…Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos

Conferencia General Abril 1997

“…Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”

Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Para llegar a ser uno con la familia de los santos, se requiere que los miembros establecidos de la Iglesia reciban con una calurosa acogida a los miembros nuevos: con los brazos abiertos.”


El Salvador, como afectuoso amigo, le dijo a Pedro, que hacía poco había sido llamado a seguir al Salvador: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;

“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32). ¿Cuál es ese proceso de conversión por el que debe pasar cada hijo e hija de Dios para ayudar a los demás a volver a Su presencia?

Las primeras semillas de la conversión comienzan con un conocimiento del Evangelio de Jesucristo y con un deseo de saber la verdad concerniente a Su Iglesia restaurada; “… dejad que este deseo obre en vosotros” (Alma 32:27). El deseo de saber la verdad se compara a una semilla que crece en el terreno fértil de la fe, de la paciencia, de la diligencia y de la longanimidad (véase Alma 32:27-41). Ha habido algunas conversiones milagrosas que se han registrado en las Escrituras. La conversión milagrosa de Saulo es uno de esos ejemplos, que se hizo evidente cuando el hizo dos preguntas cruciales: “¿Quién eres, Señor? … [y] ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:56). En ocasiones, las personas pueden tener este tipo de experiencias, pero la mayoría de las veces, la conversión lleva tiempo y ocurre mientras el estudio, la oración, la experiencia y la fe nos ayudan a crecer en nuestro testimonio y nuestra conversión.

Cuando Abinadí les enseñó con intrepidez el Evangelio de Jesucristo al inicuo rey Noé y a sus sacerdotes, sólo Alma reconoció la verdad. Más tarde, Alma tuvo que demostrar gran fe en las palabras de Abinadí mientras trataba de llevar a cabo un potente cambio en el corazón. Este cambio en el corazón fortaleció su conversión con el deseo de abandonar sus pecados. La conversión de cada miembro de la Iglesia no es tan diferente de la de Alma (véase Mosíah 17).

Salimos del mundo para entrar en el Reino de Dios. En el proceso de la conversión, experimentamos el arrepentimiento, el cual produce la humildad, un corazón quebrantado y un espíritu contrito, los cuales nos preparan para el bautismo, la remisión de los pecados y el recibir el Espíritu Santo. Después, con el tiempo y por medio de nuestra fidelidad, superamos las pruebas y tribulaciones, y perseveramos hasta el fin.

Pienso en lo que los primeros miembros de la Iglesia dejaron atrás. Muchos tuvieron que dejar sus familias y sus amigos, la patria donde nacieron y mucho del estilo de vida que habían llevado. Cruzaron el océano y atravesaron a pie una gran nación para ir a Sión a fin de tener la hermandad de los santos. Hoy es igual. Cuando los miembros nuevos salen del mundo y entran en el Reino de Dios, dejan mucho atrás. A menudo, ellos también dejan amigos e inclusive familiares, así como relaciones sociales y un estilo de vida que no es compatible con las normas de la Iglesia. Después del bautismo, el nuevo miembro de la Iglesia debe aprender a ser conciudadano de los santos en el Reino le Dios por medio del estudio, de la oración y del ejemplo y del afecto de los miembros. Todo miembro de la Iglesia desarrolla diariamente un cometido personal, un testimonio y una conversión más profundos a medida que presta servicio a sus familiares y en sus llamamientos de la Iglesia. Seguir leyendo

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Orad al padre en mi nombre

Conferencia General Abril 1997

“Orad al padre en mi nombre”

Élder L. Edward Brown
de los Setenta

“Cuando utilizamos esas sagrados palabras: ‘en el nombre de Jesucristo’… nos encontramos en terreno santo.”


Cuando nuestro Maestro, el Señor Jesucristo, se encontraba con Sus discípulos en las playas del mar de Galilea, les enseñó el modelo de la oración. Esa oración, a la que conocemos como El Padre Nuestro, merece que le prestemos seria consideración (Mateo 6:9-133 Nefi 13:9-13).

El Señor exhortó, o quizás incluso mandó: “Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:9). Fijen ahora su atención y su corazón en la forma en que El dio comienzo a esta magnífica oración: Padre nuestro que estas en los cielos…” (Mateo 6:9). ¡Qué portentoso momento! ¡Qué gran revelación! “Padre nuestro”, declaro El, “Padre nuestro”.

Es cierto que pudo haber elegido muchas otras maneras de dar comienzo a la oración: “Oh poderoso Creador de los cielos y de la tierra, Oh Dios poderoso que eres omnipresente, omnisciente y omnipotente”. Esos títulos extraordinarios encierran verdades grandiosas y magnánimas, sin embargo, con una sola palabra, “Padre”, enseñó mucho de lo que debemos saber, de lo que en verdad añoramos saber. Dios es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

Los Profetas de Dios proclaman que “todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”. (“La familia: una proclamación al mundo”, Liahona, junio de 1996, págs. 10-11.)

De igual forma que un niño o una niña disfruta de una relación satisfactoria y segura con su propio padre, él o ella puede tener una relación natural con su Padre Celestial. La criatura percibe que es un hijo o una hija de Dios y que Dios es su Padre. Es algo que se percibe como normal y que la hace sentirse bien, porque eso es lo correcto. Proclamamos que “en la vida premortal, los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron y lo adoraron como su Padre Eterno…” (Ibid). Lo conocían en aquel entonces, y de forma natural e intuitiva lo conocerán ahora. Que trágico es el hecho de que se abuse de una criatura inocente de tal manera, que a él o a ella se le haga difícil acudir a su Padre Celestial.

Hace algunos años, unos buenos amigos de la familia nos prestaron su cabaña en Island Par, Idaho. Cuando llegamos a la cabaña, nos dimos cuenta de que la llave que nos habían dado para abrir la puerta del frente no era la correcta. Tratamos de quitar las alambreras de las ventanas o abrir las otras puertas, ¡pero fue en vano!

De pronto, nuestro hijo Steven, que en aquel entonces tenía aproximadamente siete años, nos gritó para decirnos que había logrado abrir la puerta de enfrente. Steven, con una gran sonrisa, se hallaba parado triunfalmente en la entrada; yo estaba sorprendido, y le pregunte como lo había logrado. Seguir leyendo

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Ve y haz tu lo mismo

Conferencia General Abril 1997

“Ve y haz tu lo mismo”

Obispo H. David Burton
Obispo Presidente

“¿Podemos dejar a un lado nuestro amor por los bienes y escuchar el llanto del hambriento, del necesitado, del desnudo, del enfermo y del afligido?”


La vida de todos nosotros ha sido bendecida gracias al excelente servicio que han prestado la hermana Jack y sus consejeras. Estoy seguro de que al expresarles a estas hermanas nuestro agradecimiento hago eco al sentir de todos y de cada uno de ustedes.

