Un compromiso con el Señor

Conferencia General Abril de 2007
Un compromiso con el Señor
Élder John B. Dickson

Ahora es el tiempo de contraer un compromiso con el Señor sobre lo que llegarán a ser durante esta probación terrenal.

Buenos días hermanos y hermanas. Esta mañana quisiera dirigirme a los jóvenes de la Iglesia de la misma manera en que mi esposa y yo aconsejaríamos a nuestra propia familia.

Sabemos que son una generación de jóvenes excepcionalmente inteligentes y que pronto tomarán nuestro lugar como líderes en el hogar, en el trabajo, en la comunidad y en la Iglesia.

Nuestro Padre Celestial ama a cada uno de ustedes y les ha enviado a la tierra con un propósito. Él ha revelado un plan de felicidad que, si lo siguen, finalmente los llevará de nuevo a Su presencia después de haber superado las pruebas y los desafíos de este mundo. Si se comprometen ahora a vivir el modelo que el Señor ha establecido, tendrán gran fortaleza para utilizar correctamente su albedrío moral. Los compromisos sinceros que hagan con ustedes mismos y con el Señor serán esenciales; del libro de Salmos aprendemos: “Encomienda a Jehová tu camino,… y él hará” (Salmos 37:5).

Han venido al mundo en una época que se ha esperado desde el principio, una época antes de la segunda venida del Señor, en la que, por un lado, el evangelio de Jesucristo se ha restaurado en su plenitud y, por otro, hay un gran desorden, confusión y maldad. Este lugar de probación donde han nacido es maravilloso y ofrece grandes oportunidades, pero a la vez hay peligro en abundancia incluso para nuestra propia alma. Ahora es el tiempo de contraer un compromiso con el Señor sobre lo que llegarán a ser durante esta probación terrenal. El Espíritu Santo, junto con sus padres, los profetas vivientes y las Escrituras, les ayudará a distinguir entre el bien y el mal para que tomen decisiones correctas.

Espero que estudien con espíritu de oración el folleto Para la Fortaleza de la Juventud y que lleven siempre consigo la versión abreviada del folleto en su billetera o cartera, y que lo repasen; entonces recibirán gran felicidad, tanto en esta vida como en la eternidad si deciden vivir ahora mismo conforme a las pautas que se describen en las páginas de ese folleto.

Permítanme ayudarles a comprender, por medio de un relato de un líder de la Iglesia, de qué manera les puede ayudar el modelo de contraer compromisos durante la juventud. Desde joven, ese líder decidió que guardaría siempre la Palabra de Sabiduría y que nunca bebería alcohol ni consumiría tabaco. Él no recuerda qué fue lo que lo indujo a efectuar tan importante promesa en aquel entonces; pero ganó una victoria decisiva en su corazón y de rodillas prometió al Señor guardar siempre ese mandamiento. A lo largo de los años, lo invitaron a consumir sustancias nocivas, pero aprendió que decir: “no, gracias” era una buena respuesta. Entonces no tuvo que incurrir en una batalla interna en cuanto a la Palabra de Sabiduría, porque años antes él ya había hecho un compromiso sincero en su corazón y con el Señor de obedecer esa ley. Seguir leyendo

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El poder de los himnos para nutrir el alma

Conferencia General Abril de 2007
El poder de los himnos para nutrir el alma
Élder Jay E. Jensen
Del Quórum de los Setenta

Los himnos tienen una función primordial en la espiritualidad, la revelación y la conversión.

Este magnífico coro brinda sermones inspirados. De hecho, “el canto de los himnos es muchas veces en sí un elocuente sermón” 1 . Cuando era joven, cantar los himnos de Sión influyó en mi testimonio y en mi conversión al Evangelio restaurado. Crecí en el pequeño pueblo de Mapleton, Utah, y asistí a las reuniones en lo que hoy se conoce como “la vieja capilla blanca”. Mi madre tiene 95 años y todavía vive en Mapleton. Cuando la visito, paso por “la vieja capilla blanca” y un sinfín de dulces recuerdos me embarga. Entre ellos, se encuentra el poder transformador de los himnos que cantábamos en las reuniones del sacerdocio, de la Escuela Dominical y en la reunión sacramental. Mis experiencias fueron similares a las del presidente Hinckley, que cuando era diácono, asistió a una reunión general del sacerdocio con su padre y cantaron “Loor al profeta” 2 . Más tarde dijo: “tuve una impresión imperecedera: la de que José Smith fue en verdad un profeta de Dios” 3 . Yo creo que una y otra vez, muchos de nuestros miembros tienen la misma experiencia. Los himnos tienen una función primordial en la espiritualidad, la revelación y la conversión.

Los himnos invitan al Espíritu
Los himnos son “una parte esencial de nuestras reuniones de la Iglesia. [Ellos] invitan la presencia del Espíritu del Señor” 4 ; y con frecuencia lo logran más rápidamente que nada de lo que podamos llegar a hacer. El presidente J. Reuben Clark, hijo, dijo: “Quizás nos acercamos más al Señor a través de la música que por cualquier otro medio, excepto la oración” 5 .

Dos misioneros que se encontraban en Perú enseñando a un matrimonio de ancianos fueron interrumpidos por la llegada del hijo de éstos, de su esposa y de sus tres hijos. Los élderes les explicaron quiénes eran y qué estaban haciendo; pero la desconfianza que el hijo demostró en los misioneros originó un momento bastante incómodo. El compañero menor oró en silencio: “Padre Celestial, ¿qué hacemos?”; y recibió la impresión de que debían cantar, por lo que entonaron “Soy un hijo de Dios” 6 . El Espíritu conmovió el corazón de esa familia de cinco personas, y en lugar de dos, fueron siete las personas que se convirtieron, inicialmente influenciadas por un himno.

La música en las reuniones y en las clases de la Iglesia debe crear un espíritu de adoración, de revelación y de testimonio. El obispado o la presidencia de rama tienen la responsabilidad de escoger o de aprobar la música para las reuniones sacramentales. Ellos se aseguran de que la música, las palabras, y los instrumentos musicales sean sagrados, adecuados y que fomenten la adoración y la revelación. La música se convierte en una “actuación” cuando hace que la atención se centre en la interpretación. Hace años, yo estaba encargado de la música en una reunión en la cual un especial número musical fue una “actuación”. Me sentí decepcionado. El espíritu de adoración que había en la reunión decayó.

