Comparemos Valores

Comparemos valores

por Paul H. Dunn
del Consejo de los Setenta
Liahona Enero 1965

Mis hermanos y hermanas, siento mi humildad y estoy agradecido por la oportunidad de pre­sentarme ante vosotros, sentir vuestro espíritu y go­zar del mensaje de nuestro Profeta viviente esta mañana. Hace muchos años que, como vosotros, he prestado oído a los consejos y la inspiración de estos hermanos sentados en el estrado, y particularmente a nuestro Profeta viviente, que nos han pedido que los sostengamos con nuestra fe y oraciones y han pedido a nuestro Padre Celestial que les concediera la orientación que necesitaban. Ahora reconozco la importancia de la fe y oraciones en este momento en que me dispongo a relatarles algunos de los senti­mientos íntimos relacionados con este gran Evan­gelio de Jesucristo. Me ha impresionado vivamente el mensaje de nuestro Profeta esta mañana, que nos comunicó los sentimientos más profundos de su cora­zón, adquiridos no solamente tras muchos años de experiencia sino también por medio de su conoci­miento y amor a la gente y su constante sintoniza­ción con el Dios viviente.

Cuando vemos a una persona que está de mal humor o indispuesta, solemos decir que “se levantó con el otro pie”. ¿Os han acusado de ello alguna vez? No hace mucho estuve a punto de pasar por uno de “esos días”. Sucedió, así:

Como a la medianoche recibí un llamado telefó­nico de uno de los maestros de nuestro programa del Instituto de Religión, que tenía yo a mi cargo, y por eso me llamaba para comunicarme que le iba a ser imposible enseñar su clase a la mañana siguiente por­que se encontraba enfermo. Quería saber si yo to­maría su lugar. Le dije que no se preocupara, que me haría cargo de su clase, aunque la perspectiva de preparar adecuadamente la lección con tan poca anticipación me dejó pensativo.

En cuanto corté la comunicación me dispuse a preparar la lección, y finalmente como a eso de las dos de la mañana, cuando ya no podía ver las pala­bras sobre la página, tuve que acostarme. Por demás sería decir lo cansado que me sentía y cuánto necesitaba dormir. Sin embargo, las probabilidades no eran muy halagadoras, en vista de que la clase empezaba a las siete de la mañana, y quedaba como a unos cuarenta y ocho kilómetros de donde vivía, todo lo cual quería decir que tendría que levantarme a las cinco de la mañana, y me daría cuando mucho tres horas de descanso.

Poco después de haberme acostado, y cuando es­taba casi dormido, mi hijita de cuatro años me hizo volver a la realidad insistiendo en que necesitaba un vaso de agua, pues simplemente no podía aguantar hasta la mañana. De modo que tras un gran es­fuerzo, me levanté, le traje el vaso de agua, y me volví a acostar, pero momentos después me despertó otra hija que había tenido una horrible pesadilla. Su llamado urgente me hizo levantar bruscamente, y con la prisa de acudir a su lado se me olvidó encender la luz del pasillo. Caminando a oscuras, repentina­mente paró mi marcha una puerta que había quedado a medio cerrar, pero unos segundos después y con una magulladura recién adquirida llegué al lado de mi hija y le prodigué algunos mimos para confortarla.

Una vez más me acomodé en el lecho tibio con la esperanza de que las pocas horas restantes me dieran un poco de paz y descanso, pero mi esposa, que se había despertado con todo aquel ruido, diestra y lentamente me hizo volver en mí para decirme que acababa de recordar que ella también necesitaba el automóvil a la mañana siguiente para un compromiso que tenía en la Iglesia y quería saber qué arreglos podríamos hacer para que los dos pudiéramos llegar a donde teníamos que ir. Cuando por fin resolvimos el problema eran ya las tres de la mañana, y poco después, cuando el despertador sonó a las cinco de la mañana, ya podéis imaginar cómo me sentía. Después de pasar una noche tan accidentada, era lógico que me levantara “con el otro pie” y mi estado de ánimo no era el más apropiado para ir a enseñar una clase de religión.

Y fue entonces que sucedió el milagro; un pe­queño detalle que hizo que la tormenta de la noche pasada se convirtiera en un día glorioso. Salía de casa cuando mi hijita de cuatro años, la misma que dió comienzo a los problemas de la noche anterior, me llamó la atención tirándome del saco. La levanté en mis brazos, me tomó las dos orejas con sus manitas y sin más ni más, mi dió el beso más sonoro que jamás haya recibido en la punta de la nariz. “Papito—me dijo—¡cuánto te quiero! Tú no te enojas.”

“No me enojo, ¿eh?—dije, tratando de echar de mí el mal humor que se había apoderado de mi ser.

“Sí, eres el mejor papá del mundo”—y dándome otro beso en el cuello se deslizó hasta el suelo y corrió a acostarse de nuevo.

Lo que estaba a punto de resultar una mañana tormentosa se convirtió en un día radiante. Mientras manejaba con el corazón lleno de alegría, me puse a pensar en las muchas bendiciones que tenía: mi familia, mi buena y devota esposa, el hecho de ser miembro de la Iglesia de Cristo y ciudadano de un gran país como éste, la libertad que en él gozamos, todo lo cual volvió a mi memoria con la magia de un simple beso. Esta criaturita de cuatro años, con su amor y agradecimiento me hizo volver a la perspec­tiva correcta de la vida y nuevamente me trajo al pensamiento los valores eternos que todos buscamos.

Comencé a pensar en la facilidad con que per­mití que un desvelo me hiciera olvidar del momento, aquellas mismas cosas, y el efecto que mi mal humor podría haber surtido en todo lo que habría hecho ese día. Felizmente se me hizo volver a la realidad pero con cuanta frecuencia permitimos que nuestro, mal humor se convierta en un hábito que domina nuestros pensamientos diarios y dejamos que los problemas o el deseo de una satisfacción momentánea y usual­mente pasajera cobren tanta importancia que olvi­damos metas y propósitos más duraderos. Aun cuan­do es necesario preocuparnos por ciertos problemas y resolver exigencias temporales, la única impor­tancia que estas cosas tienen para nosotros es que nos conducen a cierto fin son el medio para alcanzar la meta elegida. La felicidad imperecedera, esa feli­cidad que todos buscamos, no resulta de una satis­facción material continua, procurando constante­mente las comodidades físicas y emocionales de la vida y desconformándonos con todo lo demás al grado de hacernos olvidar nuestras bendiciones v responsabilidades, olvidar si Señor y su amor por nosotros y su deseo de ayudamos en nuestra bús­queda de la felicidad. “Porque, ¿que aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36.)

Se ha dicho que “la vida tiene valor sólo cuando su propósito tiene mérito”. ¿Cuál es ese propósito? Hablando a David Whitmer, uno de los tres testigos del Libro de Mormón, el Señor dijo, por medio del profeta José Smith, que la vida eterna era el don más grande de Dios. (Doc. y Con. 14:7.) ¿Qué mejor propósito podemos buscar en nuestra vida? Sabiendo que es cierto, porque tengo un testimonio personal al respecto, quisiera hablar especialmente a la juven­tud, que está viviendo en la crítica etapa formativa, vital de la vida, y también a los padres y maestros que os guían, acerca de la importancia de enfocar debidamente los valores positivos. Todos nosotros, así como vosotros mismos, os deseamos lo mejor de todo en esta vida y en la venidera. Lo mejor de todo es conocer y amar a nuestro Padre Celestial y a su Hijo Jesucristo, y una vida llena de felicidad aquí en la tierra, por medio de lo cual finalmente seréis conducidos a la meta deseada de la vida eterna. ¿En qué forma podemos determinar las cosas de valor que lograrán tal fin? Por medio de la religión que encierra todos los principios que nos surten la forta­leza, determinación y fe para seguir adelante. En vista de que actualmente vivimos en un mundo cada vez más ateo, una visita ocasional o aun semanal a la Iglesia no es suficiente para lograr el conocimiento que necesitamos. La religión tiene que ser parte de nuestra vida diaria y debe penetrar cada uno de los aspectos de nuestra existencia. A fin de proporcionar esta educación diaria e influencia religiosa, se esta­blecieron seminarios, institutos de religión y escuelas de la Iglesia, y por eso es que desempeñan un papel importante en la vida de nuestra juventud.

Hoy, más que nunca, nuestra juventud necesita de la religión. Hace años ya, me impresionó un edi­torial de nuestro amado profeta David O. McKay, en el que presentaba algunas de las razones por las cuales es necesario dar la debida instrucción religiosa a nuestra juventud. Permítaseme referirme a tres de sus puntos.

“Primero—dijo el Profeta—la juventud necesita de la religión para mantener el equilibrio correcto durante la época formativa de sus vidas.” La juven­tud suele ser impetuosa, y a menudo, cuando quiere formular sus propias conclusiones, tiende a juzgar a sus padres como “pasados de moda” y pone su confianza en otros que parecen estar llevándolos hacia nuevos ámbitos y un nivel más elevado. De manera que en esta situación cuando el joven, doctrinado con ideas que parecen impugnar sus conceptos re­ligiosos anteriores, puede perder el equilibrio debido. La juventud de hoy piensa mucho más que en cual­quier otra época, y por eso necesita una influencia diaria que la conserve propiamente equilibrada.

“Segundo—continuó diciendo el Profeta—la ju­ventud necesita de la religión para dar firmeza a la sociedad”. Fue Goethe quien comentó que él destino de una nación, en cualquier momento de la historia, depende de la opinión que ejerzan los jóvenes entre los cinco y los veinte años.” Cuando se habla de la necesidad de estabilizar nuestra sociedad, recuerdo que, cuando era soldado en la Segunda Guerra Mun­dial, me ponía a pensar en la tragedia de que hu­biera tanta destrucción, sufrimiento y dolores en un mundo que ha sobresalido tan notablemente en otros campos, por ejemplo, en el de la ciencia. No puedo menos que recordar el maravilloso fusil M-l que me entregaron cuando era de la Infantería y lo agrade­cido que me sentía por la protección que me ofrecía. El ingenio que produjo esta arma de guerra fue maravilloso, y sin embargo, su uso deslustraba la civilización, porque muchas veces, en defensa de mi país, tuve que apretar el gatillo y quitar la vida a uno de mis semejantes, por el motivo mismo que nuestro Profeta indicó en su editorial.

Robert A. Millikan, renombrado científico, se expresó de la siguiente manera en cuanto a sus pro­pios estudios; “La ciencia sin la religión manifies­tamente puede llegar a ser una maldición para la humanidad en vez de una bendición, pero la ciencia, gobernada por el espíritu de la religión es la llave al progreso y la esperanza del futuro.” Esta decla­ración sugiere que los destacados científicos del futuro, así como los que sobresalgan en cualquier otro campo de acción, necesitarán entendimiento y adiestramiento espiritual.

Tercero, la juventud necesita la religión para satisfacer el anhelo innato del alma. El presidente McKay dijo que “el hombre es un ser espiritual, y que en determinada época todo hombre se siente in­vadido de un anhelo, un deseo irresistible de en­contrar el eslabón que lo une a lo infinito. Se da cuenta de que no es meramente un objeto físico que es echado aquí y allá, y finalmente se sumerge en la incesante corriente de la vida. Hay algo dentro de él que lo impulsa a superarse a sí mismo, a dirigir el medio ambiente en que vive, a ser dueño de su cuerpo y todas las cosas físicas, y vivir en un mundo más noble y hermoso.”

El Profeta continúa, citando tres necesidades esenciales que acompañan el anhelo espiritual, y las cuales se han hecho sentir a través de los siglos: 1. Toda persona normal desea saber algo de Dios. ¿Qué aspecto tiene? ¿Se interesa en la familia humana o la abandona por completo? 2, ¿Cuál es la mejor manera de vivir en este mundo para lograr el mayor éxito y felicidad? 3, ¿Qué es ese paso inevitable que llamamos muerte? ¿Qué hay más allá? Si uno quiere saber la contestación a estos anhelos del alma huma­na, debe concurrir a la Iglesia, y frecuentemente, a fin de lograrlas.”

La juventud necesita religión. El mundo la ne­cesita, de hecho, es lo que más falta le hace. Humil­demente ruego que todos vosotros jóvenes, junto con vuestros padres, comprendáis la necesidad de la in­fluencia diaria y constante de la religión, y que la apoyéis con interés y entusiasmo. Si conserváis vues­tras energías e ideales enfocados debidamente, podréis, igual que nosotros, heredar la vida eterna.

Cuán agradecido me siento esta mañana por el : testimonio que tengo del evangelio de Jesucristo, y el conocimiento y significado que me da, de que Dios realmente vive, que Jesús es el Cristo, que el profeta José Smith fue llamado y ordenado por Dios para restablecer su Iglesia en estos últimos días, y de tener la completa seguridad y conocimiento de que David O. McKay es un profeta viviente del Señor. He sido miembro de esta Iglesia toda mi vida, y he tenido la maravillosa oportunidad de estar en su pre­sencia y sentir el contacto de espíritu con espíritu que me ha dado la certeza absoluta de que estas cosas son verdades. Os doy este testimonio humilde y agrade­cidamente en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La elección del compañero Eterno

La elección del compañero Eterno

por el presidente David O. McKay

Al elegir al compañero en nuestro matrimonio, es necesario estudiar la disposición, herencia y preparación de la persona con quien recorreremos el largo camino de la vida. Pensad cuán importante es encontrar características tales como la honradez, lealtad, castidad y reverencia. Y luego de encontrarlas, ¿cómo podréis saber si hay afinidad, algo que os haga congeniar al menos? ¿Hay acaso una guía, —preguntáis. Si bien el amor no es siempre una guía, especialmente cuando no es recíproco o cuando se otorga a una persona ruda o insolente; tampoco hay felicidad sin amor. Pero sé que preguntaréis: “Muy bien, pero, ¿cómo podré saber cuándo esté enamorado?”

Esta pregunta es muy importante. Hace muchos años en la Universidad de Utah, una noche un compañero de estudios y yo hablábamos sobre el tema mientras caminábamos. Como generalmente sucede entre los jóvenes de esa edad, hablábamos de las muchachas. Ni él ni yo sabíamos si estábamos enamorados o no. Por supuesto en esa época yo aún no había conocido a mi esposa—la que hoy ha sido mi compañera por más de sesenta años. Mi acompañante esa noche, con el tiempo llegó a ser superintendente general de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, presidente de misión, Ayudante del Consejo de los Doce y más tarde Apóstol. Me estoy refiriendo al finado élder George Q. Morris.

En respuesta a mi pregunta: “¿Cómo podremos saber si estamos enamorados?”, George me contestó: “Mi madre me dijo una vez que si en alguna ocasión conocía a una joven en cuya presencia sintiera deseos de progresar, de elevarme, y de hacer siempre lo mejor, tal mujer era digna de mi amor y lo estaba despertando en mi corazón.”

Os aconsejo jóvenes, que toméis esto como una guía. Y a vosotros, señoritas, os pido que también os guieis por esto.

El noviazgo es una época maravillosa. Debería ser algo sagrado. Es la época en que elegís a vuestro compañero. Jóvenes, el éxito de vuestras vidas depende de vuestra elección. Orad fervientemente al elegir a aquella que os inspirará a hacer lo mejor y recordad siempre que ningún hombre daña lo que ama.

Los adultos conocemos la potencialidad de la juventud, y nos damos cuenta de que vosotros, jóvenes y señoritas, habéis comenzado a vivir en ese período de la vida en que sois llevados por vuestras pasiones las cuales os han sido dadas por Dios. Jóvenes no os engañéis. Estáis en esa etapa de la vida en la que vuestra naturaleza física se manifiesta, pero al mismo tiempo debéis recordar que Dios os ha dado el raciocinio y os ha dado juicio con un propósito divino. Dejad que la razón y el juicio sean vuestra guía—vuestro equilibrio.

¿Os habéis detenido alguna vez a observar un motor—girando, arrojando fuerza y calor? En estos motores encontraréis equilibrio. Si no fuera por esto el edificio estallaría, Al intensificarse el calor, estas fuerzas equilibradoras se regulan de tal manera que todo queda bajo control. Vosotros tenéis la razón y el juicio como fuerzas equilibrantes de vuestras pasiones. Tratad de guardar el equilibrio, pues de lo contrario puede haber una explosión que arruine vuestras vidas.

Ahora bien, las semillas de un matrimonio feliz, se siembran en la juventud. La felicidad no comienza en el altar; empieza en la juventud y el cortejo. Estas semillas las cultiva vuestra habilidad para dominar las pasiones. La castidad debería ser la virtud más notables entre la juventud. En nuestra Iglesia no hay más que un concepto y se aplica a los jóvenes tanto como a las señoritas. Si seguís este concepto—si en verdad escucháis los dictados de vuestro corazón—aprenderéis que el autodominio durante la juventud y el vivir de acuerdo con las normas de moralidad, son fuente de la virilidad, la hermosura femenina, la base para un hogar feliz y un factor contribuyente para la fuerza y perpetuidad de la raza.

La negligencia en la juventud es una marca personal que se paga con los años. Veinte, treinta o cuarenta años más tarde, pagaréis por ella. El dominio y la castidad son también semillas que con los años dan fruto, y esos años pasan tan rápidamente.

Joven, recuerda que cuando llevas a una señorita a una fiesta, sus padres confían en tí. Ella es su tesoro más precioso. Permitidme daros aquí un consejo con todo mi corazón: Siempre recuerdo las palabras de mi padre, cuando siendo yo un adolescente comencé a cortejar a una señorita: “David, trata a esa señorita, del mismo modo que quieres que los jóvenes traten a tus hermanas.” Jóvenes, seguid este consejo, e iréis por la vida con la conciencia tranquila.

El matrimonio sigue al cortejo, en la misma forma en que el día sigue a la noche, y tiene el divino propósito de criar una familia. Ofrece la oportunidad de compartir nuestro amor y cuidado con los niños. Sin hijos—o con la creencia de que tener hijos no es importante—el matrimonio está incompleto y no logra su cometido.

Se nos enseña que debemos amar a todos nuestros semejantes y todos sabemos que las personas que más amamos son las que mejor conocemos. Amo a aquella que he visto sacrificar su vida por nuestros pequeños, y a cuya lado me senté tantas veces y juntos oramos y anhelamos por nuestros queridos hijos.

La felicidad que mi esposa y yo hemos conocido en más de sesenta y cuatro años de casados, proviene de que hemos tenido siete hijos, seis de los cuales aún viven. Estos hijos, junto con nuestros nietos y biznietos, son el tesoro eterno que poseemos.

Amo también a mi madre, quien ofreció su vida para que yo pudiera venir al mundo. Cuando nos encontremos con estas personas en el reino eterno, las reconoceremos por las experiencias en esta vida. Esta unión de nuestros corazones existirá para siempre después de esta vida. Por esta razón es que nos casamos y sellamos por tiempo y eternidad. No es simplemente un dogma de la Iglesia, es una verdad fundamental para la vida y felicidad de la humanidad. Es parte de tu sabiduría elegir la casa del Señor donde empeñarás tu amor y consagrarás tus votos.

Concluiré, dándoos aquí una síntesis del significado de este matrimonio. El novio que se arrodilla ante el altar tiene en su corazón la posesión más valiosa que un esposo puede desear—la seguridad de que esa joven que pone confiadamente su mano junto a la suya es tan pura como un rayo de sol tan inmaculada como la nieve recién caída del cielo. Él tiene la seguridad de que en su pureza y dulzura, es la representación divina de la maternidad.

Igualmente sublime es la seguridad que la novia tiene de que el hombre que ama, a quien se entrega en matrimonio, es tan puro y limpio como ella. Una unión así será verdaderamente un matrimonio ordenado de Dios para gloria de su creación.

Jóvenes, ésta es la herencia que deberéis recordar al elegir vuestro compañero eterno, y ruego que os deis cuenta de su valor y que logréis el verdadero gozo y felicidad de este caro ideal.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

El Arrepentimiento ¿Que significa arrepentirse?

El Arrepentimiento
¿Que significa arrepentirse?

Por el élder Theodore M. Burton
del primer quorum de los setenta
Liahona Noviembre 1988

El arrepentirse no quiere decir que la persona reciba un castigo, sino más bien que cambie su vida, a fin de que Dios le pueda ayudar a escapar del castigo eterno.

A veces, los principios más básicos del evangelio son los que menos se entienden. Uno de ellos es el principio del arrepentimiento.

A fin de que una persona progrese y se desarrolle espiri­tualmente, es necesario que se arrepienta. Este principio es tan fundamental en el evange­lio que el Señor recalca su importancia una y otra vez en las Escrituras.

Por ejemplo, tal como podemos ver en Doctrina y Convenios, cuando los primeros miembros de la Iglesia de esta dispensación recibían el llamamiento misional, con frecuencia el Señor repetía la siguien­te amonestación:

“Y ahora, he aquí, te digo que la cosa que será de máximo valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que puedas traer almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre.” (D. y C. 15:6; 16:6; cursiva agregada.)

Estas revelaciones no fueron sólo para aquellos que las recibieron directamente, sino también para nosotros, y nos ayudan a comprender que lo que de­be ser de más valor para nosotros es declarar el arre­pentimiento a los demás y ponerlo en práctica noso­tros mismos.’

Volver a nuestro padre

¿Qué significa arrepentirse? Bueno, creo que re­sulta más fácil comprender lo que no es el arrepenti­miento que saber lo que es.

