El fiador de un mejor pacto

El fiador de un mejor pacto


Por el Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor pacto

El apóstol Pablo estaba bien familiarizado con el ajuste en la forma de pensar que era necesario efectuar en la transición del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento. Éste es un trayecto desde la rígida formalidad de la letra de la ley que enseñó Moisés hasta la guía espiritual que hallamos en el Espíritu Santo.

Pablo describió este ajuste en su epístola a los hebreos: “(pues nada perfeccionó la ley, [de Moisés])… [sino que fue] la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios… Por tanto, Jesús es hecho [el] fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:19, 22; véase también la traducción de la Biblia en inglés de José Smith, Hebreos 7:19–20).

Es importante que estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas que enseñó el Salvador, el “fiador de un mejor pacto”, para que nuestro comportamiento cristiano nos eleve a un nivel superior de logros espirituales.

El fiador de un mejor convenio

¿Qué es un fiador? En el diccionario vemos que fiador es la “persona que responde por otra de una obligación de pago, comprometiéndose a cumplirla si no lo hace quien la contrajo” 1 . ¿Acaso el Salvador no se hace merecedor de esta acepción gracias a Su misión?

¿Qué es un pacto? Para nosotros, el significado principal de esta palabra es: convenio con Dios. También es un “acuerdo, convenio, trato; particularmente, tratado, y en especial el de alianza” 2 . Así que el Salvador es ciertamente el fiador de un mejor convenio con Dios.

La doctrina más difícil

El Nuevo Testamento es “un mejor pacto” porque el solo propósito de la persona llega a ser parte de lo correcto o de lo incorrecto de sus acciones; por tanto, nuestra intención de obrar mal o nuestro deseo de hacer el bien se juzgarán independientemente de nuestras obras. Se nos dice que seremos juzgados en parte por la intención que albergue nuestro corazón (véase D. y C. 88:109) y en Mateo hallamos un ejemplo de culpabilidad basada en la intención:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27–28).

Este Nuevo Testamento es doctrina más difícil.

Debido a la formalidad y la rigidez adquiridas durante la administración del antiguo derecho consuetudinario inglés, a fin de obtener justicia se estableció la ley de la equidad. Una de mis máximas preferidas dice: “La equidad asegura la justicia”. El Nuevo Testamento lleva el concepto de esa ley aún más lejos: En gran medida seremos juzgados no sólo por lo que hayamos hecho, sino por lo que debiéramos haber hecho en una situación determinada.

Una ley más elevada

Gran parte del espíritu de esta ley más elevada del Nuevo Testamento se halla en el Sermón del Monte, en el que Jesús enseñó que Su ley exige una reconciliación de las diferencias que existen entre las personas antes de acudir a Él:

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23–24).

Otro ejemplo de esta doctrina más difícil se encuentra en este pasaje, en el que el perjurar queda totalmente prohibido:

“Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.

“Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera…

“Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:33–34, 37).

El texto siguiente es más de la doctrina difícil del Nuevo Testamento:

“…No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;

“y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa…

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:39–40, 43–44).

El Salvador enseña en el Nuevo Testamento una nueva y más elevada forma de orar e indica qué debemos pedir en nuestras plegarias; es algo tremendamente sencillo y fácil:

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Seguir leyendo

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¿Es necesaria una Iglesia?

Conferencia General Octubre 1967

¿Es necesaria una Iglesia?

Howard W. Hunter 1

Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce


¿Cuantas veces habéis oído hacer la declara­ción o expresar la opinión de que no es necesario tener una Iglesia, o participar en una orga­nización religiosa, para ser un buen cristiano o llevar una vida cristiana? Quisiera ahora examinar con vosotros la validez de tal declaración en su rela­ción con las Escrituras y el razonamiento, el cual se basa en hechos.

A fin de comenzar una investigación en este tema, parece indispensable que nos volvamos al autor del Cristianismo. Al dirigirse a las multitudes, el Maestro dijo: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21)

Cuando oigo estas palabras me parece que el Señor estuviera diciendo: “Sólo porque una persona reconozca mi autoridad, crea en mi naturaleza divi­na, o simplemente exprese fe en mis enseñanzas o en el sacrificio expiatorio que realicé, esto no signi­fica que entrará en el reino de los cielos, ni que lo­grará un grado más alto de exaltación.” Implícita­mente está diciendo: “Creer sólo, no es suficiente.” Y entonces agrega: “sino el que hace la voluntad de mi Padre” o sea aquél que trabaja y poda la viña para que dé buenos frutos. Seguir leyendo

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¿Qué es Vida Eterna?

Liahona Junio 1968

¿Qué es Vida Eterna?

Por el presidente David O. McKay

En aquella gloriosa plegaria de mediación, ofre­cida por Jesús, nuestro Redentor, inmediata­mente antes de cruzar el arroyo Cedrón y recibir el beso del traidor que lo entregó a los soldados, en­contramos estas palabras:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3)

Conocer a Dios y a su Hijo es la Vida Eterna. ¡Ahí está la clave! Vida Eterna es lo que yo deseo; la deseo más que cualquier otra cosa en el mundo; Vida Eterna para mí y los míos; para vosotros y para todo el mundo. Y ahí, en las palabras del Redentor mismo, tenemos el secreto.

¿Cómo podemos conocerlo?

Pero, cómo podemos conocerlo?, es la pregunta que sigue. ¿En algún momento u ocasión nos con­testa El esta pregunta? Si es así, queremos la res­puesta porque es vital. Investigando en los regis­tros que han sido dados por hombres que acompa­ñaban diariamente al Señor, encontramos que en una ocasión los hombres que lo estaban escuchando, empezaron a vociferar en contra de Él; se oponían a sus obras tal como los hombres se oponen a El actualmente. Y una voz se destacó y dijo: “¿Cómo podemos saber que lo que nos dices es cierto? ¿Cómo sabemos que tu declaración de que eres el Hijo de Dios es verdadera?” Jesús le contestó de una ma­nera muy sencilla—y poned atención al criterio:

El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. (Juan 7:17)

Ese es un criterio filosófico; es el juicio más sim­ple para dar conocimiento a un individuo de lo que la mente humana puede concebir. Hacer alguna cosa introduciéndola dentro de vuestro propio ser, os con­vencerá de si es buena o mala. Podéis no ser capaces de convencerme a de lo que vosotros sabéis, pero lo sabéis porque lo habéis vivido. Esa fue la prueba que el Salvador dio a los hombres que le preguntaron cómo podían saber si la doctrina era de Dios o del hombre.

La «voluntad» ha sido revelada

Hemos contestado la pregunta de que si hace­mos su voluntad, conoceremos. Pero ahora viene otra pregunta: ¿Cuál es su voluntad? Y en ello está la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Tan claramente como Jesús declaró y definió lo que es Vida Eterna, o cómo la conoceremos, tan claramente como estableció la prueba, así mismo ha expresado cuál es su voluntad.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días da testimonio al mundo de que la “voluntad” de Dios se ha manifestado en esta dis­pensación; que los principios del evangelio, los prin­cipios de la vida, han sido revelados, y están en armonía con los que Cristo enseñó en el meridiano de los tiempos.

Hay un sentimiento innato que empuja al hom­bre hacia la verdad: es una responsabilidad impuesta al ser humano, y descansa sobre los miembros de la Iglesia en un grado mucho mayor que sobre sus semejantes.

En la sección 88 de Doctrinas y Convenios, se nos da esta admonición:

Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligen­temente y enseñaos el uno al otro palabras de sabi­duría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejo­res libros; buscad conocimiento.¿Cómo?—tanto por el estudio—pero no sólo por el estudio, como lo busca el mundo—como por la fe. (Doc. y Con. 88: 118)

Los miembros de la Iglesia conocen la verdad de que el evangelio sempiterno ha sido restaurado. ¿Qué es lo que este conocimiento les ha traído? A todos aquellos que honesta y sinceramente han obe­decido los principios de arrepentimiento y bautismo, les trae el don del Espíritu Santo, el cual ilumina sus mentes, aclara su entendimiento y les da un conocimiento de Cristo. Tienen un guía, una ayuda, un instrumento para asistirlos en su adquisición de la verdad, en su deseo de conocer su deber; una guía, en fin, que el mundo no posee. Y esta guía es necesaria; el hombre no puede encontrar la Ver­dad, no puede encontrar a Dios, sólo por medio de su intelecto. Se ha dicho que el hombre no puede encontrar a Dios con un microscopio; la razón sola no es una guía suficiente en la búsqueda de la ver­dad. Hay otra mucho más elevada, más segura que la razón.

Conocer y hacer

Esa guía es la Fe, ese principio que lleva nues­tros espíritus a la comunión con ese otro Espíritu, el más alto, el que trae todas las cosas a nuestra memoria, nos muestra las cosas que vendrán y nos- lo enseña todo. El obtener ese Espíritu es la res­ponsabilidad de los miembros de la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días.

Conocer algo, o simplemente tener la certeza de la verdad, no es suficiente, “y al que sabe hacer lo bueno, no lo hace, le es pecado”. (Santiago 4:17) El profeta José Smith dijo: “De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.” (Doc. y Con. 107:99) El hombre que conoce su deber, y fracasa en cumplirlo, no es sincero consigo, ni con sus hermanos; no vive en la luz que Dios y la con­ciencia le dan. Ahí es donde la Iglesia permanece y viene a nuestros hogares, para vosotros y para mí. Cuando mi conciencia me dice que está bien seguir una determinada línea, no soy sincero conmigo mis­mo si no la sigo.

Yo sé que somos dominados por nuestras debi­lidades y por las influencias externas; pero es nues­tra obligación ir por el camino recto y estrecho en el cumplimiento de todos nuestros deberes. Y notad lo siguiente: cada vez que tenemos la oportunidad y fracasamos en vivir de acuerdo con esa Verdad que está dentro de nosotros, cada vez que dejamos de realizar una buena acción, nos hacemos más débiles y hacemos más difícil expresar aquel pensamiento o realzar aquel acto en el futuro. Pero cada vez que llevamos a cabo un hecho bueno, o expresamos un sentimiento noble, hacemos más fáciles estos de­beres para la próxima vez.

¿Cuál es «la voluntad?»

“La voluntad” de Dios es que sirvamos a nues­tros semejantes, beneficiándolos, haciendo mejor el mundo por haber vivido en él. Cristo se dio entero para enseñarnos ese principio. Y declaró: “. . . en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40) ¡Este es el mensaje que Dios nos ha dado!

Esta Iglesia es la Iglesia de Dios, y está tan perfectamente organizada, que cada hombre, mujer o niño, puede tener la oportunidad de hacer algo bueno por los demás. Es la obligación de nuestros miembros del sacerdocio, la responsabilidad de las organizaciones auxiliares y de cada uno de los miem­bros, servir a Dios y hacer su voluntad. Cuanto más hagamos esto, más convencidos estaremos de que es la obra de Dios, porque la estamos probando. Así que, haciendo la voluntad de Dios aprenderemos a conocerlo y a acercarnos a Él, y sentiremos que la Vida Eterna es nuestra.

