La astronomía y los egipcios: Un enfoque a Abraham 3

La astronomía y los egipcios:
Un enfoque a Abraham 3

por Kerry Muhlestein
Kerry Muhlestein es profesor asociado de escritura antigua en BYU.


Desde hace mucho he tenido la idea de que el universo está construido sobre símbolos, mediante los cuales una cosa habla de otra; la menor testificando de la mayor, elevando nuestros pensamientos del hombre hacia Dios, de la tierra hacia el cielo, del tiempo a la eternidad […] Dios enseña por medio de símbolos; ése es su método preferido de enseñanza. —Orson F. Whitney1

Abraham 3 es una de las secciones más enigmáticas de la Perla de Gran Precio. Tanto el maestro como el alumno sienten que hay algo más en el texto que el significado que están sacando de él. Cada exploración minuciosa suavemente descubre otra capa de entendimiento del texto, pero siempre sentimos que solamente hemos extraído la mínima parte de lo que tiene que ofrecer. Aunque no pretendo poseer una gran llave para abrir esta revelación, creo que hay algunos principios de apercepción intuitiva que arrojan luz sobre la visión nocturna de Abraham. Seguir leyendo

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Evidencias del Libro de Mormón

Evidencias del Libro de Mormón

por el élder Milton R. Hunter

Todas estas tradiciones indias y las escrituras dan testimonio de las visita hecha por el Salvador resucitado a América

Poco antes de que el profeta José Smith hubiera completado la traducción del Libro de Mormón, Jesucristo y el ángel Moroni dieron testimonio de que la traducción del libro era correcta. Nunca en la historia del mundo había sucedido un acontecimiento tan maravilloso con relación a un libro.

Algunos años atrás un apóstol me dijo: “Si se encontrara un libro indio que sostenga o apoye el Libro de Mormón, sería un descubrimiento de enorme significado.”

Tal libro existe; más aún, presentaré citas de cuatro libros indígenas producidos durante el periodo colonial americano que contienen material similar al que se encuentra en el Libro de Mormón. Los escritores indios agregan un testimonio de la veracidad del Libro de Mormón.

Ixtlílxochitl, un príncipe indio que vivió en el valle de México, escribió un libro conteniendo la historia de sus antepasados desde el tiempo de su arribo a América hasta la llegada de los españoles. Lo escribió en base a documentos heredados de sus antepasados; así, el libro Trabajos de Ixtlílxochitl constituye una versión lamanita de la historia de los antiguos americanos, mientras que el Libro de Mormón representa la versión nefita.

Los dos libros tienen numerosas cosas en común, y cada uno verifica al otro. Por ejemplo, el Libro de Mormón declara que la antigua América fue primeramente poblada por un grupo de colonizadores llamados “jareditas”, quienes vinieron de la Torre de Babel. Ixtlílxochitl también declara que los primeros pobladores de América después del diluvio vinieron “de una muy alta torre” o sea, la Torre de Babel.

Observemos cuán similares son los relatos al compararlos:

“… Jared vino de la gran torre con su hermano y sus familias, y con algunos otros y sus familias, en la época en que el Señor confundió el lenguaje del pueblo, y juró en su ira que serían dispersados por toda la superficie de la tierra; y conforme a la palabra del Señor fue dispersada la gente.” (Et. 1:33.)

Ixtlilxochitl, el escritor indio, escribe:

«… y…los hombres multiplicándose hicieron una muy alta torre, para protegerse en ella cuando el segundo mundo fuera destruido.

Cuando las cosas estaban en lo mejor, su lenguaje fue cambiado y como no podían comprenderse unos a otros se fueron a diferentes partes del mundo.” (Trabajos de Ixtlilxochitl, citado en Mllton R. Hunter y Thomas Stuart Ferguson, “Ancient America and the Book of Mormon -La antigua América y el Libro de Mormón-, 1950, pág. 24.)

Haciendo otras comparaciones adicionales entre el Libro de Mormón y los registros o trabajos de Ixtlilxochitl, citaré de los escritos jareditas:

“…y el Señor se compadeció de Jared; por tanto, no confundió el lenguaje de Jared.
… y el Señor tuvo compasión de sus amigos y de las familias de ellos también, y no fueron confundidos.” (Eter 1:35, 37.)

Entonces el Señor guio a la colonia de Jared por un valle hasta la orilla del mar y en barcos los hizo llegar a América, la tierra a la cual El declaró como “una región que es favorecida sobre todas las regiones de la tierra” (Eter 1:42).

La historia de Ixtlilxochitl que se compara a ésta declara:

“…y los toltecas, que eran como siete compañeros con sus esposas, y se comprendían en un mismo lenguaje entre ellos, vinieron a estas partes habiendo cruzado primero tierras y mares, viviendo en cuevas, padeciendo graves penalidades, hasta que llegaron a esta tierra, la cual ellos encontraron buena y fértil para habitar.” (Ixtlilxochitl, págs. 24-25.)

Ambos textos, el Libro de Mormón y los Trabajos de Ixtlilxochitl, declaran que otros dos grupos de colonizadores emigraron desde el Viejo Mundo a América.

El primero de estos grupos vino de Jerusalén en el año 600 a. de J. C., y más tarde dividieron en dos llamados nefitas y lamanitas. Estos últimos tenían tez oscura o bronceada, tal como los indios americanos.

El otro grupo, los mulekitas, salió de Jerusalén en el año 586 a. de J. C. y después se mezcló con los nefitas.

El Libro de Mormón habla de los nefitas como “blancos y sumamente bellos y deleitables” (2 Nefi 5:21).

Ixtlilxochitl, hablando de ese grupo de colonizadores a quienes él llama toltecas, dice:
“Estos reyes eran de alta estatura, y blancos y barbados, semejantes a los españoles…” (Ixtlilxochitl, pág. 240.)

Poco después que Don Pedro de Alvarado y sus huestes conquistaron Guatemala,’ más o menos en el año 1526, los indios de aquellas tierras escribieron cuatro libros: Anales de los cackchiqueles, Título de los Señores de Totonicapán, Popol Vuh y Anales de los Xahil.

Todos estos libros dan testimonio adicional del Libro de Mormón.

Cada uno de ellos concuerda con los Trabajos de Ixtlilxochitl, y todos verifican el Libro de Mormón, el cual declara que los antiguos americanos vinieron del otro lado del mar, que fue construido un barco en un lugar llamado Abundancia, bajo la dirección de Nefi, el menor de los cuatro hermanos que salieron de Jerusalén con su padre Lehi. Bajo la dirección de Nefi los colonizadores vinieron a América en aquel barco.

En Anales de los Xahil leemos:

“‘¿Cómo cruzaremos el mar, oh, nuestro hermano menor?’ dijeron ellos. Y nosotros respondimos ‘Lo cruzaremos en los barcos.’ Entonces entramos en los barcos… y navegamos al este y llegamos allí.” (Anales de los Xahil, traducción y notas de George Raymond, Miguel Angel Asturias y J. M. Gonzáles Mendoza, Editorial Universitaria, México, 1946.)

Los indios quichés que escribieron Totonicapán declararon que ellos eran “descendientes de Israel, de la misma lengua y las mismas costumbres… Eran los hijos de Abraham y Jacob.” (Título de los Señores de Totonicapán, pág. 170.)

Él Libro de Mormón hace una declaración similar. Los nefitas, lamanitas y mulekitas vinieron de Jerusalén y ellos también eran descendientes de Israel, o sea, hijos de Abraham y Jacob.

En el libro de “Totonicapán” se afirma que el Señor dio al líder de este antiguo grupo un “presente llamado Girón Golgal”, el cual guio a los antepasados de los indios a través del océano a su nueva tierra.

Este regalo es comparable al instrumento llamado Liahona, que le fue dado a Lehi por el Señor para que les sirviera como compás para guiar a su pueblo desde Jerusalén a América. (Véase 1 Nefi 16:10, 17; 18:12; D. y C. 17:1.)

Es significativo hacer notar que Ixtlilxochitl describe las terribles tormentas que ocurrieron en América al tiempo de la crucifixión de Cristo, lo cual confirma el relato del Libro de Mormón. Cito a Ixtlilxochitl:

“…el sol y la luna se eclipsaron, la tierra tembló, las rocas se rompieron y muchas otras cosas y señales ocurrieron. Esto sucedió en el año de El Calli… el cual ajustándolo a nuestra cuenta viene a ser el mismo tiempo cuando Cristo, nuestro Señor, sufrió; y ellos dicen que sucedió durante los primeros días del año.” (Ixtlilxochitl, pág. 190.)

Es importante destacar que en el relato del Libro de Mormón también las grandes tormentas ocurrieron exactamente al mismo tiempo en que Cristo era crucificado y durante los primero días del año. (Véase 3 Nefi 8:5-19.)

Después de esta terrible tormenta y de tres días de oscuridad, los nefitas se reunieron en los alrededores del templo, en el país de Abundancia. Allí oyeron una voz que les hablaba tres veces desde los cielos, pero no podían entenderle; la tercera vez percibieron que decía:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Todos miraron hacia el cielo y vieron a un hombre descendiendo vestido con una túnica blanca (3 Nefi 11:8). El vino, y parándose en medio de ellos, dijo: “…he aquí yo soy Jesucristo de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:10).

Durante los siguientes meses El apareció a los nefitas muchas veces, dando a ellos el sacerdocio y enseñándoles su evangelio.

Tan impresionante fue la influencia del Señor resucitado sobre los antiguos americanos, que cuando los españoles llegaron encontraron a todas las tribus indias a través del hemisferio occidental anhelantemente adorando su recuerdo. Durante el período colonial americano, por todas partes fueron encontradas tradiciones que hablaban de un Dios blanco y con barba que visitó a los antepasados de los indios en la antigua América.

Todos estos escritos y tradiciones indias dan testimonio de la visita hecha por el Salvador resucitado a América tal como quedó registrada en el Libro de Mormón.

Doy mi testimonio, como resultado de la lectura que el Libro de Mormón, que El Espíritu Santo me ha dado testimonio de que es verdad Testifico que contiene la palabra de Dios, que es una historia verdadera de los antiguos estadounidenses. En el nombre de Jesucristo Amén.

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El sacerdocio preparatorio

El sacerdocio preparatorio

Por el élder Boyd K. Packer
Del consejo de los Doce

Este artículo es mi extracto del discurso pronunciado por el élder Packer en la Conferencia de Área de Sao Paulo, el 1, de noviembre de 1978.

Tengo siete hijos, y he aprendido mucho de ellos y también he tenido que de­pender mucho de ellos. Por temporadas no ha habido en nuestra casa otro poseedor del Sacerdocio de Melquisedec aparte de mí; pues nuestros élderes han estado cumpliendo misiones o se han casado y se han ido; por lo tanto el sacerdocio que ha prevalecido en nuestro hogar ha sido el Sacerdocio Aarónico. Por causa de mi llamamiento, estoy mucho tiempo alejado de mi hogar y me siento muy agradecido a nuestros jóvenes hijos que poseen el sacerdocio.

Deseo hablaros a vosotros, jóvenes, sobre ese sacerdocio, y contaros uno o dos relatos de nuestras experiencias familiares. Hace muchos años nuestros hijos acostumbraban pasar el verano en la casa de campo de su abuelo. Hace doce años uno de nuestros hijos tuvo un caballo que le habían regalado el mismo día en que el animalito había nacido; después de eso había estado con una tropa* de caballos salvajes que formaban parte de la hacienda; pero ya tenía dos años, edad en que podía ser domado para caballo de silla. Un año fuimos a la finca del abuelo a principios del verano. Nos llevó todo un día encerrar los caballos en el corral; fi­nalmente pudimos atraparlo y ponerle un grueso cabestro después de lo cual lo atamos a un fuerte poste. «Ahora debemos dejarlo que se quede allí por dos o tres días», le dije a mi hijo, «hasta que deje de luchar contra el cabestro y se calme». Después de terminar nuestras tareas por la ma­ñana, fuimos a almorzar. Mi hijo se apresuró a terminar su comida y luego salió rápidamente para ver al caballo. Tenía sólo catorce años y amaba aquel animal.

En el momento en que estábamos terminando de comer, oí un ruido seguido por un grito de mi hijo. In­mediatamente imaginé lo que había pasado: Había desatado al caballo. Yo le había advertido que no lo hiciera, pero él quería tratar de amansar al animal; y a fin de poder contenerlo, se había enrrollado la cuerda alrededor de la muñeca. Al asomarnos a la puerta, vi al caballo que pasaba al galope con mi hijo corriendo detrás; unido a él por la cuerda, el caballo lo llevaba de tiro; entonces fue cuando cayó al suelo. Si el animal hubiera dado la vuelta hacia la derecha, habría salido por el portón alejándose hacia las montañas; pero dio vuelta hacia la izquiera y se encontró arrinconado por dos cercas. Mientras él trataba de encontrar la forma de salir de allí, yo desenrrollé la soga de la muñeca de mi hijo y la volví a arrollar alrededor del poste; mi muchacho estaba lastimado, aunque no era nada serio.

Al cabo de un momento habíamos vuelto a atar al caballo como estaba al principio, y nos sentamos para tener una conversación de padre a hijo. Yo le dije lo siguiente: «Hijo mío, si quieres llegar a controlar a tu caballo, tendrás que usar algo más que los músculos; el animal es mucho más grande y más fuerte que tú. Algún día podrás montarlo, pero primero habrá que entrenarlo; y eso es algo que no puedes hacer con los músculos. Aparte de que es más grande y más fuerte que tú, también es salvaje». Dos años después volvimos a visitar la finca en la pri­mavera. El caballo de mi hijo había estado durante todo el invierno con la tropa. Fuimos a buscarlo y encon­tramos a toda la manada junto al río. Yo sabía que si nos acercábamos de­masiado, huirían; por lo tanto, mi hijo y su hermana fueron a buscar un balde que llenaron con avena y comenzaron a caminar en silencio por el borde del prado. Los caballos empezaron a ale­jarse lentamente; entonces él silbó, y su caballo se apartó de la manada y se acercó al trote hacia el amo. Habíamos aprendido una gran lección; en aquellos dos años habían sucedido muchas cosas, y mi hijo había hecho uso de algo más que sus músculos para enseñar a su caballo.

Pero el día que sucedió el accidente, cuando había desatado al caballo de­sobedeciendo mis órdenes, se había asustado mucho. «Papá», me preguntó, «¿Qué debemos hacer?» y yo le había respondido: «Esta es la forma en que lo haremos, y un día ese caballo correrá hacia ti cuando lo llames». En esos dos años él se había preparado y había aprendido una lección.

El Sacerdocio Aarónico es un sa­cerdocio preparatorio; es el sacerdocio menor. Preparatorio, ¿para qué? Tiene como objeto preparar a los jóvenes para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, prepararlos para la vida, ca­pacitarlos para ser líderes, enseñarles la obediencia, ayudarlos a aprender a controlar cosas que son mayores que ellos; tiene como objeto mostrarles cómo usar algo más que sus músculos.

Ahora bien, cuando sois ordenados diáconos a los doce años, pasáis a formar parte de un quórum. ¡Qué maravillosa bendición es pertenecer al quórum! Desde ese momento en adelante toda vuestra vida pertene­ceréis a un quórum: El quórum de los diáconos con doce miembros, el de los maestros con veinticuatro miembros, el de los presbíteros con cuarenta y ocho. Luego, si sois fieles y dignos, seréis ordenados al Sacerdocio de Melquisedec o Sacerdocio Mayor. Pero ahora me interesa hablar a los jóvenes del Sa­cerdocio Aarónico, el cual nos prepara para recibir el Sacerdocio de Melquisedec; es necesario que aprendáis ahora a hacer las cosas en la misma forma en que las haréis cuando tengáis el Sacerdocio Mayor.

Desearía volver a hablaros de mi hijo, que actualmente está casado. Se graduó de ingeniero y se ha ido a vivir a una gran ciudad. Cuando se alejaron, él y su esposa estaban nerviosos por el nuevo trabajo y el nuevo hogar que formarían lejos de las familias. El me contó estas dos experiencias que de­searía relataros.

Trabajaba en un cuarto muy grande con otros ingenieros. Después de trabajar durante dos meses, había organizado todo para poder irse del trabajo a la hora de salida. Siempre les habíamos enseñado a nuestros hijos a llegar al empleo un poco más temprano y a quedarse un poco más tarde, a fin de hacer algún trabajo extra. Pero en ese día especial él deseaba irse a la casa a la hora exacta de salida; uno de los compañeros de trabajo le preguntó a dónde iría.

—¿Por qué estás tan apurado?

—Porque esta noche tengo una cena.

—¿Qué clase de cena es esa?

Es una cena de nuestro quórum; cada uno lleva a su esposa, y además de la cena tenemos una reunión.

— No lo puedo comprender. He vivido acá dos años y todavía no conozco a nadie; mi esposa y yo vivimos bastante solos. Tú has estado acá solamente dos meses y ya estás invitado a una cena.

Otro día uno de los ingenieros que trabajaba con él le preguntó si le ayudaría a mudarse.

—Encontramos un apartamento mejor y el sábado nos mudaremos. Pero necesitaré ayuda. ¿Me ayudarías tú?

Nuestro hijo respondió:

—Sí, por supuesto, con mucho gusto.

