Las Santas Escrituras: El poder de Dios para nuestra salvación

Conferencia General Octubre 2006
Las Santas Escrituras: El poder de Dios para nuestra salvación
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los sagrados registros dan testimonio del Salvador y nos conducen hacia Él.

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Las Santas Escrituras son la palabra de Dios que se nos ha dado para nuestra salvación. Las Escrituras son de importancia primordial para recibir un testimonio de Jesucristo y de Su Evangelio. Las Escrituras que Dios nos ha dado en estos últimos días son: El Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Esos sagrados registros dan testimonio del Salvador y nos conducen hacia Él. Por esa razón, grandes profetas, como Enós, rogaron con fe al Señor que preservara sus escritos.

¿Serían tan amables de abrir el Libro de Mormón? Vean la portada. En ella dice que éste fue “escrito por vía de mandamiento, por el espíritu de profecía y de revelación”; que ha “[aparecido] por el don y el poder de Dios”, y que su interpretación es “por el don de Dios”: por el Espíritu Santo. Muestra “cuán grandes cosas el Señor ha hecho” y nos ha dado “para que [conozcamos] los convenios del Señor”, para que no seamos “desechados para siempre”. Y lo más importante, que se ha escrito para convencernos “de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios”.

Pasen la página y vean la introducción. Aquí aprendemos que este registro profético es “escritura sagrada semejante a la Biblia”. Éste contiene “la plenitud del evangelio eterno… describe el plan de salvación, y [nos] dice… lo que [debemos] hacer para lograr la paz en esta vida y la salvación eterna en la vida venidera”. Promete a cada uno de nosotros que “todos aquellos que quieran venir [al Salvador] y obedecer las leyes y las ordenanzas de su evangelio podrán salvarse”.

¿Cuál es la función primordial de este sagrado libro en nuestros días? ¿Cuál es su mensaje acerca del propósito de todas las Escrituras?

En la primera página del libro 1 Nefi —que es el primer libro del Libro de Mormón— leemos que, alrededor del año 600 a. de C., Dios le ordenó a Lehi que huyese al desierto junto con su familia. Pero Lehi no había llegado muy lejos cuando el Señor le mandó que hiciera regresar a sus hijos. ¿Para qué? Para recuperar las Escrituras, las planchas de bronce, las cuales eran tan importantes que los hijos de Lehi arriesgaron la vida y perdieron todas sus posesiones materiales con el fin de recuperarlas. Fue la ayuda del Señor y la fe de Nefi lo que hizo posible que las planchas llegaran de forma milagrosa a sus manos. Cuando Nefi y sus hermanos regre saron, Lehi, su padre, se regocijó. Comenzó a examinar las Santas Escrituras “desde el principio” y “descubri[eron] que eran deseables; sí, de gran valor… por motivo de que [Lehi y su posteridad podrían] preservar los mandamientos del Señor para [sus] hijos” 1 .

De hecho, las planchas de bronce constituían un registro de los antepasados de Lehi, de su idioma, de su genealogía y, más importante aún, del Evangelio que habían enseñado los santos profetas de Dios. Al examinar las planchas, Lehi aprendió lo mismo que todos nosotros aprendemos al estudiar las Escrituras: Seguir leyendo

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El discipulado

Conferencia General Octubre 2006
El discipulado
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Una de las mayores bendiciones de la vida y de la eternidad es ser contado como uno de los devotos discípulos del Señor Jesucristo.

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Una gran multitud seguía al Salvador cuando ministraba en las costas del mar de Galilea, y para que más gente pudiera oírlo, se subió a la barca de Pedro y pidió que lo alejaran un poco de la orilla. Al concluir Sus palabras, le dijo a Pedro, quien había estado pescando toda la noche sin éxito, que se adentrara en el lago y arrojara las redes en aguas más profundas. Pedro obedeció, y atrapó tantos peces que las redes se rompieron; luego llamó a sus compañeros, Santiago y Juan, para que fueran a ayudarlo. Todos estaban sorprendidos por la gran cantidad de peces que habían atrapado. Jesús le dijo a Pedro: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Lucas nos dice: “Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron” 1 . Así se convirtieron en discípulos del Señor.

Las palabras discípulo y disciplina proceden de la misma raíz latina discipulus, que significa alumno. Ese término resalta la práctica o el ejercicio. La autodisciplina y el autodominio son características constantes y permanentes de los seguidores de Jesús, como lo demostraron Pedro, Santiago y Juan, quienes “dejándolo todo, le siguieron”.

¿En qué consiste el discipulado? Básicamente en obediencia al Salvador, aunque incluye muchas cosas, como la castidad, el diezmo, la noche de hogar para la familia, la obediencia a todos los mandamientos o el despojarse de cualquier cosa que no sea buena para nosotros. Todo en la vida tiene un precio. Si se tiene en cuenta la gran promesa del Salvador de recibir paz en esta vida y la vida eterna, el discipulado es un precio que vale la pena pagar; es un precio que no podemos darnos el lujo de no pagar. En comparación, los requisitos del discipulado son mucho menos que las bendiciones prometidas.

Los discípulos de Cristo reciben el llamamiento no sólo de abandonar las cosas del mundo, sino de llevar la cruz diariamente. Llevar la cruz significa obedecer Sus mandamientos y edificar Su Iglesia en la tierra, así como tener dominio de uno mismo 2. Jesús de Nazaret nos enseñó: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” 3. “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”4.

La letra de una hermosa canción de la Primaria resuena en todo aquel que sigue al Maestro: Seguir leyendo

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Oh, sed prudentes!

Conferencia General Octubre 2006
¡Oh, sed prudentes!
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ruego que nos centremos en las maneras sencillas de servir en el reino de Dios y nos esforcemos siempre por cambiar vidas, incluso la nuestra.

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Hermanos y hermanas, al estudiar recientemente el Libro de Mormón, me llamó la atención una de las enseñanzas del profeta Jacob. Como recordarán, Jacob era uno de los dos hijos del padre Lehi nacidos en el desierto después de que la familia partiera de Jerusalén. Jacob fue testigo de milagros y presenció también la división de su familia causada por la desobediencia y la rebelión. Jacob conocía y amaba a Lamán y a Lemuel, así como conocía y amaba a Nefi, y la disensión entre éstos le afectaba de manera íntima y personal. En lo que a Jacob concernía, no era un asunto de ideología, filosofía o incluso de teología, sino que se trataba de la familia.

