Los misericordiosos obtienen misericordia

Conferencia General Abril 2012

Los misericordiosos obtienen misericordia

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros”.


Mis queridos hermanos y hermanas, no hace mucho tiempo recibí una carta de una madre preocupada que rogaba que se hablara en una conferencia general sobre un tema que beneficiaría específicamente a sus dos hijos. Había surgido entre ellos una discordia y habían dejado de hablarse. La madre estaba desconsolada y en la carta me aseguraba que un mensaje de la conferencia general sobre ese tema haría que sus hijos se reconciliaran, y todo volvería a la normalidad.

El ruego profundo y sincero de esa buena hermana fue sólo una de las impresiones que he recibido en estos últimos meses de que debo decir hoy unas palabras sobre un tema que es cada vez de mayor preocupación, no sólo para una madre preocupada sino para muchas personas de la Iglesia y, ciertamente, del mundo.

Me ha impresionado la fe que esa madre amorosa tiene en el hecho de que un discurso de la conferencia general podría contribuir a mejorar la relación entre sus hijos. Estoy seguro de que su confianza no se basaba tanto en la habilidad de los discursantes como en “la virtud de la palabra de Dios” que tiene “un efecto más potente en la mente del pueblo que… cualquier otra cosa”1. Querida hermana, ruego que el Espíritu toque el corazón de sus hijos.

Cuando las relaciones se deterioran

Las relaciones tensas y rotas son tan antiguas como la humanidad misma. Caín de antaño fue el primero en dejar que el cáncer de la amargura y la malicia le corrompiera el corazón; cultivó el terreno de su alma con envidia y odio, y permitió que esos sentimientos maduraran en él hasta hacer lo inconcebible: asesinar a su propio hermano y convertirse, en el proceso, en el padre de las mentiras de Satanás2.

Desde aquellos primeros días, el espíritu de envidia y odio ha desencadenado algunos de los más trágicos sucesos de la historia: puso a Saúl en contra de David, a los hijos de Jacob en contra de su hermano José, a Lamán y Lemuel en contra de Nefi y a Amalickíah en contra de Moroni.

Imagino que toda persona sobre la tierra ha sido afectada de algún modo por el espíritu destructivo de la contención, el resentimiento y la venganza. Quizás haya ocasiones en las que reconozcamos ese espíritu en nosotros mismos. Cuando nos sentimos heridos, enojados o llenos de envidia, es muy fácil juzgar a otras personas y a menudo achacarles a sus acciones motivaciones tenebrosas a fin de justificar nuestros propios sentimientos de rencor.

La doctrina

Por supuesto, sabemos que eso está mal. La doctrina es clara: todos dependemos del Salvador; ninguno de nosotros puede salvarse sin Él. La expiación de Cristo es infinita y eterna. El perdón de nuestros pecados tiene condiciones: debemos arrepentirnos y estar dispuestos a perdonar a los demás. Jesús enseñó: “…debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona… queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”3, y “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”4.

Naturalmente, esas palabras parecen perfectamente lógicas… cuando se aplican a otra persona. Cuando los demás juzgan y guardan rencor, vemos muy clara y fácilmente los resultados dañinos que eso produce; y por cierto, no nos gusta que la gente nos juzgue a nosotros.

Pero cuando se trata de nuestros propios prejuicios y agravios, demasiadas veces justificamos nuestro enojo como justo y nuestro juicio como fidedigno y apropiado. Aunque no podemos ver el corazón de los demás, suponemos que podemos reconocer una motivación maliciosa o incluso a una mala persona en cuanto los vemos. Cuando se trata de nuestra propia amargura, hacemos excepciones porque pensamos que, en nuestro caso, tenemos toda la información necesaria para considerar a alguien con desdén.

En su epístola a los romanos, el apóstol Pablo dijo que quienes juzgan a los demás “no [tienen] excusa”; y explicó que en el momento en que juzgamos a otro nos condenamos a nosotros mismos, puesto que nadie está sin pecado5. El negarnos a perdonar es un grave pecado, uno del cual el Salvador nos advirtió. Los propios discípulos de Jesús “buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad”6.

Nuestro Salvador ha hablado tan claramente sobre este tema que no da lugar a la interpretación personal: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar”, pero después dijo: “…a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”7.

Permítanme hacer una aclaración: cuando el Señor nos requiere perdonar a todos los hombres, eso incluye perdonarnos a nosotros mismos. A veces, la persona más difícil de perdonar entre toda la gente del mundo, y quizás la que más necesite nuestro perdón, es la persona que se refleja en el espejo.

En resumidas cuentas

Este tema de juzgar a los demás en realidad podría enseñarse con un sermón de tres palabras. Cuando se trate de odiar, chismear, ignorar, ridiculizar, sentir rencor o el deseo de infligir daño, por favor apliquen lo siguiente:

¡Dejen de hacerlo!

Es así de sencillo. Simplemente debemos dejar de juzgar a otros y remplazar los pensamientos y sentimientos de crítica con un corazón lleno de amor por Dios y por Sus hijos. Dios es nuestro Padre, nosotros somos Sus hijos, todos somos hermanos y hermanas. No sé exactamente cómo expresar este asunto de no juzgar a los demás con la suficiente elocuencia, pasión y persuasión para que se grabe en ustedes. Podría citarles pasajes de las Escrituras, podría tratar de explicar a fondo la doctrina e incluso citar una calcomanía que vi hace poco que estaba pegada en la parte de atrás de un auto cuyo conductor parecía un tanto rústico, pero las palabras de la calcomanía me enseñaron una gran lección; decía: “No me juzgues por pecar de manera distinta a la tuya”.

Debemos reconocer que todos somos imperfectos, que somos mendigos ante Dios. ¿No nos hemos todos acercado sumisamente al trono de misericordia, en un momento u otro, para suplicar gracia? ¿No hemos anhelado con toda la energía de nuestra alma recibir misericordia y ser perdonados por los errores y pecados que hemos cometido? Seguir leyendo

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Dispuestos a servir y dignos de hacerlo

Conferencia General Abril 2012
Dispuestos a servir y dignos de hacerlo
Por el presidente Thomas S. Monson

Por doquier se pueden encontrar milagros si se entiende el sacerdocio, si su poder se honra y se utiliza debidamente, y si se ejerce la fe.

Mis amados hermanos, qué gusto me da estar con ustedes una vez más. Siempre que asisto a la reunión general del sacerdocio, pienso en las enseñanzas de algunos de los líderes nobles de Dios que han tomado la palabra en las reuniones generales del sacerdocio de la Iglesia. Muchos se han ido a su recompensa eterna y, sin embargo, de sus mentes brillantes, de las profundidades de sus almas y de la calidez de sus corazones nos han brindado dirección inspirada. Comparto con ustedes esta noche algunas de sus enseñanzas en cuanto al sacerdocio.

Del profeta José Smith: “El sacerdocio es un principio sempiterno, y existió con Dios desde la eternidad y existirá por la eternidad, sin principio de días ni fin de años”1.

De las palabras del presidente Wilford Woodruff, aprendemos: “El Santo Sacerdocio es la vía por la cual Dios se comunica con el hombre y trata con él en la tierra; y los mensajeros celestiales que han visitado la tierra para ponerse en contacto con el hombre han sido hombres que, en la carne, poseyeron y honraron el sacerdocio. Todo lo que Dios ha hecho que se lleve a cabo para la salvación del género humano, desde la llegada del hombre a la tierra hasta la redención del mundo, ha sido y será en virtud del sacerdocio sempiterno”2.

Además, el presidente Joseph F. Smith aclaró: “[El sacerdocio es]… el poder de Dios delegado al hombre mediante el cual éste puede actuar en la tierra para la salvación de la familia humana en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y actuar legítimamente; no asumiendo dicha autoridad, ni tomándola prestada de generaciones que ya han muerto y desaparecido, sino autoridad que se ha dado en esta época en que vivimos por ángeles ministrantes y espíritus de lo alto, directamente de la presencia del Dios Omnipotente”3.

Y, por último, del presidente John Taylor: “¿Qué es el sacerdocio?… es el gobierno de Dios, ya sea en la tierra o en los cielos, porque mediante ese poder, influencia o principio todas las cosas son gobernadas en la tierra y en los cielos, y por medio de ese poder, todas las cosas se conservan y se sostienen. Gobierna todas las cosas, dirige todas las cosas, sostiene todas las cosas y tiene que ver con todas las cosas con las que Dios y la verdad están relacionados”4.

Cuán bendecidos somos por estar aquí en estos últimos días cuando el sacerdocio de Dios está sobre la tierra. Cuán privilegiados somos de portar ese sacerdocio. El sacerdocio no es tanto un don sino una comisión de servir, un privilegio para elevar y una oportunidad para bendecir la vida de los demás.

Esas oportunidades conllevan responsabilidades y deberes. Amo y valoro la noble palabra deber y todo lo que ella implica.

Ya sea en un cargo u otro, en uno entorno u otro, he estado asistiendo a reuniones del sacerdocio durante los últimos 72 años, desde que fui ordenado diácono a los doce años. Ciertamente el tiempo sigue su marcha. El deber mantiene el ritmo con esa marcha; el deber no se aminora ni se acaba. Los conflictos catastróficos vienen y van, pero la guerra que se libra por las almas de los hombres sigue adelante sin menguar. La palabra del Señor viene como el toque del clarín a ustedes, a mí y a los poseedores del sacerdocio de todas partes: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”5.

