Tres toallas y un periódico de 25 centavos

Conferencia General Octubre 2006
Tres toallas y un periódico de 25 centavos
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Cuando somos fieles a los sagrados principios de la honradez y la integridad, somos leales a nuestra fe y a nosotros mismos.

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Ante esta enorme audiencia mundial, y con cierta discreción, hago una confesión personal. Lo hago como introducción a un tema que desde hace un tiempo he estado meditando seriamente. En 1955, después de mi primer año de estudios universitarios, pasé el verano trabajando en el nuevo hotel Jackson Lake Lodge, en Moran, Wyoming. Mi medio de transporte era un automóvil Hudson de 1941, con 14 años de antigüedad, que debería haber pasado a mejor vida hacía 10 años. Entre otras características del auto, la parte inferior del vehículo se había oxidado tanto que, de no haber sido por una tabla de madera prensada o contrachapado, literalmente podría haber tocado la carretera con los pies. Lo positivo era que a diferencia de otros automóviles de 14 años de ese período, no gastaba aceite, aunque sí tenía que echar agua, muchísima agua, al radiador. Nunca pude darme cuenta a dónde iba el agua y por qué el aceite se ponía cada vez menos espeso y menos espeso y más limpio y más limpio.

Al terminar el verano y como preparación para el viaje de 298 kilómetros que me separaba de mi casa, llevé el automóvil al único mecánico de Moran. Después de una rápida inspección, me explicó que el motor estaba agrietado y el agua se filtraba al aceite. Eso explicaba el misterio del aceite y el agua. Pensé: “Si consigo que el agua pase también al tanque de la gasolina, quizá ahorre en combustible.

Ahora, la confesión: después de llegar a casa de milagro, mi padre salió y me recibió muy contento. Después de intercambiar abrazos y bromas, mi padre echó un vistazo al asiento de atrás del vehículo y vio tres toallas de Jackson Lake Lodge, de las que no se pueden comprar. Con una mirada de desilusión, sencillamente me dijo: “Esperaba más de ti”. Yo no pensaba que lo que había hecho estuviera tan mal. Para mí, esas toallas eran sólo un símbolo de mi trabajo de verano en un hotel de lujo, un rito de iniciación. Sin embargo, al llevármelas sentí que había perdido la confianza de mi padre y me sentí desolado.

El siguiente fin de semana, ajusté la tabla de madera al piso del automóvil, llené el radiador de agua, y emprendí el viaje de 595 kilómetros que me llevaba de regreso al hotel Jackson Lake Lodge para devolver tres toallas. Mi padre nunca me preguntó por qué volvía al hotel y nunca se lo expliqué. No fue necesario. Para mí fue una lección cara y dolorosa sobre la honradez que he recordado toda la vida. Seguir leyendo

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El plan de salvación

Conferencia General Octubre 2006
El plan de salvación
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

No se nos ha dejado solos para vagar por el mundo sin conocer el plan maestro que el Señor ha diseñado para Sus hijos.

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Al asistir a una reunión sacramental durante los meses de verano, tuve el placer de escuchar los discursos de tres estudiantes que habían vuelto de la escuela a sus hogares durante el verano. Me interesó especialmente uno de los discursos.

Durante las vacaciones de verano ella había trabajado en un restaurante al que iban muchos camioneros. Uno de ellos, que tenía una ruta fija, se detenía a comer el mismo día de cada semana. Como se veían con regularidad, tuvieron la oportunidad de entablar conversaciones cortas. Él le preguntó a la joven dónde vivía y ella le respondió que estaba en casa durante el verano, para ganar un poco de dinero y regresar a la universidad en el otoño. La siguiente pregunta de él fue: “¿A qué universidad asistes?”. Ella respondió con orgullo: “A BYU, en Idaho”. Como él quería saber más acerca de la universidad, la conversación derivó en una charla sobre el Evangelio. Lo primero que hizo la jovencita fue enseñarle acerca de la Palabra de Sabiduría, y tuvo éxito, pues lo convenció de que dejara de fumar.

Luego, el horario de trabajo de la joven cambió y ya no tuvo oportunidad de verlo, así que le escribió una nota y le adjuntó un folleto misional de la Iglesia sobre el plan de salvación. Después de varios días recibió una nota del camionero que simplemente decía: “Usted ha creado un monstruo”. Gracias a aquella jovencita, él halló información que le hizo pensar en los cambios que debía hacer en su vida. No sé el resultado completo de esos pequeños encuentros entre la camarera y el camionero, pero evidentemente, ella había influenciado en su vida.

La joven prosiguió explicando lo fácil que es enseñar las bellezas del Evangelio a las personas. Nuestras actividades cotidianas cuentan con oportunidades para abrir nuestra boca y compartir con las personas las verdades del Evangelio que los bendecirán ahora y en las eternidades.