La tierna angustia del alma de Jacob es evidente ya que le preocupaba enormemente que su pueblo “[rechazara] las palabras de los profetas” en cuanto a Cristo y “[negara]… el poder de Dios y el don del Espíritu Santo… [e hiciera] irrisión del gran plan de redención” (Jacob 6:8).

Y entonces, justo antes de despedirse, pronuncia siete sencillas palabras que constituyen el texto básico de mi mensaje de esta mañana. La súplica de Jacob fue: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?” (Jacob 6:12).

Ustedes que son padres y abuelos entienden cómo debió sentirse Jacob en aquel entonces. Él amaba a su pueblo porque, además, también era su familia. Les había enseñado tan claramente como había podido y con toda la energía de su alma. Les advirtió inequívocamente lo que podía suceder si elegían no “[entrar] por la puerta estrecha, y [continuar] en el camino que es angosto” (Jacob 6:11). No sabía qué más decir para advertir, instar, inspirar y motivar; así que, de manera sencilla y profunda, dijo: “¡Oh, sed prudentes! ¿Qué más puedo decir?”.

Me he reunido con miembros de la Iglesia en muchos países del mundo y me impresionan el ánimo y la energía de muchos de ellos. Se está llegando al corazón de la gente y su vida está siendo bendecida, y la obra avanza con dinamismo, algo por lo que me siento profundamente agradecido; sin embargo, veo que como miembros de la Iglesia debemos ser muy prudentes en todo lo que hagamos. Seguir leyendo

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El poder de la paciencia

Conferencia general Octubre 2006
El poder de la paciencia
Élder Robert C. Oaks
De la Presidencia de los Setenta

La paciencia se podría considerar como una virtud que da lugar a otras, y que contribuye al progreso y a la fortaleza de virtudes tales como el perdón, la tolerancia y la fe.

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Cuán agradecido estoy por las Escrituras de los últimos días referentes a valores cristianos fundamentales.

En el Libro de Mormón se nos da una visión de la relación que hay entre la paciencia y la caridad. Mormón, después de haber señalado que si un hombre “no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad”, procede a nombrar trece elementos de la caridad, o sea, el amor puro de Cristo. Me parece muy interesante que cuatro de los trece elementos de esa virtud que es necesario tener se relacionen con la paciencia (véase Moroni 7:44–45).

Primero, “la caridad es sufrida”; de eso se trata la paciencia. La caridad “no se irrita fácilmente”, es otro aspecto de esa cualidad, al igual que la caridad “todo lo sufre” y, finalmente, la caridad “todo lo soporta” es, desde luego, una expresión de la paciencia (Moroni 7:45). De esos elementos determinantes es obvio que si la paciencia no adornara nuestra alma, careceríamos seriamente de una actitud semejante a la de Cristo.

En la Biblia, Job nos ofrece el clásico retrato de la paciencia. Tras haber perdido su vasto imperio, incluso a sus hijos, Job pudo, gracias a su inquebrantable fe, proclamar: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Durante toda su tribulación y dolor “no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:21–22).

Cuántas veces oímos al alma oprimida preguntar neciamente: “¿Cómo ha podido Dios hacerme esto?”, cuando en verdad deberían orar para recibir fortaleza para “sufrir” y “soportar todas las cosas”. Seguir leyendo

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La primera generación

C. G. Octubre de 2006
La primera generación
Élder Paul B. Pieper
De los Setenta

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Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas.

Hace varios días, mientras conversábamos sobre los discursos durante una comida familiar, Clarissa, nuestra hija de trece años, que estaba preparando un discurso para la reunión sacramental de nuestra rama en Moscú, manifestó cierta inquietud. Le aseguré que todo iba a estar bien y le expresé mi propia inquietud diciéndole que por lo menos ella no tendría que hablar ante miles de personas en la conferencia general. Clarissa, por su parte, me tranquilizó y aconsejó diciendo: “Todo saldrá bien, papá. Tú sólo imagínate que es una rama grande”. Hermanos y hermanas, en verdad ustedes son una rama muy grande.

He decidido dirigir mis palabras de esta mañana a los que son la primera generación de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a ustedes que son los primeros de su familia en escuchar y abrazar el mensaje de que el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en la tierra en nuestros días y que contamos con profetas, videntes y reveladores. Ustedes fueron humildes, ejercieron la fe, se arrepintieron de todos sus pecados, tomaron sobre sí el nombre de Jesucristo a través del bautismo por inmersión y recibieron el Espíritu Santo 1 . Al ser los primeros de su familia en aceptar el Evangelio, ustedes pasan a ser la primera generación, una generación elegida por medio de la cual las generaciones pasadas, presentes y futuras serán bendecidas 2 .

No siempre es fácil pertenecer a la primera generación de miembros de la Iglesia. Tendrán que caminar por donde nadie de su familia ha caminado antes. Las situaciones a su alrededor pueden ser difíciles. Quizás tengan pocos o ningún amigo o familiar que les comprenda y les dé su apoyo. En ocasiones pueden sentirse desalentados y se preguntarán si todo esto vale la pena. Mi propósito en esta mañana es confirmarles que sí.

Aquéllos de ustedes que son la primera generación de miembros ocupan un lugar especial e importante en la Iglesia y en sus respectivas familias. ¿Sabían ustedes que los miembros de primera generación suponen más de la mitad de los miembros de la Iglesia? 3 Tal vez, desde el comienzo de la Iglesia, la primera generación de miembros no haya constituido un porcentaje tan grande del total de miembros de la Iglesia como en la actualidad. Su fe y sus testimonios son una gran fortaleza y una bendición para otros miembros. Por medio de ustedes, nosotros obtenemos una comprensión más profunda de los principios del Evangelio y nuestros testimonios se fortalecen.