Los himnos invitan a la revelación
Los himnos “inducen a la reverencia” 7 . Las palabras reverencia y revelación son como gemelas que disfrutan de su mutua compañía. Cuando la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce invitan a los Setenta y al Obispado Presidente a una reunión con ellos, se nos recuerda llegar temprano y escuchar con reverencia el preludio. El hacerlo, invita a la revelación y nos prepara para la reunión. Seguir leyendo

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Utilizar el don supremo de la oración

Conferencia General Abril de 2007
Utilizar el don supremo de la oración
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La oración es el don supremo que nuestro Padre Celestial ha dado a toda alma.

Esta conferencia comenzó con la presentación intensamente emotiva del magnífico Coro del Tabernáculo Mormón entonando el clásico himno “Oh dulce, grata oración”. Su letra familiar nos recuerda que la oración es la fuente de consuelo, alivio y protección que con tanta disposición nos ha concedido nuestro amoroso y compasivo Padre Celestial.

El don de la oración
La oración es el don supremo que nuestro Padre Celestial ha dado a toda alma. Piensa en ello: el absoluto Ser Supremo, el Personaje más omnisciente, el más omnipresente y el más poderoso nos alienta a ti y a mí, insignificantes como somos, a conversar con Él como nuestro Padre. En realidad, en virtud de que sabe con cuánto apremio necesitamos Su guía, Él ordenó: “…te mando que ores vocalmente así como en tu corazón; sí, ante el mundo como también en secreto; así en público como en privado”1

Sin importar cuáles sean nuestras circunstancias, ya sea que seamos humildes o arrogantes, pobres o ricos, libres o esclavos, eruditos o iletrados, amados o ignorados, todos podemos dirigirnos a Él. No tenemos que pedir turno. Nuestra súplica puede ser breve o durar todo el tiempo que se requiera. Puede ser una larga expresión de amor y de gratitud o un ruego apremiante para solicitar ayuda. Él ha creado universos incontables y los ha poblado con mundos. Aún así, tú y yo podemos hablar con Él personalmente, y Él siempre nos contestará.

¿Cómo debemos orar?
Oramos a nuestro Padre Celestial en el sagrado nombre de Su Amado Hijo Jesucristo. La oración es más efectiva cuando nos esforzamos por ser puros y obedientes, tenemos motivos dignos y estamos dispuestos a hacer lo que Él pide. La oración sincera y humilde brinda dirección y paz.

No te preocupes si expresas con torpeza lo que sientes, sólo habla a tu compasivo y comprensivo Padre. Tú eres Su preciado hijo a quién Él ama plenamente y desea ayudar. A medida que ores, ten en cuenta que el Padre Celestial está cerca y te escucha.

Para mejorar tu forma de orar, aprende a hacer las preguntas correctas. En lugar de pedir lo que tú quieres, busca honradamente lo que Él desea para ti. Entonces, a medida que aprendas Su voluntad, ora para obtener la fortaleza para cumplirla.

Si alguna vez te has sentido distanciado de nuestro Padre Celestial, las razones podrían ser muchas. Sin importar la razón, a medida que sigas suplicando ayuda, Él te guiará para que hagas aquello que restaurará en ti la certeza de que está cerca. Ora aun cuando no tengas el deseo de hacerlo. En ocasiones, al igual que un niño, no te has comportado bien y piensas que no debes acercarte a tu Padre para plantearle un problema. Ese es el momento en el cual tienes que orar más. Nunca pienses que eres indigno de orar.

Me pregunto si alguna vez hemos comprendido realmente el poder inmenso de la oración hasta no habernos encontrado ante un problema abrumador y urgente, y habernos sentido incapaces de resolverlo. Entonces acudimos a nuestro Padre, reconociendo humildemente nuestra total dependencia en Él. En ese caso, es de gran ayuda buscar un lugar apartado, donde poder expresar nuestros sentimientos en voz alta por el tiempo necesario y tan intensamente como lo consideremos preciso.

Yo lo he hecho. En una ocasión, tuve una experiencia que me causó una inmensa angustia. No tenía nada que ver con la desobediencia ni con la trasgresión sino con una relación humana sumamente importante. Por algún tiempo, volqué mi corazón en apremiante oración; sin embargo, por más que trataba, no conseguía encontrar la solución ni tranquilizarme de esa emoción poderosa que me embargaba. Rogué pidiéndole ayuda al Padre Eterno, a quien he llegado a conocer y en quien confío plenamente. No veía ningún camino que me proporcionara la calma, la cual es una bendición que por lo general disfruto. Me venció el sueño y, cuando desperté, me sentía totalmente tranquilo. Nuevamente me arrodillé en solemne oración y pregunté: “Señor, ¿qué pasó?”. En mi corazón supe que la respuesta era Su amor y Su preocupación por mí. Ese es el poder de una sincera oración a un Padre compasivo.

Al escuchar al presidente Hinckley elevar sus súplicas en nuestras reuniones, he aprendido mucho acerca de la oración. Tú también puedes aprender de él si estudias con detenimiento la excepcional oración pública que el presidente Hinckley ofreció al término de la conferencia de octubre de 2001, en beneficio de los hijos del Padre de todo el mundo. Él oró de corazón y no de un manuscrito preparado. (Para tu beneficio, esa oración se encuentra al final de este mensaje2.) Seguir leyendo

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Hijas de Dios

Abril de 2008
Hijas de Dios
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell BallardNo hay ninguna función en la vida más esencial ni más eterna que la de la maternidad.

Hermanos y hermanas, hace poco que Barbara, mi esposa, tuvo cirugía en la espalda y no podía levantar peso, voltearse ni doblarse; en consecuencia, yo he levantado peso, me he volteado y me he doblado más que nunca y eso me ha hecho apreciar más lo que las mujeres, en especial las madres, llevan a cabo a diario en nuestros hogares.

Aun cuando las mujeres viven en circunstancias diferentes en su hogar —casadas, solteras, viudas o divorciadas, algunas con hijos y otras sin ellos— todas son amadas por Dios y Él tiene un plan para que Sus hijas justas reciban las bendiciones más elevadas de la eternidad.

Esta tarde quiero centrar mis palabras principalmente en las madres y, en particular, en las madres jóvenes.

