“Él nos librará”

“Él nos librará”

Por Reid Tateoka
El autor vive en Utah, EE. UU.

El Señor cuidó a Sus misioneros en medio de la terrible devastación.

earthquake aftermath

El terremoto que azotó Japón en marzo de 2011 fue de 9.0 [grados] en la escala de Richter; fue uno de los terremotos más potentes de los que se tiene registro. En ese momento, yo servía como presidente de la Misión Japón Sendai, la parte de Japón más cercana al epicentro del terremoto. Más de 16.000 personas murieron, y cientos de miles de casas y edificios colapsaron en el terremoto y el tsunami que lo siguió.

A pesar de la devastación que se extendió, no perdimos a ningún misionero. En los días y semanas siguientes, vi milagros en la vida de los misioneros con los que servíamos. Tanto antes como después del terremoto, un amoroso Padre puso en su lugar una serie de acontecimientos que salvarían a Sus misioneros.

Dirigidos a lugares protegidos

Las reuniones de liderazgo de la zona Koriyama de nuestra misión casi siempre tenían lugar los jueves. Sin embargo, en esa ocasión, la reunión se programó para el viernes 11 de marzo de 2011, el día del terremoto. Las reuniones de liderazgo por lo general incluyen solamente a líderes de zona y de distrito. Esa vez, se invitó a todos los misioneros de la zona a esa reunión. Eso significó que el día del terremoto, los misioneros de la Misión Japón Sendai que vivían más cerca de los reactores nucleares, dañados por el terremoto y el tsunami, se encontraban lejos de sus apartamentos, seguros, asistiendo a las reuniones de liderazgo en la capilla de Koriyama. El Señor los había llevado a terreno seguro.

Los misioneros de nuestra reunión de liderazgo no fueron los únicos que fueron dirigidos a lugares seguros antes de que el terremoto azotara. Los misioneros aprenden pronto a confiar en el Señor y en las impresiones del Espíritu. Cuando el terremoto azotó, no hubo tiempo de llamar a los líderes para pedir instrucciones. Los demás misioneros sobrevivieron porque ya habían seguido al Espíritu, que los había dirigido a lugares protegidos que el Padre Celestial había preparado para ellos.

Tras el terremoto, muchos misioneros lograron llegar a los centros de evacuación. Algunas zonas se trasladaron de manera instintiva a las capillas, que en comparación con otros edificios tenían pocos daños, y eran lugares en los que podían sentir la paz del Espíritu Santo. Unos pocos afortunados pudieron permanecer en sus apartamentos, sin calefacción, agua, electricidad o alimentos, pero todos estaban seguros.

Guiados por las barricadas

Inicialmente, al desconocer el daño que habían sufrido las plantas nucleares, intenté enviar a los misioneros de la reunión de liderazgo de regreso a sus apartamentos inmediatamente después del terremoto, pero el Señor obstaculizó el camino. No había servicio de autobuses ni de trenes. El Padre Celestial seguía manteniendo a sus misioneros a salvo en Koriyama.

Pensé que se me necesitaría en la casa de la misión cerca del epicentro del terremoto, pero después de conducir ocho horas en caminos congestionados y dañados, nos dimos cuenta de que nuestro camino también estaba bloqueado. Resultó que al permanecer en Koriyama pudimos ayudar mejor en la evacuación del resto de nuestros misioneros, lo que dio más evidencia de que el Señor nos estaba cuidando.

Tras el terremoto hubo escasez de gasolina. Los camiones con combustible que podían pasar por los caminos dañados viajaban muy lento, lo que hacía que se tuviera que esperar tres horas para obtener gasolina, en caso de que hubiera alguna disponible. Sin embargo, el Señor nos proveyó de maneras milagrosas. Por ejemplo, mientras evacuábamos a las hermanas y a los élderes para que estuvieran seguros en Niigata al otro lado de la isla, nos dimos cuenta de que habíamos conducido dieciocho horas con un tanque de gasolina, y la aguja siempre indicó “lleno”. Al acercarnos a Niigata, la aguja inmediatamente indicó “vacío”.

Travesía peligrosa

Afortunadamente, nuestro amoroso Padre continuó dirigiendo una evacuación ordenada en medio de la severa devastación. Viajar largas distancias era peligroso. Las réplicas continuaban. El transporte público no funcionaba. Se interrumpió el abastecimiento de agua y energía eléctrica, y era casi imposible comprar gasolina o alimentos. La hermana Tateoka y yo comprendíamos bien que éramos los únicos que podrían llegar al lugar en el que se encontraban dos élderes en una zona montañosa, y otros dos élderes cruzando la montaña, al otro lado de la isla. Las autopistas estaban cerradas, así que ese último viaje requería que condujéramos cinco o seis horas hacia el norte subiendo la montaña por carreteras secundarias, otras dos o tres horas por las montañas bajando a Tsuruoka y cuatro horas más para regresar a los lugares seguros.

Salimos muy temprano por la mañana el 16 de marzo y llegamos al apartamento de los élderes Ohsugi y Yuasa a las cinco de la tarde. Para recoger a los dos últimos élderes, necesitábamos viajar de regreso hacia el sur, sobre la cima de la montaña, y bajar a la ciudad de Tsuruoka. Sabíamos que no podríamos retroceder ya que solo teníamos menos de la mitad del tanque de gasolina. Cuando comenzamos el viaje para recoger a los últimos dos misioneros, comenzó a nevar. Al poco rato, nos encontramos en medio de una tormenta que no nos permitía ver, viajábamos a menos de veinticuatro kilómetros por hora. No podía ver las líneas en la carretera.

A las 19:30 h, cuando finalmente llegamos a la cima, la policía nos detuvo. Un oficial me informó que una avalancha había bloqueado el camino cerca del paso de la montaña. Me dijo que no podíamos seguir, que debíamos dar la vuelta y tomar una ruta alterna que llevaba al otro lado de la isla, rodeando la avalancha. Ya que no teníamos suficiente gasolina para rodear la avalancha, parecía que no teníamos manera de llegar hasta donde los élderes Lay y Ruefenacht se encontraban en Tsuruoka.

earthquake aftermath 2

Travesía milagrosa

Afligidos, dimos la vuelta como lo indicó la policía. Pedí a los misioneros que estaban en el vehículo que llamaran a cada miembro del Barrio Yamagata, para saber si alguien podía darnos algo de gasolina. Nos detuvimos y oramos fervientemente, recurriendo a todo el poder celestial que podíamos. Oramos pidiendo otro milagro y nuevamente confiamos en el Señor.

Los misioneros llamaron a todo miembro activo, pero nadie tenía gasolina. Las gasolineras no tenían abastecimiento y estaban cerradas. Entonces, los misioneros tuvieron la impresión de llamar a un amigo menos activo, el hermano Tsuchihashi. El Padre Celestial había dirigido nuestro camino una vez más. El hermano Tsuchihashi podía darnos veinte litros de gasolina, pero, para llegar al lugar en el que estaba ese hermano, debíamos viajar otra hora hacia el norte, en dirección opuesta al lugar al que deseábamos ir. La cantidad de gasolina nos ayudaría, pero no sería suficiente para permitirnos viajar alrededor de la avalancha.

Teniendo fe, viajamos hacia el norte, todavía sin saber cómo recogeríamos a los otros dos élderes. Logramos llegar a la ciudad de Shinjo, donde recibimos los veinte litros de gasolina. Poco después, recibí una llamada del presidente Yoshida, mi consejero, que para ese momento estaba muy preocupado porque no habíamos regresado. Preguntó dónde nos encontrábamos; cuando le dije que en Shinjo, le sorprendió que estuviéramos tan lejos de nuestro camino. Él no tenía cómo alcanzarnos y ayudarnos a regresar.

Entonces miró su mapa y con la voz quebrándosele tartamudeó: “Hay un paso poco conocido por la montaña que los llevará de Shinjo hasta los élderes en Tsuruoka”. El Señor había preparado una manera para que nos encontráramos en el lugar preciso en el que necesitábamos estar para conducir alrededor de la avalancha. La gasolina que nos habían dado fue la cantidad exacta que necesitábamos para viajar de manera segura alrededor de la avalancha a fin de recoger a los misioneros.

Cuando contacté a cada misionero después del terremoto y me enteré de cómo todos habían sido dirigidos a terreno seguro justo antes de que el terremoto y el tsunami azotaran, me sentí muy agradecido. Dos misioneros, que habían sido protegidos del tsunami al subir al cuarto piso de un centro de evacuación, expresaron su gratitud por haber estado a salvo en un tiempo de grandes peligros.

Sintieron que las palabras de Helamán describían su situación: “… el Señor nuestro Dios nos consoló con la seguridad de que nos libraría; sí, de tal modo que habló paz a nuestras almas, y nos concedió una gran fe, e hizo que en él pusiéramos la esperanza de nuestra liberación” (Alma 58:11).

El Espíritu nos guiará

“Como parte del plan de Dios, somos bendecidos con el don del Espíritu Santo… Al navegar por los mares de la vida, es esencial seguir las impresiones del Espíritu Santo. El Espíritu nos ayudará a evitar tentaciones y peligros, nos consolará y nos guiará en las dificultades”.

Élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Organizar el barco al estilo Bristol: Sean dignos de entrar en el templo, en las buenas y en las malas épocas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 42.

 

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Jesucristo: nuestra fuente de paz

Jesucristo: nuestra fuente de paz

Por el élder M. Russell Ballard
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso de la Conferencia General de abril de 2002.

La paz solo llega a nuestro corazón cuando seguimos la luz de Cristo.

Jesus sleeping on the boat

Al culminar un día entero de enseñanza e instrucción, el Señor sugirió a Sus discípulos que atravesaran el mar de Galilea para llegar al otro lado.

Mientras navegaban aquella noche, “se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.

“Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, y le despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?

“Y levantándose, reprendió al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y cesó el viento y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:37–39).

¿Pueden imaginar lo que deben haber pensado los apóstoles al ver los elementos mismos —el viento, la lluvia y el mar— obedecer el tranquilo mandato de su Maestro? Aunque acababan de ser llamados al santo apostolado, conocían y amaban a su Maestro, y creían en Él. Habían abandonado sus ocupaciones y familias para seguirlo. En un período relativamente corto, lo habían escuchado enseñar cosas increíbles y lo habían visto efectuar milagros formidables. No obstante, aquello excedía su poder de comprensión y la expresión de sus semblantes debe haberlo reflejado.

“Y a ellos les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?

“Y tuvieron gran temor y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:40–41).

En épocas turbulentas y a veces atemorizantes, la promesa del Salvador de paz infinita y eterna resuena en nosotros con especial fuerza, tal y como Su capacidad de calmar las olas embravecidas debe haber impactado sobremanera a quienes lo acompañaban en el mar de Galilea aquella noche tormentosa, hace tanto tiempo.

Jesus calming the storm

Cómo hallar paz interior

Al igual que las personas que vivieron durante Su ministerio terrenal, hay entre nosotros quienes buscan la paz y la prosperidad físicas como señales del maravilloso poder del Salvador. En ocasiones, no llegamos a entender que la paz sempiterna que Jesús promete es una paz interior que nace de la fe, está anclada al testimonio, la nutre el amor y se expresa mediante la obediencia y el arrepentimiento continuos. Es una paz de espíritu que resuena en el corazón y en el alma. Cuando verdaderamente conocemos y experimentamos esa paz interior, no hay ningún temor al desacuerdo ni a la discrepancia con el mundo. Sabemos bien en el fondo que todo está bien en lo concerniente a las cosas que realmente importan.

No hay paz en el pecado. Puede haber comodidad, popularidad, fama e incluso prosperidad, pero no hay paz. “La maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). No se puede sentir paz si se lleva una vida que no se halla en armonía con la verdad revelada. No hay paz en ser de ánimo cruel o contencioso. No hay paz en la vulgaridad, la promiscuidad ni el libertinaje. No hay paz en la adicción a las drogas, al alcohol ni a la pornografía. No hay paz en maltratar a los demás de forma alguna, ya sea emocional o físicamente, ni en el abuso sexual, pues quienes maltraten y abusen permanecerán en agitación mental y espiritual hasta que vengan a Cristo con toda humildad y busquen el perdón mediante el arrepentimiento completo.

Yo creo que, en uno u otro momento, todos anhelan “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). Tal paz para nuestros corazones apesadumbrados solo nos llega a medida que seguimos la luz de Cristo, la cual “a todo hombre se da… para que sepa discernir el bien del mal” (Moroni 7:16), y nos lleva a arrepentirnos de los pecados y a buscar el perdón.

“La paz os dejo”

Apenas horas antes de comenzar el glorioso y a la vez terrible proceso de la Expiación, el Señor Jesucristo hizo la siguiente promesa significativa a Sus apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27).

¿Les prometía a Sus amados compañeros la clase de paz que el mundo reconoce, a saber, la protección, la seguridad y la ausencia de contención o de tribulaciones? Ciertamente, las páginas de la historia indican lo contrario. Aquellos primeros apóstoles conocieron mucho en cuanto a las pruebas y las persecuciones durante el resto de su vida, razón probable por la cual el Señor agregó la siguiente aclaración a Su promesa: “… yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).

“Estas cosas os he hablado para que en  tengáis paz”, prosiguió. “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo” (Juan 16:33; cursiva agregada).

La paz —la verdadera paz que se siente hasta lo más profundo del alma— solo procede de la fe en el Señor Jesucristo y por medio de ella. Cuando se descubre esa preciada verdad y se entienden y se ponen en práctica los principios del Evangelio, puede derramarse una gran paz en el corazón y en el alma de los hijos de nuestro Padre Celestial. El Salvador dijo por conducto de José Smith: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (D. y C. 19:23).

Estoy agradecido por poder testificarles que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; al seguirlo con fe y confianza, todas las personas pueden hallar la dulce paz interior que nos ofrece el Evangelio.

 

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El Sacerdocio de Juan el Bautista

El Sacerdocio de Juan el Bautista

Por Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvement Era)

 En una de las reuniones de nuestro quorum, alguien preguntó: «¿Quién confirió el Sacerdocio Aarónico a Juan el Bautista?»

Investigándolo consiguientemente, descubrimos que fue ordenado por un ángel. También llegamos a la conclusión de que el padre de Juan tenía el oficio de Presbítero. Pero siendo que un Presbítero tiene autoridad para ordenar Diáconos, Maestros o Presbíteros en el Sacerdocio Aarónico, y que éste era el caso con su padre, ¿por qué no fue Juan ordenado por Zacarías, en lugar de serlo por un ángel?

No es la primera vez que se me formula esta pregunta, lo cual me extraña sobremanera, puesto que el Señor lo ha explicado perfectamente en una de Sus revelaciones modernas, diciendo:

“Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también;

«y continuó el sacerdocio menor, que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

«el cuál es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su ira hizo que continuara en la casa de Aarón entre los hijos de Israel hasta Juan, a quien Dios levantó, pues fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre.

«Porque se bautizó mientras estaba aún en su niñez, y cuando tenía ocho días de edad, el ángel de Dios lo ordenó para este poder, con el objeto de derribar el reino de los judíos y enderezar las sendas del Señor ante la faz de su pueblo, a fin de prepararlo para la venida del Señor, en cuya mano se halla todo poder.” (Doc. y Con. 84:25-28.)

El Señor se reservó el derecho de revelar el nombre de aquel ángel que ordenó a Juan. La razón por la que Zacarías no pudo ordenar a su hijo, fue que éste, Juan, debía recibir ciertas llaves de autoridad que el padre no poseía. Por lo tanto, esta autoridad especial tenía que ser conferida por un mensajero celestial, debidamente comisionado para ello. La ordenación de Juan no constituyó simplemente la concesión del Sacerdocio Aarónico que su padre poseía, sino también la otorgación de ciertos poderes esenciales y pertinentes a la época en que dicha autoridad había de «derribar el reino de los judíos y enderezar las vías del Señor». Más aún, había de preparar a los judíos y otros israelitas para la venida del Hijo de Dios. Esta gran autoridad requirió una ordenación especial, más allá de todo poder delegado a Zacarías o a cualquier otro sacerdote, y por lo tanto un ángel del Señor fue enviado para ministrar a Juan, «aún en su niñez.»

Nuestro problema consiste en que muchos de nosotros solemos llegar a ciertas conclusiones con respecto a determinadas materias o asuntos, sin conocer todos los hechos pertinentes a eventos específicos. Es evidente que una gran proporción de miembros de la Iglesia no se prepara mediante el estudio, la oración y la fe para entender muchas de las revelaciones que nos han sido dadas en estos últimos días. Esta carencia de entendimiento no es culpa del Señor, sino una falta del individuo.

No es mi intención señalar estas faltas, más simplemente indicar la necesidad de un estudio más cabal de la palabra revelada del Señor, mediante la oración sincera y la humildad de espíritu. Cuando sólo consideramos parte de los hechos, es fácil llegar a conclusiones incorrectas. Por consiguiente, los miembros de la Iglesia—y especialmente los que poseen el divino sacerdocio—deben ser más diligentes en sus estudios y en sus oraciones.

Ha sido específicamente revelado que Juan fue enviado para preparar el camino delante del Señor, enseñando el arrepentimiento y bautizando a las gentes antes de la inauguración del ministerio personal del Hijo de Dios. Esta debía ser una ordenación llevada a cabo por una autoridad superior a la de Zacarías o de cualquier otro Presbítero que le hubo precedido.

Cuando Juan el Bautista envió a sus mensajeros para que preguntaran a Jesús:

«¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?», el Salvador testificó de la grandeza de Juan, diciendo:

«¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña que es agitada por el viento?

«Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestidura preciosa y viven en deleites están en los palacios de los reyes.

«Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.

«Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.

«Porque os digo que, entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.» (Lucas 7:19,24-28.)

Comentando esta declaración, el profeta José Smith ha dicho:

«Primero: Le fue confiada [a Juan] una misión divina de preparar el camino delante de la faz del Señor. ¿Quién jamás ha recibido cargo semejante, antes o después? Nadie.

«Segundo: Se le confió, y le fue requerido efectuar la importante misión de bautizar al Hijo del Hombre. . . ¿Quién jamás llevó al Hijo del Hombre a las aguas del bautismo, y tuvo el privilegio de ver al Espíritu Santo descender en forma de paloma, o mejor dicho, en la señal de la paloma, como testimonio de esa administración? La señal de la paloma fue instituida desde antes de la creación del mundo como testimonio o testigo del Espíritu Santo, y el diablo no puede presentarse en la seña o señal de la paloma. . .

«Tercero: Teniendo las llaves del poder Juan era, en esa época, el único administrador legal de los asuntos del reino que entonces se hallaba sobre la tierra. Los judíos tenían que obedecer sus instrucciones, o ser condenados por su propia ley; y Cristo mismo cumplió con toda justicia observando la ley que Él había dado a Moisés en el monte, y de esta manera la magnificó y la honró en lugar de destruirla. El hijo de Zacarías arrebató las llaves, el reino, el poder y la gloria de los judíos, mediante la santa unción y el decreto de los cielos; y estas tres razones lo establecen como el profeta más grande que ha nacido de mujer.» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 338.)

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La Bendición de la Libertad

La Bendición de la Libertad

por Tad R. Callister
La Expiación Infinita

¿QUÉ ES LA LIBERTAD?