Ustedes aportan una gran fortaleza a la Iglesia cuando se valen de sus testimonios, sus talentos, sus destrezas y su vitalidad para edificar el reino en sus barrios y ramas. Ustedes son grandes ejemplos de cómo compartir el Evangelio, de cómo servir una misión, de cómo enviar a sus hijos a la misión y de cómo recibir a los miembros nuevos. Ustedes tienden la mano amablemente a su prójimo, lo edifican y lo bendicen mediante el servicio inspirado. Gran parte de lo que se logra actualmente en la Iglesia no podría hacerse sin sus esfuerzos. Seguir leyendo

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Testificamos al mundo

C.G. Octubre 2006
Testificamos al mundo
Gordon B. Hinckley
Presidente Gordon B. Hinckley

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El Señor bendice generosamente a Su Iglesia, y nuestro deber es hacer todo lo que podamos para que ésta siga adelante.

Mis hermanos y hermanas, al reunirnos en otra conferencia general, me agrada informar que el progreso de la Iglesia continúa tanto en fortaleza como en influencia. Hace unos 24 años, en 1982, anoté esto en mi diario: “Para la conferencia general de octubre habrá en función más de 300 enlaces de comunicación de nuestro servicio de vía satélite. Eso significa que tendremos más de 300 centros de estaca, donde nuestra gente pueda reunirse a lo largo de la nación y participar de la conferencia”.

Se me ha informado que ahora hay 6.066 ubicaciones con recepción de señal de satélite de la Iglesia en 83 países. Cuán agradecido estoy de que, junto con el aumento en números, también exista un aumento en la capacidad de llegar a los Santos de los Últimos Días en el mundo y comunicarnos con ellos.

Ahora bien, desearíamos tener más bautismos en Estados Unidos y Canadá, pero lo mismo se puede decir de cualquier otro lugar del mundo; no obstante, la mies es mucha, con miembros en unas 160 naciones. Donde no hace mucho había muy pocos Santos de los Últimos Días, hoy en día existen barrios y estacas fuertes con un liderazgo de hombres y mujeres fieles y capaces.

Aunque haya limitaciones en nuestra habilidad para viajar donde sea posible, eso se compensa con la capacidad de la Primera Presidencia, de los miembros de los Doce y de los Setenta de dirigir la palabra vía satélite a un gran número de estacas en el mundo.

Las circunstancias cambian, pero nuestro mensaje no cambia; damos testimonio al mundo de que los cielos se han abierto, que Dios, nuestro Padre Eterno y Su Hijo, el Señor resucitado, han aparecido y han hablado. Damos nuestro solemne testimonio de que se ha restaurado el sacerdocio con las llaves y la autoridad de las bendiciones eternas.

Hace poco dedicamos el nuevo Templo de Sacramento, California, el 7º de ese estado y el templo número 123 en el mundo. También, hemos efectuado la palada inicial para otro templo en la zona de Salt Lake.

Nos deleita anunciar que la renovación del Tabernáculo de Salt Lake avanza según lo previsto y que en la próxima primavera el coro del Tabernáculo reanudará sus trasmisiones semanales en ese excepcional y maravilloso edificio.

La Iglesia está llevando a cabo un gran proyecto de reforma con el interés de proteger los entornos de la Manzana del Templo. Aunque el costo será grande, éste no se empleará de los gastos de los fondos de los diezmos.

Sin embargo, la fidelidad de nuestra gente continúa demostrándose en el pago de diezmos y de ofrendas de ayuno.

En general, sólo puedo informar que el Señor bendice generosamente a Su Iglesia, y que nuestro deber es hacer todo lo que podamos para que ésta siga adelante.

Ahora, hermanos y hermanas, después de que cante el coro, escucharemos las palabras de nuestros hermanos y hermanas y al continuar con esta maravillosa conferencia, ruego que el Espíritu del Señor dirija todo lo que se haga y se diga, y que nuestro corazón y nuestra mente se llenen hasta rebosar, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La Expiación puede purificarnos, reivindicarnos y santificarnos

Conferencia General Octubre de 2006

La Expiación puede purificarnos,
reivindicarnos y santificarnos

Élder Shayne M. Bowen
De los Setenta

La expiación de Jesucristo está al alcance de cada uno de nosotros. Su expiación es infinita.


En Idaho Falls, Idaho, hay un hermoso aeropuerto. Uno de los más grandes de la región, este aeropuerto permite un acceso fácil a la parte alta del valle del río Snake. Recuerdo que de joven regresé de Chile a este mismo aeropuerto y saludé a mi familia después de haber prestado servicio misional por dos años. Escenas similares han tenido lugar miles de veces en este aeropuerto al responder los santos fieles al llamado de servir. Esa es una parte útil e integral de la ciudad y de la región.

Cerca del aeropuerto se encuentra otra parte útil y hermosa de la ciudad: el parque Freeman. El río Snake corre a lo largo de este parque por más de tres kilómetros, donde hay también un camino para peatones que lo cruza y que bordea el río por varios kilómetros.

El parque Freeman cuenta con varias hectáreas de verde césped, con canchas de béisbol y de softball, con columpios para los niños, con lugares techados y con mesas para reuniones familiares, y bellos caminitos bordeados de árboles y arbustos para que se paseen las parejas. Desde el parque, mirando río abajo, uno puede ver el majestuoso Templo de Idaho Falls, blanco y puro, asentado en terreno elevado. El sonido de las aguas tumultuosas del río Snake abriéndose paso a través de los afloramientos de lava natural, hace de este parque un sitio muy atractivo. Es uno de mis lugares preferidos para caminar con mi esposa, Lynette; descansar, contemplar y meditar; es muy tranquilo e inspirador.

¿Por qué hablo del aeropuerto regional y del parque Freeman de Idaho Falls? La razón es que ambos se construyeron sobre el mismo tipo de terreno; estos dos lugares tan hermosos y útiles se habían empleado anteriormente como basureros públicos.

Un basurero municipal es donde la basura se entierra entre capas de tierra. Según la definición del diccionario Webster, un basurero es: “un sistema que se emplea para deshacerse de la basura, enterrando los residuos entre capas de tierra con el fin de rellenar un terreno bajo” (Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, 11 ed., 2003, pág 699).

Otra definición de un basurero municipal o público es “un lugar donde la basura se entierra y se reivindica el terreno”. La definición de reivindicar es: “liberar de una conducta equivocada o incorrecta,… rescatar de un estado indeseable” (pág. 1039).

