Mormón

Liahona Agosto 1968

Mormón

Recopilador del Libro de Mormón, Autor, Soldado, Hombre Santo de Dios

Por Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

Mormón, compendiador y recopilador del Libro de Mormón, fue un profeta y un hombre san­to que también sirvió como caudillo en las fuerzas armadas de la nación de los nefitas. Combinando en su carácter las cualidades de gran fortaleza y pro­funda espiritualidad, fue un maestro y guía para su pueblo, testificando de Jesús y predicando el arre­pentimiento mientras dirigía sus ejércitos hacia una brillante victoria militar.

Cuando su pueblo, enfermo con su arrogancia y olvidándose de Dios, celebraba los triunfos mili­tares jactándose de sus fuerzas, Mormón rehusó diri­girlos en batalla. Desaprobó sus juramentos de ven­ganza y muerte contra los enemigos, pero se compa­deció cuando su terrible derrota y destrucción llegó a ser inevitable; marchó con sus ejércitos y murió con ellos en los estragos que dieron como resultado la extinción de la nación de los nefitas.

Mormón recibió su nombre en recuerdo de su tierra, donde Alma, convertido mediante las prédi­cas de Abinadí, encontró amparo en la corte del rey Noé, y estableció la Iglesia de Cristo. A pesar de todos sus otros deberes, fue historiador y custodio de los registros de su gente, y se le asignó el gran deber de recopilar aquellos registros en un relato conciso. Por ser una figura literaria y por su tra­bajo, se le dio al libro su nombre, a pesar de haber sido escrito por muchos autores.

Mormón el Hombre

¿Qué fue lo que hizo de este profeta un histo­riador general? ¿Qué fue lo más importante para él? ¿Qué enseñó? ¿Hasta qué punto se reflejaron en su vida sus convicciones?

Mormón fue “descendencia pura” de Lehi y Nefi. Es asombroso observar como a tan temprana edad su disposición y logros llegaron a ser evidentes:

A la edad de diez años, un hombre responsable lo consideró como un “muchacho sensato,. . . presto para observar,” y recibió una significativa asignación para el futuro.

A los 11 años viajó con su padre a la tierra de Zarahemla.

A los 15 años “me visitó el Señor, y probé y conocí la bondad de Jesús”.

A la edad de 16 años dirigió los ejércitos de los nefitas.

Durante su adolescencia intentó intrépidamente predicar el arrepentimiento al pueblo, época en que “. . . no hubo dones del Señor, y el Espíritu Santo no descendió sobre ninguno. . .”

Como ha sucedido con otros grandes hombres, incluido el Señor mismo cuando estuvo en la tierra, la misión y contribución sobresaliente de Mormón tuvo lugar desde su juventud. Tomó una decisión y comprometió su vida desde temprana edad; la gran promesa se cumplió en una vida de servicio desinteresado.

Amó al Señor

La rúbrica de sus servicios se encuentra en una simple declaración de Mormón: “He aquí, soy dis­cípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido lla­mado de él para anunciar su palabra a su pueblo, a fin de que pueda alcanzar la vida eterna.”

El creyó y pensó fuertemente que: “. . . por Cris­to habría de venir todo lo que es bueno.”

Los amonestó diciendo: “. . . Os suplico herma­nos, que busquéis diligentemente según la luz de Cristo, para que podáis distinguir el bien del mal; y si os allegáis a todo lo que es bueno,. . . cierta­mente seréis hijos de Cristo.” Porque dijo que Cristo, “defiende la causa de los hijos de los hombres.”

Amó a su pueblo

Pese a sus iniquidades, Mormón amó a su pue­blo:

“. . . los había dirigido a la batalla; y los había amado con todo mi corazón, de acuerdo con el amor de Dios que había en mí; y todo el día había ele­vado mi alma en oración a Dios a favor de ellos. . .” “. . . Y mi súplica a Dios concerniente a mis hermanos es que otra vez vuelvan al conocimiento de Dios; sí, a la redención de Cristo. . .”

“. . . amo a los niños pequeñitos con un amor perfecto; y son todos iguales y participan de la salvación.”

Mormón oró por su pueblo, dándose cuenta de que su arrepentimiento no era sincero sino que era “el lamento de los condenados” y que “. . . el día de gracia había pasado para ellos, tanto temporal como espiritualmente. . . .” La ambición más seria de su corazón fue “Y quisiera persuadir a todos vosotros, extremos de la tierra, a que os arrepintieseis y os preparaseis para comparecer ante el tribunal de Cristo.”

Un maestro sabio y fiel

Mormón vivió sus convicciones. La gran pro­fundidad espiritual de sus enseñanzas estuvo com­binada con sabios consejos para los problemas de la vida diaria y conducta personal de acuerdo con sus profesiones. Humildemente rogó a su gente que vi­vieran con honor para proteger “lo que es más caro y precioso que todas las cosas, que es la castidad y la virtud.”

Los amonestó a:

  • “saber que Dios no es un Dios parcial.”
  • tener caridad porque “. . . la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre. . .”
  • orar, actuar y dar “. . . con verdadera intención de corazón. .
  • ser sensitivos al Espíritu de Cristo “. . . A todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal. . .”
  • creer en los profetas, ángeles y milagros, por­que Dios trabaja en “diversos modos” para “manifestar cosas a los hijos de los hombres.”
  • creer en la restauración de los judíos y los la­manitas, en la congregación de la casa de Ja­cob y la casa de José.

Admonición y promesa

Mormón vivió la mayor parte de su vida entre matanzas, destrucción y trágica iniquidad, a pesar de haber luchado contra el mal y los enemigos hasta la muerte. Fuerte y fiel, procuró hasta el fin llevar a su pueblo al arrepentimiento. Su despedida bien pudo estar en su ruego de que “los que tienen fe en El, se allegarán a todo lo que es bueno”, y en la admonición dada mediante su hijo Moroni:

“Por consiguiente, mis amados hermanos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones que os hincha este amor que él ha concedido a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesu­cristo; que lleguéis a ser hijos de Dios.” □

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Religión y responsabilidad social

Liahona Agosto 1968

Religión y responsabilidad social

Por Lowell L. Bennion

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ...
—Miqueas 6:6

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”
-—Salmos 24:3

Esta es la ardiente pregunta de las escrituras que hicieron una y otra vez los profetas, salmistas y todo aquel que buscaba fervorosamente a Dios. Y la respuesta no es sólo una; puede expresarse de varias maneras. Todo el que responda a la pregunta puede encontrar un pasaje en las escrituras que co­rrobore su punto de vista. Cualquiera que sea la respuesta, para todo hombre existe la pregunta fun­damental: ¿con qué me presentaré ante Jehová? ¿En qué consiste la vida religiosa?

Dimensiones de la vida religiosa

Toda persona que se considera a sí misma como religiosa, tiene una base para esta creencia y senti­miento. Es religiosa a causa de sus convicciones y su manera de vivir. Es interesante examinar las maneras típicas en que los hombres viven su religión, los patrones de vida y los pensamientos mediante los cuales se aseguran a sí mismos que son religiosos.

Hay por lo menos cinco maneras en que las per­sonas viven su religión; nuestras vidas podrán carac­terizarse por cualquier combinación de las cinco. Aquí se describirán sin ningún esfuerzo por evaluar­las hasta que todas estén ante nosotros.

(1) Un hombre es religioso porque posee ciertas creencias que piensa son verdaderas. Por ejemplo, los Santos de los Últimos Días creen en la restaura­ción del evangelio, los Artículos de Fe, la inspira­ción divina en la vida del Profeta viviente y en otras doctrinas propias de su credo. La creencia es un pilar básico de la vida religiosa.

(2) Un hombre tiende a identificar su vida reli­giosa con el conocimiento de sus creencias. En el campo misional, piensa que es religioso porque aprende las escrituras y estudia los preceptos de su fe, sabiendo que la doctrina contribuye a la seguri­dad de que es religioso.

(3) Otra forma es participar en la Iglesia. Para un Santo de los Últimos Días ésta es fácil y puede ser compensadora. Miles son las formas en que uno puede adorar al Señor, servir a su prójimo, participar de los dones del evangelio y edificar el reino de Dios con manos, corazón, alma y mente; mediante los fanales de la institución que conocemos como la Iglesia de Jesucristo.

(4) Una cuarta y diferente manera de ser reli­gioso es entrando en una relación con la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A esto desea­ríamos llamarle la dimensión espiritual de la vida. Un hombre es religioso en esos momentos y hasta el grado en que siente gratitud, humildad, temor, reve­rencia, adoración, confianza y amor hacia Dios. Estos sentimientos están ilustrados en Salmos:

“. . . Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmos 27:1)

“Jehová es mi pastor; nada me faltará.” (Salmos 23:1)

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmos 73:25, 26)

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el sol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” (Salmos 139:7-10)

(5) La quinta dimensión de la religión está ex­presada en su relación con el prójimo. En nuestra fe Judeo-Cristiana uno vive su religión practicando la justicia y misericordia con los hombres.

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vos­otros con ellos. . . .” (Mateo 7:12)

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viu­das en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27)

“. . . Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 1:27)

Evaluación de la vida religiosa

Estas cinco maneras de ser religioso son legíti­mas. Una persona religiosa tiene creencias las cua­les le animan y dirigen en la vida. Un estudio de éstas debería elevar el conocimiento y profundizar su significado. En la vida de la Iglesia, el creyente recibe instrucción, los dones y bendiciones del evan­gelio y fortalece a sus semejantes; y seguramente la fe en Dios y la consideración hacia el prójimo son maneras fundamentales de vivir la religión.

