El Espíritu de Elías

El Espíritu de Elías

por el presidente Gordon B. Hinckley

Me parece un hecho muy significativo que al comenzar esta dispensación se haya predicho la extraordinaria obra de la historia familiar de la Iglesia en la primera visita que Moroni le hizo al joven José Smith, la noche del 21 de septiembre de 1823. En respuesta a la plegaria de José, la habitación de él se llenó de luz hasta que “…quedó más iluminada que al mediodía…” (José Smith, Historia 1:30), y ante él apa­reció, de pie en el aire, un personaje, que se dirigió al jovencito de diecisiete años, llamándolo por su nombre, y le dijo que “…era un mensajero enviado de la presen­cia de Dios, y… se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para [José], y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría [su] nombre para bien y para mal…” (versículo 33).

Habló entonces del registro del Libro de Mormón, y una vez que habló en detalle concerniente a ello, citó del libro de Malaquías, en particular de los últimos dos versículos de ese libro, con ciertas diferencias del len­guaje que aparece en la Biblia.

Él declaró: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor…

“Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (versículos 38—39).

Vuelvo a repetir, mis hermanos y hermanas: me parece algo de suma trascendencia el que esta declara­ción, esta repetición de las maravillosas palabras de Malaquías concernientes a la obra vicaria, se le haya encomendado al joven José Smith cuatro años antes de que se le permitiera sacar las planchas del cerro; le fue dada antes de recibir el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, antes de ser bautizado, y mucho antes de que se organizara la Iglesia.

Eso es una indicación de cuán importante es esta obra en el plan del Señor.

No sería hasta el año 1836 que Elías vendría con las llaves de esa obra, y era muy poco lo que se podría hacer tocante a la misma durante los años subsiguientes. Pero, ¿puede alguien dudar de la importancia que le atribuye el Todopoderoso, quien, en Su infinita sabiduría, tenía un plan mediante el cual todas las bendiciones de la expiación, llevadas a cabo por Su amado Hijo, estarían al alcance de todos los hijos y las hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo? Y, el Señor indicó que sin esta obra, el objetivo principal de crear y procrear la tie­rra se frustraría (véase José Smith, Historia 1:39).

Hoy en día hay en el mundo muchas sociedades genealógicas y de historia familiar, y creo que todas ellas se formaron después de la visita de Elías. Una de las más antiguas y prominentes es la Sociedad Genealógica Histórica de Nueva Inglaterra, organizada en 1844, el año de la muerte del Profeta. Desde entonces, y particu­larmente en años más recientes, se ha despertado en la gente un tremendo interés en la historia familiar. Con el fin de dar lugar a ese crecimiento, se ha expandido el Departamento de Historia Familiar de la Iglesia.

Cuando se organizó la Sociedad Genealógica de Utah en 1894, los miembros de la misma contribuyeron con once tomos de información genealógica. En la actuali­dad, la biblioteca cuenta con doscientos cincuenta y ocho mil tomos, y todos los meses se agregan otros mil a esa colección; además, tiene 1.9 millones de rollos de micropelícula, más cinco mil rollos por mes, llegando así a convertirse en la colección de datos de historia fami­liar más grande del mundo.

Al comienzo del siglo, sólo unas cuantas personas uti­lizaban los modestos recursos de historia familiar de la Iglesia. ¡Cómo han cambiado las cosas! Durante cada uno de los últimos cinco años, más de setecientos cin­cuenta mil investigadores han utilizado la biblioteca principal ubicada aquí, en Salt Lake City, y en más de dos mil seiscientos cincuenta centros de historia familiar diseminados por todo el mundo. Aproximadamente el cuarenta por ciento de las personas que utilizan la biblioteca de historia familiar y el sesenta por ciento de aquellas que utilizan los centros locales no son miembros de la Iglesia. Nosotros proporcionamos un gran servicio a las personas que no son de nuestra fe.

No hay nada sobre la faz de la tierra que se compare a este tesoro de historia familiar. Pienso que el Señor así lo ha señalado. Esta es Su Iglesia que lleva Su nombre, y uno de sus fines es poner la plenitud de las bendiciones que conducen a la vida eterna al alcance de los millones de personas que han pasado por el velo de la muerte.

Hay millones de personas por todo el mundo que están trabajando en registros de historia familiar, ¿por qué? ¿Por qué lo hacen? Creo que es porque se han sen­tido inspiradas por el espíritu de esta obra, algo a lo que llamamos el espíritu de Elías; es el volver el corazón de los hijos a sus padres. La mayoría de ellos no ve ningún propósito en ello, salvo quizás una fuerte y motivadora curiosidad.

Tiene que haber un objetivo en esta tremenda inver­sión de tiempo y de dinero. Ese objetivo, del cual testifi­camos solemnemente, es buscar los datos y los nombres de las personas fallecidas, a fin de que se lleven a cabo las ordenanzas por ellos para su progreso y bendición eternos.

El verdadero objetivo de esta búsqueda de datos y nombres de las personas fallecidas se encuentra única­mente en la Casa del Señor, o sea, en los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Y a medida que la obra de investigación de historia fami­liar sigue adelante y progresa, también aumenta el número de templos. En los últimos doce años, se han construido y dedicado más templos que los que se cons­truyeron y dedicaron previamente en toda la Iglesia. Esta es la gran época de la edificación de templos y de la obra que en ellos se lleva a cabo. En años recientes, se han dedicado varios bellos templos; y hay unos doce más que se están planeando o que se encuentran en diversas etapas de construcción.

Confío en que el Señor nos dirigirá y nos permitirá continuar construyendo estos bellos edificios en tanto sigamos probándonos dignos de ellos. La prueba impor­tante de nuestra dignidad yace en que llevemos a cabo esa investigación que constituye el fundamento de la obra trascendental que se efectúa en los templos.

La obra del Señor es una obra de salvación. ¿Para quién? Mediante la gracia de nuestro Padre Eterno, y sin ningún esfuerzo por parte de las personas que son las beneficiarias de esas bendiciones, el sacrificio expia­torio del Hijo de Dios ha hecho posible que todos nos levantemos de entre los muertos. Y más allá de esto, en virtud de ese divino sacrificio, y mediante Su infinita gracia y bondad, se nos dará a todos la oportunidad de ganar la vida eterna, ya sea mediante el servicio perso­nal o vicario.

Que yo sepa, lo que se lleva a cabo en la Casa del Señor, y que debe ir precedido por la investigación, se asemeja más al espíritu del sacrificio del Señor que cual­quier otra obra. ¿Por qué? Porque la realizan personas que, de buena gana, dan de su tiempo y de sus recursos, sin esperar agradecimiento o recompensa alguna, a fin de hacer por otras personas lo que éstas no pueden hacer por sí mismas.

La misión que tenemos por delante es grandiosa, y la responsabilidad es enorme. En una proclamación al mundo, emitida en 1907, la Primera Presidencia descri­bió esta misión con elocuencia cuando dijo:

“Nuestra causa no es egoísta; nuestro objetivo no es trivial ni sólo para esta tierra; consideramos a la raza humana —pasada, presente y futura—“ como seres inmortales por cuya salvación tenemos la misión de obrar; y a esta obra, tan extensa como la eternidad y profunda como el amor de Dios, nos dedicamos ahora y para siempre” (de James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesús Christ of Latter’day Saints, 6 tomos [1965-1975], 4:155). □

(Adaptado de un discurso pronunciado el 13 de noviembre de 1994 en una transmisión vía satélite en la que se rindió tributo al presidente Howard W. Hunter y se conmemoró el centenario de la Sociedad Genealógica de Utah, precursora del actual Departamento de Historia Familiar.)

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La fortaleza por medio de la obediencia

La fortaleza por medio de la obediencia

por el presidente Thomas S, Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro: «Venid en pos de mi». Y a ustedes y mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: «Sígueme».

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, el Salvador demostró, por medio del ejemplo, Su obe­diencia al decir: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).

El poeta captó el verdadero significado de la búsqueda de la verdad cuando escribió estas líneas inmortales:

¿Qué es la verdad? Es el máximo don
que podría mortal anhelar.
En abismos buscadla, en todo rincón,
o subid a los cielos buscando ese don;
es la mira más noble que hay.

¿Qué es la verdad? Es principio y fin
y sin límites siempre será.
Aunque cielo y tierra dejaran de ser,
la verdad, la esencia de todo vivir,
seguiría por siempre jamás,
(Himnos, número 177).

En una revelación dada al profeta José Smith en Kirtland, Ohio, en mayo de 1833, el Señor declaró:

“…la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser…

“El Espíritu de verdad es de Dios… El [Jesús] recibió la plenitud de la verdad, sí, aun de toda la verdad;

“y ningún hombre recibe la pleni­tud, a menos que guarde sus manda­mientos.

“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glo­rificado en la verdad y sabe todas las cosas” (D.yC. 93:24, 26-28).

No es preciso que en esta era de conocimiento, en que se ha restau­rado la plenitud del evangelio, tanto ustedes como yo tengamos que via­jar por mares o caminos desconoci­dos en busca de la “fuente de la verdad”, ya que un Padre Celestial real nos ha marcado el camino y nos ha brindado un mapa infalible: la obediencia.

Su palabra revelada describe con toda claridad las bendiciones que acarrea la obediencia, y el inevitable dolor y la aflicción que acompañan a la persona que se desvía por los sen­deros prohibidos del pecado y del error.

Con intrepidez, Samuel declaró lo siguiente a una generación que firme­mente se aferraba a la tradición del sacrificio de animales; “…el obedecer es mejor que los sacrificios, y el pres­tar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Los pro­fetas, tanto los antiguos como los de la actualidad, han conocido muy bien la fortaleza que deriva de la obedien­cia. Pensemos en Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado” (1 Nefi 3:7). O la bella descripción que hizo Alma en cuanto a la fortaleza que poseían los hijos de Mosíah: “…se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque eran hombres de sano entendimiento, y habían escu­driñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.

“Más esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de pro­fecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios” (Alma 17:2-3).

En el mensaje de apertura que dirigió a los miembros de la Iglesia en la Conferencia General de abril de 1957, el presidente David O. McKay declaró en forma sencilla pero a la vez poderosa: “Guardad los mandamientos de Dios”. Esa misma exhortación la han hecho los profe­tas que lo han sucedido.

Esa fue la esencia del mensaje de nuestro Salvador cuando El declaró: “Porque todos los que quieran reci­bir una bendición de mi mano han de obedecer la ley que fue decretada para tal bendición, así como sus condiciones, según fueron institui­das desde antes de la fundación del mundo” (D.yC. 132:5).

Nadie puede criticar la declara­ción del Maestro, ya que Sus mismas acciones dieron mérito a Sus pala­bras. El Señor demostró un amor genuino hacia Dios por medio de una vida perfecta, honrando la sagrada misión que debía cumplir. Jamás demostró arrogancia ni vano orgullo. Jamás fue desleal. En todo momento fue humilde; fue siempre sincero y también verídico.

Pese a que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el maestro del engaño, el mismo diablo; pese a que se debilitó física­mente tras haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches ya que tuvo hambre; pese a todo ello, cuando el diablo lo sometió a las más tentadoras propuestas, Él nos puso un ejemplo divino de amor verdadero a Dios al rehusarse a des­viarse de lo que Él sabía que era correcto.

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, en donde fue tal el dolor que Su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a tierra, Él demostró, por medio del ejemplo, Su obediencia como Hijo, al decir: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro; “Venid en pos de mí”. Felipe recibió el mismo mandato; “Venid en pos de mí”. Y al publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, le llegó el llamado: “Sígueme”. Aun a aquel que fue corriendo tras El, un hombre de muchas posesiones materiales, llega­ron las palabras: “Sígueme”. Y a ustedes y a mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: “Sígueme”. ¿Estamos dispuestos a obedecer?

La obediencia es una característica propia de los profetas, pero es preciso que nos demos cuenta de que esa misma fuente de fortaleza está a nues­tro alcance en la actualidad.

Una persona que aprendió muy bien la lección de la obediencia era un hombre bondadoso y sincero, de escasos recursos. Él se unió a la Iglesia en Europa y, después de aho­rrar diligentemente y de sufrir muchas penalidades, emigró a América del Norte, a un nuevo país con un idioma y costumbres diferen­tes, pero a la misma Iglesia, bajo la dirección del mismo Señor en quien había confiado y a quien había obe­decido. Llegó a ser el presidente de una pequeña rama de miembros de la Iglesia que pasaban por circuns­tancias muy difíciles en una ciudad un tanto inhóspita de miles de habi­tantes. Él siguió con exactitud el programa de la Iglesia, a pesar del reducido número de miembros y de la gran cantidad de cosas que había por hacer. A los miembros de esa rama les dio el ejemplo de lo que es una persona verdaderamente cris­tiana, y éstos respondieron con un amor que no se ve con mucha frecuencia.

Él se ganaba la vida como comer­ciante de productos al por menor; sus posesiones materiales eran limi­tadas, pero siempre pagó más de una décima parte del total de sus ingre­sos como diezmo. En la pequeña rama que administraba estableció un fondo misional, y durante varios meses, él fue el único contribuyente.

Él era como un padre para los misioneros que laboraban en esa ciudad, les daba de comer, y ellos nunca se iban de la casa sin que él les diera algo que les sirviera en su obra y que fuera para su bienestar. Los miembros de la Iglesia de lugares lejanos que pasaban por la ciudad y visita­ban la rama siempre recibían la hos­pitalidad y la calidez del espíritu de ese hermano, y se iban de ahí con el firme sentimiento de que habían conocido a un hombre especial, a un siervo obediente del Señor,

Los líderes que lo presidían reci­bían su profundo respeto y cuidado especial; él los consideraba como emisarios del Señor y hacía cual­quier cosa que ellos le mandaran. El ayudaba a satisfacer las necesidades físicas de esos hermanos, y muchas veces, las oraciones fervientes que ofrecía eran para suplicar por el bienestar de ellos. Un día de reposo, varios líderes de la Iglesia que visita­ban la rama participaron con él en más de una docena de oraciones que se pronunciaron en diversas reunio­nes y visitas a los miembros. Al final del día, ellos se fueron de ahí con un sentimiento de regocijo que les hizo más ameno aquel viaje de cuatro horas en condiciones típicas del invierno, y que ahora, cuando piensan en ello, después de tantos años, les alienta el espíritu y les ale­gra el corazón.

Los hombres educados y de expe­riencia buscaban a ese hombre de Dios, humilde y sencillo, y se consi­deraban afortunados si les era posi­ble pasar una hora con él. Tenía la apariencia de un hombre común, no hablaba mucho inglés y era un tanto difícil entenderle; su hogar era modesto; no tenía automóvil ni tele­visión, no escribió libros ni predicó sermones ilustres, ni hizo ninguna de las cosas que por lo general cap­tan la atención de la gente del mundo. Sin embargo, los fieles acu­dían a su puerta. ¿Por qué? Porque deseaban beber de la “fuente de la verdad”. No era tanto lo que ese hombre decía, sino lo que hacía; no era la esencia de los sermones que predicaba, sino la fortaleza de la vida que llevaba.

El saber que de buena gana y en forma regular un hombre pobre le daba al Señor por lo menos el doble del diezmo, les permitía a los demás obtener una perspectiva más clara del verdadero significado del diezmo. El verlo ministrar al necesi­tado y dar albergue al desvalido, les hacía saber que él lo hacía como si hubiera sido para el Maestro. El orar con él y sentir la seguridad que él tenía de que recibiría la ayuda divina era experimentar un nuevo medio de comunicación.

Bien podría haberse dicho que él guardó el primer y grande manda­miento, y el segundo, que es seme­jante, que sus entrañas estaban llenas de caridad hacia todos los hombres, que la virtud engalanaba sus pensamientos incesantemente, y que, por consiguiente, su confianza se fortalecía en la presencia de Dios (véase D, y C. 121:45), Ese hombre poseía el brillo de la bondad y el res­plandor de la rectitud. Su fortaleza provenía de la obediencia.

La fortaleza que diligentemente buscamos hoy día para hacer frente a los desafíos de un mundo complejo y cambiante puede ser nuestra si, con entereza y valor, estamos dispuestos a declarar junto con Josué: “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). □

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El gozo de Dar

El gozo de Dar

por el élder Henry B. Eyring
del Quorum de los Doce Apóstoles

Siempre he soñado con ser especialista en hacer regalos. Me imagino a alguien abriendo un regalo que yo le haya hecho, con lágrimas de gozo y una sonrisa, demostrando así que no sólo el regalo sino también mi acción de regalar le ha tocado el corazón. Estoy seguro de que otras personas también sueñan con eso, y segura­mente muchas son ya expertas en el arte de regalar. Pero quizás incluso los expertos compartan algo de la curiosidad que yo ciento por saber qué es lo que hace que un regalo sea perfecto.

Toda mi vida he estado rodeado de expertos en hacer regalos, y aun­que ninguno me ha enseñado nunca cómo hacerlo, he observado y desa­rrollado una teoría; ésta ha surgido rememorando muchos regalos y muchos días festivos, pero el recuerdo de un día y de un regalo particular lo ilustra a la perfección.

El día no estaba ni cerca de la Navidad, sino que era un día de verano. Mi madre había muerto esa tarde, temprano; mi padre, mi her­mano y yo habíamos regresado del hospital a casa, los tres solos. Después, nos preparamos una merienda sencilla y más tarde recibi­mos algunas visitas; pasó el tiempo, llegó el anochecer y me acuerdo de que ni siquiera nos dimos cuenta de encender las luces.

