El Libre Albedrío

Liahona Junio 1962

El Libre Albedrío

Por el presidente David O. McKay

Aparte de la vida en sí, el derecho de gobernar la misma es el don más grande que Dios ha dado al hombre. Hoy en día, la necesidad más importante de la humanidad es la conservación de la libertad individual. La libertad de elección es un tesoro superior a cualquier otra posesión te­rrenal. Es inherente al espíritu del hombre, 1111 don de Dios dado a todo ser normal. No importa que haya nacido en la más ignominiosa pobreza o en medio de grandes riquezas heredadas, todo ser humano trae consigo al mundo la más preciosa de todas las gracias divinas: el don del libre albedrío, derecho privativo e inalienable del hombre.

El libre albedrío es la fuente impulsora del progreso del alma. El propósito del Señor es que el hombre llegue a ser como El. Y a fin de poder lograrlo, lo hizo primeramente libre. Alguien dijo que “la libertad personal es el supremo principio de la dignidad y la felicidad humanas.»

Las Escrituras testifican que este principio es (1) esen­cial para la salvación del hombre, y (2) la vara de medir en base a la cual serán juzgadas las acciones de los hombres, las organizaciones y las naciones.

No ha habido época como la presente, en toda la historia del mundo, en que el demonio haya estado tratando de anular esta fundamental virtud del libre albedrío. Es una blasfemia imputar a Dios la causa de las catástrofes del mundo. Yo no puedo creer que la miseria actual se deba a Dios. Las condiciones del mundo de hoy, son directa consecuencia de la desobedien­cia a las leyes divinas.

Uno de los mayores atributos de Dios es el amor. Por consiguiente, es lógico pensar que El, como nuestro Padre, desea la felicidad y la vida eterna para nosotros, sus hijos. Podemos escoger lo justo o lo incorrecto, podemos caminar en la luz o en las tinieblas. Pero Dios 110 ha dejado al hombre sin la luz. Ella está allí, gene­rosa, eterna.

Junto al don del libre albedrío camina su sombra, que es la responsabilidad. Los princi­pios de la justicia demandan que se confiera al hombre el poder de actuar independientemente, si es que ha de ser recompensado por su rectitud o castigado por su maldad. Para su progreso sobre la tierra, es esencial que el hombre tenga conocimiento de lo bueno y de lo malo. Si fuera inducido a hacer el bien o impulsado a hacer el mal, no sería cabal merecedor de recom­pensa ni de castigo, según corresponda. La responsabilidad del hombre está estrechamente vinculada a su libre albedrío. Las acciones que estén en armonía con las leyes divinas y las leyes de la naturaleza, harán feliz al hombre, y aquellos procederes que sean opuestos a las ver­dades divinas, le causarán miseria. El hombre es no sólo responsable de cada uno de sus actos, sino también de cada una de sus palabras o pensamientos insustanciales.

La libertad de propósito y la responsabilidad que ella implica, son aspectos fundamentales de las enseñanzas de Jesucristo. Durante todo Su ministerio, El recalcó el mérito de cada in­dividuo y ejemplarizó lo que fuera posterior­mente definido en Sus revelaciones modernas como “Su obra y Su gloria”. (Véase Moisés 1:39) Y sólo por medio del divino don de la libertad del alma, dicho progreso es posible.

Por otro lado, la compulsión emana del propio Satanás, quien intentó obtener, aún en la preexistencia del hombre, el poder para obligar a la familia humana a obedecerle, argu­yendo que el plan del libre albedrío era inade­cuado. Si el diabólico plan hubiera sido acep­tado, los seres humanos serían simples títeres en las manos de un dictador y el propósito de la venida del hombre a la tierra, habría sido frustrado. Pero el proyecto de gobierno que Satanás propusiera fué rechazado, y en su lugar se promulgó el plan del libre albedrío:

Existe aún otra faz de la responsabilidad que acompaña al libre albedrío, la cual muy pocas veces es destacada: el efecto o consecuencia de los pensa­mientos del hombre. Todo ser humano irradia su per­sonalidad y moralidad, tanto a través de sus actos como de sus pensamientos; y dicha irradiación afecta en mayor o menor grado a cada persona relacionada con él.

El mundo actual está regido por el poder de la fuerza. Las rivalidades internacionales y los falsos ideales políticos están amenazando constantemente la libertad del hombre. Una administración indiscreta, muy frecuentemente inspirada por intereses creados o conveniencias políticas, mina el libre albedrío del hombre y le priva de la libertad de derecho, haciendo de cada individuo un simple engranaje de la aplastante rueda del régimen.

Debiera tenerse siempre presente que el estado es para el individuo y no éste para el estado. Toda clase de gobierno que destruya o impida el libre ejercicio del albedrío, está en el error. La libertad se convierte entonces en libertinaje y el hombre en transgresor. La finalidad del estado es proteger al violado y evitar la violación.

Me parece ver a Dios, parado a la sombra de la eternidad, contemplando a la humanidad y deplorando las consecuencias del desatino, las transgresiones y los pecados que sus hijos cometen. Pero no podemos cul­parle de estas cosas, como tampoco podemos culpar al padre que haya dicho a su hijo: “Hay dos caminos, hijo mío: uno va hacia la derecha y guía hacia el éxito y la felicidad; el otro va hacia la izquierda y lleva hacia la desdicha y la miseria, y aun quizás a la muerte. Tú debes escoger cuál has de tomar; yo no puedo forzarte a seguir ninguno de los dos. Tú debes decidirlo.”

El joven comienza a andar, y viendo los espejismos y las atracciones del camino de la izquierda, lo toma porque piensa que será el más corto hacia la dicha. Su padre sabe qué ha de sucederle a su hijo; sabe que no muy lejos del florido sendero, su hijo caerá en un inmundo lodazal y de allí en una ciénaga infran­queable. Ve a otros que, habiendo escogido el mismo camino de la ciénaga, tratan infructuosamente de alcan­zar la tierra firme y seca. Pudo ver lo que le acon­tecería a su hijo, aún antes de que éste tomara ese rumbo y por ello fué que se lo previno. El padre ama a su hijo y aunque no puede obligarlo, seguirá amones­tándolo y rogándole que regrese al sendero del bien.

También Dios, por medio de profetas que han existido desde la fundación del mundo, ha advertido que muchos de sus hijos, tanto hombres como naciones, habrían de escoger el camino que lleva a la miseria y a la muerte; y también predijo que la responsabilidad descansaría no sobre El, sino sobre todos aquellos que no prestaran sana atención a Sus mensajes.

El poder para escoger está en nosotros. Los sen­deros están perfectamente demarcados. ¡Quiera Dios damos una visión clara, una férrea voluntad y un corazón valiente, mediante sus benéficas inspiraciones, para que podamos hacer siempre una sabia selección!

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Nuestra Deuda Mayor

Liahona Julio 1962

Nuestra Deuda Mayor

Por el presidente Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvenient Era)

En el noveno capítulo de 2 Nefi, en el Libro de Mormón, encontramos uno denlos más impresio­nantes discursos jamás dados sobre la Expiación. Se trata de un consejo dado por Jacob, hermano de Nefi. Toda persona que busque la salvación debiera leer dichos pasajes con devoción. Se nos ha enseñado que el más grande don de Dios es la vida eterna—y ésta sólo puede obtenerse si se obedece cada uno de los mandamientos dados al hombre por nuestro Padre Celestial. Con relación a estos principios de la salvación y la exaltación, dados a fin de preparar a la humanidad para una herencia en el reino de Dios, existe en el mundo una abrumadora carencia de entendimiento, lo cual ha sido causa del extravío de mucha gente. Para los miembros de la Iglesia en particular, no hay excusa de ello puesto que han tenido la oportunidad de reci­bir, directamente de los cielos, las revelaciones nece­sarias en esta Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. La gran misión del Hijo de Dios ha sido revelada a través del Libro de Mormón y de las Doc­trinas y Convenios, con mayor claridad que en cual­quier otra Escritura. En estos sagrados volúmenes en­contramos perfectamente explicados todos aquellos pasajes que, habiendo sido mal interpretados, fueran erróneamente transcriptos en la Biblia.

Nuestra deuda mayor es la que tenemos con nues­tro Redentor, Jesucristo, por las grandes bendiciones de inmortalidad y vida eterna que nos ha traído. La inmortalidad es el don concedido a toda alma viviente, porque del trono mismo de Dios ha emanado el decreto de que la resurrección debe ser tan universal como la caída. Adán trajo la muerte al mundo, y puesto que ningún hombre ha podido ni podrá evitar la muerte, a todo ser mortal le asiste el derecho de resucitar. Y esta redención de la humanidad viene sólo mediante el amor y la misericordia del Hijo de Dios. Su extra­ordinario sufrimiento y la cruel muerte que padeciera, llevaron a cabo la expiación del pecado de Adán, res­catando de la tumba a cada ser que haya participado de los alcances de la caída, incluyendo aun a los mal­vados que, ante la misma faz de Jesús, gritaron a Pilato: “¡Crucifícale, crucifícale!” Sí, también ellos serán beneficiarios de la Expiación de Cristo, y aunque igualmente tendrán que responder por su espantoso pecado, habrán de ser resucitados por el poder de Dios.

Consideremos algunas de las grandes verdades del mensaje de Jacob—valederas no sólo a su propio pue­blo, sino para el beneficio del mundo entero:

“Porque como la muerte ha pasado a todo hombre para cumplir el misericordioso designio del Gran Creador, también es necesario que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fué des­terrado de la presencia del Señor.

“Por tanto, deberá ser una expiación infinita, por­que si no fuera infinita, esta corrupción no podría ves­tirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que cayó sobre el hombre habría durado eternamente. Y siendo así, esta carne tendría que pudrirse y desme­nuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.” (2 Nefi 9:6-7)

Detengámonos a meditar sobre la expresión de que la muerte cumple “el misericordioso designio del Gran Creador.” Muchos no creen que la muerte es un plan misericordioso. Es general la creencia de que Adán cometió un pecado horrible al participar del fruto prohibido. Algunos comentaristas han escrito que dicho acto fué “la vergonzosa caída del hombre,” pues­to que mediante su transgresión Adán y Eva fueron la causa de la miserable condición del mundo y tra­jeron la muerte al hombre—situación, dicen, que podría haber sido evitada, y Adán y su posteridad habrían podido vivir en paz, con amor y contentamiento, libres de la muerte, si ellos no hubieran transgredido. A nuestra madre Eva le fué revelado el propósito de la caída, por lo que ella entonces dijo:

“. . . Si no hubiese sido por nuestra transgresión, jamás habríamos tenido simiente, ni hubiéramos cono­cido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes.” (Moisés 5:11)

Por consiguiente, la caída fué parte necesaria del plan de salvación, que Jacob define como “el misericor­dioso designio del Gran Creador.” Lógicamente, nadie quiere permanecer mortal cuando llega a viejo y queda indefenso ante la vida. Así que la muerte llega a todos, no como cosa mala sino como algo misericordioso, es­pecialmente para aquél que muere estando seguro de que habrá de resucitar entre los justos. Lehi, el padre de Jacob, declara:

“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:25)

La caída de Adán y Eva prodigó a la humanidad el privilegio de una existencia mortal que de otra ma­nera no habría recibido. En consecuencia, si este plan no hubiera sido adoptado, habríamos perdido la opor­tunidad de vivir y ganar experiencias en la carne. No debemos pensar que la muerte del cuerpo es el fin del hombre y que cuando morimos nuestro cuerpo va a la tumba para nunca volver a levantarse. Jacob nos ha aclarado cuáles habrían sido las consecuencias si real­mente la muerte física fuera el fin del cuerpo mortal; y también nos ha hablado de cómo Dios, mediante el sacrificio de Jesucristo, ha preparado el camino para la redención humana. Y este plan de redención fué sancionado antes de la fundación del mundo.

“¡Oh la sabiduría de Dios! ¡Su misericordia y gracia! Porque lie aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus quedarían sujetos a aquél ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se con­virtió en diablo, para no levantarse más.

“Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, separados de la presencia de nuestro Dios para quedar con el padre de las mentiras, en miseria como él; sí, semejantes a aquel ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se hace aparecer como un ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinatos y a toda especie de obras secretas de tinieblas.

“¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que nos prepara el camino para que escapemos de las garras de ese terrible monstruo! Sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu.

“Y a causa del plan de redención de nuestro Dios, el Santo de Israel, esta muerte de que he hablado, que es la temporal, entregará sus muertos; y esta muerte es la tumba.

“Y la muerte de que he hablado, que es la muerte y el infierno han de entregar sus muertos: el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus espíritus cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados el uno al otro; y se hará por el poder de la resurrección del Santo de Israel.” (2 Nefi 9:8-12)

¡Qué espantoso sería si el cuerpo fuera destruido eternamente y el espíritu dejado libre tal como fuera antes de la vida mortal! Y ¿qué podríamos ganar con ello? Hay muchos que se han apartado de las enseñan­zas del Salvador y niegan que habrá resurrección. El propósito primordial de nuestra existencia es obtener tabernáculos de carne y huesos para nuestro espíritu, a fin de que podamos, después de la resurrección, lo­grar la plenitud de bendiciones que el Señor ha prome­tido a todos los que sean fieles a Él. El Señor nos ha prometido que llegaremos a ser hijos e hijas de Dios, co-herederos con Jesucristo, y que si hemos sabido guardar Sus mandamientos y convenios, seremos reyes y reinas, sacerdotes y sacerdotisas del Más Alto, y poseeremos la plenitud de las bendiciones del reino celestial. Esta gran promesa nos fué hecha en el espí­ritu, antes de la fundación del mundo. Y el Señor nos renueva su promesa siempre que sepamos soportar pacientemente, aun entre bendición y bendición, las aflicciones de la carne, perseverando fielmente hasta el fin.