Ciertamente, Dios ha revelado al alma humana la realidad de la resurrección del Señor, la divinidad de su gran obra, y la Verdad, ¡la eterna verdad que Él vive, no como un poder, una esencia, una fuerza, sino como nuestro Padre en los cielos!

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La felicidad… la búsqueda universal

Liahona Marzo 1996

La felicidad… la búsqueda universal

Por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Debemos obtener la determinación y la resolu­ción, e incluso la perspectiva, para ver claramente el sen­dero por el que Jesús desea que andemos y no ser des­viados por las cosas del mundo ni los designios del maligno.

Todos deseamos ser felices. El profeta José Smith expresó los verdaderos sentimientos de todos nosotros al declarar: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y tam­bién será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios”1. Quizás deberíamos analizar los caminos menciona­dos para asegurarnos de que nuestros pies anden fiel y firmemente sobre ellos con el fin de alcanzar la meta prometida.

Primero, el camino de la virtud. En el diccionario se define la virtud como “disposición… que nos incita a obrar bien… integridad de ánimo y bondad de vida”, que son cualidades beneficiosas que nos dan “fortaleza, templanza y valor”.

Hace algunos años, la Iglesia solía publicar carteles y tarjetas tamaño billetera en los que se imprimían mensajes específicos de verdad y aliento para los jóvenes y las señoritas. Esa serie de publicaciones llevaba el siguiente encabezamiento: “Sé sincero contigo mismo”. Uno de los mensajes contenía esta verdad inspiradora y profunda: “La virtud tiene su propia recompensa”.

“Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, sí, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.”2

La tentación forma parte de la vida y es algo que toda persona que viaja por el camino de la mortalidad llegará a experimentar de una manera u otra. No obstante, el após­tol Pablo, al reconocer esta verdad, nos aseguró: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”.1

Se dice que la conciencia nos advierte como amiga antes de que nos castigue como juez. Las palabras de un jovencito son un sermón en sí; cuando le preguntaron cuándo se sentía más feliz, respondió: “Soy más feliz cuando tengo la conciencia tranquila”.

Segundo, el camino de la justicia. Para definir este camino, acudo al primer versículo del primer capítulo del libro de Job, que dice: “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”.

La vida de Job no fue una vida tranquila; acosado por las tribulaciones, despojado de sus posesiones, lleno de angustia por la pérdida de su familia y torturado por el dolor, rechazó la invitación de maldecir a Dios y, en vez de ello, desde lo hondo de su alma noble, se oyó la sublime declaración de testimonio: “Yo sé que mi Redentor vive”.4

El doctor Karl Menninger, el destacado científico que fundó y puso en marcha el mundialmente conocido cen­tro psiquiátrico de Topeka, estado de Kansas (Estados Unidos), señaló que la única forma en que nuestra dolo­rida, atribulada y perturbada sociedad puede esperar prevenir las enfermedades sociales que la acosan es si reconoce la realidad del pecado. Esa idea es el tema de su famosa publicación Whatever Became of Sin? (¿Qué ha sucedido con el pecado?), en la que hace una súplica a los seres humanos para que nos detengamos y contemple­mos lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos, a los demás y a nuestro universo. El doctor Menninger hizo referencia a Sócrates, que se hizo la pregunta: “¿Por qué los hombres, sabiendo lo que es bueno, hacen lo malo?” El doctor Menninger dijo:

“He llegado a la conclusión de que la generalizada excusa de que ‘todos lo hacen’, tan prevalente en el mundo actual de los negocios, está debilitando a las per­sonas. Es preciso comprender que nosotros mismos tene­mos la responsabilidad de corregir nuestras transgresiones individuales: las mentirillas que suponemos son inofensi­vas, el fraude menor, la apatía, cosas ésas que caracterizan nuestra falta de interés en lo que pasa a nuestro alrede­dor”. Además, recalcó: “Si todas las personas volvieran a ser conscientes del concepto de la responsabilidad perso­nal y el hombre una vez más volviera a sentir culpabilidad por sus pecados y se arrepintiera y estableciera una con­ciencia que le sirviera de freno a los pecados, la esperanza volvería otra vez al mundo”.5

Permítanme compartir con ustedes una lección que aprendí cuando era niño. Por cinco generaciones, nuestra familia ha sido propietaria de una cabaña de verano en el parque Vivian, en el cañón de Provo. Para mí, los meses de julio y agosto significaban salir a caminar, a pescar y a nadar a diario en el ‘pozo’ de natación en el que había una enorme roca desde la cual nos lanzábamos hacia las veloces corrientes que se estrellaban violentamente contra ella formando peligrosos remolinos. La mayoría de los nadadores solían lanzarse a las frías aguas y se dejaban arrastrar por la corriente, pasando a toda velocidad por la enorme roca para por último llegar hasta las aguas tranquilas y la acogedora ribera arenosa del río; digo la mayoría, excepto uno. Se llamaba “Bcef” Peterson. En su traje de baño llevaba inscrito el título de “Salvavidas”, y su cuerpo era muestra de gran fuerza. Al igual que los demás, Beef se lanzaba al agua nadando con rapidez corriente abajo en medio de los remolinos, para de pronto darse vuelta y empezar a nadar corriente arriba. Por un corto trecho, sus pode­rosas brazadas lo impulsaban hacia adelante, pero luego la velocidad de la corriente lo mantenía en un mismo lugar mientras él luchaba con todas sus fuerzas contra la del río. Después de un rato, Beef se cansaba, se echaba hacia atrás y empezaba a nadar plácida­mente hacia la orilla, exhausto. El nadar contra la corriente llegó a ser una de las características de Beef Peterson.

Mis hermanos y hermanas, estoy seguro de que muchas veces tenemos el deber y la responsabilidad de nadar contra la corriente y contra la ola de la tentación y del pecado. Al hacerlo, tendremos más fortaleza espiri­tual y podremos desempeñar nuestras responsabilidades divinas.

En la pared de una de las atracciones favoritas del parque de Disneylandia, en Anaheim, California, hay un paradigma de verdad, el cual se puede leer precisa­mente al abordar el barco que conduce al emocionante y espeluznante paseo. Es una cita del tío Remus [perso­naje ficticio de raza negra; narrador de cuentos popula­res, creado por Joel Chandler Harris, hecho famoso en las películas de Walt Disney], que dice: “No puedes escapar de lo que te espera; no hay lugar que esté lo bastante lejos”.

Tercero, el camino de la fidelidad. Este sendero implica buena fe, lealtad, adherencia a las promesas. Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debemos venerar nuestros convenios sagrados, y la fidelidad a esos convenios es un requisito para lograr la felicidad. Sí, me refiero a los convenios del bautismo, del sacerdocio y al convenio del matrimonio.

No hay un lugar para descansar a lo largo del camino conocido como fidelidad; el arduo viaje es constante y no se permiten rezagados. La persona que da comienzo a la jomada no debe esperar que el camino de la vida se despliegue ante ella sin ningún obstáculo; debe pensar que encontrará bifurcaciones y rodeos en el camino, y que no llegará al punto deseado si se pasa el tiempo divagando en si deberá ir hacia el este o hacia el oeste; tendrá que tomar decisiones teniendo presente su meta.

Como nos cuenta Lewis Carroll, Alicia iba por un sendero del bosque en el País de las Maravillas, cuando llegó a una bifurcación. Indecisa, le preguntó al gato, que de pronto había visto en un árbol cercano, qué camino debía seguir. Seguir leyendo

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La guía de su vida ejemplar

Liahona Febrero 1999

La guía de su vida ejemplar

Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Es uña lección de humildad él estudiar en cuanto a las cualidades, de liderazgo del Salvador y luego compartir con los demás nuestros pensamientos en cuanto a ellas. El presi­dente Spencer W. Kimball dijo: “Hay muchísimas co­sas que uno podría decir tocante a la tremenda capacidad de liderazgo del Señor Jesucristo, mucho más de lo que podría expresarse en un discurso o en un libro… Todas esas ennoblecedoras, perfectas y hermosas cualidades de la madurez, de la fortaleza y del valoró se pueden encontrar en esta misma perso­na” (véase “Jesús: el líder perfecto”, Liahona, agosto de, 1983, pág. 7).

Un modelo perfecto

Al dirigirse a “todos aquellos que tienen deseos de hacer salir a luz y establecer esta obra” (D. y C. 12:7), el Señor ha dicho: “Y nadie puede ayudar en ella a menos que sea humilde y lleno de amor, y tenga fe, es­peranza y caridad, y sea moderado en todas las cosas, cualesquiera que le fueren confiadas” (D. y C. 12:8).

Y en la revelación en cuanto al sacerdocio, que se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Convenios, el Señor hace referencia a los quórumes presidentes de la Iglesia, cuando presenta: una lista impresionante y casi asombrosa de cualidades que, por cierto, son atri­butos que todo miembro de la Iglesia debería esforzar­se por adquirir: “rectitud… santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y… fe, y vir­tud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, ca­riño fraternal y caridad;

“porque existe la promesa de qué si abundan estas cosas en ellos, no serán sin fruto en cuanto al conoci­miento del Señor” (versículos 30-31).

Todas estas cualidades son, por cierto, característi­cas de Cristo, y nuestra meta más grande debería ser el llegar a ser como Él. De hecho, el Salvador: mismo nos exhortó a que fuéramos “perfectos, como [nues­tro] Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Sin embargo, pese a lo mucho que deseamos obedecer ese mandamiento, también comprendemos la dificultad de lograr la perfección en esta vida.

En lo concerniente a esa meta, estoy agradecido por la perspectiva del élder Neal A. Maxwell, del Quórum de los Doce Apóstoles, quien escribió: “La forma grie­ga en la que se tradujo, el término perfectos, que se encuentra en Mateo 5:48… significa ‘totalmente desa­rrollado’, llegar a un ‘término’ en lo que respecta a nuestro potencial individual y el haber ‘completado’ el curso a seguir que Dios ha establecido para todos no­sotros…Todos los atributos divinos, al grado que se desarrollen mediante nuestra ‘diligencia y obediencia’, en realidad se levantarán con nosotros en la resurrección, dándonos ‘hasta ese grado… la ventaja en el mundo venidero’ (D. y C. 130:19)” (Menand Women of Christ, 1991, págs. 21-22).

Vale la pena esforzarse por alcanzar la perfección aun si al final es algo que no se puede obtener en esta vida. La lucha para llegar a ser como el Salvador y Su Padre es la forma mediante la cual nosotros mismos nos perfeccio­namos. Si seguimos el modelo que Cristo estableció, es­taremos respondiendo al mandato que se dio en las Escrituras: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32).

“He aquí», dijo el Salvador a los nefitas, “yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). Con frecuencia decía a Sus discípulos “Venid en pos de mí» (Mateo 4:19). Su enseñanza consistía en lo siguiente: “haz lo que hago” en vez de “haz lo que digo”. Una vez que hubo mi­nistrado humildemente a Sus apóstoles al arrodillarse an­te ellos y lavarles los pies, les enseñó: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros tam­bién hagáis” (Juan 13:15).

Naturalmente, Jesús, que fue nuestro modelo perfecto en todas las cosas, tenía Su propio modelo de perfección. Tal como El enseñó: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve ha­cer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).

