La atmosfera del éxito

Liahona agosto 1962

La atmosfera del éxito

por el élder Sterling Welling Sill

Nunca debemos desestimar la atmósfera dentro de la cual esperamos que nuestro éxito se manifieste. Todo ser o elemento que viva y crezca, se desarrolla mejor cuando el clima, el terreno y las condiciones atmosféricas se conforman a sus necesidades. Y esta simple verdad se aplica también al campo de las realizaciones humanas.

Por ejemplo, un verdadero general no encara la faz decisiva de una batalla si su tropa está desmoralizada o en una condición de rebeldía. Para hacerlo, debe estar seguro que sus soldados comprenden que todo dependerá de ellos mismos y qué es lo que se espera de cada uno. Deben así mismo está bien adiestrados, alimentados y uniformados, y tener un verdadero sentimiento de confianza en sus jefes y en sus compañeros. Todo esto es lo que conforma sus habilidades como soldados y contribuye al afianzamiento de ese espíritu de lucha que es signo de alta moral. Entre ellos debe existir un espontáneo y vivaz entusiasmo. Un solo soldado dotado de una elevada mora, puede hacer más que diez hombres desmoralizados o deprimidos. Y esto quizás tenga mayor aplicación en cuanto al éxito en nuestro trabajo en la Iglesia, que en las operaciones militares. En éstas median ciertos factores, tales como la compulsión, el temor al castigo, etc., que no forman parte de nuestros móviles en la Iglesia.

Pero tanto dentro como fuera de la Iglesia existen ciertas situaciones en que la eficacia podría prosperar, y otras donde no podría siquiera sobrevivir. Cada uno debiera saber cuáles son estas condiciones favorables, para que podamos aprovecharlas mejor.

Todo éxito colectivo requiere mutuo entendimiento, objetivos comunes y esfuerzos solidarios. El respeto y el interés común son primordiales cuando se trabaja en conjunto. Por supuesto, siendo que hay varios grados o niveles de progreso y entendimiento entre las distintas  personas que integran un grupo indudablemente se pondrá enseguida de manifiesto una diferencia básica en cuanto a las ideas, diligencia y métodos de cada uno. Pero es entonces cuando se hacen necesarias la coordinación y la orientación. Quizás haya ciertas equivocaciones y errores en los juicios. Habrá momentos en que las asignaciones no se llevarán a cabo, aunque no se deben dejar pasar por alto, siempre hay maneras apropiadas de solucionar los problemas emergentes, sin tener que crear situaciones violentas que sólo causan disgustos y roces, como también pérdida de confianza mutua o de prestigio.

Parece ser que nadie se aleja de la Iglesia simplemente porque no cree en las doctrinas de la misma. Los que se alejan, generalmente lo hacen por causa de algún sentimiento de ofensa o malentendido, o simplemente porque no han sido reconocidos o apreciados adecuadamente. Quizás sienten que no han recibido la ayuda personal que deberían haber recibido o que no han tenido el crecimiento espiritual que esperaban. En otras palabras, probablemente sienten que el clima les resulta desfavorable.

La faz técnica del problema podría ser realmente difícil, pero la parte más importante de nuestro trabajo está en nuestro desempeño o actitud moral. El fracaso comienza casi siempre cuando la atmósfera es desfavorable, y ello tiene que ver principalmente con las personas que no logran combinarse para trabajar efectiva y armoniosamente como grupo. La imparcialidad, el entendimiento, la integridad y el buen tacto son tan necesarios para la obtención del éxito como en la faz técnica lo son la capacidad y la destreza.

El éxito de un agricultor es determinado mayormente por la clase de almácigos en que siembra su cosecha. Nadie ha podido progresar sembrando semillas en un sendero. Lo mismo pasa con nuestro servicio en la Iglesia. Es sabido que es mucho más progresista y exitosa la persona que está contenta con su trabajo y que se lleva bien con sus compañeros, que aquella que no está conforme con lo que le ha sido asignado. Alguien dijo: ‘Donde no hay satisfacción, no hay ganancias’.

A todo el mundo le agrada ser apropiadamente reconocido. Cuando un director pasa a ser un jefe que luce su autoridad sobre sus mangas y se muestra más afecto a sus prerrogativas que a sus responsabilidades, los miembros de su grupo lo notan enseguida y con frecuencia se manifiesta un clima pronunciadamente desfavorable. Poco a poco, la temperatura de cada uno disminuye y los síntomas de desmoralización se hacen evidentes. Uno a uno, los miembros del grupo comienzan a ausentarse y la organización pierde su capacidad para hacer un trabajo efectivo.

Algunas veces tratamos de solucionar los problemas de un trabajo ineficaz o de la desmoralización de una de las organizaciones de la Iglesia, mediante el relevo de los integrantes de la misma y la reestructuración del grupo. Pero no hacemos sino causar un gran daño entre las personas afectadas por tal “dislocación”, lo cual podría haber sido evitado si se hubiera prestado más atención al arte de crear y conservar una atmósfera propicia para el éxito continuo. Y aunque comencemos con otra etapa con gente nueva, las condiciones que engendraron la desmoralización de los primeros podrían estar aún latentes y el hecho se repetiría con estos flamantes oficiales.

A todo trabajador le agrada tener un cierto sentido de propiedad. Una buena atmósfera es aquella en que cada uno de los elementos —en nuestro caso, cada uno de los integrantes del grupo— cumple con su parte en el programa. Este clima o atmósfera se hace definidamente favorable cuando cada oficial y maestro es ampliamente capacitado e instruido con respecto a sus tareas específicas y a la importancia de las mismas, y   adquiere conocimiento, los hábitos, y las habilidades que se necesitan para un logro brillante y satisfactorio.

Generalmente, el factor más preponderante en la creación de una atmósfera favorable es el propio director del equipo, quien mediante su ejemplo personal, su temperamento y su carácter amigable, influye ampliamente en el espíritu de sus ayudantes. Un individuo que carezca de habilidad profesional o que postergue o ponga pretextos a sus responsabilidades y no se preocupe por mejorar, nunca podrá ser un verdadero director. Si él mismo se estanca en el progreso, ya sea porque no quiere o no puede proveer la atmósfera que el éxito necesita para poder germinar, pronto pierde el dominio de su organización o grupo.

Hace algún tiempo, cierto presidente de estaca dijo que las últimas siete personas a quienes había llamado a trabajar en su organización habían rehusado. Pero cualquiera que pudiera sentir el espíritu existente en esa estaca, comprendería fácilmente la razón de ello. Las estadísticas de las realizaciones y actividades allí eran muy bajas. En cada nivel de la organización era evidente una marcada lentitud e irresponsabilidad en las funciones directivas. La asistencia a las reuniones de líderes y maestros era muy pobre. En verdad, los directores de cada grupo parecían ser ineficientes. No tenían siquiera una idea del porqué de la ausencia de sus ayudantes. Había en el ambiente una actitud como de que el trabajo que se estaba haciendo, la empresa que se estaba llevando a cabo allí, no era muy importante, y esto es malo y peligroso para la moral de los individuos.

Ernie Pyle, corresponsal de guerra ya fallecido, dijo que había aprendido el noventa por ciento de la moral proviene del orgullo que uno siente por su propio grupo o equipo, y de la confianza genuina depositada en sus directores. En realidad, éstos no podría conducir a sus ayudantes cuando la moral del grupo es baja, porque siendo inadecuada la atmósfera, el crecimiento o desarrollo de los elementos necesarios es imposible.

Pero el ambiente que tenemos en la Iglesia es verdaderamente apropiado para sentir orgullo por nuestro equipo. Porque estamos trabajando en una organización que ha sido establecida por el Creador mismo, una organización cuyos propósitos son los más importantes que se hayan emprendido jamás e la tierra, obra y propósito a los que Dios mismo dedica todo Su tiempo: ‘Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’. ¿No es esto impresionante?

Pero aun esto podría no ser suficiente —por la calidad finita de nuestro entendimiento— para crear y conservar una moral elevada. La responsabilidad de lograrlo descansa sobre nuestra  habilidad para dirigir.

Parte de la fórmula, como se ha dicho, para edificar la moral del grupo, consiste en la ‘confianza en nuestros directores’. Frecuentemente, los oficiales pierden su confianza en el director, ya sea por una causa real o imaginaria, y cuando ello sucede —no importa cuál haya sido la razón— la moral decae. Cuando pensamos en nuestros superiores, nos preguntamos, más o menos automáticamente: ¿Qué hacen ellos para contribuir a que yo mejore mi trabajo? Cuando nuestros directores no hacen nada por nuestro mejoramiento, nuestro espíritu —ese espíritu que mueve al éxito— se debilita.

Todos deseamos trabajar en un equipo que tenga prestigio y eficacia, en el que todos seamos solidarios en pro de una sola causa y en base a un objetivo común. Nos agrada percibir en nuestros compañeros esa habilidad, ese espíritu que lleva a la victoria. Nos gusta disfrutar de ese íntimo sentimiento que proviene de saber que se está llevando a cabo una buena tarea.

Robert L. Stevenson dijo: “Sé lo que es el gozo, porque he hecho un buen trabajo”. Este es uno de los mayores factores de la moral. No es satisfactorio recibir elogios cuando los propios miembros de nuestro grupo saben que no hay mérito real para ello, y cuando estos elogios son insinceros, no tarda en manifestarse el espíritu de disgusto.

Realmente, uno de los mayores problemas en el arte de dirigir, es producir un alto nivel de moral en un grupo. Pero este problema puede solucionarse por medio del estudio, la atención constante y la experiencia progresiva. El primer paso es ver si tenemos un buen almácigo donde sembrar la semilla, y lograr entonces una condición favorable para el desarrollo de nuestra tarea. No olvidemos que un clima adecuado facilitará la transformación de un conjunto de individuos comunes en un grupo extraordinario, rebosante de espíritu y de potencia ejecutiva.

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El equipo directivo

Liahona Julio 1962

El equipo directivo

por el élder Sterling Welling Sill

Una vez por año, la Escuela Superior de Comercio de Harvard (EEUU) patrocina una convención nacional a la que son invitados los más sobresalientes personajes del mundo de los negocios, tanto estadounidenses como internacionales. El tema general para una de ellas fue: “Desplegar la Capacidad Máxima del Equipo Directivo”. Posteriormente se publicó un libro en el cual se insertaron algunas de las ideas adoptadas en dicha conferencia y cuya finalidad es la de ayudar a las personas con cargos directivos en cuanto a la efectividad y el beneficio de sus negocios.

Mencionamos esto porque resulta ser un ilustrativo ejemplo con respecto a la notable cantidad de programas de estudio e instrucción que se están llevando a cabo, día a día, tanto entre instituciones comerciales como educativas, tendientes a descubrir nuevos y mejores procedimientos que hagan más efectivos los negocios. Estas ideas quedan luego al alcance de toda persona interesada en ellas. Nosotros, los que tengamos responsabilidades de dirección dentro de la Iglesia, debiéramos aprovechar el especializado conocimiento que de esta forma se nos provee.

Los distintos campos del éxito tienen mucho de común entre sí. Los procedimientos utilizados en un área, pueden ser adaptados y aplicados en otra. En efecto, la mayoría de los individuos que obtienen éxito en sus empresas, generalmente adoptan las experiencias y los procedimientos de otros. Indudablemente la Iglesia contribuye mucho en asuntos de negocios, pero también es verdad que éstos, con el conocimiento que se obtiene de sus eficaces operaciones, son de gran ayuda para la Iglesia. La importancia que la adquisición de los mejores métodos y habilidades tiene en el arte de dirigir, se advierte ante el hecho de que mientras una organización eclesiástica o un negocio cualquiera, resulta ser efectivo, otra institución similar es lamentablemente ineficaz. Es mejor y más fácil aprender a operar en base a procedimientos y técnicas comprobadas, que “perder la huella” en cada empresa.

Una firma comercial cuyo director o equipo directivo no sea muy diestro, puede estar quizás pasando por alto los conceptos administrativos que otra organización, aun considerándolos elementales, utiliza con éxito. Actualmente, muchas instituciones y empresas comerciales están comisionando a sus peritos y directores para que estudien los procedimientos de otras compañías, en la misma forma en que se envía a los estudiantes, médicos e ingenieros a perfeccionarse en sus campos respectivos. ¿Por qué no interesarnos igualmente dentro de la Iglesia, en el mejoramiento de nuestra habilidad para dirigir?

Uno de los requisitos primordiales de nuestra actividad en la Iglesia, es la habilidad administrativa. Según el diccionario, habilidad administrativa es aquella que nos capacita para dirigir o gobernar con eficacia. Implica una diestra operación en la función ejecutiva. Es la habilidad de influir favorablemente en las personas para el beneficio de las mismas, y para que hagan el bien.

Cada grupo de directores debiera ser adecuadamente adiestrado como equipo, con un capitán, un entrenador y jugadores individuales, y lo principal es la habilidad de trabajar en conjunto. Imaginemos que una organización cualquiera de nuestra rama o barrio, es un equipo. En cada una hay un director ejecutivo que tiene sus ayudantes especialmente designados. Este grupo es responsable de la capacitación y la actividad de otros miembros, mediante el encaminamiento de los que habrán de llevar a cabo la obra. Pero para ello, este grupo debe “poner el hombro”, como un equipo, a la responsabilidad de dicha realización.

Hay un equipo para la Escuela Dominical y otro para la Primaria, por ejemplo, en cada barrio o rama. Pero en la Iglesia no existen equipos “unitarios”, es decir, integrados u operados por un solo hombre. Los tiempos en que cada pionero se viera precisado a vivir y trabajar por sí mismo, ya pasaron.

La renovación del énfasis significa un cambio en la clase de habilidades que necesitamos desarrollar. Estas deben cultivarse a medida que se participa del arte de trabajar todos juntos hacia un solo objetivo. Para ello, es menester estar bien organizados y que cada uno en el grupo tenga su propio conjunto de tareas, específicamente delineado. Debemos saber exactamente qué es lo que se precisa hacer y qué es lo que se espera que nosotros hagamos. Lo cual quiere decir que debemos tener y desplegar los talentos y las habilidades necesarias, para poder realizar eficazmente nuestra parte del programa. Un equipo bien entrenado es aquel que resulta ser más fuerte y eficaz como conjunto, que si cada uno de sus integrantes actuara por separado, no importa sus talentos o habilidades individuales. Trabajando juntos, todos pueden alentarse, asistirse y complementarse mutuamente

Leemos en Doctrina y Convenios que: “…el señor requiere de la mano de todo mayordomo, que dé cuenta de su mayordomía, tanto en el tiempo como en la eternidad” (Doctrinas y Convenios 72:3), y también la palabra revelada del Señor en los últimos días nos dice: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado. El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprenda su deber y no se presente aprobado, no será considerado digno de permanecer” (Doctrinas y Convenios 107:99-100).

La responsabilidad primordial de un director es organizar, delegar, supervisar, administrar y garantizar el bienestar general de su organización. También debe capacitar a los distintos subdirectores de su jurisdicción, a fin de que cada uno de ellos llegue a obtener las mismas habilidades y capacidades que él posee. De esta manera, no sólo mejorará las condiciones personales de sus compañeros, sino que acrecentará la eficacia del equipo directivo. Un director es también responsable del enaltecimiento de los objetivos de los miembros de su equipo, como del cultivo de su espíritu, la maduración de sus pensamientos y la estimulación de actividades apropiadas. Debe lograr que cada uno, a su vez, se haga responsable de su propia mayordomía, como requiere el Señor.

El reconocer que la ineficiencia es la causa principal del fracaso en los negocios, nos ayudará a comprender lo que sería de la obra del Señor si nosotros, sus directores, somos ineficaces. Pensemos en las consecuencias del hecho expresado por Jesucristo, cuando dijo que “estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:14) Esto indica que debemos ser más eficaces en los llamados “negocios de mi Padre”. (Lucas 2:49)

Necesitamos aprender a ver y determinar mejor las razones del éxito y del fracaso. Sabido es que todas las cosas se aprenden más rápidamente si se tiene constantemente presente el contraste ofrecido por el bien y el mal, la virtud y el error, la eficiencia y la ineficiencia.

Todo buen director, como todo médico experto, debe saber diagnosticar inteligentemente. Necesitamos ser capaces de determinar cuándo nuestro paciente está realmente enfermo y qué es lo que habrá de curarlo. También debemos saber —en un sentido similar— cuándo tal o cual organización o equipo están siendo administrados ineficazmente, y qué es preciso para mejorar su condición. Una organización está enferma, cuando sus estadísticas son bajas, cuando muchos de los jóvenes agrupados en ella están casándose fuera de la Iglesia, cuando sus miembros no asisten a la Reunión Sacramental, no pagan diezmos o no cumplen fielmente sus llamamientos como maestros orientadores.

Muchos son los síntomas que ponen de manifiesto la marcha indebida de una organización. Algunas veces, aquellos que están encargados de un grupo en el Sacerdocio Aarónico, la Primaria o los Jóvenes Adultos Solteros, no saben siquiera cuántos son los jóvenes alistados o cuál es el porcentaje de los que están obteniendo sus diplomas individuales o sus logros. Dicha situación sería desastrosa en asuntos financieros. ¿Es acaso menos importante la obra del Señor? Si administramos nuestros negocios de la misma forma en que realizamos nuestro trabajo en la Iglesia ¿cuál sería el resultado?

Cierto director de un grupo de jóvenes poseía un hato de ganado de buena raza. Sabía exactamente cuántos animales lo integraban, dónde pastaba cada uno de ellos, qué comían y cuál era su crecimiento y rendimiento diario. Su actividad dentaba que era muy diestro en la cría de ganado. Pero sabía muy poco acerca de los jóvenes a su cuidado. No es que careciera de habilidad. Su problema era mucho más grave: había perdido el interés. Y cada componente del grupo —director a su vez— iba siguiendo sus huellas y sus ejemplos. A poco, no tenían ya propósitos o planes dignos de compararse en eficacia a los que su director estaba utilizando en la cría de ganado. Cuando se realizó una reunión de líderes y maestros, de dicho grupo hubo un 33% de asistencia; y de éstos, únicamente la quinta parte contaba con manuales. Por consiguiente, ellos no sabían su programa. No habían aprendido su deber, ni estaban obrando con toda diligencia en el oficio al cual fueran nombrados. Olvidaron que el Señor había declarado que “no serían contados dignos de permanecer”. Esta era una situación bastante seria, ya que siendo que ni el mismo director se había “presentado aprobado”, el resto del equipo corría el riesgo de perder también sus bendiciones, puesto que ninguno de los jugadores puede aventajar al capitán. Todos estos problemas derivan de la falta de eficiencia en la labor administrativa.

¡Cuán diferente fue el cuadro ofrecido por un grupo cuya asistencia superó al 80% y en el que los diplomas y logros estaban alcanzando un porcentaje comparativo!

Si nuestra estaca o distrito cuenta con 2.500 miembros y gracias a nuestra habilidad para dirigir y administrar nuestra mayordomía, logramos mejorar la asistencia y la actividad general en un diez por ciento, ¡cuán grande será nuestro gozo al comprobar que hemos llevado al Señor, no una sola alma, sino 250!

El hacer una buena obra o magnificar nuestro llamamiento, es siempre más satisfactorio y agradable que ser inactivos o ineficaces, y es también mucho más fácil. Cuando el porcentaje de la actividad es alto, tenemos la ventaja de estar trabajando con el “poder de la mayoría” y contamos con el espíritu del entusiasmo. Nada puede derivar de esto, sino el éxito, y el trabajo resulta más placentero haciéndolo con el máximo de nuestra potencialidad.

