Liahona Febrero 2000
Joseph F. Smith Siguiendo al Príncipe de paz
Por Jítl Mulvay Derr y Heidí S. Swinton
Joseph F. Smith, sexto Presidente, de la Iglesia, nació el 13 de noviembre de 1838 en medio de las persecuciones de Misurí, y falleció el 19 de noviembre de 1918, ocho días después del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Por estar bien familiarizado con el dolor y el sufrimiento, la violencia y la persecución, tenía el deseo de ser “un pacificador, un predicador de justicia”. Por lo tanto, enseñó las doctrinas de Jesucristo con extraordinaria claridad y se esforzó “por predicar la justicia no sólo por medio de la palabra sino también por el ejemplo”1. Su poderoso testimonio del Redentor era el mensaje central de sus sermones y el núcleo de su diario vivir. Su hijo, Joseph Fielding Smith, décimo Presidente de la Iglesia, recuerda con cariño: “Tenía un espíritu gentil y bondadoso. Entre los del pueblo de Israel [los miembros de la Iglesia] no habría podido encontrarse un alma más comprensiva, que sufriera con el afligido, que estuviera más dispuesta a ayudar al indefenso a llevar su carga y al oprimido a recuperarse de su aflicción.
El era un pacificador, un amante de la paz”2, v Joseph F. Smith conocía la paz que reciben “los pacíficos discípulos de Cristo” (Moroni 7:3), y exhortó a los Santos de los Últimos Días a seguir adelante en verdad y santidad. Abrió el camino con su propia actitud pacífica. “No soy ,más que un niño, sólo estoy aprendiendo”, dijo en 1916. “Espero sinceramente que, a medida que aprenda poco a poco, línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí, día tras día, mes tras mes y año tras año, llegue el’ momento en que habré aprendido la verdad y la conozca cómo Dios la conoce, y sea salvo y exaltado en Su presencia”3.
Los hermanos del Sacerdocio de Melquisedec y las hermanas de la Sociedad de Socorro tienen la oportunidad de acompañar al presidente Smith en su jornada durante los años 2000 y 2001, Durante esos años, un compendio de sus enseñanzas será el curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro para los idiomas de la fase 3. Dicho compendio, que se ha extraído de sus discursos y escritos, es el segundo de la serie Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia.
Una herencia de obediencia y sacrificio
El deseo que tenía Joseph E Smith de seguir al Príncipe de Paz nació durante su niñez. Sus padres le enseñaron a seguir el ejemplo que el Salvador dio de obediencia, sacrificio y servicio, aun ante las tribulaciones y las dificultades.
A finales del otoño de 1838, Hyrum y Mary Fielding Smith esperaban el nacimiento de su primer hijo en medio del conflicto que se agudizaba entre los primeros colonizadores de Mísuri y un grupo numeroso de Santos de los Últimos Días recién llegados. Cuando se desató la violencia, el gobernador dio órdenes de que los Santos de los Últimos Días abandonaran el estado o hicieran frente a la “exterminación”. Cientos de miembros de la Iglesia perdieron sus propiedades y otros tantos perdieron la vida. Varios líderes de la Iglesia, entre ellos Hyrum, su hermano el profeta José Smith y otros, fueron encarcelados injustamente.
Años más tarde, el presidente Smith daría comienzo a un bosquejo de su vida con las siguientes palabras: “Nací en Far West, condado de Caldwell, Misuri, trece días después de que la chusma se llevase prisionero a mi padre”4.-
Hyrum, José y los demás sufrieron en la cárcel de Liberty durante cuatro largos meses. Mary Fielding Smith, quien acababa de dar a luz a su “querido y pequeño Joseph F.”, luchó por cuidar al recién nacido y a los cinco hijos que Hyrum había tenido con su primera esposa Jerusha Barden Smith, quien había fallecido en 1837.
Mientras Mary se encontraba postrada en cama, unos rufianes atacaron el hogar de los Smith, saquearon las pertenencias de la familia y estuvieron a punto de sofocar al pequeño Joseph F. con ropa de cama que le tiraron encima. Mary y los niños, con la ayuda de la hermana de ésta, Me rey Fielding Thompson, se unieron al éxodo de Misuri impuesto de manera obligatoria sóbrelos santos. Hyrum se reunió finalmente con su familia él 22 de abril de 1839 en Quincy, Illinois, y en junio se trasladaron por el río Misisipí para establecerse con otros santos en Nauvoo, Illinois.
