Conferencia General Octubre 2006
Tres toallas y un periódico de 25 centavos
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente
Cuando somos fieles a los sagrados principios de la honradez y la integridad, somos leales a nuestra fe y a nosotros mismos.
Ante esta enorme audiencia mundial, y con cierta discreción, hago una confesión personal. Lo hago como introducción a un tema que desde hace un tiempo he estado meditando seriamente. En 1955, después de mi primer año de estudios universitarios, pasé el verano trabajando en el nuevo hotel Jackson Lake Lodge, en Moran, Wyoming. Mi medio de transporte era un automóvil Hudson de 1941, con 14 años de antigüedad, que debería haber pasado a mejor vida hacía 10 años. Entre otras características del auto, la parte inferior del vehículo se había oxidado tanto que, de no haber sido por una tabla de madera prensada o contrachapado, literalmente podría haber tocado la carretera con los pies. Lo positivo era que a diferencia de otros automóviles de 14 años de ese período, no gastaba aceite, aunque sí tenía que echar agua, muchísima agua, al radiador. Nunca pude darme cuenta a dónde iba el agua y por qué el aceite se ponía cada vez menos espeso y menos espeso y más limpio y más limpio.
Al terminar el verano y como preparación para el viaje de 298 kilómetros que me separaba de mi casa, llevé el automóvil al único mecánico de Moran. Después de una rápida inspección, me explicó que el motor estaba agrietado y el agua se filtraba al aceite. Eso explicaba el misterio del aceite y el agua. Pensé: “Si consigo que el agua pase también al tanque de la gasolina, quizá ahorre en combustible.
Ahora, la confesión: después de llegar a casa de milagro, mi padre salió y me recibió muy contento. Después de intercambiar abrazos y bromas, mi padre echó un vistazo al asiento de atrás del vehículo y vio tres toallas de Jackson Lake Lodge, de las que no se pueden comprar. Con una mirada de desilusión, sencillamente me dijo: “Esperaba más de ti”. Yo no pensaba que lo que había hecho estuviera tan mal. Para mí, esas toallas eran sólo un símbolo de mi trabajo de verano en un hotel de lujo, un rito de iniciación. Sin embargo, al llevármelas sentí que había perdido la confianza de mi padre y me sentí desolado.
El siguiente fin de semana, ajusté la tabla de madera al piso del automóvil, llené el radiador de agua, y emprendí el viaje de 595 kilómetros que me llevaba de regreso al hotel Jackson Lake Lodge para devolver tres toallas. Mi padre nunca me preguntó por qué volvía al hotel y nunca se lo expliqué. No fue necesario. Para mí fue una lección cara y dolorosa sobre la honradez que he recordado toda la vida. Seguir leyendo






































