Casi

Liahona Marzo 1961

Casi

por el élder Sterling Welling Sill

Existe en nuestro idioma una pequeña palabra en la cual se puede encerrar tanta tragedia como la que podríamos hallar en cualquier otra.

Es una palabra al parecer muy inocente, «casi»; pero hallamos una ilustración de su potencialidad trágica en algo que aconteció durante el ministerio del apóstol Pablo.

Éste había sido aprehendido en Cesarea, y era de la incumbencia de Festo, Procurador de judea, presidir el juicio de Pablo. El Gobernador estaba sumamente interesado en el Apóstol y su mensaje. Aprovechando la visita de Agripa, Festo le comunicó la noticia del destacado misionero cristiano que se hallaba preso bajo su cargo. Agripa expresó el deseo de oír el testimonio de Pablo. Fue traído el prisionero y se le dijo: «Se te permite hablar por ti mismo.» Entonces Pablo les relató su extraordinaria visión por el camino de Damasco. Refirió exactamente lo que había acontecido dio un testimonio firme y convincente de la verdad. Agripa quedó interesado e impresionado. ¿Cómo podía dudar de la sinceridad de Pablo o de la certeza de su afirmación? Pero rechazó la oportunidad valiéndose de un método que, aún es sumamente común entre nosotros. No quiso llegar a una determinación que correspondiera con la evidencia presentada. Salvó el inconveniente diciendo meramente a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano.»

Por supuesto, Pablo sabía qué significaba este «por poco.» Quería decir que aun cuando Agripa tenía a su alcance su propia salvación, no iba a hacer nada al respecto. Pablo le contestó al rey: «¡Pluguiese a Dios que por poco o mucho, no solamente tú, mas también todos los que me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas prisiones!» Si Agripa hubiera sido como Pablo, no habría parado en ser «casi» persuadido. En lo que concernía al apóstol Pablo, no había ningún por poco» para él. Siempre había sido una cosa o la otra; nunca un punto intermedio. Una de dos, el cristianismo era verdadero o no. «Conversión parcial» o «devoción fragmentaria» deben haber sido conceptos ininteligibles para Pablo. Él era íntegro; su determinación, completa. ¿Qué clase de lógica nos sugeriría claudicar en medio de dos opiniones?

Pero hay muchas personas que, como Agripa, “casi” son algo. El Rey «por poco» quedó persuadido; pero no llegó hasta ese grado; «casi» se puso a reflexionar el asunto y decidir sobre él. Pero no llegó a realizarse y por consiguiente, las grandes bendiciones que pudo haber recibido murieron aun antes de nacer. “Casi” da la impresión de estar uno tan cerca de la consumación; y sin embargo, a veces nos hallamos tan lejos, que realmente ni vale la pena. Los judíos contemporáneos de Jesús se hallaban tan cerca, y sin embargo, quedaron tan lejos. Con cuánta frecuencia uno se aproxima tanto a la realización, que puede decir: «Casi dejé de fumar»; «casi fui a la Iglesia»; o «por poco me arrepiento» o «por poco logro el éxito.»

Hace poco oí a un agente de ventas decir que, “casi” había logrado una venta muy importante. Le fue preguntado cuánto le faltó, y dijo que el 98 por ciento: estaba hecho. Entonces se le preguntó cuánta comisión le pagaba la compañía por las ventas que «casi» efectuaba. Pensemos en la tremenda importancia del dos por ciento faltante, cuando se agrega al 98 por ciento ya realizado. Este mismo principio opera en la mayor parte de nuestras actividades. Una línea divisoria, sutil en extremo, separa el fracaso del éxito, y cuando nos detenemos «casi» al llegar a la línea, frecuentemente no hemos logrado mucho más que si nunca hubiésemos empezado. Ese 2 por ciento adicional es lo que lleva la obra hasta su conclusión y es de suma importancia.

Probablemente una de la más lamentable de todas nuestras faltas, en lo que respecta a la habilidad para dirigir, es que tan a menudo nos falta esa pequeña fuerza restante que nos llevaría a la realización. Con tanta frecuencia dejamos de esforzarnos cuando falta tan poco para llegar al éxito, después de haber hecho tanto trabajo. El mundo está lleno de obras a medio terminar y problemas a medio resolver. Nos hallamos rodeados de personas medio indecisas. Somos principalmente hombres en parte. Hay una gran cantidad de aves íntegras y flores integras. Es decir, cumplen con el cien por ciento del objeto de su creación. Pero en lo que toca al hombre, la obra maestra de la creación, con cuanta frecuencia distamos tanto de nuestras posibilidades. A menudo el punto vulnerable de nuestro éxito es este hábito malo de conformarnos con el “casi”. Hacemos las cosas fragmentariamente; empezamos mucho y nunca lo acabamos. Podremos hacer muchas cosas con mediocridad, pero nunca llegamos a perfeccionarnos en determinada cosa.

Un joven con varias cartas de recomendación, se presentó una vez ante el gerente general de una negociación de Nueva York para solicitar cierto puesto. ¿Qué puede usted hacer -le preguntó el gerente- en que se especializa?» El joven contestó: «Casi todo, señor,» El ingeniero concluyó la entrevista, comentando: «Para nada me sirve una persona que casi puede hacer todo. Prefiero alguien que sepa hacer una cosa bien.»

¡Qué bendición tan grande para nuestra civilización los hombres y mujeres que pueden llevar a cabo las cosas, que completan lo que inician y no dejan nada medio proyectado o medio resuelto o medio terminado!

Pensemos en todos los que empiezan a ir a la escuela y la abandonan antes de terminar; peor aún, pensemos en aquellos que empiezan el viaje hacia el reino celestial y entonces se desvían antes de perseverar hasta el fin.»

Algunos de los problemas más serios del mundo son estas «obras fragmentarias» y «negocios medio concluidos.» Las grandes recompensas de la vida son para aquellos que terminan lo que empiezan. Es interesante ir a las carreras de caballos y notar cómo se  aglomera  la  gente  en  el  sitio  donde  termina.  Todos  están interesados en ver cómo empieza la carrera, pero tienen mucho más interés en saber los resultados finales.

Se escribió un artículo sobre el primer caballo de carrera que ganó para su dueño más de un millón de dólares en premios. En la carrera particular con la cual sus ganancias alcanzaron esa cifra, corrió otro caballo que llegó en segundo lugar. Este segundo caballo constantemente le había «pisado los talones» al vencedor en un gran número de carreras, pero la suma total de lo que había ganado no pasaba de setenta y cinco mil dólares. Era «casi» tan veloz como el campeón, y sin embargo, éste había ganado trece veces más dinero. No porque fuera trece veces más ágil, ni dos veces, ni siquiera un dos por  ciento más  rápido; de hecho, apenas lo sobrepujaba lo suficiente para adelantarlo de uno a tres metros en una carrera de kilómetro y medio.

Vemos ilustraciones de esto por todas partes. Si la obra por efectuar es producir vapor, se hace necesario calentar al agua con un buen fuego hasta que alcance la temperatura de 100 ó 212 grados (según el termómetro que se esté usando). Es en ese punto donde ocurre la expansión. Si la temperatura del agua dentro de los cilindros de la locomotora solamente llega a 210 ó 98 grados, se ha desperdiciado el combustible y el fuego, no ha sido de ninguna utilidad, porque si “casi” produjimos vapor, realmente no hicimos cosa que valiera la pena.

Resulta igual cosa con el éxito; y también se puede decir lo mismo en lo que concierne al desarrollo de nuestra habilidad para dirigir. Aquel que camina la segunda milla, que hace más de lo requerido, es el que tiene mayor probabilidad de llevar a efecto la obra. Este es el que puede generar esos gramos adicionales de fuerza, el que puede transformar un débil «casi» en potente consumación.

La efectuación es más fácil cuando trabajamos con mas empeño; y más difícil cuando le dedicamos menos trabajo. El que obra con doble ahínco realiza cuatro veces más. Si trabaja con triple fuerza, descubrirá que lo efectuado es nueve veces mayor, y en el ínterin, indudablemente disfrutará nueve veces.

Si vimos a ser directores en la obra del Señor, seamos directores en todo el sentido de la palabra, o de lo contrario, no aceptemos una tarea de mucha responsabilidad. Cierto es que Dios no verá con buenos ojos a los que son desidiosos en posiciones de importancia. Probablemente no hay lugar donde este peligroso “casi” descuelle más o resulte más costoso, que en la obra de la Iglesia. Hay tantas personas que «casi» llegan a tiempo a las reuniones. «Casi» llegan preparadas, «Casi» entienden sus responsabilidades. «Por poco» se deciden. «Por poco» tienen fe. Esto de «casi» haber logrado el éxito en la obra del Señor es asunto de ~bastante seriedad. ¿De qué aprovecha «casi» haber salvado las almas de aquellos por quienes tenemos que responder?

Judas «casi» se arrepintió antes que fuera demasiado tarde.  Ya había caído la noche cuando salió y traicionó a Jesús, y a la mañana siguiente, muy temprano, volvió y se arrepintió. Mateo dice en su evangelio: «Y venida la mañana, entraron en consejo todos los príncipes y los sacerdotes, y los ancianos del pueblo, contra Jesús, para entregarlo a muerte… y le entregaron a Poncio Pilato Presidente. Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado volvió arrepentido las treinta piezas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos diciendo: Yo he pecado entregando la sangre inocente. Mis ellos dijeron: ¿Qué se nos da a nosotros? Viéraslo tú, y arrojando las piezas de plata en el templo, partióse; y fue y se ahorcó.» (Mateo 27:1-5)

El remordimiento y el arrepentimiento de Judas ciertamente fueron sinceros, pero debieron haberse llevado a cabo más pronto. Si su arrepentimiento hubiese ocurrido la noche anterior, otro habría sido su destino. Hay muchas personas que pecan durante la noche y se arrepienten antes que amanezca. Son parte del grupo que «casi» hace lo que debe. ¿Cuánto nos beneficia «casi» tener la fuerza suficiente para no caer en el pecado?

Lo que necesitamos más que otra cosa es esa pequeña porción adicional de fuerza, esa pequeña resolución adicional, esa poca preparación, esa poca devoción extra; y la necesitamos un poco más pronto a fin de que podamos salir de la categoría del «casi» y entrar en la de «íntegro».

El apóstol Pablo «casi» tuvo un compañero en la misión. Se llamaba Demas. El apóstol escribió su historia completa en siete palabras: «Demas me ha desamparado, amando este siglo.» Demas «casi» fue fiel. Tuvo la fuerza suficiente para «entrar en la órbita», pero le faltó cuando se trataba de conservarse en esa posición.

Cuando un buen ingeniero diseña un puente, lo construye tres veces más fuerte de lo necesario para soportar el peso acostumbrado. Se le da a la construcción la fuerza suficiente para soportar la carga máxima y entonces se le agrega más. ¡Qué confianza siente uno cuando en un puente o en un buen director se percibe una fuerza invariable y segura! Desagrada la sensación de que un puente o un director están casi a punto de venirse abajo. Queremos tener la confianza de que aun cuando se aumentara la carga que tuviese que soportar cualquiera de los dos, continuarían firmes, fuertes y seguros sin ninguna muestra de desintegración aun en sus puntos más débiles. ¡Qué emoción tan grata sentir que aun en las pruebas más severas uno tiene la fuerza necesaria para hacer frente a la crisis!

Esta fuerza adicional necesaria puede desarrollarse.

Durante el juicio de Jesús, Pedro negó al Maestro tres veces. En ese tiempo no tenía la fuerza suficiente para resistir la carga sin ser vencido. Más tarde, cuando lo sentenciaron a ser ~crucificado, la tradición nos dice que no sólo aceptó su martirio valerosamente, sino que hizo aun mas. Pidió que fuese crucificado con la cabeza hacia abajo, porque se sentía indigno de ser crucificado en la misma manera que el Señor. Para entonces Pedro había acumulado un extraordinario depósito de fuerza. Podía soportar cualquier carga que se le impusiera.

Somos nosotros los que diseñamos nuestras propias habilidades para dirigir. Conviene que hagamos un cálculo de la fuerza que necesitamos y dónde se ha de aplicar, y entonces indicar en el proyecto que debemos fortalecernos para poder llevar y soportar tres veces más de la carga calculada. Esta fuerza probará ser una bendición importante para nosotros y beneficiará a todos aquellos con quienes tengamos que trabajar. Nuestra obligación es colocarnos en la categoría de «íntegros» junto con los apóstoles Pedro, Pablo y otros grandes hombres.

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¿Puedes oír el silbido?

Liahona febrero 1961

¿Puedes oír el silbido?

por el élder Sterling Welling Sill

Mucho es lo que se ha dicho y, escrito acerca de la habilidad para dirigir, y la manera en que puede lograrse. A fin de hacer un estudio más convenientemente, diremos que la habilidad para dirigir se divide en secciones; primero, para que podamos entender mejor lo que es, y en segundo lugar, reducirla a su denominador más sencillo con objeto de que con mayor facilidad podamos dominarla y reproducirla en nuestras propias vidas.

Algunas de las divisiones importantes de la habilidad para dirigir tienen que ver con «elección,» «preparación» y «disciplina.» Las casas de negocios más importantes del mundo están gastando anualmente millones de dólares en pruebas de aptitud, entrevistas personales y otras maneras de seleccionar a la persona hábil para el trabajo más conveniente. Después de la “selección” viene la «preparación.» El hombre que ha recibido preparación siempre es más eficaz que el que no la tiene. Cuando descuidamos la preparación para dirigir, desperdiciamos nuestros recursos más importantes; pero cuando intervienen una selección cuidadosa y una preparación eficaz, es mucho más fácil efectuar los grandes resultados. Necesitamos las mejores ideas y el estímulo más incitante para ayudarnos en estos pasos importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir.

Se ha relatado con mucha frecuencia una historia sumamente interesante y benéfica concerniente al sistema que se emplea en la selección y preparación de los mejores caballos árabes. Son los caballos destinados a emplearse en servicios importantes. Por supuesto, el animal debe tener inteligencia y resistencia; pero también debe tener la habilidad para aceptar una disciplina rígida. Debe haber obediencia absoluta a las órdenes del amo. Desde que empieza su preparación, le es inculcado al caballo la importancia de responder inmediatamente al silbido del amo. Para poner a prueba la disciplina del caballo y su fuerza para dominarse, se le hace pasar por una serie de ensayos severos, uno de los cuales tiene por objeto determinar cómo reacciona en un lance crítico. Se le priva de agua por algunos por algunos días. Entonces cuando por fin se abre la puerta del corral, el caballo echa a correr hacia el depósito cercano de agua fresca para  apagar la sed que se ha visto obligado a aguantar. Pero cuando el animal está a punto de llegar al agua, se oye el silbido del amo. Se dice que cuando los caballos tienen mucha sed, algunos de ellos no prestan atención al silbido; otros rápidamente calman su sed y entonces obedecen el silbido. Hay otros, sin embargo, que pese a las circunstancias, en cuanto oyen el silbido, inmediatamente dan la vuelta y van al amo. Estos son los que se gradúan con honores y son aceptados para los servicios más importantes. Los demás son eliminados y se les deja para trabajos menos exigentes.

La vida tiene algunos exámenes algo parecidos, en lo que respecta a la habilidad para dirigir. Nosotros, somos candidatos al servicio del Maestro, constantemente estamos pasando por estas pruebas. La manera en que podemos vencerlas determina nuestro nombramiento. Todos los días nos vemos obligados a escoger, y por lo que escogemos fijamos nuestro propio valor y determinamos nuestro propio futuro.

Viene a nuestros pensamientos una de estas pruebas que Jesús pasó. Inició su ministerio con el bautismo que le administró Juan. Inmediatamente después fue conducido por el espíritu al desierto donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, preparándose para su lucha con Satanás y las grandes pruebas de la tentación. (Mateo 4:1) Habiendo llegado al punto de su mayor debilidad y hambre física, Satanás le ofreció, alimentos, gloria y poder. Jesús soportó todas estas pruebas sin flaquear, así como pasó toda otra prueba sin vacilar. Fue una de las señales de su grandeza, y comprobó su derecho de ser llamado el Maestro. Fue maestro sobre la tentación; maestro de las circunstancias, y más que todo, maestro de sí mismo.

Como contraste, pensemos en algunos otros que en circunstancias mucho menos críticas no vencen la prueba y consiguientemente son rechazados como desecho, como materia de segunda clase.

Por ejemplo, conozco un misionero que al volver de su misión logró mucho éxito como agente de ventas y al fin ganó la posición de socio menor, en una compañía grande. Había soportado muchas pruebas con éxito, pero llegó una de mucha importancia, que no pudo dominar. Al ver, según le parecía, que su éxito iba aumentando, empezó a olvidarse de los ideales que se le habían enseñado: comenzó a fumar, a beber un poco y hacer algunas otras cosas que no correspondían con sus normas de lo que era bueno y lo que era malo. No prestó atención al silbido de su conciencia ni a la vocecita apacible del espíritu. Cuando su conducta llegó a oídos de los jefes de la empresa que tenían que ver con su ascenso, fue rechazado como candidato a una alta posición administrativa y cambiado a una posición de menor responsabilidad. Más tarde se preguntó a uno de los oficiales de la compañía acerca del asunto. Contesto que su negociación jamás colocaría a un miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días en un puesto de responsabilidad, si no era fiel a sus ideales y enseñanzas.

Este hombre no era miembro de la Iglesia, y él mismo fumaba y bebía un poco. Para él no era asunto de religión; era asunto de fuerza de carácter y buenos métodos comerciales.

Los hombres que tienen grandes responsabilidades no pueden dar cabida a muchas debilidades en su carácter Nuestros hechos no solamente son importantes en sí mismos; también son de importancia por lo que representan. El hecho de que este joven abandonó sus normas por cosas triviales era señal de que había un defecto muy grave en su carácter. Esta debilidad o imperfección es seña patente a todos -sea un caballo árabe, un una organización comercial o un miembro de la Iglesia- de que no sirve sino para una responsabilidad menor.

Sino se puede depender del caballo en toda circunstancia, es mejor darse cuenta de ello antes que falle en alguna responsabilidad importante. Lo mismo se puede decir de cualquier hombre. ¡Cuán importante es que fijemos nuestra atención completa en la edificación de nuestras fuerzas y la eliminación de nuestras debilidades, antes que éstas nos pongan fuera de la carreras!

No parece sino natural que el caballo árabe sienta el deseo de calmar su sed ardiente antes de cumplir con su deber. También es fácil imaginar que nosotros podemos hallarnos tan absortos en nuestros propios intereses o placeres, que no oímos el llamado del deber o la voz de la rectitud. Sin embargo, si la vocecita apacible del espíritu no llega hasta nuestros oídos, es obvio que hay algún defecto en nosotros, en lo que concierne al servicio más importante. Porque al abrirse la puerta del corral, por decirlo así, nadie podrá determinar con certeza lo que haremos, salvo que probablemente buscaremos nuestra propia satisfacción, en nuestra propia manera, ante todas las cosas.

La debilidad de este joven ex-misionero lo incapacitó para un servicio importante y el honor y la oportunidad consiguientes. Es difícil en extremo no ser un «desecho» en las demás cosas. Este joven tenía buenas capacidades, pero no podía confiarse de él cuando se manifestó la influencia de sus propios intereses. En lo que concernía a la negociación, no podía contarse con él para que fuera leal. Tal fue la opinión de estos importantes hombres de negocios. Por otra parte; ¿cuál nos parece que será la opinión del Señor?

¿Qué habría pensado de su propio Hijo, si no hubiera sido fiel a las enseñanzas de su Padre en toda circunstancia?

Todos sabernos lo que hizo Judas cuando se le presentó la – oportunidad de ganar treinta piezas de plata. Ahogó los gritos de su conciencia mientras trataba de calmar su sed avarienta en el oro.

Los caballos árabes no tienen más que el silbido de su amo para guiarlos. Deben tener confianza en lo que no pueden entender. Pero nosotros tenemos el evangelio, y nuestro entendimiento, y nuestra razón.  Tenemos  un  admirable  policía  personal  conocido  como nuestra conciencia. Tenemos esa vocecita apacible del espíritu que nos orienta continuamente. El que escucha fielmente su conciencia nunca cometerá muchos errores, por lo menos, sin saber lo que está haciendo. Sólo cuando no escuchamos, o no queremos obedecer, es cuando tropezamos con serias dificultades. Nuestro problema consiste en preparar nuestro corazón, nuestra actitud y nuestros oídos a fin de que siempre podamos oír el silbido y obedecerlo en seguida.

Cristo dijo: «Mis ovejas oyen mi voz.» La rectitud tiene un son familiar para aquellos que siguen al Maestro. Sin embargo, si uno continuamente desobedece su conciencia, no tardará en llegar el tiempo en que ésta ya no podrá guiarlo. Sólo en la obediencia continua estriba la seguridad.

