Las bendiciones de la adoración

Conferencia General Octubre 2016
Las bendiciones de la adoración
Por el obispo Dean M. Davies
Primer Consejero del Obispado Presidente

 La adoración es esencial y central en nuestra vida espiritual; es algo que debemos anhelar, procurar y esforzarnos por sentir.

Su visita

Una de las experiencias más extraordinarias y tiernas registradas en las Santas Escrituras es el relato de la visita del Salvador al pueblo del continente americano después de Su muerte y resurrección. El pueblo había sufrido una destrucción tan grande que causó que “[quedara] desfigurada la superficie de toda la tierra”1. El registro de esos acontecimientos narra que tras la catástrofe hubo llantos continuamente entre todo el pueblo2, y que en medio de su profundo dolor, el pueblo tuvo hambre de sanación, paz y liberación.

Cuando el Salvador descendió del cielo, el pueblo cayó dos veces a Sus pies. La primera vez ocurrió después de que Él pronunció con autoridad divina:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo”3.

Luego invitó a los presentes y dijo: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo…

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!”4.

Después, por segunda vez, “cayeron a los pies de Jesús”; pero esta vez con un propósito, porque vemos que “lo adoraron”5.

La época actual

A principios de este año, se me asignó visitar una estaca en el oeste de los Estados Unidos. Era un domingo normal, una reunión normal con miembros normales de la Iglesia. Observé a las personas entrar en la capilla y acomodarse con reverencia en los asientos disponibles. Por todo el salón se oía el eco de apresuradas conversaciones en susurros. Madres y padres, a veces en vano, trataban de controlar a sus inquietos hijos. Lo normal.

Sin embargo, antes de iniciar la reunión, acudieron a mi mente palabras inspiradas por el Espíritu.

Esos miembros no habían ido solo a cumplir un deber o a escuchar a los discursantes;

habían ido con un motivo más profundo y mucho más significativo:

habían ido a adorar.

Conforme la reunión avanzó, observé a varios miembros de la congregación; tenían una expresión casi celestial, con una actitud de reverencia y paz; había algo en ellos que me conmovió el corazón. La experiencia que estaban teniendo ese domingo era sumamente extraordinaria. Seguir leyendo

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¿A quién iremos?

Conferencia General Octubre 2016
¿A quién iremos?
Por el élder M. Russell Ballard
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Al final, cada quien debe responder a la pregunta del Salvador: “¿También vosotros queréis iros?”.

Hace varios años, mi familia y yo visitamos la Tierra Santa. Uno de los recuerdos vívidos de nuestro viaje fue la visita al aposento alto en Jerusalén donde, según la tradición, ocurrió la Última Cena.

Al estar allí, les leí de Juan 17, donde Jesús ruega a Su Padre por Sus discípulos:

“Yo ruego por ellos… para que sean uno, así como nosotros…

“Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos;

“para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”1.

Me sentí muy conmovido al leer esas palabras, y me puse a orar en ese sagrado lugar que yo siempre pudiera ser uno con mi familia, con mi Padre Celestial y con Su Hijo.

Las valiosas relaciones que tenemos con familiares, amigos, el Señor y Su Iglesia restaurada están entre las cosas que más importan en la vida. Por causa de que esas relaciones son tan importantes, debemos atesorarlas, protegerlas y nutrirlas.

Uno de los relatos más desgarradores en las Escrituras tuvo lugar cuando “muchos de los discípulos [del Señor]” pensaron que era difícil aceptar Sus enseñanzas y doctrina, y se “volvieron atrás y ya no andaban con él2.

Al marcharse esos discípulos, Jesús se volvió a los Doce y preguntó: “¿También vosotros queréis iros?”3.

Pedro respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”4.

En el momento en que otras personas se centraban en aquello que no podían aceptar, los Apóstoles eligieron centrarse en lo que  creían y sabían, y como consecuencia de ello, permanecieron con Cristo.

Posteriormente, en el día de Pentecostés, los Doce recibieron el don del Espíritu Santo; se volvieron valientes en sus testimonios de Cristo y comenzaron a entender más plenamente las enseñanzas de Jesús. Seguir leyendo

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El gran plan de redención

Conferencia General Octubre 2016
El gran plan de redención
Por Linda S. Reeves
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

 Sé que cuando nos arrepentimos sinceramente, nuestros pecados en verdad desaparecen —¡y no queda ningún rastro!

Pocos meses antes de que el presidente Boyd K. Packer falleciera, los líderes generales del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares tuvimos la valiosa oportunidad de que se dirigiera a nosotros. No he podido dejar de pensar en lo que dijo. Contó que había examinado el pasado de su vida entera en busca de evidencia de los pecados que había cometido y de los que se había arrepentido sinceramente, pero no pudo hallar ningún rastro de ellos. Gracias al sacrificio expiatorio de nuestro amado Salvador Jesucristo, y por medio del arrepentimiento sincero, sus pecados habían desaparecido por completo, como si nunca hubiesen ocurrido. Ese día, el presidente Packer nos encargó que, como líderes, testifiquemos que esto es verdad para todo el que se arrepiente sinceramente.

Sé de un hombre que cometió transgresiones morales hace varios años. Durante un tiempo, a ese hombre le avergonzaba y preocupaba sobremanera hablar con su esposa y líderes del sacerdocio. Deseaba arrepentirse totalmente, pero en realidad dijo que estaba dispuesto a renunciar a su propia salvación eterna en lugar de someter a la esposa y los hijos a la tristeza, vergüenza, u otras consecuencias que podría ocasionar su confesión.

Cuando hemos pecado, Satanás a menudo trata de convencernos de que lo más noble es proteger a los demás de los estragos que causaría el que se conocieran nuestros pecados, incluso de evitar confesar al obispo, quien puede bendecir nuestra vida mediante sus llaves del sacerdocio como juez común en Israel. Sin embargo, la verdad es que lo más noble y cristiano que podemos hacer es confesar y arrepentirnos. Ese es el gran plan de redención del Padre Celestial.