Los fieles discípulos que seguían al Salvador oían los principios del Evangelio que Él les enseñaba por medio de los gráficos relatos que se conocen como las parábolas. Tras haber oído muchas parábolas, “… acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?” (Mateo 13:10). El Salvador respondió: “Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:1-3).

Un intérprete de la ley resolvió desafiar al Salvador en un punto de doctrina. Con la intención de tenderle una trampa a Jesús, le preguntó: “Maestro, ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna?” (Lucas 10:25). Jesús le respondió con otra pregunta. “¿Que está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26). La respuesta del abogado, la cual recitó de la ley, fue perfecta: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). Reconociendo Jesús la respuesta, le dijo: “… haz esto, y vivirás” (Lucas 10:28).

Al no haber conseguido confundir al Maestro, el abogado se desconcertó, y, queriendo justificarse, hizo aun otra pregunta: “¿Y quien es mi prójimo?” (Lucas 10:29). Debemos estar muy agradecidos por la segunda pregunta del abogado, puesto que dio origen a una de las parábolas más significativas del Salvador. Recordaran ustedes el escenario: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto” (Lucas 10:30). Desde que íbamos a la Primaria hemos escuchado sobre este hombre. Reflexionamos sobre el sacerdote y el levita y su falta de disposición para prestar ayuda y nos decimos: “Sin duda, yo le hubiera atendido. Sin duda, yo me hubiera detenido. Sin duda, yo no hubiera mirado hacia el otro lado”.

La parábola continua: “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10:33). Al profeta Moroni se le concedió una visión de nuestra época. El registro del Libro de Mormón dice: “Porque he aquí, amáis el dinero, y vuestros bienes, y vuestros costosos vestidos… más de lo que amáis a los pobres y los necesitados, los enfermos y los afligidos…

“¿Por qué os adornáis con lo que no tiene vida, y sin embargo, permitís que el hambriento, y el necesitado, y el desnudo, y el enfermo, y el afligido pasen a vuestro lado, sin hacerles caso?” (Mormón 8:37,39).

Moroni se sintió angustiado por lo que vio. ¿Nos angustiamos nosotros lo suficiente para dejar a un lado nuestro amor por los bienes y escuchar el llanto del hambriento, del necesitado, del desnudo y del enfermo? ¿Podemos decir: “Yo habría actuado tal como lo hizo el samaritano si hubiera visto a alguien que necesitaba ayuda”? Seguir leyendo

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Una pequeña piedra

Conferencia General Abril 1997

Una pequeña piedra

Elaine L. Jack
Presidenta general de la Sociedad de Socorro, recién relevada

“Ya no es el momento en que simplemente creamos en este Evangelio; debemos ser vehementes en nuestra creencia y en nuestra dedicación a Jesucristo y Su plan.”


Me críe a solo unos cuantos pasos del Templo de Alberta, en Cardston, Canadá. En esa pequeña comunidad mormona ubicada al pie de las Montañas Rocosas canadienses, el templo se erguía como un poderoso símbolo de la fortaleza y la grandeza del Evangelio de Jesucristo. Yo hice mis más importantes convenios dentro de las paredes de ese templo.

Esas paredes encierran un significado especial para mí. Mi abuelo John F. Anderson, un diestro mampostero de Aberdeen, Escocia, fue llamado para tallar la piedra blanca de granito para ese santo templo. En 1915, durante la colocación de la piedra angular, tuvo el honor de regir como el mampostero principal bajo la supervisión del élder David O. McKay. En 1923, antes de que se dedicara el templo, mi abuelo colocó la última piedra. Más tarde, en su diario, el registró: “No fue la piedra de coronamiento, sino una pequeña piedra a la entrada del portal principal”.

Hoy día, yo coloco mi pequeña piedra en la entrada del portal principal de la Sociedad de Socorro.

En el libro de Omni, que es en sí una pequeña piedra en medio del Libro de Mormón, Amalekí escribe: “… quisiera que vinieseis a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participaseis de su salvación y del poder de su redención. Si… y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

El profeta José Smith describió la frase “ofrecer vuestras almas enteras” como servir a Dios con todo el “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2). Es poner en el altar de Dios nuestro tiempo, talentos, dones y bendiciones, nuestra voluntad de servir y de hacer todo lo que El pida. Mi abuelo le ofreció al Señor la piedra que había colocado con tanto cuidado; hoy, yo ofrezco mis años de servicio en la presidencia general de la Sociedad de Socorro. Seguir leyendo

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Perseverar y ser enaltecidos

Conferencia General Abril 1997

Perseverar y ser enaltecidos

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“La responsabilidad de perseverar descansa únicamente sobre ustedes. Pero nunca están solos. Testifico que el poder enaltecedor del Señor puede ser de ustedes…”


Cuando la hermana Nelson y yo estábamos recién casados y vivíamos en Minneapolis, decidimos disfrutar de una tarde libre con nuestra hijita de dos años de edad. Fuimos a uno de los muchos hermosos lagos de Minnesota y alquilamos una pequeña lancha. Después de remar y alejarnos de la orilla, nos detuvimos a descansar y a disfrutar de la tranquilidad. De pronto, nuestra hijita saco una pierna por el costado de la lancha y se dispuso a tirarse por la borda, exclamando: “¡Ya es hora de irse, papi!”

Rápidamente la detuvimos y le explicamos: “No, querida, no es hora de irse; debemos permanecer en la lancha hasta que nos lleve de nuevo a tierra”. Después de mucha persuasión logramos convencerla de que el salir prematuramente de la lancha hubiera causado una desgracia.

Los niños son propensos a hacer cosas peligrosas como esas simplemente porque no han adquirido la sabiduría que poseen sus padres. De igual modo, como hijos de nuestro Padre Celestial, quizás nosotros queramos “salirnos de la lancha” antes de llegar al destino al que Él quiere que lleguemos. El Señor nos enseña una y otra vez que debemos perseverar (1) hasta el fin (2). Este es uno de los temas predominantes de las Escrituras. Tal vez un ejemplo sirva para representar los muchos pasajes que transmiten un mensaje similar:

“… bienaventurados aquellos que procuren establecer a mi Sión … porque tendrán el don y el poder del Espíritu Santo; y si perseveran hasta el fin, serán enaltecidos en el último día y se salvaran en el reino eterno del Cordero”(3).

Las bendiciones que Dios confiere siempre se basan en la obediencia a la ley (4). Si aplicamos este concepto a mi analogía, derivamos que lo primero es “subirnos a la lancha” con El. Luego debemos permanecer con El. Y si no nos “bajamos de la lancha” antes de tiempo, llegaremos hasta Su reino, en donde seremos enaltecidos para vida eterna.

