Abran los cielos mediante la obra del templo y de historia familiar

Liahona Octubre 2017

Abran los cielos mediante la obra del templo y de historia familiar

Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles
y por Wendy W. Nelson

Tomado de un presentación que se llevó a cabo en la Conferencia de Historia Familiar RootsTech 2017 en Salt Lake City, Utah, EE. UU., el 11 de febrero de 2017.

Durante la presentación que hicieron en RootsTech 2017, el presidente Russell M. Nelson y su esposa, Wendy, invitaron a los Santos de los Últimos Días a considerar con espíritu de oración qué tipo de sacrificio pueden hacer a fin de llevar a cabo más obra del templo y de historia familiar.

President and Sister Nelson
Presidente Nelson: Cuando mi abuelo A. C. Nelson era un joven esposo y padre, con apenas 27 años, su padre murió. Alrededor de tres meses más tarde, su difunto padre, mi bisabuelo, vino a visitarlo. La fecha de esa visita fue la noche del 6 de abril de 1891. El abuelo Nelson estaba tan impresionado por la visita de su padre que escribió la experiencia en su diario para su familia y amigos.

“Estaba en la cama cuando papá entró en la habitación”, escribió el abuelo Nelson. “Él vino y se sentó al lado de la cama y dijo: ‘Bueno, hijo mío, ya que tenía unos minutos libres, recibí permiso para venir a verte unos minutos. Me siento bien, hijo mío, y he tenido mucho que hacer desde que fallecí’”.

Cuando el abuelo Nelson le preguntó qué había estado haciendo, su padre respondió que había estado ocupado enseñando el evangelio de Jesucristo en el mundo de los espíritus.

“No puedes imaginar, hijo mío, cuántos espíritus hay en el mundo de los espíritus que aún no han recibido el Evangelio”, dijo. “No obstante, muchos lo están recibiendo, y se está llevando a cabo una gran obra. “Muchos [espíritus] esperan ansiosamente que sus amigos que todavía viven lleven a cabo las ordenanzas por ellos en los templos”.

El abuelo Nelson le dijo a su padre: “Tenemos la intención de ir al templo y sellarnos a usted, padre, tan pronto como podamos”.

Mi bisabuelo respondió: “Eso, hijo mío, es en parte por lo que vine a verte. A’un seremos una familia y viviremos por toda la eternidad”.

Entonces el abuelo Nelson preguntó: “Padre, ¿es verdadero el Evangelio que enseña esta Iglesia?”.

Su padre señaló hacia el retrato de la Primera Presidencia que colgaba en la pared del dormitorio.

“Hijo mío, con la misma certeza con la que ves esa foto, es la certeza de que el Evangelio es verdadero. El evangelio de Jesucristo lleva implícito el poder de salvar a todo hombre y mujer que lo obedezca, y de ninguna otra manera pueden obtener la salvación en el reino de Dios. Hijo mío, aférrate siempre al Evangelio. Sé humilde, sé dedicado a la oración, sé sumiso al sacerdocio, sé verídico, sé fiel a los convenios que has hecho con Dios. Nunca hagas nada que desagrade a Dios. Oh, qué bendición es el Evangelio. Hijo mío, sé un buen muchacho”.

A.C. Nelson and fatherA. C. Nelson, abuelo del presidente Russell M. Nelson.

Hermana Nelson: Me encantan esos consejos. “Sé humilde, sé dedicado a la oración, sé sumiso al sacerdocio, sé verídico, sé fiel a los convenios que has hecho con Dios… sé un buen muchacho”. Son consejos que te ha legado tu bisabuelo fallecido. Se parecen mucho a los consejos que dio el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) donde utilizó el verbo Ser1.

Presidente Nelson: Es muy cierto. Significa mucho para mí que mi abuelo dejara ese registro para nosotros. Supimos que los hijos de su padre fueron posteriormente sellados a él. De modo que se logró el motivo de su visita.

El espíritu de Elías el profeta

Presidente Nelson: Un nombre de gran importancia en las Escrituras explica por qué la familia es tan importante. Ese nombre es Elías. EL-I-JAH en hebreo significa literalmente “Jehová es mi Dios”2. ¡Piensen en eso! El nombre de Elías encierra los términos hebreos para el Padre y el Hijo.

Hermana Nelson: Elías el profeta fue el último profeta que poseyó el poder sellador del Sacerdocio de Melquisedec antes de la época de Jesucristo. La misión de Elías el profeta era volver el corazón de los hijos a los padres, y el corazón de los padres a los hijos, a fin de que pudiesen ser sellados, o si no “toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (José Smith—Historia 1:39; cursiva agregada). Son palabras sumamente fuertes.

Presidente Nelson: Me gusta pensar que el espíritu de Elías es “una manifestación del Espíritu Santo que da testimonio de la naturaleza divina de la familia”3. Según la Guía para el Estudio de las Escrituras, “El poder de Elías el profeta es el poder de sellar que corresponde al sacerdocio, poder mediante el cual todo lo que se ate o se desate en la tierra se atará o se desatará también en los cielos” (“Elías el profeta”).

Hermana Nelson: Así que cuando decimos que el espíritu de Elías el profeta actúa sobre la gente para alentarlos a buscar a sus parientes fallecidos, estamos realmente diciendo que el Espíritu Santo nos está impulsando a hacer las cosas que permitirán que las familias sean selladas eternamente.

Presidente Nelson: Es maravilloso volver el corazón de los hijos a sus padres al contarles importantes historias familiares de maneras que sean accesibles y memorables. Quizás el tener siempre ante nuestra vista documentos de historia familiar, historias, fotos y recuerdos puede fortalecer nuestros testimonios (véase Mosíah 1:5). Al colocarlas en nuestras paredes, mesas, computadoras, en nuestros iPads e incluso en nuestros teléfonos celulares, tal vez recibamos la impresión de tomar mejores decisiones y nos acerquemos más al Señor y a nuestras familias.

Sin embargo, si lo dejamos en ese nivel, en realidad no hemos hecho lo suficiente. Como miembros de la Iglesia, nuestro interés en la obra de historia familiar ha sido motivado por la instrucción del Señor de que nuestros antepasados no pueden ser perfeccionados sin nosotros y que nosotros no podemos ser perfeccionados sin ellos (véase D. y C. 128:15). Eso significa que debemos estar unidos mediante las sagradas ordenanzas de sellamiento del templo. Debemos ser eslabones fuertes en la cadena que va desde nuestros antepasados hasta nuestra posteridad. Si nuestras colecciones de historias y fotos algún día llegan a convertirse en el resultado final de lo que hagamos, si sabemos quiénes son nuestros antepasados y sabemos cosas maravillosas acerca de ellos, pero los dejamos abandonados en el otro lado, sin sus ordenanzas, tal distracción no será de ningún provecho para nuestros antepasados, quienes permanecen encerrados en la prisión de espíritus.

Hermana Nelson: El preservar las historias de los antepasados es importante, pero nunca deberá ser a expensas de realizar la obra de las ordenanzas por ellos. Debemos dedicar tiempo para poder encontrar la información requerida para realizar las ordenanzas de nuestros antepasados.

couple looking at computer screen

Presidente Nelson: Eso significa sacrificar tiempo que normalmente dedicaríamos a otras actividades. Necesitamos pasar más tiempo en el templo y en la investigación de historia familiar, que incluye la indexación.

Hermana Nelson: Ciertamente por sacrificios se dan bendiciones4. He sido bendecida al encontrar a muchos antepasados que estoy segura de que estaban listos para hacer convenios con Dios y recibir sus ordenanzas esenciales. Con el tiempo, me di cuenta de que si me encontraba trabajando en un proyecto abrumador y no disponía de tiempo, energía e ideas, si hacía un sacrificio de tiempo para encontrar la información requerida para realizar las ordenanzas para algunos antepasados o al ir al templo para actuar como representante de ellos, los cielos se abrían y la energía y las ideas comenzaban a fluir. De alguna manera encontraba el tiempo suficiente para cumplir con la fecha de vencimiento. Era totalmente imposible, pero sucedía cada vez. La obra del templo y de historia familiar me brinda una alegría incomparable en este mundo.

Historia familiar y la obra misional

Presidente Nelson: Si fuera un misionero hoy en día, mis dos mejores amigos en el barrio o la rama donde prestara servicio serían el líder misional de barrio y el consultor de templo y de historia familiar de barrio.

Las personas tienen un deseo innato de saber algo sobre sus antepasados. Eso se convierte en una oportunidad natural para nuestros misioneros. A medida que los misioneros aprenden a amar a las personas a quienes enseñan, de manera natural preguntarán por sus familiares. “¿Viven sus padres? ¿Viven sus abuelos? ¿Conocen a sus cuatro abuelos?”. Las conversaciones fluyen con facilidad cuando a aquellos que se sienten atraídos a hablar con los misioneros se les invita a hablar acerca de las personas a las que aman.

En ese momento, puede ser natural que los misioneros, incluyendo los miembros misioneros, pregunten: “¿Conocen a alguno de sus bisabuelos? ¿Conocen sus nombres?”. Es probable que los investigadores no conozcan los nombres de los ocho bisabuelos.

Entonces los misioneros pueden hacer esta sugerencia: “Tengo un amigo en nuestra Iglesia que puede ayudar. Si pudiéramos encontrar los nombres de algunos o quizás de todos sus bisabuelos, ¿valdría la pena un par de horas de su tiempo averiguar quiénes son sus bisabuelos?”. Por supuesto, ese amigo en la Iglesia es el consultor de templo y de historia familiar del barrio.

Hermana Nelson: Creo que puede ser reconfortante para los misioneros saber que nunca están solos cuando están buscando y enseñando a aquellos que son receptivos a las verdades del evangelio restaurado de Jesucristo. El presidente George Q. Cannon (1827–1901), quien fue consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia, enseñó que en estos últimos días los que se unen a la Iglesia lo hacen precisamente porque sus antepasados han estado orando para que una persona de su posteridad se uniera a la Iglesia para que ellos, los antepasados, pudiesen recibir sus ordenanzas esenciales vicarias5.

La exaltación: un asunto de familia

Family outside the Accra Ghana Temple

Presidente Nelson: La exaltación es un asunto de familia. Únicamente mediante las ordenanzas salvadoras del evangelio de Jesucristo pueden ser exaltadas las familias. El principal objetivo al que aspiramos es ser felices como familias: investidos, sellados y preparados para la vida eterna en la presencia de Dios.

Hermana Nelson: Cada clase de la Iglesia a la que asistimos, cada vez que prestamos servicio, cada convenio que hacemos con Dios, cada ordenanza del sacerdocio que recibimos, todo lo que hacemos en la Iglesia nos lleva al santo templo, la casa del Señor. Un matrimonio y sus hijos tienen acceso a un gran poder mediante la ordenanza de sellamiento cuando guardan sus convenios.

Presidente Nelson: Cada día elegimos dónde queremos vivir eternamente según el modo en que pensamos, sentimos, hablamos y actuamos. Nuestro Padre Celestial ha dicho que Su obra y Su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39), pero Él quiere que elijamos regresar a Él. Él no nos obligará de ninguna manera. La precisión con la que guardemos nuestros convenios le demuestra cuánto deseamos volver a vivir con Él. Cada día nos acerca o nos aleja más de nuestra gloriosa posibilidad de la vida eterna. Cada uno de nosotros necesitamos guardar nuestros convenios, arrepentirnos todos los días y procurar ser más como nuestro Salvador. Entonces y solo entonces las familias pueden estar juntas para siempre.

Hermana Nelson: Es mi testimonio que no importa cuán fabulosa sea la vida que llevan en este momento, o cuán desalentadora y dolorosa pueda ser, su participación en la obra del templo y de historia familiar la mejorará. ¿Qué necesitan en su vida en este momento? ¿Más amor? ¿Más alegría? ¿Más autodominio? ¿Más paz? ¿Más momentos significativos? ¿Una mayor sensación de que están marcando una diferencia? ¿Más diversión? ¿Más respuestas a los interrogantes de su alma? ¿Más conexiones emocionales con otras personas? ¿Más comprensión de lo que están leyendo en las Escrituras? ¿Más habilidad para amar y para perdonar? ¿Más habilidad para orar con fervor? ¿Más inspiración e ideas creativas para su trabajo y otros proyectos? ¿Más tiempo para lo que realmente importa?

Les ruego que hagan un sacrificio de tiempo al Señor al aumentar el tiempo que pasan llevando a cabo la obra del templo y de historia familiar, y que luego observen lo que sucede. Es mi testimonio que cuando mostramos al Señor que de verdad deseamos ayudar a nuestros antepasados, los cielos se abrirán y recibiremos todo lo que necesitamos.

Presidente Nelson: Podemos sentirnos inspirados durante todo el día sobre experiencias del templo y de historia familiar que otras personas hayan tenido. Sin embargo, debemos hacer algo para experimentar realmente la alegría por nosotros mismos. Quisiera extender un desafío a todos para que ese maravilloso sentimiento de esta obra continúe e incluso aumente. Los invito a considerar con oración qué tipo de sacrificio —de preferencia un sacrificio de tiempo— pueden hacer para dedicarse más a la obra del templo y de historia familiar este año.

Estamos embarcados en la obra de Dios Todopoderoso. Él vive. Jesús es el Cristo. Esta es Su Iglesia. Somos Sus hijos del convenio. Él puede contar con nosotros.

Notas

1. Gordon B. Hinckley, “El consejo y la oración de un profeta en beneficio de la juventud”, Liahona, abril de 2001, págs. 30–41.
2. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Elías el Profeta”.
3. Russell M. Nelson, “Un nuevo tiempo para la cosecha”, Liahona, julio de 1998, pág. 36.
4. Véase “Loor al Profeta” (Himnos, nro. 15).
5. Véase Gospel Truth: Discourses and Writings of President George Q. Cannon, comp. de Jerreld L. Newquist, 2 tomos, 1974, tomo II, págs. 88–89.

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Cómo rodear con amor a quienes se apartan del camino

Liahona Octubre 2017
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Cómo rodear con amor a quienes se apartan del camino

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

mother and daughters walking together

“La realidad es que no hay familias perfectas…”, dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia. “Cualesquiera que sean los problemas que enfrente su familia, sea lo que sea lo que deban hacer para solucionarlos, el principio y el fin de la solución es la caridad, el amor puro de Cristo”1.

De las personas que no participan plenamente del Evangelio, Linda K. Burton, quien fue Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “El Padre Celestial ama a todos Sus hijos… No importa dónde estén, en el sendero correcto o no, Él desea que vuelvan a casa”2.

“… pese a lo rebeldes que sean [sus hijos]… cuando les hablen, no lo hagan con enojo ni ásperamente con un espíritu de reproche”, enseñó el presidente Joseph F. Smith (1838–1918). “Háblenles con bondad”3.

El élder Brent H. Nielson, de los Setenta, reiteró la instrucción que dio el Salvador a aquellos que tienen diez piezas de plata y pierden una: “… busquen hasta que la encuentren. Cuando la persona descarriada es su hijo o su hija, su hermano o su hermana… después de hacer cuanto podemos, amamos a esa persona con todo nuestro corazón…

“Que ustedes y yo recibamos revelación para conocer la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado y, cuando sea necesario, tener la paciencia y el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo, en tanto que amamos, observamos y esperamos al [hijo] pródigo”4.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “He orado con fe para que alguien a quien yo amaba buscara y sintiera el poder de la Expiación. He orado con fe para que ángeles humanos acudieran a prestarles ayuda y lo hicieron.

“Dios ha dispuesto de medios para salvar a cada uno de Sus hijos”5.

Escrituras e información adicionales

Mateo 18:12Alma 31:353 Nefi 13:32D. y C. 121:41–42

Relief Society sealFe Familia Socorro

Considere lo siguiente

¿De qué manera podemos seguir demostrando caridad hacia aquellos que no desean vivir los principios del Evangelio?

Notas

1. Dieter F. Uchtdorf, “Un elogio a los que salvan”, Liahona, mayo de 2016, págs. 79, 80.
2. Linda K. Burton, de Sarah Jane Weaver, “Sister Burton, Sister Wixom Visit Church’s Pacific Area”, Church News, 2 de abril de 2013, lds.org/church/news.
3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, pág. 272.
4. Brent H. Nielson, “A la espera del [hijo] pródigo”, Liahona, mayo de 2015, pág. 103.
5. Henry B. Eyring, “A mis nietos”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 71.

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Unidad en la diversidad

Liahona Agosto 1992

Unidad en la diversidad

Por el élder John K. Carmack
De los Setenta

En una iglesia universal, el estar unidos no significa que somos iguales.

Cuando regresé a mi hogar en Santa Barbara, California, después de servir en las fuerzas armadas de los Estados Unidos en Seúl, Corea, el primer paso que di para continuar mi educación en la Universidad de California, en Los Angeles, fue mudarme a la Estaca de Los Angeles. Esto sucedió en el año 1957. La estaca, sin que ninguno de nosotros lo supiera, iba a dejar de ser una estaca típica californiana, con líderes que en su mayoría venían de Utah, y con miembros provenientes del norte de Europa. En raras ocasiones se podían ver en las congregaciones algún converso judío y algunos conversos latinoamericanos, pero eso era poco común. Después de muchos años, el presidente John M. Russon fue relevado como presidente de una estaca con miembros de un mismo origen étnico, quienes lo respetaban profundamente. Nadie podía imaginar el gran cambio por el que iba a pasar la estaca durante los siguientes treinta años.

Volvamos ahora al año 1988. El Museo de Historia y Arte de la Iglesia recientemente había anunciado el primer concurso internacional de arte entre los artistas miembros de la Iglesia en todo el mundo. El concurso comprendía cualquier tipo de expresión artística relacionada con algún tema del evangelio. El éxito del concurso fue mayor de lo que esperábamos. (El segundo concurso artístico internacional se llevó a cabo en 1991.) La Liahona publicó fotografías de muchas de las obras que se enviaron de todas partes del mundo. Estas y otras obras que no se publicaron en la revista deleitaron a muchos miembros de la Iglesia. Obras artísticas de muchas partes del mundo colgaron de las paredes del museo durante los meses en que estuvieron en exhibición. Algunas aún se encuentran allí, comunicando un mensaje precioso y eterno.

