La eternidad ante nosotros

Conferencia General Abril 1997
La eternidad ante nosotros
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El mantener nuestra fortaleza espiritual… es una lucha diaria. La mayor fuente de esa fortaleza espiritual proviene… de nuestros templos.”

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos, me siento humilde ante la responsabilidad de dirigirles la palabra. Al hablarles de las más grandes bendiciones que se pueden recibir en la vida terrenal, les agradeceré que empleen su comprensión espiritual.

El 3 de febrero de 1846 fue un día de intenso frío en Nauvoo, Illinois. Ese día el presidente Brigham Young escribió esto en su diario:

“A pesar de que había anunciado que no efectuaríamos ordenanzas, la Casa del Señor estuvo repleta de gente todo el día… También les dije a los hermanos que iba a preparar los carromatos y a partir. Me aleje hasta cierta distancia del templo suponiendo que la multitud se dispersaría, pero al volver vi que estaba lleno a rebosar.

“Al contemplar la multitud y reconocer sus anhelos, pues tenían hambre y sed de la palabra, continuamos diligentemente nuestras labores en la Casa del Señor” (1).

Y así, la obra del templo continuo hasta la una y media de la mañana.

Los dos primeros nombres del cuarto grupo de asistentes que aparecen en el registro del Templo de Nauvoo ese día, el 3 de febrero de 1846, son los de John y Jane Akerley, que recibieron su investidura en el templo esa tarde; eran humildes conversos nuevos de la Iglesia, sin riquezas ni posición social. La obra del templo era lo que más les preocupaba antes de abandonar su hogar en Nauvoo para partir hacia el Oeste. Fue un hecho venturoso el que el presidente Young hubiera accedido al deseo de los santos de recibir las bendiciones del templo, pues John Akerley murió en Winter Quarters, Nebraska; él y otras cuatro mil personas nunca llegaron a los valles de las Montañas Rocosas(2). El conocido himno de William Clayton, “¡Oh, está todo bien!”, capta su fe a la perfección: “Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, que gozo y paz!”(3)

El 26 de julio de 1847, dos días después de que llegara el presidente Brigham Young al Valle del Gran Lago Salado, se anunció la edificación de un templo. El presidente Young hizo esa gran proclamación aun antes de que los santos tuvieran un techo bajo el que cobijarse y mientras todavía vivían en los carromatos o dormían en el suelo; hundió el bastón en la tierra y dijo: “Aquí edificaremos el Templo de nuestro Dios” (4). La construcción de ese magnífico edificio les iba a llevar cuarenta años.

A los diez años de haber llegado al valle, los santos construyeron una Casa de Investiduras en la que podrían recibir algunas de las bendiciones del templo. Y lo hicieron, según lo explico Brigham Young, porque, “por haber sido expulsados de nuestros hogares, y debido a las penosas circunstancias en que nos hallamos, el Señor nos ha permitido hacer esto, o sea, utilizar esta Casa de Investiduras para la obra del templo”(5). Esa casa se dedicó el 5 de mayo de 1855; en ella, el 2 de abril de 1857, Elsie Ann, la hija de John y Jane Akerley, se selló por esta vida y por toda la eternidad a su esposo, Henry Jacob Faust.

Sin embargo, había ordenanzas que no podían efectuarse en la Casa de Investiduras, y el Templo de Salt Lake todavía se hallaba en construcción. Al referirse a este grandioso edificio que permanecería en pie durante el Milenio, Brigham Young anunció lo siguiente: “Este no es el único templo que construiremos; habrá cientos de templos construidos y dedicados al Señor” (6).

La fuerza que impulsó a los pioneros a dirigirse al Oeste iba mucho más allá que su deseo de escapar a la persecución; buscaban un lugar en el que “libres ya de miedo y dolor”, les “permitieran morar” (7).

Parte de la motivación espiritual que los impulsaba provenía de su visión de un lugar donde pudieran adorar en un Templo de Dios sin ser importunados.

Sin duda, muchos de los pioneros habían estado en el funeral de Joseph Smith, padre, y oído a su hijo, el profeta José Smith, hablar de la fortaleza y el consuelo que su padre, el Patriarca de la Iglesia, había recibido en el templo:

“El estar en la Casa del Señor, el buscar respuestas en Su Templo, era su diario placer; y allí gozó de muchas bendiciones y paso muchas horas en dulce comunión con su Padre Celestial. Él ha recorrido sus sagrados pasillos, solo y alejado de la humanidad… En sus santos recintos se han abierto ante el las visiones de los cielos y su alma se ha deleitado con las riquezas de la eternidad; y allí sus enseñanzas han instruido al manso y al humilde, y la viuda y el huérfano han recibido de el sus bendiciones patriarcales” (8). Seguir leyendo

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Firmes creces en la fe

Conferencia General Abril 1997
“Firmes creces en la fe”
elder Joseph B. Wirthlin
del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“[Su] importantísima mayordomía es la responsabilidad gloriosa que nuestro Padre Celestial ha dado a cada uno de vigilar y cuidar de su propia alma.”

Estamos impresionados con el hermoso discurso del élder Neal A. Maxwell. Lo recordamos sobre todo por su sabiduría, su inspiración y su gran liderazgo en el reino. ¡Qué milagro es tenerlo aquí hoy día! El Señor lo ha bendecido y ha escuchado nuestras oraciones.

La Conferencia General constituye un período de inspiración para todos los miembros de la Iglesia. Nuestro propósito es “[instruirnos] y [edificarnos] unos a otros, para que [sepamos] cómo [conducirnos]… de conformidad con los puntos de [la ley de Dios] y [Sus] mandamientos” (1). Con humildad ruego que podamos continuar teniendo el mismo espíritu del que tanto hemos disfrutado esta mañana.

¡Grandes cosas están sucediendo actualmente en el Reino!

La Iglesia sigue avanzando en todo el mundo como nunca antes. Es un privilegio para nosotros poder presenciar en nuestros días un progreso tan maravilloso hacia el cumplimiento de la gran profecía de que “el reino… llegue a ser una gran montaña y llene toda la tierra” (2).

Están sucediendo grandes cosas gracias a que hay tantos entre ustedes que obran fielmente “de conformidad con [la] ley y [los] mandamientos [de Dios]”. Como líderes de la Iglesia del Señor, nos emociona ver que muchos Santos de los Últimos Días dignos y fieles están haciendo tanto bien. Sepan, por favor, que oramos con frecuencia por ustedes para que nuestro Padre Celestial les ayude a cumplir con los convenios que han hecho con El.

Caminemos por el Sendero de la Fe

En un mensaje reciente, el presidente Gordon B. Hinckley nos extendió una invitación y un cometido: “Deseo extenderles una invitación,” dijo, “a que recorran conmigo el sendero de la fe; los insto a defender todo lo que es a recto, verídico y bueno” (3). Nuestro s Profeta personifica un inalterable cometido y ejemplo de lo que significa andar por el sendero de la fe y la devoción. ¿Estamos siguiendo su inspirado ejemplo en nuestra vida a diaria? Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ¿estamos respondiendo a su cometido de “defender todo lo que es recto, verídico y bueno”? Haciendo eco a un himno favorito, el presidente Hinckley nos ha exhortado: “Firmes creced en la fe que guardamos; por la verdad y justicia luchamos” (4).

Hermanos y hermanas: ¿Andamos “firmes en la fe”?

El Artículo de Fe número 13 declara que “Creemos en ser… verídicos”. La verdad del Evangelio restaurado, como lo señala el himno,

“joya es sin igual…
Es el máximo don
que podría mortal anhelar…
La verdad,
la esencia de todo vivir,
seguiría por siempre jamás” (5).

Si, la plenitud del Evangelio es una perla preciosa, digna de todo esfuerzo.

En tanto que se nos enseña a cultivar nuestros talentos y a sustentar nuestra familia, debemos sin embargo cuidarnos de no dedicarnos a las cosas materiales de un modo que nos aleje del sendero del Evangelio.

Debemos mantenernos “firmes en la fe” y mantenernos en el “estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna”(6). No olvidemos el consejo de Alma a su hijo Coriantón: “No te dejes llevar por ninguna cosa vana ni insensata” (7).