Finalmente, ese hombre confesó a su fiel esposa y a los líderes de la Iglesia, expresando profundo remordimiento. Aunque fue lo más difícil que jamás había hecho, los sentimientos de alivio, paz, gratitud, amor por el Salvador y saber que el Señor le estaba quitando el gran peso que llevaba y que Él lo sostenía, le causaron un gozo indescriptible, sin importar el resultado ni su futuro.

Había tenido la seguridad de que su esposa y sus hijos quedarían destrozados, y así fue; y que se tomarían medidas disciplinarias y sería relevado de su llamamiento, lo cual ocurrió. Estaba seguro de que su esposa se sentiría abatida, lastimada y enojada, y así se sintió; y estaba convencido de que ella lo dejaría y se llevaría a los niños, pero no lo hizo.

A veces las transgresiones graves conducen al divorcio, y según las circunstancias, podría ser necesario. Sin embargo, para el asombro de ese hombre, su esposa lo acogió y se dedicó a ayudarlo de cualquier manera que pudiera. Con el tiempo, logró perdonarlo completamente. Ella había experimentado el poder sanador de la expiación del Salvador. Años más tarde, ese matrimonio y sus tres hijos siguen firmes y fieles; el esposo y la esposa prestan servicio en el templo y tienen un maravilloso matrimonio lleno de amor. La firmeza del testimonio de ese hombre, y su amor y gratitud por el Salvador son más que evidentes.

Amulek testificó: “… quisiera que vinieseis y no endurecieseis más vuestros corazones… si os arrepentís… inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención”1. Seguir leyendo

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La Santa Cena puede ayudarnos a llegar a ser santos

Conferencia General Octubre 2016
La Santa Cena puede ayudarnos a llegar a ser santos
Por el élder Peter F. Meurs
De los Setenta

 Consideren cinco maneras de aumentar el efecto y el poder de nuestra participación habitual en la sagrada ordenanza de la Santa Cena.

Uno de mis primeros recuerdos es de las reuniones sacramentales que llevábamos a cabo en nuestra casa, en Warrnambool, Australia. Asistían a nuestra rama entre diez y quince personas; y mi padre, uno de los tres poseedores del sacerdocio, tenía la oportunidad de bendecir la Santa Cena con regularidad. Recuerdo lo que yo sentía mientras él leía humilde y detenidamente las palabras de las oraciones sacramentales. Con frecuencia, se le quebraba la voz al sentir el Espíritu. En ocasiones, tenía que detenerse para controlar sus emociones antes de finalizar la oración.

Siendo un niño de cinco años, yo no entendía el significado completo de lo que se decía o hacía; no obstante, sabía que ocurría algo especial. Sentía la calma y la reconfortante influencia del Espíritu Santo conforme mi padre reflexionaba en el amor que el Salvador nos tiene.

El Salvador enseñó: “Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros” (3 Nefi 18:11).

Invito a que todos consideremos cinco maneras de aumentar el efecto y el poder de nuestra participación frecuente en la sagrada ordenanza de la Santa Cena, una ordenanza que puede ayudarnos a llegar a ser santos.

  1. Prepararse con anticipación

Podemos comenzar nuestra preparación para la Santa Cena mucho antes de que empiece la reunión sacramental. El sábado puede ser un buen momento para reflexionar sobre nuestro progreso y preparación espirituales.

La vida mortal es un don esencial en nuestro trayecto para llegar a ser como nuestro Padre Celestial. Por necesidad, incluye pruebas y dificultades que nos brindan oportunidades de cambiar y crecer. El rey Benjamín enseñó que “el hombre natural es enemigo de Dios… y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). Participar de la ordenanza de la Santa Cena nos da la oportunidad de entregar más plenamente nuestro corazón y nuestra alma a Dios. Seguir leyendo

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El gozo y la supervivencia espiritual

Conferencia General Octubre 2016

El gozo y la supervivencia espiritual

Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

Cuando centramos nuestra vida en Jesucristo y en Su Evangelio, podemos sentir gozo independientemente de lo que esté sucediendo —o no esté sucediendo— en nuestra vida.



Mis queridos hermanos y hermanas, hoy me gustaría tratar un principio que es clave para nuestra supervivencia espiritual. Es un principio que solamente se volverá más importante a medida que aumenten las tragedias y las farsas que nos rodean.

Estos son los últimos días y a ninguno de nosotros debería sorprenderle ver que las profecías se cumplen. Muchísimos profetas, entre ellos Isaías, Pablo, Nefi y Mormón, previeron los tiempos peligrosos que vendrían1, que en nuestra época todo el mundo estaría en conmoción2, que los hombres serían “amadores de sí mismos… sin afecto natural… amadores de los deleites más que de Dios”3, y que muchos se convertirían en siervos de Satanás y defenderían la obra del adversario4. Ciertamente, ustedes y yo “tenemos lucha… contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, [y] contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes”5.

A medida que los conflictos escalan entre las naciones, los terroristas cobardes lastiman a los inocentes y la corrupción es cada vez más común en todo, desde el ámbito comercial al gubernamental, ¿qué puede ayudarnos? ¿Qué puede ayudarnos a cada uno de nosotros con nuestras luchas personales y con el riguroso desafío de vivir en estos últimos días?

El profeta Lehi enseñó un principio para la supervivencia espiritual. Primero, consideren las circunstancias de él: había sufrido persecución en Jerusalén por predicar la verdad, y el Señor le había mandado que dejara sus posesiones y huyera al desierto con su familia. Había vivido en una tienda y sobrevivido con la comida que podía encontrar por el camino hacia un destino desconocido; y había visto a dos de sus hijos, Lamán y Lemuel, rebelarse contra las enseñanzas del Señor y atacar a Nefi y a Sam, sus hermanos.