Al llegar el sábado su esposa preparó pan casero y una comida para llevarles y les ayudaron a mudarse. Luego mi hijo me comentó:

—Papá, he estado pensando sobre aquello. Apenas nos conocemos el uno al otro. Si yo soy la persona más cercana que tiene, la persona a quien él se atrevió a pedirle que le ayudara a mudarse, eso significa que no tiene a nadie. Y sin embargo, ¡nosotros te­nemos tantos amigos!

Cuando él y su esposa llegaron a aquella ciudad, fueron inmediatamente a la Iglesia. El asistió a la reunión de su quórum, y desde el primer día todos sus compañeros le hicieron sentirse cómodo. El quórum es para eso: Para apoyarse mutuamente, para ayudarse los unos a los otros. Vosotros, los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, podéis empezar a prepararos desde ahora. Se os ha capacitado para ayudar a los demás recogiendo las ofrendas de ayuno, cumpliendo con otros deberes, ayudando en la Santa Cena y en la orientación familiar.

¿Por qué? Porque pertenecéis a un quórum. La palabra quórum es maravi­llosa, pero en la Iglesia todavía no se ha comprendido en su totalidad el signi­ficado y el valor de los quórumes del sacerdocio.

Pertenecer a un quórum es un honor muy grande. El ser llamado para presi­dir un quórum o ser su secretario o maestro es una seria responsabilidad. ¿Sabéis de dónde proviene la palabra quórum? No se encuentra ni en el Anti­guo ni en el Nuevo Testamento, sino que proviene de la antigua Roma. Cuan­do en aquella época se formaba una co­misión de mucha importancia para llevar a cabo alguna gran obra, se nom­braban miembros para esa comisión; a éstos se les enviaba un certificado, y en él aparecía la palabra quórum. En el certificado decía a qué se dedicaría la comisión, cuan importante era, se expli­caba que para ella se había elegido grandes hombres y luego terminaba con estas palabras: Quorum vos unum, las cuales significaban:  «Debéis ser unidos».

Mis jóvenes hermanos, vosotros per­tenecéis a un quórum. ¡Qué extraordina­ria oportunidad! Podéis aprender a tomar a vuestro cargo asuntos impor­tantes, dirigir bien vuestra vida y ayu­dar a los demás. Me siento muy agradecido de haber poseído y todavía poseer el Sacerdocio Aarónico; estoy muy agradecido de que mis hijos lo ha­yan poseído y de que haya tantos como vosotros que ahora lo poseen. Que Dios os bendiga, mis muchachos. Que el Es­píritu del Señor descanse sobre vos­otros. El evangelio es verdadero; el sacerdocio es una gran oportunidad.

(Liahona Mayo 1980)

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La Nueva Jerusalén

La Nueva Jerusalén

Por Joseph Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doces Apostoles

¿Cuál es la interpretación correcta de Apocalipsis 21:1-2, con referencia a la Nueva Jerusalén que habría de descender del cielo?

Para un mejor entendimiento de la pregunta, transcribamos primeramente los versículos mencionados:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.

Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. (Apocalipsis 21:1-2)

Es general la creencia de que esta ciudad de Jerusalén es la antigua población de los judíos que en el día de la regeneración será renovada, pero esto es erróneo. En su libro, Eter nos dice que el Señor le reveló muchas de estas mismas cosas que le fueron mostradas a Juan mediante visiones divinas. Como se sabrá, Eter fue el último de los profetas jareditas a quien el Señor reveló grandes e importantes cosas concernientes a la historia de los judíos y a la ciudad de Jerusalén, tal como se conocía en la época del ministerio personal del Salvador. En su visión, muy similar a la concedida a Juan, Eter vio la antigua ciudad de Jerusalén y también la nueva, que aún no había sido edificada, y al respecto Moroni nos informa:

. . . he aquí, rechazaron todas las palabras de Éter; porque él verdaderamente les habló de todas las cosas, desde el principio del hombre; y de que después que se hubieron retirado las aguas de la superficie de esta tierra, llegó a ser una tierra escogida sobre todas las demás, una tierra escogida del Señor; por tanto, el Señor quiere que lo sirvan a él todos los hombres que habiten sobre la faz de ella;

y de que era el sitio de la Nueva Jerusalén que descendería del cielo, y el santo santuario del Señor.

He aquí, Éter vio los días de Cristo, y habló de una Nueva Jerusalén sobre esta tierra.

Y habló también concerniente a la casa de Israel, y la Jerusalén de donde Lehi habría de venir —que después que fuese destruida, sería reconstruida, una ciudad santa para el Señor; por tanto, no podría ser una nueva Jerusalén, porque ya había existido en la antigüedad; pero sería reconstruida, y llegaría a ser una ciudad santa del Señor; y sería edificada para la casa de Israel—

y que sobre esta tierra se edificaría una Nueva Jerusalén para el resto de la posteridad de José, para lo cual ha habido un símbolo.

Porque así como José llevó a su padre a la tierra de Egipto, de modo que allí murió, el Señor consiguientemente sacó a un resto de la descendencia de José de la tierra de Jerusalén, para ser misericordioso con la posteridad de José, a fin de que no pereciera, tal como fue misericordioso con el padre de José para que no pereciera.

De manera que el resto de los de la casa de José se establecerán sobre esta tierra, y será la tierra de su herencia; y levantarán una ciudad santa para el Señor, semejante a la Jerusalén antigua; y no serán confundidos más, hasta que llegue el fin, cuando la tierra deje de ser.

Y habrá un cielo nuevo, y una tierra nueva; y serán semejantes a los antiguos, salvo que los antiguos habrán dejado de ser, y todas las cosas se habrán vuelto nuevas.

Y entonces viene la Nueva Jerusalén; y benditos son los que moren en ella, porque son aquellos cuyos vestidos son hechos blancos mediante la sangre del Cordero; y son ellos los que están contados entre el resto de los de la posteridad de José, que eran de la casa de Israel.

Y entonces viene también la antigua Jerusalén; y benditos son sus habitantes, porque han sido lavados en la sangre del Cordero; y son los que fueron esparcidos y recogidos de las cuatro partes de la tierra y de los países del norte, y participan del cumplimiento del convenio que Dios hizo con Abraham, su padre. (Eter 13:2-11)

Y acontecerá que estableceré a mi pueblo, oh casa de Israel.

Y he aquí, estableceré a este pueblo en esta tierra, para el cumplimiento del convenio que hice con Jacob, vuestro padre; y será una Nueva Jerusalén. Y los poderes del cielo estarán entre este pueblo; sí, yo mismo estaré en medio de vosotros.(3 Nefi 20: 21-22)

En el día de la regeneración, cuando todas las cosas sean renovadas, existirán tres grandes ciudades sagradas. Una será Jerusalén la antigua, reedificada conforme a la profecía de Ezequiel. La otra será la ciudad de Sión o de Enoc, la misma que fue arrebatada a los cielos y que habrá de ser restituida en la tierra; y la tercera será la ciudad de Sión o Nueva Jerusalén, que la simiente de José ha de construir sobre este continente (América).

Y enviaré justicia desde los cielos y haré brotar la tierra para testificar de mi Unigénito; su resurrección de los muertos, sí y también la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad a nieguen la tierra como un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo he de preparar, una Ciudad Santa, para que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sión, una Nueva Jerusalén.

Y el Señor le dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos a nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre sus cuellos, y ellos sobre los nuestros, y nos besaremos los unos a los otros;

Y allí será mi morada, y será Sión, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará. (Moisés 7: 62-64.)

Al finalizar el milenio, se nos dice que Satanás, habiendo estado cautivo, será nuevamente desatado y otra vez predicará la mentira entre las naciones. Y entonces vendrá el fin. La tierra morirá y será purificada, recibiendo su restauración (resurrección). Durante este período purificador, la ciudad de Sión o Nueva Jerusalén será arrebatada de la tierra a fin de que, cuando ésta esté debidamente preparada para la gloria celestial como lo declara Juan el Revelador, pueda descender del cielo y de Dios.

(Liahona , Noviembre 1963)

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Testimonio

Conferencia General Octubre 1963

Testimonio

Por el presidente N. Eldon Tanner

Mi amado presidente David O. McKay, presi­dente Brown, hermanos y hermanas: Es con gran dificultad y un sentimiento de profunda humildad que me paro ante vosotros respondiendo a este alto honor y enorme responsabilidad que me han sido confe­ridos, pues me considero uno de vuestros siervos más humildes, el más débil e incapaz de todos. Humilde­mente ruego al Señor que me conceda Su espíritu y Sus bendiciones al estar frente a vosotros esta mañana.

Estoy seguro de que mi llamamiento a esta posi­ción debe haber resultado una sorpresa para muchos de vosotros, como lo ha sido para mí. En verdad, es otra evidencia de que Dios trabaja misteriosamente para llevar a cabo Sus maravillas.

Mis colegas, las Autoridades Generales, han podido apoyarme en esta posición únicamente porque tienen un fuerte testimonio del hecho de estar dirigidos por un Profeta de Dios. Con humildad ruego que al apoyar al Profeta en esta decisión, conociendo mis debilidades, continúen orando por mí y fortaleciéndome, pues lo necesito grandemente; y con esta confianza, mis her­manos y hermanas, puedo decir, como Nefi en la an­tigüedad:

“. . . Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.” (I Nefi 3: 7.)

Sinceramente agradezco a cada uno de vosotros por vuestra confianza y voto de apoyo, y os prometo, y lo hago también a mis hermanos y colegas, a quienes tanto amo y apoyo con todo mi corazón, y también a usted, presidente McKay, como representante del Señor y de Dios, poner a disposición de la edificación del reino de Dios todas las cosas con que el Señor me ha bendecido.

Doy gracias a Dios por mi fiel y devota esposa y familia, que amo inmensamente y quienes siempre me han apoyado y fortalecido con su inspiración, lealtad, fe y oraciones; estoy seguro de que continuarán apoyán­dome en este nuevo llamamiento.

Agradezco a mi Padre Celestial por el maravilloso privilegio que he tenido de asociarme con estos hombres magníficos, por la influencia de cada uno de ellos sobre mi vida y por el aliento y fortalecimiento que me dan. Estoy agradecido a Dios por la significativa be­dición de poder asociarme tan íntimamente y sentir el gran espíritu y la influencia de nuestro amado presi­dente David O. McKay. Todo lo que ha sido escrito y dicho acerca de él, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, no logra ni puede describir la grandeza de este hombre que ha sido escogido como un Profeta di­vino, y que en la actualidad preside la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días — el reino de Dios sobre la tierra.

Es imposible apreciar o estimar la enorme influen­cia que el presidente McKay ha ejercido en bien de la humanidad. Cuanto más nos acercamos a él, más se fortalece nuestro testimonio de que es realmente un

Profeta de Dios. Con tristeza menciono la ausencia de nuestro amado amigo y colega, el presidente Henry D. Moyle, a quien tanto extrañamos todos, y cuyo deceso ha hecho necesarios estos cambios. Tanto su familia como sus amigos, su Iglesia, su comunidad y su país, han sufrido una pérdida tremenda. Amado padre y es­poso, fue también un amigo verdadero y leal, un vecino considerado, un miembro devoto y un capacitado líder de la Iglesia. Siempre trabajó en bien de su país y del mejoramiento de la humanidad. Quisiera expresar mi amor y simpatía por la hermana Moyle y su familia, y rogar que el Espíritu del Señor les acompañe, les fortalezca y les aliente.

En esta ocasión, también quisiera dar la bienvenida al hermano Thomas Monson, a quien apoyo con todo mi corazón.

No tengo palabras para expresar mi profundo amor por el Señor y mi gratitud por las innumerables ben­diciones que ha derramado sobre mí, y sinceramente ruego por Su continua orientación y fortalecimiento, mientras yo trate de servirle. Quiero prometeros nueva­mente que mi vida y todo lo que poseo, serán comple­tamente dedicados al servicio de mi Hacedor y de mis semejantes, abrigando en mi corazón una oración para que El me provea de sabiduría y conocimiento, valor y fuerza, inspiración, determinación y habilidad para guardar Sus mandamientos y servirle en manera acep­table.

Una y otra vez quiero solicitar a todos vosotros el apoyo de vuestra fe y oraciones, a fin de que pueda dedicarme al servicio de mi Señor sólo en procura de Su gloria.

Quiero dejaros mi testimonio; yo sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que dio Su vida por mí y por vosotros; que ésta es Su Iglesia y Su reino; que a la cabeza de nuestra Iglesia en la actualidad tenemos a un Profeta de Dios, inspirado de Él, y a través de quien somos orientados por los senderos de la verdad y la justicia.

Ruego que podamos seguir sus consejos y admoni­ciones, sabiendo que de esta forma seremos llevados hacia la inmortalidad y la vida eterna; y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El Profético Destino de la Iglesia

Conferencia Genera Octubre 1963

El Profético Destino de la Iglesia

Por el presidente Hugh B. Brown

Al contemplar las miles de personas que están congregadas aquí, y tener en cuenta que otros cientos de miles están escuchando y participando de esta conferencia por medio de la radio y la televisión, sentimos que la responsabilidad de captar la atención y orientar el pensamiento de tan vasta multitud sería una tarea abrumadora si no fuera que por medio de oraciones y de la fe podemos contar con la inspiración divina.

Durante los últimos meses se ha manifestado un considerable interés en cuanto a la posición de la Igle­sia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con respecto a los derechos civiles. Quisiéramos hacer saber, por lo tanto, que en esta Iglesia no existe doctrina, creencia o práctica tendiente a negar el pleno disfrute de los derechos civiles a ninguna persona, no importan su raza, credo o color.

Tal como muchas veces lo hemos expresado antes, nuevamente decimos que creemos que todos los hom­bres son hijos del mismo Dios, y que es moralmente malo que cualquier persona o grupo de personas prive a ser humano alguno del derecho de tener un empleo digno amplias oportunidades educacionales y todo pri­vilegio correspondiente a la ciudadanía, como también lo es el negarle el derecho de adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia.

Firme y persistentemente hemos apoyado la consti­tución de los Estados Unidos, lo cual significa que aprobamos toda prerrogativa constitucional de cada uno de sus ciudadanos.

Exhortamos a todos los hombres del mundo, tanto dentro como fuera de la Iglesia, a que apoyen el estable­cimiento de una completa igualdad civil para todos los hijos de Dios. No hay otra cosa que podría perturbar más nuestros altos ideales concernientes a la fraternidad humana, que la desigualdad ciudadana.

Indudablemente, el asistir a un conferencia mor- mona resulta, para muchos, una nueva experiencia. Quizás algunos podrían preguntarse – como lo hizo Natanael en los días de Cristo, con respecto a Nazaret (Juan 1: 46) —: “¿Del mormonismo, puede salir algo bueno?” – Tal como lo hizo Felipe, nosotros respondere­mos: “Ven y ve.” A todos vosotros os extendemos una cálida bienvenida y esperamos que el tiempo que paséis con nosotros os resulte inspirador y benéfico.

En medio de este mundo fantásticamente variable, donde los viejos métodos, modelos e ideas están siendo reemplazados por substitutos nuevos y revoluciónanos, sería conveniente que los líderes religiosos en todas par­tes reexaminen y evalúen nuevamente sus credos, y con valor traten de descubrir las causas de la decadencia del interés del hombre por la religión.

Atravesamos hoy por un período de absoluta re­construcción intelectual y desasosiego espiritual. A fin de comprenderla moralmente, debemos considerar la religión desde el punto de vista intelectual. No debe­mos permitir que las aguas de la vida sean paralizadas y congeladas por fríos pensamientos religiosos.

Por un momento, quisiéramos considerar los funda­mentos divinos e históricos de la Iglesia de Jesucristo, su estado actual y su profético destino.

Basados en la autoridad bíblica, afirmamos que Dios el Padre formuló un plan divino para la salvación humana, aun antes de la Creación de la tierra cuando todos los hijos del Creador se regocijaron ante la pers­pectiva de ser mortales. (Job 38: 7.)

En una época anterior a la incidencia del Jardín de Edén, los espíritus de todos los hombres tuvieron una prístina existencia como inteligencias dotadas de cuer­pos de espíritu, de los que Dios fue el Padre universal. La Biblia nos dice lo siguiente:

“Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espí­ritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12; 7)

El Señor dijo a Jeremías que Él lo conoció antes de que su cuerpo fuera formado, y que le había santifi­cado ordenándole profeta ante las naciones. (Jeremías 1: 5.) Y el apóstol Pablo testificó:

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12: 9.)

Precisamente durante esta existencia premortal, en un concilio celestial presidido por Dios el Padre, uno de los espíritus se levantó contra El, tratando de usurpar Su poder a fin de forzar a los hombres a obedecer sus mandatos. Codiciando la divinidad, dijo entonces al Padre: “Dame tu gloria.” Si el Padre hubiera consen­tido los cielos serían una dictadura bajo la cual todos los hijos espirituales de Dios habrían vivido en esclavitud.

Uno de los principales en aquella vasta asamblea era Jehová – el mismo que en la carne habría de ser Cristo, el Redentor. Él fue el primogénito entro los espíritus v por derecho patrimonial, heredero y Señor. Oponiéndose al complot de privar a los hombres de su libertad, abogó entonces por el libre albedrío como lema de su contraposición.

Todos los que apoyaron al Mesías habrían de ob­tener cuerpos mortales, que al final de la etapa de probación “volverían a la tierra” de la cual habían venido. Contarían con el derecho de escoger el camino que habrían de seguir en la vida y aceptarían la responsabilidad de su conducta.

