Él en verdad nos ama

Conferencia General Octubre 2012
Él en verdad nos ama
Por el élder Paul E. Koelliker
De los Setenta

Gracias a este modelo de familia celestialmente diseñado, comprendemos mejor la manera en que nuestro Padre Celestial verdaderamente nos ama a cada uno de nosotros de forma equitativa y total.

Me encanta estar con los misioneros de tiempo completo. Ellos están llenos de fe, de esperanza y de una caridad genuina. La experiencia misional de ellos es como una mini-vida de 18 o 24 meses. Llegan a la misión como niños espirituales con un serio deseo de aprender y salen de ella como adultos maduros, aparentemente listos para conquistar cualquier desafío que se presente ante ellos. También me encantan los dedicados misioneros mayores, que están llenos de paciencia, de sabiduría y de una confianza serena. Ellos traen un don de estabilidad y amor a la vigorosa juventud que los rodea. Juntos, los jóvenes misioneros y los matrimonios mayores, son una poderosa y perseverante fuerza de bien, la cual tiene un profundo efecto en las vidas de ellos mismos y sobre los que son influenciados por su servicio.

Hace poco escuché a dos de esos grandes jóvenes misioneros mientras repasaban sus experiencias y esfuerzos. En ese momento de reflexión, consideraron a las personas que habían contactado ese día, algunas de las cuales habían sido más receptivas que otras. Al considerar las circunstancias, ellos se preguntaron: “¿Cómo podemos ayudar a cada persona a desarrollar un deseo de saber más acerca del Padre Celestial?” “¿Cómo podemos ayudarles a sentir Su espíritu?” “¿Cómo podemos ayudarles a que sepan que los amamos?”.

En mi mente, veía a esos dos jóvenes tres a cuatro años después de haber terminado su misión. Los visualicé encontrando a su compañera eterna y sirviendo en un quórum de élderes o enseñando a un grupo de hombres jóvenes. Entonces, en lugar de pensar en sus investigadores, se hacían las mismas preguntas sobre los miembros de su quórum o sobre los hombres jóvenes a quienes se les había llamado para cuidar. Vi la manera en que su experiencia misional podía aplicarse como un modelo para edificar a los demás el resto de sus vidas. A medida que este ejército de discípulos de rectitud regresa de sus misiones a los muchos países por toda la tierra, llegan a ser contribuidores clave en la obra del establecimiento de la Iglesia.

El profeta Lehi, del Libro de Mormón, tal vez haya estado reflexionado sobre las mismas preguntas que esos misioneros cuando escuchó la reacción de sus hijos a la instrucción y a la visión que él había tenido: “Y así era como Lamán y Lemuel, que eran los mayores, murmuraban en contra de su padre; y hacían esto porque no conocían la manera de proceder de aquel Dios que los había creado” (1 Nefi 2:12).

Es posible que cada uno de nosotros haya sentido la frustración que Lehi sintió con sus dos hijos mayores. Al ver a un hijo alejarse de la verdad, a un investigador que no se compromete o a un futuro élder indiferente, nuestro corazón sufre, como el de Lehi, y nos preguntamos: “¿Cómo puedo ayudarlos a sentir y escuchar al Espíritu para que no sean absorbidos por las distracciones mundanas?”. Me vienen a la mente dos pasajes de Escritura que nos pueden ayudar a superar esas distracciones y sentir el poder del amor de Dios.

Nefi da una clave para el aprendizaje mediante su propia experiencia personal: “Yo, Nefi… teniendo grandes deseos de conocer los misterios de Dios, clamé por tano al Señor; y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado, así que no me rebelé en contra de él como lo habían hecho mis hermanos” (1 Nefi 2:16).

Despertar el deseo de saber nos da la capacidad espiritual de escuchar la voz del cielo. El encontrar una manera de despertar y alimentar ese deseo es la misión y responsabilidad de cada uno de nosotros, misioneros, padres, maestros, líderes y miembros. Al sentir ese deseo despertar en nuestro corazón, estamos preparados para beneficiarnos del aprendizaje del segundo pasaje de Escritura que quiero mencionar. Seguir leyendo

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Convertidos a Su Evangelio por medio de la Iglesia

Conferencia General Abril 2012
Convertidos a Su Evangelio por medio de la Iglesia
Por el Élder Donald L. Hallstrom
De la Presidencia de los Setenta

El propósito de la Iglesia es ayudarnos a vivir el Evangelio.

Amo el evangelio de Jesucristo y La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. A veces usamos los términos Evangelio e Iglesia indistintamente, pero no son lo mismo. Sin embargo, están finamente interconectados y los necesitamos a ambos.

El Evangelio es el glorioso plan de Dios en el cual a nosotros, por ser Sus hijos, se nos da la oportunidad de recibir todo lo que el Padre tiene (véase D. y C. 84:38). A eso se le llama la vida eterna y se describe como “el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7). Una parte esencial del plan es nuestra experiencia terrenal, un período para desarrollar fe (véase Moroni 7:26), para arrepentirnos (véase Mosíah 3:12) y para reconciliarnos con Dios (véase Jacob 4:11).

Debido a que nuestras flaquezas terrenales y la “oposición en todas las cosas” ((2 Nefi 2:11) harían esta vida extremadamente difícil, y puesto que no podríamos limpiarnos de nuestros propios pecados, era necesario un Salvador. Cuando Elohim, el Eterno Dios y Padre de todos nuestros espíritus, presentó Su plan de salvación, hubo uno entre nosotros que dijo: “Heme aquí, envíame” (Abraham 3:27). Su nombre era Jehová.

Por haber nacido de un Padre Celestial, tanto física como espiritualmente, Él poseía la omnipotencia de vencer al mundo. Por haber nacido de una madre terrenal, Él estaba sujeto a los dolores y sufrimientos del estado mortal. El gran Jehová también fue llamado Jesús y, además, se le dio el título de Cristo, que significa el Mesías o el Ungido. Su máximo logro fue la Expiación, por medio de la cual Jesús el Cristo “descendió debajo de todo” (D. y C. 88:6), permitiendo que Él pagase un rescate de redención por cada uno de nosotros.

La Iglesia fue establecida por Jesucristo durante Su ministerio terrenal, “[edificada] sobre el fundamento de apóstoles y profetas”(Efesios 2:20). En ésta, “la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 128:18), el Señor restauró lo que una vez fue, diciéndole específicamente al profeta José Smith: “Estableceré la iglesia por tu mano” (D. y C. 31:7). Jesucristo fue y es cabeza de Su Iglesia, y está representado en la tierra por profetas que poseen autoridad apostólica.

Ésta es una iglesia magnífica. Su organización, efectividad y absoluta bondad son respetadas por todos los que sinceramente buscan entenderla. La Iglesia tiene programas para niños, jóvenes, hombres y mujeres. Tiene hermosos centros de reuniones que suman más de 18.000. Templos majestuosos cubren la tierra, que ahora llegan a 136 con otros treinta anunciados o en construcción. Una fuerza de más de 56.000 misioneros de tiempo completo, conformada por jóvenes y no tan jóvenes, presta servicio en 150 países. La labor humanitaria mundial de la Iglesia es una maravillosa muestra de la generosidad de nuestros miembros. Nuestro sistema de bienestar cuida de nuestros miembros y promueve la autosuficiencia de un modo incomparable. En esta Iglesia tenemos líderes laicos desinteresados y una comunidad de santos que están dispuestos a ayudarse unos a otros de un modo encomiable. No hay nada como esta Iglesia en todo el mundo.

Cuando nací, nuestra familia vivía en una pequeña casa en los terrenos de uno de los grandes e históricos centros de reuniones de la Iglesia: el Tabernáculo de Honolulu. Pido disculpas a mis queridos amigos del Obispado Presidente, que supervisan las propiedades de la Iglesia, pero cuando era niño trepaba por encima, debajo y por cada centímetro de esa propiedad, desde el fondo del resplandeciente espejo de agua, hasta lo alto del interior de la imponente torre iluminada; incluso nos balanceábamos (como Tarzán) en las largas lianas de los árboles banianos del lugar.

La Iglesia era todo para nosotros. Íbamos a muchas reuniones, incluso más de las que tenemos ahora. Asistíamos a la Primaria los jueves por la tarde; las reuniones de la Sociedad de Socorro eran los martes por la mañana; la Mutual para los jóvenes era los miércoles por la noche; los sábados eran para las actividades del barrio. Los domingos, los hombres y los jóvenes iban a la reunión del Sacerdocio por la mañana; al mediodía asistíamos a la Escuela Dominical y luego, por la tarde, volvíamos para la reunión sacramental. Con todo ese ir y venir a las reuniones, parecía que nuestro tiempo se consumía con las actividades de la Iglesia todo el día los domingos y la mayoría de los días de la semana. Seguir leyendo

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Enseñar a nuestros hijos a comprender

Conferencia General Abril 2012

Enseñar a nuestros hijos a comprender

Por Cheryl A. Esplin
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Enseñar a nuestros hijos a comprender es más que sólo impartir información. Es ayudar a nuestros hijos a que la doctrina penetre su corazón.

