El Gozo De Vivir El Gran Plan De Felicidad

Conferencia General Octubre 1996

El Gozo De Vivir El Gran Plan De Felicidad

Elder Richard G. Scott

Élder Richard G. Scott
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Como marido y mujer, ustedes recibirán guía en su vida, al hacerse merecedores del don del Espíritu Santo si obedecen las enseñanzas del Salvador”.


Las Escrituras indican: “Y yo, Dios, cree al hombre a mi propia imagen… varón y hembra los cree”1. Esto se hizo espiritualmente en la vida premortal, cuando vivías en la presencia de tu Padre Celestial. Antes de venir a la tierra, ya eras hombre o mujer. Tú quisiste tener esta experiencia terrenal como parte del plan divino para ti. Los Profetas lo llaman “el plan de la misericordia”2; “el eterno plan de redención”3; “el plan de salvación (4)”; y por cierto, “el gran plan de felicidad”5. Se te enseñó ese plan antes de venir a la tierra y te regocijaste ante el privilegio de participar en él.

La obediencia a ese plan es el requisito para lograr la felicidad en esta vida y una continuación del gozo eterno más allá del velo. El albedrío, el derecho de decidir, es esencial para el plan de felicidad de Dios; también, el santo privilegio de la procreación, el cual debe ejercerse dentro de los lazos del matrimonio legal, es fundamental. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. La familia es ordenada por Dios (6). Como matrimonio, ustedes tienen la responsabilidad de tener hijos y de capacitarlos espiritual, emocional y físicamente (7).

Satanás también tiene un plan; es un plan de destrucción, astuto, malvado y sutil (8). El objetivo de Satanás es llevar cautivos a los hijos de nuestro Padre Celestial y hacer todo lo posible para frustrar el gran plan de felicidad.

Nuestro Padre Celestial ha investido a Sus hijos con características únicas, especialmente dadas de acuerdo con las responsabilidades individuales que tendrían, mientras ellos cumplen con Su plan. Para seguir Su plan tienes que hacer lo que El espera de ti como hijo o hija, esposo o esposa. Esas funciones son diferentes pero enteramente compatibles. En el plan del Señor, se necesitan dos —un hombre y una mujer— para formar un todo. En realidad, marido y mujer no son dos mitades idénticas, sino una asombrosa y divina combinación de aptitudes y características que se complementan.

En el matrimonio esas características se combinan en un todo —en una unidad— para bendecir al marido y a la mujer, a los hijos y a los nietos. Para lograr la mayor felicidad y productividad en la vida, se necesitan tanto el marido como la mujer; sus esfuerzos se entretejen y se complementan. Cada uno tiene rasgos individuales que se ajustan mejor al plan del Señor para la felicidad del hombre o de la mujer. Si se emplean como el Señor quiere, esas aptitudes hacen que los dos piensen, actúen y se regocijen como si fueran uno; que enfrenten los problemas juntos y los resuelvan como si fueran uno; que su amor y comprensión aumenten y que por las ordenanzas del templo queden ligados eternamente. Ese es el plan.

Ustedes pueden aprender a ser padres más eficaces estudiando la vida de Adán y Eva. Adán era Miguel, el que ayudó a crear la tierra, un personaje glorioso y magnifico; Eva era su igual, una colaboradora completa y total. Después que comieron del fruto, el Señor les habló.

Sus respuestas indican algunas de las diferencias que existen entre el hombre y la mujer. A Adán le preguntó: “¿Has comido del árbol del cual te mande no comer…?9” Y la respuesta de Adán fue la de un hombre que desea que lo consideren como una persona integra: “La mujer que tu me diste, y mandaste que permaneciese conmigo, me dio del fruto del árbol, y yo comí (10)”. Cuando el Señor le preguntó a Eva: “¿Qué es esto que has hecho? (11) ’’, la respuesta de ella fue típica de una mujer sencilla y directa: “La serpiente me engañó, y yo comí (12)”.

Más tarde, “Adán bendijo a Dios… y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré; gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré; a Dios (13)”. Es obvio que pensaba en sus deberes y que trataba de hacer la voluntad del Señor. Eva dijo: “De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes(14). Esas palabras fueron características de la mujer, pensando en los demás, tratando de que se considerara a todos. Ninguna respuesta fue más correcta que la otra, sino que ambas provienen de los distintos rasgos inherentes al hombre y a la mujer. El Señor quiere que empleemos esas diferencias para cumplir Su plan y lograr la felicidad, el progreso personal y el desarrollo. Consultándose mutuamente llegaron juntos a una perspectiva más amplia y correcta de la verdad. Seguir leyendo

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Cristianos En Creencia Y En Acción

Conferencia General Octubre 1996
Cristianos En Creencia Y En Acción
Élder Joseph B. Wirthlin
del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Mediante la obediencia, motivada por un sincero amor a Dios, venimos a Cristo plenamente y dejamos que Su gracia, por conducto de la Expiación, nos conduzca a la perfección.”

Mis queridos hermanos y hermanas, es un privilegio para mí hablarles en esta tarde. Oro por el mismo Espíritu del que tanto hemos gozado durante esta conferencia.

Algunas personas creen erróneamente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y sus miembros no son cristianos. Se nos hace difícil entender por que habría alguien que aceptara y promoviera esa idea que esta tan lejos de la verdad. El presidente Gordon B. Hinckley ha descrito a los miembros de la Iglesia diciendo que estamos “unidos por el amor común por nuestro Maestro que es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Somos el pueblo del convenio del Señor: hemos tomado sobre nosotros Su santo nombre”’.

Nuestras creencias y acciones podrán diferir de las de otros, pero, como buenos cristianos, no criticamos otras religiones ni a sus seguidores. “Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren como, donde o lo que deseen.

En el diccionario se define a un cristiano como alguien “que cree en la fe de Cristo… que pertenece a la religión de Cristo”, y cuya acción demuestra el “amor a Dios, la caridad, la humildad, el amor al prójimo”5. Así, vemos que hay dos características que identifican a los cristianos: (1) su creencia en el Salvador, y (2) sus acciones en armonía con las enseñanzas del Salvador. Los miembros fieles de la Iglesia, a los que se les llama santos o Santos de los Últimos Días, tienen ambas características; tanto en nuestra creencia como en nuestras acciones demostramos que en nuestra religión “la principal piedra del ángulo [es] Jesucristo mismo”4.

Nuestra Declaración De Creencia

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleva Su nombre; El está a la cabeza y la dirige por medio de Sus Profetas escogidos.

Creemos que el primer principio del evangelio es la “fe en el Señor Jesucristo”5. “… nadie viene al Padre, sino por” El (6). Como discípulos Suyos que somos, con valentía nos hacemos eco del decisivo testimonio de Pedro al Maestro: “Tu eres el Cristo”7. Es el ardiente testimonio del Santo Espíritu que sentimos profundamente en nuestro corazón lo que nos lleva a hacer esa manifestación en forma agradecida y humilde. Cuando explicamos lo que sentimos por Jesús, testificamos con amor y sencillez que Él es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”8.

Nos regocijamos en la certeza de que “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”9. Con corazón obediente y llenos de fe, “vemos que la puerta del cielo está abierta para todos, si, para todos los que quieran creer en el nombre de Jesucristo, que es el Hijo de Dios”10.

Declaramos que Jesús es el Primogénito de nuestro Padre Celestial en el espíritu y el Unigénito de Dios en la carne. Es un Dios, uno de los de la Trinidad; es el Salvador y el Redentor de la raza humana. En un concilio premortal en el que todos estuvimos presentes, El aceptó el gran plan de felicidad de nuestro Padre para Sus hijos y fue elegido por el Padre para ponerlo en práctica. El dirigió las fuerzas del bien en una batalla por las almas de los hombres que comenzó antes de la fundación del mundo contra las fuerzas de Satanás y sus seguidores.

Ese conflicto continua hoy. Estábamos del lado de Jesús entonces y estamos de Su lado ahora.

La Expiación de Jesucristo, un acto de amor puro, anulo los efectos de la Caída y proporciono la vía para que toda la humanidad regresara a la presencia de Dios. Como parte de la Expiación, el Salvador venció la muerte física y proporcionó la inmortalidad para todos los hijos de Dios por medio de Su resurrección. También venció la muerte espiritual al tomar sobre Si el sufrimiento de los pecados de toda la humanidad, dándonos así la posibilidad de la vida eterna, que es la vida que Dios vive y el más grande de todos los dones de Dios. Seguir leyendo

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Tengan anhelo por Cristo

Conferencia General Octubre 2016
Tengan anhelo por Cristo
Por el élder Kazuhiko Yamashita
De los Setenta

Tenemos anhelo por Cristo cuando servimos fielmente, aceptamos con humildad, perseveramos con valentía, oramos con fervor y participamos dignamente.