Se garantizó la resurrección de la muerte para todos, por medio de la expiación voluntaria de Cristo — un miembro de la Trinidad. El mismo, poder divino de la procreación, constituiría otra de la bendiciones del esta­do mortal.

El orgulloso y provocador Lucifer promovió una gran rebelión contra este plan y le siguió una tercera parte de los espíritus. Juan el Revelador nos provee la siguiente información:

“. . . Hubo un gran batalla en los cielos: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo- Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.” (Apocalipsis 12: 7-9.)

Isaías tenía conocimiento de esto, al decir:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la maña­na! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las na­ciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” (Isaías 14: 12-14.)

Por causa de su desobediencia, Adán fue desterrado del Jardín de Edén; detrás de él y su posteridad, fue cerrada la puerta y el camino del árbol de la vida fue guardado por una espada encendida. (Génesis 3: 24.) El nacimiento a la vida mortal borra todo recuerdo de aquella preexistencia espiritual y toda memoria anterior no es sino un débil eco; sin embargo, cuando solemos cantar, un algo secreto parece susurrar a nuestros oídos la idea de que somos extraños aquí, y que provenimos de una esfera más exaltada.

Cuando el pecado y la muerte juntan sus manos para aprisionarnos, nuestro destino se nos antoja sin esperanzas; Satanás acecha entonces intencionado ante lo que parece ser una derrota para Cristo. El diablo sabe que los hombres no tienen poder para conquistar la muerte y que sin la ayuda divina dormirían para siempre en sus tumbas.

Ya con los sacrificios que Adán ofreciera, fue presa­giada la expiación y cada Profeta que le sucedió supo de la misión de Cristo. Otro es el campo de batalla, pero aún continúa la guerra del bien contra el mal entre los hijos de los hombres.

Al nacer en la carne, Cristo tenía poder para con­quistar la muerte. Vino al mundo para atravesar, tam­bién El, el valle de la probación y trazar un recto y angosto sendero por el cual los hombres podrían re­gresar de la muerte a la vida hasta los cielos y agregó:

“. . . Nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6.)

Y así Cristo nació en Belén, entrando en el mundo de los hombres mortales, del que Belcebú se consideraba único dueño. La guerra fue reiniciada con el Mesías y los hijos leales de Dios en un lado, y Lucifer y sus se­guidores en el otro.

Al nacer Jesús, Satanás buscó la destrucción del Hijo de Dios, y trató, por la fuerza, de desbaratar Su divina misión. Pero el Padre había proscripto la compul­sión. El diablo ha tenido siempre instrumentos dispo­nibles sobre la tierra y en la oportunidad Herodes ha­bía de ser su agente. Este hombre era cruel y vil co­mo su amo; procurando matar al Niño Jesús, asesinó a numerosos infantes en Palestina. Pero este Niño de madre mortal, era también el Hijo de Dios el Padre y no podía ser vencido por hombres ni por malos espíritus. Habiendo fracasado en su infame intención, Satanás decidió astutamente esperar la hora propicia, cuando el Niño llegara a hombre, y entonces trató de vencerle por medio de artificios.

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús se en­contró con el ruin tentador, quien le sugirió satisfacer Su hambre transformando las piedras en pan y mani­festando, de esta forma, Su poder. Con ello, Satanás trató de sembrar las semillas del orgullo y la arrogancia —dos de sus principales vicios; pero Cristo le demostró que “no sólo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra de Dios.”

No habiendo tenido éxito en su intento de enaltecer el apetito y el orgullo, Lucifer recurrió a la ambición de poderío — el amor al poder, roca sobre la que él mismo se había establecido. Pero Cristo desdeñó una vez más esta oferta maligna. El tercer esfuerzo que el diablo hizo para atrapar al Hijo de Dios, consistió en ofrecerle riquezas y potestad, pero sólo logró otra réplica firme del Salvador: “Vete de mí, Satanás. . .” (Lucas 4: 8.)

El diablo encontró algunos aliados entre aquellos que habían seguido a Jesús. Como muchos otros, Judas pensó que las riquezas del mundo son provechosas, pese a cómo se obtengan. Vendió entonces a su Maestro por unas cuantas monedas que resultaron ser de miseria y muerte, como todas las recompensas de Lucifer.

La lucha continuó y Cristo fue crucificado, pero no vencido; El seguía teniendo poder sobre la muerte y sólo cedió por propia voluntad, a fin de conquistar la muerte y abrir las puertas que habían sido cerradas a Adán. Aun muriendo, Cristo fue victorioso, porque llevó a cabo el propósito de Su venida a la tierra, rompiendo las cadenas de la muerte y siendo primicia de la resu­rrección.

Sus contados seguidores honestos continuaron sién­dole fíeles hasta ser arrebatados por la muerte. Entonces la apostasía se hizo universal y Satanás manifestó su soberanía a través de las épocas de tiniebla espiritual.

Pero más tarde, Dios envió mensajeros especiales a la tierra a fin de llevar cabo la reformación y preparar el camino para la escena final y la restauración.

El mensaje del mormonismo es éste: que el plan de salvación del que hemos hablado, es el evangelio de Jesucristo. Desde Adán basta Malaquías se enseñó este evangelio en cada dispensación y alcanzó su punto cul­minante en el Meridiano de los Tiempos, cuando Cristo fue resucitado de los muertos. Desde el mismo prin­cipio, Él había sido siempre la figura central del plan de salvación. Los judíos habían esperado, por siglos, la venida del Mesías, un libertador del linaje de David enviado por Dios. Más a pesar de las profecías y señales que les fueron dadas, no lo reconocieron y lo rechazaron.

Los mismos Profetas que habían predicho la venida del Mesías, recibieron también visiones y revelaciones concernientes a Su segunda venida. La Santa Biblia registra sus mensajes de advertencia y las señales por medio de las cuales los hombres habían de recibir, en estos últimos días, exhortaciones y orientación.

Por ejemplo, en Salmos leemos que antes de la venida del Señor se verá en la tierra un fuego devorador, mientras que Joel advierte que, entre otras señales anun­ciadoras, la luna se convertirá en sangre y las estrellas perderán su brillo. A Zacarías le fue revelado que los pies del Señor se pararán sobre el Monte de los Olivos, el cual se partiría por el medio hacia el este y el oeste. Malaquías predijo que El vendría súbitamente a Su templo y sería como fuego purificador y jabón de lava­dores. Refiriéndose a nuestros días, Job dijo:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19: 25.)

Aunque éstas y muchas otras profecías fueron he­chas antes del nacimiento de Cristo en Belén, la mayoría de los acontecimientos a que se refieren no tuvieron lugar en esa época ni durante la vida terrenal del Sal­vador.

Desde el tiempo en que comenzó Su trascendental ministerio, muchos hombres han tratado de evaluar al Cristo, variando sus estimaciones desde denun­cias blasfemas hasta cultos de adoración consistentes en sacrificios físicos. Algunos dudan aun que tal Hom­bre haya jamás vivido y otros preguntan si quizás no fue sólo un mito. ¿Fue El, acaso, un oportunista, un visionario o un revolucionario social? ¿O fue un genio, un sabio, un realizador de cosas maravillosas o un gran maestro? Si consultamos a los hombres que estu­vieron más cerca de El — aquellos que le siguieron al Monte de la Transfiguración — aprenderemos que fue, en verdad, “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16: 16) Quisiéramos pedir a todos y cada uno de los que nos están escuchando hoy; que determinen su propia apreciación acerca de Jesús de Nazaret, a fin de llegar a la conclusión de que si fue El o no el Cristo, el Hijo de Dios. Nosotros testificamos humildemente este he­cho trascendental. En el Evangelio según San Juan, Jesús es considerado el Verbo, que fue con Dios en el principio y por medio de quien todas las cosas fueron hechas; El fue la vida y la luz de los hombres que, hecho carne, habitó entre nosotros. (Juan 1: 1-3, 14.)

El apóstol Pablo declaró:

“Dios,… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.” (Hebreos 1:1-2.)

Y en el octavo verso del mismo capítulo agrega:

“Más el Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (lbid.,1: 8.)

Indudablemente Su divinidad, Su poder y Su auto­ridad nunca han sido puestos en juicio con tanta auda­cia y ferocidad como lo son hoy en día. Jamás, en la historia, la gente común de todos los pueblos ha sentido tanta necesidad de orientación divina como en la actua­lidad. Nunca lo hemos necesitado más como en nuestros días, en que tantas falsas ideologías y milagros científi­cos están empujando al mundo hacia los límites de la aniquilación.

Hay en la actualidad hombres y naciones que están tratando de desplazar a Dios, desterrar la religión y convertir al mundo en una sola nación atea. La guerra actual entre Cristo y el anti-Cristo es un cumplimiento de profecías innegables, y constituye una señal o eviden­cia de la proximidad del Milenio.

Exhortamos a todos los Cristianos del mundo a que certifiquen su fe en El guardando Sus mandamientos. Su obra de redención no está completa, ni lo estará, hasta que el evangelio se escriba en la vida y el cora­zón de los hombres. El hecho de que resucitó de los muertos — el más fehacientemente comprobado de la historia — nos asegura que vive todavía; El nos ha pro­metido que volverá y todos aquellos que lean las pro­fecías contenidas en las Escrituras e identifiquen las señales de nuestro tiempo, deben convencerse de que estamos viviendo en los últimos días, que los grandes eventos predichos por los Profetas, han sido y están siendo realizados sobre el escenario de la historia contemporánea. Reconozcamos en los portentosos acon­tecimientos actuales, el preludio del gran final.

Estando en la Isla de Patmos, Juan recibió una visión concerniente a las cosas venideras; oyó que diez mil ángeles cantaban alabanzas al Hijo de Dios y que luego se unían a toda criatura sobre la tierra y los cielos, para decir a una:

. . Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 5: 13.)

También vio “volar por en medio del cielo a otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. . .” Vio un lago sin fondo, el dragón atado con cadenas y mil años de concordia, paz y descanso. Vio asimismo la santa ciudad, la nueva Jerusalén, ba­jando de Dios desde los cielos, para reunirse con los de su reino en la tierra.

Entonces vio a los pequeños y a los grandes pa­rarse ante el trono de Dios a fin de ser juzgados con­forme a los registros, cada cual de acuerdo con sus méritos. La muerte y el infierno dejaron libres a sus cautivos, el mar devolvió a sus muertos y los ángeles cantaron hosannas al Príncipe de Paz, su Señor.

Damos nuestro humilde testimonio de que Jesús de Nazaret es el Salvador y Redentor del mundo y que El regresará y reinará personalmente sobre la tierra. Y que en esa época todos los pueblos del mundo se reunirán con las huestes celestiales, y cantarán: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y El reinará por los siglos de los siglos… Rey de Reyes y Señor de Señores.” Y lo hacemos pú­blicamente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El Verdadero Propósito de la Vida

Conferencia Genera Octubre 1963

El Verdadero Propósito de la Vida

Por el presidente David O. McKay

Quisiera comenzar citando de las Escrituras: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.” (Salmos 8: 3-5.)

Tanto los animales como todo otro ser viviente, puede crecer y reproducirse sólo de conformidad con las leyes preestablecidas de la naturaleza y el divino mandamiento que reza: “. . . Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. . .” (Génesis 1: 24.)

Habiendo sido dotado de un organismo físico tan material y químico como el de los animales, el hombre está también sujeto a los apetitos, pasiones y otros anhelos de la carne. No obstante, cuenta con un don especial que no ha sido concedido a ninguna otra criatura viviente, Cuando el Creador “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Ibid., 2: 7), el Señor lo invistió con él poder para escoger. Sólo al ser humano dijo el Creador: “…Podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido.” (Moisés 3: 17.) En verdad, siendo que Dios quería que el hombre llegara a ser como El, era necesario que lo hiciera libre. Y fue así que el hombre quedó dotado de la bendición más grande que puedan recibir los seres mortales—el don del libre albedrío.

La humanidad no podría progresar si no contara con este poder divino de elegir libremente.

Un destacado científico, el Dr. Lecomte Du Nouy, en su obra “El Destino Humano” dice con respecto al don del libre albedrío: “Al dotarlo de libertad y con­ciencia, Dios abdicó parte de Su omnipotencia en favor del hombre—y esto representa la luz de Dios en él. (‘Dios está dentro de nosotros.’) Siendo que Dios mismo rehusó impedirla, la libertad es, pues, real.”

Un inspirado Profeta de la antigüedad, exhortó: “Anímense pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos. . .” (2 Nefi 10: 23.)

La libertad de hablar y actuar dentro de los límites que no transgredan la libertad de otros, son derechos inherentes del hombre—dones divinos “esenciales para la dignidad y la felicidad humanas.”

El hecho de que una persona o grupo de personas, aun sabiéndose conscientemente capaz de elevar su dignidad por sobre las proporciones compatibles con las criaturas más bajas, se contente con obedecer los instintos animales sin hacer esfuerzo alguno por ex­perimentar el gozo que traen la bondad, la pureza, el dominio propio y la fe que surgen de la armonía con las reglas morales, resulta ser una verdadera parodia de la naturaleza humana. ¡Cuán trágico es que el hombre, “hecho poco menor que los ángeles y coronado de gloria y de honra”, se contente con arrastrarse por los niveles del reino animal!

Abraham Lincoln dijo lo siguiente: “Este amor por la libertad que Dios ha sembrado en nosotros, constituye el baluarte de nuestra libertad e independencia. No son nuestras altas murallas, ni nuestras escarpadas costas; no es nuestro ejército ni nuestra armada. Nuestra defensa está en el espíritu que estima la libertad como una heredad de los hombres en todas las naciones, sea donde fuere. Destruyamos este espíritu y habremos sembrado las semillas del despotismo a nuestras mismas puertas”

Lo opuesto a la libertad es esclavitud, abyección restricción — condiciones que inhiben la mentalidad, sofocan el espíritu y aplastan la hombría. La coerción, la compulsión y el servilismo de los individuos, son partes preponderantes del plan que el comunismo ofrece a la familia humana.

Aparte de tener que resistir tal opresión externa, todo hombre lleva dentro de sí mismo la responsabilidad de vivir noble o indignamente. Toda persona normal debe enfrentarse diariamente con la necesidad de escoger entre la sumisión a lo que Pablo designó como “las obras de la carne”, o la obtención de los frutos del espíritu, que sor “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; porque contra tales cosas no hay ley.” (Gálatas 5: 19-23.)

Las condiciones existentes en el mundo actual, parecen indicar que demasiados seres humanos están viviendo no muy encima de la escala animal. Aun entre las naciones consideradas Cristianas son muy comunes la astucia, la decepción, el robo, la mentira, la crueldad, la brutalidad y las inclinaciones pendencieras.

En su obra “La Vida Simple”, Charles Wagner nos ofrece esta impresionante admonición contra la condescendencia a los deseos bajos;

“Aquel que vive para comer, beber, dormir, vestirse, salir a caminar — o en un palabra que se gratifica a sí mismo en todo lo que puede —, ya sea el cortesano que se tuesta al sol, el obrero que se emborracha, el plebeyo que vive para su barriga, la mujer que pasa sus horas frente al espejo, el libertino con o sin recursos, o simplemente el amante ordinario de placeres — que sea demasiado obediente a las necesidades materiales, ese hombre o mujer está en la pendiente del deseo y su caída es fatal. Aquellos se conforman a dichas necesidades materiales, obedecen las mismas leyes que un cuerpo sobre un plano inclinado. Víctimas de un ilusión constantemente repetida, piensan; ‘Sólo unos pasos más, los últimos, hacia aquello que allá abajo codiciamos, y entonces nos detendremos’. Más la velocidad que van adquiriendo los empuja, y cuanto más lejos van, menos capaces son de resistir.

“He aquí el secreto del desasosiego y la locura de nuestros contemporáneos. Habiendo condenado su voluntad al servicio de sus apetitos, sufren las consecuencias. Y así se entregan a pasiones violentas que devoran sus carnes, aplastan sus huesos, succionan su sangre y no pueden ser saciadas. Esto no es, precisamente, una evidencia de moral elevada. Yo he podido escuchar lo que la vida misma dice, y a medida que han ido surgiendo, he registrado algunas de las verdades que retiñen en cada esquina.

“Como una finalidad de las bebidas, ¿ha encontrado la borrachera, los medios de saciar la sed? Por supuesto que no. Por el contrario, podría llamársele el arte de hacer que la sed sea inextinguible. El franco libertinaje, ¿amortigua acaso el espoleo de los sentidos? No; sólo los envenena, convirtiendo un deseo natural en una obsesión mórbida y una pasión dominadora. Dejad que vuestras necesidades imperen sobre vosotros — sí, mimadlas, — y pronto las verséis multiplicarse como insectos bajo el sol. Cuanto más les concedáis, más os demandarán. El que busca la felicidad en la prosperidad material solamente, es un insensato. . . Nuestras necesidades, en lugar de estar nuestro servicio, llegan a ser entonces una multitud turbulenta y sediciosa, una legión de tiranos en miniatura. El hombre que sea esclavo de sus apetitos, podría ser comparado a un oso con un aro en la nariz, por medio del cual es conducido y obligado a bailar conforme a la voluntad del que lo sujeta.

