El camino del Evangelio hacia la felicidad

Liahona. Septiembre 2017

El camino del Evangelio hacia la felicidad

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Living after the Manner of Happiness”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho el 23 de septiembre de 2014. Para leer el texto completo en inglés, vaya a web.byui.edu/devotionalsandspeeches.

Jesucristo es “el camino, y la verdad y la vida”. Nadie alcanza la verdadera felicidad sino por Él.

lighted path

En una frase que estoy seguro que han escuchado muchas veces, el profeta José Smith (1805–1844) una vez dijo: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad”1.

Es acerca de esa búsqueda digna de la felicidad que deseo hablar. Observen que mencioné la “búsqueda de la felicidad”, no la felicidad misma. Recuerden las palabras que escogió el profeta José: él indicó que el sendero que conduce a la felicidad es la clave para lograr ese objetivo.

Esta no es una búsqueda nueva; ha sido una de las búsquedas fundamentales de la humanidad a lo largo de todos los tiempos. Una de las mentes intelectuales más grandiosas del mundo occidental una vez dijo que la felicidad es el significado y propósito de la vida, el objetivo y fin mismos de la existencia humana2.

Se trata de Aristóteles, pero observen cuán proféticamente se asemeja su declaración a la del profeta José, casi hasta en el modo exacto de expresión. En las primeras líneas de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, Thomas Jefferson inmortalizó nuestra búsqueda tanto personal como política al vincular para siempre (al menos en Estados Unidos) los tres derechos inalienables de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Pero observen que en esa magnífica troica no es la felicidad lo que es un derecho (como lo son la vida y la libertad) sino específicamente la búsqueda de la felicidad.

¿Cómo “buscamos”, entonces, la felicidad, en especial cuando somos jóvenes e inexpertos y tal vez un poco temerosos, y la vida se extiende frente a nosotros como una desafiante montaña que debemos escalar? Bueno, sabemos algo con seguridad: no es fácil encontrar la felicidad cuando la buscamos directamente; por lo general es demasiado escurridiza, demasiado efímera, demasiado sutil. Si aún no lo han aprendido, aprenderán en años venideros que la mayoría de las veces la felicidad viene a nosotros cuando menos la esperamos, cuando estamos ocupados haciendo otra cosa. La felicidad es casi siempre un derivado de algún otro esfuerzo.

girl with butterfly

Henry David Thoreau, uno de mis escritores favoritos desde mis días de estudiante universitario, dijo: “La felicidad es como una mariposa; cuanto más la persigues, más te elude, pero si prestas atención a otras cosas, se posará suavemente sobre tu hombro”3. Esta es una de esas grandes ironías del Evangelio que a menudo no parecen obvias, como “… los postreros [serán] primeros”(Mateo 19:30D. y C. 29:30) y “el que pierda su vida la hallará” (véase Mateo 16:25). El Evangelio está lleno de tales ironías y oblicuidad, y pienso que la búsqueda de la felicidad es una de ellas. ¿Cómo aumentamos, pues, nuestra probabilidad de ser felices sin buscar la felicidad de forma tan directa que la perdamos? Permítanme acudir a un libro sumamente extraordinario para obtener respuestas.

Vivir “de una manera feliz”

Los primeros 30 años de la historia del Libro de Mormón no relatan una historia agradable. La hostilidad que había dentro de la familia de Lehi y Saríah llegó a ser tan intensa que las dos mitades de su familia se separaron; un grupo huyó hacia las profundidades del desierto temiendo por su vida, no fuese que fueran víctimas de la sanguinaria búsqueda del otro grupo. Cuando el primer grupo se adentró en un terreno desconocido para hallar seguridad y recomponer su vida de la mejor manera posible, el profeta y líder de esa mitad nefita de la familia dijo que “[vivieron] de una manera feliz” (2 Nefi 5:27).

A la luz de lo que acababan de soportar durante 30 años y las pruebas que sabemos que aún les aguardaban, tal comentario parece casi doloroso. ¿Cómo podría cualquier aspecto de eso describirse como algo remotamente parecido a la “felicidad”? Pero Nefi no dice que eran felices, aunque es evidente que lo eran. Lo que él dice es que “[vivieron] de una manera feliz”. Quisiera que comprendiesen que en esa frase hay una poderosa clave que puede abrirles la puerta a preciosas bendiciones durante el resto de su vida.

No creo que Dios en Su gloria o los ángeles del cielo o los profetas sobre la tierra pretendan hacernos felices todo el tiempo, cada día y en todo sentido, dadas las pruebas que este mundo terrenal tiene el propósito de proporcionar. Como el presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, una vez expresó: “La felicidad no se nos da en un envoltorio que simplemente podamos abrir y consumir; no hay nadie que sea feliz las 24 horas del día, siete días a la semana”4.

No obstante, el consuelo que les ofrezco es que en el plan de Dios podemos hacer mucho para hallar la felicidad que deseamos. Podemos dar ciertos pasos, podemos adoptar ciertos hábitos, podemos hacer ciertas cosas que Dios y la historia nos dicen que conducen a la felicidad con la confianza de que si vivimos de tal manera, es mucho más probable que esa mariposa se pose sobre nuestro hombro.

En pocas palabras, la mayor probabilidad de ser feliz es hacer las cosas que las personas felices hacen, vivir como viven las personas felices y recorrer el camino que las personas felices recorren. Al hacerlo, las posibilidades de hallar gozo y paz en momentos y lugares inesperados, y de recibir la ayuda de ángeles cuando ustedes ni siquiera sabían que ellos conocían de su existencia, se incrementarán exponencialmente. A continuación comparto cinco formas en las que podemos vivir “de una manera feliz”.

Vivan el Evangelio

woman healed by Christ

Por sobre todas las cosas, la máxima felicidad, la verdadera paz y cualquier cosa que remotamente se compare con el gozo que se describe en las Escrituras, se encuentran primero, ante todo y para siempre al vivir el evangelio de Jesucristo. Se han probado muchas otras filosofías y sistemas de creencias; de hecho, se podría decir que se ha probado prácticamente cada filosofía y sistema a lo largo de los siglos. Pero cuando el apóstol Tomás le hizo al Señor la pregunta que la gente joven a menudo hace en la actualidad: “¿cómo, pues, podemos saber el camino?” —que para muchos se traduce a “¿cómo podemos saber el camino para ser felices?”—, Jesús dio la respuesta que resuena desde la eternidad hacia toda la eternidad:

“… Yo soy el camino, y la verdad y la vida…

“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré…

“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”  (Juan 14:5–6, 13–14).

¡Qué grandiosa promesa! Vive a mi manera, vive mi verdad, vive mi vida —vive de la manera que te estoy mostrando y enseñando— y todo lo que pidas te será dado, todo lo que busques lo hallarás, incluso la felicidad. Parte de esa bendición puede llegar pronto, otras partes más adelante y las demás quizás no se reciban sino hasta después de llegar al cielo, pero todas ellas llegarán. ¡Qué motivación brinda eso, después de un lunes triste o un martes lleno de lágrimas o un miércoles agotador! Y es una promesa cuya realización no puede llevarse a cabo de otra manera que por la devoción a la verdad eterna.

En palabras del entonces recién ordenado élder David O. McKay (1873–1970) hace casi un siglo, a diferencia de la satisfacción, el placer o algún tipo de emoción, la verdadera “… felicidad se halla únicamente en ese camino conocido [del Evangelio], angosto como es… [y] estrecho [como es], el cual conduce a la vida eterna”5. Así que amen a Dios y ámense unos a otros, y sean fieles al evangelio de Jesucristo.

Escojan la felicidad

En segundo lugar, aprendan lo más rápido posible que gran parte de su felicidad está en sus manos, no en los sucesos, las circunstancias, la fortuna ni la mala fortuna. Eso es parte de la razón de la guerra por el albedrío en los concilios premortales del cielo. Tenemos opciones, tenemos voluntad propia, tenemos el albedrío y podemos escoger, tal vez no la felicidad en sí, pero sí vivir de una manera feliz. El presidente Abraham Lincoln tenía muchas razones para ser infeliz durante la administración más difícil que un presidente de los Estados Unidos jamás ha afrontado, pero aun él declaró que “la mayoría de las personas son tan felices como deciden serlo”6.

La felicidad primero llega según lo que viene a la mente mucho tiempo antes de que llegue a las manos. José Smith estaba viviendo “de una manera feliz” una situación muy triste cuando escribió desde la cárcel de Liberty a los que estaban fuera y que también eran víctimas de una gran injusticia y persecución:

“… deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios…

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad” (D. y C. 121:45–46).

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”. No es solo un buen consejo contra la plaga moderna de la pornografía, sino que también es un buen consejo para todo tipo de pensamientos del Evangelio, buenos pensamientos, pensamientos constructivos, pensamientos llenos de esperanza. Esos pensamientos llenos de fe cambiarán el modo de ver los problemas de la vida y de encontrar una solución para los mismos. “… el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34), dice la revelación.

Con demasiada frecuencia pensamos que todo depende del corazón, pero no es así. Dios espera que tengamos una mente bien dispuesta en la búsqueda de la felicidad y también de la paz. Centren su mente en esto; todo esto requiere esfuerzo. Es una batalla, pero una batalla por la felicidad que vale la pena librar.

Hace unos años, en uno de sus conocidos libros, la autora escribió: “La felicidad es la consecuencia del esfuerzo personal. Luchamos por ella, nos esforzamos por alcanzarla, insistimos y… la [buscamos]. Debemos participar sin cesar en las manifestaciones de nuestras propias bendiciones. Y una vez que hayamos logrado un estado de felicidad, nunca debemos descuidarla ni olvidarnos de mantenerla; debemos hacer un gran esfuerzo por seguir nadando corriente arriba hacia a esa felicidad… por mantenernos a flote sobre ella”7.

Me encanta la frase “participar sin cesar en las manifestaciones de nuestras propias bendiciones”. No sean pasivos; naden corriente arriba. Piensen, hablen y actúen de forma positiva; eso es lo que hacen las personas felices; ese es un aspecto de vivir de una manera feliz.

Sean bondadosos y agradables

father with daughter

Comparto otro punto. Al preparar este mensaje, estuve sentado en mi sala de estudio por un largo rato tratando de pensar si alguna vez había conocido a una persona feliz que fuera antipática o desagradable. ¿Y saben qué? No logré pensar en nadie, ni en una sola persona. Así que aprendan a temprana edad esta gran verdad: No se puede edificar la felicidad propia sobre la infelicidad de otra persona.

A veces, tal vez especialmente cuando somos jóvenes e inseguros y tratamos de abrirnos camino en el mundo, pensamos que si degradamos un poco a alguien, de alguna manera milagrosa eso nos elevará. Eso es lo que constituye el acoso escolar; esa es la causa de los comentarios malintencionados; eso representa la arrogancia y la superficialidad y el sentimiento de superioridad. Quizás pensamos que si somos lo suficientemente negativos, cínicos o crueles, entonces las expectativas no serán tan elevadas; podemos degradar a todos hasta un nivel lleno de imperfecciones, y, de esa manera, nuestros defectos no serán tan notorios.

Las personas felices no son negativas ni cínicas ni crueles, así que no esperen que eso sea parte de vivir “de una manera feliz”. Si la vida me ha enseñando algo, es que la bondad, la amabilidad y el optimismo basado en la fe son características de la gente feliz. En las palabras de la Madre Teresa: “No dejes que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz. Sé la viva expresión de la bondad de Dios; bondad en tu rostro, bondad en tus ojos, bondad en tu sonrisa, bondad en tu saludo afectuoso”8.

Un paso relacionado en el sendero que conduce a la felicidad es evitar la animosidad, la contención y la ira en la vida. Recuerden que es Lucifer, Satanás, el adversario de todos nosotros, quien se deleita en la ira. Él “es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros” (3 Nefi 11:29).

Después de citar ese versículo durante la conferencia general hace unos años, el élder Lynn G. Robbins, de los Setenta, dijo: “El verbo irritar suena a una receta para el desastre: Calentar los ánimos a fuego lento, mezclar con palabras bruscas hasta que empiecen a hervir; seguir revolviendo hasta que adquieran consistencia; dejar reposar; dejar enfriar los sentimientos durante varios días; servir helado; esperar muchas sobras”9. Ciertamente hay muchas sobras.

La ira daña o destruye casi todo lo que toca. Como alguien ha dicho, tener ira es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Es un ácido malicioso que destruirá al recipiente mucho antes de hacerle daño al objeto al que está dirigido. No hay nada en ella ni en otros vicios similares —la violencia, la rabia, la amargura y el odio— que tenga nada que ver con vivir el Evangelio o buscar la felicidad. No creo que la ira pueda existir —o al menos fomentarse, considerarse o permitirse— cuando se vive “de una manera feliz”.

Esfuércense por lograrlo

girl with rake

Comparto una última sugerencia, aunque hay muchas otras que deberíamos tener en cuenta. Nefi dijo que en sus esfuerzos por encontrar la felicidad en su nueva tierra después de 30 años de dificultades, “… yo, Nefi, hice que mi pueblo fuese industrioso y que trabajase con sus manos” (2 Nefi 5:17). Por el contrario, aquellos de los que huyeron “se convirtieron en un pueblo ocioso, lleno de maldad y astucia” (2 Nefi 5:24).

Si quieren ser felices en sus estudios, en una misión, en un empleo o en el matrimonio, esfuércense por lograrlo. Aprendan a trabajar; sirvan diligentemente; no sean ociosos ni dañinos. Una definición sencilla del carácter cristiano podría ser la integridad para hacer lo correcto en el momento oportuno y de la manera correcta. No sean ociosos; no derrochen. “… buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118). Sean industriosos y trabajen, incluso presten servicio a otras personas; esa es una de las grandes claves de la verdadera felicidad.

Ahora bien, permítanme finalizar citando el claro consejo de Alma a Coriantón. Con todo el ánimo que un padre quisiera darle a un hijo o una hija, él dijo que en la Resurrección los fieles son levantados a un estado de “felicidad sin fin” en el que “[heredarán] el reino de Dios” (Alma 41:4). En ese momento, añadió, seremos “levantado[s] a la dicha, de acuerdo con [nuestros] deseos de felicidad” (Alma 41:5). Pero también advirtió con firmeza: “No vayas a suponer… que [sin arrepentimiento] serás restaurado del pecado a la felicidad. He aquí, te digo que la maldad nunca fue felicidad”  (Alma 41:10; cursiva agregada).

El pecado es la antítesis de vivir “de una manera feliz”. Ciertamente, quienes creen lo contrario, dice Alma, “se encuentran sin Dios en el mundo, y han obrado en contra de la naturaleza de Dios; por tanto, se hallan en un estado que es contrario a la naturaleza de la felicidad”  (Alma 41:11).

Rechacen la transgresión

Jesus with Mary Magdalene

Les pido que rechacen la transgresión a fin de vivir de acuerdo con la naturaleza de Dios, que es la naturaleza de la verdadera felicidad. Los animo y los felicito por sus esfuerzos por “[seguir] el camino que nos conduce a la felicidad”. No es posible hallarla de ninguna otra manera.

Mi testimonio es que Dios, el Padre Eterno que está en el cielo, siempre los alienta y los felicita en su búsqueda aun con más amor que yo. Testifico que Él quiere que ustedes sean felices, que tengan verdadero gozo. Testifico de la expiación de Su Hijo Unigénito, la cual provee el camino correcto y, si es necesario, un nuevo comienzo en el mismo, una segunda oportunidad, un cambio en nuestra naturaleza si es necesario.

Ruego que ustedes sepan que Jesucristo es “el camino, y la verdad y la vida” y que nadie alcanza la verdadera felicidad sino por Él. Ruego que algún día, en algún momento, en algún lugar, reciban cada deseo justo de su corazón al vivir el evangelio de Jesucristo, o sea, vivir “de una manera” que conduzca a tales bendiciones.

Notas

1. José Smith, en History of the Church, tomo V, pág. 134.
2. Véase Aristóteles, The Nicomachean Ethics, traducido por H. Rackham, 1982, pág. 31.
3. Henry David Thoreau, Thoreau on Nature: Sage Words on Finding Harmony with the Natural World, 2015, pág. 72; esta cita también ha sido atribuida a Nathaniel Hawthorne y a alguien anónimo.
4. James E. Faust, “Nuestra búsqueda de la felicidad”, Liahona, octubre de 2000, pág. 4.
5. David O. McKay, en Conference Report, octubre de 1919, pág. 180; cursiva agregada.
6. Esta cita fue atribuida a Abraham Lincoln por el Dr. Frank Crane en el periódico Syracuse Herald, 1 de enero de 1914 (quoteinvestigator.com/category/frank-crane).
7. Elizabeth Gilbert, Eat, Pray, Love: One Woman’s Search for Everything Across Italy, India and Indonesia, 2006, pág. 260.
8. Madre Teresa, en Susan Conroy, Mother Teresa’s Lessons of Love and Secrets of Sanctity, 2003, pág. 64.
9. Véase Lynn G. Robbins, “El albedrío y la ira”, Liahona, julio de 1998, pág. 86.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil

Liahona. Septembre 2017

Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil

Por Betsy VanDenBerghe

Las siguientes son cuatro maneras en que usted puede ayudar a los miembros nuevos y a los que regresan a sentirse integrados.

women at church

Nota del editor: Independientemente de lo firme que sea la creencia de alguien en el evangelio de Jesucristo, puede ser difícil para los miembros nuevos y para los que regresan mantenerse fieles cuando no se sienten integrados. En este artículo examinaremos lo que pueden hacer los miembros que ya están en el redil para recibir a los que ingresan en él. En el ejemplar de diciembre trataremos lo que las personas que sienten que están fuera del redil pueden hacer para hallar su sitio.

A menos de un mes del bautismo de Melissa (todos los nombres se han cambiado) en la región del Medio Oeste de Estados Unidos, ella ofreció la primera oración en la reunión sacramental. Estaba nerviosa por tener que orar en público, pero “sentía plena confianza en mi capacidad de hablar con mi Padre Celestial”, recuerda. “Después de todo, había orado durante años, en especial mientras investigaba la Iglesia, y podía sentir que el Espíritu Santo me ayudaba”.