A medida que pasan los años, muchos detalles de mi vida son cada vez más borrosos, pero algunos de los recuerdos que permanecen más vívidos son los nacimientos de cada uno de nuestros hijos. El cielo parecía estar tan cerca y, si me esfuerzo, casi puedo sentir la misma reverencia y el mismo asombro que sentí cada vez que colocaban en mis brazos a cada uno de esos niños preciosos.

“Herencia de Jehová son [nuestros] hijos” (Salmos 127:3). Él ama y conoce a cada uno de ellos con un amor perfecto (véase Moroni 8:17). Qué responsabilidad sagrada nos confiere el Padre Celestial como padres de asociarnos con Él para ayudar a sus espíritus escogidos a llegar a ser lo que él sabe que pueden llegar a ser.

Ese privilegio divino de criar a nuestros hijos es una responsabilidad mucho más grande de la que podamos llevar a cabo solos, sin la ayuda del Señor. Él está al tanto exactamente de lo que nuestros hijos necesitan saber, lo que tienen que hacer y lo que deben ser para regresar a Su presencia. Él da a los padres y a las madres instrucciones y guía específicas por medio de las Escrituras, de Sus profetas y del Espíritu Santo.

El Señor instruye a los padres, por medio de una revelación moderna dada al profeta José Smith, que enseñen a sus hijos a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, del bautismo y del don del Espíritu Santo. Fíjense que el Señor no dice que debemos “enseñar la doctrina”, Sus instrucciones son que enseñemos a nuestros hijos a “comprender la doctrina” (véase D. y C. 68:25, 28; cursiva agregada).

En el libro de Salmos leemos: “Dame entendimiento, y guardaré tu ley y la observaré de todo corazón” (Salmo 119:34).

Enseñar a nuestros hijos a comprender es más que sólo impartir información. Es ayudar a nuestros hijos a que la doctrina penetre su corazón de manera tal que sea parte intrínseca de su ser y se refleje en su actitud y comportamiento a lo largo de la vida.

Nefi enseñó que la función del Espíritu Santo es llevar la verdad “al corazón de los hijos de los hombres” (2 Nefi 33:1). Nuestra función como padres es hacer todo lo posible para establecer un ambiente en donde nuestros hijos sientan la influencia del Espíritu y luego ayudarlos a reconocer lo que sienten.

Eso me recuerda una llamada telefónica que recibí hace unos años de mi hija Michelle. Con sincera emoción dijo: “Mamá, acabo de tener la experiencia más increíble con Ashley”. Ashley es su hija, que en ese entonces tenía cinco años. Michelle me dijo que esa mañana había sido una constante batalla entre Ashley y su hermano Andrew que tenía tres años; uno no quería compartir las cosas y el otro no dejaba de dar golpes. Después de ayudarlos a que hicieran las paces, Michelle fue a ver al bebé.

Muy pronto Ashley vino corriendo, enojada porque Andrew no quería compartir las cosas con ella. Michelle le recordó el compromiso que habían hecho en la noche de hogar de ser más amables unos con los otros.

Le preguntó a Ashley si quería orar y pedir la ayuda del Padre Celestial; pero Ashley, todavía muy enojada, respondió: “No”. Cuando le preguntó si creía que el Padre Celestial respondería su oración, ella dijo que no sabía. Su madre le dijo que tratara, y con gentileza le tomó la mano y se arrodilló junto con ella a orar.

Michelle le sugirió que pidiera al Padre Celestial que ayudara a Andrew a compartir y que la ayudara a ella a ser amable. La idea de que el Padre Celestial ayudara a su hermano a compartir debe haber despertado el interés de Ashley, pues comenzó a orar. Primero pidió que ayudara a Andrew a compartir; al pedir que la ayudara a ella a ser amable, comenzó a llorar. Terminó la oración y escondió su rostro en el hombro de su mamá. Michelle la abrazó y le preguntó por qué lloraba; Ashley contestó que no lo sabía.

Su mamá le dijo: “Creo que yo sé por qué lloras. ¿Te sientes bien por dentro?”. Ashley asintió y su madre continuó: “Es el Espíritu que te ayuda a sentirte de esa manera. Es la manera en que el Padre Celestial te está diciendo que te ama y que te ayudará”. Seguir leyendo

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Y un niño los pastoreará

Conferencia General Abril 2012
Y un niño los pastoreará
Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

El esposo y la esposa deben entender que su primer llamamiento, del cual nunca serán relevados, es del uno para con el otro y después para con sus hijos.

Hace años, durante una noche fría en una estación de trenes de Japón, escuché un golpecito en la ventanilla de mi coche-cama. Allí había un niño congelándose, con una camisa harapienta, un trapo sucio atado sobre la hinchada mandíbula y la cabeza cubierta de sarna; el niño sostenía una lata oxidada y una cuchara, el símbolo de un huérfano mendigo. Cuando intenté abrir la puerta para darle dinero, el tren arrancó.

Nunca olvidaré a aquel pequeño hambriento de pie en el frío sosteniendo una lata vacía; tampoco podré olvidar cuán incapaz me sentí cuando el tren se alejó poco a poco y él quedó de pie, en la plataforma.

Unos años después, en Cusco, una ciudad en lo alto de los Andes del Perú, el élder A. Theodore Tuttle y yo llevamos a cabo una reunión sacramental en un salón largo y estrecho que daba hacia la calle. Era de noche y, mientras el élder Tuttle discursaba, un pequeño, de unos seis años quizás, apareció por la puerta. Sólo llevaba puesta una camisa harapienta que le llegaba hasta las rodillas.

A nuestra izquierda se encontraba una pequeña mesa con un plato de pan para la Santa Cena. Este hambriento huérfano de la calle vio el pan y avanzó lentamente hacia él a lo largo de la pared. Cuando estaba casi por llegar a la mesa, una mujer en el pasillo lo vio, y con un firme movimiento de cabeza, lo expulsó hacia la noche. Yo gemí dentro de mí.

El pequeño niño volvió más tarde; avanzaba lentamente a lo largo de la pared; miraba el pan y me miraba a mí. Cuando estaba cerca del punto donde la mujer lo volvería a ver, extendí los brazos y vino corriendo hacia mí, y yo lo tuve en mi regazo.

Entonces, como algo simbólico, lo senté en la silla del élder Tuttle. Después de la última oración, el hambriento pequeño salió corriendo hacia la noche.

Al volver a casa, le conté mi experiencia al presidente Spencer W. Kimball. Él se conmovió profundamente y me dijo: “Usted estaba teniendo una nación en su regazo”. Más de una vez me dijo: “Esa experiencia tiene un significado aún mucho mayor del que usted pueda imaginarse”.

Al visitar los países de Latinoamérica unas cien veces, he buscado a ese niñito en los rostros de la gente. Ahora si sé lo que quiso decir el presidente Kimball.

Conocí a otro niño tiritando en las calles de Salt Lake City. Era tarde en otra noche de invierno. Estábamos saliendo de una cena de Navidad de un hotel y venían por la calle seis u ocho niños bulliciosos; todos deberían haber estado en casa para protegerse del frío.

Un niño no tenía abrigo; iba saltando muy rápidamente para evitar el frío y desapareció por una calle lateral, sin duda, a un apartamento pequeño y pobre con una cama que no tenía suficientes mantas para mantenerlo caliente.

Por la noche, cuando me cubrí con mis cobijas, ofrecí una oración por aquellos que no tenían una cama cálida a la que ir.

Yo estaba apostado en Osaka, Japón, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. La ciudad se encontraba en ruinas y las calles estaban llenas de bloques, escombros y cráteres de bombas. Aunque la mayoría de los árboles habían sido destruidos por las bombas, algunos aún estaban en pie con las ramas y los troncos destrozados, y tenían el valor de mostrar algunos retoños con hojas.

Una niña pequeña vestida en un kimono harapiento y colorido estaba muy ocupada recogiendo hojas de sicómoro para hacer un ramo. La pequeñita no parecía darse cuenta de la devastación que la rodeaba mientras pasaba por encima de los escombros para añadir hojas nuevas a su colección; había encontrado la única belleza que quedaba en su mundo. Tal vez debería decir que ella era la parte bella de su mundo. De alguna manera, pensar en ella aumenta mi fe; la niña personificaba la esperanza.

Mormón enseñó que “los niños pequeños viven en Cristo”1 y no tienen necesidad de arrepentirse.

Cerca del comienzo del siglo anterior, dos misioneros estaban trabajando en las montañas del sur de los Estados Unidos. Un día, desde la cima de una colina, vieron que varias personas se estaban reuniendo en un claro, más abajo. A menudo, los misioneros no tenían mucha gente a la que predicar, así que bajaron hacia el descampado.