Nuestro Redentor amó de tal manera al mundo, que voluntariamente vino a la tierra y sufrió el derra­mamiento de su sangre, a fin de pagar la deuda de la caída y posibilitar que toda alma humana obtenga un lugar en el reino celestial. Nadie es capaz de re­conocer cabalmente el precio que Jesús pagara por nuestra salvación y por nuestra posible exaltación. Con las siguientes palabras, El mismo lo ha descripto:

“Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.

“Más si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;

“Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19:16-19)

¿Es posible que haya algo más terrible aún que el que nos sea negada la resurrección, y que nuestros espíritus queden sujetos a Satanás para siempre? ¡Cuán agradecido a nuestro Redentor debiera estar cada uno de nosotros, reconociendo que Jesús, por motivo de su amor infinito, accedió a sufrir en pos de la redención del hombre! Cada miembro de la Iglesia debiera mostrarle gratitud mediante la obediencia a Sus mandamientos.

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“Este es el Lugar…”

Liahona Julio 1962

“Este es el Lugar…”

Por R. Héctor Grillone

Todos los años, el 24 de julio, la ciudadanía de Sión se vuelca en las calles del homenaje para mostrar su júbilo agradecido por la hazaña de los pioneros. Mormones y no mormones se congregan en la armonía del sano reconocimiento para rendir culto a la memoria de los que supieron someterse a la voluntad del Señor.

La primera vez que se conmemoró la llegada de Brigham Young y su compañía al desolado valle del Gran Lago Salado, fué exactamente dos años después que ello ocurriera, es decir, en 1849, cuando los habi­tantes de la nueva ciudad de los Santos pidieron al gobierno de los Estados Unidos que se les concediera el derecho de tener una administración propia. La campana de Nauvoo, único remanente del templo des­truido por las desviaciones de la plebe profana, dejó sentir las vibraciones de su bronce durante varias de las fiestas conmemorativas del 24 de julio en años suce­sivos. Hoy, la querida campana descansa su agitación en la planta baja del Museo de la Manzana del Templo.

Precisamente en una de las primeras conmemo­raciones, el presidente Brigham Young declaró ante la nutrida concurrencia, durante los servicios inaugurales:

“Muchos de nosotros fuimos al mercado de los Estados Unidos a comprar libertad, y se nos dijo que el precio de la libertad sería sólo nuestra sangre. … No es que haya dificultades en las leyes o la Constitución; la corrupción está en aquellos que las administran. . .”

¿Cómo se inició el éxodo de los Santos de los Últimos Días? Oigamos al mismo presidente Young hablar­nos de ello:

“En 1844, la mayoría de los Doce nos encontrábamos en los estados de la costa atlántica del país, predicando el evangelio restaurado, y habiendo oído la triste noticia del martirio del profeta José Smith, regresamos a Nauvoo donde encontramos a miles de hombres y mujeres enlutados por el trágico aconte­cimiento. . . . En la jactanciosa república (estado) el gober­nador, el vicegobernador, los jefes y oficiales de la policía, la chusma y el clero habían triunfado en su intención de derramar la sangre del Profeta. . . . ¿Cesó acaso la persecución entonces? ¡De ninguna manera! Por el contrario, se cumplieron las pala­bras de José Smith, que dijo que una vez que lograran asesi­narle, tratarían de hacer lo mismo con el resto dé nosotros.” (La Estrella Milenaria, tomo 2, página 355.)

A poco la migración en grupos se iniciaba. Hacía ya tres meses que los Santos estaban cruzando las lla­nuras, los bosques, los ríos y las montañas del centro del país, cuando, ahora en las laderas de los collados eternos, siendo el 1 de julio de 1847, Orson Pratt y Erastus Snow fueron comisionados por el presidente Brigham Young para dirigir una compañía de veinti­trés carretas y cuarenta y dos yuntas de bueyes, y hacer un reconocimiento del valle del Gran Lago Salado,, lo cual se llevó a cabo 20 días después.

Ciento cuarenta y cuatro hombres y tres mujeres integraban la compañía de Brigham Young. La jornada —una jornada cansina que parecía interminable—había durado más de tres meses, y la distancia recorrida fué de unos 1.600 kilómetros de tierras atravesadas por valles, montañas, ríos y pantanos. Ansiosos por llegar, cargados de fe y vigor sobrehumanos, no habían per­dido tiempo explorando terrenos: sabían que Brigham Young iba a recibir la inspiración del Altísimo para determinar el lugar. Y así, desafiantes, treparon colinas, atravesaron desfiladeros y precipicios, descendieron al fondo de los cañones y volvieron a trepar. … En ocasiones, debían ingeniarse para salvar abismos sin puentes y abrir caminos en plena roca.

De pronto, Orson Pratt y Erastus Snow, comandan­tes de la compañía de vanguardia, se llegaron al presi­dente Young y le avisaron que el Gran Valle estaba allí, casi a sus pies. Brigham Young, que venía postrado en su coche por causa de su salud quebrantada, se in­corporó entonces y abarcando con sus dulces ojos pene­trantes todo el panorama—inmenso y desolado—del valle ganado por el salitre del gran lago, declaró solemne: “Este es el Lugar.” Era el 24 de julio de 1847.

“Dos de las tres mujeres que formaban la partida— nos relata el doctor James E. Talmage en La Estrella Milenaria—suspiraron entonces deprimidas, y una de ellas exclamó: ‘Débil, cansada y dolorida como estoy, ciertamente dispuesta estaría a hacer mil millas más antes que permanecer aquí’.”

Sin embargo, la visión del Profeta había sido genuina. El brazo de Dios guio la dócil mano de los fieles, quienes a poco cantaban:

“El desierto ya florece, como bella flor,

“Y el triste yermo fértil campo es. . .”

Muchos sucumbieron en la empresa—unos encon­traron la muerte porque tenían fe y enfrentaron la penuria; otros perdieron la Vida simplemente porque no confiaron. Hoy día se ven los frutos de aquella siembra. El mundo entero está volviendo los ojos hacia el Valle del Señor, la Nueva Jerusalén. La comunidad aquí edificada, está contenida en el territorio que an­teriormente poblaran los indios “Utos”, de donde pro­viene el nombre del estado: Utah—que en el lenguaje indígena originario significa “Morada Alta.” Y en ver­dad, lo es.

Siglos ha, había ya predicho Isaías:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, (pie será con­firmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. . .” (Isaías 2:2-3.)

El establecimiento de los Santos en el Valle del Gran Lago Salado, no fué un evento de simple alcance comunal.

En La Estrella Milenaria, tomo 11, páginas 232 y 233, se citan los siguientes artículos, aparecidos en 1849 en dos periódicos estadounidenses:

“Desde que los hijos de Israel erraran por el desierto o los Cruzados se precipitaran en Palestina, no ha habido otro movimiento histórico tan singular como la migración y el estable­cimiento de los Mormones. … Habiendo tenido un templo en medio de las iglesias y escuelas del Condado de Lake, en Ohío, y expulsados de allí por la opinión popular, construyeron Nauvoo, en Illinois, el cual llegó a ser un gran pueblo. Veinte mil personas se congregaron en él. Y ahora son nuevamente asaltados por la persecución popular; ¡su profeta asesinado, su ciudad asolada, y finalmente su templo incendiado! ¿Les ha destruido acaso esta persecución a que se han visto sujetos? ¡No! Unos siete mil de ellos se han establecido ya en las cumbres del continente americano. Miles más están reuniéndoseles desde Iowa y otros tantos están arribando desde el país de Gales. Este es un espectáculo muy singular, quizás el más singular de todos los grandes dramas de nuestra era. . .” (The Cincimiati Atlas, 1849.)

“Los Santos Mormones que han logrado sobrevivir, después de soportar todas las penurias de la persecución en Misuri e Illinois, de sufrir el asesinato de muchos de sus directores y apóstoles, y de ser malignamente acosados de un lugar a otro, han encontrado, al fin, una Nueva Jerusalén o Tierra Santa, en el Valle del Gran Lago Salado, situado entre las Montañas Rocallosas y la Sierra Nevada. . . . Los Mormones poseen ahora lodo ese territorio. Ellos son gente industriosa y capaz de ex­plotar exitosamente los recursos naturales de la rica región en que se han establecido. Esta es, en verdad, su Nueva Jerusalén, donde podrán construir una gran ciudad con pilares de oro, techada con plata y pavimentada con rubíes y esmeraldas. ¿Quién sabe? A estar por las observaciones hechas por Fremont, Abert, Kearney y otros, la región comprende algunos lu­gares realmente maravillosos. Parece ser una especie de Tierra Santa en mayor escala: tiene un Mar Salado más grande que el de Palestina, un Río Jordán, un Monte Horeb y casi todas las características de la antigua Tierra Santa, aunque en una escala tremendamente grande. Y Brigham Young, el conductor de esto pueblo, se asemeja en igual sentido a Moisés.

“Esta expedición de los Mormones muestra cierta analogía con aquél éxodo de los Israelitas que salieron de Egipto. Illinois, Misurí o Iowa han sido la tierra de esclavitud de la que han escapado los Mormones, y en la cual sus directores y santos han sido tiroteados. . .” (The New York Herald, 1849.)

Gracias a la humilde perseverancia de aquellos pioneros que atravesaron los pantanos de la persecución y las cercas del prejuicio tradicional, un verdadero Renacimiento mundial se está llevando a cabo. Desde el punto de vista histérico-geográfico, significó una notable colonización, efectuada en lugares que otros despreciaron por áridos, como también la inauguración de una nueva era de progreso económico internacional que resultó del franqueamiento de una frontera que separaba, como si hubieran sido dos civilizaciones dis­tintas, al Este distinguido y progresista, del indómito y lejano Oeste. Y desde el punto de vista religioso, re­sultó ser el afianzamiento de una Restauración termi­nante, la “confirmación del monte de la casa de Jehová, como cabeza de los montes.”

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La Primera Gran Visión

Liahona Julio 1962

La Primera Gran Visión

Por el presidente David O. McKay

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el (pie duda es semejante a la onda de la mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.” (Santiago 1:5-6.)

José Smith leyó esta promesa precisamente en una época en que la pequeña comunidad en que vivía era notablemente agitada por un despertamiento religioso, a través del cual cada una de las sectas Cristianas existentes anunciaba a gran­des voces sus razones por las que se consideraba a sí misma la “iglesia verdadera”, a la vez que condenaba ruidosamente los otros credos. El joven Smith quería sinceramente saber cuál de todas ellas estaba en la verdad. Es evidente, dado el mutuo desacuerdo manifiesto en cuanto a la interpretación y práctica de los preceptos bíblicos, que algunas enseñaban doctrinas que no estaban en armonía con las Santas Escrituras.

Fué entonces que José se internó en una solitaria arboleda, y dejándose caer sobre sus rodillas, oró por la solución de su problema. Y su oración fué prontamente contestada con la visitación del Padre Celestial y Su Hijo Unigénito.

Los dos principios más importantes que de esta visita re­sultaron, fueron: que Dios es un Ser personal que bajó de los cielos para comunicar Su voluntad al hombre; y que ninguno de los credos llamados Cristianos que existían, tenía el verdadero plan de salva­ción.

Inmediatamente después de esta sorpren­dente declaración, el joven José Smith quedó en una situación de verdadero ostracismo respecto del ámbito religioso, encontrándose completa­mente solo frente a un mundo descreído.

Estaba solo—y no familiarizado con la sabi­duría y las filosofías de la época.

Solo—y sin educación alguna en las artes o la ciencia.

Completamente solo—, sin filósofo alguno que lo instruyera, ni ministro religioso que le guiara.

Con bondad y sencillez había apremiado a lodos con su glorioso mensaje; con burla y es­carnio, ellos le despreciaron, diciendo que estaba poseído del maligno, que ya no había tales cosas como visiones o revelaciones porque estas habían cesado en la época de los Apóstoles, y que ya los mismos no eran necesarios.

Y así fué abandonado para que, solitario, navegara por los mares de la religión, habién­dosele prohibido embarcarse en uno solo de los veleros conocidos, y sin haber construido nunca ni haber visto construir un barco. Verdaderamente, si el joven era un impostor, sería muy tosca la nave cuya construcción debía entonces emprender.

Por otro lado, si el barco que iba a armar llegaba a poseer una excelencia que superara a la de todos aquellos que los profesores y filóso­fos habían estado, durante siglos, ofreciendo a la humanidad, los hombres se verían forzados, sin duda, a exclamar: “¡Ciertamente, éste es un hombre sabio!”

Pero aunque parecía estar realmente solo, lo estaba como Moisés lo estuvo en el Monte Sinaí; o como Jesús en el Monte de los Olivos. Tal como en el caso del Maestro, el Profeta recibió sus instrucciones no por medio de con­ductos creados por el hombre, sino directamente de Dios, fuente de toda razón e inteligencia.

La veracidad de las honestas enseñanzas de José Smith, como la misma valentía con que las proclamó, no fueron sino consecuencia de esta orientación divina. Cuando el joven Profeta en­señaba una doctrina, lo hacía autorizadamente. Para él no era cuestión de temer sí la misma concordaría o no con el criterio de los hombres.