Claramente, Lehi conocía la oposición, la ansiedad, la pena, el dolor, la decepción y el pesar, y aun así declaró con audacia y sin reserva un principio que le reveló el Señor: “… existen los hombres para que tengan gozo”6. ¡Imagínense! ¡De todas las palabras que podría haber empleado para describir la naturaleza y el propósito de nuestra vida en la mortalidad, él escogió la palabra gozo!

La vida está llena de desvíos y callejones sin salida, pruebas y dificultades de toda índole. Probablemente cada uno de nosotros ha tenido momentos en los que la aflicción, la angustia y el desaliento casi nos han consumido. ¿Y aun así estamos aquí para tener gozo?

¡Sí! ¡La respuesta es un sí rotundo! Pero, ¿cómo es posible eso?; y ¿qué debemos hacer para reclamar el gozo que nuestro Padre Celestial tiene reservado para nosotros? Seguir leyendo

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El camino perfecto a la felicidad

Conferencia General Octubre 2016
El camino perfecto a la felicidad
Por el presidente Thomas S. Monson

 Testifico del gran don que el plan de nuestro Padre es para nosotros. Es el único camino perfecto para tener paz y felicidad.

Mis amados hermanos y hermanas, tanto aquí en el Centro de Conferencias como en todo el mundo, cuán agradecido estoy por la oportunidad de compartir mis pensamientos con ustedes esta mañana.

Hace cincuenta y dos años, en julio de 1964, tuve una asignación en la ciudad de Nueva York durante el tiempo en que la Feria Mundial se llevaba a cabo en ese lugar. Temprano una mañana, visité el Pabellón Mormón de la feria. Llegué justo antes de que comenzaran a presentar la película de la Iglesia llamada El hombre en su búsqueda de la felicidad, una representación del Plan de Salvación que desde entonces se ha convertido en un clásico de la Iglesia. Me senté junto a un joven de quizá unos 35 años de edad. Hablamos brevemente; él no era miembro de la Iglesia. Entonces las luces se apagaron y la película comenzó.

Escuchamos la voz del narrador cuando hizo las conmovedoras y universales preguntas: ¿De dónde vine? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde iré después de esta vida?. Todo oído estuvo atento a escuchar las respuestas, y todo ojo estaba fijo en las imágenes allí representadas. Se dio una descripción de nuestra vida preterrenal, junto con una explicación de nuestro propósito en la tierra. Fuimos testigos de una conmovedora representación de la muerte de un abuelo anciano y de su gloriosa reunión con seres queridos que lo habían precedido en su llegada al mundo de los espíritus.

Al final de esa hermosa representación del plan que nuestro Padre Celestial tiene para nosotros, el público salió en silencio, muchos de ellos visiblemente conmovidos por el mensaje de la película. El joven visitante que estaba junto a mí no se levantó. Le pregunté si había disfrutado la presentación y su respuesta enfática fue: “¡Esta es la verdad!”.

Los misioneros comparten por todo el mundo el plan que nuestro Padre tiene para nuestra felicidad y salvación. No todos los que oyen este mensaje divino lo aceptan y lo siguen. Sin embargo, hombres y mujeres en todo lugar, tal como mi joven amigo en la Feria Mundial de Nueva York, reconocen sus verdades y plantan sus pies en el camino que los llevará a salvo a casa. Su vida cambia para siempre.

Una parte fundamental del plan es nuestro Salvador Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido. Sin embargo, no es suficiente simplemente creer en Él y en Su misión; es necesario que nos esforcemos y aprendamos, que escudriñemos y oremos, que nos arrepintamos y mejoremos; es necesario que conozcamos las leyes de Dios y que las vivamos; es necesario que recibamos Sus ordenanzas de salvación, Y únicamente si lo hacemos, obtendremos la felicidad verdadera y eterna.

Somos bendecidos por tenerla verdad, y tenemos el mandato de compartir la verdad. Vivamos la verdad, a fin de que merezcamos todo lo que el Padre tiene para nosotros. Él no hace nada a menos que sea para nuestro beneficio. Él nos ha dicho: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Desde lo más profundo de mi alma y con toda humildad, testifico del gran don que el plan de nuestro Padre es para nosotros. Es el único camino perfecto para tener paz y felicidad tanto aquí como en el mundo venidero.

Mis hermanos y hermanas, al concluir les dejo mi amor y mi bendición, y lo hago en el nombre de nuestro Salvador y Redentor, sí, Jesucristo. Amén.

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Principios y promesas

Conferencia General Octubre 2016
Principios y promesas
Por el presidente Thomas S. Monson

 Cuidemos de nuestro cuerpo y de nuestra mente al guardar los principios que están en la Palabra de Sabiduría, un plan dado por los cielos.

Esta noche, hermanos, ruego por la guía de nuestro Padre Celestial al compartir mi mensaje con ustedes.

En 1833, el Señor reveló al profeta José Smith un plan para una vida saludable. Ese plan se encuentra en la sección 89 de Doctrina y Convenios y se conoce como la Palabra de Sabiduría. Da indicaciones específicas en cuanto a los alimentos que comemos, y prohíbe el uso de substancias que son perjudiciales para nuestro cuerpo.

A los que son obedientes a los mandamientos del Señor y que fielmente obedecen la Palabra de Sabiduría, se les prometen bendiciones especiales, entre ellas buena salud y fortaleza física1.

Recientemente leí un relato verídico de una dramática manifestación en cuanto a estas promesas. Un fiel miembro de la Iglesia, John A. Larsen, sirvió durante la Segunda Guerra Mundial en el servicio de guardacostas de los Estados Unidos, en el barco USS Cambria. Durante una batalla en las Filipinas, se avisó que se aproximaba un escuadrón de bombarderos y aviones de combate kamikazes o suicidas. Se dieron órdenes para una inmediata evacuación. Ya que el USS Cambria se había ido, John y tres de sus compañeros recogieron sus cosas y rápidamente fueron a la playa, esperando que alguien los llevara a uno de los barcos que partían. Por fortuna, una barcaza los recogió y rápidamente se dirigió al último barco que dejaba la bahía. Los hombres de ese barco, en el esfuerzo de evacuar de ahí lo más rápido posible, estaban ocupados en la cubierta y solo tuvieron tiempo de arrojarles sogas a los cuatro hombres, con la esperanza de que subieran hasta la cubierta.