Años más tarde, el 13 de noviembre de 1874, día en que cumplió 36 años de edad, Joseph K agregó lo siguiente de: manera reflexiva: “El día era frío, gris y deprimente, un aniversario adecuado para él día tenebroso y angustioso de mi nacimiento cuando mi padre Hyrum; y su hermano [José] fueron encerrados en un calabozo por causa del Evangelio y los santos eran desalojados de sus casas en Misuri por populachos despiadados. La luz radiante de mi alma nunca ha disipado del rodo las tenebrosas sombras de la amenazadora oscuridad de aquellos días en los que ocurrieron tantas cosas. No obstante, la misericordiosa mano de Dios y sus benévolas providencias han estado siempre visiblemente extendidas hacia: mí, incluso desde mi niñez, y mis días se vuelven mejores: por medio de la humildad y la búsqueda de la sabiduría y la felicidad en el reino de Dios. Los objetivos de mi vida se hacen más evidentes a medida que pasa el tiempo y gano experiencia. Dichos objetivos son la; proclamación del Evangelio, o sea, el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, la salvación de las almas”3.
Durante cinco años relativamente pacíficos en Nauvoo, Joseph E observaba a su padre que servía como Patriarca de la Iglesia y presidente auxiliar del profeta José. Fue así que el joven Joseph F. aprendió en cuanto a
la misión divina de Jesucristo y el llamamiento profético de su tío, José Smith, al darse cuenta de que José “era un profeta de Dios, de que era inspirado como ningún otro hombre de su generación, ni de siglos antes, pudo ser inspirado, de que había sido escogido por Dios para establecer el fundamento del reino de Dios”0.
José y Hyrum fueron asesinados por un populacho el 27 de junio de 1844. Joseph E no había cumplido los seis años, pero la imagen del cuerpo inerte de su tío “junto con el de mi padre, después que fueron asesinados en la cárcel de Carthage” permaneció con él durante mucho tiempo7. Aunque nunca olvidó “las atroces escenas que… llenaron diez mil corazones de pesar y fe congoja”, Joseph E llegó a comprender el significado sagrado que el martirio tenía par a él, para su familia y para la Iglesia8. En años subsiguientes, testificó con frecuencia que el profeta José Smith: había cumplido su destino y sellado su testimonio con su sangre.
El presidente Smith también atesoraba tiernos recuerdos de su madre, de su fe perdurable y su disposición para sacrificarse. Durante el lapso de ocho años que transcurrió entre el martirio de Hyrum en 1844 y la muerte de Mary en 1852, ella dirigió a su familia a través de las llanuras hasta el valle del Gran Lago Salado, estableció un hogar y una granja, y fortaleció la fe de sus hijos. El presidente Smith siempre veneró la buena voluntad que tenía su madre; “trabajaba, se afanaba y se sacrificaba día y noche para: lograr las: comodidades y las bendiciones temporales que escasamente podía dar a sus hijos»9 En medio de tiempos duros y difíciles, él sintió gran consuelo en la convicción que ella expresaba: “El Señor abrirá el camino»10.
UN MISIONERO PARA EL MUNDO
Siendo un joven misionero, Joseph F. hizo todo lo posible por llevar la obra del Salvador “a los confines más remotos de la tierra”11. Antes de cumplir, dieciséis años, aceptó el llamamiento para servir como misionero en las islas Sandwich (Hawai). Su primera asignación, en octubre de 1854, fue en Kula, en donde se dedicó de lleno a aprender el idioma y la cultura hawaiana, Al poco tiempo, este jovencito inexperto descubrió que la gente “tenía hábitos muy diferentes a los que él había estado acostumbrado, y la comida, el modo de vestir, las casas y todo eran nuevos y extraños… Esta separación del mundo continuó durante tres meses, pero la historia de ese breve período de mí vida no se puede contar. Dispuse del tiempo suficiente para llegar a conocer al Señor y acercarme a Él con toda mi alma”12.
En medio de todo eso, descubrió que también se fue acercando cada vez más a la gente hawaiana. Con ahínco buscó el don de lenguas y aprendió el idioma en cien días; enseñó el Evangelio, solucionó disputas, sanó a los enfermos, echó fuera espíritus malignos y trató de recuperar a aquellos que se habían alejado.
En las islas de Maui, Hawai y Molokai, sirvió como élder presidente y aprendió a recibir y a dar amor. En marzo de 1856 anotó en su diario que un hermano de Maui “me dio los zapatos que llevaba en sus pies y se fue descalzo… Para mí eso fue una muestra de su amor hacia mí que no se debe olvidar”13.
En Molokai, recibió cuidado maternal de la hermana Ma Mahuhii, quien le atendió durante los tres meses en que se encontró gravemente enfermo. Ella nunca lo olvidó, ni él a ella. “¡Iosepa, losepa!”, exclamó ella cuando él fue a Hawai casi cincuenta años más tarde. “¡Mamá, mamá, mi querida anciana mamá!”, exclamó él14.