Como Autoridad General, ha sido mi responsabi­lidad preparar información para que la Primera Pre­sidencia la utilice al considerar las solicitudes de readmisión a la Iglesia de transgresores arrepentidos y la restauración del sacerdocio y las bendiciones del templo. En dichas solicitudes, muchas veces los obispos escriben: “Considero que esta persona ya ha sufrido bastante”. Pero sufrir no significa arrepentir­se. Se sufre cuando la persona no se ha arrepentido completamente. Los presidentes de estaca anotan: “Pienso que ya se le ha castigado lo suficiente”. Pe­ro el recibir un castigo no significa arrepentirse. El castigo sigue a la desobediencia y precede al arrepen­timiento. Es común que un esposo escriba: “Mi es­posa lo ha confesado todo”. Pero confesar no signifi­ca arrepentirse. El confesar es admitir que se es culpable, lo que sucede cuando la persona comienza a arrepentirse. Por otro lado, una esposa escribe:

“Mi esposo sufre muchos remordimientos”. Pero su­frir remordimientos no significa arrepentirse. Si una persona continúa sufriendo remordimientos y lamen­tando lo que hizo, quiere decir que todavía no se ha arrepentido totalmente. El sufrimiento, el castigo, la confesión, el remordimiento y la pena pueden, a ve­ces, acompañar al arrepentimiento, pero esto no sig­nifica que la persona se ha arrepentido. Pero enton­ces, ¿qué es el arrepentimiento?

A fin de contestar esta pregunta debemos ir al Antiguo Testamento. Este fue originalmente escrito en hebreo, y la palabra que se usa para hacer refe­rencia al concepto del arrepentimiento es shub, que’ quiere decir “apartarse de».

El mensaje que encierra el Antiguo Testamento es shub, o sea, apartarse del pecado y volverse a nuestro Padre Celestial; abandonar la desdicha, la pena, el remordimiento y la desesperación, y regre­sar a la familia de nuestro Padre. Allí es donde po­demos hallar la felicidad y el gozo verdaderos, y sen­tirnos integrados con sus otros hijos.

Profeta tras profeta se refieren al shub para hacer­nos saber que si nos arrepentimos sinceramente y abandonamos el pecado, se nos recibirá con gozo y satisfacción. Reiteradamente, el Antiguo Testamen­to nos enseña que debemos alejamos del mal y dedicarnos a hacer lo que es noble y bueno. Esto signifi­ca que no sólo debemos cambiar nuestra conducta, sino también nuestros pensamientos, porque éstos son los que controlan nuestras acciones.

El concepto de shub se encuentra también en el Nuevo Testamento, que fue originalmente escrito en griego. Para referirse al arrepentimiento, los es­critores griegos utilizaron la palabra metanoeo, que significa “cambiar de parecer o de criterio”, o que la meditación es tan intensa que llega a cambiar el modo de vida. Considero que la palabra griega metanoeo es un sinónimo excelente de «la palabra hebrea shub, ya que ambas significan cambiar completa­mente o apartarse del mal para volverse a Dios y su justicia.

Surgió la confusión, sin embargo, cuando el Antiguo Testamento se tradujo del griego al latín y se cometió un error en la traducción. La palabra griega metanoeo se tradujo al latín por poeniteig, que quiere decir castigo, pena, penitencia, además de arre­pentimiento. El hermoso significado de la palabra he­brea y griega se cambió, en el latín, a significar do­lor, castigo, paliza, corte, mutilación, desfiguración, inanición y hasta tortura. No es de extrañar enton­ces que la gente haya llegado a temer la palabra arrepentimiento, la cual se interpreta como castigo rei­terado o interminable.

Escapar del castigo eterno

El arrepentirse no quiere decir que la persona re­ciba un castigo, sino más bien que cambie su vida, a fin de que Dios le pueda ayudar a escapar del cas­tigo eterno y entrar en Su descanso con gozo y rego­cijo. Si comprendemos este concepto, vamos a aceptar y a valorar la palabra arrepentimiento dentro de nuestro vocabulario religioso y no nos causará ansiedad ni temor.

En Ezequiel 33:15 podemos aprender más acerca del significado del arrepentimiento: “Si el impío res­tituyere la prenda, devolviere lo que hubiere roba­do, y caminare en los estatutos de la vida, no ha­ciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá”.

Analicemos estos tres pasos del arrepentimiento. El primero es el compromiso de “restituir la pren­da”, el cual es el paso más difícil en el proceso del arrepentimiento. A qué se refiere cuando dice que “el impío restituyere la prenda”?

En este contexto restituir la prenda quiere decir renovar un convenio hecho con Dios. Cuando ha­cemos algo malo, no debemos buscar ninguna clase de excusas ni justificaciones, sino que debemos re­conocer plena y totalmente el error. No nos justifiquemos diciendo cosas como: “Si no hubiera estado tan enojado”, “Si mis padres hubieran sido más es­trictos”, “Si mi obispo hubiera sido más comprensi­vo”, “Si mis maestros me hubieran enseñado me­jor”, “Si no hubiéramos estado solos tanto tiempo”. Hay miles de excusas como éstas y, a la larga, nin­guna de ellas es valedera.

Tomemos una firme determinación

A fin de que nuestro arrepentimiento sea comple­to, debemos olvidarnos de toda justificación; debe­mos ponernos de rodillas ante Dios y admitir con toda honestidad que hemos obrado mal. Al hacer esto, abrimos el corazón a nuestro Padre Celestial y tomamos la firme determinación de seguirle.

El comienzo del arrepentimiento consiste precisa­mente en tomar la firme determinación de dedicarse a Dios y cambiar de vida, y hacerlo. El mejor ejemplo que el Salvador nos dio acerca de la gran determi­nación de dedicarse a su Padre fue en el jardín del Getsemaní, donde sufrió en agonía y sudó gotas de sangre.

Antes, Él siempre se había comunicado libremen­te con el Padre Celestial; pero ahora se encontraba solo para tomar sobre sí la pesada carga de los peca­dos del mundo. Fue como si los cielos le estuvieran cerrados y que su Padre no quisiera escucharlo.

En medio del terrible sufrimiento, hizo el esfuerzo por orar y pidió: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Tres veces pidió al Padre que lo libe­rara (véase Mateo 26:36-44), pero no se le concedió su súplica, y su alma continuó padeciendo esa tremenda angustia.

Aun así, Cristo estaba firmemente decidido a cumplir con la voluntad del Padre; estaba dispuesto a hacerlo, y siguió adelante. Si bien el sufrimiento era espantoso, Jesús fue fiel a la determinación que ha­bía tomado de ser obediente en todas las cosas, cos­tara lo que costara.

La ley está decretada

Cuando nos esforzamos por arrepentimos, po­demos sufrir física y mentalmente, pero la deter­minación que habremos tomado de dedicarnos a nuestro Padre Celestial nos permite tolerar el pro­ceso del arrepentimiento, durante el cual debemos recordar que el Señor no nos castiga por nuestros peca­dos; simplemente nos retira sus bendiciones. Somos nosotros los que nos castigamos a nosotros mismos. Reiteradamente las Escrituras nos dicen que “es por los inicuos que los inicuos son castigados” (Mormón 4:5). Veamos un ejemplo para aclarar este concepto.

Supongamos que mi madre me dice que no toque la cocina (estufa) porque está caliente y me voy a quemar. Al hacerlo, ella me hace saber las cosas co­mo son; me enuncia una ley. Si yo, ya sea por olvi­do o deliberadamente, toco la cocina caliente, me quemo. Puedo llorar y lamentarme, pero ¿quién es responsable de mi quemadura? No puedo culpar a mi madre y por cierto que tampoco a la cocina. Yo, y nadie más, soy el único responsable; yo me castigo a mí mismo.

Este ejemplo pasa por alto el principio de la mise­ricordia, un elemento muy importante que voy a aclarar al analizar el segundo paso del proceso del arrepentimiento, o sea, la restitución, o, de acuerdo con el pasaje de referencia, “devolver lo que hubiere robado”.

Si habéis robado dinero y otros objetos, podríais reponerlos, poco a poco, aun cuando sean grandes cantidades. Pero ¿qué sucede si os habéis robado la virtud? ¿Hay algo que podáis hacer, aun por voso­tros mismos, para devolveros la virtud? Aun cuando dierais vuestra propia vida, no podríais hacerlo. En­tonces, ¿quiere decir que no vale la pena intentar la restitución haciendo buenas obras? ¿Acaso significa que vuestro pecado es imperdonable? ¡No!

Jesucristo pagó por vuestros pecados, y así satisfizo las demandas de la justicia. Por lo tanto, El será mi­sericordioso con vosotros si os arrepentís. Cuando os arrepentís verdaderamente, cambiando vuestra vida, permitís que Cristo, en su misericordia, os perdone vuestros pecados.

Cuanto más serio sea el pecado, mayor será el es­fuerzo que habremos de hacer para arrepentimos; pero si diariamente procuramos volver completa­mente al Señor, podremos permanecer sin mancha ante el Salvador. La clave en todo esto radica en permitir que el Señor complete el proceso de cica­trización sin volver a abrir la herida. Así como que se requiere tiempo para sanar una herida del cuerpo, del mismo modo se requiere tiempo para sanar una del alma.

Por ejemplo, si me corto, la lastimadura paulati­namente se curará. Pero mientras se cura puede pi­car, y si me golpeo o estiro la piel, puede volverse a abrir, lo que prolongará el período de cicatrización. Pero existe un peligro aún mayor: que si me rasco, se me infecte por los microbios en los dedos, lo que me puede hacer perder un miembro del cuerpo o hasta la vida misma.

Tenemos que dejar que las heridas físicas se cu­ren, y si son de cuidado, debemos consultar a un médico. Lo mismo sucede con las heridas del alma. Permitid que la herida se sane sin “rascarla” con vanas lamentaciones. Si la transgresión es seria, es ne­cesario confesarla. Id a vuestro obispo en busca de ayuda espiritual. Es muy posible que sufráis mientras él desinfecte la herida o le ponga puntadas para ce­rrarla, pero se curará debidamente.

Pensamientos positivos y virtuosos

Mientras os encontráis en el proceso del arrepen­timiento, sed pacientes. Manteneos ocupados con pensamientos positivos y virtuosos, así como con obras y acciones que os permitan volver a ser felices y a llevar una vida útil.

Mientras dirijamos nuestros pensamientos a lo malo y al pecado, y nos neguemos a perdonarnos a nosotros mismos, lo más probable es que volvamos a nuestros pecados. Pero si nos apartamos de nuestros problemas y transgresiones y los eliminamos, tanto de nuestros pensamientos como de nuestros hechos, podremos concentramos en obras buenas y positi­vas, y al volcarnos de lleno a luchar por causas dig­nas, no tendremos la tentación de pecar.

Veamos ahora el tercer paso del proceso del arre­pentimiento, que es abandonar el pecado o hacer el esfuerzo por “caminar en los estatutos de la vida”, como lo cita el versículo mencionado.

Debemos abandonar los pecados, uno por uno, y si lo hacemos, tenemos la promesa del Señor que dice: “No se le recordará ninguno [ni uno solo de ellos] de sus pecados que había cometido; hizo según el derecho y la justicia; vivirá ciertamente” (Ezequiel 33:16).

El Señor dijo al profeta José Smith: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdona­do; y, yo, el Señor, no los recuerdo más”.

¿Cómo sabemos que alguien se ha arrepentido de sus pecados? El Señor nos da la respuesta en el si­guiente versículo: Por esto podréis saber si un hom­bre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confe­sará y los abandonará» (D. y C. 58:42-43).

Sabemos que la confesión es uno de los pasos pre­liminares al arrepentimiento total. Cuando se trata de pecados serios, hay que confesarlos al obispo o presidente de estaca que tenga la autoridad para re­cibir dicha confesión. Además, hay que recibir el perdón de las personas que se hayan visto afectadas por nuestro pecado. No se deben hacer confesiones o súplicas en público a menos que el pecado cometi­do haya sido en contra del público en general.

El arrepentimiento de pecados graves lleva tiempo y dedicación. Ya sea que se trate de transgresiones pequeñas o muy serias, el paso final del proceso del arrepentimiento —abandonar el pecado y volverse a nuestro Padre Celestial— es no volver a cometer el mismo error.

Debemos estar agradecidos por el Salvador, que está siempre dispuesto a ayudarnos a superar nues­tros errores y pecados. Él nos ama y nos comprende y sabe que debemos enfrentar la tentación.

En el Libro de Mormón, el rey Benjamín explica una de las formas en que podemos demostrar nuestra gratitud al Señor por la gran misericordia que tiene hacia nosotros, y por su sacrificio expiatorio en be­neficio nuestro. Dice así: “Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis en el servicio de vuestros se­mejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

Dios es misericordioso y nos ha provisto el cami­no a seguir para arrepentimos de nuestros pecados y escapar del cautiverio del dolor, la pena, el sufri­miento y la desesperación que vienen como conse­cuencia de la desobediencia. Como sus hijos, es ne­cesario que comprendamos el verdadero significado de la palabra arrepentimiento, que nos ofrece un ho­rizonte de luz en medio de la obscuridad. □

Como hijos de Dios, es necesario que comprendamos el verdadero significado de la palabra arrepentimiento, que nos ofrece un horizonte de luz en medio de la obscuridad.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Antes creía ahora lo se

Antes creía ahora lo se

por Don L. Searle

Cuando los misioneros lo conocieron, en Ca­lifornia, Sigifredo Verano no les pareció una buena referencia; tenía el cabello largo y usaba barba, al estilo de algunos de los grupos rebeldes de la década de 1970. Trabajaba ocho horas por día para mantener a su familia y además estudiaba para prepararse a fin de conseguir un empleo mejor, y no le quedaba mucho tiempo disponible para escuchar a los misioneros.

La mayoría de los amigos que Sigifredo tenía en el trabajo eran ateos o agnósticos, y él no había asistido regularmente a ninguna iglesia por casi veinte años.

Cuando los misioneros conocieron a su esposa, Ana Lucía, ella les dijo que podían ir a hablar con él siempre y cuando no estuviera muy ocupado. Des­pués de unas cuantas visitas breves, Sigifredo dijo: “Bueno, sí, enséñenme esas charlas de una vez”.

Fue debido al amor y la dedicación de varios mi­sioneros y a la fe de sus hijos que Sig y Ana Verano empezaron por fin a asistir a las reuniones de la Iglesia; pero ha sido la diligente obediencia de los dos lo que les ha ayudado a adquirir y fortalecer el testimonio.

En el año 1963 Sig Verano emigró de su tierra na­tal, Colombia, en América del Sur, al estado de Ca­lifornia, en los Estados Unidos. Ana, en aquel enton­ces su novia, se quedó para esperar a que él lograra una posición económica estable en el nuevo país.

En Colombia, él sólo había ido hasta el tercer año de escuela y hablaba muy mal el inglés. Una vez en Los Angeles, California, comenzó a trabajar haciendo sombreros y percibiendo el salario míni­mo. Siempre buscaba en los avisos del periódico un trabajo que fuera mejor remunerado, y un día vio uno que ofrecía un curso de capacitación para “machínist” (mecánico de máquinas, en este caso), pen­sando que se trataba de un maquinista, o sea, un conductor de locomotoras. El sueldo era bueno y como en su país los maquinistas tienen un trabajo fijo, se anotó para tomarlo.

Le iba muy bien en el curso, y después de un tiempo preguntó cuándo iban a trabajar con las “máquinas grandes”, a lo que le contestaron que tu­viera paciencia, que lo harían más adelante. Pero ya estaban terminando la capacitación y Sig seguía sin haber visto una locomotora. Un día le preguntó a un compañero cuánto tendrían que viajar en los trabajos futuros.

“¿Qué tiene que ver el viajar con este trabajo?”, replicó su compañero. Después de un diálogo un tanto confuso, Sig le preguntó: “¿Podrías decirme exactamente qué es lo que estamos aprendiendo?”

Pero el nuevo empleo como mecánico le proveía los medios suficientes para mantener a Ana cuando se casaran; hasta entonces mantenían su noviazgo por correspondencia. En 1964 se casaron por poder y en 1965 ella emigró a los Estados Unidos. Su pri­mer hijo, Edison, nació en 1966, Julie en 1968 y Marbell en 1972.

Sigifredo continuó estudiando para adquirir una educación y mejorar su situación económica.

“Terminaba un curso para empezar otro”, dice su esposa. Y así se convirtió en un experto mecánico de autos, oficio en el que tenía mucho éxito.

Si bien Sig nunca había negado la existencia de Dios, ni cometido pecados graves, la religión no sig­nificaba mucho para él. Tampoco podía aceptar las filosofías de sus amigos ateos y agnósticos. En una oportunidad le hizo la siguiente pregunta a uno de ellos:

“Si fueras a convertirte a una religión, ¿cuál elegi­rías?” A lo que el hombre contestó: “Me haría mormón”, y le explicó que su preferencia se debía a que los Santos de los Últimos días eran gente muy buena.

De hecho, fue el buen ejemplo del único mormón que Sig había conocido, “el ejemplo de un buen hombre”, lo que lo persuadió a escuchar a los misio­neros.

Lo que ellos le dijeron le pareció verdadero; la Palabra de Sabiduría le causó un impacto tal que dejó de fumar y de beber alcohol; también comenzó a tener sus oraciones personales. A pesar de eso, no le era nada fácil asistir a la Iglesia porque hacía mu­cho que había perdido la costumbre de hacerlo; y pronto dejó de escuchar las charlas misionales.

Sin embargo, a sus hijos les gustaba mucho ir a la Primaria, que en ese entonces se realizaba por las tardes, en un día laboral. O Sig o Ana los llevaban hasta la capilla, pero una tarde, cuando estaban lis­tos para salir, el auto no arrancaba. “Bueno, no es culpa mía”, les dijo su papá, “Creo que hoy no po­drán ir”.

Una vez en la casa, Edison, de seis años no se dio por vencido. “Oremos”, dijo, y todos se pusieron de rodillas, oraron y regresaron al auto. Para sorpresa de Sig, éste arrancó de inmediato.

Después de esa experiencia todos asistían a la Iglesia, aunque después de un tiempo dejaron de hacerlo. Pero se suscitaron una se­rie de coincidencias que les re­cordaban la existencia de la Iglesia. Por ejemplo, la ma­dre de Ana, que había ido a visitarlos desde Colombia, siempre hacía comentarios positivos acerca de los jó­venes misioneros que se reunían cerca de la casa de ellos, por la pulcritud en el vestir y el aspecto sano que tenían. Por otro lado, un amigo colombiano, de la marina mercante, fue un día a visitarlos. Al sentarse a la mesa les pidió permiso para bendecir los alimentos. Por la forma de orar, Sig se dio cuenta de que era mormón. Este amigo era un converso que estudiaba fervientemente las Escrituras durante los largos viajes que tenía que hacer y, sin saber que sus amigos estaban investígando la Iglesia, les dio su testimonio.

Un tiempo antes de esa visita, Sig Verano les ha­bía dicho a los misioneros que podían ir a verlos co­mo amigos, pero no a enseñarles el evangelio. Uno de ellos estaba para terminar la misión y regresar a casa, y fueron a visitarlos y a invitarlos a conocer a los padres del misionero en una reunión de despedi­da que unos amigos habían preparado para él. Reci­bieron una impresión tan buena de los mormones que conocieron allí que volvieron a tomar las char­las misionales.

Pero Ana, fiel a las tradiciones de la iglesia de sus antepasados, asumió una actitud negativa cuando se dio cuenta de que su esposo estaba considerando se­riamente el bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ella decía que no necesitaba volver a bautizarse, de modo que llegaron a un acuerdo:

Ya que a los niños les gustaba ir a la Iglesia Mormona, él mismo comenzaría a llevarlos des­pués de que se bautizara, y ella continuaría asis­tiendo a su iglesia.

Pero durante la semana previa al bautismo de Sig, Ana soñó, reiteradamente, con el bautismo del Sal­vador, realizado por Juan el Bautista, en las aguas del río Jordán. Entonces se dio cuenta de que esos sueños le estaban indicando lo que debía hacer.

Sigifredo y Ana se bautizaron en el mes de enero de 1974; a fines de año, su hijo Edison, después de haber cumplido los ocho años de edad, también se bautizó.

No obstante, la lucha no terminó allí, ni la amo­rosa dedicación de otros para hermanarlos.

Un buen maestro orientador, el hermano George Baker, les ayudó a mantenerse activos en la Iglesia. Como el hermano Verano no estaba acostumbrado a asistir a reuniones tres veces en el día domingo, co­menzando a las siete de la mañana con la reunión del sacerdocio, estaba a punto de dejar de ir. Él tra­bajaba desde la medianoche hasta las seis de la ma­drugada, y le era muy difícil asistir a las reuniones matinales. Pero el hermano Baker hizo arreglos para que alguien los fuera a buscar, porque él no podía hacerlo, para llevarlos a las reuniones y mantenerlos activos en la Iglesia.

Conforme asistían a las reuniones y obedecían los principios del evangelio, la familia progresaba espiri­tualmente. El hermano Verano fue llamado como presidente de la rama hispanohablante de la estaca, creada en 1978, y luego como obispo, cuando pasó a ser barrio, cinco años después.

La creación de la rama fue también una bendi­ción para Ana Verano, porque como sabía muy po­co de inglés, no podía participar mucho de las acti­vidades del barrio regular, donde sólo se hablaba ese idioma. Pero en la rama de español recibió llama­mientos y progresó prestando servicio a los demás, tal como lo hacía su esposo.

