Las Ruinas de Meguido

Liahona Noviembre 1962
Excabaciónes Bíblicas en la Tierra Santa

Las Ruinas de Meguido

por Christine y O. Preston Robinson

Segundo de una serie de artículos escritos por el hermano Robinson y su esposa, como resultado de su última visita a la Tierra Santa. (N. del Editor)

Cuando tuvo la visión que le mostró la última gran batalla del mundo, identificando el lugar como Armagedón (Apocalipsis 16: 16), Juan el Reve­lador debe haber tenido un perfecto conocimiento en cuanto a la trágica historia de Meguido. Har-Mageddon (Armagedón) significa ‘las montañas de Meguido» donde, a través de los siglos del pasado, probablemente hayan tenido lugar las más importantes batallas pelea­das jamás en el mundo.

Meguido es realmente una fortaleza situada sobre una colina a la entrada del paso que por el Sudoeste conduce desde las llanuras de Sarón hasta las de Jezreel (Esdraelón), que es el valle más grande de Israel. En dirección hacia la costa del mar Mediterráneo, esta llanura está rodeada por una áspera zona mon­tañosa, entre cuyos picos más altos se encuentran los montes Tabor, Gilboa y Carmelo. Fué sobre el Monte Tabor, según algunas autoridades en la materia, donde Cristo se transfiguró. El Gilboa se distingue a raíz de haber sido allí donde Saúl, el primer rey de Israel, y su hijo Jonatán fueron muertos durante su batalla con los filisteos. Y el Monte Carmelo fué escenario de aquella notable ocasión en que Elías el Profeta con­fundió a los sacerdotes de Baal, quienes fueron in­capaces de conseguir que sus dioses se manifestaran mientras que el Todopoderoso hizo que una bola de fuego consumiera el sacrificio ofrecido por Elías.

Debido al hecho de que a esta altura las montañas se proyectan en forma escarpada hacia el mar Medi­terráneo, las llanuras de Jezreel y de Sarón, unidas ambas por el paso dominado por la fortaleza de Meguido, constituyen la única vía de acceso hacia el in­terior de Palestina y de Egipto.

La Biblia, en hebreo, da a esta ruta el nombre de Derekh Hay-yam, que significa «camino del mar.» Durante la dominación romana, llegó a ser una arteria de estrategia militar muy importante, conocida por el nombre de «Via Maris.» Era éste el preferido y obli­gado itinerario de todos los ejércitos provenientes de la zona mesopotámica—la comarca comprendida entre los ríos Tigris y Eufrates—, que llegaban a Palestina o a Egipto con intenciones de conquista. A menos que utilizaran la ruta marítima, estos contingentes debían pasar por estos valles y por consiguiente les era nece­sario salvar primeramente el obstáculo presentado por la fortaleza de Meguido antes de poder alcanzar en­tonces sus objetivos militares.

Batalla tras batalla, Meguido fué escenario de constantes contiendas. Su historia más remota la identifica como una fortaleza canaanita. En 1478 a J.C, Meguido fué capturada por Tutmés III, rey de Egipto. Ya en aquella lejana época, sus botines de guerra eran magníficos. Fué precisamente en las proximidades de las llamadas «aguas de Meguido» que Débora y Barac vencieron a los canaanitas comandados por Sisara. En esta lucha, los hebreos estaban en inferioridad de condiciones con respecto a los canaanitas, quienes se presentaron a la batalla en carrozas armadas. Providencialmente, sin embargo, una gran tormenta tuvo lugar y la copiosa lluvia resultante hizo desbordar el río Cisón de manera tal que los carros de guerra de Sisara, al igual que el resto de sus tropas, se quedaron atascados en el lodo. Esto permitió que Débora y Barae arremetieran en contra de ellos y los derrotaran.

Es interesante destacar que también sobre esas mismas riberas del río Cisón, Elias el Profeta hizo matar, después de su demostración del poder de Dios sobro el Monto Carmelo, a los 450 inicuos sacerdotes de Baal, Esto irritó tanto a jezabel, la esposa de Acab, rey de Israel, que sentenció a Elías a morir en la misma forma. Jezabel hizo buscar minuciosamente por todas las colinas y llanuras de Juclea al gran Profeta, pero éste eludió triunfante la persecución de la irascible mujer.

Durante su reinado, también Salomón dependió grandemente de la fortificación de Meguido. El sabio monarca hizo restaurar y reforzó dicho baluarte, utili­zándolo luego para alojar sus 1.400 carros de guerra y su caballería consistente en 12.000 hombres.

Precisamente en Meguido, Jehú, «ungido de Jchova para que exterminara la familia de Acab,» mató a Ocozins, rey de Judá. También allí, en el año 610 a J.C, fué asesinado c\ amado rey Josías, cuando éste intentó interceder en una disputa surgida entre Necao, faraón de Egipto, y el rey de Asiria. Su cuerpo fué llevado entonces en una carroza a Jerusalén, donde «todo Israel lloró su muerte.»

Los ejércitos de Alejandro Magno y los de Asiría y Babilonia, cruzaron repetidas veces las llanuras de Esdraelón y sostuvieron enconadas batallas en Meguido y sus alrededores. También tuvieron lugar en esta zona los más importantes encuentros de las famosas «Cruzadas,» Aun en nuestro siglo, Meguido jugó un papel importante durante la Primera Guerra Mun­dial. En 1018, las tropas británicas invadieron el Norte de Palestina a través del paso de Meguido, a raíz de lo cual al Mariscal de Campo Allenby se le dio el título de Sir Allenby de Meguido.

Las primeras excavaciones modernas fueron efectuadas en Meguido en el año 1925, bajo la dirección del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago. Einanciada por el millonario John D. Roekefeller hijo, y con la asistencia de la propia Biblia como guía, la expedición descubrió varias fortificaciones que datan de unos 2.000 años antes de Jesucristo. Allí se en­contró el Sello de Sama, el leal siervo de Jeruboam,

Aproximadamente en el centro de las vastas ruinas de Meguido, se levanta un reacondicionado altar canaanita, cuyo origen probablemente se remonte hasta los tiempos de Abrahán, cuando éste inició su derro­tero a          través  del valle de Esdraelón hacia Siquein (Samaría), y donde el gran patriarca construyó su primer altar. Se cree que fué allí donde el Señor prometió a Abrahán que el país de Canaán iba a ser eternamente para él y sus descendientes.

En la actualidad, al pie de las amplias ruinas de Meguido yace el hermoso valle de Esdraelón (Jezreel), donde se está desarrollando un extraordinaria­mente           productivo plan de agricultura. Gracias al abundante suministro de agua provisto por el río Cisón y sus tributarios, ésta es una de las más fértiles llanuras del moderno Israel.

El hermoso valle de Esdraelón está limitado al Sud y al Oeste por el Monte Carmelo y las sierras de Samada, al Este por los Montes Tabor y Gilboa, y al Norte por las onduladas colinas de Nazaret y de Galilea, alargándose hacia la hoy pujante y moderna ciudad industrial de Haifa, a orillas del mar Medite­rráneo.

Al caminar por entre las ruinas de Meguido, teniendo a sus pies la impresionante y pacífica vista del floreciente valle, sólo por medio de un gran esfuerzo puede uno imaginar que esa zona se ha destacado en la historia como un indómito campo de batalla, y que es ése el terrible Armagedón previsto por Juan el Revelador.

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Las Ruinas de Gat

Liahona Diciembre 1962
Excavaciones Bíblicas en la tierra Santa…

Las Ruinas de Gat

Por Christine y O. Preston Robinson

Tercero de una serie de artículos escritos por los hermanos Robinson sobre la excursión que efectuaron por la Tierra Santa a principios de año. (N. del Editor)

Fue durante el reinado de David, que Israel co­menzó a alcanzar la cumbre de su poder y gloria. Precisamente en el valle de Ela, unas pocas millas afuera de la ciudad de Gat, el joven David puso por primera vez de manifiesto el gran poder que habría de llevar al pueblo de Israel de la mano hacia el progreso.

Toda persona familiarizada con la Biblia conoce la historia de la famosa batalla librada entre David y Goliat. Aunque son bien conocidos los detalles de dicha lucha, sólo unos pocos eruditos bíblicos, sin embargo, se han aventurado a determinar el lugar considerado como escenario de la misma.

Fue aproximadamente en el año 1063 antes de Jesucristo, que un altivo y presumido gigante emergió del ejército filisteo y colocándose a su frente, provocó durante 40 días a las huestes de Israel, que se encontra­ban acampadas del otro lado del valle. Este soldado descomunal, retó a duelo a cualquiera de los guerreros israelitas que deseara batallar contra él. Su desafío consistía en conceder que los filisteos pasarían a ser siervos de los israelitas, si alguno de ellos llegaba a vencerle. Y si, por el contrario, él resultaba victorioso, los israelitas pasarían a ser sus esclavos.

Este gigante se llamaba Goliat, y era oriundo de la ciudad de Gat. Su altura era de 6 codos y 1 palmo (unos 2 metros 90 centímetros, aproximadamente), y tenía un físico perfectamente proporcionado.

Prácticamente por casualidad, David se encontraba visitando los ejércitos israelitas, que actuaban bajo las órdenes directas del rey Saúl. David había venido a traer provisiones para sus tres hermanos que estaban en el campo de batalla y cuando oyó el desafío de Goliat, se ofreció para luchar contra él. La historia de lo que sucedió como resultado de un certero tiro de honda, es bien conocida. Lo que no ha llegado a saberse con exactitud, es dónde esta acción tan impor­tante para la historia de Israel tuvo lugar.

La ciudad de Gat es mencionada repetidamente en el Antiguo Testamento. Esta fue una de las cinco ciudades filisteas (pentápolis)—siendo las otras Gaza, Ascalón, Ecrón y Asdod. Gat era llamada la ciudad real de los filisteos, y por consiguiente debe haber sido la residencia de sus reyes, lo cual fue por lo menos durante el período en que David debió huir y ocultarse de’ la ira de Saúl, puesto que la historia nos dice que entonces él y sus hombres buscaron refugio en dicha ciudad y vivieron allí, bajo la protección de uno de las reyes filisteos, por un período de 16 meses.

Aparte de haber constituido el hogar de Goliat y uno de los refugios de David, Gat debe haber sido sufi­cientemente importante para resultar una de las ciudades en las cuales fue guardada el arca del con­venio. La ciudad jugó un gran papel durante los reinados de Saúl, David y Salomón. Algo después, Roboam la fortificó, y aún más tarde, Amos nos relata algunas de las grandes calmidades que le acontecieron (Amos 6:2).

¿Dónde estaba ubicada esta importante ciudad filistea y qué le sucedió a la misma?

Por más de veinticinco años, los arqueólogos han estado buscando el sitio de la antigua ciudad de Gat en la Tierra Santa. Entre 1958-1959, los doctores R. H. Mitchell y B. Mazar efectuaron una intensa investiga­ción, llegando a la conclusión, después de una ardua tarea, que un montículo conocido con el nombre de Tel enNajila es, sin lugar a razonable duda alguna, el sitio de la famosa y antigua ciudad. Las primeras excavaciones del terreno revelaron ya una impresionante fortaleza que se calcula fue construida unos ocho siglos antes de Jesucristo. A fines del año en curso fue iniciada una serie de excavaciones de gran magnitud, que habrán de continuarse por un período de cinco años como mínimo. Las tareas del primer año consis­tirán en el dragado de largas zanjas experimentales, una vez completada la excavación de la vieja fortaleza, a fin de descubrir el grado histórico del lugar.’

Las tareas arqueológicas en las ruinas de Gat, estarán a cargo de la compañía Neher Biblical Excavation. El proyecto ha sido aprobado para recibir apoyo por parte del Departamento de Estado de los Estados Unidos y por el gobierno de Israel. En la faz educacional, el programa será secundado por el Seminario Teológico de Princeton.

Será en extremo interesante saber qué es lo que habrá de ser descubierto durante las excavaciones en Gat. Las mismas constituirán la primera exploración en gran escala de un terreno filisteo e indudablemente proveerán importantes informaciones acerca de la historia de Israel y bíblica, que hasta la fecha ha permanecido relativamente obscura.

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José Smith — Profeta del Señor

Liahona Diciembre 1962

José Smith — Profeta del Señor
“. . . Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” (Juan 6:14)

Por R. Héctor Grillone

Para llevar a cabo lo que José Smith realizó, se necesita tener mucho más que una simple teoría o programa por delante. Cientos de personas—hombres y mujeres—intentaron solucionar el gran problema de la apostasía, pero nadie recurrió a la fuente natural de todas las causas, excepto nuestro Profeta moderno. La historia nos habla de personajes tales como Huss, Wesley, Calvino, Lutero, John Brown y muchos otros. Todos ellos presentaron su reclamo a las iglesias y su proclama al mundo. Muchos consiguieron prosélitos, varios fracasaron ruidosamente y algunos fueron sen­tenciados a la hoguera—drástica medida que caracteri­zaba los tiránicos juicios de toda una era de sofocación espiritual de la que la humanidad nunca habría podido ser rescatada sin la directa ayuda divina. Indudable­mente, los que se rebelaron y protestaron, en su mayoría, actuaron conforme a sinceras convicciones y honestos propósitos, puesto que prefirieron afrontar el peligro que el enojo y la sangrienta reacción de los ofendidos representaba, antes que acallar sus inquietudes espirituales y ceder a la presión despiadada de los que se habían encaramado sobre las conciencias populares.

Durante la Edad Media y hasta la época moderna la apostasía había arribado a un punto culminante y la iglesia predominante instituyó, especialmente en Italia y en España, la famosa Inquisición que determinó los trágicos resultados que hoy la historia deplora y narra con cierta reticencia. Los hombres y las mujeres —no importaban sus edades, condición civil o situación económica—que no confesaban públicamente ser cristianos, eran sacrificados como los corderos y palo­minos de las ofrendas hebreas; más aún, aquellas escenas parecían ser una reminiscencia de los rituales druidas. En 1633, el científico y matemático italiano Galileo Galilei tuvo que arrodillarse—actitud que ni Pedro permitió a Cornelio—ante la Inquisición y abjurar su supuesta herejía de haberse opuesto a los conceptos promulgados por la iglesia en cuanto al movimiento natural de la Tierra. El sacerdote dominico Tomás de Torquemada, nombrado oficialmente por la iglesia inquisidor en España en 1842, fué responsable directo de la muerte de más de 8.000 personas en la hoguera—personas que tuvieron la valentía de morir por sus propias conciencias. Las historia nos hace saber que Torquemada tenía que viajar escoltado por un verdadero ejército de 250 hombres—especialmente cada una de las tantas veces que debía ir a Roma para disculpar sus inhumanas torpezas ante el papa. En nuestro amado continente, la Inquisición estableció sus célebres tribunales del Santo Oficio, a fin de administrar la conciencia de los pueblos, en Chile, Perú, México, Colombia y las Provincias del Plata.

Todas estas gentes, figuras del preludio a la res­tauración, lucharon en contra de una administración arbitraria del evangelio. Hoy, en al altar de las realiza­ciones del hombre, la llama del reconocimiento hacia aquellos nobles iniciadores es conservada latente por la gratitud de los que gozamos de libertad.

José Smith también dejó oír su voz, y dispuesto a no acallarla, dio entonces su vida como testimonio final. Pero una esencial característica diferencia a este moderno Profeta de todos los demás predicadores o defensores de la verdad: el joven labrador no entró a analizar los credos existentes para determinar y destacar sus controversias, ni tampoco seleccionó piedras elementales de tal o cual doctrina para edificar con ellas una iglesia más. José Smith, haciendo eco sincero a la inspiración divina y desprovisto de todo interés creado o filosofía alguna, recurrió al único acto- comunión del alma y la actitud física—que posibilita las revelaciones del Altísimo: la oración. El Profeta mormón fue lo suficientemente humilde como para reconocer la limitada capacidad humana para tratar el asunto, y no confió en “el brazo de la carne,” sino que acudió al Padre de las Luces en busca de luz.

