Conferencia General Octubre 2007 Testigos de las Escrituras
Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Las Escrituras de la Restauración no compiten con la Biblia, sino que la complementan.
Expresamos amor y admiración al presidente Henry B. Eyring, al élder Quentin L. Cook y al élder Walter F. González y rogamos que las bendiciones del Señor los acompañen en sus nuevos llamamientos.
Expresamos sentimientos sinceros de gratitud a cada uno de ustedes, hermanos y hermanas. Sus ejemplos de servicio y compasión están recibiendo mucha atención por todo el mundo. Al mismo tiempo, muchos se preguntan en cuanto a la historia y las doctrinas de esta Iglesia; entre esos críticos están los que ponen en tela de juicio el Libro de Mormón 1 .
La indiferencia hacia el Libro de Mormón o hacia cualquier otra Escritura sagrada me preocupa profundamente. Al tratar esa preocupación, he intitulado mis comentarios “Testigos de las Escrituras”.
Definiciones
Definiré el término escrituras en lo que respecta a la Biblia y a las Escrituras de la Restauración 2 . Los miembros de la Iglesia “creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios” 3 . Las Escrituras de la Restauración también incluyen Doctrina y Convenios, así como La Perla de Gran Precio.
En el diccionario se define el sustantivo testigo como una “atestación” de un hecho o acontecimiento, o sea, un testimonio 4 . El término testigo encierra especial significado cuando se aplica a la palabra de Dios. En la Biblia leemos esta importante declaración: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” 5 . Esto asegura a los hijos de Dios que a las doctrinas divinas las ratifica más de un testigo de las Escrituras.
Las Escrituras testifican de Jesucristo
Tanto la Biblia como el Libro de Mormón son testigos de Jesucristo; enseñan que Él es el Hijo de Dios, que vivió una vida ejemplar, que expió por toda la humanidad, que murió en la cruz y se levantó de nuevo como el Señor resucitado. En ellas se enseña que Él es el Salvador del mundo.
Los testigos de las Escrituras se corroboran el uno al otro. Este concepto se explicó hace mucho tiempo cuando un profeta escribió que el Libro de Mormón se había escrito “con el fin de que creáis [la Biblia]; y si creéis en [la Biblia], también creeréis en [el Libro de Mormón]” 6 . En cada libro se hace mención del otro; cada libro es evidencia de que Dios vive y de que habla a Sus hijos mediante revelación a Sus profetas 7 .
El amor por el Libro de Mormón expande el amor que uno siente por la Biblia y viceversa. Las Escrituras de la Restauración no compiten con la Biblia, sino que la complementan. Estamos en deuda con mártires que dieron su vida para que pudiésemos tener la Biblia, la cual establece la naturaleza eterna del Evangelio y del plan de felicidad. El Libro de Mormón restaura y recalca doctrinas bíblicas como el diezmo 8 , el templo 9 , el día de reposo 10 y el sacerdocio 11 .
Un ángel proclamó que el Libro de Mormón 12 establecería la verdad de la Biblia 13 . También reveló que los escritos de la Biblia que tenemos hoy en día no están tan completos como cuando fueron originalmente escritos por profetas y apóstoles 14 . Declaró que el Libro de Mormón restauraría cosas claras y preciosas que se habían quitado de la Biblia 15 .
Una profecía del Libro de Mormón advirtió que algunas personas se opondrían al concepto de tener escrituras adicionales. A aquellos que piensan que “no [necesitan] más Biblia” 16 , consideren este consejo que Dios ha dado:
“¿No sabéis que hay más de una nación? ¿No sabéis que yo, el Señor vuestro Dios, he creado a todos los hombres… y que gobierno arriba en los cielos y abajo en la tierra; y manifiesto mi palabra a los hijos de los hombres, sí, sobre todas las naciones de la tierra?
“… ¿No sabéis que el testimonio de dos naciones os es un testigo de que yo soy Dios, que me acuerdo tanto de una nación como de otra? Por tanto, hablo las mismas palabras, así a una como a otra nación. Y… el testimonio de las dos se juntará también” 17 .
El relato de las Escrituras sobre Jesucristo es en verdad acerca de lo que ocurrió en dos hemisferios 18 . Mientras en el hemisferio oriental María y José hacían los preparativos para el nacimiento del santo niño en Belén 19 , Nefi, en el occidental, recibía instrucción del Mesías preterrenal. El Señor dijo a Nefi: “…sé de buen ánimo… mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho declarar por boca de mis santos profetas” 20 .
A los que dudan de ese segundo testigo —el Libro de Mormón— el Señor amonestó: “…por haber tratado ligeramente las cosas que habéis recibido… permanecerán bajo… condenación hasta que se arrepientan y recuerden… el Libro de Mormón y los mandamientos anteriores que les he dado [la Biblia, y obran] de acuerdo con lo que he escrito” 21 .
El Señor dio otras Escrituras de la Restauración 22 y declaró que esas palabras también se cumplirán 23 . Con esos testigos de las Escrituras, las doctrinas falsas serán confundidas 24 . Con esos testigos de las Escrituras, las doctrinas de la Biblia no sólo se corroboran sino que se aclaran. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos.
Tal como observó el élder Ballard en esta sesión, varios asuntos que van en contra de la opinión general actual han atraído mayor atención a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El Señor dijo a los de la antigüedad que esta obra de los últimos días sería “un prodigio grande y espantoso” 1 , y lo es. Pero aun cuando invitamos a todos a examinar más detenidamente el prodigio de todo ello, hay algo de lo que no quisiéramos que nadie se espantara o dudara: de si somos o no “cristianos”.
Por lo general, cualquier controversia que ha surgido sobre ese asunto, se ha centrado en dos puntos de doctrina: nuestro punto de vista de la Trinidad y nuestra creencia en el principio de la revelación continua, que conduce a un canon de Escrituras abierto. Al tratar este asunto, no es necesario que contendamos para defender nuestra fe, pero no queremos que se nos malinterprete. De modo que a fin de aumentar el entendimiento y declarar sin lugar a dudas nuestro cristianismo, hoy hablaré en cuanto al primero de esos dos asuntos de doctrina que he mencionado.
El primero y más importante artículo de fe de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” 2 . Creemos que esas tres personas divinas que constituyen una sola Trinidad están unidas en propósito, en su modo de ser, en testimonio, en misión. Creemos que poseen el mismo sentido divino de misericordia y amor, justicia y gracia, paciencia, perdón y redención. Creo que es acertado decir que creemos que son uno en todo aspecto significativo y eterno que se podría imaginar, excepto en que son tres personas combinadas en una sustancia, concepto trinitario que nunca se expuso en las Escrituras porque no es verdadero.
De hecho, nada menos que el prestigioso diccionario Harper’s Bible Dictionary hace constar que “la doctrina formal de la Trinidad, según la definieron los grandes consejos eclesiásticos de los siglos cuarto y quinto, no se encuentra en ninguna parte del [Nuevo Testamento]” 3 .
De modo que cualquier crítica de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no comparte el actual punto de vista cristiano en cuanto a Dios, Jesús y el Espíritu Santo, no es un comentario que tiene que ver con nuestra dedicación a Cristo, sino que más bien es un reconocimiento (exacto, diría yo), de que nuestra opinión de la Trinidad no es compatible con la historia cristiana posterior al Nuevo Testamento, sino que vuelve a la doctrina que Jesús mismo enseñó. Ahora bien, tal vez sea de provecho hacer un comentario sobre esa historia posterior al Nuevo Testamento.
En el año 325 d. de C., el emperador romano Constantino convocó el Concilio de Nicea para tratar —entre otras cosas— el asunto que se hacía cada vez mayor sobre la supuesta “trinidad en la unidad” de Dios. Lo que resultó de los argumentos contenciosos de clérigos, filósofos y dignatarios eclesiásticos se llegó a conocer (después de otros 125 años y tres grandes consejos más) 4 como el Credo de Nicea, con redacciones posteriores como el Credo de Atanasio. Estas diversas evoluciones y versiones de credos —y otras que se han creado a lo largo de los siglos— declaraban que Padre, Hijo y Espíritu Santo eran abstractos, absolutos, trascendentes, inmanentes, consustanciales, coeternos, incomprensibles, sin cuerpo, partes ni pasiones, que moran fuera del tiempo y el espacio. En esos credos, los tres miembros son personas distintas, pero constituyen un solo ser, lo que suele considerarse como el “misterio de la trinidad”. Son tres personas distintas, sin embargo, no son tres Dioses, sino uno. Las tres personas son incomprensibles, es decir, es un Dios que es incomprensible.