Quizás los dos grupos —el eficaz y el ineficaz— creen en el evangelio. Ambos pueden estar viviendo comparativamente igual. Pero ser buenos no es suficiente para nuestra habilidad para dirigir: necesitamos ser también fuertes. No basta que un director sobresaliente sea un “santo”; debe ser, asimismo, un buen administrador. Un buen director no debe conformarse con estar calificado para el reino celestial; debe tratar de que cada uno de los componentes de su organización o equipo también lo consiga. El éxito de su obra no será completo si una sola alma que él podría haber ayudado a salvar, ha quedado atrás.

No es suficiente creer en la necesidad de habilitarnos para dirigir. Tenemos que prepararnos para adiestrar a otros y hacer que dicha habilidad fructifique en ellos. Y para habilitarnos, nada mejor que aprovechar las mejores informaciones provenientes de toda fuente disponible.

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El momento decisivo

Liahona mayo 1962

El momento decisivo

por el élder Sterling Welling Sill

Posiblemente lo más importante en nuestra vida es tener que hacer decisiones. Tenemos la grandiosa responsabilidad de ser nuestros propios agentes. Debemos decidir entre lo malo y lo bueno, entre el fracaso y el éxito, entre la ociosidad y el dinamismo, entre la miseria y la felicidad. Está en nosotros mismos el hacer nuestras propias determinaciones en cuanto a nuestra orientación, tiempo y condición personales. Y ésta es la mayor bendición que tenemos, y que consiste, a la vez, en nuestra responsabilidad mayor.

La parte de la creación que vive bajo el control y la dirección de los instintos naturales, no tiene tal responsabilidad. Una vaca se comporta como las demás vacas se comportan. Una celdilla hexagonal construida hoy por una abeja, tiene exactamente el mismo diseño e idénticas medidas que las que hace mil años construyeran otras abejas. Los gallos cantan en todo el orbe con igual lenguaje, en la misma manera y por razones semejantes. Muchas de las varias formas de la naturaleza están conformadas en base a un mismo molde a medida que nacen, se alimentan, se crían y mueren.

Pero cada ser humano es diferente. En efecto, se ha dicho que existe sólo un punto en el cual todos se parecen, y éste es el hecho de que todos son diferentes entre sí. La razón por la cual los hombres difieren entre sí, es porque cada uno puede obrar por sí mismo; y la mayor empresa de la vida es la responsabilidad de hacer decisiones. Es ésta nuestra más dura tarea y la parte de nuestra existencia que determina nuestro éxito o nuestro fracaso.

El diccionario dice que hacemos una decisión cuando a una parte le otorgamos la victoria sobre la otra. Decidir es «dar fin a la vacilación.» Es la «terminación de una duda o controversia.» Decidir significa «concluir» después de una cuidadosa investigación o de un razonamiento meditado. Y una real decisión es aquella que comprende un cierto grado de firmeza que nos capacita para llevar a cabo lo que nos proponemos.

Algunas veces confundimos decisión con intención. Una intención, no importa cuán fuerte o buena sea, no es sino un pobre sustituto de aquélla. Casi todo el mundo tiene intenciones de hacer el bien. Pero también se ha dicho que el infierno está pavimentado de intenciones.

¿No es acaso interesante saber que la mayoría de la gente se lleva al infierno las mejores intenciones dentro del corazón? Si éstas hubieran sabido madurarse un poquito más, podrían haber llegado a constituir decisiones suficientemente fuertes como para llevarles al reino celestial. La decisión es una condición mental mucho más avanzada y con un poder mayor que las meras intenciones. Pero las decisiones correctas son a menudo muy difíciles de hacer. Aun el apóstol Pablo parece haber tenido problemas al respecto. Él dijo: «…No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero…» Y luego agregó: «…Queriendo yo hacer el bien…el mal está en mí.» (Romanos 7:19, 21)

Una vez escuché a un abogado tratar acerca de otro problema en cuanto a las decisiones. Él decía que tenía una «mente judicial», y que por muchos años se había estado preparando para poder mirar con igual consideración a ambas proposiciones de cada juicio en que él intervenía. Si alguien había robado un banco o golpeado a su esposa, él trataba de ponerse también del lado del acusado a fin de entender y apreciar bien el móvil de éste. Pero paulatinamente se le fue presentando el inconveniente de no poder lograr que su mente se decidiera por ninguna de las dos partes. Parecía estar ya permanentemente neutralizado.

La neutralidad o imparcialidad no siempre es una virtud. En una ocasión el gran estadista Winston Churchill fue acusado de no haber sido imparcial en cierto caso. Después de haber admitido la acusación, expresó su cordial preferencia por la parcialidad. Dijo que pensaba que la imparcialidad parecía estar siendo causa de muchos de nuestros problemas en el mundo. Por ejemplo, pensaba que era ridículo ser imparcial entre un incendio y la brigada de bomberos. Probablemente el infierno conseguía la mayoría de sus candidatos entre aquellos que tenían una fuerte cualidad de ser imparciales. Algunas veces somos imparciales entre el error y la justicia, entre la industriosidad y la haraganería, entre Dios y Satanás. La imparcialidad reduce muchas de nuestras buenas intenciones a un simple estado de trunco desarrollo, en tanto que una cierta parcialidad podría haber derivado en decisiones.

Otro término neutral es la «indecisión», que significa que una buena intención es simplemente dejada en suspenso. Algunas veces recibimos cierta ayuda mediante una decisión forzada por las circunstancias. Si nuestro tren sale exactamente a las cuatro y cinco, el hecho ejercerá cierta presión sobre nosotros y nos ayudará a resolvernos. El que la Escuela Dominical comience a las 10:30 horas en punto, incita a las mentes mal dispuestas a tomar una determinación.

Muchas de nuestras decisiones nunca tienen lugar por causa de la postergación. Mas si somos forzados a decidir sobre un asunto, indudablemente nos decidiremos. No hacemos decisiones simplemente porque es más fácil ser irresolutos. Y esto es muy común entre nosotros, no obstante nuestra honestidad, temperancia, buen ánimo, etc. Es también corriente en materia de procedimientos y administración. Si la presión ejercida por las circunstancias no es suficiente, las decisiones no son entonces hechas o lo son  por simple descuido. Es decir, si el tren sale exactamente a las cuatro y cinco y nosotros no hemos tratado de llegar antes de que salga, no hemos hecho otra cosa que decidir perder el tren. Y por este mismo proceso, decidimos muchas cuestiones importantes en nuestras vidas. Por ejemplo, si fracasamos en decidirnos a llevar a cabo un programa que nos mejore a nosotros mismos, automáticamente hemos  decidido  estancar  nuestro  progreso.  Muchas  de  nuestras decisiones nunca tienen lugar por causa de la postergación. Si no nos decidimos a ser buenos directores, automáticamente hemos decidido ser directores mediocres.

Una de las influencias más grandes que presionan nuestras vidas, es la que nuestros hábitos ejercen. El hábito es aún más fuerte que el poder de la determinación o la voluntad, y uno de los hábitos más perjudiciales es el de la indecisión. En algunas personas ésta es la característica más destacada. Y es también la mayor fuente de sus debilidades y problemas. Por ejemplo, nadie comienza a ser un director mediocre más deliberadamente que uno cine decide ser un borrachín. El borrachín comienza por tomar un par de tragos en cualquier reunión social. Él quiere ser amigable. Sus intenciones son de las mejores. No ha decidido ser precisamente intemperante, por lo tanto toma unas pocas copas más. En su opinión, ninguna de éstas es muy fuerte. Hasta siente que puede suspender la bebida en cualquier momento. Pero antes de que se dé cuenta, «el hábito que una vez fuera demasiado liviano para ser sentido, es ahora demasiado fuerte para ser vencido.» Y llega a convertirse en un borrachín sin que ello hubiera sido su intención. Llegó a serlo por descuido. Llegó a ser un borrachín porque no supo resolverse a no serlo. Arrojó fuera de sí su vida por no haber decidido qué iba a hacer de la misma. Perdió su temperancia sin siquiera percatarse de ello.

De igual manera es posible que uno pierda su integridad, su espiritualidad y su habilidad para dirigir. Pueden aun perderse estas cosas sin que nos demos cuenta. Y por el mismo proceso, podemos también perder la vida eterna. Alguien dijo que es posible perder la vida eterna por causa de un simple reventón en los neumáticos de nuestro automóvil. Siempre es sólo cosa de una lenta gotera —una pequeña falta, un pecado leve, una mera tardanza, una fútil indecisión, una sencilla indiferencia, letargo insignificante… y antes de que lo sepamos, hemos perdido la vida eterna por simple descuido— todo porque no hicimos unas pocas decisiones firmes a fin de no perderla.

Emerson ha dicho que «el mundo pertenece a la energética.» Tal verdad tiene una aplicación religiosa muy significativa que nosotros debiéramos tener siempre presente en nuestra mente. Muy pocas cosas son tan vigorizantes como el trabajo. Por ello es que el mismo Emerson agrega: «Trabaja constantemente, te paguen o no. Preocúpate sólo por trabajar y tendrás tu recompensa. Ya sea tu trabajo fino o tosco, que plantes maíz o escribas novelas, si lo haces honestamente y puedes aprobarlo tú mismo, habrás de obtener las mejores recompensas jamás conocidas.» Un trabajo honesto proporciona también las más grandes recompensas y las mejores satisfacciones en nuestra espiritualidad y en nuestra habilidad para dirigir.

Pero el trabajo debe estar siempre precedido por la decisión. En consecuencia, Emerson debió haber dicho que «el mundo pertenece a quien puede resolverse.» ¡Qué maravilloso es el equipo que integran la decisión y el trabajo!

Necesitamos saber qué decidir, cómo hacerlo, y cuándo decidirnos. Por ejemplo, el momento preciso para decidirse a no convertirse en un borrachín, es antes de que el astuto hábito se posesione de nosotros. Porque mejor es prevenir que curar. Se ha dicho que hay dos etapas en la vida de un bebedor: cuando podría abstenerse si quisiera, y cuando querría hacerlo si pudiera. Exactamente lo mismo sucede con nuestras realizaciones y nuestra habilidad para dirigir. En cuanto a ellas, también debemos decidirnos tan pronto en nuestras vidas como sea posible.

Todo director potencial debiera evitar concienzudamente la práctica de la indecisión. No hay otro hábito que crezca tan fecundamente en el alma. Para el hombre irresoluto, una de las cosas más difíciles es enfocar una idea. Debemos recordar que «la inclinación del árbol dependerá de la del soporte que le coloquemos al plantarlo,» lo cual también se aplica a los hábitos y los rasgos de la personalidad. Si para enderezar nuestro árbol esperamos que el pequeño tallo que plantáramos llegue a ser un grueso roble, nuestro problema será difícil de resolver. Por consiguiente, «el momento decisivo» es ahora mismo. Cuanto antes posible. El «momento decisivo» habrá pasado de largo cuando menos lo pensemos, y habremos perdido entonces el poder para escoger o decidir. Pues no obstante ser una bendición, la facultad para escoger está sumamente sujeta a la condición temporal.

En cierta comarca de la India, gran cantidad de nativos muere anualmente a causa de mordeduras de serpientes pitón. Estos reptiles depositan sus huevos, durante la primavera, entre la arena o la hierba, y cada año los nativos exploran la zona a fin de poder destruir dichos huevos antes de que sean incubados. Saben que si no destruyen las pitones mientras están en el huevo, ellos mismos pueden llegar a ser destruidos por las pitones, cuando éstas salgan del huevo.

Idéntico principio se aplica a las influencias que forcejean en contra de nuestra habilidad para dirigir. Consciente o inconscientemente, muy a menudo estamos incubando los gérmenes del pecado y el fracaso que podrían llegar a destruirnos. Una vez que éstos comienzan a crecer, sólo nos queda esperar. Y a poco las pitones se habrán enroscado en nosotros. ¿Quién podría haber jamás sospechado la peligrosa potencia que encierra un inofensivo huevo de pitón? Aun podríamos no sentirnos siquiera atemorizados al ver un pequeño grupo de inofensivas serpientes recién salidas del cascarón. Sólo cuando sentimos que el fatídico abrazo de una pitón nos está triturando, nos damos cuenta de que el mejor momento para haberla destruido fue cuando aún estaba en el huevo. El poder destructivo, de estas serpientes resulta ser un convincente argumento comparable al desatino del descuido. E ilustra también el significativo hecho de lo que es perder nuestra facultad para escoger.

El momento apropiado para comenzar a enseñar al niño a ser honesto, es apenas nace. Si modelamos su moral dentro de un marco de pecado y deshonestidad durante cincuenta años, toda tarea de remodelación será entonces ímproba. Al estar edificando nuestra habilidad para dirigir, debemos tener siempre presente que éste es el momento decisivo. La mayoría de nuestros problemas surge de nuestra indecisión. Los problemas de la economía deben ser solucionados antes de que nuestra granja se arruine; tenemos que resolvernos a ser abstemios antes de que nuestro nombre aparezca en la lista de alcohólicos; debemos determinar nuestra virtud antes de que nuestras vidas san caladas y horadadas por la inmoralidad. De la misma manera, debemos decidirnos a perfeccionar nuestra habilidad para dirigir, antes que seamos puestos a prueba. Además, ni la oportunidad de dirigir, ni la prueba a que en tal caso nos sometamos, habrán de esperarnos mucho tiempo.

Es necesario que desarrollemos en nosotros una fuerte y vigorosa parcialidad por las cosas buenas y justas. Debemos delinear cada uno de los problemas de nuestras vidas y entonces hacer firmes decisiones acerca de ellos. Los problemas más insignificantes llegan a ser demasiado importantes cuando por indecisión los postergamos. Debemos decidir ahora mismo. Nuestro momento más importante es éste. El momento decisivo.

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Una religión activa

Liahona abril 1962

Una religión activa

por el élder Sterling Welling Sill

El conocido médico misionero, Sir Wilford Grenfell, declaró cierta vez la necesidad de una “religión activa, no verbal”. Esto, en realidad, es una necesidad común. Existe entre nosotros una gran tendencia a ser “cristianos bíblico”, lo cual significa que la religión está contenida más en la Biblia que en nosotros mismos. Lo que necesitamos es una cierta clase nueva de Urim y Tumim que nos ayude a traducir nuestro credo en acción, nuestra información en conocimiento, nuestra fe en obras. Necesitamos aprender como extraer la religión de la Biblia y las realizaciones de los manuales, haciéndolas nuestras.

Para el que estudia, no es difícil entender los principios del evangelio. Pero nuestro mayor problema es trasladarlos y aplicarlos. Pareciera que nuestras obras estuvieran muy rezagadas con respecto a nuestras palabras. Necesitamos tanto la habilidad para vivir el evangelio como para entenderlo; aprender tanto a trabajar como a orar; desarrollar nuestros talentos para realizar nuestras tareas, más que para hablar acerca de ellas.

La obra del Señor no consiste solamente en proveer información, sino en despertar nuestros deseos y activarnos. No es propósito del evangelio la sola discusión acerca del arrepentimiento: su meta es la rehabilitación de nuestras vidas. No se trata sólo de enseñar el significado y los alcances de la fe, sino rellenar de fe el corazón de nuestros semejantes. No se espera que los poseedores del sacerdocio meramente entiendan el poder utilizable de Dios, sino que manifiesten ese poder en sus propias vidas, haciendo la voluntad del Señor y llevando a cabo Su obra con eficacia. Posiblemente estamos ocupando mucho de nuestro tiempo hablando y discutiendo acerca de nuestra religión, en lugar de dedicarlo a las actividades que ella nos ofrece. Es nuestra responsabilidad tratar de inculcar en la vida de nuestros semejantes las actitudes y hechos que les harán entrar en el reino celestial.

Los sermones y predicaciones no deben tratar solamente acerca de temas explicativos, sino también al modo de que el Señor espera de nosotros. Es fácil predicar acerca del coraje moral sin lograr que nadie llegue a ser moralmente valeroso. No es difícil dar un discurso acerca de la fe, sin conseguir que esa fe entre en el pecho de los que escuchan. Podríamos estar horas enseñando que el hombre tiene en sí el poder para decidir en cuanto a su destino eterno, sin que nadie en nuestra clase haga una decisión trascendental.

Sócrates, el antiguo filósofo griego, no sólo es recordado porque haya afirmado ser un gran maestro: él trató siempre de conseguir que la gente pusiera en práctica lo que ya supiera. El que nuestra civilización haya incurrido en tantos errores se debe a la disonancia entre credo y hechos. Ello ha establecido divisiones entre hombres e instituciones. Se estima que 999 de cada mil hombres creen en la honestidad. Por lo tanto, en lugar de enseñar lo que es la honestidad, Sócrates trató de inculcar en los hombres la práctica de la honestidad. ¿Cómo es posible que alguien crea en la honestidad sin ser honesto? ¿Cómo puede alguien decir que cree en su religión si no la práctica? Sólo quienes sean valientes heredarán el reino de los cielos. Esto es lo que “una religión activa” significa.

Los aspectos prácticos de esta situación, fueron destacados por alguien que dijo que no importa que hayamos entrado o no en un establecimiento de enseñanza, a menos que lo que allí se enseñe haya penetrado en nosotros. En forma similar, podemos decir que el conseguir que un hombre entre en la Iglesia produce, sí, sus beneficios, pero que la Iglesia entre en ese hombre es lo realmente valioso. Y esto sólo se consigue mediante una apropiada actividad.

Muchas personas oran a Dios pidiéndole que oriente sus pasos, pero la mayoría de ellos no trata siquiera de dar el primer paso. ¿De qué vale que le pidamos al Señor que dirija nuestros esfuerzos si detenemos luego nuestros motores? ¿Qué logramos con sostener al Presidente de la Iglesia con nuestras manos en alto, si no lo apoyamos con nuestros talentos, nuestras actividades y nuestros esfuerzos?

Muchos períodos de “apostasía de la fe” registra la historia. No debemos tolerar esa tendencia personal o individual hacia “apostasías del trabajo” o apostasías del esfuerzo”. Algunas veces, mientras tratamos de abrazarnos a nuestra fe, pasamos por ciertos períodos de “apostasía”, y cuando caemos en la inactividad, nuestro espíritu se hace indolente y vacilante. Entonces, cual latido de un débil corazón, nuestra religión desfallece y sus palpitaciones son difícilmente perceptibles.

Pensemos en el grandioso programa de actividades que el Señor nos ha asignado. Desde la edad de doce años, cada joven de la Iglesia tiene la oportunidad de poseer el sacerdocio y de participar de las funciones que corresponden al mismo. Empezando por los diáconos, cada quórum tiene sus propios oficiales y realiza sus propias actividades, en base a sus propias opciones. El Señor a dado a cada grupo una cierta parte del trabajo de la Iglesia. Un diácono tiene sus propias y exclusivas responsabilidades; y cuando es ordenado maestro, su campo de acción se ensancha. Puede entonces servir como maestro orientador, “velar siempre por los de la Iglesia… estar con ellos, y fortalecerlos; y ver que no haya iniquidad en la Iglesia”. Cuando llega a ser presbítero, nuevamente sus deberes son acrecentados. Puede ahora bautizar para la remisión de pecados. Administran la Santa cena y hasta puede recibir un llamamiento especial de predicar el evangelio. Y a medida que crece en fe, nuevas oportunidades le son dadas. Cada hombre digno, cada joven mayor de doce años puede recibir el sacerdocio, teniendo entonces el glorioso privilegio de participar en las actividades del divino ministerio. Pensemos en nuestra ventaja y comparemos nuestra situación con la de aquellos que pertenecen a grupos en los que nadie tiene autoridad divina alguna, y donde sólo un par de personas tienen a su cargo las actividades.

