Lo que espero que mis nietas (y nietos) comprendan acerca de la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 2011
Lo que espero que mis nietas (y nietos) comprendan acerca de la Sociedad de Socorro
Por Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

A partir del día en que el Evangelio se empezó a restaurar en esta dispensación, el Señor ha necesitado mujeres fieles que participen como discípulas Suyas.

Es un privilegio dirigirme a ustedes en esta histórica reunión. Es una bendición estar juntas. Durante mi servicio como presidenta general de la Sociedad de Socorro, he cultivado un profundo amor por ustedes, las hermanas de la Sociedad de Socorro de esta Iglesia, y el Señor ha expandido mi visión de lo que Él siente por nosotras y de lo que espera de nosotras.

He intitulado este mensaje: “Lo que espero que mis nietas (y nietos) comprendan acerca de la Sociedad de Socorro”. Mis nietas mayores están ocupadas trabajando en el Progreso Personal y cultivando los hábitos y las características de lo que es ser una mujer recta. En poco tiempo, ellas y sus compañeras tendrán a su cargo la responsabilidad por esta gran hermandad mundial.

Espero que lo que diga en este mensaje les dé a ellas, y a todos los que lo oigan o lo lean, un claro entendimiento de lo que el Señor tenía en mente para Sus hijas cuando se organizó la Sociedad de Socorro.

Un antiguo modelo de discipulado

Espero que mis nietas entiendan que hoy día la Sociedad de Socorro está organizada según el modelo de discipulado que existía en la antigua Iglesia. Cuando el Salvador organizó Su Iglesia en la época del Nuevo Testamento, “[las mujeres] fueron participantes de suma importancia en [Su] ministerio”1. Él visitó a Marta y a María, dos de Sus más dedicadas seguidoras, en el hogar de Marta. Mientras ésta lo escuchaba y lo atendía según la costumbre de esa época, Él la ayudó a ver que podía hacer más que eso. Ayudó a Marta y a María a comprender que podían escoger “la buena parte”, la cual no les sería quitada2. Ese tierno comentario sirvió como invitación para que participaran en el ministerio del Señor. Y más tarde, en el Nuevo Testamento, el firme testimonio de Marta en cuanto a la divinidad del Salvador nos proporciona una idea de su fe y discipulado3.

Al leer más adelante en el Nuevo Testamento, nos enteramos de que los apóstoles continuaron estableciendo la Iglesia del Señor. También nos enteramos de mujeres fieles cuyo modelo de discipulado contribuyó al crecimiento de la Iglesia. Pablo hizo referencia a las discípulas en lugares tales como Éfeso4 y Filipos5; pero cuando la Iglesia del Señor se perdió en la apostasía, también se perdió ese modelo de discipulado.

Cuando el Señor empezó a restaurar Su Iglesia por medio del profeta José Smith, de nuevo incluyó a las mujeres en un modelo de discipulado. Pocos meses después de que la Iglesia se organizó formalmente, el Señor reveló que Emma Smith habría de ser apartada como líder y maestra en la Iglesia, y como ayudante oficial de su esposo, el Profeta6. En su llamamiento para ayudar al Señor a edificar Su reino, se le dieron instrucciones para aumentar su fe y rectitud personales, para fortalecer a su familia y su hogar, y para servir a los demás.

Espero que mis nietas comprendan que a partir del día en que el Evangelio se empezó a restaurar en esta dispensación, el Señor ha necesitado mujeres fieles que participen como discípulas Suyas.

Tan sólo un ejemplo de su excepcional contribución fue la obra misional. El gran crecimiento de la Iglesia en los primeros días fue posible debido a hombres fieles que estuvieron dispuestos a dejar a sus familias para viajar a lugares desconocidos y sufrir privaciones y dificultades para enseñar el Evangelio. Sin embargo, esos hombres entendieron que sus misiones no habrían sido posibles sin la plena fe y el esfuerzo mancomunado de las mujeres que formaban parte de sus vidas, que sustentaban hogares y negocios, y ganaban dinero para sus familias y los misioneros. Las hermanas también cuidaron de los miles de conversos que llegaron a sus comunidades. Se dedicaron de lleno a su nuevo modo de vida, ayudando a edificar el reino del Señor y participando en Su obra de Salvación.

Conectadas con el sacerdocio

Espero que mis nietas entiendan que el Señor inspiró al profeta José Smith para organizar a las mujeres de la Iglesia “bajo la dirección del sacerdocio y de acuerdo con el modelo de éste”7, y a enseñarles “la forma en que podrían poseer los privilegios, las bendiciones y los dones del sacerdocio”8.

Cuando se organizó oficialmente la Sociedad de Socorro, Emma Smith siguió en su llamamiento como líder. Fue nombrada presidenta de la organización, con dos consejeras que sirvieran con ella en una presidencia. En vez de ser seleccionada mediante el voto popular, como era común en organizaciones fuera de la Iglesia, esa presidencia fue llamada por revelación, sostenida por las personas a las que dirigirían, y apartada por los líderes del sacerdocio para servir en sus llamamientos, siendo así llamadas “por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad”9. Haber sido organizadas bajo el sacerdocio hizo posible que la presidencia recibiera dirección del Señor y de Su profeta para una obra específica. La organización de la Sociedad de Socorro permitió que en el almacén del Señor hubiera talento, tiempo y recursos para administrarse en sabiduría y orden.

Ese primer grupo de mujeres comprendió que se les había otorgado autoridad para enseñar, inspirar y organizar a las mujeres como discípulas para colaborar en la obra de salvación del Señor. En las primeras reuniones, a las hermanas se les enseñaron los principios guiadores de la Sociedad de Socorro: aumentar la fe y la rectitud personales, fortalecer a las familias y los hogares, y buscar y ayudar a los necesitados.

Espero que mis nietas comprendan que la organización de la Sociedad de Socorro fue una parte esencial de preparar a los santos para los privilegios, las bendiciones y los dones que sólo se encuentran en el templo. El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que la Sociedad de Socorro “es parte vital del reino de Dios sobre la tierra… cuyo diseño y funcionamiento ayuda a sus miembros fieles a obtener la vida eterna en el reino de nuestro Padre”10. Podemos imaginar lo que debió haber sido para las hermanas estar en la tienda de ladrillos rojos de José Smith en aquellas primeras reuniones de la Sociedad de Socorro, mirando hacia la colina donde se estaba construyendo un templo, mientras el Profeta les enseñaba que “debe existir una sociedad selecta, separada de todas las iniquidades del mundo, distinguida, virtuosa y santa”11. Seguir leyendo

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Las canciones que no pudieron cantar

Conferencia General Octubre 2011
Las canciones que no pudieron cantar
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Aunque no sepamos todas las respuestas, sí conocemos principios importantes que nos permiten afrontar las tragedias con fe y confianza.

Muchas personas enfrentan serios problemas o incluso tragedias durante esta jornada terrenal. En todo el mundo vemos ejemplos de pruebas y tribulaciones1. Nuestra alma se conmueve al ver imágenes de muerte, sufrimiento y desesperación en la televisión. Vemos a los japoneses luchando heroicamente contra la devastación que dejaron el terremoto y maremoto. Revivir las inolvidables escenas de destrucción de las torres del World Trade Center que volvimos a ver hace poco fue doloroso. Algo se conmueve en nosotros cuando nos enteramos de tales tragedias, en especial cuando las padecen personas inocentes.

A veces las tragedias son muy personales: Un hijo o una hija fallece a temprana edad o cae víctima de una devastadora enfermedad; la vida de un padre amoroso se acaba debido a un acto desconsiderado o un accidente. Siempre que las tragedias ocurren, lloramos y procuramos llevar la carga los unos de los otros2. Lamentamos las cosas que no se cumplirán y las canciones que no se cantarán.

Entre las preguntas más frecuentes que se hacen a los líderes de la Iglesia están: “¿Por qué un Dios justo permite que sucedan cosas malas, especialmente a las personas buenas?”; “¿por qué aquellos que son justos y están al servicio del Señor no son inmunes a esas tragedias?”

Aunque no sepamos todas las respuestas, conocemos principios importantes que nos permiten afrontar las tragedias con fe y confianza de que se ha planeado un futuro brillante para cada uno de nosotros. Algunos de los principios más importantes son:

Primero, tenemos un Padre Celestial que nos conoce, nos ama personalmente y entiende perfectamente nuestro sufrimiento.

Segundo, Su hijo Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor; Su expiación no solamente proporciona la salvación y la exaltación, sino que también compensará todas las injusticias de la vida.

Tercero, el plan de felicidad del Padre para Sus hijos incluye no sólo la vida premortal y mortal sino también la vida eterna, incluso una grande y gloriosa reunión con aquellos que hemos perdido. Todas las injusticias serán enmendadas, y veremos con perfecta claridad y con una perspectiva y entendimiento impecables.

Desde la limitada perspectiva de aquellos que no tienen conocimiento, entendimiento ni fe en el plan del Padre —que ven el mundo sólo a través de los lentes de la mortalidad con sus guerras, violencia, enfermedad y maldad— esta vida puede parecer deprimente, caótica, injusta y sin sentido. Los líderes de la Iglesia han comparado esta perspectiva con alguien que entra en la mitad de una obra teatral de tres actos3. Aquellos que desconocen el plan del Padre no entienden lo que sucedió en el primer acto, o en la existencia premortal, ni los propósitos que se establecieron allí; ni tampoco entienden la aclaración y la resolución que viene en el tercer acto, que es el glorioso cumplimiento del plan del Padre.