En verdad, parece ser que el hombre se inclina preferentemente a hacer las cosas por sí mismo, antes de recurrir a alguien—aun a Dios. La humildad, uno de los dones más preciados, es algo que a veces, si no está firmemente estructurada, se confunde en los términos del avergonzamiento. Quizás es por ello que el hombre teme ser o aparentar ser humilde, conside­rando que ésta es una condición que disminuye sus posi­bilidades. El presidente David O. McKay ha dicho que la reverencia—la cual exige humildad—pone de manifestó no la debilidad sino el poder del hombre. Esta declaración, de por sí misma, nos da a entender que mucha gente considera a la humildad como una expresión de los débiles, los cobardes o los incapacitados, cuando en realidad no es sino privativa de los que han sabido despojarse del orgullo humano para obtener una pureza de conciencia de características divinas.

José Smith, reverente y humilde, dobló sus rodillas y elevó fervientemente al Señor su voz, confiando en que El dejaría oír la Suya. Pregunto y fue contestado. Y presentó luego a la humanidad no una tesis de sus propias meditaciones intelectuales o filosóficas, sino el resultado de su devota indagación: la palabra revelada de Dios.

Desde aquella magnífica mañana de 1820, los pueblos del mundo han estado recibiendo las verdades del evangelio restaurado, cuya dispensación fue en­tonces iniciada. Los cielos habían estado cerrados por cerca de quince siglos—largos y obscuros—, más ahora sus ventanas se han abierto y por ellas fluyen las palabras y las bendiciones del Señor, gracias a que un ser preordinado en la preexistencia aceptó cumplir— y verdaderamente cumplió—su asignación.

En la actualidad, toda nación y toda lengua está presenciando la gloriosa marcha del plan de Dios en su última etapa—una marcha de paz, de amor y de justicia. Y más aún, los pueblos están siendo testigos de los efectos, alcances y poderes del evangelio restaurado—“por sus frutos los conoceréis—y comienzan a despertar del letargo en que la tradición—sombra nociva para el cultivo de la verdad—les tuvo sumidos.

Sin embargo, filósofos, clérigos, literatos, críticos y aun numerosas personas comunes, aúnan todavía sus voces—en un coro impotente—pretendiendo desvirtuar las contribuciones del Profeta moderno y restar im­portancia a las revelaciones divinas, sin querer com­prender que con ello sólo consiguen regocijar a Satanás. Y su especial atención, se ha concentrado precisamente en el baluarte del mormonismo: el Libro de Mormón, resultado de la manifestación directa del “don y poder de Dios”.

El Libro de Mormón es genuino. No es una novela debida a la fantasía de José Smith. Es el fruto, más bien, de su honesto interés por las cosas del Señor. Hombres y acontecimientos, historia y profecías, dan testimonio de su veracidad. No cualquiera—ni el más sabio de los hombres—pudo haberlo escrito sin la asistencia del Espíritu de Dios. Se ha dicho que para poder producir una obra similar, un hombre debería reunir las siguientes condiciones:

1.- Tener entre 23 y 24 años de edad.

2.-  Tener sólo tres años de educación formal.

3.- Cualquiera sea lo que escriba, debe ser en base a lo que sepa.

4.- Escribir un libro de 239 capítulos; 54 de ellos acerca de guerras, 21 sobre historia, 55 sobre profecías, 71 de doctrinas, 17 acerca de misioneros y 21 sobre la misión de Cristo.

5- Escribir una historia ocurrida en un país antiguo, cubriendo el período comprendido entre los años 600 a. J. C. y 421 de nuestra era.

6.- Incluir en dicho relato la historia de dos pueblos distintos y separados, junto con la de diferentes grupos de gentes o naciones contemporáneas.

7.- Describir las culturas religiosa, económica, social, política e institucional de estas dos naciones principales.

8.- Combinar en dicha historia la religión de Jesu­cristo y el sistema de vida cristiana.

9.- Completar el trabajo—habiendo cubierto un período de mil años—en sólo 80 días, aproximadamente.

10.- Una vez terminada la obra, no hacer cambio alguno. La primera edición del libro debe conservarse y mantenerse para siempre.

11.- Cada vez que, a los fines de poder dormir o comer haya hecho un alto en el trabajo, no preguntar luego al escribiente, al reanudar la tarea, que lea el último párrafo u oración que le hubiere dictado.

12.- Una vez terminada la obra, la misma debe comprender unas 546 páginas, con un promedio de 400 palabras en cada una de ellas.

13.- Agregar una considerable cantidad de nuevos giros gramaticales al idioma. (José Smith agregó 180 palabras nuevas al idioma inglés, mientras que William Shakespeare sólo añadió unas 30 a sus obras completas.)

14.- Declarar que el registro es una historia sagrada.

15.- Coincidir con las profecías bíblicas y dar cumplimiento a muchas de ellas, aun en cuanto a la forma exacta en que había de aparecer la obra, para quiénes sería escrita y cuáles eran sus propósitos y alcances.

16.- Darla a conocer a toda nación, raza, lengua y pueblo, declarando que es la palabra de Dios.

17.- Incluir en el registro esta maravillosa promesa: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.”

8.- Cientos de miles de personas deben testificar, al menos durante los próximos 130 años, que habiendo puesto a prueba dicha promesa, el Espíritu Santo les ha hecho saber que el libro es verdadero.

19.- Afiliares de grandes hombres, gigantes intelec­tuales y reconocidos eruditos, deben reconocer la veracidad de la obra, aun hasta el punto de ofrecer sus vidas por ello.

20.- El libro no debe contener errores o equivoca­ción alguna.

21.- Las culturas de las civilizaciones descriptas en dicha historia, deben ser prácticamente desconocidas al tiempo de escribirla.

22.- La obra no debe tener ninguna declaración absurda, imposible o contradictoria.

23.- Aun así, muchos de sus hechos, ideas y de­claraciones deben parecer enteramente inconsistentes o estar en firme oposición con los conceptos y creencias prevalecientes en el mundo.

24.- Debe invitar a los más capaces y conocidos profesores y entendidos a que examinen cuidadosamente el texto. Y aun tratar de que el libro llegue a manos de los que parecen dispuestos a demostrar que el mismo es una falsificación y que a la vez estén capacitados para descubrir cualquier error al respecto.

25.- Durante los próximos 130 años, toda investiga­ción, evidencia científica y descubrimiento arqueológico relacionados con sus aseveraciones, deben confirmarlas hasta en el más mínimo detalle.

26.- Después de 130 años de análisis intensivo, ningún hecho o afirmación contenidos en el relato deberán ser desaprobados.

27.- Durante los próximos 130 años, muchas de las profecías contenidas en el libro deben cumplirse.

28.- Tres hombres honestos y de reconocida repu­tación, deberán testificar al mundo que un mensajero celestial apareció ante ellos para mostrarles los antiguos anales de los cuales reclama haber hecho la traducción.

29.- Estos tres testigos deben haber tocado, palpado y sopresado las referidas planchas y sus grabados.

30.- Otras ocho personas deberán también testificar haber visto y tocado las planchas a la luz del día.

31.- Tanto los tres primeros como los otros ocho testigos deben dar su testimonio al respecto, no en pos de ganancia material alguna, sino aun a costa de su sacrificio personal y de soportar persecuciones—cuando no la muerte.

32.- Debe encontrar alguien que aun sabiendo que no se recibirá remuneración alguna por la inversión, esté dispuesto a financiar la edición del libro; y éste debe venderse al precio del costo o menos.

33.- Finalmente, después de sufrir persecuciones y vilipendios durante 20 dramáticos años, estar dispuesto a dar su vida—y efectivamente darla—para sellar su testimonio.

En verdad, todo esto es imposible desde el simple punto de vista humano; habría sido asimismo imposible para José Smith, si no hubiera contado con la inspira­ción y el poder del Espíritu Santo. Hoy, gracias a la labor de este hombre, muchos pueblos del mundo están disfrutando de las bendiciones y el progreso espiritual reservados para ésta, la dispensación del cumplimiento de todos los tiempos. Y día a día, tal como lo anticipó Mormón en el prefacio de su compendio, el judío y .el gentil se están convenciendo de que JESÚS ES EL CRISTO.

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El Derecho de ser Feliz

Liahona Diciembre 1962

El Derecho de ser Feliz

Por el presidente David O. McKay

A felicidad es el deseo de toda la humanidad. Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser feliz. Muchas personas se empeñan sinceramente en poner lo mejor de su parle para ello. Lamentablemente pocos, no obstante, llegan a compren­der que la guía más segura para dicha realización puede ser encontrada en la .declaración de Jesús de Nazaret: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39) Este pasaje tan significativo contiene un secreto más digno de ser poseído que la fama o el poder, algo de más valor que todas las riquezas del mundo. Pero debe nacer de nosotros mismos. No podemos comprarlo. No podemos ordenar que nos sea proveído.

Dicho secreto es un principio o norma cuya aplicación habrá de permitir que la esperanza y la alegría reemplacen al desaliento y la tristeza; y henchirá nuestra vida con paz y contentamiento eternos.

¿Cuáles son las normas que traen la felicidad? Con toda mi alma creo que el mundo debe procurar hallarlas, que cada uno de nosotros habrá de encontrar gozo si nos guiamos por ellas. ¿Cuáles son algunas de estas normas?

La primera de todas, el fundamento de la felicidad y la paz en este mundo, es la fe en Dios. Los más grandes hombres han reconocido la existencia de un poder superior al mundo mismo—una fuerza que está más allá de la com­prensión finita del hombre. Hace ya varios años, se preguntó a los científicos más destacados del mundo si creían en Dios, y el noventa por ciento de ellos respondió “Sí”. Pero la mayor parte de ellos no sabía cómo Dios es. Saben que existe algún poder o fuerza; aun lo perciben alrededor de ellos. Pero también comprenden que no pueden inclinarse ante la electricidad o el átomo, porque el hombre está en camino de dominar el átomo, la fuerza conocida más grande. En verdad, el hombre es mayor que cualquiera de las fuerzas físicas que conoce.

Nosotros simplemente creemos que esa fuerza, ese poder que emana de alguna parte y lo crea todo, es un Dios personal.

Igualmente importante que la fe en Dios, es la creencia en Su Hijo Amado mediante el cual Dios se ha revelado a Sí mismo como el único “nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)

Recordaremos que cuando uno de Sus discípulos le pidió: “Señor, muéstranos el Padre,…” Cristo respondió:… ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has cono­cido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;…” (Juan 14:8, 9). En lo que a mí respecta, cuando me arrodillo para orar, me gusto saber que me estoy dirigiendo a un Ser personal e inteligente—Cristo, el Hijo Amado—que está representando a Dios el Padre.

Otra de las normas o principios de la felici­dad, es el libre albedrío. Cuando el Padre dijo en el principio: “. . . podrás escoger según tu voluntad,…” (Moisés 3:17), al hombre le fué dada una parte de la divinidad de Dios. Ninguna otra de Sus creaciones tiene el poder de elegir. Podemos escoger entre lo bueno y lo malo. Podemos decir “sí” o “no”.

El libre albedrío no sólo para pensar, sino para hablar, actuar y trabajar, es un privilegio dado por Dios al hombre. En el Libro de Mormón, el profeta Jacob enseña:

“Anímense pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos: para escoger la vía de la muerte eterna, o la de la vida eterna.” (2 Nefi 10:23)

Y en la presente dispensación, el Señor nos ha dicho:

“Porque la tierra está llena, hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.” (Doc. y Con. 104:17)

Otra de las normas que debemos reconocer y valorar—agradeciéndola al Señor—es el poder del auto­dominio. El individuo que cede a las tentaciones no es feliz. La mujer que transige a cada impulso no es dichosa. Tanto el uno como la otra, encuentran placer en la indulgencia. Y también es así con cada animal. Pero la indulgencia no significa virilidad ni tampoco conduce a Dios. Llegar a Dios exige esfuerzo, resis­tencia y dominio. En su vuelo, la alondra asciende en virtud de la aposición o resistencia del aire—pero canta a medida que se eleva.

¿Es acaso tan ilusoria la verdad contenida en la paradójica declaración de que “uno debe perder su vida para hallarla”, que la humanidad parece no poder comprenderla? ¿O es tan incompatible con la lucha por la existencia, que los hombres la consideran impracticable?

El hecho de que Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” ha establecido una ley inmutable— cuya obediencia habrá de mejorar aquellas condiciones sociales y económicas dentro de las cuales “la inhumani­dad del hombre hacia el hombre ha causado incontables lamentos”—permanece, no obstante, en pie.

La ley, específicamente definida, declara que “vivimos nuestras vidas más cabalmente cuando nos empeñamos en hacer que el mundo sea mejor y más feliz.” La ley de la naturaleza, la supervivencia del más apto, consiste en la auto preservación a costa del sacrificio de todos los demás; pero, en contraste con ella, la verdadera vida espiritual significa “negarse a sí mismo para el bien de otros.”

Valoremos las cosas que tenemos para ser felices; no suspiremos por lo que está fuera de nuestro alcance. Precisamente la apreciación de las cosas que nos rodean es una de las normas del evangelio. Y os la recomiendo a vosotros, padres y madres, esposos y esposas. Y tam­bién la aconsejo a vosotros, los que estáis en la edad de la juventud, a nuestros muchachos y muchachas que suelen sentirse desalentados cuando ven o piensan que algunos de sus amigos tienen cosas que ellos no tienen. Sed felices con lo que poseéis y dejaos llevar de la mano por el Señor. Y progresaréis.

Nosotros, los que tenemos el evangelio de Jesu­cristo, sabemos sin lugar a dudas cuántas bendiciones, privilegios y oportunidades el mismo nos ofrece cuando nos embarcamos activamente en “el servicio de nuestros semejantes y nuestro Dios.”

La felicidad es hija de la obediencia y proviene de la observancia de las normas del evangelio de Jesucristo.

Que el Señor os bendiga, jóvenes y señoritas, para que podáis conservar valientemente las normas de la Iglesia, doquiera que os encontréis. Sed vosotros, jóvenes, lo suficientemente bravos como para preservar vuestra dignidad de hombres. Mantened vosotras, señoritas, vuestras virtudes y belleza constantemente. Que podamos nosotros, como miembros de la Iglesia, dar ejemplos al mundo y conservar siempre altos los nobles principios del evangelio de Jesucristo.

El profeta José Smith ha dicho: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos con­duce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los manda­mientos de Dios.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 312.)

Si el evangelio trae salvación al hombre—lo cual, os testifico, es indudable—la felicidad es entonces un atributo que cada uno de nosotros debe poseer. ¡Empeñémonos en ser verdaderamente felices!

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La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Quisiera Saber…

La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles

En el capitulo 28 del libro 1 de Sa­muel, leemos que el rey Saúl, habiendo muerto el Profe­ta, recurrió a cierta pitonisa de Endor pidiéndole que hiciera «venir a Samuel» para poder obtener consejos de él. Lo que yo quisiera saber es lo siguiente: ¿Cómo fué posible que una bruja tuviera poder suficiente para traer del mundo de los espíritus a un profeta de Dios? Aun reconociendo que el que obraba por medio de la adivina fué el gran poder de Satanás, ¿cómo pudo haber sido que dicho poder fuera efectivo sobre un profeta de Dios?

Hay varios pormenores relacionados con esta historia que el lector presu­pone y que no están necesariamente en armonía con los hechos. En primer lugar, el rey Saúl no vio al espíritu que acababa de ser llamado. Toda la información respecto de la identificación del mismo, pro­vino exclusivamente de la mujer. No hay duda que la adivina estaba ciertamente familiarizada con Samuel y pudo efectivamente describirlo. Es factible también pensar que la mujer era suficientemente perspicaz como para comprender la desesperada situación del rey de Israel. No obstante, permanece aún el hecho de que fué ella, y no Saúl, quien describió la aparición.

En mayo de 1898, el presidente Charles W. Penrose escribió un excelente artículo sobre el particular y no puedo hacer algo mejor que transcribir sus palabras, a fin de explicar mejor el caso:

«Hay mucha diferencia de opiniones en cuanto a la visita que Saúl, el rey de Israel, hizo, conforme lo narra la Biblia, a la adivina de Endor  y al significado de la entrevista de ésta con el finado profeta Samuel.