Daba a la humanidad lo que recibía de los cielos, sin reparos ante la desconformidad o el acuerdo, la contra­dicción o la armonía que los credos de las iglesias o las normas vigentes de la sociedad civil manifestaran al respecto. Y hoy día, a más de trece décadas de en­tonces, tenemos la oportunidad de juzgar el valor y la virtud de sus enseñanzas, pudiendo reconocer a través de ellas mismas su propia fuente originaria.

Cuando José Smith recibió, en la primavera de 1820, su primera revelación, no era sino un muchacho sin preparación ni estudios. Diez años más tarde, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días era organizada. Y el joven Profeta no había cumplido aún los treinta y nueve años de edad cuando fué bru­talmente martirizado.

La armonía de sus enseñanzas con aquellas que el Salvador predicara; su razonable aseveración de que el hombre debe ser llamado de Dios para oficiar en las cosas espirituales; la completa organización de la Iglesia, con sus normas, sus leyes, y su maravillosa adaptabilidad a las necesidades del progreso de la familia humana, junto con otras varias fases de su gran obra en estos últimos tiempos—aunque sólo parcial­mente comprendidas—, han hecho y hacen que muchas personas se asombren y mediten en cuanto al origen de la sabiduría del profeta José Smith.

Aun con nobles aspiraciones, poderes y populari­dad, otros hombres han fracasado en sus intentos por promulgar nuevos ideales. José Smith fué favorecido intelectualmente por inspiración divina. Él sabía que había sido escogido por el Señor para establecer la Iglesia de Jesucristo en esta dispensación—cuya Iglesia, emulando a Pablo, declaró que era poder de Dios para la salvación (Romanos 1:16) —salvación social, moral y espiritual.

Él sabía qué “. . . es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6.)

En esta Escritura está el secreto del surgimiento de José Smith, de la obscuridad lugareña al renombre universal. Su creencia en Dios fué absoluta. Su fe en la orientación divina, firme.

Vosotros, miembros de la Iglesia, tenéis la respon­sabilidad de comprender el significado y la magnitud de ésta, la obra del Señor. Y especialmente vosotros, juventud de Israel, sois responsables de llevar el men­saje del evangelio por todo el mundo, en el cual hay millones de honestos corazones que están anhelando mejores condiciones que aquellas en las que actual­mente viven.

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“Acuérdate del Día de Reposo…»

Liahona Agosto 1962

“Acuérdate del Día de Reposo…»

Por Boyd K. Packer
(Tomado de the Instructor)

Uno de los principios del evangelio que resultan más difíciles de enseñar a la juventud, es el del Día de Reposo. Muy frecuentemente comprobamos que nuestros jóvenes están asociando este día santo con numerosas restricciones. Cuando un muchacho o una chica miembro de la Iglesia, habla por teléfono con algún amigo o amiga, es común oírle decir a cierta altura de su conversación: “No puedo ir”; y luego, como respuesta a un evidente “¿Por qué?” de su interlocutor, agregar: “Pues, porque hoy es domingo.” Y es fácil imaginar la siguiente pregunta del amigo: “¿Y qué hay con eso?” En verdad, esta última pregunta no siempre es contestada apropiadamente, porque su respuesta suele no estar al alcance de la gente joven. La mayoría de las veces ellos contestan que sus padres “prefieren que hagan otras cosas durante el día domingo.” Y aun, cuando de mala gana obedecen, una pregunta permanece—inquieta—en sus mentes: “¿Por qué?”

Los jóvenes siempre tienen un “¿Por qué?” en sus pensamientos, no importa lo que hagan o deban hacer. Por eso, ¡cuán benéfico sería que nuestra juventud pudiera cultivar una seria actitud hacia el Día del Señor, a fin de aprender al menos parte de ese “por qué”.

A veces resulta ser realmente problemático enseñar una lección en cuanto al Día de Reposo a un grupo de jóvenes. Cierta vez, los alumnos de una clase de la Escuela Dominical preguntaron al maestro: “Continua­mente se nos está indicando lo que no debemos hacer durante el Día de Reposo. ¿Por qué no nos hace una lista de las cosas que podemos hacer ese día?” En reali­dad, la preparación de una lista semejante sería de considerable ayuda, pero indudablemente no soluciona el problema.

Los hijos de Israel vivieron en base a una serie de regulaciones. Las Escrituras nos relatan que:

“. . . Les fué dada una ley; sí, una ley de cere­monias y ordenanzas, una ley que tenían que observar rígidamente de día en día, para conservar vivo en ellos el recuerdo de Dios y sus deberes hacia él.” (Mosíah 13:30.)

Pero fué evidente que ni aun esta “lista” de limi­taciones, por sí misma, les mantuvo firmemente leales.

Como maestros del evangelio, debemos tratar cons­tantemente de edificar en nuestros jóvenes una ade­cuada actitud y una profunda apreciación respecto del día domingo. Y cuando nos dispongamos específica­mente a ello, nuestra será la responsabilidad de ayudar­les a descubrir un “por qué”. Tres son los factores prin­cipales, que habrán de contribuir a nuestro éxito:

Primero, nuestras enseñanzas deben ser consisten­tes y ampliamente respaldadas por nuestro conocimien­to de las Escrituras. Debemos lograr que los mismos jóvenes recurran a las Escrituras para obtener respues­tas a todo interrogante que se relacione con el Día del Señor.

Segundo, nuestras enseñanzas deben demostrar que es sabio seguir los consejos de los padres y las admoniciones de las Autoridades de la Iglesia.

Y finalmente, nuestras enseñanzas concernientes al Día de Reposo deben estar conformadas a los al­cances de nuestros alumnos, y presentadas de tal ma­nera que puedan identificar en ellas una íntima rela­ción con sus propias vidas. De esta forma, evitaremos “hablar al aire”, como advirtiera Pablo en su epístola a los Corintios:

“Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire.” (1 Corintios 14:9.)

En Sus enseñanzas, el Señor frecuentemente utilizó parábolas y analogías. Su manera de instruir fué simple y generalmente relacionaba Sus preceptos con algo que los oyentes pudieran comprender con prontitud. Nos­otros podemos usar también este método.

Supongamos que estamos viajando hacia una tierra que nunca hemos visitado antes. Imaginemos que este viaje encierra promesas de grandes experiencias y re­compensas, tanto durante el trayecto como, y más es­pecialmente, al llegar a destino. Asimismo, presumamos que tenemos conocimiento de que grandes peligros y dificultades amenazan nuestro camino; que las huellas estarán, en parte, oscurecidas o disimuladas, y que hallaremos muchos senderos y atajos que conducen a sufrimientos y tribulaciones insospechables—aun a la muerte —; sabemos también que durante el viaje — y máxime un viaje de esta naturaleza—es posible per­derse.

¿Qué precauciones adoptaríamos antes de empren­der dicho viaje? Indudablemente, trataríamos de proveernos de un mapa. ¿Por qué? ¿Qué clase de mapa nos agradaría conseguir?

Pensemos en lo útil que nos resultaría una buena guía, y cuán importante no sería tener un mapa perfectamente delineado y con ano­taciones específicas, de manera que aun cuan­do encontremos los sectores oscurecidos del camino, podamos identificar las señales desta­cadas en el plano, y por medio de ellas determinar nuestra posición y rumbo. ¿No sería asimismo interesante que nuestro mapa contuviera, además de las advertencias de pe­ligros, indicaciones de parajes y característi­cas que podrían contribuir a que nuestro viaje sea más placentero? Y también, ¿qué haría­mos si supiéramos de alguna persona que ya ha hecho parte del trayecto, y que podría asesorarnos en cuanto al mismo? Considere­mos cuánto nos ayudaría poder lograr que esta persona nos indique, sobre nuestro propio mapa, algunos detalles y condiciones suple­mentarios, y aun nos señale otros “desvíos” recientemente practicados y algunos proble­mas nuevos.

Pienso que seríamos muy inconscientes si iniciáramos el trayecto sin llevar con nos­otros un buen mapa ni aceptar el consejo y las instrucciones de viajeros experimentados, especialmente si sabemos que nuestra vida misma depende de dicho viaje.

Muchas veces nuestros jóvenes tienen dificultades en entender el propósito del Día de Reposo, y lamentablemente algunos lo consideran como un período de restricciones. En general, sólo piensan que el domingo es un día durante el cual “no debemos hacer las- cosas que son divertidas.” Pero en realidad debieran conocer y comprender que el verda­dero significado del Día del Señor no es ése. Nuestra vida terrenal es un viaje similar al que liemos hecho mención. Existen muchos obstáculos y peligros. Asimismo, la vida abun­da en recompensas y en experiencias gozosas, y durante todo el transcurso de la misma en­contraremos muchos “puntos de interés.”

El Señor, conociéndonos y sabiendo de todas las dificultades y problemas que debe­mos enfrentar en nuestra existencia, ha pre­parado un plan o mapa, a fin de que podamos contar con la guía necesaria para que nuestro “viaje” sea seguro y benéfico. Este mapa es el evangelio de Jesucristo, y ha sido dado a conocer a través de las muchas revelaciones de nuestro Padre Celestial. También conta­mos con la orientación e instrucciones de las Autoridades de la Iglesia y de los padres de familia, quienes han hecho ya parte del ca­mino, utilizando precisamente el evangelio como “mapa”. Ellos han comprobado median­te la vida de otros, o aun a través de alguna experiencia personal, qué pasaría si llegára­mos a perder la huella.

El Señor nos ha explicado que “el día de reposo fué hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (Marcos 2:27-28.);

Podemos ver cuán importante es que regulemos nuestro tiempo, a medida que avanzamos en nuestro viaje, para poder detenernos periódicamente y consul­tar nuestro “mapa”. De esta manera podremos planear mejor nuestras jornadas futuras. Esto es, en esencia, lo que el Día del Señor requiere de nosotros. Por con­siguiente, las restricciones relativas al mismo, redundan en nuestro propio beneficio. Estas “restricciones” sólo intentan concentrarnos más en nuestro mapa, y tomar con más seriedad nuestro viaje, posibilitándonos el evi­tar o eliminar los riesgos de desviarnos por atajos equi­vocados.

Todos tenemos edad suficiente para entender que algunas cosas que parecen ser meras restricciones o limitaciones, nos son dadas sólo para que podamos precisar más claramente nuestro punto de destino, con­forme lo señala el mapa de nuestra vida. Cuando com­prendemos esto, reconocemos con gratitud que el Día de Reposo es un don del Señor, y llegamos al conven­cimiento de que esas “restricciones”, tales como no concurrir a eventos o programas recreativos en ese día, no son sino elementos de protección para nosotros. Y una vez que adoptamos esta actitud, estaremos en con­diciones de compartir el gozo de la sana asociación con nuestros amigos en la Escuela Dominical y en las re­uniones del Sacerdocio y Sacramental. Y más aún, en­contraremos que hay otras muchas cosas en armonía con el día santo, que podremos realizar para nuestro solaz. Cuando comprobemos algunos de los beneficios que derivan de la apropiada observancia del domingo, no necesitaremos “lista” alguna que nos indique qué es lo que debemos o qué es lo que no podemos hacer.

Evidentemente, el Señor reconoció la importancia de nuestro viaje terrenal, pues cuando nos concedió esta vida, reservó para Sí uno de cada siete días de la misma, a fin de que, en la comunión de Su espíritu y en la tranquilidad del alto en la jornada, pudiéramos consultar el “mapa” que nos indica el camino hacia la exaltación.

Si el “mapa” resulta por momentos algo difícil de leer, recurramos a aquellos que ya han empezado el trayecto—nuestros padres y las Autoridades de la Igle­sia. Mediante sus consejos, instrucciones y enseñanzas, podríamos esclarecer mucho nuestra “ruta”.

Repasemos lo que el Señor ha revelado concernien­te al Día de Reposo:

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.

Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, por­que en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.” (Génesis 2:1-3.)

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;

Más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de re­poso y lo santificó.” (Éxodo 20:8-11.)

“Y para que te conserves más limpio de las man­chas del mundo, iréis a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

Porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de todas tus obras y rendir tus devociones al Altísimo.

Sin embargo, tus votos se rendirán en justicia todos los días y a todo tiempo;

Pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofre­cerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, con­fesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.

Y en este día no harás ninguna otra cosa, sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o, en otras palabras, que tu gozo sea cabal.” (Doc. y Con. 59:9-13.)

“. . . El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.

Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (Marcos 2:27-28.)

No es de asombrarse, entonces, que nuestros ma­yores y las Autoridades de la Iglesia, estén, constante­mente, amonestándonos: “Acuérdate del Día de Reposo…”

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El Casamiento y la Religión

Liahona Agosto 1962

El Casamiento y la Religión

Por Antbon S. Cannoh
(Tomado de the Instructor)

El camino más seguro hacia la felicidad eterna es el casamiento por la eternidad—la perfecta unión en matrimonio y religión.

La religión necesita del casamiento para poder realizar cabal­mente su propósito eterno y divino. Y el casamiento necesita de la religión, para poder recibir las más ricas bendiciones y la garantía más efectiva respecto de su propia estabilidad, seguridad, satisfac­ción, éxito y santidad. La familia, la Iglesia y la sociedad son grandemente beneficiadas cuando el casamiento es santificado y unido por medio del convenio eterno.

La óptima solución de los problemas sociales requiere un saludable y feliz nutrimento mutuo de los valores primordiales de la vida: el casamiento y la religión. Es esencial que los jóvenes obtengan la fuerza, compresión, motivación, valentía, visión y carácter que sólo la religión puede proveer a su matrimonio. Es éste el camino hacia el gozo, el triunfo, la satisfacción y la realización eternos. Y también el sendero—el más seguro—hacia la paz mental, la devoción y la dedicación a los más nobles y gratos objetivos, la salud más anhelada, la salvación más codiciable, las mayores realizaciones, el altruismo más elevado y el más completo desarrollo de los potenciales humanos.