John, con un pesado radio a sus espaldas, se encontró colgado al final de una soga de 12 metros, al costado del barco que se dirigía a mar abierto. Empezó a subir por sí mismo, mano sobre mano, sabiendo que si no se agarraba ciertamente perecería. Después de ascender solo un tercio del tramo, sus brazos le ardían de dolor. Se había debilitado tanto que pensó que no se podría sostener más.

Con sus fuerzas agotadas, al pensar fatídicamente en su destino, en silencio John oró a Dios, diciéndole que él siempre había obedecido la Palabra de Sabiduría y que había vivido una vida recta, y que ahora desesperadamente necesitaba las bendiciones prometidas.

Posteriormente, John relató que al finalizar su oración había sentido una gran aumento de fuerza. Empezó a subir otra vez y rápidamente escaló por la soga. Cuando llegó a la cubierta, su respiración era normal, sin muestras de cansancio. Las bendiciones de más salud y vigor, prometidas en la Palabra de Sabiduría, le habían sido dadas. Le dio gracias a su Padre Celestial en ese momento, y por el resto de su vida, por la respuesta a su desesperada oración de ayuda2.

Hermanos, que cuidemos de nuestro cuerpo y de nuestra mente al guardar los principios que están en la Palabra de Sabiduría, un plan dado por los cielos. Con todo mi corazón y mi alma, testifico de las gloriosas bendiciones que nos aguardan si lo hacemos. Que así sea, lo ruego en el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.

REFERENCIAS 

  1. Véase Doctrina y Convenios 89:18–21.
  2. Véase John A. Larsen, en las compilaciones de Robert C. Freeman y de Dennis A. Wright, , Saints at War: Experiences of Latter-day Saints in World War II (2001), págs.350–351; usado con permiso.

 

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Para que se haga fuerte también

Conferencia General Octubre 2016
Para que se haga fuerte también
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

 Ruego que estemos a la altura de nuestro llamamiento de edificar a los demás, a fin de prepararlos para su glorioso servicio.

Me siento bendecido de estar en esta reunión con quienes poseen el sacerdocio de Dios. La devoción, la fe y el servicio abnegado de este grupo de hombres y jóvenes son un milagro moderno. Hablo hoy a poseedores del sacerdocio, mayores y jóvenes, unidos en el servicio incondicional al Señor Jesucristo.

El Señor otorga Su poder a aquellos que, en todos los oficios del sacerdocio, sirven dignamente en sus responsabilidades del sacerdocio.

Wilford Woodruff, cuando era Presidente de la Iglesia, describió su experiencia en los oficios del sacerdocio:

“Escuché el primer sermón en esta Iglesia y al día siguiente, fui bautizado… Se me ordenó al oficio de maestro. Mi misión comenzó de inmediato… y durante toda la misión serví con el oficio de maestro… En la conferencia, se me ordenó presbítero… y después de que se me ordenó presbítero, me enviaron… en una misión al sur del país. Eso fue en el otoño de 1834. Tenía un compañero, y comenzamos sin bolsa ni alforja. Viajé muchas millas solo y prediqué el Evangelio; bauticé a unos cuantos que no podía confirmar porque era solamente un presbítero… Viajé por un tiempo predicando el Evangelio antes de que se me ordenarasoñado]…

“[Ahora] ya he sido miembro de los Doce Apóstoles durante unos cincuenta y cuatro años; he viajado con ese cuórum y otros desde hace ya sesenta años; y quiero decir a esta congregación que el poder de Dios me sostuvo tanto cuando tenía el oficio de maestro, y en especial cuando oficiaba en la viña como presbítero, como lo hizo cuando era Apóstol. No hay ninguna diferencia en ello en tanto que cumplamos con nuestro deber”1.

Esa maravillosa posibilidad espiritual de que no haya diferencia se propone en la descripción que el Señor hace del Sacerdocio Aarónico como una “dependencia” del Sacerdocio de Melquisedec2. La palabra dependenciasignifica que los dos están relacionados. Esa conexión es importante para que el sacerdocio llegue a ser la fuerza y la bendición que puede ser, en este mundo y para siempre, pues “es sin principio de días ni fin de años”3.

La conexión es simple. El Sacerdocio Aarónico prepara a los jóvenes para una responsabilidad aun más sagrada.

“El poder y la autoridad del sacerdocio mayor, o sea, el de Melquisedec, consiste en tener las llaves de todas las bendiciones espirituales de la iglesia:

“tener el privilegio de recibir los misterios del reino de los cielos, ver abiertos los cielos, comunicarse con la asamblea general e iglesia del Primogénito, y gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio”4. Seguir leyendo

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Aprendan de Alma y Amulek

Conferencia General Octubre 2016
Aprendan de Alma y Amulek
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

 Es mi esperanza que quienes se hayan apartado del camino del discipulado vean con el corazón y aprendan de Alma y de Amulek.

Alma, hijo

Entre los personajes más inolvidables de las Escrituras está Alma, hijo. Aunque era hijo de un gran profeta, se desvió del camino por un tiempo y se convirtió en un “hombre muy malvado e idólatra”. Por cuestiones que solo podemos adivinar, él se opuso activamente a su padre y procuró destruir la Iglesia; y debido a su elocuencia y persuasión, tuvo gran éxito1.

Sin embargo, la vida de Alma cambió cuando un ángel del Señor se le apareció y le habló con voz de trueno. Durante tres días y tres noches, Alma fue “[martirizado con] un tormento eterno… sí, con las penas de un alma condenada”. Y luego, de alguna manera, un vago recuerdo trajo luz a la oscuridad de su mente, una verdad eterna que su padre enseñó: que Jesucristo vendría para “[expiar] los pecados del mundo”. Alma había rechazado esos conceptos desde hacía mucho tiempo, pero ahora su “mente [se concentró] en este pensamiento” y humilde y sinceramente, depositó su confianza en el poder expiatorio de Cristo2.