El concepto popular al respecto, es que la pitonisa, a instancias de Saúl, «trajo» el espíritu de Samuel y que el rey conversó con él y se enteró del destino que le esperaba en su guerra con los filisteos. Pero el inte­rrogante emerge ante el hecho de cómo un bruja, que de acuerdo a la ley mosaica no podía vivir en el país, y con quien toda consulta estaba prohibida por el Señor, pudo tener poder para traer de vuelta, por medio de su mandato, al espíritu de un profeta de Dios. En respuesta a ello se ha venido sugiriendo que la mujer no era realmente una adivina sino una profetisa oculta. Y por qué ella tenía necesidad de encu­brir su paradero, no se ha mencionado. Se ha alegado que la teoría de una «profetisa» ha sido propuesta y mantenida por personas que entienden cabalmente todo el asunto. No obstante, una cuidadosa investi­gación del caso mostrará que ha habido un gran mal entendimiento en la materia. Repasemos lo que el historiador relata:

«Se juntaron, pues, los filisteos, y vinieron y acamparon en Sunem; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gilboa.

Y cuando vio Saúl el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera.

Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por Urim, ni por profetas.

Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte. Y sus criados le respondieron: He aquí hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación.

Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere.

Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir?

Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto.

La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.

Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo:

¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra.

El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia.

Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado hacién­dome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.

Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo?

Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David.

Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalee, por eso Jehová te ha hecho esto hoy.

Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. (1 Samuel 28; 4-19; cursiva agregada.)

De lo precedente, se desprende que la mujer visitada por el rey Saúl era de la clase proscripta por mandamiento de Dios, a raíz de ser practicante de adivinación por medio de encantadores. Ni los profe­tas ni las profetisas eran entonces expulsados de la tierra o tratados sin respeto. Solamente lo eran aque­llas personas que, condenadas por la ley de Moisés, se escapaban de los alcances y efectos de las misma. Saúl había intentado todo medio legítimo para obtener orientación sobrenatural, pero habiéndose él alejado del Señor y el Señor apartado de él, no había respuesta de los cielos a sus inquisiciones; no hubo para él pala­bras del Señor por parte de los profetas, ni tampoco comunicación alguna le fué concedida por medio del Urim y Tumim. No recibió manifestación ninguna mediante sueños o visiones, ni tampoco murmullos, del Espíritu divino. En su desesperación, Saúl se volvió al poder opuesto. En ello, este rey pecó también en­tonces. El sabía que estaba violando la ley del Señor. En tiempos en que sirvió a Dios, «Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos,» pero cuando él mismo cayó en las tinieblas, procuró los medios de la tiniebla y selló su propia suerte. Y está escrito:

«Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina.» (1 Crónicas 10: 13; cursiva agregada.)

La ley del Señor con respecto a la prohibición de estas artes, fué dada a Moisés y forma parte del gran código mosaico. Y, por ejemplo, leemos en Levítico;

«No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. . .» (Levítico 19:31.)

Y también en Deuteronomio:

«Y liarás según la sentencia que te indiquen los del lugar que Jehová escogiere, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten.

«Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren.

«Y el hombre que procediere con soberbia, no obe­deciendo al sacerdote que está para administrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel.» (Deuteronomio 17: 10-12.)

La adivina de Endor, pues, en lugar de ser una profetisa, era una mujer que practicaba la nigromancía, es decir, la comunicación o la pretendida comunica­ción con los espíritus de los muertos. Pero ella estaba dominada por un encantador; en otras palabras, era una médium espiritista, similar a los modernos pro­fesores del arte, que reclamaba estar poseída por un espíritu notable, por medio del cual podía comunicarse con los muertos. Observaremos que en oportunidad de la misteriosa sesión, Saúl no vio al espíritu de Samuel ni a ningún otro personaje, sino a la bruja solamente. Ella declaró estar viendo a «un hombre anciano, cu­bierto con un manto.» Saúl—dice el relato—»entendió que era Samuel», pero fué la adivina quien manifestó las palabras atribuidas a Samuel. La conversación toda entre el rey y el pretendido personaje fué conducida a través de la médium. Y por supuesto, todo esto pudo tener lugar sin la presencia real del profeta Samuel. La mujer, bajo la influencia de un encantador, pudo haber comunicado a Saúl las palabras atribuidas al Profeta, de igual manera como en la actualidad los médiums espiritistas, quienes como en el caso que nos ocupa realizan sus tareas por la noche o encubiertos por las tinieblas, dan voz a pretendidos mensajes de los muertos.

Que tales personas, en tiempos modernos o anti­guos, puedan o hayan podido invocar los espíritus de siervos o asistentes de Dios que hayan fallecido, va más allá de toda fe racional. Estos no están a la dis­posición de brujas, magos, adivinos o nigromantes. Lastimosa sería, en verdad, la condición de los espí­ritus en el paraíso si estuvieran bajo tales dominios. No tendrían descanso ni podrían disfrutar de su liberación de las labores y los problemas de la vida terrenal, lo cual es esencial para su felicidad, sino que estarían en una situación de esclavitud y sujetos a la voluntad y el capricho de personas que no conocen a Dios y cuyas vidas y ánimos son sólo terrenales.

Tampoco es ni ha sido nunca factible, conformo a la doctrina correcta, cine un profeta o una profetisa del Señor haya ejercido su poder para «traer» los espíritus de otros profetas o santos a su libre voluntad, para mantener una conversación con respecto a asuntos terrenales. No es ésta una de las funciones de los profetas o profetisas. La idea de que estas cosas pue­den ser hechas a requerimiento de hombres y mujeres en la carne, no debe ser abrigada por ningún Santo de los Últimos Días. El Señor ha dicho:

«Y cuando os dijeren: Preguntad a aquellos que tienen espíritu de pitón, y a los adivinos que atisban y hablan entre dientes, decid: ¿No debe un pueblo consultar a su Dios para (pie los vivos sepan de sus muertos?

«A la ley y al testimonio; y si no hablaren según esta palabra, es porque en ellos no hay luz.» (2 Nefi 18: 19-20; compárese, con Isaías 8: 19-20).

Ha sido sugerido que, en el caso de referencia, el Señor envió a Samuel en espíritu para que comunicara a Saúl lo que éste debía saber en cuanto a su inminente destino. Pero este concepto no armoniza con las decla­raciones del caso, hechas en el relato correspondiente. Si el Señor deseaba realmente impartir instrucciones o dar información alguna al rey de Israel, ¿por qué no respondió cuando Saúl le suplicó por medio de los canales legítimos de comunicación divina?

«Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim ni por profetas.» (1 Samuel 28:6.)

Saúl había intentado todos los conductos auténti­cos, a fin de obtener respuesta del Señor. ¿Por qué habría de ignorar el Señor los medios por El estable­cidos y enviar luego a Samuel, un Profeta, a través de un procedimiento prohibido? ¿Por qué iba a utilizar una persona que tenía «espíritu de pitón», siendo que El mismo la había condenado por Su propia ley?

«Pero»—también se ha argumentado—»la predicción declarada por el espíritu de referencia llegó a cumplirse al pie de la letra; Israel fué entregada en manos de los filisteos y tanto Saúl como sus tres hijos, su escudero y su oficialidad fueron muertos. Por consiguiente, aquélla fué una profecía verdadera.» Aun admitiendo que fué perfectamente correcta, es indudable que si las brujas, los magos, los nigromantes y los encantadores proscriptos por la ley, no fueran capaces de predecir a veces algunas verdades, ninguna necesidad habría de prevenir a la gente en contra de ellos. Si Satanás nunca dijere una verdad, no sería posible para él engañar luego a la humanidad con sus falsedades. Los poderes de las tinieblas no podrían jamás prosperar sin el uso de un poco de luz. Precisamente, una pequeña verdad mezclada con una considerable mentira consti­tuyen uno de los métodos preferidos del enemigo para guiar a los hombres por mal camino. Por lo tanto, no hay nada valedero en la historia de esta entrevista de Saúl con la adivina de Endor, que pueda establecer, racional o doctrinariamente, el concepto de que la mujer de referencia era una profetisa del Señor ni que Samuel apareció verdaderamente a ella.

No existe evidencia satisfactoria alguna de que los espíritus de los muertos puedan comunicarse con los seres vivientes a través de médiums espiritistas ni por ninguno de los métodos comúnmente empleados para tal fin. Es indudable que los espíritus satánicos actúan como «encantadores» o «controles» y que personifican a los muertos o «revelan» cosas que sólo ellos y sus amigos mortales pretenden conocer, con el propósito de desviar a los crédulos, pero los que se ponen a disposición de estos poderes de las tinieblas para intermediar por ellos, no tienen autoridad ni poder para obligar la presencia de los espíritus de los justos o inducirles a comunicarse con los vivientes. Los justos están más allá y por arriba del arte de tales individuos, y los mismos médiums son frecuentemente víctimas de los espíritus diabólicos, y por consiguiente, «engañadores engañados».

«He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión.» Cuando el Señor tiene algo que revelar, lo hará de la manera, por los medios y a través de las personas que El mismo ha designado. Si las personas mortales quieren saber algo acerca de sus seres queridos que ya han dejado de existir, deben recurrir al Señor y no a aquellos indi­viduos que presumen tener acceso «donde los ángeles temen poner sus pies.»

La esfera terrenal y la dimensión en que viven los espíritus de los que han muerto, son completamente distintas una de la otra y un velo ha sido sabiamente colocado entre ambas. Así como los seres vivientes no pueden, en su condición terrenal, ver ni conversar con los muertos, es razonable creer que también los habi­tantes del reino de los espíritus, en su condición nor­mal, están vedados de intercomunicarse con los mortales. Por especial y específico permiso del Señor, los seres de ambos lados del velo podrían manifes­tarse mutuamente, pero esto será ciertamente de acuerdo a la ley y conforme al orden que Dios ha establecido.

Mediante la obediencia a la ley y evitando nuestra asociación con personajes e influencias que no conocen a Dios ni obedecen Su evangelio, los Santos de los Últimos Días podremos eludir insidiosas decepciones y pesares, y seremos más susceptibles a la luz, inspira­ciones y revelaciones que han procedido y proceden de nuestro Padre Eterno.

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El Principio de la Reverencia

Liahona Octubre 1962

El Principio de la Reverencia

Por el presídeme David O, McKay

A reverencia es una de las más hermosas virtudes del hombre, que destaca no su debilidad sino su poder. Se ha dicho que el amor es el supremo atributo humano; y también que la simpatía mutua es otro de los principales dones. Pero yo colocaría a la reverencia inmediatamente después del amor. ¿Qué es la reverencia? Es un profundo respeto amalgamado con el amor—“una compleja emoción que emana de los sentimientos combinados del alma.»

La reverencia contiene contemplación, deferencia, dignidad y estima. Sin un cierto grado de la misma, por consiguiente, la cortesía, la gentileza o la consideración por los sentimientos o los derechos de otros, no serían posibles.

Esta incomparable virtud constituye uno de los principales fundamentos de la religión. La reverencia hacia Dios y las cosas sagradas es una de las más grandes características de toda alma noble. El hombre puede triunfar, pero si no sabe ser reverente nunca llegará a ser un gran hombre. Un gran hombre es reverente ante Dios y todo lo que con Él se asocia. Precisa­mente el mayor de los problemas mundiales en la actualidad, deriva de la actitud de los indi­viduos hacia Dios y Su Hijo Jesucristo.

No hace mucho estuvo cerca do la Cortina de Hierro. Pude sentir la presencia de una sombra pendiendo sobre aquella ciudad de Berlín. En la antiquísima China, el Cristianismo y la fe en Cristo han sido también aplastados por los comunistas. La reverencia y la fe en Dios están esfumándose de la mente de innumerables personas en aquellas naciones dominadas por el comunismo, y no necesitamos prueba mayor para demostrar el error de esa ideología.

Cierta vez visité el Taj Mahal, en la India- todo “un poema de arquitectura”—el más hermoso edificio en el mundo entero, conforme a la aseveración de muchos, mandado a construir por Shah Jehan en memoria de su esposa, Mumtaz Mahal. No se trata de una capilla o casa de oración; es, en realidad, una tumba. Cuando me encontraba allí, observé una gran cantidad de visitantes, turistas, curiosos y lu­gareños. Todos hablaban quedamente. En verdad, podría decirse que el ambiente creaba un espíritu de reverencia. Todos los visitantes procedían reverentemente porque sabían que el edificio no había sido erigido precisamente para dar cabida a actitudes irrespetuosas o descon­sideradas.

En la Iglesia, los edificios han sido construidos con el propósito de proveernos de un ambiente propicio para la comunión con nuestro Padre Celestial. No puedo concebir que alguien entre en nuestra casa de oración y solaz espiritual, animado en su corazón por impulsos alborotados.

Cuando entramos en una capilla, lo hacemos con el deseo de adorar al Señor. Queremos participar de Su Espíritu y por medio del mismo desarrollar nuestra fuerza espiritual. La primera frase de la oración que nos recomendara el Maestro, dice; “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” (Mateo 6:9.) La palabra “santificado” está estrechamente asociada con el espíritu de la reverencia, porque ésta es el más sagrado de los atributos del alma. Si fuéramos a visitar o a entrevistar a uno de los reyes o gobernantes del mundo, indudablemente consideraríamos cuál sería la forma correcta de vestir y de presentarnos ante él. Quizás hasta consultaríamos a los entendidos y gastaríamos dinero a fin de poder estar propiamente ataviados. Y en este caso, sólo llegaríamos a estar en la presencia de un simple potentado o gobernante terrenal por quien tenemos gran respetó.

Pero cuando entramos en la casa de oración, nos allegamos a la presencia de nuestro Padre Celestial. Y este solo pensamiento debiera ser suficiente incentivo para que preparemos nuestros corazones, nuestras mentes y aun nuestra vestimenta, de manera que podamos estar adecuada y convenientemente en Su presencia.

Los niños, mediante el ejemplo y el precepto de los mayores, deben ser enseñados e impresionados acerca de lo improcedentes que en las reuniones de culto resultan la confusión y el desorden. Debiera con­vencérseles durante la niñez y recalcárseles en su juventud, que el conversar o aun murmurar durante un sermón constituye una marcada falta de respeto, y que es el colmo de la rudeza el abandonar el lugar de la reunión antes de finalizada la misma.

Los niños debieran ser enseñados en la sala de clase, dándoseles la oportunidad de hablar y de participar libremente en las actividades y los programas corres­pondientes, pero a ninguno de ellos debiera permitírsele perturbar o distraer a otros por medio de vulgares movimientos o frívolos comentarios. El buen orden en la clase es esencial para poder sembrar en los corazones y en las vidas de los jóvenes, el principio del auto­dominio. Además, es menester que desde nuestra edad temprana sepamos todos que nadie puede atropellar los derechos de nuestros semejantes.

Sea que nos reunamos en una humilde capilla o en “un poema de arquitectura”, nuestro acercamiento y actitud ante el Señor no varía. El sólo saber que Él está allí debe ser el factor que determine nuestra conducta.

En la vida hogareña hay tres influencias principales que despiertan el espíritu de la reverencia en nuestro niños y contribuyen al desarrollo de sus almas: la ternura en la orientación, la cortesía entre los padres y de éstos hacia sus hijos, y la oración familiar. Enseñad a vuestros niños estas lecciones desde temprano en sus vidas.

En todo hogar, la reverencia hacia el nombre de Dios debe ser algo predominante. En ninguna familia de la Iglesia debiera manifestarse expresión alguna de profanación al respecto. Esto es malo; es absoluta­mente irreverente tomar el nombre de Dios en vano. No existe una sola provocación que lo justifique. Apli­quemos constantemente en nuestras vidas diarias esta cualidad virtuosa de la reverencia.

Si hubiera más reverencia en los corazones de los hombres, habría menos lugar para el pecado y el dolor, y una creciente capacidad para el gozo y la alegría. El hacer que de entre todas las brillantes virtudes, esta joya que es la reverencia sea más atractiva, más adaptable y mucho más practicada, es un proyecto digno de todo esfuerzo por parte de los padres, y especialmente entre los miembros de la Iglesia.