Un niño se había ahogado e iba a haber un funeral. Sus padres habían llamado al ministro religioso para que “dijera unas palabras” de su hijo. Los misioneros se hicieron a un lado mientras el ministro viajante contemplaba al padre y a la madre desconsolados y empezó su sermón. Si los padres esperaban recibir consuelo de ese clérigo, se decepcionarían.

Él los reprendió severamente por no haber bautizado al niño; lo habían pospuesto por una u otra razón, y ahora era demasiado tarde y les dijo sin rodeos que su niño había ido al infierno y que eso era culpa de ellos; ellos eran los culpables del tormento sin fin del pequeño.

Después de que concluyó el sermón y se cubrió la tumba, los élderes se acercaron a los afligidos padres. “Somos siervos del Señor”, le dijeron a la madre, “y hemos venido con un mensaje para ustedes”. Mientras los sollozantes padres escuchaban, los dos élderes leyeron de las revelaciones y compartieron su testimonio de la restauración de las llaves para la redención tanto de los vivos como de los muertos. Seguir leyendo

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Al reunirnos otra vez

Conferencia General Abril 2012
Al reunirnos otra vez
Por el presidente Thomas S. Monson

Nuestro Padre Celestial tiene presente a cada uno de nosotros y nuestras necesidades. Que seamos llenos de Su Espíritu al participar de esta conferencia.

Mis queridos hermanos y hermanas, al reunirnos otra vez en una conferencia general de la Iglesia, les doy la bienvenida y les expreso mi amor. Nos reunimos cada seis meses para fortalecernos unos a otros, para dar ánimo, para proporcionar consuelo, para fortalecer la fe. Estamos aquí para aprender. Algunos de ustedes tal vez busquen respuesta a preguntas o desafíos por los que estén pasando en la vida. Algunos sufren a causa de la desilusión o de pérdidas. Cada uno puede ser iluminado y recibir ánimo y consuelo al sentir el Espíritu del Señor.

Si hubiese cambios que efectuar en su vida, ruego que encuentren el incentivo y el valor para hacerlo al escuchar las palabras inspiradas que se expresarán. Que cada uno de nosotros vuelva a decidir vivir de manera tal que seamos dignos hijos de nuestro Padre Celestial. Que sigamos oponiéndonos al mal dondequiera que se encuentre.

Qué bendecidos somos por haber venido a la tierra en una época como ésta, una época maravillosa en la larga historia del mundo. No podemos estar todos bajo un mismo techo, pero ahora tenemos la capacidad de participar de esta conferencia a través de la maravilla de las transmisiones por televisión, radio, cable, satélite e internet, incluso en los dispositivos móviles. Nos congregamos unificados; hablamos diferentes idiomas, vivimos en muchos países, pero todos tenemos una fe, una doctrina y un propósito.

Desde nuestros pequeños comienzos hace 182 años, nuestra presencia ahora se siente en todo el mundo. Esta gran obra en la que participamos seguirá adelante, cambiando y bendiciendo vidas al hacerlo. Ninguna causa ni fuerza en el mundo entero puede detener la obra de Dios. A pesar de lo que venga, esta gran causa seguirá adelante. Recordarán las palabras proféticas del profeta José Smith: “Ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra: las persecuciones se encarnizarán, el populacho podrá conspirar, los ejércitos podrán juntarse y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente, hasta que haya penetrado todo continente, visitado toda región, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”1.

Hay muchas cosas difíciles y desafiantes en el mundo hoy día, mis hermanos y hermanas; pero también hay mucho que es bueno y ennoblecedor. Como declaramos en el decimotercer artículo de fe: “Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos”; que siempre continuemos haciéndolo.

Les agradezco su fe y devoción al Evangelio. Les doy las gracias por el amor y cuidado que se brindan los unos a los otros. Les agradezco el servicio que dan en sus barrios y ramas, y en sus estacas y distritos. Es ese servicio el que permite al Señor lograr muchos de Sus propósitos aquí sobre la tierra.

Expreso mi agradecimiento por la bondad con la que me tratan dondequiera que voy. Les agradezco sus oraciones a mi favor. He sentido esas oraciones y estoy muy agradecido por ellas.

Ahora, mis hermanos y hermanas, hemos venido a que se nos instruya y se nos inspire. Se ofrecerán muchos mensajes en los próximos dos días. Les aseguro que los hombres y mujeres que les hablarán han buscado la ayuda y la guía del cielo al preparar sus mensajes. Han sido inspirados en cuanto a lo que compartirán con nosotros.

Nuestro Padre Celestial tiene presente a cada uno de nosotros y nuestras necesidades. Que seamos llenos de Su Espíritu al participar de esta conferencia; ése es mi ruego sincero. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 473.

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Un testimonio viviente

Conferencia General Abril 2011
Un testimonio viviente
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El testimonio requiere ser nutrido por la oración de fe, tener hambre de la palabra de Dios que está en las Escrituras y obedecer la verdad.

Mis queridas jóvenes hermanas, ustedes son la esperanza radiante de la Iglesia del Señor. Mi propósito de esta noche es ayudarlas a creer que eso es así. Si esa creencia puede convertirse en un profundo testimonio de Dios, determinará sus decisiones diarias y constantes. Y después de lo que aparenten ser decisiones pequeñas, el Señor las conducirá a la felicidad que ustedes quieran. Mediante sus decisiones, Él podrá bendecir a un sinnúmero de otras personas.

La decisión de estar con nosotros esta noche es un ejemplo de las decisiones que importan. Se invitó a más de un millón de mujeres jóvenes, madres y líderes. De todas las cosas que podrían haber elegido hacer, han decidido estar con nosotros. Hicieron eso debido a sus creencias.

Ustedes son creyentes en el evangelio de Jesucristo; creen lo suficiente para venir aquí a escuchar a Sus siervos y tener la fe suficiente para esperar que algo de lo que escucharán o sientan las motive hacia una vida mejor. Sintieron en su corazón que seguir a Jesucristo era la manera de tener una felicidad mayor.

Ahora bien, tal vez no reconozcan eso como una decisión consciente de importancia alguna. Quizás se sintieron inclinadas a estar con nosotros debido a los amigos o la familia. Tal vez sencillamente respondieron a la bondad de alguien que las haya invitado a venir; pero incluso sin haberlo notado, sintieron, por lo menos, un eco, apenas perceptible, de la invitación del Salvador: “Ven, sígueme”1.

En la hora que hemos estado juntos, el Señor ha profundizado la creencia de ustedes en Él y ha fortalecido el testimonio de ustedes. Han escuchado más que palabras y música; han sentido el testimonio del Espíritu en el corazón de ustedes de que hay profetas vivientes sobre la tierra en la Iglesia verdadera del Señor y que el sendero hacia la felicidad se halla dentro de Su reino. Su testimonio de que ésta es la única Iglesia verdadera y viviente en la tierra hoy en día ha crecido.

Ahora bien, no todos sentimos exactamente las mismas cosas. Para algunos el testimonio del Espíritu fue que Thomas S. Monson es un profeta de Dios. Para otras personas fue que la honradez, la virtud y el hacer bien a todos los hombres son realmente atributos del Salvador. Y con ello vino un deseo más grande de ser como Él.

Todas ustedes tienen el deseo de que se fortalezca su testimonio del evangelio de Jesucristo. El presidente Brigham Young pudo notar sus necesidades hace muchos años. Él era un profeta de Dios y con una visión profética, hace 142 años, las vio a ustedes y vio sus necesidades; él era un padre amoroso y un profeta viviente.

Él podía ver la influencia que el mundo ejercía en sus propias hijas; vio que esas influencias del mundo las estaban apartando del sendero del Señor que conduce a la felicidad. En su día, esas influencias las traía, en parte, el ferrocarril intercontinental que conectaba a los santos que estaban aislados y protegidos del mundo.

Quizás él no haya visto las maravillas tecnológicas de hoy, donde con un dispositivo que tengan en la mano pueden elegir conectarse a innumerables ideas y pueblos de la tierra; pero vio el valor que tendría para sus hijas y para ustedes tomar decisiones basadas en un testimonio poderoso de un Dios viviente y amoroso, y de Su plan de felicidad.

Aquí está su consejo profético e inspirado de siempre para sus hijas y para ustedes.

Se encuentra en el corazón de mi mensaje de esta noche; lo dijo en una habitación de su hogar, a menos de una milla de donde este mensaje se dirige a las hijas de Dios en las naciones del mundo: “Existe la necesidad para las jóvenes hijas de Israel de obtener un testimonio viviente de la verdad”2.

Entonces, creó una asociación de mujeres jóvenes que ha llegado a ser lo que llamamos las “Mujeres Jóvenes”, en la Iglesia del Señor. Esta noche, ustedes han sentido algo del resultado maravilloso de esa elección hecha en esa reunión, ese domingo por la tarde en la sala de la casa de él.

