugar en nuestros corazones. El presidente Henry B. Eyring expresó unas palabras, al fallecer el presidente Monson, que describen perfectamente nuestros sentimientos: “El sello distintivo de su vida, al igual que el del Salvador, será su interés individual en tender una mano a los pobres, a los enfermos y a todas las personas del mundo”1.

El presidente Spencer W. Kimball explicó:

“Así como una estrella desaparece en el horizonte, otra aparece en escena, y la muerte engendra la vida.

“La obra del Señor es ilimitada. Aun cuando fallezca un poderoso líder, ni siquiera por un instante queda la Iglesia sin dirección, gracias a la benévola Providencia que dio a Su reino continuidad y perpetuidad. Tal como ya ha sucedido… antes en esta dispensación, un pueblo cierra una tumba reverentemente, se seca las lágrimas y vuelve la cara hacia el futuro”2.

El interregno apostólico

Al período de tiempo entre la muerte del profeta y la reorganización de la Primera Presidencia se le llama “interregno apostólico”. Durante ese tiempo, el Cuórum de los Doce, bajo la dirección del Presidente del Cuórum, poseen colectivamente las llaves para administrar el liderazgo de la Iglesia. El presidente Joseph F. Smith enseñó: “Siempre hay alguien a la cabeza de la Iglesia; y si la Presidencia de la Iglesia deja de existir por muerte u otra causa, entonces siguen los Doce Apóstoles como cabeza de la Iglesia hasta que nuevamente se organice una presidencia”3.

El Cuórum de los Doce Apóstoles

El interregno apostólico más reciente comenzó con el fallecimiento del presidente Monson, el 2 de enero de 2018, y finalizó doce días después, el domingo, 14 de enero. Ese día de reposo, por la mañana, el Cuórum de los Doce se reunió en la sala superior del Templo de Salt Lake en espíritu de ayuno y oración, bajo la dirección del presidente Russell M. Nelson, el Apóstol de mayor antigüedad y Presidente del Cuórum de los Doce.

Llamamiento de un nuevo Profeta

En esa sagrada y memorable reunión, siguiendo un precedente bien establecido en unidad y con unanimidad, estas Autoridades Generales se sentaron por antigüedad en 13 asientos en semicírculo, y levantaron la mano para sostener, en primer lugar, la organización de la Primera Presidencia y, después, para sostener al presidente Russell Marion Nelson como el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Después del sostenimiento, el Cuórum de los Doce nos juntamos en círculo y pusimos las manos sobre la cabeza del presidente Nelson para ordenarlo y apartarlo, con el siguiente Apóstol de mayor antigüedad actuando como portavoz.

Luego, el presidente Nelson nombró a sus consejeros: al presidente Dallin Harris Oaks y al presidente Henry Bennion Eyring, con el presidente Oaks como Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles y el presidente Melvin Russell Ballard como Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles. Tras los votos de sostenimiento correspondientes, el presidente Nelson apartó a cada uno de estos hermanos en sus respectivos cargos. Esa fue una experiencia profundamente sagrada con una abundante manifestación del Espíritu. Les ofrezco mi testimonio absoluto de que la voluntad del Señor, por la que habíamos orado fervientemente, se manifestó poderosamente en las actividades y acontecimientos que ocurrieron ese día.

La Primera Presidencia

Con la ordenación del presidente Nelson y la reorganización de la Primera Presidencia, finalizó el interregno apostólico y la nueva Primera Presidencia comenzó a operar sin que hubiera habido siquiera un segundo de interrupción en el gobierno del Reino del Señor sobre la tierra.

La Asamblea solemne

Esta mañana se ha culminado este proceso divino en conformidad con el mandato descrito en Doctrina y Convenios: “Porque es preciso que todas las cosas se hagan con orden y de común acuerdo en la iglesia, por la oración de fe”y “tres Sumos Sacerdotes Presidentes… sostenidos por la confianza, fe y oraciones de la iglesia, forman un cuórum de la Presidencia de la Iglesia”5.

El élder David B. Haight describió una ocasión previa de este acontecimiento en el que hemos participado hoy:

“Hoy somos testigos y partícipes de un suceso sumamente sagrado: una asamblea solemne para tratar asuntos celestiales. Como ocurría en la antigüedad, los santos en todas partes del mundo han hecho mucho ayuno y oración para recibir en abundancia el Espíritu del Señor, que se ha sentido muy fuertemente…en esta ocasión.

“Una asamblea solemne, tal como el nombre lo indica, es una ocasión sagrada, seria y reverente en que los santos se reúnen bajo la dirección de la Primera Presidencia”6.

Hermanos y hermanas, podemos regocijarnos —aun exclamar “¡Hosanna!”— porque el portavoz del Señor, un profeta de Dios, ha entrado en funciones y porque el Señor está complacido de que Su obra se esté haciendo en la forma que Él ha prescrito divinamente.

El presidente Russell M. Nelson

Este proceso divinamente ordenado conduce a tener otro profeta divinamente llamado. Al igual que el presidente Monson fue uno de los más grandes que han habitado la tierra, así lo es también el presidente Nelson. El Señor lo ha preparado extensamente y le ha instruido específicamente para liderarnos en esta época de la historia del mundo. Es una gran bendición para nosotros tener ahora al querido presidente Russell M. Nelson como nuestro amoroso y devoto Profeta, el Presidente de la Iglesia número 17 en esta, la última dispensación.

Presidente RussellM. Nelson

El presidente Nelson es verdaderamente un hombre extraordinario. He tenido el privilegio de servir en el Cuórum de los Doce, siendo él mi Presidente de Cuórum, por algo más de dos años. He viajado con él y me maravilla su energía. ¡Uno tiene que ir muy rápido para seguirle el paso! En su vida ha visitado, en total, 133 países.

Extiende la mano a todos, tanto a jóvenes como a mayores. Parece que conoce a todos y tiene la particular habilidad de recordar los nombres. Todo el que le conoce se siente como su mejor amigo. Y así es con cada uno de nosotros, debido al amor y la preocupación sinceros que siente por todas las personas.

Aunque mi relación principal con el presidente Nelson ha sido en funciones eclesiásticas, también me he llegado a familiarizar con la vida profesional que el presidente Nelson tuvo antes de ser llamado como Autoridad General. Como muchos de ustedes saben, el presidente Nelson era un reconocido cirujano del corazón desde los primeros años de su carrera; fue un desarrollador pionero de la máquina cardiopulmonar. Él formó parte del equipo de investigación que apoyó la primera operación a corazón abierto en un ser humano, en 1951, valiéndose de un baipás cardiopulmonar. El presidente Nelson realizó una operación de corazón al presidente Spencer W. Kimball poco antes de que el presidente Kimball llegara a ser el Profeta.

President Nelson as a surgeon

Resulta interesante ver que, aunque el llamado del presidente Nelson al Cuórum de los Doce hace 34 años dio fin a su carrera médica profesional de fortalecer y reparar corazones, eso dio comienzo a su ministerio como Apóstol, dedicado a fortalecer y reparar corazones de incontables decenas de miles de personas de todo el mundo, que se vieron elevadas y sanadas mediante sus palabras de sabiduría y actos de servicio y amor.

Un corazón cristiano

Cuando me imagino un corazón cristiano en acción día tras día, veo al presidente Nelson. No he conocido a nadie que ejemplifique esa característica a un mayor nivel que él. Ha sido extraordinariamente instructivo para mí poder observar de primera mano las manifestaciones del corazón cristiano del presidente Nelson.