De modo que fue una sorpresa para ella recibir un mensaje de correo electrónico de un miembro del barrio que describía “en gran detalle” todas las formas en que su oración había sido incorrecta. Melissa sintió culpa, vergüenza y un torrente de duda, hasta que se sintió inspirada a llamar al exmisionero que le había enseñado. “Enseguida me aseguró que era completamente inapropiado por parte de aquel miembro criticarme de tal manera”, dice. “También me dijo que el obispado jamás pediría a otro miembro, como yo había supuesto, que me hiciera ese tipo de comentarios”.

Reconfortada, Melissa se mantuvo activa en el barrio, aceptó llamamientos y siguió progresando en su fe. Sin embargo, le tomó varios meses superar el dolor y la confianza perdida por haber recibido aquel mensaje desalentador.

Desafortunadamente, la historia de Melissa no es algo singular. Muchos de los miembros nuevos y de los que regresan afrontan desafíos significativos, pero que con frecuencia podrían evitarse; desafíos que surgen al sentir que no forman parte del grupo. En ocasiones, aun quienes tienen un firme testimonio luchan para mantenerse fieles al sentirse excluidos. En una reciente serie de videos titulada La unidad en la diversidad, los líderes de la Iglesia tratan ese problema e instan a los miembros a ser más perceptivos, inclusivos y amorosos al interactuar con los demás.

Los siguientes relatos contribuyen a ilustrar el modo en que nosotros, como miembros, podemos poner en práctica esos principios, y ofrecer amistad sincera y apoyo emocional a quienes ansían la genuina aceptación en la Iglesia del Señor.

Ser un amigo en la fe

fellowshipping of the Saints

“Cuando el pie de cualquier persona se posa sobre el umbral de alguna capilla, de inmediato debe sentirse bien recibida, amada, elevada e inspirada… para luego ser mejor, porque sabe que el Señor la ama y que tiene amigos en su fe”.

—Carol F. McConkie, Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Melissa necesitaba amigos sinceros, especialmente en su barrio, a quienes poder acudir cuando necesitaba consejo o ayuda. Su esposo y su hija no se habían unido a la Iglesia junto con ella.

“Asistir a la capilla y ver a todas las familias me hacía sentir muy sola”, dice; todos eran amigables, pero incluso su felicidad la hacía sentir como si “nunca fuera a lograr aquella luz mormona, porque era la única persona que tenía problemas”.

Además del exmisionero que le había enseñado, Melissa tuvo la bendición de contar con Cindy, una amiga de internet que la había conducido a la Iglesia la primera vez. “Era difícil ver a Melissa lidiar con dificultades en su unidad local mientras yo contemplaba con impotencia”, explica Cindy. “De modo que creé un grupo privado en Facebook con algunos miembros increíblemente afectuosos, de buen criterio y gran diversidad que la ayudaron y le brindaron amistad de formas que yo jamás hubiera podido lograr sola”.

El grupo no solo proporcionaba a Melissa un sentimiento de inclusión mientras ella hallaba su lugar en el barrio, sino que también respondía preguntas sobre inquietudes culturales y referentes a la forma de vida. “Me crié con camisetas sin mangas [musculosas] y pantalones muy cortos”, dice Melissa. Se sintió agradecida por sus amigos de internet, que colaboraron con fotografías de indumentaria que podría ver en las tiendas locales. Eso la animó a pedir recomendaciones sobre películas a las hermanas de su barrio, al ya no sentirse cómoda con algunas de su colección.

Un aspecto importante sobre brindar amistad, señala Melissa, es que ella pidió consejo. Recibir un consejo sin haberlo solicitado se percibe como una intromisión en vez de inclusión; una invasión a la privacidad que puede ser hiriente para quienes no se hallen preparados para recibirlo.

Con el tiempo, Melissa fue llamada como maestra de la Sociedad de Socorro. Su llamamiento le brindó oportunidades de interactuar con otras personas del barrio. Melissa compartió con las hermanas sus dificultades no solo en lo relativo a adaptarse como miembro nueva, sino también las de criar un hijo autista, las tocantes a algunos problemas de salud personales, y hasta las de que su perro estuviese muriendo. La experiencia de que otras hermanas escucharan y respondieran con sus propias dificultades en la clase y en conversaciones privadas resultó de gran remedio. Esas relaciones ayudaron a Melissa a sentir que finalmente tenía verdaderos amigos en la fe.

Incluyan a todos

members of the Church

“El Salvador mandó a Sus discípulos amarse ‘unos a otros; como yo os he amado’ (Juan 13:34; cursiva agregada). De modo que hemos de examinar cómo nos ha amado… Si lo tomamos a Él como nuestro modelo de conducta, siempre debemos estar intentando tender la mano a fin de incluir a todos”.

—Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Robert, un investigador de Canadá, ha asistido a diversas reuniones y actividades SUD. Ha investigado varias religiones, pero continúa estudiando la Iglesia a causa de la inspiración que ha hallado en su doctrina y en el Libro de Mormón. Asiste a Instituto para aprender más y encuentra el entorno social “gratamente sano, amistoso y con muy buena energía”, dice. “Los mormones son las personas más agradables del mundo”.

Robert, quien se autodescribe como introvertido, quiere relacionarse con los demás, pero dice: “Tiendo a mantenerme apartado, inseguro de cómo integrarme a los grupos, algunos de los cuales están compuestos por amigos que hace mucho que son SUD y que no parecen necesitar a nadie más”. No obstante, no se requiere de mucho para disminuir esa sensación de aislamiento. Recuerda que, durante una actividad, “alguien se me acercó después de la cena y me alentó a quedarme para ver una película; de otro modo, me habría ido, pero en cambio, pasé un rato muy agradable. Solo necesitaba saber que alguien quería que yo estuviera allí”.

Al igual que Melissa, Robert valora los amigos SUD que explican la doctrina, pero que no profundizan demasiado específicamente en cuanto a cómo vivirla. Los amigos que escuchan más de lo que amonestan son como “alguien que camina a tu lado, en vez de empujarte desde atrás para hacerte ir más aprisa. La mayoría de las veces, tropiezas y trastabillas”.

A Robert le ha sido difícil dejar de fumar. Su incomodidad ilustra el modo en que las personas nuevas tienen muy presentes sus diferencias. “Ni un solo miembro me ha dicho jamás algo en cuanto a que tuviera olor a cigarrillo”, dice. “No obstante, si mi ropa no está recién lavada, me quedo en casa y me ausento de Instituto o de la Iglesia”.

Podemos generar un mayor sentido de pertenencia al reconfortar e integrar a quienes son nuevos en la Iglesia. El élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dice: “Se me parte el corazón si alguien viene y es muy vulnerable, y dice…: ‘Quiero estar aquí’ y luego se le da la espalda o halla una falta de interés. Eso es trágico… Tenemos que ser mejores” (“Is There a Place for Me?” , lds.org/media-library).

Colóquense en una posición en la que puedan interactuar

“Cuando deciden situarse en una posición en la que pueden interactuar, bendicen la vida de otra persona… ¿Pueden ir en pos de la persona que está afuera del grupo, que se halla en los márgenes?… Cuando le has abierto el corazón a otros, ves que todos formamos parte”.

—Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Después de que Elsa se unió a la Iglesia en los Países Bajos, sintió un vínculo genuino con un amoroso Padre Celestial. Sin embargo, como joven adulta soltera, también afrontó la soledad cuando sus familiares y amigos se sintieron incómodos ante sus nuevas creencias y costumbres religiosas. “Lo mejor que los miembros han hecho por mí es brindarme amistad de buena gana fuera de la Iglesia”, dijo ella. “Algunos van al templo a realizar bautismos conmigo aunque ya han recibido sus investiduras. Necesito relacionarme con los miembros además de los domingos para fortalecerme y perseverar hasta el fin”.

Elsa piensa que su mayor desafío como conversa reciente es “la expectativa de entender todo de repente”, dice. “Todas las siglas, las actividades, los llamamientos; puede ser un tanto abrumador, y en ocasiones me preocupa que las personas me juzguen por no aprender más rápidamente”. Además, al igual que muchos otros, experimenta una ansiedad social que hace que se sienta “cómoda al sentarse en la parte de atrás de la capilla y apenas interactuar”. Los grupos numerosos le resultan intimidantes y se pregunta si los demás la juzgan por su falta de participación. “No es que no quiera tomar parte en las lecciones, ni cantar himnos ni ofrecer oraciones en público”, explica. “Es solo que temo que podría romper en llanto frente a esas personas que aún no conozco tanto”.

La hermana McConkie dice: “Conozco a personas que asisten a la Iglesia todos los domingos a fin de que se las inspire y eleve que salen sintiéndose juzgadas y no amadas y no necesitadas, como si no hubiera lugar para ellas en la Iglesia. Debemos proceder de manera diferente al respecto”.

Los miembros que no juzgan, dice Elsa, son quienes más la ayudan. “Escuchan mis dilemas y no se entrometen en mi vida personal. Actúan con sinceridad y paciencia mientras yo aprendo por mi cuenta todo lo que implica ser miembro”. A pesar de su ansiedad, acompaña a los misioneros y procura ayudar a los miembros nuevos e investigadores. Elsa explica: “Sé cómo se siente ser nuevo y quiero asegurarme de que nadie se aleje de los dones del Evangelio que me salvaron de la desesperanza”.

Vivan el Evangelio; lleguen a ser discípulos

members of the Church

“Las personas pueden aportar dones y perspectivas diferentes. La amplia variedad de experiencias, de procedencias socioculturales y de desafíos que afronta la gente nos mostrará lo que en verdad es esencial en el evangelio de Cristo. Y gran parte del resto, que tal vez se haya adquirido con el tiempo y sea más cultural que doctrinal, puede desaparecer, y podremos aprender realmente a ser discípulos”.

—Élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

A pesar de haber criticado a la Iglesia anteriormente, Jim se unió a ella porque recibió “un testimonio espiritual incuestionable del Espíritu Santo que le testificó de la veracidad del Evangelio y su doctrina”. Sin embargo, una de sus mayores dificultades fue adaptarse a la cultura SUD.

Después del bautismo, descubrió que muchos comportamientos que se aceptan en general entre los miembros eran culturales, y no doctrinales. “Aunque eso sucede en cualquier religión organizada, sentía que si no me amoldaba de ciertas formas, se me tildaría de no aceptar el Evangelio por completo”, explica. “Mis problemas no eran con el Evangelio ni la doctrina, sino con cierto grado de avenencia que parecía solo cultural”.

Tal como explica el élder Christofferson, necesitamos a nuestros nuevos conversos, investigadores y a otras personas para que nos ayuden a despojarnos de costumbres no doctrinales que hemos acumulado con el tiempo y llegar a ser verdaderos discípulos.

El élder Oaks celebra los beneficios de relacionarse con personas de diferentes orígenes socioculturales e insta a los Santos de los Últimos Días a evitar centrarse en las diferencias y, en vez de ello, comenzar por preguntar: “¿Cuáles son tus orígenes? ¿Cuáles son tus valores básicos? ¿Qué quieres lograr?”. Ese tipo de apertura y aceptación, a su vez, ayuda a las personas nuevas en nuestro círculo a sentirse incluidas, elevadas, amadas y prestas a aceptar la salvación en el cuerpo de Cristo.

Al igual que a los líderes de la Iglesia de hoy en día, al apóstol Pablo le preocupaban las divisiones en la Iglesia primitiva de Cristo. Este alentó a los miembros que tenían opiniones firmes a evitar ofender a los otros santos en cuanto a costumbres que, en definitiva, no eran de importancia en realidad, al explicar que, mientras que “el conocimiento envanece, … la caridad edifica” (1 Corintios 8:1). Exhortó a “que no haya entre vosotros disensiones” y a centrarse en “Jesucristo, y a este crucificado”, en lugar de en el modo en que los miembros se diferencian unos de otros (1 Corintios 1:10; 2:2).

Hoy en día, los apóstoles y profetas modernos nos instan a buscar la unidad dentro de la diversidad, al alentarnos a hacer sitio para todo miembro de la Iglesia de Cristo como parte importante de nuestro objetivo de llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, … a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Vea La unidad en la diversidad

Mire una serie de breves videos de líderes de la Iglesia sobre lo que significa pertenecer a la Iglesia en lds.org/go/unity917.

Sugerencias para relacionarse con éxito con los nuevos miembros e investigadores

  • Haga un esfuerzo especial por saludarlos cordialmente, interactuar con ellos y presentarlos a otros miembros.
  • Invítelos a su casa o a otras actividades a fin de que tengan amigos durante la semana, así como los domingos.
  • Escuche y haga preguntas que los ayuden a sentirse comprendidos.
  • Comparta sus propias experiencias referentes a cómo vencer las dificultades a fin de que sepan que todos afrontamos problemas.
  • Espere a que ellos le pidan consejo y, al brindárselo, no les diga exactamente lo que deben hacer ni sea autoritario.
  • Deje que los líderes del sacerdocio y de la Sociedad de Socorro ofrezcan orientación eclesiástica; los demás miembros deben preocuparse más por ser un buen amigo.
  • Evite comparar el progreso de ellos con el suyo o con el de ninguna otra persona.
  • Enseñe las doctrinas fundamentales de la Iglesia y no las tendencias culturales.
  • Si bien puede buscar oportunidades en internet para tender la mano a los nuevos conversos, investigadores y miembros menos activos, el brindar amistad en persona puede ser más significativo.
Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Cómo defender la fe

Liahona, Septiembre 2017

Cómo defender la fe

Por el élder Jörg Klebingat
De los Setenta

El Señor necesita un pueblo dispuesto y capaz de defender con humildad pero con firmeza a Cristo y al Reino de Dios.

men talking with speech bubbles

En la existencia preterrenal, poseíamos albedrío, capacidad de razonamiento e inteligencia. Allí fuimos “llamados y preparados… de acuerdo con la presciencia de Dios” y, en el inicio, estuvimos “en la misma posición” que nuestros hermanos y hermanas (Alma 13:3, 5). Las oportunidades de crecer y aprender se hallaban ampliamente disponibles.

Sin embargo, el mismo acceso a las enseñanzas de un amoroso hogar celestial no produjo un mismo deseo entre nosotros —los hijos procreados en espíritu del Padre Celestial— de escuchar, aprender y obedecer. Al ejercer nuestro albedrío, tal como lo hacemos hoy en día, dimos oído con diversos grados de interés y voluntad. Algunos de nosotros procuramos con ansias aprender y obedecer. Ante la inminente guerra en los cielos, nos preparamos para la graduación de nuestro hogar preterrenal. Se enseñó la verdad y también fue cuestionada; se dieron testimonios y se ridiculizaron; y cada espíritu preterrenal tomó la decisión de ya fuera defender o apartarse del plan del Padre.

No hubo neutralidad

Al final, no existió la opción de retirarse de modo indeciso a un territorio neutral en ese conflicto. Tampoco existe hoy en día. Aquellos de nosotros que estábamos armados con fe en la futura expiación de Jesucristo, aquellos a quienes nos fortalecía el testimonio de Su función divina, aquellos que poseíamos conocimiento espiritual y el valor para utilizarlo en defensa de Su sagrado nombre luchamos en el frente de batalla de esa guerra de palabras. Juan enseñó que esos espíritus valientes, así como otros, han vencido a Lucifer “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio” (Apocalipsis 12:11, cursiva agregada).

Sí, la guerra preterrenal la ganó la promesa de un Salvador, y de un Getsemaní y un Calvario teñidos de sangre. No obstante, nuestro valor y testimonio preterrenales, nuestra disposición a explicar, a razonar con otros espíritus y persuadirlos, también ayudaron a detener el que la marejada de falsedades se propagara sin oposición.

Al haber cumplido con éxito nuestro período de servicio en Su defensa, llegamos a ser testigos de Su santo nombre. Efectivamente, habiéndonos probado en el campo de batalla y al así estar seguro de nuestro corazón y nuestro valor, el Señor luego dijo de nosotros, los miembros de la casa de Israel: “Vosotros sois mis testigos”(Isaías 43:10). Pensemos: ¿Aún es verdad tal declaración sobre nosotros en la actualidad?

Nuestra batalla actual

Todavía hoy se vive un conflicto por las mentes, los corazones y las almas de los hijos de nuestro Padre, como anticipación de la segunda venida de Jesucristo. Si bien muchas personas del mundo sienten curiosidad sincera en cuanto a las enseñanzas de la Iglesia, un creciente abismo entre los inicuos y los rectos separa de las verdades del Evangelio restaurado a un mundo que se halla en caída libre en cuanto a la moral. Cuando se acusa de seguir la oscuridad a los imperfectos santos que se esfuerzan por procurar luz, cuando se afirma que la dulzura de sus intenciones y obras es amarga (véase Isaías 5:20), ¿es de sorprender que haya dedos de escarnio que apunten a la Iglesia restaurada del Señor y a Sus siervos fieles? (véase 1 Nefi 8:27).

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Vivimos en una época en la que estamos rodeados de muchas cosas que tienen el propósito de atraernos a caminos que pueden conducirnos a la destrucción. Para evitar esos caminos se necesita determinación y valor”.

¡Ser miembros pasivos y neutrales no es suficiente en este conflicto de los últimos días! El presidente Monson prosigue: “Al vivir nuestro día a día, es casi inevitable que nuestra fe se ponga en tela de juicio… ¿Tenemos el valor moral para defender nuestras creencias aunque tengamos que hacerlo solos?”1.

A pesar del ruido de fondo permanente que proviene del edificio grande y espacioso (véase  1 Nefi 8:26–27), ¿estamos resueltos a andar con paso firme por el camino menos transitado?2. ¿Estamos dispuestos y somos capaces de participar en conversaciones corteses con quienes tienen preguntas sinceras? ¿Podemos y estamos dispuestos a aclarar y defender las enseñanzas de la Iglesia restaurada de Jesucristo sin recurrir a la contención?

Al aconsejarnos poder discrepar sin ser desagradables, el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Aun al procurar ser humildes… no debemos abandonar ni debilitar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos”3.

Lleguen a ser valientes

Consideremos con detenimiento la invitación del presidente Monson: “Una vez que obtenemos un testimonio, nos corresponde compartir ese testimonio con los demás…Que siempre seamos valientes y estemos preparados para defender lo que creemos, y si tenemos que estar solos en el proceso, que lo hagamos con valor, con esa fortaleza que viene del conocimiento de que en realidad nunca estamos solos cuando estamos con nuestro Padre Celestial”4.