En los resúmenes de la vida religiosa, se da én­fasis a las dos últimas maneras de ser religioso. Por ejemplo, en el decálogo, los primeros cuatro manda­mientos son referentes a la relación del hombre con Dios, y los últimos seis, a la relación del hombre con sus semejantes. La respuesta de Miqueas a la pregunta: “¿Con qué me presentaré ante Jehová?” encierra los dos mismos énfasis:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8)

Y en una manera similar Jesús contestó la pre­gunta: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” diciendo:

“. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:36-40)

De estas declaraciones se deduce que la creencia, el conocimiento de la religión, y la participación en la Iglesia tienen poco valor en sí, y para ellos mismos. Para ser eficaz en la vida, deben enseñar a uno a amar a Dios y al hombre. Santiago supo esto:

“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ” (Santiago 2:19)

Y Pablo sabía de las limitaciones de conocimien­to sin el amor:

“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. . . Ahora vemos por espejo, oscu­ramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte;… Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” (1 Corintios 13:2, 12, 13)

La religión profética comienza con una revela­ción dada al fundador, la cual lo induce a actuar en beneficio del prójimo. Moisés, al estar frente a la zarza ardiente, comprendió que estaba en tierra sa­grada y que Dios lo había llamado porque había vis­to la aflicción de Israel. Jesús pasó cuarenta días en el desierto resistiendo la tentación y recibiendo la fortaleza de su Padre, y después, “anduvo hacien­do bienes.” El apóstol Pablo estuvo frente al Cristo que cambió su manera de pensar y acciones hacia los paganos y cristianos. José Smith vio al Padre y al Hijo, después de lo cual vino la restauración del evangelio con el gran énfasis de llevar a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. La reli­gión principia con un mensaje de Dios lo cual des­pierta la preocupación del profeta por el hombre.

A medida que la religión se convierte en una institución, el mensaje divino original es a menudo ensombrecido por los intereses humanos. El antiguo amor por Dios y el hombre tiende a ser reemplazado por un gran interés en los asuntos de la organización, ritos, ceremonias, acciones superficiales y en los papeles legales. Esto se encuentra enérgicamente ilustrado en los escritos de Amos, Oseas, Miqueas, Isaías y Jeremías. En esos días, el pueblo escogido de Jehová estaba practicando superficialmente to­das las formas de la religión en el lugar y hora seña­lados, y al mismo tiempo, continuaban felizmente en sus negocios de vender al pobre a la esclavitud por el precio de un par de zapatos, de falsificar pese y medidas, de mezclar desperdicios con el trigo; agobiaban con impuestos a las viudas y huérfanos, sobornaban a los jueces en las cortes, bebían “vino en tazones, y se ungen los ungüentos más preciosos,” y no se “afligen por el quebrantamiento de José”. (Véase Amos 6:6)

Nadie ha declarado tan enfáticamente la nece­dad, futilidad e hipocresía de alabar y honrar a Dios a través de la religión formal, mientras que al mismo tiempo se ignoran y transgreden las obliga­ciones morales hacia los hombres, como los profetas de Israel. Jehová declaró por boca de Amos:

Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas,

“Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vues­tras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofren­das de paz de vuestros animales engordados.

“Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos.

“Pero corra el juicio como las aguas, y la justi­cia como impetuoso arroyo.” (Amos 5:21-24)

Este es el corazón del mensaje profético, repetido como el tema de una sinfonía. Dios es moral por naturaleza, una Persona de integridad y compasión. Ningún hombre puede servirle aceptablemente a me­nos que practique la integridad y misericordia en sus relaciones con el prójimo.1

En las enseñanzas de Miqueas o Jesús, Dios está igualmente interesado en los otros hombres así como lo está en mí, ni más, ni menos. No hay ma­nera de honrar a Dios al mismo tiempo que estamos deshonrando “el trabajo de sus manos.” Esta ense­ñanza fundamental viene repentinamente de las es­crituras. Ilustrémoslo: Amulek exhorta a su pueblo a orar por sus necesidades personales y entonces concluye:

“. . . No creáis que esto es todo; porque si des­pués de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 34:28)

Juan escribió algo similar:

“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas-” (1 Juan 2:9)

Aplicación en la actualidad

Es fácil discutir principios generales e ilustrar su aplicación en tiempos antiguos. Nadie parece estar profundamente inquieto o molesto por los acontecimientos pasados, pero cuando estas proscripciones bíblicas son interpretadas al idioma actual, parece haber situaciones de defensa y problemas. Alguien ha dicho: “Es muy fácil amar al prójimo (en lo abs­tracto); lo difícil viene cuando nos especializamos.”

En el siglo veinte, la sociedad ha llegado a ser alarmantemente compleja. Los asuntos no son ni sencillos ni claros; esto lo reconocemos. Uno no pue­de regirse por reglas de una era pasada y simple­mente dar al menesteroso y vestir al necesitado. Mu­chos problemas de la sociedad deben resolverse de una manera diferente al de un simple fundamento de persona a persona. Sin embargo, la filosofía bá­sica, el énfasis fundamental que se enseñó a través de las edades, es todavía válido. Para servir a Dios, el hombre debe servir a su prójimo. Quizá discuta­mos la manera de hacerlo pero no el precepto.

Por lo tanto, sin tratar en ningún sentido de juzgar a las personas, concluimos este artículo su­giriendo algunas de las responsabilidades sociales de todos aquellos que desean “subir al monte de Je­hová.” No podemos—más de lo que los antiguos israelitas pudieron—vivir la religión en la soledad de nuestras moradas y capillas e ignorar el efecto de nuestra conducta en la vida de otros, ya sea en los centros comerciales, escuelas, carreteras y caminos.

La vida moderna tiende a ser fríamente imper­sonal. Los seres humanos, fuera del círculo íntimo, se convierten en medio para nuestras metas, autóma­tas que trabajan en nuestro beneficio o nos dan ganancias. Pueden ser sólo estadísticas de los desocupados, personas que mueren anualmente en acci­dentes en carreteras, estudiantes de universidad, e incluso aquellas bautizadas en la Iglesia. Considere­mos algunos conceptos de la preocupación social en esta era del menoscabo de la persona.

Tratos honestos y justos

En estos días de relaciones impersonales de ne­gocios—ejemplificadas con las grandes compañías, supermercados, estaciones de servicio a lo largo de las carreteras, y los contratos gubernamentales—la tentación de ser deshonesto y desconsiderado con las personas se multiplica cada día. Las personas engañarán a un extraño o injustamente obtendrán ganancias del gobierno, pero nunca pensarían en ro­barle a un vecino. Se alteran los velocímetros de los autos con el propósito de volverlos a vender, los in­formes de los impuestos están incompletos, se sube el precio de las mercancías y con propaganda para una venta especial. Los maestros, abogados y doc­tores son tentados a satisfacer sus propios intereses antes que los de sus clientes.

Muchos de nosotros necesitamos afilar nuestro principios de ética y religión y entonces regirnos estrictamente por ellos en los negocios y actividades profesionales. Es fácil vivir una vida doble, una en las relaciones privadas, y otra para los negocios.

Participación en una comunidad grande

La Iglesia, con su rico programa de actividad y dirección secular, tiende a consumir el tiempo libre de sus miembros activos y esto de por sí, es algo bueno. ¿En dónde puede una persona servir mejor a Dios y al hombre? Sin embargo, también somos miembros de una gran sociedad, ciudadanos de la comunidad, el estado, la nación y el mundo. Los Santos de los Últimos Días necesitan ser ciudada­nos responsables en esta comunidad así como en sus círculos religiosos.

Es necesario estudiar y discutir los asuntos so­ciales y políticos de la actualidad en todos los niveles de la sociedad, así como ser activo en la vida cívica. En la ciudad moderna existen numerosas agencias sociales, por ejemplo: servicio familiar, centros de salud mental, consejos de servicio de la comunidad, las cuales necesitan el apoyo verdadero de los bue­nos ciudadanos. Todo adulto Santo de los Últimos Días, con algunas excepciones debido a la salud y circunstancias personales, debe prestar un buen ser­vicio a su comunidad, así como a su Iglesia.

Derechos humanos

El problema más grande en el mundo actual, desde el punto de vista del autor, aún más grande que el comunismo, es la necesidad de que los hom­bres de todas las razas, culturas y sociedades, sien­tan su propio valor y dignidad como seres humanos. El hombre tiene una larga y vergonzosa historia de subyugar y humillar a sus semejantes por razones económicas, políticas, religiosas, raciales y otras.

En el nombre de la religión y la humanidad, esta práctica tiene que llegar a su fin. Los hombres po­drán tener mayores talentos, más posesiones y ven­tajas sobre otros, pero como personas no son supe­riores. Todos somos hijos de la misma tierra y del mismo Creador. Dios ama a uno como a otro, ¿pue­de hacer menos? Todo ser humano tiene la misma necesidad de alimento, vestido, refugio, amor, autorrespeto y habilidad de expresarse. En las palabras del Libro de Mormón:

“Considerad a vuestros hermanos como a vos­otros mismos. . . en su vista un ser es tan precioso como el otro. . . .” (Jacob 2:17, 21)

“. . . pues él (el Señor) hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres. . . y los invita a venir a él, y participar de sus bondades; y a ninguno de los que a él vienen desecha, sean negros o blan­cos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuer­da de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto lo judíos como los gentiles.” (2 Nefi 26:33)

Los hombres son seres sociales. El amor frater­nal es la ley básica del evangelio y la vida, no im­porta cuánto tengamos, ni el puesto que tengamos en el Evangelio o la Iglesia de Cristo; si no tenemos amor “de nada os aprovechará.” “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” El aprender y practicar el amor y la justicia entre los hombres deberá ser nuestra meta principal al someternos al amor de Dios a través de Jesucristo. □

1.-Léase por ejemplo Isaías 1, Oseas 4, Miqueas 3, y Jeremías 7.

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El obispo

Liahona Agosto 1968

El obispo

Por Victor L, Brown
Del Obispado Presidente

En la sección central de este histórico Taber­náculo se encuentra un grupo de hombres de diversas partes del mundo; cada uno posee responsa­bilidades que lo diferencian de las otras personas que no pertenecen a este grupo. Casi todos los fines de semana tenemos la oportunidad de visitar a los obispos de la Iglesia en sus propias estacas; hoy tenemos el privilegio de tenerlos con nosotros en esta conferencia general. Sentimos un gran amor y respeto por ellos y estamos agradecidos por la gran obra que están desempeñando.

Antes de que me nombraran como obispo, sabía muy poco acerca de las responsabilidades de este cargo; he pensado que quizá otros miembros de la Iglesia carezcan de información, como pasó conmigo. El obispo es, o debería ser, una de las personas más importantes en la vida de todo miembro de la Igle­sia. Si es importante para nosotros, entonces nos­otros debemos ser importantes para él. Ruego que pueda decir algo que acerque más a los obispos a sus miembros, pero aún más, los miembros a sus obispos.

Para entender al obispo, debemos saber algo acerca de sus responsabilidades, las cuales son bas­tantes. El tiempo es limitado, así que sólo discutire­mos unas pocas. Primero, revisaremos dos de sus responsabilidades temporales: el cuidado del nece­sitado, y las finanzas.