“Recibí un verdadero testimonio por medio del servicio en la Iglesia”, dice el hermano Verano. “El servicio constante es una de las cosas que fortalece el testimonio de una persona”.

El primer barrio de habla hispana de la estaca se dividió poco después de haberse creado, y el herma­no Sig fue llamado como miembro del sumo consejo. En la actualidad es secretario ejecutivo de la estaca para los tres barrios hispanohablantes de la Estaca Hollywood Norte, Los Angeles, California. Su espo­sa tiene un llamamiento en el programa (de habla inglesa) de extracción de nombres de la estaca.

Además de muchos cursos vocacionales que este hermano tomó, se preparó en la venta de bienes raí­ces, lo que le dio muy buenos resultados y la opor­tunidad de fortalecer su testimonio.

Al principio tuvo dificultades en su carrera de ventas. Una semana después de haber comenzado a trabajar lo despidieron cuando el dueño de la agencia de bienes raíces se enteró de la religión a la que pertenecía, por haberse negado a trabajar los domingos.

“El evangelio es tan importante en nuestra vida que el domingo está vacío si no podemos asistir a las reuniones de la Iglesia», explica el hermano Verano.

“Los mormones dedican demasiado tiempo a su Iglesia, de modo que no pueden tener éxito. Ve a buscar trabajo a una agencia chica donde el dueño no esté muy interesado en vender”, le dijo el dueño de la agencia.

Pero el hermano Verano tomó esta experiencia como un desafío y encontró trabajo en una agencia importante de bienes raíces; en 1979, trabajando só­lo parte del tiempo, fue el mejor vendedor del año. Siempre se ha negado a trabajar los domingos, y co­mo presidente de rama y obispo también ha dedica­do parte de los sábados a prestar servicio en la Igle­sia. Y aun así, por varios años, ha estado entre los cinco mejores vendedores de la agencia.

El hermano Verano dice que, por medio del ser­vicio en la Iglesia, ha adquirido el conocimiento de que el Señor vive, de que por El podemos ser redi­midos y de que ha puesto profetas en la tierra para guiarnos y orientamos. Aquellos que no estén muy seguros de la veracidad del evangelio pueden llegar a saber con certeza que es verdadero, tal como el hermano Verano lo ha llegado a saber, poniéndolo a prueba por medio de la obediencia a los manda­mientos y de prestar servicio a los demás.

“Cuando me bauticé en la Iglesia”, dice el herma­no Verano, “yo creía que el evangelio es verdadero; pero ahora lo sé”.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

El milagro de la Santa Biblia

El milagro de la Santa Biblia

Por Mario Labraña

Discurso en la Reunión Sacramental del barrio Zarahemla, Montreal. Basado en el discurso, de M. Russell Ballard, Conf. Gen. Abril 2007

Quisiera comenzar citando algunas palabras del élder Ballard:

Mis hermanos y hermanas, ¡la Santa Biblia es un milagro! Es un milagro que los 4.000 años de historia sagrada y secular de la Biblia fueran registrados y preservados por los profetas, apóstoles y clérigos inspirados.

Es un milagro que tengamos la poderosa doctrina, los principios, la poesía y los relatos de la Biblia, pero, por encima de todo, es un milagro maravilloso que tengamos el registro de la vida, del ministerio y de las palabras de Jesús, que fue protegido durante la época del oscurantismo y a través de los conflictos de innumerables generaciones para que pudiésemos tenerlo en la actualidad.

Es un milagro que la Biblia contenga literalmente en sus páginas el Espíritu de Cristo que convierte y sana, y que durante siglos haya hecho volver el corazón de los hombres, guiándolos a orar, a elegir el sendero correcto y a buscar para encontrar a su Salvador.

La Santa Biblia lleva bien su nombre; es santa porque enseña la verdad, es santa porque nos consuela con su espíritu, es santa porque nos enseña a conocer a Dios y a comprender Sus tratos con los hombres, y es santa porque a través de sus páginas testifica del Señor Jesucristo.

Sería beneficioso si repasamos rápidamente un poco de historia, para entender cómo sucedieron ciertos acontecimientos:

  1. Hoy en día es claro para nosotros que posteriormente a la muerte de los apóstoles que el Señor Jesucristo llamó en su ministerio, la iglesia que Él había constituido fue llevada al desierto de la apostasía, y que la autoridad del sacerdocio fue llevada al
  2. Ya en el primer siglo de la era cristiana, por manos de los romanos, los cristianos de la época comenzaron a ser perseguidos hasta el extermini Se estima que este período se prolongó hasta el año 305 d.C.
  3. Los registros sagrados eran quemados, los lugares de adoración arrasados, los cristianos torturados y muertos, y todo para destruir la Iglesia y para abolir la Cristiandad de la ti
  4. Este tipo de persecución cesó porque se llegó a pensar que la Iglesia Cristiana había sido extinguida para siempre.
  5. Algunos historiadores y estudiosos del tema, aseguran que eventos milagrosos permitieron, posterior a tal persecución, que la cristiandad fuera la religión del estado, y que el emperador mismo fuera la cabeza de la Iglesia.
  6. Claro es, que a esas alturas, la iglesia difería muchísimo a la constituida por Cristo, y ya se había hecho apóstata.
  7. Con el transcurrir del tiempo, esta iglesia comenzó a adoptar en sus credos y ritos los pensamientos de escuelas filosóficas contemporánea
  8. Esta condición apóstata de la iglesia se extendió hasta finales del siglo XV. Y el período comprendido entre los siglos X y XV ha llegado a ser conocido como ‘las edades obscuras’, caracterizadas por el estancamiento en el progreso de las artes, las ciencias y las letras, y por una condición general de analfabetismo e ignorancia entre las masas.
  9. Pero nuestro Señor hizo que surgiera un despertar del intelecto humano. Destaca lo que se conoce como el ‘renacimiento de las letras’. Este renacer lucha principalmente contra la tiranía eclesiástica que prohibía hasta la muerte el acceso a las escrituras sagradas y al saber en general.

Volviendo a las palabras del élder Ballard, él agrega y cito:

La época del oscurantismo fue oscura porque la luz del Evangelio se le ocultó a las personas; éstas no tenían a los apóstoles ni a los profetas, ni tenían acceso a la Biblia. El clero mantenía las Escrituras en secreto y fuera del alcance de las personas. Mucho les debemos a los valientes mártires y reformadores como Martín Lutero, John Calvin y John Huss, quienes exigieron la libertad para adorar y el acceso común a los libros sagrados.

William Tyndale dio su vida porque creía profundamente en el poder de la Biblia; él dijo: ‘La naturaleza de la palabra de Dios es tal, que el hombre que la lea o que oiga explicaciones y debates en cuanto a ella, comenzará de inmediato a convertirse en una persona cada vez mejor, hasta que llegue a ser un hombre perfecto’.

Decenas de millones de personas han hallado fe en Dios y en Jesucristo al buscar la verdad en la Biblia. Innumerables son las personas que no tenían nada, excepto la Biblia para nutrir y guiar su fe.

Gracias al esfuerzo de los reformadores, la Biblia se convirtió en una posesión familiar. La palabra de Dios se leía tanto en el hogar de los humildes como en las salas de los grandes.

Ahora, permítanme compartir un pensamiento personal. Este nace al considerar las palabras que Nefi registra en su Primer Libro, donde un ángel le muestra que la palabra de Dios iba a ser despojada de ‘muchas partes que son claras y sumamente preciosas’ (1 Nefi 13). Y a pesar que se intentó todo para destruir la verdad del evangelio y despojarle de su pureza y santidad, aún con todo eso, la Santa Biblia salió airosa y triunfante.

Es maravilloso ver que a pesar de haber sido privada de muchas cosas sumamente preciosas, aun así este valioso testimonio del evangelio del Salvador tuvo la fuerza y el poder de mantener la suficiente Luz que permitiría posteriormente la restauración del evangelio y de la iglesia del Cordero de Dios.

El élder James Talmage escribió que los movimientos del Renacimiento y de la Reforma sirvieron como el arado que prepara el terreno para sembrar la semilla.

El élder Ballard continúa diciendo:

Millones de familias se han unido en la búsqueda por encontrar la Iglesia de Jesucristo mediante el estudio de la Biblia. Una de esas familias, a comienzos del siglo XIX, era la familia de Joseph Smith. Uno de sus hijos era José Smith, un joven que escudriñaba la Biblia para saber cuál de las numerosas denominaciones religiosas era igual a la Iglesia que Jesucristo había organizado. Las palabras de la Biblia le indujeron a orar para obtener mayor luz y conocimiento espirituales de Dios. Decidido a buscar la sabiduría prometida en las Santas Escrituras, José se arrodilló en humilde oración a comienzos de la primavera de 1820. ¡Ah, qué maravillosa luz y verdad se derramaron sobre él cuando aquel día contempló la gloriosa manifestación de Dios el Padre y del Señor Jesucristo! Una vez más, Dios llamó a un profeta tal y como lo hizo en los días de Noé, Abraham y Moisés.

Cuán agradecidos debiéramos sentirnos por la Santa Biblia; en ella aprendemos no sólo de la vida, de las enseñanzas y de las doctrinas de Cristo; aprendemos sobre Su Iglesia, Su sacerdocio y sobre la organización que Él estableció y llamó la Iglesia de Jesucristo en aquel entonces. Nosotros creemos en esa Iglesia y creemos también que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es esa misma Iglesia, restaurada en la tierra, completa y con la misma organización y el mismo sacerdocio.

Sin la Biblia, no tendríamos conocimiento de Su Iglesia de aquel entonces, ni tendríamos hoy la plenitud de Su Evangelio.

Ahora les comento de un evento trascendental en la historia de nuestra Iglesia; inmediatamente después de terminada la traducción del Libro de Mormón, el Señor le mandó al Profeta José que hiciera una revisión de la Biblia, para ello tomó como referencia la versión del Rey Santiago. Teniendo solamente 24 años de edad y tomando 3 años de trabajo, este dio como resultado colateral muchas de las más maravillosas revelaciones que ahora constituyen parte del libro de Doctrina y Convenios, además de una versión que conocemos como la Versión Inspirada de la Biblia.

Esta versión restaura muchas de las partes que habían sido quitadas de los registros bíblicos en el pasado. ¿No es eso maravilloso?

A principios del año 1973, la Iglesia constituyó un comité con la finalidad de producir una nueva versión de la Biblia y de las demás Escrituras SUD:

El presidente Monson siendo un experto impresor, estaba encargado del diseño y formato de las páginas; las notas, encabezados de capítulos y diccionario fueron responsabilidad del élder McConkie, experto en doctrina; el élder Packer supervisó el trabajo de un comité encargado de la guía temática de tal manera que el formato resultante fuera de fácil acceso para cualquiera.

Para agosto de 1979 estaba terminada la nueva versión de la Biblia SUD. Después de cientos de miles de horas de voluntariado de personas dedicadas y fieles durante 7 años desde la conformación del comité, una Biblia notable había

llegado a buen término. El volumen final ascendió a 2.432 páginas que incluían el Antiguo y Nuevo Testamento, encabezados, correlaciones y notas al pie de página, así como anexos, una guía temática, un diccionario bíblico, la revisión y traducción de José Smith, un diccionario geográfico y 14 mapas a color.

Finalmente y literalmente se cumplió la profecía del profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento:

“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano” (Eze. 37:17).

También al patriarca Lehi se le reveló este milagro: 2 Nefi 3:12

Ahora, contamos con esta maravillosa versión en español.

He observado en los últimos tiempos un creciente descrédito a los asuntos religiosos. Muchos, si no todos, fundamentan sus argumentos desprestigiando a la Biblia y a quienes creen en su divinidad. La religión cae en el calificativo de superstición, y por ende los religiosos de supersticiosos, incluso de ignorantes.

Nada de esto es novedad para ninguno de nosotros.

Hermanos y hermanas, tenemos demasiados motivos para convertirnos en verdaderos expertos en saber exponer las doctrinas básicas y fundamentales del evangelio de Jesucristo. ‘Somos los soldados que combaten error’.

Usando solo la Biblia deberíamos saber exponer correctamente doctrinas como:

  • La vida premortal.
  • Que Jehová en el Antiguo Testamento es el tantas veces profetizado Mesías y Redentor del Nuevo Testamento.
  • El Bautismo para la remisión de pecados.
  • La Autoridad del Sacerdocio.
  • La Expiación de Jesucristo.
  • La profetizada Apostasía de la Iglesia Primitiva.
  • La necesidad de Profetas vivientes.
  • La Restauración también profetizada en la Biblia.
  • La divinidad de Jesucristo.

Debemos desarrollar y fortalecer nuestro testimonio de la divinidad del Salvador de tal manera que el Espíritu Santo pueda sostener dicho testimonio al momento de compartirlo y hacerlo llegar al corazón de quienes escuchan.

Retomo las palabras del élder Ballard:

Jesús enseñó que debíamos “[escudriñar] las Escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Estas palabras brindan entendimiento e inspiración a todo el que sinceramente desee conocer y entender la verdad sobre Jesucristo.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días creen que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil” (2 Timoteo 3:16). Amamos la Biblia y las demás Escrituras.

…la Biblia …es uno de los pilares de nuestra fe, un poderoso testimonio del Salvador y de la influencia constante de Cristo en la vida de quienes le adoran y le siguen. Cuanto más leamos y estudiemos la Biblia y sus enseñanzas, más claramente veremos la base doctrinal del evangelio restaurado de Jesucristo. Tenemos la tendencia de amar aquellas Escrituras a las que le dedicamos más tiempo. Tal vez debamos equilibrar nuestro estudio a fin de amar y comprender todas las Escrituras.

Especialmente ustedes, jóvenes, no pasen por alto la Biblia ni le resten valor; es el registro sagrado y santo de la vida de nuestro Señor. La Biblia contiene cientos de páginas más que todas nuestras otras Escrituras juntas; es el cimiento de todo el cristianismo. Nosotros no criticamos ni menospreciamos las creencias de ninguna persona. Nuestra gran responsabilidad como cristianos es compartir todo lo que Dios ha revelado con todos Sus hijos e hijas.

Aquellos que se unen a esta Iglesia no abandonan su fe en la Biblia, antes bien, la fortalecen. El Libro de Mormón no le quita valor, ni le resta importancia a la Biblia; al contrario, la amplía, la extiende y la exalta. El Libro de Mormón testifica de la Biblia y ambos testifican de Cristo.

Cuando veo lo que hay detrás de este maravilloso libro, de todo lo que tantos soportaron, del sacrificio de tantos otros, del trabajo y entrega de tantos más, del amoroso interés del Padre Celestial, de lo que ha significado en mi vida, vienen a mi mente y a mi corazón con notable fuerza las palabras del himno que me dice:

Asombro me da el amor que me da Jesús,
Confuso estoy por su gracia y por su luz.

En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

No es divertido ser pobre

No es divertido ser pobre

por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce
Discurso pronunciado en la Uni­versidad Brigham Young, Provo, Utah.

La peor pobreza es perder nuestra propia estima y nuestro autor respeto. Cuando perdemos la confianza en los amigos y en nosotros mismos, no nos queda mucho en que confiar.

No es divertido ser pobre, pero nadie tiene por qué serlo. Por medio de la oración y las obras que hagamos, Dios nos ayuda a evitar ser po­bres, ya que “rico es el que tiene vida eterna” (D. y C. 6:7).

A pesar de lo que declara este pasaje de las Escri­turas, podemos llegar a ser víctimas de la verdadera pobreza si no nos comportamos debidamente todos los días. La clave radica en la siguiente pregunta: ¿Qué significan los términos pobre y rico? ¿Están re­lacionados sólo con las cosas materiales? Otra pre­gunta importante que toda persona debe considerar no es precisamente lo que haría si tuviera mucho di­nero, tiempo, influencia u oportunidades para la educación, sino más bien cuál sería la mejor forma de utilizar los bienes y recursos que tiene y los que haya de recibir.

El propósito de este artículo es tratar de ayudamos a todos a evitar el ser pobres. Es de esperar que si ya somos pobres, a la manera en que yo defino el tér­mino, podamos superar dicha condición. Voy a citar algunos de los “mandamientos” que debemos guardar a fin de no ser pobres. No me cabe la menor duda de que hay muchos más, pero los siguientes son sufi­cientes para comenzar.

No perderás a un amigo ni dejarás de serlo.

La persona es pobre cuando se va quedando sin amigos; cuando no los tiene. Cuando nuestros ami­gos, aquellos con quienes más nos relacionamos, tie­nen motivos para dejarnos, para no creemos ni con­fiar en nosotros, entonces somos pobres. Cuando perdemos a los amigos, frecuentemente se desvane­cen de nosotros toda fortaleza y deseo de obrar bien.

Con frecuencia perdemos a los amigos porque no estamos dispuestos a pagar el precio de conservarlos. El poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson di­jo: “La única manera de tener un amigo es saber ser amigo”.

La persona es pobre cuando no tiene amigos, pero es más pobre aún si deja de ser un amigo para los demás. Hagan lo que hagan los demás, no podemos nunca damos por vencidos en nuestros esfuerzos por ser amigos sinceros.

Honrarás tu carácter y lo protegerás de la autodestrucción.

La persona es pobre cuando tiene codicia y no es honrada; cuando cede a las presiones externas que la inducen a comportarse mal. Somos de carácter pobre cuando, al hacer algo, no nos esforzamos por hacer las cosas lo mejor posible. Una combinación correcta de virtud, acción y honradez hace que una persona sea rica.

Según la forma en que actuemos ante las dificul­tades y los problemas de la vida se determinará vuestro carácter. Debemos dar gracias a Dios por las personas que tienen la valentía de ser verídicas e íntegras en todo momento de la vida. Lo mejor que se puede decir de una persona es: “No tiene dobleces; es íntegra de la cabeza a los pies”.

No engañarás.

Uno de los instrumentos favoritos de Satanás es el engaño, y por sus artimañas se le ha dado el títu­lo de “padre de las mentiras”. Sí él pudiera, haría que todos nos empobreciéramos viviendo y fomen­tando mentiras. La persona que fomenta el engaño es la que pierde más que nadie, y es responsable de los daños que causa. El hombre engañador tiene pri­mero en cuenta la ventaja que vaya a sacar con su mentira, mientras que un hombre de carácter consi­dera solamente lo que es justo y digno.

No transigirás con tus principios.

Todos debemos recordar constantemente que el carácter de la persona se forma aplicando debida­mente la educación que vaya recibiendo en el trans­curso de su vida. El hacer saber y fomentar la ver­dad en forma constante nos protege de la pobreza. Una persona que vive principios elevados de moral y virtud no transigirá jamás con sus principios en ninguna circunstancia.

Los que no transigen con sus principios no son nunca pobres. Los que viven en conformidad con principios meritorios son ricos.

Te amarás a ti mismo.

La peor derrota que puede sufrir una persona es la de dejarse vencer por sí misma. A nadie le gusta ser derrotado, pero no hay nada más devastador que el derrotarse a sí mismo. La peor pobreza es perder nuestra propia estima y nuestro auto respeto. Cuan­do perdemos la confianza en los amigos y en noso­tros mismos, no nos queda mucho en que confiar.

La persona es pobre cuando antepone la desespe­ración a la esperanza; cuando no recuerda quién es en verdad y se olvida de la relación que tiene con Dios, con su familia y consigo misma. Somos impor­tantes—hijos espirituales de nuestro Padre Celestial —y con su ayuda podemos lograr todas las cosas.

Serás honrado.

La persona es pobre cuando piensa que la honra­dez es una norma en lugar de un sistema apropiado de vida. La conciencia limpia vale más de lo que cuesta ganarla. “¿Qué aprovechará al hombre si ga­nare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36.) ¿Cuántas veces oímos decir que es mucho mejor que se nos tenga confianza a que se nos ame? Sin honradez no hay base sobre la cual edificar.

No te aprovecharás injustamente de los demás en beneficio propio.

La persona es pobre cuando utiliza el nombre de un individuo o de una organización para promover o vender algo cuyo valor es dudoso. El que trata de hacemos creer que algo es “bueno” por el simple he­cho de que sea miembro de la Iglesia es una persona injusta, insensata y pobre. La deshonestidad es cual­quier mensaje o comunicación que una persona transmita a otra con la intención de engañarla.

Cualquiera de nosotros que sea deshonesto, en el grado que sea, se está encaminando a la pobreza.

No considerarás una simple declaración como arrepentimiento.          

Una persona es pobre cuando no se da cuenta de que el arrepentimiento es todo un proceso y no una simple declaración. Todo ser humano tiene que en­frentar el desafío de reconocer y cargar su propia cruz. El arrepentimiento sincero requiere acción.

Una persona que esté dispuesta a arrepentirse nunca deberá más de lo que reciba. El arrepenti­miento nos permite levantarnos después de habernos caído. Una persona es pobre sólo cuando no tiene la disposición de comprender el verdadero significa­do del principio del arrepentimiento y aplicarlo de­bidamente. El arrepentimiento no significa declarar públicamente que vamos a cambiar nuestra manera de vivir, sino que es determinar firmemente que va­mos a llevar una vida mejor y abandonar totalmente el pecado, y hacerlo. El arrepentimiento es la forma en que nos comportemos tanto en público como en privado.

No permitirás que el dinero te controle.

La persona es pobre cuando se deja gobernar por el dinero que gana, en lugar de controlarlo. Gane­mos lo que ganemos por semana, por quincena o por mes, el dinero debe gastarse debidamente. Es preciso que nos ajustemos a un presupuesto y viva­mos de acuerdo con él.