“Siempre obedece los mandamientos; tendrás gran consuelo y sentirás paz” (8). El mundo no puede ofrecernos nada que se compare al gozo de vivir el Evangelio. No existen riquezas o posesiones mundanas, ni grado alguno de fama o reconocimiento, que pueda sustituir la satisfacción de sentir la calidez y la paz del Espíritu del Señor en nuestro corazón y en nuestros hogares. “Dulce es la paz que el evangelio da” (9). Al esforzarnos por tener éxito, no debemos permitir que ninguna cosa vana ni insensata” nos aleje del sendero de la fe y nos impida ser fieles a nuestros convenios.

Firmes En La Fe

Me encanta la palabra fiel porque aclara con fuerza los principios básicos del Evangelio.

Ser fiel significa ser constante, perseverante, probo, honrado (10), virtudes estas que debemos cultivar en nuestra vida.

Sin Hipocresía ni Engaño

Ser fiel indica también responder a lo que es verdadero y no a aquello que aparenta serlo, como en las dimensiones reales de un problema o la naturaleza genuina de una persona

¿Vivimos verdaderamente el Evangelio o simplemente damos una apariencia de rectitud para que los que nos. rodean supongan que somos fieles cuando, en realidad, nuestro corazón y nuestras acciones en privado no armonizan con las enseñanzas del Señor?

¿Adoptamos solo una “apariencia de piedad, más negando la eficacia de ella”? (11)

¿Somos en realidad justos, o fingimos obediencia solo cuando pensamos que otros nos. están observando?

El Señor ha declarado que las apariencias no lo engañan, advirtiéndonos que no debemos ser, falsos con El ni con los demás. Nos ha amonestado en contra de aquellos que presentan una actitud engañosa o un aspecto refulgente que solo esconde una realidad más tenebrosa. Nosotros sabemos que el Señor “mira el corazón” y no “la apariencia externa” (12).

El Salvador nos ha enseñado que “no [debemos juzgar] según las apariencias” (13) y nos advirtió en cuanto a los lobos rapaces “que vienen a [nosotros] con vestidos de ovejas” y cuyo engaño solo puede descubrirse si examinamos “sus frutos” (14).

Nefi enseño que debemos seguir el camino de la fe “con integro propósito de corazón, sin acción hipócrita y sin engaño ante Dios” (15).

Sabemos que “el hombre de doble animo es inconstante en todos sus caminos” (16) y que “ninguno puede servir a dos señores” (17). El presidente Marion G. Romney observo sabiamente que hay muchos entre nosotros “que tratan de servir a Dios sin ofender al diablo” (18).

“El Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (19). Por lo tanto, el primero de los Diez Mandamientos es: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, (20) y el, a Salvador declaro que el primero y grande mandamiento es: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (21). Solamente cuando hayamos dado todo lo que poseemos, y venzamos nuestro orgullo y caminemos por el sendero de la fe sin desviarnos, podremos cantar con sinceridad: “Señor, acepta nuestra sincera devoción” (22).

Fe en Cada Paso

Los valientes pioneros de la Iglesia que tanto se sacrificaron para “sacar a luz y establecer la causa de Sión” (23) siguieron el camino de la fe con enormes dificultades físicas que les foguearon y templaron el alma. Con verdadera devoción a la causa de la verdad, asieron la barra de hierro a pesar de la oposición y los desafíos. Ellos “lucharon por la verdad” y dieron todo lo que tenían para fortalecer y vivir el Evangelio restaurado.

Sean Fieles a sus Convenios

Una de las grandes bendiciones del Evangelio restaurado es el privilegio de realizar convenios sagrados con nuestro Padre Celestial, los cuales se sancionan mediante el Santo Sacerdocio. Cuando nos bautizamos y somos confirmados, cuando los hermanos varones son ordenados al sacerdocio, cuando vamos al templo y recibimos nuestra investidura, cuando entramos en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio eterno, en todas estas sagradas ordenanzas nos comprometemos solemnemente a guardar los mandamientos de Dios.

Hacemos el convenio de manifestarle amor a nuestro Padre Celestial mediante el servicio humilde y la obediencia devota, y a demostrarle que somos, cada uno, un “buen siervo y fiel” (24).

Si somos fieles a nuestros convenios, nuestro Padre Celestial nos otorgara la bendición de “la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios” (25). “Todo lo que [el] Padre tiene” (26) le ha sido prometido a todo aquel que siga el camino de la verdad y permanezca fiel a sus convenios. Todo aquel “que hiciere obras justas recibirá su galardón, si, la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (27).

Una Mayordomía Enterna

Cada uno de ustedes tiene un llamamiento eterno del cual ningún oficial de la Iglesia tiene la autoridad para relevarles. Este es un llamamiento que han recibido de nuestro propio Padre Celestial. En este llamamiento eterno, tal como en todo llamamiento, poseen una mayordomía y “el Señor requiere de… todo mayordomo, que de cuenta de su mayordomía tanto en el tiempo como en la eternidad” (28). Esta importantísima mayordomía es la responsabilidad gloriosa que nuestro Padre Celestial ha dado a cada uno de vigilar y cuidar de su propia alma.

Algún día futuro, ustedes y yo escucharemos la voz del Señor que nos llamara para que demos cuenta ante El de nuestra mayordomía terrenal. Este informe deberá presentarse cuando se nos llame “para que todos [comparezcamos] ante [Dios] en el gran día del juicio” (29).

Cada día en esta tierra es sólo una pequeña parte de la eternidad.

A cada uno de nosotros nos llegara el día de la resurrección y del juicio final.

Entonces, el corazón grandioso y noble de nuestro Padre Celestial se entristecerá a causa de aquellos entre Sus hijos que, por haber escogido el mal, serán rechazados por ser indignos de regresar a Su presencia. Pero El recibirá con brazos amorosos e indescriptible gozo a todos los que hayan escogido “luchar por la verdad”. Una vida de rectitud, combinada con la gracia de la Expiación, nos habilitara para presentarnos ante El con un corazón puro y la conciencia limpia.

Como líderes de la Iglesia, como siervos de un Padre Celestial compasivo, también nosotros deseamos que cada uno de ustedes regrese a Su presencia. Les amamos y deseamos de todo corazón verles regocijarse con nuestro Padre Celestial y con sus propios padres, sus hijos y otros seres amados en aquel gran día del juicio. Así, pues, les preguntamos: “¿Son ustedes fieles?” Y. por lo tanto, tal como lo hizo Jacob, les exhortamos: “Preparad vuestras almas para ese día glorioso en que se administrara justicia al justo; sí, el día del juicio, a fin de que no os encojáis de miedo espantoso; para que no recordéis vuestra horrorosa culpa con claridad” (30).

¿Que podría ayudarnos a fortalecer nuestra decisión de mantenernos en el estrecho camino de la justicia y de la verdad, a fin de que nuestra alma reciba con agrado el día de nuestro juicio como una fecha gloriosa? Permítaseme ofrecer cinco sugerencias.

Primero: La razón fundamental por la que el Señor nos ha encomendado llevar a cabo entrevistas en cuanto a la dignidad en Su Iglesia es para enseñarnos a cumplir con nuestros compromisos. En otras palabras, tenemos que capacitarnos en esta época de probación terrenal para gobernarnos a nosotros mismos, (31) vivir con integridad y ser fieles a nuestros convenios. Las entrevistas en cuanto a la dignidad se realizan dentro de un espíritu de genuino interés en cada uno de los hijos e hijas de un Dios amoroso. Tales entrevistas constituyen un ensayo representativo del juicio final y son una bendición, una oportunidad especial para informar al Señor, por medio de Sus siervos debidamente autorizados, en cuanto a la sagrada mayordomía que todos tenemos de “[cuidarnos a nosotros] mismos, y [nuestros] pensamientos, y [nuestras] palabras, y [nuestras] obras” (32).

Segundo: En la Iglesia del Señor se nos hace recordar nuestros sagrados convenios cada vez que participamos de la Santa Cena.

Tercero: Cada vez que regresamos al templo, se nos hace recordar los convenios que hicimos cuando recibimos nuestra investidura.

Cuarto: Al hacer la orientación familiar y las visitas de maestras visitantes, ¿recordarnos nuestras promesas de servirnos unos a otros? (33).

Quinto: El propio Salvador sabía, como debemos saberlo nosotros, que Él era responsable ante Su Padre. El enseño que Su sagrada mayordomía era hacer “la voluntad del que me envío” (34). Al interceder en oración por nosotros, el Señor informó a Su Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (35).

Cuando vivimos rectamente, nos regocijamos sabiendo que podremos dar cuenta positiva en cuanto a nuestra dignidad y nuestra preparación para recibir bendiciones adicionales, sea ya el honor de recibir el sacerdocio, las bendiciones de asistir al templo, la satisfacción de los logros de Progreso Personal de las Mujeres Jóvenes o las bendiciones de algún servicio que podemos dar mediante cualquier llamamiento que se nos confíe.

