La adoración en el templo: La clave para conocer a Dios

La adoración en el templo: La clave para conocer a Dios
Por el élder Marion D. Hanks (1921–2011)

Marion D. HanksPrestó servicio como miembro de los Setenta desde 1953 hasta 1992
De un discurso pronunciado en febrero de 1993 en la Universidad Brigham Young. El texto completo se encuentra en Temples of the Ancient World, ed. Donald W. Parry, 1994.

En el templo podemos aprender a vivir como Cristo vivió en la tierra y prepararnos para vivir de la manera en que Él y el Padre viven ahora.

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Recuerdo muy bien una de las primeras conversaciones sinceras e inquietantes con una participante del templo tras haber comenzado mi servicio como presidente del Templo de Salt Lake. Una reflexiva joven había leído los versículos pertinentes a la función del templo como una casa de aprendizaje e instrucción. Entendía lo suficiente como para reconocer que el conocer a Dios y a Cristo, “el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”, es “la vida eterna” (Juan 17:3). Además, sabía que aprendemos a conocer a nuestro Padre, y finalmente regresamos a Él, por medio de Cristo.

El testimonio que le di consistió en que, para mí, en definitiva, todo en el templo señala hacia Cristo y hacia nuestro Padre. La eficacia de las ordenanzas y los convenios se halla en Su amor expiatorio y Su autoridad delegada, la autoridad del “… Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios” (D. y C. 107:3). Pero en su mente y su corazón, ella todavía no tenía una idea clara de cómo la adoración en el templo puede llegar a ser una clave crucial para conocer al Señor…

Cristo, las Escrituras, el templo y el hogar

El templo es de fundamental importancia a fin de proporcionar el contexto para purificarnos y, por lo tanto, santificarnos; lo cual, a su vez, al aprender sobre Cristo, nos lleva a obtener un conocimiento y un testimonio personales de Él que conducen a los dones más preciados de la vida.

El aprendizaje y la adoración en el templo pueden ser la universidad de la vida eterna por medio de Jesucristo. En la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, se hizo esta petición al Señor: “… concede, Padre Santo, que todos los que adoren en esta casa aprendan palabras de sabiduría…

“y que crezcan en ti y reciban la plenitud del Espíritu Santo” (D. y C. 109:14–15). Seguir leyendo

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“Mirad a vuestros pequeñitos”: Aprender cómo enseñar a los niños

ENSEÑAR A LA MANERA DEL SALVADOR
“Mirad a vuestros pequeñitos”: Aprender cómo enseñar a los niños

“[Jesús] tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos… y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:21, 23).

Thomas S. Monson 72016Si ustedes son padres, madres o han sido llamados para enseñar a los niños, se les ha dado un gran don. El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “… fue a [ustedes] a quienes Dios llamó para que [rodearan] a los niños de esta época con amor y con el fuego de la fe, así como con el conocimiento de quiénes son”1.

Los niños les darán alegría y los motivarán a ser un buen ejemplo. A medida que reconozcan la fidelidad, el amor, la confianza y la esperanza de los niños, se acercarán más al Señor y entenderán mejor el mandamiento de “… [hacerse] como niños” (Mateo 18:3).

A continuación hay ocho cosas que se deben recordar sobre los niños al esforzarse por amarlos y enseñarles de la forma en que lo hace el Salvador.

1. Los niños tienden a creer fácilmente. Son receptivos a la verdad. Enséñenles la doctrina correcta en forma sencilla y clara, con palabras y ejemplos que puedan entender.

2. Los niños reconocen la influencia del Espíritu. Enséñenles que los sentimientos de paz, amor y alegría que tienen al hablar o cantar sobre Jesucristo y Su evangelio provienen del Espíritu Santo. Ayúdenlos a entender que esos sentimientos son parte del testimonio.

3. Los niños captan los conceptos de forma literal. Las metáforas complejas podrían confundirlos. Cuando les enseñen, hagan referencia a acontecimientos y actividades que les sean conocidos: el hogar, la familia y el mundo que los rodea.

4. Los niños están deseosos de aprender. Disfrutan de aprender por medio de experiencias variadas y múltiples sentidos; responden particularmente bien a las ayudas visuales y a la participación en las lecciones. Permítanles moverse, explorar y probar cosas nuevas.

5. Los niños quieren compartir y ayudar. Ellos pueden enseñarse unos a otros y a ustedes. Invítenlos a compartir lo que estén aprendiendo. Denles oportunidades de leer pasajes de las Escrituras, sostener láminas, contestar preguntas y escribir en la pizarra.

6. Los niños son afectuosos y desean ser amados. Busquen oportunidades de reafirmar el comportamiento amable y afectuoso que les resulta natural a los niños. Fortalezcan la confianza de los niños expresándoles su amor y su aprecio, y escuchando con atención a lo que ellos dicen.

7. Los niños siguen su ejemplo. Ustedes siempre están enseñando, incluso cuando no se dan cuenta de ello. Los niños notarán la forma en que viven los principios que enseñan. El buen ejemplo de ustedes puede tener una gran influencia en el testimonio que ellos estén desarrollando.

8. Los niños pequeños tienen periodos cortos de atención. Cuando ellos no prestan atención podría significar que están cansados o tienen hambre, que no entienden algo que ustedes han dicho, que necesitan moverse o que están aburridos. A los niños les gusta aprender por medio de la repetición, la variedad, los relatos sencillos, las canciones y las actividades. Anímenlos a que participen en las lecciones.

Para más ideas, véase “Cómo enseñar a los niños”, en el nuevo manual Enseñar a la manera del Salvador (en línea en enseñanza.lds.org).

¿Necesita un relato, una ayuda visual o un video para enriquecer una lección de la Primaria o de la noche de hogar pero no sabe cómo encontrarlos? ¡Visite lessonhelps.lds.org!

Thomas S. MonsonPresidente Thomas S. Monson
“Que la risa de los niños nos alegre el corazón; que la fe de los niños nos serene el alma; que el amor de los niños inspire nuestras acciones”.

Presidente Thomas S. Monson, “Nuestros queridos niños son un regalo de Dios”, Liahona, junio de 2000, pág. 9.