Lo mismo sucede con los miembros de la Iglesia de hoy. No podemos hacer nada por nosotros en Su obra; pero mediante la guía del Espíritu Santo, podemos y de­bemos hacer las cosas que nuestro Salvador haría. Durante Su ministerio terrenal, Él nos mostró por lo me­nos tres maneras importantes de conducirnos y guiarnos unos a otros.

Un ejemplo en cuanto a la oración

Primeramente, Jesús compren­dió y enseñó la importancia de la oración; pero mucho más que eso, Él vivió ese con­cepto. Continuamente oraba al Padre para suplicar guía y fortaleza, porque Su gran deseo era hacer la voluntad del Padre.

En las Escrituras hay numerosas referencias en cuanto a las oraciones de Cristo. Marcos nos dice que Jesús se le­vantaba temprano por la mañana, salía “a un lugar de­sierto”, y oraba (Marcos 1:35). Lucas también hace referencia a la forma en que el Salvador “se apartaba a lu­gares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16). La transfiguración de Cristo ocurrió después de que Él y tres de Sus discípu­los subieron “al monte a orar” (Lucas 9:28; véanse tam­bién los versículos 28-36). Las Escrituras registran que Él oró por Pedro (véase Lucas 22:32), por Sus discípulos (véase Juan 17:9) y, en la víspera de Su terrible expia­ción, por sí mismo (véase Mateo 26:39).

En uno de los relatos más poderosos de todas las Escrituras, leemos en 3 Nefi acerca de las oraciones del Señor resucitado entre los nefitas: “No hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni co­razón de hombre que pueda concebir tan grandes y ma­ravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede conceptuar el gozo que llenó nues­tras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre” (17:17).

Más tarde, en ese mismo relato, Jesús “tomó a sus ni­ños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos” (versículo 21), después de lo cual hubo una in­creíble manifestación espiritual, con “ángeles que des­cendían del cielo cual si fuera en medio del fuego; y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos, y fueron rodeados de fuego; y los ángeles les ministraron” (versí­culo 24).

Varias veces Jesús oró por los nefitas, y les enseñó la forma de orar. Luego, señaló este punto importante: “Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo. He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto: aque­llo que me habéis visto hacer. He aquí, habéis visto que he orado al Padre, y todos vosotros habéis sido testigos” (3 Nefi 18:24).

La lección para cada uno de nosotros es evidente: de­bemos orar. Al acercarse el final de Su ministerio, el profeta Nefi expresó la importancia de la oración: “Mas he aquí, os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer ante’ el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os con­sagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9).

Una característica del estudio y de las enseñanzas de las escrituras

La segunda característica del liderazgo ejemplar de Jesucristo es que Él conocía y comprendía las Escrituras y las utilizaba para enseñar e inspirar a las personas. Desde que era niño, debió haberle gustado estudiar y analizar las palabras de los profetas según se encuentran en las Santas Escrituras. Con frecuencia hizo hincapié en la im­portancia de las mismas.

“Escudriñad las Escrituras”, dijo a Sus discípulos en Jerusalén; “porque a vosotros os parece que en ellas te­néis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Mateo registra que cuando los saduceos trataron de confundir al Salvador con puntos difíciles de doctrina, “Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29). Seguir leyendo

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Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

Liahona Febrero 1999

Que te conozcamos a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contri­buirá a que el Espíritu flu­ya como agua curativa para ayudar en las prue­bas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos.


Hay gran humildad y timidez en mi alma al tratar de abordar el tema de llegar a tener un conocimiento personal de Dios, el Padre Eterno, y de Jesucristo, el Redentor del mundo y el Hijo de Dios,

Hace algún tiempo se le preguntó a un experimentado grupo de excelentes misioneros de Sudamérica: “¿Cuál es la necesidad más grande del mundo?”, a lo que uno respondió sabiamente: “La necesidad más grande del mundo es que cada persona tenga una relación personal, diaria y continua con la Deidad”, Tal relación puede liberar lo divino que hay en nuestro interior; nada podría influir más en nuestra vida que el llegar a conocer y comprender nuestra rela­ción divina con Dios y Su Hijo Amado, nuestro Maestro, Tal y como dijo Jesús en Su oración intercesora: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Debemos esforzarnos seriamente no sólo por saber acerca del Maestro, sino por luchar, cómo El nos exhortó, a fin de ser uno con .El (véase Juan 17:21) para “ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Efesios 3:16). Quizás no nos sintamos cerca de El porque pensamos que está muy lejos, o puede que nuestra relación no sea demasiado santificadora porque no lo consideramos como una persona real.

¿Cómo podemos recibir la bendición personal de la in­fluencia divina y glorificante del Maestro en nuestra pro­pia vida? Debido a que nuestros sentimientos son sagrados, y los demás no pueden cuestionarlos, empece­mos con esas convicciones apacibles que nos llegan de vez en cuando y que sabemos que son verdaderas. No siempre podemos probar esas verdades a los demás, pero se presentan en forma de conocimiento. ¿Forma esto par­te de ese algo divino que agita nuestro interior y que lu­cha por regresar a su origen? ¿No es semejante a un testimonio personal de la verdad que fluye a través del fi­no velo que separa este mundo de otro? ¿No hay un an­helo por comprender en la mente lo que hay en el corazón, un sentimiento que no se puede expresar por­que es extremadamente personal? A modo de respuesta, el Maestro dijo que esa realidad apacible puede hablar “paz a tu mente en cuanto al asunto” (D. y C. 6:23).

Quisiera sugerir cinco medidas esenciales que man­tendrán abierto el canal de manera significativa para que a diario fluya “agua viva” desde la fuente misma del ma­nantial (véase Juan 4:7-15).

Primero: La comunión espiritual diaria mediante la ora­ción. Toda oración ferviente y sincera es una comunica­ción en la que intervienen dos partes, lo cual contribuirá a que el Espíritu fluya como agua curativa para ayudar en las pruebas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos. ¿Cuál es la calidad de nuestras oraciones en privado? Al orar, deberíamos pensar que nuestro Padre Celestial está cerca, lleno de conocimien­to, comprensión, amor y compasión, la esencia del poder, y que espera mucho de cada uno de nosotros.

Segundo: El servicio diario y desinteresado a los demás. Los seguidores del Cristo divino tienen que ser juzgados por la balanza de sus acciones más que por sus solemnes declaraciones de creencia. La verdadera manera de juz­gar se encuentra en Mateo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos… más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Un hombre sabio observó: “El hombre que vive por sí mismo y para sí mismo es probable que se corrompa debido a la compañía que tiene” (Charles Henry Parkhurst, citado en The International Dictionary of Thoughts, 1969, pág. 659).

Tercero: La lucha diaria en busca de una mayor obedien­cia y perfección en nuestra vida. “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”, dijo el Salvador (3 Nefi 27:27). Gracias a la Expiación per­fecta de jesús, podemos ser hechos perfectos (véase D. y C. 76:69). Seguir leyendo

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José Smith entre los profetas

Liahona Junio 1994

José Smith entre los profetas

Por Robert L. Millet
Decano del Departamento de Educación Religiosa y profesor de Escritura antigua de la Universidad Brigham Young.

Él es el testigo preeminente de Cristo en ésta, la dispensación final.

José Smith, el Profeta mormón, fue sumamente incomprendido por la gente del siglo diecinueve y quizás cause una perplejidad aún mayor a los que viven a fines del siglo veinte. “Nadie conoce mi historia”, dijo él una vez. “Yo no la puedo explicar y nunca lo intentaré. No culpo a nadie por no creerla; si yo mismo no hubiera experimentado lo que pasó, tampoco yo la creería” (History of the Church, 6:317).

Como su Maestro, Jesucristo, José Smith se vio obligado a soportar cierta clase de soledad durante su vida. El muchacho de granja que creció para ser Profeta podía dar un testimonio personal del divino Redentor, puesto que, como Jesús, él también fue hasta cierto punto un “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Su vida estuvo marcada no sólo por la persecución y las sospechas, sino también por un aislamiento que únicamente conocen aquellos que andan en los gloriosos rayos del sol del mediodía pero deben ministrar entre los que se contentan con andar en la tenue luz moribunda del ocaso.

“Dios es mi amigo”, le escribió el Profeta a su esposa Emma en un momento de dificultad. “En El encontraré consuelo. He puesto mi vida en Sus manos y estoy dispuesto a responder a Su llamado. Mi deseo es estar con Cristo. El único valor que tiene mi vida para mí es el de hacer Su voluntad” (en The Personal Writings of Joseph Smith, comp. por Dean C. Jessee, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1984, pág. 239).

Esas palabras nos dan una idea del profundo secreto de su humildad y su éxito: él sabía, y quería que todos lo supieran, que andaba en la luz del Todopoderoso. Él era el portavoz del convenio del Todopoderoso. Dios lo sabía y él lo sabía.

Conocido por los antiguos

La dispensación del cumplimiento de los tiempos estaba destinada a consumar la obra del Señor. Por ser ésta la época en que Dios reuniría “todas las cosas en Cristo… así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10), eran días que los primeros santos esperaban y ansiaban; sabían que llegarían y hablaron de ellos así como del hombre que dirigiría la dispensación final.

El presidente Brigham Young dijo lo siguiente de José Smith:

“En los concilios de la eternidad se decretó, mucho antes de que se establecieran los fundamentos de esta tierra, que él, José Smith, sería el hombre que sacaría a luz la palabra de Dios para la gente en esta última dispensación del mundo, y que recibiría la plenitud de las llaves y del poder del Sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor tenía puestos los ojos en él y en su padre, y en el padre de su padre, y en sus antepasados remontándonos hasta Abraham, y desde Abraham hasta el Diluvio, y desde el Diluvio hasta Enoc, y desde Enoc hasta Adán. Él ha observado circular esa sangre desde su origen hasta el nacimiento de ese hombre, que fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación” (en Discourses of Brigham Young, sel. por John A. Widtsoe, Deseret Book Company, 1954, pág. 108; cursiva agregada).

Hubo algunos que supieron de la vida de José Smith en los últimos días y de la función vital que él tendría en los acontecimientos finales de esta época. José de la antigüedad (véase 2 Nefi 3:7, 18), el Salvador resucitado cuando estuvo entre los nefitas (véase 3 Nefi 21:9-11),

Moroni (véase Mormón 8:14-16, 23-25) y Juan el Bautista (véase TJS, Juan 1:20-22), todos ellos hablaron de un gran Profeta, un gran Elías que restauraría todas las cosas antes de la segunda venida del Mesías (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 452).