Ser miembros de la Iglesia únicamente no nos hace de forma automática testigos valientes de Cristo y Su Iglesia restaurada. El Señor nos ha enseñado a hacer que nuestra luz brille al vivir el Evangelio; sin embargo, algunos mantienen en secreto su condición de miembros de la Iglesia al poner su luz debajo de un almud. Algunos responden preguntas ocasionales sobre el Evangelio, pero titubean en testificar e invitar. No obstante, otros en efecto procuran oportunidades de compartir el Evangelio y lo hacen de buen grado. ¿Cuántos de nosotros somos defensores proactivos y valientes de la fe?

speaking with love vs speaking with a megaphone

Para mantener y recuperar terreno en la guerra de palabras actual, el Señor necesita un pueblo tanto dispuesto como capaz de defender con humildad —pero con firmeza— a Cristo, a Sus oráculos vivientes, al profeta José Smith, al Libro de Mormón y las normas de la Iglesia. Necesita un pueblo que esté “siempre [preparado] para responder… a cada uno que… demande razón de la esperanza que hay en [ellos]” (véase 1 Pedro 3:15). ¡El Señor necesita un ejército de verdaderos Santos de los Últimos Días dispuestos a testificar de la verdad con un espíritu de mansedumbre y amor cuando se cuestione cualquier aspecto del Evangelio restaurado!

El ejemplo del capitán Moroni

Si se sienten faltos de preparación como valientes defensores de la verdad en nuestros días, no están solos. La mayoría de nosotros se siente de ese modo, hasta cierto punto. Sin embargo, hay cosas sencillas que podemos hacer para adquirir tanto capacidad como confianza.

En el Libro de Mormón, aprendemos que el capitán Moroni “[preparó] la mente de los del pueblo para que fueran fieles al Señor su Dios” (véase Alma 48:7). Había comprendido que la primera línea de defensa era una vida edificada sobre el fundamento de la obediencia personal. Además, “[construyó] pequeños fuertes… levantando parapetos de tierra… y erigiendo también muros de piedra para cercarlos” (versículo 8). No solo tomó algunas precauciones obvias, sino que también fortaleció estratégicamente “sus fortificaciones más débiles” (versículo 9). Sus estrategias preventivas tuvieron tanto éxito que sus enemigos “se asombraron en extremo” (Alma 49: 5) y no pudieron llevar a cabo sus inicuos designios.

Ustedes podrían preguntarse: “¿Puede alguien tan débil como yo ser un valiente defensor de Cristo y Su evangelio restaurado?”. La debilidad que perciben en sí mismos puede convertirse en fortaleza al aceptar que todo lo que el Señor requiere en un principio es “[su] corazón y una mente bien dispuesta” (véase D. y C. 64:34). Los “débiles y sencillos” del mundo, investidos con el espíritu de valentía, son Sus reclutas preferidos. Recuerden que Él, por “medios muy pequeños”, se deleita en “[confundir] a los sabios” (véase  Alma 37:6, 7). Si están dispuestos a compartir y defender el Evangelio restaurado y a sus líderes y doctrinas, podrían considerar las siguientes sugerencias.

pointing out someone elses words

1. Saber a quién y qué defender. Una estrategia defensiva firme es el fundamento de una ofensiva firme. Al igual que no pueden defender eficazmente aquello de lo cual conocen muy poco o nada, tampoco lo defenderán si no les importa en extremo. Como el asalariado, a quien se paga para cuidar las ovejas y que se retirará o huirá a la primera señal de dificultades, de igual modo ustedes no mantendrán las líneas de defensa por mucho tiempo, salvo que tengan la convicción espiritual de que su causa es justa y verdadera. ¡Para testificar de Cristo y Su Iglesia y defenderlos, deben saber que Él vive y que esta es Su Iglesia restaurada!

Quienes conocen y viven el Evangelio rebosan de entendimiento y de la ardiente convicción que se enciende mediante la dignidad y las experiencias personales. Están más preparados para testificar de la verdad que quienes solo han prestado atención para aprender cómo ofrecer las respuestas.

2. Evalúen sus fortificaciones. Sigan el ejemplo del capitán Moroni. Evalúen con sinceridad los puntos fuertes y débiles de su comprensión del Evangelio. ¿Dan un buen ejemplo al llevar una vida semejante a la de Cristo? ¿Son capaces de hallar respuesta a las preguntas escudriñando las Escrituras? ¿Se sienten cómodos al compartir su testimonio? ¿Pueden responder preguntas sobre las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia, incluso las que son más difíciles de explicar, apelando a las Escrituras? ¿Están preparados para decir: “No lo sé, pero lo averiguaré”, o a conducir a la gente adonde puedan hallar respuesta? ¿Podría ser que el estudio diligente debe ayudarlos a cultivar la confianza y el valor que buscan?5.

3. Afiancen sus fortificaciones. Una vez que tengan presente una evaluación de sus “fortificaciones” doctrinales, comiencen un estudio centrado y a largo plazo con el objetivo de hacer que las cosas débiles sean fuertes para ustedes (véase  Éter 12:27). Respondan al ruego de Moisés: “¡Ojalá que todos los del pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!” (Números 11:29). “Importunen” al Señor con el pedido de que, por cada cucharada de esfuerzo diario, Él acumule kilos de tierra sobre sus parapetos defensivos.

Lean las Escrituras con espíritu de oración, una y otra vez; no se limiten a sorber relatos conocidos a través de una pajilla [popote]; deléitense en ellas. Consideren la opción de llevar apuntes de estudio doctrinal y de incrementarlos constantemente. Podrían determinar algunos pasajes de las Escrituras de cada tema y luego memorizarlos en un orden lógico para sustentar sus propias ideas y las enseñanzas. Tal como enseñó el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Cuando las Escrituras se emplean de la forma en que el Señor ha mandado que se registren, tienen un poder intrínseco que no se comunica si se parafrasean”6.

Considere la posibilidad de memorizar algunas citas textuales de profetas y apóstoles. El Espíritu Santo típicamente les “recordará” solo aquello que pongan ahí primero (véase Juan 14:26). El verdadero conocimiento doctrinal centrado en Cristo, combinado con “la espada de [Su] Espíritu”, (véase D. y C. 27:18) es la mayor fortificación y arma ofensiva que poseen.

4. ¡Practiquen! A los misioneros de tiempo completo de la Iglesia se los insta a interpretar representaciones a fin de prepararse para las situaciones en las que podrían estar. Ya que a ustedes se les podría pedir que defiendan la Iglesia o que expliquen su doctrina en los momentos o sitios más inesperados, consideren la posibilidad de seguir el ejemplo de los misioneros al prepararse espiritualmente antes de entablar una conversación naturalmente (véase Moisés 3:5, 7). Interpreten una representación antes de hallarse en circunstancias en que enseñen o defiendan las normas del Evangelio. Ya sea solos, o con familiares o amigos, plantéense preguntas hipotéticas y luego respóndanlas. Conforme lleguen a estar cada vez más preparados, se volverán “más y más fuertes” en su confianza como testigos de Cristo (véase Helamán 3:35). Empiecen con respuestas breves y sencillas. Serán las más adecuadas en la mayoría de las situaciones, pero también pueden fortalecer sus defensas aun más al estudiar los pasajes de las Escrituras relacionados y conectar diversas doctrinas.

speaking puzzle pieces

5. Busquen oportunidades. Habiéndose preparado así, oren para pedir la oportunidad de —humilde pero confiadamente— compartir y, si es necesario, defender el Evangelio. Recuerden que “el desaliento no es la ausencia de capacidad, sino de valor”7. Oren para amar a los hijos del Padre Celestial dentro y fuera de la Iglesia lo suficiente para compartir y defender las normas del Evangelio. Oren para que jamás experimenten indiferencia o resignación en cuanto a los puntos doctrinales que en lo personal les resulten difíciles, sino más bien esfuércense por superarlos con fe en Cristo.

Recuerden que incluso un niño puede ser un defensor de Cristo en el patio de recreo escolar al dar un testimonio sencillo; que no tienen que ser eruditos del Evangelio para ser testigos de la verdad; que no tienen que tener todas las respuestas; que está bien decir a veces: “No lo sé” o “todavía no me han sido revelados plenamente estos misterios; por tanto, me refrenaré” (Alma 37:11). No “[avergonzarse] del evangelio de Cristo” ((Romanos 1:16) es más que tan solo hacer caso omiso o soportar medias verdades y falsedades; ¡significa conocer y defender las doctrinas! Por consiguiente, si permanecemos en silencio, que no sea por temor, sino porque obedecemos un susurro del Espíritu (véase, por ejemplo, Alma 30:29).

Sean testigos bien dispuestos a actuar

Conforme sigan defendiendo el evangelio de Jesucristo, “fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, [los] califican para la obra” (D. y C. 4:5). En este punto, vale recordar que Cristo fue manso pero nunca débil; que Él invitaba pero también reprendía, y que también dijo que “aquel que tiene el espíritu de contención no es mío”  (3 Nefi 11:29).

A medida que el mundo inicuo sigue transgrediendo las normas morales y doctrinales de Dios, Cristo depende de hasta los más pequeños de los santos para que sean testigos vivientes de Su nombre.

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) nos recordó que “no basta con tan solo ser buenos. Deben ser buenos para algo. Deben aportar lo bueno al mundo. El mundo tiene que ser un mejor lugar debido a la presencia de ustedes… En este mundo tan colmado de problemas, tan amenazado constantemente por retos oscuros y malignos, ustedes pueden y deben elevarse por encima de la mediocridad, por encima de la indiferencia. Pueden tomar parte y alzar en alto la voz a favor de lo que es correcto”8.

Si desean ser testigos del Evangelio restaurado, ¡únanse a las filas de un ejército de testigos de los últimos días al alumbrar con su luz! Que la forma en que viven el Evangelio y su defensa de dicho Evangelio sea un reflejo del grado de su conversión a Jesucristo.

Notas

1. Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 60.
2. Véase “The Road Not Taken”, The Poetry of Robert Frost, ed. por Edward Connery Lathem, 1969, pág. 105.
3. Dallin H. Oaks, “Amar a los demás y vivir con las diferencias”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 26.
4. Thomas S. Monson, “Atrévete a lo correcto aunque solo estés”, pág. 67.
5. Los ensayos que contiene Temas del Evangelio, que está en lds.org/topics?lang=spa&old=true, son de particular ayuda para contestar preguntas sobre la historia y la doctrina de la Iglesia.
6. Richard G. Scott, “¡Él vive!”, Liahona, enero de 2000, pág. 106.
7. Véase Neal A. Maxwell, “A pesar de nuestras flaquezas”, Liahona, febrero de 1977, pág. 5.
8. Gordon B. Hinckley, “Stand Up for Truth” (devocional pronunciado en la Universidad Brigham Young, 17 de septiembre de 1996), pág. 2; cursiva agregada.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Salvada después del suicidio de mi hija

Liahona, Septiembre 2017

Salvada después del suicidio de mi hija

Por Le Etta Thorpe
La autora vive en Utah, EE. UU.

Después de que mi hija se quitó la vida, no tenía familiares que me ayudaran a pasar esa prueba, excepto la familia de mi barrio.

woman sitting at church

Recientemente, una amiga me hizo una pregunta que me tomó por sorpresa. Entre todas las preguntas que quedan pendientes después de que un ser querido se quita la vida, ella solo pensaba en una. La pregunta era: “¿De qué modo te ha ayudado la Iglesia después del suicidio de tu hija de quince años?”.

Lo primero que pensé fue: “No me ha ayudado. Alejé a todos, me aislé en casa y sufrí en una soledad absoluta”.

Sin embargo, tras algunos días de reflexión, me di cuenta de que aquella idea era totalmente incorrecta. No tengo duda alguna de que el horror inimaginable que experimenté me nubló la perspectiva.

En el hospital al que llevaron a mi hija Natalie (que ya había fallecido), yo estaba en estado de shock; estaba completamente aturdida, física y mentalmente. Sucedían cosas a mi alrededor que yo veía pero no sentía: la policía que hacía preguntas, los amigos que lloraban, el personal médico que informaba. Todo eso es vago y perfectamente claro al mismo tiempo.

Recuerdo haber visto a mi anterior obispo y a su esposa. Uno de mis colegas los había llamado. Mi hija Natalie y yo nos habíamos mudado de su barrio tan solo unos meses antes. Mi obispo y su esposa eran amigos a quienes queríamos mucho.

La esposa del obispo, que también se llamaba Natalie, dijo que me alojaría con ellos. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en su vehículo de regreso a mi anterior vecindario. Había perdido la dimensión del tiempo; sin embargo, sabía que ya era casi el día siguiente cuando recibí una bendición del sacerdocio del obispo y un amigo.

Sé que debo haber participado y estado al tanto de todos los arreglos pertinentes al funeral; no obstante, no era consciente de lo que sucedía. Me vestía cuando se me decía que me vistiera; entraba en el auto cuando se me decía que teníamos que ir a algún lugar. Me sentía como un robot que obedecía órdenes sencillas; aquello era todo cuanto podía hacer. Sorprendentemente, aún no había derramado ni una lágrima.

El funeral de mi hija fue hermoso; hubo muchas risas entremezcladas con lágrimas, y el Espíritu estuvo muy, muy presente. Mi hija mayor, Victoria, viajó a Utah desde otro estado y compuso una canción y la cantó en el funeral.

Jamás se me mencionó nada sobre el costo del funeral, excepto que ya se habían encargado de ello. En cuestión de semanas, el funeral se había pagado por completo con donativos de miembros de la Iglesia.

En aquel momento, aún me alojaba con la familia de mi obispo anterior. Los miembros de mi barrio anterior estaban buscando un nuevo lugar para que yo viviera. Se desocupó un bonito y pequeño apartamento situado debajo de una planta baja, y lo siguiente que recuerdo es estar firmando el contrato de alquiler. Aquello no ocurrió por iniciativa propia; fueron los actos de un grupo de miembros de la Iglesia, entre ellos, mi querida amiga Natalie, la esposa del obispo.

Los miembros del barrio me ayudaron a trasladar mis pertenencias, y nos acomodaron a mi otra hija y a mí. Los primeros dos meses de alquiler se habían pagado por adelantado; de nuevo, mediante donativos de miembros de la Iglesia. Aún no percibía el transcurso del tiempo y seguía emocionalmente aturdida hasta cierto grado; no obstante, comenzaba a sentir otra vez.

Aproximadamente un mes después de la muerte de mi hija, la comprensión y la magnitud de lo que había sucedido empezaban a entrar en escena. Era como si al principio se filtrara un vapor denso y negro, seguido de ráfagas agobiantes, hasta que me sentía rodeada por una completa oscuridad. El pesar —en su forma más absoluta— puede ser cegador.

Natalie había fallecido el Día de Acción de Gracias [en noviembre]; ahora era Navidad. Los días festivos no hacían más que acrecentar mi pérdida. Las lágrimas brotaban sin cesar durante días, y la agonía parecía implacable en aquella época. Los minutos transcurrían como horas; las horas, como días; y los días, como años.

Al ser una mujer divorciada, no tenía un esposo que saliera a ganarse la vida. Si hubiera podido, me habría acurrucado, me habría encerrado en un armario y hubiese permanecido allí. Pero no podía darme ese lujo; de algún modo, tenía que reunir fuerzas para seguir; tenía que buscar trabajo. Tenía empleo cuando sucedió lo del Día de Acción de Gracias, pero de alguna forma, en todo aquel caos, había olvidado mi trabajo. Podría haber regresado, pero a mi Natalie le encantaba pasar tiempo allí, y la idea de volver sin ella era intolerable.

Para la primera semana de enero, había conseguido un empleo de baja remuneración. Trataba de actuar con normalidad; mi cuerpo seguía adelante, pero sentía como si mi alma hubiera muerto. Nadie sabía que era un ser vacío que actuaba por inercia. Solo me derrumbaba emocionalmente cuando conducía hacia el trabajo y al regresar de él.

Comencé a asistir a mi nuevo barrio poco a poco. Sabía muy bien que si alguien me preguntaba cómo estaba, me desmoronaría. Quería ir a la Iglesia desesperadamente, pero no quería hablar con nadie y mucho menos hacer contacto visual. Deseaba de todo corazón ser invisible. Más que nada, ¡quería arrancar de mi pecho aquel pesar agobiante!

No tengo idea de lo que las hermanas de la Sociedad de Socorro pensaban de mí, y en ese momento no me importaba mucho. ¡Estaba demasiado ocupada tratando de respirar! Estoy segura de que daba la impresión de querer que me dejaran en paz, ya que ninguna de ellas me molestaba. Sin embargo, de vez en cuando me ofrecían una sonrisa afectuosa que yo hallaba algo reconfortante; justo la pequeña dosis exacta como para evitar que corriera a la salida más cercana, lo cual era una idea constante.

El tiempo sana; no borra los acontecimientos, pero permite que las heridas abiertas se cierren lentamente.

Aquel fatídico Día de Acción de Gracias fue en 2011, y me ha llevado algunos años darme cuenta de cuánto me ayudaron mis hermanos y hermanas de la Iglesia. Sentí como si me recogieran del campo de batalla tras haber sido gravemente herida. Se me atendió hasta que recobré la salud y se me cuidó hasta que pude sostenerme por mis propios medios.

He recibido innumerables bendiciones en mi camino de diversas maneras. Mi testimonio ha crecido tremendamente. Ahora sé lo que se siente que nuestro Salvador te lleve en Sus brazos amorosos.

Así que, en respuesta a la pregunta de mi amiga: “¿De qué modo te ayudó la Iglesia durante esa prueba de fuego?”, yo digo: “No me ayudaron. Me salvaron”.

Cómo sanan los deudos

woman kneeling at bed

Cuando alguien decide poner fin a su dolor mediante el suicidio, comienza un proceso de duelo complicado y singularmente doloroso para los seres queridos que quedan (a quienes en general se hace referencia como deudos o dolientes). Los sentimientos de confusión, culpa, abandono, rechazo e ira se intensifican. Hay preguntas sin responder como: ¿Por qué?, qué cosas no supe ver?, por qué no recibí inspiración al respecto?, de qué modo influirá esto en su galardón eterno?, etcétera, que pueden ocasionar confusión, así como la idea de que quizás los dolientes hayan sido de algún modo responsables de la muerte de su ser querido.

Existe la tendencia en los deudos a apartarse de los demás al avergonzarse por temor a que se los culpe, juzgue o estigmatice. Los deudos también podrían tener reacciones postraumáticas, en especial en el caso de los que han hallado el cuerpo. Los dolientes, en su pesar, incluso pueden llegar a abrigar pensamientos suicidas.