Nefi habló de una consecuencia más, otra bendición, que fluye de la fuente inagotable de la Expiación: «Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre» (2 Nefi 2:26). El élder James E. Talmage entendía que sin la Expiación no podía haber libertad: «Proclamamos que la expiación efectua­da por Jesucristo (…) es para todos los seres humanos; es el men­saje de liberación del pecado y de las penas que lo acompañan, el decreto de la libertad, la carta de la libertad».1 Como sucede con las demás bendiciones de la Expiación, esta no se encuentra ais­lada; complementa, suplementa a las demás y se solapa con ellas.

El poder de llegar a ser como Dios, la bendición culminante de la Expiación, está relacionada esencialmente con el poder de ser libre, puesto que, verdaderamente, el más libre de todos los seres es Dios mismo. El presidente David O. McKay observó que «Dios no podía hacer al hombre a su semejanza sin hacerlos li­bres». Y a continuación citó al Dr. Iverach, filósofo escocés, quien compartió esta interesante afirmación suplementaria: «Es una manifestación enorme de poder divino hacer a seres susceptibles de hacer ellos mismos, a su vez que seres incapaces de hacerlo, puesto que los primeros son hombres y los segundos marionetas y, a fin de cuentas, las marionetas no son más que objetos».2

Si la Expiación nos hace libres, entonces cabe preguntarse: «¿Qué significa ser libre?». Ser libre es ser como Dios. Los Dioses son los seres más libres de todos «porque todas las cosas les es­tarán sujetas (…) porque tendrán todo poder» (DyC 132:20). Actúan «por sí mismos» en lugar de «se actúe sobre ellos» (2 Nefi 2:26). Eso era lo que Alma intentaba decirnos acerca de Adán y Eva, que en algunos aspectos se volvieron «como dioses». ¿Y por qué? Porque conocían «el bien del mal», y estaban «en condicio­nes de actuar según su voluntad y placer» (Alma 12:31).

Las vidas de los dioses se mueven por un motor interno, y no por fuerzas externas. Su libertad emana del poder que tienen de actuar por voluntad propia sin cortapisas impuestas desde fuentes exteriores. No existe una fuerza exógena que controle su destino, ninguna limitación espiritual ni física que restrinja su expresión deseada. Si desean viajar a la velocidad del pensamiento, parece que pueden hacerlo. Si quieren comprender todo pensamiento de toda criatura viviente, lo hacen (quizá automáticamente). Los dioses actúan, no se actúa sobre ellos. Controlan todos y cada uno de los elementos en todas las esferas. No están sometidos a la enfermedad ni a las inclemencias del tiempo. Al contrario, todas las formas de vida, incluidos los elementos mismos, ceden rindiendo pleitesía a los dioses.

Las Escrituras revelan que «todas las cosas les [están] sujetas» y, por lo tanto, están «sobre todo» (DyC 132:20). Los dioses no viven al margen de las leyes, sino que por su obediencia han lle­gado a dominarlas a fin de emplearlas para cumplir sus designios.

La libertad se obtiene paso a paso en un proceso de sumisión obediente a la voluntad de Dios. Por consiguiente, cuanto más semejantes a Dios nos volvemos, más libres somos. La libertad y la divinidad son caminos paralelos; de hecho, son el mismo camino. Seguir leyendo

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Presentación de la nueva primera presidencia de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Presentación de la nueva primera presidencia de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

  • Russell M Nelson, Presidente y profeta de la Iglesia
  • Dallin H. Oaks, Primer consejero de la presidencia
  • Henry B. Eyring, Segundo consejero de la presidencia

Conferencia de Prensa de la Nueva Presidencia de la Iglesia 16/01/18

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Devocional mundial para jóvenes adultos – 14/01/18

Devocional mundial para jóvenes adultos – 14/01/18

El Élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce, y su esposa, la hermana Harriet Uchtdorf

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Servicios funerarios para el presidente Thomas S. Monson

 


Su hija Ann M. Dibb

Presidente Dieter F. Uchtdorf

Presidente Henry B. Eyring

Presidente Russell M. Nelson

El apóstol mayor, agradeció las muchas condolencias que han sido recibidas de parte de dignatarios y otras personas alrededor del mundo.

“Mi corazón se extiende hacia su familia y hacia todos aquellos que lamentan su fallecimiento. Hay millones de personas alrededor del mundo que comparten este sentimiento de pérdida”, dijo el Presidente Henry B. Eyring, quien sirvió como primer consejero de la Primera Presidencia bajo el Presidente Monson.

“Cuidar a otras personas fue algo que sucedió a menudo durante el ministerio del Presidente Monson”, dijo el Presidente Eyering. “El amor de Dios y el amor hacia los hijos de Dios, llenaba su vida. Ese amor comenzó temprana edad y permaneció en él hasta el final.

“Thomas S. Monson es realmente un gigante spiritual”, dijo el Presidente Dieter F. Uchtdorf, segundo consejero del Presidente Monson. “El Presidente Monson fue realmente un profeta para nuestro tiempo. Fue un hombre para todas las épocas.”

“En él abundada la sabiduría, la fe, el amor, la visión el testimonio, el coraje y la compasión — dirigiendo y sirviendo, nunca desde un pedestal sino siempre cara a cara. Él tenía un lugar especial en su corazón para los pobres y los necesitados”, dijo.

El Presidente Uchtdorf dijo que él y el Presidente Eyring recientemente visitaron al presidente en su hogar. El Presidente Monson nos detuvo y dijo, ‘Amo al Salvador Jesucristo. Y sé que Él me ama”. Qué tierno y poderoso testimonio de un profeta de Dios.”

“Estoy profundamente agradecida por mi padre y por el legado que ha creado – un legado de amor y servicio,” expresó su hija, Ann M. Dibb, quien habló en representación de la familia Monson. “Aunque era un profeta, mi padre sabía que no era perfecto. Con todo su corazón, él humildemente confió en el Señor y Salvador Jesucristo, y trató de ser como Él”.

La hermana Dibb expresó gratitud por las oraciones diarias que por 54 años han sido ofrecidas mientras su padre servía como apóstol y luego como el presidente de la Iglesia. A menudo ella estaba al lado de su padre, como se lo prometió a su madre, Frances, antes de su fallecimiento en 2013.

Ella continuó diciendo, “el Presidente Monson, simplemente al tartar de dar lo mejor de sí mismo, dejó un inolvidable legado de amor. Amó al Señor y amó a las personas. Él veía nuestro potencial y creía sinceramente en nuestra habilidad de cambiar y progresar gracias a la Expiación de Jesucristo.”

El Presidente Nelson dijo que el profeta deja un legado de crecimiento. Desde su ordenación como Apóstol en 1963, los miembros de la Iglesia han aumentado de 2.1 millones, a casi 16 millones.”

El Presidente Nelson también añadió que bajo el liderazgo del Presidente Monson, la fuerza misional ha crecido de 5.700 a más de 70.000 y el número de templos se ha elevado de 12 a 159 templos en operación, con otros en construcción o anunciados.

“No necesitamos ser el Presidente de la Iglesia para percatarnos de las necesidades de los demás, explicó la Hermana Dibb. “Al seguir las impresiones del Espíritu, nuestros simples actos de servicio también pueden ser respuestas a oraciones, y podemos extender este legado al servir a otros.”


Thomas Spencer Monson nació el 21 de agosto de 1927, el primer varón y segundo hijo de G. Spencer y Gladys Condie Monson. Se crio en la zona oeste de Salt Lake City. El presidente Monson es el primero en admitir que era un niño común y corriente.

El presidente Monson murió por causas incidentales a la edad el 2 de enero de 2018 en Salt Lake City a la edad de 90 años. Fue el decimosexto presidente en los 187 años de historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y se desempeñó como su presidente desde el 3 de febrero de 2008.

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Haciendo del Hogar un Cielo

Haciendo del Hogar un Cielo

Por LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Instructor)

Alguien ha dicho: “Cuando amamos, allí está el hogar—el hogar que nuestros pies pueden dejar, pero no nuestros corazones.”

Probablemente lo más importante para nosotros en esta vida, es preparar nuestros hogares a fin de que sean protegidos en la vida venidera. Esto significa que debemos hacer de ellos un cielo, aquí y ahora. Para poder realizar este objetivo, deben tenerse en cuenta ciertos elementos fundamentales.

Primero-, Si observamos, como padres, la admo­nición de Jesús de buscar primeramente el reino de Dios, contaremos entonces con Su promesa de que todas las demás cosas necesarias nos serán añadidas.

Para ello, marido y mujer deben estar unidos en todas las cosas espirituales, de manera que puedan orar juntos con sus hijos, noche y día; la madre podrá entonces decir a sus hijos: “Hagan como hace su padre,” destacándoles que así habrán de crecer y desarrollarse en la Iglesia, siendo que el padre está dándoles el ejemplo al magnificar su sacerdocio y dedicarse a sus deberes en la Iglesia. Todo joven quiere ser como su padre. La mayoría de los hogares desdichados, lo son por la carencia de unidad en las cosas espirituales por parte de los padres.

Segundo: El apóstol Pablo ha dicho:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? (2 Corintios 6:14.)

El Señor, al recomendar al pueblo de Israel, por medio de Moisés, que no permitiera el casamiento de sus hijos con los paganos, declaró:

“. . .No darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo.

“Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y  el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto.” (Deuteronomio 7:3-4.)

Frecuentemente podemos comprobar la veracidad estas sabias palabras. Cuando yo era niño, mi maes­tra en la Escuela Dominical se casó con un no creyente; más tarde, sus hijos fueron criados y educados fuera de la Iglesia. Esto siempre me apenó mucho, porque yo sentía un gran cariño por aquella maestra.

