“No codiciarás”

Liahona, Febrero 1991
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

“No codiciarás”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Los que observen este consejo andarán con paz en el corazón, tendrán seguridad con respecto a su hogar y serán merecedores del respeto de todos los que los rodeen.

Deseo hablar sobre una trampa que puede destruir a cualquiera de nosotros en nuestra búsqueda del gozo y la felicidad en la vida. Se trata de esa engañosa, siniestra y malvada influencia que susurra: “Lo que tengo no es suficiente; tengo que lograr más”.

Cuando el dedo del Señor escribió los Diez Mandamientos en las tablas de piedra, el décimo y último mandamiento que dio fue: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Exodo 20:17).

Desde aquella época ha habido muchos cambios en esta tierra, pero la naturaleza humana no ha cambiado. He observado que entre los jóvenes del presente hay muchos en todo el mundo que tienen la determinación de hacerse ricos mientras todavía estén en su juventud, de poseer automóviles caros, de usar la ropa más fina, de tener un apartamento en la ciudad y quizás una casa de veraneo, y muchas otras cosas. Esto se convierte en su meta principal en la vida; y para algunos de ellos no tienen importancia la ética ni la moralidad de los medios por los cuales logren esa meta. Envidian lo que otros tienen y el egoísmo e incluso la codicia reinan en su afán por lograr posesiones.

Por supuesto, ya sé que toda persona quiere tener éxito en la vida, y desearía que todos lo obtuvieran. Pero debe­mos tener cuidado en cuanto a nuestra manera de deter­minar lo que es el éxito. No tenemos más que leer los diarios para enterarnos de caso tras caso de personas cuyos impulsos apremiantes y egoístas les han causado proble­mas y las han conducido a un profundo fracaso. Algunos de los que andaban en los autos más elegantes y poseían las casas más lujosas ahora se encuentran languideciendo en la cárcel. No hay duda de que son personas de enorme capacidad y talento, con un buen intelecto, pero su codi­cia los precipitó a la caída.

Creo que si el Señor fuera a darnos en la actualidad el último de los Diez Mandamientos, quizás nos diría: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su posición en la sociedad, ni su auto, ni cosa alguna que pertenezca a tu prójimo”.

En estos últimos años, los diarios han publicado muchas historias de hombres y mujeres muy capaces que empeza­ron a trabajar con integridad y honradez, que vivían con bastante comodidad, pero que no estaban satisfechos; en su empeño por ampliar su propio pequeño reino, atrajeron a otras personas convenciéndolas de que invirtieran di­nero en sus respectivas empresas. Los inversionistas, a su vez, no se hallaban ellos mismos libres del mal de la codicia y prestaron atención a los cuentos de grandes ganancias con muy poco esfuerzo. Como le pasa a un perro que persigue su propia cola, el impulso con que crecía la trama fue en aumento hasta que un día todo se derrumbó y tanto al promotor como al inversionista sólo les queda­ron sus sueños destrozados. Lo que había sido una relación amigable se convirtió en una serie de acusaciones, encar­nizamiento, procesamiento criminal y demandas legales.

En una de sus magníficas epístolas a Timoteo, Pablo escribió: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). No tenemos que mirar muy lejos para ver la gran verdad que encierra esa advertencia; habiéndose hecho ricas mediante un abrasador deseo de dinero, algunas de esas personas a las que me refiero se encuentran ahora “traspasadas de muchos dolores”.

Por supuesto, tenemos que ganarnos la vida. El Señor mismo le dijo a Adán que comería el pan con el sudor de su frente todos los días de su vida, y es importante que aprendamos a ser autosuficientes y, particularmente los hombres, que todo joven en el momento de casarse sea capaz de asumir las responsabilidades de proveer lo nece­sario para su compañera y para los hijos que vengan a ese hogar.

Sin embargo, nadie tiene nunca lo suficiente, o al menos eso es lo que pensamos; y sea cual sea nuestra condición económica, siempre queremos mejorarla; esto último también es bueno, con tal de que no se lleve a los extremos. Es cuando la ambición nos domina, cuando empezamos a envidiar lo que otros tienen, que comienza nuestra aflicción. Y puede ser una aflicción muy grande e intensa.

“No codiciarás la casa de tu prójimo”. Todos necesita­mos un refugio, un techo sobre nuestra cabeza que nos asegure calor en el invierno y cierto grado de comodidad en el verano. El desear esto no es malo; es importante que lo tengamos. Pero cuando caemos en desenfrenados exce­sos, como algunos lo hacen, nuestra insensatez puede convertirse en una trampa que nos destruya.

No codiciarás la clase de ropa ni de joyas que use tu prójimo. ¡Ah, cómo nos volvemos esclavos de la moda! Y esto puede convertirse en una fuerza dominante y mons­truosa que destruya la personalidad y el ingenio del indi­viduo. Parecería que todos quisiéramos volvernos iguales, teniendo el mismo aspecto y viviendo en las mismas cir­cunstancias, en lugar de desarrollar nuestra cualidad de seres únicos.

No codiciarás el auto de tu prójimo. El automóvil mo­derno es una máquina extraordinaria y en algunas socieda­des es casi una necesidad; pero cuando veo que algunas personas contraen una gran deuda para comprar un auto de precio exorbitante, me pregunto qué le ha pasado a nuestro sentido común. Para satisfacer nuestros deseos contraemos deudas, gastamos nuestros recursos en el pago de altos intereses y luego trabajamos como esclavos para pagar lo que debemos. Os pido que no me interpretéis mal: Repito que desearía que toda persona disfrutara de algunas de las cosas buenas de este mundo, mas espero que nues­tros deseos no provengan de la codicia, que es una enfer­medad maligna y persistente.

En 1831 el Señor habló a los santos de Ohio y sus palabras de entonces se aplican a nosotros actualmente: “Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sión, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia” (D. y C. 68:31). Seguir leyendo

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El gárment del Templo

Liahona Septiembre 1999

El gárment del Templo

Por el élder Carlos E. Asay (1926-1999)
Miembro emérito del Primer Quórum de los Setenta y ex presidente del Templo de Salt Lake.

“Manifestación externa de un compromiso interior”

A través de sagrados convenios con el Señor, los miembros de la Iglesia reciben bendiciones de promesa y de protección, y un recordatorio tangible de esos convenios.

Hace pocos años, en un seminario para nuevos presidentes de templo y directoras de las obreras de templo, el élder James E. Faust, en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de cómo había sido llamado a servir como Autoridad General. El presidente Harold B. Lee le formuló una única pregunta: “¿Usa usted el gárment correctamente?”, a lo que el presidente Faust respondió que sí; y luego le preguntó al presidente Lee si no le iba a preguntar sobre su dignidad. El presidente Lee le contestó que no necesi­taba hacerlo, pues había aprendido por experiencia que la forma en que uno usa el gárment es una expresión de lo que la persona piensa con respecto a la Iglesia y a todo lo relacionado con ella. Es una medida de la dignidad personal y de nuestra devoción al Evangelio.

Hay personas a las que les gustaría tener un detallado código de vestir que respon­diese a toda pregunta imaginable sobre cómo usar el gárment del templo. Les gustaría que los líderes del sacerdocio esta­blecieran reglas sobre la longitud, que especificaran condiciones sobre cuándo y cómo debería o no debería usarse, y que impusieran castigos a los que no usaran el gárment al pie de la letra en el más mínimo detalle. Tales personas preferirían que los miembros “colasen el mosquito” y omitieran las cosas más importantes del Evangelio de Jesucristo (véase Mateo 23:23-26).

Sin embargo, la mayoría de los Santos de los Últimos Días se regocijan en el albe­drío moral que les ha sido otorgado por un amoroso Padre Celestial. Tienen en gran valor la confianza que les han dado el Señor y los líderes de la Iglesia, una confianza implícita en la declaración del profeta José Smith: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”1.

Samuel el Lamanita declaró:

“Así pues, recordad, recordad, mis hermanos, que el que perece, perece por causa de sí mismo; y quien comete iniquidad, lo hace contra sí mismo; pues he aquí, sois libres; se os permite obrar por vosotros mismos; pues he aquí, Dios os ha dado el conocimiento y os ha hecho libres.

“Él os ha concedido que discernáis el bien del mal, y os ha concedido que esco­jáis la vida o la muerte; y podéis hacer lo bueno, y ser restaurados a lo que es bueno, es decir, que os sea restituido lo que es bueno; o podéis hacer lo malo, y hacer que lo que es malo os sea resti­tuido” (Helamán 14:30-31).

Creo que hay un conocimiento muy importante relacionado con el gárment del templo, y cuando este conocimiento se obtiene, los Santos de los Últimos Días llenos de fe lo usan debidamente, no porque alguien esté controlando sus actos, sino porque entienden las virtudes de la ropa sagrada y desean “hacer lo bueno, y ser restaurados a lo que es bueno”. Por otro lado, cuando alguien no entiende la naturaleza sagrada del gárment del templo, tiene la tendencia a tratarlo como una prenda más de ropa.

Este conocimiento importante relacionado con el gárment del santo sacerdocio puede dividirse en tres partes: la armadura de Dios, antece­dentes históricos y las enseñanzas de los profetas de la actualidad. A continuación presentaré alguna información relacionada con estas tres partes, con la esperanza de que los pensamientos que exprese inspiren un mayor aprecio por el gárment y hagan nacer en la mente de los santos una mayor resolución de usarlos en la debida forma.

LA ARMADURA DE DIOS

¡Estamos en guerra! Nuestro enemigo no es el ejército invasor de una nación limítrofe, ni la marina de una potencia allende el mar. No hay balas silbando por encima de nues­tras cabezas, ni bombas estallando dentro o cerca de nuestras casas. Sin embargo, estamos enzarzados en una guerra a vida o muerte con unas fuerzas capaces de destruirnos por completo y enviarnos a las profundi­dades de una derrota espiritual si no estamos alerta.

Me refiero, por supuesto, a la “lucha” contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas y contra las huestes espirituales de la maldad en las regiones celestes mencionados por el apóstol Pablo (Efesios 6:12). Me refiero a la arremetida de la inmora­lidad, de la delincuencia, del abuso de las drogas y de otras influencias insidiosas que amenazan nuestra sociedad. Tales influencias, junto con otros peligros inminentes, cons­tituyen “las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11) a las cuales debemos hacer frente en estos “tiempos peli­grosos” (2 Timoteo 3:1).