El término “enaltecidos” [o elevados] se relaciona con una ley física que se puede ilustrar con una simple demostración (5). Utilizaré un carrete de hilo y soplaré por el agujero que está en el eje del carrete. La fuerza de mi aliento moverá un trozo de papel en sentido opuesto a donde yo estoy. Ahora tomaré una tarjeta común y corriente y un alfiler. Colocaré el alfiler a través de la tarjeta. Con el alfiler en el agujero del carrete, sostendré la tarjeta cerca del carrete. Volveré a soplar por el agujero del carrete, y mientras soplo, soltaré la tarjeta a fin de que pueda responder a las fuerzas físicas. Antes de seguir adelante, ¿les gustaría predecir lo que va a suceder? ¿Se ira la tarjeta en sentido opuesto a donde yo estoy, o se elevara hacia mí? ¿Están listos?

[Demostración: El élder Nelson demuestra que soplar por el agujero del eje del carrete eleva la tarjeta hacia el carrete.]

¿Se fijaron? En tanto yo tuve suficiente aliento, la tarjeta se elevó, pero cuando ya no pude perseverar, la tarjeta cayó. Cuando me quede sin aliento, imperó la fuerza contraria de la gravedad. Si mi energía hubiera perseverado, la tarjeta hubiera permanecido elevada indefinidamente (6).

Siempre se requiere energía para que de empuje sobre las fuerzas contrarias. Estas mismas leyes se aplican a nuestra propia vida. Siempre que se emprende alguna tarea, son esenciales tanto la energía como la voluntad para perseverar. El ganador de una carrera de cinco kilómetros se proclama al final de cinco kilómetros, y no al final de uno, o de dos. Si toman un autobús para ir a Boston, no se bajan en Burlington. Si desean obtener una educación, no dejan truncados sus estudios, del mismo modo que no pagan para cenar en un restaurante elegante solo para salirse después de probar el aperitivo.

Cualquiera sea el trabajo que desempeñen, perseveren al empezar; perseveren a través de las fuerzas contrarias a lo largo del camino; y perseveren hasta el fin. Cualquier tarea debe terminarse antes de que puedan disfrutar los resultados de la misma. El poeta escribió:

Se constante en tu tarea hasta que la domines.
Muchos comienzan, pero pocos terminan.
El honor, el poder, la posición y el elogio,
son siempre de aquel que persevera.
Permanece en tu labor hasta que la domines,
Esfuérzate, suda y sonríe ante ella,
porque del esfuerzo, el sudor y la risa,
recibirás al fin tu victoria (7).

A veces la necesidad de perseverar se presenta al afrontar un problema físico. Cualquiera que padezca una grave enfermedad o los achaques de la edad tiene la esperanza de poder perseverar hasta el fin de tales aflicciones (8). La mayoría de las veces, los problemas físicos sumamente difíciles también van acompañados de retos espirituales. Piensen en los primeros pioneros. ¿Qué hubiese pasado si no hubieran perseverado las penalidades de su migración hacia el oeste? Este año no tendríamos la celebración del sesquicentenario. Perseveraron con tenacidad a pesar de la persecución(9), expulsión(10), una orden gubernamental de exterminación(11), expropiación de bienes(12), y mucho más. Su fe perseverante en el Señor les brindó aliento, tal como para con ustedes y para conmigo. Seguir leyendo

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Ese espíritu que induce a hacer lo bueno

Conferencia General Abril 1997

“Ese espíritu que induce a hacer lo bueno”

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Espíritu Santo será nuestro compañero constante si nos sometemos a la voluntad de nuestro Padre Celestial…”


Luego de su llegada al Valle del Lago Salado, los pioneros mormones se dieron cuenta de que representaba un gran desafío establecer colonias en el desierto. A diario enfrentaban pruebas y dificultades que les recordaban que su nueva vida era muy distinta de la que estaban acostumbrados a vivir. Había que construir casas, urbanizar, abrir canales de irrigación, plantar huertos, cortar madera y juntar ganado.

También había una constante inmigración hacia Utah, sequías y la plaga de las langostas, todo lo cual hacia que la economía de este nuevo territorio fuera muy incierta. Debido al gran esfuerzo que exigía el proveer para sus familias, algunos de los pioneros fueron arrastrados a un letargo espiritual. Esto era motivo de gran preocupación entre los primeros líderes de la Iglesia, los que creían que algunas de sus dificultades eran el resultado directo de que los santos eran negligentes en guardar los mandamientos.

En 1856, la Primera Presidencia comenzó un movimiento de reforma. Los líderes de la Iglesia viajaban por todo cl territorio proclamando el arrepentimiento a los santos; mandaban a los “maestros vecinales” con una lista de preguntas que debían hacer a las familias. Algunas de esas preguntas eran:

¿Ha traicionado en algo a sus hermanos o hermanas?
¿Ha cometido adulterio?
¿Ha tomado en vano el nombre de la Deidad?
¿Se ha intoxicado con bebidas alcohólicas?
¿Ha cumplido la promesa de pagar sus deudas?
¿Enseña a su familia el Evangelio de salvación?
¿Ora con su familia de mañana y de noche?

¿Asisten usted y su familia a las reuniones del barrio? (La historia de La Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, capítulo 28.)

Los santos recibieron de parte de sus líderes el desafío de renovar su dedicación a servir al Señor y guardar Sus mandamientos; ellos aceptaron el consejo de los líderes y se arrepintieron.

En 1997, nosotros tenemos muchas de las mismas inquietudes, a pesar de que nuestro mundo es muy distinto. Estas preguntas todavía serían muy apropiadas si se hicieran hoy; incluso la lista podría alargarse debido a nuevas fuentes de tentación que los pioneros no hubieran podido anticipar. El equilibrio entre vivir en el mundo y no ser del mundo está convirtiéndose en algo cada vez más complicado. Las publicaciones, la radio, la televisión y la red Internet nos han rodeado de cosas mundanas. Algunos de los programas de televisión han causado tantas quejas por parte del público que se ha establecido un sistema de clasificación para que los televidentes puedan evaluar el contenido de los programas. Sin duda, esto es admitir que hay muchas cosas disponibles que debemos evitar. La pregunta es: ¿podemos confiar en que otros tomen la decisión de clasificarlas por nosotros? Tenemos la fortuna de haber sido bendecidos con un poder especial que nos dirige cuando debemos tomar estas decisiones importantes entre el bien y el mal.

En aquel momento especial y sagrado en que el Salvador se dio cuenta de que Su ministerio mortal estaba a punto de concluir, El reunió a Sus Doce en lo que llamamos La Última Cena. Les dio la esperanza de que no estarían solos después de que Él se apartara de ellos; los consoló con estas palabras:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Seguir leyendo

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El arrepentimiento: Una gozosa elección

Conferencia General Octubre 2016
El arrepentimiento: Una gozosa elección
Por el élder Dale G. Renlund
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 El arrepentimiento no solo es posible, sino que también es gozoso gracias a nuestro Salvador.

