Armados con rectitud

MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Liahona Marzo 2017
Armados con rectitud
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. Eyring

El profeta de Dios sobre la tierra, el presidente Thomas S. Monson, ha dicho: “Hoy, nos encontramos ante el despliegue más grande de pecado, vicio y maldad que jamás se haya congregado ante nuestros ojos”1.

Family reading scriptures

¿Les sorprendería saber que el presidente Monson pronunció esas palabras hace cincuenta años? Si en ese entonces nos encontrábamos acampados contra un arsenal sin precedentes de maldad, ¿cuánto más nos amenaza el mal hoy en día? Por una buena razón, el Señor ha dicho de nuestra dispensación: “… he aquí, el enemigo se ha combinado” (D. y C. 38:12).

La guerra en la que “somos los soldados”2 comenzó antes de que naciéramos en la tierra; comenzó incluso antes de que se crease la Tierra; comenzó hace muchos años en la morada preterrenal, donde Satanás se rebeló y “pretendió destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3).

Satanás perdió esa batalla y “fue arrojado a la tierra” (Apocalipsis 12:9), donde continúa esa batalla en la actualidad. Aquí en la Tierra, “hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (D. y C. 76:29) con mentiras, engaños y tentaciones.

Él lucha contra los profetas y apóstoles; lucha contra la ley de castidad y la santidad del matrimonio; lucha contra la familia y el templo; lucha contra lo que es bueno, santo y sagrado.

¿Cómo luchamos contra tal enemigo? ¿Cómo luchamos contra el mal que parece rodear nuestro mundo? ¿Cuál es nuestra armadura? ¿Quiénes son nuestros aliados?

El poder del Cordero

El profeta José Smith enseñó que Satanás solo tiene poder sobre nosotros en la medida en que se lo permitimos3.

Al ver nuestros días, Nefi vio “que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14; cursiva agregada).

¿Cómo nos armamos con rectitud y poder? Santificamos el día de reposo y honramos el sacerdocio; hacemos y guardamos convenios sagrados, trabajamos en nuestra historia familiar y asistimos al templo; nos esforzamos continuamente por arrepentirnos y suplicamos al Señor que aplique “la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones” (Mosíah 4:2). Oramos, servimos, testificamos y ejercemos fe en Jesucristo.

También nos armamos con rectitud y poder al “[atesorar] constantemente en [nuestras] mentes las palabras de vida” (D. y C. 84:85). Atesoramos esas palabras al escudriñar las Sagradas Escrituras y las palabras de los siervos escogidos del Señor, quienes compartirán Su voluntad, mente y voz (véase D. y C. 68:4) durante la conferencia general del mes que viene

En nuestra batalla contra el mal, siempre debemos recordar que tenemos ayuda de ambos lados del velo. Nuestros aliados incluyen a Dios el Eterno Padre, al Señor Jesucristo y al Espíritu Santo.

Nuestros aliados también incluyen las huestes invisibles del cielo. “No tengas miedo”, dijo Eliseo a un joven temeroso cuando hacían frente a un ejército inicuo, “porque son más los que están con nosotros que los que están con ellos” (véase 2 Reyes 6:15–16).

No tenemos que temer; Dios ama a Sus santos; Él nunca nos abandonará.

Sé que Dios, en respuesta a la oración, ha cumplido mis peticiones para librarme del mal. Testifico que con la ayuda de Dios el Padre, del Salvador del mundo y del Espíritu Santo, podemos tener la seguridad de que se nos dará más que suficiente poder para resistir cualquier fuerza maligna que enfrentemos.

Ruego que siempre estemos armados con rectitud para que podamos tener confianza en la victoria final.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Eyring nos recuerda que estamos librando una guerra contra el mal. Para empezar, podría cantar “Somos los soldados” (Himnos, nro. 162) junto con las personas a quienes enseña. Después podría invitarlos a hablar de cómo han sido protegidos mediante la rectitud, y reflexionar sobre las diferentes maneras de proteger a su familia contra Satanás, tales como elegir medios de comunicación sanos, llevar a cabo consejos familiares, o efectuar la noche de hogar cada semana. Podría darles el reto de que mediten con espíritu de oración sobre la forma de edificar las defensas familiares y alentarlos a crear un plan para llevar sus ideas a la práctica. Seguir leyendo

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El poder habilitador de Jesucristo y Su expiación

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Liahona Marzo 2017
El poder habilitador de Jesucristo y Su expiación

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Nephi bound
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). “Si bien todos tenemos debilidades, podemos superarlas”, dice el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia. “En efecto, es por la gracia de Dios que las debilidades se tornarán en fortalezas”1.

Nuestro Salvador dice en Doctrina y Convenios: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

“Nefi es un ejemplo de alguien que conoció, comprendió el poder habilitador del Salvador y confió en él”, dice el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “A esa altura del trayecto, los hermanos de Nefi lo ataron con cuerdas y planearon su destrucción. Presten atención a la oración de Nefi: ‘¡Oh Señor, según mi fe en ti, líbrame de las manos de mis hermanos; sí, dame fuerzas para romper estas ligaduras que me sujetan!’ (1 Nefi 7:17; cursiva agregada).

“Me parece muy interesante que Nefi no oró para que sus circunstancias cambiaran; más bien, oró para tener la fortaleza de cambiar sus circunstanciás; y creo que él oró de esa manera precisamente porque conocía, comprendía y había experimentado el poder habilitador de la Expiación.

“No creo que las ligaduras con las que Nefi estaba atado se cayeran por arte de magia de sus manos y muñecas; más bien, sospecho que fue bendecido con perseverancia así como con fortaleza personal más allá de su capacidad natural y que después, ‘con la fuerza del Señor’ (Mosíah 9:17) luchó, retorció y tiró de las cuerdas hasta que al final, y en forma literal, pudo romper las ligaduras”2.

Escrituras e información adicionales

Isaías 41:10; Éter 12:27; reliefsociety.lds.org

Relief Society seal
Fe, Familia, Socorro

Considere lo siguiente

¿En qué forma pueden ayudar el poder habilitador de Jesucristo y Su sacrificio expiatorio a convertir nuestras debilidades en fortalezas?

Notas

1. Dieter F. Uchtdorf, “El don de la gracia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 108.
2. David A. Bednar, “Fortaleza que va más allá de la nuestra”, Liahona, marzo de 2015, pág 52.

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El poder de enseñar la doctrina

Liahona Marzo 2017
El poder de enseñar la doctrina
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

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¿Cómo podemos aumentar nuestra habilidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad?

Siendo nuevo presidente de misión, llegué a la misión que se nos asignó con gran expectativa de reuniones misionales llenas del Espíritu semejantes a las que recordaba de cuando era un joven misionero. Sin embargo, al terminar nuestra primera serie de conferencias de zona, me sentí desilusionado. El Espíritu no era tan abundante como había esperado, y algunos misioneros parecían no tener interés.

Woman in classroom

Cuando mi esposa y yo reflexionamos y oramos en cuanto al modo de tener un mayor espíritu en nuestra vida y en la de los misioneros, sentimos la inspiración de concentrar nuestra enseñanza en la doctrina de Cristo y su poder para cambiarnos. Mientras seguíamos ese curso durante los meses siguientes, varios misioneros vinieron a mí para hablarme de remordimientos por conductas pasadas y para expresar el deseo de ser más diligentes en cumplir con las reglas de la misión y vivir el Evangelio.

¿Qué ocasionó ese cambio?

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, solía enseñar: “La verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta. El estudio de la doctrina del Evangelio mejorará el comportamiento de las personas más fácilmente que el estudio sobre el comportamiento humano”1. Yo lo sabía, pero después de esa experiencia con mis misioneros, logré obtener un mayor aprecio por el poder y la virtud de la palabra de Dios para cambiar corazones (véase Alma 31:5). A medida que nuestra misión progresaba y seguíamos concentrándonos en la enseñanza de la doctrina, los corazones de ellos cambiaron y también los nuestros. Debido a que comprendimos la doctrina, entendimos el “por qué” de la obediencia, y no simplemente el “qué” y el “cómo”.

¿Por qué es la enseñanza de la doctrina algo tan potente?

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “La palabra de Dios es la doctrina que enseñaron Jesucristo y Sus profetas”2. La verdadera doctrina se centra en Cristo. Su doctrina, cuando se enseña y se recibe por el Espíritu, siempre aumentará la fe en Jesucristo (véanse Alma 32:28–43; Moroni 7:25, 31–32)3. La fe es “el elemento que motiva toda acción” o comportamiento4. A medida que el Padre y el Hijo se revelan a nosotros por medio de palabras llenas del Espíritu, nuestra fe crece, nuestros deseos de arrepentirnos y obedecer aumentan, y somos cambiados.

El poder para cambiar corazones no reside en el maestro, sino en “la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5). Las letras de una página o las ondas sonoras que salen de la boca no tienen poder en sí para cambiar corazones, pero cuando las palabras verdaderas llevan la potencia del Espíritu Santo de Dios, pueden producir un potente cambio de corazón (véanse 1 Corintios 2:4; 1 Tesalonicenses 1:5; Mosíah 5:2; Alma 5:7; D. y C. 68:4). Cuando enseñamos Su palabra por el Espíritu, el Espíritu Santo lleva luz y verdad al corazón del alumno (véanse Juan 6:63; 2 Nefi 33:1; D. y C. 84:45). Cuando los alumnos abren su corazón para recibir la palabra, el Espíritu ilumina su mente y cambia su corazón, o sea, sus intenciones y conductas.

El Libro de Mormón es un potente testigo de que “la verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta”. A continuación se presentan algunos ejemplos:

• El rey Benjamín enseñó a su pueblo las palabras que recibió de un ángel, y el Espíritu produjo un gran cambio en sus corazones, por lo que ya no tenían “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

• Tal como Alma, padre, enseñó al pueblo, “la luz de la sempiterna palabra iluminó sus almas” y fueron salvos (Alma 5:7; véase también el versículo 9).

• Los hijos de Mosíah, “por el poder de su palabra” (Alma 26:13), ayudaron a realizar un cambio total en el corazón de miles de lamanitas (véase Alma 17:14–17; 53:10).

¿Cómo podemos mejorar?

Hay cosas que todos podemos hacer para aumentar nuestra capacidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad (véanse Alma 17:3; Helamán 5:18). No tenemos que obtener un doctorado en enseñanza o en estudios religiosos, pero sí tenemos que pagar un precio. Las siguientes ideas pueden servir de ayuda a medida que usted intenta incorporar el poder de la doctrina en su enseñanza.

1. Atesorar y vivir por la palabra. Para enseñar la doctrina con poder y autoridad, necesitamos conocer la doctrina. El Salvador le dijo a José y a Hyrum Smith que antes de procurar declarar Su palabra, primeramente debían procurar obtenerla; entonces tendrían Su Espíritu y Su palabra, “el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21). Esa clase de entendimiento “requiere algo más que una lectura ligera”, tal como enseñó el presidente Howard W. Hunter (1907–95). Requiere un estudio diario y concentrado5.
El estudio por sí solo no es suficiente. Si deseamos conocer la doctrina, también debemos vivirla (véanse Juan 7:17; Alma 12:9). El estudio y la aplicación diligente de las Escrituras y de las palabras de los profetas vivientes es la manera en que llegamos a tener el poder de Su palabra “en nosotros” (Alma 26:13; véase también Alma 17:2–3; 32:42)..