 

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Las Ruinas de Cesárea

Liahona Octubre 1962
Excavaciones Bíblicas en Tierra Santa

Las Ruinas de Cesárea

Por Christme y O. Preston Robinson
(Tomado de the Church News)

El Dr. O. Preston Robinson y su esposa visitaron a principios de 1962 la impresionante Tierra Santa, donde una serie de excavaciones arqueológicas está siendo llevada a cabo. El presente es el primero de ocho artículos que los hermanos Robinson han escrito como resultado de sus estudios al respecto, y que «Liahona» se complace en presentar a sus lectores a partir del presente número. (N. del Editor)

La infame Casa de Herodes, que por tanto tiempo y durante tan crítico período gobernó Palestina, realizó muchas cosas a fin de asegurarse un lugar en la Historia. En contraste con las intrigas y crueldades que fueron parte de su régimen totalitario, sabemos que tanto Herodes el Grande como su hijo, Herodes Antipas, hicieron edificar magníficas ciudades y her­mosos lugares de recreación. Las ruinas que ponen hoy de manifiesto esta faz progresista de aquella inicua dinastía, se extienden desde Jerusalén hasta Tiberias, sobre el Mar de Galilea, y desde el antiguo pueblo jordano de Sebastia hasta Cesaera, en la costa del Mediterráneo israelí.

Cesárea era una de las más hermosas ciudades de la zona, y en la época de Jesús estaba en el apogeo de su gloria. Esta ciudad fué reconstruida por Herodes el Grande sobre las ruinas de un antiguo pueblo de Canaán —en la actualidad a unos 40 kilómetros al Norte de Tel Aviv—, situado entre Jope (Jaffa) y Dor, sobre la costa del Mar Mediterráneo. Habiéndole costado doce años su edificación, Herodes inauguró Cesárea, aproximada­mente unos 10 años antes de Jesucristo, con juegos espectaculares y desenfrenados entretenimientos que se calcula costaron en aquel tiempo unos trescientos mil dólares.

La ciudad consistía de un gran puerto protegido por una enorme dársena y rodeado por una pared rematada por diez elevadas torres de defensa. Cesárea fué fundada y sus desagües dispuestos de tal manera, que las marejadas no alcanzaban a mojar siquiera las Calles inmediatamente adyacentes a la costa.

Hacia el Este, Herodes había hecho edificar un templo profusamente ornamentado—a la memoria de Augusto César, de quien la ciudad llevaba el nombre. También hizo construir un hipódromo y un enorme anfiteatro al aire libre, con capacidad para unas 20.000 personas. El pueblo era proveído de agua mediante un ingenioso sistema de acueductos—uno de los cuales medía trece kilómetros de largo y se surtía de una vertiente en las colinas de Palestina.

Cesárea fué la residencia oficial de los Procuradores romanos, incluso Poncio Pilato. Fué precisamente desde aquí que Pilato se trasladó temporariamente a Jerusa­lén al tiempo del juicio que llevó a Jesús a la cruz. Fué en Cesárea que Pilato ordenó la masacre de los judíos que habían venido desde la Ciudad Santa a protestar por los profanos estandartes y las imágenes del Empera­dor que habían sido colocados alrededor del templo. Recordaremos que cuando vió que estos emisarios estaban dispuestos a sacrificar sus vidas en pro de la misión que traían, Pilato canceló su orden y procedió a retirar las imágenes y los estandartes.

Se cree que Felipe fué el primer misionero que predicó la doctrina Cristiana en Cesárea. Fué también aquí donde Pablo compareció ante Agripa, quien como resultado de la magnífica exposición del Apóstol de los Gentiles, exclamó: “Por poco me persuades a ser cristiano/’ (Hechos 26:28.) En esta misma ciudad, durante el gobierno de Félix, Pablo estuvo prisionero dos años.

Cornelio era centurión en Cesárea. Hombre devoto y temeroso de Dios, oraba constantemente en pos de orientación divina. Un día tuvo una visión que le hizo saber que debía recurrir a Pedro, quien a la sazón se encontraba en Jope, en la casa de Simón el curtidor de cueros. Plasta ese entonces, el evangelio había sido predicado exclusivamente entre los judíos. Antes de encontrarse con los mensajeros de Cornelio, Pedro tuvo también una visión. Vió que de los cielos abiertos descendía un gran lienzo, “que atado de las cuatro puntas era bajado a tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo.” (Ibíd., 10:11-12.) Pedro consideraba que esas cosas no se podían comer porque eran “comunes o inmundas”. Sin embargo, una voz celestial le ordenó que comiera. Como resultado de esta gran manifestación, Pedro llegó a saber que el evangelio era para todos los hijos de los hombres y no solamente para los judíos. En conse­cuencia, acompañó a los emisarios a Cesárea y allí bautizó a Cornelio y a todos los familiares y amigos de éste, que se habían congregado en tal oportunidad. Después de la ceremonia del bautismo, el Espíritu Santo descendió sóbrela entera congregación de gentiles convertidos, asombrando a los “fieles de la circuncisión.”

A fines de una década de suntuosa gloria, Cesárea comenzó a declinar rápidamente bajo la nefasta ad­ministración del inicuo procurador Floro. La cruel política de éste, que fué el último de los Procuradores romanos, incitó a los judíos a una rebelión que culminó con la masacre de unos 20.000 israelitas y la sublevación de Jerusalén que determinó la destrucción de la Ciudad Santa, en el año 69 de nuestra era. Y aun en este trágico drama final, Cesárea jugó un papel importante: allí fué establecida la base de operaciones mediante las cuales Jerusalén fué arrasada.

Durante los últimos años, en que se ha estado desarrollando el actual programa de excavaciones pa­trocinado por el gobierno de Israel y la Universidad Hebrea de Jerusalén, con el aporte de fondos por parte de otras universidades y sociedades del mundo entero, las ruinas de Cesárea y de otros importantes sitios bíblicos han sido profusamente investigadas.

En la actualidad, Cesárea y sus alrededores consti­tuyen una febril colmena de actividades, con cuadrillas de trabajadores que operan modernos equipos, bajo la hábil supervisión de conocidos arqueólogos. En una de las secciones de las ruinas, una enorme pala mecánica acumula escombros desde los cuales se extraen, en inmensa variedad, fantásticos artefactos. En otra área, los arqueólogos’ trabajan personalmente con imple­mentos manuales y cepillos suaves, a fin de remover la tierra y el polvo de preciosas estatuas, finos bajo relieves y grandes piedras fundamentales sobre las que perfectamente se pueden leer y descifrar notables inscripciones.

De los artículos de alfarería, las monedas, las estatuas y columnas de mármol y las inscripciones correspondientes, es todo esto y mucho más lo que los eruditos pueden conocer acerca de la maravillosa y trágica historia de la que una vez fué magnífica ciudad. A medida que las ruinas van saliendo a la luz y que los fundamentos de los varios edificios van apareciendo, este espectacular sepulcro de la Historia está llegando a ser una de las maravillas del mundo arqueológico actual.

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La Dispersión de Israel

La Dispersión de Israel

Por O. Preston Robinson
(Tomado de the Instructor)
Liahona Octubre 1962


Aproximadamente mil cuatrocientos años antes de Jesucristo (los historiadores no han podido precisar una fecha exacta), una caravana de cerca de 600.000 esclavos hebreos, “sin contar los niños” Éxodo 12:37, escaparon de sus opresores egipcios, iniciando una lenta y difícil marcha hacia la Tierra Prometida. Estos eran los descendientes literales de José, Jacob, Isaac y Abrahán, que unos 400 años antes habían bendecido a Egipto mediante sus virtudes y su la­boriosidad, y quienes. . . fructificaron y se multi­plicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo. . . . ” (Éxodo 1:7.) Pero después de un tiempo los gobernantes egipcios olvidaron las bendiciones de José y sometieron a estas gentes a la esclavitud, exigiéndoles pesados gravámenes y haciéndoles construir ciudades y monumentos dedicados a sus extraños dioses.

Bajo la dirección y el empeño de Moisés, los israelitas iniciaron su milagroso éxodo y después de unos cuarenta años de venturoso y esperanzado deambular por el desierto, llegaron a las montañas de Moab. Y desde estas cumbres pudieron ver ¡al fin!, allá abajo, el encantado oasis de Jericó y el indudablemente im­presionante panorama de la Tierra Prometida. Seguir leyendo

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El Mormonismo y la Antropología

Liahona Octubre 1962

El Mormonismo y la Antropología

por Dee F. Green
(Tomado de the Instructor)

A antropología es frecuentemente definida como la “ciencia del hombre.” Su objetivo ha sido siempre descubrir la naturaleza humana del individuo, problema que resulta ser más complejo y variado que los de cualquier otra ciencia.

El principal interrogante de la antropología es el Mormonismo, o la doctrina de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, porque si hemos de vivir para siempre y alcanzar las posibilidades declara­das en Doctrinas y Convenios 132:20, es menester que tengamos un íntimo y amplio conocimiento con respecto al hombre y sus acciones:

Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas estarán sujetas a ellos. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos. (Doc. y Con. 132:20.)

Ante el inmenso panorama que los antropólogos se han trazado, será necesario que trabajen en estrecha correlación con muchas otras disciplinas además de las aceptadas tradicionalmente. La antropología incluye la investigación y el estudio de las ramas de la arqueología, psicología, sociología, biología, lingüística, etnología y toda otra materia que pueda proveernos de indicios o evidencias concernientes a la verdadera naturaleza del hombre. Precisamente, entre estos otros campos de investigación podríamos contar la religión.

La coordinación de verdades religiosas con los datos antropológicos, facilita el esclarecimiento de los problemas y provee de resultados más completos a las tareas de investigación concerniente al hombre y su medio ambiente. Por otra parte, la misma antropología ha contribuido y aún contribuirá en lo futuro a un mayor entendimiento del evangelio de Jesucristo. He aquí algunos ejemplos específicos.

A diferencia de los animales, que pueden depender enteramente de sus instintos naturales, el hombre debe aprender un sinnúmero de hábitos culturales que le son tan indispensables como para los seres irracionales lo es el instinto. En efecto, tal como la cultura no podría prevalecer sin el hombre, éste no sobreviviría sin la cultura. Esta educación cultural comienza con su propio nacimiento y es transmitida, de generación en generación, a través de toda su descendencia. La conservación de esta corriente de cultura tradicional es tan importante como la propagación misma de la raza. No existe institución social tan idealmente identi­ficada como la familia, con respecto al adiestramiento de los hijos conforme a los moldes de cultura básica que éstos deben conocer para poder sobrevivir. Ni las escuelas, ni las iglesias, ni los clubes, ni las entidades de puericultura resultan ser tan fehacientes o adecuados como el seno familiar.

Todo padre que eluda la responsabilidad de enseñar a sus hijos las normas fundamentales de la cultura social, está contribuyendo a la destrucción de su linaje. Las actitudes tales como “Yo quiero que crezca y decida por sí mismo,” son un desatino y a ello se debe en gran parte la desorganización social pre­dominante en nuestros días. Esto no es nuevo para los miembros de la Iglesia. Nuestros profetas han dado siempre énfasis a la importancia del hogar y de la familia. Y de una larga lista enumerativa, ello constituye otro caso en que nuestros profetas y maestros han sido corroborados por los hallazgos de la ciencia.

Otra de las áreas en que la antropología puede llegar a ser de gran servicio para la Iglesia es el pro­grama misional. Las costumbres, hábitos, maneras y cultura de las gentes entre las que predicamos, son frecuentemente muy distintas a las nuestras. En efecto, el Mormonismo significa una cultura muy peculiar, con costumbres marcadamente distintivas y normas de vida que deben ser cabalmente asimiladas por todo aquel que desee experimentar una conversión decididamente positiva.

Nuestros misioneros son constantemente exhortados a amar y comprender a las personas entre las que trabajan. Esto puede conseguirse sólo si el misionero entiende y respeta las costumbres que para él y su cultura puedan resultar extrañas. Un antropólogo mormón no podría anticipar el campo de labor ni las circunstancias peculiares a que un joven o una señorita fueren llamados. No obstante, sí puede señalarles las diferencias de cultura y proveerles de puntos de vista y pormenores que habrán de desarrollar en ellos una mayor tolerancia hacia esos pueblos. Esto no significa que alguna de nuestras doctrinas o principios deban o puedan ser comprometidos; poro con un mejor entendimiento respecto de las gentes entre las que han de predicar, nuestros misioneros pueden realizar una tarea más efectiva.

La arqueología—estrechamente vinculada con la antropología—ha venido recibiendo últimamente más y mayor atención por parte de los miembros de la Iglesia, especialmente en cuanto a su relación con el Libro de Mormón. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, proclamamos que el Libro de Mormón es genuino, mientras que el mundo generalmente declara que es falso. En medio de esta fundamental discre­pancia en puntos de vista, los miembros de la Iglesia están en una posición tal que les permite reconocer ciertas conformidades entre el libro y la arqueología que los eruditos explican con diversas “teorías”. ¿Es que no aceptará el mundo la prueba del Libro de Mor­món? Y en todo caso, ¿qué es lo que constituye la “prueba” del Libro de Mormón? Sólo el testimonio del Espíritu, como lo promete el Señor:

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas. (Moroni 10:4-5.)

Todo lo que científicamente se ha descubierto y lo que en el futuro se descubra, debe ser clasificado como evidencia. Pero es aquí donde frecuentemente cometemos el error de buscar pruebas, cuando en reali­dad debemos buscar la verdad. Una “prueba” resulta ser diferentes cosas para distintas personas, y puede no constituir precisamente la “verdad”. Nuestro pri­mordial interés debiera ser la búsqueda de la verdad, dejando entonces que los “fragmentos” de la escultura caigan donde deban caer. Y de una cosa podemos estar seguros: los “fragmentos” nunca caerán en contraposi­ción al Libro de Mormón, porque la veracidad de éste ha sido ya demostrada mediante la evidencia de los testigos, la sangre del Profeta y el testimonio del Espíritu. Podrían, sin embargo, caer en contra de algunos de nosotros que estemos o hayamos estado principalmente apartándonos de las vías de acerca­miento a la verdad y corriendo detrás de cada sombra arqueológica a fin de poder “comprobar”. Dejemos las pruebas a la disposición y voluntad del Señor, y prosiga­mos cumpliendo con Su mandamiento de buscar la verdad.

¿Dónde descansa, entonces, el valor arqueológico y antropológico del Libro de Mormón?

Existen dos características benéficas y primordiales que han derivado de los diversos descubrimientos en esos campos. Primero, constituyen “señales que seguirán a los que creyeren.” (Mormón 9:24.) En otras palabras, después de haber recibido el testimonio dado por el Espíritu Santo, tendremos el privilegio de reconocer evidencias adicionales, proveídas por la ciencia. Tal como se mencionara anteriormente, estas señales y evidencias adicionales no son generalmente reconocidas sino por los Santos de los Últimos Días, debido a que existen otras teorías y explicaciones que resultan aceptables a los que no creen que el libro sea verídico.

Segundo, estas investigaciones pueden llegar a despertar tanto interés entre los pueblos, como lo han logrado los programas de la A.M.M. o las actuaciones del Coro del Tabernáculo, basta el punto de que muchas personas hayan comenzado a investigar seriamente nuestra doctrina. Debemos, asimismo recordar que al igual que las actividades mencionadas y también en cuanto a la obra misional, el Libro de Mormón debe convertir a las gentes por medio del testimonio del Espíritu y no en base a evidencias arqueológicas. Porque si el testimonio no está fundado en el testimonio espiritual, los resultados serán similares a los de aquellos individuos que se convierten por el misionero y no por la doctrina.

Habiendo leído uno de los varios libros que sobre el particular han publicado algunos miembros de la Iglesia, alguien exclamó: “No puedo entender cómo después de leer esta obra puede haber una sola persona que no se convenza de la veracidad del Libro de Mor­món.” Pero este hermano olvidaba que los no miembros de la iglesia carecen del don del Espíritu Santo, y en consecuencia no alcanzan a ver o identificar los mismos significados, conformidades y evidencias que son reveladas al individuo que ha tenido la fe necesaria para investigar, someterse a la prueba de la oración sincera y recibir entonces la respuesta mediante el testimonio del Espíritu.