Mis queridos hermanos y hermanas, cuando yo tenía doce años, mi familia vivía en Gotemburgo, una ciudad costera en el sur de Suecia. Como referencia, es la ciudad natal de nuestro querido colega el élder Per G. Malm1, que falleció este verano. Lo extrañamos. Estamos agradecidos por su nobleza, su noble servicio y por el ejemplo de su adorable familia; sin duda oramos para que reciban las más ricas bendiciones de Dios.

Hace cincuenta años, asistíamos a la Iglesia en una casa grande remodelada. Un domingo, mi amigo Steffan2, el único otro diácono de la rama, me recibió con gran emoción al llegar a la Iglesia. Fuimos a la zona de ampliación adjunta a la capilla, y él sacó un gran petardo y unos fósforos [cerillos]. En un acto de bravuconearía juvenil, tomé el petardo y encendí la mecha gris. Intenté apagar la mecha antes de que explotara, pero cuando me quemé los dedos al intentarlo, se me cayó el petardo. Steffan y yo mirábamos con horror cómo seguía ardiendo la mecha.

El petardo explotó, y el humo con azufre llenó la zona de ampliación y la capilla. Nos apresuramos a juntar los restos del petardo y abrimos las ventanas para tratar de eliminar el olor, esperando ingenuamente que nadie lo notara. Afortunadamente, nadie resultó herido ni hubo daños.

Cuando los miembros llegaron a la reunión, sí notaron el intenso olor; era imposible no notarlo. El olor fue una distracción de la naturaleza sagrada de la reunión. Debido a que había tan pocos poseedores del Sacerdocio Aarónico, y en lo que solo podría describirse como un pensamiento disociado, repartí la Santa Cena, pero no me sentí digno de tomarla. Cuando se me ofreció la bandeja de la Santa Cena, no tomé el pan ni el agua. Me sentía horrible; estaba avergonzado, y sabía que lo que había hecho había ofendido a Dios.

Después de las reuniones, el presidente de la rama, Frank Lindberg, un distinguido hombre mayor de cabello gris, me pidió ir a su oficina. Me senté; él me miró con bondad y dijo que se dio cuenta de que no había tomado la Santa Cena. Me preguntó por qué. Sospeché que él lo sabía; estaba seguro de que todos sabían lo que había hecho. Después de decírselo, me preguntó cómo me sentía. Mientras lloraba, le dije con voz entrecortada que lo sentía y que sabía que había decepcionado a Dios.

El presidente Lindberg abrió un ejemplar desgastado de Doctrina y Convenios y me pidió que leyera algunos versículos subrayados. Leí los siguientes en voz alta:

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”3.

Nunca olvidaré la sonrisa compasiva del presidente Lindberg cuando levanté la vista después de haber terminado de leer. Con algo de emoción, me dijo que sentía que estaba bien que yo volviera a tomar la Santa Cena. Cuando salí de su oficina, sentía un gozo indescriptible.

Tal gozo es uno de los resultados inherentes del arrepentimiento. La palabraarrepentirse conlleva “darse cuenta después” e implica “cambiar”4. En sueco, la palabra es omvänd, que simplemente significa: “dar vuelta”5. El escritor cristiano, C. S. Lewis, escribió sobre la necesidad de cambiar y el método para ello. Observó que el arrepentimiento consiste en “regresar al camino correcto. Una suma equivocada se puede corregir”, dijo él, “pero solo es posible hacerlo volviendo atrás hasta encontrar el error y calcular de nuevo a partir de ese punto; nunca se logra simplemente siguiendo adelante6. Cambiar el comportamiento y regresar al “camino correcto” son parte del arrepentimiento, pero solo una parte. El verdadero arrepentimiento también incluye entregar nuestro corazón y voluntad a Dios y abandonar el pecado7. Como se explica en Ezequiel, arrepentirse es “… [volver del]… pecado… [hacer] lo que es justo y recto… [restituir] la prenda… y [caminar] en los estatutos de la vida, sin cometer injusticia”8. Seguir leyendo

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No hay mayor gozo que saber que ellos lo conocen

Conferencia General Octubre 2016
No hay mayor gozo que saber que ellos lo conocen
Por el élder K. Brett Nattress
De los Setenta

No sé si hay algo en este mundo que pueda aportar más felicidad y gozo que saber que nuestros hijos conocen al Salvador.

Hermanos y hermanas, últimamente he estado meditando en esta pregunta: “Si todo lo que sus hijos supieran del Evangelio procediera de ustedes, como su única fuente, ¿cuánto sabrían?”. Esa pregunta se aplica a todos aquellos que aman y guían a niños y ejercen influencia en ellos.

¿Existe mayor don que pudiéramos impartir a nuestros hijos que el recuerdo grabado profundamente en sus corazones de que sabemos que nuestro Redentor vive? ¿Saben ellos que lo sabemos? Y, lo que es más importante, ¿han llegado a saber por sí mismos que Él vive?

Cuando era niño, fui el más difícil de criar de todos los hijos de mi madre. Rebosaba de energía. Mi madre me dice que su mayor temor era que no llegara a vivir hasta la edad adulta. Sencillamente, era demasiado inquieto.

Recuerdo una reunión sacramental particular en la que estaba sentado con mi familia cuando era niño. Mi madre acababa de recibir un nuevo juego de Escrituras que contenía, en un solo ejemplar encuadernado, todos los libros canónicos, y en el centro había papel rayado para tomar notas.

Durante la reunión, le pregunté si podía sostener sus Escrituras. Con la esperanza de ayudarme a ser reverente, las hizo llegar hasta donde me encontraba en el banco. Mientras examinaba sus Escrituras, observé que ella había apuntado una meta personal en la sección de notas. Para explicarles el contexto de esa meta, tengo que decirles que soy el segundo de seis hijos y me llamo Brett. Mi madre había escrito, en rojo, una sola meta: “¡Paciencia con Brett!”.

Como prueba adicional para ayudarles a entender la dificultad que afrontaron mis padres para criar a nuestra familia, permítanme contarles sobre la lectura de las Escrituras en nuestra familia. Todas las mañanas, mi madre nos leía el Libro de Mormón durante el desayuno. Durante este tiempo, mi hermano mayor, Dave, y yo, permanecíamos en silencio, pero actuábamos irreverentemente. Para ser completamente sincero, no escuchábamos y nos poníamos a leer el texto impreso en las cajas de cereales.

Finalmente, una mañana decidí hacerle frente a mi madre; le dije: “Mamá, ¿por qué nos haces esto? ¿Por qué nos lees el Libro de Mormón cada mañana?” Después dije algo que me da vergüenza admitir; de hecho, no puedo creer que en realidad lo dijera; le dije: “Mamá, ¡no estoy escuchando!”.

Su respuesta llena de amor fue un momento determinante en mi vida. Me dijo: “Hijo, estuve en una reunión donde el presidente Marion G. Romney enseñó acerca de las bendiciones de leer las Escrituras. Durante esa reunión, recibí la promesa de que si leía el Libro de Mormón a mis hijos cada día, no los perdería”. Entonces me miró fijamente a los ojos y, con una determinación absoluta, dijo: “¡Y no voy a perderte!”.

