Nuestra atención suprema debe centrarse en los milagros espirituales que están al alcance de todos los hijos de Dios.
Hace un año, al llevar a cabo una asignación en el Estado de California, fui con un presidente de estaca a visitar a Clark y Holly Fales y a su familia en su casa. Me contaron que hacía poco habían experimentado un milagro. Al llegar, Clark tuvo dificultades para ponerse de pie y saludarnos, ya que tenía aparatos ortopédicos en la espalda, el cuello y los brazos.
Hacía solo dos meses, Clark, su hijo Ty, y alrededor de otros 30 hombres jóvenes y líderes emprendieron una actividad de aventura extrema, al ir de excursión a la cima del monte Shasta que está a 4322 m, uno de los picos más elevados de California. Al segundo día de la rigurosa caminata, la mayoría de los alpinistas alcanzaron la cima, un logro emocionante que fue posible gracias a meses de preparación.
Ese día, una de las primeras personas que llegaron a la cima fue Clark. Después de un breve descanso cerca del borde de la cumbre, se puso de pie y empezó a caminar. Al hacerlo, tropezó y cayó de espaldas por el borde de un acantilado, sufriendo una caída libre de 12 m y luego una serie de volteretas fuera de control por la gélida ladera otros 91 m. Sorprendentemente, Clark sobrevivió, pero estaba gravemente herido y no podía moverse.
Los milagros que Clark experimentó durante ese suceso traumático estaban solo por comenzar. Algunas de las primeras personas que lo localizaron “por casualidad” pertenecían a un grupo de excursionistas que incluía guías de rescate en montaña y profesionales médicos de urgencias. De inmediato atendieron el estado de choque de Clark y proporcionaron el equipo para mantenerlo abrigado. Además, también “por casualidad”, el grupo estaba probando un nuevo dispositivo de comunicación y solicitó ayuda de urgencia desde una zona donde los teléfonos celulares no podían recibir señal. De inmediato, desde un lugar a una hora de distancia, se envió un pequeño helicóptero al monte Shasta. Después de dos intentos peligrosos pero infructuosos por aterrizar a una altitud que sobrepasaba los límites de la aeronave, y de luchar en condiciones de viento adversas, el piloto comenzó un tercer y último intento. Mientras el helicóptero se acercaba desde un ángulo diferente, “por casualidad” los vientos cambiaron y el avión aterrizó solo el tiempo suficiente para que el grupo metiera a Clark rápidamente, y con dolor para él, en el pequeño compartimiento detrás del asiento del piloto. Seguir leyendo →
Por Jean B. Bingham
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Jesucristo es la fuente de toda sanidad, paz y progreso eterno.
Hermanos y hermanas, me da mucho gozo estar con ustedes; y de eso me gustaría hablarles esta mañana, tener una plenitud de gozo.
En un reciente titular se lee: “Los desastres estremecen la nación [y] el mundo”1. Desde huracanes e inundaciones a olas de calor y sequías, desde incendios forestales y terremotos a guerras y enfermedades devastadoras, parece que “toda la tierra [está] en conmoción”2.
Millones de personas han quedado desplazadas, e innumerables vidas se han visto interrumpidas por esos desafíos. La contención en las familias y en las comunidades, así como las luchas internas con el temor, la duda, y las expectativas frustradas también nos dejan desconcertados. Puede ser difícil sentir que el gozo del cual Lehi enseñó es el propósito de la vida3. En ocasiones todos hemos preguntado: “¿Dónde hallo el solaz, dónde, el alivio…?”4. Nos preguntamos, “¿cómo puedo encontrar gozo a pesar de las dificultades de la vida terrenal?”.
La respuesta puede parecer demasiado simple, pero ha demostrado ser cierta desde los días de Adán. El gozo duradero se encuentra al centrarse en nuestro Salvador, Jesucristo, y vivir el Evangelio tal como Él lo demostró y enseñó. Cuanto más aprendemos de Jesucristo, tenemos fe en Él y lo emulamos, más llegamos a entender que Él es la fuente de toda sanidad, paz y progreso eterno. Él invita a cada uno a venir a Él5, una invitación que el presidente Henry B. Eyring ha calificado como “la invitación más importante que cualquier persona pueda aceptar”6.
Aprender de Jesucristo
¿Cómo venimos a Él? El pasado abril, el presidente Russell M. Nelson y el élder M. Russell Ballard nos animaron a estudiar “El Cristo Viviente”7 como parte del aprendizaje acerca del Salvador. Muchos han aceptado el reto y han sido bendecidos. No hace mucho tiempo, una querida amiga dio a cada uno de sus hijos adultos copias del documento con imágenes del Evangelio para ilustrar cada frase. Los animó para que ayudaran a los nietos de ella a entenderlo y a memorizarlo. Un tiempo después, mi amiga compartió un video de su nieta de seis años, Leyna, recitando con entusiasmo y elegancia su versión memorizada. Me di cuenta de que si una pequeña de seis años lo podía hacer, ¡yo también puedo hacerlo!
A medida que he estudiado la vida y las enseñanzas de Jesucristo con más atención y he aprendido de memoria ‘El Cristo Viviente’, mi gratitud y mi amor por nuestro Salvador han aumentado. En cada frase de ese documento inspirado se halla un sermón y ha aumentado mi comprensión de Sus funciones divinas y de Su misión terrenal. Lo que he aprendido y sentido durante ese período de estudio y reflexión confirma que Jesús verdaderamente “es la luz, la vida y la esperanza del mundo”8. Las Escrituras antiguas y las palabras de los profetas de los últimos días, escritas o habladas en alabanza a Él, testifican que “Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero”9.
Tener fe en Jesucristo
A medida que estudien la vida y las enseñanzas de Cristo en innumerables maneras, su fe en Él aumentará. Llegarán a saber que Él los ama individualmente y los entiende perfectamente. En Sus 33 años en la vida terrenal, Él sufrió rechazo, persecución, hambre corporal, sed y fatiga10, soledad, abuso verbal y físico y, finalmente, una muerte atroz en manos de hombres pecadores11. En el Jardín de Getsemaní y en la cruz del Calvario, sintió todos nuestros dolores, aflicciones, tentaciones, enfermedades y debilidades12.
No importa lo que hayamos sufrido, Él es la fuente de sanidad. Aquellos que han experimentado cualquier forma de abuso, pérdida devastadora, enfermedad crónica o aflicción discapacitante, acusaciones falsas, persecución cruel o daño espiritual por el pecado o los malentendidos, pueden ser todos sanados por el Redentor del mundo. Sin embargo, Él no entrará sin invitación. Debemos venir a Él y permitirle efectuar Sus milagros. Seguir leyendo →
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
El liderazgo del Señor sobre Su Iglesia requiere una fe grande y constante de todos los que le sirven en la tierra.
Mis queridos hermanos que poseen el sacerdocio de Dios, esta noche deseo hablar de la maravillosa manera en que el Señor dirige Su reino sobre la tierra. Ya conocen los principios fundamentales. Ruego que el Espíritu Santo se los confirme.
Primero, Jesucristo es la cabeza de la Iglesia en toda la tierra.
Segundo, Él dirige Su Iglesia en la actualidad hablando con hombres llamados como profetas, y lo hace mediante la revelación.
Tercero, Él dio revelaciones a Sus profetas hace mucho tiempo, aún lo hace y continuará haciéndolo.
Cuarto, Él da revelación confirmadora a quienes prestan servicio bajo el liderazgo de Sus profetas.
Teniendo en cuenta estos aspectos fundamentales, reconocemos que el liderazgo del Señor sobre Su Iglesia requiere una fe grande y constante de todos los que le sirven en la tierra.
Por ejemplo, se necesita fe para creer que el Señor resucitado vela por los detalles diarios de Su reino. Se necesita fe para creer que Él llama a personas imperfectas a posiciones de confianza. Se necesita fe para creer que Él conoce perfectamente a las personas que llama, tanto su capacidad como su potencial, por lo que no comete errores en Sus llamamientos.
Al escuchar esto, algunos de esta congregación tal vez sonrían o nieguen con la cabeza; tanto los que piensan que su propio llamado a servir pudo haber sido un error como quienes consideran que conocen a algunos que no parecen estar a la altura de su cargo en el reino del Señor. Mi consejo para ambos grupos es que eviten tales consideraciones hasta que puedan ver más claramente lo que el Señor ve. Lo que deben considerar, en cambio, es que ustedes tienen la capacidad de recibir revelación y de actuar de acuerdo con ella valientemente.
Se necesita fe para hacer eso, Se necesita una fe aun más grande para creer que el Señor ha llamado a siervos humanos imperfectos para guiarlos… Mi propósito esta noche es edificar su fe en que Dios los dirige en el servicio que le prestan a Él. Y lo que es aun más importante, espero edificar su fe en que el Señor inspira a las personas imperfectas que Él ha llamado como líderes de ustedes.
Quizás piensen, al principio, que tal fe no es importante para el éxito de la Iglesia y reino del Señor. Sin embargo —sin importar en qué eslabón de la cadena del servicio del sacerdocio se encuentren, desde el profeta del Señor hasta un nuevo poseedor del Sacerdocio Aarónico—, tal vez descubran que esa fe es esencial.
Comencemos con lo que significa la fe para un presidente del cuórum de maestros o de diáconos. Para él es importante tener fe en que el Señor lo llamó personalmente, conociendo las debilidades y fortalezas de ese maestro. Debe tener fe en que el hombre que extendió el llamamiento recibió revelación por el Espíritu de Dios. Sus consejeros y los miembros de su cuórum necesitan la misma fe para seguirlo con una confianza sin miedo.
Vi semejante confianza cuando un jovencito se reunió con la presidencia de su cuórum de diáconos un domingo por la mañana; acababa de ser llamado como su secretario. Esa joven presidencia deliberó en consejo. Hablaron de varias maneras en que podían llevar a cabo el pedido del obispo de ayudar a un jovencito menos activo a regresar a la Iglesia. Después de orar y analizar el asunto, designaron al secretario para que fuera a la casa de un jovencito que nunca había ido a una reunión y lo invitara.
El secretario no conocía al joven, pero sabía que uno de sus padres era menos activo y que el otro no era miembro ni muy amigable. El secretario sintió ansiedad, pero no temor; sabía que el profeta de Dios les había pedido a los poseedores del sacerdocio que trajeran de vuelta las ovejas perdidas; y había escuchado la oración de su presidencia; escuchó que llegaron a un acuerdo sobre el nombre del joven a rescatar y sobre su propio nombre.
Observé cuando el secretario caminó hasta la casa del jovencito menos activo. Caminaba lentamente, como si se acercara a un gran peligro, pero en menos de media hora regresó con el joven, sonriendo de felicidad. No estoy seguro de si en ese momento él lo sabía, pero se había encaminado con fe en que estaba en la obra del Señor. Esa fe ha permanecido con él y ha crecido a lo largo de sus años como misionero, padre, líder de los Hombres Jóvenes y obispo. Seguir leyendo →
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Como poseedores del sacerdocio de Dios y como discípulos de Jesucristo, ustedes son portadores de luz.
Un hombre de avanzada edad estaba parado en la fila de la oficina de correos para comprar estampillas en el mostrador. Una joven mujer notó que el hombre caminaba con dificultad y se ofreció para mostrarle cómo podía ahorrar tiempo comprando las estampillas en una máquina. El anciano amablemente le dijo: “Gracias, pero prefiero esperar. La máquina no me va a preguntar cómo sigue mi artritis”.
A veces, nos hace bien conversar con alguien que se interesa por nuestros problemas.
El dolor, la tristeza y la enfermedad son experiencias comunes a todos, los momentos de infortunio, miseria y desgracia pueden acumularse y ocupar mucho espacio en la memoria del disco duro de nuestras almas.
Cuando se trata de nuestro bienestar físico, aceptamos el envejecer y la enfermedad como parte de nuestra jornada terrenal. Buscamos la ayuda de profesionales que tienen conocimiento del cuerpo humano. Cuando sufrimos angustias emocionales o enfermedades mentales, acudimos a los expertos que tratan este tipo de trastornos.
Así como afrontamos dificultades físicas y emocionales en esta vida, también afrontamos desafíos espirituales. Muchos de nosotros hemos experimentado momentos en los que nuestro testimonio ardía radiante; También podemos haber experimentado momentos en que nuestro Padre Celestial parecía estar distante. Hay momentos en que atesoramos las cosas del Espíritu con todo nuestro corazón; también puede haber momentos en que parezcan menos valiosas o de menor importancia.
Hoy deseo hablar acerca del bienestar espiritual, de cómo podemos hallar sanación para salir de la inactividad y caminar por una senda de salud vibrante y espiritual.
La enfermedad espiritual
A veces, la enfermedad espiritual es el resultado del pecado o de heridas emocionales. A veces, los colapsos espirituales ocurren tan gradualmente que apenas podemos darnos cuenta de lo que está sucediendo. Tal como las capas de roca sedimentaria, el dolor y la aflicción espirituales se van acumulando con el tiempo, pesando sobre nuestro espíritu hasta que es casi imposible de soportar. Por ejemplo, esto puede suceder, cuando nuestras responsabilidades en el trabajo, en casa y en la Iglesia se vuelven tan abrumadoras que perdemos de vista el gozo del Evangelio. Podríamos sentir que ya no tenemos nada más que dar o que ya no tenemos fuerzas para vivir los mandamientos de Dios.
Pero el solo hecho de que las aflicciones espirituales sean reales, no significa que sean incurables.
Podemos sanar espiritualmente.
Aun las heridas más profundas —sí, aun las que parecen incurables— pueden sanar.
Mis queridos amigos, el poder sanador de Jesucristo no está ausente en nuestros días.
El toque sanador del Salvador puede transformar vidas hoy en día, tal como lo hizo en el pasado. Si tan solo tenemos fe, Él puede tomar nuestras manos, llenar nuestra alma de sanidad y luz celestiales y decirnos las palabras benditas: “Levántate, toma tu lecho y anda”1.
Las tinieblas y la luz
Nuestras dolencias espirituales, sean cuales sean, tienen algo en común: la ausencia de luz divina.
Las tinieblas restringen nuestra capacidad de ver con claridad; nublan nuestra visión de lo que en algún momento era claro y nítido. Cuando nos hallamos en tinieblas, tendemos a hacer malas elecciones porque no podemos ver los peligros en nuestro camino. En la oscuridad, somos más propensos a perder la esperanza, ya que no podemos ver la paz y el gozo que nos esperan si tan solo seguimos adelante.
Por otra parte, la luz nos permite ver las cosas como realmente son. Hace que discernamos entre la verdad y el error, entre lo que es vital y lo trivial. Cuando nos hallamos en la luz, podemos hacer elecciones correctas basadas en principios verdaderos. Cuando estamos en la luz, tenemos “un fulgor perfecto de esperanza”2 porque podemos ver nuestras dificultades terrenales desde una perspectiva eterna. Seguir leyendo →
Los hombres que tienen “integridad de corazón” son hombres de confianza, porque la confianza se edifica sobre la integridad.
Hermanos, tal vez no haya mayor halago que podamos recibir del Señor que saber que Él confía en que nosotros somos dignos poseedores del sacerdocio y buenos esposos y padres.
Una cosa es cierta: ganar la confianza del Señor es una bendición que viene por medio de un gran esfuerzo de nuestra parte. La confianza es una bendición basada en la obediencia a las leyes de Dios. Ganar la confianza del Señor viene como resultado de ser fieles a los convenios que hemos hecho en las aguas del bautismo y en el santo templo. Cuando guardamos nuestras promesas al Señor, Su confianza en nosotros crece.