2. Enseñar la doctrina. Debemos tener cuidado de enseñar únicamente la doctrina verdadera. El Espíritu Santo es “el Espíritu de verdad” (Juan 15:26). Los alumnos pueden sentir Su testimonio confirmador si no declaramos “nada sino las cosas de los profetas y apóstoles” (D. y C. 52:36) y evitamos especulación e interpretación personal. Una de las mejores maneras de evitar siquiera acercarse a la doctrina falsa es mantener simple nuestra enseñanza (véanse Mosíah 25:22; 3 Nefi 11:39–40). Además, debemos asociar los comentarios y las experiencias que compartan los miembros de la clase con las doctrinas que estemos estudiando.

3. Enseñar mediante el Espíritu. Debemos recordar que nosotros no somos los protagonistas de la enseñanza; debemos poner nuestra mira solo en Dios. No estamos para entretener ni para ponernos a nosotros mismos como una luz. Pablo dijo a los corintios que estaba con ellos en “debilidad, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:3; véase también el versículo 4). Eso no suena a que Pablo hubiese usado una presentación bien ensayada y redactada.
Si hemos de ser instrumentos en las manos de Dios para cambiar corazones, necesitamos hacernos a un lado y dejar que el Espíritu Santo enseñe la verdad. Mientras se preparen para enseñar, recuerden que lo que más importará en su clase es la presencia del Espíritu Santo. Hagan todo lo posible por invitar al Espíritu a su clase. Mientras enseñen, no tengan miedo de hacer una pausa para escuchar y sentir la dirección del Espíritu.

Al deleitarnos y vivir por cada palabra de Dios y enseñar solamente la verdadera doctrina por el poder del Espíritu Santo, descubriremos que el Señor cambia nuestro corazón y el de aquellos a quienes enseñamos. Doy gracias a Dios cada día por el cambio que Su palabra ha traído a mi corazón y por maestros que me enseñaron la verdadera doctrina con poder y autoridad.

La sencillez brinda entendimiento

“Prediquen los primeros principios del Evangelio; predíquenlos una y otra vez: encontrarán que día tras día se les revelarán nuevos conceptos y luz adicional. Ustedes podrán estudiarlos más a fondo a fin de comprenderlos claramente, y entonces podrán impartirlos de tal manera que sean más claros para las personas a las que enseñen”.

Hyrum Smith, en History of the Church, tomo VI, pág. 323.

Notas

1. Véase de Boyd K. Packer, “Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17.
2. Henry B. Eyring, “El poder de enseñar la doctrina”, Liahona, julio de 1999, pág. 85.
3. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “El Señor diseñó la doctrina de Jesucristo para ayudarnos a incrementar nuestra fe” (“Manifiesten su fe”, Liahona, mayo de 2014, pág. 29).
4. Lectures on Faith [Discursos sobre la fe], 1985, págs. 1–2.
5. Véase de Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 96.

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Un derramamiento del Espíritu

Liahona Marzo 2017
Un derramamiento del Espíritu

LaRene Porter Gaunt, miembro del personal de revistas de la Iglesia, llevó a cabo esta entrevista. Cronología e información de los recuadros laterales por Kate Holbrook, del Departamento de Historia de la Iglesia.

Hablando con ternura y poder sobre el 175º aniversario de la Sociedad de Socorro, la Presidencia General comparte sus sentimientos, perspectiva y testimonio con nosotras, las hermanas de la Sociedad de Socorro.

Young woman in sunlight

“Amamos a las hermanas de toda la Iglesia”, dice Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, hablando por ella misma y por sus consejeras, Carole M. Stephens, Primera Consejera, y Linda S. Reeves, Segunda Consejera. “¿Qué más podríamos desear que ayudarnos unas a otras a lo largo del camino de convenios que conducen a la vida eterna? Dios reveló Su propósito en Moisés 1:39: ‘Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre [y la mujer]’. En la Sociedad de Socorro ayudamos a las mujeres a prepararse para las bendiciones de la vida eterna. Lo hacemos al aumentar la fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación, al fortalecer a las personas, las familias y los hogares mediante ordenanzas y convenios, y al trabajar en unidad para ayudar a los necesitados1.

“Al recordar y vivir de acuerdo con el propósito de la Sociedad de Socorro, nosotras como mujeres Santos de los Últimos Días seremos ‘diferentes —en forma positiva’2, y ejerceremos una influencia significativa para bien en todo el mundo. Eso es lo que queremos para nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro”.

A continuación, en una entrevista con el personal de revistas de la Iglesia, las integrantes de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro responden a preguntas de interés actual y comparten su visión del futuro.

1. ¿Qué tiene la Sociedad de Socorro que une a mujeres de diferentes culturas y diversas circunstancias?

Women talking

Hermana Burton: El conocer y vivir nuestro propósito nos une más allá de las culturas. El año pasado conocí a una hermana en Uruguay que me contó que la habían llamado como presidenta de la Sociedad de Socorro en el momento más lúgubre de su vida. Sintió la tentación de decir: “No puedo hacerlo ahora”. Sin embargo, debido a que había hecho convenios sagrados, dijo: “Haré lo que se me ha pedido que haga; tengo fe en el Padre Celestial y en Jesucristo. Sé que por medio de Su expiación puedo hacerlo”. Entonces me dijo: “Mi llamamiento trajo luz a mi vida mientras servía a mis hermanas. Puse mi confianza en el Señor, y Él me bendijo”.

En su historia reconozco el propósito de la Sociedad de Socorro. Su fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación la ayudó. Ella había hecho convenios sagrados y deseaba guardarlos. Al trabajar en unión con el obispo, ella cumplió con su llamamiento, y ahora tiene un testimonio de que el Señor nos bendice cuando confiamos en Él. Añado mi testimonio al de ella de que nuestro Salvador Jesucristo nos ayudará a atravesar todo desafío terrenal y todo lo que parece injusto en esta vida.

Hermana Stephens: Nuestra fe en el poder del sacrificio expiatorio del Salvador es lo que nos une. Nuestro amor por nuestro Padre Celestial y el conocimiento de Su gran plan de felicidad nos unen en nuestra búsqueda de la vida eterna. Nuestras hermanas son solteras, casadas con hijos o casadas sin hijos; las hay viudas y las hay quienes están divorciadas. Nuestra esperanza es que todas trabajemos en unidad y seamos una al llegar a comprender nuestra identidad, nuestra obra y nuestro propósito.

Hermana Reeves: La unidad nos da felicidad porque no hay contención y el amor de Dios mora en nuestros corazones (véase 4 Nefi 1:15). La unidad traspasa toda línea. ¡Cómo deseamos que nuestras hermanas sientan ese amor por el Salvador! ¡Cómo deseamos ser una al ayudar a que se cumplan Sus propósitos!

2. ¿Qué pueden hacer las mujeres si no sienten que son parte de la Sociedad de Socorro?

Hermana Stephens: El deseo de nuestros corazones como presidencia es que las hermanas comprendan su identidad eterna. Siempre hemos sido parte de la obra de Dios. Como mujeres, se nos ha investido con dones especiales para beneficiar a todos. En la vida preterrenal recibimos enseñanzas y capacitación sobre cuál sería nuestra obra. Estuvimos en aquel gran concilio de los cielos en que elegimos el plan de nuestro Padre Celestial, el cual incluía la expiación de Jesucristo. Exclamamos de gozo ante la perspectiva de tener un cuerpo mortal.

En la Tierra, comenzando con nuestra madre Eva, las mujeres siguen siendo parte de la obra de Dios. El profeta José Smith organizó a las mujeres según el modelo del sacerdocio —un modelo que siempre ha existido— cuando organizó la Sociedad de Socorro en 1842 en Nauvoo, Illinois.

El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos ha aconsejado: “… sepan por ustedes mismos quiénes son en verdad. Pregunten a su Padre Celestial, en el nombre de Jesucristo, qué siente Él en cuanto a ustedes y su misión aquí en la tierra. Si piden con verdadera intención, con el tiempo, el Espíritu les susurrará la verdad que cambiará su vida. Anoten esas impresiones, léanlas a menudo y síganlas al pie de la letra.

“¡Les prometo que, al empezar a captar siquiera un destello del modo en que el Padre Celestial los ve y lo que Él confía que ustedes harán por Él, su vida jamás será la misma”3. ¡Vayan al templo y escuchen! Escuchen quiénes son y qué harán.

3. ¿Cómo pueden las mujeres que están sumamente ocupadas disfrutar aun así las bendiciones de la Sociedad de Socorro?

Women walking with containers on heads

Hermana Stephens: Se trata de poner prioridades. Recientemente pasé tiempo en África Occidental, y vi a mujeres que todos los días llevaban agua de pozo sobre su cabeza y luego iban a trabajar para ayudar a proveer el sustento para sus familias. A veces me sentía abrumada por la pobreza. Luego, en las reuniones de capacitación, pasé tiempo con los miembros de la Iglesia, quienes asistían con sus camisas de brillante color blanco y sus coloridos vestidos hechos a mano.

Aprendí que esas personas son ricas en cuanto a las cosas que el dinero no puede comprar; aprendí que dan prioridad a las cosas más importantes. El Evangelio significaba todo para ellos. Me decían: “No necesito nada; tengo todo lo que necesito: tengo el Evangelio y a mi familia”. Cuando ponemos las cosas más importantes en primer lugar, otras cosas quedarán de manera natural eliminadas de nuestra vida.

4. ¿Qué ofrece la Sociedad de Socorro a las mujeres jóvenes?

Young and older women

Hermana Burton: Las mujeres jóvenes tienen la oportunidad de ayudar a cumplir una profecía cuando continúan su progreso en la Sociedad de Socorro. En 1979, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) profetizó que las buenas mujeres del mundo “… se sentirán atraídas a la Iglesia [en gran número]… si la gente las considera diferentes —en forma positiva— de las mujeres del mundo…”4. Necesitamos los dones, la perspectiva y los talentos singulares que las mujeres jóvenes aportan para ayudar a cumplir esta profecía.

Respecto a la profecía del presidente Kimball, en 2015 el presidente Russell M. Nelson dijo a las mujeres de todas las edades, entre ellas las mujeres jóvenes: “¡Ustedes son las mujeres que [el presidente Kimball] predijo!…

“… necesitamos mujeres que tengan un entendimiento sólido de la doctrina de Cristo… mujeres que sepan cómo acceder al poder que Dios pone a disposición de los que guardan sus convenios… Necesitamos mujeres que tengan la valentía y la visión de nuestra madre Eva…

“Les suplico que den cumplimiento a la profecía del presidente Kimball… Al hacerlo, ¡el Espíritu Santo magnificará su influencia de un modo sin precedentes!”5.

Hermana Reeves: Todas somos “hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a Él”6. Una se da cuenta de que en la Sociedad de Socorro somos más parecidas que diferentes. Por ejemplo, todas estamos en un mundo con redes sociales, publicidad y modelos a seguir bastante mundanos. El mundo está definiendo el valor de la mujer. El compararnos con lo que vemos y escuchamos en el mundo puede hacernos sentir que así debemos ser. Ahora más que nunca, todas debemos recordar que nuestro valor proviene de ser hijas de Dios, no de lo que el mundo dice que debemos ser. Nuestra fortaleza proviene de nuestra relación con nuestro Padre Celestial, nuestro Salvador y cada una de nosotras como hermanas en el Evangelio. Apóyense en eso.