Alguien tocó el timbre y papá abrió la puerta. Eran la tía Catherine y el tío Bill, y vi que él tenía en la mano un frasco de cere­zas; todavía tengo un claro recuerdo de esas cerezas maduras, de un color rojo casi púrpura, y la tapa brillante y dorada del frasco. El tío Bill dijo, señalando las cerezas: “Pensamos que les gustarían, Seguramente no habrán comido nada de postre”.

No, no habíamos comido postre. Los tres nos sentamos alrededor de la mesa, nos servimos unas cerezas y las comimos, mientras los tíos reco­gían unos platos sucios y los lava­ban. El tío Bill nos dijo: “¿Hay algunas personas a las que todavía no se les haya avisado? Denme los nombres y yo les avisaré”. Le dijimos de unos cuantos parientes a quienes debíamos darles la noticia de la muerte de mamá. Cuando quisimos acordar, los tíos ya se habían ido; no deben de haber estado con nosotros más de veinte minutos.

Mi teoría será más fácil de entender si nos concentramos en un regalo; el frasco de cerezas; y quiero explicarla desde el punto de vista del que recibió el regalo; yo mismo. Esto es fundamental, puesto que lo que realmente importa con respecto a la acción del que hace el regalo es lo que siente el que lo recibe.

En mi opinión, el hacer y el reci­bir un regalo siempre se componen de tres partes, que son las siguientes, según lo ilustra aquel que recibí en un atardecer de verano:

Primero, supe que mis tíos habían percibido lo que yo sentía y que eso los había conmovido. Al recordarlo todavía me emociono. Deben de haber pensado que estaríamos muy cansados para prepararnos comida, y que tal vez un plato de cerezas enva­sadas en casa nos harían sentir, aun­que fuera un momento, que éramos otra vez una familia. El solo hecho de saber que alguien había compren­dido lo que yo sentía tuvo para mí mucho más significado que las cere­zas en sí. Se me ha olvidado el sabor de las frutas, pero en cambio recuerdo que alguien percibió los sentimientos que me abrumaban el corazón y se ocupó de mí.

Segundo, sentí que el regalo era sincero y generoso. Sabía que el tío Bill y la tía Catherine habían deci­dido de buena voluntad ir a llevár­noslo, que no lo hacían para recibir nada a cambio, sino que parecería que el hacerlo les causaba gozo.

Y tercero, había en el regalo un elemento de sacrificio. Habrá quien piense: “¿Cómo podían sentir gozo si era un sacrificio?” Y bien, el sacri­ficio estaba a la vista. Yo sabía que mi tía había envasado esas cerezas para su familia, porque de seguro les gustaban; no obstante, tomó lo que a ellos les causaría placer y me lo dio a mí. Eso es un sacrificio y desde entonces he llegado a comprender este concepto maravilloso: el tío Bill y la tía Catherine deben de haber pensado que tendrían mayor placer si yo me comía las cerezas que si se las comían ellos. Fue un sacrificio, pero se hizo a cambio de una recompensa más grande para ellos: mí felicidad. Cualquiera puede dar a conocer a la persona que recibe un regalo el sacrificio que éste haya sig­nificado para el dador, pero sólo el experto puede hacemos sentir en el corazón que ese sacrificio trae gozo al que hizo el regalo porque bendice al recipiente.

Así que ésa es mi teoría. El arte de hacer regalos encierra tres ele­mentos: se siente lo que siente la otra persona, se da con sinceridad y generosidad, y se considera que el sacrificio es una bendición para el que lo hace.

Ahora bien, no será fácil emplear mi teoría para lograr gran progreso en nuestra presentación de obse­quios esta Navidad; el aprender a conmoverse con lo que piensen o sientan los demás requerirá cierta práctica y más de una ocasión fes­tiva. Y el aprender a dar generosa y sinceramente, considerando que el sacrificio es un gozo, llevará un tiempo. Pero en esta Navidad pode­mos empezar por lo menos siendo buenos recibidores. Según lo que percibamos, podemos hacer que los demás lleguen a ser expertos en el arte de regalar; y por lo que perciba­mos en lo que se nos regale, pode­mos hacer que cualquier obsequio sea mejor. Por otra parte, si no somos capaces de percibir el verda­dero intento detrás de lo que se nos regale, podemos hacer que cualquier regalo sea un fracaso. El arte de regalar incluye tanto al dador como al recibidor. Espero que empleemos esta teoría no para criticar los rega­los que recibamos o hagamos este año, sino para observar cuántas veces se comprende lo que llevamos en el corazón y cuántos regalos se hacen gozosamente, aun cuando impliquen un sacrificio.

No obstante, nos es posible hacer algo esta Navidad para perfeccionar el arte de regalar: podemos empezar a poner en reserva algunos regalos —grandes regalos— para futuras Navidades.

En una clase de religión que daba en el Colegio Ricks [estado de Idaho], estaba un día enseñando la sección 25 de Doctrina y Convenios, en la cual se le dice a Emma Smith que debe dedicar “tiempo a escribir, y a aprender mucho” (D. y C. 25:8). En una de las filas del frente había una mujer de cabello rubio que frunció el ceño ante mi insistencia en que los alum­nos desarrollaran su habilidad de escribir; después levantó la mano y me dijo: “Eso me parece poco dotado de razón. Lo único que escribiré yo en toda mi vida serán cartas a mis hijos”. Sus palabras provocaron risas.

A continuación, un joven que estaba atrás se puso de pie; no había hablado mucho desde que habían empezado las clases; era mayor que los demás estudiantes y se notaba que era tímido. Me pidió permiso para hablar, y procedió a contar sosegadamente que había sido sol­dado en la guerra de Vietnam. Contó que un día había puesto a un lado el rifle para dirigirse a través del recinto cercado adonde estaban entregando la correspondencia; en el momento en que le pusieron una carta en las manos, oyó un toque de clarín y los disparos de rifle proce­dentes del enemigo que atacaba por todos lados. Corrió hacia donde había dejado el arma, empleando las manos para defenderse y, junto con los otros sobrevivientes entre todos hicieron huir al enemigo; a conti­nuación, sacaron a los heridos. Después, se sentó entre los que habían quedado con vida, y entre algunos muertos, y abrió la carta para leerla.

Era de su madre, y en ella le contaba que había tenido una experiencia espiritual que le había hecho saber que, si él guardaba su rectitud, viviría y regresaría a su hogar. El muchacho dijo serena­mente a la clase: “Esa carta fue escritura para mí. Y la guardé”. Luego volvió a sentarse.

Si ustedes todavía no tienen hijos, probablemente los tendrán algún día. ¿Pueden imaginar sus ros­tros? ¿Los ven enfrentando un día una situación de gran peligro en algún lugar? ¿Se imaginan el temor que les oprimirá el corazón? ¿Estarían dispuestos a dar, sincera y generosamente? ¿Qué sacrificio ten­drían que hacer para escribir la carta que desearían enviarles enton­ces? No les será posible hacer ese sacrificio si apenas empiezan un poco antes de que llegue el cartero; ni tampoco podrán hacerlo en un día ni en una semana. Tal vez les lleve años, pero pueden empezar a prepararse ahora; un buen sistema para lograr esa preparación es llevar un diario personal. Y no les pare­cerá un sacrificio si se imaginan a esos hijos, si perciben sus sentimien­tos y meditan sobre el tipo de cartas que les harán falta.

Hay otro regalo que quizás algu­nos queramos hacer y para el que es necesario empezar a prepararse temprano. Siendo obispo, lo vi una vez en sus comienzos. Un joven estudiante, sentado frente a mí, me habló de los errores que había cometido; me dijo cuánto deseaba que los hijos que tal vez trajera al mundo algún día tuvieran un padre que pudiera ejercer el sacerdocio y a quien estuvieran sellados para la eternidad, Agregó que sabía bien que el precio y el dolor del arrepen­timiento podían ser grandes; y des­pués dijo algo que nunca olvidaré:

“Obispo, quiero regresar. Haré cual­quier cosa que se me exija, pero quiero regresar”. Sentía pesar, tenía fe en Cristo, pero aun así, lograr su meta le llevó meses de doloroso esfuerzo.

Y sin embargo, en esta Navidad, en alguna parte, hay una familia cuyo padre fue una vez aquel joven estudiante, mas ahora posee el sacerdocio; una familia con esperan­zas eternas, que goza de paz en la tierra. Posiblemente él les dé a todos muchas clases de regalos envueltos en papel de colores brillantes, pero ninguno tendrá la importancia de aquel que empezó a preparar ese día en mi oficina. Ya entonces percibía las necesidades de los hijos con los que apenas soñaba, y estuvo dis­puesto a empezar a preparar su regalo temprano y generosamente; sacrificó su orgullo, su inercia, su falta de consideración. Estoy seguro de que ahora lo que hizo no le pare­cerá un sacrificio.

No obstante, tengamos en cuenta que él pudo hacer ese regalo por causa de otros regalos que se nos hicieron hace mucho tiempo: Dios el Padre nos dio a Su Hijo, y Jesucristo nos dio la Expiación, rega­los de profundidad y valor indescrip­tibles para nosotros.

Jesús nos hizo a todos Su regalo con abnegación y buena voluntad. Estas son Sus palabras:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar…

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo…” (Juan 10:17-18).

Testifico que el aceptar ese regalo que Él nos dio con un sacrificio infi­nito produce gozo al Dador. Jesús mismo enseñó:

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepen­timiento” (Lucas 15:7).

Si eso les emociona como a mí, tal vez quieran hacerle un regalo al Salvador. Pero Él lo tiene todo ¿ver­dad? En realidad, no. No nos tiene a todos de regreso junto a Él para la eternidad, al menos no por ahora. Espero que lo que Él siente nos con­mueva, hasta el punto de que poda­mos percibir cuán grandes son Sus deseos de que cada uno de nosotros regrese a Su presencia. Ése es un regalo que no podemos hacerle en un día ni en una Navidad; en cam­bio, nos es posible demostrarle a partir de hoy que estamos en el camino de regreso.

Si ya lo hemos hecho, todavía nos queda algo para regalarle: A nuestro alrededor, hay seres a los que Él ama y a quienes desea ayu­dar… valiéndose de nosotros.

Una de las señales más seguras de que las personas han aceptado el regalo de la expiación del Salvador es la disposición a dar. Parece que el proceso de purificar nuestra vida nos hace más sensibles, más generosos, más complacidos de poder compartir algo que tiene para nosotros una importancia tan fundamental. Supongo que ésa debe de haber sido la razón por la cual el Salvador uti­lizó el ejemplo del arte de regalar para describir a aquellos que al fin regresarán al hogar donde Él está:

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para voso­tros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cár­cel, y vinisteis a mí…

“…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:34-36, 40).

Y me imagino que ése es el mejor efecto de recibir grandes regalos: despierta en nosotros el deseo de hacer regalos, buenos regalos. Toda mi vida he sido bendecido por rega­los así, y lo reconozco.

Varios de esos regalos se dieron mucho tiempo atrás. Nos acercamos al aniversario del nacimiento del profeta José Smith, el 23 de diciem­bre. Él dio su gran talento y su vida para que el Evangelio de Jesucristo fuera restaurado. Mis propios ante­pasados abandonaron su tierra natal y sus costumbres para abrazar ese evangelio restaurado, quizás más por mí que por ellos mismos.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer para apreciar un regalo recibido y hacer la Navidad más feliz para alguien? “…De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).

Ruego que demos generosa y sin­ceramente. Ruego que podamos conmovernos con los sentimientos de los demás, que demos sin sentir­nos obligados a hacerlo ni esperar recompensa, y que sepamos que el sacrificio se nos hará dulce si ateso­ramos el gozo que lleve al corazón de otra persona. □

Liahona Diciembre 1996

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La gratitud: un principio salvador

La gratitud:
un principio salvador

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Diciembre 1996

«Entonces uno de ellos [un leproso], viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, «y se postró… a sus pies, dándole gra­cias…» (Lucas 17:15-16).


Quisiera hablar sobre la gratitud como una expresión de fe y como un principio salvador. El Señor ha dicho: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos” (D. y C. 59:21). Para mí es obvio que este pasaje de las Escrituras nos dice que el dar “…las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7) es más que una cortesía; es un mandamiento.

Una de las ventajas de haber vivido mucho tiempo es que podemos recor­dar a menudo las épocas en que hemos pasado por situaciones peores que las de ahora. Estoy agradecido por haber vivido lo suficiente para conocer algu­nas de las bendiciones que provienen de la adversidad. Recuerdo la época de la Gran Depresión en los Estados Unidos, cuando teníamos ciertos valores grabados en nuestra alma. Uno de esos valores era la gratitud por lo que teníamos, ya que nuestras’ posesiones eran muy pocas. Para poder sobrevivir tuvimos que aprender a llevar una vida próvida. Esa situación, en lugar de crear en nosotros un sentimiento de envidia o enojo por lo que no teníamos, hizo que muchos desarrollaran un espíritu de agradecimiento por las escasas y sencillas cosas con las que habíamos sido bendecidos, como el pan casero recién horneado y los cereales, y muchas otras cosas.

Otro ejemplo: recuerdo a mi querida abuela, Mary Caroline Roper Finlinson, haciendo jabón casero en la granja; su receta incluía grasa animal, una pequeña parte de lejía como detergente y cenizas de leña como abrasivo. El jabón tenía un aroma extraño y era casi tan duro como un ladrillo. No había dinero para comprar un jabón suave y perfumado. En la granja había mucha ropa llena de tierra y transpirada que lavar y muchos cuerpos que necesitaban desesperadamente el baño del sábado por la noche. Si había necesidad de bañarse con el jabón hecho en casa, las personas salían impecables pero olían peor que antes del baño. Como ahora uso el jabón más que cuando era niño, be desarrollado un sentido diario de agradecimiento por su aroma delicado.

Es muy lamentable el que, en nuestra época, no sepa­mos agradecer las muchas cosas que disfrutamos. Esto lo dijo el Señor: “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). El apóstol Pablo describió nuestros días al indicar a Timoteo que en los últimos días “…habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos” (2 Timoteo 3:2). Esos pecados son compañeros insepara­bles y la ingratitud es lo que nos hace susceptibles a ellos.

La historia del samaritano agradecido tiene un gran significado. Cuando el Salvador pasaba entre Samaría y Galilea, “…al entrar en una aldea, le salieron al encuen­tro diez hombres leprosos… los cuales alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Y Jesús les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes.

“…Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
“y se postró… a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fue­ron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:12-19).

En esa época la lepra era una enfermedad tan repulsiva que a los afectados no se les permitía por ley acercarse a Jesús. Se esperaba que los que sufrían esa horrible enfermedad agonizaran juntos compartiendo su desgracia (véase Levítíco 13:45-46). El afligido clamor: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” tuvo que haber llegado al corazón del Salvador. Una vez que fueron sana­dos y recibieron la aprobación de los sacerdotes de que ya eran limpios y aceptables ante la sociedad, debieron de haberse regocijado y sorprendido, y el hecho de haber recibido tan grande milagro tuvo que haberlos dejado muy satisfechos; sin embargo, olvidaron a su benefactor. Es difícil entender por qué fueron tan desagradecidos. Tal ingratitud es egoísta; es una forma de orgullo. ¿Cuál es el significado de que el único que regresó para agradecer era samaritano? Al igual que la historia del buen samaritano, la experiencia parece demostrar que aquellos que están en un estado económico o social inferior a menudo se elevan mostrándose muy nobles y capaces de asumir grandes responsabilidades.

Además de la gratitud personal como un principio de salvación, quisiera expresar lo que siento con respecto a la gratitud que debemos tener por las muchas bendicio­nes que disfrutamos.

Aquellos de entre vosotros que se han unido a la Iglesia en esta generación se han hermanado con un pueblo entre quienes hay muchos que tienen una gran herencia de sufrimiento y sacrificio. Ese sacrificio se transforma también en herencia suya, porque es la herencia de un pueblo con faltas e imperfecciones, pero con un propósito grande y noble. Ese propósito es ayu­dar a todo el género humano a entender en forma dulce y pacífica quiénes son, a sentir amor por sus semejantes y a tomar la determinación de guardar los mandamien­tos de Dios. Este es el llamado sagrado del evangelio; es la esencia de la adoración.

No hay duda de que necesitamos estar informados en cuanto a lo que sucede en el mundo; pero los medios modernos de comunicación traen a nuestros hogares una avalancha de violencia y desdicha humana, y llega el momento en que necesitamos encontrar una renova­ción espiritual pacífica.

Reconozco con gran agradecimiento la paz y la satis­facción que podemos encontrar en el nido espiritual de nuestro hogar, en nuestras reuniones sacramentales y en nuestros templos sagrados. En estos lugares serenos, nuestra alma descansa y sentimos lo que se siente al vol­ver a casa después de una larga ausencia.

Tiempo atrás estuve en el reino de Tonga. El presi­dente de la Estaca Nuku’alofa Tonga Sur, Penisimani Mu ti, preparó en el centro de estaca una noche de hogar con música y mensajes de inspiración. La reunión era en honor de su Majestad el rey Taufa’ahau Tupou Cuarto, monarca de Tonga. El rey, su hija y sus nietas amable­mente aceptaron la invitación, al igual que muchos nobles y representantes diplomáticos que se encontra­ban en Tonga. Nuestros miembros presentaron un pro­grama hermoso con cantos y versos. Una de las nietas del rey cantó una canción titulada “Cuánto amo a mi abuelo”. Al finalizar se invitó al élder Sonnenberg y a mí a decir unas breves palabras a la congregación, lo cual hicimos gozosamente.

Al terminar el programa, y haciendo caso omiso del protocolo, el rey vino a saludarnos a nosotros y a nues­tras respectivas esposas en señal de agradecimiento por la actuación de sus súbditos miembros de la Iglesia. El protocolo social se observa en muchos lugares, pero las expresiones de bondad son adecuadas universalmente.