El llamado del deber le llegó a Adán, a Noé, a Abraham, a Moisés, a Samuel, a David; le llegó al profeta José Smith y a cada uno de sus sucesores. El llamado del deber le llegó al joven Nefi cuando, por medio de su padre Lehi, el Señor le mandó que regresara a Jerusalén con sus hermanos para obtener las planchas de bronce de Labán. Los hermanos de Nefi murmuraron, diciendo que lo que se les había pedido era cosa difícil. ¿Cuál fue la respuesta de Nefi? Él dijo: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado”6.

Cuando ese mismo llamado nos llegue a ustedes y a mí, ¿cómo responderemos? ¿Murmuraremos como lo hicieron Lamán y Lemuel, y diremos: “Lo que se nos requiere es cosa difícil”?7. ¿O, al igual que Nefi, declararemos individualmente: “Iré y haré”? ¿Estaremos dispuestos a servir y a obedecer?

A veces la sabiduría de Dios pareciera ser insensata o simplemente demasiado difícil, pero una de las lecciones más grandes y más valiosas que podemos aprender en la tierra es que cuando Dios habla y el hombre obedece, ese hombre siempre estará en lo correcto.

Cuando pienso en la palabra deber y en cómo el llevar a cabo nuestro deber puede enriquecer nuestra vida y la de los demás, recuerdo las palabras de un famoso poeta y autor:

Dormía y soñaba
que la vida no era más que alegría.
Me desperté y vi
que la vida no era más que servir.
Actué, y he aquí,
el servir era alegría8.

Robert Louis Stevenson lo expresó de otra manera; él dijo: “Sé lo que es la dicha, porque he hecho buenas obras”9.

Al desempeñar nuestros deberes y ejercer nuestro sacerdocio, descubriremos el gozo verdadero; sentiremos la satisfacción de haber llevado a cabo nuestras tareas.

Se nos han enseñado los deberes específicos del sacerdocio que poseemos, ya sea del Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec. Los exhorto a que estudien esos deberes y luego hagan todo lo posible por llevarlos a cabo. A fin de lograrlo, cada uno debe ser digno. Tengamos manos prestas, manos limpias y manos dispuestas a fin de que podamos participar en brindar a los demás lo que nuestro Padre Celestial desea que reciban de Él. Si no somos dignos, es posible que perdamos el poder del sacerdocio; y si lo perdemos, habremos perdido la esencia de la exaltación. Seamos dignos de prestar servicio.

El presidente Harold B. Lee, uno de los excelentes maestros de la Iglesia, dijo: “Cuando uno se convierte en poseedor del sacerdocio, se convierte en agente del Señor. Uno debe considerar su llamamiento con la perspectiva de que está en la obra del Señor”10.

Durante la Segunda Guerra Mundial, a principios de 1944, sucedió algo relacionado con el sacerdocio mientras los marines de los Estados Unidos se apoderaban del atolón Kwajalein, parte de las Islas Marshall, ubicado en el Océano Pacífico, más o menos en la parte intermedia entre Australia y Hawai. Lo que sucedió al respecto lo relató un corresponsal, no miembro de la Iglesia, que trabajaba para un periódico de Hawai. En el artículo que escribió en 1944 después de esa experiencia, explicó que él y otros corresponsales se encontraban en la segunda oleada detrás de los marines en el atolón Kwajalein. Al avanzar, se dieron cuenta de que en el agua flotaba boca abajo un soldado, era obvio que estaba gravemente herido. El agua a su alrededor estaba roja por su sangre; entonces vieron a otro soldado que iba hacia donde estaba su compañero herido. El segundo soldado también estaba herido, con el brazo izquierdo que le colgaba inútilmente a su lado. Levantó la cabeza del que flotaba en el agua para que no se ahogara. Con voz llena de pánico gritó para pedir ayuda. Los corresponsales miraron otra vez al muchacho al que estaba sosteniendo y le respondieron: “Hijo, no hay nada que podamos hacer por ese muchacho”. Seguir leyendo

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Familias bajo el convenio

Conferencia General Abril 2012
Familias bajo el convenio
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Nada que haya ocurrido o que ocurrirá en su familia es de tanta importancia como las bendiciones del sellamiento.

Agradezco el estar junto a ustedes en esta reunión a la que se invita a todos los poseedores del sacerdocio de Dios en la tierra. Somos bendecidos de que nos presida el presidente Thomas S. Monson. Como Presidente de la Iglesia, él es el único hombre con vida que es responsable por las llaves que sellan a las familias y todas esas ordenanzas del sacerdocio que son necesarias para obtener la vida eterna, el máximo de todos los dones de Dios.

Esta noche hay un padre que está escuchando, quien ha regresado de la inactividad porque desea la seguridad de ese don con todo su corazón. Él y su esposa aman a sus dos hijitos, una niña y un niño. Al igual que otros padres, ve una felicidad celestial futura cuando lee estas palabras: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos”1.

Ese padre que nos escucha esta noche conoce el sendero a ese glorioso destino. No es fácil. Él ya lo sabe; requirió fe en Jesucristo, un profundo arrepentimiento y un cambio en el corazón que ocurrió cuando un bondadoso obispo lo ayudó a sentir el amoroso perdón del Señor.

Siguieron cambios maravillosos cuando fue al santo templo para recibir la investidura que el Señor describió a aquellos a quienes les otorgó poder en el primer templo de esta dispensación, en Kirtland, Ohio. El Señor dijo de ello:

“…fue por lo que os di el mandamiento de trasladaros a Ohio; y allí os daré mi ley, y allí seréis investidos con poder de lo alto;

“…y desde allí… porque tengo reservada una gran obra, pues Israel será salvo y lo guiaré por donde yo quiera, y ningún poder detendrá mi mano”2.

Para mi amigo que acaba de activarse y para todo el sacerdocio, una gran obra que tenemos por delante es la de dirigir la tarea de salvar la porción de Israel por la que somos o seremos responsables: nuestra familia. Mi amigo sabía que para eso era necesario ser sellado por el poder del Sacerdocio de Melquisedec en un santo templo de Dios.

Él me pidió que efectuara el sellamiento, el cual él y su esposa querían que se realizara lo más pronto posible. Pero como se acercaba la época ajetreada de la conferencia general, dejé que la pareja y su obispo hicieran los arreglos con mi secretaria para encontrar la mejor fecha.

Imagínense mi sorpresa y alegría cuando, en la capilla, el padre me dijo que el sellamiento se efectuará el 3 de abril. En 1836, ése fue el día cuando Elías, el profeta trasladado, fue enviado al Templo de Kirtland para entregar el poder para sellar a José Smith y a Oliver Cowdery. Esas llaves residen en la Iglesia hoy día y seguirán haciéndolo hasta el fin del tiempo3.

Es la misma autorización divina que el Señor le dio a Pedro, como lo había prometido: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos”4.

El regreso de Elías el profeta bendijo a todos los que poseen el sacerdocio. El élder Harold B. Lee lo dejó bien claro cuando habló en una conferencia general, citando al presidente Joseph Fielding Smith. Escuchen con atención: “Yo poseo el sacerdocio; ustedes hermanos que están aquí, poseen el sacerdocio; hemos recibido el Sacerdocio de Melquisedec, el cual poseyeron Elías el profeta y otros profetas, y también Pedro, Santiago y Juan. Pero aunque tengamos la autoridad para bautizar, aunque tengamos la autoridad para imponer las manos a fin de conferir el don del Espíritu Santo, para ordenar a otros y para hacer todas estas cosas, sin el poder para sellar, no podríamos hacer nada, pues lo que hiciéramos no tendría validez”.

El presidente Smith prosiguió, diciendo:

“Las ordenanzas más elevadas, las bendiciones más grandes, que son esenciales para la exaltación en el reino de Dios… y que sólo se pueden obtener en ciertos lugares… ningún hombre tiene el derecho de llevarlas a cabo a menos que reciba la autoridad para hacerlo de aquel que posee las llaves…

“…No hay ningún hombre sobre la faz de esta tierra que tenga el derecho de ir y administrar en cualquiera de las ordenanzas de este Evangelio, a menos que el Presidente de la Iglesia, quien posee las llaves, lo autorice. Él nos ha dado autoridad; él ha puesto el poder para sellar en nuestro sacerdocio porque él posee esas llaves”5.

Esa misma seguridad provino del presidente Boyd K. Packer cuando escribió acerca del poder para sellar. El saber que esas palabras son verdaderas es un consuelo para mí, como lo será para la familia que sellaré el 3 de abril: “Pedro habría de tener las llaves; habría de tener el poder para sellar… para atar o sellar en la tierra, o para desatar en la tierra, y así se haría en los cielos. Esas llaves le corresponden al Presidente de la Iglesia, al profeta, vidente y revelador. Ese sagrado poder para sellar existe actualmente en la Iglesia. Nada consideran con más sagrada reflexión aquellos que conocen el significado de esta autoridad. Nada se estima con mayor celo. Hay relativamente pocos hombres sobre la tierra que poseen, al mismo tiempo, este sagrado poder: en cada templo hay hermanos a quienes se les ha conferido el poder para sellar. Nadie puede recibirlo sino del profeta, vidente y revelador y Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”6. Seguir leyendo

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El porqué del servicio en el sacerdocio

Conferencia General Abril 2012
El porqué del servicio en el sacerdocio
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Entender el porqué del Evangelio y el porqué del sacerdocio nos ayudará a ver el propósito divino de todo esto.