Hermana Stephens: Mujeres jóvenes, Dios las necesita y nosotras también. Ustedes son la nueva generación y han nacido con la fortaleza para permanecer firmes frente a los desafíos de estos últimos días. Únanse a nosotras para que seamos mujeres que comprenden a Jesucristo y Su expiación, mujeres que hacen y guardan convenios sagrados, mujeres que obran en unidad entre ellas y con los líderes del sacerdocio. Es una bendición ser una mujer de cualquier edad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Compartamos nuestro testimonio de quiénes somos y quiénes estamos llegando a ser. ¡Compartamos nuestro mensaje de gozo, disfrutando el estar juntas!

5. ¿Por qué es importante que los poseedores del sacerdocio y las hermanas de la Sociedad de Socorro obren en unidad?

Hermana Burton: Los hombres y las mujeres tienen funciones complementarias. Cada uno de nosotros tiene dones y talentos únicos para contribuir a la obra del reino y para fortalecernos unos a otros. Las mujeres somos la mitad del almacén del Señor; somos vitales para la obra. Aportamos una perspectiva y el deseo de contribuir a la edificación del reino que comenzó con Eva, continuó con Sara, Rebeca, Ester, María, Elisabet, Emma, Eliza y otras valientes hermanas de esta última dispensación y de la antigüedad.

Cuando pensamos en el poder y la influencia, por lo general relacionamos el poder con el poder del sacerdocio. Sin embargo, la influencia de una mujer justa también conlleva un poder enorme. Las mismas virtudes que se mencionan en Doctrina y Convenios 121:41 y que invitan el poder del sacerdocio son las mismas cualidades que invitan el poder de la influencia de una mujer: “persuasión”, “longanimidad”, “benignidad”, “mansedumbre” y “amor sincero”. Estas cosas son inherentes a nuestra naturaleza divina, y en eso yace nuestra oportunidad de influir para bien de una manera poderosa.

Al obrar en unión con nuestros hermanos del sacerdocio, poco a poco nos convertimos en un pueblo más como Sion (véase Moisés 7:18).

Hermana Reeves: Cuando leemos “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, vemos que nuestro Padre Celestial utiliza las fortalezas del hombre y de la mujer según las funciones y responsabilidades que llevarán a un número óptimo de Sus hijos de regreso a Su presencia7. El propósito de la Sociedad de Socorro nos ayuda a hacer eso.

6. ¿Cómo es para ustedes, como presidencia, trabajar con los profetas?

Hermana Burton: Tal como Jesucristo defendió a las mujeres en Su época, lo mismo hacen Sus apóstoles en nuestros días. Nuestros profetas son meticulosos en sus deliberaciones, y siempre procuran la opinión y la perspectiva de las hermanas de la Iglesia. Desearía que cada hermana de la Iglesia pudiera ver y escuchar y sentir lo que nosotras experimentamos al relacionarnos regularmente con los profetas, videntes y reveladores. Son verdaderos discípulos que dan su vida al Señor desinteresada y alegremente al procurar hacer Su voluntad y confiar en Su tiempo. A menudo testifican que esta Iglesia pertenece a Jesucristo y que Él la dirige y la guía.

Hermana Reeves: Cuando interactuamos con nuestros líderes, lo cual sucede a menudo, nos piden nuestra opinión cada vez más. Las Autoridades Generales que están en esos consejos escuchan y valoran lo que decimos, y trabajan con nosotras para lograr las metas que tenemos en común.

Hermana Stephens: La Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles son testigos especiales de Jesucristo. Lo conocen; están llegando a ser como Él. Así que, si desean entender la relación que las líderes mujeres tienen con estos testigos de Jesucristo, miren Su ejemplo en las Escrituras. Jesucristo defendió a las mujeres, las incluyó y las ennobleció. En los consejos que tenemos con las Autoridades Generales, a menudo los he visto y he pensado: “Esta es una pequeña porción de lo que se puede llegar a sentir en presencia del Salvador”.

7. ¿Cuál es la realción que existe entre el poder espiritual y nuestros convenios?

Hermana Stephens: Recibimos poder espiritual mediante los convenios que recibimos y los convenios que hacemos. También hay un poder espiritual que proviene de guardar nuestros convenios.

Recibimos poder espiritual cuando participamos dignamente de la Santa Cena los domingos. Es entonces que podemos renovar todos los convenios que hemos hecho con el Señor; tomamos Su nombre sobre nosotros, prometemos “recordarle siempre”, guardar Sus mandamientos y esforzarnos siempre por “tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77, 79).

Hermana Burton: Con respecto a este poder espiritual, Nefi dijo: “… yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero…” (1 Nefi 14:14). El término santos, ¿no incluye a todos?

Nefi continúa diciendo en el mismo versículo que el poder del Cordero de Dios descendió “sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria”. Como “pueblo del convenio”, nosotros —tanto hombres como mujeres—, podemos tener “por armas [nuestra] rectitud y el poder de Dios en gran gloria”. Ese es el destino divino de todos los hijos de Dios que guardan sus convenios.

Hermana Stephens: Para comprender el alcance de nuestro destino divino debemos responder dos preguntas: (1) ¿Sabemos quiénes somos? (2) ¿Sabemos lo que tenemos? Si comprendiéramos lo que tenemos, sabríamos que es todo lo que necesitamos. Mediante las ordenanzas y los convenios que hacemos en el templo, tenemos las bendiciones, el poder y la autoridad de todas las cosas que atañen al sacerdocio. No se nos ha ordenado; no sabemos por qué. La ordenación al sacerdocio de padre a hijo ha sido el orden de Dios desde los días de Adán y Eva.

Hermana Reeves: Tengo un testimonio de que las mujeres que guardan sus convenios reconocen que nuestro Padre nos ha dado todo lo que necesitamos para regresar a Su presencia al hacer y guardar convenios.

8. ¿Qué es lo más importante que quisieran que recordasen las hermanas de la Sociedad de Socorro?

Mother and baby

Hermana Burton: En Doctrina y Convenios 45:3 dice: “Escuchad al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga por vuestra causa ante él”.

“por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida sempiterna” (versículo 5). Me encanta la ternura que Cristo tiene por nosotras. ¡Él aboga por nuestra causa porque nos ama! Él desea que vengamos a Él. Amemos y aumentemos nuestra fe en Jesucristo y en nuestro Padre Celestial.

Como hijas del convenio de Dios diseminadas sobre toda la faz de la tierra hoy en día, tenemos por armas la rectitud y el poder de Dios en gran gloria. Al recordar nuestro propósito, regocijarnos y guardar nuestros convenios, seremos “… diferentes —en forma positiva— de las mujeres del mundo…” y podremos ayudar a preparar al mundo para el regreso de nuestro Salvador Jesucristo.

Aprenda más sobre la historia de la Sociedad de Socorro en history.lds.org/women.

El 17 de marzo de 1842, minutos después de convertirse en presidenta de la nueva Sociedad de Socorro Femenina de Nauvoo, Emma Smith habló sobre el propósito de dicha sociedad. “Buscar y dar alivio a los necesitados”, dijo. Tener la “ambición de hacer el bien” y “velar por la moralidad”8.

“La Sociedad existe no solo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas”9. —José Smith

En Utah, las Sociedades de Socorro continuaron obrando para salvar almas y atender necesidades. Las Sociedades de Socorro también ministraron a los inmigrantes recién llegados, entre ellos a los sobrevivientes de las compañías de carros de mano Willie y Martin, a quienes proporcionaron provisiones, alimentos y cuidados médicos. A partir de 1868, las Sociedades de Socorro de barrios locales comenzaron a edificar salas en donde se reunían, cuidaban de los pobres, trataban asuntos y vendían mercancías. La construcción de salas de Sociedades de Socorro de barrio terminó en 1924.

La iniciativa económica más duradera de la Sociedad de Socorro fue el programa de almacenamiento de grano: 1876–1918. Durante la escasez de trigo hacia el final de la Primera Guerra Mundial, lo vendieron tras la petición irrefutable del gobierno de Estados Unidos. El interés del dinero del trigo se utilizó para disminuir la mortalidad infantil, fundar clínicas para mujeres embarazadas y niños pequeños, patrocinar clases de asistencia médica y almacenar artículos para partos.

El Departamento de Servicios Sociales fue establecido por Amy Brown Lyman en 1918 bajo la dirección del Presidente de la Iglesia Joseph F. Smith (1838–1918). La hermana Lyman además organizó cursos para capacitar a las miembros de la Sociedad de Socorro sobre los métodos profesionales de trabajo social. Durante los primeros años de la Gran Depresión, el departamento se ocupó de una enorme cantidad de casos y trabajó en coordinación tanto con funcionarios locales como federales para distribuir ayuda a los necesitados.

Durante la larga administración de la Presidenta General de la Sociedad de Socorro Belle S. Spafford, la Sociedad de Socorro y otras organizaciones auxiliares de la Iglesia se unieron a un proceso más grande de correlación de la Iglesia, el cual apuntaba a eliminar esfuerzos redundantes, disminuir desperdicios y fomentar la estabilidad en una Iglesia que crecía rápidamente en todo el mundo. Los cambios incluyeron la reorganización de las revistas de la Iglesia y el final de cuentas bancarias independientes de las organizaciones auxiliares.

Hoy, gracias al liderazgo de fieles hermanas de la Sociedad de Socorro a lo largo de los últimos 175 años, las Sociedades de Socorro en todo el mundo ayudan a los necesitados. Por ejemplo, las líderes de la Sociedad de Socorro de Caracas, Venezuela, querían encontrar maneras para que las hermanas sirvieran. Visitaron un hogar para ancianos y les mostraron una sala con mujeres que yacían en el suelo, como en posición fetal, sin ropa alguna. Las hermanas de la Sociedad de Socorro lloraban al bañar, vestir, alimentar y cortarle el cabello a esas mujeres.

El propósito de la Sociedad de Socorro

La Sociedad de Socorro prepara a las mujeres para las bendiciones de la vida eterna al:

• aumentar la fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación;

• fortalecer a las personas, las familias y los hogares mediante las ordenanzas y los convenios y

• trabajar en unidad para ayudar a los necesitados.
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Notas

1. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 9.1.1.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 247.
3. Russell M. Nelson, “Vivan como verdaderos milénicos”, Liahona, octubre de 2016, pág. 49.
4. Enseñanzas de los Presidentes: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 247.
5. Russell M. Nelson, “Una súplica a mis hermanas”, Liahona, noviembre de 2015, págs. 96, 97.
6. Progreso Personal para las Mujeres Jóvenes, librito, 2009, pág. 3.
7. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
8. Emma Smith, en el Libro de actas de la Sociedad de Socorro, 17 de marzo de 1842, pág. 13, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.
9. José Smith, en el Libro de actas de la Sociedad de Socorro, 9 de junio de 1842, pág. 63.
10. Véase Jill Mulvay Derr, Janath Russell Cannon y Maureen Ursenbach Beecher, Women of Covenant: The Story of Relief Society (Mujeres del convenio: historia de la Sociedad de Socorro), 1992, pág. 138.
11. Zina D. H. Young, “First General Conference of the Relief Society”, Woman’s Exponent, 15 de abril de 1889, pág. 172.
12. Julie B. Beck, “‘… hijas en mi reino’: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 114.