He vivido en Idaho Falls casi toda mi vida, y he contribuido con una gran cantidad de basura a esos basureros por más de cincuenta años.

¿Qué pensarían los gobernantes de la ciudad si me apareciera un día con una escavadora en una de las pistas del aeropuerto de Idaho Falls o en medio de campos de césped del parque Freeman y empezara hacer hoyos grandes? Y si me preguntaran qué estoy haciendo, les diría que quiero sacar toda la basura que he acumulado durante años. Seguir leyendo

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La lucha por un testimonio

Agosto de 1985
La lucha por un testimonio
Por Dennis L. Lythgoe

Me crié dentro de la Iglesia y puedo decir que mis maestros y líderes siempre fueron diligentes y muy efica­ces al tratar de inculcar en mí un amor hacia el evangelio, un conocimiento de sus principios y, especialmente, un testimonio —lo que el presidente Jo­seph Fielding Smith llamaba la “comu­nicación del Espíritu Santo con el alma de una manera convincente y positi­va”. (Answers to Cospel Questions [Respuestas a preguntas sobre el evan­gelio], comp. Joseph Fielding Smith, hijo, 5 vols., Salt Lake City: Deseret BookCo., 1979, 3:28.) Durante los años de mi adolescencia, recuerdo que muchos maestros y discursantes en charlas fogoneras nos hablaban sobre la manera de obtener un testimonio.

Me pareció tan fácil que decidí seguir sus consejos.

La escritura que más citaban era Moroni 10:4-5, que explica cómo ob­tener un testimonio sobre el Libro de Mormón: “Y cuando recibáis estas co­sas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, te­niendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Es­píritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de to­das las cosas”.

Algunas personas me habían ense­ñado cómo se recibía respuesta a una oración, y a menudo se referían a la experiencia que José Smith y Oliverio Cowdery habían tenido al traducir el Libro de Mormón. Cuando Oliverio Cowdery empezó a tener dificultad en la traducción, el Señor le indicó que debía estudiarlo en su mente y luego preguntarle a Él si estaba correcto. Si así era, sentiría un ardor de pecho, y si estaba erróneo, tendría un “estupor de pensamiento” que lo haría olvidar la cosa errónea (D. y C. 9:7-9).

Como estudiante de secundaria, de­cidí que iba a seguir este consejo y que trataría de obtener mi propio testimo­nio del evangelio. Deseaba saber con toda certeza que era verdadero, de mo­do que leí cuidadosamente el Libro de Mormón, subrayando algunos pasajes y haciendo notas sobre los memorables a medida que iba leyendo. Al terminar de leerlo, estaba ansioso por ver el re­sultado de la promesa de Moroni. Me arrodillé y oré, tratando de saber por mí mismo si este libro era verdadero o no. A pesar de que oré una y otra vez por muchas semanas con lo que yo creía era “verdadera intención” y de­terminación, no pude reconocer ningu­na respuesta. Cuando mis amigos se paraban a expresar sus testimonios en la reunión de ayuno, mis padres se sentían defraudados porque yo no lo hacía. Les dije que estaba esforzándo­me por obtener mi propio testimonio, pero que todavía no lo había logrado. Tenía que ser sincero al darlo. Me preocupaba y me preguntaba qué era lo que me estaba impidiendo lograr mi objetivo. Tal vez la vida que llevaba no era totalmente satisfactoria ante el Señor, pensaba, y era por eso que no me respondía; o posiblemente estaba orando en un forma indebida; también podía ser que no sabía cómo reconocer una respuesta en el momento en que la estaba recibiendo. Seguir leyendo

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Con el son de trompeta

Agosto de 1985
“Con el son de trompeta”
Por Jeanne Newman

Quizás he llevado una vida muy acogedora, pero simplemente no estoy acostumbrada a que alguien me diga que me voy a ir al infierno. Sin embargo, eso fue suficiente para obligarme a pensar seriamente sobre algu­nas cosas, que hasta el día de hoy ten­go muy presentes.

El incidente ocurrió un verano, al interrumpir mis estudios en la Univer­sidad Brigham Young (Provo, Utah) para ir a trabajar a una oficina guber­namental en Washington, D.C. Había en esa oficina un empleado joven que era excepcionalmente brillante y elo­cuente y que, además de trabajar a jor­nada completa, se encontraba termi­nando sus estudios en leyes. No era miembro de la Iglesia, pero por varios años había vivido rodeado de miembros. Me atrevo a decir que probable­mente conocía los puntos técnicos de nuestra doctrina mejor que yo, y su conocimiento de la Biblia era espléndi­do. Si nuestras conversaciones hubie­ran degenerado alguna vez en argu­mentos, su perspicaz mente de abogado y verbosidad me hubieran de­jado anonadada y sin aliento. Esto era precisamente lo que se proponía con­seguir, supongo, pues se deleitaba en hacerme preguntas con el expreso propósito de confundirme, y sus ataques a la Iglesia siempre parecían muy bien estudiados e ingeniosamente ejecuta­dos. Pude descubrir claramente sus verdaderas intenciones cierto día cuan­do, después de haber sostenido una larga conversación, hizo el siguiente comentario: “Ni siquiera logré hacerla llorar, ¿verdad?”.

Para ser sincera, tengo que confesar que sí lo logró una vez, y sucedió jus­tamente en su presencia. Pero la razón no fue de ningún modo por sentirme frustrada y derrotada. Esto realmente nunca representó problema para mí, pues cuanto más fuertemente me ata­caba, más intensamente podía yo sen­tir el apoyo del Espíritu, confirmándo­me la validez de mi testimonio y llenándome de una paz tal que no sen­tía ni el menor deseo de discutir con él.

Las lágrimas afluyeron después de una ocasión en la cual me explicó su mayor objeción a la Iglesia. El creía que los hombres son salvos por la gra­cia; que el Salvador expió nuestros pe­cados y que lo único que se requiere de nosotros es creer en El y aceptarlo co­mo nuestro Salvador. Expresó que te­nía una relación personal con Cristo, y que, por ende, para ser salvo no nece­sitaba más que eso. En cambio, afirmó amargamente, los Santos de los Últimos Días no aprecian ni a Cristo ni lo que hizo por nosotros. La creencia de éstos en requisitos además de la fe, tales como el bautismo y la obediencia a los mandamientos, degrada la expia­ción del Salvador al implicar que no basta por sí sola para salvar a los hom­bres. Sostuvo enérgicamente que las creencias de los mormones son casi una blasfemia. Se le ocurrieron mu­chos adjetivos para describirlos, pero la palabra cristianos no se encontraba definitivamente entre ellos. Y ésa, afirmó, era la razón por la que me iba al infierno.