Unas semanas después de mi llamamiento a los Doce, en octubre de 2015, tuve la oportunidad de poder contemplar lo que fue la vida profesional del presidente Nelson antes de ser llamado a los Doce en 1984. Se me invitó a asistir a un evento en el que se le distinguía como pionero en la cardiocirugía. Al ingresar en el recinto, quedé atónito al ver la gran cantidad de profesionales allí presentes para honrar y reconocer la labor que el presidente Nelson había realizado como médico y cirujano muchos años antes.

Esa noche, muchos profesionales intervinieron y expresaron su respeto y admiración por la destacada contribución que el presidente Nelson había ofrecido a su especialidad médica. Aunque cada orador esa noche describió admirablemente los diversos logros del presidente Nelson, me impactó aun más una conversación que entablé con un hombre que estaba sentado junto a mí. Él no sabía quién era yo, pero había conocido al presidente Nelson como el Dr. Nelson, cuando era director del programa de residencia de cirugía torácica de la Facultad de Medicina, en 1955.

Él había sido alumno del presidente Nelson, y compartió conmigo muchos recuerdos. Para mí, lo más interesante fue la descripción del estilo de enseñanza del presidente Nelson que, como dijo, le había aportado una gran notoriedad. Él me explicó que una buena parte de la instrucción a los residentes de cardiocirugía se llevaba a cabo en las salas de operaciones. Allí, los residentes observaban y realizaban cirugías bajo supervisión docente como si fuera un laboratorio y salón de clases. Me comentó que, con ciertos cirujanos de la facultad, el ambiente en la sala de operaciones era caótico, competitivo, con mucha presión y egocentrismo. Él lo describió como un ambiente difícil y, a veces, incluso denigrante. Por ello, los cirujanos residentes sentían con frecuencia que sus carreras pendían de un hilo.

Entonces, me explicó el ambiente singular que había en la sala de operaciones del presidente Nelson. Todo era pacífico, tranquilo y digno. Se trataba con respeto a los médicos residentes. Sin embargo, después de que el Dr. Nelson demostraba un procedimiento, esperaba el más alto nivel de desempeño de cada uno de los residentes. Este hombre continuó explicándome que los mejores resultados en los pacientes y los mejores cirujanos salieron de la sala de operaciones del Dr. Nelson.

Eso no me sorprendió en absoluto. Es lo que he observado de cerca y que me ha bendecido grandemente en el Cuórum de los Doce. Siento que he sido, en cierto modo, uno de sus “residentes en formación”.

El presidente Nelson tiene una manera única de enseñar y de corregir de forma positiva, respetuosa e inspiradora. Él es la personificación de un corazón cristiano y un ejemplo para todos nosotros. De él aprendemos que en cualquier circunstancia en que nos encontremos, nuestra conducta y nuestro corazón pueden estar a tono con los principios del evangelio de Jesucristo.

Tenemos ahora la bendición de sostener a nuestro profeta, el presidente Russell M. Nelson. En el curso de su vida, él ha magnificado las muchas funciones que ha desempeñado, como estudiante, padre, profesor, esposo, doctor, líder del sacerdocio, abuelo y Apóstol. Él cumplió con sus funciones en el pasado, y lo continúa haciendo así, con el corazón de un Profeta.

Hermanos y hermanas, lo que hemos presenciado y en lo que hemos participado hoy, una Asamblea solemne, confirma mi testimonio de que el presidente Russell M. Nelson es el portavoz viviente del Señor para toda la humanidad. Añado también mi testimonio de Dios el Padre, de Jesucristo, y de Su papel como nuestro Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Henry B. Eyring, en Marianne Holman Prescott, “Apostles Share Thoughts about President Thomas S. Monson on Social Media”, sección de noticias de la Iglesia en LDS.org, 12 de enero de 2018, news.lds.org.
  2. Spencer W. Kimball, en Conference Report, abril de 1970, pág.118.
  3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, 2000, págs. 239–240.
  4. Doctrina y Convenios 28:13.
  5. Doctrina y Convenios 107:22.
  6. Véase David B. Haight, “Las asambleas solemnes”, Liahona, enero de 1995, pág. 16.

 

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De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros

Conferencia General Abril 2018

De la manera que Cristo os perdonó,
así también hacedlo vosotros

Por el Élder Larry J. Echo Hawk
De los Setenta

Todos podemos recibir paz inimaginable y asociarnos con nuestro Salvador al aprender a perdonar libremente a las personas que nos han ofendido.

“Y el primer día de la semana, muy de mañana, ellas fueron al sepulcro, llevando las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas.

“Y hallaron removida la piedra del sepulcro.

“Y, al entrar, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

“Y aconteció que, estando ellas perplejas por esto, he aquí se pusieron de pie junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes;

“y como ellas tuvieron temor e inclinaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

“No está aquí, sino que ha resucitado”1.

Mañana, domingo de Pascua de Resurrección, recordaremos de una manera especial lo que Jesucristo ha hecho por nosotros: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”2. Finalmente, seremos resucitados igual que Él, para vivir por siempre.

Por medio del milagro de la sagrada expiación de Jesucristo, también podemos recibir el don del perdón de nuestros pecados y faltas si aceptamos la oportunidad y responsabilidad del arrepentimiento. Y al recibir ordenanzas necesarias, guardar los convenios y obedecer los mandamientos, podemos obtener la vida eterna y la exaltación.

Hoy me gustaría concentrarme en el perdón, un don esencial y valioso que nos ofrece nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo.

En una noche de diciembre en 1982, mi esposa, Terry, y yo nos despertamos por una llamada que recibimos en nuestro hogar en Pocatello, Idaho. Cuando contesté el teléfono, solo escuché un llanto. Por fin, la voz débil de mi hermana dijo: “Tommy está muerto”.

Un conductor ebrio de 20 años de edad, manejando a más de 135km (85 millas) por hora, negligentemente no se detuvo en una luz roja en un barrio residencial en Denver, Colorado. Se estrello de forma violenta contra el auto que manejaba mi hermano menor, Tommy, matándolo al instante a él y su esposa, Joan. Regresaban a casa a su pequeña hija después de una fiesta de Navidad.

De inmediato, mi esposa y yo viajamos a Denver y nos dirigimos a la funeraria. Nos reunimos con mis padres y hermanos y lamentamos la pérdida de nuestros queridos Tommy y Joan. Los habíamos perdido debido a un acto criminal sin sentido. Nuestros corazones estaban destrozados y comencé a sentir enojo contra el joven delincuente.

Tommy había servido como abogado en el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y estaba en camino para ser un firme defensor de la protección de las tierras y recursos naturales de los indígenas norteamericanos en los siguientes años.

Después de un tiempo, se llevó a cabo en un tribunal una audiencia para dictar la condena del joven responsable de homicidio vehicular. Aún con tristeza y pesar, mis padres y mi hermana mayor, Katy, fueron a la audiencia. Los padres del conductor ebrio también estaban allí, y una vez que terminó la audiencia, se sentaron en una banca y lloraron. Sentados cerca estaban mis padres y mi hermana intentando lograr control sobre sus propias emociones. Después de un momento, mis padres y mi hermana se pusieron de pie y se dirigieron hacia los padres del conductor y les ofrecieron palabras de consuelo y perdón. Los hombres se saludaron; las mujeres se tomaron de las manos; hubo un profundo pesar, lágrimas derramadas por todos y el reconocimiento de que ambas familias habían sufrido inmensamente. Mamá, papá y Katy fueron un ejemplo con su tranquila fortaleza y le demostraron a nuestra familia lo que es el perdón.