José Smith fue también conocido entre los antiguos de otra manera: ellos lo capacitaron y le enseñaron durante el ministerio terrenal del Profeta. Con la excepción solamente de Jesucristo, no ha habido en el mundo un erudito más competente de las Escrituras que José Smith. Una cosa es leer un libro de Escrituras y otra muy diferente es ser instruido personalmente por su autor. Entre los eruditos y líderes religiosos del mundo, ¿quién puede declarar que ha visto cara a cara a Adán, Enoc, Noé, Moisés, Elías, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan? ¿Quién puede hablar con autoridad sobre la vida de la antigua América por haberlo aprendido de Nefi, Mormón, Moroni y otros antiguos israelitas americanos? (véase Journal of Discourses, 13:47; 17:374; 21:94, 161-164; 23:362). Muchos de los visitantes celestiales que él tuvo le pusieron las manos sobre la cabeza y le confirieron las llaves y autoridades que ellos poseían (véase D. y C. 128:20). Resumiendo estos acontecimientos, el presidente John Taylor dijo lo siguiente:

“En primer lugar, José Smith fue apartado por el Todopoderoso, de acuerdo con los concilios de los dioses en los mundos eternos, para dar a conocer los principios que se aplican a la vida… Los principios que él conocía lo pusieron en comunicación con el Señor, y… con los profetas y apóstoles de la antigüedad; hombres como Abraham, Isaac, Jacob, Noé, Adán, Set, Enoc, y Jesús y el Padre, y los apóstoles que vivieron en este continente, así como los de Asia. Él parecía conocer a todas esas personas tan bien como nosotros nos conocemos los unos a los otros, ¿y por qué? Porque él tuvo que introducir una dispensación que se conoce como la dispensación del cumplimiento de los tiempos, y por ese nombre la conocían los antiguos siervos de Dios” (en Journal of Discourses, 21:94; cursiva agregada).

José Smith conocía las Escrituras, conocía sus preceptos, conocía a los profetas que éstas mencionan y conocía el Personaje central de todas ellas: el Señor Jesucristo.

Cabeza de una dispensación

El apóstol Pablo explicó que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Existe un orden aun entre los que han sido llamados como oráculos y portavoces del Todopoderoso. El élder Bruce R. McConkie, Apóstol ya fallecido, hizo esta observación:

“Se comienza por el Señor Jesús, y luego están Adán y Noé. Después, los que son cabeza de cada dispensación. A continuación, más abajo en la escala, están los apóstoles y profetas, los élderes de Israel y los hombres buenos y perspicaces que tienen consigo el espíritu de luz y entendimiento” (“This Generation Shall Have My Word through You”, en Hearken O Ye People: Discourses on the Doctrine and Covenants, Simposio de Sperry 1984, Sandy, Utah: Randall Book Company, 1984, pág. 4).

José Smith, igual que Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros, es el cabeza de una dispensación; la persona que ocupa esa posición es el medio por el cual Dios transmite Su conocimiento y poder a los hombres y las mujeres de la tierra; el medio por el cual se revela nuevamente el Evangelio de Jesucristo, o sea, el plan de salvación y exaltación; el medio por el que los poderes divinos que tienen la facultad de cambiar a la gente, incluso los convenios y ordenanzas salvadores, se extienden a los seres humanos durante un periodo llamado “dispensación”. El cabeza de la dispensación se destaca como el preeminente testigo profético de Cristo; él tiene un conocimiento íntimo y personal de todo ello, porque lo ha visto y oído, y lo ha sentido y lo ha vivido. Por el lugar central que ocupa en el plan, y porque es por medio del poder de su testimonio que hombres y mujeres llegan a conocer al Señor y gozar de la luz del Espíritu, sus seguidores testifican de su llamamiento y posición. El élder McConkie lo explicó así: Seguir leyendo

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El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Liahona Junio 1994

El profeta José Smith: Maestro por medio del ejemplo

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Nuestro testimonio del Salvador se fortalecerá si emulamos al profeta José Smith, que nos enseña grandes principios por medio de toda una vida de buenos ejemplos.

«Nací en el año de nuestro Señor mil ochocientos cinco, el día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, Estado de Vermont” (José Smith—Historia 1:3). Eso dijo el primer Profeta de esta gran dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esas palabras del profeta José Smith y su testimonio, que está a continuación, han sido traducidas al portugués, al español, al chino, al ruso, al alemán, al francés, al polaco y a casi todos los demás idiomas del mundo civilizado. Al ser leídas por los hombres y mujeres de integridad, esas profundas palabras han cambiado su manera de pensar y su vida. Y en eso consiste el valor del sencillo testimonio del joven Profeta, José Smith.

Remontémonos en el tiempo al año 1805 de nuestro Señor, al día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado de Windsor, estado de Vermont. Invito al lector a ir conmigo en esa jornada, a acompañarme en la contemplación de los importantes acontecimientos que tuvieron lugar ese día. Estoy seguro de que, al mirar con orgullo al pequeño infante que había llegado a su hogar, Joseph Smith y su esposa, Lucy Mack, estarían complacidos y sumamente agradecidos al Señor porque el período de gestación había transcurrido sin problemas y les había nacido aquel hermoso niño. Me imagino que hayan podido exclamar, como el poeta, que el pequeño era “un delicado renuevo humano, recién salido del hogar de Dios para florecer en la tierra” (Gerald Massey). Un espíritu escogido había venido a morar en su tabernáculo terrenal.

Hay quienes preguntan: “¿Tuvo una infancia o adolescencia fuera de lo común?” “¿Era el profeta José Smith diferente de mí o de mis hermanos?” Tal vez obtengamos más luz en cuanto a la infancia del Profeta al leer las palabras de su madre, Lucy, que escribió: “Seguramente, algunos de mis lectores se desilusionarán, puesto que… hay quienes piensan que es posible que yo tenga para relatar muchos hechos extraordinarios de su infancia; pero, como durante los primeros años de su vida no ocurrió nada fuera de las situaciones triviales que son particulares en esa época de la existencia humana, no escribo nada sobre ese período” (Lucy. Mack Smith, History of Joseph Smith hy His Mother, Salt Lake City: Bookcraft, 1979, pág. 67). Eso es todo lo que tenemos de su madre con referencia a los primeros años de su niñez.

Sin embargo, todavía en la época de su infancia la mala salud y el infortunio parecen haber perseguido a la familia. El padre, un buen hombre, trató de establecer una granja en varias localidades, pero no tuvo éxito en ninguna. Cuando el niño tenía siete años, él y sus hermanos cayeron enfermos de fiebre tifoidea; los otros se recuperaron rápidamente, pero él quedó con una dolorosa herida en la pierna, que no sanaba; los médicos, haciendo todo lo que podían según las condiciones de esa época, lo sometieron a tratamientos que no dieron resultados; la herida continuaba abierta, hasta que al fin los doctores pensaron que la única solución sería amputarle la pierna.

Podemos imaginar la preocupación y el dolor de los padres a quienes se les diga que es necesario amputarle una pierna a su pequeño hijo. Felizmente, un día llegaron los médicos a la casa de los Smith para decir a la familia que iban a intentar una nueva operación, en la que extraerían un trozo del hueso, con la esperanza de que contribuyera a la cicatrización de la herida. Habían llevado un trozo de cuerda con el que pensaban atar al niño a la cama, porque no contaban con ningún anestésico, nada con que mitigarle el dolor, para hacerle el corte en la pierna con el fin de extraer el pedazo de hueso.

No obstante, el pequeño José les dijo: “No me atarán; soportaré mucho mejor la operación si me dejan libre”. Los doctores, entonces, trataron de persuadirlo a tomar licor, diciéndole: “Debes tomar algo, de lo contrario, no podrás soportar esta grave operación”.

Y nuevamente el Profeta rehusó: “No… pero les diré lo que haremos: Mi padre se sentará en la cama y me tendrá en sus brazos; y yo haré lo que sea necesario para que ustedes puedan extraer el hueso».

Así fue que Joseph Smith tuvo a su hijo en brazos mientras los médicos le abrían la pierna y le extraían el trozo de hueso que estaba infectado. Aunque anduvo cojeando durante un tiempo después de la operación, José Smith sanó y quedó bien (véase de Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, págs. 54-58). A los siete años, el Profeta nos dejó una lección de valor por medio de su ejemplo.

Cuando el pequeño José tenía diez años, su familia, que consistía entonces de once personas, se mudó del estado de Vermont a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; cuatro años después, se mudaron a Manchester, localidad del mismo condado. Estando ahí se encontraron rodeados de un gran resurgimiento religioso, que José Smith describió y que, según parece, prevalecía y era de gran interés para toda persona. Estas son sus palabras:

“…eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no…

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (José Smith—Historia 1:8, 11).

El Profeta dijo que después de leer ese versículo supo con certeza que tendría que poner a prueba la promesa del Señor y preguntarle directamente o, de lo contrario, exponerse a permanecer en tinieblas para siempre. Luego, continuó diciendo que cuando se retiró al bosque para orar, era la primera vez que intentaba orar en voz alta a su Padre Celestial. Pero, había leído aquel pasaje de las Escrituras, lo había comprendido y había puesto su confianza en Dios el Padre Eterno; así que se arrodilló y oró, sabiendo que Dios le daría la luz que tan ansiosamente buscaba. De esa manera, el profeta José Smith nos enseñó el principio de la fe por medio del ejemplo.

Podemos imaginar la ridiculización, el escarnio y las burlas a que lo habrán sometido sus amigos, jóvenes y viejos, y sus enemigos por igual cuando les contó que había tenido una visión. Me supongo que la situación habrá llegado a serle insoportable; sin embargo, fue honrado consigo mismo, diciendo:

“…Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo…” (José Smith—Historia 1:25). El profeta José Smith enseñó la honradez por medio del ejemplo. Seguir leyendo

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José Smith y el Libro de Mormón

Liahona Febrero  1996

José Smith y el Libro de Mormón

Por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

José Smith y el Libro de Mormón son el núcleo de la obra del Señor Jesucristo en los postreros días. Los profetas de la Biblia y del Libro de Mormón tenían conocimiento de José Smith y de la obra que él efectuaría. La gran profecía que se encuentra en Ezequiel dice:

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

“Hijo de hombre, toma ahora un palo, y escribe en él: Para Judá, y para los hijos de Israel sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel sus compañeros.

“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano” (Ezequiel 37:15-17).

La Biblia y el Libro de Mormón son uno en nuestras manos. En Egipto, José vio a los nefitas en una visión y profetizó en cuanto a José Smith y a la aparición del Libro de Mormón:

“Porque José en verdad testificó diciendo: El Señor mi Dios levantará a un vidente, el cual será un vidente escogido para los del fruto de mis lomos…

“Por lo tanto, el fruto de tus lomos escribirá, y el fruto de los lomos de Judá escribirá; y lo que escriba el fruto de tus lomos, y también lo que escriba el fruto de los lomos de Judá, crecerán juntamente para confundir las falsas doctrinas, y poner fin a las contenciones, y establecer la paz entre los del fruto de tus lomos, y llevarlos al conoci­miento de sus padres en los postreros días, y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor…

“y su nombre será igual que el mío; y será igual que el nombre de su padre. Y será semejante a mí, porque aque­llo que el Señor lleve a efecto por su mano, por el poder del Señor, guiará a mi pueblo a la salvación” (2 Nefi 3:6, 12, 15).