Mientras era joven y siendo ya padre, me di cuenta de lo exigente que es la función de la maternidad. Presté servicio primero como consejero y después como obispo durante un período de diez años y, en el transcurso de ese tiempo, fuimos bendecidos con seis de nuestros siete hijos. Cuando llegaba a casa el domingo al atardecer, encontraba a Barbara exhausta; ella trataba de explicarme cómo era estar sentada con nuestra familia de hijos pequeños en el banco de atrás en la reunión sacramental. Luego llegó el día en que me relevaron; después de haberme sentado en el estrado durante diez años, pasé a sentarme con mi familia en aquel banco de atrás.

El coro de madres del barrio iba a cantar, por lo que me quedé solo, sentado con nuestros seis hijos. Jamás he estado tan ocupado en toda mi vida; tenía títeres moviéndose en ambas manos, pero eso no daba muy buen resultado; las galletitas se cayeron, y eso me hizo avergonzar. Los libros de colorear no parecían entretenerlos tan bien como se suponía.

Después de una lucha que duró hasta el fin de la reunión, volteé a ver a Barbara; estaba mirándome y sonriendo. Aquel domingo llegué a apreciar más plenamente lo que todas ustedes, queridas madres, hacen tan bien y tan fielmente.

Pasada una generación, como abuelo, he observado los sacrificios que han hecho mis hijas para criar a sus hijos. Y aun ahora, una generación después, observo asombrado la presión que soportan mis nietas al guiar a sus hijos en este mundo tan ocupado y exigente.

Después de observar a tres generaciones de madres y sentir empatía hacia ellas, y al pensar en mi querida madre, sé con certeza que no hay ninguna función en la vida más esencial ni más eterna que la de la maternidad.

No existe una sola manera perfecta de ser una buena madre; cada situación es única; cada madre tiene desafíos diferentes, capacidad y habilidades diferentes y, ciertamente, hijos diferentes. Para cada madre y cada familia las opciones son distintas y únicas. Muchas mujeres pueden ser “madres de tiempo completo”, al menos durante los años formativos de los hijos, y muchas otras quisieran serlo. Algunas tienen que trabajar a tiempo completo o a medio tiempo; algunas trabajan en la casa; otras dividen su vida en períodos para el hogar y la familia y períodos de trabajo. Lo realmente importante es que la madre ame profundamente a sus hijos y que, de acuerdo con la devoción que tenga hacia Dios y hacia el esposo, les dé prioridad a ellos sobre todo lo demás. Seguir leyendo

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Pero el mayor de ellos es el amor

Agosto 1984
Pero el mayor de ellos es el amor
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyLa prueba más grande que encaramos en nuestro vivir apresurado y egocéntrico es la de seguir la exhortación del Maestro.

Quisiera hablar de algo que todos ambicionamos, que todos necesitamos y sin lo cual el mundo sería un lugar desamparado y desolado; me refiero al amor.

El amor constituye la substancia misma de la vida. De él proviene la belleza del arco iris que surca el cielo en un día tempestuoso. El amor es la seguridad por la cual lloran los niños, es el anhelo de la juventud, es el elemento cohesivo que conserva unido a un matrimonio y el aceite lubricante que suaviza las fricciones en el hogar; es la paz de la ancianidad, la luz de la esperanza que brilla a la hora de la muerte. ¡Cuán afortunados son aquellos que lo poseen y lo comparten en sus relaciones con sus familiares, con los amigos, con los miembros de la Iglesia y los vecinos!

Yo soy de los que creen que el amor, al igual que la fe, es un don de Dios, y me aúno a la opinión de que “el amor no se puede forzar ni imponer” (Pearl Buck, The Treasure Chest, Nueva York: Harper and Row, 1965, pág. 165).

A veces, en los años de nuestra juventud, nos formamos ideas imperfectas del amor, y es así que llegamos a creer que éste se puede imponer o simplemente originar por conveniencia. Hace unos años, leí en un periódico lo que cito a continuación:

“Uno de los grandes errores que tendemos a cometer cuando somos jóvenes es el de suponer que una persona es una colección de buenas cualidades y de malos rasgos de carácter, y sumamos éstos, como lo hace el tenedor de libros que trabaja con él debe y el haber de las cuentas.

“Si el saldo es favorable, quizá nos resolvamos a entrar (en el matrimonio)… El mundo está lleno de hombres y mujeres desdichados que se han casado porque … estimaron que su casamiento sería una buena inversión.

«Sin embargo, el amor no es una inversión; es un acontecimiento. Por eso, cuando el matrimonio resulta ser tan conveniente e insulso como una buena inversión, el cónyuge descontento no tarda en volverse hacia otro lado. . .

“La gente ignorante siempre dice: ‘Yo no sé qué verá en ella [o en él]’, sin comprender que lo que él ve en ella [o ella en él] (que es lo que nadie más puede ver) es el ingrediente secreto del amor.» (Sydney J. Harris, Deseret News.)

Recuerdo a dos de mis amigos de mis años de estudios secundarios y universitarios. Él era un muchacho de un pueblo chico, de apariencia sencilla, que no tenía dinero ni parecía prometer mucho. Se había criado en una granja y si se le podía señalar una cualidad notable, era la de su aptitud para trabajar. Para el almuerzo llevaba emparedados en bolsas de papel, y limpiaba los pisos del colegio para costear sus estudios. Mas pese a su aspecto campesino, su sonrisa y su personalidad denotaban manifiestamente su integridad. Ella era una joven de ciudad que provenía de un hogar acomodado; no era ninguna belleza, pero era una chica decente, virtuosa y atractiva por sus buenos modales y su modestia en el vestir. Seguir leyendo

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Los patos son diferentes

Junio de 1984
Los patos son diferentes
La tolerancia es el comienzo del amor cristiano.
Por Ann N. Madsen

Uno de mis primeros recuerdos está relacionado con mi padre, quien tenía el don de ser pacificador, al arreglar las disputas familiares con un dicho samoano que había aprendido años antes durante su misión en las Islas del Pacífico: “E eseese pato”, decía, cuya traducción literal es “Los patos son diferentes”, o en otras palabras, “Cada uno de nosotros es único; sé tolerante con los demás.

Las personas son diferentes, lo cual no es necesariamente malo”.