Todas las personas tienen emergencias o pasan por problemas económicos en la vida, pero este tipo de problema no tiene por qué empobrecernos. Ade­más, se puede evitar. Podemos evitar el apremio económico si aprendemos la manera de ayudarnos a nosotros mismos. Por ejemplo, cualquier persona que tenga buenos amigos, familiares, vecinos, un obispo y un presidente de estaca que se preocupen por ella se puede considerar rica.

Por medio del trabajo honrado, la educación y la determinación de salir adelante, podemos sentir sa­tisfacción personal si usamos debida y correctamente los recursos que estén a nuestro alcance. Nadie tie­ne que disculparse por haber logrado una situación económica desahogada si lo ha hecho por medios honrados y si sabe gastar el dinero debidamente. Só­lo somos pobres si el dinero y las riquezas pasan a ser nuestra meta y nuestro dios en la vida.

Yo respeto a los que han alcanzado el éxito eco­nómico por vías honradas, pero lo hago sola y ex­clusivamente si es notorio que utilizan el dinero con sabiduría. Una de las grandes lecciones que apren­demos en la vida es que más importante que el he­cho de tener es lo que hagamos con lo que tene­mos. No juzgamos el valor del sol por el tamaño, sino por lo que hace por nosotros.

Con los amigos, la virtud, el carácter, la verdad, la integridad, el arrepentimiento y otros dones de Dios, tenemos a nuestro alcance perlas de gran pre­cio que pueden ser nuestras si las sabemos buscar.

No es divertido ser pobre y, afortunadamente, nin­guno de nosotros tiene por qué serlo. □

Este artículo es una adaptación de un discurso pronunciado en la Uni­versidad Brigham Young, Provo, Utah.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | 1 comentario

Confiad en el Señor

Confiad en el Señor

por el élder Gene R. Cook
Del Primer Quorum de los Setenta

(Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, el 29 de mayo de 1984.)

Os será más fácil tomar decisiones, especialmente las más importantes, si oráis con fe, confiando sinceramente en el Señor.

Me gustaría dirigirme a la juventud de esta magnífica generación que el Señor está levantando para cumplir sus propósitos. Vosotros estáis en los umbrales de algunos de los descubri­mientos y las decisiones claves de la vi­da. Entre éstos se incluyen: el conoceros a vosotros mismos y reconocer vuestra capacidad, decidir cumplir una misión, decisiones en cuanto a los estudios y una profesión, la inclinación laboral para el futuro, la búsqueda de un compañero eterno y el matrimonio en el templo. Os contaré cuatro relatos verídicos que ilus­tran estos descubrimientos y decisiones claves.

Creed en vuestra capacidad divina  

¿Cómo podéis descubrir vuestra capa­cidad? El alcance de la mente humana es ilimitado. Vosotros sois hijos e hijas de Dios, y todos fuimos creados a semejan­za del Padre.

Un joven, al que llamaré Juan, cursaba el primer año de escuela secundaria; era un poco más alto que los demás y se des­tacaba en baloncesto y atletismo. Sin em­bargo, con el transcurso del año, el entre­nador del equipo de baloncesto comenzó a decirle: “Juan, quédate sentado. No sir­ves para deportes. Eres muy torpe”. En una oportunidad en que estaban jugando un partido le dijo: “No, no te necesita­mos. ¡Quédate aquí! No corres lo sufi­cientemente rápido, ni puedes tirar la pe­lota. No eres ágil”. Este tipo de comentarios se repitieron durante varios meses. Finalmente, Juan comenzó a creer lo que el entrenador le decía, y dejó de jugar al baloncesto, tanto en la Iglesia como en la escuela. También dejó de co­rrer. Durante los años restantes en que cursó la secundaria evitó participar en cualquier deporte. Cuando comenzó a ir a la universidad, se requería hacer algo de atletismo, pero él participó lo menos posible.

A los diecinueve años fue en una mi­sión a un país extranjero. Allí se dio cuenta de que a veces los autobuses no paraban completamente para que la gente subiera o bajara, de modo que los misio­neros tenían que aprender a hacerlo co­rriendo.

Una tarde Juan y su compañero esta­ban a dos cuadras de distancia de la para­da del ómnibus cuando vieron que éste se acercaba. Uno de ellos le dijo al otro: “Eider, corra o llegaremos tarde a nuestra próxima charla”. Para sorpresa de Juan, él alcanzó el autobús antes que su compa­ñero. Esa misma tarde buscó la manera, en forma premeditada, de que tuvieran que correr varias veces a fin de tomar el ómnibus, y todas las veces llegó primero.

Juan no salía de su asombro; era casi increíble, porque sabía que su compañero había recibido varios premios por ser el mejor corredor del lugar donde vivía. Juan no lo podía creer. ¿Era posible? Volvieron a hacer carreras y ganó otra vez.

De pronto llegó a la triste conclusión de que había desperdiciado su habilidad atlética. Podría haber sobresalido en ella si no se hubiera dejado llevar por la opi­nión que otros tenían de él. Esto lo hizo pensar seriamente en otras actitudes ne­gativas que tenía acerca de sí mismo. Quizás esas también estuvieran equivo­cadas.

Tal vez vosotros os encontréis en ese mismo proceso. ¿Os ha convencido al­guien de que no tenéis talento para la música o las matemáticas, o que siempre vais a ser obesos? Revaluad vuestras acti­tudes; todos tenemos grandes dones, pero muchos de nosotros nos auto limitamos severamente con actitudes negativas acerca de nuestra capacidad.

El Señor dijo: “Porque cuál es su pen­samiento en su corazón, tal es él” (Pro­verbios 23:7). Y nuevamente: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). No podéis elevaros más de lo que creáis y penséis acerca de voso­tros mismos.

Confiad en que el Señor os ayudará a dar libertad a los dones que apenas co­menzáis a reconocer y utilizar. Reprimi­do dentro de cada uno de nosotros existe un verdadero genio. ¡No permitáis que nadie os convenza de lo contrario!

Recordaréis que Juan se descubrió a sí mismo mientras estaba en el campo mi­sional. ¿Acaso no nos enseñó el Señor que el que quiera salvar su vida, la perde­rá, y que todo el que la pierda en el servi­cio de los demás la hallará? (Véase Ma­teo 16:25.) ¡Descubríos a vosotros mismos! Si aún no lo habéis hecho, id en una misión, porque conforme busquéis servir al Señor, os encontraréis también a vosotros mismos.

“Y ahora te doy este llamamiento y mandamiento concerniente a todos los hombres. . . serán ordenados y envia­dos a predicar el evangelio sempiterno entre las naciones, para promulgar el arrepentimiento.” (D. y C. 36:4—6.)

Confiad en los susurros del Espíritu

Permitidme contaros la experiencia que vivió otro joven, al que llamaré Pe­dro. A los dieciocho años cursaba el pri­mer año en la universidad. Como tenía una beca, se preocupaba mucho por sacar buenas calificaciones, de modo que se inscribió para tomar la clase de oratoria que pensó sería fácil.

Un día la profesora dijo: “Jóvenes, en los últimos veinticinco años que he ense­ñado, sólo he dado cinco sobresalientes, la nota más alta”. A Pedro se le cayó el alma a los pies; trató de cambiar de clase, pero ya era demasiado tarde. Con el transcurso de los meses obtuvo diferentes buenas calificaciones pero nunca una So­bresaliente, razón por la que se sentía muy desilusionado.

Entonces llegó el momento de dar el último discurso del semestre, lo cual de­terminaría el cincuenta por ciento de la nota final. La profesora les asignó hablar durante veinticinco minutos, defendien­do un tema de controversia. Después de cada presentación, a los miembros de la clase se les permitiría hacer comentarios en voz alta para expresar sus opiniones, y luego cada uno de ellos debía presentar una crítica por escrito.

Se acercaba el día en que Pedro daría la presentación, y no sabía exactamente el tema que iba a tratar. Oró al respecto, y sintió una viva impresión: “Si estás buscando un tema de controversia, elige el Libro de Mormón”.

Pedro tenía temor, ya que sabía que era el único miembro de la Iglesia en la clase. Por otra parte, la profesora era muy activa en una iglesia protestante y durante el semestre había leído pasajes de la Biblia y puesto muy en claro que ella la consideraba la única revelación de Dios a los hombres.

El día de la presentación, cuando anunció el tema de su disertación, se hizo un gran silencio en la clase. Con el deseo de no ofender a nadie, especialmente a la profesora, comenzó a hablar del Libro de Mormón desde un punto de vista históri­co y académico. Entonces, a mediados del discurso, sintió la influencia del Espí­ritu y pensó: “No puedo hablarles sola­mente acerca del aspecto histórico del li­bro; no me importa lo que piensen de mí ni la calificación que me dé la profesora. El Libro de Mormón es verdadero y to­dos ellos deben saberlo”.

Entonces comenzó a enseñar tal como había aprendido a hacerlo con los investi­gadores cuando era misionero de estaca; expresó su testimonio varias veces y has­ta finalizó en el nombre de Jesucristo.

Estaba pronto para recibir el ataque de sus compañeros de clase, pero para su sorpresa, nadie dijo nada. La profesora los motivó a que analizaran la presenta­ción y dieran su opinión, pero no lo hi­cieron. Nadie dijo una palabra. Final­mente, frustrada, la profesora dijo: “Te puedes sentar, Pedro”.

Los comentarios por escrito de los de­más alumnos fueron todos positivos. Unos cuatro o cinco escribieron: “Casi me has convencido de que lo que dijiste es verdad”. Uno de ellos, el que había criticado más severamente a los otros es­tudiantes, escribió: “Me gustaría mucho saber más acerca de tu iglesia”. Pedro sacó la calificación más alta y estaba ra­diante de felicidad. Pero aun si lo hubie­ran reprobado, habría sido bendecido por prestar atención a los susurros del Espíri­tu. El Señor ha mandado que todos sea­mos “testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis” (Mosíah 18:9). En verdad.

El bendice a aquellos que, con fe, dicen: “No me avergüenzo del evangelio” (Ro­manos 1:16).

Si aún no lo hacéis, algún día haréis frente al mundo, tal como lo hizo este joven. ¿Cuán firme será vuestra fe? Os será mucho más fácil tomar decisiones, especialmente las más importantes — matrimonio, misión, estudios, carrera—, si oráis con fe, confiando sinceramente en el Señor, y luego seguís los susurros del Espíritu.

Guardad los mandamientos 

Debemos aseguramos de que las deci­siones que tomemos estén en armonía con los mandamientos. La obediencia re­quiere tener confianza en la sabiduría del Señor y su amor por nosotros. El relato de otro joven, al que llamaré Tomás, ilustra este concepto.

Cuando Tomás tenía once años, consi­guió un trabajo de repartir periódicos a domicilio. Le iba tan bien económica­mente que cuando cumplió los dieciséis años aún continuaba haciendo lo mismo. Un día el gerente, que era un miembro inactivo de la Iglesia, le dijo: “Has sido tan leal y has vendido tantas subscripcio­nes que te voy a nombrar ayudante del gerente de circulación del periódico. Esto significa que supervisarás a los otros jó­venes que hacen los repartos y les ense­ñarás a vender subscripciones. Después de salir de la escuela y de terminar tu ruta, podrás venir a la oficina a trabajar unas dos o tres horas para atender el telé­fono, lo que te permitirá hacer tu tarea o estudiar. Considerándolo todo, será un buen trabajo para ti, y ganarás el triple”.

Tomás se quedó muy contento. Estaba ahorrando dinero para ir en una misión y éste era un trabajo ideal, precisamente en una época en que muchos jóvenes de su edad tenían muchas dificultades para conseguir uno.

Se repetía a sí mismo una y otra vez: “El Señor realmente bendice a los que cumplen los mandamientos”. Él siempre había pagado el diezmo, santificado el día de reposo y honrado el sacerdocio.

Después de un año y medio lleno de éxito, el gerente le dio otra oportunidad  de progresar. “¿Sabes, Tomás?, dentro de una semana vamos a comenzar a re­partir el periódico de los domingos. No sólo tendrás tu ruta para repartir por la mañana, sino que tendrás que quedarte en la oficina desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. Además recibi­rás un aumento del 30 por ciento.”

Como él no demostró mucho entusias­mo con la noticia, el gerente agregó in­mediatamente: “Sé que eres mormón y que estarás pensando en no aceptar esta responsabilidad extra para los domingos. Pero si la rechazas, también perderás tu ruta semanal. Cualquier otro joven haría cualquier cosa por ocupar tu lugar”.

Al pedalear su bicicleta hacia la casa, Tomás se sentía terriblemente desalen­tado. Oró una y otra vez: “¿Cómo es posible, Padre? He guardado los manda­mientos; siempre he tratado de hacer lo correcto; he pagado el diezmo, estoy pre­parándome para ir a una misión, y ahora estoy a punto de perder el trabajo. ¿Debo aceptar este trabajo extra de los domin­gos o no?”

Le planteó el problema a su padre, quien sabiamente le respondió: “No sé la respuesta, pero sé de Alguien que la sa­be”. Después habló con el obispo, quien le dijo más o menos lo mismo que su padre. Durante dos días enteros oró y lu­chó para llegar a una decisión. Sabía que podría asistir a la reunión sacramental de otro barrio que la efectuaba por la tarde.

Cuando su jefe le preguntó lo que ha­bía decidido, Tomás le contestó:

—Me gusta mucho el trabajo, pero no puedo trabajar los domingos; eso no está bien.

—Estás despedido —dijo el gerente, enojado—. El sábado puedes recoger tu última paga. ¡Eres un desagradecido!

Durante los días siguientes el gerente casi ni le dirigió la palabra. Cuando To­más se preguntaba si la decisión que ha­bía tomado era la correcta, la respuesta parecía ser la misma: “Quizás haya algu­nas personas que tengan que trabajar los domingos, pero tú no; y no debes hacer­lo”.

Al ir a recoger su último cheque, vio que el gerente estaba esperándolo.

—Tomás, perdóname —le dijo—. Estaba equivocado; no debí haber tratado de forzarte a ir en contra de tus creencias. He encontrado a otro joven que pertenece a otra religión que está dispuesto a hacer el trabajo extra de los domingos. Tú pue­des continuar con tu trabajo regular. ¿Aceptas?

Con gran agradecimiento en su cora­zón, él le contestó:

—Por supuesto.

Entonces el gerente agregó:

—De ahora en adelante recibirás el 30 por ciento de aumento que te iba a pagar por el trabajo extra de los domingos.

El sentimiento que Tomás llevaba en su corazón al volver a la casa era indes­criptible. “Vale la pena cumplir los man­damientos del Señor”, se dijo a sí mismo. Por supuesto que también habría valido la pena aun cuando no hubiera recibido el aumento. Un año después, cuando dio su discurso de despedida antes de salir como misionero, se sintió muy feliz de ver que el gerente estaba entre la congregación. Pero su gozo fue aún mayor cuando hace unos meses se enteró de que, después de veintiséis años de inactividad, el gerente es ahora el líder del grupo de sumos sa­cerdotes de su barrio.

Las decisiones con respecto al trabajo, la misión, el matrimonio y la carrera no son nada fáciles, pero si dependéis del Señor y cumplís sus mandamientos, po­dréis estar seguros de que “todas las co­sas obrarán juntamente para vuestro bien” (D. y C. 90:24).

Tened cuidado de no poner nunca en peligro vuestros principios; confiad siem­pre en el Señor.

Tened fe en medio de la oposición  

Permitidme daros un último ejemplo de otro joven al que llamaremos Raúl. Este enfermó gravemente mientras estaba en la misión en un país lejano. Tenía pro­blemas digestivos tan serios que el presi­dente de la misión estaba considerando la posibilidad de enviarlo a la casa.

Un día, mientras iba caminando con su compañero, le dio un dolor tan fuerte en un pie que ni siquiera pudo caminar hasta la casa donde iban a dar una charla a unos investigadores.

El médico diagnosticó que tenía artritis causada por la humedad, y le mandó que hiciera reposo por unos días.

Aunque siguió las instrucciones del doctor y recibió una bendición del sacer­docio, su salud continuaba igual. Raúl era líder de distrito en la misión, y los misioneros del distrito que trabajaban con él habían comenzado a bautizar en una ciudad en donde hacía tiempo que no había bautismos. Le era difícil compren­der cómo el Señor podía permitirle des­perdiciar un tiempo tan valioso cuando su distrito había empezado a tener éxito.

Pasó una semana, dos, tres, un mes, y Raúl no mejoraba. Finalmente lo lleva­ron al hospital de la capital, donde podría recibir mejor asistencia médica. Una ra­diografía reveló que un hueso del pie se había fracturado y se había unido en una posición incorrecta. Le hicieron varios tratamientos con electricidad que, su­puestamente, iban a ayudar a que el hue­so soldara debidamente, pero no dieron resultado. La fractura del pie y sus otros problemas de salud lo tenían un tanto de­salentado y, otra vez, se consideró la po­sibilidad de enviarlo a la casa.

Una mañana, después de casi tres me­ses, al levantarse de la cama se dio cuen­ta de que el pie no le dolía más. Apoyó en él con cuidado todo el peso de su cuer­po, luego pateó el piso con fuerza, y has­ta corrió un kilómetro con su compañero; estaba totalmente curado. Con gran rego­cijo volvió inmediatamente a continuar su trabajo en la obra misional.

Pasaron dos semanas y recibió una car­ta de sus padres que empezaba: “Querido hijo”, y luego seguía un párrafo o dos en los que lo regañaban por no haberles he­cho saber acerca de sus problemas de sa­lud. Se habían enterado por medio de otro misionero, uno de sus amigos, que les había escrito. Con mucho amor le de­cían: “Toda la familia ha comenzado a orar constantemente y a ayunar por ti. También pusimos tu nombre en el templo y esperamos que esto te ayude”.

Mientras leía la carta con lágrimas de emoción y hojeaba su diario personal, descubrió que el día que se había levanta­do completamente sanado era el mismo en que sus padres le habían escrito la car­ta; el mismo día en que toda la familia había comenzado a orar y a poner en práctica su fe en beneficio del hijo y her­mano que estaba tan lejos de ellos.

¿Cómo podía suceder una cosa así a unos once mil kilómetros de distancia? Quizás nadie lo sepa, pero el poder de la fe es algo que no se puede negar. Frente a toda oposición, confiad en el Señor; aun cuando ésta persista hasta el punto que no se pueda resistir, continuad confiando en Dios.

La vida es una lucha continua, pero el Señor cumple sus promesas. Todos voso­tros os enfrentáis con problemas y deci­siones importantes, pero todos se pueden resolver si confiáis en el Señor.

Él es la respuesta a todas las cosas; Él es quien os revelará vuestra capacidad y os hará saber quiénes sois y lo que debéis hacer.

Para terminar, me gustaría hacer unas cuantas sugerencias que os ayudarán a manteneros cerca del Señor y a confiar en El:

  1. Orad a Dios continuamente durante el día, pidiéndole guía y revelación. (Véase 2 Nefi 9:52.)
  2. Leed las Escrituras diariamente, aunque sea sólo unos minutos. Ellas os darán la dirección que necesitáis en este mundo y os enseñarán acerca del venide­ro.
  3. Ejercitad vuestra fe y dad prioridad a las cosas espirituales, y todas las demás os serán agregadas a su debido tiempo.
  4. Procurad hacer Su voluntad y no la vuestra, humillándoos y arrepintiéndoos o cambiando vuestra vida, según sea ne­cesario.
  5. Amad a vuestro prójimo; servidle. Apacentad las ovejas del Señor.
  6. Guardad los mandamientos con exactitud.

Recordad que al final el Señor prospe­rará a todos los que guarden sus manda­mientos. Él dijo: “Y si los hijos de los hombres guardan los mandamientos de Dios, él los alimenta y los fortifica, y provee los medios por los cuales pueden cumplir lo que les ha mandado” (1 Nefi 17:3; cursiva agregada).

Os testifico que si cumplís con los mandamientos, Él os alimentará, os forti­ficará y os proveerá los medios para que logréis todo lo necesario para completar fielmente vuestra misión divina aquí en la tierra. Que el Señor os bendiga en las decisiones que debéis tomar en esta etapa tan importante de vuestra vida. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 1 comentario

Acontecimientos más importantes antes de la venida de Cristo

¿Cuáles son los acontecimientos más importantes que han de suceder antes de la venida de Cristo?

Joseph F. McConkie,
Profesor de Escrituras antiguas de la Universidad Brigham Young.

Las Escrituras explícitamente prohíben especular acerca de la hora y el día en que Cristo regresará. Queda en claro que el calendario que usamos no ha de ser uno de meses y años, sino de acontecimientos. Existen profecías incondicionales que se deben cumplir antes de la venida de Cristo. Estos acontecimientos se describen en las Escrituras como la “terminación de su obra” y deben ocurrir mayormente “al comenzar el séptimo milenio [de la histo­ria temporal de la tierra], la preparación de la vía antes de la hora de su venida” (D. y C. 77:6, 12).

En el capítulo 9 del libro de Apocalip­sis leemos de las guerras y de las plagas que ocurrirán cuando se abra el séptimo sello. Por revelación, el profeta José Smith nos dijo que estas cosas “se cum­plirán después que sea abierto el séptimo sello, antes de la venida de Cristo” (D. y C. 77:13).

Los santos fieles pueden reconocer es­tos acontecimientos y así prepararse para recibir a Cristo a su regreso. Considere­mos brevemente seis acontecimientos claves (no necesariamente en orden cro­nológico) que deben cumplirse antes de la Segunda Venida. Son: (1) la prédica del evangelio en todo el mundo, (2) el recogimiento de Israel, (3) la construc­ción de templos, (4) la visita de Cristo a Adán-ondi-Ahman, (5) la batalla de Armagedón y (6) señales y maravillas en los cielos.