En conexión con el Programa de Bienestar, fre­cuentemente escuchamos esta declaración; que la Iglesia cuida de lo suyo. El obispo es la clave prin­cipal al administrar el Programa de Bienestar, él y sólo él, determina quién recibirá ayuda, la manera en que la recibirá y, con la ayuda de la presidenta de la Sociedad de Socorro, hasta qué grado.

El obispo afronta esta asignación con un espíritu de amor, benevolencia y entendimiento. Una de sus metas principales es ayudar a las personas a conservar su autorrespeto y dignidad; y tiene ciertos principios sobre los cuales se basa para la adminis­tración de dicho programa.

El primer principio es que se espera que nos­otros, como miembros de la Iglesia, tengamos con­fianza en nosotros mismos y seamos independientes. Se nos amonesta a que tengamos almacenaje de ali­mentos en reserva para casos de serias dificultades. Si las circunstancias tales como un serio accidente o enfermedad resultaran en necesidad de ayuda, de­bemos recurrir a nuestras familias; si éstas no pue­den ofrecernos ayuda, es entonces que debemos ir al obispo.

Después de una cuidadosa investigación personal, el obispo decide sí la Iglesia debe prestar ayuda. Si su decisión es afirmativa, ésta deberá limitarse a las necesidades de la vida, y sólo hasta que la familia pueda valerse por sí misma nuevamente. El obispo no tiene la responsabilidad de sacarnos de nuestros problemas financieros causados por el imprudente manejo de nuestro salario.

Si él nos presta ayuda, espera que trabajemos por ella si estamos físicamente capacitados; su mo­tivo al hacer esto es ayudarnos a mantener el auto­rrespeto y no sentir que estamos recibiendo limosna. Francamente, muchas veces le sería mucho más fá­cil dar limosna; pero reconoce esto como un mal, y su deseo es beneficiarnos con este programa, y no debilitamos.

Hay muchas otras facetas referentes a este pro­grama, tales como las ofrendas de ayuno, proyectos de bienestar, presupuestos y almacenes del obispo. Como miembros de la Iglesia, se espera que respon­damos al llamado del obispo y su comité de bienes­tar en cada fase de dicho programa. En algunos lugares del mundo, este programa de bienestar es muy limitado; en tales casos, se espera que de todos modos apoyemos al obispo dentro de las normas establecidas.

En cuanto a las finanzas: el obispo debe recurrir a los miembros de su barrio para la ayuda financiera que sea necesaria para llevar a cabo los asuntos del barrio.

Uno de los problemas que más preocupa a los obispos es el de recolectar los fondos para el presu­puesto del barrio. Dichos fondos se necesitan para los gastos de las organizaciones del barrio y los cos­tos de mantenimiento de la capilla. Nosotros, como miembros del barrio, podemos ser una gran ayuda para el obispo si respondemos a sus peticiones por ayuda financiera. El Señor dijo que si pagábamos nuestros diezmos y ofrendas, abriría las ventanas del cielo y derramaría tantas bendiciones que casi no habría lugar para ellas.

El obispo sabe que todos los fondos que él re­cibe son sagrados, y que se aceptan como ofrendas voluntarias. Mediante nuestra voluntad para sostenerlo en los asuntos financieros, aligeramos su carga.

Hasta ahora hemos discutido sólo los asuntos temporales; ahora hablemos acerca de algunas de sus responsabilidades espirituales.

Por revelación del Señor, el obispo es el presi­dente del quorum de presbíteros. Él y sus conse­jeros constituyen la presidencia del Sacerdocio Aarónico de su barrio; él es la piedra angular en todos los asuntos referentes a los jóvenes de ambos sexos, y recibe ayuda de sus consejeros, maestros orienta­dores, secretarios generales, asesores, oficiales de las organizaciones auxiliares y maestros; pero con todo ello, él es la piedra angular en todo lo que se lleva a cabo.

Jóvenes: el obispo ha sido llamado mediante la inspiración de nuestro Padre Celestial para ser vues­tro consejero espiritual; ha sido designado como juez común por el Señor; él tiene una bendición es­pecial que le confiere el poder de discernir y enten­der; a él es a quien tenemos que acudir para con­fesar nuestros pecados. Tenemos que hacer esto si deseamos arrepentimos verdaderamente; el obispo reconoce que mediante la bendición del Señor él pue­de ser un juez, y a menos que sea justo, está sujeto a la condenación, ya que en las escrituras dice: “Que los derechos del sacerdocio están inseparable­mente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.

“Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de in­justicia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!” (Doc. y Con. 121:36-37)

El obispo está inalterablemente opuesto al pe­cado en cualquier forma, al mismo tiempo que tiene gran comprensión y misericordia por el pecador. Re­conoce muchos problemas de la vida y está listo para dar ayuda, especialmente cuando lo que está suce­diendo es algo difícil. Él puede ayudarnos en mu­chas formas sí le damos la oportunidad. Cualquier cosa que le confiéis permanecerá como un secreto. Deseo exhortaros a que dejéis que vuestro obispo os bendiga con su sabiduría; escuchadlo, él nunca estará demasiado ocupado para atenderos.

Existe otra responsabilidad básica espiritual que puede sobrepasar a todas las demás. El obispo es el padre espiritual del barrio, el sumo sacerdote que dirige; esta responsabilidad se extiende como un inmenso paraguas que nos cubriera a todos.

Él tiene un número de personas que lo ayudan en esto: los maestros orientadores. Esta es una responsabilidad de los poseedores del sacerdocio, la cual, si se lleva a cabo devotamente, quitará una gran carga de los hombros del obispo. El maestro orientador es en realidad un ayudante del obispo; él es el que se pone más en contacto con la familia. Un obispo comentó que uno de los más grandes cum­plidos que había recibido fue cuando una familia llamó primero al maestro orientador en un caso de enfermedad. El presidente McKay ha dicho que si los maestros orientadores desempeñan su deber, és­tos deben ser llamados antes que el obispo en un caso de muerte en la familia. Deseo exhortar a todo maestro orientador a que aprecie su responsabilidad y lleve a cabo su deber como ayudante del obispo.

Como padre del barrio, el obispo tiene muchos otros ayudantes; todo oficial y maestro le presta ayuda. Nosotros, como miembros del barrio, tene­mos la responsabilidad de responder a los llamados del obispo. El deberá poder depender de nosotros al llevar a cabo nuestras asignaciones; él necesita la ayuda de todos. Con esa ayuda, no sólo la obra del Señor progresa, sino que personalmente somos ben­decidos con una felicidad que no puede venir de ninguna otra fuente, a causa de que mostramos amor por nuestro Padre Celestial; porque las escrituras dicen: “, . . cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios.” (Mosíah 2:17)

¿Quién es este obispo del que hemos estado ha­blando? Podrá ser el vecino, el hijo de vuestros amigos íntimos, podrá ser ese muchacho ruidoso que teníais en la clase de la Escuela Dominical hace sólo unos pocos años, aquél a quien estuvisteis a punto de expulsar de la clase, para que nunca jamás re­gresara.

Casi siempre es esposo, generalmente padre, siem­pre el que gana el sustento. Afronta todos los pro­blemas que tenemos, tiene sus flaquezas e imperfec­ciones, sus gustos y aversiones y también su idio­sincrasia. Sí, es un ser humano, un ser humano especial a causa del llamamiento especial con una bendición también especial. Esto es lo que el Señor dijo que tiene que ser: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“No dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;

“Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad.

“(Pues el que no sabe gobernar su propia casa ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?)

“No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.” (1 Timoteo 3:2-6)

Este hombre, vuestro obispo, no solicitó el pues­to, ni siquiera se ofreció como voluntario. Es más factible que aceptara el llamamiento con temor, sin embargo, con la fe y deseo de perfeccionarse a sí mismo como una medida de lo que el Señor espera de él.

Su leal y amorosa esposa y sus hijos también han aceptado compartir su responsabilidad, al no quejarse cuando está fuera de casa la mayor parte del tiempo, estando siempre alegres cuando el telé­fono suena a la hora de la comida o a las tres de la mañana, y al estar dispuestos a llevar a cabo algu­nas de las responsabilidades que normalmente co­rresponden al esposo y padre.

Que el Señor derrame sus más ricas bendiciones sobre estos maravillosos y fieles obispos, sus esposas e hijos; y ojalá que nosotros, los miembros de sus barrios, respondamos a sus llamados, aun cuando al­gunos de ellos parecen tan jóvenes, y a pesar de que nosotros no los hubiéramos escogido. El Señor nos bendecirá por sostener a los siervos que ha lla­mado a dirigirnos.

Os doy mi testimonio de que esta es la Iglesia de Jesucristo, que los obispos de la misma han sido llamados por nuestro Padre Celestial mediante la inspiración extendida a aquellos que nos dirigen, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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La oración diaria

5 de Abril 1968

La oración diaria

Por el presidente Joseph Fielding Smith
De la Primera Presi­dencia

El siguiente es el texto completo del discurso pronunciado por el presidente José Fielding Smith de la Primera Presi­dencia en la sesión de la mañana del viernes 5 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual de la Iglesia en Salt Lake City, Utah

Mis queridos hermanos, es un gran placer para mí tener la oportunidad de estar aquí con vosotros en esta conferencia.

Como Santos de los Últimos Días tenemos muchos deberes que cumplir. Algunas veces me pregunto si no somos un poco descuidados, desconsiderados y olvidadi­zos, no prestando mucha atención a las cosas sencillas del evangelio.

Me pregunto si alguna vez nos detenemos a pensar porqué el Señor nos ha mandado que oremos. ¿Nos lo pidió porque desea que nos inclinemos delante de Él y lo adoremos? ¿Es esa la razón principal? No creo que lo sea. Es nuestro Padre Celestial, y nos ha mandado que lo adoremos y oremos a Él en el nombre de su Ama­do Hijo, Jesucristo. Pero el Señor puede pasar muy bien sin nuestras oraciones; su obra seguirá adelante ya sea que le oremos o no. El conoce el fin desde el principio.

Hay muchos mundos que han pasado por las mismas experiencias por las que nosotros estamos pasando. Evi­dentemente ha tenido otros hijos en otros mundos en donde tuvieron los mismos privilegios y oportunidades de servirle y los mismos mandamientos que se nos han dado. La oración es algo que necesitamos nosotros, y no el Señor. Él sabe cómo dirigir sus asuntos y organizar los sin necesitar de nuestra ayuda. Nuestras oraciones no tienen el fin de indicarle cómo manejar sus asuntos, y si pensamos que es así, por supuesto estamos equivo­cados. Las oraciones que ofrecemos son para nuestro beneficio, para edificarnos, fortalecernos y darnos valor para aumentar nuestra fe en El.