Es necesario que activemos nuestro entusiasmo y que lleguemos a ser “hacedores de la palabra” en todo el sentido de la frase. Necesitamos hacer algo más que simplemente creer en “aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). Debemos tratar que esa luz se encienda en alguien más y que se mantenga siempre viva hasta que toda la humanidad sea luminosa.

Necesitamos “una religión activa”, pero para ello tenemos que ser activos nosotros mismos. Alejandro Magno dijo: “Lo que Aristóteles es en el mundo del pensamiento, yo seré en el campo de la acción”. Y este precepto lo llevó a conquistar el mundo entonces conocido, cuando tenía sólo 26 años de edad. Esta misma fórmula hará que logremos ser lo que queramos ser, aun triunfadores sobre nuestras propias debilidades y conquistadores del reino celestial.

Cierto virtuoso violinista adquirió en una ocasión un valioso violín Stradivarius que había estado formando, por años, parte de una colección privada perteneciente a una familia muy rica. Pero durante todo ese tiempo, el violín había estado reposando sobre un paño de terciopelo, sin ser usado. El violinista dijo entonces: “Este instrumento está aletargado, por ello deberé tocarlo hasta que se despierte y logre adquirir su propio poder y belleza”.

La falta de uso es perjudicial para un violín; la inactividad es dañina para los hijos de Dios. Debiéramos despertarnos a nosotros mismos mediante el uso de nuestras facultades y talentos. Únicamente siendo activos obtendremos nuestra cabal potencialidad.

Jesús declaró: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17). Conocer las cosas es maravilloso, pero realizarlas es verdaderamente grande. Bienaventurados seréis si las hiciereis. La inactividad es malsana, puesto que “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). Este pecado de no hacer las cosas puede ser la causa por la que perdamos nuestra exaltación. Muy pocos serán los que perderán sus bendiciones por motivo de ignorar las cosas; pero muchos serán los que no las reciban por no realizarlas.

Aun el testimonio y la fe se obtienen mediante las obras. Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17). Si no damos el mensaje del evangelio a otros, corremos el riesgo de perdernos nosotros mismos, pues a fe, como las grandes fortunas, no perdura en manos ociosas. Cuando nuestra actividad disminuye, nuestra fe se marchita rápidamente, fallamos en nuestras empresas y perdemos nuestras bendiciones. Pronto comenzamos a sentirnos frustrados e inferiores, si sepultamos nuestros talentos en los terrenos de la inactividad. Y a raíz de tales sentimientos, nuestra fuerza se debilita, nuestra energía se agota y nuestros valores espirituales se reducen.

¡Qué triste es ser tolerante con esta inactividad tan destructiva, aun devastadora, que nos lleva a dudar hasta de nosotros mismos! Dejar de creer en Dios es trágico, pero dejar de creer en nosotros mismos. La fe es la causa motriz de toda acción —la fe no solamente en Dios, sino en nosotros mismos, ninguna de las cuales es posible en la inactividad, debiendo ambas conseguirse de antemano. Logramos la fe mediante la acción. Y cuando en nuestra mente se alojan la duda y perdemos la confianza en nosotros mismos, un falso sentido de desaliento e insuficiencia logra desteñir cada pensamiento y cada intención. Algunas veces usamos nuestra mente como esos terrenos donde se vuelcan las basuras de la ciudad, depositando en ella sólo dudas, temores, preocupaciones, pecados y complejos, que no producen en nosotros sino equívocas actitudes mentales y tristes frustraciones. Muchos pecados derivan del pecado de la inactividad.

En cierto sentido, uno debe ser su propio sacerdote. Cada cual debe purificar su propia vida. Cada individuo debe preocuparse por sí mismo y tratar de crecer por sí mismo, creando su propio deseo de servir al prójimo. Todos los seres humanos debieran reconocer sobre sí la responsabilidad de hacer lo más y lo mejor posible cada vez que acometa una empresa o reciba un llamamiento. La gran receta para el éxito es hacer de nuestra religión, una religión activa, no verbal.

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Construye Bien

Conferencia General de Abril 1962

Construye Bien

Sterling W. Sill

por el Élder Sterling W. Sill
Asistente al Consejo de los Doce Apóstoles


Mis hermanos y hermanas, aprecio mucho este privilegio semianual de participar con ustedes en la conferencia general de la Iglesia. Al pensar en el propósito que nos reúne, recordé un reciente anuncio de periódico de página completa que, excepto por el nombre de la compañía maderera patrocinadora en la esquina inferior derecha, estaba completamente en blanco salvo por dos palabras en el centro de la página, que decían: “Construye Bien”.

Entonces pensé en la interesante aplicación de esta importante idea hecha por el apóstol Pablo cuando dijo a los corintios: “. . . vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios sois… [por lo tanto] cada uno mire cómo sobreedifica” (1 Cor. 3:9-10).

La mayor responsabilidad que se le confía a cualquier ser humano es la de construir su propia personalidad. La primera alma que cada uno debe traer a Dios es la suya propia. Recientemente, el presidente McKay señaló que el propósito del evangelio es hacer a los hombres mejores. El objetivo principal en la misión de Jesús fue dotar al mundo de mejores hombres y mujeres. Dios mismo ha dicho: “Esta es mi obra y mi gloria—llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Es la obra de Dios construir carácter, habilidad y divinidad en la vida de sus hijos. Cualquier influencia que obre en contra de ese propósito es malvada, y cada vez que introducimos el mal en nuestras vidas, nos encaminamos hacia el fracaso. Seguir leyendo

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La luz verdadera

Liahona marzo 1962

La luz verdadera

por el élder Sterling Welling Sill

En su libro ‘My Colonel and his Lady’, el autor Archibaldo Rutledge nos cuenta una interesante experiencia que tuvo, cuando era joven, en uno de los pequeños puertos del río Santee, en Carolina del Sur. Había allí una vieja balsa llamada Foam, piloteada por un anciano hombre de color. La balsa estaba siempre sucia, malamente conservada y con un olor nauseabundo. Pero un día en que el doctor Rutledge se llegó hasta el río, encontró a la balsa totalmente transformada. Estaba limpia de proa a popa. Brillaba y centellaba todo a la luz del sol. Los bronces del barco habían sido lustrados hasta quedar como espejos. El agua siempre estancada debajo de los asientos había sido agotada totalmente, y la cubierta había sido fregada madera por madera. No menos milagrosa era la transformación del mismo negro capitán, quien estaba brillante e inmaculado. Su cara refulgía; sus ojos chispeaban. Estaba sentado a la rueda del timón del Foam con una Biblia sobre su falda.

Cuando el doctor Rutledge le preguntó a que se debía tan maravillosa transformación, el viejo capitán dijo: ‘Ahora veo la luz’. En la mente del capitán bullían nuevas ideas y grandes aspiraciones corrían por sus venas. Tenía ahora la gloria de una mente iluminada, la gloria de una personalidad animada. La religión había tocado en él los lugares apropiados. La evidente transformación del barco no era sino la manifestación de un más importante cambio experimentado por su capitán. Su ocupación en sí no había cambiado: él era aún un capitán de balsa. Pero ahora el mejor comandante a todo lo largo del río Santee. En adelante, cualquier cosa que hiciere indicaría su propio cambio de vida. Su trabajo indicaría su grado de gloria.

Pero la historia del negro capitán de barco es, en cierto modo, la historia de todo hombre, porque todo hombre manifiesta su grandeza por medio de su trabajo. Si no es grande lo que hace, él mismo no es grande. ‘Ningún hombre puede tener un grande y noble carácter mientras esté comprometido en un mísero o lastimoso empleo, pues no importa cuál sea la faena del hombre, su carácter está relacionado a ella’. No podemos tener gloria mientras haya agua estancada debajo de nuestros bancos de trabajo, tengamos una actitud agria hacia la vida o padezcamos de un caso de fatiga crónica.

El término “gloria” puede tener diferentes significados para diferentes personas en diferentes circunstancias. El diccionario define a la gloria como la “condición resultante del más alto logro, el mayor grado de gozo, satisfacción, esplendor, magnificencia, resplandor”. La gloria es representada en el arte por un halo de luz sobre la cabeza de alguna persona. Pero en nuestro servicio en la Iglesia y en la vida misma, ese halo no está sobre la cabeza –está en ella, en nuestro corazón, en nuestros hábitos, dentro de nuestro sistema nervioso.

No debemos esperar a vivir en el mundo venidero para pensar en la gloria. Si queremos ser grandes en el cielo, debemos comenzar por ser grandes aquí. Si vamos a ser mejores después, debemos empezar a serlo ahora. Podemos no saber nada de la gloria en la eternidad, pero podemos entender la gloria que el viejo capitán de balsa tenía. Esa es la clase de gloria que ayuda a realizar las cosas. Brilla a través de nuestros ojos y se manifiesta por medio de nuestras manos. Llega a ser la parte de la preparación, la labor y la presentación de nuestras lecciones. Necesitamos aprender a vivir con gloria. Ello nos ayudará a transformar nuestras vidas. Nos ayudará a ‘nacer de nuevo’. Entonces, las confusiones, indecisiones y frustraciones usuales no nos molestarán tanto. Y el cansancio será desterrado de nuestras vidas. Viviremos luego más allá de las distracciones y problemas que ofrecen las cosas ordinarias.

Así como las condiciones del Foam eran una mera expresión de las de su capitán, también la manera en que hacemos nuestra obra como maestros orientadores, o presentamos nuestra lección en la Escuela Dominical, o como desempeñamos nuestras funciones administrativas de nuestra oficina en la Iglesia, será expresión de lo que somos.

No podemos mejorar nuestra situación a menos que primeramente nos mejoremos a nosotros mismos. El éxito no puede  ser encontrado en Nueva Cork, El Cairo o en alguna isla del Pacífico, sino en nosotros mismos. En nosotros mismos es donde podemos encontrar las cosas más importantes. No importa en realidad qué hay detrás de nosotros o delante de nosotros. Lo más valioso es lo que hay dentro de nosotros. Es muy importante que la Iglesia esté dentro de la gente.

Jesús dijo: ‘El Reino de Dios está entre vosotros’. Al decir esto, se dice que quiso significar entre nosotros refiriéndose al “lugar”. Pero si Él se refería a una condición entonces quiso decir que el reino de Dios está en o dentro de nosotros. El mejor camino para lograr entrar en el reino de Dios es teniéndolo primeramente en nosotros.

Las palabras del Himno de la Batalla de la República nos dicen que:

Fue allende de los mares Que el rey Jesús nació Y con gloria tan sublime Que la luz a todos dio…

Esta canción fue escrita para los soldados de la Unión durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica y se dice que el efecto que produjo en el alma de ellos equivalió al refuerzo que cien mil hombres más hubieran significado.

La gloria transfigura a las gentes. Transforma gentes en circunstancias. La gloria da una vigorosa y positiva actitud mental. Da vitalidad de propósito. Desplaza la fatiga y asegura el triunfo. Un obrero de la Viña si está cansado es porque no tiene suficiente interés en lo que está haciendo o tiene que hacer. En el deporte, nunca perdemos el interés cuando vamos a la cabeza. No nos cansamos cuando estamos ganando. Si el trabajo del Señor nos resulta algo aburrido y sentimos ciertos deseos de retirarnos a descansar, no nos demos por vencidos. Todo será cuestión de arrepentirnos y mejorar. Aprendamos a trabajar más dura y efectivamente, si queremos luego descansar. Nos fatigamos generalmente cuando nos quedamos atrás o cuando nuestra carga resulta demasiado pesada en relación a nuestro ánimo de transportarla. La solución no sería una carga más liviana, sino un mayor poder. Ello nos indica la necesidad de aprender cómo vivir mediante un voltaje mayor.

Alguien dijo que no quería poseer una religión sino que prefería una religión que lo poseyera. Cuando Dios creo al hombre a su propia imagen, lo dotó de un conjunto de atributos de manera que ‘cada hombre lleve dentro de sí las mismas cosas que busque’. Si buscamos una gran fe, sólo debemos mirar dentro de nosotros mismos. El Creador ya ha plantado en nosotros la semilla de la fe, esperando que sepamos como cultivarla y hacerla crecer. Si necesitamos coraje, miremos dentro de nosotros mismos. Si buscamos una mayor fuerza, recordemos que Dios nos ha dado potencialidad de su omnipotencia, pero que nosotros mismos debemos hacerla madurar.

Se ha dicho que cada uno tiene dos creadores: Dios y un mismo. El doctor Alan Stockdale nos llama la atención hacia el hecho de que Dios dio al hombre casi sin terminar para que él y descendientes lo trabajaran. Dejó la electricidad aún en la nube, el petróleo aún en la tierra. Dejó los ríos sin puentes, los bosques sin talar y las ciudades sin construir. Dios desafió al hombre dejándole materia cruda y no fáciles cosas ya terminadas. Le dejó cuadros sin pintar, música sin escribir y problemas sin resolver, para que el hombre pudiera experimentar el gozo y la gloria de crear. “Dios ha provisto el granito pero no esculpe las estatuas ni construye las catedrales sino por la mano del hombre”.

Dios ha dejado también en el mundo al hombre mismo sin terminar. Es decir, la creación del hombre no fue completada en el Jardín de Edén hace seis mil años. La creación del hombre es algo que aún continúa, ahora mediante el hombre mismo. Actualmente el hombre está creando el entusiasmo, la fe, el entendimiento y la devoción que determinarán su futuro en la eternidad.

Las grandes bendiciones de nuestra vida vienen vestidas de en ropas de trabajo, reclamándonos, como el austero soldado romano, que caminemos con ellas la dura milla. La ley antigua otorgaba a los soldados romanos la autoridad de obligar a cualquiera en su camino a llevar sus cargas personales por una milla. Pero Jesús no se detuvo allí. Él dijo: Cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.” (Mateo 5:41) Hacer más de lo que se espera de nosotros es uno de los mejores caminos hacia la gloria. La gloria desplaza las compulsiones de la vida y llena nuestros corazones de alegría. Produce una fuerza desconocida y una inesperada satisfacción. La gloria suaviza el entrecejo de nuestra cara, quita la fatiga de nuestro cuerpo y hace de la segunda milla una jornada placentera. La gloria nos hace desear que el día tenga más horas para seguir trabajando en la Obra del Señor. La gloria transforma en placer toda obligación. Nos hace capaces de decir al mundo, como Jesús: ‘Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis’ (Juan 4:32).

Fregar la cubierta de una vieja balsa, puede resultar penoso para algunos, pero nada es difícil cuando tenemos una gloria. Andar una milla por obligación puede ser tan fastidioso hasta agotar nuestras fuerzas. Pero caminar dos millas nos proporcionaría verdadero solaz si tuviéramos el ánimo que la gloria da. Es entonces cuando cantaríamos a viva voz aquel hermoso himno que dice:

Tenemos placer en servirte, A ti, nuestro gran Bienhechor…

Fracasar en la obtención de la gloria, es fallar en hacer nuestra parte para que el trabajo en la Iglesia resulte ser una fascinante obra de amor. Y es carecer de la gloria aquella que cantó el Salmista: ‘Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra’ (Salmos 8:5). Es nuestra la tarea de desarrollar esa gloria con la cual hemos sido coronados. Es una gran cosa vivir con la clase de gloria que lo transforma todo y nos ayuda a realizar los trabajos del Señor en una forma jamás hecha.

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El filo de la navaja

Liahona febrero 1962

El filo de la navaja

por el élder Sterling Welling Sill

Hace algunos años se exhibió en casi todos los cines del mundo, la película «El Filo de la Navaja», basada en la novela de W. Somerset Malignan. El tema del libro giraba en torno a la idea de que la línea que separa al fracaso del éxito, es tan fina como el filo de una navaja.

Una de las mejores ilustraciones de esta verdad, la encontramos en el proceso mismo de la filmación de dicha película. Había ocho actores principales y ocho «dobles», es decir que cada uno de los actores tenía un sustituto que haría los más duros, difíciles y agotadores trabajos. Después que la cinta fue terminada, la revista Life publicó las fotos de los ocho principales intérpretes en una página y las de los ocho «dobles» en otra. El «doble» de Tyrone Power, por ejemplo, fue Thomas Noonan, un compañero íntimo suyo. Ambos habían ido juntos a la escuela. Tenían casi el mismo tamaño e igual inteligencia; estaban vestidos en forma idéntica y eran bastante parecidos entre sí. Una notable similitud había también entre cada uno de los otros actores y sus respectivos «dobles». Pero en un sentido, no eran similares. Los salarios percibidos por los actores principales, totalizaron la suma de 480.000 dólares, mientras que los «dobles» alcanzaron, en conjunto, a 6.534 dólares. Los principales eran sólo un poquito mejor, pero percibieron una compensación setenta y cinco veces mayor que sus sustitutos.

Vemos también este principio ilustrado de igual manera, cada día de nuestra vida. En el deporte, por ejemplo, ser sólo un poquito mejor que otros, lo hace a uno campeón. En las grandes ligas de béisbol, un bateador de 350 gana 3.000 dólares mensuales, mientras que uno de 250 gana sólo 300 dólares por mes. Aquél, el campeón, es el que obtiene la primera base tres veces y media de cada diez intentos; el bateador de 250, dos veces y media de cada diez. El campeón tiene éxito sólo una vez más que éste. Quizás éste pega mejor, pero no corre tan rápido como aquél. El margen de diferencia es tan pequeño como «el filo de una navaja» pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Este mismo principio está continuamente operando en todo éxito, tanto en el trabajo en la Iglesia como en la vida privada. Frecuentemente vemos a dos hombres con habilidades tan idénticas que no podríamos establecer diferencia alguna; y sin embargo uno de dos llega a ser «astro» y el otro un «doble». Uno de ellos es nada más que en poquito más atento, un poquito más constante, un poquito más puntual, un poquito más leal, un poquito más fiel, un poquito más industrioso. Dedica unos pocos minutos más cuando prepara una lección y un poquito más de tiempo en planearla. Pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Alguien ha hecho resaltar la magia que puede encerrar un simple «diez por ciento». Un hombre de 1.75 de estatura es considerado un individuo común. Pero si le restamos el diez por ciento, tendremos un pequeño hombre de menos de 1.60. En cambio, si en vez de sacarle, le aumentamos ese diez por ciento, tendremos un gigante. Cambios comparables se producen cuando sustraemos o sumamos un «diez por ciento» a nuestra diligencia, a nuestra perseverancia o a nuestro entusiasmo. Ese «diez por ciento» hace la diferencia entre un enano y un gigante. Como resultado de esto, descubrimos uno de los más grandes secretos para el éxito en nuestra habilidad para dirigir. Un director sobresaliente es aquél que hace lo mejor que puede y entonces le agrega un diez por ciento. Es aquél que aspira un diez por ciento más alto, que trabaja un diez por ciento más duramente y que persevera un diez por ciento más de tiempo.

Sobre las paredes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (EE.UU.), hay una inscripción que dice: «Apunta demasiado bajo quien apunta más abajo que una estrella.» Si esto es verdad en cuanto a un éxito ordinario ¿qué podríamos decir cuando está en juego el reino celestial? El éxito más insignificante llega a ser entonces importante. Pensemos qué pasaría si cada uno de nosotros elevara su objetivo un 10 o un 20 por ciento. Pensemos cuáles serían los resultados en la eternidad.

Supongamos que perdemos el reino celestial sólo por un margen comparable al del filo de una navaja. No será mucha la diferencia, pero cuán importante puede llegar a ser para la eternidad. Generalmente logramos todo lo que nos proponemos; de ahí que podríamos decir entonces que «no es malo fracasar, pero sí lo es el tener bajas aspiraciones.