Nota

  1. Véase de M. Russell Ballard, “Mirad a vuestros pequeñitos”, Liahona,octubre de 1994, pág. 40.

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Como la viuda de Sarepta: El milagro de las ofrendas de ayuno

Como la viuda de Sarepta: El milagro de las ofrendas de ayuno
Por Po Nien (Felipe) Chou y Petra Chou
Los autores viven en Utah, EE. UU.

Al considerar dar una ofrenda de ayuno más generosa, recordamos que una persona no puede dar una migaja al Señor sin recibir una hogaza a cambio.

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Muchas familias alrededor del mundo tienen dificultades económicas, en especial durante tiempos de crisis financieras1. El impacto de una de esas crisis se hizo sentir en nuestro barrio local hace varios años, cuando vimos que varias familias necesitaban ayuda. A principios de ese año, nuestro obispo nos extendió una invitación que había hecho nuestro presidente de estaca de dar una generosa ofrenda de ayuno para ayudar a los necesitados.

A pesar de que nuestros líderes nos pidieron que analizáramos nuestras situaciones individuales y consideráramos si podíamos ser más generosos con las ofrendas de ayuno, no especificaron cuánto debíamos dar. Sin embargo, el Espíritu nos recordó el consejo que hace algunos años dio el presidente Marion G. Romney (1897–1988), Primer Consejero de la Primera Presidencia. Él dijo: “Creo firmemente que no es posible dar a la Iglesia y para la edificación del Reino de Dios y quedar más pobre económicamente… Una persona no puede dar una migaja al Señor sin recibir una hogaza a cambio. Esa ha sido mi experiencia. Si los miembros de la Iglesia duplicaran sus contribuciones de ofrendas de ayuno, la espiritualidad en la Iglesia se duplicaría. Hay que tener eso en cuenta y ser generosos en nuestras contribuciones”2.

Sabíamos que iba a ser un sacrificio para nuestra familia aumentar nuestras ofrendas de ayuno, pero consideramos con detenimiento la enseñanza y la promesa del presidente Romney. Como familia, habíamos sido abundantemente bendecidos y teníamos un fuerte deseo de aumentar nuestras ofrendas de ayuno.

Por otra parte, queríamos que nuestra familia superara la tendencia a ser egoísta. Debido a que vivimos en una sociedad que se concentra tanto en adquirir cosas y satisfacer nuestros propios deseos, nos preocupaba que nuestros hijos crecieran siendo egoístas. Sin embargo, teníamos esperanza en las palabras del presidente Spencer W. Kimball (1895–1985): “En la práctica de la ley del ayuno, el individuo encuentra un recurso de poder personal para vencer la autoindulgencia y el egoísmo”3.

En los primeros tres meses de dar una ofrenda de ayuno más generosa, empezamos a ver muchas bendiciones. Gastamos menos en comestibles y el tanque de gasolina del auto parecía permanecer más tiempo lleno; nuestros hijos pedían menos cosas y el egoísmo casi desapareció de nuestro hogar.

Por ejemplo, cuando contribuimos a la colecta local de alimentos, nuestros hijos empezaron a animarnos a contribuir más; cuando hicimos el inventario anual de nuestro almacén de alimentos, descubrimos que en realidad teníamos alimentos que nos durarían dos años. Además, en el pasado nos tomaba un mes consumir un saco de arroz de 23 k, mientras que ahora el mismo saco nos duraba dos meses. Parecía que nuestro almacenamiento de alimentos se multiplicaba. Seguir leyendo

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Élder Dale G. Renlund: Un siervo obediente

Julio 2016
Élder Dale G. Renlund: Un siervo obediente
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Quentin L. CookLa vida de Dale y Ruth Renlund no podía ser más ajetreada; tenían casi treinta años de edad y vivían en Baltimore, Maryland, EE. UU. Dale había finalizado sus estudios de Medicina en la Universidad de Utah, y Ruth y él se habían mudado al otro extremo del país para realizar una exigente y prestigiosa residencia médica en la Facultad de Medicina Johns Hopkins. Tenían una hermosa hija, Ashley. Ruth, su querida esposa, se estaba sometiendo a un tratamiento contra el cáncer, y Dale había aceptado obedientemente un llamamiento para servir como obispo.

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En ocasiones, cuando visitaba a los miembros del barrio, Dale llevaba consigo a Ashley. Un día visitaron a un miembro menos activo. “Estaba seguro de que nadie sería capaz de negarle la entrada a la adorable niña que me acompañaba”, recuerda el élder Renlund. Llamó a la puerta de un hombre que antes había rechazado airadamente al consejero del obispo Renlund.

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Cuando abrió la puerta, el hombre, que era tan grande que abarcaba todo el marco de la puerta, lanzó al obispo Renlund una mirada furiosa. La pequeña Ashley, de cuatro años, exclamó: “Bueno, ¿podemos entrar o no?”.

Sorprendentemente, el hombre respondió: “Supongo que sí… Pasen”.

Una vez sentados, el hombre le dijo al obispo Renlund que no creía que la Iglesia fuera verdadera, ni tampoco creía en Jesucristo. Continuó hablando con enojo mientras Ashley jugaba con un juguete. Finalmente, ella se bajó de la silla, se acercó a su padre y le dijo al oído, pero en voz alta: “Papi, dile la verdad”.

Y él así lo hizo. El obispo Renlund compartió su testimonio con el hombre. Él recuerda: “La actitud de aquel hombre se suavizó y el Espíritu entró en su hogar”.

Ahora, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, el élder Renlund tiene la oportunidad de decir al mundo entero la verdad (véase D. y C. 107:23). “El gozo más grande se siente”, dice el élder Renlund, “al ayudar a llevar la expiación de Cristo a la vida de las personas en cualquier lugar. Creo que este llamamiento me da la oportunidad de hacerlo en mayor escala, en más lugares, como testigo de Cristo a todo el mundo”.

Herencia escandinava

Dale Gunnar Renlund nació en Salt Lake City, Utah, EE. UU, el 3 de noviembre de 1952. Sus hermanos y él crecieron hablando sueco. Su madre, Mariana Andersson, era de Suecia; y su padre, Mats Åke Renlund, procedía de una ciudad de habla sueca al oeste de Finlandia. Emigraron de Suecia a Utah en 1950.