La oración es algo que ennoblece el alma. Aumenta nuestra comprensión y agudiza la mente, nos acerca a nuestro Padre Celestial. Necesitamos su ayuda, no hay ninguna duda de ello; necesitamos la guía de su Santo Espíritu; necesitamos saber cuáles son los principios que se nos han dado por los cuales podemos volver a su presencia; necesitamos que nuestras mentes sean alertadas por la inspiración que viene de Él, y por estas ra­zones es que le oramos, para que nos ayude a vivir de manera tal que conozcamos su verdad, podamos andar en su luz, y por medio de nuestra fidelidad y obediencia, volver nuevamente a estar en su presencia.

Si somos fieles y cumplimos con cada convenio, con cada principio de verdad que se nos ha dado, entonces después de la resurrección volveremos a su presencia y seremos como El, tendremos cuerpos que brillarán como el suyo; si somos fieles mientras estamos acá, seremos sus hijos.

Pero el Señor va a hacer una gran segregación des­pués de la resurrección de la humanidad, y muchos, en realidad la mayor parte de los habitantes de la tierra no serán llamados hijos e hijas de Dios, sino que irán al próximo mundo a ser sirvientes. Sabéis lo que dijo en el maravilloso Sermón del Monte:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

“Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14)

La vida eterna es el don maravilloso reservado para aquellos que están dispuestos a guardar los mandamien­tos del Señor acá, en la mortalidad.

Todos recibirán la resurrección. ¿Es ésa la vida eter­na? Por cierto que no en las palabras de nuestro Padre que está en los cielos, a eso lo llaman inmortalidad, o sea el derecho de vivir para siempre, pero el Señor ha dado su interpretación sobre lo que es vida eterna. La vida eterna es tener la misma clase de vida que tiene nuestro Padre Celestial y ser coronados con las mismas bendiciones, glorias y privilegios que El posee para que podamos ser sus hijos, miembros de su familia.

Para llegar a ser hijos e hijas de Dios debemos ser fieles a todos los convenios que son parte del evangelio, y serlo hasta el fin de nuestros días. Si lo hacemos, en­tonces heredaremos, seremos llamados herederos y sere­mos coherederos con Jesucristo; pero ¿qué heredaremos? No es que Él vaya a descender de su trono para que nosotros podamos ascender, sino que heredaremos las mis­mas bendiciones, privilegios y oportunidades de progreso que El posee, para que a su tiempo podamos llegar a ser como El, teniendo reinos y tronos. Seguir leyendo

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“Nacer nuevamente”

6 de Abril 1968

“Nacer nuevamente”

El presidente Alvin R. Dyer

El siguiente es el texto del discurso pronunciado por el presidente Alvin R. Dyer en la sesión de la tarde del sábado, 6 de abril de 1968 durante la 138a. Conferencia General Anual.

Ciento a mi querida esposa a mi lado, ella, junto con mi familia han sido una gran ayuda para mí en mi esfuerzo por servir al Señor.

Hace muchos años un hombre de la ley buscó a Jesús de Nazaret para preguntarle cuáles eran los re­quisitos que un hombre debía cumplir para llegar a la vida eterna. La respuesta que le dio el Señor, aunque simple, no fue entendida completamente por este hombre docto en la sabiduría de los hombres. El Señor le dio la respuesta de que el hombre debe “nacer nuevamente” si es que quiere entrar en el Reino del Cielo y vivir otra vez en la presencia de Dios, el Padre, y de su Hijo, Jesucristo.

El nacer nuevamente es una parte esencial para la conversión al evangelio, tal como Cristo instruyó a Nicodemo. Pero los hombres tienen en una manera simi­lar, aunque tal vez no con la misma potencia, muchos renacimientos de diferentes formas en el curso de la vida mortal. Usualmente estos renacimientos están re­lacionados con hechos importantes o casi tragedias. Pero el “nacer nuevamente” no es parte de la regeneración en las vicisitudes de la vida.

Recuerdo haber estado al borde de la muerte en dos ocasiones, una siendo un niño de la edad de los diáconos cuando estúpidamente me puse un alfiler de sombrero en la boca. Estaba sentado en el sillón al lado de la ventana cuando el ruido súbito de un trueno hizo que me lo tragara. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me asusté grandemente. Me puse de rodillas y oré para que ese accidente no me causara la muerte. Le prometí al Señor en ese momento que le serviría todos los días de mi vida. Creo que en esa comunicación con el Señor tuve un “renacimiento”.

En otra ocasión, junto con mi esposa May y nuestros dos hijos, Gloria y Brent, fuimos a la playa en California después de un viaje por el desierto, en un auto sin aire acondicionado. Pronto nos pusimos los trajes de baño y nos dirigimos a la playa; mi esposa y los niños se detu­vieron para jugar en la arena disfrutando de la fresca brisa, pero eso no fue suficiente para mí; me lancé en el océano y comencé a nadar internándome en el mar sin darme cuenta de cuán lejos iba, y cuando traté de re­gresar me di cuenta que estaba en una corriente que no me dejaba avanzar. Luché con todas mis fuerzas pero mis esfuerzos no dieron resultado.

Pronto comprendí la situación y me enfrenté con la posibilidad de ahogarme y no volver a ver a mis seres queridos. En unos pocos segundos pasaron por mi mente los recuerdos de mi vida, y nuevamente supliqué que fuera rescatado de la situación en que yo mismo me había metido, al entrar en el agua sin prestar atención a la señal indicada por una bandera roja.

Comencé a gritar pidiendo ayuda, y a pesar del ruido producido por las olas y la niebla, mis gritos fueron es­cuchados por un salvavidas que vino a mi rescate en un bote, justo cuando mis fuerzas se estaban terminando.

Llegamos a la costa después de expresar mi agra­decimiento al guardia, me senté sobre la arena a medi­tar y dar gracias a mi Padre Celestial. Creo que ese día volví a nacer, comprendí lo que significa estar vivo y tuve el sentimiento interior de tratar de vivir una vida digna.

Tal vez el “renacer” significa tener otra oportunidad, renovar nuestros esfuerzos para hacer nuestra parte. Mu­chas veces en mi vida he sentido eso al recibir llama­mientos para servir al Señor. Tuve ese sentimiento cuan­do fui llamado al apostolado en la conferencia de octu­bre próximo pasado. En este día siento como que un nuevo “renacimiento” está teniendo lugar. Seguir leyendo

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La Palabra de Sabiduría

7 de Abril de 1968

La Palabra de Sabiduría

Por el presidente N. Eldon Tanner

El siguiente es el texto completo del discurso del presiden­te N. Eldon Tanner, pronunciado a las 10:00 horas del domingo 7 de abril de 1968, durante la 138a. Conferen­cia General Anual en el Tabernáculo.

Hace 135 años, un Profeta de Dios nos dio una revelación conocida como “Una Palabra de Sabi­duría. . . dada como un principio con promesa, adap­tada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos, que son, o que pueden ser llamados santos. He aquí, de cierto, así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y los designios que existen y que existirán en los corazones de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado, y os prevengo, dándoos esta pala­bra de sabiduría por revelación.” (Doc. y Con. 89:1-4) Entre otras cosas, nos amonesta contra el uso del tabaco y las bebidas alcohólicas.

Y entonces nos da esta promesa:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los manda­mientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;

“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conoci­miento, aun tesoros escondidos;

“Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar. Seguir leyendo

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Cultivad un incansable apetito por el conocimiento

6 de Abril de 1968

Cultivad un incansable apetito por el conocimiento

Presidente Hugh B. Brown
De la Primera Presidencia

El siguiente es el texto completo de la narración ilustrada del presidente Hugh B. Brown de la Primera Presidencia, durante la Conferencia General del Sacerdocio, de la 138a. Conferencia Anual de la Iglesia, realizada la noche del sábado 6 de abril de 1968 en el Tabernáculo de la ciudad de Lago Salado.

Hermanos del Sacerdocio, nos reunimos esta noche en el famoso Tabernáculo y en cientos de capillas y otros lugares de reunión a través de los Estados Unidos y Canadá en lo que indudablemente es la reunión del sacerdocio más grande en esta dispensación, aumentada por una extensa audiencia que se ha unido a nosotros por medio de una transmisión por televisión.

Nos reunimos reverentemente en el nombre del fun­dador y principal de la Iglesia, nuestro Señor y Salva­dor, Jesucristo, de cuya divinidad humildemente damos testimonio.

Bajo la dirección de su Profeta, el presidente David O. McKay, la Primera Presidencia de la Iglesia emite una admonición y una exhortación que está dirigida hacia la juventud y los adultos igualmente—para abre­viar—a todos los miembros de la Iglesia y a nuestros semejantes de todo el mundo. Pero nuestro llamado va dirigido primeramente a vosotros, quienes estáis en ese interesante pero difícil período entre la niñez y la edad adulta llamado adolescencia, cuando ya no estáis some­tidos al estricto control de la niñez pero a su vez no estáis preparados para aceptar las totales responsabili­dades de un ser adulto.

Mantened en mente el hecho desafiante de que vues­tra meta no es simplemente exceder a otros, sino exce­deros a vosotros mismos; comenzad hoy mismo a ser la clase de persona que deseáis ser; a inmortalizar el pre­sente y el futuro que está delante para que vuestra vida pueda tener significado eterno. Cultivad un incansable apetito por el conocimiento.

Cada uno de vosotros es un heredero de las épocas. Aquellos que han ido adelante han descubierto parcial­mente y revelado un mundo de maravillas, con ilimita­dos y privilegiados campos.

A propósito, frecuentemente hemos exhortado a nues­tra juventud a que mantengan sus risas durante su edad madura. Un sano sentido del humor será una válvula de seguridad que os permitirá aplicar un toque risueño a los problemas más serios y a aprender una lección im­portante, que “el sudor y las lágrimas” fallen en resolver. Una línea tomada de Proverbios nos aconseja que “El corazón alegre produce buena disposición: más el espíritu triste seca los huesos.” (Proverbios 17:22)

Vivimos en una sociedad que cambia rápidamente y cuyos desafíos son temibles en su objetivo y frustrantes en su complejidad. Nuestra era es una era atómica don­de los movimientos, acciones y cambios revolucionarios son constantes. Un nuevo mundo está estallando sobre nosotros con repentina prontitud e irresistible fuerza— un mundo que es al mismo tiempo auspicioso y ominoso. La época requiere que nos preparemos para enfrentar las demandas del futuro, hacer los sacrificios requeridos, gozar de sus recompensas e inapreciables privilegios y acomodarnos a la ley universal del cambio.