Mis amados hermanos y hermanas, hoy quiero hablarles a los jóvenes de la Iglesia, entre ellos nuestros maravillosos misioneros. Por supuesto, los hermanos y hermanas de corazón joven están cordialmente invitados a escuchar.

El pasado 21 de agosto, el presidente Russell M. Nelson dedicó el hermoso Templo de Sapporo, el tercer templo de Japón. El Templo de Sapporo se edificó al norte de Japón, en un lugar llamado Hokkaido. Al igual que Utah, Hokkaido fue establecida por pioneros industriosos y trabajadores.

En 1876, a un prominente educador llamado Dr. William Clark1 se le invitó ir a Hokkaido a enseñar. Aunque vivió en Japón solo ocho meses, su espíritu cristiano dejó una impresión perdurable en sus jóvenes estudiantes que no eran cristianos. Antes de irse, dio a sus alumnos un mensaje de despedida que ha quedado inmortalizado en esta estatua de bronce2. Dijo: “Muchachos, ¡tengan ambición!”—“Tengan ambición por Cristo”3. Su mandato de “tener ambición por Cristo” puede ayudar a dirigir las decisiones cotidianas de los Santos de los Últimos Días de hoy.

¿Qué significa “tener ambición por Cristo”? Tener ambición por Cristo significa estar motivados, centrados y dedicados a Su obra; tener ambición por Cristo rara vez significará que se nos selecciona para recibir honor público; tener ambición por Cristo significa que servimos fiel y diligentemente en nuestros barrios y ramas, sin quejarnos y con corazones alegres.

Nuestros misioneros que prestan servicio en todo el mundo son bellos ejemplos de personas que en verdad tienen ambición por Cristo. Hace unos años, la hermana Yamashita y yo prestamos servicio en la Misión Japón Nagoya. Nuestros misioneros tenían gran ambición por Cristo; uno de ellos fue un joven llamado élder Cowan.

Al élder Cowan le faltaba la pierna derecha por un accidente de bicicleta que había tenido en su niñez. Pocas semanas después de que entró en la misión, recibí una llamada de su compañero; la prótesis de pierna del élder Cowan se había roto mientras iba en su bicicleta. Lo llevamos a un buen establecimiento de reparaciones y allí, en una habitación privada, le vi la pierna por primera vez y caí en la cuenta de cuánto dolor había estado padeciendo. Le repararon la prótesis y regresó a su área.

No obstante, con el paso de las semanas, la prótesis volvió a romperse una y otra vez. El asesor médico de Área recomendó que el élder Cowan regresara a casa para que quizá lo reasignaran a otra misión. Yo me opuse a esa recomendación, ya que el élder Cowan era un excelente misionero y tenía un profundo deseo de quedarse en Japón; pero poco a poco, el élder Cowan se fue acercando a su límite físico; a pesar de eso, no murmuró ni se quejó.

De nuevo se me aconsejó que al élder Cowan se le debería permitir servir en un lugar donde no tuviera que andar en bicicleta. Medité sobre la situación; pensé en el élder Cowan y su futuro, y oré al respecto. Sentí la impresión de que, sí, el élder Cowan debía regresar a casa y esperar que lo reasignaran. Lo llamé por teléfono, le expresé mi amor y preocupación, y le comuniqué mi decisión. No dijo nada, pero solo lo oía sollozar del otro lado del teléfono. Le dije: “Élder Cowan, no tiene que darme una respuesta ahora; lo llamaré mañana. Por favor, considere mi recomendación con ferviente oración”. Seguir leyendo

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Para nuestro desarrollo y aprendizaje espirituales

Conferencia General Octubre 2016
Para nuestro desarrollo y aprendizaje espirituales
Por el élder W. Mark Bassett
De los Setenta

Los misterios de Dios se despliegan ante nosotros solo según Su voluntad y por el poder del Espíritu Santo.

Cuando era niño, mis padres recibieron un regalo que resultó fascinante para David, mi hermano menor, y para mí. El regalo era una réplica en miniatura de las planchas de oro que el profeta José Smith recibió del ángel Moroni. Según recuerdo, esas planchas tenían más o menos diez páginas con palabras escritas, pero esas páginas no fue lo que captó nuestra atención.

Habíamos crecido escuchando los relatos de la Restauración; sabíamos y habíamos cantado en la Primaria sobre las planchas de oro ocultas en la ladera de una montaña y que el ángel Moroni había entregado a José Smith1. A medida que aumentaba la curiosidad en nuestra mente infantil, había una cosa que realmente queríamos ver: ¿qué estaba escrito en la pequeña sección de esas planchas selladas aseguradas con dos pequeñas bandas de metal?

Las planchas estuvieron sobre una mesita por varios días antes de que nuestra curiosidad nos llevó a hacer algo. Aunque nosotros entendíamos claramente que esas no eran las planchas que Moroni había entregado, queríamos ver la parte sellada; así que, en varias ocasiones, mi hermano y yo utilizamos un cuchillo pequeño, cucharas viejas y cualquier cosa que podíamos imaginar para abrir esa porción sellada de las planchas lo suficiente para ver lo que contenían, pero no lo bastante como para romper las pequeñas bandas. Al menos éramos lo suficientemente listos como para no dejar rastros de las travesuras de nuestra curiosidad infantil; pero para nuestra decepción y frustración, esos intentos de “abrir las planchas” siempre fracasaron.

Todavía no sé que había en esa parte sellada, si es que había algo, pero lo vergonzoso de nuestra historia es que, hasta el día de hoy, no tengo idea de lo que estaba escrito en las páginas de metal que se podían leer. Solo me imagino que esas páginas contenían las historias de la Restauración y los testimonios de José Smith y de los Tres y los Ocho testigos que vieron las planchas que entregó Moroni.

Desde la Creación de esta tierra, nuestro amoroso Padre Celestial ha proporcionado dirección, liderazgo e instrucción a Sus hijos mediante profetas. Sus palabras se han transmitido mediante esos profetas y se han guardado como Escrituras para nuestro desarrollo y aprendizaje. Nefi lo describió de esta manera:

“Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos.

“He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita continuamente en las cosas que he visto y oído”2.

Además, durante dispensaciones anteriores y en esta última dispensación del cumplimiento de los tiempos, los miembros dignos de la Iglesia del Señor han sido bendecidos con la compañía constante del Espíritu Santo, que nos ayuda con nuestro desarrollo y aprendizaje espirituales. Seguir leyendo

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Vuélvanse al libro; confíen en el Señor

Conferencia General Octubre 2016
Vuélvanse al libro; confíen en el Señor
Por el élder Gary E. Stevenson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 ¿Ven el Libro de Mormón como su piedra clave, como su centro de fortaleza espiritual?

Mary Elizabeth Rollins

Imagino en mi mente a los de la nueva generación mirando o escuchando esta sesión de la conferencia en algún lugar del mundo. Quisiera compartir una historia verdadera con ustedes, una historia que puede ser tanto un ejemplo como una lección. Puede mostrarles cómo acercarse más al Señor y acceder a mayor poder para resistir la tentación.

Es la historia de una joven que vivía en Nueva York; antes de los tres años de edad perdió a su padre cuando se hundió su embarcación en un gran lago. Ella, su madre, su hermano mayor y su hermana pequeña se mudaron a una nueva ciudad en otro estado, para vivir con su tía y su tío. Poco después de que la familia llegó, los misioneros y miembros de una religión recién organizada llegaron a la ciudad con las gloriosas nuevas de la restauración del Evangelio. Narraron la extraordinaria historia de cómo un ángel entregó unos anales antiguos a un joven llamado José Smith; anales que este había traducido por el poder de Dios. De hecho, dos de los visitantes, Oliver Cowdery y John Whitmer, habían visto con sus propios ojos las hojas de metal grabadas de los anales antiguos; y Whitmer testificó que había tenido las planchas de oro en sus propias manos. Los anales se habían publicado hacía poco y el hermano Whitmer llevaba el libro consigo. El nombre del libro, por supuesto, era el Libro de Mormón.