Los padres de Dale se conocieron en la Iglesia en Estocolmo y, cuando decidieron casarse, tomaron la determinación de hacerlo solamente en el templo. Dado que en aquel tiempo no había templos en Europa (el Templo de Berna, Suiza, se dedicó en 1955), la pareja viajó a Utah a fin de sellarse en el Templo de Salt Lake. Seguir leyendo

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En favor de la libertad religiosa

Julio 2016
PROFETAS Y APÓSTOLES NOS HABLAN HOY
En favor de la libertad religiosa

Los líderes de la Iglesia han dicho en repetidas ocasiones que las personas de todas las naciones deben trabajar conjuntamente para promover la libertad religiosa.

“Los miembros de la Iglesia procuran crear buena voluntad entre las personas de todas las creencias religiosas, convicciones políticas y de todas las razas”, dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, en el Simposio Religioso John A. Widtsoe, en la Universidad del Sur de California, Los Ángeles, California, EE. UU., en abril de 2015.

president-uchtdorf-speaking-with-othersTambién dijo: “El empeño por acabar con las tradiciones de desconfianza y mezquindad y vernos realmente los unos a los otros con otros ojos —no como extranjeros ni adversarios, sino como compañeros de viaje, hermanos y hermanas, e hijos de Dios— es una de las experiencias más difíciles y a la vez una de las más gratificantes y ennoblecedoras de nuestra existencia humana”. Su solicitud de que haya respeto y comprensión fue una de varias que recientemente han hecho los profetas y apóstoles.

“No debería haber antagonismo entre la religión y el gobierno”, dijo el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, en la Corte/Conferencia del Clero en la Congregación B’nai Israel, en Sacramento, California, EE. UU., en octubre de 2015. “Todos perdemos cuando prevalece un ambiente de ira, hostilidad o contención”, dijo.

elder-oaks-at-religious-conference“Los gobiernos y sus leyes pueden proporcionar las protecciones esenciales para los creyentes, las organizaciones religiosas y sus actividades”, afirmó, indicando que los principios, las enseñanzas y las organizaciones religiosas “pueden ayudar a crear las condiciones en las que las leyes públicas, las instituciones gubernamentales y sus ciudadanos puedan florecer”, a fin de que todos “vivan juntos en felicidad, armonía y paz”.

El élder Oaks también habló en cuanto a la libertad de culto en una reunión en Argentina (véase “Noticias de la Iglesia”, Liahona, enero de 2016, pág. 16).

elder-holland-meets-with-parliamentary-group-in-londonEl élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, se dirigió al Grupo Parlamentario de Relaciones Exteriores de todos los partidos en la Cámara de los Lores en Londres, Inglaterra, en junio de 2015. “Al apelar a los valores más profundos de la persona”, dijo, “las religiones y las organizaciones religiosas tienen la capacidad singular de motivar a la gente y, al mismo tiempo, cultivar actitudes de perdón, reconciliación y el deseo de esforzarse aun más por el ideal en su vida personal y en la sociedad”.

elder-christofferson-meets-with-people-of-faith-in-brazil“La libertad religiosa es la piedra angular de la paz en un mundo con muchas filosofías conflictivas”, dijo el élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, a un grupo interreligioso en la Mezquita de Brasil, en São Paulo, Brasil, en abril de 2015. Habló en portugués a una audiencia que incluía musulmanes, católicos, adventistas, judíos, evangelistas, Santos de los Últimos Días, espiritualistas nativos, personas sin ninguna fe en particular y otros, durante un evento para celebrar el firme apoyo que brinda la nación a la libertad religiosa. “Ruego que busquemos la paz”, dijo, “al trabajar juntos a fin de preservar y proteger la libertad de todas las personas para retener y manifestar la religión o la creencia de su elección, ya sea individualmente o en comunidad con los demás, en el hogar o en otras partes, en público o en privado y por medio de la adoración, la observancia, la práctica y la enseñanza”.

“Las personas de fe deben estar a la vanguardia en la protección de la libertad religiosa, una libertad de la que emanan muchas otras libertades esenciales”, dijo el élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, al pronunciar la Disertación anual de la Libertad Religiosa en la Universidad de Notre Dame, Australia, en Sydney, Australia, en mayo de 2015. “Debemos proteger no solo la capacidad de profesar nuestra propia religión, sino también proteger el derecho de cada religión de administrar sus propias doctrinas y leyes”, afirmó.

El élder Ronald A. Rasband, del Cuórum de los Doce Apóstoles, prestaba servicio como Presidente Mayor de los Setenta cuando se dirigió a los alumnos de la Universidad Brigham Young en Provo, Utah, EE. UU., en septiembre de 2015.

“Algunos jóvenes del grupo de la edad de ustedes se preguntan por qué los grupos religiosos toman parte en la política, y a menudo desconfían de las intenciones de la gente religiosa cuando lo hace”, dijo. La voz colectiva de los grupos que consideran que la religión no debería desempeñar un papel en la deliberación política se ha acrecentado en los últimos años, aumentando el “peligro de crear otra clase de víctimas: las personas de fe, como ustedes y yo”.

El élder Rasband dijo a los estudiantes que el mundo necesita la participación activa de la generación de ellos en relación con ese tema. “Necesitamos la comprensión natural de su generación en cuanto a la compasión, el respeto y la equidad. Necesitamos su optimismo y su determinación para resolver estos complejos problemas sociales”. La respuesta, dijo, es comenzar con el mandamiento del Salvador: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34).

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Nuestro potencial de ser padres y madres

Julio 2016
MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES
Nuestro potencial de ser padres y madres

Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender el documento “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” aumentará su fe en Dios y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

“Era esencial que los hijos de Dios procreados en espíritu nacieran en la carne y tuvieran la oportunidad de progresar hacia la vida eterna”, enseñó el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “Si consideramos el propósito principal del gran plan de felicidad, creo que, ya sea en la tierra como en el cielo, nuestro tesoro principal son nuestros hijos y nuestra posteridad”1.

El élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo:

“Creemos en las familias y creemos en los [hijos]…

“… y les dijo Dios [a Adán y a Eva]: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra” [Génesis 1:28]…

“Este mandamiento no se ha olvidado ni se ha desechado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”2.