Un pastor tenía una hija, la cual en su niñez solía acompañar a su padre al campo para cuidar las ovejas. Una de las cosas que más le impresionaba era oír  a su padre llamar a las ovejas cuando se hallaban esparcidas. Su voz resonaba con toda claridad en el llano, y las ovejas parecían entender que era para su beneficio y que siempre debían obedecer. No cabe duda que hubo ocasiones en que algunas de ellas no habían terminado de pastar, o por alguna razón no estaban listas para volver cuando oían el llamado. Sin embargo, obedecían a pesar de todo. Bien, supongamos que una de las ovejas determinara no hacer caso, sino más bien pasar la noche en el llano, fuera del redil. En poco tiempo su imprudencia la haría víctima de los lobos o ladrones.

La propia hija del pastor, cuando hubo crecido, abandonó el abrigo y seguridad de su propio hogar y se fue a vivir sola en una ciudad grande. Como todas las demás jóvenes, se sentía perfectamente capaz de cuidarse a sí misma; pero no había pasado mucho tiempo cuando empezó a seguir la manera de vivir de las ciudades grandes y a enredarse con sus pecados. Empezaron a cundir los rumores desagradables, y dentro de poco llegaron hasta su casa. El padre, obedeciendo su instinto de pastor, fue a la ciudad a buscar a su hija, Recorrió la ciudad llamando como hacía con sus ovejas, y por último llegó a oídos de ella. Cuando la joven oyó el llamado, entendió su significado y se dio cuenta de su propio peligro. Encontró a su padre y volvió en sí.

Una de las cosas que más inquietaba a Jesús era aquellos que tenían oídos, pero no podían o no querían escuchar. Es la cosa más fácil hacernos sordos con las cosas que no queremos escuchar. Mientras seamos fieles, la vocecita apacible continuamente nos hablará; Pero si seguimos menospreciando su voz y pasando por alto sus consejos, llega a ser más indistinta y difícil de oír hasta que por fin quedamos solos.

No es menester que seamos bendecidos con grandes facultades mentales para sobrepujar en nuestra obra. No es necesario salir triunfantes en concursos de popularidad; pero sí debemos oír el silbido. Debemos ser fieles a los instintos que Dios nuestro Padre ha dispuesto para nuestro beneficio y orientación. De esta manera se multiplica muchas veces la posibilidad del éxito, porque entonces, si nos encaminamos hacia alguna acción mala, la conciencia nos silba. Si somos inteligentes en nuestros deberes, el silbido es nuestro recuerdo constante. Job, lo oyó y fue el Maestro. Dijo así “aunque me mataré, en él esperaré.”

Hay algunos hombres y mujeres, cuya recepción oral está sintonizada tan delicadamente, que el susurro más quedo de su conciencia. La obediencia es todavía mejor que el sacrificio. Somos nosotros los que principalmente nos seleccionamos a nosotros mismos para ocupar puestos de importancia ante el Maestro, disciplinándonos a nosotros mismos. Sólo cuando tenemos esa percepción espiritual  interna es cuando estamos verdaderamente listos para progresar. No basta con que oigamos el silbido sólo cuando nos convenga, antes también debemos oírlo y obedecerlo aun cuando estemos a punto de realizar alguna importante satisfacción personal que sea preciso abandonar. Entonces si somos nobles, sin dilación abandonaremos los gustos que deseamos satisfacer y volveremos al Maestro.

¡Que satisfacción tan maravillosa debe ser para el gran Pastor de todos nosotros, saber que somos obedientes, que somos confiables, que haremos lo recto pese a las consecuencias o incitaciones al otro lado del camino! Cuando necesitemos alguna inspiración para reafirmar nuestra determinación, recordemos a Jesús en la hora de su mayor hambre y sed, frente al propio Satanás, negándose a disponer de alimentos después de su largo ayuno de cuarenta días y cuarenta noches. También rechazó las cosas que la mayor parte de los hombres buscan todas sus vidas. En su necesidad mayor pudo ser más fuerte que las tentaciones más potentes del adversario. Después que hubo resistido a Satanás, descendieron ángeles y lo sirvieron. He ahí, el modelo. Como fue con El, puede ser con nosotros.

Por tanto, debemos ocasionalmente ponernos a examinar nuestros oídos para ver si con bastante claridad podemos escuchar el silbido.

 

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Biblioterapeutica

Liahona diciembre 1960

Biblioterapeutica

por el élder Sterling Welling Sill

El otro día, unos amigos míos que son psicólogos, me enseñaron una palabra nueva la cual he tomado para título de este artículo. Es por demás buscar el vocablo en el diccionario, pues estoy seguro que pasará algún tiempo antes que encuentre lugar en los léxicos. Esta palabra híbrida, biblioterapéutica, se compone de dos vocablos griegos que significan «libros» y «tratamiento». Da a entender, en una palabra, mejoramiento personal, remedio o curación efectuado por medio de buenos libros. ¿Y que podía ser de mayor importancia en nuestros días? Alguien ha dicho que «los libros son una de las posesiones más ricas de la vida». Efectivamente, son la creación más notable del hombre. Ninguna otra cosa que el hombre construye permanece. Los monumentos son derribados, las civilizaciones perecen; mas los libros continúan. El estudio de un buen libro es como celebrar una entrevista con los hombres más nobles de edades pasadas que lo han escrito.

Un pensador ha dicho: «No hay cosa más admirable que un libro. Puede ser un mensaje de los muertos para nosotros, de almas humanas que jamás vimos, que quizá vivieron a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, estas pequeñas hojas de papel nos hablan, nos inspiran, instruyen, abren nuestros corazones y, a su vez, nos revelan lo íntimo de su corazón como hermanos. Si no hubiera libros, Dios estaría mudo, la justicia dormida, la filosofía tullida para la mayor parte de la gente.”

El gran poeta Juan Milton declaró: “Los libros no son cosas muertas, antes contienen cierta potencia de vida tan activa como el alma, cuya progenie son. Preservan como si fuese en un vaso sagrado, la eficacia más pura del intelecto viviente que los crio.” Entonces, como centro mismo de nuestra literatura más estimada, tenemos las Santas Escrituras, las cuales nos comunican los pensamientos del propio Dios. Pero sucede que una de las dificultades más grandes con que tropezamos estriba en que no siempre digerimos propiamente las ideas; y por supuesto, si no entendemos el mensaje, poco importa qué tan maravilloso sea. Alguien nos ha recordado que «el agua no tiene la culpa de que el nadador no sepa nadar». También podría decirse que “la palabra del Señor no tiene la culpa de que perdamos nuestras bendiciones, porque no tomamos el tiempo suficiente para entenderla.”

El instrumento por medio del cual ponemos a nuestra disposición las grandes ideas es esa maravilla de maravillas que conocemos como la mente o el intelecto humano. Recientemente dijo un prominentes neurofísico, que sería imposible construir una máquina electrónica para hacer cálculos, de la capacidad del cerebro humano, por menos de tres millones de dólares. Pero aun así, ¿quién podría comunicar, a una calculadora electrónica la facultad inventiva de Edison, la habilidad de Sócrates para razonar, la previsión y presciencia de Jesús, quién tomaba las cosas comunes que lo rodeaban y las vertía en motivos e ideales de valor inestimable? Cuando Diógenes saltó de su baño y corrió por la calle, gritando, ‘Eureka, Eureka», lo hizo porque estaba experimentando la más sublime de todas las experiencias humanas: el nacimiento de una idea.

La mente es más productiva cuando recibe la nutrición y estímulo adecuados, y es allí, precisamente, donde la biblioterapéutica desempeña su parte; porque aun la palabra de Dios mismo es de poco valor para nosotros si no sabemos lo que dice. A fin de llevar a cabo nuestro mejoramiento, estas ideas deben obrar eficazmente. El aparato de tres millones de dólares de nuestro Creador, que tenemos en nuestra posesión, debe aprender a convertir las ideas buenas en éxitos y hechos. No siempre se logra esto, pues así lo pone de manifiesto el hecho de que muchos de nosotros todavía estamos cometiendo los mismos errores que hemos hecho miles de veces antes.

Woodrow Wilson, en otro tiempo presidente de los Estados Unidos, se refirió a nuestro problema cuando dijo: «La habilidad principal del pueblo norteamericano es la habilidad para resistir la instrucción». Supongo que la mayoría de nosotros reconocemos que nuestra propia falta de instrucción es parte de esa evidencia desafortunada. Aun los libros más notables no comunican a algunos de nosotros lo mismo que dicen a otros. Supongo que hay personas que podrían leer la Biblia entera, de pasta a pasta, sin que se verificara en ellos el menor cambio. Tomás Edison se refirió a un aspecto de esta debilidad cuando dijo: «No hay límites a lo que el hombre hará, para no tener que pensar.» Esto de pensar es una de las cosas más difíciles y desagradables que algunos de nosotros intentamos hacer, y sin embargo Salomón dijo: «Porque cual es su pensamiento en su alma tal es él (el hombre).»

De manera que si somos cual nuestros pensamientos, y si no pensamos, ¿en qué posición nos hallamos? Indica, por lo menos, sea que lo comprendamos o no, que tenemos frente a nosotros un problema muy importante que es menester resolver.

Hace tiempo se oyó decir a cierto hombre que en los últimos cinco años no había leído un solo libro. ¡Qué tragedia tan grande habría sido aun en los siglos de ignorancia de la Edad Media! Sin embargo, cuánto más triste lo es en nuestra propia época de maravillas y alumbramiento, a la cual solemos referirnos como la «Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.” Otro hombre dijo que de todos los libros del mundo solamente dos lo habían beneficiado. Uno de ellos había sido el libro de recetas culinarias de su madre, y el otro el libro de cheques de su padre.

Hay muchas cosas de valor en los libros, y si logramos transportar las ideas de los libros a nosotros, podemos curar esta indisposición asfixiante indicada por el Señor cuando dijo que «tropezamos al mediodía como de noche».

Alguien ha comparado el problema de incorporar las ideas buenas a nuestro programa diario con lo que le aconteció a Goliat. Recordaremos que David lanzó una roca que hizo blanco en la cabeza del gigante, y habiendo pasado el tiempo, alguien comentó que nunca jamás había penetrado en la cabeza de Goliat cosa semejante. Nuestra necesidad actual más urgente consiste en hacer que un número mayor de cosas penetren nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras actividades diarias. Necesitamos leer más, pensar más, estudiar más, entender más, creer más, y vivir más para ayudarnos a lograrlo. Esta es la función de la biblioterapéutica.

Vive un médico en la ciudad de Birmingham, Alabama, que receta a sus pacientes prescripciones que no se confeccionan en una farmacia, sino en una librería, porque él sabe -cosa que todos nosotros también sabemos- que la mayor parte de la gente que guarda cama se halla en esa condición por motivo de algún malestar mental o emocional. Los pecados, la culpabilidad, los complejos y otros pensamientos incorrectos y actividades nocivas producen tóxicos que envenenan el cuerpo. Como se ha dicho antes, las úlceras del estómago no vienen por lo que uno consume, sino por lo que lo está consumiendo a uno. Y así es como contraemos muchos de los problemas nerviosos, males de corazón y otras enfermedades orgánicas.

Por supuesto, una de las funciones más importantes de la bibilioterapéutica se relaciona con el asunto de evitar que el espíritu se enferme. En la puerta de la biblioteca de la antigua ciudad de Tebas, un rey egipcio mandó inscribir estas palabras: “Medicina para el alma». Lo que la mayor parte de nosotros necesitamos más que cualquier otra cosa, es una buena dosis, de inspiración ocasionalmente; y la medicina más eficaz para curar a nuestro mundo y todos sus habitantes sería una receta confeccionada con la palabra del Señor. Necesitamos más de la medicina de las grandes Escrituras.

Recordemos la parte que la biblioterapéutica desempeñó en el éxito de Abrahán Lincoln. Se tiraba en el suelo frente a la chimenea de su casa y se ponía a leer la vida de Washington y la Santa Biblia. Más tarde podemos  ver cómo estas influencias lo elevaron para que llegara a ser uno de los hombres más nobles de la tierra.

Es interesante pensar en los millones de dólares que actualmente estamos gastando cada año para trasmitir mensajes de diversas clases por las redes y cadenas de las radiotransmisoras. ¿Qué dicen estos mensajes, y cuán importantes son en lo que toca el mejoramiento de nuestras propias vidas? Una vez se le preguntó a Lowell Thomas, el renombrado comentarista de radio, cuál era el mensaje más importante que él había difundido; y se le preguntó también si podía concebir cuál sería el mensaje de mayor trascendencia que pudiera comunicarse por radio a la gente de todo el mundo. El Sr. Thomas contestó que el mensaje más importante que podía concebir sería que Dios nuevamente había hablado a la gente de la tierra.

La obra entera de la Iglesia gira en tomo de este hecho importantísimo: que en la primavera de 1820, como respuesta a una pregunta que el joven José Smith tomó de la Biblia, Dios no sólo habló a la gente de la tierra, sino que también vino en persona, en la manifestación más extraordinaria que jamás se ha escrito. No sólo vino en persona, sino que hizo escribir el mensaje para nuestro beneficio, en tres importantes tomos de Escrituras nuevas, en el cual se exponen con todo detalle los principios sencillos de su plan para la salvación humana. La mayor parte de nosotros en alguna época de nuestra vida, hemos asistido a Convenciones o Conferencias de una clase u otra, y con frecuencia, cuando se hace una presentación importante alguien pide una copia escrita a fin de estudiarla más cuidadosamente para estar seguro que no pasará advertida ninguna cosa esencial. Desde este punto de vista, cuán importante es para nosotros tener una copia palabra por palabra, de las ideas que Dios considerada importancia para nosotros. Las podemos repasar cuantas veces deseemos a fin de aprender de memoria pasajes escogidos y convertirlos en parte de nuestras vidas.

El hecho de que «es imposible que el hombre se salve en la ignorancia” reviste a este concepto de la biblioterapéutica con el más importante significado. Emerson estaba hablando de nuestros problemas cuando dijo: «En las playas del océano de la vida y la verdad morimos miserablemente. Hay ocasiones en que estamos más lejos cuanto más cerca nos encontramos.» ¡Qué lástima que con tanta frecuencia esto sea cierto! Pensemos en lo cerca que se encontraban aquellos que fueron contemporáneos de Jesús. Vivió entre ellos; anduvo por las mismas calles; ellos estaban enterados de sus milagros; tenían en sus manos las Escrituras antiguas que predecían su vida. Fácilmente pudieron haber aprovechado sus preceptos salvadores, y, sin embargo, ¡cuán lejos se hallaban! En su ignorancia lo condenaron a muerte y entonces pronunciaron sobre si mismos su propio juicio, declarando: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»

Así ha sido siempre; y así puede ser con nosotros. También nosotros nos hallamos tan cerca. Tenemos todas las Escrituras que otros poseen. Tenemos el apoyo del tiempo que ha puesto de relieve la vida de Cristo.

Se ha restablecido el evangelio con una plenitud jamás conocida en el mundo; tenemos el testimonio personal de muchos testigos, así antiguos como modernos, y, además, tenemos tres grandes tomos de Escrituras nuevas. Mas aun con todo, si no entendemos el mensaje, podremos ser semejantes a aquellos que vivieron en el Meridiano de los Tiempos: tan cerca y a la vez tan lejos.

¿No nos parece extraño cómo podemos interesarnos en algo novedoso cuyo valor se ha puesto en duda, y a la vez prestar tan poca atención a un importante tomo de Escrituras sagradas que ha llegado a nuestras manos por conducto de un ángel de Dios? ¿Qué podría ser de más valor que la idea del Sr. Thomas, al respecto de que el más importante de todos los mensajes seria que Dios nuevamente había hablado al hombre en la tierra? Sin embargo, ¿qué nos beneficiará si no nos preocupamos por saber, lo que dijo?

Se relata que el presidente J. Golden Kimball, del Primer Consejo de los Setenta, una vez preguntó a los que se hallaban presentes en una Conferencia de Estaca, a cuántos le gustaría leer la parte sellada de las planchas del Libro de Mormón, a lo cual todos levantaron la mano. Entonces preguntó cuántos habían leído la parte de los anales que no estaba sellada, y en el acto bajaron muchas de las manos que estaban en alto.

En uno de los mandamientos más vehementes de nuestra época el Señor dijo: «Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros»; y uno de los mejores de los “mejores libros» es el Libro de Mormón, las Escrituras de las América. El Señor mismo nos lo entregó. Refiriéndose a él, el profeta José Smith afirmó: «Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234)

El Libro de Mormón puede servirnos de pasaporte para entrar en el Reino Celestial. El propio libro declara que tiene como fin convencer a los hombres «de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente». (Mormón 5:14)

Pensemos en el cambio benéfico que ocurriría en el mundo si todos los habitantes supieran que sobre todos los dictadores y sobre toda contingencia y circunstancia se halla un Dios al cual todo ser humano por último debe dar cuenta de su vida. Se predijo que el Libro de Mormón saldría a luz en una época en que muchos impugnarían la Biblia o se negarían por completo a aceptarla. Uno de los rasgos trágicos de nuestros días es que hasta muchos ministros de religión han abandonado la Biblia a fin de enseñar sus propias filosofías.

Hace algún tiempo me encontraba en una de las grandes ciudades de nuestro país y fui a oír a uno de los religiosos más distinguido del mundo. Terminada la reunión compré uno de sus libros y lo leí mientras volvía a casa en el tren. Tres semanas después me encontré de nuevo en la misma ciudad, y otra vez fui a escuchar a aquel hombre. Al concluir la reunión, un grupo numeroso de personas se acercó a estrechar su mano y yo me uní a ellas. Después que se hubieron despedido los demás, me presenté y le dije cuánto me había gustado oírlo hablar y leer su libro. Pero había dicho algunas cosas que yo no había podido entender, y le agradecería mucho si se molestaba en discutirlas conmigo. Me contestó que lo haría con todo gusto.

Le dije: En su libro usted ha escrito estas palabras: «Lleguen vuestras raíces hasta Dios.» No lo puedo entender. En otro lugar dice: ‘Sumergíos en Dios.» No lo puedo entender. En otro lugar dice:

«Llenad con Dios vuestros pensamientos.» Tampoco puedo entenderlo. Y le agradecería si tuviera la bondad de explicarme que es lo que usted entiende por Dios.

Su respuesta fue: «Debo contestarle con toda franqueza que no sé qué es Dios y no conozco a persona alguna que sepa qué es.» Entonces dijo algo muy parecido a lo que el Sr. Thomás había expresado, que si alguien pudiera decirnos qué es Dios y qué es lo que piensa, aquello constituiría el mensaje de mayor importancia para el mundo.

Entonces le pedí a este hombre que me interpretara los versículos del Génesis, donde dice que Dios creó al hombre a su propia imagen. Me contestó: «Hay una cosa de la que estoy razonablemente seguro en mi manera de pensar, y es que Dios no es un Dios antropomórfico.» Es decir, no es el Dios a cuya imagen el hombre fue creado.

Aquí tenemos a uno de los ministros más populares del mundo que no sabe qué es Dios, aunque con tal admisión le será imposible alcanzar la salvación, pues Jesús mismo dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual has enviado.» (Juan 17:3)

Este gran ministro no solamente no sabe quién es Dios, sino que tampoco entiende la resurrección literal del cuerpo ni los tres grados de gloria; no cree en la preexistencia, ni en la naturaleza eterna de la asociación familiar, ni en la expiación, ni en la salvación para los muertos. No sabe qué oficiales debe haber en la Iglesia, ni cuál debe ser el nombre de ella. No entiende ni la doctrina sencilla del bautismo, pues me dijo que yo podía entrar en la Iglesia con una carta de recomendación de mi obispo o una carta de referencia de mis amigos o podía ser miembro con tal que yo mismo certificara ser persona de buen carácter. Me explicó que podía bautizarme o no, según mis deseos, y si decidía bautizarme, podía ser rociado con agua o sumergido en ella; y mi hija o esposa o cualquier otra persona que yo deseara, podía administrar la ordenanza. Esta es su manera de pensar; y sin embargo, casi las últimas palabras que pronunció  Jesús antes  de  ascender  a  los cielos fueron: «El  que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere ser condenado.» (Marcos 16:16) Según esto, parece que para Jesús el bautismo era de mucha importancia, y ¿quién ha de saber, mejor que Él, lo que será para nuestro beneficio? ¡Cuán notablemente podía cambiar la situación de este ministro por medio de un «tratamiento» tomado de los libros que contienen las revelaciones directas del Señor para nuestros días! Hemos logrado algunos descubrimientos de mucha utilidad en esta época, pero el más importante que se puede lograr es cuando el hombre descubre a Dios y sabe aprovechar las ventajas que por este medio puede alcanzar.

Jesús le dijo a Pedro: «A ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.» (Mateo 16:19) Está a nuestra disposición este poder en la época precisa en que algunos preguntan si se tuvo por objeto que la salvación fuera únicamente para aquellos que vivieron hace dos mil años, o si Dios ahora ha cambiado su programa o terminado su obra y clausurado todos sus asuntos. ¡Cuánto se beneficiarían las vidas de todos los que moran sobre la tierra si entendieran completamente todo lo que está comprendido en el hecho de que en nuestros propios días Dios nuevamente ha aparecido sobre la tierra para restablecer entre los hombres el conocimiento del Dios del Génesis! Nos ha comunicado la información segura de que el Dios del Génesis y el Dios del Calvario es también el Dios de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, y que los beneficios completos están a nuestra disposición, si  tan solamente deseamos informarnos respecto de ellos.