Atesoro esta maravillosa oportunidad de reunirme con los hermanos del sacerdocio y regocijarme con ustedes en la maravilla y la belleza del evangelio de Jesucristo. Los felicito por su fe, sus buenas obras y su rectitud perdurable.

Tenemos un vínculo en común, y es que todos hemos recibido la ordenación al sacerdocio de Dios de aquellos a quienes se les ha confiado la autoridad y el poder del santo sacerdocio. Ésa no es una bendición pequeña; es una sagrada responsabilidad.

El poder del porqué

Recientemente he estado pensando en dos llamamientos significativos que recibí como poseedor del sacerdocio en la Iglesia.

El primero de esos llamamientos vino cuando era diácono; yo asistía con mi familia a la rama de la Iglesia en Fráncfort, Alemania. En nuestra pequeña rama, fuimos bendecidos con muchas personas maravillosas; una de ellas fue nuestro presidente de rama, el hermano Landschulz. Lo admiraba mucho, a pesar de que siempre parecía estar serio, era muy formal y la mayoría de las veces vestía un traje oscuro. Recuerdo que, cuando era joven, bromeaba con mis amigos de lo anticuado que parecía ser nuestro presidente de rama.

Pensar en eso ahora me hace reír, porque es muy posible que los jóvenes de hoy en la Iglesia me vean a mí de manera muy similar.

Un domingo, el presidente Landschulz me preguntó si podía hablar conmigo. Mi primer pensamiento fue: “¿Qué habré hecho mal?”. Rápidamente pensé en las muchas cosas que podría haber hecho que hubieran inspirado a ese presidente de rama a conversar con un diácono.

El presidente Landschulz me invitó a pasar a un pequeño salón (nuestra capilla no tenía una oficina para el presidente de rama) y allí me extendió el llamamiento para servir como presidente del quórum de diáconos.

“Éste es un llamamiento importante”, dijo y luego se tomó el tiempo para señalarme el porqué. Explicó lo que él y el Señor esperaban de mí y cómo podría recibir ayuda.

No recuerdo mucho de lo que dijo, pero sí recuerdo muy bien cómo me sentí. Un espíritu sagrado y divino colmó mi corazón mientras él hablaba. Yo podía sentir que ésta era la Iglesia del Salvador, y sentí que el llamamiento que me había extendido era inspirado por el Espíritu Santo. Recuerdo que salí de ese pequeño salón sintiéndome bastante más alto que antes.

Han pasado casi sesenta años desde aquel día y todavía atesoro esos sentimientos de confianza y amor.

Al pensar en esa experiencia, traté de recordar cuántos diáconos había en nuestra rama en aquel entonces. Si recuerdo bien, creo que había dos; sin embargo, eso podría ser una gran exageración.

Pero realmente no importaba que hubiese un diácono o una docena; yo me sentía honrado, y quería servir lo mejor que me fuera posible y no defraudar ni a mi presidente de rama ni al Señor.

Ahora me doy cuenta de que el presidente de rama podría haberme extendido el llamamiento en forma rutinaria; simplemente me podría haber dicho que yo era el nuevo presidente del quórum de diáconos en el pasillo o en nuestra reunión del sacerdocio.

En cambio, pasó tiempo conmigo y me ayudó a entender no sólo qué hacer en mi asignación, sino más importante aún, el porqué.

Eso es algo que nunca olvidaré.

El punto de este relato no es sólo describir cómo extender llamamientos en la Iglesia (aunque éste fue un ejemplo maravilloso para mí en cuanto a la manera correcta de hacerlo); es un ejemplo para mí del poder motivador de liderazgo del sacerdocio que despierta al espíritu e inspira a la acción.

Se nos tienen que recordar constantemente las razones eternas detrás de lo que se nos ha mandado hacer. Los principios básicos del Evangelio deben ser parte de nuestra vida, aunque signifique aprenderlos una y otra vez. Eso no significa que este proceso debe ser rutinario o aburrido. Por el contrario, cuando enseñemos los principios fundamentales en nuestros hogares o en la Iglesia, dejemos que la llama del entusiasmo por el Evangelio y el fuego del testimonio lleve luz, calor y alegría al corazón de aquellos a quienes enseñemos.

Desde el diácono ordenado más recientemente al sumo sacerdote más antiguo, todos tenemos listas de qué podemos y debemos hacer en nuestras responsabilidades del sacerdocio. El qué es importante en nuestra obra y tenemos que prestarles atención. Pero es en el porqué del servicio en el sacerdocio que descubrimos el fuego, la pasión y el poder del sacerdocio.

El qué del servicio en el sacerdocio nos enseña lo que hacer; el porqué inspira nuestras almas.

El qué informa, pero el porqué transforma.

Una abundancia de cosas “buenas” para hacer

Otro llamamiento del sacerdocio en el cual he estado pensando llegó muchos años después, cuando tenía mi propia familia. Nos habíamos mudado de vuelta a Fráncfort, Alemania, y recién había recibido un ascenso en el trabajo que requeriría mucho de mi tiempo y atención. Durante esa ocupada época de mi vida, el élder Joseph B. Wirthlin me extendió el llamamiento para servir como presidente de estaca. Seguir leyendo

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Sacerdocio Aarónico: Levántense y usen el poder de Dios

Conferencia General Abril 2012
Sacerdocio Aarónico: Levántense y usen el poder de Dios
Por Adrián Ochoa
Segundo Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

El sacerdocio debe ejercerse para lograr algo bueno. Se les ha llamado a “[levantarse y brillar]” y no a ocultar su luz en la oscuridad.

Hace poco estuve en Sudáfrica visitando a una familia con Thabiso, el primer ayudante del quórum de presbíteros del Barrio Kagiso. Thabiso y su obispo, quien preside y posee las llaves del quórum, habían estado orando por los miembros del quórum que eran menos activos, buscando inspiración para saber a quién visitar y qué hacer para ayudarlos. Se sintieron inspirados a visitar la casa de Tebello y me invitaron a que fuera con ellos.

Una vez que logramos que el feroz perro guardián nos dejara pasar, nos encontramos en la sala de estar con Tebello, un joven con un espíritu sosegado que había dejado de asistir a la Iglesia porque había empezado a ocuparse de otras cosas los domingos. Estaba nervioso, pero feliz de recibirnos, e incluso invitó a su familia a que lo acompañaran. El obispo expresó su amor por la familia y su deseo de ayudarles a llegar a ser una familia eterna que se sellara en el templo. Sus corazones se conmovieron y todos pudimos sentir la fuerte presencia del Espíritu Santo que guiaba cada palabra y cada sentimiento.

Pero fueron las palabras de Thabiso las que marcaron la diferencia en la visita. A mí me pareció que ese joven presbítero hablaba en el lenguaje de los ángeles, con tiernas palabras que todos pudimos comprender plenamente, pero que sobre todo conmovieron a su amigo. “Me encantaba hablar contigo todo el tiempo en la Iglesia”, le dijo. “Siempre me dices cosas amables; y, ¿sabes qué?, nuestro equipo de fútbol prácticamente ha desaparecido ahora que tú no estás. Eres tan buen jugador”.

“Lo siento”, respondió Tebello, “volveré con ustedes”.

“Genial”, dijo Thabiso. “¿Y te acuerdas de cómo nos preparábamos antes para servir como misioneros? ¿Podemos empezar a hacerlo otra vez?”.

“Sí”, contestó Tebello, “quiero volver”.

Tal vez la mayor alegría que experimento como consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes es ver a los poseedores del Sacerdocio Aarónico de todo el mundo ejercer el poder del Sacerdocio Aarónico. Pero, a veces también soy testigo, con tristeza, de muchos jóvenes que no entienden cuánto bien pueden hacer con el poder que poseen.

El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios mismo para actuar al servicio de Sus hijos. ¡Oh, si cada hombre joven, cada poseedor del Sacerdocio Aarónico, pudiera comprender plenamente que su sacerdocio posee las llaves del ministerio de ángeles! Si tan sólo entendieran que tienen el sagrado deber de ayudar a sus amigos a encontrar el sendero que conduce al Salvador. Si sólo supieran que el Padre Celestial les dará el poder de explicar las verdades del Evangelio restaurado con tanta claridad y sinceridad que los demás sentirán la verdad innegable de las palabras de Cristo.

Queridos jóvenes de la Iglesia, permítanme hacerles una pregunta que espero conserven en su corazón por el resto de su vida. ¿Qué mayor poder pueden adquirir en la tierra que el sacerdocio de Dios? ¿Qué poder podría ser mayor que la capacidad para ayudar a nuestro Padre Celestial a cambiar la vida de sus semejantes, de ayudarles a lo largo del sendero de la felicidad eterna al ser limpiados del pecado y la maldad?