Pablo aconsejó: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13). Con sus poderes proféticos, Pablo previo las condi­ciones adversas que existirían en la tierra en nuestra época; así que instó a todos los santos a tener sus lomos “ceñidos… con la verdad” (Efesios 6:14), a ponernos “la coraza de la justicia” (versículo 14), a tener calzados los “pies con el apresto del evangelio de la paz” (versículo 15), a tomar “el escudo de la fe” (versículo 16, a ponernos en la cabeza “el yelmo de la salvación” (versículo 17), a tomar “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (versículo 17) y a orar siempre (véase el ver­sículo 18), para estar protegidos. Él sabía que una armadura hecha de la verdad, de la rectitud, de la fe, del espíritu y de la oración protegería a la gente de los “dardos de fuego” (versículo 16), creados y lanzados por Satanás y sus secuaces.

Sin embargo, hay otra armadura digna de nuestra consideración. Ésta es la ropa interior especial que se conoce como el gárment del templo o gárment del santo sacerdocio, que usan los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que han recibido la investidura del templo. Este gárment, que se usa día y noche, cumple tres propósitos importantes: es un recordatorio de los convenios sagrados que se han hecho con el Señor en Su santa casa, es una protección para el cuerpo, y es un símbolo de la modestia del modo de vestir y de vivir que debe caracterizar la vida de todos los humildes segui­dores de Jesucristo.

Está escrito que “el gárment blanco simboliza la pureza y nos ayuda a confirmar la modestia, el respeto por los atributos de Dios y, hasta el grado en que se honre, es un símbolo de lo que Pablo consideró como el hecho de tomar sobre nosotros toda la armadura de Dios (Efesios 6:13; compárese con D. y C. 27:15)… El gárment tiene ciertas marcas senci­llas de orientación hacia los princi­pios del Evangelio de la obediencia, la verdad, la vida y el discipulado en Cristo”2.

Podría decirse muchísimo más sobre la guerra por las almas de los hombres y toda la armadura de Dios. La guerra sobre la tierra comenzó en los días de Adán, continuó a lo largo de los años con Moisés y los hijos de Israel, y todavía se oye su fragor en la dispensación que se conoce como la del cumplimiento de los tiempos, una dispensación que fue inaugurada por las revelaciones recibidas por conducto del profeta José Smith. Por lo tanto, el tema de ropas protectoras que nos permitan hacer frente a los dardos de fuego de Satanás conti­nuará siendo de gran importancia.

Debemos vestirnos de la arma­dura de Dios que mencionó el apóstol Pablo y que ha sido reite­rada en una revelación moderna (véase D. y C. 27:15-18). Debemos ponernos también “la armadura de la rectitud” (2 Nefi 1:23) que simbo­liza el gárment del templo. De otro modo, podríamos perder la guerra y perecer.

La pesada armadura que llevaban los soldados de la antigüedad, que incluía yelmos, escudos y corazas, determinó el resultado de algunas batallas. Sin embargo, las batallas reales de la vida de nuestra época moderna las ganarán los que lleven una armadura espiritual, la armadura compuesta por la fe en Dios, la fe en uno mismo, la fe en la causa propia y la fe en los líderes. La parte de la armadura que se llama el gárment del templo no sólo nos proporciona la comodidad y el calor de una prenda de ropa, sino que fortalece al que la lleva para resistir la tentación, rechazar las influencias malignas y permanecer firme en defensa de la verdad.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Debiera entenderse que “las cosas del Señor” (2 Nefi 4:16) han incluido ropas sagradas desde el prin­cipio de este mundo. Las Escrituras contienen muchas referencias al uso de ropas especiales de la gente de la antigüedad. Antes de su expulsión del Jardín de Edén, Adán y Eva fueron vestidos con ropa sagrada. Leemos: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). Seguir leyendo

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Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Liahona Septiembre 1999

Cómo la expiación me ayudó a superar mi divorcio

Nombre omitido

 

Al luchar con la situación que se suscitó en mi matri­monio, llegué a comprender la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y socorrerme.

El sábado pasado”, comen­zaba diciendo la carta de mi marido, “me preguntaste: ‘¿Puedes escribir lo que sientes?’ Pues aquí lo tienes”.

Había percibido que algo iba mal en los sentimientos que mi marido tenía hacia mí, pero no estaba prepa­rada para las devastadoras palabras de su carta, la cual incluía una admi­sión de infidelidad. Me causaba angustia pensar en las probables repercusiones que sufrirían nuestros quince años de matrimonio y me sentía desesperadamente sola, por lo que decidí buscar fuerzas en mi Padre Celestial en el templo.

En la sala celestial, una mujer me alcanzó un pañuelo de papel mien­tras me decía que, tras observarme, se preguntaba si podría ayudarme. Le di las gracias y le dije que no, pero en mí interior parecía gritar: ¿Puede devolverme mis esperanzas y mis sueños? ¿Puede devolverme la eternidad?

Seguí llorando. Unos pocos minutos más tarde, a medida que más gente entraba en la sala celes­tial, un hombre se sentó en una silla cerca de mí y me preguntó: “¿Puedo decirle algo?”

Le dije que sí.

Me dijo: “Percibo que sus seres queridos del otro lado del velo están con usted. Cualquiera que sea la dificultad por la que esté pasando en estos momentos, no se encuentra sola”. Sentí la calidez del Espíritu mientras el hombre se levantaba y se iba.

Había sido rechazada por mi marido, pero el Salvador no me había abandonado. Aquel que “llevó… nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4) me fortaleció. Aquel día salí del templo sintiendo la paz del Salvador.

A medida que mi matrimonio se iba desmoronando, esta extensión del misericordioso amor del Salvador me instruía en el poder de la Expiación. Durante los cuatro años siguientes, llegué a entender las bendiciones de la Expiación de un modo más profundo.

EL HALLAR EL PODER PARA SER SANADA

Me asombraba la gran variedad de cargas que me abrumaban al deba­tirme en mi matrimonio; pero a través de cada prueba, fui compren­diendo cada vez con mayor claridad la capacidad perfecta del Señor para entender mi sufrimiento y soco­rrerme.

La noche del consejo disciplinario eclesiástico al que fue sometido mi esposo, éste regresó a casa cuando los niños ya estaban dormidos y respondió a mis preguntas sobre la medida que se había tomado. Casi como una ocurrencia, añadió: “A propósito, algunos de mis amigos han muerto de SIDA; pero no te preo­cupes, me he hecho las pruebas y he dado negativo”.

Aunque ya había comentado previamente su comportamiento inmoral de la juventud, esta nueva información me dejó conmocionada. Sintiendo que no podía soportarlo más, rompí a llorar y me fui a mi cuarto a orar. Mi Padre Celestial escuchó los llantos de mi corazón desconsolado y sentí una influen­cia consoladora y tranquilizadora descansar sobre mí. Así fortalecida, fui capaz de dormir aquella noche y más tarde pude soportar los humillantes análisis prescritos por mi médico.

A causa de ésa y de muchas otras experiencias, las enseñanzas sobre la Expiación se convirtieron para mí en más que simples frases e ideas; llegaron a ser verdades que obraron un cambio en mi vida. El arrepenti­miento, el perdón y la fe en el Salvador: estas verdades se convir­tieron en principios de acción que trajeron a mi vida muchas de las bendiciones que tanto necesitaba. A través de la experiencia práctica, llegué a apreciar más plenamente la poderosa realidad de la capacidad de Jesucristo para socorrer y sanar.

EL SOMETERSE A LA VOLUNTAD DE NUESTRO PADRE CELESTIAL

Las humillantes experiencias del último año de mi matrimonio fueron particularmente difíciles. El enterarme de la infidelidad de mi marido, el abrir mi vida privada a mi obispo y a mi presidente de estaca, el aceptar la decisión de mi marido de irse, el comenzar con los procedi­mientos del divorcio y el contemplar el sufrimiento de mis hijos a causa de que su padre ya no estaba más en casa no fueron más que el principio de lo que parecía ser una tanda tras otra de dificultades. También llegué a perder la estrecha relación que había disfrutado con la familia de mi esposo; tuve que solicitar ayuda económica a mi familia, al barrio y al estado; sufrí muchísimo a causa de unas heridas que recibió una de mis hijas, pasé por un período en el que creí tener cáncer; me recuperé de un serio accidente de coche; luché para finalizar mi licenciatura y padecí las decepciones de la búsqueda de empleo. Para el final de ese año, no me quedaba nada de orgullo. Me sentía libre ante el Señor, humilde ante el “sentido de [mi] nulidad” (Mosíah 4:5) y por una completa dependencia de El cómo mi ancla en un océano de cambios. Seguir leyendo

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En pos de la Excelencia

Liahona Septiembre 1999
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

En pos de la Excelencia

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Hallarán su mayor ejemplo en el Hijo de Dios. Espero que cada uno de ustedes sea Su amigo. Espero que se esfuercen por andar en Sus caminos, siendo miseri­cordiosos, bendiciendo a los que tengan problemas, viviendo con menos egoísmo y extendiendo una mano de ayuda a los demás.

Leí por primera vez las siguientes palabras en una clase de inglés de la universidad: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimiento, ¡cuán expresivo y maravilloso! En sus acciones, ¡qué pare­cido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo de los seres!” (William Shakespeare, Obras completas, “Hamlet”, acto 2, escena 2, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1967, pág. 1353).

Reconozco que estas palabras de Hamlet fueron dichas con ironía, pero sin embargo hay mucho de verdad en ellas. Describen el gran potencial de exce­lencia del hombre y de la mujer. Si Shakespeare no hubiese escrito nada más, creo que habría sido recordado por las breves palabras de ese soliloquio, pues van de la mano con las que mencionó David:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, “Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?

“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coro­naste de gloria y de honra” (Salmos 8:3-5).

Estas palabras se suman a las que el Señor habló a Job desde el torbellino:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia…

“Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4, 7).

Estas magníficas palabras declaran la gran maravilla que es el hombre; y cuando digo hombre, desde luego me refiero también a la mujer. Todos somos hijos de Dios y hay algo de Su divinidad en el interior de cada uno de nosotros. Somos más que un hijo o una hija de los señores de Fulanito de Tal, de tal y cual lugar. Todos pertenecemos a la familia de Dios, con un potencial inmenso de excelencia. La distancia entre la medio­cridad y la excelencia puede ser muy pequeña. Podremos ver de nuevo, cuando los juegos olímpicos de invierno lleguen a Salt Lake City en el 2002, que esa diferencia se medirá en décimas de segundo. Todo pequeño esfuerzo extra que hagamos influirá considera­blemente en el resultado.