Mucha gente se pregunta: “¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿A dónde vamos?”. Nuestro Padre Eterno no nos envió a la tierra en un viaje sin propósito y carente de significado. Él nos proporcionó un plan para seguirlo. Él es el autor de ese plan que se diseñó para el progreso del hombre y por último para su salvación y exaltación. Cito de la guía misional Predicad Mi Evangelio:

“Dios es el Padre de nuestro espíritu; somos literalmente Sus hijos y Él nos ama. Antes de nacer en esta tierra vivíamos como hijos espirituales de nuestro Padre Celestial; sin embargo, no éramos como nuestro Padre Celestial ni podíamos llegar a ser como Él ni disfrutar de todas las bendiciones de las que Él disfruta sin la experiencia de vivir en la vida terrenal con un cuerpo físico. Seguir leyendo

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Qué firmes cimientos

Conferencia General Octubre 2006
Qué firmes cimientos
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Podemos fortalecer nuestro cimiento de fe y nuestro testimonio de la verdad a fin de no flaquear ni desfallecer.

Thomas S. Monson

Mis queridos hermanos y hermanas, tanto los que se encuentran al alcance de mi vista como los que se hallan reunidos por todo el mundo, les pido su fe y sus oraciones al cumplir con la asignación y el privilegio de dirigirles la palabra.

En 1959, poco después de haber comenzado mi servicio como presidente de la Misión Canadiense, cuya oficina central se encontraba en Toronto, Ontario, Canadá, conocí a N. Eldon Tanner, un distinguido canadiense que tan sólo unos meses después sería llamado al cargo de Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles, más tarde al Quórum de los Doce y posteriormente como consejero de cuatro Presidentes de la Iglesia.

Cuando le conocí, el presidente Tanner era presidente de la gran empresa Trans-Canada Pipelines, Ltd., y presidente de la Estaca Calgary, Canadá, país donde lo conocían como “Sr. Integridad”. En aquella primera reunión, hablamos, entre otras cosas, de los fríos inviernos canadienses durante los que rugen las tempestades y las temperaturas bajo cero se mantienen a lo largo de semanas, y donde los vientos glaciales bajan la temperatura aún más. Le pregunté al presidente Tanner por qué razón los caminos y las carreteras de la parte occidental de Canadá se conservan básicamente intactos durante semejantes inviernos, casi sin indicios de resquebrajaduras ni grietas mientras que en muchas regiones donde los inviernos no son tan fríos ni tan crudos la superficie de las carreteras se llena de baches.

Él me explicó: “La respuesta yace en la profundidad de la base de los materiales de pavimentación. Para que el pavimento se conserve firme e intacto, es preciso afirmar los cimientos con varias capas profundas. Si los cimientos no tienen la profundidad suficiente, la superficie del pavimento no resiste las temperaturas extremas”.

A través de los años, he reflexionado muchas veces en aquella conversación y en la explicación del presidente Tanner, dado que reconozco en sus palabras una sustancial aplicación a nuestra vida. Planteado con sencillez, si no tenemos un cimiento profundo de fe ni un sólido testimonio de la verdad, tendremos dificultades para soportar las rigurosas tempestades y los vientos glaciales de la adversidad que inevitablemente le sobrevienen a cada uno de nosotros.

La vida terrenal es un periodo de prueba, el tiempo para probar que somos dignos de volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. A fin de ser probados, debemos hacer frente a problemas y dificultades. Éstos podrán derribarnos y la superficie de nuestra alma podrá agrietarse y desmoronarse si nuestro cimiento de fe y nuestro testimonio de la verdad no están firme y profundamente establecidos en nuestro interior. Seguir leyendo

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Levantaos, hombres de Dios

Conferencia General Octubre 2006

¡Levantaos, hombres de Dios!

Presidente Gordon B. Hinckley

Este sacerdocio conlleva la gran obligación de que seamos dignos de él.

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Hermanos, se ven como un sacerdocio de mangas remangadas; todos vestidos de blanco y listos para trabajar. ¡Y ha llegado el momento de ponerse a trabajar!

¡Qué vista tan maravillosa! El maravilloso Centro de Conferencias está totalmente lleno y nuestras palabras se transmiten a todo el mundo. Ésta probablemente sea la congregación más grande de poseedores del sacerdocio que haya tenido lugar. Los felicito por su presencia esta tarde.

Recientemente vi en la televisión un concierto del coro de hombres de BYU; entonaron un emotivo número, intitulado “¡Levantaos, hombres de Dios!”; escrito en 1911 por William P. Merrill, y he descubierto que una versión se encuentra en nuestro himnario en inglés, aunque no recuerdo haberlo cantado antes.