Tales experiencias terrenales nos dan la oportunidad de evaluar lo que estamos realizando en la vida. Todo ello nos ayuda a educar nuestra alma y a fortalecer nuestro carácter personal en preparación para la entrevista final.

Y “si [estamos] preparados, no [temeremos]” (36).

Cuando tenemos algo de que arrepentirnos, dichas entrevistas no siempre son fáciles.

Afortunadamente, el Señor ha llamado a excelentes obispos, presidentes de estaca y otros líderes del Sacerdocio que pueden proporcionar una guía amorosa para ayudarnos a arrepentirnos y purificarnos de modo que aparezcamos “sin culpa ante Dios en el último día” (37).

Las entrevistas en cuanto a la dignidad, las reuniones sacramentales, la asistencia al templo, y otras reuniones de la Iglesia son una parte del plan que el Señor nos provee para educar nuestra alma y ayudarnos a cultivar el saludable hábito de verificar siempre nuestra situación, a fin de conservarnos en el camino de la fe. Un frecuente examen espiritual nos ayudara a transitar por las carreteras de la vida.

En los momentos apacibles de reflexión y meditación personal, me he podido beneficiar al preguntarme con humildad “¿soy yo fiel?”

Permítaseme sugerir que todos podemos beneficiamos de igual manera si contemplamos íntimamente nuestro corazón en los momentos reverentes en que adoramos y oramos, haciéndonos esta simple pregunta: “¿Soy yo fiel?”

La pregunta resulta poderosamente benéfica si somos completamente honrados al responderla y si nos inspira a adoptar medidas correctivas de arrepentimiento que nos ayudaran a mantenernos en el sendero de la fe.

Yo les testifico que nuestro Padre Celestial ama a cada uno de nosotros.

Si somos fieles a la verdad y aceptamos la invitación de caminar con el presidente Gordon B. Hinckley, en el camino de la fe y cumplimos nuestros convenios, hallaremos “la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero”. (38). Testifico que nuestro Padre Celestial vive y que su Hijo Bien amado es nuestro Redentor y que el presidente Gordon B. Hinckley es en verdad nuestro profeta, vidente y revelador durante esta inspirada época de nuestra vida mortal. Que nuestros esfuerzos sean bendecidos para prepararnos para aquel gran día en que, con nuestros seres amados, podamos regresar gozosos a la presencia de nuestro Padre en los Cielos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias 

  1. y C.43:8
  2. y C. 109:72; véase también Daniel 2:31-45.
  3. Gordon B. Hinckley, “Firmes creced en la fe”, Liahona, septiembre de 1996, pág. 5.
  4. “Firmes creced en la fe”, Himnos, N1 166.
  5. ¿Qué es la verdad?”, Himnos, # 177.
  6. 2 Nefi 31:18.
  7. Alma 39:1].
  8. “Siempre obedece los mandamientos”, Himnos, N” 197.
  9. “Sweet Is the Peace the Gospel Brings”, del himnario en inglés.
  10. Definiciones del Pequeño Larouse Ilustrado.
  11. Véase José Smith-Historia 1:19.
  12. Véase 1 Samuel 16:7.
  13. Juan 7:24.
  14. Mateo 7:15-16.
  15. 2 Nefi 31:13; véase también Jacob 6:5Mosíah 7:333 Nefi 10:6 y C. 18:27-28.
  16. Santiago 1:8.
  17. Mateo 6:24; véase también Lucas 16:13; 3 Nefi 13:24.
  18. Marion G. Romney, The Price of Peace”, Ensign, Octubre de 1983, pág. 6.
  19. y C. 64:34.
  20. Éxodo 20:3.
  21. Mateo 22:37-38, cursiva agregada; véanse también los versículos 36-40.
  22. “Lord Accept Our True Devotion@, del himnario en inglés; cursiva agregada.
  23. y C. 6:6.
  24. Mateo 25:21, 23.
  25. y C. 14:7.
  26. y C. 84:38.
  27. y C. 59:23.
  28. y C. 72:3.
  29. 2 Nefi 9:22.
  30. 2 Nefi 9:46.
  31. Véase Alma 34:33-37.
  32. Mosíah 4:30.
  33. Véase Mosíah 18:8-10.
  34. Juan 4:34.
  35. Juan 17:4.
  36. y C. 38:30.
  37. y C. 4:2.
  38. y C. 59:23.

 

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El cuidado del alma de los niños.

Conferencia General Abril 1997
El cuidado del alma de los niños.
Presidenta Patricia P. Pinegar
Presidenta General de la Primaria

Patricia P. Pinegar

“Díganles a sus hijos que los aman y que se sienten felices de tenerlos en su familia. Prepárense espiritualmente para recibir orientación por medio del Espíritu Santo.”

Cuanto más tiempo paso prestando servicio en mi llamamiento como presidenta de la Primaria, más grande es mi preocupación por los niños. Estos son un don sagrado de nuestro amoroso Padre Celestial. “He aquí, herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3). Cuanto más pienso n los niños, más me preocupan los padres. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Nuestro Padre Celestial puso sobre los padres la responsabilidad de asegurarse de que sus hijos estuvieran bien alimentados, aseados y vestidos; bien capacitados y bien enseñados. La mayoría de los padres amparan a sus hijos para protegerlos, o sea, los atienden y los cuidan cuando están enfermos, les proporcionan ropa para su seguridad y comodidad, y alimentos para que sean sanos y crezcan. Pero, ¿qué hacen por sus almas?” (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball [1982], 332).

Tengo miedo de que algún día haya niños que sientan lo que expresó el salmista cuando dijo “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (Salmos 142:4). En el día de hoy, me dirijo a todos los padres y a todos los miembros adultos de la Iglesia y los invito a unirse para cuidar del alma de los niños.

Varios años atrás, mientras trabajaba en mi jardín, sentí un gran deleite al ver una familia de codornices. Observe al padre de guardia encaramado en lo alto del muro. La madre se encontraba ocupada manteniendo juntos a sus diez preciosos pollitos y parecía demostrarles cómo picotear en la tierra para conseguir alimento. Me sentí fascinada; y con cuidado y sin hacer ruido, me acerque. Inmediatamente fui descubierta por el alerta padre, que emitió un sonido de advertencia. La madre trató de guiar a los polluelos alrededor del muro hacia un lugar seguro, pero yo —que representaba el peligro— estaba demasiado cerca y, al sentirse frustrada y confusa, voló hacia lo alto del muro, junto al padre. Yo no deseaba hacerle daño a esa familia, por lo tanto, me aleje rápidamente hasta quedar fuera de su vista.

A diferencia de la experiencia que tuve con la familia de codornices, los peligros que amenazan la vida de nuestra familia no se alejan. Satanás se regocija con nuestra confusión y frustración, y su influencia nos rodea. Encendemos el televisor: ¿es este un programa para la familia? Oímos algo que sale de la habitación de nuestro hijo: ¿es eso música? Tratamos de elegir una película: ¿tiene esta realmente una buena clasificación? A veces la influencia de Satanás es más sutil. Yo me he hecho las siguientes preguntas: ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando no les enseño las verdades del Evangelio? ¿Descuido sus almas cuando no les ayudo a reconocer la inspiración del Espíritu y la guía que pueden recibir? ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando mi ejemplo no concuerda con mis palabras o cuando no les demuestro mi amor de forma tal que cada uno de ellos lo sienta profundamente? Seguir leyendo

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Loor a Dios “por bendiciones de amor”

Conferencia General Abril 1997
Loor a Dios “por bendiciones de amor”
Élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“La presencia redentora de nuestro amoroso Padre y Dios en el Universo es la… verdad suprema que, junto con Su plan de felicidad, reina preeminente y majestuosa sobre todas las demás realidades.”

Doy gracias a la Primera Presidencia por esta oportunidad, en la cual, como notaran, las luces se combinan con los reflejos de mi cráneo para brindar una “iluminación” diferente a este púlpito. En cuanto a mi enfermedad, hasta ahora los tratamientos han sido alentadores, lo que me hace expresar contento mi profunda gratitud por haber “llegado hasta aquí” (2 Nefi 31:19).

