Liahona, Febrero 1991
MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA
“No codiciarás”
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Los que observen este consejo andarán con paz en el corazón, tendrán seguridad con respecto a su hogar y serán merecedores del respeto de todos los que los rodeen.
Deseo hablar sobre una trampa que puede destruir a cualquiera de nosotros en nuestra búsqueda del gozo y la felicidad en la vida. Se trata de esa engañosa, siniestra y malvada influencia que susurra: “Lo que tengo no es suficiente; tengo que lograr más”.
Cuando el dedo del Señor escribió los Diez Mandamientos en las tablas de piedra, el décimo y último mandamiento que dio fue: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Exodo 20:17).
Desde aquella época ha habido muchos cambios en esta tierra, pero la naturaleza humana no ha cambiado. He observado que entre los jóvenes del presente hay muchos en todo el mundo que tienen la determinación de hacerse ricos mientras todavía estén en su juventud, de poseer automóviles caros, de usar la ropa más fina, de tener un apartamento en la ciudad y quizás una casa de veraneo, y muchas otras cosas. Esto se convierte en su meta principal en la vida; y para algunos de ellos no tienen importancia la ética ni la moralidad de los medios por los cuales logren esa meta. Envidian lo que otros tienen y el egoísmo e incluso la codicia reinan en su afán por lograr posesiones.
Por supuesto, ya sé que toda persona quiere tener éxito en la vida, y desearía que todos lo obtuvieran. Pero debemos tener cuidado en cuanto a nuestra manera de determinar lo que es el éxito. No tenemos más que leer los diarios para enterarnos de caso tras caso de personas cuyos impulsos apremiantes y egoístas les han causado problemas y las han conducido a un profundo fracaso. Algunos de los que andaban en los autos más elegantes y poseían las casas más lujosas ahora se encuentran languideciendo en la cárcel. No hay duda de que son personas de enorme capacidad y talento, con un buen intelecto, pero su codicia los precipitó a la caída.
Creo que si el Señor fuera a darnos en la actualidad el último de los Diez Mandamientos, quizás nos diría: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su posición en la sociedad, ni su auto, ni cosa alguna que pertenezca a tu prójimo”.
En estos últimos años, los diarios han publicado muchas historias de hombres y mujeres muy capaces que empezaron a trabajar con integridad y honradez, que vivían con bastante comodidad, pero que no estaban satisfechos; en su empeño por ampliar su propio pequeño reino, atrajeron a otras personas convenciéndolas de que invirtieran dinero en sus respectivas empresas. Los inversionistas, a su vez, no se hallaban ellos mismos libres del mal de la codicia y prestaron atención a los cuentos de grandes ganancias con muy poco esfuerzo. Como le pasa a un perro que persigue su propia cola, el impulso con que crecía la trama fue en aumento hasta que un día todo se derrumbó y tanto al promotor como al inversionista sólo les quedaron sus sueños destrozados. Lo que había sido una relación amigable se convirtió en una serie de acusaciones, encarnizamiento, procesamiento criminal y demandas legales.
En una de sus magníficas epístolas a Timoteo, Pablo escribió: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). No tenemos que mirar muy lejos para ver la gran verdad que encierra esa advertencia; habiéndose hecho ricas mediante un abrasador deseo de dinero, algunas de esas personas a las que me refiero se encuentran ahora “traspasadas de muchos dolores”.
Por supuesto, tenemos que ganarnos la vida. El Señor mismo le dijo a Adán que comería el pan con el sudor de su frente todos los días de su vida, y es importante que aprendamos a ser autosuficientes y, particularmente los hombres, que todo joven en el momento de casarse sea capaz de asumir las responsabilidades de proveer lo necesario para su compañera y para los hijos que vengan a ese hogar.
Sin embargo, nadie tiene nunca lo suficiente, o al menos eso es lo que pensamos; y sea cual sea nuestra condición económica, siempre queremos mejorarla; esto último también es bueno, con tal de que no se lleve a los extremos. Es cuando la ambición nos domina, cuando empezamos a envidiar lo que otros tienen, que comienza nuestra aflicción. Y puede ser una aflicción muy grande e intensa.
“No codiciarás la casa de tu prójimo”. Todos necesitamos un refugio, un techo sobre nuestra cabeza que nos asegure calor en el invierno y cierto grado de comodidad en el verano. El desear esto no es malo; es importante que lo tengamos. Pero cuando caemos en desenfrenados excesos, como algunos lo hacen, nuestra insensatez puede convertirse en una trampa que nos destruya.
No codiciarás la clase de ropa ni de joyas que use tu prójimo. ¡Ah, cómo nos volvemos esclavos de la moda! Y esto puede convertirse en una fuerza dominante y monstruosa que destruya la personalidad y el ingenio del individuo. Parecería que todos quisiéramos volvernos iguales, teniendo el mismo aspecto y viviendo en las mismas circunstancias, en lugar de desarrollar nuestra cualidad de seres únicos.
No codiciarás el auto de tu prójimo. El automóvil moderno es una máquina extraordinaria y en algunas sociedades es casi una necesidad; pero cuando veo que algunas personas contraen una gran deuda para comprar un auto de precio exorbitante, me pregunto qué le ha pasado a nuestro sentido común. Para satisfacer nuestros deseos contraemos deudas, gastamos nuestros recursos en el pago de altos intereses y luego trabajamos como esclavos para pagar lo que debemos. Os pido que no me interpretéis mal: Repito que desearía que toda persona disfrutara de algunas de las cosas buenas de este mundo, mas espero que nuestros deseos no provengan de la codicia, que es una enfermedad maligna y persistente.
En 1831 el Señor habló a los santos de Ohio y sus palabras de entonces se aplican a nosotros actualmente: “Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sión, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia” (D. y C. 68:31). Seguir leyendo







Toda alma en este mundo puede tener una revelación, exactamente la misma que tuvo Pedro (véase Mateo 16:13–17). Esa revelación será un testimonio, el conocimiento de que Cristo vive, de que Jesucristo es el Redentor de este mundo. Toda alma puede lograr esa certeza, y cuando reciba ese testimonio, provendrá de Dios y no solo del estudio. Por supuesto, el estudio es un elemento importante, pero junto con él debe haber mucha oración y mucho esfuerzo; entonces se recibe la revelación…




“Consagrar es apartar o dedicar algo como sagrado, reservado para propósitos santos”, dijo el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios”1.
Fe Familia Socorro



