Más de cien años después, las hijas de Israel por el mundo tienen ese deseo de tener un testimonio viviente de la verdad por sí mismas. Ahora bien, por el resto de su vida necesitarán ese testimonio viviente que crece para fortalecerlas y conducirlas hacia el sendero de la vida eterna. Y con él, llegarán a ser las transmisoras de la Luz de Cristo para sus hermanos y hermanas por el mundo, y por generaciones.

Ustedes saben por su propia experiencia lo que es un testimonio. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que un testimonio “es un conocimiento convincente dado por revelación a [una persona] que busca humildemente la verdad”. Él dijo del testimonio y del Espíritu Santo, que trae esa revelación: “Su poder convincente es tan grande que no existe duda en la mente cuando ha hablado el Espíritu. Es la única manera de que una persona sepa verdaderamente que Jesús es el Cristo y que el Evangelio es verdadero”3.

Ustedes han sentido esa inspiración por ustedes mismas. Quizás haya sido para confirmar una parte del Evangelio, como lo ha sido para mí esta noche. Cuando escuché las palabras del décimo artículo de fe sobre ser “honrados, verídicos, castos, benevolentes” para mí fue como si el Señor mismo las hubiera dicho. Sentí una vez más que esos son Sus atributos. Sentí que José Smith era Su profeta; por lo tanto, para mí no fueron meramente palabras.

En mi mente, vi las polvorientas calles de Judea y del jardín de Getsemaní. En mi corazón sentí por lo menos algo de lo que hubiera sido arrodillarse como José lo hizo ante el Padre y el Hijo en una arboleda de Nueva York. No pude ver en mi mente una luz más brillante que el sol del mediodía como él, pero pude sentir el calor y la maravilla de un testimonio.

El testimonio les llegará en porciones como partes confirmadas de la verdad total del evangelio de Jesucristo. Por ejemplo, al leer el Libro de Mormón y meditar en él, los versículos que hayan leído antes aparecerán como nuevos para ustedes y darán nuevas ideas; su testimonio crecerá en amplitud y profundidad con la confirmación del Espíritu Santo de que son verdaderas. Su testimonio viviente se expandirá si estudian, oran y meditan en las Escrituras.

Para mí, la mejor descripción de cómo ganar y practicar un testimonio viviente ya se ha mencionado; está en el capítulo 32 de Alma, en el Libro de Mormón. Tal vez lo hayan leído muchas veces. Yo encuentro en él una nueva luz cada vez que lo leo. Revisemos una vez más esta noche la lección que enseña. Seguir leyendo

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Guardianas de la virtud

Conferencia General Abril 2011
Guardianas de la virtud
Por Elaine S. Dalton
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Prepárense ahora para ser merecedoras de recibir todas las bendiciones que les esperan en los santos templos del Señor.

Hay veces que no se puede expresar con palabras lo que sentimos. Ruego que el Espíritu testifique a sus corazones en cuanto a la identidad divina y la responsabilidad eterna que poseen. Ustedes son la esperanza de Israel; son hijas electas y majestuosas de nuestro amoroso Padre Celestial.

El mes pasado tuve la oportunidad de asistir al matrimonio en el templo de una jovencita que conozco desde que nació. Al sentarme en la sala de sellamientos y mirar la hermosa lámpara de cristal que brillaba con la luz del templo, recordé cuando la sostuve en mis brazos por primera vez. Su madre le había puesto un vestidito blanco, me pareció que era una de las bebés más hermosas que había visto. Entonces la jovencita entró por la puerta otra vez vestida de blanco; estaba radiante y feliz. Cuando entró, deseé con todo mi corazón que toda joven imaginara ese momento y se esforzara para siempre ser digna de hacer y guardar convenios sagrados, y de recibir las ordenanzas del templo en preparación para disfrutar de las bendiciones de la exaltación.

Al arrodillarse frente al sagrado altar, esa pareja recibió promesas más allá de la comprensión mortal que los bendecirán, fortalecerán y ayudarán en su jornada terrenal. Fue uno de esos momentos en que el mundo se detuvo y los cielos se regocijaron. Cuando la pareja recién casada miró los grandes espejos de la sala, se le preguntó al novio qué era lo que veía. Él dijo: “A todos los que vivieron antes de mí”. Entonces la pareja miró el espejo de la pared opuesta y la novia dijo con lágrimas en los ojos: “Yo veo a todos los que vendrán después de nosotros”; ella vio a su futura familia —su posteridad. Sé que ella comprendió una vez más, en ese momento, cuán importante es creer en ser castas y virtuosas. No hay vista más hermosa que la de una pareja debidamente preparada, de rodillas frente al altar del templo.

Sus años en las Mujeres Jóvenes las prepararán para el templo. Allí recibirán las bendiciones a las que tienen derecho en calidad de preciadas hijas de Dios. Su Padre Celestial las ama y desea que sean felices. La manera de lograrlo es “anda[r] por las sendas de la virtud”1 y “[adherirse] a los convenios que [han] hecho”2.

Jovencitas, en un mundo donde la corrupción moral, la tolerancia al mal, la explotación de la mujer y la distorsión de los roles van en aumento, deben resguardarse a ustedes mismas, a su familia y a todos aquellos con quienes se relacionen; deben ser guardianas de la virtud.

¿Qué es la virtud y qué es un guardián? “La virtud es un modelo de pensamientos y de conducta basado en elevadas normas morales, e incluye la castidad y la pureza [moral]”3. ¿Y qué es un guardián? Un guardián es alguien que protege, ampara y defiende4. Por lo tanto, como guardianas de la virtud protegerán, ampararán y defenderán la pureza moral, porque el poder de crear vida mortal es un poder sagrado y exaltado, y debe preservarse hasta que se casen. La virtud es un requisito para tener la compañía y la guía del Espíritu Santo, y necesitarán esa guía para navegar exitosamente por el mundo en que viven. El ser virtuosas es un requisito para entrar en el templo y es un requisito para ser dignas de estar en la presencia del Salvador; ustedes se están preparando ahora para ese momento. El Progreso Personal y las normas que se hallan en Para la Fortaleza de la Juventud son importantes. El vivir los principios que se encuentran en cada uno de esos libritos las fortalecerá y las ayudará a ser “más [dignas] del reino”5.

El verano pasado, un grupo de mujeres jóvenes de Alpine, Utah, decidió que llegarían a ser “más [dignas] del reino”. Determinaron enfocarse en el templo, y para ello caminaron desde el Templo de Draper, Utah, al Templo de Salt Lake, una distancia total de 35 kilómetros, tal como lo había hecho uno de los pioneros, John Roe Moyle. El hermano Moyle era cantero a quien el profeta Brigham Young había llamado a trabajar en el Templo de Salt Lake. Todas las semanas caminaba 35 kilómetros desde su casa al templo. Una de sus asignaciones era tallar las palabras “Santidad al Señor” en el lado este del Templo de Salt Lake. No fue fácil, y tuvo que superar muchos obstáculos. En cierta ocasión, una de sus vacas lo pateó en la pierna y, puesto que no sanaba, tuvieron que amputársela. Pero eso no impidió que cumpliera su compromiso con el profeta y con su trabajo en el templo. Talló una pierna de madera y después de muchas semanas volvió a caminar los 35 kilómetros al templo para realizar el trabajo que se había comprometido a hacer6.

Las jóvenes del Barrio Cedar Hills 6 decidieron caminar la misma distancia en honor a un antepasado y también por alguien que fue su inspiración para permanecer dignas de entrar en el templo. Entrenaron todas las semanas durante la Mutual y compartían lo que aprendían y lo que sentían sobre los templos mientras caminaban.

Comenzaron su caminata al templo temprano por la mañana con una oración. Cuando empezaron, yo estaba muy impresionada por la confianza que tenían. Se habían preparado bien y sabían que estaban listas. Tenían la mira fija en la meta. Cada paso que daban simbolizaba a cada una de ustedes que también se están preparando ahora para entrar en el templo. La preparación ha comenzado con sus oraciones personales a diario, la lectura diaria del Libro de Mormón y al trabajar en el Progreso Personal.

A medida que las jóvenes seguían caminando, se topaban con distracciones en el camino; pero se mantuvieron centradas en su meta. Unas comenzaron a tener ampollas y a otras les empezaron a doler las rodillas, pero siguieron adelante. Cada una de ustedes tiene muchas distracciones, sufrimientos y obstáculos en su camino al templo; pero también están decididas y siguen adelante. La ruta que tomaron las jovencitas fue trazada por los líderes que habían caminado y recorrido el sendero, y determinaron el curso más seguro y directo. Una vez más, ustedes tienen el curso trazado y pueden tener la seguridad de que el Salvador no sólo ha recorrido el sendero, sino que volverá a hacerlo junto a ustedes en cada paso del camino. Seguir leyendo

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“La bondad debe por mí empezar”

Conferencia General Abril 2011

“La bondad debe por mí empezar”

Por Mary N. Cook
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

La benevolencia traerá alegría y unidad a su hogar, a su clase, a su barrio y a su escuela.