“Sólo podrá modelarse eficazmente una sociedad mejor, mediante una directa acción sobre la juventud. Todo pseudo-misticismo — social, filosófico o político — debe ser reemplazado por el espíritu Cristiano, el único basado en la libertad y el respeto a la dignidad humana. Cuando los pueblos reciben la misma educación y obedecen los mismos principios morales, no aceptan fácilmente la idea de luchar unos contra otros, sabiendo que es posible un perfecto entendimiento mutuo.

“En la actualidad, las naciones constituidas por individuos que poseen una vida independiente, quieren subsistir y concentran todos sus esfuerzos hacia dicho objetivo — algunas veces animados por el sincero interés de sus ciudadanos y otras solamente en beneficio de sus líderes o de lo que éstos consideran como un ideal superior al de los individuos. Evidentemente, los gobiernos tienen el deber de proteger a sus países contra el enemigo, cuidando así a los individuos que representan. Pero también tienen la responsabilidad de preparar el futuro de la nación difundiendo la luz y atacando las raíces del mal.”

Con gozo solemos cantar:

En prados de primor, en árbol y en flor,
En todo ser, en todo ser;
Mano del Creador vemos en derredor,
Cual bello resplandor de su poder.

Las aves con su voz, las gracias a su Dios
Entonarán, entonarán;
Sus trinos de loor, aclaman al Señor;
Su obra con amor ensalzarán.
(Emmeline B. Wells)

Cuando recorremos las montañas y sus cañones, estremeciéndonos la gloría de la naturaleza engalanada con la brillantez de sus colores otoñales, y nos encontramos absortos en la historia de las épocas pasadas…, podemos decir con Tennyson: “Yo sé lo que Dios y el hombre son.”

Más aun con toda su majestad y maravilla, la tierra no es el fin ni el propósito de la Creación. En cuanto a ello, el Señor mismo ha dicho que consiste en “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1:39.) Y al ejercitar el don divino del libre albedrío, el hombre debe sentir el deber — y más aún la obligación — de asistir al Creador en la realización de Su propósito divino.

El verdadero fin de la vida no es una simple existencia, ni el placer, la fama o la riqueza, sino la perfección de la humanidad mediante el esfuerzo individual y bajo la guía de la inspiración de Dios.

La verdadera vida es el producto de lo mejor que hay dentro de nosotros mismos. Si vivimos sólo para los apetitos, el placer, el orgullo y el dinero, y no para la bondad, la pureza, el amor, la poesía, la música, las flores, las estrellas, las esperanzas eternas y Dios, estamos muertos en vida.

La existencia física del hombre puede ser dividida en dos fases: primera, la lucha natural por la subsistencia y la obtención de comodidades; y segunda, la tendencia a arrastrarse. La primera es natural y recomen­dable; la segunda es degradante y, cuando gratificada, rebaja a los hombres hasta el nivel de los animales. Cuando un individuo cobija la idea de que para poder vivir es necesario perjudicar al prójimo, comienza, en ese preciso momento, a confinar su vida. Y entonces la amargura reemplaza a la felicidad, el egoísmo suplanta a la generosidad, el odio toma el lugar del amor y un desarrollo irracional va desplazando la naturaleza humana.

Hay en el hombre un sentido de divinidad que lo alienta y eleva. -Nosotros creemos que este poder interno es el Espíritu que viene de Dios. Existimos antes de venir a la tierra y estamos aquí para luchar y perfeccionar nuestro espíritu- En cierta época de su vida, todo hombre siente el deseo de estar en comunicación con lo infinito; su espíritu, entonces, trata de encontrar a Dios. Este sentimiento es universal y, por lo tanto, todo hombre debería estar profundamente comprometido en la misma gran obra — la búsqueda y el cultivo de la paz y la libertad espirituales.

Cada uno de nosotros es el arquitecto de su propio destino. Desdichado es aquel que trata de edificarse a sí mismo sin la inspiración de Dios, sin comprender que el hombre crece desde adentro y no desde afuera. Las pestes destructivas que apenas podemos ver con la ayuda de un microscopio, suelen derribar árboles que basta entonces han podido prevalecer contra los más fuertes huracanes. De la misma manera, los más grandes enemigos de la humanidad son precisamente aquellas sutiles y a veces invisibles influencias que pululan en la sociedad, minando la hombría y la femineidad de hoy. En resumidas cuentas, la demostración de la fidelidad y efectividad de los hijos de Dios es una tarea individual. Cada una de las tentaciones que llegan a nosotros, coincide con una de las tres siguientes formas:

1. Una tentación del apetito o la pasión:
2. La gratificación del orgullo, los hábitos o la vanidad; y
3. El deseo de riquezas o poderes mundanales y la pretensión del dominio sobre tierras o las posesiones temporales de los hombres.
Tales tentaciones se presentan ante nosotros en nuestras reuniones sociales, actividades políticas, relaciones comerciales y convenios en cada uno de los asuntos de la vida; aquí y allá enfrentamos, a cada paso, influencias insidiosas. Debemos ejercitar la defensa de la verdad, precisamente cuando estas tentaciones se manifiestan ante la conciencia de cada uno de nosotros.

La Iglesia nos enseña que la vida mortal es de probación. El hombre tiene la responsabilidad de ser el dueño y no el esclavo de la naturaleza. Debe controlar sus apetitos y utilizarlos para el beneficio de su salud y la prolongación de su vida; asimismo, dominará sus pasiones para la felicidad y bendición de otros.

La dicha más grande del hombre proviene de negarse a sí mismo para el bien de otros. Los progresos de la ciencia y los descubrimientos hechos desde la alborada de la historia hasta el presente, no son sino el resultado de los esfuerzos de hombres que han querido sacrificarse a sí mismos, cuando necesario, en aras de la verdad.

¡Cuántos dolores y lágrimas han costado aun el paso más corto hacia el progreso del hombre! Cada milímetro que se ha avanzado se debe a la agonía de alguna alma; y la humanidad ha podido ir obteniendo, con los pies sangrantes, bendición tras bendición de entre todas sus realizaciones benéficas.

No debemos perder de vista el hecho, sin embargo, de que estos grandes líderes del mundo fueron más que recompensados por el gozo supremo que proviene de hacer algo positivo.

En la actualidad hay muchos que prácticamente han fracasado, endureciendo sus propios caracteres; más si por un momento lo meditaran profundamente, aun la adversidad con que han debido enfrentarse podría resultar un medio para elevar sus espíritus. La adversidad misma puede guiar al hombre hacia Dios y la iluminación espiritual; nuestras privaciones podrían ser fuente de vigor, siempre y cuando conservemos la dulzura en nuestra mente y nuestro espíritu. “Dulces son los fines de la adversidad,” dijo Shakespeare, “la cual, como el sapo, feo y venenoso, luce sin embargo una joya preciosa sobre su cabeza.”

Vuestra alma se henchirá de felicidad si vivís en armonía con las inspiraciones del Espíritu Santo. Más si os apartáis de ellas y si conscientemente os priváis de lo que sabéis que es justo y verdadero, seréis desdichados aunque poseáis todas las riquezas del mundo.

En sus desmedidos anhelos por pasar un buen momento, nuestros jóvenes son a veces deshonestos consigo mismos al ceder a cosas que sólo satisfacen el grado más bajo del ser humano, cinco de cuyos principales y más comunes exponentes son: primero, la vulgaridad y la obscenidad; segundo, las reuniones indecorosas; tercero, la impudicia; cuarto, la deslealtad; y quinto, la irreverencia.

La vulgaridad es frecuentemente el primer paso hacia el camino de la intemperancia. Ser vulgar consiste en ofender las normas del buen gusto y de los sentimientos refinados. De la vulgaridad a la obscenidad hay sólo un paso. Está bien, y es en verdad esencial para su felicidad, que nuestros jóvenes participen en reuniones sociales; pero es, asimismo, una indicación de moral baja cuando para su entretenimiento deben recurrir a la estimulación física y el envilecimiento. Las reuniones indecorosas van dando forma a un ambiente en el cual los sentimientos se entorpecen y las pasiones se desenfrenan.

Cuando en lugar de una vida de altos principios morales se prefiere la indignidad, y el individuo desciende hasta el grado más bajo en la escala de la degeneración, su deslealtad es inevitable. La lealtad hacia los padres va desapareciendo, la obediencia a sus enseñanzas e ideales es descartada, la fidelidad a la esposa o esposo y los hijos va siendo empañada; la devoción hacia la Iglesia se hace imposible y frecuentemente es suplantada por una actitud negativa o despreciativa con respecto a sus enseñanzas.

La espiritualidad consiste en el reconocimiento del autodominio, la comunión con lo infinito; nos alienta a prevalecer contra las dificultades y a adquirir más y más vigor. Una de las más sublimes experiencias de la vida es sentó nuestras facultades desplegadas y nuestra alma henchida por la verdad. Nuestra espiritualidad se desarrolla cuando somos honestos con nosotros mismos y fieles a los nobles ideales. La prueba real de toda religión estriba en la clase de hombres que va formando. Ser “honestos, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos, y hacer bien a todos los hombres,” son las virtudes que contribuyen a las más altas realizaciones del alma. Es precisamente “lo divino en el hombre, el supremo y noble don, lo que lo hace rey de todas las cosas creadas;. . . una torre sobre los demás seres vivientes”

Tengamos siempre en cuenta que la vida es, principalmente, resultado de lo que nosotros mismos hacemos; y que el Salvador de los hombres ha indicado, clara y simplemente, cómo hemos de obtener paz y felicidad duradera: por medio del evangelio de Jesucristo y la obediencia al mismo. No importa cuán humildes sean, cumplamos con nuestros deberes y resolvámonos a enfrentar con valor toda dificultad y desaliento que se nos presente,

Ruego que, como líderes de Su Iglesia restaurada, Dios nos ayude: y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Liahona Febrero 2018

Liahona Febrero 2018

Mensaje de la Primera Presidencia: Recordarle siempre Henry B. Eyring
Principios del programa de maestras visitantes: Conocerla a ella y a su familia
Cuaderno de la conferencia de octubre de 2017
El juramento y el convenio del sacerdocio
La fe derrota al temor
¿Cómo podemos traer al Salvador a nuestra vida?
Un relevo es un comienzo, no un final
¿Qué puedo hacer para enseñar más como el Salvador? Tad R. Callister
Mejorar como maestro semejante a Cristo: Una evaluación personal
Dios me lo ha revelado Rachel H. Leatham
“¿Quién decís que soy yo?” El testimonio de Pedro sobre Cristo Terry B. Ball
La libertad religiosa: Piedra angular de la paz D. Todd Christofferson
Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días Élder Steven E. Snow
Capítulo 1: Pedir con fe
Feinga Fanguna
Seguí la primera impresión
Todos necesitamos un amigo Tim Overton
Una bendición de consuelo Sarah Bieber
¿Dónde está mi tesoro? Ashlee Cornell
“Él nos librará” Reid Tateoka
Mi misión entre mi familia
Jesucristo: nuestra fuente de paz M. Russell Ballard
La paz del mundo vs. la paz en Cristo
No puedes proscribir lo que hay en mi corazón Blossom Larynoh
¿Cómo puedo tener una relación más estrecha con Dios? Alcenir de Souza
Depositar mis preocupaciones en Dios
PÓSTER Vida eterna
LÍNEA POR LÍNEA 1 Nefi 3:7
¿Cómo puedo pedir a mis amigos que no hablen de manera descortés ni inapropiada de otras personas?
Defendiendo la Iglesia Tracie Carter and Maryssa Dennis
Compartiendo dones
El plan de felicidad
Puedes conocerlo Dallin H. Oaks
¡Sigue intentándolo! Peter F. Meurs
Tarjetas de la conferencia
Nuestra página
Adán y Eva Kim Webb Reid
Página para colorear
Más allá de la hoja Dieter F. Uchtdorf
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Recordarle siempre

MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Recordarle siempre

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

¿Se pueden imaginar al profeta Moroni inscribiendo las últimas palabras del Libro de Mormón en las planchas de oro? Se encontraba solo; había visto la caída de su nación, de su pueblo y de su familia. El país era “un ciclo continuo” de guerra (Mormón 8:8); sin embargo, tenía esperanza, pues ¡él había visto nuestros días! Y de todas las cosas que pudo haber escrito, nos invitó a recordar (véase Moroni 10:3).

family at sacrament meeting

Al presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) le gustaba enseñar que la palabra más importante en el diccionario podría ser recordar. Él dijo que a causa de que hemos hecho convenios con Dios, “nuestra mayor necesidad es recordarlos”1.

Pueden encontrar la palabra recordar a lo largo de las Escrituras. Cuando Nefi amonestaba a sus hermanos, con frecuencia los invitaba a recordar las palabras del Señor y a recordar cómo Dios había salvado a sus antepasados (véase 1 Nefi 15:11, 2517:40).

En su gran discurso de despedida, el rey Benjamín utilizó derivados de la palabra recordar siete veces. Esperaba que su pueblo recordase “la grandeza de Dios… y su bondad y longanimidad” hacia ellos (Mosíah 4:11; véanse también 2:414:28, 305:11–12).

Cuando el Salvador instituyó la Santa Cena, invitó a Sus discípulos a participar de los emblemas “en memoria” de Su sacrificio (Lucas 22:19). En cada oración sacramental que escuchamos, la palabra siempre acompaña a las palabras recordarle o [acordarse] de él (véase D. y C. 20:77, 79).

Mi mensaje es una invitación, incluso una súplica, para recordar. A continuación hay tres sugerencias sobre lo que podrían recordar cada semana cuando participen de los emblemas sagrados de la Santa Cena. Espero que sean útiles para ustedes, como lo han sido para mí.

Recuerden a Jesucristo

Primeramente, recuerden al Salvador; recuerden quién fue Él mientras estuvo en la tierra, cómo habló a los demás y cómo demostró bondad en Sus actos; recuerden con quién compartió Su tiempo y qué enseñó. El Salvador “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38); visitó a los enfermos; se consagró a hacer la voluntad de Su Padre.

Por encima de todo, podemos recordar el gran precio que pagó, por Su amor por nosotros, para quitar la mancha de nuestros pecados. Al recordarlo, nuestro deseo de seguirlo crecerá; desearemos ser un poco más amables, más dispuestos a perdonar y a procurar la voluntad de Dios y hacerla.

Recuerden en qué necesitan mejorar

Es difícil pensar en el Salvador —en Su pureza y perfección— sin pensar también en lo débiles e imperfectos que somos en comparación. Hemos hecho convenios de obedecer Sus mandamientos, pero muchas veces no estamos a la altura de esa elevada norma. Sin embargo, el Salvador sabía que eso ocurriría, y esa es la razón por la que nos dio la ordenanza de la Santa Cena.

La Santa Cena tiene sus raíces en la práctica del Antiguo Testamento de ofrecer sacrificios, que incluía la confesión del pecado (véase Levítico 5:5). Ya no sacrificamos animales, pero aún podemos renunciar a nuestros pecados. En las Escrituras, a eso se le llama un sacrificio de “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20). Vengan a la Santa Cena con un corazón arrepentido (véanse D. y C. 59:12Moroni 6:2). Al hacerlo, obtendrán el perdón de los pecados y no se apartarán del sendero que conduce a Dios.

Recuerden el progreso que estén logrando

Al examinar su vida durante la ordenanza de la Santa Cena, espero que sus pensamientos se centren no solo en las cosas que hayan hecho mal, sino también en las cosas que hayan hecho bien: los momentos en que hayan sentido que el Padre Celestial y el Salvador estaban complacidos con ustedes. Incluso pueden tomar un momento durante la Santa Cena para pedirle a Dios que los ayude a ver esas cosas. Si lo hacen, les prometo que sentirán algo; sentirán esperanza.

Cuando lo he hecho, el Espíritu me ha dado la certeza de que aunque estoy lejos de ser perfecto, soy mejor hoy que ayer, y eso me da la confianza de que, a causa del Salvador, incluso puedo ser mejor mañana.

Siempre es un largo tiempo, e implica un gran esfuerzo concentrado. Por experiencia, ustedes saben lo difícil que es pensar conscientemente todo el tiempo en una sola cosa, pero no importa cuán bien cumplan su promesa de acordarse siempre de Él, Él siempre se acuerda de ustedes.

El Salvador conoce sus retos; sabe lo que es tener encima la presión de las preocupaciones de la vida; Él sabe con cuánta urgencia necesitan ustedes la bendición que se recibe al acordarse siempre de Él y obedecerlo —“para que [ustedes] siempre puedan tener su Espíritu [con ustedes]” (D. y C. 20:77; cursiva agregada).

De modo que Él les vuelve a dar la bienvenida a la mesa de la Santa Cena cada semana, ofreciéndoles una vez más la oportunidad de testificar ante Él que siempre se acordarán de Él.

Cómo enseñar con este mensaje

La vida se puede volver frenética y hacer difícil que siempre recordemos a nuestro Salvador Jesucristo. Sin embargo, la Santa Cena nos proporciona un momento especial cada semana cuando podemos reflexionar sobre Su vida y Sus enseñanzas. Con las personas a las que visita durante la orientación familiar, reflexione sobre cómo utilizan esos momentos de tranquilidad, y hablen en cuanto a lo que pueden hacer para aumentar su atención en el Salvador. ¿Cómo pueden utilizar esos momentos para reflexionar en las cosas en las que personalmente pueden mejorar? ¿De qué sirve recordar el progreso que logran cada semana?