Estamos de acuerdo con nuestros críticos en por lo menos ese punto: de que ese concepto de la divinidad es en verdad incomprensible. Con la confusa definición de Dios que se le impone a la iglesia, con razón un monje del siglo cuarto exclamó: “¡Ay de mí! Me han quitado a mi Dios… y no sé a quién adorar o a quién dirigirme” 5 . ¿Cómo habremos de confiar, amar y adorar, e incluso tratar de emular a un Ser que es incomprensible e impenetrable? ¿Cómo habremos de entender la oración de Jesús a Su Padre Celestial de que “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”? 6 .
Nuestra intención no es degradar las creencias de ninguna persona ni la doctrina de ninguna religión. Extendemos a todos el mismo respeto por su doctrina que pedimos para la nuestra. (Ése también es un artículo de nuestra fe.) Pero si una persona dice que no somos cristianos porque no tenemos un concepto del cuarto o quinto siglo con respecto a la Trinidad, ¿entonces qué sería de aquellos primeros santos cristianos, muchos de los cuales fueron testigos oculares del Cristo viviente, que tampoco tenían ese punto de vista? 7
Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos, teniendo como claros ejemplos de ello la gran Oración Intercesora del Salvador que se acaba de mencionar, Su bautismo de manos de Juan, la experiencia en el Monte de la Transfiguración, y el martirio de Esteban, siendo éstos sólo cuatro ejemplos.
Con estas fuentes del Nuevo Testamento y otras 8 que resuenan en nuestros oídos, tal vez sería innecesario preguntar qué quiso decir Jesús cuando dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” 9 . En otra ocasión dijo: “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” 10 . De los que se oponían a Él, dijo: “…han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” 11 . Está también la respetuosa sumisión a Su Padre, por lo que Jesús dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios” 12 . “…el Padre mayor es que yo” 13 . Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 No apaguen el Espíritu que vivifica al hombre interior
Élder Keith K. Hilbig
De los Setenta
Cuando invitamos al Espíritu Santo a llenar nuestras mentes de luz y conocimiento, Él “nos vivifica”, es decir, ilumina y vigoriza tanto al hombre como a la mujer interior.
En 1 Tesalonicenses, capítulo 5, Pablo instó a los miembros a conducirse de manera apropiada para los santos, y luego procedió a enumerar los atributos y la conducta adecuados. En el versículo 19, Pablo impartió consejo con estas cuatro palabras sencillas: “No apaguéis al Espíritu”.
Curiosamente, 500 años antes de los escritos de Pablo, un profeta del Libro de Mormón llamado Jacob trató de enseñar el evangelio de Jesucristo a un pueblo reacio. De manera contundente, preguntó:
“¿Rechazaréis las palabras de los profetas;… y negaréis la buena palabra de Cristo… y el don del Espíritu Santo, y apagaréis el Santo Espíritu…?” 1 .
En nuestros días, muchos siglos después de Pablo y de Jacob, nosotros también debemos tener cuidado de no obstaculizar, despreciar, ni apagar al Espíritu en nuestra vida.
Las atrayentes incitaciones del mundo tratan de desviar nuestra atención del sendero estrecho y angosto. El adversario se empeña en entorpecer nuestra sensibilidad a las impresiones del Espíritu, ya sea que seamos adolescentes, jóvenes adultos u hombres y mujeres maduros. La función del Espíritu Santo es fundamental en cada etapa de nuestra vida terrenal.
Desde el principio, el Padre ha prometido a cada uno de sus hijos e hijas espirituales que, por medio de la expiación y de la resurrección de Su Hijo Amado, todos podremos regresar a Su presencia y heredar las bendiciones de la vida eterna en el más alto grado del reino celestial.
Cada uno de nosotros sabía que el camino a la exaltación sería largo, extenuante y algunas veces solitario, pero también sabíamos que no viajaríamos solos. El Padre Celestial concede un compañero y guía a todo el que cumpla con los requisitos de la fe, del arrepentimiento y del bautismo: el Espíritu Santo.
El camino hacia la vida eterna no está en un terreno llano, sino en uno ascendente, y se dirige siempre hacia adelante y hacia arriba; por consiguiente, se requieren entendimiento y energía espirituales en constante aumento para llegar a nuestro destino. Puesto que la oposición perjudicial de Satanás continúa, la guía constante e inspiradora del Espíritu Santo es absolutamente necesaria. No nos atrevemos a obstaculizar, a pasar por alto, a despreciar ni a apagar los susurros del Espíritu Santo; sin embargo, en lo referente a aprovechar las impresiones y bendiciones que derivan del Espíritu Santo, a menudo “vivimos muy por debajo de nuestros privilegios” 2 . Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 De las cosas pequeñas
Élder Michael Teh
De los Setenta
Como discípulos del Señor Jesucristo, tenemos la responsabilidad de cuidar y prestar servicio a nuestros hermanos y hermanas.
Mabuhay de parte de la cordial y maravillosa gente de las Filipinas.
Curiosamente, una de las preguntas más antiguas y profundas de la historia de esta tierra la hizo Caín al responder a la que Dios le formuló después de que mató a su hermano Abel: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” 1 . Esta pregunta merece seria reflexión de parte de los que buscan hacer la voluntad de Dios. Una de las respuestas se encuentra en las enseñanzas de Alma:
“Y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;
“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo…” 2 .
Como discípulos del Señor Jesucristo, tenemos la responsabilidad de cuidar y prestar servicio a nuestros hermanos y hermanas. Al relatar la parábola del buen samaritano, Jesucristo no sólo confundió a sus enemigos, sino que también enseñó una gran lección a todos aquellos que procuraban seguirle. Debemos agrandar el círculo de nuestra influencia; nuestro servicio a otras personas debe ser independiente de la raza, del color, de la posición o el parentesco. Después de todo, el mandamiento de “socorr[er] a los débiles, levant[ar] las manos caídas y fortalec[er] las rodillas debilitadas” 3 no tiene excepciones.
Muchos creen que para que el servicio sea significativo, éste debe consistir en tener planes minuciosos y en formar un comité. Aunque muchos de esos valiosos proyectos ayudan, gran parte del servicio que se necesita en el mundo de hoy se relaciona con la asociación diaria de unos con otros. Con frecuencia, encontramos esas oportunidades dentro de los límites de nuestra casa, vecindario o barrio.
En el siguiente consejo que dio Escrutopo a su sobrino Orugario en la novela “Cartas del diablo a su sobrino”, de C. S. Lewis, se describe un mal común que aqueja a muchos de nosotros en la actualidad:
“Hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria” 4 .
La letra de un himno muy conocido nos recomienda el remedio perfecto:
“¿He hecho ligera la carga de él
porque un alivio le di?
¿O acaso al pobre logré ayudar?
¿Mis bienes con él compartí?
¡Alerta! Y haz algo más
que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición” 5 .
He tenido el privilegio de ser testigo de los acontecimientos que mencionaré a continuación, los cuales me han enseñado cómo los sencillos actos de servicio nos ayudan a nosotros y a aquellas personas en quienes se nos permite influir.
Nuestro Padre Celestial pone a personas amorosas en medio de nuestras encrucijadas para que no andemos solos a tientas en la oscuridad. Esos hombres y mujeres nos ayudan por medio de su ejemplo, y con paciencia y amor; ésa ha sido mi experiencia.
Recuerdo una encrucijada particularmente importante: la decisión de servir una misión de tiempo completo. Estuve en esa encrucijada por mucho, mucho tiempo. Mientras me debatía sobre qué camino tomar, mi familia, y mis amigos y líderes del sacerdocio me tomaron de la mano, me alentaron, me instaron y ofrecieron innumerables oraciones por mí. Mi hermana, que servía una misión de tiempo completo, me escribió regularmente y nunca se dio por vencida.
Hasta el día de hoy, sigo recibiendo apoyo de buenos hombres y mujeres. Imagino que todos lo recibimos; hasta cierto punto, todos dependemos de otras personas para regresar a nuestro hogar celestial.
Compartir el mensaje del Evangelio es una de las maneras más gratificantes de prestar servicio a las personas que no son de nuestra fe. Recuerdo una experiencia de mi niñez con alguien a quien llamaré tío Fred.
Cuando tenía seis años, el tío Fred era mi peor pesadilla. Era nuestro vecino y siempre estaba borracho; uno de sus pasatiempos favoritos era tirar piedras a nuestra casa.