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Bendecido por mi fiel hermana

Liahona Marzo 2017
Bendecido por mi fiel hermana
Por Rafael Antillón
El autor vive en Nueva York, EE.UU.

No sería el hombre que soy ahora si no fuera por la influencia recta de mi hermana mayor.

Thelma and Rafael

Soy afortunado por haber tenido buenas mujeres en mi vida: una madre amorosa y valiente, hermanas sabias y fieles y una esposa cariñosa y comprensiva. Deseo honrar a una de estas influyentes mujeres, a mi hermana mayor, Thelma, por el impacto que tuvo en mi vida por medio de su continuo buen ejemplo.

Cuando yo era joven, mi padre me enseñó a seguir el ejemplo de Thelma cuando él y mi mamá no estuvieran presentes, y estoy eternamente agradecido por ese consejo.

Tomar la determinación de aprender

Tres de mis ocho hermanos se unieron a la Iglesia en El Salvador el mismo día que yo. Cuando nos bautizamos, Thelma tenía 14 años y era la mayor de mis hermanos. En ese entonces yo tenía 8 años y era el menor de la familia, así que ella era nuestra líder.

Conocimos la Iglesia por medio de un vecino que cantaba canciones que posteriormente supimos que eran himnos. Nuestro vecino nos habló de un lugar maravilloso llamado Primaria, donde los niños aprendían a cantar. Contactó a los misioneros, y ellos comenzaron a visitar nuestro hogar para enseñarnos.

Sin embargo, mi papá tenía fuertes sentimientos contra la Iglesia y contra la idea de que los misioneros enseñaran a sus hijos. Como yo era pequeño, no comprendí por lo que esos élderes pasaron para llevar el Evangelio a nuestra vida. Papá los echaba si los hallaba en casa y apagaba las luces deliberadamente si los élderes pasaban a visitarnos en la noche. A pesar de que mi papá era implacable en sus intentos por evitar que los misioneros nos enseñaran, Thelma estaba doblemente decidida a aprender el Evangelio y leer el Libro de Mormón. Thelma y los misioneros jamás se dieron por vencidos, y estoy agradecido por eso.

Era muy difícil asistir a la Iglesia porque papá trataba de detenernos por medio de una variedad de tácticas, como pedirnos que hiciéramos quehaceres antes de ir a la capilla.

Un domingo en la mañana fue particularmente difícil. Él no quería dejarnos ir, pero nosotros nos negábamos a que nos detuviera. Pateó un cesto de basura y su contenido quedó desparramado por el piso que acabábamos de limpiar. Thelma comenzó a recoger la basura en silencio, sin quejarse. Después de limpiar nuevamente el piso, preguntó si podíamos ir a la Iglesia. Habíamos terminado todos los quehaceres y más, pero aun así él no quería darnos permiso. Al final preguntó enfáticamente: “Después de todo, ¿por qué insisten en ir a esa iglesia?”. Entonces Thelma compartió un poderoso testimonio de la veracidad del Evangelio y del mensaje de la restauración del Evangelio. Cuando ella terminó, mi papá hizo un gesto con la mano y nos dio permiso.

Después de ese incidente papá nunca más trató de detenernos y con el tiempo, aunque no le gustaba, dio su consentimiento para que nos uniéramos a la Iglesia.

Servir desde el principio

Yo no tenía problema en asistir a la Iglesia el domingo, pero no me entusiasmaba tanto ir a la Primaria porque, en ese entonces, era los sábados por la mañana. Cuando yo tenía 10 años, Thelma llegó a casa un sábado y les habló a mis otros hermanos acerca de un partido de fútbol entre los diáconos y los Lobatos (scouts de 11 años de edad). Señaló que era una lástima que yo me hubiera perdido el partido por no haber asistido a la Primaria. De más está decir que fui el siguiente sábado (con mi calzado de fútbol puesto) y que nunca más falté.

Cuando Thelma tenía 16 años fue llamada a ser la presidenta de la Primaria. Nuestro obispo había estado tratando de encontrar a alguien que superara los muchos desafíos que la organización Primaria estaba afrontando. El barrio abarcaba un área extensa, y para muchas familias que tenían niños pequeños era difícil y costoso viajar en autobús para ir a la Iglesia tanto los sábados a la Primaria como los domingos. Muchos de esos niños no asistían a la Primaria, y no se había encontrado una solución. El obispo había sentido la inspiración de llamar a Thelma, pero no lo hacía porque ella era demasiado joven. Siguió sintiendo esa impresión, y después de recibir la aprobación del presidente de estaca, el obispo le extendió el llamamiento a mi hermana.

Esa resultó ser una decisión inspirada que bendijo a muchos niños, entre ellos a mí. Thelma magnificó su llamamiento al seguir la inspiración, usar el sentido común e implementar ideas innovadoras para desarrollar programas de capacitación a fin de llevar el Evangelio a los niños. Les pidió a sus consejeras y a las maestras que tuvieran reuniones de la Primaria en varios lugares más cercanos a sus casas, y capacitó regularmente a esas maestras. Esa solución permitió que los miembros ahorraran tiempo y dinero, e hizo que los niños que antes no asistían a la Primaria recibieran las bendiciones de esa maravillosa organización.

Un ejemplo de fe

Thelma and Rafael

A medida que pasaba el tiempo, mis hermanos y yo continuamos siguiendo el ejemplo de Thelma. Hacíamos la noche de hogar y asistíamos a todas las reuniones de la Iglesia. Poco después de que me ordenaran diácono, Thelma se dirigió a mí durante una noche de hogar y me reconoció como el poseedor del sacerdocio de la familia. Este acontecimiento me enseñó una valiosa lección acerca del respeto por el sacerdocio.

Ella también se aseguró de que nunca me faltara el apoyo necesario e incentivos adicionales para asistir a mis reuniones del sacerdocio o para cumplir mis responsabilidades. Por ejemplo, Thelma se valía de toda táctica ruidosa y enérgica para sacarme de la cama los domingos en la mañana a fin de que yo asistiera a la reunión del sacerdocio. También me enseñó a esperar con ilusión mis avances en el Sacerdocio Aarónico.

En la Mutual y en Seminario no me importaba que siempre se me conociera como “el hermano de Thelma”. Algunos amigos míos tenían el apoyo de sus padres en la Iglesia, pero yo tenía a mi obispo, a los líderes de los Hombres Jóvenes y a Thelma.

Thelma continuó siendo un ejemplo para mí al desempeñar varios llamamientos hasta que se fue a la misión. Prestó servicio de manera honorable en la Misión Guatemala Quetzaltenango, y los frutos de su labor incluyeron el bautismo de nuestra madre dos días después de que Thelma regresó a casa. Nuestro gozo fue completo cuando yo, que entonces era presbítero, llevé a cabo esa sagrada ordenanza. Siguiendo el ejemplo de Thelma, comencé a prepararme seriamente para servir en una misión.

Después de su misión, Thelma se mudó a Estados Unidos para ir a la Universidad Brigham Young, a pesar de nuestra humilde condición económica, y siguió siendo una gran influencia para mí a pesar de la distancia.

Después de que regresé a casa de servir en la Misión Guatemala Ciudad de Guatemala, yo también viajé a Provo, Utah, para ir a BYU. Estaba agradecido por la bondad y el apoyo de tanta gente que me ayudó a ir allí. Sin embargo, aun así el dinero no iba a alcanzar.

Poco después de que llegué a Provo, Thelma y yo repasamos nuestra situación económica. Ambos llegamos a la conclusión de que aun con mi empleo de medio tiempo, no teníamos suficiente dinero como para pagar mi alquiler y el de ella durante todo el año académico. Sin embargo, Thelma nunca dudó que superaríamos esa prueba; ella confiaba en que el Señor prepararía el camino. Menos de una semana después, Thelma recibió una carta del departamento de español de BYU. Cuando la abrió, me miró y exclamó: “¡Así! ¡Así es como vamos a pagar tu alquiler!”. La carta le informaba que habían aceptado su solicitud para ser maestra auxiliar, lo cual aumentaría sus ingresos.

Superar un desafío médico

Con el paso de los años, Thelma continúa siendo una fuente de inspiración. Ella afronta la adversidad mejor que cualquier otra persona que conozco. Cuida de su maravilloso hijo que tiene síndrome de Down, de nuestra anciana madre y de su esposo, quien padece una enfermedad grave. Además, como si eso fuera poco, tiene sus propios problemas de salud.

Hace unos años, Thelma se sometió a una cirugía cerebral para aliviar la presión de un quiste. Dadas las necesidades de sus seres queridos, la intimidaba la posibilidad de que hubiera alguna complicación. Oró en busca de ayuda e inspiración, y fue al templo. A través de todo ello, su fe no flaqueó, pero tenía dudas respecto a poner su vida en manos del doctor que realizaría la delicada operación. Durante ese tiempo, Thelma visitó a una querida amiga y le expresó su preocupación por la cirugía. La amiga de Thelma le preguntó cuál era el nombre del doctor, y cuando lo escuchó le dijo que el cirujano era miembro de su barrio. Le dijo a Thelma que él era un miembro fiel de la Iglesia y un poseedor digno del sacerdocio, y que a menudo escuchaba himnos de la Iglesia mientras realizaba una operación. Esa información, aunque era sencilla, fue una tierna respuesta a las oraciones de Thelma. La vida y las experiencias espirituales de Thelma son una fuente de fortaleza y testimonio continuos en mi propia vida.

Pienso en los jovencitos que tal vez experimenten una crianza similar a la mía. Pienso en aquellos que no tienen un modelo masculino a seguir en el hogar, que solo encuentran un refugio en la Iglesia, y en quienes crecen en países llenos de dificultades. A ellos les digo: Nunca se den por vencidos; permanezcan cerca del Señor y de Sus siervos. Agradezco que el Señor me dio el apoyo que necesitaba para alentarme a alcanzar mis metas y llegar a ser la persona que soy ahora.

La fe y devoción de las mujeres

Gordon B. Hinckley“Expreso mi gratitud a ustedes, mujeres Santos de los Últimos Días, cuyo número asciende a millones y que se encuentran por toda la tierra. El poder que tienen para hacer el bien es grande, y sus talentos y devoción son maravillosos. Su fe y amor por el Señor, por Su obra y por Sus hijos e hijas son enormes. Continúen viviendo el Evangelio y magnifíquenlo ante todas las personas con las que se relacionen”.

Presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, 2016, pág. 110.

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El Evangelio y la vida buena

Liahona Marzo 2017
El Evangelio y la vida buena
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “The Good Life”, pronunciado en la Universidad Brigham Young-Idaho, el 18 de diciembre de 2015. Para leer el texto completo en inglés, vaya a web.byui.edu/devotionalsandspeeches.

En la peor de las circunstancias, cuando todo lo demás se viene abajo, la familia y el evangelio de Jesucristo son fundamentales.

Father and daughters

En muchos discursos se hace hincapié en la búsqueda de los sueños y las pasiones. Reconozco esos objetivos, pero deseo que contemplen un propósito más elevado en la vida.