El 6 de octubre de 1955, un avión de la compañía «United Airlines» se estrelló en una montaña del estado de Wyoming, perdiendo sus vidas 65 personas en el accidente. El piloto iba volando a 4.000 metros de altura. Si hubiera ido a 4.020 metros, tal desastre hubiera podido ser evitado y 65 personas hubieran conservado sus vidas.

¡Qué diferencia para esas personas y sus familiares hubieran producido unos pocos metros más de altura!

Esto es igual en cuanto a nuestro éxito. Frecuentemente volamos lo suficientemente alto como para no dar con la corja de los árboles. Tratamos de hacer sólo lo suficiente como para «pasar», y eso es todo lo que la mayoría de nosotros logra, mientras que sólo un poquito más de esfuerzo, un poquito más de determinación, nos colocaría en los grandes equipos del éxito en nuestra habilidad para dirigir.

El Duque de Wéllington dijo una vez a ciertos soldados franceses que los soldados británicos no fueron más bravos, sino que habían logrado mantener su valentía por cinco minutos más que ellos. El famoso ex-Campeón de peso pesado, Jim Corbett, decía que el secreto del éxito consistía en aguantar un «round» más.

Una de las más grandes lecciones sobre el éxito enseñadas por el Maestro, fue la de caminar una milla más, hacer un poco más y hacerlo con un poquito más de fe, un poquito más de energía, un poquito más de devoción. Y si hacemos esto, nos veremos convertidos, de «dobles», en «astros» o «estrellas». Los resultados son tremendos, aunque la diferencia sea tan fina como el «filo de la navaja.»

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El fuego y nuestra habilidad para dirigir

Liahona enero 1962

El fuego y nuestra habilidad para dirigir

por el élder Sterling Welling Sill

Una parte de la literatura de nuestra era consiste en lo que ha dado en llamarse “ficción práctica”. Tenemos fábulas, mitos, cuentos, etc., que ayudan a ilustrar ideas, enseñan principios e inducen a la acción. Por ejemplo, aprendemos mucho de la famosa fábula de la liebre y la tortuga. El cuento de los hombres ciegos y el elefante, nos provee también de una buena enseñanza. Los caracteres puramente ficticios de Shakespeare y de Dickens, pueden ser de mucha utilidad para el desarrollo de nuestros razonamientos y actitudes. El proceso de la enseñanza se simplifica cuando usamos un énfasis particular, figuras interesantes y expresiones de significado oportuno, que hagan más clara la idea. Durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica, cierto general fue apodado ‘Stonewall’ Jackson (stonewall, en inglés, significa “muro de piedra”). Este alias nos ayuda a imaginar la apariencia y aún la personalidad del general en cuestión. Shakespeare logra expresar ampliamente sus ideas por medio de frases pintorescas y su sorprendente locuacidad. Nos vemos a nosotros mismos en el programa cuando dice: “Él mundo entero es un escenario”. Este uso de palabras en un sentido no literal, a veces ayuda a dar belleza, realce y significado a las ideas.

Los griegos en la antigüedad alcanzaron una cultura muy significativa y crearon una colorida literatura, en gran parte de la cual asignaron una personalidad a las fuerzas de la naturaleza, personificando grandes ideas en una forma humana o sobrehumana.

Eso ayudó a disipar la vaguedad de pensamiento y formó ideas más vívidas en sus mentes. Generalmente, estas historias giraban en torno a las hazañas de los titanes y héroes que poblaran la cumbre del antiguo monte Olimpo.

Una de estas leyendas trata acerca de Prometeo, quien logró fama de ser uno de los más grandes benefactores de los mortales nunca habidos. Él fue un verdadero luchador contra la injusticia y los poderes inicuos. “Prometeo” significa “prevenido” y él tuvo fama de ser muy sabio. Pero es más conocido en la mitología griega por el hecho de haber ido hasta el sol, trayendo fuego para darlo a los hombres. Nuestras propias Escrituras nos dicen que Dios “está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho.” (Doctrinas y Convenios 88:7). Y es a través de ese poder que nuestros ojos son iluminados y nuestros entendimientos vivificados.

Pero desde tiempo inmemorial “fuego” ha venido usándose como una figura de expresión muy significativa y de gran ayuda. “Fuego” o “calor” nos ha servido como símbolo de ardor, fervor, entusiasmo. Decimos que una persona tiene “calor en las venas” o que tiene “un ardiente deseo”. Es común decir “Golpea el hierro mientras está caliente”. Hablamos de “fervientes emociones” o de una “cálida amistad”. A una persona experimentada la calificamos de “fogueada”.

Este tan peculiar  uso de expresiones como éstas, da a nuestro pensamiento una intensidad y sentido provechosos. Todos sabemos que un poquito de fuego en la personalidad es frecuentemente la característica de más valor. Ser capaces de cultivar este fuego en nosotros mismos, es una de las mejores maneras de progresar en nuestra habilidad para dirigir y realizar algo.

Un verdadero dirigente es muy similar a un automóvil: nunca puede andar mucho o tener suficiente potencia, a menos que haya conseguido la “temperatura” necesaria. Por contraste, asimismo, pensamos que las acciones fracasadas se deben a la falta de “calor” apropiado. Decimos entonces que tal o cual equipo de básquet perdió el partido porque sus integrantes estuvieron “fríos”. El término “helado” sirve también para describir actitudes desfavorables o poco amistosas.

Posiblemente la posición menos deseable del termómetro, desde ciertos puntos de vista, es el área entre el calor y el frío. Ello no es una cosa ni la otra. Está escrito en el libro de Apocalipsis que el Señor dijo a los miembros de la Iglesia en Laodicea: “. . . ni eres frío ni caliente ¡Ojalá hubieses sido frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15- 16). Esta condición de estar sobre la línea fronteriza, de no ser ni una ni otra cosa, ha promovido, aún en Dios, un sentimiento de disgusto.

Si queremos tener éxito en la obra del Señor, debemos lograrla “temperatura” necesaria. Nuestro entusiasmo debe ser “febril” si queremos que tenga algún poder. Usamos la figura del “calor” o del “fuego” para calificar una devoción “de todo corazón” o “con toda el alma”. En efecto, el “fuego” es usado muchas veces en las Escrituras para  indicar o comparar la presencia de Dios mismo. Cuando relata que el Señor apareció en la cumbre del monte Sinaí para dar la Ley de Israel, el historiador dice: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.” (Éxodo 19:18). La Biblia usa esta interesante metáfora al referirse a Dios: “…Dios es un fuego consumidor…” (Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29). Por supuesto, podemos ver claramente el contraste entre el “fuego” de Dios y la tibia indiferencia de los laodicenses.

La Biblia usa la figura del fuego para representar la gloria, santidad, presencia, espíritu, juicios y castigos de Dios. “Y quién podrá soportar el tiempo de su venida ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores.” (Malaquías 3:2). En un juego de palabras, podríamos decir que “aquellos que no sean ardientes, serán quemados”.

Prometeo, según la mitología griega, trajo fuego del sol a los antiguos. La razón por la cual los laodicenses tuvieron problemas, fue porque carecían de fuego. Aparentemente necesitaban algunos “Prometeos” que les proveyeran de ello. Buenos proveedores de fuego son también nuestra necesidad más grande. Necesitamos algunos que hagan volar la chispa que encienda la llama. Jesús bautizó con “el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11). Necesitamos hacer que este fuego arda eficazmente. Todo gran dirigente necesita cultivar la “producción de fuego” y la “provisión de fuego”. Ayudar a llevar la chispa divina a los hombres, es la tarea de mayor importancia. Esta chispa debe ser no solamente encendida en los corazones de la gente, sino constantemente avivada hasta que produzca una llama ardiente y brillante. Para ser un buen director se requiere no sólo “poseer fuego” y “proveer fuego” sino tener también una “potencia de fuego” siempre latente.

La explicación científica de un efectivo ascenso de temperatura nos dice que ha habido un incremento en la actividad molecular. Una actividad aumentada en nosotros mismos, elevará también nuestra temperatura. La actividad espiritual, cuando es acrecentada produce una mejor disposición en nuestras mentes, un mayor fervor en nuestros corazones y hace más eficaces nuestros esfuerzos.

En significado y función, la palabra más similar a “fuego” es “entusiasmo”, que no es otra cosa que un cierto fuego en el alma que produce un poder especial en nuestro ánimo. La palabra “entusiasmo” viene del griego «cn»-«lhcos» que significa “Dios en nosotros” o “inspiración divina”.

Hemos hablado mucho en cuanto a nuestro derecho a recibir inspiración de Dios. Pero lo que no podemos entender muy bien es en cuanto a nuestro derecho y capacidad para inspirar a otros. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y dotados de sus atributos. Somos receptáculos de su autoridad y de cierto grado de su poder. Nuestra necesidad es dar más de lo que damos. No somos sólo estaciones receptoras; somos también centros de distribución. Cuando llegamos a poseer este entusiasmo de fuego, tal como Prometeo, podemos entonces darlo a otros. Esta es otra de esas cosas que no sólo podemos dar sin perder, sino que cuanto más damos, más tenemos. He aquí una situación comparable al milagro de la multiplicación de los panes. Podemos comenzar alimentando la multitud teniendo sólo cinco piezas de pan y dos peces, y cuando hayamos saciado a más de cinco mil personas, aún tendremos «doce cestas llenas». (Mateo 14:17-20)

Esta habilidad de llenarnos y llenar a otros de entusiasmo, incluye un gran poder de realización. Esta es una de las habilidades más valiosas de que Dios pudo habernos dotado. Pero su propio valor es aún acrecentable, por ser un don poco común. Es una de las potencialidades que frecuentemente se encuentran sin desarrollar en los hombres. Hay muchos hombres buenos; hay muchos sabios; muchos industriosos. Pero no hay muchos que enciendan el “fuego”, no muchos que lo traigan, no muchos que nos provean de la chispa divina, ni aún siquiera en un sentido simbólico.

Un genuino entusiasmo es una de las mejores garantías para la realización de toda asignación. Un entusiasmo inteligente probablemente sea la mejor contribución para el éxito, que cualquier otra acción. Sir Edward Appleton, ganador del Premio Nobel, dijo: “Considero que el entusiasmo es más valioso que cualquier habilidad profesional”. La destreza profesional, por supuesto, es tremendamente importante en nuestra habilidad para dirigir, pero su eficacia es aumentada cuando se la fortalece con un entusiasmo inteligente.

Agua fría en los “cilindros” de un dirigente, no le dará más resultado que el que da en los cilindros de una locomotora a vapor. Aun cuando el agua a 97 grados de temperatura se considere muy caliente, no es sino cuando alcanza los 100 grados que logra expandirse y transformarse en vapor. Y esta misma agua, que a baja temperatura no tenía poder alguno, podía arrastrar todo un tren de carga de casi un kilómetro de largo por entre montañas. Un comprable aumento de temperatura en el ánimo del hombre, producirá similares resultados en su habilidad para dirigir.

Un entusiasmo inteligente y bien administrado, no sólo puede garantizar casi cualquier logro sino que, como el fuego de donde se nutre, puede comunicarse o contagiarse de una a otra persona. No hay etiqueta alguna adherida al entusiasmo que diga: “Intransferible”. El entusiasmo es totalmente “negociable”. Un corazón puede inspirar a otros corazones con su fuego. En cierta oportunidad, John Wesley dijo: “Yo muestro el fuego que hay en mí y la gente viene a verlo arder”. Muchas gentes sintieron abrasar sus vidas con sólo escuchar a Wesley. Este hombre distribuyó su fuego extensamente entre las gentes, desatando finalmente una de las más grandes contiendas en la historia del mundo religioso, que aún está influenciando a la humanidad.

El “fuego” ha venido usándose como el símbolo de Dios, pero el entusiasmo, o “Dios en nosotros”, es también un símbolo. Entusiasmo en nuestro servicio en la Iglesia, es señal de devoción. Es señal de que estamos viviendo los principios del evangelio, de que vivimos en armonía con la fuente de ese fuego espiritual. Es señal de que creemos en lo que estamos haciendo y que tenemos el fervor y el anhelo que se requieren para lograr su cometido. Este entusiasmo nos despierta, nos vivifica y nos hace infatigables. Los indios americanos dijeron a Colón que ellos tenían una hierba que los aliviaba de toda fatiga. El entusiasmo hace la misma cosa. También produce en las personas esa cualidad de ser «valientes», lo cual es requisito primordial para poder entrar en el reino celestial.

Se dice que los hombres, como los automóviles, andan gracias a una serie de explosiones. Podríamos decir que el entusiasmo es el poder explosivo de la personalidad. Es la mecha que enciende el reguero de pólvora. Todo líder necesita del entusiasmo para poder agilizar su tarea. El entusiasmo actúa como un generador emocional que pone en funcionamiento a la actividad. Provee de la iniciativa, la determinación y la persistencia necesarias para el propósito buscado.

Cuando el espíritu abandona el cuerpo, éste se enfría. Esto pasa también cuando el entusiasmo se aparta de nuestra habilidad para dirigir. Para mantener el entusiasmo, debemos alimentarlo con realizaciones. Si permitimos que nuestros logros  disminuyan, nuestra iniciativa se debilitará y nuestro trabajo será lento. Cuando decaemos en nuestro intento por poseer, aunque sea por un corto tiempo, este valioso “Dios en nosotros”, nuestro termómetro espiritual comienza a bajar y nuestro progreso se detiene.

El gerente de una gran casa de comercio dijo que quería cada uno de sus vendedores estuviera «ardiendo de entusiasmo» y que cada vez que llegaran a trabajar, estuvieran dispuestos a «despachar con entusiasmo». Y agregó que si no estaban dispuestos a «despachar con entusiasmo», él mismo estaría dispuesto a «despachar a ellos, con entusiasmo».

Los principales complementos de los dos mandamientos más grandes, son las cualidades de la amigabilidad, fervor, ardor, devoción, amor y entusiasmo. Estas son cualidades con “temperatura”. Son las cualidades de “fuego” que debemos obtener para nuestra habilidad para dirigir.

Muchos líderes, aún en la obra del Señor, hacen de mala gana y con cierta aversión lo que debiera ser hecho mediante un fuerte voltaje y a alta temperatura. Más que nada, el fuego de nuestras almas necesita ser reencendido. Necesitamos encender la chispa de la fe que Dios nos diera; necesitamos poner más combustible a las llamas de nuestro interés en la obra del Señor. Nuestros espíritus necesitan ser incitados y luego encendidos. Nuestras ambiciones necesitan ser inflamadas de tal manera que podamos tener más “potencia de fuego” en nuestra habilidad para dirigir.

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Tal como

Liahona diciembre 1961

Tal como

por el élder Sterling Welling Sill

Hace muchos años el gran psicólogo William James, anunció su famoso principio de «tal como». Es decir, si deseamos incorporar determinada virtud a nuestra vida, debernos obrar «tal como» si ya la tuviéramos. Es una idea sumamente constructiva que conviene llevar a la práctica. Si deseamos ser valientes, actuemos con valor. Si queremos desarrollar una disposición cordial, amigable y feliz, no podemos andar con la cara enfurruñada y odio en el corazón. Nuestras facultades mentales y espirituales son como siervos. Siempre nos sirven lo que les pedimos. Sí nos portamos como si esperásemos llegar a ser un «don nade» en la vida, éstas suponen que lo decimos en serio y nos conceden lo que deseamos.

En su obra Como Gustéis, William Shakespeare dice: «El mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres meramente actores… y en su tiempo un hombre desempeña muchos papeles.» Supongamos que vamos a desempeñar el papel de Fausto, Hamlet o cualquier otro de los personajes importantes de un drama. Primero tendríamos que llenar nuestros pensamientos con las palabras, disposición y espíritu del personaje que vamos a representar y entonces trataríamos de vivir de acuerdo con el papel. No sólo trataríamos de hablar, pensar y obrar como Hamlet o Fausto, sino mentalmente seríamos tal personaje.

Una noticia recientemente publicada hablaba de «La Pasión del Señor» que se presenta cada diez años en el pequeño pueblo bávaro de Oberammergan en el cual un grupo de actores representan la última semana de la vida de Cristo. El drama se ha presentado regularmente desde el año 1663. Cada cual acepta el papel que se le señala y entonces trata de vivir como esa persona y nada más, hasta convertirse en ella. El que desempeña la parte de Jesús debe pensar como Jesús y obrar y sentir como El. ¿Podemos imaginar el resaltado que ello producirá en su vida? ¿Podemos imaginar la potencialidad de este principio de «tal como» en nuestras vidas individuales, si seleccionamos el papel que deseamos representar en la vida y entonces vivimos de conformidad con él las veinticuatro horas del día?

El artículo de referencia sobre «La Pasión» contenía una observación interesante acerca de un hombre que hacía poco se había suicidado. Durante los últimos cinco años había estado desempeñando el papel de Judas Iscariote. Pero no era todos: era el tercer Judas en años recientes que se había suicidado. Si había vivido como Judas y pensado como Judas, ¿Qué cosa más natural que morir como Judas?

Pensemos en el peligro que correríamos, si estudiáramos a una persona degradada y nos pusiéramos a vivir como ella, llenando nuestra mente con sus pensamientos, adoptado sus hábitos y disposición mental. ¿Qué resultado podríamos esperar? Nadie sabe hasta qué punto influyen los pensamientos en nuestras vidas. Sabemos que pueden cambiar nuestra expresión facial. Pueden determinar nuestra apariencia corporal; pueden producir una grande espiritualidad dentro de nosotros; pueden acuñar nuestras cualidades de personalidad en la cantidad que queramos; pueden volvernos locos o pueden elevarnos hasta la más alta realización, sólo con gobernar lo que pensamos y cómo pensamos.

Este principio de «tal como» es una de las ideas más potentes del mundo. Escojamos el papel que queramos desempeñar en la vida, dediquémonos a ello con todo el corazón y ello será lo que llegaremos a ser. Así con esa sencillez. Bien, supongamos que se ha escrito un drama en el cual nos toca representar a un hombre que está acumulando una fortuna inmensa. Este papel exige un hombre de carácter,  vigor, integridad y, entusiasmo; uno en quien todos tienen confianza, uno que domina con solo con su presencia. Pero supongamos que al desempeñar este papel nos vistiésemos como una persona desaseada e irresponsable, y que nos presentáramos en el foro de una manera perezosa, titubeante, como si no tuviésemos ambición, determinación, proyectos o fe de poder lograr jamás cosa alguna que valiera la pena. Supongamos que en el foro actuásemos con todo género de disculpas, careciendo completamente de confianza en nosotros mismos y diciéndonos constantemente: “No puedo hacerlo”; «tengo miedo»; “es más de lo que puedo hacer”; “no nací para ser próspero e industrioso”; «las cosas buenas no son para mí». ¿Qué clase de impresión causaríamos? ¿Qué clase de personas llegaríamos a ser? ¿Qué clase de éxito alcanzaríamos?

¿Cuánto tiempo tardaría un joven para lograr el éxito si se colocara en un ambiente de fracaso y permaneciera allí hasta quedar completamente empapado de ese ambiente? ¿Cuánto tiempo necesitaría un hombre para obtener el éxito si continuamente se estuviera menospreciando a sí mismo, pensando en el fracaso, vistiéndose como si le hubiera sobrevenido el fracaso y siempre quejándose de sus dificultades insuperables? ¿Cuánto se tardaría en llegar al éxito que él mismo nunca pensó alcanzar? El artista más consumado del mundo jamás podría pintar el rostro de una hermosa Madona mientras su mente estuviera llena de pensamientos depravados.