Sus palabras me llegaron al corazón. A pesar de mis imperfecciones, ¡era digno de que se me salvara! Ella me enseñó la verdad eterna de que soy hijo de un amoroso Padre Celestial. Aprendí que, fueran cuales fueran las circunstancias, yo valía la pena. Este fue un momento perfecto para un niño imperfecto.

Estoy eternamente agradecido por mi madre angelical y por todos los ángeles que aman a los niños de manera perfecta, a pesar de sus imperfecciones. Creo firmemente que todas las hermanas —las llamaré “ángeles”— son madres en Sion, ya sea que estén casadas o tengan hijos durante esta experiencia terrenal o no.

Hace años, la Primera Presidencia proclamó: “La maternidad está cerca de la divinidad. Es el servicio más elevado y más santo que puede emprender el ser humano, y pone junto a los ángeles a la mujer que honra su santo llamamiento y servicio”1.

Estoy agradecido por los ángeles que hay por toda la Iglesia que proclaman de manera valiente y amorosa la verdad eterna a los hijos del Padre Celestial.

Estoy agradecido por el don del Libro de Mormón; ¡sé que es verdadero!; contiene la plenitud del evangelio de Jesucristo. No sé de nadie que esté leyendo el Libro de Mormón diligentemente cada día, con verdadera intención y con fe en Cristo, que haya perdido su testimonio y que se haya apartado del camino. La promesa profética de Moroni conlleva la clave para conocer la verdad de todas las cosas, incluso tener la capacidad de discernir y evitar los engaños del adversario. (Véase Moroni 10:4–5).

También estoy agradecido por un Padre Celestial amoroso y por Su Hijo, Jesucristo. El Salvador dio el ejemplo perfecto de cómo vivir en un mundo imperfecto e injusto. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Su amor por nosotros es inconmensurable; Él es nuestro amigo más fiel; Él sudó “como grandes gotas de sangre” por ustedes y también por mí (véase Lucas 22:44); perdonó lo aparentemente imperdonable y amó a los difíciles de amar. Hizo lo que ningún ser mortal podía hacer: Proporcionó una Expiación para vencer las transgresiones, los dolores y las enfermedades de toda la humanidad.

Gracias a la expiación de Jesucristo, podemos vivir con la promesa de que, sean cuales sean nuestros afanes, siempre podemos tener esperanza en Él, quien “es poderoso para salvar” (2 Nefi 31:19). Gracias a Su Expiación, podemos tener gozo, paz, felicidad y vida eterna.

El presidente Boyd K. Packer declaró: “Con excepción de los pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existe hábito, adicción, rebelión, transgresión, apostasía ni delito para los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo. Esa es la promesa de la expiación de Cristo”2.

Uno de los acontecimientos más increíbles de la historia de la humanidad es la visita del ministerio del Salvador a los antiguos habitantes de América. Visualicen en su mente cómo sería el haber estado allí. Al meditar en Sus cuidados amorosos y tiernos a aquella multitud de santos reunidos en el templo, he reflexionado en unos niños en particular, a quienes amo más que a la vida misma. He intentado concebir cómo me sentiría si contemplara a nuestros pequeñitos, si en persona viera al Salvador invitar a cada niño a venir a Él, si contemplara los brazos extendidos del Salvador, si estuviera al lado de cada niño, mientras uno por uno, tocara suavemente las marcas en Sus manos y en Sus pies, ¡y después viera a cada uno de ellos levantarse y dar testimonio de que Él vive! (Véase 3 Nefi 11:14–17; véase también 17:2118:25.) Si nuestros hijos se volvieran y dijeran: “¡Mamá, papá, es Él!”.

No sé si hay algo en este mundo que pudiese aportar más felicidad y gozo que saber que nuestros hijos conocen al Salvador; saber que ellos saben “a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”. Por eso es que, como miembros de la Iglesia, “predicamos de Cristo” y testificamos de Cristo (2 Nefi 25:26).

  • Por este motivo oramos con nuestros hijos cada día.
  • Por este motivo leemos las Escrituras con nuestros hijos cada día.
  • Por eso les enseñamos a servir a los demás, para que puedan obtener las bendiciones de encontrarse a sí mismos al perderse en el servicio de los demás (véanseMarcos 8:35Mosíah 2:17).

Al dedicarnos a esos sencillos modelos de discipulado, facultamos a nuestros hijos con el amor del Salvador y con la guía y la protección divinas a medida que afrontan los vientos feroces del adversario.

El Evangelio de verdad tiene que ver con cada persona individualmente; tiene que ver con una oveja perdida (véase Lucas 15:3–7); con una mujer samaritana en un pozo (véase Juan 4:5–30); con un hijo pródigo (véase Lucas 15:11–32);

tiene que ver con el niño que quizá diga que no está escuchando;

tiene que ver con cada uno de nosotros —por imperfectos que seamos— para llegar a ser uno con el Salvador como Él es uno con Su Padre (véase Juan 17:21).

¡Testifico que tenemos un Padre Celestial amoroso, quien nos conoce por nuestro nombre! Testifico que Jesucristo es el Hijo viviente del Dios viviente. Él es el Unigénito y nuestro Abogado ante el Padre. Testifico asimismo que la salvación se recibe en Su nombre y mediante Él—y por ningún otro medio.

Es mi oración que dediquemos nuestro corazón y nuestras manos a ayudar a todos los hijos de nuestro Padre Celestial a conocerle y a sentir Su amor. Al hacerlo, Él nos promete gozo y felicidad eternos en este mundo y en el mundo venidero. En el nombre de Jesucristo. Amén.

REFERENCIAS 

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Heber J. Grant, 2003, pág. 220.
  2. Véase de Boyd K. Packer, “La luminosa mañana del perdón”, Liahona, enero de 1996, pág. 22.

 

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Dios enjugará toda lágrima

Conferencia General Octubre 2016
Dios enjugará toda lágrima
Por el élder Evan A. Schmutz
De los Setenta

 A medida que ejerzamos fe en el Salvador, Él nos edificará y nos sostendrá durante el transcurso de nuestras pruebas y, finalmente, nos salvará en el reino celestial.

Como parte del plan de nuestro Padre Celestial, Él permitió que el dolor formara parte de nuestra experiencia terrenal1. Si bien parece que las pruebas dolorosas recaen sobre nosotros de manera desigual, podemos estar seguros que, en mayor o menor grado, todos sufrimos y luchamos. Es mi oración que el Espíritu Santo nos guíe a una mayor comprensión de la razón por la que debe ser así.