Un sólido casamiento, combinado con la religión verdadera, ha de nutrir la dinámica salud y el básico bienestar que todos los hijos de Dios necesitan. Y en tal circunstancia, el divorcio es in­compatible e inconcebible.

Sólo un incontenible deseo de prestar un desinteresado y gozoso servició—al Señor y a los hijos del Señor—puede emanar cuando se reconocen tanto la satisfacción producida por el hecho de ser buenos y de hacer lo bueno, como el privilegio de la oportunidad y el deber más elevados: amar y servir a nuestra compañera y a nuestra familia, contribuyendo de esta forma al fortalecimiento del reino de Dios sobre la tierra, por tiempo y eternidad. Y ésta es la única manera por la que las más grandes bendiciones, y la paz y el gozo permanentes pueden ser obtenidos.

Las complicaciones de la vida moderna incluyen una multipli­cidad de pecados de omisión y de comisión. Un matrimonio sin una preparación adecuada podría terminar en una situación de miseria, tensión, desencanto, fracaso, frustración, pena, confusión, desorganización social, delincuencia, deserción y divorcio. La sociedad gasta anualmente enormes cantidades de dinero para tratar de reedificar las ruinas resultantes de los malos casamientos, los noviazgos impropios, la inmadurez emocional y la impudicia, la amoralidad y la carencia de sentimientos religiosos. La fantasía de los romances absurdos o los saltos a ciegas en los brazos del amor, sólo han contribuido, desde tiempos inmemoriales, al acre­centamiento de los consecuentes problemas de la vida familiar.

El casamiento por la eternidad es la mayor bendición que el evangelio provee. Es el fin y los medios para poder alcanzar todas las otras bendiciones importantes, ahora y a través de las eternidades.

Religión significa devoción—devoción a lo que consideramos divinamente inspira­do. El evangelio nos hace saber que nuestro enlace eterno con la compañera o compañero indicado, y la edificación de una vida familiar estable y feliz, son esenciales para la exaltación. El casa­miento satisface las más íntimas y signi­ficativas necesidades del hombre. Es la unión por medio de la cual nuestra capa­cidad procreativa provee de cuerpos a los hijos espirituales de Dios.

La asombrosa cifra de 16 millones de personas divorciadas en los Estados Uni­dos durante los últimos veinte años, dramatiza elocuentemente la urgente ne­cesidad de proteger nuestras familias y nuestra juventud en general, contra los estragos resultantes de los mal aconsejados y presurosos casamientos. Pero aún más lastimosos y más socialmente destructivos son aquellos otros tantos millones de matrimonios carentes de gozo, despojados de armonía y saturados de hostilidad, a causa de estar juntos legalmente pero desunidos psico­lógica y espiritualmente. Y estos innumerables hogares destruidos, son los que engendran las inútiles vidas de los delincuentes juveniles e incuban desalentados niños de mentalidad perturbada.

La mejor protección contra tales desdichas y gravámenes de nuestra vida social, depende de una firme observancia de las enseñanzas del verdadero evangelio. La gloria tía Dios es la inteligencia, y el mayor bienestar de Sus lujos requiere vivir a la luz de la más grande de sus revelaciones: el matrimonio eterno. ¡Qué desafío es para uno el tener que usar la inteligencia antes de casarnos, de vivir y llegar a saber cómo somos, cuáles son nuestras necesidades, aprender a controlarnos y a amar sinceramente a otros con nobles propósitos! Es toda una inspiración el valerse de la oración y de la meditación honesta, en la búsqueda de aquella persona que habrá de ser nuestra compañera en esta vida y por toda la eternidad. ¡Cuán gloriosa es la oportunidad que tenemos de poder escoger a alguien a quien estaremos unidos para siempre —alguien que básicamente proveerá la mitad de la potencialidad genésica y gran parte del ambiente social en que nuestros descendientes habrán de desarrollarse a través de las eternidades! ¿No es acaso este trascen­dental desafío, realmente digno de la mayoría de nuestros mejores años de estudio, búsqueda y oración?

Debemos buscar el consejo y la ayuda del Señor por medio de la oración; de nuestra familia y aun de nuestros mejores amigos, a través de su cariñosa relación y de sus enseñanzas. Los que verdaderamente nos aman, son los que habrán de contribuir benéficamente a nuestro crecimiento espiritual.

Nuestra primera tarea es evolucionista: llegar a ser la clase de persona digna de tener una compañía eterna, y desarrollar la capacidad de carácter necesaria para amar y servirle por siempre y para siempre. En verdad, ser capaz de tomar a alguien en casamiento por la eternidad, requiere una fe religiosa inquebran­table en el propósito y significado de tal convenio.

El segundo paso es igualmente importante y tan desafiante como el primero, aunque más deleitable: encontrar, a través del noviazgo—pero también mediante la oración, el consejo y el estadio—, la persona con quien estaremos dispuestos a enlazar nuestros destinos y a levantar nuestra posteridad. No podemos arries­garnos a contraer enlace con el primer ser que nos enamore. Necesitamos más estudio, investigación, ex­periencia, cultivo de relaciones sociales y de los valores espirituales. Necesitamos también tiempo para estu­diarnos a nosotros mismos y estudiar a aquellos que habrán de estar ligados a nuestra existencia—grado de sabiduría que sólo se consigue por medio de la oración y las experiencias sociales. Puesto que una sola decisión podría tener tanta importancia para la larga vida que nos espera, no debiéramos despreciar irres­ponsablemente nuestras oportunidades ni jugar con nuestra futura felicidad,

La esencia de la oración es receptiva e infinita. Cuando buscamos una solución perfecta para nuestro problema, sólo a la fuente de toda bondad, verdad, sabiduría y justicia podemos recurrir: nuestro Padre Celestial, que desea nuestro perfecto bienestar pero que nos concede la libertad de buscar y escoger por la fe. El Señor está siempre dispuesto a iluminamos con Su inspiración y conocimiento cuando, con sinceri­dad de propósitos y libres de todo prejuicio arbitrario, buscamos Su ayuda.

No existe guía o indicio mejor para un matrimonio feliz, que el que dos personas, luego de una sincera consideración y estudio de las fuentes sociales, de su relación, comprueben que son mutuamente compatibles y deseen casarse por la eternidad. Porque cuando cada uno de ellos puede, en los ámbitos divinos de la oración privada, confirmar su elección, y luego ambos están dispuestos a establecer la promesa de edificar juntos su futuro, la más alta bendición necesaria es sellar su amor y su devoción ante el altar del convenio sempi­terno, bajo las manos del Sagrado Sacerdocio, por tiempo y eternidad.

Tal unión es una fuente natural de niños bendeci­dos con educación, adiestramiento, seguridad, sólida fe religiosa y amor, como fundamentos para sus felices y sanas personalidades. Los hijos nacidos bajo tan selectas circunstancias, estarán henchidos de las diná­micas energías necesarias para el logro de las mejores cosas de la vida y el mayor bienestar de la humanidad. El mundo necesita de la influencia del casamiento en el templo para poder disminuir los efectos causantes del divorcio, la delincuencia, la infidelidad, las enfer­medades y las muertes prematuras. Todos debiéramos trabajar y orar siempre por un creciente número de casamientos y familias bendecidas por este gran recurso unificador.

El carácter de los individuos es determinado por la relación entre padres e hijos. La oración familiar es una de las mejores oportunidades para infundir en los hijos el amor a Dios, la noble aspiración del casa­miento en el templo, el propósito de vivir honestamente, y todos los elementos básicos de la vida religiosa. El ejemplo de los padres habla más elocuente y significa­tivamente que sus propias enseñanzas. No obstante, ambas cosas son necesarias para la edificación de un firme deseo de poder contraer matrimonio por la eterni­dad en el corazón de la juventud, como uno de los más grandes objetivos de la vida.

Los frutos del amor en el hogar vigorizan la significancia de la eterna asociación existente entre la religión y el casamiento—asociación tendiente a estruc­turar la vida familiar más perfecta.

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La Gran Obra de la A.M.M.

Liahona Agosto 1962

La Gran Obra de la A.M.M.

Por el presidente David O. McKay

Verdaderamente, los miembros de la iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son indi­viduos que se ayudan mutuamente en una vida de producti­vidad-una vida orientada hacia la salvación del ser humano. Al decir salvación no me refiero a aquella gloriosa condición de la vida venidera en que habrán de cesar nuestras pre­ocupaciones y necesidades, sino a la situación actual—aquí y ahora—que comprende tanto al individuo como a la familia y a la sociedad. Mediante el evangelio de Jesucristo y la per­fecta organización de la Iglesia, revelados en esta dispensa­ción al profeta José Smith, estamos ayudándonos espiritual­mente unos a otros, aprovechando las innumerables oportuni­dades que tenemos de participar en los programas de su plan. Asimismo, a través del sistema unificado de escuelas y del Programa de Bienestar, estamos ayudándonos mutuamente en el campo educacional y temporal; prácticos y evidentes bene­ficios están, día a día, resultando del esfuerzo combinado de todos los Santos de los Últimos Días.

Con la asociación y la actividad en los distintos quórumes del sacerdocio, en las varias organizaciones auxiliares y en nuestras reuniones sociales y espirituales, estamos fomentando la hermandad humana. Por medio de nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo que, como las demás organizaciones auxiliares de la Iglesia, operan bajo la dirección del sacerdocio, estamos proveyendo a nuestra juventud de medios tendientes a asegurar una constante actividad y recreación sanas. Es de tal forma que la Iglesia fomenta la faz práctica y cotidiana de la vida.

El objetivo primordial de las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo, es ayudar a llevar a cabo, bajo la inspiración y la guía del Señor, la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

Nuestro directo e inmediato propósito, es depositar en los corazones de la juventud de Sión un firme y real testimonio de la divinidad de la obra de Dios, sin el cual no puede obte­nerse la vida eterna, porque “. . . ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verda­dero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3.)

Nunca antes, en toda la historia de la Igle­sia, ha habido tanta influencia insidiosa entre nuestra gente como en la actualidad, con respec­to a la actividad. Nunca antes se ha visto una juventud tan amenazada como hoy. No creo ser una de esas personas pesimistas o que piensan que la juventud moderna es peor que la de ataño. En verdad, tengo tanta confianza en nuestros muchachos y jovencitas, como la que habréis te­nido vosotros, padres y madres, en vuestros hijos e hijas hace veinte o más años. La mayoría de los jóvenes de hoy son tantos o más serios, pien­san y consideran tanto o más la religión, y aman tanto o más la verdad que aquéllos de antaño. Pero las condiciones existentes en la actualidad son, en realidad, tanto o más graves que las de años anteriores. Hoy, es evidente la mayor can­tidad de influencias malignas que tratan de des­viar a la juventud por senderos prohibidos.

Aun algunos de nuestros jóvenes y señoritas piensan que las normas de la moralidad han cambiado. Pero os digo que las normas de moral de los Santos de los Últimos Días nunca cam­biarán; no deben cambiar jamás. Las reglas mo­rales de los que son del mundo podrán ser cam­biadas, enmendadas o rebajadas, y hasta podrían sus influencias penetrar en nuestro propio ámbito social, pero nuestras normas han de mantenerse y conservarse por siempre. Para ello es menester que todo joven de la Iglesia conozca y compren­da cabalmente dichas normas.

¿Sobre quién descansa entonces esa respon­sabilidad? La A.M.M., con sus clases instructivas y con sus actividades en música, bailes, deportes y arte dramático—de las que participan no sólo los jó­venes, sino también los que quieren permanecer jóve­nes—, tiende a establecer un medio de vida completo y deseable.

Uno de los deberes de la A.M.M. es presentar dra­mas que no solamente entretengan sino que asimismo sean edificantes y educativos—que realcen lo mejor de las relaciones humanas. Esto debiera llevarse a cabo por varias razones, pero principalmente por dos de ellas:

En primer lugar, los jóvenes, al memorizar sus conservaran en sus mentes algunos pasajes que podrían influir sanamente en sus vidas. Y la segunda y más importante razón es que, mediante estas obras dramáticas, podrán poner de manifiesto su íntima per­sonalidad ante la concurrencia. Para la gente joven, especialmente, una obra bien escrita y distribuida, es no solo un espejo de la naturaleza”, sino la realidad misma.

Los dramas son una fase muy importante dentro de la obra de la A.M.M., y constituyen un eficaz ins­trumento para la creación y el cultivo de una firme preferencia por lo mejor y más elevado de la literatura y de la vida misma.

En una de Sus revelaciones modernas, el Señor de­claró que la canción de los justos es una oración para nuestro Padre Celestial. (Doc. y Con. 25:12.) Os re­comiendo que disfrutéis y cultivéis este arte divino que es la música. Tratad de inclinaros hacia la buena música, para que penetre vuestros corazones. La par­ticipación en las actividades y festivales musicales pro­piciados por la A.M.M., os ayudarán en ello.

Hace varios años, “la gran señora de la A.M.M.”, Ruth May Fox, escribió un poema que, habiéndosele puesto música, ha llegado a ser “el animoso himno de la Mutual.” Vosotros, los que amáis a la Asociación de Mejoramiento Mutuo, y que trabajáis en ella, recono­ceréis enseguida estas inspiradas palabras:

“Constantes cual firmes montañas unidos en gran valor, en la Roca nos fundamos, la Roca del Salvador. . .

En honor y virtud plantada, y fe en nuestro Dios, su bandera desplegamos sobre la soledad. . .”