Creo que esta frecuente experiencia con mi padre me sirvió de base para comprender en cuanto a las diferencias en las personas,

El presidente Gordon B. Hinckley, Segundo Consejero en la Primera Presidencia, recientemente comentó con respecto a un problema que se relaciona con el principio que mi padre me enseñó. Dijo lo siguiente: “Vivimos en una sociedad que se alimenta de la crítica. El encontrar faltas en los demás es la sustancia de los periodistas y comentaristas de la televisión, aunque no se limita a ellos, ya que este comportamiento es muy común entre nuestros miembros. Es muy fácil encontrar faltas en los demás y la resistencia a ese vicio requiere mucha disciplina… El enemigo de la verdad desea dividirnos y cultivar en nosotros actitudes de crítica las que, si se les permite prevalecer, nos apartarán del camino que conduce a las metas más elevadas. No podemos permitir que eso acontezca” (Liahona, julio de 1982, pág. 95).

¿Cómo debemos responder en estos tiempos tan difíciles a la crítica y a la hostilidad diaria que existe en el mundo? Y, ¿cómo podemos responder a los conflictos y fracasos cotidianos que se manifiestan en nuestra propia vida?

Me gustaría sugerir que parte de la respuesta a estas preguntas yace en dos frases de nuestros Artículos de Fe. El undécimo Artículo dice: “Nosotros reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: adoren cómo, dónde o lo que deseen” (cursiva agregada).

“Concedemos a todos los hombres el mismo privilegio» expresa, por supuesto, la idea de tolerancia religiosa. Me gustaría pensar que éste es un principio del evangelio que puede extenderse para abarcar la tolerancia en todas sus formas, lo cual era lo que mi padre deseaba que yo comprendiera.

En el décimotercer Artículo de Fe hay otra frase que se relaciona con la primera: “Creemos en. . . hacer bien a todos los hombres” (cursiva agregada). Seguir leyendo

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Y aplicamos las escrituras a nuestro matrimonio

Junio de 1984
Y aplicamos las escrituras a nuestro matrimonio
por Spencer J. Condie

Spencer J. CondieBill y Susan Johnson siempre han sido fieles Santos de los Últimos Días; tras nueve años de matrimonio, tenían cuatro hijos, un automóvil, una buena casa y un trabajo permanente. En realidad, a este matrimonio le hacía falta una sola cosa: felicidad. Claro que sí tenían sus ratos felices, pero los días tormentosos sobrepasaban en número a los de alegría y solaz. Por eso, al fin decidieron concertar una hora con el obispo para hablar con él.

Una vez que hubieron tratado una amplia variedad de problemas, el obispo explicó a Bill y a Susan que todos tenemos la tendencia a vivir de acuerdo con las pautas de comportamiento que hemos aprendido de nuestros padres y de otras personas que hemos conocido y que han sido importantes para nosotros. Esas pautas de comportamiento junto con los hábitos que hemos adquirido pueden constituir el factor principal de los malos entendimientos en el matrimonio. El obispo añadió:

—Pero no importa a qué nivel hayamos llegado en nuestro modo de tratarnos el uno al otro, las Escrituras siempre pueden proporcionarnos las pautas del vivir indispensables para guiar nuestras acciones diarias. Bill, Susan, ¿cuán a menudo leen ustedes juntos las Escrituras?

—Lo hemos intentado unas cuantas veces—contestó Susan—; pero nos resulta difícil programar el estudio de las Escrituras con el trabajo, nuestras demás obligaciones y la televisión.

El obispo Wilson encomendó entonces a Bill y a Susan el cometido de leer las Escrituras todas las semanas con el objeto de buscar en ellas la solución de sus problemas. Bill arguyó suavemente: —Pero, obispo, yo estudié las Escrituras en mi misión, y no recuerdo haber visto muchos versículos que nos digan expresamente cómo resolver nuestros problemas familiares.

Ante las palabras de Bill, el obispo sonrió bondadosamente y le dijo:

—Bill, tal vez las respuestas estaban allí. ¿Ha seguido usted alguna vez el consejo de Nefi de aplicar las Escrituras a nosotros mismos? (Véase 1 Nefi 19:23.) Quisiera proponerles que durante las semanas que vienen aparten quince o veinte minutos diarios para estudiar sistemáticamente las Escrituras. Podrían empezar por leer algunos temas determinados, seguir con un análisis o conversación de lo que lean y, sobre todo, aplicar las Escrituras a sus propias relaciones familiares. También podrían escribir en sus diarios personales los discernimientos que vayan adquiriendo a fin de que puedan consultarlos después.

Bill y Susan aceptaron el cometido del obispo. Antes de empezar, tomaron la resolución de que los consejos que encontraran en las Escrituras—como, por ejemplo, las Bienaventuranzas— habían de guiar sus acciones y sus actitudes para con sus vecinos, sus compañeros de trabajo y sus amigos. Y así fue que no tardaron en comprender que cualquier consejo que se nos da en las Escrituras referente a cómo tratar a nuestros semejantes es, por definición, un consejo inspirado sobre cómo se deben tratar mutuamente los cónyuges. Por ejemplo. . .

  1. Sea tu amor por ellos como por ti mismo. Bill siempre había sido muy aficionado a los deportes y entusiasta deportista; la pesca, el golf, el juego de bolos, la caza, el Ir a ver juegos de pelota al estadio y ver deportes por televisión había sido una de las características de su vida. En la medida que le era posible, Susan también participaba de muchos de los pasatiempos de su marido, pero a medida que iba teniendo los hijos, se le iba tornando cada vez más difícil pasar mucho tiempo con él en dichas actividades; en realidad, éstas se convirtieron en un motivo de constante enojo para ella, dado que le disgustaba el hecho de que por su interés en ellas no le prestara su colaboración para atender a los hijos.

Un día en que Bill leía Doctrina y Convenios, un pasaje le sacudió con la fuerza de un rayo: “. . . sea tu amor por ellos como por ti mismo; y abunde tu amor por todos los hombres y por todos los que aman mi nombre” (D. y C. 112:11). Correlacionó entonces ese versículo con otro más familiar para él: ‘‘El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39); y se sintió avergonzado por la forma en que había procedido anteriormente al recordar la observación del rey Benjamín cuando dijo: “. . . cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). Seguir leyendo

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Corrientes oceánicas e influencias familiares

Junio de 1984
Corrientes oceánicas e influencias familiares
Por el presidente Spencer W. Kimball

Este extraordinario discurso fue pronunciado por el presidente Kimball en la Conferencia General de octubre de 1974, aunque nunca se publicó en Liahona. Por instrucciones del Presidente, se publica ahora para el estudio individual y familiar de los miembros de la Iglesia.