Mi madre era muy buena cocinera, así que los miembros adultos solteros de nuestra pequeña rama venían a casa con frecuencia. Un día, cuando el tío Fred estaba sobrio, los miembros entablaron amistad con él y lo invitaron a entrar a casa. Eso me aterrorizó, pues ahora no sólo estaba fuera de la casa, sino adentro. Eso sucedió algunas veces más hasta que finalmente convencieron al tío Fred de que escuchara a los misioneros. Él aceptó el Evangelio y se bautizó; sirvió una misión de tiempo completo, regresó con honor, estudió una carrera y se casó en el templo; ahora es un recto esposo, padre y líder del sacerdocio. Al mirar hoy al tío Fred, resultaría muy difícil creer que alguna vez le causó pesadillas a un niño de seis años. Espero que siempre percibamos las oportunidades de compartir el Evangelio.
Mi madre fue un gran ejemplo de brindar ayuda a los demás al darles lo que necesitaban. Nos enseñó muchas lecciones importantes, pero la que ha tenido mayor impacto en mi vida ha sido el deseo que ella tenía de ayudar a cualquier persona que viniera a casa y estuviera necesitada. Me molestaba ver a muchas de ellas irse con nuestra comida, ropa y aun con nuestro dinero. Como yo era joven y no teníamos dinero, me disgustaba lo que pasaba. ¿Cómo podía darles a los demás cuando nuestra familia no tenía lo suficiente? ¿Estaba mal ocuparse de nuestras necesidades primero? ¿No merecíamos una vida más cómoda?
Por años me debatí con esas preguntas; pero mucho después, me di cuenta finalmente de lo que mi madre nos estaba enseñando. Incluso al luchar contra las secuelas de una enfermedad que la incapacitaba, ella no podía dejar de dar a los necesitados.
“Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” 6 . No es necesario que el servicio a los demás provenga de acontecimientos espectaculares; a menudo es un sencillo hecho diario el que trae consuelo, levanta el ánimo, alienta, da apoyo y hace que aparezca una sonrisa en los demás.
Es mi oración que siempre encontremos oportunidades de servir. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Génesis 4:9; Moisés 5:34.
2. Mosíah 18:8–9.
3. D. y C. 81:5.
4. Obras completas de C. S. Lewis, Carta VI.
5. “¿He hecho hoy un bien?”, Himnos, Nº 141.
6. D. y C. 64:33.
Conferencia General Octubre 2007 Predicad Mi Evangelio: La herramienta unificadora entre miembros y misioneros
Élder Erich W. Kopischke
De los Setenta
Los misioneros y los miembros deben… ser uno en nuestra labor de proclamar el Evangelio
No hace mucho, invitamos a dos misioneras a almorzar. Después de comer, les pedimos que dejasen con nosotros un pensamiento espiritual. Estaban bien preparadas y nos presentaron una actividad para leer y marcar las Escrituras. Habían llevado consigo un ejemplar nuevo del Libro de Mormón y un juego de lápices de colores. Aceptamos la invitación y, desde entonces, la lectura diaria de las Escrituras en familia del Libro de Mormón ha cambiado. En cada capítulo, marcamos con diferentes colores los pasajes que hablan de Jesucristo a medida que los encontramos. Ese pequeño ejercicio siempre nos hace recordar a las misioneras.
Cuando nos presentaron esa actividad, de inmediato la reconocimos como una actividad de estudio de las Escrituras que se recomienda en Predicad Mi Evangelio. Como familia, estamos muy agradecidos por esta magnífica y poderosa herramienta misional.
En los últimos tres años, los misioneros han estado utilizando Predicad Mi Evangelio por todo el mundo y, en verdad, eso ha revolucionado la obra misional. La gran visión del presidente Hinckley se está llevando a cabo: los misioneros “domina[n] los conceptos de las lecciones” y “[los enseñan] en sus propias palabras bajo la guía del Santo Espíritu” (“El servicio misional”, Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, 11 de enero de 2003, pág. 21).
Al entregarse de lleno a Predicad Mi Evangelio, los misioneros aprenden y ponen en práctica doctrinas y principios importantes que les permiten ser más capaces en su valioso servicio. A pesar de eso, siguen necesitando toda nuestra ayuda y apoyo. Únicamente juntos podemos cumplir con el gran mandato que se ha dado a los Apóstoles antiguos y modernos: “Id por todo el mundo y predicad mi evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).
Para alcanzar el éxito en esa labor, debemos ser uno con los misioneros y debemos entendernos unos a otros. ¿Entienden ustedes siempre a los misioneros? No me refiero al idioma, sino a cómo efectúan la obra misional. Los vemos y observamos al invitar a las personas a escuchar su mensaje; enseñan los principios del Evangelio e invitan a aquellos que están interesados a cambiar su vida, a bautizarse y a ser confirmados miembros de la Iglesia.
Si deseamos entender y ayudar a nuestros misioneros, debemos tener fe, tal como ellos la tienen, debemos pensar como ellos piensan y sentir lo que ellos sienten. ¿Cómo podemos lograrlo?
Una manera importante, por supuesto, es estar con los misioneros y observar lo que hacen; pero otra manera es familiarizarnos con Predicad Mi Evangelio y aprender más de la obra misional. Desde que el presidente McKay dijo: “Todo miembro un misionero” (en Conference Report, abril de 1959, pág. 122), los miembros se han estado esforzando por ser más activos en dar a conocer el Evangelio. En Predicad Mi Evangelio, tenemos una maravillosa guía para ayudarnos a responder mejor a esa invitación. Nuestro estudio personal de Predicad Mi Evangelio no sólo nos ayudará a desarrollar un mayor entendimiento y aprecio por nuestros misioneros, sino que también nos ayudará en nuestra vida cotidiana.
Cada miembro de nuestra familia tiene su propio ejemplar de Predicad Mi Evangelio. El estudio de esta guía es de gran ayuda para desarrollar un fuerte testimonio; nos ayuda a entender los principios fundamentales del Evangelio y a tener el deseo de prestar servicio. Permítanme un momento para hacer hincapié en algunos de los encabezamientos de Predicad Mi Evangelio (2004, III), y entenderán a lo que me refiero: Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 Un corazón quebrantado y un espíritu contrito
Élder Bruce D. Porter
De los Setenta
Los que tienen un corazón quebrantado y un espíritu contrito están dispuestos a hacer todo lo que Dios les pida.
¡Cuánto aprecio al élder Joseph B. Wirthlin! En 1899, el poeta Rudyard Kipling escribió al imperio británico la siguiente amonestación sobre el orgullo:
Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante tu sacrificio de antaño,
corazón compungido y humillado.
(“God of Our Fathers, Known of Old”, Hymns, Nº 80).
Al hacer referencia al corazón compungido como un “sacrificio de antaño”, es probable que Kipling haya pensado en las palabras del rey David, del Salmo 51: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; [el] corazón contrito y humillado” (versículo 17). Las palabras de David demuestran que desde la época del Antiguo Testamento, los del pueblo del Señor ya entendían que debían entregar sus corazones a Dios, que solamente las ofrendas de holocausto no eran suficientes.
Los sacrificios que fueron ordenados en la dispensación de Moisés eran una representación simbólica del sacrificio expiatorio del Mesías, que era el único que podía reconciliar al hombre pecador con Dios, tal como lo enseñó Amulek: “Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio… el Hijo de Dios” (Alma 34:14).
Después de Su resurrección, Jesucristo declaró al pueblo del Nuevo Mundo:
“…vuestros sacrificios y vuestros holocaustos cesarán, porque no aceptaré ninguno de [ellos]…
“Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado… lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo…” (3 Nefi 9:19–20).
¿Qué son un corazón quebrantado y un espíritu contrito? ¿Y por qué se consideran un sacrificio?
Como en todas las cosas, la vida del Salvador nos ofrece el ejemplo perfecto: A pesar de que Jesús de Nazaret era sin pecado, vivió con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tal como lo demuestra por medio de Su sumisión a la voluntad del Padre. “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38); dijo a Sus discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Y cuando llegó la hora de hacer el sacrificio final que formaba parte de la Expiación, Cristo no rehusó beber la amarga copa sino que se sometió totalmente a la voluntad de Su Padre. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 El gran mandamiento
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Cuando ayudamos al más pequeño de los hijos de nuestro Padre Celestial, lo ayudamos a Él.
Hermanos y hermanas, quisiera hacer una pregunta muy importante. ¿Qué cualidad nos define mejor como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días?
Hoy deseo hablar acerca de la respuesta a esa pregunta.
En el siglo I a. de C., los miembros de la creciente Iglesia en Corinto estaban entusiasmados con el Evangelio. Casi todos eran conversos recientes a la Iglesia; muchos habían llegado atraídos por la predicación del apóstol Pablo y de otras personas.
Sin embargo, los santos de Corinto también eran contenciosos y discutían entre ellos. Algunos se sentían superiores a los demás, y se llevaban a juicio los unos a los otros.