Ese ofrecimiento de perdón en esos momentos causó que mi propio corazón se ablandara y abrió el paso a la sanación. Con el tiempo aprendí a tener un fuerte deseo de perdonar. Solo con la ayuda del Príncipe de paz pude aliviar mi dolorosa carga. Mi corazón siempre extrañará a Tommy y a Joan, pero el perdón me permite recordarlos con una alegría sin restricciones. Y sé que volveremos a estar juntos como familia.

No sugiero que toleremos la conducta ilegal. Entendemos completamente que a las personas se les tiene que hacer responsables por sus actos criminales y delitos civiles. Sin embargo, también sabemos que, como hijos e hijas de Dios, seguimos las enseñanzas de Jesucristo. Debemos perdonar aun cuando parezca que los demás no se merecen nuestro perdón.

El Salvador enseñó:

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.

“Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”3.

Todos podemos recibir paz inimaginable y asociarnos con nuestro Salvador al aprender a perdonar libremente a las personas que nos han ofendido. Esta asociación invita al poder del Salvador en nuestras vidas de una manera certera e inolvidable.

El apóstol Pablo aconsejó:

“Vestíos, pues, como escogidos de Dios… de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;

“Soportándoos los unos a los otros, y perdonándoos los unos a los otros… : de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros4.

El Señor mismo declaró:

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”5.

Las enseñanzas de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo, son claras, el pecador debe estar dispuesto a perdonar a otros, si es que él mismo espera obtener perdón6.

Hermanos y hermanas, ¿hay personas en nuestras vidas que nos han lastimado? ¿Guardamos sentimientos de resentimiento y enojo que parecen ser justificados? ¿Permitimos que el orgullo nos impida perdonar y seguir adelante? Insto a todos nosotros a perdonar completamente y permitir que la sanación ocurra desde el interior. Y aun si el perdón no llega hoy, tengan en cuenta que si lo deseamos y trabajamos por obtenerlo, vendrá— así como al final llegó para mí después de la muerte de mi hermano.

Y por favor recuerden que un elemento esencial del perdón es perdonarnos a nosotros mismos.

“… Quien se ha arrepentido de sus pecados” dijo el Señor, “es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más”7.

Ruego que todos nosotros en este día recordemos y sigamos el ejemplo de Jesucristo. En la cruz en el Gólgota, en Su angustia, Él pronunció estas palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”8.

Cuando estamos dispuestos a perdonar y lo hacemos, como hicieron mis padres y mi hermana mayor, podemos recibir la promesa del Salvador: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”9.

Testifico que esta paz llegará a nuestras vidas a medida que obedezcamos las enseñanzas de Jesucristo y sigamos su ejemplo al perdonar a los demás. A medida que perdonemos, les prometo que el Salvador nos fortalecerá, y Su poder y alegría fluirá en nuestras vidas.

El sepulcro está vacío. ¡Cristo vive! Lo conozco. Lo amo. Estoy agradecido por Su gracia, la cual es el poder fortalecedor que es suficiente para sanar todas las cosas. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Refencias:

  1. Lucas 24:1-6.
  2. Juan 3:16.
  3. Mateo 6:14-15.
  4. Colosenses 3:12–13; cursiva agregada.
  5. Doctrina y Convenios 64:9-10.
  6. Véase James E. Talmage, Artículos de Fe, decimosegunda edición (1980), pág. 46.
  7. Doctrina y Convenios 58:42.
  8. Lucas 23:34.
  9. Juan 14:27.

 

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¿Soy un hijo de Dios?

Conferencia General Abril 2018

¿Soy un hijo de Dios?

Por el élder Brian K. Taylor
De los Setenta

¿Cómo puede cada uno de nosotros sentir el poder de comprender nuestra identidad divina? Comienza al procurar conocer a Dios, nuestro Padre.

Hace poco, fui a la iglesia, con mi dulce madre, en nuestra antigua capilla hecha de piedras. Atraído por las voces de los pequeños que provenían del mismo salón de la Primaria al que asistía hace décadas, entré por el fondo del salón y observé a las afectuosas líderes enseñando el lema del año: “Soy un hijo de Dios”1. Sonreí al pensar en las maestras pacientes y amorosas que, durante el tiempo de música en aquel entonces, con frecuencia me miraban —ese niño revoltoso al final del banco— como si se preguntaran: “Es realmente un hijo de Dios? ¿Y quién lo envió aquí?”2

Invito a cada uno de nosotros a que abramos el corazón al Espíritu Santo que “da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”3.

Las palabras del presidente Boyd K. Packer son claras y preciadas: “Ustedes… son hijos de Dios; Él es el padre de su espíritu. Espiritualmente son de noble cuna, la estirpe del Rey de los Cielos. Grábense esta verdad en la memoria y aférrense a ella. No importa cuántas generaciones de antepasados tengan, sea cual sea la raza o el pueblo que representen, el linaje de su espíritu se puede escribir en una sola línea: ¡Son hijos de Dios!”4.

“Cuando… vean a su Padre”, dijo Brigham Young, “verán a un ser que han conocido desde hace mucho; Él los recibirá entre Sus brazos y ustedes estarán listos para recibir su abrazo y besarlo…5.

La gran guerra sobre la identidad divina

Moisés supo de su legado divino cuando habló cara a cara con el Señor. Después de esa experiencia, “Satanás vino para tentarlo” con la intención sutil, pero vil, de distorsionar la identidad de Moisés “diciendo: Moisés, hijo de hombre, adórame. Y… Moisés miró a Satanás, y le dijo: ¿Quién eres tú? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios6.

Esa gran guerra sobre nuestra identidad divina arrasa con furor a medida que el arsenal cada vez mayor de Satanás trata de destruir nuestra creencia y conocimiento sobre nuestra relación con Dios. Afortunadamente, hemos sido bendecidos con una visión y un entendimiento claros de nuestra verdadera identidad desde el principio: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”7, y los profetas vivientes proclaman: “Cada [ser humano] es un amado hijo o hija procreado en espíritu por Padres Celestiales y, también como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”8.

El llegar a saber estas verdades “con certeza”9 nos ayuda a sobrellevar las tribulaciones, dificultades y aflicciones de todo tipo10. Cuando se le preguntó: “¿Cómo podemos ayudar a quienes están luchando con [un desafío personal]?”, un Apóstol del Señor instruyó: “Enséñenles su identidad y su propósito”11.

“El conocimiento más transcendental que poseo”

Estas poderosas verdades le cambiaron la vida a mi amiga Jen12 que, cuando era joven, causó un grave accidente automovilístico. Aunque su trauma físico era grave, sintió un dolor desgarrador porque la conductora del otro auto había fallecido. “Alguien perdió a su madre, y fue mi culpa”, dijo. Jen, que solo unos días antes se había puesto de pie y recitado: “Somos hijas de un Padre Celestial que nos ama”,13 ahora se preguntaba: “¿Cómo puede amarme a ?”.

“El sufrimiento físico pasó”, dijo, “pero pensé que nunca sanaría de las heridas emocionales y espirituales”.