Spencer W. KimballSi podemos crear en nuestra familia una corriente fuerte y constante, que fluya hacia la meta de una vida de justicia y rectitud, tanto nosotros como nuestros hijos podremos alcanzar esa meta, a pesar de los vientos contrarios.

Vívidamente recuerdo la primera vez que vi un iceberg. En 1937, mi esposa y yo cruzamos el Atlántico en barco, partiendo de Montreal, Canadá; después de atravesar el río San Lorenzo, salimos a la parte norte de dicho océano.

Un día, estando ya bastante avanzado el viaje, hubo gran animación en el barco porque se había divisado un Iceberg. La mayoría de los pasajeros se precipitaron a cubierta para contemplarlo. Se podía ver a la distancia, una gigantesca masa blanca recortándose contra el oscuro mar y el azul vivo del cielo. Flotaba silenciosamente en el agua como el puntiagudo pico de una cadena montañosa, y presentaba un hermoso espectáculo. Durante toda mi vida había oído hablar de los icebergs y, por primera vez, tenía ante mis ojos aquella escarpada cresta de hielo.

El verlo nos hizo recordar el trágico naufragio del Titanio, transatlántico que en su primer viaje chocó con un enorme iceberg en la noche del 14 de abril de 1912. En el naufragio perecieron 1503 personas, muchas de ellas conocidas mundialmente; sólo 703 pasajeros se salvaron.

Al principio de la década de los setenta, al regresar a los Estados Unidos desde Inglaterra, pasamos sobre Groenlandia y pudimos divisar otros Icebergs. Aunque gran parte del viaje lo habíamos hecho sobre una capa de nubes al volar sobre Groenlandia el cielo estaba completamente limpio y el sol brillaba. Raras veces puede el ojo humano contemplar tanta belleza y esplendor. Perdiéndose en la distancia se podía ver la espesa capa de hielo que cubre la gran isla. Observamos los glaciares que van deslizándose lentamente por los valles hacia el mar, donde se desprenden y se convierten en icebergs. Los fiordos estaban llenos de estas montañas heladas que flotaban en su camino hacia el mar abierto Allí estaba el lugar de origen de Innumerables icebergs, como el que habíamos visto hacía más de treinta años.

Los gigantes de hielo que se desprenden de Groenlandia siguen un curso fácil de predecir, pues la corriente del Labrador, al moverse Incesantemente hacia el sur a través de la Bahía de Baffin y el Estrecho de Davis, los arrastra consigo, sobrepujando la fuerza de los vientos, el oleaje y las mareas. Las corrientes oceánicas tienen mucho más poder que los fuertes vientos para cambiar el curso de un iceberg.

Al observar esto, comparamos ese conflicto de los poderes terrenales con los resultados que podemos ver en nosotros mismos cuando la comente de nuestra vida, que se define y desarrolla en el seno familiar por medio de las enseñanzas justas de los padres, a menudo controla adónde vamos, a pesar del oleaje y los vientos de varias influencias adversas que provienen del mundo de error.

Fuera de nuestra vista, bajo las olas oceánicas, hay fuerzas extremadamente poderosas que debemos considerar; y también las hay en nuestra vida.

El río más caudaloso es sólo un arroyuelo en comparación con esas corrientes oceánicas. Dicen que una de las más espectaculares es la del Labrador. La corriente del Golfo, una de las más fuertes de las corrientes oceánicas, lleva agua cálida desde el este del Golfo de México a lo largo de toda la costa este de los Estados Unidos y a través del Océano Atlántico hasta las costas europeas, que también entibia. Aunque la del Labrador es de menor magnitud, año tras año arrastra fiel y constantemente a los icebergs desde su lugar de origen en Groenlandia, hasta que se desintegran o derriten en las aguas más cálidas de la corriente del Golfo. Fue en ese lugar, en el que ambas corrientes oceánicas se encuentran, donde el Titanic halló su trágico destino. Seguir leyendo

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Cuatro versiones Incas de la leyenda del Dios blanco

Mayo de 1984
Cuatro versiones Incas de la leyenda del Dios blanco
Por Kirk Magleby

Nota: En el Intento de preservar la autenticidad de los escritos que sirven como referencia a este artículo, no se han hecho correcciones ni en la ortografía ni en la sintaxis castellana de los mismos. La redacción.

Febrero de 2016 LiahonaEs muy conocido el hecho de que casi todas las tribus Indígenas del Hemisferio Occidental han preservado tradiciones sobre la aparición en la antigüedad de un dios blanco que bajó del cielo para instruir y organizar a su pueblo. Algunas de las versiones más interesantes de esta extendida tradición proceden del Perú, donde se conoce a ese dios legendario bajo los nombres de Kon Tikl Viracocha, Tunupa, Pachacamac, Tarapacao Arnauan, según la reglón del país. Cuatro afamados cronistas que escribieron historias de los incas, Pedro Cieza de León, Pedro Sarmiento de Gamboa, Juan Betanzos y Juan de Santa Cruz Pa-chacuti, registraron interesantes relatos de ese dios blanco y barbado. Dichos escritos nos dan una descripción bastante detallada de su apariencia, personalidad y visitas a los antepasados de los indios andinos.

Cieza de León llegó a Perú en 1548 como soldado de un destacamento en­viado para sofocar una rebelión que se había convertido en una guerra civil en­tre los españoles. Permaneció allí hasta 1550, tiempo durante el cual visitó casi toda aquella tierra recién conquistada, observando y registrando por escrito descripciones del terreno, la flora, las costumbres nativas y los aspectos más importantes de la historia indígena. Des­de sus viajes a Colombia, en 1541, ha­bía llevado un diario de sus observacio­nes; pero en Perú, Cleza de León se dejó fascinar por la idea de escribir una historia del país y sus nativos. Después de terminar sus deberes militares, se dedicaba a conversar con los amautas (hombres sabios entre los indios) y los orejones (nobles Incas), así como con españoles versados en esos conoci­mientos, a fin de aprender todo lo que podía sobre la historia y las tradiciones del Imperio Inca.