Cierta madre vino a mí comunicándome su pesar porque su hijo, mientras estuvo en el servicio militar, fuera del país, se enamoró de una muchacha que fin­gió cierto interés en la Iglesia hasta el día en que se – casaron; pero a partir de entonces, ha estado haciendo lo imposible por alejarlo de la Iglesia. Aunque él nunca fumó, ella le regaló para Navidad una pipa y una caja de tabaco.

En una de Sus revelaciones al profeta José Smith, tal como se encuentra en las Doctrinas y Convenios, el Señor dijo:

“Porque la inteligencia se adhiere a la inteligencia; la sabiduría recibe a la sabiduría; la verdad abraza a la verdad; la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz… (Doc. y Con. 88:40.)

Antes de casarse, los jóvenes deben conocerse muy bien entre sí, hasta saber si ambos poseen estas virtudes en común—entonces podrán anticipar la felicidad. Una joven hermosa, dulce y pulcra nunca podrá encontrar felicidad con un hombre inmundo; por eso, durante su noviazgo debe ser capaz de determinar si su feste­jante o novio es verdaderamente limpio.

Tercero: Cuando un hogar es edificado sobre nobles y sublimes ideales, llega a ser un cielo en la tierra. Y ésta debe ser la ambición de toda joven pareja que se una en los lazos del matrimonio—es­pecialmente cuando lo hacen por la eternidad en un templo sagrado del Señor. El hombre debe continuar cortejando a su esposa aún después del casamiento, y ésta tratar de complacer a su marido, conservándose a sí misma y a su hogar en una invariable condición de pulcritud y agradabilidad, a fin de que ambos puedan disfrutar cabalmente de su asociación, Todo hombre debe decir a su mujer, diariamente, que la ama.

Una hermana me dijo en cierta oportunidad: “Sí mi esposo sólo me dijera que lo que cocino para él le satisface o lo que hago para él y nuestros hijos le complace, yo sería la mujer más feliz del mundo; pero cuando le menciono algo al respecto, él me responde, ‘Si no estuviera complacido, te lo diría’ ”

Otra hermana me dijo que había dado a su esposo seis hijos—pero desde que nació el primero, él nunca volvió a decirle que la amaba.

Ningún hogar puede llegar a ser un cielo en la tierra, si median tamañas negligencias. Uno de nuestros himnos favoritos, nos ofrece la fórmula infalible:

“Oh, qué grato todo es cuando del hogar
El amor el lema es, siempre el amor
Paz allí se deja ver, con sonrisas por doquier,
Y sostén a todo ser, cuando hay amor
En cabaña gozo hay, cuando hay amor,
Vejaciones nunca hay, cuando hay amor.
Gratas flores por doquier, dan perfumes de primor,
Dulce cosa es vivir, cuando hay amor
En el cielo gozo hay, cuando hay amor,
Y  tristezas nunca hay, cuando hay amor.
Todo son alegre es, todo paz y lucidez,
Y contento Cristo es, cuando hay amor.

Todos los que sigan esta fórmula, podrán hacer de su hogar un cielo en la tierra.

Cuarto: Un autor desconocido escribió: “Felices las familias donde el gobierno de los padres constituye un reinado de afecto y la obediencia de los hijos es la sumisión del amor.”

Los hogares más felices que conozco, están edifi­cados sobre estos principios; y en ellos no ha habido nunca necesidad de escarmiento físico alguno para los hijos. Cuando éstos son jóvenes, pueden ser obli­gados a la obediencia mediante el castigo, pero in­dudablemente crecerán resentidos; sin embargo, cuan­do los hijos son gobernados mediante el amor y la bondad, puede considerárseles habitantes de un hogar celestial. No debe permitirse que los niños peleen entre ellos; los derechos de cada niño deben ser respetados. Y los padres tienen que evitar, a toda costa, la irritabilidad.

Para hacer de nuestros hogares un cielo en la tierra, necesitamos aquella ayuda que Jesús sugirió a los nefitas cuando les visitó:

“Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas o hijos.” (3 Nefi 18:21.)

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¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

Preguntas Contestadas por José Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Improvement Era)

Durante una de nuestras clases de estudio surgió el interrogante de que si la acción de matar por misericordia podría ser o no justificable. Contemplamos el caso de un anciano, aquejado por un mal que los médicos consideran incurable. Su médico de cabecera ha asegurado que podría prolongar su vida, aunque sólo para continuar sufriendo, y que en un corto plazo la muerte se producirá inevitablemente. ¿Se justificaría que a fin de terminar con el tormento físico del paciente, se procediera a quitarle la vida como un acto de misericordia? Si el médico diera su consentimiento para dar tal paso, ¿serían condenados en el día del juicio los que participen en dicha resolución?

Respuesta: La respuesta a este interrogante es simple. El quitar la vida humana fue ya condenado por el Señor en el principio, cuando Caín asesinó a su hermano Abel; como consecuencia de su terrible pecado, descendió sobre Caín un castigo mucho peor que la misma muerte. Y cuando más tarde Noé y su familia, saliendo del arca, pisaron nuevamente tierra firme, el Señor renovó Su mandamiento y dijo:

“El que derramare sangre de hombre, por el hom­bre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” (Génesis 9: 6.)

¿Quién tiene la sabiduría perfecta para decir que en casos de extrema enfermedad y sufrimiento, no existe esperanza alguna de recuperación? La historia nos dice que innumerables veces se ha repetido el caso de personas que, estando al parecer a punto de morir y sufriendo severos dolores, se han recuperado inexpli­cablemente. En pocas palabras, la respuesta a esta pregunta es que presumir que el tiempo de una persona ha terminado y que por lo tanto sería justificable matarla para evitar su sufrimiento, es una conclusión harto presumida. El mandamiento dado a Noé está en vigencia todavía y será parte de la ley divina mien­tras la humanidad toda no alcance la inmortalidad.

Este asunto de la eutanasia, o de matar “miseri­cordiosamente”, surge constantemente ante el caso de individuos que sufren grandes dolores o son afligidos por alguna seria deformación que les convertiría en una carga, no sólo para sí mismos sino para otros durante el resto de sus vidas. Las discusiones al respecto pare­cen no terminar nunca. En el año 1935 se propuso, ante la Casa de los Lores en Gran Bretaña y como un proyecto de ley, la legalización de la eutanasia. Este proyecto sugería permitir que la ciencia decidiera si habría de satisfacerse o no el deseo de los pacientes graves para que se les practicara una muerte indolora. En tal oportunidad, acerca de dicha ley presentada por Lord Ponsonby, líder laborista inglés, el Deseret News comentó lo siguiente:

En Inglaterra, como en otros países, se ha evidenciado durante los últimos años un creciente movimiento tendiente a legalizar la “muerte misericordiosa” para los enfermos incurables. Los varios “juicios misericordiosos” realizados en la Gran Bre­taña, han servido para aumentar el interés en dicho movimiento, y por más de un año la Sociedad por la Legalización de la Eutanasia, apoyada por médicos prominentes y caudillos reli­giosos, ha estado luchando por lo que ha dado en llamarse “la muerte fácil” en ciertos casos.

Habiendo confesado cierto médico inglés que quitó la vida de cinco enfermos incurables, sus colegas y los jurisconsultos han estado debatiendo acerca de que si es correcta o erróneo el terminar con el sufrimiento de las gentes condenadas de por vida por alguna tortura física que no desean seguir viviendo.

De acuerdo a los términos del proyecto, actualmente bajo consideración del Parlamento Británico, la ley sería ejercitada bajo los oficios de un árbitro designado por el Ministerio de Salud. Antes de que la vida del paciente pudiera ser quitada, debía obtenerse un permiso de dicho árbitro. Los alcances de dicha ley serían específicamente limitados a los casos de “males comprendiendo severos dolores o de incurable y fatal caracte­rística,”

El solicitante de la “muerte misericordiosa” deberá ser mayor de 21 años de edad y en pleno uso de sus facultades mentales. Su solicitud tiene que ser escrita de su puño y letra y atestiguada por dos médicos. En caso de ser concedida, la propuesta “muerte fácil” habría de ser administrada sólo por un profesional especialmente licenciado y en presencia de un testigo oficial.

Parece ser que la civilización quiere solucionar el interro­gante sin siquiera haberlo entendido. La conciencia común de la humanidad declara que es un pecado y un crimen el que una persona mate a otra. Pero también reconoce que la ley, sea que provenga de la voluntad del rey o la del pueblo, es la única agencia humana con cierto derecho a quitar la vida de un ser mortal.

La muerte que es operada por el estado, por un oficial de la ley o por un soldado en el campo de batalla, es actualmente la única considerada en cierto modo justificable. Por consiguiente, el homicidio es impune cuando está sancionado por la ley. No obstante, enfrentamos aún la ley del Monte Sinaí—No Matarás- cuyo amplio concepto colocará una maldición sobre cualquiera que quite la vida de un semejante.

En dicha ocasión, durante el debate acerca de la eutanasia en la Gran Bretaña, el Salt Lake Tribuno se adhirió también a la campaña condenatoria, y publicó lo siguiente:

En una civilización que ha alcanzado un cierto nivel de éxito en la compensación de las muchas deficiencias naturales, y en una sociedad que recién ha podido aprender el arte de prolongar la vida, resulta inconcebible que se fomente la práctica de matar deliberadamente. Más aún, el asunto de determinar si una específica enfermedad o un señalado defecto es incurable, resulta demasiado pretensioso; porque nada es absoluto. Dentro de muestro limitado conocimiento actual de la endocrinología, por ejemplo, muchos idiotas pueden ser curados si se les trata sin demora y siempre y cuando, por supuesto, la degeneración no sea hereditaria. Muchos estados y condiciones que hasta no hace mucho se consideraban in­curables, en la actualidad están siendo, si no curados, notable­mente mejorados. Antes del descubrimiento de la insulina, por ejemplo, la diabetes era considerada incurable. La misma anemia perniciosa sólo recientemente ha dejado de catalogarse como fatal.