Parece que en nuestro interior se libra una lucha entre los distintos rasgos de carácter, lo cual no permite que en nuestra alma haya un lugar vacío: si en ésta no hay agradecimiento o éste desaparece, a menudo se reemplaza con la rebelión. No hablo de rebelión en contra de la opresión civil; me refiero a la rebelión en contra de la limpieza moral, de la belleza, de la decencia, de la honradez, de la reverencia y del respeto por la autoridad paterna. Un corazón agradecido es el comienzo de la grandeza. Es una expresión de humildad. Es el fundamento para que se desarrollen virtudes como la oración, la fe, la valentía, el contentamiento, la felici­dad, el amor y el bienestar.

Pero hay una verdad indiscutible asociada con todo tipo de fortaleza humana: “Usalo o piérdelo”. Cuando no se utilizan, los músculos se debilitan, las habilidades se deterioran y la fe desaparece. El presidente Thomas S. Monson, en aquel entonces miembro del Quorum de los Doce Apóstoles, declaró: “Piensa en agradecer. En estas tres palabras está la fórmula del matrimonio feliz, de la amistad duradera y de la felicidad personal” (Pathways to Perfection [1973], pág. 254). El Señor dijo: “Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

Estoy agradecido por la gente de esta tierra que ama y aprecia a los niños pequeños. Hace algunos años, ya entrada la noche, me encontraba en un avión lleno de pasajeros, volando desde la Ciudad de México basta Culiacán. Los asientos del avión eran algo estrechos y todos estaban ocupados, la mayoría con la agradable gente de México. En todas partes había paquetes y male­tas de todo tamaño. Una mujer joven apareció en el pasillo con cuatro pequeños, el mayor de unos cuatro años y el menor un recién nacido. Además tenía una bolsa con pañales, un coche plegadizo para bebé y algu­nos paquetes. Los niños estaban cansados, llorando e inquietos. Al encontrar su asiento en el avión, los demás pasajeros a su alrededor, tanto hombres como mujeres, se levantaron de inmediato para ayudarle y pronto los niños sintieron el amor y la tierna atención de los pasa­jeros. Pasaron de brazo en brazo por todo el avión y el resultado fue un avión lleno de niñeras y niñeros. Los niños se calmaron en los brazos de los que los cuidaban y poco después se quedaron dormidos. Lo más admirable fue ver a algunos de los hombres, que obviamente eran padres o abuelos, mecer y acariciar con ternura al recién nacido. La madre estuvo liberada del cuidado de los niños durante la mayor parte del vuelo. ¡Lo único que no me gustó fue que nadie me pasó al niñito a mí! Volvía aprender que el aprecio y la bondad hacia los niños es una expresión del amor que el Salvador tiene por ellos.

¿Cómo podemos pagar nuestra deuda de gratitud por la herencia de fe demostrada por los pioneros de muchos países a través del mundo, que se sacrificaron y lucharon por que el evangelio echara raíces? ¿Cómo expresar el agradecimiento a los intrépidos pioneros de los carros de mano que arrastraron en esos carros a través de las pra­deras y de la nieve en las altas montañas sus escasas posesiones a fin de escapar de la persecución y encontrar la paz para adorar tranquilos en estos valles? ¿Cómo pueden pagar los descendientes de los que atravesaron las llanuras en las compañías de carros de mano la fe de sus antepasados?

Una de esas almas intrépidas fue Emma Batchelor, una joven inglesa que viajaba sin su familia. Salió con la compañía de carros de mano de Willie, pero al llegar al Fuerte Laramie (en el estado de Wyoming), se les ordenó alivianar las cargas. A Emma se le pidió que dejara su cofre de cobre en el que guardaba todas sus pertenencias. Emma rehusó hacerlo y se sentó sobre su cofre a la orilla del camino; sabía que la compañía de Martin pasaría dentro de unos días. Cuando la compañía de Martin la encontró, se unió a la familia de Paul Gourley.

Muchos años más tarde un hijo de esa familia escri­bió: “Aquí se unió a nuestra familia la hermana Emma Batchelor; cosa que nos alegró porque ella era joven y fuerte, y significaba más harina para nuestro grupo”. Fue entonces cuando la hermana Gourley dio a luz un hijo y Emma actuó como partera y cargó a la madre y al hijo en el carro de mano, que luego ayudó a tirar durante dos días, mientras se reponía la madre.

Aquellos que murieron mientras viajaban con la com­pañía de Martin fueron relevados misericordiosamente de los sufrimientos que experimentaron otros viajeros que resultaron con pies, orejas, narices o dedos congelados, los que más tarde les tuvieron que amputar. Sin embargo, Emma, que entonces tenía veintiún años de edad, fue una de las afortunadas y superó todas las pruebas.

Un año más tarde conoció a Brigham Young, quien se sorprendió al verla que no tenía ninguna mutilación, y ella le dijo: “Hermano Young, yo no tenía a nadie que me cuidara ni que se preocupara de mí, así es que decidí cuidarme a mí misma. Yo fui la que reclamó cuando el hermano Savage nos advirtió no viajar en esas circunstancias, y me equivoqué en eso, pero traté de compensar mi equivocación. Cada día tiré del carro cuando me tocaba mi turno; cuando llegábamos a un arroyo me sacaba los zapatos, los calcetines y la falda y los ponía sobre el carro, y cuando llegaba al otro lado con el carro, regresaba a buscar a Pablito para cargarlo sobre mi espalda. Luego me sentaba, me frotaba muy fuerte los pies con una bufanda de lana y me ponía los zapatos y los calcetines secos”.

Los descendientes de esos pioneros pueden saldar parcialmente esa deuda siendo fieles a la causa por la cual sus antepasados sufrieron tanto.

Como en todos los mandamientos, la gratitud es la descripción de un modo de vivir que da resultados. El corazón agradecido abre los ojos a una multitud de ben­diciones que nos rodean. El presidente J, Reuben Clark, anteriormente el Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Aferraos a las bendiciones que Dios os ha dado; vuestra tarea no es ganarlas, ya están aquí; vuestra tarea es apreciarlas” (Church News, 14 de junio de 1969, pág. 2), En esta época navideña, espero que podamos cultivar corazones agradecidos para apreciar la multitud de bendiciones que Dios con tanta bondad nos ha concedido. Ruego que sepamos expresar abierta­mente tal gratitud a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes. □

Liahona Diciembre 1996

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Asombro me da el amor que me da Jesús

Asombro me da el amor que me da Jesús

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso dado a los obreros del Templo de Salt Lake el 24 de noviembre de 1985.

Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Él fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra.

Uno de nuestros himnos favoritos comienza con las palabras “Asombro me da”1. Al pensar en la vida de Cristo, realmente nos asombramos en todos los sentidos. Nos asombra el papel que desempeñó en la vida preterrenal como el gran Jehová, agente de Su Padre, Creador de la tierra, guardián de toda la familia humana. Nos asombra Su venida a la tierra y las circunstancias que acompañaron Su advenimiento.

Nos asombra saber que cuando tenía sólo doce años, ya estaba en los negocios de Su Padre. Nos asombran el comienzo formal de Su ministerio, Su bautismo y Sus dones espirituales.

Nos asombra que Jesús echaba fuera y vencía las fuerzas del mal dondequiera que iba, incluso que hacía que el cojo caminara, que el ciego viera, que el sordo oyera y que el enfermo sanara. Al meditar en el ministerio del Salvador, me pregunto: “¿Cómo lo hizo?”.

Él perdona

Lo que más me asombra es el momento en que Jesús, después de haber sufrido intensa agonía al llevar encima Su gran carga hacia la cima del lugar llamado de la Calavera, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Si hay un momento que verdaderamente me causa asombro, es éste. Cuando pienso en Él, soportando el peso de todos nuestros pecados y perdonando a aquellos que lo clavaron en la cruz, mi pregunta no es: “¿Cómo lo hizo?”, sino “¿Por quélo hizo?”. Cuando llevo a cabo un examen crítico de mi vida y la comparo con la de Él, una vida llena de misericordia, me doy cuenta de que no hago todo lo que debería para seguir al Maestro.

Para mí, esto constituye un asombro superior a cualquier otro. Me asombra muchísimo Su habilidad de sanar a los enfermos y de levantar a los muertos, pero yo también, en cierta medida, he tenido alguna que otra experiencia en sanar. A pesar de que ninguno de nosotros es tan digno como Él, todos hemos sido testigos, una y otra vez, de los milagros del Señor en nuestra propia vida, en nuestro propio hogar y con nuestra propia porción del sacerdocio. Pero ¿Misericordia? ¿Perdón? ¿Expiación? ¿Reconciliación? Las más de las veces, eso es otra cosa.

¿Cómo pudo perdonar a los que lo atormentaban en ese momento? Aun padeciendo todo ese dolor, con la sangre que le brotaba por cada poro, seguía pensando en otras personas. Ésta es todavía otra evidencia asombrosa de que en verdad es perfecto y que espera que nosotros también lo seamos. En el Sermón del Monte, antes de declarar que la perfección es nuestra meta, mencionó un último requisito; dijo que todos debemos amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien a los que nos aborrecen, y orar por los que nos ultrajan y nos persiguen” (véase Mateo 5:44).

Ésa es una de las cosas más difíciles de hacer.

Jesucristo fue la única persona perfecta y la más pura que jamás haya vivido en esta tierra. Él es la única persona de todo el mundo, desde Adán hasta este momento, que merecía adoración, respeto, admiración y amor; sin embargo, lo persiguieron, lo abandonaron y lo mataron. Pese a todo eso, no condenó a los que lo persiguieron.

Él es el sacrificio perfecto

Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron expulsados del Jardín de Edén, el Señor les mandó que “adorasen al Señor su Dios y ofreciesen de las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor” (Moisés 5:5). El ángel le dijo a Adán: “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:7).

El sacrificio servía como recordatorio constante de la humillación y del sufrimiento que el Hijo soportaría para rescatarnos. Era un recordatorio constante de la mansedumbre, la misericordia y la bondad, sí, el perdón que habría de marcar la vida de todas las personas cristianas. Por todas estas razones y otras más, se ofrecían las primeras crías de esos corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

En nuestra dispensación, participamos de la Santa Cena: una ofrenda simbólica que refleja nuestro corazón quebrantado y nuestro espíritu contrito (véase D. y C. 59:8). Al participar, prometemos “recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos…, para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77).

Los símbolos del sacrificio del Señor, ya sea en los días de Adán o en los nuestros, tienen el objetivo de ayudarnos a recordar que debemos vivir de manera pacífica, obediente y misericordiosa. Estas ordenanzas sirven para ayudarnos a recordar que debemos ser ejemplos del evangelio de Jesucristo al mostrar longanimidad y bondad a nuestro prójimo, tal como Él nos lo demostró en la cruz.

Sin embargo, a través de los siglos, muy pocos de nosotros hemos usado estas ordenanzas de la manera apropiada. Caín fue el primero en ofrecer una ofrenda inaceptable. Tal como el profeta José Smith observó: “Abel ofreció a Dios un sacrificio aceptable de las primicias del rebaño. Caín ofreció del fruto de la tierra, y no fue aceptado porque… no podía ejercer una fe que se opusiera al plan celestial. Para expiar por el hombre, era necesario el derramamiento de la sangre del Unigénito, porque así lo disponía el plan de redención; y sin el derramamiento de sangre no había remisión; y en vista de que se instituyó el sacrificio como símbolo mediante el cual el hombre habría de discernir el gran Sacrificio que Dios había preparado, no se podría ejercer la fe en un sacrificio contrario, porque la redención no se pagó de esa manera, ni se instituyó el poder de la Expiación según ese orden… Ciertamente, verter la sangre de un animal no beneficiaría a nadie, a menos que se hiciese como imitación o símbolo o explicación de lo que se iba a ofrecer por medio del don de Dios mismo”2.

Asimismo, muchas personas en nuestros días, al estilo de Caín, regresan a su hogar después de participar de la Santa Cena y discuten con algún integrante de la familia, mienten, engañan o se enojan con un vecino.

Samuel, un profeta de Israel, habló acerca de lo inútil que es ofrecer un sacrificio sin hacer honor al significado de ese sacrificio. Cuando Saúl, rey de Israel, desafió las instrucciones del Señor al llevar consigo, de los de Amalec, “lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová [su] Dios”, Samuel exclamó: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:15, 22).

Saúl ofreció un sacrificio sin comprender el significado de él. Los Santos de los Últimos Días que asisten fielmente a la reunión sacramental, pero que no por ello tienen más misericordia, paciencia o disposición a perdonar, se parecen en mucho a Saúl; participan de las ordenanzas sin llegar a comprender el propósito por el cual se establecieron, el cual es ayudarnos a ser obedientes y mansos al buscar el perdón de nuestros pecados.

La manera de recordar Su sacrificio

Hace muchos años, el élder Melvin J. Ballard (1873–1939) enseñó que Dios “es un Dios celoso; celoso, no sea que [alguna vez] hagamos caso omiso y olvidemos y consideremos sin importancia el mayor don que nos dio”3: la vida de Su Hijo Primogénito.

Entonces, ¿cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos?

Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

“‘Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo’ (Gálatas 6:2) [nos manda Pablo]… La ley de Cristo, con la cual es nuestro deber cumplir, es llevar la cruz. La carga de mi hermano, que yo debo sobrellevar, no es sólo su situación [y circunstancia] externa… sino, literalmente, su pecado; y la única manera de sobrellevar ese pecado es perdonarlo… El perdón implica un sufrimiento semejante al de Cristo, el cual todo cristiano tiene el deber de sobrellevar”4.

Sin duda, la razón por la cual Cristo dijo: “Padre, perdónalos” fue porque, aun en esa terrible hora, Él sabía que ése era el mensaje que había venido a dejar a través de toda la eternidad. El plan de salvación se habría perdido por completo si Él hubiera olvidado que había venido a extender el perdón a la familia humana, no a pesar de la injusticia, la bestialidad, la crueldad y la desobediencia, sino precisamente por causa de ellas. Cualquiera puede ser afable y paciente y perdonar cuando está pasando por un día bueno; pero la persona cristiana debe ser afable y paciente, y perdonar todos los días.

¿Hay alguien que ustedes conozcan que necesite ser perdonado? ¿Hay alguien de su casa, de su familia, de su vecindario que haya hecho algo injusto, algo cruel o algo que una persona cristiana no debería hacer? Todos somos culpables de tales transgresiones; por eso, seguramente hay alguien que necesita su perdón.

Y les ruego que no pregunten si es justo que las víctimas tengan que llevar la carga del perdón en lugar del ofensor; no pregunten si la “justicia” no exige lo contrario. Cuando se trata de nuestros propios pecados, no pedimos justicia; lo que pedimos es misericordia, y eso es lo que debemos estar dispuestos a ofrecer.

¿Somos conscientes de la trágica ironía que implica el no darles a los demás lo que nosotros mismos tanto necesitamos? Al enfrentarnos con la crueldad y la injusticia, tal vez el acto más sublime, sagrado y puro sería decir, con mucha sinceridad, que, aún así “aman a sus enemigos, bendicen a los que los maldicen, hacen bien a los que los aborrecen, y oran por los que los ultrajan y los persiguen”. Ése es el exigente camino hacia la perfección.

El gozo del reencuentro

Recuerdo haber presenciado hace algunos años una situación especial en el Aeropuerto Internacional de Salt Lake. Ese día, bajé del avión y caminé hacia la terminal. Era evidente que un misionero regresaba a su casa, ya que el aeropuerto estaba lleno de personas que indiscutiblemente eran amigos y familiares de ese misionero.

Intenté reconocer a la familia inmediata. Había un padre que no se veía exactamente cómodo; llevaba un traje que lucía raro en él y que estaba un tanto pasado de moda. Parecía ser un hombre que trabajaba la tierra, ya que tenía la piel bronceada y manos grandes y agrietadas por el trabajo.

Había una madre bastante delgada que parecía haber trabajado arduamente durante su vida. Tenía un pañuelo en la mano, uno que creo que alguna vez fue de lino, pero que en ese momento parecía de papel. Estaba casi deshilachado por la expectativa que sólo la madre de un misionero que regresa a casa podría conocer.

Dos o tres hermanos menores correteaban, totalmente ajenos a la situación que se desarrollaba en ese momento.

Me preguntaba quién sería el primero en apartarse del grupo para darle la bienvenida al misionero; al echarle un vistazo al pañuelo de la madre, no me quedó duda de que probablemente sería ella.

Mientras permanecía allí sentado, vi aparecer al misionero que regresaba; supe que era él por los gritos de emoción de la multitud. Parecía el capitán Moroni: limpio y apuesto, erguido y alto. Sin duda alguna, él había llegado a apreciar el sacrificio que esa misión había significado para su padre y para su madre.

Cuando se acercó al grupo, efectivamente, alguien no soportó la espera. No fue la madre ni tampoco fue ninguno de los niños. Fue el padre. Ese hombre, grande, algo torpe, callado y bronceado, corrió y tomó a su hijo entre sus brazos.

El misionero debía de medir casi un metro noventa, más o menos, pero ese padre robusto lo agarró y lo levantó del suelo, y siguió abrazándolo por un largo, largo tiempo. Sólo lo abrazaba, sin pronunciar palabra. El joven puso sus brazos alrededor de su padre y permanecieron abrazados fuertemente. Parecía como si toda la eternidad se hubiese detenido, como si el mundo entero hubiese enmudecido para mostrar respeto por tan sagrado momento.