JÓVENES
Tres cosas para recordar

La palabra recordar y sus derivados aparecen muchas veces en el Libro de Mormón. Nefi exhortó a sus hermanos a que recordaran cómo Dios había salvado a sus antepasados. El rey Benjamín pidió a su pueblo que recordara la grandeza de Dios, y Moroni instruyó a sus lectores que recordaran cuán misericordioso es el Señor.

Recordar al Salvador es esencial, e incluso hacemos convenio de recordarlo cada vez que participamos de la Santa Cena. El presidente Eyring nos invita a recordar estas tres cosas durante la Santa Cena:

  1. Recuerden a Jesucristo: Lean las Escrituras sobre la forma en que el Salvador sirvió y demostró amor hacia los demás. ¿Cómo sienten el amor de Él? ¿De qué manera pueden servir y demostrar amor hacia los demás del mismo modo que el Salvador?
  2. Recuerden en qué necesitan mejorar: Reflexionen en la semana pasada con un corazón arrepentido. Escojan algo en lo que puedan mejorar y anoten la forma en que realizarán esa mejora. Coloquen su meta donde puedan verla con frecuencia.
  3. Recuerden el progreso que estén logrando: Pidan a Dios que los ayude a ver el buen progreso que están logrando. Anoten cómo se sintieron.

No somos perfectos, pero el Salvador lo sabe. Por eso nos pide que nos acordemos de Él. Acordarnos de Él nos da esperanza y nos ayuda a tener el deseo de mejorar. Incluso en las ocasiones en que no nos acordemos de Él, el presidente Eyring dice: “Él siempre se acuerda de ustedes”.

NIÑOS
Recordar a Jesús

Las Escrituras nos enseñan que siempre debemos recordar a Jesucristo. Eso significa que debemos pensar mucho en Él y seguir Su ejemplo.

Pueden calcar y colorear esta lámina de Jesús para que los ayude a acordarse siempre de Él. Colóquenla en algún lugar donde la vean con frecuencia.

“Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros” (3 Nefi 18:7).

Nota

  1. Spencer W. Kimball, “Circles of Exaltation” (discurso pronunciado ante los maestros de religión del Sistema Educativo de la Iglesia, 28 de junio de 1968), pág. 5.
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Conocerla a ella y a su familia

PRINCIPIOS DEL PROGRAMA DE MAESTRAS VISITANTES

Conocerla a ella y a su familia

Ser maestra visitante consiste en conocer y amar sinceramente a cada hermana, para que podamos ayudar a fortalecer su fe y prestarle servicio.

relief society sisters taking a selfie

Rita Jeppeson y su maestra visitante se han convertido en buenas amigas al conocerse y compartir conversaciones sobre el Evangelio, pero sus visitas también incluyen jugar juegos de palabras juntas, lo cual sirve para mantener ágil la mente de Rita. Gracias a que la maestra visitante ha llegado a saber lo que Rita necesita y disfruta, ambas esperan con ansias cada visita. Hay muchas cosas que las hermanas pueden hacer durante una visita, como dar un paseo juntas o ayudar a una hermana con sus tareas domésticas.

Lucy Mack Smith, la madre del profeta José Smith, expresó sus sentimientos en 1842, en cuanto a cómo las hermanas Santos de los Últimos Días en la recién establecida Sociedad de Socorro debían sentirse las unas por las otras. Ella dijo: “Debemos atesorarnos unas a otras, velar unas por otras, consolarnos unas a otras y adquirir conocimiento a fin de que todas nos sentemos juntas en el cielo”1. Aún es así en la actualidad.

El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “… véanse a ustedes mismos… como emisarios del Señor a Sus hijos… esperaríamos que dieran comienzo a una era de interés genuino en los miembros y orientado al Evangelio, en el que velan y se cuidan los unos a los otros, abordando las necesidades espirituales y temporales de cualquier manera útil”2.

Por medio de Moisés, el Señor mandó a los hijos de Israel: “Como a [una] natural de [vosotras] tendréis [a la extranjera] que peregrine entre [vosotras]; y [la] amarás como a tí [misma]” (Levítico 19:34). Es posible que, al iniciar nuestro servicio, las hermanas a quienes enseñamos sean “extranjeras”, pero a medida que llegamos a conocerlas a ellas y a sus familias, aumentará nuestro deseo de “llevar las cargas [las unas] de [las otras] para que sean ligeras” y tener “entrelazados [nuestros] corazones con unidad y amor [la una] para con [la otra]” (Mosíah 18:8, 21).

Relief Society seal

Considere esto

En las familias de las hermanas a las que visitan, ¿qué acontecimientos próximos deben conocer y recordar?

Ministrar

En vez de proporcionar un mensaje específico, cada mes se presentará en esta página un principio diferente que nos ayude a ministrarnos de manera más eficaz las unas a las otras. Al orar y procurar inspiración, ustedes conocerán el mensaje espiritual y la clase de servicio que cada hermana necesita.

Notas
1. Lucy Mack Smith, en Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro, 2011, pág. 29.
2. Jeffrey R. Holland, “Emisarios a la Iglesia”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 62.

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¿Qué puedo hacer para enseñar más como el Salvador?

ENSEÑAR A LA MANERA DEL SALVADOR

¿Qué puedo hacer para enseñar más como el Salvador?

Por Tad R. Callister
Presidente General de la Escuela Dominical

Jesus teaching

Mientras servía como presidente de misión en Toronto, Canadá, uno de mis asistentes me preguntó: “Presidente, ¿cómo puedo ser un mejor misionero?”. Mi primera respuesta fue: “Lo está haciendo muy bien”. Y realmente era así. Sin embargo, él persistió en su pregunta, así que lo pensé un momento y luego le di una sugerencia. Con una sonrisa, respondió de forma positiva.

Compartí esa simple experiencia con los demás misioneros. Al poco tiempo otros élderes y hermanas me preguntaron durante sus entrevistas: “Presidente, ¿cómo puedo ser un mejor misionero?”. Aquella simple pregunta de un misionero creó un espíritu de superación en toda nuestra misión.

Del mismo modo, los maestros recibirán consejos constructivos si con sinceridad le hacen esta simple pregunta al Señor y a sus líderes: “¿Qué puedo hacer para enseñar más como el Salvador?”. El Señor prometió: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).

Que nos importe muchísimo

Al novelista inglés J. B. Priestley se le preguntó una vez cómo llegó a ser un escritor tan consagrado, ya que ninguno de sus talentosos compañeros había tenido tanto éxito. Él respondió: “La diferencia entre nosotros no radicó en la capacidad, sino en el hecho de que mientras… ellos… simplemente fantaseaban con la idea de [escribir], ¡a mí me importaba muchísimo!”1.

Como maestros, podríamos preguntarnos: “¿Estamos conformes con nuestra capacidad actual de enseñanza, o nos importa muchísimo enseñar como el Salvador?”. Si es así, ¿estamos dispuestos a dejar de lado el orgullo y no solo esperar a ser instruidos, sino también procurarlo activamente?

La clave es la humildad

Hay muchos maestros excelentes en esta Iglesia, pero la verdad es que, sin importar cuántos años de experiencia ni cuántos títulos tengamos, ni cuánto nos quieran los miembros de la clase, todos podemos mejorar y llegar a ser más como el Maestro, siempre y cuando seamos humildes. Quizás la cualidad que caracteriza a un maestro semejante a Cristo es ser enseñable. La humildad es una cualidad que invita al Espíritu y nutre nuestro deseo de mejorar.

En ocasiones, conozco a presidentes de Escuela Dominical que están desilusionados porque uno o más de los maestros de su barrio o rama sienten que tienen tanta experiencia o conocimiento que no necesitan instrucción adicional ni asistir a las reuniones del consejo de maestros. Eso me entristece porque hasta ahora jamás he conocido a un maestro que no pudiese mejorar de algún modo.

Sé que si aun el maestro más experimentado asiste a las reuniones del consejo de maestros con un corazón humilde y con un enorme deseo de aprender, tal maestro recibirá conocimiento e impresiones divinas sobre cómo puede mejorar. He estado en decenas de reuniones de consejos de maestros, y siempre me voy con una nueva perspectiva o con el deseo de mejorar alguna habilidad o algún atributo que necesito pulir o perfeccionar.

La necesidad de desarrollar aptitudes didácticas

Algunos podrían pensar que las aptitudes o técnicas didácticas son simplemente herramientas mecánicas o seculares. Sin embargo, cuando se desarrollan, dichas aptitudes permiten que el Espíritu escoja de entre una variedad de opciones que pueden satisfacer las necesidades de cada alumno. ¿Quién es más productivo, el hombre que trata de cortar un árbol con su navaja o el mismo hombre que utiliza una motosierra? En ambos casos, el hombre tiene la misma fortaleza y el mismo carácter, pero el último es mucho más productivo porque dispone de una herramienta mucho más eficaz. Las aptitudes didácticas llegan a ser herramientas divinas en las manos del Espíritu.

La capacitación y la práctica, la dramatización, el estudio y la observación pueden ayudar a los maestros de cualquier nivel de destreza a desarrollar aptitudes que el Espíritu puede utilizar, ayudándonos a enseñar más como el Maestro. Muchas de esas habilidades pueden desarrollarse en las reuniones del consejo de maestros.

young woman standing in front of class

El Señor puede moldearnos

Algunos podrían sentir que simplemente no pueden enseñar como el Salvador, que semejante tarea está más allá de su capacidad. Pedro pudo haber pensado que no era más que un simple pescador; Mateo, que no era más que un despreciable recolector de impuestos. No obstante, con la ayuda del Salvador, los dos llegaron a ser poderosos líderes y maestros del Evangelio.

Esa capacidad del Señor de moldearnos no es diferente a la experiencia que tuvo Miguel Ángel al esculpir lo que muchos consideran la mejor obra que la mano del hombre jamás haya producido: el David.

Antes de que Miguel Ángel aceptara el proyecto, se habían encomendado las estatuas a otros dos escultores, Agostino di Duccio y Antonio Rossellino. Ambos afrontaron el mismo problema: la columna tenía el largo y el ancho correctos, pero el mármol estaba sumamente defectuoso. Di Duccio y luego Rossellino habían probado su toque artístico en esa columna, pero fue en vano; simplemente tenía demasiadas imperfecciones2. Al final, ambos se dieron por vencidos. Miguel Ángel notó las mismas imperfecciones, pero también vio más allá de ellas. Vio la majestuosa y viviente forma del David que hoy en día a menudo hace que los espectadores suspiren de admiración al contemplarlo por primera vez.

De igual modo, Dios declaró que la plenitud de Su evangelio será “proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra” (D. y C. 1:23). Dios ve nuestras imperfecciones y defectos, pero también ve más allá de ellos. Él tiene la capacidad no solo de ayudarnos a superar nuestras debilidades, sino también de transformar dichas debilidades en fortalezas (véase Éter 12:26–27). Él puede ayudarnos a pulir y perfeccionar nuestras aptitudes didácticas y atributos para que enseñemos más como el Salvador.

Maneras en que podemos enseñar más como el Salvador

A continuación figuran algunos de los elementos fundamentales que todos podríamos tratar de desarrollar a fin de enseñar más como el Salvador:

  • Enseñar por el Espíritu, teniendo presente que es el Espíritu quien da vida, aliento y sustancia a nuestras lecciones (véaseD. y C. 43:15).
  • Centrarnos en la doctrina, reconociendo que la doctrina, según se enseña en las Escrituras y por parte de los profetas vivientes, tiene el poder inherente de cambiar vidas (véaseAlma 31:5).
  • Ser alumnos ávidos, teniendo presente que el maestro ideal también es un alumno ideal (véase D. y C. 88:118).
  • Buscar revelación, recordando que cada llamado a enseñar conlleva el derecho a recibir revelación para magnificar nuestro llamamiento (véase D. y C. 42:61).
  • Demostrar amor al recordar el nombre de cada miembro de la clase, orar por él o ella individualmente, interesarnos por cada uno (sobre todo por quienes tienen necesidades especiales) y tender una mano de forma significativa a aquellos que no asisten (véase Moroni 7:47–48).

Una evaluación personal

El apóstol Pablo dio el siguiente consejo: “Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5). Esto podría parafrasearse para los maestros de la siguiente manera: “Examínense a ustedes mismos para ver si están enseñando a la manera del Salvador o según su propia manera”. El comienzo del año es un momento apropiado para realizar dicho análisis. Por consiguiente, les invitamos a responder las preguntas de la evaluación personal que acompañan a este artículo. Al hacerlo, el Espíritu les ayudará a saber cuál debe ser su enfoque a fin de llegar a ser maestros más semejantes a Cristo, y cómo pueden adquirir y desarrollar los atributos y habilidades necesarios para lograrlo.

Mejorar como maestro semejante a Cristo: Una evaluación personal

Considere los siguientes principios de una enseñanza eficaz. En los aspectos que siente que puede mejorar, escriba lo que se sienta inspirado a hacer en los espacios designados.

  1. Asisto a las reuniones del consejo de maestros con el humilde deseo de aprender y participar (véase D. y C. 112:10).
  2. Escribo con regularidad las impresiones del Espíritu que me ayudan como alumno y maestro (véase D. y C. 76:28).
  3. Comienzo a preparar mis lecciones al menos con una semana de anticipación (véase D. y C. 88:118–119).
  4. Encuentro el equilibrio correcto entre lo que comparto como maestro y el análisis en grupo (véase D. y C. 88:122).
  5. Suplico fervientemente recibir la compañía del Espíritu para poder ser un instrumento en las manos de Dios (véase D. y C. 42:14).
  6. Dedico tiempo a meditar el bloque de Escrituras antes de leer la lección o material adicional a fin de aumentar la revelación que pueda recibir (véase D. y C. 42:61).
  7. Ayudo a los miembros de mi clase, en especial a los jóvenes, no solo a aprender el Evangelio, sino también a llegar a ser maestros eficaces a fin de que sean mejores misioneros, líderes, maestros y padres (véase D. y C. 88:77).
  8. Oro mencionando por nombre a los alumnos de mi clase (véase Lucas 22:32).
  9. Tiendo la mano a los miembros de mi clase que no asisten (véase Lucas 15:1–7).
  10. ¿Cuál es mi mayor desafío para llegar a ser un maestro semejante a Cristo, y cómo puedo superar dicho desafío?

Para realizar una evaluación más profunda, véase la evaluación personal en la página 37 de Enseñar a la manera del Salvador.

Notas

1. J. B. Priestley, Rain Upon Godshill, 1939, pág. 176.
2. Véase “Michelangelo’s David”, accademia.org/exploremuseum/artworks/michelangelos-david.

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“¿Quién decís que soy yo?”

“¿Quién decís que soy yo?”

Por Terry B. Ball
Profesor de Educación Religiosa de la Universidad Brigham Young

Al llegar a amar y comprender al apóstol Pedro, estaremos más preparados para aceptar su testimonio especial de Cristo.

Jesus walking on water

Los creyentes amamos al apóstol Pedro, quizás porque él nos parece tan auténtico y accesible. Nos sentimos identificados con él; admiramos su valor al abandonarlo todo, dejando sus redes “al instante” cuando el Maestro dijo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:18–20). Comprendemos su confusión sobre el significado y el mensaje de las parábolas (véase Mateo 15:15–16). Sentimos la desesperación de su clamor: “¡Señor, sálvame!”, cuando sus pies y su fe titubearon sobre las turbulentas aguas aquella noche en el mar de Galilea (Mateo 14:22–33). Apreciamos su asombro durante la Transfiguración (véase Mateo 17:1–13). Lloramos con él por la vergüenza de haber negado tres veces (véase Mateo 26:69–75), nos lamentamos con él en Getsemaní (véase Mateo 26:36–46) y compartimos su gozo y asombro ante el sepulcro vacío (véase Juan 20:1–10).

Tal vez los escritores de los Evangelios deseaban que tuviéramos esta conexión personal con Pedro. En sus relatos, ellos parecen preservar intencionalmente más experiencias y conversaciones suyas con Jesús que las de cualquier otro de los primeros Doce1. Muchos de nosotros suponemos que se le da tanta atención a Pedro en los Evangelios porque él llegó a ser el portavoz y el líder de los apóstoles. Sin embargo, tal vez Mateo, Marcos, Lucas y Juan también hablan con tanta frecuencia y tan íntimamente de la relación entre Pedro y Cristo porque esperaban que, al llegar a amar y comprender a Pedro, estaríamos más preparados para aceptar su testimonio especial de Cristo, un testimonio que él parece haber estado cuidadosamente preparado para dar.

La preparación de Pedro

Mientras acompañaba a Jesús en Su ministerio terrenal, Pedro parece haber adquirido un testimonio de que el Maestro era el Mesías por medio de las experiencias intelectuales, prácticas y reveladoras que le fueron dadas. Es decir, su testimonio, como el nuestro en la actualidad, llegó a través de su mente, sus manos y su corazón.