Muchos no aprecian que, bajo Su amoroso y comprensivo plan, los que parecen estar en desventaja sin tener culpa, en última instancia no son sancionados4.

En algunos meses se cumplirán los 100 años del trágico hundimiento del transatlántico Titanic. Las catastróficas circunstancias que rodearon ese horrendo hecho han resonado a través del siglo desde que ocurrió. Los promotores del nuevo buque de lujo, que tenía la altura de un edificio de 11 pisos y casi el tamaño de 3 estadios de fútbol5, afirmaron exagerada e injustificadamente la invulnerabilidad del Titanic en las aguas invernales repletas de témpanos de hielo. Este barco, supuestamente era imposible de hundir; sin embargo, cuando se sumió en el congelado Océano Atlántico, más de 1.500 almas perdieron su vida terrenal6.

En muchos sentidos, el hundimiento del Titanic es una metáfora de la vida y de muchos principios del Evangelio. Es un ejemplo perfecto de la dificultad de mirar solamente con el lente de esta vida terrenal. La pérdida de vidas fue catastrófica en sus consecuencias, pero fue accidental. Con la masacre de las dos guerras mundiales y con el reciente décimo aniversario de la destrucción de las torres del World Trade Center, hemos vislumbrado en nuestra época la conmoción, la agonía y los problemas morales que rodean a los hechos derivados del mal ejercicio del albedrío. Hay terribles repercusiones para las familias, los amigos y las naciones como resultado de esas tragedias, independientemente de la causa.

Con respecto al Titanic, se aprendieron lecciones sobre los peligros del orgullo, de viajar en aguas turbulentas y de “que Dios no hace acepción de personas”7. Los afectados provenían de todo tipo de condiciones sociales. Algunos eran ricos y famosos, como John Jacob Astor; pero también había trabajadores, inmigrantes, mujeres, niños y miembros de la tripulación8.

Hubo por lo menos dos conexiones de Santos de los Últimos Días con el Titanic. Ambas ilustran el desafío que implica entender las pruebas, las tribulaciones y las tragedias, y proporcionan perspectiva en cuanto a la forma de sobrellevarlas. El primero es un ejemplo del estar agradecidos por las bendiciones que recibimos y de los desafíos que evitamos. Se trata de Alma Sonne, quien más tarde sirvió como Autoridad General9. Él era mi presidente de estaca cuando nací en Logan, Utah. Tuve mi entrevista para la misión con el élder Sonne. En esos días, todos los futuros misioneros eran entrevistados por una Autoridad General. Él marcó una gran influencia en mi vida.

Cuando Alma era jovencito, tenía un amigo que se llamaba Fred y que estaba menos activo en la Iglesia. Tuvieron numerosas conversaciones sobre el hecho de servir en una misión, y con el tiempo, Alma Sonne convenció a Fred para que se preparara y sirviera. Ambos fueron llamados a servir en la Misión Británica. Al término de sus misiones, el élder Sonne, secretario de la misión, hizo los arreglos para regresar a los Estados Unidos y compró boletos para viajar en el Titanic para él, Fred y cuatro misioneros más que también habían terminado su misión10.

Cuando llegó el momento de viajar, por alguna razón, Fred se retrasó. El élder Sonne canceló los seis boletos para abordar el primer viaje del nuevo y lujoso transatlántico, y reservó los pasajes para ir en otro barco que partiría el día siguiente11. Los cuatro misioneros que estaban entusiasmados por viajar en el Titanic, expresaron su desilusión. La respuesta del élder Sonne parafraseó el relato de José y sus hermanos en Egipto que se halla en Génesis: “¿Cómo volveremos a nuestras familias sin el joven?”12. Él explicó a sus compañeros que todos llegaron a Inglaterra juntos y que todos deberían regresar a casa juntos. El élder Sonne posteriormente se enteró del hundimiento del Titanic, y con gratitud le dijo a su amigo Fred: “Me salvaste la vida”. Fred le respondió: “No, tú me salvaste la mía al persuadirme a venir en esta misión”13. Todos los misioneros agradecieron al Señor el haberlos preservado14.

A veces, como en el caso del élder Sonne y sus compañeros de misión, los que son fieles reciben grandes bendiciones. Debemos agradecer todas las entrañables misericordias que llegan a nuestra vida15. No nos damos cuenta del caudal de bendiciones que recibimos día a día. Es sumamente importante que tengamos un espíritu de gratitud en nuestro corazón16. Seguir leyendo

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El privilegio de la oración

Conferencia General Octubre 2011
El privilegio de la oración
Por el élder J. Devn Cornish
De los Setenta

La oración es uno de los dones más preciados que Dios ha dado al hombre.

Mis amadas hermanas y hermanos, Dios nuestro Padre no es un sentimiento ni una idea ni una fuerza; Él es una persona santa quien, como se enseña en las Escrituras, tiene cara, manos y un glorioso cuerpo inmortal; Él es real; nos conoce a cada uno personalmente y nos ama, a cada uno. Él desea bendecirnos.

Jesús dijo:

“¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?

“¿Y si le pide un pez, le dará una serpiente?

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?” (Mateo 7:9–11).

Tal vez una experiencia personal ayudará a ilustrar el punto. Cuando era médico residente joven en el Hospital de niños de Boston, trabajaba largas horas y me desplazaba entre el hospital y nuestra casa en Watertown, Massachusetts mayormente en bicicleta, ya que mi esposa y los niños necesitaban el automóvil. Una noche regresaba a casa después de un largo período en el hospital; me sentía cansado y tenía mucha hambre, y hasta un poco desanimado. Sabía que al llegar a casa tenía que darles a mi esposa y a mis cuatro hijos pequeños no sólo mi tiempo y energía, sino una actitud alegre. Francamente, hasta el pedalear se me estaba haciendo difícil.

En la ruta, pasaba por un establecimiento donde vendían pollo frito, y pensé que tendría menos hambre y me sentiría menos cansado si me detenía a comerme una porción de pollo de camino a casa. Sabía que tenían una venta especial de piernas o muslos por 29 centavos cada una, pero al buscar en mi billetera, todo lo que tenía era una moneda de cinco centavos. Mientras pedaleaba, le expliqué al Señor mi situación y le pedí que, en Su misericordia, me permitiera hallar una moneda de veinticinco centavos en el camino. Le dije que no lo necesitaba como una señal, pero que estaría muy agradecido si Él consideraría concederme esa piadosa bendición.

Empecé a mirara el piso con más cuidado, pero no vi nada. Tratando de mantener una actitud de fe pero sumisa al andar, me acerqué a la tienda. Entonces, casi exactamente enfrente del establecimiento, vi una moneda de veinticinco centavos. Con gratitud y alivio, la recogí, compré el pollo, saboreé cada bocado, y seguí felizmente a casa.

En Su misericordia, el Dios del cielo, el Creador y Gobernador de todas las cosas en todas partes, había oído una oración sobre algo de muy poca importancia. Uno bien podría preguntarse por qué se preocuparía Él con algo tan trivial. Creo que nuestro Padre Celestial nos ama tanto que las cosas que son importantes para nosotros se vuelven importantes para Él, simplemente porque nos ama. ¿Cuánto más desearía Él ayudarnos con las cosas grandes que pedimos y que sean justas (véase 3 Nefi 18:20)?

Niños, jóvenes y adultos por igual, por favor crean en lo mucho que su amoroso Padre Celestial desea bendecirlos a ustedes; pero debido a que Él no interferirá con nuestro albedrío, debemos pedir Su ayuda. Eso por lo general se hace por medio de la oración, que es uno de los dones más preciados que Dios ha dado al hombre.

En una ocasión, los discípulos de Jesús suplicaron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1). Como respuesta, Jesús nos dio un ejemplo que puede servir de guía para los principios clave de la oración (véase Russell M. Nelson, “Lecciones que aprendemos de las oraciones del Señor” Liahona, mayo de 2009, págs. 46–49; véase también Mateo 6:9–13; Lucas 11:1–4). De acuerdo con el ejemplo de Jesús:

Comenzamos por dirigimos a nuestro Padre Celestial: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9; Lucas 11:2). Tenemos el privilegio de dirigirnos directamente a nuestro Padre, y no oramos a ningún otro ser. Tengan presente que se nos ha aconsejado evitar repeticiones, incluso usar el nombre del Padre con demasiada frecuencia cuando oramos1.

“Santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9; Lucas 11:2). Jesús se dirigió a Su Padre en una actitud de adoración, reconoció Su grandeza y le rindió alabanza y agradecimiento. Sin duda, este asunto de reverenciar a Dios y de expresar agradecimiento específico y sincero es una de las claves de la oración eficaz.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10; Lucas 11:2). Libremente reconocemos nuestra dependencia del Señor y expresamos nuestro deseo de hacer Su voluntad, aun cuando no sea la misma que la nuestra. En el diccionario bíblico [en inglés], se explica que: “La oración es el acto mediante el cual la voluntad del Padre y la voluntad del hijo entran en correspondencia la una con la otra. La finalidad de la oración no es cambiar la voluntad de Dios, sino obtener para nosotros y para otras personas las bendiciones que Dios ya esté dispuesto a otorgarnos, pero que debemos solicitar a fin de recibirlas” (Bible Dictionary, “Prayer” [Oración]).

“Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mateo 6:11; véase también Lucas 11:3). Pedimos las cosas que queremos del Señor. La honradez es esencial al pedirle cosas a Dios; por ejemplo, no sería totalmente honrado pedirle ayuda en un examen de la escuela si no he prestado atención en la clase, ni hecho las tareas asignadas ni estudiado para la prueba. Con frecuencia, al orar, el Espíritu me impulsa suavemente a reconocer que debería hacer algo más para recibir la ayuda que estoy suplicándole al Señor; entonces me debo comprometer y hacer mi parte. Es contrario al plan del cielo que el Señor haga por nosotros lo que podemos hacer por nosotros mismos.

“Y perdónanos nuestras deudas” (Mateo 6:12), o, en otra versión, “Y perdónanos nuestros pecados” (Lucas 11:4). Una parte esencial de la oración personal y que a veces olvidamos es el arrepentimiento. Para que el arrepentimiento surta efecto, debe ser específico, profundo y duradero. Seguir leyendo

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Escojan la vida eterna

Conferencia General Octubre 2011
Escojan la vida eterna
Por el élder Randall K. Bennett
De los Setenta

Su destino eterno no será el resultado de la casualidad sino de la elección. ¡Nunca es demasiado tarde para empezar a escoger la vida eterna!

Hace años, mientras estaba en la playa con mi familia, noté que había señales y banderas que nos advertían de una fuerte corriente que fluía desde la orilla hacía aguas profundas y turbulentas. Invisible para mis ojos inexpertos, pero fácil de detectar para los salvavidas o socorristas que estaban en una torre de vigilancia cercana, la poderosa corriente representaba un peligro para todos los que dejaran la seguridad de la orilla y entraran en el agua. Recuerdo que pensé: “Soy un nadador fuerte. Nadar será un excelente ejercicio y estaré seguro en el agua poco profunda”.

Haciendo caso omiso de las advertencias, y teniendo confianza en mi propio juicio, entré en el agua para disfrutar de un “refrescante” chapuzón. Después de algunos minutos, levanté la mirada para ubicar a mi familia en la playa cercana, ¡pero la playa ya no estaba cerca! La corriente engañosa de la que se me había advertido me había atrapado y estaba alejándome de mi familia rápidamente.

Confiadamente al principio y luego con desesperación, traté de nadar hacia la orilla, pero la inclemente corriente me arrastraba cada vez más lejos hacia aguas más profundas y turbulentas. Quedé exhausto y comencé a ahogarme con el agua que tragaba. Ahogarse se convirtió en una posibilidad real. Al final, cuando se me agotaron las energías, pedí ayuda desesperadamente.

Como si fuera un milagro, de inmediato un socorrista se apareció a mi lado. No sabía que él me había observado entrar en el agua. Él sabía que la corriente me atraparía y sabía adónde me llevaría. Evitando la corriente, nadó alrededor y un poco más allá de donde yo estaba luchando, entonces pacientemente esperó mi llamado de ayuda. Demasiado débil para nadar solo hasta la orilla, me sentí muy agradecido por su rescate. Sin su ayuda nunca habría regresado a mi familia.

Ese día tomé una decisión pobre que produjo consecuencias potencialmente graves para mí y para mi familia. Ahora, al analizar juntos el don de escoger, ruego que el Espíritu Santo nos ayude a cada uno de nosotros a evaluar las elecciones que hacemos.

Nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson, nos ha enseñado: “No puedo poner suficiente énfasis en que las decisiones determinan el destino. No se puede tomar decisiones eternas sin que haya consecuencias eternas”1.

Cada uno de ustedes, como se nos enseñó en esta conferencia, es un amado hijo o hija procreados como espíritu por padres celestiales. Tienen una naturaleza y un destino divinos2. Durante su vida premortal aprendieron a amar la verdad; tomaron decisiones eternas correctas; sabían que en esta vida terrenal habría aflicciones y adversidad, dolor y sufrimiento, pruebas y desafíos para ayudarlos a crecer y progresar; sabían también que podrían seguir tomando decisiones correctas, arrepentirse de las decisiones incorrectas y, mediante la expiación de Jesucristo, heredar la vida eterna.

¿Qué enseñó el profeta Lehi sobre el escoger? Él advirtió que somos “libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo”. Luego instruyó: “…quisiera que confiaseis en el gran Mediador y que escuchaseis sus grandes mandamientos; y sed fieles a sus palabras y escoged la vida eterna”3.

Hermanos y hermanas, en lo que escogemos pensar, sentir y hacer, ¿estamos escogiendo la vida eterna?

Nuestros nietos están aprendiendo que cuando toman una decisión, a la vez escogen sus consecuencias. Hace poco, una de nuestras nietas de 3 años se negó a comer la cena. Su madre le explicó: “Ya es casi la hora de dormir. Si escoges comer, elegirás helado de postre. Si escoges no comer la cena, elegirás irte a la cama ahora sin comer helado”. Nuestra nieta consideró sus dos opciones y luego respondió enérgicamente: “Quiero escoger esto: jugar y comer helado solamente y no ir a dormir”. Seguir leyendo

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Los misioneros son un tesoro de la Iglesia

Conferencia General Octubre 2011
Los misioneros son un tesoro de la Iglesia
Por el élder Kazuhiko Yamashita
De los Setenta

Agradezco que los misioneros sean llamados por el Señor, que respondan a ese llamado y que presten servicio por todo el mundo.

Una noche, hace muchos años, un joven recién llamado como misionero, el élder Swan, y su compañero japonés vinieron a visitarnos a nuestra casa. Afortunadamente, yo estaba en casa y los invité a pasar. Cuando los saludé en la puerta, me llamó la atención el abrigo que el élder Swan llevaba. Sin pensarlo le dije: “¡Qué buen abrigo lleva puesto!”. Sin embargo, no era un abrigo nuevo y estaba más bien descolorido. Supuse que el abrigo era uno que un misionero anterior había dejado en el apartamento.

El élder Swan inmediatamente respondió a mis palabras y fue todo lo contrario a lo que había pensado. Con un japonés entrecortado, respondió: “Sí, es un buen abrigo. Mi padre lo usó cuando sirvió como misionero en Japón hace más de 20 años”.

Su padre había servido en la Misión Japón Okayama. Cuando su hijo salió a servir en una misión en Japón, le dio el abrigo. En esta foto aparece el abrigo que dos generaciones de élderes Swan usaron en Japón.

Las palabras del élder Swan me conmovieron y entendí por qué llevaba el abrigo de su padre cuando hacía proselitismo. El élder Swan había iniciado su misión con el amor por Japón y su gente que había heredado de su padre.

Estoy seguro de que algunos de ustedes han experimentado algo similar. Muchos de los misioneros que sirven en Japón me han dicho que sus padres, sus madres, sus abuelos o tíos también sirvieron en misiones en Japón.

Deseo expresar mi amor, mi respeto y mis sentimientos de gratitud sinceros a todos los misioneros que han servido en el mundo. Estoy seguro de que las personas a quienes ayudaron a convertir no los han olvidado. “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas!”1.

Yo soy uno de esos conversos. Me convertí a los 17 años, cuando era alumno de secundaria. El misionero que efectuó mi bautismo fue el élder Rupp, de Idaho, quien recientemente fue relevado como presidente de estaca en Idaho. No lo he visto desde que estaba recién bautizado, pero he intercambiado correos electrónicos y he hablado con él por teléfono. Nunca lo he olvidado; su rostro amable y sonriente está grabado en mi memoria. Se alegró mucho cuando supo que me iba bien.

Cuando tenía 17 años realmente no entendía muy bien los mensajes que los misioneros me habían enseñado; sin embargo, tenía un sentimiento especial en cuanto a los misioneros. Quería llegar a ser como ellos y sentí su amor profundo y duradero.

Permítanme contarles el día de mi bautismo. Fue un 15 de julio muy caluroso. Ese día también se bautizó una mujer. La pila bautismal la habían hecho los misioneros a mano y no era muy linda.

Nos confirmaron después que fuimos bautizados. Primero, el élder Lloyd confirmó a la hermana. Me senté con los demás miembros, cerré los ojos y escuché en silencio. El élder Lloyd la confirmó y después comenzó a pronunciar una bendición sobre ella. Sin embargo, él dejó de hablar, entonces abrí los ojos y lo miré con gran interés.

Incluso hoy puedo recordar esa escena claramente. Los ojos del élder Lloyd estaban llenos de lágrimas. Por primera vez en mi vida, experimenté lo que se siente estar envuelto por el Santo Espíritu. Y mediante el Santo Espíritu obtuve un conocimiento certero de que el élder Lloyd y Dios nos amaban. Seguir leyendo

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El enseñar de acuerdo con el Espíritu

Conferencia General Octubre 2011
El enseñar de acuerdo con el Espíritu
Por Matthew O. Richardson
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

Aunque todos seamos maestros, debemos comprender cabalmente que el Espíritu Santo es el verdadero maestro y testigo de toda verdad.