Al igual que cualquier otro poder, el sacerdocio debe ejercerse para lograr algo bueno. Se les ha llamado a “[levantarse y brillar]” (D. y C. 115:5), no a ocultar su luz en la oscuridad. Sólo aquellos que son valientes serán contados entre los elegidos. Al ejercer el poder de su sagrado sacerdocio, su valor y su confianza aumentarán. Jóvenes, ustedes saben que son mejores cuando están al servicio de Dios. Saben que son más felices cuando están anhelosamente consagrados a una causa buena. Magnifiquen el poder de su sacerdocio siendo puros y siendo dignos. Seguir leyendo

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El rescate para el verdadero crecimiento

Conferencia General Abril 2012
El rescate para el verdadero crecimiento
Por el obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente recientemente relevado

Salvar almas es la obra que el Señor nos ha llamado a todos a hacer.

En los últimos meses se ha puesto mayor énfasis en establecer un “verdadero crecimiento” en la Iglesia al traer a todas las personas que deseen recibir y guardar los convenios y las ordenanzas salvadoras, y vivir con un gran cambio de corazón como lo describe Alma (véase Alma 5:14). Una de las formas más significativas e importantes de establecer el verdadero crecimiento en la Iglesia es tender una mano y rescatar a quienes han sido bautizados pero que están errantes en un estado menos activo, privados de las bendiciones y ordenanzas salvadoras. Sin importar el llamamiento que tengamos: maestro orientador o maestra visitante, maestro de Escuela Dominical, obispo, padre, madre o Autoridad General, todos podemos dedicarnos a la labor de rescate de una manera significativa. Al fin y al cabo, el traer a todos —nuestra familia, las personas que no son miembros, los miembros menos activos y los pecadores— a Cristo para que reciban las ordenanzas salvadoras es el divino llamamiento que todos compartimos.

Un domingo por la mañana, hace unos 30 años, mientras prestaba servicio en una presidencia de estaca, recibimos una llamada telefónica de uno de nuestros fieles obispos que nos explicó que su barrio había crecido tan rápido que ya no podía extender un llamamiento significativo a todos los miembros dignos. Su súplica era que dividiéramos el barrio. Mientras esperábamos esa aprobación, como presidencia de estaca decidimos que visitaríamos el barrio y llamaríamos a todos esos maravillosos y dignos hermanos y hermanas a ser misioneros de estaca.

La tercera persona con la que hablé fue una joven estudiante que asistía a la universidad de la localidad. Después de conversar por unos minutos, le extendí el llamamiento de servir como misionera. Hubo silencio por unos instantes; después dijo: “Presidente, ¿no sabe que no estoy activa en la Iglesia?”.

Después de un momento de silencio de mi parte dije: “No, no sabía que usted no estaba activa”.

Ella respondió: “No he estado activa en la Iglesia por años”. Y agregó: “¿Acaso no sabe que cuando una ha estado inactiva no es tan fácil regresar?”.

Le respondí: “No; las reuniones de su barrio empiezan a las 9:00 de la mañana. Venga a la capilla y ya estará con nosotros”.

Ella respondió: “No, no es tan fácil. Una se preocupa por muchas cosas: se preocupa por si alguien la saludará o si se sentará sola y pasará inadvertida durante las reuniones, y se preocupa por si será aceptada y quiénes serán sus nuevos amigos”.

Con las lágrimas rodando por sus mejillas ella continuó: “Sé que mi madre y mi padre han estado orando por mí durante años para que regrese a la Iglesia”. Después de otro momento de silencio, dijo: “Los últimos tres meses he estado orando para encontrar el valor, la fortaleza y la manera de volver a estar activa”. Luego preguntó: “Presidente, ¿usted cree que este llamamiento podría ser una respuesta a esas oraciones?”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas al responder: “Creo que el Señor ha contestado sus oraciones”.

Ella no sólo aceptó el llamamiento, sino que se convirtió en una excelente misionera. Y estoy seguro de que ella misma tuvo mucho gozo, y llevó ese gozo también a sus padres y probablemente a otros integrantes de la familia.

Hubo muchas cosas que aprendí o recordé de ésta y otras entrevistas similares: Seguir leyendo

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Los poderes del cielo

Conferencia General Abril 2012
Los poderes del cielo
Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los poseedores del sacerdocio, sean jóvenes o mayores, necesitan tanto la autoridad como el poder, el permiso necesario y la capacidad espiritual para representar a Dios en la obra de salvación.

Mis queridos hermanos, me siento agradecido de que podamos adorar juntos como un enorme cuerpo de poseedores del sacerdocio. Los quiero y los admiro por su dignidad y la influencia para bien que ejercen en el mundo.

Invito a cada uno a pensar en cómo contestarían la siguiente pregunta que el presidente David O. McKay planteó a los miembros de la Iglesia hace muchos años: “Si en este momento se le pidiese a cada uno de ustedes que declarara en una oración o una frase cuál es la característica más distintiva de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ¿cuál sería su respuesta?” (“The Mission of the Church and Its Members”, Improvement Era, noviembre de 1956, pág. 781).

La respuesta que dio el presidente McKay a su propia pregunta fue: la “autoridad divina” del sacerdocio. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se diferencia de las iglesias que dicen tener autoridad derivada de la sucesión histórica, de las Escrituras o de la formación teológica. Hacemos la declaración distintiva de que la autoridad del sacerdocio ha sido conferida al profeta José Smith directamente de mensajeros celestiales por la imposición de manos.

Mi mensaje se centra en este sacerdocio divino y en los poderes del cielo. Ruego de todo corazón que el Espíritu del Señor me ayude a medida que aprendamos juntos en cuanto a estas verdades importantes.

La autoridad y el poder del sacerdocio

El sacerdocio es la autoridad de Dios delegada a los hombres en la tierra a fin de que actúen en todo asunto para la salvación de la humanidad (véase Spencer W. Kimball, “The Example of Abraham”, Ensign, junio de 1975, pág. 3). El sacerdocio es el medio por el cual el Señor actúa mediante los hombres para salvar almas. Una de las características distintivas de la Iglesia de Jesucristo, tanto en la antigüedad como hoy en día, es Su autoridad. No puede haber iglesia verdadera sin autoridad divina.

Se otorga la autoridad del sacerdocio a hombres comunes y corrientes. La dignidad y la buena disposición —no la experiencia, ni la destreza, ni los estudios— son los requisitos para la ordenación al sacerdocio.

En el quinto Artículo de Fe se describe el modelo para obtener la autoridad del sacerdocio: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”. Por lo tanto, un muchacho o un hombre recibe la autoridad del sacerdocio y es ordenado a un oficio en particular por alguien que ya tiene el sacerdocio y que ha sido autorizado por un líder que posea las llaves del sacerdocio necesarias.

Se espera que el poseedor del sacerdocio ejerza esta sagrada autoridad conforme a la intención, la voluntad y los propósitos santos de Dios. El sacerdocio no tiene ningún aspecto egocéntrico; siempre se usa para servir, bendecir y fortalecer a otras personas.

El sacerdocio mayor se recibe mediante un solemne convenio que incluye la obligación de actuar conforme a la autoridad (véase D. y C. 68:8) y el oficio (véase D. y C. 107:99) que se hayan recibido. Como portadores de la santa autoridad de Dios, somos agentes para actuar y no objetos para que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:26). El sacerdocio es, por naturaleza, activo en lugar de pasivo.

El presidente Ezra Taft Benson enseñó:

“No basta con recibir el sacerdocio y después descansar pasivamente a la espera de que alguien nos inste a actuar. Cuando recibimos el sacerdocio, tenemos la obligación de estar activa y anhelosamente consagrados a promover la causa de la rectitud en la tierra, porque el Señor dice:

“‘…el que no hace nada hasta que se le mande, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado’ [D. y C. 58:29]” (So Shall Ye Reap, 1960, pág. 21).

El presidente Spencer W. Kimball también recalcó de manera enfática la naturaleza activa del sacerdocio: “…uno quebranta el convenio del sacerdocio al transgredir los mandamientos, pero hace otro tanto cuando deja desatendidos sus deberes. Consiguientemente, para violar este convenio uno sólo necesita no hacer nada” (El milagro del perdón, 1976, pág. 94).

A medida que hagamos cuanto podamos por cumplir nuestras responsabilidades del sacerdocio, seremos bendecidos con el poder del mismo. El poder del sacerdocio es el poder de Dios que obra por medio de hombres y muchachos como nosotros, y requiere rectitud personal, fidelidad, obediencia y diligencia. Puede que un muchacho o un hombre reciban la autoridad del sacerdocio mediante la imposición de manos, pero no tendrá el poder del sacerdocio si es desobediente, indigno o no está dispuesto a servir. Seguir leyendo

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Cómo obtener revelación e inspiración en tu propia vida

Conferencia General Abril 2012
Cómo obtener revelación e inspiración en tu propia vida
Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

¿Por qué desea el Señor que oremos a Él y le pidamos? Porque así es cómo se recibe la revelación.

