Conferencia General Octubre 2016
Las bendiciones de la adoración
Por el obispo Dean M. Davies
Primer Consejero del Obispado Presidente
La adoración es esencial y central en nuestra vida espiritual; es algo que debemos anhelar, procurar y esforzarnos por sentir.
Su visita
Una de las experiencias más extraordinarias y tiernas registradas en las Santas Escrituras es el relato de la visita del Salvador al pueblo del continente americano después de Su muerte y resurrección. El pueblo había sufrido una destrucción tan grande que causó que “[quedara] desfigurada la superficie de toda la tierra”1. El registro de esos acontecimientos narra que tras la catástrofe hubo llantos continuamente entre todo el pueblo2, y que en medio de su profundo dolor, el pueblo tuvo hambre de sanación, paz y liberación.
Cuando el Salvador descendió del cielo, el pueblo cayó dos veces a Sus pies. La primera vez ocurrió después de que Él pronunció con autoridad divina:
“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.
“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo”3.
Luego invitó a los presentes y dijo: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo…
“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:
“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!”4.
Después, por segunda vez, “cayeron a los pies de Jesús”; pero esta vez con un propósito, porque vemos que “lo adoraron”5.
La época actual
A principios de este año, se me asignó visitar una estaca en el oeste de los Estados Unidos. Era un domingo normal, una reunión normal con miembros normales de la Iglesia. Observé a las personas entrar en la capilla y acomodarse con reverencia en los asientos disponibles. Por todo el salón se oía el eco de apresuradas conversaciones en susurros. Madres y padres, a veces en vano, trataban de controlar a sus inquietos hijos. Lo normal.
Sin embargo, antes de iniciar la reunión, acudieron a mi mente palabras inspiradas por el Espíritu.
Esos miembros no habían ido solo a cumplir un deber o a escuchar a los discursantes;
habían ido con un motivo más profundo y mucho más significativo:
habían ido a adorar.
Conforme la reunión avanzó, observé a varios miembros de la congregación; tenían una expresión casi celestial, con una actitud de reverencia y paz; había algo en ellos que me conmovió el corazón. La experiencia que estaban teniendo ese domingo era sumamente extraordinaria. Seguir leyendo

