Hace algunas semanas, aprendí una importante lección de una Laurel, que fue la discursante de los jóvenes de mi barrio. Me emocionó escucharla enseñar y testificar con seguridad de Jesucristo. Concluyó su mensaje con esta afirmación: “Cuando hago de Jesucristo el centro de mi vida, tengo un mejor día, trato con más amabilidad a las personas que amo y estoy llena de gozo”.

He observado a esa jovencita a la distancia en los últimos meses. Saluda a todos con una mirada alegre y una sonrisa pronta; y la he visto alegrarse por el éxito de otros jóvenes. Recientemente dos damitas me contaron que esa jovencita decidió no usar la entrada que tenía para una película cuando se dio cuenta de que no iba a ser una experiencia “virtuosa y bella”1. Ella es amorosa, bondadosa y obediente; viene de un hogar que tiene sólo uno de los padres, y en su vida no han faltado los desafíos; así que me he preguntado cómo hace para mantener ese espíritu feliz y afable. Al escuchar a esta mujer joven testificar: “Centro mi vida en Jesucristo”, obtuve mi respuesta.

“Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres”; esta hermosa lista de atributos cristianos que se encuentran en el decimotercer Artículo de Fe nos preparará para las bendiciones del templo y para la vida eterna.

Me gustaría centrarme sólo en una de esas palabras: benevolente. Benevolente es una hermosa palabra que no se oye muy a menudo. Su raíz proviene del latín y significa “buena voluntad hacia las personas”2. El ser benevolente es ser bondadosa, tener buena intención y ser caritativa. Muchas de ustedes aprendieron acerca de la benevolencia cuando estuvieron en la Primaria y aprendieron de memoria esta canción:

Bondad mostraré a todo ser;
así se debe actuar.
Es por eso que digo: “La bondad
debe por mí empezar”3.

Nuestro Salvador nos enseñó sobre ser benevolentes y vivió una vida benevolente. Jesús amó y sirvió a todos. El centrar nuestra vida en Jesucristo nos ayudará a adquirir el atributo de la benevolencia. Para que adquiramos esos mismos atributos cristianos, debemos aprender sobre el Salvador y “[seguir] Sus pasos”4.

Aprendemos de la parábola del Buen Samaritano que debemos amar a todos. La historia empieza en Lucas, capítulo 10, cuando un intérprete de la ley le preguntó al Salvador: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”.

La respuesta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

Entonces el intérprete de la ley le preguntó: “¿Quién es mi prójimo?”. Esa pregunta del intérprete fue muy interesante, ya que los judíos tenían vecinos hacia el norte, los samaritanos, que les desagradaban tanto, que cuando viajaban de Jerusalén a Galilea tomaban el camino más largo por el valle del Jordán en lugar de viajar por Samaria.

Para responder la pregunta del intérprete, Jesús contó la parábola del Buen Samaritano. De acuerdo con la parábola:

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto…

“Mas un samaritano que iba de camino llegó cerca de él y, al verle, fue movido a misericordia;

“y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él.

“Y otro día, al partir, sacó dos denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva”5.

A diferencia del sacerdote judío y el levita que pasaron de largo al ver al hombre herido, que era uno de los suyos, el samaritano fue bondadoso a pesar de las diferencias. Demostró el atributo cristiano de la benevolencia. Jesús nos enseñó por medio de esta historia que todos son nuestro prójimo.

El consejero de un obispado recientemente compartió una experiencia que muestra lo importante que es cada persona. Al mirar a la congregación, vio a un niño con una caja grande llena de crayolas de distintos colores. Al mirar a los muchos miembros del barrio, se le ocurrió que, al igual que las crayolas, todos eran similares, pero también cada persona era única.

Comentó: “La tonalidad que ellos traían al barrio y al mundo era la suya propia; tenían sus fortalezas y debilidades individuales, anhelos personales y sueños íntimos. Pero juntos se combinaban en una rueda de colores de unidad espiritual… Seguir leyendo

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“Creo en ser honrada y verídica”

Conferencia General Abril 2011
“Creo en ser honrada y verídica”
Por Ann M. Dibb
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

El ser verídicas a nuestras creencias, incluso cuando el serlo no sea tan popular, fácil o divertido, nos mantiene seguras en el camino que nos lleva a la vida eterna con nuestro Padre Celestial.

Mis queridas mujeres jóvenes, es un gran privilegio y oportunidad para mí estar frente a ustedes esta tarde. Constituyen una vista asombrosa e inspiradora.

El decimotercer artículo de fe es el lema de la Mutual del año 2011. Al asistir a las reuniones de los jóvenes y las reuniones sacramentales este año, he escuchado a los hombres y a las mujeres jóvenes compartir lo que este artículo de fe significa para ellos y cómo se aplica en sus vidas. Muchos lo conocen como el último artículo de fe, el más largo, el más difícil de memorizar y el artículo de fe que esperan que el obispo no les pida que reciten. Sin embargo, muchas de ustedes entienden que este artículo de fe es mucho más que eso.

El decimotercer artículo de fe es una guía para vivir una vida recta y cristiana. Imagínense por un momento lo que sería nuestro mundo si todos eligiéramos vivir según las enseñanzas de este artículo de fe: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos”.

En el primer discurso de la sesión del domingo por la mañana de la conferencia general, el presidente Thomas S. Monson, como profeta, citó la admonición de Pablo que está en Filipenses 4:8, la cual inspiró muchos de los principios del decimotercer artículo de fe. El presidente Monson hizo mención de los tiempos difíciles en los cuales vivimos y nos alentó; él dijo: “En la jornada de la vida, que a veces es peligrosa… sigamos este consejo del apóstol Pablo, el cual servirá para mantenernos seguros y bien encaminados”1.

Esta noche me gustaría concentrarme en dos principios estrechamente relacionados con el decimotercer artículo de fe que, sin lugar a dudas, nos ayuda a “mantenernos seguros y bien encaminados”. Tengo un fuerte testimonio de los importantes principios de ser honrados y verídicos, y estoy comprometida a vivirlos.

Primero: “(Yo) creo en ser honrada”. ¿Qué significa ser honrada? En el librito Leales a la Fe se enseña que “Ser honrado significa ser sincero, verídico y sin engaño en todo momento”2. Es un mandamiento de Dios el ser honrado3 y “para lograr nuestra salvación se requiere que seamos totalmente honrados”4.

El presidente Howard W. Hunter enseñó que debemos estar dispuestos a ser completamente honrados; él dijo:

“Hace muchos años había carteles en los pasillos y en las entradas de nuestras capillas con el título ‘Sé honrado contigo mismo’. La mayoría de ellos se referían a los asuntos pequeños y comunes de la vida. Es allí donde se cultiva el principio de la honradez.

“Hay algunas personas que admitirían que es moralmente erróneo el no ser honrado en asuntos grandes; sin embargo, creen que se puede justificar si esos asuntos son de menor importancia. ¿Existe en realidad alguna diferencia entre el no ser honrado cuando se trata de un asunto de miles de dólares en contraste a un asunto de diez centavos?… ¿Existen realmente grados de falta de honradez, dependiendo de si el asunto es grande o pequeño?”.

El presidente Hunter continúa: “Cuando tenemos la compañía del Maestro y la influencia del Espíritu Santo, debemos ser honrados con nosotros mismos, con Dios y con nuestro prójimo; esto da como resultado el gozo verdadero”5.

Cuando somos honrados en todas las cosas, ya sean grandes o pequeñas, sentimos paz en nuestra mente y tenemos una conciencia tranquila. Nuestras relaciones se enriquecen debido a que se basan en la confianza; y la mayor bendición que obtenemos al ser honrados es que podemos tener la compañía del Espíritu Santo.

Me gustaría compartir un relato simple que ha fortalecido mi compromiso de ser honrada en todas las cosas:

“Una tarde, un hombre fue a robar maíz del campo de su vecino. Llevó a su hijo pequeño para que se sentara en la cerca para vigilar y advertirle en caso de que alguien apareciera. El hombre saltó la cerca con una bolsa grande en su brazo y antes de comenzar a juntar el maíz miró a su alrededor, primero para un lado y luego para el otro; al no ver a nadie estaba por comenzar a llenar su bolsa… [El niño le gritó]:

“ ‘¡Papá, hay un lado donde no has mirado todavía!… Olvidaste mirar hacia arriba’”6.

Cuando estamos tentados a no ser honrados, y esa tentación la tenemos todos, puede que supongamos que nadie jamás se enterará. Ese relato nos recuerda que nuestro Padre Celestial siempre se entera y que, en última instancia, somos responsables ante Él. Este conocimiento me ayuda constantemente a esforzarme por vivir a la altura de este compromiso: “[Yo] creo en ser honrada”.