Para tal finalidad, nuestra primera exhortación a vosotros es “estéis preparados”. Constantemente prepara­dos y continuad preparándoos para el futuro—vuestro futuro—el cual espera de vosotros importantes con­tribuciones. El paso del hombre a través de la vida es sostenido por el poder de su conocimiento.

La preparación que exhortamos no sólo es la educa­ción sino también la disciplina en ella, sea ésta impuesta o voluntaria.

Cada uno de vosotros debe enfrentar y resolver la pregunta de qué es lo que hará después que termine la enseñanza secundaria. Esta es una de las preguntas esenciales de la vida, que debe ser contestada con reso­lución y entusiasmo. Vuestra respuesta, si está afian­zada por el valor y la energía, determinará en gran manera cómo pasaréis el resto de vuestras vidas. Es, por lo tanto, de trascendental importancia.

Pero habrá tentaciones y altibajos a lo largo del camino, susurros sutiles intencionados a induciros a que abandonéis la búsqueda del conocimiento y a que seáis conducidos hacia desviaciones peligrosas. Tened cuidado de no ceder a la tentación, a veces halagadora, pero siem­pre falsa y destructora del alma de participar en cosas que Dios ha dicho no son buenas para el hombre.

Cito al autor Robert G. Ingersol, que por seguro no fue motivado por una gran razón religiosa, pero quien usó su maravillosa retórica para golpear a este enemigo común. “Creo, señores, que el alcohol, hasta cierto punto, desmoraliza a quienes lo producen, a aquellos que lo ven­den, y a aquellos que lo beben.

“Pienso que desde el momento en que sale de la plegada y envenenada serpiente de la destilería hasta que se vacía en el infierno del crimen, muerte y desho­nor, desmoraliza a todo aquel que lo toca. No creo que nadie pueda contemplar este sujeto sin convertirse en par­cial contra este crimen líquido. Todo lo que tenéis que ha­cer, señores, es pensar en la destrucción sobre cualquiera de ambas orillas de la corriente de la muerte—de los suicidios, de la insanidad, de la pobreza, de la ignoran­cia, de la angustia, de los niñitos tironeando las desco­loridas ropas de esposas sollozantes y desesperadas, pi­diendo pan; de los hombres de genio que ha destrozado, de los millones que han luchado con serpientes imagi­narias producidas por esta endiablada cosa. Y cuando se piensa en las cárceles, en los asilos, en las prisiones y en los cadalsos sobre cada orilla—no me extraña que cada hombre juicioso se defina contra esa endemoniada cosa llamada alcohol.” (Robert G. Ingersol.)

No permitáis que nadie os persuada de que el uso inapropiado de narcóticos, lo que se está volviendo co­mún en algunos centros de estudio, pueda beneficiaros en cierta manera. Algunos os dirán que ciertas drogas expanden el alma, pero como Al Capp nos dijo es una de sus historietas cómicas: “Mariguana y LDS expanden el alma de la misma forma que la bomba atómica ex­pandió a Hiroshima.” Al igual que Robert M. Hutchins de la Universidad de Chicago dijo: “No estoy preocu­pado acerca del futuro económico, estoy preocupado sobre vuestras morales. . . El más insidioso y paralizante peli­gro que enfrentaréis en la vida, es el peligro de la corrup­ción.”

De cada uno de los elevados caminos de verdades, desciende,
Por cada error que detiene el alma
Con la tristeza y la soledad del alma pagamos,
Y también con la demora en alcanzar la meta.

Recordad, la ley de la cosecha es inexorable. Lo que sembráis recogeréis. El uso de muchas substancias dañi­nas impedirá vuestro progreso hacia la meta.

La educación ha sido siempre reconocida por la Igle­sia como la obligación número uno de cada generación para con sus sucesores y de cada individuo para con­sigo mismo. Cada uno de nosotros es un ser inteligente, eterno y divinamente dotado. Nos incumbe por lo tanto, alentar y mantener vivo el espíritu inquisitivo, aprender y continuar aprendiendo todo lo que nos sea posible, acerca de nosotros, nuestros semejantes, nuestro universo y nuestro Dios, quien es nuestro Padre.

El profeta José Smith dijo: “Para ser salvo, un hom­bre debe elevarse por sobre todos sus enemigos, incluso por sobre la ignorancia.” Su profundo y constante in­terés en la educación es demostrado por el hecho de que fundó el primer programa de educación para adul­tos en América—La Escuela de los Profetas.

Aunque los Santos refugiados estaban ocupados eri­giendo un templo y predicando el evangelio reciente­mente restaurado, fueron sin embargo amonestados por el Señor a través del Profeta para que se enseñaran mutua­mente “cosas del cielo y de la tierra, y de debajo de la tierra; (conocimiento general), cosas que han sido (his­toria), cosas que son (hechos del presente), cosas que pronto sucederán (profecía), cosas de aquí, cosas de otro lado; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que están sobre la tierra, y también conocimiento de los países, y de los reinos.” En resumen, una educación general y comprensiva. Seguir leyendo

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El respeto

Liahona Abril 1968

El respeto

Por John H. Vandenberg

Durante el ministerio terrenal del Salvador, ya estuviera con el leproso, el lisiado, el sabio, ya se arrodillara en solemne oración ante su Padre, demostró poseer un profundo respeto hacia los demás. Aun durante la dura prueba, cuando aquellos que Él amaba, lo traicionaron, y aquellos a quienes había venido a servir se mofaron de Él y lo maldijeron, jamás salió de su boca una palabra irrespetuosa. Aun cuando la multitud gritó: “¡Crucificadlo! ¡Crucifi­cadlo!” y fue llevado al Gólgota para sufrir los más dolorosos tormentos, sus pensamientos fueron para el bienestar de su madre, para aquellos que amaba, y aun para los que lo crucificaron, y de sus labios no salió una palabra de menosprecio.

Jóvenes de ambos sexos: es esta importante ca­racterística del respeto lo que deseo considerar con vosotros. Esta es una virtud que a menudo resulta difícil que la juventud aprecie; sin embargo es una de las características de la madurez, la dignidad y la grandeza. Aunque el respeto es una virtud que puede aplicarse a cada etapa de nuestra vida, qui­siera discutir con vosotros algunos de sus aspectos que parecen ser de particular importancia en nuestros días.

El respeto a los padres

Desde los tiempos de Adán a los de Sinaí, y a nuestros días, siempre ha acompañado al joven la responsabilidad de respetar a sus padres; todos los grandes hombres lo han hecho. Cristo, nuestro Maes­tro, el más grande de todos, mientras colgaba san­grante en la cruz, pensó en su madre. El respeto a los padres es básico para llegar a ser un hombre o una mujer dignos.

Se cuenta el caso de un muchacho inglés que fue enviado a vigilar el campo de su padre. Bajo ningún concepto, debía dejar entrar a nadie en él. Apenas había tomado su puesto cuando llegaron algunos cazadores y le ordenaron abrir los portones. El mu­chacho declinó la orden, diciendo que se proponía obedecer las instrucciones de su padre. Por fin, uno de los señores se adelantó y le dijo con voz autori­taria: “Hijo, tú no me conoces, pero yo soy el Duque de Wellington, y no estoy acostumbrado a que se me desobedezca. Te ordeno que abras los portones.” El muchacho se quitó la gorra, y respondió con voz firme: “Estoy seguro de que el Duque de Wellingten no desea que obedezca sus órdenes. Debo mantener cerrados los portones, y nadie puede pasar por ellos, a no ser con el expreso permiso de mi padre.” En­tonces el Duque se quitó el sombrero, y dijo: “Ad­miro al hombre o muchacho que no se deja asustar ni sobornar para desobedecer órdenes. Con un ejér­cito de tales soldados, yo podría conquistar no sólo a Francia sino al mundo.”

La obediencia a los padres es la forma más su­blime del respeto, y a menudo son las así llamadas “pequeñas” cosas las que lo expresan. Sería bueno, jóvenes, que os dierais cuenta de que todo lo que sois, y todo lo que tenéis, se lo debéis a vuestros padres. No hay en vuestra vida nadie que merezca mayor respeto.

Muchas veces oímos comentar a los jóvenes que desearían que se les respetara más, y esta queja tiene su motivo; sin embargo, una regla básica de las relaciones humanas es aquella de que “el respeto engendra respeto”. Encontraréis que ganáis el res­peto de vuestros padres y otras personas, al tiempo que los honráis y respetáis a ellos.

Hace poco, un hombre que ahora camina encor­vado y cuyo cabello ha sido blanqueado por los años, contó un incidente. Cuando era joven, volvía una noche del campo de heno en la granja paterna, des­pués de haber trabajado desde el alba, cuando su padre le salió al encuentro pidiéndole que fuera has­ta el pueblo para llevar un recado. El anciano relató:

“Yo estaba cansado, sucio y hambriento. El pue­blo quedaba a más de tres kilómetros, y yo quería ir a casa a comer. Mi primer impulso fue rehusar ásperamente, porque estaba enojado con mi padre por ir a pedirme que fuera después de mi larga jor­nada de trabajo. Pero sabía que si me negaba iría él mismo, así que le dije: ‘Claro que voy, papá’ y le alcancé mi guadaña a uno de los hombres. ‘Gracias Jim’ replicó mi padre. ‘Pensaba ir yo pero no sé por qué no me siento muy bien hoy’. Me acompañó hasta el camino que conducía al pueblo, y antes de alejarse, poniéndome la mano en el brazo, me dijo otra vez: ‘Gracias, hijo. Siempre has sido un buen hijo, Jim’.

“Me apuré en el camino de ida y también al re­greso. Al acercarme a la casa, vi que había pasado algo. Todos los peones estaban reunidos alrededor de la puerta en lugar de estar cumpliendo con sus tareas. Cuando me acerqué a ellos, uno se dio vuelta y con lágrimas en los ojos me dijo: ‘Tu padre. . . ha muerto. Cayó al llegar a la casa. Sus últimas palabras fueron para ti.’

“Soy viejo ahora; pero he agradecido a Dios durante todos los años que han pasado desde aquel día, por aquellas últimas palabras de mi padre. ‘Siempre has sido un buen hijo.’ ”

El respeto a vuestros padres es el primer paso hacia la nobleza.