Hace muchos años estaba con mi compañero en el Centro de Capacitación Misional cuando escuché la voz de un niña decir: “Abuela, ¿esos son misioneros de verdad?” Me di vuelta y vi a una niña de la mano de su abuela señalándonos a mí y a mi compañero. Le sonreí, le extendí la mano, la miré directamente a los ojos y le dije: “Hola, soy el élder Richardson y somos misioneros de verdad”. Su rostro se iluminó cuando me vio porque estaba emocionada de estar en compañía de auténticos misioneros.

Me retiré de esa experiencia con una dedicación renovada. Yo quería ser el tipo de misionero que el Salvador, mi familia y esa pequeña niña esperaban que yo fuera. Los dos años siguientes trabajé con afán para verme, pensar, actuar y especialmente enseñar como un misionero de verdad.

Al regresar a casa, se hizo cada vez más evidente que aunque yo había terminado la misión, la misión no me había abandonado. De hecho, aún después de todos estos años, todavía siento que los dos años de mi misión constituyeron los mejores dos años para mi vida. La voz de esa pequeña niña fue una lección inesperada que aprendí en la misión. Justo ahora estaba escuchando en mi mente: “Abuela, ¿ése es un poseedor del sacerdocio de verdad?” “Abuela, ¿ése es un esposo de verdad o un padre de verdad?” o “Abuela, ¿ése es un miembro de la Iglesia de verdad?”

He aprendido que la clave para llegar a ser de verdad en todos los aspectos de nuestra vida radica en la habilidad que tengamos de enseñar de una manera que no limite el aprendizaje. Fíjense que la vida de verdad requiere un aprendizaje de verdad que depende de una enseñanza de verdad. “La responsabilidad de enseñar [eficazmente]… no se limita a quienes hayan recibido un llamamiento oficial como maestros”1. De hecho, cada miembro de la familia, líder y miembro de la Iglesia (inclusive a los jóvenes y niños) tiene la responsabilidad de enseñar.

Aunque todos seamos maestros, debemos comprender cabalmente que el Espíritu Santo es el verdadero maestro y testigo de toda verdad. Los que no logran entender eso, tratan bien sea de sustituir al Espíritu Santo y hacer todo por su propia cuenta, o bien invitan amablemente al Espíritu para que esté con ellos sólo en función de apoyo, o creen que están entregando toda su enseñanza al Espíritu cuando, en realidad, sólo están “improvisando”. Todos los padres, líderes y maestros tienen la responsabilidad de enseñar “por el Espíritu”2. No deben enseñar “en frente del Espíritu” ni “detrás del Espíritu”, sino “por el Espíritu” para que el Espíritu enseñe la verdad sin restricciones.

Moroni nos ayuda a entender cómo podemos enseñar por el Espíritu sin reemplazar, diluir ni desestimar al Espíritu Santo como el verdadero maestro. Moroni dijo que los santos dirigían sus experiencias “de acuerdo con las manifestaciones del Espíritu”3. Esto requiere más que sólo tener al Espíritu con nosotros. Comportarnos “de acuerdo” con el Espíritu Santo significa que tal vez tengamos que cambiar nuestra manera de enseñar para emular la manera en que el Espíritu Santo enseña. Cuando logramos alinear nuestra manera con la del Espíritu Santo, entonces el Espíritu Santo enseña y testifica sin restricciones. Esa importante alineación se puede ilustrar con el siguiente ejemplo. Seguir leyendo

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Las enseñanzas de Jesús

Conferencia General Octubre 2011
Las enseñanzas de Jesús
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jesucristo es el Unigénito y Amado Hijo de Dios… Él es nuestro Salvador del pecado y de la muerte. Éste es el conocimiento más importante sobre la tierra.

“¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42). Con esas palabras Jesús confundió a los fariseos de Su época. Con esas mismas palabras pregunto a mis compañeros Santos de los Últimos Días y a otros cristianos qué es lo que realmente creen sobre Jesucristo y qué es lo que están haciendo debido a esa creencia.

La mayoría de mis citas de las Escrituras provienen de la Biblia, porque es más familiar para la mayoría de los cristianos. Mis interpretaciones, por supuesto, provienen de lo que las Escrituras modernas, en particular el Libro de Mormón, nos enseñan acerca del significado de los pasajes de la Biblia que son tan ambiguos que diferentes cristianos no se ponen de acuerdo en cuanto a su significado. Me dirijo a los creyentes como así también a otras personas. Como el élder Tad R Callister nos enseñó esta mañana, algunos que se denominan cristianos alaban a Jesús como un gran maestro, pero no afirman Su divinidad. Para dirigirme a ellos, he usado las palabras del mismo Jesús. Todos deberíamos considerar lo que Él mismo enseñó sobre quién es y para qué fue enviado a la tierra.

El Hijo Unigénito

Jesús enseñó que Él era el Hijo Unigénito. Él dijo:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16–17).

Dios el Padre afirmó esto. En la culminación de la sagrada experiencia en el Monte de la Transfiguración. Él declaró desde el cielo: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd” (Mateo 17:5).

Jesús también enseñó que Su apariencia era la misma que la de Su Padre; les dijo a Sus apóstoles:

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis y le habéis visto.

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta.

“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?” (Juan 14:7–9).

Más tarde el apóstol Pablo describió al Hijo como “la imagen misma [de la] sustancia de [Dios el Padre]” (Hebreos 1:3; véase también 2 Corintios 4:4).

El Creador

El apóstol Juan escribió que Jesús, a quien él llamaba “la Palabra”, “estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Juan 1:2–3). Por lo tanto, bajo el plan del Padre, Jesucristo fue el Creador de todas las cosas.

El Señor Dios de Israel

Durante Su ministerio a Su gente en Palestina, Jesús enseñó que Él era Jehová, el Señor Dios de Israel (véase Juan 8:58). Después, como el Señor resucitado, ministró a Su pueblo en el continente americano. Allí declaró:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

“…soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 11:10, 14).

Lo que Él hizo por nosotros

Hace muchos años en una conferencia de estaca, conocí a una mujer a quien se le había pedido que regresara a la Iglesia después de estar alejada por muchos años, pero ella no podía pensar en ningún motivo por el cual debería regresar. Para animarla, le dije: “Cuando considera todas las cosas que el Salvador ha hecho por nosotros, ¿no tiene muchas razones por las cuales volver a la Iglesia para adorarle y servirle?”. Me sorprendió su respuesta: “¿Qué ha hecho Él por mí?”. Para quienes no entienden lo que el Salvador ha hecho por nosotros, responderé esa pregunta con Sus propias palabras y con mi testimonio.

La Vida del mundo

La Biblia registra las enseñanzas de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Después, en el Nuevo Mundo, Él declaró: “soy la luz y la vida del mundo” (3 Nefi 11:11). Él es la vida del mundo porque es nuestro Creador y porque, por medio de Su Resurrección, se nos garantiza a todos que viviremos de nuevo. Y la vida que Él nos brinda no es solamente una vida mortal. Él enseñó: “Y yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28; véase también Juan 17:2). Seguir leyendo

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Convenios

Conferencia General Octubre 2011
Convenios
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Al reconocer que somos hijos del convenio, sabemos quiénes somos y lo que Dios espera de nosotros.

Una semana después de una asignación reciente para crear la primera estaca en Moscú, Rusia1, asistí a una conferencia de distrito en San Petersburgo. Mientras hablaba acerca de mi agradecimiento por los primeros misioneros y los líderes locales que fortalecieron a la Iglesia en Rusia, mencioné el nombre de Vyacheslav Efimov. Él fue el primer converso ruso que llegó a ser presidente de misión; él y su esposa tuvieron mucho éxito en esa asignación. No mucho después de terminar su misión, para nuestro gran pesar, el presidente Efimov falleció repentinamente2; sólo tenía 52 años.

Mientras le hablaba a esa congregación acerca de esa pareja de pioneros, tuve la inspiración de preguntar si la hermana Efimov se encontraba entre los presentes. Bien al fondo del salón, se puso de pie una mujer. La invité a que se acercara al micrófono. Sí, era la hermana Galina Efimov. Ella habló con convicción y dio un poderoso testimonio del Señor, de Su evangelio y de Su Iglesia restaurada. Ella y su esposo se habían sellado en el santo templo; dijo que estaban unidos para siempre; que todavía eran compañeros de misión, ella de este lado del velo y él del otro3. Con lágrimas de gozo agradeció a Dios los convenios sagrados del templo. Yo también lloré, plenamente consciente de que la unión eterna ejemplificada por esa pareja fiel era el justo resultado de hacer, guardar y honrar convenios sagrados.

Uno de los conceptos más importantes de la religión revelada es el de un convenio sagrado. En términos legales, un convenio por lo general denota un acuerdo entre dos o más partes. Pero en el contexto religioso, un convenio es mucho más significativo. Es una promesa sagrada hecha con Dios. Él establece los términos. Cada persona puede escoger aceptar o no esos términos. Si una persona acepta los términos del convenio y obedece la ley de Dios, él o ella recibe las bendiciones asociadas con ese convenio. Sabemos que “cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa”4.