El segundo principio que se enseña en el decimotercer artículo de fe es: “Creo en ser… verídica”. El diccionario inglés define la palabra verídico como ser “firme”, “leal”, “exacto” y “sin desviación”7. Seguir leyendo

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Al partir

Conferencia General Abril 2011
Al partir
Por el presidente Thomas S. Monson

Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

Mis hermanos y hermanas, siento gran emoción al llegar a la conclusión de esta conferencia. Hemos sentido el Espíritu del Señor en abundancia. Expreso mi agradecimiento, y el de los miembros de la Iglesia de todas partes, a cada uno de los que ha participado, incluso a quienes han ofrecido las oraciones. Espero que recordemos por mucho tiempo los mensajes que hemos escuchado. Al recibir los ejemplares de las revistas Ensign y Liahona con los mensajes escritos, espero que los leamos y los estudiemos.

Una vez más la música de todas las sesiones ha sido maravillosa. Expreso mi gratitud personal por aquellos que están dispuestos a compartir sus talentos con nosotros y que, al hacerlo, nos conmueven e inspiran.

Hemos sostenido, al levantar la mano, a los hermanos que han sido llamados a cargos nuevos en esta conferencia. Queremos que sepan que será un placer trabajar con ellos en la obra del Maestro.

Expreso mi amor y mi agradecimiento por mis devotos consejeros, el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf. Son hombres de sabiduría y entendimiento; su servicio es invalorable. Amo y apoyo a mis hermanos del Quórum de los Doce Apóstoles. Sirven de manera muy eficaz y están completamente dedicados a la obra. También expreso mi amor hacia los miembros de los Setenta y del Obispado Presidente.

Afrontamos muchas dificultades en el mundo hoy, pero les aseguro que nuestro Padre Celestial nos tiene presentes. Él ama a cada uno de nosotros y nos bendecirá si lo buscamos en oración y nos esforzamos por guardar Sus mandamientos.

Somos una iglesia global; nuestros miembros se encuentran por todo el mundo. Ruego que seamos buenos ciudadanos de los países donde vivimos y buenos vecinos en nuestras comunidades; y que tendamos una mano a aquellos de otras religiones así como a los de la nuestra. Seamos ejemplos de honradez y de integridad dondequiera que vayamos y en lo que sea que hagamos.

Gracias por las oraciones que ofrecen por mí, hermanos y hermanas, y a favor de todas las Autoridades Generales de la Iglesia. Estamos profundamente agradecidos por ustedes y por todo lo que hacen para llevar adelante la obra del Señor.

Al regresar a sus hogares, ruego que lo hagan a salvo; que las bendiciones del cielo se derramen sobre ustedes.

Ahora, antes de partir, permítanme compartir con ustedes mi amor por el Salvador y por Su gran sacrificio expiatorio a nuestro favor. En tres semanas todo el mundo cristiano celebrará la Pascua de Resurrección. Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

A último momento Él podría haberse arrepentido, pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Al hacerlo, Él nos concedió vida después de esta existencia mortal. Él nos reivindicó de la caída de Adán.

Mi agradecimiento hacia Él llega hasta lo profundo de mi alma. Él nos enseñó cómo vivir; Él nos enseñó como morir; Él aseguró nuestra salvación.

Para concluir, compartiré unas emotivas palabras escritas por Emily Harris que describen muy bien mis sentimientos al acercarse la Pascua:

La túnica que lo cubría está vacía.
Yace allí,
Fresca, blanca y limpia.
La puerta está abierta.
La roca desplazada,
Y casi puedo escuchar ángeles cantarle alabanzas.
El lino no lo contiene.
La piedra no lo detiene.
Las palabras retumban en la cámara desierta,
“No está aquí”.
La túnica que lo cubría está vacía.
Yace allí,
Fresca, blanca y limpia.
Y oh, ¡aleluya!, está vacía.1

Que el Señor los bendiga, mis hermanos y hermanas. En el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

Nota

1. Emily Harris, “Empty Linen”, New Era, abril de 2011, pág. 49. [Traducción libre]

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Un estandarte a las naciones

Conferencia General Abril 2011
Un estandarte a las naciones
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si nosotros enseñamos por el Espíritu y ustedes escuchan por el Espíritu, uno de nosotros se referirá a las circunstancias de ustedes.

Me ha conmovido cada una de las notas musicales que se ha cantado y cada palabra que se ha dicho, ruego que tenga la fortaleza para dirigirme a ustedes.

Antes de irse de Nauvoo, en el invierno de 1846, el presidente Brigham Young tuvo un sueño en el cual vio a un ángel parado en una colina en forma de cúpula en alguna parte del Oeste, que señalaba al valle debajo. Cuando llegó al Valle del Lago Salado dieciocho meses después, vio precisamente sobre el lugar donde ahora nos encontramos, la misma colina prominente que había visto en la visión.

Como se ha dicho con frecuencia desde este púlpito, el hermano Brigham condujo a un grupo de líderes a la cima de esa colina y la designó Ensign Peak (monte Estandarte), un nombre lleno de significado religioso para esos modernos israelitas. Dos mil quinientos años antes el profeta Isaías había declarado que en los últimos días “será establecido el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes… Y levantará [allí] estandarte a las naciones”1.

Al reconocer su momento en la historia como el cumplimiento parcial de esa profecía, los líderes de la Iglesia querían levantar un estandarte de algún tipo para que la idea de “un estandarte a las naciones” fuese literal. El élder Heber C. Kimball consiguió un trozo de tela amarilla; el hermano Brigham lo ató a un bastón que tenía el élder Willard Richards y luego clavó la bandera improvisada, declarando el valle del Gran Lago Salado y las montañas a su alrededor como el lugar del cual, según las profecías, saldría la palabra del Señor en los últimos días.

Hermanos y hermanas, esta conferencia general y las otras versiones anuales y semestrales son la continuación de esa declaración inicial al mundo. Testifico que las reuniones de los dos últimos días son otra evidencia más de que, como dice el himno, el estandarte “en Sión se deja ver”2—y seguramente el doble significado de la palabra estandarte es intencional. No es por casualidad que una publicación que contiene los discursos de la conferencia general sea la revista cuyo título en inglés es simplemente: the Ensign (el estandarte).

Al llegar al final de esta conferencia, les pido que en los días subsiguientes reflexionen, no sólo en los mensajes que han escuchado, sino también en el fenómeno excepcional que es la conferencia general en sí, lo que nosotros como Santos de los Últimos Días creemos que son estas conferencias, y lo que invitamos al mundo a que escuchen y observen en cuanto a ellas. Testificamos a cada nación, tribu, lengua y pueblo que Dios no sólo vive, sino que Él también habla para nuestra época y en nuestros días, el consejo que han escuchado es, bajo la dirección del Santo Espíritu, “la voluntad del Señor… la intención del Señor… la palabra del Señor… la voz del Señor y el poder de Dios para salvación”3.

Quizás ya sepan (y si no lo saben, deben saberlo), que con muy rara excepción, a ninguno de los oradores, hombre o mujer, se les asigna un tema. Cada uno debe ayunar y orar, estudiar y buscar, comenzar, detenerse y volver a empezar hasta tener la seguridad de que, para esta conferencia, en este momento, ése es el tema del cual el Señor desea que ellos hablen, a pesar de sus deseos personales o preferencia individuales. Cada hombre y cada mujer a quien han escuchado en las últimas diez horas de conferencia general ha tratado de ser fiel a esa inspiración. Cada uno de ellos ha derramado lágrimas, se ha preocupado y buscado intensamente la dirección del Señor para que Él guíe sus pensamientos y sus palabras. Y al igual que Brigham Young vio a un ángel parado arriba de este lugar, yo también vi ángeles de pie aquí. Mis hermanos y hermanas oficiales generales de la Iglesia no se sentirán cómodos de que los describa de ese modo, pero así es como yo los veo a ellos: mensajeros terrenales con mensajes angelicales, hombres y mujeres que tienen las mismas dificultades físicas, económicas y familiares que ustedes y yo tenemos, pero que con fe han consagrado su vida al llamamiento que han recibido y a su deber de predicar la palabra de Dios y no la de ellos.