Amo las Escrituras, tanto las antiguas como las modernas, que tienen la frase: “integridad de corazón”, cuando describen a una persona de carácter recto1. La integridad, o la falta de ella, es un elemento fundamental en el carácter de alguien. Los hombres que tienen “integridad de corazón” son hombres de confianza, porque la confianza se edifica sobre la integridad.
Ser un hombre de integridad simplemente significa que nuestras intenciones, así como nuestros hechos, son puros y rectos en todos los aspectos de nuestra vida, tanto en público como en privado. Con cada decisión que hacemos, ameritamos más la confianza de Dios o la disminuimos. Este principio es tal vez más claramente manifestado en nuestras responsabilidades, divinamente asignadas, como esposos y padres.
Como esposos y padres hemos recibido un encargo divino de los profetas antiguos y modernos, videntes y reveladores, en el documento “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. Ese documento nos enseña que 1, “los padres presiden la familia con amor y rectitud”; 2, “los padres son responsables de proveer las cosas necesarias de la vida”; y 3, “los padres son responsables de proteger a sus familias”2.
Para que nosotros ganemos la confianza de Dios, necesitaremos cumplir con nuestras familias esas tres responsabilidades, divinamente asignadas, a la manera del Señor. Como se declara más adelante en la Proclamación para la Familia, la manera del Señor significa cumplir esas responsabilidades junto con nuestra esposa “como compañeros iguales”3. Para mí, esto significa que no tomaremos ninguna decisión importante, respecto a esas tres responsabilidades, sin la unidad total con nuestra esposa.
El primer paso en nuestra búsqueda para ganar la confianza del Señor, es poner nuestra confianza en Él. El profeta Nefi ejemplificó este tipo de compromiso cuando oró: “Oh Señor, en ti he puesto mi confianza, y en ti confiaré para siempre. No pondré mi confianza en el brazo de la carne”4. Nefi estaba completamente comprometido en hacer la voluntad del Señor. Adicionalmente, al decir él: “haré lo que el Señor ha mandado”, Nefi estaba firme en su compromiso de cumplir sus asignaciones, como se ilustra en esta declaración: “Así como el Señor vive, y como nosotros vivimos, no descenderemos hasta nuestro padre en el desierto hasta que hayamos cumplido lo que el Señor nos ha mandado”5.
Debido a que Nefi confió primero en Dios, Dios puso gran confianza en él. El Señor lo bendijo con un gran derramamiento del Espíritu que bendijo su vida, la vida de su familia y las vidas de su pueblo. Por razón de que Nefi presidió con amor y rectitud, y proveyó para su familia y la protegió igual que a su pueblo, él escribió: “Y aconteció que vivimos de una manera feliz” 6.
A fin de representar la perspectiva de una mujer en este asunto, le pedí a mis dos hijas casadas que me ayudaran. Les pregunté si podrían darme una frase o dos de cómo ellas ven la importancia de confiar y cómo afecta eso a sus matrimonios y vidas familiares. Y estos son los pensamientos de Lara Harris y Christina Hansen:
Primero, Lara: “Una de las cosas más importantes para mí es saber que mi esposo se ocupa de su rutina diaria tomando decisiones que muestran respeto y amor hacia mí. El poder confiar el uno en el otro de esta manera trae paz a nuestro hogar, donde podemos disfrutar de la crianza de nuestra familia juntos”.
Ahora los pensamientos de Christina: “Tener confianza en alguien es igual a tener fe en alguien. Sin esa confianza y fe, hay temor y dudas. Para mí, una de las mayores bendiciones que vienen de estar dispuesta a confiar totalmente en mi esposo, es la paz, la tranquilidad de saber que está haciendo lo que dijo que haría. La confianza trae paz, amor y un ambiente en donde ese amor puede crecer”. Seguir leyendo →
Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad personal de hacer lo que sea necesario para obtener y mantener un testimonio fuerte.
Asistimos esta noche con la esperanza y la fe de que, de alguna manera, saldremos fortalecidos y bendecidos por el Espíritu Santo que enseña la verdad1. La búsqueda individual de la verdad es de lo que deseo hablar.
Cuando era joven, tenía muchas preguntas acerca de la Iglesia; algunas eran sinceras y otras no lo eran, y reflejaban las dudas de los demás.
A menudo hablaba sobre mis preguntas con mi madre. Estoy seguro de que ella podía darse cuenta de que muchas de mis preguntas eran sinceras y provenían del corazón. Pienso que estaba un poco desilusionada con aquellas preguntas que eran menos sinceras y más argumentativas. Sin embargo, ella nunca me hizo sentir mal por tener dudas; me escuchaba y trataba de contestarlas. Cuando ella percibía que había dicho todo lo que podía y que yo aún tenía dudas, decía algo así: “David, esa es una buena pregunta”. Mientras tú buscas, lees y oras para recibir una respuesta, ¿por qué no haces las cosas que tú sabes que debes hacer y dejas de hacer las cosas que sabes que no debes hacer?”. Eso llegó a ser el modelo a seguir en mi búsqueda de la verdad. Por medio del estudio, de la oración y de guardar los mandamientos, descubrí que hay respuestas para todas mis preguntas importantes. También descubrí que para algunas preguntas se necesita fe, paciencia y revelación constantes2.
Mamá me encomendó la responsabilidad de aumentar la fe y de encontrar respuestas; ella sabía que las respuestas importantes vendrían al buscar yo la verdad de la manera que el Padre Celestial ha establecido; sabía que yo tenía que encontrar la verdad, que debía ser sincero en mis preguntas y estar dispuesto a actuar según lo que yo ya sabía que era verdadero. Ella sabía que al buscar respuestas del Señor, yo tenía que estudiar, orar y desarrollar mayor paciencia. El deseo de ser pacientes forma parte de nuestra búsqueda de la verdad y también del modelo del Señor para revelar la verdad3.
Con el tiempo llegué a comprender que mi madre me estaba enseñado el modelo del Padre Celestial para buscar la verdad. La fe aumentó, las respuestas empezaron a llegar y acepté un llamamiento misional.
A inicios de mi misión, llegó un momento en el que debía saber si la Iglesia era verdadera y José Smith era un profeta de Dios. Sentí lo que el presidente Thomas S. Monson expresó de manera muy clara en la última conferencia general: “Si no tienen un firme testimonio de estas cosas, hagan lo necesario para obtenerlo. Es esencial que tengan un testimonio propio en estos tiempos difíciles, ya que los testimonios de los demás solo les servirán hasta cierto punto”4. Yo sabía lo que era necesario; debía leer el Libro de Mormón con un corazón sincero, con verdadera intención y preguntar a Dios si era verdadero.
Escuchen la extraordinaria promesa que nuestro Padre Celestial dio por medio del profeta Moroni: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo”5. Seguir leyendo →
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Para que los propósitos del Padre Celestial se cumplan, el poder expiatorio de Cristo tiene que ponerse a disposición de los Hijos de Dios. El sacerdocio proporciona esas oportunidades.
Imaginen conmigo un cohete que se está colocando en una plataforma de lanzamiento en preparación para el despegue. Ahora imaginen que se enciende; el combustible, ardiendo en forma controlada, se convierte en gas caliente y es expulsado, proporcionando la propulsión necesaria para impulsar el cohete al espacio. Por último, piensen en la carga útil o cargamento en la parte superior del cohete. El valor de la carga se manifiesta por completo cuando llega adonde tiene que estar y funciona como debe. No hace falta ser un genio para apreciar que un costoso satélite de comunicaciones globales tiene poco valor si permanece en un almacén. La misión del cohete es únicamente distribuir la carga útil.
Esta noche quisiera comparar el sacerdocio que poseemos con un cohete y la oportunidad de beneficiarnos del poder expiatorio del Salvador a la carga útil que lleva el cohete.
A causa de Su sacrificio expiatorio, Jesucristo tiene el poder y autoridad para redimir a la humanidad. Para que Su poder expiatorio esté al alcance de todos, Él ha delegado una porción de Su poder y autoridad a los hombres sobre la tierra. Ese poder y autoridad delegados se llama sacerdocio, el cual permite a quienes lo poseen ayudar al Padre Celestial y a Jesucristo en Su obra: llevar a cabo la salvación y la exaltación de los hijos de Dios; y lo hace porque da a Sus hijos la oportunidad de recibir las bendiciones del poder expiatorio del Salvador.
El poder expiatorio de Jesucristo es esencial debido a que ninguno de nosotros puede regresar a nuestro hogar celestial sin ayuda. En la vida terrenal, constantemente cometemos errores y quebrantamos las leyes de Dios; quedamos manchados por el pecado y no se nos puede permitir regresar a vivir a la presencia de Dios; necesitamos el poder expiatorio del Salvador para reconciliarnos con nuestro Padre Celestial. Jesucristo rompió las ligaduras de la muerte física, haciendo posible que todos resucitemos; Él brinda el perdón de los pecados, supeditado a la obediencia de las leyes y ordenanzas de Su evangelio; y mediante Él se ofrece la exaltación. La oportunidad de beneficiarse del poder expiatorio del Salvador es la carga útil más importante de la creación.
Para que los propósitos del Padre Celestial se cumplan, el poder expiatorio de Cristo tiene que ponerse a disposición de los Hijos de Dios1. El sacerdocio proporciona esas oportunidades; es el cohete. El sacerdocio es esencial, puesto que las ordenanzas y los convenios que son necesarios en la tierra se administran solo por medio de su autoridad. Si el sacerdocio no proporcionara la oportunidad de beneficiarse del poder expiatorio del Salvador, ¿qué propósito tendría? ¿Sería solo un complejo petardo para llamar la atención? Dios espera que se use el sacerdocio para algo más que solo una clase el día domingo o una oportunidad de servicio; Él espera que distribuya la carga útil.
Pequeños defectos en los cohetes pueden causar el fracaso de la misión; las selladuras frágiles y la fatiga del material pueden causar el mal funcionamiento del cohete. Para proteger al sacerdocio, hablando metafóricamente, de las selladuras frágiles y de la fatiga del material, Dios protege tanto su otorgamiento como su uso2. El otorgamiento del sacerdocio está salvaguardado mediante las llaves del sacerdocio, que son los derechos de presidencia dados al hombre3. De la misma manera, el uso del sacerdocio está protegido por las llaves del sacerdocio, pero también por los convenios que los poseedores del sacerdocio hacen. En consecuencia, el uso del sacerdocio está gobernado tanto por las llaves como por los convenios del sacerdocio. La comisión del sacerdocio de un hombre se da individualmente y no es independiente de la persona4; el sacerdocio no es una fuente amorfa de poder autónomo.
Tanto el Sacerdocio Aarónico como el de Melquisedec se reciben mediante convenios5. Dios establece los términos y el hombre los acepta. En sentido general, los poseedores del sacerdocio hacen convenio de ayudar a Dios en Su obra. En los comienzos de esta dispensación, Jesucristo explicó que el convenio del sacerdocio se ha “confirmado por vuestro bien; y no solo por el bien de vosotros, sino del mundo entero… porque no vienen a mí”6. Seguir leyendo →
Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles
El Libro de Mormón nos enseña sobre Jesucristo y Su evangelio de una manera sumamente milagrosa y singular.
En 1986 se me invitó a dar una conferencia especial en una universidad de Accra, Ghana. Allí conocí a un número de dignatarios, incluso un rey de una tribu africana. Mientras conversábamos antes de la conferencia, el rey me habló solo a través de su intérprete, que tradujo para mí; yo le respondía al intérprete y él traducía mis respuestas al rey.
Tras la conferencia, el rey vino directamente hacia mí, pero esta vez sin el intérprete. Para mi sorpresa, me habló en perfecto inglés; ¡el inglés británico, debo aclarar!
El rey parecía perplejo. “¿Quién es usted?”, preguntó.
“Un Apóstol ordenado de Jesucristo”, respondí.
El rey preguntó: “¿Qué puede enseñarme acerca de Jesucristo?”.
Contesté con una pregunta: “¿Puedo saber qué es lo que ya sabe de Él?”.
La respuesta del rey reveló que era un estudiante serio de la Biblia y que amaba al Señor.
Entonces le pregunté si sabía del ministerio de Jesucristo a la gente de la antigua América.
Como anticipaba, dijo que no.
Le expliqué que, después de Su crucifixión y resurrección, el Salvador visitó a la gente de la antigua América, donde enseñó Su Evangelio, organizó Su Iglesia y pidió a Sus discípulos que llevaran un registro de Su ministerio entre ellos.
“Dicho registro”, proseguí, “es lo que conocemos como el Libro de Mormón, el cual es otro testamento de Jesucristo y un libro de Escrituras como la Biblia”.
Al decir esto el rey se mostró muy interesado. Me volví al presidente de misión que me acompañaba y le pregunté si tenía una copia extra del Libro de Mormón consigo, y sacó uno de su maletín.
Lo abrí en 3 Nephi capítulo 11 y ambos, el rey y yo, leímos el sermón del Salvador a los nefitas; entonces le regalé el libro. Su respuesta permanecerá en mi mente y mi corazón para siempre: “Podría haberme dado diamantes o rubíes, pero no hay nada más preciado para mí que este conocimiento adicional acerca del Señor Jesucristo”.
Después de experimentar el poder de las palabras del Salvador en 3 Nefi, el rey proclamó: “Si me convierto y me uno a la Iglesia, traeré a toda mi tribu conmigo”.
“Oh, rey”, le dije, “no funciona así. La conversión es un asunto individual. El Salvador ministró a los nefitas uno por uno; cada persona individualmente recibe un testimonio del evangelio de Jesucristo”1.
Mis hermanos y hermanas, ¿cuán preciado es el Libro de Mormón para ustedes? Si se les diera a elegir entre diamantes y rubíes o el Libro de Mormón, ¿qué escogerían? Con toda honestidad, ¿cuál es de mayor valor para ustedes?
Recuerden que en la sesión del domingo por la mañana de la Conferencia General de abril de 2017, el presidente Thomas S. Monson imploró que “cada día todos estudiemos y meditemos en el Libro de Mormón con espíritu de oración”2. Muchos han respondido a la súplica de nuestro profeta.
Déjenme decirles que ni yo ni Riley, que tiene ocho años, sabíamos que nos estaban tomando una foto. Fíjense en que Riley está leyendo su ejemplar del Libro de Mormón con la ayuda de un marcador que dice en inglés: “Soy un hijo de Dios”.
Algo portentoso sucede cuando un hijo de Dios procura saber más acerca de Él y de Su Hijo Amado. En ningún lugar se enseñan esas verdades de manera más clara y poderosa que en el Libro de Mormón.
Desde que el presidente Monson nos dio ese reto hace seis meses, he procurado seguir su consejo. Entre otras cosas, he hecho listas de lo que es el Libro de Mormón, lo que afirma, lo que refuta, lo que cumple, lo que aclara y lo que revela. ¡Contemplar el Libro de Mormón a través de esas lentes ha sido un ejercicio esclarecedor e inspirador! Se lo recomiendo a cada uno de ustedes.
Durante estos seis meses, he invitado a varios grupos —incluso a mis hermanos del Cuórum de los Doce, a misioneros de Chile y a presidentes de misión y sus esposas reunidos en Argentina— a considerar tres preguntas relacionadas sobre las cuales hoy los insto a pensar:
Primera: ¿Cómo sería su vida sin el Libro de Mormón?. Segunda: ¿Qué no sabrían?. Y tercera: ¿Qué no tendrían?.
