Nada deben temer de la jornada

Conferencia General Abril 1997

Nada deben temer de la jornada

Élder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles

“No importa cuán difícil sea el camino… otros sobrellevaron pruebas y tragedias mucho más graves, buscando en el cielo.”


Durante los últimos meses, la atención de la Iglesia se ha dedicado a los extraordinarios acontecimientos relacionados con el establecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días aquí, en el Valle de Salt Lake y a través de todo el mundo. Es maravilloso notar que durante todo este año los barrios y las estacas estén utilizando la celebración del 150 aniversario de aquel evento como una oportunidad para honrar a los pioneros de Utah de 1847, y también, a la vez, el notable esfuerzo de nuestros pioneros que en toda la tierra han marcado senderos espirituales con fe en cada uno de sus pasos.

El carro de mano construido en Siberia y que actualmente atraviesa las misiones de Rusia y Ucrania es un maravilloso ejemplo del esfuerzo mundial de honrar a nuestros pioneros. Se planea traer dicho carro a través del Canon Emigration en su etapa final, para llegar al Parque “Este en el Lugar” el 22 de julio próximo.

Este es un año para recordar nuestro pasado y obtener la fortaleza para encarar y vencer los problemas de hoy día inspirándonos en la fe y en la valentía ejemplares de aquellos que supieron encarar y vencer los problemas del ayer. Al rendir homenaje a esos nobles pioneros de muchos países, compartiremos historias notables que con frecuencia llenaran nuestros ojos de lágrimas y nuestros corazones de gratitud. Mediante la música, el teatro y emotivas representaciones podremos recordar las jornadas increíbles, tanto temporales como espirituales, de los pioneros. No alcanzaremos si quiera a apreciar los viajes realizados por aquellos que establecieron las bases de esta dispensación sin antes comprender sus cimientos espirituales. Una vez que hacemos tal conexión, sin embargo, comenzaremos a percibir como su jornada se asemeja a la nuestra. En cada paso que dieron encontraremos una lección para nosotros, lecciones de amor, de valor, de compromiso, de devoción, de perseverancia y, sobre todo, de fe.

La fe de los pioneros de Utah en 1847 estaba arraigada en principios. Abandonaron sus hogares, su templo y en algunos casos sus propias familia en pos de un refugio donde habrían de adorar sin temor a las persecuciones. Era muy poco lo que podían llevar consigo en cuanto a provisiones y pertenencias personales, pero todas las carretas y carros de mano venían cargados con fe, fe en Dios, fe en la restauración de Su Iglesia por medio del profeta José Smith, y fe en que Dios sabia a dónde se dirigían y que El los guiaba.

Uno de aquellos viajeros de la Ruta Mormona en 1847 se refirió a la misma como la “ruta de la esperanza”. Me encanta ese título: “Ruta de la esperanza”. Representa el anhelo universal de toda persona de encontrar un refugio seguro, una comunidad de Santos en la que los corazones estén unidos y prevalezca la esperanza. Seguir leyendo

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Jesucristo, nuestro redentor

Conferencia General Abril 1997

Jesucristo, nuestro redentor

Élder Richard G. Scott
del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Redentor te ama y te ayudara a lograr todo lo esencial que te brindara felicidad ahora y para siempre.”


Hoy es el 6 de abril. En las Escrituras de nuestros tiempos está registrado que Jesucristo nació en este día (1). Con humildad hablo de este glorioso Ser a quien cada uno de nosotros le debe tanto. Sé que lo que se enseña de El en las Escrituras es verdad y empleare algunos pasajes para expresar mis sentimientos personales.

Pablo testifico que “habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (2).

La eterna salvación, ¡que preciada es! Pero es preciso que le obedezcas para obtenerla.

“… dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque este muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…” (3).

“Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna…” (4)

No morirás eternamente, tendrás la vida eterna; pero debes ser obediente y perseverar hasta el fin.

Testifico que el Señor vino “al mundo para salvar a todos los hombres, si estos escuchan su voz”; que El sufrió “los dolores de todos los hombres”; y que Él fue crucificado “a fin de que la resurrección llegue a todos los hombres, para que todos comparezcan ante el en el gran día del juicio”. Testifico que “él manda a todos los hombres que se arrepientan y se bauticen en su nombre, teniendo fe perfecta en [El],… o no pueden ser salvos en el reino de Dios” (5). Arrepentirse, bautizarse y tener fe perfecta en El son algunos de los requisitos esenciales que se deben cumplir.

Sé que “no hay otra manera ni medio por los cuales el hombre pueda ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo” (6). Testifico que El expío “los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también” (7). Testifico que si no fuera por la expiación del Santo Redentor, las demandas de la justicia impedirían a toda alma nacida en la tierra retornar a la presencia de Dios para participar de Su gloria y exaltación(8), pues todos cometemos errores por los cuales no nos es posible apaciguar la justicia por nuestra cuenta. Testifico que si no fuera por la expiación infinita de Cristo, no podríamos volver a la presencia de Dios al morir, y que, como Jacob nos advirtió solemnemente, “nuestros espíritus… [estarían] sujetos [al]… diablo, para no levantarse más. Y nuestros espíritus [llegarían] a ser como el, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria…” (9).

Testifico que “la redención viene en el Santo Mesías… [a] todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley” (10). Este requisito absoluto de un “corazón quebrantado y un espíritu contrito” exige el ser sumiso, dócil, humilde (o sea, fácil de enseñar), y de disposición obediente. Finalmente, testifico: “cuán grande es la importancia de hacer saber estas cosas a los habitantes de la tierra, para que sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” (11).

Jesucristo poseía méritos que ningún otro hijo del Padre Celestial podía tener. Antes de nacer en Belén, Él era Jehová, un Dios. Su Padre no sólo le había dado el cuerpo espiritual sino que Jesús era también Su Unigénito en la carne. Nuestro Maestro llevó una vida perfecta y sin pecado, y por lo tanto, estaba libre de las demandas de la justicia. Él era y es perfecto en todo atributo, como el amor, la compasión, la paciencia, la obediencia, el perdón y la humildad. Su misericordia paga nuestra deuda con la justicia si nos arrepentimos y le obedecemos. Puesto que, aun con nuestros más arduos esfuerzos por obedecer Sus enseñanzas, todavía nos quedaremos cortos, por causa de Su gracia seremos salvos “después de hacer cuanto podamos” (12). Seguir leyendo

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Ellos mostraron el camino

Conferencia General Abril 1997

Ellos mostraron el camino

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de lo Primera Presidencia

“Jesucristo, el Salvador del mundo… fue y es el Supremo Pionero, porque fue primero, mostrando a todos el camino a seguir.”


En este año, 1997, se conmemora el 150 aniversario desde que los pioneros, bajo la inspirada dirección de Brigham Young, entraron al Valle del Lago Salado y proclamaron: “Este es el lugar. ¡Adelante! (1) Es mucho lo que diremos en esta conferencia acerca de tan significativo acontecimiento, y debemos dar gracias a Dios por Su vigilante cuidado y Su guía.

En esta hermosa mañana del domingo quisiera hacer algunos comentarios acerca de “otros pioneros” que precedieron aquel viaje. Al hacerlo, me detengo a pensar en una definición que el diccionario da de la palabra pionero: “Persona que inicia una actividad nueva, preparando el camino a los que vendrán después” (2).

Retrocedamos en las páginas de la historia y viajemos a otros lugares a fin de poder visitar a varias personas que merecen llamarse pioneros.

Una de ellas fue Moisés. Criado en la corte de Faraón y educado conforme a la sabiduría de los egipcios, llego a ser poderoso en palabras y hechos. Uno no podría separar a Moisés, el gran legislador, de las tablas de piedra que Dios le proveyó y sobre las cuales se grabaron los Diez Mandamientos. Estos debían obedecerse entonces y deben obedecerse hoy día.

Moisés soporto continuas frustraciones cuando algunos de sus fieles discípulos se volvieron a sus costumbres anteriores. Aunque lo desilusionaron con sus acciones, el seguía amándolos y rescato a estos, los hijos de Israel, de la esclavitud egipcia. Ciertamente Moisés fue un pionero.