La letra lleva el espíritu de los antiguos himnos ingleses escritos por Charles Wesley y algunos otros. El texto dice:

¡Levantaos, hombres de Dios!
Despojaos de vilezas.
Dad corazón, alma, mente y fuerza
y al Rey de Reyes servid.
¡Levantaos, hombres de Dios!
en unido batallón.
Llegue el día de hermandad
y acabe la noche del error.
¡Levantaos, hombres de Dios!
la Iglesia os espera;
de fuerza carece para la tarea,
¡dadle fuerza en su labor!
¡Levantaos, hombres de Dios!
Andad por Sus caminos
como hermanos del Señor.
¡Levantaos, hombres de Dios!
(Véase “Rise Up, O Men of God”, Hymns, Nº 324; véase la tercera estrofa en The Oxford American Hymnal, ed. Carl F. Pfatteicher, 1930, Nº. 256.)

Las Escrituras son muy claras en la forma en que se aplican a cada uno de nosotros, mis hermanos. Por ejemplo, Nefi cita a Isaías, diciendo: “Oh, si hubieras escuchado mis mandamientos: habría sido entonces tu paz como un río, y tu rectitud cual las ondas del mar” (1 Nefi 20:18; véase también Isaías 48:18). Seguir leyendo

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Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2006
Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas.

Thomas S. Monson

Hace unas semanas en una reunión de ayuno y testimonios de nuestro barrio, observé a un niño en la última fila tratando de adquirir valor para compartir su testimonio. Hizo dos o tres intentos de pararse, pero luego se sentó. Finalmente se decidió, echó los hombros hacia atrás, caminó con valor por el pasillo hacia el estrado, subió los escalones, fue hacia el púlpito, apoyó sus manos, miró a la congregación y sonrió; luego, se dio vuelta, bajó los escalones y caminó por el mismo pasillo hacia donde estaban su madre y su padre. Al mirarlos a ustedes en este inmenso Centro de Conferencias y pensar en aquellos que están escuchando, entiendo mejor las acciones de ese niño.

Mis hermanos, me honra tener el privilegio de dirigirles la palabra esta tarde. He contemplado sobre lo que les podría decir esta noche y he recordado una Escritura favorita en Eclesiastés: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el [deber] del hombre” (Eclesiastés 12:13). Amo y aprecio la noble palabra deber.

El famoso y legendario general Robert E. Lee, de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, declaró: “Deber es la palabra más sublime de nuestro idioma… uno no puede hacer más, ni tampoco deseará hacer menos” (John Barlett, Familiar Quotations, 1968, pág. 620).

Cada uno de nosotros tiene deberes vinculados con el sagrado sacerdocio que posee. Ya sea que poseamos el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, se espera mucho de cada uno de nosotros. El Señor mismo resumió nuestra responsabilidad cuando, en la revelación sobre el sacerdocio, nos exhortó: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Espero con todo mi corazón y con toda mi alma que cada joven que reciba el sacerdocio lo honre y sea fiel a la confianza que se le deposita cuando se le confiere.

Hace cincuenta y un años escuché a William J. Critchlow Jr., en esa época presidente de la estaca Ogden Sur, y que después sirvió en calidad de ayudante del Quórum de los Doce, dirigirse a los hermanos en la sesión general del sacerdocio de una conferencia y contar un relato acerca de la confianza, el honor y el deber. Permítanme compartir ese relato con ustedes, pues, su sencilla lección se aplica a nosotros hoy en día, tal y como en aquel entonces.

“El joven Rupert se detuvo al lado del camino a contemplar a una cantidad fuera de lo común de personas que pasaban apresuradas. Al poco rato, reconoció a un amigo. ‘¿Hacia dónde van todos con tanta prisa?’, preguntó. Seguir leyendo

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Nutrientes espirituales

Conferencia General Octubre 2006
Nutrientes espirituales
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Debemos aumentar nuestros nutrientes espirituales, nutrientes que vienen del conocimiento de la plenitud del Evangelio y de los poderes del santo sacerdocio.

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Mi abuelo acostumbraba llevar el ganado a pastar cada verano en los verdes y frescos valles de la sierra al este de nuestro pueblo en el centro de Utah. Sin embargo, el ganado ansiaba y necesitaba los nutrientes adicionales que se obtienen al lamer la sal de grano que se extraía de una mina que se encontraba a cierta distancia. Para reabastecer la sal, mi abuelo llenaba unas albardas de sal de grano y las colocaba sobre un robusto caballo al que yo llamaba Lenturón, y con buena razón. Mi abuelo me montaba sobre Lenturón con las albardas cargadas de sal, me daba las riendas para que guiara al caballo montaña arriba y yo iba detrás del abuelo que montaba su propio caballo.

Mi caballo, Lenturón, era lento, pero yo no lo forzaba debido a la carga pesada que llevaba. Nos tomaba un día entero subir la montaña y descargar la sal de grano del animal en el salegar. A medida que el día se tornaba más cálido, las piernas sudorosas me ardían cada vez que rozaban contra la sal de grano en las albardas. Me sentía feliz cada vez que cruzábamos un arroyuelo y podía desmontar y lavarme y secarme las piernas para aliviar el ardor.