El proceso de la traducción del Libro de Mormón fue una educación para José Smith. Cuando recibió el lla­mado del Señor, era un jovencito inexperto, sencillo y, ante los ojos del mundo, sin nada especial. Eso, natural­mente, iba de acuerdo con el modelo establecido en las Escrituras, el cual describió Pablo:

“…sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

El presidente Brigham Young enumeró las cualidades que deben tener los siervos del Señor:

“Si un hombre… por su buen discernimiento natural, no poseyera ninguna otra cualidad más que la fidelidad y la humildad para acudir… al Señor para recibir todo conocimiento y… confiar en El para que lo haga fuerte, lo preferiría a él… que al sabio” (“General Church Minutes», 1839-1877, 23 de octubre de 1859, pág. 2).

Sin embargo, incluso aquellos que son humildes, faltos de conocimiento y dóciles tienen necesidad de un maes­tro así como de los medios a través de los cuales puedan saber los propósitos que Dios tiene para ellos. Este fue el caso de José Smith. Para él, el Espíritu fue el maestro, y traducir el Libro de Mormón le proporcionó la educación. El proceso de la traducción le brindó a ese jovencito inexperto de Nueva York lecciones esenciales que eran de vital importancia para su llamamiento como Profeta de la Restauración. Al igual que el Libro de Mormón se considera la “clave de nuestra religión” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 233), el proceso de la traducción fue la clave para la educación del Profeta (Ron Esplín, memorándum privado enviado al autor, 2 de junio de 1987).

El Libro de Mormón fue fundamental para que José Smith comprendiera las doctrinas del evangelio y su papel en la Restauración. Ciertamente, la Primera Visión le previno al joven en cuanto a sus responsabilidades especiales, pero sólo mediante la traducción del Libro de Mormón le fue concedido un conocimiento más amplio. Durante los cuatro años antes de que le fuera permitido siquiera obtener las planchas, llegó a entender clara­mente cuál era la naturaleza de sus responsabilidades proféticas. Quizás la confirmación de la responsabilidad que tenía de traducir el registro la haya recibido única­mente después de haber tenido las planchas en su poder y de habérsele dado el mandato de poner ese registro al alcance de esta generación.

El Señor le dijo: “Y tienes un don para traducir las planchas; y éste es el primer don que te conferí; y te he mandado no profesar tener ningún otro don sino hasta que mi propósito se cumpla en esto; porque no te conce­deré ningún otro don hasta que se realice” (D. y C. 5:4).

El Señor dejó bien claro que el don de traducir, pese a su importancia trascendental, era sólo el primero de todos los demás que recibiría; una vez que se terminara la tra­ducción, le seguirían otros dones y otras responsabilidades.

Es interesante observar con cuánta rapidez empezó a desenvolverse la misión profética de José Smith después de terminada la traducción y publicación del Libro de Mormón. Durante ese proceso de traducción, se restau­raron la autoridad del sacerdocio y muchas doctrinas del evangelio. Una vez que se concluyó la traducción, los primeros misioneros salieron sin demora y la Iglesia se organizó. De todo esto podemos deducir que el Libro de Mormón fue necesario tanto para entretejer los hilos del manto profético de José Smith como para poner los cimientos para la restauración de la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

En el proceso de sacar a luz el Libro de Mormón, el joven José Smith aprendió, línea por línea, las cosas que tenía que saber para llegar a ser el Profeta de la Restauración. No obstante, la educación de José Smith continuó aun después de la traducción y a través de res­ponsabilidades y experiencias subsiguientes. Al mismo tiempo, aumentó la conciencia de sus responsabilidades; ciertamente fue mucho lo que aprendió durante la dedi­cación del Templo de Kirtland y de las visitas celestiales registradas en la sección 110 de Doctrina y Convenios. Seguir leyendo

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La llave de la fe

Liahona Mayo 1994

La llave de la fe

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia

Hace varios años, antes de recibir mi llamamiento como Autoridad General, tuve la buena suerte de aceptar un , llamamiento para prestar servicio como miembro del Comité de Genealogía del Sacerdocio y tuve el privilegio de visitar estacas y misiones, y hablar a los miembros de la Iglesia acerca de este tema sagrado, que es quizás, entre todos los programas de la Iglesia, el que menos se comprende.

Nuestra responsabilidad principal en esa época era la de convencer a los miembros de la Iglesia de que no era preciso ser especialistas en la materia, que no tenían que esperar hasta tener ochenta años ni ser genealogistas profesionales para comprender la responsabilidad que todos tenemos de buscar datos e información acerca de nuestros parientes muertos y efectuar la obra del templo en beneficio de ellos.

Creo que existe y siempre ha existido la idea de que la investigación de historia familiar es exclusivamente para unos pocos y no para los miembros de la Iglesia en general. De la serie de conferencias que llevamos a cabo en ese entonces, uno de los resultados beneficiosos que se obtuvieron fue la creación de las organizaciones familiares. En todas partes, los miembros de la Iglesia van adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo de la responsabilidad que tenemos hacia los miembros de nuestra familia.

Debido a que mis antepasados provienen de diferentes países (parte de ellos vienen de Suecia, donde los apellidos patronímicos crean grandes problemas [apellidos derivados del apellido o del nombre del padre; por ejemplo, Fernández proviene del nombre Fernando. Esto crea un problema, ya que cada generación tiene un apellido compuesto o derivado del original], y otros provienen de Escocia e Inglaterra), siento que he heredado todos los problemas que pueden sobrevenirle a alguien que debe buscar información acerca de sus antepasados muertos.

En mi línea ancestral sueca, el nombre de mi abuelo era Neis Monson; el nombre de su padre (mi bisabuelo) no era Monson sino Mons Okeson; el del padre de este último (mi tatarabuelo), Oke Pederson, y el nombre del padre de éste, Peter Monson —con lo que volvemos nuevamente al apellido Monson— y finalmente el nombre del padre de este último era Mons Lustig, el cual era un apellido dado por el ejército sueco para diferenciar a los Peterson, los Johnson y los Monson unos de otros cuando entraban en el servicio militar.

A pesar de la confusión de apellidos, es extraordinario todo lo que nuestra asociación familiar [diversos familiares abocados a una misma tarea] ha logrado con respecto a esta línea de nuestros antepasados. Hemos tenido un éxito similar en la búsqueda de información concerniente a los ascendientes de mi madre, de los cuales obtuvimos los apellidos de Condie y Watson.

Hace algunos años, tuvimos con mi esposa la oportunidad de visitar Suecia y, una vez allí, ir a la pequeña aldea agrícola de Smedjebacken, donde su padre, los once hermanos y hermanas de éste, y sus padres vivieron en una casa de campo compuesta de dos cuartos pequeños. Me siento profundamente agradecido de que haya sido mi tío abuelo quien llevara el evangelio a esta familia escogida. Por un momento, imaginé las experiencias por las que debieron haber pasado esos misioneros, sentados frente al fuego comiendo platillos a los cuales no estaban acostumbrados, presentándose ante los ojos de personas amigables pero que los recibían quizás con un poco de sospecha, y finalmente orando juntos para que la luz de los cielos los bendijera y se comprendieran mutuamente y de esa forma se efectuara la conversión al Evangelio de Jesucristo. Y agradecí a nuestro Padre Celestial Su divina ayuda.

En esa época de nuestra visita a Suecia, el presidente de misión era el hermano Reid H. Johnson, primo de mi esposa. Mientras viajábamos con él y nuestro grupo por la zona, nos dirigimos a una gran iglesia luterana. Al entrar en el edificio, el presidente Johnson dijo: “Creo que les interesaría conocer una experiencia que tuvimos mi compañero, Richard Timpson, y yo en esta ciudad al final de nuestras misiones, allá por el año 1948”.

Y nos relató lo siguiente: “Vinimos a este pueblo porque sabíamos que nuestra historia familiar estaba registrada aquí y que nuestros antepasados habían vivido en la zona. Al entrar en este edificio tan grande de la iglesia luterana, nos recibió el encargado de registros más hostil que puedan imaginar. Y cuando se enteró de que habíamos terminado nuestra misión y contábamos con unos pocos y valiosos días, los cuales deseábamos utilizar para investigar los registros que se guardaban en esa iglesia, nos dijo que a nadie se le había permitido jamás examinar esos valiosos registros, y mucho menos se le iba a dar permiso a un mormón. Él nos explicó que se encontraban guardados bajo llave y nos mostró la enorme llave de la bóveda donde se encontraban guardados los libros de registros. Luego agregó; ‘Mi trabajo, mi futuro y el sustento de mi familia dependen de la forma en que cuide y proteja esta llave. No, lo lamento, pero es imposible que ustedes examinen esos registros; sin embargo, si desean ver la iglesia, con mucho gusto los acompañaré y les mostraré su arquitectura y el cementerio que la bordea, pero los registros no; ésos son sagrados”’.

El presidente Johnson nos contó que se sintieron profundamente decepcionados, pero que sin embargo, le dijeron al encargado de los archivos que aceptaban su amable invitación. Durante todo el tiempo que duró el recorrido, él y su compañero oraron fervorosa e intensamente para que algo sucediera que hiciera que el encargado de los registros cambiara de opinión y les permitiera examinar los registros.

Luego de un largo recorrido por el cementerio y de contemplar el edificio de la iglesia, el encargado de los archivos les dijo de improviso: “Voy a hacer algo que nunca he hecho antes. Me puede costar el empleo, pero voy a prestarles esta llave por quince minutos”.

El presidente Johnson pensó: ¡Quince minutos.1 i Lo único que tendremos tiempo de hacer en quince minutos es abrir la cerradura de la puerta!

El encargado les dio la llave y ellos pudieron abrir la puerta y contemplar los valiosos registros que eran en sí un tesoro en valor genealógico. A los quince minutos, llegó el encargado y los encontró inmóviles, sobrecogidos en un estado de admiración por lo que tenían delante.

Ellos entonces le preguntaron:

—Por favor, ¿podemos quedarnos más tiempo?

— ¿Cuánto más? —les dijo el encargado mirando su reloj.

—Unos tres días —le contestaron los jóvenes.

—Nunca he hecho antes nada parecido. No puedo explicarme por qué, pero siento que puedo confiar en ustedes. Aquí está la llave; quédense con ella y entréguenmela cuando hayan terminado. Yo voy a venir todos los días a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde en punto. Seguir leyendo

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El pecado y el sufrimiento

Liahona Abril 1994

El pecado y el sufrimiento

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nos preocupa mucho saber que hay personas que demuestran una actitud muy despreocupada con respecto al pecado. Algunos jóvenes piensan: “Voy a hacer lo que quiero ahora; después ya tendré tiempo de arrepentirme rápidamente y cumplir una misión (o casarme en el templo), y no habrá problema”.

Y los jóvenes no son los únicos que tienen esa actitud; sabemos que hay miembros de la Iglesia adultos que, a sabiendas y deliberadamente, cometen transgresiones serias confiando en una supuesta capa­cidad de arrepentirse en seguida y quedar “como nuevos”. Quieren disfrutar de la conveniencia y el goce del pecado en el presente y de las consecuencias de la rectitud en el futuro; desean experimentar el pecado pero al mismo tiempo eludir sus efectos.

El Libro de Mormón describe así a esas personas:

“Y también habrá muchos que dirán: Comed, bebed y divertíos; no obstante, temed a Dios, pues él justificará la comisión de unos cuantos pecados; sí, mentid un poco, aprovechaos de alguno por causa de sus palabras, tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal; y haced todas estas cosas, porque mañana moriremos; y si es que somos culpables, Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8).