Después de esa experiencia, Alma fue un hombre cambiado y desde ese momento, dedicó su vida a reparar el daño que había causado. Él es un ejemplo potente de arrepentimiento, perdón y fidelidad perpetua.

Con el tiempo, Alma fue elegido para suceder a su padre como cabeza de la Iglesia de Dios.

Cada ciudadano de la nación nefita debe haber conocido la historia de Alma. Los Twitters, Instagrams y Facebooks de esa época se habrían llenado con imágenes e historias sobre él. Probablemente apareció con frecuencia en la portada de El semanal de Zarahemla y fue el tema de editoriales y especiales de televisión. En resumen, quizás fue la celebridad más conocida de sus días.

No obstante, cuando Alma vio que su pueblo estaba olvidando a Dios y levantándose en el orgullo y la contención, eligió renunciar a su cargo público y dedicarse “completamente al sumo sacerdocio del santo orden de Dios”3, predicando el arrepentimiento entre los nefitas.

Al principio Alma tuvo mucho éxito— hasta que viajó a la ciudad de Ammoníah. Las personas de esa ciudad estaban muy al tanto de que Alma ya no era su líder político; tenían poco respeto por la autoridad de su sacerdocio. Lo denigraron, ridiculizaron y expulsaron de su ciudad.

Descorazonado, Alma le volvió la espalda a la ciudad de Ammoníah4,

pero un ángel le dijo que regresara.

Piensen en ello: se le dijo que regresara al pueblo que lo odiaba y que era hostil hacia la Iglesia. Era una asignación peligrosa y quizás una que pondría en riesgo su vida; pero Alma no dudó. “Él volvió prestamente”5.

Alma había estado ayunando muchos días cuando entró en la ciudad; al estar allí, le pidió a un completo extraño que le diera “algo de comer a un humilde siervo de Dios”6. Seguir leyendo

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Hay poder en el libro

Conferencia General Octubre 2016
Hay poder en el libro
Por el élder LeGrand R. Curtis Jr.
De los Setenta

 El mayor poder del Libro de Mormón consiste en la influencia que tiene en acercarnos a Jesucristo.

El 14 de junio de 1989, debido a información errónea sobre la Iglesia, el gobierno de Ghana prohibió todas las actividades de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días dentro de ese país africano. El gobierno expropió las propiedades de la Iglesia y la actividad misional se detuvo. Los miembros de la Iglesia, que llaman a ese periodo “la paralización”, hicieron lo mejor que pudieron para vivir el Evangelio sin reuniones de rama ni el apoyo de misioneros. Hay muchas historias inspiradoras de cómo los miembros mantuvieron la luz del Evangelio encendida adorando en su hogar y cuidándose mutuamente como maestros orientadores y maestras visitantes.

Con el tiempo, el malentendido se solucionó y el 30 de noviembre de 1990 terminó la paralización y se reanudaron las actividades normales de la Iglesia1. Desde entonces, ha habido una excelente relación entre la Iglesia y el gobierno de Ghana.

Los miembros que fueron testigos de la paralización resaltan las bendiciones que surgieron de esa época inusual: se fortaleció la fe de muchos por medio de la adversidad que enfrentaron. Una de las bendiciones de la paralización llegó en forma inusual.

Nicholas Ofosu-Hene era un joven policía asignado a vigilar un centro de reuniones SUD durante la paralización; su deber era cuidar el edificio durante la noche. Cuando Nicholas llegó por primera vez a la capilla, vio que todo estaba desparramado; los papeles, libros y mobiliario eran un caos. En medio del desorden, vio un ejemplar del Libro de Mormón. Intentó ignorar el libro, ya que le habían dicho que era malo, pero se sentía extrañamente atraído a él. Finalmente, Nicholas no pudo ignorar más el libro; lo agarró y se sintió impelido a empezar a leerlo. Leyó toda la noche, con lágrimas rodándole por las mejillas al hacerlo.

La primera vez que tomó el libro leyó todo 1 Nefi. La segunda vez, leyó todo 2 Nefi. Al llegar a 2 Nefi, capítulo 25, leyó esto: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”2.

A esas alturas, Nicholas sentía tan fuerte el Espíritu que comenzó a sollozar; se dio cuenta de que, mientras leía, había recibido varias impresiones espirituales de que el libro era Escritura, la más correcta que jamás hubiese leído; supo, además, que los Santos de los Últimos Días, a diferencia de lo que había oído, eran firmes creyentes en Jesucristo. Cuando terminó la paralización y los misioneros volvieron a Ghana, Nicholas, su esposa y sus hijos se unieron a la Iglesia. La última vez que lo vi el año pasado, era comandante de la policía y servía como presidente del Distrito Tamale Ghana de la Iglesia. Él dijo: “La Iglesia ha transformado mi vida… Agradezco a Dios Todopoderoso por guiarme a este Evangelio”3. Seguir leyendo

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Emisarios a la Iglesia

Conferencia General Octubre 2016
Emisarios a la Iglesia
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Les pedimos que, en calidad de maestros orientadores, sean emisarios de Dios a Sus hijos; que amen, velen y oren por la gente que se les ha asignado.

No hace mucho, una hermana soltera, a la que llamaré Molly, llegó a casa del trabajo y encontró que 5 cm de agua cubrían todo el piso del sótano. Inmediatamente se dio cuenta de que sus vecinos, con los que compartía las cañerías del desagüe, debieron de haber tenido una cantidad exorbitante de ropa para lavar y para bañarse, porque a ella le llegó toda el agua del sumidero.

Después de que Molly llamó a una amiga para que fuera a ayudarla, ambas empezaron a achicar el agua y a trapear. Entonces alguien llamó a la puerta y su amiga exclamó: “¡Son tus maestros orientadores!”.