Las obras que se enviaron representaban muchos y diversos géneros artísticos. Piezas de artesanía europea con temas simbólicos se colocaron al lado de imaginativas pinturas llenas de color procedentes de Latinoamérica, o de cuadros que ilustraban una gran variedad de temas del evangelio, pintados por miembros de las Islas del Pacífico, o de una mezcla de formas y estilos artísticos de todas partes de América del Norte. Al lado de aquellas representaciones con simbolismo abstracto e impresionista, se podían encontrar obras que exponían los temas del evangelio en forma sencilla, directa y realista. Las personas que tuvieron la suerte de presenciar la exposición se deleitaron con una muestra unificada de arte, y talento verdaderamente extraordinarios. La presencia e influencia del Salvador se manifestaron sobremanera en el museo.

¿Qué fue lo que unificó a las distintas obras? ¿Qué hizo que la exposición no fuera tan sólo una colección despareja de creaciones artísticas de aficionados? El evangelio restaurado de Jesucristo fue lo que vinculó a aquellas obras de arte. La diversidad de culturas fue lo que dio a la exposición fuerza y atractivo universal. La asistencia aumentó considerablemente cuando muchos de los visitantes volvieron a la exposición una y otra vez. Si se hubiera dado énfasis solamente a una cultura y área geográfica, el entusiasmo no hubiera sido el mismo.

¿Cómo logramos la unificación en la iglesia?

El concurso internacional de arte es un ejemplo de la unidad y la diversidad que a menudo encontramos en las congregaciones de los santos hoy día. Los primeros cristianos también tuvieron que hacer frente a la diversidad, lo cual no fue fácil. Muchas veces les fue imposible unificar las diferentes culturas, ya que carecían de ciertos factores que nos unifican actualmente, tales como medios instantáneos de comunicación, corporaciones multinacionales de negocios, viajes intercontinentales y una gran selección de libros y revistas. Pero lograron encontrar la forma de crear una iglesia unificada compuesta por conversos de muchas tierras distintas.

Ya sea que nos demos cuenta o no, la diversidad es en esta época una parte integral de la Iglesia, y va en aumento día a día. Si nuestros esfuerzos por unificar a los miembros de diferentes culturas tienen el mismo éxito que tuvo el concurso de arte, la Iglesia puede tener miembros de muchas diferentes culturas que comparten una profunda unidad espiritual. Para lograrlo, necesitaremos que los líderes, cuidadosamente preparados, enseñen conceptos de unificación a los miembros. Los barrios y estacas cuyos miembros sepan dar una bienvenida cálida a miembros de diversas culturas —dándoles la oportunidad de trabajar hombro a hombro con sus hermanos y hermanas, al servicio de sus semejantes— apresurarán el proceso de unificación. Como dijo el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “Todos nos necesitamos mutuamente; nada es bello o bueno cuando nos encontramos solos”.

Ahora, volvamos a la Estaca de Los Angeles en la década de los años cincuenta. Solamente había un grupo minoritario claramente identificado en la estaca. El hermano Joe Brandenburg presidía su amada Rama para Sordos del Sur de California. Esa pequeña rama era el deleite de la estaca cuando yo llegué. Las madres cantantes de la Sociedad de Socorro nos conmovían cuando interpretaban los bellos himnos durante las conferencias. La estaca tenía muchos desafíos, pero la verdadera diversidad aún estaba por llegar.

Los acontecimientos subsiguientes empezaron a cambiar la configuración de la estaca y de la región del Sur de California. El presidente de la misión, el hermano John K. Edmunds, decidió enviar a una pareja de misioneros para trabajar con los sordos. Los élderes Wayne Bennett y Jack Rose bautizaron a muchos nuevos conversos en la rama. El presidente Brandenburg se convirtió en el obispo Brandenburg. El barrio se dividió varias veces y muchas ramas para sordos empezaron a funcionar en otras estacas.

Un cambio dramático

Mientras tanto, en Corea, al principio de la década de los años cincuenta, se estaban llevando a cabo otros acontecimientos que habrían de cambiar el futuro de la Estaca de Los Angeles. A medida que la guerra se generalizó en aquella antigua tierra, la cual había cerrado sus puertas a la influencia occidental y a la obra misional hasta ese momento, los miembros de la Iglesia que servían en las fuerzas armadas estadounidenses estaban sembrando las semillas del evangelio por medio del ejemplo que daban al vivir su religión en el desempeño de sus obligaciones militares.

Al mismo tiempo, Kim Ho Jik estaba estudiando para obtener un doctorado en la Universidad Cornell, en Ithaca, Nueva York. El inicio de la guerra le impuso una larga separación de su familia en Corea, y por las noches empapaba la almohada con lágrimas de preocupación y tristeza. En las circunstancias y estado emocional en que se encontraba, le impresionaron mucho las buenas obras y la doctrina de sus amigos miembros de la Iglesia. Se bautizó y fue el primer élder de la Iglesia de origen coreano. Cuando regresó a Corea después de la guerra, fue nombrado viceministro de educación de la nación y se convirtió en el élder principal de entre los santos coreanos. (Véase “Kim Ho Jik: un pionero coreano”, Liahona, febrero de 1989, páginas 8-15.)

Al poco tiempo, a los misioneros de la Iglesia se les llamó como líderes, reemplazando así a los soldados, y empezaron a enseñar el evangelio en el idioma coreano. Como oficial del ejército, tuve el privilegio de dar la bienvenida a los élderes Powell y Deton, los primeros misioneros que llegaron a Seúl, Corea. La formación de ramas, distritos y misiones progresó de tal manera que pronto llegaron a tener barrios, estacas y un templo. Cientos de miles de coreanos, incluso algunos de los Santos, emigraron a los Estados Unidos y a otros países. Muchos se bautizaron en la Iglesia en los países a donde emigraron. Tanto en su tierra natal como en el extranjero, los coreanos se convirtieron en una parte importante de la Iglesia, dándole así un carácter más universal. Muchos de ellos se ubicaron en la Estaca de Los Angeles, en donde pronto se formó una rama coreana. El oriente empezaba a extenderse hacia el occidente: esta vez en el occidente.

Este cambio dramático, que fue resultado de la guerra, se repitió en otras tierras, esparciendo a vietnamitas, camboyanos y a muchos otros pueblos por todo el mundo. La guerra y las tribulaciones en sus propios países obligó a los habitantes de estos pueblos a emigrar del oriente al occidente, y como resultado las puertas de las oportunidades para la predicación del evangelio se abrieron de par en par. En los países latinoamericanos y las Filipinas también se abrieron estas puertas y muchos de los habitantes viajaron a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades económicas para su familia. Tanto en su tierra natal como en los Estados Unidos, pasaron a formar parte de congregaciones de los Santos. Súbitamente, en las congregaciones de la Estaca de los Angeles —y en muchas otras estacas— se representaban muchas culturas. La Estaca de San Diego y la de Oakland siguieron el mismo patrón de cambio. Los líderes se esforzaron por crear congregaciones unificadas en las que los Santos se amaran, se aceptaran y sirvieran unos a otros. También se Organizaron algunas unidades en varios idiomas extranjeros.

“Ya no seáis extranjeros”

Todo este cambio no fue del agrado de muchos miembros; unos protestaron y otros optaron por mudarse a otro lugar, ya que añoraban épocas pasadas en que no había tantos cambios en la Iglesia. En 1978, más negros empezaron a convertirse a la Iglesia, y eso trajo consigo más variedad cultural en nuestras congregaciones. Los líderes, por medio de conferencias de estaca y de barrio, así como por otros medios, enseñaron la doctrina de que debemos amar, aceptar y servir a nuestros semejantes, así como a ser unidos en el evangelio. Un nuevo espíritu estimuló a los Santos. Como lo expresó la hermana Pinkston, quien fue presidenta de la Sociedad de Socorro del Barrio Wilshire, Estaca de los Angeles: “Estos son los días de emoción y de gloria, no como los días en que todos éramos descendientes de europeos”.

Muchos observaron lo que sucedió en Los Angeles y Oakland, California; Chicago, Illinois; Londres, Inglaterra y otras grandes ciudades que se convirtieron en centros internacionales de población de la Iglesia y se preguntaron lo que les depararía el futuro. Muy pronto se hizo evidente que lo mismo estaba sucediendo en muchas estacas de las grandes ciudades del mundo. Actualmente, ya sea en Washington, D.C.; en Sao Paulo, Brasil; en Sydney, Australia o en Hyde Park, Inglaterra, los miembros de la Iglesia que viajan por estos lugares encuentran tal diversidad. Es emocionante y también beneficioso porque presenta una multitud de dificultades, pero tiene éxito cuando los líderes comprenden la importancia de lo que está sucediendo.

Una fuerza unificadora

¿Existe una fuerza unificadora lo suficientemente poderosa como para que supere los obstáculos que separan a las personas de distintas culturas? La respuesta es un sonoro ¡sí!

Para lograr esta unidad se necesitan líderes entusiastas e inspirados. Cuando los líderes tienen visión, tienen una meta y saben cómo alcanzarla, los miembros responden en forma positiva. Ya tenemos la doctrina relacionada con este principio. Cristo es la principal piedra del ángulo de la Iglesia, y todos los que se unen a ella “ya no [son] extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Nuestro Profeta, autorizado por Dios, nos instruye en materia de doctrina y prácticá. La autoridad del sacerdocio que se da a los hombres les da el derecho de bautizar, de conferir el Espíritu Santo y de bendecir a nuestras congregaciones sin que perdamos nuestra individualidad cultural. Las Escrituras contienen la palabra de Dios para guiamos. Tenemos a nuestro alcance las ordenanzas básicas del evangelio, las reuniones sacramentales semanales, las bendiciones del templo y un sacerdocio y una Sociedad de Socorro universales. El evangelio se centra en los hogares, y el trabajo de propagar el evangelio por medio de la obra misional y el servicio en los templos en beneficio de nuestros antepasados proporciona a los miembros las oportunidades de vivir una vida dinámica y fructífera. Como un firme cimiento, el Espíritu Santo une a todos aquellos que viven dignamente para recibir y magnificar sus dones.

Los calificativos y otras barreras

A pesar de que tenemos a nuestro alcance estas sencillas doctrinas y prácticas unificadoras, existen algunas barreras que nos impiden lograr una mayor unidád entre los miembros de diversas culturas. Entre estas barreras se encuentran la discriminación racial o cultural y la opinión que algunas personas tienen de que los grupos raciales distintos deben mantenerse separados de los demás. El evangelio es suficiente para crear la unidad que se desea, pero el hombre es imperfecto. El temor que surge a consecuencia de las barreras del idioma, de aceptar a aquellos de raza o color distintos, y el rechazo a los que permanecen solteros, son todas barreras que impiden la unidad. Por lo general, el uso de calificativos conduce al maltrato, al aislamiento y a la discriminación. El calificar a un miembro de la Iglesia de intelectual, inactivo, feminista, sudafricano, armenio, mormón de Utah (de quienes se dice que son distintos de los demás mormones), o mexicano, por ejemplo, parece dar una excusa para maltratar a una persona o para no tomarla en cuenta, como si no existiera. Si queremos llegar a tener una sociedad como la que creó Enoc, debemos analizar éste y otros problemas similares.

A medida que lleguemos a ser uno con Dios, llegaremos a ser uno con nuestros semejantes. Al llegar a ser uno con nuestros semejantes, llegaremos a ser uno con Dios.

Esta unidad, la cual debería ser algo natural, muchas veces es algo muy difícil de alcanzar, y sólo se logra paso a paso: “línea por línea, precepto tras precepto” (D. y C. 98:12).

Fue necesario que Pedro tuviera una revelación para que dijera: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

Algunos de nosotros, como Pablo, aceptamos fácil y naturalmente el concepto de que debemos aceptar a todas las personas. Como pueblo, nosotros, al igual que los miembros de la Estaca de los Angeles, estamos cumpliendo en cierto grado con este mandamiento de crear unidad entre muchas culturas. Pero podríamos esforzarnos más por disfrutar de las diferencias culturales de nuestros hermanos. Es posible que tengamos que adoptar más cambios de actitud, pero debemos aprender a apreciar las diferencias en los demás. El futuro nos deparará aún muchos más cambios culturales, y todos los que asistan a nuestras congregaciones merecen tener amigos y líderes como el apóstol Pablo.

El vínculo que nos une

Se ha notado también una tendencia a simplificar la organización, los procedimientos y la forma de adorar, lo que significa que estamos volviendo a los conceptos básicos y fundamentales. Esta simplificación, lograda con prudencia y orden, se está llevando a cabo en toda la Iglesia. Un ejemplo de ello es el nuevo programa de presupuesto.

La experiencia me ha enseñado que debemos esforzarnos para crear unidad entre los miembros de distintas culturas. Para ello necesitamos líderes activos y capaces. El cambio no va a suceder por sí solo, sino que tenemos que hacer algo de nuestra parte, ya que aún es posible que en cualquier congregación de la Iglesia surja el aislamiento y la discriminación.

Cada uno de nosotros debemos hacer un esfuerzo personal por aprender a aceptar e incluir en nuestra vida a otras personas dondequiera que nos encontremos. Es algo que merece prioridad en nuestra vida. Y necesitamos líderes que ejemplifiquen estos preceptos y enseñanzas. Todos debemos ser justos con nuestros semejantes, especialmente con aquellos a quienes se discrimina, aisla o excluye de la sociedad. Cuidémonos de no tomar parte en bromas o chistes que rebajen o degraden a otras personas por motivo de su religión, cultura, raza, nacionalidad o sexo. Todos somos iguales a la vista de Dios. Debemos alejarnos de estas situaciones, o reprender a las personas que se burlan de las personas que son diferentes de ellos, lo cual es una práctica común y desagradable. Todos debemos poner de nuestra parte para erradicar este problema.

Ahora que se han creado nuevas misiones en América Central y del Sur, en Bulgaria, Checoslovaquia, Grecia, Hungría y Polonia, y con la dedicación de nuevos países para la predicación del evangelio, la Iglesia continúa creciendo a pasos agigantados y pronto estará establecida en la mayor parte del mundo. Es inevitable que surjan más cambios y diferencias raciales, culturales y nacionales. ¡Esta es una época gloriosa! Nosotros, de la misma manera que los miembros de la Estaca de Los Angeles, nos beneficiaremos por estos cambios.

Es mi oración que busquemos oportunidades para disminuir el aislamiento y aumentar la aceptación de todas las personas, y que podamos mejorar nuestra vida, aprovechando estas diferencias humanas y los lazos de unión que nos proporcionan nuestras creencias.

Tal como sucedió con la exposición internacional de arte del Museo de la Iglesia, tratemos de encontrar un vínculo común que nos una por medio del amor y por medio de Jesucristo y Su evangelio.

Espero que el feliz resultado de nuestros esfuerzos sea el desarrollo de la unidad en medio de las diferencias culturales y que podamos disfrutar de las condiciones que existieron en la época del Libro de Mormón cuando no se encontraba “ninguna especie de itas” (4 Nefi 1:17). □

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La clave de nuestra religión

Liahona Agosto 1992

La clave de nuestra religión

Por el presidente Ezra Taft Benson

Refiriéndose al Libro de Mormón, el profeta José Smith dijo que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.

Hoy quisiera hablar sobre uno de los dones más importantes que se han dado al mundo en tiempos modernos. El don al que me refiero es más importante que las invenciones que han surgido de la revolución industrial o tecnológica; este es un don de mayor valor aún para el género humano que los muchos adelantos maravillosos que hemos visto en la medicina moderna; es de mayor valor para el género humano que la evolución de los vuelos y viajes espaciales. Hablo del Libro de Mormón.

Este don fue preparado por la mano del Señor durante un período de más de mil años, y permaneció escondido por El para preservarlo en su pureza para nuestra generación. Quizá no haya nada que testifique más claramente de la importancia de este libro de Escrituras que lo que el Señor mismo ha dicho sobre él.

Por su propia boca ha dado testimonio de que: (1) es verdadero (D. y C. 17:6); (2) contiene la verdad de Sus palabras (D. y C. 19:26); (3) se tradujo por el poder del cielo (D. y C. 20:8); (4) contiene la plenitud del evangelio de Jesucristo (D. y C. 20:9; 42:12); (5) fue dado por inspiración y confirmado por el ministerio de ángeles (D. y C. 20:10); (6) da evidencia de que las Sagradas Escrituras son verdaderas (D. y C. 20:11); y (7) aquellos que lo reciban con fe recibirán la vida eterna (D. y C. 20:14).

Un poderoso segundo testimonio de la importancia del Libro de Mormón es el darse cuenta del momento en que el Señor permitió que se publicara, dentro del cuadro cronológico de la restauración. Lo único que lo precedió fue la Primera Visión. En esa manifestación maravillosa, el profeta José Smith entendió la verdadera naturaleza de Dios y supo que Dios tenía una obra que encomendarle. La aparición del Libro de Mormón fue lo que le siguió.

Piensen en eso y en lo que ello implica. La aparición del Libro de Mormón precedió a la restauración del sacerdocio. Se publicó unos pocos días antes de que se organizara la Iglesia. A los santos se les dio el Libro de Mormón para que lo leyesen, antes de que se les dieran las revelaciones que detallaban enseñanzas tales como los tres grados de gloria, el matrimonio celestial y la obra vicaria. Apareció antes de la organización de los quórumes del sacerdocio y de la Iglesia. ¿No nos dice esto algo sobre cómo considera el Señor esta obra sagrada?

Una vez que nos demos cuenta de cómo se siente el Señor con respecto a este libro, ¿no debería sorprendernos que también nos dé advertencias sobre cómo recibirlo? Después de indicar que aquellos que reciban el Libro de Mormón con fe, obrando con rectitud, recibirán una corona de vida eterna (véase D. y C. 20:14), el Señor continúa con esta exhortación: “… más para quienes endurezcan sus corazones en la incredulidad y la rechacen [esta obra], se tomará para su propia condenación” (D. y C. 20:15).