Jesus healing the blind

Pedro sabía que Jesús de Nazaret era más que un simple hombre, porque lo vio devolver la vista a los ciegos, sanar a los leprosos, hacer que los cojos andaran y levantar a los muertos (véase Mateo 11:4–5; véanse también Juan 2:1110:2520:30–31). Su afirmación lógica de que Jesús era el Cristo fue reafirmada por lo que aprendió al actuar bajo la guía del Maestro. Echó su red como indicó el Salvador y recogió una gran cantidad de peces (véanse Lucas 5:1–9Juan 21:5–7); cuando el Salvador le dijo “Ven”, caminó sobre el agua (véase Mateo 14:22–33); y cuando repartió los escasos panes y pescados a la multitud de acuerdo con lo que mandó el Salvador, el milagro de la multiplicación sucedió entre sus propias manos (véase Juan 6:1–14).

Esos testimonios que recibió en su mente y en sus manos habrían de complementar significativamente el testimonio más poderoso que Pedro recibió: el testimonio que se le reveló a su corazón. Cuando Jesús les preguntó a Sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”, ellos repitieron las conclusiones comunes de sus contemporáneos. El Salvador entonces personalizó la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (véase Mateo 16:13–15). Sin vacilar, Pedro dijo:

“¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!

“Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:16–17).

La preparación de Pedro para ser un testigo especial de Cristo incluyó varias experiencias en cierto modo privadas con Jesús2. A menudo recibió tal consejo y dirección personalizados cuando se acercó al Salvador con preguntas o siempre que Cristo percibía que él necesitaba más capacitación3.

Además, Pedro tal vez fue el discípulo de Cristo que más fue reprendido4. Sorprendentemente, Pedro decidió no ofenderse, sino continuar siguiendo al Maestro, fortaleciendo día a día su testimonio y aprendiendo de Él5.

La preparación del pescador galileo culminó con lo que presenció después de la Crucifixión. Cuando escuchó que el sepulcro estaba vacío, Pedro se apresuró para verlo por sí mismo, y se fue “maravillándose de lo que había sucedido” (Lucas 24:1–12; véase también Juan 20:1–9). Lucas registra que en algún momento de aquel día, el Salvador resucitado se apareció a Pedro en privado, aunque sabemos poco de ese acontecimiento (véanse Lucas 24:341 Corintios 15:3–7). Más tarde, esa noche, el Señor resucitado se apareció a los apóstoles y a otros discípulos, y los invitó a palpar las heridas de Su cuerpo. Entonces les abrió el entendimiento de cómo Su resurrección cumplía las profecías escritas en la ley de Moisés y en las Escrituras, y les declaró: “… vosotros sois testigos de estas cosas” (véase Lucas 24:36–48; véanse también Marcos 16:14Juan 20:19–23). Los 11 discípulos luego viajaron a Galilea, de acuerdo con lo que el Salvador les había indicado, y allí, en el “monte donde Jesús les había ordenado”, Él les declaró: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (véase Mateo 28:7, 10, 16–20).

Con todo esto, la mente, las manos y el corazón de Pedro recibieron una mayor instrucción para que él fuera testigo del Cristo resucitado, porque vio al Señor resucitado con sus ojos, lo escuchó con sus oídos, lo palpó con sus manos, y ciertamente volvió a sentir la confirmación del Espíritu en su corazón.

La comisión de Pedro

Así como se requirió tiempo, aprendizaje y experiencia para que Pedro comprendiese plenamente la misión expiatoria del Mesías, entender su propia misión como testigo especial de Cristo fue un proceso gradual.

Parecería que Pedro alcanzó la plena conciencia de lo que se le pediría cuando el Señor le enseñó a orillas del mar de Galilea. Habiendo palpado dos veces las heridas de la Crucifixión en el cuerpo resucitado del Maestro, pero aparentemente aún preguntándose qué hacer con su vida, Pedro anunció: “Voy a pescar” (Juan 21:3). Ahora que Jesús ya no estaba con ellos, Pedro parecía resignado a volver a su vida y sustento anteriores, y sus hermanos lo siguieron.

Se esforzaron durante toda la noche, pero no pescaron nada. Al acercarse a la orilla, probablemente exhaustos y desanimados, vieron allí a alguien de pie que no reconocieron, quien les dijo que volvieran a echar las redes. Acaso recordando la ocasión en que seguir un consejo similar había resultado en una gran pesca, obedecieron, esta vez sin protestar ni dudar (véanse Lucas 5:1–9Juan 21:3–6). Cuando recogieron las redes, una vez más colmadas de peces, Juan exclamó a Pedro: “¡Es el Señor!” (Juan 21:7). Demasiado ansioso como para esperar a que la barca llegase a la orilla, Pedro “se echó al mar” para llegar antes al Maestro (Juan 21:7). Cuando los demás llegaron, hallaron que los aguardaba una comida compuesta de pescado y pan (véase Juan 21:9).

Jesus speaking with Peter

Después de comer, Jesús se volvió hacia Pedro y, probablemente señalando los mismos pescados a los que Pedro había decidido dedicarse, le preguntó a Su apóstol: “Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?” (Juan 21:15). Seguramente, Pedro pensó que la pregunta era extraña; por supuesto que amaba al Salvador más que a los pescados o la pesca. Tal vez hubo una sombra de incredulidad en su respuesta: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”, a lo que Cristo respondió: “Apacienta mis corderos” (Juan 21:15). El Salvador volvió a hacerle la pregunta a Pedro, este volvió a manifestar su amor por Cristo y el Señor nuevamente le mandó: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:16). Pedro se entristeció cuando Jesús le pidió una tercera vez que el discípulo afirmara su amor. Podemos sentir la vehemencia y la pasión del tercer testimonio de Pedro: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo” (Juan 21:17). Una vez más, Jesús le mandó: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17)6. Si en verdad amaba al Señor, entonces Pedro ya no debía ser pescador, sino pastor, al cuidado del rebaño del Maestro7. Las acciones y el ministerio de Pedro a partir de ese momento confirman que al final comprendió su comisión y su misión como siervo y testigo especial de Cristo.

El testimonio de Pedro

peter healing a lame man

Después de aquel día en Galilea, Pedro salió a cumplir la comisión que Cristo le dio con una fe, un valor y un rigor extraordinarios. Como el apóstol principal, dio un paso al frente en su llamamiento de presidir la Iglesia. Aunque estaba ocupado con los muchos deberes de su oficio, Pedro no descuidó su responsabilidad de siempre ser testigo de Cristo, incluso ante las multitudes que se congregaron cuando se derramó el Espíritu Santo el día de Pentecostés (véase Hechos 2:1–41); en el templo, junto al pórtico de Salomón, después de una sanación milagrosa (véase Hechos 3:6–7, 19–26); cuando fue arrestado y llevado ante los líderes judíos (véase Hechos 4:1–31; véase también Hechos 5:18–20); en su predicación a los santos (véase Hechos 15:6–11) y en sus epístolas.

En sus epístolas, reflexiona sobre su testimonio personal del sufrimiento de Cristo, y expresa su esperanza de ser “participante de la gloria que será revelada” (1 Pedro 5:1). Luego reconoce con determinación que él también debe “dentro de poco… dejar este, mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me lo ha declarado” (2 Pedro 1:14).

Al hacer esta solemne observación, tal vez Pedro estaba reflexionando sobre las palabras que Jesús le habló tantos años atrás en las costas de Galilea. Allí, después de darle a Pedro el mandato de apacentar Sus ovejas, el Salvador declaró: “… Cuando eras más joven, te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro y te llevará a donde no quieras” (Juan 21:18). Tal como Juan lo explicó, “… esto dijo [Jesús] dando a entender con qué muerte [Pedro] había de glorificar a Dios. Y dicho esto, le dijo [a Pedro]: Sígueme” (Juan 21:19). Seguramente, al contemplar la muerte en su vejez, Pedro podría hallar paz y gozo en el conocimiento de que en verdad había seguido a Cristo en vida y estaba listo para seguirlo en la muerte.

Desearíamos que más actividades y escritos de Pedro hubiesen sido preservados en el Nuevo Testamento. Lo que ha sido preservado es un tesoro, y hace que nos encariñemos con este fiel pescador. El registro, aunque es pequeño, muestra la forma en que Cristo preparó cuidadosa y personalmente a Pedro para ser un testigo especial de Él. Al leer el relato, podemos descubrir que nuestra fe y nuestro conocimiento de Cristo crecen junto con la fe y el conocimiento de Pedro. Dicho crecimiento puede darnos esperanza y una mayor perspectiva en nuestra travesía personal hacia la fe. Al contemplar que lo que Cristo esperaba de Pedro se vuelve claro para él, y luego ver el valor y la dedicación con los que obró para cumplir la comisión que el Salvador le dio, nos lleva a pensar: “¿Qué espera Cristo de mí?” y “¿Estoy haciendo lo suficiente?”. Al estudiar el testimonio que Pedro tenía de Cristo, ansiamos hacer eco de sus palabras: “… nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:69).

Notas

1. Aunque el testimonio, las experiencias y las enseñanzas del apóstol Pablo se encuentran registrados más extensamente en el Nuevo Testamento que los de Pedro, Pablo no era uno de los primeros apóstoles y no se menciona en los cuatro Evangelios.
2. Véanse Mateo 17:1–1326:36–46, 58Marcos 13:1–37;Lucas 8:49–569:28–36.
3. Véanse Mateo 17:24–2718:2–3519:27–20:28Lucas 12:31–49Juan 13:6–19.
4. Véanse Mateo 14:3115:15–1626:33–34, 40Marcos 8:32–33Juan 18:10–11.
5. En cuanto a Pedro y las frecuentes reprimendas que recibió de Cristo, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) observó: “En ocasiones amonestó a Pedro precisamente porque lo amaba, y Pedro, por ser un gran hombre, maduró gracias a esas amonestaciones. Hay un maravilloso versículo en el libro de Proverbios que todos debemos recordar: ‘El oído que escucha la reprensión de la vida morará entre los sabios. El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma, pero el que escucha la reprensión adquiere entendimiento’. (Proverbios 15:31–32). Sabio es el líder o el discípulo que sabe escuchar y hacer frente a las ‘amonestaciones de la vida’. Pedro pudo hacerlo, pues sabía que Jesús lo amaba, y fue por eso que el Maestro lo preparó para ocupar un alto cargo de responsabilidad en el reino…” (véase “Jesús: El líder perfecto”, Liahona, agosto de 1983, pág. 8).
6. Algunos señalan que al permitirle afirmar su amor por Él tres veces, Cristo le estaba dando a Pedro la oportunidad de enmendar la triple negación de aquella desesperada noche del juicio. Véanse, por ejemplo, James E. Talmage, Jesús el Cristo, 1964, pág. 727; Jeffrey R. Holland, “El primer y grande mandamiento”, Liahona, noviembre de 2012, págs. 83–84. Para un análisis de la negación y las lecciones que pueden aprenderse de ella, véanse Gordon B. Hinckley, “El camino de regreso”, Liahona, agosto de 1979, págs. 90–93; Neal A. Maxwell, “El hermano ofendido”, Liahona, julio de 1982, págs. 75–81. Otros comentadores, notando las sutiles diferencias del texto en griego, sugieren que las tres preguntas se hicieron para enseñarle a Pedro diferentes aspectos y deberes de su llamamiento. Por consiguiente, el Salvador le preguntó dos veces a Pedro “¿me amas?” usando el término griego agapao para la palabra amor, el cual a menudo se refiere al amor divino o incondicional, y que en otras ocasiones se traduce como “caridad” (por ejemplo, 1 Corintios 13:1–42 Pedro 1:7Apocalipsis 2:19). La tercera vez que Jesús le preguntó a Pedro “¿me amas?” usó el término phileo para la palabra amor, el cual significa amistad, afecto o amor fraternal. Curiosamente, al responder cada una de las tres preguntas, Pedro afirmó su amor usando la palabra phileo. Tras la primera afirmación del amor de Pedro, Cristo le mandó “apacentar”, del término griego bosko, que significa pastorear, pastar o nutrir, Sus “corderos”, del término griego arnion, que significa una oveja de tierna edad. Tras la segunda afirmación del amor de Pedro, Cristo le mandó “apacentar”, del término griego poimaino, que significa cuidar o pastorear, Sus “ovejas”, del griego probaton, que significa una oveja adulta. En respuesta a la tercera afirmación del amor de Pedro, él debía bosko Sus probaton. Por lo que, al hacer la pregunta tres veces de tres maneras, el Salvador le preguntó al discípulo si tenía tanto caridad como amor fraternal por Él, y en Sus subsiguientes mandatos, el Salvador le enseñó a Pedro que no solo debía nutrir sino también pastorear tanto a los jóvenes como a los mayores de Su rebaño.
7. Para un mayor análisis de este suceso y de los principios que pueden aprenderse de él, véase Robert D. Hales, “… y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”, Liahona, julio de 1997, págs. 90–93.

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La libertad religiosa: Piedra angular de la paz

La libertad religiosa: Piedra angular de la paz

Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Para leer el texto completo de este discurso, consulte mormonnewsroom.org. El élder Christofferson pronunció estas palabras durante una conferencia interconfesional que se celebró en São Paulo, Brasil, el 29 de abril de 2015.

Ruego que busquemos la paz al trabajar juntos a fin de preservar y proteger la libertad de todas las personas para retener y manifestar la religión o la creencia de su elección.

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Agradezco en gran manera la invitación a estar con ustedes hoy en esta reunión interconfesional donde musulmanes, sijs, católicos, adventistas, judíos, evangélicos, mormones, espiritualistas nativos, personas que no tienen una religión y muchos otros, todos hombro a hombro con los líderes gubernamentales y empresariales, se han unido para hablar de la libertad religiosa y celebrarla. Ciertamente, el solo hecho de reunirnos en este entorno singular es un poderoso símbolo en sí mismo.

En particular me complace estar aquí, en Brasil, una rica nación con diversos pueblos y culturas. Al abrazar su diversidad, incluso su diversidad religiosa, Brasil ha prosperado y continuará haciéndolo. Recientemente Brasil ha sido reconocido como el país con menos restricciones gubernamentales sobre la religión1. Felicito a Brasil por esta importante distinción. Brasil tiene ahora la responsabilidad de liderar el movimiento mundial para promover esta libertad. Como dijo Jesucristo en el Nuevo Testamento:

“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad [o, en este caso, una nación] asentada sobre un monte no se puede esconder…

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14, 16).

Estimados colegas, el mundo necesita que la luz de Brasil brille luminosa y por mucho tiempo. Esta tarde celebramos lo que puede devenir de esta visión.

Antecedentes y principios básicos

La libertad religiosa es la piedra angular de la paz en un mundo donde muchas filosofías compiten entre sí. Nos da a todos el espacio para determinar por nosotros mismos lo que pensamos y creemos; para seguir la verdad que Dios habla a nuestro corazón. Permite que diferentes creencias coexistan, protege a las personas que son vulnerables y nos ayuda a sortear nuestros conflictos. De ese modo, tal como ha concluido sabiamente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en múltiples ocasiones, la libertad religiosa es esencial para las personas de fe, y “es también un valioso bien para los ateos, los agnósticos, los escépticos y los indiferentes”. Eso se debe a que “el pluralismo inherente a una sociedad democrática, que ha sido conquistado a lo largo de los siglos, depende de ello”2.

Una libertad sólida no es simplemente lo que los filósofos políticos han llamado la libertad “negativa” de no interferir, por importante que eso sea. Más bien es una libertad “positiva”, mucho más rica: la libertad de que la persona viva su religión y creencia en un entorno legal, político y social que sea tolerante, respetuoso y complaciente con las diversas creencias.

Utilizamos nuestra libertad de religión y de creencia para establecer nuestras convicciones esenciales, sin las cuales todos los demás derechos humanos no tendrían sentido. ¿Cómo podemos reclamar la libertad de expresión si no podemos decir lo que realmente creemos? ¿Cómo podemos reivindicar libertad de reunión a menos que podamos reunirnos con personas que comparten nuestros ideales? ¿Cómo podemos disfrutar de la libertad de prensa a menos que podamos publicar abiertamente quiénes somos en realidad?

Lo bueno es que ha habido un progreso notable en la propagación de la libertad religiosa. Yo he visto ese progreso en mi propia vida. Por ejemplo, en 1948, cuando solo tenía tres años de edad, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual estipulaba que “[toda] persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”3.

world religion

Cuando tenía veintiún años, se negoció un tratado para hacer que la declaración de las Naciones Unidas fuera vinculante. Ese tratado —que se conoce como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos— reforzaba la idea de que toda persona debe gozar de “la libertad de tener o de adoptar la religión o las creencias de su elección, así como la libertad de manifestar su religión o sus creencias, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, mediante el culto, la celebración de los ritos, las prácticas y la enseñanza”4. El tratado entró en vigor diez años después, en 1976.

Ya en 2017, 169 países eran parte del tratado, prácticamente todos los países desarrollados del mundo5. La Convención Americana sobre Derechos Humanos (el Pacto de San José de Costa Rica), que se adoptó en 1969 y ha estado vigente desde 1978, protege la libertad religiosa prácticamente en idénticos términos6.

La base de este progreso la constituyen razones de peso, y deberían motivarnos a hacer aun más. La libertad religiosa está ampliamente relacionada con multitud de beneficios económicos, cívicos y para la salud pública7. Por lo general, las personas religiosas tienen una mejor vida familiar, matrimonios más fuertes, menos delitos y abuso de sustancias, niveles educativos más altos, una mayor disposición para el voluntariado y la contribución a organizaciones de beneficencia, mejores hábitos de trabajo, una vida más larga, mejor salud, mayores ingresos y niveles más elevados de bienestar y felicidad8. Evidentemente, la libertad religiosa y la práctica de la religión fortalecen a la sociedad.