Molly se rio. “Esel último día del mes”, respondió, “pero puedo asegurarte queno son mis maestros orientadores”.

Descalza, con los pantalones mojados, el cabello sujeto con un pañuelo y un par muy elegante de guantes de goma, Molly se abrió camino hasta la puerta. Sin embargo, su aspecto deprimente no se comparaba con el espectáculo inusual que tenía ante sus ojos. ¡Síeran sus maestros orientadores!

“¡Me quedé boquiabierta ante semejante sorpresa!”, me dijo tiempo después. “¡Era un milagro de la orientación familiar, como el que las Autoridades Generales comparten en los discursos de la conferencia general!” Y prosiguió: “Pero entonces, justo cuando intentaba decidirme entre darles un beso o el trapeador, ellos me dicen: ‘Discúlpenos, Molly. Vemos que está ocupada y no queremos molestar; vendremos en otro momento’. Y se fueron”.

“¿Quién era?”, le preguntó su amiga desde el sótano.

“Quise decirle: ‘Ciertamente no eran los tres nefitas’”, admitió Molly, “pero me refrené y dije con mucha calma: ‘Eran los maestros orientadores, pero consideraron que no era un momento oportuno para darme el mensaje’”1.

Hermanos, permítanme examinar brevemente el deber del sacerdocio que se ha descrito como “el primer recurso de ayuda en la Iglesia” para las personas y las familias2. Se han sacrificado bosques enteros a fin de tener el papel para organizar y después reorganizar ese deber; se han dado miles de discursos motivadores a fin de fomentarlo. Ciertamente, ningún psicoanalista de la corriente de Sigmund Freud podría suscitar tantos sentimientos de culpa como los que ha provocado este tema. No obstante, aún tenemos dificultades para siquiera acercarnos a un nivel aceptable en el cumplimiento del mandamiento del Señor en cuanto a “velar siempre por los miembros de la iglesia”3 mediante la orientación familiar del sacerdocio.

Parte de la dificultad que enfrentamos es la demografía cambiante de la Iglesia. Sabemos que ahora que hay miembros repartidos en más de 30.000 barrios y ramas ubicados en 188 naciones y territorios, es mucho más difícil visitar el hogar de nuestros hermanos y hermanas de lo que lo era en los albores de la Iglesia, cuando un vecino enseñaba a otro vecino en lo que se conocía como “enseñanza por cuadras”. Seguir leyendo

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Compartir el Evangelio restaurado

Conferencia General Octubre 2016

Compartir el Evangelio restaurado

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Lo que llamamos la “obra misional de los miembros” no es un programa, sino una actitud de amor y de participación para ayudar a los que nos rodean.


I.

Hacia el final de Su ministerio terrenal, nuestro Salvador Jesucristo mandó a Sus discípulos: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19) e “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Todo cristiano está bajo esos mandatos de compartir el Evangelio con todos, a lo cual muchos llaman “la gran comisión”.

Tal como el élder Neil L. Andersen lo describió en la sesión de esta mañana, sin duda, los Santos de los Últimos Días se encuentran entre los más dedicados a esta gran responsabilidad; y así debe ser, porque sabemos que Dios ama a todos Sus hijos y que en estos últimos días Él ha restaurado conocimiento y poder adicionales de vital importancia a fin de bendecirlos a todos. El Salvador nos enseñó a amar a todos como hermanos y hermanas, y honramos esa enseñanza al compartir el testimonio y el mensaje del Evangelio restaurado “entre todas las naciones, lenguas, tribus y pueblos” (D. y C. 112:1). Eso es parte fundamental de lo que significa ser Santo de los Últimos Días y lo consideramos como un privilegio que nos llena de gozo. ¿Qué podría llenarnos más de gozo que el compartir las verdades de la eternidad con los hijos de Dios?

Actualmente contamos con muchos recursos para compartir el Evangelio que no estaban disponibles en generaciones anteriores. Tenemos la televisión, internet y una diversidad de redes sociales; contamos con muchos mensajes valiosos que nos ayudan a presentar el Evangelio restaurado; tenemos la prominencia de la Iglesia en muchas naciones; contamos con una cantidad de misioneros que ha aumentado grandemente. Pero, ¿estamos haciendo uso de todos esos recursos de manera que logremos el efecto máximo? Considero que la mayoría de nosotros diría que no. Deseamos ser más eficaces en cumplir con nuestra responsabilidad divinamente establecida de proclamar el Evangelio restaurado en todo el mundo.

Existen muchas buenas ideas para compartir el Evangelio que funcionarán en estacas o países en particular. Sin embargo, debido a que somos una Iglesia mundial, deseo hablar de ideas que funcionen en todo lugar, desde las unidades más nuevas a las sólidamente establecidas, desde culturas que actualmente son receptivas al Evangelio de Jesucristo a culturas y naciones que son cada vez más hostiles hacia la religión. Deseo hablar de ideas que ustedes puedan compartir con personas que son dedicadas creyentes en Jesucristo, así como con personas que nunca han oído Su nombre; con personas que están satisfechas con su vida actual, así como con personas que desesperadamente procuran mejorarse.

¿Qué podría decir que les sea útil cuando compartan el Evangelio, sean cuales sean sus circunstancias? Necesitamos la ayuda de todo miembro, y todo miembro puede ayudar ya que hay muchas tareas que llevar a cabo a medida que compartimos el Evangelio restaurado con toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Todos sabemos que la participación de los miembros en la obra misional es de vital importancia para lograr la conversión así como la retención. El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Ahora es el momento de que los miembros y los misioneros se unan [y]… trabajen en la viña del Señor para llevar almas a Él. Él ha preparado los medios para que compartamos el Evangelio de muchas maneras, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para llevar a cabo Su obra”1. Seguir leyendo

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Permaneced en mi amor

Conferencia General Octubre 2016
“Permaneced en mi amor”
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 El amor de Dios es infinito y perdurará para siempre, pero lo que signifique para cada uno de nosotros dependerá de cómo respondamos a Su amor.