En 1829, el Señor advirtió a los santos que no deberían jugar con las cosas sagradas (véase D. y C. 6:12). Ciertamente, el Libro de Mormón es sagrado y, sin embargo, muchos juegan con él, o sea, lo toman a la ligera, sin darle mucha importancia.

En 1832, cuando algunos de los primeros misioneros regresaban de su misión, el Señor les reprendió por tratar el Libro de Mormón a la ligera. Les dijo que como resultado de esa actitud, sus mentes se habían ofuscado. El tratar este libro sagrado a la ligera no solamente les había dejado a ellos en tinieblas, sino que también había traído condenación a toda la Iglesia, aun a todos los hijos de Sión. Y luego el Señor les dijo: “… y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón” (D. y C. 84:57).

¿Hay alguna razón para que hoy nos parezca el Libro de Mormón menos importante por el hecho de que lo hayamos tenido por más de un siglo y medio? ¿Recordamos el nuevo convenio, a saber, el Libro de Mormón? En la Biblia tenemos el Antiguo y el Nuevo Testamento. La palabra testamento es el equivalente en inglés de una palabra griega que se puede traducir como convenio. ¿Es esto lo que quiso decir el Señor cuando llamó al Libro de Mormón “el nuevo convenio”? Porque es en realidad otro testamento o testigo de Jesús. Esta es una de las razones por las que recientemente hemos agregado las palabras Otro testamento de Jesucristo al título del Libro de Mormón.

Si a los primeros santos se les reprendió por tratar al Libro de Mormón a la ligera, ¿acaso estamos nosotros bajo una condenación menor si hacemos lo mismo hoy día?

Existen tres grandes razones por las cuales los Santos de los Últimos Días deberían hacer del estudio del Libro de Mormón un esfuerzo de toda la vida.

La primera es que el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión. Así lo declaró el profeta José Smith. El testificó que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión” (Introducción al Libro de Mormón). La clave es la piedra central o angular de un arco. Sostiene a todas las demás en su lugar, y si se quita, el arco se derrumba.

Hay tres formas en que el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión. Es la clave en el testimonio de Jesucristo, es la clave de nuestra doctrina, y es la clave del testimonio.

El Libro de Mormón es la clave en nuestro testimonio de Jesucristo, quien es a la vez la clave de todo lo que hacemos. Con poder y claridad testifica de Su realidad. A diferencia de la Biblia, que pasó por generaciones de copistas, traductores y religiosos corruptos que manipularon indebidamente el texto, el Libro de Mormón vino de escritor a lector en un solo paso inspirado de traducción. Por lo tanto, su testimonio del Maestro es claro, puro y poderoso. Pero es más que eso. La mayoría del mundo cristiano de hoy rechaza la divinidad del Salvador. Pone en tela de juicio su nacimiento milagroso, su vida perfecta y la realidad de su gloriosa resurrección. El Libro de Mormón enseña en términos claros e inequívocos la autenticidad de tales hechos. También proporciona la explicación más completa de la Expiación. Verdaderamente, este libro divinamente inspirado es una clave que da testimonio al mundo de que Jesús es el Cristo (véase la portada del Libro de Mormón).

El Libro de Mormón es también la clave de la doctrina de la resurrección. Como mencioné anteriormente, el Señor mismo ha declarado que el Libro de Mormón contiene “la plenitud del evangelio de Jesucristo” (D. y C. 20:9). Eso no quiere decir que contenga todas las enseñanzas, ni toda la doctrina que se ha revelado. Lo que quiere decir es que en el Libro de Mormón encontraremos la plenitud de la doctrina que se requiere para nuestra salvación. Y se enseña clara y simplemente a fin de que aun los niños puedan aprender los senderos de salvación y exaltación. El Libro de Mormón ofrece tantas cosas que ensanchan nuestro conocimiento de la doctrina de salvación que, sin él, mucho de lo que se enseña en otros-libros de escritura no sería tan claro y precioso.

Finalmente, el Libro de Mormón es la clave del testimonio. Al igual que un arco se derrumba si se le quita la piedra angular, así también toda la Iglesia se sostiene, o cae, en base a la veracidad del Libro de Mormón. Los enemigos de la Iglesia entienden esto claramente, y esa es la razón por la que luchan tan arduamente para tratar de desacreditar al Libro de Mormón, porque si lo logran, también desacreditarían al profeta José Smith. Lo mismo sucede con nuestra declaración de que poseemos las llaves del sacerdocio, y la revelación y la restauración de la Iglesia. Pero igualmente, si el Libro de Mormón es verdadero —y millones de personas han testificado ya de que han recibido la confirmación del Espíritu acerca de su veracidad— entonces debe uno aceptar que ha habido una restauración y todo lo que le acompaña.

Sí, el Libro de Mormón es la clave de nuestra religión— la clave de nuestro testimonio, la clave de nuestra doctrina y la clave en el testimonio de nuestro Señor y Salvador.

La segunda gran razón por la que debemos hacer del Libro de Mormón el centro de nuestro estudio es porque fue escrito para nuestros días. Los nefitas nunca tuvieron el libro, ni tampoco los lamanitas de la antigüedad. Fue escrito para nosotros. Mormón escribió casi al final de la civilización nefita. Bajo la inspiración de Dios, quien ve todas las cosas desde el principio, recopiló registros de siglos, escogiendo los relatos, discursos y acontecimientos que más nos serían de provecho.

Todos los escritores principales del Libro de Mormón testificaron que escribían para las generaciones futuras. Nefi dijo: “Dios el Señor me ha prometido que estas cosas que escribo serán guardadas, y preservadas y entregadas a los de mis posteridad, de generación en generación” (2 Nefi 25:21). Su hermano Jacob, quien lo sucedió, escribió palabras similares: “Porque [Nefi] dijo que la historia de su pueblo debería, grabarse sobre sus otras planchas, y que yo debía conservar estas planchas y transmitirlas a mi posteridad, de generación en generación” (Jacob 1:3). Tanto Enós como Jarom indicaron que ellos tampoco estaban escribiendo para su propia gente, sino para generaciones futuras (véase Enós 1:15-16; Jarom 1:2).

Mormón mismo dijo: “…sí, hablo a vosotros, un resto de la casa de Israel” (Mormón 7:1). Y Moroni, el último de los inspirados autores, realmente vio nuestros días y nuestra época. “He aquí”, dijo, “el Señor me ha mostrado cosas grandes y maravillosas concernientes a lo que se realizará en breve, en ese día en que aparezcan estas cosas entre vosotros.

“He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras” (Mormón 8:34-35).

Si ellos vieron nuestros días, y eligieron aquellas cosas que serían de máximo valor para nosotros, ¿no es esa suficiente razón para estudiar el Libro de Mormón? Constantemente deberíamos preguntarnos: “¿Por qué inspiró el Señor a Mormón [o a Moroni o a Alma] para que incluyera esto en su registro? ¿Qué lección puedo aprender de esto que me ayude a vivir en esta época?”

Hay muchos ejemplos de cómo contestar esta pregunta. Por ejemplo, en el Libro de Mormón encontramos un modelo para prepararnos para la Segunda Venida. Una gran parte del Libro se centra en las pocas décadas previas a la venida de Cristo a América. Por medio de un estudio cuidadoso de ese período, podemos determinar por qué algunos fueron destruidos en los terribles juicios que precedieron Su venida y que indujo a otros a ponerse de pie ante el templo, en la tierra de la Abundancia, y meter sus manos en las heridas de las manos y los pies del Señor.

Del Libro de Mormón aprendemos cómo viven los discípulos de Cristo en tiempos de guerra. Por el Libro de Mormón vemos las iniquidades de las combinaciones secretas expuestas en una gráfica y fría realidad. En el Libro de Mormón encontramos lecciones para enfrentarnos a la persecución y a la apostasía; aprendemos mucho sobre cómo hacer la obra misional. Y más que nada, en el Libro de Mormón vemos los peligros del materialismo y de poner nuestro corazón en las cosas del mundo. ¿Puede alguien dudar de que este Libro sea para nosotros y que en él encontremos gran poder, consuelo y protección?

La tercera razón por la cual el Libro de Mormón es de tanto valor para los Santos de los Últimos Días se da en la misma declaración del profeta José Smith, citada anteriormente. Él dijo: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que el hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción al Libro de Mormón). Esta es la tercera razón para estudiar el Libro de Mormón. Nos ayuda a acercarnos a Dios. ¿No existe algo muy profundo en nuestro corazón que añora acercarse más a Dios, ser más como Él es en nuestros quehaceres diarios y sentir su presencia constantemente? Si es así, el Libro de Mormón nos ayudará a lograrlo más que ningún otro libro.

No se trata sólo de que el Libro de Mormón nos enseñe la verdad, aunque en realidad así lo hace, ni de que dé testimonio de Cristo, aunque de hecho también lo hace, sino hay algo más que eso. Hay un poder en el libro que empezará a fluir a su vida en el momento en que empiece usted a estudiarlo seriamente. Encontrará mayor poder para resistir la tentación; encontrará el poder para evitar el engaño; encontrará el poder para mantenerse en el camino angosto y estrecho. A las Escrituras se les llama “las palabras de vida” (D. y C. 84:85), y en ningún otro caso es eso más verdadero que en el caso del Libro de Mormón. Cuando empiecen a sentir hambre y sed de esas palabras, encontrarán vida en mayor abundancia.

Les imploro de todo corazón que consideren con gran solemnidad la importancia del Libro de Mormón para ustedes personalmente y para la Iglesia colectivamente.

No permanezcamos bajo condenación, con sus castigos y juicios, por el hecho de tratar ligeramente este gran y maravilloso don que nos ha concedido el Señor (véase D. y C. 84:54-58). Por el contrario, obtengamos las promesas que se reciben al atesorarlo en nuestro corazón.

He recibido muchas cartas de los santos, tanto jóvenes como adultos, de todas partes del mundo, que han aceptado el compromiso personal de estudiar el Libro de Mormón.

Me han emocionado sus relatos de cómo el libro ha cambiado su vida y cómo se han acercado más al Señor como resultado de su dedicación. Estos gloriosos testimonios le han reafirmado a mi alma las palabras del profeta José Smith de que el Libro de Mormón es verdaderamente “la clave de nuestra religión” y de que el hombre “se… acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”.

Ruego que el Libro de Mormón se convierta en la clave de nuestra vida. □

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Creámosle a Cristo

Liahona Abril 1992

Creámosle a Cristo
Un análisis de la Expiación

Por Stephen E. Robinson

Tener fe en Jesucristo no significa simplemente creer en Su existencia y en Su identidad. Tener fe en Cristo significa creerle cuando nos dice que Él puede purificarnos y hacernos celestiales.

El gran dilema del universo consiste en dos hechos reales. En Doctrina y Convenios 1:31 leemos sobre el primero: “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia”. Eso significa que el Señor no soporta el pecado; que no puede pasarlo por alto o hacer de cuenta que no existe. Él no lo tolera.

El otro hecho es muy simple: yo peco y ustedes también. Si esto fuera tan sencillo, tendríamos que llegar a la conclusión de que nosotros, como seres pecadores, no podríamos estar en la presencia de Dios.

Pero realmente no es así, porque la expiación de Cristo nos ofrece el plan glorioso por medio del cual se puede solucionar ese dilema. Para ilustrar este concepto, me gustaría contarles algunas experiencias que hemos tenido en mi familia.

La primera fue con mi hijo Michael. El hizo algo malo cuando tenía unos seis o siete años. Es mi hijo y quiero que sea mejor de lo que fui yo, su padre; espero mucho de él. En aquella ocasión le mandé que se fuera a su dormitorio y le dije:

“Te quedarás allí hasta que yo vaya a buscarte”.

Me olvidé del asunto y unas horas después, mientras estaba mirando televisión, oí que se abría la puerta del dormitorio de mi hijo y sentí unos pasos vacilantes por el corredor.

“¡Oh no!”, dije, levantándome rápidamente. En el corredor estaba mi hijo con los ojos hinchados de tanto llorar. Me miró, e inseguro por no saber si había hecho bien en salir de su habitación, me dijo:

“Papá, ¿vamos a volver a ser amigos?”

Por supuesto que lo abracé y le dije lo mucho que lo amaba. Él es mi hijo y lo amo, haga lo que haga.

Al igual que Michael, todos hacemos cosas que no son del agrado de nuestro Padre Celestial y que nos separan de Su presencia y de Su Espíritu. Hay ocasiones, desde el punto de vista espiritual, en las que se nos “manda que vayamos a nuestro dormitorio”. Cometemos pecados que hieren nuestro espíritu y a veces hacemos cosas que nos hacen sentir como si nunca más pudiéramos ser limpios otra vez. Cuando eso sucede, a veces le preguntamos al Señor: “Padre, ¿vamos a volver a ser amigos?”

La respuesta a esa pregunta la encontramos en todos los libros canónicos y es un rotundo: “¡Sí!, gracias a la expiación de Cristo”. En particular me gusta el pasaje que aparece en Isaías 1:8, que dice:

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

En ese pasaje el Señor nos está diciendo que, sea lo que fuere que hayamos hecho, Él puede hacer que seamos puros, dignos, inocentes y celestiales.

Ahora bien, tener fe en Jesucristo no significa simplemente creer que Él es quien dice ser, o creer en Cristo, sino que a veces también significa creer que Él puede salvarnos.

En mis llamamientos en calidad de obispo y maestro de la Iglesia he aprendido que hay muchas personas que creen que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo, pero no tienen una firme convicción con respecto al hecho de que Él puede darles la salvación; creen en Su identidad, pero no en el poder que tiene para limpiarlos, purificarlos y salvarlos. Tener fe en la identidad de Jesucristo es sólo la mitad del concepto de tener fe en El. Tener fe en el poder que tiene para purificar y salvar es la otra mitad. No sólo debemos creer en Cristo, sino que también debemos creerle cuando nos dice que tiene el poder para purificarnos y hacernos celestiales.

Cuando era obispo, algunos de los miembros del barrio me decían: “Obispo, mi pecado es horrible. No puedo recibir todas las bendiciones del evangelio porque hice esto y aquello. Vendré a la Iglesia y espero recibir alguna recompensa por ello, pero no soy digno de recibir la plenitud de las bendiciones de la exaltación en el reino celestial después de haber hecho lo que hice”.

Otros decían: “Obispo, soy un miembro común de la Iglesia; soy débil e imperfecto y no tengo todos los talentos que tiene el hermano Fulano o la hermana Fulana de tal. Nunca seré llamado a ocupar un cargo en el obispado, o ser presidenta de la Sociedad de Socorro.

Soy un santo o santa común y corriente. Nunca ganaré la exaltación”.

Declaraciones como las anteriores encierran el siguiente concepto: “No creo que Cristo pueda hacer lo que Él dice que puede hacer; no tengo fe en Su capacidad para exaltarme”.

Un hermano me dijo en una ocasión: “Obispo, yo no soy de índole celestial”. Dicho comentario me impacientó y le dije: “Hermano, ¿por qué no admite el verdadero problema que usted tiene? ¿Que usted no tiene una naturaleza celestial? Bueno, no es el único. ¡Ninguno de nosotros la tiene! Si fuera por nosotros mismos, ninguno lograría jamás el grado de perfección que debemos alcanzar para ser dignos de vivir en la presencia de Dios. ¿Por qué no admite que no tiene fe en la capacidad que Cristo tiene de hacer lo que Él dice que puede hacer?”

El hermano se molestó conmigo y agregó: “Yo tengo un testimonio de Jesús. Yo creo en Cristo”.

A lo que le respondí: “Sí, usted cree en Cristo, pero no le cree cuando Él dice que aunque usted no sea de índole celestial, Él puede hacerlo celestial si usted coopera”.

¿Por qué le llamamos el Salvador?

A veces nos sentimos abrumados ante la presión que sentimos al tratar de ser perfectos; a veces no creemos en la verdad más maravillosa del evangelio de que el Señor puede cambiarnos y llevarnos a Su reino. Permítanme contarles otra experiencia que sucedió hace unos diez años.

En ese entonces, mi esposa Janet y yo vivíamos en Pensilvania. Todo parecía marchar bien. Yo había recibido un ascenso en el trabajo y en general había sido un buen año para toda la familia. No obstante, fue una época muy difícil para mi esposa. Había nacido nuestro cuarto hijo, se había recibido de contadora pública y la habían llamado para ser presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Teníamos la recomendación para ir al templo, realizábamos las noches de hogar y yo estaba en el obispado.

Una noche ocurrió algo con mi esposa que yo describiría sólo como “agonía espiritual”. Ella se negaba a hablar y decirme lo que le sucedía.

Para mí, eso era lo peor. Durante varios días se negó a participar en cualquier cosa de índole espiritual, y pidió que la relevaran de sus llamamientos.

Por último, después de dos semanas, dijo: “Está bien. ¿Quieres saber lo que me pasa? Pues te lo diré.

No puedo hacerlo todo; no puedo levantarme a las 5:30 de la mañana, hacer pan casero, coser y remendar, ayudar a los chicos con las tareas de la escuela, cumplir con mis ocupaciones, cumplir con mi llamamiento en la Sociedad de Socorro, hacer la obra genealógica, asistir a las reuniones de padres y maestros de escuela y escribir a los misioneros”. Y, una por una, fue nombrando todas sus responsabilidades.

Luego enumeró sus defectos e imperfecciones. Agregó: “No tengo el talento de la hermana Morrell; no puedo hacer lo que hace la hermana Childs. Trato de no gritarles a los chicos, pero pierdo el control y les grito igual. He llegado a la conclusión de que no soy perfecta y jamás lo seré. Nunca voy a ser digna del reino celestial y no puedo pretender que lo soy. De modo que me doy por vencida. ¿Para qué matarme tratando de hacer algo imposible?”

Entonces comenzamos a hablar y lo hicimos hasta altas horas de la noche. Durante la conversación, le pregunté:

—Janet, ¿tienes un testimonio de la Iglesia?

A lo que contestó:

— ¡Por supuesto que sí! ¡Por eso me siento tan horrible! ¡Yo sé que es verdadera! Lo que pasa es que no puedo hacer todo lo que se espera de mí.

— ¿Has sido fiel a los convenios que hiciste cuando te bautizaste?