Cualquiera que se encuentre en este púlpito para dar un mensaje siente la fortaleza y apoyo de los miembros de todo el mundo. Estoy agradecido porque ese mismo apoyo puede provenir de una compañera amada del otro lado del velo. Gracias, Jeanene.

El Espíritu Santo comunica la información importante que necesitamos para guiarnos durante nuestra jornada terrenal. Cuando es nítida, clara y esencial, merece el título de revelación; y cuando constituye una serie de impresiones que tenemos con frecuencia para guiarnos paso a paso hacia un objetivo digno, para los fines de este mensaje, es inspiración.

Un ejemplo de revelación podría ser la dirección que el presidente Spencer W. Kimball recibió después de una larga y continua súplica al Señor acerca de proporcionar el sacerdocio a todos los varones dignos de la Iglesia en una época en que sólo estaba disponible para algunos de ellos.

Otro ejemplo de revelación es la guía que recibió el presidente Joseph F. Smith: “Creo que nos movemos en la presencia de mensajeros y seres celestiales y que nuestro ser se halla entre ellos. No estamos separados de ellos… estamos íntimamente relacionados con nuestros parientes, con nuestros antepasados… que han llegado antes que nosotros al mundo de los espíritus. No podemos olvidarlos; no cesamos de amarlos; siempre los tenemos en el corazón, en la memoria; así nos relacionamos con ellos y nos unen a ellos vínculos que no podemos quebrantar… Si así es con nosotros en nuestra condición finita, rodeados de nuestras debilidades carnales… cuánto más cierto… es creer que quienes han sido fieles, que están más allá de esta vida… nos ven mejor que nosotros a ellos; …vivimos en su presencia… ellos nos ven… están atentos a nuestro bienestar… nos aman ahora más que nunca. Porque ahora ellos ven los peligros que nos asechan, …su amor por nosotros y su afán por nuestro bienestar deben ser mayores de los que sentimos por nosotros mismos1.

La relación con las personas que conocemos y amamos se pueden fortalecer a través del velo. Eso se logra mediante un empeño firme para hacer lo correcto continuamente. Podemos fortalecer nuestra relación con la persona que ha partido, a quien amamos, al reconocer que la separación es temporal y que los convenios que hacemos en el templo son eternos. Cuando se obedecen constantemente, dichos convenios aseguran el cumplimiento eterno de las promesas inherentes a ellos.

Un caso claro de revelación en mi vida tuvo lugar cuando recibí la firme impresión del Espíritu de pedirle a una hermosa joven llamada Jeanene Watkins, con la que había estado saliendo, que se sellara a mí en el templo.

Una de las grandes lecciones que cada uno de nosotros debe aprender es la de pedir. ¿Por qué desea el Señor que oremos a Él y le pidamos? Porque así es cómo se recibe la revelación.

Cuando afronto un asunto muy difícil, esto es lo que hago para tratar de comprender qué hacer: ayuno y oro para encontrar y entender las Escrituras que serán de ayuda. Ese proceso es cíclico. Comienzo leyendo un pasaje de las Escrituras, medito sobre el significado del versículo y oro por inspiración. Después, medito y oro para saber si he entendido todo lo que el Señor desea que yo haga. A menudo vienen más impresiones, con un entendimiento mayor de la doctrina. He descubierto que ese modelo es una buena manera para aprender de las Escrituras.

Hay algunos principios prácticos que realzan la revelación. Primero, ceder a las emociones como la ira, el malestar o el ponerse a la defensiva alejará al Espíritu Santo. Esas emociones se deben eliminar o nuestra oportunidad de recibir revelación se verá reducida.

Otra regla es ser cautos con el sentido del humor. Las risotadas ofenderán al Espíritu. El buen sentido del humor ayuda a la revelación, las risotadas no. El buen sentido del humor es una válvula de escape para las presiones de la vida.

Otro enemigo de la revelación proviene de la exageración o de hablar en voz muy alta. Un hablar cuidadoso y calmo será favorable para recibir revelación.

Por otro lado, la comunicación espiritual mejora con buenos hábitos de salud. El ejercicio, dormir el tiempo razonable y los buenos hábitos de alimentación aumentan nuestra capacidad para recibir y entender la revelación. Viviremos durante nuestro período de vida asignado; sin embargo, podemos mejorar tanto la calidad de nuestro servicio como nuestro bienestar tomando decisiones apropiadas y prudentes. Seguir leyendo

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A tono con la música de la fe

Conferencia General Abril 2012
A tono con la música de la fe
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dios ama a todos Sus hijos. Él quiere que todos ellos regresen a Él; desea que todos estén a tono con la música sagrada de la fe.

Cuando nos reunimos con los miembros por todo el mundo, las Autoridades Generales de la Iglesia observamos personalmente la forma en que los Santos de los Últimos Días son una fuerza para el bien. Los felicitamos por todo lo que hacen para bendecir la vida de todas las personas.

Los que tenemos asignaciones relacionadas con asuntos públicos estamos muy al tanto de que el análisis público de la Iglesia y de sus miembros ha aumentado entre muchos líderes de opinión y periodistas de los Estados Unidos y de todo el mundo. Una confluencia única de factores ha elevado significativamente el perfil de la Iglesia1.

Muchos de los que escriben sobre la Iglesia han hecho un esfuerzo sincero por entender a nuestra gente y nuestra doctrina; han sido amables y han tratado de ser objetivos, por lo cual estamos agradecidos.

Reconocemos también que muchas personas no están a tono con las cosas sagradas. El Gran Rabino Lord Sacks de Inglaterra, al dirigirse a los líderes católicos romanos de la Pontificia Universidad Gregoriana, notó cuán secular han llegado a ser algunas partes del mundo y declaró que el culpable es “un agresivo ateísmo científico que está desentonado con la música de la fe”2.

La primera visión grandiosa del Libro de Mormón es el sueño profético de Lehi sobre el árbol de la vida3. En dicha visión se describen claramente los desafíos a la fe que existen en nuestros días y la gran división entre aquellos que aman y adoran a Dios y se sienten responsables ante Él, y los que no. Lehi explica algo de la conducta que destruye la fe. Algunos son orgullosos, vanos e insensatos, y sólo les interesa la denominada sabiduría del mundo4; otros están un poco interesados en Dios pero están perdidos en los vapores mundanos de las tinieblas y el pecado5; algunos han probado el amor de Dios y Su palabra, pero se sienten avergonzados ante los que se burlan de ellos y caen “en senderos prohibidos”6.

Por último, hay quienes están a tono con la música de la fe; ustedes saben quiénes son: ustedes aman al Señor y Su Evangelio y tratan continuamente de vivir y compartir Su mensaje, especialmente con sus familias7; están en armonía con las impresiones del Espíritu, han tomado consciencia del poder de la palabra de Dios, llevan una observancia religiosa en su hogar y, como Sus discípulos, procuran con diligencia vivir una vida semejante a la de Cristo.

Reconocemos lo ocupados que están. Sin contar con un ministerio profesional remunerado, la responsabilidad de administrar la Iglesia depende de ustedes, los miembros consagrados. Sabemos que es común que los integrantes de obispados, presidencias de estaca y otras personas presten largas horas de dedicado servicio; las organizaciones auxiliares y las presidencias de quórumes son ejemplares en su sacrificio abnegado. Tal servicio y sacrificio se extienden entre todos los miembros, a los que llevan los registros administrativos, a los fieles maestros orientadores y maestras visitantes y a los que enseñan clases. Estamos agradecidos por los que prestan servicio valientemente como maestros Scout y también por las líderes de guardería. ¡Todos cuentan con nuestro amor y agradecimiento por lo que hacen y por lo que son!

Reconocemos que hay miembros que están menos interesados en algunas enseñanzas del Salvador y son menos fieles a ellas. Nuestro deseo es que esos miembros despierten totalmente a la fe y aumenten su actividad y su dedicación. Dios ama a todos Sus hijos y quiere que todos vuelvan a Él; desea que todos estén a tono con la sagrada música de la fe. La expiación del Salvador es un regalo para todos.

Es preciso enseñar y entender que amamos y respetamos a toda la gente que Lehi describió8. Recuerden que el juzgar no es asunto nuestro. El juicio es del Señor9. El presidente Thomas S. Monson nos pidió específicamente que tengamos el “valor para abstener[nos] de juzgar a los demás”10. También ha pedido a todo miembro fiel que rescate a los que hayan probado el fruto del Evangelio y se hayan apartado, así como a los que todavía no hayan encontrado el camino estrecho y angosto. Rogamos que éstos se aferren a la barra de hierro y participen del amor de Dios, el que les llenará el alma “de un gozo inmenso”11.

Aunque la visión de Lehi incluye a todas las personas, el concepto doctrinal culminante es el significado eterno de la familia. “La familia es ordenada por Dios. Es la unidad más importante que hay en esta vida y en la eternidad”12. Después de participar del fruto del árbol de la vida (el amor de Dios), Lehi tuvo el deseo de que su familia “participara también de él”13.