A pesar de tales hondos pesares y angustias, nuestro Salvador “descendió debajo de todo” (véase D. y C. 88:6122:8) “a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos” (Alma 7:12) para que “[hallemos] gracia para el oportuno socorro” (véase Hebreos 4:16).

Para quienes atraviesan el duelo:

  • No culpe a otras personas; en especial, no se culpe a sí mismo.
  • Cuídese en el aspecto espiritual: Confíe en el don del albedrío, acepte lo imprevisible (véase 1 Nefi 9:6), y confíe en el poder del Señor de sanar y dar paz (véase Filipenses 4:7).
  • Cuídese en el aspecto físico: Observe una rutina de buena alimentación, descanso y ejercicio.
  • Pida apoyo a aquellos en quienes usted confíe (los familiares, los amigos, el obispo) y permita que los demás lo ayuden a atravesar esta crisis.
  • Participe en actividades saludables que ofrezcan distracción.
  • Hable con un terapeuta profesional y/o asista a algún grupo de ayuda para familiares de suicidas.
  • Sea paciente durante su proceso de sanación.

Para quienes cuidan a alguien que atraviesa el duelo:

  • Sea compasivo y no culpe ni juzgue. Entienda cómo el “Señor… [acomoda] sus misericordias” (D. y C. 46:15).
  • Tienda la mano a los deudos y pregúnteles cómo podría ayudarlos incluso con las tareas sencillas, o acompáñelos en las actividades.
  • Sea paciente, escuche y acepte los sentimientos que ellos compartan a su tiempo.
  • Evite las frases hechas y las falsas frases reconfortantes como: “Todo estará bien”, “Podría ser peor”, “Sé cómo te sientes”, “Te entiendo”, “Es la voluntad de Dios”, “El tiempo lo cura todo”, etcétera.
  • No intente contestar las preguntas pendientes de ellos.
  • No compare el pesar de ellos con el suyo, aunque este se relacione con un suicidio.
  • Hábleles sobre su ser querido de un modo similar al que lo haría sobre alguien que haya fallecido de otra manera.
  • Tranquilice a los niños afectados al asegurarles que ellos no tienen la culpa.
  • Ofrezca ayudarlos a buscar más fuentes de ayuda para sobrellevar el duelo (psicoterapia, grupos de apoyo, etc.).
Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

Cómo vencer el peligro de la duda

Liahona, Septiembre 2017

Cómo vencer el peligro de la duda

Por el élder Hugo Montoya
De los Setenta

Incluso árboles enormes pueden sucumbir ante hongos que no se ven. Sucede lo mismo con la fe: Si dejamos que la duda crezca, esta puede pudrir nuestras raíces espirituales hasta que caigamos.

tree in yellow field

Durante Su ministerio terrenal, el Salvador fue tentado por Satanás.

“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

“Y se le acercó el tentador y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2–3; cursiva agregada).

El adversario tentó al Salvador poniendo en duda Su divinidad. Él utilizó una frase condicional: “Si eres el Hijo de Dios…”.

Pero, haciendo uso de la fortaleza que proviene del conocimiento de las Escrituras, el Señor rechazó la tentación. “Escrito está”, dijo. “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).

Esta conversación entre Jesucristo y Satanás nos da una idea clara del modo en el que el adversario nos tienta poniendo dudas insidiosas en nuestra mente y nuestro corazón.

Una invasión oculta

En Sonora, México, donde crecí, hay grandes árboles llamados laureles de la India. Tienen una altura de cerca de 30 metros., con enormes troncos y una frondosa estructura ramal y foliar. Hace poco, muchos de esos árboles fueron atacados por una enfermedad llamada pudrición texana de las raíces. Los efectos del ataque de este hongo tardan años en ser visibles. Sin embargo, el hongo va pudriendo poco a poco las raíces de esos hermosos árboles, los cuales comienzan a morir. Las hojas se vuelven amarillas y caen. Luego el tronco y las ramas se secan, y los árboles se deben talar.

Tal como ese hongo se introduce en los árboles, las dudas pueden invadir nuestros pensamientos. Si las dejamos crecer, con el tiempo pueden afectar nuestras raíces y pudrir nuestro fundamento.

Los supuestos amigos pueden provocar dudas cuando hacen preguntas hirientes. Los sitios de internet pueden generar dudas al difundir información sacada de contexto, pero las dudas se intensifican especialmente cuando nosotros, al sentirnos abandonados o abrumados, cuestionamos nuestras propias cargas. Las quejas del hombre natural —tales como “¿Por qué a mí, Señor?” o “Si soy Tu siervo, ¿por qué permites que…?”— pueden llegar a nuestros oídos como susurros del padre de las mentiras. Su propósito es siniestro: debilitar nuestra certeza de que somos hijos de Dios.

Para contrarrestar esa duda, debemos recordar la perfección del plan de nuestro Padre. En lugar de obcecarnos en cuestiones negativas, debemos pedir fortaleza tal como hizo José Smith: “Acuérdate de tus santos que sufren, oh Dios nuestro, y tus siervos se regocijarán en tu nombre para siempre” (D. y C. 121:6). También debemos confiar en que el Señor nos librará (véase 1 Corintios 10:13).

Asaltados a punta de pistola

Recuerdo una experiencia personal que me ayudó a sustituir la duda por la esperanza. Por aquel entonces yo servía como presidente de estaca. Mis hijos eran pequeños y mi esposa y yo éramos dueños de un negocio de tortillas; trabajábamos muchas horas.

Una de esas noches en que mi esposa y yo teníamos que hacer tortillas desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, tres jóvenes fueron a nuestra tienda. Estaban bajo los efectos de las drogas y dos de ellos llevaban pasamontañas y gabardinas largas, las cuales ocultaban sus armas. Nos amenazaron, nos metieron en la tienda y cerraron la puerta. Uno se quedó afuera haciendo guardia y gritando reiteradamente: “¡Mátenlos! ¡Mátenlos!”.

Otro me puso el cañón de su pistola en la sien y me obligó a tumbarme, y el tercero encañonó a mi esposa en el pecho. Oré para que mis hijos no quedasen huérfanos, y que el Señor nos protegiera. Al final, los ladrones nos encerraron en el baño y desaparecieron, huyendo en mi camioneta.

Nosotros escapamos y pedimos ayuda. Acudió la policía, así como mi hermano. En cuanto pudimos, llevamos a mi esposa a casa y mi hermano y yo fuimos a buscar mi camioneta sin éxito. Regresé a casa muy triste, a las cinco de la mañana.

¿Dónde estaba mi familia?

Para mi sorpresa, mi esposa y mis hijos no estaban allí. Un vecino me explicó que a mi hija de cuatro años le había comenzado a doler el estómago y la habían llevado de urgencia al hospital. Sabía que necesitaríamos desesperadamente dinero para sus cuidados, por lo que sentí que no tenía más remedio que volver a la tortillería y completar los pedidos del día. Dado que mi esposa y yo éramos los únicos empleados, estaba solo, corriendo como un loco, amasando, poniendo la masa en la tolva, ajustando el tamaño, corriendo de un lado a otro para acabar las tortillas y atender a los clientes.

Para entonces ya eran las ocho de la mañana, y comencé a reflexionar en los acontecimientos de la noche. Por mi mente pasó la duda: “Si tú eres el presidente de estaca; ¿por qué te pasa esto a ti?”.

Todo menos las tortillas

Deseché ese pernicioso pensamiento y oré para pedir fortaleza. Entonces escuché una voz detrás de mí: “Presidente”. Era mi obispo y un hermano de mi barrio: mis maestros orientadores.

El obispo dijo: “No sabemos hacer tortillas, así que no podemos ayudar aquí. Pero no se preocupe por su camioneta, ni por su esposa ni por su hija enferma y sus otros hijos. Quédese aquí y nosotros ayudaremos con lo demás”. Los ojos se me llenaron de lágrimas de gratitud.

Ellos se hicieron cargo de todo menos de las tortillas. Aquella tarde, cuando regresé a casa, la encontré limpia y ordenada, mis camisas planchadas y comida preparada para mí. No había nadie en casa, pero sabía que la Sociedad de Socorro había estado allí. La policía había encontrado mi camioneta, y una persona de mi barrio había pagado para recuperarla.

Rápidamente fui a ver a mi esposa y a mi hija. El obispo había estado allí y le había dado a mi hija una bendición. Tenía apendicitis, pero todo estaba bajo control.

Al hablar con mi esposa, sentimos la impresión de que el obispo no había utilizado las ofrendas de ayuno ni productos del almacén del obispo para ayudarnos. En lugar de eso, él había utilizado los recursos y la piedad de los miembros de nuestro barrio.

Unos días después, mientras mi hija se recuperaba y mi esposa me ayudaba en la tortillería, llegaron tres mujeres. Eran las madres de los jóvenes ladrones y habían ido para pedir disculpas. Nos explicaron que la policía había detenido a sus hijos. Más tarde esas madres llevaron prácticamente a rastras a sus hijos a la tienda para que nos pidieran perdón, y nosotros los perdonamos.

Ellos no dudaron

tree trunk

Las raíces espirituales de mi árbol familiar han sido fortalecidas por seis generaciones gracias a la inquebrantable fe de mi bisabuelo.

Otro ejemplo de mi historia familiar me recuerda que no dude. En 1913, en México, el élder Ernest Young y sus compañeros predicaron el Evangelio a mi tatarabuela, María de Jesús Monroy, una viuda; a sus tres hijas, Natalia, Jovita y Guadalupe; y a su único hijo, Rafael —mi bisabuelo—. Se bautizaron el día 10 de junio y, dos meses después, los ciudadanos estadounidenses salieron del país por causa de la Revolución Mexicana.

El 29 de agosto de 1913, el día en que el presidente Rey L. Pratt y todos los misioneros estadounidenses habían de salir, Rafael Monroy —un converso de treinta y cuatro años bautizado dos meses antes— fue a la casa de la misión para expresar su preocupación. “¿Qué va a ser de nosotros?”, preguntó. “No hay una rama organizada en San Marcos, y no tenemos el sacerdocio”. Al escuchar las inquietudes de Rafael, el presidente Pratt le pidió que tomara asiento y puso las manos sobre su cabeza, le confirió el Sacerdocio de Melquisedec, lo ordenó al oficio de élder y lo apartó como presidente de la Rama San Marcos.

Rafael, que entendía que su convenio bautismal era sagrado y eterno, también entendía que debía compartir el Evangelio. Durante veintitrés meses, su consejero, Vicente Morales, y él ayudaron en la conversión y el bautismo de más de cincuenta personas, y predicaron a muchos más.

Entonces, el 17 de julio de 1915, la revolución llegó a San Marcos. Los soldados revolucionarios acusaron a Rafael y a Vicente de pertenecer y apoyar al ejército enemigo, esconder armas y ser miembros de una religión extraña. Los tomaron prisioneros, los torturaron y los colgaron hasta que se desmayaron. Entonces los soldados les dieron una última oportunidad para salvar sus vidas. Les perdonarían la vida si renunciaban a su religión. Rafael respondió: “No puedo hacerlo, porque sé que lo que he recibido es verdad”.

Rafael y Vicente no dudaron; fueron consecuentes con su conocimiento y su testimonio. Al final del día fueron ejecutados por el Ejército Libertador del Sur, dando sus vidas por aquello que creían1.

Sigue siendo verdad hoy

No dudemos de que esta obra es verdadera. Cada vez que seamos probados con dudas, meditemos en nuestras experiencias espirituales. El hacerlo nos ayudará a disipar esas dudas. Esto es particularmente cierto para quienes han regresado de prestar servicio como misioneros de tiempo completo y luego permiten que las dudas vayan haciendo mella; para los que son miembros hace mucho tiempo y se han cansado de perseverar; y para los nuevos conversos que al principio sintieron un gran gozo pero no han nutrido su fe.

Si ese es su caso, me gustaría decir: Si el Evangelio era verdadero cuando enviaron su solicitud para servir una misión (¡y lo era!), si era verdadero cuando fueron al templo (¡y lo era!), si era verdadero cuando se convirtieron y fueron bautizados (¡y lo era!), si era verdadero cuando fueron sellados (¡y lo era!)… ¡entonces es igualmente verdadero hoy en día!

Jesús nos mostró con Su ejemplo que podemos recibir fortaleza por medio de las Escrituras. José Smith nos enseñó que pedir en oración proporcionará alivio. Aquellos que han dado su vida, sin dudar en nada, han mostrado que, aun cuando afrontemos la muerte, tenemos esperanza.

No hemos de sucumbir a la desesperación, porque las pruebas y las tentaciones son temporales. Podemos hallar esperanza en las palabras del Salvador: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:36).

Nota

1. Véase Rey L. Pratt, en Conference Report, abril de 1920, págs. 90–93.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

El buen Servicio Diario

Liahona Julio 1963

El buen Servicio Diario

Por el presidente David O. McKay

Elogiando a los muchachos que observan las buenas normas de conducta, Sir Robert Baden-Powell, el padre del escultismo mundial, escribió:

«. . . Siendo que no basta simplemente que os defendáis contra los malos hábitos, debéis ser también activos en hacer bien las cosas. Con esto quiero decir que debéis convertiros en algo útil, realizando pequeños actos de bondad hacia otras personas — sean amigos o extraños. Esto no es difícil. La mejor manera de llevarlo a cabo consiste en decidirse a hacer por lo menos un ‘buen servicio’ a alguien cada día, y pronto habréis adoptado el hábito de hacer buenos servicios conti­nuamente.

‘‘No importa cuán pequeño este ‘buen servicio’ pueda ser — aunque sólo se trate de ayudar a una anciana a cruzar la calle o decir una palabra cariñosa a alguien que nadie quiere. Lo principal es hacer algo. . . Debéis comenzar este mismo día y si queréis escribirme para hacerme saber cuál ha sido vuestro primer ‘buen servicio’, será para mí una gran satisfacción.”

Se cree que ésta ha sido la primera mención del “buen servicio diario” en el programa del escultismo; y la transcrip­ción proviene de una caita que el gran líder escribió desde Sud África a los jóvenes en Londres.

En el año de 1924, mi esposa y yo tuvimos la oportunidad de asistir a la primera conferencia de la Misión Armenia, en Siria. La experiencia del Salvador con la mujer de Samaría junto al Pozo de Jacob, siempre fue una de mis referencias favoritas, y en aquella ocasión yo esperaba que el conductor del automóvil en que viajábamos, pararía en el pueblo de Sicar y que entonces tendríamos el privilegio de visitar aquel histórico lugar. Sin embargo, el hombre nos dijo que no habría tiempo para hacer tal escala.

Por más extraño que pueda parecer, justa­mente al entrar al pueblo de Sicar reventó unas- de las gomas del automóvil. El conductor parecía muy contrariado, pero yo consideré la circuns­tancia casi providencial. Inmediatamente la hermana McKay y yo aprovechamos la oportuni­dad de visitar el Pozo de Jacob.

Cerca del mismo encontramos a un joven nativo que parecía ser el único que podía en­tender el idioma inglés y quien nos dijo que se sentiría muy halagado de ser nuestro guía. Entonces disfrutamos, a continuación, de unos 45 minutos de interesante visita y exploración, cosa que habíamos estado saboreando de ante­mano.

Al regresar al lugar donde se encontraba nuestro automóvil para continuar nuestro viaje, ofrecí al joven una propina; en verdad yo había pensado que su consideración obedecía a la esperanza de recibir alguna recompensa. Pero cual no fue mi sorpresa cuando el mucha­cho, irguiéndose, me dijo: “No, muchas gracias; ha sido un placer señales — yo soy un Boy Scout.”

¡Pensemos en el significado y alcance de tener en todo el mundo a estos muchachos adiestrados para pensar en los demás! ¡Meditemos en el principio sobre el cual esta conducta se basa! “. . . De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40.)

La primera parte del juramento del escultismo, reza: “Por mi honor prometo hacer lo mejor por servir a Dios. . . Algunas veces los jóvenes suelen sentirse descorazonados. Con frecuencia sollozan en silencio porque sienten que sus com­pañeros se alejan de ellos. Es entonces cuando debemos recomendarles que se dirijan a nuestro Padre Celestial en oración.

El mundo sería mucho mejor si todos los jóvenes, padres y también los hombres de negocio siguieran el ejemplo del hombre a quien he de referirme, el cual era superintendente de una fábrica.

Cierto director influyente, llegando cierta mañana temprano a la oficina ele nuestro hombre, dijo a su secretaría: “Quiero ver al superintendente.”

“Lo siento,” respondió ella, “pero él está teniendo una conferencia y pidió no ser perturbado.”

“¿Cómo puede estar en conferencia si no hay nadie en la oficina, salvo él mismo? Es muy importante que le vea inmediatamente.”

“Si usted desea,” respondió la secretaría, “puede vol­ver en quince minutos o dejarle un mensaje; yo le haré saber que usted estuvo aquí, apenas él se desocupe. Pero por el momento no puede ser perturbado.”

El airado director, haciendo a un lado a la secretaría, abrió impulsivamente la puerta de la oficina privada del superintendente. Luego de un ligero vistazo, tan rápidamente como había entrado, volvió a salir y con sem­blante asombrado dijo a la secretaria: “Pero. . . él está allí arrodillado.” Con sencillez, la secretaria le respondió: “Sí, tal como le dije, está teniendo una conferencia.”

“Lo siento, lo siento,” balbuceó el director, “no sabía yo que él era de esta clase de hombre. En efecto, está hablando con alguien mucho más importante que yo. Y habiendo dicho esto, se retiró,

Dios nos bendiga a todos con estas virtudes e ideales, que son parte fundamental del evangelio de Jesucristo.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Liahona Julio 1963

El Juramento y Convenio del Sacerdocio

Por Marion G. Romney
Del Consejo de los Doc
(Tomado de The Improvement Era)

El presente artículo ha sido tomado de un discurso que el élder Marión G. Romney pronunció en oportunidad de la Con­ferencia General celebrada en abril de 1962, “Liahona” se com­place en publicarlo con motivo de haberse cumplido en junio el mes aniversario de la restauración del Sacerdocio de Melquisedec. (N. del Editor,)

Al meditar acerca de la solemne oportunidad en que José Smith y otros cinco hermanos se reunieron en el hogar de Pedro Whítmer para organizar la Iglesia, no puedo dejar de reconocer la transcendencia del hecho sucedido unos diez meses antes de aquel seis de abril de 1830, cuando José y Oliverio recibieron de Pedro, Santiago y Juan el poder por el cual quedaban autori­zados para iniciar la restauración. Ese poder fue el Sacerdocio de Melquisedec — el poder más grande que haya venido a la tierra en cualquier dispensación,-y que superará y controlará todos los demás poderes des­cubiertos y aún por descubrir por el hombre.