Aquellas personas que al principio de su misión habían parecido ser tan diferentes a él se habían convertido en su familia.
Durante su primera misión, el presidente Joseph F. Smith se volvió un ávido defensor de la verdad. Durante la segunda, aprendió la importancia de evitar la contención y de ofrecer la paz. En 1896 le describió a su hijo Hyrum un incidente que ocurrió durante su misión a Inglaterra a principios de la década de 1860. “Yo estaba hablando, y dije que ‘la autoridad de los apóstoles de hoy en día era la misma que la que tenían los apóstoles de la época de Cristo, y que la palabra de los apóstoles contemporáneos era tan válida como lo era la palabra de los antiguos apóstoles’. Una de las personas que estaban ahí congregadas exclamó: ‘¡Blasfemia!’. Esto fue el colmo que mi joven temperamento no pudo soportar”.
El ardiente joven misionero discutió lleno de brío con su oponente e “incitó a los emisarios de su Majestad Satánica hasta que estaban a punto de reventar de ira”. El presidente Smith dijo haber aprendido “una buena lección” de aquel arranque emocional. “Después de aquella ocasión moderaba mi fervor: tuve más diplomacia ante la presencia de un grupo mixto, y evitaba manifestar ninguna ciase de mal genio cuando era objeto de algún abuso verbal. Por cierto, aprendí a ser objeto de abuso verbal sin reciprocar la acción, a recibir un insulto sin responder, excepto con mansedumbre y con la dignidad de un caballero”. Lo resumió de esta manera: “Siempre intenté que las personas que me escuchaban sintieran que mis compañeros y yo éramos pacificadores, amadores de la paz y la buena voluntad, que nuestra misión era la de allanar el camino y no de destruir, de edificar y no de echar abajo”15.
Un esposo y padre amoroso
El presidente Smith comprendía que el hombre o la mujer que estableciera la paz no sólo debía predicar los principios de rectitud, sino vivir de acuerdo con ellos. Para él, “en el hogar divinamente ordenado se establece el cimiento mismo del Reino de Dios, de la rectitud, el progreso, el desarrollo, la vida eterna y el progreso eterno en el Reino de Dios”16. Su hijo Joseph Fielding Smith observó con admiración y gratitud que su padre amaba a su familia “con un amor sagrado que raras veces se ve, y jamás igualado. Al igual que Job de antaño, oraba por ellos noche y día, y le pedía al Señor que los conservara puros y sin mancha en el sendero de la rectitud”17.
Las: muchas ocasiones “en que la muerte invadía su hogar… y sus pequeños le eran arrebatados, sufría con un corazón quebrantado y se lamentaba, no de la manera que se lamentan los que viven sin esperanza, sino por la pérdida de sus ‘preciosas joyas’ ”18. El 6 de julio de 1879, el presidente Smith escribió en su diario palabras de pesar por la muerte de su hija Rhoda: “La puse en una almohada, la levanté así y la paseé, revivió y estuvo viva cerca de una hora y murió en mis brazos a la 1:40 de la madrugada. Ahora sólo Dios sabe cuánto lloramos su pérdida. Esta es la quinta muerte que ocurre en mi familia. ¡Mis tan amados pequeñitos! ¡Oh, Dios, ayúdanos a soportar esta prueba!”19.
El creía que “la vida sempiterna debería empezar… en el hogar”20. Habló con fervor acerca de salvar a sus propios hijos y aconsejó a los padres que enseñaran el Evangelio a sus hijos. “¡Oh Dios, no permitas que pierda ajos míos!” clamó. “No puedo perder a los míos, los que Dios me ha dado y por quienes soy responsable ante el Señor, los cuales dependen de mí para que les dé orientación, instrucción y una influencia correcta”21.
V Usaba palabras enérgicas para recalcar la importancia del hogar y la familia en la búsqueda de la paz personal: “En el hogar son muy limitados la devoción religiosa, él amor y el temor de Dios; la mundanería, el egoísmo, la indiferencia y la falta de reverencia en la familia son excesivos; de lo contrario, no existirían tan abundantemente alrededor. De manera que es el hogar lo que debe reformarse”. Tenía confianza en lo que produciría armonía: “Hagan que abunden en su familia el amor y la paz, el Espíritu del Señor, la bondad, la caridad, el sacrificio en bien de los demás. Desechen las palabras ásperas, la envidia, el odio, la maledicencia, el lenguaje obsceno, las insinuaciones y la blasfemia, y dejen que el Espíritu de Dios tome posesión de su corazón. Enseñen a sus hijos estas cosas con espíritu y con fuerza, sostenidos y fortalecidos por la práctica personal”22. Seguir leyendo →