Cuando vemos las experiencias difíciles de la vida a través del lente de la fe en Cristo, somos capaces de ver que nuestro sufrimiento puede tener un propósito divino. Los fieles pueden experimentar la verdad del consejo aparentemente contradictorio de Pedro. Él escribió: “… si alguna cosa padecéis por causa de la rectitud, bienaventurados sois”2. A medida que aplicamos nuestros “corazones para entender”3, podemos aumentar nuestra capacidad para perseverar bien en nuestras pruebas, así como para aprender de ellas y ser refinados por ellas. Ese entendimiento brinda respuesta a la eterna pregunta: “¿Por qué ocurren cosas malas a las personas buenas?”.

Todos los que están escuchando el día de hoy han conocido cierto grado de soledad, desesperación, dolor o pesar. Sin el “ojo de la fe”4 ni el entendimiento de la verdad eterna, a menudo nos damos cuenta de que la miseria y el sufrimiento que se padecen en la vida terrenal pueden oscurecer o eclipsar el gozo eterno de saber que el gran plan de nuestro Padre Celestial realmente es el plan de felicidad eterno. No hay ninguna otra manera de recibir una plenitud de gozo5.

Dios nos invita a responder con fe a nuestras propias aflicciones singulares a fin de que podamos cosechar bendiciones y obtener conocimiento que no se puede obtener de ninguna otra manera. Se nos manda guardar los mandamientos en toda condición y circunstancia, pues “el que es fiel en la tribulación tendrá mayor galardón en el reino de los cielos”6. Y tal como leemos en las Escrituras: “Si estás triste, clama al Señor tu Dios con súplicas, a fin de que tu alma se regocije”7.

El apóstol Pablo, quien no fue ajeno a la aflicción, utilizó su propia experiencia para enseñar con profundidad y belleza la perspectiva eterna que se obtiene cuando perseveramos bien y con paciencia. Él dijo: “Porque esta momentánea y leve tribulación nuestra nos produce un cada vez más y eterno peso de gloria”8. En otras palabras, en medio de nuestras aflicciones, podemos saber que Dios ha proporcionado un galardón compensador eterno.

La capacidad que tenía Pablo para hablar de las pruebas, persecuciones y pesares de su vida como una “leve tribulación” contradice la severidad de su sufrimiento, que para él fue consumido por la perspectiva eterna del Evangelio. La fe que Pablo tenía en Jesucristo hizo que soportara todas las cosas. Cinco veces recibió azotes, tres de ellas con varas; fue apedreado una vez; tres veces padeció naufragio; a menudo fue puesto en peligro de morir ahogado, por causa de ladrones e incluso de falsos hermanos; sufrió fatiga y dolor, hambre y sed, y fue encarcelado en el frío y en desnudez9. Seguir leyendo

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Para que no te olvides

Conferencia General Octubre 2016
Para que no te olvides
Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Los animo, sobre todo en tiempos de crisis, cuando sintieron que el Espíritu y su testimonio eran fuertes; recuerden los cimientos espirituales que han edificado.

Buenas tardes, mis queridos hermanos y hermanas. Cuán bendecidos hemos sido durante esta conferencia. Mi primer año como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles me ha hecho sentir muy humilde. Ha sido un año de esfuerzos, crecimiento y súplicas constantes y fervientes a mi Padre Celestial. He sentido las oraciones de apoyo de mi familia, mis amigos y los miembros de la Iglesia en todo el mundo. Gracias por sus pensamientos y oraciones.

También he tenido el privilegio de reunirme con amigos preciados, algunos de años pasados y muchos que he conocido recientemente. Fue después de que me reuní con un querido amigo a quien he conocido y amado por muchos años, que sentí la impresión de preparar mis palabras de hoy.

Cuando nos conocimos, mi amigo me confió que había estado teniendo dificultades; sentía que estaba pasando por una “crisis de fe”, según sus palabras, y buscó mi consejo. Me sentí agradecido de que compartiera sus sentimientos y preocupaciones conmigo.

Expresó un gran anhelo por lo que una vez había sentido espiritualmente y lo que ahora pensaba que estaba perdiendo. Mientras hablaba, le escuché con atención y oré con fervor para saber lo que el Señor quería que le dijese.

Mi amigo, al igual que quizás algunos de ustedes, hizo la elocuente pregunta de la canción de la Primaria: “Padre Celestial, dime, ¿estás ahí?”1. Para los que tal vez se estén haciendo esa misma pregunta, me gustaría compartir con ustedes el consejo que le daría a mi amigo, con la esperanza de que se fortalezca la fe de cada uno y se renueve su determinación de ser un devoto discípulo de Jesucristo.

Para empezar, les recuerdo que son hijos o hijas de un Padre Celestial amoroso y que Su amor es constante. Sé que es difícil recordar esos sentimientos reconfortantes de amor cuando se está en medio de problemas o retos personales, decepciones o sueños rotos.

Jesucristo sabe lo que son las pruebas y tribulaciones intensas. Él dio Su vida por nosotros; Sus últimas horas fueron despiadadas, más allá de lo que incluso podamos comprender, pero Su sacrificio por cada uno de nosotros fue la expresión máxima de Su amor puro.

Ningún error, pecado o decisión cambiará el amor que Dios tiene por nosotros. Eso no significa que se consienta la conducta pecaminosa, ni se elimine nuestra obligación de arrepentirnos cuando pecamos. Pero, no olviden que el Padre Celestial los conoce y ama a cada uno de ustedes, y que Él siempre está dispuesto a ayudar.

Mientras meditaba en la situación de mi amigo, reflexioné en la gran sabiduría que se halla en el Libro de Mormón: “Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán”2.

Testifico que el “abismo de miseria y angustia sin fin” es un lugar en el que nadie desea estar; y mi amigo sentía que estaba al borde.

Cuando aconsejo a las personas como mi amigo, examino las decisiones que tomaron a lo largo de los años que los llevaron a olvidar experiencias sagradas, a debilitarse y a dudar. Los animo, como los animo a ustedes ahora, a recordar, sobre todo en tiempos de crisis, cuando sintieron que el Espíritu y su testimonio eran fuertes; recuerden los cimientos espirituales que han edificado. Les prometo que si lo hacen, evitando aquello que no edifica ni fortalece el testimonio o que ridiculiza sus creencia, ese tiempo preciado en que su testimonio prosperó volverá otra vez a su recuerdo mediante la humilde oración y el ayuno. Les aseguro que una vez más volverán a sentir la seguridad y el calor del evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Servir

Conferencia General Octubre 2016
Servir
Por el élder Carl B. Cook
De los Setenta

 Se necesita a cada miembro, y cada miembro necesita una oportunidad de servir.