1. La prédica del evangelio en todo el mundo. El evangelio restaurado mediante José Smith ha de ser predicado entre to­das las naciones, tribus, lenguas y pue­blos antes de la venida de Cristo. Toda nación, familia y lengua debe tener la oportunidad de aceptar o rechazar a Cristo tal como el Libro de Mormón testifica de él (3 Nefi 21:11). En ello se incluye a los pueblos de la Unión Soviética, China, India y las naciones musulmanas. A to­dos se les ha de enseñar el evangelio en su propia lengua y a través de su propia gente (D. y C. 90:11; Alma 29: 8). En todas estas naciones se encontrarán con­gregaciones de Santos de los Últimos Días armados con “la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:12,14). Aparentemente deben ocurrir grandes cambios en los gobiernos de los hombres antes de que tales profecías puedan cumplirse.

2. El recogimiento de Israel. Por me­dio de la enseñanza del evangelio se cumplirán las profecías acerca del recogi­miento de Israel. Esto se aplica al pueblo lamanita, al judío y a las tribus perdidas.

Todos se hallaban perdidos o dispersos por haber rechazado a Cristo y sus man­damientos. Nuevamente podrán reclamar su herencia antigua cuando hayan regre­sado a Cristo y a sus convenios sempiter­nos. Una vez que sean “restaurados a la verdadera iglesia y redil de Dios”, volve­rán bajo la dirección del profeta, que ten­drá las llaves del recogimiento de Israel a las tierras de su herencia. (2 Nefi 9:2; D. y C. 110:11.)

3. La construcción de templos. A me­dida que Israel se vaya congregando, Sión se irá estableciendo, y a medida que Sión se vaya estableciendo se irán cons­truyendo templos. El propósito de los templos es preparar al pueblo para reunir­se con Dios. Malaquías prometió que en los últimos días el Señor vendría súbita­mente a su templo (Malaquías 3:1).

Isaías identificó la construcción de tem­plos como una señal del recogimiento de Israel en preparación para la venida de Cristo (Isaías 2:1-3). Las promesas proféticas incluyen la construcción de tem­plos tanto en la Jerusalén antigua como en la Nueva Jerusalén en el condado de Jackson (D. y C. 84:4; 124:36).

4. La visita de Cristo a Adán-ondi- Ahman. Antes del grande y terrible día en que Cristo venga a reclamar lo que le pertenece y a traer juicios sobre los mal­vados; antes de que descienda abierta y públicamente, aparecerá priviada y silen­ciosamente a algunos de los santos fieles de todas las épocas en el valle de Adán- ondi-Ahman. Aquí, quienes hayan tenido llaves y poderes, desde la época de Adán hasta el presente, rendirán un informe de sus mayordomías. Entregarán sus llaves a Adán, quien a su vez las entregará a Cristo. De esta manera todo quedará listo para que Cristo comience su reinado mi­lenario (D. y C. 116; Daniel 7:9-14; 21-22).

5. La batalla de Armagedón. Cuando Israel haya regresado a sus tierras, ha­biéndose congregado de todas las nacio­nes de la tierra, y la Jerusalén antigua haya sido reconstruida con el templo del Señor, entonces vendrá una época de gran iniquidad y destrucción la que cul­minará en la batalla de Armagedón.

Se ha supuesto falsamente que existirá un estado de rectitud como introducción a la época milenaria; sin embargo, no es así. La tierra entera estará llena de iniqui­dad. Dos de los profetas de Dios serán sacrificados en Jerusalén y sus cuerpos yacerán en la plaza por tres días y medio antes de que Dios los levante de los muertos (Apocalipsis 11:8-11).

De acuerdo con la divina providencia, las tribulaciones de Jerusalén serán para­lelas a sus pecados: la ciudad será toma­da, las casas saqueadas y las mujeres vio­ladas (Zacarías 14:2). Parecería que sólo los justos escaparán esta destrucción y pillaje.

Tal será el escenario de la gran batalla final, la batalla de Armagedón. Esta cul­minante batalla, parte de una guerra religiosa, una guerra que confronta la causa de Israel y su Cristo con las fuerzas de Gog y Magog, será sostenida en la valle de Esdraelón en las antiguas tierras de Palestina. De acuerdo con el capítulo 9 del libro de Apocalipsis, versículo 16, en este lugar unos “doscientos millones” de hombres se trabarán en una batalla que se extenderá a todas las naciones de la tie­rra. Durante esta batalla, Cristo pondrá nuevamente su pie sobre el Monte de los Olivos y este sagrado monte se partirá en dos; rescatará a su pueblo y enjuiciará a los malvados. La derrota de Gog y Ma­gog significará la destrucción final de los enemigos de Israel y el fin de las nacio­nes y los reinos terrenales. Poco después, Cristo reinará como Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 9; D. y C. 45:48; Apocalipsis 19:14—16).

6. Señales y maravillas en los cielos. Unos 2.000 años antes en el Monte de los Olivos, Cristo había relatado a sus discí­pulos las destrucciones que vendrían so­bre Israel en los últimos días. Entonces hizo la promesa: “E inmediatamente des­pués de la tribulación de aquellos días, el sol se obscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y se­rán conmovidos los poderes del cielo” (José Smith—Mateo 1:33).

Esta será entonces la gran señal final, porque “entonces”, El prometió, “apare­cerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y entonces lamentarán todas las tri­bus de la tierra; y verán al Hijo del Hom­bre que viene en las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (José Smith—Mateo 1:36). □

 

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | 3 comentarios

Principios

Principios

Por el élder Boyd K. Packer
del Quórum de los Doce
Liahona Octubre/Noviembre 1985

La siguiente es una versión editada de un discurso pronunciado en el Seminario de Representantes Regionales como parte de las actividades de la conferencia general, el 6 de Abril de 1984.

Si existe alguna manera mejor para que un joven miembro de la Iglesia obtenga un conocimiento profundo del evangelio, es sirviendo en una misión. La misión es una combinación casi perfecta del estudio y la aplicación de los principios a medida que se van aprendiendo.

Recibí la asignación de hablar acerca del llamamiento de misioneros. El Se­ñor nos ha mandado predicar el evangelio. Las escrituras repiten ese men­saje más de ochenta veces —más de 80 veces: “Predicad el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo”, y esa es razón suficiente para hacerlo. Qui­siera añadir otra razón para llamar misioneros. Creo que si tan sólo com­prendiéramos, si pudiéramos captar el significado de ello, nos impulsaría a tomar una mayor determinación de aseguramos de que todo joven se en­cuentre digno de recibir un llama­miento misional. Salvo aquellos que tengan algún serio impedimento, todo joven debe ser lo suficientemente digno para recibir un llamamiento mi­sional.

Ahora, considerando como es el mundo, no hacemos el mismo hincapié en que las hermanas reciban un llamamiento misional. Por un lado, el nú­mero de lugares seguros a donde se pueden asignar hermanas es muy limitado en cada misión. Tenemos algunas misiones en donde casi predomina el número de hermanas. No es que debamos dejar de llamar a hermanas para que sirvan en el campo misional; sino llamar a un número cada vez mayor de élderes.

Si pudieseis comprender lo que quiero comunicaros acerca del llama­miento de misioneros, comprenderíais que éste no sólo es esencial para el crecimiento de la Iglesia sino también para su seguridad. Supongo que el me­jor título para lo que quiero decir sería la palabra sencilla: Principios. Es mi intención expresar ideas acerca de los principios fundamentales del gobierno del sacerdocio, y luego presentar algu­nos ejemplos de cuán esenciales son en el gobierno de la Iglesia, y finalmente aplicarlos a la obra misional. Estos principios, por supuesto, se aplican a todos los aspectos de la obra de la Igle­sia.

Sabemos que la tarea de los líderes locales del sacerdocio es interminable. Aun si dedicaran todo su tiempo, no lo podrían hacer —y por supuesto, tienen que proveer para sus familias y ser ciu­dadanos responsables. Si ese es el caso, ¿cómo pueden elegir lo correcto? De todo lo que tienen que hacer,

¿Cómo pueden sabiamente discernir cuáles son las tareas que pueden dele­gar? Las responsabilidades de los líde­res locales se pueden colocar en las siguientes categorías:

Tenemos que mantener una organi­zación, con el problema constante de buscar personal.

Tenemos que dirigir programas.

Tenemos que apegarnos a una serie de normas y procedimientos.

Tenemos que administrar reglas ofi­ciales.

Por último, tenemos que honrar y enseñar principios.

La organización, los programas, los procedimientos, las normas, y los principios son todos de gran importan­cia, pero no de igual importancia. Bien se podría pasar tiempo y dinero en co­sas que no son de vida o muerte y desatender los asuntos más cruciales.

Permitidme dar dos ejemplos, uno referente al aspecto más espiritual de nuestro ministerio y otro referente al aspecto temporal.

El primero está relacionado con los tribunales de la Iglesia. Es nuestra res­ponsabilidad disciplinar a los miem­bros cuando haya habido una transgre­sión muy grave. En el Manual General de Instrucciones se encuentra detallada la manera de organizar un tribunal y los procedimientos que se deben de se­guir.

No obstante, a menos que se esté familiarizado con los principios rela­cionados con tales casos, se podría lle­var a cabo un tribunal de la Iglesia que se ajuste a todas las indicaciones del manual y se siga el procedimiento adecuado, y sin embargo, herir en lugar de sanar al miembro descarriado. Si no conocéis los principios —con esto me refiero a los principios del evangelio, a la doctrina, a las revelaciones— si no conocéis lo que las revelaciones dicen acerca de la justicia o la misericordia, o lo que revelan acerca de la repren­sión o el perdón, ¿cómo podéis tomar decisiones inspiradas en aquellos casos difíciles que requieren vuestro fallo?

Existe en el manual de instrucciones un elemento espiritual que va más allá de los procedimientos; le pertenece al sacerdocio y trae implícitos poderes divinos. A menos que estéis familiari­zados con él, a menos que los obispos y presidentes de estaca estén familiari­zados con él, podrán implantar progra­mas y aún así no redimir a los Santos.

Otro ejemplo: en las revelaciones está claro que debemos cuidar de los pobres dignos. ¿Cómo se debe hacer? Hemos de colectar las ofrendas de ayu­no, y están los programas de bienestar, los cuales ya conocemos. Los manua­les de instrucciones especifican la ma­nera de administrar estos programas. Sin embargo, cada caso es diferente. Sin un conocimiento de los principios del evangelio, podríais actuar en técni­co apego con las instrucciones, y de­gradar en vez de exaltar al miembro. Suponed que no sabéis nada en cuanto a la independencia, la frugalidad y la autosuficiencia.

No se trata de la dedicación, ya que nunca pondríamos eso en tela de jui­cio. Se trata más bien del orden de prioridades; es un asunto de visión.

Los principios del evangelio rigen cada aspecto de la administración de la Iglesia. Su explicación no aparece en los manuales de instrucciones; sino en las Escrituras. Son la sustancia y el propósito de la revelación.

Los procedimientos, programas, la política administrativa y aun algunos esquemas de organización están suje­tos a cambios. Es más, es nuestra li­bertad y nuestro deber alterarlos de vez en cuando. Pero los principios y la doctrina nunca cambian.

Podéis errar si ponéis demasiado én­fasis en los programas y procedimien­tos que pueden cambiar, cambiarán y que por fuerza deben cambiar, y no comprendéis los principios fundamen­tales del evangelio, los cuáles nunca cambian.

Ahora, prestad mucha atención.

Con esto no quiero decir que debéis hacer caso omiso a los manuales; ni por un momento lo diría. Lo que sí digo es lo siguiente: hay un elemento espiritual que no aparece en los ma­nuales pero que debéis incluir en vues­tro ministerio si deseáis agradar al Se­ñor.

Si conocéis el evangelio sentiréis una lealtad para con las instrucciones del manual que de otro modo no po­dríais tener. Mediante ello, evitaréis las innovaciones que no pueden dar re­sultado.

Por motivo del crecimiento acelera­do de la Iglesia, existe la tendencia a querer solucionar problemas modifi­cando los límites geográficos, alteran­do programas, reorganizando a los lí­deres o proveyendo edificios más cómodos. Lo que realmente nos hace falta es una simplificación, un avivamiento de los principios básicos del evangelio en la vida de todo Santo de los Últimos Días. La verdadera esen­cia del gobierno del sacerdocio no con­siste en procedimientos, sino en prin­cipios y doctrina.

El profeta José Smith nos dio la cla­ve. Refiriéndose a la administración, dijo: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”.

Hace un tiempo entrevisté a un jo­ven obispo en Brasil; tenía 27 años de edad. Me impresionó el hecho de que poseía todos los atributos de un prós­pero líder de la Iglesia: humildad, tes­timonio, buena presentación, inteli­gencia, espiritualidad. He aquí, pensé, un joven con un futuro brillante en la Iglesia.

Al verlo me pregunté “¿Cómo será su futuro? ¿Qué haremos por él? Me puse a pensar como serían los años futuros.

Será obispo aproximadamente seis años, teniendo para entonces 33 años de edad; luego servirá como miembro del sumo consejo de estaca ocho años y cinco años como consejero en la pre­sidencia de estaca. A los 46 años será llamado como presidente de estaca; al cabo de seis años será relevado para llegar a ser Representante Regional, cargo que desempeñará durante cinco años. Lo cual quiere decir que habrá pasado treinta años como un ideal, un ejemplo, la imagen, el líder. No obs­tante, en todo ese tiempo, no habrá asistido a tres clases consecutivas de Doctrina del Evangelio ni habrá parti­cipado en tres clases de los quórumes del sacerdocio.

Hermanos, ¿podéis veros en este ejemplo? A menos que haya sabido los principios fundamentales del evange­lio antes de su llamamiento, casi no dispondrá de tiempo para aprenderlos después. Las reuniones, compromisos, presupuestos y otros asuntos que ata­ñen a las capillas le consumirán su tiempo. Estas cosas por lo general no se dejan de lado.

Pero sí se dejan de lado los princi­pios: el evangelio se deja de lado, la doctrina se deja de lado. Cuando eso sucede, ¡corremos un gran peligro! Te­nemos evidencias de ello en la Iglesia hoy día.

¡Quisiera alzar mi voz con una so­lemne y seria amonestación! Vivimos en tiempos de gran oposición, no solamente en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Crece de día y de no­che en todos lados. Los enemigos de afuera, quienes, apoyados por los apóstatas de adentro, ponen a prueba la fe de los miembros de la Iglesia.

Pero no son los programas los que de­safían; por el contrario, les tienen cier­ta admiración. Son en las doctrinas donde enfocan; son las doctrinas las que reciben sus ataques, y notamos que muchos líderes se encuentran per­didos ante preguntas sobre temas doctrinales. He estado relacionado con el programa de Comunicaciones Públicas de la Iglesia y recibimos diariamente llamadas de todas partes: “Necesita­mos ayuda; ¿qué hacemos? Están po­niendo la doctrina en tela de juicio”. Si nuestros miembros no están al tanto de las doctrinas, corremos peligro, pese a programas eficaces y edificios funcio­nales.

Ahora bien, no deseo subestimar nuestros esfuerzos. Puedo ver mani­festaciones de los principios del evan­gelio en todas partes. Permitidme pre­sentaros un ejemplo.

En las reuniones de liderazgo de es­taca, con frecuencia le pregunto a al­gún joven presidente del quorum de élderes acerca del procedimiento que se emplea para llamar a un nuevo con­sejero. ¿En qué forma llamaría usted a un nuevo consejero? Lo que ocurre a continuación, me complace informa­ros, es típico de lo que generalmente sucede:

El presidente dice:

—Bueno, primero, repaso mental­mente la lista de los nombres de los miembros del quorum y selecciono al que me impresiona que debe ser mi consejero. Después oro acerca de mi decisión.
—¿Por qué ora al respecto?
—Para recibir la guía del Señor.
—¿Qué clase de guía?
—Para saber si es correcta o no.
—¿Quiere decir usted revelación? —Sí.
—¿Cree que es posible recibir reve­lación cuando se trata de una cosa co­mo ésta?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Pero usted es un joven común y corriente; ¿en verdad cree que puede recibir revelación de Dios?
—¡Sí!
—¿La ha recibido anteriormente?
—Sí.
—Creo que no podré convencerlo de lo contrario, ¿o sí?
—¡No!

¡Imaginaos! Un presidente de quo­rum de élderes común y corriente sabe lo que es la revelación y cómo obtener­la. Un joven común y corriente sabe cómo dirigirse al Señor a través del velo y recibir instrucciones por medio de la revelación.

Esa es la esencia, la esencia misma del gobierno del sacerdocio. Es un principio del evangelio. Es una ley de Dios que El revelará su voluntad a sus siervos, no sólo a los profetas y Após­toles, sino a sus siervos por todo el mundo. Es un valioso principio que se debe guardar y nutrir, pero cuando te­nemos que estar al tanto de demasia­dos programas, tendemos a sofocarlo.

Ahora bien, si este joven presidente está familiarizado con las Escrituras, nunca seguirá a falsos líderes. En Doctrina y Convenios habrá leído lo si­guiente:

“Asimismo, os digo que a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio o edificar mi iglesia, a me­nos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debida­mente ordenado por las autoridades de la Iglesia.” (D. y C. 42:11.)

Tampoco estará organizado tan me­cánicamente como para no reconocer la inspiración. En la sección cuarenta y seis de Doctrina y Convenios habrá leído lo siguiente:

“Pero a pesar de las cosas que están escritas, siempre se ha concedido a los élderes de mi iglesia desde el princi­pio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Espíritu Santo.” (D. y C. 46:2.)

Es tan sumamente importante que todo miembro, y particularmente todo líder, comprenda y conozca el evange­lio.

No es fácil encontrar tiempo para estudiar el evangelio. Es difícil para un presidente de estaca el poder hacerlo y aún mucho más difícil para un obispo, pero es necesario y es posible. Los hermanos deben asistir a las clases tan a menudo como les sea posible; los obispos y presidentes de estaca deben buscar la manera de asistir por lo me­nos a una buena porción de las clases de Doctrina del Evangelio y las leccio­nes de los quórumes correspondientes.

Debemos aseguramos de que las ge­neraciones que nos siguen aprendan los principios del evangelio. Es nues­tro deber enseñarles y entregarles in­tactos los principios y las ordenanzas del evangelio y la autoridad del sacerdocio.

Fomentad aquellos programas que se han diseñado para enseñar el evan­gelio. La Primaria, la Escuela Domini­cal (dicho sea de paso, he oído decir que algunos líderes locales han reco­mendado que se descontinúe la Escue­la Dominical; eso ciertamente sería una tontería), las lecciones del sacer­docio y de las organizaciones auxilia­res, las lecciones de Vida Espiritual de la Sociedad de Socorro, el programa del Sacerdocio Aarónico y las Mujeres jóvenes, y las reuniones sacramentales pueden ser herramientas poderosas si las empleamos para predicar el evangelio. Las reuniones sacramentales de­ben tratar temas del evangelio. Y no veo cómo un obispo o presidente de estaca podría descansar hasta que el programa de seminario para sus jóve­nes estuviera funcionando apropiadamente y el programa de capacitación para maestros, el cual hace que estos programas sean de la mejor calidad, reciba la debida atención. Todos estos aspectos merecen cuidado y ratificación.

Para concluir, solamente quiero mencionar un punto más: ¿Qué tiene que ver todo esto con el llamamiento de misioneros? Tiene todo que ver.

Si existe alguna manera mejor para que un joven miembro de la Iglesia obtenga un conocimiento profundo del evangelio, es sirviendo en una misión. La misión es una combinación casi perfecta del estudio y la aplicación de los principios a medida que se van aprendiendo. Nada se le puede compa­rar.

El llamamiento de misionero le re­quiere ser capaz de enseñar los princi­pios básicos del evangelio todo el día, durante todos los días. Enseña el plan de salvación una y otra vez.

El Señor es nuestro ejemplo. Sería difícil describir a Jesucristo como un ejecutivo. Permitidme repetirlo: sería difícil describir a Jesucristo como un ejecutivo. ¡Él fue un maestro! Ese es el ideal, el modelo.

Los misioneros son maestros. Nin­gún alumno aprende tanto al escuchar una lección como el maestro que la prepara.

Imaginaos lo que sería tener un pe­ríodo de estudio diario de las Escritu­ras de dos horas con un compañero. ¿Os gustaría? El misionero estudia las Escrituras como nunca lo ha hecho y como nunca podrá hacerlo después, especialmente si recibe un llamamien­to para servir como líder.

Se le da una base en la verdadera esencia del evangelio; se le enseñan los principios fundamentales del go­bierno del sacerdocio. El futuro de la Iglesia dependerá en que él sepa eso.

Pregunta: ¿En dónde suponéis que ese joven presidente del quorum de él­deres obtuvo su cimiento en los princi­pios del evangelio, el orden de la reve­lación? ¿En dónde suponéis que aprendió acerca de la revelación? Indudablemente lo hizo durante su mi­sión.

La seguridad de la Iglesia en genera­ciones futuras yace en el éxito que ten­gamos al llamar misioneros. Si nos preocupa el futuro de esta obra, no descansaremos hasta que cada joven capaz llegue a ser digno y tenga el de­seo de recibir el llamamiento para ser­vir en una misión.