Otra persona que fue pionera es Rut, quien dejo a su pueblo, sus familiares y su país para acompañar a Noemí, su suegra, y adorar a Jehová en Su tierra adoptando las costumbres de Su pueblo. Cuán importante fue la obediencia que Rut le rindió a Noemí y el resultante matrimonio con Booz, por medio de quien Rut, una forastera y una conversa moabita, llego a ser bisabuela de David y, en consecuencia, antepasada de Jesucristo. El libro de la Santa Biblia que lleva su nombre contiene un lenguaje de estilo poético que refleja su espíritu de determinación y valentía. “Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tu fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tu murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos” (3). Si, Rut, la valiosa Rut, fue pionera.

También otras mujeres fieles fueron pioneras, tal como María, la madre de Jesús, María Magdalena, Ester y Elisabet. No debemos olvidar a Abraham, Isaac y Jacob, ni a Isaías, Jeremías, Ezequiel, ni a otros de épocas posteriores.

Recordemos a Juan cl Bautista. Su vestimenta era sencilla, su vida austera, su mensaje breve: fe, arrepentimiento, bautismo por inmersión y el conferir el Espíritu Santo por medio de una autoridad mayor de la que el mismo poseía. El declaró: “Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él” (4). “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo… él os bautizara en Espíritu Santo y fuego” (5).

El río Jordán es el histórico lugar adonde Jesús vino de Galilea para que Juan lo bautizara. Al principio, Juan le suplico al Maestro: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”(6). Y la respuesta fue: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos con toda justicia … Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venia sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” (7).

Juan declaró y enseñó abiertamente: “He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (8).

En cuanto a Juan, el Señor declaro: “De entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (9). Tal como muchos otros pioneros en los anales de la historia, Juan llevo la corona de los mártires.

Muchos de los que fueron pioneros en espíritu y en acción fueron llamados por Jesús para que fueran Sus Apóstoles. Mucho podría decirse de cada uno de ellos.

Pedro fue uno de los primeros discípulos de Jesús. Respondiendo al llamado divino, Pedro el pescador dejo a un lado sus redes y obedeció la declaración del Maestro: “Sígueme y te haré pescador de hombres” (10). No puedo pensar en Pedro sin admirar su testimonio del Señor: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (11). Seguir leyendo

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Los conversos y los hombres jóvenes

Conferencia General Abril 1997
Los conversos y los hombres jóvenes
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Cada converso es valioso; cada converso es un hijo o una hija de Dios; cada converso es una grave y seria responsabilidad.”

Doy mi apoyo a todo lo que se ha dicho esta noche. Espero que hayan prestado atención y que hayan tomado nota.

El presidente Monson habló en cuanto a la retención del converso; yo confirmo lo que él ha dicho y me gustaría hablar un poco más sobre ese mismo tema. Siento la fuerte impresión de hacerlo.

Todos los años, un número considerable de personas se convierten en miembros de la Iglesia, mayormente a través de los esfuerzos misionales. El año pasado hubo 321.385 conversos, los que incluían hombres, mujeres y niños. Es una cantidad lo suficientemente grande, en un solo año, para formación estacas nuevas de Sión. Cien estacas nuevas por año. ¡Imagínense! Esto deposita en cada uno de nosotros la urgente y apremiante necesidad de hermanar a aquellos que se unen a nuestras filas.

No es fácil convertirse en miembro de esta Iglesia. En la mayoría de los casos es preciso dejar de lado viejos hábitos, viejos amigos y conocidos, y entrar a una nueva sociedad, la cual es diferente y un tanto exigente.

Con un número de conversos cada vez mayor, debemos incrementar de manera substancial nuestros esfuerzos para ayudarlos a integrarse. Cada uno de ellos necesita tres cosas: un amigo, una responsabilidad y ser nutridos “por la buena palabra de Dios” (véase Moroni 6:4).

Tenemos el deber y la oportunidad de proporcionarles estas cosas.

A modo de ilustración, creo que me gustaría darles a conocer uno de mis fracasos. Supongo que algunas personas piensan que nunca he tenido fracasos. Permítanme contarles en cuanto a uno de ellos:

Hace sesenta y tres años, mientras prestaba servicio misional en las Islas Británicas, mi compañero y yo le enseñamos el Evangelio a un joven a quien tuve el placer de bautizar. Era una persona culta, refinada y estudiosa. Me sentía tan orgulloso de aquel talentoso joven que acababa de unirse a la Iglesia; pensaba que el reunía todas las cualidades para algún día llegar a ser un líder entre nuestra gente.

Él estaba en vías de llevar a cabo la tremenda transición de converso a miembro. Durante un breve período antes de que yo fuera relevado, tuve la oportunidad de ser su amigo. Posteriormente fui relevado para volver a casa. A él se le dio una pequeña responsabilidad en la rama en Londres. Al no saber lo que se esperaba de él, cometió un simple error. El que estaba a la cabeza de la organización donde el prestaba servicio era un hombre al que puedo describir mejor como una persona parca y dada a la crítica. En una manera un tanto despiadada, confrontó a mi amigo que había cometido el error.

Esa noche, de aquel salón alquilado, el joven salió lastimado y herido por su oficial superior Se dijo a sí mismo “Si esa es la clase de personas que son, entonces no volveré”.

Se dejó arrastrar por la inactividad Pasaron los años; se desato la guerra y sirvió en las fuerzas Británicas. Su primera esposa falleció; al terminar la guerra, se casó con una mujer cuyo padre era un ministro protestante, y eso tampoco lo ayudo en sus creencias.

Durante un viaje a la Inglaterra, trate desesperadamente de encontrarlo; en el archivo no aparecía ninguna indicación de domicilio. Volví a casa y por fin, después de una prolongada búsqueda, lo localice.

Le escribí y el me respondió, pero no hizo mención alguna del Evangelio.

En el siguiente viaje que hice a Inglaterra, lo volví a buscar, el día que estaba a punto de partir, lo encontré. Le llame por teléfono y nos reunimos en la estación del metro. Extendió los brazos para abrazarme y yo hice lo mismo. Yo disponía de muy poco tiempo antes de que saliera mi avión, pero hablamos brevemente con lo que considero fue un sincero afecto mutuo. Antes de irme me volvió a abrazar. Tome la resolución de que jamás volvería a perder la pista de su paradero. A través de los años le escribí cartas que pensaba le servirían de aliento e incentivo para volver a la Iglesia. Él me contestaba sin mencionar la Iglesia. Seguir leyendo

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Ellos vendrán

Conferencia General Abril 1997
Ellos vendrán
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Con fe constante y amor desmedido, seamos un puente para llegar al corazón de aquellos por quienes trabajamos.”

Hace varios años una película poco usual llenó los teatros de este y otros países. Se llamaba Campo de sueños y se trataba de la historia de un joven que reverenciaba a los jugadores de béisbol de su juventud y, por ese motivo, convirtió una gran parte de su plantación de maíz en un campo de béisbol profesional. La gente se burlaba de él y ridiculizaba su falta de sentido común. La película muestra los muchos desafíos que enfrento para completar su proyecto y tener listo el campo para que lo viera la gente. No fue una labor fácil. Durante períodos de duda con respecto al futuro éxito de su sueño, se alentaba ante las palabras confortantes “Si lo construyes, ellos vendrán”. Y ellos sí vinieron. Miles de viajeros acudieron a ese lugar especial lleno de recuerdos del béisbol.

Últimamente he estado reflexionando en la importancia de edificar puentes que lleguen hasta el corazón de las personas. Pienso en los casi 55.000 misioneros regulares de nuestra fe, asignados en casi todo el mundo, con el mandato divino de enseñar, testificar y bautizar. Suya es la enorme tarea de edificar puentes; el solo pensar en esa tarea inspira admiración. Con el mandato de Dios resonando en sus oídos, con la instrucción del Señor penetrándoles el corazón, avanzan en sus importantes llamamientos. Reflexionan en las palabras del Señor: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (1).

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (2).

El año pasado fue el centenario del estado de Utah y muchos embajadores de otros países visitaron nuestro Capitolio y también el Edificio Administrativo de la Iglesia. Muchos también hicieron una gira por el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah Visitaron los salones de aprendizaje y escucharon el testimonio de aquellos que salían a sus respectivos campos de trabajo. Se maravillaron ante el dominio del idioma, la fe y el amor de los misioneros. Un embajador declaró: “En todos los misioneros observé que saben cuál es su propósito, sienten el cometido de prepararse y de servir, y tienen un corazón feliz’’.

Esos misioneros avanzan con fe; conocen sus deberes; saben que son un eslabón vital para la gente que encuentren como misioneros y en el proceso de enseñar y testificar que experimentaran al llevar a otra gente la verdad del Evangelio restaurado.