Cuando era un jovencito me gustaba trabajar con el tío Lyman y la tía Dorothy en su granja. El tío Lyman solía dirigir los proyectos, y la tía Dorothy a menudo ayudaba y conducía la vieja camioneta Dodge. Recuerdo la tensión que sentía cuando el camión se nos atascaba en el fango o tratábamos de subir una cuesta empinada. El tío Lyman gritaba: “¡Pon la marcha combinada, Dorothy!”. Ahí es cuando yo empezaba a orar. De alguna manera, con la ayuda del Señor y tras el rechinar de las marchas, la tía Dorothy lograba poner la marcha combinada. Con tracción en todas las ruedas, el camión salía disparado y continuábamos trabajando.

“Poner la marcha combinada” significa cambiar a una marcha especial, en la que varios engranajes se combinan para trabajar juntos y generar más fuerza1. La combinación de esa marcha, junto con la tracción en las cuatro ruedas, permite poner una marcha menor, aumentar la potencia y avanzar.

Me gusta imaginar que cada uno de nosotros es parte del mecanismo de una marcha combinada al servir juntos en la Iglesia en los barrios, las ramas, en los cuórums y las organizaciones auxiliares. Así como los engranajes se combinan entre ellos para suministrar mayor potencia, nosotros tenemos mayor poder cuando estamos unidos. Al unirnos para servirnos unos a otros, logramos mucho más unidos de lo que podríamos individualmente. Es emocionante participar y unirnos para prestar servicio y ayudar en la obra del Señor.

Prestar servicio es una bendición

Una de las grandes bendiciones del ser miembro de la Iglesia es la oportunidad de prestar servicio2. El Señor ha dicho: “Si me amas, me servirás”3, y le servimos cuando prestamos servicio a los demás4.

Al servir, nos acercamos a Dios5. Llegamos a conocerle de maneras que de otro modo no lo haríamos. Nuestra fe en Él aumenta; nuestros problemas se ponen en perspectiva; la vida se torna más satisfactoria y nuestro amor por los demás aumenta, al igual que nuestro deseo de servir. Mediante ese bendito proceso llegamos a ser más como Dios y estamos mejor preparados para volver a Él6.

Como enseñó el presidente Marion G. Romney: “El prestar servicio no es algo que hacemos en esta tierra para poder ganar el derecho de vivir en el reino celestial, sino que es la fibra misma de la que se compone una vida exaltada en el reino celestial”7. Seguir leyendo

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La doctrina de Cristo

Conferencia General Octubre 2016
La doctrina de Cristo
Por Brian K. Ashton
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

 La doctrina de Cristo nos permite acceder al poder espiritual que nos elevará de nuestro estado espiritual actual a un estado en el que podemos llegar a ser perfeccionados.

La visita de Jesús a los nefitas después de Su resurrección se organizó cuidadosamente para enseñarnos las cosas de mayor importancia. Comenzó con el Padre testificando a la gente que Jesús era Su “Hijo Amado, en quien [se complacía]1. Luego, Jesús mismo descendió y testificó de Su sacrificio expiatorio2 e invitó a la gente a “[saber] con certeza” que Él era el Cristo diciéndoles que fueran y tocaran la herida de Su costado y las marcas de los clavos en las manos y los pies3. Esos testimonios establecieron, sin duda, que la expiación de Jesús se había llevado a cabo y que el Padre había cumplido Su convenio de proveer un Salvador. Entonces Jesús instruyó a los nefitas, enseñándoles la doctrina de Cristo, cómo obtener todas las bendiciones del plan de felicidad del Padre, las cuales están a nuestro alcance gracias a la expiación del Salvador4.

Mi mensaje de hoy se centra en la doctrina de Cristo. Las Escrituras definen la doctrina de Cristo como ejercer la fe en Jesucristo y en Su Expiación, arrepentirse, bautizarse, recibir el don del Espíritu Santo y perseverar hasta el fin5.

La doctrina de Cristo nos permite obtener las bendiciones de la expiación de Cristo

La expiación de Cristo crea las condiciones que nos permiten confiar en “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías”6, [ser perfeccionados] en Cristo7, obtener todo lo bueno8 y lograr la vida eterna9.

Por otro lado, la doctrina de Cristo es el medio —el único medio— por el que podemos obtener todas las bendiciones que están disponibles a través de la expiación de Jesús. La doctrina de Cristo nos permite acceder al poder espiritual que nos elevará de nuestro estado espiritual actual a un estado en el que podemos llegar a ser perfeccionados como el Salvador10. En cuanto al proceso de renacer, el élder D. Todd Christofferson ha enseñado: “Volver a nacer, a diferencia del nacimiento físico, es más un proceso que un acontecimiento, y el dedicarnos a ese proceso es el propósito central de la vida terrenal”11.

Exploremos cada elemento de la doctrina de Cristo.

Primero, fe en Jesucristo y en Su expiación. Los profetas han enseñado que la fe empieza al oír la palabra de Cristo12. Las palabras de Cristo testifican de Su sacrificio expiatorio y nos dicen cómo podemos obtener el perdón, las bendiciones y la exaltación13.

Al oír las palabras de Cristo, ejercemos fe cuando escogemos seguir las enseñanzas y el ejemplo del Salvador14. Para hacerlo, Nefi nos enseñó que debemos confiar “íntegramente en los méritos de [Cristo,] que es poderoso para salvar”15. Dado que Jesús era un Dios en la existencia preterrenal16, vivió una vida sin pecado17 y durante Su expiación satisfizo todas las demandas de la justicia por ustedes y por mí18, Él tiene el poder y las llaves para efectuar la resurrección de todos los hombres19 e hizo posible que la misericordia sobrepujara a la justicia mediante las condiciones del arrepentimiento20. Cuando entendemos que podemos obtener misericordia por medio de los méritos de Cristo, somos capaces de “tener fe para arrepentimiento”21. Confiar íntegramente en los méritos de Cristo es confiar en que Él hizo lo que era necesario para salvarnos y entonces actuar según nuestras creencias22.

La fe también hace que dejemos de preocuparnos tanto por lo que los demás piensen de nosotros y empecemos a preocuparnos más por lo que Dios piensa de nosotros. Seguir leyendo

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Si me conocierais

Conferencia General Octubre 2016
“Si me conocierais”
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 ¿Sabemos solamente acerca del Salvador o estamos llegando a conocerlo cada vez más? ¿Cómo llegamos a conocer al Señor?

Al finalizar el Sermón del Monte, el Salvador enfatizó la verdad eterna de que “solo cuando se cumple la voluntad del Padre se puede recibir la gracia salvadora del Hijo”1.

Él declaró:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”2.

Nuestra comprensión de ese episodio se amplía cuando reflexionamos en una revisión inspirada del texto. De manera significativa, la frase del Señor que se encuentra en la versión del rey Santiago de la Biblia: “Nunca os conocí”, se cambió en la traducción de José Smith a “Nunca me conocisteis”3.

Consideren también la parábola de las Diez Vírgenes. Recordarán que las cinco vírgenes insensatas que no estaban preparadas fueron a buscar aceite para sus lámparas, después de escuchar el llamado a ir y recibir al novio.