La manera de ser y la posición que asumen esas personas son totalmente contrarias a las del Salvador, que nunca experimentó el pecado pero que, por Su sacrificio expiatorio, se vio sujeto a toda la angustia que éste causa.

Los pecados que obstaculizan el progreso

Para evitar los malentendidos, daré algunas descripciones de lo que quiero decir cuando me refiero al pecado o transgresión. En su aplicación más amplia, el pecado comprende todo tipo de irregulari­dad en la conducta, toda clase de impureza; pero muchas cosas que se califican de pecado en esta definición son sólo como granos de arena que no obstaculizan nuestro progreso en el camino hacia la vida eterna. Los pecados a los que me refiero son las transgresiones serías, las grandes rocas que obstaculizan el camino y que no se pueden remover a menos que haya un proceso prolongado de arrepentimiento.

Un observador entendido se dedicó a anotar los delitos que publicó un periódico de Utah durante una semana, tachando todos los que no habían sido cometidos por miembros de la Iglesia. La lista que le quedó nos da un ejemplo de la clase de pecados que cometen los Santos de los Últimos Días:

  • Venta ilegal de drogas.
  • Agresión con intento de causar daño.
  • Secuestro agravado.
  • Abuso sexual.
  • Relación sexual de un profe­sional con un cliente.

Los informes disciplinarios de la Iglesia nos ponen al tanto de otras transgresiones graves que raramente se publican en la prensa, por ejemplo: el adulterio, la fornicación, la poligamia y la apostasía.

El Salvador les habló a los nefitas sobre el juicio final, en el que Él será “pronto testigo contra los hechiceros, y los adúlteros, y contra los que juran en falso, y contra los que defraudan en su salario al jornalero…” (3 Nefi 24:5).

He dado algunas descripciones de transgresiones serias; podría dar muchas otras.

Los principios básicos

A modo de antecedente, re­pasemos algunos principios muy conocidos.

1.- Uno de los propósitos principales de esta vida es que Dios pruebe a Sus hijos para ver si obedecen Sus mandamientos (véase Abraham 3:25).

2.- Por lo tanto, esta vida es “un tiempo de probación”, como dice Alma, “un tiempo para arrepentirse y servir a Dios” (Alma 42:4).

3.- La desobediencia a un man­damiento de Dios es pecado.

4.- En el juicio final nos pre­sentaremos ante Dios para ser juzgados de acuerdo con nuestras obras (véase Alma 11:41; 3 Nefi 26:4; D. y C. 19:3).

5.- Para cada pecado “se fijó un castigo” (Alma 42:18; véase también Amos 3:1-2).

6.- Los que hayan desobedecido los mandamientos de Dios y no se hayan arrepentido en esta vida se presentarán “con vergüenza y con terrible culpa ante el tribunal de Dios” (Jacob 6:9) y tendrán un “horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones” (Mosíah 3:25); las Escrituras lo describen como “un vivo sentimiento de… culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible, cuya llama asciende para siempre jamás” (Mosíah 2:38).

7.- Las terribles exigencias de la justicia que se aplican a los que han violado las leyes de Dios, ese “estado de miseria y tormento sin fin” (Mosíah 3:25) que se describe en estos pasajes de las Escrituras, se pueden reconciliar por medio de la expiación de Jesucristo. Esa es la esencia del Evangelio de Jesucristo.

En el caso particular de un Santo de los Últimos Días despreocupado, que comete deliberadamente un pecado grave con la idea de que puede disfrutar de la transgresión y gozar sus efectos para después pasar por un arrepentimiento rápido y relativamente sin dolor y quedar como nuevo, ¿cómo se aplican esos principios básicos?

El Libro de Mormón enseña que el Salvador no redime al hombre “en sus pecados» (Alma 11:34, 36, 37; Helamán 5:10). “…los malvados permanecen como si no se hubiese hecho ninguna redención, a menos que sea el rompimiento de las ligaduras de la muerte” (Alma 11:41). El Salvador vino “para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento” y en “las condiciones del arrepentimiento” (Helamán 5:11; cursiva agregada).

Una de las condiciones del arrepentimiento es la fe en el Señor Jesucristo, incluso la fe y la confianza en Su sacrificio expiatorio. Como lo enseñó Amulek:

“…Aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención” (Alma 34:16).

El sufrimiento personal por los pecados

Otra condición del arrepenti­miento es la del sufrimiento o castigo por los pecados. Según las palabras de Alma, “el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16); o sea, donde ha habido pecado debe haber sufrimiento.

Quizás la enseñanza más grandiosa de este principio que se pueda hallar en las Escrituras sea la revelación que el Señor dio al profeta José Smith en marzo de 1830 (véase D. y C. 19). En ella, Él nos recuerda que habrá un “gran día final del juicio” en el que todos seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras (vers. 3); también nos explica que el tormento o castigo “sin fin” o “eterno” que es conse­cuencia del pecado no es un castigo realmente sin fin, sino que es castigo de Dios y Él mismo es sin fin y eterno (véanse los vers. 10-12).

Establecidas esas condiciones, el Salvador del mundo nos manda arrepentimos y obedecer Sus mandamientos.

“…Arrepiéntete”, nos dice, “no sea que… sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“más si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.

“Por lo que otra vez te mando que te arrepientas, no sea que te humille con mi omnipotencia; y que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado…» (vers. 15-20). Seguir leyendo

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Porque yo vivo, vosotros también viviréis

Liahona Abril 1994

 “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”

Por el presidente Ezra Taft Benson

Enseñemos esta verdad a nuestra familia: Porque Jesús vive, nosotros también viviremos. Porque Él vive, el amor y las relaciones familiares que nos resultan tan preciadas de este lado del velo pueden continuar por la eternidad.

Últimamente, ha habido mucha publicidad y los medios de comunicación se han referido repetidamente en cuanto a experiencias que parecen verificar el hecho de que la vida después de esta existencia es una realidad. Se ha renovado el interés en la pregunta que un profeta se hizo hace ya siglos: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14.) O en otras palabras, ¿qué le pasa a una persona cuando muere? El ministerio del Salvador en el mundo de los espíritus, después de Su crucifixión, muerte y sepultura, provee una respuesta muy definida a esa pregunta.

Aun antes de la caída de Adán, la cual trajo como consecuencia la muerte en el mundo, nuestro Padre Celestial había preparado un lugar para los espíritus que salieran de esta vida terrenal. Cuando Jesús murió, el mundo de los espíritus estaba ocupado por innumerables hijos de nuestro Padre que habían muerto —desde la época de la familia de Adán hasta la muerte de Jesús— tanto justos como inicuos.

En el mundo de los espíritus había dos grandes divisiones: los espíritus de los justos habían ido al paraíso, que es un estado de felicidad, paz y serena labor; los espíritus de los inicuos (o malvados) habían ido a la prisión, que es un estado de tinieblas y desdicha (véase Alma 40:12-15). Jesús estuvo sólo entre los justos, en el paraíso.

A continuación, hay una parte de la gloriosa Visión de la Redención de los Muertos que se dio al presidente Joseph F. Smith y que la Iglesia aceptó y sostuvo como Santa Escritura en abril de 1976:

“Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne,

“y quienes habían… padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor.

“Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección…

“…estaban llenos de gozo y de alegría, y se regocijaban juntamente porque estaba próximo el día de su liberación.

“Se hallaban reunidos esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus para declarar su redención de las ligaduras de la muerte…

“Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación de las cadenas de la muerte, apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles;

“y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran…

“y los santos se regocijaron en su redención, y doblaron la rodilla, y reconocieron al Hijo de Dios como su Redentor y Libertador de la muerte y de las cadenas del infierno.

“Sus semblantes brillaban, y el resplandor de la presencia del Señor descansó sobre ellos, y cantaron alabanzas a su santo nombre» (D. y C. 138:12-16, 18-19, 23-24).

Jesús no fue a visitar a los inicuos, o sea, no fue a la prisión. Los que estaban allí eran los que no se habían arrepentido y “se habían profanado mientras estuvieron en la carne” (vers. 20).

Más aún, el Señor “organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas…

“A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos,

“y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios” (D. y C. 138:30, 33-34).

El mundo de los espíritus no se halla lejos de éste. Desde el punto de vista del Señor todo se halla comprendido en un extenso programa que se lleva a cabo a ambos lados del velo; a veces, y no tengo duda de esto, el velo que separa esta vida de la del más allá se vuelve muy delgado. Nuestros seres queridos que han partido de este mundo no se encuentran muy lejos de nosotros.

Un Presidente de la Iglesia hizo esta pregunta: “¿Dónde está el mundo de los espíritus?» Y él mismo la respondió, diciendo:

“Está aquí mismo… ¿Pasan los espíritus más allá de los límites de esta tierra, tal como está organizada? No, no lo hacen. Son conducidos a esta tierra con el propósito determinado de habitarla por toda la eternidad”. Y también dijo:

“Cuando el espíritu abandona el cuerpo, va ante la presencia de nuestro Padre y Dios y está preparado para ver, oír y entender asuntos espirituales… Si el Señor lo permitiera, y Su voluntad fuera que sucediera así, podríamos ver a los espíritus que han salido de este mundo con tanta claridad como vemos los cuerpos con los ojos carnales” (Brigham Young, en Journal of Discourses, 3:369, 368).

Sí, indudablemente, existe la vida después de la muerte. La vida terrenal es una condición temporal, y también lo es el mundo de los espíritus. Así como la muerte es inevitable para el ser terrenal, también lo es la resurrección para los que se encuentran en el mundo de los espíritus.

Al tercer día después de la crucifixión de Jesús, hubo un gran terremoto. La gran piedra que cerraba el sepulcro fue removida. Algunas de las mujeres, que estaban entre Sus seguidores más devotos, fueron al lugar llevando especias y “no hallaron el cuerpo del Señor Jesús». A continuación, se les aparecieron unos ángeles que les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:3, 5-6). En toda la historia no puede haber otra expresión que iguale a aquel extraordinario anuncio: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Los acontecimientos más grandiosos de la historia son aquellos que afectan al mayor número de personas durante el período más largo; guiándonos por esa norma, no hay ninguno que haya podido ser ni sea más importante para el hombre que la resurrección del Maestro, tanto desde el punto de vista personal como colectivo. La resurrección de toda alma que haya vivido y muerto en esta tierra es una certeza confirmada por las Escrituras, y, por supuesto, no hay ningún otro acontecimiento para el que debamos prepararnos con mayor esmero. Puesto que se trata de una realidad indiscutible, la meta de todo hombre y de toda mujer debe ser alcanzar una resurrección gloriosa. No hay nada que sea más universal que la Resurrección, y todo ser viviente será resucitado. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22). Seguir leyendo

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Ayudar a la juventud  escoger la pureza sexual

Liahona Mayo 1984

Ayudar a la juventud  escoger la pureza sexual

Por Joy Saunders Lundberg

Los niños deben aprender que sus cuerpos son sagrados, que un amoroso Padre Celestial los creó y que es de ellos la divina responsabilidad de protegerlos y de nunca envilecer sus funciones reproductivas.