A fin de sobrevivir, Jen ocultó sus sentimientos profundamente y se volvió distante y apática. Después de un año, cuando finalmente pudo hablar del accidente, un inspirado consejero la invitó a que escribiera la frase “soy una hija Dios” y que la repitiera diez veces al día.

“Escribir las palabras fue fácil”, recuerda, “pero no podía decirlas… Eso lo hacía real, y yo en verdad no creía que Dios me deseaba como hija. Me acurrucaba y lloraba”.

Después de varios meses, Jen finalmente pudo repetirlas todos los días. “Derramé mi alma entera”, dice ella, “suplicando a Dios… Entonces comencé a creer las palabras”. Esa convicción permitió que el Salvador comenzara a curar su corazón herido. El Libro de Mormón le proporcionó el consuelo y valor proveniente de Su expiación14.

“Cristo sintió mis dolores, mis pesares, mi culpa”, concluyó Jen. “Sentí el amor puro de Dios y ¡nunca había sentido algo tan poderoso! ¡Saber que soy una hija de Dios es el conocimiento más transcendental que poseo!”.

Procurar conocer a Dios, nuestro Padre

Hermanos y hermanas, ¿cómo puede cada uno de nosotros sentir el poder de comprender nuestra identidad divina? Comienza al procurar conocer a Dios, nuestro Padre15. El presidente Russell M. Nelson testificó: “Algo portentoso sucede cuando un hijo de Dios procura saber más acerca de Él y de Su Hijo amado”16.

Aprender acerca del Salvador y seguirlo nos ayuda a llegar a conocer al Padre. Siendo… “la imagen misma de su [Padre]”17, Jesús enseñó: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre 18. Toda palabra y hecho de Cristo revelan la verdadera naturaleza de Dios y de nuestra relación con Él19. El élder Jeffrey R. Holland enseñó: “… con sangre que le brotaba de cada poro y un clamor angustioso en Sus labios, Cristo buscó al que siempre había buscado: Su Padre. ‘Abba’, exclamó, ‘Papá’”20.

Así como Jesús buscó sinceramente a Su Padre en Getsemaní, también el joven José Smith, en 1820, buscó en oración a Dios en la Arboleda Sagrada. Después de leer “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios”21, José se retiró para orar.

“… me arrodillé”, escribió él, “y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón.

“… vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza”.

“… vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado:¡Escúchalo!22.

Si seguimos los ejemplos del Salvador y del profeta José, al buscar sinceramente a Dios, llegaremos a comprender de una manera muy real, al igual que Jen, que nuestro Padre nos conoce por nombre y que somos Sus hijos.

A las madres, especialmente a las madres jóvenes, quienes con frecuencia se sienten abrumadas y “bajo el agua”, mientras tratan de criar una “generación resistente al pecado”23: nunca subestimen su papel fundamental en el plan de Dios. En los momentos de estrés —tal vez cuando están corriendo detrás de los pequeños y el olor a quemado que viene de la cocina les indica que la cena que prepararon es ahora un holocausto—, sepan que Dios santifica sus días más difíciles24. “No temas, porque yo estoy contigo”25, Él asegura con calma. Las honramos porque cumplen con la expectativa de la hermana Joy D. Jones, quien dijo: “Nuestros niños merecen entender su identidad divina”26.

Invito a todos nosotros a buscar a Dios y a Su Amado Hijo. “En ningún lugar”, dijo el presidente Nelson, “se enseñan esas verdades de manera más clara y poderosa que en el Libro de Mormón”27. Abran sus páginas y aprendan que Dios hace “todas las cosas para el bienestar y felicidad de su pueblo”28, que Él es “misericordioso y lleno de gracia, tardo en airarse, sufrido y lleno de bondad”29 y que “todos son iguales ante [Él]”30. Cuando se sientan heridos, perdidos, temerosos, enojados, tristes, hambrientos o totalmente abandonados en las circunstancias extremas de la vida31, abran el Libro de Mormón y llegarán a saber que “Dios nunca nos abandonará. Nunca lo ha hecho, y nunca lo hará. No puede hacerlo. No es parte de Su carácter [el hacerlo]”32.

Llegar a conocer a nuestro Padre cambia todo, en especial el corazón, a medida que Su dulce Espíritu nos confirma nuestra verdadera identidad y el gran valor que tenemos ante su vista33. Dios camina junto a nosotros a lo largo del camino del convenio cuando lo buscamos mediante súplicas en oración, al escudriñar las Escrituras y esforzarnos por ser obedientes.

La excelencia del carácter de Dios — Mi testimonio

Amo al Dios de mis padres34, “El Señor Dios Todopoderoso”35, quien llora con nosotros en nuestras aflicciones, corrige pacientemente nuestra falta de rectitud y se regocija cuando “[abandonamos] todos [nuestros] pecados para [conocerle]”36. Lo adoro, a Él, que es el “padre de [los] húerfanos”37 y compañero de quienes están solos. Con agradecimiento testifico que he llegado a conocer a Dios, mi Padre, y doy testimonio de la perfección, los atributos y la “excelencia de Su carácter”38.

Que cada uno de nosotros pueda verdaderamente comprender y apreciar nuestra “gran herencia”39 como hijos de Dios al llegar a conocerlo a Él, “el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien [Él ha] enviado40, es mi ferviente oración.

Referencias

  1. Véase Bosquejo del Tiempo para compartir 2018: Soy un hijo de Diosorg/manual/primary.
  2. Véase “Soy un hijo de Dios”, Himnos, 196.
  3. Romanos 8:16
  4. Boyd K. Packer, “A los jóvenes”, Liahona, julio de 1989, pág.67.
  5. Brigham Young, “Discourse”, Deseret News,1 de octubre de 1856, pág. 235.
  6. Moisés 1:12–13; cursiva agregada.
  7. Génesis 1:26.
  8. La Familia: Una Proclamación para el Mundo”,Liahona, mayo de 2017, pág. 145.
  9. José Smith dijo: “El primer principio del Evangelio es conocer con certeza el carácter de Dios” (del sermón de King Follett, 7 de abril de 1844; en History of the Church,tomo VI, pág. 305).
  10. Véase Alma 36:3, 27.
  11. Russell M. Nelson, en Tad R. Callister, “Nuestra identidad y nuestro destino” (Devocional de la Universidad Brigham Young, 14 de agosto de 2012), speeches.byu.edu.
  12. Se ha cambiado el nombre.
  13. El lema de las Mujeres Jóvenes”, El progreso Personal para las Mujeres Jóvenes,2009, librito, pág. 3.
  14. Véanse 2 Nefi 26–9Mosíah 2–514–16Alma 73439–42Helamán 143 Nefi 11Moroni 7.
  15. El profeta José Smith enseñó: “Si los hombres no comprenden la naturaleza de Dios, no se comprenden a sí mismos”. (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith2007, págs. 51–52).
  16. Russell M. Nelson, “El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él?”,Liahona, noviembre de 2017, pág. 61.
  17. Hebreos 1:3.
  18. Juan 5:19
  19. Véase Jeffrey R. Holland, “La grandiosidad de Dios”,Liahona, noviembre de 2003, pág.70.
  20. Jeffrey R. Holland, “Las manos de los padres”, Liahona, julio de 1999, pág. 19.
  21. Santiago 1:5.
  22. José Smith—Historia 1:15–17.
  23. Russell M. Nelson, “Una súplica a mis hermanas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 97.
  24. Véase “Qué firmes cimientos”, Himnos,Nº 40.
  25. Isaías 41:10.
  26. Joy D. Jones, en Marianne Holman Prescott, “2018 Primary Theme ‘I Am a Child of God’ Teaches Children Their Divine Identity,” Sección de noticias de la Iglesia en LDS.org, 5 de enero de 2018, lds.org/news [solo en inglés].
  27. Russell M. Nelson, “El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él?” pág. 61.
  28. Helamán 12:2; véase también 2 Nefi 26:24.
  29. Lectures on Faith, 1985, pág. 42.
  30. 2 Nefi 26:33.
  31. Me encanta la conmovedora historia del anciano pionero que, después de su experiencia cruzando las llanuras, testificó: “Sufrimos más de lo que se pueden imaginar, y muchos murieron a causa del frío y del hambre, pero, ¿han escuchado alguna vez a un sobreviviente de esa compañía pronunciar una sola palabra de crítica? Ni uno solo de esa compañía apostató ni dejó la Iglesia, porque todos salimos adelante con el conocimiento absoluto de que Dios vive; pues en nuestras adversidades llegamos a conocer a Dios”(en David O. McKay, “Pioneer Women,” Relief Society Magazine,enero de 1948, pág. 8).
  32. George Q. Cannon, “Remarks,” Deseret Evening News, 7 de marzo de 1891, pág. 4.
  33. Véase Doctrina y Convenios 18:10.
  34. Véase Hechos 5:3022:14; “Oh, Santo Dios, omnipotente ser” Himnos, 34.
  35. Moisés 1:3; véase Apocalipsis 15:321:22–233 Nefi 4:32Doctrina y Convenios 109:77121:4.
  36. Alma 22:18.
  37. Salmos 68:5; véase también Santiago 1:27.
  38. Lectures on Faith, 1985, pág. 42.
  39. “A vencer”, Himnos, nro. 167.
  40. Juan 17:3.