Gratitud por las bendiciones

Para empezar, espero que se sientan agradecidos por sus bendiciones, en especial por su legado. La gratitud y la humildad están estrechamente relacionadas. Vivimos en una época de egocentrismo. Los medios de comunicación social, en particular, fácilmente se pueden utilizar para la autopromoción. Nunca ha sido de más importancia el ser agradecidos y humildes. Aquellos que poseen esos atributos expresan agradecimiento por sus bendiciones al seguir el ejemplo del Salvador.

Mi amigo Roger B. Porter, profesor de Harvard, quien es miembro fiel de la Iglesia, señaló en una de las ceremonias de graduación de Harvard en mayo de 2015 que la gratitud “exige que reconozcamos nuestra deuda con los demás”, y “con frecuencia implica una humilde respuesta ante regalos inmerecidos o que no nos hemos ganado”. Concluyó: “Si eligen abrazar la gratitud como un elemento central de su vida, les será de provecho; les servirá para resistir la tentación de sucumbir al orgullo y vivir con la expectativa de que se tiene derecho a recibir algo. Les servirá para ver lo bueno y reconocer lo positivo; les ayudará a poner en contexto las tribulaciones a lo largo del camino y la adversidad que enfrentarán de cuando en cuando. Les ayudará a centrar la atención en los menos afortunados que ustedes, cuyas vidas pueden bendecir”1.

Grandfather and grandson washing dishes

Yo propondría que tenemos que estar especialmente agradecidos por nuestro legado. Cuando somos bendecidos con buenos padres, debemos estar agradecidos. Esa es la deuda que cada uno de nosotros tiene por nuestro legado. Un antiguo proverbio chino reza: “Cuando bebas el agua, no olvides el pozo de donde provino”.

En las Escrituras, queda claro que debemos honrar a nuestros padres. En Proverbios dice: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre” (Proverbios 6:20). En Efesios se nos enseña: “Honra a tu padre y a tu madre” (véase Efesios 6:2–3; véase también Éxodo 20:12). El gran filósofo alemán Goethe lo expuso de esta manera: “Lo que habéis heredado de vuestros padres, volvedlo a ganar a pulso o no será vuestro”2. Queda claro que tenemos que estar agradecidos por nuestros padres y tomar acción positiva para adquirir lo que ellos esperaban concedernos.

Principios eternos versus filosofías mundanas

Además de animarlos a tener gratitud, deseo compartir algunos consejos prácticos que pueden ayudarlos a ser felices y a tener éxito en lograr una vida significativa, a la cual se le suele conocer como “la vida buena”.

En una disertación reciente, Lord Jonathan Sacks, ex rabino de las Congregaciones Hebreas Unidas de la Mancomunidad Británica, expresó la preocupación que tengo sobre el papel reducido de la fe, de los valores morales y sentido en la vida moderna. Él declaró:

“Si hay una cosa que las grandes instituciones del mundo moderno no hacen, es proporcionar significado…

“La ciencia, la tecnología, el mercado libre y el… estado democrático nos han permitido alcanzar logros sin precedentes en conocimiento, libertad, expectativa de vida y riqueza. Se encuentran entre los logros más grandiosos de la civilización humana y se les debe defender y atesorar.

“Pero no dan respuesta a las tres preguntas que hará cada persona reflexiva en algún momento de su vida: ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo, pues, viviré? El resultado es que el siglo XXI nos ha dejado con un máximo de opciones y un mínimo de significado”3.

Esta cita expresa de una manera elegante la esencia de mi mensaje. Me preocupa profundamente que la vida buena basada en la vida y las enseñanzas de Jesucristo pase ahora a un plano secundario al de una visión mundana de la vida buena.

Para aquellos de nosotros que somos miembros de la Iglesia, el evangelio de Jesucristo y Su resurrección y expiación son el fundamento de todo lo que es esencial, y también brindan significado a esta vida. El Salvador ha inspirado creencias y normas establecidas de conducta en cuanto a lo que es moral, justo y deseable y eso resulta en la vida buena. Sin embargo, los principios y la moral básica que el Salvador enseñó están seriamente bajo ataque en el mundo actual. El cristianismo mismo está bajo ataque.

Eso no es nuevo. La receta para la vida buena se ha debatido durante siglos. Cuando el apóstol Pablo estaba en Atenas, se encontró con “filósofos de los epicúreos y de los estoicos” (Hechos 17:18). Los estoicos creían que el bien supremo era la virtud, y los epicúreos creían que el mayor bien era el placer. Muchos estoicos se habían vuelto orgullosos y usaban su filosofía como “un manto para… la ambición y la iniquidad”. Muchos epicúreos se habían convertido en hedonistas que tenían como su lema: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”4. Muchos en el mundo académico han señalado desde hace tiempo la defensa que hacía Aristóteles de la contemplación intelectual como un modelo para la vida buena. Es interesante que muchas de esas mismas filosofías mundanas que entraron en conflicto con el cristianismo primitivo todavía están presentes en formas ligeramente diferentes hoy en día.

Además, muchas nuevas filosofías entran en conflicto directo con el evangelio de Jesucristo. Eso ha sucedido rápidamente. Utilizando las palabras del Libro de Mormón, “en el espacio de no muchos años” (Helamán 7:6), gran parte del mundo ahora “a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo” (2 Nefi 15:20). De hecho, esas dos frases de las Escrituras reflejan lo que está sucediendo en nuestros días. Lo que se considera moral ha cambiado rápidamente. Ha habido un movimiento increíble que se ha apartado de la conducta moral como la base de la vida buena. Algunos disminuyen el cristianismo aceptando el mito de que en el cristianismo la felicidad no tiene que ver con esta vida, sino solo con el cielo5. Les aseguro que seguir al Salvador trae felicidad en esta vida y en el cielo.

Virtudes del epitafio versus las virtudes del curriculum vitae

Family scripture study

Algunos desafíos no son solo acerca del bien y del mal. Algunos requieren que tomemos decisiones basadas en lo que es mejor, no solo lo que es bueno6. Seguir leyendo

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Maestras visitantes, historia familiar y madres

Liahona Marzo 2017
Maestras visitantes, historia familiar y madres
Heike Baake, Frankfurt, Alemania

Photo and letters

Me uní a la Iglesia cuando tenía veinte años. Poco después me casé con un hermano de mi barrio y nos mudamos por motivos de trabajo. Nuestro primer hijo nació cuando yo tenía veintidós años. En esa época, mis maestras visitantes comenzaron a visitarme con frecuencia a pesar de que vivíamos al final de los límites de nuestro barrio.

Dado que por entonces yo era una madre primeriza, la conciencia me decía que debía ponerme en contacto con mi propia madre. Pero había roto todo contacto con ella ocho años antes, cuando mis padres se divorciaron. Cada vez que mis maestras visitantes venían a verme, hablábamos sobre ello, y yo sentía que el Espíritu me urgía a dar ese difícil paso.

Hablábamos de cómo podía comenzar a reconstruir nuestra relación, ya que mi madre no pertenecía a la Iglesia. Muchas cosas habían cambiado en mi vida en los ocho años que habían transcurrido desde que nos distanciamos. Gracias a las fuertes impresiones del Espíritu, primero decidí ponerme en contacto con la madre de mi madre. Mi abuela estaba ciega, por lo que había que enviarle la correspondencia a mi tía, quien cuidaba de ella.

Recibí una maravillosa carta en respuesta, así que fuimos a pasar unos días con mi abuela y mi tía. Mi abuela estaba gratamente sorprendida, y solo me pidió que pasara a ver a su hija —mi madre— en nuestro camino de regreso a casa. Ella estaba muy feliz.

Mi abuela era luterana y amaba al Salvador. Durante nuestra estancia con ellas, mi esposo le leía cada mañana el Libro de Mormón y ella en verdad lo disfrutaba. Después de algunas mañanas, mi esposo y mi abuela se sintieron tan llenos del Espíritu que ella fue a su escritorio y sacó un libro de genealogía que había pertenecido a mi abuelo fallecido, y se lo mostró. Había ocho generaciones registradas con esmero, en las que se incluían hasta sus ocupaciones. Mi abuela fue muy feliz mientras estuvimos con ella, y le prometí que visitaría a mi madre en el camino de regreso a casa, lo cual hice.

Cinco semanas después de nuestra visita a mi abuela, ella tuvo un derrame cerebral y falleció. Dos años después efectué la obra del templo por mis antepasados, cuyos datos me había dado mi abuela.

Actualmente tengo una buena relación con mi madre. Vivimos en la misma ciudad y a veces ella me ayuda con mis hijos.

Sin las puntuales visitas de mis maestras visitantes, quienes me animaron y apoyaron durante todo ese tiempo, nunca me habría atrevido a dar ese paso para reparar mi relación con mi madre. No solo yo, sino muchas generaciones fueron bendecidas.

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La sonrisa del extraño

Liahona Marzo 2017
La sonrisa del extraño
Jenner Porter, Texas, EE. UU.

Family at restaurant
En condiciones normales, yo habría evitado a ese hombre decaído que jugaba a las cartas en una mesa del área de juegos de un restaurante de comida rápida. Su rostro triste esbozaba una tenue sonrisa mientras miraba a los niños jugar. “Debe estar protegiéndose del frío”, pensé mientras pasaba junto a su mesa para tirar el almuerzo a medio comer de mi hija. Al fijarme en su mesa, en la que no había envoltorios de comida ni vasos de papel, la voz suave y apacible me susurró: “Cómprale algo de comer”.

Regresé a mi mesa todavía con algunas monedas en el bolsillo. “Haré que se sienta incómodo”, me dije a mí misma. Luego tuve un sentimiento de paz, y el dulce susurro del Espíritu me tranquilizó: “Cómprale algo de comer”.

No les dije a mis hijos lo que estaba haciendo; simplemente recogí algo de basura y fui a tirarla para poder acercarme a la mesa del hombre sin que la amiga con quien yo estaba comiendo se diera cuenta.

Me incliné hacia él y le pregunté: “¿Puedo comprarle algo de comer?”.

Él me miró sorprendido y respondió con suavidad: “Si quiere…”

Saqué las pocas monedas que me quedaban —justo lo suficiente para un menú y una bebida— y se lo di al hombre. Regresé a mi asiento sin que me descubrieran las ocupadas mamás que había a mi alrededor, y vi que él se levantaba para ir a comprar su comida.

Mientras acomodaba a mis hijos en el coche para ir a casa, miré a través de la ventana y vi que el hombre llevaba una bandeja de comida a su mesa vacía. En su rostro, una vez serio, había una sonrisa.

La brisa invernal que me golpeaba la cara no me pareció tan fría. Disfrutaba del cálido y gozoso espíritu que me llenaba de la cabeza a la congelada punta del pie y recordé la enseñanza del Salvador:

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?…

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:35, 37, 40).

Estoy agradecida por la sonrisa de un extraño que me ayudó a encontrar el valor para hacer lo correcto.

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Sé ejemplo de los creyentes

Liahona Marzo 2017
Sé ejemplo de los creyentes
Por el élder Von G. Keetch
De los Setenta

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Tomado del discurso “An Example of the Believers”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young-Idaho, el 14 de junio de 2016. Para leer el texto completo en inglés, vaya a web.byui.edu/devotionalsandspeeches.

¿Cómo se puede enseñar y defender la doctrina del Evangelio al tiempo que mostramos amor, bondad y comprensión?