Consideren la variedad de los mensajes que escuchan; un milagro aun mayor, ya que no hay ninguna coordinación, a excepción de la dirección del cielo. ¿Pero por qué no han de ser variados? La mayor parte de la congregación, la que vemos y la que no vemos, está formada por miembros de la Iglesia. Sin embargo, con los maravillosos nuevos medios de comunicación, proporciones mucho mayores de la audiencia de nuestras conferencias no son miembros de la Iglesia —todavía. Por lo tanto, debemos hablarles a aquellos que nos conocen muy bien y a los que no nos conocen en absoluto. Dentro de los que son miembros de la Iglesia, debemos dirigirnos a los niños, a los jóvenes, a los jóvenes adultos, a los de edad madura y a los ancianos. Debemos hablarles a las familias, a los padres y a los hijos en casa, así como a los que no están casados, que no tienen hijos y quizás a los que estén muy lejos de casa. Durante una conferencia general siempre hacemos hincapié en las verdades eternas de la fe, la esperanza, la caridad4, y el Cristo crucificado5, aún cuando hablamos francamente de temas morales muy específicos de la actualidad. Se nos ha mandado en las Escrituras: “No prediquéis sino el arrepentimiento a esta generación”6; y al mismo tiempo debemos “proclamar buenas nuevas a los mansos [y] vendar a los quebrantados de corazón”. Sean cuales sean los mensajes de la conferencia, “[proclaman] libertad a los cautivos”7 y declaran “las inescrutables riquezas de Cristo”8. Se supone que en la gran variedad de sermones que se brindan, habrá algo provechoso para todos. En cuanto a esto, creo que el presidente Harold B. Lee lo dijo mejor años atrás cuando dijo: que el Evangelio es “para consolar al afligido y para afligir al que está [cómodo]”9. Seguir leyendo

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El milagro de la Expiación

Conferencia General Abril 2011
El milagro de la Expiación
Por el élder C. Scott Grow
De los Setenta

No existe pecado ni transgresión, ni dolor ni pena, que esté fuera del alcance del poder sanador de Su expiación.

Mientras preparaba mi discurso para esta conferencia, recibí una consternadora llamada telefónica de mi padre; dijo que mi hermano menor había fallecido esa mañana, mientras dormía. Quedé con el corazón destrozado. Sólo tenía 51 años. Al pensar en él, tuve la impresión de compartir con ustedes algunos acontecimientos de su vida; hago esto con permiso.

Cuando era joven, mi hermano era guapo, amigable y extrovertido; se dedicaba totalmente al Evangelio. Después de haber servido una misión honorable, se casó en el templo con su novia. Se les bendijo con un hijo y una hija. El futuro de él era prometedor.

Pero luego claudicó ante una debilidad: optó por vivir un estilo de vida hedonístico, lo cual le costó la salud, su matrimonio y su condición de miembro de la Iglesia.

Se mudó lejos de casa. Continuó con su conducta autodestructiva por mucho más de una década; pero el Salvador no lo había olvidado ni abandonado. Con el tiempo, el dolor de su desesperación permitió que un espíritu de humildad permeara en su alma. Sus sentimientos de ira, rebeldía y agresividad comenzaron a disiparse. Al igual que el hijo pródigo, “vol[vió] en sí”1. Empezó a acudir al Salvador y a recorrer la senda de regreso a casa, y a sus fieles padres, que nunca se dieron por vencidos.

Anduvo el sendero del arrepentimiento. No fue fácil; después de haber estado fuera de la Iglesia durante doce años, se bautizó nuevamente y recibió otra vez el don del Espíritu Santo. Con el tiempo, se le restauraron sus bendiciones del sacerdocio y del templo.

Tuvo la bendición de hallar una mujer que estaba dispuesta a pasar por alto los problemas de salud constantes de su anterior estilo de vida, y se sellaron en el templo. Juntos, tuvieron dos hijos y él prestó servicio de manera fiel en un obispado durante varios años.

Mi hermano falleció en la mañana del lunes 7 de marzo. La tarde del viernes anterior él y su esposa asistieron al templo. El domingo por la mañana, el día antes de morir, enseñó la clase del sacerdocio en su grupo de sumos sacerdotes. Se fue a dormir aquella noche para jamás volver a despertarse en esta vida; sino para levantarse en la resurrección de los justos.

Estoy agradecido por el milagro de la Expiación en la vida de mi hermano. La expiación del Salvador está a disposición de cada uno de nosotros, siempre.

Accedemos a la Expiación mediante el arrepentimiento. Cuando nos arrepentimos, el Señor permite que dejemos atrás los errores del pasado.

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”2.

Cada uno de nosotros conoce a alguna persona que haya afrontado serios retos en su vida; alguien que haya andado errante o haya titubeado. Dicha persona podría ser un amigo o familiar, un padre o un hijo, o un esposo o esposa. Dicha persona podría ser incluso usted mismo.

Les hablo a todos, incluso a usted; hablo del milagro de la Expiación.

El Mesías vino para redimir a los hombres de la caída de Adán3. En el Evangelio, todo señala el sacrificio expiatorio del Mesías, el Hijo de Dios4.

El plan de salvación no podría llevarse a efecto sin una expiación. “Por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también”5.

El sacrificio expiatorio debía llevarse a cabo por el Hijo de Dios que no tenía pecado, puesto que el hombre caído no podía expiar sus propios pecados6. La Expiación debía ser infinita y eterna para cubrir a todos los hombres a través de toda la eternidad7.

Por medio de Su sufrimiento y muerte, el Salvador expió los pecados de todos los hombres8. Su expiación comenzó en Getsemaní, continuó en la cruz y culminó con la Resurrección.

“Sí,… será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”9. Mediante Su sacrificio expiatorio, Él hizo “de su alma ofrenda por el pecado”10.

Puesto que es el Hijo Unigénito de Dios, heredó poder sobre la muerte física. Ello le permitió conservar la vida mientras sufría “aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le bro[tó] de cada poro, tan grande [fue] su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo”11.

No sólo pagó el precio por los pecados de todos los hombres, sino que también tomó “sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo”. Y tomó sobre sí “sus enfermedades… para que sus entrañas sean llenas de misericordia… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos”12.

El Salvador sintió el peso de la angustia de toda la humanidad; la angustia del pecado y del pesar. “Ciertamente él ha llevado nuestros pesares y sufrido nuestros dolores”13.

Mediante Su expiación, Jesús no sólo sana al transgresor, sino que también sana al inocente que sufre debido a tales transgresiones. Conforme el inocente ejerza la fe en el Salvador y en Su expiación, y perdone al transgresor, también puede ser sanado.

Hay momentos en que cada uno de nosotros “[necesita] sentir alivio de los sentimientos de culpa que tie[ne] por los errores y los pecados”14. Al arrepentirnos, el Salvador quita la culpa de nuestras almas.

Por medio de Su sacrificio expiatorio se remiten nuestros pecados. Con excepción de los hijos de perdición, la Expiación está a disposición de todos, en todo momento, sin importar cuán grande o pequeño sea el pecado, “mediante las condiciones del arrepentimiento”15. Seguir leyendo

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Llamados a Ser Santos

Conferencia General Abril 2011
Llamados a Ser Santos
Por el élder Benjamín De Hoyos
De los Setenta

¡Cuán bendecidos somos al haber sido traídos a esta hermandad de los santos en estos últimos días!

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Espíritu me ayude a expresar mi mensaje.

Durante mis visitas y conferencias en las estacas, barrios y ramas siempre me ha embargado un profundo sentimiento de gozo al reunirme con los miembros de la Iglesia, aquellos que, ahora, como en el meridiano de los tiempos han sido llamados santos. El espíritu de paz y amor que siempre siento entre ellos me hace saber que me encuentro en una de las estacas de Sión.

Aún cuando la mayoría de ellos representan a miembros de dos o más generaciones en la Iglesia, muchos otros son conversos recientes. A éstos, les repetimos como bienvenida las palabras del apóstol Pablo a los Efesios:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios;

“edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20).

Hace algunos años, mientras servía en la oficina de asuntos públicos de la Iglesia en México, fuimos invitados a participar en un programa radiofónico dedicado a describir las religiones del mundo. Dos de nosotros fuimos designados para representar la Iglesia y contestar las preguntas que generalmente se hacen en ese tipo de programas. Después de repetidos cortes comerciales, como se dice en el ambiente de la radio, el conductor del programa volvió a decir: “Esta noche tenemos con nosotros a dos élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, hizo una pausa y preguntó: “¿Por qué tiene su Iglesia un nombre tan largo? ¿No podría tener uno más corto, o más comercial?”.

Mi compañero y yo sonreímos ante esa magnífica pregunta, y procedimos a explicar que el nombre de la Iglesia no había sido elegido por hombre alguno, sino que había sido dado por el Salvador a través de un profeta en estos últimos días: “porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (D. y C. 115:4). A lo que el conductor del programa inmediata y respetuosamente agregó: “Entonces, lo repetiremos con mucho gusto”. No recuerdo ahora cuántas veces él repitió el significativo nombre de la Iglesia, pero sí recuerdo el dulce espíritu que nos acompañó mientras explicábamos, no sólo el nombre de la Iglesia, sino la manera en que se refiere a los miembros de ella: los Santos de los Últimos Días.