—He tratado y tratado, pero me es imposible cumplir con todos los mandamientos a la vez.

Sentí un gran alivio al saber que el problema de mi esposa no era nada de las cosas horribles que podrían haber sido. Es muy factible ser un miembro activo de la Iglesia, tener un testimonio de su veracidad, ocupar posiciones de liderazgo y, sin embargo, perder la perspectiva de las “buenas nuevas” que son el corazón del evangelio. Ella sabía por qué Jesús es el Asesor y el Maestro, por qué Él nos dio el ejemplo a seguir, por qué Él es la cabeza de la Iglesia, nuestro hermano mayor y hasta Dios. Mi esposa sabía todas esas cosas, pero no comprendía la razón por la que le llamamos el Salvador.

Mi esposa estaba tratando de salvarse, teniendo a Jesús como un asesor. Pero no podemos hacer eso. Nadie es perfecto. En Eter 3:2 leemos acerca de uno de los profetas más grandes que hayan vivido: el hermano de Jared. Su fe era tan grande que estuvo a punto de ver más allá del velo y ver el cuerpo espiritual de Cristo. No obstante, comenzó a orar y dijo:

“Y ahora, he aquí, oh Señor, no te enojes con tu siervo a causa de su debilidad delante de ti [obsérvese que comienza la oración disculpándose por ser un ser imperfecto y dirigirse a un Dios perfecto]; porque sabemos que tú eres santo y habitas en los cielos, y que somos indignos delante de ti; por causa de la caída nuestra naturaleza se torna mala continuamente; no obstante, oh Señor, tú nos has dado el mandamiento de que debemos invocarte, para que recibamos de ti según nuestros deseos”.

¡Por supuesto que no somos de índole celestial! Esa es precisamente la razón por la que necesitamos tener un salvador y por la que se nos manda que nos dirijamos a Dios y le pidamos recibir de acuerdo con los deseos de nuestro corazón. El Salvador dijo:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

Con frecuencia interpretamos mal ese pasaje de las Escrituras, porque pensamos que dice: “Bienaventurados los justos”, cuando no es así. ¿Cuándo tenemos hambre? ¿Cuándo tenemos sed? Cuando no tenemos lo que deseamos.

Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de la justicia que Dios tiene, de la justicia del reino celestial. Cuando esa justicia pasa a ser el deseo de nuestro corazón, ésta no será dada y seremos saciados. Recibimos “de acuerdo con los deseos de nuestro corazón”.

Ser uno

La perfección que se logre en la etapa mortal la debemos sólo al sacrificio expiatorio de Cristo. No nos es posible lograrla por nosotros mismos, sino que debemos ser uno con el Señor, quien es un ser perfecto. Eso es lo que en el mundo de los negocios se conoce como fusión. ¿Qué sucede cuando una pequeña compañía que está a punto de declarar bancarrota se une a una corporación más grande? Se juntan los bienes y las deudas de dos compañías para formar una entidad nueva y solvente.

Cuando mi esposa y yo nos casamos, yo estaba teniendo problemas económicos y Janet tenía dinero ahorrado en el banco. Cuando entramos en el convenio del matrimonio sacamos una cuenta bancaria a nombre de los dos. Ya no había más un “yo” ni un “ella”. Desde el punto de vista económico éramos “nosotros”. Sus ahorros compensaron mis deudas y, por primera vez en varios meses, yo pasé a ser solvente desde el punto de vista económico.

Lo mismo sucede desde el punto de vista espiritual cuando hacemos convenios con nuestro Salvador. Nosotros tenemos deudas y Él tiene bienes. Él nos propone los términos del convenio, y conste que uso la palabra propone a propósito, porque lo que se propone es cierto tipo de matrimonio espiritual. Esa es la razón por la que al Salvador le llaman el Esposo. Ese convenio es tan íntimo que en las Escrituras se le describe como una boda. Yo paso a ser uno con Cristo, y juntos nos esforzamos por lograr mi salvación. Mis deudas y Sus bienes se unen entre sí. Yo hago todo lo que puedo y El hace lo que yo todavía no puedo hacer; de ese modo, juntos, somos perfectos.

Esa es la razón por la que el Salvador dice:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

¿Qué otra exigencia tenemos que sea más grande que la de la perfección, la idea de que debemos perfeccionarnos en esta vida a fin de tener esperanzas en la vida venidera? ¿Qué carga hay que sea más pesada que el yugo de la ley?

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29-30).

“Confía en Mí”

El profeta Nefi fue un gran profeta. No obstante, necesitaba y dependía del Salvador. Él dijo:

“¡Oh, miserable hombre, que soy! Sí, mi corazón se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis iniquidades.

“Me veo circundado a causa de las tentaciones y pecados que tan fácilmente me asedian.

“Y cuando deseo regocijarme, mi corazón gime a causa de mis pecados…” (2 Nefi 4:17-19).

¿Se daba cuenta Nefi de su condición mortal, de la necesidad que tenía de que el Salvador lo salvara de sus pecados? Sí, y la clave yace en lo que dice al final del versículo:

“…no obstante, sé en quien he confiado” (versículo 19).

Nefi sabía que era imperfecto y se sentía agobiado por sus pecados. Todavía no era de índole celestial, pero sabía muy bien en quien había depositado su confianza. Nefi confiaba en el poder que Jesucristo tenía de limpiarlo de sus pecados y de llevarlo con El al Reino de Dios.

Yo tenía una amiga que con frecuencia solía decir: “He vivido la mitad de mi vida y me queda la otra mitad para continuar perfeccionándome y alcanzar el reino celestial”.

Un día le pregunté: “Judy, ¿qué sucedería si murieras mañana?” A ella nunca se le había ocurrido eso.

“Veamos”, dijo. “A mitad del camino hacia el reino celestial es… en medio del terrestre. Y eso no es suficiente”.

Es preciso que tengamos presente que gracias a ese convenio que hemos hecho con el Salvador, si muriéramos mañana, tendremos la esperanza de ser dignos de ir al reino celestial. Esa esperanza es una de las bendiciones que se nos prometen en ese convenio. No obstante, muchos no entienden esa esperanza ni se valen de ella.

Cuando mis hijas mellizas eran pequeñas las llevábamos a la piscina pública para enseñarles a nadar. Recuerdo que la primera vez que fuimos comencé con Rebeca. Cuando entré en el agua con ella yo pensaba: “Voy a enseñarle a nadar”. Pero ella pensaba: “¡Papá me va a ahogar! ¡Voy a morir!” Estaba tan asustada que comenzó a gritar, a llorar, a patear y hasta arañarme. No había manera de enseñarle a nadar.

Por último, la tomé en los brazos y con mucho cariño le dije: “Rebeca, estás en mis brazos; soy tu papá y te quiero mucho. No voy a permitir que te suceda nada malo. Sólo haz lo que te digo”. Para mi sorpresa me obedeció y confió en mí. Aflojó el cuerpo, y sosteniéndola en los brazos le dije: “Muy bien; ahora comienza a patalear”. Y así comenzó a aprender a nadar.

Desde el punto de vista espiritual, muchos de nosotros nos atemorizamos del mismo modo que mi hijita ante preguntas como las siguientes:

“¿Soy celestial? ¿Voy a salir bien de todo esto? ¿Hice hoy lo que se esperaba de mí?” Estamos tan horrorizados preguntándonos si vamos a vivir o a morir, si vamos a merecer o no el reino celestial, que detenemos nuestro progreso. Cuando nos sentimos de ese modo, en cierta manera, el Salvador nos rodea con Sus brazos y nos dice: “Estás en mis brazos y te amo; no voy a permitir que mueras. Descansa y confía en mí”. Si nos apaciguamos, confiamos en El y creemos lo que Él dice de la misma forma en que creemos en El, entonces, juntos, podemos comenzar a aprender a vivir los principios del evangelio. Entonces Él nos dice:

“Bien, ahora comienza a pagar el diezmo. Muy bien; ahora paga un diezmo completo”.

Y así comenzamos a progresar.

En Alma 34:14—16 leemos lo siguiente:

“Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio; y ese gran y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno.

“Y así él trae la salvación a cuantos crean en su nombre; ya que es el propósito de este último sacrificio poner por obra las entrañas de misericordia, que sobrepujan la justicia y proveen a los hombres la manera de poder tener fe para arrepentirse.

“Y así la misericordia puede satisfacer las exigencias de la justicia, y ciñe a los hombres con brazos de seguridad”.

Los brazos de seguridad: esa es mi frase favorita del Libro de Mormón.

¿Creemos los Santos de los Últimos Días en “ser salvos”? Si pregunto a mis alumnos de la clase de religión, con cierto tono de voz, “¿Creemos en ser salvos?”, en general un tercio de ellos mueven la cabeza y dicen:

“¡Oh, no, no. La mayoría de las otras religiones creen que son salvos por la gracia de Dios, hagan lo que hagan!”

¡Qué horror! Por cierto que creemos en ser salvos; esa es la razón por la que llamamos a Jesús nuestro Salvador. ¿De qué nos sirve tener un Salvador si no somos salvos? Es como tener un salvavidas que no se levante de la silla y diga: “Ahí se está ahogando otro. ¡Oye! ¡Trata de nadar de espaldas! ¡Qué lástima!, no volvió a salir a flote”. Pero nosotros tenemos a un Salvador que puede salvarnos de nosotros mismos; salvarnos de lo que nosotros no tenemos, de nuestras imperfecciones, del hombre natural que está en todos nosotros.

En la visión de José Smith del reino celestial, el Profeta describe a los que allí moran de la siguiente manera:

“Son aquellos cuyos nombres están escritos en el cielo, donde Dios y Cristo son los jueces de todo.

“Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, que obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre” (D. y C. 76:68-69).

Hombres y mujeres justos, hombres y mujeres buenos, los que tuvieron hambre y sed de justicia reciben la perfección mediante Jesucristo, el mediador del nuevo convenio.

Démosle todo lo que tenemos

Volviendo al tema de mi esposa, mientras analizábamos sus senti­mientos de incapacidad y de fracaso, recordé algo que había sucedido en nuestra familia unos meses antes, y a lo que llamamos la parábola de la bicicleta.

Un día, después de haber llegado a casa del trabajo, estaba sentado leyendo el periódico, cuando mi hija Sara, que en ese entonces tenía siete años, vino hacia mí y me dijo:

—Papá, ¿me compras una bicicleta?

No sabía con certeza si teníamos el dinero para hacer un gasto así, pero le dije que sí.

Entonces ella preguntó:

— ¿Cuándo? ¿La vamos a comprar ahora?

Para darle largas al asunto le dije:

—Ahorra todos los centavitos que puedas y pronto tendrás para comprar la bicicleta.

Y se fue complacida.

Unas semanas después, estando yo sentado en la misma silla, observé que Sara estaba ayudando a su madre y recibiendo pago por lo que hacía. Fue a su habitación y oí el sonido de monedas.

—Sara, ¿qué estás haciendo? —le pregunté.

Entonces vino y me mostró un frasco de vidrio con monedas. Me miró a los ojos y dijo: —Me prometiste que si ahorraba todo lo que pudiera, pronto tendría para comprar la bicicleta. Papá, he ahorrado todo lo que he ganado.

Me enternecí al ver que había hecho exactamente lo que yo le había dicho. Y no le había mentido, porque si guardaba todos sus centavitos, con el tiempo, tendría suficiente para comprar lo que deseaba; el problema era que, para ese entonces, ¡ella querría un auto! De modo que le dije:

—Vayamos a ver bicicletas. Fuimos a todos los comercios de bicicletas de la ciudad de Williamsport, Pensilvania, hasta que por fin encontramos la bicicleta perfecta para ella. Mi hijita se subió a ella entusiasmada, pero cuando vio el precio, el desencanto se le reflejó en su carita y con mucha tristeza me dijo:

—Papá, nunca tendré suficiente dinero para comprarla.

Entonces le hice la siguiente pregunta:

—Sara, ¿cuánto dinero tienes?

—Sesenta y un centavos.,

—Hagamos una cosa —agregué—. Entrégame todo lo que tengas, dame un abrazo y un beso y tendrás la bicicleta.

Ella me abrazó, me dio un beso y los sesenta y un centavos, y yo pagué la bicicleta. De regreso a casa, tuve que conducir el auto muy despacio porque ella se negó a bajarse de su preciada adquisición; ella iba por la acera, en su bicicleta. En el trayecto, se me ocurrió que esa era una parábola de la expiación de Cristo.

Todos deseamos algo con vehemencia, mucho más que una bicicleta: Deseamos ir al reino celestial; deseamos estar con nuestro Padre Celestial y, por más que nos esforcemos, siempre tendremos alguna imperfección que debemos superar. Y en un momento dado en la vida, nos decimos a nosotros mismos: “Yo no tengo fuerzas para seguir adelante”.

En esa etapa se encontraba mi esposa. A lo largo de la conversación, percibimos la dulzura del convenio donde el Salvador propone:

“Está bien, no eres perfecto.

Entrégame todo lo que tengas, y yo pagaré el resto. Dame un beso y un abrazo —o sea, acepta hacer el convenio conmigo— y yo me encargaré del resto”.

El Salvador requiere que nos esforcemos al máximo; requiere que luchemos y que hagamos lo mejor que podamos, y eso es todo, por ahora. Juntos progresaremos en las eternidades y, con el tiempo, llegaremos a ser perfectos. Mientras tanto, sólo somos perfectos si estamos asociados con El, por medio de un convenio. Su perfección es el único medio que tenemos para alcanzar la exaltación.

Después de analizar todo eso, por fin mi esposa comprendió. Recuerdo que llorando decía: “Siempre he creído que Él es el Hijo de Dios; siempre he creído que sufrió y murió por mí, pero ahora me doy cuenta de que Él puede salvarme de mí misma, de mis pecados, de mis debilidades, de mi incapacidad y de mi falta de talentos”.

Muchos de nosotros olvidamos las palabras de Nefi: “…ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías…” (2 Nefi 2:8).

No hay otro medio de lograr la exaltación. A veces, sin darnos cuenta, tratamos de salvarnos a nosotros mismos, poniendo a un lado el sacrificio expiatorio de Jesucristo diciendo:

“Una vez que lo haya logrado, cuando me haya perfeccionado, cuando sea digno, sólo entonces seré merecedor de la Expiación; sólo entonces le recibiré”. Pero no podemos hacer eso porque sería como si dijéramos:

“Cuando esté sano tomaré los medicamentos; sólo entonces lo mereceré”. Pero ese no es el propósito de la Expiación.

Uno de mis himnos favoritos dice: “Su gran amor debemos hoy saber corresponder, y en Su redención confiar y obedientes ser” (Himnos, 119). Creo que una de las razones por las que ese himno me gusta tanto es que expresa ambas partes del convenio. Nosotros debemos ser obedientes de todo corazón; debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, y después de haber hecho todo lo posible, entonces debemos confiar en Su redención y en Su capacidad para hacer por nosotros lo que todavía no podemos hacer por nosotros mismos.

El élder Bruce R. McConkie solía decir que era como estar en la montura del evangelio, porque cuando corremos una carrera de caballos, tratamos de ganar terreno, con la vista fija en la meta. Si bien todavía no hemos llegado a la meta final, tenemos la tranquilidad de que si esa es la meta que tenemos en la vida, también lo será en la eternidad. Mediante el sacrificio expiatorio de Cristo tenemos la esperanza de alcanzar esa meta.

Jesucristo es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Él nos salvará en forma personal si tan sólo hacemos ese convenio glorioso con Él y le damos todo lo que tenemos. Ya sean sesenta y un centavos o mucho más, no debemos retener nada. Después de haberle dado todo a Él, debemos tener fe y confiar en la capacidad que Él tiene de hacer por nosotros lo que todavía no podemos hacer; y lo hace con el fin de compensar nuestra falta de perfección. Ese es el yugo fácil y la carga ligera. □

Stephen E. Robinson es jefe del Departamento de Escrituras Antiguas de la Universidad Brigham Young.

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El ministerio eterno de Cristo

Liahona Abril 1992

El ministerio eterno de Cristo
Él es el Creador, el Revelador y el Redentor.

Por Kent P. Jackson

Los profetas de la antigüedad recibieron revelación por medio de Jesucristo, el Jehová del Antiguo Testamento. El mismo Jehová reveló las verdades del evangelio a José Smith en nuestra dispensación.

El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio y los sermones y escritos del profeta José Smith nos bendicen con el conocimiento de quién es Jesucristo, qué requiere el plan de Su Evangelio y cuál debe ser nuestra relación con El. Con esos libros modernos de revelación, más los del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento, no sólo llegamos al conocimiento de que Cristo vive, sino que también sabemos lo que significa para nosotros el hecho de que El viva.

A pesar de haber sido rechazado por la mayoría de la gente de Su época y de la ceguera del mundo actual, que con frecuencia parece no tener necesidad de un Salvador, sabemos que el Jesús que vivió en la carne no fue un carpintero judío común de Galilea. Antes de nacer en esta tierra, El gobernó en gloria bajo la dirección de Su Padre. Abraham vio a Cristo en la gloria premortal y testificó que El “era semejante a Dios” (Abraham 3:24). Por otro lado, Pablo escribió que el Cristo premortal era “en forma de Dios” (Filipenses 2:6).

Jesús mismo, al orar a Su Padre, dijo: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Él era “el resplandor de su gloria [del Padre], y la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3). Los actos divinos de crear y gobernar mundos incontables, de dar a conocer la voluntad divina a los profetas y de expiar los pecados de los hijos de Dios eran parte de la misión de Jesucristo —Jehová— quien era, tal como el rey Benjamín lo enseñó, “el Señor Omnipotente, que reina, que era y que es de eternidad en eternidad” (Mosíah 3:5). El Padre dejó todo poder y autoridad en las manos de Aquel que era el Unigénito en la carne.

A fin de comprender correctamente el papel de Jesucristo, también debemos tener un conocimiento de la magnitud de Su ministerio eterno. Las Escrituras nos enseñan que Cristo es el Creador, el Revelador y el Redentor,

El creador

Tanto las Escrituras de la antigüedad como las actuales testifican que Cristo fue el Creador. A José Smith le dijo:

“Así dice el Señor vuestro Dios, Jesucristo, el Gran YO SOY, el Alfa y la Omega…

“Soy el mismo que hablé, y el mundo fue hecho, y todas las cosas llegaron a existir por mí” (D. y C. 38:1, 3).