En relación con esta declaración, os aseguro, madres y novias, que cuando recibáis la exaltación por la cual todo verdadero Santo de los Últimos Días honestamente lucha, estaréis de la mano de un poseedor del Sacer­docio de Melquisedec que haya magnificado ese llamamiento. Por consiguiente, todo lo que podáis hacer para alentar en vuestros seres amados el deseo de magnificar su sacerdocio, os será infinitamente recom­pensado.

Tradicionalmente, el pueblo de Dios ha sido conocido como uno de alianza. El evangelio mismo es un nuevo y sempiterno convenio. La posteridad de Abrahán, Isaac y Jacob constituye una raza de alianza. Entramos a la Iglesia por convenio, el cual es establecido por medio del bautismo. El nuevo y sempiterno convenio del matrimonio eterno es la puerta que conduce a la exalta­ción en el reino celestial. Los hombres dignos reciben el Sacerdocio de Melquisedec como un convenio por medio de un juramento.

Un convenio o alianza es un acuerdo establecido entre dos o más partes. Un juramento es un voto de atestación en cuanto a la inviolabilidad de las prome­sas comprendidas en un convenio, En el convenio del sacerdocio, las partes contratantes son el Padre Celes­tial y el recibidor del poder o autoridad de aquel sacerdocio, Cada una de estas partes se hace cargo de ciertas obligaciones específicas, EL recibidor se compromete a magnificar su llamamiento en el sacer­docio. El Padre, por juramento y convenio, promete al recibidor que sí magnífica su sacerdocio será santificado por el Espíritu para la renovación de su cuerpo; (véase Doc. y Con. 84:33), a fin de que llegue a ser miembro de “. . . la Iglesia y el reino, y elegido de Dios,” (Ibid 84:34) y recibir “el reino del Padre [y] por tanto,” dice el Salvador, “todo lo que mi Padre tiene le será dado.” (Ibid84:38.)

De éstos — es decir, de los que reciben el Sacerdocio y lo magnifican — se ha dicho:

Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas
Son sacerdotes y reyes, quienes han recibido de su plenitud y de su gloria,
Y son sacerdotes del Altísimo} según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Hijo Unigénito.
De modo que, como está escrito, ellos son dioses, aun los hijos de Dios(Ibid., 76:55-58.)…

El Padre ha prometida estas transcendentes bendi­ciones al recibidor del Sacerdocio de Melquisedec por medio de un juramento y convenio “que no se puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.” (Ibid 84:40.) Estas bendiciones, como podemos comprender, no se reciben por la simple ordenación. La ordenación al sacerdocio es un requisito previo a la recepción de estas bendiciones, pero en sí no las garantiza. Para que un hombre pueda obtenerlas, debe primeramente cum­plir con fidelidad cada una de las obligaciones per­tinentes al propio sacerdocio — es decir, tiene que magnificar su llamamiento.

Más, ¿qué significa magnificar nuestro llamamiento?

En/oportunidad de haber sido revelado el “juramento y convenio”, el Señor, hablando a los poseedores del sacerdocio que se habían congregado, dijo: “. . . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio que habéis redhibo! El cual ahora os confirmo, por mí propia voz desde los cielos, a vosotros los que estáis presentes en este día; y aun a las huestes celestiales y a mis ángeles he mandado que os cuiden,” (Ibid, 84:42.) ¿No es acaso impresionante pensar que el Señor ha dis­puesto que Sus ángeles y huestes celestiales tengan incumbencia en las actividades de aquellos que reciben el sacerdocio?

En la misma ocasión, dirigiéndose especialmente a los élderes, continuó: “Y ahora os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.

«Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.” (Ibid., 84:43-44,) Es cuando con esto cumple que el poseedor del sacerdocio puede recibir las bendiciones y recompensas ofrecidas por el Padre Celes­tial en “el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.”

El estado de aquellos que descuidan o faltan a sus obligaciones en el sacerdocio, es definido en esta forma por el Señor: “. . . El que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare toralmente, no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo ni en el venidero.” (Ibid., 84:41.)

Considerando tal penalidad por la violación del convenio, uno debe meditar bien antes de aceptar las obligaciones del mismo; sin embargo, no debemos dejar de considerar las palabras previas del Señor: “. .  . ¡Ay de todos aquellos que no aceptan este sacerdocio. . . !” (Ibid., 84:42; cursiva agregada.)

Tal es la seria importancia del “juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio,” Podemos encontrar una interesante explicación al respecto en la sección 84 de las Doctrinas y Convenios, comenzando con el versículo 33.

A juzgar por este revelación, es aparente que para que un hombre pueda progresar cabalmente hacia la vida eterna, propósito para el cual la mortalidad ha sido dispuesta, consiste en obtener y magnificar el Sacerdocio de Melquisedec. Siendo nuestro propósito “. . .la vida eterna,… el máximo de todos los dones de Dios” (Ibid. 14:7), es de incalculable importancia que comprendamos lo que la magnificación de nuestros llamamientos en el sacerdocio requiere de nosotros:

1.- Que obtengamos un conocimiento del evangelio.
2.- Que vivamos en armonía con las normas del evan­gelio.
3.- Que sirvamos con dedicación.

En cuanto a la importancia de un conocimiento del evangelio, el profeta José Smith dijo que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia.” (Ibid., 131:6.) Que al decir esto él tenía en mente la ignorancia en cuanto a las verdades del evangelio, se desprende a raíz de otra ocasión en la que dijo: “El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiere conocimiento, porque si no obtiene conocimiento, algún poder maligno lo dominará en el otro mundo; porque los espíritus malos tendrán más conocimiento, y por consiguiente, más poder que muchos de los hombres que se hallan en el mundo. De modo que se precisa la revelación para que nos ayude y nos dé conocimiento de las cosas de Dios”. (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 264.)

No existe otro conocimiento que no sea el de las cosas de Dios, que pueda salvarnos. En los primeros días de la Iglesia en esta dispensación, el Señor declaró a los hermanos: “. . . Debéis crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad.” (Doc. y Con. 50:40.)

En la revelación dada al presidente Brigham Young en Winter Quarters, en enero de 1847, el Señor dijo: “Aprenda sabiduría el ignorante, humillándose y supli­cando al señor su Dios, a fin de que sean abiertos sus ojos para que vea, y sean destapados sus oídos para que oiga.

“Porque se envía mi Espíritu al mundo para iluminar a los humildes y a los contritos, v para condenar a los impíos,” (Ibid., 136:32-33.)

Catorce años antes el Todopoderoso había aconse­jado a los hermanos: “. . . Os doy el mandamiento de perseverar en la oración y el ayuno, desde ahora en adelante.

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.
“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os atenderá, para que seáis más perfectamente instruidos, en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os es conveniente comprender;… (Ibid., 88:76-78.)

Una de las mejores maneras de aprender el evan­gelio consiste en escudriñar las Escrituras. Nuestro propósito en exhortar a los poseedores del sacerdocio a que lean el Libro de Mormón, ha sido para que quedan aprender más acerca del evangelio. No podemos estudiar honestamente el Libro de Mormón sin aprender las verdades del plan de Dios, puesto que contiene.  . . la plenitud del evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos;. . .” (Ibid., 20:9). Tan impresio­nado quedó el profeta José Smith con esta revelación, que algo después dijo a los hermanos del sacerdocio que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234.)

Pero aprender el evangelio leyendo libros, no es suficiente. A fin de que podamos magnificar nuestro llamamiento en el sacerdocio, debemos vivir el evan­gelio. En realidad, el obtener un conocimiento del evangelio es un proceso gradual. Aprendemos un poco, y entonces obedecemos lo que aprendemos; apren­demos algo más, y obedecemos esto; y eventualmente, la proyección de este ciclo va constituyendo el progreso eterno.

Juan el Amado nos dice que este fue el modo en que Jesús llegó a la plenitud:

Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, más recibía gracia por gracia;

Y no recibió de la plenitud al principio, más progresó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud. (Doc. y Con. 93:12-13.)

Jesús prescribió el mismo proceso con las siguientes palabras: “. . . Si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud, y seréis glorificados en mí, como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia por gracia.” (Ibid., 93:20.)

Algo más adelante, en la misma Escritura leemos: “Y ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde sus mandamientos.
“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas.” (Ibid., 93:27-28.)

Al leer estas cosas, ¡cómo no ha de llenarse nuestro corazón de gozo!

Jesús declaró que los mandamientos que debemos guardar están contenidos en las Escrituras; y agregó: “Si me amas, me servirás, y guardarás todos mis man­damientos.” (Ibid., 42:29.) Y también, “. . . A quien guardare mis mandamientos, revelaré los misterios de mi reino, y serán en él un manantial de aguas vivas, brotando a vida eterna.” (Ibid., 63:23.)

Muchos de los mandamientos relacionados con nuestra conducta personal, se encuentran en la Sección 42 de las Doctrinas y Convenios, la cual, según el Profeta lo especificó, “contiene la ley de la Iglesia.” Todo poseedor del sacerdocio debe estar familiarizado con esta revelación, como así también con las Secciones 59 y 88 — de esta última, particularmente los versículos 117 a 126. En verdad, un poseedor del sacerdocio que seriamente intente magnificar su llamamiento para merecer las bendiciones del “convenio que pertenece al sacerdocio”, debe estar al corriente de todas las instrucciones dadas para guiarnos en nuestra conducta personal — tanto las que están registradas en las Es­crituras como las que son dadas eventualmente por medio de los profetas vivientes. Difícilmente podemos “estar firmes contra las asechanzas del diablo,” vis­tiéndonos con “la armadura de Dios” (Véase Efesios 6:11), a menos que sepamos qué es esta armadura.

No obstante, los mandamientos no se aplican sola­mente a la conducta personal del individuo. Los mismos colocan sobre todo poseedor del sacerdocio la esti­mulante responsabilidad de rendir servicio — el servicio de predicar el evangelio restaurado, con todas las ben­diciones del sacerdocio — a los pueblos de la tierra; el servicio de consolar, fortalecer y perfeccionar las vidas de sus semejantes y todos los Santos de Dios.

De cierto os digo, los hombres deberían estar an­helosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad, y efectuando mucha Justicia;
Porque el poder está en ellos. . . . (Doc. y Con. 58:27-28.)

Es de esta manera que magnificaremos nuestros llamamientos, y obtendremos las recompensas prome­tidas por el Señor en el juramento y convenio que pertenecen al sacerdocio.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Escudriñad las Escrituras

Liahona Julio 1963

Escudriñad las Escrituras

Por Belle S. Spafford
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Discurso pronunciado por la hermana Spafford en la Sesión General de la Conferencia Anual de la Sociedad de Socorro, realizada en el Tabernáculo de la Manzana del Templo el 3 de octubre de 1962. (N. del Editor)

Durante las diferentes sesiones de estas confe­rencias, como así también en casi todas las re­uniones de la Iglesia, frecuentemente se hace referencia a la palabra del Señor, tal como se encuentra registrada en las Sagradas Escrituras. La Iglesia tiene cuatro vo­lúmenes de Escrituras, considerados como “Libros Canónicos”:

(1) La Biblia, conteniendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, traducida de los idiomas originales.

(2) El Libro de Mormón, el cual es un compendio de los anales de pueblos que antiguamente vivieron en el continente americano. Este libro, de acuerdo a su prefacio, intenta “mostrar al resto de la casa de Israel cuán grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres… y también para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios” Este volumen de Escrituras tiene un lugar de privilegio al lado de la Biblia, como una guía espiritual para la humanidad. El profeta Ezequiel declaró una significativa profecía con relación a ambos compendios, los cuales habrían de ser uno en las manos del Señor en los últimos días:

Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus com­pañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tus manos. (Ezequiel 37:15-17.)

(3) Otro tomo es el de las Doctrinas y Convenios, que contiene las revelaciones dadas al profeta José Smith, con algunos agregados de sus sucesores en la Presidencia de la Iglesia.

(4)  Un cuarto volumen, el de la Perla de Gran Precio, contiene las visiones de Moisés, tal como fueron reveladas a José Smith, y la traducción de algunos regis­tros antiguos — los escritos de Abrahán durante su per­manencia en Egipto — que llegaron a las manos del Profeta.

Sin embargo, éstas no son las únicas Escrituras. No todas las Escrituras son encontradas en los libros canónicos. Nosotros creemos en la revelación continua y que aquellas enseñanzas que recibimos de nuestros Profetas modernos,

. . . cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para la salvación. (Doc. y Con. 68:4.)

¿Cuán frecuentemente meditamos, como individuos, sobre la importancia y significado que estas Sagradas Escrituras tienen en nuestras vidas? Muchas veces pienso cómo seríamos si estos volúmenes estuvieran sellados. La pérdida de bendiciones sería incalculable.

El Señor hizo notar a Nefi lo que significaba poseer los sagrados registros de los judíos que estaban en manos de Labán. Cuando habiéndosele indicado a Lehi y su familia que debían procurar estos anales y Lamán trató de obtenerlos, Labán se enfadó sobremanera ex­pulsándolo de su presencia. Entonces, por expreso man­damiento del Señor, Nefi intentó conseguir los anales. A fin de que pudiera lograrlo, el Señor puso a Labán en manos de Nefi, indicando a éste que era necesario que le matara para evitar que Sus propósitos fracasaran. Nefi jamás había, hasta entonces, derramado sangre humana y por tanto se estremeció. Entonces el Espíritu del Señor le dijo:

. . Vale más que muera un hombre, que dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad, (1 Nefi 4:13.)

Nefi recordó entonces las palabras que el Señor le había dicho estando en el desierto:

,. . En tanto que tus descendientes guarden mis man­damientos, prosperarán en la tierra de promisión. Sí, y también consideré que no podrían guardar los man­damientos del Señor según la ley de Moisés, a menos que la tuvieran,

Y además, sabía que esta ley se hallaba grabada sobre las planchas de bronce. (Ibid., 4:14-16.)

Por consiguiente, Nefi obedeció la voz del Espíritu y obtuvo los anales para su pueblo.

No todas las personas han tenido la fortuna de poseer copias de las Escrituras para su uso individual. Hubo un tiempo en que la gente tenía que depender de las enseñanzas provenientes de sus escribas y sacerdotes. En la actualidad, somos abundantemente bendecidos de poder, sí queremos, poseer estos valiosos volúmenes que contienen la voluntad de Dios para Sus hijos, el divino plan de la vida eterna, el evangelio de Jesucristo — que es poder de Dios para salvación. Pode­mos disponer de ellos en nuestros hogares y leer las enseñanzas y mandamientos del Señor, estudiarlos y aplicarlos en nuestra propias vidas y circunstancias. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

“No temáis”

Liahona, Octubre 2002

“No temáis”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cuando pensamos en el profeta José Smith, nos damos cuenta de que fue un hombre que poseía muchos atributos extraordinarios. Ciertamente, el valor era uno de esos atributos. Aun a la tierna edad de siete años, no permitió que el temor influyera en sus decisiones. Contrajo un tifus que degeneró en una llaga supurante que se le alojó en la pierna izquierda. Para salvarle la pierna, los médicos realizaron una incisión profunda y le extirparon varios fragmentos del hueso afectado. Por aquel entonces no había anestesia, pero ya despuntaban los brotes de la grandeza mientras el joven José soportaba esa dolorosísima operación, con tan sólo el consuelo que recibía mientras su padre lo sostenía entre sus brazos.

Miedo Al Dolor

Puedo entender la experiencia del profeta José porque me sucedió algo parecido. Cuando era niño, me gustaba mucho caminar por los campos y los prados, y nadar en los arroyos y en los estanques. Mi padre me enseñó a cazar y a pescar. Un verano, mi familia se fue de excursión a Wanship, Utah. Acampamos en unas tiendas entre los árboles que crecían en las orillas del río. Nos acompañaban otras familias, amigos de nuestros padres, las que acamparon cerca de nosotros. Una tarde, unos de mis jóvenes amigos y yo nos fuimos a cazar alimañas, a las que se consideraba una plaga, pues se comían los brotes que servían de pasto para las ovejas. Teníamos rifles del calibre 22 y yo recibí un disparo accidental en la pierna, por encima de la rodilla, casi a bocajarro. Cuando la bala me atravesó la pierna, sentí como si un atizador al rojo vivo me atravesara la carne. A continuación sentí la sangre cálida manar del agujero en la pierna, por donde había pasado la bala. Llamé a mi padre para mostrarle lo sucedido, y tanto él como otros hombres me administraron los primeros auxilios para detener la hemorragia, y luego me metieron en nuestro auto para llevarme al médico más cercano, que estaba en Coalville.

Luego de depositarme sobre la mesa de operaciones y examinar la herida con detenimiento, el médico decidió que lo primero que debía hacer era esterilizar el agujero que la bala había causado en la pierna. Cuando vi cómo iba a hacerlo, tuve miedo de dos cosas: tuve miedo del dolor y también de echarme a llorar. No quería llorar porque deseaba que mi padre supiera que ya no era un niño. En mi corazón, ofrecí una oración para que mi Padre Celestial me ayudara a no llorar, sin importar lo mucho que me doliera aquello.

El médico tomó una varilla como las que se usan para limpiar los cañones de las armas. En el extremo de la varilla había un hueco al que sujetó una gasa que impregnó de solución esterilizante. Entonces tomó la varilla y la pasó por el agujero de la pierna. Cuando salió del otro extremo, cambió la gasa, puso más antiséptico y la extrajo nuevamente por el agujero, operación que repitió tres o cuatro veces más. Dolía bastante, especialmente cuando pasaba cerca del hueso, pero mi padre me tomó de la mano y yo apretaba los dientes y cerraba los ojos, mientras intentaba mantenerme inmóvil. Mi Padre Celestial había escuchado mi callada oración, pues parecía no dolerme tanto como yo me había esperado, y no lloré. La herida sanó rápidamente y por completo; la pierna no volvió a molestarme jamás, ni siquiera cuando hacía deporte en la secundaria y en la universidad. Desde entonces he desarrollado cierta empatía hacia el profeta José, pues sabía que también él había padecido una terrible herida en la pierna, que ésta se había curado y que más tarde se le describió como un hombre fuerte y sano.