La necesidad de atención y cooperación

Lamentablemente, la protección que se confiere a la libertad de religión y de creencia a menudo es débil y se desatiende y ataca. Fuertes presiones tratan de coartar la libertad religiosa aun a medida que esta aumenta, incluso en países que tradicionalmente la han protegido con la mayor vehemencia. Estas presiones llevan la delantera y están ganando terreno en muchos países. Para vastos sectores del mundo sería inconcebible el tipo de celebración que disfrutamos aquí, en Brasil.

Sorprendentemente, en 2013 unos cinco mil millones y medio de personas (un setenta y siete por ciento de la población mundial) vivían en países con altas o muy altas restricciones a la libertad religiosa, frente al sesenta y ocho por ciento que había solo seis años antes9.

Prácticamente todas las democracias occidentales dicen creer en el principio de la libertad religiosa; es la aplicación del principio lo que puede crear controversia. Las amenazas a la libertad religiosa suelen surgir cuando las personas y las instituciones religiosas intentan decir o hacer algo —o rehúsan decir o hacer algo— que va en contra de la filosofía o las metas de quienes tienen el poder, incluso las mayorías políticas. Con frecuencia la religión es contracultural y, por lo tanto, impopular. Por esta razón, aun cuando en general se apoya la libertad religiosa en principio, a menudo se refuta enérgicamente en la práctica.

En Europa y Norteamérica han surgido controversias en cuanto a asuntos tales como si las iglesias pueden decidir a quién contratar (o no contratar) como ministros; si las personas pueden llevar prendas de vestir o símbolos religiosos al trabajo o a la escuela; si el empresario debe pagar los anticonceptivos o los abortos de sus empleados; si se debe obligar a las personas a ofrecer servicios que van en contra de sus creencias; si se puede denegar o revocar una acreditación laboral o universitaria por motivo de creencias o normas morales; o si a las organizaciones religiosas de alumnos se les puede exigir que admitan a alumnos con creencias opuestas.

Brasil, con su diversidad religiosa, también trata de resolver problemas similares, como cerrar los negocios los domingos, llevar ropa religiosa, y la protección que se da a las tradiciones afro-brasileñas. Estamos agradecidos de que muchos de estos asuntos se hayan resuelto a favor de la libertad religiosa. La pronta y adecuada resolución de los asuntos relacionados con el libre ejercicio de las creencias religiosas será de inestimable valor para el continuo respeto de la diversidad en Brasil. Al permitir que las personas y las organizaciones religiosas vivan su fe públicamente y sin recriminación, Brasil continuará siendo un ejemplo radiante y lleno de esperanza de la libertad religiosa para el mundo.

Los insto a retener las libertades que han forjado en su hogar y a liderar con valor la promoción de la libertad religiosa en todo el mundo. La necesidad de proteger y preservar la libertad religiosa de una manera imparcial y equilibrada que también proteja los derechos básicos de los demás es crucial.

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La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se complace en unirse a ustedes y a otras personas en este vital esfuerzo. Aunque confiamos en que nuestros esfuerzos marcarán la diferencia, debemos hacer esos esfuerzos de manera colectiva, dado que ninguno de nosotros puede ganar esta batalla solo. Me hago eco de lo que mi compañero, el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha declarado recientemente en un foro similar a este:

“Es imprescindible que quienes creemos en Dios y en la realidad de lo correcto y lo incorrecto nos unamos de una manera más eficaz a fin de proteger nuestra libertad religiosa para predicar y practicar nuestra fe en Dios y los principios del bien y el mal que Él ha establecido… Todo lo que hace falta para la unidad y para una amplia coalición como la que estoy sugiriendo es la creencia común de que existe el bien y el mal en la conducta humana, y que es un Ser Supremo quien lo ha establecido. Todos los que creen en este principio fundamental deberían unirse más eficazmente para preservar y fortalecer la libertad de defender y practicar nuestras creencias religiosas, sean cuales fueren. Debemos caminar juntos por la misma senda a fin de asegurar nuestra libertad de seguir caminos diferentes cuando sea preciso, conforme a nuestras propias creencias”10.

Nuestra tarea será difícil y requerirá atención constante, pero es de suma importancia.

Concluyo con un pasaje de Doctrina y Convenios revelado en 1835, una época en que, a pesar de las garantías constitucionales, mis antepasados estaban siendo expulsados de sus hogares por aceptar lo que a otras personas les parecían creencias nuevas o diferentes. De modo que es un recordatorio aleccionador para nuestros días, especialmente cuando muchas de las actuales restricciones sobre la libertad religiosa se producen también en países que apoyan el principio pero en ocasiones no lo aplican en la práctica.

Nuestras Escrituras dicen: “… ningún gobierno puede existir en paz, a menos que se formulen y se conserven invioladas las leyes que garanticen a cada individuo el libre ejercicio de la conciencia…”. Los gobiernos deben “restringir el crimen, pero nunca dominar la conciencia; [deben] castigar el delito, pero nunca suprimir la libertad del alma” (D. y C. 134:2, 4).

Ruego que busquemos la paz al trabajar juntos a fin de preservar y proteger la libertad de todas las personas para retener y manifestar la religión o la creencia de su elección, ya sea individualmente o en comunidad con los demás, en el hogar o en otras partes, en público o en privado y por medio de la adoración, la observancia, la práctica y la enseñanza.

Idea para la noche de hogar

family home evening

Hable con su familia acerca de la importancia de la libertad religiosa, incluso cómo consiguieron los ciudadanos en su país la libertad de culto por primera vez. ¿Qué acontecimientos condujeron a la libertad religiosa en su país? Esto puede incluir legislación, protestas e incluso la guerra. Podría formular preguntas de cultura general para ayudar a su familia a aprender en cuanto a este tema de una manera más entretenida. Además, considere la posibilidad de analizar las siguientes preguntas: ¿Cómo bendice la libertad religiosa nuestra vida? ¿De qué manera sería distinta nuestra vida si no fuéramos libres para practicar nuestra religión? ¿Cómo podemos ayudar a promover la libertad religiosa para nosotros mismos y para los demás?

Notas

1. Véase “Brazil Has Lowest Government Restrictions on Religion among 25 Most Populous Countries”, 22 de julio de 2013, theweeklynumber.com/weekly-number-blog; “Restrictions and Hostilities in the Most Populous Countries”, 26 de febrero de 2015, pewforum.org.
2. Kokkinakis v. Greece, 3/1992/348/421, 25 de mayo de 1993, párr. 31; Nolan and K. v. Russia, 2512/04, 12 de febrero de 2009, párr. 61; véase también Serif v. Greece, 38178/97, 14 de diciembre de 1999, párr. 49; Convención Europea de Derechos Humanos, Artículo 9.
3. Naciones Unidas, Declaración Universal de los Derechos Humanos, Artículo 18, 10 de diciembre de 1948, un.org/en/documents/udhr.
4. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Artículo 18, 16 de diciembre de 1966, ohchr.org/EN/ProfessionalInterest/Pages/CCPR.aspx.
5. Véase Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; véase también W. Cole Durham Jr., Matthew K. Richards y Donlu D. Thayer, “The Status of and Threats to International Law on Freedom of Religion or Belief”, en Allen D. Hertzke, ed., The Future of Religious Freedom: Global Challenges, 2013, págs. 31–66.
6. Véase Convención Americana sobre Derechos Humanos “Pacto de San José de Costa Rica”, 22 de noviembre de 1969 (Conferencia Especializada Interamericana sobre Derechos Humanos), oas.org; véase también Juan G. Navarro Floria y Octavio Lo Prete, “Proselitismo y Libertad Religiosa: Una Visión desde América Latina”, en Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado, nro. 27, 2011, págs. 59–96.
7. Véase Brian J. Grim, Greg Clark y Robert Edward Snyder, “Is Religious Freedom Good for Business?: A Conceptual and Empirical Analysis”, Interdisciplinary Journal of Research on Religion, tomo X, 2014, págs. 4–6; Paul A. Marshall, “The Range of Religious Freedom”, en Paul A. Marshall, ed., Religious Freedom in the World, 2008, págs. 1–11.
8. Véase Patrick F. Fagan, “Why Religion Matters Even More: The Impact of Religious Practice on Social Stability”, Backgrounder, nro. 1992, 18 de diciembre de 2006, págs. 1–19; Robert D. Putnam y David E. Campbell, American Grace: How Religion Divides y Unites Us, 2010, págs. 443–492.
9. Véase “Latest Trends in Religious Restrictions and Hostilities”, 26 de febrero de 2015, pewforum.org.
10. Dallin H. Oaks, “Preserving Religious Freedom”, conferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad Chapman, 4 de febrero de 2011, mormonnewsroom.org.

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Santos: la historia de la iglesia de Jesucristo en los últimos días

Santos: la historia de la iglesia de Jesucristo en los últimos días

Por el élder Steven E. Snow
Setenta Autoridad General e historiador y registrador de la Iglesia.

En 1861, el presidente Brigham Young (1801–1877) instó a los historiadores de la Iglesia a que cambiaran su enfoque. “Escriban con un estilo narrativo”, aconsejó, y “escriban solo en torno a una décima parte como mucho”1.

El relato de las siguientes páginas sigue ese consejo. Me complace presentar una nueva serie de cuatro tomos titulada Santos: La historia de La Iglesia de Jesucristo en los últimos días. El capítulo 1 se incluye en este ejemplar; los capítulos subsiguientes se irán publicando en esta revista a lo largo de los próximos meses. El primer libro estará disponible más adelante este año y a este le seguirán los otros tomos.

Nauvoo

Santos se preparó en respuesta al mandamiento del Señor de “llevar continuamente el registro y la historia de la iglesia” (D. y C. 47:3). A diferencia de los anteriores relatos de la Iglesia, esta es una historia narrada, escrita con un atractivo estilo que será accesible tanto para jóvenes como para adultos.

No obstante, Santos no es una historia de ficción. Es una historia real basada en los registros de personas del pasado. Cada detalle y cada línea de diálogo están respaldados por fuentes históricas. Las notas al final de cada capítulo hacen referencia a registros y fuentes adicionales. Quienes deseen leer los registros reales, comprender mejor los temas relacionados o descubrir aún más historias, encontrarán enlaces en la parte posterior de los libros y en línea, en santos.lds.org.

El rico tapiz de la Restauración

Estos libros no son escritura pero, al igual que las Escrituras, incluyen verdades divinas e historias de personas imperfectas que tratan de llegar a ser santos mediante la expiación de Jesucristo (véase Mosíah 3:19). Juntos, los cuatro tomos cuentan la historia de la Iglesia del Señor esforzándose por llevar a cabo su mandato divino de perfeccionar a los santos (véase Efesios 4:11–13).

Santos tiene un formato, estilo y audiencia muy diferentes a las dos últimas historias multitomos que la Iglesia ha publicado en el pasado. La primera historia la comenzó José Smith en la década de 1830 y se publicó a principios de 18422. La segunda fue publicada en 1930 por el ayudante del historiador de la Iglesia, B. H. Roberts3. El alcance mundial del Evangelio desde entonces y el mandamiento del Señor de llevar continuamente la historia “para el bien de la iglesia, y para las generaciones futuras” (D. y C. 69:8) es una señal de que ha llegado el momento de incluir a más Santos de los Últimos Días en la historia.

Santos cuenta las historias de hombres y mujeres comunes y corrientes desde los primeros años de la Iglesia hasta la actualidad. También ofrece nuevos detalles y perspectivas sobre las personas y los acontecimientos más conocidos de la historia de la Iglesia. Cada relato le ayudará a comprender y valorar a los santos que los precedieron e hicieron de la Iglesia lo que esta es en la actualidad. Al igual que ustedes, ellos tuvieron éxitos y desafíos, y se sacrificaron para establecer Sion. Entrelazadas, sus historias —y las de ustedes—crean el rico tapiz de la Restauración.

Nuestro pasado sagrado

Los que llevaron los registros del Libro de Mormón llevaron tanto planchas mayores como menores. En las planchas mayores grabaron la historia política y militar. Utilizaron las planchas menores para “las cosas de Dios” que eran “más preciosas”, e incluían “predicaciones que fuesen sagradas, o revelación que fuese grande, o profecías” (1 Nefi 6:3Jacob 1:2, 4). Las planchas menores se grabaron “por causa de Cristo y por el bien de nuestro pueblo” (Jacob 1:4). Santospretende ser la historia de las “planchas menores”, una historia que se enfoque en nuestro pasado sagrado. Por consiguiente, incluye solo una pequeña muestra de todas las historias que podrían contarse para mostrar el modo en que el Señor obra en la vida de los Santos de los Últimos Días.

Santos no trata solamente de personas imperfectas del pasado que mejoraron con la ayuda del Señor; es también parapersonas imperfectas de hoy en día que desean recordarle siempre. Les ayudará a recordar cuán misericordioso ha sido el Salvador con Su pueblo, cómo ha hecho Él que los débiles sean fuertes y cómo los santos de todo el mundo se han unido para impulsar la obra de Dios.

Santos ¿En qué formatos estará disponible ?

Los cuatro tomos se publicarán en catorce idiomas en forma de libro, en línea a través de santos.lds.org, y en la aplicación Biblioteca del Evangelio. También estarán disponibles en libro electrónico y audiolibro en algunos idiomas.

¿Qué habrá en cada tomo?

  • Tomo I — Disponible más adelante este año. Cuenta la historia de la Restauración, desde la niñez de José Smith hasta que los santos recibieron sus ordenanzas en el Templo de Nauvoo, en 1846.
  • Tomo II — Recogerá los desafíos de los santos durante el recogimiento en el oeste de los Estados Unidos y acabará con la dedicación del Templo de Salt Lake, en 1893.
  • Tomo III — Narrará el crecimiento mundial de la Iglesia, hasta la dedicación del Templo de Berna, Suiza, en 1955.
  • Tomo IV — Transportará al lector al pasado reciente, cuando los templos llenan toda la tierra.

Para profundizar en algunos temas se publicarán materiales adicionales que respaldarán cada tomo.

Notas

1. Brigham Young, en Wilford Woodruff, Journal, 20 de octubre de 1861, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.
2. Véase History of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, ed. B. H. Roberts, 1902–1912 (tomos I–VI), 1932 (tomo VII).
3. Véase B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints: Century I, 6 tomos, 1930.

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Santos: La historia de la Iglesia – Pedir con fe

Capítulo 1:
Pedir con fe

Este es el capítulo 1 de una nueva historia de la Iglesia narrada en cuatro tomos y titulada Santos: la historia de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días. El libro estará disponible en 14 idiomas en papel impreso, en la sección Historia de la Iglesia de la aplicación Biblioteca del Evangelio, y en línea en santos.lds.org. Los siguientes capítulos se irán publicando en los próximos ejemplares hasta que el tomo I se publique a finales de este año. Esos capítulos estarán disponibles en 47 idiomas en la aplicación Biblioteca del Evangelio y en santos.lds.org.

En 1815, la isla indonesia de Sumbawa lucía frondosa y verde gracias a las recientes lluvias. Las familias se preparaban para la llegada de la estación seca, tal como lo habían hecho cada año por generaciones, cultivando arrozales a la sombra de un volcán llamado Tambora.

El 5 de abril, tras décadas de inactividad, la montaña despertó rugiendo y arrojando cenizas y fuego. A cientos de kilómetros de distancia, las personas escuchaban lo que parecían disparos de cañón. Se produjeron pequeñas erupciones durante varios días. Entonces, la noche del 10 de abril, la montaña entera estalló. Tres columnas ardientes salieron disparadas hacia el cielo y se fusionaron en una enorme explosión. Fuego líquido descendió por la ladera de la montaña y rodeó la aldea que se encontraba al pie del monte. Los torbellinos asolaron la región, arrancando árboles y arrasando las casas1.

El caos continuó toda aquella noche y al día siguiente, hasta el anochecer. Las cenizas cubrían kilómetros de tierra y mar, y en algunos lugares se acumulaban hasta alcanzar más de medio metro de altura. El mediodía parecía la medianoche. El mar embravecido se precipitó sobre la costa, arruinando las cosechas e inundando las aldeas. Durante semanas, Tambora hizo llover cenizas, rocas y fuego2.

En los meses subsiguientes, los efectos de la erupción se propagaron por todo el planeta. Por todo el mundo, las personas se asombraban de las espectaculares puestas de sol, pero aquellos colores resplandecientes ocultaban los efectos mortales de la ceniza volcánica que circunvolaba la Tierra. Al año siguiente, el clima se tornó impredecible y devastador3.

La erupción hizo que las temperaturas descendieran en la India, y el cólera mató a miles de personas, destrozando familias. En los fértiles valles de China, unas tormentas de nieve reemplazaron al habitual clima apacible del verano, y las lluvias torrenciales destruyeron los cultivos. En Europa, el abastecimiento de alimentos disminuyó, lo que produjo hambre y pánico4.

En todas partes, la gente buscaba una explicación para el sufrimiento y las muertes que el insólito clima había causado. Las plegarias y los cánticos de hombres santos resonaban en los templos hindúes de la India. Los poetas chinos intentaban darle sentido al dolor y a las pérdidas. En Francia y Gran Bretaña, sus habitantes caían de rodillas temiendo que les hubiesen sobrevenido las terribles calamidades predichas en la Biblia. En Norteamérica, los ministros religiosos predicaban que Dios estaba castigando a los cristianos desobedientes, y elevaban advertencias para avivar los sentimientos religiosos.