Cuando Pablo se enteró de eso, con un sentimiento de frustración les escribió una epístola suplicándoles que estuvieran más unidos. Les respondió muchas de las preguntas por las que habían estado discutiendo y al final de su misiva les dijo que deseaba mostrarles “un camino aún más excelente” 1 .
¿Recuerdan las palabras que escribió después?
“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe” 2 .
El mensaje de Pablo a este nuevo grupo de santos fue simple y directo: nada de lo que hagan tendrá gran influencia si no tienen caridad. Pueden hablar en lenguas, tener el don de profecía, entender todos los misterios y poseer toda ciencia, y aun cuando tengan la fe para mover montañas, si no tienen amor, de nada les sirve 3 .
“La caridad es el amor puro de Cristo” 4 . El Salvador ejemplificó ese amor y lo enseñó aún mientras lo atormentaban aquellos que lo odiaban y lo despreciaban.
En una ocasión, los fariseos intentaron tenderle una trampa a Jesús al preguntarle algo que parecía imposible de responder: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” 5 .
Los fariseos habían discutido muchas veces esa pregunta, y habían encontrado más de 600 mandamientos 6 . Si el ponerlos en orden de importancia había sido una labor sumamente difícil para los eruditos, seguramente pensaron que para el hijo de un carpintero de Galilea, la pregunta sería imposible de contestar.
Más cuando los fariseos oyeron Su respuesta, debieron haber quedado preocupados, pues ésta indicaba la gran flaqueza de ellos. Él respondió:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
“Este es el primero y grande mandamiento.
“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” 7 .
Desde aquel día, esa declaración inspirada se ha repetido a través de muchas generaciones; mas para nosotros, la medida de nuestro amor es la medida de la grandeza de nuestra alma.
Las Escrituras nos dicen que “si alguno ama a Dios, es conocido por él” 8 . Qué maravillosa promesa: ser conocido por Él. De pensar que el Creador del cielo y de la tierra podría conocernos y amarnos con un amor puro y eterno, se eleva nuestro espíritu.
En 1840, el profeta José envió una epístola a los Doce Apóstoles, en la cual les enseñó que “El amor es una de las características principales de la Deidad, y deben manifestarlo quienes aspiren a ser hijos de Dios. Un hombre lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo anheloso de bendecir a toda la raza humana” 9 .
Al amar a los que nos rodean, cumplimos con la otra mitad del gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” 10 .
Ambos mandamientos son necesarios, ya que al sobrellevar los unos las cargas de los otros, cumplimos con la ley de Cristo 11 .
El amor es el comienzo, la mitad y el final del sendero de un discípulo; el cual consuela, aconseja, cura y reconforta, y nos guía a través del valle de tinieblas y del velo de la muerte. Al final, el amor nos conduce a la gloria y a la grandeza de la vida eterna.
Para mí, el profeta José Smith siempre ha sido un ejemplo del amor puro de Cristo. Muchas personas preguntaron por qué él tenía tanta gente que le seguía y podía retenerlos, y su respuesta fue: “Es porque poseo el principio del amor” 12 .
Se cuenta el relato de un joven de catorce años que había llegado a Nauvoo en busca de un hermano suyo que vivía cerca de allí. El muchacho había llegado en invierno, sin dinero ni amigos. Al preguntar por su hermano, lo llevaron a una casa grande que se asemejaba a un hotel, donde conoció a un hombre que le dijo: “Pasa, hijo, nosotros cuidaremos de ti”.
El muchacho aceptó y entró en la casa, donde le dieron de comer, calor y un lecho donde dormir.
Al día siguiente hacía mucho frío, pero a pesar de ello, el muchacho se preparó para recorrer los 13 kilómetros que le separaban de su hermano.
Cuando el hombre de la casa lo vio, le dijo que aguardara un rato, pues no tardaría en llegar una diligencia que le podría llevar.
Cuando el jovencito manifestó que no tenía dinero, el hombre le dijo que no se preocupara por eso, ya que ellos se ocuparían de él.
Tiempo después, aquel muchacho supo que el hombre de la casa no era otro que José Smith, el profeta mormón. Ese joven recordó aquel acto de caridad por el resto de su vida 13 .
En un mensaje reciente del programa Música y palabras de inspiración del Coro del Tabernáculo Mormón, se habló acerca de un matrimonio de ancianos que estuvieron casados por muchas décadas. Al ir la esposa perdiendo paulatinamente la vista, no podía cuidar de sí misma como lo había hecho durante tantos años. Sin que ella se lo pidiera, el esposo comenzó a pintarle las uñas de las manos.
“Él sabía que ella podía verse las uñas si se las acercaba a los ojos, desde el ángulo correcto, y que el vérselas la hacía sonreír. Como a él le gustaba verla feliz, siguió pintándole las uñas por más de cinco años, hasta que ella falleció” 14 .
Ése es un ejemplo del amor puro de Cristo. A veces el amor más grande no se halla en las escenas dramáticas que inmortalizan los poetas y los escritores, sino que con frecuencia las mayores muestras de amor son los simples actos de bondad y atención que brindamos a aquellos con quienes nos cruzamos en el camino de la vida.
El amor verdadero dura para siempre. Es eternamente paciente y comprensivo. Todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. Ése es el amor que nuestro Padre Celestial tiene por nosotros.
Todos deseamos sentir un amor así. A pesar de los errores que cometemos y aun cuando no lo merezcamos, esperamos que los demás nos amen a pesar de nuestros defectos.
¡Oh, qué maravilloso es saber que nuestro Padre Celestial nos ama, a pesar de nuestras debilidades! Su amor es tal que aun si nosotros nos diésemos por vencidos, Él jamás lo haría.
Vemos de nosotros mismos el pasado y el presente, pero nuestro Padre Celestial nos contempla con una perspectiva eterna. Aun cuando nosotros nos contentaríamos con menos, nuestro Padre Celestial no, pues Él nos ve como los seres gloriosos que podemos llegar a ser. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 Fe, familia, hechos y frutos
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El incremento en la prominencia de la Iglesia y la cantidad cada vez mayor de indagaciones que recibimos nos presentan excelentes oportunidades de formar puentes de comunicación, de hacer amigos y de ofrecer información correcta.
Hermanos y hermanas, desde 1997, el sesquicentenario de la llegada de los pioneros, ha habido un extraordinario aumento de indagaciones sobre la Iglesia por todo el mundo. Lo que provoca ese interés creciente es nuestro rápido crecimiento, algunos acontecimientos como los Juegos Olímpicos de invierno en Salt Lake City y la prominencia de muchos de nuestros miembros en sus respectivas profesiones.
Estoy seguro de que esas indagaciones no sólo llegan a la Iglesia sino también a ustedes, los miembros, y no es fácil explicar algo tan extenso como nuestra Iglesia o tan maravilloso como el Evangelio restaurado a personas que saben poco o nada de nosotros. Incluso las preguntas sobre un aspecto determinado pueden ser difíciles de contestar debido a que cada una parece estar conectada con otras. La petición más común que oímos es una bastante sencilla, algo así como: “Hábleme un poco sobre su religión”. En este caso, la clave está en la expresión un poco. No nos piden: “Dígame todo lo que usted sepa, y mándeme a alguien que me diga todo lo demás”.
Por supuesto, aceptamos con agrado el interés de la gente, y habrá muchas personas que querrán que se les enseñe más sobre nuestras doctrinas y creencias. Es por eso que tenemos más de 53.000 misioneros de tiempo completo que prestan servicio por todo el mundo pagando sus propios gastos.
Pero debemos recordar que existe una diferencia entre el interés y la simple curiosidad. A veces, la gente sólo quiere saber en qué consiste la Iglesia; los que sienten esa curiosidad general merecen recibir información clara y exacta que provenga directamente de nosotros, los miembros, a fin de que no tengan que basarse en las respuestas incompletas, las medias verdades o las afirmaciones falsas que provengan de los medios de comunicación u otras fuentes externas. Las muchas malas interpretaciones e informaciones falsas que hay sobre la Iglesia son, hasta cierto punto, culpa nuestra, por no explicar claramente quiénes somos y en qué creemos.
El Comité de Asuntos Públicos, en el cual presto servicio, ha llegado a la conclusión de que es sumamente importante dar explicaciones claras y sencillas que presenten la Iglesia tal como es actualmente a los que tengan curiosidad en cuanto a los puntos básicos sobre la Iglesia. Quisiera hablarles de algunas de las cosas que nos han resultado útiles. Tal vez ustedes deseen preparar sus propias listas de temas que les ayuden a explicar lo que creemos a sus amigos y conocidos de otras religiones. Quizás les sea de utilidad, como lo es para mí, tener preparada una página con algunos aspectos de la Iglesia como es actualmente, para dársela junto con una copia de los Artículos de Fe.