 

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Los preciosos dones de Dios

Conferencia General Abril 2018

Los preciosos dones de Dios

Por el presidente M. Russell Ballard
Presidente en funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles

La vida puede estar llena de fe, gozo, felicidad, esperanza y amor cuando ejercemos la mínima cantidad de fe verdadera en Cristo.

Hermanos y hermanas, acabamos de participar en una asamblea solemne, una práctica que puede remontarse a la Biblia, cuando el antiguo Israel se congregaba para sentir la presencia del Señor y celebrar Sus bendiciones1. Tenemos el privilegio de vivir en una época en la que esta práctica antigua ha sido restaurada por medio del profeta José Smith2. Les insto a escribir en su diario personal lo que sintieron sobre esta ocasión sumamente sagrada en la que han participado.

Recientemente despedimos a nuestro querido amigo y profeta, el presidente Thomas S. Monson. A pesar de que todos lo extrañamos, estamos profundamente agradecidos porque el Señor ha llamado a un nuevo profeta, el presidente Russell M. Nelson, para que presida Su Iglesia. De una manera ordenada, ahora hemos comenzado un nuevo capítulo en la historia de nuestra Iglesia. Este es un don precioso de Dios.

Cuando todos nosotros sostuvimos al presidente Nelson con la mano en alto, fuimos testigos ante Dios y reconocimos que él es el legítimo sucesor del presidente Monson. Al alzar la mano, prometimos escuchar su voz según él reciba la guía del Señor.

El Señor ha dicho:

“Daréis oído [refiriéndose al Presidente de la Iglesia] a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba…

“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca”3.

Conozco a nuestro nuevo profeta y presidente desde hace más de 60 años. He servido con él en el Cuórum de los Doce durante 33 años y soy testigo de que la mano del Señor lo ha estado preparando para llegar a ser nuestro apóstol presidente y profeta a fin de administrar todas las llaves del Santo Sacerdocio en la Tierra. Ruego que cada uno de nosotros lo sostenga completamente a él y a sus consejeros, y siga su dirección. También les damos una afectuosa bienvenida al élder Gong y al élder Soares como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Después de la resurrección de Jesús, un acontecimiento que celebramos este glorioso fin de semana de Pascua, Él se apareció a Sus discípulos y dijo: “¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío”: Como me envió el Padre, así también yo os envío4. Noten que hay una acción de dos partes: Dios envía a Su Hijo; el Hijo envía a Sus siervos —hombres y mujeres mortales— para que lleven a cabo la obra de Ellos.

No nos debe sorprender el descubrir que aquellos que son llamados a hacer la obra del Señor no son humanamente perfectos. Hay relatos de las Escrituras que describen incidentes sobre hombres y mujeres que fueron llamados por Dios para realizar una gran obra —buenos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial llamados a servir en sus asignaciones en la Iglesia, que se esforzaron por dar lo mejor de sí y, sin embargo, ninguno de ellos era aún perfecto. Lo mismo sucede con nosotros hoy en día.

Dada la realidad de nuestras debilidades y limitaciones humanas, ¿cómo seguimos adelante en nuestra tarea de apoyarnos y sostenernos el uno al otro? Comienza con la fe: una fe verdadera y sincera en el Señor Jesucristo. La fe en el Salvador es el primer principio de la doctrina y el Evangelio de Cristo.

Hace varios años visité la Tierra Santa. Mientras pasábamos por una planta de mostaza, el director del Centro de BYU en Jerusalén me preguntó si alguna vez había visto un grano de mostaza. Le respondí que no, así que nos detuvimos. Me mostró los granos de la planta de mostaza; eran sorprendentemente pequeños.

Recordé las enseñanzas de Jesús: “… porque de cierto os digo que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”5.

Si tenemos una fe tan pequeña como un grano de mostaza, el Señor puede ayudarnos a mover las montañas del desaliento y la duda en las tareas que nos aguardan a medida que servimos con los hijos de Dios, entre ellos los miembros de nuestra familia, los miembros de la Iglesia y aquellos que aún no son miembros de ella.

Hermanos y hermanas, la vida puede estar llena de fe, gozo, felicidad, esperanza y amor cuando ejercemos la mínima cantidad de fe verdadera en Cristo, aun un grano de mostaza de fe.

El élder George A. Smith recordó un consejo que le dio el profeta José Smith: “Me dijo que no debía desalentarme nunca, fueran cuales fueran las dificultades que me rodearan; que si estaba hundido en el pozo más profundo de Nueva Escocia, con todas las Montañas Rocosas apiladas encima, no debía desalentarme sino sobrellevarlo, ejercer la fe y mantener el valor, y al final saldría a la cima”6.

Debemos recordar la declaración de Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”7, y saber que este es otro don precioso de Dios.

Además de los dones que he mencionado, existen muchos, muchos más. Menciono ahora solo unos pocos: El don del día de reposo, la Santa Cena, el servicio a los demás y el don inigualable de nuestro Salvador que Dios nos dio.

El poder del día de reposo es experimentar en la Iglesia y en el hogar la delicia, el gozo y el calor de sentir el Espíritu del Señor sin ningún tipo de distracción.

Demasiadas personas casi viven en línea con sus dispositivos inteligentes: las pantallas iluminan su rostro día y noche y los auriculares en los oídos bloquean la voz suave y apacible del Espíritu. Si no apartamos tiempo para desconectarnos, podríamos perder oportunidades de escuchar la voz de Aquel que dijo: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”8. Ahora bien, no hay nada de malo en aprovechar los avances de las tecnologías inspiradas por el Señor, pero debemos ser prudentes al utilizarlas. Recuerden el don del día de reposo.