Hermanos y hermanas, si en algo merezco las bendiciones de Dios, Él ha satisfecho hace ya mucho tiempo mis insignificantes merecimientos con Sus generosas bendiciones a lo largo de mi vida. Expreso especial agradecimiento por la fe y las oraciones de mi amorosa y solicita esposa, mi familia, las Autoridades Generales y sus respectivas esposas, mi secretaria y cientos de miembros, y amigos, así como por los competentes médicos y enfermeros que se han ocupado de mi con interés; sin duda, el Padre Celestial ha respondido a sus oraciones y esfuerzos. Estos regalos que he recibido de ustedes son ya un incentivo espiritual para mí. En verdad, no me siento merecedor de ellos, pero no soy ingrato. Les extiendo a todos ustedes mi amor y gratitud.

Algo que he presenciado hacer al presidente Hinckley muchas veces en público es dar toda la gloria, la alabanza y el honor a Dios. Y es algo que haré más a menudo, a partir de hoy, y parte de ello es el expresar mi agradecimiento por las enseñanzas y las bendiciones que provienen de Dios. La incertidumbre sobre la duración de nuestra vida es para todos una de las realidades básicas de la existencia; de ahí que debamos importunar al Señor y suplicarle con fe las bendiciones que más deseemos y al mismo tiempo “estar conforme[s] con lo que el Señor [nos] ha [ya] concedido” (Alma 29:3). Sin duda, las rutas por las cuales partimos de esta vida varían individualmente, así como el momento de partir.

Hay muchísimas personas que sufren mucho más que nosotros: algunos sufren una agonía lenta, otros se van rápidamente; hay quienes son sanados; a algunos se les concede más tiempo; otros quedan en estado estacionario. En nuestras pruebas tenemos variedad pero no inmunidad; por eso las Escrituras nos hablan del “fuego ardiendo” y del “fuego de prueba” (véase Daniel 3:6-261 Pedro 4:12). Aquellos que salen triunfantes de sus variadas y ardientes pruebas han experimentado la gracia del Señor, la cual Él dice que les basta (véase Eter 12:27). ¡Aun así, hermanos y hermanas, esas personas no corren a ponerse en fila delante de otro fuego ardiente a fin de tener otra oportunidad! No obstante, debido a que nuestra escuela terrenal es de tan corta duración, nuestro Señor, que es quien nos enseña, es el Maestro que decide el lapso de nuestra probación. Seguir leyendo

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Lavados y purificados

Conferencia General Abril 1997
“Lavados y purificados”
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en funciones del Quórum de los Doce

President Boyd K. Packer

“Imaginen la sensación de consuelo, de liberación, de exaltación que sentirán cuando vean la realidad de la Expiación y el valor práctico que tiene para cada uno de ustedes en su vida diaria.”

Mi mensaje es para nuestra gente joven. Sentimos gran preocupación por los jóvenes que crecen sin valores en los cuales basar su conducta. Siempre he creído que el estudio de las doctrinas del Evangelio mejorara la conducta más rápidamente que el mero hablar de la conducta.

El estudio de la conducta mejora notablemente cuando se relaciona con normas, con valores. En las Escrituras y en las doctrinas que estas revelan se encuentran valores prácticos, útiles en la vida diaria. Les daré un ejemplo: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (1).

Mientras son todavía jóvenes, deben aprender que, aunque la expiación de Cristo se aplica a la humanidad en general, su influencia es individual, es personal y muy beneficiosa. Aun para ustedes, principiantes en la vida, la comprensión de la Expiación tiene un valor inmediato y muy práctico en su vida cotidiana.

Hace más de cincuenta años, durante la Segunda Guerra Mundial, tuve una experiencia; la tripulación de nuestro bombardero se había adiestrado en Langley Field, Virginia, para utilizar la invención más moderna: el radar. Recibimos órdenes de ir hasta la costa oeste, y de allí al Pacífico.

Nos transportaron en un tren de carga cuyos vagones tenían literas plegables adosados a la pared, que se bajaban a la hora de dormir. No había un vagón comedor; en su lugar, habían instalado cocinas de campaña en vagones que tenían el piso cubierto de tierra.

Nuestros uniformes de verano eran de color claro. El vagón que llevaba el equipaje quedo atrás, de manera que en los seis días del viaje no tuvimos mudas de ropa para cambiarnos. El calor era intenso al atravesar los estados de Texas y de Arizona, y el humo y las cenizas de la locomotora hacían el viaje sumamente incómodo. No teníamos donde bañarnos ni donde lavar los uniformes. Llegamos a Los Ángeles una mañana —un grupo de soldados sucios y desgreñados— y nos dijeron que al atardecer debíamos volver al tren.

En lo primero que pensamos fue en la comida; los diez compañeros de nuestro grupo juntamos el dinero de todos y nos encaminamos hacia el mejor restaurante que pudimos hallar.

Estaba lleno de gente y nos pusimos en una fila para esperar asientos; yo era el primero, y estaba detrás de unas mujeres muy bien vestidas. Sin siquiera darse vuelta, una elegante señora que estaba delante de mí se percató en seguida de nuestra presencia.

Se volvió y nos miró; al momento, se volvió otra vez y me miró de la cabeza a los pies. Allí estaba yo, con el uniforme ajado, transpirado, sucio y cubierto de ceniza. Ella exclamó, con un tono de disgusto en la voz: “¡Qué barbaridad! ¡Que hombres más sucios!”, y todas las miradas se volvieron a nosotros.

Sin duda, la señora deseaba que no estuviéramos allí; yo deseaba lo mismo. Me sentí tan sucio como estaba, muy molesto y avergonzado.

Tiempo después, al empezar un serio estudio de las Escrituras, noté que hay referencias al ser espiritualmente limpio; una de estas dice:

“…seríais más desdichados, morando en la presencia de un Dios santo y justo, con la conciencia de vuestra impureza ante él, que si vivierais con las almas condenadas en el infierno” (2).

Comprendí eso. Recordé lo que había sentido aquel día en Los Ángeles y saque en conclusión que ser espiritualmente sucio me traería una vergüenza y una humillación mucho más intensas de las que sentí entonces. Encontré por lo menos ocho referencias que dicen que ninguna cosa impura puede entrar en la presencia de Dios (3). Aunque me daba cuenta de que esos pasajes no se referían a ropa desaseada ni a manos sucias, decidí que deseaba mantenerme espiritualmente limpio.

Y a propósito de aquel día, fuimos después a andar en canoa por un parque; empezamos a jugar y, por supuesto, la canoa se volcó. Volvimos a la orilla sin problemas y, a su debido tiempo, el sol nos secó la ropa; a la hora en que regresamos al tren, teníamos en realidad un aspecto bastante presentable. Seguir leyendo

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Seamos fieles y leales

Conferencia General Abril 1997
Seamos fieles y leales
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“El Señor está al tanto de Su reino y está inspirando a los líderes del mismo para hacerse cargo del creciente aumento en el número de miembros.”

Mis amados hermanos y hermanas: permítanme hacer algunos comentarios preliminares. Les damos la bienvenida dondequiera que se encuentren en el mundo; los saludamos con mucho amor. Esta es una conferencia tanto general como mundial. Han transcurrido ciento sesenta y siete años desde que se organizó la Iglesia; desde aquel día hasta hoy, ha ido creciendo firme y constantemente hasta que para finales de 1996, el número de miembros ascendió a casi 9.700.000. Nos hemos convertido en un grupo numeroso de personas; para finales de este año, habremos llegado a los diez millones.

En estas palabras de apertura, quisiera mencionar brevemente tres o cuatro asuntos que espero sean de interés para cada uno de ustedes.

Para aquellos que se encuentren en regiones remotas, quiero decirles que nos. dirigimos a ustedes desde el histórico Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City. Confiamos en que para el 24 de julio se dé la palada inicial para la construcción de un nuevo recinto de reuniones al que aún no se le ha dado nombre, y al que podrán asistir, por lo menos durante muchos años, todos aquellos que deseen estar presentes en la conferencia general. Se levantara en la cuadra directamente al norte de la Manzana del Templo y tendrá un cupo cuatro veces mayor que el del Tabernáculo.

Se utilizara para la conferencia general así como para otros fines que sean compatibles con los propósitos para los cuales se va a edificar. El tamaño del foro será tal que en él se podrán presentar grandes espectáculos. Tal vez al principio no se llene en su totalidad, pero lo estamos edificando con miras al futuro.