Las respuestas entusiastas de estos grupos vinieron directamente del corazón. Estos son algunos de sus comentarios:
“Sin el Libro de Mormón me confundirían las enseñanzas y opiniones contradictorias acerca de muchas cosas. Estaría como antes de conocer la Iglesia, cuando buscaba conocimiento, fe y esperanza”.
Otra persona dijo: “Desconocería la función que el Espíritu Santo tiene en mi vida”.
Otra: “¡No entendería con claridad mi propósito en la tierra!”.
Otra respondió: “No sabría que hay progreso continuo después de esta vida. Gracias al Libro de Mormón sé que realmente hay vida después de la muerte; esa es la meta final para la que estamos trabajando”.
Este último comentario me hizo reflexionar en mi vida décadas atrás, cuando era un joven cirujano residente. Una de las responsabilidades penosas que un cirujano tiene en ocasiones es la de informar a la familia cuando fallece un ser querido. En un hospital en el que trabajé, se había construido una sala especial con las paredes acolchadas donde los familiares podían recibir este tipo de noticias. Allí, algunas personas expresaban su dolor golpeando su cabeza contra las paredes acolchadas. Cuánto deseaba enseñarles que la muerte, aunque difícil para los deudos del difunto, es una parte necesaria de nuestra existencia inmortal. La muerte nos permite avanzar hacia el mundo siguiente3.
Otra persona que respondió a mi pregunta dijo: “Yo no tuve vida hasta leer el Libro de Mormón. Aunque había orado e ido a mi iglesia toda la vida, el Libro de Mormón me ayudó a realmente comunicarme con mi Padre Celestial por primera vez”.
Otra dijo: “Sin el libro de Mormón no podría entender que el Salvador no solo padeció por mis pecados, sino que puede sanarme de mis dolores y pesares”4.
Y otra más: “No sabría que tenemos profetas que nos guían”.
Profundizar con regularidad en las verdades del Libro de Mormón puede ser una experiencia que nos cambie la vida. Una de nuestras nietas misioneras, la hermana Olivia Nelson, le prometió a un investigador que si leía el Libro de Mormón a diario, mejorarían los resultados de sus exámenes de la universidad. Él lo hizo, y mejoraron.
Mis queridos hermanos y hermanas, testifico que el Libro de Mormón es ciertamente la palabra de Dios; contiene las respuestas a los interrogantes más acuciantes de la vida, enseña la doctrina de Cristo5, expande y aclara muchas de las verdades “claras y preciosas”6 que se perdieron a través de los siglos y de numerosas traducciones de la Biblia.
El Libro de Mormón brinda el entendimiento más pleno y autorizado acerca de la expiación de Jesucristo que se pueda encontrar; enseña el verdadero significado de nacer de nuevo. En el Libro de Mormón aprendemos acerca del recogimiento del Israel esparcido y sabemos por qué estamos en la tierra. Estas y otras verdades se enseñan con mayor poder y persuasión en el Libro de Mormón que en cualquier otro libro. El Libro de Mormón contiene todo el poder del evangelio de Jesucristo. ¡Punto!
El Libro de Mormón ilumina las enseñanzas del Maestro y revela las tácticas del adversario7; enseña doctrina verdadera para disipar falsas tradiciones religiosas, como la práctica errada de bautizar a los niños pequeños8; da sentido a la vida al instarnos a que meditemos en el potencial de la vida eterna y una “interminable felicidad”9; destruye las falsas creencias de que se puede hallar felicidad en la iniquidad10 y que la bondad individual es todo lo que se requiere para regresar a la presencia de Dios11; abole para siempre los falsos conceptos de que la revelación terminó con la Biblia y que los cielos están sellados en la actualidad.
Cuando pienso en el Libro de Mormón, pienso en la palabra poder. Las verdades del Libro de Mormón tienen el poder para sanar, reconfortar, restaurar, socorrer, fortalecer, consolar y animar nuestra alma.
Mis queridos hermanos y hermanas, les prometo que si cada día estudian el Libro de Mormón con espíritu de oración, cada día tomarán mejores decisiones. Les prometo que cuando mediten en lo que estudien, se abrirán las ventanas de los cielos y recibirán respuestas a sus preguntas y dirección para su vida. Les prometo que si cada día se sumergen en el Libro de Mormón, estarán vacunados contra los males de esta época, incluso la plaga esclavizante de la pornografía y otras adicciones que entumecen la mente.
Siempre que oigo a alguien, incluso a mí mismo, decir: “Sé que el Libro de Mormón es verdadero”, quiero exclamar: “¡Qué bien, pero no es suficiente!”. Es necesario que sintamos profundamente en “lo más íntimo” del corazón12 que el Libro de Mormón es, sin lugar a dudas, la palabra de Dios. Debemos sentirlo tan profundamente que jamás querríamos vivir un día sin él. Parafraseando al presidente Brigham Young (1801–1877): “Desearía con voz de siete truenos despertar a la gente”13 a la verdad y el poder del Libro de Mormón.
Necesitamos ser como este joven misionero que presta servicio en Europa y que tenía sentimientos tan profundos acerca de la verdad del Libro de Mormón que, literalmente, corrió con un ejemplar de este registro sagrado hasta el hombre que él y su compañero acababan de conocer en un parque.
Testifico que José Smith fue y es el profeta de la última dispensación; que fue él quien tradujo este santo libro por medio del don y el poder de Dios. Este es el libro que nos ayudará a preparar al mundo para la segunda venida del Señor.
Testifico que Jesucristo es el Hijo literal y viviente de nuestro Dios viviente. Él es nuestro Salvador y Redentor, nuestro gran Ejemplo y nuestro Abogado ante el Padre. Él fue el Mesías prometido, el Mesías terrenal, y será el Mesías del milenio. Testifico con toda mi alma que el Libro de Mormón nos enseña sobre Jesucristo y Su evangelio de una manera sumamente milagrosa y singular.
Sé que el presidente Thomas S. Monson es el profeta de Dios en la tierra en la actualidad. Lo amo y lo sostengo con todo mi corazón; y de ello testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
La listas del Libro de Mormón del presidente Nelson
El Libro de Mormón es:
Otro Testamento de Jesucristo. Sus principales autores (Nefi, Jacob, Mormón, Moroni) y su traductor, José Smith, fueron todos ellos testigos oculares del Señor.
Un registro de Su ministerio entre las personas que vivieron en la antigua América.
Verdadero, como atestiguó el Señor mismo.
El Libro de Mormón afirma:
La identidad individual del Padre Celestial y de Su Hijo Amado, Jesucristo.
La necesidad de la caída de Adán y la sabiduría de Eva, para que los hombres tengan gozo.
El Libro de Mormón refuta las nociones de que:
La revelación terminó con la Biblia.
Los niños pequeños tienen necesidad de bautizarse.
La felicidad puede hallarse en la maldad.
La bondad individual es suficiente para la exaltación (las ordenanzas y los convenios son necesarios).
La caída de Adán mancilló al género humano con el “pecado original”.
El Libro de Mormón cumple con las profecías bíblicas de que:
“Otras ovejas” oirán Su voz.
Dios llevará a cabo “una obra maravillosa y un prodigio” hablando “desde el polvo”.
El “palo de Judá” y el “palo de José” llegarán a ser uno.
El Israel esparcido será recogido “en los últimos días”, y la manera en que se efectuará.
La tierra de la herencia del linaje de José se encuentra en el hemisferio occidental.
El Libro de Mormón aclara nociones como:
La existencia preterrenal.
La muerte. Es un componente necesario del gran plan de felicidad de Dios.
La existencia posterrenal, que empieza en el paraíso.
La resurrección del cuerpo, reunido con el espíritu, llega a ser un alma inmortal.
El Señor nos juzgará de acuerdo con nuestras obras y los deseos de nuestro corazón.
La manera correcta de efectuar las ordenanzas: por ejemplo, el bautismo, la Santa Cena y la manera de conferir el Espíritu Santo.
La expiación de Jesucristo.
La Resurrección.
La función importante de los ángeles.
La naturaleza eterna del sacerdocio.
La manera en que la conducta humana es más susceptible al poder de la palabra que al de la espada.
El Libro de Mormón revela información previamente desconocida:
Se efectuaban bautismos antes del nacimiento de Jesucristo.
Los antiguos pobladores de América edificaban templos y los utilizaban.
José, el undécimo hijo de Israel, previó la función profética de José Smith.
Nefi (600–592 a. C.) previó el descubrimiento y la colonización de América.
Se perdieron partes claras y preciosas de la Biblia.
Cada persona recibe la Luz de Cristo.
La importancia del albedrío y la necesidad de que haya una oposición en todas las cosas.
Advertencias acerca de las “combinaciones secretas”.
Hagamos lo que sea necesario para tener el corazón de la viuda, regocijándonos verdaderamente en las bendiciones que satisfarán la “pobreza” que resulte.
He tenido la gran bendición de servir entre los santos del Pacífico la mayor parte de mi vida adulta. La fe, el amor y los sacrificios increíbles de esos santos devotos me llenan de inspiración, gratitud y gozo. Sus relatos son como los de ustedes.
Me ha pasado por la mente que esos santos tienen mucho en común con la viuda a la que el Salvador observaba mientras Él “sentado… miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.
“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas…
“Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado al arca,
“porque… han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”1.
Aunque sus dos blancas eran una pequeña contribución, para el Salvador su dádiva era de valor supremo, porque ella lo dio todo. En ese momento, el Salvador conoció por completo a la viuda porque la dádiva de ella le mostró a Él su corazón. La calidad y la profundidad de su amor y su fe fueron tales que ella dio sabiendo que su “pobreza” sería provista.
He visto el mismo sentimiento en los santos del Pacífico. En una pequeña aldea de una de esas islas, un hombre mayor y su esposa aceptaron la invitación de los misioneros de preguntar sinceramente al Señor si las lecciones que se les enseñaban eran verdaderas. Durante ese proceso, ellos también consideraron las consecuencias de los compromisos que tendrían que hacer si la respuesta que recibieran los llevara a aceptar el Evangelio restaurado. Ayunaron y oraron para conocer la veracidad de la Iglesia y la autenticidad del Libro de Mormón. La respuesta a sus oraciones llegó como una afirmación dulce y clara: “¡Sí! ¡Es verdad!”.
Habiendo recibido ese testimonio, escogieron ser bautizados. Esa no fue una elección sin consecuencias; su decisión y su bautismo tuvieron un alto precio. Perdieron su empleo, sacrificaron su posición social, se disolvieron amistades importantes y la familia les retiró su apoyo, amor y respeto. Ahora ellos caminaban a la Iglesia cada domingo, intercambiando miradas incómodas con sus amigos y vecinos que iban en la dirección opuesta.
Durante esas circunstancias difíciles, a ese buen hermano se le preguntó cómo se sentía sobre la decisión que tomaron de unirse a la Iglesia. Su respuesta sencilla y firme fue: “Es verdadera, ¿no es así? Nuestra elección fue clara”.
Esos dos santos recién convertidos en verdad tenían el corazón de la viuda. Ellos, al igual que la viuda, “echaron todo” lo que podían dar, sabiendo que daban de su “pobreza”. Como resultado de su corazón creyente y su fe inquebrantable durante esos momentos difíciles, sus cargas fueron aliviadas. Recibieron ayuda y los rodearon miembros de la Iglesia que los apoyaron y ministraron, y fueron fortalecidos personalmente por su servicio en sus llamamientos de la Iglesia.
Después de dar su “todo”, el día más grandioso llegó cuando fueron sellados en el templo como una familia eterna. Al igual que Él hizo con los conversos bajo el liderazgo de Alma, “el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”2. Tal es el corazón de la viuda que se manifiesta en esta pareja maravillosa.
Deseo hablar sobre otra experiencia en la que el corazón de la viuda quedó claramente a la vista. En Samoa, trabajamos con los consejos de las aldeas para obtener acceso para que los misioneros prediquen el Evangelio. Hace algunos años, tuve una conversación con el jefe de una aldea donde se habían prohibido los misioneros durante muchos, muchos años. Mi conversación ocurrió no mucho tiempo después de que el jefe principal hubo abierto la aldea a la Iglesia, permitiendo que nuestros misioneros enseñaran a aquellos interesados en aprender sobre el Evangelio y sus doctrinas.
Después de tantos años de tener ese cambio milagroso, sentí curiosidad de saber lo que había sucedido para que el jefe principal tomara esa acción. Pregunté sobre eso y el jefe con quien estaba conversando respondió: “Un hombre puede vivir en la oscuridad por un tiempo, pero llegará un momento en el que deseará ver la luz”.
El jefe principal, al abrir la aldea, demostró el corazón de la viuda; un corazón que se suaviza cuando la calidez y la luz de la verdad se revelan. Ese líder estaba dispuesto a ir en contra de años de tradición, enfrentar mucha oposición y permanecer firme para que otras personas pudieran ser bendecidas. Era un líder cuyo corazón estaba centrado en el bienestar y la felicidad de su pueblo, antes que en inquietudes sobre tradición, cultura y poder personal. Descartó esas preocupaciones a favor de lo que el presidente Thomas S. Monson nos ha enseñado: “Al seguir el ejemplo del Salvador, tendremos la oportunidad de ser una luz en la vida de otras personas”3.
Finalmente, permítanme compartir con ustedes una experiencia más entre los santos del Pacífico que permanece profunda y espiritualmente arraigada en mi alma. Hace varios años, fui un joven consejero de un obispo en un barrio nuevo en Samoa Americana. Teníamos 99 miembros que eran pequeños granjeros, trabajadores de plantas de envasado, empleados gubernamentales y sus familias. Cuando la Primera Presidencia anunció en 1977 que se iba a construir un templo en Samoa, todos nosotros expresamos gozo y agradecimiento. Ir al templo desde Samoa Americana en ese momento requería viajar a Hawái o a Nueva Zelanda. Era un viaje costoso que muchos miembros fieles de la Iglesia no podían costear.
Durante ese período de tiempo se animó a los miembros a que donaran a un fondo para ayudar en la construcción de templos. Con eso en mente, nuestro obispado pidió a los miembros del barrio que consideraran en oración qué podrían dar. Se fijó una fecha para que las familias se reunieran para ofrecer sus donativos. Luego, cuando esos donativos se abrieron en privado, nuestro obispado se sintió humilde y conmovido por la fe y la generosidad de los maravillosos miembros del barrio.
Conociendo a cada familia y sus circunstancias, experimenté un sentimiento profundo y duradero de admiración, respeto y humildad. Esas eran, en todos los sentidos, las blancas de la viuda de hoy dadas libremente de la “pobreza” de ellos, con gozo en la construcción prometida de un santo templo del Señor en Samoa. Esas familias habían consagrado todo lo que podían al Señor, con la fe de que no se les dejaría sin sustento. Esa dádiva manifestó el corazón de la viuda en ellos. Todos los que dieron tan diligente y gozosamente debido al corazón de la viuda en ellos pudieron ver con el ojo de la fe las más grandes bendiciones que estaban disponibles para sus familias, y para todas las personas de Samoa y Samoa Americana, para las generaciones venideras. Sé que sus ofrendas consagradas, sus blancas de la viuda, fueron conocidas y aceptadas por el Señor.
El corazón de la viuda que dio dos blancas es un corazón que dará todo al hacer sacrificios; al soportar dificultades, persecución y rechazo; y al llevar cargas de muchos tipos. El corazón de la viuda es un corazón que experimenta, siente y conoce la luz de la verdad y que da todo para aceptar esa verdad. También ayuda a otras personas a ver la misma luz y a llegar a la misma medida de felicidad y gozo eternos. Finalmente, el corazón de la viuda se define por una disposición de dar todo para la edificación del reino de Dios en la tierra.