Pablo escribió que en Cristo “fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). El rey Benjamín dijo que Cristo era “el Creador de todas las cosas desde el principio” (Mosíah 3:8).

Moisés vio claramente el papel que Cristo desempeñó en la Creación cuando, en una visión, el Padre le mostró la obra del Señor y le dijo:

“Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado” (Moisés 1:32-33).

Bajo la dirección del Padre, Jehová sigue presidiendo Sus creaciones. El “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3), y la luz que fluye de Él “para llenar la inmensidad del espacio… da vida a todas las cosas” (D. y C. 88:12-13).

El revelador

Jesucristo es Jehová, el Dios del Israel antiguo y contemporáneo, quien ha hablado con Sus profetas desde el comienzo de los tiempos. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que: “Toda revelación desde la Caída ha venido por medio de Jesucristo, quien es el Jehová del Antiguo Testamento. En todos los pasajes en los que se menciona a Dios y en los que se refiere a su manifestación, se habla de Jehová. Fue Jehová quien habló con Abraham, con Noé, con Enoc, con Moisés y con todos los profetas. Él es el Dios de Israel, el Santo de Israel” (Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 25, compilación de Bruce R. McConkie, Salt Lake City, Utah, EE.UU. 1978).

El Libro de Mormón también nos enseña esa doctrina. Cuando Cristo se apareció en el Nuevo Mundo, después de haber resucitado, dijo:

“He aquí, soy yo quien di la ley, y soy el que hice convenio con mi pueblo Israel” (3 Nefi 15:5; véase también 1 Nefi 19:7-10; 3 Nefi 11:14).

También en nuestra época se ha manifestado como Jehová:

“Escuchad la voz de Jesucristo, vuestro Redentor, el Gran YO SOY” (D. y C. 29:1; véase también 38:1; 39:1; Éxodo 3:13-14).

El redentor

El ministerio de Jesús no se limitó a crear, a gobernar los mundos y a comunicarse con los profetas, porque debido a que Él es la Palabra de Dios y cumple en forma perfecta con la voluntad del Padre, Su misión también incluía venir a la tierra como ser mortal, ser probado en un grado mucho más alto que cualquier otro ser humano jamás podría haber resistido, vencer toda prueba y tentación sin cometer ningún pecado y sufrir por los pecados del mundo. El haber nacido en la tierra bajo circunstancias tan humildes —nacer en un establo, en una familia pobre que estaba lejos del hogar— ocultó Su identidad divina y la misión que venía a cumplir. No obstante, fue precisamente bajo esas circunstancias que pudo llevarse a cabo Su obra, porque era preciso que El descendiera “debajo de todo” (véase D. y C. 88: 5-6). Pablo conocía y entendía la naturaleza de la condescendencia de Dios: que Jesús “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

“y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:7-8). De hecho, Jesús dejó su gloria celestial cuando vino a la tierra. Llegó a ser mortal, como nosotros, para bendecir nuestra vida:

“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.

“Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado…

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 2:17-18; 4:15).

Una de las razones por la que Cristo descendió del trono divino para ser como nosotros fue para darnos el ejemplo a seguir. El demostró que, en verdad, podemos cumplir con los mandamientos y vencer las dificultades y las tentaciones de la vida. Es un gran consuelo para millones de personas que padecen problemas y tentaciones y que sufren en esta existencia mortal el saber que hubo un ser que sufrió y padeció más que cualquier otro ser humano. Jesús no sólo venció la adversidad, sino que comprende a aquellos que todavía están aprendiendo a superar la adversidad.

Pero al venir a la tierra como un ser mortal, Cristo hizo mucho más que indicarnos el camino a seguir, ya que, al expiar nuestros pecados, sufrió mucho más de lo que un ser humano puede llegar a comprender. Él dijo al respecto:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten” (D. y C. 19:16). El hizo todo eso como muestra de la misericordia infinita que tiene hacia nosotros. Cuando meditemos en el sufrimiento que Jesús padeció por nosotros, no olvidemos quién es El. Él es Jehová, el Dios Omnipotente, quien descendió de su trono de gloria, se sometió a la vida mortal y sufrió y murió por nosotros.

El sacrificio expiatorio de Cristo, el cual es el acto de sacrificio y renunciamiento más grande que jamás se haya hecho, es también Su triunfo mayor. Al realizar ese gesto de amor supremo, El demostró a todos el verdadero significado de la grandeza. Su expiación demuestra la insignificancia de la vanidad del ser humano de sentirse importante y de la obsesión de algunos de lograr jerarquía y posiciones de privilegio. Toda definición de valor debe medirse de acuerdo con el ejemplo que nos dio Jesús. El mundo rara vez mide el verdadero valor de las cosas; y a menudo lo interpreta mal.

Cuando Santiago, Juan y su madre fueron al Maestro pidiéndole ella que diera jerarquía y posición a sus hijos en el más allá, El, mansamente, les enseñó que el mundo estaba equivocado con respecto a esas cosas; les enseñó que la verdadera grandeza no proviene del rango ni del cargo que se tenga, sino del servicio que se preste a los demás. Él les dijo:

“Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.

“Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,

“y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;

“como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).

El rey de reyes

Jesús, el más grande de todos, descendió a las profundidades del abismo para que, cuando regresara al lugar de gloria que le correspondía, pudiera llevar a otros con él.

Sabemos que Jesús volvió a Su lugar de gloria; El, quien en Su vida mortal fue llamado “el Cordero de Dios” (véase Juan 1:29), es ahora, por la eternidad, el Rey de reyes y el Señor de señores (Apocalipsis 19:16). Pero aun en Su lugar de gloria, Él no ha terminado Su obra, porque todavía no estamos allí, con El. Su misión eterna, al igual que la de Su Padre, es llevar a cabo nuestra inmortalidad y nuestra vida eterna (véase Moisés 1:39).

El plan del Evangelio de Cristo nos ayuda a adquirir cualidades que reflejen Su naturaleza divina; la obediencia a Su voluntad nos ayuda a vencer nuestras debilidades y a llegar a ser más como El. No obstante, el ingrediente principal de nuestra salvación es y será siempre Su gracia.

Es posible que la parábola de Jesús sobre la oveja perdida (véase Lucas 15:1-7) nos dé una idea del gran amor que lo motiva a hacer esas cosas. Algunos lo seguirán con buena disposición, mientras que otros necesitarán más tiempo, más atención y más aliento del Pastor Divino. Pero con Su sacrificio expiatorio ya ha demostrado que para El nuestra alma no tiene precio; Su obra no habrá terminado hasta que se haya hecho todo el esfuerzo posible para salvar a cada una de las almas que escojan seguirle. Aquellos que respondan a Su llamado, que dejen de lado las cosas del mundo y vengan a Él, sabrán la veracidad de su promesa que dice: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy pues a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2). □

Kent P. Jackson es profesor de Escrituras Antiguas en la Universidad Brigham Yotmg.

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La vida es Eterna

La vida es Eterna

Por el presidente Ezra Taft Benson
Liahona Abril 1992

Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna.


La vida es eterna. Somos seres eternos; antes de esta vida terrenal vivimos como espíritus inteligentes. Ahora estamos viviendo parte de la eternidad. Nuestro nacimiento terrenal no fue el comienzo; la muerte, que nos espera a todos, no es el fin.

Como seres eternos, tenemos en nosotros una chispa de divinidad y, habiendo viajado por casi todo el mundo, estoy convencido de que los hijos de nuestro Padre en todas partes son esencialmente buenos. Quieren vivir en paz, quieren ser buenos vecinos, aman sus hogares y sus familias, desean mejorar su nivel de vida desean hacer lo que es correcto y yo sé que Dios los ama.

Como Su siervo humilde, siento amor en mi corazón hacia los hijos de nuestro Padre dondequiera que vivan. Los he conocido en los llamados lugares elevados y en lugares bajos; he conversado con ellos en sus hogares y en sus campos, en sus pequeñas granjas, en sus tiendas, en los caminos de la tierra y en el aire. He tenido el privilegio de asociarme con ellos en reuniones grandes y pequeñas y adorar en sus iglesias.

A medida que viajamos por este mundo revuelto y pecador, lleno de tentaciones y problemas, nos sentimos humildes con la expectativa de la muerte, la incertidumbre de la vida y el poder y el amor de Dios. Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio que se nos ha dado a todos nosotros; gratitud porque tenemos la seguridad de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio, dado libremente a todos nosotros; gratitud por la vida, por las enseñanzas y por el sacrificio del Señor Jesucristo.

Gracias a Dios por la vida y el ministerio del Maestro, Jesús el Cristo, que rompió los lazos de la muerte, que es la luz y la vida del mundo, que dio el ejemplo, que estableció las normas que debíamos seguir y proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…” (Juan 11:25-26).

Sí, la vida es eterna; continuaremos viviendo después de la vida en la tierra, a pesar de que a menudo perdamos de vista esa gran verdad básica.

Muy a menudo ponemos ambiciosamente nuestro afecto en cosas que no valen la pena, en cosas perecederas. Los tesoros materiales de la tierra son únicamente para proveernos, por así decirlo, alojamiento y comida mientras estamos aquí en la escuela. A nosotros nos toca poner el oro, la plata, las casas, las acciones, las tierras, el ganado y otras posesiones terrenales en el lugar que corresponde.

Este es tan sólo un lugar de duración temporal. Estamos aquí para aprender la primera lección hacia la exaltación: obediencia al plan del Evangelio del Señor.

Existe siempre la expectativa de la muerte, pero en realidad no hay muerte, no hay separación permanente. La Resurrección es una realidad; las Escrituras están repletas de evidencias. Casi inmediatamente después de la gloriosa resurrección del Señor, Mateo registra:

“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

“y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27:52-53).

El mundo espiritual no está lejos; algunas veces, el velo entre esta vida y la vida en el más allá es muy delgado. Nuestros seres queridos que han muerto no se encuentran lejos de nosotros.

El profeta Brigham Young preguntó: “¿Pero dónde se encuentra el mundo espiritual?” Y luego contestó su propia pregunta:

“Está aquí… ¿Van los espíritus más allá de los límites de esta tierra organizada? No, no lo hacen. Son traídos a esta tierra con el expreso propósito de habitarla por toda la eternidad…

“Cuando el espíritu deja su cuerpo, entra en la presencia de nuestro Padre y Dios; está preparado entonces para ver, oír y comprender las cosas espirituales… Si el Señor lo permitiera, y ésa fuera Su voluntad, podríais ver los espíritus que han salido de este mundo, tan claramente como ahora veis cuerpos con vuestros ojos…” (Journal of Discourses, volumen 3, págs. 367-369).

Sí, la vida es eterna. La muerte no es el fin. A las mujeres afligidas que se encontraban frente a la tumba, los ángeles proclamaron:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado…” (Lucas 24:5-6).

No hay nada en la historia que se compare con esa dramática declaración: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Ninguna otra influencia ha tenido mayor impacto en esta tierra como la vida de Jesús el Cristo. No podemos imaginarnos lo que sería nuestra vida sin sus enseñanzas. Sin Él nos encontraríamos perdidos en un espejismo de creencias y adoraciones, donde gobierna lo sensual y lo materialista. Nos encontramos lejos de la meta que Él nos puso, pero nunca debemos perderla de vista; ni tampoco debemos olvidar que nuestro ascenso hacia la luz, hacia la perfección, no sería posible excepto por Sus enseñanzas, Su vida, Su muerte y resurrección.

Que Dios acelere el día en que la gente de todo el mundo acepte Sus enseñanzas, Su ejemplo y Su divinidad; sí, cuando acepten como una realidad Su gloriosa resurrección, la que rompió los lazos de la muerte para todos nosotros.

Debemos aprender una y otra vez que únicamente aceptando y viviendo el evangelio de amor, de la manera en que el Maestro lo enseñó, y que únicamente haciendo Su voluntad, podremos romper los lazos de la ignorancia y la duda que nos atan. Debemos aprender esta sencilla y gloriosa verdad a fin de que podamos experimentar los dulces goces del Espíritu ahora y eternamente. Debemos esforzarnos al máximo por hacer Su voluntad; debemos ponerlo en primer lugar en nuestra vida. Sí, nuestras bendiciones se multiplican cuando compartimos Su amor con nuestro prójimo

Actualmente, miles de fieles misioneros llevan este importante mensaje a todo el mundo: Jesús es el Cristo, el Salvador de la humanidad, el Redentor del mundo, el Hijo de Dios. Él es el Dios de este mundo, nuestro abogado ante el Padre.

En la actualidad, los misioneros, mensajeros de la verdad, y millones de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días testifican que Dios ha hablado desde los cielos, que Jesucristo ha aparecido de nuevo al hombre y que la resurrección es una realidad.

Testifico de la veracidad del mensaje del cual ellos son portadores y agrego mi testimonio solemne, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Por Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

De un discurso pronunciado en la transmisión de una conferencia de estaca de Salt Lake City, el 24 de octubre de 2010.

Nuestro esfuerzo voluntario por comunicarnos mejor hoy bendecirá a nuestra familia eternamente.

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

En un mundo perfecto, todo niño regresaría a casa de la escuela para ser recibido con un plato de galletas de chocolate recién horneadas, un vaso grande de leche fresca y una mamá lista para dedicar tiempo a hablar y a escuchar acerca de cómo fue el día de su hijo. No vivimos en un mundo perfecto, así que pueden olvidar las galletas y la leche, si lo desean, pero no olviden “dedicar tiempo a hablar y a escuchar”.

Hace veintinueve años, el presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, se lamentó de que las familias pasaran tan poco tiempo juntas. Piensen en eso, hace veintinueve años, dijo en la conferencia general: “Uno de los problemas principales que hoy día tienen las familias es que cada vez pasan menos tiempo juntos… El tiempo que los miembros de la familia pasan juntos es precioso, tiempo que se necesita para hablar, escuchar, dar ánimo y para mostrar cómo hacer cosas”1.

Al pasar tiempo juntos y hablar con nuestros hijos, llegamos a conocerlos y ellos llegan a conocernos a nosotros. Nuestras prioridades, los verdaderos sentimientos de nuestro corazón, llegarán a ser parte de nuestra conversación con cada hijo.

¿Cuál es el mensaje principal proveniente del corazón que compartirían con un hijo?

El profeta Moisés nos enseña en Deuteronomio:

“Y amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

“Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón;

“y se las repetirás a tus hijos y les hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes”(Deuteronomio 6:5–7; cursiva agregada).

Y yo añado una más: “Y cuando se sienten a la mesa para cenar juntos”.

Si queremos que nuestra familia esté junta para siempre, tenemos que comenzar el proceso hoy. Pasar tiempo hablando con nuestros hijos es invertir en nuestra familia eterna conforme caminamos juntos la senda hacia la vida eterna.

Una madre de Illinois, EE.UU., habló sobre cómo encontró tiempo para hablar con sus hijos:

“Cuando nuestros hijos eran pequeños, adquirí el hábito de mirar algunos de mis programas favoritos de televisión… Lamentablemente, los programas se emitían a la misma hora en que los niños se iban a dormir.

“ …En cierto momento me di cuenta de que en mi lista de prioridades había colocado los programas primero y a mis hijos bastante más abajo. Por un tiempo traté de leerles cuentos antes de dormir con el televisor encendido, pero en mi corazón sabía que eso no era lo mejor. Al reflexionar sobre los días y semanas que había perdido por mi hábito de mirar televisión, comencé a sentirme culpable y decidí cambiar. Me llevó un tiempo convencerme de que en verdad podía apagar el televisor.

“Tras unas dos semanas de dejar el televisor apagado, sentí como si se me hubiese quitado una carga de encima. Me di cuenta de que me sentía mejor, incluso en cierto modo más limpia, y supe que había tomado la decisión correcta”2.

La hora de ir a dormir es el momento perfecto para hablar.

Helamán dijo sobre los guerreros jóvenes: “Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:48).

Lo que les enseñó fueron “las palabras de sus madres”. Al hablar con sus hijos, esas madres enseñaban la palabra de Dios.

Mantener la comunicación personal

Conversar produce mucho bien y el adversario conoce el poder de la palabra hablada. A él le encantaría disminuir el Espíritu que viene a nuestro hogar cuando hablamos, escuchamos, nos alentamos mutuamente y hacemos cosas juntos.

Satanás inútilmente trató de impedir la restauración del evangelio de Jesucristo en esta dispensación cuando trató de detener una conversación crucial entre José Smith y Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo.

Como dijo José: “Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar” (José Smith—Historia 1:15).

Al adversario le encantaría trabarnos la lengua o hacer lo que sea para impedir que expresemos en forma verbal los sentimientos del corazón cara a cara. Él se deleita en la distancia y la distracción; se deleita en el ruido; se deleita en la comunicación impersonal y en cualquier cosa que nos aparte de la calidez de una voz y del sentimiento personal proveniente de la conversación frente a frente.

Escuchar el corazón de nuestros hijos

Escuchar es tan importante como hablar. El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Si escuchamos con amor, no habrá necesidad de preguntarnos qué decir; pues nos será dado por el Espíritu”3.

Cuando escuchamos, vemos lo que hay dentro del corazón de quienes nos rodean. Nuestro Padre Celestial tiene un plan para cada uno de Sus hijos. Imaginen si pudiéramos echar una mirada al plan individual para cada uno de nuestros hijos. ¿Y si pudiéramos saber cómo aumentar sus dones espirituales? ¿O cómo motivar a un hijo para que logre su potencial? ¿Y si pudiéramos saber cómo ayudar a cada hijo en la transición de tener la fe de un niño a tener un testimonio?

¿Cómo podemos saber?

Podemos comenzar a saber al escuchar.