Fue entonces que pensé en Dios, el Padre Eterno, viendo a Su Hijo salir a servir, a sacrificarse aun cuando no tenía que hacerlo, costeándose Sus propios gastos, por así decirlo, costándole todo lo que había ahorrado durante toda Su vida para darlo a los demás. En ese momento tan maravilloso, no era difícil imaginar a ese Padre decirles con cierta emoción a quienes pudieran escuchar: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Y también era posible imaginar a ese hijo que regresaba triunfante decir: “Consumado es” (Juan 19:30). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Cuán asombroso es

Aun con mi limitada imaginación, puedo ver esa reunión en los cielos; y ruego que ustedes y yo tengamos una similar. Ruego que haya reconciliación, perdón y misericordia, y que tengamos la estatura y el carácter cristianos que debemos cultivar si queremos gozar plenamente de ese momento.

Me asombra que, aun para un hombre como yo, exista esa posibilidad. Si es que he entendido las “buenas nuevas” correctamente, para ustedes y para mí de verdad existe tal posibilidad, de la misma manera que existe para todos los que estén dispuestos a seguir con esperanza y a seguir esforzándose y a brindar a otras personas el mismo privilegio.

Me cuesta entender que quisiera Jesús bajar
del trono divino para mi alma rescatar…
Comprendo que Él en la cruz se dejó clavar.
Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.
Por siempre jamás al Señor agradeceré;
mi vida y cuanto yo tengo a Él daré….
Cuán asombroso es lo que dio por mí5.

Se ofrecían esas primeras crías de corderos, limpias y sin mancha, perfectas en todo aspecto, sobre aquellos altares de piedra, año tras año y generación tras generación; y ellos nos mostraban la relación que guardaban con el gran Cordero de Dios, Su Hijo Unigénito, Su Primogénito, perfecto y sin mancha.

¿Cómo nos aseguramos de que nunca haremos caso omiso del más grandioso de todos Sus dones, ni lo pasaremos por alto ni lo olvidaremos: la vida de Su Hijo Primogénito? Lo hacemos al demostrar nuestro deseo de recibir la remisión de nuestros pecados y nuestra eterna gratitud por la súplica más valiente de todas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo hacemos al unirnos a la obra de perdonar pecados.

Notas

  1. “Asombro me da”, Himnos, N° 118.
  2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (curso de estudio para el Sacerdocio de Melquisedec y la Sociedad de Socorro, 2007) pág. 50.
  3. Melvin J. Ballard: Crusader for Righteousness, 1966, págs. 136–137.
  4. Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship, segunda edición, 1959, pág. 100.
  5. Himnos, N° 118.
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Consagra tu acción

Consagra tu acción

Por el élder Neal A. Maxwell (1926–2004)
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell prestó servicio durante dos años como Ayudante de los Doce y durante cinco en la Presidencia de los Setenta hasta el 3 de octubre de 1981, cuando se le sostuvo como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. El élder Maxwell murió el 21 de julio de 2004, en Salt Lake City, después de librar una lucha de ocho años con la leucemia. Pronunció este memorable discurso sobre la consagración en la conferencia general de abril de 2002.

Al meditar sobre la consagración y procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente”.

Estos comentarios se dirigen a los que son imperfectos pero que aún están esforzándose por mejorar en la familia de la fe. Como siempre, los dirijo a mí mismo antes que a nadie.

Tenemos la tendencia a interpretar la consagración sólo como una renuncia a nuestros bienes materiales cuando nos lo sea indicado por mandato divino, pero la consagración total es la renuncia de sí mismo para entregarse a Dios. El corazón, el alma la mente fueron las palabras inclusivas de Cristo cuando describió el primer mandamiento, que está constantemente en vigencia y no de vez en cuando (véase Mateo 22:37). Si guardamos este mandamiento, nuestras acciones serán a su vez consagradas para el bienestar perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Esa entrega total abarca la sumisa unión convergente de sentimientos, pensamientos, palabras y acciones, que es precisamente lo opuesto al distanciamiento: “Porque, ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchas personas hacen caso omiso de la consagración porque les parece o muy abstracta o muy abrumadora. No obstante, los que somos conscientes sentimos un descontento inspirado por Dios ante la mezcla de progreso y dejadez que nos afecta. Por eso, ofrezco un afectuoso consejo para continuar en ese progreso, aliento para seguir adelante en la jornada y consuelo para hacer frente a nuestras propias dificultades en las variaciones que le son inherentes.

Seamos totalmente sumisos

La sumisión espiritual no se logra en un instante sino al ir mejorando poco a poco y con pasos sucesivos, peldaño a peldaño. De todos modos, esos peldaños se deben subir uno a uno. Finalmente, nuestra voluntad queda “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 15:73:19). De otra forma, aun cuando sigamos intentándolo, la conmoción del mundo nos mantendrá, hasta cierto punto, desviados de nuestra meta.

Es importante notar los hechos que ilustran lo que sucede cuando se trata de la consagración económica. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustrajeron del precio” (véase Hechos 5:1–11). Del mismo modo, muchos de nosotros nos aferramos tenazmente a determinada “parte”, tratando como una posesión algo que nos obsesione. Así es como, sea lo que sea que ya se haya dado, la última porción es la más difícil de ceder. Es cierto que una entrega parcial es todavía digna de encomio, pero se parece en gran parte a la conocida excusa: “Ya contribuí a esa causa” (véase Santiago 1:7–8).

Por ejemplo, quizás poseamos ciertas habilidades que erróneamente pensemos que nos pertenecen. Si continuamos aferrándonos a ellas más de lo que nos allegamos a Dios, estaremos retrocediendo ante el primer mandamiento consagrante. Puesto que Él nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable que quedemos sin aliento por dedicarnos demasiado a dichas distracciones! (Mosíah 2:21).

Cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y dinero pero aún nos reservamos partes de nuestro yo íntimo, eso nos presenta una piedra de tropiezo, ¡pues significa que no somos completamente Suyos!

Hay personas que tienen dificultad cuando están a punto de completar alguna tarea en particular. Pero tenemos un modelo en Juan el Bautista cuando dijo con respecto al rebaño de Jesús que se acrecentaba: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente que nuestras presentes asignaciones son el único indicador de cuánto nos ama Dios servirá sólo para aumentar nuestra renuencia a dejarlas. Hermanos y hermanas, Dios ya ha establecido que el valor que tiene cada uno de nosotros es “grande”, y no fluctúa como el mercado de valores.

Hay otros peldaños que no se utilizan porque, como el joven rico y justo, todavía no estamos dispuestos a reconocer lo que aún nos falta (véase Marcos 10:21). Queda expuesto así un residuo de nuestro egoísmo.

La vacilación para consagrarnos se presenta de diversas formas. Por ejemplo, en el reino terrestre estarán los “honorables”, quienes obviamente no hablan falso testimonio. Sin embargo, no fueron “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:75, 79). La mejor manera de testificar de Jesús valerosamente es parecernos cada vez más a Él, y ésa es la consagración que talla en nuestro carácter la facultad de emularlo (véase 3 Nefi 27:27).

No pongamos a otros dioses delante de Dios

Cuando enfrentamos las dificultades a que me he referido, la sumisión espiritual es una cualidad afortunada y útilmente sagaz, ayudándonos a veces a renunciar a algunas cosas, inclusive a la vida terrenal, y otras a asirnos e incluso a subir el siguiente peldaño (véase 1 Nefi 8:30).

No obstante, si carecemos de la debida perspectiva, los próximos metros, aunque sean pocos, pueden resultarnos terriblemente difíciles. Lamán y Lemuel, con su visión limitada, aun cuando sabían cómo bendijo Dios al antiguo Israel para escapar del poderoso Faraón y de sus huestes, carecían de la fe en que Dios les ayudaría a vencer a Labán, un insignificante líder local.

Es posible también que nos desviemos si estamos demasiado anhelosos por complacer a nuestros superiores en el nivel profesional o a los compañeros de esparcimiento. El complacer a “otros dioses” en lugar de al Dios verdadero es también una violación del primer mandamiento (Éxodo 20:3).

A veces defendemos incluso nuestras idiosincrasias como si esos rasgos constituyeran nuestra personalidad. En cierto modo, el discipulado es un “deporte de contacto”, como lo testificó el profeta José Smith:

“Soy como una enorme piedra áspera… y la única manera de pulirme es cuando una de las puntas de la piedra se alisa al entrar en contacto con otra cosa pegándose fuertemente contra ella… Así llegaré a ser un dardo liso y pulido en el carcaj del Todopoderoso”1.

Puesto que muchas veces las rodillas se doblan mucho antes que la mente, el hecho de retener esta “parte” priva a la obra de Dios de algunos de los mejores intelectos de la humanidad. Sería mucho mejor que fuéramos mansos como Moisés, que aprendió cosas “que… nunca… había imaginado” (Moisés 1:10). Sin embargo, hermanos y hermanas, lamentablemente existe mucha vacilación en la sutil interacción entre el albedrío y la identidad. La entrega de la mente es, en realidad, una victoria, porque nos introduce en los caminos ensanchadores y “más altos” de Dios (Isaías 55:9).

Irónicamente, aun cuando se ponga en cosas buenas, la atención desmesurada quizás haga que nuestra devoción a Dios disminuya. Por ejemplo, es posible envolverse demasiado en deportes y en un fanatismo por el aspecto del cuerpo, algo que observamos a diario; se puede venerar la naturaleza y aun así descuidar al Dios de la naturaleza; es posible sentir una admiración especial por la buena música, así como por una profesión meritoria hasta el punto de excluir todo lo demás. En esas circunstancias, muchas veces se omite “lo más importante” (Mateo 23:23; véase también 1 Corintios 2:16). Sólo el Altísimo puede guiarnos totalmente hacia el bien más sublime que podamos llevar a cabo.

Según lo que Jesús hizo destacar con énfasis, de los dos grandes mandamientos depende todo lo demás, y no viceversa (véase Mateo 22:40). No se suspende el primer mandamiento solamente porque vayamos entusiasmados en pos de un bien menor, porque no es un Dios menor al que adoramos.

Reconozcamos la mano de Dios

Por lo tanto, antes de disfrutar del producto de nuestros justos esfuerzos, reconozcamos primeramente la mano de Dios; de lo contrario, surgen justificativos tales como: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:17); o nos “alabamos” nosotros mismos, como lo habría hecho el antiguo Israel (excepto el ejército de Gedeón, que deliberadamente era pequeño), jactándonos: “Mi mano me ha salvado” (Jueces 7:2). El halago de nuestra propia “mano” hace que sea doblemente difícil confesar la mano de Dios en todas las cosas (véase Alma 14:11D. y C. 59:21).

En un lugar llamado Meriba, Moisés, uno de los más grandes hombres que han existido, estaba asediado por la gente que clamaba por agua. En ese momento, Moisés “habló precipitadamente”, diciendo: “¿Os hemos de hacer salir aguas?” (Salmos 106:33Números 20:10; véase también Deuteronomio 4:21). El Señor le enseñó una lección sobre el problema de pronombres [por haber dicho “os hemos” en lugar de “Dios os hará”], y lo magnificó aún más. Bien haríamos en ser tan mansos como Moisés (véase Números 12:3).

Jesús nunca, nunca, ¡nunca! perdió de vista Su perspectiva. Aun cuando anduvo haciendo tanto bien, siempre tuvo en cuenta que le esperaba la Expiación, suplicando con percepción: “Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto he llegado a esta hora” (Juan 12:27; véase también 5:30; 6:38).

Al desarrollar nosotros más amor, paciencia y mansedumbre, más tendremos para ofrecer a Dios y a la humanidad. Más aún, ninguna otra persona ha sido colocada como lo hemos sido nosotros, exactamente, en nuestra esfera humana de oportunidades.

Es cierto que los mencionados peldaños sucesivos nos llevan a un territorio nuevo que tal vez no tengamos ningún deseo de explorar. De ahí que los que ya hayan recorrido con éxito esos peldaños sean una fuerza motivadora para el resto de nosotros; generalmente, prestamos más atención a aquellos a quienes admiramos. El hambriento hijo pródigo añoraba las comidas de su hogar, pero también lo atraían allí otros recuerdos, por lo que dijo: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18).

La consagración devuelve a Dios lo que es Suyo

En nuestra lucha por lograr una total sumisión, de todas maneras nuestra voluntad es lo único que realmente tenemos para entregar a Dios. Los dones de costumbre y sus derivados que le ofrecemos podrían muy bien llevar una etiqueta que dijera: “Devuélvase al remitente”, con Rmayúscula. Aun cuando Dios reciba a cambio ese único don, los que sean totalmente fieles recibirán “todo lo que [el] Padre tiene” (D. y C. 84:38). ¡Qué extraordinario tipo de cambio!

Entretanto, hay todavía ciertas realidades a tener en cuenta: Dios nos ha dado la vida, el albedrío, diferentes tipos de talento y oportunidades; nos ha dado nuestros bienes; nos ha dado la porción de vida terrenal que nos corresponde, junto con el aliento que nos hace falta (véase D. y C. 64:32). Si nos dejamos guiar por esa perspectiva, evitaremos cometer errores graves en cuanto a lo que es o no es importante; esos errores serían mucho más serios que el de escuchar un cuarteto doble ¡y confundirlo con el Coro del Tabernáculo!

No es de extrañar que el presidente [Gordon B.] Hinckley… haya hecho hincapié en que somos un pueblo de convenios, poniendo énfasis en los convenios de la Santa Cena, del diezmo y del templo, y mencionando el sacrificio como “la esencia misma de la Expiación”2.

El ejemplo de sumisión de Jesús

El Salvador logró una asombrosa sumisión cuando se enfrentó a la angustia y al terrible sufrimiento de la Expiación y deseó “no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). En nuestra escala imperfecta y mucho menor, nosotros enfrentamos pruebas y deseamos que de algún modo se nos libre de ellas.

Consideren lo siguiente: ¿Cuán importante habría sido el ministerio de Jesús si hubiese efectuado más milagros pero sin el milagro trascendental de Getsemaní y el Calvario? Sus otros milagros brindaron benditas extensiones de vida y disminuyeron el sufrimiento de algunas personas; pero ¿cómo podrían compararse ésos con el milagro más grandioso de todos: la Resurrección universal? (véase 1 Corintios 15:22). La multiplicación de los panes y los peces alimentó a una multitud hambrienta; a pesar de ello, los que comieron tuvieron otra vez hambre muy pronto, mientras que los que coman del Pan Vivo no volverán a sentirla nunca (véase Juan 6:51, 58).

Al meditar sobre la consagración y cómo procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente” (D. y C. 17:8). ¿Le creemos realmente? También ha prometido que hará que lo débil se haga fuerte (véase Éter 12:27). ¿Estamos realmente dispuestos a someternos a ese proceso? Y, sin embargo, ¡si deseamos la plenitud, no podemos reservarnos una parte!

El dejar que nuestra voluntad sea cada vez más absorbida en la voluntad del Padre significa en realidad que nuestra individualidad sea ensalzada y expandida y más capaz de recibir “todo lo que [Dios] tiene” (D. y C. 84:38). Además, ¿cómo nos puede confiar “todo” lo que es Suyo a menos que nuestra voluntad sea como la Suya? Tampoco podrían los que se comprometan a medias apreciar completamente “todo” lo que Él tiene.

Francamente, si nos reservamos una parte, sea cual sea, lo que traicionamos es nuestro propio potencial. Por lo tanto, no tenemos por qué preguntar: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Preguntemos en cambio sobre nuestras propias piedras de tropiezo: “Señor, ¿es esto lo que debo cambiar?”. Quizás hayamos sabido la respuesta desde hace mucho tiempo y necesitemos más resolución personal que contestación del Señor.

En el generoso plan de Dios, la mayor felicidad está reservada al final para los que estén dispuestos a extenderse y a pagar el precio de la jornada hacia Su reino majestuoso. Hermanos y hermanas, “emprendamos otra vez esta jornada”3.

En el nombre del Señor del brazo extendido (véase D. y C. 103:17136:22), sí, el Señor Jesucristo. Amén.

Notas

1. Citado en la obra de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, (1965–1975), tomo 1, pág.185.
2. Teachings of Gordon B. Hinckley [“Enseñanzas de Gordon B. Hinckley”], 1997, pág. 147.
3. “Come, Let Us Anew”, Hymns, Nº 217 [no se ha traducido al español].

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Las profecías sobre la venida de Cristo

Las profecías sobre la venida de Cristo

Puedes prepararte ahora para la Navidad al recordar cómo se prepararon otras personas para Él en aquel entonces.

En la Biblia y en el Libro de Mormón muchos profetas predijeron el nacimiento y el ministerio de Jesucristo cientos de años antes de que ocurrieran. Durante los doce días que preceden a la Navidad, este calendario de Adviento servirá como referencia para los pasajes de las Escrituras que mencionan el nacimiento y la vida del Salvador, así como para actividades que puedas realizar a fin de ser más como Cristo. Lee las Escrituras a diario y, si lo deseas, intenta realizar la actividad correspondiente. Con el permiso de tus padres, en la noche de hogar podrías utilizar ideas de este calendario.

El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Dejemos por algunos momentos los catálogos de Navidad con sus exóticos regalos. Más aún, dejemos a un lado las flores para mamá, la corbata especial para papá, la hermosa muñeca, el tren con su silbato, la tan ansiada bicicleta, incluso los libros y los videos, y dirijamos nuestros pensamientos hacia las dádivas perdurables de Dios”1.

Cuando la época navideña llegue a su fin, retengan en la mente y en el corazón lo que hayan aprendido y celebren la Navidad todo el año al prestar servicio a los demás.

13 de diciembre

Isaías, un profeta del Antiguo Testamento, profetizó que una mujer pura daría a luz al Hijo de nuestro Padre Celestial. Esas predicciones de las Escrituras se escribieron más de setecientos años antes de Su nacimiento.