Al escuchar su condena, acudieron a mi mente una y mil respuestas a su ataque. Podía decir que Cristo mismo fue quien instituyó la ordenanza del bautismo y que El mismo había dado el ejemplo. Podía decir también que Él había sido uno de los que más habían recalcado la obediencia a los manda­mientos. Podía mencionar que precisa­mente uno de sus discípulos había di­cho que “la fe sin obras es muerta”. Más no dije nada parecido. Al contra­rio, cuando el joven se detuvo por un momento para recobrar su aliento, simplemente lo miré y le dije: “El Sal­vador es más importante que cualquier otra cosa de mi vida”. Entonces le ex­presé mi testimonio sobre Jesucristo. Le hablé de mi amor por el Salvador y de la seguridad que tenía de que él me amaba. Le dije también que la expia­ción de Jesucristo era lo único que le daba propósito a mi vida, y que su evangelio era el ancla a la que me afe­rraba cuando se me juntaban el cielo y la tierra. Le dije que mi vida se centraba en el esfuerzo por vivir el evangelio del Señor y que poseía un testimonio personal de Jesucristo, el Hijo de Dios. Estoy segura de que no hablé en forma elocuente o impresionante, pero fue en esos momentos cuando se me llenaron los ojos de lágrimas.

Cuando hube terminado de hablar, ocurrió algo sorprendente: este amigo mío, de tanta labia y astucia, guardó silencio por unos momentos. Cuando se dispuso a hablar, el volumen de su voz había disminuido hasta un tono moderado, y me dijo: “Eres la primera mormona que me ha expresado real­mente un testimonio de Jesucristo”. Seguir leyendo

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Por un sacrificio doble bendición

Liahona, Agosto de 1985

Por un sacrificio doble bendición

Por Mary Ann Young

Cómo podía ser posible que no hu­biéramos aceptado a aquel pre­cioso niño que se nos ofrecía? Después de tantos meses de orar y suplicar, y de vivir con la esperanza, ¿cómo podía­mos hacer tal cosa?

Y sin embargo, un hermoso varoncito había llegado a este mundo y no­sotros habíamos decidido que él no era para nosotros.

Al tratar de controlar nuestras emo­ciones, reflexionamos sobre aquella experiencia que se originó con una ex­traña llamada telefónica a la mediano­che de un día del mes de enero.

Había sido una noche tranquila, aunque todas nuestras noches así lo eran; en nuestra casa no había ningún bebé que se estuviera arrullando en su cuna, ni juguetes de colores, ni paña­les doblados. Todas esas cosas alegres sólo existían en donde había niños.

Era ya muy tarde cuando sonó el teléfono esa noche memorable. James, mi esposo, acudió a contestar y escu­chó por el auricular una voz femenina vagamente conocida.

—Un conocido mutuo mencionó que ustedes tienen interés en adoptar un niño. ¿No es así? —preguntó.

—Sí —respondió James—, nos gus­taría mucho.

Al escuchar eso, salté inmediata­mente, sorprendida. A medida que la conversación continuaba, prestaba atención a sus respuestas, deseando poder oír la voz de la persona con quien estaba hablando.

Al colgar el receptor, vi que la mano le temblaba, y que su voz sonaba tensa y nerviosa.

—Era una señora que conocí a tra­vés de un compañero de trabajo — dijo—. Dice que tiene una pariente le­jana que no está casada y que está para dar a luz. Es una muchacha joven que no tiene empleo y no cree poder cuidar al niño cuando nazca; su familia no está en condiciones de ayudarla, y es por eso que piensa que lo mejor para la criatura sería que alguien la adoptara.

Esa noche revivimos las esperanzas y emociones que tantas veces había­mos sentido cuando pensábamos que ya nos iban a dar un bebé.

Sin embargo, transcurrieron las se­manas sin que supiéramos nada al res­pecto, por lo que se desvaneció nues­tro optimismo. Por las noches hablábamos en cuanto a ese bebé que estaba por nacer y en cuanto a su llega­da a nuestro hogar. Sabíamos que la llamada telefónica no nos había traído más que falsas esperanzas, mas persis­timos en orar y ayunar. Seguir leyendo

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Semejanzas de dos profetas: Pablo y José Smith

Agosto de 1985
Semejanzas de dos profetas: Pablo y José Smith
Por Richard Lloyd Anderson

Si Pablo fue un profeta, José Smith también lo fue. Las evidencias que respaldan el llamamiento profético de Pablo sirven también para respaldar el de José Smith.

Se llega a tal conclusión como resul­tado de un estudio minucioso de la vi­da de estos dos grandes hombres. Por supuesto que con esto no se pretende declarar que José Smith fue exacta­mente como Pablo. Este no era un hombre apuesto, mientras que José Smith impresionaba a la mayoría de los que lo conocían por su estatura y buen porte. Pablo era un apóstol misionero, en tanto que José Smith presi­dió sobre Apóstoles y mayormente di­rigió la obra misional, más bien que viajar para hacerlo personalmente. Pa­blo era un hombre versado, pues con­taba con la mejor educación que su cultura podía proveer, mientras que

José Smith fue criado con bastante po­breza y su educación no sobrepasaba el segundo año de secundaria.

Pero pese a las marcadas diferencias personales, existen similitudes asom­brosas. Poco importa el hecho de que uno hablaba inglés, y el otro, dialectos hebreos y griego, con tal de que ambos hablaran mediante la inspiración del Espíritu Santo. En vista de que nuestro interés principal en este estudio yace en el tema de su llamamiento, autori­dad y revelación comunes, se hace ne­cesario dejar a un lado la apariencia física para concentramos en realidades espirituales.