Anhelan encontrar más gente para enseñar. En oración piden la ayuda esencial que todo miembro puede dar en el proceso que lleva a la conversión. Seguir leyendo

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El poder del sacerdocio

Conferencia General Abril 1997
El poder del sacerdocio
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El velar por los demás es la esencia misma de la responsabilidad del sacerdocio; es el poder para bendecir, sanar y administrar las ordenanzas salvadoras del Evangelio.”

Mis queridos hermanos, les ruego su fe al asumir la tremenda responsabilidad de dirigirme a esta gran congregación de poseedores del sacerdocio. Quisiera expresar mi profundo agradecimiento por su lealtad, fidelidad y devoción. Debido a su dedicación y devoción a la sagrada obra de Dios, nuestro Padre, esta avanza como nunca lo ha hecho.

Hermanos, nunca debemos permitir que los poderes del Santo Sacerdocio queden latentes en nosotros. Estamos unidos en la causa más grande y la obra más sagrada del mundo, y para ejercer esos grandes poderes, debemos ser limpios de pensamiento y de hecho; no debemos hacer nada que impida cl pleno ejercicio de este poder trascendental.

El sacerdocio es el poder más grande que hay en la tierra; con él y por medio de él se crearon los mundos. Con el fin de salvaguardar este poder sagrado, todo poseedor del sacerdocio actúa bajo la dirección de los que poseen las llaves del sacerdocio, las cuales proporcionan orden a nuestra vida y a la organización de la Iglesia. Para nosotros, el poder del sacerdocio es el poder y autoridad delegado por Dios para actuar en Su nombre para la salvación de Sus hijos. El velar por los demás es la esencia misma de la responsabilidad del sacerdocio; es el poder para bendecir, sanar y administrar las ordenanzas salvadoras del Evangelio. Donde más se necesita la recta autoridad del sacerdocio es entre los muros de nuestro propio hogar, y debe ejercerse con gran amor. Esto se aplica a todos los poseedores del sacerdocio: diáconos, maestros, presbíteros, élderes, sumos sacerdotes, patriarcas, setentas y Apóstoles.

Aprendí el principio de velar por los demás mediante el sacerdocio primeramente de mi padre y de mi abuelo, pero también lo he visto manifestarse en miles de varones dignos. Aprendí grandes lecciones al respecto siendo maestro en el Sacerdocio Aarónico; en la orientación familiar, se me asignó servir de compañero menor del hermano Algot Johnson, un inmigrante escandinavo de Malmo, Suecia; llegue a admirarle en todo, incluso su encantador acento sueco. El me enseñó el verdadero significado de la instrucción del Señor a los maestros: “El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos; “y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias; “y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes”(1).

El hermano Johnson había pagado un elevado precio al dejar su amada Suecia y venir a los Estados Unidos. Era una persona muy dedicada. A pesar de nuestra diferencia de edad, llegamos a ser amigos de por vida. Cuando él fue llamado a ser el Superintendente de la Escuela Dominical de nuestro barrio, pidió que yo fuera su consejero. Yo tenía tan solo diecisiete años. Él había tenido éxito en su profesión de constructor, y cuando yo regrese a casa después de la Segunda Guerra Mundial construyo mi primera casa. Cuando me gradué en la Facultad de Derecho, le hice trabajos legales, y cuando le envié la cuenta, me pago más de lo que le cobre. Eso no me sucedió muy a menudo. Relato esta experiencia para recalcar la importancia de dar a todo poseedor del Sacerdocio Aarónico la oportunidad de ser compañero menor de los fieles poseedores del Sacerdocio de Melquisedec. Seguir leyendo

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Con su fuerza puedo hacer todas las cosas

Conferencia General Abril 1997
“Con su fuerza puedo hacer todas las cosas”
Élder Jack H. Goaslind
de lo Presidencia de los Setenta

Jack H. Goaslind

“Hombres comunes y corrientes, que han sido bendecidos con el privilegio de poseer el sacerdocio de Dios, pueden ser llamados a realizar tareas extraordinarias y efectuar grandes hazañas por medio de la fe en ese sagrado poder.”

En esta ocasión, hermanos, tengo el intenso deseo de relatarles un aspecto de una historia bien documentada, pero que es poco conocida en la Iglesia; tiene que ver con la valentía y la fortaleza de unos pocos jóvenes del tiempo de los pioneros, algunos de los cuales tenían la edad para ser presbíteros o maestros, como muchos de ustedes, los que se encuentran en esta reunión. Esos jóvenes hicieron gustosamente considerables sacrificios cuando recibieron un llamamiento.

Al relatarles su historia, les ruego que tengan presente cual es el poder que nos unifica a nosotros y también nos une a ellos. El real sacerdocio que poseemos tiene una destacada importancia en este relato. Ellos poseían el mismo sacerdocio que en la actualidad los autoriza a ustedes para efectuar grandes y pequeños actos de servicio a sus semejantes.

Hombres comunes y corrientes -incluso, y quizá sobre todo los hombres jóvenes-, que han sido bendecidos con el privilegio de poseer el sacerdocio de Dios pueden ser llamados a realizar tareas extra ordinarias. Los poseedores del santo sacerdocio pueden efectuar grandes hazañas de heroísmo, de valentía y de servicio por medio de su fe en ese sagrado poder.

Los pioneros no dudaren de él; reiteradamente daban testimonio de que cl Espíritu del Señor los guiaba y los dirigía. Para confirmar el testimonio de ellos, les afirmo que Su Espíritu esta con cada uno de nosotros. El desea bendecirlos y fortalecernos, y nos dará la aptitud necesaria para llevar a cabo todas las labores rectas que emprendamos en Su nombre. El magnificara en gran medida nuestra capacidad natural. Ustedes lograran realizar lo que exceda a sus propias fuerzas si aprenden a confiar en el Espíritu del Señor.

Ahora bien, la historia que he prometido contarles comenzó antes de la conferencia general de octubre de 1856, pero la contaré partiendo de esa fecha. El presidente Brigham Young se puso de pie ante el púlpito del antiguo Tabernáculo que se encontraba en esta misma manzana y llamo a la gente para acudir al rescate de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin. Dos días más tarde, unos treinta fieles hermanos con buenos tiros de mulas partieron en busca de los desamparados viajeros que habían quedado inmovilizados varios cientos de kilómetros al Este. Dan W. Jones, un hermano que se había convertido a la Iglesia hacia menos de cinco años, fue de voluntario.

Tras arduos esfuerzos, por fin hallaron a los de la compañía de Willie. Atrapados en las borrascas de nieve de un invierno prematuro, los santos se estaban muriendo de hambre y de frío. Aun cuando los de la expedición de salvamento hicieron cuanto pudieron por auxiliarlos, para algunos fue simplemente demasiado tarde. A la mañana siguiente de la llegada de los rescatadores, nueve personas de la compañía fueron sepultadas en una fosa común. Seguir leyendo

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Los principios básicos no han cambiado

Conferencia General Abril 1997
Los principios básicos no han cambiado
Élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles

David B. Haight

“Aprendan a ser… sobre todo obedientes para que puedan llevar a cabo la obra del Señor en la forma majestuosa en que debe realizarse.”

¡Que panorama tan hermoso, hermanos míos! Me llena de emoción estar aquí, contemplar el vasto auditorio que llena el Tabernáculo y, en consecuencia, pensar en lo que sucede en el resto del mundo. Creo que fueron muy apropiados los himnos que acabamos de escuchar: “¿Dónde hallo el solaz?” (Himnos, N° 69); podríamos hablar de ese tema toda la noche. Antes de ese canto escuchamos el himno tan emotivo: “Oh montañas, alabad” (Himnos de Sión, N° 67), compuesto por Evan Stephenst. Al reflexionar sobre el sesquicentenario de la llegada de los pioneros, ¿se pueden imaginar el gozo que deben de haber sentido los santos al cantar ese himno o al escucharlo por vez primera? Después de haber hecho el recorrido a través de las llanuras y de haber hecho todo lo que hicieron y aguantado tanto -sufrir penas, vivir en carretas, dormir en el suelo, caminar descalzos y sepultar a los muertos en la pradera- para finalmente llegar al Valle del Gran Lago Salado y allí establecer Sión, ya podrán imaginarse como más tarde habrán cantado “Oh montañas, alabad, y cantad loor”.