“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14; véase también 2 Nefi 17:14).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6; véase también 2 Nefi 19:6).

Guiándote por la oración, elige a un amigo o a un miembro de la familia o del barrio o de la rama y, en secreto, déjale un pequeño obsequio, como por ejemplo una golosina, un pensamiento de las Escrituras o una tarjeta de Navidad.


14 de diciembre

Nefi vio en una visión a la virgen María y al niño Jesús:

“Y me dijo: He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.

“Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:18–21).

Para Navidad, haz una lista de las cosas que te gustaría daren lugar de las que quisieras recibir.


15 de diciembre

Los profetas testificaron de la misión de Cristo en la tierra. A continuación hay una explicación del profeta Abinadí, que vivió aproximadamente en el año 150 a. C.:

“Y así la carne, habiéndose sujetado al Espíritu, o el Hijo al Padre, siendo un Dios, sufre tentaciones, pero no cede a ellas, sino que permite que su pueblo se burle de él, y lo azote, y lo eche fuera, y lo repudie.

“Y tras de todo esto, después de obrar muchos grandes milagros entre los hijos de los hombres …

“… será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:5–7).

Prepara alguna golosina de Navidad y regálala a una familia de tu barrio o rama. La acción de dar aumentará la unión y la amistad de la gente del barrio.


16 de diciembre

Alma profetizó lo siguiente a la gente de Gedeón alrededor del año 83 a.de J.C.:

“…el Hijo de Dios viene sobre la faz de la tierra …

“Y he aquí, nacerá de María… y siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, dará a luz un hijo, sí, aun el Hijo de Dios.

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia” (Alma 7:9–12).

Da un regalo de servicio a alguien que lo necesite. Pide ayuda a tu familia para saber qué tipo de servicio podrías prestar.


17 de diciembre

Jesucristo ama a cada uno de los hijos de Dios y jamás olvidaría a ninguno. Ezequiel profetizó que el Señor iba a ser un pastor y que reuniría a Sus ovejas perdidas.

“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré,

“Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares …

“Y yo las sacaré de los pueblos, y… las traeré a su propia tierra, y las apacentaré en los montes de Israel” (Ezequiel 34:11–13).

Dedica tiempo para pasarlo con un hermano menor, un pariente o un amigo. Léele la historia de la Natividad en el capítulo 2 de Lucas.


18 de diciembre

Aunque Jesucristo es perfecto, era necesario que se bautizara para cumplir toda justicia. Lo que sigue a continuación es un relato de la profecía de Lehi, registrado por Nefi:

“Y mi padre dijo que [Juan el Bautista] bautizaría en Betábara, del otro lado del Jordán; y también dijo que bautizaría con agua; que aun bautizaría al Mesías con agua;

“y que después de haber bautizado al Mesías con agua, vería y daría testimonio de haber bautizado al Cordero de Dios, que quitaría los pecados del mundo” (1 Nefi 10:9–10).

Para obsequiar el regalo de tu tiempo, pásalo con una persona enferma, anciana o viuda de tu barrio o vecindario. Pídele que te hable de una Navidad inolvidable que haya tenido.


19 de diciembre

Samuel el Lamanita profetizó de las señales que aparecerían en el tiempo del nacimiento del Salvador:

“He aquí, os doy una señal; porque han de pasar cinco años más y, he aquí, entonces viene el Hijo de Dios para redimir a todos los que crean en su nombre.

“… habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida, al grado de que a los hombres les parecerá que es de día …

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:2–3, 5).

Escribe en tu diario lo que significa para ti la Navidad y cuáles son las tradiciones de tu familia en esa fecha.


20 de diciembre

Antes del nacimiento de Cristo, el ángel Gabriel visitó a María.

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

“a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres …

“porque has hallado gracia delante de Dios.

“Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:26–28, 30–31).

Reúne a familiares y amigos para salir a cantar villancicos por el vecindario, o cántenlos en tu propio hogar.


21 de diciembre

Nefi, nieto de Helamán, esperaba fielmente la venida del Señor. Pero los incrédulos le dijeron: “…He aquí, ya se pasó el tiempo, y no se han cumplido las palabras de Samuel; de modo que han sido en vano vuestro gozo y vuestra fe concernientes a esto” (3 Nefi 1:6).

Entonces, Nefi “fue y se postró en tierra y clamó fervorosamente a su Dios a favor de su pueblo” (vers. 11).

Y el Señor le dijo: “Alza la cabeza y sé de buen ánimo, pues he aquí, ha llegado el momento; y esta noche se dará la señal, y mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho declarar por boca de mis santos profetas” (vers. 13).

En tus oraciones, expresa gratitud al Padre Celestial por el don de Su Hijo.


22 de diciembre

Finalmente se cumplieron las profecías del nacimiento de Cristo.

“Y aconteció que se cumplieron las palabras que se dieron a Nefi, tal como fueron dichas …

“Y hubo muchos, que no habían creído las palabras de los profetas, que cayeron a tierra y se quedaron como si estuviesen muertos… porque la señal que se había indicado estaba ya presente …

“Y sucedió que no hubo obscuridad durante toda esa noche, sino que estuvo tan claro como si fuese mediodía …

“Y aconteció también que apareció una nueva estrella, de acuerdo con la palabra” (3 Nefi 1:15–16, 19, 21).

Jesucristo nos dio el regalo más grandioso de todos: Su vida. Para demostrar a tus padres cuánto los aprecias, escríbeles una carta en la que les agradezcas todo lo bueno que han hecho por ti.


23 de diciembre

La noche del nacimiento de Cristo apareció un ángel ante los buenos pastores de Belén proclamando las nuevas de Su nacimiento.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor” (Lucas 2:7–11).

Toma la determinación de ser una persona más feliz y bondadosa.


24 de diciembre

Nosotros, los cristianos, somos testigos de Jesucristo todos los días del año por medio de la fe y las buenas obras. El profeta José Smith y Sidney Rigdon dieron este testimonio:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

Comparte tu testimonio sobre el Salvador en la próxima oportunidad que se te presente, como por ejemplo en la reunión de ayuno y testimonios.


Nota

  1. Thomas S. Monson, “Dones atesorados”, Liahona,diciembre de 2006, pág. 4; Ensign, diciembre de 2006, pág. 6.

 

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Lugar en el mesón

Lugar en el mesón

Por el élder Neil L. Andersen
De la Presidencia de los Setenta

“Lugar en el mesón” apareció impreso originalmente en Christmas Treasures[“Tesoros de Navidad”], Deseret Book, 1994.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

Una hermosa y fría tarde de invierno nos dirigíamos en una furgoneta hacia la casa de la misión en Burdeos, Francia; era el 24 de diciembre de 1990, y estábamos en camino a casa para pasar la Navidad.

Mi esposa Kathy y yo, junto con nuestros cuatro hijos: Camey, de catorce años, Brandt, de trece, Kristen, de diez, y Derek, de ocho, acabábamos de pasar una semana inolvidable: a causa de las grandes distancias que formaban parte de nuestra misión, no habíamos reunido a los misioneros para celebrar la Navidad, sino que en cambio habíamos recorrido con nuestra familia todas las ciudades de la misión, brindando así un espíritu de unidad familiar y dando participación a los niños en un programa especial de Navidad. Con cada uno de los misioneros, nuestra familia se había regocijado en el gran privilegio de compartir el Evangelio restaurado de Cristo en esa gloriosa época del año.

El último día se habían unido a nosotros cuatro excelentes misioneros. La gran furgoneta azul, ya repleta, iba llena también del espíritu de Navidad, y los villancicos y las historias favoritas hacían que el tiempo pasara más rápido. Kristen y Derek estaban cada vez más entusiasmados con la expectativa de las sorpresas que les traería la mañana de Navidad. Casi podíamos sentir el aroma del pavo para la cena que un maravilloso matrimonio misionero estaba preparando para nuestro regreso. En el aire se percibía el espíritu de la Navidad.

No fue sino hasta avanzada la tarde que nos dimos cuenta del problema que estábamos por enfrentar; durante la mayor parte de la mañana habíamos tenido algunas dificultades al hacer los cambios en la furgoneta. Nos detuvimos para revisar el líquido de la caja de cambios y todo parecía estar bien. Para entonces, cuando ya estaba oscureciendo y todavía nos quedaban dos horas de viaje hasta Burdeos, la tercera, la cuarta y la quinta velocidades dejaron de funcionar.

Avanzamos lentamente en segunda por el camino rural bordeado de árboles; era imposible que llegáramos a Burdeos en esas condiciones, por lo que empezamos a buscar alguna ayuda. Nuestra primera esperanza fue una pequeña tienda de artículos generales que estaba por cerrar. Allí pregunté dónde podríamos alquilar un auto o encontrar una estación de tren; pero estábamos lejos de cualquier ciudad y mis preguntas no obtuvieron la respuesta que deseábamos.

Regresé a la furgoneta, donde observé la preocupación y la desilusión en las caras de nuestros hijos menores. ¿No íbamos a llegar a casa para la Nochebuena? ¿Tendrían que pasar aquella noche tan especial del año en una furgoneta de la misión abarrotada de gente? Después de haber brindado felicidad y alegría a los misioneros que estaban lejos de su casa, ¿iban a recibir la Navidad en un remoto camino rural de Francia, lejos de su propio hogar?

Kristen sabía a Quién debíamos recurrir e inmediatamente propuso que oráramos. Muchas veces habíamos orado en familia por los que necesitaban ayuda: por los misioneros, los investigadores, los miembros de la Iglesia, nuestros líderes, los habitantes de Francia y nuestra propia familia. Nos inclinamos para orar y suplicamos ayuda humildemente.

Ya había oscurecido. La furgoneta continuó marchando lentamente junto a los bosques de pinos, al paso de una persona que hace ejercicio trotando. Teníamos la esperanza de llegar a un pueblito que estaba a cinco kilómetros de distancia; al poco rato, con las luces del coche vimos el pequeño cartel con una flecha que nos indicaba el lugar: Villeneuve-de-Marsan.

Habíamos recorrido muchas veces el camino de doble vía desde Pau hasta Burdeos, pero nunca nos habíamos desviado de la carretera hasta el pueblecito de Villeneuve-de-Marsan. La escena que se nos presentó al entrar era la misma de muchos pueblos franceses: las casas y las pequeñas tiendas estaban pegadas unas a las otras y parecían amontonarse a los lados del angosto camino que conducía al pueblo. La gente había cerrado temprano los postigos de las ventanas y las calles estaban oscuras y desiertas. En el centro del pueblo, las luces de la antigua iglesia católica constituían la única señal de vida; brillaban resplandecientes en preparación para la tradicional misa de medianoche. Después de pasar la iglesia, la furgoneta aminoró la marcha y al fin se paró; felizmente, estábamos enfrente de una hermosa posada campestre que tenía las luces encendidas; nos pareció que era nuestra última oportunidad de obtener ayuda.

A fin de no inquietar a los de la posada con tanta gente, Kathy, Camey y los misioneros se quedaron en la furgoneta mientras los tres niños menores entraban conmigo. En la recepción había una joven a la cual le expliqué nuestra situación; ella notó la expresión ansiosa en las caras de mis hijos y nos dijo con bondad que esperáramos mientras iba a buscar al posadero, el señor Francis Darroze.

Camey entró para averiguar cómo estaban las cosas. Mientras esperábamos que apareciera el señor Darroze, ofrecí en silencio una oración de gratitud. Quizás no pudiéramos volver aquella noche a Burdeos, pero, ¡qué grande la bondad de nuestro Padre Celestial al habernos conducido hasta un hotel limpio! Me estremecí al pensar en que, con toda probabilidad, habríamos tenido que pasar la noche en la furgoneta, en una región remota de Francia. Noté que en la sala vecina había un restaurante y me sorprendió que estuviera abierto en Nochebuena. Al menos podríamos tener una buena cena, bañarnos con agua caliente y dormir cómodamente.

El señor Darroze llegó vestido con la ropa tradicional de cocinero francés, con su chaqueta cruzada y abotonada hasta la barbilla. Era el dueño de la posada, un hombre de importancia en la localidad. Sus ojos simpáticos y su pronta sonrisa comunicaban también que, además, era un caballero.

Le hablé de nuestro problema, de que éramos diez en la furgoneta y de que íbamos camino a Burdeos. Como notó mi acento, agregué que éramos estadounidenses y en una frase le expliqué por qué estábamos en Francia.

Inmediatamente se mostró dispuesto a ayudarnos. A unos dieciséis kilómetros había una ciudad no muy grande que tenía un servicio de trenes, y llamó para preguntar a qué hora había un tren a Burdeos, pero le informaron que no había ninguno sino hasta las 10:15 de la mañana de Navidad. Todos las compañías de autos de alquiler estaban ya cerradas.

En la cara de mis hijos menores se hizo evidente la desilusión que sentían. Pregunté al señor Darroze si había lugar en el mesón para alojar a nuestra familia y a los cuatro misioneros aquella noche. Aun cuando no llegáramos a casa, por lo menos era una gran bendición haber encontrado un alojamiento tan agradable.

El señor Darroze miró a mis hijos; hacía tan sólo unos pocos minutos que nos conocía, pero la hermandad que atraviesa todos los océanos y nos hace ser una sola familia le tocó el corazón. El espíritu de Navidad le llenó el alma. “Señor Andersen”, me dijo, “por supuesto, tenemos cuartos que ustedes pueden alquilar; pero estoy seguro de que no quieren pasar la Nochebuena aquí en la posada. Los niños deben estar en su hogar para esperar el alborozo de la mañana de Navidad. Le prestaré mi auto y podrán llegar a Burdeos esta noche”.

Me quedé asombrado ante su gran amabilidad. La mayor parte de la gente contempla con desconfianza a los extraños, particularmente a los extranjeros como nosotros. Le agradecí, explicándole que éramos diez y que un pequeño auto francés no podría jamás llevar a todos.

Él vaciló un momento, pero su vacilación no hizo disminuir su ofrecimiento, sino que lo aumentó.

”En la granja que tengo a unos dieciséis kilómetros de aquí hay una furgoneta vieja; la usamos para el trabajo de granja y sólo tiene los dos asientos del frente. No alcanzará más de unos setenta kilómetros por hora y no estoy seguro de que la calefacción funcione bien; pero si la quiere, lo llevaré hasta la granja para buscarla”.

Los niños brincaron de alegría al oírlo. Metí la mano en el bolsillo para sacar dinero y tarjetas de crédito, pero él sacudió la cabeza y un dedo en señal de desaprobación.

”No”, me dijo, “no aceptaré nada. Usted puede devolverme la furgoneta cuando tenga tiempo, después de Navidad. Es Nochebuena; ¡lleve a su familia a casa!”

Poco después de medianoche, aparecieron en la distancia las luces de Burdeos; los niños y los misioneros se habían quedado dormidos en la parte de atrás de la furgoneta del posadero. Al recorrer las conocidas calles que conducían a nuestro hogar, Kathy y yo agradecimos al bondadoso Padre Celestial nuestro propio milagro de Navidad, porque había escuchado nuestras oraciones en un momento en que solamente Él podía traernos de regreso a casa.

Llegamos a casa en Nochebuena, aun cuando en Villeneuve-de-Marsan había lugar en el mesón.

En un momento en que solamente nuestro Padre Celestial podía traernos de regreso a casa, Él había escuchado nuestras oraciones.

 

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La mejor de las Navidades

La mejor de las Navidades

Por el presidente Thomas S. Monson

El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el espíritu de la Navidad, lo que nos hace interesarnos más por las personas que por los objetos.


En esta época del año, las ondas radiofónicas están llenas de música navideña. Mi corazón se remonta muchas veces a mi hogar natal y a Navidades pasadas al escuchar algunas de mis canciones predilectas de Navidad, tal como ésta:

¡Ah! No hay nada como el hogar
para las Fiestas, pues no obstante
lo mucho que te puedas alejar,
si quieres ser feliz de mil maneras
para las Fiestas, nada supera
al hogar, el dulce hogar1.

Una escritora dijo: “Otra vez Navidad, siempre el momento del regreso. Al destacarse por su misterio, su espíritu y magia, de cierto modo la época parece quedar suspendida en el tiempo. La importancia de todo lo que nos es querido, que es duradero, se renueva: Hemos regresado al hogar”2.

El presidente David O. McKay (1873–1970) dijo: “La verdadera felicidad se obtiene solamente al hacer felices a otras personas, o sea, en la aplicación práctica de la doctrina del Salvador de perder la vida para hallarla. En resumen, el espíritu de la Navidad es el espíritu de Cristo que ilumina nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y que nos inspira a rendir actos bondadosos de servicio.

“Es el espíritu del evangelio de Jesucristo, por cuya obediencia se obtendrá ‘paz en la tierra’, porque significa buena voluntad hacia todos los hombres”3.

El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el espíritu de la Navidad. Se perdona a los enemigos, se recuerda a los amigos y se obedece a Dios. El espíritu de la Navidad ilumina la ventana panorámica del alma por la que contemplamos la vida agitada del mundo y nos hace interesarnos más por las personas que por los objetos. Para comprender el verdadero significado del “espíritu de la Navidad”, sólo tenemos que recordar de quién es el nacimiento que celebramos ese día y entonces se convierte en el “Espíritu de Cristo”.

Lo recordamos a Él

Si tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquel cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año. Con la imaginación, contemplamos aquella primera Navidad predicha por los profetas de la antigüedad. Así como yo, ustedes recordarán las palabras de Isaías: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”4, que significa “Dios con nosotros”.

En el continente americano, los profetas dijeron: “Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… morará en un tabernáculo de barro… sufrirá tentaciones, y dolor… Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios”5.