Un padre Santo de los Últimos Días dijo: “Logro mucho más cuando escucho a mis hijos que cuando les hablo… He aprendido gradualmente que mis hijos no quieren mis respuestas confeccionadas, comprobadas por el tiempo y llenas de sabiduría… Para ellos, el poder hacer preguntas y hablar de sus problemas es más importante que recibir mis respuestas. Por lo general, cuando terminan de hablar, si yo he escuchado suficiente tiempo y lo suficientemente bien, en realidad no necesitan mi respuesta; ellos mismos la han encontrado”4.

Centrarse en las cosas más importantes requiere tiempo. Hablar, escuchar y animar no ocurre con rapidez; no se pueden apresurar ni programar, ya que se hacen mejor como parte de un proceso. Suceden cuando hacemos cosas juntos: cuando trabajamos juntos, cuando creamos y jugamos juntos. Suceden cuando desconectamos los medios de comunicación, eliminamos las distracciones del mundo y nos concentramos los unos en los otros.

Ahora bien, eso es algo difícil de lograr. Si nos detenemos y desconectamos todo, tenemos que estar preparados para lo que sucede a continuación. Al principio, el silencio puede ser sofocante; puede que sobrevenga una incómoda sensación de pérdida. Sean pacientes, esperen unos segundos y luego disfruten. Dediquen toda su atención a quienes los rodeen al preguntarles algo sobre ellos, y luego escuchen. Padres, hablen sobre algo que le interese a su hijo. Ríanse del pasado y sueñen con el futuro. A veces, las conversaciones sin importancia pueden conducir a charlas significativas.

Dar prioridad a nuestro propósito eterno

La primavera pasada, mientras visitaba una clase de jovencitas, la maestra nos pidió que anotáramos nuestras diez prioridades. En seguida empecé a escribir. Debo admitir que lo primero que pensé fue: “Número 1: limpiar el cajón de los lápices de la cocina”. Cuando terminamos las listas, la líder de las Mujeres Jóvenes nos pidió que compartiéramos lo que habíamos escrito. Abby, que acababa de cumplir doce años, estaba sentada junto a mí. Ésta era la lista de Abby:

1. Ir a la universidad.
2. Ser diseñadora de interiores.
3. Servir en una misión en la India.
4. Casarme en el templo con un ex misionero.
5. Tener cinco hijos y un hogar.
6. Mandar a mis hijos a la misión y a la universidad.
7. Ser una abuelita “que regala galletitas”.
8. Malcriar a los nietos.
9. Aprender más sobre el Evangelio y disfrutar de la vida.
10. Regresar a vivir con mi Padre Celestial.

Yo le digo: “Gracias, Abby. Me has enseñado en cuanto a tener una visión del plan que nuestro Padre Celestial tiene para todos nosotros. Cuando sabes que transitas una senda, a pesar de las desviaciones que puedan ocurrir, estarás bien. Si tu senda se centra en el objetivo supremo, el de la exaltación y de regresar a nuestro Padre Celestial, llegarás allí”.

¿Dónde obtuvo Abby ese sentido de propósito eterno? Comienza en nuestro hogar; comienza en nuestra familia. Le pregunté: “¿Qué haces con tu familia para establecer esas prioridades?”.

Su respuesta fue: “Además de leer las Escrituras, estamos estudiando Predicad Mi Evangelio”. Luego añadió: “Hablamos mucho; en la noche de hogar, mientras cenamos juntos y en el automóvil cuando viajamos”.

Nefi escribió: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo”. ¿Por qué? “Para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Hablar, escuchar y alentarnos unos a otros, así como hacer cosas juntos en familia nos acercará a nuestro Salvador, quien nos ama. Nuestro esfuerzo voluntario para comunicarnos mejor hoy, este día, bendecirá a nuestras familias eternamente. Testifico que cuando hablamos de Cristo, también nos regocijamos en Cristo y en la dádiva de la Expiación. Nuestros hijos sabrán “a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”.

Notas

1. Véase James E. Faust, “El enriquecer la vida familiar”, Liahona, julio de 1983, pág. 65.
2. Susan Heaton, “Talk Time Instead of TV Time,” Ensign, octubre de 1998, pág. 73.
3. Jeffrey R. Holland, “Me seréis testigos”, Liahona, julio de 2001, pág. 16.
4. Véase George D. Durrant, “Ayudas para los padres: Tiempo para hablar”, Liahona, septiembre de 1973, pág. 45.

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La Expiación y la travesía de la vida mortal

La Expiación y la travesía de la vida mortal

Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 23 de octubre de 2001. Para ver el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

El poder habilitador de la Expiación nos fortalece para hacer el bien y ser benignos, y para servir más allá de nuestro propio deseo personal y de nuestra capacidad natural.


El presidente David O. McKay (1873–1970) resumió de manera concisa el grandioso objetivo del evangelio del Salvador: “El propósito del Evangelio es… hacer buenos a los hombres malos y a los hombres buenos hacerlos mejores, y cambiar la naturaleza humana”1. Por consiguiente, el trayecto de la vida terrenal es para que pasemos de ser malos a buenos y a mejores, y para que experimentemos el potente cambio de corazón, que nuestra naturaleza caída se transforme (véase Mosíah 5:2). Seguir leyendo

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“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Liahona Abril 2012

“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Por el presidente Thomas S. Monson

“El llamado del clarín al mundo cristiano”, ha declarado el presidente Thomas S. Monson, es que Jesús de Nazaret se levantó de entre los muertos. “La realidad de la resurrección nos da a cada uno de nosotros esa paz que sobrepasa todo entendimiento” (véase Filipenses 4:7)1

En los siguientes extractos, el presidente Monson comparte su testimonio de la resurrección del Salvador y su gratitud por ella, y declara que debido a que el Hijo conquistó la muerte, todos los hijos del Padre que vengan a la tierra vivirán nuevamente.

La vida después de la existencia mortal

“Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

“A último momento Él podría haberse arrepentido, pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Al hacerlo, Él nos concedió vida después de esta existencia mortal. Él nos reivindicó de la caída de Adán.

“Mi agradecimiento hacia Él llega hasta lo profundo de mi alma. Él nos enseñó cómo vivir; Él nos enseñó cómo morir; Él aseguró nuestra salvación”2.

Disipando las tinieblas de la muerte

“En ciertas situaciones, como cuando se trata de prolongados sufrimientos y enfermedades, la muerte llega como un ángel de misericordia. Pero casi siempre, la consideramos como la enemiga de la felicidad humana.

“Las tinieblas de la muerte siempre se pueden disipar por medio de la luz de la verdad revelada. ‘Yo soy la resurrección y la vida’, dijo el Maestro, ‘el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás’.

“Esa seguridad —sí, incluso la sagrada confirmación— de que hay vida más allá de la tumba, bien podría proporcionar la paz que el Señor prometió cuando les aseguró a Sus discípulos: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo’”3.

No está aquí

“Nuestro Salvador volvió a la vida. El acontecimiento más glorioso, reconfortante y tranquilizador de la historia de la humanidad se había llevado a cabo: la victoria sobre la muerte. El dolor y la agonía de Getsemaní y del Calvario se habían borrado; la salvación de la humanidad se había asegurado; la caída de Adán se había resuelto.

“La tumba vacía de esa primera mañana de Pascua era la respuesta a la pregunta de Job: ‘Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?’. A todos los que estén al alcance de mi voz, declaro: si un hombre muriere, volverá a vivir. Lo sabemos, pues tenemos la luz de la verdad revelada…

“Mis queridos hermanos y hermanas, en el momento de nuestro más hondo pesar, nos pueden brindar profunda paz las palabras del ángel en esa primera mañana de Pascua de Resurrección: ‘No está aquí, sino que ha resucitado’”4.

Todos volverán a vivir

“Reímos, lloramos, trabajamos, jugamos, amamos y vivimos; y luego morimos…

“Y permaneceríamos muertos de no ser por un Hombre y Su misión, sí, Jesús de Nazaret…

“Con todo mi corazón y el fervor de mi alma levanto mi voz en testimonio, como testigo especial, y declaro que Dios vive; Jesús es Su Hijo, el Unigénito del Padre en la carne. Él es nuestro Redentor y nuestro Mediador ante el Padre. Fue Él quien murió en la cruz para expiar nuestros pecados. Él fue las primicias de la resurrección y gracias a Su muerte todos volveremos a vivir”5.

Un testimonio personal

“Declaro mi testimonio personal de que la muerte ha sido vencida, se ha logrado la victoria sobre la tumba. Ruego que todos puedan reconocer la verdad de las palabras que Aquel que las cumplió hizo sagradas. Recuérdenlas. Aprécienlas. Hónrenlas. Él ha resucitado”6.

Cómo enseñar con este mensaje

Tras compartir las citas del mensaje del presidente Monson, haga notar el testimonio que da del verdadero significado de la Pascua. Podría hacer las siguientes preguntas a los miembros de la familia: “¿Qué significa para ustedes que un profeta viviente haya testificado de estas verdades en la actualidad? ¿Cómo pueden aplicarlas a su vida?”. Considere dar su propio testimonio.

Jóvenes
Lo veré de nuevo

Por Morgan Webecke
Papá hacía que cada uno de sus hijos se sintiera especial. Nos amaba y perdonaba fácilmente; se empeñaba por asegurarse de que cada uno de nosotros fuera feliz y dejó bien en claro que deseaba lo mejor para nosotros. Yo lo quería mucho.

Cuando yo estaba en el sexto grado de la escuela, mi papá murió en un accidente automovilístico. Mi familia y yo estábamos completamente desolados; había un vacío grande en nuestra familia. Papá era en el que yo me apoyaba, a quien acudía si tenía problemas. En vez de buscar ayuda, dejé que el enojo y el dolor se arraigaran en mí. Finalmente decidí que era culpa de Dios; dejé de leer las Escrituras y de orar; iba a la Iglesia sólo porque mamá quería que fuera, pero trataba de mantenerme lejos de mi Padre Celestial.

Entonces fui a un campamento para las Mujeres Jóvenes por primera vez. Me gustó conocer a nuevas amigas, pero aún no leía las Escrituras. La última noche tuvimos una reunión de testimonios y sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: el Espíritu. Admiré a las chicas que se levantaron a dar su testimonio, pero yo permanecí sentada porque pensaba que no tenía uno. De repente sentí que tenía que levantarme. Abrí la boca sin saber qué decir; dije que estaba agradecida por el campamento de las Mujeres Jóvenes, pero después empecé a decir que sabía que Jesucristo había muerto por mí, que mi Padre Celestial me amaba y que la Iglesia era verdadera.

Me envolvió un sentimiento de paz extraordinario. Como resultado de esa experiencia, ahora puedo decir que sé que veré nuevamente a mi papá gracias a la expiación y resurrección del Salvador.

Niños
¡Él vive!

El presidente Monson enseña que debido a que Jesucristo murió y resucitó, todos vamos a vivir de nuevo. Mira las ilustraciones más abajo. Escribe un número en cada casilla para mostrar el orden en que sucedieron los acontecimientos.

Gracias a que Jesucristo vive, las familias pueden estar juntas para siempre. Haz un dibujo de tu familia en el recuadro de abajo.

Notas

1. “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2010, pág. 17.
2. “Al partir”, Liahona, mayo de 2011, pág. 114.
3. Véase “Ahora es el momento”, Liahona, enero de 2002, pág. 68; véase también  Juan 11:25–2614:27.
4. “¡Ha resucitado!”, Liahona, mayo de 2010, pág. 90; véase también Job 14:14Mateo 28:6.
5. “¡Yo sé que vive mi Señor!”, Liahona, mayo de 2007, págs. 24, 25.
6. Véase “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2003, pág. 7.

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Conferencia General Octubre 2017

Conferencia General Octubre 2017


Sesión general de mujeres 23 de Septiembre 2017
Enciendan su luz Sharon L. Eubank
Permanecer en Dios y reparar la brecha Neill F. Marriott
Un valor inconmensurable Joy D. Jones
Tres hermanas Dieter F. Uchtdorf
Sesión del sábado por la mañana 30 de Septiembre 2017
El anhelo de volver a casa Dieter F. Uchtdor
Las necesidades ante nosotros Bonnir L. Oscarson
El plan y la proclamación Dallin H. Oaks
“Tengo una obra para ti” John C. Pingree Jr.
El pan vivo que ha descendido del cielo D. Todd Christofferson
Sed, pues, vosotros perfectos… con el tiempo Jeffrey R. Holland
 Sesión del sábado por la Tarde 30 de Septiembre 2017
El eclipse espiritual Gary E. Stevenson
El arrepentimiento es siempre positivo Stephen W. Owen
Lo eterno de cada día Quentin L. Cook
Por designio divino Ronald A. Rasband
El corazón de la viuda O. Vincent Halek
El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él? Russell M. Nelson
Sesión General del Sacerdocio 30 de Septiembre 2017
El sacerdocio y el poder redentor del Salvador Dale G. Renlund
La verdad de todas las cosas David F. Evans
Ganar la confianza del Señor y la de su familia. Richard J. Maynes
Portadores de luz celestial Dieter F. Uchtdorf
El Señor dirige Su Iglesia Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la mañana 01 de Octubre 2017
Para que tu gozo sea cabal Jean B. Bingham
¿Ha cesado el día de los milagros? Donald L. Hallstrom
Preciosas y grandísimas promesas David A. Bednar
Volverse al Señor  W. Christopher Waddell
Señor, que sean abiertos nuestros ojos  W. Craig Zwick
No tengáis miedo de hacer lo bueno Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la tarde 01 de Octubre 2017
¡El viaje continúa! M. Russell Ballard
El testigo convincente de Dios: El Libro de Mormón Tad R. Callister
Separados, pero aún unidos Joni L. Koch
¿Confiamos en Él? Lo difícil es bueno Stanley G. Ellis
Verdades esenciales, nuestra necesidad de actuar Adilson de Paula Parrella
Buscad… de los mejores libros Ian S. Arden
Amémonos unos a otros como Él nos ha amado José L. Alonso
La voz del Señor Neil L. Andersen
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“No Serás Ocioso”

Liahona Enero 1962

“No Serás Ocioso”

(Tomado de the Charch News

El mandamiento del Señor «Cesad de ser ociosos» es frecuentemente mencionado entre los Santos de los Últimos Días, pero princi­palmente refiriéndose a las cosas materiales o temporales. ¿Hemos acaso meditado suficientemente en cuanto a la aplicación espiritual de esta Escri­tura?

Existen otras varias referencias concernientes a la ociosidad, que justificarían la relación del mandamiento con nuestra actividad en la Iglesia. Notemos sólo algunas de ellas:

“De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.

“El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber, y no se presentare aprobado, no será con­tado digno de permanecer. Así sea. Amén.” (Doc. y Con. 107:99-100)

Esto está directamente relacionado con nues­tra posición y actividad en la Iglesia, y con nuestro grado de voluntad en aceptar tales compromisos.

También en la Sección 68, versículo 30, tene­mos otro mandamiento sobre este particular:

“Y en vista de que se les manda trabajar, los habitantes de Sion también han de recordar sus labores con toda fidelidad, porque se tendrá al ocioso en memoria ante el Señor.”

Encontramos una declaración similar en la Sección 73, donde el Señor dice:

“Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres.” (Doc. y Con. 73:29)

Estas y otras referencias están en completa armonía con el primer v gran mandamiento por el cual somos enseñados a amar al Señor con todo nuestro corazón, poder, mente y fuerza. No cabe la ociosidad en esto.

La versión de dicho mandamiento, tal como aparece en la Sección 4 de las Doctrinas y Con­venios, es también para destacar: “. . . oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.” (Doc. y Con. 4:2)

Y en la Sección 59, es esto repetido conclu­yendo con las palabras: “y en el nombre de Jesu­cristo lo servirás”. ¿Podemos dar menos de lo mejor que hay en nosotros, al servir al Señor?

En el Nuevo Testamento somos enseñados que debemos “fructificar” y también se nos dice que las ramas que no son productivas o fructíferas deben ser podadas y echadas al fuego. Tam­bién repetidamente nos es dicho, en revelaciones modernas, que debemos “meter nuestra hoz con nuestra fuerza” y se nos promete que si hacemos esto no pereceremos, sino que traeremos salva­ción a nuestras almas.

La actividad en la Iglesia es vital para nues­tra salvación y nuestra exaltación en la presencia de Dios. Con dicha actividad, cumplimos con varias cosas a la vez: 1—Ayudamos a salvar a nues­tro prójimo; 2—Ayudamos a edificar el Reino; 3—Trabajamos para nuestra propia salvación.

Nadie puede ser .simplemente arrastrado ha­cia el Reino de Dios. El hecho en sí de ser miembro de la iglesia, no basta para la salvación. No participar del trabajo en la Iglesia, es acumu­lar moho. Si decimos que es bueno despreocu­parse de vez en cuando de los trabajos en la Iglesia, significa que no entendemos el plan del evangelio.

El mandamiento del Señor es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 3:48)

La perfección en cualquier cosa ¿puede lo­grarse descansando, siguiendo el camino más fácil o siendo inactivo?

El propósito del evangelio es ayudarnos a ser perfectos como Dios. No hay otro propósito. En­tonces, siendo que el logro de la perfección re­quiere esfuerzos, ¿debemos negar nuestra partici­pación en las actividades?

Pensemos en la perfección en algún negocio. ¿Puede el ocioso prosperar en negocios? Pensemos en la música, la pintura o cualquiera de las artes. ¿Puede el ocioso llegar a ser un gran músico, un gran pintor o un gran realizador en cualquier línea?

¿Es menos difícil llegar a ser perfecto como Dios, que llegar a serlo como Padcrewski o Heifetz en la música, o como Pupin, Kirtley Mather o Millikan en la ciencia? ¿O como Einstein? ¿O como Shakespeare o Lincoln? Entonces, debemos ser diligentes.

Cuando nos alejamos de la actividad en la Iglesia, nos alejamos también del desarrollo en la fase más importante de nuestras vidas. Es ad­mirable llegar a ser un gran historiador o un constructor de renombre, o un astrónomo notable o un exitoso hombre de negocios. Todo conoci­miento que adquiramos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección. Pero ser un dies­tro negociante, gran músico o todo un maestro en campo alguno, no nos asegura la salvación.

Es la cualidad espiritual la que salva. El des­arrollo de un alma grande se logra sólo mediante un constante empeño por la salvación, lo cual es inspirado de Dios.