Nuestro gran deseo es criar a nuestros hijos en la verdad y la rectitud. Un principio que nos ayudará a lograrlo es el de evitar ser demasiado críticos en cuanto a las conductas insensatas o imprudentes pero no pecaminosas. Hace muchos años, cuando mi esposa y yo todavía teníamos hijos en casa, el élder Dallin H. Oaks enseñó que es importante distinguir entre errores juveniles que deben corregirse y pecados que requieran sanción y arrepentimiento14. Donde haya falta de prudencia, nuestros hijos necesitarán instrucción; donde haya pecado, el arrepentimiento será esencial15. Esto nos fue útil en nuestra propia familia.

La observancia religiosa en el hogar bendice a nuestras familias. El ejemplo es particularmente importante: lo que somos habla con una voz tan potente que nuestros hijos tal vez no oigan lo que decimos. Cuando yo tenía unos cinco años, mi madre recibió la noticia de que su hermano menor había muerto cuando el acorazado en el que prestaba servicio fue bombardeado cerca de la costa de Japón, casi al final de la Segunda Guerra Mundial16. El aviso fue devastador para ella; muy conmovida, se fue al dormitorio. Después de un rato, le di un vistazo al cuarto para ver si estaba bien. Estaba orando arrodillada junto a la cama; me embargó una paz inmensa porque ella me había enseñado a orar y a amar al Salvador. Ésta era una muestra del ejemplo que siempre me daba. Quizás el más importante de todos los ejemplos sea el de la madre y del padre que oran con sus hijos.

El mensaje, el ministerio y la expiación de Jesucristo, nuestro Salvador, constituyen el curso de estudio esencial para la familia. Ningún pasaje de las Escrituras caracteriza nuestra fe mejor que el de 2 Nefi 25:26: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”. Seguir leyendo

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¡Permanezcamos en el territorio del Señor!

Conferencia General Abril 2012
¡Permanezcamos en el territorio del Señor!
Por el élder Ulisses Soares
De los Setenta

Nuestra pregunta diaria debería ser: “¿Mis acciones me colocan en el territorio del Señor o del enemigo?”.

En una ocasión, el presidente Thomas S. Monson dijo: “Quisiera darles una fórmula sencilla mediante la cual pueden medir las decisiones que enfrentan. Es fácil de recordar: ‘No puedes hacer bien haciendo lo malo, ni puedes hacer mal haciendo lo bueno’” (“Caminos hacia la perfección”, Liahona, julio de 2002, pág. 112). La fórmula del presidente Monson es simple y directa. Funciona de la misma manera que funcionó la Liahona que se le dio a Lehi. Si ejercemos la fe y somos diligentes en obedecer los mandamientos del Señor, con facilidad encontraremos la dirección correcta a seguir, especialmente cuando nos enfrentemos a las decisiones cotidianas.

El apóstol Pablo nos exhorta sobre la importancia de sembrar para el Espíritu y de tener cuidado de no sembrar para la carne. Él dijo:

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado, porque todo lo que el hombre siembre, eso también segará.

“Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.

“No nos cansemos, pues, de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”(Gálatas 6:7–9).

Sembrar para el Espíritu significa que todos nuestros pensamientos, palabras y hechos deben elevarnos al nivel de divinidad de nuestros Padres Celestiales. Sin embargo, las Escrituras hacen referencia a la carne como a la naturaleza física o carnal del hombre natural, la cual deja que las personas sean influenciadas por la pasión, el deseo, los apetitos e instintos de la carne en lugar de buscar la inspiración del Espíritu Santo. Si no tenemos cuidado, esas influencias, combinadas con la presión de la maldad del mundo, pueden conducirnos a adoptar un comportamiento vulgar e imprudente que llegará a formar parte de nuestra personalidad. A fin de evitar esas malas influencias, debemos hacer lo que el Señor instruyó al profeta José Smith sobre sembrar continuamente para el Espíritu: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33).

Para desarrollar nuestro espíritu, es necesario que “[quitemos] toda amargura, y enojo, e ira, y gritos, y maledicencia y toda malicia [de nosotros]” (Efesios 4:31); y que “[seamos] prudentes en los días de [nuestra] probación; [y nos despojemos] de toda impureza” (Mormón 9:28).

Al estudiar las Escrituras, aprendemos que las promesas que el Señor nos hizo están condicionadas a nuestra obediencia y que nos animan a vivir rectamente. Esas promesas deben nutrir nuestra alma, dándonos esperanza al alentarnos a no rendirnos, incluso cuando afrontamos nuestros desafíos diarios que vienen por vivir en un mundo cuyos valores éticos y morales están desapareciendo, por lo tanto, motivan más a las personas a sembrar para la carne. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que nuestras decisiones nos están ayudando a sembrar para el Espíritu y no para la carne?

El presidente George Albert Smith, repitiendo un consejo de su abuelo, dijo una vez: “Hay una línea de demarcación bien definida entre el territorio del Señor y el del diablo. Si permanecen del lado del Señor, se hallarán bajo Su influencia y ningún deseo tendrán de hacer lo malo; mas si cruzan la línea y pasan al lado que pertenece al diablo, aun cuando no sea más que un solo centímetro, estarán bajo el dominio del tentador y, si éste tiene éxito, no podrán pensar ni razonar debidamente, porque habrán perdido el Espíritu del Señor” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2011, pág. 199).

Por lo tanto, nuestra pregunta diaria debería ser: “¿Mis acciones me colocan en el territorio del Señor o del enemigo?”. Seguir leyendo

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Fe, fortaleza y satisfacción: Un mensaje para los padres y madres que crían solos a sus hijos

Conferencia General Abril 2012
Fe, fortaleza y satisfacción: Un mensaje para los padres y madres que crían solos a sus hijos
Por el élder David S. Baxter
De los Setenta

Están luchando por criar a sus hijos en la luz y la verdad, conscientes de que, si bien no pueden cambiar el pasado, pueden moldear el futuro.

Mi mensaje es para los padres de la Iglesia que crían solos a sus hijos, la mayoría de los cuales son madres solas: mujeres valientes que, por diferentes circunstancias de la vida, se encuentran solas criando hijos y llevando adelante un hogar. Quizá sean viudas o divorciadas. Quizá afronten los desafíos de ser el único progenitor como resultado de haber cometido una equivocación fuera del matrimonio, pero ahora viven según los principios del Evangelio y han cambiado su vida para mejor. Benditas sean por evitar el tipo de compañía que las alejaría de la virtud y el discipulado. Ése sería un precio demasiado alto que pagar.

Aunque quizá se hayan preguntado “¿por qué a mí?”, es mediante las penurias de la vida que nos acercamos a la divinidad, al moldearse nuestro carácter en el crisol de la aflicción, a medida que tienen lugar los eventos de la vida; porque Dios respeta el albedrío del hombre. Como comentó el élder Neal A. Maxwell, no podemos llegar a las conclusiones correctas en cuanto a la vida, porque “no contamos con todas las premisas”1.

Sean cuales sean sus circunstancias o las razones de ellas, ¡ustedes son maravillosas! Día a día se enfrentan a las dificultades de la vida, haciendo mayormente solas el trabajo que deberían hacer dos. Tienen que ser padre además de madre; llevan adelante su hogar; cuidan de su familia, a veces luchan para que el dinero les alcance y milagrosamente hasta encuentran los medios para servir en la Iglesia de manera significativa; crían a sus hijos; lloran y oran con ellos y por ellos; quieren lo mejor para sus hijos, pero cada noche les preocupa que su mejor empeño nunca sea suficiente.

Si bien no quiero hacer comentarios muy personales, soy el producto de un hogar así. Durante la mayor parte de mi niñez y adolescencia, mi madre nos crió sola, con pocos recursos. El dinero se racionaba con mucho cuidado. Ella luchaba contra la soledad interior y en ocasiones estaba desesperada por tener apoyo y compañía; pero a pesar de todo eso, mi madre tenía dignidad, muchísima determinación y el firme carácter típico de los escoceses.

Afortunadamente, sus últimos años fueron más bendecidos que los primeros. Se casó con un nuevo converso viudo; se sellaron en el Templo de Londres, Inglaterra; y luego sirvieron allí brevemente como obreros de las ordenanzas. Estuvieron juntos casi un cuarto de siglo; felices, contentos y satisfechos, hasta concluir su vida mortal.

Muchas de ustedes, buenas mujeres de la Iglesia en todo el mundo, se enfrentan a circunstancias similares y demuestran la misma entereza año tras año.

Eso no es exactamente lo que esperaban o planeaban, aquello por lo que oraron o se imaginaron al comenzar hace años. Su trayectoria ha tenido sacudidas, desvíos, enredos y giros, en su mayoría como consecuencia de vivir en un mundo caído que es un lugar de probación. Seguir leyendo

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Volver en sí: La Santa Cena, el templo y el sacrificio al servir

Conferencia General Abril 2012
Volver en sí: La Santa Cena, el templo y el sacrificio al servir
Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Llegamos a convertirnos y a ser espiritualmente autosuficientes al vivir nuestros convenios con espíritu de oración.

El Salvador les contó a Sus discípulos acerca de un hijo que dejó a su padre rico, fue a una provincia apartada y malgastó su herencia. Cuando vino una hambruna, el joven tomó el humilde empleo de apacentar cerdos; tenía tanta hambre que quería comer las algarrobas que eran para los animales.