 

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Sobreponiéndonos al Pecado

Liahona Septiembre 1962

Sobreponiéndonos al Pecado

por Roberto N. Oldiz
Rama Deseret (Misión Argentina)

Una mañana en que Jesús había ido al templo y se encontraba allí enseñando al pueblo, algunos escribas y fariseos trajeron ante El a una mujer acusada de haber cometido adulterio, a quien querían apedrear —decían—conforme a la ley de Moisés. Con la intención de tentar al Maestro, a fin de acusarle luego ellos le preguntaron: “Tú, pues, ¿qué dices?” Jesús, que conocía íntimamente el alma de cada persona, les res­pondió: «. . . El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” (Juan 8:2-7.)

La Escritura prosigue diciéndonos que los hombres, al oír estas impresionantes palabras, sintiéndose avergonzados en su conciencia, se alejaron del lugar, dejando solos a Jesús y a la mujer. Incorporándose luego el Salvador, reparó en ésta y le dijo:

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nin­guno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (Ibid., 8:10-11.)

En esa ocasión, el Salvador puso en evidencia mu­chas realidades de las cuales podemos extraer grandes enseñanzas. En primer lugar, todos los que acusaban a la mujer pecadora eran también pecadores. En segundo lugar, el Varón de Galilea, siendo el único hombre limpio y sin pecado, y entendiendo que la desdicha­da mujer estaba arrepentida, la perdonó. Y por último, observemos la advertencia del Maestro: “. . . No peques más.”

Todo ser humano, desde que ha llegado a la edad de responsabilidad, comete o ha cometido, en cierta medida, pecados. De ahí la importancia del principio del arrepentimiento. En una de sus Epístolas, Juan el Amado declara:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engaña­mos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:8-9.)

El objetivo de la Iglesia es el “perfeccionamiento de los santos”. Esto significa que los miembros de la Iglesia no nos distinguimos de “los que son del mundo” porque seamos perfectos, sino por el hecho de que la perfección es el propósito de nuestra vida, y que estamos “peleando la buena batalla” para conseguirlo. No podemos restar significación a aquellas reveladoras palabras de Jesús:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5: 48.)

Estamos en este mundo para al­canzar nuestra salvación, condición de progreso que sólo se ob­tiene mediante la superación del pecado, resistiendo a las tentaciones que nos acechan a cada paso. Debemos sobreponernos al pecado. Y esto es especialmente importante para la juventud—edad en que son mayores las tentacio­nes del mundo y desde donde es más largo el camino que nos llevará a hacer de nuestra vida él mayor de los éxitos o el peor de los fracasos. Si logramos esto— sobreponernos al pecado—la victoria sobre todo lo demás será fácil.

Como miembros de la Iglesia, ganaremos aún más conocimiento, mejoraremos nuestros propios hogares y llegaremos a ser oficiales y maestros más eficientes. Pero si tallarnos en ello, todo lo demás habrá de desmoronarse como la casa edificada sobre la arena.

Muchas son las armas para luchar contra el pecado y vencer. Una de ellas es el arrepentimiento. Nadie puedo siquiera pretender sobreponerse al pecado si no abriga en su ser la íntima disposición de arrepentirse. El verdadero arrepentimiento consiste en cuatro pasos fundamentales: reconocer la comisión del pecado; sentir remordimiento por la transgresión; agotar los recursos posibles para reparar las consecuencias; y abrazarse a la firme determinación de no reincidir. El trofeo infalible de esta batalla será una vida limpia, ante la resultante ausencia del pecado.

El arrepentimiento no es verdadero si no produce un cambio real en el individuo. Después del “proceso” mencionado, ‘el arrepentimiento habrá de cambiar nuestras vidas, despejando las funestas nubes de la miseria que puedan amenazar nuestro cielo, y transformando la pesadumbre en felicidad. Pablo dijo:

“La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (1 Corintios 7:10.)

Esa misma tristeza—el arrepentimiento verdadero—es la, que obró en Alma de tal forma que éste, de perseguidor de la Iglesia, se convirtió en ardiente defensor de ella, llegando a ser Sumo Sacerdote y Juez Superior de su país. En cambio, la tristeza del inundo—el remordimiento inoperante —arrastró a Judas a una muerto ignominiosa.

Para obtener un verdadero arrepentimiento, es sabio esforzarse en el estudio y la práctica del evangelio, es decir, tratar de conocer los mandamientos que debemos cumplir, ser humildes y honestos en reconocer nuestros errores, y actuar con un genuino deseo de no pecar más.

Otra de las armas eficaces es resistir las tentaciones Muchas veces confiamos demasiado en nuestra capaci­dad de resistencia y “jugamos con fuego”, exponiéndonos a quemarnos cuando menos lo pensamos. No abramos las puertas a Satanás; él siempre está al acecho para poder entrar en nosotros. Hay dos campos: el de Dios y el de Satanás; ambos están perfectamente demarcados. Si nos conservamos en el campo de Dios,’ no habrá fuerza dentro ni fuera del mundo que pueda hacernos tropezar. Pero si desaprensivamente nos acercamos a la línea divisoria, donde no pecamos abiertamente pero tampoco nos mostramos del todo fieles, fácil resultará ser arrastrados al campo del enemigo y difícil nos será regresar.

¿Cuándo nos acercamos a la línea divisoria? Cuando hacemos cualquier tipo de concesión incom­patible con nuestros ideales nobles; cuando no pagamos un diezmo completo; cuando frecuentamos ambientes de poca o ninguna espiritualidad y aun participamos de actividades que están en pugna con las normas morales del evangelio; cuando mantenemos relaciones o amistades deshonestas; cuando nos permitimos ciertas liberalidades impropias; cuando en lugar de cultivar la virtud del honesto reconocimiento, fomentamos el vicio de la auto justificación. . . .

La clave está en no ceder cuando algo nos empuja en dirección contraria al rumbo de la verdad y la justicia, en no consentir el pecado ni en su más mínima expresión. Una vez que se ha dado un paso en falso, fácil es la caída vertiginosa. Pablo escribió a los Santos de Tesalónica: “Absteneos de toda especie de mal.” (1 Tesalonicenses 5:22.)

En tercer lugar, debemos tratar de tener ocupados nuestro cuerpo y nuestra mente sólo en obras de bien.

Las malas acciones se engendran en la ociosidad. En cambio, el trabajo honesto aleja los malos pensamientos y anula los procederes incorrectos.

Podremos sobreponernos más fácilmente al pecado si agregamos una buena dosis de dedicación a nuestro trabajo. Si ocupamos nuestro tiempo libre en aprender un oficio, estudiar una ciencia o cultivar un arte; si concretamos nuestro entretenimiento a la sana recreación dentro del grupo familiar o de la Iglesia; si ponemos nuestra devoción al servicio del Señor y estudiamos seria y metódicamente el evangelio, “escudriñando las Escrituras” constantemente, el pecado, cansado de esperar inútilmente a nuestras puertas, se alejará de nosotros.

Un cuarto recurso para nuestro propósito consiste en tratar de ser un ejemplo al mundo. Timoteo, el joven discípulo de Pablo, recibió de “su padre en el evangelio” la siguiente recomendación:

“Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12; cursiva agregada.)

Todo buen Santo de los Últimos Días debe esfor­zarse por predicar el evangelio de Jesucristo por medio de la palabra y del ejemplo; por la voz y por la acción. Ninguno de nuestros asociados, vecinos o amigos debiera ignorar que somos “mormones”, sino que debemos manifestarlo en cada oportunidad apropiada, a través de nuestra fe y de nuestras obras; mediante nuestras creencias y nuestra manera de vivir. De esta forma podremos superar más cabalmente al pecado, puesto que ceder a una tentación y cometer un pecado equivaldría a desvirtuar nuestros propios ideales y defraudar la posible esperanza de nuestro prójimo.

Declararnos Santos y mostrarnos fieles seguidores de Cristo con sencillez de corazón, será adoptar en la vida y ante el mundo una posición bien definida que nos ayudará a mantenemos leales a nuestros nobles objetivos. Nosotros mismos debiéramos creamos la res­ponsabilidad, ante nuestros semejantes, de ser ejemplos de los creyentes. “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” (1 Corintios 4:20.)

A la par de esta disposición de ser un ejemplo, está la característica de la valentía. Como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nuestra peculiar manera de pensar y de proceder nos distingue de los demás, especialmente en casos tales como el no festejar bromas de mal gusto, evitar conversaciones indecorosas, abstenemos de fumar y de tomar bebidas alcohólicas o estimulantes, etc. Nunca debemos avergonzarnos de ello. Si nos mantenemos leales a nuestros principios, la gente de bien habrá de admirarnos y respetarnos. Pero si cedemos sólo por contemporizar con el mundo, estaremos vendiendo a bajo precio nuestros más nobles ideales. Conservemos siempre latente en nuestra mente aquel sencillo testimonio de Pablo:

“. . . No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16.)

Por último, las más sublimes actitudes del hombre se hacen entonces necesarias: la oración y el ayuno. Aquélla es una conversación entre nosotros y nuestro Padre Celestial. El ayuno—oración física—es uno de los medios más dicaces para sobreponernos a las cosas temporales y aumentar nuestra espiritualidad. La práctica de la oración y el ayuno sinceros serán arma y escudo contra las tentaciones. Así dice el Señor:

“Ora siempre, no sea que entres en tentación y pierdas tu galardón.” (Doc. y Con, 31:12.)

“También os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.” (Ibid., 88:76.)

El hombre está siendo constantemente acechado y acosado por las tentaciones. El mismo Salvador y. Sus discípulos debieron luchar contra ellas. Nadie está exento de la tentación, pero todos podemos evitar el pecado. La clave reside en resistir y fortalecernos.

Es reconfortante saber que el hombre puede cambiar. Todos podemos convertir nuestras actitudes, nuestros hábitos y aun nuestro carácter. Cada uno de nosotros puede abandonar sus defectos y debilidades, y obtener las virtudes que el evangelio fomenta. Ese es el cambio que vivifica al “nuevo hombre” de que nos hablan las Escrituras:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,

“Y renovaos en el espíritu de vuestra mente,

“Y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24; cursiva del editor.)

Combatamos, pues, el destructivo pecado, de acuer­do al antiguo consejo:

“. . . Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13.)

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El evangelio en Sud América

Liahona Septiembre 1962

El evangelio en Sud América

Por el presidente A. Theodore Tuttle
Director de las Misiones Sudamericanas (Tomado de the Improvement Era)

La nota simpática de la 132a. Conferencia General de la Iglesia, realizada en abril del corriente año, fué provista por el presidente A. Theodore Tuttle, quien visiblemente emocio­nado comenzó su discurso hablando en es­pañol. “Liahona” se complace en presentar a sus lectores el texto completo de dicho dis­curso. (N. del Editor)

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy feliz de estar aquí con ustedes esta tarde. No pude resistir la tentación de hablaros en el lenguaje del pueblo que amo, idioma que estoy tratando de aprender.

Os traigo los saludos de los presidentes de seis misiones y de sus devotas esposas, de más de 800 misioneros, y de 20.000 Santos maravillosos que habi­tan Sud América. Quizás lo más interesante, con res­pecto a este número de miembros, no sea la cantidad en sí, sino el promedio de aumento que se ha ido alcanzando paulatinamente, lo cual constituye el cum­plimiento de una profecía.

Quisiera relatar en forma breve los antecedentes de esta declaración. En 1851, Parley P. Pratt fué por primera vez a Sud América, después de haber visitado las Islas de los Mares del Sud, en un intento por introducir allí el evangelio restaurado, desembarcando en Valparaíso (Chile), justamente después de una revolución; pero las condiciones reinantes en el país eran desfavorables para la tarea misional, por lo que un par de meses más tarde debió desistir y regresar a los Estados Unidos. No fué entonces sino hasta 1925 que los élderes Melvin J. Ballard, Rulon S. Wells y Rey L. Pratt, fueron enviados a dedicar la tierra sudameri­cana para la predicación del evangelio. En su oración dedicatoria, el hermano Ballard pronunció palabras altamente inspiradas, algunas de las cuales quisiera repetiros; él dijo: “Y ahora, oh Padre, en virtud de la bendición y el llamamiento dados por tu siervo el Presidente de la Iglesia, y por medio de la autoridad del sagrado Apostolado que poseo, doy vuelta a la llave, destrabo y abro la puerta de estas tierras para la predicación del evangelio; bendecimos y dedicamos todas las naciones de estas tierras para la predicación de Tu evangelio. . . .”

El 4 de julio de 1926, el élder Ballard declaró inspiradamente: “La obra del Señor se llevará a cabo aquí en forma lenta por cierto tiempo, tal como un roble crece lentamente desde una bellota. No florecerá en un día como el girasol, que se desarrolla rápidamente y luego muere, pues miles se unirán a la Iglesia. Esta tierra será dividida en más de una mi­sión y llegará a ser una de las más fuertes del reino. La obra es ahora muy pequeña aquí, pero vendrá el día en que los lamanitas de esta tierra tendrán su oportunidad. La Misión Sudamericana será una poten­cia en la Iglesia.”

El élder Harold B. Lee dió parcial cumplimiento a esta profecía en 1959, cuando creó la 5a. unidad sudamericana—la Misión Andina—, en cuya ocasión hizo una significativa declaración, que considero yo otra profecía: “A mi juicio—dijo—, no hay en todo el mundo otras misiones que encierren tantas promesas como las misiones de Sud América. La obra seguirá creciendo, y no hemos visto aún el número total de misiones que serán aquí establecidas—y muchos de los que están aquí presentes, habrán de presenciar este crecimiento.”

Hace seis meses, y bajo la dirección de la Primera Presidencia, tuvimos el privilegio de organizar la Misión Chilena—la sexta misión de la Iglesia en Sud América. Y puede decirse que el trabajo recién ha comenzado. Treinta años de labor han sido necesarios para con­vertir las primeras 10.000 personas en estas tierras. Pero la conversión de otras 10.000, ha llevado sólo tres años. El año pasado, 6.000 personas fueron bau­tizadas en Sud América. Indudablemente, ésta es una tierra de promisión y profecía.

Estoy muy agradecido por el privilegio de traba­jar en esta parte de la viña del Señor. Ha sido una maravillosa experiencia para la hermana Tuttle y para mí, el habernos trasladado con nuestra joven familia para hacer de Sud América nuestro hogar temporario, y el tener la oportunidad de viajar por todos estos países para “apresurar” la obra del Señor, como dijera el élder Packer. Os aseguro que carezco tanto del tiempo como del vocabulario para poder describiros apropiadamente estas inmensas y variadas regiones, pero quisiera daros un breve vislumbre de lo que son.

Posiblemente, la mejor caracterización de esta tierra podría lograrse comparándola con un gigante dormido—recalcando ambos términos: gigante y dor­mido. Hay allí una tremenda potencialidad. Hay allí portentosos ríos cuyo poder no ha sido aún represado completamente. Hay allí fértiles terrenos, inmensos, inexplotados, Hay allí grandes fuentes de recursos naturales, adormecidas pero latentes. Y pareciera casi que el Señor ha estado permitiendo que así fuera.

El pueblo sudamericano es una combinación de muchas razas, principalmente europeos mezclados con lamanitas, los cuales son las crio­llos de esta tierra. La mitad de los 120 millones de almas que habi­tan Sud América, habla español; la otra mitad, portugués. Estos últimos se encuentran en el gran país de Brasil.

Estas gentes no son perezosas.

Yo sé que han sido generalmente caracterizadas como tales. Es ver­dad que duermen la siesta, pero comienzan sus jornadas temprano y la acaban tarde. Muchas veces he tenido la oportunidad de ver mujeres—particularmente mujeres lamanitas que llevan sus niños atados sobre sus espaldas—cami­nando apresuradamente a lo lar­go de una calle y zarandeando a la vez con increíble destreza el huso manual con que hilan la lana que sostienen con sus mismas ma­nos. Después de tantos cientos de años, estas gentes merecen el evangelio de Jesucristo—y esto también para dar cumplimiento a la profecía.