Mi abuelo siempre cantaba. Más que nada cantaba himnos, pero había una canción que me impresionaba en gran manera y que decía “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Ahora que lo recuerdo, el llevar la sal al valle en la montaña era una experiencia divertida, a la vez que los nutrientes adicionales de la sal fortalecían al ganado.

Un nutriente provee el valor nutritivo que fomenta el crecimiento y la curación tanto de los animales como de los seres humanos. El ganado de mi abuelo ansiaba los nutrientes que se encuentran en la sal, pero los seres humanos necesitan algo más: necesitan ser reabastecidos espiritualmente, porque “la vida es más que la comida” 1 y “espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” 2 . El espíritu humano necesita amor; también necesita ser “nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina” 3 . Seguir leyendo

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Él confía en nosotros!

Conferencia General Octubre 2006
¡Él confía en nosotros!
Élder Stanley G. Ellis
De los Setenta

Cada uno de nosotros algún día estará ante Dios para darle cuentas de nuestro servicio en el sacerdocio.

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Hace varios años, mi esposa y yo fuimos llamados a presidir la Misión Brasil São Paulo Norte. El llamamiento significaba que íbamos a estar en el exterior por tres años. Debido a nuestra situación familiar y empresarial, sentimos que no debíamos vender nuestra casa ni nuestro negocio en Houston.

Al comenzar los preparativos preliminares, fue evidente que necesitaríamos un poder notarial, un documento legal que otorga a otra persona la autoridad para hacer cualquier cosa en nuestro nombre. La persona que tuviera ese documento podría vender nuestra casa u otros bienes, pedir dinero prestado en nuestro nombre, gastar nuestro dinero e incluso, ¡vender el negocio! La idea de darle tanto poder y autoridad a otra persona sobre nuestros asuntos nos infundía temor.

Decidimos darle el poder notarial a una persona de confianza, un buen amigo y socio que ejerció muy bien ese poder y esa autoridad. Hizo lo que habríamos hecho nosotros si hubiésemos estado allí.

Hermanos, piensen en lo que el Señor nos ha dado: ¡Su poder y autoridad, el poder y la autoridad para actuar por Él en todo lo relacionado con Su obra!

Con ese poder del sacerdocio y la debida autorización de los que tienen las llaves, podemos realizar las ordenanzas de salvación en nombre de Él: bautizar para la remisión de los pecados; confirmar y conferir el Espíritu Santo; conferir el sacerdocio; ordenar a los oficios del sacerdocio y efectuar las ordenanzas del templo. En Su nombre podemos administrar Su Iglesia. En Su nombre podemos bendecir, hacer la orientación familiar y aún sanar a los enfermos. Seguir leyendo

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El gran plan de felicidad

Conferencia General Octubre 2006
El gran plan de felicidad
Élder Marcus B. Nash
De los Setenta

Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices.

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Cuando era diácono, como muchos de ustedes, mi padre y yo solíamos escalar la montaña hasta un arroyo para pescar truchas. En una ocasión, mientras mi padre colocaba el cebo en el anzuelo de mi caña, me dijo que yo debía clavar el anzuelo en la boca del pez cuando éste intentara tomar el cebo o el animal se escaparía. No entendí lo que quería decir con las palabras “clavar el anzuelo”, así que me explicó que era necesario que el anzuelo se clavara firmemente en la boca del pez cuando éste picara el cebo para evitar que lo soltara con sus sacudidas. El anzuelo se clavaría en su boca si yo tiraba de la caña cuando él intentara llevarse el cebo. Tenía tantas ganas de pescar una trucha que permanecí junto al arroyo con todos los músculos en tensión esperando cualquier movimiento revelador en el extremo de la caña que me indicara que había un pez intentando picar el cebo. Al cabo de unos minutos noté que la punta de la caña se movía e instantáneamente tiré de ella hacia atrás con todas mis fuerzas, dispuesto a entablar una intensa lucha con el pez. Cuál no sería mi sorpresa cuando la pobre trucha, bien clavada en el anzuelo, salió disparada del agua y, tras volar sobre mi cabeza, acabó dando coletazos en el suelo detrás de mí.

Saqué dos conclusiones de aquella experiencia. Primera: un pez es infeliz fuera del agua. Si bien sus agallas, aletas y cola funcionan muy bien en el líquido elemento, resultan inútiles en tierra firme. Segunda: el desafortunado pez que atrapé aquél día murió porque se le engañó al hacérsele creer que algo peligroso, incluso mortal, merecía la pena o era lo bastante interesante para justificar el examinarlo de cerca e incluso darle un bocado.