A través de la historia, Dios ha hecho convenios con Sus hijos5. Sus convenios se presentan a lo largo de todo el plan de salvación y, por lo tanto, son parte de la plenitud de Su evangelio6. Por ejemplo, Dios prometió enviar un Salvador a Sus hijos7, y pidió a cambio que obedecieran Su ley8.

En la Biblia leemos de hombres y mujeres del Viejo Mundo a quienes se identificaba como hijos del convenio. ¿Qué convenio?; “[El] convenio que Dios concertó con [sus] padres, diciendo a Abraham: Y en tu descendencia serán benditas todas las familias de la tierra”9.

En el Libro de Mormón leemos sobre personas del Nuevo Mundo a quienes también se las identificó como hijos del convenio10. El Señor resucitado así se los dijo: “Y he aquí, vosotros sois los hijos de los profetas; y sois de la casa de Israel; y sois del convenio que el Padre concertó con vuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu posteridad serán benditas todas las familias de la tierra”11.

El Salvador explicó la importancia de la identidad de ellos como hijos del convenio. Él dijo: “El Padre me ha levantado para venir a vosotros primero… me envió a bendeciros, apartando a cada uno de vosotros de vuestras iniquidades; y esto, porque sois los hijos del convenio”12.

El convenio que Dios hizo con Abraham13 y luego reafirmó con Isaac14 y Jacob15 es de trascendental importancia. Contenía varias promesas; entre ellas:

  • Jesucristo nacería del linaje de Abraham.
  • La posteridad de Abraham sería numerosa, tendría el derecho a tener un aumento eterno y también de poseer el sacerdocio.
  • Abraham llegaría a ser padre de muchas naciones.
  • Su posteridad heredaría ciertas tierras.
  • Su descendencia bendeciría a todas las naciones de la tierra16.
  • Y ese convenio sería imperecedero; aun hasta “mil generaciones”17.

Algunas de esas promesas se han cumplido; otras todavía están pendientes. Cito de una de las primeras profecías del Libro de Mormón: “Nuestro padre [Lehi] no ha hablado solamente de nuestra posteridad, sino también de toda la casa de Israel, indicando el convenio que se ha de cumplir en los postreros días, convenio que el Señor hizo con nuestro padre Abraham”18. ¿No es eso maravilloso? Unos 600 años antes de que Jesús naciera en Belén, los profetas sabían que el convenio abrahámico finalmente se cumpliría sólo en los postreros días.

A fin de facilitar que se cumpliera esa promesa, el Señor apareció en estos últimos días para renovar el convenio abrahámico. Al profeta José Smith, el Maestro le declaró:

“Abraham recibió promesas en cuanto a su posteridad y a la del fruto de sus lomos —de cuyos lomos eres tú, mi siervo José…

“Esta promesa es para ti también, pues eres de Abraham”19.

Con esa renovación hemos recibido, como lo hicieron los de la antigüedad, el santo sacerdocio y el Evangelio sempiterno. Tenemos el derecho de recibir la plenitud del Evangelio, disfrutar de las bendiciones del sacerdocio y llegar a ser dignos de recibir la mayor bendición de Dios: la vida eterna20. Seguir leyendo

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Permaneced en lugares santos

Conferencia General Octubre 2011
Permaneced en lugares santos
Por el presidente Thomas S. Monson

La comunicación con nuestro Padre Celestial, incluso nuestras oraciones hacia Él y Su inspiración para con nosotros, es necesaria a fin de superar las tormentas y las pruebas de la vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos escuchado muy buenos mensajes esta mañana y felicito a cada uno de los que han participado. En particular, estamos encantados de tener al élder Robert D. Hales con nosotros otra vez y que se sienta mejor. Te amamos Bob.

Al meditar sobre lo que quería decirles esta mañana, he sentido la impresión de compartir ciertas ideas y sentimientos que considero pertinentes y oportunos. Ruego que sea guiado en mis palabras.

Yo ya he vivido en la tierra por 84 años. Para darles una perspectiva, nací el mismo año que Charles Lindbergh piloteó solo el primer vuelo de Nueva York a París en un monoplano de un solo motor y un solo asiento. Mucho ha cambiado desde entonces en estos 84 años. Ya hace mucho que el hombre ha ido y regresado de la luna. De hecho, la ciencia ficción del pasado se ha convertido en la realidad de hoy. Y esa realidad, gracias a la tecnología de nuestros días, está cambiando tan rápido que apenas podemos mantenernos al día con ella, si es que lo logramos. Para quienes recordamos los teléfonos en que había que discar y las máquinas de escribir manuales, la tecnología de hoy es más que sólo sorprendente.

También las normas morales de la sociedad han cambiado a gran velocidad. Comportamientos que antes se consideraban inapropiados e inmorales ahora no sólo se toleran sino que incluso, muchísimas personas las consideran aceptables.

Recientemente leí en el Wall Street Journal un artículo de Jonathan Sacks, el rabino principal de Gran Bretaña. Entre otras cosas él escribe: “En prácticamente toda sociedad occidental hubo una revolución moral en la década de los años 60, un abandono de toda su ética tradicional de autocontrol. Los Beatles cantaban: ‘Todo lo que necesitas es amor’. Se desechó el código moral judeocristiano y en su lugar surgió [el dicho]: [Haz] lo que sea que a ti te venga bien. Los diez mandamientos se volvieron a escribir como las Diez Sugerencias Creativas”.

El rabino Sacks continúa con pesar:

“Hemos dilapidado nuestro capital moral con el mismo abandono imprudente que hemos derrochado nuestro capital económico…

“Hay muchas partes [del mundo] donde la religión es algo del pasado y no existe una voz compensatoria a la cultura de cómpralo, gástalo, úsalo y haz alarde de ello, porque te lo mereces. El mensaje es que la moralidad está pasada de moda, la conciencia es para los débiles y el único mandato preponderante es: ‘No permitirás que te descubran’”1.

Mis hermanos y hermanas, esto, lamentablemente, describe gran parte del mundo que nos rodea. ¿Retorcemos las manos en desesperación y nos preguntamos cómo sobreviviremos en un mundo como éste? No; tenemos el evangelio de Jesucristo en nuestras vidas y sabemos que la moralidad no está pasada de moda, que nuestra conciencia está allí para guiarnos y que somos responsables por nuestras acciones.

Aunque el mundo haya cambiado, las leyes de Dios permanecen constantes; no han cambiado; no cambiarán. Los Diez Mandamientos son exactamente eso: mandamientos; no son sugerencias. Son un requisito en todos los aspectos hoy como lo fueron cuando Dios se los dio a los hijos de Israel. Si sólo escuchamos, oiremos el eco de la voz de Dios hablándonos aquí y ahora:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí.
“No te harás imagen… de cosa alguna…
“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano…
“Acuérdate del día del reposo para santificarlo…
“Honra a tu padre y a tu madre…
“No matarás.
“No cometerás adulterio.
“No hurtarás.
“No dirás… falso testimonio.
“No codiciarás…”2.

Nuestro código de conducta es definitivo; no es negociable. Se encuentra no sólo en los Diez Mandamientos sino también en el Sermón del Monte que el Señor nos dio cuando vivía sobre la tierra. Se encuentra a lo largo de Sus enseñanzas; se encuentra en las palabras de la revelación moderna.

Nuestro Padre en los Cielos es el mismo ayer, hoy y para siempre. El profeta Mormón nos dice que Dios “es inmutable de eternidad en eternidad”3. En este mundo donde casi todo parece estar cambiando, Su constancia es algo de lo cual podemos depender, un ancla a la cual podemos sostenernos con firmeza y estar seguros, para que no seamos arrastrados hacia aguas desconocidas. Seguir leyendo

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La importancia de un nombre

Conferencia General Octubre 2011
La importancia de un nombre
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Adquiramos el hábito… de dejar claro que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el nombre por el que el Señor ha ordenado que se nos conozca.

Élder Hales, en nombre de todos, le expreso nuestro profundo amor y lo agradecido que estamos de que esté aquí esta mañana.

Desde la pasada conferencia general de abril, mis pensamientos se han centrado reiteradamente en el tema de la importancia de un nombre. En los últimos meses, varios bisnietos han llegado a nuestra familia. Aunque parece que vinieran más rápido de lo que puedo contar, cada hijo constituye una adición a nuestra familia que es bien recibida. A cada uno se le ha dado un nombre especial que han elegido los padres de él o ella, un nombre para ser reconocido durante toda su vida y que los distinga de los demás. Esto es un hecho en todas las familias y también lo es entre las religiones del mundo.

El Señor Jesucristo sabía cuán importante era otorgarle claramente un nombre a Su Iglesia en estos últimos días. En la sección 115 de Doctrina y Convenios, Él mismo le da el nombre a la Iglesia: “…porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (versículo 4).

Y el rey Benjamín enseñó a su pueblo en la época del Libro de Mormón:

“…quisiera que tomaseis sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis hecho convenio con Dios de ser obedientes hasta el fin de vuestras vidas…

“Y quisiera que también recordaseis que éste es el nombre que dije que os daría, el cual nunca sería borrado, sino por transgresión; por tanto, tened cuidado de no transgredir, para que el nombre no sea borrado de vuestros corazones” (Mosíah 5:8, 11).