Unámonos como santos en todo el mundo para hacer lo que sea necesario para tener el corazón de la viuda, regocijándonos verdaderamente en las bendiciones que satisfarán la “pobreza” que resulte. Mi ruego por cada uno de nosotros es una súplica para que tengamos el corazón para llevar nuestras cargas, hacer los sacrificios necesarios y tener la voluntad de dar y hacer. Prometo que el Señor no los dejará sin sustento. El corazón de la viuda está lleno de agradecimiento de que el Salvador fue “varón de dolores y experimentado en quebranto”4 para que no tuviéramos que probar la “amarga copa”5. A pesar de nuestras debilidades y fallas, y debido a estas, Él sigue ofreciendo Sus manos, que fueron traspasadas para nuestro beneficio. Él nos elevará si estamos dispuestos a entrar en la luz de Su Evangelio, aceptarlo a Él y permitirle saciar nuestra “pobreza”.
Doy testimonio del gran amor que podemos compartir como discípulos y seguidores del Señor Jesucristo. Amo y sostengo al presidente Thomas S. Monson como el profeta de Dios en la tierra. El Libro de Mormón es otro testimonio de Jesucristo al mundo, e invito a todos que lo lean y descubran su mensaje para ustedes. Todos los que acepten la invitación del Señor de venir a Él hallarán paz, amor y luz. Jesucristo es nuestro gran Ejemplo y Redentor. Solo por medio de Jesucristo y del milagro de Su expiación infinita es que podemos recibir la vida eterna. De esto testifico, en Su santo nombre, sí, Jesucristo. Amén.
Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La mano del Señor los guía. Por “designio divino”, Él se ocupa de los pequeños detalles de su vida, así como de los sucesos importantes.
Hermanos y hermanas, al ponerme de pie aquí, en esta inspiradora conferencia general mundial y sentir su fortaleza y su espíritu, no puedo evitar pensar en las palabras del apóstol Pedro: “[Señor], bueno es que estemos aquí”1.
Eso no es exactamente lo que dijo Alma tras predicar al pueblo de Ammoníah. Alma dejó la ciudad debido a la iniquidad del pueblo; pronto se le apareció un ángel y mandó “que [volviera] a la ciudad de Ammoníah y [predicara] otra vez a los habitantes de esa ciudad”2.
Alma lo hizo “prestamente ”, entrando “en la ciudad por otro camino”3.
“Y tuvo hambre al entrar en la ciudad, y dijo a un hombre: ¿Quieres dar algo de comer a un humilde siervo de Dios?
“Y le dijo el hombre: Soy nefita, y sé que eres un santo profeta de Dios, porque tú eres el hombre de quien un ángel dijo en una visión: Tú lo recibirás”4.
El hombre era Amulek.
Ahora bien, ¿se encontró Alma con Amulek por azar? No, no fue coincidencia que entrara en la ciudad por el camino que lo llevaría hasta aquel hombre fiel que llegaría a ser su compañero de misión.
El élder Neal A. Maxwell explicó en una ocasión: “Ninguno de nosotros utiliza todas las oportunidades tocantes a las personas que se nos asignan dentro de nuestros círculos de amistades. Ustedes y yo podríamos llamar ‘coincidencia’ a dichas confluencias; es comprensible que los mortales usen esa palabra, pero coincidencia no es un término apropiado para describir las obras de un Dios omnisciente. Él no hace las cosas por ‘coincidencia’, sino… por ‘designio divino’”5.
Nuestra vida es como un tablero de ajedrez y el Señor nos mueve de un lugar a otro, si es que somos receptivos a las impresiones del Espíritu. En retrospectiva, podemos ver Su mano en nuestra vida.
Vemos tal intervención celestial cuando Nefi regresa a buscar las planchas de manos de Labán. Este “iba guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer”6. No mucho después, Labán se halló ante él en el sopor de la embriaguez y Nefi lo mató, tomó las planchas, y huyó de regreso adonde estaban sus hermanos. ¿Tuvo la fortuna de hallar a Labán por azar? ¿O fue por “designio divino”?
Hay acontecimientos significativos que suceden en el Evangelio y en la Iglesia que hacen avanzar el Reino de Dios sobre la tierra; no ocurren por accidente, sino según el plan de Dios. Aquel que formó este mundo puede calmar los mares por Su palabra, y puede conducir tanto a Alma y a Amulek, como a Nefi y a Labán, a estar en el lugar indicado precisamente en el momento indicado.
De igual modo, hay acontecimientos y relaciones que ocurren en cada una de nuestras vidas que hacen avanzar la obra de Dios sobre la tierra.
Nuestro querido élder Joseph B. Wirthlin se refirió a una ocasión en que el presidente Monson le dijo: “‘Existe una influencia celestial sobre todas las cosas. A menudo, cuando suceden las cosas, no es por accidente. Un día, cuando miremos atrás a aquello que pareció coincidencia en nuestra vida, nos daremos cuenta de que quizás, después de todo, tal vez no haya sido así’”7.
En su mayoría, solo algunas personas conocen nuestras buenas obras; sin embargo, estas quedan registradas en el cielo. Un día, seremos testigos de nuestra íntegra dedicación a las obras de rectitud. Ninguna prueba ni calamidad puede alterar el plan de salvación de felicidad. Ciertamente, por “designio divino”, “a la mañana vendrá la alegría”8. Jesús enseñó: “Vine al mundo a cumplir la voluntad [del] Padre”9. Queridos hermanos y hermanas, nosotros también tenemos que cumplirla.
Gracias a la experiencia de mi propia travesía por la vida, sé que el Señor nos moverá sobre aquel imaginario tablero de ajedrez para hacer Su obra. Lo que podría parecer una oportunidad al azar está, de hecho, dirigido por un amoroso Padre Celestial, quien puede conocer el número de cabellos en cada cabeza10. Ni siquiera un pajarillo cae a tierra sin que lo note nuestro Padre11. El Señor se ocupa de los pequeños detalles de nuestra vida, y esos incidentes y oportunidades han de prepararnos para elevar a nuestra familia y otras personas conforme edificamos el Reino de Dios en la tierra. Recuerden, tal como el Señor dijo a Abraham: “Conozco el fin desde el principio; por lo tanto, te cubriré con mi mano”12.
El Señor me puso en un hogar con padres amorosos. Según los estándares del mundo, eran personas muy comunes; mi padre, un hombre dedicado, era conductor de camiones; mi angelical madre permanecía en casa para cuidarnos. El Señor me ayudó a encontrar a mi amada esposa, Melanie. Inspiró a un empresario, que llegó a ser un querido amigo, a darme una oportunidad laboral. El Señor me llamó a servir en el campo misional, tanto cuando era un jovencito y posteriormente como presidente de misión; me llamó al Cuórum de los Setenta; y ahora me ha llamado como Apóstol. En retrospectiva, entiendo que yo no dirigí ninguno de esos movimientos; fue el Señor, tal y como dirige importantes movimientos para ustedes y para aquellos a quienes ustedes aman.
¿Qué deben procurar ustedes en su vida? ¿Cuáles son los milagros de Dios que les recuerdan que Él está cerca y que dice: “Aquí estoy”? Piensen en esos momentos, algunos de ellos diarios, en que el Señor ha actuado en su vida, y en los que Él ha vuelto a actuar. Atesórenlos como momentos en que el Señor ha mostrado confianza en ustedes y en sus decisiones; pero permítanle magnificarlos a ustedes más de lo que pueden hacerlo por sí mismos. Atesoren Su participación. A veces, consideramos que los cambios en nuestros planes durante nuestra travesía son pasos en falso. Véanlos más como los primeros pasos para estar “en la obra del Señor”13.
Hace algunos meses, nuestra nieta se unió a un grupo de jóvenes para recorrer varios sitios históricos de la Iglesia. El itinerario final indicaba que pasaría por la zona donde su hermano misionero, nuestro nieto, estaba prestando servicio. Nuestra nieta no tenía la intención de ver a su hermano durante la misión. Sin embargo, mientras el autobús entraba en la ciudad donde prestaba servicio su hermano, vieron a dos misioneros caminando por la calle; uno de ellos era su hermano.
El autobús rebosaba de expectación conforme los jóvenes pedían al conductor que estacionara para que ella pudiese saludar a su hermano. En menos de un minuto, tras algunas lágrimas y dulces palabras, su hermano se encaminó de vuelta a cumplir con sus deberes misionales. Más adelante, supimos que su hermano había estado en aquella calle por menos de cinco minutos, al dirigirse al automóvil después de una cita.
El Padre Celestial puede colocarnos en situaciones con cierta intención específica en mente. Así lo ha hecho en mi vida y así lo hace en la de ustedes, tal como lo hizo en la vida de nuestros queridos nietos.
Cada uno de nosotros es preciado y amado para el Señor, quien se preocupa, susurra y vela por nosotros de forma particular para cada uno. Él es infinitamente más sabio y más poderoso que los hombres y mujeres mortales. Conoce nuestros retos, nuestros triunfos, y los deseos rectos de nuestro corazón.
Hace más de un año, mientras caminaba por la Manzana del Templo, una de las hermanas misioneras se me acercó y preguntó, “¿Se acuerda de mí? Soy de Florida”. Me dijo su nombre; era la hermana Aida Chilan. Sí; recordaba haberla conocido a ella y a su familia. Su presidente de estaca había sugerido que visitáramos a la familia de ella; resultó claro que estábamos allí por su hija Aida, que no se había bautizado. Tras nuestra visita y después de más de un año de enseñanza y hermanamiento, Aida se bautizó.
Después de encontrarnos en la Manzana del Templo, me escribió una carta. Decía: “Sé con todo mi corazón que el Padre Celestial nos conoce a cada uno de nosotros y que sigue cruzando nuestros caminos por alguna razón. Gracias por ser uno de mis misioneros, por tenderme la mano y buscarme hace cinco años”14. Aida también me envió la historia de su conversión, la cual relata las “divinas coincidencias” que han tenido lugar en su vida y la han conducido al bautismo y la confirmación, a servir en una misión en la Manzana del Templo y a su reciente matrimonio en el templo15.
¿Fue mera coincidencia que el presidente de estaca nos hubiera llevado a la casa de la familia Chilan, o que ella y yo nos hubiéramos encontrado luego en la Manzana del Templo? El testimonio de Aida da fe de que todo era parte del “designio divino” de Dios.
El Señor ama estar con nosotros; no es coincidencia que, al sentir Su Espíritu y actuar de conformidad con los primeros susurros, sientan lo que Él ha prometido: “Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”16.
A todos nos suceden cosas semejantes en la vida. Quizás conozcamos a alguien que nos parezca familiar, reanudemos una relación con un conocido o encontremos puntos en común con un extraño. Cuando esas cosas ocurren, tal vez sea el Señor que nos recuerda que en verdad todos somos hermanos y hermanas. Ciertamente, estamos consagrados a la misma causa; aquella que José Smith llamó “la causa de Cristo”17.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupa el albedrío en el “designio divino”? Tenemos la opción de seguir o no a nuestro Salvador y a Sus líderes escogidos. El proceso resulta claro en el Libro de Mormón cuando los nefitas se habían apartado del Señor. Mormón se lamentó:
“Y vieron… que el Espíritu del Señor no los preservaba más; sí, se había apartado de ellos, porque el Espíritu del Señor no habita en templos impuros;
“por lo tanto, el Señor cesó de preservarlos por su milagroso e incomparable poder, porque habían caído en un estado de incredulidad y terrible iniquidad”18.
No todo lo que el Señor nos pide es resultado de lo fuertes que somos, lo fieles que somos, ni de lo que podamos saber. Consideren a Saulo, a quien el Señor detuvo en el camino a Damasco. Iba en la dirección equivocada en la vida; y eso no tenía nada que ver con el norte ni el sur. A Saulo se lo redirigió de manera divina. Cuando más adelante fue conocido como Pablo, su ministerio apostólico reflejó lo que el Señor ya sabía que este era capaz de hacer y llegar a ser, y no lo que él se había propuesto hacer como Saulo. De igual manera, el Señor sabe lo que cada uno de nosotros es capaz de hacer y llegar a ser. ¿Qué enseñó el apóstol Pablo? “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien, para los que conforme a su propósito son llamados”19.
Cuando somos rectos y capaces, y estamos dispuestos, cuando luchamos por ser dignos y estar calificados, progresamos hasta lugares que jamás imaginamos y llegamos a ser parte del “designio divino” del Padre Celestial. Cada uno de nosotros tiene divinidad dentro de sí. Ruego que cuando veamos a Dios obrar mediante nosotros y con nosotros, nos sintamos alentados, e incluso agradecidos por esa guía. Cuando nuestro Padre Celestial dijo: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”20, se refería a todos Sus hijos; y a usted en particular.
La mano del Señor los guía. Por “designio divino”, Él se ocupa de los pequeños detalles de su vida, así como de los sucesos importantes. Tal como dice en Proverbios: “Confía en Jehová con todo tu corazón, … y él enderezará tus veredas”21. Testifico que Él los bendecirá, los sostendrá y les brindará paz. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La humildad en cuanto a quiénes somos y el propósito que Dios tiene para nosotros es esencial.
Desde que presté servicio en la Misión Británica cuando era joven, he disfrutado el humor británico. A veces se caracteriza por una visión autocrítica, modesta y humilde de la vida. Un ejemplo de ello es la forma en que se representa el verano. Los veranos en Inglaterra son relativamente cortos e impredecibles. Tal como un escritor dijo de modo discreto: “Me encanta el verano británico, es mi día favorito del año”1. Uno de mis personajes favoritos de caricaturas británicas aparecía levantándose tarde de su cama una mañana y diciendo a sus perros: “¡Santo cielo! Creo que nos quedamos dormidos y nos hemos perdido el verano”2.
En este tipo de humor se encierra una analogía con nuestra vida en esta hermosa tierra. Las Escrituras indican claramente que nuestra preciada existencia mortal es un tiempo muy breve. Podría decirse que, desde una perspectiva eterna, nuestro tiempo en la tierra es tan fugaz como un verano británico3.
En ocasiones, el propósito y la existencia misma del hombre también se describen de forma muy humilde. El profeta Moisés creció en lo que en la actualidad algunos llamarían un ambiente privilegiado. Como se recoge en la Perla de Gran Precio, el Señor, preparando a Moisés para su asignación profética, le mostró fugazmente el mundo y todos los hijos de los hombres que son y fueron creados4. La reacción algo sorpresiva de Moisés fue: “… ahora sé que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado”5.
Posteriormente, en lo que equivale a una refutación de cualquier sentimiento de insignificancia que Moisés pudo haber sentido, Dios proclamó Su verdadero propósito: “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”6.
Todos somos iguales ante Dios; Su doctrina es clara; en el Libro de Mormón leemos: “… todos son iguales ante Dios”, entre ellos los que son “… negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres…”7. Por consiguiente, a todos se les invita a venir al Señor8.
Cualquiera que sostenga que es superior en el plan de Dios debido a características como la raza, el sexo, la nacionalidad, el idioma o las circunstancias económicas está moralmente equivocado y no comprende el verdadero propósito del Señor para todos los hijos de nuestro Padre9.
Por desgracia, casi en cada segmento de la sociedad actual, vemos que se hace alarde de la presunción y la arrogancia, mientras que la humildad y la responsabilidad ante Dios se ven menospreciadas. Gran parte de la sociedad ha perdido el sentido de lo que es correcto y no comprende por qué estamos en esta tierra. La verdadera humildad, la cual es esencial para lograr el propósito que el Señor tiene para nosotros, rara vez es evidente10.