Leemos en el Nuevo Testamento que los primeros miembros de la Iglesia fueron llamados Cristianos por primera vez en Antioquía (véase Hechos 11:26), pero entre ellos mismos se hacían llamarsantos. Qué conmovedor debe haber sido para ellos escuchar al apóstol Pablo llamarlos “…conciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19) y también dice que fueron “…llamados a ser santos” (Romanos 1:7; énfasis agregado).

A medida que los miembros de la Iglesia viven el Evangelio y siguen el consejo de los profetas, poco a poco y aún sin notarlo, se realiza en ellos el proceso de la santificación. Los humildes miembros de la Iglesia que a diario oran y leen las escrituras como familia, los que hacen historia familiar y consagran tiempo para asistir con frecuencia al templo, llegan a ser santos. Como aquellos que están dedicados a la edificación de una familia eterna. También lo son aquellos que apartan tiempo de sus ocupadas vidas para salir en rescate de sus hermanos desalentados, animándolos a venir y sentarse de nuevo a la mesa del Señor. Y todos aquellos élderes y hermanas y matrimonios maduros, que sin dudar responden al llamado de ser misioneros del Señor. Sí hermanos, llegan a ser en santos a medida que descubren ese cálido y asombroso sentimiento llamado la caridad o el amor puro de Cristo (véase Moroni 7:42–48). Seguir leyendo

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¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?

Conferencia General Abril 2011
¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?
Por el élder Lynn G. Robbins
De los Setenta

Ruego que el empeño de ustedes por adquirir los atributos de Cristo tenga éxito a fin de que reciban la imagen de Él en su rostro y que Sus atributos se manifiesten en su comportamiento.

“Ser o no ser” es en realidad una muy buena pregunta1. El Salvador hizo la pregunta de una manera mucho más profunda, convirtiéndola en una pregunta doctrinal de vital importancia para cada uno de nosotros: “¿Qué clase de hombres [y mujeres] habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). La primera persona del presente del verbo ser es: Yo soy. Él nos invita a tomar sobre nosotros Su nombre y Su naturaleza.

Para llegar a ser como Él es, también debemos hacer las cosas que Él hizo: “En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” (3 Nefi. 27:21; cursiva agregada).

El ser y el hacer son inseparables. Como doctrinas interdependientes se refuerzan y se promueven una a la otra. Por ejemplo, la fe nos inspira a orar y, a su vez, la oración fortalece nuestra fe.

El Salvador con frecuencia denunciaba a quienes hacían sin ser, llamándolos hipócritas: “Este pueblo con los labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6). El hacer sin ser es hipocresía, o fingir ser lo que uno no es; es decir, un impostor.

Del mismo modo, ser sin hacer es inútil, así como “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17; cursiva agregada). Ser sin hacer realmente no es ser, es engañarse a sí mismo, es creer que uno es bueno sólo porque tiene buenas intenciones.

El hacer sin ser—la hipocresía—da una imagen falsa a los demás, mientras que el ser sin hacer da una imagen falsa a uno mismo.

El Salvador reprendió a los escribas y a los fariseos por su hipocresía: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis”—algo que hacían—“la menta, y el eneldo y el comino, y habéis dejado lo más importante de la ley: la justicia, y la misericordia y la fe” (Mateo 23:23). O en otras palabras, no lograron ser lo que deberían haber sido.

Si bien reconoció la importancia de hacer, el Salvador estableció el ser como “lo más importante”; que ser sea lo más importante se ilustra en los siguientes ejemplos:

  • Entrar en las aguas del bautismo es algo que El serque debe precederlo es la fe en Jesucristo y el gran cambio de corazón.
  • Participar de la Santa Cena es algo que  Serdignos de tomar la Santa Cena es un asunto más importante y de mucha más trascendencia.
  • La ordenación al Sacerdocio es un acto, o Lo más importante, sin embargo, es el poder en el sacerdocio, que está basado “conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36), o ser.

Muchos de nosotros hacemos listas de las cosas que debemos hacer para ayudarnos a recordar lo que deseamos lograr. Pero muy rara vez la gente tiene listas de lo que deben ser. ¿Por qué? Lo que se debe hacer son actividades o acontecimientos que se pueden marcar en una lista como terminados una vez que los hayamos hecho. Ser, sin embargo, es algo que nunca se termina. No se pueden poner marcas de verificación a lo que debemos ser. Puedo llevar a mi esposa a una linda velada este viernes, lo que sería un hacer; pero ser un buen esposo no es un evento, tiene que ser parte de mi naturaleza, de mi carácter o de quien soy.

O como padre, ¿cuándo puedo marcar a un hijo de mi lista como terminado? Nunca acabamos de ser buenos padres. Y para ser buenos padres, una de las cosas más importantes que podemos enseñar a nuestros hijos es cómo ser más semejante al Salvador. Seguir leyendo

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Las más ricas bendiciones del Señor

Conferencia General Abril 2011
Las más ricas bendiciones del Señor
Por el élder Carl B. Pratt
De los Setenta

Al pagar nuestros diezmos fielmente, el Señor abrirá las ventanas del cielo y derramará sobre nosotros Sus más ricas bendiciones.

Estoy agradecido por los antepasados rectos que enseñaron el Evangelio a sus hijos en el hogar mucho antes de que se instituyera la noche de hogar. Mis abuelos maternos eran Ida Jesperson y John A. Whetten, quienes vivían en la pequeña comunidad de Colonia Juárez, Chihuahua, México. A los hijos de los Whetten se les enseñó por precepto y por observar el ejemplo de sus padres.

En México eran tiempos difíciles a principios de la década de 1920. La violenta revolución acababa de terminar, circulaba poco dinero en efectivo y la mayor parte era en monedas de plata. La gente a menudo efectuaba sus negocios por medio del trueque o del intercambio de artículos y servicios.

Un día, al final del verano, el abuelo John llegó a casa después de haber hecho un negocio por el cual había recibido 100 pesos en monedas de plata. Le dio el dinero a Ida y le pidió que lo usara para cubrir los próximos gastos escolares de los niños.

Ida estaba agradecida por el dinero, pero le recordó a John que no habían pagado el diezmo durante todo el verano. Ellos no habían tenido ingresos en efectivo, pero Ida le recordó que los animales habían proporcionado carne, huevos y leche; su huerta había producido abundante frutas y verduras, y que habían hecho otros intercambios de artículos sin usar dinero en efectivo. Ida sugirió que deberían darle el dinero al obispo para pagar sus diezmos.

John estaba un poco desilusionado, puesto que el dinero les habría ayudado mucho con los estudios de sus hijos, pero de inmediato estuvo de acuerdo en que tenían que pagar sus diezmos. Llevó la pesada bolsa a la oficina de diezmos y le entregó el dinero al obispo.

Poco después, supo que un rico hombre de negocios de los Estados Unidos, el señor Hord, llegaría la semana siguiente con varios hombres a pasar unos días en las montañas para cazar y pescar.

El abuelo John se reunió con ese grupo de hombres en la estación de ferrocarril no muy lejos de Colonia Juárez. Tenía varios caballos ensillados y los animales de carga necesarios listos para transportar el equipaje y el equipo de campamento a las montañas. La semana siguiente fue guía de los hombres y cuidó del campamento y los animales.

Al final de la semana, los hombres volvieron a la estación de ferrocarril para tomar el tren de regreso a los Estados Unidos. Ese día se le pagó a John por su trabajo y se le dio una bolsa de monedas de un peso de plata para cubrir los otros gastos. Una vez que John y sus hombres recibieron el dinero acordado, regresó el saldo del dinero al señor Hord, quien se sorprendió ya que no esperaba que sobrara nada de dinero. Entonces interrogó a John para asegurarse de que se habían cubierto todos los gastos, y John respondió que todos los gastos del viaje se habían cubierto, y que ése era el saldo de los fondos.

Se oyó el silbato del tren, el señor Hord giró para irse, pero luego se dio vuelta y arrojó la pesada bolsa de monedas a John. “Tenga, llévelas a casa para sus muchachos”. John tomó la bolsa y se dirigió a Colonia Juárez.

Esa noche, después de cenar, cuando la familia se reunió para escuchar los relatos del viaje, John se acordó de la bolsa, la trajo y la puso sobre la mesa. Les dijo que no sabía cuánto había en la bolsa, así que para que se entretuvieran vació el contenido de la bolsa en la mesa, que resultó ser una gran pila y, cuando la contaron, llegó a ser exactamente 100 pesos de plata. Desde luego que se consideró como una gran bendición que el señor Hord hubiera decidido hacer ese viaje. John y sus muchachos habían ganado buen dinero, pero los 100 pesos sobrantes eran un recordatorio de la cantidad exacta de diezmos que habían pagado la semana anterior. Para algunas personas, esto podría ser una coincidencia interesante, pero para la familia Whetten era claramente una lección de que el Señor se acuerda de lo que ha prometido a los que fielmente pagan Sus diezmos. Seguir leyendo

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