Hay cuatro temas que contribuirán en la actualidad a que una persona obtenga una comprensión básica de la Iglesia. Bajo cada uno de los cuatro títulos hay explicaciones sencillas que me han resultado útiles; traten de imaginar que la persona que las lea no sepa prácticamente nada acerca de nosotros. Los cuatro temas principales que deben tratarse tienen que ver con los hechos, la fe, la familia y los frutos del Evangelio restaurado.
Los hechos
Algunos de los hechos son:
• Primero, “mormona” es un apodo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Muchas veces, la gente se refiere a los miembros como “mormones” o “Santos de los Últimos Días”: La palabra “santo” significa “miembro”.
• Segundo, la Iglesia se restauró en 1830, en el norte del estado de Nueva York, con José Smith como su primer Profeta y Presidente. Actualmente, su sede se halla en Salt Lake City, y el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta actual. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 Señora Patton: La historia continúa
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Estoy seguro de que nuestro Padre Celestial tenía presente las necesidades de ella y deseaba que escuchara las reconfortantes verdades del Evangelio.
Hoy extraño a mi colega James E. Faust; expreso mi amor a su querida esposa y a su familia y estoy seguro de que está sirviendo al Señor en otro lugar. Les doy la bienvenida a las nuevas Autoridades Generales que hemos sostenido, el presidente Eyring, el élder Cook y el élder González y deseo asegurarles que tienen mi total apoyo.
Hace treinta y ocho años, en una Conferencia General que se llevó a cabo en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, hablé acerca de un amigo de la niñez, Arthur Patton, que murió cuando era joven. El discurso se titulaba “Señora Patton, Arthur vive” 1 . Dirigí mis palabras a la madre de Arthur, la señora Patton, que no era miembro de la Iglesia. A pesar de que tenía pocas esperanzas de que la señora Patton oyera mi discurso, deseaba compartir con todos aquellos que me estuvieran escuchando el glorioso mensaje de esperanza y de amor del Evangelio. Últimamente he sentido la impresión de volver a mencionar a Arthur y de relatarles lo que ocurrió después de mi mensaje original.
Primero, permítanme hablarles de Arthur. Tenía el cabello rubio, ondulado y una sonrisa muy amplia. Era más alto que cualquier otro muchacho de la clase. Supongo que por eso, en 1940, cuando el gran conflicto que llegó a ser la Segunda Guerra Mundial se extendía por la mayor parte de Europa, Arthur pudo engañar al personal de reclutamiento y alistarse en la Marina a la tierna edad de quince años. Para Arthur y para la mayoría de los muchachos, la guerra era una gran aventura. Recuerdo cuán apuesto lucía en el uniforme de la Marina. Cómo deseábamos ser mayores, o por lo menos más altos, para poder alistarnos nosotros también.
La juventud es una época muy especial de la vida. Longfellow escribió:
¡Hermosa es la juventud!
¡De brillante resplandor,
de ilusiones, aspiraciones y sueños de fervor!
Libro de comienzos, de historia sin fin,
¡Una heroína en toda joven, y en todo hombre un amigo afín! 2
(traducción libre).
La madre de Arthur estaba muy orgullosa de la estrella azul que adornaba la ventana de la sala de estar, ya que le indicaba a todo el que pasaba frente a la casa que su hijo llevaba el uniforme de su patria y que servía activamente. Cuando yo pasaba por su casa, ella solía abrir la puerta y me invitaba a pasar para leer la carta más reciente de Arthur. Los ojos se le llenaban de lágrimas, tras lo cual me pedía que la leyera en voz alta. Arthur lo era todo para esa madre viuda.
Aún puedo ver las ásperas manos de la señora Patton en el momento en que, con cuidado, volvía a guardar la carta en el sobre. Eran manos trabajadoras; ella limpiaba las oficinas de un edificio del centro de la ciudad. Cada día de su vida, excepto los domingos, se la veía caminar a lo largo de la acera, con el balde y el cepillo en la mano, con el cabello cano recogido en un rodete, con los hombros cansados de trabajar y caídos por la edad.
En marzo de 1944, en pleno furor de la guerra, Arthur recibió un traslado del buque destructor U.S.S. Dorsey al portaaviones U.S.S. White Plains. Mientras estaba en Saipán, en el Pacífico Sur, el barco fue atacado. Arthur, que estaba a bordo, fue uno de los que se perdieron en el mar.
La estrella azul que estaba en la ventana del frente de la casa de los Patton se quitó de su lugar sagrado y se reemplazó con una dorada, que indicaba que aquel al que representaba la estrella azul había muerto en la batalla. En la vida de la señora Patton se apagó una luz, dejándola en total oscuridad y profunda desesperación.
Con una oración en el corazón, me acerqué a la conocida entrada de la familia Patton, preguntándome qué palabras de consuelo podrían salir de los labios de un jovencito.
La puerta se abrió y la señora Patton me abrazó como si fuese su propio hijo. Aquel hogar se tornó en capilla cuando una angustiada madre y un jovencito inseguro se arrodillaron a orar.
Al ponernos de pie, la señora Patton me miró a los ojos y dijo: “Tommy, no pertenezco a ninguna iglesia, pero tú sí; dime, ¿volverá a vivir Arthur?”. Lo mejor que pude, le testifiqué que Arthur en verdad volvería a vivir.
En la Conferencia General de hace tantos años, al contar este relato, mencioné que había perdido contacto con la señora Patton, pero que una vez más quería dar respuesta a su pregunta: “¿Volverá a vivir Arthur?”.
Mencioné al Salvador del mundo, que anduvo por los polvorientos caminos de los pueblos a los que reverentemente llamamos la Tierra Santa; que hizo al ciego ver, al sordo oír, al cojo caminar y a los muertos vivir; a Aquél que con ternura y amor nos aseguró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” 3 .
Expliqué que el plan de la vida y una explicación de su curso eterno los recibimos del Maestro de los cielos y de la tierra, sí, Jesucristo el Señor. Para comprender el significado de la muerte, debemos entender el propósito de la vida.
Indiqué que en esta dispensación, el Señor declaró: “Y ahora, de cierto os digo, yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito” 4 . “También el hombre fue en el principio con Dios” 5 .
Jeremías el profeta registró:
“Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:
“Antes que te formase… te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” 6 . Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 ¿No tenemos razón para regocijarnos?
Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Ésta es una religión llena de gozo, de esperanza, fortaleza y liberación.
Todavía me deleito en el maravilloso espíritu que sentimos esta mañana cuando cantamos juntos:
Ya regocijemos; es día bendito;
ya no sufriremos pesar y aflicción.
El gran evangelio se está proclamando.
(“Ya regocijemos”, Himnos, Nº 3).
Estas palabras del hermano William W. Phelps denotan un marcado contraste con la tendencia del mundo de concentrarse en las malas noticias. Es cierto que vivimos en una época predicha en las Escrituras como un día de “guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares” (Mormón 8:30), cuando “… toda la tierra estará en conmoción, y desmayará el corazón de los hombres…” (D. y C. 45:26).
Pero, ¿cómo influye eso en nosotros como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? ¿Vivimos con temor, miedo y preocupación? ¿O no tenemos razón para regocijarnos en medio de todas nuestras tribulaciones?
Todos pasamos por diferentes experiencias en la vida; algunas están llenas de gozo y otras de pesar e incertidumbre.
Recuerdo una época, cuando era niño, en que mi familia se encontraba en una situación muy difícil. Era el invierno de 1944, uno de los más fríos durante la Segunda Guerra Mundial. El frente de guerra se acercaba a nuestro pueblo y mi madre tuvo que huir con nosotros, dejar atrás todas nuestras posesiones y unirse, junto con sus cuatro hijos, a los millones de refugiados en su búsqueda desesperada de un lugar donde sobrevivir. Nuestro padre todavía estaba en el ejército, pero él y mi madre habían acordado que si alguna vez llegaban a separarse durante la guerra, intentarían reunirse en el pueblo natal de mis abuelos. Pensaban que ese lugar ofrecía la mayor esperanza de obtener refugio y seguridad.
Debido a los bombardeos durante la noche y a los ataques aéreos durante el día, nos llevó muchos días llegar hasta donde estaban mis abuelos. Mis recuerdos de esos días son de oscuridad y frío.
Mi padre regresó ileso, pero nuestro futuro parecía ser extremadamente sombrío. Estábamos viviendo en los escombros de la Alemania de posguerra, con un sentimiento devastador de desesperanza y oscuridad sobre nuestro futuro.