Existen casos—admitimos—en que parecería humano extermi­nar una vida inútil. Pero la cuestión práctica es saber quién puede determinarlo por seguro. El sentimiento público, en general, no está aún preparado para permitir que ni siquiera un diestro y prominente profesional lo determine.

Recordemos que la vida de cada persona está en las manos del Señor. No se ha dado al ser humano el derecho de juzgar si un alma defectuosa debe o no permanecer en la vida mortal. Tampoco está en nosotros el decir cuándo una persona ha completado su vida probatoria. Nadie ha sufrido tan intensamente como el mismo Hijo de Dios—“padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19: 18-19.)

En conclusión, después de considerar cuidadosa­mente el asunto que nos ocupa, podemos decir que la conciencia de toda persona normal que sea culpable de un acto de tal naturaleza, será acosada por el re­mordimiento todos los días de su vida. Y en cuanto al sufrir alguna penalidad por ello, es algo que queda librado al juicio final.

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¡He ahí tu Madre…!

¡He ahí tu Madre…!

Por el presidente David O. McKay

Muy paco es lo que sabemos acerca de la  vida hogareña de Jesús, pero pienso que el Salvador nos ha dejado también un mensaje para el Día de la Madre, tal como para otras ocasiones y situaciones de nuestra vida.

Un artista renombrado pintó cierta vez un impresionante cuadro de María arrodillada al lado de una cuna, acariciando cariñosamente las manos de su Niño dormido. Suaves lágrimas brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas al meditar, anticipando el futuro, en las grandes responsabilidades que su Hijo habría de asumir y del enorme sacrificio que haría cuando alcan­zara la edad de su plenitud. Al pie del cuadro, se lee esta frase:

Y Una Espada Traspasará Su Costado.

El artista presenta a la madre recordando una profecía expresada cuando el Niño fue bendecido en el templo:

. . . He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha.

(Y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. (Lucas 2: 34-35.)

Cuando José y María regresaron de Egipto, se establecieron en Nazaret. En esta ciudad todavía puede verse un pequeño taller car­pintero. Los lugareños aseguran que fue allí donde Jesús, siendo joven, trabajó con José.

Durante los primeros años del Niño, José y María acostumbraban ir a Jerusalén y partici­par allí de la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús tenía doce años de edad, le llevaron con ellos a Jerusalén. Una vez terminadas las fes­tividades, se aprestaron para regresar al hogar. Pensando que Jesús estaría jugando con otros niños del grupo, Sus padres recorrieron cierta distancia sin percibir que Él no estaba en la compañía. Al cabo, no hallándole regresaron a Jerusalén y le buscaron. Finalmente, después de tres días de investigación, le encontraron en el templo, preguntando y respondiendo a las preguntas de los doctores y otros eruditos. No obstante, José y María le reprendieron. Su madre dijo:

. . . Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con an­gustia.

Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?

Más ellos no entendieron las palabras que les habló. (Ibid., 2: 48-50.)

Aunque ellos no comprendieron la respuesta, sabemos que al cabo los tres regresaron a Nazaret y que Jesús obedeció filialmente a José y María. El corazón de Su madre iba desbordando de orgullo a medida que notaba que El crecía en gracia y en conocimiento en las cosas de Dios.

Encontramos otro ejemplo de Su asociación familiar, en el relato de las bodas de Caná, en Galilea. Tanto Jesús— ahora un hombre—como Su madre, estaban presentes en aquella ocasión. María, preocupada porque los invitados, al igual que los novios, estaban desconcertados por la escasez de refrescos, fue entonces a Jesús y le dijo:

… No tienen vino.

Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. (El término “mujer” en este caso, fue utili­zado en sentido cariñoso.)

Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. (Juan 2: 3-5.)

Podemos fácilmente imaginar no sólo la admiración, sino también la confianza que esta mujer sentía hacia su hijo.

También encontramos a María en Jerusalén, en oportunidad de la última cena. Junto con otras mujeres ella estaba indudablemente presente en el cuarto conti­guo a aquél en que Jesús lavó los pies de Sus discípulos y desde donde Judas se retiró esa noche para traicionar a su Señor. Es innegable que ella estuvo al tanto de las consecuencias de dicha traición, y aun presente durante los juicios consiguientes ante Agripa y He­redes. Aunque muchos de Sus seguidores se dispersa­ron, María permaneció al pie de la cruz hasta el final. Jesús, viéndola junto a Su amado discípulo Juan, le dijo:

Mujer (aquí el término es otra vez utilizado cariñosamente), he ahí tu hijo.

Y luego, dirigiéndose a Juan, declaró: . . . He ahí tu madre

El Día de la Madre nos provee una ocasión para contemplar los sublimes y aun divinos atributos de las madres. La verdadera madre, en su alto y sagrado oficio, está más cerca del Creador que cualquier otro ser racional.

Es realmente importante para la gente joven- madres y padre futuros—comprender que la inteligente edificación de un hogar comienza ya en la propia edad temprana de la pubertad. Con frecuencia, la salud de los hijos depende de las acciones de sus padres aún antes del casamiento. Tanto en los púlpitos como en la prensa, y particularmente en los hogares, debe proclamarse con más constancia la verdad de que en su juventud, nuestros muchachos y niñas están ya colocando los cimientos para su futura felicidad o miseria. Particularmente los hombres jóvenes, deben prepararse para la responsabilidad de la paternidad conservándose físicamente limpios y moralmente aptos. Nunca será feliz aquél que en su pasado ha sido un cobarde o un engañador. La propia felicidad futura de su esposa y sus hijos, dependerá de su vida juvenil.

Enseñemos también a nuestras jóvenes que la ma­ternidad es divina; porque cuando nos referimos a la parte creativa de nuestra vida, entramos en los dominios de la divinidad. Es importante, entonces, que toda mu­jer joven comprenda la necesidad de mantener su cuer­po limpio y puro, a fin de que sus hijos puedan venir al mundo libres de todo pecado y enfermedad. Un nacimiento normal y la herencia de un carácter noble, constituyen las más grandes bendiciones de la niñez. Ninguna mujer tiene el derecho de encadenar a su hijo en la vida por algo que en su juventud parezca ser siquiera un pasatiempo placentero. No podemos envenenar el manantial de la vida y esperar a la vez que sus afluencias sean puras. María fue escogida para ser la madre de Jesús, precisamente porque era una virgen.

Tal como en otras fases de la vida, el Salvador estableció un ejemplo ideal en cuanto a la relación de los hijos con sus padres. Si los hijos verdaderamente aman a sus padres, tratarán de emular sus virtudes- virtudes que en el caso de José y María las Escrituras no destacan debidamente, pero que sin lugar a dudas se manifestaron en la vida de Jesús:

  1. Su pureza.
  2. Su nobleza y benignidad que, ya en la juventud, engendró admiración y confianza—una confianza in­variable, como la que Su madre tenía en El.
  3. Amor eterno—un amor tan supremo, que le hizo capaz de enfrentar la muerte sin vacilar.
  4. Finalmente, Su constante sentido de la respon­sabilidad que hizo que como hijo contribuyera a la felicidad de Sus padres.

Con sinceridad en nuestros corazones, oremos para que Dios bendiga al mundo con madres inteligentes, amorosas y devotas que puedan inspirar en el corazón de sus hijos el amor a la verdad y a la justicia; y para que bendiga también a los hijos con el sincero deseo y la fuerza que les haga traer satisfacción, meritorio or­gullo y contentamiento a las almas de dichas madres.

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Thomas S. Monson – Citas inspiradas

“Ustedes pueden lograr lo que crean que pueden lograr. Confíen, crean y tengan fe.


“…Cuando recordemos los convenios que hemos hecho en el Templo, seremos más capaces de soportar toda prueba y superar cada tentación.”


«La mayor felicidad en la vida vendrá como resultado de seguir los mandamientos de Dios y obedecer Sus leyes.»


“…Mantengamos el valor de desafiar la opinión general; que escojamos el difícil bien en lugar del fácil mal.”


“… a fin de obtener y mantener la fe que necesitamos, es esencial que leamos, estudiemos y meditemos las Escrituras”.


«Un hombre sin un propósito es como un barco sin timón, un nada, un don nadie. Tener un propósito en la vida le da tanta fuerza a tu mente y a tus músculos como el propósito que Dios tiene para ti.»


Recuerden quiénes son y lo que Dios espera que lleguen a ser. Ustedes son hijos de la promesa, hombres investidos con poder.


“… imploro que cada día todos estudiemos y meditemos en el Libro de Mormón con espíritu de oración.”


“…si no somos bondadosos con los demás, no honramos el sacerdocio de Dios.”


No habrá mañanas que recordar si no hacemos algo hoy, y a fin de vivir hoy más plenamente, debemos hacer lo que es de mayor importancia.


Al seguir el ejemplo del Salvador y vivir como Él vivió y enseñó, esa luz arderá en nosotros e iluminará el camino para los demás.


Tantas cosas en la vida dependen de nuestra actitud. La forma en que escogemos ver las cosas y respondemos a los demás marca toda la diferencia.


Si no están leyendo el Libro de Mormón todos los días, por favor háganlo.


El lenguaje profano, vulgar o soez, y los chistes inapropiados o indecentes son ofensivos para el Señor.


“…No digan ni hagan nada de lo que no puedan sentirse orgullosos.”


Les afirmo que las decisiones determinan el destino; ustedes no pueden tomar decisiones eternas sin que tengan consecuencias eternas.


“Escoge a quien amar; ama a quien escojas”.


Un día, a todos se nos acabarán los mañanas. No demoremos lo que es más importante.