La primera visión

Tanto Pablo como José Smith tuvie­ron una “primera visión”. Desde luego que las circunstancias fueron diferen­tes, pero la visión ocurrida cerca de Damasco y la de la arboleda de Nueva York sirvieron para marcar la direc­ción y orientación de toda una vida de servicio para estos dos profetas. Cristo se le apareció a Pablo poco después de que El introdujo personalmente aque­lla dispensación, más el Padre y el Hi­jo se manifestaron ante José Smith pa­ra dar comienzo a la dispensación del cumplimiento de los tiempos. No obs­tante, ambas visiones incluyeron con­versaciones con el Cristo resucitado, y en ambos casos se les instruyó a estos profetas que cambiaran el curso de sus vidas y se prepararan para recibir ins­trucciones adicionales del Señor.

Muchos cristianos que fácilmente aceptan la visión de Pablo rechazan la de José Smith. Mas sus críticas son poco sustanciales, puesto que lo mis­mo que arguyen en contra de la prime­ra visión de José Smith tendría que aplicarse a la experiencia de Pablo en Damasco y restarle valor en igual gra­do.

Por ejemplo, se ataca la credibilidad de José Smith debido a que la primera descripción conocida de dicha visión no se hizo pública sino hasta doce años después de que ocurrió. No obstante, la primera descripción de la aparición cerca de Damasco, que se encuentra en 1 Corintios 9:1, no se registró sino hasta aproximadamente veinticuatro años después de ocurrida.

A los críticos les encanta hablar de supuestas irregularidades en las versio­nes espontáneas que José Smith dio so­bre su primera visión. Sin embargo, cuando alguien relata varias veces al­guna experiencia personal, siempre in­cluye diferentes detalles sobre la mis­ma. José Smith fue muy discreto en cuanto a sus declaraciones públicas re­lacionadas con sus experiencias sagra­das antes de que la Iglesia se fortale­ciera y pudiera publicar debidamente lo que Dios le había dado a conocer. Por lo tanto, la versión más detallada de su primera visión no salió a luz sino hasta después de varias otras, es decir, cuando empezó a registrar su historia formal. Seguir leyendo

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Éstos son vuestros días

Octubre de 1985

Éstos son vuestros Días

Neal A. MaxwellPor el élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce

El desear haber vivido en otra época, aunque es a veces comprensible, por lo general no es algo muy útil. Un personaje de la época del Libro de Mormón escribió: “Sí, si hubiesen sido aquellos días los míos, entonces mi al­ma se habría regocijado en la rectitud de mis hermanos” (Helamán 7:8). Sin embargo, ese líder llegó a saber cómo el llamamiento de Dios para servir en un período de tiempo en particular es tanto una parte de Su llamado como lo es llevar a cabo ciertos deberes en nuestros días.

Por lo tanto, juventud de la Iglesia, por llamamiento divino, ¡éstos son vuestros días! Viviréis en una época en que se están cumpliendo profecías, donde se está haciendo historia, de promesas especiales, de marcados contrastes, y de afirmaciones benditas.

En calidad de generación naciente, podréis, en mi opinión, evitar el error de algunos jóvenes de la antigüedad: “Y se levantó después de ellos otra ge­neración que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel” (Jueces 2:10). Seguir leyendo

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Fortalezcámonos mutuamente

Fortalezcámonos mutuamente

Gordon B. HinckleyPor el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona, Junio de 1985

¡Cuán maravillosa es esta época en la que vivimos! Se trata de la más increíble de toda la historia del mundo en lo que tiene que ver con los adelan­tos de la tecnología y la ciencia. Ade­más, vivimos en la “dispensación del cumplimiento de los tiempos”, en que todo el poder y la autoridad de dispensaciones anteriores ha sido restaurado a la tierra. Es una época maravillosa para ser miembro de la Iglesia, junto a millones más, todos unidos en una gran fraternidad que se extiende por todo el mundo. Doquiera que uno vaya como fiel Santo de los Últimos Días, inmediatamente gozará de amistades al revelar su afiliación religiosa.

Cuando el emperador de Japón visi­tó los Estados Unidos hace algunos años, tuve la oportunidad de asistir a un almuerzo que se le ofreció en su honor en San Francisco, California.

Me senté en una mesa junto a personas que no eran miembros de la Iglesia quienes habían vivido en Japón, en donde conocieron a miembros de la Iglesia. El tema de la conversación de­rivó hacia la conmoción cultural que experimentan aquellos que tienen que ir a vivir a un país ajeno a aquel en el cual han sido criados. Un caballero de notoria experiencia, quien había vivi­do en el extranjero por varios años, dijo:

“Nunca he conocido a nadie igual a su gente cuando se trata de hacerle a uno sentir cómodo y como si estuviera en su propia casa. Cuando una familia mormona llegaba a Japón, no transcu­rría ni una semana sin que se hicieran de varios amigos. Con otras personas era diferente. La mayoría de ellas se sentían generalmente solas, y se en­frentaban a enormes problemas de adaptación.”

Recordad que no estamos solos en este mundo. Somos parte integral de una gran comunidad de amigos. Miles y miles se esfuerzan por seguir las en­señanzas del Señor. No obstante, sé que hay muchos que se encuentran en­tre la minoría en el lugar donde viven. Afortunadamente, sin embargo, casi sin excepción hay santos de los últi­mos días no muy lejos; personas de nuestro mismo estilo de vida con quie­nes podemos asociarnos y vivir los principios que hemos aprendido a apreciar.

Recuerdo una oportunidad en que entrevistaba a un misionero a quien las circunstancias tenían descorazonado. Experimentaba problemas con el idio­ma que trataba de aprender. Había per­dido el espíritu de la obra y deseaba regresar a su hogar. Era uno de los 180 misioneros que había en esa misión.

Le dije que si decidía marcharse a su hogar, les fallaría a sus 179 compañe­ros. Cada uno de ellos era su amigo; cada uno de ellos oraría por él, ayuna­ría por él y de seguro estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario por él. Trabajarían con él, le enseñarían y ora­rían con él; le ayudarían a aprender el idioma y a lograr el éxito, y todo por­que le amaban.