Mis queridos hermanos del Sacerdocio Aarónico, hay un par de lecciones que podemos aprender de todo esto. Primera: un propósito básico de la vida de ustedes, como lo enseñó Lehi, es “[tener] gozo” (2 Nefi 2:25). Para tener gozo, necesitan entender que, por ser hijos de un Padre Celestial, han heredado rasgos divinos y necesidades espirituales. Así como un pez necesita agua, ustedes necesitan el Evangelio y la compañía del Espíritu Santo para ser verdadera y profundamente felices. Dado que ustedes son progenie de Dios (véase Hechos 17:28), es incompatible con su naturaleza eterna hacer el mal y sentirse bien; sencillamente, es imposible. Por así decirlo, en su ADN espiritual está escrito que tendrán paz, gozo y felicidad únicamente en la medida en que vivan el Evangelio. Seguir leyendo

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Seamos hombres

Conferencia General Octubre 2006
Seamos hombres
Élder D. Todd Christofferson
De la Presidencia de los Setenta

Nosotros, los que poseemos el sacerdocio de Dios… ¡Debemos levantarnos del polvo de la autocomplacencia y ser hombres!

D. Todd Christofferson

Hace años, cuando mis hermanos y yo éramos niños, nuestra madre se sometió a una gran operación quirúrgica para erradicar un cáncer. Estuvo muy cerca de morir. Fue necesario extirparle mucho tejido del cuello y del hombro, y durante mucho tiempo fue muy doloroso para ella usar el brazo derecho.

Una mañana, a un año de la operación, mi padre la llevó a una tienda de artículos eléctricos y le pidió al gerente que le mostrara cómo usar una plancha para ropa que él tenía. Se llamaba Ironrite. La máquina se operaba desde una silla, para lo cual se presionaban unos pedales con la rodilla para bajar un rodillo acojinado contra una superficie caliente de metal y hacerlo girar, y por allí se hacían pasar las camisas, pantalones, vestidos y demás prendas de ropa. Como podrán imaginar, esto facilitaba el planchado (y era mucho, pues en nuestra familia éramos cinco varones), en especial para una mujer con un uso limitado de su brazo. Mi madre se sorprendió cuando papá compró la máquina y la pagó en efectivo. A pesar del buen ingreso que él tenía como veterinario, la operación de mamá y los medicamentos los habían dejado en una situación financiera difícil.

De camino a casa, mi madre estaba alterada: “¿Cómo podremos pagarla? ¿De dónde salió el dinero? ¿Cómo nos arreglaremos a partir de hoy?” Papá le contó que durante casi un año no había almorzado para ahorrar el dinero suficiente. “Ahora cuando planches”, le dijo, “no tendrás que dejar de hacerlo e ir al dormitorio a llorar hasta que se te pase el dolor del brazo”. Ella no sabía que él se había dado cuenta. En ese tiempo yo no me percaté del sacrificio y del acto de amor de mi padre por mi madre, pero ahora que lo sé, me digo a mí mismo: “He ahí a un hombre”.

El profeta Lehi suplicó a sus hijos rebeldes diciendo: “Levantaos del polvo, hijos míos, y sed hombres” (2 Nefi 1:21; cursiva agregada). Por su edad, Lamán y Lemuel eran hombres, pero en términos de carácter y madurez espiritual, aún se comportaban como niños. Murmuraban y se quejaban si se les pedía hacer algo difícil; no aceptaban la autoridad de nadie para corregirlos; no valoraban las cosas espirituales; y con facilidad recurrían a la violencia y eran buenos para hacerse las víctimas. Seguir leyendo

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El quórum del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2006
El quórum del sacerdocio
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud.

Henry B. Eyring

La fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud.

Agradezco estar con ustedes en esta gran reunión del sacerdocio. Todos somos miembros de un quórum del sacerdocio. Tal vez no les parezca extraordinario, pero para mí sí lo es. Fui ordenado diácono en el Sacerdocio Aarónico en una pequeña rama de la Iglesia en la que había una sola familia. No teníamos un centro de reuniones, por lo que nos reuníamos en nuestra casa. Yo era el único diácono y mi hermano el único maestro.

Por lo tanto, sé lo que es ejercer el sacerdocio solo, sin servir con otras personas en un quórum. Era feliz en aquella pequeña rama sin quórum, pues no tenía forma de saber lo que me estaba perdiendo; entonces, mi familia se mudó al otro lado del continente, donde había muchos poseedores del sacerdocio y quórumes fuertes.

Con los años, he aprendido que la fuerza de un quórum no proviene del número de poseedores del sacerdocio que haya en él, ni tampoco viene automáticamente de la edad ni la madurez de sus miembros. Antes bien, la fuerza de un quórum procede, en gran medida, de cuán íntegramente estén unidos sus miembros en rectitud. La unidad de un quórum fuerte del sacerdocio no se parece a nada que haya experimentado en un equipo o club deportivo ni en cualquier otra organización del mundo.