Recuerden que la fe y la duda no pueden existir en la misma mente al mismo tiempo, pues una disipa a la otra.


Alguien ha dicho que el sentir gratitud y no expresarla es como envolver un regalo y no obsequiarlo.


Tenéis un legado: Honradlo. Te encuentras con el pecado: Evítadlo. Tienes la verdad: Vivila. Tenéis un testimonio: Compartelo.


Sean de buen ánimo. El futuro es tan brillante como su fe.


Debemos desarrollar la capacidad de ver a los hombres no como lo que son ahora, sino como lo que pueden llegar a ser.


Para comprender el significado de la muerte, debemos entender el propósito de la vida.


Nunca permitan que el problema que se tenga que resolver llegue a ser más importante que la persona a la que se tenga que amar.


“No puedes hacer bien haciendo lo malo ni puedes hacer mal haciendo lo bueno”


“El enojo no resuelve nada ni edifica nada, pero puede destruirlo todo” .


No hay niebla que sea tan espesa, noche que sea tan oscura, tempestades tan furiosas, ni marinos tan perdidos que la luz de su faro no pueda iluminar, calmar y rescatar.


Las decisiones sí determinan nuestro destino.


Debido a que Él vino, nuestra existencia mortal tiene sentido.


La Navidad es la época en que más nos damos cuenta de que cuanto más amor demos, más amor habrá para los demás.


Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido. No es suficiente creer en Él; es necesario que aprendamos, que escudriñemos y oremos, que nos arrepintamos y mejoremos.


Somos bendecidos por tener la verdad, y tenemos el mandato de compartir la verdad.


 

 

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Presidente Thomas S. Monson

Se anuncian los preparativos para el servicio fúnebre del Presidente Thomas S. Monson 

Los servicios funerarios para el presidente Thomas S. Monson, líder de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, se llevarán a cabo en el Centro de Conferencias en Temple Square el viernes 12 de enero de 2018 a las 12:00 p.m. MST. El servicio funerario estará abierto al público de 8 años en adelante. El jueves, de 9:00 a.m. a 8:00 p.m., tendrá lugar una visita abierta a todas las edades en el Centro de conferencias.

El presidente Monson murió por causas naturales de la edad el 2 de enero de 2018 en Salt Lake City a la edad de 90 años. En los 187 años de historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días fue su decimosexto presidente y se desempeñó como tal desde el 3 de febrero del 2008.

Aquellos que asisten a los servicios funerarios en el Centro de Conferencias (con capacidad para 21,000 personas) deben estar en sus asientos a más tardar a las 11:30 a.m. Los asientos están disponibles y se atienden por orden de llegada. Se ofrecerán asientos adicionales con visualización en pantalla grande de los acontecimientos en el Tabernacle adyacente, el Salón de Asambleas y el Centro de Conferencias.

Thomas S. Monson, Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, falleció el 2 de enero de 2018, a la edad de 90 años.

4 octubre 1963 — Es sostenido como miembro del Quórum de los Doce.

El jueves 16 de octubre de 1963, Thomas Spencer Monson, de 36 años, se puso de pie ante el púlpito del Tabernáculo de Salt Lake en la conferencia general. Recién llamado a toda una vida de servicio como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, el más joven en 53 años, dio su testimonio diciendo: “Sé que Dios vive, mis hermanos y hermanas. No tengo ninguna duda. Sé que ésta es Su obra”.

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¿Qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer?

¿Qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer?

Por el élder Stanley G. Ellis
De los Setenta

Para recibir una respuesta, no tenemos por qué buscar más allá de los profetas, de las Escrituras y del Salvador.
Abraham partió de su tierra natal hacia una nueva tierra de herencia sin saber dónde estaba ubicada. Actuó movido por la fe y, como resultado, llegó a “la tierra prometida”.

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción aun cuando nos falte un conocimiento perfecto.

Nefi, después de que él y sus hermanos habían fracasado varias veces en su intento por conseguir las planchas de bronce que tenía Labán, se puso en camino para intentarlo por última vez “sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6).

A través de las épocas, muchos profetas han enfrentado un desafío similar al tener que actuar por la fe. Adán recibió el mandamiento de ofrecer sacrificios sin saber por qué (véase Moisés 5:5–6). Abraham partió de su tierra natal hacia una nueva tierra de herencia sin saber dónde estaba ubicada (véase Hebreos 11:8Abraham 2:3, 6). Pablo viajó hasta Jerusalén sin saber qué le pasaría cuando llegara (véase Hechos 20:22). José Smith se arrodilló en una arboleda sin saber a qué Iglesia debía afiliarse (véase José Smith—History 1:19).

También nosotros podemos encontrarnos en situaciones que nos exijan entrar en acción sin saber qué debemos hacer. Felizmente, las experiencias mencionadas nos enseñan diferentes maneras de seguir adelante a pesar de la incertidumbre.

Nefi exhortó a sus hermanos a que fueran fieles en guardar los mandamientos del Señor (véase 1 Nefi 4:1); luego actuó guiado por esa fe: entró “furtivamente en la ciudad” y se dirigió “a la casa de Labán”, “e iba guiado por el Espíritu” (1 Nefi 4:5–17). Y el Espíritu le dijo no sólo lo que tenía que hacer, sino también por qué era importante que lo hiciera (véase 1 Nefi 4:12–14).

Adán respondió siendo “obediente a los mandamientos del Señor” (Moisés 5:5). Abraham actuó movido por la fe y, como resultado llegó a “la tierra prometida” (Hebreos 11:9). Pablo decidió no temer a las “prisiones y tribulaciones”, sino llegar al fin del “ministerio que recibi[ó] del Señor Jesús” (Hechos 20:23–24). José Smith meditó sobre las Escrituras y tomó la determinación de seguir la exhortación de “pedir a Dios” (José Smith—Historia 1:13).

Tenemos la responsabilidad de entrar en acción

En las Escrituras se nos advierte que el no saber qué hacer no es excusa para no hacer nada. Nefi, que deseaba “conocer las cosas que [su] padre había visto”, reflexionó sobre ellas y fue “arrebatado en el Espíritu del Señor” (1 Nefi 11:1). Entretanto, Lamán y Lemuel pasaron el tiempo “disputando entre sí concerniente a las cosas que [Lehi] les había hablado” (1 Nefi 15:2).

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción, aun cuando haya algunas cosas que tal vez nunca lleguemos a saber en esta vida. Una de ellas es el momento de Su Segunda Venida, de lo cual Él dijo: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42). Al referirse a esa incertidumbre, el presidente Wilford Woodruff (1807–1898) aconsejó a los miembros de la Iglesia a prepararse, pero afirmó que él todavía iba a continuar plantando cerezos1.

“Cuando vives dignamente y lo que has elegido está de acuerdo con las enseñanzas del Salvador y necesitas actuar, sigue adelante con confianza”, dijo el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles. Si somos sensibles a la inspiración del Espíritu, agregó, “recibirás el estupor de pensamiento que te indicará que lo que has escogido no es correcto, o sentirás paz o que tu pecho arde confirmándote que tu elección ha sido correcta [véase D. y C. 9:8–9]. Cuando tú vives con rectitud y actúas con confianza, Dios no permitirá que sigas adelante por mucho tiempo sin hacerte sentir la impresión de que has hecho una mala decisión”2.

Probemos al Señor

Dos experiencias que tuve, en casos en que no estaba seguro de lo que debía hacer, ilustran la importancia de obedecer los mandamientos y de seguir a los profetas vivientes. Cuando estaba en el colegio universitario, me quedé sin fondos, así que busqué un trabajo de tiempo parcial. Al recibir el primer cheque, no sabía si el dinero me iba a alcanzar hasta el próximo pago; pero recordé la promesa del Señor con respecto al diezmo: “…probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición…” (Malaquías 3:10).

Decidí probar al Señor; pagué primero el diezmo y Él me bendijo con lo necesario; y en el proceso aprendí a confiar en Sus promesas.

Años después, cuando mi esposa y yo teníamos niños pequeños y yo estaba comenzando en una carrera nueva, mi empleador cambió el plan de seguro médico; el que teníamos terminaba el 1º de junio y el nuevo no empezaba hasta el 1º de julio, lo cual nos dejaba un mes entero sin seguro. No sabíamos qué hacer, pero entonces recordé un discurso que había dado el presidente N. Eldon Tanner (1898–1982) en el cual aconsejaba a los miembros de la Iglesia que siempre tuvieran un seguro de salud3.

Hablé con la compañía y negocié un contrato para seguir con el seguro durante todo junio. El 28 de ese mes Matt, nuestro hijo mayor, se cayó del trampolín en la piscina de nuestro vecindario y se golpeó la cabeza contra el cemento, lo que le produjo una fractura de cráneo y conmoción cerebral. De inmediato lo llevaron en helicóptero al hospital donde los especialistas lo trataron; el costo fue astronómico y nos habría arruinado económicamente, pero felizmente el seguro de salud pagó la mayor parte del tratamiento.

¿Qué debemos hacer?

Así que, ¿qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer? Para recibir una respuesta, no tenemos por qué buscar más allá de los profetas, de las Escrituras y del Salvador. Esas invalorables fuentes nos enseñan a:

  1. Buscar las respuestas por medio del estudio y de la oración.
  2. Obedecer los mandamientos.
  3. Confiar en el Señor y en Sus promesas.
  4. Seguir al Profeta.
  5. Seguir adelante con fe, no con temor.
  6. Llevar a cabo nuestra misión.

Y en cada uno de esos pasos, sigamos el consejo del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles: “Siempre, siempre sigan la inspiración del Espíritu”4.