En cuanto a la política, conozco poco acerca de la situación. Lo que sé, lo lie leído en los diarios.

Pienso, sin embargo, que vosotros, padres y madres, no debéis pre­ocuparos seriamente acerca de la seguridad y el bienestar de vues­tros hijos e hijas que se encuen­tran en estos países. Es verdad que siempre existen amenazas y peligros más o menos frecuentes, pero tengo en mi corazón la tran­quila certeza de que Dios vive y que Él está en los cielos. Esta es Su obra y los antojos de los hombres no habrán ya de estorbarla.

No obstante, quisiera pediros una cosa—que cada uno de vosotros se una en oración con vuestros hijos e hijas, y con nosotros, para rogar por las bendiciones celestiales sobre esa tierra, a fin de que sus líderes y gobernantes sean bendecidos para que puedan preser­var la paz—paz que se hace necesaria para el progreso de la obra del Señor, ya que ésta es el medio por el cual habrá de llevarse a cabo el despertamiento y la salvación de este pueblo.

Una de las características más impresionantes de esta conferencia, es la que observo en estas primeras filas, en que algunos hombres se encuentran partici­pando de ella por medio de radioteléfonos. Quizás porque he estado en países de idiomas extraños para mí, puedo apreciar más prontamente la oportunidad que estos hermanos, habiendo venido de lejanas tierras, tienen de recibir los consejos e instrucciones de las Autoridades de la Iglesia personal y directamente en sus propios lenguajes. En verdad, puedo agregar un sincero “Así sea” a la declaración del hermano Hinck­ley, de que aunque en estos momentos algunas naciones se están reuniendo para resolver sus enigmas políticos, sólo el alma, el corazón y el espíritu de los hombres podrán solucionar el problema de la paz. Porque es en ella que el evangelio ha de ser enseñado, y no es sino por medio de su aceptación y obediencia que la paz habrá de ser lograda. No existe otra manera por la que todos los hombres podrán ser unidos en una Causa mayor que su propio nacionalismo, que mediante la aceptación del evangelio universal de Jesucristo.

He sido fuertemente impresionado en nuestras re­uniones de reportes, al oír a los hermanos rendir el informe de sus amplias labores y actividades desarrolladas tanto aquí como en lugares distantes, tales como Hamburgo, Glasgow, Tokio, Sidney, Helsinki, Manila y Bergen. La Causa de la verdad está actualmente más fortalecida y difundida que nunca en la historia del mundo, pero también lo está el poder de la maldad y el error. Sin embargo, vuelvo a decir que tengo la completa seguridad de que la justicia ha de prevalecer y que la verdad triunfará. Y mientras las naciones del mundo temen, tiemblan y dudan, nosotros per­manecemos en la certeza, la calma y la paz.

Pero, oh, cuánto anhelo la alborada del día en que en estas reuniones los hermanos habrán de darnos los reportes de la Obra en lugares tales como Nanking, Moscú, Delhi, Bombay, Dakar, Leningrado y Jerusalén, y hablarnos de las condiciones existentes en las ramas, distritos, barrios y estacas de esas localidades.

¿Cómo podría apresurarse y llevarse a cabo esto? Mediante la aceptación y la obediencia al evangelio de Jesucristo—obediencia por parte de los que creemos, y aceptación por los que son del mundo, porque este evangelio tiene el poder que ha de cambiar la vida de los hombres. Habiendo estado en los campos misionales, os aseguro que he podido notar más de cerca este poder con que el evangelio cambia la vida de las personas.

Una vez en Brasil oí decir a un presidente de rama recientemente apartado para tal función: “Hermanos, yo trabajo desde las 7 de la mañana a las 7 de la noche. He señalado dos noches de la semana para dedicarlas a mi familia, e intento estar en la rama las otras cinco. Aquí podrán entonces encontrarme cuan­do me necesiten.” El evangelio cambia la vida de los hombres, llamándoles a servir voluntariamente y pro­veyéndoles una causa noble.

En una reunión de oficiales del sacerdocio, reali­zada en Chile, un hermano dijo: “¿Quién iba a pensar hace dos años que un común mecánico como yo, iba a estar hoy parado ante un grupo de hombres, enseñán­doles acerca de las cosas espirituales? Sin embargo, aquí estoy, no haciendo sólo eso, sino presidiendo una rama.” Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, liberando sus latentes potencialidades.

En Uruguay, escuché a un hombre decir lo si­guiente: “Hace dos años, cuando mi hijo fué llamado como misionero, yo no era siquiera miembro de la Iglesia. Ahora que él está a punto de terminar su misión, tendré el privilegio, como Presidente de la Rama, de darle oficialmente la bienvenida a su regreso. Estoy casi colmado de gratitud por las bendiciones que el evangelio ha traído a mi vida, junto con la armonía y unidad que hay ahora en nuestra familia.” El evan­gelio cambia la vida de los hombres, trayendo, amor, armonía, y paz a sus familias.

Un ex-misionero argentino, que en la actualidad es casado y tiene dos hijos, se puso de pie en una reunión y dijo: “Si yo recibiera el llamado para salir nuevamente como misionero, vendería mis muebles con tal de ir.” Cabe destacar, hermanos, que aquel joven no era accionista ni tenía bonos, ni propiedades inmuebles, ni casa, ni automóvil—sólo muebles. Sí, el evangelio cambia la vida de los hombres, levantán­dolos del ámbito del materialismo hasta el reino de la espiritualidad.

Escuché a un hermano de la Misión Andina decir: “Ustedes son mis hermanos; si los de mi familia se unen a la Iglesia, llegarán a ser también mis hermanos, porque yo sé que la relación sanguínea no es tan fuerte como la de esta hermandad que el evangelio ha uni­ficado en la Iglesia.” Os digo nuevamente, el evangelio cambia la vida de los hombres, porque une en la hermandad divina a todos los que aman la verdad.

Tal como en casi todo el mundo, también en Sud América se está desarrollando un gran programa de edificación, el cual requiere siempre la asistencia de un diestro contratista para que los miembros locales pue­dan construir sus capillas. En la actualidad, estoy se­guro de que aquí en Norte América hay algún insospechado contratista de habla hispana que podría reci­bir un llamado telefónico y tener una entrevista, y si es digno y acepta, habrá de vender o alquilar su casa, dejar su trabajo, traspasar sus negocios a sus socios o competidores, tomar su familia y partir rumbo a algún lugar sudamericano que hasta ahora había sido quizás sólo un nombre extraño. Y cuando este hombre arribe a su punto de destino, encontrará allí gente que le enseñará a amar, y a comprender y apreciar la her­mandad; personas que habrán de ayudarle a edificarse en un hombre nuevo, mientras él les ayuda a construir una capilla donde adorar al Señor. El evangelio cam­bia la vida de los hombres y también su locación y medio ambiente, a la vez que requiere sacrificio. Y estoy agradecido por ello. Espero que nunca privemos a la Iglesia de este importante elemento que es el sacrificio. Bien vale la pena este sacrificio, a fin de poder tener la paz y la certeza de saber que Dios vive, porque nuestra voluntad de servirle nos acercará más a Él.

Hay varios miles de jóvenes y señoritas que este año tendrán también una entrevista con sus obispos respectivos, y si están preparados y prueban ser dignos, recibirán el llamado del Profeta del Señor para ir a servir al prójimo mediante la predicación del evangelio restaurado. Entonces, abandonarán sus estudios y sus becas, dejarán sus empleos, su dinero, sus novias y amigos, e irán, a costa propia, y aprenderán un idioma extranjero, a fin de que otras vidas puedan ser cam­biadas. Y declararán que Dios vive y que Él es nuestro Padre y que nos ama. Y proclamarán que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro Redentor. Y también testi­ficarán que el evangelio de Jesucristo ha sido restau­rado en estos últimos días por intermedio del profeta José Smith. Manifestarán que un nuevo testigo ha sido dado, el cual es el Libro de Mormón, para declarar otra y una vez más (pie Jesús es el Cristo. Asimismo, estos jóvenes irán y darán testimonio de que ésta es una tierra de promisión, como tan impresionantemente lo afirmara el élder Benson, desde donde ha de esparcirse  el evangelio por el mundo, a fin de que todos los hijos de Dios puedan ser bendecidos.

También habrán do declarar nuestros misioneros que el sacerdocio ha sido restaurado para que el hombre volviera a tener poder para bautizar y bendecir con el don del Espíritu Santo, y llevar a cabo todas las ordenanzas necesarias para la exaltación de la humani­dad.

Ahora bien, ¿cómo podemos ayudar, y qué pode­mos hacer? Juventud, preparáos. Vivid limpiamente. Sed honorables. Seguid los consejos que habéis reci­bido durante esta conferencia.

Padres y madres, instruid a vuestros hijos. Acer­cáos aún más a vuestras familias. Quizás lo que sig­nifica el consejo de los padres pueda ser ilustrado con el relato de una conversación telefónica entre una madre de ochenta años de edad, desde los Estados Unidos, y su hijo de cuarenta, allá en San Pablo, Brasil. Ella le decía: “Hijo, conserva tu fe, haz tu trabajo, paga tus diezmos, vive el evangelio, di tus oraciones y mantiene tu testimonio.” Más tarde, el comentó: “Ella me ha estado aconsejando esto durante toda mi vida.”

Estoy agradecido, mis hermanos y hermanas, por mi testimonio en cuanto a la divinidad de esta obra. Estoy agradecido por saber que este grande y noble hombre que la dirige en la tierra, es en verdad un Profeta de Dios. Deseo realmente sostener a estos hermanos de las Autoridades Generales en sus sagra­dos llamamientos. Quiero sosteneros también a voso­tros, hermanos y hermanas, en vuestros llamamientos y oficios. Estoy agradecido de ser miembro de esta Iglesia y de participar de la hermandad de todos voso­tros.

Ruego que el Señor continúe tocando el corazón de Sus hijos, para que respondan al poder de la verdad, de manera que ésta pueda operar en ellos y logren así cambiar la enemistad por el amor, la codicia, y la avari­cia por la generosidad, la apatía por la actividad honesta y el materialismo por la espiritualidad, estre­chando los vínculos de la hermandad promulgada por el evangelio en la paz fundamental. Y lo hago en el nombre de Jesucristo, Amén.

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Primogenitura y patriarcado

Liahona Septiembre 1962

Primogenitura y patriarcado

Por David H. Yarn, Jr.
(Tornado de the Instructor)

AS doce tribus de Israel fueron organi­zadas en base y administradas con­forme a los principios del patriarcado familiar. La típica familia hebrea era una institución tanto económica como política, y estaba compuesta por el padre de la misma, sus esposas, sus hijas e hijos solte­ros, sus hijos varones casados, las esposas y niños de éstos, y generalmente algunos esclavos o sirvientes.

Desde el punto de vista económico, la familia era la asociación más conveniente, pues todos sus integrantes, formando una sola unidad, estaban recíprocamente com­prometidos a cuidar los rebaños y labrar la tierra. Este común empeño, sumado a la coordinación familiar, les proveía un sistema de orden social que resultaba ser una fuente de poder, autoridad e influen­cia política para la nación.

Este sistema confería al padre o cabeza de la familia una gran autoridad, exal­tando a la vez el carácter sublime de la maternidad en la mujer. El celibato era considerado no sólo un pecado, sino tam­bién un crimen. Y conceptuaban al abor­to, el infanticidio y todo medio tendiente a limitar la procreación, como una abo­minación infame.

También estos padres de familia cumplían una función judicial, porque formaban un consejo o corte legal y de justicia que administraba los asuntos de la tribu. Conforme a este sistema patriar­cal del antiguo Israel, el primogénito del padre de la familia era distinguido sobre el resto de los hijos, aunque al­gunos de éstos fueran el primer hijo de una de las distintas esposas del patriarca —aun de la amada o preferida. De acuer­do a lo declarado en Deuteronomio 21: 15-17, el derecho de primogenitura indi­caba que si un hombre tenía dos esposas, una “amada” y la otra “aborrecida”, “en el día que hiciere heredar a sus hijos lo que tuviere, no podrá dar el derecho de primogenitura al hijo de la amada con preferencia al hijo de la aborrecida, que es el primogénito:

“Más al hijo de la aborrecida recono­cerá como primogénito, paira darle el doble de lo que correspondiere a cada uno de los demás; porque él es el prin­cipio de su vigor, y suyo es el derecho de la primogenitura.”

Cuando un hombre moría sin dejar testamento, la ley establecía que la herencia debía distribuirse en base al siguiente orden: primero, los hijos varones (reci­biendo ‘el mayor de éstos una porción doblemente mayor que la que habrían de recibir los demás) y sus descendientes; luego las hijas y sus descendientes. En el caso en que el fallecido no tuviere hijos ni hijas, su padre pasaba a ser el here­dero principal, y luego los otros hijos de su padre. Las mujeres eran herederas sólo en última instancia, después de los varo­nes. Un hombre podía heredar de su madre, y un esposo de su mujer; pero las esposas no podían ser herederas de sus maridos, aunque sí obtenían, sus dotes co­rrespondientes. (Véase Números 27: 1-11 y 36: 1-13; también Josué 17: 3-6.)

En los días de Moisés, las hijas podían heredar una propiedad siempre y cuando se casaran con miembros de la tribu de sus padres. (Números 36: 1-13.) En cambio, en la época de Job un padre podía incluir a sus hijas, juntamente con sus hijos, en su testamento. (Job 42: 15.)

Aún 700 años antes de Jesucristo, los derechos de propiedad continuaban siendo estrechamente relacio­nados con el sistema de las tribus antiguas de Israel. El libro de Jeremías nos hace saber que cuando alguien quería vender un terreno, lo ofrecía en primer término a los familiares o parientes. (Jeremías 32: 6-14.)

La relación familiar comprendía también otras responsabilidades para el grupo, tales como lo que es definido en la historia corno el “levirato” (del latín lev ir, que significa “cuñado”.) La ley establecía lo siguiente:

“Cuando hermanos habitaren juntos, y ‘ muriese alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con un hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco.

«Y el primogénito que ella diere a luz sucederá en el nombre del hermano muerto, para que el nombre de éste no sea borrado de Israel,” (Véase Dentera- nomio25: 5-10.)

De esta forma, el primogénito ocupaba el lugar del primer esposo de su madre, a fin de que el grupo familiar pudiera conservar sus derechos, sus propie­dades y su nombre. Asimismo, el derecho de primo­genitura no comprendía sólo responsabilidades y prerrogativas económicas, políticas, judiciales y socia­les, sino también las bendiciones y atribuciones del sacerdocio,

Abrahán nos dice que él llegó a ser “. . . heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el derecho que pertenecía a los patriarcas.” Y agrega:

“Me lo confirieron de los patriarcas; desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, descendió de los patriarcas, aun el derecho del primo­génito, sobre el primer hombre que es Adán, nuestro primer padre; y por medio de los patriarcas hasta mí.” (P. de G. P., Abrahán 1: 2, 3.)

Dios estableció un convenio especial con Abrahán, diciéndole;

. . Haré de ti una nación grande, y te ben­deciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones.” (Ibicl., 2: 9. Véase también 2: 8-11, y Génesis 12: 1-3; 17: 1-8.)

Entre aquellos reales herederos que perdieron el derecho de su primogenitura, se destacan Esaú (Géne­sis 25: 24-34), -Rubén (Génesis 35: 22; 49: 3-4; 1 Crónicas 5: 1-2) y Manasés (Génesis 48). Quizás el caso más patético fué el de Esaú, quien no sólo perdió la doble porción correspondiente de la propiedad de su padre, sino también la sucesión patriarcal con Abra­hán e Isaac que le hubiera correspondido, y mediante la cual habría podido ser el fundador de una nación santa, administrar el convenio que iba a bendecir a todos los pueblos del mundo, y muchos otros privile­gios. Despreciando estas gloriosas oportunidades espiri­tuales y cediendo al deseo de satisfacer su pasión por la comida, vendió su primogenitura por un simple plato de legumbres guisadas.