Es importante comprender la magnitud de la humildad, la rectitud, el carácter y la inteligencia de Cristo según se ve ejemplificado en las Escrituras. Es insensato subestimar la necesidad de esforzarnos continuamente, día a día, por desarrollar estas cualidades y atributos cristianos, en particular la humildad11.
Las Escrituras indican con claridad que aunque esta vida es relativamente corta, es increíblemente significativa. Amulek, quien fue compañero misional de Alma en el Libro de Mormón, dijo: “… esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra”12. No queremos, como el personaje de caricatura, que se nos pase la vida durmiendo.
El ejemplo del Salvador de humildad y de sacrificio por toda la humanidad es el acontecimiento más profundo de la historia. El Salvador, aun siendo miembro de la Trinidad, estuvo dispuesto a venir a la tierra como un humilde bebé y comenzar una existencia que incluía enseñar y sanar a Sus hermanos y hermanas, y finalmente sufrir un dolor indescriptible en Getsemaní y en la cruz a fin de perfeccionar Su expiación. Ese acto de amor y humildad de parte de Cristo se conoce como Su condescendencia13. Él lo hizo por cada hombre y mujer que Dios ha creado o creará.
Nuestro Padre Celestial no desea que Sus hijos se sientan descorazonados ni se den por vencidos en su búsqueda de la gloria celestial. Cuando realmente contemplamos a Dios el Padre y a Cristo el Hijo, quiénes son y qué han hecho por nosotros, eso nos llena de reverencia, asombro, gratitud y humildad.
La humildad es esencial para ayudar al Señor a establecer Su Iglesia
Alma hizo una pregunta en su época que es relevante hoy en día: “… si habéis experimentado un cambio en el corazón, y si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: ¿Podéis sentir esto ahora?”14. Alma continúa: “… Si os tocase morir en este momento, ¿podríais decir… que habéis sido suficientemente humildes?”15.
Cada vez que leo sobre la ocasión en que Alma, hijo, renunció a su cargo de jefe de estado para predicar la palabra de Dios16, me siento impresionado. Es evidente que Alma tenía un profundo testimonio de Dios el Padre y Jesucristo, y se sentía completamente responsable ante Ellos, sin reserva alguna. Tenía las prioridades correctas y la humildad para abandonar su estatus y posición porque comprendía que servir al Señor era más importante.
El tener suficiente humildad en nuestra vida para ayudar a establecer la Iglesia es particularmente valioso. Hay un ejemplo en la historia de la Iglesia que es revelador. En junio de 1837, mientras se encontraba en el Templo de Kirtland, el profeta José recibió la inspiración de llamar al apóstol Heber C. Kimball a llevar el evangelio de Jesucristo a “Inglaterra… y abrir la puerta de la salvación a esa nación”17. El apóstol Orson Hyde y algunos otros recibieron la asignación de acompañarlo. La respuesta del élder Kimball fue excepcional. “La idea de que se me designara una misión tan importante era casi más de lo que podía soportar… Estaba casi a punto de hundirme bajo la carga que se me había dado”18. No obstante, él emprendió la misión con absoluta fe, compromiso y humildad.
A veces la humildad es aceptar llamamientos cuando no nos sentimos capaces. A veces la humildad es servir fielmente cuando nos sentimos aptos para tener una asignación más importante. Hay líderes humildes que han demostrado con sus palabras y con su ejemplo que no importa dónde sirvamos, sino lo fielmente que servimos19. A veces la humildad es superar los resentimientos cuando sentimos que los líderes u otras personas nos han tratado mal.
El 23 de julio de 1837, el profeta José se reunió con el élder Thomas B. Marsh, Presidente del Cuórum de los Doce. Aparentemente, el élder Marsh estaba frustrado porque el Profeta había llamado a dos miembros de su cuórum a ir a Inglaterra sin consultarle. Cuando José se reunió con el élder Marsh, cualquier resentimiento quedó a un lado, y el Profeta recibió una revelación extraordinaria. Ahora es la sección 112 de Doctrina y Convenios 20.Representa una increíble guía de los cielos con respecto a la humildad y a la obra misional. El versículo 10 dice: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones”21.
Esta revelación tuvo lugar exactamente el mismo día en que los élderes Kimball, Hyde y John Goodson, llenos de humildad, declaraban la restauración del evangelio de Jesucristo en la capilla de Vauxhall en Preston, Inglaterra22. Era la primera vez que los misioneros habían proclamado el Evangelio restaurado fuera de Norteamérica en esta dispensación. Sus esfuerzos misionales dieron como resultado, casi de inmediato, bautismos de conversos, y como resultado hubo muchos miembros fieles23.
Algunas partes subsiguientes de la revelación guían los esfuerzos misionales en nuestros días. En parte, dicen: “… quienesquiera que envíes en mi nombre…tendrán el poder para abrir la puerta de mi reino en cualquier nación… si se humillan delante de mí, permanecen en mi palabra y dan oído a la voz de mi Espíritu”24.
La humildad que fundamentaba ese increíble esfuerzo misional permitió que el Señor estableciera Su Iglesia de un modo sorprendente.
Afortunadamente, hoy en día vemos esto en la Iglesia de forma constante. Los miembros, incluso los de la nueva generación, dan de su tiempo y posponen sus estudios y empleo para servir misiones. Muchos miembros mayores abandonan sus empleos y hacen otros sacrificios a fin de servir a Dios en cualquier cargo al que se les llame. No dejamos que los asuntos personales nos distraigan o nos impidan lograr Sus propósitos25. El servicio en la Iglesia requiere humildad. Servimos humildemente en el cargo al que somos llamados con toda nuestra alma, mente y fuerza. En cada nivel de la Iglesia, es importante comprender el atributo cristiano de la humildad.
La humildad constante es esencial para ayudar a preparar a las personas para comparecer ante Dios
El objetivo de honrar al Señor y someternos a Su voluntad26 no se valora tanto en la sociedad actual como en el pasado. Algunos líderes cristianos de otras religiones creen que vivimos en un mundo poscristiano27.
A través de las generaciones, la virtud de la humildad basada en principios religiosos y las virtudes sociales de la modestia y la finura han sido la norma predominante.
En el mundo actual se hace más hincapié en el orgullo, el engrandecimiento propio y la supuesta “autenticidad”, lo cual a veces conduce a la falta de verdadera humildad. Algunos sugieren que los valores morales que conducen a la felicidad en la actualidad incluyen “ser auténtico, ser fuerte, ser productivo y, lo que es más importante, no depender de otras personas… porque tu destino está… en tus propias manos”28.
Las Escrituras proponen un enfoque diferente; sugieren que debemos ser verdaderos discípulos de Jesucristo. Eso implica establecer un poderoso sentimiento de responsabilidad ante Dios y una humilde visión de la vida. El rey Benjamín enseñó que el hombre natural es enemigo de Dios y aconsejó que debemos someternos “al influjo del Santo Espíritu”. Él explicó, entre otras cosas, que eso requiere que uno llegue a ser “sumiso, manso, humilde, paciente [y] lleno de amor”29.
Algunos hacen mal uso de la autenticidad como una celebración del hombre natural y de cualidades que son opuestas a la humildad, la bondad, la misericordia, el perdón y la cortesía. Podemos celebrar nuestra singularidad individual como hijos de Dios sin usar la autenticidad como excusa de una conducta poco cristiana.
En nuestra búsqueda de la humildad, la internet moderna genera desafíos para evitar el orgullo. Dos ejemplos son la actitud frívola de “mírenme a mí” y el atacar a otras personas criticándolas en las redes sociales. Otro ejemplo es la falsa modestia. Se define como “una declaración [o fotografía] aparentemente modesta o autocrítica cuyo verdadero propósito es llamar la atención hacia algo que a uno lo enorgullece”30. Los profetas siempre han advertido acerca del orgullo y de hacer hincapié en las cosas vanas del mundo31.
El deterioro generalizado del diálogo cortés también es una preocupación. El principio eterno del albedrío requiere que respetemos muchas decisiones con las que no estamos de acuerdo. El conflicto y la contienda a menudo traspasan “los límites de la decencia”32. Necesitamos más modestia y humildad.
Alma advierte en contra de “[inflarse] con el orgullo de vuestros corazones”, al “suponer que unos sois mejores que otros” y al perseguir a los humildes que “caminan según el santo orden de Dios”33.
He hallado una bondad genuina en las personas de todas las religiones que son humildes y se sienten responsables ante Dios. Muchas de ellas están de acuerdo con Miqueas, el profeta del Antiguo Testamento, quien declaró: “… lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar la misericordia y humillarte para andar con tu Dios”34.
Cuando somos verdaderamente humildes, oramos para obtener el perdón y perdonamos a los demás. Como leemos en Mosíah, Alma enseñó que cuantas veces nos arrepintamos, el Señor perdonará nuestras transgresiones35. Por otro lado, como se indica en el Padrenuestro36, cuando no perdonamos las ofensas de los demás, traemos la condenación sobre nosotros mismos37. Gracias a la expiación de Jesucristo, mediante el arrepentimiento nuestros pecados son perdonados. Cuando no perdonamos a quienes nos ofenden, estamos, en efecto, rechazando la expiación del Salvador. Guardar rencor, negarnos a perdonar y negarnos a relacionarnos humildemente de una manera cristiana es lo que de verdad nos pone bajo condenación. El guardar rencor es veneno para nuestra alma38.
Permítanme asimismo advertirles sobre cualquier tipo de arrogancia. El Señor, mediante el profeta Moroni, establece un drástico contraste entre el arrogante y el humilde: “… Los insensatos hacen burla, mas se lamentarán; y mi gracia es suficiente para los mansos…” El Señor además declaró: “Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”39.
La humildad también incluye ser agradecidos por nuestras abundantes bendiciones y ayuda divina. La humildad no es un gran logro identificable ni tampoco superar algún gran desafío. Es una señal de fortaleza espiritual; es tener la serena confianza de que, día a día y hora tras hora, podemos confiar en el Señor, servirle y lograr Sus propósitos. Ruego que en este mundo lleno de disputas nos esforcemos constantemente por lograr la verdadera humildad cada día. Uno de mis poemas favoritos lo expresa de la siguiente manera:
La prueba de la grandeza es la manera
en que encontramos lo eterno de cada día40.
Les doy mi firme testimonio del Salvador y Su expiación, y de la enorme importancia de servirle con humildad cada día. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
Kathy Lette, en “Town and Country Notebook”, ed. Victoria Marston, Country Life, 7 de junio de 2017, pág. 32; cursiva agregada.
Annie Tempest, “Tottering-by-Gently”, Country Life, 3 de octubre de 2012, pág. 128.
Véase Salmos 90:4. Ya sea corta o larga en cuanto a años terrenales, la duración de nuestra vida es muy breve desde una perspectiva eterna. “… todo es como un día para Dios, y solo para los hombres está medido el tiempo” (Alma 40:8). El apóstol Pedro declaró: “Pero, oh amados, no ignoréis esto, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pedro 3:8).
Doctrina y Convenios 20:37 comienza con las palabras: “Todos los que se humillen ante Dios”. Establece los requisitos para el bautismo. Véase también Mateo 11:28.
Sabemos que si no nos arrepentimos, recibimos las ordenanzas y seguimos la senda del convenio que nos prepara para la eternidad, “… viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna” (Alma 34:33).
José Smith, en Heber C. Kimball, “History of Heber Chase Kimball By His Own Dictation”, aprox. 1842–1856, Documentos de Heber C. Kimball, pág. 54, Biblioteca de Historia de la Iglesia; véase también Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, An Apostle; The Father and Founder of the British Mission, 1888, pág. 116.
Heber C. Kimball, “History of Heber Chase Kimball By His Own Dictation”, pág. 54; véase también Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, pág. 116.
El presidente J. Reuben Clark Jr. enseñó: “Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días uno acepta el lugar al que se le haya llamado ocupar, el cual ni se procura ni se rechaza” (en Conference Report, abril de 1951, pág. 154).
Véase The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo V: Octubre de 1835–Enero de 1838, ed. Brent M. Rogers y otros, 2017, págs. 412–417. Vilate Kimball informó en una carta a su esposo, Heber C. Kimball, que había copiado la revelación del “libro del élder Marsh tal cual él la escribió de boca de José” (carta de Vilate Murray Kimball a Heber C. Kimball, 6 de septiembre de 1837, en The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo V: Octubre de 1835–Enero de 1838, pág. 412).)
“Aunque no pedimos que se nos releve de un llamamiento, si nuestras circunstancias cambian, es apropiado consultar con aquellos que nos hayan dado el llamamiento y permitir que ellos tomen una decisión al respecto” (Boyd K. Packer, “Llamados a servir”, Liahona, enero de 1998, pág. 8).
English Oxford Living Dictionaries, “humblebrag,” [falsa modestia] oxforddictionaries.com.
En cierto modo, esto hace eco de la descripción en el libro de Alma de aquellos que habían adquirido “toda clase de objetos preciosos que habían obtenido por su industria… [pero] se envanecieron en el orgullo de sus ojos” (Alma 4:6). Se ha observado que la falsa modestia es una forma de vanagloria.
David Brooks, “Finding a Way to Roll Back Fanaticism”, New York Times, 15 de agosto de 2017, pág. A23.
Como dijo Nelson Mandela: “Guardar resentimiento es como tomar veneno y esperar que mate a tus enemigos” (en Jessica Durando, “15 of Nelson Mandela’s Best Quotes”, USA Today, 5 de diciembre de 2013, usatoday.com).
Por Stephen W. Owen
Presidente General de los Hombres Jóvenes
En el momento que ponemos un pie en el sendero del arrepentimiento, invitamos al poder redentor del Salvador a nuestra vida.
Hace varios años, el presidente Gordon B. Hinckley asistió a un partido de fútbol americano en una universidad. Estaba allí para anunciar que el estadio llevaría el nombre del amado entrenador del equipo de hacía mucho tiempo, quien estaba a punto de jubilarse. El equipo deseaba desesperadamente ganar el partido en honor a su entrenador. Se invitó al presidente Hinckley a visitar los vestidores y compartir unas palabras de encomio. Inspirado por sus palabras, el equipo fue ese día a ganar ese partido y acabo la temporada con un registro ganador.
Hoy día, quisiera dirigirme a aquellos que puedan preocuparse de que no están ganando en la vida. La verdad es que, por supuesto, “todos [hemos pecado] y [estamos] destituidos de la gloria de Dios”1. Aunque en los deportes tal vez haya temporadas invictas, en la vida no las hay; sin embargo, testifico que el Salvador Jesucristo logró una perfecta Expiación y nos dio el don del arrepentimiento, nuestro camino de regreso a un fulgor perfecto de esperanza y a una vida victoriosa.
El arrepentimiento brinda felicidad
Con demasiada frecuencia consideramos el arrepentimiento como algo triste y deprimente, ¡pero el plan de Dios es el plan de felicidad, no el plan de sufrimiento! El arrepentimiento es edificante y ennoblecedor; es el pecado el que acarrea la desdicha2. ¡El arrepentimiento es nuestra ruta de escape! Tal como explicó el élder D. Todd Christofferson: “Sin el arrepentimiento no hay verdadero progreso… solo mediante el arrepentimiento obtenemos acceso a la gracia expiatoria de Jesucristo y a la salvación. El arrepentimiento… nos conduce a la libertad, la confianza y la paz”3. Mi mensaje a todos —especialmente a los jóvenes— es que el arrepentimiento es siempre positivo.