Ahora bien, al principio solamente mencioné el hecho de que se nos man­da predicar el evangelio. Se nos man­da que lo hagamos, ya sea que por ello recibamos o no beneficios y bendicio­nes adicionales. ¿Por qué? ¡Porque es nuestro deber! Ese es un principio, ¡un principio imperativo!

Los procedimientos y los progra­mas, las normas y la organización, los presupuestos y los edificios son impor­tantes en su debido lugar. Debemos de llevarlos a cabo, pero no a expensas de las cosas más importantes.

Debemos seguir adelante. Ahora mismo podríamos establecer seis mi­siones nuevas si tuviésemos suficien­tes misioneros. De modo que nuestro consejo e instrucción para todos los lí­deres es que sigan adelante, que renue­ven con gran urgencia el llamamiento de jóvenes y a un número menor pero suficiente de hermanas, para que sal­gan a predicar el evangelio a toda na­ción, tribu, lengua y pueblo, en res­puesta al mandamiento que se nos ha dado, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | 1 comentario

Éstos son vuestros Días

Éstos son vuestros Días

por el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Mirad hacia un futuro claro y brillante. Estáis en esta época y en estas circunstancias por llamamiento divino. Dios os conoce y sabe lo que sois capaces de hacer.
Viviréis en una época en que la paz habrá sido quitada de la tierra. Pero podéis tener la paz de Dios en vuestros corazones y hogares.

El desear haber vivido en otra época, aunque es a veces comprensible, por lo general no es algo muy útil. Un personaje de la época del Libro de Mormón escribió: “Sí, si hubiesen sido aquellos días los míos, entonces mi al­ma se habría regocijado en la rectitud de mis hermanos” (Helamán 7:8). Sin embargo, ese líder llegó a saber cómo el llamamiento de Dios para servir en un período de tiempo en particular es tanto una parte de Su llamado como lo es llevar a cabo ciertos deberes en nuestros días.

Por lo tanto, juventud de la Iglesia, por llamamiento divino, ¡éstos son vuestros días! Viviréis en una época en que se están cumpliendo profecías, donde se está haciendo historia, de promesas especiales, de marcados contrastes, y de afirmaciones benditas.

En calidad de generación naciente, podréis, en mi opinión, evitar el error de algunos jóvenes de la antigüedad: “Y se levantó después de ellos otra ge­neración que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel” (Jueces 2:10).

Y de la misma manera, evitaréis el triste resultado que experimentó otra generación, acerca de la cual leemos: “Porque he aquí, tenían muchos hijos que crecieron y aumentaron en años hasta actuar por sí mismos, y unos. . . los indujeron … a unirse a esos ladro­nes de Gandiantón” (3 Nefi 1:29).

En igual forma veréis a algunos de vuestros amigos en la Iglesia, quienes han recibido la misma instrucción que vosotros, perderse, volverse disiden­tes, “olvidándose enteramente del Se­ñor su Dios” (véase Alma 47:36).

Cuando tenía 18 años, fui, casi di­rectamente de la graduación de la es­cuela secundaria, a la Segunda Guerra Mundial, y llevé conmigo una copia de carbón de mi bendición patriarcal, la cual se puso muy borrosa. La leía para recibir consolación y seguridad cons­tantes cuando era un joven y temeroso soldado de infantería durante el com­bate de la Isla de Okinawa, en el Pací­fico. Poco antes de esa experiencia, había sufrido una crisis en la escuela secundaria en lo relacionado con mi amor propio. El haber criado cerdos como parte de un proyecto de un club agropecuario no me ayudó mucho en mi vida social; tampoco lo hizo el he­cho de tener severos problemas de ac­né; y como si eso fuera poco, por moti­vo de mi corta estatura, tampoco pude llegar a formar parte del equipo de baloncesto. Todas estas cosas se habían combinado para producir una intensa decepción personal, justo antes de par­tir hacia la guerra.

Pero a medida que me alejaba del hogar de mis padres, amorosos y bue­nos, sabía quién era y podía darme una idea de lo que el futuro me deparaba. Sabía, también, que el Señor me ama­ba, aunque en otros aspectos me en­contraba inseguro y preocupado.

Algunos de vosotros, jóvenes que formáis parte de la creciente genera­ción de los Santos de los Últimos Días, me dais la impresión de estar espiri­tualmente más adelantados, y de tener algunas de las cualidades de tres jóve­nes llamados Sadrac, Mesac y Abednego. Estos jóvenes discípulos se ne­garon a postrarse y a adorar el ídolo de oro del rey Nabucodonosor. Cuando se encontraron ante la posibilidad de per­der la vida en el incinerador, dieron una de las respuestas clásicas de toda la historia humana. Su fe incondicio­nal y su confianza estaban completa­mente en el Señor. . . quien podría o no salvarlos, pero no importaba.

“He aquí nuestro Dios a quien servi­mos puede libramos del homo de fue­go ardiendo; y de tu mano, o rey, nos librará.

“Y si no, sepas, oh rey, que no ser­viremos a tus dioses, ni tampoco ado­raremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18, cursiva agregada).

El Señor estará con vosotros a medi­da que hagáis frente a vuestros hornos de fuego. Y podéis estar seguros de que tales experiencias se presentarán, tal como lo dijo Pedro:

“Amados, no os sorprendáis del fue­go de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (1 Pedro 4:12).

Entre las sugerencias que quiero ha­ceros en éstos, vuestros días, están las siguientes:

  1. Aprended a desarrollar reflejos correctos, los cuales os ayudarán al en­frentar cada nueva tentación. Aquellos que tienen que decidir cada vez que se enfrentan a las tentaciones no sola­mente pierden tiempo, sino que hasta pueden perder sus almas.
  2. Aprended a distinguir entre el go­zo y el placer. Por ejemplo, no dejéis que la risa del mundo os engañe; se trata solamente de un grupo solitario que trata de reconfortarse.
  3. Guardad la fe, y la fe os guarda­rá.
  4. Divertíos sanamente, pero apren­ded la sobriedad del gozo.
  5. Sed diferentes del mundo para poder hacer la diferencia en él.
  6. Aprended a ver las drogas, el al­cohol, la pornografía y la inmoralidad como lo que en realidad son: ataques directos y audaces en contra de vuestra libertad personal y de vuestras proba­bilidades de ser felices. Estas cosas destruyen el cuerpo y la mente; redu­cen a cenizas el discernimiento del al­ma. El celebrar malamente vuestra capacidad de sentir destruirá tal capacidad.
  7. No permitáis que vuestros esta­dos de ánimo ataquen vuestras creen­cias. Lo que está escrito en el Libro de Mormón es cierto, sin importar lo que tengáis en vuestro calendario social.
  8. El tiempo sigue su marcha en vuestra vida, aunque seáis jóvenes. A medida que maduráis, las semanas se vuelven días, los meses semanas, y los años meses. Tarde o temprano diréis con Jacob, “nuestras vidas también han pasado como si fuera un sueño” (Jacob 7:26). Más aún, el tiempo pasa más rápidamente cuando nos encontramos felices y ansiosamente dedicados a algo: “Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecieron como pocos días, porque la amaba” (Génesis 29:20).
  9. Podéis saber por vosotros mis­mos que Jesús vive, que ésta es su Iglesia y que Su evangelio es verdade­ro. Pero hay sólo una forma, y no hay atajos ni caminos más fáciles: “El que. quiera hacer la voluntad de Dios, co­nocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17).
  10. No siempre podréis explicar lo que os está pasando personalmente o lo que está pasando a vuestro alrede­dor. De allí la necesidad de una fe y una confianza profundas en nuestro Padre Celestial. Podéis aprender a de­cir con Nefi: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17). Esto es todo lo que a veces podemos saber, ¡y sin embargo es suficiente!

Dios os ha llamado y puesto en la tierra en esta época y en estas circuns­tancias, y os conoce mejor que voso­tros mismos y sabe lo que sois capaces de hacer. Sin embargo, Dios no se contentará con que permanezcáis co­mo sois ahora, aunque seáis muy bue­nos, ¡porque Él sabe lo que podéis lle­gar a ser!

Tendréis suficientes desafíos y vuestros días serán como los días de Noé (véase Mateo 24:37-12). Pero és­ta también será una época en que la Iglesia progresará y sus miembros es­tarán diseminados por toda la faz de la tierra (véase 1 Nefi: 4:14).

Se establecerán más y más estacas de la Iglesia, así como también más templos.

Sí, viviréis en una época en que la paz habrá sido quitada de la tierra (D. y C. 1:35). Pero podéis tener la paz de Dios en vuestros corazones y hogares —la cual sobrepasa todo entendimien­to (véase Juan 14:27; Filipenses 4:7).

Sí, viviréis en una época en la cual, por motivo de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará (véase Mateo 24:12). Pero aún podréis tener amor en vuestros corazones y en vuestros hoga­res.

Sí, viviréis en una época en la cual muchos, por causa de la iniquidad, se desesperarán por las circunstancias de la humanidad (véase Moroni 10:22). Pero podéis contaros entre el pueblo de Dios, que tendrá “por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14). El Señor estará en medio de todo su pueblo; lo guiará y a voso­tros también.

“Y no podéis llevar ahora todas las cosas; no obstante, tened buen ánimo, porque yo os guiaré. De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las rique­zas de la eternidad son vuestras” (D. y c. 78:18).

“Y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres, mas preser­varé a mí pueblo” (Moisés 7:61).

Sí, viviréis en una época en la cual a muchos no les importarán las sagradas Escrituras (véase Moisés 1:41); pero veréis cómo las Escrituras —tanto antiguas como modernas— crecerán juntamente (véase 2 Nefi 3:12), espe­cialmente a medida que aprendáis a usarlas.

Sí, también viviréis en una época en la cual más y más gente considerará a Jesús como “cosa de ningún valor” (1 Nefi 19:9); algunos lo considerarán co­mo un simple hombre (véase Mosíah 3:9); pero vosotros podéis considerarlo como vuestro Pastor y Modelo. Por otra parte, Su mandamiento para voso­tros es que lleguéis a ser “aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

El arte de ser Padres: Una cuestión del corazón

El arte de ser Padres:
Una cuestión del corazón

por Patricia T. Holland
Primera Consejera en la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Hace poco le preguntaron a una niña de cuatro años de edad por qué estaba llorando su hermanito. Miró al bebé, pensó un momento y contestó: “Si tú no tuvieras cabello ni dientes y te temblaran las piernas, también llora­rías”.

Todos venimos al mundo llorando y un poco temblorosos. El más sublime de los milagros de la ciencia, así como la más grandiosa de todas las artes, es el hecho de que los padres tomen a un bebé recién nacido, el cual es solamen­te un envoltorio de potencialidades, y con amor lo guíen y ayuden a desarro­llarse hasta llegar a ser un ser humano- totalmente funcional.

Cuando el Señor creó a los padres, creó algo asombrosamente parecido a Él. Nosotros, que hemos dado vida a nuestros hijos, tenemos el conocimien­to innato de que éste es el más sublime de los llamamientos, el más sagrado de los cometidos, y es por eso que el más leve fracaso nos puede causar una an­gustia desesperante.

Pese a nuestras mejores intenciones y nuestros esfuerzos más diligentes, algunos de nosotros descubrimos que nuestros hijos no están creciendo de la manera que quisiéramos. A veces es muy difícil comunicarse con ellos. Quizás estén teniendo problemas en la escuela, se sientan emocionalmente angustiados, se rebelen abiertamente o sean extremadamente tímidos. Son muchas las causas por las que sus pa­sos aún sean un tanto vacilantes.

Y parecería que aun si nuestros hijos no están teniendo dificultades, una cierta inquietud nos hace preguntamos cómo podemos alejarlos de sendas tan dolorosas. En momentos como ésos, acuden a nuestra mente preguntas tales como: “¿Lo estoy haciendo bien? ¿Llegarán a ser personas íntegras? ¿Debo pegarles o tratar de razonar con ellos? ¿Los debo controlar, o es mejor no hacerles caso?” La realidad logra que aun los mejores padres se sientan un poco inseguros.

Recientemente leí la siguiente ano­tación en mi diario, la cual escribí cuando era una madre joven y angus­tiada: “Ruego constantemente para no hacer algo que perjudique emocional­mente a mis hijos. Si llegara a lasti­marlos de alguna forma, ruego que ellos sepan que no fue mi intención. Frecuentemente lloro en silencio por cosas que quizás haya dicho y hecho sin pensar y espero no repetir esas transgresiones. Ruego que no haya he­cho nada que destruya mi sueño de lo que quiero que mis hijos lleguen a ser. Ansío ayuda y guía, especialmente cuando siento que les he fallado.”

Bien, al releer esto después de todos estos años, considero que mis hijos se están desarrollando sorprendentemente bien a pesar de haber tenido una madre tan nerviosa. La razón por la que com­parto esto es porque deseo comunicar­les que soy una de ustedes, una madre que carga un atado de culpa por los errores del pasado, una confianza tam­baleante por el presente y el temor de fracasos futuros. Pero más que nada, deseo que todo padre que lea estas pa­labras tenga esperanza.

Siendo que casi ninguno de nosotros es profesional en materia de desarrollo infantil, se imaginarán por qué me sen­tí tan complacida al escuchar esto de uno que lo es. Un catedrático en la Universidad Brigham Young me dijo en una ocasión:

—Pat, el ser padres no tiene casi nada que ver con la capacitación. Es todo cuestión del corazón.

Cuando le pedí que me lo explicara, dijo:

—Frecuentemente los padres consi­deran que la razón por la falta de co­municación con sus hijos es que no están suficientemente capacitados. La comunicación no es tanto un asunto de capacitación como lo es de actitud. Cuando nuestra actitud refleja manse­dumbre, humildad, amor e interés en el bienestar de nuestros hijos, eso fo­menta la comunicación. Nuestros hijos reconocen el esfuerzo de nuestra parte. Por otro lado, cuando somos impacientes, hostiles o rencorosos, no im­porta qué palabras utilicemos ni cómo tratemos de disfrazar nuestros senti­mientos, el corazón perspicaz de nues­tros hijos captará nuestra actitud nega­tiva.

En el Libro de Mormón, Jacob dijo que debemos descender a las profundi­dades de la humildad y consideramos insensatos ante Dios si queremos que El abra las puertas de los cielos. (Véa­se 2 Nefi 9:42.)

Esa humildad, junto con nuestra ha­bilidad para admitir nuestros errores, parece ser un requisito fundamental tanto para recibir la ayuda divina como para obtener el respeto de nuestros hi­jos.

Mi hija es una jovencita con un gran talento musical. Por muchos años yo pensaba que este talento no se desarro­llaría a menos que estuviera parada de­trás de ella y supervisara sus prácticas como un capataz. Un día, cuando mi hija era adolescente, me di cuenta de que mi actitud, que en una ocasión ha­bía sido de provecho, ahora obviamen­te estaba dañando nuestra asociación. Atormentada por el temor de que ella no desarrollara el gran talento que Dios le había dado, así como por la realidad de una relación que empeora­ba diariamente, decidí hacer lo que ha­bía visto que mi madre hacía cuando se encontraba ante un problema serio. Me fui a mi lugar secreto, donde oré fer­vientemente en busca de la única sabi­duría que podría ayudarme a mantener abiertos los canales de comunicación, la clase de sabiduría y ayuda que se recibe mediante lenguas angelicales.

Al concluir, sabía lo que tenía que ha­cer.

Ya que faltaban sólo tres días para la Navidad, le di a Mary un regalo perso­nal y una nota que decía: “Querida Mary: Siento mucho el conflicto que he causado al estar como un policía junto al piano. Debo de haberme visto ridícula— tú, yo y mis pistolas. Perdó­name. Te estás con vertiendo rápida­mente en una señorita. Tenía miedo de que no llegaras a tener suficiente con­fianza en ti misma y no te sintieras realizada como mujer si no desarrolla­bas tu talento. Te quiero mucho. Mamá».

Más tarde ese mismo día ella me buscó y en un tranquilo rincón de nuestro hogar me dijo:

—Mamá, sé que quieres lo mejor para mí, y eso lo he sabido toda mi vida. Pero si voy a tocar bien el piano, ¡la que tiene que practicar soy yo, no tú!

Entonces me abrazó y con los ojos llenos de lágrimas me dijo:

—Me he preguntado cómo podría enseñarte eso, y de alguna manera tú sola lo descubriste.

Años más tarde, al recordar Mary y yo ese incidente, me confió que mi buena voluntad para decir “lo siento; cometí un error; perdóname” le dio un gran sentimiento de autoestima porque le comunicó que era digna de una dis­culpa paternal, y que los hijos a veces tienen la razón. Me pregunto si es po­sible obtener una revelación personal sin consideramos insensatos ante Dios. Me pregunto si el influenciar y enseñar a nuestros hijos requiere que nos parezcamos más a un niño. ¿No deberíamos compartir con ellos nues­tros más profundos temores y dolores, así como nuestras mayores esperanzas y alegrías — en lugar de sermonearlos, dominarlos y reprenderlos una y otra vez?

Me gustaría concluir con una expe­riencia que ocurrió recientemente.

Durante tres días seguidos mi hijo Duffy, que tiene once años de edad y juega fútbol americano en el equipo escolar, salía de algún escondite en nuestra casa y me atacaba al estilo pro­fesional. La última vez que lo hizo, en mi esfuerzo por evitar su ataque, me caí, tumbé una lámpara y me encontré con el codo derecho incrustado cerca de las cejas. Perdí toda la paciencia y lo regañé por tomarme como maniquí para sus ataques.

Su respuesta me llegó al corazón cuando, llorando, me dijo:

—Pero mamá, tú eres la mejor ami­ga que un muchacho podría tener. Yo pensaba que esto te divertía tanto co­mo a mí. Por mucho tiempo he estado pensando en lo que voy a decir en mi primera entrevista cuando reciba el trofeo como el mejor jugador. Cuando me pregunten cómo llegué a ser tan bueno les diré: “Practiqué con mi ma­má”.

Todo niño tiene que entrenar con su mamá y, en forma más importante, to­da mamá tiene que entrenar con sus hijos. Esa es la manera que Dios les brinda tanto a los padres como a los hijos para lograr su salvación. Ante­riormente mencioné que todos vinimos al mundo llorando. Considerando to­dos los humildes propósitos de esta vi­da, probablemente comprendamos que de vez en cuando continuaremos derra­mando algunas lágrimas. Sería de ayu­da el tener siempre presente que éstos son hijos de Dios al igual que nuestros. Y por sobre todo, nos puede brindar un perfecto brillo de gloria el saber que cuando necesitamos ayuda podemos traspasar el velo para obtenerla.

Os testifico que Dios nunca nos abandonará en esta experiencia celes­tial, y que nosotros nunca debemos abandonar a nuestros hijos ni darnos por vencidos. En el nombre de Jesucristo. Amén. ■

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

El ambiente de nuestros hogares

El ambiente de nuestros hogares

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Permitid que vuestros hijos se vean expuestos al fruto de las mentes grandiosas, a ideas sublimes, a los principios eternos y a aquello que los edificará y motivará para bien.

Qué cosa tan difícil, y hasta frus­trante a veces, pero al mismo tiempo maravillosa y desafiante, es ser padre o madre de los niños que están naciendo y creciendo en esta época tan compleja. Todos cometemos errores, y la mayoría de nosotros cometemos muchos de ellos. Todos experimenta­mos congojas, y la mayoría hemos te­nido una buena dosis de ellas. Pero también hemos experimentado gozo y alegría al observar el crecimiento de nuestros hijos desde la cuna hasta la madurez.

Confío en que algunos de vosotros habéis venido a esta reunión con la es­peranza de recibir ayuda para los pro­blemas difíciles que tengáis. Ya habéis recibido ayuda de aquellos que han di­rigido la palabra. Le he rogado al Se­ñor que me guíe para poder decir algo que os sea de provecho.

No es cosa fácil ser padre o madre. Muchos experimentan tanta frustra­ción, tanta preocupación, tantos sue­ños y esperanzas hechos pedazos. Me doy cuenta, por supuesto, de que exis­ten muchos hogares en los que la situa­ción no es así; donde las cosas mar­chan bien, donde nunca se escuchan voces airadas, donde los padres son fe­lices y tranquilos y los hijos son fieles y crecen sin ningún problema serio. Si gozáis de un hogar así, dad gracias; agradecedle al Señor esta maravillosa bendición.

Pero os aseguro que existen muchos de la otra clase, ya que he recibido cartas respecto a ellos, de padres y ma­dres y de hijos e hijas. Es muy fácil decir que si hacemos esto o lo otro todo saldrá bien. Pero he conocido hombres y mujeres íntegros, personas fieles y honradas que se esfuerzan por cumplir con las enseñanzas de la Igle­sia, quienes llegan a sufrir mucho por la conducta de sus hijos.

Tengo algunas de las respuestas pa­ra estos problemas, pero debo confesar que no las tengo todas. Nosotros mis­mos somos los causantes de muchos de los problemas que nos aquejan. En otros casos, éstos parecen suceder a pesar de todo lo que hagamos para evitarlos. Pienso en el caso particular de unas personas maravillosas que conoz­co. Los hijos mayores crecieron, se ca­saron en el templo y continuaron vi­viendo la clase de vida que complacía a sus padres. Pero también tenían un hijo menor, un joven inteligente y capaz. Las amistades que tenía mientras cursaba la escuela secundaria lo apar­taron del camino correcto. Se dejó cre­cer el pelo y empezó a descuidar su apariencia. Hizo muchas otras cosas que causaron mucha tristeza a sus pa­dres. Su padre estaba afligido; lo regañaba y amenazaba; lloraba, oraba y lo reprendía, pero no respondió. La ma­dre también lloró y oró, pero controla­ba sus emociones y nunca alzaba la voz. En repetidas ocasiones le expresaba su amor a aquel hijo. El mucha­cho se fue de casa. La madre le mantu­vo el dormitorio ordenado, su cama lista, comida en el refrigerador y le dijo que cuando quisiera regresar a ca­sa siempre sería bienvenido.