Aunque no todos nosotros llegamos a ser padres en esta vida, podemos nutrir a los hijos de Dios de todas las edades. Disfrutamos de las bendiciones de ser parte de la familia del Padre Celestial y experimentamos el gozo y los desafíos de ser parte de una familia eterna; y, para muchos, la paternidad y la maternidad les aguardan en las eternidades.

Escrituras adicionales

Salmos 127:3; Mateo 18:3–5; 1 Nefi 7:1; Moisés 5:2–3

Relatos de la vida real

“Muchas voces del mundo de hoy disminuyen la importancia de tener hijos o proponen que se demoren o que se limiten los hijos en una familia”, dijo el élder Andersen. “Recientemente, mi hija me habló de un blog escrito por una madre cristiana (que no es de nuestra fe) y que tiene cinco hijos; ella comentaba: ‘[Al crecer] en esta cultura, es muy difícil obtener una perspectiva bíblica en cuanto a la maternidad… Los hijos ocupan un lugar más inferior que el ir a la universidad; ciertamente, más inferior que el viajar; más inferior que el poder salir por la noche a divertirse; más inferior que poner el cuerpo en forma en el gimnasio; más inferior que cualquier trabajo que uno tenga o que espere tener’. Después agrega: ‘La maternidad no es un pasatiempo; es un llamamiento. Uno no colecciona hijos porque nos parezcan más bonitos que las estampillas; no es algo que hay que hacer si se encuentra tiempo para hacerlo. Es para lo que Dios nos dio tiempo’”3.

Considere lo siguiente

¿En qué maneras se asemeja nuestra familia en esta tierra a nuestra familia celestial?

Notas

1. Véase de Dallin H. Oaks, “El gran plan de salvación”, Liahona, enero de 1994, págs. 85, 87.
2. Véase de Neil L. Andersen, “Los hijos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 28.
3. Neil L. Andersen, “Los hijos”, pág. 28.

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Leales a la fe de nuestros antepasados

Julio 2016
Leales a la fe de nuestros antepasados
Por el presidente Thomas S. Monson

Thomas S. Monson

John Linford tenía cuarenta y tres años cuando, junto con su esposa, María, y tres de sus hijos, tomó la decisión de dejar su hogar en Gravely, Inglaterra, para viajar miles de kilómetros y reunirse con los santos en el Valle del Gran Lago Salado. Dejaron atrás a su cuarto hijo, que estaba sirviendo en una misión; vendieron sus pertenencias y se embarcaron en Liverpool a bordo del buque Thornton.

El viaje por mar a Nueva York, y de allí por tierra hasta Iowa, transcurrió sin incidentes; no obstante, los problemas comenzaron poco después de que la familia Linford y otros Santos de los Últimos Días que habían navegado en el Thornton salieron de la ciudad de Iowa el 15 de julio de 1856, como parte de la desafortunada compañía de carros de mano de James G. Willie.

pioneer-family-kneeling-in-the-snowLas duras condiciones climatológicas y el penoso viaje causaron grandes estragos entre muchos miembros de la compañía, incluso John, quien, al final, estaba tan enfermo y débil que tuvieron que trasladarlo en un carro de mano. Para cuando la compañía llegó a Wyoming, su estado se había deteriorado considerablemente. Un grupo de rescate proveniente de Salt Lake City llegó el 21 de octubre, solo unas horas después de que el viaje terrenal de John llegara a su fin. Había muerto esa mañana, a orillas del río Sweetwater.

¿Se lamentaba John de haber cambiado su bienestar y comodidad por las pruebas, privaciones y dificultades de llevar a su familia a Sion?

“No, María”, le dijo a su esposa justo antes de morir. “Me alegro de que hayamos venido. No viviré para llegar al Lago Salado, pero tú y los muchachos sí, y no me arrepiento de todo lo que hemos pasado si nuestros hijos pueden crecer y criar a su familia en Sion”1.

María y sus hijos acabaron el viaje. Cuando María murió, casi treinta años después, ella y John dejaron atrás un legado de fe, de servicio, de devoción y de sacrificio.

Ser un Santo de los Últimos Días es ser un pionero, porque un pionero se define como “alguien que va delante a fin de preparar o abrir el camino para que otras personas lo sigan”2; y ser un pionero es llegar a conocer el sacrificio. Aunque a los miembros de la Iglesia ya no se les requiere dejar sus hogares para hacer el viaje a Sion, a menudo deben dejar atrás viejos hábitos, antiguas costumbres y amigos queridos. Algunos toman la dolorosa decisión de dejar atrás a familiares que se oponen a que sean miembros de la Iglesia. No obstante, los Santos de los Últimos Días siguen adelante, orando para que sus seres tan queridos entiendan y acepten.

La senda de un pionero no es fácil, pero seguimos los pasos del Pionero supremo, el Salvador, quien fue delante de nosotros mostrándonos el camino a seguir.

“Ven, sígueme”3, invitó Él.

“Yo soy el camino, y la verdad y la vida”4, declaró.

“Venid a mí”5, clamó.

Puede que el camino sea duro. A algunas personas les es difícil soportar el escarnio y los comentarios desagradables de los insensatos que ridiculizan la castidad, la honradez y la obediencia a los mandamientos de Dios. El mundo siempre ha menospreciado la adherencia a los principios. Cuando a Noé se le mandó construir un arca, el pueblo necio miró el cielo sin nubes y se burló y se mofó de él… hasta que llegó la lluvia.

Hace muchos siglos, en el continente americano, las personas dudaron, cuestionaron y desobedecieron hasta que el fuego consumió Zarahemla, la tierra cubrió Moroníah y las aguas sepultaron la ciudad de Moroni (véase 3 Nefi 9:3–5). Desaparecieron el desprecio, la burla, la obscenidad y el pecado; habían sido reemplazados por un silencio sombrío y una densa obscuridad. Se había terminado la paciencia de Dios y se había cumplido Su tiempo.

María Linford nunca perdió su fe a pesar de la persecución en Inglaterra, de las dificultades de su viaje al lugar “do Dios lo preparó”6, ni de las pruebas que posteriormente padeció por su familia y por la Iglesia.