También yo quiero unir mi voz a la vuestra, oh juventud de Sión, para decir:

“Cantad, juventud bendita: ¡A vencer, a vencer, a vencer…!”

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Firmes testimonios acera de Cristo

Liahona Mayo 1962

Firmes testimonios acera de Cristo

(Tomado de the Improvement Era)

¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre? (MATEO 16:13.)

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre—
Que por él, y mediante él, y de él los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.

El profeta José Smith y Sidney Rigdon


Yo testifico que Jesús es el Cristo, el Salvador y Redentor del mundo; he obedecido sus palabras y comprendido sus promesas, y el conocimiento que dé El tengo no puede serme dado ni quitado por la sabiduría de este mundo.

El presidente Brigham Young


El Jesucristo] tiene el poder para restaurar la vida de aquellos que la pierdan; por tanto, Él es la Resurrección y la Vida, cuyo poder otro hombre no tiene.
Por consiguiente, siendo el Mediador entre Dios y el hombre, le asiste el derecho de ser guía y director de vivos y muertos tanto en la tierra como en los cielos, y en el pasado, presente y futuro de los hombres.

El presidente John Taylor


Siempre he visto en la vida de nuestro Salvador, todo un ejemplo para sus seguidores. Y aun, en cierto sentido, me resulta extraño que el Hijo de Dios, el Primogénito de Dios en los mundos eternos, el Unigénito en la carne, haya tenido que descender a la tierra y soportar lo que soportó-nacido en un establo, acunado en un pesebre, perseguido, afligido, despreciado, siendo objeto de calumnia y oprobio para casi todo el mundo, especialmente para los habitantes de Jerusalén y la Judea.
Todo esto causa cierta sensación de pena; pero parece haber sido necesario que el Salvador descendiera por debajo de todas las cosas, para poder ascender luego y superar todas las cosas.

El presidente Wilford Woodruff


Cuando Jesús vino, lo hizo no simplemente para sacrificarse por los intereses de Israel. . . sino por el interés de la entera familia humana, para que por él todos los hombres pudieran ser bendecidos, para que por él todos los hombres puedan ser salvos; su misión fué proveer a la humanidad de los medios por los cuales pueda gozar de los beneficios del evangelio sempiterno… no sólo a los que moran sobre la tierra, sino también a los que habitan el mundo espiritual.

El presidente Lorenzo Snow


Jesucristo es el Hijo de Elohim, Su descendiente tanto espiritual como corporal; es decir, Elohim es literalmente el Padre del espíritu de Jesucristo y también del cuerpo con el cual Jesús llevó a cabo su misión en la carne, cuyo cuerpo murió en la cruz y fué luego levantado mediante el divino proceso de la resurrección, siendo ahora el tabernáculo inmortal del espíritu de nuestro Señor y Salvador.

El presidente José F. Smith


Es notable el hecho de que no podamos leer u oír de las obras que nuestro Señor y Salvador Jesucristo realizara sin que sintamos gozo cada vez que lo hagamos, mientras que por otro lado no hay otro hombre de cuya vida e historia no nos sintamos cansados después de leerlas u oírlas un par de veces. La historia de Jesucristo es siempre nueva. Cuanto más leo de su vida y obras, más grandes son el gozo, la paz, la felicidad y la satisfacción que llenan mi alma. Siempre hallo un nuevo encanto al contemplar sus palabras y el plan de vida y salvación que enseñara a los hombres durante su ministerio sobre la tierra.

El presidente Heber J. Grant


Se nos ha dicho que no seremos juzgados por el pecado de Adán, sino que seremos responsables por nuestros propios pecados. La expiación de Jesucristo nos libró del pecado do nuestro padre Adán, gracias a quien nos ha sido posible vivir sobre la tierra; y en el propio y debido tiempo, si aprovechamos nuestras oportunidades, estaremos preparados para resucitar de la muerte.

El presidente Jorge Alberto Smith


No hay principio enseñado por el Salvador que no sea aplicable al crecimiento, evolución y felicidad de la humanidad. Cada una de sus enseñanzas está conectada con la verdadera filosofía de la vida. Yo las acepto de todo corazón. Me gusta estudiarlas. Gran gozo produce el tratar de vivir en base a ellas.

El presidente David O. McKay

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La existencia pre-terrenal del hombre

Liahona Mayo 1962

La existencia pre-terrenal del hombre

Por Daniel H. Ludiow
(Tomado de the Improvement Era)

HAY dos palabras, generalmente usadas para referirse a las relaciones del tiempo, que siempre me han parecido algo capciosas y en cierto modo auto contradictorias. Una de esas palabras—prehistoria —es usada para definir un tiempo muy antiguo y remoto. Pero probablemente la mayoría de nosotros reconocerá, si se estudia y analiza su etimología, que dicho término no significa realmente lo que quiere dar a entender. La palabra prehistórico no se refiere a un período anterior a la Historia, sino a uno anterior a algún punto arbitrario de la Historia.

La otra palabra es una que tiene que ver con el alma o espíritu del hombre. Y esta es preexistencia. Yo creo que cuando usamos esta palabra, realmente estamos pensando o queriendo referirnos a la existencia pre-terrenal (o pre-mortal) del hombre, y que usamos el termino preexistencia” sólo por tradición. Habiendo destacado este particular, vamos ahora a tratar directamente el problema en sí: ¿Hemos o no existido antes de nacer sobre la tierra como seres mortales? En tal caso, ¿cuál fué la naturaleza de dicha existencia?

Aunque la mayoría de los religiosos y filósofos del mundo, desde tiempo inmemorial, ha estado tratando de dilucidar el problema, existe un sólo y único plan que ofrece la más completa y satisfactoria respuesta: el evangelio de Jesucristo. Las enseñanzas de los antiguos profetas, tal como se encuentran en las presentes versiones de la Biblia, no son tan claras como mucha gente quisiera, pero sin embargo hay evidencias de que aquellos siervos de Dios enseñaron una definida doctrina acerca de la existencia pre-terrenal del hombre.

Asimismo, los profetas modernos han contribuido notablemente a aumentar el grado de conocimiento respecto a dicha existencia original. José Smith, el Profeta de la Restauración, enseñó que todo ser humano que haya vivido, viva o llegue a vivir sobre la tierra, ha tenido una existencia pre-terrenal: primero, como una mente o inteligencia”; más tarde, como un hijo espiritual de Dios, vestido de un cuerpo espiritual. El Profeta dijo:

La mente o inteligencia que el hombre posee es co-igual con Dios. . . Estoy hablando de la inmortalidad del espíritu del hombre. ¿Sería lógico decir que la inteligencia de los espíritus es inmortal, y sin embargo, que tuvo un principio? La inteligencia de los espíritus no tuvo principio ni tendrá fin. Esto es un buen razonamiento. Lo que tiene principio puede tener fin. Nunca hubo tiempo en que no hubo espíritus, porque ellos y nuestro Padre Celestial son co-iguales [es decir, co-eter-nos]. . . La inteligencia es eterna y existe sobre un principio que es existente por sí mismo. Es un espíritu, de eternidad en eternidad, y nada tiene de creado. (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 437-438)

Aproximadamente en la misma época en que declarara lo que se ha transcripto en el párrafo anterior, el profeta José Smith manifestó que toda materia ha existido, desde la eternidad, en un estado elemental, y que la misma no puede ser creada ni destruida, aunque sí cambiada en naturaleza o condición. Y esta verdad, con el correr de los tiempos, ha sido verificada a través de los experimentos de la ciencia.

La mente o inteligencia del hombre, esencialmente, es la parte de nuestro ser con que operamos nuestro pensamiento. Las Escrituras no son claras con respecto al estado exacto de la inteligencia antes de que fuera organizada, o en otras palabras, antes de que fuera revestida de un cuerpo espiritual por el Creador. Sin embargo, son terminantes en cuanto al concepto de que todos fuimos “inteligencias organizadas” (Abrahán 3:22), y que desde entonces comenzamos a referirnos a Dios como nuestro Padre. Esto fué nuestro nacimiento espiritual, mediante el cual llegamos a ser hijos e hijas de Dios. Por lo tanto, todos somos realmente hermanos y hermanas, ya que venimos de un mismo Padre: Dios.

Los antiguos profetas, en su mayoría, estaban familiarizados con esta doctrina de que liemos tenido una existencia anterior a la vida terrenal, como hijos e hijas de Dios:

Por otra parte, tuvimos           a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12:9)

Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. (Hechos 17:29)

En el libro de Números, Moisés hace referencia al “Dios de los espíritus de toda carpe. . .” (Núm. 16:22 y 27:16). En Eclesiastés 12:7 leemos: “. . .El espíritu vuelva a Dios-que lo dio.” ¿Cómo podría un espíritu retornar a Dios si nunca ha estado en su presencia? El Señor declaró a Jeremías que le había preordinado en el mundo espiritual, antes de que naciese en este mundo terrenal. Al respecto, Jeremías declara:

Vino, pues, palabra de Dios a mí, diciendo:

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones,” (Jeremías 1:4-5)

También el profeta Job entendió la doctrina de la existencia pre-terrenal del hombre. De acuerdo a sus registros, parece que el Señor le preguntó:

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra. . .

Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios? (Job 38:4, 7)

Notemos que esta Escritura nos dice que los hijos de Dios se regocijaban (lo cual da a entender que existían), antes que la tierra fuera formada. Prestemos también atención a que hijos está en plural y dice que del regocijo participaban todos ellos.

Quizás una de las más impresionantes Escrituras acerca de la doctrina de una existencia pre-terrenal, sea la que nos llega, mediante el Nuevo Testamento, de boca del Salvador mismo:

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?

Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. (Juan 9; 1-3; cursiva del autor)

Notemos la definida implicación que se hace, tanto en la pregunta como en la respuesta, a una existencia pre-terrenal. Si no hubiera habido existencia pre-terrenal alguna, lo más lógico era esperar que el Señor contestara: “No ha habido existencia antes del nacimiento; por lo tanto es absurdo pensar (pie este hombre pudo haber pecado antes de nacer.” Sin embargo, el Maestro no hizo tal comentario, sino que confirmó la creencia de sus discípulos en cuanto a la existencia pre-terrenal, al reconocer que el ciego en cuestión podría haber pecado antes de nacer, pero declarando que en este caso particular no era así.

Jesucristo también nos definió como hijos e hijas de Dios, al decirnos:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48; cursiva del autor)

En varias ocasiones, el Salvador 110 sólo indicó que éramos hijos e hijas de Dios, sino que El mismo era Hijo de Dios en igual sentido. Según Mateo 6:9, Él nos enseñó a orar al “Padre nuestro que estás en los cielos. . .” Y cuando, una vez resucitado, habló con María Magdalena, le dijo: “. . . ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre . . .” Juan 20:17; cursiva del autor) Es obvio que Jesús (pieria ‘decir que Dios es nuestro Padre, tal como lo era de El mismo. Esto es, que Dios es el Padre de todos nosotros como hijos espirituales.

Sabemos que además de la mencionada, hay otra relación entre Dios y Jesucristo, puesto que éste es hijo carnal, a la vez que espiritual, de Dios. Pero refiriéndose específicamente a la paternidad espiritual de Dios, muchas son las Escrituras que nos aclaran esta doctrina. Por ejemplo, en Goloseases 1:15 leemos que Jesucristo es “el primogénito de toda creación” En Juan 1:1-5, 9, 10, 14; 6:62; 16:28; 17:4-5; 1 Pedro 1:18-20; y muchos otros pasajes bíblicos, encontramos la aseveración de que Jesucristo es nuestro hermano mayor. Y Pablo también nos dice:

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo. . .” (Romanos 8:16-17; cursiva del autor)

El cuerpo espiritual que teníamos en la existencia pre-terrenal, sin embargo, no era un cuerpo de carne y huesos como el que ahora tenemos. No obstante, estaba compuesto de una materia espiritual, que ha sido definida por el profeta José Smith de la siguiente manera:

… el espíritu es una sustancia;…es materia, pero. . , más pura, elástica y refinada que el cuerpo;. . . existió antes que el cuerpo, puede existir en el cuerpo; y existirá separada del cuerpo cuando el cuerpo se esté convirtiendo en polvo; y… en la resurrección los dos serán unidos de nuevo. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 251)

También el Salvador nos enseñó algo concerniente a la naturaleza de los cuerpos espirituales. Consideremos cuidadosamente el relato de la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Los apóstoles estaban reunidos a puertas cerradas en un cuarto y no obstante el Señor resucitado se les apareció y “les dijo: Paz a vosotros.”

Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.

Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?

Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. (Lucas 24:36-39; cursiva del autor)

En esta breve manifestación, el Señor nos hace reconocer dos cosas: primero, que los espíritus existen y que ellos aparentemente tienen cuerpo, con manos, pies, etc.; y segundo, que el cuerpo de un espíritu no es de carne y huesos.

La mejor descripción de un cuerpo espiritual se encuentra en el Libro de Mormón. Unos dos mil años antes de su nacimiento terrenal, Jesús apareció, en su forma espiritual, al hermano de Jared, y le dijo:

. . . ¿Ves cómo has sido creado a mi propia imagen? Sí, en el principio todos los hombres fueron creados a mi propia imagen.