Así como Jacob suplantó a Esaú, también José re­emplazó a Rubén, y Efraín a Manasés. En los días de Jeremías, el Señor confirmó la posición de Efraín al declarar:

“. . . Soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito.” (Jeremías 31: 9.) En la presente dispensación del cumplimiento de los tiempos, Efraín es el patriarca del principal pueblo del convenio celestial. Y debido a cambios en tiempo y lugar, y a la actual distribución de los que son de noble y real primogenitura, en rela­ción con los varios gobiernos, etc., este convenio, más que ser de alcances económico, político, judicial y social, se refiere más específicamente a las bendiciones y responsabilidades del sacerdocio, Y conforme al sistema patriarcal original, todo aquel que recibe el evangelio de Jesucristo, sea o no hijo literal de Abra­hán, será contado como su simiente e igualmente ben­decido. (Véase P. de G. P., Abrahán 2: 10.)

Además de los convertidos que aceptan el mensaje del evangelio, son contados, ‘por supuesto, los que han nacido de padres que son miembros de la Iglesia, y también aquellos cuyos padres no sólo pertenecen a ella, sino que han aceptado el nuevo y sempiterno convenio del casamiento en el templo; éstos últimos son considerados como “nacidos dentro del convenio.

No obstante, la gran bendición de haber nacido “dentro del convenio” no garantiza la exaltación. El presidente José Fielding Smith, del Consejo de los Doce, ha escrito lo siguiente:

“Todos los hijos nacidos dentro del convenio, si no cometen el pecado imperdonable de derramar sangre inocente, pertenecerán a sus padres por la eternidad; pero ello no significa que heredarán la gloria celestial. Ni la fe ni la fidelidad de los padres podrán salvar a los hijos desobedientes.

“La salvación es asunto personal, y si un individuo nacido dentro del convenio se rebela y niega a Dios, pierde las bendiciones de la exaltación. Toda alma humana será juzgada conforme a sus propias obras; el inicuo no puede heredar la vida eterna. Y no jode­mos exigir la salvación a los que no la desean” (Doc­trines of Salvation, tomo 2, páginas 90-91.)

Aunque hayamos obtenido nuestras bendiciones por medio del convenio, o aun por primogenitura y convenio, sólo podremos conservarlas si caminamos correcta y honestamente ante el Señor.

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El Pecado Contra el Espíritu Santo

Quisiera Saber…

El Pecado Contra el Espíritu Santo

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles
 (Tomado de the Improvement Era)

Al leer los versícu­los 31 y 32 del ca­pítulo 12 de Mateo, he quedado confundido con la palabra “blasfemia”, dado a que el Señor dice que ella sería perdonada cuando se cometiera: contra el Hijo del Hombre, y no cuando fuera contra el Espíritu Santo. ¿Podría usted aclararme la diferencia y definir cuáles serían nuestras acciones o actitudes que consti­tuirían una blasfemia contra el Espíritu Santo?

Esta es una pregunta muy importante, y que sería difícil de contestar a una persona no miembro de la Iglesia de Jesucristo, o que, aun siéndolo, haya permanecido inactiva e in­diferente a sus enseñanzas. A fin de tener dicho problema claramente delineado, creo que será con­veniente en primer lugar transcribir el pasaje bíblico en cuestión:

…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada.

A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.

O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce al árbol: (Mateo 12: 31-33.)

Cuando Juan el Bautista anduvo predicando por el desierto, dijo a las gentes:

Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. (Ibid., 3: 11.)

En muchas ocasiones el Salvador habló a sus discípulos acerca del “don el Espíritu Santo.” Este don es mencionado muy frecuentemente en la Biblia, en especial en el Nuevo Testamento. Cuando Nicodemo se llegó hasta el Señor en busca de luz para su entendimiento, Él le dijo:

. . . De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (Juan 3: 3.)

Esto no fué fácil de comprender para Nicodemo, por lo que preguntó a Jesús cómo’ podía un hombre “nacer de nuevo”. Entonces,

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

No te maravilles que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; más ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Ibid., 3: 5-8.)

Por supuesto, el nacimiento de agua es el bautismo por inmersión para la remisión de pecados, y consti­tuye una ordenanza especial para entrar en el reino de Dios. El bautismo del Espíritu—o el otorgamiento del don del Espíritu Santo—es efectuado mediante la imposición de manos de uno que tenga el sacerdocio. Ningún hombre puede llevar a cabo estas ordenanzas sin poseer el sacerdocio, porque resultaría sólo una burla a la vista del Señor. Esta autoridad divina fué conferida en esta dispensación a José Smith y a Oliverio Cowdery, por mediación directa de Pedro, Santiago y Juan, quienes tenían las llaves del Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. En una revelación concedida en octubre de 1830, el Señor declaró al profeta José Smith:

Sí, arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros para la remisión de sus pecados; sí, bautizaos aun en el agua, y entonces vendrá el bautismo de fuego y del Espíritu Santo.

He aquí, de cierto, de cierto os digo, éste es mi evan­gelio; y recordad que deberán tener fe en mí, o de ninguna manera podrán salvarse;

Y sobre esta roca edificaré mi iglesia; sí, sobre esta roca estáis edificados, y si perseveráis, las puertas del infierno no prevalecerán en contra de vosotros.

Y recordaréis las ordenanzas y convenios de la Iglesia para observarlos.

Y confirmaréis en mi iglesia por la imposición de manos a quienes tengan fe, y yo les daré el don del Espíritu Santo. (Doc. y Con. 33: 11-15.)

El apóstol Pablo comprendió que algo andaba mal cuando algunos convertidos en Éfeso aseguraron haber sido bautizados, por lo que les preguntó entonces si se les había conferido el don del Espíritu Santo después de la ordenanza del bautismo, a lo que ellos respondieron: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.” A raíz de esta declaración, Pablo dudó en cuanto a la validez del bautismo administrado a estas personas, y volvió a preguntarles: “¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.” El apóstol de los gentiles manifestó entonces: “Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, di­ciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.” Y la Escritura, sin más detalles, agrega: “Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.” (Véase Hechos 19: 1-6.)

Este don fué obtenido por todos los profetas de la antigüedad, conformo nos lo hace saber Pedro en su segunda Epístola;

. . . Entendiendo primero esto, que ninguna profecía es de interpretación privada.

Porque nunca la profecía fué traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo’ inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pedro 1: 20-21.)

Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de acuerdo a su integridad y fidelidad, están capacitados para recibir la misma guía y conocimientos divinos que se concediera a los Santos desde los días de Adán hasta la fecha. Sin embargo, ninguna persona podría obtener ni conservar este don—ni aun ejercerlo cabalmente—si no es humilde y guarda todos los mandamientos del Señor. El Es­píritu Santo no puede morar en tabernáculos inmundos ni contender con el hombre que no conserve tanto su mente como su cuerpo limpios y sea diligente ante el Señor.

Cuando el Salvador, poco antes de su enjuicia­miento, mantuvo una solemne reunión con Sus discí­pulos, les dijo:

Si me amáis, guardad mis mandamientos,

Y yo rogare al Padre, y os dará otro consolador, para que esté con vosotros para siempre:

El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará con vosotros. (Juan 14: 15-17.)

Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.

Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

De pecado, por cuanto no creen en mí;

De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más;

Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

Ei me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Ibid., 16: 7-14.)

Los que son del mundo no tienen hoy este don por causa de que se han alejado del camino del Señor y descartado Sus ordenanzas, enseñando sólo filosofías de hombres.

A todo aquel que honestamente busque la verdad, el Señor habrá de concederle una manifestación por medio del Espíritu Santo; pero no podrá pretender recibirlas repetidamente. Después de tal revelación, el individuo debe actuar por sí mismo, puesto que no se puede recurrir al Espíritu Santo y Su benéfica influen­cia sino hasta después del bautismo y la imposición de manos. Comelio fué un digno ejemplo en este particu­lar. Pedro se aferraba a la estricta tradición de Israel de que el evangelio sabía ser exclusivamente para los judíos y no para los gentiles. El Señor debió mostrarle una extraña visión para hacerle entonces comprender que el evangelio era de alcance universal.

De las inspiradas enseñanzas de Moroni, apren­demos lo siguiente:

He aquí, quisiera exhortaros, al leer estas cosas [el Libro de Mormón], si Dios juzga prudente que las leáis, a que recordaseis lo misericordioso (pie el Señor ha sido hacia los hijos de los hombres, desde la creación de Adán hasta el tiempo en que recibáis estas cosas, y a que lo meditéis en vuestros corazones.

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas, (Moroni 10: 3-5.)

Tan importante es el clon del Espíritu Santo, que toda persona que sea humilde y cumpla fielmente los mandamientos, puede tener su constante compañía e influencia. Y gracias al Espíritu Santo, dicho individuo podrá obtener el poder para discernir espíritus y para entender y aceptar todas las revelaciones del Señor. ¡Cuán glorioso es el privilegio de poder ser constante­mente guiado por el Espíritu Santo y conocer por Su intermedio los misterios del reino de Dios! ¿Cómo podemos leer las epístolas de Pablo, de Pedro o de cualquier otro profeta de la antigüedad, y no com­prender que la autoridad que les fuera conferida, y la luz y el conocimiento que poseyeran, vino a ellos a través del Espíritu Santo? Es por intermedio del Espíritu Santo que recibimos o podemos recibir el conocimiento de que Jesús es el Cristo, y que Sus profetas han declarado la verdad. Y después de obtener este testimonio, ¿puede un hombre apartarse de’ él y ser pasado por alto? Quien se aleje a sabiendas de la influencia del Espíritu Santo, dada la importancia de la verdad, se hace pasible de la sanción de no ser perdonado.

En la discutida Epístola a los Hebreos, leemos lo siguiente:

Porque es imposible que los que una vez fueron ilumina­dos y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,

Y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero,

Y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. (Hebreros 6: 4-6.)

Pedro nos da también su testimonio de que el pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable:

Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contamina­ciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.

Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.

Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. (2 Pedro 2: 20-22.)

Por consiguiente, si una persona ha sido iluminada por el Espíritu, hasta el grado de saber verdaderamente que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios el Padre, se vuelve en contra de ese testimonio y lucha contra el Señor y Su obra, significa que se ha entregado conscientemente a sus propias concupiscencias y a sabiendas desafía el mismo poder—el poder de Dios— por el cual ha recibido esa luz.

El testimonio dado por el Espíritu Santo—mediador especial de Dios—es el más fuerte que el hombre puede recibir. Por eso fué que Jesucristo declaró:

.”. . Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia [es decir, toda palabra, pensamiento o actitud ofensiva] contra el Espíritu no les será perdonada… ni en este siglo ni en el veni­dero.” (Mateo 12: 31, 32.)

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El Camino de la Paz

Liahona Septiembre 1962

El Camino de la Paz

Por el presidente David O. McKay

Con frecuencia escuchamos la siguiente pre­gunta: “¿Por qué envía la Iglesia a millares de misioneros anualmente a todas las partes del mundo Cristiano?” La respuesta podría ser dada específicamente así: “Para que proclamen la res­tauración del evangelio de Jesucristo,”

La restauración del evangelio de Cristo lleva implícito el reconocimiento de que ha habido una apostasía de las enseñanzas y organización originales, que fueran proclamadas y establecidas por el Salvador y Sus apóstoles en el principio de nuestra era.

En cierto modo, podríamos también respon­der a la interrogación mencionada, con aquellas palabras pronunciadas por las huestes celestiales en ocasión del nacimiento de Jesús: que somos enviados a testificar la existencia de Dios y a predicar la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres, en el nombre de Jesucristo.

Hoy los hombres hablan de paz, pero recha­zan el único plan verídico dado bajo los cielos para la obtención de esa paz. Pedro, el superior de los apóstoles del meridiano de los tiempos, dijo a ciertos individuos que parecían ser de los que mataron al Salvador:

“Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. . .

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom­bres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:10, 12)

Nuestros misioneros andan actualmente en­señando al mundo la verídica existencia de Dios, y predicando la hermandad del hombre.

Por casi dos mil años, los así llamados se­guidores de Cristo han estado asociando su nacimiento con aquel anunciamiento celestial: ¡En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! En verdad, desde que el hombre ha­bita la tierra, la paz ha sido una de sus más nobles aspiraciones. Y en su búsqueda, procura entonces la libertad individual, la libertad de hablar y escribir conforme a sus propios pensa­mientos, la libertad para ir de un lado a otro sin restricciones ni compulsión, la libertad para orar sin impedimento ni molestias, la libertad de poder edificar un hogar donde nidos usurpadores ni los déspotas puedan entrar sin su consenti­miento. Todas éstas son posesiones incalculable­mente valiosas, como también condiciones o elementos indis­pensables para el logro de la paz. Pero, hasta ahora, la ma­yoría de las naciones y de los hombres, ciega y empecinada­mente, persiste en rechazar el único plan eterno que nos ha de conducir a ella.

En el meridiano de los tiempos, Jesús sabía, mientras contemplaba proféticamente los siglos venideros de la humani­dad, que la paz dependería del lento pero infalible proceso de cambiar, paulatinamente y uno a uno, la actitud mental y espiritual de cada individuo. Sabía que las costumbres y los hábitos del mundo habrían de ser determinados por los más íntimos pensamientos y convicciones de los hombres que componen las asociaciones, los estados y las naciones. Por consiguiente, si el mundo tenía que ser cambiado, había que comenzar por convertir a sus habitantes. Sólo conforme a los deseos de paz y hermandad que los hombres tuvieren, y al grado en que estén dispuestos a seguir el sendero que lleva hacia esas benditas condiciones, podrá el mundo llegar a ser un lugar mejor y más saludable donde vivir. Sólo por medio de una cabal identificación con los principios fundamentales de justicia, podrán tanto los individuos como las naciones alcanzar la paz.

La paz duradera, la paz genuina, no puede ser en­contrada en las cosas abstractas o externas. La esencia de la paz emana del alma humana. No puede haber paz cundo tenemos cauterizada nuestra conciencia, o cuan­do somos conscientes de estar realizando actos des­favorables. La paz emerge de la nobleza del corazón y de una vida honesta. Si deseamos la paz, nuestra es la responsabilidad de conseguirla.

El evangelio restaurado enseña que nuestros ho­gares deben ser lugares santificados, donde nuestros hijos, al amparo de hombres y mujeres nobles, puedan ser protegidos contra las maldades del mundo; donde el amor pueda encontrar una intimidad sana, la vejez un cálido reposo, la oración un altar privado y la na­ción una legítima fuente de vigor y perpetuidad.

Nadie puede estar en paz con su conciencia ni con Dios, si no es fiel a lo mejor de sí mismo y falta a la ley del derecho, ya sea en sus íntimos procederes—mediante la indulgencia a sus propias pasiones o apetitos desme­didos, o cediendo a las tentaciones y abogando todo re­mordimiento—, o en sus negociaciones con sus seme­jantes, siendo desleal a la confianza que éstos le prodi­guen.

La paz no puede ser lograda por el transgresor de la ley, porque aquélla no es sino el fruto de ésta. Y es ése el mensaje que Jesucristo nos ha encomendado para que lo proclamemos a la humanidad.

Si queremos alcanzar la paz como individuos, debe­mos suplantar la enemistad por la paciencia. Y ten­dremos el poder para ello, siempre y cuando anidemos en nuestros corazones los ideales de Cristo, que dijo:

“Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (Mateo 5:23-24.)

Esta pareciera ser una simple ley; pero es uno de los pasos necesarios para la obtención de la paz uni­versal. Si el mundo ha de tener la paz, es menester substituir la ley de la fuerza por la ley del amor.

El mensaje de la Iglesia es proclamar a Jesucristo como el real y divino Hijo de Dios. Uno de los más importantes objetivos de Su evangelio es establecer la paz en los corazones de los hombres, en la vida fami­liar, y en los pueblos, ciudades y países del mundo— y esta es, precisamente, la declaración de la Iglesia de Jesucristo.

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“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Liahona Junio 1962

“Allí. . . Pusieron a Jesús…”

Por Doyle L. Green
(Tomado de the Improvement Era)

«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo. . . . Allí. . . porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.» Juan 19:41, 42.