Entonces llegó aquella noche de noches en que los pastores se hallaban en los campos y el ángel del Señor apareció ante ellos, anunciándoles el nacimiento del Salvador. Más adelante, los magos viajaron desde el Oriente hasta Jerusalén, “diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle …

“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”6.

Los tiempos cambian; los años pasan en rápida sucesión; pero la Navidad continúa siendo sagrada. En esta maravillosa dispensación de la plenitud de los tiempos, las oportunidades que tenemos de dar parte de nosotros mismos son verdaderamente ilimitadas, pero también son perecederas. Hay corazones que alegrar, palabras bondadosas que expresar, regalos que dar, buenas acciones que llevar a cabo. Hay almas que salvar.

Un regalo de Navidad

En el siglo pasado, a principios de los años 30, Margaret Kisilevich y su hermana Nellie dieron un regalo de Navidad a sus vecinos, la familia Kozicki, que éstos recordaron por el resto de su vida y que llegó a ser una inspiración para todos los miembros de esa familia.

En esa época, Margaret vivía en Two Hills, Alberta, Canadá, una comunidad de granjeros poblada en su mayor parte por inmigrantes ucranianos y polacos, que generalmente tenían familias grandes y eran muy pobres. Eran los tiempos de la gran depresión económica.

La familia de Margaret consistía de sus padres y los quince hijos de ambos. La madre era una mujer industriosa y el padre era un hombre emprendedor, y con todos aquellos hijos formaban un buen equipo de trabajadores; por consiguiente, su hogar estaba siempre tibio en el invierno y, a pesar de su humilde situación, nunca pasaban hambre. En el verano cultivaban un enorme huerto, hacían chucrut [repollo fermentado], requesón, crema agria y encurtidos para hacer intercambio. También criaban aves, cerdos y ganado para consumo. Tenían poco dinero, pero podían cambiar todos esos productos por otros artículos que ellos no producían.

La madre de Margaret tenía unos amigos con los cuales había emigrado de su país; éstos eran propietarios de una tienda de artículos generales, la que se convirtió en un depósito donde la gente del lugar donaba o trocaba ropa, zapatos, etc., de segunda mano. Muchos de esos artículos pasaron a la familia de Margaret.

Los inviernos en Alberta eran fríos, largos y rigurosos; durante uno de ésos, Margaret y su hermana Nellie notaron la pobreza de sus vecinos, la familia Kozicki, que vivían en una granja a pocos kilómetros. Cuando el padre de esta familia llevaba a los hijos a la escuela en su trineo hecho en casa, siempre entraba en el edificio para calentarse junto a la estufa antes de regresar a casa. El calzado de la familia consistía en trapos y bolsas de arpillera que cortaban en tiras y con las que se envolvían las piernas y los pies; después las rellenaban de paja y las ataban con un cordel.

Las dos niñas decidieron invitar, por medio de los niños, a la familia Kozicki para la cena de Navidad; también se pusieron de acuerdo en no hablar de la invitación con nadie de su familia.

Llegó la mañana de Navidad y todos estaban muy ocupados en los preparativos para el banquete del mediodía. La noche anterior habían puesto en el horno el enorme trozo de cerdo para asar; con anticipación, ya se habían preparado los rollos de repollo, las rosquillas, los bollos de ciruela y una bebida especial de azúcar acaramelada; para completar el menú, había chucrut, encurtidos y hortalizas surtidas. Margaret y Nellie estaban a cargo de preparar las hortalizas frescas, y la madre les preguntó varias veces por qué pelaban tantas papas, zanahorias y remolachas, pero ellas se limitaron a seguir pelando sin decir nada.

El padre fue el primero en notar el trineo tirado por caballos y lleno con trece personas que llegaba por el camino. Puesto que le gustaban mucho todos los caballos, era capaz de reconocerlos a gran distancia. “¿Por qué vienen para acá los Kozicki?”, le preguntó a la esposa, y ésta contestó: “No lo sé”.

Una vez que llegaron, el papá de Margaret ayudó al señor Kozicki a poner los animales en el establo, y la esposa de éste abrazó a la mamá de Margaret y le agradeció el que los hubieran invitado para Navidad. Luego todos entraron en la casa y las festividades comenzaron.

Los adultos comieron primero; a continuación, se lavaron los platos y cubiertos y los niños comieron en turnos. Fue un festín magnífico que se hizo mejor por haberlo compartido. Después de que todos terminaron de comer, cantaron villancicos y otras canciones de Navidad, tras lo cual los adultos se sentaron otra vez a conversar.

La caridad en acción

Margaret y Nellie llevaron a los niños al dormitorio y sacaron de debajo de la cama varias cajas llenas de ropa y calzado de segunda mano que los comerciantes amigos de su madre les habían regalado. A esto siguió un celestial desorden, con un desfile de moda espontáneo mientras cada uno elegía la ropa y el calzado que más le gustaba. Hicieron tanto alboroto que el padre de Margaret fue a averiguar a qué se debía todo ese ruido. Al ver la felicidad de sus hijas y el regocijo de los niños de los Kozicki con sus ropas “nuevas”, sonrió y les dijo: “Sigan divirtiéndose”.

A primera hora de la tarde, antes de que se pusiera muy frío y oscuro con la puesta de sol, la familia de Margaret despidió a sus amigos, que se fueron bien alimentados, bien vestidos y bien calzados.

Margaret y Nellie nunca contaron a nadie sobre su invitación a los Kozicki y el hecho permaneció en secreto hasta 1998, cuando al celebrar su Navidad número setenta y siete, Margaret Kisilevich Wright lo contó por primera vez a su familia, comentando que aquella había sido la mejor Navidad de su vida.

Si queremos tener la mejor Navidad de nuestra vida, debemos prestar atención al sonido de los pies calzados con sandalias; debemos tratar de alcanzar la mano del Carpintero. Con cada paso que demos en Sus huellas, abandonaremos una duda y ganaremos una verdad.

De Jesús de Nazaret se dijo que “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”7. ¿Tenemos nosotros la determinación de hacer lo mismo? Una línea de las santas Escrituras contiene un tributo a nuestro Señor y Salvador, de Quien se dijo que “anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él”8.

Ruego que en esta época de Navidad, y en todas las Navidades venideras, sigamos Sus pasos. Entonces cada Navidad será la mejor de nuestra vida.


Notas

  1. Al Stillman y Robert Allen, “Home for the Holidays” [“Regreso al hogar para las Fiestas”].
  2. Elizabeth Bowen, “Home for Christmas”, citado en la obra de Mary Engelbreit, Believe: A Christmas Treasury[“Cree: Un tesoro de Navidad”], 1998, pág. 27.
  3. David O. McKay, Gospel Ideals [“Ideales del Evangelio”], 1953, pág. 551.
  4. Isaías 7:14; véase también Mateo 1:18–25.
  5. Mosíah 3:5, 7–8.
  6. Mateo 2:2, 10–11.
  7. Lucas 2:52.
  8. Hechos 10:38.
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La Luz y la Vida

La Luz y la Vida

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Algunos que profesan, ser seguidores de Cristo insisten en que los miem­bros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no somos cristianos. Incluso hay quienes se ganan la vida atacando a la Iglesia y a su doctrina. Quisiera que todos ellos pudieran tener la experiencia que yo tuve.

Un amigo que visitaba Salt Lake City por primera vez me fue a ver a mi oficina. Es un hombre instruido y un cristiano devoto y sincero. Aunque nunca hemos hablado de ello, los dos sabemos que algunos líderes de su religión han enseñado que los miembros de nuestra Iglesia no son cristianos.

Después de una breve charla sobre un asunto de interés común, le dije que deseaba mostrarle algo. Fuimos caminando hasta la Manzana del Templo y entramos en el Centro de Visitantes Norte. Miramos los cuadros de los Apóstoles y Profetas de la Biblia y del Libro de Mormón; luego nos dirigimos hacia la rampa en forma de espiral que lleva al segundo nivel. Allí, la gran estatua del Cristo Resucitado, de Thorvaldsen, domina la representación panorámica de la inmensidad del espacio y la magnificencia de las creaciones de Dios.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor.

Al entrar en ese lugar y contemplar la majestuosa imagen del Chrístus, con los brazos extendidos y mostrando en las manos las heridas de la Crucifixión, mi amigo se quedó maravillado. Estuvimos en silencio unos minutos, en una comu­nión reverente de pensamientos de veneración hacia nuestro Salvador. Luego, también silenciosamente, fuimos hasta la planta baja pasando junto al diorama del profeta José Smith arrodillado en la Arboleda Sagrada.

Después de salir de la Manzana del Templo, al despedirnos, él me estrechó la mano y me dijo: “Gracias por haberme llevado allí. Ahora entiendo algo sobre tu fe que nunca había comprendido”. Espero que toda persona que tenga dudas sobre el hecho de que somos cristianos llegue a esa misma comprensión.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor, Su nombre es el único mediante el cual podemos ser salvos (véase Mosíah 3:17; 5:8; D. y C. 18:23). Procuramos servirle; pertenecemos a Su

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro enten­dimiento, porque Sus ense­ñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestros misioneros y nuestros miembros testifican de Jesucristo en muchas naciones del mundo. Como escribió el profeta Nefi, cuyas palabras se encuen­tran en el Libro de Mormón, “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Conforme a lo que declara nuestro Artículo de Fe N° 1, “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Dios el Padre es el Padre de nuestros espíritus, el arquitecto del cielo y de la tierra, y el autor del plan de nuestra salvación (véase Moisés 1:31-33, 39; 2:1-2; D. y C. 20:17-26). Jesucristo es Su Hijo Unigénito, Jehová, el Santo y el Dios de Israel, el Mesías, “el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 11:14).

El Libro de Mormón relata la visita del Señor resuci­tado a un pueblo de las Américas. Vestido con ropas blancas descendió del cielo y, poniéndose de pie en medio de la multitud, extendió la mano y dijo:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testi­ficaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo…” (3 Nefi 11:10-11).

En armonía con Sus palabras, solemnemente afir­mamos que Jesucristo es la luz y la vida del mundo. Todas las cosas fueron hechas por El. Bajo la dirección del Padre, y de acuerdo con el plan del Padre, Jesucristo es el

Creador, la fuente de la luz y de la vida de todas las cosas. Mediante la revelación moderna, tenemos registro de que Jesucristo es “el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaba la vida y la luz de los hombres.

“Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de él” (D. y C. 93:9-10).

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio” (D. y C. 88:12). La suya es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo” (D. y C. 93:2). Su ejemplo y Sus enseñanzas iluminan el camino por el cual debemos andar para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Durante su ministerio Jesús enseñó: “He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). El Salvador hizo hincapié en la estrecha relación que hay entre Su luz y Sus mandamientos cuando enseñó a los neritas: “He aquí, yo soy la ley y la luz” (3 Nefi 15:9). Debemos vivir de tal manera que Su Espíritu nos ilumine y para que de esa forma podamos oír y prestar atención a la inspiración del Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo (véase D. y C. 20:26).

Además, Jesucristo es la luz del mundo, porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno, “… [el] que crea estas cosas que he hablado… sabrá que estas cosas son verdaderas; porque persuade a los hombres a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida de) mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman «el gran y eterno plan de redención de la muerte» (2 Nefi 11:5). Su resurrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

“Y cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo bueno viene de mí; porque el bien de nadie procede, sino de mí…” (Eter 4:11-12).

Así vemos que Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro entendi­miento, porque Sus enseñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida del mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman “el gran y eterno plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5). Su resu­rrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

Jacob se regocijó en este don de vida: “¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu” (2 Nefi 9:10).

Nuestra vida inmortal se encuentra ahora asegurada porque el Señor Resucitado nos ha redimido de la muerte física; El también expió los pecados del mundo. “Por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:23), todos estamos muertos espiritualmente. Nuestra única esperanza de vida es el Salvador, quien “se ofrece a sí mismo en sacri­ficio por el pecado” (2 Nefi 2:7).

A fin de tener derecho a reclamar la victoria del Salvador sobre la muerte espiritual que sufrimos por nuestros pecados, debemos aceptar las condiciones que Él nos ha impuesto, mediante el arrepentimiento, el bautismo y la “obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículo de Fe N° 3).

Debemos agradecer Su don seguro de la inmortalidad. Debemos recibir las ordenanzas y guardar los convenios que se nos requieren para recibir Su don condicional de la vida eterna, “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7).

En resumen, los Santos de los Últimos Días se exhortan mutuamente y exhortan a los hombres y a las mujeres de todas partes, como nos dice un Profeta del Libro de Mormón, a venir “a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participa [r] de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

Que Dios nos bendiga a todos para que vengamos a Cristo. Testifico que Él es nuestro Salvador y nuestro Redentor, la luz y la vida del mundo. □

Este artículo se ha adaptado de un discurso pronunciado en la confe­rencia general de octubre de 1987.

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Nuestro Señor y Salvador

Liahona Diciembre 1997

Nuestro Señor y Salvador

Desde la gran fe de Adán, las hermosas y poéticas palabras de Isaías y la sencilla influencia del profeta José hasta los actuales líderes de la Iglesia, todos los Profetas han afir­mado que Dios vive y que Su Hijo Unigénito es nuestro Señor y Salvador. En esta época del año, cuando celebramos el nacimiento de Jesucristo, es particularmente bueno escuchar lo que dicen aquellos a quienes sostenemos como testigos especiales de Cristo testificando de nuevo que Jesús es nuestro Salvador y que, por medio de Él, hallaremos la vida eterna.

Presidente Gordon B. Hinckley:
“Cada vez que la fría mano de la muerte asesta su golpe, entre las sombras de tristeza y desolación de ese momento, reluce la figura triunfante del Señor Jesucristo, El, el Hijo de Dios, que por Su incomparable y eterno poder venció a la muerte; Él es el Redentor del mundo. El dio Su vida por cada uno de nosotros y la volvió a tomar, llegando así a ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Él, el Rey de reyes, está triunfante sobre todos los reyes. El, el Señor Omnipotente, está sobre todos los gobernantes. Él es nuestro consuelo, nuestro único consuelo, cuando la densa oscuridad de la noche terrenal se cierra ante nosotros…

“Más sublime que el género humano, allí está Jesús el Cristo, el Rey de gloria, el inmaculado Mesías, el Señor Emanuel…

“Él es nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente, que está a la diestra de Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente y maravilloso, el Hijo viviente del Dios viviente” (“Esta resplande­ciente mañana de la Pascua de Resurrección”, Liahona, julio de 1996, pág. 73).

Presidente Thomas S. Monson:
“Con el nacimiento del Niño de Belén, se recibió un don maravilloso, un poder más fuerte que las armas, un tesoro más duradero que las monedas del César. Este Niño había de ser Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías Prometido, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Nacido en un establo, mecido en un pesebre, vino del cielo para vivir en la tierra como hombre mortal y establecer el Reino de Dios. Durante Su minis­terio terrenal, El enseñó a los hombres una ley mayor. Su glorioso Evangelio reformó las ideas del mundo, Bendijo a los enfermos, hizo que el cojo caminara, que el ciego, viera y que el sordo oyera. Aun resucitó a los muertos…

“Su misión, Su ministerio entre los hombres, Sus enseñanzas de la verdad, Sus actos de misericordia, Su invariable amor por nosotros inspira nuestra gratitud y enternece nuestro corazón. Jesucristo, el Salvador del mundo, sí, el Hijo de Dios, fue y es el Supremo Pionero, porque fue primero, mostrando a todos el camino a seguir” (“Ellos mostraron el camino”, Liahona, julio de 1997, págs. 63, 64).

Presidente James E. Faust:
“La Expiación y la Re­surrección se llevaron a cabo. Nuestro Señor y Salvador padeció ese dolor indescriptible en Getsemaní, y efectuó el sacrificio final al morir en la cruz para, poco después, romper las ligaduras de la muerte.

“Todos nos beneficiamos con las trascendentales bendiciones de la Expiación y de la Resurrección, por medio de las que el divino proceso sanador puede efectuarse en noso­tros, El dolor se puede reemplazar con el regocijo que nuestro Salvador prometió. Al vacilante Tomás, Jesús le dijo: ‘No seas incrédulo, sino creyente’ [Juan 20:27]…

“…testifico del gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo y doy testimonio de que El rompió las liga­duras de la muerte, lo cual en verdad enjugará nuestras lágrimas. Tengo un testimonio de esto, el que he recibido por medio del Santo Espíritu de Dios” (“Mujer, ¿por qué lloras”, Liahona, enero de 1997, págs. 62, 64).

Presidente Boyd K. Packer:
“Merced a ese acto de Su voluntad, se harían compatibles la miseri­cordia y la justicia; se sostendría la ley eterna y se produciría esa mediación sin la cual los seres mortales no podrían ser redimidos.

“El Señor, por Su propia voluntad, aceptó el castigo por toda la humanidad, por la suma total de toda la maldad; por la brutalidad y la inmoralidad; por la perversión, la corrupción, los enviciamientos, las matanzas, las torturas y el terror; todo lo malo que se había hecho y todo lo malo que habría de hacerse en esta tierra” (“Expiación, libre albedrío, responsabilidad”, Liahona, julio de 1988, págs. 68-69).

Élder L. Tom Perry:
“Desde el principio se trazó un plan. La figura central en Su plan de salvación es nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Su sacrificio expiatorio en bien de toda la humanidad es el foco principal de la historia de los hijos de nuestro Padre Celestial aquí en la tierra. Toda persona que acepte Su plan divino debe aceptar también la misión de nuestro Salvador y hacer convenio de guardar las leyes que nuestro Padre ha desarrollado para nosotros” (“El sacramento de la Cena del Señor”, Liahona, julio de 1996, pág. 62).