La Biblia nos dice que “Dios es amor”1. Él es la personificación perfecta del amor, y nosotros dependemos en gran medida de la constancia y del alcance universal de ese amor. Como lo ha expresado el presidente Thomas S. Monson: “El amor de Dios está allí ya sea que sientan que merezcan amor o no; simplemente siempre está allí”2.

Se puede hablar del amor divino y describirlo de varias maneras. Uno de los términos que oímos a menudo hoy en día es que el amor de Dios es “incondicional”. Si bien en un sentido eso es verdad, el término“incondicional” no aparece en ninguna parte de las Escrituras. En cambio, en las Escrituras se describe Su amor como “grande y maravilloso amor”3, “perfecto amor”4, “amor que redime”5 y “amor eterno”6. Esas expresiones son mejores porque la palabra incondicional puede transmitir ideas incorrectas acerca del amor divino, tales como, que Dios tolera y excusa todo porque Su amor es incondicional, o que Dios no exige nada de nosotros porque Su amor es incondicional, o que todos son salvos en el reino celestial de Dios porque Su amor es incondicional. El amor de Dios es infinito y perdurará para siempre, pero lo que signifique para cada uno de nosotros dependerá de cómo respondamos a Su amor.

Jesús dijo:

“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.

“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”7.

“Permanecer” en el amor del Salvador significa recibir Su gracia y ser perfeccionados por ella8. Para recibir Su gracia, debemos tener fe en Jesucristo y guardar Sus mandamientos, que incluye arrepentirnos de nuestros pecados, bautizarnos para la remisión de pecados, recibir el Espíritu Santo y permanecer en la senda de la obediencia9.

Dios siempre nos amará, pero Él no puede salvarnos en nuestros pecados10. Recuerden las palabras de Amulek a Zeezrom de que el Salvador no salvaría a Su pueblo en sus pecados, sino de sus pecados11, debido a que con el pecado somos impuros y que “ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo”12 ni morar en la presencia de Dios. “Y [Cristo] ha recibido poder, que le ha sido dado del Padre, para redimir a los hombres de sus pecados por motivo del arrepentimiento; por tanto, ha enviado a sus ángeles para declarar las nuevas de las condiciones del arrepentimiento, el cual conduce al poder del Redentor, para la salvación de sus almas”13.

Del Libro de Mormón aprendemos que el propósito del sufrimiento de Cristo, que es la manifestación suprema de Su amor, era “poner en efecto las entrañas de misericordia, que sobrepujan a la justicia y proveen a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento.

“Y así la misericordia satisface las exigencias de la justicia, y ciñe a los hombres con brazos de seguridad; mientras que aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención”14.

El arrepentimiento, pues, es el don que Él nos concede, por el cual pagó un altísimo precio.

Algunas personas argumentarán que Dios bendice a todos por igual, citando, por ejemplo, la declaración de Jesús en el Sermón del Monte: “[Dios] hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos”15. Efectivamente, Dios hace llover sobre todos Sus hijos todas las bendiciones que Él puede dar, todas las bendiciones que el amor, la ley y la justicia permitan dar. Y Él nos manda que seamos igual de generosos:

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

“para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”16.

Sin embargo, las bendiciones más grandes de Dios se basan en la obediencia. El presidente Russell M. Nelson explicó: “El resplandeciente ramillete del amor de Dios, incluso la vida eterna, incluye bendiciones para las que debemos llenar ciertos requisitos, y no es algo a lo que tenemos derecho siendo indignos. Los pecadores no pueden someter la voluntad de Él a la de ellos y obligarle a que les bendiga estando en pecado [véaseAlma 11:37]. Si desean disfrutar de cada flor de Su hermoso ramo, deben arrepentirse”17. Seguir leyendo

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¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!

Conferencia General Octubre 2016

¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Estamos rodeados de una riqueza de luz y verdad tan extraordinaria que me pregunto si realmente apreciamos lo que tenemos.


Qué bendecidos somos de reunirnos nuevamente en esta conferencia mundial bajo la dirección y el liderazgo de nuestro querido profeta y presidente, Thomas S. Monson. Presidente, lo amamos y lo apoyamos con todo el corazón.

Durante mi vida profesional como piloto, dependía mucho de la precisión y confiabilidad de sistemas computarizados, pero rara vez tuve que usar mi computadora personal. En mi trabajo de oficina como ejecutivo, tenía asistentes y secretarias que amablemente me ayudaban con las tareas.

Todo eso cambió en 1994, cuando fui llamado como Autoridad General. Mi llamamiento consistía en muchas oportunidades maravillosas de ministrar, pero también incluía mucho trabajo de oficina para la Iglesia; más de lo que imaginé que fuera posible.

Para mi asombro, la herramienta principal para mantenerme organizado en mi trabajo era mi computadora personal.

Por primera vez en la vida, tuve que zambullirme en ese extraño, desconcertante e incomprensible mundo.

Desde un principio, la computadora y yo no nos llevábamos muy bien.

Personas expertas en tecnología intentaron enseñarme a usar la computadora. Literalmente se colocaban detrás de mí, extendían el brazo por encima de mi hombro, y con sus dedos moviéndose rápidamente creaban una sinfonía de percusión en el teclado.

“¿Ve?”, me decían orgullosamente. “Así es como se hace”.

Yo no lo veía. Fue una transición difícil.

Mi curva de aprendizaje era más bien un muro de ladrillos.

Tomó mucho tiempo, repetición, paciencia, bastante esperanza y fe, gran cantidad de ánimo por parte de mi esposa y muchos litros de un refresco dietético que no nombraré.

Ahora, veintidós años después, estoy rodeado de tecnología computarizada. Tengo una dirección de correo electrónico, una cuenta en Twitter y una página de Facebook. Tengo un teléfono inteligente, una tableta, una computadora portátil y una cámara digital; y, aunque mis habilidades tecnológicas no se pueden comparar con las de un niño de siete años, para un septuagenario, no soy tan malo.