Y sin embargo, esto es más o menos lo que miles de personas están tratando de hacer todos los días. Así son en su trabajo diario; así lo hacen con su trabajo en la Iglesia; y en forma general sucede la misma cosa en sus vidas. Hay muchas personas que casi parecen estar completamente satisfechas con permanecer en la pobreza material o espiritual. Por lo menos, han cesado de esforzarse con vehemencia para salir de ella. Muchos han perdido la ambición o la esperanza de lograr el éxito. Casi se puede medir la calidad del concepto que un hombre tiene de la vida la primera vez que uno lo conoce. Podemos ver la cantidad de pesimismo que hay en su vida y hasta qué grado lo han dejado desilusionado unas pocas contrariedades. Algunas personas se desaniman con suma facilidad. Llegan al grado de tratar a todos con sospechas y desconfían de todo el mundo, incluso de ellos mismos. Mientras el hombre lleve consigo este ambiente de pobreza, siempre dejará una impresión de pobreza. Si constantemente estamos recalcando lo malo que hay en nosotros, si siempre estamos criticando nuestras propias debilidades y flaquezas y reprochándonos a nosotros mismos por no obrar mejor, sólo estamos grabando más profundamente estos cuadros desafortunados en nuestras memorias y les damos mayor influencia en nuestras vidas.

Con demasiada frecuencia nos estorba el paso el antiguo concepto de los sectarios sobre la depravación e inferioridad del hombre. No hay nada de lo depravado o inferior en el hombre que Dios ha creado. La única inferioridad que hay en nosotros es la que nosotros mismos hemos puesto allí. Dios nos creó a su imagen. Nos invistió con sus atributos y nos dio dominio sobre todas las cosas de la tierra, incluso nosotros mismos. El hombre fue creado para que se mantuviera con la cabeza erguida, y ser como Dios, no como esclavo. Se tuvo por objeto que fuese un éxito, no un fracaso. Podemos estar  seguros de que nuestro éxito jamás sobrepujará nuestra confianza en nosotros mismos. Debemos ver un mundo mejor antes que podamos vivir en él. Nos toca desempeñar el papel de la vida que nosotros mismos elijamos.

¿En qué otra cosa estaba pensando Salomón, sino en este principio de «tal como» cuando dijo: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él? (el hombre)»

Salomón no dijo: «Cuál es su pensamiento en su mente tal es.» El corazón era considerado el centro del ser. Allí es donde sentimos y vivimos; y allí es también donde «llegamos a ser.»

Esta filosofía de «tal como» alcanzó su expresión más sublime en la vida y enseñanzas del propio Maestro. Jesús dijo: «Todo es posible para aquel que cree.» Sería difícil hallar una expresión de mayor fuerza que ésta. No dijo que únicamente son posibles pocas cosas; sino que todo es posible. El proverbio pudo haber rezado así: «Porque cual es su esperanza en su corazón, tal es él.» Conviene tener cuidado en lo que vayamos a cifrar nuestras esperanzas, porque probablemente lo realizaremos.

La confianza y la fe son la base misma de todo lo que se logra. ¡Qué fuerza tan tremenda hallamos en una convicción genuina! Jesús dijo: «Sea hecho, según tu fe.» Esta idea potente se ha reiterarlo en todas las Escrituras, es el principio original del concepto de «tal como». Esta expresión de la fe central dobla nuestra fuerza y multiplica nuestra habilidad. Llega a su mayor altura en la importante meta que nos mostró Jesús cuando dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.»

Si no hay el valor dentro de nosotros mismos, ¿cómo podría manifestarse? Es maravilloso creer en Dios, pero para  nosotros sería más maravilloso, aún vivir en tal forma que El también pudiera creer en nosotros y que pudiésemos creer en nosotros mismos. Uno debe creer en sí mismo y debe quererse a sí mismo. Debe creer en su trabajo y debe gustarle su trabajo. Si deseamos ser grandes, creamos en la grandeza y desempeñemos el papel correspondiente. Un espíritu lleno de valor y una mente viva y feliz producen un cuerpo de correspondiente condición saludable. Hay poca enfermedad física entre aquellos que tienen buena salud mental y emocional, que aman la vida y lo que están haciendo.

En la Iglesia y fuera de la Iglesia podemos ver a muchas personas que están arruinando sus vidas pensando negativamente. Nos ponemos a desempeñar el papel de cobardes, pecadores, pusilánimes, y así vivimos. Asumimos una modestia falsa y decimos. «No soy capaz; no soy digno; no estoy preparado» Tratamos a Dios con excusas, dilaciones e informalidad. Aceptamos un llamamiento con renuencia y desánimo, y de ese modo nos colocamos dentro del molde de la deformidad.

Si vamos a llamarnos siervos del Maestro, actuemos como corresponde. Debemos recordar quiénes somos: que somos hijos de Dios. Si esperamos algún día llegar a ser como El, ¿por qué no empezarnos a conducirnos en esa forma desde hoy? Ciertamente Él no es débil, ni pobre, pecador o incapaz. Si queremos ser como El, ya es hora de empezar.

La mayoría del mundo sectario cree que Dios es incomprensible, inconcebible,  sin  forma,  sin  pasiones  o  sentimientos.  Si  fuimos formados a la imagen de nada, puede haber justificación para pensamientos negativos; Pero no es cierto. Nuestro Padre es un Personaje glorificado que todo lo sabe y, todo lo puede. Literalmente es el Padre de nuestros espíritus, y según las leyes de herencia, podemos llegar a ser como nuestro Padre. En cuanto a posibilidades, ya somos como El. En vista de que hay en nosotros toda facultad potencial, debernos comenzar a desempeñar ese papel. ¿Por qué hemos de estar pensando continuamente en la debilidad y el fracaso? ¿Por qué hemos de conservar nuestras mentes funcionando a la inversa e insistiendo en pensar negativamente? Podemos beneficiar mucho nuestras vidas descartando la filosofía del fracaso. Debemos dejar de lado las disculpas, la crítica y la demora. Debemos cesar de estar obligando a otro a que nos recuerde nuestro deber, como si fuésemos incompetentes, inválidos como niños. Debemos dejar nuestra falsedad, pecados. Si continuamos actuando como el diablo, eso es lo que llegaremos a ser.

Uno de los problemas que hay en nuestra Iglesia es el cambio constante de oficiales y maestros. Continuamente estamos emprendiendo la marcha y parando, dejando un puesto sin haber logrado el éxito para empezar otro. Muchas personas descubren su disposición mental manifestando un gozo inmenso cuando se les releva de algún puesto. Si pensamos y obramos como desertores, llegaremos a ser desertores. Si no nos emociona estar en la obra de Dios, si nos abruma en lugar de entusiasmarnos, entonces quiere decir que hay algo en nosotros de que debemos arrepentirnos. La obra del Señor es importante y debería ser placentera; y nosotros deberíamos ser felices mientras la desempeñamos.

Jesús mismo dijo: «Sed de buen ánimo; alegraos y gozaos.» El profeta Lehi declaró: «Existe el hombre para que tenga gozo.» El Señor quiere que empecemos a marchar en esa dirección lo más pronto posible. ¿Por qué no hacer lo que Él dice? Si esperamos ser grandes almas en el cielo, conviene que empecemos a ser grandes almas aquí. Si deseamos ser felices en la eternidad, deberíamos estar ensayando aquí. Y si queremos ser felices, no debemos conducirnos  como  si  todas  las  personas  y  todas  las  cosas  nos disgustaran; más bien, debemos portarnos «tal como» si ya fuéramos felices.

Debemos estudia, leer, pensar y trabajar como corresponde a nuestro llamamiento. Debemos saber de qué estamos hablando. Emociona la idea de que si nos esforzamos podemos pensar con benignidad y éxito, y de esa manera es como llegamos a ser personas benignas y felices. Es posible volcar los defectos en virtudes. Todo lo que nos resta hacer es entender quiénes somos y entonces desempeñar el papel correspondiente.

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Lo que nos llevamos puesto

Liahona  septiembre 1961

Lo que nos llevamos puesto

por el élder Sterling Welling Sill

Hay mucha gente, especialmente las mujeres, que sufre muchas angustias porque se ve recortada en el asunto de la ropa. Nos desagrada en forma particular presentarnos en público sin estar lo que nosotros consideramos vestidos correctamente. La expresión: «No tengo qué ponerme», usualmente encierra muchas penas e infelicidad, La ropa no hace al hombre, o como dice el refrán, «el hábito no hace al monje»; pero sí constituye el noventa y cinco por ciento de lo que otras personas ven. Nos da pena cuando no estamos tan bien vestidos como aquellos con quienes nos asociamos. No queremos descollar entre el grupo por motivo de nuestra ropa andrajosa y lo que ello indica.

En los antiguos tiempos bíblicos, cuando se quería humillar a una persona, se le vestía de cilicio y se le cubría de ceniza. Si querían honrarlo, era lavado y entonces vestido, con ropa lujosa, a lo cual se agregaba algún adorno personal, como un collar de oro, para mejorar su apariencia. Jesús se refirió a «un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino.» La ropa fina siempre ha sido señal de honra y distinción. Son pocas las cosas que nos «tonifican» más que estar limpios y atractivamente vestidos.

¿Puede haber cosa más estimulante que la esperanza de vivir en la presencia de Dios con nuestros cuerpos, nuestras mentes y personalidades   revestidos   de   gloria   celestial?   ¿Quién   puede entender la pérdida de aquellos que deben conformarse con algo menos fino, algo menos hermoso, algo que comparado a la gloria celestial es como el centelleo de una pequeña estrella al lado del fulgor del sol al mediodía? Algunas veces me pongo a pensar si algunos de los que derrochan sus posibilidades no se sentirán como esas personas pobremente vestidas, siempre quejándose de que «no tengo qué ponerme». Hoy es el tiempo en que debemos resolver lo «bien vestido» que queramos estar en la eternidad. Pero allá, aun más que aquí, el adorno más agradable quizá no sea el que uno lleve puesto sobre la espalda. Hay más probabilidad de que se encuentre en nuestros pensamientos y corazones, desde donde se reflejará en nuestros rostros.

Un espíritu resplandeciente brilla a través de los ojos, que se conocen como las “ventanas del alma”. Nuestros ojos también son los medios por los cuales la gente mira dentro de nuestro corazón. Nuestras expresiones faciales con frecuencia revelan lo que somos. De manera que la medida más eficaz de nuestra valla posiblemente sea la ropa con que vestiremos el espíritu inmortal. Nuestros pensamientos influyen en nuestro aspecto aun en el estado carnal; pero lo que seremos en la eternidad constituirá un elemento importante de nuestro embellecimiento. El espíritu inmortal es el arquitecto que se vestirá con un cuerpo resucitado que corresponda con la belleza y cualidad del espíritu. Las Escrituras dicen de Daniel que «había en él un espíritu superior.» Esa es la clase de espíritu que debemos tratar de desarrollar, porque es lo que vestirá al cuerpo y al carácter en forma correspondiente.

Se dice que al Presidente de cierto país una vez se solicitó que empleara a cierto hombre en el gobierno. El Presidente recibió al solicitante, pero no le dio el puesto y explicó su determinación, diciendo: «No me gusta su cara.» Alguien se opuso, diciendo que la cara de una persona no era motivo para rechazarlo. Sin embargo, el Presidente opinó lo contrario, pues tenía mucha confianza en su habilidad para leer el carácter de la gente manifestado en su semblante.

Hace algún tiempo apareció en la prensa un artículo sobre el artista Norman  Rockwell  y  la  forma  en  que  infundía  tanta  vida  en  sus pinturas de la gente común. El artista comentó: «Lo que uno es por dentro se manifiesta en su cara. Los ojos, tarde o temprano, se convierten en los espejos del alma.» El Sr. Rockwell atribuía parte de su éxito como artista a las personas que le servían de modelo. Es decir, escogía a personas que habían sabido vivir y que poseían las determinadas cualidades interiores que él deseaba realzar en sus pinturas. Sobre esto comentó: «No me causa mucha satisfacción pintar a personas que han perdido su fe. Podría esbozar sus caras, pero les faltaría ese fulgor interior que proporciona el carácter.»

Alzó una revista, y como ejemplo indicó la cara de un adolescente que había cometido un crimen nefasto. «Mire esta cara» -dijo. Entonces refirió la historia de un joven digno que había servido como el modelo para Cristo en el famoso cuadro «‘La Ultima Cena de Leonardo de Vinci. Este mismo joven, después de haber corrompido su manera de vivir, más tarde fue el modelo para el retrato de judas. La decadencia se manifestaba palpablemente. El Sr. Rockwell se refirió de nuevo al grabado en la revista y dijo: «¿Quién puede decir si la misma cosa le aconteció a este adolescente? Ciertamente es poca la santidad que se ve en su cara.»

Ningún ser mortal ha visto su propio espíritu. ¿Hemos pensado alguna vez como lo estarán afectando nuestros hechos? Causa un poco de sobresalto recordar el papel tan importante que nuestra cara desempeña en nuestras vidas. Más debería sobresaltarnos reflexionar que llevaremos puestas nuestras caras para siempre, y que Dios y los amigos de nuestra inmortalidad serán más diestros que el Presidente al que nos referirnos, en leer lo que se manifiesta en el rostro. Es interesante recordar que en la actualidad nos estamos vistiendo para la vida eterna. Lo que pensamos, lo que hacemos, y las emociones que impulsan muestro corazón son los arquitectos que están labrando la forma y aspectos que llevaremos puestos para siempre.

¿En alguna ocasión hemos visto la cara de alguien que se hallaba poseído por la dominante locura de una espantosa ira, odio o un propósito impío? Quizá nos llenen de miedo ver cómo estaban desfiguradas las facciones del rostro. La cara que ordinariamente puede  ser  agradable  a  la  vista  puede  transformarse  en  algo horrendo y grotesco en un segundo. Cuando ha pasado el arrebato de impiedad, las facciones de nuevo pueden asumir aproximadamente su apariencia anterior, aunque es dudoso que vuelvan a ser las mismas. Cuando una pasión las distiende a tal grado, tal vez nunca vuelvan a su propia forma. Cada desfiguración puede contribuir permanentemente a la deformidad. ¿Qué sería llevar para siempre una cara que asumiera un aspecto permanente en el momento de su mayor contorsión? ¿Nos es más placentero saber que al grado que cierta pasión o pensamiento va dominando nuestra vida, ésta tiende a tomar la forma permanente que le da el pensamiento? Satanás se convirtió en Satanás por sus propios hechos y pensamientos. El pecado no solamente degrada el espíritu, sino también desfigura el cuerpo. Ciertamente no esperaríamos ver la misma belleza en la cara endemoniada del diablo, que esperaríamos ver reflejada en la faz de Dios.

Nuestro Padre Celestial quiere que todos sus hijos sean hermosos, y para tal fin ha dispuesto el salón de belleza más eficaz que uno puede imaginar. Su programa para nuestra exaltación se compone de ciertos métodos de fe, obras y piedad que pueden comunicarle el brillo de la divinidad al espíritu humano. Lo que es el espíritu brillará finalmente a través del rostro con letras luminosas que todos podrán leer. Se dice que Sócrates era feo físicamente, pero solía orar: «Oh Dios, dame belleza por dentro.» Todos conocemos a personas sin atractivo que han llegado a descollar por una belleza que proviene de una espiritualidad llena de vida. El espíritu de santidad comunica la belleza al cuerpo más común. Las grandes cualidades espirituales infunden la gracia y la desenvoltura en la personalidad de uno. Las cualidades de una habilidad destacada para dirigir son cualidades de santidad. Todo gran hombre manifiesta su grandeza en su persona, El Señor quiere que desarrollemos estas características hasta el punto máximo.

La amistad es santidad. Pensemos en lo que sucede dentro de nuestro corazón cuando una hermosa sonrisa y todo lo que representa se extienden por toda la cara y brilla a través de los ojos de la persona que amamos. ¿Podemos imaginar adorno más bello que una personalidad radiante y santa? Tratemos de imaginar esta cualidad en su condición celestial.  Habiendo sobrepujado la belleza, la llamamos gloria. Es tan grande la gloria de Dios, que ningún hombre natural puede aguantar su presencia. (Doctrina y Convenios 67:11-13) Sin embargo, podemos llegar a tener una gloria como la de Él. Aquí podemos débilmente tratar de entender una personalidad glorificada con sus sentidos vivificados, facultades ampliadas de percepción y una capacidad vastamente mayor para la felicidad, el amor y el entendimiento.

El evangelio no es solamente algo con lo cual deben conformar muestras vidas; es también algo que puede llevarse puesto. Cuando Salomón oraba, durante la dedicación de su magnífico templo, dijo: «Oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad.» En nuestra propia época el Señor ha dicho: «Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como con un manto, el  cual vínculo es el de la perfección y la paz.» (Doctrina y Convenios 88:125)

Entre el tiempo de la muerte y la resurrección los espíritus que hayan vivido dignamente en esta vida recibirán un maravilloso tratamiento de belleza. Mientras se encuentre separado del cuerpo, el espíritu será limpiado, purificado y recibirá su educación final para convertirse en espíritu celestial. Entonces el cuerpo también recibirá su tratamiento de belleza postrero, resucitará y será vivificado para corresponder con el espíritu celestial. Es decir, a todo espíritu celestial le será permitido resucitar para sí un cuerpo celestial.

En los versículos 28 y 29 de la Sección 88 de Doctrina y Convenios el Señor dice: «Aquellos que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural, aun vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella gloria por la que vuestros cuerpos son vivificados por una porción de la gloria celestial recibiréis entonces de la misma, aun la plenitud.»

Desafía el pensamiento tratar de entender la «plenitud» de la gloria celestial. Los que ganan la gloria celestial serán aquellos que estarán vestidos para comparecer ante Dios: serán semejantes a Dios. Pensemos, por vía de comparación, en aquellos que no lleguen a ser dignos de la gloria celestial. Serán excluidos de la presencia de Dios, y «donde Dios y Cristo moran, no pueden venir por los siglos de los siglos». Es decir, aquellos que tengan un espíritu, cuerpo y personalidad menos fina, menos agradable, menos interesante que la celestial, no estarán vestidos correctamente para estar en la presencia de Dios. La expresión «no tengo que ponerme», como la entendemos ahora, podrá tener un significado mucho más trascendental para aquellos que sean excluidos.

La obra del Señor constituye el método por el cual realizamos las bendiciones a que se refería el apóstol Pablo cuando dijo: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.» (1 Corintios 2:9)

¿Quién deseará estar vestido con harapos en la presencia de Dios? Alma dijo: «¿Podéis imaginaros ante el tribunal de Dios con vuestras almas llenas de culpa y remordimiento, recordando todas vuestras transgresiones; sí, con un conocimiento completo de todas vuestras iniquidades; sí, con el recuerdo de haber desafiado los mandamientos de Dios?» (Alma 5:18)

Dios no sólo podrá leer nuestras caras, sino también el alma entera. No sólo verá que estamos vestidos de harapos, sino que nosotros mismos sentiremos vivamente nuestra propia vergüenza.  Mosíah nos da una idea de lo que podríamos sentir: «Y si fueren malas [sus obras], serán consignados al horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones que los hará retroceder de la presencia del Señor a un estado de miseria y tormento sin fin, de donde no pueden ya más volver.» (Mosíah 3:25)

Y Alma añade: «Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios, sino que nos daríamos por felices con poder mandar a las piedras y montañas que cayesen sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia.» (Alma 12:14)

Indudablemente estas personas se sentirán extremadamente mal, y convendría esforzamos para no vernos en la misma situación. Debemos prepararnos a nosotros mismos para que el Señor pueda señalarnos y decir:

Éstos son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento. (Doctrina y Convenios 76:70)

Podemos desarrollar los rasgos de personalidad más adecuados para que no tengamos que preocuparnos por no tener «algo que ponernos» en esta vida o en la eternidad. El programa del Señor nos embellecerá por dentro y por fuera al grado que lo obedezcamos. El destino final de los hijos de Dios es el reino celestial; pero aquellos que no pueden obedecer la ley celestial no pueden alcanzar una gloria celestial. Por tanto, lo que nos vamos a poner depende de lo que hagamos. Encendemos brillantes luces o velas cuando llega la Navidad para conmemorar el nacimiento de Cristo. Sería mucho más propio encender nuestras vidas con su justicia y vestirnos con sus atributos y sus habilidades, para efectuar su obra.