El respeto a los demás

El respeto es una actitud que a menudo se encuen­tra en lo que comúnmente se llama “cortesía co­mún”. Una de las tragedias de nuestro tiempo es que esta “cortesía común” no es tan común como debiera ser. Es una forma básica y esencial, del res­peto y la consideración. “Todas las puertas están abiertas a la cortesía,” dijo Thomas Fuller. Y Tennyson observó que “Cuanto mayor la grandeza del hombre, mayor su cortesía”.

La cortesía es una forma de respeto indispensa­ble para llegar a ser un hombre o una mujer dignos, y refleja confianza en sí mismo y autoestima. Ha­blando sobre esto, E. S. Martin dijo: “El autorespeto es la base de los buenos modos. Estos son la expresión de la disciplina, la benevolencia, del res­peto hacia los derechos, los sentimientos y la como­didad de los demás.”

Sería bueno, jóvenes, que nos examináramos, y cuidáramos que en todas nuestras acciones; seamos corteses y considerados, con ese respeto que brota de adentro.

Cicerón dijo: “Nada puede hacer más por la grandeza de un hombre, que la cortesía.”

El respeto a la ley

El respeto a la ley y a la autoridad civil es una parte básica de nuestras creencias. El profeta José Smith declaró que “creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes, y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley”. En nuestra so­ciedad, hay quienes se burlan y ridiculizan esto.

El respeto a la autoridad divina

El apóstol Pablo tuvo que aprender el respeto a la autoridad antes de ser llamado al ministerio. El libro de los Hechos nos cuenta del viaje de Saulo hacia Damasco, interrumpido cuando la voz del Se­ñor le clamó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y él le dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.” (Hechos 9:4, 6)

El Señor podría haberle dicho en pocas palabras lo que debía hacer, pero El conocía a Saulo y sabía que tendría dificultad en reconocer y respetar la autoridad de los líderes de la Iglesia, tal como lo probaron hechos posteriores. Por eso, en un esfuerzo por grabar en él la importancia vital del respeto a la autoridad de la Iglesia, el Señor envió al letrado Saulo a Ananías, el humilde presidente de la Iglesia en Damasco, precisamente el hombre a quien Pablo iba a arrestar por instrucciones relacionadas con el evangelio de Jesucristo.

El respeto a la autoridad es básico en nuestra doctrina. En las Doctrinas y Convenios, el Señor dio énfasis a este punto cuando declaró: “Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho, y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi pro­pia voz, o por la voz de mis siervos, es lo mismo.” (Doc. y Con. 1:38)

Hay una gran bendición para vosotros, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, y para vosotras, señoritas, si lográis comprender lo que se encuentra implicado en esta declaración del Señor. Mirad al Profeta, a vuestro presidente de estaca y a vuestro obispo; res­petad su autoridad y seguid su consejo.

El respeto, como ya hemos dicho, es básico. De­masiado frecuentemente en nuestra sociedad actual, los jóvenes, inseguros en su falsa madurez, se vuelven a la irrespetuosidad, pensando que dará fuerza a la imagen que se han formado de sí mismos. No comprenden que actuando así, están “traicionando su propio derecho a la dignidad”.

Concluyamos parafraseando una declaración del presidente McKay: “Los pequeños hombres pueden lograr éxito, pero sin (el respeto) jamás serán gran­des.”

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La fiesta de la Pascua

La fiesta de la Pascua

Por Helen Black Smith
Liahona Abril 1968


Nunca había sido maestra en la Escuela Domini­cal, a pesar de que había pertenecido a la Igle­sia por casi cincuenta años. Ahora, con la asigna­ción de enseñar a los estudiantes de 16 y 17 años, la cual se me dijo era la edad “difícil”, estaba pre­ocupada.

“¡Preparen una lección interesante!”, era lo que aconsejaban los mejores manuales de entrenamiento de maestros.

“¡Queremos una fiesta!”, insistió la clase.

¿Cómo podría hacer una lección interesante para una clase apática? ¿Son las fiestas una característica de la Escuela Dominical? ¿Qué podía hacer una maestra inexperta?

Estábamos en la novena lección de El Mensaje del Maestro, hasta que tristemente me di cuenta de que no estaba comunicando el mensaje a mis oyen­tes mientras les describía la fiesta de la pascua. Re­pentinamente se me ocurrió combinar las órdenes del maestro de capacitación con las de los estudian­tes y tener nuestra propia “Pascua”. Era la época propicia para ello y dicha celebración podría ayu­darme a unirme más estrechamente a mis alumnos.

La respuesta a mi sugerencia fue algo menos que entusiasta, pero la idea fue aceptada—quedando en­tendido de antemano que alguien haría el trabajo. Incluso las invitaciones que compuse en un tipo de lenguaje bíblico, escritas sobre papel parecido al papiro y enrolladas como pergaminos, en pedazos de madera delgados y atadas con tiras de paja, no despertaron mucho interés. Los oficiales de la clase convinieron en distribuirlas y naturalmente invita­mos a nuestros miembros inactivos.

Un estudio de la Pascua

Decidiendo que la sorpresa era el ingrediente principal de cualquier fiesta, opté por ser mi propio productor. La biblioteca pública y unos cuantos amigos judíos fueron mis principales fuentes de in­formación. Combinando las costumbres de las tres formas de la fe judía, pude inventar un plan que mantendría su autenticidad aunque se usara en for­ma modificada.

A medida que progresaban mis investigaciones so­bre esta antigua celebración, me quedé impresionada por las evidencias del amor hacia Dios en la fe judía, y la creencia de que el hogar y la familia son los cimientos de una buena vida. Me enteré de que el Ceder (que literalmente significa “orden de servi­cio”) se verificaba en la noche de la pascua y era el punto culminante de la celebración que duraba ocho días.

Los platos que se usan solamente para la semana de la pascua se sacan y lavan. Asimismo los cubier­tos de plata se limpian y se lustran. El hogar bri­llante refleja la radiante felicidad de la familia que se reúne para participar de las tan antiguas costum­bres bajo la dirección del patriarca de la familia o el varón de más edad.

Envuelta en el espíritu de la ocasión

Al preguntar a la madre del presidente de nues­tra clase si podíamos usar su comedor para servir una comida para 28 personas, me descubrí a mí mis­ma dando una descripción bastante exagerada del acontecimiento. Nuestra futura anfitriona captó el espíritu y no deseaba otra cosa que usáramos su comedor con los hermosos muebles de roble, su man­tel, porcelana y cubiertos más finos.

Al acercarse la fecha, llamé por teléfono a varios miembros de la clase, diciéndoles a cada uno que necesitaba ayuda en varios asuntos y les ofrecí la asignación. Dichas tareas, que fueron aceptadas con sentido de cooperación, se llevaron a cabo con todo detalle.

La Pascua

Nos reunimos en mi casa, la cual tenía en el dintel una marca simbólica de la “sangre del cor­dero”. Fue allí donde el presidente de la clase asu­mió el papel de patriarca, o “padre” de la familia.

Leyó de las Sagradas Escrituras, después que to­dos los varones se habían puesto sus yamakas (es­pecie de casquetes) los cuales habíamos confeccio­nado con papel crepé negro. (Dichos yamakas re­presentan la protección o cubrimiento de la mano de Dios.) Las jovencitas pasaron una hermosa jarra azul y servilletas de lino para la ceremonia del lavado de manos, y todos permanecimos de pie mientras participábamos de las “hierbas amargas”.

Más tarde, en el hogar de nuestra anfitriona, estuvimos sentados frente a su hermosa mesa con el tradicional candelabro de siete brazos en el centro. Colocada frente a la cabecera de la familia había una fuente que contenía los símbolos de Ceder: un hueso de cordero asado, para representar al cordero de los sacrificios; un huevo asado, símbolo de la vida y la esperanza; raíces de rábano y perejil para las hierbas amargas, para simbolizar la amargura de per­der los derechos personales; y una mezcla de man­zanas, nueces y vino (nosotros usamos jugo de uva) para sugerir por medio de su color rojo, los ladrillos que los esclavos israelitas fueron forzados a hacer en Egipto.

Nuestro “patriarca” presidió a la cabecera de la mesa, mientras que mi propio hijo, un invitado, pero además el varón más joven de los presentes, hacía las “cuatro preguntas” tradicionales; y se contaba el antiguo relato de cómo los hijos de Israel escapa­ron de la esclavitud.

Porque en la Tora está escrito:

“Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre… (La Tora, Éxodo 13:14)

Nuestra anfitriona entonces leyó una oración hebrea de acción de gracias para las madres de fa­milia, recitando las palabras de Salomón concernien­tes a una mujer casta. Esta fue seguida por la ora­ción hebrea sobre los alimentos.

Viviendo una experiencia

Aunque hubo un gran respeto cuando actuamos en las ceremonias sagradas, esto no interfirió con la diversión y el gozo de la ocasión. Era un placer ver el interés en las caras jóvenes a medida que les ex­plicaba cada ceremonia. Sus ojos chispeantes dije­ron más claramente que las palabras, que estaban disfrutando no sólo de una fiesta diferente, sino de una ocasión de aprender a medida que vivían y experimentaban.

Cerramos la noche con broche de oro, con una gira por la Tierra Sagrada, por medio de una pelí­cula en colores; seguimos los pasos del Maestro a lugares de renombre en donde El efectuó milagros y dijo las parábolas que habíamos discutido previa­mente en la clase; después continuamos la jornada hacia las angostas y torcidas calles de Jerusalén y hacia el Calvario.

Nuestra fiesta de la pascua había terminado. Sentí que cada joven y jovencita, incluyendo los invitados especiales, habían tomado parte en una antigua celebración bíblica. En ningún momento los jóvenes pensaron o indicaron que esto era una “idea tonta”, sino que cada uno mostró el anhelo de saber el significado y propósito de todo lo que comimos e hicimos.