Cuando hablamos del arrepentimiento, no nos referimos solo a los esfuerzos por mejorar personalmente; el verdadero arrepentimiento es más que eso: lo inspira la fe en el Señor Jesucristo y en Su poder para perdonar nuestros pecados. Como el élder Dale G. Renlund nos ha enseñado: “Sin el Redentor… el arrepentimiento se convierte simplemente en una modificación de conducta lamentable”4. Podemos intentar cambiar nuestro comportamiento por nosotros mismos, pero solo el Salvador puede quitar nuestras manchas y aligerar nuestras cargas, permitiéndonos seguir el camino de la obediencia con confianza y fortaleza. El gozo del arrepentimiento es más que el gozo de vivir una vida decente. Es el gozo del perdón, de ser limpios otra vez, y de estar más cerca de Dios. Una vez que la persona experimente ese gozo, ningún sustituto menor será suficiente.
El verdadero arrepentimiento nos inspira a hacer de nuestra obediencia un compromiso, un convenio que comienza con el bautismo y que se renueva cada semana en la cena del Señor, la Santa Cena. Allí recibimos la promesa de que “siempre [podemos] tener su Espíritu [con nosotros]”,5 con todo el gozo y la paz que resultan al tener Su compañía constante. Ese es el fruto del arrepentimiento, ¡y eso es lo que hace que el arrepentimiento sea gozoso!
El arrepentimiento requiere perseverancia
Me encanta la parábola del hijo pródigo6. Hay algo conmovedor en ese momento crucial en que el hijo pródigo “[volvió] en sí”. Mientras estaba sentado en una pocilga, deseando “llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos”, finalmente se dio cuenta de que había desperdiciado no solo la herencia de su padre, sino también su propia vida. Con la fe de que su padre volviese a aceptarlo, si no como hijo, al menos como siervo, decidió dejar atrás su pasado rebelde y volver a casa.
A menudo me he preguntado acerca de la larga caminata del hijo a casa. Hubo momentos en que dudó y se preguntó: “¿Cómo me recibirá mi padre?”. Tal vez incluso retrocedió unos cuantos pasos hacia los cerdos. Imaginen cómo sería diferente la historia si se hubiese dado por vencido. No obstante, la fe lo mantuvo activo, y la fe mantuvo a su padre observando y esperando pacientemente, hasta que por fin:
“… cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó.
“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
“Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad la mejor ropa y vestidle; y poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies…
“porque este, mi hijo, muerto era y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado”.
El arrepentimiento es para todos
Hermanos y hermanas, todos somos hijos pródigos. Todos tenemos que “volver en nosotros” —por lo general más de una vez— y elegir el sendero que conduce a casa. Es una elección que hacemos a diario, a lo largo de nuestras vidas.
A menudo asociamos el arrepentimiento con los pecados graves que requieren “un potente cambio”7. Mas el arrepentimiento es para todos, tanto para los que andan errantes en “senderos prohibidos y se [pierden]”8 así como para los que “[han] entrado en [la] estrecha y angosta senda” y ahora deben “seguir adelante”9. El arrepentimiento nos pone en el camino correcto y nos mantiene en el camino correcto. Es para aquellos que están empezando a creer, los que han creído todo el tiempo, y los que necesitan empezar a creer de nuevo. Como enseñó el élder David A. Bednar: “La mayoría de nosotros entiende claramente que la Expiación es para los pecadores; sin embargo, no estoy seguro de que sepamos y comprendamos que la Expiación es también para los santos, para los buenos hombres y mujeres que son obedientes, dignos y… que están esforzándose por llegar a ser mejores”10.
Hace poco visité un centro de capacitación misional cuando llegó un grupo de misioneros nuevos. Me emocioné profundamente mientras los veía y observaba la luz de sus ojos; parecían tan alegres, felices y entusiastas. Entonces me vino un pensamiento: “Han experimentado la fe para arrepentimiento. Por eso están llenos de esperanza y gozo”.
No creo que eso signifique que todos tuviesen serias transgresiones en su pasado, pero creo que sabían arrepentirse; habían aprendido que el arrepentimiento es positivo, y estaban listos y dispuestos a compartir ese alegre mensaje con el mundo.
Eso es lo que sucede cuando sentimos el gozo del arrepentimiento. Consideren este ejemplo de Enós. Él también “volvió en sí”, y después de que “[su] culpa fue expurgada”, su corazón se volvió de inmediato al bienestar de los demás. Enós pasó el resto de su vida invitando a todas las personas a arrepentirse y “en ello… [se regocijó] más que en lo del mundo”11. El arrepentimiento hace eso; vuelve nuestro corazón hacia nuestro prójimo porque sabemos que el gozo que sentimos es para todos.
El arrepentimiento es una búsqueda de toda la vida
Tengo un amigo que se crió en una familia Santo de los Últimos Días menos activa. Cuando era un joven adulto, él también “volvió en sí” y decidió prepararse para una misión.
Llegó a ser un misionero excelente. El último día antes de que volviera a casa, el presidente de misión lo entrevistó y le pidió que expresara su testimonio. Lo hizo, y después de un abrazo conmovedor, el presidente le dijo: “Élder, usted podría olvidar o negar todo lo que ha testificado en cuestión de meses si no continúa haciendo las cosas que edificaron su testimonio en primer lugar”.
Mas tarde, mi amigo me dijo que desde que regresó de su misión ha orado y leído las Escrituras a diario. El ser constantemente “[nutrido] por la buena palabra de Dios” lo ha mantenido “en la vía correcta”12.
Los que estén preparándose para una misión de tiempo completo, y los que estén regresando de ella, ¡tomen nota! No basta con obtener un testimonio; tienen que mantenerlo y fortalecerlo. Como todo misionero lo sabe, si dejan de pedalear una bicicleta, esta caerá, y si dejan de nutrir su testimonio, este se debilitará. Ese mismo principio se aplica al arrepentimiento: es una búsqueda que dura toda la vida, no una experiencia única en la vida.
A todos los que busquen el perdón —a los jóvenes, a los jóvenes adultos solteros, a los padres, a los abuelos y, sí, incluso a los bisabuelos— los invito a volver a casa. Ahora es el momento de comenzar. No demoren el día de su arrepentimiento13.
Luego, una vez que hayan tomado esa decisión, sigan en ese sendero. Nuestro Padre está esperando, deseando recibirlos. Él les extiende Sus brazos “todo el día”14. La recompensa vale el esfuerzo.
Recuerden estas palabras de Nefi: “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”15.
A veces el trayecto parecerá largo; después de todo, es el que lleva a la vida eterna; pero puede ser un trayecto gozoso si lo procuramos con fe en Jesucristo y esperanza en Su Expiación. Testifico que en el momento que ponemos un pie en el sendero del arrepentimiento, invitamos al poder redentor del Salvador a nuestra vida. Ese poder estabilizará nuestros pies, ensanchará nuestra visión, y profundizará nuestra determinación de seguir avanzando, paso a paso, hasta ese glorioso día en que finalmente regresemos a nuestro hogar celestial y oigamos a nuestro Padre Celestial decirnos: “Bien, buen siervo”16. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Por el élder Gary E. Stevenson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
No permitan que las distracciones de la vida eclipsen la luz del cielo.
El 21 de agosto de este año ocurrieron dos acontecimientos poco comunes que captaron la atención de las personas alrededor del mundo. El primero fue la celebración de los 90 años de nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson. Ese día, me encontraba en una asignación en el Área Pacífico, y me emocionó ver que los santos en Australia, Vanuatu, Nueva Zelanda y Polinesia Francesa no solo estaban al tanto de ese hito en la vida del profeta, sino que se regocijaban de celebrarlo. Me sentí afortunado de presenciar las sinceras expresiones de fe y afecto hacia este gran hombre. ¡Qué inspirador es ver la conexión que une a los Santos de los Últimos Días con su profeta!
El presidente Monson, consciente de aquellos que querían desearle un feliz cumpleaños, describió el regalo ideal: “Busquen a alguien que esté teniendo dificultades, o esté enfermo o solo, y hagan algo por esa persona. Eso es todo lo que pediría”1. Lo amamos y lo sostenemos, presidente Monson.
Eclipse solar
El otro acontecimiento poco común y astronómico que ocurrió ese mismo día y que cautivó a millones por todo el mundo fue un eclipse total de sol. Era la primera vez en 99 años que un eclipse así recorría todo Estados Unidos2. ¿Alguna vez han visto un eclipse solar? Permítanme explicar esto con más detalle.
Un eclipse total de sol ocurre cuando la luna se interpone entre la tierra y el sol y bloquea casi enteramente la luz proveniente de la superficie del sol3. El hecho de que esto pueda suceder es una maravilla para mí. Si imaginan el sol como del tamaño de una llanta normal de una bicicleta, en comparación la luna apenas sería del tamaño de una piedrecita.
¿Cómo es posible que nuestra fuente de calor, luz y vida pueda ser oscurecida de tal modo por algo comparativamente insignificante en tamaño?
Aunque el sol es 400 veces más grande que la luna, se halla a una distancia de la tierra 400 veces mayor que la luna4. Visto desde la tierra, esta geometría hace que el sol y la luna parezcan que son del mismo tamaño. Cuando ambos cuerpos se alinean perfectamente, la luna parece oscurecer al sol completamente. Mis familiares y amigos, que se hallaban en la zona del eclipse total, describieron cómo la luz dio paso a las sombras, aparecieron estrellas y los pájaros dejaron de cantar. El aire se enfrió, ya que durante un eclipse la temperatura puede descender más de 11 grados Celsius5.
Ellos relatan la sensación de asombro, estupor e incluso ansiedad, al saber los riesgos que entraña un eclipse. Por eso, durante el eclipse, todos ellos tomaron precauciones para evitar daños permanentes en los ojos o “la ceguera por eclipse”. Estuvieron a salvo usando lentes o anteojos con filtros especiales que protegen los ojos de cualquier peligro potencial.
La analogía
Del mismo modo que la diminuta luna puede bloquear al inmenso sol y extinguir su luz y calor, un eclipse espiritual puede ocurrir cuando permitimos que obstrucciones pequeñas e inquietantes —esas que enfrentamos a diario— se acerquen tanto a nosotros que bloqueen la magnitud, el fulgor y la calidez de la luz de Jesucristo y de Su Evangelio.
El élder Neal A. Maxwell amplió esta analogía cuando declaró: “Incluso, algo tan pequeño como el dedo pulgar de una persona, si se acerca mucho al ojo, puede ocultar de su vista el enorme sol. El sol sigue estando allí; es la propia persona quien se provoca la ceguera. Cuando acercamos otras cosas en exceso a nosotros mismos, poniéndolas en primer lugar, oscurecemos nuestra visión del cielo”6.
Naturalmente, ninguno de nosotros desea oscurecer a propósito su visión del cielo o permitir que ocurra un eclipse espiritual en su vida. Permítanme compartir algunas reflexiones que pueden ayudarnos a prevenir que los eclipses espirituales nos produzcan daños espirituales permanentes.
Los lentes del Evangelio: Mantener la perspectiva del Evangelio
¿Recuerdan que mencioné que hay lentes o anteojos especiales que en un eclipse solar nos protegen de daños en la vista e incluso de la ceguera por eclipse? Ver un eclipse espiritual a través de los lentes protectores del Espíritu nos brinda la perspectiva del Evangelio, la cual nos protege de la ceguera espiritual.
Consideremos algunos ejemplos. Teniendo las palabras de los profetas en el corazón y el Espíritu Santo como nuestro consejero, podemos contemplar una luz celestial parcialmente bloqueada con los “lentes del Evangelio” y así evitar el daño de un eclipse espiritual.
Entonces ¿cómo nos ponemos los lentes del Evangelio? Les doy algunos ejemplos: Los lentes del Evangelio nos hacen saber que el Señor desea que tomemos la Santa Cena cada semana y que desea que estudiemos las Escrituras y oremos diariamente. También nos dicen que Satanás nos tentará a que no lo hagamos. Sabemos que él tiene otros objetivos y procura privarnos de nuestro albedrío mediante distracciones y tentaciones mundanas. Aun en los tiempos de Job, tal vez hubo algunos que experimentaron eclipses espirituales, descrito de esta forma: “De día estos se topan con tinieblas y a mediodía andan a tientas como de noche”7.
Hermanos y hermanas, cuando hablo de ver a través de los lentes del Evangelio, sepan por favor que no estoy sugiriendo que nos neguemos a reconocer o analizar los desafíos que enfrentamos en el mundo ni que andemos con ingenuidad, ajenos a las trampas y los males que el enemigo ha colocado ante nosotros. No me refiero a que usemos anteojeras, sino todo lo contrario. Sugiero que veamos los desafíos a través de los lentes del Evangelio. El élder Dallin H. Oaks observó que la “perspectiva es la capacidad de ver toda la información relevante en una relación significativa” 8; La perspectiva del Evangelio expande nuestra visión a una perspectiva eterna.
Al usar sus “lentes del Evangelio”, ustedes piensan acerca de sus prioridades, sus problemas, sus tentaciones e incluso sus equivocaciones de una manera centrada y con una perspectiva ampliada; verán una luz más brillante que no se puede ver sin ellos.
Irónicamente, las cosas negativas no son las únicas que pueden causar un eclipse espiritual en nuestras vidas. Con frecuencia, al centrarnos demasiado en actividades admirables y positivas a las que nos dedicamos, llegan a bloquear la luz del Evangelio y dan paso a la oscuridad. Entre los peligros y las distracciones pueden contarse la formación académica y la prosperidad, el poder y la influencia, la ambición e incluso los talentos y los dones.
El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó que “cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio… Llega un punto en el que las metas se pueden convertir en piedras de molino y las ambiciones en una carga”9.
Permítanme dar ejemplos más específicos de cosas que pueden causarnos eclipses espirituales.
Redes sociales
Hace unos meses, hablé en la Conferencia de la Mujer de BYU10. Hablé de cómo la tecnología, incluso las redes sociales, ayudan a difundir “el conocimiento de un Salvador… por toda nación, tribu, lengua y pueblo”11. Estas tecnologías incluyen los sitios web de la Iglesia, tales como LDS.org y Mormon.org; las aplicaciones móviles como Biblioteca del Evangelio, Canal Mormón, Herramientas SUD y FamilySearch; y las plataformas de las redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter y Pinterest. Estas modalidades han generado cientos de millones de clics en me gusta, compartir, retuitear y pins, y han llegado a ser muy efectivos para compartir el Evangelio con familiares, amigos y colegas.
A pesar de las virtudes y el uso apropiado de estas tecnologías, hay riesgos inherentes en ellas que, si las acercamos en exceso a nosotros, nos pueden colocar en un eclipse espiritual y pueden bloquear la luz y la calidez del Evangelio.
El uso de las redes sociales, de las aplicaciones móviles y de los juegos puede consumir tiempo en forma desmesurada y reducir las interacciones cara a cara. Esta disminución de la conversación personal puede afectar a los matrimonios, tomar el lugar de prácticas espirituales valiosas y truncar el desarrollo de habilidades sociales, especialmente entre los jóvenes.
Hay dos riesgos adicionales relacionados con las redes sociales: la realidad idealizada y hacer comparaciones debilitantes.
Muchas, o la mayoría de las imágenes que se publican en las redes sociales tienden a presentar la vida en su mejor estado, que suele ser poco realista. Todos nosotros hemos contemplado hermosas imágenes de hogares decorados, lugares vacacionales maravillosos, “selfies” sonrientes, comidas muy elaboradas y cuerpos físicos casi imposibles de alcanzar.