Eso podemos hacerlo ahora al reflexionar en nuestros antepasados que formaron parte de ese recorrido y en todo lo que han hecho para labrarnos el camino, y después contemplar la Iglesia de la actualidad. Al escuchar hoy la lectura de las estadísticas y al reflexionar en lo que sucede en todo el mundo respecto al concepto que la gente tiene de la Iglesia, al crecimiento de esta y la continua expansión en la cantidad de estacas, barrios y miembros en países y áreas nuevos de todo el mundo, podríamos de nuevo cantar con gran entusiasmo: “Oh montañas, alabad”. Aquí estamos, y la palabra se está esparciendo tal como se ha predicho y tal como debe hacerse.

Es un honor para mí participar en el programa aquí esta noche. Tengan suficiente edad para abarcar casi todo el siglo veinte. Sólo me faltan seis años al comienzo del siglo -nací en 1906- y me quedan tres años hasta el final, y eso cubriría los cien años. El otro día, cuando el presidente Hinckley hablaba de una dedicación que se llevará a cabo en el año dos mil, me dijo: “Estoy contando con su presencia”. Y yo le conteste: “Tengo planes de estar allí”. Así que si puedo llegar hasta esa fecha, eso cerraría los tres años del final del siglo, y solo me faltarían los seis del inicio. Con eso habré vivido noventa y cuatro por ciento de los cien años de este siglo.

Ahora, al reflexionar en el siglo veinte y en lo que he aprendido, me gustaría dirigir mis comentarios al Sacerdocio Aarónico, particular mente en lo que respecta a lo que he visto y sentido durante ese tiempo.

Quisiera recordarles que en el año de 1906, la Iglesia contaba con aproximadamente 300 miembros; había cincuenta y cinco estacas, veintidós misiones y 1.500 misioneros, hasta donde he podido calcular, lo cual significa que había aproximadamente setenta misioneros en cada una de las veintidós misiones. La obra avanzaba en ese año de mi nacimiento.

Mi madre cuenta que cuando nací, un domingo por la mañana, mi padre se sintió muy orgulloso. Él era el obispo del barrio Primero de Oakley, Idaho, y salió a la calle para anunciarle el nacimiento a uno de nuestros amigos escandinavos, el hermano Petersen, quien pasaba por allí.

Mi padre le pidió que pasara a ver a su nuevo hijo. Mi madre dijo que yo era el pequeño más feo que jamás había visto. Estaba mal nutrido, arrugado y calvo así que el hermano Petersen, después de mirarme, dijo: “Hermana Haight, ¿cree que vale la pena quedarse con él?” Pues bien, así fue como entre en el mundo. Seguir leyendo

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Porque ella es madre

Conferencia General Abril 1997

“Porque ella es madre”

Élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Si hacen lo que este a su alcance por ser buenos padres, habrán hecho todo lo humanamente posible y todo lo que Dios espera que hagan.”


Hay unas líneas que se le atribuyen al escritor Victor Hugo que dicen:

“Ella rompió el pan en dos trozos y se lo dio a sus hijos, quienes lo comieron con avidez.
‘No se dejó nada para ella’, refunfuñó el sargento.
‘Porque no tiene hambre’, dijo un soldado.
‘No’, dijo el sargento, ‘porque es madre”’.

En este año en que celebramos la fe y el valor de quienes realizaron el difícil viaje en carromato a través de los estados de Iowa, Nebraska y Wyoming, deseo rendir tributo a la versión moderna de esas madres pioneras que oraron por sus bebes, los cuidaron, y en demasiadas ocasiones tuvieron que enterrarlos en el camino. A las mujeres que me escuchan que desean de todo corazón ser madres y no lo son, les digo que no obstante las lágrimas que ustedes y nosotros derramemos por ello, sabemos que Dios, en algún día venidero, traerá esperanza al desolado corazón’ (1). Tal como los Profetas han enseñado en repetidas ocasiones desde este púlpito, a fin de cuentas “ninguna bendición [les] será retenida” a los fieles, aun cuando esas bendiciones no se reciban inmediatamente (2). Mientras tanto, nos regocijamos de que el llamado de criar hijos no se limita sólo a los de nuestra propia sangre.

Al hablar de las madres no es mi intención menoscabar la función decisiva y urgente de los padres, especialmente porque algunos consideran la falta del padre en el hogar contemporáneo como “el principal problema social de nuestra época” (3). En verdad, la falta del padre puede ser un problema aun en el hogar en que haya un padre presente, si come y duerme allí, pero no forma parte del núcleo familiar. Pero ese es un mensaje para el sacerdocio del cual se hablara en n otro momento. Hoy deseo elogiar las manos maternas que han mecido la cuna del niño y que, por haber enseñado rectitud a sus pequeños, se hallan en el centro mismo del propósito que el Señor tiene para nosotros en la vida mortal.

Con este mensaje hago eco de lo que Pablo escribió cuando alabó de Timoteo su “fe no fingida… la cual habitó primero” dijo el, “en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice” (4). “Desde la niñez”, dijo Pablo, “has sabido las Sagradas Escrituras” (5). Damos gracias por todas las madres y abuelas de quienes se han aprendido esas verdades desde una tierna edad.

Al hablar de las madres en general, deseo en especial elogiar y alentar a las madres jóvenes. La labor de una madre es ardua y muchas veces pasa desapercibida. Los primeros años son con frecuencia aquellos en que el esposo o la esposa, o ambos, se encuentran todavía estudiando o en esas primeras etapas de escasez en que el marido aprende la forma de ganarse el sustento. La economía familiar fluctúa diariamente entre poco y nada. Por lo general, la decoración del departamento se compone de uno o dos diseños: el de las tiendas de segunda mano o “a lo vacío”. El automóvil, si tienen, anda con las llantas lisas y el tanque vacío. Sin embargo, a menudo el problema más grande que enfrenta una joven madre que de noche tiene que alimentar al bebe o atenderlo porque le están saliendo los dientes, es la fatiga. En el transcurso de esos años, las madres hacen más con menos descanso y dan más a los demás, con menor recompensa, que ningún otro grupo del que yo tenga conocimiento, en cualquier otra etapa de la vida. No es de sorprenderse que tengan enormes ojeras.

La ironía, claro está, es que con frecuencia es ella a quien deseamos llamar, o necesitamos llamar, para servir en las organizaciones auxiliares de barrio y de estaca. Eso es comprensible. ¿Quién no desea la influencia ejemplar de esas Loidas y Eunices en formación? Pero seamos todos sabios. Recuerden que las familias son lo más importante de todo, especialmente en esos años formativos, y de todas maneras las madres jóvenes se las arreglaran magníficamente para servir fielmente en la Iglesia, así como otros les prestan servicio y las fortalecen a ellas y a sus familias.

Pongan su mejor esfuerzo durante esos atareados años, pero hagan lo que hagan, valoren esa función tan exclusivamente suya y por la cual el mismo cielo envía ángeles para velar por ustedes y sus pequeños. Esposos, en especial los esposos, al igual que los líderes de la Iglesia y los amigos Se todas partes sean serviciales, sensibles y prudentes. Recuerden que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (6).

Madres, nosotros reconocemos y apreciamos su “fe en cada paso”. Por favor, sepan que su esfuerzo valió, vale y para siempre valdrá la pena. Y si por alguna razón están haciendo ese valeroso esfuerzo a solas, sin un marido a su lado, entonces serán más fervientes nuestras oraciones por ustedes y más resuelta nuestra determinación para extenderles una mano de ayuda.

Hace poco una joven madre me escribió diciéndome que su angustia parecía tener tres orígenes. Uno era que cada vez que escuchaba un discurso sobre la maternidad en la Iglesia, se preocupaba porque sentía que no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella o que iba a ser incapaz de llevar a cabo la labor. Segundo, sentía que el mundo esperaba que ella enseñara a los hijos lectura, escritura, decoración de interiores, latín, cálculo integral y la red Internet, todo antes de que él bebe siquiera balbuceara. Tercero, muchas veces sentía que la gente la trataba con aire condescendiente, casi siempre sin proponérselo, ya que el consejo e incluso los elogios que ella recibía parecían no reflejar la inversión mental, el esfuerzo espiritual y emocional, las exigencias intensas de toda la noche y todo el día que agotan la energía pero que a veces son necesarias si uno desea y trata de ser la madre que Dios espera que sea. Pero dijo que había una cosa que la hacía seguir adelante. Según dijo: “A través de los altibajos y de las lágrimas que en ocasiones he derramado, se muy dentro de mí que estoy llevando a cabo la obra de Dios. Sé que por medio de la maternidad participo con El en una asociación eterna. Me conmueve pro fundamente que Dios considere la paternidad como su máxima finalidad y satisfacción, aun cuando algunos de Sus hijos le hagan llorar.