“Lo que yo aquí escribo son verdades y cosas de Importancia, provecho­sas. . .” escribió en la dedicatoria de su primer libro, “pues muchas veces cuan­do los otros soldados descansaban, cansaba yo escribiendo.”

La primera obra de este historiador, La crónica del Perú, fue publicada por primera vez en Sevilla, en 1553; la últi­ma, El señorío de los incas, permaneció inédita hasta 1880. En el capítulo cinco de ésta última, Cieza de León relata la siguiente leyenda sobre la aparición de un dios blanco a los antepasados de aquellos indígenas: Seguir leyendo

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Por qué delegar, cómo… Y cómo no hacerlo

Mayo de 1984
Por qué delegar, cómo… Y cómo no hacerlo sugerencias para el hogar y la iglesia
Por William G. Dyer

Es posible que no haya otro principio de liderazgo que haya sido menos comprendido que el de la delegación. Es corriente oír comentarios como éstos en cuanto a un líder que está sobrecargado de trabajo: “Debería delegar más”, o “¿Por qué no aprende a delegar?” Se da por entendido que todo lo que hay en eso de delegar es entregar el trabajo a otra persona y, repentinamente, sentirse libre de toda responsabilidad.

No obstante, todo buen líder sabe que la delegación no le va a dar más tiempo libre en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de un largo período, la delegación verdadera debería darle más oportunidad de atender otros asuntos, pero en lo Inmediato tal vez le exija una mayor dedicación de su tiempo.

Lo que se debe hacer

¿Qué se puede hacer para que la delegación sea un útil Instrumento en lugar de una carga? Un buen punto para comenzar es comprender los elementos que componen la tarea que se delega.

  1. Asignaciones. La asignación consiste generalmente en una sola tarea determinada y clara, que se lleva a cabo de una vez. Los discursos, las presentaciones durante una lección y el hacer mandados son ejemplos de algunas asignaciones. Cuando nuestro hijo de dieciséis años necesitó transporte para concurrir a una práctica deportiva temprano en la mañana, le pedí a uno de sus hermanos mayores que se encargara del asunto. Esta fue una asignación delegada, una actividad sola, que me liberó de una tarea en un día particular.

Como las asignaciones son tareas que se efectúan una por vez, usualmente producen un desarrollo limitado de nuevas habilidades. Sin embargo, una asignación puede ser el comienzo del interés, la capacitación, o el adelanto de una persona.

  1. Proyectos. Los proyectos forman un conjunto mayor y más complejo de tareas que requieren más habilidades; pero, al Igual que las asignaciones, usualmente no representan una responsabilidad continua.

Por ejemplo, nuestro obispo delegó en nuestro líder del grupo de sumos sacerdotes la tarea de encargarse de la cena del -barrio, lo cual incluía todos los arreglos para la comida, las mesas, la decoración, el servicio y el programa. El líder del quorum a su vez hizo cierto número de asignaciones relacionadas con esas responsabilidades. Seguir leyendo

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Un Libro Que Merece Respeto

Mayo de 1984
Un Libro Que Merece Respeto
Por John W. Welch

He llegado a descubrir que por medio del Libro de Mormón se puede convencer a los eruditos, aunque éstos no se conviertan.

Diciembre de 2013 Liahona
En el curso de los años, el Libro de Mormón ha llegado a significar muchas cosas Importantes en mi vida. Pero, principalmente, este gran libro ha demandado una clase de respeto muy especial.

Para mí el Libro de Mormón es en realidad un libro maravilloso. Y cuanto más aprendo acerca de él, más asombroso se vuelve por su precisión, uniformidad, validez, por la vitalidad que encierra en cada una de sus páginas, por sus enseñanzas y utilidad.

No quiere decir que todas estas cualidades sean sorprendentes en un libro preservado en forma tan milagrosa; más bien, continúa siendo maravilloso en el sentido de que toda gran obra de literatura inspira un sentimiento extraordinario de admiración y respeto. En vista de este conocimiento, nunca podría recalcar demasiado el respeto que siento hacia el Libro de Mormón, como un registro exacto y precioso.

Siempre había valorado y respetado el Libro de Mormón; pero no fue sino hasta que empecé a verlo como un testimonio ante eruditos, que comencé a darme cuenta del gran respeto que este libro en verdad merece. Sin ninguna vacilación, se puede decir que el Libro de

Mormón es admirado intelectualmente; contiene más de lo necesario para considerársele, teniendo en cuenta cualquier serie de normas establecidas, uno de los libros más admirables en la historia de la humanidad. En las últimas décadas ha surgido una gran variedad de materiales antiguos, Incluyendo muchísimos escritos religiosos que corroboran la respetabilidad de este gran libro y que cambian radicalmente ciertas opiniones estrictas que los eruditos tenían hacia la literatura sagrada.

Sin embargo, el presentar este material en conexión con el Libro de Mormón a personas letradas acarrea problemas especiales: pocos de ellos van a permitir que se les convierta por el poder del Espíritu Santo. Pero, ¡cuán significativo es el que muchas de estas personas, aunque no han sido convertidas, queden convencidas por el Libro de Mormón! Y aunque los testimonios no son el producto de teorías académicas o de conclusiones versadas, existen aquellos para quienes una convicción intelectual puede despertar una sensibilidad espiritual.

La mayoría de nosotros ha tenido experiencias con el poder convertidor del Libro de Mormón. Pensemos por un momento en cuanto a su poder convincente. Me he dado cuenta de que de la misma forma en que con gran poder el Libro de Mormón se comunica con mi espíritu, con toda elocuencia se comunica con mi mente. Posee una inmensa capacidad de convencer a los estudiosos de que lo deben aceptar seriamente. A continuación presento algunos ejemplos que sirven para ilustrar lo que quiero exponer. Seguir leyendo

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Al Gran Profeta Rindamos Honores

Mayo de 1984
«Al Gran Profeta Rindamos Honores»
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. HinckleyHace muchos años, cuando a los doce años de edad me ordenaron diácono, mi padre, que entonces era presidente de nuestra estaca, me llevó a mi primera reunión del sacerdocio. En aquellos días estas reuniones se efectuaban una noche de entre semana. Recuerdo que fuimos al edificio del Barrio Diez en Salt Lake City. El se dirigió hacia el púlpito y yo permanecí sentado en la última fila, sintiéndome un poco solitario e incómodo en aquel salón lleno de hombres que habían sido ordenados al sacerdocio de Dios. La reunión se inició, se anunció el himno de apertura y — como entonces era costumbre— todos nos pusimos de pie para cantar. Allí había quizás unas cuatrocientas personas; al unísono aquellos hombres elevaron sus voces en alabanzas, algunos con acento de lenguas europeas dado que habían llegado del viejo continente luego de convertirse a la Iglesia, todos cantando estas palabras con un gran espíritu de convicción y testimonio:

Al gran profeta rindamos honores,
fue ordenado por Cristo Jesús;
a restaurar la verdad a los hombres,
y entregar a los pueblos la luz.
(Himnos de Sión, No. 190.)