Élder David B. Haight:
En 1989, el élder Haight enfermó grave­mente y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. Durante la conferencia general de octubre de ese año, contó que, mientras se hallaba inconsciente, se encontró “en un lugar tranquilo, donde todo era quietud y paz”, consciente de la presencia de “dos personas en la distancia, en la ladera de una colina…

“No oí ninguna voz, pero me di cuenta de que estaba en presencia de seres santos. Durante las horas y los días que siguieron, vi en mi mente una y otra vez la misión eterna y la posición exaltada del Hijo del Hombre. Testifico que Él es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador de todos, el Redentor de todo el género humano, el Dador de amor, miseri­cordia y perdón infinitos, la Luz y la Vida del mundo. Yo sabía eso antes; nunca lo dudé; pero en esos días conocí esas verdades, mediante las vividas impresiones del Espíritu en mi alma, de un modo extraordi­nario” (“La Santa Cena y el sacri­ficio”, Liahona, enero de 1990, pág. 56).

Élder Neal A. Maxwell:
“Alma reveló que Jesús sabe: cómo socorrernos en medio de nuestros dolores y enfer­medades precisamente porque Él tomó sobre sí nuestros dolores y enfermedades (Alma 7:11-12). El Tos conoce por expe­riencia propia, con lo cual ha obtenido una comprensión profunda de ellos. Por supuesto, nosotros no comprendemos plenamente Su sufrimiento ni entendemos tampoco cómo pudo llevar sobre sí todos los pecados de los seres mortales, pero Su Expiación sigue siendo la realidad que nos rescata y nos tranquiliza.

“No es de extrañar, pues, que de todas las razones por las que podamos alabar a Jesús cuando venga otra vez con majestad y poder, lo alabaremos por Su ‘amorosa bondad y misericordia’; más aún, ¡continuaremos alabándolo para siempre jamás…!” (“Loor a Dios ‘por bendiciones de amor’”, Liahona, julio de 1997, págs. 12-13).

Élder Russell M. Nelson:
“Lloro de gozo al contemplar el signifi­cado de todo esto. El ser redimido es ser expiado, es ser recibido en el abrazo íntimo de Dios, con una expresión no sólo de Su perdón sino de nuestra unidad de corazón y de mente. ¡Qué privilegio…!

“Como uno de los ‘testigos espe­ciales del nombre de Cristo en todo el mundo’ [D. y C. 107:23], testifico que Él es el Hijo del Dios viviente, Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Esta es Su Iglesia, restaurada para bendecir a los hijos de Dios y preparar al mundo para la segunda venida del Señor” (“La Expiación”, Liahona, enero de 1997, págs. 38, 39).

Élder Dallin H. Oaks:
“Nuestro Creador y Redentor también es nuestro Maestro. Él nos enseñó cómo vivir y nos dio mandamientos; si los obedecemos, recibiremos bendi­ciones y felicidad en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.

“Así vemos que Aquel a quien siempre debemos recordar es el que nos dio la vida mortal, el que nos mostró el camino hacia una vida feliz y el que nos redime para que podamos tener inmortalidad y vida eterna” (“Recordad siempre al Señor”, Liahona, julio de 1988, pág. 31).

Élder M. Russell Ballard:
“…pude apreciar el gozo que llenará nuestro corazón cuando comprendamos plena- mente el significado del mayor de los rescates; el rescate de la familia de Dios por el Señor Jesucristo. Porque es por medio de El que tenemos la promesa de la vida eterna. Nuestra fe en el Señor Jesucristo es la fuente del poder espi­ritual que nos asegurará que nada debemos temer de la jomada. Yo sé que el Señor Jesucristo vive y que merced a nuestra fe invariable en El, nos acompañará en nuestro viaje a través de la vida” (“Nada deben temer de la jornada”, Liahona, julio de 1997, pág. 69).

Élder Joseph B. Wirthlin:
“…Jesús es el Primo­génito de nuestro Padre Celestial en el espíritu y el Unigénito de Dios en la carne. Es un Dios, uno de los de la Trinidad; es el Salvador y el Redentor de la raza humana. En un concilio premortal en el que todos estuvimos presentes, El aceptó el gran plan de felicidad de nuestro Padre para Sus hijos y fue elegido por el Padre para ponerlo en práctica. El dirigió las fuerzas del bien en una batalla por las almas de los hombres que comenzó antes de la fundación del mundo contra las fuerzas de Satanás y sus seguidores. Ese conflicto continúa hoy. Estábamos del lado de Jesús entonces y estamos de Su lado ahora” (“Cristianos en creencia y en acción”, Liahona, enero de 1997, pág. 79).

Élder Richard G. Scott:
“Jesucristo poseía méritos que ningún otro hijo del Padre Celestial podía tener. Antes de nacer en Belén, Él era Jehová, un Dios. Su Padre no sólo le había dado el cuerpo espiritual sino que Jesús era también Su Unigénito en la carne. Nuestro Maestro llevó una vida perfecta y sin pecado, y por lo tanto, estaba libre de las demandas de la justicia. Él era y es perfecto en todo atributo, como el amor, la compasión, la paciencia, la obe­diencia, el perdón y la humildad. Su misericordia paga nuestra deuda con la justicia si nos arrepentimos y le obedecemos. Puesto que, aun con nuestros más arduos esfuerzos por obedecer Sus enseñanzas, todavía nos quedaremos cortos, por causa de Su gracia seremos salvos ‘después de hacer cuanto podamos’ [2 Nefi 25:23]” (“Jesucristo, nuestro Redentor”, Liahona, julio de 1997, pág. 65).

Élder Robert D. Hales:
“El conocimiento y la comprensión de la doctrina de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo y de qué tendremos la oportunidad de resucitar y vivir en la presencia de Dios él Padre y de Su Hijo Jesucristo, hace que sea posible soportar sucesos que de otro modo serían trágicos. Esa doctrina brinda un brillo de espe­ranza a un mundo que, de lo contrario, sería tenebroso y lúgubre; y contesta las sencillas preguntas: de dónde venimos, por qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Éstas son verdades que deben enseñarse y ponerse en práctica en nuestros hogares.

“Dios vive. Jesús es el Cristo. Por medio de Su Expiación, todos tendremos la oportunidad de resu­citar. Esa no es una bendición indivi­dual; es mucho más; es una bendición para cada uno de nosotros y para nuestras familias” (“La familia eterna”, Liahona, enero de 1997, pág. 75).

Élder Jeffrey R. Holland:
“La vida trae su porción de temor y su porción de fracaso. A veces las cosas     no suceden como lo deseamos. A veces, tanto en la actuación privada como en la pública, quedamos aparentemente sin fuerzas para seguir adelante. A veces la gente nos falla, o la economía y las circunstancias fracasan, y la vida, con sus dificul­tades y pesares, puede hacer que nos sintamos muy solos.

“Sin embargo, cuando pasemos por esos momentos difíciles, testi­fico que hay algo que nunca jamás nos fallará, algo que pasará la prueba de todos los tiempos, de toda tribulación, de todo contra­tiempo y de toda transgresión. Hay algo que nunca falla: es el amor puro de Cristo…

“Testifico que, habiéndonos amado a los que estamos en el mundo, Cristo, nos ama hasta el fin. Su amor puro nunca nos falla. Ni ahora, ni nunca. Nunca” (“Aun hasta el final”, Liahona, enero de 1990, pág. 27).

Élder Henry B. Eyring:
“…Su amado Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, sufrió y pagó el precio de nuestros pecados y los de toda la gente que vayamos a conocer. Él comprende perfectamente los sentimientos, el sufrimiento, las pruebas y las necesidades de cada persona…

“Estoy agradecido porque sé, con la misma seguridad de los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan que Jesús es el Cristo, nuestro Señor resucitado, y que es nuestro intercesor ante el Padre. Sé que el Padre dio testimonio directo de Su Hijo Amado al presentar al Señor al joven José Smith, en la Arboleda Sagrada” (“Testigos de Dios”, Liahona, enero de 1997, pág. 36), □

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Una época de Expresar Gratitud

Una época de Expresar Gratitud

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Damos gracias a Dios por el profeta José. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo resucitado, el Señor Jesucristo.

Ésta es una época de dar y un tiempo de gratitud. Con agradecimiento recordamos el nacimiento del profeta José Smith, que se conmemora también en este mismo mes de diciembre, dos días antes de Navidad.

Ciertamente, ¡cuán grande es la deuda que tenemos con él! Su vida se inició en el estado de Vermont y llegó a su fin en el de Illinois, y maravillosos fueron los sucesos que tuvieron lugar entre el sencillo comienzo y el trágico fin. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo Resucitado, el Señor Jesucristo; en el breve tiempo que duró su grandiosa visión, aprendió más sobre la naturaleza de la Deidad que todos aquellos que, a través de los siglos, habían discutido el tema en concilios de eruditos y en foros de letrados. Él puso a nuestra disposición el maravilloso Libro de Mormón como otro testigo de la realidad viviente que es el Hijo de Dios y recibió, de los que los poseían en la antigüedad, el sacerdocio, el poder, la autoridad, las llaves para hablar y actuar en el nombre de Dios. Él nos dejó la organización de la Iglesia con su misión grandiosa y sagrada. Por medio de él se restauraron las llaves de los santos templos, a fin de que hombres y mujeres puedan entrar en convenios eternos con Dios y que se lleve a cabo la gran obra por los muertos para darles la oportunidad de recibir bendiciones eternas.

Grande es su gloria; su nombre es eterno.
Siempre jamás él las llaves tendrá.
Justo y fiel, entrará en su reino
y entre profetas se le premiará.
(“Loor al Profeta”, Himnos, No 15.)

José Smith fue un instrumento en las manos del Todopoderoso; fue el siervo que actuó bajo la dirección del Señor Jesucristo para llevar a cabo esta gran obra de los últimos días.

Lo honramos; él es el gran Profeta de esta dispensa­ción y está a la cabeza de esta grandiosa y extraordinaria obra que va extendiéndose por toda la tierra; es nuestro Profeta, nuestro Revelador, nuestro Vidente y nuestro amigo. No lo olvidemos; no dejemos de lado su recuerdo en las celebraciones de Navidad. Damos gracias a Dios por el profeta José.

Ahora bien, ¡qué maravillosa época del año es ésta, la de Navidad! Todo el mundo cristiano, aun cuando no: entienda lo mismo que nosotros entendemos, se detiene- en contemplación y recuerda con gratitud el nacimiento del Hijo de Dios.

Según las palabras de Phillips Brooks:

¡Es Navidad en el mundo, noche que resplandece!
Navidad en las tierras de pinos y de abetos;
Navidad donde la vid y la palmera crecen;
Navidad en las crestas nevadas y solemnes;
Navidad en los campos donde el trigo se mece…
¡Navidad, Navidad esta noche, en todo lugar!
Pues el Niño, el Cristo, es Maestro de todos:
no hay palacio o cabaña donde Él no pueda estar.

(“Christmas Everywhere” —“Navidad por todas partes”—, en Best-Loved Poems of the LDS People, recopi­lado por Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 30; traducción libre.)

Es en ese espíritu que nos extendemos para abrazar a todos con aquel amor que forma parte de la esencia del Evangelio de Jesucristo. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, somos un inmenso grupo de personas ligadas en una unidad de amor y de fe. Tenemos una grandiosa bendición, tanto colectiva como individual­mente: llevamos en el corazón una convicción firme e inquebrantable de la misión del Señor Jesucristo; Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3); Él fue el Mesías prometido, que vino con salvación en Sus alas; fue el obrador de milagros, el gran sanador, la resurrección y la vida. El Suyo es el único nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvos.

Él estuvo con Su Padre en el principio; después fue hecho carne y habitó entre nosotros, “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre… lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

A todos los que lo recibieron, “a los que creen en su nombre” (Juan 1:12), les dio potestad de convertirse en hijos de Dios.

Él vino como un don de Su Padre Eterno. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Él condescendió en abandonar Su trono en las alturas y en venir a la tierra para nacer en un pesebre, en una nación vencida. El recorrió los polvorientos caminos de Palestina sanando enfermos, enseñando la doctrina, bendiciendo a todos los que lo aceptaran.

Él vino “al mundo [no] para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

No hace mucho caminamos por donde Él caminó, por el “Campo de los pastores”, por Belén, Nazaret, Caná, Galilea, Jerusalén, Getsemaní, Gólgota, y vimos el sepulcro vacío; allí percibimos la majestad y el prodigio de aquel hombre llamado Jesús.

Él nos enseñó los prodigios de Dios, y abrió los ojos del entendimiento a todos los que quisieran escuchar. Él fue el cumplimiento de la ley, el sacrificio que, a partir de entonces, puso fin a todos los demás sacrificios.

Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, «y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago reto­ñará de sus raíces.

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová,

“Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos;

“sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.

“Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (Isaías 11:1-5).

En el Calvario, El dio Su vida por cada uno de noso­tros. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55).

Honramos Su nacimiento, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Lo que hizo que Su don fuera inmortal, universal y eterno, fue la, redención que El llevó a cabo en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Calvario. La Suya fue una Expiación grandiosa por los pecados de toda la humanidad. Él fue la resurrección y la vida, las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Pero, además de eso, Él nos enseñó el camino, la verdad y la vida; El entregó las llaves por medio de las cuales podemos ir hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Honramos el nacimiento del Salvador, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Él fue la Resurrección y la vida. Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Lo amamos. Lo honramos. Le estamos agradecidos. Lo adoramos. Él ha hecho por cada uno de nosotros y por toda la humanidad, lo que ningún otro habría podido hacer. Damos gracias a Dios por el don de Su Hijo Amado, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el Cordero sin mancha que fue ofrecido en sacrificio por todo el género humano.

Él fue quien dirigió la Restauración de ésta, Su obra, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esta es Su Iglesia y lleva Su santo nombre.

¡Regocijad! Jesús nació,
del mundo Salvador;
y cada corazón tomad
a recibir al Rey…
Venid a recibir al Rey.
(“¡Regocijad! Jesús nació”, Himnos, No 123.)

La Navidad es mucho más que los arbolitos adornados y las luces de colores, es más que los juguetes, los regalos y los cientos de variadas decoraciones. Es amor; es el amor del Hijo de Dios por todo ser humano; se extiende más allá de nuestra facultad de comprensión. Es hermosa y magnífica.

Es paz. Es la paz que reconforta, que sostiene y bendice a todos los que la acepten.

Es fe. Es la fe en Dios y en Su Hijo Eterno; es la fe en Sus vías y en Su mensaje maravillosos; es la fe en El cómo nuestro Redentor y nuestro Señor.

Testificamos de Su viviente realidad. Testificamos de la divinidad de Su naturaleza. En nuestros momentos de agradecida meditación, reconocemos Su don de inesti­mable valor para nosotros y le prometemos nuestro amor y fe. Eso es, en realidad, lo que es la Navidad. Ese es el verdadero significado de la Navidad.

A cada uno de ustedes les extendemos nuestro amor y bendición. Que ustedes, doquiera se encuentren en el mundo, tengan una Navidad maravillosa; que en su hogar reinen la paz, el amor y la bondad; que el marido sonría con amor a su esposa; y que ustedes, esposas, sientan el gozo dulce de saberse amadas, honradas, respe­tadas y contempladas con admiración. Que sus hijos sean felices y estén llenos de ese encanto indescriptible que es el espíritu de la Navidad. Y aquellos que no tengan compañero encuentren tierna compañía en el conocimiento de que no están solos, que Jesús es Su Amigo. El vino “Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

Que sea ésta una época feliz y maravillosa. Dejamos una bendición sobre ustedes, una bendición de Navidad, para que sean felices. Que aun los que tengan el corazón apesadumbrado de dolor se eleven con la sanidad que sólo viene de Aquel que reconforta y tranquiliza. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1).

Así dijo El en la hora de Su gran tribulación: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

En el espíritu de esa gran promesa y don, regocijé­monos todos durante esta bendita época de Navidad. □

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Cómo redescubrir el espíritu de la Navidad

Cómo redescubrir el espíritu de la Navidad

Por el presidente Thomas S. Monson

Hace años, cuando era un joven élder, se me llamó a mí y a otros a ir a un hospital de Salt Lake City para dar bendiciones a niños enfermos. Al entrar, vimos un árbol de Navidad adornado con luces brillantes y atractivas, y paquetes esmeradamente envueltos debajo de las ramas extendidas. Después recorrimos unos pasillos en los cuales niños y niñas —algunos con el brazo o la pierna enyesados, otros con enfermedades que tal vez no se pudieran curar muy rápido— nos recibieron con rostros sonrientes.

Un niñito, que estaba gravemente enfermo, me djio: “¿Cómo se llama?”.

Le dije mi nombre y él preguntó: “¿Me podría dar una bendición?”.

Le dimos una bendición y, cuando nos dimos la vuelta para irnos de su lado, nos dijo: “Muchas gracias”.

Dimos unos pasos y le oí decir: “Ah, hermano Monson, tenga una feliz Navidad”. Entonces se le dibujó una gran sonrisa en el rostro.

Ese niño tenía el espíritu de la Navidad. Ese espíritu navideño es algo que espero que todos nosotros tengamos en el corazón y en la vida; no sólo en esta época particular, sino también a lo largo de todo el año.

Cuando tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquél cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año: “…que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).

En nuestros días, el espíritu de dar regalos ocupa un lugar importante en la conmemoración de la Navidad. Me pregunto si no será de provecho que nos preguntemos: ¿qué regalos querría el Señor que yo le diera a Él o a otras personas en esta preciada época del año?