Tomamos el nombre de Cristo sobre nosotros en las aguas del bautismo. Renovamos el efecto de ese bautismo cada semana al participar de la Santa Cena, manifestamos así nuestra voluntad de tomar Su nombre sobre nosotros y prometemos recordarlo siempre (véase D. y C. 20:77, 79).

¿Nos percatamos de lo bendecidos que somos por tomar sobre nosotros el nombre del Hijo Amado y Unigénito de Dios? ¿Comprendemos la trascendencia de ello? El nombre del Salvador es el único nombre debajo del cielo por el cual el hombre puede salvarse (véase 2 Nefi 31:21).

Como recordarán, el presidente Boyd K. Packer habló de la importancia del nombre de la Iglesia en la conferencia general de abril pasada. Explicó que: “Obedientes a la revelación, nos llamamos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en lugar de la Iglesia Mormona” (“Guiados por el Santo Espíritu”, Liahona, mayo de 2011, pág. 30).

Debido a que el nombre completo de la Iglesia es tan importante, hago eco de las revelaciones de las Escrituras, de las instrucciones que dio la Primera Presidencia en las cartas de 1982 y 2001, y de las palabras de los demás apóstoles que han animado a los miembros de la Iglesia a ser firmes y enseñar al mundo que la Iglesia es conocida por el nombre del Señor Jesucristo. Ése es el nombre por el que el Señor nos llamará en el último día; es el nombre por el que Su Iglesia se distinguirá de todas las demás.

He pensado mucho sobre la razón por la que el Salvador le dio un nombre de once palabras a Su Iglesia restaurada. Parece largo, pero si lo consideramos una reseña descriptiva de lo que es la Iglesia, de repente se vuelve maravillosamente breve, sencillo y preciso. ¿Cómo podría una descripción ser más directa y clara, y aun así expresarse en tan pocas palabras?

Cada palabra es aclaratoria e indispensable. La palabra La indica la posición única de la Iglesia restaurada entre las religiones del mundo.

Las palabras Iglesia de Jesucristo declaran que ésta es Su Iglesia. En el Libro de Mormón, Jesús enseñó: “¿Y cómo puede ser mi iglesia salvo que lleve mi nombre? Porque si una iglesia lleva el nombre de Moisés, entonces es la iglesia de Moisés; o si se le da el nombre de algún hombre [como Mormón], entonces es la iglesia de ese hombre; pero si lleva mi nombre, entonces es mi iglesia, si es que están fundados sobre mi evangelio” (3 Nefi 27:8); Seguir leyendo

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Amar a su madre

Conferencia General Octubre 2011

Amar a su madre

Por Elaine S. Dalton
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

¿Cómo puede un padre criar a una hija feliz y equilibrada en un mundo cada vez más tóxico? Los profetas del Señor enseñaron la respuesta.

No hay palabras para describir la ocasión sagrada en que un padre sostiene en brazos a su pequeña niñita por primera vez. Este año tres de nuestros hijos se convirtieron en padres de niñas. Al observar a nuestro robusto y fornido hijo jugador de rugby, Jon, con su primera bebita en brazos, noté que la miraba con ternura reverencial y luego me miró a mí con una expresión que parecía decir: “¿Cómo se cría a una niña?”.

Esta mañana me gustaría hablarles a nuestros hijos y a todos los padres. ¿Cómo puede un padre criar a una hija feliz y equilibrada en un mundo cada vez más tóxico? Los profetas del Señor enseñaron la respuesta; es una respuesta simple, y verdadera: “Lo más importante que un padre puede hacer por [su hija] es amar a la madre de [ella]”1. Por medio de la forma en que amen a la mamá de ella, enseñarán a su hija en cuanto a la ternura, la lealtad, el respeto, la compasión y la devoción. Ellas aprenderán de su ejemplo sobre lo que deben esperar de un jovencito y qué cualidades buscar en un futuro esposo. Pueden mostrar a su hija, mediante la manera en que amen y honren a su esposa, que ella nunca debe conformarse con menos. El ejemplo de ustedes enseñará a su hija a valorar el ser mujer; ustedes le están mostrando que es una hija de nuestro Padre Celestial, y que Él la ama.

Amen a la madre de ella tanto que su matrimonio sea celestial. Un matrimonio en el templo por el tiempo de esta vida y toda la eternidad merece que ustedes hagan su mayor esfuerzo y que le den la máxima prioridad. Fue sólo después de que Nefi había terminado el templo en el desierto que dijo: “Y… vivimos de una manera feliz”2. La “manera feliz” se halla en el templo; es guardar los convenios. No dejen que ninguna influencia entre en su vida ni en su hogar que causaría que comprometan sus convenios o su compromiso con su esposa y su familia.

En la organización de las Mujeres Jóvenes estamos ayudando a su hija a entender su identidad como hija de Dios, y la importancia de permanecer virtuosa y digna de recibir las bendiciones del templo y de un matrimonio en el templo. Le enseñamos a su hija la importancia de realizar y mantener convenios sagrados; le enseñamos a comprometerse ahora a vivir de modo tal que siempre sea digna de entrar en el templo y que no permita que nada la retrase, distraiga o descalifique para lograr esa meta. El ejemplo de ustedes, como padres, habla más fuerte que nuestras significativas palabras. Las jovencitas se preocupan por sus padres. Muchas de ellas expresan que su mayor deseo es estar unidas eternamente como familia. Quieren que ustedes estén allí cuando ellas vayan al templo o se casen en el templo. Manténganse cerca de su hija y ayúdenla a prepararse y a permanecer digna de entrar en el templo. Cuando cumpla 12 años, llévenla con ustedes al templo con frecuencia para efectuar bautismos por sus antepasados y por otras personas; siempre atesorará esos recuerdos.

La cultura popular de hoy en día trata de menoscabar y degradar su rol eterno como patriarca y como padre, y de minimizar sus responsabilidades más importantes. Esas responsabilidades se les han concedido “por designio divino” y el padre debe “presidir [su] familia con amor y rectitud, y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección”3.

Padres, ustedes son los guardianes de sus hogares, de su esposa y de sus hijos. En la actualidad “no es fácil proteger a nuestra familia contra las intrusiones del maligno en [sus] mentes y sus espíritus… Esas influencias pueden y se filtran libremente en el hogar. Satanás es muy astuto; no necesita derrumbar la puerta”4.

Padres, ustedes deben ser los guardianes de la virtud. “Un poseedor del sacerdocio es virtuoso. El ser virtuoso supone que sus pensamientos [son] puros y sus acciones limpias… La virtud [es]… una cualidad de la divinidad… que está emparentada con la santidad”5. Los valores de las Mujeres Jóvenes son atributos cristianos que incluyen el valor de la virtud. Ahora les pedimos que se unan a nosotros para conducir al mundo de regreso a la virtud. Para hacerlo, tienen que “practicar la virtud y la santidad”6 eliminando de su vida todo lo que sea maligno e incoherente con alguien que posee el sagrado sacerdocio de Dios. “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y… el Espíritu Santo será tu compañero constante”7. Por lo tanto, tengan cuidado con lo que miren en los medios de entretenimiento o impresos. La virtud personal de ustedes será un modelo para sus hijas, y también para sus hijos, de lo que es la verdadera fortaleza y valor moral. Al ser guardianes de la virtud en sus propias vidas, en su hogar y en la vida de sus hijos, mostrarán a su esposa e hija lo que es el verdadero amor; la pureza personal de ustedes les dará poder. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón: un libro proveniente de Dios

Conferencia General Octubre 2011
El Libro de Mormón: un libro proveniente de Dios
Por el élder Tad R. Callister
De la Presidencia de los Setenta

Junto con la Biblia, el Libro de Mormón es un testigo indispensable de las doctrinas de Cristo y de Su divinidad.

Hace ya años, mi tatarabuelo tuvo en sus manos el Libro de Mormón por primera vez. Lo abrió en el medio y leyó unas páginas. Entonces declaró: “Este libro fue escrito por Dios o por el diablo, y voy a averiguar quién lo escribió”. Leyó el libro dos veces en los diez días siguientes, después de lo cual afirmó: “El diablo no pudo haberlo escrito; debe ser de Dios”1.

Ésa es la genialidad del Libro de Mormón, no hay término medio. Es la palabra de Dios, como asegura ser, o es un fraude total. Este libro no afirma ser sólo un tratado moral ni una crónica teológica ni una colección de escritos aclaratorios; afirma ser la palabra de Dios: cada frase, cada versículo, cada página. José Smith declaró que un ángel de Dios lo condujo a las planchas de oro, las cuales contenían los escritos de profetas de la antigua América y que tradujo esas planchas mediante poderes divinos. Si esa historia es verdadera, entonces el Libro de Mormón es escritura santa, tal como asegura ser; si no, es un engaño sofisticado, pero diabólico.