Pasaron los meses, mientras la an­gustia continuaba. El amor de su ma­dre por fin empezó a penetrar su cora­zón. El joven comenzó a ir a dormir a casa de vez en cuando. Sin reprenderlo nunca, ella sonreía, bromeaba con él, le servía platillos deliciosos, lo abraza­ba y le expresaba su amor. Después de cierto tiempo, el joven empezó a mos­trar pulcritud en su persona, iba a casa con más frecuencia y llegó a darse cuenta de que no había otro lugar más cómodo, más seguro y feliz como el que antes había abandonado. Al fin pudo poner su vida en orden; sirvió una misión, un poco mayor de edad que la mayoría de los misioneros. Tu­vo mucho éxito en la obra misional, regresó a su hogar, continuó sus estu­dios y empezó a destacarse. La última vez que lo vi, él y su madre, ambos bendecidos con una voz maravillosa, cantaron a dueto, mientras que algunos que conocían la historia de su vida de­rramaban lágrimas de gozo.

A los que me escucháis y tenéis hi­jos o hijas como este joven, quiero de­ciros que no os deis por vencidos. Nunca estarán perdidos mientras voso­tros continuéis esforzándoos por ayudarlos. Recordad que el amor, más que cualquier otra cosa, es lo que los hará volver. No creo que los castigos lo lo­gren, ni las reprimendas sin amor. Lo que al final los atraerá será la pacien­cia, las expresiones de amor y ese ex­traordinario poder que viene con la oración.

Con el propósito de ayudaros, qui­siera sugerir cuatro elementos para for­talecer el ambiente de vuestros hoga­res. Mi sugerencia es que permitáis que vuestros hijos se críen en un hogar en donde reine
(1) un espíritu de servi­cio,
(2) una atmósfera de desarrollo,
(3) la disciplina del amor y
(4) el hábi­to de la oración.

Un espíritu de servicio

El egoísmo es un elemento destruc­tivo y corrosivo en la vida de la mayo­ría de nosotros; es la causa de gran parte de la tensión entre padres e hijos y es causa de tensiones en padres bien intencionados, quienes a veces fomen­tan sentimientos egoístas en aquellos al darles todo lo que desean, a menudo cosas innecesarias y costosas.

El antídoto para el egoísmo es el servicio, el dar de nosotros mismos pa­ra ayudar tanto a aquellos que viven dentro de las paredes de nuestra casa como a las demás personas. Un niño que crece en un hogar en el cual el padre es egoísta es posible que desa­rrolle esas tendencias en su vida. Por otro lado, aquel niño que se da cuenta de que sus padres sacrifican comodida­des para ayudar a los necesitados pro­bablemente siga el mismo ejemplo cuando llegue a la madurez.

El niño que ve a su padre cumplir con un llamamiento en la Iglesia, sir­viendo a Dios por medio del servicio a sus semejantes, es factible que actúe de manera similar cuando crezca. La niña que ve a su madre ayudar a los necesitados, ayudar a los pobres y prestar socorro a los afligidos, probablemente seguirá tal ejemplo en su vi­da adulta.

¿Os gustaría que vuestros hijos cre­cieran con un espíritu de altruismo? El ceder a todos sus deseos egoístas no lo logrará. Por el contrario, permitidles observar en sus propios hogares, y en las relaciones entre los miembros de la familia, la veracidad del gran principio que el Señor estableció: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará”. (Marcos 8:35.)

Una atmósfera de desarrollo               

Qué maravilloso e interesante es ver cómo las mentes jóvenes se ensanchan y se fortalecen. Yo soy una de esas personas que aprecian el tremendo po­tencial para el bien que tiene la televi­sión. Pero también soy de los que cen­suran la terrible pérdida de tiempo y oportunidad cuando en algunos hoga­res los niños miran hora tras hora aquello que ni los instruye ni los forta­lece.

Cuando era niño vivíamos en una casa grande y vieja. Una de las habita­ciones se llamaba “la biblioteca”. Con­taba con una mesa resistente y una buena lámpara, tres o cuatro sillones cómodos, que también tuviesen buena luz, y libros en estantes que llenaban las paredes. Había muchos volúmenes, los cuales mis padres habían adquirido en el transcurso de muchos años.

Nunca nos forzaron a leerlos, pero los ponían en lugares accesibles, en donde pudiéramos alcanzarlos cuando quisiéramos.

Siempre había silencio en aquel sa­lón, ya que se daba por sentado que era un lugar para el estudio.

También había revistas —las revis­tas de la Iglesia y otras dos o tres revis­tas buenas. Había libros de historia y literatura, libros de temas técnicos, diccionarios, enciclopedias y un atlas mundial. La radio hizo su aparición cuando yo iba creciendo, pero en nues­tro hogar prevalecía un ambiente pro­picio para el aprendizaje. No quiero que penséis que éramos grandes erudi­tos, pero sí se nos exponía a la buena literatura, a las grandes ideas de pensa­dores famosos, al lenguaje de hombres y mujeres de pensamientos profundos que se expresaban hermosamente.

En muchos de los hogares actuales no se cuentan con las posibilidades económicas para formar una biblioteca así. La mayoría de las familias se las arreglan en espacios bastante reduci­dos, pero con un poco de planeamiento se puede encontrar una esquina o lugar que pueda convertirse en el refugio de los ruidos del exterior, un lugar donde uno se pueda sentar a leer y meditar.

Es algo maravilloso tener un escritorio o una mesa, por sencillos que sean, sobre los cuales podamos encontrar los libros canónicos de la Iglesia, algunos buenos libros, las revistas de la Iglesia y otras publicaciones dignas de nuestra lectura.

A temprana edad, exponed a vues­tros hijos a los buenos libros. La ma­dre que no les lee a sus hijos no sólo les perjudica a ellos sino también a sí misma. Requiere tiempo, lo sé; tam­bién requiere autodisciplina y la orga­nización de los minutos y las horas de cada día. Nunca se convertirá en algo tedioso al ver a esas mentes jóvenes llegar a conocer a diferentes persona­jes, expresiones e ideas. La buena lec­tura se puede convertir en un hábito deseable, mucho más productivo, en cuanto a sus efectos a largo plazo, que muchas de las otras actividades en las que los niños pasan su tiempo. Se ha calculado que “el niño promedio del continente americano ha pasado apro­ximadamente 8.000 horas viendo televisión antes de entrar al jardín de in­fantes”. Y gran parte de lo que miran es de dudoso valor moral.

Padres y madres, esforzaos por crear un ambiente de progreso en vues­tros hogares. Permitid que vuestros hi­jos se vean expuestos al fruto de las mentes grandiosas, a ideas sublimes, a los principios eternos y a aquello que los edificará y motivará para bien.

El Señor ha dicho a su pueblo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. (D. y C. 88:118.) Deseo aconsejara todos los padres que me estáis escu­chando, que tratéis de crear, dentro de vuestros hogares, un ambiente propi­cio para el aprendizaje y el progreso que se derivará del mismo.

La disciplina del amor          

Es tan evidente que tanto lo grandio­samente bueno como lo terriblemente malo que se encuentra en el mundo hoy día es el resultado de los frutos dulces y amargos de la manera en que se criaron a los niños de ayer. Según la capacitación que demos a una nueva generación, así será el mundo del ma­ñana. Si estáis preocupados por el fu­turo, prestad atención a la manera en que se están criando a los niños de hoy. En muchos aspectos, la dureza que caracteriza a gran parte de nuestra sociedad es el producto de la dureza impuesta a los niños de ayer.

Cuando éramos pequeños, nos en­cantaba el barrio al cual asistíamos. Había en él gran variedad de personas, y creo que las conocíamos a todas. La gente raras veces se mudaba de casa en esos días. Creo que los amábamos a todos, con excepción de cierto hom­bre. Debo confesar que lo detestaba. Me he arrepentido de tal sentimiento desde hace mucho, pero al recordar aquellos días, vuelvo a experimentar la intensidad de ese sentimiento. Los hi­jos de este hombre eran nuestros ami­gos, pero yo lo consideraba a él como mi enemigo. ¿Cuál era la razón de ese sentimiento? Porque tenía un carácter horrible, al cual daba rienda suelta an­te la más leve provocación; les gritaba y les pegaba a sus hijos en una forma que nunca he olvidado.

Quizás fue porque en el hogar donde me crié había un padre quien, como por arte de magia, sabía disciplinamos sin recurrir al castigo físico, aunque no cabe duda de que había casos en que lo merecíamos. He visto los frutos del temperamento de nuestro vecino manifestarse en las vidas perturbadas de sus hijos.

No vacilo en afirmar que ningún hombre que profese ser un seguidor de Cristo, y ningún hombre que profese ser miembro de la Iglesia puede abusar de sus hijos sin ofender a Dios, quien es su Padre y repudiar las enseñanzas del Salvador y sus profetas. Jesucristo declaró: “Y cualquiera que haga trope­zar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”. (Mateo 18:6.)

Brigham Young dijo: “Criad a vues­tros hijos conforme al amor y el temor de Dios; examinad su disposición y su carácter y obrad de acuerdo con ellos; no os permitáis jamás corregirlos con enojo, y enseñadles a quereros y no a temeros”. (Véase Gordon B. Hinckley, “Mirad a vuestros hijos”, Liaho­na, febrero de 1979.)

La disciplina severa, la disciplina cruel, inevitablemente conduce no a la corrección, sino al resentimiento y la amargura. No cura nada; solamente agrava el problema. Es contraprodu­cente. El Señor, al establecer el espíri­tu de gobierno en la Iglesia, también ha establecido un modelo del espíritu de gobierno en el hogar en las siguien­tes palabras de revelación:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sa­cerdocio, sino por la persuasión, por longanimidad, benignidad, manse­dumbre y por amor sincero;

“reprendiendo en la ocasión con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo [y creo que sólo en ese caso]; y entonces demostrando mayor amor ha­cia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo;

“para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte.” (D. y C. 121:41, 43—44.)

Pablo escribió a los efesios: “Y vo­sotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disci­plina y amonestación del Señor”. (Efe­sios 6:4.)

Cuando os enfrentéis a pequeños problemas, e inevitablemente lo ha­réis, controlaos. Recordad la sabiduría del antiguo proverbio: “La blanda res­puesta quita la ira”. (Proverbios 15:1.)

No existe en el mundo mejor disci­plina que la disciplina del amor; tiene su propio aspecto mágico.

El hábito de la oración

Doblemente bendecido es el niño que, a pesar de ser demasiado pequeño para comprender las palabras, puede sentir el espíritu de oración cuando una amorosa madre o buen padre le ayudan por las noches a decir una oración an­tes de acostarse.

Es sumamente afortunado el niño o la niña, incluyendo los adolescentes, en cuyos hogares se lleva a cabo la oración familiar por la mañana y por la noche.

No conozco mejor manera de desa­rrollar un espíritu de agradecimiento en los niños que hacer que todos los miembros de la familia se arrodillen para agradecer al Señor sus bendicio­nes. Tal expresión de humildad desa­rrollará en el corazón de los niños el reconocimiento del hecho de que Dios es la fuente de todos los dones precio­sos que poseemos.

No conozco una mejor forma de cul­tivar un deseo de hacer lo correcto que humildemente pedir perdón de Aquel cuyo derecho es el de perdonar, y pe­dir fortaleza para vencer nuestras debi­lidades.

Cuán maravilloso es orar al Señor por aquellos que están experimentando dolor o enfermedad, por los hambrien­tos y necesitados, por aquellos que es­tán solos y temerosos, y por aquellos que se encuentran cautivos y afligidos. Cuando esas oraciones se hacen con sinceridad, se experimentará un mayor deseo de ayudar a los necesitados.

Además, aumentará el respeto por el obispo, por el presidente de estaca y por el Presidente de la Iglesia si los recordamos constantemente en nues­tras oraciones familiares.

Es de vital importancia enseñarles a los niños a orar en lo que concierne a sus propias necesidades y los deseos justos de su corazón. A medida que los miembros de la familia se arrodillan juntos para orar al Todopoderoso y ha­blar con Él acerca de sus necesidades, los niños desarrollarán una inclinación natural de volverse a Dios, como Pa­dre y amigo, en épocas de necesidad y aflicción.

Permitid que la oración matutina y vespertina, tanto individual como fa­miliar, se convierta en una práctica en la que vuestros hijos progresen mien­tras aún están pequeños. Será una ben­dición durante toda su vida. Ningún padre en la Iglesia puede darse el lujo de descuidar este aspecto tan impor­tante.

Mis amados compañeros en el sa­grado llamamiento de ser padres, estos son los cuatro elementos que quisiera sugeriros para ayudaros en vuestro es­fuerzo por crear un buen ambiente en vuestros hogares: (1) Un espíritu de servicio, (2) una atmósfera propicia para el progreso, (3) la disciplina de amor divino, y (4) el hábito de la ora­ción sagrada.

Que Dios os bendiga, mis queridos hermanos y hermanas.

Agradezco al Señor los muchos bue­nos padres de esta Iglesia que son ejemplos de honradez e integridad ante sus hijos y ante el mundo. Le doy gra­cias por su fe y su fidelidad. También le agradezco el gran deseo que tienen de criar a sus hijos en la luz y la ver­dad, como el Señor lo ha mandado. Ruego que las bendiciones del Señor coronen vuestros esfuerzos, y que al­gún día cada uno de vosotros pueda decir al igual que Juan de antaño: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad”. (3 Juan 4.) ■

Ideas para los maestros orientadores

Quizás desee recalcar estos puntos en su visita de orientación familiar:

Existen cuatro elementos importan­tes que son vitales para crear un am­biente positivo en nuestros hogares:

  1. Un espíritu de servicio entre los miembros de la familia y hacia nues­tros semejantes.
  2. Un ambiente propicio para el pro­greso y el desarrollo de los miembros de la familia.
  3. La decisión paternal de emplear el-amor como el principio dominante de la disciplina de la familia.
  4. El hábito de llevar a cabo la ora­ción familiar diaria, durante la cual la familia, unida, solicita la guía de nues­tro Padre Celestial, así como el perdón por los errores cometidos.

Sugerencias para desarrollar el tema:

  1. Exprese sus sentimientos y expe­riencias personales en cuanto a las cua­tro pautas mencionadas anteriormente.
  2. ¿Existen algunos versículos de las Escrituras o citas en este artículo que la familia podría leer en voz alta y analizar?
  3. ¿Sería mejor este análisis después de conversar con el cabeza de la fami­lia antes de la visita? ¿Hay algún men­saje del líder del quorum o del obispo sobre el tema de las relaciones familia­res?
Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Anales de gran valor

Anales de gran valor

por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Adaptado de un discurso dado en 1979 en el Simposio para Educadores Religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia, en la Universidad Brigham Young.

Una de las mejores maneras de aprender el evangelio es escudri­ñar las Escrituras.

La palabra escudriñar quiere decir investigar, estudiar y examinar con el fin de descubrir el significado de algo. Escudriñar implica algo más que sim­plemente leer e incluso memorizar.

Cuando Jesús les dijo a los judíos, “Escudriñad las Escrituras”, estaba ha­blando a hombres que se jactaban de su conocimiento de las Escrituras. Ha­bían pasado su vida leyéndolas y memorizándolas; estaban preparados para citar, y así lo hicieron, pasajes enteros de las Escrituras en respaldo de sus reglas y ritos apóstatas, mas fallaron por completo en descubrir su verdade­ro significado.

Recordaréis que los judíos a quienes habló trataban de encontrar errores, declarando que Jesús había quebranta­do la ley de Moisés al sanar al hombre enfermo en el día de reposo. No obs­tante, Jesús no perdió el más mínimo tiempo disputando sus querellas en cuanto a detalles irrelevantes. Por ser el Señor del día de reposo, más bien respondió a sus acusaciones declarán­dose a sí mismo. Por rechazar ellos al Señor y su explicación tocante a la re­lación que existía entre El y su Padre Celestial, les dijo que carecían de co­nocimiento en cuanto a la palabra de Dios de la cual afirmaban ser maes­tros.

Si hubieran entendido las Escritu­ras, habrían aceptado las profecías de Moisés y de los otros profetas concer­nientes al Mesías prometido y también habrían reconocido a Jesucristo como el cumplimiento de las mismas.

En todas las dispensaciones ha habi­do hombres santos a quienes se les ha enseñado e instruido desde los cielos tocante al evangelio de Jesucristo. Es­tas enseñanzas e instrucciones se han preservado en las Escrituras a fin de que todos los que así lo deseen puedan aprender en cuanto a quién adorar y cómo vivir a fin de lograr el propósito de la vida mortal y así hacerse acree­dores de las recompensas prometidas.

Es mi opinión que un estudio del Antiguo Testamento proporciona prue­bas fehacientes del valor y beneficios del estudio de las Escrituras.

En el transcurso del año próximo, todos los adultos de la Iglesia estudia­rán el Antiguo Testamento. Un enfoque que yo considero de gran ayuda para entender el Antiguo Testamento es aprender de otros libros de Escritura aquello que tenían para decir los hom­bres más justos de la época. Hombres tales como Abraham, Moisés, Lehi y Nefi bien pueden ser considerados es­pecialistas en asuntos relacionados con el Antiguo Testamento. Podemos con­siderarnos afortunados por contar con algunas de las enseñanzas de estos hombres, las cuales fueron preserva­das para nuestro uso. Considero que debemos estudiarlas y seguir sus con­sejos si es que deseamos entender y enseñar el mensaje del evangelio tal como se encuentra en el Antiguo Tes­tamento.

Los escritos de Abraham, Moisés y Enoc según se encuentran en la Perla de Gran Precio, y los escritos de Lehi y Nefi según los hallamos en el Libro de Mormón, constituyen un gran com­plemento en nuestro intento de enten­der el propósito de los primeros escri­tos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, ellos dejan bien en claro el origen y la naturaleza del hombre.

Durante muchos años tuve la asig­nación de la Primera Presidencia de servir en lo que se conocía como el Comité de Publicaciones de la Iglesia. Teníamos la responsabilidad de leer y tomar decisiones en cuanto a los mate­riales preparados que se usarían en los cursos de estudio de nuestras organiza­ciones auxiliares. Al leer tales materia­les, hubo veces en que mi espíritu se sintió ofendido por el lenguaje que se empleaba para expresar los puntos de vista de personas que no creían en la misión de Adán. Me refiero a palabras y frases tales como “hombre primiti­vo”, “hombre prehistórico”, “antes de aprender el hombre a escribir”, y des­cripciones similares.

El Señor nos dice que Adán fue el primer hombre (véase Moisés 3:7), lo cual, según yo lo entiendo, quiere de­cir el primer ser mortal en la tierra. Asimismo, Enoc declaró que se con­servó un registro de Adán en un libro que fue escrito bajo la guía del Señor Todopoderoso mismo.

Sí confundimos la misión de Adán y Eva, también confundiremos la misión del Salvador. Las consecuencias deri­vadas de la misión que Adán y Eva llevaron a cabo hicieron necesario el sacrificio expiatorio del Salvador. Tal es el mensaje central del Antiguo Testamento. La práctica del sacrificio de sangre, descrita en el Antiguo Testa­mento, se instituyó como muestra del gran sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo.

Lehi y Nefi enseñaron estas verda­des. De hecho, una de las más claras explicaciones del gran mensaje del Antiguo Testamento la podemos en­contrar en tales escritos (véase 1 Nefi 20-21; 2 Nefi 6-8, 12-25).

Fue a causa de la importancia de las enseñanzas del Antiguo Testamento que el Señor inspiró a Lehi a enviar a sus hijos de nuevo a Jerusalén para ob­tener las planchas de bronce, para con­seguir el Antiguo Testamento —pues eso era lo que contenían tales plan­chas. El Señor no quería que este nue­vo pueblo que El levantaría de la si­miente de Lehi se viera privado de esos anales.

Vemos entonces que Nefi nos ayuda a entender el mensaje del Antiguo Tes­tamento cuando comenta las enseñan­zas de Isaías. No creo que haya una explicación más sencilla, clara ni rele­vante del mensaje del Antiguo Testa­mento que la que encontramos en los capítulos 25 al 33 de 2 Nefi. Considero que un estudio detenido de estos capí­tulos resultaría menester para cual­quier persona que desee entender y en­señar el mensaje del Antiguo Testamento. En estos capítulos Nefi separó lo importante de lo que no lo era. Escribió: “Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y es­cribimos según nuestras profecías, pa­ra que nuestros hijos sepan a qué fuen­te han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Estas son las palabras de Nefi, pro­nunciadas entre 500 y 600 años antes de Cristo, enseñando lo que había aprendido de los registros del Antiguo Testamento inscritos en las planchas de bronce. Se trata de un buen consejo para quienes en la actualidad somos padres y maestros. El Antiguo Testa­mento nos enseña en cuanto a la salva­ción y los mandamientos que debemos obedecer a fin de participar de la salva­ción.