Notas

1. Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 257.
2. Richard G. Scott, “Utilizar el don supremo de la oración”, Liahona, mayo de 2007, pág. 10.
3. Véase N. Eldon Tanner, “Constancy amid Change”, Ensign, Feb. 1982, pág. 46.
4. Boyd K. Packer, “La Restauración”, Primera Reunión mundial de capacitación de líderes, 11 de enero de 2003, pág. 3.

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Resolvamos los problemas emocionales a la manera del Señor

Resolvamos los problemas emocionales a la manera del Señor

Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

El principio de la autosuficiencia o independencia personal es fundamental para una vida feliz.

Este artículo fue tomado de un discurso de conferencia general pronunciado en abril de 1978. Se modificó la puntuación y se agregaron los subtítulos. El texto completo [en inglés] se encuentra en: liahona.lds.org.

Nuestros obispos reciben cada vez más llamadas para aconsejar a miembros con problemas que se relacionan más con el aspecto emocional que con la necesidad de alimento, ropa o vivienda.

Mi mensaje, por lo tanto, es sobre el tema de resolver los problemas emocionales a la manera del Señor.

Felizmente, los principios de bienestar temporal se aplican también a ese tipo de problemas…

Los principios de autosuficiencia

El manual de bienestar enseña: “[Los líderes] enseñarán e impulsarán a los miembros para que se sostengan hasta el máximo grado de su capacidad. Ningún Santo de los Últimos Días fiel tratará de deshacerse voluntariamente de la carga de su propio sustento; hasta donde sus fuerzas lo permitan, con la inspiración del Todopoderoso y con su propia labor, aportará para sí las cosas indispensables de la vida…” (véase Manual de los Servicios de Bienestar, 1952, pág. 2).

Hemos tenido bastante éxito en enseñar a los Santos de los Últimos Días que deben cuidar de sus propias necesidades materiales, y luego contribuir al bienestar de aquellos que no pueden proveer para sí.

Si un miembro no puede sostenerse, entonces debe pedir ayuda a su familia, y después a la Iglesia, en ese orden…

Cuando las personas tienen la capacidad de cuidar de sí mismas pero no están dispuestas a hacerlo, debemos emplear el dictado del Señor de que el ocioso no comerá el pan del trabajador (véase D. y C. 42:42).

La sencilla regla ha sido que debemos cuidarnos nosotros mismos. Este versito que expone una verdad ha servido de modelo: “De lo que tengas come, arréglate con lo que dispones; úsalo y hazlo rendir o de ello puedes prescindir”.

En 1936, cuando se anunció por primera vez el programa de bienestar de la Iglesia, la Primera Presidencia dijo lo siguiente:

“…El propósito de la Iglesia es ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas…” (en “Conference Report”, octubre de 1936, pág. 3; cursiva agregada).

Éste es un sistema de ayuda propia, no de dádivas rápidas, y requiere un cuidadoso inventario de todos los recursos personales y familiares a los que se debe recurrir antes de recibir nada de fuentes externas.

El obispo que requiera a un miembro que trabaje hasta donde le sea posible por lo que reciba del bienestar de la Iglesia no es malo ni insensible.

Por otra parte, ningún miembro que reciba ayuda de la Iglesia debe sentir la más mínima vergüenza por ello, es decir, siempre que haya contribuido de su parte con todo lo posible…

La esencia de lo que quiero decir es: El mismo principio de autosuficiencia se aplica al aspecto espiritual y al emocional…

A menos que tengamos cuidado, estamos a punto de hacernos nosotros mismos en lo emocional y, por lo tanto, en lo espiritual, lo que durante generaciones hemos tratado con tanto empeño de evitar en el sentido material.

Los consejos

Parece que estamos desarrollando una epidemia de “consejitis”, que consume la fortaleza espiritual de la Iglesia lo mismo que el resfriado común consume la fuerza de la humanidad más que cualquier otra plaga…

Hablando en sentido figurado, hay muchos obispos que tienen un buen aprovisionamiento de “formularios” para dar ayuda emocional.

Cuando alguien llega con un problema, lamentablemente el obispo los reparte sin vacilar, sin detenerse a pensar en el efecto que eso pueda tener en su gente…

La independencia espiritual y la autosuficiencia son una fuerza sustentadora en la Iglesia; si privamos de eso a los miembros, ¿cómo pueden obtener revelación para sí? ¿Cómo sabrán que hay un Profeta de Dios? ¿Cómo recibirán respuesta a sus oraciones? ¿Cómo sabrán ellos mismos, con seguridad, lo que quieran saber?…

La aplicación de este principio a la familia

…El padre tiene la responsabilidad de presidir a su familia.

A veces, y con toda buena intención, es tanto lo que se exige de los hijos y del padre que éste no puede cumplir bien esa responsabilidad.

Obispo, si mi hijo necesita consejo, ésa debe ser mi responsabilidad en primer lugar, y en segundo la suya.

Obispo, si a mi hijo le hace falta entretenimiento, en primer lugar debo ser yo quien se lo proporcione, y usted en segundo.

Si mi hijo necesita que se le corrija, yo soy quien tiene primeramente esa responsabilidad, y usted en segundo lugar.

Si yo estoy fracasando como padre, ayúdeme a mí primero, y después a mis hijos.

No se apresure a sacarme de las manos la tarea de criar a mis hijos.

No se apresure a aconsejarlos y resolver todos sus problemas; déjeme tomar parte en el asunto. Ése es mi ministerio.

Vivimos en una época en que el adversario hace destacar en todo la filosofía de la satisfacción instantánea de los deseos. Parece que lo queremos todo instantáneamente, incluso soluciones instantáneas a nuestros problemas…

Se dispuso que la vida tenía que ser un desafío. Es normal sufrir algo de ansiedad, depresión, desilusión e incluso algún fracaso.

Enseñen a nuestros miembros que si de vez en cuando tienen un día bien desdichado, o varios consecutivos, los enfrenten con firmeza. Las cosas se arreglarán.

Existe un gran propósito en la lucha que tenemos en la vida.

El principio de la autosuficiencia o independencia personal es fundamental para una vida feliz.

 

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Estudiemos la obra de la Sociedad de Socorro

Estudiemos la obra de la Sociedad de Socorro

Por Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

El primer domingo del mes, la presidencia de la Sociedad de Socorro nos dirige en análisis sobre lo que debemos hacer para cumplir nuestras responsabilidades sagradas como hermanas que somos.

Cuando nuestra presidencia recibió el llamamiento, nos dieron materiales sobre la historia de la Sociedad de Socorro, datos que se habían reunido a través de los años; los estudiamos, orando al respecto, para saber el propósito de la Sociedad de Socorro y qué esperaba el Señor de nosotros durante nuestra administración.

Al estudiar esa historia con detenimiento, aprendimos que el propósito de la Sociedad de Socorro establecida por el Señor es organizar, enseñar e inspirar a Sus hijas a fin de prepararlas para las bendiciones de la vida eterna. Esta Sociedad se aplica a todos los aspectos de la vida de una mujer Santo de los Últimos Días; se enseña y se inspira a las hermanas por medio de las maestras visitantes, del servicio y de las reuniones de la Sociedad de Socorro. Cada domingo, la meta de la Sociedad de Socorro es estudiar la doctrina y los principios que nos ayudarán a lograr nuestros propósitos. Como resultado de nuestras lecciones dominicales, las hermanas deben ser capaces de vivir el Evangelio con mayor convicción en familia y en su hogar.

El primer domingo es diferente

El segundo, tercero y cuarto domingos del mes estudiamos Principios del Evangelio y enseñanzas de la conferencia general, respectivamente, como forma de guiarnos hacia las bendiciones de la vida eterna. Pero el primer domingo, un miembro de la presidencia de la Sociedad de Socorro nos instruye y dirige los análisis para enseñarnos a cumplir nuestras responsabilidades sagradas como miembros de la Sociedad de Socorro.

Por ser mujeres Santos de los Últimos Días, tenemos el evangelio restaurado de Jesucristo y un testimonio del plan de salvación, y somos responsables de la mitad de ese plan que corresponde a la mujer; no podemos delegar nuestra parte a otras personas, pues tenemos ante el Señor la responsabilidad de atender a nuestros deberes. Y el primer domingo del mes es el tiempo que el Señor nos otorga a las hermanas de la Sociedad de Socorro para que aprendamos a cumplir nuestras responsabilidades.

Espero que utilicemos ese regalo de tiempo para cumplir las tres responsabilidades que tenemos de por vida como miembros de la Sociedad de Socorro: (1) aumentar la fe y la rectitud, (2) fortalecer a las familias y los hogares, y (3) ir en busca de los necesitados y prestarles ayuda.

Espero que recurramos a las Escrituras y a las fuentes de recursos aprobadas por la Iglesia para buscar ejemplos, principios y doctrinas que nos ayuden a cumplir esas responsabilidades y a aprender cómo enfrentar las dificultades de los últimos días. A Emma Hale Smith, la primera presidenta de la Sociedad de Socorro, se le dijo que debía “explicar las Escrituras y… exhortar a la iglesia, de acuerdo con lo que te indique mi Espíritu” (D. y C. 25:7). Y nosotras podemos seguir su ejemplo.

Si yo fuera a hacer eso en una reunión de la Sociedad de Socorro del primer domingo, empezaría por orar para decidir qué deberíamos aprender, y después escudriñaría las Escrituras para descubrir qué se enseña en ellas sobre ese tema. Aprendería también lo que los profetas y otros líderes de la Iglesia hayan enseñado al respecto. Luego suplicaría la guía del Espíritu y escribiría algunas preguntas para analizar mientras estudiamos juntas ese domingo. Lo haría con la esperanza de que las hermanas volvieran a casa fortalecidas y emplearan ese modelo para estudiar en el hogar y para enseñar a su familia.