Al principio del Libro de Mormón se halla un testimonio firmado por once hombres, además del profeta José Smith. No hay uno de nosotros que, si entendiera la situación, osaría desacreditar ese testimonio. El más trascendental de todos los mensajes es que Dios nuevamente ha hablado al hombre en la tierra; y el mayor beneficio que puede venir a nosotros es investigar lo que ha dicho y conformar nuestras vidas con esa palabra.

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Apartados

Liahona noviembre 1960

Apartados

por el élder Sterling Welling Sill

Tenemos un método sumamente interesante para instalar en su puesto al que va a obrar en nuestra Iglesia. Después que ha sido seleccionado, juzgado digno e instruido con respecto a sus deberes, llega el momento en que es «apartado». Este rito es una combinación de delegar la responsabilidad, hacer un traspaso de la autoridad para llevarla a efecto y conferir una bendición. Esta manera de proceder se ha practicado por mucho tiempo. Leemos en el Antiguo Testamento que:

Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, hombre en el cual hay espíritu, y pon tu mano sobre él; y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, y le darás el cargo en presencia de ellos.

Y pondrás de tu dignidad sobre él, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca. (Números 27:18-20)

De conformidad con este modelo, todo obrero es “apartado” para su puesto particular, en esta Iglesia. A cada uno se impone una responsabilidad definitiva de efectuar determinada parte de la obra de la misma. Cuando somos apartados, la posición es nuestra; no pertenece a ningún otro. Nadie más tiene el derecho de hacer aquella obra mientras ocupemos ese puesto. Es cuando llega a ser nuestra la responsabilidad de proveer la iniciativa, el entusiasmo, los planes y la industria necesarios para lograr los resultados más eficaces. Si no hacemos estas cosas, no se llevarán a efecto.

Pero también somos «apartados» en un sentido muy literal. Con nuestra nueva autoridad y bendición, somos diferentes de lo que fuimos antes. Nuestra conducta debe tener la misma excelencia que la importancia de nuestra responsabilidad. Somos «apartados» para pensar, actuar, y vivir en un nivel más elevado. Debemos apartarnos del pecado, la debilidad, el error y el descuido. Mediante nuestra aceptación de la autoridad, prometemos cumplir en todo respecto con la responsabilidad.

Hace un tiempo un joven me dijo que el Presidente de su rama le había pedido que aceptara cierto llamamiento en la Iglesia. Me propuso varias razones por que no quería aceptar. Pude ver claramente que la tarea no se efectuaría debidamente si le era dado el puesto. Me preguntó qué debía hacer. Le contesté que convenía que le dijera a su Presidente francamente que no aceptaría. Mi respuesta lo sorprendió mucho. Me contestó que se le había enseñado a nunca pasar por alto un nombramiento en la Iglesia. Le relaté la parábola de Jesús sobre el señor de la Viña y sus dos hijos. El viñador dijo a cada uno de ellos: «Id hoy a trabajar en la viña». El primero dijo: “No quiero; mas después, arrepentido, fue”. El segundo le respondió: “Yo, señor, voy. Y no fue”. Póngase usted en el lugar de cada uno de ellos. El Presidente le ha pedido que acepte una posición en la rama. Si se niega, el Presidente buscará a otra persona para que haga lo que usted debería haber hecho, y nadie resultará perjudicado más que usted. Ahora consideremos el otro Caso. Supongamos que usted le dice al Presidente: «Yo, señor, voy, pero no va. Si le dice al Presidente de la rama que acepta, le serán dadas la posición y las bendiciones; y entonces si usted no cumple, muchos resultarán perjudicados como consecuencia. Si usted no tiene la intención de cumplir con el puesto un cien por ciento, más vale que no lo acepte en primer lugar.

Jesús comparó la gente a la que hablaba con el hijo que respondió, «Yo, señor, voy; y no fue»; y por eso les dijo: «De cierto os digo, que los publicanos, las rameras van delante al reino de Dios.» (Mateo 21:20-31) Estas palabras son algo severas. Claro está que nos conviene evitar semejante situación. Una de las cosas que nos llena de espanto, respecto de esta comparación, es que también se aplica a nosotros, si las circunstancias coinciden. Uno de los más graves de todos los pecados es la devoción “parcial”. Es cuando no somos «ni fríos ni calientes.» (Apocalipsis 3:15, 16) Manifestamos solamente una fe «parcial». Andamos por camino indeseable de una actuación mediocre y esfuerzos mínimos.

En una ocasión un renombrado entrenador canadiense dijo que la mayor parte de la gente dentro y fuera del atletismo, carecía de resolución. Lo que quiso decir fue que con demasiada frecuencia no nos entregamos de lleno a lo que estamos haciendo. Tenemos muchas reservas respecto de esta cosa o aquélla. Así es como muchas veces emprendemos nuestro llamamiento. Hay irresolución en nuestro entusiasmo, en nuestra determinación y en nuestra industria. Sin embargo, cuando somos irresolutos con la vida, la vida es irresoluta con nosotros. Debemos evitar a toda costa esta irresolución cuando se trate de servir a Dios. Una vez que se nos ha “apartado” no debemos esperar a que se nos impulse, recuerde o inste a cumplir con nuestro deber. La responsabilidad es nuestra, no de ningún otro; y debemos obrar como si nuestra vida misma dependiera de ello, como de hecho depende.

Nuestra tarea ahora no consiste meramente en hablar de la fe, sino en ponerla por obra en la vida de la gente. La fe no puede existir en un vacío. La fe sin obra es muerta. Si aislamos la fe de su tarea apropiada, siempre muere. No hay tal cosa como una fe envasada. Nuestra responsabilidad no es meramente discutir problemas, sino cómo resolverlos. Fuimos “apartados” para garantizar la obra de nuestra organización. La obra debe hacerse efectivamente. Ni la “fe”, la “oración”, la “conversación” o el “conocimiento”, pese a la cantidad que sea, pueden jamás a llegar a ser un sustituto satisfactorio de la actuación efectiva. Sin una buena proporción de industria no es posible el éxito. Debe disgustar mucho a Dios cuando profanamos el puesto y la bendición que poseemos, llenando nuestras mentes de indiferencia, desidia e irresponsabilidad.

Los enemigos mortales del alma son: la flaqueza, la irresolución, la irreflexión y el desánimo. Estos van aquí y allá por toda la Iglesia, no sólo destruyendo la obra del Señor, sino estorbando a los que obran por El. Una obra torpe produce hombres torpes. Según Shakespeare, “maldice al que la da y maldice al que la recibe”.

Demóstenes dijo en cierta ocasión: “Ningún hombre puede tener un carácter alto y noble mientras se dedique a una obra mezquina o ruin. Porque cualquiera que fuere la ocupación de los hombres, su carácter será semejante a ella”. Es imposible comunicar un gran mensaje sin un gran mensajero. Somos “apartados” para ser una gran obra. Debe ocupar el puesto un gran obrero. Se nos ha impuesto la obligación de ser fieles. No debemos descuidar o desatender nuestro llamamiento. Esto se aplica a todo grado de responsabilidad.

¿Qué opinaríamos de un ejército, de cuyo general no se pudiera depender completamente? Antiguamente cuando un soldado se daba de alta en las legiones del César prestaba juramento de que consideraría la vida de César de mayor valor que todo lo demás. Tal acto lo “apartaba”. Desde ese momento en adelante no escatimaba esfuerzo alguno o evitaba el riesgo que fuera si la vida de César se hallaba en peligro. Esta misma devoción hacia el deber caracteriza a la grandeza. Por ejemplo, un comandante llamado Treptow murió en la batalla de Chateau-Thierry en 1918. En el diario que más tarde hallaron sobre su cuerpo se había escrito estas palabras: «Trabajaré, ahorraré, sacrificaré, aguantaré, lucharé con gusto y me esforzaré cuanto pueda, como si todo el conflicto dependiera solamente de mí.» Esta manera de pensar «aparta» a cualquiera como persona de distinción, no importa cuál sea su posición, Nosotros podemos apartarnos con el más emocionante de todos los conceptos del éxito. Ciertamente, no es más importante servir fielmente en el reino de César que en el reino de Dios.

Pero hay ocasiones en que nos convertimos meramente en «cristianos bíblicos». En esta situación el cristianismo está principalmente dentro de la Biblia y muy poco dentro de nosotros. Se necesita que el cristianismo entre en nosotros. Es menester que el espíritu de efectuar llegue a ser parte de nuestros hábitos. Es preciso apartarnos a nosotros mismos con un deseo ferviente y una industria indefectible. Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10)

La cosa de mayor valor en la vida es la propia vida. En los días de Job se solía decir: «Todo lo que el hombre tiene dará por su vida.» (Job 2:24) No hay inconveniente que no soportaríamos, ni gasto que no haríamos a fin de prolongar la vida por una semana o por un mes, aun cuando supiésemos que durante ese período nos veríamos llenos de dolor y congojas.

De modo que si esta vida terrenal vale tanto, ¿cuánto valdrá la vida eterna? ¿Y qué importancia se atribuye a la obra de los que ayudan a realizarla? Uno de los pecados mayores consiste en destruir la vida terrenal del hombre. Pero, ¿cuánto más grave no será el pecado del que es causante de que se pierda la vida eterna? Supongamos que uno es negligente con su responsabilidad en la Iglesia. Vamos a suponer que porque dice, «Yo, señor, voy»; pero no va, un hermano pierde la vida eterna. ¿Cuál será su situación? Sea que la tragedia venga por intención o por descuido, la pérdida es igual.

El presidente Jhon Taylor dijo: «Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubieseis cumplido con vuestro deber». (journal of Discourses 20:23) ¡Qué concepto tan grave e impresionante! Comparativamente pocas personas llegarán a ser hijos de perdición o derramarán sangre inocente; sin embargo, corren peligro de perder sus propias bendiciones y las bendiciones de muchos que están bajo su responsabilidad, por el simple hecho de haber uno descuidado su deber de honrar su llamamiento. Si el gozo mayor consiste en la satisfacción de salvar un alma, ¡cuán terrible será el remordimiento de aquellos que permitirán que se pierdan!

Las Escrituras mencionan la posibilidad de que lleguemos a ser «salvadores sobre el Monte de Sión». Es la categoría más alta que podemos alcanzar; pero la única manera en que se puede ser un salvador es salvar a alguien. ¿Cómo nos sentiríamos, si fuéramos doctores y hubiéramos dedicado nuestra vida a la práctica de la medicina, pero nunca hubiésemos salvado a nadie? La experiencia más emocionante que cualquier médico conoce es ver a otra persona recobrar su salud completa bajo su cuidado.

Imaginemos cómo se sentirá uno, sabiendo que muchas personas vivirán para siempre en el reino celestial, por motivo de la habilidad y devoción con que hemos cumplido la obra para la cual fuimos apartados. Jesús dijo: «¡Cuán grande no será vuestro gozo con ellos en el reino de mi Padre!» (Doctrinas y Convenios 18:15) No podemos sino tratar de imaginar este gozo; pero todo el que obra en la Iglesia debería conocer, lo más pronto posible, esta emocionante experiencia de salvar a alguien. Debemos estar capacitados para ello; debemos poder garantizar nuestro propio éxito.

El negocio principal de la vida consiste en lograr el éxito. No se nos colocó aquí para que desperdiciemos nuestras vidas fracasando. Es fácil decir: “yo, señor, voy”. Es la cosa más sencilla prometer; e igualmente es la cosa más fácil fracasar. Refiriéndose a los esfuerzos de cierta persona, el gran estadista inglés, Winston Churchill, los describió de esta manera: «Tímidos, tardíos, torpes, tediosos y titubeantes.» Cuando nuestra obra se encamina en esa dirección, nos estamos apartando para el fracaso.

Supongamos que tenemos un empleado irresponsable, el cual está causando el fracaso de nuestra empresa vital. ¿Cómo nos sentiríamos hacía él? ¿O supongamos que la vida eterna de nuestros hijos estuviera en sus manos? ¿Qué pensará nuestro Padre Celestial de aquellos que son causantes de que sus hijos pierdan sus bendiciones porque dicen, «Yo, señor, voy » y no van? La peor blasfemia no consiste en maldecir, sino en servir únicamente de boca». La pérdida más grande del mundo es que los seres humanos, como vosotros y yo, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades. Comparado con lo que podríamos ser, sólo estamos medio despiertos.

Ningún fracaso es glorioso. Todo fracaso es un pecado, no sólo por el propio hecho, sino por lo que representa. El fracaso es señal de un defecto en nosotros; es señal de que no nos hemos «apartado» para el  éxito. Es malo fracasar en nuestro propio negocio, pero cuando fracasamos en el negocio de nuestro Padre Celestial, quiere decir que muchas personas perderán las bendiciones de la vida eterna.    No  debemos  fracasar;  más  aún,  ¿por  qué  hemos  de fracasar? Si hacemos lo que es correcto, casi no hay posibilidad del fracaso.

Somos hijos de Dios, creados a su imagen e investidos con sus atributitos. Simplemente recordemos quiénes somos. Es  de tremenda importancia conocer nuestro origen y reafirmarlo constantemente en nuestra vida. Hemos heredado la potencia y la prudencia del Creador. Estamos trabajando en la obra a la cual Dios mismo dedica su tiempo entero. Nunca nos apartemos de nuestra herencia, y desarrollemos nuestras facultades hasta el máximo grado.

No son muchas las personas consideradas grandes por lo que actualmente son; pero todos son grandes por lo que pueden llegar a ser. Considerados como obra ya terminada, ninguno de nosotros podrá impresionar particularmente, ni aun a nosotros mismos; pero considerado como posibilidad eterna, el ser humano es espléndido. Podernos ser salvadores sobre el monte de Sión; poseemos enormes posibilidades. No permitamos que ninguna excepción nos desvíe del éxito. Toda persona logra el éxito o fracaso, de acuerdo con lo que cree, lo que busca con su trabajo o lo que rige su vida. Podemos creer en las cosas más importantes del mundo y luchar por ellas. Para ese fin hemos sido «apartados» y bendecidos.

Además de todo esto, sin embargo, uno mismo puede bendecirse y apartarse para realizar la grandeza por medio de sus energías, su fe, entusiasmo y determinación. Uno puede apartarse a sí mismo para considerar la obra de Dios de mayor estima que todo lo demás. ¡Qué cosa tan admirable es ser «apartado» para la obra del Señor!

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Angosto es el camino

Liahona octubre 1960

Angosto es el camino

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los secretos más importantes de la feliz habilidad para dirigir, bien sea en la Iglesia o cualquier otro lugar, se ha expresado adecuadamente en la bien conocida afirmación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha… porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:13-14)

Se reconoce que todos desean ser felices y lograr el éxito; y sin embargo, cuántas son las personas de nobles ideales y ambiciones finas que llegan a un destino indeseable e imprevisto. Se debe a que el camino por el cual llegamos al éxito y la felicidad es tan angosto, que la mayor parte de las personas no pueden permanecer dentro de sus confines por mucho tiempo. Las tendencias naturales de la gente demandan un camino más amplio del que permite el éxito verdadero. Es más fácil andar por un camino ancho; hay más lugar en él para desvíos y rodeos. El camino ancho no limita a uno a pensar rectamente ni a disciplinarse. Existe en nosotros la tendencia de querer más laxitud de la que podemos hallar en un camino angosto. ¿Hemos oído alguna vez de alguien que se haya desviado del camino angosto en ángulo recto? El fracaso empieza simplemente por querer hacer más ancho el camino. Nuestras inclinaciones nos incitan con tanta frecuencia a que exploremos los caminos laterales que nunca nos conducen a donde deseamos ir.

El viajero común desperdicia mucho tiempo del que debe, en desviaciones y callejones sin salida. Hay miles de caminos que conducen a todo destino concebible. Algunos son fáciles y agradables porque no tienen muchas restricciones. Son de amplitud suficiente para permitir muchas clases de actividades incompatibles con el éxito.

En nuestro viaje hacia el éxito, deben considerarse muchas cosas. Un objetivo noble es importante; una ambición digna es loable; el gran entusiasmo es útil. No obstante, también debemos considerar con cuidado el camino por el cual vamos a transitar. Se llega a toda gran realización, sea intelectual, social, física, espiritual o económica, por el camino angosto precisamente de acuerdo con el significado que Jesús aplicó a este término.

Por ejemplo, sabemos que la concentración es importante para lograr el éxito. Cuando se le preguntó a William Gladstone, el destacado político inglés, el secreto de su feliz carrera, su respuesta fue una sola palabra: “Concentración”. Emerson dijo la misma cosa. A eso se estaba refiriendo Jesús cuando manifestó: “…si tu ojo fuere bueno…” (Mateo 6:22) “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”. (Santiago 1; también 4:8)

La concentración no es una ancha carretera y se adquiere limitando el capo de acción, ampliando la visión, descartando las distracciones y enfocando la mente.

La decisión es otro de los componentes importantes del éxito, pero también es angosta. La decisión constituye la puerta y la actuación es la vía. Debemos resolvernos, en lo que respecta a determinada cosa, entonces enfocar nuestra atención y guiarnos por la brújula, no por nuestros caprichos. Si uno desea ser preciso y exacto, debe abandonar la indeterminación y la generalidad. El éxito requiere que lleguemos a una determinación; que establezcamos nuestras normas. Debe restringirse la laxitud y eliminarse las cosas que no concuerdan.

La autodisciplina es también estrecha. Consideremos, por ejemplo, las personas que padecen de obesidad o gordura. El principio que está causando su problema es el camino ancho. Si se va a rebajar de peso, sencillamente quiere decir ceñirse a un camino más angosto. Será menester proscribir ciertas cosas, imponer restricciones, limitar la cantidad de alimentos, refrenar con más severidad el apetito. Cuanto mayor sea la reducción deseada, tanto más angosto debe ser el camino.

En la Palabra de Sabiduría el Señor no hizo más que estrechar el camino que conduce a la salud, prohibiendo el uso de ciertas cosas. Los millones de alcohólicos que hay en todo el mundo eran gente sin ese vicio en otro tiempo. Ninguno de ellos intencionalmente se encaminó hacia el terrible lugar donde fue a parar. Probablemente tenían nobles ideales y buenas intenciones. Ciertamente querían llevar vidas felices, útiles y respetables. Cayeron en error sólo porque quisieron hacer demasiado extenso su camino.

¡Con cuánta frecuencia tenemos en nuestras mentes grandes propósitos y nobles ideales precisamente en el momento que nuestras manos buscan las cosas prohibidas y nuestros pies nos llevan por el ancho camino que nos conduce a la destrucción!

Algunas personas se hacen llamar “liberales”. Pero con frecuencia amplían sus pensamientos a tal grado que se introducen en su programa muchas cosas indeseables. Nos valemos de un rasgo interesante llamado tolerancia, que con frecuencia significa ceder terreno. Modificamos y transigimos.

La sociedad se ha vuelto tolerante en extremo en lo que respecto al uso del alcohol, la delincuencia, el pecado, el menosprecio de los mandamientos religiosos. Nosotros nos hemos tornado tolerantes hacia las cosas que causan el fracaso, y aun hemos aprendido a ser tolerantes con el propio camino ancho y espacioso. Tenemos la tendencia de creer demasiado en el “desenlace feliz”, sea cual fuere el camino que tomemos. La liberalidad puede compararse a un río sumamente ancho pero de poca profundidad. Es el torrente de cauce angosto y profundo el que tiene fuerza para abrirse paso entre la montaña.

Hay algunas organizaciones religiosas que atribuyen poca importancia a la iglesia a la cual uno pertenece o a lo que rehace en ella. Afirman que toda la gente tiene algo de bueno en sí, y que al fin y al cabo todos llegarán al mismo lugar.

Oímos decir que no es de mucha importancia lo que creamos o lo que hagamos; y agrada a muchos adoptar un camino muy ancho y espacioso, en el cual puede haber cabida para cualquier cosa.

A pesar del concepto que tengamos del Dios de salvación ¿no es interesante observar que el Dios de la naturaleza es muy estrecho? A nivel del mar, el agua hierve a 100 grados, según el termómetro Centígrado, o 212, según el Fahrenheit; pero nunca a 98 o 210 respectivamente. El agua se congela a 0 y 32 grados respectivamente; pero nunca a 2 o 34. El Dios de la ciencia es estricto. Los objetos más pesados que el aire no pueden resistir la atracón de la tierra. No hay excepciones; nos parecerá intransigente en extremo, pero así es.

Se puede predecir al minuto la vuelta de un planeta en una órbita de 500 millones de millas. A estos astros no les es dada ninguna laxitud para desviarse. La electricidad es estrecha. La brújula siempre indicará hacia el norte, nunca hacia el oriente o poniente; de modo que la brújula no es muy “liberal”. Las matemáticas son muy rígidas. Dos y dos son cuatro, nunca tres y medio. El que ha pasado por la experiencia de hallarse en medio de una fuerte tormenta, en un avión que tuvo que aterrizar por medio de los instrumentos, ¡cómo ha orado que el corazón del piloto no se desvíe ni un ápice! Un momento de “liberalidad” por parte de él puede resultar en muerte instantánea para todos.