La bendición de recibir la Santa Cena en la reunión sacramental nunca debe convertirse en rutina o simplemente algo que hacemos. Tan solo son 70 minutos en toda una semana en los que podemos hacer una pausa y hallar más paz, gozo y felicidad en nuestra vida.

Tomar la Santa Cena y renovar nuestros convenios es una señal que le damos al Señor de que siempre nos acordamos de Él. Su expiación es un don misericordioso de Dios.

El privilegio de prestar servicio a los hijos del Padre Celestial es otra oportunidad de seguir el ejemplo de Su Hijo Amado sirviéndonos unos a otros.

Algunas oportunidades de servicio son formales: en nuestra familia, nuestros llamamientos de la Iglesia y nuestra participación en organizaciones de servicio comunitario.

Los miembros de la Iglesia —tanto hombres como mujeres— no deberían dudar, si es su deseo, en postularse como candidatos a cargos públicos en cualquier nivel del gobierno, donde sea que vivan. Nuestras voces son esenciales e importantes hoy en día en nuestras escuelas, en nuestras ciudades y en nuestros países. Donde existe la democracia, tenemos el deber, como miembros, de votar por hombres y mujeres honorables que estén dispuestos a servir.

Muchas oportunidades de prestar servicio son informales —sin una asignación— y se presentan cuando tendemos la mano a otras personas que conocemos en el trayecto de la vida. Recuerden que Jesús le enseñó al intérprete de la ley que debemos amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, utilizando al Buen Samaritano como ejemplo9.

El servicio nos da la oportunidad de comprender la vida y el ministerio de Cristo. Él vino para servir, como enseñan las Escrituras, “así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”10.

Posiblemente Pedro ha ofrecido la mejor descripción del ministerio terrenal del Salvador en tres palabras cuando se refirió a Jesús, quien “anduvo haciendo bienes”11.

El Señor Jesucristo es el don más preciado de todos los dones de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”12.

Nefi captó la importancia de nuestro Salvador cuando declaró: “… hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”13. Debemos hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida en todo momento y en todo lugar.

Debemos recordar que es Su nombre el que aparece en nuestros lugares de adoración; somos bautizados en Su nombre y somos confirmados, ordenados, investidos y sellados en matrimonio en Su nombre. Tomamos la Santa Cena y prometemos tomar Su nombre sobre nosotros, y llegar a ser verdaderos cristianos. Por último, en la oración sacramental se nos pide “recordarle siempre”14.

Al prepararnos para mañana, domingo de Pascua de Resurrección, recordemos que Cristo es supremo. Él es el Juez justo, nuestro fiel Intercesor, nuestro bendito Redentor, el Buen Pastor, el Mesías prometido, un Amigo verdadero y mucho, mucho más. Ciertamente Él es un don muy preciado de nuestro Padre para nosotros.

En nuestro discipulado, tenemos muchas exigencias, preocupaciones y asignaciones. Sin embargo, algunas actividades siempre deben ocupar el centro de nuestra membresía en la Iglesia. “De manera que”, manda el Señor, “ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas”15.

¡Esa es la Iglesia en acción! ¡Esa es la religión pura! ¡Ese es el Evangelio en el sentido verdadero: cuando socorremos, levantamos y fortalecemos a quienes tienen necesidades espirituales y temporales! Para hacerlo, se necesita que los visitemos y ayudemos16 a fin de que su testimonio de fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación se arraigue en sus corazones.

Ruego que el Señor nos ayude y bendiga para que atesoremos nuestros muchos y preciados dones de Dios, incluyendo nuestra membresía en Su Iglesia restaurada. Ruego que estemos llenos de amor por los hijos del Padre Celestial y que podamos ver sus necesidades y estemos dispuestos a responder sus preguntas y preocupaciones acerca del Evangelio de forma clara y amable, lo cual aumentará la comprensión y el aprecio del uno para con el otro.

Testifico que Jesucristo es nuestro Salvador. Lo que se nos enseñará en esta conferencia general lo recibiremos por la inspiración de apóstoles y profetas, de Autoridades Generales y hermanas líderes que son Oficiales Generales de la Iglesia. Que el gozo y la paz del Señor permanezcan con cada uno, es mi humilde oración en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Encyclopedia of Mormonism, 1992, “Solemn Assemblies”, tomo 3, págs. 1390–1391.
  2. Véase Doctrina y Convenios 88:70.
  3. Doctrina y Convenios 21:4–5.
  4. Juan 20:21; cursiva agregada.
  5. Mateo 17:20.
  6. George A. Smith, en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith2007, pág. 275.
  7. Filipenses 4:13.
  8. Salmos 46:10.
  9. Véase Lucas 10:25–37.
  10. Mateo 20:28.
  11. Hechos 10:38.
  12. Juan 14:6.
  13. 2 Nefi 25:26.
  14. Doctrina y Convenios 20:77, 79.
  15. Doctrina y Convenios 81:5; cursiva agregada.
  16. Véase Santiago 1:27.

 

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El nido vacío

El nido vacío


Por Ardeth G. Kapp
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes
Liahona Agosto 1989

Me gustaría expresar mi testimonio y la perspectiva que he adquirido de mi experiencia personal a aquellos que no han sido bendecidos con hijos

Mi esposo y yo no tenemos hijos. Nuestras bendiciones al respecto se han postergado, pero no me interpreten mal, aun así cons­tituimos una familia. Esta fue establecida por la autoridad de Dios en el preciso momento en que nos hin­camos ante el altar del templo. Los hijos son una extensión y una expansión de la unidad familiar. Cuando un hombre y una mujer se unen en matrimo­nio, automáticamente pasan a formar un núcleo fa­miliar, que permanece siendo tal aun cuando, en forma temporaria, no tengan hijos.

Aclaro esto porque sé que hay muchas parejas que sufren el dolor de no tener hijos. Por eso, a todos aquellos que no han tenido esa bendición, me gusta­ría expresarles mi testimonio y hacerles saber la pers­pectiva que he adquirido de mi experiencia personal con respecto a nuestro problema en particular. Dado que esas experiencias son de carácter muy personal, muy rara vez he hablado de ellas fuera de las paredes de nuestro hogar.

¿Multiplicaos y henchid la tierra?

Mi esposo y yo comprendemos algunas de las frus­traciones y sabemos bien lo mucho que se sufre en esa situación. Recuerdo los altibajos emocionales por los que pasábamos todos los meses, incluso durante las reuniones de ayuno y testimonios cuando oíamos a otros contar que habían pedido con fe y habían tenido la bendición de tener hijos. Sabemos lo que es regresar a casa y poner la mesa con tan sólo dos platos, teniendo siempre presente el convenio matri­monial de multiplicar y henchir la tierra y el deseo desesperado de ser dignos de tener ese honor. Uno no puede expresar los sentimientos a su cónyuge, y mucho menos a los miembros de la familia y a los amigos.

Año tras año, muchas parejas padecen el sufri­miento y la preocupación de no tener hijos, hasta que, finalmente, llegan a decir: “Está mi alma has­tiada de mi vida” (Job 10:1), creyendo que si no son padres, no pueden cumplir la medida de su creación. Y si no pueden cumplir la medida de su creación, muy bien se pueden decir para sus adentros, ¡Nada me importa ya!