C. S. Lewis habló de un dilema similar que enfrenta todo aquel que debe escoger entre aceptar o rechazar la divinidad del Salvador, en lo que tampoco existe término medio: “Lo que trato de hacer es evitar que alguien exprese la necedad que muchas veces las personas dicen en cuanto a Él: ‘Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro de principios morales, pero no acepto su aseveración de que es Dios’. Eso es algo que no debemos decir. El hombre común y corriente que dijera la clase de cosas que Jesús dijo no sería un gran maestro de principios morales… Es necesario decidir: o aquel hombre era, y es, el Hijo de Dios, o es un loco o algo peor… Pero no salgamos con la tontería de que es tan sólo un gran maestro humano. Él no nos ha dado esa opción; ésa no fue Su intención”2.

Del mismo modo, debemos tomar una simple decisión respecto al Libro de Mormón: o es de Dios o es del diablo; no hay otra opción. Por un momento, los invito a hacer una prueba que les ayudará a determinar la verdadera naturaleza de este libro. Pregúntense si los siguientes pasajes del Libro de Mormón los acercan más a Dios o al diablo:

“Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

O estas palabras de un amoroso padre a su hijo: “Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento” (Helamán 5:12).

O éstas de un profeta: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32).

¿Sería posible que estas declaraciones del Libro de Mormón las hubiese escrito el maligno? Después de que Cristo echó fuera ciertos demonios, los fariseos afirmaron que Él lo había hecho “…por Beelzebú, príncipe de los demonios”. El Salvador respondió que esa conclusión era absurda: “Todo reino”, dijo Él, “dividido contra sí mismo es asolado; y toda… casa dividida contra sí misma no permanecerá”. Y luego, Su concluyente punto culminante: “Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?” (Mateo 12:24–26; cursiva agregada).

Si las Escrituras del Libro de Mormón que mencioné nos enseñan a adorar, a amar y a servir al Salvador, lo cual hacen, ¿cómo pueden venir del diablo? Si fuera así, él estaría dividido contra sí mismo y, por tanto, estaría destruyendo su propio reino; precisamente la misma condición que el Salvador dijo que no podía existir. La lectura sincera y objetiva del Libro de Mormón llevará a cualquier persona a la misma conclusión que llegó mi tatarabuelo, es decir: “El diablo no pudo haberlo escrito; debe ser de Dios”.

Pero, ¿por qué es tan esencial el Libro de Mormón si ya tenemos la Biblia para que nos enseñe acerca de Jesucristo? ¿Se han preguntado alguna vez por qué hay tantas iglesias cristianas en el mundo hoy cuando extraen sus doctrinas esencialmente de la misma Biblia? Es porque interpretan la Biblia de manera diferente. Si la interpretaran de la misma manera, sería la misma iglesia. Esa situación no es lo que el Señor desea; el apóstol Pablo declaró que hay “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). A fin de lograr esa unidad, el Señor estableció la ley divina de los testigos. Pablo enseñó: “Por boca de dos o de tres testigos se establecerá toda palabra” (2 Corintios 13:1). Seguir leyendo

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Esperamos en el Señor: Hágase tu voluntad

Conferencia General Octubre 2011

Esperamos en el Señor: Hágase tu voluntad

Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El propósito de nuestra vida en la tierra es crecer, desarrollarnos y fortalecernos por medio de nuestras propias experiencias.


En esta mañana de domingo damos gracias por la realidad de que nuestro Salvador vive y testificamos de ella. Su Evangelio ha sido restaurado por el profeta José Smith. El Libro de Mormón es verdadero. Actualmente nos dirige un profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson. Sobre todo, ofrecemos solemne testimonio de la expiación de Jesucristo y de las bendiciones eternas que emanan de ella.

Estos meses pasados he tenido la oportunidad de estudiar y aprender más sobre el sacrificio expiatorio de nuestro Salvador y sobre la forma en que Él se preparó para dar esa ofrenda eterna por cada uno de nosotros.

Su preparación comenzó en la vida premortal cuando, esperando en Su Padre, dijo: “…hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”1. A partir de aquel momento y hasta hoy en día, Él ejerce Su albedrío para aceptar y llevar a cabo el plan de nuestro Padre Celestial. Las Escrituras nos enseñan que, desde Sus años juveniles, andaba “en los asuntos de [Su] Padre”2 y que “esperó en el Señor a que llegara el tiempo de su ministerio”3. Cuando tenía treinta años, sufrió intensa tentación pero la resistió, y dijo: “Vete de mí, Satanás”4. En Getsemaní, se entregó a Su Padre diciendo: “…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”5 y luego hizo uso de Su albedrío para sufrir por nuestros pecados. A través de la humillación de un juicio público y la agonía de la crucifixión, esperó en Su Padre dispuesto a ser “herido… por nuestras transgresiones [y] molido por nuestras iniquidades”6. Y aun al exclamar: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”7, esperó en Su Padre ejerciendo el albedrío para perdonar a Sus enemigos8, ocuparse de Su madre9 y perseverar hasta el fin, hasta consumar Su vida y Su misión terrenal10.

Muchas veces he reflexionado preguntándome: ¿Por qué tienen pruebas y tribulaciones el Hijo de Dios, Sus santos profetas y todos los santos fieles aun cuando tratan de hacer la voluntad del Padre Celestial? ¿Por qué es tan difícil, especialmente para ellos?

Pienso en José Smith, que sufrió enfermedades cuando era niño y persecución durante toda su vida. Igual que el Salvador, él también exclamó: “Oh Dios, ¿en dónde estás?”11. Sin embargo, aun cuando parecía estar solo, ejerció su albedrío para esperar en el Señor y llevar a cabo la voluntad de su Padre Celestial.

Pienso en nuestros antepasados pioneros, expulsados de Nauvoo y atravesando las praderas, ejerciendo su albedrío para seguir a un profeta a pesar de sufrir enfermedades, privaciones e incluso, algunos, la muerte. ¿Por qué tan terrible tribulación? ¿Con qué fin? ¿Con qué propósito?

Al hacernos esas preguntas, nos damos cuenta de que el propósito de nuestra vida terrenal es crecer, desarrollarnos y fortalecernos por medio de nuestras propias experiencias. ¿Y cómo lo hacemos? Las Escrituras nos dan la respuesta en una sencilla frase: nosotros “espera[mos] en Jehová”12. A todos se nos dan pruebas y aflicciones; estas dificultades del ser mortal nos demuestran, a nosotros y a nuestro Padre Celestial, si somos o no capaces de ejercer el albedrío para seguir a Su Hijo. Él ya lo sabe y nosotros tenemos la oportunidad de aprender que, no obstante lo difícil de nuestras circunstancias, “todas estas cosas [nos] servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien”13.

¿Quiere decir que siempre entenderemos nuestras dificultades? ¿No tendremos todos, de vez en cuando, razón para preguntar: “Oh Dios, ¿en dónde estás?”14. ¡Sí! Cuando muere un cónyuge, su compañero se hará la pregunta; cuando una familia sufre privación económica, el jefe de familia se la hará también; cuando los hijos se a aparten del camino, la madre y el padre la exclamarán con dolor. Sí, “Por la noche durará el llanto, y a la mañana vendrá la alegría”15. Entonces, en el amanecer de mayor fe y entendimiento, nos levantaremos para esperar en el Señor diciendo: “Hágase tu voluntad”16.

Entonces, ¿qué quiere decir esperar en el Señor? En las Escrituras, la palabra esperar significa tener esperanza, aguardar y confiar. Tener esperanza y confianza en el Señor requiere fe, paciencia, humildad, mansedumbre, conformidad, guardar los mandamientos y perseverar hasta el fin.

Esperar en el Señor significa plantar la semilla de la fe y nutrirla “con gran diligencia y paciencia”17.

Significa orar como lo hizo el Salvador, a Dios, nuestro Padre Celestial, diciendo: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”18. Es una oración que ofrecemos con toda nuestra alma, en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo.

Esperar en el Señor significa meditar en nuestro corazón y “reci[bir] el Espíritu Santo para saber “todas las cosas que deb[emos] hacer”19.

Al seguir las impresiones del Espíritu, descubrimos que “la tribulación produce paciencia”20 y aprendemos a “continua[r] con paciencia hasta perfeccionar[nos]”21. Seguir leyendo

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Un testigo

Conferencia General Octubre 2011

Un testigo

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El Libro de Mormón es la mejor guía para determinar cuán bien lo estamos haciendo y cómo podemos mejorar.


Estoy agradecido por esta oportunidad de hablarles este día de reposo de la conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todo miembro de la Iglesia tiene la misma responsabilidad sagrada. La aceptamos y prometimos asumirla cuando fuimos bautizados. Aprendemos de las palabras de Alma, el gran profeta del Libro de Mormón, lo que hemos prometido a Dios que llegaríamos ser: “…[estar] dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos], aun hasta la muerte, para que [seamos] redimidos por Dios, y [seamos] contados con los de la primera resurrección, para que [tengamos] vida eterna”1.

Esa es una importante responsabilidad y una gloriosa promesa de Dios. Mi mensaje de hoy es de ánimo. Así como el Libro de Mormón nos presenta el desafío claramente, también nos dirige hacia adelante en el camino hacia la vida eterna.