Cuando Mary, de doce años, oyó a los misioneros hablar sobre el libro, experimentó un sentimiento especial en el corazón. Aunque el Libro de Mormón era grueso y tenía muchas páginas, Mary ansiaba leerlo. Cuando el hermano Whitmer partió, entregó un preciado ejemplar del libro al hermano Isaac Morley, que era un amigo del tío de Mary y uno de los líderes locales de la nueva Iglesia.

Mary Elizabeth Rollins reading

Más adelante, Mary escribió: “Fui a casa [del hermano Morley]… y pedí ver el libro; [este] lo puso en mi mano, y al verlo sentí tal deseo de leerlo, que no pude abstenerme de pedirle que me permitiera llevarlo a casa y leerlo…Dijo que… apenas había tenido tiempo para leer un capítulo él mismo, y tan solo unos pocos hermanos lo habían visto, pero rogué tan fervientemente por él que por fin dijo: ‘Jovencita, si traes este libro a casa antes de desayunar por la mañana, te lo puedes llevar’”.

Mary corrió a casa; y estaba tan absorta en el libro, que permaneció despierta casi toda la noche leyéndolo. A la mañana siguiente, cuando devolvió el libro, el hermano Morley dijo: “Me imagino que no habrás leído mucho” y “No creo que me puedas decir ni una palabra del libro”. Mary permaneció erguida y repitió de memoria el primer versículo del Libro de Mormón; luego le narró la historia del profeta Nefi. Mary escribió más adelante: “Él me miró sorprendido y dijo: ‘Hija, llévate el libro a casa y termínalo, yo puedo esperar’”.

Poco tiempo después, Mary terminó de leer el libro y fue la primera persona de la ciudad en leerlo por completo. Supo que era verdadero y que provenía del Padre Celestial. Al volverse al libro, confió en el Señor. Seguir leyendo

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Valientes en el testimonio de Jesús

Conferencia General Octubre 2016
Valientes en el testimonio de Jesús
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

No permitamos que nuestros testimonios del Padre y del Hijo se tornen confusos y complicados por piedras de tropiezo.

La vida eterna es el mayor don de Dios y es otorgado a quienes “[guardan los mandamientos de Dios y perseveran] hasta el fin”1. Por otro lado, la vida eterna con nuestro Padre Celestial se niega a “aquellos que no son valientes en el testimonio de Jesús”2. Hay varias piedras de tropiezo que no nos dejan ser valientes y pueden impedirnos alcanzar la meta de la vida eterna3. Las piedras de tropiezo pueden ser complicadas; permítanme ilustrarlo.

Hace muchos años mi padre construyó una pequeña cabaña en una parte de la hacienda donde él había crecido. El panorama de las praderas era excepcional. Fui a verla cuando se construyeron las paredes y me sorprendió una ventana con una vista que daba directamente a un poste eléctrico a corta distancia de la casa. Para mí, era una gran distracción a la magnífica vista.

Poste eléctrico visto desde la ventana
Entonces dije: “Papá, ¿por qué dejaste que pusieran el poste eléctrico directamente enfrente de la ventana?”.

Mi padre, un hombre excepcionalmente práctico y tranquilo, exclamó emocionado: “¡Quentin, para mí, ese poste eléctrico es la cosa más hermosa de todo la hacienda!”. Luego explicó: “Cuando miro ese poste, recuerdo que no tendré que cargar agua en cubos desde el manantial hasta la casa para cocinar, para lavarme las manos o bañarme, como lo hacía de niño. No tendré que encender velas o lámparas de aceite a la noche para leer. Quiero ver ese poste eléctrico al mirar por la ventana”.

Mi padre tenía una perspectiva diferente sobre el poste eléctrico de la que yo tenía. Para él, el poste representaba una vida mejor; para mí, una piedra de tropiezo a un magnífico paisaje. Papá valoraba mucho más la corriente, la luz y la limpieza que un bello panorama. Inmediatamente me di cuenta de que mientras el poste era una piedra de tropiezo para mí, tenía un gran significado práctico y simbólico para mi padre.

Una piedra de tropiezo es “un impedimento a una creencia o entendimiento” o “un obstáculo al progreso”4. Tropezar espiritualmente es “caer en el pecado o la rebeldía”5. Una piedra de tropiezo puede ser cualquier cosa que nos distraiga de alcanzar metas justas.

No permitamos que nuestros testimonios del Padre y del Hijo se tornen confusos y complicados por piedras de tropiezo. No caigamos en esa trampa. Nuestros testimonios de Ellos deben permanecer puros y simples como el razonamiento simple de mi papá sobre el poste eléctrico en la hacienda donde él creció.

¿Cuáles son algunas de las piedras de tropiezo que confunden y complican el testimonio puro y simple del Padre y del Hijo e impiden que seamos valientes en ese testimonio?

Una piedra de tropiezo son las filosofías de los hombres

Nos comprometemos a lograr conocimiento de todo tipo y creemos que “la gloria de Dios es la inteligencia”6. No obstante, también sabemos que la estrategia preferida del adversario es desviar a las personas de Dios y causarles tropiezo, poniendo énfasis en las filosofías de los hombres y no en el Salvador ni en Sus enseñanzas.

El apóstol Pablo era un testigo firme de Jesucristo debido a una experiencia milagrosa con el Salvador que cambió su vida7. Los antecedentes singulares de Pablo lo prepararon para relacionarse con gente de muchas culturas. Le encantaba la “simplicidad franca” de los tesalonicenses y la “tierna compasión” de los filipenses8. Inicialmente descubrió que era más difícil relacionarse con los griegos, que eran intelectuales y sofisticados. En Atenas, en el Areópago, intentó un enfoque filosófico y fue rechazado. Con los corintios decidió simplemente enseñar “la doctrina de Cristo crucificado”9. Para usar las propias palabras del apóstol Pablo:

“…y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder,

“para que vuestra fe no estuviese fundada en la sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios”10. Seguir leyendo

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Un testigo de Dios

Conferencia General Octubre 2016
Un testigo de Dios
Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 

Sugiero que dejen de sentirse culpables por las insuficiencias que crean tener al compartir el Evangelio. Más bien, oren “para ser testigos de Dios”. Esa motivación es mucho más fuerte que la culpa.

El mundo no percibe una gran parte de la importante obra de Dios. El siglo VI antes de Cristo trajo ilustres pensadores como Confucio en China y Buda en la India oriental, pero el poder del sacerdocio de Dios lo poseía Daniel, el profeta que vivía en cautiverio durante el reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia.

Una noche, perturbado por un sueño, el rey Nabucodonosor exigió a sus magos y encantadores que le dijeran lo que había soñado y la interpretación del sueño. Por supuesto, ellos no podían decirle al rey lo que él había soñado, y protestaron. “No hay hombre sobre la tierra que pueda [hacer eso ni ningún rey que haya pedido] cosa semejante”1. El rey Nabucodonosor estaba furioso de que no pudieran hacerlo y con ira declaró que todos sus consejeros morirían.

Daniel, uno de los sabios del rey, oró para pedir las “misericordias [de] Dios… con respecto a este misterio”2.

Ocurrió un milagro. El misterio de lo que el rey había soñado le fue revelado a Daniel,

quien fue llevado ante el rey. “¿Podrás tú darme a conocer el sueño que he visto y su interpretación?”.

Daniel respondió:

“… ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos [pueden declararle lo que ha soñado]…

“Pero hay un Dios en los cielos que [puede revelar esas cosas], y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días…

“… el Dios del cielo”, dijo Daniel, “levantará un reino [una piedra cortada, no con mano, que se convertirá en un gran monte que llenará toda la tierra y] que no será jamás destruido… [sino que] permanecerá para siempre.

“… el sueño es verdadero”, dijo Daniel, “y fiel su interpretación”3.

Cuando se le había explicado e interpretado el sueño, el rey dijo con certeza: “… el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes”4.

Por la milagrosa intervención de Dios se le reveló a Daniel el futuro profetizado del evangelio de Jesucristo, que sería restaurado en la tierra, un reino que llenaría toda la tierra y “que no [sería] jamás destruido… [sino que permanecería] para siempre”.

El número de miembros de la Iglesia en los últimos días sería relativamente bajo, como Nefi lo profetizó, pero ellos se encontrarían por toda la superficie de la tierra, y el poder y las ordenanzas del sacerdocio estarían disponibles para todos los que los desearan, llenando la tierra como lo predijo Daniel5.