Aquí ven, por ejemplo, una imagen que podrían ver en la cuenta de cualquier persona en las redes sociales. Sin embargo, eso no capta el panorama completo de lo que realmente ocurre en la vida real.
Al comparar nuestras vidas, aparentemente corrientes, con la representación retocada y perfeccionada de la vida de los demás, tal como se muestran en las redes sociales, pueden surgir en nosotros sentimientos de desánimo, envidia e incluso fracaso.
Una persona que había compartido numerosas publicaciones dijo, parcialmente en broma: “¿De qué sirve estar feliz, si no vas a publicarlo?”12.
Como nos recordó la hermana Bonnie L. Oscarson esta mañana, el éxito en la vida no depende de cuántos “me gusta” recibamos ni cuántos amigos o seguidores tengamos en las redes sociales; pero sí tiene que ver con relacionarnos con los demás de formas significativas y aportar luz a sus vidas.
Espero que podamos aprender a ser más auténticos, a tener más humor y sentirnos menos desalentados al contemplar imágenes que puedan presentan una realidad idealizada y que, con demasiada frecuencia, conducen a comparaciones debilitantes.
Aparentemente, las comparaciones no son una característica exclusiva de nuestros tiempos, sino que también las fueron en el pasado. El apóstol Pablo advirtió al pueblo de su época que “ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, no son juiciosos”13.
Habiendo tantos usos apropiados e inspirados de la tecnología, usémosla para enseñar, inspirar, elevarnos y alentar a los demás a ser lo mejor que puedan ser, en lugar de presentar una imagen virtual idealizada de nosotros mismos. Enseñemos y mostremos a las nuevas generaciones el uso digno de la tecnología y advirtámosles además de los peligros que conlleva y de su uso destructivo. Ver las redes sociales a través de los lentes del Evangelio puede evitar que lleguen a convertirse en un eclipse espiritual en nuestra vida.
Orgullo
Consideremos ahora el orgullo, la piedra de tropiezo desde tiempos remotos. El orgullo es lo opuesto a la humildad, la cual es “la disposición a someterse a la voluntad del Señor”14. Cuando somos orgullosos, tendemos a honrarnos a nosotros mismos en lugar de honrar a los demás o dar la gloria a Dios. Con frecuencia, el orgullo es competitivo; es la tendencia a procurar obtener más y a creernos mejores que los demás. Por lo general, el orgullo trae como resultado sentimientos de ira y de odio; hace que uno guarde rencores y se abstenga de perdonar. Sin embargo, el orgullo puede ser consumido en el atributo de humildad de Cristo.
Las relaciones, incluso con familiares cercanos y seres queridos, especialmente con familiares cercanos y seres queridos —aun entre esposos y esposas— se nutren con la humildad y se bloquean con el orgullo.
Hace muchos años, un ejecutivo de una gran empresa comercial me llamó para conversar sobre su compañía, que iba a ser vendida a sus competidores. Él, junto con muchos otros colegas de la sede de la empresa, estaban muy preocupados de que pudieran perder sus empleos. Como él sabía que yo conocía bien a los directores ejecutivos de la empresa compradora, me preguntó si estaría dispuesto a presentarlo y darles una buena referencia, e incluso a programar que se reunieran con él. Él concluyó con la siguiente declaración: “Ya sabes lo que dicen: ‘¡Los mansos perecerán!’”.
Entendí que su comentario fue expresado en tono humorístico; capté el chiste, pero había un principio importante que pensé que podría venirle bien a él. Respondí: “En realidad, eso no es lo que dicen. Lo que se dice es justamente lo contrario: ‘Los mansos… heredarán la tierra’15; eso es lo que se dice”.
En mi experiencia en la Iglesia, así como en mi carrera profesional, algunas de las mejores personas que he conocido, y de las más eficaces, han estado entre las más mansas y humildes.
La humildad y la mansedumbre encajan como la mano en el guante. Recordemos que “nadie es aceptable a Dios sino los mansos y humildes de corazón”16.
Ruego que nos esforcemos por adquirir la virtud de la humildad para evitar el eclipse espiritual del orgullo.
Conclusión
Para concluir, un eclipse solar es, efectivamente, un extraordinario fenómeno de la naturaleza durante el cual la belleza, la calidez y la luz del sol pueden quedar completamente opacadas por un objeto comparativamente insignificante, produciéndose oscuridad y frío.
Un fenómeno similar puede suceder en sentido espiritual, cuando permitimos que los asuntos pequeños e insignificantes se acerquen tanto que bloqueen la belleza, la calidez y la luz celestiales del evangelio de Jesucristo, dejando en su lugar una fría oscuridad.
Los objetos diseñados para proteger la vista de las personas que se hallen en una zona de un eclipse solar total pueden prevenir daños permanentes e incluso la ceguera17. Los lentes del Evangelio, que comprenden el conocimiento y el testimonio de los principios y las ordenanzas del Evangelio, proporcionan la perspectiva del Evangelio que, de manera similar, brinda protección a quien esté expuesto a los peligros de un eclipse espiritual.
Si ustedes hallan algo que parezca bloquear la luz y el gozo del Evangelio en sus vidas, les invito a colocarlo en la perspectiva del Evangelio. Miren a través de los lentes del Evangelio y estén alertas para no dejar que ningún asunto insignificante o intrascendente de la vida les oscurezca su visión del gran plan de felicidad. En síntesis, no permitan que las distracciones de la vida eclipsen la luz del cielo.
Testimonio
Doy testimonio de que, sin importar la naturaleza de la obstrucción que impida nuestra visión de la luz del Evangelio, la luz sigue estando allí. El evangelio de Jesucristo es esa fuente de calor, verdad y fulgor. Doy testimonio de un amoroso Padre Celestial; de Su Hijo, Jesucristo; y de la función del Hijo como nuestro Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
Thomas S. Monson, en Sarah Jane Weaver, “What Gift Does President Monson Want for His 90th Birthday?”, Deseret News, 17 de agosto de 2017, deseretnews.com.
Véase Christina Zdanowicz y Judson Jones, “An Eclipse Will Cross the US for the First Time in 99 Years”, 24 de julio de 2017, cnn.com.
Véase “Eclipse: Who? What? Where? When? and How?”, eclipse2017.nasa.gov.
Véase EarthSky in Space, “Coincidence That Sun and Moon Seem Same Size?”, earthsky.org.
Véase Brian Lada, “5 Surprising Effects the Total Solar Eclipse Will Have besides Darkness”, accuweather.com.
Neal A. Maxwell, Of One Heart: The Glory of the City of Enoch, 1975, pág. 19.
Dallin H. Oaks, discurso dado en la charla fogonera de jóvenes adultos solteros de la estaca Salt Lake Bonneville, Salt Lake City, Utah, 8 de febrero de 2015.
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Si perseveramos, en algún momento de la eternidad nuestro refinamiento habrá terminado y será completo.
Las Escrituras se escribieron para bendecirnos y alentarnos, y ciertamente lo hacen. Agradecemos al cielo todos los capítulos y versículos que se nos han dado; pero, ¿se han dado cuenta que de vez en cuando aparece un pasaje que nos recuerda que no estamos cumpliendo como deberíamos? Por ejemplo, el Sermón del Monte comienza con las tranquilizadoras y dulces bienaventuranzas, pero en los versículos siguientes se nos dice, entre otras cosas, no solo que no debemos matar, sino que ni siquiera debemos enojarnos. Se nos dice que no solo no debemos cometer adulterio, sino que tampoco debemos tener pensamientos impuros. A quienes la pidan, debemos darle nuestra túnica y después también darle nuestra capa. Debemos amar a nuestros enemigos, bendecir a quienes nos maldicen y hacer bien a quienes nos aborrecen1.
Si ese es nuestro estudio matutino de la Escrituras, y después de leer hasta aquí estamos bastante seguros de que no obtendremos buenas notas en nuestra libreta de calificaciones del Evangelio, entonces el último mandamiento de la cadena no nos dejará duda: “Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”2. Con ese final imperativo, queremos volver a la cama y cubrirnos hasta la cabeza. Esas metas celestiales parecen estar fuera de nuestro alcance. Sin embargo, el Señor nunca nos daría un mandamiento que Él supiera que no podríamos cumplir. Veamos adónde nos lleva esta confusa encrucijada.
En la Iglesia oigo a muchos que luchan con este asunto, diciendo: “No soy lo suficientemente bueno”. “Tengo tanto que mejorar”. “Nunca estaré a la altura”. Oigo que lo dicen los adolescentes, los misioneros, los nuevos conversos y los miembros de hace muchos años. Una sabia hermana Santo de los Últimos Días, la hermana Darla Isackson, ha observado que, de alguna manera, Satanás ha logrado hacer que los convenios y los mandamientos parezcan maldiciones y condenaciones. Para algunas personas él ha convertido los ideales y la inspiración del Evangelio en algo que los hace sufrir y aborrecerse3.
Lo que digo ahora no niega ni disminuye de ninguna manera ningún mandamiento que Dios nos haya dado. Creo en Su perfección y sé que somos Sus hijos e hijas en espíritu con el potencial divino de llegar a ser como Él es. También sé que, como hijos de Dios, no debemos menospreciarnos ni vilipendiarnos, como si el hecho de castigarnos a nosotros mismos de alguna manera va a convertirnos en las personas que Dios desea que seamos. ¡No! Con el deseo de arrepentirnos y de siempre ser más rectos en nuestro corazón, espero que procuremos mejorar personalmente de una manera que no incluya provocar úlceras o anorexia, depresión o destrucción de nuestra autoestima. Eso no es lo que el Señor quiere para los niños de la Primaria ni para ninguna otra persona que sinceramente cante: “Yo trato de ser como Cristo”4.
Para poner este asunto en contexto, recordemos todos que vivimos en un mundo caído y por ahora somos personas caídas. Estamos en el Reino Telestial, escrito con t y no con c. Como nos ha enseñado el presidente Rusell M. Nelson, aquí en la mortalidad, la perfección todavía está “pendiente”5.
De modo que yo creo que Jesús no tenía la intención de que Su sermón sobre este tema fuera un martillo verbal para castigarnos por nuestras debilidades. No, creo que pretendía que fuera un tributo a quién y qué es Dios, el Eterno Padre, y a lo que nosotros podemos lograr con Él en la eternidad. En todo caso, estoy agradecido de saber que, a pesar de mis imperfecciones, al menos Dios es perfecto; que al menos Él es capaz, por ejemplo, de amar a Sus enemigos, porque con demasiada frecuencia, debido al “hombre [o mujer] natural”6 en nosotros, ustedes y yo a veces somos ese enemigo. Cuán agradecido estoy de que al menos Dios puede bendecir a aquellos que lo ultrajan porque, sin querer o queriendo, en ocasiones todos lo ultrajamos. Estoy agradecido de que Dios es misericordioso y pacificador, porque yo necesito misericordia y el mundo necesita paz. Por supuesto, todo lo que decimos de las virtudes del Padre también lo decimos de Su Hijo Unigénito, que vivió y murió con la misma perfección.
Me apresuro a decir que centrarnos en los logros del Padre y del Hijo, en lugar de en nuestros fracasos, no nos da ni un ápice de justificación para vivir una vida indisciplinada ni para rebajar nuestras normas. No, desde el principio el Evangelio ha sido para “perfeccionar a los santos… hasta que… lleguemos… a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”7. Sencillamente sugiero que al menos un propósito de un pasaje de las Escrituras o de un mandamiento puede ser recordarnos lo magnífica que realmente es “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”8, e inspirar en nosotros mayor amor y admiración por Él y un mayor deseo de ser como Él es.
“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él…”, implora Moroni. “[Amad] a Dios con todo vuestro poder, mente y fuerza, entonces… por su gracia [podréis ser] perfectos en Cristo”9. Nuestra única esperanza para tener la verdadera perfección es en recibirla como un regalo de los Cielos; no podemos “ganárnosla”. Por tanto, la gracia de Cristo nos ofrece no solo salvación del pesar, el pecado y la muerte, sino de nuestra persistente autocrítica.
Permítanme usar una parábola del Salvador para decir esto de una manera diferente. Un siervo tenía una deuda con su rey por la cantidad de 10 000 talentos. Al escuchar la súplica del siervo pidiendo paciencia y misericordia, “el señor, movido a misericordia… le perdonó la deuda”; pero después, ese mismo siervo no perdonó a uno de sus consiervos que le debía 100 denarios. Al saber eso, el rey le recriminó al siervo que había perdonado: “¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti?”10.
Hay diferencia de opiniones entre los eruditos en cuanto a los valores monetarios mencionados aquí —y perdonen la referencia de la moneda norteamericana—, pero para simplificar las matemáticas, si la deuda más pequeña de 100 denarios que no se perdonó fuera, digamos, cien dólares en el presente, entonces la deuda de 10 000 talentos que se perdonó gratuitamente podría ser aproximadamente de mil millones de dólares… ¡o más!
Para una deuda personal, esa es una suma astronómica, totalmente fuera de nuestra comprensión. (¡Nadie puede ir de compras y comprar tanto!) Ahora bien, para el propósito de la parábola, se esperaba que fuera incomprensible, se esperaba que estuviera fuera de nuestra compresión, ¡sin mencionar nuestra capacidad de pagarla! Eso es debido a que este no es un relato sobre dos siervos que discuten en el Nuevo Testamento; es un relato sobre nosotros, la familia humana caída, todos los deudores, transgresores y prisioneros mortales. Todos somos deudores, y el veredicto era la prisión para todos; y hubiéramos permanecido allí de no ser por la gracia de nuestro Rey que nos liberó porque nos ama y tiene “compasión por nosotros”11.
Jesucristo usa una medida inconmensurable aquí porque Su expiación es un don inconmensurable dado a un costo incomprensible. Ese, me parece a mí, es al menos parte del significado que encierra el mandato de Jesucristo de ser perfectos. Quizás no podamos demostrar todavía la perfección de 10 000 talentos que el Padre y el Hijo han alcanzado, pero no es mucho que Ellos nos pidan que seamos un poquito más semejantes a Dios en cosas pequeñas: que hablemos y actuemos, amemos y perdonemos, nos arrepintamos y mejoremos al menos al nivel de perfección de 100 denarios, que claramente está dentro de nuestra capacidad.
Mis hermanos y hermanas, con la excepción de Jesucristo, no ha habido comportamientos perfectos en este viaje terrenal en el que estamos embarcados; así que, mientras estemos en la tierra procuremos mejorar de forma continua sin obsesionarnos con lo que los científicos de la conducta llaman el “perfeccionismo tóxico”12. Debemos evitar tener esas expectativas excesivas de nosotros y de los demás y, agregaría yo, de aquellos que son llamados a servir en la Iglesia, lo que para los Santos de los Últimos Días significa todos, pues a todos se nos llama a servir en algún lugar.
Respecto a ello, Leo Tolstói escribió una vez sobre un sacerdote al que uno de sus feligreses criticó por no vivir con la resolución que debería, lo que llevó al hombre a concluir que los principios que el predicador descarriado enseñaba también debían ser erróneos.