Las palabras de Alma, registradas en el libro de Mosíah, son las que mejor describen la unidad que he sentido en los quórumes más fuertes del sacerdocio:

“Y les mandó que no hubiera contenciones entre uno y otro, sino que fijasen su vista hacia adelante con una sola mira, teniendo una fe y un bautismo, teniendo entrelazados sus corazones con unidad y amor el uno para con el otro” 1 .

Alma incluso dijo a su pueblo cómo reunir los requisitos para esa unidad. Les dijo que no debían predicar nada excepto el arrepentimiento y la fe en el Señor, que había redimido a Su pueblo 2 .

Lo que Alma estaba enseñando, y así sucede en cualquier quórum del sacerdocio que he visto unido, es que los corazones de los miembros cambian gracias a la expiación de Jesucristo. Así es como sus corazones se entrelazan. Seguir leyendo

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La Expiación puede asegurar tu paz y tu felicidad

Conferencia General  Octubre 2006
La Expiación puede asegurar tu paz y tu felicidad
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La verdadera felicidad perdurable, conjuntamente con la fortaleza, la valentía y la capacidad de vencer las dificultades más grandes, la obtendrás a medida que centres tu vida en Jesucristo.

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Nuestro Padre Celestial desea que cada uno de nosotros disfrute de paz y felicidad en la vida terrenal. Nuestro Maestro, Jesucristo, y Sus profetas han enseñado cómo obtener esa paz y esa felicidad, aun en un mundo cada vez más difícil, con crecientes conflictos y una gran cantidad de tentaciones atrayentes.

Por medio de una analogía de montañismo, les ilustraré la forma equivocada de encontrar paz y felicidad, y después, la manera correcta de obtenerlas. Hay quienes tratan de escalar un peñasco difícil mediante un método llamado “soloing”, que implica que el escalador asciende solo, sin equipo ni acompañantes ni protección segura; sólo cuenta con su habilidad y su capacidad. Lo hace por la emoción de vivir al borde del peligro, arriesgándolo todo y lo hace a pesar de la posibilidad de que, en cualquier momento, puede caerse y lastimarse gravemente o perder la vida. Son igual que muchos que afrontan los desafíos y las tentaciones de la vida sin la seguridad que brinda el seguir los mandamientos de Dios y la guía del Espíritu. En el difícil mundo de hoy, es casi seguro de que infringirán leyes decisivas con consecuencias dolorosas y destructivas. No trates de vivir “solo” en tu vida, lo más probable es que caigas en transgresión.

Hay una forma más segura de escalar montañas. Cuando un par de escaladores se dispone a realizar un ascenso difícil, el primer escalador o primero de la cordada escala una pared rocosa colocando anclajes a corta distancia uno del otro. La cuerda la enlaza al anclaje por medio de un mosquetón. La seguridad la brinda un compañero, al que se le llama el segundo de la cordada o asegurador, quien se coloca en un lugar bien seguro. El primero está protegido al ser asegurado por el segundo escalador, quien controla con cuidado cómo soltar la cuerda gradualmente. De esa forma, el primer escalador asegura su protección mientras asciende. Así, si inadvertidamente diera un paso en falso, el anclaje pararía la caída sin que tuviera grandes consecuencias. El segundo no sólo asegura al primero, sino que, al comunicarse entre ellos, le brinda también aliento con comentarios y señales. Su meta es la de tener una experiencia segura y apasionante, al vencer un gran desafío. Ellos ya han probado las técnicas que emplean y el equipo que utilizan. El equipo esencial cuenta con un arnés seguro, una cuerda de buena calidad y en buenas condiciones, una variedad de anclajes para insertar en la roca, una bolsa de polvo de tiza para sujetarse mejor y botas o zapatos especiales, adecuados para la escalada, que el primer escalador utiliza para agarrarse a la superficie de una roca empinada. Seguir leyendo

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El poder de un testimonio personal

Conferencia General Octubre 2006
El poder de un testimonio personal
Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nuestro firme testimonio personal nos motivará a cambiar y después a bendecir al mundo.

En el Libro de Mormón, leemos acerca del joven Nefi, a quien el Señor le mandó que construyera un barco. Él fue diligente en obedecer ese mandamiento, pero sus hermanos se mostraron escépticos; “…cuando vieron mis hermanos que estaba a punto de construir un barco”, él escribió, “empezaron a murmurar contra mí, diciendo: Nuestro hermano está loco, pues se imagina que puede construir un barco; sí, y también piensa que puede atravesar estas grandes aguas” (1 Nefi 17:17).