El Temor No Tiene Por Qué Dominarnos

Aunque desde entonces he tenido problemas y dificultades en la vida, he intentado hacerles frente de la mejor manera posible, confiando más en la ayuda de nuestro Padre Celestial que en el consuelo de las lágrimas. Aprendí la lección que dice que, si no permitimos que la pena y el dolor nos paralicen con un estupor de inactividad, las cargas de la vida no parecen ser tan grandes. Como hijos de nuestro Padre Celestial, debemos aprender a ser felices, a confiar en Él y a no tener miedo.

Los Estados Unidos de América y muchos otros países han caído en un estado de temor a causa de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Esto no es nada nuevo en la historia del mundo. En la historia de los nefitas, el terror y el asesinato desempeñaban un papel fundamental en la estrategia de los ladrones de Gadiantón. El terror desencadenado en este nuevo milenio ha sido hábilmente ideado para asustarnos, pero el temor no tiene por qué dominarnos. La consiguiente amenaza del ántrax se contempla como un daño de carácter más psicológico, pues es menos obvio que el choque de un avión. Sin embargo, hacemos frente a riesgos mucho más comunes, como las infecciones bacteriológicas, que se suceden a diario. Tenemos una mayor disposición para aceptar riesgos con los que estamos familiarizados, como manejar un auto o incluso cruzar la calle.

Satanás es nuestro mayor enemigo y trabaja noche y día para destruirnos. Sin embargo, el temor al poder de Satanás no tiene por qué paralizarnos, puesto que no puede tener poder sobre nosotros a menos que se lo permitamos. En realidad él es un cobarde y si nos mantenemos firmes, se retirará.

En la obra clásica infantil El jardín secreto, la escritora Frances Hodgson Burnett relata la historia de una huérfana, Mary Lennox, que es llevada a la casa de su tío, donde conoce a su primo, Colin, que lleva una vida de reclusión. Aunque no le sucede nada malo, le paraliza el temor de convertirse en un jorobado si sigue viviendo y se ha convencido de que morirá pronto.

Mary Lennox es una niña solitaria que ha decidido no tener interés por nada. Un día, mientras camina por la hacienda de su tío, tropieza con la llave para entrar a un jardín circundado por un muro elevado. Una vez que entra en el jardín, tiene lugar una transformación. Al trabajar por devolver al jardín su esplendor pasado, ella experimenta un rejuvenecimiento de ánimo. Se persuade a Colin para que abandone su sombrío cuarto y vaya al jardín, y la autora escribe este comentario:

“Mientras Colin se encerraba en su cuarto y pensaba sólo en sus temores y debilidades, en cuánto detestaba a la gente que le miraba, y reflexionaba a cada hora en jorobas y en una muerte temprana, se convertía en un pequeño hipocondríaco histérico y medio loco que no sabía nada de la luz del sol ni de la primavera, y que tampoco sabía que podía curarse y ponerse de pie si tan sólo lo intentaba. Cuando los pensamientos nuevos y hermosos comenzaron a reemplazar a los espantosos anteriores, empezó a gozar de la vida, la sangre manó saludablemente por entre sus venas y la fortaleza se derramó sobre él como un diluvio… Pueden acontecerle cosas mucho más sorprendentes a cualquiera que, teniendo un pensamiento desagradable o desanimado, tenga la sensatez de recordar a tiempo el poder expulsarlo y sustituirlo por uno agradable y valeroso. No puede haber dos cosas en un mismo lugar.

“‘Donde se plantan rosas, querido amigo,
no crecen cardos’” 1 .

Nuestro Padre Celestial Nos Consolará

Recordemos que el Señor ha dicho: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” para el Padre. “Así que, no temáis” (Mateo 10:30–31). Él nos conoce, nos ama y conoce nuestras necesidades; nos consolará si tan sólo confiamos en Él, en Su bondad y sabiduría.

Hay muchas cosas que no podemos cambiar. Todos tenemos dificultades y padecemos decepciones, pero éstas se convierten con frecuencia en oportunidades. El Señor puede medir nuestra fortaleza según cómo resolvamos las dificultades que surjan en la vida. Él dijo al profeta José Smith: “…entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

En ocasiones el Señor permite que tengamos pruebas a fin de que nos transformemos en siervos productivos. En nuestro afán por tener éxito, a menudo no nos damos cuenta de que el Señor está intentando alejarnos del falso orgullo y de la vana ambición para poder instruirnos en el discipulado. Su ojo que todo lo ve está sobre nosotros y siempre nos observa, ya que Él es nuestro Padre Celestial Eterno. Cuando vengan las pruebas —y de seguro que todos tendremos pruebas durante nuestra vida terrenal— no nos hundamos en el abismo de la auto conmiseración, sino recordemos quién está al timón; recordemos que Él está ahí para guiarnos por entre las tormentas de la vida.

No Permitamos Que el Temor Influya En Nuestras Decisiones

Se cuenta la historia de un barco que pasaba por dificultades durante una fuerte tormenta cerca de las costas de Holanda:

“Partieron varios hombres en un bote de remos para rescatar a la tripulación de la barca pesquera. Las olas eran enormes y cada uno de esos hombres tenía que hacer un tremendo esfuerzo con los remos a fin de llegar hasta los desafortunados marineros en medio de la oscuridad de la noche y la furia de los elementos.

“Finalmente llegaron hasta ellos, pero resultó que el bote era demasiado pequeño para acomodar a todos los náufragos y, debido a que simplemente no había lugar para él, uno de los hombres tuvo que quedarse a bordo de la barca pesquera; de otro modo habría sido demasiado grande el riesgo de hundirse en el mar. Cuando los salvadores llegaron a la playa, había muchas personas esperando ansiosas con antorchas para alumbrar la negra noche. Los mismos hombres no podían regresar a buscar al náufrago, pues se encontraban exhaustos por haber luchado contra los vientos violentos, las olas y la lluvia arrolladora.

“Entonces, el capitán de guardacostas pidió voluntarios para hacer un segundo viaje; entre los que dieron un paso al frente sin vacilar había un joven de diecinueve años llamado Hans; éste, vestido con ropas impermeables, estaba allí acompañado por su madre, viendo las operaciones de rescate.

“Cuando el joven se adelantó, la madre, aterrada, le rogó: ‘Hans, te lo suplico, no vayas. Tu padre murió en el mar cuando tenías cuatro años y tu hermano mayor Pete lleva más de tres meses desaparecido. ¡Eres el único hijo que me queda!’

“Pero Hans le respondió: ‘Madre, siento que debo hacerlo. Es mi deber’. Su madre se echó a llorar y cuando Hans subió al bote, tomó los remos y desapareció en la noche; ella, inquieta, empezó a caminar de arriba para abajo en la playa.

“Tras una ardua lucha con aquella mar embravecida, una lucha que duró más de una hora (que para la afligida madre de Hans debe de haber sido como una eternidad), el bote apareció ante la vista. Cuando los rescatadores llegaron lo bastante cerca de la playa para escucharlo, el capitán de guardacostas hizo bocina con las manos y preguntó, gritando con todas sus fuerzas para hacerse oír a través de la tormenta: ‘¿Lo salvaron?’.

“La gente que iluminaba el mar con sus antorchas vio a Hans levantarse de su asiento de remero y gritar con todas sus fuerzas: ‘¡Sí! ¡Y dígale a mi madre que es mi hermano Pete!’” 2 .

En otra ocasión, en otro mar, los Apóstoles de la antigüedad estaban en una barca “azotada por las olas; porque el viento era contrario.

“Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

“Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.

“Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (Mateo 14:24–27).

No permitamos que el temor influya en nuestras decisiones y recordemos siempre ser de buen ánimo, depositar nuestra fe en Dios y vivir dignos de Su dirección. Cada uno de nosotros tiene derecho a recibir inspiración personal para guiarnos a lo largo de nuestro período de prueba aquí en la tierra. Ruego que vivamos así, para que nuestro corazón esté siempre receptivo en todo momento a los susurros y al consuelo del Espíritu.

Notas

1. The Secret Garden (1987), págs. 338–339.
2. Jacob de Jager, “¿A quién salvaremos?”, Liahona, febrero de 1977, pág. 24.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Cocodrilos espirituales

Liahona, Octubre 2002

Cocodrilos espirituales

por el presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Siempre he tenido interés en los animales y en los pájaros. Cuando aprendí a leer, buscaba libros sobre éstos y llegué a saber mucho en cuanto al tema. De adolescente podía nombrar a casi todos los animales africanos y podía distinguir un antílope de un impala, o una gacela de un ñu.

Siempre había querido ir a África y ver los animales de cerca y, por fin, un día se me presentó la oportunidad. A la hermana Packer y a mí se nos asignó viajar por Sudáfrica. Teníamos un horario muy agotador y habíamos dedicado ocho capillas en siete días.

El presidente de la misión fue poco explícito acerca del programa para el 10 de septiembre, que es el día de mi cumpleaños. Yo pensaba que regresaríamos a Johannesburgo, Sudáfrica, pero él tenía otros planes. “A algo de distancia hay un parque zoológico”, explicó; “he alquilado un auto y mañana, para festejar su cumpleaños, lo recorreremos para ver de cerca los animales africanos”.

Debo aclarar que en esos parques zoológicos de África la situación es diferente: allí las personas son quienes están en “jaulas”, y a los animales los dejan sueltos en completa libertad. Para ello, los visitantes llegan ya avanzada la tarde a unos refugios donde pasan la noche, protegidos por altas verjas. Después del amanecer se les permite salir en auto a recorrer el parque, pero está prohibido bajarse del vehículo.

La cena se retrasó un poco y, por lo tanto, hacía buen rato que había oscurecido cuando nos pusimos en camino para dirigirnos a nuestra aislada cabaña. Habíamos recorrido una distancia relativamente corta por la angosta senda, cuando el motor dejó de funcionar. Encontramos una linterna en el auto y me bajé por un momento para ver si podía darme cuenta de lo que tenía. Al bajarme, la luz de la linterna iluminó el suelo, ¡y lo primero que vi fueron las inconfundibles huellas de un león!

De vuelta en el auto, nos dimos por satisfechos con pasar la noche allí. Afortunadamente, fuimos rescatados por el conductor de un camión de combustible que había salido tarde del refugio porque había tenido un problema.

A la mañana siguiente nos llevaron de regreso al refugio. No teníamos automóvil y no podíamos disponer de otro sino hasta esa tarde. Nuestro día en el parque se había quedado en nada, y yo le dije adiós al sueño de toda mi vida.

Me puse a hablar con un joven guarda del parque y él se sorprendió mucho al ver que yo conocía y distinguía muchas de las aves africanas, y se ofreció a ayudarnos. “Estamos edificando un nuevo punto de observación cerca de una charca. Queda a unos 32 km del refugio”, dijo. “Aunque todavía no está terminado, es un lugar seguro. Les llevaré hasta allá con el almuerzo. Desde allí podrán ver muchos animales más que si hubieran recorrido el parque en auto”.

Mientras nos dirigíamos al lugar, se ofreció a mostrarnos algunos leones. Manejó por entre la maleza y rápidamente localizó un grupo de diecisiete leones dormidos y pasamos por entre ellos.

En el camino, nos detuvimos también en las cercanías de una charca para observar a los animales que iban a beber. Había habido una gran sequía y el agua escaseaba por todos lados; realmente lo único que se veía eran barrizales. Cuando los pesados elefantes caminaban sobre aquel fango, el agua se filtraba a través de la depresión que sus patas dejaban en el terreno, y allí bebían los animales.

Los antílopes, en particular, se ponían muy nerviosos al acercarse a los pequeños charcos; lo hacían cautelosamente y después, sin razón aparente, salían corriendo asustados sin haber bebido. Miré alrededor para ver si había algún león o tigre en las inmediaciones, pero no vi nada. Entonces le pregunté a nuestro guía por qué no bebían. Su respuesta encerró toda una lección para mí: “Los cocodrilos”.

Pensé que estaría bromeando, así que repetí la pregunta con seriedad. “¿Cuál es el problema?” “Los cocodrilos”, volvió a decirme.

“No puede ser”, le repliqué. “Cualquiera puede ver que no hay cocodrilos ahí”.

Pensé que estaba divirtiéndose a costa de un extranjero a quien consideraba inexperto. Por fin, le supliqué que nos dijera la verdad. Quisiera recordarles que yo estaba bastante bien informado, pues había leído muchos libros. Además, cualquiera puede darse cuenta de que es imposible que un cocodrilo se esconda en la huella que deja un elefante en el barro.

El joven se dio perfecta cuenta de que yo no le creía y supongo que decidió darme una lección. Para ello dirigió el vehículo hacia un alto terraplén desde donde se podía ver toda la charca. “Allí los tiene”, me dijo. “Véalos usted mismo”.

No podía ver nada más que el lodo, las porciones de agua empozada y, en la distancia, los animales asustados ¡Pero de pronto, lo vi! Era un enorme cocodrilo, acechando desde el lodo que lo cubría casi totalmente, en espera de algún incauto animal que, vencido por la sed, bajara a beber.

¡Y de repente, creí! Cuando el guarda vio que estaba dispuesto a escuchar, prosiguió con la lección. “No sólo hay cocodrilos en los ríos, sino que están por todo el parque y especialmente cerca de los depósitos de agua. ¡Más vale que lo crea!”.

La verdad es que fue más bondadoso conmigo de lo que yo merecía, por mi incredulidad. Mi actitud de “sabelotodo” ante su primera advertencia sobre los “cocodrilos” podría haber traído aparejada una invitación suya de que me acercara para salir de dudas.

Me parecía tan claro que no podía haber ningún cocodrilo escondido allí y me sentía tan seguro de mí, que probablemente me hubiera acercado sin temor. Mi arrogancia me hubiera costado la vida. Pero el guía fue lo suficientemente paciente como para enseñarme.

Espero que al hablar con sus guías sean más sabios de lo que yo fui en aquella ocasión. La presumida idea que tenía sobre mis conocimientos no era digna de mí, ni tampoco lo sería de ninguno de ustedes. No me siento orgulloso de ello y me daría vergüenza contarlo si no fuera porque creo que puede servirles de ayuda.

Aquellos que los han precedido en la vida han inspeccionado las “charcas” y elevan su voz de advertencia para prevenirles contra los “cocodrilos”; no los grandes reptiles que pueden devorarlos en un abrir y cerrar de ojos, sino los cocodrilos espirituales, que son infinitamente más peligrosos, por ser aún más engañosos y menos visibles que los que se esconden al acecho en las charcas de África.

Esos cocodrilos espirituales pueden matar o mutilar su alma y destruir su paz mental y la de aquellos que les aman. Ésos son los “reptiles” contra los cuales es necesario que estén prevenidos, porque difícilmente encontrarán un lugar en el mundo que no esté infestado de ellos.

En otro viaje que hice a África comenté esta experiencia a un guarda de otro parque y me confirmó que en la huella de un elefante puede esconderse un cocodrilo de tamaño suficiente como para partir a un hombre en dos.

Me mostró el lugar donde ocurrió una tragedia. Un joven de Inglaterra se encontraba trabajando en el hotel durante la temporada de verano. A pesar de las repetidas y constantes advertencias que le habían hecho, un día saltó la verja protectora y se dirigió hacia un charco cuya agua no alcanzaba a cubrir los zapatos.

“No se había internado ni dos pasos cuando lo atacó un cocodrilo”, me dijo el guarda. “No pudimos hacer nada para salvarle”.

Aceptar guía y consejo de otras personas parecería ir en contra de nuestra naturaleza humana, especialmente en la época de la juventud. Sin embargo, no obstante la convicción que podamos tener de lo mucho que sabemos, o el deseo que sintamos de hacer algo, hay veces en que nuestra existencia misma depende de la atención que pongamos a nuestros guías.

Es terrible pensar en lo que le sucedió al joven que fue devorado por el cocodrilo. Pero eso no es lo más terrible que le puede suceder a una persona. Hay peligros morales y espirituales mucho más aterradores que la idea de ser devorado por un monstruoso reptil.

Afortunadamente, contamos con suficientes guías para evitar que estas cosas nos sucedan, si estamos dispuestos a oír su voz de advertencia. Si prestan atención al consejo de sus padres, sus líderes y sus maestros mientras son jóvenes, aprenderán también a seguir al guía más seguro e infalible de todos: los susurros del Espíritu Santo. Y a eso se le llama revelación personal. Hay medios por los cuales recibimos un aviso sobre los peligros espirituales. De igual modo que ese guía me previno contra los cocodrilos, ustedes pueden percibir las señales de advertencia contra los cocodrilos espirituales que acechan.

Afortunadamente, contamos con primeros auxilios espirituales para aquellos que hayan recibido esos “mordiscos”. El obispo del barrio es el encargado de administrarlos y él también cuenta con el poder de curar a aquellos que hayan sido moralmente mutilados por esos enemigos, curarlos hasta el punto de que sean completamente sanados.

La experiencia que tuve en África fue para mí otra señal de que debo seguir al Guía, y lo sigo porque así lo deseo. Testifico que Él vive, que Jesús es el Cristo. Y sé que Él tiene un cuerpo de carne y huesos, que dirige Su Iglesia y que Su propósito es conducirnos sanos y salvos de regreso a Su presencia.

Adaptado de un discurso pronunciado en la conferencia general de abril de 1976.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Jeremías: Como el barro del alfarero

Liahona, Octubre 2002

Jeremías: Como el barro del alfarero

por el élder Jean A. Tefan
Setenta Autoridad de Área

La forma en que tiernamente el Señor dio forma a la vida del profeta Jeremías nos recuerda que también puede dar forma a la nuestra.

Su nombre significa “Jehová exaltará” y fue intrépido en su servicio al Señor; a pesar de ello, en su alma el profeta Jeremías padeció mucha angustia.

En algún momento de la primera parte del ministerio de más de cuarenta años de Jeremías en Jerusalén, el Señor le mandó visitar la casa de un alfarero (véase Jeremías 18:1–2). Allí observó cómo éste trabajaba, haciendo girar una rueda con el pie mientras con las manos daba forma a un pedazo de barro húmedo situado en una rueda elevada. La alfarería es una de las actividades más antiguas de la civilización. Jeremías observaba mientras el alfarero descubrió una imperfección en la vasija que estaba haciendo. Le llamó la atención que el alfarero deshiciera la vasija y volviera a empezar a darle forma (véase Jeremías 18:3–4). Entonces, el Señor hizo una pregunta retórica: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?” (Jeremías 18:6). La pregunta también podría haber ido dirigida al profeta.