Este extraordinario Tabernáculo nos ha servido bien y continuara haciéndolo. Las transmisiones del Coro del Tabernáculo se continuaran originando desde este lugar, y también se llevaran a cabo en el muchas reuniones. Este edificio reúne cualidades extraordinarias que difieren de otros edificios; es singular y maravilloso. Sin embargo, hoy día se llevan a cabo conferencias regionales en las que, aunque solo participen en ellas seis o siete estacas, cuentan con muchas más personas de las que se pueden acomodar en el Tabernáculo.

Ahora bien, al hablar de los proyectos de construcción, quisiéramos recordarles que seguimos adelante con la edificación de templos nuevos. Del 19 al 5 de junio, se dedicará el Templo de St. Louis Misuri; este otoño se dedicara el templo en Vernal, Utah.

De acuerdo con lo proyectado, la obra de construcción sigue adelante en Preston, Inglaterra; Bogotá, Colombia; Guayaquil, Ecuador; Cochabamba, Bolivia; Santo Domingo, República Dominicana; Recife, Brasil; y Madrid, España. El proceso para obtener autorización para construir continua en Boston, Massachusetts. Aunque hubo una demora, proceden los planes para la construcción de un templo en Nashville, Tennessee. La obra preliminar se está llevando a cabo en Billings, Montana, y White Plains, Nueva York, así como en Monterrey, México, mientras que en Venezuela se continúa la búsqueda de un sitio propicio para la construcción. Hoy nos complace anunciar que en Albuquerque, Nuevo México, se adquirió el terreno para la construcción de un templo, al igual que en Campinas, Brasil, en donde es tan necesario. Se están considerando además otros sitios. Tengo la esperanza de que, a fin de que los miembros de la Iglesia puedan viajar a una de esas sagradas casas, se construyan templos a una distancia razonable de sus hogares. Seguir leyendo

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Las grandes llaves de la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 1996
Las grandes llaves de la Sociedad de Socorro
Presidente James E. Faust
Segundo Consejera de la Primera Presidencia

James E. Faust

“Desde sus mismos comienzos, gran parte de la fortaleza de la Iglesia ha derivado del servicio, de la fe y de la devoción de sus fieles mujeres.”

Mis amadas hermanas, es un humilde privilegio el estar con ustedes esta noche. Tenemos el especial honor de contar con la presencia del presidente Hinckley y del presidente Monson. Agradezco la dulce oración de la hermana Silver, y la música de este coro extraordinario, cuya música nos ha inspirado. Cada una de ustedes irradia fe y bondad. Los mensajes de las hermanas Aileen Clyde, Chieko Okazaki y Elaine Jack, sobre la fe, la esperanza y la caridad, han sido realmente inspiradores.

Quiero expresar la profunda admiración y el gran agradecimiento que siento hacia cada una de ustedes, maravillosas hermanas, tanto jóvenes como adultas. Deseo agradecerles su fe y SU devoción; les agradezco su rectitud. Es maravilloso observar la forma en que enfrentan los múltiples desafíos que se les presentan. El don que Dios les ha dado de apreciar lo espiritual, lo hermoso y lo bello es parte de la divinidad que llevan en su interior. Ustedes hacen que la vida sea mucho más placentera y significativa para todos nosotros.

El año pasado en una reunión como esta, el presidente Gordon B. Hinckley, en representación de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles, anuncio y dio lectura a “Una proclamación para el mundo sobre la familia” (35602002). Por cuanto ustedes, las madres, son el corazón y el alma de toda familia, era lo más apropiado que primeramente se leyera en la Reunión General de la Sociedad de Socorro.

Tengo gran respeto por la influencia de la Sociedad de Socorro y por los logros que ha alcanzado. Es la organización femenina más maravillosa de todo el mundo y ustedes tienen el privilegio especial de pertenecer a ella. Mi vida ha sido abundantemente bendecida a través de la Sociedad de Socorro. Mi bisabuela fue presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio durante treinta y tres años. ¡Yo he estado casado con la presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio y con la presidenta de la Sociedad de Socorro de la estaca… la misma mujer en ambos casos! Nuestra hija mayor es actualmente presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio. Una de nuestras nueras es presidenta de la Sociedad de Socorro de su estaca. Por medio de la fiel asistencia de mi amada esposa Ruth a la Sociedad de Socorro, nuestra familia se vio bendecida con mayor espiritualidad y paz. Las cosas parecían marchar mejor a causa del enriquecimiento espiritual que ella recibió. He conocido bien los beneficios de la Sociedad de Socorro. Desde hace mucho aprendí a apoyar al sacerdocio y a no interferir con la Sociedad de Socorro.

El profeta José Smith hablo sobre esta Sociedad y citó las palabras del Salvador: “’Haréis las obras que me habéis visto hacer’. Esta es la base fundamental sobre la que debe obrar la Sociedad”1.

Para las hijas de Dios, el llevar a cabo la obra del Salvador no implica, por supuesto, el uso de las llaves, de la autoridad o del poder del sacerdocio. Pero si incluye el edificar la fe por medio del testimonio y del ejemplo; incluye la enseñanza de las doctrinas de salvación; incluye el seguir el ejemplo del Salvador de amar a toda la humanidad; incluye el ministrar a los demás, pues, como dijo el profeta José Smith cuando se organizó la Sociedad de Socorro: “Esta es una Sociedad caritativa, y va de acuerdo con vuestra naturaleza, porque es natural en la mujer tener sentimientos de caridad y benevolencia” 2. “…hacedles sentir el peso de vuestra inocencia, bondad y afecto…; no son la guerra, las contiendas, contradicciones o disputas lo que os magnificara a la vista de todos los hombres buenos, sino la mansedumbre, el amor, la pureza”3.

Esta exhortación a las mujeres de la Iglesia conlleva una promesa. El profeta José expreso: “Si vivís de acuerdo con estos principios, ¡cuán grande y glorioso será vuestro galardón en el reino celestial! Si cumplís con vuestros privilegios, no se podrá impedir que os asociéis con ángeles”4.

El papel que Dios les ha dado de criar es hoy más necesario que nunca. Este don es propio de la mujer; los hombres no son tan bendecidos con esta clase de dones. La expresión culminante de este don es la maternidad, pero también se manifiesta en muchas otras formas. Una de ellas es la gran intuición que poseen las mujeres. Una de nuestras fieles presidentas de la Sociedad de Socorro relata esta experiencia inspiradora: Seguir leyendo

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Fortalezcámonos en caridad

Conferencia General Octubre 1996
Fortalezcámonos en caridad
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack

“Ese don se multiplica a medida que se usa, y tanto el que da como el que recibe son bendecidos, porque la caridad purifica y santifica a todo el que la toca.”

Estoy muy agradecida hoy día de estar con ustedes, hermanas, las grandes mujeres de la Iglesia. Ustedes representan muchas y diferentes partes del mundo, muchos idiomas, costumbres y culturas, y sin embargo, su rectitud es constante y de gran influencia. No importa cuando se unieron a la Iglesia o donde asistan a sus reuniones, la rectitud de ustedes se manifiesta en su bondad. Sus contribuciones y ejemplo reflejan su amor por Dios.

En una entrevista de radio se me preguntó una vez: “Si usted pudiera pedir algún deseo por las mujeres, ¿que pediría?” Yo dije: “Desearía que las mujeres supieran cuan buenas son; desearía que sintieran que se les valora por la bondad que tienen”.

Al dirigirme a ustedes no puedo evitar pensar en mi madre que falleció hace 26 años. Así como ustedes han aprendido de sus madres, yo aprendí mucho de la mía; me enseñó la importancia de la buena gramática, del buen comportamiento, de la limpieza y de la educación. Era una mujer muy amable; me enseñó los principios del Evangelio y las doctrinas del Reino de Dios. Fue un ejemplo de gran fe, esperanza y caridad pura.

Dudo que mi madre haya imaginado jamás que algún día su hija de una pequeña comunidad de Cardston, [Canadá], hablaría en una transmisión vía satélite a las mujeres de todo el mundo y que yo estaría compartiendo aquello que ella me enseñó en el hogar. Han pasado tantos años desde que estuvimos juntas, sin embargo, a menudo la siento junto a mí.

Esto hace que me pregunte, hermanas, ¿cómo podríamos jamás medir los efectos de nuestro alcance y de nuestra influencia?

Al servir en este llamamiento he rogado al Señor que me ayude a entender el corazón de la mujer de Su Iglesia. El corazón es la clave de nuestra influencia porque cuenta y mide cada acto de bondad y cada esfuerzo de servicio, cada vez que elevamos, elogiamos o enseñamos a alguien. He llegado a saber que el corazón de las mujeres de la Sociedad de Socorro está lleno de amor; he visto ejemplos en cada rama, barrio y estaca que he visitado y he escuchado sobre la bondad de las mujeres de la Iglesia en cartas que dan testimonio de que “la caridad nunca deja de ser”.

