Conferencia General Abril 2011
El deseo
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles
A fin de lograr nuestro destino eterno, desearemos las cualidades que se requieran para convertirnos en un ser eterno y trabajaremos para obtenerlas.
He decidido hablar sobre la importancia del deseo. Espero que cada uno de nosotros examine su corazón para determinar lo que realmente desea y cómo clasifica sus deseos más importantes.
Los deseos dictan nuestras prioridades, las prioridades afectan nuestras decisiones y las decisiones determinan nuestras acciones. Los deseos sobre los que actuamos determinan las cosas que cambiamos, lo que logramos y lo que llegamos a ser.
Primero hablo sobre algunos deseos comunes. Como seres mortales, tenemos necesidades físicas básicas. Los deseos que satisfacen estas necesidades compelen nuestras decisiones y determinan nuestras acciones. Tres ejemplos demostrarán cómo anulamos esos deseos con otros deseos que consideramos más importantes.
Primero, la comida. Tenemos la necesidad básica de la comida, pero por un tiempo ese deseo puede superarse por un deseo más fuerte de ayunar.
Segundo, un techo. Como jovencito de 12 años, me resistía al deseo de refugiarme bajo un techo porque tenía un deseo mayor de cumplir con el requisito de escultismo de pasar una noche en el bosque. Yo era uno de los tantos jovencitos que dejaba las cómodas tiendas o carpas y hallaba el modo de construir un refugio y preparaba una cama primitiva de los materiales naturales que podíamos hallar.
Tercero, el dormir. Incluso este deseo básico puede anularse por un deseo aún más importante. Como joven soldado de la Guardia Nacional de Utah, aprendí un ejemplo de ello de un oficial experto en combate.
En los primeros meses de la Guerra de Corea se llamó al servicio activo a una batería de artillería de campaña de Richfield, de la Guardia Nacional de Utah. El grupo de artillería, comandado por el capitán Ray Cox constaba de unos 40 hombres mormones. Después de entrenamiento adicional y con soldados de reserva de otros lugares como refuerzo, se los envió a Corea, donde participaron en algunos de los combates más feroces de esa guerra. En una batalla, tuvieron que rechazar un asalto directo hecho por cientos de soldados de la infantería enemiga, la clase de ataque que había anulado y destruido a otros grupos de artillería de campaña.
¿Qué tiene que ver eso con el superar nuestro deseo de dormir? Durante una noche crucial, cuando la infantería enemiga había atravesado el frente y llegado a la retaguardia que estaba en manos de la artillería, el capitán hizo que las líneas telefónicas se conectaran con su tienda de campaña y ordenó que los numerosos guardias que cuidaban el perímetro lo llamaran a cada hora, en punto, a lo largo de toda la noche. Eso mantuvo a sus guardias despiertos, pero también significó que el sueño del capitán Cox se interrumpió una y otra vez. “¿Cómo lo hizo?”, le pregunté. Su respuesta demuestra el poder de un deseo abrumador:
“Sabía que si alguna vez regresábamos a casa, me encontraría con los padres de esos muchachos en las calles de nuestro pequeño pueblo y no quería tener que enfrentar a ninguno de ellos si sus hijos no regresaban a casa por algo en lo que yo hubiese fallado como su comandante”1.
¡Qué ejemplo del poder que significa un deseo abrumador en cuanto a prioridades y acciones! ¡Qué ejemplo tan poderoso para todos nosotros, que somos responsables por el bienestar de otras personas: padres, líderes y maestros de la Iglesia!
Para concluir esa ilustración, temprano en la mañana que siguió a esa noche de insomnio, el capitán Cox guió a sus hombres en una contraofensiva sobre la infantería enemiga; tomaron 800 prisioneros y sólo tuvieron dos heridos. Al capitán Cox se lo condecoró por su valentía, y a su batería se la condecoró con la Unidad con Mención Presidencial por su extraordinario heroísmo y, como los guerreros de Helamán (véase Alma 57:25–26) todos regresaron a casa2.
El Libro de Mormón contiene muchas enseñanzas sobre la importancia del deseo.
Después de muchas horas de luchar con el Señor, se le dijo a Enós que sus pecados le eran perdonados. Entonces, él “empe[zó] a anhelar” el bienestar de sus hermanos (Enos 1:9); él escribió: “Y… después que hube orado y me hube afanado con toda diligencia, me dijo el Señor: Por tu fe, te concederé conforme a tus deseos” (versículo 12). Fíjense en los tres factores esenciales que precedieron la bendición prometida: deseo, labor y fe.
En su sermón sobre la fe, Alma enseña que la fe puede comenzar aunque “más no sea [con un] deseo de creer” si “dejamos que este deseo obre en [nosotros]” (Alma 32:27). Seguir leyendo

