Pero Nefi no se desanimó. No tenía experiencia en la construcción de barcos, pero tenía un firme testimonio personal de que “el Señor… [prepararía] la vía para que [cumpliesen] lo que les [había] mandado” (1 Nefi 3:7). Con ese poderoso testimonio y esa motivación en su corazón, Nefi construyó un barco en el que cruzaron las grandes aguas, a pesar de la gran oposición de sus infieles hermanos.

Permítanme compartir con ustedes una experiencia personal de mi juventud sobre el poder que tiene un motivo justo.

Tras la agitación de la Segunda Guerra Mundial, mi familia terminó en la Alemania del Este, que estaba ocupada por Rusia. En el cuarto grado de la escuela, tuve que aprender ruso como primer idioma extranjero; era muy difícil debido al alfabeto cirílico, pero con el tiempo llegué a dominarlo.

Cuando cumplí once años, tuvimos que abandonar Alemania del Este repentinamente debido a la orientación política de mi padre. Ahora tenía que asistir a una escuela en Alemania del Oeste, que en esa época estaba ocupada por Estados Unidos. Allí, en la escuela, todos los niños tenían que aprender inglés y no ruso. Aprender ruso había sido difícil, pero inglés me resultaba imposible. Tenía la impresión de que mi boca no estaba hecha para hablar inglés. Mis profesores hicieron lo imposible, mis padres sufrieron y yo sabía que, sin duda, el idioma inglés no era para mí.

Pero entonces algo cambió en mi juventud. Casi todos los días iba hasta el aeropuerto en bicicleta y observaba el aterrizaje y el despegue de los aviones. Leí, estudié y aprendí todo lo que pude encontrar sobre aviación: mi mayor deseo era llegar a ser piloto. Me imaginaba a mí mismo en la cabina del piloto de un avión comercial o de un avión de combate. En lo profundo de mi corazón, sentí que aquello sí era para mí.

Luego supe que para ser piloto tenía que saber hablar inglés. De la noche a la mañana, para sorpresa de todos, pareció que mi boca había cambiado. Fui capaz de aprender inglés. Aun así, me costó gran esfuerzo, perseverancia y paciencia, pero, ¡pude aprender a hablar en inglés! Seguir leyendo

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La ley del diezmo

Conferencia General Octubre 2006
La ley del diezmo
Élder Daniel L. Johnson
De los Setenta

Les invito a que pongan su confianza en el Señor y, como Él mismo lo ha dicho: “Probadme ahora en esto”.

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Deseo que mis palabras esta tarde sean una invitación para aquellos que aún no han obtenido un testimonio personal del pago de un diezmo íntegro. Se utilizan muchas razones para no pagar el diezmo, tales como emergencias médicas, deudas, reparaciones de la casa o el automóvil, gastos educativos y seguro. Éstas y otras razones son muy reales y las vivimos y afrontamos a diario muchos, si no todos nosotros. Estas cargas reducen nuestros limitados recursos económicos que, si no los cuidamos sabiamente, harán que nos sea imposible cumplir con nuestra obligación del pago del diezmo al Señor. El incumplimiento de esta ley eterna no debe tomarse a la ligera; ya que no sólo puede afectar nuestro crecimiento y desarrollo espiritual sino también limitar las bendiciones físicas y temporales que de lo contrario podríamos disfrutar.

Como dijo el presidente Spencer W. Kimball en una ocasión: “Aquí el Señor pone en claro que el diezmo es Su ley y que es un requisito para todos los que le siguen. El vivir esta ley de Dios es un honor y un privilegio, una seguridad, una promesa y una bendición para nosotros. El no cumplir completamente con esta obligación es negarnos a nosotros mismos las promesas y hacer caso omiso de un asunto que es de gran importancia. Es una transgresión, no un descuido sin consecuencias” 1 .

Entonces, ¿qué es el diezmo? El Señor nos ha dado Su definición: “Y esto será el principio del diezmo de mi pueblo. Y después de esto, todos aquellos que hayan entregado este diezmo pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y ésta les será por ley fija perpetuamente” 2 . Tengan a bien notar que el diezmo no es una simple ofrenda voluntaria, ni tampoco es la vigésima parte o cualquier otra fracción de nuestro interés o ingreso anual.

El presidente Howard W. Hunter declaró lo siguiente: “La ley dice claramente ‘la décima parte de todo su interés’. El interés significa ganancia, remuneración, utilidades. Es el sueldo de un empleado, la ganancia de la operación de un negocio, las utilidades que se reciben de lo que uno produce o la remuneración que recibe una persona de cualquier otra fuente de ingreso. El Señor dijo que es ‘perpetuamente’ una ley fija como lo ha sido en el pasado” 3 . Seguir leyendo

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Miren hacia la eternidad!

Conferencia General Octubre 2006
¡Miren hacia la eternidad!
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

¿Entiendes por qué es tan importante mantenerse limpio y puro?