“Es esa comprensión”, dice, “la que trato de recordar durante esos inevitables días difíciles cuando todo esto cosas me abruma tanto. Quizá sea precisamente nuestra incapacidad e inquietud las que nos instan a acercarnos a Él y a intensificar Su facultad para acercarse a Su vez a nosotros. Es posible que Él tenga la secreta esperanza de que sintamos inquietud y que supliquemos humildemente Su ayuda. Creo que entonces El podrá enseñar a esos niños directamente, por nuestro intermedio, sin que opongamos resistencia. Esa idea me gusta y me brinda esperanza”, concluye. “Si vivo con rectitud delante de mi Padre Celestial, tal vez la guía que Él les dé a nuestros hijos no sea obstruida. Acaso entonces pueda llevarse a cabo Su obra y Su gloria en el verdadero sentido de la palabra” (7).

En vista de esa expresión, está claro que algunas de esas grandes ojeras no provienen solamente del cambio de pañales y de ser el chofer de los niños, sino de algunas noches en vela haciendo una evaluación del alma, buscando con ansias alcanzar la capacidad de criar a esos hijos para que lleguen a ser lo que Dios desea que sean. Conmovido ante esa devoción y determinación, quisiera decirles a todas las madres, en el nombre del Señor Ustedes son magníficas. Están haciendo una excelente labor. El solo hecho de que se les haya dado esa responsabilidad es una evidencia eterna de la confianza que el Padre Celestial tiene en ustedes. Él sabe que el dar a luz no las pone inmediatamente dentro del círculo de los omniscientes. Si ustedes y sus esposos se esfuerzan por amar a Dios y vivir el Evangelio; si ruegan por la guía y el consuelo del Santo Espíritu que se ha prometido a los fieles; si van al templo tanto para hacer como para reclamar las promesas de los convenios más sagrados que un hombre o una mujer puedan hacer en este mundo; si demuestran a los demás, incluyendo a sus hijos, el mismo amor, compasión y perdón que desean que el cielo les conceda; si hacen lo que este a su alcance por ser buenos padres, habrán hecho todo lo humanamente posible y todo lo que Dios espera que hagan.

En ocasiones, la decisión que toma un hijo o nieto les romperá el corazón. Algunas veces, lo que deseamos no se cumple inmediatamente. Todo padre y madre se preocupa por eso. Aun el presidente Joseph F. Smith, que fue un amoroso y extraordinario padre, rogó: “¡Oh Dios, no permitas que pierda a los míos!”(8). Ese es el ruego de todo padre y también su temor. Pero nadie que continua esforzándose y orando ha fracasado. Ustedes tienen todo el derecho de recibir aliento y de saber que al final sus hijos bendecirán su nombre, al igual que las anteriores generaciones de madres, que tuvieron las mismas esperanzas y los mismos temores.

De ustedes es la grandiosa tradición de Eva, la madre de toda la familia humana, que comprendió que ella y Adán tenían que caer “para que los hombres [y las mujeres] existiesen” (9) y para que hubiera gozo. Suya es la grandiosa tradición de Sara, de Rebeca y de Raquel. Sin ellas no hubieran existido esas extraordinarias promesas patriarcales dadas a Abraham, Isaac y Jacob que nos bendicen a todos. También la grandiosa tradición de Loida y Eunice y de las madres de los dos mil jóvenes guerreros, y la extraordinaria tradición de María, quien fuera elegida y preordenada desde antes que el mundo fuese para concebir, llevar en su vientre y dar a luz al Hijo del mismo Dios, les pertenece. A todas ustedes les damos las gracias, incluso a nuestras propias madres, y les decimos que no hay nada más importante en este mundo que el participar tan directamente en la obra y la gloria de Dios, al brindar la mortalidad y la vida terrenal a Sus hijos, para que la inmortalidad y la vida eterna puedan lograrse en los reinos celestiales.

Cuando se acercan al Señor con mansedumbre y humildad de corazón y, como dijo una madre, “golpean a la puerta de los cielos para pedir, para rogar, para exigir guía, sabiduría y ayuda para realizar esa labor maravillosa”, la puerta se abre de par en par para proporcionarles la influencia y la ayuda de toda la eternidad. Reclamen las promesas del Salvador. Pidan el bálsamo sanador de la Expiación para cualquier problema que tengan ustedes o sus hijos. Sepan que con fe las cosas se pueden arreglar a pesar de ustedes, o mejor dicho, por causa de ustedes.

Es imposible lograrlo solas, pero tienen quien les ayude. El Maestro de los cielos y la tierra les bendecirá; El, que resueltamente busca a la oveja pérdida, que barre con diligencia en busca de la moneda perdida y que espera eternamente el regreso del hijo prodigo. De ustedes es la obra de salvación y por consiguiente serán magnificadas, recompensadas, serán hechas más de lo que son y de lo que jamás hayan sido al esforzarse honradamente, no obstante lo inadecuado que algunas veces piensen que es ese esfuerzo.

Recuerden todos los días de su maternidad: “He aquí… no habéis llegado hasta aquí sino por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él, confiando íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar” (10).

Confíen en El plenamente y para siempre. Y sigan “adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza” (11). Están haciendo la obra de Dios y la están haciendo maravillosamente bien. El las bendice y las bendecirá, aun y especialmente, en los días y las noches más difíciles. Al igual que la mujer que en forma anónima, con humildad, quizá incluso con titubeo y vergüenza, se abrió paso entre la multitud para tocar solamente el borde del manto del Maestro, Cristo les dirá a las mujeres que se preocupan, dudan o a veces lloran debido a la responsabilidad que tienen como madres: “Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado” (12). Y esa fe salvara también a sus hijos.

En el sagrado y santo nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. Véase “Redeemer of Israel”, Hymns, N° 6; 3 Nefi 22:1.
  2. Véase de Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 2:71; Harold B. Lee, Ye Are the Light of the World: Selected Sermons and Writings of President Harold B. Lee; Salt Lake City: Deseret Book Company, 1974, pág. 292; y Gordon B. Hinckley, “Lo que Dios ha unido”, Liahona, julio de 1991, pág. 77.
  3. Tom Lowe, “Fatherlessness: The Central Social Problem of Our Time”, Claremont Institute Home Page Editorial, enero de 1996.
  4. 2 Timoteo 1:5.
  5. 2 Timoteo 3 15.
  6. Eclesiastés 3:1.
  7. Correspondencia personal.
  8. Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 455.
  9. 2 Nefi 2:25.
  10. 2 Nefi 31:19.
  11. 2 Nefi 31:20.
  12. Mateo 9:22.
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La gratitud

Conferencia General Abril 1997
La gratitud
Élder Jerald L. Taylor
de los Setenta

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“Expreso mi gratitud y amor por Jesucristo y por Su expiación—por su buena voluntad de dejar el reino de los cielos como un Dios y nacer en un humilde establo.”

Mis queridos hermanos y hermanas, deseo hablarles esta tarde acerca de la gratitud: primero, por una familia amorosa; segundo, por un Profeta viviente; y tercero, por el Señor Jesucristo.

Nefi expreso que había “nacido de buenos padres …” Yo repito las mismas palabras, porque yo también nací de buenos padres” un padre que era un fiel Santo de los Últimos Días y que honraba el Sacerdocio, y una madre amorosa que murió cuando yo era niño, dejando a mi padre viudo con seis hijos. Mi padre se volvió a casar con una viuda que tenía nueve hijos, así dándome en total cinco hermanos y nueve hermanas. Estoy agradecido a esa segunda madre que me amó como uno de los suyos y fue un ejemplo para mí. Doy gracias a mi Padre Celestial por todos mis hermanos y hermanas que me han amado y apoyado, quienes también aman al Señor y Su Evangelio. Ya hace cincuenta y cuatro años que se formó la Familia Lunt-Taylor y a pesar de que han muerto nuestros padres, sentimos una unidad y un gran amor los unos por los otros. También he sentido el amor y cariño de abuelos, tíos y otros parientes.

Estoy agradecido por mi querida y leal esposa Sharon, y por nuestros seis hijos, dos yernos, y cinco nietos. El Salmista dijo, “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Bienaventurado el hombre que lleno su aljaba de ellos” (Salmos 127:3, 5). Estoy agradecido por esta herencia del Señor y por el amor y apoyo de ellos.