Primero, prometimos ser caritativos; segundo, prometimos llegar a ser testigos de Dios; y tercero prometimos perseverar hasta el fin. El Libro de Mormón es la mejor guía para determinar cuán bien lo estamos haciendo y cómo podemos mejorar.

Comencemos con ser caritativos. Les recordaré algunas experiencias recientes. Muchos de ustedes participaron en un día de servicio; hubo miles de ellos organizados en todo el mundo.

Un consejo de nuestros santos oró para saber qué actividad de servicio planificar. Pidieron a Dios que les hiciera saber a quién debían servir, qué servicio prestar y a quién invitar para que participara. Quizás hasta hayan orado para que no se olvidaran de tomar agua. Sobre todo, oraron para que todos los que sirvieran y todos los que recibieran el servicio sintieran el amor de Dios.

Sé que esas oraciones fueron contestadas en al menos un barrio. Más de 120 miembros se ofrecieron de voluntarios para ayudar. En tres horas transformaron los alrededores de una iglesia de nuestra comunidad. Fue un trabajo arduo y satisfactorio. Los ministros de la iglesia expresaron su agradecimiento. Todos los que trabajaron juntos ese día sintieron unidad y más amor. Algunos hasta dijeron que se sintieron felices al sacar malezas y cortar arbustos.

Las palabras del Libro de Mormón les ayudaron a saber por qué sintieron esa felicidad. Fue el rey Benjamín que dijo a su pueblo: “…para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes… estáis al servicio de vuestro Dios”2. Y fue Mormón que en el Libro de Mormón enseñó en sus propias palabras: “…la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien”3.

El Señor guarda Su promesa a medida que ustedes guardan la suya. Al servir a los demás en Su nombre, Él les permite sentir Su amor. Con el tiempo, los sentimientos de caridad llegan a ser parte de quienes son; y al continuar sirviendo a los demás en la vida, sentirán en su corazón la seguridad que tenía Mormón de que todo irá bien para ustedes.

Así como prometieron a Dios que serían caritativos, prometieron que serían Sus testigos dondequiera que estuvieran a lo largo de su vida. Una vez más, el Libro de Mormón es la mejor guía que conozco para ayudarnos a guardar esa promesa.

En una ocasión me invitaron a hablar en la ceremonia de graduación de una universidad. El decano de la universidad había querido que se invitara al presidente Gordon B. Hinckley, pero él no estaba disponible; como alternativa, yo recibí la invitación. En ese entonces yo era uno de los miembros más recientes del Quórum de los Doce Apóstoles.

La persona que me invitó a hablar se puso nerviosa cuando supo más acerca de mis responsabilidades como Apóstol. Me llamó por teléfono y me dijo que ahora entendía que mi deber era ser testigo de Jesucristo.

En un tono muy firme, me dijo que yo no podía hacer eso cuando hablara allí. Me explicó que la universidad respetaba a las personas de todas las creencias religiosas, incluso las que negaban la existencia de Dios; y me repitió: “Usted no puede cumplir con su cometido aquí”.

Colgué y me vinieron serias preguntas a la mente: ¿Debía decirle a la universidad que no mantendría mi compromiso de ir a hablar? Faltaban sólo dos semanas para el evento y ya se había anunciado que yo estaría allí. ¿Cómo afectaría el buen nombre de la Iglesia el que yo no cumpliera con mi compromiso?

Oré para saber lo que Dios quería que hiciera. Recibí la respuesta de una manera sorprendente para mí; me di cuenta de que los ejemplos de Nefi, Abinadí, Alma, Amulek y los hijos de Mosíah se aplicaban a mí. Ellos fueron firmes testigos de Jesucristo al encontrarse ante el peligro de muerte. Seguir leyendo

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Atrévete a lo correcto aunque solo estés

Conferencia General Octubre 2011
Atrévete a lo correcto aunque solo estés
Por el presidente Thomas S. Monson

Que siempre seamos valientes y estemos preparados para defender lo que creemos.

Mis queridos hermanos, es un enorme privilegio estar con ustedes esta noche. Quienes poseemos el sacerdocio de Dios conformamos una gran coalición y hermandad.

Leemos en Doctrina y Convenios, sección 121, versículo 36, “Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo”. ¡Qué maravilloso don se nos ha dado: poseer el sacerdocio que está “inseparablemente [unido] a los poderes del cielo”! Sin embargo, ese preciado don trae consigo no sólo bendiciones especiales sino también solemnes responsabilidades. Debemos vivir nuestra vida de modo que siempre seamos dignos del sacerdocio que portamos. Vivimos en una época en la que estamos rodeados de muchas cosas que tienen el propósito de atraernos a caminos que pueden conducirnos a la destrucción. Para evitar esos caminos se necesita determinación y valor.

Recuerdo una época, y algunos de ustedes aquí esta noche también la recordarán, cuando las normas de la mayoría de la gente eran muy similares a las nuestras. Eso ya no es así. Recientemente leí un artículo del New York Times en cuanto a un estudio que se hizo en el verano de 2008. Un distinguido sociólogo de Notre Dame dirigió a un equipo de investigación que entrevistó en detalle a 230 adultos jóvenes a lo largo de los Estados Unidos de América. Creo que podemos suponer sin equivocarnos que los resultados serían similares en la mayor parte del mundo.

Comparto con ustedes sólo una porción de ese artículo tan revelador:

“Los entrevistadores hicieron preguntas abiertas acerca de lo correcto y lo incorrecto, los dilemas morales y el significado de la vida. En las respuestas erráticas… uno nota que los jóvenes tratan de encontrar algo lógico para decir con respecto a esos temas, pero no tienen ni las nociones ni el vocabulario para hacerlo.

“Cuando se les pidió que describieran un dilema moral que hubiesen afrontado, dos tercios de los jóvenes o no podían contestar a la pregunta o describieron problemas que no tenían nada que ver con lo moral, como por ejemplo si tenían el dinero suficiente para alquilar cierto apartamento o si tenían suficientes monedas para el parquímetro”.

El artículo sigue:

“La posición a la cual la mayoría de ellos recurrió automáticamente una y otra vez es que las decisiones morales son sólo cuestión de preferencia individual. ‘Es algo personal’, normalmente decían los entrevistados. ‘Depende de la persona. ¿Quién soy yo para juzgar?’

“En rechazo a la sujeción ciega a la autoridad, muchos jóvenes se han ido al otro extremo [y dicen]: ‘Yo haría lo que considerara que me haría feliz o según lo que sintiera. No tengo otro modo de saber qué hacer sino según lo que sienta interiormente’”.

Quienes hicieron las entrevistas recalcaron que la mayoría de los jóvenes con quienes hablaron no “habían recibido los medios; ya fuese de las escuelas, las instituciones o sus familias; para cultivar sus intuiciones morales”1.

Hermanos, nadie que esté al alcance de mi voz debe tener duda alguna en cuanto a lo que es moral y lo que no, ni ninguno debe tener duda alguna de lo que se espera de nosotros como poseedores del sacerdocio de Dios. Se nos han enseñado y se nos continúan enseñando las leyes de Dios. A pesar de lo que vean o escuchen en otros lugares, esas leyes son inalterables.

Al vivir nuestro día a día, es casi inevitable que nuestra fe se ponga en tela de juicio. A veces estaremos rodeados de otras personas y, sin embargo, seremos la minoría o incluso seremos los únicos con un criterio distinto en cuanto a lo que es aceptable y lo que no lo es. ¿Tenemos el valor moral para defender nuestras creencias aunque tengamos que hacerlo solos? Como poseedores del sacerdocio de Dios, es esencial que seamos capaces de enfrentar, con valor, cualquier desafío que se nos presente. Recuerden las palabras del poeta Tennyson: “Mi fuerza es como la fuerza de diez, porque mi corazón es puro”2.

Cada vez más, las personas célebres y otras que, por una razón u otra, están a la vista del público tienen la tendencia a ridiculizar a la religión en general y, en ocasiones, a la Iglesia en particular. Si nuestro testimonio no está suficientemente arraigado, esas críticas pueden hacernos dudar de nuestras propias creencias o vacilar en nuestra determinación.

En la visión de Lehi del árbol de la vida, que se encuentra en 1 Nefi 8, Lehi ve, entre otras personas, a aquellos que se toman de la barra de hierro hasta que llegan al árbol de la vida y participan de él, el cual sabemos que representa el amor de Dios. Entonces, tristemente, después de haber participado del fruto, algunos se avergüenzan a causa de aquellos que están en el “edificio grande y espacioso”, que representan el orgullo de los hijos de los hombres, y que los están señalando y burlándose de ellos; y caen en senderos prohibidos y se pierden3. ¡Qué arma tan poderosa del adversario es el ridículo y la burla! Una vez más, hermanos, ¿tenemos el valor para mantenernos fuertes y firmes al enfrentar tan difícil oposición?

Creo que mi primera experiencia en cuanto a tener el valor de defender mis convicciones fue cuando serví en la Marina de los Estados Unidos casi al final de la Segunda Guerra Mundial.

Pasar por el campamento de entrenamiento de la Marina no fue una experiencia fácil para mí, ni para ninguno que haya pasado por él. Durante las tres primeras semanas estaba convencido de que mi vida corría peligro. La Marina no trataba de entrenarme, trataba de matarme. Seguir leyendo

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