En medio de esa desesperación, mi familia conoció La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y el mensaje sanador del evangelio restaurado de Jesucristo. Ese mensaje tuvo una gran influencia en nosotros y nos elevó por encima de nuestro sufrimiento cotidiano. La vida era aún difícil y las circunstancias seguían siendo horribles, pero el Evangelio brindó luz, esperanza y alegría a nuestra vida. Las verdades claras y sencillas del Evangelio reconfortaron nuestro corazón e iluminaron nuestra mente; nos ayudaron a vernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodeaba con otros ojos y desde un punto de vista más optimista.
Mis queridos hermanos y hermanas, ¿no son el evangelio restaurado de Jesucristo y nuestra condición de miembros de Su Iglesia grandes razones para regocijarnos?
Dondequiera que vivan en la tierra, y cualquiera que sea la situación en la que vivan, les testifico que el evangelio de Jesucristo tiene el poder divino de elevarles a grandes alturas desde lo que a veces parece ser una carga o debilidad insoportables. El Señor está al tanto de sus circunstancias y sus tribulaciones. Él le dijo a Pablo y a cada uno de nosotros: “Bástate mi gracia”. Y al igual que Pablo, podemos responder: “…mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).
Como miembros de la Iglesia de Jesucristo, podemos reclamar las bendiciones prometidas en los convenios y las ordenanzas que recibimos cuando aceptamos el evangelio de Jesucristo.
¿Qué es el evangelio de Jesucristo?
El evangelio de Jesucristo son buenas noticias, buenas nuevas y mucho más. Es el mensaje de salvación que repetidamente anunciaron Jesucristo y Sus apóstoles y profetas. Creo firmemente que toda verdad y luz que se origina de Dios está comprendida en el evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo →
El Señor hace promesas generosas y nos asegura de que Él no se apartará de esas promesas.
Les traigo el cariño y los saludos de los fieles santos del Pacífico Sur.
El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo; lo que incluye la fe en Su nacimiento divino y en Su herencia celestial, y la fe en que, bajo la dirección de Su Padre, Él creó la tierra y todas las cosas que moran en ella (véase Juan 1:10; Mosíah 3:8). En el núcleo mismo de nuestra fe en Cristo, se encuentra la certeza de que, por medio de Su sacrificio, aun cuando nuestros “pecados [sean] como la grana, como la nieve [serán] emblanquecidos” (véase Isaías 1:18).
La fe en Cristo incluye el conocimiento de que después de Su crucifixión, Él se levantó de la tumba y Su resurrección hizo posible que todo ser humano viva nuevamente (1 Corintios 15:21–23). La fe en Cristo es la seguridad de que Él y Su Padre Celestial se aparecieron a un joven, a José Smith, para preparar el camino de la restauración de todas las cosas en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos. Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia que lleva Su santo nombre.
La fe en el Señor Jesucristo se pone en evidencia cuando creemos en Sus enseñanzas y reclamamos “Sus preciosas y grandísimas promesas”, y nos convertimos en “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Sus profetas proclaman innumerables promesas y el Señor nos ha asegurado: “…mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).
En los postreros días, el Señor reveló que “cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:21). El Señor hace promesas generosas y nos asegura de que Él no se apartará de esas promesas, ya que dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).
Preciosas y grandísimas promesas
Las innumerables preciosas y grandísimas promesas incluyen el perdón de nuestros pecados cuando nosotros “los [confesemos] y los [abandonemos]” (D. y C. 58:43; véase también D. y C. 1:32). El que se abran las ventanas de los cielos es una promesa que reclaman los que pagan fielmente el diezmo (véase Malaquías 3:10), y a los que guardan la Palabra de Sabiduría se les otorgan “…grandes tesoros de conocimiento…” (D. y C. 89:19).
El conservarse sin mancha del mundo es una promesa para aquellos que guardan el día de reposo (véase D. y C. 59:9, Éxodo 31:13). Se les promete guía e inspiración divinas a los que se “…[deleiten] en las palabras de Cristo…” (2 Nefi 32:3–5) y a los que “…[apliquen] todas las escrituras…” a sí mismos (1 Nefi 19:23).
El Señor prometió también que: “cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20). Se nos promete que el Espíritu Santo será nuestro compañero constante cuando “[dejemos] que la virtud engalane [nuestros] pensamientos incesantemente” (véase D. y C. 121:45–46). Podemos reclamar la promesa del ayuno que libera espiritualmente, que “[desatará] las ligaduras de impiedad,” que “[soltará] las cargas de opresión,” y que “[romperá] todo yugo” (Isaías 58:6).
Aquellos que estén sellados en el santo templo y que con fe guarden sus convenios, recibirán la gloria de Dios, la cual “…será una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás” (D. y C. 132:19).
A menudo, en nuestra impaciencia terrenal, puede que perdamos la visión de las preciosas promesas del Señor y desconectemos la obediencia del cumplimiento de esas promesas. El Señor ha declarado:
“¿Quién soy yo, dice el Señor, para prometer y no cumplir?
“Mando, y los hombres no obedecen; revoco, y no reciben la bendición. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 ¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera?
Élder Enrique R. Falabella
De los Setenta
El poder más valioso que podemos poseer es el tesoro de un testimonio personal de nuestro Señor Jesucristo.
¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera? Aunque no puedo responder a esa pregunta por los trece millones de miembros de la Iglesia, quisiera expresar desde mi corazón algunas respuestas que posiblemente coincidan con las suyas.
Las riquezas de la eternidad
“He aquí, rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7).
Las riquezas no fueron parte de mi niñez; éramos una familia de cinco: mi padre y cuatro hermanos. Mi madre había fallecido cuando yo tenía cinco años. Los escasos ingresos de mi padre se usaban para comprar comida; la compra de ropa se postergaba al máximo.
Un día, un poco molesto, me acerqué a mi padre y le dije: “Papi, ¿por qué no me compras zapatos? Mira éstos, están gastados y se me ve el dedo gordo por el agujero del zapato”.
“Lo arreglaremos”, me contestó, e inmediatamente le dio lustre a mis zapatos. Luego me dijo: “Hijo, ya está arreglado”.
“No”, repliqué, “todavía se me ve el dedo gordo”.
Él dijo: “Eso también se puede arreglar”. Volvió a tomar el lustre para zapatos, me puso un poco en el dedo gordo y al poco rato brillaba tanto como mis zapatos. De modo que, muy temprano en la vida, aprendí que la felicidad no depende del dinero.
Al pasar el tiempo, dos misioneros nos enseñaron las riquezas del Evangelio restaurado, de la doctrina del plan de salvación y de las familias eternas. Nos bautizamos, y cuando mi padre comenzó a servir como presidente de distrito, su primer objetivo fue el de viajar al templo y recibir las bendiciones que vendrían por ese sacrificio. Fue un viaje de 15 días, que abarcaba unos 8.000 km.; fue una travesía llena de dificultades y contratiempos, por rutas en malas condiciones, en autobuses incómodos y sin siquiera conocer el camino, pero con gran esperanza en las ordenanzas de las que participaríamos.
Al llegar a la ciudad de Mesa, Arizona, nos dirigimos por una avenida al final de la cual se veía la casa del Señor, resplandeciente y hermosa. Recuerdo el gozo que llenó nuestros corazones; todos prorrumpimos en cantos y alabanzas, y lágrimas caían por las mejillas de muchos santos. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 El fortalecimiento del hogar y la familia
Mary N. Cook
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes
El Señor cuenta con ustedes para ayudar a lograr la exaltación de su familia eterna.
Todos los domingos, las jovencitas de la Iglesia desde Mongolia hasta Manchester y Misisipi repiten estas palabras inspiradas: “Estaremos preparadas para fortalecer el hogar y la familia, hacer convenios sagrados y cumplirlos, recibir las ordenanzas del templo y gozar de las bendiciones de la exaltación” (“Lema de las Mujeres Jóvenes”, El Progreso personal para las Mujeres Jóvenes, libro, 2001, pág. 5).
Aunque ése es el lema de las Mujeres Jóvenes, se aplica a todos los jóvenes de la Iglesia. Espero, mis queridos hermanos y hermanas jóvenes, que yo les ayude a comprender el poder que tienen sus propios actos en el fortalecimiento de su hogar y de su familia, sin importar cuales sean las circunstancias. Me doy cuenta, por ejemplo, que muchos de ustedes quizás sean los únicos miembros de la Iglesia en su familia.
El folleto Para la Fortaleza de la Juventud nos recuerda que “el ser parte de una familia es una gran bendición… No todas las familias son iguales, pero cada una de ellas es importante en el plan de nuestro Padre Celestial” (folleto, 2001, pág. 10).
Todas las familias necesitan ser fortalecidas, tanto las ideales como las más atribuladas. Esa fortaleza puede venir de ustedes; de hecho, en algunas familias ustedes serán la única fuente de fortaleza espiritual. El Señor depende de ustedes para llevar las bendiciones del Evangelio a su familia.