Así como la ciencia y la naturaleza son estrechas y angostas, en igual manera lo es el evangelio. Por ejemplo, dice: “El que creyere y fuere bautizad, será salvo; más el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16) “Un Señor, una fe, un bautismo.” (Efesios 4:5)

Quizá esto parezca muy estrecho, pero también parece razonable, correcto y seguro. La verdadera habilidad para dirigir es también intransigente. Si hacemos estas cosas, logramos el éxito; si hacemos aquellas, fracasamos. No hay más alternativa y empezamos a fracasar precisamente en el momento en que nos convertimos en demasiado liberales.

El elemento principal del éxito en cualquier campo consiste en seguir el camino estrecho. Es la vía de la salvación, la vía del éxito, de la felicidad, de la habilidad para dirigir con éxito, de contener nuestro peso, de dominar nuestra actitud. Es lo contrario del camino que tiene amplitud suficiente para decisiones vagas, pensamientos desenfrenados y actos licenciosos.

Pensemos en lo angosta que es la vía de la lealtad. Nos ciñe a una devoción definitiva. El éxito y la felicidad en el matrimonio también son un camino recto. Dos personas, de su propia voluntad, se entregan el uno al otro y a nadie más. No están por más tiempo irresponsablemente libres para andar aquí y allá donde el capricho pasajero pueda atraerlos. El matrimonio no es una ancha avenida de tránsito en dos direcciones; tampoco lo es la habilidad para dirigir con éxito, ni la vida. La gloria mayor de una persona consiste en la rectitud de su puerta y la estrechez de su camino. Los infieles y desleales andan por el camino ancho. Podrán tener una gran variedad de intereses o ninguno; podrán sentir devoción hacia muchos o nade; podrán vivir sin restricción, de acuerdo con la filosofía del “liberalismo”. No obstante, sabemos que esa vía particular ha sido designada el “camino ancho”, y todos deben saber de antemano a dónde conduce.

Los Diez Mandamientos son estrechos. Las leyes que tiene que ver con el reino celestial también lo son, y son pocos los que se conservan en el camino. Nos alejamos del camino principalmente porque nosotros mismos quitamos el cerco que lo rodea y derribamos las indicaciones y letreros que prohíben el paso, y así, ningún malestar sentimos al apartarnos del camino recto.

En cuanto empezamos a conceptuar la vida como una carretera que permite el tránsito en dos sentidos, empiezan a desarrollarse la hipocresía y la confusión, y nos hallamos envueltos en dificultades. A esta norma doble se debe la discordia que existe que existe entre el hecho y el credo, lo cual es la causa de los innumerables males de nuestra civilización. No basta con fijar una meta elevada; es también necesario que no nos apartemos del camino que conduce allí.

A pesar de la razón y del conocimiento científico de que nos preciamos, aun creemos más o menos subconscientemente, en una especia de magia negra, que pese al camino que tomemos, de una manera u otra nos irá bien. A un pecador empedernido le parece imposible que al fin se vaya a perder.

Tratamos de sostener nuestros nobles ideales con una mano en el momento preciso que cruzan por nuestra mente pensamientos impíos o leemos literatura indebida o hacemos cosas malas. Cuando fijamos nuestros pensamientos en fines o propósitos correctos, mas permitimos que nuestros pies vayan por el camino incorrecto, no sólo nos calificamos de pecadores, sino también de necios; porque ninguna cosa que viaja por el camino errado podrá llegar al destino correcto.

En el sermón más importante que jamás se ha predicado, el Hombre más noble que jamás ha vivido dijo: “Ven, sígueme.” (Lucas 18:22) También: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6) Esto señala un camino angosto en extremo; no tiene desvíos, no hace excepciones, no admite transigencias. Sin embargo, al andar por él tendremos la seguridad de que llegaremos a donde deseamos ir.

Consideremos algunos de los elementos que son parte de la habilidad para dirigir dentro de nuestra propia Iglesia, y midámoslas para ver si están de conformidad con lo que especificó Jesús.

Conducta personal. El hábil director se gloría en conservar su conducta en línea recta con la estrella polar de su fe. Debe ser fiel a lo mejor que hay en él. Otros andarán errantes aquí y allá por todo el territorio, pero él será fiel, no porque alguien podrá verlo, ni porque sea “lo más conveniente”, sino porque es lo recto.

Actitud mental. Si los pensamientos de una persona se desvían por el camino ancho, no hay mucha probabilidad de que sus pies se conserven por el camino angosto. El psicólogo William James dijo: “Aquello que conserva la atención, determina el hecho”. Por donde conduce la mente, allí andan los pies.

La sensación de responsabilidad es un camino estrecho en extremo y, como todas las demás cosas, nuestra limitación es nuestra gloria mayor. El presidente norteamericano Lincoln dijo que la nación no podía existir siendo la mitad esclavos y la otra mitad libres. Tampoco puede existir la habilidad para dirigir si el director es medio responsable y medio irresponsable.

El concepto de Jesús respecto del camino estrecho se aplica a todo elemento que forma parte de nuestra habilidad para dirigir. La integridad personal es estrecha; lo es el deber y también la preparación.

El propio Maestro nos ha dado la fórmula: “entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta, y angosto son los que la hallan.” (Mateo 7:13- 14)

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¿Soy yo, Señor?

Liahona septiembre 1960

¿Soy yo, Señor?

por el élder Sterling Welling Sill

Una de las últimas y más importantes de las responsabilidades terrenales de Jesús fue preparar a los Doce para las cargas del ministerio que pronto descansarían sobre ellos. Al comer de la última cena en el aposento alto, los discípulos deben haberse sorprendido en extremo cuando oyeron a su Maestro decir:

«De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.»

Y Mateo sigue diciendo:

«Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?» (Mateo 26:21-22)

La traición es cosa terrible, y una de las mejores maneras de contrarrestar esta falta o cualquier otra, es desarraigarla de la mente y del corazón y destruirla antes de cometerla. Con presentar este asunto a todos los Doce, quizás el Señor estaba procurando que todos examinaran su conciencia mientras todavía estaba con ellos. El problema principal concernía a Judas, pero el Maestro también tenía una lección para los otros once, porque después que Judas hubo salido del cuarto, y los demás hubieron acabado de comer, cantado un himno y salido al monte de las Olivas, Jesús dijo a los once:

«Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche.» (Mateo 26:31)

Pedro mismo, que más tarde llegó a ejercer tan benéfica influencia y con gusto dio su vida por el Maestro, manifestó entonces su propia necesidad de examinar su alma. Le dijo a Jesús:

«Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.»

Jesús le respondió:

«Esta noche, antes que el gallo cante, me negaras tres veces.»

Le era imposible a Pedro creer que tal aconteciera. Afirmó:

«Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré.»

Y Mateo añade significativamente:

«Y todos los discípulos dijeron lo mismo.» (Mateo 26:33-35)

Al llegar al Getsemaní, Jesús les dijo: “Sentaos aquí, mientras voy allí y oro.» Llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, a los cuales especialmente encargó que velaran con Él. Entonces se apartó de ellos también «y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando.» (Mateo 26:36-39) Debe haber sentido aún más el peso de la tristeza cuando volvió y encontró dormidos a sus discípulos de rnás confianza. Hacía tan poco que todos le habían profesado su lealtad y constancia, pero no habían podido cumplir la sencilla solicitud del Maestro de velar con El una hora. Entonces dijo algo que nosotros frecuentemente tenemos motivo para reflexionar: «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es  débil.» (Mateo 26:41)

Debemos estar preparados para combatir esta tendencia común hacia la debilidad que tan frecuentemente se manifiesta en nuestra naturaleza humana. Un momento estamos tan seguros de poder hacer frente a cualquier situación, y el siguiente nos hallamos caídos de espaldas sobre nuestros anhelos más estimados. Parecía que Pedro estaba tan seguro de sí mismo a la hora de la cena, pero antes que cantara el gallo, aun él, Pedro, la roca, el pilar, el discípulo principal, había hecho precisamente lo que tan vigorosamente había declarado no hacer jamás. Sin la menor intención de hacerlo, había negado al Maestro. No sabemos todo lo que sucedió esa noche, pero Jesús había predicho que los once «se escandalizarían» de Él, citando la profecía de que cuando el pastor es herido, las ovejas de la manada son dispersas.

Esta manera interesante en que reaccionaron los discípulos más fieles de Jesús pone de manifiesto algunos de nuestros propios peligros, porque también llevamos con nosotros las semillas de todos los pecados. Podemos fortalecer la «carne» examinando ocasionalmente nuestros propios corazones con la significativa pregunta, «¿Soy yo, Señor?»; porque solamente teniendo presente nuestras propias posibilidades de cometer un mal podemos destruir estos errores antes de cometerlos. Tomas Carlyle dijo una vez que «la mayor de todas las faltas es no estar consciente de ninguna». Esto también nos indica en donde existe la mayor probabilidad de que nos desviemos.

Judas dio tanta cabida en su alma a la maldad, que lo destruyó. Todos debemos damos cuenta de nuestra propia tendencia a esa misma cosa. Ninguno de nosotros se halla libre de la posibilidad de pecar. Aun los once que fueron escogidos tuvieron problemas serios. Ninguno de ellos pudo permanecer despierto para apoyar al Maestro, ni aun durante esa hora en que, bajo el peso de los pecados del mundo, sudaba grandes gotas de sangre por cada poro.

Esta posibilidad de transgredir puede llegar a ser sumamente fuerte aun en las personas más buenas, si no se cuidan constantemente. Escuchemos la confesión que Pablo, en otro tiempo el gran Saulo de Tarso, escribió a Timoteo: «Habiendo sido yo antes blasfemo y perseguidor e injuriador: pero recibí misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.» (1 Timoteo 1:13) Pero aunque Pablo llevó una vida buena después de su conversión milagrosa, nunca pudo deshacer el daño que había causado. Pese a lo sincero de su arrepentimiento, no podía devolverle la vida a Esteban o deshacer los demás daños. ¡Qué amargura para uno tener que reflexionar su pasado y decir de sí mismo: «Blasfemo, perseguidor e injuriador he sido yo!”

La diferencia entre el éxito y el fracaso en nosotros mismos frecuentemente depende de nuestra habilidad para examinar nuestras propias almas y arrepentirnos antes que el pensamiento inicuo haya tenido oportunidad de incubar. Cierto es que muchos de nuestros pecados, grandes y pequeños, podrían evitarse si tuviéramos un poco más de experiencia en el arte de examinar nuestras conciencias anticipadamente. Entonces podríamos desarraigar y destruir cualquier tendencia nociva antes que produjera su fruto malo. Podríamos, con alguna regularidad, provechosamente hacernos la pregunta de los discípulos a nosotros mismos, y entonces insistir en una respuesta franca e imparcial. Todos deberíamos exigir periódicamente una prueba convincente de nuestra propia integridad y la habilidad para cumplir con lo que hemos prometido.

Igual que los discípulos, habrá ocasiones en que estaremos pensando en una cosa en el momento preciso en que estamos a punto de hacer todo lo contrario. Pedro no tenía la menor intención de hacer lo que hizo; pero su vehemente declaración no duró ni una sola noche. En igual manera, nosotros frecuentemente no podemos predecir lo que haremos en determinadas circunstancias.

Permitimos que la maldad se cometa primero y entonces nos examinamos después. Decimos: ¿Cómo se me ocurrió hacer tal cosa?” Y aun así, frecuentemente no recibimos una respuesta satisfactoria. Pedro sintió tanto remordimiento después de haber negado al Señor, que «saliéndose fuera lloró amargamente». Judas también sintió un remordimiento intenso, pero no reflexionó con suficiente anticipación; y habiéndole negado los sacerdotes su oferta de reparar el mal que había hecho, arrojó el dinero a los pies de ellos y salió y se ahorcó. ¡Qué lástima que no pudo haber sentido el remordimiento antes! El pesar y las lágrimas son de poco valor cuando vienen tan tarde. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos ponemos  a  pensar  seriamente  después  de  haberse  cometido  el pecado. Por decirlo así, cerramos con llave la puerta del establo después que el caballo se nos ha ido. Si pudiéramos ajustar el momento de nuestro remordimiento y sentir el pesar algunas horas antes, podríamos evitar la mayor parte de nuestros errores.

Conceptuamos a Judas con el espantoso título de «hijo de perdición». Pero su experiencia trágica nos recuerda que muchos de nuestros propios errores vienen por motivo de la misma clase de introspección ineficaz. Cuando no podemos percibir en nosotros mismos una maldad que se aproxima, nos privamos de toda previsión protectora. Si dedicáramos a la prevención sólo la mitad de la energía que empleamos en el remordimiento, cambiaría el aspecto completo de nuestra vida. La precaución es mucho más benéfica como instrumento del éxito que el remordimiento más profundo.

Supongamos que alguien nos sugiriera la posibilidad de que, igual que Judas, nosotros podríamos traicionar al Señor. Con toda probabilidad, nos llenaríamos de indignación; no cabe duda que nos sentiríamos absolutamente seguros de poder dominarnos en cualquier situación. Sin embargo, esta disposición de no sospechar es precisamente con la que frecuentemente nutrimos el pecado mismo que está recibiendo la fuerza suficiente para destruirnos.

Debemos recordar que Judas no es el único que ha cometido una traición. Por ejemplo, ¿qué opinión tendríamos de la siguiente situación? El año pasado en una de las ramas, el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico ganaron su diploma individual. En otra rama de esa misma estaca, solamente el 10% lograron hacerlo. Alguien fue culpable de la pérdida del 77% de los jóvenes, que no se habrían perdido si se hubiera trabajado con ellos como en la primera de las ramas citadas. Si hubo traición aquí, ¿quién la cometió?

Casi la última instrucción que Jesús dio a Pedro antes de ascender a los cielos fue la comisión, repetida por tres veces: «Apacienta mis ovejas.» (Juan 21:16) La desobediencia completa consistiría en no hacer nada. Dejar que los corderos mueran de hambre no es tan aparatoso como una traición directa; sin embargo, los resultados puedan ser  igualmente  desastrosos.  Es interesante  recordar  que Jesús no perdió su exaltación eterna por motivo de la traición de Judas. Por otra parte, algunos de los jóvenes de esta rama del 10% pueden perder su exaltación por motivo del descuido sencillo de sus directores llenos de buenas intenciones. Algunos, sin comprenderlo, pueden ser desleales a su comisión o negar su responsabilidad, o dudar de su autoridad o quedarse dormidos cuando se presenta su oportunidad. Los medios podrán ser diferentes, pero al fin y al cabo,

¿cuál es el resultado?

El presidente John Taylor dijo: «Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubierais cumplido con vuestro deber”. (Journal of Discourses 20:23).

Cuando aceptamos nuestro llamamiento según esa base conviene que estemos bien fortificados con algún medio eficaz para evitar el fracaso.

Hace tiempo un anciano de sesenta y cuatro años dijo: «Si hace 40 años hubiera sabido lo que hoy se habría vivido de otra manera.» Lo que quiso decir fue: «Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo».

Pero si Judas hubiese sabido, mientras proyectaba la traición, lo que sabía momentos antes de suicidarse, también quizá él habría obrado de otra manera.

En lo que concierne al éxito, la previsión es de valor infinitamente mayor que la retrospección.

Uno de los rasgos inspiradores de la vida del Maestro es que no tuvo que cometer un solo pecado para descubrir que esto era malo. Hay algunas personas que tienen que cometer todo error personalmente. No nos ayudará mucho cuando estemos delante del divino tribunal y lamentemos: «Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo.» Ni aun el «lloro, gemidos y crujir de dientes» nos será de mucho provecho. No podemos volver a vivir nuestras vidas. La vida no permite ensayos. No podemos practicar el nacimiento o la muerte o el éxito. Pero sí podemos  ayudarnos  a  nosotros  mismos  si  tan  sólo  prevemos  y analizamos anticipadamente las maldades potenciales, mientras todavía son ideas.

La traición, sea el grado que fuere, es terrible; pero también lo es la insensatez; y lo mismo puede decirse de la incompetencia y la desidia y cualquier otro medio por el cual se pierden las bendiciones eternas. Por tanto, nos sería de mucha ayuda protegernos de los errores posibles examinándonos la conciencia ocasionalmente con la significativa pregunta de los discípulos: ¿»Soy Yo, Señor?»

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La delegación de responsabilidad

Liahona  agosto 1960,

La delegación de responsabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los renombrados generales de la Segunda Guerra Mundial pronunció un discurso con el nombre ‘El Arte de Delegación’. Este tema es uno de los más importantes de todos los campos de la responsabilidad administrativa, y el orador presentó algunas sugerencias excelentes sobre la manera de llevarla a cabo.

Los primeros comandante militares, comprendiendo que era imposible estar en todos los sitios del campo de batalla al mismo tiempo, nombraron subalternos y les señalaron misiones particulares a cada cual para que dirigiera cierta parte de la batalla. Es de por sí evidente que con tal nombramiento el subalterno debe entender qué es lo que se espera de él. Debe saber en qué consiste su autoridad y responsabilidades. Debe entender que tendrá que responder al General por la forma en que emplea su autoridad.

En cualquier empresa que exige los servicios de más de un hombre es menester la misma forma de proceder. Ningún administrador puede encargarse de todos los problemas que surgen en los negocios, las operaciones militares o el trabajo de la Iglesia. Por tanto, su deber principal consiste en dividir y delega esta responsabilidad, y entonces ver de que cada uno cumpla con su cometido. Son tan numerosas las tareas que se requiere cumplir, y a la vez son tan pocos los detalles que el administrador puede dirigir personalmente, que, si la obra ha de llevarse a cabo, es preciso que haya esta delegación o lo que se ha llamado ‘descentralización coordinada’.

Uno de los ejemplos clásicos de delegación se halla en la Biblia, y ocurrió en la primera parte de los viajes y la historia de los hijos de Israel. Moisés estaba trabajando desde el amanecer hasta el anochecer queriendo hacer todo el trabajo él mismo, escuchando las dificultades y quejas de su pueblo. A pesar de lo mucho que se afanaba, había grandes multitudes que esperaban su turno para ser oídos. Esto causó alguna disensión y murmuraciones entre ellos. Jetro, suegro de Moisés, observando esta confusión, dijo: ‘No haces bien’. Entonces aconsejó a Moisés que escogiera hombres capaces y los pusiera por ‘caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez’, para que juzgaran e instruyeran al pueblo. Es decir, bajo la dirección de Moisés debían asumir esta responsabilidad de ser directores. Moisés aceptó el consejo de Jetro y dio parte de su autoridad a otros. Si surgía un problema, era resuelto, de ser posible, en la escala menor. Los problemas de mayor importancia llegaban a una escala mayor; pero solamente los que ninguna otra persona del campamento podía resolver, eran los que llegaban hasta Moisés.

En nuestra época, así como en los días de Moisés, toda la autoridad de la Iglesia reposa en el Presidente de ella, pero éste no puede hacer todo el trabajo. Por tanto, igual que Moisés, debe delegar parte de su autoridad y responsabilidad a otros oficiales, entre ellos, presidentes de estaca, obispos, etc. Tampoco éstos pueden efectuar toda la obra que les viene por delegación, de modo que ellos, a su vez, la dividen y otorgan parte de su autoridad y responsabilidades a otros que trabajan bajo su dirección. Cuando se lleva a cabo debidamente esta manera de proceder, todo el que obra en la Iglesia tiene su responsabilidad particular, así como la autoridad particular para llevarla a cabo.

Por supuesto, la idea de delegación es absolutamente necesaria, y la  eficacia  con  que  se  hace  y  se  recibe  esa  delegación  influye grandemente en todo nuestro éxito. La delegación de responsabilidad ayuda a descentralizar la responsabilidad y da a todos la oportunidad para prestar servicio. Es la mejor y única manera de llevar a cabo el trabajo.

En vista de que la mayor parte de los problemas pueden resolverse en el peldaño o escalón más bajo de la escala administrativa, debe hacerse todo esfuerzo posible por resolver las dificultades y efectuar la obra de la Iglesia lo más cerca posible de su origen, a fin de que únicamente los problemas serios lleguen al Presidente de la Iglesia.

Hay algunos directores que aparentan delegar, pero retienen para sí mismos la esencia del trabajo o del puesto. Esto significa que en cuanto a fines prácticos, no se otorgó ninguna delegación en efecto. Es decir, no puede llamársele delegación verdadera, si el obispo da cierta responsabilidades a sus consejeros y luego, porque cree que él mismo puede hacer mejor el trabajo, suspende la delegación cada vez que surge un asunto importante. De esa manera, el consejero nunca sabe en qué consiste su autoridad verdadera, o si el obispo ya lo antecedió; ni hay manera alguna en que pueda lograr el desarrollo en su puesto. Tampoco puede llamarse delegación verdadera, si se da el trabajo pero se retiene el mérito. A fin de que pueda lograr el éxito, la delegación no puede ser en parte solamente; ni tampoco puede otorgar la autoridad con una mano y luego quitarla con la otra. Sólo cuando se recibe en forma completa, se puede aprender la responsabilidad.

Uno de los tropezaderos de la delegación de autoridad es la creencia que tienen algunos directores, de que ellos mismos tienen que hacer el trabajo, si quieren que salga bien. Pero ¿cómo van a desarrollarse otros directores? El que dirige tiene la obligación de preparar a aquellos que están bajo su dirección, para que sean mejores administradores que él, y preparar no sólo a uno, sino a muchos, para que puedan asumir su puesto en caso de que él ya no pueda. Sobre la lápida de Andrew Carnegie se halla esta inscripción: ‘Aquí yace un hombre que supo reclutar para su servicio hombres mejores que él’.