Atraves de las centurias, todo turista que haya pisado la Tierra Santa ha tenido como meta principal el visitar los tradicionales lugares que se supone fueran escenario de la crucifixión, sepultura y resurrección del Salvador. Estos fueron los impre­sionantes eventos con que la misión del Señor sobre la tierra culminara, y lógicamente todo Cristiano consi­dera dichos lugares como los más sagrados en toda la Tierra Santa. La recuperación de estos sitios, que es­tuvieran en poder de los llamados “infieles”, parece que fué el motivo principal de las famosas Cruzadas, gue­rras que se libraron por espacio de unos doscientos años y en las cuales entre seis y diez millones de personas perdie­ron sus vidas.

El turista podría ser llevado a ver dos lugares distintos del Cal­vario y la Tumba, en la Tierra Santa moderna. Decimos “podría ser llevado a ver” porque el viajero corre el riesgo de que en su gira uno de los sitios sea evitado por completo—aun ignorado—a raíz de los prejuicios tradicionalistas de los guías lugareños. Esto nos sucedió en nuestra primera visita, por lo que esta vez decidimos ser nues­tros propios cicerones y mediante mapas pudimos ubicar el llamado “Calvario de Gordon” y la “Tumba del Jardín.” Aquél lleva el nombre del General “Chino” Gordon, quien asegurara que fué allí realmente donde crucificaran a Nuestro Se­ñor.

Quizás no sea verdaderamente importante conocer la exacta ubi­cación del Calvario o la tumba del Señor, ni aun el Jardín de la Resurrección. En realidad, es más importante determinar lo que para cada uno de nosotros significan estos acon­tecimientos.

Los sitios tradicionales del Calvario y la tumba están cerca de las murallas de la ciudad, y el área correspondiente está ocupada en la actualidad por un edificio conocido como la “Iglesia del Santo Sepulcro.” Millones de peregrinos han visitado el lugar durante cientos de años, y sin lugar a dudas cada uno ha de­bido guardar dentro de su pecho un vivido recuerdo hasta el fin de sus días.

A estar por la tradición, el “Santo Sepulcro” fue descubierto por la Emperatriz Elena y el obispo Maca­rios de Aelia, en el año 320 de nuestra era. Durante el famoso Concilio de Nicea, un año antes, Constantino ordenó al mencionado obispo la exploración de la Tierra Santa, a fin de identificar la tumba en que fuera depositado el cuerpo de Jesucristo y otros lugares rela­cionados con la vida y muerte del Maestro, como así también el madero en que fuera crucificado. Poco des­pués, Elena, la madre del emperador Constantino, se unió a la búsqueda, estando mayormente interesada en el hallazgo de la cruz.

Parece que ni el obispo ni la emperatriz tenían siquiera una idea respecto a por dónde debían comen­zar sus investigaciones. Se dice que el obispo sugirió que pronunciaran una oración, después de la cual de­claró que le había sido concedida una inspiración que le señaló que la cruz se encontraba en algún lugar de­bajo del piso de un templo edificado a una diosa pa­gana. Levantaron, pues, el piso del mencionado edi­ficio y encontraron tres cruces, por lo que llegaron a la conclusión de que habían localizado el Calvario.

La historia también nos cuenta que para poder identificar cuál de las tres era la del Señor, hicieron que una mujer enferma tocara cada uno de los brazos de una de las cruces: cuando la enferma hubo tocado el tercer brazo, fué automáticamente sanada. Y la cruz fué declarada sagrada. Continuando sus excavaciones, encontraron entonces el “santo sepulcro.”

Dos capillas fueron construidas en el mismo sitio; una donde la cruz fuera encontrada y la otra sobre el lugar en que existiera la tumba. Ambas fueron des­truidas por los persas en el año 614. Vueltas a cons­truir, fueron nuevamente derrumbadas, esta vez pol­los turcos, en el año 934 de nuestra era. Cinco años más tarde era reconstruida.

Los famosos Cruzados levantaron posteriormente un enorme edificio que cubría a varios otros más pe­queños, pero un pavoroso incendio lo destruyó por completo. La actual Iglesia del Santo Sepulcro fué erigida en 1810. Consiste de una enorme basílica que es compartida por cinco grupos religiosos-Católicos Romanos, Católicos Griegos, Sirios, Armenios y Coptos. El edificio está en un triste estado de deterioración, y actualmente una red de vigas de hierro sostiene el frente, a fin de evitar su derrumbamiento. El interior del edificio está también extensamente apuntalado,

Se dice que durante los últimos cuarenta años se han efectuado sólo .un par de reparaciones, y que todo se debe a la tirantez entre las mencionadas sectas religiosas en cuanto a la propiedad de la basílica. Como consecuencia de que ninguna de ellas quiere ceder la administración del edificio a cualquiera de las otras, un musulmán cuida las puertas del mismo. Todas las mañanas, al salir el sol, este hombre debe subir una empinada escalerilla para abrir el candado de la puerta principal, el cual está a casi dos metros y medio sobre el nivel del piso; y veinte minutos antes de la media­noche debe repetir la misma maniobra para cerrarlo.

En realidad, la Iglesia del Santo Sepulcro es una que agrupa varias capillas dentro de su estructura, cada una de las cuales simboliza distintos sitios relacionados con la muerte y la resurrección del Señor. El “Calva­rio” es una serie de cuartos dispuestos en el segundo piso, que señalan (1) el lugar en que Jesús fuera des­nudado y clavado en la cruz; (2) donde la cruz fuera levantada; y (3) donde estuviera María al momento en que Jesús fuera bajado de la cruz. Allí se conserva un pilar en el cual, según se alega, el Salvador fuera azotado. Y también la celda donde probablemente permaneció durante los días de su proceso. Hay una capilla que conmemora el repartimiento de las ropas del Maestro. Hay otra capilla en memoria del escarnio y la burla que El soportara. Otra más fué levantada a un tal Longino, quien, según se cree, fué el soldado que abrió de un lanzazo el costado del Señor.

El “Santo Sepulcro” propiamente dicho, está con­tenido en una distinta capilla de mármol. Pasando a través de una puerta inferior, uno se halla de improviso dentro de una pequeña cámara que se supone sea la tumba. El piso de la misma está cubierto de innume­rables hoyos, formados por las rodillas de miles de peregrinos que se han postrado allí.

Pero al final de nuestra visita a la Iglesia del Santo Sepulcro, nos encontrábamos muy deprimidos y desi­lusionados, ya que nada pudimos encontrar que nos ayudara a representar en nuestra mente la escena do la muerte y resurrección del Señor. Las varias capillas, la pomposidad, las ceremonias y las velas, los relicarios y altares, las vestimentas y las estatuas, como toda clase de historias y aseveraciones incrédulas que for­man marco a la escena, parecen ser completamente extrañas al conmovedor acontecimiento. No hay colina ni jardín algunos. Tampoco existe una tumba que pueda inspeccionarse: sólo una oscura cámara. No existe allí—en especial para un Santo de los Últimos Días—nada realmente atractivo o de genuino interés.

Pero justamente al Norte de Jerusalén, fuera de las murallas, se eleva una pronunciada colina de más de veinte metros de altura en relación al área circun­dante. Aunque en los comienzos de la primavera ver­dea allí el césped, la mayor parte del año el terreno es árido y amarillento. No ha sido poblada de edificios a causa de la existencia de un cementerio musulmán cercano. En una de sus laderas—más bien acantilada— su característica rocosa semeja una ladeada calavera humana. Desde esta colina, cerca de la Puerta de Damasco, pueden observarse perfectamente bien tanto el camino que rodea la ciudad y se aleja luego hacia Jericó, como el que lleva hacia el Norte.

Es imposible saber con exactitud si la formación rocosa que tiene apariencia de calavera existió o no en la época del Salvador. Algunos suponen que dicho fenómeno se debe posiblemente a terremotos. Otros dicen que quizás sea obra de la explotación industrial de canteras. De cualquier modo, es interesante notar que por tal motivo, el lugar ha sido denominado el Gólgota o Calvario—o más comúnmente, “el lugar de la calavera.” (Véase Mateo 27:33; Marcos 15:22; Lucas 2-3:33 y Juan 19:17)

No podríamos siquiera vislumbrar más exactamente en nuestra mente otro escenario mejor que éste, en el cual pudiera haberse consumado la crucifixión del Señor.

Justamente al pie de la colina, hacia el Oeste, se extiende el hermoso y primorosamente cultivado Jardín de la Resurrección. Seguramente el florido solar no ha de tener una mayor superficie que un acre. Una alta tapia de piedras lo rodea, a fin de separarlo del fragor de una activa estación terminal de autobuses, como de la confusión de las calles suburbanas de Jeru­salén. Encantadoramente sembrado de flores, arbustos y árboles de mostaza, aliantos y siempre verdes, resulta ser un pacífico y sereno retiro que invita a la medita­ción, a la lectura de las Escrituras y a la oración. . .

Difícilmente podamos imaginar mejor lugar para la sepultura de Jesús, que la tumba vacía que se en­cuentra en este jardín. Varios cientos de sepulcros existentes en las cercanías, han sido removidos en un intento por encontrar uno que coincida con la descrip­ción que las Escrituras hacen de la tumba que, para sí mismo, José de Arimatea hiciera abrir entre las rocas de un terreno de su propiedad, y en la cual “pusieron a Jesús . . .”

La “Tumba del Jardín” es, evidentemente, tal sepulcro. Finamente cincelada en plena roca sólida, tiene casi cuatro metros de largo por dos de ancho, y una profundidad de algo más que dos metros. Está divi­dida en dos partes: una antecámara para los lamentado­res y el compartimiento principal de las “camas” sobre las cuales se depositaba el cuerpo de los difuntos. Esta sección está preparada para tres de las tales “camas”, por lo que se deduce que se trataba de un panteón familiar. Sin embargo, sólo una de las “camas” parece haber sido terminada, la cual se halla en el lado Norte del sepulcro y tiene unos dos metros de largo por uno de ancho. En el extremo Oeste de la misma, existe una especie de almohada hecha de piedra, de manera que el difunto debía yacer con su faz hacia el Este. En la parte opuesta a la cabecera, hay una perforación practicada en la pared rocosa, la cual, evidentemente, fué hecha en una ocasión posterior a la construcción original de la tumba, sin duda para poder acomodar a una persona más alta que la que se tuviera en cuenta cuando se diseñara.

El sepulcro tiene, además, otras características in­teresantes, las cuales no se observan en el resto de las tumbas de la zona que fueran removidas en la investi­gación. Una de ellas es una ventana existente a unos dos metros sobre el nivel del terreno, que permite directo acceso de la luz diurna sobre el sector terminado de la cámara. Esto contestaría el interrogante de cómo pudo ver Pedro que el sepulcro estaba vacío y que los lienzos estaban en el suelo. También hay asientos de piedra a la cabecera y a los pies de la tumba, donde pudieron haber estado sentados los ángeles antes de pararse al lado de las mujeres, para revelarlos que el Señor había resucitado. (Lucas 24:4)

El dintel romano y los nichos excavados en la pared rocosa exterior de la tumba, indican que en un tiempo fué edificada allí una iglesia. Los entendidos consideran que los primeros Cristianos, y quizás los mismos Cruza­dos, posiblemente hayan creído que éste era el lugar donde Jesús fuera sepultado; y para protegerlo y realizar sus cultos cerca del mismo, construyeron allí una iglesia. Probablemente fueron también ellos quie­nes derribaron parte de la pared exterior a fin de poder contemplar directamente hacia la cámara mortuoria mientras realizaban sus servicios religiosos. Actual­mente, esta parte ha sido restaurada con una roca similar. La presente abertura de la pared es quizás dos veces mayor que la original, y un portal de madera provee de protección a la tumba. Entre la cámara y la antecámara, se ha instalado una verja de hierro forjado.

Al frente del sepulcro existe una especie de surco o canal practicado en plena roca. La Guía del Viajero dice que no hay razón para creer que esto haya sido parte de un sistema para abrir y cerrar la tumba, puesto que en tal caso las mujeres que vinieron a traer las especias aromáticas que habían preparado para Jesús, no habrían tenido dificultad alguna en mover la piedra. También dice que posiblemente haya sido utilizado como fuente para alimentar caballos y construida qui­zás por los Cruzados.

Este razonamiento nos extrañó un tanto, por lo que estuvimos deliberando al respecto con el guardián del jardín, señor Salomón J. Mattar, un Cristiano árabe oriundo de Caná (Galilea), que ocupa dicha posición desde 1953. Concordamos en que la zanja en cuestión es muy pequeña para que haya sido expresamente construida para alimentar caballos, y que realmente parece ser más adecuada para hacer rodar por ella la piedra que cerraba la tumba. Dicha piedra posible­mente tuviera un metro y cuarto, o más, de diámetro, y de veinte a treinta centímetros de espesor. Tosca­mente devastada como indudablemente habrá sido, y rozando contra el borde rocoso, no puede haber resul­tado fácil de mover. No en vano las mujeres que acu­dieran a la tumba se dijeron unas a otras: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?», y al llegar “vieron removida la piedra, que era muy grande. (Marcos 16:3-4) El señor Mattar nos dijo que reco­mendaría que en la próxima edición de la Guía del Viajero se cambiara la referida explicación.

Cerca de la entrada al sepulcro, se descubrió una fuente bautismal en forma de corazón, excavada en la roca, con la punta de la misma señalando hacia la puerta de la tumba. Debajo del jardín hay tres gran­des estanques, o al menos así se creía hasta hace unos pocos años, cuando uno de ellos se agotó por completo y el señor Mattar descendió dentro del mismo para investigar adonde había ido el agua. Mientras nos contaba esto, él permitió al autor de este artículo entrar en un cuarto subterráneo y descender unos doce metros por medio de una escalera de hierro, hasta el piso. Este cuarto, de unos trece metros de anche por dieciocho de largo, está también excavado en la roca. Sobre la pared oriental existen dos tallados en relieve: uno representa un escudo de las Cruzadas y el otro una cruz de un metro veinte de alto. Del cielorraso pende un gancho, el que seguramente solía usarse para colgar alguna lámpara. No existen muchas dudas en cuanto a la posibilidad de que se trate de una antigua capilla Cristiana subterránea, pero nadie ha podido determinar una fecha apropiada en cuanto a su origen. Es generalmente aceptado que los Cris­tianos no construyeron capillas o iglesias hasta después del tercero o cuarto siglo.

Un día mientras el señor Mattar estaba sacando unos escombros de la entrada al sepulcro, encontró dentro de una grieta una caja de metal conteniendo una hermosa cruz de oro con piedras preciosas incrus­tadas. La caja estaba tan deteriorada que se partió en dos al tomarla, pero la cruz estaba intacta. Nadie sabe cuándo o por qué fué depositada allí.

En la pared exterior oriental de la tumba, existe una cruz pintada, que data del siglo sexto. Sobre la misma, escrita en griego, una leyenda reza: “Jesucristo, Alfa y Omega.”

Estas y otras evidencias dan la pauta de que los primeros Cristianos identificaron y estimaron este se­pulcro como aquél en el que “pusieron a Jesús.”

Sean o no éstos los sitios genuinos donde tuvieran lugar la muerte, sepultura y resurrección del Señor, puede decirse que no existe otro lugar en toda la Tierra Santa que se asemeje más a las descripciones bíblicas. Mirando la cumbre del Calvario de Gordon, es fácil imaginar la posición de las tres cruces con el cuerpo del Salvador en la central de ellas. No es difícil ver con los ojos de la mente aquella tétrica pero conmo­vedora escena en que manos amorosas bajaron a Jesús del madero, lo llevaron al jardín, lo vistieron con lien­zos ―rápidamente, debido a la proximidad del Sábado Judío—, y con ternura lo depositaron en la tumba que fuera apresuradamente alargada para acomodarlo.

Si éste es el lugar donde estos eventos ocurrieran, significa, entonces, que no hay otro sitio más sagrado en toda la tierra, puesto que en la historia del mundo no ha habido acontecimiento comparable, en gloria, al de la resurrección. Nos sentimos infinitamente agrade­cidos hacia las personas que descubrieran estos sitios y hacia aquellos que los mantienen en tan hermoso estado de conservación natural, para gozo e inspiración de los visitantes de la Tierra Santa.

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