Pero he notado algo interesante. Cuanto más versado me hago en la tecnología, más dejo de apreciar lo que vale.

Durante una gran parte de la historia de la humanidad, la comunicación se realizaba a la velocidad de un caballo. Enviar un mensaje y recibir una respuesta podía tomar días e incluso meses. Hoy nuestros mensajes viajan miles de kilómetros en el espacio o miles de metros por debajo de océanos para llegar a alguien al otro lado del mundo; y si hay una demora de incluso unos segundos, nos frustramos y nos impacientamos.

Parece ser la naturaleza humana: cuanto más nos familiarizamos con algo, incluso algo milagroso e impresionante, perdemos nuestro sentido de asombro y lo tratamos como algo común y corriente.

¿Dejamos de apreciar el valor de las verdades espirituales?

El no apreciar las tecnologías y las conveniencias modernas quizás sea un asunto relativamente pequeño. Pero, tristemente, a veces tomamos una actitud similar hacia la doctrina del evangelio de Jesucristo que ensancha el alma y es eterna. En la Iglesia de Jesucristo se nos ha dado mucho. Estamos rodeados de una riqueza de luz y verdad tan extraordinaria que me pregunto si realmente apreciamos lo que tenemos.

Piensen en los primeros discípulos que caminaron y hablaron con el Salvador durante Su ministerio terrenal. Imaginen el agradecimiento y la reverencia que deben haberles inundado el corazón y llenado la mente cuando lo vieron levantarse de la tumba, cuando palparon las heridas de Sus manos. ¡Sus vidas nunca serían las mismas!

Piensen en los primeros santos de esta dispensación que conocieron al profeta José Smith y lo escucharon predicar el Evangelio restaurado. Imaginen cómo se deben haber sentido al saber que el velo entre el cielo y la tierra se había abierto nuevamente, derramando luz y conocimiento sobre el mundo desde nuestro hogar celestial. Seguir leyendo

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Leales a la fe

Conferencia General Abril 1997

Leales a la fe

Presidente Gordon B. Hinckley

“Con tan grande herencia, no podemos menos que hacer lo mejor que esté a nuestro alcance. Los que nos han precedido esperan eso de nosotros. Tenemos un mandato del Señor.”


Con esa imagen como telón de fondo, deseo decir algo a modo de resumen de lo que ya se ha escuchado y se ha visto en este, el cumpleaños de la Iglesia. Como se nos ha recordado numerosas veces, este año representa un gran aniversario, por lo que deseo hablar públicamente sobre la magnitud de lo que nuestros antepasados llevaron a cabo y sobre lo que eso significa para nosotros. Es una historia que la mayoría de ustedes conocen, pero vale la pena contarla otra vez.

Es una historia de tan grande envergadura, tan llena de sufrimiento humano y del resultado del ejercicio de la fe, que nunca envejecerá ni perderá su frescor.

Ya sea que se encuentran ustedes entre los descendientes de los pioneros o que se hayan bautizado tan sólo ayer, todos somos beneficiarios de la gran hazaña de ellos.

¡Que prodigioso es contar con grandes y nobles progenitores! ¡Que admirable es haber recibido ese magnífico patrimonio que habla de la mano guiadora del Señor, del oído atento de Sus Profetas, de la dedicación total de una enorme congregación de santos que amaron esta causa más que a la vida misma! No debe sorprender que tantos cientos de miles de nosotros sí, aun millones, hagamos una pausa en el mes de julio que se aproxima para recordarlos, así como para celebrar sus maravillosos logros y regocijarnos en la obra milagrosa que ha crecido de los cimientos que ellos establecieron.

Permítanme citar una palabra de Wallace Stegner; él no era miembro de la Iglesia, pero fue mi contemporáneo en la Universidad de Utah; posteriormente, fue profesor de creación literaria en la Universidad Stanford y ganador del premio Pulitzer. Era un hombre muy observador y aplicado estudiante. Escribió lo siguiente acerca de estos antepasados nuestros:

“Establecieron una mancomunidad, o, como ellos lo hubieran llamado, un Reino. La historia de su migración es más que la historia de la fundación de Utah. En su héjira, se abrieron paso por el sur de Iowa, desde Locust Creek hasta el río Misuri, hicieron los primeros caminos, construyeron los primeros puentes, establecieron las primeras comunidades; transformaron junto al río Misuri en Council Bluffs una factoría y agencia indígena en un fuerte fronterizo de civilización, fundaron poblados en ambos lados del río e hicieron de Winter Quarters … y después de Kanesville … puestos de abastecimiento que se igualaban a Independence, Westport y St. Joseph … Los libros guías de la ruta y las señales indicadoras del camino, los puentes y las balsas de embarque que hicieron para los santos que los seguirían después también les sirvieron a los que no eran de su fe …

Continua diciendo: “Los mormones constituyeron una de las fuerzas principales en la colonización del Oeste. El grupo mayor de ellos abrió el paso por el sur de Iowa, la frontera de Misuri, Nebraska, Wyoming, Utah. El grupo de Samuel Brannan de santos del este que navegaron alrededor del Cabo de Hornos en el buque Brooklyn, y el Batallón Mormón que marchó más de 3.200 kilómetros por tierra desde el Fuerte Leavenworth hasta San Diego, fueron grupos secundarios del movimiento mormón; entre ellos, contribuyeron a abrir los pasos del Suroeste y de California. Integrantes del Batallón se hallaban en Coloma cuando se descubrió oro en el lecho del canal del molino Sutter … Colonizadores mormones de Brigham Young, poniéndose nuevamente en marcha tras una breve permanencia, salieron de los valles de Salt Lake, de Utah y de Weber y fueron a establecer colonias que se extendieron desde el norte de Arizona hasta el río Lemhi, de Idaho, y desde el Fuerte Bridger en Wyoming hasta Genoa en Carson Valley … y en el suroeste pasando por St. George a Las Vegas y a San Bernardino”(1). Seguir leyendo

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