Young adults

Se cuenta el relato de una pequeña unidad del ejército a la que se le asignó una misión muy difícil tras las líneas enemigas. Mientras la unidad se acercaba a su objetivo, las unidades enemigas se percataron de su presencia. Rápidamente, fuerzas superiores rodearon al grupo y comenzaron a disparar desde todos los lados. Al encontrarse acorralados y al comenzar a sufrir el fuego devastador, los miembros de esta pequeña unidad miraron hacia arriba y vieron a su comandante sobre una roca, exhortándolos.

Mirando a sus hombres, el comandante gritó: “Señores, los tenemos justo donde queremos que estén. ¡Pueden disparar en cualquier dirección!”.

Ustedes y yo también tenemos una misión difícil en el mundo actual; es enseñar y defender las verdades que se encuentran en el evangelio de Jesucristo. En el mundo en el que vivimos, sé que puede ser difícil entender exactamente cuáles son las mejores reglas para entablar conversaciones al respecto, especialmente cuando nos rodean tantas voces dispuestas a desafiar la verdad. A menudo nos pueden bombardear desde tantos ángulos diferentes, que es difícil saber cómo responder.

Me gustaría hablarles sobre lo que significa ser lo que el apóstol Pablo llamó un “ejemplo de los creyentes” (1 Timoteo 4:12)—qué significa enseñar y defender la verdad eterna de la manera que desea el Padre Celestial al tiempo que también ejemplificamos el respeto, la compasión y el profundo amor que Cristo ejemplificó; qué significa defender seriamente lo que sabemos que es justo sin disparar indiscriminadamente en cualquier dirección a un supuesto enemigo.

En verdad, parece que esos dos principios chocan, ¿no? Se nos enseña que debemos luchar “contra las fuerzas espirituales de maldad” (Efesios 6:12) en todas sus formas, que debemos “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (Mosíah 18:9), y que nunca nos “[avergoncemos] del evangelio de Cristo” (Romanos 1:16). Sin embargo, también se nos enseña que debemos evitar la contención y nunca “agitar con ira el corazón de los hombres” (3 Nefi 11:30), que debemos no solo tener “paz con todos los hombres” (Romanos 12:18), sino que también debemos activamente seguir “lo que conduce a la paz” (Romanos 14:19).

De modo que, ¿cómo cumplimos el deber que nos ha dado Dios de mantenernos firmes en el Evangelio y enseñar a los demás la verdad sin causar contención e ira? Parece que, especialmente al tratar los temas controvertidos de hoy en día, decir cualquier cosa puede conducir rápidamente al conflicto y a la contención. Como saben muy bien, el mundo en la actualidad parece tener poca paciencia con cualquier persona que quiera expresar un punto de vista que no esté de acuerdo con las nuevas modas.

Cuando nos llegan desafíos similares, ustedes y yo tendemos a hacer dos cosas: O bien nos apartamos rápidamente de la situación, escogiendo no involucrarnos en un ambiente que se podría tornar incómodo o incluso hostil, o nos ponemos a la defensiva en un debate interminable que puede ser divertido ver, pero que genera mucho más calor que luz.

Es mejor estudiar las cosas en nuestra mente (véase D. y C. 9:8) y entonces escuchar atentamente la dirección celestial. Llénense de valor y usen la luz que tienen en su interior.

Me gustaría resaltar algunas cosas que siempre tomarán lugar cuando nos esforzamos por enseñar y defender la palabra de Dios y al mismo tiempo mostrar amor y compasión hacia otras personas.

Defender la palabra

Primero, tendremos más éxito al entablar conversaciones con las personas una a una. En la cultura de puntos opuestos de hoy en día, las frases hirientes y los eternos intentos de estar por encima de los demás, normalmente no se consigue mucho en los debates incontrolables en grupo. Eso ocurre especialmente en los medios sociales, donde debemos tener cuidado que nuestros comentarios sobre a un tema social sensible no se desvíen del espíritu que Cristo querría que transmitiéramos.

Si nos permitimos estar limitados a 140 caracteres en línea, a menudo se nos malinterpretará. Normalmente, se puede conseguir mucho más uno a uno, cara a cara, como personas que llegan a comprenderse las unas a las otras. Esa es exactamente la manera en la que el presidente Thomas S. Monson nos ha enseñado que deberíamos tender una mano a los demás y rescatarlos, uno a uno. Esa es más a menudo la manera en la que el Salvador trataba a los demás e influenciaba la vida de ellos durante Su ministerio en la tierra.

Segundo, aunque sin duda nos llenaría de gozo que los demás vieran la luz de inmediato y accedieran a recibir a los misioneros el día siguiente, esa no debe ser nuestra meta inicial. Nuestra primera meta debe ser entender por qué la persona piensa de cierta manera, respetar a las personas y sus puntos de vista. Solo entonces nos podemos comunicar de manera eficaz con los demás, dejando pasar los sonidos de acusación y malentendidos que tan a menudo dominan nuestras conversaciones.

Tercero, busquemos maneras de respetar los diferentes puntos de vista y seguir viviendo juntos en la sociedad. En lugar de tan solo vivir de acuerdo con nuestras propias opiniones sin interferir en la libertad de otras personas, sería bueno que pudiéramos intentar algo mejor, algo que es fundamental en una sociedad pluralista si se ha de tratar a todos con justicia. Debemos defender los derechos civiles fundamentales de los demás, reconocer su derecho de expresar su opinión y defender lo que creen, si esperamos que los demás defiendan nuestros derechos civiles fundamentales.

Por último, llegar a entendernos los unos a los otros muy raramente se consigue en una sola instancia. Es un proceso que a menudo toma bastante tiempo. Puede que otras personas nunca acepten nuestro punto de vista, pero podemos intentar eliminar palabras como intolerante y odio. Es mi deseo que nos veamos los unos a los otros como intrísicamente buenos y razonables, aunque tengamos puntos de vista que tal vez los demás nunca acepten.

Actuar como lo haría el Salvador

Bible video scene of Jesus and child

Al enfrentar situaciones difíciles en las que estén defendiendo el evangelio de Jesucristo, espero que siempre recuerden actuar como Él lo haría. Como enseñó el apóstol Pablo, ser “un ejemplo de los creyentes” es mucho más que tan solo vivir los principios del Evangelio para que otros lo puedan ver. Pablo nos dice específicamente que esos mismos principios del Evangelio deben ser parte de nuestras conversaciones, parte de nuestro amor por los demás, parte del espíritu que expresamos y parte de la fe que define quiénes somos (véase 1 Timoteo 4:12).

Al final, en realidad no hay mucha tensión entre los dos grandes principios del Evangelio, si se entienden correctamente, de defender la verdad y a la vez respetar y amar a los demás. Nuestra fuerte convicción de la verdad nunca debería causar que actuáramos de manera irrespetuosa o resentida hacia los demás. Al mismo tiempo, nuestro deseo de mostrar bondad y amor hacia todos los demás nunca debería debilitar nuestro deber de defender la verdad.

En realidad, esos dos principios son dos caras de la misma moneda. En una cara de la moneda está nuestro deber de explicar y defender con firmeza la doctrina de Dios. En la otra cara de esa misma moneda está nuestro deber de actuar de manera similar a la de Cristo, siempre mostrando respeto y amor.

El élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo dijo de la siguiente manera:

“La tolerancia y el respeto que demostremos a los demás y a sus creencias no nos harán abandonar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos y los convenios que hemos hecho… debemos defender la verdad aun cuando practiquemos la tolerancia y el respeto hacia las creencias e ideas diferentes de las nuestras y hacia las personas que las profesen…

“Esta inspirada advertencia nos recuerda que para las personas que creen en la verdad absoluta, la tolerancia a la conducta es como una moneda de dos caras. En una cara están la tolerancia o el respeto, pero en la otra está siempre la verdad”1.

En un mundo que rápidamente se polariza cada vez más y tiene más contención, donde las balas a menudo parecen venir rápidamente de todas partes, les desafío a examinar las dos caras de su moneda. En cualquier situación que surja en su vida, pregúntense cuál es la mejor forma de enseñar y defender la doctrina del evangelio de Jesucristo, pero mostrando amor, bondad y comprensión a quien no acepte esa doctrina.

Al hacerlo así, testifico que tendrán la ayuda y la guía de nuestro Padre Celestial. Sentirán que les guía, poniendo pensamientos en su mente, sentimientos en su corazón y palabras en su boca en el mismo momento en que las necesiten. Su Espíritu los dirigirá y los guiará, transformándolos en un verdadero “ejemplo de los creyentes” —no solamente alguien que vive el evangelio de Jesucristo, sino alguien que defiende y explica la doctrina de una manera firme pero a la vez amorosa e incluyente.

Al defender el Evangelio:

• Entablen conversaciones con personas cara a cara.
• Intenten entender los puntos de vista de los demás.
• Defiendan los derechos civiles de todos.
• Vean a otros como buenos y razonables.
• Muestren amor, bondad y comprensión.

Nota

1. Dallin H. Oaks, “El equilibrio entre la verdad y la tolerancia”, Liahona, febrero de 2013, pág. 32.

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7 cosas que tememos del arrepentimiento, y por qué no deberíamos

Liahona Marzo 2017
7 cosas que tememos del arrepentimiento, y por qué no deberíamos
Por David A. Edwards
Revistas de la Iglesia

Con frecuencia, arrepentirnos nos causa temor. Pero podemos cobrar ánimo en la verdad.

Young man looking sad

Todos sabemos que toda persona necesita el arrepentimiento (véase Romanos 3:23). Sabemos que debemos arrepentirnos a fin de hallar verdadero gozo por medio del poder del sacrificio expiatorio de Jesucristo (véase Alma 36:24). También sabemos que posponer el arrepentimiento no es una buena idea (véase Alma 34:32–34). No obstante, eso es lo que muchos de nosotros hacemos. ¿Por qué? Somos muy listos, ¿verdad?

Una posible respuesta es el miedo. Ya sea que hayamos cometido un pecado grave que necesitemos confesar a nuestro obispo, o que tengamos algunos pequeños hábitos, actitudes o conductas que nos impiden estar totalmente comprometidos con el evangelio del Señor y sus normas, el temor puede impedir que hagamos lo que debemos para cambiar nuestra vida.

Estos son siete temores que pueden hacer que demoremos nuestro arrepentimiento, así como algunas ideas y enseñanzas que pueden ayudarnos a cobrar ánimo para hacer lo que sabemos que nos traerá paz y felicidad.

1. Temor a la vergüenza

Si le digo a mi obispo lo que he hecho, lo decepcionaré, y me sentiré muy avergonzada. ¿Qué sucede si tengo que contárselo a mis padres? ¿Y si otras personas lo descubren?

Hay cosas mucho peores que la vergüenza, tales como la carga espiritual de un pecado que no se ha resuelto, o la pérdida de la compañía del Espíritu Santo. Cualquier sentimiento de vergüenza que tengas al confesar tus faltas a tu obispo durará solo un breve instante, y entonces será completamente expurgado por una ola de alivio y gozo. Cualquiera que haya confesado sus faltas al obispo puede dar testimonio de ello.