Lejos de casa, lejos del lugar donde quería estar y en su condición de indigente sucedió algo de transcendencia eterna en la vida de ese joven. En las palabras del Salvador: “[volvió] en sí”1. Recordó quién era, se dio cuenta de lo que había perdido, y comenzó a desear las bendiciones que estaban disponibles gratuitamente en la casa de su padre.

En el transcurso de nuestra vida, ya sea en momentos de oscuridad, de desafío, de pesar o pecado, podemos sentir al Espíritu Santo que nos recuerda que somos verdaderamente hijos e hijas de un amoroso Padre Celestial que nos ama y podríamos sentir hambre por las sagradas bendiciones que sólo Él puede proveer. En esos momentos cada uno de nosotros debe esforzarse por volver en sí y regresar a la luz del amor de nuestro Salvador.

Esas bendiciones les corresponden por derecho a todos los hijos del Padre Celestial. El desear esas bendiciones, incluso una vida de gozo y paz, es parte esencial del plan del Padre Celestial para cada uno de nosotros. El profeta Alma enseñó: “…aunque no sea más que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros”2.

Al aumentar nuestros deseos espirituales, nos volvemos espiritualmente autosuficientes. Entonces, ¿cómo ayudamos a otras personas, a nosotros mismos y a nuestra familia a incrementar el deseo de seguir al Salvador y de vivir Su evangelio? ¿Cómo fortalecemos nuestro deseo de arrepentirnos, de ser dignos y de perseverar hasta el fin? ¿Cómo ayudamos a los jóvenes y a los jóvenes adultos a dejar que esos deseos obren en ellos hasta que se conviertan y lleguen a ser verdaderos “…santo[s] por la expiación de Cristo”?3.

Llegamos a convertirnos y a ser espiritualmente autosuficientes al vivir nuestros convenios con espíritu de oración, al participar dignamente de la Santa Cena, al ser dignos de una recomendación para el templo y al sacrificarnos para servir a los demás.

Para participar dignamente de la Santa Cena, recordamos que estamos renovando el convenio hecho en el bautismo. Para que la Santa Cena sea una experiencia purificadora cada semana, debemos prepararnos antes de llegar a la reunión sacramental. Hacemos eso deliberadamente dejando atrás nuestras labores y esparcimiento diarios y olvidándonos de los pensamientos y las preocupaciones del mundo; al hacer eso, damos cabida en nuestra mente y en nuestro corazón al Espíritu Santo.

Entonces estamos preparados para meditar en la Expiación. Más que sólo pensar en los hechos del sufrimiento y la muerte del Salvador, la meditación nos ayuda a reconocer que, por medio del sacrificio del Salvador, tenemos la esperanza, la oportunidad y la fortaleza para hacer cambios reales y sinceros en nuestra vida.

Al cantar el himno sacramental, participar en las oraciones sacramentales y participar de los emblemas de Su carne y de Su sangre, procuramos con espíritu de oración el perdón de nuestras faltas y debilidades. Pensamos en las promesas que hicimos y guardamos durante la semana anterior y hacemos compromisos personales específicos de seguir al Salvador durante la semana siguiente.

Padres y líderes, ustedes pueden ayudar a los jóvenes a experimentar las incomparables bendiciones de la Santa Cena brindándoles oportunidades especiales de estudiar, analizar y descubrir la importancia de la Expiación en la vida de ellos. Permitan que ellos mismos escudriñen las Escrituras y se enseñen unos a otros en base a sus propias experiencias.

Los padres, los líderes del sacerdocio y las presidencias de quórumes tienen la responsabilidad especial de ayudar a los poseedores del Sacerdocio Aarónico a prepararse de todo corazón para desempeñar sus deberes sagrados con la Santa Cena. Esa preparación se realiza durante la semana al vivir las normas del Evangelio. Cuando los jóvenes preparan, bendicen y reparten la Santa Cena dignamente y con reverencia, literalmente siguen el ejemplo del Salvador en la Última Cena4 y llegan a ser como Él.

Testifico que la Santa Cena nos da a cada uno la oportunidad de volver en sí y de experimentar “un gran cambio” de corazón5, de recordar quiénes somos y lo que más deseamos. Al renovar el convenio de guardar los mandamientos, obtenemos la compañía del Espíritu Santo para que nos guíe de regreso a la presencia del Padre Celestial. No es de extrañar que se nos mande “[reunirnos] con frecuencia para participar del pan y [del agua]”6 y tomar la Santa Cena para nuestra alma7. Seguir leyendo

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Los obreros de la viña

Conferencia General Abril 2012

Los obreros de la viña

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Por favor, escuchen los susurros del Santo Espíritu diciéndoles ahora, en este mismo momento, que deben aceptar el don de la expiación del Señor Jesucristo.


En vista de los llamamientos y relevos que acaba de anunciar la Primera Presidencia, me gustaría hablar en nombre de todos al decir que siempre recordaremos y amaremos a los que han servido tan fielmente junto a nosotros, tal como amamos y recibimos de inmediato a los que ahora son llamados. Nuestras sinceras gracias a todos ustedes.

Hoy deseo hablar de la parábola del Salvador en la que un padre de familia “salió por la mañana a contratar obreros”. Después de emplear al primer grupo a las seis de la mañana, al volverse más urgente la cosecha, regresó a las nueve de la mañana, a las doce del mediodía y a las tres de la tarde para contratar a más obreros. En las Escrituras dice que regresó una última vez “cerca de la hora undécima” (aproximadamente las cinco de la tarde) y contrató a un último grupo. Entonces, justo una hora después, todos los obreros se juntaron para recibir su jornal. Sorprendentemente, todos recibieron el mismo salario a pesar de la diferencia en las horas trabajadas. De inmediato, los del primer grupo de obreros se enojaron y dijeron: “Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día”1. Al leer esta parábola, quizás ustedes, al igual que esos obreros, hayan pensado que allí se cometió una injusticia. Permítanme abordar brevemente ese tema.

En primer lugar, es importante advertir que a nadie se le trató injustamente aquí. Los primeros obreros aceptaron el jornal de un día y lo recibieron; es más, me imagino que estaban sumamente agradecidos de recibir trabajo. En la época del Salvador, un hombre típico y su familia no podían hacer mucho más que vivir con lo que ganaban ese día. Si no trabajaban, ni cultivaban, ni pescaban ni vendían, probablemente no comían. Puesto que había más obreros que trabajos, esa mañana los primeros hombres que fueron elegidos fueron los más afortunados de toda la población laboral.

De hecho, si hemos de sentir lástima por alguien, por lo menos inicialmente, debería ser por los hombres que no fueron escogidos, que también tenían bocas que alimentar y cuerpos que vestir. A algunos parecía que la suerte nunca los acompañaba. Con cada visita del mayordomo a lo largo del día, siempre veían que se escogía a otro.

Pero, justo al terminar el día, de modo sorprendente, ¡el padre de familia regresó una quinta vez con una increíble oferta de última hora! Esos obreros, los últimos y más desalentados, sólo al escuchar que se los trataría con justicia, aceptaron el trabajo sin siquiera saber el jornal y sabiendo que cualquier cosa sería mejor que nada, que es lo que tenían hasta ese momento. Luego, al juntarse para recibir su paga, ¡se asombraron cuando recibieron lo mismo que todos los demás! ¡Qué sorprendidos deben haber estado y cuán agradecidos! Ciertamente, nunca habían visto tal compasión en todos sus días como obreros.

Teniendo en mente la lectura de ese relato, veamos las quejas de los primeros obreros. Como les dice el padre de familia en la parábola (y parafraseo sólo un poco): “Amigos míos, no estoy siendo injusto con ustedes. Ustedes aceptaron el salario para un día, un buen salario. Estaban muy contentos de conseguir trabajo y yo estoy contento por la forma en que sirvieron. Se les da el salario completo; tomen su paga y disfruten de la bendición. En cuanto a los demás, ciertamente soy libre de hacer lo que yo quiera con mi dinero”. Y luego la pregunta penetrante para el que tenga que escucharla en ese entonces o ahora: “¿Por qué debes tú tener celos porque yo elijo ser bondadoso?”.

Hermanos y hermanas, habrá ocasiones en nuestra vida cuando otra persona reciba una bendición inesperada o algún reconocimiento especial. Ruego que no nos sintamos heridos, y desde luego que no sintamos envidia cuando la buena fortuna le llegue a otra persona. El que otro reciba no nos quita nada a nosotros. No estamos en una carrera el uno contra el otro para ver quién es el más rico o el que tiene más talento o es el más hermoso o incluso el más bendecido. La carrera en la que realmente estamos es contra el pecado, y con seguridad la envidia es uno de los más universales. Seguir leyendo

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Montañas que ascender

Conferencia General Abril 2012
Montañas que ascender
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Si tenemos fe en Jesucristo, los tiempos más difíciles de la vida, así como los más fáciles, pueden ser una bendición

En una sesión de conferencia, oí al presidente Spencer W. Kimball pedirle a Dios que le diera montañas que ascender. Él dijo: “Hay todavía grandes desafíos delante de nosotros, oportunidades gigantescas que alcanzar. Acepto con gusto esta emocionante perspectiva y con humildad quiero decirle al Señor: ‘¡Dame este monte!, dame estos desafíos’”1.