El buen director no trata de resolver todo problema personalmente, pues al grado en que el administrador esté resolviendo todos los asuntos, sus subalternos usualmente carecerán de disposición para tomar la iniciativa y, consiguientemente, nunca se desarrollarán a sí mismos. El que delega la autoridad puede enseñar a la persona sobre quien ha delegado la manera de encontrar la resolución correcta, por medio de preguntas y sugerencias.

Teodoro Roosevelt, en un tiempo presidente de los Estados Unidos, dijo que el mejor  administrador es aquel que tiene la prudencia suficiente para escoger buenos hombres que efectúen lo que tiene proyectado, y suficiente dominio sobre sí para no inmiscuirse cuando lo estén llevando a cabo.

Por otra parte, delegación no es abdicación. El director no pierde su autoridad ni su responsabilidad cuando la delega. Continúa siendo el responsable y debe garantizar el éxito de aquel a quien delega la responsabilidad. No puede delegar y luego volver la espalda a lo que suceda después. Debe supervisar, instruir y animar a aquel a quien se ha dado la responsabilidad. El administrador puede delegar su autoridad pero no se deshace de su responsabilidad. Delega su responsabilidad sin perderla. Delegación sin dirección es irresponsabilidad. Tampoco puede decirse que ha habido una delegación verdadera si no se acepta por completo la responsabilidad. No debe permitirse que la incompetencia o falta de disposición por parte de la persona pase inadvertida o sin evaluarse, en lo que concierne a la aceptación de la responsabilidad. Al contrario, aquel que tiene la responsabilidad principal debe percatarse inmediatamente de esta falta de disposición.

Así como la delegación no significa obligación, la aceptación de responsabilidad tampoco significa usurpación. Cada cual debe obrar dentro de los límites del sistema de la Iglesia y la autoridad que se le ha dado. Todo administrador que forma parte de la cadena debe conocer su trabajo y estar capacitado para subdividir y delegar eficazmente. Debe conocer a quién está dando la autoridad y estar seguro de que la tarea está dentro de los límites de la capacidad de la persona; que puede dedicar y que dedicará el tiempo necesario para cumplir debidamente con el encargo.

Una de las dificultades más serias sobre el asunto de la delegación correcta es saber escoger al hombre apto a quién se va a dar la responsabilidad. Cuando se le da a un hombre una posición de responsabilidad, debe ser elegido principalmente por su mérito y su habilidad particular para hacer esa obra mejor que cualquier otro. Podemos ver ejemplos en algunas situaciones políticas, en las que a alguien le es dado un empleo en calidad de favor o pago de alguna deuda. Los que ocupan estas posiciones pueden ser cambiados de un puesto a otro sin consideración a su aptitud o habilidad particular. Pero el éxito se logra con mayor eficacia si se elige a los hombres porque su aptitud particular se presta a la efectuación de la obra deseada. No escogemos a las personas que van a ser médicos, abogados, agentes, profesores o conserjes, sencillamente porque nos simpatizan; ni al fin de determinado período los colocamos a todos otra vez en un montón y jugamos de nuevo un albur para ver quién será el médico y quien será el profesor. El agente de ventas o el conserje podrán ser hombres tan buenos como el médico, pero tropezarían con dificultades en la sala de operaciones si tuviesen que practicar una cirugía complicada.

Tampoco nos parece muy lógico tomar a un hombre que está trabajando eficazmente con los jóvenes del sacerdocio aarónico y ponerlo en algún departamento para el cual no tiene ni la habilidad ni el interés. Es cosa sabida que los hombres y las mujeres no cambian ni pueden cambiar sus intereses e inclinaciones en sucesión rápida, para que correspondan con diversas ocupaciones. Es cierto que los miembros de la Iglesia deben tener varios intereses, pero el conocimiento, habilidades, actitud, hábitos y entusiasmo no pueden cambiarse con la misma facilidad que un sombrero de una cabeza a otra.

En el asunto de la delegación y responsabilidad en la Iglesia, estamos tratando con el sumamente importante propósito de lograr que las personas lleguen al reino celestial, y necesitamos hombres sumamente hábiles para determinadas cosas. Entonces se debe instruir eficazmente y supervisar adecuadamente a cada uno sobre los que se ha delegado y desarrollar en ellos su aptitud particular hasta el grado más alto.

Aun después de  hallar al hombre indicado para cada puesto en particular, no debemos abandonarlo después de hacerle la delegación y permitirle que siga su propio camino. Continúa siendo la responsabilidad del administrador supervisar su trabajo y suministrarle la orientación y dirección necesarias.

La delegación eficaz claramente debe señalar el campo de la responsabilidad. Debe ayudar a establecer los fines y propósitos principales. Debe haber seguridad de que aquel a quien se hace la delegación tiene no sólo la aptitud, sino que acepta completamente la responsabilidad. No podemos destacar en exceso la importancia de la aceptación. Si hay aceptación completa, entonces la delegación debe hacerse sin reservas. El administrador debe delegar el puesto completo con todas sus satisfacciones, prestigio y significado espiritual. Con esto se ofrece una aspiración digna de la dedicación más noble, tanto por parte del que hace la delegación, como del que la acepta.

En el arte de la delegación están comprendidas algunas de las habilidades administradoras más importantes. Debemos estudiarlo constante, completa y continuamente, y entonces llevar nuestros estudios a la práctica.

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El banco de ideas

Liahona julio 1960

El banco de ideas

por el élder Sterling Welling Sill

Probablemente uno de los negocios más importantes del mundo es el negocio bancario. En el banco es donde conservamos seguras las cosas para nuestro uso futuro. Aunque naturalmente se piensa en el dinero al tratarse de bancos, sin embargo, en muchas ocasiones y en distintas maneras se ha sugerido que toda persona procure tener un banco de ideas.

Una de las razones porque existen bancos en donde podemos guardar nuestro dinero, es para evitar que se nos vaya de entre las manos y se pierda. Es precisamente la misma razón por la que debe haber un banco de ideas. Nuestros bolsillos no son un lugar muy adecuado para guardar las cosas de valor, ni tampoco es nuestra cabeza un depósito muy propio para guardar ideas. En primer lugar, nunca se tuvo por objeto que el cerebro fuese un depósito; es un taller. El cerebro no es apto como banco de ideas, porque está lleno de goteras. Las ideas dentro del cerebro son como el agua en un barril que se resuma. Si no lo creemos, tratemos de contener numerosas ideas en el cerebro por algún tiempo, y veamos qué sucede.

Una de nuestras dificultades estriba en que el olvido es un procedimiento inconsciente. El acto de aprender es consciente, pero el de olvidar es inconsciente. Es parecido a lo que sucede en el momento de nacer. Nunca sabemos que hemos nacido sino hasta algún tiempo después de que aconteció. La misma cosa pasa con el olvido. No estamos conscientes de los pensamientos que se nos están escapando y, por tanto, no tomamos las precauciones necesarias para evitar la pérdida. En muchas personas las ideas viejas se están perdiendo con mucha mayor rapidez que la adquisición de las nuevas. Desde luego, podemos ver en qué parará esto.

Las Escrituras sugieren que tengamos un “libro de memorias” para ayudarnos a recordar las cosas importantes. Cuando el Señor visitó a Juan el Teólogo en la Isla de Patmos, le indicó la importancia de preservar las ideas, pues le mandó: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas.” Si escribimos una idea, podemos conservarla para siempre en la flor de su juventud y significado impresionante. ¡Que tragedia tan grande habría resultado si Juan hubiese querido retener el Libro de Apocalipsis en su cabeza, en lugar de escribirlo!

Cuando el Señor concedió a José Smith y Sidney Rigdon la gran revelación contenida en la sección 76 de Doctrinas y Convenio, les repitió hasta cuatro veces que escribieran las cosa que habían visto y oído. En el  versículo 28 leemos lo siguiente: “Y mientras nos hallábamos aún en el espíritu, el Señor nos mandó que escribiésemos la visión.” Se hizo la misma amonestación, en sustancia, en los versículos 49, 80 y 113. Y en cada ocasión el Señor dijo que debía escribirse “mientras estaban aún en el espíritu.”

El Señor tenía buena razón para ello. Las palabras rápidamente se borran de la memoria; las impresiones se desvanecen; las ideas pierden su significado y su facultad para impresionar con el transcurso del tiempo. La manera de evitar la pérdida de nuestro dinero es ir pronto y depositarlo en el banco mientras lo tenemos todavía. Una manera buena de conservar las ideas es escribirlas mientras están frescas en nuestra memoria y nosotros mismos estamos “aún en el espíritu”. Los grandes hombres siempre han sabido depositar y almacenar sus ideas. Los cuadernos de Hawthorne nos revelan que jamás permitió que un pensamiento o circunstancia se escapara de su pluma. Robert Louis Stevenson siempre llevaba dos libros consigo: uno  para leer y el otro para escribir. Se dice que durante una entrevista importante, Goethe repentinamente se disculpó y se retiró a un cuarto contiguo donde escribió un pensamiento para su obra Fausto, temiendo que se le fuera olvidar antes que terminara la entrevista.

Poco después que Alma fue nombrado Juez Superior del pueblo, recurrió al Señor para preguntarle qué debía hacer concerniente a ciertos asuntos. Habiéndose recibido las instrucciones, leemos lo siguiente: “Y aconteció que cuando Alma hubo oído estas palabras, las escribió para conservarlas.” (Mosíah 26:33)

Alma sabía que no iba a poder fiarse de su memoria, aun tratándose de la palabra del Señor, de modo que las escribió a fin de preservarlas, no solo para sí mismo sino también para nosotros. El Señor le mandó al hermano de Jared que escribiera las cosas que había visto (Éter 4:1). Cuando el Señor visitó este continente después de su resurrección, dijo: “Os mando que escribáis estas palabras.” (3 Nefi 16:4) Esta repetición pone de relieve el hecho de que las ideas son a la vez deleznables y de valor incalculable. De hecho, una de las diferencias más importantes entre la gente consiste en el número y naturaleza de sus ideas.

La diferencia en Saulo de Tarso antes y después de su conversión se debió a la forma en que sus ideas habían cambiado. Tomás Edison se distinguió de otras personas por motivo de la naturaleza y valor de sus ideas.

Hay algunas ideas que pueden ser de valor particular para nosotros. Pueden hallarse en prosa, en verso o en canciones; mas si buscamos las que son adecuadas y verdaderamente las inculcamos en nuestro sistema, nos inspirarán, instruirán y fascinarán. Así como hay determinadas clases de alimentos que nos vigorizan y edifican, en igual manera existe en todos una simpatía natural y susceptibilidad en lo que respecta a las ideas. Hay cierta música que posee gran fuerza para despertar el entusiasmo de algunas personas y ponen en movimientos sus deseos de vencer. Algunas ideas surten el mismo efecto. Pueden ser ideas propias, o pueden pertenecer a otras personas. Algunas veces nuestras propias ideas se ajustan un poco mejor a nuestra propia maquinaría mental y emocional, que las ideas de otros; sin embargo, aun nuestras propias ideas merman espontáneamente si no las depositamos en un lugar seguro.

Las cosa que estimulan las ideas, como los poemas, trozos de filosofía o palabras selectas tienen la habilidad para incitarnos y desarrollar nuestro entusiasmo y nuestra fe. Conviene aprender de memoria no solo las palabras de las ideas, sino también el espíritu. Esto nos ayudará a llevar nuestra obra al máximo grado. Pero, además, hemos de procurar estar seguros de conservar estas preciosas joyas del pensamiento en el banco para retenerlas permanentemente. Hay expresiones particulares de otras personas que nos sirven para un propósito especial. Debemos posesionarnos de estas ideas que tienen afinidad particular con nuestros pensamientos y ponerlas en el banco donde las podemos adaptar y encauzar para que hagan nuestra obra.

El hecho de que una idea pudo haber pertenecido originalmente a otra persona no disminuye su valor para nosotros. No componemos nuestra propia música o pintamos nuestras propias pinturas, y, sin embargo, unas y otras desempeñan un papel constructivo en nuestras vidas. Las Escrituras son las palabras de otras personas y, sin embargo, nosotros las empleamos para nuestra propia edificación. Emerson dice que después de aquel que primeramente expresa una gran verdad, debe darse crédito al que la cita o repite. También pudo haber dicho que aquel vive de acuerdo con una gran verdad sobrepuja aun al que primeramente la expresó.

Procuremos, pues, alguna clase de archivo para ideas y dediquémonos con empeño a establecer un banco para ideas. El depósito bien puede componerse de alguna carpeta, o sencillamente un cuaderno en el cual podemos escribir y pegar o depositar en alguna otra forma nuestras ideas, a fin de formar una colección permanente. De lo contrario la viveza y la fuerza de una impresión mental se opaca con el tiempo. La velocidad con que desaparece no es uniforme. Determinada sección de un pensamiento puede desaparecer completamente de vista en un instante. La velocidad con que las otras van mermando es más gradual. Como quiera que sea, nuestras vidas quedan más pobres como consecuencia de esa pérdida. “Un buen archivo y una mala memoria constituyen una combinación más útil para el que dirige, que una buena memoria y un archivo malo”. Por tanto, una de las primeras inversiones que debe hacer todo el que aspira a dirigir, es un par de tijeras y un frasco de pegamento.

Una persona podrá tener mucho conocimiento y fracasar a pesar de ello, porque es mala su memoria. Por lo general, la gente puede adquirir el equivalente de muchos años de colegio durante su vida, y a la vez nunca tener a su disposición más que la educación más limitada. Frecuentemente llegamos a determinada altura en la época temprana de la vida, más allá de la cual es poco lo que nos elevamos, porque el funcionamiento que nos hace olvidar se torna más activo que el que nos permite aprender.

Las palabras y pensamientos no son para usarse solamente una vez, sino  muchas. No se nos ocurriría escuchar una pieza emocionante de música sólo una vez y entonces tirarla, ni compraríamos una pintura hermosa para verla una vez únicamente y entonces descartarla.

Al contrario, procuraríamos tenerla donde nos pudiera inspirar muchas veces. Así también las ideas grandes pueden servirnos una y otra vez para instruir e inspirar nuestras mentes.

Un gran hombre me dijo que cuando él quiere tener un poco de inspiración, siempre se refiere a estas ideas selectas, algunas de las cuales él mismo ha escrito. Son para él como sus propios hijos o sus amigos de confianza. Las personas que llamamos amigos tienen más fuerzas para inspirarnos y deleitarnos. Sin embargo, hay ideas que también son particularmente amistosas para nosotros en lo personal. Decimos que es una tragedia grande perder un amigo y, sin embargo, se pierden grandes fortunas todos los días en ideas buenas y útiles, sencillamente porque no tenemos un sistema bancario ni hemos formado el hábito de hacer depósitos regularmente.

Con frecuencia las ideas ganan un porcentaje mayor de crédito que el dinero en el banco. Pero es preciso que primero las captemos, conozcamos y sepamos dominar. Para eso se requiere habilidad. Algunas veces las ideas vienen en un rasgo de inspiración; y en otras ocasiones posan por un momento en nuestras mentes, y entonces, como el pájaro que momentáneamente se detiene en el árbol, emprende el vuelo. Algunas veces las ideas vienen como una serie de pensamientos. En otras ocasiones vienen en grupos, como una familia. Luego hay casos en que constituyen una falange que se abre camino por la fuerza, desalojando de nuestros pensamientos todo lo demás. Hay veces en que nuestros pensamientos son de optimismo, de valor y devoción, capaces de cambiar nuestra vida.

Convendría escribir estos pensamientos “mientras estamos aún en el espíritu”, porque de las ideas viene la sustancia que constituye la vida y la habilidad para dirigir. Si perdemos una idea buena, hemos perdido parte de nosotros mismos. Cuando agregamos las ideas convenientes, hemos aumentado el volumen de nuestra vida. Debemos convertirla en propiedad permanente a fin de tener dominio sobre ella.

Vamos a suponer que se nos invita a una gran conferencia, un banquete de ideas, que va a durar una semana. ¡Que experiencia tan rica para nosotros! Supongamos que durante ese periodo de cinco días se presentan cincuenta ideas verdaderamente buenas. Sin embargo, el único lugar en que podemos depositar estas ideas es en nuestra propia cabeza. Antes que la conferencia termine, el cincuenta por ciento de estas posesiones de tanto valor habrá desaparecido de nuestra memoria. En seis meses el ochenta por ciento de estas se habrá deslizado por entre los dedos de nuestra mente. En dos años más, se habrá perdido el noventa y nueve por ciento.

Si no eran de valor, ¿para qué perder tiempo en adquirirlas? Si son de valor ¿por qué no dar los pasos para retenerlas? Un sabio filosofo dijo: “si llegas a oír una afirmación sabia o una frase adecuada, escríbela”, De este modo formará una asociación con las otras ideas que existen ya en nuestra mente, y establecerán esa unidad que proporciona la fuerza. Se ha dicho que una de las razones porque las ideas mueren tan rápidamente en algunos cerebros, es porque no pueden soportar permanecer incomunicadas.

Las “citas citables” no son de mayor valor que vuestras propias “notas notables” Otro escritor ha dicho: “Cito a otro para poder expresarme mejor”.

Sin embargo, cuando las ideas se reciben en el cerebro por primera vez, no es improbable que se sientan inseguras. Todavía no han sabido como arraigarse. Si las repasamos y recordamos frecuentemente, con el tiempo se establecerán firmemente.

Causa admiración ver un banco con sus alacenas llenas de dinero. Más impresionante es ver un banco de ideas con sus alacenas llenas de inspiración, poder y habilidad. El hecho de ganar dinero pierde gran parte de su significado si no ahorramos una parte; y el dinero que se deposita en el banco gana más crédito que el que se guarda en el bolsillo. No debemos inquietarnos porque al principio no tenemos mucho que ahorrar. Una vez inculcado en hábito, las cantidades aumentarán rápidamente. Es también cierto que las ideas, así como el dinero en el banco, dentro de poco se acumulan hasta llegar a ser una propiedad de inmenso valor.

A veces usamos las palabras “impresión” al referirnos a ciertos pensamientos que acabamos de recibir. La palabra es adecuada; recibir un pensamiento es como rayar la superficie de la mente. Cuanto más profunda, tanto más duradera.

Las ideas y los ideales, como todas las demás cosas, son pequeñas al nacer. Los niños recién nacidos no pueden trabajar como una persona grande. En igual manera, un pensamiento recién nacido que acaba de llegar a nuestra mente, requiere que lo nutramos hasta que madure.

Las civilizaciones de días pasados tenían el gran problema de la mortandad infantil. Debemos procurar que nuestra habilidad para dirigir no padezca en un alto grado de esta |plaga de mortandad infantil entre nuestras ideas, ideales y pensamientos. A fin de reducir esta pérdida, es necesario que la mente adquiera cuantas buenas ideas le sea posibles y las escriba “mientras estamos aún en el espíritu”. Entonces realmente nos hallaremos en el negocio bancario con todos sus beneficios.

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«Tengo que»

Liahona junio 1960

«Tengo que»

por el élder Sterling Welling Sill

En una sección rural del Sur de California murió una señora de descendencia mexicana, dejando una familia de ocho hijos. La hija mayor, que aún no cumplía los 17 años de edad, era una joven de estatura pequeña sobre cuyos débiles hombros cayó la carga de cuidar de la familia. Sus vecinos la vieron emprender la tarea con valor y habilidad. Procuraba que los demás niños se conservaran limpios, los alimentaba y los enviaba a la escuela. Desempeñaba su cargo con competencia extraordinaria. Un día, una de sus vecinas la felicitó por los que estaba logrando. La joven contestó: “No merezco ningún elogio por algo que tengo que hacer.” Su amiga le dijo: “Pero no tienes necesidad de hacerlo. Nadie te lo está exigiendo.” La joven pensó por un momento y entonces le respondió: “Tal vez usted tenga razón, pero ¿qué hago con el ‘tengo que’ que está dentro de mí?”

En la afirmación de esta joven mexicana se encierra uno de los aspectos más importantes del éxito para dirigir. Se compone de un “impulso interior de responsabilidad”. Es algo que insta a obrar debidamente. Fue lo que causó que Sócrates dijese: “No importa cuál sea el deber que me impongas, preferiré morir mil veces que desatenderlo.”

Hay personas que desarrollan un alto grado de este potente sentido de determinación voluntaria de cumplir con su deber. Esta virtud es mucho más que meramente iniciativa. Es una combinación del empeño  y  la  conciencia  en  su  perfección.  Estos  dos  preciosos rasgos de carácter se unen para formar un notable poder espiritual interno.

Durante la primera guerra mundial, el capitán de un cañonero dio órdenes de que el barco fuera a rescatar a un compañero herido. El primer oficial le hizo ver los peligros: le cortarían la retirada dejándoles poca probabilidad de volver al puerto. El capitán le contestó: “Tenemos la obligación de salir; no de volver.” Este Capitán tenía el mismo espíritu y sentido de responsabilidad que nuestra joven mexicana.