Oí a una de las Autoridades Generales relatar una visita reciente que realizó a una prisión, donde se percató de un joven de apariencia elegante y de gestos inteligentes.

Esa Autoridad General le dijo al oficial de la prisión: “¿Qué está haciendo aquí ese joven?”.

La respuesta fue que un día el joven había tomado el coche de su madre, había conseguido y bebido cerveza, y luego, fuera de control, había manejado el coche por la acera, matando a dos niñas.

No sé por cuánto tiempo estará en la prisión, pero sí sé que nunca podrá sobreponerse del todo a los senti­mientos relacionados con el hecho que le llevaron a esa situación. En qué bisagras tan pequeñas se apoya la puerta de nuestra vida. Los pequeños errores, que nos parecen carecer de importancia al principio, determinan el rumbo eterno que seguimos.

Quiero invitarnos a todos a caminar por el sendero más elevado de la excelencia. Recientemente seleccioné un libro antiguo, escrito por Lytton Strachey, para leer acerca de la vida de Florence Nightingale. Creo que actualmente no se leen mucho los libros de ese tipo. Lo había leído por primera vez hacía mucho tiempo, pero leerlo de nuevo me proporcionó un renovado senti­miento de admiración y de respeto por esa joven inglesa que ejerció tan grande influencia en su época.

Pertenecía a la clase alta. Su destino era bailar y asistir a fiestas, ir a las carreras y tener buena presencia en la sociedad; pero a ella no le gustaba ese tipo de vida. Sus padres no podían entenderla, pues su mayor deseo era aliviar el dolor y el sufrimiento, acelerar la curación, hacer que los hospitales de su época pareciesen menos temibles. Nunca se casó, sino que dedicó su vida a su profesión de enfermera y llegó a ser una experta en el cuidado de los demás, de acuerdo con la capacitación del momento.

Gran Bretaña se vio inmersa en la guerra de Crimea. Ella tenía amigos en las altas esferas del gobierno e insistió e insistió hasta que fue nombrada directora del hospital de Escutari, a donde eran llevadas miles y miles de víctimas de la guerra.

El ambiente en el que fue recibida era de absoluta desesperación. Un antiguo almacén hacía las veces de hospital, donde las condiciones higiénicas eran terribles, al igual que las dependencias destinadas a cocina. Los heridos se apiñaban en grandes cuartos malolientes e inundados por los lamentos del dolor. Seguir leyendo

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Conocer al Cristo

Liahona Enero 1963

Conocer al Cristo

Por el presidente David O. McKay

Todas las palabras de Jesucristo que obran en nuestro poder no serían quizás suficien­tes para hacer una edición de bolsillo. Sin embargo, Juan el Amado nos informa que si escribiéramos todo lo que Él dijo e hizo no habría lugar en el mundo para tantos libros. En comparación a ello, pensemos cuán poco tene­mos. Y aún así, no hay ni ha habido ser humano sobre la tierra que haya ejercido la milésima parte de la influencia que el Hombre de Gali­lea ha irradiado sobre los hombres. Han pasado ya cerca de dos mil años desde Su ministerio terrenal y todavía la humanidad lo considera una persona sin par en la historia del mundo.

Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tienen la obli­gación moral de hacer del impecable Hijo de Dios — el único Ser perfecto que haya jamás caminado sobre la tierra — su ideal. Porque Él es el sublime ejemplo de la nobleza»

Porque Él es de naturaleza divina.
Perfecto en Su amor.
Nuestro Hermano mayor.
Nuestro Redentor.
Nuestro Salvador.
El Hijo Unigénito de nuestro Eterno Padre.
El Camino, la Luz y la Vida.

Tengamos siempre presente que nuestro Di­rector es Jesucristo, nuestro Señor. Si podemos abrazarnos firmemente a esta idea y confiar en Él, como El mismo nos ha recomendado, yendo a Él en cada uno de nuestros problemas — ya sea en los negocios, en nuestros estudios, en nuestro noviazgo o en nuestro hogar — tendre­mos éxito.

¿Qué nos ha dicho Él acerca de nuestras actividades en la Iglesia y en cuanto al hecho de velar por aquellos que no se encuentran en el lugar que debieran? Leed en el Evangelio según S. Lucas las parábolas del Señor, comen­zando con la de la Oveja Perdida, en que el pastor dejó las otras noventa y nueve con tal de buscar la que se había apartado del redil e imaginad el gozo que experimentó al encon­trarla. Luego seguid con la de la Moneda que una mujer había perdido, probablemente por descuido, pero que luego, con la ayuda de sus amigos y vecinos, la encontró y una gran felici­dad reinó en el ambiente.

A continuación, leed de nuevo la inmortal parábola del Hijo Pródigo en todo su contenido, particularmente la parte que relata cómo el joven malgastó sus bienes viviendo perdidamente y de impro­viso se encontró comiendo algarrobas con los cerdos.

Cristo, nuestro Señor, nos ha dicho cuál es nuestra misión: predicar el evangelio sempiterno a todos los hombres de buena voluntad en el mundo y velar, cual pastor cariñoso, por los miembros de la Iglesia.

En junio de 1829, casi un año antes de tener organizada la Iglesia, el profeta José Smith recibió la siguiente revelación:

“Y si fuere que trabajareis todos vuestro días procla­mando el arrepentimiento a este pueblo, y me trajereis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande no será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (Doc. y Cov. 18: 15.)

Esta es parte de nuestra misión. Y parte de nuestra recompensa.

La Iglesia está completamente organizada y hay un sello de divinidad en ella. Pero, ¿cuál es su propósito? ¿Qué nos ha dicho el Señor al respecto?

“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17: 3.)

¡La vida eterna! ¿Qué podría ser más dulce que ella? ¿Qué más precioso? Vosotros, estudiantes que gustáis de la ciencia, tratad do descubrir por medio de los cientí­ficos qué es la vida. No podrán decíroslo, porque ellos ven sólo sus efectos y sus distintas manifestaciones naturales.

Pero su más grande manifestación está en el mismo hombre—estirpe de Dios—quien tiene la oportunidad de vivir eternamente.

La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él envió. Y ¿cómo podemos conocer a Dios? Un abogado preguntó cierta vez a Jesús: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eter­na?” Y el Salvador, sabiendo por qué hacía este hombre la pregunta, le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”

El abogado respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús entonces replicó: “Bien has respon­dido; haz esto, y vivirás.” (Lucas 20: 25-28.)

En otra ocasión, el Maestro dijo a la multitud cómo podía saber la verdad: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.”

¡Oh, hijos de los hombres, escuchad esto, si es que habéis de conocer a Dios y a Jesucristo, Su enviado especial: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

“El que quiera hacer la voluntad de Dios, cono­cerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo de mi propia cuenta.” (Juan 7:16-17.)

Pero entonces surge la pregunta: ¿Cuál es la voluntad de Dios? Ello ya fue contestado por el intérprete de la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10: 27.)

No obstante, ha sido más específica y terminante­mente definida por el superior de los Apóstoles de Cristo en el día de Pentecostés, cuando tres mil per­sonas fueron estremecidas en sus corazones por la palabra y suplicaron: “Varones hermanos, ¿qué liare­mos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hechos 2: 37-39.)

Posteriormente, el mismo Apóstol, hablando acerca de este arrepentimiento, el bautismo, cómo el sacerdocio habría de venir y cómo ellos habían llegado a ser “participantes de la naturaleza divina,” mencionó otras virtudes específicas. Si podéis alcanzar este nivel, sabréis que Jesús es el Cristo y que ésta es la obra de Dios. Pedro dijo:

. . Añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, domino propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abun­dan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 Pedro 1:5-8.)

Cada uno de nosotros puede llegar a conocer esa verdad—el conocimiento de Jesucristo—y vivir eterna­mente. Y no nos preocupemos por nuestras tareas dia­rias; sólo debemos recordar continuamente que nuestro Salvador nos está guiando y preguntarnos a nosotros mismos: “Para lo que debo hacer hoy, ¿puedo dirigirme a Él y pedir Su ayuda?”

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La Justicia, Base de la Paz

Conferencia General Octubre 1962

La Justicia, Base de la Paz

Por A. Theodore Tuttle

Discurso pronunciado por el presidente A. Theodore Tuttle, miembro del Primer Consejo de los Setenta y Director de las Misiones Sudamericanas, durante la 132 Conferencia General Semestral de la Iglesia, efectuada en octubre último.

E siento muy agradecido por tener la oportuni­dad de reunirme con vosotros en esta ocasión tan inspiradora. Os traigo los saludos de los siete Presidentes de Misión, los miembros de la Iglesia y los misioneros de la América del Sud; y en vista de que este programa está siendo escuchado en sitios distantes, hago presentes estos saludos a todos vosotros, dondequiera que estéis.

Hace varios años me encontraba en Baníf, pro­vincia de Alberta, Canadá, comiendo en un restau­rante acompañado de mi esposa, y cuando íbamos a pagar la cuenta, el propietario del mismo, un señor griego, comentó sobre lo que él calificó de “perfil clásico griego” de mi esposa, y así empezamos a con­versar. Enterado de que yo estaba relacionado con la Iglesia, me hizo una proposición. “Lo pagaré la comida—me dijo— si me dice usted cuál es la cosa más grande del mundo.” Lo consulté con mi esposa y le contesté entonces:

“El amor es la cosa más grande del mundo.”

“Va a tener que pagar nomás su comida, amigo —respondió—porque 110 es eso; lo más grande del mundo es la esperanza.”

Entonces, brevemente, nos relató cómo una vez había perdido su negocio, su dinero, sus amigos, su familia y todo lo que amaba… y que lo único que le había quedado era la esperanza. Mientras todo lo demás se había desvanecido, la esperanza lo había salvado y sostenido.

Durante los últimos catorce meses hemos estado viviendo en la América del Sud, prácticamente en medio de intensas agitaciones y dificultades. Hemos visto frecuentes cambios y choques políticos y faccionarios, En mis viajes por esas extensas tierras, he tenido oportunidad de ver literalmente a miles de personas que viven sin suficiente alimento o ropa, cuyas vidas se hallan en igual manera espiritualmente hambrientas — y peor todavía, sin esperanzas.