He aquí, este cuerpo que ves ahora, es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne. (Eter 3:15-16; cursiva del autor)

Aunque el cuerpo espiritual que tuvimos antes de venir a la tierra, era el prototipo del que ahora tenemos, y con él éramos capaces de llevar a cabo notables tareas (cuando Jesucristo creó los mundos, no tenía aún un cuerpo físico), teníamos ciertas limitaciones en aquel estado. Aparentemente, una de estas limitaciones era que, con solo el cuerpo espiritual, éramos incapaces de procrear, es decir, que los cuerpos espirituales no pueden tener hijos. Y sin los poderes para multiplicarnos, nuestras posibilidades de progresión eterna eran limitadas.

A fin de darnos oportunidad de poseer cuerpos de carne y huesos, cuerpos capaces de multiplicarse, Dios, nuestro Padre Eterno, llamó a un gran concilio en los cielos y nos presentó un plan mediante el cual podíamos llegar a compartir con Él, el poder de crear y de procrear. Este concilio, indudablemente, fué uno de los acontecimientos más significativos de nuestra existencia pre-mortal.

El plan presentado por Dios nos proveía la oportunidad de salir temporariamente de su presencia y venir a la tierra, donde podríamos (1) aprender a vivir por la fe; (2) ser probados en nuestra fidelidad para guardar los mandamientos que Él nos diera; y (3), habiendo obtenido cuerpos físicos de carne y huesos, tener facultades para procrear y multiplicarnos. Para que podamos realizar cabalmente los dos primeros objetivos mencionados, nuestro Padre consideró que era necesario que un velo de olvido nos separara de nuestra existencia pre-mortal, puesto que de otro modo no aprenderíamos a vivir por la fe (sino que viviríamos de acuerdo al conocimiento que teníamos en aquellas existencia), ni nuestra vida terrenal podría ser probatoria.

Aunque muchos de los hijos de Dios se regocijaron al recibir este plan que les proveía oportunidades de progresión eterna, otros se opusieron al mismo. Estos disidentes estaban encabezados por Lucifer, el “ángel de la mañana,” y sus argumentos incluían los siguientes puntos de vista:

  1. Si vamos a la tierra, fuera de la presencia de Dios, y nos son dados mandamientos y libertad de acción, la mayoría o todos nosotros cometeremos pecados y no guardaremos, sin duda, algunos de estos mandamientos.
  2. Una ley eterna hace imposible que una persona mala o pecadora vuelva a la presencia de Dios. Por lo tanto, si cometemos pecado, estaremos perdidos para siempre.
  3. No debiera darse al hombre la oportunidad de pecar; y por consiguiente, tampoco debiera dársele mandamiento alguno (para que de esta forma no peque), o si se le dan mandamientos, no debe tener el hombre derecho de escoger, sino en tal caso obligársele a cumplirlos.
  4. Puesto que este plan de privar al hombre de toda responsabilidad (y por consiguiente, de su libre albedrío), pertenece a Lucifer, todo el honor y la gloria que resulte del mismo, deben serle acreditados.

Jehová (el que luego de su nacimiento terrenal se llamaría Jesucristo), se opuso, a su vez, a los argumentos de Lucifer y habló en favor del plan presentado por Dios el Padre. Al proponer dicha posición, indudablemente Jehová incluyó los siguientes considerandos:

  1. Es verdad que si vamos a la tierra, fuera de la presencia de Dios, y se nos dan mandamientos a la vez que el libre albedrío, posiblemente muchos hombres no guardarán dichos mandamientos y pecarán.
  2. Es también cierto que ningún pecador puede morar en la presencia de Dios; sin embargo, si una persona que tuviera el poder de Dios, fuera enviada a la tierra, y estuviera dispuesta a expiar los pecados cometidos, los hombres, si se arrepintieran y obedecieran los mandamientos, podrían entrar nuevamente en la presencia de Dios.
  3. El libre albedrío—la libertad o derecho de escoger—es parte inherente del principio de la progresión eterna. Sin él, los hombres no podrían ser considerados responsables por sus propios actos y por tanto nunca podrían llegar a ser como Dios, nuestro Padre, es.
  4. Puesto que este plan de salvación y exaltación es obra de Dios, sólo a Dios corresponden la gloria y el honor resultantes.

Lucifer y sus seguidores continuaron oponiéndose al plan del Padre, argumentando que Dios no tenía suficiente poder para redimir a los hombres de sus pecados; esto equivalía a negar el poder de Dios y discutir Su palabra.

El debate que siguió a la presentación de estos planes, derivó en lo que uno de los profetas definiera como “guerra en los cielos.” (Véase Apocalipsis 12:7-12) Finalmente, el conflicto fué resuelto, y sus resultados son los siguientes:

  1. Lucifer y sus seguidores fueron expulsados de los cielos, no permitiéndoseles participar en el plan de Dios.
  2. El gran plan de salvación y exaltación propuesto por Dios el Padre, y apoyado por Jehová, el Primogénito en el Espíritu, fué llevado a la práctica.

Todas las Escrituras contienen referencias a este concilio en los ciclos y al conflicto resultante. Respecto del destierro de Lucifer y sus seguidores, Isaías dice:

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! . . .

Tú que decías en tu corazón: Subiré al ciclo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono. . . (Isaías 14:12-13)

Muchos de los escritores del Nuevo Testamento se refieren al “ángel que pecó,” “los ángeles que no guardaron su primer estado,’ y “la tercera parte” de las huestes del cielo que siguieron a Lucifer y fueron desterradas. (2 Pedro 2:4; Judas 6; Apocalipsis 12:4, 7-12)

Sin embargo, los relatos más completos de estos eventos están en las Escrituras que nos han sido revelados en ésta, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. (2 Nefi 2:17-18; 9:8-9; D. y C. 29:36-38; 76:25-29; Moisés 4:1-4; Abrahán 3:27-28)

Muchos quizás piensen que Dios el Padre fué algo injusto al negar a Lucifer y sus seguidores el privilegio de una vida mortal, a raíz de su rebelión en los cielos. Sin embargo, los siguientes principios relacionados con la actitud de Lucifer, debieran ser siempre tenidos en cuenta:

  1. Dios es un Dios de ley y de orden; por ende, El mismo está limitado por ciertas leyes divinas v eternas. (D. y C. 82:10; Alma 12:32 y 42:13) Una de las leyes por las cuales Dios está limitado, es la ley de la justicia, la cual, esencialmente, significa que toda ley está secundada por el castigo o la recompensa, la maldición o la bendición, según su cumplimiento, es decir, conforme sea obedecida o desobedecida.

Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

Y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa. (D. y C. 130: 20-21)

  1. Lucifer y sus seguidores se rebelaron contra el plan do Dios por propia voluntad y sabiendo lo que hacían, rechazaron las leyes sobre las que se basan las bendiciones de la vida terrenal. Por consiguiente, ellos trajeron sobre sí su propia condenación. Ellos—y no Dios—son responsables de sus propios castigos y limitaciones.
  2. Hay por lo menos una condición que es peor que el castigo impuesto a Lucifer (“Perdición”) y sus seguidores (“Hijos de Perdición”), de no poder venir a la tierra y obtener un cuerpo físico.

Y esa peor condición es la de llegar a ser un “Hijo de Perdición” después de haber obtenido un cuerpo físico. El Señor ha definido esta clase de ser de la siguiente manera:

A sí dice el Señor concerniente a todos los que conocen mi poder y han participado do él, y se han dejado vencer por el poder del diablo, neptunio la verdad y desafiando mi poder;

Estos son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor hubiera sido para ellos no haber nacido;

. . . Concerniente a los cuales he dicho que no hay perdón en este mundo ni en el venidero. . . (D. y C. 76:31-32, 34; cursiva del autor; léanse también los versículos 35 al 38)

La justicia de los castigos impuestos a ambas clases de hijos de perdición, es comprensible a todo aquél que busca la verdad. Lucifer y sus huestes rehusaron ante el gran concilio celestial, aceptar el sacrificio de Jesucristo y las leyes necesarias para una vida terrenal; por tanto, les fueron negados los privilegios y las bendiciones de esta vida. Caín y los otros que aquí en la tierra se convirtieron en hijos de perdición, habían aceptado, sin embargo, obedecer y sostener las leyes y mandamientos de Dios, pero después de haber obtenido un cuerpo físico fallaron a su palabra y quebrantaron los convenios. Por consiguiente, se concibe que el castigo dispuesto para los hijos de perdición físicos, sea más severo que el impuesto a Lucifer y sus seguidores espirituales. Las Escrituras son bastante claras al indicar que Caín (quien llegó a ser un hijo de perdición en la tierra), reinará sobre Lucifer (quien llegó a ser un hijo de perdición en los cielos) —es decir, Caín es más inicuo y malvado que Lucifer, puesto que transgredió promesas adicionales. (Véase Moisés 5:22-25)

A todos los hijos espirituales de Dios el Padre que hayan manifestado su aceptación del plan divino en el concilio de los cielos, les ha sido dado el derecho de venir a la tierra y obtener un cuerpo físico, habilitado para la procreación. Y este derecho no pudo haber sido dado a otro grupo que no haya prometido ajustarse a los requisitos y someterse a los convenios que corresponden al mismo. En un sentido real, todos los que han vivido, estamos viviendo o lleguen a vivir sobre la tierra, somos hijos e hijas de Dios, puesto que aceptamos, en la existencia preterrenal, sujetarnos a su disciplina. El, a su vez, nos ha prometido que si somos fieles y perseveramos en la verdad que nos ha legado, podemos llegar a ser como El—un Dios de gloria y honor—, capaces 110 solo ya de procrear, sino también de crear. ¡No en vano nos regocijamos y alabamos al Padre Eterno en el concilio de los cielos!

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El sacerdocio y el joven en la Iglesia

Liahona Mayo 1962

El sacerdocio y el joven en la Iglesia

por el presidente David O. McKay

Como miembros de la Iglesia, estamos muy agradecidos por la aparición de Dios y Jesucristo en la Arboleda Sagrada, respondiendo a la oración del joven José Smith, oportunidad en que el Padre dijo: “¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” Este fue uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la humanidad.

Más tarde, Juan el Bautista, como ser resucitado, fué enviado para responder a las oraciones de José Smtih y Oliverio Cówdery, sobre quienes confirió el Sacerdocio de Aarón que habilitaba a ambos jóvenes para bautizarse uno al otro y les daba el poder de la ministración de ángeles.

Luego, otros tres seres resucitados—Pedro, Santiago y Juan—fueron enviados para otorgar el Sacerdocio Mayor o de Melquisedec, con poderes y autoridad para establecer la Iglesia en su plenitud, revelándoles la organización completa de la misma, tal como existiera en los tiempos en que el Salvador viviera como un ser mortal sobre la tierra.

El sacerdocio no tiene comienzos; y no tendrá fin. Es eterno como Dios mismo. Juan el Bautista, que poseía el Sacerdocio de Aarón, fué quien bautizó a Jesucristo. Y testificó de la divinidad del Salvador; vió al Espíritu Santo descender sobre El; Juan el Bautista es un hombre sobre el que no pueden tenerse dudas de que tenía el sacerdocio y su derecho de conferirlo sobre otros. Y él vino en esta dispensación como un ser resucitado para conferir a José Smith y Oliverio Cowdery aquel poder y autoridad para representar a Dios. Ningún otro hombre tuvo el derecho que Juan tenía. Y él descendió como mensajero para otorgar dicha autoridad sobre aquéllos que habían suplicado por ella, deseando saber cómo obtenerla. Desde entonces, cada mes de mayo, la Iglesia realiza programas conmemorativos, en recordación de la restauración del Sacerdocio de Aarón, que tuvo lugar a orillas del río Susquehana, el 15 de mayo de 1829.

Un joven que es ordenado diácono al serle conferido el Sacerdocio Aarónico, es debidamente apartado para ello. Él no puede andar sometiéndose a juramentos, ni fumar, ni deambular haciendo perjuicios entre sus vecinos, como hacen otros jóvenes que no han sido apartados como él. Por el contrario, debe ser un verdadero líder entre sus amigos y compañeros. Puede oír a otros injuriar, pero él mismo nunca debe hacerlo; antes bien, le asiste el derecho de amonestar y corregir. Nunca sentí tanto orgullo hacia nuestros jóvenes, como cierta vez en que, al pasar, oí que un muchacho que vivía a media cuadra de la Manzana del Templo dijo a otros que jugaban con él: “En nuestro grupo no acostumbramos a jurar.” Era sólo un diácono, pero magnificaba su llamamiento; y nunca más juró nadie en su grupo.

¿Me permitiréis mencionar algunas de mis propias experiencias de cuando era yo poseedor del Sacerdocio Menor?

Recuerdo que cuando era un diácono, solía cortar leña para las viudas de nuestro barrio los días sábados. Acostumbrábamos, con un grupo de nueve compañeros, a tener una breve reunión y luego de tomar nuestras hachas, íbamos a las casas de las hermanas viudas y les cortábamos la leña que necesitaban para la semana.

Cuando maestro, recuerdo mi primera experiencia como acompañante en la obra de los maestros visitantes. Aún recuerdo la primera casa a la que entré como tal. Pero principalmente tengo grabado en mi memoria el momento en que mi compañero, Eli Traey, me contó de su experiencia como fumador. Había adquirido el hábito en un tiempo, pero una vez que decidió terminar con ello, tomó su pipa y su tabaco y los colocó sobre la repisa de la chimenea, en un lugar donde podía estar viéndolos constantemente, y dijo para sí: ¡Ahora se quedan allí. Ya nunca volveré a tocarlos!’’ Y nunca jamás volvió a fumar. Él era ahora un hombre que había agregado dignidad a su propia hombría y fuerza a su propio carácter. Nunca lo olvidé. Yo estaba enseñando, pero esa fué la mejor lección que alguien pudo haber recibido ese día. Era yo, precisamente, quien había sido enseñado.