Es importante establecer modelos de rectitud en su propia vida, lo cual les permitirá dar un buen ejemplo a su familia sin importar como esté constituida.
El ejemplo de vida recta que ustedes den fortalecerá a su familia. En la reunión general de las Mujeres Jóvenes de la primavera pasada, el presidente Hinckley dio a las mujeres jóvenes “un sencillo programa de cuatro puntos” que no sólo “les asegurará la felicidad”, sino que también bendecirá a su familia. Él nos aconsejó: “(1) oren, (2) estudien, (3) paguen el diezmo y (4) asistan a las reuniones” (“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”, Liahona, mayo de 2007, pág. 115).
El buscar la ayuda del Señor a diario mediante la oración traerá grandes bendiciones a su familia. Pregúntense a ustedes mismos: “¿A quién de mi familia podrían beneficiar mis oraciones personales?”; “¿qué podría hacer yo para apoyar y fomentar la oración familiar?”.
A medida que ustedes estudien las Escrituras en forma personal, llegarán a conocer al Salvador y Sus enseñanzas. Por medio del ejemplo de Él, sabrán cómo amar, servir y perdonar a los miembros de su familia. Consideren en qué manera podrían compartir su comprensión de las Escrituras con ellos.
En varias ocasiones, el presidente Hinckley nos ha exhortado a “adquirir toda la educación que [podamos]” (Liahona, mayo de 2007, pág. 116). Sus estudios beneficiarán a su familia ahora y ciertamente bendecirán a su familia futura. ¿Qué pueden hacer ahora para planear y prepararse para recibir una buena educación?
El presidente Hinckley nos enseñó: “Aunque el diezmo se paga con dinero, es más importante que se pague con fe” (Liahona, mayo de 2007, pág. 117). ¿Han tenido la experiencia de recibir las bendiciones que vienen de pagar el diezmo, con fe? A medida que obedezcan este mandamiento, el Señor “[abrirá] las ventanas de los cielos” (Malaquías 3:10) para bendecirlos a ustedes y a su familia. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 Perseverar juntos
Obispo Richard C. Edgley
Primer consejero del Obispado Presidente
El barrio está organizado para atender las necesidades de aquellos que afrontan las pruebas más difíciles y desgarradoras.
Unos años atrás, un periodista humorístico de uno de los periódicos locales escribió sobre un tema serio que daba mucho que pensar. Cito de su artículo: “En Utah, el ser mormón de los que asisten regularmente a la Iglesia significa vivir tan cerca de los miembros de su barrio que no pasan 5 minutos sin que toda la congregación se entere de cualquier cosa que ocurra”.
Continuó: “Esa forma de vivir como carne y uña puede parecernos entrometida… pero también es uno de nuestros puntos fuertes”.
El autor prosiguió: “El martes, en el trabajo, vi las noticias del mediodía en la televisión. En un accidente de tráfico una furgoneta había quedado totalmente destruida. A la joven madre y a los dos niños pequeños se les llevó inmediatamente a salas de emergencias en helicóptero y en ambulancia… Unas horas después me enteré de que la furgoneta pertenecía a Eric y Jeana Quigley, una joven pareja que vivía al cruzar nuestra calle en Herriman.
“No sólo veo a los Quigley en la Iglesia… sino que habíamos cenado con ellos en la fiesta del vecindario la noche antes del accidente. Nuestros nietos jugaron con sus hijas, Bianca y Miranda…
“La niña de 14 meses, Miranda, sufrió serias lesiones en la cabeza y falleció tres días después en el Hospital Primary Children.
“Es entonces que el entrometimiento tiene… sus ventajas. A pesar de que el accidente sucedió a varias millas de la casa, el polvo aún no se había asentado cuando alguien del barrio paró y empezó a buscar entre los escombros del accidente. Los demás miembros del barrio se enteraron del accidente antes de que la policía y los paramédicos llegaran al lugar del siniestro.
“Los miembros del barrio fueron a los tres hospitales, se pusieron en contacto con Eric en su trabajo y organizaron grupos de trabajo. Los que no fueron incluidos en la ayuda inmediata estaban ansiosos por ayudar de cualquier forma.
“En 48 horas, el césped de los Quigley estaba cortado, la casa limpia, la ropa lavada, el refrigerador repleto, a los familiares se les había traído comida y se había creado una cuenta en el banco local. Le hubiéramos dado un baño al perro si hubiesen tenido uno”.
El autor concluye con este perspicaz comentario: “Tiene su aspecto positivo la lupa congregacional bajo la que vive mi barrio… Lo que le afecta a uno, nos afecta a todos” (“Well-Being of Others Is Our Business” Salt Lake Tribune, 30 de julio de 2005, pág. C1).
La compasión y el servicio que prestaron los amorosos miembros del barrio como resultado de ese accidente automovilístico no se limitan a este caso. El profeta Alma, del Libro de Mormón, explicó a los que deseen ser seguidores de Cristo: “Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo…”, entonces, como Alma explicó, estaban listos para ser bautizados (véase Mosiah 18:8–9). Estas escrituras establecen los cimientos para ministrar y cuidar a otros de la forma más compasiva. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2007 Los débiles y sencillos de la Iglesia
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles
El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro.
Rendimos honor al presidente James E. Faust; lo extrañamos. Su amada esposa Ruth está presente esta mañana, y le expresamos nuestro amor. Damos la bienvenida a aquellos que han sido llamados a los puestos que el presidente Hinckley ha mencionado.
En nombre de todos los que hemos sido sostenidos hoy, nos comprometemos a hacer lo mejor que podamos y a ser dignos de la confianza que se ha depositado en nosotros.
Hemos sostenido a los oficiales generales de la Iglesia, en lo que es un procedimiento solemne y sagrado. Esta práctica común ocurre siempre que se llama o se releva de sus puestos a líderes o a maestros, o siempre que hay una reorganización en una estaca, barrio, quórum u organización auxiliar (véase D. y C. 124:123, 144; véase también D. y C. 20:65–67; 26:2). Es algo único de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Siempre sabemos quién es llamado a dirigir o a enseñar y tenemos la oportunidad de sostener u oponernos a esa medida. Eso no resultó como un invento del hombre, sino que se estableció en las revelaciones: “…a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia” (D. y C. 42:11; cursiva agregada). De este modo, se protege a la Iglesia de cualquier impostor que quisiese tomar control de un quórum, de un barrio, de una estaca o de la Iglesia.
Hay otro principio que es exclusivo de la Iglesia del Señor. Todos los llamamientos para enseñar y para dirigir los ocupan los miembros de la Iglesia. Esto también se ha definido en las Escrituras. En un versículo de Doctrina y Convenios se estableció el orden de liderazgo en la Iglesia para siempre; era algo sin precedentes, y con seguridad no era la costumbre de las iglesias cristianas de aquel entonces ni de hoy:
“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos…
“Lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso, para que…
“…todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;
“para que también la fe aumente en la tierra;
“para que se establezca mi convenio sempiterno;
“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes.
“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen conocimiento” (D. y C. 1:17, 19–24).
Estoy profundamente agradecido por esos pasajes, que explican que el Señor se valdrá de “lo débil del mundo”.
Todo miembro es responsable de aceptar el llamado a servir.
El presidente J. Reuben Clark Jr. dijo: “Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo” (“A donde me mandes iré”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 68). La Iglesia no cuenta con un clero profesional. El llamado para ocupar llamamientos de liderazgo por todo el mundo proviene de las congregaciones; nosotros no contamos con instituciones para capacitar a líderes profesionales.
Todo lo que se hace en la Iglesia: la dirección, la enseñanza, los llamamientos, las ordenaciones, las oraciones, los cantos, la preparación de la Santa Cena, el asesoramiento y todo lo demás, lo hacen los miembros comunes y corrientes, “lo débil del mundo”.
Vemos en las iglesias cristianas las dificultades que tienen para suplir sus necesidades de personal; nosotros no tenemos ese problema. Una vez que se predica el Evangelio y se organiza la Iglesia, se cuenta con un abastecimiento inagotable de fieles hermanos y hermanas que tienen ese testimonio y están dispuestos a responder al llamado a servir. Se entregan a la obra del Señor y viven las normas que se requieren de ellos.
Se ha conferido el Espíritu Santo a los miembros después del bautismo (véase D. y C. 33:15; 35:6), y él les enseñará y les dará consuelo, después de lo cual estarán preparados para recibir guía, dirección y corrección, lo que requieran sus cargos o necesidades. (Véase Juan 14:26; D. y C. 50:14; 52:9; 75:10.)