Mi corazón se conmovió, conociendo, como yo conocía, algunos de los desafíos y la adversidad que él ya había afrontado. Sentí el deseo de ser más como él, un valiente siervo de Dios. Así que, una noche oré para recibir una prueba a fin de demostrar mi valor. Lo recuerdo vívidamente. En la noche, me arrodillé en mi dormitorio con una fe que casi parecía llenar mi corazón hasta estallar.

En menos de uno o dos días mi oración fue contestada. La prueba más difícil de mi vida me sorprendió, me llenó de humildad y me proporcionó una doble lección. Primero, tuve una clara evidencia de que Dios oyó y contestó mi oración de fe; y en segundo lugar, comencé un aprendizaje, que aún continúa, para aprender el porqué tuve tal confianza esa noche de que de la adversidad podría venir una gran bendición que compensaría con creces cualquier costo.

La adversidad por la que pasé aquel día lejano ahora parece insignificante comparada con lo que hemos pasado mis seres queridos y yo desde entonces. Muchos de ustedes están pasando por pruebas físicas, mentales y emocionales que podrían hacerlos exclamar como lo hizo un gran y fiel siervo de Dios a quien conocí bien. Su enfermera lo oyó exclamar desde su lecho de dolor: “Cuando toda mi vida he tratado de ser bueno, ¿por qué me ha sucedido esto a mí?”.

Ustedes saben cómo le contestó el Señor esa pregunta al profeta José Smith cuando estaba encarcelado:

“…si eres echado en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien.

“El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?

“Por tanto, persevera en tu camino, y el sacerdocio quedará contigo; porque los límites de ellos están señalados, y no los pueden traspasar. Tus días son conocidos y tus años no serán acortados; no temas, pues, lo que pueda hacer el hombre, porque Dios estará contigo para siempre jamás”2.

Me parece que no hay mejor respuesta a la pregunta de por qué vienen las pruebas y lo que debemos hacer que las palabras del Señor mismo, quien soportó por nosotros pruebas más terribles de lo que podamos imaginar.

Recordarán Sus palabras cuando aconsejó que, al tener fe en Él, debemos arrepentirnos:

“…así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”3.

Ustedes y yo tenemos fe en que la manera de elevarse en medio de las pruebas y de superarlas es creer que hay “bálsamo en Galaad”4 y que el Señor ha prometido: “…no te… desampararé”5. Eso es lo que el presidente Thomas S. Monson nos ha enseñado a fin de ayudarnos a nosotros mismos y a los que prestamos servicio en lo que parecen ser pruebas solitarias y abrumadoras6.

No obstante, el presidente Monson también ha enseñado sabiamente que toma tiempo edificar un cimiento de fe en la realidad de esas promesas. Tal vez hayan visto la necesidad de ese cimiento en el lecho de alguien que está listo para abandonar la lucha de perseverar hasta el fin. Si no tenemos arraigado en nuestro corazón el cimiento de la fe, el poder para perseverar se desmoronará.

Mi propósito hoy día es describir lo que sé sobre cómo podemos establecer ese inquebrantable cimiento. Lo hago con gran humildad por dos razones: primero, lo que diga podría desanimar a algunos que estén luchando en medio de gran adversidad y sientan que su cimiento de fe se está derrumbando; y segundo, sé que ante mí yacen pruebas aún más grandes antes del final de la vida. Por lo tanto, la fórmula que les ofrezco aún no ha sido probada en mi propia vida al perseverar hasta el fin.

De joven trabajé con un contratista construyendo bases (zapatas) y cimientos para casas nuevas. En el calor del verano era mucho trabajo preparar el terreno para el molde en el que vaciábamos el cemento para hacer las bases. No había maquinaria; usábamos el pico y la pala. En aquellos días era mucho trabajo construir cimientos duraderos para los edificios.

También se necesitaba paciencia. Después de verter el cemento, esperábamos a que curara. A pesar de lo mucho que queríamos seguir adelante con el trabajo, también esperábamos después de hacer los cimientos antes de quitar los moldes.

Y aún más impresionante para un constructor novato era lo que parecía ser un proceso tedioso que llevaba mucho tiempo: poner con cuidado varillas de metal dentro de los moldes para reforzar el cimiento. Seguir leyendo

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Sacrificio

Conferencia General Abril 2012
Sacrificio
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nuestras vidas de servicio y sacrificio son las expresiones más apropiadas de nuestro compromiso de servir al Maestro y a nuestro prójimo.

El sacrificio expiatorio de Jesucristo ha sido llamado el “más trascendental de todos los acontecimientos desde los albores de la creación hasta las edades interminables de la eternidad”1. Ese sacrificio es el mensaje central de todos los profetas, el cual se representaba de antemano mediante los sacrificios de animales prescritos por la ley de Moisés. Un profeta declaró que el significado completo de ellos “[señalaba] a ese gran y postrer sacrificio… [del] Hijo de Dios, sí, infinito y eterno” (Alma 34:14). Jesucristo soportó un sufrimiento incomprensible para ofrecerse a Sí mismo en sacrificio por los pecados de todos. Ese sacrificio ofreció el bien supremo, el Cordero puro sin mancha, a cambio de la medida suprema de maldad, los pecados de todo el mundo. En las memorables palabras de Eliza R. Snow:

Su vida libremente dio;
Su sangre derramó.
Su sacrificio de amor
al mundo rescató2.

Ese sacrificio, la expiación de Jesucristo, es la parte fundamental del plan de salvación.

El sufrimiento incomprensible de Jesucristo puso fin al sacrificio por derramamiento de sangre, pero no puso fin a la importancia del sacrificio en el plan del Evangelio. Nuestro Salvador nos requiere que continuemos ofreciendo sacrificios, pero los sacrificios que Él manda ahora son que le “[ofrezcamos] un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20). También nos manda, a cada uno de nosotros, amarnos y prestarnos servicio el uno al otro; de hecho, que ofrezcamos una pequeña imitación de Su propio sacrificio al hacer sacrificios de nuestro propio tiempo y prioridades egoístas. En un inspirado himno cantamos: “Por sacrificios se dan bendiciones”3.

Hablaré de estos sacrificios terrenales que nuestro Salvador pide que hagamos; ello no incluirá sacrificios que nos veamos obligados a hacer, ni acciones que podrían ser motivadas por ventajas personales y no por el servicio y el sacrificio (véase 2 Nefi 26:29).

I.

La fe cristiana tiene una historia de sacrificio, lo cual incluye el sacrificio supremo. En los primeros años de la era cristiana, Roma martirizó a miles a causa de su fe en Jesucristo. Siglos más tarde, cuando las controversias doctrinales dividían a los cristianos, algunos grupos persiguieron y hasta dieron muerte a miembros de otros grupos. Los cristianos asesinados por otros cristianos son los mártires más trágicos de la fe cristiana.

Muchos cristianos han hecho sacrificios de manera voluntaria motivados por la fe en Cristo y el deseo de servirle. Algunos han optado por dedicar toda su vida adulta al servicio del Maestro. Entre ese noble grupo se encuentran quienes integran las órdenes religiosas de la iglesia Católica y quienes han prestado toda una vida de servicio como misioneros cristianos de diversas denominaciones protestantes. Los ejemplos de todos ellos resultan desafiantes e inspiradores, pero no se espera que la mayoría de los creyentes en Cristo dediquen toda la vida al servicio religioso ni tampoco pueden hacerlo.

II.

Para la mayoría de los seguidores de Cristo, nuestros sacrificios abarcan lo que podemos hacer a diario en nuestra vida común y corriente. En ese aspecto, no sé de ningún grupo cuyos miembros hagan más sacrificios que los Santos de los Últimos Días. Sus sacrificios, los sacrificios de ustedes, mis hermanos y hermanas, contrastan con los habituales esfuerzos mundanales que se hacen con el fin de brindar satisfacción personal.

Mis primeros ejemplos son nuestros pioneros mormones; los grandiosos sacrificios de sus vidas, de las relaciones familiares, de sus hogares y de sus comodidades constituyen el fundamento del Evangelio restaurado. Sarah Rich aludió a lo que motivó a aquellos pioneros cuando describió a su esposo, Charles, tras recibir un llamamiento misional que lo llevaría lejos de su hogar: “Ciertamente aquel fue un tiempo de pruebas tanto para mí como para mi esposo; mas el deber nos llamó a separarnos por un tiempo y, sabiendo que [estábamos] obedeciendo la voluntad del Señor, nos sentimos inclinados a sacrificar nuestros propios sentimientos a fin de ayudar a establecer la obra… de ayudar a edificar el reino de Dios sobre la tierra”4.

Hoy, la fuerza más visible de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el servicio y el sacrificio desinteresados de sus miembros. Antes de la rededicación de uno de nuestros templos, un ministro cristiano le preguntó al presidente Gordon B. Hinckley por qué no había en él ninguna representación de la cruz, el símbolo más común de la fe cristiana. El presidente Hinckley respondió que los símbolos de nuestra fe cristiana son “las vidas de nuestros miembros”5. En verdad, nuestras vidas de servicio y sacrificio son las expresiones más apropiadas de nuestro compromiso de servir al Maestro y a nuestro prójimo. Seguir leyendo

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