Siendo yo un presbítero, recuerdo que me tocó administrar la Santa Cena por primera vez en mi vida; y especialmente me acuerdo de ello porque me equivoqué en la oración. En aquel entonces no teníamos delante nuestro la oración impresa en una tarjeta, como ahora. Como presbíteros, se esperaba de nosotros que memorizáramos las palabras. La mesa sacramental estaba ubicada inmediatamente debajo del pulpito y mi padre, a la sazón obispo de nuestro barrio, solía permanecer parado justamente detrás del que ofrecía la oración.

Yo creía saber perfectamente la oración, pero cuando me arrodillé y vi delante de mí a toda la concurrencia, me sentí aturdido. Recuerdo que cuando estaba diciendo: “. . . que desean tomar sobre sí el nombre de tu Hijo “.  . . las cosas se me nublaron y agregué: “Amén.” Entonces mi padre, suavemente, me corrigió: “. . . y recordarle siempre. . .” Yo estaba ya incorporándome, pero dejándome caer nuevamente sobre mis rodillas, repetí: “. . . y recordarle siempre . . . Amén.” Y mi padre dijo: “. . . y guardar sus mandamientos que Él les ha dado; para que siempre tengan su espíritu consigo. Amén.” Me arrodillé nuevamente y repetí, una a una, las palabras que acababa de recordarme mi padre.

Sufrí todo el pánico del fracaso, pero soy feliz porque no me di por vencido.

Os menciono estas reminiscencias para significaros que los años pasan rápidos de la juventud a la madurez y de ésta a la ancianidad. Pero estas cosas no parecen ser muy remotas, porque la vida se va edificando en base a esas pequeñas experiencias.

Quiero felicitar a todos los poseedores del Sacerdocio de Aarón en la Iglesia, en esta ocasión, por sus grandes y sus pequeñas realizaciones. Dios os bendiga, jóvenes, para que podáis ser fieles a la ordenación que será siempre vuestra mientras la magnifiquéis.

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El poder de la fe

Conferencia General Octubre 1969

El poder de la fe

por el presidente Hugh B. Brown
Primer Consejero en la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos y hermanas, es un verdadero honor ser incluido como uno de los oradores de esta gran conferencia, un honor que, sin embargo, cambiaría con gusto en este momento con cualquiera; un honor que conlleva algunas responsabilidades. Me gustaría estar en armonía con lo que se ha dicho o se dirá, y para ello busco la guía divina.

El poder de la fe

Me gustaría discutir brevemente con los miembros de la Iglesia, así como con los no miembros, un tema de interés e importancia universales, un tema que es la causa impulsora de la acción: el poder de la fe.

Entendemos que los mundos fueron creados por la palabra de Dios a través de este principio, “de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Heb. 11:3).
El sentido predominante en que se usa este tema a lo largo de las escrituras es el de plena confianza en el ser, los propósitos y las palabras de Dios. Tal confianza, si es implícita, eliminará toda duda sobre las cosas realizadas o prometidas por Dios, aunque tales cosas no sean aparentes o explicables por los sentidos ordinarios.

Algunos piensan que las personas religiosas son poco prácticas y viven en las nubes de una esperanza injustificada. La noción de que la ciencia es todo hecho y la religión toda fe es una ficción. La ciencia, al igual que la religión, se basa en la fe, pues la fe siempre es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Seguir leyendo

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La caída de Adán

La caída de Adán


Marion G. Romney
Consejero en la Primera Presidencia

(Look to God and Live, compilado por George J. Romney [Salt LakeCity: Deseret Book Co., 1971], págs. 249-51.)

Me gustaría comentar algo acerca de mi testimonio sobre la misión de Jesucristo y penetrar en el pasado por un momento, si puedo contar con la ayuda del Espíritu del Señor para decir correcta­mente la verdad y mencionar la gran condición existente anterior a la misión de Jesucristo. Esta fue la comisión del padre Adán, pues sin ella no hubiese habido necesidad de la misión —la Expiación— de Jesucristo.

La Primera Presidencia me ha dado la asignación de servir en el Comité de Publicaciones de la Iglesia. Se espera que este comité lea y dé el visto bueno a toda la literatura que se propone para los cursos de estudio de nuestras organizaciones auxiliares. Me agradaría en gran manera si, en la preparación de esta literatura, pudiéramos apartarnos de usar el lenguaje de aquellos que no creen en la misión de Adán. Me refiero a frases y palabras como «hombre primitivo», «hombre prehistórico», «antes de que el hombre aprendiera a escribir» y frases seme­jantes. En ocasiones usamos estos términos de una forma que ofende mis sentimientos; como que me indica que nos confundimos en nuestra compren­sión de la misión de Adán. La connotación de estos términos, según los usan los no creyentes, no está en armonía con nuestra comprensión de la misión de Adán.

«Adán cayó para que los hombres existiesen: (2 Nefi 2:25). No hubo hombres pre-adámicos en la línea ancestral de Adán. El Señor dijo que Adán fue el primer hombre (Moisés 1:34, 3:7; Doctrinas y Convenios 84:16). Es difícil para los hombres concebir a un hombre anterior a Adán, anterior al primer hombre. El Señor también dijo que Adán fue la primera carne (Moisés 3:7), lo cual, según una afirmación en el libro de Moisés hecha por Enoc, que no hubo muerte en el mundo antes de Adán (Moisés 6:48; véase también 2 Nefi 2:11). Enoc dijo:

La muerte ha venido sobre nuestros padres, no obstante, los conocemos, y no podemos negar, y al primero de todos conocemos, aun a Adán.

Porque hemos escrito un libro de memorias, entre nosotros, de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios; y se ha dado en nuestro propio idioma (Moisés 6:45, 46).

Yo comprendo según esto, que Enoc leyó acerca de Adán en un libro que fue escrito bajo la dirección del Dios Todopoderoso. Así pues no hubo hombres prehistóricos que no podían escribir, porque los hombres que vivían en los días de Adán, que fue el primer hombre, escribían.

Yo no soy científico. No pretendo conocer nada sino a Jesucristo crucificado y los principios de su evangelio. Sin embargo, si hay cosas en las capas de la tierra que indican que hubo hombres anteriores a Adán, no fueron sus antepasados.

Adán fue el hijo de Dios. Fue nuestro hermano mayor, no mayor que Jesús pero sí nuestro her­mano en el mismo sentido que Jesús y «cayó» a la vida terrenal. No llegó a ser por medio de una cadena evolutiva orgánica. Tuvo que haber una caída. «Adán cayó para que los hombres exis­tiesen» (2 Nefi 2:25).

Ahora leeré este pasaje:

Porque hemos escrito un libro de memorias entre nosotros, de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios; y se ha dado en nuestro propio idioma.

Y al hablar Enoc las palabras de Dios, la gente tembló y no pudo estar en su presencia (Moisés 6:46-47).

Algunos consideran a los hombres antiguos como salvajes, como si no tuvieran inteligencia. Yo les digo que este hombre Enoc tenía inteligencia, y Adán también la tenía, igual que cualquier hombre que haya vivido o viva ahora. Eran los hijos de Dios.

Y él les dijo: Por motivo de que Adán cayó, existimos; y por su caída vino la muerte; y lle­gamos a participar de miseria y de aflicción (Moisés 6:48).

Si Adán y Eva no hubieran participado de la fruta prohibida, no habrían tenido hijos, y nosotros no hubiéramos llegado a ser (2 Nefi 2:23-25; Moisés 5:11).

Yo no considero como pecado la acción de Adán. Pienso que fue un acto deliberado del libre al­bedrío. El escogió hacer lo que se tenía que hacer para adelantar los propósitos de Dios. Las consecuencias de este acto hicieron que fuera necesaria la expiación del Redentor.

No debo comentar más a fondo este asunto, pero de nuevo digo que me agradaría mucho si en nuestra enseñanza del evangelio pudiéramos apartar la verdad revelada de las ideas y teorías de los hombres que no creen en lo que el Señor ha reve­lado respecto a la caída de Adán.

Ahora bien, yo creo al igual que Enoc que «Por motivo de que Adán cayó, existimos; y por su caída vino la muerte» (Moisés 6:48) que todo hombre tiene que morir. Creo que para satisfacer la justicia, se necesitó la expiación de Jesucristo para redimir al hombre de esa muerte, que de nuevo podrán levantarse el espíritu y el cuerpo unidos, aunque hayan sido separados por la muerte. Creo que mediante la expiación de Jesucristo se pagó por cualquier «transgresión» de Adán, y así como en Adán todos mueren, aun así en Cristo todos serán vivificados, todas las criaturas vivientes (1 Corintios 15:22; Doctrinas y Convenios 29:24, 77). Creo también, que mediante la expiación de Jesucristo se expiaron mis pecados, los de ustedes, y los de cada ser humano que haya vivido o viva sobre la tierra, con la condición de que aceptemos el evangelio y lo vivamos hasta el fin de nuestra vida.

Yo sé que mi Redentor vive. No será mayor mi conocimiento de esto cuando me pare ante la barra de Dios para ser juzgado. Esto lo testifico, no por lo que la gente me ha dicho; lo testifico por el conocimiento que me ha revelado el Espíritu Santo. En cuanto a este conocimiento, después de mandar a los apóstoles de esta dispensación que testificaran que las palabras que les había pronun­ciado eran de Él, el Señor dijo:

Porque es mi voz que os habla; porque os son dadas por mi Espíritu, y las podéis leer los unos a los otros por mi poder; y si no fuere por él, no las podríais tener.

Por tanto podéis testificar que habéis oído mi voz, y que conocéis mis palabras (Doctrinas y Con­venios 18:35, 36).

Estoy dispuesto a testificar esto a todos los santos y a todos los hombres, justos y pecadores en el mundo, porque es la verdad eterna.

Yo sé que el profeta José Smith fue un profeta de Dios. Yo sé que vio a Dios, el eterno Padre y a su Hijo, Jesucristo, como él dijo. Yo no estuve allí, pero he leído su relato muchas, pero muchas veces. Por éste puedo tener una imagen en mi mente pero el conocimiento que tengo de que él tuvo la visión no llegó por ese medio. Lo recibí por el susurro del Espíritu Santo, y he escuchado esos susurros en mi mente igual que Enós cuando dijo: «La voz del Señor de nuevo llegó a mi alma» (Enós 10).

Yo sé que Dios reveló cada principio de salvación necesario para la exaltación del hombre al profeta José Smith. Sé que sus sucesores tienen todo el poder, la autoridad y el sacerdocio que tuvo el profeta José, menos las llaves de esta última dis­pensación. Pero ellos tienen todo el poder nece­sario para la salvación de los hombres. Ningún hombre que tenga un testimonio del evangelio será salvo a menos que sepa también esto.

Para concluir, permítanme decir esto. Trabajen, hermanos, trabajen en el reino. Obtengan un testimonio del evangelio. Pienso que es una des­gracia que los hombres y las mujeres estén en el mismo grado de progreso día tras día en cuanto a su testimonio, su conocimiento del evangelio y su trabajo en la Iglesia. Debemos avanzar. Debemos ser motivados a hacer nuestro mejor esfuerzo todo el tiempo, perfeccionando nuestras vidas, tra­bajando más, progresando y preparándonos para recibir al Redentor. Vivimos en un día muy cer­cano a su venida. Debemos apresurar el día, apresurar el trabajo de preparación para ese gran día, para que puedan descansar nuestras almas en el reino de Dios, lo cual espero que todos podamos hacer, y así lo pido en el nombre de Jesucristo, Amén.

(Marion G. Romney, Look to God and Live, compilado por George J. Romney [Salt LakeCity: Deseret Book Co., 1971], págs. 249-51.)

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Profetas para guiarnos

Liahona, Septiembre 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Profetas para guiarnos

Por el presidente Thomas S. Monson

Hace unos años me encontraba sentado en el salón del Templo de Salt Lake, donde la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles se reúnen una vez a la semana. Contemplé la pared que se halla frente a la Primera Presidencia, y allí observé los retratos de cada uno de los presidentes de la Iglesia.

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Al mirar detenidamente a mis antecesores —desde el profeta José Smith (1805–1844) hasta el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008)—, pensé: “Qué agradecido me siento por la guía de cada uno de ellos”.

Estos son grandes hombres que nunca titubearon, nunca flaquearon y nunca fallaron; son hombres de Dios. Al pensar en los profetas modernos que he conocido y querido, recuerdo sus vidas, sus atributos y sus inspiradas enseñanzas.

El presidente Heber J. Grant (1856–1945) era el Presidente de la Iglesia cuando yo nací. Al contemplar su vida y sus enseñanzas, creo que una cualidad que el presidente Grant siempre ejemplificó fue la persistencia; la persistencia en las cosas que son buenas y nobles.

El presidente George Albert Smith (1870–1951) fue el Presidente de la Iglesia durante el tiempo en que presté servicio como obispo de mi barrio en Salt Lake City. Él señaló que existe una gran lucha entre el Señor y el adversario. “Si permanecen del lado del Señor”, enseñó él, “se hallarán bajo Su influencia y ningún deseo tendrán de hacer lo malo…”1.

Fui llamado a prestar servicio como miembro del Cuórum de los Doce en 1963 por el presidente David O. McKay (1873–1970). Por medio de su forma de vivir, él enseñó que debemos ser considerados con los demás. “El verdadero cristianismo”, dijo él, “es el amor en acción”2.

El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972), uno de los escritores más prolíficos de la Iglesia, tenía como principio rector en su vida el conocimiento del Evangelio. Leía las Escrituras incesantemente y estaba más familiarizado con las enseñanzas y doctrinas que se hallan en sus páginas que ninguna otra persona que haya conocido.