Sin embargo, conozco a un hombre que es dife­rente, porque él sí tiene esperanza. Representa a un grupo de más de 25.000 miembros de la Iglesia en Sudamérica. . . . Voy a llamarlo “Juan Fulano”. Vive en una pequeña casa modesta con su padre y su madre, ya ancianos, y con su esposa y cinco niños pequeños. Es mecánico de profesión y trabaja en un garaje seis días a la semana, diez horas diarias. Ha sido interesante observar la forma en que los grandes movimientos políticos del mundo influyen en toda su existencia: su país, su hogar, su empleo, sus hijos…..

Juan solía vivir como tantos de sus conciuda­danos: trabajando, comiendo, bebiendo, durmiendo y viviendo sin esperanza de cosa mejor. Asistía a su iglesia muy raras veces, aunque su esposa iba con más frecuencia. No tenía ya fe en Dios ni en el hombre, y tampoco era templado en sus hábitos. Se preocupaba constantemente por la posibilidad de que estallara una guerra, lo turbaba la agitación política en su país y sentía muy poca estimación hacia sus semejantes.

No obstante, vi cómo se arraigó y creció la paz en el corazón de Juan Fulano. Para él la paz ya no es algo abstracto. Toda su vida ha cambiado: su hogar, su trabajo, sus hijos. … él mismo. Juan ahora tiene fe. Se ha allegado a su Padre Celestial. Ahora dice sus oraciones, en las que encuentra no solamente consuelo y solaz, sino la respuesta a todas sus peticiones justas. So ha arrepentido y cambiado; se ha tornado sensible a las cosas de valor espiritual en la vida. Juan ha sido bautizado por inmersión para la remisión de sus peca­dos, por aquellos que tienen la autoridad para hacerlo; y ha recibido la imposición de manos sobre su cabeza para conferirle el don del Espíritu Santo, que habrá de guiarle a toda verdad.

Además, ha recibido el sacerdocio de Dios y ha sido ordenado élder. Ahora no sólo asiste a la Iglesia con regularidad, sino que es la autoridad presidente en su rama local. Está emanando de él la potenciali­dad para dirigir y prestar servicio que hay en su per­sona. No es ya el mismo hombre que hace ocho meses encontraron dos siervos del Señor y le enseñaron el evangelio.

El evangelio de Jesucristo tiene por objeto traer la paz a la tierra. A muchos les parecerá un sueño ilusorio, algo imposible de realizar, una utopía. Otros tienen buena razón para decir: “Pero el Cristianismo es un fracaso; no hemos tenido paz en 1900 años; antes, por el contrario, la iglesia hasta ha emprendido guerras santas, así llamadas.”

Quisiera recordaros, no obstante, que esta es la Igle­sia de Jesucristo; Él no es autor de ninguna de estas iglesias establecidas por los hombres. La autoridad para administrar Su evangelio se perdió de Ja tierra poco después del segundo siglo de la era cristiana, según consta por las profecías y los hechos históricos. Fue necesario que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieran a José Smith en el año 1820 a fin de restaurar el conocimiento verdadero de Dios y llamarlo para ser Profeta. Fue menester establecer y autorizar la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para que enseñara y administrara las ordenanzas del evangelio de nuestro Señor. Desde 1830 ha aumen­tado la fuerza y poder do esta Iglesia para efectuar la justicia sobre la tierra. Y ella puede realizar y realizará su propósito final de establecer la paz.

Sin embargo, la paz 110 se obtiene fácilmente, porque la paz está fundamentada en la justicia. No crece en el terreno del pecado o de la indiferencia hacia el Espíritu de Dios. No es el producto de un edicto o de la fuerza. Viene por medio del cambio voluntario en el corazón del hombre. La obediencia a la ley divina y la justicia anteceden la paz, nunca la siguen. La paz no viene como una otorgación o una dádiva. Igual que la felicidad, puede obtenerse no por bus­carla o procurarla simple y directamente, sino es más bien un producto o resultado incidental, por así decirlo, de la justicia. Viene como una bendición a los que son justos.

El temor de tales cosas como una guerra atómica es el resultado de no entender la fuerza destructiva que las guerras causan. No hubo necesidad de la física nuclear para destruir a los nefitas que vivieron sobre este continente hace 1500 años. El poder destructor fue el pecado y la desobediencia a la ley divina. Sus armas eran arcos y flechas. En la actualidad, el poder destructor es aún el pecado y la desobediencia a la ley divina. Las armas son un poco diferentes, pero reali­zan exactamente el mismo fin. Si somos inicuos, tene­mos razón para temer toda amia, cualquiera que sea. Si somos justos, nada debemos temer.

En el corazón de Juan Fulano actualmente reina la paz… no porque la haya buscado, sino porque procuró obedecer la ley divina; porque obedeció los principios y ordenanzas fundamentales del evangelio de Jesucristo. Así debe ser con todos los hombres, si quieren disfrutar de la paz. El evangelio requiere, en primer lugar, fe en el Señor Jesucristo; segundo, arrepentimiento y una firme resolución de guardar los mandamientos que Dios ha dado a Sus hijos; tercero bautismo por inmersión para la remisión de los pecados cometidos; y cuarto, la imposición de manos para recibir el don el Espíritu Santo. La aceptación y cum­plimiento de estos sencillos requerimientos básicos que le abrieron la puerta a Juan Fulano y le permitieron encaminarse por la vía de la perfección y la paz, habrán de hacer lo mismo por todos los demás hom­bres: el norteamericano, el escandinavo, el japonés, el ruso y el indio.

Si esta fórmula parece ser demasiado sencilla para establecer la paz, quisiera recordaros que este mismo evangelio, la observancia de estos idénticos principios fundamentales, ha traído la rectitud y la paz a la tierra en épocas pasadas. El Libro de Mormón narra la visita y enseñanzas del Señor Jesucristo en este continente americano. Deseo citar brevemente, de esta historia, lo siguiente:

. . Y he aquí, los discípulos de Jesús habían organizado la Iglesia de Cristo en todas las tierras circunvecinas. Y cuantos iban a ellos y se arrepentían verdaderamente de sus pecados, eran bautizados en el nombre de Jesús; y también recibían el Espíritu Santo.

“Y ocurrió que en el año treinta y seis se con­virtió al Señor toda la gente, sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contiendas ni disputas entre ellos, y obraban recta­mente unos con otros.

“Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos tenían su libertad y participaban del don celestial.

. . Y no había envidias, ni contiendas, ni tumul­tos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna clase; y ciertamente no podía haber pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios.” (4 Nefi 1-3, 16.)

Sí, estas gentes gozaron de paz por espacio de ciento noventa y cuatro años, pero, vuelvo a repetir, basados sólo en la obediencia al evangelio de Jesucristo y a las palabras de los profetas y apóstoles vivientes.

Os doy testimonio de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo y de que el presidente David O. McKay es el Profeta para el mundo en la actualidad; y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La Iglesia de Jesucristo y su Futuro

Liahona, Enero del 1963

La Iglesia de Jesucristo y su Futuro

William G. Berrctt
Tomado de the Instructor

NO hace mucho apareció en una de las revistas más populares de los Estados Unidos un artí­culo escrito por el Reverendo Norman Vincent Peale, el cual advierte que la disminución de iglesias pro­testantes en nuestras grandes ciudades y la pronunciada inasistencia de sus miembros en casi todo el mundo está poniendo en evidencia una cierta impotencia en el protestantismo en la actualidad.

Esto nos hace también pensar en el futuro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

El Crecimiento de la Iglesia

Si un simple vistazo a los hechos nos sorprende y asombra, una detenida consideración del asunto habrá de incitarnos aun a profetizar en cuanto al futuro de la Iglesia de Cristo. Mientras el protestan­tismo forcejea en medio de una inquisidora y pujante civilización, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días está rápidamente llegando a ser una Iglesia universal—llena de sorprendente vitalidad e in­discutiblemente destinada a reemplazar las demás organizaciones religiosas, ya agotadas y desautorizadas. Esta aseveración podría parecer demasiado atrevida, puesto que sólo el tiempo habrá de demostrarla, Pero el tiempo mismo está en favor de la Iglesia, porque ésta contiene toda verdad y la vitalidad que emanan de la dirección divina.

¿Cuáles son los hechos? El mormonismo está creciendo rápidamente y su paso se acelera día a día. Unas pocas décadas atrás, la Iglesia duplicaba su cantidad de miembros prácticamente cada 25 años— el promedio actual demuestra que esto sucede ahora cada 17 años. Hace ya algún tiempo, el Dr. Howard Nielsen, de la Universidad de Brigham Young, estimó, como consecuencia do sus trabajos estadísticos, que para el año 2000 la población de la Iglesia alcanzaría a seis millones de almas. En aquella ocasión este cálculo pareció muy aventurado—hoy en día se perfila ya como demasiado moderado. Muchos historiadores y observadores manifestaron que la Iglesia había llega­do a la cumbre de su progreso proselitista, pero los hechos indican que dicha enunciación fue equivocada. Mientras que hace poco más de un lustro el mayor número de conversiones anuales nunca excedió de 12.000, el año 1961 arrojó una cifra de ¡90.000 bau­tismos! Y el año 1962 ha superado todo record anterior. El espíritu misionero sobre el que depende y se basa el crecimiento de la Iglesia, va aumentando en gloria y esplendor. Día a día está asumiendo aceleradamente aquella vitalidad que hace casi veinte siglos esparció el Cristianismo por el mundo. Y aun cualquier com­pilador de estadísticas podría profetizar la época en que los conversos entrarán por millones en las aguas del bautismo.

Causas de la Vitalidad de la Iglesia

¿Cuáles son las causas fundamentales de la vitali­dad de la Iglesia? En primer y principal lugar, se destaca el hecho de que fue establecida, tal como la Iglesia primitiva, bajo la dirección de Jesucristo y que continúa bajo Su guía personal. No se trata de una organización fundada por hombres. Sus doctrinas no han sido determinadas por concilios humanos, sino por la revelación directa de Dios. Por consiguiente, está en armonía con todas las verdades que en esta luminosa era del espacio puedan ser descubiertas.