En una ceremonia dedicada a la memoria de María, que tuvo lugar al pie de su sepultura, el élder George Albert Smith (1870–1951) preguntó a la posteridad de ella: “¿Vivirán fieles a la fe de sus antepasados?… Espero que se esfuercen por ser dignos de todos los sacrificios que [ellos] han hecho por ustedes”7.

A medida que procuramos edificar Sion en nuestro corazón, nuestro hogar, nuestra comunidad y nuestro país, recordemos el firme valor y la fe perdurable de aquellos que lo dieron todo para que nosotros pudiéramos disfrutar de las bendiciones del Evangelio restaurado, con la esperanza y la promesa que brinda por medio de la expiación de Jesucristo.

Cómo enseñar con este mensaje

Podría pedir a aquellos a quienes enseña que piensen en personas que en su vida los hayan precedido y hayan sido pioneros para ellos. Luego pregúnteles cuándo han sido ellos pioneros y han preparado el camino para otras personas. Invítelos a pensar en momentos en que hayan tenido que hacer un sacrificio, y por qué valió la pena; a continuación podría invitarlos a escribir su testimonio sobre el “Pionero supremo”, el Salvador.

Jóvenes

Leales a su fe

 

El presidente Monson relata una historia sobre una familia de pioneros y luego cita al presidente George Albert Smith, que dice: “¿Vivirán fieles a la fe de sus antepasados?… Espero que se esfuercen por ser dignos de todos los sacrificios que [ellos] han hecho por ustedes”. Independientemente de que tengas antepasados pioneros o pertenezcas a la primera generación de miembros de la Iglesia, ¿recurres a ejemplos de fe para recibir guía y fortaleza? Esta es una buena manera de comenzar:

1. Haz una lista de personas a las que admiras. Pueden ser miembros de tu propia familia (del pasado o del presente), amigos, líderes de la Iglesia o personas de las Escrituras.

2. Anota las cualidades que te gustan de ellos. ¿Tiene mucha paciencia tu mamá? Tal vez un amigo tuyo es amable con los demás; o quizás admiras el valor que tuvo el capitán Moroni.

3. Elige una cualidad de tu lista y hazte la siguiente pregunta: “¿Cómo puedo adquirir yo esa cualidad? ¿Qué debo hacer para desarrollarla en mi vida?”.

4. Anota tus planes para adquirir esa cualidad y ponlos en un lugar donde puedas verlos a menudo para recordar tu meta. Ora al Padre Celestial para pedir Su ayuda y verifica tu progreso con frecuencia. Una vez que sientas que has desarrollado suficientemente esa cualidad, puedes elegir otra en la cual trabajar.

Recuerda que a medida que cultivamos buenas cualidades en nosotros, no solo honramos la fe de nuestros antepasados y los sacrificios que hicieron, sino que también podemos influir para bien en aquellos que nos rodean.

Niños

¡Ustedes también son pioneros!

Los pioneros son personas que preparan el camino para que otros lo sigan.

Haz un dibujo o busca una foto de uno de tus antepasados. ¿Puedes encontrar un relato de cómo ellos prepararon el camino para que tú lo sigas? Anota dos maneras en que puedes ser un pionero o una pionera hoy en día. ¡Puedes compartir tus ideas en la próxima noche de hogar!

Mi pionero

Notas

  1. Véase Andrew D. Olsen, The Price We Paid, 2006, págs. 45–46, 136–137.
  2. Véase The Compact Edition of the Oxford English Dictionary, 1971, “pioneer”.
  3. Lucas 18:22.
  4. Juan 14:6.
  5. 3 Nefi 9:22; véase también Juan 7:37.
  6. “¡Oh, está todo bien!”, Himnos, nro. 17.
  7. Véase Olsen, The Price We Paid, págs. 203–204.
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Preparémonos para morir

Conferencia General Octubre 1976

Preparémonos para morir

por el élder Sterling W. Sill
del Primer Quórum de los Setenta

Sterling W. SillDos de los acontecimientos más importantes en la vida son el nacimiento y la muerte. ¡Qué experiencia maravillosa es el nacimiento, el tener buenos padres y vivir en un hogar digno! Pero tal vez más importante aún sea la muerte.

A veces perdemos una de nuestras mejores oportunidades, la de prepararnos para morir, porque usualmente pensamos en la muerte como algo desagradables, descartamos la idea y le damos la espalda. Pero la muerte no deja de ser una realidad sólo porque la ignoremos.

No deseo atemorizar a nadie, pero quisiera decir en la forma más delicada que pueda, que esta tan importante

experiencia de nuestro estado mortal algún día llegará a su fin. Alguien ha dicho que, a juzgar por lo pasado, muy pocos salen vivos de este mundo. Desde el principio mismo de nuestra existencia, vivimos bajo una irrevocable sentencia de muerte y con todas las garantías de que ésta se llevará a cabo. El Señor nos ha dado el tiempo suficiente para prepararnos. Y es tan segura la certeza de que nos llegará la hora, que un hombre hizo grabar en su lápida estas palabras: «¡Sabía que esto me iba a pasar!»

Hay una tragedia griega en la cual un filósofo es condenado a morir por un general romano. Este no comprende la actitud serena de su prisionero, por lo cual el griego le explica: «Tú no sabes lo que es morir, porque no sabes lo que es vivir. Morir es comenzar a vivir. Es finalizar todo trabajo fatigante para emprender otro mejor y más noble. Es dejar atrás lo despreciable, para unirse a una sociedad de dioses y misericordia.»

Se dice que el acontecimiento más importante en la vida, es la muerte. Vivimos para morir, pero morimos para

volver a vivir; la muerte es algo así como el certificado de graduación de la vida, y es la única vía para entrar a la inmortalidad. Por lo tanto, pienso que sería sumamente beneficioso que dispusiéramos de cierto tiempo para prepararnos para es día, y nos preguntáramos qué clase de persona deseamos ser cuando nos llegue la hora de partir. Esa última hora es la hora clave; es la hora del recuento, aquella en que se juzgarán todas las otras horas de nuestra vida. Nadie puede determinar si su vida ha sido un éxito, hasta ese momento.