Todo lo que sucede a nuestro alrededor es una evidencia convincente de que es imperante que la pureza moral sea uno de los temas preponderantes en la enseñanza de nuestros hijos. En el pasado, podíamos contar con que la sociedad nos daría una mano al respecto; pero ya no podemos hacerlo más. En realidad, la sociedad en general, parece, en ese aspecto, haberse convertido en nuestra enemiga, al aceptar la inmoralidad como un estilo de vida deseable.

A pesar de lo que los medios de difusión y la prensa desearían que creyéramos, existen sin embargo todavía bastiones de buena moral en nuestra sociedad. Millones de padres tratan de combatir la iniquidad que nos rodea. En la Iglesia, por cierto, comprendemos la responsabilidad que tenemos de oponernos a la inmoralidad y de enseñar a los demás a hacerlo.

En los últimos años, he hablado con muchos padres, obispos y jóvenes acerca de la moralidad sexual. He descubierto que los padres que crían hijos moralmente puros siguen todos ellos un método similar, el cual comprende cinco puntos principales.

Enseñar abiertamente y con cariño

Debemos ser los primeros en enseñar a nuestros hijos acerca del sexo, ya que la primera información que ellos reciban puede tener el impacto más grande. Con mucho cuidado y oración debemos explicar la forma en la que les enseñaremos las funciones sexuales básicas de sus cuerpos.

Debemos también tener en cuenta que esa enseñanza no se limita a hablarles una sola vez. Es imposible que después de nuestra primera charla al respecto digamos: “Uf, me alegro de haber ya salido de eso”. A medida que los chicos crecen, es necesario ampliar su conocimiento en la materia. Debemos estar dispuestos a contestar preguntas, a guiarlos espiritualmente y sin vergüenza. Los niños deben aprender que sus cuerpos son sagrados, que un amoroso Padre Celestial los creó y que es de ellos la divina responsabilidad de protegerlos y no envilecer jamás sus funciones reproductivas.

Un joven que ha vivido una vida de pureza moral me dijo: “Mis padres comenzaron a enseñarme acerca del sexo desde muy joven”. Aparte de explicarle el proceso biológico, le enseñaron también la función apropiada del sexo dentro del matrimonio. “Siempre supe que podía hacerles cualquier pregunta que me viniera a la mente, y eso hizo que me dirigiera a ellos muchas veces en busca de respuestas”.

Por lo general, es muy difícil para un niño comenzar una conversación acerca de temas íntimos; por consiguiente, los padres deben facilitarles el camino para que ellos hagan preguntas. Un padre descubrió que las salidas a pescar le proporcionan la oportunidad perfecta de tener una conversación “tete a tete” sin interrupciones. Una madre preocupada proporcionaba la oportunidad para esa clase de charlas al salir a comer con cada una de sus hijas adolescentes. Pero la mayoría de las oportunidades ocurren naturalmente mientras padres e hijos hacen las tareas cotidianas, trabajan o juntos llevan a cabo diferentes actividades.

Algunos padres se preocupan tanto acerca de cómo enseñar esos conceptos, que al final no enseñan absolutamente nada. En el mundo actual, ello puede ser trágico. Si desean obtener sugerencias sobre cómo pueden enseñar a sus hijos acerca del sexo, lean el manual Una guía para los padres, preparado por la Iglesia.

Enseñen la doctrina de la iglesia concerniente a la moral

Los líderes de la Iglesia nos han proporcionado una definición clara de lo que el Señor espera de nosotros concerniente a la pureza sexual. En el folleto La fortaleza de la juventud, ellos declaran lo siguiente: “El Señor específicamente prohíbe cierto comportamiento, incluso toda relación sexual antes del matrimonio, las caricias impúdicas fuera del matrimonio, la perversión sexual (como la homosexualidad, la violación sexual y el incesto), la masturbación y el interés desmedido en el sexo, ya sea en el pensamiento, la palabra o la acción” (página 16). Debemos asegurarnos de que nuestros hijos comprendan el significado de esas palabras dentro del contexto del evangelio; si nosotros no lo hacemos, alguien más, sin la ayuda del Espíritu, les enseñará dentro de un contexto completamente diferente.

Debemos hacer que nuestros hijos adolescentes y los que estén acercándose a esa etapa de sus vidas comprendan las palabras del presidente Ezra Taft Benson: “Sí diéramos distintas categorías a los delitos, solamente el asesinato y el negar al Espíritu Santo son más graves que las relaciones sexuales ilícitas, a las cuales llamamos fornicación cuando se trata de personas que no están casadas o el pecado aún más grave del adulterio cuando está involucrado alguien que está casado… Ante los ojos de Dios, la castidad nunca está pasada de moda”. En otra ocasión, el Profeta dijo: “Los valores morales se han cambiado tanto que algunos jóvenes no se atreven a fumar un cigarrillo, pero sin ningún problema se entregan a las caricias impúdicas. Ambas cosas están mal, pero una es mucho más grave que la otra” (The Teachings of Ezra Taft Benson, Salt Lake City: Bookcraft, 1988, págs. 279, 281).

Si se hubiera impartido una buena enseñanza, es muy posible que lo que me contó un joven no habría sucedido. Una jovencita que trabajaba en el mismo lugar que este joven le confió que ella y su novio, quien esperaba salir como misionero, en algunas ocasiones cometían actos de inmoralidad. Su joven compañero de trabajo le explicó entonces que no había forma que su novio fuera entonces encontrado digno de ir a la misión. Sin embargo, la joven le contestó: “Claro que puede; nosotros pensamos arrepentimos”.

Nuestros hijos deben comprender claramente que “no le complace al Señor… que nos involucremos en transgresiones sexuales de cualquier naturaleza y luego esperemos que una confesión ya planeada y un arrepentimiento rápido puedan satisfacer al Señor” (Ezra Taft Benson, “A las mujeres jóvenes de la Iglesia”, Liahona, enero de 1987, pág. 84). En lo que se refiere al servicio misional, una grave transgresión sexual puede demorar la salida de una persona al campo misional por lo menos un año y muchas veces hasta tres.

Necesitamos enseñar el arrepentimiento, pero debemos ser honrados al hacerlo. El presidente Benson dijo: “No quisiera que persona alguna pensara que, después de haber cometido un grave error, ya no hay esperanzas, ya que el arrepentimiento y el perdón son también parte del evangelio. ¡Gracias a Dios por ello! Pero debe ser un arrepentimiento verdadero. Ese arrepentimiento es un profundo y sincero pesar por el pecado, que lleva a un cambio de vida. No es simplemente una confesión de la culpa” (God, Family, Country: Our Three Great Loyalties, Salt Lake City: Deseret Book Company, 1974, pág. 196).

Enseñar la forma de hacer elecciones acertadas

Los hijos deben comprender que el deseo de estar con otra persona en forma íntima es algo natural que Dios nos ha dado, pero que ellos tienen el poder de controlar la expresión de esos sentimientos. Debemos hacerles comprender la bendición del gran don del albedrío. “Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna” (2 Nefi 10:23). Seguir leyendo

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Lo que tiene más valor

Liahona, Marzo de 1994

Lo que tiene más valor

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Nunca deja de maravillarme la grandiosa enseñanza que dio repetidamente el Señor a las diversas personas que le preguntaron, por medio del profeta José Smith, qué era lo más importante que podrían hacer. Esto es lo que dijo:

“…He aquí, te digo que lo que será de mayor valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que traigas almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre” (D. y C. 15:6).

Las Escrituras contienen muchos ejemplos de hombres y mujeres nobles que dieron a conocer a otras personas la palabra del Señor con determinación y dedicación. Además de esos inspirados relatos, contamos también con infinidad de historias y experiencias de los Santos de los Últimos Días que lo han consagrado todo a la edificación del reino de Dios.

Un ejemplo del siglo pasado que siempre me ha impresionado es la historia de Dan Jones, el galés que estaba con el profeta José Smith la noche antes de que asesinaran a este último. Creo que vale la pena hacer una breve reseña de su vida.

Dan Jones nació el 4 de agosto de 1810 en Halkin, Flintshire, Gales. Cuando tenía diecisiete años, se hizo a la mar; aprendió lo que había que saber sobre barcos y marineros, y sintió el escozor del agua salada agitada por un fuerte viento y las sacudidas del barco en medio de una aterradora tormenta. En 1840 emigró a los Estados Unidos, donde adquirió un pequeño barco que piloteó como capitán en las aguas del río Misisipí, transportando pasajeros principalmente entre Nueva Orleans y Saint Louis. Posteriormente, perdió la embarcación. En 1842, a la edad de treinta y un años, aquel galés robusto de baja estatura era propietario, a medias con otra persona, del barco Maid of lowa, que tenía capacidad para transportar trescientos pasajeros.

Mientras se hallaba embarcado en esta empresa naviera, jones oyó hablar de los mormones, que después de haber sido expulsados del estado de Misuri y haberse refugiado temporalmente en Quincy, estado de Illinois, habían seguido adelante estableciéndose en un lugar donde el río forma un recodo que crea la ilusión de una península y fundando allí “Nauvoo, la Hermosa”. Existen evidencias de que Dan Jones leyó algunos de los artículos que se escribían contra los mormones y que aparecían publicados en periódicos y revistas. Parece que todo eso le despertó la curiosidad y quiso averiguar algo más sobre esa gente. Así fue como los conoció y le enseñaron la verdad, que él aceptó. En enero de 1843 fue bautizado en las aguas heladas del río Misisipí.

En el mes de abril de ese mismo año, navegó por el río con el barco lleno de conversos ingleses conduciéndolos a Nauvoo. Allí conoció a José Smith y desde el primer momento surgió entre ambos hombres la estima y el respeto mutuos.

En junio del año siguiente, apresaron a José Smith y a su hermano Hyrum y los llevaron a Carthage. Dan Jones se hallaba entre los que los acompañaban y fue encarcelado con ellos. La última noche que pasaron en la cárcel, aparentemente después que los demás se habían dormido, el Profeta le susurró al oído a Jones: “¿Tiene usted miedo de morir?”, a lo que él respondió: “¿Cree usted que ha llegado el momento? Embarcado en una causa como ésta, no creo que la muerte sea muy aterradora”.

Entonces José Smith pronunció lo que se cree hayan sido sus últimas palabras proféticas: “Antes de morir, usted verá Gales y cumplirá la misión que se le ha asignado» (Rex LeRoy Christensen, “The Life and Contributions of Captain Dan Jones”, tesis universitaria, Utah State University, 1977, pág. 17).

Al día siguiente, el Profeta le pidió que llevara una carta a Orvil H. Browning, de Quincy, Illinois, en la que le solicitaba al señor Browning que los defendiera a él y a su hermano en el juicio que se aproximaba. Al salir de la cárcel y caminar por entre el populacho, la vida del hermano Jones estuvo en constante peligro; mientras se alejaba a caballo, las balas pasaban a su alrededor, pero ninguna lo tocó; en su apuro por alejarse de allí se desvió del camino, lo que le evitó encontrarse con otro populacho que tal vez lo hubiera matado. Al final, en la calurosa y pesada tarde del 27 de junio de 1844, llegó a Quincy, donde se enteró del asesinato de José y Hyrum Smith. Su afecto por el Profeta jamás disminuyó, y él nunca flaqueó en su lealtad hacia la causa a la que José Smith había dedicado su vida.