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Cuando nació nuestro primer nieto, toda la familia salió para el hospital a toda prisa. Fue una experiencia increíble para mí ver a nuestro hijo mayor, Matthew, sosteniendo a ese nuevo y precioso niño. Al estar frente al ventanal de la habitación de los niños recién nacidos con nuestro hijo menor, Chad, miramos a los ojos de ese nuevo y pequeño espíritu, tan limpio, tan puro, que había venido del cielo tan recientemente. Parecía que el tiempo se hubiera detenido y por un instante pudimos ver el gran plan eterno. Lo sagrado de la vida era claro como el agua, y le susurré a Chad: “¿Entiendes por qué es tan importante mantenerse limpio y puro?” Él respondió con reverencia: “Sí, mamá, lo entiendo”.

Ese momento fue tan trascendental que deseo que cada hombre y mujer joven, cada uno de los jóvenes adultos y, en realidad, cada uno de nosotros sienta y sepa la importancia de llevar una vida digna y pura. Nuestra dignidad personal es lo que nos calificará para llevar a cabo nuestra misión terrenal individual.

Nuestra misión personal comenzó mucho antes de que llegásemos a la tierra. En la vida preterrenal, fuimos “llamados y preparados” para vivir en la tierra en un tiempo en que las tentaciones y los desafíos serían más grandes. Eso fue “por causa de [nuestra] fe excepcional y buenas obras” y por “escoger el bien” 1 . Entendimos el plan de nuestro Padre y supimos que era bueno; y no solamente lo elegimos, sino que también lo defendimos. Sabíamos que nuestra misión terrenal estaría llena de tentaciones, pruebas y dificultades; pero también sabíamos que seríamos bendecidos con la plenitud del Evangelio, profetas vivientes y la guía del Espíritu Santo. Nosotros sabíamos, y comprendíamos, que nuestro éxito en esta tierra dependería de nuestra dignidad y pureza.

¿Qué significa ser digno? En el Libro de Mormón, el padre de Lamoni suplicó: “¿Qué haré para lograr esta vida eterna de que has hablado?” 2 . Entonces el rey hizo un compromiso con el Señor cuando dijo: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte” 3 . Una vez que el padre de Lamoni comprendió quién era y el gran plan del que formaba parte, la dignidad se convirtió en el deseo de su corazón. Seguir leyendo

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El domingo llegará

Conferencia General Octubre 2006
El domingo llegará
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Por motivo de la vida y el eterno sacrificio del Salvador del mundo, nos reuniremos con aquellos a quienes hemos amado.

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Estoy agradecido por estar con ustedes y fortalecerme con sus testimonios. Más allá de lo que se puede decir, agradezco sus amables palabras de apoyo, sus expresiones de amor y sus oraciones.

Hoy me gustaría compartir algunos recuerdos personales.

Nací de buenos padres. De mi padre, Joseph L. Wirthlin, aprendí los valores del trabajo arduo y de la compasión; él fue obispo de nuestro barrio durante la Gran Depresión y sentía una preocupación especial por aquellos que sufrían. Ofreció su ayuda a los necesitados no porque era su deber, sino porque tenía un deseo sincero de hacerlo.

Bendijo y cuidó incansablemente la vida de muchos en necesidad. Para mí, él era un obispo ideal.

Los que conocían a mi padre sabían lo activo que era. Alguien me dijo que él podía hacer la labor de tres hombres; siempre tenía algo que hacer. En 1938, tenía un buen negocio cuando recibió una llamada del Presidente de la Iglesia, Heber J. Grant.

El presidente Grant le dijo que ese día iban a reorganizar el Obispado Presidente y querían que mi padre fuera consejero de LeGrand Richards. Eso tomó a mi padre por sorpresa y preguntó si podía orar al respecto.

El Presidente dijo: “Hermano Wirthlin, quedan sólo 30 minutos antes de la siguiente sesión de la conferencia y quiero descansar un poco. ¿Cuál es su respuesta?”

Naturalmente mi padre dijo que sí. Sirvió 23 años, 9 de ellos como Obispo Presidente de la Iglesia.

Mi padre tenía 69 años cuando murió. Yo estaba con él cuando sufrió un colapso de manera repentina; poco después falleció.

A menudo pienso en mi padre y lo extraño.

Mi madre, Madeline Bitner, fue otra gran influencia en mi vida. En su juventud, fue una buena atleta y campeona de carreras. Siempre fue buena y amorosa, pero su ritmo era agotador. A menudo decía: “Dense prisa”; y al oírla, apresurábamos la marcha. Tal vez ésa fue una de las razones por las que yo corría tan rápido cuando jugaba al fútbol americano.

Mi madre tenía grandes expectativas para sus hijos y esperaba lo mejor de nosotros. Puedo recordarla diciéndonos: “No seas un don nadie; debes mejorar”. Llamaba don nadie a alguien perezoso que no trataba de vivir de acuerdo con su potencial. Seguir leyendo

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