Las personas que andan por la obs­curidad tal vez no puedan discernir el significado fundamental ni los princi­pios básicos que contiene el Antiguo Testamento. Pero como Santos de los Últimos Días, nosotros no tenemos ex­cusa para no discernirlo. Es, por lo tanto, de suma importancia que no es­condamos las verdaderas enseñanzas del Antiguo Testamento de nuestros hijos ni de aquellos a quienes se nos llama para enseñar, apartándonos de su fin y perdiéndonos en elementos de menos importancia. Debemos concen­trarnos en el trigo y no en la paja.

No contamos con el tiempo aquí pa­ra considerar todas las lecciones im­portantes que se pueden enseñar del Antiguo Testamento —tales como au­toridad, sacerdocio, obediencia, leal­tad, unidad, fe, la importancia de se­guir a los profetas vivientes, y muchos otros asuntos de vital importancia. Sin embargo, analizaré brevemente unas cuantas enseñanzas del Antiguo Testa­mento que opino que son de singular relevancia.

El Antiguo Testamento nos propor­ciona muchos ejemplos tocante a la importancia de escuchar y seguir lo que el Señor nos amonesta concernien­te a aquellas cosas que nos depara el futuro. El Señor amonestó a José, y el pueblo de Egipto sobrevivió una cares­tía precisamente por escuchar las pala­bras de José. El Señor preservó a la familia humana y a otras formas de vida por medio de la obediencia de Noé al construir el arca. El también preservó a Moisés, a Abraham, a Mesac, Sadrac y Abednego. En muchas ocasiones amonestó a Israel; algunas veces lo escucharon y otras no. En nuestra dispensación, repetidamente se nos ha amonestado en cuanto a la ne­cesidad de prepararnos. En las revela­ciones modernas leemos: “Preparaos, preparaos para lo que ha de venir, por­que el Señor está cerca” (D. y C. 1:12).

El Señor sabe en cuanto a las cala­midades que sobrevendrán a los habi­tantes de la tierra antes de su venida, y nos ha dado instrucciones para nuestra protección, del mismo modo que lo hi­zo en la antigüedad.

Hoy día se nos ha dado la responsa­bilidad de amonestar a los habitantes de la tierra, responsabilidad solemne que debemos recordar y analizar tanto en la mente como en el corazón. Como Santos de los Últimos Días, se nos ha comisionado a compartir con las per­sonas a quienes enseñamos aquello que hemos recibido del Señor. No obs­tante, hay veces que pretendemos en­señar sin obtener de antemano la debi­da información y el espíritu propicio.

Hyrum Smith, el hermano del Pro­feta, recibió instrucciones en cuanto a este asunto en una revelación dada por el Señor antes de la organización de la Iglesia. Sintiéndose muy impresionado por el mensaje de la Restauración, de­seaba salir a predicar antes de darle al Señor la oportunidad de prepararlo. En la revelación el Señor dice:

“No intentes declarar mi palabra, si­no primero procura obtenerla, y enton­ces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi pa­labra, sí, el poder de Dios para con­vencer a los hombres” (D. y C. 11:21).

Para aquellos que deseamos com­partir el evangelio eficazmente —ya sea con nuestros hijos, nuestros her­manos y hermanas como parte de una enseñanza formal, o con nuestros amigos— encontramos en esta revela­ción lecciones muy importantes. De­bemos poner nuestra vida en orden a fin de que el Espíritu del Señor pueda influir en nuestros pensamientos y ac­ciones —para que podamos recibir la debida inspiración de los cielos. Es menester que nos esforcemos y que aprendamos su palabra con un deseo absoluto para que sus enseñanzas pue­dan llegar a ser nuestras enseñanzas. Entonces podremos hablar con poder y convicción. Si decidimos preparamos de alguna otra manera, nuestro éxito no está asegurado, y transmitiremos nuestras propias ideas o algunas de las ideas de los hombres, mas no las del Señor. La fuente primordial de las pa­labras del Señor la encontramos en los libros canónicos, las cuales se ven re­calcadas, según sea necesario, por los profetas vivientes.

Considero que es importante que nos familiaricemos con estos aspectos espirituales básicos. Estoy seguro de que podremos tener mayor éxito en nuestra vida diaria y al compartir el mensaje del evangelio con el mundo, si por lo menos escudriñamos las Escrituras y adquirimos un mejor enten­dimiento de la palabra, la intención y la voluntad del Señor.

Adaptado de un discurso dado en 1979 en el Simposio para Educadores Religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia, en la Universidad Brigham Young.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La plenitud del evangelio en el Libro de Mormón

Siendo que el Libro de Mormón contiene la plenitud del evangelio,

¿Por qué no hace nin­guna mención de Templos o de la obra vicaria?

Monte S. Nyman, Profesor de Escrituras Anti­guas de la Universidad Brigham Young, Provo, Utah.
Liahona Octubre 1984

Para poder responder a esta pregunta, primeramente debemos comprender lo que significa la frase “la plenitud del evangelio’’.

En Doctrina y Convenios encontramos el registro de tres ocasiones en que el Señor declaró que en el Libro de Mormón estaba contenida la plenitud del evangelio (véase D. y C. 20:9; 27:5; 42:12). El ángel Moroni también declaró a José Smith que el Libro de Mormón contenía la plenitud del evangelio:

“Dijo que se hallaba depositado un li­bro, escrito sobre planchas de oro, el cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente, así como del origen de su procedencia. También declaró que en él se encerraba la pleni­tud del evangelio eterno cual el Salvador lo había comunicado a los antiguos habitantes” (José Smith-Historia 1:34; cursiva agregada).

Durante algunos años les he pedido a muchos de mis alumnos postgraduados que definan la palabra “evangelio”. La respuesta que normal­mente recibo es la de “buenas nuevas”. Esta respuesta proviene del significado que atribuían a esta palabra los anti­guos griegos, y aunque es correcta, mi experiencia me ha demostrado que mu­chos miembros de la Iglesia en realidad nunca han meditado a fondo el signifi­cado de las “buenas nuevas’’: ¿Cuáles son las buenas nuevas que presenta el evangelio? Las Escrituras restauradas proveen una respuesta lógica y estimu­lante a esta pregunta. Doctrina y Conve­nios nos proporciona tres definiciones del evangelio.

  1. Doctrina y Convenios 33:11-12:

“Sí, arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros para la remisión de sus pe­cados; sí, bautizaos en el agua, y enton­ces vendrá el bautismo de fuego y del Espíritu Santo.

“He aquí, de cierto, de cierto os digo, éste es mi evangelio; y recordad que deberán tener fe en mí, o de ninguna manera podrán salvarse” (cursiva agre­gada).

  1. Doctrina y Convenios 39:5-6:

“De cierto, de cierto te digo, que el que recibe mi evangelio, me recibe a mí; y quien no recibe mi evangelio, tampoco me recibe a mí.

“Y éste es mi evangelio: Arrepenti­miento y bautismo en el agua, tras lo cual viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, sí, el Consolador, el cual manifiesta todas las cosas y enseña las cosas apacibles del reino” (cursiva agregada).

  1. Doctrina y Convenios 76:40-43:

“Y éste es el evangelio, las buenas nuevas, que la voz de los cielos nos tes­tificó:

“Que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda Injusticia;

“para que por él pudiesen ser salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su poder y hecho por él;

“y él glorifica al Padre y salva todas las obras de sus manos, menos a esos hijos de perdición que niegan al Hijo después que el Padre lo ha revelado” (cursiva agregada).

El Libro de Mormón registra, en las enseñanzas del Salvador, una definición aún más detallada, pero que va de acuerdo con las tres que encontramos en Doctrina y Convenios:

“He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hom­bres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas;

“y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el po­der del Padre, atraeré a mí mismo a to­dos los hombres, para que sean juzga­dos según sus obras.

“Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si perseverar hasta el fin, he aquí, yo le tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo.

“Y aquel que no persevera hasta el fin, éste es el que también es cortado y echado en el fuego, de donde nunca más puede volver, por motivo de la justi­cia del Padre.

“Y ésta es la palabra que él ha dado a los hijos de los hombres; y por esta ra­zón él cumple las palabras que ha dado; y no miente, sino que cumple todas sus palabras.

“Y nada Impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su re­poso, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

“Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día podáis presentaros ante mí sin mancha.

“En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio: y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi Igle­sia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros” (3 Nefi 27:13-21; cur­siva agregada).

En resumen, las buenas nuevas del evangelio son el plan de salvación o los principios y ordenanzas mediante los cuales podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Cabe aclarar también, antes de con­testar la pregunta original con respecto a los templos, que de acuerdo con las Escrituras, el evangelio define el plan por el cual los hombres pueden regresar al reino celestial. No especifica la manera en que los hombres pueden recibir la exaltación dentro del reino celestial, ya que para esto son necesarias las ordenanzas y bendiciones del templo (véase D. y C. 131:1-4).

Aunque el Libro de Mormón no pro­porciona detalles ni enseñanzas con respecto a las ordenanzas que se reali­zaban en los templos, sí verifica que los hubo entre los nefitas. Sí habla de la aparición de escritos milagrosos en el muro del templo, los cuales fueron escritos por el dedo de Dios (véase Alma 10:2). Este Incidente se relató en el con­texto de la genealogía de un hombre, y no da ninguna explicación del templo en sí.

Del Libro de Mormón podemos obte­ner algunas indicaciones respecto a las funciones que tenían los templos entre los nefitas. Parece ser que construían templos en el momento y lugar que pen­saran conveniente de acuerdo con las necesidades de la población. Después de la división entre los nefitas y los lama­nitas, Nefi escribió que su pueblo edificó un templo “según el modelo del templo de Salomón” (2 Nefi 5:16). Jacob recibió el mandamiento de amonestar a su pue­blo en contra del orgullo y la inmoralidad dentro del templo (Jacob 1:17; 2:2, 11). El rey Benjamín pidió que su pueblo se congregara en el templo para recibir instrucciones (Mosíah 1:18; 2:1; 5-7), y el rey Llmhi pidió que su pueblo se reu­niera allí para recibir Instrucciones acerca de Ammón y sus hermanos que habían bajado de la tierra de Zarahemla (Mosíah 7:17). Posiblemente fue éste el mismo templo mencionado en varias ocasiones en el registro de su padre, el rey Noé, y es muy posible que haya sido construido por el padre de Noé, el rey Zenif, ya que aparentemente estaba edificado cuando Noé llegó a ser rey (véase Mosíah 11:10, 12; 19:5). Cuando el pueblo nefita se mudó a las tierras del norte, allí también edificaron templos (Helamán 3:9, 14). Después de la des­trucción de los inicuos al tiempo de la crucifixión de Cristo, el pueblo se ha­llaba congregado alrededor del templo en la tierra de Abundancia cuando se les apareció el Salvador (3 Nefi 11:1). El Libro de Mormón también contiene el re­gistro de la construcción de templos en­tre los lamanitas (Alma 26:29). Toda esta evidencia confirma las enseñanzas del, profeta José Smith:

“¿Qué objeto podrá tener el recogi­miento de los judíos o el pueblo de Dios, en cualquier época del mundo? . . .

“El objeto principal fué edificar una casa al Señor, en la cual podría revelar a su pueblo las ordenanzas de su casa y las glorias de su reino, y enseñar a la gente el camino de la salvación; porque hay ciertas ordenanzas y principios que, para poder enseñarse y practicarse, de­ben efectuarse en un lugar o casa edifi­cada para tal propósito” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 375-376). Aun cuando el Libro de Mormón no con­tiene ninguna referencia a las ordenan­zas específicas que se efectúan en el templo, sí contiene las mismas enseñan­zas que la Biblia con respecto a las bases para la obra vicaria. El profeta Malaquías predijo la venida de Elías antes del día de Jehová, grande y terrible, cuya venida volvería o ataría a los hijos a sus padres y a los padres a sus hijos. Este poder sellador, conocido también como el sacerdocio patriarcal, fue res­taurado el 3 de abril de 1836 al profeta José Smith en el templo de Kirtland (véase D. y C. 110:13-16). Cuando el Salvador ministró entre los nefitas des­pués de su resurrección, les dijo que el Padre le había dado el mandamiento de impartirles las enseñanzas de Malaquías, las cuales se encuentran registra­das ahora en 3 Nefi, capítulos 24-25. El capítulo 25 contiene la profecía de Ellas. El Señor estableció el fundamento básico para la obra vicaria en el Libro de Mormón y dejó para Doctrina y Conve­nios las enseñanzas específicas acerca de la exaltación dentro del reino celes­tial.

Hubo otra ordenanza relacionada con los templos que también se dejó para ser aclarada mayormente en Doctrina y Convenios. Esta es la ceremonia del ma­trimonio por tiempo y toda la eternidad. Aunque el Libro de Mormón no enseña esta Importante doctrina, sí Infiere que tales matrimonios fueron realizados.

“Y se casaban y se daban en matri­monio, y fueron bendecidos de acuerdo con la multitud de las promesas que el Señor les había hecho” (4 Nefi 11).

Aunque ésta es solamente una de­ducción, existen entre los lamanitas ciertas tradiciones que indican que es­tas ordenanzas sí fueron realizadas. El hermano Golden R. Buchanan, quien durante varios años actuó como presi­dente de la Misión India del Suroeste [de Norteamérica], declaró:

“El principio del matrimonio eterno no es nuevo para muchas de las tribus. La hermosa ceremonia de casamiento de la tribu Hopl, con la novia vestida en un hermoso vestido blanco tejido por las manos de su novio, es un rito sagrado, y su tradición dice que perdura por todas las eternidades. Esta ceremonia no in­dica que el matrimonio es ‘hasta que la muerte os separe’ ” (“Indlan Traditlons”, Improvement Era, abril de 1955, pág. 286).

Así pues, existió entre los nefitas el conocimiento y la práctica del matrimo­nio eterno, y los lamanitas llevaron a cabo esta práctica aún después de ha­ber caído en la apostasía. De nuevo Mormón, bajo la Inspiración del Señor, decidió dejar esta enseñanza para que fuera revelada en los últimos días.

En resumen, la razón por la cual el Libro de Mormón no revela más detalles acerca de los templos y otras ordenanzas relacionadas con la exaltación la ex­plica probablemente la naturaleza misma de la revelación. Se puede consi­derar que las Escrituras son “revelaciones abiertas”, o revelaciones que están a la disposición de todo aquél que tenga Interés en leerlas. Lo del tem­plo, por otra parte, puede considerarse como “revelación cerrada”, o revelación reservada solamente para aquellos que se prepararán para conocer y compren­der este tipo de revelación sagrada. Tal como lo dijera el profeta José Smith, desde la fundación del mundo se ha re­servado esto para que fuera revelado al pueblo del Señor (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 376, y D. y C. 124:36-41). Ahora ha llegado a noso­tros la oportunidad de recibir esas orde­nanzas como parte del evangelio, y to­dos debemos aprovechar esta oportunidad. ■

La misión de Elías el Profeta

“Muchos de los antepasados de ustedes murieron sin haber tenido nunca la oportunidad de aceptar el Evangelio ni de recibir las bendiciones y las promesas que ustedes han recibido. El Señor es justo y es amoroso, y, por consiguiente, Él ha preparado tanto para ustedes como para mí la manera de que se cumpla el deseo de nuestro corazón de brindar a nuestros antepasados todas las bendiciones que Él nos ha brindado a nosotros.

Bendiciones para las personas fallecidas

“Muchos de los antepasados ya fallecidos de ustedes habrán recibido un testimonio de que el mensaje de los misioneros es verdadero. Cuando ustedes recibieron ese testimonio, pudieron pedirles a los misioneros el bautismo; pero los que están en el mundo de los espíritus no pueden hacerlo. Las ordenanzas que ustedes tanto apreciaron sólo se brindan en este mundo. Alguien en este mundo tiene que ir a un santo templo y aceptar los convenios por la persona que está en el mundo de los espíritus. Ésa es la razón por la que tenemos la obligación de buscar el nombre de nuestros antepasados y asegurarnos de brindarles lo que ellos no pueden recibir allá sin nuestra ayuda…

“Recuerden que los nombres que serán tan difíciles de buscar son de personas reales, a las que ustedes deben su existencia en este mundo y con las cuales volverán a encontrarse en el mundo de los espíritus. Cuando ustedes fueron bautizados, sus antepasados los contemplaron desde allá con esperanza. Quizás, al cabo de siglos, se regocijaron al ver a uno de sus descendientes hacer el convenio de buscarlos y de brindarles la libertad. Cuando se reúnan con ellos, verán en sus ojos ya sea gratitud o una terrible desilusión. El corazón de ellos está ligado a ustedes y su esperanza está en las manos de ustedes. Ustedes tendrán más que su fortaleza natural si deciden seguir trabajando para buscarlos”.

Henry B. Eyring, “Teniendo entrelazados sus corazones”,

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

¿Es necesario tomar la Santa Cena con la mano derecha?

¿Es necesario tomar la Santa Cena con la mano derecha?
¿Importa, en realidad, qué mano se use?

por Russell M. Nelson
Representante Regional, ex presidente general de la Escuela Dominical.
Liahona Octubre 1983

Cuando Raquel yacía moribunda a consecuencia del alumbramiento de su hijo, nombró al recién nacido Benoni, que en hebreo significa “hijo de mi tristeza” o “aflicción”. No obstante, su acongojado esposo, Jacob (o sea, Israel), cambió el nombre del niño, tal vez para evitar la repetida referencia al difícil parto y consiguiente muerte de su esposa cada vez que se mencionara el nombre de la criatura. En vez de ése, escogió llamarlo Benjamín, que significa “hijo de la mano derecha” (véase Génesis 35:16-19), El nombre especial dado a Benjamín, su décimo segundo hijo, fue símbolo del gran amor de Israel por su muy preciada Raquel.

También es evidente en la parábola de las ovejas y los cabritos que el otorgar un lugar a la mano derecha es un símbolo de preferencia o favoritismo. Jesús dijo:

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria,

“y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.

“Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda,

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha; Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:31-34.)

Los relatos de las Escrituras nos dan algunas ideas y antecedentes del significado simbólico de la mano derecha, símbolo que se hace presente en el idioma y otros aspectos culturales tanto del mundo judío como del cristiano. En latín, por ejemplo, dexfer (derecha) y sinister (izquierda) no sólo indicaban derecha e izquierda, sino que también llegaron a ser la raíz de adjetivos con connotaciones favorables y desfavorables. El uso de la mano derecha como ademán simbólico con el tiempo se propagó hasta ser utilizado en la administración de juramentos gubernamentales y en las cortes de justicia cuando se presentaban testigos para atestiguar.

Teniendo en mente estos antecedentes, podemos ahora analizar el tema de la mano a la que podríamos dar preferencia al tomar la Santa Cena.

La palabra sacramento se deriva de dos raíces latinas: sacr, que significa “sagrado”, y ment, que significa “mente”, lo que denota pensamientos sagrados. Aún más precisa es la palabra latina sacramentum, que literalmente significa “juramento u obligación sagrada”. El participar del sacramento, o Santa Cena, entonces, se puede decir que es renovar con juramento el convenio anteriormente hecho en las aguas del bautismo. Es un momento mental sagrado que incluye: (1) un juramento manifestado por el uso de la mano y simbólico del convenio que la persona, en forma individual, ha hecho; y (2) el uso del pan y el agua, símbolos del gran sacrificio expiatorio del Salvador del mundo.

La mano que se usa al tomar la Santa Cena sería entonces, por lógica, la misma que se usa al hacer cualquier otro juramento sagrado. Para la mayoría de nosotros, esto quiere decir la mano derecha. Sin embargo, los convenios sacramentales, así como otros de naturaleza eterna, pueden ser y efectivamente son hechos por aquellos que han perdido el uso de su mano derecha, o por aquellos que no tienen ninguna de ellas. Mucho más importante que el interés que podamos sentir por cuál de las manos se debe utilizar al tomar la Santa Cena es que participemos de ella con profunda comprensión del sacrificio expiatorio que representa.

Los padres a veces se preocupan por qué mano sus hijos utilizan al tomar la Santa Cena. En la Iglesia se ofrece la Santa Cena a los niños que aún no han sido bautizados, como medio de educación, preparación y capacitación, “para representar el convenio que tomarán sobre sí cuando lleguen a la edad de responsabilidad”. (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2da. ed., Salt Lake City: Bookcraft, 1966, p. 660.)

De manera que, es sumamente importante que los niños desarrollen sentimientos positivos y una actitud mental sagrada del simbolismo y significado de la Santa Cena. Los padres que deseen enseñar la importancia de esta sublime experiencia podrían escoger este tema para formar parte de la instrucción presentada en una noche de hogar. Luego, si es necesario hacer recordatorios durante una reunión, pueden hacerse calladamente, demostrando paciencia y amor.

El participar de la Santa Cena es un proceso mental sagrado, y como tal se convierte en algo muy personal para mí. Yo pienso en los convenios que hago con Dios y Jesús mientras se ofrecen las oraciones; pienso en Dios, que ofreció a su Hijo Unigénito; pienso en el sacrificio expiatorio de mi Salvador, Jesucristo. La Santa Cena fue instituida por El, El ofreció su cuerpo y sangre para toda la humanidad, aun para mí, y designó el pan y el agua como emblemas simbólicos. Porque yo tengo la mano derecha, la ofrezco al tomar la Santa Cena, como juramento de que siempre recordaré Su sacrificio expiatorio, tomaré Su nombre sobre mí y lo recordaré, y guardaré los mandamientos de Dios.

Este es un privilegio sagrado que gozan todos los fieles Santos cada día de reposo.

(Liahona Octubre 1983)

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | 4 comentarios