La caridad es la obra del corazón.

El Señor dijo que “el gran mandamiento en la ley” es “amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:36-37). Cuando amamos al Señor con toda nuestra mente, alma y corazón, amamos a nuestros semejantes; y abunda la caridad.

Esto no es algo nuevo para ustedes dado que pasan sus días haciendo el bien a sus semejantes su familia, sus vecinos, sus hermanas, e incluso a los extraños. Sus esfuerzos por ayudar a los demás ha llegado a ser una parte tan importante de la forma en que viven que, la mayoría de las veces, son espontáneos, instintivos, inmediatos.

Muchas de ustedes piensan que estoy describiendo a alguien más y podrían decir: “Yo no soy alguien especial; soy una mujer común y corriente”.

Yo diría lo mismo. “Soy una mujer común y corriente con los mismos gozos y frustraciones de cualquier otra mujer”. A veces las frustraciones son grandes, y a veces los gozos son sencillos, como cuando al sacar los calcetines de la lavadora aparecen con su respectivo par. Todas tratamos de sentir gozo y de encontrar la paz y, durante el proceso, uno de los grandes instrumentos es la caridad.

En las Escrituras muchos encontramos ejemplos de mujeres cuyos esfuerzos diarios reflejaron caridad y, con su corazón rebosante del amor puro de Cristo, respondieron ante las necesidades en forma rápida y eficaz.

Rebeca, que se convertiría en la esposa de Isaac y en la madre de Jacob y de Esaú, era una de tales mujeres. En el desempeño de sus labores diarias fue amable con el siervo de Abraham, mientras el visitaba la aldea de ella en misión dramática de encontrar una esposa para Isaac.

El Señor conocía el corazón de Rebeca; sabía cómo respondería ante una necesidad. Le dijo al siervo que la joven que llegaría a ser la esposa de Isaac le ofrecería agua.

Leemos en Génesis: “He aquí Rebeca… la cual salía con su cántaro sobre su hombro” y descendió a la fuente. Ustedes conocen la historia. El siervo pidió de beber… y la existencia de muchas generaciones dependieron de su respuesta. Seguir leyendo

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Crezcamos en esperanza

Conferencia General Octubre 1996
Crezcamos en esperanza
Chieko N. Okazaki
Primera Consejera de la Presidencia de la Sociedad de Socorro

Chieko N. Okazaki

“Las fuentes de la esperanza son las fuentes de la vida misma. Es por eso que la esperanza persiste, aun cuando la experiencia, la razón y el conocimiento indiquen que no hay razón para tener esperanzas.”

Mis queridas hermanas, ¡aloha! Hoy se me ha pedido que les hable acerca de la esperanza, la segunda en el gran trío de virtudes: fe, esperanza y caridad.

La hermandad de la Sociedad de Socorro, que comprende estas virtudes, nos ayudara a elevarnos y a fortalecernos unas a otras con amor, testimonio, fe y servicio. Pienso en la esperanza como una virtud diaria, modesta pero muy firme, ordinaria pero adaptable, que es tanto tierna como hermosa. Es una discreta pero poderosa fuerza para el bien que aumentara considerablemente nuestra capacidad para hacer el bien y para ser buenos.

Permítanme compararla con este ingenioso abanico/sombrero que me regalaron las Sociedades de Socorro de Tonga cuando visite sus estacas a principios de este año. Si hace calor, este abanico se puede usar para echarse aire fresco, y la forma curva que tiene genera más aire que un abanico plano. Pero si comienza a llover, el abanico puede convertirse en un sombrero para protegerse de la tormenta.

En forma similar, la esperanza es una virtud para todas las temporadas y todas las adversidades, ya que el problema sea una tormenta o un clima sumamente agradable.

¿Qué es lo opuesto a la esperanza? Naturalmente la desesperación, que viene cuando nos sentimos impotentes para influir en los acontecimientos y cuando desaparece de nuestra vida lo que le da significado. La desesperación es un tipo de desorientación tan profunda que perdemos contacto con la fuente de la vida misma.

Yo no soy muy buena jardinera; a mi esposo Ed era al que le gustaba esa tarea en nuestro hogar. Hace poco vi que un ladrillo se había caído, aplastando un pensamiento, pero parte de la flor salía de abajo del ladrillo; durante las semanas siguientes, esa flor usó su energía para crecer de lado, alrededor del ladrillo, empujando sus pequeños brotes hacia el aire y el sol, y floreciendo con sus hermosos colores púrpura y dorado. Cuando quité el ladrillo, el tallo del pensamiento estaba chueco, pero la flor era tan bella como las que la rodeaban.

Esa flor eligió vivir; experimentó la adversidad, pero escogió la vida; quedó deforme, pero decidió vivir. Nadie la hubiera culpado por darse por vencida debajo del ladrillo, pero eligió la vida.

Hermanas, las fuentes de la esperanza son las fuentes de la vida misma. Es por eso que la esperanza persiste, aun cuando la experiencia, la razón y el conocimiento indiquen que no hay razón para tener esperanzas. La esperanza no calcula las probabilidades porque es una virtud de dos caras: al igual que este abanico/sombrero, está preparada para un clima agradable o adverso. El escoger la esperanza es escoger la vida; el escoger la esperanza es escoger el amor.

Después de dar a los antiguos israelitas las leyes y los mandamientos de Deuteronomio, el Señor les dijo:

“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; Seguir leyendo

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Confirmadas en la fe

Conferencia General Octubre 1996
Confirmadas en la fe
Aileen H. Clyde
Segunda consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde

“Tenemos un conocimiento del que muchas carecen; en consecuencia, nos recordamos a nosotros mismas que nuestra obra no la dedicamos a lo trivial o a la diversión… mantenemos la resolución y la valentía de actuar de acuerdo con la convicción que hemos logrado a través de nuestro arduo trabajo.”

Ya regocijemos, porque como dice el himno, “ya no somos extranjeros”. Lo cantamos como una expresión de fe en Dios y (en especial esta noche Sus hijas son quienes lo cantan) por el conocimiento de que Cristo y Su pueblo siempre estarán unidos.

“… y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito… y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra… a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo prepararé… y se llamara Sión… (Moisés 7:62)

Aun cuando la Sión en la que todos caminan con Dios no está ante nosotros todavía, el camino hacia Sión que se encuentra por medio de la fe en Jesucristo se halla delante de nosotras. Vivimos ante la evidencia de la promesa en las Escrituras de que la rectitud y la verdad están en la tierra y de que Cristo ha venido a hacer por nosotros lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos.

Las mujeres de la Sociedad de Socorro reunidas aquí esta noche, y organizadas en muchos lugares de los cuatro cabos de la tierra, son parte de la evidencia de que la rectitud y la verdad están avanzando en el mundo debido a su fe en Jesucristo. Nuestro Salvador va ante nosotros y nos invita a tener una relación de convenio con El para ayudarnos a encontrar el camino. En Juan 15, versículo 10 leemos: ”Si guardaréis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.

La naturaleza recíproca de nuestra relación con Dios es una verdad básica de esa relación. Cristo no retiene Su parte, y nosotros estamos aquí para aprender mejor la manera de ofrecer nuestra parte. Al entender y corresponder al amor de Su Padre, el Salvador obtuvo la fortaleza para hacer todo lo que se le mando. Luego vino esa promesa que puede ser nuestra cuando permanecemos en Cristo y dejamos que Sus palabras permanezcan en nosotras.

“Estas cosas os he hablado, para que mi gozo este en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:11-12; cursiva agregada).

Nuestro Padre Celestial y Su Hijo esperan que confiemos las unas en las otras y que nos relacionemos con amor y confianza siguiendo el ejemplo que Ellos nos han dado. Con tal motivo se han tomado todas las medidas para ayudarnos a encontrar la fortaleza que necesitamos.

“A algunos el Espíritu Santo da a saber que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo;

“a otros les es dado creer en las palabras de aquellos, para que también tengan vida eterna, si continúan fieles” (D. y C. 46:13-14).