Es fundamental poder tener la palabra de Dios en medio de las vitales áreas del aprendizaje, especial­mente en aquellas de la investigación en que las dudas y las controversias se debaten en los campos de la religión en la actualidad. Saber que Dios vive, que Jesucristo fue resucitado, que El existe hoy con un cuerpo de carne y huesos perfeccionado, que se ha manifestado, y aparecido en nuestros propios días a Sus profetas y conocer Su plan y Su Iglesia, sabiendo que hay nuevamente sobre la tierra hombres que tienen Su divina autoridad y comisión para actuar en Su nombre—es tener serenidad y paz junto con el deseo de llevar Su palabra a toda la humanidad. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón es la palabra de Dios

Liahona, Mayo 1988
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

El Libro de Mormón es la palabra de Dios

Por el presidente Ezra Taft Benson

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días “creemos… que el ‘Libro de Mormón es la palabra de Dios” (octa­vo Artículo de Fe). Así lo han declarado Dios, los profetas que lo escribieron, sus testigos y todos los que lo han leído y han recibido una revelación perso­nal de Dios en cuanto a la veracidad del libro.

En la sección 20 de Doctrina y Convenios, el Se­ñor dice que El dio a José Smith “poder de lo alto para traducir el Libro de Mormón… el cual contie­ne. . . la plenitud del evangelio de Jesucristo. . . el cual se dio por inspiración” (D. y C. 20:8-10).

Nefi, uno de los profetas que escribió algunos de los libros que componen el Libro de Mormón, testifi­ca que éste contiene “las palabras de Cristo” (2 Nefi 33:10), y Moroni, el que escribió el último libro, tes­tifica diciendo: “estas cosas. . . son verdaderas” (Moroni 7:35).

Ese mismo Moroni, en calidad de ser angélico y enviado de la presencia de Dios, vino a la tierra en esta época y mostró las planchas que contenían esos registros antiguos a tres testigos. El testimonio de ellos con respecto a las planchas se encuentra en la primera parte del Libro de Mormón, donde, entre otras cosas, dicen: “Y también sabemos que han sido traducidas por el don y el poder de Dios, porque así su voz nos lo declaró; por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera”.

El más correcto de todos los libros

Y José Smith, el Profeta, que fue el instrumento que utilizó Dios para traducir esos anales, dio testi­monio diciendo: “Declaré a los hermanos que el Li­bro de Mormón era el más correcto de todos los li­bros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 233-234).

El Libro de Mormón fue escrito para nosotros, los que vivimos en estos tiempos. Los que escribieron los libros que lo componen fueron hombres inspirados por Dios y dirigidos por Dios en esa tarea. Es un re­gistro compilado por hombres inspirados para que fuera una bendición para nosotros. Estaba destinado para nosotros. Mormón, el profeta antiguo cuyo nombre lleva el libro, compendió siglos de anales. Dios, que conoce el fin desde el principio, le hizo saber lo que debía incluir en la recopilación porque nosotros lo necesitaríamos en nuestra época. Mormón entregó los anales a su hijo Moroni, el último que escribió en ellos; y Moroni, que al escribir, hace 1.500 años, se dirigía a nosotros, los de la actualidad, nos dice: “He aquí, os hablo como si os hallaseis pre­sentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras” (Mormón 8:35).

Para convencer al judío y al gentil

La finalidad del Libro de Mormón se expone en su portada, donde dice que es “para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios”.

Nefi, el profeta que escribió el primero de los li­bros del Libro de Mormón, dice;

“Porque toda mi intención es poder persuadir a los hombres a que vengan al Dios de Abraham, y al Dios de Isaac, y al Dios de Jacob, y sean salvos.

“De modo que no escribo las cosas que agradan al mundo, sino las que agradan a Dios y a los que no son del mundo.

“Por tanto, daré un mandamiento a mis descen­dientes de que no ocupen estas planchas con cosas que no sean de valor para los hijos de los hombres.” (1 Nefi 6:4-6.)

El Libro de Mormón lleva a los hombres a Cristo por conducto de dos medios fundamentales: Primero, habla con sencillez de Cristo y su evangelio; da testi­monio de la divinidad del Señor Jesucristo, de la ne­cesidad de que hubiera un Redentor y de la urgencia de depositar nuestra confianza en El. Da testimonio de la Caída y de la Expiación y de los primeros prin­cipios del evangelio, e incluso de nuestra obligación de tener un corazón quebrantado y un espíritu contri­to, así como de tener un renacimiento espiritual. Proclama que tenemos que perdurar hasta el fin sien­do rectos y llevando la vida moral de un santo.

Para confundir la falsa doctrina

Segundo, el Libro de Mormón pone al descubierto a los enemigos de Cristo; confunde las falsas doctri­nas y pone fin a las contenciones. (Véase 2 Nefi 3:12.) Fortalece a los humildes seguidores de Cristo contra los designios malignos, las artimañas y las doc­trinas del diablo en nuestra época. La clase de após­tatas que se describe en el Libro de Mormón es muy parecida al tipo de apóstatas que se manifiestan ac­tualmente. Dios, con su presciencia infinita, inspiró la formación del Libro de Mormón de manera que nosotros pudiéramos ver el error y supiéramos comba­tir los falsos conceptos educacionales, políticos, reli­giosos y filosóficos de nuestra época.

Dios espera que utilicemos el Libro de Mormón de diversas maneras. Tenemos que leerlo detenidamente y con oración, y al leerlo, reflexionar en si el libro es obra de Dios o de un joven sin instrucción. Moroni nos exhorta a que, una vez que hayamos terminado de leerlo, lo pongamos a prueba, y en cuanto a ello, nos dice: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera ex­hortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera in­tención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Mo­roni 10:4). Yo he seguido esa exhortación de Moroni y os testifico que este libro es de Dios y, por tanto, verdadero.

La plenitud del evangelio

Tenemos que utilizar el Libro de Mormón como base de lo que enseñemos. En el versículo 12 de la sección 42 de Doctrina y Convenios, el Señor dice: “Y además, los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio que se encuentran en. . . el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud de mi evangelio”.

Y, al leer y enseñar, tenemos que aplicar las ense­ñanzas del Libro de Mormón a nosotros mismos, “pa­ra nuestro provecho e instrucción” (1 Nefi 19:23).

Utilicemos el Libro de Mormón para tratar las objeciones que se hagan a la Iglesia. Dios el Padre y su Hijo Jesucristo se manifestaron a José Smith en una visión maravillosa. Posteriormente a ese glorioso acontecimiento, José Smith contó lo sucedido a un clérigo, y grande fue su sorpresa al oír que éste le decía que no había tales cosas como visiones o reve­laciones en estos días, que todo eso había cesado. (Véase José Smith—Historia 1:21.)

Esas palabras simbolizan prácticamente todas las objeciones que han hecho contra la Iglesia tanto per­sonas que no son miembros de ella como las que se han alejado de su doctrina. Es decir, que no creen que en la actualidad Dios revela su voluntad a la Igle­sia por medio de sus profetas. Todas las objeciones que puedan hacerse, ya sea sobre el aborto, el matri­monio plural, el guardar el séptimo día, etc., giran fundamentalmente sobre el hecho de si José Smith y sus sucesores fueron y son profetas de Dios que han recibido y siguen recibiendo revelación divina. Aquí contamos, entonces, con un procedimiento para tratar, mediante el uso del Libro de Mormón, la mayoría de las objeciones que se nos hagan. Seguir leyendo

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El qué, el porqué y el cómo de ofrecer un testimonio

Liahona, Junio 2016

El qué, el porqué y el cómo de ofrecer un testimonio

Por el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985)
Duodécimo presidente de la Iglesia
De “President Kimball Speaks Out on Testimony”, New Era, agosto de 1981,

Cada vez que expresan su testimonio lo fortalecen.

bearing testimonyToda alma en este mundo puede tener una revelación, exactamente la misma que tuvo Pedro (véase Mateo 16:13–17). Esa revelación será un testimonio, el conocimiento de que Cristo vive, de que Jesucristo es el Redentor de este mundo. Toda alma puede lograr esa certeza, y cuando reciba ese testimonio, provendrá de Dios y no solo del estudio. Por supuesto, el estudio es un elemento importante, pero junto con él debe haber mucha oración y mucho esfuerzo; entonces se recibe la revelación…

La reunión de testimonios es una de las mejores reuniones del barrio en todo el mes, si ustedes tienen el Espíritu. Si se aburren en la reunión de testimonios, ustedes son los que tienen un problema, no los demás. Si se levantan y expresan su testimonio, pensarán que esa es la mejor reunión del mes; pero si permanecen sentados contando los errores gramaticales y burlándose de la persona que no sepa hablar muy bien, se aburrirán y, poco a poco, eso causará que se marchen del reino…

Todos los meses, la Primera Presidencia y los Doce se reúnen en el templo con todas las Autoridades Generales; allí expresan su testimonio y su amor los unos por los otros, igual que ustedes. ¿Por qué necesitan las Autoridades Generales una reunión de testimonios? Por la misma razón que ustedes la necesitan. ¿Creen que pueden pasarse tres, seis, nueve y doce meses sin ofrecer su testimonio y todavía mantenerlo íntegro?

A algunos de nuestros buenos miembros les horroriza tanto la repetición que se ponen a divagar y se van por la tangente. No se preocupen nunca por la repetición en el testimonio. Cuando el Presidente de la Iglesia expresa el suyo, dice: “Yo sé que José Smith fue llamado por Dios como representante divino. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Como ven, lo mismo que dice cualquiera de ustedes. Eso es un testimonio…

Un testimonio no es una exhortación; no es un discurso (ninguno de ustedes está allí para exhortar a los demás); no es un diario de viaje. Están allí para expresar su testimonio. Es asombroso lo que se puede decir en sesenta segundos de testimonio, o en ciento veinte o en doscientos cuarenta; o en cualquier tiempo del que se disponga, si uno se limita a testificar. Los demás queremos saber lo que ustedes sienten. ¿En verdad aman la obra? ¿Se sienten felices en lo que hacen? ¿Aman al Señor? ¿Están contentos de ser miembros de la Iglesia?…

No permanezcan sentados en la reunión de testimonios y se engañen pensando: “No creo que vaya a dar mi testimonio hoy; tal vez no sea justo para con los otros miembros, porque ya lo he dado tantas veces”. Den su testimonio. Y un minuto es tiempo suficiente para expresarlo.