En 1831 el profeta José Smith recibió esta revelación: “Las llaves del reino de Dios [y del recogimiento de Israel de las cuatro partes de la tierra] han sido entregadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de ella, como la piedra cortada del monte, no con mano, ha de rodar, hasta que llene toda la tierra”6.

Una responsabilidad que compartimos

El recogimiento de Israel es un milagro; es como un enorme rompecabezas cuyas piezas se colocarán en su lugar antes de los gloriosos acontecimientos de la Segunda Venida. Así como nos desconcertamos con muchas piezas de un rompecabezas, los primeros santos deben haber visto la tarea de llevar el Evangelio restaurado a todo el mundo como algo imposible. Pero dieron comienzo, una persona y una pieza del rompecabezas a la vez, buscando las piezas con extremos planos, a fin de armar el marco de esta obra divina. Poco a poco, la piedra cortada, no con mano, comenzó a rodar; de unos cientos a miles, a decenas de miles, y ahora millones de miembros del convenio de todas las naciones arman las piezas del rompecabezas de esta obra maravillosa y de este prodigio.

Un enorme rompecabezas
Cada uno de nosotros es una pieza del rompecabezas y ayuda a poner en su lugar otras piezas esenciales. Ustedes son importantes en esta gran causa. La vista que tenemos al frente ahora es clara. Podemos ver que el milagro continúa y que la mano del Señor nos guía a medida que llenamos los huecos que quedan. Entonces, “el gran Jehová [dirá] que la obra está concluida”7 y Él regresará con majestuosidad y gloria.

El presidente Thomas S. Monson ha dicho: “Ahora es el momento de que los miembros y los misioneros se unan y trabajen juntos… para llevar almas a Él… Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para llevar a cabo Su obra”8.

La responsabilidad divinamente señalada, que una vez fue solo de los misioneros de tiempo completo, ahora es de todos nosotros. Todos queremos compartir el Evangelio restaurado y, afortunadamente, miles se están bautizando cada semana; pero aun con esa maravillosa bendición, nuestra preocupación por nuestros hermanos y hermanas, y nuestro deseo de complacer a Dios, traen una apremiante urgencia de compartir y fortalecer el reino de Dios en todo el mundo.

Los límites de la culpa

Aun con un fuerte deseo de compartir el Evangelio, quizás no estén del todo satisfechos con el éxito de sus esfuerzos. Tal vez se sientan como un amigo mío que dijo: “He hablado a mis familiares y amigos acerca de la Iglesia, pero pocos han mostrado interés, y con cada rechazo me vuelvo más renuente. Sé que debería hacer más, pero estoy atascado y todo lo que siento es una enorme culpa”.

Veamos si les puedo ayudar.

La culpa tiene una importante función, ya que nos alerta de cambios que debemos hacer, pero solo nos lleva hasta cierto punto.

La culpa es como la batería de un automóvil que funciona a gasolina; puede accionar el auto, arrancar el motor y encender las luces, pero no brinda el combustible para el largo viaje que aguarda. La batería, por sí sola, no es suficiente, ni tampoco lo es la culpa.

Sugiero que dejen de sentirse culpables por las insuficiencias que crean tener al compartir el Evangelio. Más bien, oren como Alma, para tener oportunidades “… [para] ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar… para que [los demás sean] redimidos por Dios, y [sean] contados con los de la primera resurrección… [y tengan] vida eterna”9. Esa motivación es mucho más fuerte que la culpa.

Ser testigos de Dios en todo tiempo y en todo lugar se refleja en la forma en que vivimos y hablamos.

Estén dispuestos a hablar de su fe en Cristo. Siempre que la ocasión se presente, hablen de Su vida, Sus enseñanzas y Su dádiva incomparable a toda la humanidad. Compartan Sus verdades poderosas que están en el Libro de Mormón. Él nos ha hecho esta promesa: “A cualquiera… que me confiese delante de los hombres, yo… le confesaré delante de mi Padre… en los cielos”10. Les prometo que si oran con frecuencia y sinceridad para tener oportunidades de “ser testigos de Dios”, las oportunidades vendrán, y aquellos que busquen más luz y conocimiento serán puestos ante ustedes. Si responden a los susurros espirituales, el Espíritu Santo llevará sus palabras al corazón de otra persona y un día el Salvador les confesará delante de Su Padre.

Un esfuerzo en conjunto

La obra espiritual de ayudar a alguien a venir al reino de Dios es una labor en equipo. Recurran a los misioneros lo más pronto que puedan y oren para pedir ayuda divina, pero recuerden que el momento de la conversión de otra persona no depende totalmente de ustedes11.

Kamla Persand era de las islas Mauricio y asistía a la facultad de medicina en Burdeos, Francia, cuando la conocimos en febrero de 1991. Habíamos orado en familia para poder compartir el Evangelio con alguien que estuviera en busca de la verdad y le enseñamos en nuestro hogar. Tuve el privilegio de efectuar su bautismo, pero nosotros no fuimos la influencia más importante para que Kamla se uniera a la Iglesia. Amigos, misioneros e incluso familiares habían sido “testigos de Dios” en su país natal y un día, en Francia, cuando era el momento adecuado, Kamla tomó la decisión de bautizarse. Ahora, veinticinco años después, le rodean las bendiciones de esa decisión y su hijo es misionero en Madagascar.

Por favor, no vean sus esfuerzos de compartir el amor del Salvador con alguien como un examen que se aprueba o se reprueba, y cuya calificación la determina la forma positiva en que sus amigos respondan a sus sentimientos o a su invitación de conocer a los misioneros12. Con nuestros ojos mortales no podemos juzgar el efecto de nuestros esfuerzos, ni podemos establecer un calendario. Cuando comparten el amor del Salvador con alguien, su calificación siempre es sobresaliente.

Algunos gobiernos han restringido la labor de los misioneros, lo cual ha causado que nuestros nobles miembros muestren incluso más valor para ser “testigos de Dios en todo tiempo… y en todo lugar”.

Nadezhda, que es de Moscú, a menudo da a otras personas un ejemplar del Libro de Mormón en una caja para regalo con muchos caramelos alrededor. “Les digo”, dice ella, “que es el obsequio más dulce que les puedo dar”.

Poco después de bautizarse en Ucrania, Svetlana sintió la impresión de compartir el Evangelio con un hombre al que veía a menudo en el autobús. Cuando el hombre se bajó en su parada, ella le preguntó: “¿Le gustaría saber más acerca de Dios?”. El hombre respondió: “Sí”. Los misioneros enseñaron a Viktor y se bautizó. Más adelante, él y Svetlana se sellaron en el Templo de Freiberg, Alemania.

Tengan cuidado; sus bendiciones podrían venir de formas inesperadas.

Hace siete años, Kathy y yo conocimos a Diego Gómez y a su hermosa familia en Salt Lake City. Asistieron con nosotros a un programa de puertas abiertas del templo, pero amablemente declinaron nuestra invitación de saber más acerca de la Iglesia. En el mes de mayo pasado, me sorprendió recibir una llamada telefónica de Diego; algunos acontecimientos lo habían llevado a ponerse de rodillas. Había buscado a los misioneros por su cuenta, recibido las charlas y estaba listo para bautizarse. Este pasado once de junio, entré en las aguas del bautismo con mi amigo y condiscípulo Diego Gómez. Su conversión tenía su propio tiempo y vino con la ayuda y el apoyo de muchos que le tendieron la mano como “testigos de Dios”.

Una invitación a los jóvenes

A nuestros extraordinarios jóvenes y jóvenes adultos de todo el mundo, les hago la invitación y el reto especiales de ser “testigos de Dios”. Las personas que les rodean están dispuestas a hablar de temas espirituales. ¿Recuerdan el rompecabezas? Ustedes no vienen a la mesa con las manos vacías sino con tecnología y redes sociales a su disposición. Los necesitamos; el Señor necesita que participen aún más en esta gran causa.

El Salvador dijo: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”13.

No es por casualidad que vivan en África; Asia; Europa; Norte, Centro o Sudamérica; el Pacífico o en otro lugar en el mundo de Dios, ya que el Evangelio debe ir a “toda nación, tribu, lengua y pueblo”14.

“… el Dios del cielo [ha levantado] un reino [una piedra cortada, no con mano, que se convertirá en un gran monte que llenará toda la tierra y] que no será jamás destruido… [sino que] permanecerá para siempre”.

“… el sueño es verdadero, y fiel su interpretación”15.