El domingo siguiente, sus acciones me dijeron todo lo que deseaba saber. Primero, su saludo fue un simple ademán con la mano y un “hola”. Había desaparecido el estilo formal de la manera de comu­nicarnos. Segundo, pude notar más atención cuando empecé la lección con, “Era la COSTUMBRE cuando Jesús anduvo en la tierra…” Por fin pude sentir que estaba comunicando el mensaje. □

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Cristo ha Resucitado

Liahona Abril 1968

Cristo ha Resucitado

Por el presidente David O. McKay

No hay razón para temer a la muerte; es tan sólo un incidente en la vida

Ningún hombre puede aceptar la resurrección—el acontecimiento que cele­bramos como la Pascua—y ser firme en su creencia, sin aceptar tam­bién la existencia de un Dios personal. Mediante la resurrección, Cristo conquistó la muerte. El creer en su resurrección también significa la inmor­talidad del hombre. Jesús pasó por todas las experiencias de la mortalidad así como vosotros y yo. Conoció la felicidad y experimentó el dolor. Se regocijó con otros, también se afligió. Conoció la amistad. Sufrió la muerte así como cualquier otro ser humano. Si su espíritu vivió después de lo que uno llama muerte, así también lo hará el vuestro y el mío.

Es un tesoro incomprensible el poder decir: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19:25)

Por tanto, aquél que puede testificar del Redentor viviente, tiene su alma anclada en la verdad eterna.

El concepto de que el espíritu del hombre pasa triunfalmente a través de los portales de la muerte hacia la vida eterna, es uno de los gloriosos mensajes que Cristo, nuestro Redentor, nos ha dado. Para El, esta carrera terrenal es sólo un día, y su fin, tan sólo la puesta del sol de la vida. La muerte, que es un sueño solamente, es seguida por un glorioso despertar en la mañana de un reino eterno. Cuando María y Marta vieron a su hermano en la tumba oscura y silenciosa, Cristo lo vio todavía como un ser viviente. Este hecho lo expresó en dos palabras: “Lázaro duerme.”

Si todos los que participan en los servicios de la Pascua supieran que el Cristo crucificado, realmente se levantó de la tumba en el tercer día— que después de haber andado con otros en el mundo de los espíritus, su espíritu nuevamente revivió su cuerpo, y después de morar entre los hombres por un período de cuarenta días, ascendió a su Padre como un alma glorifi­cada— ¡qué paz tan benigna vendría a las almas perturbadas con duda e incertidumbre!

Es verdad que el conocimiento de la inmortalidad individual no depen­de de la existencia de la resurrección de Jesús: sin embargo, el estableci­miento del hecho de que se levantó de la tumba y se comunicó con sus discípulos, proporcionará en muchas maneras el apoyo más grande de esa esperanza.

No hay razón para temer a la muerte, es tan sólo un incidente en la vida. Es tan natural como el nacimiento. ¿Por qué habríamos de temerle? Algunos lo hacen porque piensan que es el fin de la vida, y muchas veces la vida es la cosa más preciada que tenemos. La vida eterna es la bendición más grande del hombre.

Si sólo los hombres “hicieran su voluntad” en vez de mirar sin espe­ranza hacia la oscura y lóbrega tumba, mirarían hacia el cielo y sabrían que “¡Cristo ha resucitado!”

Cristo vino al mundo para redimirlo del pecado. Vino con amor en su corazón para cada individuo, con redención y posibilidad de renovación para todos. Al escogerlo como nuestro ideal, creamos dentro de nosotros el deseo de ser como El, y de comunicarnos con El. Nosotros recibimos la vida como debería y como podría ser.

El apóstol Pedro, el incansable Pablo, el profeta José Smith y otros fieles seguidores del Señor resucitado, reconocieron en El al Salvador del individuo, porque ¿no dijo El, “. . . ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”? (Moisés 1:39)

Los miembros de la Iglesia de Cristo tienen la obligación de tener como ideal al Hijo del Hombre. Él es el único ser perfecto que jamás haya ca­minado sobre la tierra, el ejemplo más sublime de nobleza, divino en su naturaleza, perfecto en su amor, nuestro Redentor, nuestro Salvador, el Hijo inmaculado de nuestro Padre Eterno, la Luz, la Vida, el Camino.

Con toda mi alma sé que Jesucristo conquistó la muerte.

¡Porque nuestro Redentor vive, nosotros también viviremos! □

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La parábola de las manzanas

La parábola de las manzanas

Había una vez un árbol que estaba repleto de manzanas, todas las manzanas eran básicamente iguales, aunque de diferente tamaño, forma, color, pero en esencia todas manzanas.

Cierto día una manzana le dice a otra: «¡Wow! ¡Hoy te ves muy atractiva!»

Esa manzana al escuchar el comentario, empezó a sentirse superior a las demás manzanas y enfoco su vida en aquel comentario que le hicieron, en algo tan fútil y superfluo, algo que la hacía valer solo por su cascara.

Al siguiente día las membresías del gimnasio se multiplicaron, las citas con los cirujanos, las cosmetólogas, los diseñadores de imagen, etc… Todas las demás manzanas querían ser como la manzana «atractiva» y empezaron a competir entre sí.

Pronto llego el invierno y todas las manzanas comenzaron a caerse del árbol. La nieve empezó a caer y las manzanas, en el suelo, se secaron… se pudrieron, todas las manzanas pasaron por el mismo proceso y al final solo quedaron las semillitas tiradas en la fría tierra invernal…

Después llego la primavera y esas semillitas empezaron a retoñar. Pasado el tiempo, se convirtieron en arboles…

-¿Ustedes que son? ¿Árboles o Manzanas?

Por favor contesten la pregunta antes de seguir leyendo…

La moraleja es que nosotros fuimos creados para ser árboles y estamos temporalmente siendo manzanas porque esa es la cascara que está cubriendo nuestra semilla. Lo que esas manzanas no entendían, era que lo más importante no era el tipo de manzana que eran, sino el tipo de semilla que llevaban dentro de sí, porque eso es lo que determina el tipo de árbol que vamos a ser…

Dios no está esperando que nos enfoquemos en vernos como las mejores manzanas (que al final se caerán y secaran como toda manzana!!), si no que cultivemos aquellos atributos que nos hacen tener la mejor semilla, la más hermosa, la más virtuosa. Y eso no tiene nada que ver con la apariencia del fruto…

Considero que en el mundo de hoy estamos tan preocupados por el tipo de manzana que somos, que hemos dejado de valorar lo verdaderamente trascendental: nuestra semilla. En mi opinión, hay cosas en la vida que nos gustan mucho pero que no benefician en nada al crecimiento de nuestra semilla… aunque nos hacen vernos como la mejor manzana… el dilema es si realmente estamos dispuestos a dejar esas cosas que nos hacen «vernos» bien para dar lugar a las cosas que nos hacen «sentirnos» bien.

«No hay nada más bello que uno hombre o mujer joven que, como resultado de ser integro o virtuosa, resplandece con la luz del Espíritu, se siente seguro de sí mismo y es valiente. Creo que un hombre o  mujer joven integro o virtuosa, guiado por el Espíritu, puede cambiar el mundo”

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Enseñando, predicando, sanando

Liahona. Enero 2003

Enseñando, predicando, sanando

Por el Élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

Creo que Cristo desea que nuestra enseñanza resulte en sanidades de naturaleza espiritual.

Rápida y acertadamente pensamos en Cristo como un maestro: el mayor maestro que haya vivido, vive o vivirá. El Nuevo Testamento está lleno de Sus enseñanzas, Sus dichos, Sus sermones, Sus parábolas. De una u otra forma, Él es un maestro en cada página del Libro de Mormón. Pero incluso mientras enseñaba, conscientemente estaba haciendo algo más, algo que ponía Sus enseñanzas en perspectiva.

La obra comenzó después del llamado inicial del Salvador a aquellos primeros discípulos (aún no son apóstoles). Esto es lo que dice Mateo: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 4:23; cursiva agregada).

Ahora bien, conocemos las enseñanzas y las prédicas y las esperamos, pero puede que no estemos muy preparados para contemplar las sanidades de la misma forma. Sin embargo, desde el principio, desde la primera hora, las sanidades se mencionan casi como sinónimo de enseñanza y predicación. Al menos hay una clara relación entre las tres. De hecho, el pasaje que se cita a continuación dice más sobre las sanidades que sobre la enseñanza o la predicación.

Mateo continúa: “Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó” (versículo 24).

Lo que sigue después es la obra maestra: el Sermón del monte, unas seis páginas que nos llevarían unos seis años para enseñarlas adecuadamente, supongo. Pero cuando Él terminó ese sermón, descendió del monte y fue a sanar de nuevo. En rápida sucesión, ayudó al leproso, al siervo del centurión, a la suegra de Pedro, luego a un grupo descrito como “muchos endemoniados” (Mateo 8:16); en resumen, dice que “sanó a todos los enfermos” (versículo 16).

Después de cruzar el mar de Galilea, obligado a hacerlo debido a la mucha gente que ahora lo rodeaba, echó fuera demonios de dos personas que vivían en los sepulcros de Gadarene; luego “vino a su ciudad” (Mateo 9:1), donde sanó a un paralítico postrado en cama, sanó a una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años (en lo que considero uno de los más dulces y notables momentos de todo el Nuevo Testamento) y luego levantó de los muertos a la hija de un principal.

Luego restauró la vista a dos ciegos, para más tarde echar fuera un demonio que impedía hablar a un hombre. Éste es un resumen corto de los primeros seis capítulos del Nuevo Testamento dedicados al ministerio de Cristo. A continuación sigue este versículo; vean si les suena familiar: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35; cursiva agregada).

Este pasaje, salvo unas pocas palabras, es igual al versículo que leímos cinco capítulos atrás. Luego esto:

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

“Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.

“Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (versículos 36–38).

Después llamó a los Doce, y les encargó: “…id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

“Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.

“ Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:6–8; cursiva agregada).

Sabemos que el Salvador es el Maestro de maestros. Es eso y más. Y cuando dice que la mayor parte de la mies está ante nosotros y son pocos los obreros, inmediatamente pensamos en los misioneros y en otras personas que tienen que enseñar. Pero el llamamiento es para un determinado tipo de maestro, un maestro que sane durante el proceso.

Permítanme aclarar el punto. Con la palabra “sanar”, como la he estado empleando, no hablo del uso formal del sacerdocio, ni de una bendición a los enfermos ni de nada parecido. Ésa no es la función de los que son llamados como maestros en las organizaciones de nuestra Iglesia.

Sin embargo, creo que nuestra enseñanza puede conducir a cierta sanidad de naturaleza espiritual. No puedo creer que tanto de lo que escribió Mateo se enfocara en el ministerio del Salvador a la gente con problemas, afligida y consternada, si no hubiera un propósito. Y como sucede con el Maestro, ¿no sería maravilloso medir el éxito de nuestra enseñanza con la sanidad que ocurre en la vida de los demás? Seguir leyendo

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El ejemplo del maestro

El ejemplo del maestro

Por el Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El consejo del Maestro al intérprete de la ley se aplica a ustedes y a mí como si oyéramos Su voz dirigiéndose directamente a nosotros.