Cantaban acerca del profeta José Smith y, al hacerlo, mi corazón se llenó de amor y creencia en el gran Profeta de esta dispensación. En mi niñez se me había enseñado de él en las reuniones y clases de nuestro barrio así como también en nuestro hogar; pero mi experiencia en aquella reunión del sacerdocio de la estaca fue diferente. Supe entonces, por el poder del Espíritu Santo, que José Smith ciertamente era un profeta de Dios.

Cierto es que durante los años siguientes hubo ocasiones en las que ese testimonio vaciló un poco, particularmente en los años en los que estuve en la universidad, antes de graduarme. Sin embargo, aquella convicción nunca me abandonó del todo; y se ha ido afirmando a través de los años, en parte por causa de los desafíos de aquellos días que me llevaron a leer, estudiar y lograr la seguridad por mí mismo. Creo que muchos de vosotros habéis pasado por experiencias semejantes. El presidente Harold B. Lee dijo una vez que nuestros testimonios necesitan ser renovados diariamente. En armonía con ese principio, desearía fortalecer nuestros testimonios de la gran obra que el Dios de los cielos ha permitido que acontezca en estos los postreros tiempos.

Hace algunos años recibí una carta escrita por un evangelista que, con amargura, criticó severamente al profeta José Smith, llamándolo un impostor malvado, hombre fraudulento, farsante y engañador. También decía que estaba dando comienzo a una campaña para hacer conocer sus puntos de vista. No sé qué sucedió con la obra de aquel hombre; no debe de haber sido muy notoria. Esa clase de obra puede hacer tropezar a unos pocos de los débiles, pero sólo consigue fortalecer a los fuertes. Y mucho después de que ese hombre y otros de su misma clase hayan pasado al silencio, el nombre de José Smith continuará recibiendo honor y contando con el amor de un número siempre creciente de Santos de los Últimos Días en un número igualmente creciente de naciones.

Recuerdo que una vez estuve en Nauvoo, Illinois, la Ciudad de José, con dos hermanos del Quórum de los Setenta y doce presidentes de misión acompañados de sus esposas, durante un seminario de presidentes de misión. El toque del otoño ya había iniciado su obra en la región —las hojas doradas, algo de neblina en el aire, el fresco de la noche, los días cálidos. Había terminado la época del turismo y la ciudad se veía tranquila y hermosa. Efectuamos nuestra primera reunión en el Salón de los Setenta que había sido restaurado, lugar en el cual, en la década de 1840, los hombres se preparaban, mediante el estudio y la enseñanza de la doctrina del reino, para ir a declarar el mensaje del evangelio al resto del mundo. La obra que allí se efectuaba fue predecesora de los centros de capacitación misional de la Iglesia. Reunidos en aquel lugar y en algunos hogares y otros salones en Nauvoo, para nuestro corazón y nuestra mente, era como si las grandes figuras del pasado estuvieran presentes: José e Hyrum, Brigham Young, Heber C. Kimball, John Taylor, Wilford Woodruff, los hermanos Pratt —Orson y Parley— y muchos otros.

Ciertamente ésta era la Ciudad de José. Él fue el profeta que la planificó, y quienes lo seguían la edificaron. Llegó a ser la ciudad más grande y la más notable en el estado de Illinois. Con sus firmes casas de ladrillo; sus lugares de adoración, de enseñanza y de entretenimiento, y con el magnífico templo que se levantaba en la cima de una colina subiendo desde el río, esta ciudad sobre las riberas del Misisipí se formó como si quienes la construyeron fueran a estar allí durante un siglo o más.

Allí, antes del día trágico en Carthage, el Profeta se hallaba en la cumbre de su carrera mortal. Parándome donde él una vez había estado y mirando hacia la ciudad, pensé en los acontecimientos que lo llevaron allí, repasando mentalmente la herencia que era suya. Pensé en sus antepasados que generaciones antes habían salido de las Islas Británicas y llegado a Boston; de sus vidas en el Nuevo Mundo durante cinco generaciones por parte de su padre y cuatro por parte de su madre; de sus labores para desbrozar las tierras de Massachusetts, New Hampshire y Vermont a fin de establecer granjas y casas; pensé en su destacado servicio en la Guerra de Independencia; en las adversidades y fracasos que enfrentaron tratando de ganarse la vida gracias a los cerros de granito entre los que vivían. Pensé en el niñito que nació en Sharon, Vermont, en diciembre de 1805, recibiendo el nombre de su padre. Medité acerca de la época terrible de enfermedad cuando el tifus azotó a la familia, y la osteomielitis (enfermedad a los huesos) que, causándole gran sufrimiento y una infección que lo debilitó, se produjo en la pierna de José. Eso fue mientras la familia vivía en Lebanon, New Hampshire, ¡y cuán notable fue que a solamente unos pocos kilómetros de distancia, en una universidad en Hanover, estaba el doctor Nathan Smith, que había descubierto un procedimiento mediante el cual la pierna infectada podía ser curada! Seguir leyendo

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Por donde Jesús camino

Abril de 1984
Por donde Jesús camino
Por el presidente Harold B. Lee

harold b. leeDurante tres días gloriosos caminamos sobre suelo sagrado y sentimos la influencia de la persona más extraordinaria que ha vivido en esta tierra, Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

Al acercarnos a la Tierra Santa habíamos leído juntos los Cuatro Evangelios; y ya allí, antes de salir del cuarto por la mañana, orábamos pidiéndole al Señor que hiciera nuestros oídos sordos a las leyendas que nos relatara el guía acerca de los lugares históricos, pero que pudiéramos ser profundamente sensibles a las sensaciones espirituales a fin de saber por las impresiones, y no por lo que oyéramos, cuáles eran los lugares sagrados.