Me complace informar que final­mente aceptó mi seguridad de que to­dos los demás misioneros eran sus amigos. Y así fue que le extendieron una mano de ayuda, no para que se sintiera avergonzado, sino para forta­lecerle. Aquel terrible sentimiento de soledad que le había agobiado por un tiempo se alejó de él, y llegó a com­prender que formaba parte de un gran equipo. Comenzó a tener éxito, llegó a ser líder y ha actuado como tal desde entonces. Seguir leyendo

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Un testimonio del Espíritu Santo

Junio de 1985
Un testimonio del Espíritu Santo
Por Arlin P. Neser

Una mujer yugoslava me enseñó lo que significa «buscad conocimiento. . . por la fe”.

Durante mis días de estudiante de secundaria y al principio de mis estudios universitarios, el estudiar ar­duamente parecía ser algo indispensa­ble si es que deseaba comprender la verdad—si en realidad había una ver­dad que comprender. Por consiguien­te, en materia de religión, era un tanto escéptico y consideraba que no llegaría a descubrir la verdad real sino hasta que fuera viejo y canoso y hubiera aprendido y comparado bastante.

Fue a través de la siguiente expe­riencia misional que pude comprender claramente que el descubrimiento de la verdad puede ocurrir en algunos casos antes de llevar a cabo un estudio exten­sivo. Esto no implica que el estudio se convierta en algo irrelevante una vez que se haya entendido la verdad; por el contrario, el estudio adquiere un nuevo énfasis una vez que uno se da cuenta de que la idea sobre la cual se está aprendiendo es verdadera. Este nuevo énfasis se refleja en la admonición del Señor: “Buscad conocimiento. . . por la fe” (D. y C. 88:118).

“Recibid estas cosas”

Una gota de lluvia salpicó de pronto el papel, manchando el nombre de la calle y el número del apartamento. El resto de la anotación escrita rápida­mente en el libro de referencias decía: “Visitar a la señora yugoslava del pri­mer apartamento a la derecha”. Bue­no, pensé, una breve introducción en la puerta bastará, sin necesidad de la explicación del Libro de Mormón. En todo caso, ella probablemente no esta­rá interesada. Hoy ha sido un día frío y triste, como la lluvia que se filtra por mi impermeable.

Debido a la renuencia de mi compa­ñero, me tocó a mí hacer otra vez la introducción. Yo tenía frío y estaba demasiado cansado e impaciente como para ofrecerle ningún aliento. Cuando nos acercábamos a la entrada del edifi­cio del apartamento, me cambié de hombro la mochila, ya que las dos co­pias del Libro de Mormón en alemán, las cuales mi compañero había metido en contra de mi voluntad, me pesaban en la espalda.

Mi propia renuencia a hablar con la gente acerca del Libro de Mormón en nuestras reuniones iniciales y a llevar copias del Libro en alemán se basaba en la idea de que no teníamos una tra­ducción del Libro de Mormón que la mayoría de los trabajadores yugosla­vos que vivían temporalmente en Ale­mania pudiese leer. El idioma de la mayoría de estas personas era el serbo- croata. ¿Cómo podrían ellos por sí mismos obtener un testimonio de algo que no podían entender? ¿Cómo po­drían “recibir estas cosas”, como dice la admonición de Moroni, si aquellas páginas eran para ellos indescifrables? Es verdad que algunos podían leer ale­mán, pero la mayoría no lo dominaba bien.

Aún así, mi compañero y yo subi­mos hasta el apartamento. Cuando nos disponíamos a tocar a la puerta, vimos a una mujer que subía la escalera de cemento desde el sótano, cargando una gran canasta de ropa lavada a mano. Los callos de sus manos ásperas hacían contraste con la blancura de su tez y el cabello negro peinado hacia atrás y atado con un pañuelo de colores.

Me retiré lentamente de la puerta del apartamento y le hablé. Después de decirle que éramos misioneros, le dije sin mucho entusiasmo que podríamos regresar en otra ocasión, considerando que ya era tarde. Sin embargo, ella nos invitó a pasar. Seguir leyendo

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Libertad, paz y seguridad

Junio de 1985
Libertad, paz y seguridad
Por el élder Robert L. Simpson
Del Primer Quórum de los Setenta

Robert L. SimpsonJaime acababa de cumplir 18 años de edad. Se encontraba sentado frente a una Autoridad General de la Iglesia, obviamente algo nervioso, lleno de frustración y demostrando mucho re­sentimiento. Sin poder contenerse hizo su petición, la cual fue directa y simple.

— ¡Quiero ser excomulgado de la Iglesia, hoy mismo!
— ¿Cuánto hace que eres miembro?
— Cerca de tres años —respondió.
— ¿Por qué pides algo así?
— Porque he perdido mi libre albe­drío. Me gusta fumar y la Iglesia me está privando de mi libre albedrío para, vivir como yo quiero.

Jaime no reconocía que el momento más importante en el que ejerció el li­bre albedrío fue cuando decidió bauti­zarse y vivir de acuerdo con las nor­mas del evangelio.

Era obvio que Jaime se estaba aso­ciando con amigos de su edad fuera de la Iglesia que gradualmente habían atrofiado su sensibilidad y edificación espirituales, las cuáles había sentido al hacer los convenios bautismales.

Ya no era libre; sé había convertido en víctima de uno de los muchos méto­dos y decepciones del adversario, con los cuales engaña a veces aun a los elegidos e induce a las personas a ale­jarse de la verdad. Pero en realidad, la veracidad del evangelio es lo que nos hace libres (véase Juan 8:32). Todos tenemos la gran necesidad de ser li­bres.

Ya era tarde; los misioneros acaba­ban de terminar de leer las escrituras y habían apagado la luz cuando oyeron un golpe en la puerta, el cual interrum­pió el silencio. El élder Franklin abrió la puerta y encontró a Esteban, uno de sus buenos jóvenes conversos quien se había bautizado hacía nueve meses. Estaba allí parado, sin su acostumbra­da sonrisa, sosteniendo un papel enro­llado en la mano.

—Elder Franklin —dijo—, vine pa­ra entregarle mi certificado de ordena­ción al sacerdocio; por favor guárde­melo hasta que yo pueda resolver un problema. En este momento no me siento digno de poseer el sacerdocio, pero sé que pronto volveré para reco­ger el certificado.