Expreso gratitud por un Profeta viviente, Presidente Gordon B. Hinckley. En noviembre del año pasado, entre muchos países latinoamericanos, el hizo una visita a Chile. En esa misma semana, Chile fue anfitrión a la reunión cumbre de los países latinoamericanos. Asistieron presidentes y dignatarios de dieciséis países. Habían barreras en las calles en las áreas donde estaban alojados y en los lugares donde se reunían. Día y noche se oían sirenas y se veían luces rojas destellando, al viajar esos dignatarios de un lugar a otro. En medio de toda esa conmoción llego el Presidente Hinckley. No había ni toque de trompetas, ni una bienvenida especial, ni reconocimiento, ni privilegios otorgados. Al salir del aeropuerto, dos vehículos caminaron por las calles de Santiago—uno de ellos llevando el Profeta viviente del Señor. En el hotel había policías y guardias para proteger a los visitantes de la reunión cumbre, mientras el Presidente Hinckley con su familia y otros entraron desapercibidos.

Mi mente se volvió muchos años atrás a un establo, donde el nacimiento del Hijo de Dios también fue desapercibido, salvo por unos pastores que guardaban las vigilias sobre sus rebaños. El reino de Dios en la tierra avanza a la sombra de eventos más publicitados.

El día después de su llegada, al hablar el Presidente Hinckley a más de 50.000 santos y al testificar de Jesucristo y de Su Iglesia, uno podía sentir su convicción. Él dijo a todos los presentes es que quería que recordaran que habían escuchado a Gordon B. Hinckley decir que Dios vive y que Jesús es el Cristo. Aconsejo a los Santos a poner sus vidas en orden, a enseñar a sus hijos a caminar rectamente ante Dios, y a formar familias eternas por medio del sellamiento en el templo. Al concluir la conferencia la multitud se puso de pie, y con lágrimas en los ojos y con testimonios en sus corazones de que verdaderamente este era el Profeta de Dios en la tierra, agitaron sus pañuelos blancos en señal de despedida. El Presidente Hinckley saco su pañuelo para agitarlo y con amor se despidió. Yo sé, como saben aquellos Santos en Chile y por toda la tierra, que cl Presidente Gordon B. Hinckley es el Profeta viviente de Dios sobre la tierra. Estoy agradecido por su ejemplo.

Expreso me gratitud y amor por Jesucristo y por Su Expiación, por Su buena voluntad de dejar el reino de los cielos como un Dios y nacer en un humilde establo, porque no había lugar para José y María en el mesón. Él vivió una vida de servicio, olvidándose de sí mismo en la causa de los otros hijos de Su Padre. Su deseo era de cumplir la voluntad del Padre, cual es, “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Moisés 1:39)

En las últimas horas de su vida mortal, El entro en el jardín de Getsemaní y tomo sobre sí mismo los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta la última persona que naciera en la tierra. Allí El padeció “estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten,” (D. y C. 19:16) En sus propias palabras El describe esa experiencia, “padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). Unas horas después fue probado y juzgado por hombres y entonces crucificado sobre la cruz. El Gran Jehová, el Creador de este mundo y mundos sin número, humildemente se sometió a los deseos de hombres inicuos y así cumplió la voluntad del Padre.

El Salvador resucitado enseñó a la gente aquí en las Américas: “Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo” (3 Nefi 27:16). Al escribir sobre el arrepentimiento, el Presidente Boyd K. Packer dijo: “En la batalla universal por las almas humanas, el adversario toma un gran número de prisioneros. Muchos de ellos, al no saber la forma de escapar, están obligados a servirle. Toda alma que este confinada a un campo de concentración por el pecado y la culpabilidad, tiene una llave para abrir la puerta, y esa llave se llama arrepentimiento. El adversario no puede sujetarlos si saben cómo usarla. El arrepentimiento y el perdón, que son principios paralelos, son superiores en fortaleza al impresionante poder del tentador”. (The Things of the Soul [1996], pág. 114).

El Señor dijo en Isaías, “… si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. (Isaías 1:18) El Señor ha dicho en nuestros días: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado, y yo, el Señor, no los recuerdo más. Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados; he aquí, los confesara y los abandonara”. (D. y C. 58:42-43)

Jesucristo es el Juez de todos: “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí el no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41). Considero que Él va a estar muy decepcionado si no somos dignos de vivir con Él y con Su Padre. Hermanos y hermanas, que usemos la llave llamada arrepentimiento, para que cuando aparezcamos ante el Salvador podamos, escuchar “al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga por vuestra causa ante El, diciendo: Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no peco, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna” (D. y C. 45:35). Yo deseo ser digno de gozar de esta vida sempiterna con Jesucristo y con nuestro Padre, y ruego que todos podamos tener este mismo deseo.

Testifico que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios; es nuestro Señor y Salvador. En este tiempo especial, al recordar Su resurrección, expreso mi profunda gratitud por El en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Su paz

Conferencia General Abril 1997
Su paz
Dennis E. Simmons
De los setenta

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“De la misma forma en la que se les dio paz a los preocupados Apóstoles por medio de otro Consolador, hoy día todos los hombres y mujeres pueden recibir diariamente esa misma maravillosa bendición.”

Durante los últimos días de Su ministerio mortal, el Salvador completó Sus instrucciones a los apóstoles. Ellos habían estado con El durante Su ministerio de tres años, pero ahora finalizaba la enseñanza que les había dado línea por línea, precepto por precepto, según la capacidad que tenían de recibirla.

Sabiendo que se acercaba el final de Su ministerio, les habló sobre su inminente partida: “Hijitos, aun estaré con vosotros un poco… A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:33)

Estos discípulos tienen que haber sentido temor, frustración y preocupación; Jesús había sido su seguridad, su ayuda, su luz. ¿Que podían hacer ellos sin Su dirección, sin Sus instrucciones, sin Su ejemplo y sin Su consuelo?

Con amor y compasión, el Maestro les aseguró: “No os dejaré huérfanos … yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que este con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros … él os enseñará todas las cosas, y os recordara todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:18, 16–17, 26).

A Sus amigos Apóstoles, y para el beneficio de todos los creyentes, Jesús agregó una bendición significativa “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27; cursiva agregada).

Las Escrituras testifican que la promesa se cumplió en la vida de Sus siervos, durante el meridiano de los tiempos, y testificamos que sigue cumpliéndose en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Cabe notar que Jesús prometió Su paz, no la paz que da el mundo. El mundo reclama verse libre de la guerra, de la violencia, de la opresión, de la injusticia, de la contención, de las enfermedades y de la aflicción. De su declaración final, al terminar Su instrucción especial a los Apóstoles, se desprende claramente que el Señor no esperaba ese tipo de paz en el mundo:

“Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tenéis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33; cursiva agregada).

En la vida mortal continuaría la tribulación, pero en medio de esa tribulación, Sus seguidores encontrarían la paz en El. En otras palabras, incluso si todo el mundo se derrumbara a nuestro alrededor, el Consolador prometido nos dará Su paz como resultado de ser un buen discípulo. Al final, por supuesto, nos llegara la paz total debido a que El venció al mundo. Pero nosotros podemos tener Su paz haya o no problemas en el mundo. Su paz es esa paz, esa serenidad, ese consuelo que el Consolador, el Espíritu Santo, habla a nuestros corazones y mentes a medida que nos esforzamos por seguirle y guardar Sus mandamientos. Seguir leyendo

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Palabra de honor

Conferencia General Abril 1997
Palabra de honor
Elder Sheldon F. Child
de los Setenta

“Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ‘la honradez es la única norma”.

Crecí en una pequeña granja en el norte de Utah, donde tuvimos la bendición de tener suficiente tierra… no la suficiente para subsistir, pero suficiente para que trabajara un jovencito. Mis padres eran gente buena, muy trabajadora e industriosa. Con objeto de satisfacer nuestras necesidades, mi padre consiguió otro trabajo fuera de la granja. Cada mañana, antes de salir, mi padre hacia una lista de tareas que deseaba que yo cumpliera antes de que el regresara al atardecer. Recuerdo que en una oportunidad una tarea de la lista era llevar al taller del herrero una pieza de un rastrillo para el heno para que la reparara. No me sentía muy bien con el mandado porque mi padre no había dejado dinero y yo no sabía qué hacer. Lo deje de lado mientras pude; pero cuando termine todos mis otros encargos, sabía que no podía posponerlo por más tiempo. Mi padre esperaba que la pieza estuviera reparada cuando el regresara a casa y yo era el responsable de hacerlo. Todavía recuerdo el camino de un kilómetro y medio al taller del herrero. Incluso recuerdo lo incómodo que me sentía mientras lo observaba al soldar en la pieza. Cuando terminó, le dije muy nervioso que no tenía dinero pero que mi padre le pagaría más tarde. Estoy seguro de que él se dio cuenta de mi angustia. Me dio una palmadita en el hombro y me dijo: “No hay problema, hijo, la palabra de tu padre es sagrada”. Recuerdo que corrí todo el camino de regreso, aliviado porque la pieza estaba reparada y agradecido de que la palabra de mi padre fuera reconocida como sagrada.