Ahora es cuando debemos vestirnos con nobleza de carácter, entendimiento, determinación, destreza e industria. El Señor ha prometido a quienes le sirven con justicia y habilidad hasta el fin: «Grande será su galardón, y eterna será su gloria y su prudencia será grande y su conocimiento llegará hasta el cielo… porque por mi Espíritu los iluminaré.» (Doctrina y Convenios 76: 6, 9-10)

¿Podemos imaginar cosa más admirable? Bien podríamos decir que éstos siempre tendrán “algo que ponerse.”

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¿Estamos adorando la red?

Liahona agosto 1961

¿Estamos adorando la red?

por el élder Sterling Welling Sill

Habacuc fue uno de los profetas de los antiguos judíos que vivió unos 600 años antes de Cristo.

Sus profecías forman uno de los libros más pequeños del Antiguo Testamento. Parece que este profeta tropezó con varios problemas al intentar  hacer que la gente viviera como debía. Tal vez esto indique que el mundo no ha cambiado mucho. Una de las debilidades de aquella época que Habacuc trató de indicar al pueblo, era la tendencia que algunos tenían de adorar sus redes. El profeta formuló sus quejas en estos términos:

«Sacará a todos con anzuelo; los recogerá con su red y los juntará en su malla, por lo cual, se alegrará y se regocijará.

Por esto ofrecerá sacrificios a su red y quemará incienso a su malla, porque con ellas engordó su porción y aumentó su comida.» (Habacuc 1:15-16)

Habacuc pinta un cuadro gráfico del pescador próspero de aquellos tiempos, y nos hace recordar a un hombre de correspondiente posición en nuestros días. Vemos a través de los ojos del profeta un pescador muy próspero, diestro en su profesión. Vemos una red henchida de peces. El pescador se regocija en su éxito y en la buena fortuna que le proporciona la pesca.  Naturalmente, está muy feliz. «Su porción es gorda y su comida es engrasada». Ha efectuado estos resultados con su red. Es por causa de lo que en ella recoge, por lo que se halla tan próspero. A tal grado se engríe con su éxito y se deleita con su buena fortuna, que empieza desde luego a hacer «sacrificios a su red» y ofrecer sahumerios a su aljerife».

Por irrisoria que nos parezca esta situación a primera vista, es un problema que todavía está con nosotros. El diccionario dice que «adorar» es un intenso amor hacia una cosa o manifestación de reverencia devoción a algún ser. Ciertamente no notamos una falta de devoción en general. Nuestro problema estriba en el hecho de que nuestra devoción con suma frecuencia es mal orientada o mal colocada. Son tantas las ocasiones en que sentimos demasiada devoción por una cosa indebida. Por ejemplo, mucha de nuestra devoción suele dirigirse hacia las cosas materiales. Una de nuestras faltas comunes es ocasionalmente perder de vista los verdaderos propósitos de la vida y adorar los medios por los cuales nuestra «porción es engordada» y nuestra «comida es engrasada».

Hagamos de cuenta que nos ponemos los anteojos de Habacuc para ver cuántos de nosotros actualmente estamos «adorando nuestras redes», que interpretándolo, significaría nuestros medios modernos de producción.

Por extravagante que nos parezca la idea todavía sigue siendo parte importante de nuestra sociedad: «‘hacer sacrificios a nuestra red» y «ofrecer sahumerios a nuestro aljerife». Para algunos la «red» o medios de producción es una ciencia. No es cosa fuera de lo común que la ciencia sea deificada en los pensamientos de sus aficionados. Pero ésta no es nuestra única red». La contienda en nuestras mentes entre Dios y Mammón ha sido extensa y difícil. Algunas veces pasamos doscientas horas al mes sirviendo a nuestro negocio y dos horas del mes sirviendo a nuestro Dios y nuestras propias almas. No debe extrañarse, pues, que estos intereses ocupen un lugar en nuestra vida que corresponda más o menos con el tiempo y devoción relativos que les obsequiemos.

Jesús comparó la dificultad comprendida en el asunto a la entrada de un camello por el ojo de una aguja y la posibilidad de que un rico llegue al reino ese los cielos. Supongo que no todos los ricos serán necesariamente peores que los pobres, pero algunas veces aquellos se hallan más fuertemente asidos de sus redes, y, consiguientemente, sus redes se prenden más fuertemente de ellos. Con el tiempo nos absorbe lo que hacemos. En un respecto es como el desarrollo de la fe, en vista de que la fe usualmente no se apodera de nosotros hasta que nosotros nos apoderamos de ella. William James, destacado psicólogo, dijo: «Lo que domina nuestra atención determina nuestra acción.» Cuanto mayor la atención, tanto más fuerte la sujeción. Aún en la adoración, el primer paso consiste en fijar la atención firmemente. Hay en el hombre una inclinación natural de adorar algo, y cuando la atracción de la «red» alcanza cierta intensidad, sobrepuja la tendencia de adorar a Dios.

Jesús también destacó el problema que surge de querer servir a dos amos. Generalmente dos ideas dominantes parecen tener más dificultad en llegar a una convivencia pacífica» que dos naciones dominantes. Jesús dijo que la razón por la cual «pocos son escogidos de los muchos que son llamados se debe a que éstos «tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo». Es decir, las cosas del mundo han desahuciado sus intereses espirituales. Esto es lo que casi siempre sucede cuando uno dedica una parte tan crecida de su tiempo disponible a «ofrecer sahumerios a sus aljerife». Hay algunos hombres que se postran delante del estado por esa razón. Otros se arrodillan ante ideologías extrañas. Otros sencillamente se encuentran tan ocupados en tantas cosas, que desalojan a Dios de sus vidas sin la menor intención.

Es bien conocida la historia de un joven que deseaba estudiar en el colegio. Tuvo la buena fortuna «de hallar una familia que consintió alojarlo, a cambio de lo cual él les partiría la leña necesaria. El joven gustosamente aceptó. Los vecinos de la casa contigua le ofrecieron darle sus comidas si les partía su leña. Una tercera familia ofreció pagar su matrícula si les partía su leña, y así sucesivamente. En muy poco tiempo este joven se hallaba tan ocupado partiendo leña, que no tenía tiempo para ir al colegio. Los medios habían sobrepujado los fines. Había sacrificado demasiado a su red.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos es quitar las cosas de su lugar debido. Confundimos los medios para ganar el sostén con el propósito de la vida. Salomón nos recuerda que hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; y hay algunas cosas de mucha importancia que es menester hacer en el intervalo. Salomón parece indicar que sería buena idea hacer un presupuesto de nuestro tiempo, como lo hacemos de nuestro dinero. Si un hombre ganara cien pesos por semana, probablemente no gastaría la suma entera en el alquiler o costo de la casa; ni tampoco gastaría su dinero ilimitadamente en lujos, pasando por alto otras necesidades. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos hallamos fuera de balance en lo que respecta a nuestro programa personal porque hemos sacrificado sin reparo a nuestra red y dejando lo que resta para Dios y nuestras almas, si es que queda algo.

En el manejo de la casa, la mujer prudente calcula un balance correcto de sus gastos y entonces se ciñe su presupuesto y no permite que una necesidad traspase los derechos de otra. Sería prudente en extremo que hiciéramos la misma cosa con las veinticuatro horas que nos son dadas cada día. Parte de ese tiempo, propiamente pertenece a la red. Parte es de la sociedad; otra parte pertenece a nuestras propias almas; y una parte pertenece a Aquel que nos creó y nos da aun nuestro aliento. A nosotros corresponde calcular el balance correcto.

El conde Tolstoi sostuvo una discusión algo interesante sobre la importancia de las riquezas y la proporción de nuestro tiempo que debe entregarse a la red. Contó acerca de un campesino ruso que estaba tratando de decidir cuánta tierra necesita un hombre. Primero vivía muy contento con su esposa y familia en su hacienda de dos hectáreas. Entonces alguien le dijo que dos hectáreas no eran suficiente, de modo que consiguió cuatro. Luego obtuvo cincuenta hectáreas y por fin cien. Pero entonces alguien le ofreció la oportunidad de adquirir todo el terreno que pudiera recorrer en el espacio de doce horas, entre la salida y la puesta del sol.

A la mañana siguiente cuando comenzó la competencia, ya estaba listo; y al salir el sol echó, a correr con todas sus fuerzas hacia el norte durante la primera cuarta parte del día. Entonces corrió hacia el oriente por tres horas. Durante las siguientes tres horas corrió hacia el sur. El resto del tiempo que le quedaba corrió hacia el occidente para llegar al punto donde había empezado. Y precisamente en el momento que el sol estaba para ponerse en el horizonte, logró  arrastrarse hacia el punto de partida, exhaló un suspiro y cayó muerto. Entonces sus amigos lo sepultaron en un pedazo de tierra de un metro y medio de ancho, dos metros de largo y otros tantos de profundidad. Entonces fue cuando descubrió cuánta tierra el hombre verdaderamente necesita.

Quizá ésta no sea la cantidad que mejor convenga a la necesidad de todo hombre, pero sí indica que se llega a un punto en que las utilidades empiezan a menguar cuando sacrificamos excesivamente a la red. Nuestra relación con la red fácilmente puede convertirse en seria violación del gran mandamiento que, repercutiendo aún a través de los siglos, nos dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Probablemente la forma más común de idolatría, particularmente en nuestra época, es nuestra tendencia de «adorar la red». Para los antiguos adoradores del sol, el astro representaba su fuente de abastecimiento. El sol les enviaba energía, calor y alimento, y como consecuencia, lo adoraban; otros han adorado la tierra, de la cual recogían sus alimentos; otros han adorado varias cosas sin importarles en qué forma se presentaran, con tal que, les «engordaran su porción» y «engrasaran su comida».

Isaías nos habla de un hombre que sale al bosque y corta un bello trozo de cedro. Quema parte del leño en el fuego para calentarse; utiliza otra parte para cocer sus alimentos, «y torna su sobrante en un dios, en su escultura; humillase delante de ella, adórala, y ruégale diciendo: Líbrame, que mi dios eres tú.» (Isaías 44:17)

Con frecuencia también nosotros decimos a aquello que nos logra las cosas materiales: «Líbrame, que mi dios eres tú». El hombre a que se refiere Isaías probablemente pensó en su ignorancia que lo propio sería adorar aquello que le proporcionaba calor y fuego para preparar sus alimentos. En muchos casos todavía no podemos ver más allá de los «medios». Suponemos que fue el cedro lo que nos dio el fuego y la red lo que nos trajo los peces. Hasta cierto grado nos  parecemos  a  los  ciegos  de  Hindostán  que  fueron  a  ver  al elefante. Por motivo de sus limitaciones personales uno de los ciegos pensó que el elefante era semejante a un árbol; otro, semejante a una serpiente; otro, semejante a un abanico; otro, semejante a una rata; otro, semejante a una lanza filosa; otro; semejante a una pared, pues cada uno de ellos juzgaba de acuerdo con la parte del elefante que palpaba. Nosotros cometemos un error más grave aun cuando tomamos por Dios al sol, la lluvia, la tierra, ciencia, o el cedro o la red, A veces adorarnos los atributos de Dios más bien que su persona. Decimos «Dios es Amor», etc.

Algunos adoran los gustos y placeres. Un hombre dijo una vez que en vista de que el domingo era su único día libre, había resuelto disfrutarlo con su familia. De manera que cada domingo los llevaba a pasear o a los centros de diversión o a los parques en busca de placer. Pero al hacer esto, apartó a su familia de las reuniones de su Iglesia y del espíritu del día de reposo. De esta manera comenzó a desvanecerse su entendimiento del evangelio. Este hombre estaba usando el domingo para enseñar a su familia a violar los mandamientos de Dios y fijar su atención en las cosas con que se divertían. Con los años su familia naturalmente se retiró cada vez más de la Iglesia, hasta que ahora todos se han vuelto completamente inactivos… ¡Qué sacrificio tan tremendo ha ofrecido este hombre a su red! Por haber buscado el compañerismo de sus hijos en forma indebida, ahora corre peligro de perderlos por todas las eternidades.

Recientemente dijo un amigo mío: «Uno de estos días, que tenga un poco de tiempo, voy a sorprender a todos y empezar a ir a la Iglesia.» Pero, ¿quién de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? A los que piensan en tal forma se estaba refiriendo el Señor en la parábola del hombre que estaba proyectando grandes cosas. Pero entonces un día «díjole Dios: Necio, esta noche van a pedir tu alma». (Lucas 12:20) El tiempo es cosa de mucho valor, y, ninguno de nosotros lo tiene en abundancia, ni aun desde el comienzo de nuestras vidas. Según las estadísticas, en 1776 el término medio de la vida del hombre era 35 años. En 1900 era 48. Ahora casi ha llegado a los 70 años. Quiere decir que desde 1900 se han añadido 22 años de vida a nuestro «segundo estado». Esto nos da un poco más  de  tiempo  para  prepararnos  para  la  eternidad;  pero,  ¿qué estamos haciendo con él, y acaso podemos considerarnos mejor preparados para presentarnos delante de Dios ahora que la gente en 1900?

Si llevásemos un apunte del tiempo que dedicamos a nuestros esfuerzos, ¿cuánto de este tiempo adicional habremos pasado en «los negocios de nuestro Padre?» Si entregásemos a Dios el tiempo que pasamos en cosas triviales o en gustos, entretenimientos, hábitos malos con ese tiempo podríamos salvar nuestras almas así como las de muchos otros de los hijos de nuestro Padre.

Como directores en la Iglesia se nos ha llamado a trabajar en la empresa más importante que se ha establecido en la tierra. Es la obra a la cual el dedica su tiempo entero. Conviene apartar una cantidad suficiente de nuestro tiempo para este objeto, incluso el tiempo necesario para hacer una preparación adecuada. Hay un tiempo para nuestras redes y un tiempo para adorar a Dios.

Se requiere mucho tiempo para desarrollar actitudes y habilidades. Se necesita algún tiempo para desarrollar el interés en las cosas espirituales. En una conversación, un hombre hablaba del tiempo que había pasado cortejando a su esposa. Su amigo le preguntó: «¿Por qué no la visitó solamente una vez?» El interés, la habilidad y el amor son virtudes acumuladoras, aun en las cosas de Dios. Sería buena idea que todos procurásemos dos relojes. Uno para marcar el tiempo que dedicamos a nuestras redes, y el otro las horas que nos ocupamos en el trabajo de la Iglesia. Quizá nos daríamos cuenta, como lo indicó Habacuc, que estamos sacrificando demasiado a nuestras redes y ofreciendo demasiados sahumerios a nuestro aljerife.

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Gatos monteses

Liahona julio 1961

Gatos monteses

por el élder Sterling Welling Sill

Dos alumnas de una universidad vivían juntas. El hermano de una de ellas había matado un gato montés en una cacería y trajo al gatito juguetón de la hembra muerta a estas jóvenes, a quienes tanto cayó en gracia, que decidieron quedarse con él en su apartamento. Lo alimentaron, lo cuidaron y se divertían mucho jugando con él. Al poco tiempo era como uno de los miembros de la familia. Mas cuando se vive cerca de una cosa todos los días, es algo difícil reparar en los cambios que se están efectuando. Al pasar el tiempo, las jóvenes si apenas se dieron cuenta de que aquel gracioso y juguetón gatito estaba creciendo.

Cierta noche, después de la escuela, una de las jóvenes tuvo que ir sola al apartamiento. Algo le había sucedido al gato montés ese día que había despertado sus instintos hereditarios y desatado la naturaleza destructora del animal salvaje que había en él. El gato montés había cesado de ser un gatito y se había convertido en una bestia salvaje con toda su ferocidad natural e inclinaciones de matar. El animal acometió a la joven asustada. Tratando de protegerse, volcó el teléfono. La telefonista oyó sus gritos y envió a la policía a su casa. Los agentes llegaron a tiempo para salvar a la joven seriamente arañada y matar al gato montés que la habría destruido.

En la claridad de su examen retrospectivo, las jóvenes comprendieron su error de permitir que el gato montés se criara en su apartamiento. Sin embargo, no siempre se ve con igual lucidez la respuesta a toda situación, cuando se mira a través de la perspectiva más opaca de la previsión. La previsión de estas jóvenes alumnas no les había indicado el peligro latente en aquel lindo gatito cuando lo habían aceptado como miembro de la familia. Además, no habían modificado su situación a la par de los cambios que estaban ocurriendo diariamente.

En el momento del ataque, el gato montés todavía era para ellas un gatito inofensivo. Basadas en su valorización original, no habían podido ver la feroz y asesina potencia del animal salvaje que se iba desarrollando en el inofensivo y gracioso gatito. Finalmente, cuando el ataque las obligó a considerar nuevamente la situación, casi fue demasiado tarde.

Desafortunadamente, nuestras jóvenes, alumnas no son las únicas que dejan pasar inadvertida la necesidad de hacer regularmente modificaciones que correspondan con los cambios en las circunstancias. Ni tampoco han sido las únicas víctimas de un gato montés. Muchas personas han creído que estaban jugando con «gatitos», pero más tarde descubrieron que tenían sobre ellos una feroz jauría de gatos salvajes. Una película que vi hace poco narraba la historia de un hombre que se había enviciado en el opio, y para explicar su situación decía que «llevaba un mono prendido al cuello.» Más bien que mono, era algo que había alcanzado las proporciones de un gorila, en cuanto a fuerza y horror. Nadie puede padecer los horrores inimaginables del vicio de las drogas por mucho tiempo sin descubrir que lo que lleva prendido al cuello es mucho más peligroso que cualquier bestia de la selva.

Cuando la persona primeramente adopta una maldad, quizá la vea solamente como un gracioso y juguetón» hábito malo; pero es menester juzgar los malos hábitos, como debe hacerse con los gatitos monteses, por su potencialidad oculta. Ambas cosas tienen una forma de crecer que no conviene pasar inadvertida. Un poco de crecimiento diario, y cuando uno menos lo espera, las filosas garras de un hábito malo están haciendo pedazos a su huésped.

Hace poco se publicó la autobiografía de Lillian Roth. Esta distinguida artista que logró el éxito, la riqueza, adoptó un gato montés. La muerte de su prometido, que falleció inesperadamente a una edad muy joven, le partió el corazón. Por muchas semanas la tristeza agobió a tal grado sus pensamientos, que casi no podía descansar. Su enfermera le sugirió que tal vez si bebía un vaso de aguardiente, antes de acostarse, le ayudaría a dormir. Esa noche, después de beber el aguardiente, fue la primera vez, en algunas semanas, que pudo descansar bien. Agradecida en extremo por la tranquilidad que le había traído el aguardiente, siguió tomándolo las noches subsiguientes sin notar ningún cambio en la relación, que estaba estableciendo con él.