“Te prometo que [el obispo] no te condenará. Como siervo del Señor, será bondadoso y comprensivo al escucharte y después te ayudará a lo largo del proceso de arrepentimiento. Él es el mensajero de misericordia del Señor para ayudarte a llegar a ser limpio mediante la expiación de Jesucristo”.

Élder C. Scott Grow, de los Setenta, “¿Qué debo confesarle a mi obispo y por qué?”, Liahona, octubre de 2013, pág. 59.

2. Temor a las consecuencias

Si le explico a mi obispo mis pecados, podría haber consecuencias: no participar de la Santa Cena, no bendecir ni repartir la Santa Cena, no salir a una misión cuando desee hacerlo… Eso podría arruinar demasiado mi vida.

Recuerda que las consecuencias positivas del arrepentimiento sobrepasan con creces lo que parecen ser consecuencias negativas. Céntrate en las cosas buenas que el Señor promete a aquellos que confiesan sus pecados y se arrepienten.

“El hecho de que podamos arrepentirnos ¡son las buenas nuevas del Evangelio! La culpa se puede ‘expurgar’. Podemos ser llenos de gozo, recibir la remisión de nuestros pecados y tener ‘paz de conciencia’. Podemos ser liberados de los sentimientos de desesperación y de la esclavitud del pecado”.

Élder Dale G. Renlund, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El arrepentimiento: Una gozosa elección”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 124.

“Si has pecado, cuanto más pronto te arrepientas, más pronto comenzarás tu camino de regreso y encontrarás la paz y el gozo que vienen con el perdón”.

Para la Fortaleza de la Juventud, folleto, 2011, pág. 28.

Young man smiling

3. Temor al esfuerzo

Hacer el tipo de cambios que necesito parece muy difícil. Además, podría llevarme mucho tiempo.

Todo lo que vale la pena requiere esfuerzo. El perdón, la paz y el progreso espiritual están entre las cosas más valiosas que se pueda imaginar.

“El arrepentirse significa esforzarse para cambiar. Sería una burla al sufrimiento del Salvador por nosotros en el Jardín de Getsemaní y en la cruz esperar que Él nos transformase en seres angelicales sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Más bien, buscamos Su gracia para complementar y premiar nuestro máximo y diligente esfuerzo (véase 2 Nefi 25:23). Tal vez deberíamos rogar por el tiempo y la oportunidad de trabajar, luchar y vencer, del mismo modo que oramos por misericordia”.

Élder D. Todd Christofferson, “El divino don del arrepentimiento”, Liahona, Nov. 2011, pág. 40.

Young woman praying

4. Temor a que nuestra autoestima quede hecha añicos

Yo soy uno de los “buenos chicos”. Si admito que he cometido errores, ya está; ya no volveré a ser un “buen chico” nunca más. ¿Qué sería? ¿Quién sería? Prefiero simplemente tratar de olvidarlo y seguir adelante como si todo siguiera igual.

Tenemos que reconocer con humildad nuestro pecado ante Dios para que Él pueda “[hacer] que las cosas débiles sean fuertes” para nosotros (Éter 12:27). Y la imagen de ti mismo que debes esforzarte por lograr es la que el Padre Celestial y Jesucristo tienen de ti: un hijo de Dios que, aunque imperfecto, tiene gracias a Su ayuda un potencial infinito y divino.

“Dios nos ve como en verdad somos; y Él nos ve merecedores del rescate…

“Con cada paso de fe en el sendero del discipulado, nos convertimos en los seres de gloria eterna y gozo infinito que fuimos designados a llegar a ser”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “Él los colocará en Sus hombros y los llevará a casa”, Liahona, mayo de 2016, pág. 104.

5. Temor a perder tu personalidad

Si me adapto a las normas de la Iglesia estaré renunciando a algunas de las cosas que me hacen ser yo, como mis películas favoritas, mis programas de televisión, mi música y mi forma de expresar quién soy. No seré más que otro mormón cortado con el mismo molde. Prefiero ser yo mismo.

Por medio del arrepentimiento, puedes tener el Santo Espíritu en tu vida y, por medio del Espíritu, podrás descubrir una identidad individual más profunda, más auténtica y mejor. Estará basada en quién puedes llegar a ser a los ojos de Dios y no en cualquier cosa edificada sobre un cimiento arenoso de gustos, preferencias, hábitos o caprichos.

“Satanás prefiere que se definan por sus pecados en vez de por su potencial divino… No le presten atención”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, “Cuatro títulos”, Liahona, mayo de 2013, pág. 58.

“… hay más individualidad en los que son más santos.

“El pecado, por el contrario, nos priva de nuestra individualidad y nos rebaja reduciéndonos a los apetitos que envician y a los impulsos desenfrenados”.

Élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El arrepentimiento”, Liahona, enero de 1992, pág. 34.

6. Temor al fracaso

He tratado de cambiar muchas veces, pero sigo cometiendo los mismos errores. Tal vez haya agotado las oportunidades. Quizás nunca pueda cambiar. Si lo intento una vez más, y fallo, ¿no será esa la prueba?

El arrepentimiento no es fácil. No se esperaba que lo fuera, pero es tu camino hacia el gozo, así que aférrate a ello. No hay límites para el arrepentimiento sincero (véase Mosíah 26:30). El Hijo de Dios se entregó a Sí mismo como sacrificio infinito y eterno para expiar nuestros pecados, para que podamos ser perdonados si tenemos fe y nos arrepentimos (véase Alma 34:9–16). ¿Te das cuenta? Infinito y eterno. No estás más allá de los límites de Su expiación, porque esta no tiene límites. Sigue intentándolo.

“Algunas veces al arrepentirnos, al esforzarnos a diario para llegar a ser más como Cristo, nos encontramos reiteradamente luchando con las mismas dificultades. Es como subir una montaña cubierta de árboles; a veces no vemos que hemos avanzado hasta que llegamos cerca de la cima y miramos hacia abajo desde la cumbre. No se desanimen; si están esforzándose y tratando de arrepentirse, están en el proceso del arrepentimiento”.

Élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Arrepent[íos]… para que yo os sane”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 41.

“Con el don de la expiación de Jesucristo y la fortaleza de los cielos para ayudarnos, podemos mejorar; y lo bello del Evangelio es que se nos da mérito por esforzarnos, aunque no siempre lo logremos”.

Élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Jehová hará mañana maravillas entre vosotros”, Liahona, mayo de 2016, pág. 125.

7. Temor al éxito

¿Y qué sucede si realmente soy capaz de cambiar mi vida? Entonces se esperará mucho más de mí. Quizás simplemente es mejor tener fallos y ser mediocre para que no esperen de mí que asuma más responsabilidad.

Tener miedo a expectativas más altas o a una mayor responsabilidad puede deberse a la pereza o a la inseguridad. Pero el plan del Padre Celestial es un plan de mejoramiento y progreso. Tú aceptaste ese plan antes de esta vida; acéptalo ahora siendo diligente y teniendo fe. Trata de ver la clase de persona que el Padre Celestial desea que llegues a ser y el tipo de vida que él desea que tengas. Si realmente pudieras ver la persona que tienes el potencial de llegar a ser, incluso a ti te costaría creerlo. Con la ayuda del Padre Celestial y del Salvador, eso está al alcance de tu mano.

“Tenemos la responsabilidad de elevarnos de la mediocridad a la excelencia, del fracaso a la realización. Nuestra tarea es llegar a ser lo mejor que podamos”.

Presidente Thomas S. Monson, “La fuerza de voluntad”, Liahona, julio de 1987, pág. 67.

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Justo lo que el médico prescribió

Liahona Marzo 2017
Justo lo que el médico prescribió
Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia

El arrepentimiento es una receta, no un castigo.

Hand holding bottle

Detesto ir al médico. Siempre me dan pavor las molestias, la espera, los pinchazos y que me digan: “tranquila”… Cuando era muy pequeña, pensaba que las enfermeras y los médicos no eran más que personas malvadas que creían que yo era una almohadilla para agujas; pero al ir creciendo comprendí que no eran malos: estaban ayudando. Casi siempre me sentía mejor después de ir a verlos. No importa cuán aburrida fuera la sala de espera, cuánto gritara cuando me pinchaban o cuánto me desilusionara cuando el médico me decía que debía guardar cama; al final, siempre valía la pena.

En ocasiones, el arrepentimiento puede parecer algo así como una visita al médico.

¿Gozo o dolor?

En lugar de temblar al pensar en el terrible sabor de una medicina, o en afiladas agujas, ¿te estremeces al escuchar las expresiones “me martirizaba un tormento eterno”, “atormentado con las penas del infierno” y “la hiel de amargura”? (véase Alma 36:12–18). Así es como Alma describió el comienzo de su arrepentimiento, ¿no es así?

Después de que el ángel se apareciera a Alma y a los hijos de Mosíah, Alma recordó todos sus pecados, y vio cómo se había rebelado contra Dios. Se sentía tan desdichado que deseaba poder ser “aniquilado en cuerpo y alma” (Alma 36:15). ¡Ay! Eso hace que los pinchazos del médico casi parezcan una caricia. Así pues, ¿por qué seguiría Alma trabajando “sin cesar para traer almas al arrepentimiento”? (Alma 36:24). ¿Por qué querría que otras personas experimentaran algo que había sido tan doloroso para él?

Tal vez sea por lo que sucedió a continuación.

Él recordó a su Salvador, Jesucristo.

“… clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí…!

“Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

“Y, ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:18–20; cursiva agregada). Alma descubrió que, aun cuando es difícil e incluso doloroso enfrentarnos a nuestros pecados, el gozo que experimentamos después hace que valga la pena. El gozo que él sintió fue más intenso y dulce que cualquier cosa que había sentido antes (véase Alma 36:21).

Nada que temer

Si las personas se estremecen al pensar en el arrepentimiento, tal vez sea porque se centran en la parte dolorosa. A menudo el arrepentimiento requiere tiempo y, en ocasiones, reparar los daños requiere mucha humildad y trabajo duro, pero el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “… el arrepentimiento no es un castigo; es el sendero de esperanza que lleva a un glorioso futuro”1. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo llama “la dulce bendición del arrepentimiento”2. En otras palabras, no hay razón para temer o evitar ningún aspecto del arrepentimiento. No importa cuán difícil sea hacer frente a nuestros pecados y repararlos, el poder sanador del Salvador, mediante Su expiación, estará siempre ahí para ayudarnos, y el gozo que sintamos sobrepasará y eclipsará por completo cualquier sentimiento de dolor, vergüenza o pesar que hayamos podido tener antes.

Por tu propio bien

¿Sabes lo que significa la expresión Primum non nocere? Si eres médico, probablemente sí. Primum non nocere en latín significa “Lo primero es no hacer daño”. Es un principio rector para todos los profesionales médicos, una promesa que hacen. Eso no significa que prometan no causar nunca dolor, sino que todo lo que hagan será siempre por el bienestar de sus pacientes.

¿Crees que Dios y Jesucristo hacen algunas promesas como esta? ¡Claro que sí! Solo tienes que echar un vistazo a Isaías 1:18; Isaías 41:13; Romanos 8:28 y 3 Nefi 13:14. (En serio, léelos. ¡Y estos son solo unos pocos!). La diferencia es que los humanos a veces pueden cometer errores. Pero Jesucristo y el Padre Celestial son perfectos, por lo que puedes estar absolutamente seguro de que todo lo que Ellos requieran de ti será por tu propio bien. Siempre. De modo que, cuando Dios prescriba una dosis de arrepentimiento, es porque Él sabe que ello bendecirá tu vida. El arrepentimiento no es un castigo. Es sanación; es vencer la debilidad; es desechar al hombre natural y apartarse del pecado a fin de volverse a Dios.