“Y mientras ellas iban a comprar, vino el novio; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.

“Y después vinieron también las [cinco vírgenes insensatas], diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos!

“Mas respondiendo él, dijo: De cierto os digo que no os conozco”4.

Lo que esta parábola implica para cada uno de nosotros se amplía en otra revisión inspirada. De manera importante, la frase “no os conozco” como se encuentra en la versión del rey Santiago de la Biblia se aclaró en la traducción de José Smith como: “… no me conocéis”5.

Las frases “nunca me conocisteis” y “no me conocéis” deberían ser la causa de una profunda autoevaluación espiritual para cada uno de nosotros. ¿Sabemos solamente acerca del Salvador o estamos llegando a conocerlo cada vez más? ¿Cómo llegamos a conocer al Señor? Esas preguntas del alma son el centro de mi mensaje. Con sinceridad pido la ayuda del Espíritu Santo mientras consideramos juntos este tema fundamental.

Llegar a conocer

Jesús dijo:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.

“Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais”6.

Llegamos a conocer al Padre cuando llegamos a conocer a Su Hijo Amado.

Un propósito importante de la vida mortal no es simplemente saber acerca del Unigénito del Padre, sino también procurar conocerlo. Cuatro pasos esenciales que pueden ayudarnos a llegar a conocer al Señor son: ejercer fe en Él, seguirlo, servirle y creerle. Seguir leyendo

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Gratitud en el día de reposo

Conferencia General Octubre 2016

Gratitud en el día de reposo

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

 Para los Santos de los Últimos Días, el día de reposo es un día de gratitud y amor.

Mis queridos hermanos y hermanas en todas partes del mundo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, agradezco que el presidente Thomas S. Monson me haya pedido que dirija la palabra en la conferencia en este día de reposo. Es mi oración que el Espíritu Santo lleve mis palabras al corazón de ustedes.

Hoy quisiera hablar sobre sentimientos del corazón. Al que me referiré en especial es a la gratitud; particularmente en el día de reposo.

Nos sentimos agradecidos por muchas cosas: la bondad de un desconocido, una comida cuando tenemos hambre, un techo que nos resguarda cuando surgen las tormentas, un hueso fracturado que sana y el llanto vigoroso de un bebé recién nacido. Muchos recordaremos haber sentido gratitud en momentos como esos.

Para los Santos de los Últimos Días, el día de reposo es uno de esos momentos, más bien un día de gratitud y amor. En 1831, el Señor instruyó a los santos en el condado de Jackson, Misuri, que sus oraciones y agradecimiento debían dirigirse al cielo. A los primeros santos se les dio una revelación en cuanto a la manera de guardar el día de reposo y de cómo ayunar y orar1.

El Señor nos ha dicho, a ellos y a nosotros, cómo adorar y dar gracias en el día de reposo. Como se darán cuenta, lo que más importa es el amor que sentimos por quienes nos dan los dones. Estas son las palabras del Señor en cuanto a la manera de dar gracias y de demostrar amor en el día de reposo:

“… les doy un mandamiento que dice así: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás…

“Darás las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas.

“Ofrecerás un sacrificio al Señor tu Dios en rectitud, sí, el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito”2.

Entonces el Señor advierte en cuanto al peligro de no agradecer a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo, que son quienes dan los dones: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos”3.

Muchos de ustedes que están escuchando, ya sienten gozo en del día de reposo como un día para recordar y dar gracias a Dios por las bendiciones. Ustedes recuerdan la conocida canción:

Cuando te abrumen penas y dolor,
cuando tentaciones rujan con furor,
ve tus bendiciones; cuenta y verás
cuántas bendiciones de Jesús tendrás.

Bendiciones,
cuenta y verás…
Bendiciones,
de Jesús tendrás…

¿Sientes una carga grande de pesar?
¿Es tu cruz pesada para aguantar?
Ve tus bendiciones; cuenta y verás
cómo aflicciones nunca más tendrás4.

Recibo cartas y visitas de Santos de los Últimos Días fieles que sienten una carga grande de pesar. Algunos casi sienten que, por lo menos para ellos, todo está perdido. Espero y ruego que lo que diga acerca de ser agradecidos en el día de reposo sea de ayuda para eliminar las dudas y para que haya un canto en su corazón. Seguir leyendo

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El Juez justo

Conferencia General Octubre 2016
El Juez justo
Por el élder Lynn G. Robbins
De la Presidencia de los Setenta

 Hay solo una manera de juzgar con justo juicio, como lo hace Jesucristo, y es ser como Él es.

En Su vida terrenal, Jesucristo fue un juez amoroso, extraordinariamente sabio y paciente. En las Escrituras se le conoce como el “juez justo” (2 Timoteo 4:8; Moisés 6:57), y el consejo que nos da es que también “[juzguemos] con justo juicio” (véase Traducción de José Smith, Mateo 7:1–2 [en Mateo 7:1, nota a al pie de página]) y a “[poner] tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno… [y] a juzgar con rectitud” (D. y C. 11:12).

Este consejo a los Doce nefitas nos ayudará a juzgar como lo hace el Señor: “… seréis los jueces de este pueblo, según el juicio que yo os daré, el cual será justo. Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy“ (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). A veces olvidamos que cuando dio el consejo de ser como Él es, fue en el contexto de cómo juzgar justamente.

Juzgar injustamente

Un ejemplo vergonzoso de juzgar injustamente proviene de la parábola de la oveja perdida cuando los fariseos y los escribas juzgaron imprudentemente al Salvador, así como a los que lo acompañaban en la cena, diciendo: “Este a los pecadores recibe y con ellos come” (Lucas 15:2) — eran ajenos al hecho de que ellos mismos eran pecadores. Por tener corazones que condenaban, los escribas y fariseos nunca conocieron la alegría de rescatar ovejas perdidas.

Fueron también “los escribas y los fariseos” quienes llevaron a “una mujer sorprendida en adulterio” (Juan 8:3) al Salvador para ver si la juzgaría según la ley de Moisés (véase el versículo 5). Ya conocen el resto de la historia, de cómo los hizo bajar de su orgullo por su juicio injusto y de cómo fueron “acusados por su conciencia” y salieron “uno a uno” (versículo 9; cursiva agregada). Entonces Él le dijo a la mujer: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Y la mujer glorificó a Dios desde aquella hora, y creyó en su nombre” (Traducción de José Smith, Juan 8:11 [en Juan 8:11, nota al pie de página]).

El hombre y la mujer naturales que hay en cada uno de nosotros tiende a condenar a los demás y a juzgar injustamente, o con superioridad moral. Eso incluso le pasó a Santiago y a Juan, dos de los apóstoles del Salvador. Se enfurecieron cuando la gente de un pueblo samaritano trató al Salvador de manera irrespetuosa (véase Lucas 9:51–54):

“Y al ver esto [ellos], le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Seguir leyendo

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