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“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Agosto 2001

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y con­servamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas per­sonas gracias a él.


En el Salmo 24 se halla la pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?” (Salmos 24:3).

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lugares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares.

Creo que encontramos la belleza y santidad de “su lugar santo” al entrar en los magníficos templos de Dios. Bajo la profética inspiración del presidente Gordon B. Hinckley, estamos viviendo la época más grandiosa de la edificación de templos. Casi cada semana del año pasado se dedicó un nuevo templo, y en un mes se dedicaron hasta siete. Nunca antes en nin­guna época, la edificación de templos se había llevado a cabo en tan gran­de escala. Los fieles Santos que pagan sus diezmos y ofrendas lo han hecho posible, y cada uno de ellos recibirá bendiciones eternas por su fidelidad. Asimismo, los que participan de las bendiciones del templo también serán eternamente bendecidos.

Cada templo es una inspiración, es magnífico y bello en todos los aspec­tos, pero el edificio en sí no bendice. Las bendiciones de la investidura y demás ordenanzas divinas —que abarcan aquello que no es de este mundo, como las llaves del sacerdocio— se reciben mediante la obediencia y la fidelidad a la autoridad del sacerdocio y a los con­venios realizados.

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y conservamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas personas gracias a él. No obstante, debemos recordar que hay líderes y santos fieles en partes del mundo que todavía carecen de un santuario donde recibir las ordenanzas santificadoras y purificadoras del templo. Éstos son presidentes de esta­ca, patriarcas, miembros de sumos consejos, obispados y otros líderes del sacerdocio, así como una multitud de santos fieles, aún sin investir y que por encima de todo desean sellarse a sus amados padres, cónyuges e hijos. Tenemos la bendición y la responsabilidad de ayudarles a recibir las bendiciones del templo. Los futuros templos serán en cierta forma una santificación de nuestra de­voción y esfuerzos en la edificación del reino de Dios en nuestros días.

En medio de la magnificencia y el esplendor de los templos modernos, haríamos bien en detenernos un mo­mento y reflexionar en aquellos trabajadores sin camisa ni calzado que construyeron los templos de Nauvoo y de Kirtland. Cada templo que se erige hoy día es una reivin­dicación de José y de Hyrum Smith, y el triunfo de ellos y de todas las personas que sufrieron la desolación, las pa­lizas y los asesinatos de manos de los crueles tiranos de los populachos que forzaron a los primeros miembros de la Iglesia a ir hacia el oeste.

Salió triunfante el pequeño Sardius Smith, un niño de nueve años que en la masacre de Haun’s Mill, el 30 de oc­tubre de 1838, se deslizó bajo los fuelles de la herrería en busca de refugio, y que al ser descubierto fue muerto a ba­lazos. Triunfó el obispo Edward Partridge (1793-1840), quien fue sacado de su casa y arrastrado a la plaza del pue­blo por hombres brutales y desalmados que derramaron brea caliente sobre su cuerpo y la cubrieron de plumas.

En los templos del Señor aprendemos obediencia y sacrificio; hacemos votos de castidad y de consagración de nuestra vida para propósitos sagrados; es posible limpiarnos y purificarnos, y que nuestros pecados sean lavados a fin de poder ir al Señor tan limpios, blancos y sin mancha como la nieve recién caída.

“¿Quién subirá al monte de Jehová?” Podemos vi­sualizar las casi innumerables multitudes de elegidos, devotos y creyentes que vendrán al sacro santuario de Dios a procurar sus bendiciones. Al entrar en sus san­tos salones, Nefi nos recordará que “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; por­que él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41).

A medida que los Santos vayan a los sacrosantos salo­nes de lavamiento y unción y sean lavados, serán limpios espiritualmente; y, al ser ungidos, serán renovados y re­generados en alma y espíritu.

Podemos visualizar las incontables parejas jóvenes y bellas que vendrán a unirse en matrimonio. Vemos cla­ramente el gozo indescriptible en sus rostros cuando se sellan entre sí y les es sellada, mediante su fidelidad, la bendición de la sagrada Resurrección, con el poder para levantarse en la mañana de la Primera Resurrección revestidos de gloria, inmortalidad y vida eterna. Podemos ver las innumerables familias rodean­do el altar, todos vestidos de blanco, con sus cabezas reclinadas y sus manos entrelazadas durante el sella- miento, como si hubiesen nacido en el nuevo y sempi­terno convenio. Podemos ver el ejército de jóvenes angelicales, con la alegría y la avidez de la juventud, asistiendo a la casa del Señor con asombro y admira­ción para bautizarse por los muertos.

Podemos visualizar las innumerables huestes celestia­les de aquellos cuya odisea eterna quedó suspendida y que están a la espera de que se haga la obra vicaria por ellos, incluyendo la purificación del bautismo, las santas bendiciones de la investidura y la exaltadora bienaven­turanza de los sellamientos. Podemos ver familias bai­lando, clamando y sollozando de gozo al reunirse en la vida venidera.

Estamos agradecidos por la existencia del poder sellador que ata en el cielo lo que se ha atado en la tierra, y expresamos gratitud y veneración a nuestro grandioso y humilde profeta, quien posee todas esas llaves.

“¿Quién estará en su lugar santo?” Ruego que haya una mano de socorro para aquellos que han flaqueado en la fe o que han transgredido, para traerlos de regreso. Después de arrepentirse por completo, tendrán una ne­cesidad especial de la parte redentora de la investidura. Deseo que puedan saber que sus pecados no serán recor­dados ya más.

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lu­gares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares, los cuales deben estar consagrados y dedicados únicamen­te a propósitos santos. En nuestros hogares debe en­contrarse toda la seguridad, el amor fortalecedor y la compresión amable que necesitamos de forma tan desesperada.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha ele­vado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmos 24:3-4). Pues “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmos 93:5). □

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Tú eres José

Devocional mundial para jóvenes adultos • 7 de mayo de 2017 • Tabernáculo de Salt Lake

Tú eres José

Élder Kim B. Clark
Setenta Autoridad General
Una velada con el élder Kim B. Clark

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco estar con ustedes esta noche. Siento gran amor por ustedes. Siempre que estoy con los jóvenes adultos de esta Iglesia ¡siento amor y siento gozo!

Los invito a participar conmigo en lo que espero sea un recorrido de descubrimiento, fe e inspiración. Quiero llevarlos a los primeros días de la Restauración, cuando José Smith era un joven adulto. Los invito a hacer un recorrido que yo mismo he hecho. He pasado la mayor parte de mi vida estudiando y enseñando sobre líderes y las organizaciones que ellos dirigen. He tenido la bendición de conocer a grandes líderes y de trabajar con muchas de las organizaciones más selectas que las personas hayan creado sobre la tierra; pero este recorrido a las primeras experiencias de José en la Restauración ha reforzado mi convicción de que ustedes y yo somos parte de la organización más extraordinaria sobre la faz de la tierra, la Iglesia verdadera y viviente del Señor.

Deseo llevarlos a una época en la vida de José en la que afrontó incertidumbre y dificultad. Fue una etapa en la que estaba aprendiendo quién era él, quién era el Señor y cómo el Señor trabajaría con él.

Llegaría el momento en el que José sería el gran profeta de la Restauración, en el que reprendería a los guardias armados en la cárcel de Richmond con tal poder que ellos temblarían, en el que establecería la Iglesia, realizaría milagros poderosos, predicaría el Evangelio con un entendimiento maravilloso, construiría ciudades y templos, y establecería el fundamento para el recogimiento de Israel y la obra de salvación en ambos lados del velo. Pero quiero llevarlos a una época antes de eso, cuando José todavía no era lo que llegaría a ser. Deseo regresar a esos días porque esos días fueron para José lo que son los días ahora para ustedes. Creo que hay lecciones importantes sobre Jesucristo y Su doctrina, y acerca de Su profeta, José Smith, que aprenderán de los días en los que José era joven adulto. Sé que al escuchar esta noche con el Espíritu del Señor, el amor que sienten por el Señor y su fe en Él y en el Padre Celestial aumentarán, y su testimonio de la Restauración y del profeta José Smith será más fuerte.

El relato

Comienzo el relato con las planchas de oro. José Smith, a los 21 años, en septiembre de 1827, recibió las planchas del ángel Moroni, junto con dos piedras en aros de plata, que los nefitas llamaban intérpretes1. Más tarde, José y su esposa, Emma, se mudaron a Harmony, Pensilvania, el pueblo natal de Emma, debido a la intensa persecución en Palmyra, Nueva York2.

En Harmony, José copió los caracteres de las planchas y los estudió. Le pidió a su amigo Martin Harris que encontrara a alguien para traducir las planchas, pero Martin no tuvo éxito3.

Para febrero de 1828, a José le había quedado claro que tendría que traducir el registro él solo, con la ayuda de los intérpretes4. Con el tiempo, José aprendió a traducir el registro “… por el don y el poder de Dios”5.

Emma, que estaba embarazada de su primer hijo, fue la primera escribiente de José. Ella y José trabajaron en el registro hasta abril de 1828, cuando Martin Harris llegó a Harmony a escribir para José.

En junio, José había completado la traducción de la primera parte del registro, incluso lo que llamó el libro de Lehi. Martin Harris quería desesperadamente llevar el manuscrito a Nueva York para mostrárselo a su esposa y a su familia. José pidió permiso al Señor dos veces, pero cada vez la respuesta fue no. Martin insistió y José preguntó al Señor una tercera vez. Esta vez el Señor le dio permiso con la condición de que Martin Harris prometiera mostrar el manuscrito solo a su esposa y a otras pocas personas. Eufórico, Martin partió de inmediato para Palmyra con el manuscrito.

Pero José estaba preocupado. En ese período, José recibió una visita de Moroni y fue reprendido por sus pedidos reiterados de permitir que Martin llevara el manuscrito. José tuvo que devolver a Moroni los intérpretes y las planchas6.

Como si no fuera suficiente preocupación, Emma dio a luz, pero el bebé no vivió. Emma también casi muere y José pasó dos semanas constantemente a su lado. Cuando se sintió mejor, Emma instó a José a que averiguara lo que había pasado con Martin y el manuscrito.

El día en que José llegó a Palmyra, Martin Harris le confirmó sus peores temores: el manuscrito se había perdido. Su madre describió la escena:

“José… se levantó de la mesa exclamando: ‘Martin, ¿has perdido el manuscrito?’.

“‘Sí; se perdió’, respondió Martin, ‘y no sé dónde está’.

“‘¡Oh!’… dijo José, apretando sus manos, ‘¡Todo está perdido! ¡Todo está perdido! ¿Qué haré? He pecado… Debí haber estado satisfecho con la primera respuesta que recibí del Señor …’ Lloraba y se quejaba, y caminaba continuamente …

“‘¡Cuánta reprobación merezco del ángel del Altísimo!’ …

“¿Qué podía decir para consolarlo, cuando él veía a toda la familia sentirse igual que él; los sollozos, los gemidos y los lamentos más amargos invadieron la casa … Siguió caminando de un lado a otro, mientras lloraba y se afligía, hasta cerca del amanecer, cuando, con persuasión, ingirió un poco de alimento.

“A la mañana siguiente, comenzó su viaje a casa. Nos despedimos afligidos, porque parecía que todo lo anticipado con tanto anhelo… se había esfumado en un momento, y perdido para siempre”7.

El viaje de cuatro días a Harmony debe haber sido duro para José. Estaba preocupado por Emma, y afligido por la pérdida de su primer hijo. Había perdido el manuscrito y ya no tenía las planchas ni los intérpretes. Fue un largo viaje a casa.

José tomó la decisión de volverse al Señor8. Describió lo que sucedió cuando regresó a Harmony con estas palabras:

“Poco después de mi llegada, empecé a humillarme ante el Señor en oración ferviente y… le supliqué que si era posible me concediera misericordia y me perdonara todo lo que había hecho contrario a Su voluntad”9.

“Me encontraba… caminando a cierta distancia cuando… el mensajero celestial que antes se había manifestado apareció y me entregó de nuevo el Urim y Tumim [los intérpretes]… Pregunté al Señor por medio de ellos y recibí la siguiente revelación”10.

La revelación que José recibió está registrada en la sección 3 de Doctrina y Convenios. Es una dura amonestación y un llamado a arrepentirse, con una promesa. Primero, la amonestación:

“Y he aquí, con cuánta frecuencia has transgredido los mandamientos y las leyes de Dios, y has seguido las persuasiones de los hombres.

“Pues he aquí, no debiste haber temido al hombre más que a Dios. Aunque los hombres desdeñan los consejos de Dios y desprecian sus palabras,

“sin embargo, tú debiste haber sido fiel; y con su brazo extendido, él te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad”11.

José fue motivado por la persuasión y el temor de los hombres cuando pidió permiso reiteradamente al Señor para darle el manuscrito a Martin Harris. José había comenzado a arrepentirse, pero el Señor le enseñó que había algo más que hacer:

“He aquí, tú eres José, y se te escogió para hacer la obra del Señor, pero caerás por motivo de la transgresión, si no estás prevenido.

“Mas recuerda que Dios es misericordioso; arrepiéntete, pues, de lo que has hecho contrario al mandamiento que te di, y todavía eres escogido, y eres llamado de nuevo a la obra”12.

Moroni le pidió a José que regresara los intérpretes y las planchas, pero le prometió: “Si eres muy humilde y penitente, puede que los recibas de nuevo”13. José siguió arrepintiéndose y recibió de Moroni, no mucho tiempo después, las planchas y los intérpretes14.

Más tarde, preocupado por el avance lento de la traducción durante el invierno de 1829, José le pidió al Señor que le enviara un escribiente15. En abril, el Señor envió a Oliver Cowdery a Harmony para servir como escribiente de José tras su milagrosa conversión16.

Con la llegada de Oliver, el proceso de traducción avanzó a un ritmo extraordinario.

La traducción del Libro de Mormón estuvo llena de milagros y bendiciones para José.

Sin embargo, la pregunta sobre qué hacer con el libro de Lehi en verdad lo preocupaba. Sin el registro de Lehi, no habría explicación sobre la familia de Lehi, el viaje a la tierra prometida ni el origen de los nefitas y los lamanitas.

En mayo de 1829, el Señor le reveló a José un plan, establecido por siglos, para reemplazar el libro de Lehi con lo que conocemos ahora como las planchas menores de Nefi. Esas planchas contenían un resumen del libro de Lehi y las profecías y enseñanzas de Nefi y otros profetas. Esos escritos, contenidos en el Libro de Mormón desde 1 Nefi hasta Palabras de Mormón, fueron inspirados por el Señor, preservados por cientos de años y agregados al registro por Mormón bajo la dirección del Señor17.

José y Oliver no tradujeron de nuevo el libro de Lehi. El Señor advirtió a José que hombres malvados habían cambiado el manuscrito original y estaban al acecho para interrumpir la obra del Señor. José tradujo las planchas menores de Nefi y colocó la traducción al inicio del Libro de Mormón.

La traducción del Libro de Mormón trajo experiencias maravillosas: se restauró el sacerdocio, José y Oliver fueron bautizados y recibieron el don del Espíritu Santo18. Once testigos vieron las planchas y dieron testimonio de su realidad.

El Libro de Mormón, con el testimonio de los testigos, se publicó en 1830. Martin Harris, que fue uno de los testigos, hipotecó su granja para pagar la impresión.

Tengo aquí dos tesoros de las colecciones históricas de la Iglesia que quiero mostrarles. El primero es una página del manuscrito original del Libro de Mormón. Esta página contiene la traducción al inglés de 1 Nef1 3:7:

“Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado”.

El segundo tesoro es un ejemplar de la primera edición del Libro de Mormón.

Lo que José recibió por revelación fue impreso en Palmyra y está aquí en el Libro de Mormón. El relato que les he contado sobre José cuando era joven adulto, sobre Emma, Martin Harris, Oliver Cowdery, Moroni y el Libro de Mormón es verdadera.

Lo que este relato significa para ustedes

Los invito, queridos hermanos y hermanas, a aplicar este relato a su experiencia en la vida. El Señor los prepara y les enseña, así como lo hizo con José cuando era joven adulto. Hay lecciones importantes que pueden aprender de la experiencia de José. Esta noche quiero centrarme en tres: fe y confianza en Jesucristo, arrepentimiento, y el poder espiritual del Libro de Mormón.

Lección 1: Fe y confianza en Jesucristo

Comienzo con la lección 1: Fe y confianza en Jesucristo.

Quiero que piensen por un momento en la situación de José cuando Martin Harris le pidió que preguntara por tercera vez al Señor. El Señor ya había dicho que no dos veces. El tercer pedido de Martin creó un dilema para José; fue una prueba de su fe.

Piensen; por un lado, José tenía fe en Jesucristo y fue bendecido con muchas experiencias espirituales extraordinarias. Él había visto y hablado con el Padre y el Hijo; tuvo entrevistas con Moroni y otros profetas; acababa de experimentar la milagrosa traducción del Libro de Lehi usando los intérpretes y su piedra vidente19.

Por otro lado, José tenía 22 años y estaba preocupado. Tenía una esposa maravillosa, que estaba embarazada de su primer hijo. No tenía dinero, ni educación ni medios para proveer para su familia. Estaba rodeado de escépticos y acosadores, y tenía pocos amigos. No había consultores a quién preguntar, ni mesa directiva, ni banqueros que le dieran fondos y consejos. Él sabía que tenía que publicar los registros, pero no tenía idea cómo pagar por la impresión si Martin Harris lo abandonaba. Su vida estaba llena de incertidumbre.

A pesar de su gran legado de experiencias espirituales, José “[temió] al hombre más que a Dios”20 y eligió preguntar por tercera vez, provocando así el desagrado del Señor y desencadenando lo que causó la pérdida del manuscrito. Pero el Señor fue misericordioso con José. Usó la fe que José ya tenía para ayudarlo a arrepentirse y preparó los medios para compensar la pérdida del manuscrito.

En muchas maneras, la situación de ustedes es como la de José. Son jóvenes adultos con preocupaciones e incertidumbres sobre el matrimonio y la familia, educación, trabajo y sobre encontrar su lugar en este mundo y en el Reino del Señor. Puede que haya otros desafíos y problemas en su vida.