Entonces, se nos promete que creceremos en forma espiritual al creer las palabras de aquellos que saben, aquellos cuya fe les ha dado la capacidad de perseverar y de avanzar. La fe es un poder en nosotras y nos da la habilidad de actuar. Muchas de nosotras hemos visto ejemplos de tal fe en nuestra vida, pero a menudo pasan inadvertidos. En 1839, Mary Fielding Smith, esposa de Hyrum Smith, le escribió una carta a su hermano, Joseph Fielding, la que tenemos en nuestros registros. Dicha carta muestra con claridad la naturaleza recíproca de nuestra relación con nuestros semejantes y con Dios, de la forma en que se enseña en las Escrituras: Seguir leyendo

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Una mano extendida para rescatar

Conferencia General Octubre 1996
“Una mano extendida para rescatar”
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Que cada uno de nosotros… tome la resolución de buscar a aquellos que necesiten ayuda, que estén en circunstancias desesperantes o difíciles y que los levanten, con el espíritu de amor, hasta ser recibidos en los brazos de la Iglesia.”

Quisiera agregar unas pocas palabras para dar fin a esta hermosa conferencia general de la Iglesia.

Esta es una magnífica ocasión; el tiempo nos ha favorecido aquí, en Salt Lake City; esta es una bella estación del año, con las flores del otoño en toda su lozanía. Casi toda la cosecha ha sido recolectada y, en general, ha sido buena. Estamos agradecidos por las misericordias del Señor para con nosotros.

Nos hemos reunido en paz, con comodidad y a salvo en estos recintos sagrados de la Manzana del Templo que nuestros antepasados edificaron tan bien, a fin de que estuviéramos cómodos.

Hemos tenido una transmisión de la conferencia sin precedentes con la cual hemos llegado más allá de los océanos y los continentes a gente que vive a lo largo y a lo ancho de este mundo.

Aunque nos hallamos a gran distancia de algunos de ustedes, sentimos su afecto fraternal y les expresamos nuestra más alta estima.

Lo más importante es que hemos disfrutado de una notable y extraordinaria abundancia del Espíritu del Señor Las Autoridades Generales y las hermanas nos han dirigido la palabra y hemos sido bendecidos por sus mensajes.

Espero que recordemos durante mucho tiempo lo que hemos escuchado. Espero que dediquemos tiempo para leer los discursos que se imprimirán en la revista Liahona. Espero que cada uno de nosotros se haya conmovido personalmente con algo de lo que se haya dicho y, como resultado, que haga un cambio en algún aspecto impropio de su conducta o actitud.

Como nos lo ha hecho recordar el élder Ballard, este es un año en el que celebramos un aniversario’, y el año que viene celebraremos otro aniversario especial: la llegada de los pioneros mormones al Valle del Lago Salado en 1847. Habrá entonces una gran celebración; habrá mucho para conmemorar y será beneficioso el hacerlo. A todos nos hace bien que se nos recuerde el pasado. La historia nos otorga el conocimiento que evita que repitamos errores y nos da una base en la que se puede edificar el futuro.

Estos son días para recordar y para celebrar el pasado. Son días de aniversario.

Me viene a la memoria lo que sucedió en el Tabernáculo, hace hoy ciento cuarenta años, también un día domingo. Hace unos años lo relate desde este púlpito, pero quiero mencionarlo de nuevo a la conclusión de esta conferencia.

Remontémonos en el tiempo y lleguemos hasta la Conferencia General de octubre de 1856. Franklin D. Richards y un grupo de colegas llegaron al valle el sábado de dicha conferencia; habían viajado desde Winter Quarters llevando carretas livianas y yuntas fuertes, y habían podido hacer el recorrido rápidamente. Apenas llego, el hermano Richards fue a hablar con el presidente Young para informarle que había cientos de hombres, mujeres y niños dispersados en la larga ruta que iba desde Scotts Bluff hasta este valle, la mayoría de ellos se encontraba tirando carros de mano; iban acompañados de dos caravanas de carromatos, los que tenían la asignación de ayudarles; habían llegado a la región del último paso del río North Platte. Por delante les que, daba una parte en que la ruta iba en subida en todo su recorrido hasta la División Continental, y después de eso faltaban muchos kilómetros más. Se hallaban en una situación desesperante. En ese año, el invierno había empezado más temprano y las ventiscas de nieve azotaban las tierras altas del Oeste de los estados de Nebraska y Wyoming. Nuestra gente estaba hambrienta, los carros y los carromatos se les rompían continuamente y los bueyes se les morían; la gente misma se estaba muriendo y, a menos que los rescataran, todos ellos iban a perecer. Seguir leyendo

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Las cosas apacibles del reino

Conferencia General Octubre 1996
“Las cosas apacibles del reino”
Élder Jeffrey R. Holland
del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

“La paz y las alegres nuevas… se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado.”

Nos acercamos al final de otra maravillosa conferencia general de la Iglesia. Hemos sido bendecidos con oraciones sinceras, música magnifica y enseñanzas verdaderamente inspiradas.

En unos minutos, como conclusión, escucharemos el consejo de nuestro Profeta viviente y Presidente de la Iglesia, Gordon B. Hinckley. La conferencia general de esta Iglesia es una ocasión extraordinaria: es una declaración institucional de que los cielos están abiertos; de que la guía divina es tan real en la actualidad como lo fue para la antigua casa de Israel; de que Dios, nuestro Padre Celestial, nos ama y nos comunica Su voluntad por medio de un Profeta viviente.

El gran profeta Isaías vio tales momentos y predijo esta misma situación en la que nos encontramos:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a el todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová…”1

De esa consoladora dirección en los Últimos Días, e incluso de su divina fuente, Isaías continua diciendo: “¡Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz!”2

La paz y las alegres nuevas; las alegres nuevas y la paz. Esas se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado y a las personas con inquietudes que viven en él; son soluciones a los desafíos personales y a los pecados humanos; son una fuente de fortaleza para los días de agotamiento y para las horas de genuina desesperación. Todo lo que se ha expresado en esta conferencia general así como lo que expresa La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que la convoca proclaman que es el mismo Hijo Unigénito de Dios quien nos da esa ayuda y esperanza. Esa seguridad es “constante cual firmes montañas”3. El profeta Abinadí, del Libro de Mormón, lo aclaró al variar un poco la exclamación de Isaías:

“¡Cuan hermosos son sobre las montañas los pies de aquel que trae buenas nuevas, que es el fundador de la paz, si, el Señor, que ha redimido a su pueblo; si, aquel que ha concedido la salvación a su pueblo!4

Por último, es Cristo el que es hermoso sobre las montañas, y son Su misericordiosa promesa de paz en el mundo, así como Sus alegres nuevas de “vida eterna en el mundo venidero”5, las que nos hacen caer a Sus pies, llamar su nombre bendito y darle gracias por la restauración de Su Iglesia verdadera y viviente.

La búsqueda de la paz es una de las búsquedas más fundamentales del alma humana.

Todos tenemos altibajos, pero esos momentos vienen y por lo general se van. Nuestros amables vecinos nos ayudan, y con el hermoso sol llega el ánimo. Generalmente una buena noche de descanso hace maravillas, pero en la vida de todo ser humano hay ocasiones en que un profundo pesar, o sufrimiento, o temor o soledad nos hacen suplicar la paz que sólo Dios puede dar. Estos son momentos de intensa hambre espiritual cuando ni los amigos más íntimos nos pueden dar toda la ayuda que necesitemos.

Entre la vasta congregación de esta conferencia, o en su barrio, en su estaca o en su propio hogar, quizás conozcan a personas valerosas que llevan cargas sumamente pesadas o que sienten un dolor privado, que caminan por los obscuros valles de tribulación de este mundo. Algunos quizás estén desesperadamente preocupados por el esposo, la esposa o el hijo, por su salud o por su felicidad, o su fidelidad en guardar los mandamientos. Algunos quizás vivan con dolor físico o emocional, o con impedimentos físicos que acompañan la edad avanzada. A algunos les preocupa cómo pagar las cuentas, y algunos sienten el dolor de la soledad que hay en una casa vacía, en un cuarto vacío, o simplemente la soledad que significa el tener los brazos vacíos. Seguir leyendo

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Mirad a vuestros pequeñitos

Conferencia General Octubre 1996
“Mirad a vuestros pequeñitos”
Élder William Rolfe Kerr
de los Setenta

“Poderosos hombres y mujeres de Dios… muchas veces se vieron solos, actuaron solos, tal como en algunas oportunidades cada uno de nosotros tiene que arreglárselas solo en un mundo que a veces es hostil.”