El mandamiento divino de amar

Durante el último ministerio del Señor en Judea, “un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

“Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

“Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

“Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

“Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

“Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.

“Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;

“y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.

“Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

“¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

“Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” 1 .

Los tiempos cambian, los años pasan, las circunstancias varían… pero el consejo del Maestro al intérprete de la ley se aplica a ustedes y a mí como si oyéramos Su voz dirigiéndose directamente a nosotros. Seguir leyendo

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Enseñar por la fe

Enseñar por la fe

Por el Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Un discurso para los educadores del Sistema Educativo de la Iglesia pronunciado en Bountiful, Utah el 1 de febrero de 2002.

Cuando enseñamos a los jóvenes por el Espíritu, sus corazones se conmueven y sus vidas cambian.

Las responsabilidades de los maestros del Evangelio en el hogar y en la Iglesia son muchas, y para cumplir con estas responsabilidades, los maestros deben primeramente esforzarse por procurar obtener la rectitud personal. Como maestros y padres de jóvenes, debemos vivir el Evangelio de tal modo que tengamos siempre el Espíritu con nosotros. Si vivimos dignos del Espíritu, estará siempre con nosotros. De ese modo, podremos enseñar por el Espíritu y, al hacerlo, la juventud podrá sentirlo y recibirlo. Se conmoverán corazones y se cambiarán vidas.

Recordarán el relato en el libro de Mosíah sobre Abinadí, que se encontraba encadenado ante el inicuo rey Noé. Abinadí enseñó el Evangelio con el fuego del Espíritu. Hizo advertencias severas y específicas mientras enseñaba osadamente el principio del arrepentimiento. Aunque Abinadí enseñó por medio del Espíritu, el rey Noé no lo sintió en el corazón. No obstante, Alma, que también escuchó el testimonio, pues formaba parte del tribunal, se convirtió (véase Mosíah 12:9–17:2). No siempre sabemos en quién influiremos, pero les prometo que al enseñar y testificar por el Espíritu, llegarán a influir en aquellos que estén listos para recibir sus palabras.

No podemos olvidar la importancia de la fe. La enseñanza por medio del Espíritu es realmente un ejercicio de la fe. Para todo concepto que enseñamos y para todo aquello de lo que testificamos, debemos confiar en el Espíritu Santo para poder llegar al corazón de aquellos de quienes somos responsables. Enseñamos por medio de la fe, enseñamos por medio del Espíritu y declaramos nuestro testimonio con valentía.

Apliquemos los principios del Evangelio

Mi preocupación es que existe una diferencia entre lo que nuestra juventud sabe sobre el Evangelio y lo que hace para aplicar estos principios a su conducta diaria. Es aquí donde nosotros, los maestros, somos de gran importancia.

Como maestros, debemos insistir en que nuestros jóvenes piensen. Nunca olvidaré la lección que aprendí de un maestro de la Escuela Dominical cuando yo tenía unos 10 años de edad. Para la Navidad nos regaló una tarjeta grande con libritos individuales adentro, cada uno con una historia de la Biblia: David y Goliat, la Creación del Mundo, Daniel y la cueva de los leones. Había una gran cantidad de relatos bíblicos maravillosos. Leíamos cada uno en casa e íbamos a la clase preparados para hablar de ellos. Aún hoy día puedo recordar claramente aquellos momentos de enseñanza.

Después de hablar sobre cada relato, nos preguntaba: “¿Qué significa eso para ti? ¿Cómo se relaciona este pasaje [historia o principio] a tu vida? ¿Cómo puedes aplicar estos principios en tu hogar? ¿Qué te parece eso?”. Posteriormente descubrí en mi propio hogar, con mis hijos, que al formular yo esas preguntas, ellos comenzaban a vivir y a sentir aquello que se les enseñaba.

Se nos pedía que pensáramos. No sólo estábamos aprendiendo las historias, sino que estábamos descubriendo el modo de aplicarlas a nuestra vida. Mi maestro estaba plantando en nosotros la semilla de la fe y ayudándola a crecer.

Nosotros enseñamos las Escrituras en forma de historias y debemos aplicarlas a la vida de esos jóvenes donde puedan ser más eficaces. Es inprescindible que nuestros jóvenes sean capaces de recordar las historias y las verdades de los principios del Evangelio en los momentos en que más las necesiten.

John Greenleaf Whittier escribió elocuentemente: “… De todas las palabras tristes jamás habladas o escritas, las más tristes son éstas: ‘Pudo haber sido’ ” 1 . No hay nada más trágico que el mirar hacia atrás hacia lo que pudo haber sido, ni tampoco queremos que aquellos a quienes enseñamos pasen por la vida sin saber que son hijos de Dios, sin conocer el plan de salvación, sin saber por qué están en esta tierra, sin saber quiénes son y cómo conducirse. Si llegan a ser conscientes del plan, podrán soportar todas las pruebas de la vida, desviar todos los ardientes dardos del adversario, perseverar hasta el fin y ganar la recompensa final del plan de felicidad.

Enseñen la importancia y el poder de la meditación y provean tiempo para meditar, pensar e intercambiar ideas. Usen aplicaciones prácticas: “¿Qué significa esto para ti?”. Mediten y oren. Pidan a los jóvenes que describan los pensamientos y las impresiones que reciban del Espíritu y lo que sientan al respecto. Los incidentes que promueven la fe ocurren cuando los estudiantes participan en la enseñanza y testifican a sus compañeros. Es muy importante tener conversaciones francas en cuanto a la importancia de la oración y el estudio de las Escrituras para que los jóvenes se ayuden y se apoyen unos a otros.

Es un proceso. Permítanles florecer durante el tiempo que estén con ustedes. Procuren que sean capaces de aprender de los errores de los demás, como un hermano o una hermana mayor, o un amigo, y denles ejemplos de las Escrituras para que ellos no cometan ese mismo error. En las Escrituras se nos dice todo lo que sucede cuando no somos obedientes. Nuestros jóvenes no tienen que repetir los errores y soportar el dolor que éstos llevan aparejado.

Conozcan a los jóvenes

Para algunas personas, aprender entraña más dificultades que para otras. Este aspecto del aprendizaje requiere que los maestros conozcan a sus alumnos y la aptitud que tienen para aprender. Los buenos maestros no sólo conocen el tema que enseñan, sino que también comprenden algo de igual importancia: las necesidades de sus alumnos. Los buenos estudiantes aprenden de sus maestros, están dispuestos a ser corregidos y expresan gratitud por el consejo amoroso del maestro. Ustedes, maestros sobresalientes, enseñen a los jóvenes a comprender quiénes son y motívenlos a desarrollar su potencial para la salvación eterna.

Estén al tanto de lo que sucede en la vida de los jóvenes. Debemos conocer sus preocupaciones y a lo que se enfrentan; por qué actúan del modo en que lo hacen y por qué dicen lo que dicen.

Reconozcan cuando un joven esté listo para usar su albedrío y tenga la fortaleza para tomar decisiones. Parte del proceso de la enseñanza es dar a nuestros jóvenes una idea de los desafíos y los problemas a los que tendrán que enfrentarse en el futuro y prepararlos para hacerlo.

¿Acaso no nos gustaría a todos evitar a veces las pruebas y las dificultades de este período de prueba terrenal?

Aquiles, uno de los grandes héroes de la mitología griega, era el héroe de La Ilíada, de Homero. Además del relato de Homero sobre Aquiles, autores más recientes desarrollaron fábulas y elementos folclóricos sobre Aquiles y su madre, Tetis. Seguir leyendo

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Encontré una fortuna

Liahona Septiembre 2003

Encontré una fortuna

Por el Élder D. Rex Gerratt
De los Setenta

Un día, cuando tenía 13 ó 14 años, fui a la tienda de comestibles que estaba a un par de cuadras de mi escuela. En la tienda se despachaba un helado delicioso y mis compañeros de clase y yo solíamos ir allí a menudo durante el almuerzo para tomar un helado doble.

Un día, mientras tomábamos uno de esos helados, miré hacia el suelo y vi un billete de 10 dólares. En aquel entonces, hace más de 50 años, un billete de 10 dólares era mucho dinero para un joven de mi edad. Satanás intentó tentarme con: “Piensa en todo lo que podrías hacer con ese dinero”.

Pero gracias a las enseñanzas de mis padres, no le hice caso. Entregué el dinero a la cajera y le dije que lo había encontrado en el suelo, a lo que ella respondió: “Jovencito, veo que eres honrado. Escribiré tu nombre en este papel y si nadie reclama el billete, te lo haré llegar”.

Le dejé el billete y aquella tarde un joven fue a la tienda para ver si alguien había entregado un billete de 10 dólares. La cajera le dijo: “Sí, y aquí tiene el nombre del chico que lo encontró”.

El joven me buscó para darme las gracias y nos hicimos buenos amigos.

Pero todo eso no es más que el comienzo de la historia. Debido a nuestra amistad y su buena opinión sobre mí, me presentó a su familia. Mientras los hijos de la familia crecían y se casaban, llegué a ser un buen amigo de las familias de ellos también, y durante mi vida he sido un íntimo amigo de 10 ó 12 familias gracias a aquel billete de 10 dólares. He estado en sus hogares y, durante mi servicio como obispo, he entrevistado a algunos de sus hijos. He sido invitado a las bodas celebradas en el templo y a otros acontecimientos familiares durante los últimos 50 años. He disfrutado de grandes amistades, no sólo con aquellos chicos, sino también con sus padres; constituyen una familia magnífica.

Me siento agradecido por no haber cedido a la tentación de quedarme con aquel billete de 10 dólares, gracias a que unos padres maravillosos me enseñaron el principio de la honradez. Me siento agradecido por las bendiciones que he recibido en mi vida al ser honrado, pues la honradez me ha abierto muchas puertas. Es maravilloso poder mirar a la gente a los ojos y decirle: “Siempre me he esforzado por ser honrado”.

He hablado con mis nueve hijos sobre el ser honrado y les he dicho que cuando vean un billete de 10 dólares, en realidad desconocen su verdadero valor. Claro que en los billetes se indica el valor monetario que tiene, pero mi amistad con aquella familia vale mucho más que una fortuna, ya que son una gran bendición en mi vida.

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