Termino con palabras de Doctrina y Convenios: “Implorad al Señor, a fin de que su reino se extienda sobre la faz de la tierra, para que sus habitantes lo reciban y estén preparados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá [del] cielo, revestido del resplandor de su gloria, para recibir el reino de Dios… sobre la tierra”16. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Daniel 2:10.
  2. Daniel 2:18.
  3. Daniel 2:26–28, 28, 44–45; véanse también los versículos 34–35.
  4. Daniel 2:47.
  5. Véase 1 Nefi 14:12–14.
  6. Doctrina y Convenios 65:2; véase también Doctrina y Convenios 110:11.
  7. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 463–476; véase también Boyd K. Packer, “El estandarte de la verdad se ha izado”, Liahona, noviembre de 2003, pág. 27.
  8. Thomas S. Monson, “Bienvenidos a la conferencia”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 4.
  9. Mosíah 18:9.
  10. Mateo 10:32.
  11. Hace un mes estaba en Santa María, Brasil. El hermano João Grahl me contó que cuando era joven, había asistido a la Iglesia durante dos años y quería bautizarse, pero su padre no se lo permitía. Un día dijo a sus hermanas, quienes tenían el mismo deseo, que necesitaban arrodillarse y orar a Dios para que ablandara el corazón de su padre; así que se arrodillaron, oraron y se fueron a la escuela.

    Ese día, al volver de la escuela, un tío, hermano de su padre, había llegado de sorpresa de una ciudad lejana. Se encontraba en la casa de ellos conversando con su padre. Con el tío presente en la habitación, los niños preguntaron nuevamente a su padre si se podían bautizar. Entonces el tío se acercó a su hermano menor y colocándole la mano en el hombro le dijo: “Reinaldo, es verdad. Déjalos que se bauticen”. Ninguno de ellos lo sabía, pero el tío se había bautizado unos meses antes.

    El tío sintió la inspiración de viajar a la casa de su hermano y gracias a que ese día fue “un testigo de Dios”, sus sobrinas y su sobrino recibieron permiso para bautizarse. Unas semanas más tarde, Reinaldo y su esposa se bautizaron. Dios contestó las oraciones de esos niños de forma milagrosa por medio de alguien que estaba dispuesto a ser “testigo de Dios”.

  12. “You succeed when you invite, regardless of how it turns out” [Al invitar, ya tienen éxito; no importa lo que suceda después] (Clayton M. Christensen, The Power of Everyday Missionaries, 2012, pág. 23; véase también everydaymissionaries.org).
  13. Mateo 28:19.
  14. Mosíah 15:28.
  15. Daniel 2:44–45; véanse también los versículos 34–35.
  16. Doctrina y Convenios 65:5.
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¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Lo lograré?

Conferencia General Octubre 2016

¿Soy lo suficientemente bueno? ¿Lo lograré?

Por el élder J. Devn Cornish
De los Setenta

Si realmente se esfuerzan y no se justifican ni se rebelan —arrepintiéndose con frecuencia y rogando por gracia—, sin duda van a ser “suficientemente buenos”.

 

Queridos hermanos y hermanas, qué bendición es estar reunidos y recibir las enseñanzas de los siervos del Señor. ¿No es maravilloso de cuántas maneras nuestro amoroso Padre Celestial nos guía y nos bendice? Él realmente desea que regresemos a casa.

Por medio de una serie de entrañables misericordias, cuando era un joven doctor al terminar la escuela de medicina, me aceptaron en un programa de residencia de pediatría competitivo y destacado. Cuando conocí a los demás pasantes, me sentí como el menos inteligente y preparado de todos y pensé que nunca podría estar a la altura del resto del grupo.

A principio de nuestro tercer mes, estaba sentado en la sala de enfermeras una noche en el hospital, mientras alternaba entre llorar y dormitar al intentar escribir las órdenes de admisión para un niño con pulmonía. Nunca me había sentido tan desanimado en mi vida; no tenía ni idea de cómo tratar la pulmonía en un niño de 10 años de edad y empecé a preguntarme qué estaba haciendo ahí.

En ese preciso momento, uno de los residentes de más antigüedad puso su mano sobre mi hombro; me preguntó cómo estaba y le conté mis frustraciones y temores. Su respuesta me cambió la vida. Me dijo lo orgullosos que estaban de mí, él y el resto de los residentes de más antigüedad, y que pensaban que llegaría a ser un excelente doctor. En pocas palabras, creyó en mí en un momento en el que ni yo creía en mí mismo.

Como en mi propia experiencia, a menudo nuestros miembros preguntan: “¿Soy lo suficientemente bueno como persona?” o “¿En realidad lograré llegar al Reino Celestial?” Desde luego, no hay tal cosa como “ser suficientemente bueno”. Ninguno de nosotros podría jamás “ganar” o “merecer” nuestra salvación, pero es normal preguntarnos si somos aceptables ante el Señor, que es como yo entiendo esas preguntas.

A veces cuando asistimos a la Iglesia, nos desanimamos aun debido a invitaciones sinceras para mejorar. Pensamos en silencio, “No puedo hacer todas esas cosas” o “Nunca seré tan bueno como todas esas personas”. Tal vez nos sintamos como yo me sentí en el hospital esa noche.

Por favor, mis queridos hermanos y hermanas, debemos dejar de compararnos con los demás; nos torturamos inútilmente al competir y compararnos. Erróneamente juzgamos nuestra autoestima según las cosas que tenemos o no tenemos y por las opiniones de los demás. Si tenemos que comparar, comparemos cómo éramos en el pasado a cómo somos hoy, e incluso a cómo queremos ser en el futuro. La única opinión que importa es lo que nuestro Padre Celestial piensa de nosotros. Por favor, pregúntenle con sinceridad lo que Él piensa de ustedes. Él nos ama y nos corrige pero nunca nos desanima; ese es el truco de Satanás.

Permítanme ser directo y claro. Las respuestas a las preguntas “¿Soy lo suficientemente bueno?” y “¿Lo lograré?” son: “¡Sí!, van a ser los suficientemente buenos” y “Sí, lo lograrán siempre y cuando sigan arrepintiéndose y no se justifiquen ni se rebelen”. El Dios del cielo no es un árbitro desalmado que busca cualquier excusa para sacarnos del juego; Él es nuestro Padre perfectamente amoroso, quien desea más que nada que todos Sus hijos vuelvan a casa y vivan con Él en familia para siempre. ¡En verdad dio a Su Hijo Unigénito, para que no nos perdamos, mas tengamos vida eterna!1. Por favor crean, y encuentren esperanza y consuelo, en esta verdad eterna. El propósito de nuestro Padre Celestial es que lo logremos. Esa es Su obra y Su gloria2. Seguir leyendo

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El Señor Jesucristo nos enseña a orar

Conferencia General Octubre 2016
El Señor Jesucristo nos enseña a orar
Por el élder Juan A. Uceda
De los Setenta

 

Cuando oran, ¿están realmente orando o solo están pronunciando palabras?

En 1977 me encontraba prestando servicio como misionero de tiempo completo en Cuzco, Perú, y mi compañero y yo recibimos la aprobación para llevar a todos los misioneros de la zona de Cuzco a las magníficas ruinas de Machu Picchu.

Hacia el final de nuestra visita a las ruinas, algunos de los misioneros deseaban ir al Puente del Inca, que es parte de un sendero en la montaña. Sentí inmediatamente en mi corazón que el Espíritu me constreñía a no ir a ese lugar. El sendero estaba en la ladera de una montaña y tenía una caída de 600 metros. En varias partes el sendero solo era lo suficientemente ancho para que una persona pasara a la vez; mi compañero y yo les dijimos que no debíamos ir al Puente del Inca.

Sin embargo, los misioneros insistieron en que fuéramos. Las súplicas se hicieron más intensas y, a pesar de lo que el Espíritu me había indicado, cedí a la presión del grupo y les dije que iríamos al puente, pero solo si teníamos mucho cuidado.

Comenzamos a andar por el sendero que lleva al Puente del Inca. Yo iba al final de todo el grupo, y al principio todos caminaron lentamente como habíamos acordado; pero luego los misioneros comenzaron a caminar muy rápido e incluso a correr, haciendo caso omiso a mis súplicas de que no fueran tan rápido. Me sentí obligado a alcanzarlos para decirles que teníamos que regresar. Yo estaba lejos de ellos y tuve que correr rápidamente para alcanzarlos.

Al dar vuelta a una curva, en un pasaje demasiado angosto para que dos personas caminaran, me encontré a un misionero parado con la espalda contra las rocas. Le pregunté por qué estaba allí parado y me dijo que había recibido la impresión de permanecer en ese lugar por un momento, y me indicó que yo continuara.

Sentí la urgencia de alcanzar a los que iban delante, por lo que él me ayudó a adelantarlo y pude caminar un poco más por el sendero. Observé que el suelo estaba lleno de plantas verdes y asenté el pie derecho sobre el suelo, dándome cuenta, al ir cayendo, de que no había suelo debajo de las plantas. Desesperadamente me agarré de unas ramas que estaban debajo del sendero, y por un momento pude ver hacia abajo, a unos 600 metros debajo de mí, el río Urubamba, que cruza el Valle Sagrado de los Incas. Sentí como que se me habían ido las fuerzas y que solo era cuestión de tiempo hasta que ya no pudiera sostenerme. En ese momento, oré intensamente. Fue una oración muy breve en la que abrí la boca y dije: “¡Padre, ayúdame!”.

Las ramas no eran lo suficientemente fuertes como para sostener el peso de mi cuerpo y supe que el fin estaba cerca. En el momento mismo en el que estaba por caer, sentí una mano firme tomarme del brazo y tirar de mí hacia arriba. Con esa ayuda pude seguir luchando y subir nuevamente al sendero. El misionero que se había quedado atrás fue quien me salvó. Seguir leyendo

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“Levantaré a un vidente escogido”

Conferencia General Octubre 2016
“Levantaré a un vidente escogido”
Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta

Gracias a que José fue profeta, nuestro acceso al cielo no es limitado, sino que tenemos acceso a todas las bendiciones de la eternidad.

La primera vez que Moroni se apareció a José Smith, le advirtió que “entre todas las naciones… se tomaría [su] nombre para bien y para mal”1. Hemos visto el cumplimiento de esa profecía. En la guerra entre el bien y el mal, la restauración del Evangelio, mediante el profeta José Smith, ha inspirado a creyentes que lo siguen y también ha enfurecido a antagonistas que luchan intensamente contra la causa de Sion y contra el propio José. Esa batalla no es nueva. Comenzó poco después de que el joven José entró en la Arboleda Sagrada y continúa en la actualidad, con mayor visibilidad en internet.

El Señor personalmente declaró a José Smith:

“Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se encolerizará en tu contra;

“en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente”2.

Hoy ofrezco mi testimonio a todos los que procuren comprender mejor la misión sagrada de José Smith, el Profeta de la Restauración.

No hay por qué ser tímidos en cuanto a testificar de la misión de José como profeta, vidente y revelador, porque el Señor siempre ha trabajado por medio de profetas3. Debido a las verdades que se restauraron por medio de José Smith, sabemos mucho más acerca de nuestro Padre Celestial y del Salvador Jesucristo; sabemos de Sus atributos divinos, del parentesco que tienen entre Ellos y con nosotros, y del gran plan de redención que nos permite volver a Su presencia.

El presidente Brigham Young declaró lo siguiente sobre José: “En los consejos de la eternidad, mucho antes de que se establecieran los fundamentos de la tierra, fue decretado que [José Smith] sería el hombre que, en la última dispensación de este mundo, habría de llevar la palabra de Dios a la gente y de recibir la plenitud de las llaves y el poder del Sacerdocio del Hijo de Dios. El Señor había puesto su mirada en él… [porque] él fue preordenado en la eternidad para presidir esta última dispensación”4.

En preparación para esa gran obra, José Smith nació en una familia amorosa que experimentó muchas de las cargas y pruebas de la vida cotidiana. Conforme José comenzó a madurar, sus sentimientos hacia Dios eran “[intensos y]… a menudo… punzantes”5; no obstante se sentía confundido por las ideas religiosas contradictorias que enseñaban los predicadores de su época. Por fortuna, el joven José no permitió que sus preguntas paralizaran su fe. Buscó respuestas en la Biblia y halló este consejo: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”6.

José recordó: “Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que este en esta ocasión, el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces”7. Seguir leyendo

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La oración del alma

Conferencia General Octubre 2016
La oración del alma
Por Carol F. McConkie
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

 

Cada momento de preciada oración puede ser un tiempo sagrado que pasamos con nuestro Padre, en el nombre del Hijo, por el poder del Espíritu Santo.

En medio de las dificultades de la vida terrenal, nunca estamos solos para realizar nuestra obra, hacer frente a nuestras batallas y afrontar la adversidad o las preguntas sin respuesta. Jesucristo enseñó con una parábola “sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar”.Contó acerca de un juez que no temía a Dios ni respetaba a hombre. Una viuda lo visitó en repetidas ocasiones, suplicando que se le hiciera justicia contra su adversario. Por un tiempo, el juez no le ofreció ninguna ayuda; pero debido a los fieles y constantes ruegos de la viuda, el juez finalmente pensó para sí: “… porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia”.

Entonces Jesús explicó:

“¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos que claman a él día y noche…?

“Os digo que pronto les hará justicia”.

Y luego el Señor hace esta pregunta: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”1.

La oración es esencial para cultivar la fe. ¿Hallará el Señor a personas que sepan orar con fe y que estén preparadas para recibir la salvación cuando Él venga nuevamente? “… porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”2. Somos hijos de un Padre Celestial amoroso y podemos gozar de un canal de comunicación personal y directo con Él al orar “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo”3, y luego actuar conforme a las respuestas que recibamos mediante los susurros del Espíritu Santo. Oramos, escuchamos y obedecemos con fe, para que aprendamos a ser uno con el Padre y el Hijo4.

Una oración que se ofrece con fe abre la senda para recibir gloriosas bendiciones del cielo. El Salvador enseñó:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”5.

Si esperamos recibir, debemos pedir, buscar y llamar. En su búsqueda de la verdad, José Smith leyó en las Escrituras: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”6. En respuesta a su oración de fe, se abrieron los cielos; Dios, el Padre, y Su Hijo, Jesucristo, descendieron en gloria y le hablaron a José Smith, marcando el comienzo de la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Para nosotros, la sanación milagrosa, la protección poderosa, el conocimiento divino, el perdón liberador y la paz preciada, son algunas de las respuestas que recibimos al ofrecer con fe “la oración del alma”7.

Oramos al Padre en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo, y así incluimos a los tres miembros de la Trinidad en nuestras súplicas.

Oramos a nuestro Padre Celestial y solo a Él porque Él es el “Dios en el cielo, infinito y eterno, de eternidad en eternidad… el organizador de los cielos y de la tierra, y de todo cuanto en ellos hay”. Por ser nuestro Creador, Él dio mandamientos de que “lo [amemos] y lo [sirvamos] a él, el único Dios verdadero y viviente, y que él fuese el único ser a quien [adoremos]”8.

Al orar al Padre Celestial con fe, “él os consolará en vuestras aflicciones… [para que podáis deleitaros] en su amor”9. El presidente Henry B. Eyring contó que las oraciones de su padre, cuando este perdía la batalla contra el cáncer, le enseñaron de la estrecha relación personal que hay entre Dios y Sus hijos: Seguir leyendo

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“Ven, sígueme”, practicando el amor y el servicio cristiano

Conferencia General Octubre 2016
“Ven, sígueme”, practicando el amor y el servicio cristiano
Por el élder Robert D. Hales
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 

Como discípulos del Salvador en los últimos días, “venimos” a Él al amar y servir a los hijos de Dios.

El ganador del premio Nobel, Elie Wiesel, se recuperaba en el hospital de una cirugía a corazón abierto cuando su nieto de cinco años lo visitó. Al mirar al abuelo a los ojos, el niño vio su dolor. “Abuelo”, preguntó, “si te amo más, ¿te [dolerá menos]?”1. Hoy hago una pregunta similar en cuanto a nosotros: “¿Si amamos más al Salvador, sufriremos menos?”.

Cuando el Salvador llamó a Sus discípulos a seguirle, vivían la ley de Moisés, que incluía recibir “Ojo por ojo, y diente por diente”2; pero el Salvador vino a cumplir esa ley con Su expiación. Él enseñó una nueva doctrina: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”3.

A los discípulos se les enseñó que se volvieran de los caminos del hombre natural hacia los caminos amorosos y caritativos del Salvador sustituyendo la contención con el perdón, la bondad y la compasión. El nuevo mandamiento de “[amarse] los unos a los otros”4 no siempre fue fácil de cumplir. Cuando los discípulos se preocupaban por tener que asociarse con pecadores y con ciertas clases sociales, el Salvador enseñó pacientemente: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”5; o, como explicó un profeta del Libro de Mormón: “Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios”6.

Como discípulos del Salvador en los últimos días, “venimos” a Él al amar y servir a los hijos de Dios. Al hacerlo, es posible que no podamos evitar la tribulación, la aflicción y el sufrimiento en la carne, pero sufriremos menos espiritualmente. Aun en nuestras pruebas, podemos experimentar alegría y paz.

Nuestro amor y servicio cristiano comienzan de forma natural en el hogar. Padres, ustedes son llamados a ser maestros y misioneros amorosos para con sus hijos y los jóvenes; ellos son sus investigadores, y ustedes tienen la responsabilidad de ayudarlos a convertirse. En realidad, todos estamos procurando ser convertidos, lo cual significa estar llenos del amor de nuestro Salvador.

Al seguir a Jesucristo, Su amor nos motiva a apoyarnos unos a otros en nuestro trayecto terrenal. No podemos hacerlo solos7. Me han oído compartir antes este proverbio cuáquero: “Tú me elevas a mí y yo te elevaré a ti, y ascenderemos juntos para siempre”8. Como discípulos, empezamos a hacer esto cuando somos bautizados y demostramos que estamos dispuestos a “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras”9.

“[Enseñarnos] el uno al otro la doctrina del reino”10 es una manera de amarnos y servirnos el uno al otro. Padres y abuelos: tenemos la tendencia a lamentarnos de las condiciones del mundo, de que las escuelas no están enseñando carácter moral; pero hay mucho que nosotros podemos hacer. Nosotros podemos aprovechar los momentos de enseñanza en nuestra propia familia; ahora. No permitan que se les escapen. Cuando surja la oportunidad de compartir sus ideas en cuanto al Evangelio y las lecciones de la vida, dejen todo de lado y siéntense a hablar con sus hijos y nietos.

No nos debe preocupar que no seamos maestros profesionales del Evangelio. Ninguna clase ni manual es tan útil como el estudio personal de las Escrituras, orar, meditar y buscar la guía del Espíritu. El Espíritu los guiará. Les prometo que el llamado de ser padres incluye el don de enseñar en las maneras que sean correctas para ustedes y sus hijos. Recuerden, el poder de Dios para influir en nosotros rectamente es Su amor. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”11. Seguir leyendo

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El cuarto piso, la última puerta

Conferencia General Octubre 2016
El cuarto piso, la última puerta
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

 

Dios “es galardonador de los que le buscan”, de modo que tenemos que seguir llamando. Hermanas, no se den por vencidas. Busquen a Dios con todo el corazón,

Mis queridas hermanas, qué bendecidos somos de reunirnos nuevamente en esta conferencia mundial bajo la dirección y el liderazgo de nuestro querido profeta y presidente, Thomas S. Monson. Presidente, ¡lo amamos y lo apoyamos! Sabemos que usted ama a las hermanas de la Iglesia.

Me encanta asistir a esta maravillosa sesión de la conferencia general que está dedicada a las hermanas de la Iglesia.

Hermanas, cuando las veo, no puedo evitar pensar en las mujeres que han tenido una gran influencia en mi vida: mi abuela y mi madre, que fueron las primeras en aceptar la invitación de venir y ver de lo que trata la Iglesia1; mi amada esposa, Harriet, de quien me enamoré la primera vez que la vi; la mamá de Harriet que se unió a la Iglesia poco después de haber perdido a su esposo por el cáncer; luego están mi hermana, mi hija, mi nieta y mi bisnieta; todas ellas han sido influencias refinadoras para mí. Ellas, en verdad, brindan gozo a mi vida. Me inspiran a llegar a ser un mejor hombre y un líder de la Iglesia más sensible. ¡Cuán diferente sería mi vida sin ellas!

Quizás lo que me brinda sentimientos de humildad es saber que la misma influencia de ellas se replica millones de veces a lo largo de la Iglesia mediante las aptitudes, los talentos, la inteligencia y el testimonio de mujeres de fe como ustedes.

Ahora bien, algunas de ustedes podrían no sentirse dignas de tan gran elogio; tal vez piensen que son muy insignificantes para tener una influencia significativa sobre los demás. Quizás ni siquiera se consideren “mujeres de fe” debido a que a veces luchan con la duda y el temor.

Hoy me gustaría hablar a cualquier persona que se haya sentido de esta manera alguna vez, y que probablemente incluye a todos nosotros en algún momento. Deseo hablar sobre la fe: qué es, qué puede hacer y qué no puede hacer, y lo que debemos hacer nosotros para activar el poder de la fe en nuestra vida.

¿Qué es la fe?

La fe es una convicción fuerte sobre algo que creemos, una convicción tan fuerte que nos motiva a hacer cosas que de lo contrario no podríamos hacer. “Es… la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”2.

Si bien esto tiene sentido para las personas creyentes, con frecuencia es confuso para los no creyentes. Estos últimos mueven la cabeza de un lado a otro y preguntan: “¿Cómo puede alguien estar seguro de lo que no puede ver?”. Para ellos, esto es evidencia de la irracionalidad de la religión.

Lo que no entienden es que hay otras maneras de ver además de con los ojos, otras maneras de sentir además de con las manos, más maneras de escuchar que con los oídos.

Es como la experiencia de una niña pequeña que iba caminando con su abuela. El canto de los pájaros era glorioso para la niña y ella le hacía notar a su abuela cada sonido.

“¿Oyes eso?”, la pequeña niña preguntó una y otra vez; pero la abuela estaba perdiendo el sentido auditivo y no podía escuchar los sonidos.

Finalmente, la abuela se agachó y le dijo: “Lo siento, cariño. La abuela no oye muy bien”.

La niña pequeña, ya exasperada, tomó por la cara a la abuela, la miró fijamente a los ojos, y le dijo: “Abuela, ¡escucha con más fuerza!”.

Hay lecciones en este relato tanto para los no creyentes como para los creyentes. Solo porque no podamos oír algo no significa que no haya nada que oír. Dos personas pueden escuchar el mismo mensaje o leer el mismo versículo de las Escrituras, y una puede recibir el testimonio del Espíritu, mientras que la otra no.

Por otro lado, en nuestros esfuerzos por ayudar a nuestros seres queridos a experimentar la voz del Espíritu y la amplia, eterna y profunda belleza del evangelio de Jesucristo, decirles que “escuchen con más fuerza” tal vez no sea la manera que más ayude.

Quizás el mejor consejo para cualquier persona que desea aumentar su fe es escuchar de manera diferente. El apóstol Pablo nos alienta a buscar la voz que habla a nuestro espíritu, no solo a nuestros oídos. Él enseñó: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”3. O deberíamos considerar las palabras del Principito, de Saint-Exupéry, que dijo “Solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos”4.

El poder y los límites de la fe

A veces no es fácil cultivar la fe en las cosas espirituales mientras se vive en un mundo físico. Sin embargo, vale la pena el esfuerzo, porque el poder de la fe en nuestra vida puede ser profundo. Las Escrituras nos enseñan que por medio de la fe los mundos fueron formados, se dividieron las aguas, se levantaron los muertos, los ríos se desviaron de su cauce y las montañas se movieron5.

No obstante, algunos podrían preguntar: “Si la fe es tan poderosa, ¿por qué no puedo recibir una respuesta a una oración sincera? No necesito dividir el mar o mover una montaña, solo necesito que se cure mi enfermedad, o que mis padres se perdonen mutuamente, o que mi compañero eterno aparezca en mi puerta con un ramo de flores en una mano y en la otra un anillo de compromiso. ¿Por qué no puede mi fe lograr esto?”.

La fe es poderosa y con frecuencia hace milagros, pero no importa cuánta fe tengamos, hay dos cosas que la fe no puede hacer. Por una parte, no puede quebrantar el albedrío de una persona. Seguir leyendo

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Levantaos en fortaleza, hermanas de Sion

Conferencia General Octubre 2016

Levantaos en fortaleza, hermanas de Sion

Por Bonnie L. Oscarson
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Para estar convertidas a guardar los convenios, necesitamos estudiar las doctrinas esenciales del Evangelio y tener un testimonio inquebrantable de su veracidad.


Qué gozo es estar reunidas en este Centro de Conferencias con las niñas, las mujeres jóvenes y las mujeres de la Iglesia. También estamos muy al tanto de que hay miles de grupos de hermanas reunidas en todo el mundo, mirando esta reunión y agradezco la oportunidad y los medios que nos permiten reunirnos en unidad y propósito esta noche.