En la famosa leyenda de Fausto, éste había vendido su alma al diablo a cambio de veinticuatro años de éxito, al cabo de los cuales moriría y Satán podría reclamar su precio. En el momento del trato, veinticuatro años le parecían al protagonista mucho tiempo, y la muerte algo muy lejano. Pero Satanás sabe esperar. Y al pasar los años también Fausto, como todos nosotros, oyó las irrevocables palabras: «Tu hora ha llegado». Sólo entonces comprendió la trampa que él mismo se había tendido: el trato era inapelable. Solamente podía rogar por la misericordia de Dios, pidiéndole: «Si Fausto tiene que vivir en el infierno cien años, o aun cien mil, oh

Dios, ¡al menos concédele que al fin sea salvo!» (traducción libre). Pero él sabía que, de acuerdo con su propia decisión, quizás ni siquiera eso fuera posible.

No sé cómo sería descubrir, en el momento final, que hemos perdido nuestra meta para convertirnos en almas telestiales; sé que nuestra situación entonces se compararía a la diferencia que existe entre el leve centelleo de una estrella muy lejana y la luz refulgente del sol del mediodía. Es bastante lo que sabemos sobre el reino celestial, o sea, el lugar que Dios ha preparado para los que sean valientes en su servicio y guarden todos sus mandamientos, un lugar cuyo brillo y gloria no admiten descripción.

Todos sabemos las cosas que podemos hacer para aparecer atractivos. Nos mantenemos limpios y tratamos de vestirnos en la forma apropiada; a veces nos adornamos con joyas; si tenemos mucho dinero compramos costosas alhajas que dan brillo a nuestro cuerpo; también recurrimos al uso de cosmético. Aunque muchas veces esto no nos haga diferentes, seguimos insistiendo en ello con constancia infinita. Ahora bien, si creemos que es placentero estar bien vestidos y adornados, pensemos en lo que sería estar «vestidos» con un cuerpo atractivo, que brillara como el sol, que fuera indescriptiblemente hermoso, con los sentidos aguzados, un amplio poder de percepción y una enorme capacidad para el amor, la comprensión y la felicidad. Y no olvidemos que Dios nos ofrece el sistema más eficaz de embellecimiento que pudiéramos encontrar.

Sócrates rogó: «Concédeme belleza interior». Todos conocemos personas que si bien tienen una apariencia común, su radiante espíritu las ha hecho hermosas. La luz divina del espíritu da belleza al cuerpo.

Así volvemos al punto donde empezamos, a la idea de que sería maravilloso vivir preparándonos para morir y, en esa forma, hacernos dignos de morar con el Padre en su reino por la eternidad. Y me gustaría citar las palabras de un gran pensador estadounidense, Henry David Thoreau: «Gran Dios, otra cosa en la vida no pido: Jamás permitas que me defraude a mí mismo».

Que Dios nos bendiga, a cada uno de nosotros, para que podamos magnificar nuestros llamamientos y aprovechar nuestras oportunidades a fin de prepararnos para aquel gran día final. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿Qué hacéis de más?

C. G. Octubre 1976
¿Qué hacéis de más?
por el élder Marion D. Hanks
del Primer Consejo de los Setenta

Marion D. HanksHay muchas acciones que son manifiestamente malvadas, y en ellas el verdadero cristiano no debe tomar parte.  Sin embargo, nuestra obligación es mucho mayor.  «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?…….. preguntó el Señor; y agregó: «¿qué hacéis de más?» (Mat. 5:46-47).

Recordé esto una vez que visitaba a una persona muy especial, a quien se le había hecho mucho daño y quien, en su ira y angustia, había actuado a su vez en manera errónea.  Los pecados habían sido serios, muchos inocentes habían sufrido, y el camino de retorno estuvo colmado de dificultades; mas ya pertenecía al pasado.  En contricción y humildad, había seguido la senda que lleva al perdón completo, y lo había recibido.  Emanaba de ella tal serenidad de espíritu, tal paz, que me llevó a pensar en las parábolas de la oveja perdida, del dracma, del hijo pródigo, y la felicidad y el júbilo que hay en los cielos cuando un pecador se arrepiente.  Entonces le dije, «Usted realmente comprende el gozo que hay en los cielos cuando alguien se arrepiente, ¿verdad?» «Sí,» me contestó con una cálida sonrisa.  Entonces, sin acusar ni condenar, me preguntó: «Hermano Hanks, ¿por qué no hay más gozo por mi retorno en el barrio donde vivo?»

He estado dando vueltas a esa misma pregunta por largo tiempo.  En un caso similar, Pablo escribió: «. . . vosotros. . . debéis perdonarle, y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza.  Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él» (2 Cor. 2:7-8).

El Señor Jesucristo espera del discípulo algo más que la reacción ordinaria a la necesidad, la oportunidad, o el mandamiento: espera más humildad, más obediencia, más arrepentimiento, más misericordia, más indulgencia y fe, más servicio, más sacrificio.  Esta lección la enseñó muchas veces, en muchas maneras.  El samaritano de la parábola comprendió algo que al sacerdote y al levita se les paso por alto: yo, personalmente, soy el prójimo del necesitado.  No vale la pena preguntarme quién es mi prójimo, yo soy prójimo de todo necesitado (Lu. 10:30-37.)

En otra parábola, el despreciado publicano entendió lo que el santurrón fariseo no quería aprender: cada uno de nosotros necesita de la misericordia de Dios, y se nos dará, y seremos exaltados, si nos humillamos con sinceridad ante El y hacemos su voluntad.

El profundo significado personal de todo esto se me hizo evidente cuando compartí una velada con un grupo de personas retardadas, y sus familias y amigos.  Pensé en la gran suma de fortaleza, tiempo y fe que se invierte en la ayuda de esas personas.  El enfermo, el ciego, el cojo, el leproso, el perdido, los turbados mental, emocional, o espiritualmente; a estos El ayuda.  Me di cuenta de que Dios espera que sus hijos impedidos tengan una oportunidad para ese desarrollo y que sus discípulos tienen que aceptar la gran responsabilidad de ver que así sea.  «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» (Gál. 6:2.)

¿Qué hacéis de más?»