Esta cualidad ocupa el lugar principal entre los rasgos del hábil director. Fue una de las características importantes que distinguieron la vida de Abraham Lincoln. Este gran hombre también se guiaba por un ‘tengo que’. Solía decir: “No tengo la obligación de ganar, pero sí de ser leal. No tengo la obligación de lograr el éxito, pero sí de vivir de acuerdo con la mejor luz que hay en mí. Apoyaré a cualquiera que obrare en justicia, y me apartaré de cualquiera que obrare con injusticia.” Fue este ‘tengo que’ de Lincoln lo que lo animó a arrostrar grandes desventajas hasta que por fin triunfó su causa.

Esta virtud llegó a su punto culminante en el propio Maestro Jesucristo, quien la llevó consigo a la cruz. No tuvo que hacerlo, sin embargo lo hizo. De su propia voluntad, hizo lo que tenía que hacer. Él mismo afirmó: “Yo pongo mi vida… nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo.” ¿Podemos imaginar que fuese necesario recordarle a Jesús que cumpliera con su deber?

Recientemente un miembro de la Iglesia me dijo que iba a dejar de fumar. Le pregunté por qué y mostró un artículo que acababa de recortar del periódico sobre el gran incremento de cáncer pulmonar, y el hecho de que los científicos ahora concordaban en que el hábito de fumar causa muchas horribles muertes cancerosas. Es decir, la posibilidad del sufrimiento y la muerte le habían infundido el miedo para hacer lo que debía. No iba a dejar de fumar porque era malo; ni tampoco iba a hacerlo porque agradaría a Dios. No iba a dejar el hábito por motivo de in ‘tengo que’ justo en su corazón. Iba a parar de fumar meramente porque temía el dolor y muerte que estaba trayendo sobre sí mismo. Y aun cuando no puedo negar que fue buena la idea de dejar de fumar, cualquiera que haya sido la razón, también pensé cuánto más notable habría sido si hubiera dejado de fumar por causa de la palabra del Señor. Ciertamente sus motivos no son tan nobles como los que inspiraron a la joven mexicana y al capitán del cañonero.

Jesús ha reiterado en nuestros propios días este principio de acción voluntaria. Conviene que lo consideremos cuidadosamente. Después de leer los siguientes versículos, pensemos como considerará Jesús el desarrollo de nuestro ‘tengo que’. El 1 de agosto de 1831, dijo a José Smith:

Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno.

De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de  su propia voluntad y efectuar mucha justicia.

Porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa.

Mas el  que no hace nada hasta que se le mande, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado. (Doctrina y Convenios 58:26-29)

Son palabras algo enérgicas y no cabe duda que son claras. Debemos tener presente que podemos condenarnos a nosotros mismos no haciendo nada. Conozco una ley que dice en sustancia que si una persona se está ahogando y nosotros podemos socorrerla, pero no lo hacemos, somos legalmente responsables. Se pondría en duda nuestra ciudadanía si alguien siempre tuviera que estarnos animando o impulsándonos en alguna otra forma a que fuésemos a socorrer a una persona que se estaba ahogando. También debemos entender claramente el lugar que ocupan en el liderazgo de la Iglesia la iniciativa y el empeño de obrar uno por sí mismo. Los cuatro versículos citados son una parte sumamente importante de nuestra responsabilidad. Si escuchamos atentamente, nuestra conciencia nos dirá lo que es menester hacer. Nuestra iniciativa puede cumplir con cualquier tarea, si tan solamente la utilizamos. Como quiera que sea, sobre nosotros descansa la responsabilidad.

Nuestros pensamientos y ambiciones alcanzan nuevas dimensiones cuando se ponen en ellos las ideas correctas. La habilidad para dirigir llega a su nivel más elevado únicamente cuando desarrollamos la facultad para hacer cosas importantes de nosotros mismos.

Se dice que una vez un agricultor buscaba alguien que le ayudara en el trabajo de campo. Sólo tenían que contestar esta pregunta que él les hacía para ver si eran aptos: “¿Cuántas veces hay que decirte las cosas?” Este es uno de los detalles importantes que el Señor necesita saber acerca de nosotros. Se ha dicho con un poco de sátira que un genio es aquel que puede cumplir con una tarea sin que se le diga más de tres veces.

Por otra parte, conozco un maestro orientador al cual cada mes se hace preciso llamarlo muchas veces para recordarle y avivar su entusiasmo para lograr que haga las visitas del mes. Pero es difícil en extremo conservarlo activo por mucho tiempo. Es como un neumático con media docena de agujeros pequeños. Cada vez que lo necesitan es menester llenarlo de aire; pero lo pierde con la misma rapidez con que lo recibe. Lleva una desventaja grandísima porque tiene que depender de alguna fuerza ajena. ¿Podemos ver en nuestra imaginación la clase de hombre en que el Señor estaba pensando cuando dijo: “El que no hace nada hasta que se le manda, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado”?

Hay personas que no pueden celebrar sus reuniones con sus consejeros y oficiales sino hasta que se ven obligados por alguna fuerza externa. Con frecuencia se necesita una emergencia comparable al temor del cáncer pulmonar, para obligar a una mente desidiosa a que emprenda la marcha. Hay algunos que no pueden llegar ni aun a la Iglesia sin ayuda o alguna especie de respiración artificial del espíritu, y aun cuando van, con frecuencia llegan tarde e indispuestos para hacer o recibir una contribución que valga la pena.

Son pocas las cosas que despiertan más nuestra admiración que la persona que puede hacer algo de sí mismo sin hacerse rogar o tener uno que halagarlo, recordarle o ayudarlo. Pensemos como inspira nuestro orgullo y simpatía la joven mexicana, al asumir en su juventud las grandes responsabilidades de la edad madura. Le habría sido fácil encontrar muchas razones para cuidar únicamente de sí misma. Pero su ‘tengo que’ se hizo cargo de la situación, la familia se preservó unida y en buena situación, y la propia joven fue la más bendecida.

Consideremos ahora nuestra situación. Nuestro Padre Celestial también tiene hijos. Muchos de ellos están aún más necesitados que los hermanitos de la joven mexicana. Muchos de los hijos de nuestro Padre Celestial corren peligro de perder sus bendiciones. Todos los principios del evangelio tienen que ver con el reino celestial.  El objeto de la Iglesia es ayudar a todos a hacerse aptos para recibirlo. Sin embargo nos es dicho que relativamente pocos alcanzarán esa elevada meta. Frecuentemente la razón es la incompetencia de los que dirigen. Con cierta clase de directores, lo realizado puede alcanzar un nivel muy alto; con otra clase, lo efectuado casi se pierde de vista. Hay una tercera clase de dirección que desvía. Jesús dijo: “Mas ¡hay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a lo que están entrando.” (Mateo 23:13)

El artista Rembrandt pintó un cuadro de la crucifixión. Al examinar la pintura, nuestra mirada se dirige a la figura central; pero al ver entre las sombras, percibimos otra figura. Aquellos que conocen la historia del lienzo y del artista dicen que Rembrandt pintó un retrato de sí mismo en el fondo. No hay ninguna duda respecto de su intención. Por motivo de su irreflexión, sus pecados involuntarios, sus esfuerzos mal orientados y mal ejemplo, Rembrandt se mostró a sí mismo como uno de los que ayudaron a sacrificar a Cristo.

La mayor parte de la gente realmente no tiene ninguna intención de causar perjuicios. El maestro orientador que desatiende su deber, o el director que no reúne con sus consejeros, o el maestro que descuida la preparación de su clase, ninguna intención tienen de perjudicar a nadie. Sin embargo, en la vida de la gente se produce un efecto adverso. Nos inspira la idea de que Rembrandt pudo considerarse a sí mismo en el papel que muchos de nosotros involuntariamente desempeñamos a veces. Por lo menos, Rembrandt no se engañó a sí mismo. Quizás también nosotros, allá en el fondo, entre las sombras, también estaremos ayudando a las fuerzas malignas. Es una posibilidad que no debemos pasar por alto.

Nos consideramos como salvadores sobre el Monte de Sión. No podemos ser  salvadores a menos que salvemos a alguien; y la primera alma que cualquier persona debe traer a Dios es la propia. Nunca seremos salvadores de muchas personas si alguien siempre tiene que estarnos empujando.

Conozco a dos jóvenes de la misma edad en la misma rama. Uno de ellos llega fielmente a sus reuniones de sacerdocio quince minutos antes de la hora. Los padres del otro difícilmente pueden hacer que se levante en la mañana. Al primero se le dio la oportunidad de enseñar una de las clases de la Escuela Dominical desde muy joven. Algún día alguien le ofrecerá la oportunidad de ser un Obispo o Presidente de Estaca. A nadie se le ocurre invitar al otro joven a que cumpla con tareas importantes. La diferencia entre ellos consiste en un sentido personal y privado del ‘tengo que’. Cada vez que veo al primer joven me siento impulsado a saludarlo. Esta cualidad  es como una predicción de grandes cosas que logrará en lo futuro.

En una ocasión los apóstoles Pedro y Juan fueron acusados delante de los príncipes de los judíos. Contestaron a los acusadores en estos términos: “

“. . . Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios.”

“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hechos 4:19-20)

Se sintieron constreñidos a seguir adelante. Esta virtud los llenó de fuerza y hará lo mismo por nosotros.

También nosotros podemos desarrollar en nuestras vidas ese sentido de obligación, esta benéfica responsabilidad interior si la llevamos a la práctica en la vida diaria. Entonces, igual que la joven mexicana, desarrollaremos un ‘tengo que’ de fuerza suficiente para garantizar nuestro éxito y felicidad.

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Imperturbabilidad

Liahona mayo 1960

Imperturbabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

Guillermo James, destacado psicólogo de la Universidad de Harvard dijo una vez que “la esencia del genio consiste en saber qué hemos de pasar por alto”. Esto es también la esencia de la habilidad para dirigir, así como la esencia de una vida feliz. El director activo que quiere llevar una vida vigorosa y útil, siempre encontrará la posibilidad de ser empujado y él mismo empujar un poco. Aun el hombre más precavido del mundo no puede evitar siempre la proba- bilidad de ofender o ser ofendido durante el curso de su vida.

Uno de los problemas de mayor gravedad que afectan la habilidad para dirigir es nuestra tendencia común de recoger y retener más de lo que conviene, de las irritaciones, ofensas y rencores de la vida. Este rasgo inmediatamente impone una seria desventaja al que lo posee, pues «no puede haber arte verdaderamente grande sin la serenidad.» Pablo el Apóstol describe esta personalidad ideal como uno “que no se irrita”.

¿Cuántas cualidades podrían impulsamos más hacia el éxito, que poder siempre conservar un dominio personal bien equilibrado, aun en medio de las dificultades más serias? Existe una palabra, no muy usada, que expresa esta habilidad mejor que cualquier otra que yo conozco.

Según el diccionario, imperturbable se dice de la persona «que no se perturba; que en toda ocasión muestra entereza». Significa conservar la calma y el dominio sobre sí, especialmente en una emergencia o bajo la tensión de algún disturbio o choque emocional serio. Un destacado médico dijo en una ocasión: «No hay virtud que pueda compararse a la imperturbabilidad.»

Algunas personas se dejan llevar por erupciones perjudiciales, inoportunas e irrefrenables de temperamento; tienen arrebatos irrazonables de genio. Con la mayor facilidad se le escapará a uno el éxito de las manos, si permite que las pequeñas molestias e irrita- ciones lo perturben y lo provoquen a que se agite, se incomode, contradiga a todos, y sea descortés y vengativo. Hay algunos que son quisquillosos en extremo. Continuamente se están ofendiendo y no tardan en desarrollar una personalidad nerviosa, excéntrica y malhumorada, con su reacción consiguiente que varía o una irritabilidad molesta y la cólera vehemente.

En ocasiones oímos expresarse la opinión de puede ser bueno «desahogar los ánimos» de cuan cuando; pero si con demasiada frecuencia damos, rienda suelta a estos sentimientos, no tardamos en echar por la ventana la estabilidad del sistema nervioso y el éxito de la organización que tenemos a nuestro cargo. Todavía está en vigor la antigua ley de que «aquel a quien los dioses quieren destruir primeramente lo irritan».

Ciertamente uno de los defectos más nocivos de la personalidad es convertirse en persona quisquillosa y escrupulosa, que por la menor cosa se ofende.

Entonces es cuando los «dares y tomares» comunes de la vida se convierten en un obstáculo insuperable, La gente tiene que aprender a vivir junta y felizmente, aun cuando existan diferencias de opinión y gustos, y aun oposición. Tenemos que aprender a vivir con estas situaciones sin desviarnos mucho de nuestro curso. Es preciso tener cierta robustez de espíritu que nos permita hacer frente a las irritaciones con rectitud e imperturbabilidad. Es algo difícil ser fuertes de espíritu por dentro, y delicados por fuera al mismo tiempo. Con un poco de imperturbabilidad es posible evitar que surjan las irritaciones en primer lugar.

No obstante, pensemos en las muchas situaciones desagradables que se desarrollan porque algunas personas no pudieron soportar una cantidad normal y necesaria de oposición o de crítica. Hay algunos a quienes continuamente se hace necesario estar dando las gracias y alabándolos por todo, a fin de que permanezcan activos. Es la cosa más sencilla que una persona quisquillosa desarrolle en sí misma una sensación opresiva de inferioridad y hasta un complejo de persecución. Hay otros que subconscientemente derivan cierta satisfacción sádica de las relaciones humanas desagradables, imaginándose mártires de tal o cual causa.

Una ofensa muy pequeña puede arrojar una sombra gigantesca sobre nuestra imaginación. Es la cosa más fácil tergiversar nuestro punto de vista imaginándonos cosas que no existen. Un pequeño desdén puede amplificarse a tal grado que no somos capaces de considerar la situación en su aspecto verdadero.

No hace mucho que un miembro de una profesión sobresaliente pronunció un discurso ante un grupo de sus colegas. Expresó el concepto de que no estimaba ni apoyaba esa profesión debidamente. Cierto funcionario público los había criticado injustamente, según ellos, y los miembros del grupo sintieron no sólo una irritación exterior, sino permitieron que ésta se insinuara en su sistema circulatorio nervioso también. En una lucha seria conviene mantener a distancia al antagonista; pero aparentemente estos profesionales dejaron que el enemigo se introdujera en sus defensas donde pudo derrumbar su ánimo y robarles su confianza profesional. Este orador hizo referencia al «honor impugnado» e «integridad ofendida». Dijo que se les había imputado «razones impropias». Impresionó a sus oyentes opinando que la profesión había sido «humillada» y «ridiculizada», y declaró que algunos de los miembros se sentían «profundamente ofendidos». Como consecuencia, se desató una epidemia general de «desánimo» dentro del grupo, sencillamente porque no supieron cómo hacer frente a las irritaciones.

Algunas veces aun la nación entera puede dejarse vencer de un sentimiento insalubre de temor e inferioridad, con resultados devastadores. El grupo o el individuo que espera lograr el éxito deben ser de corazón fuerte. Si nos es conferido un puesto importante, por lo menos nosotros mismos debemos tener confianza en él. No debemos permitir que el enemigo llene de arena nuestra máquina cuidadosamente ajustada.

Cierta persona se quejaba una vez de haber sido “insultado” por las palabras de una persona desconsiderada. Un amigo le contestó: «¿Y quién ha oído de que un águila se sienta ofendida por causa de un gorrión?» Ahora bien, ¿qué concepto nos formaríamos de esa águila, si continuamente estuviese desanimándose por el chirrido de un puñado de gorriones sin conocimiento y amantes de criticar? Reflexionemos el modo en que los cristianos de los días antiguos hicieron frente a la oposición. No se tornaron inactivos ni se desanimaron ni se dieron por vencidos cuando surgió el primer desacuerdo. Ni se perturbaron aun por la más grave persecución. Al contrario, sus problemas los unieron y los hicieron fuertes. Como la madreperla herida que repara su concha con una perla, los primeros cristianos aprendieron a sacar el mayor beneficio de sus irritaciones.

No procuremos lograr nuestra meta negándonos a oír la crítica. Ni tampoco debemos permitir que ésta nos aparte o nos robe el ánimo. Si la crítica está bien fundada, debemos beneficiamos por la corrección; si no tiene fundamento, ¿para qué permitir que destruya la posesión más importante que tenemos (nuestro ánimo) y, aparte de eso, que nos provoque a incomodarnos y a fracasar?

Necesitamos la imperturbabilidad no solamente para el conflicto entre el bien y el mal, sino para las situaciones comunes de todos los días que nos causan una ansiedad innecesaria. Algunas veces hasta perdemos el dominio sobre nosotros mismos y sufrimos un ataque de nervios. Trabamos nuestros engranajes de tal manera que se imposibilita nuestro funcionamiento correcto. Se ha dicho que usualmente se puede determinar el carácter de un hombre por el tamaño de la cosa que le hace perder la paciencia.

Vivimos en una sociedad de individualismo robusto. Hay ocasiones en que las situaciones pueden darnos algunos golpes rudos, y no hemos de ser tan delicados o quisquillosos que vamos a poner en peligro nuestra habilidad para hacer lo bueno. El gran pugilista, Jack Dempsey, dijo que todo boxeador necesita dos habilidades: primero, la habilidad para asestar un golpe fuerte, y segundo, la habilidad para resistirlo. La primera habilidad seria de poco valor al pugilista, si no tuviera la segunda. La vida es igual. Hay muchas personas que fracasan sencillamente porque no pueden “resistir” el golpe: cualquier ocasión desagradable o pequeña los pone fuera de combate.

La naturaleza ayuda a la tortuga a resolver sus problemas dándole una concha. Es una idea muy buena. Si el activo elefante tuviera que enfrentarse a la vida con la delicada piel de un niño, cuántos moretones y magulladuras no recibiría. Cuando se construye un acorazado moderno, se le da una capa o coraza protectora de acero grueso para resguardar las partes delicadas, porque de lo contrario, el barco sería de poca utilidad. Así también, todo aquel que se asocia con otros debe proteger sus «partes delicadas». Con un poco de imperturbabilidad no habría necesidad de perder tanto tiempo precioso compadeciéndonos de nuestras heridas o sufriendo dolores intensos porque el dardo envenenado de la crítica se ha clavado en nuestras espaldas.

Ser demasiado quisquillosos constituye muchos peligros graves. Cuando algunas personas han sido ofendidas dos o tres veces, tienden a retirarse de la actividad. Dejan de ir a la Iglesia, etc. Otros abandonan sus convicciones y se vuelven débiles y vacilantes. Algunos van al extremo contrario y se tornan indiferentes, insensibles e inactivos. Cualquiera de estas dos alternativas rápidamente incapacita al director para que no siga prestando servicio.

El Presidente de cierto país pidió a uno de sus generales su opinión sobre uno de sus compañeros en el ejército. El General le dio una recomendación magnífica, pero un tercer oficial le dijo en confianza: “¿No sabe usted que ese hombre ha dicho unas cosas muy malas de usted?” El General respondió: «Lo sé, pero el Presidente me preguntó qué opinaba yo de él, no lo que él opinaba de mí.»

Jesucristo nos dejó una receta mejor que la del General, para la imperturbabilidad. Él dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y persiguen.» (Mateo 5:44) En otra ocasión le preguntaron cuántas veces debemos perdonar, y Él contestó: «Setenta veces siete.» (Ibíd., 18:22) ¿Nos parece mucho perdonar? Pensemos en la forma en que esta disposición mental aliviaría nuestra tensión, aumentaría nuestra satisfacción y mejoraría la calidad de nuestro servicio. En el asunto de la imperturbabilidad, así como en muchas otras cosas, el propio Jesús fue nuestro mejor ejemplo. Realizó el sacrificio supremo en el momento en que estaba padeciendo las más graves injurias. Aun sobre la cruz pudo decir. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» (Lucas 23:34)

¡Qué diferente se manifiesta esta virtud en la vida del Maestro, cuando se compara con las vidas de algunos de nosotros que estamos tan propensos a ser rencorosos por cualquier cosa pequeña a nuestra responsabilidad y, como la tortuga, nos internamos dentro de nuestra concha por ofensa microscópica! Hay muchas personas en la Iglesia que se han tornado inactivas porque pensaron que no eran estimadas, o porque cierta ofensa imaginaria, las provocó a que arrojaran sus bendiciones por la ventana. A veces tenernos más interés en salir vencedores en alguna discusión, que en hacer bien. Hay ocasiones en que se desarrolla en nosotros una sensación falsa de dignidad que debemos protege a toda costa. También el antiguo concepto de «mal por mal» todavía está inculcado muy profundamente nosotros.

¡Qué cosa tan admirable sería si no fuéramos tan quisquillosos y dejáramos de pensar en desquitar las ofensas! A Dios corresponde el juicio; no a nosotros. Nuestra tarea consiste en hacer lo bueno.

¿Qué importa a quién se atribuye el crédito? Todavía es cierto que la blanda respuesta apaga la ira.

Hace veinte siglos que el hombre más noble ha vivido sobre la tierra dijo: «No se turbe vuestro corazón.» (Juan 14:1) Otra persona ha dicho: «No te agites.» Las dos expresiones significan la misma cosa y una y otra son para nuestro beneficio. «Las úlceras del estómago no vienen de lo que uno consume; vienen de lo que lo está consumiendo a uno.» Así también como viene la alta presión de sangre, las enfermedades del corazón, ataques nerviosos y complejos de inferioridad. Es también la manera más rápida de perder nuestras bendiciones.