El presidente Harold B. Lee (1899–1973) fue mi presidente de estaca cuando yo era niño. Una de sus citas preferidas era “… permaneced en lugares santos y no seáis movidos…”3. Él alentó a los santos a estar en sintonía con el Espíritu Santo y responder a Sus susurros.

Creo que un principio rector en la vida del presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) sería la dedicación. Él estaba absoluta e inequívocamente dedicado al Señor. También estaba dedicado a vivir el Evangelio.

Cuando el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) llegó a ser Presidente de la Iglesia, me llamó a prestar servicio como su Segundo Consejero en la Primera Presidencia. El amor era su principio rector, lo cual se ejemplifica en su cita preferida, declarada por el Salvador: “… ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”4.

El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) era alguien que siempre veía lo bueno en los demás. Siempre fue cortés; siempre fue humilde. Fue un privilegio para mí servir como su Segundo Consejero.

El presidente Gordon B. Hinckley nos enseñó a dar nuestro mejor esfuerzo. Testificó poderosamente del Salvador y Su misión, y nos enseñó con amor. Servir como su Primer Consejero fue un honor y una bendición para mí.

El Salvador envía profetas porque nos ama. Durante la conferencia general de octubre, las Autoridades Generales de la Iglesia volveremos a tener el privilegio de compartir Su palabra. Tomamos esta responsabilidad con gran solemnidad y humildad.

Qué bendecidos somos de que la Iglesia restaurada de Jesucristo esté sobre la tierra y de que esté establecida sobre la roca de la revelación. La revelación continua es la savia misma del evangelio de Jesucristo.

Ruego que nos preparemos para recibir la revelación personal que llega en abundancia durante la conferencia general. Que nuestro corazón se llene de determinación al levantar la mano para sostener a los profetas y apóstoles vivientes. Que seamos iluminados, edificados, consolados y fortalecidos al escuchar sus mensajes. Asimismo ruego que estemos dispuestos a renovar nuestro compromiso con el Señor Jesucristo, Su evangelio y Su obra, y a vivir con una determinación renovada de guardar Sus mandamientos y hacer Su voluntad.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Monson comparte poderosas lecciones que aprendió de los profetas que lo precedieron. También nos recuerda que “el Salvador envía profetas porque nos ama”. Al ministrar a quienes usted enseñe, tal vez desee analizar de qué manera los profetas y apóstoles son una señal del amor que Dios tiene por nosotros. Considere compartir el consejo de uno de los discursos del presidente Monson de conferencias generales pasadas. Invite a los que enseñe a prepararse para la conferencia general repasando los discursos que los hayan inspirado y ayudado a sentir el amor del Salvador.

Jóvenes
Te damos, Señor, nuestras gracias

youth writing in a journal

¿De qué manera ha influido en ti nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson? ¿Qué es lo que más recordarás de él? Considera escribir en tu diario acerca del presidente Monson y su vida, tal como él describe en este mensaje la influencia de cada uno de los profetas que él recuerda.

Quizás también quieras escoger una de tus citas preferidas de él y escribirla donde puedas verla a menudo, como en una carpeta de la escuela o en una nota en tu habitación. Incluso podrías adjuntar una foto a la cita y configurarla como imagen de fondo de tu teléfono. Cada vez que veas la cita, podrías pensar en la importancia de tener un profeta viviente y recordar que él está aquí para amarnos y guiarnos hoy en día.

Puedes descargar la música de “Te damos, Señor, nuestras gracias” en lds.org/go/9176.

Niños
Los profetas nos guían a Cristo

El Salvador nos da profetas porque nos ama. Seguir a los profetas nos ayuda a hacer lo justo. ¿Qué camino deben elegir los niños para seguir al profeta?

Notas

1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2011, pág. 199.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, pág. 200.
3. Doctrina y Convenios 87:8.
4. 3 Nefi 27:27.

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Uno en corazón

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Uno en corazón

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Christ praying

“Y el Señor llamó Sion a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). ¿Cómo podemos llegar a ser uno?

El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La palabra uno es una parte importante de la palabra expiación en inglés. Si toda la humanidad comprendiera esto, no habría nadie de quien no nos preocupáramos, sin importar la edad, la raza, el sexo, la religión o el nivel social o económico; nos esforzaríamos por emular al Salvador y nunca seríamos descorteses, indiferentes, irrespetuosos ni insensibles con los demás”1.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “Entre aquellos que poseen [el] Espíritu podemos esperar que exista la armonía… El Espíritu de Dios nunca causa contención (véase 3 Nefi 11:29)… Conduce a la paz personal y a un sentimiento de unión con los demás”2.

Al hablar de los desafíos familiares, Carole M. Stephens, quien sirvió como Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, declaró: “Nunca he tenido que pasar por un divorcio, ni por el dolor y la inseguridad que provienen del abandono, ni he tenido la responsabilidad asociada con ser madre soltera; no he experimentado la muerte de un hijo, la infertilidad, ni la atracción hacia personas del mismo sexo; no he tenido que soportar el abuso ni una enfermedad crónica ni la adicción; esas no han sido mis oportunidades de crecimiento.

“… pero mediante mis pruebas y dificultades personales… he llegado a conocer bien a Aquel que sí entiende… y además, he vivido todas las pruebas terrenales que acabo de mencionar a través de la perspectiva de ser hija, madre, abuela, hermana, tía y amiga.

“Nuestra oportunidad como hijas que guardan los convenios de Dios no es solo la de aprender de nuestros propios desafíos; es la de unirnos en empatía y en compasión al apoyar a otros miembros de la familia de Dios en sus dificultades…”3.

Escrituras e información adicionales

Juan 17:20–23Efesios 4:15Mosíah 18:21–224 Nefi 1:15

Sello de la Sociedad de Socorro

Sello de la Sociedad de Socorro
Fe Familia Socorro

Considere lo siguiente

¿De qué manera nos ayuda la unidad a ser uno con Dios?

Notas

1. Véase M. Russell Ballard, “La Expiación y el valor de un alma”, Liahona, mayo de 2004, pág. 86.
2. Véase Henry B. Eyring, “Para que seamos uno”, Liahona, julio de 1998, pág. 73.
3. Carole M. Stephens, “La familia es de Dios”, Liahona, mayo de 2015, págs. 11–12.

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Amor y pastel de chocolate: ¿Qué daría para traerlos de regreso?

Liahona. Septiembre 2017

Amor y pastel de chocolate: ¿Qué daría para traerlos de regreso?

Por Devin G. Durrant
Primer Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

La hermana Babata Sonnenberg estaba desanimada. Debido a que era una joven madre de cinco niñas menores de ocho años, le sorprendió que la llamaran a enseñar la clase de la Escuela Dominical para jóvenes de 16 y 17 años de su barrio. Varios meses después de haber sido llamada, vio que la asistencia a su clase era esporádica y por lo general escasa. Un domingo, un solo joven asistió a la clase. En vez de enseñar a un solo alumno, combinó su clase con otra. Estaba a punto de darse por vencida, pero al meditar y orar sobre su desalentadora situación, recibió inspiración y experimentó un cambio de corazón.

chocolate cake

Trabajo en equipo

Su esposo Ken era el líder misional del barrio. Ambos sintieron que debían combinar sus esfuerzos para ayudar a los jóvenes del barrio. Ella haría pastel de chocolate y él invitaría a los jóvenes del barrio a su casa cada domingo por la tarde para comer el pastel y hablar de la preparación misional. Mientras los adolescentes comían pastel, la hermana Sonnenberg los invitaba a su clase de la Escuela Dominical.

Como resultado de esa “dulce” invitación, la asistencia a la clase de la Escuela Dominical aumentó; pero un joven llamado Nate no se dejó persuadir por las persistentes invitaciones. La hermana Sonnenberg sintió que estaba perdiendo a una de sus ovejas. Su respuesta a ese sentimiento fue “[ir] tras la que se le perdió, hasta que la [halló]” (Lucas 15:4), por lo que, en vez de darse por vencida con Nate, la hermana Sonnenberg ideó un plan.

Visitas en casa

Un domingo por la tarde ella fue a la casa de Nate. Lo encontró en su casa con otro miembro de su clase, quien tampoco había asistido ese día. Les dijo a los dos que los había extrañado en clase y procedió a enseñarles la lección allí mismo. El padre de Nate, quien había sido relevado recientemente como obispo del barrio, se conmovió por la persistencia de aquella maestra. Le envió un mensaje de texto al esposo de ella que decía: “Ken, por favor agradece a tu esposa de mi parte. Fue inspirador que haya venido aquí y les haya enseñado a Nate y a McKay”.

Sin embargo, el siguiente domingo Nate nuevamente decidió no asistir a la Escuela Dominical, así que la hermana Sonnenberg volvió a ir a su casa para hablar del Evangelio con él. Nate supuso que eso ocurriría, y había ido a la casa de un amigo para esconderse. La hermana Sonnenberg lo encontró en la casa de un vecino muy cerca de donde él vivía y enseñó la lección allí.

Finalmente Nate decidió regresar a su clase de la Escuela Dominical.

¿Qué dio resultado?

friends eating cake

¿Por qué regresó Nate?

¿Fue debido al pastel de chocolate que la hermana Sonnenberg sirvió en su casa?

¿Fue por causa de las visitas que ella hizo a casa de Nate (y de un vecino) para encontrarlo?

¿Fue debido a que amigos y familiares lo alentaron a asistir a la Iglesia?

¿O fue el amor que él sintió de la hermana Sonnenberg, su maestra de la Escuela Dominical?

La respuesta probablemente es todo lo anterior. Por todas esas razones y otras más, Nate comenzó a asistir a la Escuela Dominical constantemente junto con sus amigos.

El resto de la historia

Permítanme continuar con el resto del relato. Por causa de lo que Nate llegó a sentir por su maestra de la Escuela Dominical, no dejó pasar la oportunidad de comprarle chocolates cuando más tarde la vio en el centro comercial. La hermana Sonnenberg, quien le había demostrado tanto amor, recibió el cariño de él.

Poco después, en septiembre de 2015, Nate finalizó su solicitud misional y ahora presta servicio en la Misión Misisipi Jackson.

Otros miembros de la clase a los que les costaba asistir a la Escuela Dominical también decidieron servir en una misión. Cinco hombres jóvenes y tres mujeres jóvenes que asistieron a la clase de la Escuela Dominical para jóvenes de 16 y 17 años durante el tiempo en que la hermana Sonnenberg fue maestra han servido o están sirviendo en una misión, y otros posiblemente lo harán.

Tienda una mano a los que no asisten

“Ame a los que enseña”, la parte 1 de Enseñar a la manera del Salvador, contiene un tema de análisis llamado “Tienda una mano a los que no asisten”. Allí dice: “El mostrar interés por los miembros menos activos no es solamente el deber del maestro orientador, la maestra visitante o el líder del sacerdocio o de una organización auxiliar; los maestros también pueden colaborar. La enseñanza implica mucho más que dar una lección el domingo; implica ministrar con amor y ayudar a que otras personas reciban las bendiciones del Evangelio, y esto suele ser exactamente lo que el miembro menos activo necesita. Todos debemos colaborar para mostrar interés por quienes están pasando dificultades y, como maestro, usted se encuentra en una posición única”1.

La hermana Sonnenberg reconoció la posición única en que se encontraba para ayudar a los miembros de su clase. Fue bendecida con una oportunidad semanal de tocarles el corazón, y tenía la determinación de hacerlo, ya fuera en el salón de clases o en sus casas. Sin duda no todos los maestros están en posición de visitar la casa de los que no asisten a clase cada semana, ni tampoco es posible hacerlo siempre, pero todos podemos hacer algo, incluso algo pequeño, para demostrar amor por los que están bajo nuestra mayordomía. Recuerden las palabras del profeta Alma: “… por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas…” (Alma 37:6).

Extienda invitaciones con amor

Jesus teaching

La sección titulada “Extienda invitaciones con amor” de este mismo tema de análisis contiene la siguiente perspectiva: “Las expresiones sinceras de amor cristiano tienen un peso enorme cuando se trata de ablandar el corazón de un integrante de la clase que está pasando por dificultades relacionadas con el Evangelio. A menudo, a esas personas solo les hace falta saber que se las necesita y se las ama”2.

Como resultado de los esfuerzos de la hermana Sonnenberg por ayudar a Nate, él se sintió necesitado y amado. Como misioneros de tiempo completo, Nate y sus compañeros de clase ahora tienen la oportunidad de ayudar a otras personas a sentir ese mismo amor cristiano. Qué bendición que puedan recordar y emular el ejemplo de su maestra de la Escuela Dominical.

Hasta hallar la que se perdió

Como Presidencia General de la Escuela Dominical, estamos agradecidos por los maestros de la Escuela Dominical en todo el mundo que, de diferentes maneras, invitan a los miembros de su clase a venir a Cristo. Rogamos que el Señor les bendiga en sus esfuerzos por amar a los que enseñan y que, por causa de ese amor, “[vayan] tras la que se [les] perdió, hasta que la [hallen]”, tal como Él lo hizo durante su ministerio terrenal.

Para aprender más acerca de enseñar como el Salvador, puede ver el video “Amar a los que enseña”, el cual se encuentra en teaching.lds.org, así como también los otros videos de Enseñar a la manera del Salvador.

Notas

1. Enseñar a la manera del Salvador, 2016, pág. 8, teaching.lds.org.
2. Enseñar a la manera del Salvador, pág. 9.

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