En las Escrituras, el Señor y sus Apóstoles detallan las aspiraciones más elevadas de un cristiano: creer, arrepentirse, ser bautizado, obedecer, 1 recibir el don del Espíritu Santo, permanecer en la fe.  Mas también, demostrar que somos discípulos, con cortesía, gentileza y compasión tierna, con amabilidad Y consideración, con paciencia y tolerancia, rehusando condenar, con perdón misericordia.  «Amaos los unos a los otros con amor fraternal. . . Llorad con los que lloran. . . Si es posible en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.» (Rom. 12: 10, 15, 18.) «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros: porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.» Rom. 13:8.) Toda la ley está comprendida en esto: que nos amemos los unos a los otros.

A todos nosotros, estoy seguro, nos llegará el momento de derramar lágrimas; y quizás sea en lloros y lamentos por no haber estado a la altura de lo que el Señor esperaba que hiciéramos para mostrarnos compasión y preocupación los unos a los otros; que mientras aprendemos y hablamos devotamente acerca de El, nunca nos hemos identificado verdaderamente con su amor: nunca hemos sido en verdad sus discípulos en aquellas cosas que tienen para El tanta importancia.

¡Cuánto mejor sería si nuestras lágrimas fueran lágrimas de alegría y regocijo!, porque en medio de toda la exhortación, entre la búsqueda y la indagación, el frenético correr de aquí allá, hubiéramos comenzado a comprender lo que Cristo quiso decirnos cuando pregunto, «¿qué hacéis de más?” y que al comprenderlo nos hubiéramos elevado hacia un mayor interés de los unos por los otros; hacia más deseo de perdonar, de consolar, de confirmar nuestro amor al alma afligida; hacia mayor honestidad y diligencia, más justicia y bondad, más gozo en nuestros barrios y ramas cuando uno de los amados hijos del Señor regresa al hogar».

Que Dios nos permita que así sea, lo ruego en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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Yo soy la vid, vosotros los pámpanos

Conferencia General Octubre de 1976

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos

Dean L. Larsen

por el élder Dean L. Larsen
del Primer Quórum de los Setenta


Desde que recibí hace varios días la llamada telefónica del presidente Kimball, y tratando de no perder todo mi equilibrio, he estado fingiendo que las cosas seguirían para mí como antes; sé que no será así y, al aceptar este nuevo llamamiento, deseo con todo mi corazón la influencia sostenedora del Señor, así como la de vuestra fe y oraciones. Le he dicho al Señor que soy suyo para que me utilice como a El le parezca. Lo mismo le he prometido al presidente Kimball, y en esto cuento con el apoyo de una esposa amorosa y fiel y de una familia leal. Me consuelan con su Promesa las palabras que el Señor dirigió a sus siervos de una época anterior, cuando dijo:

“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podréis hacer.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:3-5, 7-8.)

Testifico este día, mis hermanos, que el Señor Jesucristo vive, que ésta es su obra, que el presidente Kimball es en verdad el Profeta del Señor sobre la tierra. El vendrá de nuevo para reinar como Rey de reyes y como Señor de señores. Ruego que seamos dignos de ser contados entre aquellos que sirvan y vivan con El cuando llegue ese tiempo, y solemnemente pido su bendición sobre todos nosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén

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¿Por qué anda errante mi hijo esta noche?

Conferencia General Octubre 1974

¿Por qué anda errante mi hijo esta noche?

N. Eldon Tanner

por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia


Al dirigiros la palabra en este hermoso domingo, humildemente ruego que el Espíritu y las bendiciones del Señor nos acompañen y permanezcan con nosotros siempre.

Recuerdo perfectamente, y tal vez muchos de vosotros también lo recordéis, haber cantado la canción «¿Dónde está esta noche mi hijo errante?» Nuestro amado Presidente y Profeta; Spencer W. Kimball, solía cantarla con tanto sentimiento y emoción, que conmovía hasta las lágrimas. Permitidme leeros la letra.

«¿Dónde está esta noche mi hijo errante,
el objeto de mis tiernos cuidados?
El que una vez fue mi gozo y mi luz,
el hijo de mi amor y mi esperanza.
El que era puro como el rocío de la mañana,
el que junto a su madre se arrodillaba.
No había faz más radiante,
ni corazón más límpido;
no había otro más dulce que él.
¡Oh! ¿Dónde está esta noche
mi hijo errante?»
—Anónimo

Esta mañana quisiera reestructurar esta pregunta y decir: ¿Porqué anda errante mi hijo esta noche?, y aplicarlo a todos aquellos que andan errantes.

De acuerdo con la explicación del diccionario, errar es hablar, moverse, o andar sin destino fijo, sin plan ni propósito; vagar sin una meta, de un lado a otro.

Teniendo en cuenta estas definiciones, quisiera discutir hoy la pregunta: ¿Por qué andan tantas personas errantes en la actualidad? Seguir leyendo

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Nuestra responsabilidad para con el transgresor

Conferencia General Octubre 1974

Nuestra responsabilidad
para con el transgresor

N. Eldon Tanner

por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos, humildemente me presento ante vosotros en esta oportunidad, y ruego que el Espíritu del Señor y sus bendiciones nos acompañen mientras os hablo. Es un glorioso privilegio poseer el Sacerdocio de Dios, desde el más reciente de los diáconos en la más pequeña de las ramas de la Iglesia, hasta el mayor de los sumos sacerdotes, hemos hecho ciertos convenios con el Señor y por ello, nos corresponden las bendiciones prometidas siempre que honremos esos convenios y caminemos en justicia delante de Dios.

Hace poco tuve la oportunidad de hablar con un entusiasta exmisionero, que hace sólo cinco años que es miembro de la Iglesia. Os repetiré lo que me contó, porque me pareció sumamente interesante.

Me dijo que se crió en buen hogar, con excelentes padres que tenían elevados ideales. Pero nadie le había enseñado ninguna de las cosas que la Iglesia enseña, tales como el hecho de que hay un Profeta de Dios en la tierra o de que habrá una resurrección de la carne, por medio de la cual el cuerpo y el espíritu volverán a reunirse después de la muerte y continuarán progresando eternamente; ni siquiera había oído hablar del concepto más hermoso e importante: que él es un hijo espiritual de Dios. No se había enterado de que el evangelio había sido restaurado a la tierra, de que hay un Dios viviente y personal, ni de que Jesucristo, el Salvador del mundo, vive y que es el Hijo de Dios en la carne. Seguir leyendo

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Una obra impostergable

C. G. Octubre 1974
Una obra impostergable
Por el élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia

Eldred G. SmithUn joven menor de 18 años de edad recibió la visita de un mensajero celestial que le declaró era enviado de la presencia de Dios. Este mensajero, Moroni, fue el último Profeta que escribió en el Libro de Mormón. El joven era José Smith.

