Conferencia General Abril 2011
Yo reprendo y disciplino a todos los que amo
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
La experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales.
Nuestro Padre Celestial es un Dios de altas expectativas. Lo que Él espera de nosotros lo expresa por medio de Su Hijo Jesucristo con estas palabras: “Quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48). Él plantea que nos hagamos santos para que podamos “soportar una gloria celestial” (D. y C. 88:22) y “vivir en Su presencia” (Moisés 6:57). Él sabe lo que se requiere, por tanto, para hacer nuestra transformación posible, nos proporciona Sus mandamientos y convenios, el don del Espíritu Santo y, por encima de todo, la Expiación y la Resurrección de Su Hijo Amado.
En todo eso, el propósito de Dios es que nosotros, Sus hijos, podamos experimentar el gozo supremo, estar con Él eternamente y llegar a ser como Él es. Hace algunos años, el élder Dallin H. Oaks explicó que: “El juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser. No es suficiente que cualquiera tan sólo actúe mecánicamente. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios del Evangelio no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra cómo llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser”1.
Lamentablemente, gran parte de la cristiandad moderna no reconoce que Dios haga ninguna exigencia real a los que crean en Él, y lo ven como un mayordomo “que atiende a sus necesidades cuando se le solicita” o como un terapeuta cuya función es ayudar a la gente a “sentirse bien con ellos mismos”2. Ésa es una perspectiva religiosa que “no pretende cambiar vidas”3. “Por otro lado”, como un autor declara, “el Dios que se describe en las Escrituras hebreas y cristianas pide no sólo un compromiso, sino nuestra vida misma. El Dios de la Biblia trata asuntos de la vida y la muerte, no de la apacibilidad, y exige un amor abnegado, no una inofensiva corriente de pensamiento sin compromiso alguno”4.
Me gustaría hablar de una actitud y una práctica particular que debemos adoptar si deseamos satisfacer las altas expectativas de nuestro Padre Celestial. Es ésta: Aceptar la corrección con buena disposición, e incluso buscarla. La corrección es fundamental si deseamos moldear nuestra vida conforme a “un varón perfecto, [es decir] a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Pablo dijo de la corrección o la disciplina divinas: “Porque el Señor al que ama, disciplina” (Hebreos 12:6). Aunque suela ser difícil de sobrellevarlo, verdaderamente debemos alegrarnos de que Dios nos considere dignos del tiempo y la molestia para corregirnos.
La disciplina divina tiene por lo menos tres propósitos: (1) persuadirnos al arrepentimiento, (2) purificarnos y santificarnos y (3) a veces reorientar nuestro rumbo en la vida hacia lo que Dios sabe que es un mejor camino.
Consideren en primer lugar el arrepentimiento, la condición indispensable para el perdón y la purificación. El Señor declaró: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). Una vez más, dijo: “Y es necesario que mi pueblo sea disciplinado hasta que aprenda la obediencia, si es menester, por las cosas que padece” (D. y C. 105:6; véase también D. y C. 1:27). En una revelación de los últimos días, el Señor mandó a cuatro líderes prominentes de más antigüedad de la Iglesia a arrepentirse (como podría mandarnos a muchos de nosotros) por no enseñar debidamente a sus hijos “conforme a los mandamientos” y por no ser “más diligentes y atentos en el hogar” (véase D. y C. 93:41–50). El hermano de Jared, según se menciona en el Libro de Mormón, se arrepintió cuando el Señor estaba en una nube y habló con Él “por el espacio de tres horas… y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor” (Éter 2:14). Debido a que el hermano de Jared respondió a esta severa amonestación con tan buena disposición, más adelante se le dio el privilegio de ver y ser instruido por el Redentor en Su estado premortal (véase Éter 3:6–20). El fruto de la disciplina de Dios es el arrepentimiento que lleva a la rectitud (véase Hebreos 12:11).
Además de impulsarnos al arrepentimiento, la experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales. El Señor dijo: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí, la gloria de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi reino” (D. y C. 136:31). En otro lugar Él dice: “Porque todos los que no quieren soportar la disciplina, antes me niegan, no pueden ser santificados” (D. y C. 101:5; véase también Hebreos 12:10). Como dijo el élder Paul V. Johnson esta mañana: Debemos tener cuidado de no resentir esas mismas cosas que nos ayudan a ser participantes de la naturaleza divina. Seguir leyendo

