Reconozco este llamamiento para servir y expreso mi gratitud a los muchos maestros, líderes y amigos que han influido en mi vida. Este llamamiento trae consigo un aumento del amor y el aprecio que siento por mis buenos padres, mi esposa y mis hijos maravillosos, y por el extraordinario ejército de fieles misioneros con los que servimos en la Misión Texas Dallas.

También me hace sentir más amor y aprecio por la vida y las enseñanzas del Salvador, de las cuales aprendemos los principios que deben gobernar nuestra vida.

Después de Su crucifixión y de Su resurrección, Jesucristo visitó, enseñó y bendijo a los habitantes justos de la antigua América; el Libro de Mormón registra esos gloriosos acontecimientos y se destaca como otro testigo de la divinidad de Jesucristo y de la realidad de Su resurrección. Mientras enseñaba y bendecía a aquellos fieles, les pidió que le llevaran a sus niños pequeños y que los pusieran alrededor de Él; después, se arrodilló con ellos y oró diciendo cosas tan admirables y gloriosas que no se pudieron escribir, palabras que llenaron el alma de la gente con un gozo inconcebible. El registro sagrado nos enseña lo que Jesús le dijo a la multitud:

“… Benditos sois a causa de vuestra fe.

“Y ahora he aquí, es completo mi gozo.

“Y cuando hubo dicho estas palabras, lloró, y la multitud dio testimonio de ello; y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo;

“y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:2023; cursiva agregada).

Cuando dijo a la multitud que mirara a sus pequeñitos, ¿se referiría colectivamente al grupo de niños pequeños? ¿O querría llamarles la atención a las personas -y a nosotros- sobre la naturaleza individual y la importancia de cada uno de esos niños, de cada uno como individuo? Creo que, con Su ejemplo, el Salvador nos enseñó en ese momento el cuidado tierno e individual que debemos dar a cada uno de nuestros niños, en realidad, a cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial. Puede tratarse del irresistible niñito que apenas empieza a andar o del rebelde adolescente, de la apenada viuda o de la mujer agradecida porque tiene una vida buena y feliz; inclusive puede que se trate de uno de los hijos, o del propio cónyuge. Cada uno es un individuo; cada uno tiene su propio potencial divino. Y cada uno debe disfrutar del alimento espiritual y del cuidado físico acompañados del amor, la ternura y la atención individual.

El profeta Lehi exhortó a sus hijos rebeldes, Laman y Lemuel, “con todo el sentimiento de un tierno padre” (1 Nefi 8:37). Y eso es lo que hace el Salvador. Así debe suceder en nuestra familia y en la Iglesia. Moroni se refería a eso cuando dijo que los que eran recibidos en la Iglesia por el bautismo, “eran contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo; y se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios…” (Moroni 6:4). ¡Se les recordaba y nutria uno por uno, persona por persona!

El Salvador nos enseñó ese principio en la parábola de la oveja perdida. Así como el pastor dejó a las noventa y nueve y se fue a buscar a la oveja perdida hasta que la encontró, también nosotros debemos ir a buscar al perdido y continuar la búsqueda hasta que lo hallemos (véase Mateo 18:1214); y una vez que lo hallemos, no demos por terminada la labor hasta que lo traigamos de regreso al reino, regocijándonos ambos. Ese es el objetivo del Evangelio de Jesucristo y debe ser además el de todos los programas y las actividades de la Iglesia: traer a los hijos de nuestro Padre Celestial a Su hogar, traerlos para que se queden en Su hogar. Seguir leyendo

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Escuchando la voz del Señor

Conferencia General Octubre 1996
Escuchando la voz del Señor
Élder Francisco J. Viñas
de los Setenta

Francisco J. Viñas

“Cuando las personas escuchan y aceptan con humildad y con una fe sencilla las palabras de los Profetas, reciben las bendiciones del Señor.”

He estado considerando la importancia que ha tenido en mi vida y en la vida de otras personas, la disposición a escuchar la voz del Señor, especialmente cuando esta llega por medio de Sus siervos y bajo la influencia del Espíritu Santo.

El que yo pueda estar aquí esta tarde tengo que agradecerlo a mis padres, quienes muchos años atrás, al recibir a los misioneros, escucharon por primera vez la voz del Señor y prestaron atención a ella. Esto cambió el rumbo que llevaban sus vidas, y fue una gran influencia en la vida de sus hijos y nietos.

Al ir creciendo junto a la Iglesia en Uruguay y ser testigo de esta maravillosa obra en otros países de Sudamérica, he observado con mucha atención el efecto que ha tenido sobre la vida de las personas cuando han escuchado con diligencia y humildad la voz del Señor. La misma experiencia tuve al regresar a España y ver el cambio que se producía en las vida de la gente cuando obran con diligencia a los siervos del Señor y desarrollaban la fe suficiente para obedecer los mandamientos. Como escribió Pablo a los Romanos: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

La misma promesa que recibió el pueblo de Israel se mantiene en estos días:

“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltara sobre todas las naciones de la tierra.

“Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzaran, si oyeres la voz de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 28:12).

La exhortación a escuchar con atención la palabra del Señor se ha repetido en todas las dispensaciones. El Salvador en su ministerio terrenal repitió frecuentemente estas palabras: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 11:15; 13:9,43: Marcos 4:23; Lucas 8:8; 14:35). También enseñó que “…EL que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna…” Juan 5:24).

El prefacio que el Señor le dio al libro de Doctrina y Convenios y que conocemos como la sección 1 comienza diciendo: “Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos están sobre todos los hombres; si, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente” (D. y C. 1:1). Seguir leyendo

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Participes de las glorias

Conferencia General Octubre 1996
“Participes de las glorias”
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack

“Al recibir las bendiciones del sacerdocio, recurrimos al poder y a la gracia de Dios.”

En las praderas de Paraguay se asienta el pequeño poblado de Mistolar, ubicado en un extenso trecho de tierra en una región aislada, cerca del río Pilcomayo. Ahí, en esa pequeña comunidad agrícola, hay una rama de la Iglesia. En junio de 1987, debido a la nieve derretida de los Andes, el río, que era el recurso vital para sus cosechas, fue también la fuente de su destrucción. El río se desbordó no sólo una, sino dos veces, obligando a los santos a buscar otro lugar en donde vivir. Perdieron todo: la capilla, sus hogares, sus huertos y cercos.

Durante un mes, anduvieron con el agua hasta las rodillas, tratando simplemente de sobrevivir.

Al enterarse de tal situación, la Presidencia de Área envió víveres, y el élder Ted E. Brewerton, del Quórum de los Setenta, encabezó un grupo de rescate en una agotadora jornada que duró dos días.

Al llegar ahí, recibieron una cálida bienvenida por parte de las mujeres y los niños, ya que la mayoría de los hombres estaban de cacería o pescando. La gente tenía poca comida y poca ropa para soportar el intenso frío del invierno y, entre los animales que habían sobrevivido, se encontraban tres ovejas, unas cuantas gallinas, una cabra y un perro flaco. Por las noches, las casas provisionales de carrizo y varas les brindaban muy poca protección.

Era obvio que su situación era bastante crítica, pero aun así, la gente sonreía; la paz que irradiaban contrastaba fuertemente con sus tristes circunstancias.

¿Cómo podían seguir animados ante tales circunstancias? La respuesta se dio a conocer cuando el élder Brewerton le preguntó al joven presidente de la rama: “¿Tiene algún enfermo entre sus miembros?”

El joven líder del sacerdocio hizo una pausa y dijo: “Creo que no; permítame preguntarles a los demás hermanos”. Unos minutos después, respondió: “Somos treinta y nueve los que poseemos el Sacerdocio de Melquisedec; nosotros velamos por nuestra gente y les bendecimos”.

Esa noche, en la reunión de la rama, una hermana ofreció una oración, una que el élder Brewerton siempre recordara. Ella dijo: “Padre, hemos perdido nuestra hermosa capilla; hemos perdido nuestra ropa; ya no tenemos casas ni materiales con que construir; tenemos que caminar diez kilómetros para tomar agua sucia del río y no tenemos ni siquiera un balde. Pero deseamos expresarte nuestra gratitud por nuestra buena salud, nuestra felicidad y por ser miembros de la Iglesia. Padre, queremos que sepas, que en cualquier circunstancia, seremos firmes, fuertes y fieles a los convenios que hicimos cuando nos bautizamos” (Véase Heidi S. Swinton, Pioneer Spirit, Deseret Book, 1996, págs. 8-11). Seguir leyendo

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