¡Ustedes tienen un testimonio! Por supuesto, es preciso que lo fortalezcan, lo eleven y lo ensanchen; y eso es lo que hacen; cada vez que expresan su testimonio lo fortalecen.

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En busca de paz y libertad

Liahona Septiembre 1990
Mensaje de la Primera Presidencia

En busca de paz y libertad

Por el Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Recuerdo una conversación muy inquietante que tuve hace años esperábamos aviones que se habían retrasado.

Tenía el pelo largo, la cara cubierta con una barba y usaba anteojos grandes y redondos; llevaba puestas unas sandalias y la forma en que estaba vestido daba la impresión de que era totalmente indiferente hacia toda norma social que hubiera sido aceptada por la mayoría de las personas. No obstante, su determinación y su sinceridad eran evidentes.

Era un hombre educado y cortés, y supe que se había graduado de una importante universidad norteamericana.

No tenía empleo y me dijo que su padre lo mantenía; andaba recorriendo América del Sur.

Le pregunté qué deseaba de la vida. “Paz y libertad”, me contestó inmedia­tamente. Entonces le pregunté si hacía uso de drogas y me respondió que sí, que éstas eran uno de los medios que empleaba para obtener esa paz y esa libertad que buscaba. La conversa­ción sobre las drogas nos llevó a hablar sobre la morali­dad. El mencionó la “nueva moralidad”, diciendo que ofrece mucho más libertad que la que haya podido gozar cualquier otra generación.

Al presentarnos, se había enterado de que yo era un líder religioso; y me hizo saber, con cierta condescenden­cia, que la moralidad de mi época era algo que causaba risa. Después, hablando con vehemencia, me preguntó cómo podía defender sinceramente la virtud personal y la castidad. Se quedó un tanto atónito cuando le afirmé que su “libertad” era un engaño, que su “paz” era un fraude y que le explicaría las razones por las que era así.

He pensado mucho en esa controversia y en otras simi­lares que he tenido a través de los años. En la actualidad hay millones de personas que, en el empeño por verse libres de las restricciones morales, han abierto el camino a prácticas que esclavizan y corrompen. Si se da carta blanca a esas prácticas, no solamente destruirán a las personas que se embarcan en ellas, sino también a las naciones de las que éstas forman parte.

Recuerdo haber pensado en esa “libertad” y esa “paz” un día en que me encontraba en mi oficina y tenía frente a mi escritorio a dos jóvenes; él era apuesto, alto y de aspecto viril; ella era una hermosa muchacha, estudiante destacada, sensible y perceptiva.

La joven sollozaba y a su acompañante se le caían las lágrimas silenciosamente. Ambos eran estudiantes uni­versitarios; se iban a casar a la semana siguiente, pero no con la clase de boda que habían soñado y planeado para tres años más tarde, una vez que hubieran terminado la universidad.

No obstante, se encontraban en una situación que am­bos lamentaban y para la cual ninguno de los dos estaba preparado. Ella estaba embarazada. Los sueños de una carrera, los años de preparación que sabían iban a nece­sitar para enfrentar la competencia que encontrarían en el mundo, yacían destrozados. En lugar de eso, se veían obligados a establecer un hogar y él tendría que mantener a su familia con cualquier trabajo que pudiera encontrar.

El joven levantó la mirada a través de las lágrimas. “Nos hemos dejado desviar del camino”, dijo con tristeza.

“Y nos hemos metido en una trampa”, agregó ella. “Nos hemos engañado el uno al otro; hemos engañado a nues­tros padres, que nos quieren tanto; y nos hemos engañado a nosotros mismos. Nos traicionaron. Creímos a los que nos dijeron que era una hipocresía conservar la virtud. Y nos hemos encontrado con que la ‘nueva moralidad’, la idea de que el pecado es algo que sólo está en la imagina­ción de las personas, es una trampa que nos ha des­truido.”

Me hablaron de los miles de pensamientos que les ha­bían cruzado por la mente durante los días de temor y las noches de ansiedad de las semanas anteriores. ¿Debía ella someterse a un aborto?, se habían preguntado; sentían la tentación de hacerlo, pero ella había llegado a la conclu­sión de que jamás haría algo así. Consideraba sagrada la vida, fueran cuales fueran las circunstancias. ¿Y cómo podría vivir con ese remordimiento si tomaba medidas para destruir el don de la vida, aun en la situación en que se hallaban?

Podían dar el niño en adopción. Había organizaciones excelentes que los ayudarían a llevar a cabo esos planes; y había muy buenas familias ansiosas por adoptar niños. Pero la pareja había descartado esa posibilidad; y, pa­sara lo que pasara, él no la dejaría sola para enfrentar el problema, pues se consideraba responsable y estaba dispuesto a cumplir esa responsabilidad, aun cuando le arruinara el futuro con el que había soñado.

No pude menos que admirar el valor del muchacho, su determinación a hacer lo mejor posible en esa difícil situación; pero sentí el corazón oprimido al contemplar­los, angustiados y sollozando. Eso era tragedia. Eso era aflicción. Eso era estar atrapados. Eso era esclavitud.

Les habían hablado de libertad, de que el mal era un concepto que sólo se hallaba en la imaginación de las personas. Pero se encontraban con que en realidad habían perdido su libertad. Y tampoco te­nían paz. Habían trocado su paz y su libertad: la libertad de casarse cuando quisieran, la libertad de seguir la carrera con la que habían soñado y, lo más importante, la paz del autor respeto.

El joven que conocí en el aeropuerto quizás hubiera querido refutar mi argumento diciendo que aquellos jóve­nes no fueron muy listos, pues si hubieran empleado los medios anticonceptivos que están a disposición de cual­quiera, no se habrían encontrado en aquella situación desgraciada. Yo le hubiera respondido que, a pesar de eso, dicha situación es muy común y que día a día el problema aumenta.

¿Puede haber paz en el corazón de una persona, puede haber libertad en su vida, si lo único que le ha quedado como amargo fruto de la gratificación de sus deseos ha sido la infelicidad?

¿Puede haber algo más falso y deshonesto que el grati­ficar una pasión sin aceptar la responsabilidad de los propios actos?

Recuerdo haber visto en Corea el trágico resultado de la guerra en miles de huérfanos nacidos de mujeres corea­nas y soldados estadounidenses. Esos niños abandonados se volvieron criaturas de aflicción que nadie quería, la consecuencia de una desgraciada inundación de inmora­lidad.

Lo mismo ocurrió en Vietnam, donde había decenas de miles de niños sin padre, abandonados. ¿Paz y libertad? Estas no pueden existir para nadie que haya pecado caprichosamente ni para los que hayan quedado como víctimas inocentes y trágicas de la lujuria.

Hay ciertos hombres que tienen la tendencia a sentir una perversa satisfacción por sus conquistas inmorales. ¡Qué victoria tan despreciable y sucia! En ese placer malicioso no hay ningún tipo de conquista, sino sólo un engaño de sí mismo y un fraude miserable. La única conquista que brinda satisfacción es la conquista del yo. En tiempos antiguos se decía que el que domina su propio espíritu es más grandioso que el que conquista una ciu­dad. (Véase Proverbios 16:32.)

El autodominio nunca ha sido fácil de lograr; y no tengo dudas de que es más difícil aún en la actualidad. El mundo en que vivimos está saturado de influencia sexual. Estoy convencido de que muchos jóvenes, y muchos adultos mayores pero no menos ingenuos, son víctimas de los elementos persuasivos que los rodean: las publicaciones pornográficas, que se han convertido en negocios multi­millonarios; las películas y los programas de televisión sugestivos, que excitan y ponen un sello de aprobación en la promiscuidad; las modas provocativas e incitantes; las decisiones gubernamentales que anulan las restricciones legales; los padres que muchas veces inconscientemente empujan a los hijos, a quienes aman, a situaciones que más tarde lamentarán.

Un escritor inteligente ha observado:

“Una nueva religión ha empezado a aparecer por todo el mundo, una religión en la cual el cuerpo es el objeto supremo de adoración, hasta el punto de excluir todos los demás aspectos de la existencia.

“Hemos trocado la santidad por la conveniencia… la sabiduría por la información, el gozo por el placer, la tradición por lo que está de moda.” (Abraham Joshua Heschel, The Insecurity of Freedom, New York: Schocken Books, 1966, pág. 200.)

La desnudez total o parcial se ha convertido en la característica de muchos espectáculos públicos, y ya en­tra en el terreno de la perversión sádica.

¿Puede haber alguna duda de que al sembrar los vien­tos de un mundo saturado de influencias sexuales, segue­mos las tempestades de Irá corrupción?

Es preciso que leamos más historia; si lo hacemos, veremos que ha habido naciones y civilizaciones enteras que han desaparecido envenenadas por su propia deca­dencia moral.

Según la forma en que el brote se desarrolle y crezca, así llegará a ser la flor. La infancia es la época de plantar para el florecimiento futuro de la vida familiar. No hay nación ni civilización que subsista si no hay fortaleza en sus hogares y en la vida de sus ciudadanos. Y esa fortaleza proviene de la integridad de los que viven en esos hogares.

En una familia no puede haber paz ni la vida de sus integrantes puede estar libre de las tormentas de la adver­sidad, a menos que esa familia y ese hogar estén fundados en cimientos de moralidad, fidelidad y respeto mutuo. La paz no puede existir donde no exista la confianza ni puede haber libertad donde no haya lealtad.

Tener la esperanza de gozar de paz, amor y felicidad por medio de la promiscuidad es esperar lo imposible; desear alcanzar la libertad mediante la inmoralidad es desear algo que nunca se obtendrá. El Salvador dijo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).

El Profeta del Señor, el presidente Ezra Taft Benson, ha hablado muy claramente respecto a esto:

“…el Libro de Mormón nos advierte sobre una de las tácticas del adversario en los últimos días: ‘Y a otros pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno’ (2 Nefi 28:21).

“Hay muchos pasajes en el Libro de Mormón que ha­blan de despertar, como los siguientes:

“‘¡Oh que despertaseis; que despertaseis de ese pro­fundo sueño, sí del sueño del infierno… Despertad… ceñíos con la armadura de la justicia. Sacudíos de las cadenas con las cuales estáis sujetos, y salid de la obscu­ridad, y levantaos del polvo.’ (2 Nefi 1:13, 23)…

“La plaga de esta generación es el pecado de la inmora­lidad sexual. El profeta José Smith dijo que esto sería la causa de más tentaciones, más golpes y más dificultades para los élderes de Israel que cualquier otra cosa.” (“Seamos puros”, Liahona, enero de 1987, pág. 1.)