Permítanme sugerir que a nuestro Padre Celestial le gustaría que cada uno de nosotros le entregase a Él y a Su Hijo la dádiva de la obediencia. También creo que nos pediría que diésemos de nosotros mismos y que no fuésemos egoístas, ni avaros, ni buscapleitos, tal como Su amado Hijo lo menciona en el Libro de Mormón:

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que… irrita los corazones de los hombres para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:29–30).

En esta maravillosa dispensación del cumplimiento de los tiempos, nuestras oportunidades de amar y dar de nosotros mismos son en verdad ilimitadas, pero también son perecederas. En estos días hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, obras que realizar y almas que salvar.

Alguien que tuvo una cabal perspectiva del espíritu navideño escribió:

Soy el Espíritu de la Navidad…

Entro en el hogar de la pobreza, y hago que los niños empalidecidos abran grande los ojos, en encantada maravilla.

Hago que el puño cerrado del avaro se relaje, para así pintar de resplandor un rincón de su alma.

Hago que el anciano renueve su juventud y ría a la gozosa usanza de antaño.

Mantengo viva la fantasía en el corazón de la niñez, e ilumino el descanso con sueños tejidos de magia.

Hago que pies ansiosos asciendan escaleras oscuras con canastas rebosantes, dejando atrás corazones asombrados ante la bondad del mundo.

Hago que el pródigo detenga un momento su andar desenfrenado y de derroche, para enviar a un preocupado ser querido un detalle que desate lágrimas de alegría, lágrimas que hacen desaparecer las duras líneas del pesar.

Entro en lúgubres celdas de prisiones, recordando a hombres vapuleados lo que pudo haber sido, y señalándoles hacia adelante los días buenos aún por venir.

Entro sigilosamente en el hogar callado y pálido del dolor, y los labios débiles que ya no consiguen hablar, simplemente tiemblan en gratitud silenciosa y elocuente.

De mil maneras, hago que el mundo agotado eleve la mirada hacia la faz de Dios y que, por un momento, olvide las cosas insignificantes y desdichadas.

Soy el espíritu de la Navidad1.

Ruego que cada uno de nosotros descubra otra vez el espíritu de la Navidad, sí, el Espíritu de Cristo.

Cómo enseñar con este mensaje

Al compartir el mensaje del presidente Monson con la familia, considere recalcar la pregunta que hizo acerca de qué regalos desearía el Señor que le diéramos a Él o a otras personas en esta época. Sugiera a los miembros de la familia anotar sus ideas (o, en el caso de los más pequeñitos, hacer un dibujo) sobre cómo “[descubrir] otra vez el espíritu de la Navidad, sí, el Espíritu de Cristo”.

Nota

  1. E. C. Baird, “Christmas Spirit” [El espíritu de la Navidad] , en James S. Hewitt, ed., Illustrations Unlimited, 1988, pág. 81.
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Sirvan al Señor con amor

Sirvan al Señor con amor

Por el presidente Thomas S. Monson

El Señor Jesucristo enseñó: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lucas 9:24).

El presidente Thomas S. Monson dijo: “Creo que el Salvador nos está diciendo que a menos que nos perdamos en dar servicio a los demás, nuestra propia vida tiene poco propósito. Aquellos que viven únicamente para sí mismos, al final se marchitan y, en sentido figurado, pierden la vida, mientras que aquellos que se pierden a sí mismos en prestar servicio a los demás, progresan y florecen… y en efecto salvan su vida”1.

En los siguientes extractos del ministerio del presidente Monson, él les recuerda a los Santos de los Últimos Días que ellos son las manos del Señor y que las bendiciones de la eternidad aguardan a aquellos que sirven fielmente a los demás.

El servicio en el templo

“Se brinda un gran servicio cuando se llevan a cabo ordenanzas vicarias por aquellos que han pasado más allá del velo. En muchos casos no conocemos a las personas por quienes efectuamos la obra. No esperamos que nos den las gracias, ni tenemos la seguridad de que aceptarán lo que les ofrecemos; sin embargo, prestamos servicio, y en ese proceso, obtenemos lo que no se puede obtener de ninguna otra manera: literalmente llegamos a ser salvadores en el monte de Sión. Así como nuestro Salvador dio Su vida como sacrificio vicario por nosotros, así también nosotros, en una pequeña medida, hacemos lo mismo cuando llevamos a cabo la obra vicaria en el templo por aquellos que no tienen manera de seguir adelante a menos que los que estamos aquí en la tierra hagamos algo por ellos”2.

Nosotros somos las manos del Señor

“Mis hermanos y hermanas, estamos rodeados de personas que necesitan nuestra atención, nuestro estímulo, apoyo, consuelo y bondad —ya sean familiares, amigos, conocidos o extraños. Nosotros somos las manos del Señor aquí sobre la tierra, con el mandato de prestar servicio y edificar a Sus hijos. Él depende de cada uno de nosotros…

“Ese servicio al que todos hemos sido llamados es el servicio del Señor Jesucristo”3.

Prestar servicio a la manera del Señor

“En el Nuevo Mundo, el Señor resucitado declaró: ‘…sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros’” [3 Nefi 27:21].

“Bendecimos a los demás al prestar servicio a la manera de ‘Jesús de Nazaret… [que] anduvo haciendo bienes’ [Hechos 10:38]. Que Dios nos bendiga para hallar gozo al servir a nuestro Padre Celestial cuando servimos a Sus hijos en la tierra”4.

La necesidad de servir

“Necesitamos que se nos dé la oportunidad de prestar servicio. En cuanto a los miembros que se han inactivado o que evitan comprometerse, podemos orar para encontrar alguna manera de llegar a ellos. Pedirles que desempeñen alguna función podría ser el incentivo justo que necesitan para volver a activarse. Sin embargo, a veces los líderes que podrían ayudar con esto son reacios a hacerlo. Debemos recordar que las personas pueden cambiar, pueden dejar atrás malos hábitos, pueden arrepentirse de transgresiones, pueden ser poseedores dignos del sacerdocio, y pueden servir al Señor diligentemente”5.

¿Estamos haciendo todo lo que deberíamos hacer?

“…el mundo necesita nuestra ayuda. ¿Estamos haciendo todo lo que deberíamos hacer? ¿Tenemos presentes las palabras del presidente John Taylor: ‘Si no magnifican sus llamamientos, Dios los hará responsables de aquellos a los que pudieron haber salvado si hubiesen cumplido con su deber’? [Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 182]. Hay pasos que afirmar, manos que afianzar, mentes que alentar, corazones que inspirar y almas que salvar. Las bendiciones de la eternidad los esperan. Ustedes tienen el privilegio de no ser espectadores, sino participantes en el escenario del servicio”6.

Cómo enseñar con este mensaje

“Si usted tiene amor semejante al de Cristo, estará mejor preparado para enseñar el Evangelio. Será inspirado a fin de ayudar a que otros conozcan al Salvador y le sigan”7. Considere la posibilidad de orar para tener más caridad hacia aquellos a quienes visite. A medida que cultive hacia ellos un amor semejante al de Cristo, será más capaz de servir de maneras significativas tanto al Señor como a aquellos a quienes enseña.

Verano de servicio

Por Elizabeth Blight
La autora vive en Virginia, EE. UU.

Un verano pasé un tiempo en un país extranjero trabajando con niños que tenían necesidades especiales. Cuando los vi por primera vez, estaba muy nerviosa; no hablaba su idioma, pero confiaba en que el Espíritu me guiaría al relacionarme con ellos. Cuando llegué a conocer a cada niño, me di cuenta de que el idioma no es una barrera para el amor; yo jugaba, me reía y hacía manualidades con los niños y no podía evitar sentir un amor total por ellos. Vislumbré el amor que el Padre Celestial tiene por Sus hijos y el gozo que llenó mi corazón fue indescriptible.

Siempre que presto servicio a otras personas, no sólo siento amor hacia quienes sirvo, sino también por nuestro Padre Celestial. Realmente he llegado a saber que “cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). El propósito de mi servicio, ya sea en proyectos grandes o mediante pequeños actos de bondad, ha sido el de glorificar a Dios (véase Mateo 5:16). Espero que al servir a los demás, las personas reconozcan mi amor por el Padre Celestial y la Luz de Cristo que arde en mi interior.

Lazos de amor

Con la ayuda de un adulto, corta 28 tiras delgadas de papel, cada una de más o menos 2,5 cm de ancho y cerca de 20 cm de largo. Cada día de este mes, lleva a cabo un acto de servicio para mostrar tu amor por alguien; podrías ayudar a tus padres a limpiar la casa o escribir una nota amable a un vecino.

Escribe en una de las tiras de papel la clase de servicio que prestaste cada día y luego une con cinta adhesiva o pegamento los extremos de la tira para formar un círculo. Puedes entrelazar los círculos introduciendo el extremo de una nueva tira en el círculo del día anterior antes de pegar los extremos de esa nueva tira. ¡Mira cómo crecen tus lazos de amor! Incluso podrías seguir aumentando tu cadena de servicio después de que haya terminado el mes de febrero.

Notas

  1. “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 85.
  2. “Hasta que nos volvamos a ver”, Liahona, mayo de 2009, págs. 113–114.
  3. “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, págs. 86, 87.
  4. Véase “El llamado del Salvador a prestar servicio”, Liahona,agosto de 2012, págs. 4–
  5. “Ver a los demás como lo que pueden llegar a ser”, Liahona,noviembre de 2012, pág. 68.
  6. “Dispuestos a servir y dignos de hacerlo”, Liahona,mayo de 2012, pág. 69.
  7. La enseñanza: El llamamiento más importante: Guía de consulta para la enseñanza del Evangelio,1999, pág. 12.
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El poder de la oración

El poder de la oración

Por Paul VanDenBerghe
Revistas de la Iglesia

Algunos adolescentes de la isla de Cebú, Filipinas, hablan acerca de recibir respuestas a sus oraciones.

youth in front of Cebu City Philippines Temple

De las decenas de miles de islas que hay en la tierra, un grupo de 7.107 de ellas forma la nación isleña de las Filipinas, al sureste de Asia. Un dicho común en las Filipinas es que, si bien hay 7.107, eso sólo es cierto cuando hay marea baja. Cuando hay marea alta, la cantidad de islas desciende a 7.100, ya que algunas de ellas quedan sumergidas en el océano. ¿Cómo hacen los jovencitos y las jovencitas de las Filipinas para mantenerse a flote cuando se sienten abrumados? Acuden al Padre Celestial en oración.

Hay momentos de nuestra vida en los que quizá nos sintamos solos, pero si recordamos que nuestro Padre Celestial siempre está allí para nosotros, listo para escuchar y responder a nuestras oraciones, podemos confiar en ese hecho y sentir la esperanza y la seguridad que nos brinda ese conocimiento.

La oración da seguridad

Joselito B. cuenta que cuando tenía 12 años lo eligieron para participar en un concurso de contar cuentos. Su maestro le pidió que memorizara un texto de diez páginas que tendría que presentar frente a cientos de otros alumnos y maestros. Ésa puede ser una tarea sobrecogedora para cualquier persona, ni qué hablar de Joselito, que suele tener miedo escénico.

“Por eso, lo primero que hice fue ofrecer una oración y pedir ayuda”, dice Joselito. “En mi oración pedí que si llegaba a olvidarme de alguna parte del texto, al menos pudiera seguir adelante e inventar algunas líneas que quedaran bien con mi cuento. Después de orar, recordé mi pasaje favorito de la Biblia. Se encuentra en el Antiguo Testamento, en Proverbios 3:6, y dice: ‘Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas’”.

Aunque Joselito estaba nervioso, puso todo su empeño durante una semana entera para memorizar el texto; y oró mucho todos los días. Finalmente, llegó el día del concurso.

Durante la bienvenida con la que comenzó el concurso, Joselito seguía muy nervioso. “Pero mientras presentaba mi cuento me sentí bien”, dice. “Simplemente lo hice lo mejor que pude y sabía que Dios me ayudaría. Me sentía frustrado y cohibido por la gran cantidad de alumnos que había, pero Dios contestó mis oraciones”.

Joselito no sólo pudo recordar el texto de su cuento sino que además, su presentación fue tan buena que ganó el primer premio. Joselito dijo: “Cuando no tienes a nadie cerca para reconfortarte, la oración es la clave. Dios siempre está allí para ayudarte”.

La oración da fortaleza

Cuando era niño, Ken G., que creció en una familia Santo de los Últimos Días activa, nunca tuvo mucha dificultad para mantener sus normas bien elevadas; pero cuando empezó la escuela secundaria, las cosas se volvieron más difíciles y a veces Ken se sentía aislado de la buena influencia de su familia, sobre todo cuando estaba en la escuela.

“Estaba muy unido a mis amigos de la escuela secundaria a pesar de que ellos no eran miembros de la Iglesia”, dice Ken. “Aun así nos unían fuertes lazos. El problema fue que empezaron a hacer cosas que no estaban de acuerdo con las normas de nuestra Iglesia”.

En su casa, Ken nunca tenía problemas para escoger lo correcto; pero cuando llegaba a la escuela y su familia ya no estaba cerca para guiarlo, empezaba a tomar decisiones equivocadas. “Reconozco que hice cosas que no estaban de acuerdo con las normas de la Iglesia, así que siempre sentía que las lecciones de seminario hablaban de mí”.

Ése fue el momento en que Ken se dio cuenta de que quería cambiar, pero no sentía que fuera suficientemente fuerte para hacerlo solo. “Por lo tanto, decidí orar para que Dios me diera la fortaleza y la valentía para decir que no a mis amigos cuando hicieran cosas malas”, explica. “Y siento que Dios contestó mis oraciones. Empezó a resultarme más fácil decir que no cuando mis amigos me pedían que hiciera algo que no estaba bien o cuando me tentaban. Yo ya tenía el conocimiento y sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero por medio de la oración sentí que tenía el poder y el don para decir que no y hacer lo correcto”.

Ken dice que lo más importante que aprendió de esa experiencia fue que “la oración es una muestra de nuestra humildad, porque reconocemos que somos débiles y que sólo Dios puede ayudarnos a llegar a ser fuertes” (véase D. y C. 112:10).

La oración trae bendiciones

A veces necesitamos algo más que consuelo o fortaleza; a veces las bendiciones que necesitamos son más tangibles. Tania D. recuerda una de esas ocasiones. Su familia estaba pasando por una época de grandes dificultades económicas. “Era sábado por la tarde y sólo nos quedaban 40 pesos [aproximadamente un dólar estadounidense] para toda la semana. No teníamos nada para cenar ni teníamos carbón para el horno de la casa”, cuenta Tania. “Mi madre me dio una lista con todas las cosas que necesitábamos, pero se requerían 250 pesos para comprar todo. Lo primero que necesitábamos era carbón para cocinar la cena”. Tania sabía que el dinero no alcanzaba para todo. Entonces se dio cuenta de que no tendrían dinero para pagar el autobús para ir a la capilla al día siguiente. “Le dije a mi madre que no teníamos dinero suficiente para ir a la capilla; pero mi madre es muy fiel y sencillamente me dijo: ‘Dios proveerá’.

“Durante el trayecto hasta la tienda iba llorando porque no teníamos suficiente dinero para todo y no sabía qué hacer”, dice Tania. Al enrollar uno de los billetes de 20 pesos y colocárselo en el bolsillo, hizo lo único que se le ocurría que podría ayudar: ofrecer una oración. “Le pedí al Padre Celestial en oración que encontrásemos algún modo de satisfacer nuestras necesidades”.

Sin embargo, cuando llegó a la primera tienda, se encontró con que el precio del carbón había aumentado de 5 a 20 pesos. “Dudé en cuanto a si debía comprarlo o no”, cuenta Tania, “pero sentí que el Espíritu Santo me susurraba y me decía que lo comprara de todos modos, así que lo hice. Entonces me quedaron sólo 20 pesos y todavía tenía muchas cosas que comprar, entre ellas pañales para mi hermano y agua potable para beber. Entré en la siguiente tienda a comprar los alimentos para nuestra comida y todo era muy caro. Metí la mano en el bolsillo donde había colocado los 20 pesos y en el rollo había cinco billetes de 20 pesos. Empecé a llorar enfrente del dueño de la tienda.

“Al final pude comprar todo lo que necesitábamos”, dice Tania, “y tuvimos suficiente para pagar el viaje a la capilla al día siguiente. Cuando llegué a casa, fui a mi habitación y ofrecí una oración a Dios para darle gracias por la bendición que nos había dado. Sé que Dios realmente vive y que contesta nuestras oraciones, especialmente cuando más necesitamos de Él y ofrecemos una oración sincera. Él en verdad contestará esa oración”.

La oración nos mantiene cerca de nuestro Padre Celestial

Si bien podemos estar seguros de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras súplicas, debemos recordar que nuestras oraciones no siempre reciben respuesta inmediata ni siempre se contestan del modo en que nosotros queremos. Nuestras oraciones se contestan de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo.

Todos estos adolescentes de la isla filipina de Cebú han aprendido que tanto en los buenos como en los malos tiempos, ya sea que nos encontremos entre una multitud de personas o completamente solos, o que la marea sea alta o baja, nuestro Padre Celestial siempre está allí para ayudarnos; y si acudimos a Él en oración sincera, Él siempre está listo para bendecirnos.

 

Una relación que atesoro

“No ha pasado ni un día sin que me comunique con mi Padre Celestial mediante la oración. Es una relación que atesoro y sin la cual estaría literalmente perdido. Si no tienen ese tipo de relación con su Padre Celestial, los insto a que trabajen para lograr esa meta. Al hacerlo, tendrán derecho a recibir Su inspiración y Su guía en la vida”.

Presidente Thomas S. Monson, “Permaneced en lugares santos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 84.

 

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