En realidad, lo que Esteban hizo no era necesario, excepto tal vez para su propia tranquilidad hasta que pudiera solucionar todos sus asuntos como él deseaba. Pero la conciencia tranquila es la clave; no podía disfrutar de ella mientras que existiera un conflicto con su llamamiento en el sacerdocio. To­dos necesitamos sentir paz: una con­ciencia tranquila.

Susana estaba muy callada mientras volvían a casa después de la reunión de testimonios. De hecho, estaba tan callada que su padre buscó la oportuni­dad para hablar con ella a solas un po­co después de haber llegado. Susana tenía la impresión de que ella no tenía un testimonio del evangelio. Ese día, dos o tres miembros habían expresado “saber, sin lugar a dudas” que el evan­gelio era verdadero, y con lágrimas en los ojos dijo:

—Papá, no puedo decir que sé que es verdadero, y eso me preocupa.

Su padre fue paciente y comprensi­vo, ya que claramente recordaba sus años de adolescencia en que estaba de­sarrollando su propio testimonio.

—Susana —le preguntó—, ¿por qué pagas tus diezmos?
—Porque sé que es un mandamiento del Señor —respondió ella sin vacilar.

Su padre entonces procedió a repa­sar con ella algunos principios básicos, entre ellos la Palabra de Sabiduría, la ley del ayuno, el participar de la Santa Cena, las elevadas normas de morali­dad y la oración. Esta pudo identificar­se con cada uno de ellos rápida y posi­tivamente. De pronto sonrió y le dijo a su padre:

—Caramba, papá, creo que sí tengo un testimonio de todo lo que has men­cionado; supongo que podría dar mi testimonio en cuanto a las cosas que comprendo.

Y así sucede con todos nosotros. Susana ciertamente había sentido una falta de seguridad en esta Iglesia, a la cual ella amaba, pero ese sentimiento cambió después de que su padre le comprobó que ella ya estaba desarro­llando un testimonio acerca de muchas verdades. La verdadera seguridad nace con un testimonio en el proceso de de­sarrollo. Se espera que cada uno de nosotros pase gran parte de su vida te­rrenal desarrollando y mejorando su testimonio y experimentando la mara­villosa seguridad que se percibe con cada nueva verdad que se acepta. To­dos necesitamos la seguridad urgente­mente.

Desde el principio las personas han buscado la libertad. A través de los siglos han sentido la imperiosa necesi­dad de tener seguridad. No importa cuán duras y perversas se hayan vuel­to, en el fondo, cierta y verdaderamen­te desean tener una conciencia tranqui­la.

¿No estáis agradecidos de que como Santos de los Últimos Días seamos los recipientes del mayor diluvio de ver­dad que jamás haya descendido sobre la tierra? Uno de los objetivos princi­pales es utilizar nuestra posición ven­tajosa con el fin de compartir libre­mente esta verdad revelada, pues el Salvador ha declarado que “la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Vosotros y yo necesitamos escuchar a un profeta viviente y vivir de acuerdo con sus en­señanzas.

La paz parece ser y siempre ha sido algo importante en este mundo. La paz en la tierra fue uno de los mensajes claves que los mensajeros celestiales declararon al anunciar el nacimiento del Salvador. Sin embargo, durante tres guerras recientes cientos de jóve­nes Santos de los Últimos Días se vie­ron atrincherados mientras que morte­ros, bombas y petardos amenazaban sus vidas por todas partes. Los agnós­ticos afirman que el cristianismo ha fracasado porque en los últimos 2.000 años no ha habido paz, sino sólo gue­rra y contención entre los hombres.

Las escrituras nos dicen que este pe­riodo de probación terrenal estará lleno de contención, discordia, guerras y ru­mores de guerras, especialmente en los últimos días. El Salvador lo sabía cuándo declaró: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). Indudable­mente se refería a “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Fili. 4:7) —la conciencia tranquila— la paz que se siente con un testimonio perso­nal. Es por eso que en una trinchera se puede sentir paz, incluso con proyecti­les, bombas, etc. descendiendo en to­das direcciones. La paz siempre ha acompañado a todo aquel que puede decir ante toda circunstancia: “Yo sé que mi Redentor vive”. La conciencia tranquila acompaña a todo testimonio en desarrollo; pero estad alerta, no sea que ese testimonio permanezca mucho tiempo en un estado latente. Existen más personas en este mundo que nece­sitan hallar la clase de paz de la que habló el Maestro.

¿No estáis agradecidos de que la verdadera seguridad se logra al saber que Dios el Padre y su Hijo realmente se aparecieron en una arboleda sagrada en este período de la historia del mun­do, o con el conocimiento de que los cielos se han abierto y que la autoridad del sacerdocio —el derecho para ac­tuar en su nombre— se haya restaura­do? ¿No estáis agradecidos por saber con certeza que el Salvador fue bauti­zado por inmersión para dar el ejemplo a toda la humanidad? Buscó a uno con autoridad, Juan el Bautista. Los dos fueron a un lugar donde había “muchas aguas” (Juan 3:23; Marcos 1:5), y las escrituras registran que el Salvador su­bió “del agua” (Marcos 1:10). Esa es la clase de seguridad que el mundo ne­cesita conocer.

¿No estáis agradecidos de que la conciencia tranquila sea algo personal, basada en una relación personal con nuestro Padre Celestial y su Hijo ama­do? Un testimonio en proceso de desa­rrollo no es más que una mayor com­prensión de la verdad y una mayor capacidad para amar al Salvador. “Si me amáis”, dijo, “guardad mis manda­mientos.” (Juan 14:15.) Al hacerlo, lo­gramos la paz que vosotros y yo debe­ríamos estar ansiosos por compartir libremente y sin reserva.

Oh, ¡juventud de Sión! Ante todo, permaneced firmes en estas cosas; el mundo daría cualquier cosa por obte­ner lo que está a vuestro alcance. En vuestras manos está la libertad de los amenazantes grilletes del Adversario si encontráis la verdad y la vivís. Tenéis el comienzo de un firme cimiento y una seguridad total que se logra me­diante el desarrollo de un compañeris­mo divino. Vuestra puede llegar a ser la paz que se ha prometido a todos aquellos que lleguen a conocer al Se­ñor.

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