Moroni citó diversos pasajes de las escrituras, la mayoría de los cuales declaraban que había llegado el tiempo de preparar la vía para la venida de Jesucristo en su gloria. Citó a Malaquías, donde dice: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Malaquías 3:1).

Esto recalca el hecho de que cuando el Señor venga nuevamente, vendrá «a su templo», lo que significa que deberá haber un templo en la tierra al cual El venga.

Moroni citó además los versículos quinto y sexto del capítulo, diferenciándose sus palabras ligeramente de lo que se encuentra en la Biblia:

«He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Elías el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.

“. . . Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería destruida totalmente a su venida» (José Smith 2:38-39).

Considero muy significativo el hecho de que entre las primeras instrucciones que se le dieron al Profeta en el proceso de la restauración del evangelio, se mencionase esta obra, la cual tiene que ver con los templos y las ordenanzas que en ellos se efectúan, e indica que es muy importante en los elementos esenciales del evangelio de Jesucristo.

Para cumplir con los requerimientos de este mensaje, debe haber un templo. Elías el profeta debe venir con la autoridad del sacerdocio, al mismo tiempo que debe haber miembros de la Iglesia que reúnan los registros de sus antepasados muertos y lleven a cabo la obra correspondiente, a fin de cumplir la promesa que se les hizo a aquellos, de que sus sellamientos también se llevarían a efecto. Seguir leyendo

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Integridad

Conferencia General Octubre 1974

Integridad

Marion G. Romney

por el Presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia


Mis estimados hermanos del sacerdocio, considero esta invitación para dirigiros unas cuantas palabras como un gran honor y una gran responsabilidad. Confío en que el Señor nos bendecirá mientras me dirijo a vosotros. Espero poder decir algo que sea de ayuda tanto para el Sacerdocio Aarónico como para el de Melquisedec.

He decidido decir unas cuantas palabras respecto a la integridad.

Una de las definiciones de integridad es la siguiente: «Carácter de recto, probo, intachable.»

Al buscar sinónimos de integridad, encontramos: honradez, probidad, incorruptibilidad, justicia.

No es necesario recalcar el hecho de que en la actualidad el mundo necesita desesperadamente de hombres íntegros. La prueba de esta declaración se puede leer en cada publicación, escucharse en la radio, Y verse y oírse en todas las producciones audiovisuales.

«Dadnos un hombre integró» ha dicho alguien, «de quien sepamos que podemos depender totalmente, que permanecerá firme cuando otros fracasan; el amigo fiel y leal; el consejero honrado e intrépido; el adversario justo y caballeroso; tal hombre es un fragmento de la Roca de Eternidad.»

Nuestra propia civilización se encuentra en peligro. Si ha de ser rescatada, tendrá que serlo por hombres íntegros.

A fin de lograr esta tremenda tarea, el Señor ha llamado a su Sacerdocio, a todos nosotros, así como a todos nuestros compañeros poseedores del Sacerdocio Aarónico y del de Melquisedec.

El nos ha delegado el cargo más sagrado que ha dado a los hombres. No debemos fallarle; debemos ser íntegros. Nuestra exaltación individual depende de que podamos probarle al Señor que a través de todas las circunstancias, cumpliremos fielmente con el cargo que nos ha dado. (History of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 3:380.)

El profeta José Smith enseñó que la integridad absoluta debe preceder a la promesa de la vida eterna. El dijo:

«Después que una persona tiene fe en Cristo, se arrepiente de sus pecados, es bautizada para la remisión de éstos y recibe el Espíritu Santo . . . . que continúe humillándose ante Dios, teniendo hambre y sed de justicia y viviendo de toda palabra de Dios, y muy pronto el Señor le dirá: Tú serás exaltado.» Seguir leyendo

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La salvación del hombre

C. G. Octubre 1974
La salvación del hombre
Por el Presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyMis queridos hermanos y amigos, os invito a uniros conmigo en oración, para que pueda tener el Espíritu del Señor mientras os hablo y vosotros también lo tengáis mientras escucháis. Voy a hablar hoy de algunos aspectos fundamentales del evangelio de Jesucristo, y voy a utilizar una cantidad considerable de escrituras; a fin de comprenderlas será necesaria la ayuda del Espíritu del Señor.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma, como lo dice su tercer Artículo de Fe:

«Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia de las leyes y ordenanzas del evangelio.»

Voy a presentar algunos puntos de vista de la Iglesia de Jesucristo con respecto a este tema.

Salvarse, tal como se utiliza aquí, significa resucitar y regresar como alma mortal, santificada y celestializada, a la presencia y sociedad de Dios, para seguir ahí el inmortal curso del progreso eterno.

Para tener una idea de lo que esto significa, es necesario conocer la naturaleza de Dios así como la del hombre, y la mutua relación que hay entre ellos.

El hombre es un alma, o sea un ser de doble naturaleza, una persona espiritual revestida con un cuerpo tangible de carne y hueso.

Dios a su vez, es un alma perfeccionada, salva y que disfruta de la vida eterna. El es inmortal, así como exaltado al más alto grado de gloria, y se encuentra ya disfrutando esa bendita condición que también el hombre puede alcanzar mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

El Todopoderoso no está solo en su gloria eterna. Millares de almas que ya se han salvado, se encuentran con El, disfrutando de su compañía. Allí prevalece la relación familiar y nacen hijos espirituales; nuestros propios espíritus nacieron allí. La revelación moderna afirma el hecho de que todos los habitantes de los mundos son «engendrados hijos e hijas para Dios» (D. y C. 76:24). Dios, el Padre Espiritual, es en realidad el Padre de nuestros espíritus. Nosotros somos «su progenie», tal como lo declaró Pablo en su gran sermón ante el Areópago.

Dios el Padre es un alma inmortal. El hombre en cambio todavía no lo es. El hombre es un alma humana sujeta a la muerte. Seguir leyendo

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