Nunca olvidaré el día en que un niño que recien­temente se había mudado a la vecindad llamó a la puerta de nuestra casa y me preguntó si mis hijos podían salir a jugar con él. Le expliqué, al igual que a otros jóvenes y adultos cientos de veces, que noso­tros no teníamos hijos. El pequeño me miró de sos­layo, con sorpresa y con una mirada llena de curiosi­dad, y me hizo la pregunta que yo nunca me había atrevido a hacerme: “Si usted no es madre, entonces, ¿qué es?

Y entonces llegó el día en que mi esposo, todavía joven, fue llamado para ser obispo, lo que me llevó al convencimiento de que si no teníamos hijos no era porque no fuéramos dignos. Hay personas que no pueden comprender algo así. Un buen hermano del barrio que tenía el deseo de recibir ese llamamiento se dirigió a él, en privado, y casi con enojo le dijo: “¿Qué derecho tiene usted de ser obispo, y qué sabe usted acerca de ayudar a una familia? ¡Jamás espere que ni yo ni mi familia le pidamos nada!” Con el tiempo, mi esposo les ayudó durante una crisis muy difícil, lo que nos dio la oportunidad de entablar con ellos un lazo de amor imperecedero.

No me cabe la menor duda de que ustedes, parejas sin hijos, también han tenido experiencias similares; y si no las han tenido, estoy segura de que las ten­drán. Deben recordar que es así como nos despoja­mos del dolor y el resentimiento y, con fe en Dios, superamos esa etapa. Pero si ahora sufren y se sienten humillados, quiero que sepan que los entiendo per­fectamente.

¿Qué podemos hacer para superar las frustraciones de la vida? Primero, debemos aceptar el hecho de que esta vida no tiene el objeto de que estemos libres de dificultades. En realidad, es por medio de las ad­versidades que tenemos la oportunidad de cumplir con el verdadero propósito de esta vida. Las dolorosas pruebas de esta etapa mortal son lo que nos con­sumirá o nos refinará. Seguir leyendo

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Lloremos con los Santos

Lloremos con los Santos


por el obispo Glenn L. Pace
Segundo Consejero del Obispado Presidente
Liahona Abril 1989

Basado en un discurso dado en la Universidad Brigham Young, Provo, Utah.

Hace algunos años escuché un canto popular que decía: “Pre­fiero reír con los pecadores que llorar con los santos”. Mi reacción in­mediata al escuchar esas palabras fue la de enfadarme, pero al día siguiente, cuan­do volví a escuchar la canción, me reí de mí mismo al comprender por qué esas palabras me habían enfadado tanto. El he­cho era que había mucha verdad en ellas.

Cuando yo estaba en la escuela pri­maria, mis padres me hacían ir a la Igle­sia los domingos, mientras otros niños se iban al cine. En los primeros años de la secundaria, mientras otros muchachos dormían hasta las doce del medio­día, yo recogía las ofrendas de ayuno. Cuando co­mencé a trabajar, mientras terminaba mis estudios se­cundarios, yo no lo hacía los días domingos, que pag­aban mucho más, sino que guardaba el día de reposo. Durante mi misión, mi compañero y yo recorríamos las calles los sábados por la noche, buscando a quién enseñar, mientras otros jóvenes de nuestra edad se paseaban, tomados de la mano con sus novias, y se reían y nos miraban, extrañados, preguntándose: “¿Quiénes son esos?”

De recién casados, mi esposa y yo asistíamos a la Iglesia los domingos con nuestros inquietos niños. El domingo en que en los Estados Unidos de Nor­teamérica se jugaba —y aún se juega— el partido de fútbol americano más importante del año, mientras el resto del país comía, bebía y vitoreaba a los juga­dores, nosotros tratábamos de alentar a nuestros hijos a escuchar las palabras de un miembro del sumo con­sejo de la estaca que visitaba el barrio. Otras veces, al detenernos en un semáforo en nuestro viejo y des­tartalado auto, advertíamos a nuestro lado un auto último modelo, ocupado por una pareja con una “aceptable” cantidad de niños vestidos a la última moda, quienes veían con lástima a mis seis hijos por ir vesti­dos con ropa sencilla que comprábamos en una tienda de segunda mano.

Pero el año pasado me sentí suma­mente frustrado cuando al asistir a un concierto de música popular de la Uni­versidad Brigham Young, al que mis hi­jos me habían invitado, el cantante anunció la canción que mencioné anteriormente y dijo: “No trato de con­vertir a nadie; simplemente les estoy dando una alternativa”. Mi deseo hu­biera sido subir al escenario, arrebatarle el micrófono y decirles a todos lo que opinaba al res­pecto; pero eso hubiera horrorizado a mis hijos, por lo que me contuve.

La aseveración de “los pecadores ríen mientras los santos lloran” es una simple y sencilla manera de afrontar la vida, demasiado simple, tan simple que pasa por alto la realidad. Algunos pecadores dejan tras de sí un rastro de vidas desechas y mucho derramamiento de lágrimas, mientras que nosotros, los miembros de la Iglesia, no hay duda de que también reímos. De todas maneras, tanto para los santos como para los pecadores, todo aquello que tiene verdadero signifi­cado en la vida no necesariamente tiene que ser di­vertido. Sin embargo, ¿no hay momentos en que pa­rece que aquellos que no hacen ningún esfuerzo por vivir de acuerdo con las normas de la Iglesia disfrutan más de la vida que los que sí lo hacen?

Parecería que al ser miembros de la Iglesia nuestra vida estuviera controlada por mandamientos, expecta­tivas, servicio, sacrificio y obligaciones económicas.

En el mundo en cambio vemos gente que no tiene ninguna de esas llamadas restricciones. Gente que pasa en la casa con su familia mucho más que los lunes por la noche y que cuenta con un diez y un quince por ciento más de su dinero para gastar. Des­pués de que los miembros pagan sus obligaciones eco­nómicas a la Iglesia, no pueden darse el lujo de gastar en nada indebido.

Seamos honrados con nosotros mismos: los santos lloramos en verdad, y no poco. Pero no hay nada que valga la pena que se consiga fácilmente. La felicidad celestial que perseguimos no se alcanza sin esfuerzo. Seguir leyendo

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Conferencia General Abril 2018

 