Para responder a esa crítica, el sacerdote dice: “Mira mi vida ahora y compárala con mi vida anterior. Verás que estoy tratando de vivir según la verdad que proclamo”. Al no poder vivir a la altura de los ideales que enseña, el sacerdote admite que ha fracasado, pero exclama:
“Condéname, [si quieres], yo mismo lo hago; pero [no] ataques… el sendero que sigo… Si conozco el camino a casa [pero] lo recorro dando tumbos, ¿es menos recto el camino porque me tambaleo de un lado al otro?…
“No grites con deleite: ‘¡Mírenlo!… ¡Allí está, arrastrándose hacia el pantano!’. No, no te deleites, sino da… tu ayuda [a cualquiera que esté tratando de transitar el sendero de regreso a Dios]”13.
Hermanos y hermanas, todos nosotros aspiramos a una vida más cristiana de la que frecuentemente logramos vivir. Si admitimos con sinceridad que estamos tratando de mejorar, no somos hipócritas, somos humanos. Ruego que no dejemos que nuestras imprudencias humanas y las inevitables flaquezas de aun los mejores hombres y mujeres a nuestro alrededor nos vuelvan cínicos sobre las verdades del Evangelio, la veracidad de la Iglesia, nuestra esperanza por el futuro o la posibilidad de la divinidad. Si perseveramos, en algún momento de la eternidad nuestro refinamiento habrá terminado y será completo, que es lo que en el Nuevo Testamento significa la perfección14.
Testifico de ese gran destino, puesto a nuestro alcance mediante la expiación del Señor Jesucristo, quien también continuó “de gracia en gracia”15hasta que en Su inmortalidad16 recibió una plenitud perfecta de gloria celestial17. Doy testimonio de que en este y en todo momento Él extiende, con manos heridas por los clavos, esa misma gracia a nosotros, aferrándonos a Él y alentándonos, negándose a soltarnos, hasta que estemos a salvo en casa bajo el amparo de Padres Celestiales. Para llegar a ese momento perfecto continúo esforzándome, aunque sea torpemente; por ese perfecto don, continúo agradeciendo, aunque sea de forma inadecuada; y lo hago en el nombre de la Perfección misma, de Él que nunca ha sido torpe ni inadecuado, pero que nos ama a todos nosotros que sí lo somos, el Señor Jesucristo. Amén.
Véase Joanna Benson y Lara Jackson, “Nobody’s Perfect: A Look at Toxic Perfectionism and Depression”, Millennial Star, 21 de marzo de 2013, millennialstar.org.
“The New Way”, Leo Tolstoy: Spiritual Writings , selección de Charles E. Morre, 2006, págs. 81–82.
Para un análisis esclarecedor del significado de la palabra griega usada en el Nuevo Testamento para perfecto (“teleios”), véase el discurso del presidente Russell M. Nelson de la Conferencia General de octubre de 1995: “La inminencia de la perfección” (Liahona, enero de 1996, págs. 99–102).
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Si anhelamos morar en Cristo y hacer que Él more en nosotros entonces lo que procuramos es la santidad.
El día después de que Jesús milagrosamente alimentó a los cinco mil en Galilea con solo “cinco panes de cebada y dos pescados”1, habló de nuevo a la gente en Capernaum. El Salvador se dio cuenta de que muchos no estaban tan interesados en Sus enseñanzas como en que se les volviera a dar de comer2. Por consiguiente, Él trató de convencerlos del valor inmensamente mayor de “la comida que… el Hijo del Hombre os dará”3. Jesús declaró:
“Yo soy el pan de vida.
“Vuestros padres comieron el maná en el desierto y están muertos.
“Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él coma no muera.
“Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”4.
Los que lo escuchaban perdieron totalmente el sentido que le dio el Señor y entendieron Sus palabras solo de manera literal. Con repugnancia al solo pensarlo, se preguntaban: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”5. Jesús continuó explicando:
“De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre ni bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero.
“Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida”6.
Después expresó el profundo significado de Su metáfora:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
“Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo, el que me come también vivirá por mí”7.
Aún así, los que lo oyeron no comprendieron lo que Jesús les decía: “Entonces, al oírlo, muchos… dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?… [Y] desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”8.
Comer Su carne y beber Su sangre es una manera contundente de expresar cuán completamente debemos traer al Salvador a nuestra vida —a nuestro mismo ser— para que seamos uno. ¿Cómo se logra?
Primero, entendemos que al sacrificar Su carne y Su sangre, Jesucristo expió nuestros pecados y venció la muerte, tanto física como espiritual9. Entonces queda claro que participamos de Su carne y bebemos Su sangre cuando recibimos de Él el poder y las bendiciones de Su expiación…
La doctrina de Cristo expresa lo que debemos hacer para recibir la gracia expiatoria. Es creer y tener fe en Cristo, arrepentirse y ser bautizado, y recibir el Espíritu Santo, “y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo”10. Esa es la puerta, nuestro acceso a la gracia expiatoria del Salvador y al camino recto y angosto que conduce a Su reino.
“Por tanto, si marcháis adelante [en ese sendero], deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”.
“… he aquí, esta es la doctrina de Cristo, y la única y verdadera doctrina del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, que son un Dios, sin fin”11.
El simbolismo del sacramento de la Santa Cena del Señor es hermoso de contemplar. El pan y el agua representan la carne y la sangre de Aquel que es el Pan de Vida y el Agua Viva12, recordándonos dolorosamente el precio que Él pagó para redimirnos. Cuando se parte el pan, recordamos la carne desgarrada del Salvador agonizante. El élder Dallin H. Oaks una vez observó que “debido a que está partido y desgarrado, cada pedazo es único, así como las personas que participan de él son únicas. Todos tenemos diferentes pecados de qué arrepentirnos; todos necesitamos ser fortalecidos en diferentes circunstancias mediante la Expiación del Señor Jesucristo, a quien recordamos en esta ordenanza”13. Al beber el agua, pensamos en la sangre que Él derramó en Getsemaní y en la cruz y en su poder santificador14. Al saber que “nada impuro puede entrar en su reino”, tomamos la resolución de que estaremos entre “aquellos que han lavado sus vestidos en [la] sangre [del Salvador], mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin”15.
He hablado de recibir la gracia expiatoria del Salvador para quitar nuestros pecados y la mancha de esos pecados en nosotros; pero, en sentido figurado, el comer Su carne y beber Su sangre tiene un significado adicional, y es el interiorizar las cualidades y el carácter de Cristo, despojándonos del hombre natural y haciéndonos santos “por la expiación de Cristo el Señor”16 Al participar del pan y del agua de la Santa Cena cada semana, bien haríamos en considerar cuán plena y completamente debemos incorporar Su carácter y el modelo de Su vida sin pecado en nuestra propia vida y nuestro ser. Jesús no podría haber expiado los pecados de los demás a menos que El mismo fuese sin pecado. Puesto que la justicia no podía reclamarlo a Él, Él pudo ofrecerse en nuestro lugar para satisfacer la justicia y luego extender misericordia. Al recordar y honrar Su sacrificio expiatorio, también debemos contemplar Su vida sin pecado.
Eso indica la necesidad de un potente esfuerzo de nuestra parte. No podemos conformarnos con permanecer como somos, sino que debemos avanzar constantemente hacia “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”17. Al igual que el padre de Lamoni en el Libro de Mormón, debemos estar dispuestos a abandonar todos nuestros pecados18 y centrarnos en lo que el Señor espera de nosotros, individual y colectivamente.
No hace mucho, un amigo me relató una experiencia que tuvo mientras servía como presidente de misión. Lo habían operado y eso requirió varias semanas de recuperación. Mientras se recuperaba, dedicó tiempo a escudriñar las Escrituras. Una tarde, al meditar las palabras del Salvador que se hallan en el capítulo 27 de 3 Nefi, se quedó dormido. Después relató lo siguiente:
“Caí en un sueño en el que se me dio una visión vívida y panorámica de mi vida. Se me mostraron mis pecados, las malas decisiones, las veces… que había tratado a la gente con impaciencia, además de las omisiones de las cosas buenas que debería haber dicho o hecho… Se me mostró un [repaso] total de mi vida, en solo cuestión de minutos, aunque pareció ser mucho más largo. Desperté, sorprendido y… al instante me arrodillé junto a la cama y comencé a orar, a suplicar perdón, expresando los sentimientos de mi corazón como nunca antes lo había hecho.
“Antes del sueño, no sabía que tenía tanta necesidad de arrepentirme. Mis defectos y debilidades se volvieron tan claros para mí que la brecha entre la persona que yo era y la santidad de Dios parecía ser de millones de kilómetros. En mi oración esa tarde, expresé mi más profunda gratitud a mi Padre Celestial y al Salvador con todo mi corazón por lo que Ellos habían hecho por mí y por las relaciones que atesoraba con mi esposa e hijos. Mientras estaba de rodillas también sentí el amor y la misericordia de Dios que eran tan palpables, a pesar de mi sentimiento de indignidad…
“Puedo decir que desde aquel día no soy el mismo… Mi corazón cambió… Lo que ocurrió es que desarrollé más empatía hacia los demás, con una mayor capacidad de amar, junto con un sentimiento de urgencia para predicar el Evangelio… Podía identificarme, como nunca antes, con los mensajes de fe, esperanza y el don del arrepentimiento que se hallan en el Libro de Mormón”19.
Es importante reconocer que esa vívida revelación de sus pecados y defectos no desalentó a ese buen hombre ni lo condujo a a la desesperación. Sí, sintió conmoción y remordimiento; sintió intensamente la necesidad de arrepentirse. Había sido humillado, y sin embargo sintió gratitud, paz y esperanza -verdadera esperanza- a causa de Cristo, “el pan vivo que ha descendido del cielo”20.
Mi amigo habló de la brecha que percibía en su sueño entre su vida y la santidad de Dios. Santidad es la palabra correcta. Comer la carne y beber la sangre de Cristo significa procurar la santidad. Dios manda: “Sed santos, porque yo soy santo”21.
Enoc nos dio el siguiente consejo:“Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo”22. Cuando era niño, me preguntaba por qué en el Nuevo Testamento a menudo se refiere a Jesús (e incluso Él se refiere a Sí mismo) como el Hijo del Hombre cuando Él es en realidad el Hijo de Dios, pero la declaración de Enoc deja claro que esas referencias son en realidad un reconocimiento de Su divinidad y santidad; Él es el Hijo del Hombre de Santidad, Dios el Padre.
Si anhelamos morar en Cristo y hacer que Él more en nosotros23, entonces lo que procuramos es la santidad, tanto en cuerpo como en espíritu24. La procuramos en el templo donde está inscrito: “Santidad al Señor”. La procuramos en nuestro matrimonio, familia y hogar. La procuramos cada semana al deleitarnos en el día santo del Señor25. La procuramos incluso en los detalles del diario vivir: nuestra manera de expresarnos, nuestro modo de vestir, nuestros pensamientos. Tal como ha declarado el presidente Thomas S. Monson: “Somos el producto de todo lo que leemos, lo que vemos, lo que oímos y lo que pensamos”26. Procuramos la santidad al tomar nuestra cruz cada día27.
La hermana Carol F. McConkie ha observado: “Reconocemos la infinidad de pruebas, tentaciones y tribulaciones que pudieran alejarnos de todo lo que es virtuoso y digno de alabanza ante Dios; sin embargo, nuestras experiencias terrenales nos ofrecen la oportunidad de elegir la santidad. La mayoría de las veces son los sacrificios que hacemos para guardar nuestros convenios que nos santifican y hacen que seamos santas”28. Y a los sacrificios que hacemos yo añadiría también el servicio que damos.
Sabemos que “cuando [nos hallamos] al servicio de [n]uestros semejantes, solo [estamos] al servicio de [n]uestro Dios”29. Y el Señor nos recuerda que ese tipo de servicio es primordial en Su vida y carácter: “Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”30. El presidente Marion G. Romney explicó sabiamente: “El servicio no es algo que soportamos en esta tierra a fin de ganar el derecho de vivir en el reino celestial; es la fibra misma de la que se compone una vida exaltada en el reino de los cielos”31.
Zacarías profetizó que en el día del reino milenario del Señor, incluso las campanillas de los caballos llevarían la inscripción: “Santidad a Jehová”32. En ese espíritu, los santos pioneros en estos valles pusieron ese recordatorio: “Santidad al Señor”, en cosas aparentemente comunes o mundanas, así como aquellas que estaban más directamente relacionadas con la práctica religiosa. Se inscribió en las copas y bandejas de la Santa Cena, se imprimió en certificados de ordenación de Setentas, y en un estandarte de la Sociedad de Socorro. “Santidad al Señor” también se exhibió en vitrinas de las tiendas ZCMl, la Institución Cooperativa Mercantil de Zion. Se encontraba en la cabeza de un martillo y en un tambor. “Santidad al Señor” se grabó en las perillas de la casa del presidente Brigham Young. Esas referencias a la santidad en lugares aparentemente inusuales o inesperados tal vez parezcan incongruentes para algunos, pero indican lo generalizada y constante que debe ser nuestra atención en la santidad.
Participar de la carne del Salvador y beber Su sangre significa eliminar de nuestras vidas cualquier cosa que no sea compatible con un carácter semejante al de Cristo y adoptar Sus atributos. Este es el significado más amplio del arrepentimiento, no solo apartarse de los pecados del pasado, sino de ahí en adelante “entregar [el] corazón y [la] voluntad a Dios”33. Tal como sucedió con mi amigo en su sueño revelador, Dios nos mostrará nuestros defectos y fracasos, pero también nos ayudará a convertir las debilidades en fortalezas34 Si con sinceridad preguntamos: “¿Qué más me falta?”35, Él no nos dejará con dudas, sino que con amor Él responderá por el bien de nuestra felicidad; y nos dará esperanza.
Es un esfuerzo consumidor, y sería terriblemente desalentador si en nuestro esfuerzo por la santidad estuviéramos solos. La gloriosa verdad es que no estamos solos; tenemos el amor de Dios, la gracia de Cristo, el consuelo y la guía del Espíritu Santo, y el compañerismo y aliento de los santos compañeros en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. No nos contentemos con dónde estamos, pero tampoco nos desanimemos. Como nos insta un himno sencillo y a la vez reflexivo:
Aparta un tiempo para ser santo, el mundo con prisa pasa;
pasa mucho tiempo en secreto con Jesús a solas.
Al buscar a Jesús, como Él serás.
Tus amigos, por tu conducta, Su semejanza verán.36
Doy testimonio de Jesucristo, “el pan vivo que ha descendido del cielo”37, y que “[el] que come [Su] carne y bebe [Su] sangre tiene vida eterna”38, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Juan 6:60, 66. Fue en esa ocasión en que el Salvador preguntó a Sus Doce: “¿También vosotros queréis iros?”. (Juan 6:67). Respondiendo por los Doce con fe firme, Pedro contestó: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68–69). No sé si, en ese momento, Pedro y sus hermanos comprendieron lo que el Señor estaba enseñando mejor que los discípulos que estaban abandonando al Maestro, pero Pedro sabía por el testimonio seguro del Espíritu que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (véase Mateo 16:15–17), y que la salvación no se puede encontrar en ninguna otra parte. Por lo tanto, estaba totalmente decidido a seguir a Jesús de todos modos. Si él tenía preguntas, se podrían resolver a su debido tiempo, pero no se le podría disuadir de su lealtad al Hijo de Dios, estableciendo un ejemplo maravilloso para todos nosotros.
Teachings of Thomas S. Monson, comp. Lynne F. Cannegieter (2011), 267.
Véase Traducción de José Smith, Mateo 16:25–26 (en Mateo 16:24, nota e);Lucas 9:23; 14:27–30; Traducción de José Smith, Lucas 14:27–28 (en Lucas 14:27, nota b); Traducción de José Smith, Lucas 14:31 (en Lucas 14:30, nota a).