El cumplimiento de la profecía hecha en la cárcel se verificó unos meses después, cuando Dan Jones recibió el llamamiento de ir a Gales. Su esposa, Jane, lo acompañaba, y viajaron con Wilford Woodruff y otros hermanos hasta las Islas Británicas. Al élder Jones se le asignó la labor de predicar en el norte de Gales. A pesar de tener la gran ventaja de hablar tanto inglés como galés, fue muy poco lo que pudo lograr al tratar de llegar al corazón de los habitantes de esa zona. Por otra parte, el hermano William Henshaw, que no hablaba galés, tuvo bastante éxito en el sur del país.

Cuando relevaron al hermano Henshaw un año más tarde, llamaron al élder Jones para presidir la obra en todo Gales; él se estableció en Merthyr Tydfil, lugar que se encontraba en la parte sudeste del país, y, trabajando con un pequeño grupo de misioneros, presenció una cosecha extraordinaria: desde 1845 hasta 1848 se bautizaron unas tres mil seiscientas personas; de acuerdo con la población de Gales en aquel entonces, se calcula que uno de cada doscientos setenta y ocho galeses se convirtió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Seguir leyendo

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Un consejo para los miembros de la Iglesia

Liahona, Febrero de 1994

Un consejo para los miembros de la Iglesia

Por el presidente Ezra Taft Benson

Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base para una vida recta.

E l mensaje que quiero dejarles tiene como fin proporcionar consejo sobre la forma en que podemos llevar la obra de Dios a todo el mundo, tanto a nivel de Iglesia como en forma individual.

Primero, debemos fortalecer la institución familiar. Es necesario que reconozcamos que la familia es la piedra angular de la civilización y que ningún país podrá llegar jamás a un nivel de excelencia que sobrepase el de las familias que vivan en dicho país. La familia es el firme cimiento sobre el cual se levanta la Iglesia. Por lo tanto, hacemos un llamado a todo jefe de familia para que fortalezca su hogar.

Creemos que Dios estableció el matrimonio con un eterno y sabio propósito. La familia es la base de una vida recta, y ya desde el comienzo del mundo Dios designó cuáles serían las funciones del padre, la madre y los hijos.

Dios le dio al padre la responsabilidad de presidir en el hogar; por consiguiente, él debe mantener, amar, enseñar y guiar a su familia. Dios designó también el papel de la madre, la cual debe concebir, dar a luz, cuidar, amar y enseñar a sus hijos. La madre es a la vez la compañera y consejera de su marido.

En el plan de Dios no existe la desigualdad entre los sexos, sino más bien una división de responsabilidades.

En las Escrituras también se aconseja a los hijos acerca de los deberes que tienen para con sus padres. El apóstol Pablo dijo:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

“Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

“para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra’’ (Efesios 6:1-3).

Cuando los padres, unidos en amor, cumplen con esa responsabilidad de procedencia divina, los hijos responden con amor y obediencia y, como resultado, reina gran gozo en el hogar.

Hace poco recibí una carta de un miembro de la Iglesia en la que me describía algunas de las dificultades y los problemas por los cuales él y su esposa estaban pasando para criar a sus hijos.

Se habían casado en el templo, pero poco a poco ambos se habían vuelto inactivos y sólo recientemente habían vuelto a la Iglesia. En la carta, ellos pedían consejo sobre lo que debían hacer para que sus hijos permanecieran fieles en el evangelio y evitaran los peligros y las dificultades por los que ellos habían pasado y por los que habían visto pasar a otras familias.

En otras palabras, la pregunta que tenían era: “¿Cómo podemos fortalecer espiritualmente a nuestra familia?”

Quisiera pedir a cada uno de ustedes que medite sobre esa importante pregunta. Y como respuesta a esta petición, me gustaría exhortarlos a que consideraran la fórmula tantas veces comprobada, y que tantas familias han utilizado con éxito a través de los años, para que en el hogar haya amor y unidad, para que los familiares se mantengan leales el uno al otro, y para que todos comprendan los principios del evangelio.

Los integrantes de esas familias se aman y respetan entre sí, y todos saben que se les quiere y se les aprecia. Los hijos sienten el amor de sus padres, lo cual les brinda seguridad y confianza.

Las familias unidas cultivan el atributo de la buena comunicación. En el seno familiar se habla de los problemas, se hacen planes y todos cooperan a la pal­para alcanzar sus objetivos. Con ese fin se utilizan y se llevan a cabo las noches de hogar y los consejos familiares. Los padres y las madres de esos firmes hogares mantienen fuertes vínculos de unión con sus hijos; ellos hablan y se comunican. Algunos padres entrevistan formalmente a cada uno de sus hijos; otros, lo hacen en forma informal, y hay algunos que con regularidad buscan pasar tiempo a solas con cada uno de ellos.

En todas las familias hay problemas y dificultades; sin embargo, en los hogares fuertes, sus integrantes se esfuerzan por encontrar las soluciones, en lugar de recurrir a la crítica y a la contención. Oran juntos, expresan sus opiniones y se dan ánimo mutuamente. En ocasiones, ayunan juntos para ayudar a uno de los miembros de la familia que lo necesite.

Este tipo de familias hace cosas juntos: Proyectos familiares, trabajo, vacaciones, momentos de diversión y reuniones.

Los padres que han logrado buenos resultados con sus hijos se han dado cuenta de que no es fácil criarlos en medios contaminados por el mal, do manera que han tomado las medidas necesarias para contrarrestarlos con influencias positivas. En su hogar, se enseñan principios morales y se tienen y se leen buenos libros; se escogen buenos programas de televisión y se oye música inspiradora. Pero lo más importante es que se leen y se analizan los Escrituras como un medio para ayudar a los miembros de la familia a desarrollar una orientación espiritual.

En los hogares de los miembros de la Iglesia en los que existe una buena relación entre todos, los padres enseñan a los hijos a comprender los principios de la fe en Dios, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo (véase D. y C. 68:25).

La oración familiar es parte intrínseca de su vida, ya que es el medio por el cual se puede expresar agradecimiento por las bendiciones recibidas y aceptar con humildad que dependemos del Dios Todopoderoso para recibir fortaleza y apoyo.

De manera que ésta es la muy probada fórmula para criar una buena familia, y les recomiendo que la pongan en práctica.

Como padres, abuelos y bisabuelos en Sión, mi esposa y yo tenemos la esperanza de que todos lleguemos a estar juntos en las eternidades, que todos seamos dignos de estar allí, sin que falte uno solo de nuestros seres queridos.

Esa es también mi más ferviente oración y esperanza por todas las familias de la Iglesia.

Más que en ninguna otra época de nuestra historia tenemos necesidad de mayor espiritualidad, la cual podemos lograr si nos deleitamos en las palabras de Cristo, tal como se encuentran reveladas en las Escrituras.

Hemos pedido a los líderes del sacerdocio que reduzcan a un mínimo las reuniones adminis­trativas los domingos con el fin de que las familias pasen más tiempo juntas y dediquen ese día a adorar al Señor. Esperemos que ese día lo utilicen para asistir a las reuniones, prestar servicio caritativo, visitar a otros miembros de la familia, llevar a cabo las noches de hogar y estudiar las Escrituras.

Les aconsejamos que acepten los llamamientos que se les extiendan en la Iglesia y que sirvan fielmente en las posiciones a las cuales se les llame. Préstense servicio los unos a los otros; magnifiquen sus llamamientos y, al hacerlo, se convertirán en el medio por el que muchas personas recibirán bendiciones, a la vez que aumentará la espiritualidad en ustedes mismos.

Les instamos a prestar atención a las necesidades de los pobres, de los enfermos y los necesitados. Tenemos la responsabilidad cristiana de asegurarnos de que las viudas y los huérfanos rengan lo necesario para subsistir.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Los amonestamos a guardar los mandamientos de Dios, ya que al hacerlo, se verán libres de las ataduras del pecado.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás” (D. y C. 59:5).

Confesarás la mano de Dios en todas las cosas (véase D. y C. 59:21).

“Sé paciente en las aflicciones” (D. y C. 24:8).

“Animaos” (D. y C. 61:36).

Sostengan y apoyen el sacerdocio en el hogar y en la Iglesia (véase D. y C. 107:22).

Paguen su diezmo fielmente y contribuyan con una ofrenda de ayuno generosa (véase D. y C. 119:4; Mosíah 4:21).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (D. y C. 59:6).

Enseñen a sus hijos. Críenlos en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:40, 42-43).

“Cesad de inculparos el uno al otro” (D. y C. 88:124).

“Debéis perdonaros los unos a los otros” (D. y C. 64:9).

Sean frugales y no contraigan deudas (véase D. y C. 19:35).

No sean codiciosos (véase D. y C. 88:123).

Trátense honradamente los unos a los otros (véase D. y C. 51:9).

Santifiquen el día de reposo (véase D. y C. 59:10, 12-13).

Absténganse de las bebidas alcohólicas, el tabaco y las bebidas calientes (véase D. y C. 89:5-9).

“Cesad de ser impuros” y desechad la pornografía (D. y C. 88:124).

Busquen las palabras de sabiduría de los mejores libros (véase D. y C. 88:118). Eviten cualquier libro, revista o película que represente lo malo como algo bueno y lo bueno como algo malo.

No cometan adulterio, “no… ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6); lo cual incluye también las caricias impúdicas, la fornicación, la homosexualidad y toda clase de inmoralidad.

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente” (D. y C. 121:45).

Pongan “en práctica la virtud y la santidad” continuamente (D. y C. 38:24).

“Vestíos con el vínculo de la caridad” (D. y C. 88:125).

Vivan “de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 98:11).

Sean valientes en el testimonio que tienen de Cristo (véase D. y C. 76:51,79).

Honren los convenios que han hecho (véase D. y C. 25:13).

Perseveren “hasta el fin” (D. y C. 14:7).

En pocas palabras, ¡aunque vivan en el mundo, no pertenezcan a él!

La misión de la Iglesia es la de salvar almas por medio de la proclamación del evangelio, el perfeccionamiento de los santos y la redención de los muertos.

Les instamos a hacer todo lo que esté a su alcance para que por medio de sus talentos y bienes ayuden en la edificación del reino de Dios sobre la tierra. Esta es la obra del Señor.

Les testifico que Dios vive y que en la actualidad Él comunica a Sus siervos Su voluntad divina.

Yo les testifico que ésta es la Iglesia de Jesucristo, el reino de Dios aquí en la tierra.

¡Santos de los Últimos Días, los felicitamos! Admiramos su fidelidad. Nunca han sido tan grandes nuestras oportunidades y bendiciones. El profeta José Smith preguntó: “¿No hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor… e id… adelante a la victoria!” (D. y C. 128:22).□

(Adaptado de un discurso que el presidente Ezra Taft Benson dio en la conferencia general del 7 de abril de 1984.)

 

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