La imperturbabilidad nos ayuda a fijar nuestra atención no en el problema, sino en la manera de resolverlo. ¿Qué nos beneficia retener los rencores? o ¿en qué aprovecha si dejamos que los pecados de otros destruyan nuestro ánimo y la eficacia de nuestra obra? Es menester que hasta donde sea posible, nos hagamos vulnerables contra las ofensas; y la imperturbabilidad es la respuesta. Aumentará nuestra facultad para producir; aumentará nuestras bendiciones, aumentará la tranquilidad de la mente. No tiene objeto buscar esta tranquilidad en ningún lugar del mundo, a menos que primeramente la encontremos dentro de nuestro propio corazón. La imperturbabilidad es parte de la santidad.

«Dios nos conceda la serenidad para aceptar lo que no podemos cambiar; el valor para cambiar lo que puede ser cambiado, y la prudencia para distinguir entre lo uno y lo otro.»

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¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

Liahona de abril 1960

¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

por el élder Sterling Welling Sill

Hallándose en Filipos, Pablo y Silas pasaron por una experiencia interesante mientras estaban en prisión. A la medianoche, mientras oraban y cantaban, vino de repente un gran terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel. Se abrieron todas las puertas de la prisión y las cadenas con que estaban atados los presos se soltaron. El carcelero, despertando de su sueño, sacó la espada para matarse, pensando que todos sus prisioneros habrían huido. Mas Pablo le aseguró que todos estaban allí. Entonces el carcelero fue y se derribó a los pies de Pablo y Silas y les preguntó: “Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?”

Pablo instruyó al carcelero sobre lo que había de hacer, y éste empezó su vida nueva bautizándose esa misma noche. Observemos que el carcelero primeramente sintió una necesidad. Solicitó la información a uno que en su concepto podía darle la respuesta. Entonces, todo lo que tuvo que hacer fue obedecer las instrucciones.

Nos parece que ésta es una fórmula o receta muy buena para resolver la mayor parte de los problemas. Concuerda con el consejo de Jesús, cuando declaró: “Pedid, y se os dará.” El carcelero deseaba   saber.   El conocimiento proviene de la explicación, discusión, lectura, reflexión. Un pensamiento pequeño expresado a nuestras mentes puede desencadenar una sucesión de reacciones. Entonces, el producto de nuestras mentes es la respuesta que podemos poner por obra.

Es posible obtener la respuesta a muchos problemas por medio de este sistema. Algunas veces quizá los hechos ya existen en nuestra mente, pero una expresión de alguna otra persona puede obrar como especie de catalizador que cristaliza nuestros pensamientos y los dispone en forma adecuada para nuestra maquinaria mental.

La pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, se compone de nueve palabras sencillas. Sin embargo, para el carcelero la respuesta probablemente representaba la salvación.

“¿Qué es menester que ya haga para ser salvo?”, es probablemente la pregunta más importante de todo el mundo.

Lo que podría considerarse como la segunda pregunta de mayor importancia es muy parecida. Esta se compone de diez palabras, y dice: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Para aquellos de nosotros que estamos ayudando a llevar a cabo la obra del Señor, la frase podría tornarse en: “¿Qué es menester que yo haga para salvar a otros?”

Los que son líderes en la Iglesia tienen la responsabilidad de ver que cada uno de aquellos que esté bajo su dirección salga aprobado para entrar en el reino celestial. Es la asignatura principal y más importante del mundo. Creemos y decimos que podemos ser salvadores en el monte de Sión; pero no es una tarea sencilla. Probablemente la única manera de poder ser un salvador es salvar a alguien. Eso es lo que Jesús designó como la cosa de mayor importancia, aun cuando para ello se necesite trabajar toda la vida.

Salvar a alguien es un procedimiento algo complicado; y sin embargo, tal vez no sea más complicado salvar a otros que a nosotros mismos. Muchas personas se esfuerzan toda la vida y no logran salvar sus propias almas.

Al contestar la pregunta del carcelero, Pablo indicó, como Jesús lo hizo antes de Él, que hay ciertas cosas bien definidas con las cuales es necesario cumplir a fin de lograr la exaltación eterna.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas.

Por otra parte, el éxito, igual que la exaltación, también depende de un conjunto bien preciso de requisitos.

Esta operación de salvarnos a nosotros mismos es conocida como la de la salvación; pero cuando se trata de salvar a otros, entonces se llama habilidad para dirigir. En estas dos operaciones están comprendidas las habilidades más importantes que se conocen.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas. Faltando cualquiera de las dos, la otra pierde mucho de su valor.

Tenemos autoridad. Ahora resta el gran problema de adquirir la habilidad. De manera que el asunto de mayor importancia llega a ser la habilidad para dirigir con éxito.

Se ha demostrado una vez tras otra que un soldado lucha con más brío, un agente de ventas puede vender mayor número de artículos y un misionero logra más conversos, si trabajan bajo la dirección de alguien que puede enseñar y capacitar y administrar y organizar y delegar e inspirar e impulsar. Esto constituye una descripción breve de la habilidad para dirigir.

Hace algún tiempo visité una estaca, uno de cuyos barrios había logrado que el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico recibieran sus certificados de logros personales. Esto podría considerarse como la mejor medida que disponemos para identificar a los que marchan de acuerdo con el horario que conduce al reino celestial. En otro barrio de esa estaca, con la misma clase de jóvenes, solamente un 10% alcanzaron sus logros.

La diferencia radicaba enteramente en sus directores. Si hiciéramos un cambio y pusiéramos los líderes que lograron el 87% en el barrio que solamente alcanzó el 10%, indudablemente veríamos el promedio del barrio de porcentaje menor subir hasta aproximadamente el 87%, que es la medida de la habilidad de sus directores; mientras que si ponemos en el barrio del porcentaje alto los directores que lograron solo el 10%, no pasaría mucho tiempo sin que bajara el promedio hasta 10%.

El carcelero preguntó: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”. Se han escrito o predicado muchos tomos de escrituras y miles de libros y sermones para ayudarnos a encontrar la respuesta. Si preguntásemos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”, obtendríamos una respuesta más o menos de la misma amplitud, aunque probablemente no tan clara para nuestro entendimiento. La mayor parte de los escritos y discusiones eclesiásticos tienen que ver con la doctrina, filosofía e historia de la Iglesia. En nuestra Iglesia no existe la misma abundancia de ideas, métodos y maneras de proceder que hablen de lo que podemos hacer para que la doctrina influya en la vida de la gente. En la habilidad para dirigir está comprendido todo el campo de aptitud administrativa, métodos de preparación, inculcación de ánimo, medios para mejorar las relaciones humanas, etc.

También abarca el poder del ejemplo y se esfuerza por utilizar todos los recursos de la personalidad, el espíritu, las facultades y los sentidos, a fin de realizar este objeto único: la exaltación eterna de la familia humana.

Sin embargo, pese a la definición que demos a la “habilidad para dirigir eficazmente”, claramente se destaca como la fuerza más grande del mundo. Empleándola, el hombre puede transformar el ánimo moral de una comunidad entera, si lo desea. Ser un director constituye mucho más que ser un hombre bueno. Saber dirigir quiere decir tener la habilidad para hacer que la bondad funcione en las vidas de otros.

El presidente de un quórum, un obispo o un presidente de estaca ha realizado una tarea   magnífica si cumple con los requisitos necesarios para entrar en el reino celestial; y sin embargo, nos es una realización tan grande como lograr que también otros  sean aptos para recibir la misma gloria. Aprender de memoria todas las doctrinas de la Iglesia y cumplirlas al pie de la letra nunca puede ser igual que la habilidad para hacer que estas doctrinas opere en la vida de otros.

Nuestra falta de habilidad para dirigir es el principal factor restringente en la Iglesia y en la vida. El asunto de mayor trascendencia en la vida es lograr el éxito. No hemos sido colocados aquí para derrochar nuestra vida en el fracaso. El fracaso es un pecado; no porque lo sea de sí mismo, sino por lo que simboliza. Si el carcelero no hubiera obedecido las instrucciones, habría sido una indicación de cierta debilidad en él. Pero cuando dejamos de hacer las cosas que son necesarias para salvar a otros, entonces es señal de debilidad en nosotros. Tenemos que vencer estas debilidades; es necesario convertirlas en nuestra fuerza. Todo fracaso es una tragedia. No debemos fracasar; no podemos permitirnos ese lujo. La vida eterna de otros depende de nuestro éxito. La exaltación por todas las eternidades es una idea grandísima. Por consiguiente, una de las preguntas más importantes del mundo es ésta que debemos hacernos a nosotros mismos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Pensemos en la multitud de cosas que dependen de que acertemos con las respuestas correctas.

La habilidad para dirigir es a la vez un arte y una ciencia, y probablemente ninguna persona domina lo uno o lo otro a la perfección.

Obtener ayuda en nuestra habilidad para dirigir viendo obrar a nuestros líderes mayores.

Nadie llega a aprender durante su vida todo lo que hay que saber acerca de la medicina.

Llegamos a entender aun mucho menos de la habilidad para dirigir por dos razones: Primero, la habilidad para dirigir, en todos sus aspectos, es mucho más extensa que cualquier otra ciencia; y segundo, desafortunadamente, por regla general no nos dedicamos con el mismo empeño a nuestra obra de aprender a dirigir. Sea como sea, distamos mucho de alcanzar los límites de nuestras posibilidades.

Fue el notable inventor Edison, según creo, quien dijo que nadie sabía sino un medio por ciento de cualquier cosa. Sin embargo, si nos desanimamos por causa de lo dilatado de nuestro campo, será una de las cosas más desastrosas que podemos hacer. Probablemente el mejor lugar para iniciar nuestra tarea será empezar, como el carcelero empezó, haciéndonos la pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?” Y si entonces, al grado que vayamos hallando respuestas, empezamos a obrar con la prontitud del carcelero y continuamos trabajando diligentemente el esto de nuestras vidas, indudablemente recibiremos el premio consiguiente al éxito.

Determinemos, pues, excavar cada semana en un pequeño rincón del campo de la habilidad para dirigir y procuremos hallar algunas respuestas que inmediatamente podamos llevar a la práctica. Así desarrollaremos gradualmente la destreza que viene con el éxito en la habilidad para dirigir. Podemos obtener ayuda de muchas fuentes, y nos beneficiamos mucho cuando leemos y meditamos. Una de estas fuentes es el estudio de los grandes directores.

Las Escrituras hablan acerca de algunos de ellos; otros obran contemporáneamente con nosotros en la Iglesia; en otros campos hay muchos otros hombres que se destacan como directores. No obstante, los principios básicos del éxito en la habilidad para dirigir son muy parecidos, no importa donde los encontremos, y nosotros podemos seleccionarlos, adaptarlos y emplearlos en la obra del Señor.

La siguiente idea podrá ayudarnos. Ha llegado a nosotros una tradición de la Grecia antigua acerca de un gran pintor llamado Apeles. Vivió en el cuarto siglo antes de Cristo y pintó un retrato que lleva por título La Diosa de la Belleza, el cual dejó encantado al mundo. Por muchos años viajó extensamente por muchos países, observando los rasgos más bellos de las mujeres más hermosas. Entonces pintó las cualidades más atractivas que halló en cada una: un ojo de aquí, una frente de allí. Acá pintó una gracia particular, y allá, cierto rasgo de belleza. El resultado, en conjunto, fue su gran obra maestra, el retrato de una mujer perfecta, cuya belleza dejo admirado al mundo.

Todo director destacado es también un “conjunto de cualidades”. Toda persona es “muchos en una”. Se ha dicho que si se restara de cada uno de nosotros lo que propiamente pertenece a otra persona, no quedaría mucho de nosotros. Pero únicamente por este procedimiento de extraer lo mejor de aquellos con quienes nos asociamos, puede la personalidad individual elevarse al máximo grado, en lo que concierne a su habilidad para dirigir.

Cada persona y cada cosa tiene algo que nos puede enseñar. Podemos adoptar y adaptar todo lo que sea menor y digno de consideración. Examinando estas ideas, puede grabarse en lo interior de nuestro propio cerebro y aumentar nuestra habilidad para dirigir, como sucede con nuestro conocimiento del evangelio: línea por línea, y precepto por precepto. Entonces conoceremos esto que llamamos crecimiento, el mayor de todos los fenómenos naturales.

Probablemente la forma más práctica de mejorar nuestras cualidades como directores es estar conscientes de nuestras necesidades. Esa sensación, de por sí, nos ayudará a discernir las buenas cosas que hay en otros, a lograr el mayor beneficio de lo que leemos, oímos y pensamos. Si estudiamos continuamente el problema entero, seremos orientados para descubrir las habilidades necesarias. La inspiración y bendición del Señor santificará y enriquecerá la obra completa, y ganaremos nueva fuerza y ambición para ésta, la mayor de todas las empresas, la habilidad para dirigir en la obra del Señor.

Estas habilidades nos ayudarán a contestar las dos preguntas más grandes de nuestra vida: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, y “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

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Las virtudes del padre

Conferencia General de Abril 1960

Las virtudes del padre

Sterling W. Sill

por el Elder Sterling W. Sill
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles


En el año 428 a. C., se presentó en la antigua ciudad de Atenas una obra titulada Hipólito, una tragedia griega escrita por Eurípides. Esta obra giraba en torno a Teseo, el anciano rey de Atenas, y su hijo Hipólito. Teseo había recibido de su padre, Poseidón, el dios griego del mar, tres dones que en realidad eran tres maldiciones. Estas maldiciones no solo poseían el poder de destruir temporalmente, sino que continuarían castigando eternamente a cualquiera contra quien fueran invocadas.

La primera de estas maldiciones fue dirigida por Teseo contra su propio hijo, Hipólito. Hipólito no había cometido ningún error, pero Teseo había sido engañado y no descubrió su error hasta que Hipólito estaba en su lecho de muerte. Aunque Teseo tenía el poder de invocar la maldición, no tenía el poder de revertirla una vez que estaba en operación. Así, mientras el padre se sentaba junto a la cama de su hijo moribundo, dijo entre lágrimas: “Lloro por tu buen corazón, tu mente verdadera y recta. Los dioses me han privado de mi buen juicio”. Y mientras Hipólito contemplaba la eternidad, le dijo a su padre: “Fue un amargo regalo el que te dio tu padre”. Poco antes de morir, señaló que ya podía ver las puertas del infierno más allá de las cuales sufriría la maldición de su propio padre por toda la eternidad.

Si hubiéramos presenciado esta trágica obra en la antigua Atenas, probablemente habríamos derramado lágrimas junto con los demás, no solo sintiéndonos apenados por Hipólito, la víctima de esta temible maldición, sino especialmente por su padre, quien la puso en marcha. Pero Teseo no fue el primero en poseer este poder de maldecir, ni es el único que lo ha dirigido contra su propio hijo. Seguir leyendo

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El don de midas

Liahona febrero 1960

El don de Midas

por el élder Sterling Welling Sill

Existe una interesante leyenda en la antigua mitología griega que narra la historia de Midas, rey de Frigia, pequeño estado griego. Dionisio o Baco, uno de los dioses griegos, le concedió al rey Midas su deseo de que cuanto tocase se convirtiera en oro. Según la leyenda, este don resultó contraproducente, y cuando hasta sus alimentos y su propia hija se convirtieron en oro, el rey le rogó a Dionisio que le retirara esa facultad.

La idea de Midas fue buena, y si el don sólo hubiese incluido algunas excepciones, quizá habría logrado cosas sumamente notables. Midas no ha sido el único a quien se le ha ocurrido esta idea. Por muchos siglos los alquimistas quisieron encontrar la manera de transformar los elementos más bajos en otros de mayor valor, por ejemplo el hierro y el plomo en plata y oro. A pesar del fracaso de los alquimistas y la desagradable experiencia del rey Midas, no debe abandonarse por completo la idea.

Muchas veces he deseado que este don concedido por Dionisio pudiera haberse otorgado sin ésta inclusión perjudicial tan completa. Hubiera sido interesante ver en qué forma Midas habría usado su poder  extraordinario.  Puedo  imaginarme  la  emoción  que  habría invadido el corazón de este buen rey al ver cómo se convertían en oro brillante, refulgente y de gran valor, las cosas inservibles al tocarlas.

Esta dádiva de Dionisio a Midas fue de corta duración, pero hay personas que han revivido los poderes de este don y actualmente poseen la admirable facultad del rey Midas. Todos nosotros conocemos a personas que tienen la gran habilidad de que parecen convertir en oro todo lo que tocan. Todas sus empresas son felices; todo lo que inician logra el éxito. Si emprenden algún negocio, todos quieren invertir dinero en aquello, porque saben que prosperará. Si a tal persona se le da una posición administrativa en la Iglesia, uno sabe de antemano que esa organización particular avanzará a grandes rasgos y que, como consecuencia, resultará beneficiado todo el que tiene que ver con ella.

“El don Midas” es un don maravilloso. ¿Nos gustaría tenerlo? El Señor nos ha dicho que debemos buscar los mejores dones. Ciertamente éste ha de ser uno de los mejores. Los dones de Dios siempre se basan en el mérito. La gente que tiene el don de Midas es aquella que tiene la habilidad para pensar lógicamente y trabajar arduamente. Son aquellos que tienen la facultad para resolver sus propios problemas y ayudar a contestar sus propias oraciones.

¡Qué emocionante es ver la obra productiva de un destacado director de la Iglesia en quien se puede confiar, que tiene iniciativa, pericia y valor! Uno sabe de antemano que se llevarán a cabo todas las tareas y se terminarán. Los informes serán exactos y se enviarán puntualmente, y se beneficiarán todos los que estén relacionados con la empresa.

A veces nos imaginamos un cuadro mental de una luz dorada y refulgente que despide el oro puro, y a la cual llamamos “brillo”. Hay también algunas personas que poseen algunas de las mismas cualidades. Irradian entusiasmo, valor, diligencia, servicio, buen ánimo, aplicación y formalidad.

La noche de la traición de Benedict Arnold, todo estaba en confusión y se sospechaba de la lealtad muchas personas. El general George Washington le dio al padre de Daniel Webster el puesto de guardia durante la noche. Le dijo: “Capitán Webster, tengo confianza en usted”. El carácter de este capitán contenía oro. Salomón se refirió al que tiene oro en sus obras cuando dijo: “¿Has visto hombre solícito en su obra? Delante de los reyes estará…” (Proverbios22:29)

Hay algunos “reyes” en la actualidad que es para otros lo que los rayos del sol son para la vegetación o el agua para un sembrado sediento. Ya para terminar el otoño, un agricultor conducía el agua del riego por una zanja, más allá de un campo de alfalfa que se estaba secando. Por motivo de la escasez del agua, había abandonado la alfalfa a fin de salvar y madurar cosechas de más valor. Pero en dos o tres lugares, el agua se había desbordado y corrido hacia el campo seco.

Pocas semanas después, se podía determinar, casi al centímetro, hasta qué punto había llegado el agua, porque donde aquellos dedos húmedos habían tocado el campo seco, la alfalfa se veía alta, verde y vigorosa; mientras que a donde no había llegado al agua, las plantas permanecían marchitas y secas igual que antes.

Lo que el agua hace por la alfalfa sedienta, es lo que un buen director hace por la gente. Dondequiera que va, la gente adquiere mayor altura y utilidad que antes. La ciencia de la criminología dice que nadie puede pasar por un cuarto sin dejar alguna evidencia de haber estado allí. Podrá ser la huella del pie, o un aroma, o un cabello que haya caído al suelo. Ahora pensemos en la gran cantidad de evidencia que dejan aquellos que pasan por el mundo y con su tiento implantan la grandeza en la gente a tal grado que sus vidas se desarrollan y florecen y producen.

Por ejemplo, conozco a un hombre que trabaja con los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Por muchos años ha logrado que el cien por ciento de estos jóvenes alcance sus logros. Va a visitarlos a sus casas; se sienten inspirados por sus lecciones; perciben la sinceridad de su interés. Los jovencitos son como la alfalfa: inmediatamente corresponden cuando las condiciones propias de fertilidad, humedad y clima están presentes. Setenta de estos muchachos que han estado bajo la influencia de este hermano han salido a la misión. ¡Cuán agradecidos estarán porque él pudo tocar sus vidas e hizo que su vitalidad espiritual diera vigor a sus raíces!

Usualmente podemos entender mejor una idea cuando consideramos sus aspectos negativos y positivos. Es decir, imaginemos una persona cuyo tacto seca, marchita y destruye. El ejemplo por excelencia de este tacto de muerte es Lucifer, que en otro tiempo fue el Hijo de la Mañana. La rebelión empañó su propia vida, ejerció su influencia satánica sobre sus amigos y se llevó tras sí a la tercera parte de todas las huestes de los cielos para que sufrieran por sus pecados. Alguien ha calculado que han vivido ochenta mil millones de personas sobre la tierra desde nuestro padre Adán. Aun cuando esta cantidad no sea completamente exacta, nos ayuda a comprender el vasto concurso de espíritus que estuvieron presentes en el concilio celestial, de los cuales la tercera parte, bajo la influencia de Satanás, perdieron su esperanza de recibir un cuerpo y la redención. No podemos considerar a Satanás como enteramente responsable, pues cada cual tendrá que responder por sus propios hechos, pero fue su toque destructivo lo que puso en marcha este procedimiento perjudicial.