Si existe un argumento en defensa de la virtud es que ésta es la única vía que nos libra del remordimiento; y la paz de conciencia que se recibe de ella es la única paz que no es falsificada.

Y más allá de todo eso está la infalible promesa de Dios a los que anden por las sendas de virtud. Jesús de Nazaret, hablando en la montaña, dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Y ése es un convenio que nos hace Aquel que tiene el poder de cumplirlo.

También nos hace una promesa la voz de la revelación moderna, una promesa incomparable que se encuentra a continuación de un sencillo mandamiento:

“…deja que la virtud engalane tus pensamientos ince­santemente…” Y ésta es la promesa: “entonces tu con­fianza se hará fuerte en la presencia de Dios…

“El Espíritu Santo será tu compañero constante… y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás.” (D. y C. 121:45-46.)

No conozco otra más grandiosa que esta promesa hecha por Dios al hombre que deje que la virtud engalane sus pensamientos constantemente.

Os aseguro que éste puede llegar a ser un mundo de libertad en el cual el espíritu del ser humano se eleve a una gloria jamás soñada, un mundo de paz, la paz de una conciencia limpia, del amor puro, de fidelidad, confianza y lealtad inalterables.

Quizás esto parezca un sueño imposible para el mundo. Sin embargo, para todo miembro de la Iglesia puede ser una realidad, y de ser así, el mundo se ennoblecerá y fortalecerá con la integridad individual de sus habitantes.

Que Dios bendiga a cada uno de nosotros para que obtenga esta libertad, conozca esta paz, sea merecedor de esta bendición. Como siervo del Señor que soy, os pro­meto que si sembráis virtud, cosecharéis regocijo ahora y en los años por venir. □

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La Salvación: un asunto familiar

Liahona Noviembre 1992
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

La Salvación: un asunto familiar

por el presidente Ezra Taft Benson

Los cónyuges que se aman se darán cuente; de que el amor y la lealtad son recíprocos. Esta clase de amor proporcionará el medio ambiente adecuado para la evolución emocional de los hijos.


En un sentido eterno, la salvación es un asunto familiar y Dios hace a los padres responsables de la mayordomía de criar a su familia. Esta es una responsabilidad sumamente sagrada. Estamos al tanto de los grandes problemas que agobian hoy día a nuestra sociedad. Entre los más obvios están la promiscuidad sexual, la homosexualidad, el consumo de drogas, el alcoholismo, el vandalismo, la pornografía y la violencia. Estos graves problemas son síntomas del fracaso en el hogar, del abandono de principios y prácticas establecidos por Dios desde los comienzos del mundo.

Debido a que algunos padres se han apartado de los principios que el Señor dio para alcanzar la felicidad y el éxito, muchas familias en todo el mundo están pasando por momentos de trauma y de gran ansiedad. Muchos padres se ven tentados a abandonar las responsabilidades de su hogar para ir en busca de ilusiones que los llenen de «satisfacción». Algunos han renunciado a sus responsabilidades de padres para adquirir riquezas materiales, porque no están dispuestos a posponer la gratificación personal para atender al bienestar de sus hijos.

Es hora de despertar al hecho de que se están haciendo grandes esfuerzos por cambiar la estructura de la familia, remplazando los valores de Dios por los del hombres. La representación de la familia y el amor que se muestra en la televisión y en las pantallas del cine con frecuencia nos presenta una filosofía que es contraria a los mandamientos de Dios.

Frases que antes no tenían doble sentido ahora se usan para aprobar prácticas pecaminosas. Se usa el término «un estilo de vida optativo» para justificar el adulterio y la homosexualidad; «libertad de escoger» para justificar el aborto; «relación significativa» y «satisfacción personal» para justificar las relaciones sexuales extramaritales. Si continuamos como vamos, podemos esperar tener más jóvenes con transtornos mentales, más divorcios, más depresión y más suicidios.

El hogar es el mejor lugar para inculcar valores eternos en los miembros de la familia. Donde la vida familiar está protegida por lazos fuertes de amor y se basa en principios y prácticas del Evangelio de Jesucristo, estos problemas no se presentan tan a menudo.

TRES PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Mi mensaje es que volvamos a guiarnos por aquellos principios fundamentales que Dios ha prescrito y que aseguran el amor, la estabilidad y la felicidad en nuestros hogares. Permitidme ofreceros tres principios fundamentales para lograr la felicidad y las relaciones familiares perdurables.

Primero: Los cónyuges deben ser unidos en rectitud y en sus metas, deseos y acciones.

El matrimonio en sí se debe considerar como un convenio sagrado que se hizo ante Dios. Una pareja casada no solamente tiene una obligación mutua sino que también la tiene hacia Dios, quien ha prometido grandes bendiciones para aquellos que honren ese convenio.

La fidelidad a los votos matrimoniales es absolutamente esencial para que existan el amor, la confianza y la paz. El adulterio, sin ningún lugar a dudas, es condenado por el Señor.

Los cónyuges que se aman se darán cuenta de que el amor y la lealtad son recíprocos. Esta clase de amor proporcionará el medio ambiente adecuado para la evolución emocional de los hijos. La vida familiar debe traernos felicidad y gozo, algo que los hijos puedan siempre tener presente entre sus recuerdos más gratos. La moderación y el auto-control deben ser principios que gobiernen la relación matrimonial. Las parejas tienen que aprender a ponerle freno tanto a la lengua como a las pasiones. La oración en el hogar y la oración entre los cónyuges fortalecerán su unión, haciendo que gradualmente tengan los mismos pensamientos, las aspiraciones y las ideas y hasta los mismos propósitos y las mismas metas. Seguir leyendo

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La vida del discípulo

Liahona Agosto 2017
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

La vida del discípulo

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Sister Doe Kaku

Doe Kaku cuando se convirtió a la Iglesia.
La hermana Kaku en la actualidad, con su esposo, Anthony.

Hace treinta años, en Ghana, una joven estudiante universitaria de nombre Doe entró por primera vez en un centro de reuniones SUD. Una amiga la había invitado a acompañarla, y Doe sentía curiosidad por saber cómo era la Iglesia.

Las personas eran tan amables y afectuosas allí que no pudo evitar preguntarse: “¿Qué clase de iglesia es esta?”.

Doe quedó tan impresionada que decidió aprender más sobre la Iglesia y su gente, quienes estaban llenas de mucho gozo. No obstante, tan pronto como empezó a hacerlo, algunos familiares y amigos bien intencionados comenzaron a oponérsele a cada paso. Decían cosas terribles sobre la Iglesia y hacían todo lo que podían por disuadirla.

Sin embargo, Doe recibió un testimonio.

Tenía fe y amaba el Evangelio, el cual colmaba su vida de dicha; y así fue que entró en las aguas bautismales.

Después de ello, se dedicó de lleno al estudio y la oración. Doe ayunaba y a procuraba la influencia del Espíritu Santo en su vida. Por consiguiente, el testimonio y la fe de Doe se fortalecieron y aumentaron. Con el tiempo, decidió servir en una misión de tiempo completo para el Señor.

Tras regresar de la misión, entabló un noviazgo y se casó con un exmisionero —el mismo que la había bautizado años antes— y más adelante, se sellaron en el Templo de Johannesburgo, Sudáfrica.

Han pasado muchos años desde que Doe Kaku experimentó por primera vez el gozo del evangelio de Jesucristo. Durante este tiempo, la vida no siempre ha sido dulce para ella; ha sobrellevado su porción de angustias y desesperación, incluso la pérdida de dos hijos; y el profundo pesar de dichas vivencias aun le entristece mucho el corazón.

No obstante, ella y su esposo, Anthony, se han esforzado por acercarse el uno al otro y a su amado Padre Celestial, a quien aman con todo el corazón.

Hoy en día, treinta años después de que ella entrara en las aguas bautismales, la hermana Kaku acaba de concluir otra misión de tiempo completo, esta vez junto con su esposo, quien prestó servicio como presidente de misión en Nigeria.

Quienes conocen a la hermana Kaku dicen que hay algo especial en ella; irradia luz; es difícil pasar tiempo con ella sin sentirse más alegre.

Su testimonio es firme: “Sé que el Salvador me ve como Su hija y amiga (véanse Mosíah 5:7; Éter 3:14)”, dice. “Yo estoy aprendiendo y esforzándome mucho por ser Su amiga también; no solo por medio de lo que digo, sino también por lo que hago”.

Nosotros somos discípulos

La historia de la hermana Kaku es semejante a la de muchas otras personas. Tuvo el deseo de conocer la verdad, pagó el precio de obtener luz espiritual, mostró su amor por Dios y sus semejantes, y por el camino experimentó dificultades y pesar.

No obstante, sin importar la oposición, sin importar el pesar, siguió avanzando con fe; y, lo que no es menos importante, conservó la alegría. Encontró la forma no solo de sobrellevar las dificultades de la vida, ¡sino también de progresar a pesar de ellas!

Su historia es semejante a la de ustedes y la mía.

Raramente nuestra jornada se halla libre de problemas o pruebas.

Todos nosotros tenemos nuestras aflicciones, nuestras desilusiones, nuestros pesares.

Incluso podemos sentirnos desalentados y, en ocasiones, agobiados.

Pero quienes llevan la vida de un discípulo —quienes permanecen fieles y siguen avanzando con fe; quienes confían en Dios y guardan Sus mandamientos1; quienes viven el Evangelio día tras día y hora tras hora; quienes prestan servicio cristiano a las personas que los rodean, una buena obra a la vez— son aquellos cuyos pequeños actos a menudo marcan la gran diferencia.

Quienes son un poco más bondadosos, un poquito más prestos a perdonar, y un tanto más misericordiosos son los misericordiosos que recibirán misericordia2. Quienes hagan un mejor lugar de este mundo mediante un acto compasivo y amoroso a la vez, y se esfuercen por llevar la bienaventurada, satisfactoria y pacífica vida de un discípulo de Jesucristo son los que, con el tiempo, hallarán gozo.