Este principio pone a la Iglesia en un curso diferente al de todas las otras iglesias cristianas en el mundo; nos encontramos en la situación poco común de tener un abastecimiento inagotable de maestros y líderes, entre toda nación, tribu, lengua y pueblo, por todo el mundo. Hay una igualdad singular entre los miembros y ninguno de nosotros debe considerar que vale más que otro. (Véase D. y C. 38:24–25.) “…Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34–35; véase también Romanos 2:11; D. y C. 1:35; 38:16).
Cuando era jovencito, era el maestro orientador de una hermana muy anciana; ella me enseñó de las experiencias de su vida.
Cuando ella era niña, el presidente Brigham Young fue a visitar Brigham City, lo cual era un gran acontecimiento en el pueblo que llevaba su nombre. En su honor, los niños de la Primaria, vestidos de blanco, se alinearon a lo largo de la calle que entraba al pueblo, llevando consigo una canasta de flores para dispersarlas frente al carruaje del Presidente de la Iglesia.
Algo la disgustó; en vez de tirar las flores, dio un puntapié a una piedra frente al carruaje, diciendo: “Él no es ni una pizca mejor que mi abuelo Lovelund”. Alguien oyó ese comentario, por el que ella recibió una dura reprimenda.
Estoy seguro de que el presidente Brigham Young sería el primero en estar de acuerdo con la pequeña Janie Steed; él no consideraría que fuese de mayor valor que el abuelo Lovelund o que ningún otro miembro digno de la Iglesia.
El Señor mismo fue bastante claro: “Y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 20:27). “…éste es nombrado para ser el mayor, a pesar de ser el menor y el siervo de todos” (D. y C. 50:26).
Hace años, cuando por primera vez recibí una asignación que resultó en que se publicara mi fotografía en el periódico, se oyó decir a uno de mis maestros de enseñanza secundaria, obviamente bastante asombrado: “¡Eso prueba que no se sabe cuán alto va a saltar una rana con sólo mirarla!”.
La imagen de esa rana, sentada en el barro, en vez de estar saltando, demuestra cuán insuficiente me he sentido al afrontar las responsabilidades que he tenido.
Esos sentimientos surten su efecto, de modo que después de eso uno nunca se puede sentir superior a nadie, pero a nadie.
Durante mucho tiempo, algo me tenía perplejo. Hace cuarenta y seis años, a la edad de 37 años, yo era un supervisor de seminario. Mi llamamiento en la Iglesia era como maestro auxiliar en una clase del Barrio Lindon.
Para mi gran sorpresa, se me llamó para reunirme con el presidente David O. McKay, quien tomó mis manos entre las suyas y me llamó para ser una de las Autoridades Generales, un Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles.
Unos días más tarde, vine a Salt Lake City para reunirme con la Primera Presidencia para ser apartado como una de las Autoridades Generales de la Iglesia. Esa era la primera vez que me reunía con la Primera Presidencia: el presidente David O. McKay y sus consejeros, el presidente Hugh B. Brown y el presidente Henry D. Moyle.
El presidente McKay explicó que una de las responsabilidades de un Ayudante de los Doce era ser un testigo especial, junto con el Quórum de los Doce Apóstoles, y dar testimonio de que Jesús es el Cristo. Lo que dijo después me dejó atónito: “Antes de proceder a apartarlo, le pido que nos exprese su testimonio. Queremos saber si usted tiene ese testimonio”.
Lo hice lo mejor que pude; expresé mi testimonio tal como lo habría hecho en una reunión de ayuno y testimonios de mi barrio. Para mi sorpresa, los hermanos de la Presidencia parecieron complacidos y procedieron a conferirme ese oficio.
Eso me dejó sumamente perplejo, ya que había supuesto que alguien que fuese llamado a ese oficio poseería un testimonio y un poder espiritual fuera de lo común, diferentes y sumamente grandes.
Me desconcertó durante mucho tiempo, hasta que por fin pude darme cuenta de que ya tenía lo que se requería: un testimonio constante en mi corazón de la restauración de la plenitud del Evangelio mediante el profeta José Smith, de que tenemos un Padre Celestial, y de que Jesucristo es nuestro Redentor. Tal vez no haya sabido todo en cuanto a ello, pero sí tenía un testimonio, y estaba dispuesto a aprender.
Tal vez no fuese diferente de aquéllos de los que se habla en el Libro de Mormón: “…Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo, así como los lamanitas fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión, por motivo de su fe en mí, y no lo supieron” (3 Nefi 9:20; cursiva agregada).
A través de los años, he llegado a comprender cuán poderosamente importante es ese sencillo testimonio. He llegado a comprender que nuestro Padre Celestial es el Padre de nuestros espíritus (véase Números 16:22; Hebreos 12:9; D. y C. 93:29). Él es un padre, con todo el tierno amor de un padre. Jesús dijo: “pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:27).
Hace algunos años, me encontraba con el presidente Marion G. Romney en una reunión de presidentes de misión y sus esposas en Ginebra, Suiza. Les contó que 50 años antes, siendo un joven misionero en Australia, fue una tarde a la biblioteca para estudiar. Cuando salió, ya había anochecido. Al contemplar el cielo estrellado ocurrió algo: el Espíritu lo conmovió y nació en su alma un testimonio certero.
Les dijo a aquellos presidentes de misión que como miembro de la Primera Presidencia, su conocimiento de que Dios el Padre vive; de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre; y de que la plenitud del Evangelio había sido restaurada, no era más certero entonces que cuando era un joven misionero en Australia, hacía 50 años. Dijo que su testimonio había cambiado por el hecho de que era más fácil recibir una respuesta del Señor. Sentía más cerca la presencia del Señor, y lo conocía mucho mejor que hacía 50 años.
Hay una tendencia natural de ver a aquellos que son sostenidos en cargos de dirección y considerar que están en un nivel más alto y que tienen más valor en la Iglesia o para sus familias que un miembro común y corriente. De alguna manera pensamos que tienen más valor para el Señor que nosotros. ¡Eso simplemente no es así!
A mi esposa y a mí nos decepcionaría mucho si supusiéramos que cualquiera de nuestros hijos pensara que nosotros consideramos que valemos más para la familia o la Iglesia que ellos, o pensara que un llamamiento en la Iglesia es más importante que otro, o que cualquier llamamiento se considerara de menos importancia.
Hace poco, uno de nuestros hijos fue sostenido como líder misional de barrio. Su esposa nos contó lo emocionado que él estaba con ese llamamiento, el cual se adapta muy bien a las sumamente pesadas exigencias de su trabajo. Él lleva el espíritu misional y podrá hacer buen uso del idioma español, el cual ha mantenido con fluidez desde los días en que era misionero. Nosotros nos sentimos muy, muy complacidos por ese llamamiento.
Lo que mi hijo y su esposa están haciendo con sus hijitos es mucho más importante que lo que pudieran hacer en la Iglesia o fuera de ella. Ningún servicio sería más importante para el Señor que la devoción que se den el uno al otro y a Sus hijitos, y así es con todos los demás de nuestros hijos. El objetivo máximo de toda actividad en la Iglesia se centra en el hogar y la familia.
Como Autoridades Generales de la Iglesia, nosotros somos iguales que ustedes, y ustedes son iguales que nosotros. Ustedes, al igual que nosotros, tienen el mismo acceso a los poderes de la revelación para sus familias, para su trabajo y para sus llamamientos.
También es cierto que hay un orden en cuanto a las cosas de la Iglesia. Cuando ustedes reciben un oficio, reciben entonces revelación que pertenece a ese oficio y que no se daría a otros.
El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro. ¡Eso simplemente no es así! Recuerden que Él es un padre: nuestro Padre. El Señor “no hace acepción de personas”.
Nosotros no valemos más para el progreso de la obra del Señor que el hermano Toutai Paletu’a y su esposa en Nuku’alofa, Tonga; o el hermano Carlos Cifuentes y su esposa, en Santiago, Chile; o el hermano Peter Dalebout y su esposa, en los Países Bajos; o el hermano Tatsui Sato y su esposa, de Japón; o cientos de personas que he conocido en mis viajes por el mundo. ¡Eso simplemente no es así!
Y la Iglesia sigue progresando; ese progreso va sobre los hombros de miembros dignos que viven vidas comunes y corrientes entre familias comunes y corrientes, guiados por el Espíritu Santo y la Luz de Cristo que en ellos hay.
Testifico que el Evangelio es verdadero y que el valor de las almas es grande a la vista de Dios —toda alma— y que somos bendecidos por ser miembros de la Iglesia. Tengo el testimonio que me habilita para el llamamiento que tengo; lo he tenido desde que me reuní con la Primera Presidencia hace tantos años. Se lo expreso en el nombre de Jesucristo. Amén.