En esas regiones, la gente acudía en masa a las iglesias y a las reuniones de resurgimiento religioso, ansiosa por saber cómo podían salvarse de la destrucción inminente5.

La erupción del Tambora afectó el clima de Norteamérica todo el año siguiente. La primavera terminó con nevadas y heladas fatales, y 1816 pasó a la historia como el año en que no hubo verano6. En Vermont, en el extremo noreste de los Estados Unidos, los cerros pedregosos habían frustrado durante años a un granjero llamado Joseph Smith, padre. Pero esa temporada, cuando él y su esposa, Lucy Mack Smith, vieron que sus cultivos se congelaban bajo las interminables heladas, supieron que afrontarían la ruina económica y un futuro incierto si permanecían donde estaban.

A sus 45 años, Joseph, padre, ya no era un joven, y la idea de volver a empezar en nuevas tierras le desalentaba. Él sabía que sus hijos mayores, Alvin, de 18 años, y Hyrum, de 16 años, podrían ayudarlo a limpiar el terreno, construir una casa y plantar y cosechar cultivos. Sophronia, su hija de 13 años, tenía edad suficiente para ayudar a Lucy con las tareas de la casa y la granja. Sus hijos menores, Samuel, de 8 años, y William, de 5 años, ayudaban cada vez más, y Katharine, de 3 años, y el recién nacido Don Carlos algún día tendrían la edad suficiente para contribuir.

En cuanto a José, su hijo de 10 años, la situación era diferente. Cuatro años antes, José se había sometido a una operación para sanar de una infección que tenía en la pierna, y desde entonces caminaba con una muleta. Aunque comenzaba a sentir que su pierna recuperaba la fuerza, José cojeaba con dolor, y Joseph, padre, no sabía si llegaría a ser tan fuerte como Alvin y Hyrum7.

visitors center in sharon vermontEste centro de visitantes en Sharon, Vermont, marca el punto exacto en el que nació José Smith el 23 de diciembre de 1805. El obelisco de piedra que se ve al fondo tiene una altura de un pie por cada año de su vida: 38,5 pies (11,7 metros), desde su base.

Confiando en que podrían apoyarse mutuamente, los Smith tomaron la determinación de abandonar su hogar en Vermont para ir en busca de mejores tierras8. Al igual que muchos de sus vecinos, Joseph, padre, decidió ir al estado de Nueva York, donde esperaba conseguir una buena granja que pudieran comprar a crédito. Luego, mandaría traer a Lucy y los niños, y la familia podría volver a comenzar.

Cuando Joseph, padre, partió para Nueva York, Alvin y Hyrum caminaron junto a él un trecho del camino antes de decirle adiós. Joseph, padre, amaba entrañablemente a su esposa y a sus hijos, pero él no había podido brindarles mucha estabilidad en la vida. La mala fortuna y algunas inversiones fallidas habían mantenido a la familia en la pobreza y el desarraigo. Tal vez, en el estado de Nueva York todo sería diferente9.

Al invierno siguiente, José Smith caminó cojeando a través de la nieve junto a su madre, sus hermanos y hermanas. Se dirigían rumbo al oeste hacia una aldea del estado de Nueva York, llamada Palmyra, en cuyas cercanías Joseph, padre, había hallado buenas tierras y esperaba a su familia.

Debido a que su esposo no podía ayudarla con la mudanza, Lucy había contratado a un hombre llamado Sr. Howard para que condujera su carromato. En el trayecto, el Sr. Howard trató con rudeza las pertenencias de la familia y malgastó en alcohol y apuestas el dinero que le pagaron. Más adelante, al unírseles otra familia que viajaba hacia el oeste, el Sr. Howard echó a José del carromato para que las hijas de la otra familia se sentaran con él mientras dirigía la yunta.

Sabiendo cuánto le dolía caminar a José, Alvin y Hyrum hicieron frente al Sr. Howard en varias ocasiones, pero una y otra vez, él los derribó con la empuñadura de su látigo10.

Si hubiese sido mayor, probablemente José habría intentado enfrentarse, él mismo, al Sr. Howard. Su pierna herida le había impedido trabajar y jugar, pero su férrea voluntad compensaba su cuerpo debilitado. Antes que los médicos le abrieran la pierna y le extirparan trozos infectados de hueso, ellos quisieron atarlo y darle brandy para mitigar el dolor, pero José solo pidió que su padre lo sostuviera.

Él se mantuvo despierto y alerta durante la operación, con el rostro pálido y cubierto de sudor. Su madre, normalmente una persona muy fuerte, estuvo a punto de colapsar al escuchar sus gritos. Tras esa experiencia, ella pensó que probablemente ahora podría soportar cualquier cosa11.

Mientras caminaba cojeando junto al carromato, José veía que su madre ciertamente estaba esforzándose por aguantar al Sr. Howard. Ya habían viajado más de 300 kilómetros y hasta ese momento, ella había sido más que paciente con el mal comportamiento del conductor.

Una mañana, faltando unos 160 kilómetros para llegar a Palmyra, Lucy se preparaba para otra jornada de viaje cuando Alvin llegó corriendo hasta ella. El Sr. Howard había arrojado sus bienes y maletas a la calle y estaba a punto de marcharse con los caballos y el carromato de la familia Smith.

Lucy encontró al hombre en un bar. “¡Como hay un Dios en el cielo”, exclamó, “el carromato y esos caballos, así como los bienes que los acompañan, son míos!”.

Miró a su alrededor; el bar estaba lleno de hombres y mujeres, la mayoría de los cuales eran viajeros como ella. “Este hombre”, prosiguió Lucy con la mirada fija en ellos, “está decidido a despojarme de todos los medios que poseo para proseguir mi viaje, y quiere dejarme totalmente desamparada con ocho niños pequeños”.

El Sr. Howard dijo que ya había gastado el dinero que ella le había pagado para conducir el carromato, y que él no podía seguir adelante.

“Usted ya no me sirve para nada”, le increpó Lucy. “Me encargaré de la yunta yo misma”.

Dejó al Sr. Howard en el bar y juró que reuniría a sus hijos con su padre, pasara lo que pasara12.

El resto del trayecto fue a través del fango y con frío, pero Lucy condujo a su familia a salvo hasta Palmyra. Cuando vio a los niños abrazar a su padre y besarle el rostro, se sintió recompensada por todo lo que habían sufrido para llegar hasta allí.

La familia alquiló rápidamente una pequeña casa en el pueblo y deliberaron sobre cómo podrían comprar su propia granja13. Decidieron que la mejor opción era trabajar hasta que ahorrasen suficiente dinero para pagar el anticipo por unas tierras en un bosque cercano. Joseph, padre, y los hijos mayores cavaron pozos, cortaron madera para hacer cercos y cosecharon heno a cambio de dinero, mientras que Lucy y las hijas prepararon y vendieron pasteles, refrescos y telas decorativas para alimentar a la familia14.

A medida que José fue creciendo, su pierna se fue fortaleciendo y llegó a poder andar con facilidad por Palmyra. En el pueblo, tuvo contacto con personas de toda la región, muchas de las cuales se volcaban en la religión para satisfacer sus anhelos espirituales y darle explicación a las adversidades de la vida. José y su familia no pertenecían a ninguna iglesia, pero muchos de sus vecinos asistían o bien a alguna de las espigadas capillas presbiterianas, o bien al centro de reuniones de los bautistas, o al salón cuáquero o al campamento donde los predicadores viajeros metodistas hacían reuniones de vez en cuando para reavivar el sentimiento religioso15.

Cuando José tenía 12 años, los debates religiosos cundían por toda Palmyra. A pesar de que leía poco, le gustaba analizar profundamente las ideas. Escuchaba a los predicadores con la esperanza de aprender más acerca de su alma inmortal, pero sus sermones a menudo lo perturbaban. Le decían que él era un pecador en un mundo pecaminoso, desamparado sin la gracia salvadora de Jesucristo. Y aunque José creyó ese mensaje y se sentía mal por sus pecados, no sabía cómo hallar el perdón16.

José pensaba que asistir a la iglesia le serviría de ayuda, mas no lograba decidirse por un lugar de adoración. Las diversas iglesias discutían incesantemente acerca de la forma en que la gente podía ser libre del pecado. Después de escuchar aquellos debates por un tiempo, José se sintió angustiado al ver que la gente leía la misma Biblia pero llegaba a diferentes conclusiones en cuanto a su significado. Él creía que la verdad de Dios estaba en algún lugar, pero no sabía cómo hallarla17.

Sus padres tampoco lo sabían con seguridad. Tanto Lucy como Joseph, padre, provenían de familias cristianas, y ambos creían en la Biblia y en Jesucristo; Lucy asistía a la iglesia, y a menudo llevaba a sus hijos a las reuniones. Ella había estado buscando la verdadera Iglesia de Jesucristo desde la muerte de su hermana hacía muchos años.

En una ocasión, antes de que José naciera, ella enfermó gravemente, y sintió temor de que muriera antes de encontrar la verdad. Ella sintió que había un abismo oscuro y desolado entre ella y el Salvador, y supo que no estaba preparada para la vida venidera.

Despierta en su lecho toda la noche, oró a Dios y le prometió que si Él le permitía vivir, ella encontraría la iglesia de Jesucristo. Mientras oraba, la voz del Señor le habló a ella, asegurándole que si buscaba, encontraría. Desde ese entonces, había visitado más iglesias, pero aún no había encontrado la correcta. Aun cuando parecía que la Iglesia del Salvador ya no estaba más en la Tierra, ella siguió buscando, pensando que ir a la iglesia era mejor que no hacerlo18.

Al igual que su esposa, Joseph, padre, tenía hambre de la verdad, pero pensaba que era preferible no asistir a ninguna iglesia antes que asistir a la denominación incorrecta. Joseph, padre, seguía el consejo de su padre y escudriñaba las Escrituras, oraba fervientemente y creía que Jesucristo había venido para salvar al mundo19. Sin embargo, no podía conciliar lo que pensaba que era verdadero con la confusión y discordia que veía en las iglesias a su alrededor. Una noche soñó que los predicadores que contendían eran como vacas que mugían mientras removían la tierra con sus cuernos; esto hizo crecer su inquietud en cuanto a lo poco que ellos sabían acerca del reino de Dios20.

El descontento de sus padres con las iglesias de la localidad solo aumentó aún más la confusión de José21. Estaba en juego su alma, pero nadie le daba respuestas satisfactorias.

Después de ahorrar por más de un año, la familia Smith tuvo suficiente para hacer un pago por la compra de 40 hectáreas de bosque en Manchester, justo al sur de Palmyra. Allí, en los momentos en que no trabajaban como jornaleros, pinchaban los arces para recolectar su sabia azucarada, plantaron un huerto y prepararon el terreno para plantar cultivos22.

Smith home replicaEsta cabaña de troncos, ubicada cerca de Palmyra, Nueva York, es una réplica de la casa que la familia Smith construyó después de irse de Vermont. Al fondo se puede ver la Arboleda Sagrada.

Mientras labraba la tierra, José seguía preocupado por sus pecados y el bienestar de su alma. El resurgimiento religioso en Palmyra se había aplacado, pero los predicadores continuaban compitiendo por ganar conversos allí y en toda la región23. Día y noche, José contemplaba el sol, la luna y las estrellas que surcan el firmamento en perfecto orden y majestuosidad, y admiraba la belleza de la tierra rebosante de vida. También observaba a la gente que lo rodeaba y se maravillaba de su fuerza e inteligencia. Todo parecía testificar que Dios existía y que había creado al género humano a Su propia imagen. Pero, ¿cómo podía José comunicarse con él?24.

En el verano de 1819, cuando José tenía 13 años, varios predicadores metodistas se congregaron para una conferencia a pocos kilómetros de la granja de los Smith y recorrieron toda la comarca para instar a familias, como la de José, a que se convirtieran. El éxito de esos predicadores preocupó a otros ministros religiosos de la zona y, en poco tiempo, la lucha por ganar conversos se volvió intensa.

José asistió a reuniones, escuchó sermones conmovedores y presenció los gritos de gozo de los conversos. Deseaba exclamar junto con ellos, pero se sentía a menudo en medio de una guerra de palabras y opiniones. “¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error?”, se preguntaba. “Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?”. Él sabía que necesitaba la gracia y la misericordia de Cristo, pero no sabía dónde hallarlas por causa de las muchas personas e iglesias que contendían en cuanto a religión25.

La esperanza de hallar respuestas y paz para su alma parecía alejarse de él. Se preguntaba cómo alguien podría encontrar la verdad en medio de tanto alboroto26.

Un día, mientras oía un sermón, José escuchó que el ministro citó un pasaje del primer capítulo de Santiago, en el Nuevo Testamento. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría —dijo él—, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche…”27.

José regresó a su casa y leyó el versículo en la Biblia. “Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que este en esta ocasión, el mío”, recordaría él posteriormente. “Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo”. Hasta entonces, él había escudriñado la Biblia como si esta tuviera todas las respuestas, pero ahora la Biblia le decía que podía acudir directamente a Dios para recibir respuestas personales a sus preguntas.

Joseph standing outside

José se decidió a orar. Nunca había orado en voz alta, pero confiaba en la promesa de la Biblia. “Pida con fe, no dudando nada”, enseñaba28. Dios escucharía sus preguntas, aun si las expresaba con palabras torpes.

En santos.lds.org hay, en inglés, una lista completa de las obras que se citan.

La palabra Tema en las notas indica que existe información adicional en santos.lds.org.

Notas

  1. Raffles, “Narrative of the Effects of the Eruption”, págs. 4–5, 19, 23–24.
  2. Raffles, “Narrative of the Effects of the Eruption”, págs. 5, 7–8, 11.
  3. Wood, Tambora,pág. 97.
  4. Wood, Tambora,págs. 78–120; Statham, Indian Recollections, pág. 214; Klingaman y Klingaman, Year without Summer, págs. 116–118.
  5. Wood, Tambora,págs. 81–109; Klingaman y Klingaman,Year without Summer, págs. 76–86, 115–120.
  6. Klingaman y Klingaman, Year without Summer,págs. 48–50, 194–203.
  7. Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 131; Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 2, pág. 11–libro 3, pág. 2.Tema: Operación de la pierna de José Smith
  8. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, pág. 3; Stilwell, Migration from Vermont,págs. 124–150.
  9. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, pág. 4; Bushman, Rough Stone Rolling,págs. 18–19, 25–28. Tema:La familia de Joseph, padre, y Lucy Mack Smith
  10. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, pág. 5; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, págs. 131–132.
  11. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, pág. 2; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 131.
  12. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, págs. 5–6; Lucy Mack Smith, History, 1845, pág. 67; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 132. Tema: Lucy Mack Smith
  13. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, págs. 6–7.
  14. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, pág. 7; Tucker, Origin, Rise, and Progress of Mormonism,pág. 12.Tema: La familia de Joseph, padre, y Lucy Mack Smith
  15. Cook, Palmyra and Vicinity,págs. 247–261. Temas:Palmyra y ManchesterIglesias cristianas en los tiempos de José Smith
  16. Joseph Smith History, circa Summer 1832, págs. 1–2, enJSP [Documentos de José Smith],tomo H1, págs. 11–12.
  17. José Smith—Historia 1:5–6; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, págs. [1]–2, en JSP,tomo H1, págs. 208–210 (borrador 2). Tema: Creencias religiosas en los tiempos de José Smith
  18. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 2, págs. 1–6; “Records of the Session of the Presbyterian Church in Palmyra”, 10 de marzo de 1830.
  19. Asael Smith a “My Dear Selfs”, 10 de abril de 1799, Asael Smith, Letter and Genealogy Record, 1799, circa 1817 – 1846, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
  20. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, misceláneas, pág. 5; Anderson, Joseph Smith’s New England Heritage,págs. 161–162.
  21. José Smith—Historia 1:8–10; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 2, en JSP,tomo H1, págs. 208–210 (borrador 2). Tema: Creencias religiosas en los tiempos de José Smith
  22. Lucy Mack Smith, History, 1844–1845, libro 3, págs. 8–10; Joseph Smith History, circa Summer 1832, pág. 1, enJSP,tomo H1, pág. 11. Tema: La Arboleda Sagrada y la granja de la familia Smith
  23. Tema: Despertares y resurgimientos
  24. Hechos 10:34–35; Joseph Smith History, circa Summer 1832, pág. 2, en JSP,tomo H1, pág. 12.
  25. Neibaur, diario, 24 de mayo de 1844, disponible en josephsmithpapers.org;José Smith—Historia 1:10; Joseph Smith, “Church History”, Times and Seasons, 1 de marzo de 1842, tomo III, pág. 706, en JSP,tomo H1, pág. 494.
  26. Joseph Smith, Journal, 9–11 de noviembre de 1835, enJSP,tomo J1, pág. 87; José Smith–Historia 1:8–9; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 2, en JSP, tomo H1, pág. 210 (borrador 2).
  27. “Wm. B. Smith’s Last Statement”, Zion’s Ensign, 13 de enero de 1894, pág. 6; Santiago 1:5.
  28. José Smith—Historia 1:11–14; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, págs. 2–3, en JSP,tomo H1, págs. 210–212 (borrador 2); Santiago 1:6.

 

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