Sabrán que “el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres… es más deseable que todas las cosas… y el de mayor gozo para el alma”3.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Uchtdorf nos enseña que la senda del discipulado es difícil, pero que quienes lleven la “bienaventurada, satisfactoria y pacífica vida de un discípulo de Jesucristo son los que, con el tiempo, hallarán gozo”. Tal como el presidente Uchtdorf narra la historia de Doe para mostrar el modo en que un verdadero discípulo de Cristo puede hallar paz y gozo a pesar de las pruebas de la vida, usted podría considerar compartir alguna anécdota de su propia vida sobre por qué elige seguir a Cristo y cómo Él lo ha fortalecido. Cuando a usted lo guía el Espíritu, el compartir anécdotas propias puede fortalecer a quienes enseña.

Jóvenes
Sentir gozo como discípulos de Jesucristo

young man doing homework
¿Alguna vez has tenido un mal día? ¿Qué hiciste para animarte? El presidente Uchtdorf sabe que “todos nosotros tenemos nuestras aflicciones, nuestras desilusiones, nuestros pesares. Incluso podemos sentirnos desalentados y, en ocasiones, agobiados”.

Su solución es vivir lo que él llama “la vida de un discípulo”: “[permanecer] fieles y [seguir] avanzando con fe”. Cuando avanzamos con fe, podemos confiar en Dios, guardar Sus mandamientos y servir a los demás; ¡y sentir gozo durante todo ello! Como dijo el presidente Uchtdorf: “Quienes llevan la vida de un discípulo… son aquellos cuyos pequeños actos a menudo marcan la gran diferencia”.

Considera la posibilidad de hacer una lista de las maneras en que puedes llevar la vida de un discípulo. Por ejemplo, podrías escribir alguna idea para prestar servicio como: “Ayudar a uno de mis padres a preparar la cena” o alguna idea sobre cómo guardar los mandamientos como: “Orar para tener más paciencia con mis hermanos”. La próxima vez que te sientas frustrado o agobiado, toma la lista, elige una idea e ¡inténtalo!

Niños
Los buenos y malos momentos de la vida

children happy helping
(haz clic para ampliar la imagen)
Cuando seguimos a Jesús y tratamos de ser amables, ayudamos a otras personas a ser felices. ¡Y cuando somos amables, nosotros también somos felices! Encierra en un círculo dos o tres cosas que podrías hacer esta semana para ser amable con los demás.

Notas

1. Véase Mosíah 4:6.
2. Véase Mateo 5:7.
3. 1 Nefi 11:22–23.

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Cómo llevar una vida consagrada

Liahona Agosto 2017
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Cómo llevar una vida consagrada

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

sister missionaries greeting woman“Consagrar es apartar o dedicar algo como sagrado, reservado para propósitos santos”, dijo el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios”1.

El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Tendemos a pensar en la consagración únicamente como el ceder nuestras posesiones materiales cuando se nos solicite en forma divina; pero la consagración suprema consiste en entregarse uno mismo a Dios”2.

Al consagrarnos a nosotros mismos a los propósitos de Dios, aumentará nuestra fe en Jesucristo y en Su expiación. Conforme llevamos una vida consagrada, se nos puede santificar mediante esas acciones.

Carole M. Stephens, anteriormente Primera Consejera de la Presidencia de la Sociedad de Socorro, dijo: “El élder Robert D. Hales enseñó: ‘Cuando hacemos convenios y los guardamos, salimos del mundo y entramos en el reino de Dios’.

“Cambiamos; nuestra apariencia es diferente y nuestra actitud es diferente. Las cosas que escuchamos, leemos y decimos son diferentes, y la forma en que nos vestimos es diferente porque nos convertimos en hijas de Dios ligadas a Él mediante un convenio”3.

La consagración es el convenio que Dios hace “con la casa de Israel”; “después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31:33). Llevar una vida consagrada se halla en armonía con el plan que Dios tiene para nosotros.

Escrituras adicionales

1 Tesalonicenses 1:3Doctrina y Convenios 105:5

Relief Society seal Fe Familia Socorro

Considere lo siguiente

¿De qué modo consagrar nuestra vida al Señor nos ayuda a llegar a ser más semejantes a Él?

Notas

1. D. Todd Christofferson, “Reflexiones sobre una vida consagrada”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 16.
2. Véase Neal A. Maxwell, “[Consagrad] vuestra acción”, Liahona, julio de 2002, pág. 39.
3. Carole M. Stephens, “Bien atentas a nuestros deberes”, Liahona, noviembre de 2012, págs. 115–116.

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Los relojes

Liahona Agosto 2017
REFLEXIONES

Los relojes

Por Christy Rusch Banz
La autora vive en Utah, EE. UU.

El Espíritu Santo se asemeja mucho a los relojes que fascinaban tanto a mi hijo.

boy with a clock

Cuando mi hijo Joshua tenía unos dos años de edad, adquirió un gran interés en los relojes. Si pasábamos frente a algún reloj de la casa, quería detenerse y observarlo. En especial, le gustaba colocar la oreja cerca del reloj y escuchar el tictac que este hacía. Hubo una etapa en la que no podíamos pasar frente a un reloj sin detenernos a escuchar su tictac.

Me di cuenta de algunas cosas interesantes de aquella sencilla actividad. Primero, el tictac del reloj sonaba todo el tiempo, no solo cuando le prestábamos atención. Segundo, aunque sabíamos que el reloj hacía un sonido, teníamos que acercarnos a él, y estar muy callados y quietos a fin de oír el tenue tictac.

El Espíritu Santo se asemeja mucho a los relojes que fascinaban tanto a mi hijo. Los que nos hemos bautizado y recibido el don del Espíritu Santo podemos tener Su compañía constante si vivimos dignos de ella. El Espíritu Santo siempre está con nosotros, pero a veces permitimos que los ruidos del mundo ahoguen los delicados susurros que Él nos transmite. Tal como mi hijo y yo teníamos que estar callados y quietos para oír el suave tictac del reloj, cada uno de nosotros debe estar quieto a fin de escuchar o sentir los delicados susurros que el Espíritu transmite.

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La voz del Espíritu se describe en las Escrituras como una voz que no es ni ‘áspera’ ni ‘fuerte’; no es ‘una voz de trueno, ni una voz de un gran ruido tumultuoso’, sino que es ‘una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro’, y penetra ‘hasta el alma misma’ y hace ‘arder’ los ‘corazones’ (3 Nefi 11:3Helamán 5:30D. y C. 85:6–7 )…

El presidente Packer enseñó que “el Espíritu no atrae nuestra atención por medio de gritos ni de sacudidas bruscas. Por el contrario, nos susurra; nos acaricia tan tiernamente que si nos encontramos demasiado enfrascados en nuestras preocupaciones, quizás no lo percibamos en absoluto…

“En algunas ocasiones, solo nos presionará con la firmeza necesaria para que le pongamos atención, pero la mayoría de las veces, si no le hacemos caso a esa suave impresión, el Espíritu se alejará y esperará hasta que acudamos en Su busca y lo escuchemos” (véase “Lámpara de Jehová”, Liahona, octubre de 1983, pág. 31).

Ahora, cada vez que oigo el tictac de un reloj, no puedo evitar recordar la sencilla lección que mi hijo me enseñó sobre estar calmo para escuchar los delicados susurros del Espíritu.

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La preocupación del Señor por nosotros

Liahona Agosto 2017
PRESTAR SERVICIO EN LA IGLESIA

La preocupación del Señor por nosotros

Por Paige Anderson
La autora vive en Utah, EE. UU.

Al pensar en cuando mi familia era el centro de atención de los consejos de barrio, comprendí que nosotros no éramos la preocupación del barrio únicamente; éramos la preocupación del Señor.

ward council

Cuando el obispo me preguntó si aceptaba el llamamiento de presidenta de las Mujeres Jóvenes, quería decirle que no. Me sentía incapaz de presidir a las jovencitas. No obstante, tres meses después, me entristecí mucho al enterarme de que los límites de nuestro barrio cambiarían y se me relevaría.

Oré a fin de saber por qué el Señor permitió que llegara a amar a las jóvenes para luego tener que despedirme tan pronto. Mi respuesta llegó de manera inesperada, durante una reunión de consejo de barrio.

Se había pedido a los miembros del consejo que compartieran experiencias en la conferencia de estaca sobre cómo ayudar a los miembros de nuestro barrio, pero a mí me preocupaba que algunas personas pudieran sentir que eran “objetivos del barrio”. Sin embargo, tras haber expresado mi preocupación, el Espíritu me indicó que el Padre Celestial se preocupa por todos Sus hijos.

Hace algunos años, mi esposo y yo éramos el centro de atención de un consejo de barrio, y lo sabíamos. Yo regresé a la actividad en la Iglesia después de que nació nuestro primer hijo, pero mi esposo no. Durante años, trataron de ayudarnos presidencias de estaca, obispados y maestros orientadores.

Luego nos mudamos a un nuevo barrio. Un obispo paciente y amoroso y un maestro orientador entablaron amistad con mi esposo. Esta vez mi esposo se hallaba receptivo al Espíritu. Se sintió inspirado a leer el Libro de Mormón y comenzó a asistir a la Iglesia. Poco a poco recuperó el testimonio. Jamás olvidaré el hermoso día en que nuestra familia se selló en el templo.

No fue sino hasta que fui llamada como presidenta de las Mujeres Jóvenes y tuve la oportunidad de servir en el consejo de barrio que llegué a ver lo que significa ser el centro de atención de un consejo. Aprendí que los consejos de barrio se centran en ciertas personas no porque les preocupen los números, sino porque a ellos y al Señor les preocupan las personas. Cuando servimos en nuestros llamamientos, el Señor nos llena de Su amor para con aquellos a quienes servimos.

Al pensar en cuando mi familia era el centro de atención de los consejos de barrio, comprendí que nosotros no éramos la preocupación del barrio únicamente; éramos la preocupación del Señor. Ellos se preocuparon por nosotros porque Él se preocupa por nosotros.

La verdad es que todos somos de interés para el Señor. Por amor, Él ha establecido un plan para fortalecernos y, de ser necesario, activarnos; un plan que con frecuencia llevan a cabo personas como el obispo y el maestro orientador que ayudaron a mi esposo.

“El servicio amoroso y el ocuparse de las necesidades de los demás tal vez fue la característica principal de la vida terrenal del Salvador y siempre caracterizará a los discípulos del Maestro”.

Élder Jeffrey R. Holland, “Lo que deseo que todo miembro nuevo sepa y que todo miembro experimentado recuerde”, Liahona, octubre de 2006, pág. 12.

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