Como niño no entendí realmente lo que eso significaba, pero sabía que era algo bueno y deseable. Años más tarde me di cuenta de que una persona cuya palabra es sagrada es una persona honrada e integra, una persona en la que se puede confiar. En el mundo de la actualidad, hay gente que no le da importancia al romper su palabra, sus promesas, sus convenios con el hombre y con Dios. ¡Que bendición es hacer tratos con aquellos en los que se puede confiar!

Se encuentra un poderoso ejemplo de esto en el Libro de Mormón. Recordaran la asignación que recibieron Nefi y sus hermanos, de su padre Lehi, de ir a Jerusalén a obtener las planchas de bronce de Labán. Después de intentarlo sin éxito, los hermanos sintieron deseos de regresar al desierto a donde estaba su padre. Nefi comprendió que tenían una tarea que hacer, una asignación que cumplir. Dijo: “… no descenderemos hasta nuestro padre en el desierto hasta que hayamos cumplido lo que el Señor nos ha mandado” (1). Lo intentaron nuevamente y nuevamente fallaron; luego Nefi entró “furtivamente en la ciudad y [se] dirigió a la casa de Labán” (2). Fue allí donde encontró a Labán borracho de vino y obedeció la voz del Espíritu que le dijo: “Mátalo, porque el Señor lo ha puesto en tus manos… Es preferible que muera un hombre a dejar que una nación degenere y perezca en la incredulidad” (3). Luego, se puso la ropa de Labán, fue al lugar donde se hallaba el tesoro de Labán y obtuvo las planchas. Nefi había cumplido con aquello que se le había mandado. Pero no debemos pasar por alto el poderoso ejemplo dado por el siervo de Labán, Zoram. Nefi le mando que lo siguiera al salir del lugar del tesoro y no fue sino hasta que llamo a sus hermanos que Zoram se dio cuenta de que Nefi no era Labán. Las Escrituras nos dicen que Zoram “…empezó a temblar, y estaba a punto de huir” (4), cuando Nefi lo detuvo y le dijo que no tenía por qué temer y que sería un hombre libre si iba con ellos al desierto (5). Zoram prometió que lo haría; dio su palabra, y Nefi dijo; “… cuando Zoram se juramentó, cesaron nuestros temores con respecto a él” (6). Era un hombre en quien se podía confiar, su juramento lo obligaba, su palabra era sagrada.

La honradez y la integridad no son principios anticuados; son igualmente importantes en el mundo de hoy. En la Iglesia se nos ha enseñado que:

Cuando nos comprometemos… cumplimos.
Cuando se nos da un llamamiento… lo desempeñamos.
Cuando pedimos prestado… lo devolvemos.
Cuando tenemos una obligación financiera… la pagamos.
Cuando hacemos un contrato…lo respetamos.

El presidente N. Eldon Tanner relato la siguiente experiencia: “Un joven vino a mí no hace mucho tiempo y me dijo: ‘Hice un contrato con un hombre que requiere que yo pague cierta cantidad cada año. Estoy atrasado en el pago y no puedo hacer esos pagos, porque si los hago voy a perder mi casa. ¿Qué debo hacer?’ Lo mire y dije: ‘Cumpla con su contrato’. ‘¿Aun a costa de perder mi casa?’ Yo le dije: ‘No estoy hablando de su casa, estoy hablando de su contrato; considero que su esposa preferiría tener un esposo que cumple con su palabra, paga sus obligaciones, guarda sus compromisos y convenios, y tiene que arrendar una casa, a tener una casa con un esposo que no cumple sus compromisos y convenios”(7).

Es muy cierta la máxima: “La honradez es la mejor norma”. Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días “la honradez es la única norma”. Debemos ser honrados con nuestros semejantes; debemos ser honrados con nuestro Dios; y somos honrados con Dios cuando honramos los convenios que hacemos con El.

Somos un pueblo que hace convenios. Hacemos convenios en las aguas bautismales (8). Renovamos ese convenio todas las semanas cuando participamos en forma digna de la Santa Cena. Tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo, prometemos que le recordaremos siempre y que guardaremos Sus mandamientos. Y a cambio, Él nos promete que Su Espíritu estará siempre con nosotros. Hacemos convenios cuando entramos al templo y recibimos en recompensa las bendiciones prometidas de vida eterna… si guardamos esos convenios sagrados.

No se deben tomar a la ligera los convenios con Dios. En Doctrina y (Convenios, el Señor nos dice: “…he decretado probaros en todas las cosas para ver si permanecéis en mi convenio aun hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos” (9).

El relato de los anti-nefi-lehitas, en el Libro de Mormón, es un ejemplo emocionante de eso. Ammón y sus hermanos pasaron catorce años predicando al pueblo lamanita y miles llegaron al conocimiento de la verdad, y aquellos que se convirtieron al Señor “nunca más se desviaron”(10): “…pues eran completamente honrados y rectos en todas las cosas; y eran firmes en la fe de Cristo, aun hasta el fin”(11). Estaban tan agradecidos por la misericordia de Dios que hicieron convenio con El “…de que antes que derramar la sangre de sus hermanos, ellos darían sus propias vidas” (12). Recordaran que enterraron sus armas de guerra y fueron tan fieles al convenio que cuando llegaron los ejércitos de los lamanitas, “…salieron a encontrarlos, y se postraron hasta la tierra ante ellos y empezaron a invocar el nombre del Señor’’ (13). No ofrecieron resistencia; muchos fueron asesinados. Esa gente estuvo dispuesta a morir antes que romper el convenio que habían hecho con el Señor.

Seamos un ejemplo de honradez e integridad en nuestros tratos tanto con Dios como con los hombres. El élder Joseph B. Wirthlin nos dice: “Las recompensas de la integridad son inmensurables: una es la indescriptible paz interior que sentimos al saber qué hacemos lo que es correcto; otra es la ausencia de culpabilidad e inquietud que acompañan al pecado. Otra recompensa de la integridad es la confianza que nos da para dirigirnos a Dios… La recompensa suprema de la integridad es la compañía constante del Espíritu Santo… Vivamos fieles a la confianza que el Señor ha puesto en nosotros” (14).

Ruego que podamos honrar los compromisos y los convenios que hacemos con Dios y con nuestros semejantes; que se diga de cada uno de nosotros: “Nuestra palabra es sagrada”. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. 1 Nefi 3:15.
  2. 1 Nefi 4:5.
  3. 1 Nefi 4:12-13.
  4. 1 Nefi 4:30.
  5. Véase 1 Nefi 4:33.
  6. 1 Nefi 4:37
  7. Eldon Tanner, “Conference Report”, octubre de 1966.
  8. Véase Mosíah 18:8-10.
  9. y C. 98:14.
  10. Véase Alma 23:5-6.
  11. Alma 27:27.
  12. Alma 24:18.
  13. Alma 24:21.
  14. Finding Peace in Our Lives (1995), págs. 193-194.

 

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Un “Santo llamamiento”

Conferencia General Abril 1997
Un “Santo llamamiento”
Élder Monte J. Brough
de la Presidencia de los Setenta

Monte J. Brough

“Todo miembro debe llegar a saber que su propio servicio en la Iglesia es de naturaleza sagrada.”

Hace pocos años tuve el privilegio de ser asignado a trabajar en la Presidencia del Área de Asia, que tiene la oficina en Hong Kong. Nuestros cuatro hijos más pequeños nos acompañaron a mi esposa y a mí a esa ciudad fascinante, donde vivimos tres años muy interesantes. Nuestros hijos estaban acostumbrados a los espacios abiertos del Oeste estadounidense y Hong Kong le requirió a cada niño hacer algunos ajustes emocionales y personales muy importantes. Muchas noches nos sentábamos alrededor de nuestra mesa del comedor, en el modesto apartamento del decimotercer piso, tratando de ayudarlos con los desafíos escolares y culturales.