El aumento de la fe y de la rectitud

Mi abuela Isabelle Bawden Bangerter tenía la reputación de ser una mujer de gran fe; la había adquirido de niña y se había esforzado por aumentarla durante toda su vida. Había enseñado muchos años en la Sociedad de Socorro y las hermanas la consideraban una teóloga, una mujer que conocía bien el Evangelio y que podía enseñarlo con las Escrituras. Cuando murió, a los noventa y siete años, todavía estaba estudiándolas. La abuela Bangerter tenía confianza en sus funciones y responsabilidades eternas. Un día, siendo yo una joven madre, le pregunté si sería posible criar a una posteridad con rectitud en medio de un mundo lleno de iniquidad. Ella se irguió y, señalándome con el dedo, me dijo enfáticamente: “¡Sí! ¡Debes hacerlo! ¡Esa es la razón por la que estás aquí!”. Esa enseñanza me inspiró a tener mayor determinación en cuanto a mis responsabilidades y a enfrentar la vida con más fe. Es posible tener todas las semanas en la Sociedad de Socorro ese tipo de enseñanza directa e inspirada.

Con frecuencia, las hermanas se preguntan cómo vivir llenas de fe a través de las experiencias de esta vida terrenal. El primer domingo del mes nos da la oportunidad de combinar esa fe que existe en toda Sociedad de Socorro. La sabiduría de todas las presentes puede contribuir a contestar las preguntas o dudas que se expresen y proporcionar respuestas inspiradas.

A continuación hay otros ejemplos de lo que podríamos estudiar ese primer domingo para ayudarnos a aumentar nuestra fe y rectitud:

  • Cómo hacer convenios y guardarlos.
  • Cómo hacerse digna de una recomendación para el templo y la adoración en los templos.
  • Cómo ser merecedora de recibir la influencia del Espíritu Santo; cómo reconocerla y seguirla.
  • Cómo enseñar y defender el evangelio de Jesucristo.
  • Debemos orar con sinceridad, tanto a solas como en familia.
  • La importancia de efectuar la noche de hogar.
  • Cómo implementar los principios de autosuficiencia y vida providente.

El fortalecimiento de las familias y los hogares

Cuando yo era joven, teníamos en la Sociedad de Socorro una clase de educación para madres una vez por mes. A pesar de haber tenido una madre maravillosa y capaz, todavía aprendí a ser una mejor madre y a mejorar mi hogar con las maestras de la Sociedad de Socorro. Aprendimos principios y habilidades del ser ama de casa y aprendimos a ser mejores madres y a fortalecer nuestro matrimonio.

Muchas veces las madres jóvenes me preguntan si podríamos tener de nuevo una clase de educación para las madres en la Sociedad de Socorro. Mi respuesta es sí. El primer domingo del mes podemos aprender a apoyar, educar y proteger a la familia.

A continuación hay ejemplos de lo que podríamos estudiar el primer domingo para ayudarnos a fortalecer a la familia y el hogar:

  • Cómo llegar a entender y defender las funciones divinas de la mujer.
  • Cómo acoger las bendiciones del sacerdocio.
  • La formación de una familia eterna.
  • Cómo mantener fuerte nuestro matrimonio.
  • El dar a luz y criar a los hijos.
  • Expresar amor por los miembros de la familia y enseñarles.
  • El aceptar la responsabilidad de preparar a una nueva generación justa de Santos de los Últimos Días.
  • Cómo se conoce, se vive y se defiende la doctrina de la familia.
  • Cómo se busca a los familiares que han muerto y llevar a cabo por ellos las ordenanzas del templo.

Ir en busca de los necesitados y prestarles ayuda

Las lecciones del primer domingo nos dan la oportunidad de fortalecernos mutuamente y de encontrar respuesta a las dificultades de la vida. En todo momento, hay muchas de las hermanas de la Sociedad de Socorro que están pasando por pruebas y desilusiones. El presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, ha dicho que toda Sociedad de Socorro de barrio es “una hermandad sin fronteras”. Y agregó:

“Toda hermana, sea cual sea el grupo al que pertenezca, puede mirar a su alrededor y percibir el espíritu de inspiración que vuelve a ella mientras extiende una mano gentil de caridad hacia aquellas que la rodean…

“Ustedes prestarán servicio a su organización, a su causa —la Sociedad de Socorro—, este gran grupo de hermanas. Todas sus necesidades se verán satisfechas, ahora y en la eternidad; toda negligencia quedará borrada, todo abuso se corregirá. Pueden recibir todo eso, y recibirlo pronto, si se dedican a la Sociedad de Socorro”1.

He comprobado que las hermanas de toda Sociedad de Socorro de barrio tienen la capacidad de darse unas a otras el apoyo que les haga falta. Si buscamos y recibimos la ayuda del Espíritu Santo, esos círculos de hermanas pueden proporcionarnos todas las respuestas.

Tenemos la responsabilidad de prestar socorro: socorro de la pobreza, de la enfermedad, de la duda, de la ignorancia y de todo lo que pueda impedir el gozo y el progreso de la mujer. La Sociedad de Socorro siempre se ha ocupado de brindar auxilio a los demás.

Sabemos que, por vivir en los últimos días, como personas y familias enfrentamos muchas dificultades, entre ellas abuso, adicciones, apatía, deudas, depresión, desobediencia, desempleo, desintegración de la familia, enfermedades, persecución, pobreza y violencia. Nos hace pensar en lo que el apóstol Pablo profetizó en 2 Timoteo 3:1–7, 13. No obstante, no debemos temer: tenemos el evangelio de Jesucristo. El apóstol Pablo también nos dio la solución:

“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido;

“y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.

“Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:14–16).

El primer domingo, un miembro de la presidencia de la Sociedad de Socorro tiene la oportunidad de personalizar la obra de esta Sociedad; puede concentrarse en las obras de caridad como solución para determinadas necesidades del barrio o de la rama; o capacitar a las hermanas para ser maestras visitantes que se ocupen de prestar ayuda a los demás cuando vean que hace falta. Y, cuando sea necesario, puede dar asignaciones para ayudar a determinadas personas.

La forma de utilizar el primer domingo

Creo que si las líderes de la Sociedad de Socorro buscan la ayuda del Espíritu Santo, recibirán la inspiración para saber qué deben estudiar y enseñar en su reunión del primer domingo. Sé que la obra del Señor seguirá avanzando por la tierra y que prosperará, en gran parte, debido a que las buenas hermanas de la Iglesia harán todo lo posible por adelantarla, primero en su propio hogar y con su familia y luego en los demás círculos de amistades y conocidos que frecuenten.

Las bendiciones del templo

Debemos “hacer todo lo que sea necesario para recibirlas [las bendiciones del templo] …

“… vayamos al templo a sellar eternamente a nuestra familia; regresemos al templo con la frecuencia que las circunstancias nos lo permitan; demos a nuestros antepasados fallecidos la oportunidad de recibir las ordenanzas de la exaltación; disfrutemos de la fortaleza espiritual y de la revelación que recibimos al asistir al templo con regularidad; seamos fieles y hagamos convenios en el templo y cumplamos con ellos para recibir todas las bendiciones de la Expiación”.

Silvia H. Allred, Primera Consejera de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, “Templos santos, convenios sagrados”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 114.

Acepten responsabilidades y sean firmes

“Algunas mujeres han dicho que da miedo enseñar una clase o hablar frente a un grupo. Les aseguro que sé por experiencia que puede ser atemorizante. Recordemos lo que Eliza R. Snow le dijo a su sobrina, a quien llamaron para que hablara frente a un grupo. Cuando su sobrina se puso de pie, no pudo decir nada porque la dominó el temor; finalmente, se sentó. Eliza, con bondad y gentileza, le aconsejó: ‘No te preocupes, pero cuando se te pida hablar otra vez, trata de tener algo que decir’…

“En una hermosa reunión de la Sociedad de Socorro, Eliza R. Snow registró en las actas que ‘casi todas las presentes se levantaron y hablaron, y el Espíritu del Señor, como riachuelo purificador, alentó todo corazón’. Esperamos que hoy nuestras hermanas se sientan nutridas, edificadas y fortalecidas cada vez que asistan a una lección del día domingo…

“Hermanas, ahora más que nunca necesitamos que las mujeres acepten responsabilidades y sean firmes; necesitamos mujeres que declaren la verdad con fuerza, fe y vigor; necesitamos mujeres que sean un ejemplo de rectitud; necesitamos mujeres que estén ‘anhelosamente consagrad[as] a una causa buena’ [D. y C. 58:27]. Tenemos que vivir de manera que nuestra vida testifique que amamos a nuestro Padre Celestial y al Salvador Jesucristo y que haremos lo que Ellos nos han pedido que hagamos. Tenemos que rescatar ‘desde lo más profundo de [nuestro] ser todo aquello que sea de valor’ para que, como hijas de Dios, hagamos nuestra parte para edificar el reino de Dios. Tendremos ayuda para hacerlo. Como lo declaró José: ‘Si viven de acuerdo con estos privilegios, no se podrá impedir que los ángeles las acompañen’”.

Barbara Thompson, Segunda Consejera de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, “Ya regocijemos”, Liahona, noviembre de 2008, págs. 115, 116.

1 Cómo aumentar la fe y la rectitud. La lección del primer domingo nos da la oportunidad de buscar en las Escrituras las doctrinas que nos ayudarán a enfrentar las dificultades de los últimos días.

2 El fortalecimiento de la familia y del hogar. El primer domingo del mes podemos aprender a apoyar, educar y proteger a la familia.

3 Ir en busca de los necesitados y prestarles ayuda. Tenemos la responsabilidad de prestar socorro: socorro de la pobreza, de la enfermedad, de la duda, de la ignorancia y de todo lo que pueda impedir el gozo y el progreso de la mujer.

Nota

  1. Boyd K. Packer, véase “Una hermandad sin fronteras”, Liahona, marzo de 1981, pág. 68.

 

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