Conferencia General Abril de 2007
Mensaje a mis nietos varones
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Espero que cada uno de ustedes se convierta en un hombre de Dios, y lo lograrán por medio de las obras rectas.
Hermanos, esta noche me gustaría hablarles como si fueran mis nietos. Deseo que lo que tenga que decir se aplique a todos los jóvenes poseedores del sacerdocio en todas partes. Al pensar en esta gran congregación y también en los miles más que se unen a nosotros vía satélite, me recuerda la gran bendición que es ser un poseedor del sacerdocio; es una que se reserva para unos pocos, considerando los miles de millones de personas que hay en el mundo. El poseer el sacerdocio es un destacado honor; aun así, cualquier hombre o joven digno mayor de 12 años puede recibirlo en la Iglesia.
El sacerdocio es la autoridad delegada al hombre para ministrar en el nombre de Dios. Es un poder que nadie puede asumir por su propia cuenta. Como dijo Pablo: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón” 1 . Es una autoridad que ningún poder humano puede crear.
Peter, un joven presbítero, escribió acerca de una experiencia que le enseñó que el poder del sacerdocio es muy real. A un joven converso de su barrio en Ontario, Canadá, se le sostuvo como maestro en el Sacerdocio Aarónico, y a Peter se le pidió que fuera él quien efectuara la ordenación. Peter escribió: “Nunca había puesto mis manos sobre la cabeza de nadie y me sentía muy inepto. Pero… el Espíritu me aseguró que estaba bien que lo hiciera…”.
“El joven que iba a ser ordenado se sentó en la silla, yo me paré directamente detrás de él. [Nuestro presidente de Hombres Jóvenes] me guió en la ordenación y fui repitiendo cada palabra que él me decía. Al terminar la ordenación diciendo: ‘…y ahora deseamos pronunciar una bendición sobre tu cabeza…’ [el presidente de Hombres Jóvenes] me miró y me indicó que debía continuar por mí mismo.
“En ese instante, el significado del sacerdocio cambió completamente para mí. Ya no era tan sólo un título, sino la auténtica autoridad para actuar en el nombre de Dios. Y ahora estaba confiriéndole esa autoridad a otra persona. Hice una pausa y esperé que el Espíritu me susurrara lo que tenía que decir. Es difícil para mí describir lo que sentí durante la bendición, pero puedo declarar que tengo un testimonio más fuerte de que el poder del sacerdocio es verdadero” 2 .
Ustedes, hombres jóvenes, sin duda están ansiosos de recibir el Sacerdocio mayor o de Melquisedec. De este sacerdocio mayor el profeta José Smith dijo: “Quedó instituido desde antes de la fundación de esta tierra, antes que ‘las estrellas todas del alba alabaran, y se regocijaran todos los hijos de Dios’, y es el sacerdocio mayor y más santo, y es según el orden del Hijo de Dios” 3 .
Como poseedores del sacerdocio somos agentes del Señor. El Señor habló de este sagrado oficio a los élderes de la Iglesia en Kirtland en 1831: “De modo que, siendo vosotros agentes, estáis en la obra del Señor; y lo que hagáis conforme a su voluntad es asunto del Señor” 4 .
El presidente Hinckley a menudo nos ha recordado que la obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio. Es un gran honor y una responsabilidad el ser llamado a servir al Señor en la obra misional. Este servicio nos aporta gozo duradero a pesar de que a veces pueda ser desafiante y desalentador. Mi misión cambió el curso de mi vida. Fue una de las experiencias más maravillosas que he tenido. El servir en una misión nos prepara para la labor del resto de nuestra vida y de la eternidad.
Espero que cada uno de ustedes se convierta en un hombre de Dios, y lo lograrán por medio de las obras rectas. Honrarán y magnificarán su sacerdocio y, tal como dijo el apóstol Pablo: “[Seguirán] la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” 5 . Seguir leyendo

