Hay otras personas que ejercen, en menor escala, esta influencia satánica en sus semejantes, por motivo de su seductora influencia personal. Por ejemplo, conozco a un joven de 29 años que hace poco llegó a Salta Lake City en busca de trabajo. Su apariencia era excelente y había tenido una educación muy buena. Sin embargo, se había casado tres veces. Las tres mujeres que fueron sus esposas, llenas de rencor, han pedido amparo a la ley, que lo ha perseguido por todo el país, tratando de obligarlo a mandar dinero para el sostén de sus hijos. Pero él está resuelto a que pase lo que pase, no le sacarán ni un centavo. No se le puede persuadir a obrar rectamente, ni aun con los que ha ofendido.

Como consecuencia, estas tres mujeres han perdido su fe en la naturaleza humana y sus hijos crecerán llenos de odio hacia su propio padre. Durante los siguientes veinte años probablemente se casará con varias otras mujeres, y dondequiera que vaya, no es de dudar que dejará la marca de la marchitez y la podredumbre en todo lo que toque. Dejará un rastro de pesar, de desilusión y desesperación por donde pase.

Son muchas las personas cuyas vidas tienden a ser así. Por ejemplo, el que pide prestado dinero sin la intención de reponerlo, a menos que lo obliguen. Si tratamos de ayudarlo, dará una mala interpretación a nuestra intención. Le damos información, y él la repite en forma tergiversada; depositamos nuestra confianza en él y nos traiciona; nos fiamos de él y salimos burlados. Dondequiera que pone sus manos impías, seca la felicidad y mata el entusiasmo. Deja tras sus pasos cicatrices, podredumbre y hediondez. Maleficia a la gente que conoce. Dios ha dicho, refiriéndose a algunos: “Mejor hubiera sido para ellos no haber nacido. . .” (Doctrinas y Convenios 75:32) Es decir, aun Dios se resigna a la perdida de algunas personas.

Pues bien, después de esta consideración del aspecto negativo, hagamos un análisis de nuestra propia habilidad para dirigir. Probablemente no hay persona cuya maldad se tilde de ser negra como el carbón, ni cuya bondad se considere de ser de una blancura inmaculada. Lo más probable es que nuestros hechos estén revestidos con unos matices del color gris. En igual manera, nuestra habilidad para dirigir está graduada. Es de suma importancia saber si un director está perdiendo el diez o el cuarenta o el ochenta por ciento de aquellos que podría estar ganando. Es la cosa más sencilla culpar a algunos de los factores contribuyentes, tales como un ambiente desfavorable en el hogar, malos hábitos, etc., de aquellos que están bajo nuestra dirección. Pero ante todas las cosas, la capacidad para dirigir, si merece este nombre, debe ser el elemento responsable. Las obras de aquellos que son guiados es casi la única vara que tenemos para medir nuestra propia habilidad directora. ¿No sería admirable si pudiésemos desarrollar la clase de habilidad que lograra el 100% del éxito?

Hay algunos que se aproximan a esta meta. Hay maestros orientadores que cumplen con el 100% de sus visitas y siempre dejan a los miembros visitados llenos de resolución, inspirados y activos. Hay otros líderes que hacen lo mismo. Sin embargo, Jesús es nuestro mejor ejemplo. Por medio de su contacto, pecadores y publicanos se transformaron en santos y apóstoles. Convirtió a un grupo de hombres comunes en misioneros y evangelistas destacados. Todo el que siguió a Jesús salió beneficiado; todos los que siguieron a Lucifer sufrieron una pérdida. ¿Qué lugar ocupamos entre estos dos extremos?

He aquí algunas ideas que podríamos meditar:

  • A Midas se le otorgó el don porque lo deseab Este es el primer requisito de cualquier cosa que se desea lograr. Jamás se otorgará ningún don que valga la pena a aquellos que no lo deseen. Pero sea cual fuere el don que deseemos, si es razonable, incluso el don del rey Midas, lo podremos lograr, si este deseo tiene suficiente intensidad.
  • Debemos prepararnos para recibir el Jesús dijo: “¿En qué se beneficia un hombre a quien se confiere un don, si no lo recibe?” (Doctrina y Convenios 88:33) La mayor parte de nosotros fracasamos porque no estamos preparados para recibir los dones que nos ofrecen. Claro está que no se podría conceder mucha habilidad a uno que fuese fraudulento, inmoral, perezoso, o que no tuviera buena disposición o no quisiera estudiar. Debemos hacer los preparativos para recibir el don en un terreno fértil, con buen cultivo, humedad suficiente y el clima correcto.
  • Otra regla buena que podemos seguir es ver que de ahora en adelante, empezando hoy mismo, nadie sufra una pérdida por causa de nosotros, ya sea mental, moral, social, económica o espiritualment Si nos gustaría tener el don del rey Midas, procuremos que de hoy en adelante, resulte beneficiado todo aquel con quien nos asociemos. Hay en los negocios comerciantes astutos que procuran obtener cuanto pueden y dar lo menos posible. Raras veces alcanzan un éxito permanente. Los hombres de bien son aquellos que han trabajado con todas sus fuerzas y han tratado de prestar el mayor servicio; hacen más de lo que les es pagado; caminan la segunda milla.

Jacob luchó con un ángel y no lo soltó hasta que éste le dio una bendición. No abandonemos a ninguno de aquellos con quienes nos asociamos hasta que les hayamos dado una bendición. Tal vez podamos infundirles algunas ideas o un poco de ánimo. Quizá podamos hacerles algún bien. ¿Quién sabe si podemos inspirar su fe o darles un buen ejemplo o enseñarles una verdad útil? Procuremos que Dios perciba una utilidad de cada uno de sus hijos con quien tengamos que ver. Hagamos lo que Pedro Marshall dijo en una oración: “Oh Señor, ayúdanos a ser parte de la respuesta y no parte del problema”.

Los alquimistas de la antigüedad no pudieron transformar los elementos más bajos en otros de mayor valor; pero no hay razón para que nosotros también fracasemos. Se ha dicho que la Iglesia es una de iglesia de “cambios”. Cambia a la gente. Su propósito mismo consiste en cambiar lo malo en bueno, en elevar a la gente de un estado bajo a uno más alto. También nosotros podemos ser directores de “cambios”. Podemos transformar los fracasos de las personas en éxitos. Realmente el rey Midas tenía una buena idea. Aunque él fracasó, nosotros podemos lograr el éxito. No hay satisfacción más agradable, ni habilidad para dirigir tan útil como tocar las vidas de nuestros semejantes con ideas, fe y amor, y ver florecer esas vidas bajo nuestra mano. Podemos transformar la escoria de la vida en reluciente, hermoso y brillante “oro” de gran valor.

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El «método Andrés»

Liahona noviembre 1959

El «método Andrés»

por el élder Sterling Welling Sill

Cuando apenas comenzaba el ministerio del Salvador, Juan el Bautista se hallaba en Betábara, al otro lado del Jordán, y al ver a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Dos de los discípulos de Juan oyeron esto y siguieron a Jesús. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón Pedro. En cuanto Andrés quedó convencido de la misión divina de Jesús, se dio prisa por comunicárselo a Pedro, y la Historia Sagrada nos dice que Andrés “halló primero a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías… y le trajo a Jesús” (Juan 1:29-42)

Conocemos bien el profundo impacto de Jesús en la vida de Simón Pedro, así como la obra importante que éste llevó a cabo subsiguientemente. Sin embargo, Pedro no halló a Jesús por sí mismo. Fue su hermano quien lo llevó a Jesús, y alguien ha dado a esta obra de descubrimiento y contacto “el Método Andrés”. Indica uno de los aspectos más importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir. Hay muchas personas que quizá nunca se habrían enterado de sí mismas ni el lugar que llegaron a ocupar en  el mundo, si otros no los hubieran descubierto.

Una de las ideas más importantes que debe inculcar en su propia mente todo aquel que ocupa una posición de liderazgo en la Iglesia, es la influencia tan grande que una persona puede ejercer en otra.

No solamente somos el guarda de nuestro hermano, sino que también somos responsables de su descubrimiento y progreso.

La influencia de la atención individual y personal puede producir una de las fuerzas más  potentes que se conocen en el mundo. Ha cambiado muchas vidas aparte de la de Pedro. Esta obra individual fue la base de una de las enseñanzas más instructivas de Jesús.

En la parábola de la oveja perdida, Jesús señaló con palpable sentido común, que el buen pastor debe atender en forma individual y personalmente a cada una de las ovejas de su rebaño; es decir, no puede hacer toda la obra dentro del aprisco en forma general. Deben hacerse muchos viajes individuales a las montañas para visitar a aquellos que tienen la tendencia de extraviarse.

Gran parte de la inspiración que activa la vida de cualquier persona, usualmente se ha tomado prestada de alguna otra. La manera más eficaz de influir en los seres humanos para que hagan lo bueno se funda en una base personal e individual.

El enfermo se siente mejor después que lo visita el médico. Los que padecen de enfermedades mentales pueden ser aliviados por el psiquiatra sin medicina ni cirugía, si el médico es diestro en  la ciencia del entendimiento humano.

Frecuentemente hacemos referencia en la Iglesia a nuestro privilegio de recibir inspiración. Pero no siempre recordamos la importancia de nuestro privilegio de impartir inspiración.

Una personalidad noble puede ejercer un poder creador, fortificante y regenerador en la vida de otros; de hecho, la habilidad en este campo es el fundamental de casi todo éxito logrado en los negocios, leyes, medicina, obra social, actividades espirituales, y una proporción grande de todo el campo de las relaciones humanas depende de ella. Casi todas las actividades florecen bajo su contacto, y se marchitan cuando es retirado.

En la Iglesia, esta habilidad en las relaciones personales e individuales es la base de la conversión, instrucción, superintendencia y estímulo. Toda la obra social personal depende de esta destreza, y es el alma de nuestras  relaciones públicas. Algunos llaman a este modo de proceder “el contacto misional”; otros solamente lo llaman “obra personal”. Para esta ocasión me gustaría llamarlo “el Método Andrés”, para que me ayude a recordar que fue de este modo como el apóstol principal llegó a conocer al Señor.

También quizá nos ayude a recordar la fuerza tan grande que hay en nosotros de influir en los demás hacia lo bueno, en la misma manera.

Un poco de atención individual en el momento preciso puede obrar milagros. Hay ocasiones en que una vida entera cambia por motivo de la circunstancia más pequeña, e igual que Pedro, probablemente toda persona debe gran parte de su éxito a la ayuda amistosa que recibió de otros. Se le preguntó una vez a un hombre prominente cuál era el secreto de su vida ilustre y útil, y su respuesta fue: “Un amigo”.

Cuando yo tenía siete años de edad, venía a vernos un maestro orientador muy amable que solía hablar con nuestra familia acerca de los principios del evangelio. Supongo que en cierta forma, todo espíritu humano es “radiactivo”.

Hay un algo que recibimos al estar en la presencia de un hombre ilustre, que podríamos llamar “radiación espiritual”. La mujer que tocó la orilla del vestido de Jesús, oprimido por la multitud, recibió la virtud que anhelaba. Así me sentía yo en la presencia de nuestro maestro orientador.

Aun a la edad de siete años yo podía sentir la radiación espiritual que emanaba de este humilde y devoto siervo del Señor, y sentía una afinidad dentro de mi propio corazón, la cual aun entonces yo comprendía que me estaba ayudando a orientar mi vida.

Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió cuando yo tenía diez años de edad, un domingo en que conocí al presidente de la estaca. Llegué al pasillo en el momento oportuno, y él se detuvo, me tomó de la mano y me preguntó como me llamaba. Entonces me preguntó cómo se llamaba mi padre, y me dijo que lo conocía. Supongo que esta entrevista no duró sino un minuto, pero algo maravilloso había ocurrido en mí en ese instante, al sentir su cordial interés espiritual. En ese momento decidí que algún día desearía emular en mi vida algunas de las cualidades que había sentido en él.

Todos han pasado por algo semejante. Consciente o inconscientemente sentimos diariamente la influencia de nuestros contactos con otros. Una de las oportunidades más grandes para desarrollar nuestra habilidad para dirigir es aprender a usar esta gran fuerza con mayor frecuencia y eficacia.

La parábola tan recomendada por Jesús dice algo acerca de dejar a las noventa y nueve para ir a socorrer a la oveja perdida. Si pusiésemos al corriente esta parábola, en lo que respecta a las estadísticas, y la aplicásemos a nuestra propia obra en la Iglesia, descubriríamos que cada domingo sólo hay cuarenta en el redil y sesenta que necesitan nuestra atención especial.

Cuando Jesús le repitió a Pedro dos y hasta tres veces: “Apacienta mis ovejas”, claro está que no le quiso decir que apacentase únicamente a las que estaban seguras dentro del redil, donde se podría atender a todas en masa. Una de las oportunidades mayores que se nos presenta para apacentar el rebaño de Jesús es por medio de la “obra extraordinaria” con aquellos que no concurren regularmente al aprisco. Es preciso que aprendamos y conozcamos un poco mejor las veredas por entre las montañas.

En ocasiones solemos practicar el “cristianismo verbal” del que habló Santiago, con lo que meramente decimos en sustancia: “Id en paz, calentaos y hartaos”, y no hacemos más. La sociedad que tiene como objeto ayudar a rehabilitar a los alcohólicos, y que lleva por nombre “Alcohólicos Anónimos”, puede enseñarnos unas lecciones muy útiles.

Cuando encuentran a alguien que tiene un problema, no se limitan a invitarlo a la Iglesia, no sólo le envían una postal ni meramente oran por él. Van en persona, y van en el acto y con un programa. Y al llegar allí no conversan sobre el tiempo ni la política, ni hablan en una forma desinteresada y fría. No abandonan la tarea hasta que terminan el trabajo, y entonces regresan una y otra vez hasta que la oveja ha vuelto al camino.

El contacto eficaz con otra persona no sólo es una de las experiencias más estimulantes, sino a la vez una de las más agradables. El “aislamiento”, o “destierro” de nuestros semejantes es el castigo más severo.

El náufrago Enoc Arden se vio obligado a vivir sólo por un período extenso. Tennyson dijo de él: “No carecía de alimentos”. Podía satisfacer toda importante necesidad material. Pero Tennyson añadió: “Lo que ansiaba ver, no podía ver: una faz humana cariñosa; ni oír siquiera una voz humana amable”.

Muchos han hecho naufragar su fe y viven en un aislamiento espiritual. Su necesidad de un estímulo cordial, amigable y espiritual, es tan grande como la de Enoc Arden o cualquier alcohólico. He ahí nuestra gran oportunidad. Pero así como Nerón se divertía tocando mientras Roma ardía, y los soldados jugaban a los dados mientras Jesús moría, también nosotros en igual manera nos ausentamos mientras nuestros hermanos y hermanas se desvían del reino celestial.

No importa donde vaya un hombre noble, esta “radiación espiritual” hace que otros hombres sean mejores. Cerca del fin de un otoño, salí a pasear por un campo de alfalfa seca. Una acequia había llevado el agua de riego más allá de la alfalfa seca para cosechas más valiosas. Pero en dos o tres lugares se había desbordado la acequia y bañado el campo seco. Donde estos “dedos húmedos” habían llegado hasta la alfalfa, las plantas sobrepujaban en altura veinte o veinticinco centímetros a las que no habían recibido agua. Lo mismo sucede por donde pasa un hombre bueno.

Por ejemplo, conozco a uno que obra con los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Son diecinueve los diáconos que tiene en su clase. Cada uno de ellos ha calificado para recibir un certificado individual en los últimos tres años. El año pasado este hermano hizo doscientos sesenta y ocho visitas personales a estos jóvenes en sus hogares para hablar interesadamente con ellos y sus padres acerca de su salvación eterna. Igual que Andrés, los estaba llevando a Jesús.

Alguien se quejará de que esta “obra personal” toma tiempo. Pero,

¿hay otra manera mejor de hacerlo? Si nuestra obra vale la pena, merece que se haga bien. Es la única forma en que se le puede dar a cada cual la ayuda precisa que se adapta a sus necesidades.

Si un médico tiene doce pacientes, cada uno de ellos recibe un diagnóstico y tratamiento separado. No receta la misma cosa para una pierna fracturada, una apendicitis o un corazón débil. El buen médico visita o recibe a sus pacientes individual y personalmente, y si el caso lo requiere, con frecuencia. Sabe que no siempre puede desempeñar un trabajo bueno por medio de cartas, ni por teléfono o telepatía mental. Tampoco se limita a orar por el que está afligido. Más bien, se viste y va en persona. Así debe ser con cada uno de nosotros.

Uno podrá escuchar a un buen predicador desde la mañana hasta la noche sin quedar muy impresionado. Pero el interés personal, individual, profesional, hecho a la medida para cada situación particular, resolverá casi todos los problemas; y con mayor particularidad si la resolución se trasmite por medio de una personalidad considerada, amistosa y radiactiva. La influencia que se produce en esta forma es demasiado potente para poder resistirla y cuando se dedica esta radiación a conseguir que los hombres y las mujeres entren en el reino celestial, puede convertirse en la fuerza más productiva que se conoce en el mundo. La propia salvación es un asunto individual, y puede tratarse mejor sobre una base individual.

Un hábil presidente de misión dijo una vez que si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas.

Esta también es la mejor forma de resolver los problemas y desarrollar espiritualidad en la vida de la gente. Así se puede aplicar el tratamiento según se necesita, donde haga falta, cuándo se precise y en la cantidad adecuada.

Habría muchos otros miles de miembros de la Iglesia que podrían entrar en el reino celestial, si tan solamente pudiésemos aprender esta parábola de la oveja perdida y la lleváramos a la práctica debidamente. No sólo el mensaje debe ser interesante, sino también el mensajero.

La misión principal de un maestro no siempre puede ser la de impartir conocimiento. A veces será impulsar la amistad, producir la confianza, provocar situaciones agradables y proveer ánimo general.

No se realiza mucha instrucción sino hasta que el alumno y el maestro se entienden el uno al otro, y está presente el deseo de aprender. Nunca debemos olvidar que la visita siempre debe hacerse por el interés personal e individual del que se está visitando. Si se siente agraviado, ayudémosle a desahogarse. Si algo lo está molestando, ayudémosle a que lo domine.

«Si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas»

El buen psiquiatra escucha y hace preguntas y entiende, hasta que el paciente relata lo que le aflige. Habiendo “echado fuera” todo, está en condición de aprender. El psiquiatra no procura triunfar en los argumentos. Su obra consiste en extraer el veneno que está afligiendo al paciente. Solo así está en posición de prestar ayuda. En la vida de casi todas las personas hay desengaños, pecados y problemas; y hasta que no se le quite la presión o se haya purgado el pecado, el alma no estará en posición de dejar entrar luz. Muchas veces un oyente considerado ha servido como el peldaño que lleva al reino celestial, mientras que si no se hubiese dado oportunidad a la persona de expresar sus sentimientos, quizá habría continuado envenenándose hasta que hubiera sido imposible sanarlo.

¡Qué potente fuerza benéfica yace en nuestras manos con esta habilidad para traer almas a Jesús!

El “Método Andrés” debe ser una de las partes más vitales de la obra de todo el que sirve en la Iglesia.

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Creemos en la biblia

Conferencia General de Octubre 1959

Creemos en la Biblia

Sterling W. Sill

por el Élder Sterling W. Sill
Asistente al Consejo de los Doce Apóstoles


Recientemente, un compañero de asiento en un avión me habló sobre la interesante ciencia de la balística. Me explicó que cuando una bala se dispara a través del cañón de un arma, esta recibe un conjunto de marcas características que la identifican para siempre con el cañón en particular por el que fue disparada.

Nuestra conversación luego se trasladó a otro conjunto de hechos que podríamos llamar balística mental o espiritual. Es decir, cuando una idea pasa por la mente, esta recibe un conjunto de marcas características. Por ejemplo, cuando uno piensa pensamientos negativos, desarrolla una mente negativa. Si piensa pensamientos depravados, su mente se vuelve depravada. Si piensa pensamientos condenados, el resultado será una mente condenada. Salomón habló como un experto en balística cuando dijo: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7).

Durante nuestro viaje tuvimos que esperar una hora entre vuelos. Durante esa espera, examinamos el tipo de literatura que se distribuía en el puesto de revistas del aeropuerto. Nos impresionó—como cualquiera debe estarlo—el hecho de que uno de los problemas más graves de nuestros días, ya sea desde el punto de vista de la Iglesia o de la sociedad en general, es la baja calidad de las ideas que conforman gran parte de nuestra dieta mental. William James dijo una vez: “La mente se compone de aquello con lo que se alimenta.” No pensaríamos en alimentar nuestros cuerpos con comida contaminada, y sin embargo, a menudo alimentamos nuestras mentes y almas con pensamientos contaminados, generando emociones contaminadas en nuestros corazones, a veces con resultados fatales. Seguir leyendo

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