Él fue el profeta que presenció algunos de los días más tenebrosos de la iniquidad de Israel, pero a pesar de ello reconoció las manos habilidosas del Maestro alfarero, que moldeó su carácter y lo convirtió en una hermosa obra de arte. Los hechos de su vida nos recuerdan la necesidad de depositar toda nuestra vida, sin importar lo difícil que pueda ser, en las manos amorosas del Señor.

Su Llamamiento a Servir

Jeremías nació en la ciudad de Anatot, a unos cinco kilómetros al nordeste de Jerusalén. Su padre, Hilcías, era “de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín” (Jeremías 1:1). Siendo joven, el Señor lo llamó a ser Su profeta: “…a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande” (Jeremías 1:7). Al principio se resistió a la confianza que el Señor había depositado en él: “…no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6), pero el Señor era consciente de su potencial: “Antes que te formase en el vientre te conocí… te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

De igual modo, el Señor nos conoce a cada uno y nos ha escogido para venir a la vida terrenal en el tiempo y el lugar más adecuado para nosotros, y nos moldea a través de los llamamientos para servir en el hogar o en la Iglesia. Mi esposa y yo aumentamos nuestro aprecio por este principio cuando se nos llamó a presidir la Misión Fidji Suva. No hablábamos inglés con fluidez y mi esposa estaba particularmente desanimada. Al ser apartada, ella recibió una bendición especial referente a este don; estudiaba mucho y practicaba inglés en casa y con los misioneros. Pronto pudo dirigirse en inglés a los misioneros en las conferencias de zona en Fidji, Vanuatu y Kiribati; por otro lado, enseñó francés a los misioneros que servían en Nueva Caledonia. Ella tenía la impresión de que el Señor la había llamado a servir a la gente de ambas lenguas, así que necesitaba hablarlas. Esa experiencia la ha moldeado y bendecido a ella, a nuestra familia y a la gente a la que ha tenido la oportunidad de enseñar, aun cuando su inglés tenga un ligero acento francés.

Su Moldeamiento

Un factor principal del moldeado de la vida de Jeremías fue su flexibilidad, es decir, su disposición para someterse a los mandamientos de Dios, para ser flexible al escoger libre y repetidamente hacer la voluntad de Dios en vez de la suya. La humildad, la obediencia, la fe y el ser libres del orgullo son cualidades del carácter que fomentan la cualidad de ser moldeable. El Maestro alfarero probó con frecuencia la disposición que Jeremías tenía para ser obediente.

En una ocasión, el Señor le mandó a Jeremías que comprara una vasija de barro, que la rompiera delante de los líderes del pueblo y que luego profetizara con audacia: “…Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro, que no se puede restaurar más” (Jeremías 19:11; véase 19:1–15). Para cumplir con esta asignación de hacer una denuncia tan osada de los líderes gubernamentales, Jeremías tuvo que obedecer con valentía y poner a un lado cualquier interés en su propia seguridad.

Entonces la palabra del Señor vino a Jeremías para convertirse él mismo en una lección. Se le mandó que tomara un listón y unas correas para hacerse un yugo y ponérselo al cuello en presencia del rey Sedequías y del cuerpo diplomático de Jerusalén. ¡Qué espectáculo tan extraño debió haber sido Jeremías ante esos hombres de gran influencia y poder! Jeremías les dijo que si no se inclinaban y servían voluntariamente al rey de Babilonia, como bueyes con un yugo, el Señor los destruiría (véase Jeremías 27:1–11).

En éstas y otras muchas circunstancias, Jeremías fue lo suficientemente moldeable para hacer lo que el Señor le mandaba, sin importar lo peculiar, lo impopular o lo absurdo que hubiera podido parecerle a la gente.

Durante mi servicio como presidente de misión conocí a muchos jóvenes que también demostraron ese tipo de moldeamiento. De visita en Nueva Caledonia, conocí por primera vez a Olivier Pecqueux. Tenía veinticuatro años y prestaba servicio en el ejército. No era activo en la Iglesia y llevaba un estilo de vida mundano, pero el Señor tenía otros planes para él. A petición suya nos reunimos y comentamos su bendición patriarcal; decidió humillarse, arrepentirse y dejar que el Señor moldeara Su vida. Al poco tiempo se le llamó a una misión regular y llegó a ser uno de mis misioneros más capaces. Hoy día asiste a la universidad y recientemente se casó en el Templo de Tahití.

Nuestras decisiones deben, de igual modo, ejemplificar la cualidad moldeable y la esperanza en Cristo tal y como expresó el élder Hugh W. Pinnock (1934–2001), de los Setenta: “Cuando cometemos errores, como los que cometía el antiguo Israel, podemos tomar lo que hemos estropeado y empezar de nuevo. El alfarero no se dio por vencido y tiró el barro… nosotros no debemos perder la esperanza ni menospreciarnos; sí, nuestra tarea es superar nuestros problemas, aceptar lo que tenemos y somos y empezar de nuevo” 1 .

Las Cosas Que Padeció

Jeremías fue un hombre que vio muchas aflicciones (véase Lamentaciones 3:1). De hecho, el Señor le advirtió en el momento de llamarlo que los reyes, los príncipes y los sacerdotes, y la gente en general, lucharían en su contra. El Señor le prometió: “Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo… para librarte” (Jeremías 1:19). A continuación se encuentran sólo dos de las muchas circunstancias difíciles que Jeremías tuvo que soportar.

Cuando Pasur, el sacerdote encargado de mantener el orden en el recinto del templo, oyó el estruendo que causó Jeremías al romper la vasija de barro y profetizar ante el pueblo, mandó que lo arrestaran, lo azotaran y lo pusieran en el cepo. Al día siguiente mandó que le trajeran a Jeremías, pero éste repitió sin temor las palabras del Señor sobre la inminente destrucción, añadiendo: “Y tú, Pasur, y todos los moradores de tu casa iréis cautivos” (Jeremías 20:6).

Cuando el ejército babilónico sitió Jerusalén, Jeremías transmitió al rey Sedequías y a su pueblo la palabra del Señor de que debían rendirse, lo cual molestó a ciertos oficiales, quienes utilizaron el intento de Jeremías de abandonar la ciudad como pretexto para arrestarlo y encarcelarlo acusado de traición (véase Jeremías 37:6–15).

Jeremías fue arrojado a una cisterna que hacía las veces de mazmorra, para que muriese de hambre. Las cisternas son cavidades en forma de pera excavadas en la roca, cuyo objeto es recoger y almacenar el agua. Con el correr de los años, los sedimentos se habían ido acumulando en el fondo de la cisterna, hasta que era tal la cantidad, que “se hundió Jeremías en el cieno” (Jeremías 38:6). De no ser por el valor y el servicio cristiano de Ebed-melec, un etíope siervo del rey, Jeremías habría muerto sin remedio (véase Jeremías 38:7–13; véase también 1 Nefi 7:14).

Cuando el rey babilonio invadió Jerusalén, Jeremías escogió permanecer con su pueblo en la ciudad, para así continuar proclamando la palabra del Señor a pesar del rechazo constante del pueblo a seguir su consejo. Se cree que Jeremías falleció en Egipto no mucho después de una última apelación a su pueblo para que se volviese al Señor (véase Jeremías 44).

Las cosas que padeció Jeremías fueron algunos de los instrumentos más poderosos del Señor para moldear y purificar su vida. Igualmente, aquello que padecemos y soportamos con paciencia nos servirá de experiencia y puede ser para nuestro bien (véase D. y C. 122:7–8). El élder John B. Dickson, de los Setenta, ha dicho: “Nunca se nos dijo que la vida sería fácil, pero a los que trabajen fielmente… enfrentando toda dificultad con determinación y en la forma apropiada… les prometo que serán bendecidos con sentimientos de felicidad… que [les moldearán y ennoblecerán] y que nunca se [les] quitarán” 2 .

Vasos de Honor

El 19 de diciembre de 1841, el Quórum de los Doce Apóstoles se reunió en la casa del profeta José Smith. De acuerdo con las minutas tomadas por Wilford Woodruff, “el élder Heber C. Kimball predicó… sobre el barro en las manos del alfarero, en cuanto a que cuando se estropea, es retirado de la rueda y echado de nuevo al molino para ir en la próxima tanda, y que era un vaso de deshonra; pero que todo barro bien formado en las manos del alfarero… era un vaso de honor” 3 .

Jeremías fue un profeta que en verdad testificó de Cristo (véase Helamán 8:20). El Salvador mismo empleó sus palabras para enseñar y profetizar durante Su ministerio terrenal. Su vida fue un vaso de honor, un ejemplo de servicio, moldeamiento y longanimidad para los santos de hoy día.

También nuestra vida puede ser un vaso de honor, una obra de hermosura en las manos del Maestro alfarero si respondemos a Su llamado, somos moldeables en Sus manos y aprendemos de las cosas que padecemos.

El élder Jean A. Tefan es un Setenta Autoridad de Área que sirve en el Área Islas del Pacífico.

Notas

1. Véase “Volver a empezar”, Liahona, julio de 1982, pág. 23.
2. “Nadie nos dijo que sería fácil”, Liahona, enero de 1993, pág. 52.
3. History of the Church, tomo IV, pág. 478.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

“Llegará el momento”

Liahona, Octubre 2002

“Llegará el momento”

por Shauna Gibby
Relato verídico

En 1978, Isaac tenía ocho años y vivía en una pequeña aldea de Cross River State, Nigeria. Su casa estaba hecha de ramas de bambú unidas con adobe y un tejado de hojas de palmera. A Isaac le gustaba su aldea y quería a todas las personas que vivían en ella.

La aldea estaba rodeada de un bosque verde y frondoso, con palmeras, bananeros, helechos y bambú. Para ir a la aldea más cercana, Isaac caminaba por un camino de tierra a través del bosque o montaba en la vieja bicicleta de su primo.

Su familia tenía una pequeña granja donde cultivaban su propia comida. Comían sopa y gari, un plato hecho de raíces hervidas que se parece a los copos de avena. Isaac y sus hermanas tenían tareas que hacer; una de las tareas de Isaac era caminar hasta el río y traer agua para su familia.

Los domingos, Isaac y su familia iban a la Iglesia. El centro de reuniones también estaba hecho de bambú y adobe, y tenía un letrero blanco y limpio que decía: LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. En la parte delantera había una gran campana de bronce.

En la Iglesia, el hermano Ekong les enseñaba sobre Jesucristo, les leía de los pocos libros que habían recibido de Salt Lake City y cantaban himnos. El favorito de Isaac era “¡Oh, está todo bien!” ( Himnos, Nº 17).

Al igual que muchas otras personas de su aldea, Isaac tenía un fuerte testimonio de que la Iglesia es verdadera. Estaban aguardando a que llegaran los misioneros para ayudarles a saber más sobre el Evangelio restaurado. El hermano Ekong no tenía el sacerdocio, por lo que no podía bautizarles. Más que nada, Isaac quería bautizarse y ser miembro de la Iglesia, por lo que su padre le dijo: “Llegará el momento en que seremos bautizados”.

Cuando Isaac y sus hermanas fueron al bosque a cortar leña para el fuego, Isaac oró para que fueran los misioneros, y mientras estaba sentado en la orilla del río contemplando el ir y venir de los peces de colores, cantaba himnos. Muchas veces se imaginaba que el Coro del Tabernáculo Mormón estaba cantando con él.

Un día, su padre dijo a la familia que el sábado iba a haber una reunión especial. Antes de la reunión iban a ayunar durante 24 horas, y durante la reunión iban a orar para que llegaran los misioneros.

El sábado, Isaac y su familia se pusieron sus mejores ropas. A Isaac le gruñía el estómago por el hambre, pero casi ni se dio cuenta porque estaba muy animado.

Al poco rato sonó la campana y toda la gente de la aldea se congregó en el pequeño centro de reuniones, el cual quedó totalmente lleno. El hermano Ekong dirigió un himno y luego oró para que el Señor enviara a los misioneros. Muchas personas más se turnaron para orar. La madre de Isaac tenía lágrimas en los ojos. Volvieron a cantar y luego llegó el momento de irse.

Cuando la gente estaba yéndose, un auto se estacionó delante del centro de reuniones y de él se bajaron dos hombres y dos mujeres. Isaac no había visto jamás a alguien con la piel tan pálida. El hermano Ekong les hablaba con mucha emoción; luego se fue a la campana y la tocó con fuerza. Todo el mundo regresó al centro de reuniones.

El hermano Ekong dio la bienvenida a los cuatro extraños y les dijo que la aldea había aguardado muchos años ese momento tan feliz. Uno de los hombres, el élder Rendell Mabey, se puso de pie y dijo que era un misionero enviado por el profeta, el presidente Spencer W. Kimball.

El élder Mabey compartió su testimonio del Evangelio restaurado, y lo mismo hicieron el élder Cannon y las hermanas Mabey y Cannon. Era un día muy caluroso, pero nadie quería irse. Todos tenían muchas preguntas. El élder Mabey prometió regresar y enseñarles más, y les dijo a los aldeanos que había llegado el momento y que pronto podrían bautizarse.

El último día de diciembre de 1978, la familia de Isaac y muchas otras personas se congregaron en las orillas donde el río estaba más hondo y tenía una corriente tranquila. Cuando llegó el turno de Isaac, entró en el agua. El élder Mabey lo tomó de la muñeca, dijo la oración bautismal y lo sumergió en el agua. La cálida luz del sol resplandecía en la superficie mientras Isaac volvía a la orilla. En su corazón él también tenía un sentimiento de calidez.

Veintiún años más tarde, Isaac se encontró en el mismo río con su hijo de ocho años, Raymond. Ahora Isaac tenía el sacerdocio y podía bautizar a su hijo. Su corazón rebosaba de gozo al recordar el hermoso día en que se había bautizado en ese mismo río. Se sentía muy agradecido de que por fin llegara el momento.

“Por medio de misioneros y miembros, el mensaje del Evangelio restaurado está llegando a todo el mundo…

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ofrece a todos los hijos de Dios la oportunidad de aprender la plenitud del Evangelio de Jesucristo tal cual fue restaurado en estos días postreros. Ofrecemos a todos el privilegio de recibir todas las ordenanzas de salvación y exaltación” —Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles (“¿Ha sido usted salvo?”, Liahona, julio de 1998, pág. 67).

Publicado en Bautismo | Etiquetado , | Deja un comentario

Unidad en el matrimonio

Liahona, Octubre 2002

Unidad en el matrimonio

por el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985)

No se logran la felicidad ni un buen matrimonio con el solo hecho de efectuar una ceremonia. Esto requiere olvidarse de uno mismo, un cortejo continuo y el ser obedientes a los mandamientos del Señor.

Unidad en el matrimonio

Un matrimonio honorable, feliz y próspero es la meta principal de toda persona normal. El matrimonio es quizás la más vital de todas las decisiones, la que tiene efectos de más alcance, ya que tiene que ver no sólo con la felicidad inmediata, sino también con el gozo eterno. Afecta no solamente a los cónyuges sino también a su familia, y particularmente a sus hijos y a los hijos de éstos a través de las muchas generaciones.

La Unión de La Mente y del Corazón

Cuando se elige un compañero para esta vida y para la eternidad, se debe efectuar la más cuidadosa preparación, meditación, oración y ayuno para asegurarse de que, entre todas las que se tomen, ésta no sea una decisión equivocada. En un verdadero matrimonio debe existir una unión de la mente así como del corazón. Las emociones no deben determinar las decisiones por completo, sino que la mente y el corazón, fortalecidos mediante el ayuno, la oración y una consideración seria, nos proporcionarán la mejor oportunidad para la felicidad marital, lo que conlleva la necesidad de sacrificarse, de compartir y de actuar con gran desinterés.

Muchas novelas y programas de televisión terminan en matrimonio: “Y vivieron muy felices…”. Hemos llegado a la conclusión de que no se logran la felicidad ni un buen matrimonio con el solo hecho de efectuar una ceremonia. La felicidad no se adquiere apretando un botón, como sucede con la luz eléctrica; la felicidad es un estado de ánimo y proviene de nuestro interior; se debe ganar; no se puede comprar con dinero; no se logra a menos que se dé algo a cambio.

Algunos consideran la felicidad como una vida fascinante de ocio, lujos y emociones constantes; pero un verdadero matrimonio se basa en una felicidad que es más que eso, una que se logra al dar, servir, compartir, sacrificarse y en la que se destaca el desinterés.

Un Corazón Comprensivo

Dos personas que proceden de diferentes hogares, después de la ceremonia se dan cuenta de que es necesario hacer frente a la realidad. Atrás queda una vida de fantasía, de ensueño; debemos bajar de las nubes y poner los pies bien en la tierra. Se deben asumir responsabilidades y aceptar nuevos deberes; tendrán que abandonar algunas libertades personales y efectuar muchos ajustes desinteresados.

Después de la ceremonia, uno empieza a descubrir muy pronto que el cónyuge tiene debilidades que antes no se habían advertido o descubierto. Las virtudes que constantemente se realzaban durante el cortejo parecen hacerse más pequeñas, mientras que las debilidades que antes parecían tan pequeñas e insignificantes, alcanzan ahora proporciones considerables. Es el momento de tener un corazón comprensivo, evaluarse uno mismo, tener sentido común, razonar y planear. Es ahora cuando afloran los hábitos adquiridos con los años; nuestro cónyuge puede ser tacaño o despilfarrador, vago o trabajador, devoto o irreligioso; puede que sea amable y cooperador, o petulante y enfadadizo; exigente o desprendido, egoísta o modesto. El problema de la relación con los suegros se hace aparente y la relación de nuestro cónyuge con ellos vuelve a agrandarse.

Con frecuencia hace falta la disposición para serenarse y asumir las pesadas responsabilidades que se presentan de inmediato; la economía es reacia a reemplazar una vida de abundancia y la joven pareja parece estar demasiado dispuesta a “no ser menos que los demás”. Frecuentemente falta la voluntad para hacer los ajustes económicos necesarios; algunas esposas jóvenes exigen que los lujos de los que disfrutaban en los prósperos hogares de sus exitosos padres estén presentes en los suyos. Algunas incluso están más que dispuestas a contribuir a esa vida de abundancia y siguen trabajando una vez casadas; consecuentemente, salen del hogar, en donde yace su deber, para ir en busca de logros profesionales o empresariales. Con ello, se acostumbran a esa situación económica, con lo que se hace muy difícil ceñirse a una vida familiar normal. Cuando ambos cónyuges trabajan, muchas veces entra en la familia la competencia en vez de la cooperación. Dos trabajadores exhaustos regresan a la casa con los nervios crispados, más orgullo individual, más deseo de independencia, y como consecuencia surgen las dificultades. Las pequeñas fricciones crecen hasta convertirse en descomunales.