Una noche, después de haber trabajado con afán durante varias horas para completar las tareas escolares, nuestro hija más pequeña, Kami (entonces de ocho años), me preguntó: “Papa, ¿cómo es que se nos ‘eligió’ para venir a Hong Kong?” Mi primera reacción fue contestarle con una broma y decirle: “Creo que tuvimos suerte”. Sin embargo, me di cuenta, debido a la mirada sincera que se veía en esa carita de niña, de que ella deseaba una respuesta adulta a su pregunta. En ese momento, mientras pensaba en los desafíos impuestos a nuestra pequeña familia por mi llamamiento del sacerdocio, yo mismo tuve que analizar la respuesta otra vez.

Recordé el día en el que, algunos años antes, descolgué el teléfono para escuchar la voz familiar del presidente Spencer W. Kimball, quien con delicadeza me extendió el llamamiento a servir como presidente de misión.

Después de la llamada, me sentí atribulado, con fuertes sentimientos de incapacidad. Además, mi esposa y yo teníamos entre treinta y cuarenta años, y éramos una familia joven que tenía seis hijos; recordé el amor y respeto profundos que tenía y todavía tengo por mi presidente de misión. ¿Podría haber cometido un error el presidente Kimball? ¿Comprendían realmente quien era yo?

Pocos días después se nos concedió una cita con el élder Rex D. Pinegar. Le explicamos nuestros sentimientos. Siempre recordaré la respuesta del élder Pinegar: “Hermano Brough, ¿tiene un testimonio del llamamiento divino de nuestros Profetas y de otros líderes de la Iglesia?”

“Si”, conteste, “desde los primeros días de mi niñez he creído en los sagrados llamamientos de los líderes de nuestra Iglesia. Desde lo más íntimo de mi alma creo que el presidente Spencer W. Kimball es un Profeta”.

El élder Pinegar dijo entonces: “Ahora debe ganar un testimonio de la naturaleza divina de su propio llamamiento; tiene que saber que también usted ha sido llamado por Dios”. Seguir leyendo

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Busquemos seguridad en el consejo

Conferencia General Abril 1997
Busquemos seguridad en el consejo
Élder Henry B. Eyring
del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es [cuando] se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención…”

El Salvador siempre ha sido el protector de aquellos que aceptan Su amparo. En más de una ocasión, Él ha dicho: “… cuantas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos, y no quisisteis” (3 Nefi 10:5).

El Señor expreso el mismo lamento en nuestra propia dispensación al describir varias formas en que nos llama a buen resguardo:

“(Cuantas veces os he llamado por boca de mis siervos y por la ministración de ángeles, y por mi propia voz y por la de los truenos y la de los relámpagos y la de las tempestades; y por la voz de terremotos y de fuertes granizadas, y la de hambres y pestilencias de todas clases; y por el gran sonido de una trompeta, y por la voz del juicio y de la misericordia todo el día; y por la voz de gloria y de honra y la de las riquezas de la vida eterna, y os hubiera salvado con una salvación sempiterna, mas no quisisteis!” (D. y C. 43:25.)

Parece que no hubiera límites en el deseo del Salvador de guiarnos hacia un lugar seguro y existe una constante en la forma en que nos enseña el camino. El llama utilizando varios medios para que su mensaje llegue a aquellos que tengan la voluntad de aceptarlo; esos medios siempre incluyen el enviar el mensaje por boca de Sus Profetas, siempre que la gente haya cumplido con lo que se requiera para tener entre sí a los Profetas de Dios. A esos siervos autorizados siempre se les manda que aconsejen a la gente y les indiquen el camino a la seguridad. Cuando hubo graves conflictos en el norte de Misuri, en el otoño de 1838, el profeta José Smith llamo a todos los santos para que se congregaran en Far West a fin de que fueran protegidos. Muchos de ellos estaban en granjas aisladas o en poblados dispersos. El aviso en especial a Jacob Haun, fundador de un pequeño poblado denominado Haun’s Mill. Un registro de esa época dice: “El hermano José había mandado avisar a los hermanos que vivían allí, por intermedio del señor Haun, dueño del molino, que abandonaran el lugar y se fueran a Far West; pero el señor Haun no les comunicó el mensaje” (Four Faith Promoting Classics; Salt Lake City, Bookcraft, Inc., 1968, pág. 90). Más tarde, el profeta José escribiría en su historia personal: “Hasta este día. Dios me ha dado la sabiduría para salvar a la gente que escucha mi consejo. Ninguno de los que lo han hecho ha sido asesinado” (Historia de la Iglesia 5:137). El Profeta luego prosiguió, escribiendo la triste verdad de que vidas inocentes podrían haberse salvado en Haun’s Mill si se hubiera recibido y seguido su consejo.

En nuestra propia época, se nos ha prevenido aconsejándonos cómo resguardarnos del pecado y del dolor; una de las llaves para reconocer esas precauciones es que se repiten. Por ejemplo, en más de una ocasión, en estas conferencias generales, habrán oído a nuestro Profeta decir que citara a un Profeta anterior y, por lo tanto, pasara a ser un segundo testigo y hasta a veces un tercero. Todos hemos escuchado al presidente Kimball dándonos consejo en cuanto a la importancia que tiene la madre en el hogar, luego el presidente Benson lo cito; más tarde, el presidente Hinckley cito a ambos. El apóstol Pablo escribió: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es que se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención y llenar nuestro corazón con gratitud por vivir en una época tan bendecida. Seguir leyendo

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¡Obispo, ayúdeme!

Conferencia General Abril 1997
¡Obispo, ayúdeme!
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

“Es una carga pesado [la del obispo] y no se puede soportar sin el apoyo de los oficiales y de los miembros del barrio.”

Deseo empezar contándoles algo que sucedió en un barrio grande de Provo hace unos 20 años. Durante una reunión sacramental, un niñito empezó a causar mucho desorden. Después de tratar de calmar a su hijo de tres años, la desesperada madre se lo paso al padre, que estaba sentado al lado del pasillo, al frente de la capilla. A esas alturas el ruido distraía al discursante y la congregación era muy consciente de la desesperación de los padres. El padre tuvo menos paciencia que la madre; luego de poco tomó al niño en brazos, se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera. Al mirar por sobre el hombro del padre y al darse cuenta de su determinación, el niño guardo silencio y se puso nervioso. En el momento en que el padre llegaba a la puerta, el muchachito extendió sus brazos hacia el estrado y grito: “¡Obispo, ayúdeme!”

Hay oportunidades en la vida de todos nosotros cuando debemos buscar la ayuda del obispo o de sus consejeros. Quizás necesitemos un consejo inspirado y dirección que nos ayude en nuestra familia o trabajo; quizás necesitemos entender el Evangelio o los deberes de nuestro llamamiento. En épocas de dificultad podemos tener necesidades temporales. Quizás hasta busquemos disciplina que nos ayude a regresar al camino del progreso. Siempre nos beneficiamos con sus ejemplos incondicionales. ¡Gracias al cielo por los fieles e inspirados obispos y presidentes de rama, y sus consejeros!

El obispo (o el presidente de la rama) tiene muchos deberes. Como presidente del Sacerdocio Aarónico, supervisa personalmente los programas y las actividades de los hombres y de las mujeres jóvenes del barrio. Él y sus consejeros entrevistan a cada joven todos los años. Dan una atención especial al hecho de que se enseñen principios correctos; siempre alientan a la juventud para que se prepare para enfrentar los convenios que harán en el templo.

Como sumo sacerdote presidente, el obispo da dirección a todos los quórumes, a las organizaciones auxiliares, a las actividades y a los programas del barrio. Los llamamientos del barrio están bajo su dirección; también la orientación familiar y el programa de las maestras visitantes, y las ordenanzas, como el bautismo. Siempre asistido por sus consejeros, es responsable de la reunión sacramental y de la enseñanza del Evangelio en todas las clases del barrio. El obispado también dirige todas las otras reuniones del barrio, incluso la reunión del comité ejecutivo del sacerdocio y el consejo de barrio.

También el obispado es responsable de supervisar el tiempo de servicio de todos los miembros del barrio que sirven bajo su dirección. Dado que conocen las circunstancias del barrio, determinan el equilibro necesario entre las reuniones y actividades, y el tiempo para las familias. Son conscientes también del programa de consolidación de reuniones dominicales, cuyo propósito no es tener más tiempo el domingo para más reuniones, sino aumentar el tiempo disponible para estar con la familia, para estudiar el Evangelio en forma individual y para prestar servicio. Seguir leyendo

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