Allá, en la Tierra Santa, creo que por primera vez sentí hondamente las palabras de la hermosa pieza musical “Hoy caminé por donde Jesús caminó”.

Al recorrer en un auto alquilado y con un guía competente los nueve kilómetros que separan a la amurallada ciudad de Jerusalén del pueblo de Belén, que se encuentra al abrigo de las colinas de Judea, en nuestra imaginación escuchamos las palabras del dulce himno navideño:

Oh, pueblecito de Belén,
cuán quieto tú estás;
los astros en silencio dan su
bella luz en paz.

Mas en tus calles brilla
la luz de redención
que da a la humanidad
eterna salvación.
(Himnos de Sión, 43.)

Más adelante, hacia la izquierda, está el campo de los pastores. Cuando contemplamos las colinas, donde todavía se ven ovejas pastando como lo hacían aquellas de hace casi dos mil años, pudimos captar el significado de la historia de los pastores.

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.” (Lucas 2:8-11.)

Al poco rato estábamos —y parecía que los pastores con nosotros—junto a la entrada de la cueva cavada en la roca, que ahora se encuentra en el sótano de la Iglesia de la Natividad. Allí nos pareció sentir una afirmación espiritual de que, ciertamente, ése es un lugar santo.

Más allá de Jericó, la ciudad de las palmas, también encontramos un maravilloso espíritu en las orillas del río Jordán, donde el valiente Juan el Bautista bautizó al Hijo del Hombre. El sagrado acontecimiento está registrado en forma sencilla: Seguir leyendo

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De tal manera amo Dios al mundo

Conferencia General, Abril de 1984

De tal manera amo Dios al mundo

Spencer W. Kimball

Por el presidente Spencer W. Kimball

Antes de llegar a ser Presidente de la Iglesia, en mi calidad de miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, visité algunos países de Sudamérica en los que me reuní con los miembros de la Iglesia. En los diversos países nos acogieron bien tanto los funcionarios públicos y oficiales como los de la prensa.

Estimé interesante el comentario que hizo la representante de uno de los periódicos más importantes de Brasil quien, tras oír el discurso que yo había dado el día antes, un domingo, en el cual había hablado más bien enfáticamente de la restauración del evangelio, me preguntó directamente por qué fue Cristo crucificado.

Le respondí:

—Porque Él dijo: “Soy el Hijo de Dios”.

Lo que opinó en seguida me dejó perplejo:

—No debió haberlo dicho, ¿no le parece? En realidad no lo era, ¿no es así?

Pensé que estaba bromeando. La miré a los ojos un momento, pues creí que se iba a sonreír. Pero no, no se sonrió. Entonces le dije firmemente:

—Él dijo que era el Hijo de Dios porque era el Hijo de Dios.

Después leí un artículo publicado en el número de la Pascua de Resurrección de un periódico de una de las ciudades más grandes de Sudamérica. El autor era un clérigo que tenía muchos títulos académicos. Al leer todo el artículo, pude darme cuenta de que no mencionaba ni una sola vez al Señor de los cielos y de la tierra: el Redentor, el Salvador.

Se refería solamente a “Jesús”; citaba dos o tres pasajes de las Escrituras que señalan a Jesús de Nazaret como algo más que el hijo del carpintero, pero en todo su escrito no daba ningún otro título al Cristo que derramó Su sangre por él.

Durante el mismo viaje, pregunté a cuatrocientos misioneros congregados en una reunión: “¿Qué pensáis vosotros de Cristo y de lo que Él es?” Como respuesta, oí cuatrocientos Inspiradores testimonios de los jóvenes, testimonios firmes, impregnados de convicción.

Eso me trae a la memoria lo que dijo Pablo: Seguir leyendo

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A nuestro amigo, el nuevo miembro

Abril de 1984
A nuestro amigo, el nuevo miembro
Por el élder Loren C. Dunn
Del Primer Quórum de los Setenta

Loren C. DunnDeseo dirigir mis palabras a un grupo especial de personas: a los nuevos conversos y a los que pronto se unirán a la Iglesia.

Amigo y hermano, le damos la bienvenida a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hacemos nuestras las palabras del apóstol Pablo y le decimos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. . .  siendo la piedra principal del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:10-20).

El mero hecho de que haya sentido el Espíritu y haya recibido la doctrina de Cristo te convierte en alguien especial.

El Señor mismo se refirió a usted cuando dijo que sus “escogidos. . . escuchan mi voz y no endurecen su corazón”.

En la época del Antiguo Testamento, los elegidos de Dios vivían juntos en una misma tierra. Ellos tenían sus profetas, y el Señor se comunicaba con ellos para dirigirlos. Finalmente fueron llamados la casa de Israel y, con el transcurso del tiempo, muchos de ellos empezaron a olvidarse de su Dios y, a causa de su iniquidad, fueron dispersados en diferentes épocas a través de las naciones de la tierra.

Pero el Señor también les prometió que en los últimos días se acordaría de su pueblo que estaba disperso y haría que se congregaran otra vez.

“Y yo mismo recogeré el remanente de mis ovejas de todas las tierras adonde las eché, y las haré volver a sus moradas; y crecerán y se multiplicarán. Y pondré sobre ellas pastores que las apacienten; y no temerán más, ni se amedrentarán, ni serán menoscabadas, dice Jehová.” (Jeremías 23:3-4.)

Esta profecía le habla a usted y se refiere a su entrada a la Iglesia de Jesucristo. Usted es uno de los elegidos que han escuchado la voz del “Buen Pastor” (véase Juan 10:14).

Hagamos un repaso de lo que le ha sucedido a usted como nuevo miembro, y lo que le espera en la Iglesia.

Primero, todo lo que ha recibido como introducción a la Iglesia está centrado en Cristo. Sentirá que hay algo especial que le liga a los nefitas de los tiempos antiguos, quienes dijeron: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”. (2 Nefi 25:26.)

Desde el principio se le pidió que se preparara para el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados. Esa preparación personal estableció su aceptación formal del evangelio de Jesucristo, con sus convenios y mandamientos. Seguir leyendo

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