Una Fórmula Infalible

Aunque la vida matrimonial es difícil, y es común encontrar en ella parejas discordantes y frustradas, la felicidad duradera es posible y el matrimonio puede resultar un éxtasis más exultante de lo que la mente humana pueda imaginar. Esto está al alcance de toda pareja, de toda persona. La idea de “almas gemelas” es una quimera, una ilusión, y aunque la mayoría de nuestros jóvenes tratan con toda diligencia y devoción de encontrar una persona con la cual la vida pueda ser más compatible y hermosa, también es cierto que casi todo buen hombre y toda buena mujer podrían tener felicidad y éxito en el matrimonio si ambos estuvieran dispuestos a pagar el precio.

Existe una fórmula infalible, la cual garantiza a toda pareja un matrimonio feliz y eterno; pero al igual que en todas las fórmulas, no se deben eliminar, reducir ni limitar los ingredientes principales. La selección antes del cortejo y la expresión constante de afecto después de la ceremonia matrimonial son de igual importancia, pero no son más importantes que el matrimonio mismo. Su éxito depende de ambos cónyuges, no sólo de uno, sino de los dos.

En el matrimonio iniciado y fundamentado sobre normas razonables como las ya mencionadas, no hay combinaciones de poder que puedan destruirlo, excepto el poder que existe en cada uno de los cónyuges o en el de ambos; generalmente, ambos deben asumir la responsabilidad. Puede haber otras personas o elementos que influyan para bien o para mal; puede parecer que el aspecto económico, social y político, así como otras situaciones, tengan cierta influencia; pero el matrimonio se basa pura y exclusivamente en ambos cónyuges, quienes siempre podrán lograr éxito y felicidad en su matrimonio si se lo proponen, son desinteresados y rectos.

La fórmula es sencilla; los ingredientes son pocos, aunque existen numerosos ejemplos de cada uno.

Primero, debe existir una actitud adecuada hacia el matrimonio. La persona debe tratar de seleccionar el cónyuge que alcance, hasta donde sea posible, el pináculo de la perfección en todos los aspectos que tengan importancia para ella como persona. Luego, ambas partes deben llegar al altar del templo dándose cuenta de que deben trabajar arduamente para tener éxito en la vida en común.

Segundo, debe abundar la generosidad, olvidándose del “yo”, dirigiendo toda la vida familiar y lo que a ella corresponde hacia aquello que sea de beneficio para la misma, y subyugando así el egoísmo.

Tercero, el cortejo y las expresiones de afecto, amabilidad y consideración deben continuar a fin de que el amor se mantenga vivo y crezca.

Cuarto, se deben vivir plenamente los mandamientos del Señor, tal como se encuentran definidos en el Evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

Los verdaderos valores de la vida

Liahona Agosto 1968

Los verdaderos valores de la vida

Por el presidente David O. McKay

Con toda mi alma, mego a todos los miembros de la Iglesia así como a las personas de todo el mundo, que piensen más en el evangelio; que desarrollen el espíritu que en él se encuentra; que dediquen más tiempo a los verdaderos valores de la vida, y menos a aquellas cosas que se acaban.

Estoy completamente de acuerdo con las admoni­ciones que se han dado en esta conferencia, de resistir las tentaciones que nos rodean. Si los miembros de la Iglesiaadoptaran estas sugerencias, eso sería suficiente para que fueran una “luz” sobre un mon­te, una luz que no se puede esconder. Algunas veces nos referimos a tales enseñanzas como “cositas”, pero en realidad son las más grandes en esta vida. Si pusiéramos más atención a tales consejos, y estu­diáramos más las revelaciones modernas que se en­cuentran en las Doctrinas y Convenios, apreciaría­mos más la magnitud de la gran obra que se ha establecido en esta dispensación.

A menudo se ha declarado que la Iglesia es la cosa más grandiosa del mundo, ¡y lo es! Cuanta más atención le demos—dándonos cuenta de lo bien adaptada que está a nuestra vida, en el hogar y en nuestra vida social—cuanto más estudiemos desde el punto de vista de los descubrimientos científicos y del punto de vista del destino del hombre, más se regocijarán nuestros corazones por la misericordia de Dios para con nosotros al darnos el privilegio de conocer el Evangelio de Jesucristo.

Lo que necesitamos hoy en día es fe en el Cristo viviente, lo cual es más que un simple sentimiento: es un poder que nos induce a actuar, es la fe que pondrá un propósito en la vida y valor en el corazón. Necesitamos un evangelio de aplicación, ese evan­gelio que se predica con actos nobles y que requiere la atención y aún el respeto hacia los enemigos. Una simple creencia en Jesús como un gran maestro, o como el hombre más grande que haya vivido, ha probado ser inadecuada para combatir las enferme­dades de la sociedad y el mundo.

Evidentemente, la necesidad del mundo—y par­ticularmente a la luz de las condiciones actuales que nos rodean—va más allá de una simple aceptación del Hombre de Galilea como el hombre más gran­dioso. Lo que es verdaderamente esencial es la fe en El como un ser divino, ¡como nuestro Señor y Salvador! Es la fe que el apóstol Pedro experimen­tó cuando declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16)

Los miembros de la Iglesia reciben las amonesta­ciones de que adquieran la verdad mediante el estu­dio, la fe y la oración, y que busquen todo lo “vir­tuoso, bello, o de buena reputación o digno de ala­banza.” (Artículo de Fe 13)

Las escuelas e iglesias deberían irradiar el hecho de que en la vida hay ciertos fundamentos que nun­ca cambian, los cuales son esenciales para la felicidad de toda alma. Los padres y oficiales en la Iglesia deben enseñar más cuidadosa y diligentemente los principios de la vida y salvación a los jóvenes de Sión y al mundo entero para poder ayudar a la juventud a mantenerse en un nivel apropiado duran­te los años formativos de su vida.

Deseo recordaros jóvenes poseedores del Santo Sacerdocio, que estudiéis nuevamente esa divina re­velación, tan sencilla pero tan eficaz, concerniente al gobierno por el sacerdocio:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por per­suasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero;

“Por bondad y conocimiento puro, lo que enno­blecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia:

“Reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo.” (Doc. y Con. 121: 41-43)

Esta es una maravillosa admonición y lección concerniente al gobierno, no sólo en quórumes del sacerdocio, sino también en nuestro hogar, y natural­mente en todos los aspectos de la sociedad.

Hermanos, el evangelio es nuestra ancla. Sabemos lo que representa. Si lo vivimos y sentimos, si habla­mos bien de él, del sacerdocio, de nuestras familias y vecinos, seremos más felices, y en realidad estare­mos predicando el Evangelio de Jesucristo. Se nos ha dado la responsabilidad de comunicar el evan­gelio a nuestro prójimo. Algunos de nosotros espera­mos hasta que nos llegue una oportunidad especial de proclamar el Evangelio de Jesucristo, y sin em­bargo recae sobre nosotros el deber de proclamar esas buenas nuevas cada día de nuestra vida. Lo proclamamos con nuestros actos, en el hogar, los ne­gocios, los círculos sociales, la política; de hecho, dondequiera que nos asociemos con las personas que nos han dado esta responsabilidad de propagar las buenas nuevas a todo el mundo.

Vigilemos nuestros pensamientos y lengua. Una de las mejores maneras de edificar un hogar, ya sea en una ciudad, estado o nación, es siempre hablando bien de ese hogar, ciudad, estado o nación. Contro­lemos siempre nuestra lengua.

Dios bendiga a los miembros de la Iglesia por su devoción y lealtad, por sus oraciones en beneficio de todas las Autoridades Generales y oficiales. Vos­otros sabéis, y yo os aseguro, que esas oraciones son eficaces.

Os testifico, así como a todo el mundo, que la inspiración y protección de un Padre Celestial mise­ricordioso son verdaderas; Él está al cuidado de la Iglesia, y sé con todo mi corazón que no es tan sólo una fuente abstracta y alejada como algunos pien­san; es un Padre benévolo, que cuida por el bienes­tar de sus hijos y está alerta y dispuesto a escuchar y contestar sus llamados. La respuesta podrá ser negativa, como algunas veces un padre sabio da una respuesta negativa a su hijo suplicante, pero Él está listo para escuchar y contestar en el momento que sea más propicio para el que suplica.

Dios bendiga a nuestros misioneros que se en­cuentran en las 78 misiones del mundo. Estos mara­villosos jóvenes y señoritas con fuertes testimonios del evangelio, ricos en fe y excelentes representantes del Señor y su Iglesia. Estamos orgullosos de todos ellos. Estamos agradecidos a nuestros presidentes de misiones y a estos misioneros por su servicio de­sinteresado. Estamos agradecidos también por los padres y otras personas que apoyan a estos jóvenes.

Las palabras son insuficientes para expresar la angustia y pena que sentimos por los sufrimientos que han ocurrido en varios hogares a causa de las víctimas de la guerra. Nuestras oraciones están con los jóvenes que están poniendo todo lo que está de su parte por preservar la libertad y otros derechos inherentes del hombre. Mi corazón está rebosante de gratitud y agradecimiento por los informes que me han traído personalmente acerca de su fe en Dios, de su lealtad y de las largas distancias que tienen que viajar para asistir a las reuniones de la Iglesia. ¡Pensad lo que significa para ellos la confianza en Cristo, su Redentor, mientras se encuentran luchando contra las tentaciones, penas y horrores de la guerra! Les da consuelo en el momento en que se sienten solos o desalentados; hace su determinación más eficaz para mantenerse moralmente limpios y en condición de prestar servicio; les da valor al cum­plir con su deber; los llena de esperanza cuando es­tán enfermos o heridos; y si afrontan lo inevitable, llena sus almas con la confianza de que así como Cristo vivió después de la muerte, ¡también ellos vivirán! Que Dios bendiga y proteja a estos hombres en las Fuerzas Armadas.

Que Dios os bendiga representantes regionales, presidentes de estaca, obispos y todos los oficiales de la Iglesia que estáis sirviendo y dando vuestro tiempo para la edificación del reino de Dios.

Que vosotros padres y madres seáis bendecidos en vuestros hogares; que busquéis sabiduría y en­tendimiento para dar a vuestros hijos salud y carác­ter limpio y sin mancha. La tarea más grande que los padres tienen que efectuar es el entrenamiento y desarrollo religioso del carácter de sus hijos.

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a las personas en todo el mundo. Que nos volvamos hacia Él y busquemos los valores verdaderos de la vida y los más espirituales. Él es nuestro Padre; El conoce nuestros deseos y esperanzas; y nos ayudará si lo buscamos y aprendemos acerca de Él.

Mis bendiciones os acompañan ahora que regre­sáis a vuestros hogares. Que Dios nos ayude a todos a desempeñar nuestras responsabilidades y de esta manera crear un ambiente en el hogar, escuela, Igle­sia y nuestra comunidad que sea de progreso, sano e inspirador. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén. □

Publicado en Naturaleza Divina | Etiquetado , , | Deja un comentario

Enseñar es más que decir

Liahona Agosto 1968

Enseñar es más que decir

Por Lyman C. Berrett

Hace algún tiempo, dos niños se encontraban cruzando una calle. Cuando estaban en medio de la misma, el menor se soltó de la mano de su hermano mayor, precipitándose hacia un automóvil. El niño murió instantáneamente. Los padres sin pensarlo bien acusaron al hermano de ser el respon­sable de la muerte de su hermano menor.

Tan traumática fue la experiencia de la muerte repentina de su hermano y las acusaciones de sus padres, que el niño se aisló en una coraza y pronto empezó a ser un problema en su casa y en la es­cuela. El que antes fuera un niño modelo, llegó a ser un déspota.

Los oficiales de la escuela trataron de expulsarlo porque llegó a ser intolerable, y parecía que nadie podía controlarlo. Sin embargo, la coraza por fin fue penetrada por una comprensiva maestra de la Iglesia. Mostrando amor y preocupación por él, ésta pudo gradualmente enterarse de la razón de su pro­blema; cuidadosamente se ganó su confianza. En la última conferencia con los oficiales de la escuela pública antes de que el niño fuera expulsado, el con­sejero le preguntó si tenía a alguien que pudiera ayudarlo antes de que fuera demasiado tarde. El niño entonces nombró a su maestra y preguntó si ella podría estar presente en la conferencia y expli­car la razón de sus problemas. Pronto se le com­prendió y con consejos profesionales el niño res­tauró su buen comportamiento.

El punto al que se debe dar énfasis en cuanto a este incidente, es que una maestra se preocupó lo suficiente por saber más acerca del alumno, no sola­mente su nombre; se preocupó por conocerlo per­sonalmente; por llegar a comprometerse personal­mente en la vida de él. La maestra mostró amor por el alumno haciendo algo por él; se interesó por él y lo amó lo suficiente como para darle algo más que meros datos en la clase.

La mayoría de los maestros reflejan su filosofía personal en la clase. Los polos opuestos de pensa­mientos filosóficos en cuanto al valor de los jóvenes se pueden expresar en las siguientes declaraciones. (1) “Para el existencialismo, el hombre es un deri­vado de la nada, es prácticamente nada, y está des­tinado a la nada.” (Truman G. Madsen, Eternal Man, p. 28.) (2) Los habitantes de la tierra son hijos e hijas de Dios, y como tales, tienen el poten­cial de llegar a ser dioses. (Ver Doc. y Con. 76:24)

Probablemente sería difícil encontrar una maes­tra en la Iglesia que crea literalmente en la primera declaración, pero la observación ha mostrado que algunos maestros no creen en la segunda tampoco. Parecen tener la actitud de: “No importa lo que diga a estos chicos; de todas maneras terminarán metidos en algún problema.”

Los psicólogos han verificado la importancia de las grandes enseñanzas del Salvador en cuanto al amor. El único mandamiento que viene inmediata­mente a la mente del autor y que el Salvador dio al hombre cuando vivió en la tierra tiene que ver con el amor. (Ver Juan 13:34-25 y Mateo 22:34-40) El psicólogo, Louis P. Thorpe, ha escrito: “Las ne­cesidades fundamentales del hombre. . . animar al individuo a comportarse en la manera calculada para satisfacer sus demandas. La naturaleza humana se entiende más rápidamente desde el punto de vista de estas necesidades y su satisfacción. . . . Sin embargo, la siguiente fórmula, parece útil como funda­mento de las tendencias del comportamiento. 1. La necesidad de mantenerse bien físicamente; 2. La necesidad de reconocimiento personal o ser consi­derado como una persona de mérito e importancia; 3. La necesidad de seguridad, amor, afecto, comodi­dad y resguardo.” (Louis P. Thorpe, The Psychology of Mental Health, New York: Ronald Press; pp. 39- 40)

¿Ha pensado alguna vez en porqué a los alumnos les gustan ciertas personas más que otras, cooperan con ellas más ampliamente, o confían y están más ligados a ellas? Las personas que gozan de esta clase de armonía con la juventud son aquellas que demuestran su amor por ellos. En el caso de un maestro, lo que más influye en los alumnos no es el decirles que los ama, sino el involucrarlos, animarlos, y aceptarlos.

Los maestros que aman a sus alumnos llegan a penetrar en sus vidas y actividades; saben cuándo uno de ellos recibe un premio y lo elogian en forma apropiada y sincera; saben cuándo es el cumpleaños de uno de sus alumnos, le envían una tarjeta, lo lla­man por teléfono o le dan algún obsequio. Los maes­tros que aman a sus alumnos simplemente no se pueden aislar de la vida de éstos. Un entusiasta “muy bien hecho” al alumno que ha ganado en un juego deportivo, coro, banda, o drama, hace saber a esa persona cómo su maestro se interesa y preocupa por él.

Hay muchas maneras por medio de las cuales un maestro puede mostrar su amor a los alumnos, tales como animarlos a que vivan de acuerdo con las normas de la Iglesia, a ponerse del lado de la decencia y la rectitud, a obedecer las leyes y ser ejemplos apropiados, y a conformarse haciendo sola­mente lo mejor. Hay ejemplos de héroes genuinos que los maestros pueden llevar a su clase para re­forzar sus lecciones en estos puntos; los alumnos necesitan saber que no están solos, que no son anticuados, incautos o patanes, si se mantienen den­tro de las normas de la Iglesia. Los maestros pueden animarlos en sus quehaceres, mostrándoles interés genuino, o pueden desanimarlos fallando al darles el reconocimiento apropiado. Los comentarios fa­vorables de un maestro acerca de los estudiantes que son buenos ejemplos en el vestir, deportes, normas o asistencia, fortalecerán a la juventud hasta el pun­to en que estas actitudes lleguen a ser una forma de vida.

Muchas veces se oye decir a los alumnos, “¿A quién le importa? La última vez hice esto y esto y no recibí nada más que las gracias.” El agradeci­miento es una cortesía común que ningún maestro debería olvidar. Un simple “gracias,” lo reconocen tanto los adultos como los jóvenes. Es más que expresar aprecio; muestra que alguien está intere­sado, se preocupa y desea premiar y animar.

Los maestros que aman a sus alumnos recorda­rán que enseñar es más que decir. Los jóvenes aprenden haciendo. Parecería que la clave está en hacer, no solamente lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos, sino también lo que es nece­sario hacer por ellos. Esto puede incluir cosas como animarlos a vivir las normas de la Iglesia, darles oportunidades de servir, saber lo que están haciendo, mostrarles que se les acepta como gente digna y que son hijos de Dios con potenciales divinos, y hacerles saber que el maestro se interesa por ellos.

El Salvador preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Pe­dro le contestó, “Tú sabes que te amo.” Él le dijo, “Apacienta mis ovejas.” Tres veces el Maestro pre­guntó a Pedro si lo amaba, y tres veces Pedro con­testó que sí, que lo amaba. En cada ocasión el Maes­tro pidió a Pedro que hiciera una cosa: apacentar sus ovejas. (Ver Juan 21:15-17)

Maestros de la Iglesia, haced algo por vuestros alumnos: Amadlos, y para amarlos debéis hacer algo por ellos.               □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario