Agradecimiento

Conferencia General Abril 1978
Agradecimiento
élder Rex C. Reeve
del Primer Quórum de los Setenta

Rex C. ReeveMi corazón rebosa de emoción, mi espíritu se somete, mi alma está llena de gratitud.  Hace algunos arios cuando fui sostenido como obispo, tuve la convicción de que la oportunidad de servir no provenía de nada que yo hubiera hecho, sino del trabajo de otros. Siento esa misma convicción en estos momentos. Muchas personas dieron su vida para que este reino se estableciera.

Estoy agradecido por mi santa madre y mi excelente padre. Y también estoy agradecido por mí elegida; cuando estoy en su presencia siempre siento que quiero ser mejor.  Estoy agradecido por mis siete hijos, por mis encantadores yernos y nueras y por nuestros nietos; todos ellos me han apoyado siempre.  Por último, quiero agradecer a mucha gente con quienes estoy relacionado: compañeros de trabajo, líderes de la Iglesia (a quienes he admirado y escuchado por muchos años), y miembros de la Iglesia.

Doy gracias por ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.  Con cada fibra de mi ser, yo sé que Dios vive, sé que El habla y escucha, y que nos ama.

Le agradezco al Señor la oportunidad que nos da de servir en el campo misional.  Si no hubiera otra evidencia de que la Iglesia de Cristo es verdadera, lo que pasa en la vida de los jóvenes y en la de los miembros de la Iglesia, sería suficiente prueba para mí de que lo es.

Prometí al Señor dar todo lo que tengo y aquí, ante vosotros, prometo hacer todo lo que me requieran estos grandes hombres a quienes amo.  Nuestra vida ha sido bendecida por el presidente Kimball durante treinta años.  El ha sido un gigante en nuestra vida y sé que nos ama.  Ahora puedo sentir vuestro amor, sentir el amor de la gente por el cual estoy agradecido.  Como misioneros, sabemos lo que significa tener tres millones y medio de gente orando por nosotros, y lo agradezco infinitamente.

Os dejo mi testimonio de que Dios vive y os prometo que haré todo lo que pueda mientras me quede un aliento, y aún más allá, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El más alto honor

Conferencia General Abril 1978
El más alto honor
élder Robert L. Backman
del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. BackmanCuando yo tenía tres meses, la Estaca de Salt Lake presentó el nacimiento de Jesús en este Tabernáculo.  Mi querida madre interpretó el papel de María, la madre de Jesús, y yo tuve el honor de representar al Cristo niño.  Seguramente me sentía más tranquilo en esa oportunidad que en este momento, probablemente porque no tuve que hablar.  Desde aquellos días hasta hoy, mis queridos hermanos, he sentido siempre la guía y protección del Señor, protegiéndome algunas veces de mí mismo.  Gocé de muy ricas experiencias mientras crecía y maduraba.  Cada vez que esto ocurría, me preguntaba: «¿Por qué me pasa a mí? ¿Por qué el Señor me otorga tan buenas oportunidades de progreso y desarrollo? ¿Por qué se me presentan tantas ocasiones de servir?» Desde el fondo de mi corazón le doy las gracias por la felicidad y la plenitud de vida que he gozado.

Parece ser que toda mi vida he estado rodeado de gente que me ha elevado y ayudado a ser mejor, que me ha protegido de mí mismo, personas como mis buenos padres, que desde la cuna me enseñaron las prioridades que debía tener, buscando ellos mismos primeramente al Señor; mi amada esposa, que siempre me apoyó en cada llamamiento que he recibido; mis siete hermosas hijas, que tienen de mí tan alto concepto que piensan que debería ser el Presidente de la Iglesia; mis excelentes yernos, que son fieles a los convenios que han hecho en la Casa del Señor, y mis pequeños nietos que son un gozo en mi vida.

En nuestro seminario del viernes, el presidente Benson dijo que el más alto honor que una persona puede tener es ser miembro de la Iglesia de Dios, lo cual yo soy; saber que Cristo es nuestro Salvador, de lo cual testifico; poseer su Santo Sacerdocio, que yo poseo; y ser parte de una unidad familiar eterna, lo cual soy.  Siento que tengo toda la honra a la que pudiera aspirar, todas las bendiciones que pudiera desear. Estoy muy agradecido por este sagrado llamamiento que he recibido.

Quiero deciros, mis amados hermanos, que cada bendición que he recibido y todo lo más precioso y querido que guardo en mi corazón, lo debo al hecho de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a mi amor por el Señor, al testimonio que tengo de su divino Evangelio, y a la forma en que he respondido a las oportunidades que tuve de servir.

Ahora me regocijo por esta oportunidad de dedicar mi existencia entera a Su servicio, y sin vacilar pongo mi vida y todo lo que poseo a Sus pies.  Presidente Kimball y queridos hermanos, mi esposa y yo estamos preparados para ir donde queráis enviarnos y hacer lo que deseéis que hagamos, y rogamos que podamos ser instrumentos en las manos del Señor para poder ayudaros en la edificación del reino de Dios, para santificar a su pueblo y preparar el camino para cuando Cristo venga a reinar en toda Su gloria, cuando Satanás sea atado y toda rodilla se doble y toda lengua confiese que El es el Salvador del mundo y que reinará para siempre jamás.  De esto testifico en ‘el nombre de Jesucristo.  Amén.

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Mi llamamiento

Conferencia General Abril 1978
Mi llamamiento
por el élder Ronald E. Poelman
del Primer Quórum de los Setenta

Ronald E. PoelmanNuestro Salvador nos invita a cada uno, personalmente, a. acercarnos a El y llevarle «un corazón. quebrantado y un espíritu contrito» (D. y C. 59:8). Jamás había yo sentido el significado de esta invitación, hasta el punto que lo siento ahora. Al mismo tiempo, han resurgido en mí la fortaleza y cl deseo de renovación, por lo cual me siento profundamente agradecido.

Al aceptar este llamamiento con fe y esperanza, me consta que no he llegado a este cargo por mi propio esfuerzo.

Siento una intensa gratitud y una devoción difíciles de expresar, hacia mis amados familiares, mis amigos, maestros, líderes y todos aquellos con quienes me he relacionado.

Al analizar lo que fue mi vida hasta ahora pienso que ha sido mucho más difícil y mucho más satisfactoria de lo que yo hubiera podido esperar. Sólo ruego que las muchas experiencias que he tenido, me hayan preparado en cierto modo para lo que me espera en el futuro.

He sido llamado por un Profeta de Dios a un servicio absoluto y vitalicio en la causa del Salvador, y tengo una sensación de incompetencia que me ha hecho comprender que mi preparación para el cargo acaba de comenzar.

Siento gratitud hacia el presidente Kimball, las demás Autoridades Generales, y cada uno de vosotros por vuestro voto de sostenimiento, y me comprometo a poner lo mejor de mis esfuerzos en cualquier asignación que reciba en este cargo.

Hace casi treinta años, en respuesta a mi dedicado estudio y fervientes ruegos. el Espíritu Santo me confirmó el hecho de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor de todas las almas. Con esa convicción, y por el mismo Espíritu, adquirí el conocimiento de que el evangelio es eterno y verdadero y que ha sido restaurado a la tierra; que las Escrituras, incluyendo cl Libro de Mormón, son registros divinos: que José Smith fue un Profeta de Dios como lo son todos sus sucesores, entre ellos el presidente Kimball; y que nuestro Padre Celestial ama a cada uno de nosotros, sus hijos. Agradezco este conocimiento, y os dejo mi testimonio personal de   que todo esto es verdad en el nombre de nuestro amado Salvador. el Señor Jesucristo. Amén.

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Doquier que me mandes, iré

Conferencia General Octubre 1977
Doquier que me mandes, iré
por el élder Yoshihiko Kikuchi
del Primer Quórum de los Setenta

Yoshihiko KikuchiPresidente Kimball hermanos de las Autoridades Generales, mis amados hermanos en el Evangelio del Señor Jesucristo, hoy quiero dejaros mi humilde testimonio de la divinidad de este evangelio.

Primero, deseo expresar mi profundo y sincero agradecimiento a todos aquellos que me han ayudado, han sido bondadosos conmigo y me han motivado, enseñado y guiado; todos han sido una maravillosa ayuda e influencia en mi vida.

Cuando yo era un joven y completamente inexperto misionero, el élder Gordon B. Hinckley me dio una bendición muy especial, que me ha servido siempre de guía.

Mis hermanos, nunca esperé ser llamado a tan enorme responsabilidad. Todavía me pregunto y lo pregunto al Señor: «¿Por qué yo, Señor?» Y, sin embargo, en lo más profundo de mi ser oigo una voz que dice:

«Iré do me mandes, iré, Señor

Sobre llano, montaña o mar.» (Himnos de Sión, N° 93.) Y otra voz me dice:

«Iré y haré lo que el Señor ha mandado…» (1 Nefi 3:7.)

«¡Ojalá fuese yo un ángel y pudiera realizar el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!» (Alma 29: 1.)

Mis queridos hermanos y hermanas, yo amo al Señor; yo sé con todo mi corazón que Dios vive; sé que hay un Profeta de Dios en la tierra, Spencer W. Kimball, a quien quiero mucho y apoyaré con todas mis fuerzas. El Libro de Mormón es verdadero y, ciertamente, es la palabra de Dios. Os dejo mi testimonio, mis hermanos, y lo hago humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Esto comparto con vosotros

Conferencia General Octubre 1977
Esto comparto con vosotros
por el élder Hugh W. Pinnock
del Primer Quórum de los Setenta

Hugh W. PinnockHay tres cosas que deseo compartir con vosotros hoy, mis hermanos.

Primero, que sé que el Evangelio de Jesucristo es verdadero, y que solamente si oímos atentamente las palabras de nuestro Profeta, leemos las Escrituras para que nos guíen, y vivimos los mandamientos del Señor y las enseñanzas de las Autoridades Generales, podremos encontrar la felicidad eterna.

Segundo, debo confesaros abiertamente la realidad de mi propia ineptitud.  Al aceptar el llamamiento como miembro del Primer Quórum de los Setenta, ruego al Señor, a estos líderes de la Iglesia que nos acompañan hoy, y a vosotros, con quienes habré de trabajar, que tengáis todos una paciencia inagotable conmigo.

Y por último, debo manifestar la enorme gratitud que siento.  Por todos aquellos que me habéis instruido mediante la palabra, el ejemplo y la acción; a la esposa y los hijos que siempre me han apoyado, tanto acá como en el campo misional; a unos padres que nunca han tenido problemas en decidir cuáles son las cosas importantes de la vida, porque para ellos ha sido fácil y natural comprenderlo.  Estoy agradecido también por mis hermanos y sus respectivas familias; por los muchos amigos y compañeros, que han tenido la paciencia de comprender mis debilidades, mi manera de vivir y mis decisiones.  Estoy agradecido por hombres como el presidente que tuve en la misión, el presidente Harold B. Lee, el élder Richard L. Evans y otros, que ya no están con nosotros.  Estoy profundamente agradecido a muchos de los hermanos que se encuentran aquí, cuyo constante ejemplo ha sido una fuerza motivadora en mi vida.  Y, sobre todo, estoy agradecido por nuestro bondadoso y amante Salvador, quien no solamente nos enseña, sino que también nos perdona, nos ama y persevera con nosotros.

Hablando en nombre de mi esposa, de mis hijos y mío, diré que nos encontramos listos para dar todo lo que tenemos para la edificación del reino de Dios, y esperamos que nuestra contribución a ello sea siempre generosa en todo lo que se nos pida.

Henry Van Dyke dijo, hace muchos años:

«Sólo hay una forma de prepararse para la inmortalidad y ella es amar esta vida y vivirla en la forma más valiente, fiel y feliz que podamos.» (Vital Quotations, Bookcraft 1968, pág. 201.)

Y ruego que todos podamos lograr esto, en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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El poder del perdón

Conferencia General Octubre 1977
El poder del perdón
por el presidente Spencer W. Kimball

Spencer W. KimballHermanos, nos preocupa profundamente la necesidad de reducir la cantidad de jóvenes de la Iglesia que se unen a las filas de adultos inactivos, al igual que de traer a un número substancial de adultos a la actividad.  Teniendo esto presente, os sugerimos lo siguiente:

  1. Hagamos un mayor esfuerzo para hermanar a los conversos a la Iglesia. Es imperativo que a aquellos que son bautizados se les asignen inmediatamente maestros orientadores que les hermanen en una forma personal y con real interés. Estos maestros orientadores, trabajando con los oficiales del Sacerdocio, deben asegurarse de que cada converso adulto reciba algún desafío por medio de una actividad, del mismo modo que una oportunidad y el aliento para aumentar su conocimiento del evangelio.  Debe también ser asistido en el establecimiento de relaciones sociales con los miembros de la Iglesia, para que no se sienta solo al comenzar su vida como miembro activo.
  2. Pongamos más énfasis en los programas aprobados del Sacerdocio Aarónico para Hombres y Mujeres Jóvenes. Estos han sido diseñados para fortalecer el proceso de enseñanza de nuestra juventud y para brindarles oportunidades dignas y desafiantes para la clase de actividades que darán expresión a sus muchos y variados talentos. Al salvar a nuestra juventud, salvaremos generaciones.
  3. Infundamos en las oficiales de la Sociedad de Socorro de barrio y estaca un mayor sentido de responsabilidad para enrolar a la mujer de la Iglesia y conducirla hacia una completa actividad. Esto comprenderá un arreglo en los horarios de reuniones para que sea posible que un mayor número de mujeres asistan y participen en el programa de esta gran organización. Pedimos que los obispos consulten con sus presidentas de Sociedad de Socorro con respecto a esto.
  4. Inculquemos en nuestros maestros orientadores que tomen sobre si una mayor responsabilidad por los miembros de la Iglesia que se mudan de un lugar a otro. Mediante contactos con parientes y vecinos, muchos de los que cambian de domicilio pueden ser identificados, y pueden seguirse procedimientos que aseguren que ellos sean bienvenidos inmediatamente después del arribo en el lugar de su nueva residencia.
  5. Trabajemos más activamente con aquellos que clasificamos como futuros élderes. Bajo nuestro presente programa, nuestros quórumes de élderes asumen responsabilidad por estos hombres. Debe recordarse, sin embargo, que en el programa se toman medidas bajo las cuales los sumos sacerdotes y aun los setenta pueden ser llamados para asistir o ayudar en dicho programa.  El quórum de élderes, mediante el Comité Ejecutivo del Sacerdocio, puede pedir a los sumos sacerdotes que sirvan como maestros orientadores de algunos de estos hombres, especialmente aquellos que pueden encontrar más puntos en común con maestros orientadores que sean sumos sacerdotes.  Del mismo modo, en aquellas familias donde haya personas que no sean miembros de la Iglesia, a los setenta se le puede solicitar ayuda, teniendo presente que les visitarán no sólo como maestros orientadores, sino también como misioneros que trabajarán con los que no sean miembros de la Iglesia y que también vivan en esos hogares.  Estoy convencido, hermanos, de que podemos hacer mucho más de lo que estamos haciendo para traer a muchos de esos hombres de nuevo a una actividad total.  Al así hacerlo, bendeciremos su vida y la de sus familiares, y fortaleceremos de manera substancial la obra del Señor.
  6. Por muchos años hemos urgido la realización de seminarios a los que se invite a los futuros élderes y sus esposas para reunirse bajo la tutela de un inspirado y eficaz maestro, que aumente su conocimiento del evangelio con el objetivo de prepararles para asistir a la Casa del Señor. Hemos aprobado un curso de estudio para dichos seminarios, que fue preparado bajo la dirección del Comité Ejecutivo del Sacerdocio, y tenemos la esperanza de que los obispos y presidentes de estaca lo utilicen en esta importante empresa.

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Las bendiciones de la obediencia

C. G. Octubre 1977
Las bendiciones de la obediencia
por el élder Delbert L. Stapley
del Consejo de los Doce

Delbert L. Stapley.Mis hermanos y amigos: una meta que la mayoría de nosotros compartimos en esta vida, es el deseo de lograr gozo verdadero y felicidad eterna.  Hay sólo una manera de lograr esto, y es obedecer todos los mandamientos de Dios.  Nosotros, los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, voluntariamente hemos hecho convenios sagrados, prometiendo obedecer los mandamientos del Señor.  La obediencia voluntaria y virtuosa conduce a la vida celestial; de hecho, no hay progreso eterno sin ella.  Sin embargo, la obediencia a los mandamientos de Dios parece ser una de las pruebas más difíciles por las que tiene que pasar el hombre.

Algunas personas no obedecen porque creen que perderán su libre albedrío si se someten a las autoridades de la Iglesia o si entran en ordenanzas comprometedoras; otras, voluntariamente eligen un estado de existencia que es «contrario a la naturaleza de la felicidad» (Alma 41: 11).  Y, hay aquellos que, siendo el producto de una vida sin disciplina, persisten en sus flaquezas, justifican sus acciones y, encogiendo los hombros, dicen: «Pues, yo soy así».

La desobediencia a Dios y sus siervos escogidos ignora el hecho de que somos todos hijos de un Padre Eterno que nos ha dotado con la capacidad de ser como El y su Hijo Jesucristo: Seres perfeccionados, glorificados y santos.  Muchas veces olvidamos que la obediencia tiene que aprenderse.  Hasta Jesucristo, el Unigénito de Dios, aprendió la obediencia perfecta, la cual lo calificó para servir como nuestro legislador y Señor.  En Hebreos leemos:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.» (Heb. 5:8-9.)

Nosotros ahora andamos por el mismo camino que El recorrió.  Esa senda nos ha sido claramente demarcada con señales y advertencias para guiarnos, evitando que nos desviemos o nos perdamos; pero, como Jesucristo, nosotros tenemos también que aprender la obediencia. Ese es el propósito de nuestra vida mortal.  Si fracasamos en esta experiencia, no encontraremos la verdadera felicidad que conduce a la exaltación.

El Señor ha establecido varias maneras para enseñarnos la obediencia, a fin de que podamos probarnos y merecer su aprobación y bendiciones aquí, y la gloria eterna con El en el mundo venidero. Seguir leyendo

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Os invitamos a la acción

C. G. Octubre 1976
Os invitamos a la acción
por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia

N. Eldon TannerCreo que hemos tenido una reunión muy productiva, y que los líderes presentes, especialmente los nuevos, volverán a sus hogares dispuestos a llevar a cabo un trabajo mejor del que han estado haciendo y con una comprensión más clara de sus responsabilidades, después de aprender cómo llevarlas a cabo en forma adecuada. Es sumamente importante que conozcamos nuestras responsabilidades y ése es el motivo de estas reuniones.

La repetición es buena y conveniente también para aquellos que han estado en su cargo por algún tiempo; volvemos a nuestro hogar con mayor deseo de acción y mejor sentimiento con respecto a esta obra, y al mismo tiempo más capacitados para llevarla a cabo.

Hay dos o tres cosas que se mencionaron, que me agradan en forma muy particular; una de ellas es el hecho de que la ayuda material debe ser pasajera, pero la espiritual debe ser permanente. Si hemos de hacerlo así, haremos el esfuerzo máximo para que la gente tenga trabajo y se encargue de proveer lo necesario para sus necesidades temporales.

Hay algo sobre lo que deseo poner énfasis y es la gran importancia de mantener el autorrespeto. Es extremadamente importante ayudar a esas personas de tal forma que sientan que se están ayudando a sí mismas y contribuyendo al mismo tiempo al programa de bienestar.

Después de esta reunión, mi consejo es que vayáis y actuéis de acuerdo con las instrucciones que habéis recibido. Vosotros tenéis la responsabilidad de esta obra, la obra del Señor se encuentra sobre vuestros hombros y ruego que El os dé fortaleza, valor y la comprensión de que sois miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que os presenta un programa adecuado para aquellos que necesiten ayuda. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Jamás volveré a ser el mismo

C. G. Octubre 1976
Jamás volveré a ser el mismo
por el élder J. Richard Clarke
Consejero en el Obispado Presidente

J. Richard ClarkeMis hermanos y hermanas, es imposible describir lo que mi corazón siente; lo que sí sé de cierto es que jamás volveré a ser el mismo. El hecho de ser llamado por un Profeta de Dios, y de recibir una comisión de su mano, es una experiencia única.

Y quisiera yo también reconocer a aquellos que han contribuido tanto a mi vida y me han preparado para esta experiencia. Frente a un aparato de televisión en Rexburg, Idaho, hay una pareja de ancianos, ambos mayores de noventa años, que en este momento sienten, estoy seguro, que parte de la razón de sus largos años de vida era presenciar el cumplimiento de esta hora. Expreso mi cariño a mi esposa y compañera, que siempre me ha sostenido en todo llamamiento que he recibido.

Quisiera dejar mi testimonio de que Dios ha testificado a mi alma que detrás de mí se sienta un selecto, y santo Profeta de Dios; que somos los recipientes de    una de las más grandes bendiciones en la historia del mundo, la de estar viviendo en esta época en que el Señor ha llamado a todos aquellos que quieran oír su voz, a que vengan y participen de su Espíritu y su justicia, y disfruten de paz y prosperidad dentro de su reino, aquí y en la vida eterna venidera.

Quisiera dar testimonio de que yo sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y nuestro Salvador eterno.

Y quisiera expresar mi amor y aprecio al profeta José Smith, y a todos aquellos que han dado su vida, o cuanto tuvieron, a fin de que nosotros podamos disfrutar de cata hora en esta pacífica asamblea.

Que las bendiciones del Señor desciendan sobre todos nosotros, a fin de    que podamos cumplir los rectos deseo de nuestro corazón y hacer su obra como El quiere que se haga, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La obra más grande

C. G. Octubre 1976
La obra más grande
por el élder Robert E. Wells
del Primer Quórum de los Setenta

Robert E. WellsLa solicitud de… Juan de traer almas a Cristo hizo que el Salvador dijese que este apóstol había escogido la obra más grande.

El Salvador seleccionó un momento muy dramático para recalcar el valor de la obra misional. Después de haber concedido a sus apóstoles el deseo de su corazón, Pedro dijo que deseaba salir rápidamente de esta vida y estar con El en su reino; pero Juan el Amado quiso permanecer y traer almas a Cristo. Imaginemos la importancia de aquel hermoso momento en que Pedro escogió estar con Cristo en su reino en las alturas; y sin embargo, el Salvador se volvió y le dijo: «Juan mi amado, ha deseado poder hacer más, una obra más grande todavía entre los hombres. . .». (D. y C. 7.)

La obra más grande de mi vida ha sido la obra misional, la labor de evangelizar, y me siento grandemente honrado al ser incluido en este histórico Quórum misional de los Setenta.

En esta ocasión quisiera reconocer u aquellos que han representado tanto para mí en mi vida: a mi dulce compañera, que es una gran misionera y se regocija en servir al Señor; a mis hijos, a quienes amo y aprecio, y los cuales son una honra para mí y para mi esposa; a otra dulce compañera que hace tiempo ya, pasó al otro lado del velo; a los padres que honro y amo, y a un padre que también está del otro lado del velo; y al pueblo latinoamericano un pueblo de profecía y un pueblo de promesa, entre quienes he tenido el honor y el privilegio de trabajar y vivir durante más de un cuarto de siglo.

Y deseo dar mi testimonio de que nuestro Padre Celestial vive, nos ama y contesta nuestras oraciones; que Jesús es el Cristo, el Creador de este mundo, el Creador de mundos sin número, quien sufrió, murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día, y se halla hoy a la cabeza de esta Iglesia que lleva su nombre.

Testifico que José Smith restauró el evangelio en estos postreros días, y que a nosotros, en la actualidad, nos guía y dirige un Profeta viviente del Señor, a quien ofrezco mi más cariñosa lealtad y obediencia, como lo hacen todos estos grandes hermanos que me rodean. Y lo declaro en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Nada he perdido

C. G. Octubre 1976
Nada he perdido
por el élder S. Dilworth Young
del Primer Quórum de los Setenta

S. Dilworth YoungDesde el viernes pasado aumentó considerablemente el número de personas que se detienen al verme y me ofrecen su ayuda para caminar o subir escaleras. Os aseguro que no me he acogido a la jubilación; solamente he sido recauchutado, renovado. En varias oportunidades en que han mencionado mi nombre en tono afectuoso, he mirado alrededor preguntándome quién habría muerto.

Un amigo me dijo el viernes pasado: «¿Cómo puedes soportar lo que has perdido?» Yo le contesté: «No he perdido nada; he ganado.»

He ganado un nuevo grupo de amigos y compañeros, en un quórum que espero tenga tal unidad de propósito, que llegue a ser un estandarte de justicia ante el mundo.

He ganado siete líderes que me preceden en habilidad, fortaleza y sabiduría.

He ganado la oportunidad de servir, en lugar de dirigir. En el cumplimiento de ese servicio, mis brazos se extenderán a lo ancho del mundo, tan lejos como pueda encontrar la fortaleza para extenderlos, y tan alto como pueda llegar con la mirada.

Lo único que limita ahora mi servicio personal, y que depende de mí, es mi fortaleza física, mi habilidad mental y mi sentimiento compasivo.

He ganado un conocimiento personal y una comprensión del significado de las palabras pronunciadas en cierta oportunidad por el presidente J. Reuben Clark: «El hecho no es dónde, sino cómo habré de servir».

He ganado la oportunidad de hacer una breve pausa y medir lo que he aprendido en mi relación de muchos años con el Primer Consejo, al ver a sus miembros llevar a cabo su labor. Hay muchos hombres selectos y amigos íntimos del Consejo, con quienes he tenido el privilegio de estar asociado en la obra desde el año 1945. Todos estos hombres vivieron esperanzados, trabajaron y oraron a los efectos de que el Primer Quórum fuera organizado.

Nada he perdido.
Ahora espero ansioso, que llegue el momento de mi próxima aventura en las que volveré a beneficiarme espiritualmente.

Antes de finalizar, quisiera decir que estos cambios no se han hecho a escondidas; son justos e inspirados y éste era el preciso momento en que debían hacerse. Durante algún tiempo, pensé que vería este gran acontecimiento desde el mundo espiritual; ahora me siento agradecido por haber podido verlo encontrándome aún en la mortalidad.

Creo firmemente que cada uno de los miembros del Primer Quórum posee un talento especial para determinada obra dentro del quórum. Si puedo poner en ejercicio ese talento y cumplir bien con mi obra, estaré satisfecho.

Sé que lo que ha hecho el Profeta del Señor, es bueno y verdadero. Tengo la esperanza de continuar sirviendo como el presidente Kimball desea que lo haga. Grande será el gozo que tendré al ver a la Iglesia acelerar su obra misional, al comenzar este quórum su labor bajo la dirección del Primer Consejo.

Esta es la Iglesia de Jesucristo y con esto quiero decir que a El pertenece; El fue quien la restauró personalmente llamando al profeta José Smith para llevar a cabo la obra. Apoyo al presidente Kimball y sus consejeros, y más aún, los amo más de lo que pueden expresar las palabras. Ruego que puedan sentirse satisfechos con nuestro esfuerzo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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Recordar al Salvador

Julio 2016
Recordar al Salvador
Por Eric B. Murdock
Revistas de la Iglesia

Se reciben grandes bendiciones cuando recordamos a Jesucristo al participar de la Santa Cena.

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Cada semana somos bendecidos con la oportunidad de participar de la Santa Cena cuando asistimos a la Iglesia. De hecho, es una de las razones principales por la que vamos a la Iglesia los domingos. Pero, ¿saben por qué la Santa Cena es tan importante? Hay una cosa que prometemos hacer que la convierte en una de las ordenanzas más importantes y sagradas de la Iglesia: recordar a Jesucristo.

Piensen en ello; recordar al Salvador es una parte fundamental de las oraciones sacramentales. En ellas prometemos que siempre nos acordaremos de Él (véase D. y C. 20:77, 79), no solo el domingo, sino siempre. Al recordar siempre al Salvador, nuestra vida reflejará Sus normas y enseñanzas, y también hallaremos una influencia poderosa y sustentadora en la vida.

Cómo el recordar ayudó a un joven

Alma the Younger and an angelPor ejemplo, cuando un ángel de Dios llamó a Alma, hijo, al arrepentimiento, este cayó al suelo y no pudo hablar ni moverse por varios días. Durante ese tiempo lo atormentó el recuerdo de sus pecados; pero entonces se acordó de “… haber oído a [su] padre profetizar… concerniente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo”. Después agregó: “Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura, y ceñido con las eternas cadenas de la muerte! Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores” (Alma 36:17–19).

Solo el pensamiento de Cristo condujo a Alma a orar para pedir misericordia, lo cual disipó su culpa, alivió su dolor y lo ayudó a arrepentirse. Al igual que Alma, podemos entregar nuestra vida a Cristo y experimentar el gozo que se recibe al vivir el Evangelio. Todo empieza con la decisión de recordar a Jesucristo y el poder de Su expiación.

Aquí tienen cinco bendiciones más que se reciben al cumplir la promesa de recordar siempre al Salvador.
1. Tendremos Su Espíritu con nosotros
Al tomar la Santa Cena el domingo se les recuerda la promesa de que, si se acuerdan de Cristo, guardan Sus mandamientos y toman Su nombre sobre ustedes, tendrán siempre Su Espíritu consigo. Es fácil extraviarse en un mundo lleno de dificultades, pero si tienen el Espíritu Santo con ustedes, “… por el poder del Espíritu Santo [podrán] conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). El Espíritu del Señor puede ser su guía y los bendecirá con dirección, instrucción y protección. Seguir leyendo

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La ciencia y nuestra búsqueda de la verdad

Julio 2016
La ciencia y nuestra búsqueda de la verdad
Por Alicia K. Stanton
La autora vive en Utah, EE. UU.

No hay por qué preocuparse si pareciera haber un conflicto entre su comprensión del Evangelio y lo que aprenden por medio de la ciencia.

microscope¿Se imaginan ir al dermatólogo con un caso serio de acné y que les digan que el tratamiento consistirá en sacarles algo de sangre? Podría parecerles absurdo, pero algo así no habría sido inverosímil hace un par de siglos. En aquel entonces, quitar una cantidad importante de sangre del cuerpo se consideraba un tratamiento habitual para casi cualquier dolencia, incluso la indigestión, la demencia y hasta el acné. Nadie lo cuestionaba. ¿Por qué habrían de hacerlo? Después de todo, la sangría o eliminación de sangre se había utilizado durante miles de años en muchas culturas diferentes.

No fue hasta que los médicos empezaron a abordar la medicina desde un punto de vista científico que alguien cuestionó esa práctica. Cuando finalmente se examinó más de cerca, los médicos dejaron de utilizarla, salvo en algunas enfermedades específicas1.

Gracias a este ejemplo histórico vemos que solo porque una creencia se acepte ampliamente o haya existido por mucho tiempo, no significa necesariamente que sea verdadera; y vemos que la ciencia puede ser una gran herramienta para descubrir la verdad.

Para los Santos de los Últimos Días eso es algo muy importante; el conocer la verdad no solo nos da una base mejor para tomar decisiones prácticas (“Gracias, hoy no voy a necesitar una sangría”), sino que también aumenta nuestra comprensión del Evangelio. Como enseñó el presidente Brigham Young (1801–1877): “No existe verdad alguna que no pertenezca al Evangelio… Si pueden encontrar una verdad en los cielos [o] la tierra… esa verdad pertenece a nuestra doctrina”2.

El porqué versus el cómo

Obviamente, cuando hablamos de cómo la ciencia contribuye a las verdades que conocemos, debemos estar seguros de comprender qué tipo de verdad puede desvelar la ciencia y cuál no. Una manera de verlo es preguntarnos qué clases de preguntas puede y no puede responder la ciencia.

La hermana Ellen Mangrum, que estudió ingeniería química en el Instituto Politécnico Rensselaer de Nueva York, EE. UU., lo explica así: “La ciencia explica el cómo, pero no llega a explicar el porqué”; y agrega que la religión es lo que explica el porqué; como por ejemplo, por qué se creó la tierra y por qué se nos puso aquí.

El famoso físico Albert Einstein también creía que la religión y la ciencia tienen propósitos diferentes pero complementarios. Seguir leyendo

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Cómo encarar el regreso anticipado de la misión

Julio 2016
Cómo encarar el regreso anticipado de la misión
Por Jenny Rollings
La autora vive en Utah, EE. UU.

El hecho de tener que regresar antes de terminar la misión, aunque sea por razones de salud, puede ser una experiencia desoladora. Lo fue para mí. Pero puedes hacer que sea un paso hacia adelante y no un paso hacia atrás.

Mi padre estaba en viaje de negocios, de modo que la única persona que me recibió cuando salí cojeando del avión al volver de la misión fue mi madre; ella me recibió en sus brazos y lloramos juntas.

sister-missionary-returning-homeMe sometieron a todos los exámenes y análisis posibles, pero los médicos no pudieron descubrir cuál era el problema. El tener que quitarme la placa de misionera nueve meses antes de lo anticipado fue la cosa más difícil que he hecho hasta el momento; me sentí fracasada por no haber finalizado la misión.

Resuelta a ser misionera

Siempre había tenido planes de servir en una misión. Cuando mi hermano mayor se fue a la misión, para despedirlo, me puse una placa hecha en casa con mi nombre. En 2012, cuando se anunció el cambio en la edad para servir en una misión, acababa de cumplir diecinueve años y sentí que el anuncio era una respuesta a mis oraciones; me puse a bailar alrededor del cuarto, llené todos los papeles ese día, concerté las citas médicas y presenté mis papeles en el curso de la semana. Dos semanas después recibí el llamamiento para la Misión California Anaheim, y a los dos meses me presenté en el Centro de Capacitación Misional.

Llegué a la misión rebosante del fervor típico de un nuevo misionero y nunca quise aminorar la marcha; mi compañera entrenadora y yo literalmente corríamos a presentar algunas de las lecciones debido al gran entusiasmo que teníamos por enseñar. Para mí, el ser misionera de tiempo completo era la cosa más natural del mundo; a veces era un poco torpe y tenía dificultades, pero no había nada más extraordinario que ser misionera.

Cuando hacía unos ocho meses que estaba en la misión, a mis compañeras y a mí nos dieron bicicletas porque había pocos autos disponibles. Hacía mucho tiempo que no andaba en bicicleta y no estaba segura de cómo hacerlo usando falda, pero igual estaba contenta. Después de unas pocas semanas, empecé a sentir un dolor en el costado que iba y venía; no le di importancia y continué trabajando.

El dolor empezó a ser más frecuente y más intenso, hasta que una noche mi compañera tuvo que llevarme a la sala de emergencias. Me hicieron muchos exámenes, pero los médicos no pudieron encontrar la causa.

Durante las semanas siguientes, oré pidiendo al Padre Celestial que me quitara el dolor y recibí varias bendiciones de salud; no obstante, empeoré; en cualquier posición en que me pusiera sentía dolor, y era constante. A pesar de eso, decidí que me acostumbraría a sentirlo y seguí adelante. Seguir leyendo

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Honrar a Dios al honrar nuestros convenios

Julio 2016
Honrar a Dios al honrar nuestros convenios
Por el élder Joseph W. Sitati
De los Setenta

Joseph W. SitatiLas bendiciones más grandes de nuestra fe en Dios se manifiestan cuando lo honramos a Él mediante el cumplimiento de nuestros convenios.

En 1985, la hermana Sitati y yo conocimos, en Nairobi, Kenia, a un hombre llamado Roger Howard. Él y su esposa, Eileen, prestaban servicio como matrimonio misionero mayor y nos invitaron a unirnos a una pequeña congregación que se reunía en su casa. Era la primera vez que asistíamos a una reunión de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En aquella primera reunión sentimos el Espíritu y, desde entonces, hemos asistido a la Iglesia todos los domingos.

woman-taking-the-sacramentUnos meses más tarde, Roger nos bautizó a nosotros y a nuestro hijo de nueve años. Poco después, al finalizar su misión, Roger y Eileen regresaron a su casa. Continuamos teniendo noticias de ellos cada varios años.

A principios de 2010, la hermana Sitati y yo finalmente volvimos a ver a Roger. Para entonces, él ya casi tenía noventa años; avejentado y débil por su mala salud, se apoyaba firmemente en su andador. Al encontrarnos frente a frente por primera vez en muchos años, sentimos un gozo mutuo indescriptible. Derramamos lágrimas al abrazarnos tiernamente; sentimos una profunda gratitud el uno por el otro y por el maravilloso don del Evangelio; estábamos unidos en la fe como conciudadanos en el Reino de Dios.

Mientras disfrutaba el momento, acudió a mi mente un pasaje de las Escrituras: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios…

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (D. y C. 18:10, 15).

Algunas de las bendiciones más grandes de Dios se prometen a quienes llevan almas a Su reino. El Salvador dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).

Unos meses después, ese mismo año, Roger falleció, y yo tuve la clara impresión de que era un hombre que estaba en paz con Dios. Él había influido profundamente en nuestra vida al compartir el Evangelio. Su ejemplo de servicio consagrado al prójimo, así como el del gran ejército de misioneros de la Iglesia, jóvenes y mayores, demuestra una de las maneras en que honramos a Dios.

Nuestra relación de convenio con Dios

Debido a que somos miembros de la Iglesia restaurada de Jesucristo, cada uno de nosotros tiene una relación personal y vinculante con nuestro Padre Celestial mediante los convenios. Cada convenio se ratifica con una ordenanza, por medio de la cual voluntariamente aceptamos y prometemos guardar ese convenio. Cuando ejercitamos fe en Él, Jesucristo, mediante Su expiación, nos habilita para cumplir con nuestras obligaciones respecto a cada convenio. Seguir leyendo

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