En octubre de 2006, el presidente Gordon B. Hinckley dio un discurso titulado “Levantaos, hombres de Dios”, por un himno esccrito en 1911 1. Fue una llamada a la acción a los hombres de la Iglesia para levantarse y mejorar. Ese discurso ha resonado en mi mente mientras oré para saber qué compartir con ustedes.

Hermanas, vivimos en “tiempos peligrosos”2. Las condiciones de nuestros días no deben ser una sorpresa para nosotras. Han sido predichas desde hace miles de años como advertencia y amonestación para que podamos estar preparadas. El octavo capítulo de Mormón da una descripción desconcertantemente precisa sobre las condiciones de nuestros días. En este capítulo, Moroni dice que ha visto nuestros días y estos incluyen guerras y rumores de guerra, grandes contaminaciones, asesinatos, robos y personas que nos dicen que no existe lo bueno o lo malo a los ojos de Dios. Él describe a un pueblo lleno de orgullo, atrapado en el vestir ropa cara y que se burla de la religión. Se le muestra un pueblo que está tan obsesionado con las cosas mundanas que permite que “el necesitado, y el desnudo, y el enfermo, y el afligido pasen a [su] lado”3 , sin hacerles caso.

Moroni hace una pregunta para reflexionar, a nosotros que estamos viviendo esta época. Él dice: “¿Por qué os avergonzáis de tomar sobre vosotros el nombre de Cristo?”4. Esta acusación describe correctamente la condición cada vez más secular de nuestro mundo.

En José Smith—Mateo, se indica que en los últimos días aun los mismos “escogidos conforme al convenio”5 serán engañados. Aquellos del convenio incluyen a las niñas, mujeres jóvenes y hermanas de la Iglesia que han sido bautizadas y han hecho convenios con su Padre Celestial. Incluso nosotras estamos en riesgo de ser engañadas por falsas enseñanzas.

Hermanas, no creo que las condiciones vayan a mejorar en el futuro. Si las tendencias actuales son una indicación, necesitamos estar preparadas para las tormentas que nos esperan. Sería fácil darnos por vencidas con desesperación, pero como pueblo del convenio, nunca tenemos por qué desesperar. Como dijo el élder Gary E. Stevenson: “La generosa compensación del Padre Celestial de vivir en tiempos peligrosos es que también vivimos en la dispensación del cumplimiento de los tiempos”6. Me encanta el consuelo de esa declaración.

Hace un año el presidente Russell M. Nelson nos dijo: “Los ataques contra la Iglesia, su doctrina y nuestra manera de vivir van a aumentar. Debido a ello, necesitamos mujeres que tengan un entendimiento sólido de la doctrina de Cristo, y que lo usen para enseñar y ayudar a criar a una generación resistente al pecado. Necesitamos mujeres que puedan detectar el engaño en todas sus formas; mujeres que sepan cómo acceder al poder que Dios pone a disposición de los que guardan sus convenios, y mujeres que expresen sus creencias con confianza y caridad. Necesitamos mujeres que tengan la valentía y la visión de nuestra madre Eva”7.

Este mensaje me asegura que a pesar de las condiciones de nuestros días, tenemos muchas razones para regocijarnos y ser optimistas. Creo con todo mi corazón que nosotras las hermanas tenemos la fortaleza y la fe innatas que nos permitirán satisfacer los desafíos de vivir en los últimos días. La hermana Sheri Dew ha escrito: “Creo que en el momento que aprendamos a desencadenar la influencia completa de las mujeres convertidas y que guardan los convenios, el reino de Dios cambiará de la noche a la mañana”8.

Será necesario un esfuerzo conjunto el estar convertidas y guardar nuestros convenios. Para hacerlo, necesitamos ser niñas y mujeres que estudian las doctrinas esenciales del Evangelio y tienen un testimonio inquebrantable de su veracidad. Hay tres áreas que creo que son la base para testimonios fuertes y que considero que son esenciales para nuestra comprensión.

Primero, debemos reconocer el aspecto central de Dios nuestro Padre Eterno y Su Hijo Jesucristo en nuestra fe y salvación. Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Necesitamos estudiar y entender Su Expiación y cómo aplicarla cada día; el arrepentimiento es una de las más grandes bendiciones que cada una de nosotras tiene para permanecer en la senda. Necesitamos ver a Jesucristo como nuestro modelo principal y el ejemplo de quién necesitamos llegar a ser. Necesitamos enseñar continuamente a nuestras familias y clases sobre el gran plan de salvación de nuestro Padre, el cual incluye la doctrina de Cristo.

Segundo, necesitamos entender la necesidad de la restauración de la doctrina, la organización y las llaves de autoridad en estos, los últimos días. Necesitamos tener un testimonio de que el profeta José Smith fue divinamente elegido y designado por el Señor para sacar a luz esta restauración y reconocer que él organizó a las mujeres de la Iglesia según la organización que existía en la Iglesia de Cristo antiguamente9. Seguir leyendo

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Las mujeres de la Iglesia

Conferencia General Octubre 1996

Las mujeres de la Iglesia

Gordon B. HinckleyPresidente Gordon B. Hinckley

“Doy testimonio ante el mundo entero del valor, de la gracia, de la bondad, de la notable capacidad y de las magnificas contribuciones de la mujer.”

La mitad o, posiblemente, mas de la mitad de los miembros adultos de la Iglesia son mujeres, y es a ellas en particular que quisiera hablar esta mañana. Lo hago con la esperanza de que también los hombres presten atención.

Ante todo quisiera decirles a ustedes, hermanas, que de ninguna manera ocupan un segundo lugar en el plan de nuestro Padre para la felicidad eterna y el bienestar de Sus hijos, sino que constituyen una parte absolutamente esencial de ese plan.

Sin ustedes el plan no podría funcionar. Sin ustedes la totalidad del programa se vería truncado. Como lo he dicho antes desde este púlpito, cuando se verificó el proceso de la Creación, Jehová, el Creador, bajo la guía de Su Padre, primeramente separó la luz de las tinieblas, y después separó la tierra de las aguas. Entonces creó todo genero de vegetación, seguido por la creación de los animales. Después fue creado el hombre y, para culminar ese acto de divinidad, como coronación, creo Dios a la mujer.

Cada una de ustedes es una hija de Dios, herederas de un legado divino, posición que no tienen la necesidad de defender.

Al viajar por diferentes partes del mundo, me entrevistan representantes de los medios de comunicación. Sin excepción me preguntan sobre el lugar que ocupa la mujer en la Iglesia, y lo hacen en un tono casi acusatorio, como si nosotros denigraramos o rebajáramos a las mujeres. También sin excepción yo les respondo que no se de ninguna otra organización en todo el mundo que conceda a la mujer tantas oportunidades para desarrollarse, para asociarse con otras personas, para realizar grandes actos en beneficio de los demás, ni para ocupar cargos de liderazgo y de responsabilidad.

Habría deseado que esos reporteros hubieran estado en el Tabernáculo el sábado de la semana pasada con motivo de la reunión general de la Sociedad de Socorro. Fue motivo de enorme inspiración observar los rostros de las muchísimas hijas de Dios allí reunidas, mujeres de fe y gran capacidad, mujeres que conocen el significado de la vida y que entienden la naturaleza divina de su creación. Cómo habría querido que esos reporteros hubieran escuchado el magnífico coro femenino integrado por las jóvenes alumnas de la Universidad Brigham Young, quienes nos conmovieron con la hermosura de sus voces. Cómo habría deseado que escucharan los conmovedores mensajes de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, al referirse cada una de ellas a un aspecto del tema: la fe, la esperanza y la caridad.

¡Que mujeres tan capaces! Se expresan con poder, con convicción y con gran persuasión. El presidente Faust puso broche final a la reunión con un extraordinario discurso.

Si esos reporteros que están siempre tan prestos a hacer la pregunta hubieran estado presentes en esa vasta congregación, habrían comprendido, aun sin hacer preguntas adicionales, que las mujeres de la Iglesia son poseedoras de gran fortaleza y capacidad. En ellas hay liderazgo y dirección, un cierto espíritu de independencia, y al mismo tiempo una notoria satisfacción al sentirse parte de este, el reino del Señor, y al trabajar hombro a hombro con el sacerdocio para hacerlo avanzar. Seguir leyendo

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