Como José, ustedes ya tienen recursos y experiencias espirituales. Han sentido el Espíritu del Señor en oración, en las Escrituras, en el servicio a los demás. Han experimentado el amor, la gracia y el poder del Señor Jesucristo en el arrepentimiento, en la Santa Cena y en el santo templo.

Cuando afronten pruebas, como seguramente lo harán, no escuchen a sus miedos ni dependan de las persuasiones de los hombres. En vez de ello, los invito a que hagan las cosas que el Señor ayudó a José a hacer. Les prometo que traerán poder espiritual a su vida.

Primero, recurran a las experiencias y recursos espirituales que ya tienen para encontrar más fe y confianza en Jesucristo. Confíen en las bendiciones espirituales que han sentido y recibido a fin de obtener fortaleza para seguir avanzando con fe en el Salvador. Él es la bendición más importante de todas. Su amor nunca falla. Él estará con ustedes en todo momento de dificultades.

Segundo, miren hacia adelante con fe para ver que el Salvador influye en su vida. Recuerden cómo el Señor preparó a Oliver Cowdery para ser el escribiente de José y ayudó a José a compensar la pérdida de las 116 páginas con las planchas menores de Nefi21. El Señor actuó en la vida de José y también en la de ustedes. Ustedes tienen una identidad y un propósito eternos, y un destino divino. El Señor está participando en su vida ahora mismo; va delante de ustedes, abriendo puertas, preparando a otras personas para que los ayuden y abriendo el camino delante de ustedes.

Lección 2: El arrepentimiento

Prosigo ahora con la lección 2: El arrepentimiento.

Volvamos ahora al momento en que José descubre que se perdió el manuscrito. José sabía que había pecado contra el Señor y transgredido Sus mandamientos. Lo abrumaba la culpa y el dolor; pero José se volvió al Señor y encontró el milagro del perdón y el gozo de la redención.

El Señor esperaba de José un alto estándar, sin excusas. Trataba a José como el gran profeta que Él quería que José llegara a ser. José temió al hombre más que a Dios; confió en su propio entendimiento y no en Dios. Para José, el arrepentimiento era mucho más que simplemente decir: “Cometí un error. Lamento haber perdido el manuscrito”. José tenía que superar las actitudes, miedos y tendencias en su vida que eran la raíz de sus pecados; y necesitaba crecer, aprender y cambiar a lo largo de toda su vida.

José necesitaba un cambio en el corazón que solo es posible mediante la misericordia, el amor y el poder de Jesucristo. Eso fue exactamente lo que José recibió. El Señor conocía el potencial del carácter noble de José. Cuando le dijo a José: “… tú eres José… arrepiéntete… todavía eres escogido”22, pueden escuchar en esas palabras al Salvador extendiendo a José Su amor y misericordia, anhelando que José cambie.

También pueden escuchar al Señor enseñar a José quién es realmente. Quizás había crecido como un niño pobre, en una granja y sin educación, pera esa no era su verdadera identidad. Él era José el Profeta, vidente elegido mediante el cual Jesucristo restauraría la plenitud de Su evangelio a la tierra.

Cuando del Señor llamó a José al arrepentimiento, fue un llamado para que José hiciera los cambios necesarios a fin de elevarse y lograr su verdadera identidad mediante el poder de la expiación de Jesucristo. El Salvador ya había sufrido todo lo que José padeció, lo cual fue real y duro, y muy preocupante. Jesucristo ofreció a José el camino al perdón y a la redención. Durante muchos días, semanas y meses, José buscó el perdón del Señor y Su poder redentor, y los recibió.

Hermanos y hermanas, el Señor establece estándares muy altos para ustedes también, sin excusas. Él los trata como el discípulo valiente y compasivo que desea que sean; pero Él también los ama, como amó a José. Todos cometemos errores de vez en cuando, y cada uno necesita las bendiciones del arrepentimiento.

Como pueden ver de la experiencia de José, el arrepentimiento es mucho más que decir al Señor y a su obispo que hicieron algo mal. Pecar es alejarse del Señor; arrepentirse es regresar a Él. El arrepentimiento requiere un cambio en el corazón y la mente, un cambio de vida adecuado a su situación personal.

Más aun, el arrepentimiento los bendice continuamente. Es la manera en que el Señor nos ayuda a actuar mejor y a ser mejores a lo largo de la vida. Es la manera en que ustedes se elevan y logran su identidad eterna como hijos e hijas de Dios y verdaderos seguidores de Jesucristo.

Las promesas son verdaderas, hermanos y hermanas. Vuélvanse al Señor Jesucristo; arrepiéntanse de sus pecados y guarden Sus mandamientos. Él posee misericordia infinita23, y como José enseñó después: “Nuestro Padre Celestial es más… extenso en sus misericordias y bendiciones de lo que estamos dispuestos a creer o recibir”24. Jesucristo eligió sufrir por sus pecados y todos sus dolores y penas para que Él pudiera perdonarlos, sanarlos, cambiarlos, fortalecerlos y bendecirlos con gozo. Él verdaderamente es el Salvador y Redentor.

Lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón

Ahora sigo con la lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón.

Una vez que José fue perdonado de sus pecados, se regocijó al recibir las planchas y los intérpretes de nuevo25. Su experiencia con el manuscrito perdido había grabado en su alma la importancia del Libro de Mormón en la obra del Señor. El mensaje central de los profetas del Libro de Mormón es su testimonio de Jesucristo y de Su doctrina. Hay poder espiritual en ese libro.

Podemos ver ese poder en la experiencia de la traducción de José. La traducción no fue mecánica; fue una experiencia espiritual y le enseñó la forma de actuar del Señor y del Espíritu Santo. El Libro de Mormón fue una experiencia reveladora para José de principio a fin; le enseñó la doctrina de Jesucristo, y el Señor lo llamó para que la viviera: para que actuara con fe en Jesucristo, se arrepintiera, se bautizara y recibiera el Espíritu Santo26.

El Señor bendijo a José con mayor poder espiritual en estas experiencias. Después de ser bautizado, por ejemplo, dijo que fue “[lleno] del Espíritu Santo” y “el verdadero significado e intención de [las Escrituras]” fue “[comprendido]”27.

El Señor usó la salida a luz del Libro de Mormón para elevar a José y acercarlo a Él. El Señor lo instruyó y fortaleció al traer a luz ese libro por el poder del Espíritu Santo.

El Libro de Mormón puede ser una experiencia reveladora para ustedes, así como lo fue para José.

Los profetas que escribieron el Libro de Mormón vieron nuestros días. Nos escribieron a nosotros. Sus palabras hablan de nuestra época, nuestras necesidades y nuestro objetivo. Si tienen un corazón abierto al leer y orar sobre el Libro de Mormón, el Espíritu Santo 28 les “manifestará la verdad”29; sabrán que el Señor Jesucristo es su Salvador y Redentor y que José Smith es el Profeta de la Restauración.

Ya sea que aún no sean miembros de la Iglesia o sean miembros desde hace mucho o poco tiempo, los invito a que hagan lo que hizo José: lean el Libro de Mormón, oren sobre él, actúen con fe en Jesucristo para arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo. Luego, sigan adelante para recibir y guardar todas las ordenanzas y convenios de salvación, incluso la ordenanza de sellamiento en el templo.

Sé del poder del Libro de Mormón por muchas, muchas experiencias personales. Quiero compartir una de ellas con ustedes esta noche; una que ocurrió cuando yo era joven adulto. Había estado en mi misión en Alemania por dos meses. Habían sido dos meses difíciles y estaba desalentado. Una mañana me arrodillé y le dije al Padre Celestial mis preocupaciones. Le dije: “Padre Celestial, por favor ayúdame”. Mientras oraba oí una voz tan perceptible y clara como si alguien estuviera parado a mi lado. La voz dijo: “Cree en Dios”.

Me senté en la cama y abrí el Libro de Mormón en Mosíah, capítulo 4, versículos 9 y 10, y leí las palabras del rey Benjamín:

“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra…

“… creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios… y ahora bien, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis”30.

Al leer esas palabras sentí como si el rey Benjamín me estuviera hablando a mí. Sentí el poder del Espíritu Santo en el corazón; sabía que esa era la respuesta a mi oración. Necesitaba confiar en el Señor, arrepentirme e ir a trabajar. Desde ese día, el Libro de Mormón ha sido una fuente de poder espiritual en mi vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, sé que el Libro de Mormón los guiará a Jesucristo y a Su doctrina. Lean el Libro de Mormón, estúdienlo, oren en cuanto a él, atesórenlo en la mente y el corazón cada día, como el presidente Monson nos ha aconsejado que lo hagamos. En cada momento de su vida, nuestro Señor y Salvador hablará paz a su alma, los elevará y fortalecerá, y los acercará más y más a Él, mediante ese libro, por el poder del Espíritu Santo.

Testimonio

Estas tres lecciones de los años de José como joven adulto testifican del poder de Jesucristo y de Su doctrina. Doy testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo viviente del Dios viviente. Hay un Redentor. ¡Él vive!

Espero y ruego que aprendan de la vida de José. Aunque tuvo dificultades en sus años como joven adulto, él confió en el Señor y el Señor lo bendijo para llegar a ser el gran Profeta de la Restauración. José hizo la santa obra de Dios. ¡La Restauración es verdadera! Recuerden esto: Jesús es el Cristo y José es Su profeta. Hay una cadena ininterrumpida de llaves del sacerdocio, autoridad y poder que vincula a José Smith con Thomas S. Monson. El presidente Monson es el profeta del Señor en la tierra hoy. Todo es verdad.

Por lo tanto, mis queridos hermanos y hermanas de toda la tierra, les digo: confíen en el Señor Jesucristo. Él sabía el nombre de José; Él sabe el nombre de ustedes. Él los ama y participa en su vida. Mediante Su misericordia, gracia y amor pueden elevarse y, como el profeta José, superar cada prueba y llegar a ser lo que están destinados a ser: valientes, fieles Santos de los Últimos Días; líderes en su familia eterna y en Su Iglesia verdadera y viviente; verdaderos discípulos de Jesucristo, llenos de Su luz y Su amor, preparados para recibir al Salvador cuando venga otra vez. De eso testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. Moroni había aconsejado, enseñado y guiado a José durante cuatro años. José había ido al Cerro Cumorah el mismo día de septiembre de cada año desde 1823. Cada año iba con gran esperanza de que recibiría las planchas, solo para que Moroni le dijera que él (José) no estaba listo. En septiembre de 1827 estaba listo. En cuanto a los intérpretes, véase Alma 37:21–24. José Smith dijo que las dos piedras constituían lo que se llamó en la antigüedad, el Urim y Tumim. Véase José Smith— Historia 1:35; véase también Richard E. Turley Jr., Robin S. Jensen y Mark Ashurst-McGee, “José el vidente”, Liahona, octubre de 2015, págs. 10–17.
  2. Isaac Hale, el padre de Emma, ofreció a Emma y a José una granja, una casa, un granero y otras mejoras si regresaban a Harmony, Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo 1: julio de 1828 a junio de 1831, ed. Michael Hubbard MacKay and others [2013], pág. 29; Michael Hubbard MacKay and Gerrit J. Dirkmaat, From Darkness unto Light: Joseph Smith’s Translation and Publication of the Book of Mormon, 2015, págs. 32–33). Martin Harris, un amigo y próspero granjero local, dio a José y a Emma Smith $50 para ayudar a pagar deudas y costear la mudanza a Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Relatos de José Smith, 1832–1844, ed. Karen Lynn Davidson y otros, 2012, pág.15).
  3. Para un análisis de la transcripción de los caracteres y de los viajes de Martin Harris, véase Richard E. Bennett, “Martin Harris’s 1828 Visit to Luther Bradish, Charles Anthon and Samuel Mitchill”, en Dennis L. Largey, et. al., eds., The Coming Forth of the Book of Mormon, Salt Lake City: Deseret Book, 2015, págs. 103–115.
  4. Varias narraciones apoyan la idea de que Martin Harris llevó el ejemplo de los caracteres a al menos a tres personas “para explorar la posibilidad de obtener una traducción y que José Smith comenzó a traducir solo después de que Martin Harris regresó si encontrar un traductor” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 241). En los comienzos de la historia, José Smith escribió que Martin Harris “dijo que el Señor le había indicado que debía ir a la ciudad de Nueva York con algunos caracteres. De modo que copiamos algunos de ellos y él los llevó y viajó a las ciudades del Este presentándoselos a los eruditos y diciéndoles: ‘¿Podría leer esto, por favor?’, y los eruditos respondían: ‘No puedo’, pero que si les llevaba… las planchas, ellos las leerían. [Martin Harris] regresó y me los dio para que los tradujera y yo dije: ‘No puedo, pues no soy un erudito’. Sin embargo, el Señor había preparado los lentes para poder leer el libro; y por lo tanto, comencé a traducir los caracteres” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 15; se actualizó la puntuación y escritura para mayor claridad).
  5. Prefacio de la edición de 1830 del Libro de Mormón. Para una reseña de la traducción del Libro de Mormón véase el ensayo “La traducción del Libro de Mormón”, de Temas del Evangelio, en topics.lds.org.
  6. Véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  7. Lucy Mack Smith, Biographical Sketches of Joseph Smith the Prophet and His Progenitors for Many Generations, 1853, págs.121–122.
  8. Fue una bendición que José estuviera rodeado por su familia cuando llegó esta noticia terrible. Antes de que se fuera a Harmony, su madre le aconsejó que “… quizás el Señor lo perdonaría luego de un período breve de humillación y arrepentimiento”. Véase: Smith, Biographical Sketches, pág. 121.
  9. Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  10. José Smith, en Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  11. Doctrina y Convenios 3:6–8.
  12. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  13. Véase Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  14. Hay relatos conflictivos en cuanto a la fecha en que se devolvieron las planchas. La historia de José dice que fue dentro de pocos días, mientras que la historia de Lucy Mack Smith indica que fue en septiembre (véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 11, josephsmithpapers.org; Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 126).
  15. Durante ese otoño e invierno José realizó algunas traducciones con Emma como su escribiente, pero la mayor parte del tiempo ella y José tenían que trabajar en la granja y cuidar de su hogar (véase Smith, Biographical Sketches, pág.131).
  16. Oliver se había hospedado con los Smith en Manchester mientras enseñaba en la escuela. Escuchó los relatos de las planchas y del Libro de Mormón, y “una noche, luego de que se retiró a la cama, oró al Señor para saber si esas cosas eran así, y que el Señor le había manifestado a él que eran verdaderas” (Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 15, josephsmithpapers.org). Con ese conocimiento, sintió el deseo imperioso de escribir para José.
  17. Véase Doctrina y Convenios 10:38–42. Nefi fue inspirado a crear las planchas menores (véase 1 Nefi 9:3–6), y así es como Mormón describe la inspiración que recibió para incluirlas en el registro: “Mas he aquí, tomaré estas planchas que contienen estas profecías y revelaciones, y las pondré con el resto de mis anales, porque me son preciosas… Y hago esto para un sabio propósito; pues así se me susurra, de acuerdo con las impresiones del Espíritu del Señor que está en mí” (Palabras de Mormón 1:6–7).
  18. Cuando José terminó de traducir el registro, él y Oliver fueron inspirados a ir al bosque y orar sobre el bautismo para la remisión de los pecados que se menciona en la traducción de 3 Nefi (véase 3 Nefi 11:21–2819:9–1327:16–20). Sus oraciones fueron contestadas. José y Oliver recibieron el Sacerdocio Aarónico de Juan el Bautistas y se bautizaron el uno al otro (véase José Smith—Historia 1:68–73. Luego recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de Pedro, Santiago y Juan, que les dio la autoridad de otorgar el don del Espíritu Santo (véase: Doctrina y Convenios 27:12–13).
  19. Véase The Joseph Smith Papers, Revelations and Translations, Volume 3, Part 1: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, 1 Nephi 1–Alma 35, ed. Royal Skousen and Robin Scott Jensen, 2015, págs. xvii–xix; MacKay and Dirkmaat, From Darkness unto Light,, págs. 67–69.
  20. Doctrina y Convenios 3:7.
  21. Cuando José supo que Martin Harris había perdido el manuscrito, no sabía que el Señor había inspirado a Mormón a incluir las planchas menores de Nefi en el registro. No sabía que el Señor inspiraría a Martin Harris a arrepentirse, a ser testigo del Libro de Mormón y a pagar por su impresión. José no sabía nada de eso. El Señor estaba frente a José preparando el camino ante él.
  22. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  23. Véase Mosíah 28:4.
  24. Joseph Smith, en Manuscript History of the Church, vol. D-1, addenda, p. 4, josephsmithpapers.org.
  25. El contraste con la oscuridad que experimentó en los meses sin la habilidad de traducir fue intenso. El Señor había dado a José el poder para “… traducirlos por medio [de intérpretes]”. Pero José había “… [perdido ese] don y se ofuscó [su] mente” (Doctrina y Convenios 10:1–2. La mente de José se había iluminado por el poder del Espíritu Santo y había experimentado oscuridad espiritual en su mente con la pérdida de esa luz. Esa pérdida hizo que para José el espíritu de revelación y la guía del Espíritu fuese dulce.
  26. Fue la traducción del relato del bautismo y la recepción del Espíritu Santo en el momento de la visita del Salvador al pueblo en el templo en Bountiful que hicieron que José y Oliver buscaran revelación sobre la autoridad para bautizar y administrar el don del Espíritu Santo (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1: Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 42; véase también Oliver Cowdery, carta a W. W. Phelps, con fecha 7 de septiembre de 1834, en Latter Day Saints’s Messenger and Advocate, Oct. 1834, págs. 15–16).
  27. José Smith—Historia 1:73–74.
  28. Las personas que se bautizan en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reciben el don del Espíritu Santo, que es el derecho a la compañía constante del Espíritu Santo. Las personas que aún no se bautizaron pueden recibir el poder del Espíritu Santo para testificar del Libro de Mormón, pero el Espíritu Santo no permanecerá con ellos.
  29. Moroni 10:4.
  30.  Mosíah 4:9–10.
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