Algún tiempo después, alguien le aconsejó a la señorita Roth que quizá se estaba sobrepasando y debería quitar de su vida aquella maldad creciente. Sus amigos le hicieron ver las desventajas de enamorarse de un gato montés. Sin embargo, ella estaba completamente segura de poder dominarse en cualquier situación. Pero no había pasado mucho tiempo cuando empezó a oír los siniestros gruñidos de un hostil animal salvaje. Entonces fue cuando comprendió por primera vez que ya no estaba jugando con un gracioso e inofensivo gatito. Estaba ligada a una bestia feroz de instintos asesinos. Inmediatamente trató de separarse, pero llena de horror descubrió que no podía descontinuar sus relaciones.

En un tiempo ella había sido dueña de un gato montés; ahora el gato montés era dueño de ella. Cuando gritó, no hubo ningún policía compasivo que la socorriera. Se hallaba completamente indefensa, pues había perdido aun la fuerza de su propia voluntad.

Los años siguientes fueron como una horrible pesadilla. Se casó y se divorció varias veces. Le cancelaron sus contratos para hacer películas; perdió su cuantiosa fortuna, su buen nombre, su amor propio, casi toda otra cosa digna que previamente había poseído. Sin la menor intención, se había puesto en manos de una influencia que casi consumó su destrucción, social, moral y económica.

Sin embargo, el gato montés del licor no es el único. Existen muchas otras variedades. Los hay de todos colores, formas y tamaños. El hábito de fumar es un gato montés; el vicio del juego es otro; también lo son la mentira y el mal genio; la inmoralidad puede llegar a ser uno de los más temibles gatos monteses. Con un poco de tolerancia, cualquiera de éstos nos puede robar todo, aun la habilidad para orientar nuestros propios pensamientos. Por motivo de que siempre exageramos nuestra facultad para dominarnos, cometemos el error de no pensar anticipadamente en este temible peligro con suficiente seriedad.

Frecuentemente oímos que alguien se jacta en esta forma: «Pensaré como me dé la gana.» Pero la semana pasada conocí a una mujer de cuarenta y cinco años de edad que había perdido esa habilidad y acababa de hacer un intento de suicidarse. Esta mujer es una viuda, madre de tres niños pequeños. Tiene su grado de maestra y una posición regular como profesora. Hace pocos años empezó a entregarse al hábito de pensar negativamente, el cual se desarrolló, al pasar el tiempo, en una disposición mental en que se consideraba víctima de las circunstancias. Continuó esta práctica por tanto tiempo, que ahora le es imposible desechar esos períodos prolongados de abatimiento mental. Ha pagado fuertes cantidades de dinero a los psiquiatras para ver si la pueden librar de esta fiera, pero hasta la fecha es poco el progreso que se ha logrado. Comprende lo que podrá ser de sus hijos pequeños si logra el éxito la próxima vez que intente suicidarse. También ha considerado lo que puede suceder si sus pensamientos son perjudicados permanentemente por su melancolía; pero ha perdido la facultad para «pensar como le dé la gana».

Cuando el poeta italiano, Dante, describió su viaje imaginario por el infierno, se refirió a una situación que frecuentemente se aplica a nosotros. Un grupo de condenados había hecho lo malo por tanto tiempo que habían perdido la habilidad para obrar en otra forma. Hicieron la siguiente explicación: «Así como nuestros ojos, fijos en las cosas terrenales, no alcanzaron a mirar hacia el cielo, ahora la justicia nos los ha ligado con la tierra. Y así como muestra avaricia destruyó nuestro amor por lo bueno, perdiendo con ello la obra de nuestra vida, la justicia ahora también nos mantiene cautivos, sujetados por estos grillos.» Estos desdichados habitantes del infierno se habían preparado para un sitio del cual ahora les era imposible escapar. El infierno es el lugar preparado para aquellos que se preparan para morar allí.

Criamos un gato montés destinado a destruirnos, cuando formamos el hábito de criticar y hallar faltas indebidamente en aquellos que nos presiden. Entre otras cosas, destruimos la habilidad que ellos tienen para ayudarnos. Igual que muchos otros hábitos malos, parecerá tan inofensivo al principio; pero si lo continuamos, crecerá y pronto se convertirá en feroz gato montés que nos privará de nuestras bendiciones y dejará en su lugar la apostasía y la condenación.

Nuestra facilitad para dirigir también puede prohijar gatos monteses. En 1926 conocí a un hombre, en quien, según yo conceptuaba entonces, había las mejores posibilidades de llegar a ser un destacado director  en la Iglesia. Pero cuando comenzó a lograr algún éxito en sus negocios, empezó a perder el interés en casi todo lo demás, con excepción de sí mismo. Llegó a confiar necia y desmedidamente en su éxito temporal. Comenzó a disminuir el número de sus actividades en la Iglesia. Redujo sus contribuciones económicas y aumentó el número de privilegios desautorizados. Empezó a tropezar con su importancia recién lograda. Tenía buena cabeza, personalidad atractiva y fina educación excelente, pero se tornó intolerante. Si otras personas cometían errores, las reprendía severamente.

Sin darse cuenta siquiera de lo que sucedía, estaba reuniendo en derredor de sí una jauría de gatos monteses que iban creciendo rápidamente. Uno de éstos pudo haberse llamado afán de las cosas del mundo; otro, envanecimiento; otro, impaciencias; otro, crítica; otro intolerancia. Todos los días los alimentaba con sus hechos. En los años siguientes le sucedió lo mismo que a Lillian Roth. No sólo se apartó de la Iglesia, sino que su carácter intolerable también había destruido su utilidad para sus patrones. Por consiguiente, perdió la importancia de que tanto se preciaba aun para sí mismo. También ha perdido su oportunidad de lograr el éxito económico; y no sólo esto, sino su atractiva personalidad, su entusiasmo, ambición, espiritualidad y la mayor parte de sus amigos. El hombre que era y el hombre que pudo haber sido fueron despedazados por las bestias destructoras, las cuales, una vez que hubieron crecido, lanzaron toda su furia contra aquel que las había criado.

Hay muchos otros gatos monteses. La desidia o pereza es un gato montés; también lo es la ignorancia, igualmente la falta de lealtad. Supongo que en un tiempo el terrible pecado, que con el tiempo venció a judas Iscariote, era tan pequeño que fácilmente pudo haberlo vencido. El gato montés no hace acepción de personas. El rey David, de quien se dijo en su juventud, «Jehová se ha buscado varón según su corazón, permitió que los pensamientos indebidos lo aplicaran en dos pecados mortales.

El rey Salomón crió varios gatos monteses. Este hombre fue bendecido con mayor sabiduría de la que había tenido persona alguna hasta ese tiempo. Dos veces vio a Dios; pero adoptó un pequeño gatito salvaje llamado desobediencia. Se casó con mujeres que no eran de su fe, contraviniendo las instrucciones directas del Señor. «Y enojóse Jehová contra Salomón, por cuanto estaba su corazón desviado de Jehová Dios de Israel, que le había aparecido dos veces.» (1 Reyes 11:9) Salomón perdió su reino, su dignidad y su Dios. Murió adorando ídolos, porque a pesar de toda su sabiduría no entendió el peligro de criar un gato montés, ni corrigió los cambios que gradualmente modificaron su disposición mental hacia Dios.

Uno de los misioneros que me sirvió de ideal mientras estuve en la misión, era un hombre de gran fuerza espiritual. Cuando volvió a casa, consintió un gato montés en su profesión. Dejó que la práctica de la medicina le sirviera de excusa para hacerse inactivo en la Iglesia. Gradualmente aumentó el número de sus privilegios desautorizados a tal grado que cuando murió, relativamente joven, se había apartado completamente de la Iglesia. Cuando dio los primeros pasos por el camino errado, no tenía la menor intención de llegar al terrible destino donde lo alcanzó la muerte. El hecho de que hoy el animal es un gatito pequeño, juguetón y lindo, no significa que será la misma cosa mañana.

Nuestro problema, pues, consiste en determinar lo que pensamos hacer respecto de nuestros propios gatos montases que tienen que ver con nuestra vida personal, así como los que afectan nuestra actividad como directores. La siguiente sugestión viene de un abogado, el cual siempre aconseja a sus clientes a que frecuentemente examinen y gradúen el valor de sus bienes, a fin de efectuar inteligentemente el ajuste necesario. Esta idea resulta mejor todavía cuando se le da una aplicación espiritual. Ciertamente debemos analizar frecuentemente la condición de nuestra fe y nuestra habilidad para dirigir. Solamente así podremos determinar eficazmente qué se puede hacer con respecto, a los gatos monteses que estemos criando en nuestra habitación. Nuestros gatitos podrán ser de un tamaño, forma, o color distintos de los que hemos tratado en los párrafos anteriores, pero no obstante su color o forma, el gato montés siempre es gato montés, y conviene que nosotros estemos bien percatados de su potencia para destruir.

Gran parte de nuestros problemas surgen porque jugamos con lo malo. Aun los más débiles de nosotros, frecuentemente nos sentirnos seguros de poder dominar cualquier situación que se presente. De esta manera, desarrollamos una confianza desmedida en nosotros mismos que puede causar nuestra caída. En la mayoría de nosotros los humanos no hay suficiente temor de la maldad; y ésta, si se le permite continuar, pronto consume nuestra eficacia y destruye nuestra fe.

Fue la profunda sabiduría de Jenófanes que lo hizo decir: «Confieso que soy el cobarde más grande del mundo, pues no me atrevo a cometer ninguna cosa mala.» Cuando sincera y honradamente exista tal sentimiento en nosotros, habremos resuelto en gran manera el problema de nuestros gatos monteses.

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Las iniquidades prevalecen contra mí

Liahona mayo 1961

Las iniquidades prevalecen contra mí

por el élder Sterling Welling Sill

El tercer versículo del Salmo 65 dice: “Las iniquidades prevalecen contra mí”. Hace algunos años Harry Emerson Fosdick escribió un artículo con el título de “Obediencia”, en el cual llamó la atención al poder destructor que el pecado ejerce en las vidas de la gente. Luego de citar el versículo anterior, indicó algunas de las fuentes de donde proviene la potencia del pecado.

El problema principal del género humano es el pecado. Es el obstáculo que estorba el camino de casi todo éxito y felicidad humanos. Por consiguiente, considerándolo desde el punto de vista que sea, incluso el de nuestra propia experiencia, merece nuestra consideración más seria. El pecado es una palabra  antiquísima. Para muchas personas es algo sumamente desgastado que carece de la mayor parte de su dentadura. Hay algunos que lo dejan pasar completamente inadvertido. Para otros, se ha puesto de moda negar del todo la existencia del pecado. Sin embargo, el pecado no acompaña su nombre al destierro; ni deja de existir porque se hace caso omiso de él. Los que cierran sus ojos para no reconocer su existencia probablemente llegan a ser menos competentes para encararse son él, que aquellos que reconocen el problema y continúan combatiendo sus causas. Tenemos toda razón para temer nuestros pecados, porque tienen gran potestad sobre nosotros y en su triunfo podemos ver la ruina de cada una de  nuestras esperanzas.

El problema más grande de nuestras vidas y la responsabilidad mayor de los directores, es la eliminación del pecado. Nuestro cuidado principal y el sitio donde debía empezar nuestro ataque estriban en nosotros mismos. Para nuestro beneficio, pues, debemos buscar la fuente de la potencia de nuestros pecados, porque en la victoria sobre el pecado hallamos nuestra única esperanza de una felicidad permanente.

1.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su fuerza para ligar.

Si se le da rienda suelta, el pecado tiene la facultad para convertirse en hábito, del cual es difícil soltarse. El hábito es de mayor importancia en la determinación de nuestro destino que casi cualquier otra influencia. A fin de que aprendamos a respetar la fuerza de un hábito, procuremos en alguna ocasión dejar uno de ellos, aun de los más pequeños.

Como ilustración de la potencia de un hábito o pecado para aferrarse, se dice que uno de los pueblos antiguos tenía una forma singular de castigar el crimen. Si uno cometía asesinato, su castigo consistía en ser encadenado con el cuerpo de su víctima. Dondequiera que fuese, de allí en adelante, tenía que arrastrar el cuerpo putrefacto de su delito. No había posibilidad de que se libertara de los resultados de su maldad. Si decidía matar de nuevo, se le agregaba otro cuerpo muerto a su carga opresiva, el cual también tenía que arrastrar consigo a todo lugar que fuese, de allí en adelante. Por terrible que nos parezca este castigo, la vida tiene un plan de retribución muy semejante. En cierto respecto siempre nos hallamos encadenados con nuestros pecados. Parece haber un gran poder de retribución que constantemente vigila en todo el mundo a fin de cuidar que ningún pecado quede sin castigo.

El castigo del que desobedece la ley de la templanza es una sed exigente y destructiva que lo impele cada vez más por el camino de la desesperación. Todos han visto los lamentables esfuerzos de un pobre alcohólico que trata de librarse del monstruo que se ha asido a él. El castigo del que no estudia consiste en ser encadenado con la ignorancia, y dondequiera que va, de allí en adelante, debe arrastrar su ignorancia consigo. Mientras se halle entre sus garras, no puede encontrar alivio ni aun por un instante, y no puede haber salvación en la ignorancia. Hemos visto vidas patéticas, abrumadas por su pesada carga de ignorancia, arrastrando por la vida este desagradable yugo destructivo. El castigo del que practica la inmoralidad es que el pecado encarna en su alma y lo deja cicatrizado y desfigurado con su asquerosa presencia. La misma cosa sucede con la falta de honradez, con la pereza, con la disposición incorrecta de ánimo y pensamientos negativos. Probablemente el apóstol Pablo se estaba refiriendo a esta costumbre antigua de ser encadenados con el cuerpo cuando exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24)

El que comete el pecado es semejante al que salta por la ventana desde un piso alto. Si el acto consistiera solamente en saltar, su problema se resolvería fácilmente; más cuando ha saltado por la ventana y empieza a funcionar la ley de gravedad, se encuentra luchando con una fuerza sobre la cual no tiene ningún dominio. Fue el amo absoluto de su primer acto, pero no del poder de la gravedad que inmediatamente siguió.

Muchas personas alegremente juegan con el pecado, suponiendo que los actos separados que pueden cometer, constituyen su problema total. Pero los pensamientos se desarrollan en hechos; los hechos se tornan en hábitos; los hábitos maduran en carácter y el carácter determina nuestro destino. Es cierto que cometemos los pecados separadamente, pero nuestro eterno destino tendrá que encararse con el “poder cautivador” del pecado.

2.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su poder para cegar.

Nunca uno ve su propio pecado debidamente. Ninguno puede calcular correctamente las consecuencias de sus propias maldades. Cuando empieza, el pecado siempre viene disfrazado. Al principio se hace llamar por cualquier otro nombre, por ejemplo, la libertad; pero todo aquel que ha aceptado esta oferta de libertad del  pecado, pronto descubre que ha sido engañado. Uno empieza siendo libre para hacer lo malo, libre para satisfacer sus gustos más bajos; pero termina incapacitado para cesar aquello. Habiendo empezado, se halla esclavizado, atado por las cosas que al principio tenía la libertad de hacer. El Dr. Fosdick dice: “Se hallaba en libertad para jugar con un pulpo; pero ahora que se encuentra envuelto por sus largos brazos y sujetado por sus ventosas, ha perdido la libertad para apartarse.”

La potencia del pecado para cegar, ofusca la visión. Los ojos que en esta forma han sido pervertidos, difícilmente puedan volver a ser enfocados para ver clara o rectamente. Es casi imposible admitir que nuestros propios hechos sean tan negros como cuando el mismo hecho es cometido por un reo. Una de las cosas más difíciles que la gente tiene que aprender a decir es: “He pecado”. Solemos considerar nuestros propios pecados como “experiencia”. Los llamamos “mala conducta” o “errores”. En esta forma cegamos nuestros propios ojos e impedimos que nos demos cuenta de la enfermedad interna que constantemente crece cada vez más, hasta que nos destruye. El pecado siempre nos coloca en posición tal que nuestras ofensas quedan ocultas de nuestra vista. Se vale de tantos alias y disfraces, que uno raras veces se reconoce a sí mismo como el reo. Más imposible aún es imaginar que al fin uno mismo se perderá. El pecado, en los barrios pobres, nos parece terrible; se tambalea y blasfema y se entrega a vicios nefandos. Sin embargo, mudémoslo a una vecindad más respetable, vistámoslo con buen gusto y elegancia, y lo veremos danzar delante de nosotros como Salomé en presencia de su tío, con una fascinación tan irresistible que nuestra felicidad parece depender de ello. Pero la atracción es sólo para incitar nuestra expectación. Una vez que somos vencidos, el pecado cambia rápidamente de ropa y altera su porte. De expectación pasa a la memoria por medio de la comisión, y nunca más volverá a tener la misma hermosura. Entonces lo encerramos en la memoria, como en el cuarto oculto del palacio de Barba Azul, donde se guardaban las cosas muertas. Cuando pensamos en el pecado que se halla en nuestra memoria nos estremecemos, y sin embargo, nuestros recuerdos continuamente están volviendo a él.

3.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque son más contagiosos que una enfermedad.

Cuando queremos a la gente, como queremos a nuestra familia y amigos, ponemos en sus manos una influencia casi irresistible sobre nosotros. Correspondemos a sus palabras y emociones con velocidad telegráfica. Lo que a ellos les sucede tiende a sucedernos a nosotros. Lo que ellos piensan y sienten, nosotros contagiosamente recibimos. Cuando se trata de sus opiniones y prácticas, nos tornamos sensibles e impresionables en extremo. En casi todos los hechos de nuestra vida, meramente estamos siguiendo a otra persona. Cuando Satanás se rebeló en los cielos, la tercera parte de todas las huestes celestiales lo siguieron. El pecado hace que los hombres sean iguales a Satanás. Nadie va por el ancho camino del pecado a solas. Cada cual marcha a la cabeza de alguna especia de caravana. Cuando uno se convierte en pecador, inmediatamente empieza a seducir a sus semejantes. Ninguno de los que usa narcóticos o profanan el nombre de Dios o quebrantan el día de reposo, está conforme hasta que ha convertido a su compañero a sus vicios. El pecado más grande del hombre no es el de ser víctima, sino en buscarlas. Se convierte en Satanás para otros.

4.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su potencia para empedernir.

El pecado hace insensible el alma; aparta los pensamientos de Dios. El corazón endurecido carece de la tierra en la cual puede brotar la semilla de la fe y la justicia. Uno de los rasgos que tornan la salvación en cosa difícil de lograr, es un corazón duro. El Salmista cantó: “No endurezcáis vuestro corazón.” (Salmos 95:8)

El apóstol Pablo repitió la misma amonestación; “No endurezcáis vuestros corazones.” (Hebreos 3:8) Convendría que también nosotros levantásemos la voz para desterrar el pecado y de esta manera librarnos de su potencia para endurecer.

5.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque traen sobre otras personas las consecuencias irremediables de la maldad.

Ningún hombre ha podido edificar jamás un muro de suficiente altura para contener las consecuencias del pecado. Los pecados de los padres tienen implicancia sobre los hijos. Las maldades de los hijos también afectan a sus padres y sus compañeros. Una vez desatado el pecado, ya no puede sujetarse; surte sus efectos en todos nosotros; no podemos alcanzarlo; no podemos reparar el daño. El gobernador podrá perdonar a un asesino, pero no puede restaurar una vida. Dios puede perdonarnos nuestros pecados, pero ¿cómo puede perdonar sus consecuencias, o cómo puede perdonarnos nuestra ignorancia, nuestra desidia, la influencia que ejercemos en las vidas de los demás?