Sesión del Sábado por la mañana 31 Marzo 2018
Los preciosos dones de Dios M. Russell Ballard
¿Soy un hijo de Dios?  Brian K. Taylor
De la manera que Cristo os perdonó,
así también hacedlo vosotros
Larry Echo Hawk
El corazón de un Profeta Gary E. Stevenson
Hasta setenta veces siete  Lynn G. Robbins
El profeta de Dios Neil L. Andersen
Sesión del Sábado por la tarde
Mansos y humildes de corazón David A. Dednar
Un día más Taylor G. Godoy
Mujeres Jóvenes en acción Bonnie L. Oscarson
Las ordenanzas de salvación nos darán una luz maravillosa Taniela B. Wakolo
La enseñanza en el hogar: Una responsabilidad sagrada y gozosa Devin G. Durrant
La obra del templo y de historia familiar:
Sellamiento y sanación
Dale G. Renlund
• Sesión General del Sacerdocio
Lo que todo poseedor del Sacerdocio Aarónico debe entender  Douglas D. Holmes
Comentarios de introducción Russell M. Nelson
El cuórum de élderes D. Todd Christofferson
¡Mirad! Reales huestes Ronald A. Rasband
El ministerio inspirado Henry B. Eyring
Los poderes del sacerdocio Dallin H. Oaks
Ministrar con el poder y la autoridad de Dios Russell M. Nelson
• Sesión del Domingo por la mañana
Tomen al Santo Espíritu por guía Larry Y. Wilson
Unánimes Reyna I. Aburto
El amor puro: La verdadera señal de todo verdadero discípulo de Jesucristo. Massimo De Feo
El que persevere hasta el fin será salvo Claudio D. Zivic
Su Espíritu con ustedes Henry B. Eyring
Cosas pequeñas y sencillas  Dallin H. Oaks
Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas Russell M. Nelson
Sesión del Domingo por la Tarde
Cristo ha resucitado  Gerrit W. Gong
Los profetas hablan por el poder del Santo Espíritu  Ulisses Soares
Ministrar Russell M. Nelson
“Estar con ellos y fortalecerlos” Jeffrey R. Holland
 Ministrar como lo hace el Salvador Jean B. Bingham
¡He aquí el hombre!  Dieter F. Uchtdorf
Lo importante son las personas Gérald Caussé
Prepárense para presentarse ante Dios Quentin L. Cook
Trabajemos hoy en la obra Russell M. Nelson
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El símbolo de Cristo

El símbolo de Cristo

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1989

Cuando se finaliza la construcción o la renovación de un templo, se acostumbra abrirlo al público unos días antes de la dedicación, y se invita a todos los presentes a una gira por el hermoso interior del edificio.

Recuerdo una de esas ocasiones, a la que asistie­ron casi un cuarto de millón de personas. Durante el primer día, entre los visitantes había cientos de clérigos pertenecientes a otras religiones que eran invitados de honor. Tuve entonces el privilegio de dirigirles la palabra y contestar las preguntas que pu­dieran tener, y, por supuesto, muchas fueron las preguntas formuladas. Entre ellas se encontraba la de un ministro protestante, quien dijo: “He visitado todo este edificio, un templo que lleva en su fa­chada el nombre de Jesucristo, sin haber podido en­contrar ninguna representación de la cruz, que es el símbolo del cristianismo. ¿Por qué es así?”

A esto respondí: “No quisiera ofender a ninguno de mis hermanos cristianos pero, para nosotros, la cruz es el símbolo del Cristo muerto, mientras que nuestro mensaje es una declaración del Cristo vi­viente”.

Mi interlocutor volvió a preguntar: “Si ustedes no utilizan la cruz, ¿cuál es entonces el símbolo de su religión?”

Contesté que la vida de nuestros miembros debe en realidad llegar a ser la única expresión significa­tiva de nuestra fe y, por lo tanto, el símbolo de nuestra adoración.

El nombre oficial de la Iglesia es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días; nosotros adoramos a Jesucristo como nuestro Señor y Salva­dor; la Biblia es nuestra Escritura; creemos que los profetas del Antiguo Testamento que predijeron la venida del Mesías hablaron bajo inspiración divina; nos gloriamos en los relatos de Mateo, Marcos, Lu­cas y Juan, que presentan los acontecimientos del nacimiento, ministerio, muerte y resurrección del Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne y, al igual que el antiguo apóstol Pablo, nosotros no nos avergonzamos “del evangelio [de Cristo], porque es poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16). Del mismo modo, al igual que Pedro, afirmamos que Jesús es el Cristo, el único nombre “bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Seguir leyendo

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¿Comprendemos realmente lo que es la Santa Cena del Señor?

¿Comprendemos realmente lo que es la Santa Cena del Señor?

por el élder David B. Haight
del Quórum de los Doce
Liahona Marzo 1989

En esta última dispensación, el Señor volvió a instituir esta ordenanza por medio del profeta José Smith.

Ultimamente he pensado mucho acerca del Salvador, de su expiación y de cuán eficaces son nuestras reuniones sacramentales. Cuando pensamos en las reuniones más sagradas de la Iglesia, la reunión sacramental descuella entre ellas. Sin embargo, he podido obser­var algunas actitudes que me preocupan: una apa­rente falta de preparación y, muchas veces, un sen­tido de irreverencia general que impide rendir una verdadera adoración al Señor.

He reflexionado mucho y me he preguntado:

¿Qué estamos haciendo como miembros de la Iglesia para recordar a nuestro Señor y Salvador, su sacrifi­cio y la deuda que le tenemos? En nuestros servicios de adoración, ¿estamos tomando el tiempo para me­ditar, reflexionar, actuar con reverencia, arrepentirnos y perdonar?

Cuando medito acerca de la memorable ocasión en que el Salvador instituyó el sacramento de la Santa Cena entre sus Apóstoles, siento una honda gratitud y me conmueve Su gran amor. No hay duda de que esa noche fue única y especial en la historia del mundo, la noche de la fiesta de Pascua, que conclu­yó con la expiación infinita del Hijo de Dios.

Se inició la fiesta con la cena de Pascua. Jesús hi­zo los preparativos para que esa comida se repartiera en “un gran aposento alto…” (Lucas 22:12). Con esa Pascua se cumpliría oficialmente la ley del sacri­ficio de animales.

Es muy significativo el hecho de que el Hijo de Dios comenzara su ministerio terrenal con una ordenanza: el bautismo, y terminara también su ministerio con otra ordenanza: la Santa Cena. Ambas son una re­presentación de su muerte, entierro y resurrección.

La institución de la Santa Cena

El relato más completo de la institución de la Santa Cena lo registró Nefi, el discípulo nefita, en el Libro de Mormón:

“Y cuando los discípulos hubieron llegado con pan y vino, tomó el pan y lo partió y lo bendijo; y dio a los discípulos y les mandó que comiesen.

“Y cuando hubieron comido y fueron llenos, mandó que dieran a la multitud.

“Y cuando la multitud comió y fue llena, dijo a los discípulos: He aquí, uno de vosotros será ordena­do; y a él daré poder para partir pan y bendecirlo y darlo a los de mi iglesia, a todos los que crean y se bauticen en mi nombre.

“Y siempre procuraréis hacer esto, tal como yo he hecho, así como he partido pan y lo he bendecido y os lo he dado.

“Y haréis esto en memoria de mi cuerpo que os he mostrado. Y será un testimonio al Padre de que siem­pre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros.

“Y sucedió que cuando hubo dicho estas palabras, mandó a sus discípulos que tomaran del vino de la copa y bebieran de él, y que dieran también a los de la multitud para que bebiesen. . .

“Y cuando los discípulos hubieron hecho esto, Je­sús les dijo: Benditos sois por esto que habéis hecho; porque esto cumple mis mandamientos, y esto testi­fica al Padre que estáis dispuestos a hacer lo que os he mandado.

“Y siempre haréis esto por todos los que se arre­pientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros,

para que podáis testificar al Padre de que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí ten­dréis mi Espíritu para que esté con vosotros.

“Y os doy el mandamiento de que hagáis estas co­sas. Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca.

“Pero aquellos que de entre vosotros hagan más o menos que esto, no están edificados sobre mi roca, si­no sobre un cimiento arenoso; y cuando caiga la llu­via, y vengan los torrentes, y soplen los vientos, y den contra ellos, caerán, y las puertas del infierno están ya abiertas para recibirlos.” (3 Nefi 18:3-8, 10-13.) Seguir leyendo

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