“Acepten la expiación de Jesucristo y el arrepentimiento como cosas que se deben apreciar y poner en práctica siguiendo las indicaciones del Gran Médico”, dijo el élder Jörg Klebingat, de los Setenta. “Establezcan una actitud de arrepentimiento gozoso, feliz y continuo al hacer que sea un estilo de vida de su elección”3.

Cuando el Gran Médico, Jesucristo, te extienda una prescripción para el arrepentimiento, no permitas que el temor al dolor o la humillación se interpongan en tu camino. Confía en Sus promesas de que, aunque tal vez duela un breve momento, con grandes misericordias Él te recogerá (véase 3 Nefi 22:7) y, tal como Alma, serás lleno de un gozo tan profundo como lo haya sido tu dolor (véase Alma 36:19–20).

Notas

1. Richard G. Scott, “Fortaleza personal por medio de la expiación de Jesucristo”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 84.
2. Russell M. Nelson, “El arrepentimiento y la conversión”, Liahona, mayo de 2007, pág. 104; cursiva agregada.
3. Jörg Klebingat, “Acerquémonos al trono de Dios con confianza”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 36.

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Palabras de clausura

Conferencia General Octubre 2006
Palabras de clausura
Presidente Gordon B. Hinckley

Dejamos con ustedes nuestro amor y nuestra bendición. Que el Espíritu del Señor more en sus hogares.

Mis amados hermanos y hermanas, qué milagro son estas conferencias. No hay nada en el mundo con lo cual se comparen. El pensar que estamos reunidos aquí en este gran salón de conferencia y que lo que decimos se transmite por todo el mundo para que las personas de cada continente adoren juntas al Dios viviente, en verdad es un maravilloso milagro. Todos los que han tomado la palabra lo han hecho muy bien. Ojalá hubiese habido tiempo para oír a todas las Autoridades Generales. Lamentablemente, no ha sido posible. Los representantes de las organizaciones auxiliares nos han inspirado con sus mensajes.

Las oraciones nos han inspirado del mismo modo. La música ha sido simplemente magnífica.

Estamos tan agradecidos por este formidable Centro de Conferencias, este gran salón donde nos reunirnos, y por la tecnología que ha permitido que nuestras palabras se transmitan por toda la tierra a nuestros miembros en muchas tierras y en diversos climas.

Ojalá hubiese paz en la tierra, y rogamos constantemente para que la haya.

Ahora, nuestros amados compañeros, dejamos con ustedes nuestro amor y nuestra bendición. Que el Espíritu del Señor more en sus hogares y que el amor reine en sus relaciones familiares.

Rogamos por esto, al despedirnos de ustedes durante otros seis meses, en el sagrado y santo nombre de nuestro Redentor, y con ustedes dejamos nuestro amor y nuestra bendición, en Su nombre, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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La fe, el servicio y la constancia

Conferencia General Octubre 2006
La fe, el servicio y la constancia
Élder David S. Baxter
De los Setenta

Al cultivar nuestra fe, al progresar por conducto del servicio, y al permanecer constantes y fieles, pase lo que pase, sentiremos el amor del Salvador.

Hace treinta y nueve años, dos misioneros del Señor llamaron a la puerta de la vivienda de mi familia en Glasgow, Escocia. Su inteligencia, humildad y fe nos conmovieron profundamente. Siempre que estaban en casa sentíamos amor y paz; era un sentimiento de absoluta bondad.

Su enseñanza era personal, sincera y nos resultaba familiar. Sencillamente sentimos que era verdad, y unas semanas más tarde fuimos bautizados y confirmados; los miembros y los líderes de nuestra nueva familia de la Iglesia nos acogieron de inmediato con amistad y amabilidad.

Así comenzó nuestro trayecto en el Evangelio, el cual ha enriquecido y bendecido cada aspecto de nuestra vida, dándonos un objetivo y una guía profundos, perdurables y de tranquilidad. Hoy compartiré tan sólo tres principios básicos del Evangelio que se aprenden a lo largo del camino, con la esperanza de que sean de ayuda para los nuevos miembros de la Iglesia.

El primero es el poder motivador y transformador de la fe en Jesucristo, que es como oxígeno espiritual. Cuando permitimos que la fe fluya libremente en nosotros, ésta despierta y aviva nuestros sentidos espirituales e infunde vida a nuestra alma.

A medida que la fe fluye, llegamos a estar sensiblemente en armonía con los susurros del Espíritu; nuestra mente se ilumina, nuestro pulso espiritual se acelera y nuestro corazón se enternece.

La fe alimenta la esperanza. Nuestra perspectiva cambia; nuestra visión se aclara; empezamos a buscar lo mejor, y no lo peor, en la vida y en los demás. Adquirimos un sentido más profundo del propósito y del significado de la vida; la desesperación da paso al regocijo.

Dicha fe es un don del cielo, pero puede buscarse y cultivarse. Como se indica en el diccionario bíblico en inglés, a menudo: “La fe se aviva al escuchar el testimonio de los que tienen fe” 1 . Después, la fe se nutre a medida que nos permitimos creer. Como todas las demás virtudes, la fe se fortalece cuando se ejerce, a medida que vivimos y actuamos como si nuestra fe ya fuera profunda. La fe es el resultado del deseo justo, de la creencia y de la obediencia.

Eso se manifiesta en el Libro de Mormón, en el ejemplo del padre del rey Lamoni, que oyó el testimonio de Aarón y estuvo dispuesto a creer y a actuar, lo cual lo condujo a decir en humilde oración: “Si hay un Dios, y si tú eres Dios, ¿te darías a conocer a mí?, y abandonaré todos mis pecados para conocerte” 2 .

Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros si permitimos que el espíritu de testimonio nos conmueva, si creemos, si deseamos, si meditamos y si buscamos: si cultivamos nuestra fe.

Segundo, progresamos cuando servimos. El presidente George Albert Smith enseñó: “Lo que embellece nuestra vida no es lo que recibimos sino lo que damos” 3 . Seguir leyendo

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La primera generación

Conferencia General Octubre 2006
La primera generación
Élder Paul B. Pieper
De los Setenta

Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas.

Hace varios días, mientras conversábamos sobre los discursos durante una comida familiar, Clarissa, nuestra hija de trece años, que estaba preparando un discurso para la reunión sacramental de nuestra rama en Moscú, manifestó cierta inquietud. Le aseguré que todo iba a estar bien y le expresé mi propia inquietud diciéndole que por lo menos ella no tendría que hablar ante miles de personas en la conferencia general. Clarissa, por su parte, me tranquilizó y aconsejó diciendo: “Todo saldrá bien, papá. Tú sólo imagínate que es una rama grande”. Hermanos y hermanas, en verdad ustedes son una rama muy grande.

He decidido dirigir mis palabras de esta mañana a los que son la primera generación de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a ustedes que son los primeros de su familia en escuchar y abrazar el mensaje de que el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en la tierra en nuestros días y que contamos con profetas, videntes y reveladores. Ustedes fueron humildes, ejercieron la fe, se arrepintieron de todos sus pecados, tomaron sobre sí el nombre de Jesucristo a través del bautismo por inmersión y recibieron el Espíritu Santo 1 . Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas 2 .

No siempre es fácil pertenecer a la primera generación de miembros de la Iglesia. Tendrán que caminar por donde nadie de su familia ha caminado antes. Las situaciones a su alrededor pueden ser difíciles. Quizás tengan pocos o ningún amigo o familiar que les comprenda y les dé su apoyo. En ocasiones pueden sentirse desalentados y se preguntarán si todo esto vale la pena. Mi propósito en esta mañana es confirmarles que sí.

Aquéllos de ustedes que son la primera generación de miembros ocupan un lugar especial e importante en la Iglesia y en sus respectivas familias. ¿Sabían ustedes que los miembros de primera generación suponen más de la mitad de los miembros de la Iglesia? 3 Tal vez, desde el comienzo de la Iglesia, la primera generación de miembros no haya constituido un porcentaje tan grande del total de miembros de la Iglesia como en la actualidad. Su fe y sus testimonios son una gran fortaleza y una bendición para otros miembros. Por medio de ustedes, nosotros obtenemos una comprensión más profunda de los principios del Evangelio y nuestros testimonios se fortalecen. Seguir leyendo

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El templo tiene que ver con las familias

Conferencia General Octubre 2006
El templo tiene que ver con las familias
Élder Richard H. Winkel
De los Setenta

Al ir al templo, amarán a su familia con un amor más profundo del que jamás hayan sentido.

Como acaba de mencionar, el presidente Gordon B. Hinckley dedicó el templo número 123 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Sacramento, California. Ese hermoso templo presta servicio a más de 80.000 maravillosos y entusiastas miembros de la Iglesia de Sacramento y sus alrededores. Lo visitaron más de 168.000 personas en el transcurso de la recepción al público a quienes se les dijo que los miembros pueden acercarse más al Salvador Jesucristo en esos magníficos edificios que en cualquier otra parte del mundo. Nuestros miembros saben que, mediante el Señor, pueden sentir la paz y la esperanza que les sustentará a ellos y a sus familias en el mundo atribulado de hoy.

Al ir al templo, amarán a su familia con un amor más profundo del que jamás hayan sentido. El templo tiene que ver con las familias. A medida que mi esposa Karen y yo redoblamos nuestro servicio en el templo, nuestro amor mutuo y el amor que sentimos por nuestros hijos han aumentado. Y eso no es todo: ese amor se extiende a nuestros padres, hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, nuestros antepasados y, en especial, a nuestros nietos. Ése es el espíritu de Elías, el espíritu de la obra de historia familiar que, inspirado por el Espíritu Santo, hace volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Gracias al sacerdocio, el esposo y la esposa se sellan el uno al otro y los hijos se sellan a sus padres por la eternidad, de modo que la familia es eterna y no se separará al morir.

Cuando mi esposa y yo éramos jóvenes padres con niños pequeños en casa, los desafiamos a memorizar los Artículos de Fe. El premio, o recompensa, por memorizarlos todos era una velada con papá. Estábamos muy complacidos porque los tres mayores cumplieron con el desafío. Cuando nuestro hijo de siete años memorizó los trece Artículos de Fe, nos sentamos para elegir una noche y una actividad que pudiésemos realizar juntos. Yo estaba tan ocupado con el trabajo, los compromisos sociales y las responsabilidades de la Iglesia que no podía fijar una noche para salir con mi hijo hasta dos semanas después. Él se sentía sumamente desilusionado.

Sin embargo, averigüé que en la ciudad donde vivíamos había una bolera, o cancha de bolos, que permanecía abierta toda la noche. De inmediato elegimos una fecha y decidimos iniciar la actividad a las cinco de la mañana. El plan era levantarnos a las cuatro, desayunar e irnos.

Cuando llegó el día, sentí que alguien me tocaba el hombro muy de madrugada y mientras intentaba abrir los ojos, oí la voz de mi hijo que decía: “¿Ya es la hora, papi?”. Miré el despertador y ¡sólo eran las dos de la mañana! Seguir leyendo

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