6.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su potencia para multiplicarse.

Cada pecado desova otros pecados, como los peces del mar. Una mentira necesita otra mentira para sostenerse. Un hombre puede conducir a una familia o nación a la ruina y la destrucción. Lamán y Lemuel destruyeron una civilización porque tenían en su carácter las semillas del pecado y la muerte, las cuales pronto se multiplicaron en número suficiente para matar un continente entero.

7.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque inculcan en mí una sensación de culpabilidad que no puede borrarse.

El pecado tiene la facultad para grabarse en la memoria y encarnar en el alma, de donde no es fácil desalojarlo. El pecado permanece en nuestros corazones para afear y enfermar nuestras vidas.

Cuando suenan las campanas de las boyas flotantes en el océano solitario, ninguna mano humana las hace repicar. La desolación de un océano inhabitado las rodea por todos lados. El mar, a causa de su propia inquietud, tañe sus propias campanas. En igual manera, el remordimiento y la culpabilidad repican en el corazón de los condenados, y ninguna mano humana puede hacerlos callar, por los siglos de los siglos. Así es como se manifestará ese “tormento sin fin cuyas llamas ascienden para siempre jamás”, a menos que haya un arrepentimiento sincero.

Debemos quebrantar la potencia del pecado en nuestras vidas, tanto por la reforma, como por la eliminación. El mejor de estos métodos es la eliminación. La cosa más deseable no es la bienvenida del pródigo. Es mucho mejor que la persona conserve limpio su carácter obedeciendo la ley más alta que conoce, a fin de que nunca tenga la difícil y acerba lucha de intentar regenerarse. Debemos podar los retoños del pecado y alentar el desarrollo de la santidad y la comunicación con Dios, como el principio que encauza nuestras vidas.

Entonces podremos desarrollar nuestra potencia y llegar a ser más poderosos que las fuerzas del pecado cuyo propósito es vencernos.

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Alza tus ojos

Conferencia General Abril 1961

Alza tus ojos

Sterling W. Sill

por el élder Sterling Welling Sill
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles


Estoy muy agradecido, mis hermanos y hermanas, por esta oportunidad de asistir con usted a la conferencia general de la Iglesia. Qué privilegio maravilloso es venir aquí y ser fortalecidos en nuestra fe y tener nuestros pensamientos redirigidos hacia el objetivo por el cual se organizó la Iglesia en esta última y más grande de todas las dispensaciones.

La razón del Señor para traernos a estos valles, en primer lugar no fue principalmente para establecer un estado de riqueza y facilidad, es probable que no tuviera la intención de que debíamos sobresalir como una comunidad financiera o como asiento de la influencia política. Nos trajo aquí para la edificación del reino, para enviar el mensaje de la restauración a las naciones, y para preparar al mundo para la segunda venida gloriosa de Cristo. En estos campos hay que sobresalir.

Lo que es una seria responsabilidad que ha de ser confiada con el mensaje de salvación universal. Pero con la ventaja de saber que hemos recibido de nuestros tres grandes volúmenes de nueva escritura, con el apoyo de nuestros propios testimonios personales de  la  verdad,  ¿qué  razón  podemos  dar  posiblemente  si  no  nos destacamos en la fe y en la educación y en la piedad y en ser honrados en nuestra preparación personal, estamos tratando de la vida eterna? Para ayudarnos a conseguir la motivación y la inspiración para este logro que es uno de los propósitos de estas grandes reuniones semestrales. Seguir leyendo

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El prodigo que permaneció en casa

Liahona  abril 1961

El prodigo que permaneció en casa

por el élder Sterling Welling Sill

De todas las enseñanzas de Jesús, una de las más ampliamente conocidas, es la parábola del Hijo Pródigo. Es una narración que tiene que ver con un joven que abandonó su casa y derrochó su herencia viviendo perdidamente». Cuando se disipó su hacienda, descubrió que no podía proveer lo suficiente para sus propias necesidades. Entonces cuando el hambre empezó a agravarse, dejo la «provincia apartada» y volvió a casa, donde todo le había sido abastecido anteriormente.

Las Escrituras nada nos dicen de la vida posterior de este joven. Si verdaderamente aprendió la lección y efectuó un cambio permanente en su manera de pensar y utilizar su tiempo, fue poco lo de matar el “becerro grueso” en su honor, Sin embargo, no siempre cambiamos nuestros hábitos de pensar y vivir tan rápidamente. La regla general de la naturaleza humana tiende a indicar que algunos «pródigos» permanecen en casa sólo el tiempo suficiente para rehacer su fortuna y entonces emprenden el viaje en otra dirección. Y pese al número de veces que se alejan, esperan la misma «bienvenida del pródigo» después de cada fuga.

Sin embargo, no siempre se resuelve este problema con tan solamente volver a casa. En primer no fue culpa de la “provincia apartada” sino del pródigo; y no olvidemos que fue en el hogar donde había las tendencias que lo hicieron abandonarlo. Existe en nosotros esa inclinación de disculpar nuestros hechos durante nuestros períodos de dificultad o crisis. Sin embargo, la crisis no causa la dificultad; solamente la pone de relieve.

Por ejemplo, tenemos la tendencia de disimular las acciones indecorosas de un hombre cuando está ebrio. Opinamos que cuando se halla bajo la influencia del licor, no es realmente responsable. Decimos que es un buen hombre cuando «esta en su juicio». Pero fue mientras estaba en su juicio que cometió la maldad; fue entonces que decidió emborracharse, Su ebriedad  solamente recalca su debilidad, y prepara el camino para una conducta más sospechosa en lo futuro.

Es decir, los pecados, igual que todo lo demás, engendran progenie. El pródigo parecía ser buen joven cuando decidió abandonar su casa. El derroche, las rameras y la vida perdida llegaron como una cadena, unos trabados a otras y vinieron después. Un rasgo malo puede engendrar todo un séquito de maldades. Usualmente los pecados no vienen uno por uno, sino en racimos o en familias. La debilidad y los pecados se alimentan de sí mismos. El fracaso de hoy es la mejor predicción del fracaso de mañana. Uno de los principios psicológicos bien establecidos es que la mente se inclina a seguir las huellas de los pensamientos. Los pensamientos y actividades subsiguientes siguen la huella del que abrió el camino. Con cada repetición se hace más fácil seguir el camino de menor resistencia.

El plan más seguro consiste en no dejar que el nos aventaje demasiado. La única manera segura de evitar que entremos en dificultades es no permitir que la dificultad entre en nosotros. Con cambiar de un sitio a otro es poco lo que se logra, a menos que nosotros mismos cambiemos. El joven no se convirtió en pródigo por hallarse fuera de su hogar. Esto no hizo más que mostrarle lo que había llegado a ser. El hecho de volver a casa no iba a cambiar su prodigalidad,  a  menos  que  estuviese  resuelto  a  cambiarse  a  sí mismo. No sólo debemos reconocer las malas consecuencias del pecado, sino también debemos reconocer en nosotros mismos aquellos rasgos que engendran la dificultad. Esto es sumamente difícil porque nuestras faltas, vistas a través de nuestros propios ojos, tienen muy poco parecido a las mismas faltas cuando las vemos en otros.

Por supuesto, nuestra preocupación mayor debería ser lo que podemos hacer al respecto. El médico aprende medicina comprando los cuerpos enfermos y los saludables. Cuando es sabio, aprende de todas las personas  y de todas las cosas. Aun la propia muerte contribuye a su conocimiento. Nosotros podemos aprender a vivir con mayor éxito siguiendo un procedimiento de comparación.

El Señor se afanó por proveernos los dos extremos opuestos. A nuestro derredor podemos ver lo bueno y lo malo, el uno al lado del otro. Las parábolas de Jesús son comparaciones. El contraste es lo que nos permite entender la lección con más facilidad. Entendemos en el acto los méritos comparativos del levita y del buen samaritano cuando los vemos juntos. Lo mismo sucede con las vírgenes sensatas y las imprudentes. La narración del hijo pródigo puede servirnos de espejo para indicarnos cómo podemos ajustar y adornar nuestras propias vidas. Una consideración atenta de lo que le sucedió puede ser la vacuna que nos inmunizará y guardará de contraer la enfermedad que le causó tan grave pérdida.

Esta parábola puede enseñarnos muchas, cosas. Cada persona puede derivar de ella las ideas particulares que más convengan a sus necesidades personales. En los pensamientos de algunos padres inculcará un poco más rotundamente el espíritu amoroso y disposición para perdonar manifestados por el padre del pródigo. A otros padres quizá los hará pensar en las condiciones del hogar que causaron la prodigalidad en primer lugar. El hermano mayor nos enseña algunas cosas, así de un lado del asunto como del otro. Su lealtad e industria contrasten notablemente con las de su hermano menor. Aquél había trabajado por muchos años y «no había traspasado jamás el mandamiento de su padre». Esto es indicación de sin gran mérito. Sin embargo, habrá quienes desacrediten este mérito porque aparentemente le faltaba algo en lo que concernía a la caridad y la tolerancia, aunque podemos entender lo que naturalmente debe haber sentido hacia su hermano, cuya manera de pensar era tan radicalmente distinta de la suya. Podemos incorporar a nuestras vidas las cualidades que queramos y descartar los rasgos que creamos inconvenientes.

Sin embargo, el pródigo es el personaje principal de la parábola y merece nuestra consideración especial. Todos tienen semejanzas y diferencias cuando se comparan con el ideal. Si nos examinamos atentamente, tal vez descubriremos que nosotros mismos tenemos algún parecido notable con el joven desafortunado que amamos el «hijo pródigo». El rasgo principal de éste consistía en que era disipador. Ese es precisamente el significado de «pródigo». Deseaba actuar como a él le placía. Es una debilidad común. Cuando cedemos con demasiada frecuencia a esta inclinación, es usualmente un síntoma que nos advierte de una dificultad grave que está a punto de surgir.

Si un gramo de prevención vale sin kilo de remedio, entonces conviene reconocer nuestros síntomas antes que la enfermedad se desarrolle demasiado. Una de las garantías más importantes del equilibrio personal es el desarrollo de la habilidad para hacer «lo que conviene» en lugar de permitirnos continuamente hacer como nos plazca. El pródigo «volvió en sí» sólo cuando fue humillado por circunstancias que no podía dominar. Con demasiada frecuencia aceptamos orientación solamente cuando nos vemos obligados a ello. Pensemos en el despilfarro y aun el agravio de que a veces somos culpables cuando nuestros padres, amigos, directores y aun Dios nos aconsejan sobre las malas tendencias. Pensemos en el esfuerzo, tiempo y angustias que pudimos haber evitado si hubiésemos estado dispuestos a aceptar el buen consejo. Alguien ha dicho que en vista de ser tan abundantes los buenos consejos, deberíamos aprovecharlos más. A menudo nos parecemos al hijo pródigo en muchos respectos. No solo derrochó su dinero; también desperdició su tiempo y el tiempo de la gente; disipó sus oportunidades para educarse; malgastó el carácter, no sólo el propio, sino también el de sus compañeros de juerga. Perdió el respeto de aquellos que pudieron haber sido sus amigos sinceros.

Despilfarró las habilidades y empleo provechoso que pudieron haber sido suyos.

Hay personas que no pueden aprender sino por la experiencia; pero algunas veces no nos beneficiamos mucho ni aun de lo que realmente nos sucede. Hay ocasiones en que nuestro éxito no puede sobrevivir nuestra experiencia. Es un hábito muy destructivo insistir en pasar por cada trance personalmente, pues por admirable que es el principio del arrepentimiento, no puede sustituir del todo una orientación prudente y original. Por ejemplo, es  sumamente difícil arrepentirse de “bienes derrochados”. El eminente psicólogo, William James, dijo una vez que el Señor podrá perdonar nuestros pecados, pero las células de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso nunca perdonan. Es sumamente difícil esconder las sendas que corren por nuestro cerebro de los pensamientos futuros que quieren ir en esa dirección; y en una época posterior podemos encontrarnos en el mismo camino a pesar de creer que debíamos haber sido más prudentes después de la primera experiencia. Como quiera que sea, el que logra más beneficio de una aventura no siempre es el que ha pasado por ella. A menudo la lección viene demasiado tarde para él o se halla tan debilitado por las consecuencias, que ha perdido la facultad para aprovechar la lección. Los doctores jamás insisten en contraer las enfermedades personalmente. Hay mejores maneras de aprender. Podemos aprender ciertas lecciones del hijo pródigo y evitarnos la necesidad de pasar por esa experiencia nosotros mismos. Podemos aprender su lección sin sufrir su pérdida; recibir la experiencia sin correr el riesgo; sacar la ventaja sin pagar el castigo.

El pecado de la prodigalidad tiene muchas ramificaciones destructivas. No solamente debemos evitar el trance particular que vemos delante de nosotros, sino debemos comprender que cada persona tropieza en un lugar distinto. Sería menester que tuviéramos por delante las vidas de varios pródigos para poder completar nuestra experiencia en forma vicaria siquiera. No hay necesidad de esperar hasta que se manifiesten en alguien todas las lecciones derrochadoras. Dios nos ha concedido la razón y la conciencia y mandamientos para evitar que tengamos que experimentar todo eso.

El despilfarro es un producto secundario del vicio y constituye un desorden en nuestras vidas del cual debemos procurar salvarnos como de los vicios mismos. Es bastante difícil eliminar la pérdida y restringir los rasgos de carácter que la están causando, y también es bastante difícil salvarnos de las consecuencias del cáncer mientras estamos mimando la enfermedad. La cirugía es una parte muy útil de la medicina y también una parte muy útil de la religión; y la ocasión más conveniente para operar es antes que el paciente se encuentre demasiado enfermo.

Los rasgos de carácter que nos hacen perder nuestro tiempo no paran allí. Ni todos los derrochadores se van a una «provincia apartada». Es mucho más numerosa la cantidad de pródigos que nunca salen del hogar. Una prodigalidad tan intensa como la que se refiere en la parábola es como una fuerte irritación. En un tiempo comparativamente corto se muere el enfermo o se calma la fiebre. El dinero que sostenía la fiebre de nuestro amigo pronto se agotó, de modo que se vio privado de su poder para derrochar más de sus bienes mientras le faltaba la manera de reponerlos, Por tanto, se vio obligado a hacer algo. No siempre sucede así con los pródigos que permanecen en casa. Su despilfarro no será tan aparatoso, y sin embargo, puede resultar más serio al final porque dura más tiempo. La prodigalidad que es semejante a una fiebre intensa es una cosa; pero la que se parece a la lepra es cosa enteramente distinta.

Sin embargo, sea que la pérdida acontezca en casa o fuera de casa, sea aguda o crónica, constituye uno de los pecados más graves. Despilfarramos el tiempo; disipamos oportunidades; derrochamos bienes; desperdiciamos la salud; malgastamos el decoro propio. Aun dilapidamos la vida eterna. Las leyes de Dios decretan que podemos recibir cualquier bendición si estamos dispuestos a vivir de tal modo que la merezcamos. Dios no puede darnos más. Ha colocado su don principal a nuestro alcance. Pero mediante los  pecados abrumadores de la prodigalidad, disfrazados de ocio, ignorancia, indecisión, inercia, desidia, letargo y pereza, echamos lejos de nosotros las bendiciones del reino celestial, algunas veces aun sin darnos cuenta de que ya no las tenemos.

La mayor parte de nosotros, sea que nos consideremos pródigos o no, desperdiciamos suficientes horas en diez años para recibirnos de médicos en cualquier universidad. El noble escritor escocés, Tomás Carlyle, dijo: «El que muera una persona que pudo haber sido sabia y no lo fue, para mí constituye una tragedia Cuando se pierde una hora no sólo es tiempo perdido; es también despilfarro de poder, de nobleza de carácter; de felicidad futura. Muchos de nosotros no somos más cuerdos a los treinta años de lo que fuimos a los veinte ni más confiables a los cuarenta de lo que fuimos a los treinta; no producimos mayor ambición a los cincuenta años que cuando tuvimos cuarenta; y nuestra piedad tal vez no sea mayor a los sesenta años que cuando tuvimos cincuenta. Así que, al fin de nuestras vidas quizás nos hallaremos tan distantes del reino celestial como al principio.

De modo que el hombre, la gran obra maestra de la creación, dotado con todos los atributos de Dios, destinado para tener dominio sobre toda la tierra, no puede dominarse ni aun a sí mismo o su propio destino y no hace más que derrochar los «bienes de nuestro Padre. Igual que el motor de dieciséis cilindros, a veces solamente hacemos funcionar uno y desperdiciamos quince. Los inmensos desiertos y yermos de la tierra tan sólo pueden simbolizar inadecuadamente los eriales, mayores aún, de la mente y espíritu humanos. La pérdida más grande del mundo no es la devastación que acompaña la guerra, ni lo que cuesta combar el crimen, ni la erosión de nuestros terrenos, ni el agotamiento de nuestros recursos naturales. No es ni aun todas estas cosas juntas. La pérdida mayor del mundo es que los seres humanos, vosotros y yo, hijos de Dios, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades.

La vida, cuando más, es sumamente breve. Nos vemos obligados a llenarla de tantas cosas. Sin embargo, la acortamos aún más por medio de nuestro derroche. Hemos disipado parte de nuestras oportunidades si no logramos crecer. No debemos permitir que el año próximo nos encuentre sin más habilidades que las que tuvimos este año. En lugar de tener muchos años de experiencia, hay ocasiones en que tenemos solamente un año de experiencia, repetida una vez tras otra. Nos es preciso arar nuevas tierras. Necesitamos aprender más, hacer más y ser más.

El otro día viajé siete horas en un avión, que llevaba 67 pasajeros. Casi sin excepción todos pasaron las siete horas ociosamente mirando por las ventanillas del aeroplano y ojeando sin interés alguna revista, Sócrates dijo: «Calificase de ocioso aquel que puede estar haciendo algo mejor.» Esta afirmación tiene un significado particular para nosotros que desperdiciamos nuestro tiempo, mientras a nuestro derredor hombres y mujeres están perdiendo sus bendiciones.

No hace mucho asistí a lo que para mí fue una reunión religiosa de mucho estímulo. Sin embargo, hubo algunos en quienes no surtió ningún efecto. Unos estaban durmiendo, muy pocos estaban anotando lo que oían. El que pronunció la última oración dijo: “Bendícenos a fin de que podamos recordar lo que hemos oído”. Estas oraciones probablemente nunca serán contestadas, hasta que nosotros mismos hagamos algo. Entre otras cosas, interesarnos un poco más y quizá anotar algunas de las ideas más útiles. Las mejores ideas pueden huir de nosotros o ser olvidadas en poco tiempo; y ya sea que suceda lo uno o lo otro, se han derrochado. Con frecuencia se ha dicho: «El hombre que ha sido echado en el olvido es aquel que se ha olvidado de sí mismo y de sus oportunidades.»

El hijo pródigo hizo lo que mejor le pareció y trajo sobre sí su propia ruina. Lo mismo sucede con el ocioso, el desobediente, el ignorante y el perezoso. Uno de los personajes de Shakespeare dijo: «Me burlé del tiempo y ahora el tiempo se burla de mí.» Así es la ley.

Benjamín Franklin dijo:

«Si el tiempo es, de todas las cosas, el más precioso, desperdiciarlo ha de ser la mayor prodigalidad. En vista de que nunca se recupera el tiempo perdido, lo que llamamos suficiente tiempo siempre resulta insuficiente. Esforzaos, pues, y obremos con propósito; para que por medio de la diligencia efectuemos más con menos perplejidad.»

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